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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minAntioquía: Libanio, la cueva y el diaconado
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEl año de las estatuas
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCucuso y Comana
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEl sentido literal y los pobres: cómo predicaba

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    AUTORES — PATRÍSTICA

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    Juan Crisóstomo: el predicador de Antioquía y el obispo desterrado de Constantinopla

    c. 347–407 · Presbítero de Antioquía, arzobispo de Constantinopla27 minPosición: 0% de esta partePublicado el Actualizado el Ref. AUT-CRIS-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minAntioquía: Libanio, la cueva y el diaconado
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEl año de las estatuas
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCucuso y Comana
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEl sentido literal y los pobres: cómo predicaba

    Premisa central

    Crisóstomo no fue un teólogo de sistema sino un predicador, y su teología hay que buscarla en lo que decía desde el ambón: que la Escritura dice lo que dice y se aplica a la vida, que el que predica responde de las almas, que el cuerpo de Cristo está en el pobre antes que en el cáliz, y que ningún poder, ni el de la emperatriz, está por encima de la palabra que lo reprende.
    Dos amigos jóvenes de Antioquía acuerdan aceptar o rechazar juntos el episcopado que la ciudad quiere imponerles. Uno de ellos deja que ordenen al otro y se esconde. Cuando el amigo engañado viene a reprochárselo, Juan se defiende con seis libros: no fue traición sino cuidado, porque el sacerdocio es una carga que él no se cree capaz de llevar. Ese es el origen de Sobre el sacerdocio, que Eusebeia publica, y es también el retrato más exacto de su autor: un hombre que huyó del cargo, lo describió mejor que nadie, acabó en la sede más expuesta del Imperio y murió a causa de él. Este perfil sigue su vida desde la escuela de Libanio hasta el camino de Comana, y después su manera de predicar, que es su obra.
    Para su vida tenemos más que para casi cualquier Padre: sus propias obras, que son las más extensas de la patrística griega; el Diálogo de su discípulo Paladio, escrito pocos años después de su muerte; los historiadores Sócrates y Sozomeno, que lo trataron a una generación de distancia; y doscientas cuarenta y dos cartas, casi todas del destierro. La introducción de Philip Schaff a la edición inglesa de 1889, que Eusebeia ha usado para su texto, reúne esas fuentes, y de ella y de Sócrates y Sozomeno se toman aquí la mayoría de los datos.

    Antioquía: Libanio, la cueva y el diaconado

    Juan nació en Antioquía hacia 347, hijo de Segundo, oficial de alto rango del ejército de Siria, y de Antusa, que quedó viuda a los veinte años y no volvió a casarse. Schaff cuenta que el retórico pagano Libanio, al saberlo, exclamó: «¡Qué mujeres tan admirables hay entre los cristianos!». Wikipedia advierte que algunos estudiosos describen a Antusa como pagana, aunque la tradición la tiene por cristiana devota; el propio Juan, en el libro I de Sobre el sacerdocio, pone en su boca el discurso con que le pidió que no la abandonara.
    Estudió retórica con Libanio, el sofista más célebre del Oriente y el último gran defensor del paganismo, y filosofía con Andragatio. Sozomeno cuenta la anécdota que todos repiten:
    Texto de la fuenteSozomeno · Historia eclesiástica · VIII, 2Consultar la referencia
    Había en Antioquía del Orontes un presbítero llamado Juan, de noble cuna y de vida ejemplar, dotado de tales poderes de elocuencia y persuasión que el sofista Libanio el Sirio lo declaró superior a todos los oradores de su tiempo. Cuando este sofista estaba en su lecho de muerte, sus amigos le preguntaron quién debía ocupar su lugar. «Habría sido Juan», respondió, «si los cristianos no nos lo hubieran quitado». [...] Cuando se esperaba que abrazara la profesión legal y tomara parte en la carrera de abogado, decidió ejercitarse en los libros sagrados y practicar la filosofía según la ley de la Iglesia.
    Sócrates da los nombres de esa «filosofía»: Juan estudió con Diodoro, luego obispo de Tarso, «que en muchos tratados se limitó al sentido literal de la Escritura, evitando el místico», y con Carterio, que dirigía una comunidad ascética, y arrastró consigo a dos compañeros de la escuela de Libanio, Teodoro, futuro obispo de Mopsuestia, y Máximo, futuro obispo de Seleucia (Historia eclesiástica VI, 3). Es el núcleo de lo que se llamará escuela de Antioquía. Fue bautizado en 368 o 373 (Wikipedia) y nombrado lector por el obispo Melecio. Entonces quiso irse al desierto. Su madre se lo impidió, y él mismo lo cuenta:
    Texto de la fuenteJuan Crisóstomo · Sobre el sacerdocio · I, 5Consultar la referencia
    Hijo mío, no fue la voluntad del Cielo que yo disfrutara por mucho tiempo del bien de la virtud de tu padre. Pues su muerte siguió de cerca a los dolores que soporté en tu nacimiento, dejándote huérfano y a mí viuda antes de tiempo para afrontar todos los horrores de la viudez, que sólo quienes los han experimentado pueden comprender plenamente. [...] Cuando, pues, hayas entregado mi cuerpo a la tierra y mezclado mis huesos con los de tu padre, embárcate para un largo viaje y hazte a la mar por donde quieras: entonces no habrá nadie que te lo impida.
    Esperó. Hacia 374, según Schaff, se fue a las montañas al sur de Antioquía, donde pasó «seis años felices de estudio teológico, meditación y oración»; según Wikipedia, se hizo ermitaño hacia 375 y pasó dos años «de pie continuamente, apenas durmiendo y aprendiendo de memoria la Biblia». El resultado fue un estómago y unos riñones dañados para siempre; Schaff dice que la ascesis le dejó una «debilidad crónica» que en Constantinopla le impediría comer con nadie, con las consecuencias que se verán. Volvió a Antioquía hacia 381 y Melecio lo ordenó diácono. Sócrates sitúa en el diaconado la composición de Sobre el sacerdocio; Wikipedia la fecha en 390–391, y la ficha de Eusebeia advierte que la fecha no es segura. Lo que ninguna fuente discute es la ocasión: varias sedes de Siria vacantes, la atención puesta en Juan y en su amigo Basilio aunque no tuvieran la edad canónica, el pacto de aceptar o rechazar juntos, la huida de Juan y la ordenación de Basilio. Schaff reprueba el engaño («que toda conciencia cristiana sana debe condenar») y recuerda que en aquella época se tenía por «economía», es decir, por buena administración.
    Melecio murió en Constantinopla en 381, durante el concilio. Antioquía tenía entonces dos obispos nicenos, Flaviano, sucesor de Melecio, y Paulino, reconocido por Roma y Alejandría, y Sócrates cuenta que Juan «se separó de los melecianos sin entrar en comunión con Paulino y pasó tres años enteros retirado»; que lo ordenara presbítero Evagrio, sucesor de Paulino, es lo que dice Sócrates y repite Wikipedia en inglés, mientras Schaff y la tradición dicen que fue Flaviano en 386. Lo seguro es la fecha y lo que siguió: doce años de predicación en la Iglesia Dorada de Antioquía, de 386 a 397, que son los años de la mayor parte de sus homilías.

    El año de las estatuas

    En febrero de 387 un aumento de impuestos provocó en Antioquía un motín en el que la multitud derribó y arrastró las estatuas del emperador Teodosio, de su esposa muerta y de sus hijos. Era un crimen de lesa majestad. Mientras el obispo Flaviano viajaba a Constantinopla a implorar el perdón, la ciudad, que esperaba la destrucción, vivió una Cuaresma de terror, y el presbítero Juan predicó. Las veintiuna Homilías sobre las estatuas son el documento de esas semanas:
    Texto de la fuenteJuan Crisóstomo · Homilías sobre las estatuas · II, 1–4Consultar la referencia
    ¿Qué diré, o de qué hablaré? El tiempo presente es de lágrimas y no de palabras; de lamentación, no de discurso; de oración, no de predicación. Tal es la magnitud de los hechos osados que se han cometido, tan incurable es la herida, tan profundo el golpe, más allá de todo remedio y necesitado de ayuda de lo alto. [...] ¿Quién, amados, nos ha hechizado? ¿Quién nos ha envidiado? ¿De dónde ha venido sobre nosotros tal cambio? Nada había más digno que nuestra ciudad; ahora, nada hay más digno de lástima. [...] Como abejas que zumban en torno a su colmena, así antes los habitantes revoloteaban cada día por el foro, y todos nos llamaban felices por ser tantos. Pero mirad: esta colmena se ha quedado sola, porque, como el humo a las abejas, el miedo ha ahuyentado nuestros enjambres. [...] Nada es más dulce que la propia patria; pero ahora ha sucedido que nada es más amargo. Todos huyen del lugar que los vio nacer como de una trampa; lo abandonan como una mazmorra; saltan de él como de un incendio.
    Schaff observa que la primera homilía, predicada poco antes del motín, es un sermón sobre la templanza que no tiene nada que ver con él, y que la última se pronunció en Pascua, cuando Flaviano volvió con el perdón. Entre una y otra, Juan convirtió el miedo de una ciudad en una campaña de conversión: Wikipedia recoge que «muchos paganos se convirtieron al cristianismo como resultado». Fue también el año en que, en Milán, Agustín recibió el bautismo. Los dos hombres que dominarían la predicación de Oriente y de Occidente empezaron en el mismo año y nunca se conocieron.

    Constantinopla: un asceta en la corte

    En el otoño de 397 murió Nectario, arzobispo de Constantinopla, y el eunuco Eutropio, primer ministro del emperador Arcadio, hizo elegir a Juan sin consultarlo. Sozomeno cuenta que el general Asterio lo sacó de Antioquía con engaño, haciéndolo subir a su carro y entregándolo a los oficiales imperiales en una posta, «porque los ciudadanos probablemente habrían provocado una sedición antes que dejar que se lo llevaran» (VIII, 2). Fue consagrado el 26 de febrero de 398 por Teófilo de Alejandría, que había propuesto a su propio candidato y «cedió a regañadientes a la orden del emperador, y guardó su venganza para una ocasión más conveniente» (Schaff).
    Lo que Juan hizo en Constantinopla lo resumen Schaff y Sócrates. Vació el palacio episcopal de su plata y de sus muebles y los vendió para los pobres y los hospitales; redujo la casa a la simplicidad de un monje; rehusó los banquetes, no dio cenas y comió solo, lo que sus enemigos «interpretaron como orgullo» (Sócrates VI, 4); disciplinó al clero y combatió la costumbre de los presbíteros célibes que vivían con «hermanas espirituales»; envió misioneros a los godos y les hizo traducir parte de la Biblia; y predicó contra el lujo de los ricos y de las damas de la corte con una libertad que en Antioquía se le había consentido y que en la capital no. Sócrates, que lo admira, no oculta el otro lado: «se dice que, por su celo de templanza, era severo y duro, y uno de sus primeros amigos dijo que en su juventud mostraba más propensión a la irritabilidad que a la modestia» (VI, 3); y cuenta que su archidiácono Serapión gritó ante todo el clero reunido: «Nunca podrás gobernar a estos hombres, señor, si no los echas a todos con una vara» (VI, 4). Schaff concluye que «tenía la inocencia de la paloma sin la prudencia de la serpiente».
    El sermón más célebre de esos años es el que predicó en 399, cuando el mismo Eutropio que lo había hecho obispo cayó en desgracia y se refugió en la catedral, acogiéndose al asilo que él mismo había intentado abolir. Juan lo defendió ante la multitud que pedía su cabeza, y lo hizo desde el púlpito, con el ministro caído agarrado al altar:
    Texto de la fuenteJuan Crisóstomo · Homilía sobre Eutropio · I, 1Consultar la referencia
    «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»: siempre es oportuno decirlo, pero más especialmente en este momento. ¿Dónde están ahora los brillantes aparatos de tu consulado? ¿Dónde las antorchas resplandecientes? ¿Dónde los bailes y el ruido de los pies de los bailarines, y los banquetes y las fiestas? ¿Dónde las guirnaldas y las cortinas del teatro? ¿Dónde el aplauso que te saludaba en la ciudad, dónde la aclamación en el hipódromo y las lisonjas de los espectadores? Se han ido, todo se ha ido: un viento ha soplado sobre el árbol y ha derribado todas sus hojas, y nos lo muestra desnudo y sacudido desde la raíz. [...] ¿No te decía yo continuamente que la riqueza es una fugitiva? Pero no querías oírme. [...] Y la Iglesia, a la que trataste como enemiga, ha abierto su seno y te ha recibido en él, mientras que los teatros a los que cortejabas, y por los que tantas veces te indignaste conmigo, te han traicionado y arruinado.
    Eutropio fue sacado de la iglesia poco después y ejecutado. El sermón muestra lo que Schaff llama «la ventaja de la ocasión»: Juan no preparaba sus mejores páginas, las improvisaba sobre lo que tenía delante, y los taquígrafos las recogían.

    La Encina, Eudoxia y el destierro

    La caída vino de dos lados a la vez. Teófilo de Alejandría, que había perseguido a los monjes origenistas de Egipto, vio con furia que cuatro de ellos, los «Hermanos Altos», se refugiaban en Constantinopla y que Juan los acogía sin admitirlos a la comunión; a la vez, la emperatriz Eudoxia, que había sido su aliada, se dio por aludida en sus sermones contra el lujo de las mujeres. Sócrates cuenta que, después de la visita del anciano Epifanio de Salamina, enviado por Teófilo, Juan pronunció «una invectiva pública contra las mujeres en general», que el pueblo entendió contra la emperatriz y que sus enemigos llevaron a palacio (VI, 15). En 403 Teófilo llegó a Constantinopla con una escolta de marineros egipcios y presentes, se negó a entrar en la iglesia, y reunió a treinta y seis obispos, veintinueve de ellos egipcios, en un suburbio de Calcedonia llamado la Encina. Juan se negó a comparecer ante «enemigos declarados» y pidió un concilio general; lo citaron cuatro veces y lo depusieron «sin alegar otra causa que su negativa a obedecer la citación» (Sócrates VI, 15). El emperador firmó el destierro, y Juan se entregó de noche para evitar un motín.
    Duró días. El pueblo sitió el palacio, y la noche siguiente un terremoto sacudió la ciudad y en particular, dice Schaff, «el dormitorio de Eudoxia», que suplicó a Arcadio que lo hiciera volver. El Bósforo se llenó de barcas con antorchas, y Juan fue llevado en volandas a la catedral y obligado a predicar antes de que un sínodo lo hubiera rehabilitado, lo que sus enemigos apuntaron para más tarde (Sócrates VI, 16). Teófilo huyó a Alejandría. Dos meses después se levantó en el foro, frente a Santa Sofía, una columna con la estatua de plata de la emperatriz, y las fiestas de la dedicación interrumpieron el culto. Juan protestó, y se le atribuyó una frase: «De nuevo Herodías se enfurece, de nuevo baila, de nuevo pide la cabeza de Juan en una bandeja». Schaff advierte que la homilía que empieza así es tenida por espuria por Tillemont, Savile y Montfaucon, pero que «es bastante probable» que Juan hiciera alguna alusión que sus enemigos pudieran interpretar así, y que, de todos modos, Eudoxia la creyó.
    El segundo destierro fue definitivo. La vigilia de Pascua de 404 los soldados lo sacaron de la catedral mientras se bautizaba a cientos de catecúmenos; Paladio, citado por Schaff, dice que «las aguas de la regeneración se tiñeron de sangre». El 5 de junio de 404, según Schaff, Arcadio firmó el edicto, Juan se despidió de Olimpia y de sus diaconisas y se entregó. Apenas había salido cuando Santa Sofía ardió; sus partidarios, los joanitas, fueron acusados del incendio, encarcelados y torturados sin que ninguno confesara. Antes de partir, Juan había escrito a Inocencio de Roma, a Venerio de Milán y a Cromacio de Aquilea:
    Texto de la fuenteJuan Crisóstomo · Carta a Inocencio, obispo de Roma · 1–2Consultar la referencia
    Supongo que, aun antes de recibir nuestra carta, tu Piedad ha oído la iniquidad que aquí se ha perpetrado. Pues la magnitud de nuestra aflicción apenas ha dejado una parte del mundo sin noticia de esta grave tragedia [...]. Teófilo, a quien se ha confiado la presidencia de la Iglesia de Alejandría, habiendo recibido la orden de venir solo a Constantinopla porque ciertos hombres lo habían acusado ante el muy piadoso emperador, llegó trayendo consigo no pequeña multitud de obispos egipcios, como queriendo mostrar desde el principio que venía a la guerra y al enfrentamiento [...]. Nosotros no rehusábamos ser juzgados, sino comparecer ante un enemigo declarado y un adversario manifiesto.
    Wikipedia cita el juicio del historiador William Stephens sobre esta carta: el patriarca de la nueva Roma «se dirige a los grandes obispos de Occidente como a los defensores de una disciplina eclesiástica que él mismo confiesa ser incapaz de hacer cumplir», se concede a Inocencio «cierta primacía», pero «no se lo trata como árbitro supremo», sino que se le pide ayuda «como a un hermano mayor», con otros dos obispos de Italia como destinatarios conjuntos. Inocencio anuló la deposición, pidió un concilio y envió una delegación en 405 que nunca consiguió entrar en Constantinopla (Wikipedia). Elizabeth Clark, en el estudio de la biblioteca sobre Crisóstomo y sus amigos, ha mostrado el papel de la diaconisa Olimpia, viuda rica y amiga de Juan, en esa red de apoyo.

    Cucuso y Comana

    Lo llevaron en pleno verano por Galacia y Capadocia hasta Cucuso, una aldea en los montes entre Cilicia y Armenia, expuesta a los bandidos isaurios y a un invierno severo. Desde allí escribió la mayor parte de sus cartas: a obispos de Oriente y de Occidente, a presbíteros y diaconisas, a los misioneros de Fenicia y de Persia, y diecisiete a Olimpia, «las más importantes de todas» según Schaff, en las que «reveló su vida interior». La primera, escrita en el camino, contiene la frase que resume su teología del sufrimiento:
    Texto de la fuenteJuan Crisóstomo · Cartas a Olimpia · I, 1Consultar la referencia
    No te abatas, pues. Porque solo hay una cosa, Olimpia, que es verdaderamente terrible, una sola prueba verdadera, y es el pecado; y nunca he dejado de insistir continuamente en este tema; pero todo lo demás, conjuras, enemistades, fraudes, calumnias, insultos, acusaciones, confiscación, destierro, la espada afilada del enemigo, el peligro del mar, la guerra del mundo entero o lo que quieras nombrar, son cuentos vanos. Porque sea cual sea su naturaleza, son transitorios y perecederos, y operan en un cuerpo mortal sin dañar en nada al alma vigilante.
    Es la tesis que desarrolló para ella en un tratado entero, Que nadie puede dañar al que no se daña a sí mismo. Schaff anota que la correspondencia dio al desterrado «una influencia más amplia desde aquella soledad que desde el trono episcopal», y que eso decidió su final: la corte prohibió la correspondencia y ordenó trasladarlo a Pitiunte, en el Cáucaso, «el lugar más inhóspito del Imperio». El viaje, a pie y bajo dos guardias brutales, duró tres meses. No llegó. El 14 de septiembre de 407, en la capilla del mártir Basilisco, a pocas millas de Comana del Ponto, vestido de blanco, comulgó y murió. Sus últimas palabras fueron su doxología de siempre: «Gloria a Dios por todo».
    Treinta y un años después, el 27 de enero de 438, el emperador Teodosio II y su hermana Pulqueria recibieron sus reliquias en Calcedonia, se arrodillaron ante el ataúd y pidieron perdón «en nombre de sus padres culpables» (Schaff); fueron depositadas en la iglesia de los Santos Apóstoles, con los emperadores. Antes, en 428, la corte había instituido una fiesta en su honor, y el arzobispo Proclo había predicado para reconciliar a los joanitas, que seguían en cisma: «Juan, tu vida estuvo llena de dolor, pero tu muerte fue gloriosa» (Wikipedia). Pío V lo declaró doctor de la Iglesia en 1568, Pío X patrono de los predicadores en 1908, y la Iglesia griega lo cuenta entre los Tres Jerarcas con Basilio y Gregorio Nacianceno.
    Nota de lectura · Lo que las fuentes no permiten afirmar
    No consta el año exacto de su nacimiento (347 o 349), ni el de su bautismo, ni quién lo ordenó presbítero, ni cuándo escribió Sobre el sacerdocio. La frase sobre Herodías es de atribución dudosa. La destrucción del templo de Artemisa en Éfeso, que Cirilo de Alejandría y Proclo le atribuyeron, «se considera espuria» (Wikipedia). La liturgia que lleva su nombre es una abreviación de la de Basilio y, según Schaff, «no hay prueba de que compusiera una liturgia, ni es probable». Y la leyenda medieval de su penitencia, que lo hace vivir años a cuatro patas por haber matado a una princesa, es una fábula que Lutero ridiculizó en 1537 y que Durero y Cranach grabaron (Wikipedia).

    El sacerdocio como carga

    Sobre el sacerdocio es su obra más leída y la más traducida, y es un diálogo. Basilio reprocha a Juan el engaño; Juan responde que fue un favor, porque la carga es más de lo que él puede llevar. Los seis libros desarrollan esa respuesta: la amistad y el pacto (I), por qué el engaño fue justo y qué exige Cristo a Pedro (II), la grandeza del oficio y sus tentaciones (III), la enseñanza y la polémica (IV), la predicación y el aplauso (V), y por qué el sacerdote está más expuesto que el monje (VI). El libro III contiene la página sobre el altar que la tradición oriental ha citado más veces:
    Texto de la fuenteJuan Crisóstomo · Sobre el sacerdocio · III, 4Consultar la referencia
    Imagina a Elías y a la vasta multitud de pie a su alrededor, el sacrificio colocado sobre el altar de piedras, y a todo el resto del pueblo sumido en profundo silencio mientras el profeta, solo, eleva la oración; luego, la repentina irrupción del fuego del cielo sobre el sacrificio: son cosas maravillosas, cargadas de terror. Pasa ahora de esta escena a los ritos que se celebran en el día de hoy: no solo son maravillosos de contemplar, sino trascendentes en terror. Allí está el sacerdote, no haciendo descender fuego del cielo, sino al Espíritu Santo; y hace súplica prolongada, no para que alguna llama enviada desde lo alto consuma las ofrendas, sino para que la gracia que desciende sobre el sacrificio ilumine con ello las almas de todos y las haga más refulgentes que la plata purificada por el fuego.
    Pero el centro del tratado no es el altar sino la gente. El libro VI explica por qué el monje lo tiene más fácil: «no se encuentra con cosas que irritan y excitan su mente», mientras que quien «se ha dedicado a multitudes enteras y se ha visto obligado a cargar con los pecados de muchos» tiene que guiar su alma en medio de la tormenta (VI, 7). Y el libro V es un tratado sobre el oficio de predicar que no tiene igual en la Antigüedad:
    Texto de la fuenteJuan Crisóstomo · Sobre el sacerdocio · V, 1–2Consultar la referencia
    La mayoría de los que están a cargo de los predicadores no están dispuestos a comportarse con ellos como con maestros, sino que, desdeñando el papel de discípulos, asumen en cambio la actitud de quienes se sientan y contemplan los juegos públicos; y así como allí la multitud se separa en partidos, y unos se adhieren a uno y otros a otro, así también aquí los hombres se dividen y se vuelven partidarios ora de este maestro, ora de aquel [...]. Por tanto, un predicador debe tener elevación de ánimo, que supere con mucho mi propia pequeñez de espíritu, para corregir este placer desordenado e inútil por parte de la multitud [...]; y esto no es posible lograrlo sino por dos medios: la indiferencia ante su alabanza y el poder de predicar bien. Pues si falta cualquiera de estas dos cosas, la restante se vuelve inútil [...]: el que es arrastrado por el deseo de alabanza, aunque es capaz de prestar mejor servicio a la multitud, proporciona en lugar de esto un alimento que se adapte a su gusto, porque compra con ello el tumulto de la aclamación.
    Schaff cuenta que las multitudes de Antioquía y Constantinopla aplaudían sus sermones, y que cuando él las reprendía por aplaudir, aplaudían la reprensión. La página del libro V es la de alguien que conocía el peligro desde dentro.

    El sentido literal y los pobres: cómo predicaba

    Unas seiscientas homilías se conservan: sesenta y siete sobre el Génesis, cincuenta y nueve sobre los Salmos, noventa sobre Mateo, ochenta y ocho sobre Juan, cincuenta y cinco sobre los Hechos y series sobre todas las cartas de Pablo, incluida la de los Hebreos, que tenía por paulina (Schaff; Wikipedia). La mayoría las tomaron taquígrafos y él publicó solo algunas. Schaff describe el método: la escuela de Antioquía «busca explicar el sentido gramatical e histórico obvio, que es bastante rico para todo fin de instrucción y edificación», y Crisóstomo «reconoce la alegoría en teoría, pero rara vez la usa en la práctica», acercándose «mucho a lo que hoy llamamos exégesis gramático-histórica». Wikipedia matiza que también «usa en gran medida la interpretación alegórica más asociada a la escuela alejandrina». Lo que no hace nunca es separar la exposición de la aplicación: cada homilía termina en la vida, y en la vida de Antioquía o de Constantinopla, con sus teatros, su hipódromo y sus ricos.
    El pasaje más citado de toda su predicación social está en las homilías sobre Mateo, predicadas en Antioquía:
    Texto de la fuenteJuan Crisóstomo · Homilías sobre el Evangelio de Mateo · 50, 3–4Consultar la referencia
    ¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando está desnudo; no lo honres aquí con vestiduras de seda mientras fuera lo abandonas muerto de frío y desnudo. Porque el que dijo «esto es mi cuerpo», y con su palabra confirmó el hecho, ese mismo dijo: «Me visteis hambriento y no me disteis de comer», y «cuanto no hicisteis a uno de estos pequeños, no me lo hicisteis a mí». Pues aquel cuerpo no necesita vestiduras, sino un alma pura; este necesita mucho cuidado. [...] ¿De qué sirve que su mesa esté llena de copas de oro, mientras él perece de hambre? Sáciale primero el hambre, y después adorna también su mesa con abundancia. ¿Le haces una copa de oro, y no le das un vaso de agua fría? [...] Y mientras esos tesoros tuyos están expuestos a que los confisquen reyes infieles, tiranos y ladrones, lo que hagas por tu hermano hambriento, forastero y desnudo, ni el diablo podrá arrebatarlo, sino que quedará guardado en un tesoro inviolable.
    Wikipedia lo llama, con una cita de Liebeschuetz, «quizá el predicador más ardiente de la justicia social» de todos los padres orientales, y recoge otra de sus frases contra los ricos de Constantinopla: «¿Honras tanto tus excrementos como para recibirlos en un orinal de plata, mientras otro hombre hecho a imagen de Dios perece de frío?». No era un reformador social en el sentido moderno; Elizabeth Clark muestra en su estudio que defendía la jerarquía del hogar, el marido sobre la mujer y el amo sobre el esclavo, como parte del orden que Dios quiso. Pero predicó la limosna con una insistencia que, según Schaff, «tendía a aumentar más que a disminuir el número de mendigos» en torno a las iglesias, y vendió la plata de su palacio para cumplir lo que predicaba.
    Nota de lectura · Las homilías contra los judíos
    En sus dos primeros años de presbítero, 386–387, Juan pronunció ocho homilías contra los cristianos que participaban en las fiestas judías, frecuentaban la sinagoga y se hacían circuncidar. Se titulan Contra los judíos y contienen los pasajes más violentos de toda su obra. Los estudiosos recuerdan que la forma retórica del psogos, la invectiva, obligaba a vilipendiar sin matices, que el blanco principal eran los judaizantes de su propia iglesia y que el editor benedictino Montfaucon ya anotó que se dirigían «contra los que judaizaban y ayunaban con ellos»; otros, como James Parkes y Steven Katz, los tienen por «las denuncias más horribles y violentas del judaísmo» en un teólogo cristiano y por un giro decisivo en la historia del antijudaísmo (Wikipedia). Las dos lecturas son compatibles con los hechos: lo que era retórica de escuela en el siglo IV alimentó, leído fuera de su contexto, un odio que no era de escuela. Un perfil honesto las incluye.

    Recepción y legado

    Su recepción fue inmediata y, a diferencia de la de Orígenes o de Gregorio de Nisa, nunca estuvo bajo sospecha doctrinal. Schaff lo explica: vivió «entre las grandes controversias trinitarias y cristológicas», aceptó Nicea y murió antes de Nestorio y Eutiques; «la especulación no era su fuerte», y en la única controversia que lo alcanzó, la origenista, mostró «un espíritu caritativo y liberal» que le costó la sede pero no la ortodoxia. Teodoreto, Ecumenio, Teofilacto y Eutimio Zigabeno saquearon sus homilías; Tomás de Aquino dijo que prefería las de Mateo a ser dueño de todo París; Erasmo tradujo las de los Hechos; Dante lo puso en el Paraíso entre el profeta Natán y Anselmo, «probablemente», conjetura Schaff, «porque, como Natán, reprendió los pecados de la corte y, como Anselmo, sufrió destierro por su convicción». Bossuet, Massillon y Bourdaloue lo tomaron por modelo «incluso en sus defectos». En Oriente, su nombre quedó unido a la liturgia que se celebra la mayor parte del año y a los Tres Jerarcas, y sus homilías fueron el alimento de la predicación bizantina. Wikipedia nota que, con todo, «ha sido menos importante para el cristianismo occidental» que para el oriental, y que sus escritos «han sobrevivido más que los de cualquier otro Padre griego».
    Dos de sus posiciones tuvieron herederos inesperados. Su insistencia en la libertad y en la cooperación de la voluntad con la gracia la invocó Casiano, su discípulo, y la usó Julián de Eclana contra Agustín, que tuvo que esforzarse para mostrar que Crisóstomo no era pelagiano; Schaff lo llama, con cautela, «un semipelagiano católico o sinergista antes de que el semipelagianismo se convirtiera en sistema». Y su carta a Inocencio, que pide ayuda a Roma como a un hermano mayor y a dos obispos italianos junto con él, ha servido a unos para mostrar que la primacía romana ya existía y a otros para mostrar que no era lo que después fue.
    Qué quedó de él se puede decir en pocas frases. El modelo de predicación expositiva, verso a verso y con aplicación a la vida, es suyo, y la Reforma lo reclamó tanto como los jesuitas. La idea de que el pobre es el cuerpo de Cristo antes que el altar volvió en el siglo XX en la doctrina social de las iglesias, y el Catecismo de la Iglesia católica lo cita dieciocho veces (Wikipedia). Sobre el sacerdocio sigue siendo el tratado sobre el ministerio que más se lee en los seminarios de Oriente y de Occidente. Lo que no quedó, o quedó como advertencia, es su manera de tratar con el poder: Schaff, que lo admira, concluye que «con un poco más de prudencia mundana y menos severidad ascética quizá habría conciliado y convertido a los que repelió con sus fulminaciones desde el púlpito», y a la vez que «su carácter se perfeccionó en el sufrimiento» y que los tres años de destierro «son la gloria coronadora de su carrera». El lector que quiera juzgarlo por sí mismo tiene una tarea concreta: leer seguidos el libro V de Sobre el sacerdocio y la homilía sobre Eutropio, y preguntarse si el hombre que escribió el primero podía haber predicado la segunda de otra manera.
    Nota de lectura · Fuentes de este perfil y para seguir leyendo
    • Philip Schaff, «Prolegomena: The Life and Work of St. John Chrysostom», en Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 9 (1889), capítulos II–XIV, en CCEL. De aquí proceden la mayoría de los datos biográficos, la cronología de los destierros y los juicios sobre su carácter, su exégesis y su predicación. Schaff cita a Neander, Stephens, Villemain, Hase, Gibbon y Milman.
    • Sócrates Escolástico, Historia eclesiástica VI, 2–21, y Sozomeno, Historia eclesiástica VIII, 2–28, en New Advent: las fuentes del siglo V sobre su formación, su carácter, el sínodo de la Encina y los dos destierros.
    • Elizabeth A. Clark, Jerome, Chrysostom, and Friends: Essays and Translations (Edwin Mellen, 1979). Sobre las ideas de Crisóstomo acerca de las mujeres y la relación sexual, los tratados contra las subintroductae y la vida de Olimpia según la narración de Sergia.
    • J. N. D. Kelly, Golden Mouth: The Story of John Chrysostom, Ascetic, Preacher, Bishop (Duckworth, 1995), la biografía moderna de referencia, no está en la biblioteca y no se ha consultado. Tampoco Paladio, Diálogo sobre la vida de Juan Crisóstomo, que se cita por Schaff.
    • Textos: las citas de este perfil están traducidas por Eusebeia del inglés de la NPNF1, vols. 9 y 10 (W. R. W. Stephens, T. P. Brandram, George Prevost); los pasajes de Sobre el sacerdocio siguen la edición de Eusebeia. Las homilías sobre Mateo, en New Advent.
    • En castellano: Juan Crisóstomo, Sobre el sacerdocio, trad. de A. Velasco (Ciudad Nueva), y las selecciones de Alfonso Ropero en Obras escogidas de Juan Crisóstomo (CLIE), no consultadas aquí.
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