12. ¿Te parece, pues, que abrigamos un temor razonable? Porque, además de lo dicho, aunque se necesita mucha fatiga por mi parte para no ser completamente abrumado por las pasiones de mi alma, soporto la fatiga y no rehúyo el conflicto. Pues aun ahora soy cautivado por la vanagloria, pero a menudo me recobro, y veo de una mirada que he sido cautivado, y hay veces en que reprendo a mi alma, que ha sido esclavizada; deseos desenfrenados vienen sobre mí incluso ahora, pero solo encienden una llama lánguida, pues mis ojos corporales no pueden fijarse en combustible alguno que alimente el fuego. De hablar mal de alguien, o de oír que se habla mal de alguien, estoy completamente apartado, pues no tengo con quién conversar; ciertamente estas paredes nunca hablarían; sin embargo, no es posible de igual modo evitar la ira, aunque no haya nadie que la provoque. Pues a menudo, cuando el recuerdo de hombres ultrajantes ha venido sobre mí, y de las acciones por ellos realizadas, hace que mi corazón se hinche. Pero no de forma permanente, pues rápidamente apago su encendimiento y lo persuado a estarse quieto, diciéndole que es muy inconveniente y sumamente despreciable dejar la propia falta en paz y ocuparse de las faltas de los vecinos. Pero si viniera yo a la multitud y me viera envuelto en innumerables excitaciones, no podría tener el beneficio de esta advertencia, ni experimentar reflexiones que me reprenden así. Sino que, así como los que son arrastrados por un torrente a precipicios, o de alguna otra manera, pueden prever la destrucción a la que finalmente se encaminan y son incapaces de pensar en medio alguno de ayuda, así yo, cuando haya caído en el gran tumulto de mis pasiones, podré ver de una mirada mi castigo crecer cada día. Pero ser dueño de mí mismo como soy ahora, y reprender enfermedades de esta clase que rugen por todas partes, no me sería igualmente fácil como lo era antes. Pues mi alma es débil y pequeña, y fácilmente dominada, no solo por estas pasiones, sino por la envidia, que es más amarga que todas ellas. Ni sabe soportar templadamente las injurias o los honores. Estos la exaltan sobremanera, mientras que aquellos la abaten. Así como las fieras salvajes, cuando están en buena condición y con pleno vigor, vencen a los que luchan contra ellas, particularmente si ellos son débiles e inexpertos; pero si alguien las debilitara por el hambre, adormecerá su furia y extinguirá la mayor parte de su fuerza; de modo que uno no demasiado valiente podría acometer el combate y batallar con ellas: así también sucede con las pasiones del alma. Quien las debilita las sujeta a la recta razón; pero quien las alimenta cuidadosamente hace más dura su batalla contra ellas y las vuelve tan formidables que pasa todo su tiempo en servidumbre y temor.
¿Cuál es, pues, el alimento de estas fieras? De la vanagloria, ciertamente, son los honores y los aplausos; de la soberbia, la abundancia de autoridad y de poder; de la envidia, la reputación de los prójimos; de la avaricia, la munificencia de los generosos; de la incontinencia, el lujo y la compañía constante de mujeres; ¿y las demás pasiones tienen su propio alimento? Y todas estas cosas me atacarán con saña si salgo al mundo, y desgarrarán mi alma en pedazos, serán tanto más formidables y harán más dura mi batalla contra ellas. Mientras que, estando yo establecido aquí, serán sometidas; y entonces, ciertamente, solo con gran esfuerzo; sin embargo, al mismo tiempo, por la gracia de Dios, serán sometidas, y no habrá entonces nada peor que sus ladridos. Por estas razones me quedo en esta celda, y soy inaccesible, recogido en mí mismo e insociable, y soporto oír incontables quejas de este tipo, aunque de buena gana las borraría, y me he sentido afligido y apenado porque no puedo; pues no me es fácil volverme sociable y, al mismo tiempo, permanecer en mi actual seguridad. Por tanto, te ruego también a ti que tengas piedad antes que censurar a quien se halla en tan gran dificultad.
Pero aún no podemos persuadirte. Por consiguiente, ha llegado el momento de decirte lo único que me había quedado sin expresar. Tal vez a muchos les parezca increíble, pero aun así no me avergonzaré de sacarlo a la luz, pues aunque lo dicho es prueba de una conciencia mala y de muchos pecados, sin embargo, puesto que Dios, que está a punto de juzgarnos, lo sabe todo con exactitud, ¿qué ganancia nos reportará la ignorancia de los hombres? ¿Qué es, pues, esto que aún no he dicho? Desde aquel día en que me comunicaste la sospecha del episcopado, todo mi organismo ha estado a menudo en peligro de quedar completamente desquiciado, tal fue el temor, tal el desaliento que se apoderó de mi alma; pues al considerar la gloria de la Esposa de Cristo, la santidad, la hermosura y sabiduría espirituales, y la gracia, y al hacer luego el recuento de mis propias faltas, no cesaba de lamentarme por ella y por mí mismo, y en medio de continua angustia y perplejidad, no dejaba de decir— ¿quién hizo, pues, semejante sugerencia? ¿Por qué ha cometido la Iglesia de Dios un error tan grande? ¿Por qué ha provocado tanto a su Maestro, como para ser entregada a mí, el más indigno de todos los hombres, y sufrir tan gran deshonra? Considerando estas cosas a menudo a solas, y no pudiendo soportar el pensamiento de cosa tan monstruosa, solía quedarme como los fulminados por el rayo, sin habla, e incapaz de ver u oír. Y cuando esta condición de gran impotencia me abandonaba, pues había momentos en que pasaba, las lágrimas y el desaliento le sucedían, y tras el torrente de lágrimas, entonces el temor entraba de nuevo en su lugar, perturbando, confundiendo y agitando mi mente. En semejante tempestad solía pasar el tiempo que ya se fue; pero tú lo ignorabas, y pensabas que yo pasaba el tiempo en una perfecta tranquilidad; pero ahora intentaré desvelarte la tormenta de mi alma, pues quizá en adelante me perdonarás, abandonando tus acusaciones. ¿Cómo, pues, te desvelaré esto? Porque si quisieras verlo con claridad, no es posible de otro modo que desnudando mi propio corazón; pero como esto es imposible, intentaré mostrarte, lo mejor que pueda, mediante una débil ilustración, la lobreguez de mi desaliento, y a partir de esta imagen, ten a bien deducir mi condición.