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    TEXTOS — JUAN CRISÓSTOMO

    Índice de la obra

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    Juan Crisóstomo

    Sobre el sacerdocio

    Texto base: versión inglesa de W. R. W. Stephens, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 9 (1889), «Treatise Concerning the Christian Priesthood» · seis libros

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Stephens; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 208 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Dos amigos jóvenes acuerdan aceptar o rechazar juntos el episcopado que la ciudad quiere imponerles. Uno de ellos, Juan, deja que ordenen al otro y se esconde. Cuando Basilio, engañado, viene a reprochárselo, Juan se defiende: no fue traición sino cuidado, porque el sacerdocio es una carga que él no se cree capaz de llevar, y Basilio sí. De esa defensa salen seis libros sobre qué es el ministerio de la Iglesia, por qué es más difícil que la vida del monje, qué tentaciones acechan a quien gobierna almas y qué se exige de quien tiene que predicar. Es la primera obra de Juan Crisóstomo en Eusebeia y uno de los textos sobre el ministerio más leídos de la Antigüedad.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de W. R. W. Stephens, publicada en 1889 en el volumen 9 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (St. Chrysostom: On the Priesthood; Ascetic Treatises; Select Homilies and Letters; Homilies on the Statues, dirigido por Philip Schaff). La portada del tratado en CCEL lo presenta como «traducido, con introducción y notas, por el reverendo W. R. W. Stephens, prebendado de la catedral de Chichester y rector de Woolbeding, Sussex». La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano.

    Ficha de la obra

    AutorJuan Crisóstomo (Wikipedia: Antioquía, 347 – Comana del Ponto, 14 de septiembre de 407), presbítero de Antioquía y después arzobispo de Constantinopla
    TítuloSobre el sacerdocio (griego Perì hierōsýnēs; en el NPNF, Treatise Concerning the Christian Priesthood)
    FechaLas fuentes no coinciden: Schaff la liga al episodio de la elección frustrada, antes de 374; Wikipedia la fecha entre 390 y 391
    GéneroDiálogo en seis libros entre Juan y su amigo Basilio
    EstructuraSeis libros con secciones numeradas por la edición inglesa
    ExtensiónUnas 40 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Stephens; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 9 (1889), tal como lo recoge CCEL

    Los seis libros

    LibroDe qué trata
    ILa amistad con Basilio, la madre de Juan, el acuerdo de los dos amigos y el engaño
    IIPor qué el engaño fue un favor: la grandeza del cargo y la indignidad de Juan
    IIIQué es el sacerdocio: la eucaristía, el perdón, la elección de los ministros y las intrigas que la rodean
    IVEl sacerdote debe saber defender la fe con la palabra; los peligros de la ignorancia
    VEl arte de predicar: la vanidad, la envidia, el juicio del pueblo
    VIPor qué la vida del sacerdote es más difícil que la del monje; la responsabilidad por las almas

    La fuente y su traducción

    Schaff cuenta en su introducción (NPNF 1, vol. 9, cap. IV) el episodio que da marco al diálogo: varias sedes de Siria vacantes, la atención puesta en Juan y en Basilio aunque no tuvieran la edad canónica, el pacto de aceptar o rechazar juntos, la huida de Juan y la ordenación de Basilio. Schaff reprueba el engaño («que toda conciencia cristiana sana debe condenar») y señala que en aquella época se tenía por «economía», es decir, por buena administración. La fecha de la obra no está resuelta: Schaff la une a ese episodio, anterior a su retiro monástico (374–381); Wikipedia la sitúa en 390–391. Esta edición no decide.
    Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. El epub de partida reproduce el texto de Stephens tal como lo publica CCEL, sin sus notas ni su introducción.
    Lo que viene de la edición. La división en seis libros es de la tradición manuscrita; la numeración de las secciones («1.», «2.»…) es de la edición inglesa, y los localizadores de este libro la siguen («III, 5» = libro III, sección 5). Los rótulos «Crisóstomo:» y «Basilio:» que marcan algunas intervenciones vienen de la edición inglesa, no del griego. El epub de partida termina con una biografía de Julio Africano que no pertenece a la obra (texto vecino en la colección de Calibre de la que se extrajo) y que aquí no se reproduce.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El castellano perdió el número de sección al comienzo de los párrafos 1 a 6 del libro VI, que sí trae el inglés; los localizadores usan los del inglés. El libro IV empieza, también en el inglés de CCEL, sin número de sección: sus tres primeros párrafos se localizan como «IV, 1» por la secuencia. El cotejo con el inglés da los mismos 137 párrafos y un largo de 0,99 veces el del original.

    Libro I

    I, 1

    1. Tenía muchos amigos verdaderos y leales, hombres que entendían las leyes de la amistad y las observaban fielmente; pero de este gran número hubo uno que superó a todos los demás en su afecto hacia mí, esforzándose por aventajarlos tanto como ellos mismos aventajaban a los simples conocidos. Era uno de los que estaban constantemente a mi lado; pues nos ocupábamos en los mismos estudios y teníamos los mismos maestros. Teníamos el mismo entusiasmo y celo por los estudios en que trabajábamos, y un deseo apasionado, producido por las mismas circunstancias, era igualmente fuerte en ambos. Pues no sólo cuando asistíamos a la escuela, sino después de dejarla, cuando fue necesario considerar qué género de vida sería mejor adoptar, nos hallamos del mismo parecer.

    I, 2

    2. Y además de esto, había otras cosas que preservaban y mantenían esta concordia inquebrantable y segura. Pues en cuanto a la grandeza de nuestra patria, ninguno tenía motivo para envanecerse sobre el otro, ni yo estaba cargado de riquezas y él agobiado por la pobreza, sino que nuestros medios se correspondían tan estrechamente como nuestros gustos. Nuestras familias eran también de rango igual, y así todo concurría con nuestra disposición.

    I, 3

    3. Pero cuando se hizo necesario para nosotros abrazar la vida bienaventurada de los monjes y la verdadera filosofía, ya no hubo equilibrio entre nosotros: su platillo subió a lo alto, mientras que yo, todavía enredado en las pasiones de este mundo, arrastraba el mío hacia abajo y lo mantenía bajo, cargándolo con aquellas fantasías a las que suelen entregarse los jóvenes. En adelante, nuestra amistad permaneció ciertamente tan firme como antes, pero nuestro trato quedó interrumpido; pues era imposible que personas que no se interesaban por las mismas cosas pasaran mucho tiempo juntas. Pero tan pronto como yo también comencé a salir un poco del torrente de la mundanalidad, me recibió con los brazos abiertos; sin embargo, ni aun así pudimos mantener nuestra antigua igualdad: pues, habiéndome tomado la delantera en el tiempo y habiendo mostrado gran diligencia, volvió a elevarse por encima de mi nivel y se remontó a gran altura.

    I, 4

    4. Siendo, sin embargo, un hombre bueno y teniendo en alta estima mi amistad, se apartó de todos los demás (de los hermanos) y pasó todo su tiempo conmigo, cosa que había deseado hacer antes, pero que, como decía, mi frivolidad se lo había impedido. Pues era imposible que un hombre que frecuentaba los tribunales y se agitaba con los placeres del teatro estuviera a menudo en compañía de quien estaba clavado a sus libros y jamás ponía el pie en la plaza. Por consiguiente, cuando se quitaron los obstáculos y él me hubo llevado al mismo estado de vida que el suyo, dio libre curso al deseo que durante tanto tiempo lo había atormentado. No podía soportar dejarme ni por un momento, y con insistencia nos instaba a que abandonáramos cada uno nuestra propia casa y compartiéramos una vivienda común; de hecho, me persuadió, y el asunto se puso en marcha.

    I, 5

    5. Pero los continuos lamentos de mi madre me impidieron concederle el favor o, más bien, recibir de sus manos este beneficio. Pues cuando advirtió que yo meditaba este paso, me llevó a su cámara privada y, sentándose cerca de mí en el lecho donde me había dado a luz, derramó torrentes de lágrimas, a las que añadió palabras aún más lastimosas que su llanto, en este lamentable tono: "Hijo mío, no fue la voluntad del Cielo que yo disfrutara por mucho tiempo del bien de la virtud de tu padre. Pues su muerte siguió de cerca a los dolores que soporté en tu nacimiento, dejándote huérfano y a mí viuda antes de tiempo para afrontar todos los horrores de la viudez, que sólo quienes los han experimentado pueden comprender plenamente. Pues no hay palabras adecuadas para describir la condición sacudida por la tempestad de una mujer joven que, habiendo dejado apenas su casa paterna y siendo inexperta en los negocios, se ve de pronto atormentada por un dolor abrumador y obligada a soportar una carga de cuidados demasiado grande para su edad y su sexo. Pues tiene que corregir la pereza de los siervos, vigilar sus picardías, rechazar las maquinaciones de los parientes, soportar con valentía las amenazas de los recaudadores de impuestos públicos y la dureza en la imposición de tributos. Y si el difunto ha dejado un hijo, aunque sea una niña, la madre sufrirá gran ansiedad, aunque libre de mucho gasto y temor; pero un niño la llena cada día de diez mil sobresaltos y muchas inquietudes, por no hablar del gran gasto que una se ve obligada a hacer si desea educarlo de manera liberal. Sin embargo, ninguna de estas cosas me indujo a contraer segundas nupcias ni a introducir un segundo esposo en la casa de tu padre; sino que permanecí como estaba, en medio de la tormenta y el tumulto, y no rehuí el horno de hierro de la viudez. Mi principal ayuda fue, ciertamente, la gracia de lo alto; pero no fue pequeño consuelo para mí, en medio de aquellas terribles pruebas, mirar continuamente tu rostro y conservar en ti una imagen viva del que se había ido, una imagen que era en verdad un retrato bastante exacto."
    Por esta razón, incluso cuando eras un niño de pecho y aún no habías aprendido a hablar, tiempo en que los hijos son el mayor deleite de sus padres, me proporcionabas mucho consuelo. Ni tampoco puedes quejarte de que, aunque soporté valientemente mi viudez, haya disminuido tu patrimonio, cosa que sé ha sido la suerte de muchos que han tenido la desgracia de quedar huérfanos. Pues, además de conservarlo íntegro, no escatimé gasto alguno necesario para darte una posición honorable, gastando con este fin parte de mi propia fortuna y de mi dote matrimonial. Pero no pienses que digo estas cosas para reprocharte; sólo que, en pago de todos estos beneficios, te pido un favor: no me sumerjas en una segunda viudez, ni reavives el dolor ahora sosegado. Espera mi muerte: quizá dentro de poco parta. Los jóvenes miran hacia una vejez lejana; pero los que hemos envejecido no tenemos nada que esperar sino la muerte. Cuando, pues, hayas entregado mi cuerpo a la tierra y mezclado mis huesos con los de tu padre, embárcate para un largo viaje y hazte a la mar por donde quieras: entonces no habrá nadie que te lo impida. Pero mientras dure mi vida, conténtate con vivir conmigo. No te opongas, te lo ruego, a Dios en vano, implicándome sin causa, a mí que no te he hecho agravio alguno, en estas grandes calamidades. Pues si tienes algún motivo para quejarte de que te arrastro a cuidados mundanos y te obligo a atender negocios, no te detenga reverencia alguna por las leyes de la naturaleza, ni por la educación ni la costumbre, sino huye de mí como de un enemigo; pero si, por el contrario, hago todo para procurarte descanso en el camino de esta vida, que este vínculo, al menos, si no otro, te mantenga a mi lado. Pues aunque dijeras que diez mil te aman, nadie te concederá el disfrute de tanta libertad, puesto que no hay nadie que esté igualmente ansioso por tu bienestar."

    I, 6

    6. Estas palabras, y más, me habló mi madre, y yo se las referí a aquel noble joven. Pero él, lejos de desanimarse con estos discursos, insistía con más urgencia en la misma petición que antes. Ahora bien, mientras estábamos en esta situación, él suplicando continuamente y yo negando mi asentimiento, ambos nos vimos turbados por un rumor que nos llegó de repente: que estábamos a punto de ser elevados a la dignidad del episcopado. Tan pronto como oí este rumor, me sobrecogieron el temor y la perplejidad: temor de ser hecho cautivo contra mi voluntad, y perplejidad, preguntándome, como hacía a menudo, de dónde había podido entrar en la mente de aquellos hombres semejante idea acerca de nosotros; pues, mirándome a mí mismo, nada hallaba digno de tal honor. Pero aquel noble joven, viniendo a mí en privado y hablando conmigo de estas cosas como con quien ignoraba el rumor, me rogó que también en esta ocasión, como antes, diéramos la misma forma a nuestras acciones y consejos; pues de buen grado me seguiría por cualquier camino que yo emprendiera, tanto si intentaba la huida como si me sometía a ser capturado. Percibiendo, pues, su anhelo, y considerando que causaría una pérdida a todo el cuerpo de la Iglesia si, por mi propia debilidad, privaba al rebaño de Cristo de un joven tan bueno y tan capacitado para la supervisión de grandes multitudes, me abstuve de revelarle el propósito que había formado, aunque nunca antes había permitido que se le ocultara ninguno de mis planes. Le dije entonces que lo mejor sería aplazar a otra ocasión nuestra decisión sobre este asunto, ya que no era inmediatamente apremiante, y con esto lo persuadí a apartarlo de su pensamiento, animándolo al mismo tiempo a esperar que, si tal cosa llegara a sucedernos, yo sería de su mismo parecer. Pero poco tiempo después, cuando llegó el que había de ordenarnos, yo me mantuve oculto; Basilio, en cambio, ignorando esto, fue llevado con otro pretexto y obligado a tomar el yugo, esperando, por las promesas que yo le había hecho, que ciertamente lo seguiría, o más bien suponiendo que él me seguía a mí. Pues algunos de los presentes, viendo que le molestaba ser apresado, lo engañaron exclamando "cuán extraño era que uno que generalmente tenía fama de ser el de temperamento más fogoso (refiriéndose a mí) hubiera cedido muy dócilmente al juicio de los Padres, mientras que él, tenido por hombre mucho más sabio y manso, se había mostrado irascible y engreído, rebelde, inquieto y contradictor". Habiendo cedido a estas reconvenciones, y después de saber que yo había escapado a la captura, vino a mí profundamente abatido, se sentó cerca de mí e intentó hablar, pero se lo impidió la angustia de su ánimo y la imposibilidad de expresar con palabras la violencia a que había sido sometido. Apenas abrió la boca, la aflicción le impidió articular, cortándole las palabras antes de que pasaran sus labios. Viendo, pues, su estado lloroso y agitado, y conociendo como conocía la causa, me reí de alegría y, tomándole la mano derecha, le di un beso y alabé a Dios de que mi plan hubiera terminado tan felizmente, como siempre había pedido en oración. Pero cuando él vio que yo estaba encantado y radiante de gozo, y comprendió que yo lo había engañado, se irritó y afligió aún más.

    I, 7

    7. Y cuando se hubo recobrado un poco de esta agitación del ánimo, comenzó: Si has rechazado la parte que te fue asignada y ya no te cuidas de mí (no sé ciertamente por qué causa), deberías al menos considerar tu propia reputación; pero, tal como están las cosas, has abierto la boca de todos, y el mundo dice que has declinado este ministerio por amor a la vanagloria, y no hay nadie que te libre de esta acusación. En cuanto a mí, no soporto ir a la plaza; son tantos los que se me acercan cada día y me reprochan. Pues cuando me ven en cualquier lugar de la ciudad, todos mis amigos íntimos me toman aparte y echan sobre mí la mayor parte de la culpa. Conociendo su intención, dicen, pues ninguno de sus asuntos podía ocultársete, no debiste ocultarlo, sino comunicárnoslo, y no nos habría faltado ingenio para urdir algún plan para capturarlo. Pero yo me siento demasiado avergonzado y confuso para decirles que no sabía que desde hacía tiempo estabas tramando este ardid, no sea que digan que nuestra amistad era una mera apariencia. Pues aunque así sea, como en efecto lo es— y tú mismo no lo negarías después de lo que me has hecho—, conviene ocultar nuestra desgracia al mundo exterior y a personas que tienen de nosotros una opinión sólo moderada. Me resisto a decirles la verdad y cómo están realmente las cosas entre nosotros, y en adelante me veo obligado a guardar silencio, bajar la mirada al suelo y apartarme para evitar a los que encuentro. Pues si escapo a la condena por el primer cargo, me veo forzado a sufrir juicio por decir falsedad. Pues nunca me creerán cuando diga que tú contabas a Basilio entre los que no tienen permiso de conocer tus asuntos secretos. De esto, sin embargo, no me ocuparé mucho, ya que así te ha parecido bien; pero ¿cómo soportaremos la deshonra futura? Pues unos te acusan de arrogancia, otros de vanagloria; mientras que los que son nuestros acusadores más misericordiosos, echan sobre nosotros ambos delitos y añaden que hemos insultado a quienes nos honraron, aunque, si hubieran recibido una afrenta aún mayor, sólo les habría estado bien empleado por pasar por alto a tantos y tan distinguidos varones y elevar a unos muchachos, que apenas ayer estaban inmersos en los intereses de este mundo, a una dignidad como jamás soñaron obtener, para que por breve tiempo frunzan el ceño, vistan ropas oscuras y pongan cara grave. Los que desde la aurora de la virilidad hasta la extrema vejez han practicado diligentemente la disciplina, van a ser puestos ahora bajo el gobierno de muchachos que ni siquiera han oído las leyes que deben regular la administración de este oficio. Constantemente me asaltan personas que dicen tales cosas y peores, y no sé cómo responderles; pero te ruego que me digas: pues no supongo que hayas huido e incurrido en tal odio de varones tan distinguidos sin causa ni reflexión, sino que tu decisión fue tomada con razonamiento y circunspección; por lo cual también conjeturo que tienes algún argumento preparado para tu defensa. Dime, pues, si hay alguna excusa justa que yo pueda dar a quienes nos acusan.
    Pues no pido cuentas por los agravios que he sufrido de tus manos, ni por el engaño o la traición que has practicado, ni por la ventaja que en el pasado has obtenido de mí. Pues puse mi propia vida, por así decirlo, en tus manos, y sin embargo me has tratado con tanta astucia como si tu tarea hubiera sido guardarte de un enemigo. Pues si sabías que esta decisión nuestra era provechosa, no debiste evitar la ganancia; si, por el contrario, era perjudicial, debiste salvarme también a mí de la pérdida, ya que siempre decías que me estimabas por encima de todos los demás. Pero has hecho todo lo posible para hacerme caer en la trampa; y no tenías necesidad de astucia e hipocresía al tratar con quien acostumbraba mostrar la mayor sinceridad y franqueza en palabras y obras hacia ti. Sin embargo, como he dicho, no te acuso ahora de ninguna de estas cosas, ni te reprocho la soledad en que me has dejado al romper aquellas conversaciones de las que a menudo sacábamos no pequeño placer y provecho; sino que todo esto lo paso por alto y lo soporto en silencio y mansedumbre, no porque tú hayas obrado con mansedumbre al faltarme, sino porque desde el día en que cultivé tu amistad me impuse como regla que, cualquiera que fuese el dolor que me causaras, nunca te forzaría a la necesidad de una disculpa. Pues tú mismo sabes que me has infligido una pérdida no pequeña, si al menos recuerdas lo que siempre nos decíamos y lo que también decía el mundo exterior acerca de nosotros: que era una gran ganancia para nosotros estar unánimes y ser guardados por la amistad mutua. Todos decían, ciertamente, que nuestra concordia traería no pequeña ventaja a muchos además de a nosotros; yo nunca percibí, sin embargo, en lo que a mí respecta, cómo podría ser de ventaja para otros; pero sí decía que al menos sacaríamos este provecho de ella: que los que quisieran contender con nosotros nos hallarían difíciles de dominar. Y no cesaba de recordarte estas cosas: decía que la época es cruel, y muchos son los hombres intrigantes; el amor genuino ya no existe, y la peste mortal de la envidia se ha deslizado en su lugar; caminamos en medio de trampas y al borde de las almenas; los que están dispuestos a alegrarse de nuestras desgracias, si alguna nos sobreviniera, son muchos y nos acosan por todas partes; en cambio no hay nadie que se condolezca con nosotros, o al menos el número de tales puede contarse fácilmente. Cuídate de que no incurramos, por la separación, en mucha irrisión y en un daño peor que la irrisión. Un hermano ayudado por su hermano es como una ciudad fuerte y un reino bien fortificado. No disuelvas esta intimidad genuina, ni derribes la fortaleza. Tales cosas y más te decía yo continuamente, no porque sospechara jamás algo de este género, sino que, suponiéndote enteramente sano en tu relación conmigo, lo hacía por precaución superflua, deseando conservar en salud a quien ya estaba sano; pero sin saberlo, según parece, administraba medicinas a un hombre enfermo; y aun así no he tenido la fortuna de hacer bien alguno, y nada he ganado con mi exceso de previsión. Pues, habiendo desechado por completo todas estas consideraciones, sin dedicarles un pensamiento, me has dejado a la deriva, como nave sin lastre en un océano no probado, sin atender a aquellas olas feroces que he de afrontar. Pues si alguna vez me toca sufrir calumnia, burla o cualquier otra clase de insulto o amenaza (y tales cosas deben ocurrir con frecuencia), ¿a quién huiré en busca de refugio? ¿A quién comunicaré mi angustia? ¿Quién estará dispuesto a socorrerme y a rechazar a mis agresores y poner fin a sus asaltos? ¿Quién me consolará y me preparará para soportar la grosera chocarrería que aún puede estar reservada para mí? No hay nadie, puesto que tú te mantienes apartado de esta terrible contienda y ni siquiera puedes oír mi clamor. ¿Ves, pues, qué mal has causado? Ahora que has asestado el golpe, ¿percibes qué herida mortal has infligido? Pero deja pasar todo esto; porque es imposible deshacer el pasado o hallar camino a través de dificultades sin salida. ¿Qué diré al mundo exterior? ¿Qué defensa presentaré contra sus acusaciones?

    I, 8

    8. Crisóstomo: —Ten buen ánimo —respondí—, pues no solo estoy dispuesto a responder por mí en estas cuestiones, sino que también me esforzaré cuanto pueda en dar cuenta de aquellas por las que no me has pedido explicación. En verdad, si lo deseas, las tomaré como punto de partida de mi defensa. Pues sería una extraña necedad de mi parte si, pensando solo en la alabanza del público exterior y haciendo todo lo posible por acallar sus acusaciones, fuera incapaz de convencer al más querido de todos mis amigos de que no le estoy agraviando, y lo tratara con una indiferencia mayor que el celo que él ha mostrado por mí, tratándome con tal indulgencia que incluso se abstiene de acusarme de los agravios que dice haber sufrido de mí, y deja de lado sus propios intereses por consideración a los míos.
    ¿Qué agravio te he hecho, ya que he decidido embarcarme desde este punto en el mar de la apología? ¿Acaso te engañé y te oculté mi propósito? Sin embargo, lo hice en beneficio tuyo, que fuiste engañado, y de aquellos a quienes te entregué por medio de este engaño. Pues si el mal del engaño fuera absoluto y nunca fuera lícito servirse de él, estaría dispuesto a pagar la pena que quisieras; o mejor, como jamás soportarás infligirme castigo, me someteré a la misma condena que los jueces pronuncian contra los malhechores cuando sus acusadores los han convicto. Pero si la cosa no es siempre perjudicial, sino que se vuelve buena o mala según la intención de quienes la practican, debes dejar de quejarte del engaño y probar que ha sido maquinado contra ti con mal propósito; y mientras falte esta prueba, sería justo que quienes desean conducirse prudentemente no solo se abstuvieran de reproches y acusaciones, sino que incluso dieran amistosa acogida al engañador. Pues un engaño oportuno, emprendido con recta intención, tiene tales ventajas que muchas personas a menudo han tenido que sufrir castigo por abstenerse del fraude. Y si investigas la historia de los generales que han gozado de la más alta reputación desde las edades más antiguas, hallarás que la mayoría de sus triunfos se lograron por estratagema, y que tales son más elogiados que los que vencen en combate abierto. Pues estos últimos conducen sus campañas con mayor gasto de dinero y de hombres, de modo que nada ganan con la victoria, sino que sufren tanta angustia como los derrotados, tanto en el sacrificio de tropas como en el agotamiento de fondos. Pero, además de esto, ni siquiera se les permite gozar de toda la gloria que corresponde a la victoria; pues no pequeña parte de ella la cosechan los caídos, porque en espíritu fueron vencedores; su derrota fue solo corporal: de modo que, si les hubiera sido posible no caer al ser heridos, y la muerte no hubiera venido a poner el remate a sus trabajos, no habría habido fin de su proeza. Pero quien ha podido obtener la victoria por estratagema envuelve al enemigo en ridículo además de en desastre. Además, en el otro caso ambas partes se llevan por igual los honores otorgados al valor, mientras que en este no obtienen por igual los que se otorgan a la sabiduría, sino que el premio recae enteramente en los vencedores, y, otro punto no menos importante, conservan para el estado la alegría de la victoria sin mezcla; pues la abundancia de recursos y la multitud de hombres no son como las facultades mentales: las primeras, si se usan continuamente en la guerra, necesariamente se agotan y fallan a quienes las poseen, mientras que es propio de la sabiduría aumentar cuanto más se ejercita. Y no solo en la guerra, sino también en la paz puede hallarse la necesidad del engaño, no meramente en lo tocante a los asuntos del estado, sino también en la vida privada, en el trato del marido con la mujer y de la mujer con el marido, del hijo con el padre, del amigo con el amigo, y también de los hijos con sus padres. Pues la hija de Saúl no habría podido rescatar a su marido de las manos de Saúl sino engañando a su padre. Y su hermano, queriendo salvar a aquel a quien ella había rescatado cuando nuevamente estaba en peligro, se sirvió de la misma arma que la esposa. [\n 1 Samuel 20:11\n]
    Basilio: Pero ninguno de estos casos me concierne: pues no soy enemigo, ni uno de los que se esfuerzan por perjudicarte, sino todo lo contrario. Pues confié todos mis intereses a tu juicio, y siempre lo seguí cuando me lo ordenabas.
    Crisóstomo: Pero, admirable y excelente señor, esta es precisamente la razón por la que tomé la precaución de decir que era bueno emplear esta clase de engaño, no solo en la guerra y en el trato con enemigos, sino también en la paz y en el trato con nuestros más queridos amigos. Pues como prueba de que es beneficioso no solo a los engañadores, sino también a los engañados: si vas a cualquiera de los médicos y les preguntas cómo alivian a sus pacientes de la enfermedad, te dirán que no dependen solo de su pericia profesional, sino que a veces conducen a los enfermos a la salud valiéndose del engaño y mezclando la ayuda que de él obtienen con su arte. Pues cuando la obstinación del paciente y la pertinacia de la dolencia frustran los consejos de los médicos, entonces es necesario ponerse la máscara del engaño para que, como en el escenario, puedan ocultar lo que realmente sucede. Pero, si te place, te relataré un ejemplo de estratagema, entre muchos que he oído que han sido maquinados por los hijos del arte de curar. Un hombre fue atacado de repente por una fiebre de gran violencia; el ardor aumentaba, y el paciente rechazaba los remedios que podían haberla reducido, y ansiaba un trago de vino puro, rogando apasionadamente a todos los que se le acercaban que se lo dieran y le permitieran saciar ese anhelo mortal —digo mortal, pues si alguien hubiera satisfecho esta petición, no solo habría exacerbado la fiebre, sino que también habría vuelto frenético al desdichado. Entonces, frustrada la pericia profesional, al fin de sus recursos y enteramente inútil, intervino la estratagema y mostró su poder del modo que ahora relataré. Pues el médico tomó una copa de barro sacada directamente del horno, y después de remojarla en vino, la sacó vacía, la llenó de agua, y habiendo mandado oscurecer con cortinas la habitación donde yacía el enfermo para que la luz no revelara el truco, se la dio a beber, fingiendo que estaba llena de vino sin mezclar. Y el hombre, antes de tomarla en sus manos, engañado por el olor, no esperó a examinar lo que se le daba, sino que convencido por el aroma y engañado por la oscuridad, bebió ávidamente el trago, y saciado con él sacudió inmediatamente la sensación de asfixia y escapó al peligro inminente. ¿Ves la ventaja del engaño? Y si alguien quisiera enumerar todos los ardides de los médicos, la lista se prolongaría indefinidamente. Y no solo los que curan el cuerpo, sino también los que atienden las enfermedades del alma se hallan continuamente haciendo uso de este remedio. Así el bienaventurado Pablo atrajo a aquellas multitudes de judíos: [\n Hechos 21:26\n] con este propósito circuncidó a Timoteo, aunque advirtió a los gálatas en su carta [\n Gálatas 5:2\n] que Cristo no aprovecharía a los que se circuncidaban. Por esta causa se sometió a la ley, aunque consideraba la justicia que provenía de la ley como pérdida después de recibir la fe en Cristo. [\n Filipenses 3:7\n] Pues grande es el valor del engaño, con tal de que no se introduzca con intención dañina. De hecho, una acción de este género no debería llamarse engaño, sino más bien una especie de buena gestión, destreza y habilidad, capaz de hallar caminos donde fallan los recursos y de suplir los defectos de la mente. Pues yo no llamaría asesino a Finees, aunque mató a dos seres humanos de un solo golpe: [\n Números 25:7\n] ni tampoco a Elías después de la matanza de los cien soldados y del capitán, [\n 2 Reyes 1:9-12\n] y de los torrentes de sangre que hizo derramar con la destrucción de los que sacrificaban a los demonios. [\n 1 Reyes 18:34\n] Pues si concediéramos esto, y examináramos los meros hechos en sí mismos aparte de la intención de los autores, uno podría, si quisiera, juzgar culpable a Abraham de filicidio [\n Génesis 22:3\n] y acusar a su nieto y descendiente [\n Éxodo 11:2\n] de maldad y engaño. Pues uno obtuvo la primogenitura, y el otro transfirió la riqueza de los egipcios al campamento de los israelitas. Pero no es así: ¡lejos de nosotros pensamiento tan audaz! Pues no solo los absolvemos de culpa, sino que también los admiramos por estas cosas, ya que incluso Dios los elogió por las mismas. Pues con justicia merecería ser llamado engañador quien hiciera un uso injusto de esta práctica, no quien la empleara con propósito saludable. Y a menudo es necesario engañar, y hacer los mayores beneficios por medio de este artificio, mientras que quien ha seguido un camino recto ha causado gran daño a la persona a la que no ha engañado.

    Libro II

    II, 1

    1. Que es posible, pues, servirse del engaño con buen propósito, o más bien que en tal caso no debe llamarse engaño, sino una especie de buena gestión digna de toda admiración, podría probarse con mayor extensión; pero como lo ya dicho basta para la demostración, sería molesto y tedioso alargar mi discurso sobre el tema. Y ahora te quedará a ti probar si no he empleado este arte en tu provecho.
    Basilio: ¿Y qué clase de ventaja he obtenido de esta buena gestión, o política sabia, o como quieras llamarla, que me persuada de que no he sido engañado por ti?
    Crisóstomo: ¿Qué ventaja, dime, podría ser mayor que ser visto haciendo aquellas cosas que Cristo con sus propios labios declaró ser pruebas de amor hacia Él? [\n Juan 21:15-17\n] Pues dirigiéndose al jefe de los apóstoles dijo: «Pedro, ¿me amas?» y cuando confesó que sí, el Señor añadió: «si me amas, apacienta mis ovejas.» El Maestro preguntó al discípulo si era amado por él, no para obtener información (¿cómo había de necesitarla quien penetra los corazones de todos los hombres?), sino para enseñarnos cuán grande interés tiene en la superintendencia de estas ovejas. Siendo esto claro, igualmente se manifestará que una grande e indecible recompensa estará reservada para aquel cuyos trabajos se ocupan de estas ovejas, a las cuales Cristo da tan alto valor. Pues cuando vemos a alguien prodigar cuidados a los miembros de nuestra casa o a nuestros rebaños, contamos su celo por ellos como señal de amor hacia nosotros: y, sin embargo, todas estas cosas pueden comprarse con dinero— ¿con cuán grande don, entonces, recompensará Él a quienes apacientan el rebaño que compró, no con dinero ni cosa semejante, sino con su propia muerte, dando su propia sangre como precio de la grey? Por lo cual, cuando el discípulo dijo: «Sabes, Señor, que te amo,» e invocó al Amado mismo como testigo de su amor, el Salvador no se detuvo allí, sino que añadió lo que era la prenda del amor. Pues no quiso en aquel momento mostrar cuánto le amaba Pedro, sino cuánto amaba Él mismo a su propia Iglesia, y deseaba enseñar a Pedro y a todos nosotros que también nosotros debemos poner mucho celo en la misma. Pues ¿por qué no perdonó Dios a su Hijo unigénito, sino que lo entregó, aunque era el único que tenía? Fue para reconciliar consigo a quienes estaban dispuestos hacia Él como enemigos, y hacerlos su pueblo peculiar. ¿Con qué propósito derramó su sangre? Fue para ganar estas ovejas que confió a Pedro y a sus sucesores. Naturalmente, pues, Cristo dijo: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien su señor pondrá al frente de su casa.» De nuevo, las palabras son de uno que duda, pero el que hablaba no las pronunció dudando, sino que, así como preguntó a Pedro si le amaba, no por necesidad de saber el afecto del discípulo, sino por deseo de mostrar la profundidad sin medida de su propio amor: así también ahora, cuando dice: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente?» no habla como ignorando quién es fiel y prudente, sino como deseando poner de manifiesto la rareza de tal carácter y la grandeza de este oficio. Observa en todo caso cuán grande es la recompensa— «Le pondrá,» dice, «al frente de todos sus bienes.» [\n Mateo 24:47\n]

    II, 2

    2. ¿Sostendrás, pues, todavía que no fuiste justamente engañado, cuando estás a punto de supervisar las cosas que pertenecen a Dios, y haces aquello que, cuando Pedro lo hizo, el Señor dijo que podría superar al resto de los apóstoles? Pues sus palabras fueron: «Pedro, ¿me amas más que estos?» Sin embargo, podría haberle dicho: «Si me amas, practica el ayuno, duerme en el suelo y prolongadas vigilias, defiende a los agraviados, sé padre para los huérfanos y ocupa el lugar de esposo para su madre.» Pero, de hecho, dejando a un lado todas estas cosas, ¿qué dice? «Apacienta mis ovejas.» Pues las cosas que ya he mencionado podrían realizarlas fácilmente muchos incluso de los que están bajo autoridad, mujeres lo mismo que hombres; pero cuando se exige a alguien presidir la Iglesia y se le confía el cuidado de tantas almas, todo el sexo femenino debe retirarse ante la magnitud de la tarea, y la mayoría de los hombres también; y debemos presentar a aquellos que en gran medida superan a todos los demás, y que se elevan tanto por encima de ellos en excelencia de espíritu como Saúl sobrepasaba a toda la nación hebrea en estatura corporal: o más bien mucho más. [\n 1 Samuel 10:23\n] Pues en este caso no tomemos la altura de los hombros como norma de indagación; sino que la distinción entre el pastor y su grey sea tan grande como la que hay entre el hombre racional y las criaturas irracionales, por no decir mayor, en cuanto que el riesgo concierne a cosas de mucha mayor importancia. El que ha perdido ovejas, ya sea por los estragos de los lobos, o por los ataques de los ladrones, o por la epizootia, o por cualquier otro desastre que les sobrevenga, quizá podría obtener alguna indulgencia del dueño del rebaño; e incluso si este exigiera satisfacción, la pena sería solo cuestión de dinero: pero quien tiene seres humanos confiados a él, el rebaño racional de Cristo, incurre en una pena, en primer lugar, por la pérdida de las ovejas, que va más allá de las cosas materiales y toca su propia vida; y en segundo lugar, tiene que sostener una contienda mucho mayor y más difícil. Pues no tiene que luchar con lobos, ni temer a ladrones, ni considerar cómo apartar la peste del rebaño. ¿Contra quién, pues, ha de pelear? ¿Contra quién ha de luchar? Escucha las palabras de San Pablo. «No luchamos contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra maldades espirituales en las regiones celestes.» [\n Efesios 6:12\n] ¿Ves la terrible multitud de enemigos y sus feroces escuadrones, no revestidos de acero, sino dotados de una naturaleza que por sí misma equivale a una armadura completa? ¿Quieres ver otro ejército, severo y cruel, que asedia este rebaño? También lo verás desde el mismo puesto de observación. Pues el que nos ha hablado de los otros, nos señala también a estos enemigos, hablando en cierto lugar de esta manera: «Las obras de la carne son manifiestas, las cuales son estas: fornicación, adulterio, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordias, emulaciones, iras, contiendas, difamaciones, susurros, soberbias, tumultos,» [\n 2 Corintios 12:20\n] y muchas más además; pues no hizo una lista completa, sino que nos dejó entender el resto a partir de estas. Además, en el caso del pastor de criaturas irracionales, los que quieren destruir el rebaño, cuando ven que el guardián huye, dejan de hacerle la guerra y se contentan con apoderarse del ganado: pero en este caso, aunque capturen todo el rebaño, no dejan al pastor sin molestias, sino que lo atacan aún más, y se envalentonan, no cesando hasta que o lo derriban o ellos mismos han sido vencidos. Además, las aflicciones de las ovejas son manifiestas, ya sea hambre, peste, heridas o cualquier otra cosa que las aflija, y esto podría ayudar no poco al alivio de los oprimidos de estas maneras. Y hay otro hecho aún mayor que facilita la liberación de esta clase de dolencia. ¿Y cuál es? Los pastores con gran autoridad obligan a las ovejas a recibir el remedio cuando no se someten voluntariamente a él. Pues es fácil atarlas cuando se requiere cauterio o incisión, y mantenerlas dentro del redil por largo tiempo, cuando es conveniente, y traerles un tipo de alimento en lugar de otro, y privarlas de sus suministros de agua; y todas las demás cosas que los pastores decidan ser conducentes a su salud las realizan con gran facilidad.

    II, 3

    3. Pero en el caso de las enfermedades humanas, no es fácil, en primer lugar, que un hombre las discierna, pues ningún hombre «conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él.» [\n 1 Corintios 2:11\n] ¿Cómo, pues, puede alguien aplicar el remedio a la enfermedad cuyo carácter desconoce, a menudo sin siquiera poder comprenderla aunque él mismo llegue a enfermar de ella? Y aun cuando se manifiesta, le causa más dificultad: pues no es posible curar a todos los hombres con la misma autoridad con que el pastor trata a sus ovejas. Pues también en este caso es necesario atar y privar de alimento, y usar el cauterio o el cuchillo: pero la recepción del tratamiento depende de la voluntad del paciente, no de quien aplica el remedio. Pues esto también lo percibió aquel varón admirable (San Pablo) cuando dijo a los corintios— «No es que tengamos dominio sobre vuestra fe, sino que somos colaboradores de vuestro gozo.» [\n 2 Corintios 1:24\n] Pues a los cristianos, más que a todos los hombres, no se les permite corregir por la fuerza las faltas de los que pecan. Los jueces seculares, ciertamente, cuando capturan a los malhechores según la ley, muestran que su autoridad es grande y les impiden, aun contra su voluntad, seguir sus propios designios: pero en nuestro caso el malhechor debe ser mejorado, no por la fuerza, sino por la persuasión. Pues ni se nos ha dado por ley autoridad de este género para contener a los pecadores, ni, aunque se nos hubiera dado, tendríamos campo para el ejercicio de nuestro poder, por cuanto Dios recompensa a quienes se apartan del mal por propia elección, no por necesidad. Por consiguiente, se requiere mucha destreza para que nuestros pacientes sean inducidos a someterse voluntariamente al tratamiento prescrito por los médicos, y no solo esto, sino que también estén agradecidos por la curación. Pues si alguno, al ser atado, se vuelve inquieto (lo cual está en su poder), empeora el mal; y si no presta atención a las palabras que cortan como acero, inflige otra herida por medio de este desprecio, y la intención de curar se convierte en ocasión de un desorden peor. Pues no es posible que nadie cure a un hombre por compulsión contra su voluntad.

    II, 4

    4. ¿Qué ha de hacerse, pues? Porque si tratas con demasiada blandura a quien necesita una aplicación severa del cuchillo, y no hieres en profundidad a quien requiere tal tratamiento, quitas una parte de la llaga pero dejas la otra: y si, por otra parte, haces la incisión necesaria sin miramientos, el paciente, llevado a la desesperación por sus sufrimientos, a menudo lo arrojará todo por la borda de una vez, tanto el remedio como la venda, y se precipitará de cabeza, «rompiendo el yugo y reventando la atadura.» Podría contar de muchos que han incurrido en males extremos porque se les exigió la debida pena de sus pecados. Pues no debemos, al aplicar el castigo, limitarnos a proporcionarlo a la magnitud de la ofensa, sino más bien tener en cuenta la disposición del pecador, no sea que, queriendo remendar lo rasgado, hagas la rotura peor, y en tus celosos esfuerzos por restaurar lo caído, hagas mayor la ruina. Pues los caracteres débiles y descuidados, entregados en su mayor parte a los placeres del mundo, y con ocasión de enorgullecerse por su nacimiento y posición, pueden todavía, si se les lleva suave y gradualmente al arrepentimiento de sus errores, ser librados, al menos parcialmente, si no perfectamente, de los males que los poseen: pero si alguien les infligiera la disciplina de una sola vez, los privaría de esta pequeña posibilidad de enmienda. Pues una vez que el alma ha sido forzada a despojarse de la vergüenza, cae en un estado de insensibilidad, y ni cede a palabras amables ni se doblega ante amenazas, ni es susceptible de gratitud, sino que se vuelve mucho peor que aquella ciudad a la que el profeta reprochó, diciendo: «tenías cara de ramera, negándote a avergonzarte ante todos los hombres.» [\n Jeremías 3:3\n] Por tanto, el pastor necesita mucha discreción y una miríada de ojos para observar por todos lados el hábito del alma. Pues así como muchos se ensoberbecen y luego se hunden en la desesperación de su salvación por no poder soportar remedios severos, así hay algunos que, por no pagar una pena equivalente a sus pecados, caen en la negligencia y se vuelven mucho peores, y son impulsados a pecados mayores. Conviene, pues, que el sacerdote no deje ninguna de estas cosas sin examinar, sino que, tras una investigación completa de todas ellas, aplique los remedios que tenga de manera adecuada a cada caso, no sea que su celo resulte vano. Y no solo en este asunto, sino también en la obra de unir los miembros separados de la Iglesia, se puede ver que tiene mucho que hacer. Pues el pastor de ovejas tiene su rebaño siguiéndole dondequiera que lo lleve: y si alguna se extravía del camino recto y, abandonando el buen pasto, se alimenta en lugares estériles o escabrosos, un grito fuerte basta para reunirlas y traer de vuelta al redil a las que se han apartado de él: pero si un ser humano se desvía de la recta fe, se requieren gran esfuerzo, perseverancia y paciencia; pues no puede ser arrastrado de vuelta por la fuerza, ni constreñido por el temor, sino que debe ser conducido de vuelta por la persuasión a la verdad de la que originalmente se desvió. Por tanto, el pastor debe ser de noble espíritu, para no desalentarse ni desesperar de la salvación de los descarriados del redil, sino razonar continuamente consigo mismo y decir: «Quizá Dios les conceda arrepentimiento para conocer la verdad, y se recobren del lazo del diablo.» [\n 2 Timoteo 2:25\n] Por eso el Señor, al dirigirse a sus discípulos, dijo: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente?» [\n Mateo 24:45\n] Pues el que se disciplina a sí mismo alcanza solo su propia ventaja, pero el beneficio de la función pastoral se extiende a todo el pueblo. Y uno que distribuye dinero a los necesitados, o de otro modo socorre a los oprimidos, beneficia a sus prójimos en cierta medida, pero tanto menos que el sacerdote en proporción a cuanto el cuerpo es inferior al alma. Con razón, pues, dijo el Señor que el celo por el rebaño era prenda de amor hacia Él mismo.
    Basilio: Pero tú mismo— ¿no amas a Cristo?
    Crisóstomo: Sí, le amo, y nunca dejaré de amarle; pero temo no provocar a Aquel a quien amo.
    Basilio: Pero ¿qué enigma puede haber más oscuro que este— Cristo ha mandado a quien le ama que apaciente sus ovejas, y sin embargo dices que rehúsas apacentarlas porque amas a Aquel que dio este mandato?
    Crisóstomo: Mi dicho no es enigma, sino muy inteligible y simple, pues si yo estuviera bien capacitado para administrar este oficio, como Cristo lo deseaba, y luego lo rehuyera, mi observación podría estar sujeta a duda; pero como la debilidad de mi espíritu me hace inútil para este ministerio, ¿por qué merece mi dicho ser puesto en cuestión? Pues temo que si tomara el rebaño en mis manos cuando estaba en buena condición y bien alimentado, y luego lo echara a perder por mi impericia, provocaría contra mí al Dios que amó tanto al rebaño que se entregó a sí mismo por su salvación y rescate.
    Basilio: Hablas en broma: pues si hablaras en serio, no sé cómo habrías probado que yo estaba justamente afligido de otro modo que por medio de estas mismas palabras con las que has intentado disipar mi abatimiento. Sabía ya antes que me habías engañado y traicionado; pero mucho más ahora, cuando has emprendido limpiarte de mis acusaciones, percibo y comprendo claramente la magnitud de los males a los que me has conducido. Pues si te retiraste de este ministerio porque eras consciente de que tu espíritu no estaba a la altura de la carga de la tarea, yo debería haber sido rescatado de él antes que tú, incluso si hubiera tenido un gran deseo de él, por no hablar de haberte confiado la entera decisión de estos asuntos: pero tal como están las cosas, has mirado únicamente por tu propio interés y has descuidado el mío. Ojalá los hubieras descuidado por completo; entonces yo habría estado muy contento: pero maquinaste facilitar mi captura por parte de quienes deseaban apoderarse de mí. Pues no puedes refugiarte en el argumento de que la opinión pública te engañó y te indujo a imaginar grandes y maravillosas cosas acerca de mí. Pues yo no era uno de tus hombres maravillosos y distinguidos, ni, aun habiendo sido así, deberías haber preferido la opinión pública a la verdad. Pues si nunca te hubiera permitido gozar de mi compañía, podrías haber tenido un pretexto razonable para guiarte en tu voto por el rumor público; pero si no hay nadie que tenga tan cabal conocimiento de mis asuntos, si conoces mi carácter mejor que mis padres y que quienes me criaron, ¿qué argumento podrás emplear que sea suficientemente convincente para persuadir a tus oyentes de que no me arrojaste a propósito a este peligro? Di, ¿qué respuesta daré a tus acusadores?
    Crisóstomo: ¡No! No pasaré a esas cuestiones hasta haber resuelto las que conciernen a ti solo, aunque me pidieras diez mil veces que despachara estos cargos. Dijiste, en efecto, que la ignorancia me traería perdón y que habría estado libre de toda acusación si te hubiera puesto en tu situación actual sin saber nada de ti; pero que, como no te entregué por ignorancia, sino que conocía íntimamente tus asuntos, quedaba privado de todo pretexto y excusa razonables. Pero yo digo precisamente lo contrario: pues en tales asuntos se necesita un examen cuidadoso, y quien va a presentar a alguien como apto para el sacerdocio no debe contentarse solo con el rumor público, sino que debe también él mismo, ante todo y sobre todo, investigar el carácter del hombre. Pues cuando el bienaventurado Pablo dice: «Es necesario que tenga también buen testimonio de los de afuera,» [] no dispensa de una indagación exacta y rigurosa, ni da a ese testimonio precedencia sobre el examen que se requiere en tales casos. Pues, después de mucho discurso previo, mencionó este testimonio adicional, demostrando que no hay que contentarse solo con él para elecciones de esta clase, sino tenerlo en cuenta junto con los demás. Pues el rumor público muchas veces dice falsedad; pero cuando una investigación cuidadosa lo precede, ya no hay que temer de él ningún peligro ulterior. Por eso, después de las otras clases de evidencia, coloca la que viene de los de afuera. Pues no dijo simplemente: «es necesario que tenga buen testimonio,» sino que añadió las palabras: «de los de afuera,» queriendo mostrar que, antes del testimonio de los de afuera, debe ser examinado cuidadosamente. Así, pues, puesto que yo mismo conocía tus asuntos mejor que tus padres, como tú mismo también reconociste, podría merecer quedar libre de toda culpa.
    Basilio: No; esta es precisamente la razón por la que no podrías escapar, si alguien decidiera acusarte. ¿No recuerdas haber oído de mí, y haber aprendido a menudo de mi conducta real, la debilidad de mi carácter? ¿No estabas continuamente reprochándome mi pusilanimidad, porque me dejaba abatir tan fácilmente por preocupaciones ordinarias?

    II, 5

    5. Crisóstomo: En efecto, recuerdo haber oído a menudo que decías tales cosas; no lo negaría. Pero si alguna vez te hice reproches, lo hice en broma y no en serio. Sin embargo, no disputo ahora sobre estas cosas, y reclamo de ti la misma indulgencia mientras deseo mencionar algunas de las buenas cualidades que posees. Porque si intentas convencerme de que digo falsedades, no te perdonaré, sino que probaré que dices esas cosas más bien por autodesprecio que con miras a la verdad, y no emplearé más evidencia que tus propias palabras y obras para demostrar la verdad de mi afirmación. Y ahora la primera pregunta que quiero hacerte es esta: ¿sabes cuán grande es el poder del amor? Pues, omitiendo todos los milagros que iban a realizar los apóstoles, Cristo dijo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros,» [] y Pablo dijo que era el cumplimiento de la ley, [] y que, sin él, ningún don espiritual tenía provecho alguno. Pues bien, este bien escogido, la marca distintiva de los discípulos de Cristo, el don superior a todos los demás dones, percibí que estaba profundamente implantado en tu alma y rebosante de mucho fruto.
    Basilio: Reconozco, en efecto, que este asunto me preocupa profundamente y que me esfuerzo con el mayor empeño por guardar este mandamiento; pero que ni siquiera he logrado cumplirlo a medias, tú mismo serías testigo si dejaras de hablar por parcialidad y respetaras simplemente la verdad.

    II, 6

    6. Crisóstomo: Bien, pues, recurriré a mis pruebas y haré ahora lo que amenacé, demostrando que deseas menospreciarte más que decir la verdad. Pero mencionaré un hecho que acaba de ocurrir, para que nadie sospeche que pretendo oscurecer la verdad por el gran lapso de tiempo al relatar sucesos ya lejanos, como si el olvido impidiera entonces objetar algo a lo que yo dijera con afán de complacer. Pues cuando uno de nuestros amigos íntimos, acusado falsamente de injuria y necedad, se hallaba en peligro extremo, tú te arrojaste en medio del peligro, aunque nadie te llamó ni la persona que iba a verse envuelta en el peligro te lo pidió. Tal fue el hecho; pero para convencerte con tu propia boca, te recordaré las palabras que pronunciaste: pues cuando algunos no aprobaban este celo, mientras otros lo elogiaban y admiraban, «¿Cómo puedo remediarlo?» dijiste a los que te acusaban, «porque no sé amar de otra manera sino entregando mi vida cuando es necesario salvar a cualquiera de mis amigos que está en peligro:» repitiendo así, con palabras distintas, ciertamente, pero con el mismo sentido, lo que Cristo dijo a sus discípulos al establecer la definición del amor perfecto. «Nadie tiene mayor amor,» dijo, «que este, el de dar uno su vida por sus amigos.» Si, pues, es imposible hallar un amor mayor que este, tú has alcanzado su límite, y tanto con tus obras como con tus palabras has coronado la cumbre. Por esto te traicioné, por esto tramé aquella trama. ¿Te convenzo ahora de que no fue por mala intención ni por deseo de arrojarte al peligro, sino por persuasión de tu futura utilidad, por lo que te arrastré a este camino?
    Basilio: ¿Supones, pues, que el amor es suficiente para la corrección de los semejantes?
    Crisóstomo: Ciertamente contribuiría en gran medida a este fin. Pero si deseas que presente también pruebas de tu sabiduría práctica, procederé a hacerlo y demostraré que tu entendimiento supera a tu bondad.
    Ante estas palabras, él se sonrojó intensamente y dijo: Deja ya de lado mi carácter, pues no era sobre esto sobre lo que yo pedía originalmente una explicación; pero si tienes alguna respuesta justa que dar a los de afuera, con gusto oiré lo que tengas que decir. Por tanto, abandonando esta vana contienda, dime qué defensa debo hacer, tanto ante los que te han honrado como ante los que están afligidos por su causa, considerando que han sido ultrajados.

    II, 7

    7. Crisóstomo: Este es precisamente el punto al que me encamino por fin, pues, una vez completada mi explicación a ti, fácilmente pasaré a esta parte de mi defensa. ¿Cuál es, entonces, la acusación que hacen estas personas y cuáles son sus cargos? Dicen que han sido ultrajados y gravemente agraviados por mí porque no acepté el honor que deseaban conferirme. Ahora bien, en primer lugar digo que no debe tenerse en cuenta la injuria hecha a los hombres, puesto que, al honrarlos a ellos, me vería obligado a ofender a Dios. Y diría a los que están disgustados que no es seguro ofenderse por estas cosas, sino que les hace mucho daño. Pues creo que quienes se apoyan en Dios y miran solo a Él deben estar tan religiosamente dispuestos que no consideren tal cosa una injuria, aun cuando fueran deshonrados mil veces. Pero que yo no he llegado siquiera a pensar en atreverme a nada de esta clase es manifiesto por lo que voy a decir. Pues si en verdad me hubiera dejado inducir por la arrogancia y la vanagloria, como tú has dicho a menudo que algunos afirman calumniosamente, a asentir a mis acusadores, habría sido uno de los hombres más inicuos, habiendo tratado con desprecio a hombres grandes y excelentes, y además benefactores míos. Pues si los hombres deben ser castigados por agraviar a quienes nunca los han agraviado, ¿cómo debemos honrar a quienes espontáneamente han preferido honrarnos? Pues nadie podría decir que me correspondían por beneficios pequeños o grandes que hubieran recibido de mis manos. Cuán grande castigo merecería entonces quien les correspondiera de manera contraria. Pero si tal cosa jamás entró en mi mente, y rehusé la pesada carga con una intención muy distinta, ¿por qué se niegan a perdonarme (aun cuando no consientan en aprobarme), sino que me acusan de haber preservado egoístamente mi propia alma? Pues, lejos de haber ultrajado a los hombres en cuestión, diría que incluso los había honrado con mi negativa.
    Y no te sorprendas del carácter paradójico de mi observación, pues pronto daré una solución.

    II, 8

    8. Pues si hubiera aceptado el cargo, no digo todos los hombres, sino los que se complacen en hablar mal, habrían podido sospechar y decir muchas cosas acerca de mí, que había sido elegido, y acerca de ellos, los electores: por ejemplo, que consideraban la riqueza y admiraban el esplendor del rango, o que habían sido inducidos por la adulación a promocionarme a este honor; en verdad no puedo decir si alguien no habría sospechado que fueron sobornados con dinero. Además, habrían dicho: «Cristo llamó a pescadores, fabricantes de tiendas y publicanos a esta dignidad, mientras que estos hombres rechazan a quienes se sustentan con el trabajo diario; pero si hay alguien que se dedica al saber secular y se cría en la ociosidad, a ese lo reciben y admiran. Pues ¿por qué, en verdad, han pasado por alto a hombres que han soportado innumerables fatigas al servicio de la Iglesia, y han arrastrado de repente a esta dignidad a uno que nunca ha experimentado fatigas de esta clase, sino que ha pasado toda su juventud en el vano estudio del saber secular?» Estas cosas y más habrían dicho si yo hubiera aceptado el cargo; pero ahora no. Pues todo pretexto para la maledicencia les ha sido quitado, y no pueden acusarme a mí de adulación, ni a los otros de recibir sobornos, a menos que algunos decidan actuar como meros locos. Pues ¿cómo alguien que usó la adulación y gastó dinero para obtener la dignidad habría de abandonarla a otros cuando pudo obtenerla? Esto sería como si un hombre que ha puesto mucho trabajo en la tierra para que el campo de trigo estuviera cargado de abundante producto y los lagares rebosaran de vino, después de innumerables fatigas y un gran gasto de dinero, entregara los frutos a otros justo cuando era tiempo de segar su trigo y recoger su vendimia. ¿Ves que, aunque lo dicho pudiera estar lejos de la verdad, quienes querían calumniar a los electores habrían tenido entonces pretexto para alegar que la elección se hacía sin juicio ni consideración justos? Pero tal como están las cosas, les he impedido abrir la boca o siquiera pronunciar una sola palabra sobre el asunto. Tales y más habrían sido sus observaciones al principio. Pero después de emprender el ministerio, no habría podido, día tras día, defenderme de los acusadores, aunque lo hubiera hecho todo sin falta, por no hablar de los muchos errores que habría cometido debido a mi juventud e inexperiencia. Pero ahora he salvado también a los electores de esta clase de acusación, mientras que en el otro caso los habría envuelto en innumerables reproches. Pues ¿qué no habría dicho el mundo? «Han confiado asuntos de tan vasto interés e importancia a jóvenes irreflexivos, han manchado el rebaño de Dios, y los asuntos cristianos se han convertido en burla y objeto de risa.» Pero ahora «toda iniquidad cerrará su boca.» Pues aunque digan estas cosas por tu causa, tú les enseñarás prontamente con tus obras que el entendimiento no se valora por la edad, y que la cabeza cana no es la prueba de un presbítero; que el joven no debe ser absolutamente excluido del ministerio, sino solo el novato; y la diferencia entre los dos es grande.

    Libro III

    III, 1

    1. Crisóstomo: En cuanto a la injuria contra quienes me han honrado, lo ya dicho podría bastar para probar que al evitar este cargo no deseaba avergonzarlos; pero ahora me esforzaré por hacer evidente, en lo posible, que no estaba hinchado por arrogancia de ninguna clase. Pues si se me hubiera sometido la elección de un generalato o de un reino, y yo hubiera tomado entonces esta resolución, cualquiera podría naturalmente haberme sospechado de esta falta, o más bien habría sido hallado culpable por todos, no de arrogancia, sino de necedad insensata. Pero cuando se me ofrece el sacerdocio, que excede a un reino tanto como el espíritu difiere de la carne, ¿alguien se atreverá a acusarme de desdén? ¿Y no es absurdo acusar de necedad a quienes rechazan cosas pequeñas, pero, cuando algunos hacen esto en asuntos de importancia preeminente, eximir a tales personas de acusaciones de trastorno mental y, sin embargo, someterlas al cargo de orgullo? Es como si se acusara, no de orgullo, sino de locura, a un hombre que mirara con desprecio una manada de bueyes y se negara a ser boyero, y, sin embargo, se dijera que un hombre que rehusó el imperio del mundo y el mando de todos los ejércitos de la tierra no estaba loco, sino inflado de orgullo. Pero ciertamente no es este el caso; y los que dicen tales cosas no me dañan más a mí de lo que se dañan a sí mismos. Pues solo imaginar que es posible que la naturaleza humana desprecie esta dignidad es una prueba contra quienes presentan este cargo de la estimación que han formado del cargo. Pues si no lo consideraran una cosa ordinaria de poca monta, semejante sospecha nunca habría entrado en sus cabezas. Pues ¿por qué nadie se ha atrevido jamás a albergar tal sospecha con respecto a la dignidad de los ángeles, y a decir que la arrogancia es la razón por la cual la naturaleza humana no aspiraría al rango de la naturaleza angélica? Porque imaginamos grandes cosas acerca de aquellos poderes, y esto no nos permite creer que un hombre pueda concebir algo mayor que ese honor. Por lo cual, con más justicia se podría acusar de arrogancia a quienes me acusan de ella. Pues nunca habrían sospechado esto de otros si no hubieran previamente menospreciado el asunto como de poca monta. Pero si dicen que he hecho esto con miras a la gloria, serán convictos de luchar abiertamente contra sí mismos y de caer en su propia trampa; pues no sé qué clase de argumentos habrían podido buscar con preferencia a estos si hubieran querido liberarme del cargo de vanagloria.

    III, 2

    2. Pues si este deseo hubiera entrado alguna vez en mi mente, debería haber aceptado el cargo más bien que evitarlo. ¿Por qué? Porque me habría traído mucha gloria. Pues el hecho de que uno de mi edad, que tan recientemente había abandonado las actividades seculares, fuera de repente considerado por todos digno de tal admiración como para ser promovido a un honor antes que quienes han pasado toda su vida en trabajos de esta clase, y obtuviera más votos que todos ellos, habría podido persuadir a todos a anticipar grandes y maravillosas cosas de mí. Pero, tal como están las cosas, la mayor parte de la Iglesia no me conoce ni siquiera de nombre: de modo que ni mi rechazo del cargo será manifiesto a todos, sino solo a unos pocos, y no estoy seguro de que todos, aun de estos, lo sepan con certeza; sino que probablemente muchos de ellos imaginan que no fui elegido en absoluto, o que fui rechazado después de la elección, por ser considerado inadecuado, no que yo evitara el cargo por mi propia voluntad.

    III, 3

    3. Basilio: Pero los que conocen la verdad se sorprenderán.
    Crisóstomo: ¡Y he aquí! Estos son los que, según tú, me acusan falsamente de vanagloria y orgullo. ¿De dónde, entonces, he de esperar alabanza? ¿De la multitud? No conocen el hecho real. ¿De los pocos? Aquí de nuevo el asunto se tuerce en mi desventaja. Pues la única razón por la que has venido ahora aquí es para aprender qué respuesta debe dárseles. ¿Y qué diré ahora con certeza a causa de estas cosas? Pues espera un poco, y percibirás claramente que, aun si todos conocen la verdad, no deben condenarme por orgullo y amor a la gloria. Y además de esto hay otra consideración: que no solo quienes hacen esta apuesta, si es que hay alguno (lo cual por mi parte no creo), sino también quienes lo sospechan de otros, se verán envueltos en no pequeño peligro.

    III, 4

    4. Pues el oficio sacerdotal se ejerce ciertamente en la tierra, pero pertenece a las ordenanzas celestiales; y con mucha razón: pues ni hombre, ni ángel, ni arcángel, ni ninguna otra potencia creada, sino el Paráclito mismo, instituyó esta vocación, y persuadió a los hombres, mientras aún permanecen en la carne, a representar el ministerio de los ángeles. Por lo cual el sacerdote consagrado debe ser tan puro como si estuviera de pie en los cielos mismos, en medio de aquellas potencias. Temibles, ciertamente, y de significado muy tremendo, eran las cosas que se usaban antes de la dispensación de la gracia: las campanillas, las granadas, las piedras del pectoral y del efod, el cinturón, la mitra, la túnica larga, la lámina de oro, el santo de los santos, el profundo silencio interior. Pero si alguien examina las cosas que pertenecen a la dispensación de la gracia, hallará que, aunque pequeñas, son temibles y llenas de reverencia, y que lo dicho acerca de la ley es verdadero también en este caso: que «lo que fue glorioso no tiene gloria en este aspecto, por causa de la gloria que sobresale.» [] Pues cuando ves al Señor sacrificado y puesto sobre el altar, y al sacerdote de pie orando sobre la víctima, y a todos los adoradores teñidos de púrpura con aquella sangre preciosa, ¿puedes entonces pensar que estás todavía entre los hombres y de pie sobre la tierra? ¿No eres, por el contrario, trasladado al instante al cielo y, expulsando del alma todo pensamiento carnal, no contemplas con espíritu incorpóreo y razón pura las cosas que están en el cielo? ¡Oh! ¡Qué maravilla! ¡Qué amor de Dios a los hombres! El que está sentado en lo alto con el Padre es en aquella hora tenido en las manos de todos, y se entrega a quienes quieren abrazarlo y asirlo. ¡Y esto lo hacen todos mediante los ojos de la fe! ¿Te parecen estas cosas dignas de ser despreciadas, o tales que hagan posible que alguien se engría contra ellas?
    ¿Quieres aprender también de otro milagro la santidad excelsa de este oficio? Imagina a Elías y a la vasta multitud de pie a su alrededor, el sacrificio colocado sobre el altar de piedras, y a todo el resto del pueblo sumido en profundo silencio mientras el profeta, solo, eleva la oración; luego, la repentina irrupción del fuego del cielo sobre el sacrificio: son cosas maravillosas, cargadas de terror. Pasa ahora de esta escena a los ritos que se celebran en el día de hoy: no solo son maravillosos de contemplar, sino trascendentes en terror. Allí está el sacerdote, no haciendo descender fuego del cielo, sino al Espíritu Santo; y hace súplica prolongada, no para que alguna llama enviada desde lo alto consuma las ofrendas, sino para que la gracia que desciende sobre el sacrificio ilumine con ello las almas de todos y las haga más refulgentes que la plata purificada por el fuego. ¿Quién puede despreciar este misterio tan tremendo, a menos que esté completamente loco e insensato? ¿O no sabes que ningún alma humana habría podido soportar aquel fuego en el sacrificio, sino que todos habrían sido enteramente consumidos, si no hubiera sido grande la asistencia de la gracia de Dios?

    III, 5

    5. Pues si alguien considera cuán gran cosa es que uno, siendo hombre y envuelto en carne y sangre, sea habilitado para acercarse a aquella naturaleza bienaventurada y pura, verá entonces claramente cuán gran honor ha concedido la gracia del Espíritu a los sacerdotes; pues por medio de ellos se celebran estos ritos, y otros de ninguna manera inferiores a estos tanto en lo que respecta a nuestra dignidad como a nuestra salvación. Pues quienes habitan la tierra y moran en ella están encargados de la administración de las cosas que están en el cielo, y han recibido una autoridad que Dios no ha dado a los ángeles ni a los arcángeles. Pues no se les ha dicho: «Todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo.» [] Los que gobiernan en la tierra tienen ciertamente autoridad para atar, pero solo el cuerpo; mientras que este atar alcanza el alma y penetra los cielos; y lo que los sacerdotes hacen aquí abajo, Dios lo ratifica arriba, y el Maestro confirma la sentencia de sus siervos. Pues ¿qué es sino toda suerte de autoridad celestial la que les ha dado cuando dice: «A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados, y a quienes se los retengáis, les son retenidos?» [] ¿Qué autoridad podría ser mayor que esta? «¿El Padre ha entregado todo juicio al Hijo?» [] Pero yo veo que todo ha sido puesto en manos de estos hombres por el Hijo. Pues han sido conducidos a esta dignidad como si ya hubieran sido trasladados al cielo, y hubieran trascendido la naturaleza humana, y estuvieran liberados de las pasiones a las que estamos sujetos. Además, si un rey otorgara este honor a alguno de sus súbditos, autorizándolo a encarcelar a quien le plazca y a liberarlos de nuevo, se convierte en objeto de envidia y respeto para todos los hombres; pero el que ha recibido de Dios una autoridad tanto mayor cuanto el cielo es más precioso que la tierra, y las almas más preciosas que los cuerpos, a algunos les parece haber recibido un honor tan pequeño que son capaces de imaginar que uno de los que han sido encargados de estas cosas despreciará el don. ¡Fuera semejante locura! Pues locura transparente es despreciar una dignidad tan grande, sin la cual no es posible obtener ni nuestra propia salvación ni los bienes que nos han sido prometidos. Pues si nadie puede entrar en el reino de los cielos sino es regenerado por el agua y el Espíritu, y el que no come la carne del Señor y bebe su sangre queda excluido de la vida eterna, y si todas estas cosas se realizan solo por medio de aquellas santas manos, quiero decir las manos del sacerdote, ¿cómo podrá alguien, sin estas, escapar del fuego del infierno o ganar las coronas reservadas a los vencedores?

    III, 6

    6. Estos son, en verdad, a quienes se confían los dolores del parto espiritual y el nacimiento que se da por el bautismo: por su medio nos revestimos de Cristo, somos sepultados con el Hijo de Dios y llegamos a ser miembros de aquella Cabeza bendita. Por lo cual podrían no solo ser más justamente temidos por nosotros que los gobernantes y los reyes, sino ser más honrados que los padres; pues estos nos engendraron de sangre y de la voluntad de la carne, pero los otros son los autores de nuestro nacimiento de Dios, aquella bendita regeneración que es la verdadera libertad y la filiación según la gracia. Los sacerdotes judíos tenían autoridad para liberar el cuerpo de la lepra, o, más bien, no para liberarlo, sino para examinar a los ya liberados, y sabes cuánto se disputaba entonces el oficio sacerdotal. Pero nuestros sacerdotes han recibido autoridad para tratar, no con la lepra corporal, sino con la impureza espiritual; no para declararla removida después del examen, sino real y absolutamente para quitarla. Por lo cual, quienes desprecian a estos sacerdotes serían mucho más malditos que Datán y su compañía, y merecerían un castigo más severo. Pues estos últimos, aunque reclamaban una dignidad que no les correspondía, tenían sin embargo una excelente opinión de ella, y lo demostraron con el gran empeño con que la persiguieron; pero estos hombres, cuando el oficio ha sido mejor regulado y ha recibido un desarrollo tan grande, han mostrado una audacia que excede la de los otros, aunque manifestada de manera contraria. Pues no hay igual cantidad de desprecio en aspirar a un honor que no le corresponde a uno y en despreciar tan grandes ventajas; sino que lo segundo excede a lo primero tanto como el desdén difiere de la admiración. ¿Qué alma, entonces, es tan sórdida como para despreciar tan grandes ventajas? Ninguna en absoluto, diría yo, a menos que estuviera sujeta a algún impulso demoníaco. Pues vuelvo una vez más al punto de donde partí: no solo castigando, sino también beneficiando, Dios ha otorgado a los sacerdotes un poder mayor que el de nuestros padres naturales. Los dos difieren ciertamente tanto como la vida presente y la futura. Pues nuestros padres naturales nos engendran solo para esta vida, pero los otros para la que ha de venir. Y los primeros no podrían apartar la muerte de su prole ni repeler los asaltos de la enfermedad; pero estos otros han salvado a menudo un alma enferma, o una que estaba a punto de perecer, procurando para algunos un castigo más suave y evitando que otros cayeran del todo, no solo con instrucción y amonestación, sino también con la ayuda obrada por las oraciones. Pues no solo en el momento de la regeneración, sino también después, tienen autoridad para perdonar pecados. «¿Está alguno enfermo entre vosotros?» se dice, «llame a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados.» [] De nuevo: nuestros padres naturales, si sus hijos entran en conflicto con hombres de alto rango y gran poder en el mundo, no pueden aprovecharles; pero los sacerdotes han reconciliado, no a gobernantes y reyes, sino a Dios mismo cuando su ira ha sido provocada a menudo contra ellos.
    ¡Bien! Después de esto, ¿se atreverá alguien a condenarme por arrogancia? Por mi parte, después de lo dicho, imagino que un temor tan religioso poseerá las almas de los oyentes que ya no condenarán por arrogancia y temeridad a quienes evitan el cargo, sino más bien a quienes voluntariamente se presentan y están ansiosos por obtener esta dignidad para sí. Pues si quienes han sido encargados del mando de las ciudades, si por casualidad les falta discreción y vigilancia, a veces han destruido las ciudades y, además, se han arruinado a sí mismos, ¿cuánto poder, piensas tú, tanto en sí mismo como de lo alto, necesitará para evitar pecar aquel cuyo oficio es embellecer a la Esposa de Cristo?

    III, 7

    7. Ningún hombre amó más a Cristo que Pablo: ningún hombre mostró mayor celo, ninguno fue considerado digno de más gracia; sin embargo, después de todas estas grandes ventajas, todavía tiene temores y temblores acerca de este gobierno y de los que eran gobernados por él. «Temo,» dice, «no sea que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, vuestros sentidos sean corrompidos apartándose de la sencillez que hay en Cristo.» [] Y de nuevo: «estuve entre vosotros con temor y mucho temblor;» [] y este era un hombre que había sido arrebatado al tercer cielo y hecho partícipe de los misterios inefables de Dios, [] y había soportado tantas muertes como días vivió después de hacerse creyente; un hombre, además, que no usaba la autoridad dada por Cristo para que ninguno de sus convertidos se ofendiera. Si, pues, él, que iba más allá de las ordenanzas de Dios y en ninguna parte buscaba su propio provecho, sino el de aquellos a quienes gobernaba, estaba siempre tan lleno de temor al considerar la grandeza de su gobierno, ¿cuál será nuestra condición, que en muchas cosas buscamos lo nuestro, que no solo no logramos ir más allá de los mandamientos de Cristo, sino que en su mayor parte los transgredimos? «¿Quién es débil,» dice, «y yo no soy débil? ¿Quién se escandaliza, y yo no ardo?» [] Tal debe ser el sacerdote, o, más bien, no solo tal: pues estas son cosas pequeñas, y nada comparadas con lo que voy a decir. ¿Y qué es esto? «Desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo,» dice, «por mis hermanos, mis parientes según la carne.» [] Si alguien puede pronunciar semejante discurso, si alguien tiene el alma que alcanza tal oración, con justicia se le podría culpar si huyera; pero si a alguien le falta tanta excelencia como a mí me falta, merecería ser odiado, no si evitara el cargo, sino si lo aceptara. Pues si se tratara de elegir para una dignidad militar, y quienes tenían el derecho de conferir el honor arrastraran a un calderero, a un zapatero o a algún artesano de este tipo y le confiaran el ejército, no elogiaría al desdichado si no huyera y no hiciera todo lo posible por evitar precipitarse en una desgracia tan manifiesta. Si, en efecto, bastara con llevar el nombre de pastor y emprender la obra al azar, y no hubiera peligro en ello, que quien quiera me acuse de vanagloria; pero si conviene que quien emprende este cuidado tenga mucho entendimiento y, antes que entendimiento, gran gracia de Dios, rectitud de conducta, pureza de vida y virtud sobrehumana, no me privéis del perdón si no estoy dispuesto a perecer en vano sin causa.
    Es más, si alguien encargado de una nave mercante de gran tamaño, llena de remeros y cargada con un flete costoso, me pusiera al timón y me mandara cruzar el mar Egeo o el Tirreno, me apartaría al instante de la propuesta; y si alguien me preguntara por qué, diría: «No sea que hunda la nave.» Ahora bien, allí donde la pérdida concierne a riquezas materiales y el peligro se extiende solo a la muerte corporal, nadie censura a quienes ejercitan gran prudencia; pero donde los náufragos están destinados a caer, no en el océano, sino en el abismo del fuego, y la muerte que les aguarda no es la que separa el alma del cuerpo, sino una que junto con esto la despide al castigo eterno, ¿incurriré en tu ira y en tu odio por no precipitarme de cabeza en un mal tan grande?

    III, 8

    8. No hagas tal cosa, te lo ruego y te lo suplico. Conozco mi propia alma, cuán débil y pequeña es; conozco la magnitud de este ministerio y la gran dificultad de la obra; pues más borrascosas olas agitan el alma del sacerdote que las tempestades que perturban el mar.

    III, 9

    9. Y ante todo está aquel terrible escollo de la vanagloria, más peligroso que el de las Sirenas, del cual los fabuladores cuentan tan maravillosas historias: pues muchos pudieron navegar junto a él y escapar ilesos; pero este es para mí tan peligroso que aun ahora, cuando ninguna necesidad de ninguna clase me empuja a ese abismo, no soy capaz de mantenerme lejos de la trampa; pero si alguien me confiara esta carga, sería lo mismo que si me atara las manos a la espalda y me entregara a las fieras que habitan en aquel escollo para que me despedazaran día tras día. ¿Preguntas cuáles son esas fieras? Son la ira, el desaliento, la envidia, la discordia, las calumnias, las acusaciones, la falsedad, la hipocresía, las intrigas, el enojo contra quienes no han hecho daño alguno, el placer ante los actos indecorosos de los compañeros de ministerio, la tristeza por su prosperidad, el amor a la alabanza, el deseo de honra (que, en verdad, más que todo arrastra el alma humana de cabeza a la perdición), doctrinas inventadas para agradar, adulaciones serviles, halagos innobles, el desprecio de los pobres, el cortejar a los ricos, honores insensatos y perjudiciales, favores acompañados de peligro tanto para quienes los ofrecen como para quienes los aceptan, un miedo sórdido propio solo de los más viles esclavos, la abolición del hablar con franqueza, una gran afectación de humildad, pero el destierro de la verdad, la supresión de convicciones y reproches, o más bien el uso excesivo de ellos contra los pobres, mientras que contra los que están investidos de poder nadie se atreve a abrir los labios.
    Pues todas estas fieras, y más que estas, se crían sobre aquel escollo del que he hablado, y a quienes una vez han capturado los arrastran inevitablemente a una profundidad tal de servidumbre que, incluso para complacer a las mujeres, hacen a menudo muchas cosas que es mejor no mencionar. La ley divina, en efecto, ha excluido a las mujeres del ministerio, pero ellas se esfuerzan por introducirse en él; y como nada pueden lograr por sí mismas, lo hacen todo por medio de otros; y han llegado a revestirse de tanto poder que pueden nombrar o expulsar sacerdotes a su antojo: las cosas, de hecho, están patas arriba, y puede verse realizado el proverbio: «Los gobernados dirigen a los gobernantes:» y ojalá fueran hombres quienes hicieran esto en lugar de mujeres, que no han recibido encargo de enseñar. ¿Por qué digo enseñar? Pues el bienaventurado Pablo no les permitía siquiera hablar en la Iglesia. Pero he oído a alguien decir que han obtenido tan grande privilegio de libertad de palabra, que incluso reprenden a los prelados de las Iglesias y los censuran con más severidad que los amos a sus propios criados.

    III, 10

    10. Y nadie suponga que someto a todos a los cargos antedichos: pues hay algunos, sí, muchos, que son superiores a estos enredos, y superan en número a quienes han sido atrapados por ellos. Ni yo, en verdad, haría responsable al sacerdocio de estos males: lejos esté de mí tal locura. Pues los hombres sensatos no dicen que la espada sea culpable del asesinato, ni el vino de la embriaguez, ni la fuerza del ultraje, ni el valor de la temeridad, sino que echan la culpa a quienes hacen un uso impropio de los dones que Dios les ha otorgado, y los castigan en consecuencia. Ciertamente, al menos, el sacerdocio puede con justicia acusarnos si no lo manejamos rectamente. Pues no es él mismo causa de los males ya mencionados, sino nosotros, que en cuanto estuvo en nuestro poder lo hemos mancillado con tantas contaminaciones, confiándolo a hombres vulgares que aceptan de buen grado lo que se les ofrece, sin haber adquirido antes conocimiento de sus propias almas, ni haber considerado la gravedad del oficio, y cuando han entrado en la obra, cegados por la inexperiencia, abruman con innumerables males al pueblo que ha sido confiado a su cuidado. Esto es lo que estaba a punto de suceder en mi caso, si Dios no me hubiera librado prontamente de aquellos peligros, perdonando misericordiosamente a su Iglesia y a mi propia alma. Pues, dime, ¿de dónde piensas que se generan tan grandes turbaciones en las Iglesias? Yo, por mi parte, creo que la única fuente de ellas es la manera irreflexiva y azarosa en que se eligen y nombran los prelados. Pues la cabeza debe ser la parte más fuerte, para poder regular y controlar las exhalaciones malignas que surgen del resto del cuerpo que está debajo; pero cuando resulta ser débil en sí misma, e incapaz de repeler aquellos ataques pestíferos, se vuelve más débil de lo que realmente es y arruina también al resto del cuerpo. Y para impedir que esto llegara a suceder, Dios me mantuvo en la posición de los pies, que era el rango que originalmente se me había asignado. Pues hay muchísimas otras cualidades, Basilio, además de las ya mencionadas, que el sacerdote debe tener, pero que yo no poseo; y, sobre todo, esta:— su alma debe estar completamente purgada de toda codicia del oficio: pues si resulta tener una inclinación natural por esta dignidad, tan pronto como la alcanza se enciende una llama más fuerte, y el hombre, completamente cautivado, soportará innumerables males para mantenerla segura, incluso hasta el extremo de usar la adulación, o someterse a algo bajo e innoble, o gastar grandes sumas de dinero. Pues no hablaré ahora de los asesinatos con que algunos han llenado las Iglesias, ni de la desolación que han traído sobre las ciudades al contender por la dignidad, no sea que algunos piensen que lo que digo es increíble. Pero soy de la opinión de que uno debe ejercer tanta cautela en este asunto, que ha de rehuir la carga del oficio, y cuando ha entrado en él, no esperar el juicio de otros si se comete alguna falta que justifique la deposición, sino anticiparse a ello expulsándose uno mismo de la dignidad; pues así probablemente uno obtendría misericordia para sí mismo de parte de Dios: pero aferrarse a ella desafiando la conveniencia es privarse de todo perdón, o más bien encender la ira de Dios, añadiendo un segundo error más ofensivo que el primero.

    III, 11

    11. Pero nadie soportará siempre la tensión; pues terrible, verdaderamente terrible es el ardiente deseo de este honor. Y al decir esto no estoy en oposición al bienaventurado Pablo, sino en completa armonía con sus palabras. Pues ¿qué dice él? «Si alguno desea el oficio de obispo, desea una obra buena.» [] Ahora bien, no he dicho que sea algo terrible desear la obra, sino solo la autoridad y el poder. Y este deseo creo que uno debe expulsarlo del alma con toda la seriedad posible, no permitiendo que al comienzo sea poseída por tal sentimiento, para poder hacerlo todo con libertad. Pues quien no desea ser exhibido en posesión de esta autoridad, no teme ser depuesto de ella, y al no temer esto podrá hacerlo todo con la libertad que conviene a los hombres cristianos; mientras que quienes temen y tiemblan ante la idea de ser depuestos padecen una servidumbre amarga, llena de toda clase de males, y se ven a menudo obligados a ofender a Dios y a los hombres. Ahora bien, el alma no debe ser afectada de este modo; sino que, como en la guerra vemos que los soldados de espíritu noble luchan de buena gana y caen valientemente, así quienes han alcanzado esta mayordomía deben contentarse con ser consagrados a la dignidad o removidos de ella, como conviene a los hombres cristianos, sabiendo que la deposición de esta clase trae su recompensa no menos que el desempeño del oficio. Pues cuando alguien sufre algo de este tipo, para evitar someterse a algo que es impropio o indigno de esta dignidad, procura castigo para quienes lo deponen injustamente, y una recompensa mayor para sí mismo. «Bienaventurados», dice nuestro Señor, «sois cuando os injurien y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros falsamente por mi causa; gozaos y alegraos en gran manera, porque grande es vuestra recompensa en el cielo.» [] Y esto, en efecto, es lo que sucede cuando alguien es expulsado por los de su propio rango, ya sea por envidia, con miras al favor de otros, o por odio, o por cualquier otro motivo injusto; pero cuando le toca a alguien experimentar este trato de parte de los adversarios, no creo que haga falta una palabra para probar cuán grande ganancia le confieren con su maldad.
    Nos conviene, pues, estar en vela por todos lados, y hacer una búsqueda cuidadosa no sea que alguna chispa de este deseo esté ardiendo secretamente en algún lugar. Pues es muy de desear que quienes originalmente están libres de esta pasión, puedan también evitarla cuando han dado con este oficio. Pero si alguien, antes de obtener el honor, alimenta en sí mismo a este monstruo terrible y salvaje, es imposible decir a qué horno se arrojará después de haberlo alcanzado. Ahora bien, yo poseía este deseo en alto grado (y no supongas que jamás te diría algo falso en menoscabo propio): y esto, unido a otras razones, me alarmó no poco y me indujo a huir. Pues así como los amantes de la persona humana, mientras se les permite estar cerca del objeto de su afecto, sufren el tormento más severo de su pasión, pero cuando se alejan lo más posible de esos objetos de deseo, ahuyentan el frenesí: así también, cuando quienes desean esta dignidad están cerca de ella, el mal se vuelve intolerable; pero cuando dejan de esperarla, el deseo se extingue junto con la expectativa.

    III, 12

    12. Este solo motivo, pues, no es pequeño: y aun tomado por sí mismo habría bastado para disuadirme de esta dignidad; pero, tal como están las cosas, ha de añadirse otro no menor que el anterior. ¿Y cuál es? Un sacerdote debe ser sobrio de mente, y penetrante en el discernimiento, y poseer innumerables ojos en todas direcciones, como quien no vive para sí solo, sino para tan gran multitud. Pero que yo soy perezoso y flojo, y apenas capaz de procurar mi propia salvación, incluso tú mismo lo admitirías, que por amor a mí te empeñas especialmente en ocultar mis faltas. No me hables, en este contexto, de ayunos, vigilias, dormir en el suelo y otras duras disciplinas del cuerpo: pues sabes cuán deficiente soy en estas materias; y aun si las hubiera practicado cuidadosamente, con mi actual pereza no habrían podido servirme de ayuda alguna con miras a este puesto de autoridad. Tales cosas podrían ser de gran servicio a un hombre encerrado en una celda, y que solo se ocupa de sus propios asuntos; pero cuando un hombre está dividido entre tan gran multitud, y entra por separado en los cuidados privados de quienes están bajo su dirección, ¿qué ayuda apreciable se puede dar a su mejoramiento si no posee un carácter robusto y sumamente vigoroso?

    III, 13

    13. Y no te sorprendas si, en relación con tal resistencia, busco otra prueba de fortaleza en el alma. Pues ser indiferente a la comida y a la bebida y a un lecho blando, vemos que para muchos no es tarea difícil, especialmente al menos para aquellos de hábitos de vida rudos y que han sido criados de este modo desde la primera juventud, y también para muchos otros; porque la disciplina corporal y la costumbre suavizan la severidad de estas prácticas laboriosas: pero el insulto, el ultraje, el lenguaje grosero y las burlas de los inferiores, ya se profieran sin motivo o con justicia, y las reprimendas vanas y ociosas dichas tanto por los gobernantes como por los gobernados— esto es lo que pocos pueden soportar, de hecho solo uno o dos aquí y allá; y se puede ver a hombres que son fuertes en los ejercicios anteriores, tan completamente trastornados por estas cosas, que se vuelven más furiosos que las bestias más salvajes. Ahora bien, a tales hombres especialmente deberíamos excluir de los recintos del sacerdocio. Pues si un prelado aborreciera la comida, o anduviera descalzo, no se haría daño alguno a los intereses comunes de la Iglesia; pero un temperamento furioso causa grandes desastres tanto a quien lo posee como a sus vecinos. Y no hay amenaza divina contra quienes dejan de hacer las cosas referidas, pero el infierno y el fuego del infierno se amenazan contra quienes se enojan sin causa. [] Así como el amante de la vanagloria, cuando asume el gobierno de las multitudes, añade combustible adicional al fuego, así quien por sí mismo, o en compañía de unos pocos, es incapaz de controlar su ira, sino que se deja arrastrar fácilmente por ella, si se le confiara la dirección de toda una multitud, como una fiera aguijoneada por todas partes por innumerables verdugos, nunca podría vivir en tranquilidad él mismo, y causaría un daño incalculable a quienes han sido confiados a su cargo.

    III, 14

    14. Pues nada nubla tanto la pureza de la razón y la perspicuidad de la visión mental como la ira indisciplinada, que se precipita con ímpetu violento. «Porque la ira,» dice uno, «destruye aun a los prudentes.» Pues el ojo del alma, oscurecido como en alguna batalla nocturna, no es capaz de distinguir a los amigos de los enemigos, ni lo honorable de lo indigno, sino que los trata a todos por igual; y aun si ha de sufrirse algún daño, soporta de buena gana todo, a fin de satisfacer el placer del alma. Pues el fuego de la ira es una especie de placer, y tiraniza al alma más duramente que el placer, trastornando por completo su sana organización. Pues fácilmente impulsa a los hombres a la arrogancia, a enemistades inoportunas y a odios irracionales, y continuamente los dispone a cometer ofensas caprichosas y vanas; y los fuerza a decir y hacer muchas otras cosas de ese tipo, siendo el alma arrastrada por el ímpetu de la pasión, y no teniendo nada en qué afianzar su fuerza para resistir un impulso tan grande.
    Basilio: No soportaré más esta ironía tuya: pues ¿quién no sabe cuán lejos estás tú de esta debilidad?
    Crisóstomo: ¿Por qué, pues, mi buen amigo, quieres acercarme a la hoguera y provocar a la fiera cuando está tranquila? ¿No te das cuenta de que he alcanzado esta condición, no por virtud innata alguna, sino por mi amor al retiro? ¿Y de que, cuando uno que está así constituido permanece contento consigo mismo, o solo se asocia con uno o dos amigos, es capaz de escapar del fuego que surge de esta pasión, pero no si se ha hundido en el abismo de todos estos cuidados? Pues entonces arrastra no solo a sí mismo, sino a muchos otros con él, al borde de la destrucción, y los vuelve más indiferentes a toda consideración de mansedumbre. Pues la masa del pueblo bajo gobierno se inclina generalmente a considerar las maneras de los que gobiernan como una especie de modelo, y a asimilarse a ellos. ¿Cómo, entonces, podría alguien poner freno a su furor cuando él mismo se hincha de rabia? ¿Y quién de la multitud desearía de inmediato volverse moderado al ver al gobernante irritable? Pues es absolutamente imposible que los defectos de los sacerdotes queden ocultos; incluso los más insignificantes se manifiestan rápidamente. Así, un atleta, mientras permanece en su casa y no contiende con nadie, puede disimular su debilidad aunque sea muy grande, pero cuando se despoja para el combate es fácilmente descubierto. Y así, para algunos que viven esta vida privada e inactiva, su aislamiento les sirve de velo para ocultar sus defectos; pero cuando han sido llevados a la vida pública, se ven obligados a despojarse de este manto de retiro y a dejar desnudas sus almas ante todos mediante sus movimientos visibles. Así como, por tanto, sus buenas obras aprovechan a muchos, provocándolos a un celo igual, así sus deficiencias vuelven a los hombres más indiferentes a la práctica de la virtud y los alientan a la indolencia en sus esfuerzos tras lo excelente. Por lo cual su alma debería resplandecer de belleza por todos lados, para poder alegrar e iluminar las almas de quienes la contemplan. Pues las faltas de los hombres ordinarios, al cometerse como en la oscuridad, arruinan solo a quienes las practican; pero los errores de un hombre en posición conspicua, y conocido por muchos, infligen un daño común a todos, volviendo a los que han caído más negligentes en sus esfuerzos por el bien, y llevando a la desesperación a quienes desean cuidar de sí mismos. Y aparte de estas cosas, las faltas de los hombres insignificantes, aunque queden expuestas, no infligen a nadie un daño digno de mención; pero quienes ocupan el más alto asiento de honor son, en primer lugar, visiblemente manifiestos a todos, y si yerran en las materias más pequeñas, estas naderías parecen grandes a los demás: pues todos los hombres miden el pecado, no por la magnitud de la ofensa, sino por el rango del ofensor. Así, el sacerdote debe estar protegido por todas partes con una especie de armadura adamantina, por una intensa seriedad y una perpetua vigilancia sobre su manera de vivir, no sea que alguien, al descubrir un punto expuesto y descuidado, inflija una herida mortal: pues todos los que lo rodean están prontos a golpearlo y derribarlo: no solo los enemigos y adversarios, sino muchos incluso de los que profesan amistad.
    Las almas, pues, de los hombres elegidos para el sacerdocio deben estar dotadas de un poder tal como el que la gracia de Dios otorgó a los cuerpos de aquellos santos que fueron arrojados al horno de Babilonia. [] La leña, la pez y la estopa no son el combustible de este fuego, sino cosas mucho más terribles: pues no es un fuego material al que están sometidos, sino que la llama devoradora de la envidia los envuelve, levantándose por todas partes, asaltándolos, y poniendo su vida a una prueba más rigurosa que la que el fuego fue entonces para los cuerpos de aquellos jóvenes. Cuando, pues, encuentra un pequeño rastro de paja, se prende velozmente de él; y esta parte insana la consume por completo, pero todo el resto del edificio, aunque sea más brillante que los rayos del sol, queda chamuscado y ennegrecido por el humo. Pues mientras la vida del sacerdote está bien regulada en todo sentido, es invulnerable a las maquinaciones; pero si por casualidad descuida alguna bagatela, como es natural en un ser humano que atraviesa el océano traicionero de esta vida, ninguna de sus otras buenas obras le sirve para escapar de las bocas de sus acusadores; sino que aquel pequeño desliz eclipsa todo lo demás. Y todos los hombres están dispuestos a juzgar al sacerdote como si no fuera un ser revestido de carne, ni uno que heredó una naturaleza humana, sino como un ángel, emancipado de toda especie de debilidad. Y así como todos los hombres temen y adulan a un tirano mientras es fuerte, porque no pueden derribarlo, pero cuando ven que sus asuntos van adversamente, los que poco antes eran sus amigos abandonan su respeto hipócrita, y de repente se convierten en sus enemigos y antagonistas, y habiendo descubierto todos sus puntos débiles, lo atacan, y lo deponen del gobierno; así sucede también en el caso de los sacerdotes. Los que poco antes lo honraban y le hacían la corte, mientras era fuerte, tan pronto como han encontrado un pequeño asidero se preparan con ansia para deponerlo, no como a un tirano solamente, sino como a algo mucho más terrible que eso. Y así como el tirano teme a sus guardias personales, así también el sacerdote teme sobre todo a sus vecinos y compañeros de ministerio. Pues ningún otro codicia tanto su dignidad, ni conoce tan bien sus asuntos como estos; y si algo ocurre, estando cerca, lo perciben antes que otros, y aunque lo calumnien, pueden fácilmente obtener crédito, y, magnificando bagatelas, toman cautiva a su víctima. Pues la sentencia apostólica queda invertida, «si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; o si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él;» [] a menos que un hombre pueda por su gran discreción mantenerse firme contra todo.
    ¿Me envías, entonces, a una guerra tan grande? ¿Y pensabas que mi alma estaría a la altura de una contienda tan diversa en carácter y forma? ¿De dónde aprendiste esto, y de quién? Si Dios te lo certificó, muéstrame el oráculo, y obedezco; pero si no puedes, y formas tu juicio solamente a partir de la opinión humana, por favor, libérate de este engaño. Pues en lo que concierne a mis propios asuntos, es más justo confiar en mí que en otros; ya que «nadie conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él.» [] Que me habría hecho ridículo a mí mismo y a mis electores, si hubiera aceptado este oficio, y habría regresado con gran pérdida a esta condición de vida en la que ahora me encuentro, confío haberte convencido ya con estas observaciones, si no antes. Pues no solo la malicia, sino algo mucho más fuerte —el ansia por esta dignidad— suele armar a muchos contra quien la posee. Y así como los hijos avaros se sienten oprimidos por la vejez de sus padres, así algunos de estos, cuando ven que el oficio sacerdotal lo ejerce alguien por un tiempo prolongado —puesto que sería una maldad destruirlo— se apresuran a deponerlo de él, deseando todos ocupar su lugar, y esperando cada uno que la dignidad se transfiera a sí mismo.

    III, 15

    15. ¿Quieres que te muestre aún otra fase de esta contienda, cargada de innumerables peligros? Ven, pues, y echa un vistazo a las fiestas públicas, cuando suele ser costumbre que se hagan las elecciones para las dignidades eclesiásticas, y verás entonces al sacerdote asaltado con acusaciones tan numerosas como el pueblo que gobierna. Pues todos los que tienen el privilegio de conferir el honor se dividen entonces en muchos partidos; y uno nunca puede hallar al consejo de presbíteros de una sola mente entre sí, ni acerca del hombre que ha ganado la prelatura; sino que cada uno se aparta de los demás, prefiriendo uno a este hombre, otro a aquel. Ahora bien, la razón es que no todos miran a una sola cosa, que debería ser el único objeto tenido en vista: la excelencia del carácter; sino que se alegan otras cualidades como recomendación para este honor; por ejemplo, de uno se dice: «que sea elegido porque pertenece a una familia ilustre,» de otro «porque posee gran riqueza, y no necesitaría ser sostenido de las rentas de la Iglesia,» de un tercero «porque ha venido del campamento del adversario;» uno está ansioso por dar la preferencia a un hombre que está en términos de intimidad consigo mismo, otro al hombre que le es pariente por nacimiento, un tercero al adulador, pero nadie mirará al hombre verdaderamente calificado, ni hará alguna prueba de su carácter. Ahora bien, estoy tan lejos de pensar que estas cosas sean criterios confiables de la aptitud de un hombre para el sacerdocio, que aunque alguno manifestara gran piedad, que no es pequeña ayuda en el desempeño de ese oficio, no me atrevería a aprobarlo solo por eso, a menos que reuniera buenas capacidades con su piedad. Pues conozco a muchos hombres que han ejercido perpetua continencia sobre sí mismos, y se han consumido con ayunos, quienes, mientras se les permitió estar solos y atender sus propios asuntos, han sido aceptos a Dios, y día a día han hecho no pequeña adición a este género de saber; pero tan pronto como entraron en la vida pública, y fueron obligados a corregir la ignorancia de la multitud, algunos de ellos han resultado desde el principio incompetentes para tan gran tarea, y otros, cuando se vieron forzados a perseverar en ella, han abandonado su antigua manera estricta de vivir, y así se han infligido gran daño a sí mismos sin aprovechar en absoluto a otros. Y si alguno pasara todo su tiempo en el rango más bajo del ministerio, y llegara a una extrema vejez, no lo promovería, meramente por reverencia a sus años, a la dignidad superior; pues ¿qué si, después de llegar a esa etapa de la vida, permaneciera aún inepto para el oficio? Y digo esto ahora, no queriendo deshonrar la cabeza cana, ni estableciendo una ley para excluir absolutamente de esta autoridad a quienes vienen del círculo monástico (pues hay ejemplos de muchos que salieron de aquel cuerpo, habiendo brillado conspicuamente en esta dignidad); sino que el punto que me afano por probar es que, si ni la piedad por sí misma, ni la edad avanzada, bastarían para mostrar que un hombre que ha obtenido el sacerdocio realmente lo merecía, las razones antes alegadas difícilmente lograrían esto. Hay también hombres que aducen otros pretextos aún más absurdos; pues algunos se alistan en las filas del clero para no contarse entre los opositores, y otros a causa de su mala disposición, no sea que hagan gran daño si se los pasa por alto. ¿Podría algo ser más contrario a la recta norma que esto? Que hombres malos, cargados de iniquidad, sean cortejados a causa de aquellas cosas por las cuales deberían ser castigados, y asciendan a la dignidad sacerdotal a causa de cosas por las cuales deberían ser excluidos del mismísimo umbral de la Iglesia. Dime, pues, ¿buscaremos aún más la causa de la ira de Dios, cuando exponemos cosas tan santas y terribles a ser profanadas por hombres que son o malvados o inútiles? Pues cuando a algunos hombres se les confía la administración de cosas que no les convienen en absoluto, y a otros de cosas que exceden su poder natural, hacen la condición de la Iglesia semejante a la del Euripo.
    Ahora bien, antes solía burlarme de los gobernantes seculares, porque en la distribución de sus honores no se guían por consideraciones de excelencia moral, sino de riqueza, de antigüedad y de distinción humana; pero cuando oí que esta especie de locura se había abierto paso también en nuestros asuntos, ya no consideré su conducta tan atroz. Pues ¿qué maravilla es que los hombres mundanos, que aman la alabanza de la multitud y hacen todo por causa de la ganancia, cometan estos pecados, cuando los que pretenden al menos estar libres de todas estas influencias no están en modo alguno mejor dispuestos que ellos, sino que, aunque empeñados en una contienda por cosas celestiales, actúan como si la cuestión sometida a decisión fuera una que concerniera a fanegas de tierra, o algo semejante? Pues toman sin más a hombres comunes y corrientes, y los ponen a presidir aquellas cosas por las cuales el Hijo unigénito de Dios no rehusó vaciarse de Su gloria y hacerse hombre, y tomar forma de siervo, y ser escupido, y abofeteado, y morir una muerte de ignominia en la carne. Y no se detienen ni siquiera aquí, sino que añaden a estas ofensas otras aún más monstruosas; pues no solo eligen a hombres indignos, sino que de hecho expulsan a los que están bien calificados. Como si fuera necesario arruinar la seguridad de la Iglesia por ambos lados, o como si la provocación anterior no bastara para encender la ira de Dios, han ideado otra no menos perniciosa. Pues considero tan atroz expulsar a los hombres útiles como imponer a los inútiles. Y esto de hecho tiene lugar, de modo que el rebaño de Cristo no puede hallar consuelo en dirección alguna, ni respirar libremente. ¿No merecen, pues, tales hechos ser castigados con diez mil rayos, y con un fuego infernal más ardiente que aquel con que se nos amenaza [en la Sagrada Escritura]? Sin embargo, estos males monstruosos son soportados por Aquel que no quiere la muerte del pecador, para que se convierta y viva. ¿Y cómo puede uno maravillarse suficientemente de Su misericordia, y asombrarse de Su piedad? Los que pertenecen a Cristo destruyen la propiedad de Cristo más que los enemigos y adversarios, y aun así el buen Señor trata con ellos con dulzura, y los llama al arrepentimiento. ¡Gloria a Ti, oh Señor! ¡Gloria a Ti! ¡Cuán vasta es la profundidad de Tu misericordia! ¡Cuán grandes las riquezas de Tu paciencia! Hombres que a causa de Tu nombre han subido de la insignificancia y la oscuridad a posiciones de honor y distinción, usan el honor que gozan contra Aquel que lo ha otorgado, hacen obras de audacia desmesurada, e insultan las cosas santas, rechazando y expulsando a hombres de celo para que los malvados puedan arruinarlo todo a su placer con mucha seguridad, y con la mayor osadía. Y si quieres conocer las causas de este terrible mal, hallarás que son semejantes a las que se mencionaron antes; pues tienen una raíz y madre, por así decir —a saber, la envidia—; pero esta se manifiesta en varias formas diferentes. Pues de uno se nos dice que ha de ser tachado de la lista de candidatos, porque es joven; de otro porque no sabe adular; de un tercero porque ha ofendido a tal o cual persona; de un cuarto, no sea que tal o cual hombre se duela al ver rechazado a uno que ha presentado, y a este elegido; de un quinto porque es amable y gentil; de un sexto porque es formidable para los pecadores; de un séptimo por otra razón semejante; pues no les cuesta hallar tantos pretextos como quieran, y pueden incluso hacer de la abundancia de la riqueza de un hombre una objeción cuando no tienen otra. De hecho, serían capaces de descubrir otras razones, tantas como deseen, por las cuales un hombre no debería ser llevado de repente a este honor, sino suave y gradualmente. Y aquí quisiera hacer la pregunta: «¿Qué ha de hacer, entonces, el prelado que tiene que contender con tales ráfagas? ¿Cómo se mantendrá firme contra tales oleajes? ¿Cómo rechazará todos estos asaltos?»
    Pues si administra el asunto sobre principios rectos, todos los que son enemigos y adversarios tanto de él como de los candidatos hacen todo con miras a la contención, provocando contiendas diarias, y amontonando infinito escarnio sobre los candidatos, hasta que los han hecho tachar de la lista, o han introducido a sus propios favoritos. De hecho, es justamente como si algún piloto tuviera piratas navegando con él en su nave, tramando perpetuamente a cada hora contra él, y contra los marineros, y los infantes de marina. Y si prefiriera el favor de tales hombres a su propia salvación, aceptando candidatos indignos, tendrá a Dios por enemigo en lugar de ellos; ¿y qué podría ser más terrible que eso? Y aun así sus relaciones con ellos serán más embarazosas que antes, pues todos se combinarán entre sí, y con ello se volverán más poderosos que antes. Pues así como cuando vientos feroces que vienen de direcciones opuestas chocan unos contra otros, el océano, hasta entonces en calma, se enfurece de repente y levanta sus olas encrespadas, destruyendo a los que navegan sobre él, así también cuando la Iglesia ha admitido a hombres corruptos, su superficie una vez tranquila se cubre de espuma áspera y queda sembrada de naufragios.

    III, 16

    16. Considera, pues, qué clase de hombre debe ser el que ha de resistir contra semejante tempestad, y manejar con destreza tan grandes obstáculos para el bien común; pues debe ser digno pero libre de arrogancia, formidable pero amable, pronto para mandar pero sociable, imparcial pero cortés, humilde pero no servil, fuerte pero gentil, a fin de contender con éxito contra todas estas dificultades. Y debe presentar con gran autoridad al hombre que está propiamente calificado para el oficio, aunque todos se le opongan, y con la misma autoridad rechazar al que no está así calificado, aunque todos conspiren a su favor, y mantener una sola mira en vista: la edificación de la Iglesia, sin actuar en nada movido por enemistad ni favor. Bien, ¿piensas ahora que actué razonablemente al declinar el ministerio de este oficio? Pero ni siquiera he repasado aún todas mis razones contigo; pues tengo algunas otras todavía que mencionar. Y no te impacientes al escuchar a un hombre amistoso y sincero, que desea limpiarse de tus acusaciones; pues estas declaraciones no solo son útiles para la defensa que has de hacer en mi favor, sino que también resultarán de no pequeña ayuda para la debida administración del oficio. Pues es necesario que quien va a entrar en este camino de vida investigue todos los asuntos a fondo, antes de poner su mano en el ministerio. ¿Preguntas por qué? Porque quien conoce todas las cosas claramente tendrá esta ventaja, si ninguna otra: que no se sentirá extraño cuando estas cosas le sobrevengan. ¿Quieres entonces que aborde la cuestión de la superintendencia de las viudas, en primer lugar, o del cuidado de las vírgenes, o de la dificultad de la función judicial? Pues en cada uno de estos casos hay una especie diferente de ansiedad, y el temor es mayor que la ansiedad.
    Ahora bien, en primer lugar, para comenzar por aquel asunto que parece ser más simple que los otros, el cuidado de las viudas parece causar ansiedad a quienes las atienden solo en lo que concierne al gasto de dinero; pero el caso es diferente, y también aquí se necesita un escrutinio cuidadoso, cuando han de ser inscritas, pues un daño infinito se ha causado al ponerlas en la lista sin la debida discriminación. Pues han arruinado hogares, y roto matrimonios, y a menudo han sido sorprendidas en hurtos y raterías y hechos indecorosos de esa clase. Ahora bien, que tales mujeres sean sostenidas de las rentas de la Iglesia provoca castigo de Dios, y extrema condenación entre los hombres, y abate el celo de quienes desean hacer el bien. Pues ¿quién elegiría jamás gastar la riqueza que se le ordenó dar a Cristo en aquellas que difaman el nombre de Cristo? Por estas razones debe hacerse un escrutinio estricto y exacto, para impedir que el suministro de los indigentes sea desperdiciado, no solo por las mujeres ya mencionadas, sino también por las que son capaces de proveerse por sí mismas. Y a este escrutinio sucede no pequeña ansiedad de otra clase: asegurar una corriente abundante e inagotable de suministro como de una fuente; pues la pobreza forzosa es una especie insaciable de mal, quejumbrosa e ingrata. Y se requiere gran discreción y gran celo para tapar las bocas de los quejosos, privándolos de toda excusa. Ahora bien, la mayoría de los hombres, cuando ven a alguien superior al amor del dinero, inmediatamente lo representan como bien calificado para esta administración. Pero no pienso que esta grandeza de alma baste jamás por sí sola, aunque deba poseerse antes que todas las demás cualidades; pues sin esta un hombre sería un destructor más que un protector, un lobo en lugar de un pastor; sin embargo, combinada con esta, debe exigirse también la posesión de otra cualidad. Y esta cualidad es la paciencia, la causa de todas las cosas buenas en los hombres, impulsando por así decir y conduciendo el alma a un puerto sereno. Pues las viudas son una clase que, tanto por su pobreza, su edad y su disposición natural, se entregan a una libertad de palabra ilimitada (así mejor lo llamo); y arman un clamor inoportuno y quejas ociosas y lamentaciones por asuntos por los cuales deberían estar agradecidas, y presentan acusaciones sobre cosas que deberían aceptar con contento. Ahora bien, el superintendente debe soportar todas estas cosas con espíritu generoso, y no dejarse provocar ni por su fastidio irrazonable ni por sus quejas irrazonables. Pues esta clase de personas merece ser compadecida por sus desgracias, no insultada; y pisotear sus calamidades, y añadir el dolor del insulto al que la pobreza trae consigo, sería un acto de extrema brutalidad. Por esto uno de los más sabios de los hombres, teniendo en cuenta la avaricia y el orgullo de la naturaleza humana, y considerando la naturaleza de la pobreza y su terrible poder para abatir aun al carácter más noble, e inducirlo a menudo a actuar en estos mismos respectos sin vergüenza, para que un hombre no se irrite cuando se le acusa, ni sea provocado por la importunidad continua a convertirse en enemigo donde debería traer auxilio, le instruye a ser afable y accesible al suplicante, diciendo: «Inclina tu oído al pobre y dale una respuesta amistosa con mansedumbre.» [] Y pasando por alto el caso de quien logra exasperar (¿pues qué puede decirse al que está vencido?), se dirige al hombre que es capaz de soportar la debilidad del otro, exhortándolo antes de otorgar su don a corregir al suplicante por la gentileza de su semblante y la suavidad de sus palabras. Pero si alguno, aunque no toma la propiedad (de estas viudas), sin embargo las carga con innumerables reproches, y las insulta, y se exaspera contra ellas, no solo deja de aliviar mediante su don el desaliento producido por la pobreza, sino que agrava la aflicción con su abuso. Pues aunque ellas puedan ser obligadas a actuar muy desvergonzadamente por la necesidad del hambre, están sin embargo afligidas por esta compulsión. Cuando, pues, a causa del temor del hambre, se ven constreñidas a mendigar, y a causa de su mendicidad se ven constreñidas a despojarse de la vergüenza, y luego a causa de su desvergüenza son insultadas, el poder del desaliento, volviéndose de una especie compleja, y acompañado de mucha lobreguez, se asienta sobre el alma. Y quien tiene el cargo de estas personas debe ser tan sufrido, que no solo no aumente su desaliento con sus arrebatos de ira, sino que además elimine la mayor parte de él con su exhortación. Pues así como el hombre que ha sido insultado, aunque esté en el goce de gran abundancia, no siente la ventaja de su riqueza, a causa del golpe que ha recibido del insulto; así por el contrario, el hombre a quien se ha dirigido con palabras amables, y para quien el don ha sido acompañado de aliento, se regocija y alegra tanto más, y la cosa dada se duplica en valor por la manera en que se ofrece. Y esto no lo digo por mí mismo, sino que lo tomo prestado de aquel cuyo precepto cité hace un momento: «Hijo mío, no manches tus buenas obras, ni uses palabras incómodas cuando des algo. ¿No calma el rocío el calor? Así es una palabra mejor que un don. ¡Mira! ¿No es una palabra mejor que un don? Pero ambas están con el hombre agraciado.» []
    Pero el que está al frente de estas personas no solo debe ser manso y tolerante, sino también hábil en la administración de los bienes; porque si falta esta cualidad, los asuntos de los pobres se ven envueltos de nuevo en la misma miseria. Uno a quien se confió no hace mucho este ministerio, y que reunió una gran cantidad de dinero, ni la consumió él mismo, ni la gastó, salvo pocas excepciones, en los que la necesitaban, sino que mantuvo la mayor parte enterrada en la tierra hasta que sobrevino un tiempo de calamidad, cuando todo fue entregado en manos del enemigo. Se necesita, por tanto, mucha previsión, para que los recursos de la Iglesia no sean ni demasiado abundantes ni deficientes, sino que todos los auxilios que se proveen se distribuyan rápidamente entre quienes los requieren, y los tesoros de la Iglesia se guarden en los corazones de los que están bajo su autoridad.
    Además, en la recepción de los extranjeros y en el cuidado de los enfermos, considera cuán grande es el gasto de dinero que se necesita, y cuánta exactitud y discernimiento se requieren de parte de quienes presiden estas cosas. Pues a menudo es necesario que este gasto sea aún mayor que aquel del que acabo de hablar, y que quien lo preside combine la prudencia y la sabiduría con la destreza en el arte de proveer, de modo que disponga a los ricos a ser generosos y sin reticencias en sus dones, no sea que, al proveer al alivio de los enfermos, contriste las almas de quienes suplen sus necesidades. Pero aquí es menester mostrar empeño y celo en un grado mucho más alto; pues los enfermos son criaturas difíciles de contentar y propensas al abatimiento; y si no se ponen gran exactitud y cuidado, aun un leve descuido basta para causar gran daño al paciente.

    III, 17

    17. Pero en el cuidado de las vírgenes, el temor es mayor en proporción a que la posesión es más preciosa, y este rebaño es de carácter más noble que los otros. Ya, en efecto, incluso en la banda de estas santas, se ha precipitado un número infinito de mujeres llenas de innumerables malas cualidades; y en este caso nuestro dolor es mayor que en el otro; pues hay la misma diferencia entre una virgen y una viuda que se extravían, que entre una doncella libre y su criada. Con las viudas, en efecto, se ha vuelto práctica común chancearse, denigrarse unas a otras, adular o ser descaradas, aparecer por todas partes en público y recorrer la plaza. Pero la virgen ha aspirado a fines más nobles, y ha buscado con afán el género más alto de filosofía, y profesa mostrar en la tierra la vida que llevan los ángeles, y, aún en la carne, se propone realizar obras propias de las potencias incorpóreas. Además, no debe hacer viajes numerosos ni innecesarios, ni le es lícito proferir palabras ociosas y al azar; y en cuanto al insulto y la adulación, ni siquiera debería conocerlos de nombre. Por esta razón necesita la más cuidadosa vigilancia y mayor ayuda. Pues el enemigo de la santidad está siempre al acecho y emboscado contra estas personas, dispuesto a devorar a cualquiera de ellas si resbala y cae; también hay muchos hombres que les tienden trampas; y además de todo esto está el ardor pasional de su propia naturaleza humana, de modo que, en general, la virgen ha de prepararse para una guerra doble: una que la ataca desde fuera y otra que la acosa desde dentro. Por estas razones quien tiene la superintendencia de las vírgenes sufre gran alarma, y el peligro y la angustia son aún mayores si ocurriera alguna de las cosas contrarias a sus deseos, lo cual Dios no permita. Pues si una hija guardada en reclusión es causa de insomnio para su padre, y la ansiedad por ella le priva del sueño, siendo tan grande el temor de que quede sin hijos, o pase la flor de su edad sin casarse, o sea odiada por su marido [], ¿qué sufrirá aquel cuya ansiedad no se refiere a ninguna de estas cosas, sino a otras mucho mayores? Pues en este caso no es un hombre el rechazado, sino Cristo mismo; y esta esterilidad no es objeto de mera afrenta, sino que el mal termina en la destrucción del alma; «pues todo árbol,» se dice, «que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego.» [] Y para la que ha sido repudiada por el divino Esposo, no basta recibir carta de divorcio y marcharse, sino que ha de pagar la pena del castigo eterno. Además, un padre según la carne tiene muchas cosas que hacen fácil la custodia de su hija; pues la madre, la nodriza y una multitud de criadas comparten la ayuda al padre para mantener a salvo a la doncella. Pues ni se le permite andar continuamente de prisa hacia la plaza, ni, cuando va allí, se ve obligada a mostrarse a los transeúntes, pues la oscuridad de la tarde oculta a quien no desea ser vista no menos que los muros de la casa. Y aparte de estas cosas, se ve libre de toda causa que de otro modo podría obligarla a afrontar las miradas de los hombres; pues ni la preocupación por las necesidades de la vida, ni las amenazas de los opresores, ni nada semejante la reduce a esta desdichada necesidad, ya que su padre actúa en su lugar en todos estos asuntos; mientras ella misma tiene una sola preocupación: evitar hacer o decir algo indigno de la conducta modesta que le corresponde. Pero en el otro caso hay muchas cosas que hacen difícil, o más bien imposible, la custodia de la virgen para el padre; pues no podría tenerla consigo en su casa, ya que habitar juntos de ese modo no sería ni decoroso ni seguro. Pues aun si ellos mismos no sufrieran daño alguno, sino que siguieran conservando intacta su inocencia, tendrían que dar cuenta de las almas que han ofendido, tanto como si hubieran pecado el uno con el otro. Y siendo imposible que vivan juntos, no es fácil comprender los movimientos del carácter, ni reprimir los impulsos mal regulados, ni educar y perfeccionar los que están mejor ordenados y concertados. Ni es cosa fácil intervenir en sus costumbres de salir; pues su pobreza y la falta de un guardián no le permiten convertirse en investigador exacto de la decencia de su conducta. Pues como se ve obligada a administrar todos sus asuntos, tiene muchos pretextos para salir, al menos si no está inclinada a ser dueña de sí. Ahora bien, quien le ordena permanecer siempre en casa debe cortar estos pretextos, proveyendo a su independencia en las necesidades de la vida y dándole alguna mujer que se ocupe de la administración de estas cosas. Debe también mantenerla alejada de los funerales y de las fiestas nocturnas; pues aquella astuta serpiente sabe demasiado bien cómo esparcir su veneno incluso por medio de las buenas obras. Y la doncella debe estar cercada por todos lados, y rara vez salir de casa durante todo el año, salvo cuando la obligue una necesidad inexorable. Y si alguno dijera que ninguna de estas cosas es tarea propia de un obispo, asegúrese de que las inquietudes y las razones acerca de lo que ocurre en cada caso han de remitirse a él. Y es mucho más conveniente que lo administre todo y así quede libre de las quejas que de otro modo habría de sufrir por faltas ajenas, que abstenerse de la administración y luego tener que temer ser llamado a rendir cuentas por cosas que otros hicieron. Además, quien hace estas cosas por sí mismo las lleva todas con gran facilidad; pero quien se ve obligado a hacerlas ganándose la opinión de todos no obtiene alivio por verse libre de trabajar solo, equivalente a la molestia y el tumulto que experimenta por causa de quienes se le oponen y combaten sus decisiones. Sin embargo, no podría enumerar todas las inquietudes relacionadas con el cuidado de las vírgenes; pues cuando han de ser inscritas en la lista, ocasionan no pequeña molestia a quien está encargado de este asunto.
    Además, el departamento judicial del oficio episcopal encierra innumerables vejaciones, gran consumo de tiempo y dificultades que superan las que experimentan los hombres que se sientan a juzgar asuntos seculares; pues es una fatiga descubrir la justicia exacta y, cuando se la halla, es difícil evitar destruirla. Y no solo se incurre en pérdida de tiempo y dificultad, sino también en no pequeño peligro. Pues ya antes, algunos de los hermanos más débiles, habiéndose precipitado en negocios, por no haber obtenido patrocinio naufragaron en la fe. Pues muchos de los que han sufrido agravio, no menos que los que lo han infligido, odian a quienes no los asisten, y no toman en cuenta ni la intrincación de los asuntos en cuestión, ni la dificultad de los tiempos, ni los límites de la autoridad sacerdotal, ni nada de esa índole; sino que son jueces despiadados, que reconocen una sola clase de defensa: la liberación de los males que los oprimen. Y quien no puede proporcionarla, aunque alegue innumerables excusas, nunca escapará a su condenación.
    Y hablando de patrocinio, permíteme descubrir otro pretexto para la crítica. Pues si el obispo no hace una ronda de visitas cada día, más aún que los ociosos de la ciudad, se produce un escándalo indecible. Pues no solo los enfermos, sino también los sanos, desean ser atendidos, no porque la piedad los mueva a ello, sino más bien porque en la mayoría de los casos fingen pretensiones de honor y distinción. Y si acaso visita con más constancia a uno de los más ricos y poderosos, bajo la presión de alguna necesidad, con miras al bien común de la Iglesia, al punto es tachado de adulador y lisonjero. Pero ¿por qué hablo de patrocinio y visitas? Pues solo por su modo de saludar a las personas, los obispos han de soportar tal carga de reproches que a menudo se ven oprimidos y abrumados por el desaliento; de hecho, han de someterse también a un escrutinio de la manera en que usan los ojos. Pues el público critica con rigor sus acciones más simples, tomando nota del tono de su voz, de la expresión de su semblante y del grado de su risa. Rió de corazón a tal hombre, dirá uno, y lo saludó con rostro radiante y voz clara, mientras que a mí solo me dirigió una observación ligera y pasajera. Y en una asamblea numerosa, si no vuelve los ojos en todas direcciones mientras conversa, la mayoría declara que su conducta es insultante.
    ¿Quién, pues, a menos que sea sumamente fuerte, podría hacer frente a tantos acusadores, de modo que o evite del todo ser procesado o, si es procesado, escape? Pues o bien ha de carecer por completo de acusadores o, si esto es imposible, purgarse de las acusaciones que se le presentan; y si tampoco esto es cosa fácil, como algunos se deleitan en hacer cargos vanos y caprichosos, debe resistir con valentía el abatimiento producido por esas quejas. En verdad, el que es acusado con justicia puede tolerar fácilmente al acusador, pues no hay acusador más amargo que la conciencia; por lo cual, si primero somos atrapados por este adversario tan terrible, podemos soportar de buen grado a los más suaves que están fuera de nosotros. Pero quien no tiene mal alguno sobre su conciencia, cuando es objeto de un cargo vacío, se enciende rápidamente en ira y fácilmente se hunde en el desaliento, a menos que de antemano haya practicado cómo soportar las necedades de la multitud. Pues es del todo imposible que quien es acusado falsamente sin causa, y condenado, evite sentir alguna vejación y fastidio ante tan grande injusticia.
    ¿Y cómo hablar de la angustia que sufren los obispos cada vez que es necesario apartar a alguno de la plena comunión de la Iglesia? ¡Ojalá el mal no fuera más allá de la angustia! Pero en realidad el daño no es pequeño. Pues existe el temor de que el hombre, si ha sido castigado más de lo que merece, experimente aquello de lo que habló el bienaventurado Pablo: «ser tragado por demasiada tristeza.» [] Se requiere, por tanto, la más fina exactitud también en este asunto, no sea que lo que se pretende provechoso se convierta para él en ocasión de mayor daño. Pues cualesquiera pecados que cometa después de semejante modo de tratamiento, la ira causada por cada uno de ellos debe ser compartida por el médico que tan torpemente aplicó su cuchillo a la herida. ¿Qué castigo severo, pues, debe esperar quien no solo ha de rendir cuentas de las ofensas que él mismo ha cometido por separado, sino que además incurre en peligro extremo por los pecados cometidos por otros? Pues si temblamos ante el juicio por nuestras propias malas acciones, creyendo que no podremos escapar del fuego del otro mundo, ¿qué debe esperar sufrir quien ha de responder por tantos otros? Para probar la verdad de esto, escucha al bienaventurado Pablo, o mejor no a él, sino a Cristo que habla en él, cuando dice: «Obedeced a los que os presiden y someteos a ellos, porque velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta.» [] ¿Puede ser leve el temor de esta amenaza? Es imposible decirlo; pero estas consideraciones son suficientes para convencer incluso a los más incrédulos y obstinados de que no hice esta escapatoria bajo el influjo del orgullo o de la vanagloria, sino meramente por temor a mi propia seguridad y por consideración de la gravedad del oficio.

    Libro IV

    IV, 1

    Basilio oyó esto y, tras una breve pausa, respondió así:
    Si tú mismo ambicionaras obtener este oficio, tu temor sería razonable; pues al ambicionar emprenderlo, el hombre confiesa que está capacitado para su administración, y si fracasa en ello después de habérsele confiado, no puede refugiarse en la excusa de la inexperiencia, porque de antemano se ha privado de esta disculpa al haberse apoderado precipitadamente del ministerio; y quien voluntaria y deliberadamente entra en él ya no puede decir: «He pecado en esto contra mi voluntad, y contra mi voluntad he arruinado a tal o cual alma;» pues Aquel que un día lo juzgará le dirá: «Puesto que eras consciente de tal inexperiencia y no tenías capacidad para emprender este asunto sin incurrir en reproche, ¿por qué fuiste tan ansioso y presuntuoso como para tomar en tus manos lo que estaba tan lejos de tu poder? ¿Quién te obligó a hacerlo? ¿Acaso te encogiste o huiste, y alguien te arrastró por la fuerza?» Pero tú no oirás nada semejante, pues no tienes nada de esta índole de qué condenarte; y es evidente a todos que en modo alguno ambicionaste esta dignidad, porque la realización del asunto se debió a la acción de otros. Por tanto, las circunstancias que no dejan a los ambiciosos de este oficio posibilidad alguna de perdón cuando yerran en él, te ofrecen a ti amplio motivo de excusa.
    Ante esto, sacudí la cabeza y sonreí un poco, admirando la sencillez de aquel hombre, y le dirigí estas palabras: En verdad, quisiera que las cosas fueran como dices, excelentísimo de los hombres, pero no para que yo pudiera aceptar ese oficio del que hace poco huí. Pues aunque, en efecto, no me aguardara castigo alguno por emprender el cuidado del rebaño de Cristo sin reflexión ni experiencia, para mí sería peor que todo castigo, después de habérseme confiado tan gran cargo, haber parecido tan bajo ante Aquel que me lo confió. ¿Por qué razón, entonces, deseaba yo que no estuvieras equivocado en esa opinión tuya? Verdaderamente, por causa de esos seres miserables y desdichados (pues así debo llamarlos, a quienes no han descubierto cómo cumplir bien los deberes de este oficio, aunque tú dijeses diez mil veces que habían sido empujados a emprenderlo y que, por tanto, sus errores en él son pecados de ignorancia)— por causa, digo, de estos, para que lograran escapar de aquel fuego inextinguible, y de las tinieblas de afuera [], y del gusano que no muere [], y del castigo de ser partidos en dos, y de perecer juntamente con los hipócritas.
    Pero ¿qué haré por ti? No es como dices; no, de ningún modo. Y si quieres, te daré una prueba de lo que sostengo, tomada del caso de un reino, el cual no es tenido en tanto ante Dios como el sacerdocio. Saúl, aquel hijo de Cis, no era en absoluto ambicioso de llegar a ser rey, sino que iba en busca de sus asnas y acudió al profeta para preguntarle por ellas. El profeta, sin embargo, procedió a hablarle del reino, pero ni aun entonces corrió con avidez tras él, aunque lo oyó de labios de un profeta, sino que se echó atrás y lo rechazó, diciendo: «¿Quién soy yo, y cuál es la casa de mi padre?» []. ¿Y qué? Cuando hizo mal uso del honor que le había sido dado por Dios, ¿pudieron aquellas palabras suyas rescatarlo de la ira de Aquel que lo había hecho rey? ¿Y pudo acaso decir a Samuel, al ser reprendido por él: «¿Acaso corrí con avidez y me precipité tras el reino y el poder soberano? Yo deseaba llevar la vida tranquila y pacífica de los hombres comunes, pero tú me arrastraste a este puesto de honor. Si hubiera permanecido en mi humilde condición, fácilmente habría escapado de todos estos escollos; pues si yo fuera uno de la multitud oscura, nunca habría sido enviado a esta expedición, ni Dios habría entregado en mis manos la guerra contra los amalecitas; y si no se me hubiera encomendado, no habría cometido este pecado.» Pero todos estos argumentos son débiles como excusas, y no solo débiles, sino peligrosos, por cuanto más bien encienden la ira de Dios. Pues el que ha sido elevado a gran honor por Dios no debe aducir la grandeza de su honor como excusa de sus errores, sino hacer del favor especial de Dios hacia él el motivo de mayor perfeccionamiento; mientras que el que se cree con libertad de pecar porque ha obtenido alguna dignidad extraordinaria, ¿qué otra cosa hace sino empeñarse en mostrar que la bondad amorosa de Dios es la causa de su transgresión personal, lo cual es siempre el argumento de quienes llevan vidas impías y negligentes? Pero nosotros no debemos en modo alguno pensar así, ni caer en la locura insensata de tales personas, sino ambicionar en todo momento sacar el mayor partido de los poderes que tenemos y ser reverentes tanto en el hablar como en el pensamiento.
    Pues, dejando el reino y pasando al sacerdocio, que es el tema más inmediato de nuestro discurso, ni siquiera Elí ambicionó obtener su alto oficio; sin embargo, ¿qué ventaja le reportó eso cuando pecó en él? Pero ¿por qué digo obtenerlo? Ni aun habiendo querido habría podido evitarlo, porque estaba bajo una necesidad legal de aceptarlo. Pues era de la tribu de Leví y estaba obligado a emprender aquel alto oficio que le descendía de sus antepasados; a pesar de lo cual, aun él pagó no pequeña pena por la iniquidad de sus hijos. Y el primer Sumo Sacerdote de los judíos, sobre el cual Dios dijo tantas palabras a Moisés, cuando no pudo resistir solo el frenesí de tan gran multitud, ¿no estuvo a punto de ser destruido, de no ser por la intercesión de su hermano, que apartó la ira de Dios? [] Y ya que hemos mencionado a Moisés, será bueno mostrar la verdad de lo que decimos a partir de lo que le sucedió. Pues este mismo santo Moisés estuvo tan lejos de aferrarse al caudillaje de los judíos que rechazó la oferta [] y la declinó cuando Dios le mandó tomarla, provocando así la ira de Aquel que lo nombraba; y no solo entonces, sino después, cuando entró en su gobierno, con gusto habría muerto por verse libre de él: «Mátame», dice, «si vas a tratarme así.» Pero ¿qué sucedió? Cuando pecó en las aguas de la contienda [], ¿pudieron alegarse estas repetidas negativas como excusa para él? ¿Pudieron prevalecer ante Dios para obtenerle perdón? ¿Y por qué fue privado de la tierra prometida? Por ninguna otra razón, como todos sabemos, sino por este pecado suyo, por el cual aquel varón admirable fue excluido de gozar los mismos bienes que obtuvieron aquellos sobre quienes gobernó; sino que, tras muchos trabajos y sufrimientos, tras aquel indecible vagar, tras tantas batallas libradas y victorias ganadas, murió fuera de la tierra, para alcanzar la cual había soportado tanto afán y prueba; y aunque había capeado las tormentas del piélago, no logró gozar al fin de los bienes del puerto. De aquí ves, pues, que no solo los que se aferran a este oficio quedan sin excusa por los pecados que cometen en su desempeño, sino también los que llegan a él por el deseo ambicioso de otros; pues verdaderamente, si aquellas personas que han sido elegidas para este alto oficio por Dios mismo, aunque lo hayan rechazado tantas veces, han pagado penas tan graves, y si nada ha servido para librar a ninguno de ellos de este peligro, ni Aarón ni Elí, ni aquel varón santo, el Santo, el profeta, el taumaturgo, el manso por encima de todos los hombres que había sobre la faz de la tierra [], que habló con Dios como un hombre habla con su amigo [], difícilmente podremos nosotros, que quedamos tan infinitamente por debajo de la excelencia de aquel gran hombre, alegar como excusa suficiente la conciencia de que nunca hemos ambicionado la dignidad, tanto más cuanto que muchas de las ordenaciones de hoy no proceden de la gracia de Dios, sino que se deben a la ambición humana. Dios eligió a Judas y lo contó entre el sagrado grupo, y le confió, como a los demás, la dignidad del oficio apostólico; es más, le dio algo más que a los otros: la administración del dinero []. Pero ¿qué hay con eso? Cuando después abusó de ambas confianzas, traicionando a Aquel a quien estaba comisionado para predicar y malversando el dinero que debía haber empleado bien, ¿escapó al castigo? Antes, por esta misma razón atrajo sobre sí un castigo mayor, y con mucha razón. Pues no debemos usar los altos honores que Dios nos da para ofenderlo, sino para agradarle mejor. Mas quien reclama exención del castigo donde es debido, porque ha sido exaltado a mayor honor que otros, actúa muy semejante a uno de aquellos judíos incrédulos que, después de oír a Cristo decir: «Si yo no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado,» «Si no hubiera hecho entre ellos las obras que ningún otro hizo, no tendrían pecado,» [] reprocharan al Salvador y bienhechor del género humano respondiendo: «¿Por qué, pues, viniste y hablaste? ¿Por qué hiciste milagros? ¿Acaso fue para castigarnos más?» Pero estas son palabras de locura y de total insensatez. Pues el Gran Médico no vino para entregarte, sino para curarte; no para pasar de largo cuando estabas enfermo, sino para librarte por completo de la enfermedad. Pero tú te has apartado por tu propia voluntad de sus manos; recibe, pues, el castigo más severo. Porque así como habrías sido libre de tus males anteriores si te hubieras entregado a su tratamiento, así también, si al verlo venir en tu ayuda huiste de él, ya no podrás purgarte de estas dolencias; y como no puedes, sufrirás castigo por ellas, y también porque por tu parte hiciste vana la solicitud de Dios por tu bien. Por tanto, los que obramos así no somos sometidos al mismo tormento después que antes de recibir honor de manos de Dios, sino a un tormento mucho más severo después que antes. Pues el que no se ha vuelto bueno ni siquiera por haber sido bien tratado, merece un castigo tanto más amargo. Puesto que, entonces, esta excusa tuya se ha mostrado débil, y no solo no salva a quienes se refugian en ella, sino que los expone tanto más, debemos proveernos de algún otro medio de seguridad.
    Basilio: Dime, ¿de qué naturaleza es ese medio? Pues, por lo que a mí respecta, apenas soy dueño de mí mismo; me has reducido a tal estado de temor y temblor con lo que has dicho.
    Crisóstomo: No, te lo ruego y te lo suplico, no estés tan abatido. Pues mientras para nosotros, los débiles, hay seguridad, a saber, en no emprender en absoluto este oficio, también la hay para ti, que eres fuerte, y esta consiste en hacer depender tus esperanzas de salvación, después de la gracia de Dios, de evitar todo acto indigno de este don y de Dios que lo dio. Pues ciertamente serían dignos del mayor castigo quienes, después de obtener esta dignidad por su propia ambición, abusaran luego del oficio, ya sea por pereza, por maldad o incluso por inexperiencia. No es que de esto hayamos de concluir que hay perdón reservado para quienes no han sido así de ambiciosos. Aun ellos también quedan privados de toda excusa. Pues a mi juicio, aun si diez mil rogaran y presionaran, un hombre no debería hacerles caso, sino ante todo escudriñar su propio corazón y examinar todo el asunto cuidadosamente antes de ceder a sus importunidades. Ahora bien, nadie se aventuraría a emprender la construcción de una casa si no es arquitecto, ni intentará curar cuerpos enfermos quien no es médico hábil; antes, aunque muchos lo insten, se excusará y no se avergonzará de reconocer su ignorancia. ¿Y el que va a tener confiado el cuidado de tantas almas no se examinará de antemano? ¿Aceptará este ministerio, aunque sea el más inexperto de los hombres, porque este lo ordena, aquel lo constriñe, o por temor de ofender a un tercero? Y si así lo hace, ¿cómo escapará de arrojarse a sí mismo junto con ellos a una miseria manifiesta? Si hubiera permanecido como estaba, le habría sido posible salvarse; pero ahora envuelve a otros en su propia destrucción. Pues ¿de dónde puede esperar salvación? ¿De dónde obtener perdón? ¿Quién intercederá entonces con éxito por nosotros? ¿Acaso los que ahora tal vez nos instan y nos arrastran a la fuerza? Pero ¿quién salvará a estos mismos en tal momento? Pues también ellos necesitarán a su vez de intercesión para escapar del fuego. Ahora bien, que no digo estas cosas para asustarte, sino para presentar el asunto como en verdad es, escucha lo que dice el santo apóstol Pablo a Timoteo, su discípulo, su propio y amado hijo: «No impongas a nadie las manos con precipitación, ni participes en pecados ajenos.» [] ¿No ves de cuán gran culpa, y aun de castigo, en cuanto de nosotros depende, hemos librado a quienes estaban dispuestos a proponernos para este oficio?

    IV, 2

    2. Pues así como no basta a los elegidos decir en su excusa: «No me llamé a mí mismo a este oficio, ni podía evitar lo que no veía de antemano;» tampoco será suficiente alegato para quienes los ordenan decir que no conocían al ordenado. La acusación contra ellos se hace mayor a causa de su ignorancia de aquel a quien presentaron, y lo que parece excusarlos solo sirve para acusarlos más. Pues ¿qué cosa más absurda, no es cierto? Que los que quieren comprar un esclavo lo muestren al médico, exijan garantías para la venta e informes sobre él de sus vecinos, y después de todo esto aún no se atrevan a comprarlo sin pedir algún tiempo para probarlo; mientras que los que van a admitir a alguien en tan gran oficio como este dan su testimonio y su sanción a la ligera y con descuido, sin más investigación, solo porque alguien lo desea, o para congraciarse con alguno, o para evitar el desagrado de otro. ¿Quién intercederá entonces con éxito por nosotros en aquel día, cuando los que deberían defendernos están ellos mismos necesitados de defensores? El que va a ordenar, por tanto, debe hacer una indagación diligente, y mucho más el que va a ser ordenado. Pues aunque quienes lo ordenan comparten su castigo por los pecados que él cometa en su oficio, sin embargo, lejos de escapar a la venganza, él pagará una pena aún mayor que la de ellos, salvo solo si quienes lo eligieron obraron por algún motivo mundano contrario a lo que a ellos mismos les parecía justificable. Pues si se descubriera que, conociendo que un hombre era indigno, lo presentaron con algún pretexto u otro, la cuantía de su castigo será equivalente a la de él, y quizá el castigo sea aún mayor para los que nombraron al hombre inepto. Pues quien da autoridad a alguien empeñado en destruir la Iglesia sería ciertamente culpable de los ultrajes que esa persona cometa. Pero si no es culpable de tal cosa y dice que fue engañado por las opiniones de otros, aun así no quedará del todo sin castigo, sino que su castigo será un poco más leve que el del ordenado. ¿Y entonces? Es posible que quienes eligen lleguen a la elección engañados por un informe falso. Pero el elegido no podría decir: «Soy ignorante de mí mismo,» como otros lo eran de él. Puesto que, por tanto, recibirá un castigo más severo que los que lo propusieron, así debe hacer su escrutinio de sí mismo más cuidadoso que el que ellos hacen de él; y si ellos, por ignorancia, lo arrastran, él debe adelantarse e instruirlos cuidadosamente sobre cualquier asunto con el que pueda impedir que sean engañados; y así, habiendo mostrado que no es digno de la prueba, puede escapar de la carga de tan alto oficio.
    Pues, ¿cuál es la razón de que, en el arte de la guerra, y en el comercio, y en la agricultura, y en los demás asuntos de esta vida, cuando se propone algún plan, el labrador no se atreva a gobernar la nave, ni el soldado a labrar la tierra, ni el piloto a conducir un ejército, so pena de diez mil muertes? ¿No es claramente esto? Que cada uno prevé el peligro que acarrearía su incompetencia. Pues bien, donde la pérdida se refiere a cosas triviales, ¿hemos de usar tanta previsión y negarnos a ceder ante la presión de la necesidad, pero donde el castigo es eterno, como lo es para quienes no saben manejar el sacerdocio, hemos de correr tan grande peligro a la ligera e irreflexivamente, y luego presentar como excusa las súplicas apremiantes de otros? Pero Aquel que un día nos juzgará no admitirá semejante alegato. Pues debemos mostrar mucha más cautela en las cosas espirituales que en las carnales. Y sin embargo, no se nos halla mostrando tanta cautela. Pues dime: si suponiendo que un hombre fuera artífice, cuando no lo es, lo invitáramos a hacer una obra, y él respondiera al llamado, y luego, habiendo puesto mano al material preparado para la construcción, estropeara la madera y estropeara la piedra, y edificara la casa de modo que en seguida se derrumbara, ¿le bastaría como excusa alegar que había sido instado por otros y que no vino por su propia voluntad? De ningún modo; y muy razonable y justamente. Pues debió haberse negado aun ante el llamado de otros. Así que para el hombre que solo estropea madera y piedra, no habrá escape de pagar la pena, ¿y el que destruye almas, y edifica descuidadamente el templo de Dios, ha de pensar que la compulsión de otros es su garantía para escapar del castigo? ¿No es esto del todo absurdo? Pues omito por ahora el hecho de que nadie es capaz de obligar al que no quiere. Pero sea que fue sometido a presión excesiva y a diversos ardides, y luego cayó en una trampa; ¿lo librará esto del castigo? Te lo ruego, no nos engañemos a nosotros mismos, y no finjamos que ignoramos lo que es obvio para un mero niño. Pues ciertamente esta pretensión de ignorancia no podrá aprovechar en el día del ajuste de cuentas. No eras ambicioso, dices, de recibir este alto oficio, consciente de tu propia debilidad. Bien está. Entonces debiste, con la misma disposición, haber declinado la solicitud de otros; o, cuando nadie te llamaba, ¿eras débil e incapaz, pero cuando se hallaron quienes estaban dispuestos a ofrecerte esta dignidad, de repente te volviste competente? ¡Qué disparates ridículos! Dignos del más extremo castigo. Por esta razón también el Señor aconseja al hombre que desea edificar una torre, que no ponga el cimiento antes de haber tomado en cuenta su propia capacidad para edificar, no sea que dé a los transeúntes innumerables ocasiones de burlarse de él. Pero en su caso la pena consiste solo en convertirse en objeto de risa; mientras que en el que tenemos ante nosotros el castigo es el del fuego inextinguible, y el del gusano que no muere, [] el crujir de dientes, las tinieblas de afuera, y el ser partido en dos, y tener parte con los hipócritas.
    Pero mis acusadores no quieren considerar nada de estas cosas. Pues de otro modo cesarían de culpar a una persona que no quiere perecer sin causa. No es la gestión del trigo y la cebada, de bueyes u ovejas, lo que ahora está bajo nuestra consideración, ni ninguna otra cosa semejante, sino el mismísimo Cuerpo de Jesús. Pues la Iglesia de Cristo, según San Pablo, es el Cuerpo de Cristo, y aquel a quien se confía su cuidado debe educarla hasta un estado de salud, y de belleza indecible, y mirar por todas partes, no sea que alguna mancha o arruga, [] u otra tacha semejante marchite su vigor y hermosura. Pues, ¿qué es esto sino hacerla aparecer digna, en cuanto el poder humano alcanza, de la Cabeza incorruptible y siempre bendita que está puesta sobre ella? Si los que ambicionan alcanzar una condición atlética del cuerpo necesitan la ayuda de médicos y entrenadores, y dieta exacta, y ejercicio constante, y mil otras reglas (pues la omisión de la más pequeña bagatela trastorna y estropea el todo), ¿cómo aquellos a quienes toca en suerte el cuidado del cuerpo, que tiene su combate no contra carne y sangre, sino contra potestades invisibles, podrán mantenerlo sano y saludable, a menos que sobrepasen con mucho la virtud humana ordinaria, y estén versados en toda curación propia del alma?

    IV, 3

    3. Dime, ¿no sabes que ese cuerpo está sujeto a más enfermedades y asaltos que esta carne nuestra, se corrompe más rápidamente y es más lento en recuperarse? Y para quienes tienen la curación de estos cuerpos, se han descubierto diversas medicinas, y un aparato de instrumentos diferentes, y dieta adecuada para los enfermos; y a menudo la condición de la atmósfera basta por sí sola para la recuperación de un enfermo; y hay casos en que un sueño oportuno ha ahorrado al médico todo trabajo ulterior. Pero en el caso que nos ocupa, es imposible tomar en consideración ninguna de estas cosas; más aún, no hay sino un método y un camino de curación señalado, después de habernos extraviado, y es la aplicación poderosa de la Palabra. Este es el único instrumento, la única dieta, la atmósfera más fina. Esta ocupa el lugar de la medicina, del cauterio y del corte, y si es necesario cauterizar y amputar, este es el medio que debemos usar, y si este no aprovecha, todo lo demás es en vano; con ella despertamos al alma cuando duerme, y la reducimos cuando está inflamada; con ella cortamos los excesos, y llenamos los defectos, y realizamos toda suerte de otras operaciones que son necesarias para la salud del alma. Ahora bien, en cuanto al ordenamiento de nuestra vida diaria para lo mejor, es verdad que la vida de otro puede provocarnos a emulación. Pero en materia de doctrina espuria, cuando alguna alma está enferma por ella, entonces hay gran necesidad de la Palabra, no solo en vista de la seguridad de los nuestros, sino en vista del enemigo de afuera. Si, por cierto, uno tuviera la espada del espíritu, y el escudo de la fe, [] de modo que pudiera obrar milagros, y por medio de estas maravillas tapar la boca a los desvergonzados contradictores, poca necesidad tendría de la ayuda de la Palabra; aun así, en los días de los milagros la Palabra no era de ningún modo inútil, sino esencialmente necesaria. Pues San Pablo hizo uso de ella mismo, aunque en todas partes era objeto tan grande de admiración por sus milagros; y otro de los que pertenecían a la «gloriosa compañía de los Apóstoles» nos exhorta a aplicarnos a adquirir este poder, cuando dice: «Estad siempre preparados para dar respuesta a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros,» y todos, de común acuerdo, encomendaron el cuidado de las viudas pobres a Esteban, por ninguna otra razón sino para que ellos mismos pudieran tener tiempo libre «para el ministerio de la Palabra.» [] A esto debemos aplicarnos igualmente, a menos que estemos dotados de un poder de obrar milagros. Pero si no nos queda la menor señal de tal poder, mientras por todas partes muchos enemigos nos atacan constantemente, entonces necesariamente se sigue que debemos armarnos con esta arma, tanto para no ser heridos nosotros mismos con los dardos del enemigo, como para poder herirlo a él.

    IV, 4

    4. Por lo cual debe ser nuestra ambición que la Palabra de Cristo more abundantemente en nosotros. [] Pues no es para una sola clase de batalla que hemos de estar preparados. Esta guerra es múltiple, y se libra contra una gran variedad de enemigos; no todos estos usan las mismas armas, ni practican el mismo método de ataque; y quien ha de trabar combate con todos, necesariamente debe conocer los artificios de todos, y ser a la vez arquero y hondero, capitán y general, en las filas y en el mando, a pie y a caballo, en combate naval y en asedio. En la guerra común, ciertamente, cada hombre rechaza al enemigo desempeñando el deber particular que se le ha encomendado. Pero aquí es de otro modo; y si alguno desea salir vencedor en esta guerra, debe entender todas las formas del arte, pues el diablo sabe bien cómo introducir a sus propios asaltantes por cualquier punto que por casualidad quede sin vigilancia, y llevarse a las ovejas. Mas no así cuando percibe al pastor que viene equipado con conocimiento exacto en todos los puntos, y bien familiarizado con sus maquinaciones. Por lo cual debemos estar bien resguardados en todas partes: pues una ciudad, mientras está rodeada por un muro, se ríe con desprecio de los sitiadores, morando en gran seguridad; pero si alguno abre una brecha en el muro, aunque sea del tamaño de una puerta, el resto del circuito no sirve de nada, aunque todo él permanezca perfectamente firme; así sucede con la ciudad de Dios: mientras la presencia de ánimo y la sabiduría del pastor, que corresponden al muro, la protejan por todos lados, todos los artificios del enemigo terminan en su confusión y ridículo, y los que moran dentro del muro permanecen sin ser molestados; mas dondequiera que alguno haya podido demoler una sola parte, aunque el resto permanezca bien firme, por esa brecha entrará la ruina sobre el todo. Pues, ¿de qué le sirve a un hombre contender ardientemente con los griegos, si al mismo tiempo se vuelve presa de los judíos? ¿O vencer a ambos y caer luego en las garras de los maniqueos? ¿O después de haberse mostrado superior incluso a ellos, si los que introducen el fatalismo entran, y hacen estragos en el rebaño? Pero para no enumerar todas las herejías del diablo, bastará decir que, a menos que el pastor sea diestro en refutarlas todas, el lobo, por medio de cualquiera de ellas, puede entrar y devorar la mayor parte del rebaño. En la guerra ordinaria siempre debemos esperar que la victoria sea ganada o la derrota sufrida por los soldados que están en el campo de batalla. Pero en la guerra espiritual el caso es muy diferente. Pues allí sucede a menudo que el combate contra un grupo de enemigos asegura la victoria para otros que jamás entraron en batalla, ni se tomaron molestia alguna, sino que estuvieron sentados y quietos todo el tiempo; y quien no tiene mucha experiencia en tales sucesos será atravesado, por así decirlo, con su propia espada, y se convertirá en objeto de risa de amigos y enemigos por igual. Intentaré aclarar con un ejemplo lo que digo. Los que reciben las doctrinas desenfrenadas de Valentín y Marción, y de todos cuyos entendimientos están enfermos de modo semejante, excluyen la Ley dada por Dios a Moisés del catálogo de las Escrituras Divinas. Pero los judíos reverencian tanto la Ley que, aunque ha llegado el tiempo que la anula, todavía contienden por la observancia de todos sus contenidos, en contra del propósito de Dios. Mas la Iglesia de Dios, evitando ambos extremos, ha recorrido un camino medio, y ni se deja inducir, por un lado, a ponerse bajo su yugo, ni por el otro tolera que sea calumniada, sino que la encomia, aunque su día ha pasado, por su provecho mientras duró su tiempo. Ahora bien, es necesario que aquel que ha de luchar contra ambos enemigos, esté plenamente familiarizado con este camino medio. Pues si, deseando enseñar a los judíos que están desfasados al aferrarse a la antigua ley, comienza a censurarla sin miramientos, da no poca ocasión a aquellos herejes que desean hacerla pedazos; y si en su afán de taparles la boca la ensalza desmedidamente, y habla de ella con admiración, como necesaria para este tiempo presente, abre los labios de los judíos. Asimismo, los que padecen el frenesí de Sabelio y la locura de Arrio, ambos han caído de la fe sana por no observar un camino medio. El nombre de cristiano se aplica a ambos herejes; mas si alguno examina sus doctrinas, hallará que una secta no es mucho mejor que los judíos, y difiere de ellos solo en el nombre, y la otra se acerca mucho a la herejía de Pablo de Samosata, y que ambas están muy lejos de la verdad. Grande, por tanto, es el peligro en tales casos, y el camino de la ortodoxia es estrecho y está rodeado por peñascos amenazantes a ambos lados, y no es pequeño el temor de que, cuando pretendemos golpear a un enemigo, seamos heridos por el otro. Pues si alguno afirma la unidad de la Divinidad, Sabelio en seguida vuelve esa expresión en provecho de su propia divagación mental, y si distingue las Personas, y dice que el Padre es uno, y el Hijo otro, y el Espíritu Santo un tercero, se levanta Arrio, dispuesto a torcer esa distinción de Personas en una diferencia de sustancia; así que debemos volvernos y huir tanto de la impía confusión de las Personas por el uno, como de la insensata división de la sustancia por el otro, confesando, ciertamente, que la Divinidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es toda una, mientras añadimos una Trinidad de Personas. Pues entonces podremos fortificarnos contra los ataques de ambos herejes. Podría hablarte además de estos, de varios otros adversarios contra los cuales, si no contendemos con valentía y cuidado, dejaremos el campo cubierto de heridas.

    IV, 5

    5. ¿Por qué habría de describir alguno la necia charlatanería de los nuestros? Pues esta no es menor que los ataques contra nosotros desde afuera, y da al maestro aún más trabajo. Algunos, por ociosa curiosidad, se empeñan temerariamente en ocuparse de asuntos que ni les es posible conocer, ni les reporta ventaja alguna si pudieran conocerlos. Otros, a su vez, exigen a Dios cuenta de sus juicios, y se fuerzan a sondear la profundidad de ese abismo que es insondable. «Pues tus juicios,» dice la Escritura, «son un abismo grande,» y en cuanto a su fe y su práctica hallarías a pocos de ellos ansiosos, pero la mayoría indagando con curiosidad asuntos que no es posible descubrir, y cuya mera indagación provoca a Dios. Pues cuando hacemos un esfuerzo decidido por aprender lo que Él no desea que sepamos, no logramos éxito (pues, ¿cómo habríamos de lograrlo contra la voluntad de Dios?); y solo nos queda el peligro que surge de nuestra indagación. Ahora bien, aunque así sea, cada vez que alguno con autoridad pone fin a la búsqueda de tales profundidades insondables, se gana la reputación de orgulloso e ignorante; de modo que en tales momentos se necesita mucho tacto de parte del obispo, para apartar a su pueblo de estas cuestiones inútiles, y librarse él mismo de las censuras arriba nombradas. En suma, para hacer frente a todas estas dificultades, no hay ayuda dada sino la de la palabra, y si alguno está desprovisto de este poder, las almas de los que están puestos bajo su cargo (me refiero a los más débiles y entrometidos) no están en mejor condición que naves continuamente zarandeadas por la tempestad. Así que el sacerdote debe hacer todo lo que esté a su alcance para ganar este medio de fortaleza.

    IV, 6

    6. Basilio: «¿Por qué, entonces, no fue San Pablo ambicioso de llegar a ser perfecto en este arte? No oculta su pobreza de palabra, sino que confiesa claramente ser inexperto, diciéndoselo incluso a los corintios, que eran admirados por su elocuencia y se enorgullecían de ella.»
    Crisóstomo: Esto es precisamente lo que ha arruinado a muchos y los ha hecho negligentes en el estudio de la verdadera doctrina. Pues mientras no lograron sondear la profundidad del entendimiento del apóstol, ni comprender el significado de sus palabras, pasaron todo su tiempo dormitando y bostezando, y rindiendo respeto no a aquella ignorancia que San Pablo reconoce, sino a una clase de la que él estaba tan libre como cualquier hombre que jamás haya existido en el mundo.
    Pero dejando este asunto para que lo consideremos más adelante, por ahora digo esto: concediendo que san Pablo fuera en este aspecto tan inhábil como ellos quisieran, ¿qué tiene eso que ver con los hombres de hoy? Pues él poseía un poder con mucho mayor que el de la palabra, un poder que además producía mayores resultados: su mera presencia, aun en silencio, era terrible para los demonios. Pero los hombres de hoy, aun si se reunieran todos en un solo lugar, no podrían, con infinitas oraciones y lágrimas, realizar las maravillas que una vez hizo el pañuelo de san Pablo. Él también, con sus oraciones, resucitó a los muertos, [] y obró otros milagros tales que los paganos lo tuvieron por un dios; [] y antes de ser arrebatado de esta vida, fue considerado digno de ser llevado hasta el tercer cielo y de participar de una conversación que no es lícito que oídos mortales escuchen. [] Pero los hombres de hoy —no es que yo quiera decir nada duro ni severo, pues en verdad no hablo para insultarlos, sino solo con asombro—, ¿cómo es que no se estremecen cuando se miden con un hombre tan grande como este? Pues si dejamos los milagros y nos volvemos a la vida de este bienaventurado santo, y consideramos su conversación angélica, en esto más que en sus milagros hallaréis que este atleta cristiano es un vencedor. Pues ¿cómo describir su celo y su paciencia, sus constantes peligros, sus continuos cuidados y su incesante ansiedad por las Iglesias; su compasión por los débiles, sus muchas aflicciones, sus persecuciones inusitadas, sus muertes de cada día? ¿Dónde hay un lugar en el mundo, dónde un continente o un mar, que sea extraño a los trabajos de este hombre justo? Hasta el desierto ha conocido su presencia, pues a menudo lo cobijó en tiempo de peligro. Pues sufrió toda clase de ataques y alcanzó toda clase de victorias, y nunca hubo fin para sus combates y sus triunfos.
    Sin embargo, sin darme cuenta, he sido llevado a causar un agravio a este hombre. Pues sus hazañas están más allá de todo poder de descripción, y de las mías en particular, así como los maestros de la elocuencia me superan. No obstante, puesto que aquel santo apóstol nos juzgará, no por el resultado, sino por el motivo, no me abstendré hasta haber expuesto una circunstancia más que supera todo lo ya mencionado, tanto como él mismo supera a todos los demás hombres. ¿Y cuál es esta? Después de tantas hazañas, después de tal multitud de victorias, rogó poder ir al infierno y ser entregado al castigo eterno, con tal que aquellos judíos, que a menudo lo habían apedreado y habían hecho cuanto pudieron para acabar con él, pudieran salvarse y pasarse a Cristo. [] Pues ¿quién anheló tanto a Cristo? Si, en verdad, sus sentimientos hacia él no debieran describirse como algo más noble que el anhelo; ¿osaremos, pues, compararnos de nuevo con este santo, después de que se le impartió desde arriba una gracia tan grande, después de que se manifestó en él una virtud tan grande? ¿Qué podría haber más presuntuoso?
    Ahora bien, que él no era tan inhábil como algunos lo consideran, intentaré mostrarlo en lo que sigue. La persona inhábil, según la estimación de los hombres, no es solo la que no está ejercitada en los artificios de la oratoria profana, sino la que es incapaz de contender por la defensa de la recta fe, y tienen razón. Pero san Pablo no dijo que fuera inhábil en ambos respectos, sino solo en uno; y en apoyo de esto hace una cuidadosa distinción, diciendo que era «rudo en el hablar, pero no en el conocimiento.» [] Ahora bien, si yo insistiera en la pulcritud de Isócrates, el peso de Demóstenes, la dignidad de Tucídides y la sublimidad de Platón en cualquier obispo, san Pablo sería una fuerte evidencia contra mí. Pero paso por alto todas esas cosas y los elaborados ornamentos de la oratoria profana; y no tengo en cuenta ni el estilo ni la elocución; sí, que la dicción de un hombre sea pobre y su composición simple y sin adornos, pero que no sea inhábil en el conocimiento y en la exposición precisa de la doctrina; ni que, para ocultar su propia pereza, prive a aquel santo apóstol del mayor de sus dones y de la suma de sus alabanzas.

    IV, 7

    7. Pues ¿cómo fue, dime, que confundió a los judíos que habitaban en Damasco, [] aunque aún no había comenzado a obrar milagros? ¿Cómo fue que luchó con los griegos y los derribó? ¿Y por qué fue enviado a Tarso? ¿No fue porque era tan poderoso y victorioso en la palabra, y llevó a sus adversarios a tal extremo que ellos, incapaces de soportar su derrota, se vieron provocados a atentar contra su vida? En aquel tiempo, como dije, aún no había comenzado a obrar milagros, ni podía nadie decir que las multitudes lo miraban con asombro a causa de alguna gloria perteneciente a sus obras poderosas, o que quienes contendían con él eran vencidos por la fuerza de la opinión pública acerca de él. Pues en este tiempo vencía solo a fuerza de argumentos. ¿Cómo fue, además, que contendió y disputó con éxito con quienes intentaban judaizar en Antioquía? ¿Y cómo fue que aquel areopagita, [] habitante de Atenas, la más devota de todas las ciudades a los dioses, siguió al apóstol, él y su mujer? ¿No se debió al discurso que oyeron? Y cuando Eutico [] cayó de la ventana, ¿no se debió a su larga asistencia, incluso hasta la medianoche, a la predicación de san Pablo? ¿Cómo lo hallamos ocupado en Tesalónica y Corinto, en Éfeso y en la misma Roma? ¿No pasaba noches y días enteros interpretando las Escrituras en su orden? ¿Y por qué habría alguien de contar sus disputas con los epicúreos y los estoicos? [] Pues si nos resolviéramos a entrar en cada particular, nuestra historia crecería hasta una longitud desmesurada.
    Cuando, pues, tanto antes de obrar milagros como después, san Pablo aparece habiendo hecho mucho uso del argumento, ¿cómo puede alguien atreverse a declararlo inhábil, cuyos sermones y disputas fueron tan sumamente admirados por todos los que los oyeron? ¿Por qué los licaonios [] imaginaron que era Hermes? La opinión de que él y Bernabé eran dioses, en verdad, surgió de la vista de sus milagros; pero la idea de que era Hermes no surgió de esto, sino que fue consecuencia de su palabra. ¿En qué otra cosa sobresalió este bienaventurado santo entre los demás apóstoles? ¿Y cómo es que por todo el mundo está en boca de todos? ¿Cómo es que no solo entre nosotros, sino también entre judíos y griegos, es la maravilla de las maravillas? ¿No es por el poder de sus epístolas? Por las cuales no solo a los fieles de hoy, sino desde su tiempo hasta este, sí, y hasta el fin, incluso hasta la aparición de Cristo, ha sido y será provechoso, y continuará siéndolo mientras dure la raza humana. Pues como un muro edificado de diamante, así sus escritos fortifican todas las Iglesias del mundo conocido, y él, como campeón nobilísimo, está en medio, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, [] y todo esto lo hace por medio de aquellas epístolas que nos ha dejado, llenas de maravillas y de sabiduría divina. Pues sus escritos no solo nos son útiles para el derrocamiento de la doctrina falsa y la confirmación de la verdadera, sino que ayudan no poco a vivir una buena vida. Pues mediante el uso de estos, los obispos de hoy forman y modelan a la virgen casta, a la cual san Pablo mismo desposó con Cristo, [] y la conducen al estado de belleza espiritual; con estos, también, ahuyentan de ella las pestilencias nocivas que la asedian, y preservan la buena salud así obtenida. Tales son las medicinas y tal su eficacia que nos dejó este hombre llamado inhábil, y quienes las usan constantemente conocen mejor su poder. De todo esto es evidente que san Pablo se había entregado al estudio del que hemos estado hablando con gran diligencia y celo.

    IV, 8

    8. Oye también lo que dice en su encargo a su discípulo: [] «Ocúpate en la lectura, en la exhortación, en la enseñanza,» y continúa mostrando la utilidad de esto añadiendo: «Pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyen.» [] Y de nuevo dice: «El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, paciente;» [] y prosigue diciendo: «Pero persiste tú en lo que has aprendido y te has persuadido, sabiendo de quién lo has aprendido, y que desde la niñez has conocido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación,» [] y de nuevo: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto.» Oye lo que añade más adelante en sus instrucciones a Tito acerca del nombramiento de obispos. «El obispo,» dice, «debe estar aferrado a la palabra fiel conforme a la enseñanza, para que sea capaz de convencer a los contradictores.» Pero ¿cómo podrá alguien que es inhábil, como estos pretenden, ser capaz de convencer a los contradictores y taparles la boca? ¿O qué necesidad hay de prestar atención a la lectura y a las Sagradas Escrituras, si tal estado de inhabilidad ha de ser bienvenido entre nosotros? Tales argumentos son meros expedientes y pretextos, las marcas de la ociosidad y la pereza. Pero alguien dirá: «es a los sacerdotes a quienes se dan estos encargos:» — ciertamente, pues ellos son el tema de nuestro discurso. Pero que el apóstol da el mismo encargo a los laicos, oye lo que dice en otra epístola a otros que no son del sacerdocio: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, en toda sabiduría,» [] y de nuevo: «Que vuestra palabra sea siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno,» [] y hay un encargo general a todos de que «estad siempre preparados para» [] dar razón de su fe, y a los tesalonicenses les da el siguiente mandato: «Edificaos unos a otros, así como lo hacéis.» [] Pero cuando habla de los sacerdotes dice: «Los ancianos que gobiernan bien sean tenidos por dignos de doble honor, especialmente los que trabajan en la palabra y en la enseñanza.» [] Pues esta es la perfección de la enseñanza: cuando los maestros, tanto con lo que hacen como con lo que dicen, llevan a sus discípulos a aquel estado bendito de vida que Cristo les asignó. Pues el ejemplo por sí solo no basta para instruir a otros. Y no digo esto de mí mismo; es palabra de nuestro Salvador. Pues cualquiera que los haga y los enseñe, será llamado grande. [] Ahora bien, si hacer fuera lo mismo que enseñar, la segunda palabra aquí sería superflua; y habría bastado decir simplemente «cualquiera que los haga». Pero ahora, al distinguir las dos, muestra que una cosa es la práctica y otra la doctrina, y que cada una necesita la ayuda de la otra para completar la edificación. Oyes también lo que el vaso escogido de Cristo dice a los ancianos de Éfeso: «Por tanto, velad, recordando que por tres años no cesé de amonestar a cada uno, noche y día, con lágrimas.» [] Pero ¿qué necesidad había de sus lágrimas o de la amonestación de palabra, mientras su vida como apóstol era tan ilustre? Su santa vida podría ser un gran incentivo para que los hombres guardaran los mandamientos; sin embargo, no me atrevo a decir que ella sola pudiera lograrlo todo.

    IV, 9

    9. Pero cuando surge una disputa sobre cuestiones de doctrina, y todos toman sus armas de las mismas Escrituras, ¿qué peso podrá probar la vida de alguien? ¿De qué servirán entonces sus muchas austeridades, cuando después de tan penosos ejercicios, alguien, por la gran inhabilidad del sacerdote en la argumentación, caiga en herejía y sea separado del cuerpo de la Iglesia, desgracia que yo mismo he visto sufrir a muchos? ¿De qué provecho le será entonces su paciencia? De ninguno; no más del que habrá en una fe sana si la vida es corrupta. Por lo cual, por esta razón más que por todas las demás, le concierne a aquel cuyo oficio es enseñar a otros el ser experimentado en disputas de esta clase. Pues aunque él mismo esté a salvo y no sea dañado por los contradictores, la multitud sencilla bajo su dirección, cuando ve a su guía derrotado y sin respuesta alguna para los contradictores, tenderá a echar la culpa de su desconcierto no a su propia debilidad, sino a las doctrinas mismas, como si fueran defectuosas; y así, por la inexperiencia de uno, grandes multitudes son llevadas a la ruina extrema; pues aunque no se pasen del todo al adversario, se ven forzadas a dudar de asuntos en los que antes creían firmemente, y a aquellos a quienes solían acercarse con confianza inquebrantable ya no pueden aferrarse con firmeza, sino que, a consecuencia de la derrota de su guía, una tormenta tan grande se asienta sobre sus almas que el mal termina en su naufragio total. Pero cuán terrible es la destrucción, y cuán terrible el fuego que tal guía acarrea sobre su propia cabeza miserable por cada alma que así se pierde, no necesitarás aprenderlo de mí, pues conoces todo esto perfectamente. ¿Es esto entonces orgullo, es esto vanagloria en mí, el no querer ser causa de la destrucción de tantas almas? ¿Y de procurarme mayor castigo en el mundo venidero que el que ahora me espera allí? ¿Quién diría tal cosa? Seguramente nadie, a menos que desee hallar falta donde no la hay y moralizar sobre las calamidades ajenas.

    Libro V

    V, 1

    1. Cuán grande es la habilidad que se requiere para el maestro al contender ardientemente por la verdad, ha sido suficientemente expuesto por nosotros. Pero he de mencionar un asunto más además de este, que es causa de innumerables peligros, aunque por mi parte diría más bien que la cosa en sí no es la causa, sino quienes no saben usarla rectamente, puesto que de por sí es una ayuda para la salvación y para mucho bien además, siempre que halléis que hombres fervientes y buenos tienen su gestión. ¿Qué quiero decir, pues, con esto? El gasto de gran trabajo en la preparación de discursos para ser pronunciados en público. Pues, para empezar, la mayoría de los que están a cargo de los predicadores no están dispuestos a comportarse con ellos como con maestros, sino que, desdeñando el papel de discípulos, asumen en cambio la actitud de quienes se sientan y contemplan los juegos públicos; y así como allí la multitud se separa en partidos, y unos se adhieren a uno y otros a otro, así también aquí los hombres se dividen y se vuelven partidarios ora de este maestro, ora de aquel, escuchándolos con miras al favor o al odio. Y no solo existe esta dificultad, sino otra igual de grande. Pues si a algún predicador se le ha ocurrido entretejer en sus sermones alguna parte de obras ajenas, queda expuesto a mayor deshonra que quienes roban dinero. Es más, a menudo, cuando ni siquiera ha tomado nada prestado de nadie, sino que solo es sospechoso, ha sufrido la suerte de un ladrón. ¿Y por qué hablo de las obras de otros, cuando no se le permite usar sus propios recursos sin variedad? Pues el público está acostumbrado a escuchar no para provecho, sino para placer, sentándose como críticos de tragedias y de espectáculos musicales, y aquella facilidad de palabra contra la cual declamamos hace un momento, en este caso se vuelve deseable, incluso más que en el caso de los abogados, donde están obligados a contender unos contra otros. Por tanto, un predicador debe tener elevación de ánimo, que supere con mucho mi propia pequeñez de espíritu, para corregir este placer desordenado e inútil por parte de la multitud, y ser capaz de conducirlos a una manera más provechosa de oír, para que su pueblo lo siga y se someta a él, y para que no se deje arrastrar por sus propios caprichos; y esto no es posible lograrlo sino por dos medios: la indiferencia ante su alabanza y el poder de predicar bien.

    V, 2

    2. Pues si falta cualquiera de estas dos cosas, la restante se vuelve inútil, debido a su separación de la otra; porque si un predicador es indiferente a la alabanza, y sin embargo no puede producir la doctrina «que es con gracia sazonada con sal,» [] llega a ser despreciado por la multitud, mientras no gana nada de su propia nobleza de ánimo; y si, por otro lado, tiene éxito como predicador y es vencido por el pensamiento del aplauso, se hace daño igualmente, tanto a sí mismo como a la multitud, porque en su deseo de alabanza se cuida de hablar más con miras a agradar que a aprovechar. Y así como el que ni se deja influir por la buena opinión ni es hábil para hablar no cede al placer de la multitud y es incapaz de hacerles un bien digno de mención, porque no tiene nada que decir, así el que es arrastrado por el deseo de alabanza, aunque es capaz de prestar mejor servicio a la multitud, proporciona en lugar de esto un alimento que se adapte a su gusto, porque compra con ello el tumulto de la aclamación.

    V, 3

    3. Por tanto, el mejor tipo de obispo debe ser fuerte en ambos puntos, de modo que ninguno suplante al otro. Pues si cuando se levanta en la congregación y pronuncia palabras calculadas para hacer estremecer a los descuidados, entonces tropieza, se detiene y se ve forzado a sonrojarse por su fracaso, el bien de lo que ha dicho se pierde inmediatamente. Pues los reprendidos, irritados por lo que se les ha dicho e incapaces de vengarse de él de otro modo, lo zahieren con burlas por esta ignorancia suya, pensando con ello encubrir su propia deshonra. Por lo cual debe, como un excelente auriga, llegar a un juicio exacto sobre ambas cosas buenas, para poder tratar con ambas según lo necesite; pues cuando es irreprensible a los ojos de todos, entonces podrá, con tanta autoridad como desee, tanto corregir como dejar de corregir a todos los que están bajo su autoridad. Pero sin esto no le será fácil hacerlo. Mas esta nobleza de alma debe mostrarse no solo hasta el límite de la indiferencia a la alabanza, sino que debe ir más allá, para que la ganancia así obtenida no resulte a su vez infructuosa.

    V, 4

    4. ¿A qué otra cosa debe, pues, ser indiferente? A la calumnia y a la envidia. La maledicencia inoportuna, sin embargo (pues por supuesto el obispo sufre alguna censura infundada), conviene que no la tema ni tiemble excesivamente, ni tampoco la pase por alto por completo; sino que debemos, aunque resulte falsa, o sea lanzada contra nosotros por el vulgo, tratar de extinguirla inmediatamente. Pues nada engrandece tanto una mala como una buena fama como la muchedumbre indisciplinada. Pues acostumbrados a oír y a hablar sin detenerse a indagar, repiten al azar todo lo que se les presenta, sin consideración alguna a su verdad. Por tanto, el obispo no debe mostrarse indiferente ante la multitud, sino cortar de inmediato sus malas sospechas en flor; persuadiendo a sus acusadores, aun si son los más irrazonables de todos los hombres, y no omitiendo nada que pueda disipar un informe desfavorable. Pero si, aun haciendo todo esto, quienes nos culpan no se dejan persuadir, de ahí en adelante no debemos preocuparnos por ellos. Pues si alguien se abate demasiado pronto por estos accidentes, no podrá en ningún momento producir nada noble ni admirable. Pues el desaliento y las preocupaciones constantes son poderosos para destruir las facultades de la mente y reducirla a una debilidad extrema. Así pues, debe el sacerdote comportarse con los que están a su cargo, como un padre se comportaría con sus hijos muy pequeños; y así como estos no se turban ni por sus insultos ni por sus golpes ni por sus lamentos, ni siquiera si ríen y se regocijan con nosotros les damos mucha importancia; así tampoco debemos envanecernos por las promesas de esas personas ni abatirnos por su censura, cuando viene de ellas inoportunamente. Pero esto es difícil, mi buen amigo; y quizá, me parece, incluso imposible. Pues no sé si algún hombre haya logrado jamás el empeño de no alegrarse cuando es alabado, y el que se alegra de esto probablemente también desee disfrutarlo, y el que desea disfrutarlo, por necesidad, se afligirá por completo y estará fuera de sí siempre que lo eche de menos. Pues así como los que se gozan en ser ricos, cuando caen en la pobreza se entristecen, y los que han estado acostumbrados a vivir lujosamente no pueden soportar vivir miserablemente; así también los que anhelan el aplauso, no solo cuando son culpados sin causa, sino cuando no son alabados constantemente, vienen a quedar, como por una especie de hambre, consumidos en el alma, particularmente cuando les ha sucedido estar acostumbrados ellos mismos a la alabanza, o si oyen alabar a otros. El que entra en la prueba de la predicación con deseos de esta clase, ¿cuántos fastidios y cuántas angustias crees que tiene? No es más posible que el mar esté sin olas que aquel hombre sin cuidados y pesares.

    V, 5

    5. Pues aunque el predicador tenga gran habilidad (y esto solo se hallaría en unos pocos), ni siquiera en este caso queda libre de perpetuo trabajo. Pues como la predicación no viene por naturaleza, sino por estudio, supongamos que un hombre alcance un alto nivel de ella; esta lo abandonará entonces si no cultiva su poder con aplicación y ejercicio constantes. De modo que hay mayor trabajo para los más sabios que para los ignorantes. Pues no es igual el grado de pérdida que acompaña a la negligencia de unos y de otros, sino que la pérdida está en proporción exacta a la diferencia entre las dos posesiones. Pues a los últimos nadie los culparía, ya que no proporcionan nada digno de consideración. Pero a los primeros, a menos que estén produciendo constantemente materia que supere la reputación en que todos los tienen, les acompaña una gran censura por todas partes; y además de estas cosas, los últimos recibirían una alabanza considerable, incluso por pequeñas actuaciones, mientras que los esfuerzos de los primeros, a menos que sean especialmente admirables y sorprendentes, no solo no logran aplauso, sino que encuentran muchos críticos. Pues el auditorio se erige en crítico, no tanto para juzgar lo que se dice cuanto la reputación del orador, de modo que cuando alguien sobresale entre todos en facultades oratorias, entonces más que ningún otro necesita de estudio laborioso. Pues a este hombre no se le permite valerse del pretexto habitual que alega la naturaleza humana: que no se puede tener éxito en todo; sino que si sus sermones no corresponden en todo a la grandeza de las expectativas formadas, se marchará sin haber ganado más que innumerables burlas y censuras; y nadie considera respecto de él que el abatimiento y el dolor, la ansiedad y a menudo la ira, pueden intervenir y oscurecer la claridad de sus pensamientos e impedir que sus producciones salgan de él sin mezcla, y que, en conjunto, siendo solo un hombre, no puede ser constantemente el mismo, ni salir airoso en todo momento, sino que naturalmente a veces debe quedarse corto del blanco y aparecer en un nivel de habilidad más bajo que el habitual. Nada de esto, como dije, están dispuestos a tomar en consideración, sino que le imputan faltas como si estuvieran juzgando a un ángel; aunque también en otros casos el hombre tiende a pasar por alto las buenas obras de su prójimo, aunque sean muchas y grandes, y si en algún lugar aparece un defecto, aun si es accidental, aun si solo ocurre a largos intervalos, es percibido rápidamente y siempre recordado, y así asuntos pequeños e insignificantes a menudo han disminuido la gloria de muchas y grandes acciones.

    V, 6

    6. Ves, mi excelente amigo, que el hombre poderoso en la predicación tiene necesidad peculiar de mayor estudio que otros; y además del estudio, de una paciencia también mayor que la que necesitan todos aquellos que ya he mencionado. Pues así muchos se levantan constantemente contra él, con espíritu vano e insensato, y no teniendo falta alguna que hallar en él, sino que generalmente es aprobado, lo odian; y él debe soportar noblemente su amarga malicia, pues como no son capaces de ocultar este odio maldito que tan irrazonablemente albergan, injurian, censuran y calumnian en privado, y difaman en público, y la mente que ha comenzado a dolerse y exasperarse en cada una de estas ocasiones no escapará de ser corrompida por el pesar. Pues no solo se vengarán de él con sus propios actos, sino que intentarán hacerlo por medio de otros, y a menudo habiendo elegido a alguno de los que no pueden decir una palabra, lo ensalzarán con sus alabanzas y lo admirarán más allá de su mérito. Algunos hacen esto solo por ignorancia, otros por ignorancia y envidia, a fin de arruinar la reputación del otro, no para demostrar que es admirable quien no lo es, y el hombre de noble ánimo no solo tiene que luchar contra estos, sino a menudo contra la ignorancia de toda la multitud; pues como no es posible que todos los que se reúnen consistan en hombres doctos, sino que lo probable es que la mayor parte de la congregación se componga de gente indocta, y que incluso el resto, que tiene la cabeza más clara que ellos, se quede tan corto de ser capaz de criticar sermones como los demás se quedan cortos respecto de ellos; de modo que solo uno o dos están sentados allí que posean este poder; se sigue, por necesidad, que el que predica mejor que otros se lleva menos aplauso, y posiblemente se va a casa sin ser alabado en absoluto, y debe estar preparado para afrontar noblemente tales anomalías, y para perdonar a quienes las cometen por ignorancia, y para llorar por quienes las aceptan por envidia como criaturas desdichadas y dignas de lástima, y no considerar que sus facultades se hayan vuelto menores por cualquiera de estas causas. Pues si un hombre, siendo un pintor preeminentemente bueno y superior a todos en su arte, ve el retrato que ha dibujado con gran exactitud expuesto a la burla, no debe abatirse ni considerar pobre el cuadro a causa del juicio de los ignorantes; como tampoco consideraría que el dibujo realmente pobre sea algo maravilloso y bello a causa del asombro de los que no son artistas.

    V, 7

    7. Pues que el mejor artífice sea él mismo el crítico de sus propios diseños, y que sus obras sean calificadas como buenas o malas según la sentencia que dé la mente que las concibió. Pero que ni siquiera tenga en cuenta la opinión, tan errónea e inartística, del mundo exterior. Por tanto, que el hombre que emprende el esfuerzo de enseñar nunca preste atención a la buena opinión del mundo exterior, ni se abata en el alma por causa de tales personas; sino que, trabajando en sus sermones de modo que pueda agradar a Dios, (pues que solo esto sea su regla y determinación al desempeñar este excelente género de obra: no la aclamación ni las buenas opiniones), si, en verdad, es alabado por los hombres, que no rechace su aplauso, y cuando sus oyentes no se lo ofrezcan, que no lo busque ni se aflija. Pues un consuelo suficiente en sus trabajos, y mayor que todos, es cuando puede ser consciente de disponer y ordenar su enseñanza con miras a agradar a Dios.

    V, 8

    8. Pues si primero es arrastrado por el deseo de alabanza indiscriminada, no sacará ventaja alguna de sus trabajos ni de su poder en la predicación, porque la mente, incapaz de soportar las censuras insensatas de la multitud, se desanima y desecha todo empeño en la predicación. Por tanto, es especialmente necesario estar entrenado para ser indiferente a toda clase de alabanza. Pues saber predicar no basta para la preservación de ese poder, si no se le añade esto: y si alguien examinara con precisión al hombre que carece de este arte, hallará que necesita ser indiferente a la alabanza no menos que el otro, porque se verá forzado a hacer muchas cosas malas al ponerse bajo el control de la opinión popular. Pues no teniendo la energía para igualar a quienes gozan de reputación por la calidad de su predicación, no se abstendrá de urdir malos designios contra ellos, de envidiarlos y de culparlos sin razón, y de muchas prácticas desacreditadas semejantes, sino que lo aventurará todo, incluso si es necesario arruinar su propia alma, por rebajar su fama al nivel de su propia insignificancia. Y además de esto, abandonará sus esfuerzos en su trabajo; una especie de entumecimiento, por así decirlo, se extenderá sobre su mente. Pues mucho trabajo, recompensado con escasa alabanza, basta para abatir a un hombre que no puede despreciar la alabanza, y sumirlo en un profundo letargo, ya que el labrador, aun cuando pasa tiempo sobre un pedazo de tierra miserable y se ve forzado a labrar una roca, desiste rápidamente de su trabajo, a menos que esté poseído de mucho empeño en el asunto o tenga miedo de una hambruna inminente. Pues si los que son capaces de hablar con un poder considerable necesitan un ejercicio tan constante para la preservación de su talento, aquel que no reúne materiales en absoluto, sino que se ve forzado a meditar en medio de sus esfuerzos, ¿qué dificultad, qué confusión, qué problema experimentará, para poder, con gran trabajo, reunir unas pocas ideas? Y si alguno de aquellos clérigos que están bajo su autoridad y que están colocados en el orden inferior, es capaz, en esa posición, de aparecer con más ventaja que él, ¡qué mente divina debe tener para no ser presa de la envidia o abatido por el desaliento! Pues que uno sea puesto en una estación de mayor dignidad y sea superado por su inferior en rango, y lo soporte noblemente, no sería propio de una mente ordinaria, ni de una como la mía, sino de una dura como el diamante; y si, en verdad, el hombre de mayor reputación es muy paciente y modesto, el sufrimiento se vuelve tanto más fácil de sobrellevar. Pero si es audaz, jactancioso y vanaglorioso, una muerte diaria sería deseable para el otro; de tal modo le amargará la vida, insultándolo en su cara y riéndose de él a sus espaldas, arrebatándole mucha de su autoridad y queriendo serlo todo él mismo. Pero posee la mayor seguridad, en todas estas circunstancias, quien tiene fluidez en la predicación, la atención ferviente de la multitud en torno suyo y el afecto de todos los que están bajo su cargo. ¿No sabes qué pasión por los sermones ha irrumpido en las mentes de los cristianos hoy en día? ¿Y que los que se ejercitan en la predicación gozan de especial honor, no solo entre los paganos, sino entre los de la familia de la fe? ¿Cómo podría entonces alguien soportar tal desgracia como hallar que todos están mudos cuando él predica, y pensar que están oprimidos, y esperar el final del sermón como una liberación del trabajo; mientras escuchan a otro con avidez aunque predique largo, y se apenan cuando está por concluir, y casi se enojan cuando su propósito es callar? Si estos asuntos te parecen pequeños y fáciles de despreciar, es por tu inexperiencia. Son verdaderamente suficientes para apagar el celo y paralizar las facultades de la mente, a menos que un hombre se retire de todas las pasiones humanas y se esfuerce por formar su conducta según el modelo de aquellos poderes incorpóreos, que no son perseguidos ni por la envidia ni por el anhelo de fama ni por ningún otro sentimiento morboso. Si entonces hay algún hombre tan constituido que sea capaz de subyugar a esta bestia salvaje, tan difícil de capturar, tan inconquistable, tan feroz; es decir, la fama pública, y de cortar sus muchas cabezas, o más bien de prohibir su crecimiento por completo; podrá fácilmente repeler estos muchos asaltos violentos y disfrutar de una especie de puerto tranquilo de descanso. Pero el que no se ha liberado de este monstruo, envuelve su alma en luchas de varias clases y en agitación perpetua, y en la carga tanto del desaliento como de otras pasiones. Mas ¿por qué he de detallar el resto de estas dificultades, que nadie podrá describir ni aprender si no ha tenido experiencia real de ellas?

    Libro VI

    VI, 1

    Nuestra condición aquí, en verdad, es tal como has oído. Pero nuestra condición futura, ¿cómo la soportaremos, cuando seamos obligados a rendir cuentas por cada uno de los que nos han sido encomendados? Porque nuestra pena no se limita a la vergüenza, sino que también nos espera un castigo eterno. En cuanto al pasaje, «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta;» [] aunque ya lo he mencionado una vez, ahora romperé el silencio sobre él, porque el temor de su advertencia agita continuamente mi alma. Pues si para aquel que hace tropezar a uno solo, y aun al más pequeño, es provechoso que «se le cuelgue al cuello una gran piedra de molino y se le hunda en lo profundo del mar;» [] y si los que hieren las conciencias de los hermanos pecan contra Cristo mismo, [] ¿qué sufrirán un día, qué clase de pena pagarán, aquellos que destruyen no a uno solo, ni a dos, ni a tres, sino a tantas multitudes? Porque no es posible alegar la inexperiencia como excusa, ni refugiarse en la ignorancia, ni presentar el pretexto de necesidad o fuerza. Sí, si fuera posible, uno de los que están a su cargo podría más fácilmente usar este refugio para sus propios pecados que los obispos en el caso de los pecados ajenos. ¿Preguntas por qué? Porque aquel que ha sido designado para corregir la ignorancia de otros, y para advertirles de antemano el combate con el diablo que viene sobre ellos, no podrá presentar la ignorancia como excusa, ni decir: «No he oído el sonido de la trompeta, no preví el combate.» Porque para eso mismo ha sido puesto, dice Ezequiel: para que toque la trompeta para otros y les advierta de los peligros cercanos. Y por tanto su castigo es inevitable, aunque el que perezca resulte ser uno solo. «Porque si cuando viene la espada, el centinela no toca la trompeta para el pueblo, ni les da señal, y la espada viene y se lleva a alguno, éste es llevado por su iniquidad, pero su sangre demandaré de mano del centinela.» []

    VI, 2

    Deja, pues, de urgirnos hacia una pena tan inevitable; porque nuestro discurso no trata de un ejército ni de un reino, sino de un oficio que requiere las virtudes de un ángel. Porque el alma del sacerdote debe ser más pura que los mismos rayos del sol, para que el Espíritu Santo no lo deje desolado, para que pueda decir: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.» [] Pues si los que habitan en el desierto, alejados de la ciudad y de la plaza y del bullicio que en ellas hay, y que gozan todo su tiempo de un puerto de descanso y paz, no quieren confiar en la seguridad de aquel modo de vida, sino que le añaden innumerables salvaguardias, cercándose por todos lados y estudiando tanto hablar como obrar con gran circunspección, para acercarse a Dios con confianza y pureza inmaculada hasta donde alcanza el poder humano, ¿qué poder y qué fuerza crees que necesita el sacerdote ordenado para poder arrancar su alma de toda contaminación y conservar sin mancha su belleza espiritual? Porque necesita una pureza mucho mayor que ellos; y quien necesita mayor pureza está también sujeto a tentaciones más apremiantes que ellos, capaces de contaminarlo, a menos que mediante constante abnegación y mucho trabajo haga su alma inaccesible a ellas. Porque la belleza del rostro, la elegancia de movimientos, el andar afectado y la voz ceceante, las cejas dibujadas y las mejillas pintadas, el elaborado trenzado y teñido del cabello, la costosidad del vestido, la variedad de ornamentos de oro y la gloria de piedras preciosas, el olor de perfumes y todas las demás cosas a las que se dedican las mujeres, bastan para desordenar la mente, a menos que esté endurecida contra ellas por mucha austeridad de dominio propio. Ahora bien, inquietarse por tales cosas no es nada extraño. Pero, por otro lado, que el diablo pueda golpear y derribar las almas de los hombres con lo contrario de éstas, esto es algo que nos llena de asombro y perplejidad.

    VI, 3

    Pues ya antes algunos hombres que escaparon de estas trampas han sido atrapados por otras muy distintas de ellas. Porque incluso un aspecto descuidado, cabello despeinado, vestido sórdido y rostro sin pintar, comportamiento sencillo y lenguaje casero, andar sin estudio y voz natural, una vida de pobreza, una condición despreciada, sin patrocinio y solitaria, han llevado primero al espectador a la compasión y después a la ruina total; y muchos que escaparon de las primeras redes, en forma de ornamentos de oro y perfumes y vestidos y todo lo demás que he mencionado en conexión con ellas, han caído fácilmente en estas tan distintas de aquéllas, y han perecido. Cuando, pues, tanto por la pobreza como por las riquezas, tanto por el adorno como por el descuido de la apariencia personal, tanto por maneras estudiadas como naturales, en suma por todos los medios que he enumerado, se enciende la guerra en el alma del espectador y sus artificios lo rodean por todas partes, ¿cómo podrá respirar libremente mientras tantas trampas lo cercan? ¿Y qué escondite podrá encontrar —no digo para evitar ser apresado por la fuerza, pues esto no es del todo difícil— sino para mantener su propia alma imperturbable ante pensamientos contaminantes?
    Y paso por alto los honores, que son causa de innumerables males. Porque los que vienen de manos de mujeres son ruinosos para el vigor del dominio propio, y a menudo lo derriban cuando un hombre no sabe vigilar constantemente contra tales designios; mientras que los que vienen de manos de hombres, a menos que un hombre los reciba con mucha nobleza de ánimo, lo asaltan dos emociones contrarias: adulación servil y orgullo insensato. Ante los que lo patrocinan se ve obligado a arrastrarse; y hacia sus inferiores se hincha, a causa de los honores que los otros le confieren, y es arrastrado al abismo de la arrogancia. Hemos mencionado estas cosas, pero cuán dañinas son en realidad nadie podría aprenderlo bien sin experiencia. Pues no sólo estas trampas, sino otras mayores y más engañosas que ellas, necesariamente ha de encontrar quien tiene su conversación en el mundo. Pero el que se contenta con la soledad está libre de todo esto, y si en algún momento un pensamiento extraño crea una representación de este tipo, la imagen es débil y capaz de ser rápidamente sometida, porque no se añade combustible a la llama desde fuera, surgido de la vista real. Porque el anacoreta sólo ha de temer por sí mismo; o si se ve obligado a cuidar de otros, éstos se cuentan fácilmente: y si son muchos, son menos que los de nuestras iglesias, y le dan al que está sobre ellos una ansiedad mucho más ligera, no sólo por su escaso número, sino porque todos están libres de preocupaciones mundanas, y no tienen esposa ni hijos ni nada semejante de qué cuidar; y esto los hace muy deferentes con sus superiores, y les permite compartir la misma morada con ellos, de modo que pueden captar sus faltas con precisión de una ojeada y corregirlas, ya que la supervisión constante de un maestro no es poca ayuda para el avance en la virtud.

    VI, 4

    Pero de los que están sujetos al sacerdote, la mayor parte están abrumados por las preocupaciones de esta vida, y esto los hace más lentos en el cumplimiento de los deberes espirituales. De donde es necesario que el maestro siembre cada día (por así decirlo), para que al menos por su frecuencia la palabra de doctrina pueda ser captada por los que oyen. Porque la riqueza excesiva, y la abundancia de poder, y la pereza hija del lujo, y muchas otras cosas además de éstas, ahogan las semillas que han caído. A menudo también el espeso crecimiento de espinas no deja que la semilla caiga siquiera sobre la superficie del suelo. A su vez, el exceso de trabajo, la estrechez de la pobreza, los insultos constantes y otras cosas semejantes, lo contrario de las anteriores, apartan la mente de la ansiedad por las cosas divinas; y de los pecados de su pueblo, ni siquiera la parte más pequeña puede hacerse evidente; pues ¿cómo habría de serlo, en el caso de aquellos a la mayoría de los cuales ni siquiera conocen de vista?
    Las relaciones del sacerdote con su pueblo implican, pues, tanta dificultad. Pero si alguno indaga sobre sus relaciones con Dios, hallará que las otras son como nada, pues éstas requieren una diligencia mayor y más completa. Porque el que actúa como embajador en nombre de toda la ciudad —¿y por qué digo la ciudad? En nombre de todo el mundo, en verdad— ruega que Dios sea misericordioso con los pecados de todos, no sólo de los vivos, sino también de los difuntos. ¿Qué clase de hombre debe ser? Por mi parte, creo que la osadía de palabra de Moisés y Elías es insuficiente para tal súplica. Porque como si se le hubiera confiado el mundo entero y fuera él mismo el padre de todos los hombres, se acerca a Dios suplicando que las guerras se extingan en todas partes, que los tumultos se apacigüen; pidiendo paz y abundancia, y una pronta liberación de todos los males que acosan a cada uno, pública y privadamente; y debe aventajar en todo tanto a todos aquellos por quienes ora, como los gobernantes deben aventajar a sus súbditos.
    Y cada vez que invoca al Espíritu Santo, y ofrece el sacrificio más temible, y maneja constantemente al Señor común de todos, dime, ¿qué rango le daremos? ¿Qué gran pureza y qué verdadera piedad debemos exigirle? Porque considera qué clase de manos deben ser las que sirven en estas cosas, y de qué clase su lengua que pronuncia tales palabras, ¿y no debe el alma que recibe un espíritu tan grande ser más pura y santa que cualquier cosa en el mundo? En tal momento los ángeles asisten al sacerdote; y todo el santuario, y el espacio en torno al altar, está lleno de las potestades celestiales, en honor de Aquel que yace sobre él. Pues esto, en verdad, puede probarse por los mismos ritos que entonces se celebran. Yo mismo, además, he oído una vez a alguien relatar que cierto anciano venerable, acostumbrado a ver revelaciones, solía contarle que, habiendo sido considerado digno de una visión de este tipo, en tal momento, vio de repente, hasta donde le fue posible, una multitud de ángeles vestidos con ropas resplandecientes, que rodeaban el altar y se inclinaban, como se podría ver a los soldados en presencia de su Rey, y por mi parte lo creo. Además otro me dijo, sin haberlo aprendido de otro, sino por haber sido considerado digno de ser testigo de oído y de vista, que, en el caso de los que están a punto de partir de aquí, si resultan ser partícipes de los misterios con conciencia pura, cuando están a punto de exhalar el último suspiro, los ángeles los custodian por causa de lo que han recibido, y los llevan de aquí. ¿Y no tiemblas aún de introducir un alma en un misterio tan sagrado de este tipo, y de avanzar a la dignidad del sacerdocio a uno vestido con ropas inmundas, a quien Cristo ha excluido del resto del grupo de invitados? [] El alma del sacerdote debe brillar como una luz que ilumina todo el mundo. Pero la mía tiene tan gran oscuridad suspendida sobre ella, a causa de mi mala conciencia, que está siempre abatida y nunca puede mirar con confianza a su Señor. Los sacerdotes son la sal de la tierra. [] Pero, ¿quién soportaría fácilmente mi falta de entendimiento y mi inexperiencia en todas las cosas, sino tú, que has acostumbrado a amarme sin medida? Porque el sacerdote no sólo debe ser así de puro como quien ha sido dignificado con tan alto ministerio, sino muy discreto y hábil en muchas materias, y tan versado en los asuntos de esta vida como los que se ocupan en el mundo, y sin embargo estar libre de todos ellos más que los anacoretas que ocupan las montañas. Pues ya que debe mezclarse con hombres que tienen esposas, y que crían hijos, que poseen siervos, y están rodeados de riquezas, y ocupan cargos públicos, y son personas de influencia, él también debe ser un hombre multifacético —digo multifacético, no irreal, ni tampoco adulador e hipócrita, sino lleno de mucha libertad y confianza, y sabiendo adaptarse provechosamente, donde las circunstancias del caso lo requieran, y ser a la vez amable y severo, pues no es posible tratar a todos los que están bajo su cargo con un mismo plan, ya que tampoco es bueno que los médicos apliquen un solo curso de tratamiento a todos sus enfermos, ni que un piloto conozca una sola manera de luchar contra los vientos. Porque, en verdad, continuas tormentas asaltan esta nave nuestra, y estas tormentas no atacan sólo desde fuera, sino que surgen desde dentro, y hay necesidad de mucha condescendencia y circunspección, y todas estas diferentes materias tienen un solo fin a la vista: la gloria de Dios y la edificación de la Iglesia.

    VI, 5

    Grande es el conflicto que soportan los anacoretas, y mucho su trabajo. Pero si alguno compara sus esfuerzos con los que implica el recto ejercicio del sacerdocio, hallará que la diferencia es tan grande como la distancia entre un rey y un plebeyo. Pues allí, si el trabajo es ciertamente grande, el conflicto es común al cuerpo y al alma, o más bien la mayor parte de él se realiza por la condición del cuerpo, y si éste no es fuerte, la inclinación queda sin desarrollar y es incapaz de salir a la acción. Porque el hábito del ayuno intenso, el dormir en el suelo, el velar, el abstenerse del baño, el gran trabajo y todos los demás medios que usan para la aflicción del cuerpo se abandonan, cuando el cuerpo que ha de ser así disciplinado no es fuerte. Pero en este caso la pureza del alma es el asunto en cuestión, y no se requiere vigor corporal para mostrar su excelencia. Pues ¿qué contribuye la fuerza del cuerpo para que no seamos tercos, ni orgullosos, ni obstinados, sino sobrios y prudentes, y ordenados, y todo lo demás en lo que San Pablo completó el cuadro del perfecto sacerdote? Pero nadie podría decir esto de las virtudes del anacoreta.

    VI, 6

    Pero como en el caso de los hacedores de prodigios se requiere un gran aparato, ruedas y cuerdas y puñales; mientras que el filósofo tiene todo su arte almacenado en su mente, sin requerir aparatos externos: así, en el caso que nos ocupa, el anacoreta requiere tanto una buena condición corporal como un lugar adecuado para su modo de vida, para que no esté asentado demasiado lejos del trato con sus semejantes, y pueda tener la tranquilidad propia de los lugares desiertos, y además no deje de gozar del clima más favorable. Pues nada es tan insoportable para un cuerpo desgastado por los ayunos como un clima que no es uniforme. Y cuántos trabajos se ven obligados a emprender en la preparación de su vestido y de su alimento diario, ya que ellos mismos ambicionan hacer todo con sus propias manos, no necesito decirlo ahora. Pero el sacerdote no necesitará ninguna de estas cosas para proveer a sus necesidades, sino que está despreocupado de ellas, y participa de todas las cosas que son inofensivas, mientras tiene toda su habilidad almacenada en el tesoro de su mente. Pero si alguno admira la vida solitaria y el retiro de la sociedad de la multitud, yo mismo diría que tal vida es una muestra de paciencia, pero no una prueba suficiente de entera fortaleza de alma. Porque el hombre que se sienta al timón en el puerto no da aún prueba cierta de su arte. Pero si uno es capaz de guiar su nave con seguridad en medio del mar, nadie le negaría que es un excelente timonel.

    VI, 7

    7. No nos sería, por tanto, en modo alguno excesivamente sorprendente que el anacoreta, viviendo como vive consigo mismo, esté tranquilo y no cometa muchos y grandes pecados. Pues no se encuentra con cosas que irritan y excitan su mente. Pero si alguien que se ha dedicado a multitudes enteras, y se ha visto obligado a cargar con los pecados de muchos, ha permanecido firme y estable, guiando su alma en medio de la tormenta como si estuviera en calma, ese es el hombre que con justicia debe ser aplaudido y admirado por todos, pues ha dado prueba suficiente de fortaleza personal. No te extrañes, pues, por tu parte, de que yo, que evito la plaza pública y los lugares concurridos por la multitud, no tenga muchos que me acusen. Pues no debería extrañarme si no pequé mientras dormía, ni caí cuando no luchaba, ni fui herido si no combatía. ¿Quién, dime, podrá hablar contra mí y revelar mi depravación? ¿Acaso este techo o esta celda? No, no podrían hablar. ¿Acaso mi madre, que mejor que nadie conoce mis asuntos? Pues ciertamente con ella ni tengo trato, ni jamás hemos llegado a una disputa; y si esto hubiera ocurrido, no hay madre tan despiadada y tan falta de cariño hacia su hijo como para injuriar y acusar delante de todos a aquel a quien llevó en su seno, dio a luz y crió, si no hubiera una razón que la obligara ni persona alguna que la impulsara a tal acto. Sin embargo, si alguien desea examinar con cuidado mi mente, descubrirá que hay en ella mucha corrupción. Y no lo ignoras tú, que sueles ensalzarme con elogios delante de todos. Ahora bien, que no digo estas cosas por mera modestia, recuerda cuántas veces te dije, cuando tratábamos este asunto entre nosotros: Si alguien me diera a elegir entre alcanzar distinción en el gobierno de la Iglesia o en la vida del anacoreta, mil veces votaría por aceptar lo primero. Pues nunca he dejado de felicitar a quienes han podido desempeñar bien este oficio, y nadie me contradirá si digo que lo que yo consideraba dichoso no lo habría rehuido de haber sido capaz de participar en ello dignamente. Mas ¿qué he de hacer? No hay nada tan perjudicial para el gobierno de la Iglesia como esta inactividad y negligencia mías, que otros tienen por una especie de disciplina personal, pero que yo considero como un velo de mi debilidad personal, que cubre la mayor parte de mis defectos y no permite que aparezcan. Pues el que está acostumbrado a gozar de tan gran libertad de negocios y a pasar su tiempo en mucho reposo, aun siendo de noble naturaleza, se confunde por su inexperiencia y se turba, y su inactividad le priva de no pequeña parte de su capacidad natural. Pero cuando, además, es de entendimiento lento e ignorante también de estas duras pruebas, que es mi caso, desempeñará este ministerio que ha recibido no mejor que una estatua. Por lo cual, de los que han llegado a tan gran prueba salidos de aquella escuela, pocos brillan; y la mayor parte se traicionan, caen y soportan muchas fatigas y sufrimientos; y no es de extrañar. Pues las pruebas y la disciplina no se refieren a las mismas cosas. El que contiende en nada difiere de los que no están entrenados. Quien entra así en este certamen debe despreciar la gloria, ser superior a la ira, lleno de gran discreción. Pero para el ejercicio de estas cualidades no hay lugar en el caso del que ama la vida retirada. Pues no tiene a muchos que lo provoquen para practicar el castigo de la fuerza de su ira; ni admiradores y aduladores para entrenarse en despreciar las alabanzas de las multitudes. Y de la discreción que se requiere en la Iglesia no se hace cuenta en su caso. Por eso, cuando llegan a las pruebas de las que nunca han tenido experiencia práctica, se quedan perplejos, pierden la cabeza, caen en un estado de desamparo y, además de no añadir nada a su virtud, a menudo han perdido aquello que trajeron consigo.

    VI, 8

    8. Basilio: ¿Pues qué? ¿Pondremos al frente de la administración de la Iglesia a los que se mueven en sociedad, y que se preocupan por los asuntos de este mundo, que son diestros en disputas e injurias, están llenos de innumerables artificios y versados en modos lujuriosos?
    Crisóstomo: Calla, querido amigo. Jamás debes albergar en tus pensamientos a hombres semejantes cuando se trata del sacerdocio, sino solo a aquellos capaces, después de mezclarse y tratar con todos, de conservar intacta su pureza, su desapego del mundo, su santidad, constancia y sobriedad, y de poseer todas las demás virtudes propias de los anacoretas en grado mayor que ellos. Pues el que tiene muchos defectos, pero puede ocultarlos por medio de su retiro y hacerlos ineficaces, porque no trata con nadie, cuando él entra en sociedad no ganará nada, sino el puesto de hazmerreír, y correrá riesgos aún mayores, lo que yo mismo estuve a punto de experimentar, si la providencia de Dios no hubiera apartado rápidamente tal fuego de mi cabeza. Pues no es posible que uno en tal posición pase inadvertido cuando está colocado de modo tan visible, sino que todo queda al descubierto, y como el fuego prueba el material de los metales, así también la prueba del oficio clerical escudriña las almas de los hombres mortales; y si alguno es irascible o mezquino, o ambicioso de fama, si es jactancioso o algo semejante, todo lo revela; y al punto pone al descubierto sus defectos, y no solo los pone al descubierto, sino que aumenta su dolor y su fuerza. Pues las heridas del cuerpo, si se irritan, se vuelven más difíciles de sanar, y las pasiones del alma, cuando se rozan e irritan, naturalmente se exasperan más, y quienes las poseen son empujados a cometer pecados mayores. Pues excitan al que no las refrena al amor de la gloria, a la jactancia y al deseo de los bienes de este mundo, y lo arrastran hacia abajo, tanto al lujo y a la relajación de la vida como a la pereza, y poco a poco a males peores que los que de ellos resultan. Pues muchas son las circunstancias en la sociedad que tienen poder para desequilibrar la balanza de la mente y estorbar su curso recto; y la primera de todas es su trato social con las mujeres. Pues no es posible que el obispo, y quien se ocupa de todo el rebaño, cuide de la parte masculina y pase por alto la femenina, que necesita más particular previsión por su propensión a los pecados. Mas el hombre que es designado para la administración de un episcopado debe cuidar de la salud moral de estas, si no en mayor grado, al menos en grado no menor que de los otros. Pues es necesario visitarlas cuando están enfermas, consolarlas cuando están tristes, reprenderlas cuando están ociosas y socorrerlas cuando están afligidas; y en tales casos el maligno hallaría muchas ocasiones de acercarse, si uno no se fortificara con una guardia muy estricta. Pues el ojo, no solo de la mujer impúdica, sino de la modesta, traspasa y perturba la mente. Las lisonjas la enervan, los favores la esclavizan, y el amor ferviente —fuente, por así decir, de todo bien— se convierte en causa de innumerables males para quienes no hacen recto uso de él. También los cuidados constantes han embotado más de una vez el filo del entendimiento y han hecho más pesado que el plomo lo que era ligero, mientras la ira ha irrumpido como humo y se ha apoderado de todo el hombre interior.

    VI, 9

    9. ¿Por qué habría de hablar alguien de las injurias que resultan de la aflicción, de los insultos, de los ultrajes, de las censuras de superiores, de inferiores, de sabios y de necios? Pues la clase de los que carecen de recto juicio es particularmente aficionada a censurar, y nunca admitirá de buena gana excusa alguna. Pero el obispo verdaderamente excelente no debe tomar estas cosas a la ligera, sino justificarse ante todos los hombres de las acusaciones que le presentan, con gran paciencia y mansedumbre, perdonando sus irrazonables críticas, en lugar de indignarse y airarse por ellas. Pues si san Pablo temió incurrir en sospecha de robo entre sus discípulos, y por eso procuró que otros administraran el dinero, para que «nadie», dice, «nos censure en esta abundancia que administramos» [], ¿cómo no hemos de hacer nosotros todo lo posible para apartar las malas sospechas, aun cuando sean falsas, irracionalísimas y muy ajenas a nuestro pensamiento? Pues no estamos nosotros tan completamente apartados de todo pecado como san Pablo del robo; no obstante, aunque tan lejos de esta mala práctica, no menospreció por ello la sospecha del mundo, aunque era muy absurda y hasta insensata. Pues era locura abrigar semejante sospecha acerca de aquel bendito y admirable carácter. Pero, no obstante, aparta lejos las causas de esta sospecha, por irracional que fuera y tal como nadie en su sano juicio abrigaría, y ni desdeñó la necedad de las multitudes ni dijo: «¿A quién se le ocurrió jamás sospechar tales cosas de nosotros, después de los signos que he realizado y de la paciencia que ha marcado mi vida, y cuando todos vosotros nos reverenciabais y admirabais?» Todo lo contrario: previó y esperó esta baja sospecha, y la arrancó de raíz, o mejor dicho, no permitió que creciera en absoluto. ¿Por qué? «Porque», dice, «procuramos lo honesto no solo delante del Señor, sino delante de todos los hombres.» Tan grande, y aun mucho mayor celo debemos emplear nosotros para arrancar y prevenir los rumores que no son buenos, y ver de antemano desde lejos de dónde vienen, y apartar de antemano las causas de que se producen, no esperar a que se establezcan y sean el tema común en boca de todos. Pues entonces ya no es fácil en el futuro destruirlos, sino muy difícil, quizá imposible, y no sin daño, porque esto se hace después de que muchos han sido perjudicados. Pero ¿hasta dónde seguiré persiguiendo lo inalcanzable? Enumerar todas las dificultades en este sentido no es ni más ni menos que medir el océano. Aun cuando uno se librara de toda pasión (lo cual es imposible), para corregir las faltas de los demás se ve forzado a soportar innumerables pruebas, y cuando se añaden sus propias flaquezas, he aquí un abismo de fatiga y cuidado, y todo lo que debe sufrir quien desea subyugar los males en sí mismo y en los que lo rodean.

    VI, 10

    10. Basilio: Y ahora, ¿estás tú libre de fatigas? ¿No tienes cuidados mientras vives contigo mismo?
    Crisóstomo: En verdad, aun ahora los tengo. Pues ¿cómo es posible que uno que es hombre y que vive esta vida fatigosa nuestra esté libre de cuidados y de conflicto? Pero no es lo mismo sumergirse en un océano sin límites que cruzar un río; tan grande es la diferencia entre estos cuidados y aquellos. Pues ahora, ciertamente, si yo pudiera ser útil a otros, lo desearía yo mismo, y esto sería para mí materia de oración. Pero si no es posible ayudar a otro, con todo, si es factible salvarme y rescatarme de las olas, estaré contento.
    Basilio: ¿Piensas, pues, que esto es gran cosa? ¿Y crees que te salvarás cuando no eres de provecho para ningún otro?
    Crisóstomo: Has hablado bien y noblemente, pues yo mismo no soy capaz de creer que sea posible que se salve quien no ha trabajado por la salvación de su prójimo, ni de nada le aprovechó al desdichado del Evangelio no haber disminuido su talento; sino que pereció por no hacerlo crecer y no entregarlo duplicado a su señor. [] No obstante, creo que mi castigo será más leve cuando se me pidan cuentas, por no haber salvado a otros, de lo que sería si me destruyera a mí mismo y a otros también, llegando a ser mucho peor después de tan gran honor. Pues ahora confío en que mi castigo será proporcionado a la cantidad de mis pecados; pero después de recibir este oficio, temo que no sea doble ni triple, sino múltiple, porque habría hecho tropezar a muchísimos y, después de un honor adicional, habría ofendido al Dios que me honró.

    VI, 11

    11. Por esta misma causa acusa Dios a los israelitas con mayor vehemencia, y muestra que eran dignos de mayor castigo, porque pecaron después de que tantos honores les habían venido de Él, diciendo en un lugar: «Pero a vosotros solamente os he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, castigaré en vosotros vuestras iniquidades» [], y de nuevo: «y levanté de vuestros hijos profetas, y de vuestros jóvenes nazareos» [], y antes de los tiempos de los profetas, queriendo mostrar que los pecados reciben castigo mucho más severo cuando ocurren en el caso del sacerdote que en el de los laicos, ordena que se ofrezca por el sacerdote un sacrificio tan grande como por todo el pueblo, y esto equivale a una prueba por su parte de que las heridas del sacerdocio necesitan más asistencia —es decir, tanta como las de todo el pueblo junto—, y no habrían necesitado una mayor, salvo que fueran peores; y no son peores por su naturaleza, sino que se agravan por la dignidad del sacerdote que se atreve a cometerlas. ¿Y por qué hablo de los hombres que ejercen este ministerio? Pues las hijas de los sacerdotes [], que no tienen parte en el oficio sacerdotal, sin embargo, por la dignidad de su padre sufren un castigo mucho más amargo por los mismos pecados que los demás; y la ofensa es la misma en su caso y en el de las hijas de los laicos, a saber, la fornicación en ambos; pero la pena es mucho más severa para las primeras. ¿Ves con qué abundante prueba te muestra Dios que exige un castigo mucho mayor para el que gobierna que para el gobernado? Pues sin duda el que castiga en mayor grado que a otros a la hija de cierto hombre por causa de ese hombre, no exigirá del hombre que es causa de su castigo adicional la misma pena que de los demás, sino una mucho más pesada; y con mucha razón: porque el daño no solo le afecta a él mismo, sino que destruye las almas de los hermanos más débiles y de los que miran hacia él. Y Ezequiel, al escribir para mostrar esto, distingue entre sí el juicio de los carneros y el de las ovejas. []

    VI, 12

    12. ¿Te parece, pues, que abrigamos un temor razonable? Porque, además de lo dicho, aunque se necesita mucha fatiga por mi parte para no ser completamente abrumado por las pasiones de mi alma, soporto la fatiga y no rehúyo el conflicto. Pues aun ahora soy cautivado por la vanagloria, pero a menudo me recobro, y veo de una mirada que he sido cautivado, y hay veces en que reprendo a mi alma, que ha sido esclavizada; deseos desenfrenados vienen sobre mí incluso ahora, pero solo encienden una llama lánguida, pues mis ojos corporales no pueden fijarse en combustible alguno que alimente el fuego. De hablar mal de alguien, o de oír que se habla mal de alguien, estoy completamente apartado, pues no tengo con quién conversar; ciertamente estas paredes nunca hablarían; sin embargo, no es posible de igual modo evitar la ira, aunque no haya nadie que la provoque. Pues a menudo, cuando el recuerdo de hombres ultrajantes ha venido sobre mí, y de las acciones por ellos realizadas, hace que mi corazón se hinche. Pero no de forma permanente, pues rápidamente apago su encendimiento y lo persuado a estarse quieto, diciéndole que es muy inconveniente y sumamente despreciable dejar la propia falta en paz y ocuparse de las faltas de los vecinos. Pero si viniera yo a la multitud y me viera envuelto en innumerables excitaciones, no podría tener el beneficio de esta advertencia, ni experimentar reflexiones que me reprenden así. Sino que, así como los que son arrastrados por un torrente a precipicios, o de alguna otra manera, pueden prever la destrucción a la que finalmente se encaminan y son incapaces de pensar en medio alguno de ayuda, así yo, cuando haya caído en el gran tumulto de mis pasiones, podré ver de una mirada mi castigo crecer cada día. Pero ser dueño de mí mismo como soy ahora, y reprender enfermedades de esta clase que rugen por todas partes, no me sería igualmente fácil como lo era antes. Pues mi alma es débil y pequeña, y fácilmente dominada, no solo por estas pasiones, sino por la envidia, que es más amarga que todas ellas. Ni sabe soportar templadamente las injurias o los honores. Estos la exaltan sobremanera, mientras que aquellos la abaten. Así como las fieras salvajes, cuando están en buena condición y con pleno vigor, vencen a los que luchan contra ellas, particularmente si ellos son débiles e inexpertos; pero si alguien las debilitara por el hambre, adormecerá su furia y extinguirá la mayor parte de su fuerza; de modo que uno no demasiado valiente podría acometer el combate y batallar con ellas: así también sucede con las pasiones del alma. Quien las debilita las sujeta a la recta razón; pero quien las alimenta cuidadosamente hace más dura su batalla contra ellas y las vuelve tan formidables que pasa todo su tiempo en servidumbre y temor.
    ¿Cuál es, pues, el alimento de estas fieras? De la vanagloria, ciertamente, son los honores y los aplausos; de la soberbia, la abundancia de autoridad y de poder; de la envidia, la reputación de los prójimos; de la avaricia, la munificencia de los generosos; de la incontinencia, el lujo y la compañía constante de mujeres; ¿y las demás pasiones tienen su propio alimento? Y todas estas cosas me atacarán con saña si salgo al mundo, y desgarrarán mi alma en pedazos, serán tanto más formidables y harán más dura mi batalla contra ellas. Mientras que, estando yo establecido aquí, serán sometidas; y entonces, ciertamente, solo con gran esfuerzo; sin embargo, al mismo tiempo, por la gracia de Dios, serán sometidas, y no habrá entonces nada peor que sus ladridos. Por estas razones me quedo en esta celda, y soy inaccesible, recogido en mí mismo e insociable, y soporto oír incontables quejas de este tipo, aunque de buena gana las borraría, y me he sentido afligido y apenado porque no puedo; pues no me es fácil volverme sociable y, al mismo tiempo, permanecer en mi actual seguridad. Por tanto, te ruego también a ti que tengas piedad antes que censurar a quien se halla en tan gran dificultad.
    Pero aún no podemos persuadirte. Por consiguiente, ha llegado el momento de decirte lo único que me había quedado sin expresar. Tal vez a muchos les parezca increíble, pero aun así no me avergonzaré de sacarlo a la luz, pues aunque lo dicho es prueba de una conciencia mala y de muchos pecados, sin embargo, puesto que Dios, que está a punto de juzgarnos, lo sabe todo con exactitud, ¿qué ganancia nos reportará la ignorancia de los hombres? ¿Qué es, pues, esto que aún no he dicho? Desde aquel día en que me comunicaste la sospecha del episcopado, todo mi organismo ha estado a menudo en peligro de quedar completamente desquiciado, tal fue el temor, tal el desaliento que se apoderó de mi alma; pues al considerar la gloria de la Esposa de Cristo, la santidad, la hermosura y sabiduría espirituales, y la gracia, y al hacer luego el recuento de mis propias faltas, no cesaba de lamentarme por ella y por mí mismo, y en medio de continua angustia y perplejidad, no dejaba de decir— ¿quién hizo, pues, semejante sugerencia? ¿Por qué ha cometido la Iglesia de Dios un error tan grande? ¿Por qué ha provocado tanto a su Maestro, como para ser entregada a mí, el más indigno de todos los hombres, y sufrir tan gran deshonra? Considerando estas cosas a menudo a solas, y no pudiendo soportar el pensamiento de cosa tan monstruosa, solía quedarme como los fulminados por el rayo, sin habla, e incapaz de ver u oír. Y cuando esta condición de gran impotencia me abandonaba, pues había momentos en que pasaba, las lágrimas y el desaliento le sucedían, y tras el torrente de lágrimas, entonces el temor entraba de nuevo en su lugar, perturbando, confundiendo y agitando mi mente. En semejante tempestad solía pasar el tiempo que ya se fue; pero tú lo ignorabas, y pensabas que yo pasaba el tiempo en una perfecta tranquilidad; pero ahora intentaré desvelarte la tormenta de mi alma, pues quizá en adelante me perdonarás, abandonando tus acusaciones. ¿Cómo, pues, te desvelaré esto? Porque si quisieras verlo con claridad, no es posible de otro modo que desnudando mi propio corazón; pero como esto es imposible, intentaré mostrarte, lo mejor que pueda, mediante una débil ilustración, la lobreguez de mi desaliento, y a partir de esta imagen, ten a bien deducir mi condición.
    Supongamos que la hija del Rey de toda la tierra bajo el sol está prometida a cierto hombre, y que esta doncella tiene una belleza sin par, que supera la de la naturaleza humana, y que en este aspecto aventaja con mucho a toda la raza de las mujeres; que tiene también virtudes del alma tan grandes que dejan muy atrás a toda la generación de hombres que ha habido o habrá; y que la gracia de sus modales supera toda norma del arte, y que la hermosura de su persona queda eclipsada por la belleza de su rostro; y que su prometido, no solo por causa de estas cosas está enamorado de la doncella, sino que, aparte de ellas, le tiene afecto, y con su ardor deja en la sombra a los más apasionados amantes que jamás existieron. Supongamos luego que, mientras arde de amor, oye por alguna parte que un hombre vil, abyecto, de baja estirpe y lisiado de cuerpo, en fin, un sujeto enteramente malo, estaba a punto de desposar a esta doncella admirable y muy amada. ¿Os hemos presentado, pues, una pequeña porción de nuestro dolor? ¿Y basta para detener mi ilustración en este punto? En lo que respecta a mi desaliento, creo que es suficiente; pues este fue el único propósito por el cual introduje la comparación; mas para mostrarte la medida de mi temor y de mi terror, permíteme pasar a otra descripción.
    Supongamos un ejército compuesto de infantería, caballería e infantes de marina, y que un número de trirremes cubre el mar, y falanges de infantes y jinetes cubren la mayor parte de las llanuras y las crestas de las montañas; y que el metal de sus armaduras refleja la luz del sol, y el brillo de los yelmos y escudos es reflejado por los rayos que de ellos se emiten; que el choque de las lanzas y el relincho de los caballos suban hasta los mismos cielos, y que no aparezca ni el mar ni la tierra, sino solo bronce y hierro por todas partes. Que el enemigo esté formado en orden de batalla frente a estos, hombres feroces y salvajes, y que el momento del combate esté ya próximo. Que alguien tome de repente a un jovencito, de los criados en el campo, que no sabe sino usar la flauta y el cayado del pastor; que se le vista con armadura de bronce, y se le lleve alrededor de todo el campamento mostrándole los escuadrones y sus oficiales, los arqueros, honderos, capitanes, generales, la infantería y la caballería, los lanceros, las trirremes y sus comandantes, la densa masa de soldados en las naves y la multitud de máquinas de guerra dispuestas a bordo. Que se le muestre, además, toda la formación del enemigo, su aspecto repulsivo y las variadas provisiones y la insólita cantidad de sus armas; también los barrancos y precipicios de las montañas, profundos y difíciles. Que se le muestre, más aún, del lado de los enemigos, caballos que vuelan por algún encantamiento e infantería que es llevada por el aire, y hechicería de todo poder y forma; y que considere las calamidades de la guerra, la nube de lanzas, la granizada de flechas, aquella gran niebla y oscuridad, aquella noche más tenebrosa que ocasiona la multitud de armas, eclipsando los rayos del sol con su nube; el polvo, no menos que la oscuridad, burlando la vista. Los torrentes de sangre, los gemidos de los que caen, los gritos de los supervivientes, los montones de muertos, ruedas bañadas en sangre, caballos con sus jinetes derribados de cabeza, debido al número de cadáveres; el suelo, escena de confusión general: sangre, arcos y flechas, cascos de caballos y cabezas de hombres yaciendo juntos, un brazo humano y una rueda de carro y un yelmo, un pecho traspasado, sesos pegados a las espadas, la punta de un dardo rota con un ojo atravesado en ella. Que calcule luego los sufrimientos de la fuerza naval: las trirremes ardiendo en medio de las olas y hundiéndose con sus tripulaciones armadas, el rugido del mar, el tumulto de los marineros, el grito de los soldados, la espuma de las olas mezclada con sangre y estrellándose contra todas las naves; los cadáveres sobre las cubiertas, unos hundiéndose, otros flotando, otros arrojados a la playa, abrumados por las olas y obstruyendo el paso de las naves. Y cuando haya sido cuidadosamente instruido en toda la tragedia de la guerra, añádanse los horrores del cautiverio y de la esclavitud, peores que cualquier clase de muerte; y después de decirle todo esto, mándale montar su caballo inmediatamente y tomar el mando de todo aquel ejército.
    ¿Crees realmente que este muchacho sería capaz de algo más que la mera descripción, y no se desanimaría a la primera mirada?

    VI, 13

    13. No pienses que he exagerado el asunto con mi relato, ni supongas que, porque estamos encerrados en este cuerpo como en una cárcel y no podemos ver nada del mundo invisible, lo dicho es una exageración. Pues verías un conflicto mucho mayor y más formidable que este, si pudieras contemplar alguna vez, con esos tus ojos, la batalla más tenebrosa del diablo y su embestida frenética. Porque allí no hay bronce ni hierro; no hay caballos, ni carros ni ruedas, ni fuego ni dardos; esas son cosas visibles. Pero hay otras máquinas mucho más terribles que estas. Contra estos enemigos no se necesita coraza ni escudo, espada ni lanza; sin embargo, solo la vista de este maldito ejército basta para paralizar el alma, a menos que sea muy noble y goce en alto grado, como protección de su propio valor, de la providencia de Dios. Y si fuera posible, despojándonos de este cuerpo o conservándolo aún, ver con claridad y sin temor, a simple vista, todo su ejército y su guerra contra nosotros, no verías torrentes de sangre ni cadáveres, sino tantas almas caídas y heridas tan desastrosas que toda aquella descripción de guerra que acabo de detallarte te parecería mero juego de niños y pasatiempo antes que guerra: tantos son los heridos cada día, y las heridas en ambos casos no producen la misma muerte, sino que, cuanta es la diferencia entre el alma y el cuerpo, tanta es la diferencia entre aquella muerte y esta. Pues cuando el alma recibe una herida y cae, no queda tendida como un cuerpo sin vida, sino que desde entonces es atormentada, roída por una mala conciencia; y después de su partida de aquí, en el tiempo del juicio, es entregada al castigo eterno; y si alguien no siente dolor por las heridas infligidas por el diablo, su peligro se hace mayor por su insensibilidad. Porque quien no se duele de la primera herida, fácilmente recibirá una segunda, y después una tercera. Pues el espíritu inmundo no cesará de atacar hasta el último aliento, siempre que encuentre un alma indolente e indiferente a sus primeras heridas; y si indagaras el método de ataque, lo encontrarías mucho más severo y variado. Pues nadie conoció jamás tantas formas de astucia y engaño como ese espíritu inmundo. Con esto, en verdad, ha adquirido la mayor parte de su poder, y nadie puede tener un odio tan implacable contra sus peores enemigos como el Maligno contra el género humano. Y si alguien indaga la vehemencia con que lucha, también aquí sería ridículo comparar a los hombres con él. Pero si alguien escoge a las fieras más feroces y salvajes, y se propone comparar su furia con la suya, hallará que aquellas eran mansas y quietas en comparación, tal es la rabia que exhala cuando ataca nuestras almas; y el período de la guerra, en verdad, en el caso anterior es breve, y en ese breve espacio hay treguas; pues la llegada de la noche y la fatiga de la matanza, también las horas de comer y muchas otras cosas, conceden un respiro al soldado, de modo que puede quitarse la armadura y respirar un poco, y reponerse con comida y bebida, y de muchas otras maneras recuperar su fuerza anterior. Pero en el caso del Maligno no es posible jamás deponer la armadura; no es posible siquiera tomar sueño, para quien quiera permanecer siempre ileso. Pues una de dos cosas es necesaria: o caer y perecer sin armas, o estar equipado y siempre vigilante. Porque él está siempre en pie con su propio ejército, vigilando nuestra indolencia, y trabajando con más celo por nuestra destrucción que nosotros por nuestra salvación.
    Y el hecho de que no sea visto por nosotros y nos asalte de repente, cosas que son fuente de innumerables males para quienes no están siempre en vela, prueba que esta clase de guerra es más dura que la otra. ¿Podrías desear, entonces, que en tal caso mandáramos a los soldados de Cristo? Sí, esto sería mandarlos para servicio del diablo, pues siempre que aquel que debe ordenar y disponer a los demás es el más inexperto y débil de todos los hombres, al traicionar por esta inexperiencia a los que han sido confiados a su cargo, los manda en interés del diablo antes que en el de Cristo.
    Pero ¿por qué suspiras? ¿Por qué lloras? Pues mi tranquilidad no pide ahora lamentos, sino gozo y alegría.
    Basilio: Pero no mi caso; sí, esto pide innumerables lamentos. Pues apenas puedo comprender todavía a qué grado de mal me has traído. Porque vine a ti queriendo aprender qué excusa debía dar en tu favor a los que te critican; pero me devuelves habiendo puesto otro caso en lugar del que yo traía. Pues ya no me preocupan las excusas que les daré en tu favor, sino qué excusa presentaré a Dios por mí mismo y por mis propias faltas. Pero te ruego y te suplico, si mi bienestar te importa en algo, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si entrañas y misericordias [], pues sabes que tú mismo, más que nadie, me has traído a este peligro, extiende tu mano, diciendo y haciendo lo que sea capaz de restaurarme; no tengas corazón para dejarme ni por el instante más breve, sino que ahora, más que antes, déjame pasar mi vida contigo.
    Crisóstomo: Pero yo sonreí y dije: ¿cómo podré ayudarte, cómo aprovecharte bajo tan gran carga de oficio? Mas puesto que esto te es agradable, ten ánimo, alma querida, pues en cualquier momento en que te sea posible tener ocio en medio de tus propios cuidados, vendré y te consolaré, y nada faltará de lo que esté en mi poder.
    Ante esto, llorando aún más, se levantó. Pero yo, habiéndolo abrazado y besado su cabeza, lo conduje afuera, exhortándolo a soportar valientemente su suerte. Pues creo, dije, que por medio de Cristo, que te ha llamado y te ha puesto sobre sus propias ovejas, obtendrás de este ministerio tal confianza que me recibirás también a mí, si estoy en peligro en el último día, en tu tabernáculo eterno.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó Sobre el sacerdocio

    La obra se leyó durante siglos como manual del ministro: Gregorio Magno la tuvo delante al escribir su Regla pastoral, y la tradición oriental la copió junto a los discursos de Gregorio Nacianceno sobre su propia huida. Lo que hoy llama la atención es otra cosa: la franqueza con que Crisóstomo describe las intrigas de las elecciones episcopales (libro III), la vanidad del predicador que espera aplausos (libro V) y la defensa del engaño piadoso con que abre el libro I, que ya a Schaff le parecía indefendible.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: Sobre la doctrina cristiana, cuyo libro IV es el otro gran tratado antiguo sobre la predicación; las Catequesis de Cirilo, ejemplo de la enseñanza que el libro IV exige al sacerdote; y las Cartas de Ignacio, donde el obispo del siglo II dice lo que el sacerdote del IV debe ser.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; los defectos conocidos están en «La fuente y su traducción». La identidad del Basilio del diálogo y la fecha de la obra no están resueltas y esta edición no las resuelve. No se ha cotejado con el griego.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra