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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minProcatequesis
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minProcatequesis
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCatequesis I. A los que van a ser iluminados
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCatequesis II. Sobre el arrepentimiento y la remisión de los pecados
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minCatequesis II. Sobre el arrepentimiento y la remisión de los pecados
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 3 minCatequesis II. Sobre el arrepentimiento y la remisión de los pecados
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCatequesis III. Sobre el bautismo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCatequesis III. Sobre el bautismo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCatequesis IV. Sobre los diez puntos de doctrina
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minDe Cristo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minAcerca de la Ascensión
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minDel Cuerpo
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minDel Vestido
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCatequesis V. De la fe
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCatequesis V. De la fe
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minCatequesis VI. Sobre la unidad de Dios y las herejías
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minDe las herejías
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minDe las herejías
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minDe las herejías
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 5 minDe las herejías
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 10 minCatequesis VII. El Padre
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCatequesis VII. El Padre
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCatequesis VIII. Todopoderoso
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 10 minCatequesis IX. Creador del cielo y de la tierra
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minCatequesis IX. Creador del cielo y de la tierra
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 3 minApéndice a la Catequesis IX
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis X. Un solo Señor Jesucristo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis X. Un solo Señor Jesucristo
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCatequesis X. Un solo Señor Jesucristo
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis XI. El Hijo Unigénito de Dios
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis XI. El Hijo Unigénito de Dios
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis XI. El Hijo Unigénito de Dios
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCatequesis XIV. Resucitó y subió a los cielos
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCatequesis XIV. Resucitó y subió a los cielos
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 9 minCatequesis XIV. Resucitó y subió a los cielos
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minCatequesis XIV. Resucitó y subió a los cielos
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 2 minCatequesis XIV. Resucitó y subió a los cielos
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 9 minCatequesis XV. Vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minCatequesis XV. Vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCatequesis XV. Vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 9 minCatequesis XV. Vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minCatequesis XV. Vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCatequesis XVI. El Espíritu Santo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minCatequesis XVI. El Espíritu Santo
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCatequesis XVI. El Espíritu Santo
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCatequesis XVI. El Espíritu Santo
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 9 minCatequesis XVII. Continuación sobre el Espíritu Santo
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCatequesis XVII. Continuación sobre el Espíritu Santo
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 9 minCatequesis XVII. Continuación sobre el Espíritu Santo
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 9 minCatequesis XVII. Continuación sobre el Espíritu Santo
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minCatequesis XVII. Continuación sobre el Espíritu Santo
  64. Sesión 64 · Parte 12 · ≈ 9 minCatequesis XVIII. La Santa Iglesia Católica, la resurrección de la carne y la vida eterna
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 10 minCatequesis XVIII. La Santa Iglesia Católica, la resurrección de la carne y la vida eterna
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCatequesis XVIII. La Santa Iglesia Católica, la resurrección de la carne y la vida eterna
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 10 minCatequesis XVIII. La Santa Iglesia Católica, la resurrección de la carne y la vida eterna
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minCatequesis mistagógica I. La renuncia y la profesión de fe
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 2 minCatequesis mistagógica I. La renuncia y la profesión de fe
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 7 minCatequesis mistagógica II. El bautismo
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCatequesis mistagógica III. El crisma
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 6 minCatequesis mistagógica IV. El cuerpo y la sangre de Cristo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 9 minCatequesis mistagógica V. La sagrada liturgia y la comunión
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 7 minLo que dejaron las Catequesis

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    TEXTOS — CATEQUESIS Y BAUTISMO

    Índice de la obra

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    Cirilo de Jerusalén

    Catequesis

    Texto base: versión inglesa revisada de Edwin Hamilton Gifford, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 7 (1893–1894), sobre la traducción de la Library of the Fathers (Oxford, 1838) · Procatequesis, dieciocho catequesis a los catecúmenos y cinco catequesis mistagógicas

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF tal como lo recoge New Advent; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura por partes · ≈ 52 min · Comentarios editoriales opcionales

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minProcatequesis
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    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minDe Cristo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minAcerca de la Ascensión
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minDel Cuerpo
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minDel Vestido
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    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCatequesis V. De la fe
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minCatequesis VI. Sobre la unidad de Dios y las herejías
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    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
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    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
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    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 7 minCatequesis mistagógica II. El bautismo
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    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 6 minCatequesis mistagógica IV. El cuerpo y la sangre de Cristo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 9 minCatequesis mistagógica V. La sagrada liturgia y la comunión
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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué se enseñaba en Jerusalén a quien iba a bautizarse a mediados del siglo IV, y qué se le explicaba después, ya bautizado? Esta obra son las lecciones de Cirilo, entonces presbítero de la ciudad: una Procatequesis de bienvenida, dieciocho catequesis que siguen el credo de la Iglesia de Jerusalén artículo por artículo y, pasada la Pascua, cinco catequesis «mistagógicas» que cuentan a los recién bautizados qué se hizo con ellos en la noche del bautismo —la renuncia a Satanás, el agua, el crisma— y qué reciben en la eucaristía. Según Gifford, el editor de la versión inglesa, se dieron en la Cuaresma de 348; otras fuentes dicen hacia 347 o hacia 350 (nota a Cat. VI, 20).

    Ficha de la obra

    AutorCirilo de Jerusalén (hacia 313 o 315 – 386), presbítero y, desde 350 o 351, obispo de Jerusalén. El año de nacimiento es conjetural: hacia 315 para Gifford y la Catholic Encyclopedia, hacia 313 para Wikipedia
    TítuloCatequesis (en griego, Katēchéseis). El NPNF numera todas las piezas como «Procatequesis», «Catequesis I–XVIII» y «XIX–XXIII»; aquí las cinco últimas se rotulan «Catequesis mistagógica I–V», como las titula la propia edición («Primera catequesis sobre los misterios…»)
    FechaCatequesis I–XVIII: Cuaresma de 348 (Gifford); hacia 347 (Catholic Encyclopedia); hacia 350 o 348 (Wikipedia). Mistagógicas: semana de Pascua; según Wikipedia, muchos estudiosos las dan hoy a Cirilo pero en los años 370 u 380, y la autoría se discutió (nota a Cat. mist. I)
    GéneroLecciones orales para candidatos al bautismo. Según Gifford, las dieciocho primeras se dieron en la gran basílica de Constantino y las mistagógicas en la Anástasis, la capilla del Sepulcro; la Catholic Encyclopedia cree que se hablaron de improviso y se escribieron después
    ExtensiónVeinticuatro piezas y unas 109 000 palabras de texto en castellano
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés; no del griego. No se atribuye a ningún traductor humano
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 7, «Catechetical Lectures», en la versión revisada de Edwin Hamilton Gifford
    El recorrido es el de la obra. La Procatequesis prepara a quienes se han inscrito, y una «advertencia al lector» (Procat., Al lector) pide no prestar el texto a catecúmenos ni a paganos. Las Cat. I a III tratan del arrepentimiento y del perdón (I–II) y del bautismo (III). La IV resume la doctrina en diez puntos y da la lista de los libros de la Escritura (IV, 33–36); la V trata de la fe y recita el credo (V, 12). Las VI a XVIII lo exponen artículo por artículo: un solo Dios y las herejías (VI), el Padre (VII), el Todopoderoso (VIII), el Creador (IX), Jesucristo (X–XIV: el Hijo unigénito, la encarnación, la cruz y la sepultura, la resurrección y la ascensión), la venida en gloria (XV), el Espíritu Santo (XVI–XVII) y la Iglesia, la resurrección de la carne y la vida eterna (XVIII). Las cinco mistagógicas explican la renuncia y la profesión de fe, el bautismo, el crisma, el cuerpo y la sangre de Cristo y la liturgia con la comunión. Sobre el credo que Cirilo explica, véase el credo niceno-constantinopolitano; sobre la palabra de Nicea que evita, homoousios; sobre el conflicto en que se movió su vida, el arrianismo y Atanasio. Para el bautismo y la eucaristía en un texto mucho más antiguo, la Didaché; para otras listas del canon, las Cartas de Atanasio y Agustín.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de The Catechetical Lectures of S. Cyril, Archbishop of Jerusalem, que forman la primera mitad del volumen 7 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), Cyril of Jerusalem, Gregory Nazianzen, bajo la dirección de Philip Schaff y Henry Wace. La portada de CCEL la presenta como «una traducción revisada, con introducción, notas e índices» de Edwin Hamilton Gifford, antes arcediano de Londres y canónigo de San Pablo (Wikipedia: 1820–1905; arcediano de Londres de 1884 a 1889). En su prefacio, fechado en Oxford el 26 de mayo de 1893, Gifford dice que parte de una revisión cuidadosa de la versión publicada en la Library of the Fathers of the Holy Catholic Church (Oxford), cuyo prefacio, de John Henry Newman, lleva fecha de 1838 y atribuye casi toda la traducción a Church, entonces fellow de Oriel; Gifford conservó buena parte de ella y la corrigió donde el sentido le parecía menos bien expresado. Las fuentes difieren en la publicación del volumen: Nueva York, 1893, en CCEL; Buffalo, 1894, en New Advent y en Wikipedia. El inglés que se tradujo es el de New Advent («revisado y editado» por Kevin Knight), sin las notas ni las introducciones de Gifford. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano. Es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    Lo que viene de la edición. La numeración de las secciones es la del NPNF: no es de Cirilo, pero es la que usa Gifford en sus remisiones. La Catequesis XIV empieza con dos párrafos sin número, que Gifford cita como § 1 y que aquí se localizan «Cat. XIV, 1». Antes de cada catequesis, la edición pone el título, la cita de la lectura bíblica que precedía y el texto de esa lectura (aquí, «encabezado»); los subtítulos de la Catequesis IV («De Dios», «De Cristo»…) también son de la edición. Los rótulos «Catequesis IV. Sobre los diez puntos de doctrina» son de este libro y resumen los títulos que da la edición. El «Apéndice a la Catequesis IX» es de Gifford: una nota suya y el final distinto que dan los manuscritos que llevan esa catequesis bajo el nombre de Basilio. Las citas bíblicas entre corchetes son las de la edición, hechas sobre la Biblia griega que leía Cirilo. El epub omite la introducción, las notas y los índices de Gifford; algunos de sus datos pasan, resumidos y con su fuente, a las notas de este libro. El epub de partida añade además, al final, un artículo de la Catholic Encyclopedia sobre el papa Dionisio que no pertenece a la obra y que aquí no se reproduce.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. En 83 párrafos la traducción omitió el número de sección con que empieza el párrafo inglés (Cat. IV, 17 y 35–37; V, 1–13; XI, 15–24; XII, 2–5; XIII, 39–41; XIV, 2–24; XVII, 13–38): el texto no se ha tocado y el localizador de cada pasaje es el número del inglés. En Cat. XVI, 14 varias referencias bíblicas conservan el nombre inglés del libro («Acts», «Ezekiel», «John»), y en Cat. IV, 19 una palabra aparece partida («mani fiesto»), defecto que ya trae el inglés.

    Procatequesis

    Procat. 1

    1. Ya hay sobre vosotros un olor de bienaventuranza, oh vosotros que vais a ser iluminados; ya estáis recogiendo las flores espirituales para tejer coronas celestiales; ya el perfume del Espíritu Santo ha soplado sobre vosotros; ya os habéis allegado al vestíbulo del palacio del Rey: ¡que también el Rey mismo os conduzca adentro! Porque ya han aparecido las flores en los árboles; ¡que el fruto también se halle perfecto! Hasta aquí ha habido inscripción de vuestros nombres, y llamada al servicio, y antorchas del cortejo nupcial, y anhelo de la ciudadanía celestial, y buen propósito, y esperanza que le acompaña. Pues no miente quien dijo, que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien. Dios es pródigo en beneficios, pero espera la voluntad sincera de cada hombre: por eso añadió el Apóstol y dijo, a los que conforme al propósito son llamados. La honradez del propósito os hace llamados: porque si vuestro cuerpo está aquí, pero no vuestra mente, de nada os aprovecha.

    Procat. 2

    2. Incluso Simón Mago se acercó una vez a la Pila bautismal: fue bautizado, pero no fue iluminado; y aunque sumergió su cuerpo en el agua, no iluminó su corazón con el Espíritu: su cuerpo descendió y subió, pero su alma no fue sepultada con Cristo, ni resucitada con Él. Menciono los relatos de las caídas para que no caigáis: porque estas cosas les sucedieron como ejemplo, y están escritas para la amonestación de los que hasta hoy se acercan. Que ninguno de vosotros sea hallado tentando su gracia, no sea que brote alguna raíz de amargura y os perturbe. Que ninguno de vosotros entre diciendo: Veamos qué hacen los fieles; dejadme entrar y ver, para aprender qué se hace. ¿Esperas ver, y no esperas ser visto? ¿Y piensas que, mientras tú escudriñas lo que se hace, Dios no escudriña tu corazón?

    Procat. 3

    3. Cierto hombre en los Evangelios se entrometió una vez en el banquete de bodas, y tomó un vestido indecoroso, y entró, se sentó y comió: porque el Esposo lo permitió. Pero cuando vio a todos vestidos de blanco, debió haber tomado él mismo un vestido de la misma clase: mas participó de la misma comida, pero fue distinto de ellos en el atavío y en el propósito. El Esposo, sin embargo, aunque generoso, no era falto de discernimiento: y al recorrer a cada uno de los convidados y observarlos (pues su cuidado no era por su comida, sino por su comportamiento decoroso), vio a un forastero que no llevaba vestido de boda, y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí? ¡Con qué color! ¡Con qué conciencia! ¿Qué importa que el portero no te lo impidiera, por la generosidad del anfitrión? ¿Qué importa que ignoraras de qué manera debías entrar al banquete? —entraste, y viste los atavíos resplandecientes de los convidados: ¿no debiste ser enseñado aun por lo que estaba delante de tus ojos? ¿No debiste retirarte a buen tiempo, para entrar de nuevo a buen tiempo? Pero ahora has entrado a destiempo, para ser echado fuera a destiempo. Manda entonces a los siervos: Atad sus pies, que osadamente se entrometieron: atad sus manos, que no supieron cubrirse con un vestido esplendente: y echadle a las tinieblas de fuera; porque no es digno de las antorchas nupciales. Ves lo que le sucedió a aquel hombre: haz segura tu propia condición.

    Procat. 4

    4. Porque nosotros, los ministros de Cristo, hemos admitido a todos, y ocupando, por así decirlo, el lugar de los porteros, dejamos la puerta abierta: y posiblemente entraste con tu alma enlodada de pecados, y con la voluntad manchada. Entraste, y fuiste admitido: tu nombre fue inscrito. Dime, ¿contemplas esta venerable constitución de la Iglesia? ¿Ves su orden y disciplina, la lectura de las Escrituras, la presencia de los ordenados, el curso de la instrucción? Avergüénzate del lugar, y aprende de lo que ves. Sal ahora oportunamente, y entra mañana de la manera más oportuna.
    Si el atavío de tu alma es la avaricia, ponte otro atavío y entra. Despoja tu atavío anterior, no lo encubras. Despójate, te ruego, de la fornicación y de la impureza, y vístete la túnica más resplandeciente de la castidad. Este encargo te doy, antes de que Jesús, el Esposo de las almas, entre y vea sus atavíos. Se te concede un aviso prolongado; tienes cuarenta días para el arrepentimiento: tienes plena oportunidad tanto de despojarte, como de lavarte, y de vestirte y entrar. Pero si persistes en un mal propósito, el predicador es libre de culpa, pero tú no debes esperar la gracia: porque el agua te recibirá, pero el Espíritu no te aceptará. Si alguno es consciente de su herida, que tome el bálsamo; si alguno ha caído, que se levante. Que no haya ningún Simón entre vosotros, ni hipocresía, ni curiosidad ociosa sobre el asunto.
    Comentario editorial · Los «iluminandos»: del catecumenado al bautismo
    Cirilo llama a sus oyentes phōtizómenoi, «los que van a ser iluminados»: los candidatos que ya han dado su nombre para el bautismo. Según Gifford, el camino tenía varios pasos: el catecumenado, en que se oían las lecturas y el sermón y se les despedía tras su oración propia; la «llamada al servicio» y la inscripción del nombre, que en Jerusalén se hacía al empezar la Cuaresma (Procat. 1 y 4); los «cuarenta días» de penitencia, con los exorcismos (Procat. 4 y 9); y el bautismo en la Pascua. Gifford añade que en Jerusalén estos candidatos dejaban de contarse entre los catecúmenos y pasaban a los «fieles» (Procat. 6; Cat. I, 4). Procat. 4 dice además dónde se habla: en la iglesia misma, tras la parte del culto abierta a los catecúmenos.

    Procat. 5

    5. Posiblemente también has venido con otro pretexto. Es posible que un hombre desee cortejar a una mujer, y haya venido aquí por esa razón. La observación se aplica de igual manera también a las mujeres a su vez. Un esclavo también desea quizá agradar a su amo, y un amigo a su amigo. Acepto este cebo para el anzuelo, y te doy la bienvenida, aunque hayas venido con un mal propósito, pero como uno que ha de ser salvado por una buena esperanza. Quizá no sabías adónde venías, ni en qué clase de red eres tomado. Has venido dentro de las redes de la Iglesia: déjate tomar vivo, no huyas: porque Jesús te está pescando, no para matarte, sino matándote para hacerte vivo: porque debes morir y resucitar. Porque has oído decir al Apóstol: Muertos ciertamente al pecado, pero vivos para la justicia. Muere a tus pecados, y vive para la justicia, vive desde este mismo día.

    Procat. 6

    6. Mirad, os ruego, cuán grande dignidad os otorga Jesús. Erais llamados Catecúmenos, mientras la palabra resonaba a vuestro alrededor desde fuera; oyendo de la esperanza, y sin conocerla; oyendo los misterios, y sin comprenderlos; oyendo las Escrituras, y sin conocer su profundidad. El eco ya no está a vuestro alrededor, sino dentro de vosotros; porque el Espíritu que mora en vosotros hace de vuestra mente, desde ahora, casa de Dios. Cuando hayáis oído lo que está escrito acerca de los misterios, entonces comprenderéis cosas que tú no sabías. Y no penséis que recibís cosa pequeña: aunque sois un hombre miserable, recibís uno de los títulos de Dios. Oíd decir a San Pablo: Dios es fiel. Oíd a otra Escritura decir: Dios es fiel y justo. Previendo esto, el Salmista, porque los hombres han de recibir un título de Dios, habló así en la persona de Dios: Yo dije: Dioses sois, y todos sois hijos del Altísimo. Pero guárdate de tener el título de fiel, y la voluntad del infiel. Habéis entrado en un combate; esforzaos en la carrera: otra ocasión semejante no podéis tener. Si ante vosotros estuviera el día de vuestra boda, ¿no habríais descuidado todo lo demás, y os habríais dedicado a la preparación del festín? ¿Y en la víspera de consagrar vuestra alma al Esposo celestial, no cesaréis de las cosas carnales, para que ganéis las espirituales?

    Procat. 7

    7. No podemos recibir el Bautismo dos o tres veces; de otro modo podría decirse: Aunque he fallado una vez, lo enmendaré una segunda vez: mientras que si fallas una vez, la cosa no puede enmendarse; porque hay un solo Señor, y una sola fe, y un solo bautismo: porque solo los herejes son rebautizados, porque el primero no era bautismo.

    Procat. 8

    8. Porque Dios no busca de nosotros otra cosa, sino un buen propósito. No digas: ¿Cómo son borrados mis pecados? Te lo digo: Por querer, por creer. ¿Qué puede ser más corto que esto? Pero si, mientras tus labios te declaran dispuesto, tu corazón calla, Él conoce el corazón, el que te juzga. Cesad desde este día de toda obra mala. No hable vuestra lengua palabras indecorosas, absténgase vuestro ojo del pecado, y de vagar tras cosas inútiles.

    Procat. 9

    9. Apresúrense vuestros pies a las catequesis; recibid con seriedad los exorcismos: ya seas soplado o exorcizado, el acto es para ti salvación. Supón que tienes oro sin labrar y mezclado, mezclado con diversas sustancias, cobre, y estaño, y hierro, y plomo: buscamos tener solo el oro; ¿puede el oro ser purificado de las sustancias extrañas sin fuego? Así tampoco sin exorcismos puede el alma ser purificada; y estos exorcismos son divinos, habiendo sido recogidos de las divinas Escrituras. Tu rostro ha sido velado, para que tu mente sea de ahora en adelante libre, no sea que el ojo, vagando, haga vagar también al corazón. Pero cuando tus ojos están velados, tus oídos no son impedidos de recibir los medios de salvación. Porque de la misma manera que los que son expertos en el oficio del orfebre arrojan su aliento sobre el fuego a través de ciertos instrumentos delicados, y soplando el oro que está escondido en el crisol avivan la llama que lo rodea, y así hallan lo que buscan; así también cuando los exorcistas inspiran terror por el Espíritu de Dios, y ponen el alma, por así decirlo, en fuego en el crisol del cuerpo, el demonio hostil huye, y quedan la salvación y la esperanza de la vida eterna, y el alma desde ahora es limpiada de sus pecados y tiene salvación. Permanecamos, pues, hermanos, en esperanza, y entreguémonos, y esperemos, para que el Dios de todo vea nuestro propósito, y nos limpie de nuestros pecados, y nos conceda buenas esperanzas de nuestro estado, y nos otorgue el arrepentimiento que trae salvación. Dios ha llamado, y su llamada es a vosotros.

    Procat. 10

    10. Atended de cerca a las catequesis, y aunque prolonguemos nuestro discurso, no se fatigue vuestra mente. Porque estáis recibiendo armadura contra el poder adverso, armadura contra las herejías, contra los judíos, y los samaritanos, y los gentiles. Tenéis muchos enemigos; tomad muchos dardos, pues tenéis muchos contra quienes arrojarlos: y tenéis necesidad de aprender cómo derribar al griego, cómo contender contra el hereje, contra el judío y el samaritano. Y la armadura está lista, y muy lista la espada del Espíritu: pero tú también debes extender tu diestra con buena resolución, para que pelees la batalla del Señor, y venzas las potestades adversas, y te hagas invencible contra todo intento herético.

    Procat. 11

    11. Permitidme daros también este encargo. Estudiad nuestras enseñanzas y guardadlas para siempre. No penséis que son homilías ordinarias; pues aunque también ellas son buenas y dignas de confianza, si las descuidamos hoy, podemos estudiarlas mañana. Pero si la enseñanza acerca de la pila de la regeneración, entregada en un curso consecutivo, se descuida hoy, ¿cuándo será enmendada? Supón que es la estación de plantar árboles: si no cavamos, y cavamos hondo, ¿cuándo puede ser plantado correctamente lo que una vez ha sido mal plantado? Supón, te ruego, que la Catequesis es una especie de edificio: si no atamos la casa con lazos regulares en la construcción, no sea que se halle algún hueco, y el edificio se haga endeble, aun nuestro trabajo anterior es inútil. Sino que piedra debe seguir a piedra por hilada, y esquina corresponder con esquina, y alisando nosotros las desigualdades, el edificio debe así levantarse parejo. De la misma manera os traemos, por así decirlo, piedras de conocimiento. Debéis oír acerca del Dios vivo, debéis oír del Juicio, debéis oír de Cristo, y de la Resurrección. Y muchas cosas hay que discutir en sucesión, las cuales aunque ahora son soltadas una por una, después han de ser presentadas en conexión armoniosa. Pero a menos que las ensambles en el todo único, y recuerdes lo que es primero, y lo que es segundo, el constructor puede construir, pero tú hallarás el edificio endeble.

    Procat. 12

    12. Cuando, por tanto, se pronuncia la Catequesis, si un Catecúmeno te pregunta qué han dicho los maestros, no digas nada a quien está fuera. Porque os entregamos un misterio, y una esperanza de la vida venidera. Guarda el misterio para Aquel que da la recompensa. Que nadie jamás os diga: ¿Qué daño os hace, si yo también lo sé? Así también los enfermos piden vino; pero si se da a destiempo causa delirio, y surgen dos males: el enfermo muere, y el médico es culpado. Así sucede también con el Catecúmeno, si oye algo del creyente: el Catecúmeno delira (pues no comprende lo que ha oído, y critica la cosa, y se burla de lo que se dice), y el creyente es condenado como traidor. Pero tú estás ahora de pie en la frontera: ten cuidado, te ruego, de no decir nada fuera; no porque las cosas dichas no sean dignas de ser contadas, sino porque su oído es indigno de recibir. Tú mismo fuiste una vez Catecúmeno, y yo no describí lo que estaba delante de ti. Cuando por experiencia hayas aprendido cuán altas son las materias de nuestra enseñanza, entonces sabrás que los Catecúmenos no son dignos de oírlas.

    Procat. 13

    13. Vosotros que habéis sido inscritos os habéis convertido en hijos e hijas de una sola Madre. Cuando hayáis entrado antes de la hora de los exorcismos, hable cada uno de vosotros cosas que tiendan a la piedad: y si alguno de vuestro número no está presente, buscadlo. Si fuerais llamados a un banquete, ¿no esperaríais a vuestro compañero de mesa? Si tuvierais un hermano, ¿no buscaríais el bien de vuestro hermano?
    Después no te ocupes de asuntos inútiles: ni de lo que ha hecho la ciudad, ni la aldea, ni el Emperador, ni el Obispo, ni el Presbítero. Mira hacia arriba; eso es lo que tu hora presente necesita. Estad quietos, y conoced que yo soy Dios. Si ves a los creyentes sirviendo, y sin mostrar cuidado, gozan de seguridad, saben lo que han recibido, están en posesión de la gracia. Pero tú estás justamente ahora en el fiel de la balanza, para ser recibido o no: no imites a los que tienen libertad de la ansiedad, sino cultiva el temor.
    Comentario editorial · La Iglesia «madre» y Jerusalén «madre de todas las Iglesias»
    Los candidatos son «hijos e hijas de una sola Madre»: la Iglesia, que en Cat. XVIII, 26 es «la madre de todos nosotros», copia de la Jerusalén de arriba (). Otra cosa es el título «madre de todas las Iglesias», que se daba a la Jerusalén terrena: la carta sinodal del concilio de Constantinopla de 382, que copia Teodoreto, confirma a Cirilo como obispo de «la Iglesia de Jerusalén, madre de todas las Iglesias» (Hist. ecl. V, 9), y la liturgia de Santiago ruega, según Gifford, por «la gloriosa Sión, madre de todas las Iglesias». Gifford recuerda además que el canon 7 de Nicea dio al obispo de Elia (Jerusalén) precedencia de honor «sin perjuicio» de la dignidad de la sede metropolitana, Cesarea; de ese equilibrio nació su pleito con Acacio (nota a Cat. XV, 7).

    Procat. 14

    14. Y cuando el Exorcismo haya sido hecho, hasta que los otros que están siendo exorcizados hayan venido, estén los hombres con los hombres, y las mujeres con las mujeres. Pues ahora necesito el ejemplo del arca de Noé: en la cual estaban Noé y sus hijos, y su esposa y las esposas de sus hijos. Pues aunque el arca era una, y la puerta estaba cerrada, sin embargo las cosas estaban convenientemente dispuestas. Si la Iglesia está cerrada, y todos vosotros estáis dentro, haya sin embargo separación, hombres con hombres, y mujeres con mujeres: no sea que el pretexto de salvación se convierta en ocasión de destrucción. Aun si hay un pretexto justo para sentarse cerca unos de otros, apártense las pasiones. Además, tengan los hombres al sentarse un libro útil; y lea uno, y escuche otro: y si no hay libro, ore uno, y hable otro algo útil. Y de nuevo, siéntese la agrupación de las jóvenes juntas de igual manera, ya sea cantando o leyendo en voz baja, de modo que sus labios hablen, pero los oídos de otros no capten el sonido: porque no permito a una mujer hablar en la Iglesia. Y siga también la mujer casada el mismo ejemplo, y ore; y muévanse sus labios, pero no se oiga su voz, para que venga un Samuel, y tu alma estéril dé a luz la salvación de Dios que ha oído tu oración; porque esta es la interpretación del nombre Samuel.

    Procat. 15

    15. Observaré la diligencia de cada hombre, la reverencia de cada mujer. Refínese vuestra mente como por fuego hasta la reverencia; fórjese vuestra alma como metal: golpéese la terquedad de la incredulidad: caigan las escamas superfluas del hierro, y permanezca lo puro; límpiese el óxido del hierro, y permanezca el metal verdadero. Que Dios os muestre algún día aquella noche, la tiniebla que alumbra como el día, de la cual está dicho: La tiniebla no se ocultará de ti, y la noche brillará como el día. Entonces ábrase la puerta del Paraíso a todo hombre y a toda mujer entre vosotros. Entonces gozad de las aguas portadoras de Cristo en su fragancia. Entonces recibid el nombre de Cristo, y el poder de las cosas divinas. Aun ahora, os suplico, levantad el ojo de la mente: aun ahora imaginad los coros de los Ángeles, y a Dios el Señor de todo sentado allí, y a su Hijo Unigénito sentado con Él a su diestra, y al Espíritu presente con ellos; y a los Tronos y Dominios sirviendo, y a todo hombre de vosotros y a toda mujer recibiendo salvación. Aun ahora resuenen vuestros oídos, por así decirlo, con aquel sonido glorioso, cuando sobre vuestra salvación canten los ángeles: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos: cuando como estrellas de la Iglesia entréis, brillantes en el cuerpo y radiantes en el alma.

    Procat. 16

    16. Grande es el Bautismo que está delante de vosotros: rescate para los cautivos; remisión de las ofensas; muerte del pecado; nuevo nacimiento del alma; vestidura de luz; sello santo e indisoluble; carro hacia el cielo; deleite del Paraíso; bienvenida al reino; ¡el don de la adopción! Pero hay una serpiente junto al camino acechando a los que pasan: guardaos de que os muerda con incredulidad. Ve a tantos recibiendo salvación, y busca a quién devorar. Estáis viniendo al Padre de los Espíritus, pero estáis pasando junto a esa serpiente. ¿Cómo, pues, podéis pasarla? Tened vuestros pies calzados con la preparación del evangelio de la paz; que aun si muerde, no os dañe. Tened fe morando dentro, esperanza firme, sandalia fuerte, para que paséis al enemigo, y entréis a la presencia de vuestro Señor. Preparad vuestro propio corazón para la recepción de la doctrina, para la comunión en los santos misterios. Orad con más frecuencia, para que Dios os haga dignos de los misterios celestiales e inmortales. No ceséis ni de día ni de noche: pero cuando el sueño sea desterrado de vuestros ojos, entonces quede libre vuestra mente para la oración. Y si halláis que algún pensamiento vergonzoso se levanta en vuestra mente, volved a la meditación sobre el Juicio para recordaros la Salvación. Dad vuestra mente enteramente al estudio, para que olvide las cosas viles. Si halláis a alguno que os dice: ¿Vais, entonces, a entrar, para descender al agua? ¿No tiene la ciudad justamente ahora baños? Notad que es el dragón del mar quien está urdiendo estas tramas contra vosotros. No atendáis a los labios del que habla, sino a Dios que obra en vosotros. Guardad vuestra propia alma, no sea que tú seas atrapado, para que permaneciendo en esperanza os hagáis herederos de la salvación eterna.

    Procat. 17

    17. Nosotros, por nuestra parte, como hombres os encargamos y enseñamos así: pero no hagáis nuestro edificio heno y hojarasca y paja, no sea que suframos pérdida, al ser quemada nuestra obra: sino ¡haced nuestra obra oro, y plata, y piedras preciosas! Porque está en mí hablar, pero en vosotros poner vuestra mente en ello, y en Dios llevar a la perfección. Pongamos tensas nuestras mentes, y esforcemos nuestras almas, y preparemos nuestros corazones. La carrera es por nuestra alma: nuestra esperanza es de cosas eternas: y Dios, que conoce vuestros corazones, y observa quién es sincero, y quién es hipócrita, puede tanto guardar al sincero, como dar fe al hipócrita: pues aun al incrédulo, con solo que dé su corazón, Dios puede dar fe. Así, que Él borre el escrito que está contra vosotros, y os conceda el perdón de vuestras pasadas transgresiones; que Él os plante en su Iglesia, y os aliste en su propio servicio, y os ponga la armadura de la justicia: que Él os llene de las cosas celestiales del Nuevo Pacto, y os dé el sello del Espíritu Santo indeleble por todos los siglos, en Cristo Jesús Nuestro Señor: ¡a quien sea la gloria por siempre jamás! Amén.

    Procat., Al lector

    (Al Lector.)
    Estas Catequesis para los que van a ser iluminados podéis prestarlas a los candidatos al Bautismo, y a los creyentes ya bautizados, para leer, pero no las deis en modo alguno, ni a los Catecúmenos, ni a ningunos otros que no sean cristianos, como habréis de responder al Señor. Y si hacéis una copia, escribid esto al principio, como en la presencia del Señor.

    Catequesis I. A los que van a ser iluminados

    Cat. I, encabezado

    A los que van a ser iluminados, pronunciada extempore en Jerusalén, como Catequesis introductoria para los que se habían presentado al Bautismo:
    Con una lectura de Isaías
    Lavaos, limpiaos; apartad vuestras iniquidades de vuestras almas, de delante de mis ojos, y lo demás [].

    Cat. I, 1

    1. Discípulos del Nuevo Testamento y partícipes de los misterios de Cristo, por ahora solo por llamamiento, pero dentro de poco también por gracia, haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo [], para que haya alegría entre los moradores del cielo: pues si hay gozo por un solo pecador que se arrepiente, según el Evangelio [], ¿cuánto más la salvación de tantas almas moverá a gozo a los moradores del cielo? Puesto que habéis entrado en una senda buena y gloriosísima, corred con reverencia la carrera de la piedad. Porque el Hijo Unigénito de Dios está aquí presente, dispuestísimo a redimiros, diciendo, Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y Yo os haré descansar. [] Vosotros, los que estáis vestidos con el áspero sayal de vuestras ofensas, los que estáis atados con las cuerdas de vuestros propios pecados, oíd la voz del Profeta que dice, Lavaos, limpiaos, apartad vuestras iniquidades de delante de Mis ojos []: para que el coro de los Ángeles cante sobre vosotros, Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Vosotros, que acabáis de encender las antorchas de la fe, guardadlas con cuidado en vuestras manos sin que se apaguen; para que Aquel que en otro tiempo, en este santísimo Gólgota, abrió el Paraíso al ladrón a causa de su fe, os conceda cantar el cántico nupcial.

    Cat. I, 2

    2. Si alguno de los aquí presentes es esclavo del pecado, prepárese sin demora por la fe para el nuevo nacimiento que lleva a la libertad y a la adopción; y, tras despojarse de la miserable servidumbre de sus pecados y tomar sobre sí la servidumbre benditísima del Señor, sea así tenido por digno de heredar el reino de los cielos. Despojaos, por la confesión, del hombre viejo, que se corrompe según los deseos del engaño, para que podáis revestiros del hombre nuevo, renovado según el conocimiento de Aquel que lo creó. Obtened las arras del Espíritu Santo [] por la fe, para que podáis ser recibidos en las moradas eternas. [] Venid al Sello místico, para que el Maestro os reconozca con facilidad; sed contados entre la grey santa y espiritual de Cristo, para ser puestos a su derecha y heredar la vida que os está preparada. Porque aquellos a quienes todavía se pega el áspero sayal de sus pecados se hallan a la izquierda, pues no acudieron a la gracia de Dios que se da por Cristo en el nuevo nacimiento del Bautismo: nuevo nacimiento, digo, no de los cuerpos, sino el nuevo nacimiento espiritual del alma. Porque nuestros cuerpos son engendrados por padres visibles, mas nuestras almas son engendradas de nuevo por la fe: pues el Espíritu sopla donde quiere []: y entonces, si sois hallados dignos, podréis oír, Bien, siervo bueno y fiel [], cuando se halle que no hay en vuestra conciencia mancha de hipocresía.

    Cat. I, 3

    3. Porque si alguno de los presentes pensara tentar la gracia de Dios, se engaña a sí mismo y no conoce su poder. Guarda tu alma libre de hipocresía, oh hombre, por causa de Aquel que escudriña los corazones y las entrañas. Pues así como los que van a hacer una leva para la guerra examinan la edad y el cuerpo de los que entran en servicio, así también el Señor, al alistar almas, examina su propósito; y si halla en alguno una hipocresía oculta, rechaza a ese hombre como inepto para su verdadero servicio; pero si encuentra a uno digno, a ése le da con prontitud su gracia. No da las cosas santas a los perros []; pero donde discierne la conciencia buena, allí da el Sello de la salvación, aquel Sello admirable ante el cual tiemblan los demonios y que los Ángeles reconocen; para que aquéllos sean puestos en fuga y éstos velen en torno a él como a algo de su misma estirpe. Quienes, pues, reciben este Sello espiritual y salvador necesitan también una disposición afín a él. Porque así como la caña de escribir o el dardo necesitan de quien los emplee, así también la gracia necesita de mentes creyentes.

    Cat. I, 4

    4. Recibís no un escudo perecedero, sino espiritual. De aquí en adelante estáis plantados en el Paraíso invisible. Tú recibes un nombre nuevo, que antes no tenías. Hasta ahora eras catecúmeno, mas de ahora en adelante serás llamado Fiel. De aquí en adelante sois trasplantados entre los olivos espirituales, injertados del acebuche al buen olivo [], de los pecados a la justicia, de las impurezas a la pureza. Sois hechos partícipes de la Vid santa. Pues bien, si permanecéis en la Vid, crecéis como sarmiento fructífero; mas si no permanecéis, seréis consumidos por el fuego. Demos, pues, fruto dignamente. No permita Dios que se haga en nosotros lo que sucedió a aquella higuera estéril [], no sea que Jesús venga aun ahora y nos maldiga por nuestra esterilidad. Antes bien, que todos puedan usar aquella otra sentencia, Mas yo soy como olivo fructífero en la casa de Dios: he confiado en la misericordia de Dios para siempre —un olivo no perceptible por los sentidos, sino por la mente, y lleno de luz. Así como es propio de Él plantar y regar, así es vuestro dar fruto: de Dios es dar la gracia, mas vuestro es recibirla y guardarla. No despreciéis la gracia porque se da gratuitamente, sino recibidla y atesoradla con devoción.

    Cat. I, 5

    5. El tiempo presente es tiempo de confesión: confesad lo que habéis hecho de palabra o de obra, de noche o de día; confesad en tiempo acepto, y en el día de la salvación [] recibid el tesoro celestial. Consagrad vuestro tiempo a los exorcismos: sed asiduos a las catequesis y recordad las cosas que se dirán, pues no se dicen sólo para vuestros oídos, sino para que por la fe las selléis en la memoria. Borrad de vuestra mente todo cuidado terreno: porque estáis corriendo por vuestra alma. Estáis abandonando por completo las cosas del mundo: poco es lo que abandonáis, grande lo que el Señor os da. Abandonad las cosas presentes y poned vuestra confianza en las venideras. ¿Habéis corrido tantos círculos de años afanándoos en vano por el mundo, y no tenéis cuarenta días para estar libres, para la oración, por causa de vuestra propia alma? Estad quietos, y sabed que Yo soy Dios, dice la Escritura. Excusaos de decir muchas palabras ociosas: no murmuréis, ni prestéis oído complaciente a los murmuradores; antes sed prontos para la oración. Mostrad en la ascesis que vuestro corazón está fortalecido. Limpiad vuestro vaso, para que recibáis más abundantemente la gracia. Porque, aunque la remisión de los pecados se da a todos por igual, la comunión del Espíritu Santo se otorga en proporción a la fe de cada uno. Si habéis trabajado poco, poco recibís; mas si habéis obrado mucho, grande es la recompensa. Corréis por vosotros mismos; mirad por vuestro propio interés.

    Cat. I, 6

    6. Si tenéis algo contra algún hombre, perdonadlo: venís aquí a recibir el perdón de los pecados, y tú también debes perdonar a aquel que ha pecado contra ti. De otro modo, ¿con qué rostro dirás al Señor: Perdóname mis muchos pecados, si tú no has perdonado a tu consiervo ni siquiera sus pocas faltas? Asistid con diligencia a las asambleas de la Iglesia, no sólo ahora, cuando los clérigos os exigen esa asidua asistencia, sino también después de haber recibido la gracia. Porque si antes de recibirla la práctica es buena, ¿no lo será también después de la dádiva? Si antes de ser injertado es camino seguro ser regado y cuidado, ¿no será mucho mejor después de la plantación? Luchad por vuestra propia alma, especialmente en días como éstos. Nutrid vuestra alma con las sagradas lecturas; porque el Señor os ha preparado una mesa espiritual; decid, pues, también vosotros con el Salmista, El Señor es mi pastor, y nada me faltará; en lugar de hierba me ha hecho descansar; junto a aguas de consuelo me ha apacentado, ha convertido mi alma:— para que también los Ángeles participen de vuestro gozo, y el mismo Cristo, el gran Sumo Sacerdote, habiendo aceptado vuestro propósito, os presente a todos al Padre diciendo, He aquí, Yo y los hijos que Dios me ha dado. ¡Que Él os guarde a todos agradables ante su vista! A quien sea la gloria y el poder por los siglos infinitos de la eternidad. Amén.

    Catequesis II. Sobre el arrepentimiento y la remisión de los pecados

    Cat. II, encabezado

    Sobre el arrepentimiento y la remisión de los pecados, y acerca del Adversario.
    Ezequiel 18:20-23
    La justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él. Pero si el impío se convierte de todos sus pecados, etc.

    Cat. II, 1

    1. Cosa temible es el pecado, y la enfermedad más dolorosa del alma es la transgresión, que corta secretamente sus tendones y llega a ser también causa del fuego eterno; un mal de la propia elección del hombre, un fruto de la voluntad. Pues que pecamos por nuestra libre voluntad lo dice claramente el Profeta en cierto lugar: Yo te planté como vid fructífera, enteramente verdadera: ¿cómo te has vuelto amargura, y te has hecho vid extraña []? La plantación era buena; el fruto que procede de la voluntad es malo; por eso el plantador queda sin culpa, pero la vid será quemada con fuego, porque fue plantada para el bien y dio fruto para el mal por su propia voluntad. Porque Dios, según el Predicador, hizo recto al hombre, y ellos mismos se buscaron muchas invenciones. [] Porque somos hechura suya, dice el Apóstol, creados para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. [] Así, pues, el Creador, siendo bueno, creó para las buenas obras; mas la criatura se volvió por su libre voluntad a la maldad. El pecado es, como hemos dicho, un mal temible, pero no incurable; temible para quien se adhiere a él, pero fácil de curar para quien por el arrepentimiento lo aparta de sí. Supongamos que un hombre tiene fuego en la mano: mientras aprieta la brasa viva ciertamente se quemará; pero si aparta la brasa, apartará también con ella la llama. Y si alguno piensa que no se quema al pecar, a ése dice la Escritura: ¿Puede un hombre guardar fuego en su seno sin que se quemen sus vestidos []? Porque el pecado quema los tendones del alma, [y quebranta los huesos espirituales de la mente, y oscurece la luz del corazón].

    Cat. II, 2

    2. Pero dirá alguno: ¿Qué puede ser el pecado? ¿Es un ser vivo? ¿Es un ángel? ¿Es un demonio? ¿Qué es eso que obra dentro de nosotros? No es un enemigo, oh hombre, el que te ataca desde fuera, sino un mal retoño que crece de ti mismo. Mira recto con tus ojos [], y no hay concupiscencia. [Guarda lo tuyo, y] no arrebates lo ajeno, y el robo habrá cesado. Acuérdate del Juicio, y ni la fornicación, ni el adulterio, ni el homicidio, ni transgresión alguna de la ley prevalecerán en ti. Pero en cuanto te olvidas de Dios, inmediatamente comienzas a maquinar maldades y a cometer iniquidad.

    Cat. II, 3

    3. Sin embargo, no eres tú el único autor del mal, sino que hay también otro instigador malvadísimo: el diablo. Él, en verdad, sugiere, pero no se apodera por fuerza de quienes no consienten. Por eso dice el Predicador, Si el espíritu del que tiene poder se levanta contra ti, no abandones tu lugar. Cierra tu puerta y apártalo lejos de ti, y no te dañará. Mas si admites con indiferencia el pensamiento de concupiscencia, él echa raíz en ti por sus sugestiones, encadena tu mente y te arrastra al pozo de los males.
    Pero acaso dices: Soy creyente, y la concupiscencia no se enseñorea de mí, aun si pienso en ella con frecuencia. ¿No sabes que una raíz llega a quebrantar hasta la roca por su larga persistencia? No admitas la semilla, pues desgarrará tu fe; arranca el mal de raíz antes de que florezca, no sea que, por haber sido descuidado al principio, tengas que buscar después hachas y fuego. Cuando tus ojos comienzan a estar enfermos, cúralos a tiempo, no sea que quedes ciego y luego tengas que buscar al médico.

    Cat. II, 4

    4. El diablo, pues, es el primer autor del pecado y el padre de los malvados; y esto es dicho del Señor, no mío: que el diablo peca desde el principio: nadie pecó antes que él. Pero pecó, no como quien ha recibido de la naturaleza por necesidad la inclinación al pecado —pues entonces la causa del pecado se remontaría otra vez a Aquel que lo hizo así—, sino que, habiendo sido creado bueno, por su libre voluntad se hizo diablo, y recibió ese nombre por su acción. Porque, siendo Arcángel fue llamado después diablo a causa de su calumnia; de ser buen siervo de Dios ha venido a ser llamado con razón Satanás; pues «Satanás» se interpreta el Adversario. Y esto no es doctrina mía, sino del profeta inspirado Ezequiel: porque él entona una lamentación sobre él y dice, Tú eras sello de semejanza y corona de hermosura; en el Paraíso de Dios fuiste engendrado: y poco después, Fuiste engendrado sin mancha en tus días, desde el día en que fuiste creado, hasta que se hallaron en ti tus iniquidades. Con mucha razón ha dicho: se hallaron en ti; porque no fueron traídas desde fuera, sino que tú mismo engendraste el mal. Y al punto menciona también la causa: Tu corazón se enalteció por tu hermosura; por la multitud de tus pecados fuiste herido, y Yo te arrojé por tierra. De acuerdo con esto dice de nuevo el Señor en los Evangelios: Vi a Satanás caer del cielo como un relámpago. [] ¿Veis la armonía del Antiguo Testamento con el Nuevo? Él, cuando fue arrojado, arrastró consigo a muchos. Él es quien pone concupiscencias en los que le escuchan; de él proceden el adulterio, la fornicación y todo género de maldad. Por él fue expulsado nuestro primer padre Adán por su desobediencia, y cambió un Paraíso que producía por sí mismo frutos admirables por la tierra que produce espinas.

    Cat. II, 5

    5. ¿Entonces qué? dirá alguno. Hemos sido engañados y estamos perdidos. ¿No queda, pues, salvación alguna? Hemos caído: ¿no es posible levantarse de nuevo? Hemos quedado ciegos: ¿no podemos recobrar la vista? Hemos quedado lisiados: ¿no podremos nunca andar erguidos? En una palabra, estamos muertos: ¿no podemos resucitar? El que despertó a Lázaro, muerto desde hacía cuatro días y ya hediondo, ¿no te resucitará, oh hombre, mucho más fácilmente a ti, que estás vivo? El que derramó por nosotros su preciosa sangre, Él mismo nos librará del pecado. No desesperemos de nosotros, hermanos; no nos entreguemos a una condición sin esperanza. Porque es cosa temible no creer en la esperanza del arrepentimiento. Pues el que no espera salvación no repara en añadir mal sobre mal; pero al que espera curación, de ahí en adelante le es fácil guardarse. El ladrón que no espera perdón se desespera; mas si espera el perdón, con frecuencia llega al arrepentimiento. Pues qué, ¿la serpiente muda su piel, y no habremos nosotros de despojarnos del pecado? También la tierra espinosa, si se cultiva bien, se vuelve fructífera; ¿y la salvación nos será irrecuperable? Antes al contrario, nuestra naturaleza admite salvación, pero también se requiere la voluntad.

    Cat. II, 6

    6. Dios ama al hombre, y no en pequeña medida. Pues no digas: He cometido fornicación y adulterio, he hecho cosas horrendas, y no una sola vez, sino muchas: ¿me perdonará? ¿Me concederá el perdón? Oye lo que dice el Salmista: ¡Cuán grande es la muchedumbre de tu bondad, oh Señor! Tus ofensas acumuladas no superan la muchedumbre de las misericordias de Dios: tus heridas no superan la ciencia del gran Médico. Sólo entrégate en fe: di al Médico tu dolencia: di también tú, con David: Dije: Confesaré mi pecado al Señor: y se hará en tu caso lo que él dice en seguida: Y tú perdonaste la maldad de mi corazón.

    Cat. II, 7

    7. ¿Quieres ver la bondad de Dios, oh tú que acabas de venir a la catequesis? ¿Quieres ver la bondad de Dios y la abundancia de su longanimidad? Oye lo de Adán. Adán, el primer hombre formado por Dios, transgredió: ¿no habría podido Él traer al punto la muerte sobre él? Pero mira lo que hace el Señor en su gran amor al hombre. Lo arroja del Paraíso, pues por el pecado era indigno de vivir allí; pero Él lo puso a habitar frente al Paraíso: para que, viendo de dónde había caído, y de qué estado y a qué estado había sido rebajado, pudiera después salvarse por el arrepentimiento. Caín, el primer hombre nacido, se hizo asesino de su hermano, inventor de males, primer autor de homicidios y primer envidioso. Mas después de matar a su hermano, ¿a qué es condenado? Gemido y temblor serás sobre la tierra. ¡Cuán grande la ofensa, cuán leve la sentencia!

    Cat. II, 8

    8. Aun esto fue verdaderamente bondad en Dios, pero poca todavía en comparación con lo que sigue. Considerad lo que sucedió en los días de Noé. Pecaron los gigantes, y mucha maldad se extendió entonces sobre la tierra; y por esto había de venir el diluvio sobre ellos. En el año quingentésimo profiere Dios su amenaza, mas en el sexcentésimo trajo el diluvio sobre la tierra. ¿Veis la anchura de la bondad de Dios, que se extiende hasta cien años? ¿No habría podido hacer al punto lo que hizo después de los cien años? Pero Él prolongó el tiempo a propósito, concediendo una tregua para el arrepentimiento. ¿Veis la bondad de Dios? Y si los hombres de aquel tiempo se hubieran arrepentido, no habrían dejado de alcanzar la bondad de Dios.

    Cat. II, 9

    9. Venid ahora conmigo al otro grupo, los que fueron salvados por el arrepentimiento. Pero acaso aun entre las mujeres dirá alguna: He cometido fornicación y adulterio, he manchado mi cuerpo con excesos de toda especie: ¿hay salvación para mí? Vuelve tus ojos, oh mujer, a Rahab, y espera tú también la salvación; pues si ella, que había sido abierta y públicamente ramera, se salvó por el arrepentimiento, ¿no se salvará por el arrepentimiento y el ayuno la que en alguna ocasión, antes de recibir la gracia, cometió fornicación? Pues pregunta cómo se salvó: sólo dijo esto: Porque vuestro Dios es Dios en el cielo y sobre la tierra. [] Vuestro Dios; pues no se atrevió a decir "mío", a causa de su vida desenfrenada. Y si quieres recibir el testimonio escriturístico de que ella fue salvada, lo tienes escrito en los Salmos: Haré mención de Rahab y de Babilonia entre los que me conocen. ¡Oh grandeza de la bondad de Dios, que hace mención aun de las rameras en las Escrituras! Y no dice simplemente: Haré mención de Rahab y de Babilonia, sino con la añadidura, entre los que me conocen. Hay, pues, tanto para hombres como para mujeres la salvación que introduce el arrepentimiento.

    Cat. II, 10

    10. Es más: si todo un pueblo peca, esto no supera la bondad de Dios. El pueblo hizo un becerro, y aun así Dios no cesó en su bondad. Los hombres negaron a Dios, pero Dios no se negó a sí mismo. [] Estos son tus dioses, oh Israel [], dijeron; y, sin embargo, como acostumbraba, el Dios de Israel se hizo su Salvador. Y no sólo pecó el pueblo, sino también Aarón el Sumo Sacerdote. Pues es Moisés quien dice: Y la ira del Señor vino sobre Aarón; y yo oré por él, dice, y Dios le perdonó. [] Pues qué, ¿Moisés orando por un Sumo Sacerdote que había pecado prevaleció ante Dios, y no prevalecerá Jesús, su Unigénito, ante Dios cuando ora por nosotros? Y si no le impidió a Aarón, a causa de su ofensa, entrar en el Sumo Sacerdocio, ¿te impedirá a ti, que has venido de los gentiles, entrar en la salvación? Sólo, oh hombre, arrepiéntete también tú de igual modo, y la gracia no te está vedada. Haz desde ahora irreprensible tu manera de vivir; porque Dios es verdaderamente amante del hombre, y todo el tiempo no podría contar dignamente su bondad; es más, aunque todas las lenguas de los hombres se juntaran, ni aun así podrían declarar una parte considerable de su bondad. Nosotros contamos algo de lo escrito acerca de su bondad para con los hombres, pero cuánto perdonó a los Ángeles no lo sabemos; porque también a ellos les perdona, ya que Uno solo es sin pecado, Jesús, que purga nuestros pecados. Y de ellos hemos dicho bastante.

    Cat. II, 11

    11. Mas si acerca de nosotros los hombres queréis que se os pongan también otros ejemplos delante, pasad al bienaventurado David y tomadlo como ejemplo de arrepentimiento. Con ser tan grande, cayó: después de su sueño, paseando al atardecer sobre el terrado, miró con descuido y sintió una pasión humana. Su pecado se consumó, pero no murió con él su sinceridad en la confesión de la culpa. Vino el profeta Natán, acusador pronto y sanador de la herida. El Señor está airado, dice, y tú has pecado. [] Así habló el súbdito al rey reinante. Pero David, el rey no se indignó, porque no miraba al que hablaba, sino a Dios, que lo había enviado. No se ensoberbeció por el tropel de soldados que lo rodeaban, porque había visto en su mente la hueste angélica del Señor, y tembló como viendo al Invisible []; y al mensajero, o mejor, por él en respuesta a Dios que lo enviaba, dijo, He pecado contra el Señor. [] ¿Veis la humildad del rey? ¿Veis su confesión? ¿Había sido acusado por alguien? ¿Eran muchos los sabedores del asunto? El hecho se cometió con rapidez, y al punto apareció el Profeta como acusador, y el culpable confiesa su falta. Y porque confesó con sinceridad, recibió una rapidísima curación. Pues el profeta Natán, que había proferido la amenaza, dijo en seguida, También el Señor ha apartado tu pecado. Veis el pronto arrepentimiento de un Dios misericordioso. Dice, sin embargo, Has provocado grandemente a los enemigos del Señor. Aunque tenías muchos enemigos por tu justicia, tu dominio propio te protegía; mas ahora que has entregado tu armadura más fuerte, tus enemigos se han levantado y están dispuestos contra ti.

    Cat. II, 12

    12. Así, pues, lo consoló el Profeta; mas el bienaventurado David, aun oyendo decir, El Señor ha apartado tu pecado, no cesó en su arrepentimiento, con ser rey, sino que se vistió de saco en lugar de púrpura, y en lugar de trono de oro se sentó, rey, sobre ceniza en el suelo; es más, no sólo se sentó en ceniza, sino que tuvo ceniza por alimento, como dice él mismo, He comido ceniza como pan. Su ojo lascivo lo consumió con lágrimas, diciendo, Cada noche lavaré mi lecho, y regaré mi cama con mis lágrimas. Cuando sus oficiales le rogaban que comiera pan, no quiso escuchar. Prolongó su ayuno por siete días enteros. Si un rey confesó así, ¿no debes tú, un hombre particular, confesar? Asimismo, después de la rebelión de Absalón, aunque tenía muchos caminos para escapar, eligió huir por el Monte de los Olivos, como invocando en su mente al Redentor que había de subir de allí a los cielos. [] Y cuando Simeí lo maldecía amargamente, dijo, Dejadlo, porque sabía que «al que perdona, le será perdonado.»

    Cat. II, 13

    13. Veis que es bueno confesar. Veis que hay salvación para los que se arrepienten. También Salomón cayó; mas ¿qué dice? Después me arrepentí. Asimismo Acab, rey de Samaria, se hizo idolatría malvadísima, hombre ultrajante, asesino de los Profetas [], ajeno a la piedad, codicioso de los campos y viñas ajenos. Sin embargo, cuando por medio de Jezabel hubo matado a Nabot, y vino el profeta Elías y lo amenazó con sola una palabra, rasgó sus vestiduras y se vistió de saco. ¿Y qué dice el Dios misericordioso a Elías? ¿Has visto cómo Acab se ha humillado delante de Mí? Como si quisiera persuadir al celo ardiente del Profeta a condescender con el penitente. Pues dice, No traeré el mal en sus días. Y aunque después de este perdón era seguro que no se apartaría de su maldad, sin embargo el Dios perdonador lo perdonó, no por ignorar el futuro, sino concediendo un perdón correspondiente a su tiempo presente de arrepentimiento. Porque es propio del juez justo sentenciar según cada caso que se presenta.

    Cat. II, 14

    14. Asimismo, Jeroboam estaba de pie junto al altar sacrificando a los ídolos: su mano se secó, porque mandó prender al Profeta que lo reprendía; pero habiendo aprendido por experiencia el poder del que estaba delante de él, dice, Ruega al rostro del Señor tu Dios []; y por esta palabra su mano fue restaurada de nuevo. Si el Profeta sanó a Jeroboam, ¿no puede Cristo sanarte y librarte de tus pecados? También Manasés fue del todo malvado, el que aserró a Isaías, y se manchó con toda clase de idolatrías, y llenó a Jerusalén de sangre inocente []; mas habiendo sido llevado cautivo a Babilonia, usó su experiencia de la desgracia para un curso sanador de arrepentimiento: porque dice la Escritura que Manasés se humilló delante del Señor, y oró, y el Señor lo oyó, y lo hizo volver a su reino. Si el que aserró al Profeta fue salvo por el arrepentimiento, ¿no serás tú salvo, que no has hecho tan gran maldad?

    Cat. II, 15

    15. Guardaos de desconfiar sin razón del poder del arrepentimiento. ¿Queréis saber qué poder tiene el arrepentimiento? ¿Queréis saber el arma fuerte de la salvación y aprender cuál es la fuerza de la confesión? Ezequías, por medio de la confesión, derrotó a ciento ochenta y cinco mil de sus enemigos. Grande cosa fue ciertamente ésta, pero todavía pequeña en comparación con lo que queda por decir: el mismo rey, por el arrepentimiento, obtuvo la revocación de una sentencia divina que ya había salido. Pues cuando cayó enfermo, Isaías le dijo, Ordena tu casa; porque vas a morir y no vivirás. [] ¿Qué expectativa quedaba, qué esperanza de curación, cuando el Profeta dijo, porque vas a morir? Y con todo, Ezequías no desistió del arrepentimiento; antes, recordando lo que está escrito, Cuando te conviertas y te lamentes, entonces serás salvo [], se volvió hacia la pared, y desde su lecho elevó su mente al cielo (porque el grosor de las paredes no es impedimento para las oraciones enviadas con devoción), y dijo, «Acuérdate de mí, oh Señor, pues para mi curación me basta con que Tú te acuerdes de mí. No estás sujeto a los tiempos, sino que Tú mismo eres el dador de la ley de la vida. Porque nuestra vida no depende de un nacimiento ni de una conjunción de astros, como algunos dicen ociosamente; sino que Tú mismo eres el Legislador de la vida y de su duración, según tu Voluntad.» Y él, que no podía esperar vivir a causa de la sentencia profética, tuvo quince años añadidos a su vida, y como señal el sol retrocedió en su curso. Pues bien, por Ezequías el sol se volvió atrás, mas por Cristo el sol se eclipsó, no desandando sus pasos, sino padeciendo eclipse [], mostrando así la diferencia entre ellos, quiero decir, entre Ezequías y Jesús. Aquél prevaleció hasta cancelar el decreto de Dios, ¿y no podrá Jesús conceder la remisión de los pecados? Vuélvete y laméntate, cierra tu puerta y ora para que se te perdone, ora para que Él aparte de ti las llamas ardientes. Porque la confesión tiene poder para apagar aun el fuego, poder para domar aun a los leones.

    Cat. II, 16

    16. Mas si no crees, considera lo que sucedió a Ananías y a sus compañeros. ¿Qué torrentes derramaron? ¿Cuántas vasijas de agua podrían apagar la llama que subía cuarenta y nueve codos de alto? No, sino que allí donde la llama se elevaba un poco demasiado, la fe se derramó como un río, y allí pronunciaron el conjuro contra todos los males: Justo eres, oh Señor, en todo lo que has hecho con nosotros: porque hemos pecado y transgredido tu ley. Y su arrepentimiento apagó las llamas. Si no crees que el arrepentimiento puede apagar el fuego del infierno, apréndelo de lo sucedido a Ananías. Mas algún oyente agudo dirá: A esos hombres los libró Dios justamente en aquel caso, porque rehusaron cometer idolatría; por eso Dios les dio aquel poder. Y puesto que ha surgido este pensamiento, paso ahora a otro ejemplo de penitencia.

    Cat. II, 17

    17. ¿Qué pensáis de Nabucodonosor? ¿No habéis oído de las Escrituras que era sanguinario, feroz, de disposición leonina? ¿No habéis oído que sacó a la luz los huesos de los reyes de sus sepulcros? ¿No habéis oído que llevó cautivo al pueblo? ¿No habéis oído que sacó los ojos al rey, después de haber visto ya muertos a sus hijos []? ¿No habéis oído que hizo pedazos los Querubines? No me refiero a los seres invisibles —¡lejos de ti semejante pensamiento, oh hombre!—, sino a las imágenes esculpidas y al propiciatorio, en medio del cual hablaba Dios con su voz. El velo del Santuario lo pisoteó: el altar del incienso lo tomó y lo llevó a un templo de ídolos []: todas las ofrendas las tomó: el Templo lo quemó desde los cimientos. ¡Cuán grandes castigos mereció, por matar reyes, por incendiar el Santuario, por llevar cautivo al pueblo, por poner los vasos sagrados en la casa de los ídolos! ¿No mereció diez mil muertes?

    Cat. II, 18

    18. Habéis visto la grandeza de sus maldades: venid ahora a la bondad de Dios. Fue convertido en bestia salvaje, habitó en el desierto, fue azotado, para que fuese salvo. Tenía garras como de león; porque era devastador del Santuario. Tenía melena de león: porque era león rapaz y rugiente. Comía hierba como el buey: porque era una bestia bruta, sin conocer a Aquel que le había dado el reino. Su cuerpo estaba mojado por el rocío; porque después de ver el fuego apagado por el rocío no creyó. ¿Y qué sucedió? Después de esto, dice, yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo, y bendije al Altísimo, y a Aquel que vive para siempre di alabanza y gloria. [] Cuando, pues, reconoció al Altísimo, y elevó a Dios estas palabras de acción de gracias, y se arrepintió de lo que había hecho, y reconoció su propia debilidad, entonces Dios le devolvió la honra del reino.

    Cat. II, 19

    19. ¿Pues qué? Cuando Nabucodonosor, después de haber hecho tales obras, hizo confesión, ¿le dio Dios el perdón y el reino, y a ti, cuando te arrepientas, no te dará la remisión de los pecados y el reino de los cielos, si vives una vida digna? El Señor ama al hombre, y es pronto para perdonar, pero tardo para castigar. Que nadie, por tanto, desespere de su propia salvación. Pedro, el primero y principal de los Apóstoles, negó al Señor tres veces ante una sierva joven: mas se arrepintió y lloró amargamente. Ahora bien, el llanto muestra el arrepentimiento del corazón; y por eso no sólo recibió el perdón de su negación, sino que conservó sin menoscabo su dignidad apostólica.

    Cat. II, 20

    20. Teniendo, pues, hermanos, muchos ejemplos de los que pecaron, se arrepintieron y fueron salvados, haced también vosotros de corazón confesión al Señor, para que recibáis el perdón de vuestros pecados anteriores, y seáis tenidos por dignos del don celestial, y heredéis el reino celestial con todos los santos en Cristo Jesús; a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
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