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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
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  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 3 minCatequesis II. Sobre el arrepentimiento y la remisión de los pecados
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCatequesis III. Sobre el bautismo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCatequesis III. Sobre el bautismo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCatequesis IV. Sobre los diez puntos de doctrina
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minDe Cristo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minAcerca de la Ascensión
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minDel Cuerpo
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minDel Vestido
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCatequesis V. De la fe
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCatequesis V. De la fe
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minCatequesis VI. Sobre la unidad de Dios y las herejías
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minDe las herejías
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minDe las herejías
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minDe las herejías
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 5 minDe las herejías
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 10 minCatequesis VII. El Padre
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCatequesis VII. El Padre
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCatequesis VIII. Todopoderoso
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 10 minCatequesis IX. Creador del cielo y de la tierra
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minCatequesis IX. Creador del cielo y de la tierra
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 3 minApéndice a la Catequesis IX
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis X. Un solo Señor Jesucristo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis X. Un solo Señor Jesucristo
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCatequesis X. Un solo Señor Jesucristo
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis XI. El Hijo Unigénito de Dios
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis XI. El Hijo Unigénito de Dios
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 9 minCatequesis XI. El Hijo Unigénito de Dios
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCatequesis XII. Encarnado y hecho hombre
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  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
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  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCatequesis XIII. Crucificado y sepultado
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  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 6 minCatequesis mistagógica IV. El cuerpo y la sangre de Cristo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 9 minCatequesis mistagógica V. La sagrada liturgia y la comunión
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    TEXTOS — CATEQUESIS Y BAUTISMO

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    Catequesis

    Siglo IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Gifford (NPNF)46 minPosición: 0% de esta parteParte 12 de 13 · Catequesis XVIII. La Santa Iglesia Católica, la resurrección de la carne y la vida eternaPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIR-01

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    Catequesis XVIII. La Santa Iglesia Católica, la resurrección de la carne y la vida eterna

    Cat. XVIII, encabezado

    Sobre las Palabras: Y en una Santa Iglesia Católica, y en la Resurrección de la Carne, y la Vida Eterna.
    Ezequiel 37:1
    La mano del Señor fue sobre mí, y me sacó en el Espíritu del Señor, y me puso en medio del valle que estaba lleno de huesos.

    Cat. XVIII, 1

    1. La raíz de todas las buenas obras es la esperanza de la Resurrección; porque la expectación de la recompensa fortalece el alma para las buenas obras. Pues todo trabajador está dispuesto a soportar las fatigas, si ve la recompensa en perspectiva; pero cuando los hombres se fatigan en vano, su corazón desfallece pronto, al igual que su cuerpo. Un soldado que espera un premio está pronto para la guerra, pero nadie se adelanta a morir por un rey que es indiferente para con los que sirven bajo su mando, y no otorga honras a sus fatigas. De la misma manera, toda alma que cree en una Resurrección es naturalmente cuidadosa de sí misma; pero, no creyéndola, se abandona a la perdición. El que cree que su cuerpo permanecerá para resucitar de nuevo, es cuidadoso de su vestidura, y no la mancilla con fornicación; pero el que no cree la Resurrección, se entrega a la fornicación, y abusa de su propio cuerpo, como si no fuera suyo. Por tanto, la fe en la Resurrección de los muertos es un gran mandamiento y doctrina de la Santa Iglesia Católica; grande y sumamente necesario, aunque contradicho por muchos, pero ciertamente garantizado por la verdad. Los griegos lo contradicen, los samaritanos no lo creen, los herejes lo mutilan; la contradicción es múltiple, pero la verdad es uniforme.

    Cat. XVIII, 2

    2. Ahora bien, griegos y samaritanos juntos argumentan contra nosotros así: El muerto ha caído, y se ha deshecho en polvo, y se ha convertido todo en gusanos; y también los gusanos han muerto; tal es la descomposición y destrucción que ha sobrevenido al cuerpo; ¿cómo, pues, ha de ser resucitado? Los náufragos han sido devorados por los peces, los cuales a su vez son devorados. De los que luchan con fieras los propios huesos son molidos hasta el polvo, y consumidos por osos y leones. Los buitres y cuervos se alimentan de la carne de los muertos insepultos, y luego vuelan por todo el mundo; ¿de dónde, pues, ha de ser reunido el cuerpo? Pues de las aves que lo han devorado, algunas quizá mueren en India, otras en Persia, otras en la tierra de los Godos. Otros hombres, a su vez, son consumidos por el fuego, y sus propias cenizas esparcidas por la lluvia o el viento; ¿de dónde ha de ser juntado de nuevo el cuerpo?

    Cat. XVIII, 3

    3. Para ti, pobre hombrecillo débil, la India está lejos de la tierra de los Godos, y España de Persia; pero para Dios, que tiene toda la tierra en el hueco de su mano [], todas las cosas están cercanas. No imputes, pues, debilidad a Dios, por comparación con tu flaqueza, sino detente más bien en su poder. ¿Acaso el sol, pequeña obra de Dios, con una sola mirada de sus rayos da calor al mundo entero; acaso la atmósfera, que Dios ha hecho, envuelve todas las cosas del mundo; y Dios, que es el Creador tanto del sol como de la atmósfera, está lejos del mundo? Imagina una mezcla de semillas de diferentes plantas (pues como eres débil en cuanto a la fe, también son débiles los ejemplos que aduzco), y que estas diferentes semillas están contenidas en tu sola mano; ¿es entonces para ti, que eres hombre, cosa difícil o fácil separar lo que está en tu mano, y reunir cada semilla según su naturaleza, y devolverla a su propia especie? ¿Puedes tú, pues, separar las cosas que están en tu mano, y no puede Dios separar las cosas contenidas en su mano, y devolverlas a su propio lugar? Considera lo que digo, si no es impío negarlo.

    Cat. XVIII, 4

    4. Pero además, atiende, te ruego, al principio mismo de la justicia, y ven a tu propio caso. Tienes diferentes clases de siervos: y algunos son buenos y otros malos; honras, pues, a los buenos, y golpeas a los malos. Y si eres juez, a los buenos otorgas alabanza, y a los transgresores, castigo. ¿Se observa, pues, la justicia por ti, hombre mortal; y en Dios, el Rey de todo, eternamente inmutable, no hay justicia retributiva? No; negarlo es impío. Pues considera lo que digo. Muchos homicidas han muerto en sus lechos sin castigo; ¿dónde está entonces la justicia de Dios? Sí, a menudo un homicida culpable de cincuenta asesinatos es decapitado una sola vez; ¿dónde, pues, sufrirá el castigo por los cuarenta y nueve? Si no hay un juicio y una retribución después de este mundo, acusas a Dios de injusticia. No te maravilles, sin embargo, por la tardanza del juicio; ningún combatiente es coronado o deshonrado hasta que la contienda ha terminado; y ningún presidente de los juegos corona jamás a los hombres mientras aún luchan, sino que espera hasta que todos los combatientes hayan acabado, para entonces, decidiendo entre ellos, repartir los premios y las coronas. Así también Dios, mientras dura la lucha en este mundo, socorre a los justos sólo parcialmente, pero después les da plenamente sus recompensas.

    Cat. XVIII, 5

    5. Pero si según vosotros no hay resurrección de los muertos, ¿por qué condenáis a los violadores de tumbas? Pues si el cuerpo perece, y no hay resurrección que esperar, ¿por qué sufre castigo el violador del sepulcro? Veis que aunque lo negáis con los labios, con todo permanece con vosotros un instinto indestructible de la resurrección.

    Cat. XVIII, 6

    6. Además, ¿acaso un árbol, después de ser cortado, florece de nuevo, y el hombre, después de cortado, no florecerá más? ¿Y el grano sembrado y segado permanece para la era, y el hombre, cuando es segado de este mundo, no permanecerá para la trilla? ¿Y los brotes de la vid o de otros árboles, cuando son limpiamente cortados y trasplantados, reviven y dan fruto; y el hombre, por cuya causa existen todas estas cosas, caerá en la tierra y no resucitará? Comparando los esfuerzos, ¿cuál es mayor: moldear desde el principio una estatua que no existía, o refundir en la misma forma la que había caído? ¿Es Dios, pues, que nos creó de la nada, incapaz de resucitar a los que existen y han caído? Pero tú no crees lo que está escrito acerca de la resurrección, siendo griego: considera entonces estas cosas por la analogía de la naturaleza, y entiéndelas por lo que se ve hasta el día de hoy. El trigo, acaso, o alguna otra especie de grano, es sembrado; y cuando la semilla ha caído, muere y se pudre, y desde entonces es inútil para alimento. Pero lo que se ha podrido, brota en verdor; y aunque pequeño al ser sembrado, brota hermosísimo. Ahora bien, el trigo fue hecho para nosotros; pues el trigo y todas las semillas fueron creados no para sí mismos, sino para nuestro uso; ¿acaso, pues, las cosas que fueron hechas para nosotros son vivificadas cuando mueren, y nosotros, para quienes fueron hechas, no resucitamos después de nuestra muerte?

    Cat. XVIII, 7

    7. La estación es el invierno, como veis; los árboles están ahora como si estuvieran muertos: pues ¿dónde están las hojas de la higuera? ¿Dónde los racimos de la vid? Éstos en tiempo de invierno están muertos, pero verdes en primavera; y cuando la estación ha llegado, se les restituye una vivificación como desde un estado de muerte. Pues Dios, conociendo vuestra incredulidad, obra una resurrección año tras año en estas cosas visibles; para que, contemplando lo que sucede a las cosas inanimadas, creáis en lo que concierne a las cosas animadas y racionales. Además, las moscas y las abejas a menudo se ahogan en el agua, y sin embargo al poco tiempo reviven; y especies de lirones, después de permanecer inmóviles durante el invierno, son restaurados en el verano (pues a vuestros pensamientos ligeros se ofrecen semejantes ejemplos); ¿y Aquel que a las criaturas irracionales y despreciadas concede la vida sobrenaturalmente, no la otorgará a nosotros, por cuya causa las hizo?

    Cat. XVIII, 8

    8. Pero los griegos piden una resurrección de los muertos todavía manifiesta; y dicen que, aunque estas criaturas resuciten, sin embargo no se habían deshecho del todo; y exigen ver distintamente alguna criatura resucitar después de una descomposición completa. Dios conocía la incredulidad de los hombres, y proveyó para este propósito un ave, llamada Fénix. Esta ave, como escribe Clemente, y como muchos más refieren, siendo la única de su especie, llega a la tierra de los egipcios en períodos de quinientos años, mostrando la resurrección, no en lugares desiertos, para que la ocurrencia del misterio no permaneciera desconocida, sino apareciendo en una ciudad notable, para que los hombres pudieran incluso palpar lo que de otro modo sería descreído. Pues se hace a sí misma un ataúd de incienso y mirra y otras especias, y entrando en él cuando sus años se han cumplido, evidentemente muere y se deshace en polvo. Entonces de la carne descompuesta del ave muerta se engendra un gusano, y este gusano, cuando ha crecido, se transforma en un ave —y no descreas esto, pues ves que la prole de las abejas también es formada así de gusanos, y de huevos que son bastante líquidos has visto salir alas y huesos y tendones de aves—. Después el antedicho Fénix, emplumado y convertido en un Fénix adulto, como el anterior, se eleva por el aire tal como había muerto, mostrando a los hombres una evidentísima resurrección de los muertos. El Fénix es ciertamente un ave maravillosa, pero es irracional, y jamás cantó alabanza a Dios; vuela por el cielo, pero no sabe quién es el Hijo Unigénito de Dios. ¿Se ha dado, pues, una resurrección de entre los muertos a esta criatura irracional que no conoce a su Hacedor, y a nosotros, que atribuimos gloria a Dios y guardamos sus mandamientos, no se nos concederá resurrección alguna?

    Cat. XVIII, 9

    9. Pero como el signo del Fénix es remoto y poco común, y los hombres todavía descreen nuestra resurrección, tomad de nuevo la prueba de esto de lo que veis cada día. Hace cien o doscientos años, todos nosotros, hablantes y oyentes, ¿dónde estábamos? ¿No conocemos el fundamento de la substancia de nuestros cuerpos? ¿No sabéis cómo de elementos débiles, informes y simples somos engendrados, y de lo que es simple y débil se forma un hombre viviente? ¿Y cómo aquel elemento débil, hecho carne, se transforma en fuertes tendones, y ojos brillantes, y nariz sensible, y oídos que oyen, y lengua que habla, y corazón que late, y manos diligentes, y pies veloces, y en miembros de toda clase? ¿Y cómo aquel elemento antes débil se convierte en constructor de naves, y en edificador, y en arquitecto, y en artífice de artes diversas, y en soldado, y en gobernante, y en legislador, y en rey? ¿No puede, pues, Dios, que nos ha hecho de materiales imperfectos, levantarnos cuando hemos caído en la descomposición? El que así forja un cuerpo de lo que es vil, ¿no puede levantar de nuevo el cuerpo caído? Y el que forma lo que no es, ¿no levantará lo que es y ha caído?

    Cat. XVIII, 10

    10. Tomad además una prueba manifiesta de la resurrección de los muertos, atestiguada mes a mes en el cielo y sus lumbreras. El cuerpo de la luna desaparece por completo, de modo que ninguna parte de ella se ve ya más; sin embargo se llena de nuevo, y es restituida a su estado anterior; y para la perfecta demostración del asunto, la luna, al sufrir eclipse en ciertas revoluciones de años y quedar manifiestamente convertida en sangre, recupera sin embargo su cuerpo luminoso: habiendo provisto Dios esto, para que tú también, el hombre que estás formado de sangre, no rehúses crédito a la resurrección de los muertos, sino que creas acerca de ti mismo también lo que ves respecto de la luna. Emplea, pues, estas cosas como argumentos contra los griegos; porque contra los que no reciben lo que está escrito combate con armas no escritas, sólo con razonamientos y demostraciones; pues estos hombres no conocen quién es Moisés, ni Isaías, ni los Evangelios, ni Pablo.

    Cat. XVIII, 11

    11. Volveos ahora a los samaritanos, quienes, recibiendo solamente la Ley, no admiten a los Profetas. Para ellos el texto recién leído de Ezequiel no tiene fuerza, pues, como he dicho, no admiten a los Profetas; ¿de dónde, pues, persuadiremos también a los samaritanos? Vayamos a los escritos de la Ley. Ahora bien, Dios dice a Moisés: Yo soy el Dios de Abrahán, y de Isaac, y de Jacob; esto ha de significar de los que tienen ser y subsistencia. Pues si Abrahán ha llegado a su fin, e Isaac y Jacob, entonces Él es el Dios de los que no tienen ser. ¿Cuándo dijo jamás un rey: Yo soy el rey de soldados, a los cuales no tenía? ¿Cuándo mostró alguien riqueza que no poseía? Por tanto, Abrahán e Isaac y Jacob deben subsistir, para que Dios sea el Dios de los que tienen ser; pues no dijo: "Yo era su Dios," sino Yo soy. Y que hay un juicio, lo muestra Abrahán al decir al Señor: El que juzga a toda la tierra, ¿no hará Él juicio []?

    Cat. XVIII, 12

    12. Pero a esto objetan de nuevo los necios samaritanos, y dicen que las almas acaso de Abrahán e Isaac y Jacob continúan, pero que sus cuerpos no pueden posiblemente resucitar. ¿Era posible, pues, que la vara del justo Moisés se convirtiera en serpiente, y es imposible que los cuerpos de los justos vivan y resuciten? ¿Y aquello se hizo contra la naturaleza, y no serán ellos restaurados según la naturaleza? Además, la vara de Aarón, aunque cortada y muerta, brotó, sin el olor de las aguas [], y aunque bajo un techo, retoñó en flores como en los campos; y aunque puesta en lugares secos, dio en una noche las flores y el fruto de plantas regadas por muchos años. ¿Resucitó, por así decir, de entre los muertos la vara de Aarón, y no será resucitado el propio Aarón? ¿Y obró Dios maravillas en la madera, para asegurarle el sumo sacerdocio, y no concederá una resurrección al propio Aarón? También una mujer fue convertida en sal contra la naturaleza; y carne fue convertida en sal; ¿y no será restituida la carne a la carne? ¿Fue la mujer de Lot hecha columna de sal, y no será resucitada la mujer de Abrahán? ¿Por qué poder fue cambiada la mano de Moisés, que incluso dentro de una hora se tornó como nieve, y fue restituida de nuevo? Ciertamente por mandato de Dios. ¿Era, pues, su mandato eficaz entonces, y no tiene eficacia ahora?

    Cat. XVIII, 13

    13. ¿Y de dónde, en el principio, vino el hombre a la existencia en absoluto, oh samaritanos, los más insensatos de todos los hombres? Id al primer libro de la Escritura, que hasta vosotros recibís; Y Dios formó al hombre del polvo de la tierra. [] ¿El polvo se transforma en carne, y no será la carne de nuevo restituida a la carne? También se os ha de preguntar: ¿de dónde tuvieron su ser los cielos, y la tierra, y los mares? ¿De dónde el sol, y la luna, y las estrellas? ¿Cómo de las aguas fueron hechas las cosas que vuelan y nadan? ¿Y cómo de la tierra todos sus seres vivientes? ¿Tan innumerables miríadas fueron sacadas de la nada al ser, y nosotros los hombres, que llevamos la imagen de Dios, no seremos resucitados? Verdaderamente este camino está lleno de incredulidad, y los incrédulos son muy de condenar; cuando Abrahán se dirige al Señor como el Juez de toda la tierra, y los discípulos de la Ley descreen; cuando está escrito que el hombre es de la tierra, y los lectores lo descreen.

    Cat. XVIII, 14

    14. Estas cuestiones, por tanto, son para ellos, los incrédulos: pero las palabras de los Profetas son para nosotros, los que creemos. Mas puesto que algunos que también han usado los Profetas no creen lo que está escrito, y alegan contra nosotros aquel pasaje, Los impíos no se levantarán en el juicio, y, Pues si el hombre desciende al sepulcro, no subirá más [], y, Los muertos no te alabarán, oh Señor —pues de lo que está bien escrito han hecho mal uso— será bueno salirles al paso de manera somera, y hasta donde ahora es posible. Pues si se dice, que los impíos no se levantarán en el juicio, esto muestra que se levantarán, no en juicio, sino en condenación; porque Dios no necesita largo escrutinio, sino que inmediatamente tras la resurrección de los impíos sigue también su castigo. Y si se dice, Los muertos no te alabarán, oh Señor, esto muestra que, puesto que sólo en esta vida es el tiempo señalado para el arrepentimiento y el perdón, por los cuales los que lo disfrutan alabarán al Señor, no queda después de la muerte para los que han muerto en pecados dar alabanza como receptores de una bendición, sino lamentarse a sí mismos; pues la alabanza pertenece a los que dan gracias, pero a los que están bajo el azote, la lamentación. Por tanto, los justos ofrecen entonces alabanza; pero los que han muerto en pecados no tienen más tiempo para la confesión.

    Cat. XVIII, 15

    15. Y respecto de aquel pasaje, Si un hombre baja al sepulcro, no volverá a subir más, observad lo que sigue, pues está escrito, No volverá a subir más, ni volverá a su propia casa. Pues ya que todo el mundo pasará, y toda casa será destruida, ¿cómo volverá a su propia casa, habiendo de aquí en adelante una tierra nueva y diversa? Mas debían haber oído a Job, que dice: Pues hay esperanza para el árbol; porque si fuere cortado, brotará de nuevo, y su renuevo tierno no cesará. Pues aunque su raíz envejezca en la tierra, y su tronco muera en el suelo pedregoso; con todo, al olor del agua retoñará, y echará renuevos como una planta nueva. Pero el hombre, cuando muere, se va; y cuando el hombre mortal cae, ¿acaso es ya más? []? Como reconviniendo y reprendiendo (pues así debemos leer las palabras ¿acaso es ya más? con interrogación), dice: ya que un árbol cae y revive, ¿no revivirá el hombre, para quien todos los árboles fueron hechos? Y para que no penséis que estoy forzando las palabras, leed lo que sigue; pues después de decir a modo de pregunta, Cuando el hombre mortal cae, ¿acaso es ya más?, dice, Pues si un hombre muere, vivirá de nuevo; e inmediatamente añade, Esperaré hasta ser hecho de nuevo; y de nuevo en otro lugar, ¿Quién levantará sobre la tierra mi piel, que soporta estas cosas? E Isaías el Profeta dice, Los muertos resucitarán, y los que están en los sepulcros despertarán. [] Y el Profeta Ezequiel, que está ahora delante de nosotros, dice muy claramente, He aquí que abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de vuestros sepulcros. [] Y Daniel dice, Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, unos para la vida eterna, y otros para vergüenza eterna [].

    Cat. XVIII, 16

    16. Y muchas Escrituras hay que testifican de la Resurrección de los muertos; pues hay muchos otros dichos acerca de esta materia. Mas ahora, solamente a modo de recuerdo, haremos una mención pasajera de la resurrección de Lázaro al cuarto día; y aludiremos apenas, por la brevedad del tiempo, también al hijo de la viuda que fue resucitado, y solamente para recordároslo, permítaseme mencionar a la hija del príncipe de la sinagoga, y el desgarramiento de las rocas, y cómo se levantaron muchos cuerpos de los santos que dormían [], habiendo sido abiertos sus sepulcros. Mas téngase especialmente presente que Cristo ha resucitado de entre los muertos. [] Hablo sólo de pasada de Elías, y del hijo de la viuda a quien resucitó; de Eliseo también, que resucitó muertos dos veces; una vez en vida, y una vez después de su muerte. Pues cuando vivía obró la resurrección por medio de su propia alma []; mas para que no sólo las almas de los justos fuesen honradas, sino que se creyese que también en los cuerpos de los justos reside un poder, el cadáver que fue echado en el sepulcro de Eliseo, cuando tocó el cuerpo muerto del profeta, fue vivificado, y el cuerpo muerto del profeta hizo la obra del alma, y lo que estaba muerto y sepultado dio vida al muerto, y aunque dio vida, con todo continuó él mismo entre los muertos. ¿Por qué? Para que si Eliseo resucitase, la obra no fuese atribuida a su alma sola; y para mostrar que, aunque el alma no esté presente, una virtud reside en el cuerpo de los santos, a causa del alma justa que por tantos años ha morado en él, y lo ha usado como su ministro. Y no seamos neciamente incrédulos, como si esto no hubiese acontecido: pues si pañuelos y delantales, que son de fuera, tocando los cuerpos de los enfermos, levantaban a los enfermos, ¿cuánto más el propio cuerpo del Profeta resucitará a los muertos?

    Cat. XVIII, 17

    17. Y acerca de estos ejemplos podríamos decir mucho, repasando en detalle las circunstancias maravillosas de cada suceso: mas como habéis sido ya fatigados tanto por el ayuno sobrepuesto de la Preparación, como por las vigilias, baste por ahora lo que se ha dicho brevemente acerca de ellos; habiendo sido estas palabras como sembradas escasamente, para que vosotros, recibiendo la semilla como tierra riquísima, al dar fruto las aumentéis. Mas téngase presente que los Apóstoles también resucitaron muertos; Pedro resucitó a Tabita en Jope, y Pablo resucitó a Eutico en Tróade; y así hicieron todos los demás Apóstoles, aunque no todas las maravillas obradas por cada uno hayan sido escritas. Además, recordad todos los dichos de la primera Epístola a los Corintios, que Pablo escribió contra los que decían: ¿Cómo son resucitados los muertos, y con qué cuerpo vienen? [] Y cómo dice: Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y cómo los llamó necios, a los que no creían; y recordad toda su enseñanza allí acerca de la resurrección de los muertos, y cómo escribió a los Tesalonicenses: Mas no queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los demás que no tienen esperanza [], y todo lo que sigue: mas principalmente aquello: Y los muertos en Cristo resucitarán primero.

    Cat. XVIII, 18

    18. Mas señalad especialmente esto, con cuánta agudeza dice Pablo: Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. [] Pues este cuerpo será resucitado no permaneciendo débil como ahora; sino que será resucitado el mismo cuerpo, aunque al vestirse de incorrupción será formado de nuevo —como el hierro que se mezcla con el fuego se vuelve fuego, o más bien como Él sabe, el Señor que nos resucita. Este cuerpo, pues, será resucitado, mas no permanecerá tal como es ahora, sino como cuerpo eterno; no necesitando ya para su vida de tal alimento como ahora, ni de escaleras para su ascenso, pues será hecho espiritual, cosa maravillosa, tal como no podemos dignamente expresar. Entonces, está dicho, resplandecerán los justos como el sol [], y la luna, y como el resplandor del firmamento. [] Y Dios, conociendo de antemano la incredulidad de los hombres, ha dado a los pequeños gusanos en el verano el lanzar rayos de luz de su cuerpo, para que por lo que se ve, se crea lo que se espera; pues Aquel que da en parte es capaz de dar también el todo, y Aquel que hizo al gusano radiante de luz, mucho más iluminará al hombre justo.

    Cat. XVIII, 19

    19. Seremos resucitados, pues, todos con cuerpos eternos, mas no todos con cuerpos semejantes: porque si un hombre es justo, recibirá un cuerpo celestial, para que pueda dignamente conversar con los Ángeles; mas si un hombre es pecador, recibirá un cuerpo eterno, apto para soportar las penas de los pecados, para que arda eternamente en el fuego, y nunca sea consumido. Y justamente asignará Dios esta porción a cada compañía; pues nada hacemos sin el cuerpo. Blasfemamos con la boca, y con la boca oramos. Con el cuerpo fornicamos, y con el cuerpo guardamos castidad. Con la mano robamos, y con la mano damos limosna; y lo demás de igual manera. Ya que, pues, el cuerpo ha sido nuestro ministro en todas las cosas, también compartirá con nosotros en el futuro los frutos del pasado.

    Cat. XVIII, 20

    20. Por tanto, hermanos, cuidemos nuestros cuerpos, y no hagamos mal uso de ellos como si no fuesen nuestros. No digamos como los herejes que esta vestidura del cuerpo no nos pertenece, sino cuidémosla como cosa nuestra; pues hemos de dar cuenta al Señor de todas las cosas hechas por medio del cuerpo. No digáis: nadie me ve; no penséis que no hay testigo del hecho. Testigo humano muchas veces no lo hay; mas Aquel que nos formó, testigo infalible, permanece fiel en el cielo, y contempla lo que hacéis. Y las manchas del pecado también permanecen en el cuerpo; pues como cuando una herida ha penetrado hondamente en el cuerpo, aun si ha habido curación, queda la cicatriz, así el pecado hiere al alma y al cuerpo, y las marcas de sus cicatrices permanecen en todos; y solamente son quitadas de aquellos que reciben el lavado del Bautismo. Las heridas pasadas, pues, del alma y del cuerpo las sana Dios por el Bautismo; contra las futuras guardémonos todos juntamente, para que conservemos pura esta vestidura del cuerpo, y no, por practicar la fornicación y la indulgencia sensual o cualquier otro pecado por breve tiempo, perdamos la salvación del cielo, sino que heredemos el reino eterno de Dios; del cual os tenga Dios, por su propia gracia, a todos vosotros por dignos.

    Cat. XVIII, 21

    21. Baste esto en prueba de la Resurrección de los muertos; y ahora, recítoos de nuevo la profesión de la fe, y vosotros con toda diligencia pronunciadla mientras yo hablo, y recordadla.
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    Cat. XVIII, 22

    22. La Fe que recitamos contiene en orden lo siguiente: «Y en un solo Bautismo de penitencia para la remisión de los pecados; y en una Santa Iglesia Católica; y en la resurrección de la carne; y en la vida eterna.» Ahora bien, del Bautismo y de la penitencia he hablado en las primeras Catequesis; y mis observaciones presentes acerca de la resurrección de los muertos han sido hechas con referencia al Artículo «En la resurrección de la carne.» Ahora, pues, permítaseme terminar lo que aún queda por decir del Artículo, «En una Santa Iglesia Católica,» sobre el cual, aunque uno podría decir muchas cosas, hablaremos sólo brevemente.

    Cat. XVIII, 23

    23. Se llama Católica, pues, porque se extiende por todo el mundo, de un extremo de la tierra al otro; y porque enseña universalmente y de manera completa todos y cada uno de los dogmas que deben llegar al conocimiento de los hombres, acerca de las cosas visibles e invisibles, celestiales y terrenales; y porque somete a la piedad a toda la raza de los hombres, gobernantes y gobernados, doctos e indoctos; y porque universalmente trata y sana toda clase de pecados, que son cometidos por el alma o por el cuerpo, y posee en sí misma toda forma de virtud que se nombra, tanto en obras como en palabras, y en toda especie de dones espirituales.

    Cat. XVIII, 24

    24. Y con razón se la llama (Ekklesia) porque convoca y congrega a todos los hombres; conforme a lo que dice el Señor en el Levítico: Y haced una asamblea para toda la congregación a la puerta del tabernáculo del testimonio. Y ha de notarse que la palabra congregar es usada por primera vez en las Escrituras aquí, en el tiempo en que el Señor pone a Aarón en el Sumo Sacerdocio. Y en el Deuteronomio también dice el Señor a Moisés: Congregad al pueblo ante Mí, y oigan Mis palabras, para que aprendan a temerme. [] Y de nuevo menciona el nombre de la Iglesia, cuando dice acerca de las Tablas: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor habló con vosotros en el monte de en medio del fuego en el día de la Asamblea; como si hubiera dicho más claramente, en el día en que fuisteis llamados y congregados por Dios. El Salmista también dice: Te daré gracias, oh Señor, en la gran Congregación; Te alabaré entre mucho pueblo.

    Cat. XVIII, 25

    25. Antiguamente cantaba el Salmista: Bendecid a Dios en las congregaciones, al Señor, (vosotros que sois) de las fuentes de Israel. Mas después de que los judíos, por las maquinaciones que tramaron contra el Salvador, fueron desechados de su gracia, el Salvador edificó de entre los Gentiles una segunda Santa Iglesia, la Iglesia de nosotros los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta roca edificaré Mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. [] Y David, profetizando de ambas, dijo claramente de la primera que fue rechazada: He aborrecido la Congregación de los malhechores; mas de la segunda que es edificada dice en el mismo Salmo: Señor, he amado la hermosura de Tu casa; e inmediatamente después: En las Congregaciones te bendeciré, oh Señor. Pues ahora que la única Iglesia en Judea es desechada, las Iglesias de Cristo se multiplican por todo el mundo; y de ellas está dicho en los Salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, su alabanza en la Congregación de los Santos. Conforme a lo cual el profeta también dijo a los judíos: No tengo complacencia en vosotros, dice el Señor Todopoderoso []; e inmediatamente después: Pues desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, Mi nombre es glorificado entre los Gentiles. Acerca de esta Santa Iglesia Católica escribe Pablo a Timoteo: Para que sepas cómo debes comportarte en la Casa de Dios, que es la Iglesia del Dios Viviente, columna y fundamento de la verdad [].

    Cat. XVIII, 26

    26. Mas ya que la palabra Ekklesia se aplica a cosas diversas (como también está escrito de la multitud en el teatro de los Efesios: Y habiendo dicho esto, despidió la Asamblea []), y ya que uno podría propia y verdaderamente decir que hay una Iglesia de malhechores, quiero decir las reuniones de los herejes, los marcionitas y maniqueos, y los demás, por esta causa la Fe os ha entregado ahora con seguridad el Artículo, «Y en una Santa Iglesia Católica;» para que evitéis sus reuniones miserables, y permanezcáis siempre con la Santa Iglesia Católica en la cual fuisteis regenerados. Y si alguna vez estáis de paso en ciudades, no preguntéis simplemente dónde está la Casa del Señor (pues las otras sectas de los profanos también intentan llamar a sus propias guaridas casas del Señor), ni meramente dónde está la Iglesia, sino dónde está la Iglesia Católica. Pues éste es el nombre peculiar de esta Santa Iglesia, la madre de todos nosotros, que es la esposa de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios (pues está escrito: Como Cristo también amó a la Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella [], y todo lo demás,) y es figura y copia de la Jerusalén de arriba, la cual es libre, y la madre de todos nosotros []; la cual antes era estéril, mas ahora tiene muchos hijos.

    Cat. XVIII, 27

    27. Pues cuando la primera Iglesia fue desechada, en la segunda, que es la Iglesia Católica, ha puesto Dios, como dice Pablo, primeramente Apóstoles, en segundo lugar Profetas, en tercer lugar maestros, luego milagros, luego dones de sanidades, ayudas, gobiernos, diversos géneros de lenguas [], y toda suerte de virtud, quiero decir sabiduría y entendimiento, templanza y justicia, misericordia y benignidad, y paciencia inconquistable en las persecuciones. Ella, con armadura de justicia a diestra y a siniestra, por honra y por deshonra [], en días antiguos en medio de persecuciones y tribulaciones coronó a los santos mártires con las variadas y florecientes guirnaldas de la paciencia, y ahora en tiempos de paz por la gracia de Dios recibe sus honores debidos de reyes y de los que están en alta posición [], y de toda suerte y parentela de hombres. Y mientras que los reyes de las naciones particulares tienen límites puestos a su autoridad, sólo la Santa Iglesia Católica extiende su poder sin límite sobre todo el mundo; pues Dios, como está escrito, ha hecho paz en sus fronteras. Mas necesitaría muchas más horas para mi discurso, si quisiese hablar de todas las cosas que a ella conciernen.
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    Cat. XVIII, 28

    28. En esta Santa Iglesia Católica recibiendo instrucción y comportándonos virtuosamente, alcanzaremos el reino de los cielos, y heredaremos la vida eterna; por la cual también soportamos todas las fatigas, para que seamos hechos partícipes de ella por el Señor. Pues no es trivial nuestro propósito, sino que nuestro empeño es por la vida eterna. Por lo cual en la profesión de la Fe, después de las palabras, «Y en la resurrección de la carne,» es decir, de los muertos (de la cual hemos discurrido), se nos enseña a creer también «en la vida eterna,» por la cual como cristianos nos esforzamos.

    Cat. XVIII, 29

    29. La vida real y verdadera, pues, es el Padre, que por el Hijo en el Espíritu Santo derrama como de una fuente sus dones celestiales sobre todos; y por su amor al hombre, las bendiciones de la vida eterna se prometen sin falta también a nosotros, los hombres. No debemos dudar de la posibilidad de esto, sino que, poniendo los ojos no en nuestra propia debilidad sino en su poder, debemos creer; porque para Dios todo es posible. Y que esto es posible, y que podemos esperar la vida eterna, lo declara Daniel: Y de entre los muchos justos brillarán como las estrellas por siempre jamás. Y Pablo dice: Y así estaremos siempre con el Señor []: porque el estar siempre con el Señor implica la vida eterna. Pero con toda claridad dice el Salvador mismo en el Evangelio: Y éstos irán al castigo eterno, mas los justos a la vida eterna [].

    Cat. XVIII, 30

    30. Y muchas son las pruebas acerca de la vida eterna. Y cuando deseamos alcanzar esta vida eterna, las sagradas Escrituras nos sugieren los modos de alcanzarla; de los cuales, por la extensión de nuestro discurso, los textos que ahora os presentamos serán sólo unos pocos, quedando el resto para la búsqueda de los diligentes. Declaran en un momento que es por la fe; porque está escrito: El que cree en el Hijo tiene vida eterna [], y lo que sigue; y de nuevo dice Él mismo: De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y lo demás. En otro momento, es por la predicación del Evangelio; porque dice que El que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna. En otro momento, por el martirio y la confesión en el nombre de Cristo; porque dice: Y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para vida eterna. Y de nuevo, por preferir a Cristo a las riquezas o a los parientes; Y todo aquel que ha dejado hermanos, o hermanas [], y lo demás, heredará la vida eterna. Además es guardando los mandamientos, No cometerás adulterio, No matarás, y lo demás que sigue; como respondió al que vino a Él y dijo: Maestro bueno, ¿qué haré para tener la vida eterna []? Pero además es apartándose de las malas obras, y sirviendo en adelante a Dios; porque Pablo dice: Mas ahora, liberados del pecado, y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y por fin la vida eterna [].

    Cat. XVIII, 31

    31. Y muchos son los caminos de hallar la vida eterna, aunque los he pasado por alto a causa de su número. Porque el Señor en su bondad amorosa ha abierto, no una ni dos, sino muchas puertas por las cuales entrar en la vida eterna, para que, en cuanto de Él dependía, todos pudieran gozarla sin impedimento. Esto es lo que por ahora hemos dicho en breve acerca de la vida eterna, que es la última doctrina de las profesadas en la Fe, y su término; ¡cuya vida podamos todos, maestros y oyentes, gozar por la gracia de Dios!
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    Cat. XVIII, 32

    32. Y ahora, hermanos amados, la palabra de instrucción os exhorta a todos a preparar vuestras almas para la recepción de los dones celestiales. En cuanto a la Santa y Apostólica Fe que se os ha entregado para profesar, hemos hablado por la gracia del Señor tantas Catequesis como fue posible en estos pasados días de Cuaresma; no porque sea esto todo lo que debíamos decir, pues muchos son los puntos omitidos; y éstos acaso sean pensados mejor por maestros más excelentes. Pero ahora el santo día de la Pascua está cerca, y vosotros, amados en Cristo, vais a ser iluminados por la Pila de la regeneración. Se os enseñará, pues, de nuevo lo que es necesario, si Dios así lo quiere; con cuánta devoción y orden debéis entrar cuando se os llame, para qué fin se realiza cada uno de los santos misterios del Bautismo, y con qué reverencia y orden debéis pasar del Bautismo al Santo Altar de Dios, y gozar de sus misterios espirituales y celestiales; para que, iluminadas de antemano vuestras almas por la palabra de doctrina, podáis descubrir en cada particular la grandeza de los dones que Dios os ha otorgado.

    Cat. XVIII, 33

    33. Y después del santo Día de salvación de la Pascua, vendréis cada día sucesivo, comenzando desde el segundo día de la semana, después de la asamblea, al Santo Lugar de la Resurrección, y allí, si Dios lo permite, oiréis otras Catequesis; en las cuales se os enseñarán de nuevo las razones de todo lo que se ha hecho, y recibiréis las pruebas de ello por el Antiguo y el Nuevo Testamento: primero, de las cosas hechas justo antes del Bautismo; después, cómo fuisteis limpiados de vuestros pecados por el Señor, por el lavado del agua con la palabra [], y cómo, a semejanza de Sacerdotes, habéis llegado a ser partícipes del Nombre de Cristo, y cómo os fue dado el Sello de la comunión del Espíritu Santo, y acerca de los misterios en el Altar del Nuevo Testamento, que tienen su comienzo en este lugar: lo que las Divinas Escrituras nos han entregado, y cuál es el poder de estos misterios, y cómo debéis acercaros a ellos, y cuándo y cómo recibirlos, y, al fin de todo, cómo en el tiempo venidero debéis comportaros dignamente de esta gracia tanto en palabras como en obras, para que todos podáis gozar de la vida eterna. Y estas cosas se dirán, si es del agrado de Dios.

    Cat. XVIII, 34

    34. Finalmente, hermanos míos, regocijaos en el Señor siempre; otra vez os diré: Regocijaos, porque vuestra redención se ha acercado, y la hueste celestial de los Ángeles espera vuestra salvación. Y hay ahora voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor []; y el Profeta clama: ¡Oh, vosotros que tenéis sed, venid a las aguas; e inmediatamente después: Oídme, y comeréis lo bueno, y vuestra alma se deleitará en bienes. Y dentro de poco oiréis aquella excelente lección que dice: Resplandece, resplandece, oh nueva Jerusalén; porque ha venido tu luz. [] De esta Jerusalén ha dicho el profeta: Y después serás llamada ciudad de justicia, Sión, madre fiel de las ciudades; porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor, palabra que desde aquí ha sido derramada sobre el mundo entero. A ella le dice también el Profeta acerca de vosotros: Alza tus ojos en derredor, y mira a tus hijos reunidos; y ella responde, diciendo: ¿Quiénes son éstos que vuelan como nube, y como palomas con sus polluelos hacia mí? (nubes por su naturaleza espiritual, y palomas, por su pureza). Y de nuevo, dice: ¿Quién conoce tales cosas? ¿O quién lo ha visto así? ¿Dio a luz una tierra en un solo día? ¿O nació una nación toda de una vez? Pues en cuanto Sión estuvo de parto, dio a luz a sus hijos. Y todas las cosas se llenarán de gozo inefable por causa del Señor que dijo: He aquí, yo creo a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo.

    Cat. XVIII, 35

    35. Y que estas palabras se digan ahora también sobre vosotros: Cantad, oh cielos, y alégrate, oh tierra; y luego: porque el Señor ha tenido misericordia de su pueblo, y ha consolado a los humildes de su pueblo. Y esto acontecerá por la bondad amorosa de Dios, que os dice: He aquí, yo borraré como una nube tus transgresiones, y como una espesa nube tus pecados. [] Mas vosotros, que habéis sido considerados dignos del nombre de Fieles (de los cuales está escrito: Sobre mis siervos será llamado un nombre nuevo, que será bendito en la tierra,), diréis con alegría: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo []: en quien tenemos nuestra redención por su sangre, el perdón de nuestros pecados, según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros, y lo que sigue; y de nuevo: Mas Dios, siendo rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo, y lo demás. Y de nuevo, de igual manera, alabad al Señor de todos los bienes, diciendo: Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia el hombre, no por obras de justicia que nosotros hubiésemos hecho, sino según su misericordia nos salvó, por el lavado de la regeneración, y la renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos hechos herederos, según la esperanza, de la vida eterna. [] Y que el mismo Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él, iluminados los ojos de vuestro entendimiento [], y que os guarde siempre en buenas obras, y palabras, y pensamientos; a quien sea la gloria, la honra y el poder, por nuestro Señor Jesucristo, con el Espíritu Santo, ahora y siempre, y por todos los interminables siglos de la eternidad. Amén.

    Catequesis mistagógica I. La renuncia y la profesión de fe

    Cat. mist. I, encabezado

    Primera Catequesis sobre los Misterios.
    Con una Lección de la Primera Epístola General de Pedro, que comienza en Sed sobrios, velad, hasta el fin de la Epístola.
    Comentario editorial · ¿De Cirilo o de Juan de Jerusalén? La autoría de las mistagógicas
    Las cinco catequesis «sobre los misterios» (XIX–XXIII en el NPNF) se han atribuido también a Juan, sucesor de Cirilo en la sede. Gifford (1893) recuerda que un manuscrito de Múnich pone el nombre de Juan en el título de la primera, que otros añaden «de Cirilo y de Juan», y que dos teólogos protestantes franceses del siglo XVII, Rivet y Aubertin, las atacaron; él las defiende como de Cirilo, porque en Cat. XVIII, 33 se anuncian, con su contenido, para la semana de Pascua. Wikipedia habla de «considerable controversia» sobre su fecha y autoría, y dice que hoy muchos las dan a Cirilo pero escritas en los años 370 u 380, no a la vez que las otras. Es una cuestión abierta; esta edición no la resuelve.

    Cat. mist. I, 1

    1. Desde hace tiempo he deseado, oh hijos legítimos y amadísimos de la Iglesia, disertar ante vosotros acerca de estos Misterios espirituales y celestiales; pero como bien sabía que el ver persuade mucho más que el oír, he esperado a la presente sazón; para que, hallándoos más abiertos al influjo de mis palabras por vuestra experiencia presente, pueda llevaros de la mano al prado más brillante y fragante del Paraíso que está delante de nosotros; tanto más cuanto que habéis sido hechos aptos para recibir los más sagrados Misterios, después de haber sido hallados dignos del divino y vivificante Bautismo. Puesto que, pues, resta poner delante de vosotros una mesa de las más perfectas instrucciones, dejemos ahora que se os enseñen estas cosas exactamente, para que conozcáis el efecto obrado en vosotros en aquella tarde de vuestro bautismo.

    Cat. mist. I, 2

    2. Primero entrasteis en el vestíbulo del Baptisterio, y allí, mirando hacia Occidente, escuchasteis la orden de extender la mano, y como en presencia de Satanás, renunciasteis a él. Ahora debéis saber que esta figura se halla en la historia antigua. Pues cuando Faraón, aquel tirano amarguísimo y cruel, oprimía al pueblo libre y noble de los hebreos, Dios envió a Moisés para sacarlos de la malvada esclavitud de los egipcios. Entonces las jambas de las puertas fueron ungidas con la sangre de un cordero, para que el destructor huyera de las casas que tenían la señal de la sangre; y el pueblo hebreo fue maravillosamente liberado. El enemigo, empero, después de su rescate, los persiguió [], y vio el mar milagrosamente abierto ante ellos; no obstante, siguió adelante, siguiéndolos de cerca en sus huellas, y fue de repente sumergido y tragado en el Mar Rojo.

    Cat. mist. I, 3

    3. Ahora, pasad de lo antiguo a lo nuevo, de la figura a la realidad. Allí tenemos a Moisés enviado por Dios a Egipto; aquí, a Cristo, enviado por su Padre al mundo: allí, para que Moisés sacara de Egipto a un pueblo afligido; aquí, para que Cristo rescatara a los que en el mundo están oprimidos por el pecado: allí, la sangre de un cordero fue el conjuro contra el destructor; aquí, la sangre del Cordero sin mancha Jesucristo es hecha el conjuro para ahuyentar a los malos espíritus: allí, el tirano perseguía a aquel antiguo pueblo hasta el mar; y aquí el espíritu audaz y desvergonzado, el autor del mal, os seguía hasta las mismas corrientes de la salvación. El tirano de antaño se ahogó en el mar; y este de ahora desaparece en el agua de la salvación.

    Cat. mist. I, 4

    4. Mas, con todo, se te ordena decir, con el brazo extendido hacia él como si estuviera presente, «Renuncio a ti, Satanás». Deseo decir también por qué estáis de pie mirando a Occidente; porque es necesario. Puesto que Occidente es la región de la oscuridad sensible, y él, siendo tiniebla, tiene también su dominio en la oscuridad, por eso, mirando con un significado simbólico hacia Occidente, renunciáis a aquel potentado oscuro y tenebroso. ¿Qué, pues, se levantó a decir cada uno de vosotros? «Renuncio a ti, Satanás», ¡tirano perverso y cruelísimo! Es decir, «ya no temo tu poder; porque Cristo lo ha derrocado, habiendo participado conmigo de carne y sangre, para que por medio de éstas, por la muerte, destruyera la muerte [], a fin de que no fuese yo sometido a esclavitud para siempre». «Renuncio a ti», serpiente astuta y sutilísima. «Renuncio a ti», conspirador que eres, que bajo apariencia de amistad urdiste toda desobediencia, y obras la apostasía en nuestros primeros padres. «Renuncio a ti, Satanás», artífice e instigador de toda maldad.
    Comentario editorial · De cara a Occidente: la renuncia a Satanás
    Los candidatos, en el vestíbulo del baptisterio, miraban a Occidente con el brazo extendido y decían «Renuncio a ti, Satanás», y renunciaban así a sus obras, a su pompa y a su servicio (I, 2–8). Cirilo da la razón del gesto: Occidente es «la región de la oscuridad sensible», y el diablo tiene allí su dominio (I, 4). Después se volvían a Oriente, «el lugar de la luz» (I, 9), para confesar su fe «en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, y en un solo bautismo de penitencia» (I, 9). La «pompa del diablo» son los teatros, las carreras de caballos y la caza (I, 6). Gifford recuerda que Tertuliano ya describe la renuncia, hecha en la iglesia y otra vez ante el agua, y que Cirilo habla solo de esta última.

    Cat. mist. I, 5

    5. Luego, en una segunda frase, se os enseña a decir, «y a todas tus obras». Ahora bien, las obras de Satanás son todo pecado, al que también debéis renunciar, así como quien ha escapado de un tirano, ciertamente ha escapado también de sus armas. Todo pecado, pues, de toda clase, está incluido en las obras del diablo. Sabed solamente esto: que todo lo que decís, especialmente en aquella hora estremecedora, está escrito en los libros de Dios; cuando, pues, hagáis algo contrario a estas promesas, seréis juzgados como transgresores. [] Renunciáis, por tanto, a las obras de Satanás; quiero decir, a todas las obras y pensamientos contrarios a la razón.

    Cat. mist. I, 6

    6. Luego decís, «y a toda su pompa». Ahora bien, la pompa del diablo es la locura de los teatros, y de las carreras de caballos, y de la caza, y toda vanidad semejante: de la cual aquel santo varón, orando para ser librado, dice a Dios: Aparta mis ojos, para que no vean la vanidad. No os intereséis por la locura del teatro, donde veréis los gestos desvergonzados de los actores, ejecutados con burlas y toda indecencia, y el baile frenético de hombres afeminados; ni por la locura de aquellos que en las cacerías se exponen a las bestias salvajes para cebar su miserable apetito; que, para servir a su vientre con carnes, se convierten ellos mismos en realidad en carne para el vientre de bestias indómitas; y, para hablar con justicia, por causa de su propio dios, su vientre, arrojan su vida de cabeza en combates singulares. Evitad también las carreras de caballos, espectáculo frenético y que subvierte el alma. Pues todas estas cosas son la pompa del diablo.

    Cat. mist. I, 7

    7. Además, las cosas que se cuelgan en las fiestas de los ídolos, ya sea carne o pan, u otras tales contaminadas por la invocación de los espíritus inmundos, se cuentan en la pompa del diablo. Pues así como el Pan y el Vino de la Eucaristía antes de la invocación de la Santa y Adorable Trinidad eran simple pan y simple vino, mientras que después de la invocación el Pan se convierte en el Cuerpo de Cristo, y el Vino en la Sangre de Cristo, así de igual manera tales carnes pertenecientes a la pompa de Satanás, aunque en su propia naturaleza sean simples, se vuelven profanas por la invocación del mal espíritu.

    Cat. mist. I, 8

    8. Después de esto decís, «y a todo tu servicio». Ahora bien, el servicio del diablo es la oración en los templos de los ídolos; las cosas hechas en honor de ídolos sin vida; el encendido de lámparas, o el quemar incienso junto a fuentes o ríos, como hacen algunas personas engañadas por sueños o por espíritus malignos, pensando hallar cura aun para sus dolencias corporales. No vayáis tras tales cosas. La observación de las aves, la adivinación, los agüeros, o los amuletos, o los encantamientos escritos en hojas, los sortilegios, u otras artes malvadas, y todas las cosas semejantes, son servicios del diablo; por tanto, evitadlas. Porque si después de renunciar a Satanás y unirte a Cristo, tú caes bajo su influjo, hallarás al tirano más amargo; acaso, porque él te trataba de antiguo como cosa suya, y te aliviaba de su dura esclavitud, pero ahora se ha exasperado grandemente contra ti; así que quedarás privado de Cristo, y experimentarás al otro. ¿No habéis oído la antigua historia que nos habla de Lot y de sus hijas? ¿No se salvó él mismo con sus hijas, cuando hubo ganado el monte, mientras que su mujer se convirtió en una estatua de sal, puesta por monumento para siempre, en memoria de su voluntad depravada y de su volverse atrás? Ten, pues, cuidado de ti mismo, y no vuelvas de nuevo a lo que queda atrás, habiendo puesto tu mano en el arado, y volviéndote luego al sabor salado de las obras de esta vida; mas escapa al monte, a Jesucristo, piedra cortada sin manos [], que ha llenado el mundo.

    Cat. mist. I, 9

    9. Por tanto, cuando renunciáis a Satanás, quebrando enteramente todo vuestro pacto con él, aquella antigua alianza con el infierno [], se os abre el paraíso de Dios, que Él plantó hacia Oriente, de donde por su transgresión fue desterrado nuestro primer padre; y un símbolo de esto fue vuestro volveros de Occidente a Oriente, el lugar de la luz. Entonces se os dijo que dijeseis, «Creo en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, y en un solo Bautismo de penitencia». De cuyas cosas os hablamos largamente en las Catequesis anteriores, según nos lo permitió la gracia de Dios.

    Cat. mist. I, 10

    10. Guardados, pues, por estos discursos, sed sobrios. Porque vuestro adversario el diablo, como se acaba de leer, cual león rugiente, anda alrededor, buscando a quién devorar. [] Mas aunque en tiempos antiguos la muerte era poderosa y devoraba, en la santa Pila de la regeneración Dios ha enjugado toda lágrima de todos los rostros. Pues ya no os lamentaréis más, ahora que os habéis despojado del hombre viejo; mas guardaréis la fiesta, vestidos con el vestido de salvación [], es a saber, Jesucristo.

    Cat. mist. I, 11

    11. Y estas cosas se hicieron en la cámara exterior. Mas si Dios quiere, cuando en las sucesivas Catequesis sobre los Misterios hayamos entrado en el Santo de los Santos, allí conoceremos el significado simbólico de las cosas que allí se realizan. Ahora, a Dios Padre, con el Hijo y el Espíritu Santo, sea la gloria, y el poder, y la majestad, por los siglos de los siglos. Amén.
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