Siglo IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Gifford (NPNF)·53 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 3 de 13 · Catequesis V. De la fe·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CIR-01
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Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos.
Cat. V, 1
¡Cuán grande dignidad os otorga el Señor al trasladaros del orden de los catecúmenos al de los Fieles, lo muestra el apóstol Pablo cuando afirma: Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión de su Hijo Jesucristo. [] Porque ya que Dios es llamado Fiel, también tú, al recibir este título, recibes una gran dignidad. Pues así como Dios es llamado Bueno, y Justo, y Todopoderoso, y Creador del Universo, así también es llamado Fiel. Considerad, por tanto, a qué dignidad estáis ascendiendo, ya que vais a haceros partícipes de un título de Dios.
Cat. V, 2
Aquí, pues, se exige además que cada uno de vosotros sea hallado fiel en su conciencia: porque es difícil hallar un hombre fiel []; no que hayáis de mostrarme vuestra conciencia a mí, pues no habéis de ser juzgados según el juicio de hombre; sino que muestres la sinceridad de tu fe a Dios, que escudriña los riñones y los corazones, y conoce los pensamientos de los hombres. Cosa grande es el hombre fiel, siendo el más rico de todos los ricos. Porque del hombre fiel es todo el mundo de las riquezas, en cuanto las desdeña y las pisotea. Pues los que en apariencia son ricos y tienen muchas posesiones, son pobres en el alma; porque cuanto más acumulan, tanto más se consumen con el deseo de lo que aún les falta. Pero el hombre fiel, paradoja extrañísima, en la pobreza es rico: pues sabiendo que solo necesitamos tener alimento y vestido, y estando contentos con ello [], ha pisoteado las riquezas.
Cat. V, 3
Y no es solo entre nosotros, que llevamos el nombre de Cristo, donde es grande la dignidad de la fe; sino que también todas las cosas que se realizan en el mundo, aun por los que son extraños a la Iglesia, se realizan por la fe.
Por la fe las leyes del matrimonio unen bajo un mismo yugo a quienes habían vivido como extraños; y por la fe en los contratos matrimoniales un extraño se hace partícipe de la persona y de los bienes de otro extraño. Por la fe se sustenta también la agricultura, pues el que no cree que ha de recibir cosecha no soporta los trabajos. Por la fe los navegantes, confiando en una tabla delgadísima, cambian aquel elemento tan sólido, la tierra, por el movimiento inquieto de las olas, entregándose a esperanzas inciertas y llevando consigo una fe más segura que cualquier ancla. Por la fe, por tanto, se mantienen unidas la mayor parte de las empresas humanas; y no solo entre nosotros ha existido esta creencia, sino también, como he dicho, entre los que están fuera. Porque si no reciben las Escrituras, sino que proponen ciertas doctrinas propias, aun estas las aceptan por la fe.
Cat. V, 4
La lección que hoy se ha leído os invita también a la fe verdadera, poniendo delante de vosotros el modo en que también vosotros habéis de agradar a Dios: pues afirma que sin fe es imposible agradarle. [] Porque ¿cuándo un hombre se decidirá a servir a Dios, si no cree que Él es dador de galardón? ¿Cuándo una joven escogerá la vida virginal, o un joven vivirá sobriamente, si no creen que para la castidad hay una corona que no se marchita []? La fe es un ojo que ilumina toda conciencia y da entendimiento; pues el Profeta dice: Y si no creyerais, no entenderéis.
La fe tapó las bocas de los leones [], como en el caso de Daniel: pues la Escritura dice de él que Daniel fue sacado del foso, y no se halló en él lesión alguna, porque había creído en su Dios. [] ¿Hay algo más temible que el diablo? Sin embargo, aun contra él no tenemos otro escudo que la fe, un broquel impalpable contra un enemigo invisible. Pues él lanza dardos diversos, y dispara en la noche oscura contra los que no velan; pero, como el enemigo es invisible, tenemos la fe como armadura fuerte, según la palabra del Apóstol: tomando en todo el escudo de la fe, con que podréis apagar todos los dardos de fuego del maligno. [] A menudo el diablo lanza un dardo de fuego de deseo de placer torpe; pero la fe, sugiriendo una imagen del juicio, enfría la mente y apaga el dardo.
Cat. V, 5
Mucho hay que decir de la fe, y todo el día no bastaría para describirla plenamente. Contentémonos por ahora con Abraham solamente, como uno de los ejemplos del Antiguo Testamento, ya que por la fe hemos sido hechos hijos suyos. Fue justificado no solo por las obras, sino también por la fe; pues aunque hizo muchas cosas buenas, nunca fue llamado amigo de Dios sino cuando creyó. Es más, toda obra suya fue realizada en la fe. Por la fe dejó a sus padres; dejó patria, y lugar, y casa por la fe. [] De igual manera, pues, como él fue justificado, sé tú justificado también. En su cuerpo ya estaba muerto para la descendencia, y Sara su mujer era ya anciana, y no quedaba esperanza de tener hijos. Dios promete al anciano un hijo, y Abraham sin debilitarse en la fe, aunque consideraba su propio cuerpo ya como muerto [], no atendió a la debilidad de su cuerpo, sino al poder de Aquel que prometía, porque tuvo por fiel al que había prometido [], y así, contra toda esperanza, alcanzó al hijo de cuerpos como ya muertos. Y cuando, después de haber recibido a su hijo, se le mandó ofrecerlo, aunque había oído la palabra: En Isaac te será llamada descendencia, procedió a ofrecer a su hijo, su único hijo, a Dios, creyendo que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos. [] Y habiendo atado a su hijo y puesto sobre la leña, en propósito lo ofreció; mas por la bondad de Dios, que le entregó un cordero en lugar de su hijo, recibió a su hijo vivo. Siendo fiel en estas cosas, fue sellado para la justicia, y recibió la circuncisión como sello de la fe que tuvo estando aún incircunciso [], habiendo recibido la promesa de que sería padre de muchas naciones [].
Cat. V, 6
Veamos, pues, de qué modo Abraham es padre de muchas naciones. [] De los judíos es confesadamente padre, por sucesión según la carne. Pero si nos atenemos a la sucesión según la carne, nos veremos obligados a decir que el oráculo era falso. Porque según la carne ya no es padre de todos nosotros; mas el ejemplo de su fe nos hace a todos hijos de Abraham. ¿Cómo? ¿Y de qué manera? Para los hombres es increíble que uno resucite de entre los muertos; como igualmente es increíble que haya descendencia de personas ancianas, como ya muertas. Pero cuando se predica que Cristo fue crucificado en el madero, y que murió y resucitó, lo creemos. Por la semejanza, pues, de nuestra fe somos adoptados en la filiación de Abraham. Y después, siguiendo a nuestra fe, recibimos como él el sello espiritual, siendo circuncidados por el Espíritu Santo por medio del Bautismo, no en la carne del prepucio, sino en el corazón, según Jeremías, que dice: Y seréis circuncidados para Dios en el prepucio de vuestro corazón; y según el Apóstol: en la circuncisión de Cristo, habiendo sido sepultados con Él en el bautismo, y lo demás [].
Cat. V, 7
Esta fe, si la guardamos, estaremos libres de condenación y seremos adornados con toda clase de virtudes. Porque tan grande es la fuerza de la fe, que hasta sostiene a los hombres andando sobre el mar. Pedro era hombre semejante a nosotros, compuesto de carne y sangre, y que vivía de alimentos semejantes. Pero cuando Jesús dijo: Ven [], creyó y anduvo sobre las aguas, y halló su fe más segura sobre las aguas que cualquier suelo; y su pesado cuerpo fue sostenido por la ligereza de su fe. Mas aunque tuvo pie firme sobre el agua mientras creyó, cuando dudó, al punto comenzó a hundirse; pues al relajarse gradualmente su fe, su cuerpo fue arrastrado también hacia abajo con ella. Y cuando Jesús vio su angustia, Él, que remedia las angustias de nuestras almas, dijo: Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? [] Y reanimado de nuevo por Aquel que le asió la mano derecha, no bien hubo recobrado la fe, cuando, llevado de la mano del Maestro, reanudó el mismo andar sobre las aguas; pues esto lo mencionó indirectamente el Evangelio, diciendo: cuando hubieron subido a la barca. Porque no dice que Pedro atravesase nadando y subiese, sino que nos da a entender que, después de volver la misma distancia que había andado para ir al encuentro de Jesús, subió de nuevo a la barca.
Cat. V, 8
Sí, tan grande poder tiene la fe, que no solo el creyente se salva, sino que algunos han sido salvados por creer otros. El paralítico de Cafarnaúm no era creyente, pero creyeron quienes lo trajeron y lo bajaron por el techo []; porque el alma del enfermo compartía la enfermedad de su cuerpo. Y no penséis que lo acuso sin causa: el Evangelio mismo dice cuando Jesús vio, no su fe, sino la fe de ellos, dice al paralítico: ¡Levántate! Los que lo llevaban creyeron, y el paralítico gozó del beneficio de la curación.
Cat. V, 9
¿Queréis ver con mayor certeza aún que algunos son salvados por la fe de otros? Lázaro murió []: un día había pasado, y un segundo, y un tercero; sus tendones estaban ya descompuestos, y la corrupción hacía presa ya en su cuerpo. ¿Cómo podía creer uno muerto de cuatro días, y suplicar al Redentor por sí mismo? Mas lo que le faltaba al muerto lo suplieron sus verdaderas hermanas. Pues cuando el Señor llegó, la hermana cayó ante Él, y cuando Él dijo: ¿Dónde lo habéis puesto? y ella respondió: Señor, ya hiede, porque lleva cuatro días muerto, el Señor dijo: Si crees, verás la gloria de Dios; como si dijera: Suple tú la falta de fe del muerto. Y la fe de las hermanas tuvo tanto poder, que hizo volver al muerto de las puertas del infierno. Pues si los hombres, creyendo unos por otros, han podido resucitar a los muertos, ¿no serás tú mucho más aprovechado si crees sinceramente por ti mismo? Es más, aun si eres incrédulo o de poca fe, el Señor es amante del hombre; Él se condesciende contigo en tu arrepentimiento: solo di de tu parte con mente sincera: Señor, yo creo; ayuda mi incredulidad. [] Pero si piensas que realmente eres fiel, mas aún no tienes la plenitud de la fe, también tú tienes necesidad de decir como los Apóstoles: Señor, auméntanos la fe []; porque una parte tienes de ti mismo, pero la mayor parte la recibes de Él.
Cat. V, 10
Porque el nombre de Fe es uno en la forma del habla, pero tiene dos sentidos distintos. Hay una clase de fe, la dogmática, que implica un asentimiento del alma a un punto particular; y es provechosa al alma, como dice el Señor: El que oye mis palabras, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no viene a juicio []; y de nuevo: El que cree en el Hijo no es juzgado, sino que ha pasado de muerte a vida. ¡Oh la gran benignidad de Dios! Porque los justos estuvieron muchos años agradándole; mas lo que ellos lograron alcanzar con muchos años de agrado, esto te lo otorga ahora Jesús en una sola hora. Porque si crees que Jesucristo es el Señor, y que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo, y serás transportado al Paraíso por Aquel que introdujo allí al ladrón. Y no dudes de si es posible; porque Aquel que en este sagrado Gólgota salvó al ladrón después de una sola hora de fe, el mismo te salvará también a ti cuando creas.
Cat. V, 11
Mas hay una segunda clase de fe, que es otorgada por Cristo como don de la gracia. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, y a otro palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe, por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades. [] Esta fe, pues, dada por gracia del Espíritu, no es meramente doctrinal, sino que obra también cosas que superan el poder del hombre. Porque cualquiera que tenga esta fe, dirá a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará. [] Pues siempre que alguno diga esto con fe, creyendo que se cumple, y no dude en su corazón, entonces recibe la gracia.
Y de esta fe se dice: Si tenéis fe como un grano de mostaza. [] Porque así como el grano de mostaza es pequeño en tamaño, pero fogoso en su operación, y aunque sembrado en espacio pequeño tiene un círculo de grandes ramas, y cuando crece puede incluso albergar a las aves []; así, del mismo modo, la fe en el momento más veloz obra los mayores efectos en el alma. Porque, iluminada por la fe, el alma tiene visiones de Dios, y en cuanto es posible contempla a Dios, y recorre los confines del universo, y antes del fin de este mundo ve ya el Juicio y la paga de las recompensas prometidas. Ten, pues, tú aquella fe en Él que procede de ti mismo, para que también recibas de Él aquella fe que obra cosas por encima del hombre.
Cat. V, 12
Pero al aprender la Fe y al profesarla, adquiere y guarda solo aquello que ahora te es entregado por la Iglesia, y que ha sido edificado sólidamente con todas las Escrituras. Pues como no todos pueden leer las Escrituras, estando unos impedidos para su conocimiento por falta de instrucción, y otros por falta de tiempo, a fin de que el alma no perezca por ignorancia, comprendemos toda la doctrina de la Fe en pocas líneas. Este compendio quiero que lo encomendéis a la memoria cuando yo lo recite, y que lo repaséis con toda diligencia entre vosotros, no escribiéndolo en papel, sino grabándolo por la memoria en vuestro corazón, teniendo cuidado, mientras lo repasáis, de que ningún catecúmeno llegue a oír las cosas que os han sido entregadas. Quiero también que guardéis esto como provisión a lo largo de todo el curso de vuestra vida, y que aparte de esto no recibáis otro, ni si nosotros mismos cambiáramos y contradijéramos nuestra enseñanza actual, ni si un ángel adversario, transfigurado en ángel de luz [], quisiera extraviaros. Pues si nosotros o un ángel del cielo os anunciara otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema. [] Así que por ahora escuchad mientras digo sencillamente el Credo, y encomendadlo a la memoria; pero a su debido tiempo esperad la confirmación de cada parte del contenido en la Sagrada Escritura. Pues los artículos de la Fe no fueron compuestos según pareció bien a los hombres; sino que los puntos más importantes, recogidos de toda la Escritura, componen una sola enseñanza completa de la Fe. Y así como el grano de mostaza en un granito pequeño contiene muchas ramas, así también esta Fe ha abrazado en pocas palabras todo el conocimiento de la piedad en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Mirad, pues, hermanos, y retened las tradiciones que ahora recibís, y escribidlas en la tabla de vuestro corazón.
Comentario editorial · El credo de Jerusalén, que no se escribía
Cirilo recita el credo para que lo aprendan de memoria, «no escribiéndolo en papel» y cuidando de que ningún catecúmeno lo oiga; por eso no figura en los manuscritos (en dos se puso después el de Nicea). Gifford lo reconstruye con los títulos de las catequesis VI–XVIII: un solo Dios Padre todopoderoso, creador de lo visible y lo invisible; un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito, «Dios verdadero antes de todos los siglos»; encarnado, crucificado y sepultado, resucitado, subido a los cielos y sentado a la diestra del Padre; que vendrá con gloria; un solo Espíritu Santo, el Paráclito; un solo bautismo de penitencia; una sola Iglesia santa y católica; la resurrección de la carne y la vida eterna. Puesto junto al de Nicea (325), le faltan «de la sustancia del Padre», homoousios y los anatemas. Ni Gifford ni Wikipedia hacen de él el origen del credo niceno-constantinopolitano: Wikipedia dice que este era probablemente el credo bautismal de Constantinopla.
Guardadlas con reverencia, no sea que el enemigo despoje a alguno de los que se han vuelto negligentes, o que algún hereje pervierta algunas de las verdades que os han sido entregadas. Porque la fe es como poner dinero en el banco, tal como acabamos de hacer; pero Dios os pide cuentas del depósito. Te encargo, como dice el Apóstol, delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que ante Poncio Pilato dio buen testimonio, que guardes esta fe que se te ha encomendado, sin mancha, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo. Un tesoro de vida se te ha encomendado ahora, y el Maestro pide el depósito en su aparición, la cual mostrará a su debido tiempo, el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores; el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él sea la gloria, la honra y el poder [] por los siglos de los siglos. Amén.
Catequesis VI. Sobre la unidad de Dios y las herejías
Cat. VI, encabezado
Sobre la Unidad de Dios. Sobre el Artículo: Creo en un solo Dios. También sobre las herejías.
Isaías 45:16, 17. (Sept.)
Santificaos para Mí, oh islas. Israel es salvado por el Señor con salvación eterna; no serán avergonzados, ni confundidos jamás, etc.
Cat. VI, 1
1. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. [] Bendito sea también su Hijo Unigénito. Pues al pensamiento de Dios únase al punto el pensamiento de Padre, para que la atribución de gloria al Padre y al Hijo sea indivisible. Porque no tiene el Padre una gloria y el Hijo otra, sino una y la misma, puesto que Él es el Hijo Unigénito del Padre; y cuando el Padre es glorificado, también el Hijo comparte con Él la gloria, porque la gloria del Hijo mana del honor de su Padre: y a su vez, cuando el Hijo es glorificado, el Padre de tan grande bendición es altamente honrado.
Cat. VI, 2
2. Y aunque la mente es rapidísima en sus pensamientos, la lengua necesita palabras y un largo recitado de discurso intermedio. Pues el ojo abarca de una vez una multitud del 'coro estrellado'; pero cuando alguien quiere describirlas una por una, cuál es el lucero de la mañana y cuál el de la tarde, y cuál cada una de ellas, necesita muchas palabras. De la misma manera, la mente en el brevísimo instante abarca tierra y mar y todos los confines del universo; pero lo que concibe en un instante, usa muchas palabras para describirlo. Aun con todo lo eficaz que es el ejemplo que he mencionado, es aún débil e inadecuado. Porque de Dios no hablamos todo lo que deberíamos (pues eso solo a Él es conocido), sino cuanto ha recibido la capacidad de la naturaleza humana, y cuanto nuestra debilidad puede soportar. Pues no explicamos qué es Dios, sino que confesamos con franqueza que no tenemos conocimiento exacto acerca de Él. Porque en lo que toca a Dios, confesar nuestra ignorancia es el mejor conocimiento. Engrandeced, pues, al Señor conmigo, y exaltemos juntos su Nombre —todos nosotros en común, porque uno solo es impotente; más aún, aun si todos nos uniéramos, todavía no lo haríamos como se debe. No me refiero solo a vosotros los aquí presentes, sino que aun si todos los hijos de toda la Iglesia por el mundo, tanto la que ahora es como la que ha de ser, se reunieran, no podrían dignamente cantar las alabanzas de su Pastor.
Cat. VI, 3
3. Grande y honorable varón fue Abraham, pero solo grande en comparación con los hombres; y cuando se presentó ante Dios, hablando con verdad y franqueza dice: Soy tierra y ceniza. [] No dijo 'tierra' y luego se detuvo, no fuera a llamarse por el nombre de aquel gran elemento; sino que añadió 'y ceniza', para representar su naturaleza perecedera y frágil. ¿Hay algo, dice, más pequeño o más leve que la ceniza? Pues tomad, dice, la comparación de la ceniza con una casa, de la casa con una ciudad, de la ciudad con una provincia, de la provincia con el Imperio romano, y del Imperio romano con toda la tierra y todos sus confines, y de toda la tierra con el cielo en que está abrazada;— la tierra, que guarda la misma proporción con el cielo que el centro con toda la circunferencia de una rueda, pues la tierra no es más que esto en comparación con el cielo: considerad entonces que este primer cielo que se ve es menor que el segundo, y el segundo que el tercero, pues hasta aquí la Escritura los ha nombrado, no porque sean solo tantos, sino porque nos convenía saber solo tantos. Y cuando en el pensamiento hayas examinado todos los cielos, aún no podrán los cielos alabar a Dios como Él es; no, ni aun si resonaran con voz más fuerte que el trueno. Pero si estas grandes bóvedas de los cielos no pueden dignamente cantar la alabanza de Dios, ¿cuándo podrán la 'tierra y la ceniza', lo más pequeño y lo último de las cosas existentes, elevar un himno digno de alabanza a Dios, o hablar dignamente de Dios, que está sentado sobre el círculo de la tierra, y tiene a sus moradores como langostas []?
Cat. VI, 4
4. Si alguno intenta hablar de Dios, describa primero los confines de la tierra. Tú habitas en la tierra, y el límite de esta tierra que es tu morada no lo conoces: ¿cómo entonces podrás formarte un pensamiento digno de su Creador? Contemplas las estrellas, pero a su Hacedor no lo ves: cuenta estas que son visibles, y luego describe a Aquel que es invisible, que cuenta el número de las estrellas, y las llama a todas por sus nombres. Lluvias violentas cayeron recientemente sobre nosotros y casi nos destruyen: cuenta las gotas solo en esta ciudad: no, no digo en la ciudad, sino cuenta las gotas sobre tu propia casa por una sola hora, si puedes, pero no puedes. Aprende entonces tu propia debilidad; aprende de este ejemplo la potencia de Dios: porque Él ha contado las gotas de la lluvia, que han sido derramadas sobre toda la tierra, no solo ahora sino en todo tiempo. El sol es obra de Dios, que, con ser grande, es tan solo un punto en comparación con todo el cielo; primero mira fijamente el sol, y luego escudriña con curiosidad al Señor del sol. No busques las cosas que son demasiado profundas para ti, ni escudriñes las cosas que están sobre tus fuerzas: lo que te está mandado, piénsalo [].
Cat. VI, 5
5. Pero alguno dirá: Si la sustancia divina es incomprensible, ¿por qué entonces discurres sobre estas cosas? Pues entonces, porque no puedo beberme todo el río, ¿no he de tomar siquiera con moderación lo que me conviene? Porque con ojos constituidos como los míos no puedo abarcar todo el sol, ¿no he de mirarlo siquiera lo bastante para satisfacer mis necesidades? O también, porque he entrado en un gran jardín y no puedo comer toda la provisión de frutos, ¿querrías que me fuera del todo hambriento? Alabo y glorifico al que nos hizo; porque divino mandato es el que dice: Todo aliento alabe al Señor. Intento ahora glorificar al Señor, pero no describirlo, sabiendo no obstante que quedaré corto en glorificarlo dignamente, aun estimando como obra de piedad el intentarlo. Porque el Señor Jesús anima mi debilidad, diciendo: A Dios nadie le ha visto jamás.
Cat. VI, 6
6. Pues qué, dirá alguno, ¿no está escrito: Los ángeles de los pequeños ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos []? Sí, pero los ángeles ven a Dios no como Él es, sino hasta donde ellos mismos son capaces. Pues es Jesús mismo quien dice: No es que alguno haya visto al Padre, sino Aquel que es de Dios, Él ha visto al Padre. [] Los ángeles, pues, contemplan cuanto pueden soportar, y los arcángeles cuanto son capaces; y los Tronos y los Dominios más que los primeros, pero aún menos que su dignidad: porque solo el Espíritu Santo, con el Hijo, puede contemplarlo rectamente: pues Él escudriña todas las cosas, y conoce aun lo profundo de Dios []: como en verdad también el Hijo Unigénito, con el Espíritu Santo, conoce plenamente al Padre: Pues ni, dice, conoce alguno al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo. [] Pues Él contempla plenamente, y, según cada uno puede soportar, revela a Dios por el Espíritu: ya que el Hijo Unigénito junto con el Espíritu Santo es partícipe de la Divinidad del Padre. El que fue engendrado conoce al que lo engendró; y el que engendró conoce al que es engendrado. Puesto que los ángeles, pues, son ignorantes (porque a cada uno según su propia capacidad el Unigénito le revela por el Espíritu Santo, como hemos dicho), nadie se avergüence de confesar su ignorancia. Hablo ahora, como todos hacen en ocasión: pero cómo hablamos, no podemos decirlo: ¿cómo entonces podré yo declarar a Aquel que nos ha dado el habla? Yo, que tengo alma, y no puedo decir sus propiedades distintivas, ¿cómo podré describir a su Dador?
Cat. VI, 7
7. Para la devoción nos basta saber simplemente que tenemos un Dios; un Dios que es Uno, un Dios vivo, un Dios que vive siempre; siempre semejante a Sí mismo; que no tiene Padre, ninguno más poderoso que Él, ningún sucesor que lo arroje de su reino: que en nombre es múltiple, en poder infinito, en sustancia uniforme. Pues aunque es llamado Bueno, y Justo, y Todopoderoso y Sebaot, no por eso es diverso y variado; sino que, siendo uno y el mismo, envía innumerables operaciones de su Divinidad, no excediendo aquí y faltando allí, sino siendo en todas las cosas semejante a Sí mismo. No es grande solamente en misericordia, y pequeño en sabiduría, sino con sabiduría y misericordia en igual poder: no viendo en parte, y en parte careciendo de vista; sino siendo todo ojo, y todo oído, y toda mente: no como nosotros percibiendo en parte y en parte no conociendo; porque tal afirmación sería blasfema, e indigna de la sustancia divina. Él conoce de antemano las cosas que son; Él es Santo, y Todopoderoso, y sobrepuja a todos en bondad, y majestad, y sabiduría: de quien no podemos declarar ni principio, ni forma, ni figura. Porque no habéis oído su voz jamás, ni habéis visto su figura [], dice la Sagrada Escritura. Por eso dice también Moisés a los israelitas: Y guardad bien vuestras almas, porque no visteis ninguna semejanza. [] Pues si es del todo imposible imaginar su semejanza, ¿cómo se acercará el pensamiento a su sustancia?
Cat. VI, 8
8. Muchas imaginaciones ha habido entre muchas personas, y todas han fracasado. Algunos han pensado que Dios es fuego; otros que es, por así decirlo, un hombre con alas, a causa de un texto verdadero mal entendido: Me esconderás bajo la sombra de tus alas. Olvidaron que nuestro Señor Jesucristo, el Unigénito, habla de manera semejante de Sí mismo a Jerusalén: ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste! [] Pues mientras que el poder protector de Dios era concebido como alas, ellos, no entendiendo esto, descendieron al nivel de las cosas humanas, y supusieron que el Inescrutable existe a semejanza de hombre. Algunos además osaron decir que tiene siete ojos, porque está escrito: siete ojos del Señor que miran sobre toda la tierra. [] Pues si tiene solo siete ojos que lo rodean en parte, su ver es por tanto parcial y no perfecto: pero decir esto de Dios es blasfemo; porque hemos de creer que Dios es en todas las cosas perfecto, según la palabra de nuestro Salvador, que dice: Vuestro Padre celestial es perfecto []: perfecto en vista, perfecto en poder, perfecto en grandeza, perfecto en presciencia, perfecto en bondad, perfecto en justicia, perfecto en misericordia: no circunscrito en espacio alguno, sino Creador de todo espacio, existiendo en todo, y por nada circunscrito. El cielo es su trono, pero más alto es Aquel que se sienta en él: y la tierra es el estrado de sus pies [], pero su poder alcanza hasta las cosas debajo de la tierra.
Cat. VI, 9
9. Uno es Él, presente en todas partes, contemplando todas las cosas, percibiendo todas las cosas, creando todas las cosas por Cristo: Pues todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. [] Fuente de todo bien, abundante e inagotable, río de bendiciones, luz eterna de esplendor que nunca falta, poder insuperable que se condesciende a nuestras flaquezas: cuyo mismo Nombre no osamos oír. ¿Hallarás tú la huella del Señor? dice Job, ¿o has alcanzado hasta lo más pequeño de lo que el Todopoderoso ha hecho? Si lo más pequeño de sus obras es incomprensible, ¿será comprendido Aquel que las hizo todas? Lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre, es lo que Dios ha preparado para los que le aman. [] Si las cosas que Dios ha preparado son incomprensibles a nuestros pensamientos, ¿cómo podremos comprender con nuestra mente a Aquel mismo que las ha preparado? ¡Oh profundidad de las riquezas, y de la sabiduría, y del conocimiento de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! [], dice el Apóstol. Si sus juicios y sus caminos son incomprensibles, ¿podrá Él mismo ser comprendido?
Cat. VI, 10
10. Siendo, pues, Dios tan grande, y aun mayor, (pues aun si cambiara toda mi sustancia en lengua, no podría hablar de su excelencia: más aún, ni aun si todos los ángeles se reunieran, podrían jamás hablar de su dignidad), siendo, pues, Dios tan grande en bondad y majestad, ¡el hombre ha osado decir a una piedra que ha esculpido: Tú eres mi Dios []! ¡Oh monstruosa ceguera, que de majestad tan grande descendiera tan bajo! El árbol que fue plantado por Dios, y nutrido por la lluvia, y después quemado y convertido en ceniza por el fuego — a este se le llama Dios, y el verdadero Dios es despreciado. Pero la maldad de la idolatría creció aun más pródiga, y el gato, y el perro, y el lobo fueron adorados en lugar de Dios: el león devorador de hombres fue también adorado en lugar de Dios, el más amante amigo del hombre. La serpiente y la culebra, imitación de aquel que nos expulsó del Paraíso, fueron adoradas, y Aquel que plantó el Paraíso fue despreciado. Y me avergüenza decirlo, y no obstante lo digo, aun las cebollas fueron adoradas entre algunos. El vino fue dado para alegrar el corazón del hombre: y Dionisio (Baco) fue adorado en lugar de Dios. Dios hizo el grano diciendo: Produzca la tierra hierba, que dé semilla según su especie y según su semejanza [], para que el pan fortalezca el corazón del hombre: ¿por qué, pues, fue adorada Deméter (Ceres)? El fuego sale de golpear piedras entre sí hasta el día de hoy: ¿cómo entonces fue Hefesto (Vulcano) el creador del fuego?
Cat. VI, 11
11. ¿De dónde vino el error politeísta de los griegos? Dios no tiene cuerpo: ¿de dónde, pues, los adulterios que se alegan entre aquellos que por ellos son llamados dioses? Nada digo de las transformaciones de Zeus en cisne: me avergüenza hablar de sus transformaciones en toro: pues los mugidos son indignos de un dios. El dios de los griegos ha sido hallado adúltero, y no por eso se avergüenzan: porque si es adúltero, no sea llamado dios. Cuentan también de muertes, y caídas, y rayos de sus dioses. ¿Veis desde cuán grande altura y cuán bajo han caído? ¿Fue sin razón, pues, que el Hijo de Dios descendiera del cielo? ¿O fue para que sanara tan grande herida? ¿Fue sin razón que el Hijo viniera? ¿O fue para que el Padre fuera reconocido? Has aprendido lo que movió al Unigénito a descender del trono a la diestra de Dios. El Padre era despreciado, el Hijo debía corregir el error: pues Aquel por quien todas las cosas fueron hechas debía traerlas todas como ofrendas al Señor de todas. La herida debía ser sanada: porque ¿qué podía ser peor que esta enfermedad, que una piedra fuera adorada en lugar de Dios?
De las herejías
Cat. VI, 12
12. Y no solo entre los gentiles hizo el diablo estos asaltos; porque muchos de los que falsamente son llamados cristianos, e injustamente se les dirige por el dulce nombre de Cristo, han osado antes ahora impíamente desterrar a Dios de su propia creación. Me refiero a la prole de los herejes, aquellos hombres impíos de mal nombre, que fingen ser amigos de Cristo pero lo aborrecen por completo. Porque quien blasfema del Padre del Cristo es enemigo del Hijo. ¡Estos hombres han osado hablar de dos Divinidades, una buena y una mala! ¡Oh monstruosa ceguera! Si es una Divinidad, entonces con certeza buena. Pero si no es buena, ¿por qué llamarla Divinidad? Porque si la bondad es un atributo de Dios; si la misericordia, la beneficencia, el poder omnipotente son propios de Dios, entonces de dos cosas una: o bien al llamarlo Dios, únanse el nombre y la operación; o si quieren despojarlo de sus operaciones, no le den el mero nombre.
Cat. VI, 13
13. Los herejes se han atrevido a decir que existen dos Dioses, y dos fuentes del bien y del mal, ambas ingénitas. Si ambas son ingénitas, es cierto que son también iguales y ambas poderosas. ¿Cómo entonces destruye la luz las tinieblas? ¿Y existen juntas, o están separadas? Juntas no pueden ser; ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas? dice el Apóstol. Pero si están lejos la una de la otra, es cierto que cada una ocupa su propio lugar; y si ocupan lugares propios y separados, ciertamente nosotros estamos en el reino de un solo Dios, y ciertamente adoramos a un solo Dios. Pues así hemos de concluir, aunque asintamos a su necedad, que hemos de adorar a un solo Dios. Examinemos también qué dicen del Dios bueno. ¿Tiene poder o no tiene poder? Si tiene poder, ¿cómo surgió el mal contra su voluntad? ¿Y cómo se entromete la sustancia del mal, si Él no lo quiere? Porque si Él conoce pero no puede impedirlo, le acusan de falta de poder; pero si tiene el poder y no lo impide, le acusan de traición. Mirad también su falta de juicio. A veces dicen que el Maligno no tiene comunión con el Dios bueno en la creación del mundo; pero otras veces dicen que tiene tan sólo la cuarta parte. Dicen también que el Dios bueno es el Padre de Cristo; pero a Cristo le llaman este sol. Si, por tanto, según ellos, el mundo fue hecho por el Maligno, y el sol está en el mundo, ¿cómo es el Hijo del Bueno un esclavo contra su voluntad en el reino del Maligno? Nos enlodamos al hablar de estas cosas, pero lo hacemos para que ninguno de los presentes caiga por ignorancia en el lodo de los herejes. Sé que he manchado mi propia boca y los oídos de mis oyentes: sin embargo, es conveniente. Porque mucho mejor es oír absurdos imputados a otros, que caer en ellos por ignorancia: mucho mejor que conozcas el lodo y lo aborrezcas, que caer en él sin darte cuenta. Porque el sistema impío de las herejías es un camino de muchas ramas, y siempre que un hombre se ha desviado del único camino recto, cae una y otra vez en precipicios.
Cat. VI, 14
14. El inventor de toda herejía fue Simón Mago: aquel Simón que en los Hechos de los Apóstoles pensó comprar con dinero la gracia inestimable del Espíritu, y oyó las palabras: No tienes tú parte ni suerte en este asunto [], y lo demás; acerca del cual está también escrito: Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros; porque si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. [] Este hombre, después de haber sido expulsado por los Apóstoles, vino a Roma, y ganando para sí a una ramera llamada Elena, fue el primero que se atrevió con boca blasfema a decir que era él mismo quien se apareció en el Monte Sinaí como el Padre, y que después se apareció entre los judíos, no en carne real sino en apariencia, como Cristo Jesús, y después como el Espíritu Santo que Cristo prometió enviar como Paráclito. Y de tal modo engañó a la Ciudad de Roma que Claudio erigió su estatua, y escribió debajo de ella, en la lengua de los romanos, «Simoni Deo Sancto», que interpretado significa: «A Simón, Dios Santo».
Cat. VI, 15
15. Como el engaño se extendía, Pedro y Pablo, noble pareja, príncipes de la Iglesia, llegaron y corrigieron el error; y cuando el pretendido dios Simón quiso hacerse valer, al punto lo mostraron como un cadáver. Pues Simón prometió elevarse por los aires al cielo, y vino cabalgando en el aire en un carro de demonios; pero los siervos de Dios cayeron de rodillas, y habiendo mostrado aquella concordia de la que habló Jesús, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo sobre cualquier cosa que pidieren, les será hecho [], lanzaron el arma de su concordia en la oración contra Mago, y le derribaron a tierra. Y aunque cosa maravillosa era, no era maravilla. Pues allí estaba Pedro, que lleva las llaves del cielo; y nada tiene de admirable, porque allí estaba Pablo, que fue arrebatado al tercer cielo, y al Paraíso, y oyó palabras inefables que no es lícito al hombre pronunciar. Estos bajaron del cielo a la tierra al pretendido Dios, para ser llevado de allí a las regiones de debajo de la tierra. En este hombre apareció por primera vez la serpiente de maldad; pero cuando una cabeza fue cortada, la raíz de maldad se halló de nuevo con muchas cabezas.
Cat. VI, 16
16. Pues Cerinto devastó la Iglesia, y Menandro, y Carpócrates, y también los ebionitas, y Marción, aquella boca de impiedad. Porque el que proclamó dioses distintos, uno el Bueno, otro el Justo, contradice al Hijo cuando dice: Oh Padre justo. [] Y el que dice a su vez que uno es el Padre y otro el hacedor del mundo, se opone al Hijo cuando dice: Si Dios viste así la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno de fuego []; y: Que hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos. [] He aquí de nuevo un segundo inventor de mayor maldad, este Marción. Pues al ser confundido por los testimonios del Antiguo Testamento que se citan en el Nuevo, fue el primero que se atrevió a suprimirlos, y a dejar la predicación de la palabra de la fe sin testigo, borrando así al Dios verdadero; y procuró minar la fe de la Iglesia, como si no hubiera heraldos de ella.
Cat. VI, 17
17. A este sucedió otro, Basílides, de nombre malvado y carácter peligroso, predicador de impurezas. La contienda de la maldad fue ayudada también por Valentín, predicador de treinta dioses. Los griegos hablan de muy pocos; y el hombre que se llamaba—aunque más verdaderamente no era—cristiano extendió el engaño a treinta completos. Dice además que Bythos, el Abismo (pues le convenía, como abismo de maldad, comenzar su enseñanza por el Abismo) engendró al Silencio, y del Silencio engendró al Verbo. Este Bythos era peor que el Zeus de los griegos, que se unió a su hermana: pues se decía que el Silencio era hijo de Bythos. ¿Veis el absurdo revestido de apariencia de cristianismo? Esperad un poco, y os escandalizará su impiedad; pues afirma que de este Bythos fueron engendrados ocho Eones; y de estos, diez; y de estos, otros doce, varón y hembra. Pero ¿de dónde sale la prueba de estas cosas? Ved su necedad por sus invenciones. ¿De dónde sacáis la prueba de los treinta Eones? Porque, dice, está escrito que Jesús fue bautizado, siendo de treinta años. [] Pero aunque fuera bautizado a los treinta años, ¿qué demostración es esta a partir de los treinta años? ¿Hay acaso cinco dioses, porque partió cinco panes entre cinco mil? ¿O porque tuvo doce discípulos, ha de haber también doce dioses?
Cat. VI, 18
18. Y aun esto es poco comparado con las impiedades que siguen. Porque la última de las deidades, siendo, como se atreve a decir, a la vez varón y hembra, esta, dice, es la Sabiduría. ¡Qué impiedad! Pues la Sabiduría de Dios [] es Cristo, su Hijo Unigénito; y él, con su doctrina, degradó la Sabiduría de Dios a un elemento femenino, y uno de treinta, y la última invención. Dice también que la Sabiduría intentó contemplar al primer Dios, y no soportando su resplandor cayó del cielo, y fue arrojada de su trigésimo lugar. Entonces gimió, y de sus gemidos engendró al Diablo, y al llorar sobre su caída hizo de sus lágrimas el mar. Mirad la impiedad. Pues de la Sabiduría, ¿cómo es engendrado el Diablo, y de la prudencia la maldad, o de la luz las tinieblas? Dice también que el Diablo engendró a otros, algunos de los cuales crearon el mundo; y que el Cristo descendió para hacer que la humanidad se apartara del Hacedor del mundo.
Cat. VI, 19
19. Pero oíd quién dicen que es Cristo Jesús, para que los detestéis aún más. Pues dicen que, después de que la Sabiduría fue arrojada, para que el número de los treinta no quedara incompleto, los veintinueve Eones contribuyeron cada uno con una pequeña parte, y formaron al Cristo; y dicen que Él también es a la vez varón y hembra. ¿Puede haber algo más impío que esto? ¿Algo más miserable? Os estoy describiendo su engaño, para que los odiéis aún más. Huid, por tanto, de su impiedad, y ni siquiera saludéis a un hombre de esta clase, no sea que tengáis comunión con las obras infructuosas de las tinieblas []: ni hagáis indagaciones curiosas, ni queráis entrar en conversación con ellos.
Cat. VI, 20
20. Odiad a todos los herejes, pero especialmente a aquel que con razón toma su nombre de la manía, que surgió no hace mucho, en el reinado de Probo. Pues el engaño comenzó hace ya setenta años cumplidos, y aún viven hombres que le vieron con sus propios ojos. Pero no le odiéis por esto, porque vivió hace poco tiempo; sino por sus doctrinas impías odia tú al obrador de maldad, receptáculo de toda inmundicia, que recogió el lodo de todas las herejías. Pues aspirando a hacerse preeminente entre los hombres malvados, tomó las doctrinas de todos, y habiéndolas combinado en una sola herejía llena de blasfemias y de toda iniquidad, devasta la Iglesia, o más bien a los que están fuera de la Iglesia, rondando como león y devorando. No hagáis caso de sus hermosas palabras, ni de su supuesta humildad: porque son serpientes, raza de víboras. [] También Judas dijo: ¡Salve, Maestro!, aun mientras le entregaba. No atendáis a sus besos, sino guardaos de su veneno.
Comentario editorial · ¿Cuándo? Las Catequesis y la edad de Cirilo
Cirilo dice que Mani surgió «en el reinado de Probo» y que el engaño empezó «hace ya setenta años cumplidos». Gifford cuenta desde la disputa de Arquelao con Mani (277) y llega a la Cuaresma de 348; otras pistas apuntan igual: en XIV, 14 habla de los emperadores, en plural, que levantaron la basílica (por tanto, antes de que Constante muriera a comienzos de 350), y en XV, 6 pregunta si hay guerra entre persas y romanos, lo que Gifford liga a la campaña de 348. La Catholic Encyclopedia da «hacia 347»; Wikipedia, «hacia 350 o 348». La edad es igual de incierta: Gifford lo hace nacer a más tardar hacia 315, pues recuerda los Santos Lugares antes de las obras de Constantino; Wikipedia da hacia 313 y dice que 315 es conjetura. Si nació en 315, tenía unos treinta y tres años, y era presbítero.
21. Ahora bien, para que no parezca que le acuso sin razón, permitidme hacer una digresión para decir quién es este Manes, y en parte qué enseña: porque todo el tiempo no bastaría para describir adecuadamente el conjunto de su enseñanza asquerosa. Pero para auxilio en tiempo de necesidad [], guardad en vuestra memoria lo que he dicho a los oyentes anteriores, y repetiré a los ahora presentes, para que los que no saben aprendan, y los que saben sean recordados. Manes no es de origen cristiano, ¡Dios no lo permita!; ni fue expulsado de la Iglesia como Simón, ni él ni los maestros que le precedieron. Pues roba la maldad de otros hombres, y hace suya la maldad de ellos: pero cómo y de qué manera, habéis de oírlo.
Cat. VI, 22
22. Hubo en Egipto un tal Escitiano, sarraceno de nacimiento, que nada tenía en común ni con el judaísmo ni con el cristianismo. Este hombre, que habitaba en Alejandría e imitaba la vida de Aristóteles, compuso cuatro libros: uno llamado Evangelio, que no contenía los hechos de Cristo, sino sólo el mero nombre; otro llamado el libro de los Capítulos; un tercero, de los Misterios; y un cuarto, que ahora hacen circular, el Tesoro. Este hombre tenía un discípulo, de nombre Terebinto. Pero cuando Escitiano se propuso venir a Judea y devastar la tierra, el Señor le hirió con una enfermedad mortal, y detuvo la peste.
Cat. VI, 23
23. Pero Terebinto, discípulo suyo en este malvado error, heredó su dinero, sus libros y su herejía, y vino a Palestina; y habiendo llegado a ser conocido y condenado en Judea, resolvió pasar a Persia; pero, para no ser reconocido también allí por su nombre, lo cambió y se llamó a sí mismo Budas. Sin embargo, allí también halló adversarios en los sacerdotes de Mitra; y siendo confundido en la discusión de muchos argumentos y controversias, y al fin acorralado, se refugió junto a cierta viuda. Entonces, habiendo subido a la azotea, e invocado a los demonios del aire, a quienes los maniqueos invocan hasta hoy en su abominable ceremonia del higo, fue herido por Dios, arrojado desde la azotea, y expiró; y así fue cortada la segunda bestia.
Cat. VI, 24
24. Los libros, sin embargo, que eran los registros de su impiedad, permanecieron; y tanto estos como su dinero los heredó la viuda. Y no teniendo ni pariente ni ningún otro amigo, determinó comprar con el dinero a un muchacho llamado Cubrico; lo adoptó y educó como hijo en la sabiduría de los persas, y así afiló un arma malvada contra el género humano. Así, Cubrico, el vil esclavo, creció en medio de filósofos, y a la muerte de la viuda heredó tanto los libros como el dinero. Entonces, para que el nombre de esclavitud no le fuera un oprobio, en lugar de Cubrico se llamó a sí mismo Manes, que en la lengua de los persas significa discurso. Pues como se tenía por algo de disputador, se apellidó Manes, como si fuera un excelente maestro del discurso. Pero aunque se procuró un título honroso según la lengua de los persas, la providencia de Dios hizo que se convirtiera en acusador de sí mismo aun contra su voluntad, para que, pensando honrarse en Persia, se proclamara entre los griegos, por el nombre, maníaco.
Cat. VI, 25
25. Se atrevió también a decir que era el Paráclito, aunque está escrito: Pero cualquiera que blasfemare contra el Espíritu Santo, no tiene perdón. [] Cometió, pues, blasfemia diciendo que era el Espíritu Santo: vea el que comulga con esos herejes con quién se está alistando. El esclavo sacudió el mundo, pues por tres cosas se estremece la tierra, y la cuarta no puede soportarla: si un esclavo llega a ser rey. [] Habiendo aparecido en público, comenzó entonces a prometer cosas superiores al poder del hombre. El hijo del rey de los persas estaba enfermo, y una multitud de médicos le asistía; pero Manes prometió, como si fuera un varón piadoso, curarlo con la oración. Con la partida de los médicos, partió la vida del niño; y la impiedad del hombre quedó al descubierto. Así, el que pretendía ser filósofo fue hecho prisionero, siendo echado a la cárcel no por reprender al rey en defensa de la verdad, no por destruir los ídolos, sino por prometer salvar y mentir, o más bien, si ha de decirse la verdad, por cometer homicidio. Pues el niño, que habría podido salvarse con tratamiento médico, fue asesinado por este hombre al ahuyentar a los médicos y matarlo por falta de tratamiento.
Cat. VI, 26
26. Ahora bien, como son muchísimas las maldades que os cuento de él, recordad en primer lugar su blasfemia; en segundo, su esclavitud (no porque la esclavitud sea una deshonra, sino porque su pretender ser libre de nacimiento, siendo esclavo, era malvado); en tercero, la falsedad de su promesa; en cuarto, el asesinato del niño; y en quinto, la deshonra del encarcelamiento. Y no hubo sólo la deshonra de la cárcel, sino también la fuga de la cárcel. Pues el que se llamaba a sí mismo Paráclito y campeón de la verdad, huyó: no fue sucesor de Jesús, que de buen grado fue a la Cruz; sino que este hombre fue lo contrario, un fugitivo. Además, el rey de los persas mandó ejecutar a los guardias de la cárcel: así que Manes fue causa de la muerte del niño por su vana jactancia, y de la muerte de los carceleros por su fuga. ¿Debía, pues, ser adorado quien compartió la culpa del homicidio? ¿No debería haber seguido el ejemplo de Jesús, y haber dicho: Si me buscáis a Mí, dejad que estos se vayan []? ¿No debería haber dicho, como Jonás: Tomadme y echadme al mar, porque por mi causa viene esta tempestad []?
Cat. VI, 27
27. Huye de la cárcel y llega a Mesopotamia; pero allí le sale al encuentro el obispo Arquelao, escudo de la justicia; y habiéndole acusado ante filósofos como jueces, y habiendo reunido un auditorio de gentiles, para que si los cristianos daban sentencia no se pensara que los jueces mostraban favor —Dinos qué predicas, dijo Arquelao a Manes. Y él, cuya boca era como un sepulcro abierto, comenzó primero con blasfemias contra el Hacedor de todas las cosas, diciendo: El Dios del Antiguo Testamento es el autor de los males, como Él dice de sí mismo: Yo soy fuego consumidor. [] Pero el sabio Arquelao socavó su argumento blasfemo diciendo: «Si el Dios del Antiguo Testamento, como tú dices, se llama a sí mismo fuego, ¿de quién es Hijo el que dice: Yo he venido a enviar fuego sobre la tierra []? Si criticas al que dice: El Señor mata y da vida [], ¿por qué honras a Pedro, que resucitó a Tabita, pero hirió de muerte a Safira? Si además criticas porque preparó el fuego, ¿por qué no criticas al que dice: Apartaos de Mí al fuego eterno []? Si criticas al que dice: Yo soy Dios que hago la paz y creo el mal [], explica cómo dice Jesús: No he venido a traer paz, sino espada. [] Puesto que ambos hablan de igual modo, de dos cosas una: o ambos son buenos, por su acuerdo, o si Jesús es irreprensible al hablar así, ¿por qué culpas al que dice lo mismo en el Antiguo Testamento?»
Cat. VI, 28
28. Entonces Manes le responde: «¿Y qué clase de Dios causa ceguera? Porque es Pablo quien dice: En los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio.» Pero Arquelao replicó acertadamente, diciendo: Lee un poco antes: Pero si nuestro Evangelio está encubierto, entre los que se pierden está encubierto. [] ¿Veis que en los que se pierden está encubierto? Porque no es lícito dar lo santo a los perros. [] De nuevo, ¿acaso sólo el Dios del Antiguo Testamento ha cegado el entendimiento de los incrédulos? ¿No ha dicho Jesús mismo: Por eso les hablo en parábolas, para que viendo no vean? ¿Fue por odio que no quería que vieran? ¿O por su indignidad, ya que han cerrado sus ojos. [] Porque donde hay maldad voluntaria, allí también se retiene la gracia: porque al que tiene se le dará; pero al que no tiene, aun lo que parece tener se le quitará.
Cat. VI, 29
29. «Pero si algunos aciertan en su interpretación, debemos decir lo siguiente (pues no es expresión indigna): Si en verdad cegó los pensamientos de los incrédulos, los cegó para un buen fin, para que mirasen con nueva vista lo que es bueno. Pues no dijo: Cegó su alma, sino los pensamientos de los incrédulos. Y el sentido es algo de este género: "Ciega los pensamientos lascivos del lascivo, y el hombre se salva; ciega el pensamiento avaro y rapaz del ladrón, y el hombre se salva." ¿Pero no querrás entenderlo así? Entonces hay todavía otra interpretación. También el sol ciega a aquellos cuya vista es débil; y los que tienen los ojos enfermos son dañados por la luz y cegados. No porque la naturaleza del sol sea cegar, sino porque la sustancia de los ojos es incapaz de ver. De igual manera, los incrédulos, estando enfermos de corazón, no pueden contemplar el resplandor de la Divinidad. Ni ha dicho: "Ha cegado sus pensamientos para que no oigan el Evangelio", sino: para que la luz de la gloria del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo no les resplandezca. Porque oír el Evangelio está permitido a todos; pero la gloria del Evangelio está reservada sólo a los verdaderos hijos de Cristo. Por eso el Señor hablaba en parábolas a los que no podían oír []; pero a los discípulos les explicaba las parábolas en privado []; porque el resplandor de la gloria es para los que han sido iluminados, y el cegamiento para los que no creen.» Estos misterios, que ahora la Iglesia te explica a ti, que estás saliendo de la clase de los catecúmenos, no es costumbre explicarlos a los paganos. Porque a un pagano no le explicamos los misterios acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ni delante de catecúmenos hablamos claramente de los misterios; sino que a menudo decimos muchas cosas de manera velada, para que los creyentes que saben entiendan, y los que no saben no reciban daño.
Cat. VI, 30
30. Con éstos y otros muchos argumentos fue derribada la serpiente: así luchó Arquelao con Manes y lo arrojó al suelo. De nuevo, el que había huido de la prisión huye también de este lugar: y habiendo escapado de su adversario, llega a una aldea muy pobre, como la serpiente en el Paraíso cuando dejó a Adán y vino a Eva. Pero el buen pastor Arquelao, cuidando de sus ovejas, al enterarse de su huida, se apresuró inmediatamente con toda diligencia en busca del lobo. Y cuando Manes vio de pronto a su adversario, salió corriendo y huyó: fue, sin embargo, su última huida. Pues los oficiales del rey de Persia buscaron por todas partes y capturaron al fugitivo; y la sentencia que debía haber recibido en presencia de Arquelao la dictan contra él los oficiales del rey. Este Manes, a quien adoran sus propios discípulos, es arrestado y llevado ante el rey. El rey le reprochó su falsedad y su huida, se burló de su condición de esclavo, vengó el asesinato de su hijo y lo condenó también por el asesinato de los carceleros: manda desollarlo a la usanza persa. Y mientras el resto de su cuerpo se entregó como alimento a las fieras, su piel, receptáculo de su mente vil, fue colgada ante las puertas como un saco. El que se llamaba a sí mismo el Paráclito y profesaba conocer el futuro, no conoció su propia huida y captura.
Cat. VI, 31
31. Este hombre ha tenido tres discípulos: Tomás, Baddas y Hermas. Que nadie lea el Evangelio según Tomás: porque no es obra de uno de los doce Apóstoles, sino de uno de los tres malvados discípulos de Manes. Que nadie se asocie con los maniqueos, destructores de almas, que con cocimientos de paja fingen el aspecto triste del ayuno, hablan mal del Creador de los alimentos y devoran con avidez los manjares más delicados, y enseñan que el hombre que arranca esta o aquella hierba se transforma en ella. Porque si el que corta hierbas o cualquier vegetal se cambia en lo mismo, ¿en cuántas cosas se cambiarán los labradores y la tribu de los jardineros? El jardinero, como vemos, ha usado su hoz contra tantas: ¿en cuál se convierte entonces? ¡Verdaderamente sus doctrinas son ridículas y están llenas de su propia condenación y vergüenza! El mismo hombre, siendo pastor de un rebaño, sacrifica una oveja y mata un lobo. ¿En qué se convierte entonces? Muchos hombres pescan peces con redes y cazan pájaros con liga: ¿en qué se transforman entonces?
Cat. VI, 32
32. Que respondan esos hijos de la pereza, los maniqueos; que sin trabajar ellos mismos se comen los frutos de los trabajadores; que reciben con rostro sonriente a quienes les traen su comida, y devuelven maldiciones en lugar de bendiciones. Pues cuando una persona sencilla les trae algo, «Espera fuera un momento,» dice él, «y te bendeciré.» Luego, habiendo tomado el pan en sus manos (como han confesado quienes se han arrepentido y los han abandonado), «Yo no te hice,» dice el maniqueo al pan; y lanza maldiciones contra el Altísimo; y maldice al que lo hizo, y así come lo que fue hecho. Si odias el alimento, ¿por qué miraste con rostro sonriente al que te lo trajo? Si estás agradecido al que lo trae, ¿por qué profieres tu blasfemia contra Dios, que lo creó y lo hizo? Y de nuevo dice: «Yo no te sembré: ¡sea sembrado el que te sembró! Yo no te coseché con hoz: ¡sea cosechado el que te cosechó! Yo no te cocí con fuego: ¡sea cocido el que te coció!» ¡Hermosa recompensa por la bondad!
Cat. VI, 33
33. Éstas son grandes faltas, pero aún pequeñas en comparación con las demás. Su bautismo no me atrevo a describirlo delante de hombres y mujeres. No me atrevo a decir lo que distribuyen a sus miserables comulgantes....Verdaderamente contaminamos nuestra boca al hablar de estas cosas. ¿Son los paganos más detestables que éstos? ¿Son los samaritanos más desdichados? ¿Son los judíos más impíos? ¿Son los fornicarios más impuros? Pero el maniqueo coloca estas ofrendas en medio del altar, según él lo considera. ¿Y tú, oh hombre, recibes instrucción de semejante boca? Al encontrarte con este hombre, ¿lo saludas siquiera con un beso? Por no hablar de su otra impiedad, ¿no huyes de la contaminación y de hombres peores que los libertinos, más detestables que cualquier prostituta?
Cat. VI, 34
34. De estas cosas la Iglesia te amonesta y te enseña, y toca el lodo para que tú no te enlodes; habla de las heridas para que tú no seas herido. Pero a ti te basta con sólo conocerlas: abstente de aprenderlas por experiencia. Dios truena, y todos temblamos; y ellos blasfeman. Dios relampaguea, y todos nos inclinamos hasta la tierra; y ellos profieren sus blasfemias sobre los cielos. Estas cosas están escritas en los libros de los maniqueos. Estas cosas las hemos leído nosotros mismos, porque no podíamos creer a quienes las contaban; sí, por causa de tu salvación hemos indagado de cerca en su perdición.
Cat. VI, 35
35. Pero que el Señor nos libre de semejante engaño; y que se os conceda odio contra la serpiente, para que, así como ellos acechan el calcañar, así vosotros pisoteéis su cabeza. Recordad lo que digo. ¿Qué acuerdo puede haber entre nuestra condición y la suya? ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas []? ¿Qué tiene que ver la majestad de la Iglesia con la abominación de los maniqueos? Aquí hay orden, aquí hay disciplina, aquí hay majestad, aquí hay pureza; aquí incluso mirar a una mujer para codiciarla [] es condenación. Aquí hay matrimonio con santidad, aquí continencia firme, aquí virginidad honrada como la de los Ángeles; aquí se participa del alimento con acción de gracias, aquí hay gratitud al Creador del mundo. Aquí se adora al Padre de Cristo; aquí se enseñan el temor y el temblor ante Aquel que envía la lluvia; aquí atribuimos gloria al que hace el trueno y el relámpago.
Cat. VI, 36
36. Haz tu redil con las ovejas: huye de los lobos: no te apartes de la Iglesia. Odia también a aquellos que hayan sido alguna vez sospechosos en tales asuntos; y, a menos que a tiempo percibas su arrepentimiento, no te confíes imprudentemente entre ellos. La verdad de la Unidad de Dios os ha sido entregada: aprended a distinguir los pastos de la doctrina. Sed banqueros probados, reteniendo lo bueno, absteneos de toda forma de mal. [] O si alguna vez habéis sido como ellos, reconoced y odiad vuestro engaño. Porque hay camino de salvación, si rechazáis el vómito, si lo detestáis de corazón, si os apartáis de ellos, no sólo con los labios, sino también con el alma; si adoráis al Padre de Cristo, al Dios de la Ley y de los Profetas, si reconocéis que el Bueno y el Justo son uno y el mismo Dios. Y que Él os preserve a todos, guardándoos de caer o tropezar, establecidos en la Fe, en Cristo Jesús nuestro Señor, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
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