Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 23 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 1. Introducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Introducción
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 1. Introducción
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Introducción
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 1 minCapítulo 1. Introducción
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 2. Carta de Julio a Eusebio y sus partidarios en Antioquía
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Carta de Julio a Eusebio y sus partidarios en Antioquía
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2. Carta de Julio a Eusebio y sus partidarios en Antioquía
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 2. Carta de Julio a Eusebio y sus partidarios en Antioquía
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 3. Cartas del Concilio de Sárdica a las Iglesias de Egipto y de Alejandría, y a todas las Iglesias
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 3. Cartas del Concilio de Sárdica a las Iglesias de Egipto y de Alejandría, y a todas las Iglesias
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 3. Cartas del Concilio de Sárdica a las Iglesias de Egipto y de Alejandría, y a todas las Iglesias
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Cartas del Concilio de Sárdica a las Iglesias de Egipto y de Alejandría, y a todas las Iglesias
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 4. Disposiciones imperiales y eclesiásticas consiguientes a la decisión del Concilio de Sárdica
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4. Disposiciones imperiales y eclesiásticas consiguientes a la decisión del Concilio de Sárdica
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 9 minApología contra los arrianos (Parte II)
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 5. Documentos relativos a las acusaciones de los melecianos contra san Atanasio
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 6. Documentos relacionados con el Concilio de Tiro
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 6. Documentos relacionados con el Concilio de Tiro
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 6. Documentos relacionados con el Concilio de Tiro
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 6. Documentos relacionados con el Concilio de Tiro
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCómo se sostiene la defensa

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Atanasio de Alejandría

    Apología contra los arrianos

    Texto base: Philip Schaff y Henry Wace (eds.), NPNF, 2.ª serie, vol. 4 (1892) · The Complete Works of St. Athanasius, libro 7

    Traducción: Traducción castellana directa del inglés de Schaff, no del griego · 90 secciones

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 189 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué prueba un obispo condenado por sus enemigos? Atanasio, en esta defensa, no se limita a argumentar: reúne documentos. El § 1 enumera tres veces en que, según él, su causa ya fue juzgada —en Egipto, en Roma y en Sárdica—, y el resto de la obra aporta las cartas y actas que lo sostienen: la carta de Julio de Roma, las cartas del Concilio de Sárdica, las disposiciones del emperador Constancio y los documentos sobre los melecianos y el Concilio de Tiro.

    Ficha de la obra

    AutorAtanasio de Alejandría, según la edición de base; esta edición no examina la atribución
    TítuloApología contra los arrianos (en inglés, Defense against the Arians; en latín, Apologia contra Arianos)
    FechaNo determinada ni por la edición de base ni por esta
    GéneroDefensa personal que reúne documentos de otros autores
    ExtensiónDos partes, seis capítulos y noventa secciones (§§ 1–90)
    TraducciónCastellana y directa, hecha del inglés de la edición de Philip Schaff; no del griego
    FuenteSerie NPNF de Philip Schaff, 2.ª serie, vol. 4 (1892), tal como la recoge The Complete Works of St. Athanasius, libro 7
    El recorrido es el de los títulos de la edición. La Parte I (capítulos 1–4, §§ 1–58) reúne la defensa inicial y la carta de los obispos de Egipto, la carta de Julio a Eusebio y sus partidarios, las cartas del Concilio de Sárdica y las disposiciones imperiales y eclesiásticas que siguieron. La Parte II (capítulos 5–6, §§ 59–90) agrupa los documentos sobre las acusaciones de los melecianos y sobre el Concilio de Tiro. Para el marco de la disputa véanse Atanasio de Alejandría y el arrianismo.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó la serie A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), dirigida por Philip Schaff. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con el griego, y verificar la atribución y la fecha de la obra, que aquí no se discuten.
    Philip Schaff (Chur, 1819 – Nueva York, 1893) fue un teólogo e historiador de la Iglesia nacido en Suiza y formado en Alemania, que pasó la mayor parte de su vida adulta en Estados Unidos. Enseñó en el seminario de Mercersburg y, desde 1870, en el Union Theological Seminary de Nueva York; escribió una History of the Christian Church y The Creeds of Christendom. Supervisó la NPNF y, para su segunda serie —catorce volúmenes publicados entre 1890 y 1900—, contó con Henry Wace como coeditor. El volumen 4, Athanasius: Select Works and Letters (1892), recoge una selección de obras y cartas de Atanasio y es el que contiene este tratado; New Advent atribuye la versión inglesa de esta obra a M. Atkinson y Archibald Robertson. El texto que aquí se traduce llegó en la edición The Complete Works of St. Athanasius (Kindle), cuyo libro 7 es este tratado.
    Lo que viene de la edición. La división en dos partes y seis capítulos, sus títulos y la numeración de las noventa secciones proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Atanasio. Los documentos que la obra incorpora (cartas, listas, declaraciones) llevan su título en cursiva dentro del texto. Los bloques de texto contienen solo esa traducción; el comentario va aparte, en notas marcadas como del editor y plegadas por defecto.
    Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar y con la numeración con que llegan. Al posarse sobre una aparece el versículo en la Reina-Valera de 1909 (dominio público, con la ortografía actualizada), solo para comparar. Atanasio lee la Biblia griega, de modo que lo que cita puede diferir de una versión hecha desde el hebreo. Las referencias a Sabiduría, Tobías y Eclesiástico no llevan versículo porque la Reina-Valera de 1909 no incluye esos libros.

    Apología contra los arrianos (Parte I)

    Capítulo 1. Introducción

    § 1

    1. Yo suponía que, después de haberse dado tantas pruebas de mi inocencia, mis enemigos se habrían abstenido de nuevas indagaciones y se condenarían ya a sí mismos por sus falsas acusaciones contra otros. Pero, puesto que aún no se avergüenzan, aunque tan claramente han quedado convictos, sino que, insensibles a la vergüenza, persisten en difundir calumnias contra mí, declarando que, a su juicio, todo el asunto debe juzgarse de nuevo —no para que se dicte sentencia contra ellos, pues eso lo rehúyen, sino para hostigarme y perturbar el ánimo de los sencillos—, he juzgado necesario presentaros mi defensa, a fin de que no prestéis más oído a sus murmuraciones, sino que denunciéis su maldad y sus viles calumnias. Y solo a vosotros, hombres de ánimo sincero, dirijo esta defensa; en cuanto a los pendencieros, apelo con confianza a las pruebas decisivas que tengo contra ellos. Mi causa no necesita otro juicio: ya se ha dictado sentencia, y no solo una o dos veces, sino muchas. Primero se examinó en mi propia tierra, en una asamblea de casi cien obispos; por segunda vez, en Roma, cuando, a consecuencia de unas cartas de Eusebio, fueron convocados tanto ellos como nosotros y se reunieron más de cincuenta obispos; y por tercera vez, en el gran Concilio reunido en Sárdica por orden de los piadosísimos emperadores Constancio y Constante, cuando mis enemigos fueron depuestos como falsos acusadores y la sentencia dictada a mi favor obtuvo el voto de más de trescientos obispos procedentes de las provincias de Egipto, Libia y Pentápolis, Palestina, Arabia, Isauria, Chipre, Panfilia, Licia, Galacia, Dacia, Mesia, Tracia, Dardania, Macedonia, Epiro, Tesalia, Acaya, Creta, Dalmacia, Siscia, Panonia, Nórico, Italia, Piceno, Toscana, Campania, Calabria, Apulia, Brucio, Sicilia, toda África, Cerdeña, Hispania, Galia y Britania.
    A estos se añadió el testimonio de Ursacio y Valente, quienes antes me habían calumniado, pero después mudaron de parecer y no solo dieron su asentimiento a la sentencia dictada a mi favor, sino que confesaron también que ellos mismos y los demás enemigos míos eran falsos acusadores; pues quienes así cambian y se retractan, naturalmente dejan en evidencia a Eusebio y sus partidarios, con quienes habían urdido la conjura contra mí. Ahora bien, una vez que tantos obispos eminentes han examinado y resuelto el asunto sobre pruebas tan claras, todos reconocerán que no hace falta discutirlo más; de lo contrario, si se emprende una investigación ahora, podrá volver a discutirse y a investigarse una y otra vez, y no habrá fin para semejantes frivolidades.

    § 2

    2. La decisión de tantos obispos bastaba para confundir a quienes todavía quisieran fingir algún cargo contra mí. Pero, cuando también mis enemigos testimonian a mi favor y contra sí mismos, declarando que las actuaciones contra mí fueron una conspiración, ¿quién no se avergonzaría de seguir dudando? La ley exige que los juicios se establezcan por boca de dos o tres testigos [
    ], y aquí tenemos esta gran multitud de testigos a mi favor, a la que se añaden las pruebas aportadas por mis enemigos; hasta tal punto que quienes aún se oponen a mí ya no atribuyen valor alguno a su propio juicio arbitrario, sino que recurren ahora a la violencia y, en lugar de razonar con justicia, procuran dañar a quienes los dejaron al descubierto. Pues esto es lo que más los aflige: que las medidas que tramaron en secreto, urdidas por ellos mismos en un rincón, hayan salido a la luz y sido reveladas por Valente y Ursacio; porque bien saben que su retractación, al exculpar a aquellos a quienes perjudicaron, los condena a ellos mismos.
    En efecto, esto condujo a su deposición en el Concilio de Sárdica, como antes se ha dicho, y con razón; pues, así como los fariseos de antaño, cuando emprendieron la defensa de Pablo [
    ], pusieron plenamente al descubierto la conspiración que ellos y los judíos habían formado contra él, y así como quedó probado que el bienaventurado David era perseguido injustamente cuando su perseguidor confesó: "He pecado, hijo mío David" [
    ], así sucedió con estos hombres: vencidos por la verdad, formularon una petición y la entregaron por escrito a Julio, obispo de Roma. También me escribieron a mí para pedirme que estuviéramos en paz, a pesar de los rumores que habían difundido acerca de mí; y probablemente aún ahora están avergonzados al ver que aquellos a quienes pretendieron destruir siguen vivos por la gracia del Señor. En consonancia con esta conducta, anatematizaron asimismo a Arrio y su herejía; pues, sabiendo que Eusebio y sus partidarios habían conspirado contra mí en defensa de sus propias creencias erróneas, y por ninguna otra causa, tan pronto como resolvieron confesar las calumnias que habían lanzado contra mí, renunciaron también de inmediato a aquella herejía anticristiana por cuya causa las habían sostenido falsamente.
    Siguen las cartas escritas a mi favor por los obispos en los diversos concilios; en primer lugar, la carta de los obispos de Egipto.
    Carta encíclica del Concilio de Egipto.
    El santo Concilio reunido en Alejandría, con obispos de Egipto, la Tebaida, Libia y Pentápolis, a los obispos de la Iglesia católica de todas partes, hermanos amados y muy anhelados en el Señor: salud.

    § 3

    3. Hermanos muy amados, podríamos haber presentado una defensa de nuestro hermano Atanasio frente a la conspiración de Eusebio y sus partidarios contra él, habernos quejado de cuanto sufrió a manos de ellos y haber puesto al descubierto todas sus falsas acusaciones, ya al comienzo de su conspiración, ya cuando él llegó a Alejandría. Pero las circunstancias no lo permitieron entonces, como también vosotros sabéis; y últimamente, después del regreso del obispo Atanasio, pensamos que quedarían confundidos y avergonzados ante su manifiesta injusticia; por ello nos resolvimos a guardar silencio. Sin embargo, después de todos sus graves padecimientos, después de su retiro a Galia, después de su estancia en una tierra extranjera y muy distante en lugar de la suya, después de haber escapado por poco de la muerte a causa de sus calumnias, gracias a la clemencia del emperador —desgracias que habrían satisfecho incluso al enemigo más cruel—, todavía no sienten vergüenza, vuelven a obrar con insolencia contra la Iglesia y contra Atanasio y, indignados por su liberación, se atreven a tramar contra él planes aún más atroces y tienen presta una acusación, sin temor a las palabras de la Sagrada Escritura [
    ; Sabiduría 1:11]: "El testigo falso no quedará sin castigo" y "La boca mentirosa mata el alma". Por eso ya no podemos seguir callando, asombrados ante su maldad y ante el insaciable afán de contienda que muestran sus intrigas.
    Pues ved: no cesan de turbar los oídos de los emperadores con nuevos informes contra nosotros; no cesan de escribir cartas mortíferas para destruir al obispo que es enemigo de su impiedad. Una vez más han escrito contra él a los emperadores; una vez más quieren conspirar contra él, imputándole una matanza que jamás ocurrió; una vez más quieren derramar su sangre, acusándolo de un asesinato que nunca se cometió —pues ya en aquella ocasión lo habrían matado con sus calumnias si no hubiésemos tenido un emperador bondadoso—; una vez más insisten, por decir lo menos, en que se lo envíe al destierro, mientras fingen lamentar los males de quienes, según afirman, él desterró. Lamentan ante nosotros cosas que jamás se han hecho y, no satisfechos con lo que a él se le ha hecho, desean añadirle un trato aún más cruel. ¡Tan mansos y misericordiosos son, y tan justa es su disposición! O, mejor dicho —pues ha de decirse la verdad—, ¡tan malvados y perversos son! Se granjean respeto mediante el miedo y las amenazas, y no por su piedad y justicia, como corresponde a obispos. En sus cartas a los emperadores se han atrevido a emplear un lenguaje que ninguna persona pendenciera usaría siquiera entre los de fuera; le han atribuido numerosos asesinatos y matanzas, y no ante un gobernador u otro alto funcionario, sino ante los tres augustos; ni rehúyen viaje alguno, por largo que sea, con tal de llenar de acusaciones todos los tribunales superiores. Pues, en verdad, hermanos muy amados, su ocupación consiste en formular acusaciones, y de la índole más solemne, ya que los tribunales a los que apelan son los más solemnes de la tierra. ¿Y qué otro fin persiguen con estas investigaciones, sino mover al emperador a imponer la pena de muerte?

    § 4

    4. Su propia conducta, por tanto, y no la de Atanasio, es la que más merece lamento y duelo; a ellos sería más propio llorarlos, pues tales acciones deben ser deploradas, ya que está escrito: "No lloréis al muerto ni os lamentéis por él; llorad amargamente al que se va, porque no volverá más" [
    ]. Pues toda su carta no contempla sino la muerte, y su empeño es matar en cuanto se les permita o, si no, arrojar al destierro. Esto fue lo que les permitió hacer el piadosísimo padre de los emperadores, quien satisfizo su furia con el destierro de Atanasio en vez de su muerte. Suponemos que vuestra conciencia cristiana percibirá al punto que semejante proceder no es propio ni siquiera de cristianos corrientes, apenas lo es de paganos y mucho menos de obispos que profesan enseñar la justicia a otros. ¿Cómo pueden prohibir a otros que acusen a sus hermanos quienes se convierten ellos mismos en acusadores de los suyos, y ante los emperadores? ¿Cómo pueden enseñar compasión por los infortunios ajenos quienes ni siquiera se dan por satisfechos con nuestro destierro? Pues ciertamente hubo una sentencia general de destierro contra nosotros, los obispos, y todos nos tuvimos por desterrados; y ahora, asimismo, nos consideramos restituidos con Atanasio a nuestras tierras, y, en lugar de los anteriores lamentos y del duelo que guardábamos por él, gozamos del mayor aliento y de la mayor gracia. ¡Que el Señor nos los conserve y no permita que Eusebio y sus partidarios los destruyan!
    Aun si los cargos contra él fueran verdaderos, hay contra ellos una acusación cierta: que, contra el precepto del cristianismo y después del destierro y las pruebas de Atanasio, lo han atacado de nuevo y lo acusan de asesinato, de matanza y de otros crímenes, que hacen resonar en los oídos de los emperadores contra los obispos. Pero ¡cuán grande es su maldad y qué clase de hombres pensáis que son, cuando toda palabra que pronuncian es falsa, toda acusación que formulan es una calumnia y no hay verdad alguna ni en sus bocas ni en sus escritos! Entremos, pues, por fin en estas cuestiones y respondamos a sus últimas acusaciones. Así quedará probado que en sus anteriores alegatos ante el Concilio y durante el juicio se condujeron deshonrosamente o, más bien, que sus palabras fueron falsas, a la vez que se los pondrá al descubierto por lo que ahora han afirmado.

    § 5

    5. En verdad nos avergüenza defendernos de semejantes cargos. Pero, puesto que nuestros temerarios acusadores se aferran a cualquier imputación y alegan que después del regreso de Atanasio se cometieron asesinatos y matanzas, os rogamos que soportéis nuestra respuesta, aunque sea algo larga, pues las circunstancias nos obligan a darla. Ni Atanasio ha cometido asesinato alguno ni se ha cometido ninguno por su causa, ya que nuestros acusadores, como dijimos antes, nos fuerzan a emprender esta humillante defensa. La matanza y el encarcelamiento son ajenos a nuestra Iglesia. Atanasio no entregó a nadie en manos del verdugo; y, en cuanto de él dependió, jamás se perturbó la prisión. Nuestros santuarios están ahora, como siempre lo han estado, puros y honrados solo con la Sangre de Cristo y su piadoso culto. Atanasio no hizo perecer a presbítero ni a diácono alguno; no perpetró asesinato, ni causó el destierro de nadie. ¡Ojalá ellos nunca le hubiesen causado cosa semejante ni le hubiesen hecho experimentarla en su propia persona! Nadie ha sido desterrado aquí por su causa; nadie en absoluto, salvo el propio Atanasio, obispo de Alejandría, a quien ellos desterraron y a quien, ahora que ha sido restituido, procuran envolver otra vez en una conjura igual o aún más cruel que la anterior, poniendo sus lenguas a proferir contra él toda suerte de palabras falsas y mortíferas.
    Pues he aquí que ahora le atribuyen los actos de los magistrados; y, aunque en su carta reconocen expresamente que el prefecto de Egipto dictó sentencia contra ciertas personas, no se avergüenzan de imputar ahora esa sentencia a Atanasio, pese a que entonces ni siquiera había entrado en Alejandría, sino que todavía regresaba de su lugar de destierro. En efecto, se hallaba por entonces en Siria; pues nos vemos obligados a alegar en su defensa la gran distancia que lo separaba de su patria, para que no se haga a un hombre responsable de los actos de un gobernador o prefecto de Egipto. Pero, aun suponiendo que Atanasio hubiera estado en Alejandría, ¿qué tenían que ver con él las actuaciones del prefecto? Ni siquiera se hallaba, sin embargo, en el país; y lo que hizo el prefecto de Egipto no se hizo por motivos eclesiásticos, sino por razones que conoceréis por los documentos, los cuales, después de enterarnos de lo que ellos habían escrito, buscamos diligentemente y os hemos remitido. Puesto que ahora claman contra ciertos hechos que ni él cometió ni se hicieron por él, como si ciertamente hubiesen ocurrido, y dan testimonio de tales males como si estuvieran seguros de su existencia, que nos digan por qué concilio llegaron a conocerlos, por qué pruebas y por qué investigación judicial. Pero, si no tienen tales pruebas que presentar y solo cuentan con su mera afirmación, dejamos a vuestro juicio considerar también respecto de sus antiguos cargos cómo sucedieron los hechos y por qué hablan así de ellos. En verdad, no hay en ello sino calumnia, una conjura de nuestros enemigos, un ánimo de desenfrenada violencia y una impiedad favorable a los fanáticos arrianos, que se enfurece contra la verdadera piedad y quiere extirpar a los ortodoxos, para que en adelante los defensores de la impiedad prediquen sin temor cuantas doctrinas les plazcan. La historia del asunto es la siguiente:

    § 6

    6. Cuando Arrio, de quien toma nombre la herejía de los fanáticos arrianos, fue expulsado de la Iglesia por su impiedad por el obispo Alejandro, de feliz memoria, Eusebio y sus partidarios, discípulos y partícipes de su impiedad, considerándose también ellos expulsados, escribieron muchas veces al obispo Alejandro para rogarle que no dejara fuera de la Iglesia al hereje Arrio. Pero, como Alejandro, por su piedad hacia Cristo, rehusó admitir a aquel impío, dirigieron su resentimiento contra Atanasio, que por entonces era diácono, porque en sus afanosas averiguaciones habían oído que gozaba de gran familiaridad con el obispo Alejandro y era muy honrado por él. Su odio hacia Atanasio creció sobremanera después de que conocieron su piedad hacia Cristo en el Concilio reunido en Nicea, donde habló con firmeza contra la impiedad de los fanáticos arrianos. Mas cuando Dios lo elevó al episcopado, su malicia, largamente alimentada, estalló en llamas y, temerosos de su ortodoxia y de su resistencia a la impiedad de ellos, emprendieron contra él toda suerte de traiciones; especialmente Eusebio, a quien atormentaba la conciencia de sus propias malas acciones. Predispusieron al emperador contra él; lo amenazaron repetidas veces con concilios y, finalmente, se reunieron en Tiro; hasta el día de hoy no cesan de escribir contra él y son tan implacables que incluso censuran su nombramiento para el episcopado, valiéndose de todos los medios para mostrarle su enemistad y su odio y difundiendo falsos rumores con el único propósito de denigrar su reputación.
    Sin embargo, las mismas tergiversaciones que ahora difunden no hacen sino demostrar que sus anteriores afirmaciones eran mentiras y una mera conspiración contra él. Pues dicen que "después de la muerte del obispo Alejandro, cuando unos pocos mencionaron el nombre de Atanasio, seis o siete obispos lo eligieron clandestinamente en un lugar secreto"; y esto escribieron a los emperadores, sin escrúpulo alguno en afirmar las mayores falsedades. Ahora bien, toda la multitud y todo el pueblo de la Iglesia católica se congregaron como con una sola mente y un solo cuerpo y clamaron a gritos que Atanasio fuese obispo de su Iglesia; hicieron de ello objeto de sus oraciones públicas a Cristo y nos suplicaron durante muchos días y noches que se lo concediésemos, sin apartarse ellos mismos de la Iglesia ni permitir que nosotros lo hiciéramos. De todo esto somos testigos nosotros, y lo son también toda la ciudad y la provincia. No pronunciaron contra él palabra alguna, como afirman esas personas, sino que le dieron los títulos más excelentes que pudieron concebir, llamándolo bueno, piadoso, cristiano, asceta y verdadero obispo. Y que fue elegido por la mayoría de nosotros a la vista y entre las aclamaciones de todo el pueblo lo atestiguamos también quienes lo elegimos, testigos ciertamente más dignos de crédito que quienes no estuvieron presentes y ahora difunden esos falsos relatos.
    Y, sin embargo, Eusebio censura el nombramiento de Atanasio: él, que quizá nunca recibió nombramiento alguno para su propio cargo; o que, si lo recibió, él mismo lo ha invalidado. Pues primero tuvo la sede episcopal de Berito, pero, abandonándola, pasó a Nicomedia. Dejó la primera contra la ley y, contra la ley, se apoderó de la segunda; abandonó la suya sin afecto y tomó posesión de la ajena sin razón; en su deseo de otra perdió el amor a la primera, sin permanecer siquiera en la que alcanzó movido por ese deseo. Pues he aquí que, retirándose de la segunda, vuelve a tomar posesión de una sede ajena, mientras lanza miradas codiciosas en torno suyo a las ciudades de otros y piensa que la piedad consiste en la riqueza y en la grandeza de las ciudades, menospreciando la heredad de Dios a la que había sido destinado; no sabe que "donde" aun "dos o tres se reúnen en nombre del" Señor, "allí" está el Señor "en medio de ellos"; no considera las palabras del Apóstol: "No me gloriaré en los trabajos de otro"; ni advierte el mandato que nos ha dado: "¿Estás ligado a una mujer? No procures desligarte". Pues, si estas palabras se aplican a una mujer, ¡cuánto más se aplican a una Iglesia y al propio episcopado! Quienquiera que esté ligado a él no debe buscar otro, no sea que resulte adúltero según la Sagrada Escritura.

    § 7

    7. Pero, aun siendo consciente de sus propias faltas, se ha atrevido a impugnar el nombramiento de Atanasio, del que todos han dado honorable testimonio, y osa reprocharle su deposición, cuando él mismo ha sido depuesto y tiene una prueba permanente de ello en el nombramiento de otro para ocupar su puesto. ¿Cómo podían él o Teognio deponer a otro después de haber sido depuestos ellos mismos, cosa suficientemente probada por el nombramiento de otros en su lugar? Pues bien sabéis que, en lugar de ellos, fueron nombrados Anfión para Nicomedia y Cresto para Nicea, a consecuencia de su propia impiedad y de su vinculación con los fanáticos arrianos, rechazados por el Concilio ecuménico. Pero, al tiempo que desean desechar aquel verdadero Concilio, procuran dar ese nombre a su propia reunión ilegítima; mientras no quieren que se hagan cumplir los decretos del Concilio, desean imponer sus propias decisiones; y se valen del nombre de un concilio, mientras se niegan a someterse a uno tan grande como aquel. Así pues, nada les importan los concilios, sino que fingen estimarlos para poder extirpar a los ortodoxos y anular los decretos del verdadero y gran Concilio contra los arrianos, en cuyo apoyo se han atrevido, ahora como antes, a afirmar estas falsedades contra el obispo Atanasio. Sus anteriores declaraciones se parecían a las que ahora hacen falsamente, a saber: que a su entrada hubo reuniones tumultuosas, con lamentos y duelo, y que el pueblo se negó indignado a recibirlo. Mas no sucedió así, sino todo lo contrario: reinaban la alegría y el regocijo, y el pueblo acudía presuroso, deseoso de verlo. Las iglesias estaban llenas de júbilo y por todas partes se daban gracias al Señor; todos los ministros y clérigos lo contemplaban con tales sentimientos que sus almas se colmaron de gozo, y tuvieron aquel día por el más feliz de sus vidas. ¿Para qué hablar de la alegría inefable que reinó entre nosotros, los obispos, si ya hemos dicho que nos considerábamos partícipes de sus sufrimientos?

    § 8

    8. Siendo esta, como todos reconocen, la verdad de lo sucedido, aunque ellos la presenten de manera muy distinta, ¿qué valor puede atribuirse al concilio o al juicio de que se jactan? Puesto que se atreven a intervenir en un caso del que no fueron testigos, que no han examinado y para el que no se reunieron, y a escribir como si estuviesen seguros de la verdad de sus afirmaciones, ¿cómo pueden pretender que se les dé crédito respecto de aquellos asuntos para cuyo examen dicen haberse congregado? ¿No se creerá más bien que tanto en un caso como en el otro han obrado por enemistad hacia nosotros? Pues ¿qué clase de concilio de obispos se celebró entonces? ¿Era una asamblea que buscaba la verdad? ¿No eran enemigos nuestros casi todos los presentes? ¿No nació el ataque de Eusebio y sus partidarios contra nosotros de su celo por la locura arriana? ¿No incitaron ellos a los demás de su facción? ¿No hemos escrito siempre contra ellos por profesar las doctrinas de Arrio? ¿No fue acusado Eusebio de Cesarea de Palestina por nuestros confesores de haber sacrificado a los ídolos? ¿No se probó que Jorge había sido depuesto por el bienaventurado Alejandro? ¿No se les imputaron diversas faltas, a unos esta, a otros aquella?
    ¿Cómo, pues, pudieron semejantes hombres proponerse celebrar una reunión contra nosotros? ¿Cómo tienen el atrevimiento de llamar concilio a una asamblea presidida por un conde, a la que asistía un verdugo y en la que un ujier, en vez de los diáconos de la Iglesia, nos introducía ante el tribunal; donde solo hablaba el conde y todos los presentes callaban o, mejor dicho, obedecían sus órdenes? Por deseo suyo se impidió la destitución de aquellos obispos que parecían merecerla; y, cuando él daba la orden, los soldados nos arrastraban de un lado a otro; o, mejor dicho, la orden la daban Eusebio y sus partidarios, y él se sometía a su voluntad. En suma, hermanos muy amados, ¿qué clase de concilio era aquel, cuyo propósito era el destierro y el asesinato según el beneplácito del emperador? ¿Y de qué índole eran sus acusaciones? Pues aquí hay motivo para un asombro aún mayor. Había un tal Arsenio, de quien afirmaban que había sido asesinado; y se quejaban también de que se había roto un cáliz destinado a los sagrados misterios.
    Ahora bien, Arsenio vive y pide ser admitido en nuestra comunión. No espera otro testimonio que pruebe que sigue vivo, sino que él mismo lo declara al escribir en persona a nuestro hermano Atanasio, de quien ellos afirmaban rotundamente que era su asesino. Aquellos impíos no se avergonzaron de acusarlo de haber asesinado a un hombre que se hallaba muy lejos de él, separado por una distancia tan grande, ya fuese por mar o por tierra, y cuyo paradero nadie conocía entonces. Más aún: tuvieron incluso la osadía de apartarlo de la vista y esconderlo, aunque no había sufrido daño alguno; y, de haberles sido posible, lo habrían transportado a otro mundo o, incluso, lo habrían privado de la vida en verdad, para poder destruir realmente a Atanasio mediante una noticia verdadera o falsa de su asesinato. Pero demos gracias también por esto a la divina Providencia, que no les permitió triunfar en su injusticia, sino que presentó a Arsenio vivo ante los ojos de todos, con lo que quedó claramente probada su conspiración y sus calumnias. Él no se aparta de nosotros como de asesinos ni nos odia como si le hubiésemos hecho daño —pues, en verdad, no ha sufrido mal alguno—, sino que desea estar en comunión con nosotros, quiere contarse entre los nuestros y así lo ha manifestado por escrito.
    Comentario editorial · Arsenio, el «asesinado» que estaba vivo
    Arsenio fue uno de los cargos más sonados contra Atanasio: se le acusó de haber matado a este obispo y, según Wikipedia, de conservar su mano para ritos de magia. Atanasio sostiene que Arsenio vivía (§ 8) y, según el § 72, compareció vivo ante el sínodo de Tiro. La Introducción de NPNF fecha probablemente hacia 332 los documentos del episodio —una carta interceptada, la reprensión de Constantino a los acusadores y la carta en que Arsenio pide la comunión—, que recoge la Apología. Lo que sigue es, pues, la versión de Atanasio, apoyada en esos documentos.

    § 9

    9. No obstante, tramaron su conjura contra Atanasio acusándolo de haber asesinado a una persona que aún vivía; y esos mismos hombres son los causantes de su destierro. Pues no fue el padre de los emperadores, sino sus calumnias, lo que lo envió al exilio. Considerad si no es esta la verdad. Cuando nada se descubrió en perjuicio de nuestro compañero en el ministerio Atanasio, pero el conde seguía amenazándolo con la violencia y mostraba gran animosidad contra él, el obispo huyó de aquella violencia y acudió al piadosísimo emperador; allí protestó contra el conde y contra la conspiración urdida por ellos, y pidió que se reuniera un concilio legítimo de obispos o que el propio emperador escuchase su defensa frente a los cargos que le imputaban. Ante esto, el emperador escribió airado, convocándolos ante su presencia y declarando que él mismo oiría la causa; a tal fin ordenó también la celebración de un concilio. Entonces Eusebio y sus partidarios acudieron y acusaron falsamente a Atanasio, no de los mismos delitos que habían divulgado contra él en Tiro, sino de pretender retener las naves cargadas de grano, como si Atanasio fuese hombre capaz de pensar que podía detener las exportaciones de grano de Alejandría a Constantinopla.
    Algunos amigos nuestros estaban presentes con Atanasio en el palacio y oyeron las amenazas del emperador al recibir aquella noticia. Y cuando Atanasio protestó contra la calumnia y declaró terminantemente que no era verdad —pues ¿cómo, argumentaba, podría él, hombre pobre y sin cargo público, hacer semejante cosa?—, Eusebio no vaciló en repetir públicamente el cargo y juró que Atanasio era un hombre rico y poderoso, capaz de cualquier cosa, para hacer creíble que hubiese pronunciado aquella amenaza. Tal fue la acusación que aquellos venerables obispos presentaron contra él. Pero la gracia de Dios pudo más que su maldad, pues movió a misericordia al piadoso emperador, quien, en vez de condenarlo a muerte, le impuso el destierro. Así, sus calumnias, y ninguna otra cosa, fueron la causa de este. Pues el emperador, en la carta que había escrito anteriormente, se quejó de su conspiración, censuró sus maquinaciones y condenó a los melecianos como hombres sin escrúpulos y dignos de execración; en suma, se expresó sobre ellos en los términos más severos. Quedó muy conmovido al oír la historia del muerto que estaba vivo; lo conmovió que se hablase de asesinato en el caso de un hombre vivo y no privado de la vida. Os hemos enviado la carta.
    Comentario editorial · Tiro, la apelación y Tréveris
    Constantino convocó a los obispos en Tiro para examinar los cargos contra Atanasio antes de la consagración de una iglesia en Jerusalén (Wikipedia). El concilio lo depuso; Atanasio fue a Constantinopla a apelar al emperador y terminó desterrado a Tréveris (Augusta Treverorum, en la Galia), adonde llegó en 336. Ante Constantino, según el § 9, sus acusadores dejaron de lado los cargos de Tiro y alegaron otro: que pretendía retener las naves de grano que iban de Alejandría a Constantinopla. El mapa muestra ese primer destierro (1) y el segundo (2), que lo llevó a Roma, Sárdica y Aquileya.
    Mapa del Mediterráneo oriental y central con dos itinerarios de Atanasio: el primero, de Alejandría a Tiro, Constantinopla y Tréveris (335–337), y el segundo, de Alejandría a Roma, Sárdica y Aquileya (hacia 339–346)
    Primer destierro (1) y segundo (2), en líneas rectas esquemáticas: no reproducen los caminos reales. Atanasio regresó a Alejandría en 337 y en el otoño de 346. · Elaboración propia para Eusebeia · costas de Natural Earth (dominio público) · itinerarios según Wikipedia («Athanasius of Alexandria», «Council of Serdica»)

    § 10

    10. Pero estos hombres admirables, Eusebio y sus partidarios, para aparentar que refutan la verdad de los hechos y las afirmaciones contenidas en esa carta, invocan el nombre de un concilio y fundan sus actuaciones en la autoridad del emperador. De ahí la presencia de un conde en su reunión, los soldados que custodiaban a los obispos y las cartas imperiales que obligaban a comparecer a cuantos ellos reclamaban. Mas observad el extraño carácter de sus maquinaciones y la inconsecuencia de sus audaces medidas, encaminadas todas, de un modo u otro, a arrebatarnos a Atanasio. Pues, si como obispos pretendían reservarse a sí solos el juicio de la causa, ¿qué necesidad había de la presencia de un conde y de soldados? ¿O por qué se congregaron al amparo de cartas imperiales? Y si necesitaban el respaldo del emperador y querían derivar de él su autoridad, ¿por qué anulaban entonces su sentencia? Cuando él declaró en la carta que escribió que los melecianos eran calumniadores y hombres sin escrúpulos, que Atanasio era enteramente inocente, e hizo gran hincapié en el supuesto asesinato de un hombre vivo, ¿cómo fue que ellos decidieron que los melecianos habían dicho la verdad y Atanasio era culpable del delito? ¿Y no se avergonzaron de dar por muerto al que vivía, y seguía viviendo tanto después del juicio del emperador como cuando ellos se reunieron, y que todavía hoy se halla entre nosotros? Baste esto acerca del caso de Arsenio.

    § 11

    11. Y en cuanto a la copa destinada a los misterios, ¿qué copa era y dónde la rompió Macario? Pues ese es el rumor que difunden por doquier. En cuanto a Atanasio, ni siquiera sus acusadores se habrían atrevido a culparlo si aquellos no los hubiesen instigado. No obstante, a él atribuyen el origen de la falta, aunque ni siquiera debiera imputarse a Macario, que está libre de ella. Y no se avergüenzan de exhibir los sagrados misterios ante los catecúmenos y, lo que es peor, incluso ante los paganos; cuando deberían atender a lo que está escrito: "Bueno es guardar el secreto del rey" [Tobías 12:7]; y a lo que el Señor nos ha mandado: "No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los puercos" [
    ]. No debemos, pues, exhibir los santos misterios ante los no iniciados, no sea que los paganos, por ignorancia, se burlen de ellos y que los catecúmenos, por excesiva curiosidad, se escandalicen. Pero ¿qué copa era, y dónde y ante quiénes se rompió? Son los melecianos quienes formulan la acusación, y no merecen el menor crédito, pues son cismáticos y enemigos de la Iglesia, no desde fecha reciente, sino desde los tiempos del bienaventurado Pedro, obispo y mártir. Conspiraron contra el propio Pedro; calumniaron a su sucesor Aquilas; acusaron a Alejandro incluso ante el emperador y, muy ejercitados en tales artes, han trasladado ahora su enemistad a Atanasio, obrando enteramente conforme a su antigua maldad. Pues, así como calumniaron a sus predecesores, ahora lo han calumniado a él. Pero sus calumnias y falsas acusaciones nunca habían prevalecido contra él hasta ahora, que cuentan con Eusebio y sus partidarios por auxiliares y protectores, a causa de la impiedad que estos han tomado de los fanáticos arrianos y que los ha llevado a conspirar contra muchos obispos, entre ellos Atanasio.
    Ahora bien, el lugar donde dicen que se rompió la copa no era una iglesia; no había allí presbítero alguno que ocupase el lugar, y el día en que afirman que Macario cometió el hecho no era el día del Señor. Si, pues, allí no había iglesia, ni nadie que celebrase el oficio sagrado, ni era un día que exigiese el uso de aquella copa, ¿qué copa destinada a los misterios era esa, y cuándo o dónde se rompió? Hay muchas copas, como es evidente, tanto en las casas particulares como en el mercado público; y quien rompe una de ellas no incurre en impiedad. Pero la copa destinada a los misterios, cuya rotura deliberada hace impío a quien la comete, solo se halla entre quienes presiden legítimamente. Esta es la única descripción que puede darse de semejante copa; no hay otra: esta es la que vosotros dais legítimamente a beber al pueblo; esta es la que habéis recibido conforme al canon de la Iglesia; esta pertenece solo a quienes presiden la Iglesia católica, pues solo a vosotros, y a nadie más, corresponde administrar la Sangre de Cristo. Pero, si quien rompe la copa destinada a los misterios es impío, mucho más impío es quien trata con ultraje la Sangre de Cristo; y eso hace quien "hace esto" [
    ] contra la norma de la Iglesia. (No decimos esto como si Macario hubiese roto siquiera una copa de los cismáticos, pues allí no había copa alguna; ¿cómo había de haberla, donde no existía ni casa del Señor ni nada perteneciente a la Iglesia, y ni siquiera era el momento de celebrar los misterios?). Pues bien, tal es el conocido Isquiras, a quien la Iglesia nunca nombró para su cargo; y cuando Alejandro admitió a los presbíteros ordenados por Melecio, ni siquiera se contó a Isquiras entre ellos, por lo que tampoco recibió ordenación de aquella parte.

    § 12

    12. ¿Por qué medio, entonces, llegó Isquiras a ser presbítero? ¿Quién lo ordenó? ¿Fue Coluto? Pues esta es la única suposición que queda. Pero es bien sabido, y nadie lo pone en duda, que Coluto murió siendo presbítero, que todas las ordenaciones conferidas por él fueron inválidas y que cuantos ordenó durante el cisma quedaron reducidos a la condición de laicos y con ese rango figuran en la congregación. ¿Cómo puede creerse, pues, que un particular, que ocupaba una casa particular, tuviese en su poder un cáliz sagrado? La verdad es que entonces dieron el nombre de presbítero a un particular y lo halagaron con ese título para sostenerlo en su conducta inicua contra nosotros; y ahora, en recompensa por sus acusaciones, le procuran la construcción de una iglesia. Así pues, aquel hombre no tenía entonces iglesia; pero, en recompensa por su malicia y por la sumisión con que los sirvió al acusarnos, recibe ahora lo que antes no tenía; más aún, quizá hayan remunerado sus servicios incluso con el episcopado, pues así va él anunciándolo y, en consecuencia, se comporta con gran insolencia hacia nosotros. Tales son los premios que ahora conceden los obispos a acusadores y calumniadores; aunque, ciertamente, tratándose de un cómplice, es razonable que, así como lo hicieron partícipe de sus actuaciones, lo asocien también a su propio episcopado. Pero esto no es todo; escuchad aún lo que hicieron entonces.
    Comentario editorial · El cáliz de Isquiras y el secreto de los misterios
    El cáliz no es un detalle: en el culto cristiano de la época era el vaso de la eucaristía, y romperlo y volcar «la mesa» (el altar) habría sido un sacrilegio. Por eso Atanasio no discute sobre vasos sino sobre legitimidad: sin un presbítero válido no hay iglesia ni «copa de los misterios» (§ 11), y Isquiras habría sido ordenado por Coluto, cuyas ordenaciones considera nulas (§ 12). El pasaje refleja también la costumbre de reservar los misterios a los iniciados: no se exhiben ante catecúmenos ni paganos (§ 11) y no se presentan las ofrendas con catecúmenos dentro (§ 28). Se la conoce como «disciplina del arcano», un nombre moderno para una práctica atestiguada, entre otros lugares, en Egipto. Según la Introducción de NPNF, Isquiras confesó hacia 332 que los melecianos lo habían forzado a inventar los cargos, y el clero de la Mareótide negó su relato bajo juramento en 335.

    § 13

    13. Incapaces de prevalecer contra la verdad, aunque se habían dispuesto en orden de batalla contra ella, y puesto que Isquiras nada había probado en Tiro, sino que había quedado manifiesto que era un calumniador y su calumnia había arruinado la conjura, aplazaron las actuaciones en busca de nuevas pruebas y declararon que enviarían a algunos de su partido a la Mareótide para investigar diligentemente el asunto. Así pues, con el auxilio secreto del poder civil, enviaron a personas contra las cuales nosotros habíamos formulado abiertamente numerosas objeciones, por ser partidarias de Arrio y, por tanto, enemigas nuestras; a saber: Diognio, Maris, Teodoro, Macedonio y otros dos, jóvenes tanto en años como en juicio, Ursacio y Valente, de Panonia. Estos, después de haber emprendido tan largo viaje con el propósito de juzgar a su enemigo, salieron nuevamente de Tiro hacia Alejandría. No rehuyeron convertirse ellos mismos en testigos, aunque eran los jueces, sino que adoptaron abiertamente todos los medios para favorecer sus designios y aceptaron cualquier esfuerzo o viaje con tal de llevar a buen término la conspiración en curso. Dejaron al obispo Atanasio retenido en una tierra extranjera, mientras ellos entraban en la ciudad de su enemigo, como para darse un festín a costa de su Iglesia y de su pueblo. Y, lo que fue aún más indignante, llevaron consigo al acusador Isquiras, pero no permitieron que Macario, el acusado, los acompañara, sino que lo dejaron bajo custodia en Tiro. Pues "Macario, presbítero de Alejandría", había sido hecho responsable del cargo por todas partes.

    § 14

    14. Entraron, por tanto, en Alejandría solos con el acusador, su compañero de alojamiento, mesa y copa; y, llevando consigo a Filagrio, prefecto de Egipto, se dirigieron a la Mareótide, donde llevaron a cabo por sí mismos, enteramente a su antojo y en compañía del mencionado funcionario, la llamada investigación. Aunque los presbíteros pidieron repetidamente estar presentes, no se lo permitieron. Los presbíteros de la ciudad y de toda la comarca deseaban asistir para descubrir quiénes eran y de dónde procedían las personas instigadas por Isquiras. Pero prohibieron la presencia de los ministros, mientras realizaban ante paganos el examen relativo a la iglesia, la copa, la mesa y las cosas santas; más aún, convocaron a testigos paganos durante la investigación sobre una copa destinada a los misterios. Y a aquellas personas de quienes afirmaban que Atanasio se había deshecho mediante una citación del recaudador general, y cuyo paradero en el mundo decían desconocer, a esas mismas personas las hicieron comparecer solo ante ellos y ante el prefecto y se sirvieron abiertamente del testimonio de quienes, sin vergüenza alguna, aseguraban que habían sido ocultados por el obispo Atanasio.
    Pero también aquí su único propósito es causarle la muerte, y por eso vuelven a fingir que han muerto personas que todavía viven, siguiendo el mismo procedimiento que emplearon en el caso de Arsenio. Pues esos hombres viven y pueden ser vistos en su propia tierra; mas a vosotros, que estáis muy lejos de aquel lugar, os presentan el asunto con gran estrépito, como si hubieran desaparecido, para que, hallándose las pruebas tan distantes de vosotros, puedan acusar falsamente a nuestro compañero en el ministerio de recurrir a la violencia y al poder civil, cuando son ellos quienes en todo han obrado valiéndose de ese poder y del favor de otros. Pues sus actuaciones en la Mareótide fueron semejantes a las de Tiro: así como allí asistía un conde con el apoyo de soldados y no permitía que se dijera ni hiciera nada contrario a su voluntad, aquí también estaba presente el prefecto de Egipto con un grupo de hombres, atemorizando a todos los miembros de la Iglesia e impidiendo que nadie diese un testimonio verdadero. Y lo más extraño de todo fue que quienes habían venido, ya fuese como jueces, ya como testigos o, lo que es más probable, para servir a sus propios fines y a los de Eusebio, se alojaban con el acusador, en su misma casa, y desde allí parecían conducir la investigación a su antojo.

    § 15

    15. Suponemos que no ignoráis los ultrajes que cometieron en Alejandría, pues se habla de ellos por todas partes. Se blandieron espadas desnudas contra las santas vírgenes y los hermanos; se descargaron azotes sobre sus personas, estimadas dignas de honra a los ojos de Dios, hasta dejarles los pies lisiados a golpes, aunque sus almas permanecen sanas e íntegras en la pureza y en toda buena obra. Se incitó contra ellos a los gremios, y se azuzó a la multitud pagana para que los desnudara, los golpeara, los ultrajara con desenfreno y los amenazara con sus altares y sacrificios. Y un individuo grosero, como si el prefecto les hubiese dado ya licencia para complacer a los obispos, tomó de la mano a una virgen y la arrastró hacia un altar que se hallaba cerca, imitando la práctica de obligar a ofrecer sacrificios en tiempos de persecución. Ante esto, las vírgenes huyeron, y los paganos estallaron en carcajadas contra la Iglesia; mientras los obispos estaban allí mismo, ocupando la casa donde todo esto ocurría y desde la cual, para ganarse su favor, se acometía a las vírgenes con espadas desnudas y se las exponía a toda clase de peligros, insultos y violencia desenfrenada. Y recibieron este trato en un día de ayuno, de manos de personas que estaban celebrando un festín dentro con los obispos.

    § 16

    16. Previendo estas cosas y considerando que la entrada de enemigos en un lugar no es calamidad ordinaria, protestamos contra aquella comisión. Y Alejandro, obispo de Tesalónica, pensando lo mismo, escribió a quienes allí residían para descubrir la conspiración y dar testimonio de la conjura. Ellos, ciertamente, lo cuentan entre los suyos y lo tienen por partícipe de sus designios; pero con ello no hacen sino poner de manifiesto la violencia que han ejercido contra él. Pues aun el disoluto Isquiras solo fue inducido por el temor y la violencia a intervenir en el asunto, y obligado por la fuerza a formular la acusación. En prueba de ello, él mismo escribió a nuestro hermano Atanasio y confesó que nada de cuanto se alegaba había sucedido allí, sino que había sido instigado a prestar falso testimonio. Hizo esta declaración aunque Atanasio nunca lo admitió como presbítero, ni le confirió tal título de gracia, ni le encomendó, como recompensa, la edificación de una iglesia, ni él esperaba el soborno de un episcopado; todo lo cual obtuvo de ellos a cambio de asumir la acusación. Además, toda su familia estaba en comunión con nosotros, cosa que no habría hecho si hubiese sufrido el menor agravio.

    § 17

    17. Ahora bien, para probar que estas cosas son hechos y no meras afirmaciones, contamos con el testimonio de todos los presbíteros de la Mareótide, que siempre acompañan al obispo en sus visitas y que ya entonces escribieron contra Isquiras. Pero ni a los que acudieron a Tiro se les permitió declarar la verdad, ni los que permanecieron en la Mareótide pudieron obtener permiso para refutar las calumnias de Isquiras. Las copias de las cartas de Alejandro, de los presbíteros y de Isquiras probarán también lo mismo. Hemos enviado asimismo la carta del padre de los emperadores, en la que expresa su indignación porque se imputase a alguien el asesinato de Arsenio mientras este aún vivía; y también su asombro ante el carácter mudable y contradictorio de sus acusaciones acerca del cáliz, pues unas veces acusaban al presbítero Macario y otras al obispo Atanasio de haberlo roto con sus propias manos. Declara, por una parte, que los melecianos son calumniadores y, por otra, que Atanasio es enteramente inocente.
    ¿Y no son calumniadores los melecianos, y sobre todo Juan, quien, después de entrar en la Iglesia y estar en comunión con nosotros, después de condenarse a sí mismo y de dejar de tomar parte en las actuaciones relativas al cáliz, al ver que Eusebio y sus partidarios apoyaban con celo a los fanáticos arrianos, aunque no se atrevían a colaborar abiertamente con ellos, sino que procuraban servirse de otros como máscaras, asumió un papel, cual actor en los teatros paganos? El argumento del drama era una contienda de arrianos; el verdadero propósito de la pieza, asegurar su triunfo. Pero se puso en escena a Juan y a sus partidarios para que desempeñaran sus papeles, a fin de que, al amparo de ellos, los defensores de los arrianos, revestidos de jueces, pudiesen expulsar a los enemigos de su impiedad, afianzar sus impías doctrinas e introducir a los arrianos en la Iglesia. Y los que desean desterrar la verdadera religión se esfuerzan cuanto pueden por hacer prevalecer la irreligión; los que han escogido el bando de aquella impiedad que combate contra Cristo procuran destruir a sus enemigos como si fueran impíos; y nos imputan la rotura del cáliz para hacer parecer que Atanasio es, al igual que ellos, culpable de impiedad para con Cristo.
    Pues ¿qué significa que ellos mencionen un cáliz perteneciente a los misterios? ¿De dónde les viene esa reverencia religiosa por el cáliz a quienes sostienen la impiedad contra Cristo? ¿Cómo es que conocen el cáliz de Cristo quienes no conocen a Cristo? ¿Cómo pueden honrar, según profesan, aquel cáliz y deshonrar al Dios del cáliz? ¿O cómo pueden lamentarse por el cáliz y procurar asesinar al obispo que con él celebra los misterios? Pues lo habrían asesinado si hubiese estado en su poder. ¿Y cómo pueden los que lamentan la pérdida del trono revestido con los ornamentos episcopales procurar destruir al obispo que se sentaba en él, para que el trono quede sin su obispo y el pueblo se vea privado de la doctrina piadosa? No fue, pues, el cáliz, ni el asesinato, ni ninguno de esos hechos portentosos de que hablan lo que los movió a obrar así, sino la herejía de los arrianos antes mencionada, por cuya causa conspiraron contra Atanasio y otros obispos, y siguen todavía haciendo la guerra a la Iglesia.
    ¿Quiénes han sido en verdad causa de asesinatos y destierros? ¿No son ellos? ¿Quiénes son los que, valiéndose de apoyos externos, conspiran contra los obispos? ¿No son Eusebio y sus partidarios, y no Atanasio, como afirman en sus cartas? Tanto él como otros han padecido a manos de ellos. Aun en el tiempo de que hablamos, cuatro presbíteros de Alejandría fueron desterrados por su intervención, pese a que ni siquiera habían ido a Tiro. ¿Quiénes son, pues, aquellos cuya conducta reclama lágrimas y lamentaciones? ¿No son los que, después de perpetrar una persecución, no vacilan en añadirle otra, sino que recurren a toda clase de falsedades para destruir a un obispo que no cede ante su impía herejía? De ahí nace la enemistad de Eusebio y sus partidarios; de ahí sus actuaciones en Tiro; de ahí sus pretendidos juicios; de ahí también las cartas que ahora han escrito, aun sin mediar juicio alguno, con la más absoluta confianza en sus afirmaciones; de ahí sus calumnias ante el padre de los emperadores y ante los propios piadosísimos emperadores.

    § 18

    18. Pues es necesario que sepáis lo que ahora se divulga en perjuicio de nuestro compañero en el ministerio Atanasio, para que ello os lleve a condenar la maldad de aquellos y comprendáis que no desean otra cosa que asesinarlo. El padre de los emperadores asignó una cantidad de grano para el sustento de ciertas viudas, unas de Libia y otras de Egipto. Todas lo han recibido hasta el presente, sin que Atanasio haya obtenido de ello nada salvo el trabajo de asistirlas. Pero ahora, aunque las propias beneficiarias no se quejan, sino que reconocen haberlo recibido, se ha acusado a Atanasio de vender todo el grano y apropiarse del producto para su provecho; y el emperador escribió a este respecto imputándole tal delito a causa de las calumnias levantadas contra él. Ahora bien, ¿quiénes han levantado estas calumnias? ¿No son los que, después de perpetrar una persecución, no vacilan en promover otra? ¿Quiénes son los autores de esas cartas que se dice proceden del emperador? ¿No son los arrianos, tan encarnizados contra Atanasio que no vacilan en decir ni escribir cualquier cosa contra él? Nadie dejaría de lado a personas que han obrado como ellos para sospechar de otros. Antes bien, la prueba de su calumnia parece clarísima, pues bajo su amparo pretenden quitarle el grano a la Iglesia y entregárselo a los arrianos. Y esta circunstancia, más que ninguna otra, revela la responsabilidad de los autores de tal designio y de quienes los dirigen: no vacilaron en promover una acusación de asesinato contra Atanasio como vil medio de predisponer al emperador contra él, ni tampoco en arrebatar al clero de la Iglesia el sustento de los pobres para procurar, en realidad, ganancias a los herejes.

    § 19

    19. Hemos enviado también el testimonio de nuestros compañeros en el ministerio de Libia, Pentápolis y Egipto, por el cual podréis asimismo conocer las falsas acusaciones formuladas contra Atanasio. Y hacen estas cosas para que, inducidos en adelante por el temor a guardar silencio quienes profesan la verdadera piedad, pueda introducirse en su lugar la herejía de los impíos arrianos. Pero gracias damos a vuestra piedad, muy amados, porque con frecuencia habéis anatematizado a los arrianos en vuestras cartas y nunca les habéis dado entrada en la Iglesia. También es fácil poner al descubierto a Eusebio y sus partidarios, pues la prueba está a la vista. He aquí que, después de sus anteriores cartas acerca de los arrianos, de las que también os hemos enviado copias, ahora incitan abiertamente a los fanáticos arrianos contra la Iglesia, aunque toda la Iglesia católica los ha anatematizado; les han designado un obispo; perturban a las Iglesias con amenazas y alarmas para granjearse en todas partes cómplices de su impiedad. Además, envían diáconos a los fanáticos arrianos, que se unen abiertamente a sus asambleas; les escriben cartas y reciben respuestas de ellos, causando así cismas en la Iglesia y estando en comunión con ellos; y envían mensajes a todas partes para encomiar su herejía y repudiar a la Iglesia, como podréis advertir por las cartas que han dirigido al obispo de Roma y quizá también a vosotros. Comprendéis, pues, muy amados, que estas cosas no deben quedar sin castigo: son, en verdad, terribles y ajenas a la doctrina de Cristo.
    Por ello nos hemos reunido y os hemos escrito para pedir a vuestra sabiduría cristiana que recibáis esta declaración nuestra y os solidaricéis con nuestro hermano Atanasio, y que mostréis vuestra indignación contra Eusebio y sus partidarios, que han osado hacer tales cosas, a fin de que semejante malicia y perversidad no prevalezcan por más tiempo contra la Iglesia. Os exhortamos a reparar tal injusticia, recordándoos el mandato del Apóstol: "Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros [
    ]". Perversa es, en verdad, su conducta, e indigna de vuestra comunión. Por tanto, no les prestéis ya atención, aunque vuelvan a escribiros contra el obispo Atanasio —pues todo cuanto procede de ellos es falso—, ni siquiera si firman su carta con nombres de obispos egipcios. Porque es evidente que no seremos nosotros quienes escribamos, sino los melecianos, que siempre han sido cismáticos y que aún hoy causan disturbios y levantan facciones en las Iglesias. Pues ordenan a personas indignas, poco menos que paganas, y son culpables de acciones que nos avergüenza poner por escrito, pero de las que podréis enteraros por aquellos a quienes os hemos enviado, quienes también os entregarán nuestra carta.

    § 20

    20. Así escribieron los obispos de Egipto a todos los obispos y a Julio, obispo de Roma.

    Capítulo 2. Carta de Julio a Eusebio y sus partidarios en Antioquía

    § 20 (cont.)

    Eusebio y sus partidarios escribieron también a Julio y, pensando amedrentarme, le pidieron que convocase un concilio y que fuese él mismo el juez, si así lo deseaba. Cuando, por tanto, subí a Roma, Julio escribió a Eusebio y sus partidarios como correspondía y envió además a dos de sus propios presbíteros, Elpidio y Filóxeno. Pero ellos, al saber de mí, quedaron turbados, pues no esperaban que subiese allí; y rehusaron el concilio propuesto, alegando para ello razones poco satisfactorias, aunque en verdad temían que se probasen contra ellos los hechos que Valente y Ursacio confesaron después. Con todo, se reunieron más de cincuenta obispos en el lugar donde el presbítero Vito congregaba a sus fieles; reconocieron mi defensa y me confirmaron tanto su comunión como su afecto. Por otra parte, manifestaron gran indignación contra Eusebio y sus partidarios y pidieron que Julio escribiese en los términos siguientes a los de entre ellos que le habían escrito. Así lo hizo, y envió la carta por mano del conde Gabiano.
    Carta de Julio.
    Julio a sus hermanos muy amados Danio, Flacilo, Narciso, Eusebio, Maris, Macedonio, Teodoro y a sus amigos, que me han escrito desde Antioquía, os desea salud en el Señor.

    § 21

    21. He leído vuestra carta, que me trajeron mis presbíteros Elpidio y Filóxeno, y me sorprende hallar que, mientras yo os escribí con caridad y sincera conciencia, vosotros me habéis respondido con ánimo impropio y contencioso; pues el orgullo y la arrogancia de quienes la escribieron se manifiestan claramente en esa carta. Sin embargo, tales sentimientos son incompatibles con la fe cristiana: a lo escrito con espíritu de caridad debe responderse asimismo con espíritu de caridad, y no de contienda. ¿Y no fue muestra de caridad enviar presbíteros para compartir el dolor de quienes padecen y pedir a los que me habían escrito que viniesen aquí, a fin de que las cuestiones en disputa recibiesen pronta solución y todas las cosas quedasen debidamente ordenadas, de suerte que nuestros hermanos no siguiesen expuestos al sufrimiento y vosotros os libraseis de nuevas calumnias? Pero algo parece indicar que vuestro ánimo es tal que nos obliga a concluir que, aun en las expresiones con que aparentabais honrarnos, os habéis expresado bajo el velo de la ironía. También los presbíteros que os enviamos, y que debieran haber regresado gozosos, volvieron, por el contrario, entristecidos por lo que habían presenciado entre vosotros. Y yo, después de leer vuestra carta y de meditarla largamente, la guardé para mí, pensando que, al fin y al cabo, alguno de vosotros vendría y no habría necesidad de presentarla, no fuese que, al hacerse pública, causara pesar a muchos de nuestros hermanos de aquí. Pero, como nadie llegó y fue preciso mostrar la carta, os declaro que todos quedaron asombrados y apenas podían creer que vosotros hubierais escrito semejante cosa; pues está redactada en términos más propios de la contienda que de la caridad.
    Ahora bien, si su autor la escribió con el afán de exhibir su dominio del lenguaje, tal ejercicio es, sin duda, más propio de otras materias: en los asuntos eclesiásticos no se necesita una ostentación de elocuencia, sino la observancia de los cánones apostólicos y un cuidado diligente de no escandalizar a uno solo de los pequeños de la Iglesia. Porque mejor le fuera al hombre, según la palabra de la Iglesia, que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo hundiesen en el mar, antes que escandalizar siquiera a uno de los pequeños. [
    ] Pero si se escribió tal carta porque ciertas personas se han sentido agraviadas a causa de su mezquindad de ánimo unas para con otras —pues no quiero imputársela a todos—, mejor sería no albergar sentimiento alguno de ofensa, o al menos no dejar que el sol se ponga sobre su enojo; y, desde luego, no darle ocasión de manifestarse por escrito.
    Comentario editorial · Julio I y el concilio de Roma
    Julio I fue obispo de Roma de 337 a 352. Según Wikipedia, convocó y presidió un concilio de unos cincuenta obispos que declaró inocente a Atanasio —y a Marcelo de Ancira— y tuvo por irregular el procedimiento de Tiro; los eusebianos no acudieron. Las fuentes lo sitúan entre 340 y 341. La carta de este capítulo responde a la de Eusebio y los suyos, que le pedían convocar un concilio (§ 20).

    § 22

    22. Mas ¿qué se ha hecho que sea justa causa de enojo? ¿O en qué sentido lo fue mi carta para vosotros? ¿Acaso porque os invité a estar presentes en un concilio? Antes bien, debierais haber recibido la propuesta con alegría. Quienes confían en sus actuaciones, o, como prefieren llamarlas, en sus decisiones, no suelen irritarse si otros las examinan; antes se muestran con toda firmeza, sabiendo que, si han dictado una sentencia justa, jamás podrá resultar lo contrario. Los obispos reunidos en el gran Concilio de Nicea acordaron, no sin la voluntad de Dios, que las decisiones de un concilio fuesen examinadas en otro, a fin de que los jueces, teniendo ante los ojos aquel juicio ulterior que habría de seguir, se vieran movidos a investigar los asuntos con el mayor cuidado, y de que las partes afectadas por su sentencia tuviesen la seguridad de que el juicio recibido era justo y no estaba dictado por la enemistad de sus anteriores jueces. Ahora bien, si no queréis que tal práctica se aplique en vuestro propio caso, aunque viene de antiguo y fue reconocida y recomendada por el gran Concilio, vuestra negativa no es decorosa; pues no es razonable que unos pocos individuos dejen sin efecto una costumbre que había prevalecido en la Iglesia y había sido establecida por los concilios.
    Hay otra razón por la cual no pueden sentirse justamente ofendidos en este punto. Cuando llegaron aquí las personas que vosotros, Eusebio y sus partidarios, despachasteis con vuestras cartas —me refiero al presbítero Macario y a los diáconos Martirio y Hesiquio— y vieron que no podían resistir los argumentos de los presbíteros venidos de parte de Atanasio, sino que eran refutados y puestos en evidencia por todos lados, me pidieron entonces que convocase un concilio y escribiese a Alejandría al obispo Atanasio, así como a Eusebio y sus partidarios, para que se dictase una sentencia justa en presencia de todas las partes. Se comprometieron, en tal caso, a probar todas las acusaciones formuladas contra Atanasio. Pues Martirio y Hesiquio habían sido refutados públicamente por nosotros, y los presbíteros del obispo Atanasio les habían hecho frente con gran firmeza; en verdad, si hemos de decir las cosas como son, Martirio y sus compañeros habían quedado enteramente vencidos, y esto fue lo que los llevó a desear la celebración de un concilio. Ahora bien, aun suponiendo que ellos no hubiesen deseado un concilio, sino que hubiese sido yo quien lo propusiera, para desalentar a quienes me habían escrito y por consideración a nuestros hermanos, que se quejan de haber sufrido injusticia, incluso en ese caso la propuesta habría sido razonable y justa, pues concuerda con la práctica eclesiástica y agrada a Dios. Pero cuando esas mismas personas que vosotros, Eusebio y sus partidarios, teníais por dignas de confianza quisieron que yo reuniese a los hermanos, no era congruente que los invitados se sintiesen ofendidos, cuando más bien debieran haber mostrado la mayor disposición a comparecer. Estas consideraciones muestran que la ira de quienes se han ofendido es caprichosa, y que la negativa de quienes rehúsan acudir al concilio es impropia y tiene visos sospechosos. ¿Acaso censura alguien que otro haga lo que él mismo permitiría hacer? Si, como escribís, cada concilio tiene una autoridad irrevocable y se deshonra a quien ha juzgado un asunto cuando otros examinan su sentencia, considerad, hermanos muy amados, ¿quiénes son los que deshonran los concilios? ¿Quiénes dejan sin efecto las decisiones de los jueces anteriores? Sin indagar ahora cada caso particular, no sea que parezca que cargo demasiado la mano contra ciertas personas, bastará como prueba de los demás casos que omito el último que ha ocurrido, ante el cual ha de estremecerse todo el que lo oiga.

    § 23

    23. Los arrianos a quienes Alejandro, el difunto obispo de Alejandría, de feliz memoria, había excomulgado por su impiedad, no solo fueron proscritos por los hermanos de las diversas ciudades, sino también anatematizados por todos los reunidos en el gran Concilio de Nicea. Pues su falta no era ordinaria, ni habían pecado contra un hombre, sino contra nuestro Señor Jesucristo mismo, el Hijo del Dios vivo. Y, sin embargo, se dice que estas personas, proscritas por el mundo entero y marcadas en todas las Iglesias, han sido ahora admitidas de nuevo a la comunión; cosa que, a mi juicio, aun vosotros debierais oír con indignación. ¿Quiénes son, pues, los que deshonran un concilio? ¿No son aquellos que han despreciado los votos de los Trescientos y han preferido la impiedad a la piedad? La herejía de los fanáticos arrianos fue condenada y proscrita por el conjunto de los obispos de todas partes; pero los obispos Atanasio y Marcelo tienen muchos defensores que hablan y escriben en su favor. Hemos recibido testimonios favorables a Marcelo, según los cuales se opuso en el Concilio de Nicea a los partidarios de las doctrinas arrianas; y favorables a Atanasio, según los cuales en Tiro nada se probó contra él y él no estuvo presente en la Mareótide, donde se dice que se redactaron las actas en su contra. Sabéis bien, hermanos muy amados, que las actuaciones sin audiencia de la otra parte carecen de valor y tienen visos sospechosos. No obstante, siendo así las cosas, nosotros, para proceder con exactitud y sin mostrar predisposición ni en favor vuestro ni en favor de quienes escribieron por la otra parte, invitamos a los que nos habían escrito a venir aquí; así, puesto que eran muchos los que escribían en favor de aquellos, todas las cosas podrían examinarse en un concilio y ni serían condenados los inocentes ni se tendría por inocente al sometido a juicio. No somos nosotros, pues, quienes deshonramos un concilio, sino quienes, precipitadamente y sin reflexión, han recibido a los arrianos a los que todos habían condenado, contraviniendo la decisión de los jueces. La mayor parte de aquellos jueces han partido ya y están con Cristo; pero algunos viven todavía en esta vida de prueba y se indignan al saber que ciertas personas han dejado sin efecto su sentencia.

    § 24

    24. Los que estuvieron en Alejandría nos han informado también de lo siguiente. Un tal Carpones, excomulgado por Alejandro a causa del arrianismo, fue enviado aquí por un tal Gregorio junto con otros igualmente excomulgados por la misma herejía. Sin embargo, yo ya había sabido del asunto por el presbítero Macario y los diáconos Martirio y Hesiquio. Pues, antes de que llegasen los presbíteros de Atanasio, me instaron a enviar cartas a un tal Pisto en Alejandría, aunque el obispo Atanasio se encontraba allí por entonces. Y, cuando llegaron los presbíteros del obispo Atanasio, me informaron de que Pisto era arriano, de que había sido excomulgado por el obispo Alejandro y por el Concilio de Nicea, y de que luego había sido ordenado por un tal Segundo, a quien el gran Concilio también excomulgó como arriano. Martirio y sus compañeros no contradijeron esta declaración ni negaron que Pisto hubiese recibido de Segundo la ordenación. Considerad ahora, después de esto, ¿quiénes merecen más justamente la censura? ¿Yo, que no me dejé persuadir a escribir al arriano Pisto, o quienes me aconsejaron deshonrar al gran Concilio y dirigirme a los impíos como si fueran personas piadosas? Además, cuando el presbítero Macario, enviado aquí por Eusebio con Martirio y los demás, supo de la oposición presentada por los presbíteros de Atanasio, mientras esperábamos que compareciese con Martirio y Hesiquio, partió de noche, a pesar de una dolencia corporal; lo cual nos induce a conjeturar que se marchó por vergüenza ante lo que se había puesto al descubierto acerca de Pisto. Pues es imposible que la ordenación conferida por el arriano Segundo sea considerada válida en la Iglesia católica. Sería, en efecto, deshonrar al Concilio y a los obispos que lo integraron el que los decretos que formularon, como en presencia de Dios, con tan extremado celo y cuidado, fuesen desechados por carentes de valor.

    § 25

    25. Si, como escribís, los decretos de todos los concilios deben conservar su fuerza, conforme al precedente de los casos de Novato y Pablo de Samosata, con mayor razón no debe revocarse la sentencia de los Trescientos; ciertamente, unos pocos individuos no deben despreciar un concilio general. Porque los arrianos son herejes como aquellos, y contra unos y otros se ha dictado sentencia semejante. Y, después de procedimientos tan atrevidos como estos, ¿quiénes son los que han encendido la llama de la discordia? Pues en vuestra carta nos acusáis a nosotros de haberlo hecho. ¿Somos nosotros, que nos hemos compadecido de los sufrimientos de los hermanos y hemos obrado en todo conforme al canon, o quienes, con ánimo contencioso y contra el canon, han dejado sin efecto la sentencia de los Trescientos y deshonrado de todos los modos al Concilio? Pues no solo se ha recibido a los arrianos en la comunión, sino que también los obispos han adquirido la costumbre de trasladarse de un lugar a otro. Ahora bien, si de veras creéis que todos los obispos poseen la misma e igual autoridad y no los estimáis, como afirmáis, según la grandeza de sus ciudades, aquel a quien se confía una ciudad pequeña debe permanecer en el lugar que se le ha encomendado y no trasladarse, por menosprecio de su encargo, a otra que nunca ha sido puesta bajo su cuidado, desdeñando lo que Dios le ha dado y concediendo gran importancia al vano aplauso de los hombres. Debierais, pues, hermanos muy amados, haber venido y no haberos negado, para que el asunto llegue a su conclusión; pues así lo exige la razón.
    Pero quizá os lo impidió la fecha fijada para el concilio, pues os quejáis en vuestra carta de que el plazo hasta el día señalado por nosotros era demasiado breve. Mas esto, amados, es una mera excusa. Si el día hubiera sorprendido a alguno todavía de camino, entonces se habría demostrado que el plazo concedido era demasiado breve. Pero cuando hay quienes no desean venir y retienen incluso a mis presbíteros hasta el mes de enero, se trata de la mera excusa de quienes no confían en su causa; de otro modo, como antes dije, habrían venido sin reparar en la longitud del viaje ni en la brevedad del plazo, confiados en la justicia y razonabilidad de su causa. Pero quizá no vinieron por la situación de los tiempos, pues también declaráis en vuestra carta que debiéramos haber tenido en cuenta las circunstancias presentes del Oriente y no haberos apremiado a venir. Ahora bien, si, como decís, no vinisteis porque los tiempos eran tales, debisteis haberlos tenido en cuenta de antemano y no haberos convertido en autores de cisma, ni de duelo y lamentación en las Iglesias. Pero, tal como están las cosas, quienes han causado todo esto demuestran que la culpa no es de los tiempos, sino de la determinación de aquellos que no quieren comparecer ante un concilio.

    § 26

    26. También me maravilla que hayáis podido escribir aquella parte de vuestra carta en la que decís que yo solo escribí, y no a todos vosotros, sino únicamente a Eusebio y sus partidarios. En esta queja puede descubrirse mayor disposición a encontrar faltas que respeto por la verdad. De nadie más que de Martirio, Hesiquio y sus compañeros recibí las cartas contra Atanasio, y necesariamente escribí a quienes habían escrito contra él. O bien Eusebio y sus partidarios no debieron escribir ellos solos, separadamente de todos vosotros, o bien vosotros, a quienes no escribí, no debéis ofenderos de que escribiera a quienes me habían escrito. Si era justo que dirigiese mi carta a todos vosotros, también vosotros debisteis escribir con ellos; pero yo, atendiendo a lo que era razonable, escribí a quienes se habían dirigido a mí y me habían dado noticia del asunto. Y si os disgustó que yo solo les escribiese, sería consecuente que os enojaseis asimismo porque ellos me escribieron a mí solo. Pero también para esto, amados, había una causa justa y no irrazonable. Con todo, es preciso que sepáis que, aunque fui yo quien escribió, las opiniones que expresé no eran solo mías, sino de todos los obispos de Italia y de estas regiones. Yo, en verdad, no quise hacer que todos ellos escribiesen, no fuese que los otros se vieran abrumados por su número. Los obispos, sin embargo, se reunieron el día señalado y convinieron en estas opiniones, que ahora os comunico de nuevo por escrito; de suerte que, hermanos muy amados, aunque sea yo solo quien se dirige a vosotros, podéis estar seguros de que estos son los pareceres de todos. Baste esto acerca de las excusas, no razonables, sino injustas y sospechosas, que algunos de vosotros habéis alegado por vuestra conducta.

    § 27

    27. Ahora bien, aunque lo dicho hasta aquí bastaría para mostrar que no hemos admitido a nuestros hermanos Atanasio y Marcelo a nuestra comunión ni con demasiada ligereza ni injustamente, no está de más exponeros brevemente el asunto. Eusebio y sus partidarios escribieron en otro tiempo contra Atanasio y los suyos, como también vosotros habéis escrito ahora; pero un gran número de obispos de Egipto y de otras provincias escribieron en su favor. En primer lugar, vuestras cartas contra él se contradicen entre sí, y las segundas no concuerdan en modo alguno con las primeras; antes bien, en muchos casos las primeras quedan refutadas por las últimas, y las últimas son impugnadas por las primeras. Ahora bien, cuando existe tal contradicción entre las cartas, no merece crédito alguno lo que en ellas se afirma. En segundo lugar, si exigís que creamos lo que habéis escrito, es justo que no neguemos crédito a quienes han escrito en su favor; tanto más cuanto que vosotros escribís desde lejos, mientras que ellos se hallan en el lugar, conocen al hombre y los acontecimientos que allí suceden, dan testimonio por escrito de su modo de vida y afirman resueltamente que ha sido víctima de una conspiración desde el principio.
    Asimismo, en cierto momento se dijo que el obispo Arsenio había sido muerto por Atanasio; pero hemos sabido que está vivo y, más aún, que mantiene relaciones de amistad con él. Atanasio ha afirmado categóricamente que las actas redactadas en la Mareótide fueron levantadas sin audiencia de la otra parte, pues no estuvieron presentes ni el presbítero Macario, que era el acusado, ni su obispo, el propio Atanasio. Esto lo hemos sabido no solo por su propia boca, sino también por las actas que Martirio, Hesiquio y sus compañeros nos trajeron; pues, al leerlas, comprobamos que allí estaba presente el acusador Isquiras, pero no Macario ni el obispo Atanasio, y que los presbíteros de Atanasio desearon asistir, mas no se les permitió. Ahora bien, amados, si el juicio había de celebrarse honradamente, debían haber estado presentes no solo el acusador, sino también el acusado. Así como el acusado Macario compareció en Tiro, al igual que su acusador Isquiras, cuando nada quedó probado, así también debió ir a la Mareótide no solo el acusador, sino el acusado, para que este pudiera, en persona, ser declarado culpable o, de no serlo, mostrar la falsedad de la acusación. Pero, puesto que no fue así, sino que solo fue allá el acusador con aquellos a quienes Atanasio recusaba, las actuaciones tienen visos sospechosos.

    § 28

    28. Se quejó también de que quienes fueron a la Mareótide lo hicieron contra su voluntad, pues Teognio, Maris, Teodoro, Ursacio, Valente y Macedonio, que eran los enviados, le parecían personas sospechosas. Lo mostró no solo mediante sus propias afirmaciones, sino también por una carta de Alejandro, obispo de Tesalónica; pues presentó una carta escrita por este a Dionisio, el conde que presidía el concilio, en la cual muestra con toda claridad que se tramaba una conspiración contra Atanasio. Ha presentado asimismo un documento auténtico, escrito íntegramente de puño y letra del propio acusador Isquiras, en el que este pone por testigo a Dios todopoderoso de que no se rompió cáliz alguno ni se volcó ninguna mesa, sino que ciertas personas lo habían inducido a inventar aquellas acusaciones. Además, cuando llegaron los presbíteros de la Mareótide, afirmaron categóricamente que Isquiras no era presbítero de la Iglesia católica y que Macario no había cometido ninguna de las faltas que aquel le imputaba. También los presbíteros y diáconos que vinieron a nosotros dieron el más cumplido testimonio en favor del obispo Atanasio, sosteniendo con firmeza que nada de lo alegado contra él era cierto, sino que había sido víctima de una conspiración.
    Y todos los obispos de Egipto y Libia escribieron y protestaron que su ordenación era legítima y estrictamente eclesiástica, y que cuanto habíais aducido contra él era falso: no se había cometido asesinato alguno ni se había enviado a nadie a causa de él, ni se había roto ningún cáliz, sino que todo era falso. Más aún, el obispo Atanasio mostró también, basándose en las actas levantadas en la Mareótide sin audiencia de la otra parte, que un catecúmeno fue interrogado y dijo que se encontraba dentro con Isquiras cuando, según dicen, Macario, el presbítero de Atanasio, irrumpió en el lugar; y que otros interrogados dijeron, uno, que Isquiras estaba en una pequeña celda y, otro, que yacía enfermo detrás de la puerta precisamente cuando, según dicen, Macario llegó allí. Ahora bien, estas declaraciones suyas nos llevan naturalmente a preguntar: ¿cómo era posible que un hombre que yacía enfermo detrás de la puerta se levantase, celebrase el oficio y presentase la oblación? ¿Y cómo podían presentarse las oblaciones cuando había catecúmenos dentro? Pues, si estaban presentes catecúmenos, aún no había llegado el momento de presentar las oblaciones. El obispo Atanasio hizo, como he dicho, estas observaciones y mostró, a partir de las actas y de lo que afirmaron categóricamente quienes estaban con él, que Isquiras nunca había sido presbítero de la Iglesia católica ni había comparecido jamás como presbítero en las asambleas de la Iglesia; pues ni siquiera cuando Alejandro admitió, por indulgencia del gran Concilio, a los del cisma meleciano, lo nombró Melecio entre sus presbíteros, según declararon ellos; prueba tan contundente como cabe de que ni siquiera era presbítero de Melecio, pues, de haberlo sido, ciertamente habría figurado entre los demás. Además, Atanasio mostró también, a partir de las actas, que Isquiras había mentido en otros casos: pues formuló una acusación relativa a la quema de ciertos libros cuando, según pretenden, Macario irrumpió entre ellos, pero los mismos testigos que presentó para probarla lo dejaron convicto de falsedad.

    § 29

    29. Ahora bien, cuando así se nos expusieron estas cosas, comparecieron tantos testigos en su favor y él adujo tanto en su propia justificación, ¿qué nos correspondía hacer? ¿Qué nos exigía la regla de la Iglesia, sino no condenarlo, antes bien recibirlo y tratarlo como obispo, según hemos hecho? Además, por añadidura, permaneció aquí un año y seis meses, esperando vuestra llegada y la de cualquiera que quisiese venir; y con su presencia avergonzó a todos, pues no habría permanecido aquí de no haber confiado en su causa. Y no vino por propia iniciativa, sino invitado por una carta nuestra, tal como os escribimos a vosotros. Pero aun así os quejáis de que hemos transgredido los cánones. Considerad ahora: ¿quiénes han obrado así? ¿Nosotros, que recibimos a este hombre con pruebas tan abundantes de su inocencia, o quienes, hallándose en Antioquía, a treinta y seis postas de distancia, designaron obispo a un extraño y lo enviaron a Alejandría con una fuerza militar? Ni siquiera se hizo tal cosa cuando Atanasio fue desterrado a Galia, aunque entonces se habría hecho si de veras hubiese quedado probado que era culpable de aquella falta. Pero, cuando regresó, encontró, como era natural, su Iglesia sin ocupar y esperándolo.

    § 30

    30. Mas ahora ignoro con qué pretexto se han llevado a cabo estas actuaciones. En primer lugar, si ha de decirse la verdad, no era justo que nadie se adelantase a las decisiones de un concilio cuya convocatoria habíamos anunciado por escrito; y, en segundo lugar, no convenía que se adoptasen contra la Iglesia procedimientos tan novedosos. Pues ¿qué canon de la Iglesia o qué tradición apostólica autoriza que, cuando una Iglesia estaba en paz y tantos obispos concordaban con Atanasio, obispo de Alejandría, se enviase allí a Gregorio, extraño a la ciudad, que no había sido bautizado en ella, ni era conocido por el conjunto de los fieles, ni era deseado por los presbíteros, ni por los obispos, ni por los laicos; que fuese designado en Antioquía y enviado a Alejandría, acompañado no de presbíteros ni de diáconos de la ciudad, ni de obispos de Egipto, sino de soldados? Pues así se quejaron los que vinieron aquí.
    Aun suponiendo que, después del concilio, Atanasio se hallase en la condición de un culpable, tal designación no debió hacerse de manera tan ilegal y contraria a la regla de la Iglesia, sino que los obispos de la provincia debieron ordenar a uno de aquella misma Iglesia, de aquel mismo orden sacerdotal, de aquel mismo clero; y no debieron dejarse así sin efecto los cánones recibidos de los Apóstoles. Si semejante agravio se hubiera cometido contra cualquiera de vosotros, ¿no habríais alzado la voz contra él y reclamado justicia por la transgresión de los cánones? Hermanos muy amados, hablamos con sinceridad, como en presencia de Dios, y declaramos que este proceder no fue piadoso, ni legítimo, ni eclesiástico. Además, el relato de la conducta de Gregorio al entrar en la ciudad muestra claramente el carácter de su designación. En tiempos tan pacíficos como los que, según declararon los venidos de Alejandría y expusieron también los obispos en sus cartas, reinaban entonces, se prendió fuego a la Iglesia; se desnudó a vírgenes; se pisoteó a monjes; se azotó y maltrató a presbíteros y a muchos del pueblo; se encerró en prisión a obispos; se arrastró de un lugar a otro a multitudes; los santos misterios, a propósito de los cuales habían acusado al presbítero Macario, fueron arrebatados por paganos y arrojados al suelo; y todo ello para obligar a ciertas personas a aceptar la designación de Gregorio. Tal conducta muestra claramente quiénes son los que transgreden los cánones. Si la designación hubiera sido legítima, él no habría recurrido a procedimientos ilegales para imponer su obediencia a quienes se le oponían por vías legítimas. Y, a pesar de todo esto, escribís que reinaba una paz perfecta en Alejandría y Egipto. Ciertamente no, a menos que la obra de la paz haya cambiado por completo y llaméis paz a hechos como estos.

    § 31

    31. He creído también necesario señalaros esta circunstancia: Atanasio afirmó categóricamente que Macario permaneció en Tiro bajo custodia de soldados, mientras que solo su acusador acompañó a quienes fueron a la Mareótide; y que a los presbíteros que desearon asistir a la investigación no se les permitió hacerlo, mientras que dicha investigación sobre el cáliz y la mesa se llevaba a cabo ante el prefecto y su séquito, en presencia de paganos y judíos. Al principio esto parecía increíble, pero las actas probaron que había sido así; lo cual nos causó gran asombro, como supongo, hermanos muy amados, que también os lo causa a vosotros. No se permite asistir a los presbíteros, ministros de los misterios, y, sin embargo, una investigación acerca de la Sangre de Cristo y del Cuerpo de Cristo se lleva a cabo ante un juez ajeno a la Iglesia, en presencia de catecúmenos y, peor aún, ante paganos y judíos, que tienen a mal la fe cristiana. Aun suponiendo que se hubiera cometido una falta, debió investigarse legítimamente en la Iglesia y por el clero, no por paganos que aborrecen al Logos y no conocen la Verdad. Estoy persuadido de que tanto vosotros como todos los hombres podéis percibir la naturaleza y la magnitud de este pecado. Baste esto acerca de Atanasio.

    § 32

    32. En cuanto a Marcelo, puesto que también lo habéis acusado de impiedad para con Cristo, deseo informaros de que, cuando estuvo aquí, declaró categóricamente que no era cierto lo que habíais escrito acerca de él; pero, como a pesar de ello le pedimos que diese cuenta de su fe, respondió personalmente con toda firmeza, de suerte que reconocimos que no sostiene nada ajeno a la verdad. Hizo profesión de las mismas piadosas doctrinas acerca de nuestro Señor y Salvador Jesucristo que profesa la Iglesia católica; y afirmó que sostenía estas opiniones desde hacía muchísimo tiempo y que no las había adoptado recientemente. Así lo atestiguaron, en efecto, acerca de su ortodoxia nuestros presbíteros que habían estado presentes tiempo atrás en el Concilio de Nicea; pues entonces, como ahora, se opuso al arrianismo. Sobre estos puntos conviene amonestaros, no sea que alguno de vosotros admita semejante herejía, en vez de aborrecerla como ajena a la sana doctrina [
    ]. Puesto que profesaba opiniones ortodoxas y había testimonios de su ortodoxia, ¿qué, pregunto de nuevo en su caso, debíamos hacer sino recibirlo como obispo, según hicimos, y no excluirlo de nuestra comunión? Os he escrito estas cosas no tanto para defender su causa cuanto para convenceros de que obramos justa y canónicamente al recibir a estas personas, y de que vosotros contendéis sin motivo. Pero os incumbe poner todo vuestro empeño y trabajar por todos los medios para corregir las irregularidades cometidas contra el canon y asegurar la paz de las Iglesias; de modo que permanezca la paz de nuestro Señor, que nos ha sido dada [
    ], y que las Iglesias no se dividan ni recaiga sobre vosotros la acusación de ser autores de cisma. Pues confieso que vuestra conducta pasada ha sido ocasión de cisma más que de paz.

    § 33

    33. Pues no solo vinieron aquí los obispos Atanasio y Marcelo y sus compañeros para quejarse de la injusticia que se les había hecho, sino también muchos otros obispos de Tracia, de Celesiria, de Fenicia y Palestina, no pocos presbíteros y otras personas de Alejandría y de otros lugares; y, presentes en el concilio celebrado aquí, además de sus otras declaraciones, lamentaron ante todos los obispos reunidos la violencia y la injusticia sufridas por las Iglesias, y afirmaron que ultrajes semejantes a los cometidos en Alejandría habían ocurrido en sus propias Iglesias y también en otras. Llegaron asimismo hace poco presbíteros con cartas de Egipto y Alejandría, quienes se quejaron de que a muchos obispos y presbíteros deseosos de venir al concilio se les había impedido hacerlo; pues dijeron que, desde la partida de Atanasio hasta el presente, obispos que son confesores han sido azotados, que otros han sido encarcelados y que, hace muy poco, ancianos que llevaban larguísimo tiempo en el episcopado han sido entregados para trabajar en las obras públicas, mientras que casi todo el clero de la Iglesia católica, junto con el pueblo, es objeto de intrigas y persecuciones. Dijeron además que ciertos obispos y otros hermanos habían sido desterrados por ninguna otra razón que obligarlos, contra su voluntad, a estar en comunión con Gregorio y sus asociados arrianos. También hemos oído de otros, y lo confirma el testimonio del obispo Marcelo, que numerosos ultrajes semejantes a los cometidos en Alejandría han tenido lugar en Ancira de Galacia. Y, además de todo esto, quienes vinieron al concilio denunciaron contra algunos de vosotros —pues no mencionaré nombres— ciertos cargos de naturaleza tan terrible que he rehusado ponerlos por escrito: quizá también vosotros los hayáis oído de otros. Especialmente por esta causa os escribí pidiéndoos que vinieseis, para que pudierais estar presentes y oírlos, y para que se corrigiesen todas las irregularidades y se sanasen las desavenencias. Quienes fueron llamados con estos fines no debieron negarse, sino acudir con mayor prontitud, no fuese que, al dejar de hacerlo, se hicieran sospechosos de lo que contra ellos se alegaba y se pensase que eran incapaces de probar lo que habían escrito.

    § 34

    34. Ahora bien, según estos testimonios, puesto que las Iglesias padecen tales aflicciones y son atacadas con perfidia, como afirmaron categóricamente quienes nos informaron, ¿quiénes son los que han encendido la llama de la discordia? ¿Nosotros, que nos dolemos de semejante estado de cosas y nos compadecemos de los sufrimientos de los hermanos, o quienes lo han provocado? Cuando en cada Iglesia reinaba, pues, tan extrema confusión, que fue la causa por la cual vinieron aquí quienes nos visitaron, me maravilla que hayáis podido escribir que reinaba la concordia en las Iglesias. Estas cosas no conducen a la edificación de la Iglesia, sino a su destrucción; y quienes se alegran de ellas no son hijos de la paz, sino de la confusión: pero nuestro Dios no es Dios de confusión, sino de paz. [
    ] Por lo cual, como sabe el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, fue por consideración a vuestro buen nombre y con oraciones para que las Iglesias no cayesen en la confusión, sino que permaneciesen ordenadas como lo fueron por los Apóstoles, por lo que creí necesario escribiros así, a fin de que por fin hicieseis avergonzarse a quienes, por efecto de su mutua enemistad, han llevado a las Iglesias a esta situación. Pues he oído que son solo unos pocos los autores de todo ello.
    Ahora bien, revestidos de entrañas de misericordia, cuidad de corregir, como ya dije, las irregularidades cometidas contra el canon, de modo que, si ya se ha causado algún daño, vuestro celo pueda sanarlo. Y no escribáis que he preferido la comunión de Marcelo y Atanasio a la vuestra, pues quejas semejantes no son indicio de paz, sino de espíritu contencioso y de odio a los hermanos. Por esta causa he escrito lo precedente: para que comprendáis que no obramos injustamente al admitirlos a nuestra comunión y pongáis así fin a esta contienda. Si hubierais venido aquí y ellos hubiesen sido condenados, sin haber podido aportar pruebas razonables en apoyo de su causa, habríais hecho bien en escribir de ese modo. Pero, puesto que, como antes dije, obramos conforme al canon y no injustamente al estar en comunión con ellos, os suplico por Cristo: no consintáis que los miembros de Cristo sean desgarrados, ni os fiéis de los prejuicios, sino buscad más bien la paz del Señor. No es santo ni justo, por satisfacer el mezquino sentir de unos pocos, rechazar a quienes nunca han sido condenados y entristecer así al Espíritu. [
    ] Pero, si pensáis que podéis probar algo contra ellos y refutarlos cara a cara, venid aquí los que queráis de vosotros; pues ellos también prometieron que estarían dispuestos a demostrar plenamente la verdad de cuanto nos han referido.

    § 35

    35. Hacédnoslo saber, por tanto, hermanos muy amados, para que podamos escribir tanto a ellos como a los obispos que habrán de reunirse de nuevo, a fin de que los acusados sean condenados en presencia de todos y deje de reinar la confusión en las Iglesias. Basta con lo que ya ha sucedido: basta, ciertamente, que obispos hayan sido sentenciados al destierro en presencia de obispos. No me conviene hablar de ello largamente, no sea que parezca que cargo demasiado la mano contra quienes estuvieron presentes en tales ocasiones. Pero, si ha de decirse la verdad, las cosas no debieron llegar tan lejos; no debió permitirse que sus mezquinos sentimientos alcanzasen el extremo presente. Concedamos la «destitución» de Atanasio y Marcelo de sus propias sedes, como escribís; pero ¿qué habrá de decirse del caso de los demás obispos y presbíteros que, como antes dije, vinieron aquí de diversas regiones y se quejaron de haber sido también expulsados por la fuerza y de haber sufrido agravios semejantes? ¡Oh amados!, las decisiones de la Iglesia ya no se toman conforme al Evangelio, sino que solo conducen al destierro y a la muerte. Suponiendo, como afirmáis, que alguna falta pesase sobre esas personas, la causa debió instruirse contra ellas no de este modo, sino según el canon de la Iglesia. Debió escribirse a todos nosotros acerca de ello, para que así de todos procediese una sentencia justa. Pues quienes padecían eran obispos, y las Iglesias afectadas no eran de escasa importancia, sino de aquellas que los Apóstoles mismos habían gobernado en persona.
    ¿Y por qué no se nos dijo nada, en particular, acerca de la Iglesia de los alejandrinos? ¿Ignoráis que la costumbre ha sido escribirnos primero a nosotros y que después se dicte desde este lugar una decisión justa? Si, pues, recaía alguna sospecha semejante sobre el obispo de allí, debió darse aviso de ello a la Iglesia de este lugar; mientras que ahora, después de omitir informarnos y proceder por su propia autoridad como les plugo, desean obtener nuestra conformidad con sus decisiones, aunque nosotros jamás lo condenamos. No es esto lo que han dispuesto las ordenanzas de Pablo, ni lo que han enseñado las tradiciones de los Padres; este es otro modo de proceder, una práctica novedosa. Os ruego que me escuchéis con buena disposición: cuanto escribo es por el bien común. Pues os hago saber lo que hemos recibido del bienaventurado apóstol Pedro; y no habría escrito esto, por estimar que tales cosas eran manifiestas para todos, si estas actuaciones no nos hubiesen turbado tanto. Los obispos son arrancados de sus sedes y arrojados al destierro, mientras que otros venidos de diversas partes son designados en su lugar; otros son atacados con perfidia, de suerte que el pueblo ha de llorar por aquellos que le son arrebatados por la fuerza, mientras que, respecto de los enviados para sustituirlos, se ve obligado a renunciar a buscar al hombre que desea y a recibir a quienes no desea.
    Os pido que tales cosas no vuelvan a suceder y que denunciéis por escrito a quienes las intenten, para que las Iglesias no sigan siendo afligidas de esta manera, ni obispo o presbítero alguno sea tratado con afrenta, ni se obligue a nadie a obrar contra su propio juicio, como nos han referido; no sea que nos convirtamos en objeto de burla entre los paganos y, sobre todo, que provoquemos contra nosotros la ira de Dios. Pues cada uno de nosotros dará cuenta en el Día del juicio [
    ] de cuanto haya hecho en esta vida. ¡Ojalá todos tengamos el sentir de Dios!, para que las Iglesias recobren a sus propios obispos y se regocijen por siempre en Jesucristo nuestro Señor; por quien sea la gloria al Padre por los siglos de los siglos. Amén.
    Ruego por vuestra salud en el Señor, hermanos muy amados y muy añorados.

    § 36

    36. Así escribió el Concilio de Roma por medio de Julio, obispo de Roma.

    Capítulo 3. Cartas del Concilio de Sárdica a las Iglesias de Egipto y de Alejandría, y a todas las Iglesias

    § 36 (cont.)

    Pero, como Eusebio y sus partidarios persistían sin vergüenza en perturbar las Iglesias y tramar la ruina de muchos, los piadosísimos emperadores Constancio y Constante, informados de ello, ordenaron que los obispos de Occidente y de Oriente se reuniesen en la ciudad de Sárdica. Entretanto murió Eusebio; pero se congregó un gran número de obispos de todas partes, y desafiamos a los aliados de Eusebio y sus partidarios a someterse a juicio. Ellos, sin embargo, teniendo ante los ojos cuanto habían hecho y viendo que sus acusadores habían acudido al Concilio, temieron hacerlo; y, mientras todos los demás se reunieron con recta intención, ellos volvieron a traer consigo a los condes Musoniano y Hesiquio, el castrense, para alcanzar, como tenían por costumbre, sus propios fines mediante la autoridad de estos. Mas, cuando el Concilio se reunió sin condes y no se permitió la presencia de soldados, quedaron confundidos y atormentados por la conciencia, pues ya no podían obtener la sentencia que deseaban, sino únicamente la que exigían la razón y la verdad. Nosotros, por nuestra parte, reiteramos muchas veces nuestro desafío, y el Concilio de los obispos los llamó a comparecer, diciendo: «Habéis venido para someteros a juicio; ¿por qué, pues, os escondéis ahora? O no debisteis venir, o, una vez venidos, no debéis ocultaros. Tal conducta será vuestra mayor condena. He aquí presentes a Atanasio y a sus compañeros, a quienes acusasteis en su ausencia; si, por tanto, creéis tener algo contra ellos, podéis probarlo cara a cara. Pero si fingís no querer hacerlo cuando, en verdad, no podéis, mostráis claramente que sois calumniadores, y tal será la sentencia que pronuncie sobre vosotros el Concilio.» Al oír esto, ellos mismos se condenaron —pues eran conscientes de sus maquinaciones y falsedades contra nosotros— y se avergonzaron de comparecer, demostrando así que habían incurrido en muchas viles calumnias.
    El santo Concilio denunció, pues, su huida indecorosa y sospechosa, y nos admitió a presentar nuestra defensa; y, cuando relatamos su conducta para con nosotros y probamos la verdad de nuestras afirmaciones mediante testigos y otras pruebas, todos quedaron asombrados y reconocieron que nuestros adversarios tenían buenas razones para temer comparecer ante el Concilio, no fuese a quedar demostrada su culpa en su propia presencia. Dijeron también que probablemente habían venido de Oriente suponiendo que Atanasio y sus compañeros no comparecerían, pero que, al verlos seguros de su causa y reclamando un juicio, habían huido. Así pues, nos recibieron como a personas agraviadas y falsamente acusadas, y afianzaron aún más la comunión y el afecto que nos profesaban. En cambio, depusieron a los cómplices de Eusebio en la maldad, que habían llegado a ser aún más desvergonzados que él, a saber: Teodoro de Heraclea, Narciso de Neronias, Acacio de Cesarea, Esteban de Antioquía, Ursacio y Valente de Panonia, Menofanto de Éfeso y Jorge de Laodicea; y escribieron a los obispos de todas las regiones del mundo y a la diócesis de cada uno de los agraviados en los siguientes términos.
    Carta del Concilio de Sárdica a la Iglesia de Alejandría.
    El santo Concilio, reunido por la gracia de Dios en Sárdica, cuyos miembros proceden de Roma, Hispania, Galia, Italia, Campania, Calabria, Apulia, África, Cerdeña, Panonia, Mesia, Dacia, Nórico, Siscia, Dardania, la otra Dacia, Macedonia, Tesalia, Acaya, Epiro, Tracia, Ródope, Palestina, Arabia, Creta y Egipto, a sus amados hermanos, los presbíteros y diáconos, y a toda la santa Iglesia de Dios establecida en Alejandría, os desea salud en el Señor.
    Comentario editorial · Sárdica: un concilio, dos asambleas
    Sárdica (hoy Sofía) reunió en 343 —algunos lo fechan en 342— a obispos de Occidente y de Oriente convocados por los emperadores Constante y Constancio II. Según Wikipedia, los orientales se negaron a sentarse con los occidentales que querían admitir a Atanasio y a Marcelo, y publicaron aparte su propia declaración en Filipópolis; las dos partes nunca se reunieron como una sola y se anatematizaron mutuamente. La asamblea occidental, presidida por Osio, declaró inocente a Atanasio y aprobó cánones que abrían a los obispos una vía de apelación a Roma. La cifra de 344 obispos que da el § 50 es la de Atanasio; Wikipedia recoge estimaciones mucho menores (unos 170) y no cuenta Sárdica entre los concilios ecuménicos.

    § 37

    37. No ignorábamos, sino que sabíamos bien, aun antes de recibir las cartas de vuestra piedad, que los partidarios de la abominable herejía de los arrianos urdían muchas y peligrosas maquinaciones, más para perdición de sus propias almas que para daño de la Iglesia. Pues tal ha sido siempre el objeto de su astucia sin escrúpulos; tal es el designio mortífero en que de continuo se han ocupado: hallar el mejor modo de expulsar de sus puestos y perseguir a cuantos, dondequiera que se encuentren, profesen sentimientos ortodoxos y sostengan la doctrina de la Iglesia católica que recibieron de los Padres. Contra unos han levantado falsas acusaciones; a otros los han arrojado al destierro; a otros los han destruido mediante los castigos que les infligieron. En particular, procuraron mediante la violencia y la tiranía sorprender a nuestro hermano y compañero en el episcopado Atanasio, siendo inocente, y por eso llevaron a cabo la investigación de su causa sin cuidado alguno, sin buena fe y sin ninguna clase de justicia. No confiando, por consiguiente, en el papel que habían desempeñado en aquella ocasión, ni tampoco en las noticias que habían difundido contra él, y advirtiendo que no podían aportar ninguna prueba cierta sobre el caso, cuando llegaron a la ciudad de Sárdica no quisieron comparecer ante el Concilio de todos los santos obispos. De ello resultó evidente que la decisión de nuestro hermano y compañero en el episcopado Julio había sido justa; pues, después de madura y cuidadosa deliberación, había determinado que no debíamos vacilar en absoluto en estar en comunión con nuestro hermano Atanasio. Contaba, en efecto, con el testimonio fidedigno de ochenta obispos, y podía aducir además en su favor este justo argumento: que, con el solo concurso de nuestros hermanos muy amados, sus propios presbíteros, y mediante correspondencia, había desbaratado el designio de Eusebio y sus partidarios, que se apoyaban más en la violencia que en una investigación judicial.
    Por ello, todos los obispos venidos de todas partes resolvieron estar en comunión con Atanasio, por ser inocente. Y advierta también vuestra caridad que, cuando él acudió al santo Concilio reunido en Sárdica, los obispos de Oriente fueron informados de ello, como ya dijimos, tanto por carta como por requerimientos transmitidos de viva voz, y nosotros los invitamos a estar presentes. Pero, condenados por su propia conciencia, recurrieron a excusas indignas y se empeñaron en eludir la investigación. Exigían que un hombre inocente fuese excluido de nuestra comunión como si fuese culpable, sin considerar cuán improcedente o, más bien, cuán imposible era semejante proceder. En cuanto a las actas redactadas en la Mareótide por ciertos jóvenes sumamente malvados y depravados, a cuyas manos nadie confiaría ni el oficio más humilde del ministerio, es indudable que eran declaraciones obtenidas sin audiencia de la otra parte . Pues no estuvo presente en aquella ocasión nuestro hermano el obispo Atanasio, ni tampoco el presbítero Macario, a quien ellos acusaban. Además, su investigación, o, mejor dicho, su falsificación de los hechos, estuvo rodeada de las circunstancias más vergonzosas. Interrogaron unas veces a paganos y otras a catecúmenos, no para que declarasen lo que sabían, sino para que afirmasen las falsedades que otros les habían enseñado. Y cuando vosotros, los presbíteros que estabais a cargo en ausencia de vuestro obispo, quisisteis estar presentes en la investigación para mostrar la verdad y refutar las falsedades, no os hicieron caso: no os permitieron asistir, sino que os expulsaron con insultos.
    Ahora bien, aunque por estas circunstancias sus calumnias han quedado del modo más manifiesto al descubierto ante todos, hallamos asimismo, al leer las actas, que el inicuo Isquiras, que ha obtenido de ellos el vano título de obispo en recompensa por su falsa acusación, se había declarado a sí mismo culpable de calumnia. Afirma en las actas que, en el preciso momento en que, según sus categóricas declaraciones, Macario entró en su celda, él yacía allí enfermo; mientras que Eusebio y sus partidarios tuvieron la osadía de escribir que Isquiras estaba de pie ofreciendo la oblación cuando entró Macario.

    § 38

    38. La infame y calumniosa acusación que después formularon contra él ha llegado a ser conocida de todos. Alzaron un gran clamor, afirmando que Atanasio había cometido un asesinato y había hecho desaparecer a cierto Arsenio, obispo meleciano, cuya pérdida fingían deplorar con lamentos fingidos y lágrimas falsas, y exigían que se les entregase el cuerpo de un hombre vivo como si estuviese muerto. Pero su fraude no pasó inadvertido: todos sabían que aquel hombre estaba vivo y se contaba entre los vivientes. Y cuando esos hombres, siempre dispuestos a aprovechar cualquier ocasión, vieron descubiertas sus falsedades —pues Arsenio se presentó vivo y demostró así que no había desaparecido ni estaba muerto—, ni aun entonces desistieron, sino que añadieron nuevas calumnias a las anteriores y recurrieron a otro artificio para difamarlo. Pues bien, nuestro hermano Atanasio, muy amado, no se dejó confundir, sino que también en este caso volvió a desafiarlos con toda firmeza a presentar pruebas; y nosotros asimismo les rogamos y exhortamos a comparecer en juicio y, si podían, a probar su acusación contra él. ¡Qué gran arrogancia! ¡Qué espantosa soberbia! O, mejor dicho, si hemos de decir la verdad, ¡qué conciencia malvada y acusadora! Pues así lo juzgan todos.
    Por ello, amados hermanos, os amonestamos y exhortamos ante todo a mantener la recta fe de la Iglesia católica. Habéis soportado muchas pruebas duras y penosas; muchos son los ultrajes y agravios que ha sufrido la Iglesia católica, pero "el que persevere hasta el fin, ese será salvo [
    ]". Así pues, aunque todavía os acometan temerariamente, sea vuestra tribulación motivo de alegría para vosotros. Porque tales aflicciones son una especie de martirio, y confesiones y tormentos como los vuestros no quedarán sin recompensa, sino que recibiréis de Dios el premio. Esforzaos, pues, ante todo por sostener la fe sana y la inocencia de vuestro obispo y compañero nuestro en el ministerio, Atanasio. Tampoco nosotros hemos guardado silencio ni hemos desatendido cuanto atañe a vuestro consuelo, sino que hemos deliberado y hecho todo lo que exige la caridad. Compartimos el padecimiento de nuestros hermanos afligidos y consideramos su aflicción como nuestra.

    § 39

    39. En consecuencia, hemos escrito a nuestros piadosísimos y devotos emperadores para suplicarles que, por su benevolencia, ordenen poner en libertad a quienes aún sufren aflicción y opresión, y dispongan que ningún magistrado, cuyo deber es ocuparse tan solo de las causas civiles, juzgue a los clérigos ni, de ahora en adelante, atente en modo alguno contra los hermanos so pretexto de velar por las Iglesias; antes bien, que cada cual pueda vivir, como ruega y desea hacerlo, libre de persecución, violencia y fraude, y seguir en quietud y paz la fe católica y apostólica. En cuanto a Gregorio, de quien se dice que fue nombrado ilegalmente por los herejes y enviado por ellos a vuestra ciudad, queremos que todos vosotros sepáis que ha sido depuesto por sentencia de todo el sagrado Concilio, aunque, en verdad, jamás ha sido considerado obispo. Recibid, pues, con alegría a vuestro obispo Atanasio, pues con ese fin lo hemos despedido en paz. Y exhortamos a todos los que, ya por temor, ya por las intrigas de ciertas personas, han estado en comunión con Gregorio a que, ahora amonestados, exhortados y persuadidos por nosotros, se aparten de esa detestable comunión con él y se unan sin demora a la Iglesia católica.

    § 40

    40. Y puesto que hemos sabido que Aftonio, Atanasio hijo de Capitón, Pablo y Plución, nuestros compañeros presbíteros, también han padecido las maquinaciones de Eusebio y sus partidarios, hasta el punto de que unos han sufrido el destierro y otros han huido para salvar la vida, hemos juzgado necesario dároslo a conocer, a fin de que sepáis que también a ellos los hemos recibido y declarado inocentes, conscientes de que cuanto Eusebio y sus partidarios han hecho contra los ortodoxos ha redundado en gloria y alabanza de aquellos a quienes atacaron. Sería justo que vuestro obispo y hermano nuestro Atanasio os comunicase esto acerca de ellos —él a los suyos acerca de los suyos—; pero, como deseaba que también el santo Concilio os escribiese para mayor testimonio, no tardamos en hacerlo, sino que nos apresuramos a comunicároslo, para que los recibáis como nosotros los hemos recibido. También ellos son dignos de alabanza, porque, por su piedad hacia Cristo, han sido juzgados dignos de soportar la violencia de los herejes.
    Por los documentos adjuntos conoceréis los decretos que el santo Concilio ha promulgado contra quienes encabezan la herejía arriana y han atentado contra vosotros y contra las demás Iglesias. Os los hemos enviado para que comprendáis por ellos que la Iglesia católica no pasará por alto a quienes atenten contra ella.
    Carta del Concilio de Sárdica a los obispos de Egipto y Libia.
    El santo Concilio, reunido por la gracia de Dios en Sárdica, a los obispos de Egipto y Libia, compañeros suyos en el ministerio y hermanos muy amados, os desea salud en el Señor.

    § 41

    41. No ignorábamos, sino que sabíamos bien, aun antes de recibir las cartas de vuestra piedad, que los partidarios de la abominable herejía de los arrianos urdían muchas y peligrosas maquinaciones, más para perdición de sus propias almas que para daño de la Iglesia. Pues tal ha sido siempre el objeto de su astucia y su maldad; tal es el designio mortífero en que de continuo se han ocupado: hallar el mejor modo de expulsar de sus puestos y perseguir a cuantos, dondequiera que se encuentren, profesen sentimientos ortodoxos y sostengan la doctrina de la Iglesia católica que recibieron de los Padres. Contra unos han levantado falsas acusaciones; a otros los han arrojado al destierro; a otros los han destruido mediante los castigos que les infligieron. En particular, procuraron mediante la violencia y la tiranía sorprender a nuestro hermano y compañero en el episcopado Atanasio, siendo inocente, y por eso llevaron a cabo la investigación de su causa sin buena fe y sin ninguna clase de justicia. No confiando, por consiguiente, en el papel que habían desempeñado en aquella ocasión, ni tampoco en las noticias que habían difundido contra él, y advirtiendo que no podían aportar ninguna prueba cierta sobre el caso, cuando llegaron a la ciudad de Sárdica no quisieron comparecer ante el Concilio de todos los santos obispos. De ello resultó evidente que la decisión de nuestro hermano y compañero en el episcopado Julio había sido justa; pues, después de madura y cuidadosa deliberación, había determinado que no debíamos vacilar en absoluto en estar en comunión con nuestro hermano Atanasio. Contaba, en efecto, con el testimonio fidedigno de ochenta obispos, y podía aducir además en su favor este justo argumento: que, con el solo concurso de nuestros hermanos muy amados, sus propios presbíteros, y mediante correspondencia, había desbaratado los designios de Eusebio y sus partidarios, que se apoyaban más en la violencia que en una investigación judicial.
    Por ello, todos los obispos venidos de todas partes resolvieron estar en comunión con Atanasio, por ser inocente. Y advierta también vuestra caridad que, cuando él acudió al santo Concilio reunido en Sárdica, los obispos de Oriente fueron informados de ello, como ya dijimos, tanto por carta como por requerimientos transmitidos de viva voz, y nosotros los invitamos a estar presentes. Pero, condenados por su propia conciencia, recurrieron a excusas indignas y comenzaron a eludir la investigación. Exigían que un hombre inocente fuese excluido de nuestra comunión como si fuese culpable, sin considerar cuán improcedente o, más bien, cuán imposible era semejante proceder. En cuanto a las actas redactadas en la Mareótide por ciertos jóvenes sumamente malvados y depravados, a cuyas manos nadie confiaría ni el oficio más humilde del ministerio, es indudable que eran declaraciones obtenidas sin audiencia de la otra parte . Pues no estuvo presente en aquella ocasión nuestro hermano el obispo Atanasio, ni tampoco el presbítero Macario, a quien ellos acusaban. Además, su investigación, o, mejor dicho, su falsificación de los hechos, estuvo rodeada de las circunstancias más vergonzosas. Interrogaron unas veces a paganos y otras a catecúmenos, no para que declarasen lo que sabían, sino para que afirmasen las falsedades que otros les habían enseñado. Y cuando vosotros, los presbíteros que estabais a cargo en ausencia de vuestro obispo, quisisteis estar presentes en la investigación para mostrar la verdad y refutar la falsedad, no os hicieron caso: no os permitieron asistir, sino que os expulsaron con insultos.
    Ahora bien, aunque por estas circunstancias sus calumnias han quedado del modo más manifiesto al descubierto ante todos, hallamos asimismo, al leer las actas, que el inicuo Isquiras, que ha obtenido de ellos el vano título de obispo en recompensa por su falsa acusación, se había declarado a sí mismo culpable de calumnia. Afirma en las actas que, en el preciso momento en que, según sus categóricas declaraciones, Macario entró en su celda, él yacía allí enfermo; mientras que Eusebio y sus partidarios tuvieron la osadía de escribir que Isquiras estaba de pie ofreciendo la oblación cuando entró Macario.

    § 42

    42. La infame y calumniosa acusación que después formularon contra él ha llegado a ser conocida de todos. Alzaron un gran clamor, afirmando que Atanasio había cometido un asesinato y había hecho desaparecer a cierto Arsenio, obispo meleciano, cuya pérdida fingían deplorar con lamentos fingidos y lágrimas falsas, y exigían que se les entregase el cuerpo de un hombre vivo como si estuviese muerto. Pero su fraude no pasó inadvertido: todos sabían que aquel hombre estaba vivo y se contaba entre los vivientes. Y cuando esos hombres, siempre dispuestos a aprovechar cualquier ocasión, vieron descubierta su falsedad —pues Arsenio se presentó vivo y demostró así que no había desaparecido ni estaba muerto—, ni aun entonces desistieron, sino que añadieron nuevas calumnias a las anteriores y recurrieron a otro artificio para difamarlo. Pues bien, nuestro hermano Atanasio, muy amado, no se dejó confundir, sino que también en este caso volvió a desafiarlos con toda firmeza a presentar pruebas; y nosotros asimismo les rogamos y exhortamos a comparecer en juicio y, si podían, a probar su acusación contra él. ¡Qué gran arrogancia! ¡Qué espantosa soberbia! O, mejor dicho, si hemos de decir la verdad, ¡qué conciencia malvada y acusadora! Pues así lo juzgan todos.
    Por ello, amados hermanos, os amonestamos y exhortamos ante todo a mantener la recta fe de la Iglesia católica. Habéis soportado muchas pruebas duras y penosas; muchos son los ultrajes y agravios que ha sufrido la Iglesia católica, pero "el que persevere hasta el fin, ese será salvo [
    ]". Así pues, aunque todavía os acometan temerariamente, sea vuestra tribulación motivo de alegría para vosotros. Porque tales aflicciones son una especie de martirio, y confesiones y tormentos como los vuestros no quedarán sin recompensa, sino que recibiréis de Dios el premio. Esforzaos, pues, ante todo por sostener la fe sana y la inocencia de vuestro obispo y hermano nuestro Atanasio. Tampoco nosotros hemos guardado silencio ni hemos desatendido cuanto atañe a vuestro consuelo, sino que hemos deliberado y hecho todo lo que exige la caridad. Compartimos el padecimiento de nuestros hermanos afligidos, consideramos sus aflicciones como nuestras y hemos mezclado nuestras lágrimas con las vuestras. Y no sois vosotros, hermanos, los únicos que habéis sufrido: también muchos otros hermanos nuestros en el ministerio han venido aquí lamentando amargamente estas cosas.

    § 43

    43. En consecuencia, hemos escrito a nuestros piadosísimos y devotos emperadores para suplicarles que, por su benevolencia, ordenen poner en libertad a quienes aún sufren aflicción y opresión, y dispongan que ningún magistrado, cuyo deber es ocuparse tan solo de las causas civiles, juzgue a los clérigos ni, de ahora en adelante, atente en modo alguno contra los hermanos so pretexto de velar por las Iglesias; antes bien, que cada cual pueda vivir, como ruega y desea hacerlo, libre de persecución, violencia y fraude, y seguir en quietud y paz la fe católica y apostólica. En cuanto a Gregorio, de quien se dice que fue nombrado ilegalmente por los herejes y enviado por ellos a vuestra ciudad, queremos que todos vosotros sepáis que ha sido depuesto por sentencia de todo el sagrado Concilio, aunque, en verdad, jamás ha sido considerado obispo. Recibid, pues, con alegría a vuestro obispo Atanasio, pues con ese fin lo hemos despedido en paz. Y exhortamos a todos los que, ya por temor, ya por las intrigas de ciertas personas, han estado en comunión con Gregorio a que, ahora amonestados, exhortados y persuadidos por nosotros, se aparten de su detestable comunión y se unan sin demora a la Iglesia católica.
    Por los documentos adjuntos conoceréis los decretos que el santo Concilio ha promulgado contra Teodoro, Narciso, Esteban, Acacio, Menofanto, Ursacio, Valente y Jorge, que encabezan la herejía arriana y han atentado contra vosotros y contra las demás Iglesias. Os los hemos enviado para que vuestra piedad asienta a nuestras decisiones y comprendáis por ellos que la Iglesia católica no pasará por alto a quienes atenten contra ella.
    Carta encíclica del Concilio de Sárdica.
    El santo Concilio, reunido por la gracia de Dios en Sárdica, a sus hermanos muy amados, los obispos y compañeros en el ministerio de la Iglesia católica en todas partes, os desea salud en el Señor.
    Comentario editorial · Dos cartas con el mismo texto
    Las dos primeras cartas del Concilio de Sárdica —a la Iglesia de Alejandría, que empieza en el § 36, y a los obispos de Egipto y Libia, que empieza en el § 40— tienen casi el mismo texto, y por eso los §§ 37–39 y 41–43 abren y se desarrollan de la misma manera. La tercera, la encíclica, empieza en el § 43 y se distingue de ellas desde el § 44.

    § 44

    44. Los fanáticos arrianos se han atrevido a atacar repetidamente a los siervos de Dios que mantienen la recta fe; intentaron sustituirla por una doctrina espuria y expulsar a los ortodoxos; y, por último, acometieron con tanta violencia contra la fe que el hecho llegó incluso a conocimiento de nuestros piadosísimos emperadores. Por ello, asistiéndolos la gracia de Dios, nuestros piadosísimos emperadores nos han congregado personalmente desde diversas provincias y ciudades y han permitido que este santo Concilio se celebre en la ciudad de Sárdica, a fin de que desaparezca toda disensión y, expulsada de entre nosotros toda falsa doctrina, todos los hombres mantengan únicamente la piedad cristiana. Asistieron también los obispos de Oriente, exhortados a ello por los piadosísimos emperadores, principalmente a causa de los rumores que tantas veces han difundido acerca de nuestros hermanos muy amados y compañeros en el ministerio Atanasio, obispo de Alejandría, y Marcelo, obispo de Ancira de Galacia. Probablemente sus calumnias ya han llegado a vosotros, y acaso hayan intentado perturbar vuestros oídos para induciros a creer sus acusaciones contra los inocentes y borrar de vuestro ánimo toda sospecha acerca de su propia y malvada herejía. Pero no se les ha permitido lograrlo en gran medida, pues el Señor es el defensor de sus Iglesias: Él soportó la muerte por ellas y por todos nosotros, y por sí mismo nos abrió a todos el acceso al cielo. Así pues, cuando Eusebio y sus partidarios escribieron hace tiempo a Julio, nuestro hermano y obispo de la Iglesia de los romanos, contra nuestros hermanos ya mencionados, es decir, Atanasio, Marcelo y Asclepas, también escribieron los obispos de otras regiones, dando testimonio de la inocencia de nuestro compañero en el ministerio Atanasio y declarando que los alegatos de Eusebio y sus partidarios no eran sino pura falsedad y calumnia.
    Y, en verdad, sus calumnias quedaron claramente demostradas por el hecho de que, invitados a un concilio por nuestro compañero muy amado en el ministerio Julio, no quisieron acudir, así como por lo que el propio Julio les escribió. Pues, si hubiesen confiado en las medidas y actuaciones emprendidas contra nuestros hermanos, habrían comparecido. Además, su conducta en este grande y santo Concilio dio una prueba todavía más evidente de su conspiración. Porque, cuando llegaron a la ciudad de Sárdica y vieron a nuestros hermanos Atanasio, Marcelo, Asclepas y a los demás, temieron comparecer en juicio y, aunque se los invitó repetidamente a asistir, no obedecieron la citación. Pese a que nos reunimos todos los obispos, y especialmente aquel hombre de tan dichosa ancianidad, Osio, digno de toda reverencia por su edad, por su confesión y por los muchos trabajos que ha soportado; y pese a que los aguardamos y los instamos a comparecer en juicio para que, en presencia de nuestros compañeros en el ministerio, probasen la verdad de las acusaciones que habían difundido y escrito contra ellos en su ausencia, no acudieron, aun habiendo sido invitados, como ya dijimos. Dieron así prueba de sus calumnias y, con su negativa, casi proclamaron ante el mundo la trama y la conspiración en que se habían ocupado. Quienes están seguros de la verdad de sus afirmaciones pueden sostenerlas cara a cara frente a sus adversarios. Pero, puesto que no quisieron encontrarse con nosotros, creemos que nadie puede ya dudar, aunque vuelvan a recurrir a sus malas artes, de que no poseen prueba alguna contra nuestros compañeros en el ministerio, sino que los calumnian en su ausencia mientras eluden su presencia.

    § 45

    45. Huyeron, amados hermanos, no solo a causa de las calumnias que habían proferido, sino porque vieron llegar a quienes tenían diversas acusaciones que presentar contra ellos. Pues se mostraron las cadenas y los hierros de que se habían servido; comparecieron personas que habían regresado del destierro; vinieron también hermanos nuestros, parientes de quienes aún permanecían desterrados y amigos de aquellos que habían perecido por su causa. Y, lo que constituía la acusación de mayor peso, estaban presentes obispos, uno de los cuales mostró los hierros y las cadenas que ellos le habían hecho llevar, mientras otros invocaron las muertes que sus calumnias habían causado. Porque habían llegado a tal extremo de locura que incluso habían intentado destruir a obispos, y lo habrían conseguido si estos no hubieran escapado de sus manos. Nuestro compañero en el ministerio Teódulo, de feliz memoria, murió mientras huía de sus falsas acusaciones, a consecuencia de las cuales se había ordenado darle muerte. Otros, asimismo, mostraron heridas de espada, y otros se quejaron de que, por culpa de ellos, habían sido sometidos a los padecimientos del hambre. Y no fueron personas aisladas las que dieron testimonio de estas cosas, sino Iglesias enteras, en cuyo nombre comparecieron legados que nos hablaron de soldados con la espada en la mano, de multitudes armadas de garrotes, de las amenazas de los jueces y de la falsificación de cartas. Pues se leyeron ciertas cartas falsas de Teognio y sus partidarios contra nuestros compañeros en el ministerio Atanasio, Marcelo y Asclepas, escritas con el propósito de exasperar a los emperadores contra ellos; y quienes entonces habían sido diáconos de Teognio confirmaron el hecho. Por estos hombres supimos de vírgenes desnudadas, iglesias incendiadas y ministros puestos bajo custodia: todo ello sin otro fin que servir a la maldita herejía de los fanáticos arrianos, cuya comunión, quienquiera que la rehusase, se veía obligado a sufrir estas cosas.
    Cuando vieron, pues, cómo estaban las cosas, se hallaron perplejos acerca del camino que debían tomar. Se avergonzaban de confesar lo que habían hecho, pero ya no podían ocultarlo. Por eso acudieron a la ciudad de Sárdica, para que su llegada pareciese disipar las sospechas que pesaban sobre ellos por tales delitos. Pero cuando vieron a quienes habían calumniado y a quienes habían padecido a sus manos; cuando tuvieron ante los ojos a sus acusadores y las pruebas de su culpa, no quisieron comparecer, aunque nuestros compañeros en el ministerio Atanasio, Marcelo y Asclepas los invitaban y, denunciando con toda libertad su conducta, los instaban y desafiaban a someterse a juicio, con la promesa no solo de refutar sus calumnias, sino también de probar los delitos que habían cometido contra sus Iglesias. Mas se apoderó de ellos tal terror de conciencia que huyeron; y, al hacerlo, pusieron al descubierto sus propias calumnias y confesaron con su huida los delitos de que eran culpables.

    § 46

    46. Pero, aunque su malicia y sus calumnias han quedado claramente de manifiesto en esta ocasión, como en las anteriores, para que su huida no les sirva de ocasión de urdir nuevos males hemos juzgado conveniente examinar sus actuaciones conforme a los principios de la verdad. Tal ha sido nuestro propósito, y por sus hechos los hemos hallado calumniadores y autores de una conspiración contra nuestros hermanos en el ministerio, y de nada más. Pues Arsenio, de quien decían que Atanasio lo había asesinado, sigue vivo y se cuenta entre los vivientes; de lo cual podemos inferir que también son invenciones los rumores que han esparcido acerca de otras cuestiones. Y, aunque difundieron el rumor de que Macario, presbítero de Atanasio, había roto una copa, quienes vinieron de Alejandría, de la Mareótide y de otras regiones atestiguaron que nada semejante había ocurrido. Y los obispos egipcios que escribieron a Julio, nuestro compañero en el ministerio, afirmaron categóricamente que entre ellos ni siquiera había surgido sospecha alguna de tal cosa.
    Además, las actas que dicen poder presentar contra él son, como es notorio, declaraciones obtenidas sin audiencia de la otra parte ; e incluso para redactar esas mismas actas interrogaron a paganos y catecúmenos. Uno de estos, catecúmeno, dijo en su declaración que se encontraba en la estancia cuando Macario irrumpió entre ellos; otro afirmó que Isquiras, de quien tanto hablan, yacía enfermo en su celda en aquel momento. De ahí se desprende que los misterios nunca llegaron a celebrarse, puesto que había catecúmenos presentes, y que tampoco estaba presente Isquiras, sino que yacía enfermo en su lecho. Además, este indignísimo Isquiras, quien, según quedó probado, había afirmado falsamente que Atanasio había quemado algunos de los libros sagrados, confesó él mismo que estaba enfermo y yacía en su lecho cuando llegó Macario; por lo cual resulta claro que es un calumniador. No obstante, en recompensa por sus calumnias han dado a este mismo Isquiras el título de obispo, aunque ni siquiera es presbítero. Pues dos presbíteros que en otro tiempo estuvieron asociados a Melecio, pero que después fueron recibidos por el bienaventurado Alejandro, obispo de Alejandría, y que ahora están con Atanasio, comparecieron ante el Concilio y atestiguaron que aquel ni siquiera había sido presbítero de Melecio y que Melecio jamás tuvo iglesia ni ministro en la Mareótide. Y, sin embargo, a este hombre, que nunca fue siquiera presbítero, lo presentan ahora como obispo, para que por medio de ese título puedan imponerse a quienes escuchan sus calumnias.

    § 47

    47. Se leyó también el libro de nuestro compañero en el ministerio Marcelo, con lo cual quedó claramente descubierto el engaño de Eusebio y sus partidarios. Pues aquello que Marcelo había planteado a modo de pregunta lo presentaron falsamente como opinión que él profesaba; pero, cuando se leyeron las partes posteriores del libro, así como las que precedían a las preguntas mismas, se comprobó que su fe era recta. Nunca había sostenido, como ellos afirmaban categóricamente, que el Logos de Dios hubiera tenido su principio en santa María, ni que su reino tuviese fin; por el contrario, había escrito que su reino no tenía principio ni fin. También nuestro compañero en el ministerio Asclepas presentó unas actas redactadas en Antioquía en presencia de sus acusadores y de Eusebio de Cesarea, y probó su inocencia mediante las declaraciones de los obispos que habían juzgado su causa. Tenían, pues, buenas razones, hermanos muy amados, para no atender a nuestras reiteradas citaciones y abandonar el Concilio. A ello los impulsó su propia conciencia; pero su huida no hizo sino confirmar la prueba de sus calumnias y dar crédito a lo que sus acusadores presentes afirmaban y argumentaban contra ellos. Pero, además de todo esto, no solo habían recibido a quienes antes habían sido degradados y expulsados por causa de la herejía de Arrio, sino que incluso los habían elevado a un rango superior, ascendiendo a diáconos al presbiterado y haciendo obispos a presbíteros, sin otro fin que difundir y propagar la impiedad y corromper la fe ortodoxa.

    § 48

    48. Después de Eusebio y sus partidarios, sus jefes son ahora Teodoro de Heraclea, Narciso de Neronias de Cilicia, Esteban de Antioquía, Jorge de Laodicea, Acacio de Cesarea de Palestina, Menofanto de Éfeso de Asia, Ursacio de Singiduno de Mesia y Valente de Mursa de Panonia. Estos hombres no permitieron que quienes habían venido con ellos de Oriente se reuniesen con el santo Concilio, ni siquiera que se acercasen a la Iglesia de Dios; antes bien, mientras se dirigían a Sárdica, celebraron por su cuenta concilios en diversos lugares y los obligaron, bajo amenazas, a comprometerse a que, una vez llegados a Sárdica, ni siquiera comparecerían en juicio ni asistirían a la asamblea del santo Concilio, sino que, tras presentarse y hacer constar su llegada como mera formalidad, emprenderían prontamente la huida. Hemos podido averiguarlo por nuestros compañeros en el ministerio Macario de Palestina y Asterio de Arabia, quienes, después de venir en su compañía, se apartaron de su incredulidad. Estos acudieron al santo Concilio, se quejaron de la violencia que habían padecido y dijeron que aquellos no obraban en modo alguno con justicia; añadieron que había entre ellos muchos que se adherían a la ortodoxia, pero a quienes esos hombres impedían venir aquí mediante las amenazas y promesas que dirigían a quienes deseaban separarse de ellos. Por esta causa se empeñaron tanto en que todos permaneciesen bajo un mismo techo y no les permitieron estar por su cuenta ni por un brevísimo espacio de tiempo.

    § 49

    49. Puesto que no nos correspondía callar ni pasar por alto sus calumnias, encarcelamientos, asesinatos, heridas, conspiraciones urdidas mediante cartas falsas, ultrajes, desnudez impuesta a las vírgenes, destierros, destrucción de iglesias, incendios, traslados de ciudades pequeñas a diócesis mayores y, sobre todo, el levantamiento, por obra suya, de la mal llamada herejía arriana contra la fe ortodoxa, hemos declarado inocentes y libres de culpa a nuestros hermanos muy amados y compañeros en el ministerio Atanasio, Marcelo y Asclepas, así como a quienes con ellos sirven al Señor; y hemos escrito a la diócesis de cada uno, para que el pueblo de cada Iglesia conozca la inocencia de su propio obispo, lo tenga por obispo suyo y aguarde su venida.
    Y a aquellos que, como lobos, han invadido sus Iglesias —Gregorio en Alejandría, Basilio en Ancira y Quintiano en Gaza—, que no les den el título de obispo, ni estén en comunión alguna con ellos, ni reciban cartas suyas, ni les escriban. En cuanto a Teodoro, Narciso, Acacio, Esteban, Ursacio, Valente, Menofanto y Jorge, aunque este último no vino de Oriente por temor, dado que fue depuesto por el bienaventurado Alejandro y que tanto él como los demás estaban vinculados a la locura arriana, así como por las acusaciones que pesan sobre ellos, el santo Concilio los ha depuesto unánimemente del episcopado, y hemos resuelto que no solo no son obispos, sino que son indignos de estar en comunión con los fieles.
    Pues quienes separan al Hijo y apartan al Logos del Padre deben ser ellos mismos separados de la Iglesia católica y quedar ajenos al nombre cristiano. Sean, pues, anatema para vosotros, porque han "corrompido la palabra de verdad [
    ]". Es precepto apostólico [
    ]: "Si alguno os predica otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema". Ordenad a vuestro pueblo que nadie esté en comunión con ellos, pues no hay comunión entre la luz y las tinieblas; apartad de vosotros a todos estos, pues no hay concordia entre Cristo y Belial [
    ]. Y guardaos, hermanos muy amados, tanto de escribirles como de recibir cartas suyas; antes bien, hermanos y compañeros en el ministerio, procurad, como presentes en espíritu [
    ] en nuestro Concilio, dar vuestro asentimiento a nuestras sentencias mediante vuestras firmas, a fin de que se conserve la concordia entre todos nuestros compañeros en el ministerio, dondequiera que se hallen. Que la divina Providencia os proteja y os guarde, hermanos muy amados, en santidad y alegría.
    Yo, Osio, obispo, he suscrito esto, y asimismo todos los demás.
    Esta es la carta que el Concilio de Sárdica envió a quienes no pudieron asistir, y estos, por su parte, dieron su parecer conforme a ella; siguen los nombres tanto de los obispos que la suscribieron en el Concilio como de los demás.

    § 50

    50. Osio de Hispania, Julio de Roma por medio de sus presbíteros Arquidamo y Filóxeno, Protógenes de Sárdica, Gaudencio, Macedonio, Severo, Pretextato, Ursicio, Lucilo, Eugenio, Vitalio, Calepodio, Florencio, Baso, Vicente, Estercorio, Paladio, Domiciano, Calbis, Geroncio, Protasio, Eulogio, Porfirio, Dióscoro, Zósimo, Januario, Zósimo, Alejandro, Eutiquio, Sócrates, Diodoro, Martirio, Euterio, Eucarpo, Atenodoro, Ireneo, Juliano, Alipio, Jonás, Aecio, Restituto, Marcelino, Apriano, Vitalio, Valente, Hermógenes, Casto, Domiciano, Fortunato, Marco, Aniano, Heliodoro, Museo, Asterio, Paregorio, Plutarco, Himeneo, Atanasio, Lucio, Amancio, Arrio, Asclepio, Dionisio, Máximo, Trifón, Alejandro, Antígono, Eliano, Pedro, Sínforo, Musonio, Eutico, Filologio, Espudasio, Zósimo, Patricio, Adolio y Sapricio.
    De Galia, los siguientes: Maximiano, Verísimo, Victuro, Valentino, Desiderio, Eulogio, Sarbacio, Discolio, Superior, Mercurio, Declópeto, Eusebio, Severino, Sátiro, Martino, Pablo, Optaciano, Nicasio, Víctor, Sempronio, Valerino, Pacato, Jeses, Aristón, Simplicio, Metiano, Amanto, Emiliano, Justiniano, Victorino, Saturnilo, Abundancio, Donaciano y Máximo.
    De África: Neso, Grato, Megasio, Coldeo, Rogaciano, Consorcio, Rufino, Manino, Cesiliano, Hereniano, Mariano, Valerio, Dinamio, Mizonio, Justo, Celestino, Cipriano, Víctor, Honorato, Marino, Pantágato, Félix, Baudio, Líber, Capitón, Minervalis, Cosmo, Víctor, Hesperio, Félix, Severiano, Optancio, Héspero, Fidencio, Salustio y Pascasio.
    De Egipto: Liburnio, Amancio, Félix, Isquiramón, Rómulo, Tiberino, Consorcio, Heráclides, Fortunacio, Dióscoro, Fortunaciano, Bastamón, Datilo, Andrés, Sereno, Arrio, Teodoro, Evágoras, Elías, Timoteo, Orión, Andrónico, Pafnucio, Hermias, Arabión, Psenosiris, Apolonio, Muis, Sarapampón, Filón, Filipo, Apolonio, Pafnucio, Pablo, Dióscoro, Nilamón, Sereno, Áquila, Aotas, Harpocración, Isaac, Teodoro, Apolo, Amoniano, Nilo, Heraclio, Arión, Atas, Arsenio, Agatamón, Teón, Apolonio, Elías, Paninucio, Andragacio, Nemesión, Serapión, Amonio, Amonio, Jenón, Geroncio, Quinto, Leónides, Semproniano, Filón, Heráclides, Hieracis, Rufo, Pasofio, Macedonio, Apolodoro, Flaviano, Psaes, Siro, Afo, Serapión, Isaías, Pafnucio, Timoteo, Elurión, Gayo, Museo, Pisto, Heraclamón, Herón, Elías, Anagamfo, Apolonio, Gayo, Filotas, Pablo, Títoes, Eudemón, Julio.
    Los que van camino de Italia son Probacio, Viator, Facundino, José, Numedio, Esperancio, Severo, Heracliano, Faustino, Antonino, Heraclio, Vitalio, Félix, Crispino y Pauliano.
    De Chipre: Auxibio, Focio, Gerasio, Afrodisio, Irénico, Nunequio, Atanasio, Macedonio, Trifilio, Espiridón, Norbano y Sosícrates.
    De Palestina: Máximo, Aecio, Arrio, Teodosio, Germano, Silvano, Pablo, Claudio, Patricio, Elpidio, Germano, Eusebio, Zenobio, Pablo y Pedro.
    Estos son los nombres de quienes suscribieron las actas del Concilio; pero hay, además, muchos otros de Asia, Frigia e Isauria que escribieron en mi favor antes de que se celebrase este Concilio, y cuyos nombres, cerca de sesenta y tres, pueden hallarse en sus propias cartas. En total ascienden a trescientos cuarenta y cuatro.

    Capítulo 4. Disposiciones imperiales y eclesiásticas consiguientes a la decisión del Concilio de Sárdica

    § 51

    51. Cuando el piadosísimo emperador Constancio tuvo noticia de estas cosas, mandó llamarme, después de haber escrito en privado a su hermano Constante, de feliz memoria, y a mí en tres ocasiones distintas, en los siguientes términos.
    Constancio, vencedor y augusto, a Atanasio. Nuestra benévola clemencia no permitirá que sigas por más tiempo zarandeado por las furiosas olas del mar; pues nuestra incansable piedad no te ha perdido de vista mientras, privado de tu tierra natal y despojado de tus bienes, errabas por desiertos inhóspitos. Y aunque durante largo tiempo he diferido comunicarte por carta mi propósito respecto de ti, principalmente porque esperaba que comparecerías ante nosotros por tu propia voluntad y buscarías alivio a tus padecimientos, puesto que acaso el temor te haya impedido cumplir tu intención, hemos dirigido a tu fortaleza unas cartas colmadas de nuestra benevolencia, a fin de que, con toda prontitud y sin temor, te presentes ante nosotros. Así podrás ver cumplidos tus deseos y, tras experimentar nuestra bondad, ser restituido a los tuyos. Con este fin he rogado en favor tuyo a mi señor y hermano Constante, vencedor y augusto, que te conceda permiso para venir, de modo que seas restituido a tu patria con el consentimiento de ambos; recibe esto como prenda de nuestro favor.
    Segunda carta.
    Aunque en una carta anterior te dejamos muy claro que podías venir sin vacilar a nuestra corte, pues deseábamos vivamente enviarte de regreso a tu tierra, hemos dirigido además esta carta a tu fortaleza para exhortarte a que, sin recelo ni aprensión alguna, tomes el transporte público imperial y vengas apresuradamente a nosotros, a fin de que veas cumplidos tus deseos.
    Tercera carta.
    Mientras residíamos en Edesa y tus presbíteros se hallaban allí, fue nuestro deseo que, al serte enviado uno de ellos, te apresurases a venir a nuestra corte, para vernos y partir sin demora hacia Alejandría. Pero, como ha transcurrido mucho tiempo desde que recibiste nuestras cartas y aún no has venido, nos apresuramos a recordarte de nuevo que procures presentarte ante nosotros cuanto antes, para que seas restituido a tu patria y obtengas el cumplimiento de tus plegarias. Y, para que estés más plenamente informado, hemos enviado al diácono Aquitas, por quien podrás conocer el propósito de nuestro ánimo y alcanzar ahora aquello por lo que has rogado.
    Tal era el tenor de las cartas del emperador. Al recibirlas, fui a Roma para despedirme de la Iglesia y del obispo, pues me encontraba en Aquilea cuando se escribió lo anterior. Toda la Iglesia se llenó de gozo, y el obispo Julio se alegró conmigo por mi regreso y escribió a la Iglesia; y, a nuestro paso, los obispos de cada lugar nos despidieron en paz. La carta de Julio decía así.

    § 52

    52. Julio a los presbíteros, diáconos y fieles residentes en Alejandría.
    Os felicito, amados hermanos, porque ahora contempláis ante vuestros ojos el fruto de vuestra fe; pues cualquiera puede ver que así sucede, ciertamente, con mi hermano y compañero en el episcopado Atanasio, a quien Dios os restituye por la inocencia de su vida y en atención a vuestras oraciones. De ahí que sea fácil advertir que sin cesar habéis elevado a Dios oraciones puras y llenas de amor. Teniendo presentes las promesas celestiales y la vida que conduce a ellas, de las cuales aprendisteis por la enseñanza de mi antedicho hermano, sabíais con certeza y comprendíais, por la recta fe que hay en vosotros, que aquel a quien siempre teníais presente en vuestros piadosísimos pensamientos no permanecería separado de vosotros para siempre. Por ello, no es necesario que os escriba muchas palabras: vuestra fe se ha adelantado ya a cuanto pudiera deciros y, por la gracia de Dios, ha alcanzado el cumplimiento de las oraciones que todos compartíais. Por tanto, os felicito una vez más, porque habéis conservado vuestras almas invictas en la fe; y felicito no menos a mi hermano Atanasio porque, aun soportando muchas aflicciones, en ningún momento ha olvidado el amor y los fervientes anhelos que sentís por él. Pues, aunque durante un tiempo pareció estar alejado de vosotros en el cuerpo, en espíritu ha seguido viviendo como si siempre estuviera presente entre vosotros.

    § 53

    53. Por ello vuelve ahora a vosotros más ilustre que cuando se alejó. El fuego prueba y purifica los metales preciosos, el oro y la plata; mas ¿cómo describir el valor de un hombre tal, que, después de atravesar victorioso los peligros de tantas tribulaciones, os es ahora restituido, declarado inocente no solo por nuestra voz, sino por la de todo el Concilio? Recibid, pues, amados hermanos, con todo honor piadoso y regocijo a vuestro obispo Atanasio, junto con quienes han compartido con él tantos trabajos. Y alegraos de obtener ahora el cumplimiento de vuestras oraciones, después de haber dado, mediante vuestra saludable carta, de comer y de beber a vuestro pastor, que, por así decirlo, tenía hambre y sed de vuestra piedad. Pues, mientras moraba en tierra extranjera, vosotros fuisteis su consuelo; y, durante sus persecuciones, lo confortasteis con la fidelidad de vuestros pensamientos y espíritus. Y ahora me deleita concebir e imaginar el gozo de cada uno de vosotros a su regreso, los piadosos saludos de la multitud y la gloriosa celebración de quienes corren a su encuentro. ¡Qué día será para vosotros aquel en que mi hermano vuelva, terminen vuestros anteriores padecimientos y su regreso, tan preciado y deseado, os llene a todos del júbilo de una alegría perfecta! También nosotros sentimos en muy alto grado semejante gozo, puesto que Dios nos ha concedido conocer a un hombre tan eminente. Conviene, pues, que concluya mi carta con una oración. Que Dios todopoderoso y su Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, os concedan gracia continua y os recompensen por la admirable fe que manifestasteis en vuestra noble confesión en favor de vuestro obispo; que Él os otorgue a vosotros y a quienes están con vosotros, tanto aquí como en la vida venidera, aquellos bienes mejores que "ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni han subido al corazón del hombre: las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman [
    ]", por nuestro Señor Jesucristo, por quien sea la gloria a Dios todopoderoso por los siglos de los siglos. Amén. Ruego, hermanos muy amados, por vuestra salud y fortaleza en el Señor.

    § 54

    54. Cuando acudí al emperador con estas cartas, me recibió bondadosamente y me envió de regreso a mi patria y a mi Iglesia, dirigiendo a los obispos, presbíteros y fieles el siguiente escrito.
    Constancio, vencedor, máximo y augusto, a los obispos y presbíteros de la Iglesia católica.
    El reverendísimo Atanasio no ha sido abandonado por la gracia de Dios; antes bien, aunque por breve tiempo estuvo sometido a una prueba a la que está sujeta la naturaleza humana, ha obtenido de la Providencia, que todo lo contempla, una respuesta a sus oraciones como correspondía, y es restituido, por voluntad del Altísimo y por nuestra sentencia, a su patria y a la Iglesia que presidía por permisión divina. Por ello, y conforme a lo dicho, conviene que nuestra clemencia disponga que todos los decretos dictados anteriormente contra quienes estaban en comunión con él sean ahora relegados al olvido, que toda sospecha respecto de ellos quede en adelante extinguida y que se les confirmen debidamente las exenciones de que antes gozaba el clero asociado a él. Además, a las otras muestras de favor que le hemos concedido hemos creído oportuno añadir la siguiente: que todas las personas inscritas en la nómina sagrada sepan que se garantiza la seguridad de cuantos permanecen unidos a él, sean obispos o miembros del restante clero. Y la unión con él será, en el caso de cualquier persona, garantía suficiente de una recta intención. Pues a todos los que, guiados por un juicio y una disposición mejores, elijan estar en comunión con él, ordenamos, a imitación de aquella Providencia que ya se ha adelantado a nosotros, que les alcance la gracia que ahora, por voluntad del Altísimo, les ofrecemos. Que Dios os guarde.
    Segunda carta.
    Constancio, vencedor, máximo y augusto, a los fieles de la Iglesia católica de Alejandría.

    § 55

    55. Atendiendo en todo a vuestro bienestar, y sabiendo que desde hace largo tiempo os veis privados del cuidado de vuestro obispo, hemos creído oportuno enviaros de regreso a vuestro obispo Atanasio, hombre conocido de todos por su rectitud y por la bondad de su carácter. Recibidlo de manera digna, como acostumbráis a recibir a todos, y, sirviéndoos de su intercesión como ayuda en vuestras oraciones a Dios, procurad conservar sin cesar aquella unanimidad y aquella paz conformes al orden de la Iglesia, que a vosotros os convienen y a nosotros nos son sumamente provechosas. Pues no conviene que surja entre vosotros disensión ni facción alguna que perturbe la prosperidad de nuestros tiempos. Deseamos que tal ofensa desaparezca por completo de entre vosotros, y os exhortamos a perseverar en vuestras acostumbradas oraciones y a tenerlo, como antes dijimos, por intercesor y auxiliador ante Dios. Así, cuando esta vuestra resolución, amados míos, haya movido a todos los hombres a orar, aun los paganos que todavía se entregan al falso culto de los ídolos podrán desear ardientemente llegar al conocimiento de nuestra sagrada religión. Os exhortamos, pues, una vez más a perseverar en estas cosas y a recibir con alegría a vuestro obispo, que os es devuelto por decreto del Altísimo y por decisión nuestra, y a disponeros a saludarlo cordialmente con toda vuestra alma y con toda vuestra mente. Pues esto es lo que os conviene y lo que agrada a nuestra clemencia. Y para quitar a los malintencionados toda ocasión de disturbio y sedición, hemos ordenado por carta a los magistrados que se hallan entre vosotros que sometan al castigo de la ley a cuantos encuentren inclinados a promover facciones. Por ello, considerando tanto nuestra decisión conforme a la voluntad del Altísimo y nuestro cuidado por vosotros y por la concordia entre vosotros, como el castigo que aguarda a los perturbadores, observad cuanto es propio y conveniente al orden de nuestra sagrada religión; y, recibiendo al mencionado obispo con toda reverencia y honor, procurad elevar con él vuestras oraciones a Dios, Padre de todos, por vosotros mismos y por el bienestar de toda vuestra vida.

    § 56

    56. Después de escribir estas cartas, mandó también que los decretos que anteriormente había expedido contra mí a consecuencia de las calumnias de Eusebio y sus partidarios fueran anulados y borrados de los registros de órdenes del duque y del prefecto de Egipto; y envió al decurión Eusebio para que los retirase de los libros de órdenes. Su carta en esta ocasión decía así.
    Constancio, vencedor y augusto, a Nestorio. ( Y en los mismos términos, a los gobernadores de Augustamnica, la Tebaida y Libia .)
    Deseamos que se borren todas las órdenes dictadas anteriormente que resulten perjudiciales o deshonrosas para quienes están en comunión con el obispo Atanasio. Pues queremos que su clero vuelva a gozar de las mismas exenciones que poseía antes. Y queremos que se observe esta orden nuestra: que, cuando el obispo Atanasio sea restituido a su Iglesia, quienes están en comunión con él gocen de las exenciones de que siempre han gozado y de que goza el resto del clero, de modo que tengan la satisfacción de hallarse en igualdad de condiciones con los demás.

    § 57

    57. Así encaminado en mi viaje, al atravesar Siria me encontré con los obispos de Palestina, quienes, después de reunir un concilio en Jerusalén, me recibieron cordialmente, me despidieron también en paz y dirigieron la siguiente carta a la Iglesia y a los obispos.
    El santo Concilio, reunido en Jerusalén, a los compañeros en el ministerio de Egipto y Libia, y a los presbíteros, diáconos y fieles de Alejandría, hermanos amados y muy añorados, os desea salud en el Señor.
    No podemos dar gracias dignas al Dios de todos, hermanos muy amados, por las maravillas que ha obrado en todo tiempo y, especialmente ahora, en favor de vuestra Iglesia, al restituiros a vuestro pastor y señor, nuestro compañero en el ministerio Atanasio. Pues ¿quién esperaba llegar a ver con sus ojos lo que ahora estáis recibiendo? En verdad, vuestras oraciones han sido escuchadas por el Dios de todos, que cuida de su Iglesia y ha mirado vuestras lágrimas y vuestros gemidos, y por ello ha atendido vuestras súplicas. Porque erais como ovejas dispersas y desfallecidas, que no tienen pastor. [
    ] Por ello, el verdadero Pastor, que cuida de sus propias ovejas, os ha visitado desde el cielo y os ha restituido a aquel a quien deseáis. Ved que también nosotros, dispuestos a hacer todas las cosas por la paz de la Iglesia y movidos por el mismo afecto que vosotros, lo hemos saludado antes que vosotros; y, unidos a vosotros por medio de él, os enviamos estos saludos y nuestra acción de gracias, para que sepáis que también nosotros estamos unidos por el vínculo del amor que os une a él. Debéis orar asimismo por la piedad de nuestros emperadores, amados de Dios en sumo grado, quienes, al conocer vuestros fervientes anhelos de su regreso y su inocencia, determinaron restituiroslo con todos los honores. Recibidlo, pues, con las manos alzadas y cuidaos de ofrecer por él la debida acción de gracias a Dios, que os ha concedido estos bienes; así podréis regocijaros sin cesar con Dios y glorificar a nuestro Señor, en Cristo Jesús nuestro Señor, por quien sea la gloria al Padre por siempre. Amén.
    He consignado aquí los nombres de quienes suscribieron esta carta, aunque ya los he mencionado antes. Son estos: Máximo, Aecio, Arrio, Teodoro, Germano, Silvano, Pablo, Patricio, Elpidio, Germano, Eusebio, Zenobio, Pablo, Macrino, Pedro y Claudio.

    § 58

    58. Cuando Ursacio y Valente vieron todo esto, se condenaron de inmediato a sí mismos por lo que habían hecho y, tras ir a Roma, confesaron su falta, se declararon arrepentidos y pidieron perdón, dirigiendo las siguientes cartas a Julio, obispo de la antigua Roma, y a nosotros. Me envió copias de ellas Paulino, obispo de Tréveris.
    Traducción del latín de una carta a Julio, relativa a la retractación de Ursacio y Valente .
    Ursacio y Valente al beatísimo señor papa Julio.
    Puesto que es bien sabido que anteriormente formulamos por carta muchas y graves acusaciones contra el obispo Atanasio, y puesto que, al ser corregidos por las cartas de vuestra Bondad, no pudimos dar razón de lo que habíamos afirmado, confesamos ahora ante vuestra Bondad y en presencia de todos los presbíteros, nuestros hermanos, que cuantos informes han llegado antes a vuestros oídos acerca del caso del mencionado Atanasio son falsedades e invenciones, enteramente incompatibles con su carácter. Por ello deseamos vivamente estar en comunión con el mencionado Atanasio, tanto más cuanto que vuestra Piedad, con la generosidad que os es propia, se ha dignado perdonar nuestro error. Declaramos también que, si en algún momento los obispos de Oriente, o incluso el propio Atanasio, quisieran, sin generosidad, llevarnos a juicio por este asunto, no obraremos en contra de vuestro parecer. Y en cuanto al hereje Arrio y sus partidarios, que dicen que hubo un tiempo en que el Hijo no era, que el Hijo fue hecho de lo que no era, y niegan que Cristo sea Dios e Hijo de Dios antes de los siglos, los anatematizamos ahora y para siempre, como ya expusimos en nuestra anterior declaración en Milán. Hemos escrito esto de nuestro puño y letra, y declaramos de nuevo que hemos renunciado para siempre, como antes dijimos, a la herejía arriana y a sus autores.
    Yo, Ursacio, suscribí personalmente esta confesión; y asimismo yo, Valente.
    Ursacio y Valente, obispos, a su señor y hermano, el obispo Atanasio.
    Aprovechando la ocasión de enviar esta carta por medio de nuestro hermano y compañero presbítero Museo, que se dirige a vuestra Caridad, os saludamos afectuosamente por su conducto desde Aquilea, amado hermano, y os rogamos que, hallándoos con salud, como esperamos, leáis nuestra carta. Nos infundiréis también confianza si os dignáis respondernos por escrito. Pues sabed que estamos en paz con vos y en comunión con la Iglesia, de lo cual da prueba el saludo que encabeza esta carta. ¡Que la divina Providencia os guarde, señor mío y amado hermano!
    Tales fueron sus cartas, y tales la sentencia y el juicio de los obispos en mi favor. Pero, a fin de probar que no procedieron así para congraciarse con nadie ni por coacción de parte alguna, deseo, con vuestro permiso, referir todo el asunto desde el principio, para que comprendáis que los obispos escribieron como lo hicieron con intención recta y justa, y que Ursacio y Valente, aunque tardaron en hacerlo, confesaron finalmente la verdad.
    Comentario editorial · Ursacio y Valente: una retractación que no duró
    Ursacio de Singidunum (Belgrado) y Valente de Mursa figuraban entre quienes investigaron a Atanasio en 335. Tras su restitución, entregaron a Julio una retractación escrita: en 346 según Wikipedia, en 347 según la Introducción de NPNF. No duró: Wikipedia anota que en 357 redactaron, con Germinio de Sirmio, el Credo de Sirmio y que en 359, en Rímini, propusieron un credo que evitaba las expresiones «misma sustancia» y «sustancia semejante»; las fuentes antiguas los describen inclinados a ponerse del lado del partido dominante.

    Apología contra los arrianos (Parte II)

    Capítulo 5. Documentos relativos a las acusaciones de los melecianos contra san Atanasio

    § 59

    59. Pedro era obispo entre nosotros antes de la persecución, y en el curso de ella sufrió el martirio. Cuando Melecio, que ostentaba el título de obispo en Egipto, fue declarado culpable de numerosos delitos, entre ellos el de ofrecer sacrificios a los ídolos, Pedro lo depuso en un concilio general de los obispos. Ante esto, Melecio no apeló a otro concilio ni intentó justificarse ante quienes vinieran después, sino que provocó un cisma, de suerte que quienes abrazaron su causa son llamados aún hoy melecianos en vez de cristianos. Inmediatamente comenzó a injuriar a los obispos y a levantar falsas acusaciones, primero contra el propio Pedro, luego contra su sucesor Aquilas y, después de Aquilas, contra Alejandro. Así obraba con astucia, siguiendo el ejemplo de Absalón, para que, deshonrado como estaba por su deposición, pudiera extraviar a los sencillos mediante sus calumnias. Mientras Melecio se ocupaba en esto, había surgido también la herejía arriana. Pero en el Concilio de Nicea, mientras la herejía fue anatematizada y los arrianos expulsados, los melecianos fueron recibidos, fuera cual fuese el motivo (pues no es necesario mencionarlo ahora). Sin embargo, aún no habían transcurrido cinco meses cuando, muerto el bienaventurado Alejandro, los melecianos, que debieran haber permanecido quietos y agradecidos de haber sido recibidos en cualesquiera condiciones, volvieron a perturbar las Iglesias, como perros incapaces de olvidar su vómito.
    Al saberlo, Eusebio, que encabezaba la herejía arriana, envía emisarios a los melecianos y los compra con grandes promesas; se hace secretamente amigo suyo y concierta con ellos que le presten ayuda siempre que la necesite. Primero me mandó decir que admitiera en comunión a Arrio y sus partidarios, y me amenazó de palabra, aunque en sus cartas se limitó a formular una petición. Y cuando me negué, declarando que no era justo admitir en comunión a quienes habían inventado una herejía contraria a la verdad y habían sido anatematizados por el Concilio ecuménico, hizo que también el emperador Constantino, de feliz memoria, me escribiera y me amenazara, si no recibía a Arrio y sus partidarios, con las aflicciones que ya he padecido y que todavía padezco. El siguiente es un pasaje de su carta. La trajeron Sinclecio y Gaudencio, oficiales de palacio.
    Fragmento de una carta del emperador Constantino.
    Conociendo, pues, mi voluntad, concede libre entrada a todos los que deseen ingresar en la Iglesia. Porque, si llego a saber que has impedido o excluido a alguno de los que solicitan ser admitidos en comunión con la Iglesia, enviaré inmediatamente a alguien que, por orden mía, te deponga y te aparte de tu puesto.
    Comentario editorial · Los melecianos
    Los melecianos eran seguidores de Melecio, obispo de Licópolis, que según Wikipedia rompió hacia 306 con Pedro de Alejandría por el trato que debía darse a los cristianos que habían cedido durante la persecución de Diocleciano. Nicea (325) le dejó el rango de obispo sin sede y exigió a su clero someterse al patriarca de Alejandría; tras la elección de Atanasio (328) se aliaron con Eusebio de Nicomedia y lo acusaron de violencia y de profanar sus bienes. En Tiro (335) fueron readmitidos a la comunión. La Apología presenta su acusación como una conjura sostenida por Eusebio y los suyos.

    § 60

    60. Cuando, en respuesta a esto, escribí al emperador y procuré convencerlo de que aquella herejía anticristiana no tenía comunión con la Iglesia católica, Eusebio aprovechó de inmediato la ocasión que había concertado con los melecianos: les escribió y los persuadió de que inventaran algún pretexto, para que, así como habían obrado contra Pedro, Aquilas y Alejandro, también tramaran y difundieran rumores contra nosotros. En consecuencia, tras buscar durante mucho tiempo sin hallar nada, acabaron por ponerse de acuerdo, aconsejados por Eusebio y sus partidarios, y fabricaron su primera acusación por medio de Isión, Eudemón y Calínico, acerca de las vestiduras de lino: afirmaban que yo había impuesto una ley a los egipcios y que había exigido su observancia primero a ellos. Pero, como se hallaban presentes algunos presbíteros míos y el emperador examinó el asunto, los acusadores fueron condenados —los presbíteros eran Apis y Macario—, y el emperador escribió censurando a Isión y ordenándome comparecer ante él. Sus cartas eran como sigue.
    Eusebio, al tener noticia de esto, los persuadió de que aguardaran; y, cuando llegué, acusaron a continuación a Macario de haber roto el cáliz y presentaron contra mí la acusación más atroz posible, a saber: que, siendo enemigo del emperador, había enviado una bolsa de oro a un tal Filumeno. El emperador, por tanto, nos oyó también sobre este cargo en Psamatia, donde ellos, como de costumbre, fueron condenados y expulsados de su presencia; y, a mi regreso, escribió la siguiente carta al pueblo.
    Constantino, máximo augusto, al pueblo de la Iglesia católica de Alejandría.

    § 61

    61. Amados hermanos, os saludo y pongo a Dios por principal testigo de mi intención, así como al Unigénito, Autor de nuestra Ley, soberano de las vidas de todos los hombres y enemigo de las discordias. Pero ¿qué os diré? ¿Que gozo de buena salud? No; antes bien, gozaría de mejor salud y mayores fuerzas si os profesarais amor unos a otros y os hubierais despojado de vuestras enemistades, por las cuales, a causa de las tempestades levantadas por hombres contenciosos, hemos abandonado el puerto del amor fraterno. ¡Ay! ¡Qué perversidad es esta! ¡Qué males produce cada día el tumulto de envidia que se ha suscitado entre vosotros! De ahí que los malos rumores hayan caído sobre el pueblo de Dios. ¿Adónde ha ido a parar la fe en la justicia? Pues estamos tan envueltos en las nieblas de las tinieblas, no solo por múltiples errores, sino también por las faltas de hombres ingratos, que toleramos a quienes favorecen la insensatez y, aunque los conocemos, no prestamos atención a quienes desechan la bondad y la verdad. ¡Qué extraña inconsecuencia! No desenmascaramos a nuestros enemigos, sino que seguimos el ejemplo de rapiña que ellos nos dan, con lo cual los errores más perniciosos, al no encontrar quien se les oponga, se abren camino fácilmente, por así decirlo. ¿No hay entre nosotros entendimiento alguno, por honra de nuestra común naturaleza, siendo como somos tan negligentes con los preceptos de la ley?
    Pero alguno dirá que el amor es algo que brota de la naturaleza. Mas yo pregunto: ¿cómo es que nosotros, que además de nuestras ventajas naturales tenemos por guía la ley de Dios, toleramos así las perturbaciones y los desórdenes suscitados por nuestros enemigos, que parecen inflamados, por decirlo así, con teas encendidas? ¿Cómo es que, teniendo ojos, no vemos ni entendemos, pese a estar rodeados de la luz de la ley? ¿Qué estupor se ha apoderado de nuestra vida para que nos descuidemos de este modo, aun cuando Dios nos amonesta? ¿No es un mal intolerable? ¿Y no deberíamos tener a tales hombres por enemigos nuestros, y no por miembros de la casa y del pueblo de Dios? Pues, en su desenfreno, se enfurecen contra nosotros: nos imputan graves delitos y nos atacan como a enemigos.

    § 62

    62. Y quisiera que vosotros mismos considerarais con cuánta locura hacen esto. Esos insensatos llevan siempre su malicia en la punta de la lengua. Van cargados de una ira pesada como el plomo, de modo que se hieren unos a otros y nos arrastran consigo, para acrecentar su propio castigo. Al buen maestro lo tienen por enemigo, mientras que quien se reviste del vicio de la envidia se aprovecha, contra toda justicia, del carácter apacible del pueblo; lo asuela y consume, se engalana y se recomienda a sí mismo con falsas alabanzas; subvierte la verdad y corrompe la fe, hasta hallar un agujero donde esconder su conciencia. Así, su propia perversidad los hace desdichados, mientras se anteponen con descaro a los demás para ocupar puestos de honor, por indignos que sean de ellos. ¡Ah, qué mal es este! Dicen: «Fulano es demasiado viejo; mengano no es más que un muchacho; el cargo me pertenece a mí; me corresponde, puesto que se le quita a él. Atraeré a todos a mi partido y entonces procuraré arruinarlo con mi poder.» Bien patente queda ante el mundo entero esta proclamación de su locura: basta ver las cuadrillas, las reuniones y los remeros puestos a sus órdenes en sus ofensivas confabulaciones. ¡Ay! ¡Qué absurda es nuestra conducta, si se me permite decirlo! ¿Hacen ellos ostentación de su insensatez en la Iglesia de Dios y todavía no se avergüenzan de sí mismos? ¿Aún no se reprochan su proceder? ¿No los hiere su conciencia, para que al fin muestren tener el debido conocimiento de sus engaños y contiendas? La suya no es sino la fuerza de la envidia, sostenida por las influencias funestas que le son propias. Pero esos desdichados no tienen poder alguno contra vuestro obispo. Creedme, hermanos: después de consumir nuestros días, sus esfuerzos no tendrán otro resultado que privarlos a ellos mismos de toda ocasión de arrepentirse en esta vida. Por tanto, os suplico que os ayudéis a vosotros mismos; acoged de buen grado nuestro amor y alejad con todas vuestras fuerzas a quienes desean borrar de entre nosotros la gracia de la concordia; y, puestos los ojos en Dios, amaos unos a otros. Recibí con alegría a vuestro obispo Atanasio y le hablé como a quien estaba persuadido de que era un hombre de Dios. A vosotros os corresponde entender estas cosas, no a mí juzgarlas. Me pareció conveniente que el reverendísimo Atanasio os llevara personalmente mi saludo, pues conozco el cuidado amoroso que os dispensa: conforme a aquella fe pacífica que yo mismo profeso, se ocupa sin cesar en la buena obra de anunciar el conocimiento que salva y sabrá exhortaros como conviene. Que Dios os guarde, amados hermanos.
    Tal fue la carta de Constantino.

    § 63

    63. Después de estos sucesos, los melecianos permanecieron tranquilos por algún tiempo, pero más tarde mostraron de nuevo su hostilidad y urdieron la siguiente trama, con el propósito de complacer a quienes habían comprado sus servicios. La Mareótide es una comarca rural de Alejandría en la que Melecio no había podido provocar un cisma. Ahora bien, mientras las Iglesias permanecían aún dentro de los límites que les correspondían, todos los presbíteros tenían en ellas sus congregaciones y el pueblo vivía en paz, un tal Isquiras, que no era clérigo, sino hombre de vil condición, intentó extraviar a los habitantes de su aldea declarándose clérigo. Al enterarse de ello, el presbítero del lugar me informó cuando yo realizaba mi visita a las Iglesias, y envié con él al presbítero Macario para que citara a Isquiras. Lo encontraron enfermo y postrado en una celda, y encargaron a su padre que amonestara a su hijo para que no continuase con las prácticas que se le atribuían. Pero, cuando se recuperó de su enfermedad y sus amigos y su padre le impidieron seguir por el mismo camino, huyó a reunirse con los melecianos. Estos se pusieron en comunicación con Eusebio y sus partidarios, y acabaron inventando la calumnia de que Macario había roto un cáliz y de que yo había dado muerte a cierto obispo llamado Arsenio. A Arsenio lo ocultaron para que, al no aparecer, pareciese que lo habían hecho desaparecer; y paseaban una mano, fingiendo que había sido descuartizado. En cuanto a Isquiras, a quien ni siquiera conocían, comenzaron a difundir que era presbítero, para que lo que decía acerca del cáliz extraviase al pueblo. Isquiras, sin embargo, censurado por sus amigos, vino a verme llorando y dijo que Macario no había hecho nada de cuanto ellos contaban y que los melecianos lo habían instigado a inventar aquella calumnia. Y escribió la siguiente carta.
    Al bienaventurado papa Atanasio, Isquiras os desea salud en el Señor.

    § 64

    64. Puesto que, cuando acudí a vos, señor obispo, deseoso de ser recibido en la Iglesia, me reprendisteis por lo que antes había dicho, como si hubiera llegado a tales extremos por mi propia voluntad, os presento por escrito esta defensa para que sepáis que se empleó la violencia contra mí y que Isaac y Heráclides, Isaac de Letópolis y los de su partido me golpearon. Y declaro, poniendo a Dios por testigo de ello, que no sé que seáis culpable de ninguna de las cosas que han afirmado. Pues nunca se rompió un cáliz ni se volcó la Santa Mesa, sino que me obligaron mediante malos tratos a afirmar todo eso. Esta defensa os presento por escrito, con el deseo y la petición de ser admitido entre los miembros de vuestra congregación. Ruego que gocéis de salud en el Señor.
    Presento esta declaración de mi puño y letra a vos, el obispo Atanasio, en presencia de los presbíteros Amonas de Dicela, Heraclio de Fascos, Bocón de Quenebri, Aquilas de Mirsine, Dídimo de Tafosiris y Justo de Bomoteo; y de los diáconos Pablo, Pedro y Olimpio, de Alejandría, y Amonio, Pisto, Demetrio y Gayo, de la Mareótide.

    § 65

    65. A pesar de esta declaración de Isquiras, volvieron a difundir por todas partes las mismas acusaciones contra mí y se las comunicaron también al emperador Constantino. Este ya había oído hablar del asunto del cáliz en Psamatia, cuando yo estaba allí, y había descubierto la falsedad de mis enemigos. Pero ahora escribió a Dalmacio, el censor, en Antioquía, ordenándole que abriera una investigación judicial sobre el supuesto asesinato. En consecuencia, el censor me notificó que preparara mi defensa contra la acusación. Al recibir sus cartas, al principio no di importancia al asunto, porque sabía que nada de lo que decían era verdad; pero, al ver que el emperador se había inquietado, escribí a mis compañeros en el ministerio en Egipto y envié a un diácono, deseoso de averiguar algo acerca de Arsenio, pues no había visto a aquel hombre desde hacía cinco o seis años. Pues bien, para no alargar el relato, Arsenio fue hallado oculto, primero en Egipto, y después mis amigos volvieron a descubrirlo escondido en Tiro. Y lo más notable fue que, aun después de ser descubierto, no quiso reconocer que era Arsenio hasta que quedó probado ante el tribunal de Pablo, entonces obispo de Tiro, y al fin la vergüenza misma le impidió negarlo.
    Así obró para cumplir lo pactado con Eusebio y sus partidarios, no fuera que, si lo descubrían, se desbaratase al fin el juego que traían entre manos; y eso fue precisamente lo que sucedió. Pues cuando escribí al emperador para comunicarle que Arsenio había sido hallado y le recordé lo que había oído en Psamatia acerca del presbítero Macario, detuvo las actuaciones del tribunal del censor y escribió condenando como calumnioso el proceso seguido contra mí, y ordenó regresar a Eusebio y sus partidarios, que se dirigían a Oriente para declarar contra mí. Ahora bien, para demostrar que me acusaron de haber asesinado a Arsenio —sin traer a colación las cartas de muchos sobre el asunto—, bastará presentar una sola, de Alejandro, obispo de Tesalónica, por la cual puede colegirse el tenor de las demás. Este, enterado de los rumores que Arcaf, llamado también Juan, difundía contra mí acerca del asesinato, y habiendo oído que Arsenio estaba vivo, escribió lo siguiente.
    Carta de Alejandro.
    A su hijo muy amado y compañero en el ministerio, unido a él en el sentir, el señor Atanasio, Alejandro, obispo, os desea salud en el Señor.

    § 66

    66. Felicito al excelentísimo Serapión por esforzarse con tanto celo en adornarse de santas costumbres y acrecentar así la alabanza de la memoria de su padre. Pues, como dice en alguna parte la Sagrada Escritura, "aunque muera su padre, es como si no hubiera muerto", porque ha dejado tras de sí memoria de su vida. Vos mismo, señor mío, no ignoráis cuáles eran mis sentimientos hacia Sozón, digno de perpetua memoria, pues conocéis la veneración que merece su recuerdo, así como la bondad del joven. De vuestra reverencia solo he recibido una carta, que este joven me entregó en mano. Os lo menciono, señor mío, para que lo sepáis. Nuestro muy amado hermano y diácono Macario me proporcionó gran alegría al escribirme desde Constantinopla que el falso acusador Arcaf había caído en desgracia por haber divulgado ante todos que un hombre vivo había sido asesinado. Las infalibles Escrituras nos aseguran que recibirá del Juez justo, junto con toda la caterva de sus cómplices, el castigo que sus delitos merecen. Que el Señor de todos os guarde por muchísimos años, señor mío, tan bondadoso en todo.

    § 67

    67. Y quienes vivían con Arsenio atestiguan que se lo mantuvo oculto con el propósito de fingir su muerte; pues, al buscarlo, encontramos a la persona que lo había ocultado y esta, en consecuencia, escribió la siguiente carta a Juan, principal artífice de aquella falsa acusación.
    A su hermano muy amado Juan, Pines, presbítero del monasterio de Ptemencircis, en el territorio de Anteópolis, envía saludos.
    Quiero que sepas que Atanasio envió a su diácono a la Tebaida para buscar a Arsenio por todas partes; y Pecisio, el presbítero, Silvano, hermano de Elías, Tapenacerameo y Pablo, monje de Hipsele, con quienes se encontró primero, confesaron que Arsenio estaba con nosotros. Al saberlo, hicimos que embarcara y navegase hacia las regiones del Bajo Egipto con el monje Elías. Después volvió de improviso el diácono con algunos otros y entró en nuestro monasterio en busca del mismo Arsenio, pero no lo encontraron porque, como ya he dicho, lo habíamos enviado a las regiones del Bajo Egipto. Sin embargo, me llevaron a mí, junto con el monje Elías, que lo había apartado de allí, a Alejandría y nos presentaron ante el duque; entonces no pude negarlo y confesé que estaba vivo y no había sido asesinado. También el monje que lo había apartado de allí confesó lo mismo. Por eso te hago saber estas cosas, padre, no sea que decidas acusar a Atanasio; pues yo dije que Arsenio estaba vivo y que había permanecido oculto entre nosotros, y todo esto se sabe ya en Egipto y no puede mantenerse por más tiempo en secreto.
    Yo, Pafnucio, monje del mismo monasterio, que he escrito esta carta, te saludo de corazón. Ruego por tu salud.
    La siguiente es asimismo la carta que el emperador escribió cuando supo que se había encontrado vivo a Arsenio.
    Constantino, vencedor, máximo augusto, al papa Atanasio.

    § 68

    68. Habiendo leído las cartas de vuestra sabiduría, me sentí inclinado a escribir en respuesta a vuestra fortaleza y a exhortaros a que procuréis devolver al pueblo de Dios la tranquilidad y los sentimientos de misericordia. Pues en mi ánimo tengo por cosas de suma importancia que cultivemos la verdad, mantengamos siempre la justicia en nuestros pensamientos y nos complazcamos especialmente en quienes andan por el recto camino de la vida. Pero en cuanto a los que merecen toda execración —me refiero a los perversísimos e impíos melecianos, que al fin se han puesto en ridículo con su insensatez y ahora, por envidia, promueven conmociones injustificadas, alborotos y tumultos, manifestando así sus impías disposiciones—, diré lo siguiente. Veis que aquellos a quienes fingían que se había dado muerte por la espada siguen entre nosotros y gozan de vida. Ahora bien, ¿qué prueba más poderosa podría alzarse contra ellos, ni más manifiesta y claramente conducente a su condena, que el hecho de que aquellos a quienes declararon asesinados todavía gozan de vida y, por consiguiente, podrán hablar por sí mismos?
    Pero estos mismos melecianos presentaron además otra acusación. Afirmaron categóricamente que vos, irrumpiendo con violencia ilícita, os habíais apoderado de un cáliz depositado en el Lugar Santísimo y lo habíais roto; y ciertamente no podría haber acusación más grave ni ofensa más atroz si tal delito se hubiera cometido de veras. Mas ¿qué clase de acusación es esta? ¿Qué significan estos cambios, variaciones y discrepancias en sus circunstancias, hasta el punto de que ahora atribuyan esta misma acusación a otra persona, hecho que pone más de manifiesto que la luz misma, por así decirlo, que tramaban una conjura contra vuestra sabiduría? Después de esto, ¿quién querrá seguirlos, siendo hombres que han fabricado tales cargos para perjuicio de otro, cuando además se precipitan a sí mismos a la ruina y saben que os imputan delitos falsos y fingidos? ¿Quién, pues, como decía, los seguirá y se arrojará así de cabeza por el camino de la perdición, camino en el que, al parecer, solo ellos creen hallar esperanza de salvación y socorro? Pero, si quisieran obrar conforme a una conciencia pura, dejarse guiar por la mejor sabiduría y seguir el camino de una mente sana, fácilmente advertirían que no puede venirles ayuda alguna de la divina Providencia mientras se entreguen a semejantes acciones y provoquen su propia perdición. No llamaría yo a esto un juicio severo sobre ellos, sino la pura verdad.
    Y, por último, añadiré que deseo que vuestra sabiduría lea con frecuencia esta carta en público, para que así llegue a conocimiento de todos y, en especial, a oídos de quienes obran de ese modo y suscitan tales perturbaciones; pues el juicio que he expresado conforme a los dictados de la equidad queda confirmado también por los hechos mismos. Por tanto, puesto que en semejante conducta hay tan grave ofensa, sepan que así he juzgado; y que he tomado la resolución de que, si provocan alguna otra conmoción de esta índole, yo mismo conoceré personalmente del asunto, no según las leyes eclesiásticas, sino según las civiles, y en adelante los descubriré, pues está claro que son, por así decirlo, salteadores no solo del género humano, sino de la misma doctrina divina. ¡Que Dios os guarde siempre, hermano amado!

    § 69

    69. Pero, para que la maldad de los calumniadores quedase aún más plenamente al descubierto, he aquí que también Arsenio me escribió después de ser hallado en su escondite; y, así como la carta escrita por Isquiras confesaba la falsedad de su acusación, la de Arsenio probó aún más cumplidamente su malicia.
    Al bienaventurado papa Atanasio, Arsenio, obispo de quienes antes estuvieron bajo Melecio en la ciudad de los hipselitas, junto con los presbíteros y diáconos, os desea mucha salud en el Señor.
    Deseando ardientemente la paz y la unión con la Iglesia católica, que por la gracia de Dios presidís, y queriendo someternos al canon de la Iglesia conforme a la antigua regla, os escribimos, papa muy amado, y declaramos en nombre del Señor que en adelante no estaremos en comunión con quienes persisten en el cisma y todavía no están en paz con la Iglesia católica, sean obispos, presbíteros o diáconos. Tampoco tomaremos parte con ellos si desean establecer algo en un concilio; ni les enviaremos cartas de paz ni recibiremos las suyas; ni, sin el consentimiento de vos, obispo de la metrópoli, publicaremos decisión alguna relativa a los obispos o a cualquier otra cuestión eclesiástica general; antes bien, obedeceremos todos los cánones establecidos hasta ahora, siguiendo el ejemplo de los obispos Amoniano, Tirano, Plusiano y los demás. Por eso suplicamos a vuestra bondad que nos respondáis pronto por escrito y que escribáis asimismo a nuestros compañeros en el ministerio acerca de nosotros, haciéndoles saber que de ahora en adelante nos mantendremos en la resolución antes expuesta, estaremos en paz con la Iglesia católica y en unión con nuestros compañeros en el ministerio de los diversos distritos. Y estamos persuadidos de que vuestras oraciones, gratas a Dios, alcanzarán de Él que esta paz sea firme e indisoluble hasta el fin, conforme a la voluntad de Dios, Señor de todos, por Jesucristo nuestro Señor.
    Os saludamos nosotros y quienes están con nosotros, así como al sagrado ministerio que está bajo vuestra autoridad. Muy pronto, si Dios lo permite, acudiremos a visitaros. Yo, Arsenio, ruego que gocéis de salud en el Señor por muchos años, beatísimo papa.

    § 70

    70. Pero una prueba más poderosa y clara de la calumnia levantada contra nosotros es la retractación de Juan, de la cual es testigo el piadosísimo emperador Constantino, de feliz memoria; pues, al saber que Juan había reconocido su propia falta y al recibir cartas suyas en las que expresaba su arrepentimiento, le escribió lo siguiente.
    Constantino, máximo augusto, a Juan.
    Las cartas que he recibido de vuestra prudencia me han sido sumamente gratas, porque por ellas supe lo que tanto ansiaba oír: que habíais depuesto toda mezquindad, os habíais incorporado a la comunión de la Iglesia como correspondía y estábais ahora en perfecta concordia con el reverendísimo obispo Atanasio. Tened, pues, por seguro que hasta aquí apruebo enteramente vuestra conducta, porque, renunciando a toda contienda, habéis hecho lo que agrada a Dios y abrazado la unidad de su Iglesia. Por tanto, para que se cumplan vuestros deseos, he juzgado justo concederos permiso para utilizar el transporte público imperial y venir a la corte de mi clemencia. Procurad, pues, no demoraros; antes bien, puesto que esta carta os autoriza a utilizar el transporte público imperial, venid a verme de inmediato, para que vuestros deseos se vean satisfechos y, al comparecer ante mí, gocéis de la satisfacción que os corresponde recibir. Que Dios os guarde siempre, hermano muy amado.

    Capítulo 6. Documentos relacionados con el Concilio de Tiro

    § 71

    71. Así terminó la conspiración. Los melecianos fueron rechazados y quedaron avergonzados; pero, pese a ello, Eusebio y sus partidarios no permanecieron quietos, pues no eran los melecianos quienes les importaban, sino Arrio y los suyos, y temían que, si se ponía fin a las actuaciones de aquellos, ya no encontrarían personas dispuestas a desempeñar los papeles con cuya ayuda podrían introducir aquella herejía. Por tanto, volvieron a instigar a los melecianos y persuadieron al emperador para que ordenase celebrar de nuevo un concilio en Tiro; enviaron allí al conde Dionisio y se concedió una escolta militar a Eusebio y sus partidarios. También Macario fue enviado a Tiro como prisionero, bajo custodia de soldados; y el emperador me escribió y me impuso una orden terminante, de modo que partí, aunque contra mi voluntad. La conspiración entera puede comprenderse por las cartas que escribieron los obispos de Egipto; pero será necesario referir cómo la urdieron desde el principio, para que se adviertan la malicia y la perversidad ejercidas contra mí. Hay en Egipto, Libia y Pentápolis cerca de cien obispos; ninguno de ellos me imputó nada; ninguno de los presbíteros halló falta en mí; nadie del pueblo habló contra mí. Fueron, en cambio, los melecianos, a quienes Pedro había expulsado, y los arrianos quienes se repartieron la conjura: los unos se arrogaron el derecho de acusarme y los otros, el de juzgar la causa. Recusé a Eusebio y sus partidarios por ser enemigos míos a causa de la herejía; luego demostré del modo siguiente que la persona que se decía mi acusador no era en absoluto presbítero. Cuando Melecio fue admitido a la comunión —¡ojalá nunca lo hubiera sido!—, el bienaventurado Alejandro, que conocía sus astucias, le exigió una lista de los obispos que decía tener en Egipto, así como de los presbíteros y diáconos que tenía en la propia Alejandría y, si los tenía, en la comarca rural. Esto hizo el papa Alejandro para evitar que Melecio, una vez obtenida la libertad de la Iglesia, presentase a muchos y así, mediante un proceder fraudulento y continuo, nos impusiese a quien le pluguiera. Por consiguiente, confeccionó la siguiente lista de los que tenía en Egipto.
    Lista presentada por Melecio al obispo Alejandro.
    Yo, Melecio de Licópolis; Lucio de Antinópolis; Fasileo de Hermópolis; Aquiles de Cusas; Amonio de Dióspolis.
    En Ptolemaida, Paquimes de Téntira.
    En Maximianópolis, Teodoro de Coptos.
    En la Tebaida, Cales de Hermetes; Coluto de Cinópolis la Alta; Pelagio de Oxirrinco; Pedro de Heracleópolis; Teón de Nilópolis; Isaac de Letópolis; Heráclides de Niciópolis; Isaac de Cleópatris; Melas de Arsenoitis.
    En Heliópolis, Amós de Leontópolis; Isión de Atribis.
    En Farbetos, Harpocración de Bubastos; Moisés de Facusa; Calínico de Pelusio; Eudemón de Tanis; Efraín de Tmuis.
    En Sais, Hermeón de Cinópolis y Busiris; Soterico de Sebennitos; Pininutes de Ftenegis; Cronio de Metelis; Agatamón de la comarca de Alejandría.
    En Menfis, Juan, a quien el emperador ordenó permanecer junto al arzobispo. Estos son los de Egipto.
    Y los clérigos que tenía en Alejandría eran Apolonio, presbítero; Ireneo, presbítero; Dióscoro, presbítero; Tirano, presbítero. Y los diáconos: Timoteo, diácono; Antínoo, diácono; Hefestión, diácono. Y Macario, presbítero de Parembolé.
    Comentario editorial · Las sedes de la lista de Melecio
    La lista que Melecio entregó al obispo Alejandro (de 327, según la Introducción de NPNF) enumera obispos de todo Egipto; Wikipedia recuerda que mostraba 28 obispos melecianos. Las sedes citadas van del Delta (Pelusio) a la Tebaida (Coptos). Que el nombre de Isquiras no figure en ella (§ 72) es parte del argumento de Atanasio: no consta que Melecio tuviese ningún clérigo en la Mareótide, la comarca vecina a Alejandría donde se sitúa el caso del cáliz.
    Mapa del Egipto antiguo a lo largo del Nilo, de Alejandría y el Delta al norte hasta Coptos al sur, con las sedes citadas en la lista de Melecio y la Mareótide junto a Alejandría
    Las sedes de la lista de Melecio se reparten por todo Egipto, de Pelusio a Coptos. Ubicaciones aproximadas; no están todas las sedes de la lista. · Elaboración propia para Eusebeia · costas y ríos de Natural Earth (dominio público)

    § 72

    72. A estos los presentó Melecio personalmente al obispo Alejandro, pero no mencionó a la persona llamada Isquiras ni afirmó jamás que tuviese clérigo alguno en la Mareótide. No obstante, nuestros enemigos no desistieron de sus intentos, sino que siguieron fingiendo que era presbítero quien no lo era, pues allí estaba el conde dispuesto a emplear la fuerza contra nosotros, y los soldados nos llevaban de un lado a otro. Pero aun entonces prevaleció la gracia de Dios: no pudieron probar la culpa de Macario en el asunto del cáliz; y Arsenio, de quien decían que yo había sido el asesino, compareció vivo ante ellos y mostró la falsedad de su acusación. Por tanto, cuando no pudieron probar la culpa de Macario, Eusebio y sus partidarios, enfurecidos por haber perdido la presa que perseguían, persuadieron al conde Dionisio, que es uno de los suyos, para que enviase gente a la Mareótide, a fin de ver si podían hallar allí algo contra el presbítero; o, más bien, para poder remendar a su gusto la conjura desde lejos, en nuestra ausencia: tal era su propósito. Ahora bien, cuando alegamos que el viaje a la Mareótide era una empresa superflua —pues no debían fingir que eran insuficientes las declaraciones en las que tanto tiempo habían empleado, ni aplazar ahora el asunto, ya que habían dicho cuanto creían poder decir y, al no saber qué hacer, buscaban pretextos—; o que, si era imprescindible ir a la Mareótide, al menos no enviasen a las personas recusadas, el conde quedó convencido por mi razonamiento en lo tocante a estas. Pero hicieron cualquier cosa menos lo que yo propuse, pues fueron precisamente las personas a quienes yo había recusado a causa de la herejía arriana las que partieron sin demora, a saber: Diognio, Maris, Teodoro, Macedonio, Ursacio y Valente. Se escribieron además cartas al prefecto de Egipto y se dispuso una escolta militar; y, cosa notable y sobremanera sospechosa, hicieron que Macario, el acusado, permaneciese allí bajo custodia de soldados, mientras se llevaban consigo al acusador. ¿Quién no ve, después de esto, la conspiración? ¿Quién no percibe claramente la perversidad de Eusebio y sus partidarios? Pues, si era indispensable hacer una investigación judicial en la Mareótide, también debía haberse enviado allí al acusado. Pero, si no iban con el propósito de investigar, ¿por qué se llevaron al acusador? Bastaba con que este no hubiese podido probar el hecho. Lo hicieron para poder llevar adelante sus designios contra el presbítero ausente, cuya culpa no habían podido probar cuando estaba presente, y urdir a su gusto una trama. Pues cuando los presbíteros de Alejandría y de toda la comarca les reprocharon que estuvieran allí solos y pidieron poder presenciar también sus actuaciones —ya que, según dijeron, conocían tanto las circunstancias del caso como los antecedentes de la persona llamada Isquiras—, no se lo permitieron. Y aunque tenían consigo a Filagrio, prefecto de Egipto y apóstata, y a soldados paganos, durante una investigación que ni siquiera convenía que presenciasen los catecúmenos, no admitieron a los clérigos, no fuese que allí, como en Tiro, hubiese quienes los desenmascarasen.

    § 73

    73. Mas, pese a estas precauciones, no lograron evitar que se descubriera su conducta, pues los presbíteros de la ciudad y de la Mareótide, al advertir sus perversos designios, les dirigieron la siguiente protesta.
    A Teognio, Maris, Macedonio, Teodoro, Ursacio y Valente, obispos llegados de Tiro, los presbíteros y diáconos de la Iglesia católica de Alejandría, bajo el reverendísimo obispo Atanasio.
    Cuando llegasteis aquí trayendo con vosotros al acusador, os incumbía traer también al presbítero Macario; pues la Sagrada Escritura dispone que los juicios se celebren de tal manera que acusador y acusado puedan comparecer juntos. Pero, puesto que ni trajisteis a Macario ni vino aquí con vosotros nuestro reverendísimo obispo Atanasio, reclamamos el derecho de estar presentes en la investigación, para ver que se llevase a cabo con imparcialidad y cerciorarnos nosotros mismos de la verdad. Mas, cuando os negasteis a permitirlo y quisisteis hacer cuanto os pluguiese en compañía únicamente del prefecto de Egipto y del acusador, confesamos que vimos en el asunto indicios de maldad y comprendimos que vuestra venida no era sino obra de una camarilla y una conspiración. Por ello os dirigimos esta carta, para que sirva de testimonio ante un concilio legítimo y todos sepan que habéis llevado adelante unas actuaciones sin audiencia de la otra parte y para vuestros propios fines, y que no habéis deseado otra cosa que conspirar contra nosotros. Para que no podáis ocultarla, hemos entregado también copia de ella a Paladio, el interventor del augusto. Pues lo que ya habéis hecho nos mueve a sospechar de vosotros y a esperar de vuestra parte una conducta semejante en adelante.
    Yo, Dionisio, presbítero, he entregado esta carta. Alejandro, presbítero; Nilaras, presbítero; Longo, presbítero; Aftonio, presbítero; Atanasio, presbítero; Amintio, presbítero; Pisto, presbítero; Plución, presbítero; Dióscoro, presbítero; Apolonio, presbítero; Serapión, presbítero; Amonio, presbítero; Gayo, presbítero; Rino, presbítero; Étales, presbítero.
    Diáconos: Marcelino, diácono; Apiano, diácono; Teón, diácono; Timoteo, diácono; un segundo Timoteo, diácono.

    § 74

    74. Esta es la carta, y estos los nombres de los clérigos de la ciudad; la siguiente la escribieron los clérigos de la Mareótide, que conocen la condición del acusador y me acompañaron en mi visita.
    Al santo concilio de los bienaventurados obispos de la Iglesia católica, todos los presbíteros y diáconos de la Mareótide os desean salud en el Señor.
    Conociendo lo que está escrito: "Hablad de lo que vuestros ojos han visto", y "El testigo falso no quedará sin castigo", damos testimonio de lo que hemos visto, tanto más cuanto que la conspiración tramada contra nuestro obispo Atanasio ha hecho necesario nuestro testimonio. Nos maravilla cómo Isquiras llegó jamás a ser contado entre los ministros de la Iglesia; y este es el primer punto que estimamos necesario mencionar. Isquiras nunca fue ministro de la Iglesia; antes bien, cuando en otro tiempo se presentó como presbítero de Coluto, no halló quien le creyese, salvo sus propios parientes. Pues jamás tuvo iglesia, ni fue considerado clérigo por quienes vivían a poca distancia de su aldea, excepto, como ya dijimos, por sus propios parientes. Sin embargo, aunque se arrogaba ese título, fue depuesto en presencia de nuestro padre Osio en el concilio reunido en Alejandría, y admitido a la comunión como laico; y en tal condición continuó después, despojado de su supuesta dignidad de presbítero. De su carácter juzgamos innecesario hablar, pues todos pueden llegar a conocerlo. Pero, dado que ha acusado falsamente a nuestro obispo Atanasio de romper un cáliz y volcar una mesa, nos vemos necesariamente obligados a dirigiros la palabra sobre este punto. Ya hemos dicho que nunca tuvo una iglesia en la Mareótide; y declaramos, poniendo a Dios por testigo, que ni nuestro obispo ni ninguno de los que lo acompañaban rompió cáliz alguno ni volcó mesa alguna, sino que todo cuanto se alega sobre este asunto es mera calumnia. Y no hablamos así por haber estado ausentes del obispo, pues todos lo acompañamos cuando visita la Mareótide, y nunca va solo, sino acompañado de todos nosotros, presbíteros y diáconos, y de un considerable número de fieles. Por ello hacemos estas afirmaciones como quienes han estado presentes con él en cada visita que nos ha hecho, y damos testimonio de que jamás se rompió cáliz ni se volcó mesa, sino que toda la historia es falsa, como atestigua también el propio acusador de su puño y letra. Pues cuando, después de haberse marchado con los melecianos y de haber denunciado estos hechos contra nuestro obispo Atanasio, quiso ser admitido a la comunión, no fue recibido, aunque escribió y confesó de su puño y letra que nada de aquello era verdad, sino que ciertas personas lo habían instigado a decirlo.

    § 75

    75. Por esto también Teognio, Teodoro, Maris, Macedonio, Ursacio, Valente y sus compañeros vinieron a la Mareótide y, cuando comprobaron que nada de aquello era verdad y que probablemente se descubriría que habían fabricado una falsa acusación contra nuestro obispo Atanasio, Teognio y sus partidarios, enemigos suyos como eran, hicieron que los parientes de Isquiras y ciertos fanáticos arrianos dijesen cuanto ellos quisieran. Pues nadie del pueblo habló contra el obispo; pero estas personas, por temor a Filagrio, prefecto de Egipto, y bajo amenazas y con el apoyo de los fanáticos arrianos, llevaron a cabo cuanto deseaban. Cuando acudimos a refutar la calumnia, no nos lo permitieron, sino que nos echaron, mientras admitían a quienes les placía a participar en sus intrigas y concertaban con ellos sus planes, influyéndolos mediante el temor al prefecto Filagrio. Por medio de este nos impidieron estar presentes, para que no pudiésemos averiguar si los sobornados por ellos eran miembros de la Iglesia o fanáticos arrianos. Y también vosotros, padres muy amados, sabéis, como nos enseñáis, que el testimonio de los enemigos no tiene valor alguno. Que decimos la verdad lo atestigua la declaración manuscrita de Isquiras, y también los hechos mismos: pues, como sabíamos que no había ocurrido nada de cuanto se alegaba, ellos se llevaron consigo a Filagrio para poder urdir, mediante el temor a la espada y las amenazas, cuantas tramas quisieran. De estas cosas damos testimonio como en presencia de Dios; hacemos estas afirmaciones sabiendo que Dios celebrará un juicio. Todos deseábamos acudir a vosotros, pero nos contentamos con enviar a algunos de entre nosotros, para que las cartas suplan la presencia de quienes no han venido.
    Yo, Ingenio, presbítero, os deseo salud en el Señor, padres amados. Teón, presbítero; Amonas, p.; Heraclio, p.; Bocón, p.; Trifón, p.; Pedro, p.; Hierax, p.; Serapión, p.; Marcos, p.; Ptolarión, p.; Gayo, p.; Dióscoro, p.; Demetrio, p.; Tirso, p.
    Diáconos: Pisto, diácono; Apolo, d.; Serras, d.; Pisto, d.; Polínico, d.; Amonio, d.; Mauro, d.; Hefesto, d.; Apolo, d.; Metopas, d.; Apolo, d.; Serapas, d.; Meliftongo, d.; Lucio, d.; Gregoras, d.

    § 76

    76. Los mismos, al interventor y a Filagrio, a la sazón prefecto de Egipto.
    A Flavio Filagrio; a Flavio Paladio, funcionario ducenario, oficial de palacio e interventor; y a Flavio Antonino, comisario de víveres y funcionario centenario de mis señores los ilustrísimos prefectos del sagrado pretorio: nosotros, los presbíteros y diáconos de la Mareótide, nomo de la Iglesia católica sometido al reverendísimo obispo Atanasio, presentamos este testimonio por medio de quienes abajo firman:
    Puesto que Teognio, Maris, Macedonio, Teodoro, Ursacio y Valente, como si hubieran sido enviados por todos los obispos reunidos en Tiro, vinieron a nuestra diócesis alegando que habían recibido órdenes de investigar ciertos asuntos eclesiásticos, entre los cuales mencionaron la rotura de un cáliz del Señor, de la que les había informado Isquiras, a quien trajeron consigo y que dice ser presbítero, aunque no lo es —pues lo ordenó el presbítero Coluto, que se arrogó el episcopado, y después un concilio entero, Osio y los obispos que estaban con él, le ordenaron volver a la condición de presbítero que tenía antes; por consiguiente, todos los ordenados por Coluto recobraron la condición que tenían anteriormente, y así resultó que el propio Isquiras era laico—; y puesto que la iglesia que dice tener nunca fue iglesia en absoluto, sino una casa particular muy pequeña perteneciente a un huérfano llamado Isión, por todo ello hemos presentado este testimonio, conjurándoos por Dios omnipotente y por nuestros señores Constantino Augusto y los ilustrísimos césares, sus hijos, a que pongáis estas cosas en conocimiento de sus piadosas majestades. Pues ni es él presbítero de la Iglesia católica ni posee iglesia alguna, ni jamás se ha roto un cáliz, sino que toda la historia es falsa e inventada.
    Fechado durante el consulado de Julio Constancio, ilustrísimo patricio y hermano del piadosísimo emperador Constantino Augusto, y de Rufino Albino, varones ilustrísimos, el décimo día del mes de Tot.
    Estas fueron las cartas de los presbíteros.

    § 77

    77. Siguen también las cartas y protestas de los obispos que vinieron con nosotros a Tiro, cuando tuvieron noticia de la conspiración y la conjura.
    A los obispos reunidos en Tiro, honorabilísimos señores, los de la Iglesia católica que han venido de Egipto con Atanasio os saludan en el Señor.
    Suponemos que ya no cabe duda de la conspiración urdida contra nosotros por Eusebio, Teognio, Maris, Narciso, Teodoro, Patrófilo y sus partidarios. Desde el principio todos nosotros, por medio de nuestro compañero en el ministerio Atanasio, nos opusimos a que se celebrara la investigación en su presencia, sabiendo que la presencia de un solo enemigo, y mucho más la de muchos, puede perturbar y perjudicar la vista de una causa. Y también vosotros mismos conocéis la enemistad que abrigan no solo contra nosotros, sino contra todos los ortodoxos, y cómo, por causa de la locura de Arrio y de su doctrina impía, dirigen sus ataques y traman conspiraciones contra todos. Y cuando nosotros, confiados en la verdad, quisimos mostrar la falsedad de lo que los melecianos habían alegado contra la Iglesia, Eusebio y sus partidarios procuraron por todos los medios interrumpir nuestras declaraciones y se afanaron por invalidar nuestro testimonio, amenazando a quienes juzgaban rectamente e insultando a otros, con el único fin de llevar a cabo su designio contra nosotros. Vuestra piadosa veneración, honorabilísimos señores, acaso desconocía su conspiración; pero suponemos que ahora ha quedado manifiesta. Pues ellos mismos la han puesto claramente al descubierto: quisieron enviar a la Mareótide a aquellos de su partido a quienes nosotros recusamos, para que, mientras permanecíamos aquí ausentes, pudiesen perturbar al pueblo y conseguir cuanto deseaban. Sabían que los fanáticos arrianos, los colutianos y los melecianos eran enemigos de la Iglesia católica y por eso ansiaban enviarlos, a fin de urdir contra nosotros, en presencia de nuestros enemigos, cuantas tramas les placieran. Y los melecianos que están aquí, ya cuatro días antes —pues sabían que esta investigación iba a realizarse—, despacharon al anochecer a algunos de los suyos como mensajeros, para reunir en la Mareótide a melecianos de Egipto, puesto que allí no había ninguno, así como a colutianos y fanáticos arrianos de otros lugares, y prepararlos para que declarasen contra nosotros. Pues también vosotros sabéis que el propio Isquiras confesó ante vosotros que no tenía más de siete personas en su congregación. Así pues, cuando supimos que, después de preparar a su gusto cuanto necesitaban contra nosotros y de enviar a esas personas recusadas, iban de uno en uno a pediros vuestras firmas para que pareciera que todo se había hecho con el consentimiento de todos vosotros, nos apresuramos a escribiros y a presentar este testimonio nuestro. Declaramos que somos víctimas de una conspiración que nos hace padecer por obra y mediación de ellos, y os pedimos que, teniendo presente el temor de Dios y condenando su proceder al enviar a quienes les placía sin nuestro consentimiento, os neguéis a firmar, no sea que pretendan que habéis hecho vosotros lo que solo ellos están urdiendo. Ciertamente, a quienes están en Cristo les corresponde no atender a motivos humanos, sino anteponer la verdad a todas las cosas. Y no temáis sus amenazas, que profieren contra todos, ni sus tramas, sino temed más bien a Dios. Si era en modo alguno necesario enviar personas a la Mareótide, también nosotros debíamos haber ido con ellas, para poder desenmascarar a los enemigos de la Iglesia, señalar a quienes le eran extraños y hacer imparcial la investigación del asunto. Pues sabéis que Eusebio y sus partidarios procuraron que se presentase una carta como si procediera de los colutianos, los melecianos y los arrianos, dirigida contra nosotros; pero es evidente que estos enemigos de la Iglesia católica no dicen nada verdadero acerca de nosotros, sino que todo cuanto dicen va contra nosotros. Y la ley de Dios prohíbe que un enemigo sea testigo o juez. Por tanto, puesto que habréis de rendir cuentas en el día del juicio, recibid este testimonio y, reconociendo la conspiración urdida contra nosotros, guardaos, si ellos os lo piden, de hacer nada en nuestro perjuicio y de participar en los designios de Eusebio y sus partidarios. Pues sabéis, como dijimos antes, que son enemigos nuestros, y conocéis por qué Eusebio de Cesarea se convirtió en uno de ellos el año pasado. Rogamos que gocéis de salud, señores muy amados.

    § 78

    78. Al ilustrísimo conde Flavio Dionisio, de parte de los obispos de la Iglesia católica de Egipto que han venido a Tiro.
    Suponemos que ya no cabe duda de la conspiración urdida contra nosotros por Eusebio, Teognio, Maris, Narciso, Teodoro, Patrófilo y sus partidarios. Desde el principio todos nosotros, por medio de nuestro compañero en el ministerio Atanasio, nos opusimos a que se celebrara la investigación en su presencia, sabiendo que la presencia de un solo enemigo, y mucho más la de muchos, puede perturbar y perjudicar la vista de una causa. Pues es manifiesta la enemistad que abrigan no solo contra nosotros, sino también contra todos los ortodoxos, ya que dirigen sus ataques y traman conspiraciones contra todos. Y cuando nosotros, confiados en la verdad, quisimos mostrar la falsedad de lo que los melecianos habían alegado contra la Iglesia, Eusebio y sus partidarios procuraron por todos los medios interrumpir nuestras declaraciones y se afanaron por invalidar nuestro testimonio, amenazando a quienes juzgaban rectamente e insultando a otros, con el único fin de llevar a cabo su designio contra nosotros. Vuestra bondad acaso desconocía la conspiración que han urdido contra nosotros; pero suponemos que ahora ha quedado manifiesta. Pues ellos mismos la han puesto claramente al descubierto: quisieron enviar a la Mareótide a aquellos de su partido a quienes nosotros recusamos, para que, mientras permanecíamos aquí ausentes, pudiesen perturbar al pueblo y conseguir cuanto deseaban. Sabían que los fanáticos arrianos, los colutianos y los melecianos eran enemigos de la Iglesia y por eso ansiaban enviarlos, a fin de urdir contra nosotros, en presencia de nuestros enemigos, cuantas tramas les placieran. Y los melecianos que están aquí, ya cuatro días antes —pues sabían que esta investigación iba a realizarse—, despacharon al anochecer a dos de los suyos como mensajeros, para reunir en la Mareótide a melecianos de Egipto, puesto que allí no había ninguno, así como a colutianos y fanáticos arrianos de otros lugares, y prepararlos para que declarasen contra nosotros. Y vuestra bondad sabe que él mismo confesó ante vos que no tenía más de siete personas en su congregación. Así pues, cuando supimos que, después de preparar a su gusto cuanto necesitaban contra nosotros y de enviar a esas personas recusadas, iban de un obispo a otro pidiendo sus firmas para que pareciera que todo se había hecho con el consentimiento de todos ellos, nos apresuramos a someter el asunto a vuestra señoría y a presentar este testimonio nuestro. Declaramos que somos víctimas de una conspiración que nos hace padecer por obra y mediación de ellos, y os pedimos que, teniendo presente el temor de Dios y los piadosos mandatos de nuestro piadosísimo emperador, no toleréis por más tiempo a esas personas, sino que condenéis su proceder al enviar a quienes les placía sin nuestro consentimiento.
    Yo, Adamancio, obispo, he suscrito esta carta; Isquiras, Amón, Pedro, Amoniano, Tirano, Taurino, Sarapamón, Elurión, Harpocración, Moisés, Optato, Anubión, Saprión, Apolonio, Isquirión, Arbezión, Potamón, Pafnucio, Heráclides, Teodoro, Agatamón, Gayo, Pisto, Atas, Nicón, Pelagio, Teón, Paninutio, Nonno, Aristón, Teodoro, Ireneo, Blastamón, Filipo, Apolo, Dióscoro, Timoteo de Dióspolis, Macario, Heraclamón, Cronio, Mis, Jacobo, Aristón, Artemidoro, Finees, Psais, Heráclides.
    Otra carta de los mismos.

    § 79

    79. Los obispos de la Iglesia católica que han venido de Egipto a Tiro, al ilustrísimo conde Flavio Dionisio.
    Al advertir que se urden contra nosotros muchas conspiraciones y tramas mediante las maquinaciones de Eusebio, Narciso, Flacilo, Teognio, Maris, Teodoro, Patrófilo y sus partidarios —contra quienes quisimos presentar una recusación desde el principio, pero no se nos permitió—, nos vemos obligados a recurrir a la presente apelación. Observamos asimismo que se muestra gran celo en favor de los melecianos y que, en nuestras personas, se trama una conjura contra la Iglesia católica de Egipto. Por ello os presentamos esta carta y os suplicamos que tengáis presente el poder omnipotente de Dios, que ampara el reino de nuestro piadosísimo y devoto emperador Constantino, y reservéis la vista de los asuntos que nos conciernen al propio piadosísimo emperador. Pues es justo que, habiendo recibido de su majestad vuestro encargo, le reservéis el asunto cuando apelamos a su piedad. Ya no podemos soportar ser objeto de los designios traicioneros de los antes mencionados Eusebio y sus partidarios; por eso pedimos que se reserve la causa al piadosísimo emperador, amado de Dios, ante quien podremos exponer nuestras justas pretensiones y las de la Iglesia. Y estamos convencidos de que, cuando su piedad haya oído nuestra causa, no nos condenará. Por tanto, os conjuramos nuevamente por Dios omnipotente y por nuestro piadosísimo emperador, que junto con los hijos de su piedad ha sido durante tantos años siempre victorioso y próspero, a que no prosigáis ni permitáis que se dé paso alguno en el concilio en relación con nuestros asuntos, sino que reservéis su vista a su piedad. Hemos hecho asimismo las mismas declaraciones a mis señores los obispos ortodoxos.

    § 80

    80. Alejandro, obispo de Tesalónica, al recibir estas cartas, escribió al conde Dionisio lo siguiente.
    El obispo Alejandro a mi señor Dionisio.
    Veo que manifiestamente se ha urdido una conspiración contra Atanasio; pues han decidido, no sé con qué fundamento, enviar a todos aquellos a quienes él ha recusado, sin comunicarnos nada, aunque se había convenido que deliberaríamos juntos sobre quiénes debían ser enviados. Cuida, pues, de que nada se haga precipitadamente —pues han venido a mí muy alarmados, diciendo que las fieras ya se han levantado y están a punto de abalanzarse sobre ellos; habían oído decir que Juan había enviado a ciertas personas—, no sea que se nos adelanten y urdan las tramas que les plazcan. Pues sabes que los colutianos, enemigos de la Iglesia, los arrianos y los melecianos están todos aliados y pueden causar grandes males. Considera, por tanto, qué conviene hacer, no sea que sobrevenga algún daño y se nos censure por no haber juzgado el asunto con imparcialidad. También se abrigan grandes sospechas de estas personas: se teme que, por su adhesión a los melecianos, recorran las iglesias cuyos obispos están aquí, siembren la alarma entre ellas y trastornen así todo Egipto. Pues ya se ve que esto sucede en gran medida.
    En consecuencia, el conde Dionisio escribió a Eusebio y sus partidarios lo siguiente.

    § 81

    81. Esto es lo que ya he mencionado a mis señores Flacilo y sus partidarios: Atanasio ha comparecido y se ha quejado de que hayan sido enviadas precisamente las personas a quienes recusó, exclamando que se le ha agraviado y engañado. También me ha escrito sobre el asunto Alejandro, señor de mi alma; y para que advirtáis cuán razonable es lo que dice su bondad, adjunto su carta para que la leáis. Recordad asimismo lo que os escribí antes: insistí ante vuestra bondad, señores míos, en que los enviados debían ser designados por votación y decisión general de todos. Cuidad, pues, de que nuestras actuaciones no merezcan censura ni demos justos motivos de reproche a quienes están dispuestos a criticarnos. Porque, así como la parte acusadora no debe sufrir opresión alguna, tampoco debe sufrirla la parte acusada. Y juzgo que no es pequeño el motivo de reproche contra nosotros cuando mi señor Alejandro desaprueba manifiestamente lo que hemos hecho.

    § 82

    82. Mientras así sucedían las cosas, nos apartamos de ellos como de una asamblea de hombres traicioneros [
    ], pues hacían cuanto les placía, cuando no hay hombre en el mundo que no sepa que las actuaciones sin audiencia de la otra parte no pueden tener validez. Así lo dispone la ley divina; pues cuando el bienaventurado Apóstol padeció una conspiración semejante y fue llevado a juicio, reclamó diciendo: "Debían estar aquí delante de ti los judíos de Asia y acusarme, si algo tenían contra mí [
    ]". En aquella ocasión también Festo, cuando los judíos quisieron tenderle una trampa como la que ahora estos hombres me han tendido a mí, dijo: "No es costumbre de los romanos entregar a hombre alguno para que muera antes de que el acusado tenga a sus acusadores cara a cara y oportunidad de defenderse del delito que se le imputa [
    ]". Pero Eusebio y sus partidarios osaron pervertir la ley y han resultado aún más injustos que aquellos malhechores. Pues al principio no procedieron en secreto; pero, cuando a causa de nuestra presencia se vieron débiles, salieron en seguida, como los judíos, y deliberaron a solas sobre cómo podrían destruirnos e introducir su herejía, del mismo modo que aquellos otros pidieron a Barrabás. Con ese fin hicieron todas estas cosas, como ellos mismos han confesado.

    § 83

    83. Aunque estas circunstancias bastaban ampliamente para nuestra vindicación, con todo, a fin de que la perversidad de estos hombres y la fuerza de la verdad quedasen más plenamente al descubierto, no me ha parecido mal repetirlas de nuevo, para mostrar que han obrado contradiciéndose a sí mismos y que, como hombres que maquinan en las tinieblas, han arremetido contra sus propios amigos y, queriendo destruirnos, se han herido a sí mismos como insensatos. Pues, al investigar el asunto de los misterios, interrogaron a judíos y examinaron a catecúmenos: "¿Dónde estabais —les preguntaron— cuando Macario vino y volcó la mesa?". Respondieron: "Estábamos dentro"; sin embargo, no podía haber oblación si estaban presentes los catecúmenos. Además, aunque habían difundido por todas partes la noticia de que Macario había venido a derribarlo todo mientras el presbítero estaba de pie celebrando los misterios, cuando interrogaron a las personas que quisieron y les preguntaron: "¿Dónde estaba Isquiras cuando Macario irrumpió?", estas respondieron que yacía enfermo en una celda. Ahora bien, quien yacía no estaba de pie, ni quien yacía enfermo en su celda ofrecía la oblación. Asimismo, mientras que Isquiras dijo que Macario había quemado ciertos libros, aquellos a quienes habían sobornado para dar testimonio declararon que nada semejante había ocurrido y que Isquiras mentía. Y lo más notable es que, aunque también habían difundido por todas partes que nosotros habíamos ocultado a quienes podían testificar, esas personas comparecieron y ellos las interrogaron; y no se avergonzaron al ver demostrado por todos lados que eran calumniadores y obraban en este asunto clandestinamente y a su antojo. Pues indicaban mediante señas a los testigos lo que debían decir, mientras el prefecto los amenazaba y los soldados los pinchaban con sus espadas; pero el Señor reveló la verdad y mostró que eran calumniadores. Por ello ocultaron también las actas de sus actuaciones, que conservaron para sí, y ordenaron a quienes las habían escrito que las escondiesen y no las entregasen a nadie. Pero también en esto se vieron defraudados; pues quien las escribió fue Rufo, que ahora es verdugo público en la prefectura augustaliana y puede dar testimonio de la verdad de esto; y Eusebio y sus partidarios las enviaron a Roma por mano de sus propios amigos, y Julio, el obispo, me las remitió. Y ahora se enfurecen porque obtuvimos y leímos lo que ellos querían ocultar.

    § 84

    84. Así como eran sus maquinaciones, así mostraron muy pronto y con claridad los motivos de su conducta. Pues, al partir, llevaron consigo a los arrianos a Jerusalén y allí los admitieron a la comunión, después de publicar acerca de ellos una carta cuya primera parte y comienzo dicen así.
    El santo concilio reunido por la gracia de Dios en Jerusalén, a la Iglesia de Dios que está en Alejandría y a los obispos, presbíteros y diáconos de todo Egipto, la Tebaida, Libia, Pentápolis y el mundo entero, os desea salud en el Señor.
    Habiéndonos congregado desde diversas provincias en la gran asamblea que hemos celebrado para consagrar el Martirio del Salvador, destinado al servicio de Dios, Rey de todos, y de su Cristo por el celo de nuestro emperador Constantino, amadísimo de Dios, la gracia de Dios nos ha concedido un gozo aún más abundante en el corazón. Nuestro emperador, amadísimo de Dios, ha suscitado él mismo ese gozo con sus cartas, en las cuales nos exhorta a hacer lo recto, a desterrar toda envidia de la Iglesia de Dios y a alejar de nosotros toda malicia, por la que hasta ahora han sido desgarrados los miembros de Dios, y a recibir con ánimo sencillo y pacífico a Arrio y sus partidarios, a quienes la envidia, enemiga de todo bien, hizo excluir por algún tiempo de la Iglesia. Nuestro piadosísimo emperador ha dado también testimonio en su carta de la rectitud de la fe de ellos, que ha comprobado por boca de los propios interesados, al recibir personalmente su profesión de fe de viva voz; y ahora nos la ha dado a conocer adjuntando a sus propias cartas la declaración escrita de las opiniones ortodoxas de estos hombres.

    § 85

    85. Todo el que oiga estas cosas ha de comprender su perfidia. Pues no ocultaron lo que hacían, a menos que acaso confesasen la verdad sin quererlo. Porque, si yo era el impedimento para que Arrio y sus partidarios fueran admitidos en la Iglesia, y si fueron recibidos mientras yo padecía sus tramas, ¿qué otra conclusión puede sacarse sino que todo se hizo por ellos y que todas las actuaciones contra mí, así como la historia que inventaron sobre la rotura del cáliz y el asesinato de Arsenio, no tenían otro propósito que introducir la impiedad en la Iglesia y evitar que se los condenase como herejes? Pues esto era lo que el emperador había amenazado con hacer tiempo atrás en sus cartas dirigidas a mí. Y no se avergonzaron de escribir como lo hicieron ni de afirmar que profesaban opiniones ortodoxas aquellos a quienes el Concilio ecuménico entero había anatematizado. Y como se atrevían a decir y hacer cualquier cosa sin escrúpulos, tampoco temieron reunirse "en un rincón" para menoscabar, en cuanto les fuera posible, la autoridad de tan gran concilio.
    Además, el precio que pagaron por el falso testimonio pone aún más plenamente de manifiesto su perversidad y sus propósitos impíos. La Mareótide, como ya he dicho, es una comarca rural de Alejandría en la que nunca ha habido obispo ni corepíscopo; antes bien, las iglesias de toda la comarca están sujetas al obispo de Alejandría, y cada presbítero tiene a su cargo una de las aldeas mayores, que son unas diez o más. Ahora bien, la aldea donde vive Isquiras es muy pequeña y tiene tan pocos habitantes que nunca se ha edificado allí una iglesia, sino únicamente en la aldea vecina. No obstante, decidieron, contra la antigua costumbre, designar un obispo para aquel lugar; y no solo eso, sino nombrar a alguien que ni siquiera era presbítero. Conociendo, como conocían, lo insólito de semejante proceder, se sometieron incluso a ello, obligados por las promesas que le habían hecho a cambio de su falsa acusación contra mí, no fuese que aquel hombre desalmado, si ellos le pagaban con ingratitud, revelase la verdad y mostrase así la perversidad de Eusebio y sus partidarios. Pese a todo, no tiene iglesia ni pueblo que le obedezca, sino que todos lo rechazan como a un perro, aunque incluso han conseguido que el emperador escriba al recaudador general —pues todo está en sus manos— ordenando que se le construya una iglesia, para que, al poseerla, parezca verosímil su declaración acerca del cáliz y la mesa. También hicieron que fuese nombrado obispo de inmediato, porque, si carecía de iglesia y ni siquiera era presbítero, aparecería como falso acusador e inventor de todo el asunto. En cualquier caso, no tiene fieles, y ni aun sus propios parientes le obedecen; y, así como el título que conserva está vacío, tampoco surte efecto la siguiente carta que guarda y exhibe, dejando al descubierto con ella su propia extrema perversidad y la de Eusebio y sus partidarios.
    Carta del recaudador general.
    Flavio Hemerio desea salud al recaudador de impuestos de la Mareótide.
    Habiendo solicitado el presbítero Isquiras a la piedad de nuestros señores augustos y césares que se construyese una iglesia en la comarca de Irene, perteneciente a Secontarurus, su divinidad ha ordenado que así se haga cuanto antes. Cuida, pues, de que, tan pronto como recibas la copia del sagrado edicto, que con toda la debida veneración figura más arriba, y los informes levantados ante mi devoción, prepares rápidamente un extracto de ellos y los traslades al libro de órdenes, para que se dé cumplimiento al sagrado mandato.

    § 86

    86. Mientras ellos así conspiraban y maquinaban, subí y expuse al emperador la conducta injusta de Eusebio y sus partidarios, pues él había ordenado celebrar el concilio y su conde lo presidía. Al oír mi relato, se conmovió profundamente y les escribió lo siguiente.
    Constantino, Vencedor, Máximo, Augusto, a los obispos reunidos en Tiro.
    No sé qué decisiones habéis adoptado en vuestro concilio en medio del ruido y el tumulto; pero, de algún modo, parece que la verdad ha sido pervertida a causa de ciertas confusiones y desórdenes, pues vuestra mutua contienda, que estáis resueltos a hacer prevalecer, os ha impedido advertir lo que agrada a Dios. Sin embargo, corresponderá a la divina Providencia disipar los males que manifiestamente nacen de este espíritu de contienda y mostrarnos con claridad si, cuando estabais reunidos en aquel lugar, tuvisteis algún respeto por la verdad y si adoptasteis vuestras decisiones sin dejaros mover ni por el favor ni por la enemistad. Por ello quiero que todos comparezcáis cuanto antes ante mi piedad, para que deis personalmente cuenta fiel de vuestras actuaciones.
    La razón por la que he juzgado conveniente escribiros así y convocaros ante mí por carta la conoceréis por lo que voy a decir. Cuando en fecha reciente entraba yo en nuestra felicísima ciudad de Constantinopla, que lleva nuestro nombre —iba entonces a caballo—, de pronto el obispo Atanasio, acompañado de algunos otros, se me acercó en medio del camino de manera tan inesperada que me causó gran asombro. Dios, que conoce todas las cosas, me es testigo de que ni siquiera lo habría reconocido a primera vista si, al preguntar yo quién era, algunos de mis acompañantes no me hubiesen informado también de la injusticia que padecía. Sin embargo, en aquel momento no entablé conversación con él ni le concedí audiencia; antes bien, cuando pidió ser oído, me negaba a ello y estuve a punto de ordenar que lo apartasen. Pero él, con creciente firmeza, solicitó tan solo esta merced: que se os convocase a comparecer, para que pudiera quejarse ante mí, en vuestra presencia, de los malos tratos que había recibido. Como esto me pareció una petición razonable y apropiada a las circunstancias, ordené de buen grado que se os escribiera esta carta, a fin de que todos vosotros, los que constituisteis el concilio celebrado en Tiro, acudáis sin demora a la corte de mi clemencia y demostréis con hechos que dictasteis un juicio imparcial e incorrupto. Esto, digo, debéis hacerlo ante mí, a quien ni siquiera vosotros negaréis que es verdadero siervo de Dios.
    Pues, en verdad, por mi devoción a Dios se conserva la paz por doquier, y el Nombre de Dios es venerado incluso por los bárbaros, que hasta ahora ignoraban la verdad. Y es manifiesto que quien ignora la verdad tampoco conoce a Dios. No obstante, como he dicho antes, hasta los bárbaros han llegado ahora, por medio de mí, su verdadero siervo, al conocimiento de Dios, y han aprendido a temer a Aquel a quien, por los hechos mismos, reconocen como mi escudo y protector en todas partes. Y principalmente por esto han llegado a conocer a Dios, a quien temen por el temor que me tienen a mí. Pero nosotros, de quienes se espera que expongamos —pues no diré que custodiemos— los santos misterios de su Bondad, nosotros, digo, no nos ocupamos sino de cuanto conduce a la discordia y al odio y, en suma, de cuanto contribuye a la perdición de los hombres. Apresuraos, pues, como antes he dicho, y venid todos a mí cuanto antes, persuadidos de que procuraré con todas mis fuerzas enmendar lo que está mal, para que se conserven y queden firmemente asentadas en la ley de Dios aquellas cosas a las que no pueda atribuirse reproche ni deshonra; mientras que los enemigos de la ley, que so pretexto de su santo Nombre introducen múltiples y diversas blasfemias, serán dispersados, enteramente aplastados y destruidos por completo.

    § 87

    87. Cuando Eusebio y sus partidarios leyeron esta carta, conscientes de lo que habían hecho, impidieron que acudieran los demás obispos y fueron solamente ellos, a saber: Eusebio, Teognio, Patrófilo, el otro Eusebio, Ursacio y Valente. Y ya no dijeron nada del cáliz ni de Arsenio —pues no se atrevieron a hacerlo—, sino que inventaron otra acusación que concernía al propio emperador: declararon ante él que Atanasio había amenazado con impedir el envío del trigo que se remitía desde Alejandría a su ciudad. Estaban presentes y lo oyeron los obispos Adamancio, Anubión, Agatamón, Arbetión y Pedro. Así lo demostró también la ira del emperador: aunque había escrito la carta precedente y condenado la injusticia de aquellos, en cuanto oyó tal acusación se indignó de inmediato y, en vez de concederme audiencia, me desterró a Galia. Y esto pone aún más de manifiesto la maldad de aquellos; pues cuando Constantino el Joven, de feliz memoria, me hizo volver a mi patria, recordando lo que su padre había escrito, también él escribió lo siguiente.
    Constantino César, al pueblo de la Iglesia católica de la ciudad de Alejandría.
    Supongo que no se oculta a vuestras piadosas mentes que Atanasio, intérprete de la venerable Ley, fue enviado por un tiempo a Galia con el propósito de que, puesto que la ferocidad de sus enemigos, sanguinarios e implacables, lo perseguía hasta poner en peligro su sagrada vida, escapase así de sufrir alguna calamidad irremediable por las perversas maquinaciones de aquellos malvados. Por ello, para librarlo de tal peligro, fue arrebatado de las fauces de sus agresores y se le ordenó pasar algún tiempo bajo mi gobierno; y en esta ciudad, donde residió, se le proveyó abundantemente de todo lo necesario, aunque, en verdad, su celebrada virtud, confiada enteramente en la ayuda divina, tiene en nada los padecimientos de la adversidad. Ahora bien, puesto que era firme propósito de nuestro señor Constantino Augusto, mi padre, restituir a dicho obispo a su lugar y a vuestra amadísima y piadosa comunidad, pero le sobrevino el destino común a todos los hombres y partió a su descanso antes de poder cumplir su deseo, he juzgado conveniente llevar a efecto aquella intención del emperador de sagrada memoria, que he heredado de él. Cuando se presente ante vosotros, sabréis con cuánta reverencia ha sido tratado. En verdad, nada tiene de extraño cuanto he hecho por él, pues el pensamiento del anhelo que sentís por su regreso y la presencia de un hombre tan eminente conmovieron mi alma y me impulsaron a ello. Que la divina Providencia os guarde siempre, hermanos muy amados.
    Dado en Tréveris, el decimoquinto día antes de las calendas de julio.

    § 88

    88. Siendo esta la razón por la que fui enviado a Galia, ¿quién, pregunto de nuevo, no advierte claramente la intención del emperador y el ánimo homicida de Eusebio y sus partidarios, y que el emperador obró así para impedir que urdiesen algún plan más desesperado? Pues los escuchó con sencillez. Tales fueron las prácticas de Eusebio y sus partidarios, y tales sus maquinaciones contra mí. ¿Quién que haya sido testigo de ellas negará que nada se ha hecho en mi favor por parcialidad, sino que aquel gran número de obispos, tanto individual como colectivamente, escribieron en mi defensa como lo hicieron y condenaron con justicia, y conforme a la verdad, las falsedades de mis enemigos? ¿Quién que haya observado tales hechos negará que Valente y Ursacio tenían buenas razones para condenarse a sí mismos y escribir como escribieron, acusándose al arrepentirse y prefiriendo padecer vergüenza por breve tiempo antes que sufrir por los siglos de los siglos el castigo reservado a los falsos acusadores?

    § 89

    89. Por esta causa también mis bienaventurados compañeros en el ministerio, obrando con justicia y conforme a las leyes de la Iglesia, han soportado ahora toda clase de padecimientos y han preferido el destierro a ver revocada la sentencia de tantos obispos, mientras algunos afirmaban que mi causa era dudosa y procuraban obligarlos a anular el fallo dictado en mi favor. Ahora bien, si aquellos verdaderos obispos se hubieran opuesto solo de palabra a quienes conspiraban contra mí y querían deshacer todo lo hecho en mi favor, o si hubieran sido hombres de condición ordinaria y no obispos de ciudades ilustres y cabezas de grandes Iglesias, habría motivo para sospechar que también ellos habían obrado en este asunto por espíritu de contienda y por complacerme. Pero no solo procuraron convencer con razones, sino que también soportaron el destierro. Entre ellos se cuenta Liberio, obispo de Roma —pues, aunque no soportó hasta el fin los padecimientos del destierro, permaneció exiliado durante dos años, sabedor de la conspiración tramada contra nosotros—; y está asimismo el gran Osio, junto con los obispos de Italia y de Galia, y otros de Hispania, de Egipto y de Libia, y todos los de Pentápolis —pues, aunque durante algún tiempo, por temor a las amenazas de Constancio, pareció no resistirse a ellos, la gran violencia y el poder tiránico ejercidos por Constancio, así como los muchos ultrajes y azotes que se le infligieron, probaron que cedió ante ellos por un tiempo no porque abandonase mi causa, sino porque la debilidad de la vejez le impedía soportar los azotes—. Por tanto, digo, es de todo punto justo que todos, plenamente convencidos, odien y abominen la injusticia y la violencia que han empleado contra mí; sobre todo porque es bien sabido que no he padecido estas cosas por otra causa que la impiedad arriana.
    Comentario editorial · Osio y Liberio
    Osio de Córdoba (256–357, según Wikipedia en español) presidió Sárdica y en 355 fue desterrado a Sirmio por negarse a condenar a Atanasio; el propio § 89 reconoce que cedió «por un tiempo» bajo presión. Atanasio afirmó que en 357 llegó a aceptar una fórmula arriana, algo que la entrada de Wikipedia considera falso. Liberio fue obispo de Roma de 352 a 366; Constancio lo envió a Berea, en Tracia, y según Wikipedia es «muy dudoso» que firmara el Segundo Credo de Sirmio, mientras Atanasio sostiene que lo condenó tras recibir amenazas. En ambos casos las fuentes no coinciden.

    § 90

    90. Ahora bien, si alguien desea conocer mi causa y las falsedades de Eusebio y sus partidarios, lea lo que se ha escrito en mi defensa y escuche a los testigos, no a uno, ni a dos, ni a tres, sino a aquel gran número de obispos; y atienda asimismo al testimonio que de estos hechos dan Liberio, Osio y sus compañeros, quienes, al ver los ataques emprendidos contra nosotros, prefirieron soportar toda clase de padecimientos antes que abandonar la verdad y el juicio pronunciado en nuestro favor. Y obraron así con intención honorable y justa, pues lo que padecieron demuestra a qué extremos se había reducido a los demás obispos. Ellos son también memoriales y testimonios contra la herejía arriana y la maldad de los falsos acusadores, y ofrecen ejemplo y modelo a quienes vengan después para que defiendan la verdad hasta la muerte [Eclesiástico 4:28], abominen la herejía arriana, que combate contra Cristo y es precursora del Anticristo, y no crean a quienes intentan hablar contra mí. Pues la defensa presentada y la sentencia dictada por tantos obispos de elevada condición constituyen en nuestro favor un testimonio digno de fe y suficiente.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Cómo se sostiene la defensa

    La defensa descansa en tres clases de prueba, y cada una ocupa un tramo de la obra. La primera es el número y el rango de los jueces: según el § 1, la causa de Atanasio se examinó en Egipto (una asamblea de casi cien obispos), en Roma (más de cincuenta) y en el Concilio de Sárdica, y los capítulos 1 a 4 reúnen las cartas y disposiciones en su favor. La segunda es la retractación de sus acusadores: el § 1 recuerda que Ursacio y Valente cambiaron de parecer, y el § 88 los presenta condenándose a sí mismos. La tercera es el examen de cada acusación, con los documentos que Atanasio aduce contra ellas: los de los melecianos y los relativos al Concilio de Tiro (capítulos 5 y 6). El § 90 remite al lector a esos testimonios y a los de quienes, como Liberio y Osio, prefirieron el destierro.
    Límites. Es una defensa de parte: Atanasio presenta los documentos que escoge para sostener su causa, y para el otro lado de la disputa hay que acudir a otras fuentes. La edición de base no fija la fecha ni las circunstancias de composición, y esta edición tampoco las determina; no se han examinado la atribución a Atanasio ni la transmisión de cada documento. Para el contexto doctrinal véanse Sobre la encarnación del Verbo y Defensa de la definición nicena, de la misma colección.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra