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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 min§ 2. El mal no forma parte de la naturaleza esencial de las cosas
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 min§ 5. El mal consiste, pues, esencialmente en elegir lo inferior con preferencia a lo superior
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 min§ 8. Semejante es el origen de la idolatría
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 min§ 10. Semejante origen humano de los dioses griegos por decreto de Teseo. El proceso por el cual los mortales llegaron a ser divinizados
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 min§ 12. Otras acciones vergonzosas atribuidas a las divinidades paganas
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 min§ 15. Lo que las representaciones de los dioses hechas por poetas y artistas revelan acerca de ellos demuestra que carecen de vida y que no son dioses, ni siquiera hombres y mujeres decentes
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 7 min§ 17. Lo más probable es que los relatos escandalosos sean verdaderos, mientras que los atributos divinos que se les adjudican procedan de la adulación de los poetas
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 min§ 20. Pero ¿dónde reside esa supuesta virtud de la imagen? ¿En la materia, en la forma o en la destreza de quien la hace? Ninguna de estas opiniones puede sostenerse
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 min§ 23. La diversidad de los cultos idolátricos demuestra su falsedad
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 min§ 26. Según se admite, todas las corrupciones morales del paganismo tuvieron su origen en los dioses
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 min§ 28. Pero tampoco puede ser Dios el organismo cósmico
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minParte 2
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 min§ 33. El alma es inmortal
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minParte 3
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 min§ 37. Prosigue el mismo asunto
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 min§ 39. Imposibilidad de una pluralidad de dioses
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 min§ 41. La presencia del Verbo en la naturaleza es necesaria no solo para su creación originaria, sino también para su permanencia
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 min§ 44. Aplicación de las comparaciones al universo entero, visible e invisible
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 min§ 46. Doctrina de la Escritura acerca de la materia de la tercera parte
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 2 minLo que queda del argumento

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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Atanasio de Alejandría

    Contra los gentiles

    Texto base: Philip Schaff y Henry Wace (eds.), NPNF, 2.ª serie, vol. 4 (1892) · The Complete Works of St. Athanasius, libro 1

    Traducción: Traducción castellana directa del inglés de Schaff, no del griego · 3 partes, 47 capítulos

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    Lectura continua · ≈ 127 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se responde a quien se burla de la cruz de Cristo? Atanasio no empieza defendiéndola. Empieza por la idolatría: muestra que el culto a los ídolos y la adoración del universo son una desviación del conocimiento natural de Dios, y que el alma racional, si se mantiene pura, puede reconocer a su Hacedor por medio del Verbo. Sobre esa base se apoya la segunda mitad del díptico, Sobre la encarnación del Verbo, que explica por qué ese conocimiento no bastó.

    Ficha de la obra

    AutorAtanasio de Alejandría, según la edición de base; esta edición no examina la atribución
    TítuloContra los gentiles (en inglés, Against the Heathen; en latín, Contra gentes; en griego, Λόγος κατὰ Ἑλλήνων)
    FechaNo determinada ni por la edición de base ni por esta; el artículo de Sobre la encarnación del Verbo resume las hipótesis
    GéneroTratado apologético contra el paganismo, dirigido a un tal Macario
    ExtensiónTres partes y cuarenta y siete capítulos (§§ 1–47)
    TraducciónCastellana y directa, hecha del inglés de la edición de Philip Schaff; no del griego
    FuenteSerie NPNF de Philip Schaff, 2.ª serie, vol. 4 (1892), tal como la recoge The Complete Works of St. Athanasius, libro 1
    La edición abre con este resumen del conjunto, que no es de Atanasio:
    Introducción:— El propósito del libro es vindicar la doctrina cristiana, y especialmente la Cruz, frente a las objeciones burlonas de los gentiles. Los efectos de esta doctrina constituyen su principal vindicación.
    El recorrido es el de los títulos de la edición. La Parte 1 (§§ 1–29) sostiene que el mal no pertenece a la naturaleza, explica el origen y las formas de la idolatría y refuta tanto el culto a las imágenes como la adoración del universo. La Parte 2 (§§ 30–34) argumenta que el alma racional puede conocer a Dios por sí misma. La Parte 3 (§§ 35–47) sostiene que el orden del universo revela a Dios y, por él, al Verbo que lo gobierna, y concluye con la necesidad de volver al Verbo para que nuestra naturaleza corrompida sea restaurada. Para otras apologías antiguas contra el paganismo véanse el Protréptico, la Apología de Aristides y la Súplica de Atenágoras.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó la serie A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), dirigida por Philip Schaff. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con el griego, y verificar la atribución y la fecha de la obra, que aquí no se discuten.
    Philip Schaff (Chur, 1819 – Nueva York, 1893) fue un teólogo e historiador de la Iglesia nacido en Suiza y formado en Alemania, que pasó la mayor parte de su vida adulta en Estados Unidos. Enseñó en el seminario de Mercersburg y, desde 1870, en el Union Theological Seminary de Nueva York; escribió una History of the Christian Church y The Creeds of Christendom. Supervisó la NPNF y, para su segunda serie —catorce volúmenes publicados entre 1890 y 1900—, contó con Henry Wace como coeditor. El volumen 4, Athanasius: Select Works and Letters (1892), recoge una selección de obras y cartas de Atanasio y es el que contiene este tratado; New Advent atribuye la versión inglesa de esta obra a Archibald Robertson. El texto que aquí se traduce llegó en la edición The Complete Works of St. Athanasius (Kindle), cuyo libro 1 es este tratado. La Wikipedia en inglés la llama «obra compañera» de Sobre la encarnación del Verbo.
    Lo que viene de la edición. La división en tres partes, los sumarios de los capítulos (en el encabezado de cada «§» y, cuando son largos, en cursiva debajo) y la numeración de los cuarenta y siete capítulos proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Atanasio. La numeración 1, 2, 3… que aparece dentro de cada capítulo también es de la edición. Los bloques de texto contienen solo esa traducción; el comentario va aparte, en notas marcadas como del editor y plegadas por defecto.
    Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar y con la numeración con que llegan. Al posarse sobre una aparece el versículo en la Reina-Valera de 1909 (dominio público, con la ortografía actualizada), solo para comparar. Atanasio lee la Biblia griega, de modo que lo que cita puede diferir de una versión hecha desde el hebreo. Las referencias a Sabiduría no llevan versículo porque la Reina-Valera de 1909 no incluye ese libro.

    Parte 1

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 1
    1. El conocimiento de nuestra religión y de la verdad de las cosas se manifiesta por sí mismo, más que necesitar de maestros humanos; pues casi día tras día se confirma por los hechos y, mediante la doctrina de Cristo, resplandece más que el sol. 2. Con todo, ya que deseas oír hablar de ello, Macario, ven: expongamos, en la medida de nuestras fuerzas, algunos puntos de la fe de Cristo. Aunque puedes hallarlos en los oráculos divinos, deseas generosamente oírlos también de otros. 3. Pues, si bien las Escrituras sagradas e inspiradas bastan para declarar la verdad —y existen además otras obras de nuestros bienaventurados maestros, compuestas con este fin, en las cuales, si alguien da con ellas, adquirirá cierto conocimiento de la interpretación de las Escrituras y podrá aprender lo que desea saber—, como ahora no tenemos a mano los escritos de nuestros maestros, debemos comunicarte por escrito lo que aprendimos de ellos, a saber, la fe de Cristo Salvador; no sea que alguien tenga en poco la doctrina que enseñamos o juzgue irrazonable la fe en Cristo. Pues esto es lo que los gentiles denigran y escarnecen, y aquello por lo que se ríen de nosotros a grandes voces, insistiendo únicamente en el hecho de la Cruz de Cristo; y es precisamente aquí donde se ha de compadecer su falta de entendimiento, porque, al denigrar la Cruz de Cristo, no advierten que su poder ha llenado el mundo entero y que, por ella, los efectos del conocimiento de Dios se manifiestan a todos. 4. Pues no se habrían burlado de tal hecho si también ellos hubiesen atendido de veras a su naturaleza divina. Al contrario, habrían reconocido a este hombre como Salvador del mundo, y habrían reconocido que la Cruz no ha sido una calamidad, sino la cura de la creación. 5. Pues si, después de la Cruz, toda idolatría fue derribada, mientras que toda manifestación de los demonios es ahuyentada por esta señal de la Cruz, y solo Cristo es adorado y el Padre conocido por medio de Él; y si, mientras los contradictores quedan confundidos, Él gana cada día invisiblemente las almas de esos mismos contradictores, ¿cómo —cabría preguntarles con toda justicia— podemos aún tener esto por cosa humana, en vez de confesar que quien subió a la Cruz es el Logos de Dios y Salvador del mundo? Pero estos hombres me parecen tan desacertados como quien denigrase al sol cuando está cubierto de nubes y, sin embargo, se maravillase de su luz al ver que por él está iluminada toda la creación. 6. Pues, así como la luz es noble y el sol, causa principal de la luz, lo es todavía más, así también, siendo cosa divina que el mundo entero esté lleno de su conocimiento, se sigue que quien ordena y es causa principal de semejante obra es Dios, el Logos de Dios. 7. Hablamos, pues, según nuestras fuerzas, refutando primero la ignorancia de los incrédulos, para que, refutado lo falso, la verdad resplandezca por sí misma, y para que tú mismo, amigo, tengas la seguridad de haber creído en lo verdadero y de no haber sido engañado al llegar a conocer a Cristo. Además, juzgo conveniente hablarte de Cristo, pues amas a Cristo, y estoy seguro de que estimas la fe en Él y su conocimiento por encima de cualquier otra cosa.

    § 2. El mal no forma parte de la naturaleza esencial de las cosas

    La creación y constitución originarias del hombre en la gracia y en el conocimiento de Dios.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 2
    En el principio no existía la maldad. Ni siquiera ahora existe en quienes son santos, ni pertenece en modo alguno a su naturaleza. Pero los hombres comenzaron después a concebirla y elaborarla para su propio daño. De ahí que idearan también la invención de los ídolos, tratando lo que no existe como si existiese. 2. Pues Dios, Hacedor de todas las cosas y Rey de todas las cosas, cuyo ser trasciende toda sustancia y todo descubrimiento humano, por cuanto es bueno y sumamente noble, hizo, por medio de su propio Verbo, nuestro Salvador Jesucristo, al género humano a su propia imagen, y constituyó al hombre capaz de ver y conocer las realidades mediante esta semejanza consigo mismo, dándole asimismo noción y conocimiento aun de su propia eternidad, a fin de que, conservando intacta su naturaleza, jamás se apartase de su idea de Dios ni retrocediese ante la comunión con los santos; antes bien, poseyendo la gracia de quien se la dio y teniendo también, por el Verbo del Padre, el poder mismo de Dios, se regocijase y tuviese comunión con la Divinidad, viviendo sin daño la vida de la inmortalidad, verdaderamente bienaventurada. Pues, como nada impide su conocimiento de la Divinidad, contempla siempre, gracias a su pureza, a la Imagen del Padre, Dios el Logos, a cuya imagen él mismo fue hecho. Se llena de asombro al contemplar aquella Providencia que, por medio del Logos, se extiende al universo, elevándose por encima de las cosas sensibles y de toda apariencia corporal, y adhiriéndose, por la fuerza de su entendimiento, a las realidades divinas e inteligibles de los cielos. 3. Porque, cuando la mente de los hombres no tiene trato con los cuerpos ni se mezcla con ella desde fuera nada de sus apetitos, sino que permanece enteramente por encima de ellos, morando en sí misma como fue creada al principio, entonces trasciende las cosas sensibles y todas las cosas humanas y es elevada a lo alto; y, al ver al Logos, ve también en Él al Padre del Logos, se deleita en contemplarlo y se renueva por el deseo que siente de Él; 4. precisamente como se describe en las Sagradas Escrituras al primero de los hombres creados, llamado Adán en hebreo: al principio tenía la mente vuelta hacia Dios, en una libertad que la vergüenza no turbaba, y convivía con los santos en aquella contemplación de las cosas inteligibles de la que gozaba en el lugar donde se hallaba, lugar al que el santo Moisés llamó, en sentido figurado, Jardín. Así pues, la pureza del alma basta por sí sola para reflejar a Dios, como también dice el Señor: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.»

    § 3. La caída del hombre desde la condición antes descrita, por haberse absorbido en las cosas materiales

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 3
    Así pues, como hemos dicho, el Creador formó al género humano, y así quiso que permaneciese. Pero los hombres, teniendo en poco las cosas mejores y dejando de esforzarse por comprenderlas, comenzaron a buscar con preferencia las más próximas a ellos. 2. Y lo más próximo a ellos era el cuerpo con sus sentidos; por eso, apartando la mente de las cosas inteligibles, comenzaron a mirarse a sí mismos. Al hacerlo, aferrándose al cuerpo y a las demás cosas sensibles y como engañados por lo que tenían a su alrededor, cayeron en el deseo de sí mismos y prefirieron lo suyo a la contemplación de lo que pertenece a Dios. Instalados, pues, en estas cosas y no queriendo abandonar lo que tenían tan cerca, enredaron su alma en los placeres corporales, perturbada y enturbiada por toda clase de apetitos, mientras olvidaban por completo el poder que habían recibido de Dios en el principio. 3. La verdad de esto puede verse en el primer hombre creado, según lo que de él nos dicen las Sagradas Escrituras. Pues también él, mientras mantuvo la mente vuelta hacia Dios y hacia la contemplación de Dios, se apartó de la contemplación del cuerpo. Pero cuando, por consejo de la serpiente, se apartó de la consideración de Dios y comenzó a mirarse a sí mismo, entonces no solo cayeron en el deseo corporal, sino que supieron que estaban desnudos y, al saberlo, se avergonzaron. Y comprendieron que estaban desnudos no tanto de vestidos cuanto de la contemplación de las cosas divinas, de la que se habían despojado, y que habían vuelto su entendimiento hacia sus contrarios. Pues, apartados de la consideración de lo uno y verdadero, a saber, Dios, y del deseo de Él, se habían entregado desde entonces a diversos apetitos y a los propios de cada uno de los sentidos corporales. 4. Después, como suele suceder, habiendo concebido toda suerte de deseos, comenzaron a habituarse a ellos hasta el punto de temer incluso abandonarlos: de ahí que el alma quedara sujeta a la cobardía y a los temores, a los placeres y a los pensamientos de mortalidad. Pues, como no quiere abandonar sus apetitos, teme la muerte y la separación del cuerpo. Y, a su vez, al desear sin hallar satisfacción, aprendió a cometer homicidios e injusticias. Hemos de mostrar ahora, según nuestras fuerzas, cómo hace esto.

    § 4. El gradual envilecimiento del alma, que pasa de la verdad a la falsedad por el abuso de su libertad de elección

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 4
    Apartada de la contemplación de las cosas inteligibles, entregada plenamente a las diversas actividades del cuerpo y complacida en contemplarlo, el alma, al ver que el placer le parecía bueno, se extravió y abusó del nombre de bien, creyendo que el placer era la esencia misma del bien: como si un hombre fuera de juicio, que pidiese una espada para usarla contra cuantos encontrase, creyera que eso era cordura. 2. Mas, enamorada del placer, comenzó a procurárselo de diversos modos. Pues, siendo móvil por naturaleza, aunque se haya apartado de lo que es bueno, no pierde por ello su movilidad. Se mueve entonces, ya no conforme a la virtud ni para ver a Dios, sino que, imaginando cosas falsas, emplea de un modo nuevo su poder y abusa de él como medio para alcanzar los placeres que ha concebido, puesto que, al fin y al cabo, fue creada con dominio sobre sí misma. 3. Pues, así como puede inclinarse a lo bueno, puede también rechazarlo; pero, al rechazar el bien, naturalmente concibe lo que se le opone, porque no puede en modo alguno dejar de moverse, siendo, como antes dije, móvil por naturaleza. Y, conocedora del dominio que tiene sobre sí misma, ve que puede servirse de los miembros de su cuerpo en una u otra dirección, tanto hacia lo que es como hacia lo que no es. 4. Ahora bien, el bien es, mientras que el mal no es; por "lo que es" entiendo, pues, lo bueno, por cuanto tiene su modelo en Dios, que es. Y por "lo que no es" entiendo el mal, en cuanto consiste en una falsa imaginación de los pensamientos humanos. Pues, aunque el cuerpo tiene ojos para ver la creación y reconocer al Creador por la perfecta armonía de su estructura; oídos para escuchar los oráculos divinos y las leyes de Dios; y manos tanto para realizar las obras necesarias como para alzarlas a Dios en oración, el alma, apartándose de la contemplación del bien y dejando de moverse en su ámbito, se extravía y se mueve hacia sus contrarios. 5. Entonces, al advertir, como ya dije, su poder y abusar de él, comprende que también puede mover los miembros del cuerpo en sentido contrario: y así, en vez de contemplar la creación, vuelve los ojos hacia los apetitos, mostrando que posee también este poder; y piensa que, por el mero hecho de moverse, conserva su propia dignidad y no peca al hacer lo que le place, sin saber que fue creada no solo para moverse, sino para moverse en la dirección debida. Por eso nos asegura una sentencia apostólica: «Todas las cosas son lícitas, pero no todas convienen [
    ].»

    § 5. El mal consiste, pues, esencialmente en elegir lo inferior con preferencia a lo superior

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 5
    Pero la osadía de los hombres, atendiendo no a lo conveniente y decoroso, sino a lo que le era posible, comenzó a obrar en sentido contrario; y así, moviendo las manos en sentido contrario, los llevó a cometer homicidios, y desvió su oído hacia la desobediencia y sus demás miembros hacia el adulterio, en vez de hacia la procreación legítima; la lengua, en vez de hablar rectamente, hacia la calumnia, el insulto y el perjurio; las manos, asimismo, hacia el hurto y los golpes contra sus semejantes; el olfato, hacia toda suerte de olores lascivos; los pies, hacia la prontitud para derramar sangre, y el vientre, hacia la embriaguez y la glotonería insaciable. 2. Todas estas cosas son vicio y pecado del alma, y no tienen causa alguna fuera del rechazo de las cosas mejores. Pues, así como si un auriga, después de subir a su carro en el hipódromo, no prestase atención a la meta hacia la cual debe conducir, sino que, desentendiéndose de ella, guiase el caballo como pudiera, o, mejor dicho, como quisiera, y muchas veces arremetiese contra quienes encontrase y muchas otras se precipitase por pendientes, lanzándose adonde lo impulsara la velocidad del tiro, y creyese que, por correr así, no había errado la meta —pues solo atiende a la carrera y no ve que ha pasado muy lejos de ella—, así también el alma, apartándose del camino que lleva a Dios y arrastrando los miembros del cuerpo más allá de lo debido, o, antes bien, dejándose arrastrar ella misma con ellos por obra propia, peca y se causa daño, sin advertir que se ha extraviado del camino y desviado de la meta de la verdad. A esa meta miraba el hombre portador de Cristo, el bienaventurado Pablo, cuando dijo: «Prosigo hacia la meta, al premio del llamamiento celestial en Cristo Jesús [
    ]:» así, teniendo siempre el bien por meta, aquel santo varón jamás hizo lo malo.

    § 6. Opiniones falsas sobre la naturaleza del mal: que el mal pertenece a la naturaleza de las cosas y tiene existencia sustancial. a) Los pensadores paganos: el mal reside en la materia

    Su refutación. b) Los maestros heréticos: el dualismo. Refutación por la Escritura.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 6
    Ahora bien, algunos de los griegos, extraviados del camino recto y sin conocer a Cristo, han atribuido al mal una existencia sustancial e independiente. En ello cometen un doble error: o niegan que el Creador sea Hacedor de todas las cosas, si el mal tiene subsistencia y ser propios e independientes; o bien, si quieren decir que Él es Hacedor de todas las cosas, tendrán necesariamente que admitir que también es Hacedor del mal. Pues, según ellos, el mal se cuenta entre las cosas existentes. 2. Pero esto ha de parecer contradictorio e imposible. Pues el mal no procede del bien, ni está en el bien ni resulta de él, ya que, de ser así, el bien no sería bueno, por hallarse mezclado en su naturaleza con el mal o ser causa de él. 3. También los sectarios, que se han apartado de la enseñanza de la Iglesia y han naufragado en la fe [
    ], creen erróneamente que el mal tiene existencia sustancial. Mas imaginan arbitrariamente a otro dios además del verdadero, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y afirman que ese otro es el productor increado del mal y la cabeza de la maldad, y también el artífice de la creación. Pero a estos se los puede refutar fácilmente, no solo por las divinas Escrituras, sino también por el propio entendimiento humano, fuente misma de sus desatinadas imaginaciones. 4. Para empezar, nuestro Señor y Salvador Jesucristo dice en sus propios evangelios, confirmando las palabras de Moisés: «El Señor Dios es uno;» y: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra [
    ;
    ].» Mas, si Dios es uno y, al mismo tiempo, Señor del cielo y de la tierra, ¿cómo podría haber otro Dios además de Él? ¿O qué lugar quedará para el dios que ellos suponen, si el único Dios verdadero llena todas las cosas comprendidas en el cielo y en la tierra? ¿O cómo podría haber otro creador de aquello de lo cual, según las palabras del Salvador, es Señor el propio Dios y Padre de Cristo? 5. A menos, ciertamente, que dijeran que ambos se hallan, por así decirlo, en equilibrio, y que el dios malo es capaz de vencer al Dios bueno. Pero, si dicen esto, mira hasta qué extremo de impiedad descienden. Pues, cuando dos poderes son iguales, no se puede discernir cuál es superior y mejor. Porque, si cada uno existe aun contra la voluntad del otro, ambos son igualmente fuertes e igualmente débiles: fuertes por igual, porque la existencia de cada uno derrota la voluntad del otro; débiles, porque lo que sucede se opone a sus voluntades: pues, así como el Dios bueno existe a pesar del malo, el dios malo existe igualmente a pesar del bueno.

    § 7. Refutación del dualismo por la razón

    Imposibilidad de que haya dos dioses. La verdad acerca del mal es la que enseña la Iglesia: nace de la elección pervertida del alma entenebrecida y reside en ella.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 7
    Más particularmente, quedan expuestos a esta respuesta. Si las cosas visibles son obra del dios malo, ¿cuál es la obra del Dios bueno? Pues nada se ve sino la obra del Artífice. ¿O qué prueba hay siquiera de que exista el Dios bueno, si no hay obras suyas por las que pueda ser conocido? Pues por sus obras se conoce al artífice. 2. ¿Y cómo podrían existir dos principios contrarios entre sí? ¿O qué los separa para que existan aparte? Pues no pueden existir juntos, porque se destruyen mutuamente. Pero tampoco puede uno estar contenido en el otro, ya que sus naturalezas no se mezclan y son distintas. Por consiguiente, lo que los separe será evidentemente de una tercera naturaleza y será, a su vez, Dios. Mas ¿de qué naturaleza podría ser esa tercera cosa? ¿Buena o mala? Será imposible determinarlo, pues no puede tener la naturaleza de ambos. 3. Siendo, pues, manifiestamente insostenible esta invención suya, ha de quedar patente la verdad de la doctrina de la Iglesia: que el mal no ha estado desde el principio con Dios ni en Dios, ni tiene existencia sustancial alguna; sino que los hombres, faltos de la visión del bien, comenzaron a concebir e imaginar para sí lo que no existe, según su propio gusto. 4. Pues, si un hombre, mientras brilla el sol y toda la tierra está iluminada por su luz, cerrase con fuerza los ojos e imaginase tinieblas donde no las hay, y luego caminase errante como si estuviera a oscuras, tropezando a menudo y precipitándose por pendientes, creyendo que hay tinieblas y no luz —porque, aunque imagina que ve, no ve en absoluto—, así también el alma del hombre, al cerrar con fuerza los ojos con que puede ver a Dios, ha imaginado para sí el mal y, al moverse en él, no sabe que, creyendo hacer algo, no hace nada. Pues imagina lo que no existe y no permanece en su naturaleza originaria; antes bien, lo que ha llegado a ser es evidentemente fruto de su propio desorden. 5. Porque fue creada para ver a Dios y ser iluminada por Él; pero, por voluntad propia, en lugar de Dios ha buscado las cosas corruptibles y las tinieblas, como dice en cierto lugar el Espíritu en la Escritura: «Dios hizo recto al hombre, pero ellos buscaron muchas invenciones [
    ].» Así fue, pues, como los hombres, desde el principio, descubrieron, concibieron e imaginaron para sí el mal. Pero ya es hora de decir cómo descendieron hasta la locura de la idolatría, para que sepas que la invención de los ídolos se debe enteramente, no al bien, sino al mal. Y lo que tiene su origen en el mal nunca puede declararse bueno en ningún aspecto, pues es malo por entero.

    § 8. Semejante es el origen de la idolatría

    El alma, materializada por el olvido de Dios y absorbida en las cosas terrenas, las convierte en dioses. El género humano desciende a un abismo de engaño y superstición sin esperanza.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 8
    Ahora bien, el alma del género humano, no satisfecha con concebir el mal, comenzó poco a poco a aventurarse a cosas todavía peores. Pues, habiendo experimentado diversos placeres y estando rodeada por el olvido de las cosas divinas, complacida además en las pasiones del cuerpo y sin tener a la vista más que las cosas presentes y las opiniones acerca de ellas, dejó de pensar que existiese algo más allá de lo visible o que hubiese otro bien fuera de las cosas temporales y corporales. Así, apartándose y olvidando que había sido hecha a imagen del Dios bueno, ya no ve, mediante el poder que hay en ella, a Dios el Logos, a cuya semejanza fue creada, sino que, apartándose de sí misma, imagina y finge lo que no existe. 2. Pues, al ocultar bajo los enredos de los apetitos corporales el espejo que, por así decirlo, lleva en sí y por el cual únicamente podía ver a la Imagen del Padre, ya no ve lo que un alma debe contemplar, sino que es llevada de un lado a otro por todas las cosas y solo ve las que caen bajo los sentidos. De ahí que, cargada de todo deseo carnal y distraída por las impresiones de esas cosas, imagine que el Dios a quien su entendimiento ha olvidado se encuentra en las cosas corporales y sensibles, y dé el nombre de Dios a las cosas visibles, glorificando únicamente las que desea y agradan a sus ojos. 3. Por consiguiente, el mal es la causa que trae consigo la idolatría; pues los hombres, habiendo aprendido a concebir el mal, que en sí mismo no tiene realidad alguna, fingieron de igual manera para sí, como dioses, seres que no tenían existencia real. Así como si un hombre se hubiera sumergido en las profundidades y ya no viese la luz ni lo que por ella aparece, porque tiene los ojos vueltos hacia abajo y el agua está toda por encima de él, y, percibiendo solo las cosas del fondo, pensase que nada existe fuera de ellas y que cuanto ve son las únicas realidades verdaderas, así los hombres de antaño, perdida la razón y sumergidos en los apetitos y fantasías de las cosas carnales, y olvidados del conocimiento y la gloria de Dios, con el entendimiento embotado, o, más bien, entregados a la sinrazón, se hicieron dioses de las cosas visibles, glorificando a la criatura antes que al Creador [
    ], y divinizando las obras antes que al Señor, Dios, su Causa y Artífice. 4. Mas, así como, según la comparación anterior, los hombres que se sumergen en las profundidades, cuanto más descienden, tanto más penetran en lugares oscuros y hondos, así sucede con el género humano. Pues no se limitaron a una forma sencilla de idolatría ni permanecieron en aquella por la que habían comenzado; antes bien, cuanto más persistieron en su primera condición, más supersticiones nuevas inventaron. Y, no saciados de los primeros males, se llenaron de otros, avanzando más en la desvergüenza absoluta y superándose a sí mismos en impiedad. De ello da testimonio la divina Escritura cuando dice: «Cuando el impío llega al abismo de los males, los desprecia [
    ].»

    § 9. Las diversas formas que adopta la idolatría: culto a los astros, los elementos, los objetos naturales, las criaturas fabulosas, los apetitos personificados y los hombres vivos y muertos

    Los casos de Antínoo y de los emperadores divinizados.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 9
    Pues ya el entendimiento del género humano se había apartado de Dios; y, descendiendo cada vez más en sus ideas y fantasías, dieron el honor debido a Dios, primero, al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas, juzgándolos no solo dioses, sino también causas de otros dioses inferiores a ellos. Después, hundiéndose aún más en sus oscuras imaginaciones, llamaron dioses al éter superior, al aire y a cuanto hay en él. Luego, avanzando más en el mal, llegaron a celebrar como dioses los elementos y los principios de que se componen los cuerpos: el calor y el frío, la sequedad y la humedad. 2. Pero, así como los que han caído de bruces se arrastran por el fango como caracoles terrestres, los más impíos de los hombres, tras caer cada vez más bajo desde la idea de Dios, erigieron entonces en dioses a hombres y a figuras humanas, unos todavía vivos, otros incluso después de muertos. Es más: concibiendo e imaginando cosas todavía peores, acabaron por transferir el nombre divino y sobrenatural de Dios incluso a piedras y maderos, a animales que se arrastran por tierra y por agua y a fieras irracionales, tributándoles todo honor divino y apartándose del único Dios verdadero y real, el Padre de Cristo. 3. ¡Ojalá se hubiera detenido ahí la osadía de estos insensatos y no hubiesen avanzado aún más en su impía confusión! Pues algunos han caído a tal profundidad en su entendimiento y en tales tinieblas de la mente que incluso han concebido para sí y convertido en dioses cosas que no tienen existencia alguna ni lugar entre las cosas creadas. Pues, mezclando lo racional con lo irracional y combinando cosas de distinta naturaleza, adoran como dioses el resultado: así, entre los egipcios, los dioses con cabeza de perro, de serpiente o de asno, y entre los libios, Amón con cabeza de carnero. Otros, en cambio, separando las partes del cuerpo humano —cabeza, hombro, mano y pie—, han erigido cada una de ellas en dios y la han divinizado, como si a su religión no le bastase el cuerpo entero. 4. Otros, llevando la impiedad hasta su extremo, han divinizado el móvil de la invención de estas cosas y de su propia maldad, a saber, el placer y el apetito, y los adoran: tales son su Eros y la Afrodita de Pafos. Y algunos, como si rivalizaran con ellos en depravación, se han atrevido a elevar a la condición de dioses a sus gobernantes o incluso a los hijos de estos, ya por honrar a sus príncipes, ya por temor a su tiranía: así sucede con el Zeus cretense, tan renombrado entre ellos, y con el Hermes arcadio; y entre los indios, con Dioniso; entre los egipcios, con Isis, Osiris y Horus; y, en nuestro propio tiempo, con Antínoo, favorito de Adriano, emperador de los romanos. A este, aunque saben que era un simple hombre, y no un hombre respetable, sino, por el contrario, lleno de desenfreno, lo adoran por temor a quien lo ordenó. Pues Adriano, habiendo ido a morar en la tierra de Egipto, cuando murió Antínoo, ministro de sus placeres, mandó que se le rindiese culto. Ciertamente, él mismo seguía enamorado del joven aun después de su muerte; pero, con todo, puso así su propia condición al descubierto de modo convincente y dio una prueba contra toda idolatría: que esta no fue descubierta entre los hombres por otra causa que el apetito de quienes la imaginaron. Así lo atestigua de antemano la Sabiduría de Dios cuando dice: «La invención de los ídolos fue el principio de la fornicación [Sabiduría 14:12].» 5. Y no te maravilles ni juzgues difícil de creer lo que decimos, puesto que no hace mucho tiempo, si es que no sucede todavía, el Senado romano votaba conceder a los emperadores que los habían gobernado desde el principio, bien a todos ellos, bien a los que querían y elegían, un lugar entre los dioses, y decretaba que se les rindiese culto. Pues a aquellos a quienes tienen aversión los tratan como enemigos y los llaman hombres, reconociendo así su verdadera naturaleza; mientras que a los que gozan de su favor mandan adorarlos por su virtud, como si estuviera en su poder hacer dioses, aunque ellos mismos son hombres y no pretenden ser otra cosa que mortales. 6. Pero, si han de hacer dioses, deberían ser ellos mismos dioses; pues lo que hace ha de ser necesariamente superior a lo que es hecho, y quien juzga tiene por fuerza autoridad sobre el juzgado, mientras que quien da, al menos cuando da lo que posee, confiere un beneficio, así como, naturalmente, todo rey, al conceder por gracia lo que puede dar, es mayor y ocupa una posición más alta que quienes lo reciben. Si, pues, decretan que sean dioses cuantos les place, deberían ser dioses ellos mismos primero. Pero lo extraño es que ellos mismos, al morir como hombres, ponen al descubierto la falsedad de sus propios decretos acerca de aquellos a quienes divinizaron.
    Comentario editorial · Amón, el dios con cuernos de carnero
    El § 9 cita, entre los egipcios, dioses con cabeza de perro, de serpiente o de asno y, «entre los libios, Amón con cabeza de carnero». Según Wikipedia, Amón («El Oculto») fue un dios egipcio del cielo y de la creación, representado con la cabeza o los cuernos de un carnero; en el oasis de Siwa, en el desierto de Libia, quedó un oráculo suyo, y los griegos lo identificaron con Zeus (Zeus Amón).
    Para ampliar: Amón (Wikipedia (es)).

    § 10. Semejante origen humano de los dioses griegos por decreto de Teseo. El proceso por el cual los mortales llegaron a ser divinizados

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 10
    Pero esta costumbre no es nueva ni comenzó con el Senado romano; al contrario, existía ya desde antiguo y se practicaba antaño para la invención de los ídolos. Pues a los dioses famosos desde antiguo entre los griegos —Zeus, Poseidón, Apolo, Hefesto, Hermes y, entre las diosas, Hera, Deméter, Atenea y Artemisa— se les confirió el título de dioses por mandato de Teseo, según nos refiere la historia griega; y así, los hombres que promulgan tales decretos mueren como hombres y son llorados, mientras que aquellos en cuyo favor se promulgan son adorados como dioses. ¡Qué extremo de inconsecuencia y locura! Sabiendo quién promulgó el decreto, tributan mayor honor a quienes fueron objeto de él. 2. ¡Y ojalá su locura idolátrica se hubiese detenido en los varones y no hubieran extendido el título de divinidad a las mujeres! Pues también adoran y sirven con el honor debido a Dios a mujeres a quienes no juzgan prudente admitir en las deliberaciones sobre los asuntos públicos: tales son las designadas por Teseo, según hemos dicho, y, entre los egipcios, Isis, la Doncella y la Menor, y, entre otros pueblos, Afrodita. En cuanto a los nombres de las demás, ni siquiera me parece decoroso mencionarlos, tan llenos están de toda suerte de extravagancias. 3. Pues muchos, no solo en tiempos antiguos sino también en los nuestros, habiendo perdido a sus seres queridos —hermanos, parientes y esposas—, y muchas mujeres que habían perdido a sus maridos, todos los cuales habían demostrado por su naturaleza ser mortales, hicieron representaciones de ellos, idearon sacrificios y los consagraron. Mas las generaciones posteriores, movidas por la figura y el esplendor de la obra del artista, los adoraron como dioses, cayendo así en contradicción con la naturaleza. Pues, mientras sus padres los habían llorado, sin considerarlos dioses —porque, de haber sabido que lo eran, no los habrían lamentado como si hubiesen perecido; precisamente por eso los representaron en una imagen: porque no solo no los tenían por dioses, sino que ni siquiera creían que siguiesen existiendo, y para que la vista de su figura en la imagen los consolase por su desaparición—, el pueblo insensato, sin embargo, les reza como a dioses y les confiere el honor del Dios verdadero. 4. Así, por ejemplo, en Egipto se entona aún hoy el canto fúnebre por Osiris, Horus, Tifón y los demás. Y las calderas de Dodona y los coribantes de Creta demuestran que Zeus no es un dios, sino un hombre, y un hombre nacido de un padre que devoraba a sus hijos. Y, cosa extraña, incluso Platón, el sabio admirado entre los griegos, con toda su tan celebrada comprensión de Dios, baja con Sócrates al Pireo para adorar a Artemisa, invención del arte humano.
    Comentario editorial · Un argumento con nombre: el evemerismo
    El § 10 sostiene que los dioses famosos de los griegos eran hombres a quienes se dio el título de dioses por decreto. El argumento recuerda a lo que luego se llamó evemerismo, por Evémero de Mesene (siglo IV a. C.), que explicaba los mitos como historia deformada y como deificación de personajes reales. Según Wikipedia, los Padres de la Iglesia lo emplearon para desacreditar a los dioses paganos —Clemente de Alejandría, por ejemplo, decía que aquellos ante quienes se inclinaban sus lectores habían sido hombres—, aunque no aplicaron esa explicación a sus propias creencias.

    § 11. Las acciones de las divinidades paganas y, en particular, las de Zeus

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 11
    Mas acerca de estas y otras invenciones semejantes de la locura idolátrica nos instruyó la Escritura de antemano, hace ya mucho tiempo, cuando dijo: «La invención de los ídolos fue el principio de la fornicación, y su descubrimiento, la corrupción de la vida. Pues ni existieron desde el principio ni permanecerán para siempre. Por la vanagloria de los hombres entraron en el mundo, y por eso pronto llegarán a su fin. Un padre, afligido por un duelo prematuro, hizo una imagen de su hijo arrebatado antes de tiempo; honró como a un dios al que entonces era un hombre muerto, y transmitió a quienes estaban bajo su autoridad ritos y sacrificios. Así, con el paso del tiempo, una costumbre impía, fortalecida, llegó a guardarse como ley. Y por mandato de los reyes fueron adoradas las imágenes talladas. A quien los hombres no podían honrar en su presencia porque moraba lejos, le reprodujeron de lejos el semblante e hicieron una imagen fiel del rey a quien honraban, para que, con aquel celo, pudieran halagar al ausente como si estuviese presente. También la singular diligencia del artífice contribuyó a conducir al ignorante a una superstición mayor: pues aquel, deseando acaso agradar a uno revestido de autoridad, empleó toda su destreza para lograr la más bella semejanza; y así la multitud, atraída por la gracia de la obra, tuvo desde entonces por dios a quien poco antes solo honraba como hombre. Y esto fue ocasión de engaño para el mundo, pues los hombres, sometidos a la desgracia o a la tiranía, atribuyeron a piedras y maderos el Nombre incomunicable.» 2. Habiendo sido, pues, tal el comienzo y la concepción de la invención de los ídolos, según atestigua la Escritura, es hora de mostrarte su refutación mediante pruebas tomadas no tanto de fuera cuanto de las propias opiniones de estos hombres acerca de los ídolos. Pues, para comenzar por lo más elemental, si se examinasen las acciones de los que llaman dioses, se descubriría que no solo no eran dioses, sino que incluso se contaban entre los hombres más despreciables. ¡Qué espectáculo, en efecto, los amores y las acciones licenciosas de Zeus en los poetas! ¡Qué cosa oír que, por un lado, rapta a Ganimedes y comete adulterios furtivos y, por otro, se llena de pánico y temor ante la posibilidad de que, contra sus designios, sean destruidas las murallas de los troyanos! ¡Qué cosa verlo afligido por la muerte de su hijo Sarpedón y queriendo socorrerlo sin poder hacerlo; y, cuando los otros supuestos dioses —Atenea, Hera y Poseidón— conspiran contra él, recibir auxilio de Tetis, una mujer, y de Egeón, el de los cien brazos; verlo vencido por los placeres, esclavo de las mujeres y, por ellas, correr aventuras disfrazado de bestias, reptiles y aves; y verlo asimismo esconderse por las maquinaciones de su padre, o a Crono encadenado por él, o a él mismo mutilando a su padre! Pues bien, ¿conviene tener por dios a quien ha perpetrado tales hechos y está acusado de cosas que ni siquiera las leyes públicas de los romanos permiten hacer a quienes son meramente hombres?

    § 12. Otras acciones vergonzosas atribuidas a las divinidades paganas

    Todas prueban que no son sino hombres de tiempos pasados, y ni siquiera hombres buenos.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 12
    Pues, por citar solo unos pocos ejemplos entre muchos y evitar la prolijidad, ¿quién que viera su conducta ilícita y corrupta con Sémele, Leda, Alcmena, Artemisa, Leto, Maya, Europa, Dánae y Antíope, o que viera lo que se atrevió a hacer con su propia hermana, tomando a la misma mujer por esposa y por hermana, no lo despreciaría y lo juzgaría digno de muerte? Pues no solo cometió adulterio, sino que divinizó y elevó al cielo a los nacidos de sus adulterios, ideando la divinización para encubrir sus iniquidades: tales son Dioniso, Heracles, los Dioscuros, Hermes, Perseo y Soteira. 2. ¿Quién que vea a los supuestos dioses enzarzados en una discordia irreconciliable en Troya por causa de los griegos y los troyanos dejará de reconocer su debilidad, puesto que, por sus celos recíprocos, incitaron a la contienda incluso a los mortales? ¿Quién que vea a Ares y Afrodita heridos por Diomedes, o a Hera y a Aidoneo, venido de debajo de la tierra y a quien llaman dios, heridos por Heracles; a Dioniso, por Perseo; a Atenea, por Arcas; y a Hefesto precipitado desde lo alto y cojo, no reconocerá su verdadera naturaleza y, negándose a llamarlos dioses, tendrá por cierto, cuando oiga que son corruptibles y capaces de padecer, que no son sino hombres, y además hombres débiles, y admirará a quienes les infligieron las heridas antes que a los heridos? 3. ¿O quién que vea el adulterio de Ares con Afrodita, y a Hefesto preparando una trampa para ambos, y a los otros supuestos dioses llamados por Hefesto para presenciar el adulterio, y que acuden y contemplan su desenfreno, no se reirá y reconocerá su indignidad? ¿O quién no se reiría al contemplar la insensatez ebria y el mal comportamiento de Heracles con Ónfale? Pues sus actos de placer, sus amores desvergonzados y sus imágenes divinas de oro, plata, bronce, hierro, piedra y madera no necesitan que nos detengamos a refutarlos con argumentos, ya que los hechos son abominables por sí mismos y bastan, por sí solos, para probar el engaño; de modo que lo que principalmente se siente es compasión por quienes han sido engañados acerca de ellos. 4. Pues odian al adúltero que seduce a su propia esposa, pero no se avergüenzan de divinizar a los maestros del adulterio; se abstienen ellos mismos del incesto, pero adoran a quienes lo practican; y, aunque reconocen que corromper a los niños es un mal, sirven a quienes están acusados de ello y no se ruborizan al atribuir a los que llaman dioses cosas cuya existencia las leyes prohíben incluso entre los hombres.

    § 13. La necedad del culto a las imágenes y el deshonor que causa al arte

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 13
    Asimismo, al adorar cosas de madera y piedra, no advierten que, mientras pisotean y queman lo que en nada se distingue de ellas, llaman dioses a porciones de esos mismos materiales. Y aquello de lo que poco antes se servían, lo tallan y adoran en su necedad, sin ver ni considerar en absoluto que no adoran a dioses, sino al arte del escultor. 2. Pues, mientras la piedra no está labrada y la madera no ha sido trabajada, caminan sobre la una y se sirven a menudo de la otra para sus propios fines, incluso para los menos honrosos. Pero, cuando el artista les ha dado las proporciones de su arte y ha impreso en el material la figura de un hombre o de una mujer, entonces, después de dar las gracias al artista, proceden a adorarlas como dioses, tras comprárselas al escultor por un precio. A menudo, además, el hacedor de imágenes, como si olvidase la obra que él mismo ha realizado, reza a sus propias producciones y llama dioses a lo que momentos antes estaba desbastando y cincelando. 3. Pero sería mejor, si estas cosas han de admirarse, atribuir el mérito al arte del hábil artífice y no honrar las obras por encima de quien las hizo. Pues no ha sido el material el que ha adornado al arte, sino el arte el que ha adornado y divinizado al material. Mucho más justo sería, por tanto, que adorasen al artista antes que a sus obras, tanto porque aquel existía antes que los dioses producidos por el arte como porque estos han llegado a ser conforme a la forma que a él le plugo darles. Pero, en lugar de ello, dejando de lado la justicia y deshonrando la destreza y el arte, adoran sus productos; y, cuando muere el hombre que los hizo, honran sus obras como inmortales, aunque, si no recibiesen cuidados diarios, ciertamente acabarían por perecer con el tiempo. 4. ¿Y cómo no compadecerlos también por esto: que, pudiendo ver, adoran a quienes no pueden ver; pudiendo oír, rezan a quienes no pueden oír; y, habiendo nacido con vida y razón, siendo hombres, llaman dioses a cosas que no se mueven en absoluto y que ni siquiera tienen vida? Y, lo más extraño de todo, sirven como a señores a seres que ellos mismos mantienen bajo su propio poder. Ni imagines que esto es una mera afirmación mía o que los estoy calumniando; pues la prueba de todo ello está a la vista, y quien lo desee puede contemplar cosas semejantes.

    § 14. El culto a las imágenes, condenado por la Escritura

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 14
    Pero mejor testimonio de todo esto lo ofrece la Sagrada Escritura, que nos lo anuncia de antemano cuando dice: «Sus ídolos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen ojos y no ven; tienen boca y no hablan; tienen oídos y no oyen; tienen narices y no huelen; tienen manos y no palpan; tienen pies y no andan; no emiten voz con su garganta. Semejantes a ellos sean quienes los hacen.» Tampoco han escapado a la censura profética; pues allí se halla asimismo su refutación, cuando el Espíritu dice: «Serán avergonzados los que han formado un dios y tallado, todos ellos, lo que es vano; y cuantos los hicieron quedarán confusos. Que todos los sordos entre los hombres se reúnan y se levanten juntos, y sean confundidos y avergonzados a una. Porque el carpintero afiló el hierro, lo trabajó con la azuela, le dio forma con el barreno y lo erigió con la fuerza de su brazo; y padecerá hambre y desfallecerá, y no beberá agua. Pues el carpintero escogió madera, la midió con una regla, le dio forma con cola, la hizo a semejanza de un hombre y con la hermosura de un hombre, y la puso en su casa; madera que había cortado del bosque y que el Señor había plantado, y a la que la lluvia hizo crecer para que sirviese de combustible a los hombres, para que tomase de ella y se calentase, encendiese fuego y cociese pan sobre ella. Pero con lo que sobró hicieron dioses y los adoraron, después de haber quemado en el fuego la mitad. Y sobre aquella mitad asó carne, comió hasta saciarse, se calentó y dijo: "Me agrada, porque me he calentado y he visto el fuego". Pero adoró el resto, diciendo: "Líbrame, porque tú eres mi dios". No supieron ni entendieron, porque sus ojos se oscurecieron para que no viesen ni comprendiesen con el corazón; ni consideró él en su corazón ni entendió en su juicio que había quemado la mitad en el fuego, cocido pan sobre sus brasas, asado carne y comido, y que del resto había hecho una abominación que ellos adoran. Sabed que su corazón es polvo y que están engañados, y nadie puede librar su alma. Mira, ¿y no dirás: "Hay mentira en mi mano derecha"?» 2. ¿Cómo, pues, no han de ser juzgados impíos por todos aquellos a quienes incluso la Escritura divina acusa de impiedad? ¿O cómo pueden ser sino miserables quienes así quedan abiertamente convictos de adorar cosas muertas en lugar de la verdad? ¿Qué esperanza tienen? ¿Qué excusa podría aducirse en favor de quienes ponen su confianza en cosas carentes de sentidos y de movimiento, a las que veneran en lugar del Dios verdadero?

    § 15. Lo que las representaciones de los dioses hechas por poetas y artistas revelan acerca de ellos demuestra que carecen de vida y que no son dioses, ni siquiera hombres y mujeres decentes

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 15
    ¡Ojalá el artista modelara a los dioses incluso sin forma, para que no quedasen expuestos a una manifestación tan patente de su falta de sentidos! Pues acaso habrían podido persuadir a las gentes sencillas de que los ídolos poseen sentidos, si no fuera porque ostentan los órganos de estos —ojos, por ejemplo, narices, oídos, manos y boca— sin dar muestra alguna de percibir realmente ni de aprehender los objetos sensibles. Pero, en verdad, tienen estas cosas y no las tienen; están de pie y no lo están; están sentados y no lo están. Pues no ejercen realmente ninguna de estas facultades, sino que permanecen inmóviles tal como quiso quien los fabricó, sin ofrecer señal alguna de divinidad, y mostrándose evidentemente como meros objetos inanimados, puestos allí por el arte del hombre. 2. ¡Ojalá también los heraldos y profetas de estos falsos dioses —me refiero a los poetas y escritores— se hubiesen limitado a escribir que eran dioses, sin relatar además sus hechos, que ponen al descubierto su impiedad y su vida escandalosa! Pues con el solo nombre de divinidad habrían podido escamotear la verdad o, mejor dicho, extraviar de la verdad a la multitud de los hombres. Pero, tal como están las cosas, al narrar los amoríos y las inmoralidades de Zeus, las corrupciones de jóvenes cometidas por los demás dioses, los celos lascivos de las diosas, y sus temores, cobardías y otras maldades, ellos mismos demuestran que hablan no solo de quienes no son dioses, sino ni siquiera de personas respetables; por el contrario, cuentan historias de seres vergonzosos, muy alejados de cuanto es honroso.

    § 16. Argumentos paganos para disculpar lo anterior: (1) "Los poetas son responsables de esos relatos poco edificantes"

    Pero ¿están mejor acreditados los nombres y la existencia de los dioses? Ambas cosas se sostienen o caen juntas. O se defienden sus acciones o se renuncia a su divinidad. Y a los héroes no se les atribuyen actos contrarios a su naturaleza, como, según esta excusa, se hace con los dioses.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 16
    Pero quizá, respecto de todo esto, los impíos apelarán al estilo peculiar de los poetas, diciendo que es propio de estos fingir lo que no existe y contar historias inventadas para deleite de sus oyentes, y que por tal razón compusieron los relatos acerca de los dioses. Pero este pretexto suyo, más que ningún otro, se mostrará superficial a la luz de lo que ellos mismos piensan y profesan sobre estas cuestiones. 2. Porque, si cuanto dicen los poetas es ficticio y falso, también han de ser falsos los nombres de Zeus, Crono, Hera, Ares y los demás. Pues quizá, como dicen, incluso los nombres sean inventados y, aunque no existan seres como Zeus, Crono o Ares, los poetas finjan su existencia para engañar a sus oyentes. Pero si los poetas inventan la existencia de seres irreales, ¿cómo es que ellos los adoran como si existiesen? 3. O quizá dirán, una vez más, que, si bien los nombres no son inventados, sí les atribuyen acciones ficticias. Pero tampoco esta defensa ofrece mayor firmeza. Pues, si inventaron las acciones, sin duda inventaron también los nombres a los que atribuyeron tales acciones. Y si dicen la verdad acerca de los nombres, se sigue que también la dicen acerca de las acciones. En particular, quienes afirman en sus relatos que estos son dioses saben ciertamente cómo deben obrar los dioses, y jamás atribuirían a los dioses los pensamientos de los hombres, como tampoco se atribuirían al agua las propiedades del fuego; pues el fuego quema, mientras que la naturaleza del agua, por el contrario, es fría. 4. Si, pues, las acciones son dignas de dioses, quienes las realizan han de ser dioses; pero si son acciones de hombres, y de hombres deshonestos, como el adulterio y los actos antes mencionados, quienes así obran han de ser hombres y no dioses. Porque sus hechos deben corresponder a sus naturalezas, de modo que al autor se lo conozca por su acto y el acto pueda discernirse por la naturaleza de su autor. Así, como quien hablase del agua y del fuego y describiese sus acciones no diría que el agua quema y el fuego enfría, ni quien disertase sobre el sol y la tierra diría que la tierra da luz mientras que en el sol brotan hierbas y frutos —pues, de decirlo, sobrepasaría los límites extremos de la locura—, tampoco sus escritores, y en especial el más eminente de todos los poetas, si de veras supieran que Zeus y los demás son dioses, les atribuirían acciones que los muestran no como dioses, sino más bien como hombres, y hombres faltos de templanza. 5. O si, por ser poetas, dijeron falsedades y vosotros los calumniáis, ¿por qué no dijeron también falsedades acerca del valor de los héroes, fingiendo debilidad en lugar de valor y valor en lugar de debilidad? Pues, en tal caso, así como hicieron con Zeus y Hera, deberían haber acusado calumniosamente a Aquiles de cobardía y celebrado la fuerza de Tersites; deberían haber tachado de torpe a Odiseo y presentado a Néstor como temerario, y narrado acciones afeminadas de Diomedes y Héctor, y hechos varoniles de Hécuba. Porque la ficción y la falsedad que atribuyen a los poetas deberían extenderse a todos los casos. Pero, en realidad, conservaron la verdad al hablar de los hombres, mientras que no se avergonzaron de decir falsedades acerca de sus supuestos dioses. 6. Y como algunos podrían argüir que dicen falsedades acerca de sus acciones licenciosas, pero que en sus alabanzas, cuando hablan de Zeus como padre de los dioses, como el Altísimo, como el Olímpico y como quien reina en el cielo, no inventan, sino que dicen la verdad, esta es una alegación que no solo yo, sino cualquiera puede refutar. Pues la verdad se mostrará clara frente a ellos si recordamos nuestras pruebas anteriores. Porque, mientras sus acciones demuestran que son hombres, los panegíricos que les dedican exceden la naturaleza humana. Ambas cosas son, por tanto, incompatibles: ni es propio de los seres celestiales obrar de ese modo ni puede nadie suponer que quienes así obran sean dioses.

    § 17. Lo más probable es que los relatos escandalosos sean verdaderos, mientras que los atributos divinos que se les adjudican procedan de la adulación de los poetas

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 17
    ¿Qué conclusión nos queda, pues, sino que los panegíricos son falsos y aduladores, mientras que las acciones que de ellos se cuentan son verdaderas? Y cualquiera puede comprobarlo por la práctica común. Pues nadie que pronuncia un panegírico de alguien censura al mismo tiempo su conducta; antes bien, si las acciones de los hombres son vergonzosas, las encubre con alabanzas a causa del escándalo que provocan, para que la desmesura del elogio engañe a los oyentes y oculte la mala conducta de aquellos. 2. Del mismo modo que quien debe pronunciar un panegírico de alguien, si por el escándalo que pesa sobre sus acciones y cualidades personales no encuentra en ellas materia para hacerlo, lo alaba de otra manera, adulándolo con virtudes que no le pertenecen, así sus admirables poetas, avergonzados por las acciones escandalosas de sus supuestos dioses, les han atribuido un título sobrehumano. No saben que con sus fantasías sobrehumanas no pueden velar las acciones humanas de aquellos, sino que, por el contrario, sus faltas humanas mostrarán que los atributos de Dios no les convienen. 3. Y me inclino a pensar que han relatado las pasiones y las acciones de los dioses incluso contra su propia voluntad. Pues, como se empeñaban en investir con el nombre y el honor que la Escritura llama incomunicables, propios de Dios, a quienes no son dioses sino hombres mortales, y como tal empresa era grande e impía, por esta causa la verdad los obligó, aun contra su voluntad, a exponer las pasiones de esas personas, para que las pasiones consignadas en los escritos acerca de ellas quedasen ante toda la posteridad como prueba de que no eran dioses.

    § 18. Continúa la defensa pagana

    (2) "Se adora a los dioses por haber inventado las artes útiles para la vida". Pero este es un logro humano y natural, no divino. Y, según este principio, ¿por qué no se diviniza a todos los inventores?
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 18
    ¿Qué defensa, pues, qué prueba de que estos sean verdaderos dioses pueden ofrecer quienes profesan tal superstición? Porque, mediante lo dicho hace un momento, nuestro razonamiento ha demostrado que son hombres, y no hombres respetables. Pero quizá recurrirán a otro argumento y alegarán con orgullo las cosas útiles para la vida que aquellos descubrieron, diciendo que los tienen por dioses porque fueron de provecho para la humanidad. Pues se dice que Zeus poseía el arte de modelar, Poseidón el de pilotar, Hefesto el de la herrería, Atenea el de tejer, Apolo el de la música, Artemisa el de la caza, Hera el de confeccionar vestidos, Deméter el de la agricultura, y otros, otras artes, según refieren quienes nos informan acerca de ellos. 2. Pero los hombres no deberían atribuir estas artes y otras semejantes solo a los dioses, sino a la naturaleza común de la humanidad, pues mediante la observación de la naturaleza descubren los hombres las artes. Incluso el habla común llama al arte imitación de la naturaleza. Si, pues, aquellos fueron diestros en las artes que practicaban, no hay en ello motivo para tenerlos por dioses, sino más bien por hombres; porque las artes no fueron creación suya, sino que en ellas, como otros, imitaron la naturaleza. 3. Pues, dado que los hombres poseen por naturaleza capacidad de conocer, según la definición que de ellos se ha establecido, no hay nada sorprendente en que, por medio de la inteligencia humana y al contemplar por sí mismos su propia naturaleza hasta conocerla, hayan descubierto las artes. O si dicen que el descubrimiento de las artes da derecho a ser proclamados dioses, ya es hora de proclamar también dioses a los descubridores de las demás artes, por los mismos motivos por los que se consideró dignos de tal título a los primeros. Pues los fenicios inventaron las letras; Homero, la poesía épica; Zenón de Elea, la dialéctica; Córax de Siracusa, la retórica; Aristeo, la apicultura; Triptólemo, la siembra del grano; Licurgo de Esparta y Solón de Atenas, las leyes; mientras que Palamedes descubrió el orden de las letras, los números, las medidas y los pesos. Y otros transmitieron otras diversas cosas útiles para la vida de la humanidad, según el testimonio de nuestros historiadores. 4. Si, pues, las artes hacen dioses y por razón de ellas existen dioses tallados, se sigue, conforme a su propio argumento, que quienes en tiempos posteriores descubrieron las demás artes han de ser dioses. O si no consideran a estos dignos de honor divino, sino que reconocen que son hombres, lo consecuente sería no dar tampoco el nombre de dioses a Zeus, Hera y los demás, sino creer que también ellos fueron seres humanos, y tanto más cuanto que ni siquiera fueron respetables en su tiempo; tal como, por el hecho mismo de esculpir sus formas en estatuas, muestran que no son sino hombres.

    § 19. La inconsecuencia del culto a las imágenes

    Argumentos para disculparlo. (1) La naturaleza divina debe expresarse mediante una señal visible. (2) La imagen es un medio de comunicación sobrenatural con los hombres por mediación de los ángeles.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 19
    Pues ¿qué otra forma les dan al esculpirlos sino la de hombres y mujeres, y la de criaturas aún inferiores y de naturaleza irracional: toda clase de aves, animales mansos y fieras, y seres que se arrastran, cuantos producen la tierra, el mar y todo el ámbito de las aguas? Porque los hombres, caídos en la sinrazón de sus pasiones y placeres, e incapaces de ver nada más allá de los placeres y concupiscencias de la carne, mantuvieron su mente entre esas cosas irracionales, imaginaron que el principio divino se hallaba en ellas y tallaron multitud de dioses conforme a la variedad de sus pasiones. 2. Pues tienen imágenes de fieras, de seres que se arrastran y de aves, como dice el intérprete de la religión divina y verdadera: «Se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de una imagen de hombre corruptible, y de aves, cuadrúpedos y reptiles; por lo cual Dios los entregó a pasiones vergonzosas.» Porque, habiendo infectado antes su alma, como dije más arriba, con la irracionalidad de los placeres, descendieron después a fabricar dioses; y, una vez caídos, como abandonados desde entonces a su rechazo de Dios, se revuelcan en aquellos placeres y representan con formas irracionales a Dios, el Padre del Verbo. 3. En cuanto a esto, quienes entre los griegos pasan por filósofos y hombres de saber, aunque se ven forzados a admitir que sus dioses visibles tienen figuras y formas de hombres y de seres irracionales, dicen en su defensa que las tienen para que, por medio de ellas, la Divinidad pueda responderles y manifestarse; pues de otro modo no podrían conocer al Dios invisible, sino mediante tales estatuas y ritos. 4. Y quienes pretenden aducir razones todavía más profundas y filosóficas dicen que los ídolos se preparan y modelan para invocar y manifestar a los ángeles y potencias divinas, a fin de que, apareciéndose por estos medios, enseñen a los hombres el conocimiento de Dios; y que sirven de letras para los hombres, mediante las cuales pueden aprender a comprender a Dios por la manifestación de los ángeles divinos que se produce a través de ellas. Tal es, pues, su mitología —lejos de nosotros llamarla teología—. Pero si se examina con cuidado este argumento, se encontrará que la opinión de estas personas no es menos falsa que la de aquellas de las que antes hemos hablado.

    § 20. Pero ¿dónde reside esa supuesta virtud de la imagen? ¿En la materia, en la forma o en la destreza de quien la hace? Ninguna de estas opiniones puede sostenerse

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 20
    Pues podría respondérseles, llevando la cuestión ante el tribunal de la verdad: ¿cómo responde Dios o se da a conocer por medio de tales objetos? ¿Se debe a la materia de que constan, o a la forma que poseen? Porque, si se debe a la materia, ¿qué necesidad hay de darles forma, en vez de manifestarse Dios por toda materia sin excepción, aun antes de que se modelasen estas cosas? Y en vano han construido templos para encerrar en ellos una sola piedra, un leño o una pieza de oro, cuando el mundo entero está lleno de tales sustancias. 2. Pero si la forma añadida es causa de la manifestación divina, ¿qué necesidad hay de la materia, del oro y de lo demás, en vez de manifestarse Dios mediante los propios animales naturales cuyas figuras reproducen las imágenes? Pues, según el mismo principio, la opinión acerca de Dios sería más noble si Él se manifestase por medio de animales vivos, racionales o irracionales, en lugar de buscárselo en cosas carentes de vida o movimiento. 3. Y en esto cometen contra sí mismos la más patente impiedad. Porque, si bien abominan de los animales verdaderos —fieras, aves y reptiles— y se apartan de ellos, sea por su ferocidad o por su suciedad, tallan, sin embargo, sus formas en piedra, madera u oro y hacen de ellas dioses. Pero mejor les sería adorar a los propios seres vivos que adorar sus figuras de piedra. 4. Quizá, no obstante, no ocurra ninguna de las dos cosas, y ni la materia ni la forma sean causa de la presencia divina, sino que únicamente la destreza del arte atraiga a la Divinidad, por ser imitación de la naturaleza. Pero, si la Divinidad se comunica con quienes habitan en las imágenes por causa del arte, ¿qué necesidad hay, una vez más, de la materia, siendo así que el arte reside en los hombres? Pues, si Dios se manifiesta solo por causa del arte y por esta razón se adora a las imágenes como dioses, sería justo adorar y servir a los hombres que dominan el arte, puesto que también son racionales y poseen en sí mismos la destreza.

    § 21. La idea de una comunicación por mediación de los ángeles entraña una inconsecuencia aún más extravagante y, aunque fuese verdadera, no justificaría el culto a la imagen

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 21
    En cuanto a su segunda defensa, más profunda según dicen, podría añadirse con razón lo siguiente. Si vosotros, griegos, hacéis estas cosas no para que Dios mismo se manifieste, sino para que los ángeles estén presentes en ellas, ¿por qué situáis las imágenes con que invocáis a las potencias por encima de las potencias invocadas? Pues talláis las figuras, según decís, para llegar al conocimiento de Dios, pero conferís a las imágenes mismas el honor y el título de Dios, colocándoos así en una posición impía. 2. Porque, aunque confesáis que el poder de Dios trasciende la pequeñez de las imágenes y por ello no os atrevéis a invocar a Dios por medio de ellas, sino solo a las potencias inferiores, vosotros mismos pasáis por encima de estas últimas y habéis otorgado a leños y piedras el título de Aquel cuya presencia temíais; los llamáis dioses en lugar de llamarlos piedras y obras de manos humanas, y los adoráis. Pues, aun suponiendo que os sirvan, como falsamente decís, de letras para la contemplación de Dios, no es justo tributar a los signos mayor honor que a aquello que significan. Si un hombre escribiese el nombre del emperador, tampoco podría, sin peligro, honrar lo escrito más que al emperador; por el contrario, tal hombre se haría reo de muerte, mientras que la escritura no sería sino obra de la destreza del escriba. 3. Así también vosotros, si conservaseis íntegra vuestra facultad de razonar, no reduciríais a la materia tan grande revelación de la Divinidad; ni tampoco habríais dado a la imagen más honor que al hombre que la talló. Porque, si hay alguna verdad en la alegación de que, como letras, indican la manifestación de Dios y son por ello dignas de ser divinizadas en cuanto signos de Dios, con mucha mayor razón sería justo divinizar al artífice que las talló y grabó, por ser mucho más poderoso y divino que ellas, puesto que fueron cortadas y modeladas según su voluntad. Si, pues, las letras son dignas de admiración, mucho más admirable es quien las escribe, por su arte y por la destreza de su mente. Y si no conviene tenerlas por dioses por esta razón, es preciso interrogarlos de nuevo acerca de su locura respecto de los ídolos, exigiéndoles que justifiquen la forma que les dan.

    § 22. La imagen no puede representar la verdadera forma de Dios, pues, de lo contrario, Dios sería corruptible

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 22
    Porque, si la razón de que se les dé tal figura es que la Divinidad tiene forma humana, ¿por qué la revisten también de las formas de criaturas irracionales? Y si su forma es la de estas últimas, ¿por qué la encarnan asimismo en imágenes de criaturas racionales? O si es ambas cosas a la vez, y conciben a Dios como una combinación de las dos, es decir, con formas tanto racionales como irracionales, ¿por qué separan lo que está unido y distinguen las imágenes de las bestias de las de los hombres, en lugar de tallarlo siempre con rasgos de ambas clases, como las criaturas fingidas de los mitos: Escila, Caribdis, el hipocentauro y el Anubis de cabeza de perro de los egipcios? Pues deberían representarlos únicamente con esas dos naturalezas o, si tienen una sola forma, no representarlos falsamente también con la otra. 2. Y, además, si sus formas son masculinas, ¿por qué les dan asimismo figuras femeninas? Y si son femeninas, ¿por qué falsean también sus formas como si fueran varones? O si, una vez más, son mezcla de ambas, no deberían separarlas, sino combinarlas y seguir el modelo de los llamados hermafroditas, de modo que su superstición ofreciese a quienes los contemplan un espectáculo no solo de impiedad y calumnia, sino también de ridículo. 2. Y, en general, si conciben la Divinidad como corpórea, de suerte que le idean y representan vientre, manos, pies, cuello, pechos y los demás órganos que componen al hombre, ved hasta qué impiedad y falta de temor de Dios ha descendido su entendimiento para concebir así a la Divinidad. Porque de ello se sigue que también debe estar sujeta a todos los demás accidentes del cuerpo: a ser cortada y dividida, e incluso a perecer por completo. Pero estas cosas y otras semejantes no son propias de Dios, sino más bien de los cuerpos terrenales. 3. Porque, mientras Dios es incorpóreo, incorruptible e inmortal, y no necesita nada para fin alguno, las imágenes son corruptibles, tienen formas corporales y necesitan cuidados materiales, como dijimos antes. Pues a menudo vemos que se renuevan las imágenes envejecidas y se restauran aquellas que el tiempo, la lluvia o alguno de los animales de la tierra han deteriorado. A este respecto, es preciso condenar su necedad: proclaman dioses a cosas que ellos mismos fabrican; piden su salvación a objetos que ellos mismos adornan con sus artes para preservarlos de la corrupción; suplican que satisfagan sus necesidades unos seres que, como bien saben, necesitan de sus propios cuidados; y no se avergüenzan de llamar señores del cielo y de toda la tierra a criaturas a las que encierran en pequeñas cámaras.

    § 23. La diversidad de los cultos idolátricos demuestra su falsedad

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 23
    Pero no solo por estas consideraciones puede apreciarse su falta de temor de Dios, sino también por sus opiniones discordantes acerca de los propios ídolos. Pues, si son dioses conforme a sus afirmaciones y especulaciones, ¿a cuál de ellos debe uno prestar adhesión y a cuál juzgar superior, para poder adorar a Dios con confianza o, como ellos dicen, reconocer sin ambigüedad a la Divinidad por medio de ellos? Porque no son los mismos seres los que reciben el nombre de dioses entre todos; por el contrario, casi cada nación imagina un dios distinto. Y hay casos en que una sola región, o una sola ciudad, está dividida en su interior a propósito de la superstición de sus ídolos. 2. Los fenicios, por ejemplo, no conocen a los que entre los egipcios son llamados dioses, ni los egipcios adoran los mismos ídolos que los fenicios. Y mientras los escitas rechazan a los dioses de los persas, los persas rechazan a los de los sirios. También los pelasgos repudian a los dioses de Tracia, mientras que los tracios no conocen a los de Tebas. Los indios, por su parte, difieren de los árabes en sus ídolos; los árabes, de los etíopes; y los etíopes, de los árabes. Y los sirios no adoran los ídolos de los cilicios, mientras que el pueblo de Capadocia llama dioses a seres distintos de todos estos. Los bitinios, a su vez, han adoptado otros, y los armenios han imaginado otros más. ¿Y qué necesidad tengo de multiplicar los ejemplos? Los habitantes del continente adoran a dioses distintos de los isleños, y estos sirven a otros dioses que los de tierra firme. 3. En general, cada ciudad y cada aldea, ignorando los dioses de sus vecinas, prefiere los suyos y juzga que solo estos son dioses. Pues de las abominaciones de Egipto ni siquiera es necesario hablar, ya que están ante los ojos de todos: las ciudades tienen religiones opuestas e incompatibles, y los vecinos se empeñan siempre en adorar lo contrario de lo que adoran quienes viven junto a ellos; tanto es así que el cocodrilo, al que unos dirigen sus plegarias, es tenido por abominación entre sus vecinos, mientras que al león, adorado como dios por otros, sus vecinos, lejos de adorarlo, lo matan si lo encuentran, como a una fiera; y el pez consagrado por algunos sirve de alimento en otro lugar. Y así surgen contiendas y tumultos, frecuentes ocasiones de derramamiento de sangre y toda suerte de desenfrenos entre ellos. 4. Y, cosa extraña, según afirman los historiadores, los propios pelasgos, que aprendieron de los egipcios los nombres de los dioses, no conocen a los dioses de Egipto, sino que adoran a otros en su lugar. Y, hablando en general, todas las naciones extraviadas por los ídolos tienen opiniones y religiones diferentes, sin que se encuentre concordancia en un solo caso. Y esto no es sorprendente. 5. Pues, habiendo caído de la contemplación del único Dios, han descendido a objetos numerosos y diversos; y, habiéndose apartado del Verbo del Padre, Cristo Salvador de todos, tienen naturalmente el entendimiento errante en muchas direcciones. Y así como los hombres que se apartan del sol y entran en lugares oscuros vagan por muchos caminos sin sendero, no ven a quienes están presentes e imaginan presentes a quienes no lo están, y mirando no ven, así también quienes se han apartado de Dios y tienen el alma entenebrecida dejan errar su mente y, como hombres ebrios que no pueden ver, imaginan lo que no es verdadero.

    § 24. Los supuestos dioses de un lugar sirven de víctimas sacrificiales en otro

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 24
    Esto, pues, no es prueba pequeña de su verdadera impiedad. Porque, siendo muchos y diversos los dioses de cada ciudad y país, y destruyendo unos los dioses de otros, todos ellos acaban destruidos por todos. Pues los que algunos tienen por dioses son ofrecidos como sacrificios y libaciones a los supuestos dioses de otros; y, a la inversa, las víctimas de unos son los dioses de otros. Así, los egipcios veneran al buey y a Apis, que es un ternero, mientras que otros sacrifican estos animales a Zeus. Pues, aunque no sacrifiquen precisamente los animales que los demás han consagrado, al sacrificar otros de la misma especie parecen ofrecer lo mismo. Los libios tienen por dios a un carnero al que llaman Amón, y en otras naciones ese animal es inmolado como víctima a muchos dioses. 2. Los indios adoran a Dioniso, empleando ese nombre como símbolo del vino, mientras que otros derraman vino como ofrenda a los demás dioses. Unos rinden honores a ríos y fuentes, y los egipcios, sobre todo, tributan un honor especial a las aguas, llamándolas dioses. Y, sin embargo, otros, e incluso los egipcios que adoran las aguas, las emplean para lavar la suciedad ajena y la propia, y arrojan ignominiosamente el agua usada. Casi todo el conjunto de los ídolos egipcios se compone de seres que son víctimas sacrificiales para los dioses de otras naciones; por eso, hasta estas los desprecian por divinizar lo que no es dios, sino ofrendas propiciatorias y víctimas, tanto entre otros pueblos como entre ellos mismos.

    § 25. El sacrificio humano: su absurdo, su difusión y sus funestas consecuencias

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 25
    Pero algunos han llegado ya a tal extremo de irreligión y necedad que matan y ofrecen en sacrificio a sus falsos dioses incluso a hombres verdaderos, cuya figura y forma poseen esos dioses. Y no ven, desdichados, que las víctimas a las que dan muerte son los modelos de los dioses que fabrican y adoran, y a los cuales ofrecen a esos hombres. Pues ofrecen, por así decirlo, iguales a iguales o, más bien, lo superior a lo inferior: seres vivos a cosas muertas, y seres racionales a cosas inmóviles. 2. Porque los escitas llamados tauros ofrecen en sacrificio a la que llaman su Virgen a los supervivientes de los naufragios y a los griegos que apresan. Hasta tal punto llegan en su impiedad contra hombres de su misma especie, y de tal modo ponen al descubierto la ferocidad de sus dioses: a quienes la Providencia ha librado del peligro y del mar, ellos los matan, como si lucharan contra la Providencia, pues frustran su bondad con su propio carácter brutal. Otros, cuando regresan victoriosos de la guerra, dividen a los prisioneros en grupos de cien, toman a un hombre de cada grupo y sacrifican a Ares al hombre escogido entre cada centenar. 3. Y no son solo los escitas quienes cometen estas abominaciones por la ferocidad propia de ellos como bárbaros; al contrario, este hecho es fruto particular de la maldad vinculada a los ídolos y a los falsos dioses. Pues antiguamente los egipcios solían ofrecer víctimas de esta clase a Hera, y los fenicios y cretenses solían propiciar a Crono con sacrificios de niños. Incluso los antiguos romanos solían adorar con sacrificios humanos al llamado Júpiter Laciario. Unos lo hacían de un modo y otros de otro, pero todos sin excepción cometían y contraían aquella mancha: la contraían por el solo hecho de perpetrar los asesinatos, mientras que contaminaban sus propios templos al llenarlos con el humo de tales sacrificios. 4. De ahí brotaron numerosos males para la humanidad. Pues, al ver que esas cosas complacían a sus falsos dioses, comenzaron al punto a imitar a sus dioses con crímenes semejantes, pensando que era un mérito para ellos imitar a quienes consideraban seres superiores. Así se diezmó la humanidad con asesinatos de adultos y niños y con toda suerte de desenfrenos. Porque casi toda ciudad está llena de licencias de toda clase, fruto del carácter feroz de sus dioses; y en los templos de los ídolos no hay nadie de vida templada, salvo aquel de cuya licencia dan testimonio todos ellos.
    Comentario editorial · Sacrificios humanos: lo que dice Atanasio y lo que dicen los historiadores
    El § 25 enumera pueblos que habrían ofrecido hombres a sus dioses: los tauros a su «Virgen», fenicios y cretenses a Crono con niños y «los antiguos romanos» a Júpiter Laciario. Son acusaciones que la polémica cristiana repetía y que conviene leer caso por caso. Según Wikipedia, Heródoto cuenta que los tauros, que vivían en Crimea, sacrificaban a los náufragos y a los griegos capturados a una diosa virgen. De los fenicios y cartagineses hablan fuentes griegas y romanas (Plutarco, Tertuliano, Diodoro), pero Livio y Polibio no lo mencionan, y los historiadores discuten si las miles de urnas del tofet de Cartago prueban sacrificios o un cementerio de niños. De Roma, la misma fuente recoge enterramientos rituales de galos y griegos y una ley de 97 a. C. que prohibió los sacrificios humanos cuando ya eran muy raros. Lo que el texto dice de los cretenses y de Júpiter Laciario no se ha contrastado aquí.
    Mapa del Mediterráneo oriental y el mar Negro con Roma, Creta, Alejandría, Fenicia (Tiro), el oráculo de Amón en Siwa y la Táuride, en Crimea
    Los lugares y pueblos de los §§ 9 y 25. Ubicaciones aproximadas. · Elaboración propia para Eusebeia · costas de Natural Earth (dominio público)

    § 26. Según se admite, todas las corrupciones morales del paganismo tuvieron su origen en los dioses

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 26
    En tiempos antiguos, por ejemplo, las mujeres se sentaban en los templos de Fenicia y consagraban a los dioses de allí la paga obtenida con sus cuerpos, pensando que con la fornicación propiciaban a su diosa y conseguían su favor. Y los hombres, negando su naturaleza y no queriendo ya ser varones, adoptaban la apariencia de mujeres, creyendo que así complacían y honraban a la Madre de sus supuestos dioses. Pero todos conviven con los más viles y rivalizan entre sí con los peores; y, como dijo Pablo, el santo ministro de Cristo [
    ]: «Pues sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza; y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su concupiscencia unos con otros, cometiendo hombres con hombres actos indecorosos.» 2. Y al obrar de este modo y de otros semejantes, reconocen y prueban que la vida de sus supuestos dioses era de la misma clase. Pues de Zeus han aprendido la corrupción de los jóvenes y el adulterio; de Afrodita, la fornicación; de Rea, el desenfreno; de Ares, los asesinatos; y de los demás dioses, otras cosas semejantes, que las leyes castigan y de las que se aparta todo hombre templado. ¿Conviene, pues, seguir considerando dioses a quienes hacen tales cosas, en vez de juzgarlos, por el desenfreno de sus costumbres, más irracionales que las bestias? ¿Conviene tener por seres humanos a quienes los adoran, en vez de compadecerlos como a criaturas más irracionales que las bestias y más desprovistas de alma que las cosas inanimadas? Porque, si hubiesen atendido a la parte intelectual de su alma, no se habrían precipitado en tales cosas ni habrían negado al Dios verdadero, Padre de Cristo.
    Cómo la naturaleza da testimonio de Dios por la mutua dependencia de todas sus partes, que nos impide tener por Dios supremo a cualquiera de ellas. Demostración pormenorizada.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 27
    Pero quizá quienes han ido más allá de estas cosas y sienten reverencia ante la Creación, avergonzados por la revelación de tales abominaciones, se unirán a la condena de lo que todos censuran y refutan sin dificultad, aunque pensarán que ellos sostienen una opinión bien fundada e irrefutable: la adoración del universo y de sus partes. 2. Pues se gloriarán de adorar y servir no a meros leños y piedras, ni a figuras de hombres o de aves, reptiles y bestias irracionales, sino al sol y a la luna y a todo el universo celeste, y también a la tierra y a todo el ámbito de las aguas; y dirán que nadie puede demostrar que estas cosas, al menos, no sean de naturaleza divina, ya que a todos les resulta evidente que no carecen de vida ni de razón, sino que superan incluso la naturaleza humana, pues unas habitan los cielos y otras la tierra. 3. Merece la pena, por tanto, considerar y examinar también estos puntos, porque aquí asimismo hallará nuestro razonamiento que su demostración contra ellos se mantiene firme. Pero antes de examinarlos o de comenzar nuestra demostración, basta con que la Creación casi alce su voz contra ellos y señale a Dios como su Hacedor y Artífice, que reina sobre la Creación y sobre todas las cosas: el Padre mismo de nuestro Señor Jesucristo. De Él se apartan los que pretenden ser filósofos para adorar y divinizar la Creación que de Él procede, siendo así que esta misma adora y confiesa al Señor a quien ellos niegan por causa de ella. 4. Porque, si los hombres quedan de tal modo sobrecogidos ante las partes de la Creación que las tienen por dioses, bien podrían ser reprendidos por la dependencia mutua de esas partes; dependencia que, además, da a conocer y atestigua al Padre del Verbo, Señor y Hacedor también de ellas, por la ley inquebrantable de su obediencia a Él, como dice asimismo la ley divina: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» 5. Y la prueba de todo esto no es oscura, sino suficientemente clara, en conciencia, para aquellos cuyos ojos del entendimiento no están del todo incapacitados. Porque, si alguien considera por separado las partes de la Creación y examina cada una por sí misma —por ejemplo, el sol solo, la luna aparte, y asimismo la tierra y el aire, el calor y el frío, y la naturaleza de lo húmedo y lo seco, separándolos de su mutua unión—, encontrará sin duda que ninguna se basta a sí misma, sino que todas necesitan la ayuda unas de otras y subsisten por su auxilio recíproco. Pues el sol recorre su curso junto con todo el cielo y permanece contenido en él, sin poder jamás salir de su propia órbita, mientras que la luna y las demás estrellas dan testimonio de la ayuda que reciben del sol. Y la tierra, a su vez, evidentemente no da sus cosechas sin las lluvias, que tampoco descenderían sobre ella sin ayuda de las nubes; pero ni siquiera las nubes aparecerían jamás por sí mismas ni subsistirían sin el aire. Y el aire recibe calor del aire superior, pero es iluminado y hecho resplandecer por el sol, no por sí mismo. 6. Y los pozos y los ríos tampoco existirían jamás sin la tierra; pero la tierra no se sostiene sobre sí misma, sino que descansa sobre el ámbito de las aguas, que a su vez permanece en su lugar, firmemente sujeto en el centro del universo. Y el mar y el gran océano que fluye por fuera alrededor de toda la tierra son agitados y arrastrados por los vientos allí adonde los impele su fuerza. Y los vientos, a su vez, no se originan por sí mismos, sino que, según quienes han escrito sobre la materia, nacen en el aire por el calor ardiente y la elevada temperatura del aire superior en comparación con el inferior, y soplan por este último en todas direcciones. 7. Pues, en cuanto a los cuatro elementos de los que se compone la naturaleza de los cuerpos, esto es, el calor y el frío, lo húmedo y lo seco, ¿quién tiene tan extraviado el entendimiento que no sepa que estas cosas subsisten combinadas, pero que, si se separan y se toman aisladamente, tienden incluso a destruirse unas a otras, según prevalezca la fuerza del elemento más abundante? Porque el calor es destruido por el frío si este se halla presente en mayor cantidad; y, a su vez, el frío es vencido por la fuerza del calor; asimismo, lo seco es humedecido por lo húmedo, y esto último es secado por lo primero.
    Comentario editorial · El universo como dios
    A partir del § 27 el tratado deja la idolatría popular y critica lo que llama la forma más elevada de paganismo: adorar el universo y sus partes. Atanasio no nombra aquí a ninguna escuela; habla de «los que pretenden ser filósofos». Una posición así —un cosmos vivo y racional, con un dios inmanente a la naturaleza— es la que la física estoica desarrolló desde Zenón de Citio (hacia 300 a. C.): según Wikipedia, para los estoicos el universo es una sustancia razonadora (logos) a la que llaman Dios o Naturaleza. La comparación es una lectura de este editor, no una afirmación de Atanasio.

    § 28. Pero tampoco puede ser Dios el organismo cósmico

    Pues ello haría que Dios constase de partes desemejantes y lo sujetaría a una posible disolución.
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 28
    ¿Cómo pueden, pues, ser dioses estas cosas, si necesitan la ayuda unas de otras? ¿O cómo conviene pedirles algo, cuando también ellas se piden mutuamente ayuda para sí? Pues, si es verdad reconocida acerca de Dios que no necesita de nada, sino que se basta a sí mismo y en sí mismo tiene su plenitud, que en Él tienen su ser todas las cosas y que Él provee a todas, y no ellas a Él, ¿con qué razón se proclama dioses al sol, a la luna y a las demás partes de la creación, que no son de tal condición, sino que incluso necesitan la ayuda unas de otras? 2. Pero quizá nuestros adversarios admitirán que, consideradas por separado y cada una por sí, son dependientes, pues la prueba salta a la vista. Mas las reunirán a todas, como si constituyeran un solo cuerpo, y dirán que el conjunto es Dios. Pues, una vez reunido el conjunto, ya no necesitarán ayuda exterior, sino que el todo se bastará a sí mismo y será independiente en todos los aspectos; así, al menos, nos hablarán los pretendidos filósofos, solo para verse refutados una vez más. 3. Ahora bien, este razonamiento, no menos que los examinados anteriormente, pondrá de manifiesto su impiedad unida a una gran ignorancia. Pues, si la reunión de las partes forma el todo y el todo está compuesto de las partes, entonces el todo consta de partes y cada una de ellas es una porción del todo. Pero esto dista mucho de la idea de Dios. Porque Dios es un todo y no una suma de partes, ni consta de elementos diversos, sino que Él mismo es el Hacedor del orden del universo. Considerad, en efecto, qué impiedad profieren contra la Divinidad al decir tal cosa. Pues, si consta de partes, ciertamente se seguirá que no es semejante a sí mismo y que está compuesto de partes desemejantes. Porque, si es sol, no es luna; y, si es luna, no es tierra; y, si es tierra, no puede ser mar. Y así, examinando las partes una por una, se puede descubrir lo absurdo de esta teoría suya. 4. Pero basta para refutarlos la siguiente consideración, tomada de la observación de nuestro cuerpo. Así como el ojo no es el sentido del oído, ni este es una mano; ni el vientre es el pecho, ni tampoco el cuello es un pie, sino que cada uno de ellos tiene su propia función, y un solo cuerpo está compuesto de estas partes distintas —unidas para cumplir su cometido, pero destinadas a separarse con el tiempo, cuando la naturaleza que las reunió las separe conforme a la voluntad de Dios, que así lo dispuso—, así también (mas perdone el Altísimo este razonamiento), si reúnen las partes de la creación en un solo cuerpo y lo proclaman Dios, se sigue, primero, que no es semejante a sí mismo, como antes se ha mostrado; y segundo, que está destinado a dividirse de nuevo, conforme a la tendencia natural de las partes a separarse.

    § 29. El equilibrio de las fuerzas de la naturaleza muestra que esta no es Dios, ni en su conjunto ni en sus partes

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 29
    Y todavía de otro modo se puede refutar su impiedad a la luz de la verdad. Pues, si Dios es por naturaleza incorpóreo, invisible e intangible, ¿cómo se figuran que Dios sea un cuerpo y tributan honores divinos a cosas que vemos con nuestros ojos y tocamos con nuestras manos? 2. Y, asimismo, si es cierto cuanto se dice de Dios, a saber, que es omnipotente y que, mientras nada tiene poder sobre Él, Él tiene poder y señorío sobre todas las cosas, ¿cómo pueden quienes divinizan la creación dejar de ver que esta no responde a tal definición de Dios? Pues, cuando el sol se halla bajo la tierra, la sombra de esta oculta su luz, mientras que de día el sol oculta la luna con el resplandor de la suya. Y el granizo daña a menudo los frutos de la tierra, mientras que el fuego se apaga si sobreviene una crecida de las aguas. Y la primavera hace que el invierno se retire, mientras que el verano no consiente que la primavera rebase sus límites propios; y al verano, a su vez, el otoño le impide prolongarse más allá de su estación. 3. Si, pues, fueran dioses, no deberían vencerse ni oscurecerse unos a otros, sino coexistir siempre y desempeñar simultáneamente sus respectivas funciones. Tanto de noche como de día, el sol, la luna y el resto del coro de los astros deberían resplandecer juntos y por igual, y dar su luz a todos, para que todas las cosas quedasen iluminadas por ellos. La primavera, el verano, el otoño y el invierno deberían perdurar sin mudanza y a un mismo tiempo. El mar debería mezclarse con los manantiales y, juntamente con ellos, proporcionar al hombre su bebida. Las calmas y las ráfagas de viento deberían producirse a un mismo tiempo. El fuego y el agua deberían prestar juntos el mismo servicio al hombre. Pues nadie sufriría daño por su causa si, como dicen nuestros adversarios, son dioses que nada hacen para causar daño, sino todo para bien. 4. Pero, si ninguna de estas cosas es posible por su mutua incompatibilidad, ¿cómo podría todavía darse el nombre de dioses a estas cosas, que se repelen y se combaten entre sí y no pueden unirse, o rendírseles los honores debidos a Dios? ¿Cómo podrían cosas discordantes por naturaleza dar la paz a quienes se la piden y ser para ellos causa de concordia? No es, pues, verosímil que el sol o la luna, ni ninguna otra parte de la creación, y mucho menos las estatuas de piedra, oro u otra materia, o Zeus, Apolo y los demás, de quienes hablan las fábulas de los poetas, sean dioses verdaderos: así lo ha mostrado nuestro razonamiento. Pues de ellos unos son partes de la creación, otros carecen de vida y otros no fueron sino hombres mortales. Por tanto, rendirles culto y divinizarlos no pertenece a la religión, sino que introduce la negación de Dios y toda impiedad, y es señal de un gran alejamiento del conocimiento del único Dios verdadero, a saber, el Padre de Cristo. 5. Así pues, demostrado esto y puesto de manifiesto que la idolatría de los griegos está llena de toda impiedad y que su introducción no ha sido para bien de la vida humana, sino para su ruina, ea, según prometió nuestro razonamiento al principio, después de haber refutado el error, recorramos el camino de la verdad y contemplemos al Rector y Artífice del universo, el Verbo del Padre, para que por Él lleguemos a conocer al Padre y los griegos sepan cuánto se han apartado de la verdad.

    Parte 2

    § 30. El alma del hombre, por ser intelectual, puede conocer a Dios por sí misma, si permanece fiel a su propia naturaleza

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 30
    Se ha demostrado que las creencias de que veníamos hablando no son sino una guía falsa para la vida; el camino de la verdad, en cambio, tendrá por fin llegar al Dios real y verdadero. Mas, para conocerlo y comprenderlo con exactitud, no necesitamos de nadie sino de nosotros mismos. Pues, aunque Dios mismo está por encima de todas las cosas, el camino que conduce a Él no está lejos ni fuera de nosotros, sino en nosotros; y podemos hallarlo en nosotros mismos, ante todo, como también enseñó Moisés cuando dijo [
    ]: «La palabra» de la fe «está en tu corazón.» Esto mismo declaró y confirmó el Salvador cuando dijo: «El reino de Dios está dentro de vosotros.» 2. Pues, teniendo en nosotros la fe y el reino de Dios, pronto podremos ver y percibir al Rey del Universo, al Verbo salvífico del Padre. Y no pongan excusas los griegos que adoran ídolos, ni se engañe nadie más alegando que carece de tal camino y hallando así un pretexto para su impiedad. 3. Porque todos hemos puesto el pie en él y lo tenemos a nuestro alcance, aunque no todos quieran recorrerlo, sino que prefieran desviarse de él y extraviarse, atraídos desde fuera por los placeres de la vida. Y si alguien preguntase cuál es ese camino, digo que es el alma de cada uno de nosotros y la inteligencia que en ella reside. Pues solo por ella puede contemplarse y percibirse a Dios. 4. A no ser que los impíos, así como han negado a Dios, nieguen también que tienen alma; lo cual, ciertamente, es más verosímil que todo lo demás que dicen, pues no es propio de hombres dotados de intelecto negar a Dios, su Hacedor y Artífice. Es necesario, por tanto, mostrar brevemente, por causa de los sencillos, que cada ser humano tiene alma, y que esa alma es racional; tanto más cuanto que algunos sectarios niegan también esto, creyendo que el hombre no es más que la forma visible del cuerpo. Una vez demostrado este punto, hallarán en sí mismos una prueba más clara contra los ídolos.

    § 31. Prueba de la existencia del alma racional

    (1) Diferencia entre el hombre y los animales irracionales. (2) Capacidad del hombre para pensar en objetos exteriores a sí mismo. El pensamiento es a los sentidos lo que el músico a su instrumento. Los fenómenos de los sueños lo confirman
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 31
    En primer lugar, pues, la naturaleza racional del alma queda firmemente confirmada por su diferencia respecto de las criaturas irracionales. En efecto, por eso les da ese nombre el uso común: porque el género humano es racional. 2. En segundo lugar, no es prueba pequeña que solo el hombre piense en cosas exteriores a sí mismo, razone acerca de las que no están presentes, reflexione y escoja, mediante el juicio, el mejor entre diversos razonamientos. Pues los animales irracionales solo ven lo que tienen delante y se dejan llevar únicamente por lo que se presenta a sus ojos, aun cuando sus consecuencias les sean perjudiciales; el hombre, en cambio, no se deja llevar sin más por lo que ve, sino que juzga mediante el pensamiento aquello que contempla con los ojos. A menudo, por ejemplo, el razonamiento domina sus impulsos, y su razonamiento queda, a su vez, sometido a una reflexión ulterior. Y cualquiera que sea amigo de la verdad advierte que la inteligencia humana es distinta de los sentidos corporales. 3. Por ello, precisamente porque es distinta, actúa como juez de los sentidos y, mientras estos perciben sus objetos, la inteligencia distingue, recuerda y les muestra lo que es mejor. Pues al ojo solo le corresponde ver; a los oídos, oír; a la boca, gustar; a las narices, percibir los olores; y a las manos, tocar. Pero qué se debe ver y oír, qué se debe tocar, gustar y oler, es cuestión que excede los sentidos y pertenece al alma y a la inteligencia que en ella reside. La mano, en efecto, puede asir el filo de una espada, y la boca, gustar un veneno; pero ni una ni otra saben que tales cosas son nocivas, si el intelecto no lo determina. 4. Y el caso, si lo consideramos con ayuda de una comparación, se asemeja al de una lira bien construida en manos de un músico diestro. Pues, aunque cada cuerda de la lira tiene su nota propia, aguda, grave o intermedia, más o menos penetrante, no es posible distinguir la escala ni reconocer el compás sin el músico. Solo cuando quien sostiene la lira pulsa las cuerdas y toca cada una con la debida entonación se manifiesta la escala y se guarda el compás. De igual manera, estando los sentidos dispuestos en el cuerpo como una lira, cuando la inteligencia diestra los gobierna, entonces también el alma distingue y sabe qué hace y cómo obra. 5. Pero esto es privativo del género humano, y esto es lo racional en el alma del hombre, por lo cual se diferencia de los animales irracionales y muestra que es verdaderamente distinta de cuanto puede verse en el cuerpo. A menudo, por ejemplo, mientras el cuerpo yace sobre la tierra, el hombre imagina y contempla lo que hay en los cielos. A menudo, mientras el cuerpo está quieto, en reposo y dormido, el hombre se mueve interiormente y contempla lo que está fuera de sí: viaja a otros países, pasea, se encuentra con sus conocidos y, muchas veces, por estos medios adivina y prevé los sucesos del día. Mas ¿a qué puede deberse esto sino al alma racional, en la cual el hombre piensa y percibe cosas que están más allá de sí mismo?

    § 32. (3) El cuerpo no puede dar origen a tales fenómenos; de hecho, la acción del alma racional se manifiesta cuando domina los impulsos de los órganos corporales

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 32
    Añadamos aún otro punto para completar nuestra demostración en beneficio de quienes, sin vergüenza, se refugian en negar la razón. ¿Cómo es que, siendo el cuerpo mortal por naturaleza, el hombre razona acerca de las cosas inmortales y, a menudo, cuando la virtud lo exige, busca la muerte? O ¿cómo es que, durando el cuerpo solo un tiempo, el hombre concibe las cosas eternas, hasta el punto de despreciar lo que tiene ante sí y desear lo que está más allá? El cuerpo no podría tener espontáneamente tales pensamientos acerca de sí mismo, ni pensar en lo que le es exterior. Pues es mortal y dura solo un tiempo. De ahí se sigue que aquello que piensa en lo opuesto al cuerpo y contrario a su naturaleza debe ser de otra índole. ¿Y qué puede ser esto sino un alma racional e inmortal? Pues ella hace resonar las cosas superiores, no fuera del cuerpo, sino dentro de él, como hace el músico en su lira. 2. Y, de nuevo, si el ojo está dispuesto por naturaleza para ver y el oído para oír, ¿cómo se apartan de unos objetos y eligen otros? Pues ¿quién aparta al ojo de la visión? O ¿quién impide al oído ejercer su función natural de oír? O ¿quién refrena a menudo el paladar, cuya naturaleza es gustar las cosas, en su impulso natural? O ¿quién detiene la mano en su actividad natural de tocar algo, o aparta el olfato de su ejercicio ordinario? ¿Quién es el que así obra contra los impulsos naturales del cuerpo? O ¿cómo es que el cuerpo, desviado de su curso natural, atiende a los consejos de otro y consiente en dejarse guiar a una señal suya? Pues todo esto prueba sencillamente que el alma racional gobierna el cuerpo. 3. Porque el cuerpo ni siquiera está constituido para dirigirse a sí mismo, sino que es llevado por la voluntad de otro, así como el caballo no se pone a sí mismo el yugo, sino que lo guía su amo. Por eso hay leyes para que los seres humanos practiquen el bien y se abstengan de obrar el mal, mientras que para los animales irracionales el mal permanece impensado e indiscernible, pues están fuera de la racionalidad y del entendimiento. Pienso, por tanto, que cuanto hemos dicho demuestra la existencia de un alma racional en el hombre.

    § 33. El alma es inmortal

    Se demuestra (1) porque es distinta del cuerpo, (2) porque es fuente de movimiento y (3) porque puede ir más allá del cuerpo mediante la imaginación y el pensamiento
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 33
    Pero que el alma haya sido hecha inmortal es otro punto de la enseñanza de la Iglesia que debes conocer, para mostrar cómo han de ser derribados los ídolos. Llegaremos, sin embargo, más directamente a conocerlo a partir de lo que sabemos del cuerpo y de la diferencia entre el cuerpo y el alma. Pues, si nuestro razonamiento ha demostrado que el alma es distinta del cuerpo, y el cuerpo es mortal por naturaleza, se sigue que el alma es inmortal, porque no es como el cuerpo. 2. Y, asimismo, si, como hemos mostrado, el alma mueve el cuerpo y no es movida por otras cosas, se sigue que el movimiento del alma nace de ella misma y que ese movimiento continúa después de que el cuerpo es depositado en la tierra. Si el alma fuese movida por el cuerpo, se seguiría que, al separarse de aquello que la mueve, moriría. Pero, si el alma mueve también el cuerpo, con mayor razón se sigue que se mueve a sí misma. Y, si se mueve a sí misma, se sigue que sobrevive al cuerpo. 3. Pues el movimiento del alma es lo mismo que su vida, así como, ciertamente, llamamos vivo al cuerpo cuando se mueve y decimos que muere cuando deja de moverse. Pero esto puede quedar esclarecido de una vez por todas mediante la acción del alma en el cuerpo. Pues, si aun estando unida y vinculada al cuerpo no queda encerrada en él ni limitada por sus pequeñas dimensiones, sino que a menudo, mientras el cuerpo yace en el lecho, inmóvil y sumido en un sueño semejante a la muerte, el alma permanece despierta en virtud de su propio poder y trasciende las facultades naturales del cuerpo y, como si viajara lejos de él sin dejar de permanecer en él, imagina y contempla las cosas que están por encima de la tierra y muchas veces incluso conversa con los santos y los ángeles, que están por encima de la existencia terrenal y corporal, y se acerca a ellos confiada en la pureza de su inteligencia; ¿no tendrá con mayor razón, cuando sea separada del cuerpo en el tiempo señalado por Dios, que los unió, un conocimiento más claro de su inmortalidad? Pues, si aun vinculada al cuerpo llevaba una vida fuera de él, mucho más continuará viviendo después de la muerte del cuerpo y vivirá sin cesar por obra de Dios, que así la hizo por medio de su propio Verbo, nuestro Señor Jesucristo. 4. Por esta razón el alma piensa en las cosas inmortales y eternas y las guarda en su memoria: porque ella misma es inmortal. Y así como, siendo mortal el cuerpo, sus sentidos tienen también por objeto cosas mortales, así, puesto que el alma contempla y ve las cosas inmortales, se sigue que es inmortal y vive para siempre. Pues las ideas y pensamientos acerca de la inmortalidad nunca abandonan el alma, sino que permanecen en ella y son, por así decirlo, el combustible que asegura su inmortalidad. Por eso el alma tiene la capacidad de contemplar a Dios y es su propio camino hacia Él, pues recibe, no de fuera, sino de sí misma, el conocimiento y la percepción del Logos de Dios.

    § 34. El alma, pues, con tal de que se libre de las manchas del pecado, puede conocer directamente a Dios, ya que su propia naturaleza racional refleja al Logos de Dios, a cuya imagen fue creada

    Pero, aun si no puede atravesar la nube que el pecado extiende sobre su visión, tiene ante sí el testimonio que la creación da de Dios
    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 34
    Repetimos, pues, lo que antes dijimos: así como los hombres negaron a Dios y adoraron cosas sin alma, así también, al pensar que no tienen un alma racional, reciben de inmediato el castigo de su necedad, a saber, ser contados entre las criaturas irracionales; y así, puesto que, como si careciesen de alma propia, adoran supersticiosamente a dioses sin alma, son dignos de compasión y de guía. 2. Pero, si afirman tener alma y se enorgullecen de poseer la facultad racional, y con razón, ¿por qué se atreven, como si no tuvieran alma, a ir contra la razón y a pensar no como deben, sino a colocarse incluso por encima de la Divinidad? Pues, teniendo un alma inmortal e invisible para ellos, hacen una semejanza de Dios con cosas visibles y mortales. O ¿por qué, del mismo modo que se apartaron de Dios, no vuelven a Él? Pues así como apartaron de Dios su entendimiento e imaginaron como dioses cosas que no existían, pueden igualmente elevarse con la inteligencia de su alma y volver de nuevo a Dios. 3. Y pueden volver si se despojan de toda la inmundicia de la concupiscencia de que se han revestido y la lavan sin cesar, hasta librarse de toda la materia extraña que ha afectado a su alma y poder mostrarla en la sencillez con que fue hecha, para que por ella sean capaces de contemplar al Verbo del Padre, a cuya semejanza fueron hechos en el principio. Pues el alma fue hecha a imagen y semejanza de Dios, como muestra también la Escritura divina cuando dice en nombre de Dios [
    ]: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.» Por eso también, cuando se libra de toda la inmundicia del pecado que la cubre y conserva únicamente la semejanza de la Imagen en su pureza, entonces, al resplandecer plenamente esta, el alma contempla como en un espejo la Imagen del Padre, esto es, al Logos, y por medio de Él alcanza el conocimiento del Padre, cuya Imagen es el Salvador. 4. O bien, si la enseñanza que el alma halla en sí misma no basta, a causa de las cosas exteriores que nublan su inteligencia y le impiden ver lo que está más alto, aún es posible alcanzar el conocimiento de Dios a partir de las cosas visibles, pues la creación, como si fuese una escritura, proclama en alta voz, mediante su orden y armonía, a su propio Señor y Creador.

    Parte 3

    § 35. La creación, revelación de Dios; especialmente por el orden y la armonía que impregnan el conjunto

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 35
    Pues Dios, que es bueno y ama a los hombres, y cuida de las almas que Él ha hecho —ya que por naturaleza es invisible e incomprensible, y su ser trasciende toda existencia creada, por lo cual el género humano podía fácilmente extraviarse del camino que lleva a conocerlo, puesto que los hombres fueron hechos de la nada, mientras que Él no fue hecho—, por esta causa dio Dios al universo, por medio de su propio Verbo, el orden que posee, a fin de que los hombres, aunque Él sea invisible por naturaleza, pudiesen al menos conocerlo por sus obras. Pues a menudo se conoce al artífice por sus obras, aun cuando no se lo vea. 2. Y así como se cuenta de Fidias, el escultor, que sus obras de arte, por su simetría y la proporción de sus partes, revelan a Fidias a quienes las contemplan, aunque él no esté presente, así también, por el orden del universo, debe percibirse a Dios, su Hacedor y Artífice, aunque no se lo vea con los ojos del cuerpo. Porque Dios no se amparó en su naturaleza invisible —que nadie alegue esto como excusa— para quedar enteramente desconocido de los hombres; antes bien, como dije más arriba, ordenó la creación de tal suerte que, siendo invisible por naturaleza, pudiera sin embargo ser conocido por sus obras. 3. Y no digo esto por mi propia autoridad, sino apoyándome en lo que aprendí de hombres que han hablado de Dios; entre ellos, Pablo, que escribe así a los romanos [
    ]: «porque las cosas invisibles de Él, desde la creación del mundo, se ven claramente, entendiéndose por medio de las cosas hechas;» mientras que a los habitantes de Licaonia les habla sin rodeos y les dice [
    ]: «También nosotros somos hombres de pasiones semejantes a las vuestras, y os anunciamos la buena nueva para que os volváis de estas cosas vanas al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto hay en ellos; el cual, en las generaciones pasadas, permitió que todas las naciones anduviesen por sus propios caminos. Y, con todo, no se dejó sin testimonio, pues hizo el bien y os dio desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de alimento y alegría.» 4. Pues ¿quién, al contemplar la bóveda del cielo y el curso del sol y de la luna, y las posiciones y movimientos de los demás astros, que discurren en direcciones opuestas y diversas y, sin embargo, en su diversidad guardan todos un orden constante y concorde, puede resistirse a concluir que no se ordenan por sí mismos, sino que tienen un Hacedor distinto de ellos que los ordena? O ¿quién, al ver salir el sol de día y brillar la luna de noche, menguando y creciendo sin variación conforme siempre al mismo número de días, y al ver que algunos astros recorren trayectorias con órbitas variadas y múltiples, mientras otros se mueven sin errar, dejará de advertir que ciertamente tienen un Creador que los guía?

    § 36. Esto resulta tanto más notable si consideramos las fuerzas contrarias de las que nace tal orden

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 36
    ¿Quién, al ver unidas en armonía concorde cosas de naturaleza opuesta, como el fuego mezclado con el frío y lo seco con lo húmedo, y comprobar que no están en mutuo conflicto, sino que forman un solo cuerpo, por decirlo así, homogéneo, puede resistirse a inferir que hay Uno exterior a ellas que las ha unido? ¿Quién, al ver que el invierno cede el paso a la primavera, la primavera al verano y el verano al otoño, y que estas estaciones, contrarias por naturaleza —pues una enfría y otra abrasa, una alimenta y otra destruye—, producen con todo un resultado equilibrado y beneficioso para los hombres, dejará de percibir que hay Uno superior a ellas que las equilibra y las guía a todas, aunque no lo vea? 2. ¿Quién, al ver las nubes sostenidas en el aire y el peso de las aguas contenido en ellas, dejará de percibir a Aquel que las contiene y que así ha ordenado estas cosas? O ¿quién, al ver la tierra, la más pesada de todas las cosas por naturaleza, asentada sobre las aguas y permaneciendo inmóvil sobre lo que por naturaleza se mueve, dejará de entender que hay Uno que la hizo y ordenó, es decir, Dios? ¿Quién, al ver que la tierra produce frutos en su sazón, que llueve desde el cielo, que corren los ríos, que brotan los manantiales y que nacen animales de progenitores distintos, y que estas cosas no suceden en todo tiempo, sino en estaciones determinadas; y, en general, al ver el orden equilibrado y uniforme al que se ajustan cosas mutuamente disímiles y contrarias, puede resistirse a inferir que existe una Potencia que las ordena y administra, disponiéndolas bien según le parece? 4. Pues, abandonadas a sí mismas, no podrían subsistir ni llegar siquiera a manifestarse, a causa de la mutua oposición de sus naturalezas. Porque el agua es pesada por naturaleza y tiende a correr hacia abajo, mientras que las nubes son ligeras y pertenecen a la clase de cosas que tienden a elevarse y subir. Y, sin embargo, vemos que el agua, pesada como es, se mantiene en lo alto, en las nubes. Asimismo, la tierra es muy pesada, mientras que el agua, por el contrario, es relativamente ligera; y, con todo, lo más pesado se sostiene sobre lo más ligero, y la tierra no se hunde, sino que permanece inmóvil. Y el varón y la mujer no son iguales, pero se unen en uno, y de ambos resulta la generación de un ser viviente semejante a ellos. Y, para abreviar, el frío se opone al calor y lo húmedo combate con lo seco; sin embargo, se juntan y no discrepan, sino que concuerdan y producen como resultado un solo cuerpo y el nacimiento de todas las cosas.

    § 37. Prosigue el mismo asunto

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 37
    Las cosas, pues, de naturaleza conflictiva y opuesta no se habrían reconciliado entre sí si no hubiera Uno superior a ellas, Señor suyo, que las uniese y a quien los propios elementos obedecen como esclavos que acatan a su amo. Y en vez de atenerse cada uno a su propia naturaleza y combatir con su vecino, reconocen al Señor que los ha unido y viven en concordia unos con otros: opuestos por naturaleza, pero amigos por la voluntad de Aquel que los guía. 2. Porque, si su unión en uno no se debiera a una autoridad superior, ¿cómo podrían mezclarse y combinarse lo pesado con lo ligero, lo húmedo con lo seco, lo redondo con lo recto, el fuego con el frío, el mar con la tierra, el sol con la luna, los astros con el cielo y el aire con las nubes, siendo la naturaleza de cada uno diferente de la del otro? Pues habría entre ellos gran contienda: uno abrasaría y otro enfriaría; lo pesado tiraría hacia abajo y lo ligero en dirección contraria, hacia arriba; el sol daría luz mientras el aire esparciría tinieblas. Sí, aun los astros estarían en discordia unos con otros, puesto que unos ocupan posiciones superiores y otros inferiores; y la noche se negaría a dejar paso al día, antes persistiría en permanecer para combatir y contender con él. 3. Pero, si así fuese, no veríamos, en consecuencia, un universo ordenado, sino desorden; no concierto, sino anarquía; no un sistema, sino todo fuera de sistema; no proporción, sino desproporción. Porque, en la contienda y el conflicto generales, o bien todas las cosas quedarían destruidas, o bien solo se manifestaría el principio vencedor. Y aun esto último mostraría el desorden del conjunto, pues, dejado solo y privado del auxilio de los demás, trastornaría el todo, así como una mano o un pie, si quedasen solos, no conservarían la integridad del cuerpo. 4. Pues ¿qué clase de universo sería aquel en que apareciese solo el sol, o solo la luna siguiese su curso, o no hubiera sino noche, o siempre fuese de día? O, a su vez, ¿qué armonía habría si existiese el cielo solo, sin los astros, o los astros sin el cielo? ¿Y qué provecho habría si solo existiese el mar, o si la tierra estuviera sola, sin aguas ni las demás partes de la creación? O ¿cómo habrían podido aparecer sobre la tierra el hombre o cualquier animal, si los elementos estuviesen en mutua contienda, o si uno solo prevaleciese, siendo insuficiente para la composición de los cuerpos? Porque nada en el mundo podría estar compuesto de calor solo, ni de frío, ni de humedad, ni de sequedad, sino que todo carecería de concierto y combinación. Pero ni siquiera el elemento que pareciese prevalecer podría subsistir sin el auxilio de los restantes: pues así es como cada uno subsiste ahora.

    § 38. La unidad de Dios, manifestada por la armonía del orden de la naturaleza

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 38
    Puesto que, por tanto, en todas partes hay orden y no desorden, proporción y no desproporción, concierto y no confusión, y todo ello en un orden perfectamente armonioso, necesariamente hemos de inferir y llegar a percibir al Señor que reunió y trabó todas las cosas y produjo en ellas la armonía. Pues, aunque no se lo vea con los ojos, por el orden y la armonía de cosas contrarias es posible percibir a su Rector, Ordenador y Rey. 2. Porque, del mismo modo, si viésemos una ciudad formada por personas numerosas y diversas —grandes y pequeños, ricos y pobres, ancianos y jóvenes, hombres y mujeres— en orden, y a sus habitantes, aunque diferentes entre sí, unidos unos con otros, sin que los ricos se enfrenten a los pobres, ni los grandes a los pequeños, ni los jóvenes a los ancianos, sino todos en paz y disfrutando de iguales derechos, si tal viésemos, sin duda inferiríamos que la presencia de un gobernante impone aquella concordia, aunque no lo viésemos; pues el desorden es señal de ausencia de gobierno, mientras que el orden manifiesta la autoridad que gobierna: así también, cuando vemos la armonía mutua de los miembros del cuerpo, que el ojo no contiende con el oído ni la mano discrepa del pie, sino que cada uno cumple su función sin discordia, percibimos por ello que ciertamente hay en el cuerpo un alma que gobierna esos miembros, aunque no la veamos. De igual manera, en el orden y la armonía del universo, necesariamente hemos de percibir a Dios, que lo gobierna todo, y reconocer que es uno y no muchos. 3. Así pues, el orden de su disposición y la armonía concorde de todas las cosas muestran que el Logos, su Rector y Gobernador, no es múltiple, sino Uno. Porque, si hubiese más de un Rector de la creación, no se mantendría un orden tan universal, sino que todas las cosas caerían en la confusión por la pluralidad de aquellos, ya que cada cual inclinaría el conjunto a su propia voluntad y contendería con el otro. Pues, así como dijimos que el politeísmo era ateísmo, se sigue que el gobierno de muchos es el gobierno de ninguno. Porque cada uno anularía el gobierno del otro y ninguno aparecería como gobernante, sino que habría anarquía por doquier. Y donde no hay gobernante, se sigue, naturalmente, el desorden. 4. Y, a la inversa, el orden único y la concordia de cosas numerosas y diversas muestran que también su gobernante es uno. Pues, así como quien oyese desde lejos una lira de muchas cuerdas diferentes y se maravillase de la concordia de su concierto, porque su sonido no estuviese compuesto solo de notas graves, ni solo de agudas o intermedias, sino que todas combinasen sus sonidos en igual equilibrio, no dejaría de percibir por ello que la lira no se tocaba sola, ni la pulsaban varias personas, sino que había un solo músico, aunque no lo viese, que con su arte reunía el sonido de cada cuerda en una melodiosa sinfonía; así también, siendo perfectamente armonioso el orden del universo entero, sin contienda de las cosas superiores contra las inferiores ni de las inferiores contra las superiores, y formando todas un solo orden, es conforme a razón pensar que el Rector y Rey de toda la creación es uno y no muchos, y que con su propia luz ilumina y mueve todas las cosas.

    § 39. Imposibilidad de una pluralidad de dioses

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 39
    Pues no debemos pensar que haya más de un rector y hacedor de la creación; antes bien, corresponde a la religión recta y verdadera creer que su Artífice es uno solo, como claramente lo indica la creación misma. Porque el hecho de que haya un solo universo y no varios es prueba concluyente de que su Hacedor es uno. Pues, si hubiera una pluralidad de dioses, necesariamente habría también más de un universo. Porque ni sería razonable que más de un Dios hiciese un solo universo, ni que un solo universo fuese hecho por más de uno, a causa de los absurdos que de ello se seguirían. 2. En primer lugar, si el único universo hubiese sido hecho por una pluralidad de dioses, esto significaría debilidad por parte de quienes lo hicieron, ya que muchos habrían contribuido a un solo resultado; lo cual sería prueba manifiesta de la imperfección de la capacidad creadora de cada uno. Pues, si uno bastase, los muchos no tendrían que suplir las deficiencias unos de otros. Pero decir que en Dios hay alguna deficiencia no solo es impío, sino que excede aun todo sacrilegio. Pues ni siquiera entre los hombres se llamaría perfecto al artesano que no fuese capaz de terminar por sí mismo una sola obra, sin ayuda de varios otros. 3. Mas, si cada uno era capaz de realizarla entera y, con todo, todos trabajaron en ella para reclamar parte del resultado, llegamos a la risible conclusión de que cada uno trabajó por afán de renombre, para no ser tenido por incapaz. Pero, una vez más, atribuir vanagloria a los dioses es el colmo de lo grotesco. 4. Además, si cada uno bastaba para crear el todo, ¿qué necesidad había de más de uno, siendo uno suficiente para el universo? Por otra parte, sería manifiestamente impío y grotesco que la cosa creada fuese una, mientras que sus creadores fuesen muchos y diferentes, siendo principio de la ciencia que lo uno y completo es superior a las cosas diversas. 5. Y has de saber esto: si el universo hubiese sido hecho por una pluralidad de dioses, sus movimientos serían diversos e incongruentes. Pues, en correspondencia con cada uno de sus hacedores, serían también distintos sus movimientos. Pero tal diferencia, como ya se dijo, entrañaría confusión y desorden general; porque ni siquiera una nave navegará rectamente si muchos la gobiernan, a menos que un solo piloto lleve el timón, ni una lira pulsada por muchos producirá un sonido melodioso, a menos que haya un solo músico que la pulse. 6. Siendo, pues, una la creación, uno el universo y uno su orden, debemos percibir que también su Rey y Artífice es uno. Por eso el Artífice mismo hizo uno el universo entero: para que la coexistencia de varios universos no diese pie a suponer una pluralidad de hacedores, sino que, siendo una la obra, también se creyese Uno a su Hacedor. Y de la unidad del Hacedor no se sigue que el universo haya de ser uno, pues Dios podría haber hecho otros; pero, puesto que el universo que ha sido hecho es uno, es necesario creer que también su Hacedor es uno.

    § 40. La racionalidad y el orden del universo prueban que es obra de la Razón o Verbo de Dios

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 40
    ¿Quién, pues, podría ser este Hacedor? Porque es muy necesario dejar claro este punto, no sea que, por ignorancia acerca de Él, alguien suponga un hacedor equivocado y caiga de nuevo en el antiguo error de la impiedad; aunque pienso que nadie duda realmente de ello. Pues, si nuestra argumentación ha probado que los dioses de los poetas no son dioses, ha demostrado el error de quienes divinizan la creación y, en general, ha mostrado que la idolatría de los gentiles es impiedad y negación de Dios, de la exclusión de todo ello se sigue rigurosamente que la religión verdadera está entre nosotros y que el Dios a quien adoramos y predicamos es el único Dios verdadero, Señor de la creación y Hacedor de todo cuanto existe. 2. ¿Y quién es Él sino el Padre de Cristo, santísimo y superior a toda existencia creada, que, como excelente piloto, por medio de su propia Sabiduría y de su propio Verbo, nuestro Señor y Salvador Cristo, gobierna, conserva y ordena todas las cosas, y obra según le parece mejor? Y lo mejor es lo que ha sido hecho y lo que vemos suceder, puesto que así lo quiere Él; y difícilmente puede alguien negarse a creerlo. 3. Porque, si el movimiento de la creación fuese irracional y el universo avanzase sin designio, bien podría alguien no creer lo que decimos. Pero, si subsiste conforme a razón, sabiduría y arte, y está perfectamente ordenado en todas sus partes, se sigue que Aquel que está por encima de él y lo ha ordenado no es otro que la [Razón o el] Verbo de Dios. 4. Mas por Verbo no entiendo aquello que está implícito e inherente en todas las cosas creadas, y que algunos suelen llamar principio seminal, carente de alma y sin facultad de razonar o pensar, que solo obra por artificio exterior conforme a la destreza de quien lo aplica; ni tampoco una palabra como la de los seres racionales, compuesta de sílabas y que se sirve del aire para expresarse; sino que entiendo el Verbo vivo y poderoso del Dios bueno, del Dios del universo, el mismo Verbo que es Dios [
    ], el cual, siendo distinto de las cosas hechas y de toda la creación, es el único Verbo propio del Padre bueno, que por su propia Providencia ordenó este universo y lo ilumina. 5. Pues, siendo el buen Verbo del Padre bueno, produjo el orden de todas las cosas, uniendo unas con otras las cosas contrarias y reduciéndolas a un solo orden armonioso. Él, que es Potencia de Dios y Sabiduría de Dios, hace girar el cielo, ha suspendido la tierra y, aunque no reposa sobre nada, la ha afirmado con un solo gesto suyo. Iluminado por Él, el sol da luz al mundo, y la luna tiene su período medido de resplandor. Por causa de Él, el agua permanece suspendida en las nubes, las lluvias se derraman sobre la tierra y el mar se mantiene dentro de sus límites, mientras la tierra produce hierbas y se reviste de toda suerte de plantas. 6. Y si alguien preguntase con incredulidad, respecto de lo que decimos, si existe en verdad un Verbo de Dios, sería ciertamente una locura dudar del Verbo de Dios; pero aun así puede demostrarse por lo que se ve, porque todas las cosas subsisten por el Verbo y la Sabiduría de Dios, y ninguna cosa creada habría tenido una existencia estable si no hubiese sido hecha por la razón, y esa razón es el Verbo de Dios, como hemos dicho.
    Comentario editorial · «Verbo» es una palabra con historia
    En el § 40 el Hacedor del universo es el Padre de Cristo, que lo gobierna «por medio de su propia Sabiduría y de su propio Verbo». «Verbo» traduce el griego logos, que tenía una larga historia filosófica antes de
    : según Wikipedia, Heráclito la teorizó en el siglo V a. C. como la inteligencia que ordena todas las cosas, y Filón de Alejandría —de la misma ciudad que Atanasio— la usó para la razón inherente a Dios. Los apologistas del siglo II ya veían en el Logos al Hijo. El mismo hilo continúa en Sobre la encarnación del Verbo.
    Para ampliar: Logos (Wikipedia (es)).

    § 41. La presencia del Verbo en la naturaleza es necesaria no solo para su creación originaria, sino también para su permanencia

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 41
    Pero, aunque Él es Verbo, no es, como dijimos, semejante a las palabras humanas, compuestas de sílabas, sino que es la Imagen inmutable de su propio Padre. Pues los hombres, compuestos de partes y hechos de la nada, tienen un discurso compuesto y divisible. Dios, en cambio, posee verdadera existencia y no es compuesto; por ello, también su Verbo posee verdadera Existencia y no es compuesto, sino que es el Dios uno y unigénito, que procede en su bondad del Padre como de una Fuente buena, y ordena y mantiene unidas todas las cosas. 2. Mas la razón por la que el Verbo, el Verbo de Dios, se ha unido a las cosas creadas es verdaderamente admirable y nos enseña que el orden presente de las cosas no es sino el que conviene. Porque la naturaleza de las cosas creadas, en cuanto ha recibido el ser de la nada, es fugaz, débil y mortal, si se la considera por sí sola. Pero el Dios de todas las cosas es bueno y sumamente noble por naturaleza, y por ello es benigno. Pues quien es bueno no puede escatimar nada; por eso ni siquiera escatima la existencia, sino que desea que todo exista como objeto de su bondad amorosa. 3. Viendo, pues, que toda la naturaleza creada, por lo que toca a sus propias leyes, era fugaz y estaba sujeta a disolución, para que no llegase a tal estado ni el universo volviese a deshacerse en la nada, por esta causa hizo todas las cosas por medio de su propio Verbo eterno y dio existencia sustancial a la creación; y, además, no la dejó a merced de la tempestad de su propia naturaleza, no fuese que corriese el riesgo de dejar de existir otra vez. Antes bien, porque es bueno, guía y afianza la creación entera por medio de su propio Verbo, que también es Dios, para que, por el gobierno, la Providencia y la acción ordenadora del Verbo, la creación tenga luz y pueda permanecer siempre segura. Pues participa del Verbo, que recibe del Padre la verdadera existencia, y por Él es auxiliada para existir, de modo que no le sobrevenga lo que le sobrevendría si el Verbo no la sostuviese, a saber, la disolución: «porque Él es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación; porque por Él y en Él subsisten todas las cosas, las visibles y las invisibles, y Él es la Cabeza de la Iglesia,» como enseñan los ministros de la verdad en sus escritos santos.

    § 42. Exposición extensa de esta función del Verbo

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 42
    Así pues, el santo Verbo del Padre, todopoderoso y perfectísimo, unido al universo y habiendo desplegado en todas partes sus propias potencias e iluminado todas las cosas, tanto las visibles como las invisibles, las mantiene unidas y las liga a Sí, sin dejar nada vacío de su poder, antes bien, vivificando y sosteniendo todas las cosas por doquier, cada una por separado y todas en conjunto; a la vez que mezcla en uno los principios de toda existencia sensible, a saber, el calor, el frío, lo húmedo y lo seco, y hace que no entren en conflicto, sino que formen una sola armonía concorde. 2. Por causa de Él y de su poder, el fuego no combate con el frío ni lo húmedo con lo seco, sino que principios mutuamente opuestos se unen como amigos y hermanos, dan vida a las cosas que vemos y constituyen los principios por los que existen los cuerpos. Obedeciéndolo a Él, Dios el Logos, tienen vida las cosas de la tierra y guardan su orden las del cielo. Por causa de Él, todo el mar y el vasto océano se mueven dentro de sus propios límites, mientras que, como dijimos más arriba, la tierra firme produce hierbas y se reviste de toda suerte de plantas diversas. Y, para no gastar tiempo enumerando pormenores allí donde la verdad es manifiesta, nada existe ni acontece que no haya sido hecho y no subsista por Él y mediante Él, como dice también el divino [
    ]: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios; todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho.» 3. Pues así como un músico, después de afinar una lira y ajustar con su arte las notas agudas a las graves y las intermedias a las demás, produjese como resultado una sola melodía, así también la Sabiduría de Dios, tomando el universo como una lira, ajustando las cosas del aire a las de la tierra y las del cielo a las del aire, reuniendo las partes en conjuntos y moviéndolo todo con su mandato y voluntad, produce hermosa y convenientemente la unidad del universo y de su orden. Y Él mismo permanece inmóvil con el Padre, mientras mueve todas las cosas mediante su acción ordenadora, según lo que a su propio Padre le parece bien para cada una. 4. Pues lo admirable de su Divinidad es esto: que mediante un solo y mismo acto de voluntad mueve todas las cosas simultáneamente, y no a intervalos, sino todas a la vez: las rectas y las curvas, las superiores, las inferiores y las intermedias, las húmedas, las frías y las cálidas, las visibles y las invisibles, y las ordena conforme a la naturaleza propia de cada una. Porque, al mismo tiempo y por un solo gesto suyo, lo recto se mueve como recto, y lo curvo también según su curvatura, y lo intermedio sigue su movimiento propio; lo cálido recibe calor y lo seco sequedad, y todas las cosas, según su respectiva naturaleza, son vivificadas y ordenadas por Él, que produce como resultado una armonía admirable y verdaderamente divina.

    § 43. Tres comparaciones para ilustrar la relación del Verbo con el universo

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 43
    Y para que una cosa tan grande pueda comprenderse mediante un ejemplo, comparemos lo que describimos con un gran coro. Así, pues, el coro está formado por personas diferentes: niños, mujeres, ancianos y jóvenes; y, cuando uno solo, a saber, el director, da la señal, cada cual emite la voz según su naturaleza y sus facultades: el hombre como hombre, el niño como niño, el anciano como anciano y el joven como joven, mientras todos componen una sola armonía. 2. O bien, así como nuestra alma mueve a un tiempo nuestros diversos sentidos según la función propia de cada uno, de manera que, al presentarse un objeto, todos se ponen igualmente en movimiento y el ojo ve, el oído oye, la mano toca, el olfato percibe el olor y el paladar gusta —y a menudo actúan también las demás partes del cuerpo, como, por ejemplo, cuando caminan los pies—; 3. o, para aclarar aún más lo que queremos decir mediante un tercer ejemplo, es como si se edificase una ciudad muy grande y fuese administrada bajo la presencia del gobernante y rey que la había fundado. Pues, estando él presente, dando órdenes y velando por todo, todos obedecen: unos se ocupan de la agricultura, otros se apresuran a los acueductos en busca de agua, otro sale a procurarse víveres; uno va al senado, otro entra en la asamblea, el juez se dirige a su estrado y el magistrado a su tribunal. Asimismo, el artesano se aplica a su oficio, el marinero baja al mar, el carpintero va a su taller, el médico a atender a sus enfermos y el arquitecto a su edificio; mientras uno va al campo, otro vuelve de él, y mientras algunos recorren la ciudad, otros salen de ella y regresan. Mas todo esto sucede y se organiza por la presencia del único Gobernante y por su dirección. 4. De igual modo, pues, debemos concebir la creación entera, aunque el ejemplo sea insuficiente, elevando nuestro pensamiento. Porque, a un solo impulso, por decirlo así, de un gesto del Verbo de Dios, todas las cosas entran simultáneamente en orden, cada una cumple su función propia y todas juntas forman un orden único.

    § 44. Aplicación de las comparaciones al universo entero, visible e invisible

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 44
    Pues, por un gesto y por el poder del divino Verbo del Padre, que gobierna y preside todas las cosas, el cielo gira, los astros se mueven, el sol brilla, la luna recorre su órbita, el aire recibe la luz del sol y el éter su calor, y soplan los vientos; se alzan las montañas, el mar se encrespa con las olas y crecen los seres vivientes que lo habitan; la tierra permanece firme y da fruto, el hombre es formado, vive y vuelve a morir, y todas las cosas sin excepción tienen vida y movimiento; el fuego arde, el agua enfría, brotan las fuentes, corren los ríos, se suceden las estaciones y las horas, descienden las lluvias, se llenan las nubes, se forma el granizo, se cuajan la nieve y el hielo, vuelan las aves, avanzan los reptiles, nadan los animales acuáticos, se navega por el mar, se siembra la tierra y esta produce cosechas en su sazón, crecen las plantas, unas son tiernas, otras maduran, otras envejecen al crecer y se marchitan; y mientras unas cosas desaparecen, otras son engendradas y salen a la luz. 2. Mas todas estas cosas, y otras más que por su número no podemos mencionar, las mueve y ordena con un solo gesto suyo, haciendo del universo uno, el obrador de prodigios y maravillas, el Verbo de Dios, que da luz y vida. Y ni siquiera deja fuera de Sí a las potencias invisibles; pues, incluyéndolas también en el universo, ya que asimismo es su Hacedor, las mantiene unidas y las vivifica por su mandato y su Providencia. Y no puede haber excusa para no creer esto. 3. Pues así como por su propia Providencia crecen los cuerpos y se mueve el alma racional, que tiene vida y pensamiento —y esto apenas requiere demostración, porque vemos lo que sucede—, así también el mismo Verbo de Dios, con un solo y sencillo gesto de su poder, mueve y mantiene unidos el universo visible y las potencias invisibles, asignando a cada cual su función propia, de suerte que las potencias divinas se mueven de un modo más divino, mientras que las cosas visibles se mueven como vemos que lo hacen. Pero Él mismo, estando por encima de todo, como Gobernador, Rey y Potencia ordenadora, lo hace todo para gloria y conocimiento de su propio Padre, de tal manera que, casi por las obras mismas que realiza, nos enseña y nos dice: «Por la grandeza y hermosura de las criaturas se contempla, en proporción, a su Hacedor [Sabiduría 13:5].»

    § 45. Conclusión. Doctrina de la Escritura acerca de la materia de la primera parte

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 45
    Pues así como, al levantar los ojos al cielo y contemplar su orden y la luz de los astros, es posible inferir la existencia del Verbo que ordenó estas cosas, así también, al contemplar al Verbo de Dios, es necesario contemplar asimismo a Dios, su Padre, de quien procede y por quien con razón es llamado Intérprete y Mensajero del Padre. 2. Y esto puede verse por nuestra propia experiencia: pues, si cuando de los hombres procede una palabra inferimos que tiene su origen en la mente y, al reflexionar sobre ella, vemos con la razón la mente que revela, con prueba mucho mayor e incomparablemente más clara, al contemplar el poder del Verbo alcanzamos también el conocimiento de su buen Padre, como dice el Salvador mismo: «El que me ha visto a Mí ha visto al Padre [
    ].» Mas esto lo enseña también toda la Escritura inspirada con mayor claridad y autoridad; de ahí que nosotros, por nuestra parte, os escribamos con la franqueza con que lo hacemos, y que vosotros, si acudís a ella, podáis comprobar lo que decimos. 3. Pues un razonamiento, cuando lo confirma una autoridad superior, queda demostrado de manera irrefutable. Desde el principio, por tanto, el Verbo divino enseñó firmemente al pueblo judío la abolición de los ídolos cuando dijo [
    ]: «No te harás imagen tallada ni semejanza de cosa alguna que esté arriba en el cielo ni abajo en la tierra.» Y otro escritor declara la causa de su abolición, diciendo: «Los ídolos de los gentiles son plata y oro, obra de manos de hombres: tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen narices y no huelen, tienen manos y no palpan, tienen pies y no andan.» Tampoco ha pasado en silencio la doctrina de la creación; antes bien, conociendo su hermosura, para que nadie, atendiendo solo a ella, adore las cosas como si fuesen dioses, en vez de reconocerlas como obras de Dios, enseña de antemano con firmeza a los hombres cuando dice [
    ]: «Y no sea que, al levantar los ojos y ver el sol, la luna y todo el ejército de los cielos, te extravíes y los adores, siendo así que el Señor tu Dios los ha dado a todas las naciones debajo del cielo.» Mas no se los dio para que fueran sus dioses, sino para que, por medio de ellos, los gentiles conocieran, como hemos dicho, a Dios, Hacedor de todos. 4. Pues el pueblo de los judíos de antaño tenía enseñanza abundante, ya que recibía el conocimiento de Dios no solo de las obras de la creación, sino también de las divinas Escrituras. Y, en general, para apartar a los hombres del error y de las imaginaciones irracionales de los ídolos, Él dice [
    ]: «No tendrás otros dioses fuera de Mí.» No les prohíbe tenerlos como si existieran otros dioses, sino para que nadie, apartándose del Dios verdadero, empiece a fabricarse dioses de cosas que no lo son, como aquellas a las que poetas y escritores llaman dioses, aunque no lo sean. Y las palabras mismas muestran que no son dioses cuando dicen: «No tendrás otros dioses,» lo cual se refiere únicamente al futuro. Pero lo que se remite al futuro no existe en el momento en que se habla.

    § 46. Doctrina de la Escritura acerca de la materia de la tercera parte

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 46
    ¿Acaso la enseñanza divina, después de abolir la impiedad de los gentiles y sus ídolos, ha guardado silencio y ha dejado al género humano enteramente privado del conocimiento de Dios? De ningún modo: antes bien, se adelanta a instruir su entendimiento cuando dice: «Oye, Israel: el Señor tu Dios es un solo Dios;» y de nuevo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con todas tus fuerzas;» y también: «Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás, y a Él te allegarás.» 2. Y que la Providencia y la potencia ordenadora del Verbo se extienden asimismo sobre todas las cosas y hacia todas ellas, lo atestigua toda la Escritura inspirada; baste para confirmar nuestro argumento este pasaje, donde quienes hablan de Dios dicen: «Tú asentaste los cimientos de la tierra, y ella permanece. El día subsiste conforme a tu ordenanza.» Y también: «Cantad a nuestro Dios con el arpa, a Aquel que cubre de nubes el cielo, que prepara la lluvia para la tierra, que hace brotar hierba en los montes y verdor para el servicio del hombre, y da alimento a los ganados.» 3. Pero ¿por medio de quién lo da sino por medio de Aquel por quien todas las cosas fueron hechas? Pues la Providencia sobre todas las cosas pertenece naturalmente a Aquel por quien fueron hechas; ¿y quién es este sino el Verbo de Dios, acerca del cual dice en otro salmo: «Por el Verbo del Señor fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el Aliento de su boca?» Pues nos dice que todas las cosas fueron hechas en Él y por medio de Él. 4. Por lo cual también nos persuade cuando dice: «Él habló, y fueron hechas; mandó, y fueron creadas;» como también el ilustre Moisés, al comienzo de su relato de la creación, confirma con su narración lo que decimos [
    ], diciendo: Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza;» pues también, cuando llevaba a cabo la creación del cielo, de la tierra y de todas las cosas, el Padre le decía [
    ]: «Hágase el cielo,» y «júntense las aguas y aparezca la tierra seca,» y «produzca la tierra hierba» y «toda planta verde;» de modo que se debe reprochar también a los judíos que no atiendan verdaderamente a las Escrituras. 5. Pues se les podría preguntar a quién hablaba Dios para emplear el imperativo. Si ordenaba y se dirigía a las cosas que estaba creando, sus palabras habrían sido superfluas, pues ellas todavía no existían, sino que estaban por ser hechas; y nadie habla a lo que no existe ni dirige a lo que aún no ha sido hecho el mandato de ser hecho. Porque, si Dios hubiese dado una orden a las cosas que habían de existir, habría dicho: «Sé hecho, cielo; sé hecha, tierra; brota, hierba verde; y sé creado, hombre.» Pero, en realidad, no hizo así, sino que da la orden de este modo: «Hagamos al hombre,» y «brote la hierba verde.» Por ello se demuestra que Dios habla de estas cosas a alguien que está junto a Él; se sigue, pues, que había con Él alguien a quien habló cuando hizo todas las cosas. 6. ¿Quién podía ser sino su Verbo? Pues ¿a quién podría decirse que habla Dios sino a su Verbo? O ¿quién estaba con Él cuando hizo toda la existencia creada sino su Sabiduría, que dice [
    ]: «Cuando hacía el cielo y la tierra, yo estaba presente con Él?» Mas en la mención del cielo y de la tierra están incluidas también todas las cosas creadas que hay en ellos. 7. Y estando presente con Él como su Sabiduría y su Verbo, y mirando al Padre, formó el universo, lo organizó y le dio orden; y, por ser la Potencia del Padre, dio a todas las cosas fuerza para existir, como dice el Salvador: «Cuantas cosas veo hacer al Padre, también Yo las hago de igual manera.» Y sus santos discípulos enseñan que todas las cosas fueron hechas «por medio de Él y para Él;» 8. y, siendo la buena Prole de Aquel que es bueno y verdadero Hijo, es la Potencia, la Sabiduría y el Verbo del Padre; no lo es por participación, ni como si tales cualidades le fuesen conferidas desde fuera, como les sucede a quienes participan de Él, son hechos sabios por Él y reciben en Él poder y razón; antes bien, Él es la Sabiduría misma, el Verbo mismo y la Potencia propia del Padre, la Luz misma, la Verdad misma, la Justicia misma, la Virtud misma y, en verdad, su Imagen perfecta, su Resplandor y su Semejanza. Y, para decirlo todo en suma, es el Fruto plenamente perfecto del Padre, y solo Él es el Hijo y la Imagen inmutable del Padre.

    § 47. Necesidad de volver al Verbo para que nuestra naturaleza corrompida sea restaurada

    Texto de la fuenteAtanasio de Alejandría · Contra los paganos · § 47
    ¿Quién, pues, quién puede describir al Padre enumerando las potencias de su Verbo? Porque, así como Él es el Verbo y la Sabiduría del Padre, así también, condescendiendo con las cosas creadas, se hace, para comunicar el conocimiento y la comprensión de Aquel que lo engendró, su mismo Resplandor y su misma Vida, la Puerta, el Pastor, el Camino, el Rey y Gobernador, el Salvador de todos, la Luz, el Dador de vida y la Providencia sobre todas las cosas. Teniendo, pues, un Hijo así, engendrado de Sí mismo, bueno y Creador, el Padre no lo ocultó a la vista de sus criaturas, sino que día tras día lo revela a todos mediante la organización y la vida de todas las cosas, que son obra suya. 2. Mas en Él y por medio de Él se revela también a Sí mismo, como dice el Salvador [
    ]: «Yo en el Padre y el Padre en Mí;» de donde se sigue que el Verbo está en Aquel que lo engendró, y que el Engendrado vive eternamente con el Padre. Y, siendo esto así, y no habiendo nada fuera de Él, sino que tanto el cielo como la tierra y cuanto hay en ellos dependen de Él, los hombres, con todo, en su necedad, han desechado su conocimiento y su servicio, y han honrado las cosas que no son en vez de las que son; y, en lugar del Dios real y verdadero, han divinizado cosas que no eran dioses, «sirviendo a la criatura antes que al Creador [
    ],» con lo cual se han sumido en la insensatez y la impiedad. 3. Pues es como si alguien admirase las obras más que al artífice y, maravillado ante los edificios públicos de una ciudad, tuviese en poco a su constructor; o como si alabase un instrumento musical y despreciase al hombre que lo hizo y afinó. ¡Necios y tristemente ciegos! Pues ¿cómo habrían conocido el edificio, la nave o la lira, si el constructor naval no hubiese hecho la nave, el arquitecto no hubiese levantado el edificio y el músico no hubiese fabricado la lira? 4. Así pues, del mismo modo que quien razona de tal manera está loco y excede toda locura, tal es también, a mi juicio, el estado de la mente de quienes no reconocen a Dios ni adoran a su Verbo, nuestro Señor Jesucristo, el Salvador de todos, por medio del cual el Padre ordena y mantiene unidas todas las cosas y ejerce su Providencia sobre el universo. Teniendo fe en Él y piedad para con Él, amigo mío, amante de Cristo, cobra ánimo y ten buena esperanza, porque la inmortalidad y el reino de los cielos son fruto de la fe y la devoción a Él, con tal que el alma se adorne conforme a sus leyes. Porque, así como para quienes caminan siguiendo su ejemplo el premio es la vida eterna, así también para quienes siguen el camino opuesto y no el de la virtud hay gran vergüenza y peligro sin perdón en el día del juicio, ya que, aunque conocieron el camino de la verdad, sus obras fueron contrarias a su conocimiento.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que queda del argumento

    El tratado recorre un camino en tres tramos. Primero desmonta la idolatría desde su origen: según la Parte 1, el mal no forma parte de la naturaleza creada, sino que surge cuando el alma, por abuso de su libertad, elige lo inferior y se absorbe en lo material; de ahí vienen la divinización de astros, elementos, hombres y animales, el culto a las imágenes y, en su forma más elevada, la adoración del universo. Después, en la Parte 2, vuelve la mirada hacia dentro: el alma racional, si se libra de las manchas del pecado, puede conocer a Dios porque su propia naturaleza refleja al Logos. Por último, en la Parte 3, mira hacia fuera: el orden y la armonía del universo muestran que hay un solo Dios y que lo gobierna su Verbo.
    Límites. La edición de base no fija la fecha ni las circunstancias de composición y esta edición tampoco las determina; no se ha examinado la atribución a Atanasio. Las descripciones que el texto hace de cultos y pueblos (egipcios, libios, escitas, fenicios, romanos) son las de Atanasio y no se han contrastado una a una con otras fuentes; las notas de este artículo lo hacen solo donde se indica. Para el argumento que continúa este, véase Sobre la encarnación del Verbo.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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