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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minIntroducción al Protréptico de Clemente de Alejandría
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa obra literaria de Clemente
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minDos aspectos de originalidad decisiva
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minTransmisión textual
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 13 minCapítulo I: El canto nuevo sucede a los mitos paganos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 1 minCapítulo I: El canto nuevo sucede a los mitos paganos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo III: Sacrificios humanos: las tumbas se convierten en templos
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 12 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo V: Opiniones de los filósofos sobre Dios
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo VI: Inspirados por la misma verdad, los filósofos han dicho verdades ocasionalmente
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo VII: También los poetas rinden testimonio a la verdad
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapitulo VIII: A los profetas es a los que es preciso preguntar la verdad sobre Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 11 minCapitulo IX: Dios nos llama a él por su Logos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 1 minCapitulo IX: Dios nos llama a él por su Logos
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 9 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 9 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 2 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 13 minCapitulo XI: Los beneficios supremos de la venida del Logos encarnado
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo XII: Es necesario correr al llamado de Cristo y ponerse con confianza bajo la guía de este Logos salvador
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minRecepción patrística y legado teológico
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minLa Edad Media: transmisión y olvido parcial
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minTeología contemporánea: relevancia actual
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minConclusión: el canto nuevo que perdura

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    TEXTOS — CLEMENTE DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Clemente de Alejandría

    Protréptico

    Traducción: Versión castellana de esta edición · 12 capítulos

    Lectura por partes · ≈ 43 min · Comentarios editoriales opcionales

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minIntroducción al Protréptico de Clemente de Alejandría
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa obra literaria de Clemente
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minDos aspectos de originalidad decisiva
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minTransmisión textual
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 13 minCapítulo I: El canto nuevo sucede a los mitos paganos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 1 minCapítulo I: El canto nuevo sucede a los mitos paganos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo III: Sacrificios humanos: las tumbas se convierten en templos
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 12 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo V: Opiniones de los filósofos sobre Dios
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo VI: Inspirados por la misma verdad, los filósofos han dicho verdades ocasionalmente
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo VII: También los poetas rinden testimonio a la verdad
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapitulo VIII: A los profetas es a los que es preciso preguntar la verdad sobre Dios
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 11 minCapitulo IX: Dios nos llama a él por su Logos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 1 minCapitulo IX: Dios nos llama a él por su Logos
    23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
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    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 13 minCapitulo XI: Los beneficios supremos de la venida del Logos encarnado
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    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minRecepción patrística y legado teológico
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minLa Edad Media: transmisión y olvido parcial
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    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minConclusión: el canto nuevo que perdura
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Comentario editorial · Claves del argumento
    El Protréptico invita a los formados en la paideia griega a reconocer en Cristo al Logos verdadero que las escuelas buscaban.

    Introducción al Protréptico de Clemente de Alejandría

    El siglo II y el encuentro entre fe y cultura

    El siglo II después de Cristo marca un punto de inflexión decisivo para el cristianismo. La Iglesia ha dejado de ser una secta oscura confinada a los márgenes del Imperio romano para convertirse en una fuerza que se impone en todas las regiones, desde Britania hasta los confines orientales. En este momento crítico, numerosos filósofos de formación helenística —Arístides de Atenas, Justino Mártir, Taciano, Atenágoras, Hermias y nuestro Clemente, entre otros— abrazan la fe cristiana, planteando una pregunta que marcará siglos: ¿es posible conciliar la sabiduría clásica pagana con la nueva revelación?
    La respuesta no fue unánime. Mientras que figuras como Tertuliano mantendrían una postura de radical separación entre Atenas y Jerusalén, otros, especialmente los pensadores formados en la rica tradición filosófica griega, reconocen que el amor a la sabiduría no debe ser abandonado. El evangelio, en esta nueva época, no se dirige únicamente a pescadores y publicanos, sino que alcanza a las clases elevadas, a hombres acostumbrados a la dialéctica platónica y la ética estoica, que buscan en la religión cristiana no solo consuelo espiritual sino también una enseñanza superior, una gnosis auténtica.
    Los maestros cristianos responden a esta necesidad comenzando a unir ciencia y fe, acomodando cuidadosamente la doctrina revelada a las verdades parciales descubiertas por la filosofía y la ciencia griegas. Entre todos ellos, será Clemente de Alejandría quien mejor comprenda que las ciencias humanas resultan no solo compatibles sino imprescindibles como preparación al estudio de la teología. Su obra representa el primer gran intento sistemático de presentar el cristianismo como la verdadera filosofía.

    El contexto cultural del siglo II

    El siglo II es, por excelencia, una época de transición y síntesis. La profusión de cultos mistéricos helenísticos convive con el auge del platonismo medio, que se convertirá en la suprema autoridad filosófico-religiosa del período. Platón emerge como punto de partida indispensable para comprender la concepción teológica de la época helenístico-romana. Las creencias en la magia, los espíritus intermediarios y las prácticas iniciáticas forman el ambiente cultural en el que Clemente crece y al que debe dirigirse. No son tiempos de certezas dogmáticas sino de búsquedas sincretistas, donde las doctrinas de Platón, Aristóteles, Zenón y Epicuro —otrora rivales irreconciliables— apenas pueden distinguirse en su amalgama imperial.

    Titus Flavius Clemens: vida y formación

    De Clemente de Alejandría conocemos apenas un período de su existencia: aquel comprendido entre el año 180 aproximadamente, cuando llega a Alejandría para seguir la enseñanza de Panteno en la escuela catequética, hasta el 202 o 203, cuando debe abandonar la ciudad huyendo de la persecución de Septimio Severo. Su refugio final fue Capadocia, donde probablemente murió hacia el 215.
    Su lugar y fecha exacta de nacimiento permanecen inciertos, aunque lo más probable es que naciera en Atenas, a mediados del siglo II, en el seno de una familia pagana. Su educación debió ser esmerada, como lo demuestra el extraordinario bagaje cultural que despliega en sus obras. Su conocimiento de la literatura y filosofía antiguas resulta asombroso: no solo por el número de reminiscencias y citas que aparecen en sus escritos —tanto de textos cristianos como de prácticamente todos los autores clásicos importantes—, sino por la naturalidad con que se entremezclan. Aunque es imposible que hubiera leído directamente todas las obras que menciona, sí conocía las más importantes de primera mano, lo que le convierte en uno de nuestros informadores más valiosos respecto a textos hoy perdidos. Dominaba magistralmente a los clásicos y poseía un conocimiento profundo de la obra platónica, que citaba continuamente de memoria.
    Clemente ha sido considerado el escritor más sabio de los primeros siglos del cristianismo, el que posee mayor gusto al citar a los clásicos y el representante más acabado de la Escuela de Alejandría. Su obra constituye una síntesis única de la exégesis judeo-palestinense, la alegoría pitagórica y estoica, la tipología neotestamentaria y el método alegórico de Filón de Alejandría.
    Sin embargo, cuando Clemente se dirige a cristianos sencillos, desaparece su helenismo para no presentar más que doctrina evangélica pura. Esta flexibilidad pedagógica muestra su verdadera vocación: no era un sofista en busca de lucimiento personal sino un maestro genuino que adapta su discurso a la capacidad de su audiencia, siempre con el objetivo de instruir y profundizar en el misterio cristiano.
    El joven Clemente, después de recorrer varios sistemas filosóficos y cultos paganos en busca de la verdad sin encontrar satisfacción plena, abraza finalmente el cristianismo cuando, tras varios años de instrucción bajo la dirección de Panteno, descubre en él la solución a los grandes problemas existenciales que se planteaba relativos al hombre y su destino último.

    La Escuela Catequética de Alejandría

    De la escuela catequética de Panteno y sus orígenes apenas conocemos detalles precisos. Eusebio de Cesarea relata que en tiempos de Cómodo un hombre de gran cultura llamado Panteno instruía a los cristianos en Alejandría, aunque reconoce apoyarse únicamente en la tradición. Lo más probable es que esta escuela se iniciara a comienzos del siglo II de forma muy sencilla, como respuesta intelectual a la herejía gnóstica, siguiendo el modelo de la escuela de Justino en Roma.
    Lo indudable es la existencia de una comunidad cristiana importante y sofisticada en Alejandría en esta época. Clemente no teme exigir a sus oyentes un cristianismo radical: en su obra encontramos con frecuencia que el pensamiento del martirio no es una idea lejana sino una posibilidad real y cercana. El tipo de enseñanza impartida —con una amplitud de materias que hacía parecer la escuela una pequeña universidad— indica que el auditorio no estaba formado únicamente por catecúmenos en preparación bautismal, sino por hombres de posición elevada e intelectuales en su mayoría, o al menos personas con formación griega clásica que buscaban en la nueva religión un conocimiento superior, una gnosis alternativa a las herejías contemporáneas.
    Clemente manifestó durante toda su vida una admiración profunda por Panteno, el maestro que lo introdujo en el misterio de Cristo. Cuando le sucede en la dirección de la escuela hacia el 190, continúa seguramente las mismas directrices pedagógicas que impuso su fundador. Su estilo literario refleja intensamente su profesión: más que a Clemente como escritor, encontramos a Clemente como maestro, alguien que se dirige constantemente a un interlocutor imaginado como presente. No le importa repetirse si cree que así será mejor comprendido; es el educador que no busca su lucimiento personal sino ser útil, instruir, profundizar en el misterio de su religión.

    La obra literaria de Clemente

    Se nos ha conservado lo más importante de su producción: tres tratados de extensión muy desigual —Protréptico, Pedagogo y Strómata— considerados generalmente como las partes de una trilogía sistemática, además de tres textos más breves: la homilía ¿Qué rico se salvará? y dos notas para su enseñanza. Como ocurre con todos los Padres prenicenos que poseen una doctrina realmente interesante y original, su lectura no resulta fácil para el lector moderno.
    El método alegórico
    La alegoría es el arte por excelencia de las analogías —en ocasiones sumamente sutiles en Clemente—, el recurso preferido de nuestro escritor. Las ideas se asocian más por la imaginación que por la razón pura, llegando a veces a ser muy difícil identificar todas las conexiones. Clemente transforma todo el Antiguo Testamento en símbolos de verdades que no debían ser reveladas plenamente hasta la llegada de Cristo.
    Clemente cree que la Palabra de Dios es esencialmente misteriosa y emplea siempre un lenguaje simbólico. Así, junto al primer sentido evidente del texto encuentra otro que denomina «místico» (Pedagogo II 8, 75, 1) o «simbólico» (Strómata V 8, 46, 1), que presenta con el primero analogías más o menos numerosas.

    Herencia del método alegórico

    El método no fue invención propia de Clemente sino herencia de la escuela estoica, que lo aplicó abundantemente a los comentarios de la obra homérica, siendo además el medio general de expresión desde Platón. Plutarco, Celso y Justino, entre otros, lo continuaron, resultando en tiempos del alejandrino el procedimiento exegético usual. Como aún no se habían definido las bases comunes de la teología ni los métodos interpretativos de la Escritura, Clemente encuentra en este procedimiento su principal instrumento teológico, haciendo quizá un uso excesivo de él para apoyar sus opiniones sobre la base sólida de la palabra divina, buscando siempre analogías que sirvieran de fundamento a sus hipótesis. El método llegaría a ser instrumento de notables progresos para la teología, aunque los peligros que entrañaba no eran pequeños, como el mismo Clemente reconocía al criticar interpretaciones libres de los gnósticos.
    Desde el punto de vista exegético, la obra de Clemente resulta fascinante porque aúna diversas corrientes interpretativas, herencia de un pasado riquísimo: la exégesis judeo-palestinense, la alegórica pitagórica y estoica, y la judeo-cristiana, que hereda tanto la tipología neotestamentaria como el método alegórico de Filón de Alejandría, con su doble sentido moral o físico.

    El Protréptico: fusión de filosofía y evangelio

    El Protréptico es la primera obra conservada de Clemente y quizá la más importante, pues en ella se produce, por primera vez en la historia del pensamiento cristiano, la fusión consciente y sistemática entre filosofía griega y cristianismo. El autor realiza una invitación apremiante a los espíritus sedientos de verdad a la conversión. La nota que domina toda la obra es la alegría desbordante con que proclama la novedad del cristianismo, característica ciertamente de la mayoría de los primeros autores cristianos pero que se irá perdiendo en generaciones posteriores.
    Estructura y contenido de la obra
    La obra se divide en realidad en dos mitades equilibradas. La primera parte (capítulos I-VI) contiene la crítica del paganismo; la segunda (capítulos VII-XII) constituye la exhortación positiva al cristianismo. El capítulo I funciona como prólogo glorioso, y el VI sirve de bisagra entre ambas secciones, dejando en el centro cuatro capítulos que forman el núcleo de la crítica a las creencias y ritos paganos:
    Capítulo I: Los griegos han creído hasta ahora en fábulas absurdas, pero los antiguos mitos que procedían de los demonios y esclavizaban al hombre ya han envejecido. Es preciso entonar el canto nuevo, que frente a los mitos inventados por los hombres es celestial, conduce al yugo amable de la bondad divina y es todopoderoso. El Logos es el instrumento de Dios que solo quiere la salvación humana y se hizo hombre para que el hombre llegue a ser dios.
    Capítulos II-IV: Comienza el ataque sistemático al paganismo. Describe los misterios paganos para mostrar su ridiculez y cómo muchos tienen su origen en crímenes indignos. Se burla de los dioses y sus objetos sagrados, afirmando que no son dioses sino demonios. Demuestra que estos dioses-demonios son seres inhumanos que disfrutan con la muerte de los hombres. Condena la estatuaria, considerando absurdo invocar a las piedras o pinturas, aunque comprende que el escultor no puede engañar al hombre verdaderamente racional (logikós).
    Capítulo V: Pasa revista a los primeros filósofos presocráticos que, en su ignorancia inicial, divinizaron los elementos naturales.
    Capítulo VI: Especialmente brillante, este capítulo elogia los aciertos que tuvieron algunos filósofos en su búsqueda de la verdad. Muestra particular admiración por Platón, de quien reconoce que rozó la verdad, pero solo porque sus maestros fueron los egipcios, tracios, asirios, babilonios y hebreos —es decir, porque bebió indirectamente de fuentes orientales de sabiduría divina.
    Capítulo VII: Presenta textos de poetas que ocasionalmente dieron culto a la verdad, denunciando errores de la mitología pagana.
    Capítulos VIII-XII: Desde ahora el escritor realiza una exhortación calurosa a abrazar la nueva religión. Los profetas hebreos son quienes nos dicen la verdad sobre Dios: es un Dios cercano y amoroso. Carecen de adorno retórico pero conducen a la salvación. Dios llama por medio de su Logos, ama profundamente al hombre y es un Padre bondadoso que solo quiere su salvación. El capítulo X está construido en forma circular (kúklos), comenzando y terminando con la misma exhortación: es preciso envejecer para la superstición pagana. Dios da la vida mientras que la superstición condena. Dios exhorta con gritos a volver a la razón (phrónesis). En el capítulo XI, el Logos encarnado se ha convertido en luz del mundo. Clemente no disimula su ansia de que todos alcancen la salvación, aunque deben mostrarse dignos del reino. El capítulo XII cierra con una apremiante exhortación final a huir de la superstición y correr tras Cristo, el Logos divino, pues Dios se regala a sí mismo por medio del Logos al hombre.
    Estilo literario
    La obra se inicia con una primera llamada del Logos en el capítulo introductorio, de gran belleza estética, llegando en ocasiones a ser declamatorio por el empleo magistral de recursos del estilo retórico contemporáneo. Es propiamente un himno a Cristo Salvador y una prueba conmovedora de cuánto amaba Clemente su religión.
    Su lenguaje está mucho más elaborado que el del posterior Orígenes —en parte es imitación consciente del gusto literario del segundo movimiento sofista que se inició en el siglo II. Su prosa se acerca a veces a la poesía, imitando incluso medidas musicales. Se ha hecho célebre su vocabulario expresivo, sus períodos armónicos y su lengua aticizante refinada.
    En opinión de Werner Jaeger, estas primeras frases del Protréptico precisan ser cantadas más que leídas. Eduard Norden llega a afirmar que se trata de un estilo refinado por su ritmo, elección de palabras y composición, hasta el punto de que algunos lo han comparado con una oda pindárica. Algunos capítulos podrían incluirse entre las más célebres páginas de la literatura griega clásica.
    El mismo Clemente había reflexionado sobre este tema estilístico: «Ya hemos dicho a menudo que no tenemos costumbre de 'helenizar'... en mi opinión, quien se ocupa de la verdad no debe componer sus frases con aplicación y reflexión, sino que debe buscar decir simplemente, como pueda, lo que quiere» (Strómata II 3). Sin embargo, Clemente comprendió que muchos filósofos rechazaban la verdad cristiana por desdén del lenguaje «bárbaro» de los primeros predicadores. Para atraerlos, era preciso utilizar el estilo más elevado que emplea en Protréptico y Pedagogo. Era preciso «convertirse» en griego para ganar también a los griegos, como había enseñado el apóstol Pablo.
    Originalidad apologética
    Tras el prólogo, la crítica del paganismo en cuatro capítulos constituye una apología de signo muy diferente a la elaborada por Atenágoras o Justino. Junto a la parte apologética tradicional —destacando lo absurdo de tantos mitos y misterios paganos, así como las diatribas contra el materialismo y los ritos religiosos inhumanos— aparece una parte constructiva novedosa: una exposición positiva del cristianismo elaborada con tal sinceridad que no tarda en ganarse la simpatía del lector educado. En ella el hombre es invitado a escuchar el canto nuevo del Logos de Dios. Como afirma Hans Lietzmann, Clemente presenta el cristianismo «con un sentimiento de superioridad y gran tranquilidad... como la verdadera filosofía».
    Clemente sabe que la conversión no resulta fácil para personas educadas en la tradición helenística, por lo que se esfuerza en mostrar el esplendor del Logos, incitando con vehemencia pero sin agresividad a seguirle. Nunca fue un hombre combativo al estilo del hiriente Tertuliano. Al censurar los mitos paganos lo hace como quien estuvo bajo su influjo en tiempos pasados y comprende el encanto que se encierra en muchas narraciones poéticas. Siempre trata a sus adversarios intelectuales con respeto, sin dejar de plantear sus objeciones y refutarlas mediante argumentos racionales. Muestra profunda simpatía por todos, pero no por ello reduce la doctrina en su intento de ganarlos para el evangelio.
    Los capítulos VII al XII constituyen la parte positiva donde el Logos multiplica sus invitaciones de forma cada vez más persuasiva. Los capítulos XI y XII ofrecen las páginas más hermosas, donde Clemente nos muestra un alma profundamente cristiana, entusiasmada por la alegría que le ha comunicado la nueva fe y ansiosa por transmitirla a todos.

    Dos aspectos de originalidad decisiva

    En dos puntos Clemente es principalmente original en el contexto de la apologética cristiana primitiva: en su posición respecto a la filosofía griega y en la concepción que tiene de su religión.
    1. La filosofía como pedagogía divina
    Quizá el aspecto más novedoso es el método que emplea para hacer volver a los hombres al Creador: lo que persigue a lo largo de estas páginas es fundamentalmente una búsqueda intelectual, porque el ser humano es, ante todo, un ser racional. Comienza con la narración detallada de fábulas antiguas —que sabe son del gusto del lector educado— para conducirlo inmediatamente a la verdad por la mano más poderosa: la inteligencia.
    La filosofía se convierte así en su mayor tesoro apologético. Clemente mismo confiesa: «El vulgo, como los niños que temen al coco, teme a la filosofía griega por miedo de ser extraviado por ella. Sin embargo, si la fe que tienen —ya que no me atrevo a llamarla conocimiento— es tal que puede perderse con argumentos, ¡que se pierda!, pues con esto solo ya confiesan que no tienen la verdad. La verdad es invencible; las falsas opiniones son las que se pierden» (Strom. VI 10, 80, 5).
    Clemente cree firmemente que Dios concedió la filosofía a los griegos precisamente para conducirlos hacia la salvación, impidiendo con ella las emboscadas de la sofística contra la verdad. En varias ocasiones insiste en el origen divino de la filosofía y su influencia bienhechora en la humanidad privada de la luz plena de Cristo. Lo que la Ley mosaica fue para los judíos, eso ha significado la filosofía para los griegos: «Si decimos, como se admite universalmente, que todas las cosas necesarias y útiles para la vida nos vienen de Dios, no andaremos equivocados. En cuanto a la filosofía, ha sido dada a los griegos como su propio testamento, constituyendo un fundamento para la filosofía cristiana».

    Filosofía y evangelio en tensión creativa

    Sus lectores probablemente seguían una de las muchas religiones helenísticas con bastante escepticismo, como la mayoría de sus contemporáneos educados. Clemente no podía presentar el cristianismo como una simple predicación moral, sino que procura elevar la doctrina sobre la sólida base de la razón. Sus mejores aliados son siempre Platón y la filosofía. Con todo, la utilización que hace de la filosofía griega se encuentra siempre dominada por la preocupación incesante de conservar íntegro el mensaje evangélico. Es la continua tensión creativa que presenta su producción: un pensador profundamente cristiano que permanece, en palabras precisas de Joseph Tixeront, résolument philosophe.
    2. Fundación del humanismo cristiano
    Original asimismo es su concepción del cristianismo. Aunque todavía no poseemos en el siglo II una exposición sistemática completa de la teología, Clemente da a la nueva religión una orientación precisa y decisiva: estima los valores logrados por la inteligencia humana, pero con el convencimiento profundo de que no encuentran su fin último sino en Dios. De este modo establece las bases del humanismo cristiano al unir en su persona al hombre griego —con su confianza en la razón humana y su afán incansable de conocer— y al cristiano —con su fe en la revelación divina y su esperanza escatológica. Esta preferencia decidida por la filosofía le reportó numerosas críticas de sus contemporáneos alejandrinos, muchos de los cuales veían en ella más un obstáculo que un acercamiento genuino a la fe.
    Sin embargo, no podemos olvidar que su helenismo no fue nunca el de un artista que busca la belleza formal sino el de un moralista que procura poner todos los conocimientos al servicio de su fe. De este modo, Clemente impidió que el cristianismo quedara aislado del mundo de la cultura helenística, estableciendo nuevos fundamentos filosóficos para sistematizar el contenido de la doctrina revelada.

    El género literario protréptico

    Con el Protréptico, Clemente continúa conscientemente la tradición literaria de la exhortación (protreptikós lógos), tradición en principio filosófica pero desarrollada rápidamente por la apologética cristiana. Realiza en la obra no tanto un ataque destructivo al paganismo como una calurosa invitación a acoger la nueva religión, mostrando en todo momento un conocimiento directo y profundo de la cultura pagana, especialmente de la filosofía griega.
    Precedentes filosóficos
    La primera obra de la Antigüedad que llevó este nombre técnico fue el Protréptico de Aristóteles, actualmente perdida. Sin embargo, no fue la primera en carácter exhortativo hacia la filosofía, pues ya Platón había escrito algunos diálogos en este sentido. El tema es platónico: los términos protrépein eis aretén, eis sophían, protreptikós lógos nacieron en el círculo socrático, pues los discursos de exhortación constituyen la forma primitiva de la diatriba filosófico-popular. André-Jean Festugière identificó tres diálogos protrépticos platónicos: la exhortación a la sabiduría aparece en los dos discursos del Eutidemo, por segunda vez en el Fedón, y en Epinomis desde el principio.
    Aristóteles no hizo más que seguir esta línea de su maestro. La existencia de su Protréptico la conocemos gracias a textos de Alejandro de Afrodisia y Zenón. Según Ingemar Düring, fue Isaac Bywater quien en el siglo XIX demostró que parte del Protréptico de Jámblico contiene extractos amplios tomados del aristotélico. Werner Jaeger, basándose en el trabajo de Bywater, llevó a cabo su reconstrucción en 1923.
    El Protréptico aristotélico defiende tres tesis fundamentales: la posesión de bienes materiales sin prudencia y principios morales es un mal; demuestra lo ineludible de la tarea de filosofar; y demuestra la importancia de la filosofía incluso para la vida política y práctica. Formalmente el escrito es un mensaje a un soberano chipriota, pero en realidad se trata de un manifiesto dirigido a los jóvenes que se agruparon en torno a las escuelas áticas. La obra tuvo gran éxito a juzgar por la influencia que ejerció en la posteridad: Heráclides Póntico, Plutarco, Séneca, Cicerón (Hortensius), Temistio y Galeno se basaron en ella o la imitaron.
    El Protréptico aristotélico ejerció también influencia decisiva en escritores cristianos. El discurso sobre san Juan Bautista de Gregorio Nacianceno presenta notables semejanzas con pasajes plutarqueos derivados de Aristóteles. Los escritos de la época patrística son esencialmente apologéticos y de propaganda, y la forma literaria fue un pretexto para que la obra fuera leída tanto por judíos como por paganos o cristianos. El influjo de la literatura clásica protréptica, donde la propaganda de la filosofía había encontrado su expresión más tradicional, fue decisivo.
    Elementos comunes del género
    En apariencia, la obra de Clemente tiene poco que ver con los protrépticos filosóficos clásicos. Sin embargo, el filósofo cristiano mantiene lo esencial del género exhortativo. Para invitar a los paganos a aceptar la nueva religión, los escritores cristianos de estos primeros siglos no necesitan acudir a argumentos radicalmente diferentes de los que ya eran familiares en la tradición protréptica. Elementos comunes incluyen:
    • El tema del gozo: tiene precedente en el concepto —común a los protrépticos— de la filosofía como medio para alcanzar la virtud. En las obras cristianas, la felicidad prometida a quienes sigan la nueva religión es continua y definitiva.
    • La exhortación universal a la búsqueda de la verdad, sin distinción de sexo, edad o condición social, al estilo de los filósofos estoicos.
    • La eficacia de la filosofía sobre las costumbres, confirmada y demostrada plenamente por el cristianismo, así como los efectos transformadores que produce incluso en los más incultos.
    • La vanidad de las riquezas y otras cosas humanas que no producen verdadera felicidad, tema frecuente en la filosofía cínico-estoica.
    • El regalo que Dios otorga al hombre al hacerlo a su imagen y semejanza.
    • El tema de la luz que disipa las tinieblas, presente tanto en filosofía como en el Antiguo y Nuevo Testamento.
    De estos elementos, los cinco primeros los recoge explícitamente Clemente en su Protréptico. Clemente, mejor preparado que cualquier otro escritor contemporáneo por su conocimiento profundo y simpatía genuina hacia el mundo clásico, presenta a Cristo, en su primera obra, como el verdadero Protrepticós, la Exhortación personificada.
    El Logos como exhortación racional
    Quizá el elemento más importante es la exhortación a la búsqueda de la verdad, que no puede llevarse a cabo sin una invitación previa a los lectores a la filosofía, a que ejerciten su capacidad racional distintivamente humana.
    Desde el principio el alejandrino ofrece a los hombres, como animales «inteligentes» (logikoi) que son, la «inteligencia más brillante», «su derecha poderosa, la inteligencia, para su salvación», «la sabiduría sobrehumana, el Logos celeste». De este modo, el hombre, apoyado en su logos humano, alcanza al Logos divino.
    Es significativo que a Clemente le guste designar con el nombre de Logos a Cristo hasta cuarenta y nueve veces en esta obra, identificándolo con la sabiduría divina, la luz que disipa las tinieblas de la ignorancia, la misma que en otro tiempo inspiró también a numerosos poetas y filósofos griegos que entrevieron algo de la única verdad. Como Justino, especula magistralmente con los términos lógos, logikós y álogoi, para probar que los hombres que se conducen como logikoí —racionales— son los únicos que reciben el conocimiento auténtico de Cristo-Logos. Con frecuencia juega con el sentido ambivalente de los términos, aludiendo simultáneamente a Cristo y al raciocinio humano que garantiza el discernimiento del bien y del mal.
    A partir del capítulo X la exhortación a volver a la phrónesis —la prudencia racional— se hace más apremiante. Es preciso envejecer para la superstición, que es contraria a la razón, y correr tras el Logos divino, único que otorga la salvación definitiva. Clemente insiste en que no puede haber obstáculo para quien verdaderamente quiere conocer a Dios, puesto que el Logos es imagen de Dios y el hombre es imagen del mismo Logos. En el capítulo XII repite su invitación final a la sensatez (sophrosýne).

    Transmisión textual

    Los manuscritos que conservamos del Protréptico son relativamente poco numerosos:
    • Parisinus graecus 451 (P): Del siglo X. El más importante.
    • Mutinensis III D7 (M): De los siglos X-XI. Tiene tres copias.
    • Monacensis graecus 97
    • Valicellensis F 33: Con el texto incompleto.
    • Ottobonensis 94
    • Gennensis Missionis Urbanae 28: De los siglos XIV-XV.
    • Oxoniensis Collegi Novi 139 (N): Copia del anterior.
    • Parisinus Suppl. graec. 254: De los siglos XIV-XV.
    Notable es sobre todo el primer códice, que fue escrito en el año 914 por el escriba Baanes para el famoso arzobispo de Cesarea de Capadocia, Aretas, gracias al cual conservamos obras sumamente preciosas de la Antigüedad. Además del Protréptico y del Pedagogo contiene obras de Justino, Atenágoras y Eusebio. Los demás códices, más o menos directamente, remontan todos a este prototipo, lo que explica el gran acuerdo entre las diversas ediciones de la obra.

    Criterios de esta traducción

    Aunque el texto de Clemente no siempre ofrece una sintaxis perfectamente clara —lo que ha dado pie a numerosas correcciones editoriales o supresiones textuales—, esta traducción prefiere seguir el texto manuscrito conservado salvo en contadas ocasiones debidamente señaladas. Hemos utilizado principalmente la edición bilingüe griego-inglés de Delphi Complete Works of Clement of Alexandria (Delphi Classics) como fuente primaria para el texto original griego, apoyándonos en sus notas críticas y variantes textuales cuando el manuscrito resultaba oscuro o confuso. Como referencia secundaria para matizar giros idiomáticos y comprensión contextual, hemos consultado la traducción al español y notas de la Biblioteca Clásica Gredos, estimada por sus ediciones críticas y comentarios filológicos en lengua española. En los casos donde nuestra lectura del texto griego difiere significativamente de otras traducciones, mantenemos nuestra versión cuando está mejor justificada por el contexto lingüístico o textual, anotando tales divergencias como notas críticas.
    Los títulos de los capítulos proceden de la tradición editorial, no de Clemente. El comentario aparece plegado cerca del pasaje que explica.
    Las citas bíblicas se traducen de acuerdo con el texto que nos presenta Clemente, aunque ocasionalmente no concuerden exactamente con nuestras traducciones modernas, pues Clemente citaba frecuentemente de memoria y adaptaba los textos a su argumentación.
    La presente traducción busca un equilibrio entre literalidad y legibilidad: conserva en la medida de lo posible el sabor del original griego —con sus períodos retóricos elaborados, su vocabulario filosófico técnico y sus juegos de palabras— pero procura hacerlo accesible al lector moderno en español. Los términos técnicos griegos fundamentales (logos, phrónesis, sophía, gnosis) se mantienen transliterados cuando su traducción podría empobrecer el sentido o se explican brevemente en su primera aparición.

    Capítulo I: El canto nuevo sucede a los mitos paganos

    Cap. 1

    Anfión de Tebas y Arión de Metimna: ambos fueron maestros del canto, y ambos pertenecen al mito. Esta canción todavía la cantan los griegos en coro. Con el arte de la música, uno atrajo a un pez, el otro fortificó Tebas con murallas. Otro sabio tracio —este es otro mito griego— domesticaba a las fieras con su canto desnudo, y también transplantaba con su música los árboles, las encinas. Podría contarte aún otro relato hermano de estos, sobre un cantor: Eunomo de Locris y la cigarra pítica. Una asamblea griega se reunía en Delfos para honrar a un dragón muerto, mientras Eunomo cantaba el funeral del reptil. No puedo decir si el canto era un himno o un lamento por la serpiente. Pero hubo un concurso, y Eunomo tocaba la cítara en la hora del calor abrasador, cuando las cigarras bajo las hojas cantaban por los montes, ardiendo bajo el sol. Pero resulta que no cantaban al dragón muerto, al Pítico, sino al dios omnisapiente un canto independiente, mejor que las melodías de Eunomo. Se rompió una cuerda al locrio. La cigarra voló hasta el puente del instrumento, trinaba sobre él como si estuviera en una rama, y el cantor, armonizándose con el canto de la cigarra, llenó la cuerda que faltaba. Así pues, la cigarra no fue arrastrada por el canto de Eunomo, como pretende el mito al erigir en Delfos una estatua de bronce de Eunomo con su cítara y su compañero de concurso, el locrio. La cigarra voló por propia voluntad y cantó voluntariamente, pero a los griegos les pareció que se había convertido en intérprete de la música.
    ¿Cómo es que han creído en mitos vacíos, suponiendo que los animales son hechizados por la música? Al parecer, el rostro radiante de la verdad les parece algo fingido y ha caído bajo la mirada de la desconfianza. Resulta que el Citerón y el Helicón y los montes de los odrisas y de los tracios, santuarios del error, han sido divinizados y celebrados en himnos por sus misterios. Yo, aunque sean mitos, me indigno por tantas desgracias cantadas con tragedia. Pero para ustedes, incluso las crónicas de las maldades se han convertido en dramas, y los actores de los dramas en espectáculos de deleite. Pero vamos, tomemos los dramas y a los poetas que celebran las Leneas, ya completamente ebrios, después de atarlos con hiedra, desvaríos fuera de lugar en la iniciación báquica, con los sátiros y el grupo de locura maníaca, junto con el resto del coro de demonios, encerrémoslos en el Helicón y el Citerón, ya envejecidos. Pero hagamos descender desde lo alto, desde los cielos, la verdad junto con la sabiduría más luminosa hacia el monte santo de Dios y el coro santo de los profetas. Que ella, brillando con luz lo más resplandeciente posible, ilumine por todas partes a los que se revuelcan en la oscuridad y libere a los hombres del error, extendiendo su diestra suprema —la comprensión— para salvación.
    Que ellos, alzando la vista y levantando la cabeza, abandonen el Helicón y el Citerón, y habiten en Sión. "Porque de Sión saldrá la ley, y la palabra del Señor desde Jerusalén", palabra celestial, el verdadero luchador coronado en el teatro del mundo entero. Mi Eunomo ciertamente no canta la melodía de Terpandro ni la de Capión, ni tampoco la frigia o lidia o doria, sino la ley eterna de la nueva armonía, la que lleva el nombre de Dios, el canto nuevo, el levítico: "Que disipa el dolor y calma la cólera, que trae el olvido de todos los males". En el canto está mezclado un remedio dulce y verdadero de persuasión.
    A mí me parece que aquel Orfeo tracio, el tebano y el de Metimna, ciertos hombres que no eran hombres, se convirtieron en engañadores que, bajo el pretexto de la música, corrompieron la vida, posesos de demonios mediante un hechizo artístico para la destrucción, celebrando violencias como orgías, endiosando lamentos, fueron los primeros en conducir de la mano a los hombres hacia los ídolos —sí, con piedras y maderos, es decir, con estatuas y pinturas— edificando la torpeza de la costumbre, sometiendo a la más extrema esclavitud mediante cantos y encantamientos aquella libertad verdaderamente hermosa de los que viven bajo el cielo.
    Pero mi cantor no es tal, ni ha llegado tarde para disolver la amarga esclavitud de los demonios que tiranizan. Más bien, conduciéndonos al yugo suave y filántropo de la piedad, nos llama de nuevo hacia los cielos a los que habíamos sido arrojados a la tierra. Él solo, de todos los que existieron, domesticó a los animales más difíciles de todos: los hombres. A los ligeros de entre ellos los volvió aves, a los engañadores reptiles, a los iracundos leones, a los hedonistas cerdos, a los rapaces lobos. Los insensatos son piedras y maderos. Más aún, más insensible que las piedras es el hombre sumergido en la ignorancia. Que venga en nuestro testimonio la voz profética, que canta en armonía con la verdad, compadeciendo a los que han sido consumidos en la ignorancia y la insensatez: "Porque Dios es capaz de levantar de estas piedras hijos a Abraham". Él, compadeciendo la gran ignorancia y la dureza de corazón de los que se habían petrificado contra la verdad, levantó de aquellas piedras —de las naciones que habían creído en piedras— una semilla de piedad que percibe la virtud. De nuevo, llamó en algún lugar "camada de víboras" a ciertos hipócritas venenosos y traicioneros que acechaban a la justicia. Pero si alguna de estas serpientes se arrepiente voluntariamente, siguiendo al Logos, se convierte en "hombre de Dios". A otros los llama alegóricamente "lobos" vestidos con pieles de ovejas, aludiendo a los rapaces bajo formas humanas. Pues bien, a todos estos animales más salvajes y a tales piedras, el canto celestial mismo los transformó en hombres mansos.
    "Porque fuimos, sí, fuimos en otro tiempo también nosotros insensatos, desobedientes, extraviados, esclavizados a placeres y deseos variados, viviendo en maldad y envidia, odiosos, odiándonos unos a otros", como dice la escritura apostólica. "Pero cuando apareció la bondad y el amor a la humanidad de nuestro Dios salvador, no por obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino según su misericordia, nos salvó".
    Comentario editorial · El mito de Eunomo y la cigarra
    Clemente introduce el Protréptico con una crítica directa a los mitos paganos que atribuyen poderes sobrenaturales a la música humana. El relato de Eunomo de Locris, quien supuestamente fue ayudado por una cigarra durante un concurso musical en Delfos, sirve como ejemplo paradigmático del autoengaño griego. La cigarra, según Clemente, no respondió al arte de Eunomo sino que cantaba espontáneamente, pero los griegos, atrapados en su fascinación mitológica, interpretaron el evento como milagro. Este pasaje establece el contraste fundamental de la obra: frente a los mitos vacíos de poder real, Clemente presentará al Logos divino como el verdadero cantor que transforma la realidad humana.
    Comentario editorial · Dejar el Helicón y el Citerón
    El llamado de Clemente a abandonar el Helicón y el Citerón (montes asociados con las musas paganas) para habitar en Sión representa la transición teológica central del Protréptico: del error mitológico a la verdad revelada. La cita de
    ancla este movimiento en la profecía bíblica, identificando a Jerusalén como la fuente de la verdadera instrucción divina frente a los santuarios griegos del engaño.
    Comentario editorial · El «canto nuevo» y la tradición levítica
    Clemente identifica su mensaje con el "canto nuevo" mencionado en
    y
    , pero lo vincula específicamente con la "nueva armonía" que lleva el nombre de Dios. La referencia al canto "levítico" no es casual: sugiere continuidad entre la liturgia del Antiguo Testamento y la revelación cristiana, mientras que la alusión a la capacidad del canto para "disipar el dolor y calmar la cólera" evoca tanto la música terapéutica de David ante Saúl como el poder transformador del Evangelio. Este pasaje establece la superioridad del Logos cristiano sobre Orfeo, Anfión y los demás músicos míticos.
    Comentario editorial · Tito 3:3–5: de la necedad a la salvación
    Clemente cita aquí
    , un pasaje central para su antropología de la conversión. La transformación radical del ser humano, de "piedra" a "hombre de Dios", no depende de méritos humanos sino de la misericordia divina manifestada en Cristo. Este es el corazón soteriológico del Protréptico: el Logos no solo enseña, sino que regenera ontológicamente a quienes lo escuchan, cumpliendo así lo que los mitos órficos solo prometían falsamente.
    Mira cuánto poder ha tenido el canto nuevo: ha hecho hombres de piedras y hombres de fieras. Los que estaban muertos de otra manera, los que no participaban de la vida que verdaderamente es, con solo convertirse en oyentes del canto, revivieron. Este mismo ordenó todo el universo con armonía y tensó la discordancia de los elementos hacia un orden de sinfonía, para que todo el cosmos se convirtiera en armonía para él. Soltó el mar embravecido, pero le impidió pisar la tierra; a su vez, afirmó la tierra en movimiento y la fijó como límite del mar. Más aún, suavizó el impulso del fuego con el aire, como quien mezcla la armonía doria con la lidia, y domesticó la áspera frialdad del aire con la interposición del fuego, mezclando armoniosamente estos sonidos extremos del universo. Y ciertamente este canto inmaculado, sostén del universo y armonía de todas las cosas, extendiéndose desde el centro hacia los extremos y desde los límites hacia el centro, armonizó este universo, no según la música tracia similar a la de Jubal, sino según el propósito paterno de Dios, que David emuló.
    Pero el que viene de David y existía antes que él, el Logos de Dios, despreciando la lira y la cítara, instrumentos sin alma, armonizó con el Espíritu Santo este cosmos y también el pequeño cosmos —el hombre, su alma y su cuerpo— y salmodia a Dios a través del instrumento polifónico, y canta al instrumento que es el hombre: "Porque tú eres para mí cítara y flauta y templo". Cítara por la armonía, flauta por el aliento, templo por el Logos, para que la primera resuene, la segunda inspire y el último reciba al Señor. Sí, David el rey, el citarista a quien recordamos hace poco, nos exhortaba a la verdad y nos apartaba de los ídolos. Lejos de cantar himnos a los demonios, los perseguía con música verdadera, como cuando Saúl estaba poseído y él, solo cantando, lo sanó. El Señor creó al hombre como hermoso instrumento viviente según su propia imagen. Sin duda, él mismo es instrumento de Dios, totalmente armónico, melódico y santo: sabiduría supracósmica, Logos celestial.
    ¿Qué quiere entonces el instrumento, el Logos de Dios, el Señor, y el canto nuevo? Abrir los ojos de los ciegos y abrir los oídos de los sordos, conducir de la mano hacia la justicia a los cojos de ambos pies o a los extraviados, mostrar Dios a los hombres insensatos, detener la corrupción, vencer a la muerte, reconciliar con el Padre a los hijos desobedientes. Filántropo es el instrumento de Dios. El Señor se compadece, educa, exhorta, amonesta, salva, guarda, y nos promete en abundancia como recompensa de nuestro aprendizaje el reino de los cielos, recibiendo de nosotros solo esto: que nos salvemos. Porque el mal se alimenta de la corrupción de los hombres, pero la verdad, como la abeja que no daña nada de lo que existe, se regocija solo en la salvación de los hombres. Tienes entonces la promesa, tienes el amor a la humanidad: participa de la gracia.
    Y no consideres mi canto salvador como algo nuevo en el sentido de un utensilio o una casa. Porque existía "antes del lucero de la mañana", y "en el principio era el Logos, y el Logos estaba junto a Dios, y el Logos era Dios". Antiguo es el error, pero la verdad aparece como nueva. Ya sea que las cabras míticas enseñen que los frigios son antiguos, o bien los poetas que describen como anteriores a la luna a los arcadios, o también los egipcios que sueñan que esta tierra fue la primera en hacer surgir dioses y hombres: ninguno de estos existió antes de este cosmos. Pero antes de la fundación del cosmos, nosotros, que íbamos a existir en él, fuimos engendrados primero por Dios; nosotros, las criaturas racionales del Logos de Dios, por quien somos antiguos, porque "en el principio era el Logos". Pero que el Logos existía desde arriba, era y es principio divino de todas las cosas: y que ahora ha recibido el nombre antiguamente santificado, digno de poder —Cristo—, me ha sido llamado canto nuevo.
    El Logos, Cristo, es causa tanto de que hayamos existido desde antiguo —porque estaba en Dios— como de nuestro bienestar. Ahora precisamente este mismo Logos ha aparecido a los hombres, él, el único que es ambas cosas: Dios y hombre, causa para nosotros de todos los bienes. Por él, siendo instruidos en vivir bien, somos conducidos hacia la vida eterna. Porque según aquel divino apóstol del Señor: "La gracia salvadora de Dios ha aparecido a todos los hombres, educándonos para que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos sobria, justa y piadosamente en el tiempo presente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y salvador nuestro Jesucristo".
    Este es el canto nuevo: la manifestación que ahora ha resplandecido en nosotros del Logos que era en el principio y preexistía. Ha aparecido recientemente el salvador preexistente, ha aparecido el que es en realidad, porque "el Logos estaba junto a Dios". Ha aparecido el maestro por quien todas las cosas fueron creadas, el Logos que, concediendo la vida en el principio al crear como demiurgo, al aparecer como maestro enseñó a vivir bien, para que más tarde, como Dios, conceda el vivir siempre.
    Comentario editorial · Cosmología musical y el Logos como Demiurgo
    La descripción del Logos ordenando el cosmos mediante armonía musical refleja la síntesis alejandrína de filosofía griega y teología cristiana característica de Clemente. La mención de las armonías doria, lidia y frigia (modos musicales griegos) aplicadas a los elementos cósmicos (mar, tierra, fuego, aire) muestra cómo Clemente reinterpreta la teoría pitagórica de la música de las esferas. Sin embargo, contrasta explícitamente esta armonía con "la música tracia similar a la de Jubal" (figura del Génesis asociada con la música humana), atribuyendo al Logos preexistente el papel de arquitecto cósmico que los griegos dieron a Orfeo o Pitágoras. El "pequeño cosmos" (microcosmos) del ser humano encuentra su lugar en esta sinfonía universal solo mediante la acción del Espíritu Santo.
    Comentario editorial · La preexistencia del Logos y la elección eterna
    Clemente fundamenta la novedad del Evangelio en su antigüedad paradójica: el Logos existía "antes del lucero de la mañana" (
    en LXX) y "en el principio" (
    ). Al afirmar que los creyentes fueron "engendrados primero por Dios" antes de la creación del mundo, Clemente anticipa doctrinas sobre la predestinación y la elección divina que desarrollarán más tarde Orígenes y Agustín. La identificación del "canto nuevo" con Cristo establece que lo verdaderamente antiguo no son las tradiciones míticas griegas, frigias o egipcias, sino la Palabra eterna ahora manifestada en la historia. Esta cristología logos-céntrica será fundamental para toda la teología alejandrina posterior.
    Comentario editorial · El Logos preexistente se manifiesta como salvador
    La manifestación del Logos preexistente como "salvador" marca el núcleo del Protréptico. Clemente presenta una cristología triádica: el Logos como Creador (demiurgo), como Maestro (didáskalos) que enseña a vivir bien, y como Dios (theós) que concede vida eterna. Esta estructura refleja las tres dimensiones de la economía divina: creación, pedagogía moral (que desarrollará en el Pedagogo) y divinización escatológica. La cita de
    refuerza que la gracia no solo perdona sino que educa, preparando a los creyentes para la manifestación gloriosa de Cristo.
    Él no se compadeció de nuestro error solo ahora por primera vez, sino desde arriba, desde el principio. Pero ahora, cuando ya perecíamos, al aparecer nos salvó completamente. Porque el malvado reptil hechicero esclaviza y maltrata todavía ahora a los hombres —me parece— siendo castigado bárbaramente, como aquellos que se dice atan a los cautivos con cadáveres, hasta que se pudren junto con ellos. Este malvado tirano y dragón, a cuantos puede apropiarse desde el nacimiento, tras amarrarlos con piedras y maderos y estatuas y tales ídolos con el miserable vínculo de la superstición —esto es lo que se dice— llevando como ofrendas a los vivos, los sepultó hasta que se corrompan juntos. Por esto —porque uno es el engañador, desde arriba engañando a Eva, y ahora también llevando a los demás hombres hacia la muerte— uno también es él mismo nuestro auxiliador y ayudante, el Señor, profetizando desde el principio proféticamente, pero ahora también exhortando claramente hacia la salvación.
    Huyamos entonces, obedeciendo la orden apostólica, de "el príncipe de la potestad del aire, del espíritu que ahora opera en los hijos de la desobediencia", y corramos hacia el salvador, el Señor, que tanto ahora como siempre nos exhortaba hacia la salvación: mediante prodigios y señales en Egipto, y en el desierto mediante la zarza y la nube que seguía a los hebreos por gracia de filantropía, como una sierva. A aquellos de corazón duro los exhortaba con el temor de estas cosas. Pero ya también mediante Moisés el omnisapiente y el amante de la verdad Isaías y todo el coro profético, convierte más racionalmente hacia el Logos a los que tienen oídos. Y aquí reprocha, allí también amenaza; a algunos de los hombres incluso los lamenta; a otros les canta, como un buen médico de los cuerpos enfermos que aplica emplastos a unos, suaviza a otros, vierte líquidos sobre otros, corta a otros con hierro, cauteriza a otros, y a veces también amputa, si de alguna manera es posible sanar al hombre aunque sea en parte o miembro. Polifónico ciertamente es el salvador y multiforme para la salvación de los hombres: amenazando amonesta, censurando convierte, lamentando se compadece, salmodiando exhorta, habla mediante la zarza —aquellos necesitaban señales y prodigios— y con el fuego aterroriza a los hombres, encendiendo la llama desde una columna, muestra a la vez de gracia y temor. Si obedeces, la luz; si desobedeces, el fuego. Pero puesto que la carne es más preciosa que la columna y la zarza, después de aquellas cosas hablan los profetas: el Señor mismo hablando en Isaías, él mismo en Elías, él mismo en boca de los profetas.
    Pero si tú no crees a los profetas y consideras mito tanto a los hombres como al fuego, te hablará el Señor mismo: "El cual, existiendo en forma de Dios, no consideró como usurpación el ser igual a Dios, sino que se vació a sí mismo", el Dios misericordioso, anhelando salvar al hombre. Y ya este Logos mismo te habla claramente, avergonzando tu incredulidad. Sí, lo digo: el Logos de Dios, habiéndose hecho hombre, para que ciertamente también tú aprendas de un hombre cómo alguna vez un hombre puede llegar a ser dios.
    ¿Acaso no es absurdo, amigos, que Dios siempre nos exhorte hacia la virtud, pero nosotros evitemos el beneficio y pospongamos la salvación? ¿Acaso no también Juan nos exhorta hacia la salvación, y todo él se convierte en voz exhortativa? Preguntémosle entonces: "¿Quién eres, de dónde vienes, entre los hombres?". No dirá que es Elías, negará ser Cristo, pero confesará que es una voz que clama en el desierto. ¿Quién es entonces Juan? Por así decirlo, permítaseme hablar: la voz exhortativa del Logos clamando en el desierto. ¿Qué clamas, oh voz? "Dinos también a nosotros". "Hagan rectos los caminos del Señor". Juan es precursor, y la voz precursora del Logos, voz exhortativa que prepara para la salvación, voz que exhorta hacia la herencia de los cielos, por la cual la estéril y desierta ya no es más infecunda.
    Esta gestación me la profetizó la voz de un ángel: también aquella era precursora del Señor, anunciando buenas nuevas a una mujer estéril, como Juan al desierto. Por esta voz del Logos, entonces, la estéril da buenos hijos y el desierto da fruto. Las dos voces precursoras del Señor, la del ángel y la de Juan, me insinúan la salvación que yace dentro, para que al aparecer este Logos produzcamos el fruto de la fecundidad, la vida eterna. La escritura, reuniendo ambas voces en lo mismo, aclara todo: "Que escuche la que no da a luz, que grite con voz la que no sufre dolores de parto, porque más numerosos son los hijos de la desierta que los de la que tiene marido". A nosotros nos anunciaba buenas nuevas el ángel, a nosotros nos exhortaba Juan a comprender al labrador, a buscar al marido. Porque uno y el mismo es este: el marido de la estéril, el labrador del desierto, el que llenó de poder divino tanto a la estéril como al desierto. Puesto que muchos son los hijos de la noble, pero estaba sin hijos por desobediencia la hebrea antiguamente prolífica, la estéril recibe al marido y el desierto al labrador. Luego una da frutos, la otra fieles, ambas madres gracias al Logos. Pero para los incrédulos todavía ahora quedan tanto la estéril como el desierto.
    Juan, el heraldo del Logos, exhortaba de esta manera a estar preparados para la presencia de Dios, de Cristo. Y esto era lo que insinuaba el silencio de Zacarías, aguardando el fruto precursor de Cristo, para que la luz de la verdad, el Logos, disolviera el silencio místico de los enigmas proféticos, habiéndose convertido en evangelio. Pero si tú anhelas ver verdaderamente a Dios, participa de purificaciones dignas de Dios: no de hojas de laurel y de cintas tejidas con lana y púrpura, sino ciñéndote de justicia y poniéndote alrededor las hojas de la continencia, ocúpate de Cristo. "Porque yo soy la puerta", dice en algún lugar. Es necesario que la conozcan los que desean comprender a Dios, para que nos abra de golpe las puertas de los cielos. Porque racionales son las puertas del Logos, que se abren con la llave de la fe: "Nadie conoció a Dios sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo revele". Sé bien que la puerta que hasta ahora estaba cerrada, el que la abre luego revela lo interior y muestra lo que antes no era posible conocer, excepto para los que habían pasado a través de Cristo, por quien solo Dios es contemplado.
    Comentario editorial · Juan Bautista como voz precursora
    La interpretación de Juan el Bautista como "voz exhortativa del Logos" (basada en
    y
    ) presenta al Precursor no solo como profeta sino como extensión sonora del mismo Logos. La identificación de la "estéril" con la Iglesia de los gentiles (frente a la "prolífica hebrea" que quedó sin hijos por desobediencia) desarrolla la alegoría paulina de
    , citando
    . El "desierto" que ahora da fruto es tanto la tierra gentil como el corazón humano vacío de Dios. Clemente establece así una tipología donde el anuncio del ángel a Isabel y la predicación de Juan convergen en un solo propósito: preparar el camino para la fecundidad espiritual que solo el Logos-esposo puede otorgar.
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