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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minIntroducción al Protréptico de Clemente de Alejandría
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa obra literaria de Clemente
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minDos aspectos de originalidad decisiva
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minTransmisión textual
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 13 minCapítulo I: El canto nuevo sucede a los mitos paganos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 1 minCapítulo I: El canto nuevo sucede a los mitos paganos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo III: Sacrificios humanos: las tumbas se convierten en templos
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 12 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo V: Opiniones de los filósofos sobre Dios
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo VI: Inspirados por la misma verdad, los filósofos han dicho verdades ocasionalmente
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo VII: También los poetas rinden testimonio a la verdad
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapitulo VIII: A los profetas es a los que es preciso preguntar la verdad sobre Dios
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 11 minCapitulo IX: Dios nos llama a él por su Logos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 1 minCapitulo IX: Dios nos llama a él por su Logos
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 9 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 9 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 2 minCapitulo X: Nadie debe dejar de escuchar la voz de la verdad y de aceptar la salvación que nos ofrece
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 13 minCapitulo XI: Los beneficios supremos de la venida del Logos encarnado
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo XII: Es necesario correr al llamado de Cristo y ponerse con confianza bajo la guía de este Logos salvador
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minRecepción patrística y legado teológico
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minLa Edad Media: transmisión y olvido parcial
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minTeología contemporánea: relevancia actual
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minConclusión: el canto nuevo que perdura

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    TEXTOS — CLEMENTE DE ALEJANDRÍA

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    Protréptico

    c. 190 · Exhortación a los griegos44 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 6 · Capítulo V: Opiniones de los filósofos sobre DiosPublicado el Actualizado el Ref. ESC-PROT-01

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    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minTransmisión textual
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    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 1 minCapítulo I: El canto nuevo sucede a los mitos paganos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo II: Lo absurdo e impío de los cultos y misterios paganos
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo III: Sacrificios humanos: las tumbas se convierten en templos
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 12 minCapítulo IV: Los ídolos traicionan la estupidez, la falsedad y el descaro de los dioses griegos
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    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minTeología contemporánea: relevancia actual
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minConclusión: el canto nuevo que perdura

    Capítulo V: Opiniones de los filósofos sobre Dios

    Cap. 5

    Recorramos también, si quieren, las opiniones de los filósofos, todas cuantas presumen tener sobre los dioses, para ver si acaso descubrimos que la filosofía misma, por amor a la vanagloria, hace ídolos de la materia, o si diviniza ciertas cosas demoníacas. Podremos demostrar de pasada que esta filosofía ve la verdad solo como en sueños, pero sin captarla realmente.
    Así pues, dejaron como principios fundamentales los elementos: Tales de Mileto exaltó el agua; Anaxímenes, también milesio, exaltó el aire, al cual siguió más tarde Diógenes de Apolonia. Parménides de Elea propuso como dioses el fuego y la tierra, pero luego solamente uno de estos dos, el fuego, fue considerado dios por Hipaso de Metaponto y por Heráclito de Éfeso. Empédocles de Acragante, cayendo en la multiplicidad, además de estos cuatro elementos enumera también la discordia y la amistad como principios.
    También estos son ateos, porque adoraron la materia con una cierta sabiduría necia. Aunque no honraron las piedras o la madera, sin embargo divinizaron la tierra, que es madre de aquellas; y aunque no se fabricaron un Poseidón, sin embargo se volvieron suplicantes al agua misma.
    Porque ¿qué otra cosa es Poseidón sino una sustancia húmeda que recibe su nombre de la acción de beber? Así como, sin duda, el belicoso Ares es llamado así por el acto de matar y destruir. Por eso también me parece que muchos, después de clavar en tierra solamente una espada, le ofrecen sacrificios como si se tratara de Ares. Tal costumbre es propia de los escitas, como dice Eudoxo en el segundo libro de su Camino alrededor de la tierra. Los saurómatas, que son escitas, veneran una daga, según dice Hicesio en su obra Sobre los misterios.
    Esto mismo les ha sucedido a los seguidores de Heráclito, que veneran el fuego como principio originario. A este fuego otros lo han llamado Hefesto.
    Los magos persas honraron también el fuego, y muchos de los habitantes de Asia, y también los macedonios, según afirma Diógenes en el primer libro de su obra Sobre los persas. ¿Por qué habría de enumerar a los saurómatas, de quienes Ninfodoro registra en sus Costumbres extranjeras que veneran el fuego? ¿O a los persas, los medos y los magos? Dinón dice que estos sacrifican al aire libre, considerando únicamente como imágenes de los dioses el fuego y el agua.
    No he ocultado tampoco la ignorancia de estos. Porque aunque creen que van a escapar especialmente del error, se deslizan hacia otro engaño. No tomaron como imágenes de los dioses la madera o las piedras como los griegos, ni los ibis o los icneumones como los egipcios, sino el fuego y el agua como hacen los filósofos.
    Ciertamente, muchos períodos de años después, Beroso presenta en el tercer libro de su obra Sobre los caldeos que estos comenzaron a venerar imágenes con figura humana, después de que Artajerjes, hijo de Darío Oco, introdujo esta costumbre. Él fue el primero en erigir la estatua de Afrodita Anaitis en Babilonia, Susa, Ecbátana, y enseñó a venerarla a los persas, a los bactrios, a los habitantes de Damasco y de Sardes.
    Así pues, que los filósofos reconozcan que sus maestros fueron los persas, los saurómatas o los magos, de quienes aprendieron el ateísmo respecto a esos principios venerables que adoran. Desconocen al Gobernante que es hacedor de todas las cosas y al Artífice de los mismos principios, al Dios sin principio. En cambio, se vuelven suplicantes hacia estos elementos "pobres y débiles", como dice el Apóstol, "los elementos" que fueron hechos para servicio de los hombres.
    Entre el resto de los filósofos, cuantos pasaron por alto los elementos y se ocuparon de algo más elevado e importante, unos celebraron el infinito, como Anaximandro —que era de Mileto—, Anaxágoras de Clazomene y Arquelao el ateniense. Estos dos últimos colocaron la inteligencia en relación con el infinito. Leucipo el milesio y Metrodoro de Quíos dejaron, al parecer, también ellos dos principios: lo lleno y lo vacío. Demócrito de Abdera tomó estos dos principios y les añadió las imágenes.
    Alcmeón de Crotona creía que las estrellas eran dioses dotados de vida. No voy a callar su desvergüenza: Jenócrates —el calcedonio— sugiere enigmáticamente que los siete planetas son dioses, y que el octavo es el cosmos constituido por todas las estrellas fijas.
    Comentario editorial · Una crítica en dos tiempos
    Clemente anuncia una estrategia crítica doble: demostrar que (1) la filosofía griega, por "amor a la vanagloria", produce su propia forma de idolatría al divinizar elementos materiales o entidades demoníacas, y (2) que los filósofos "ven la verdad solo como en sueños, pero sin captarla realmente". Esta metáfora onírica es crucial: reconoce que hubo intuiciones filosóficas genuinas (el monismo, la búsqueda del principio único, la crítica de la mitología antropomórfica), pero afirma que permanecieron como vislumbres fragmentarias e incompletas hasta la revelación plena del Logos. Esta postura equilibrada será característica de la Escuela de Alejandría: ni rechazo total de la filosofía pagana ni aceptación acrítica, sino apropiación selectiva bajo el criterio cristológico.
    Comentario editorial · Monismo materialista: de Tales a Empédocles
    Clemente cataloga sistemáticamente las cosmologías presocráticas: Tales (agua como arché), Anaxímenes y Diógenes de Apolonia (aire), Parménides (fuego y tierra), Hipaso e Heráclito (fuego), Empédocles (cuatro elementos más Amor y Discordia). Aunque estos filósofos superaron la mitología antropomórfica al buscar principios naturales unificadores, Clemente los acusa de "ateísmo" por haber sustituido dioses personales con materia divinizada. La paradoja es aguda: "adoraron la materia con una cierta sabiduría necia". No fabricaron ídolos tallados, pero "divinizaron la tierra... se volvieron suplicantes al agua misma". Para Clemente, esto representa progreso crítico (abandonar Poseidón antropomórfico) pero fracaso teológico (quedarse en lo creado sin alcanzar al Creador). La filosofía presocrática logró desmitologizar la religión popular pero no trascendió el materialismo.
    Comentario editorial · Etimologías que reducen dioses a elementos
    Clemente emplea etimología popular (técnica común en apologética antigua) para reducir dioses a funciones naturales o humanas: Poseidón deriva de "beber" (pósis), Ares de "destruir" (areskein). Esta estrategia desmitificadora argumenta que los nombres divinos revelan su origen material o psicológico: no son seres trascendentes sino personificaciones de fenómenos. El ejemplo escita (clavar espada en tierra y sacrificarle como a Ares) muestra la continuidad entre veneración bárbara de objetos y culto filosófico de elementos: ambos adoran la creación en lugar del Creador. La crítica implícita a Heráclito (quien identificó el Logos con fuego) es que, aunque intuyó un principio racional cósmico, lo confundió con el elemento material.
    Comentario editorial · Zoroastrismo y la continuidad bárbaro-filosófica
    Clemente documenta extensamente el culto persa al fuego (magos, medos, persas, saurómatas), citando a Diógenes, Ninfodoro y Dinón. Los persas "sacrifican al aire libre, considerando únicamente como imágenes de los dioses el fuego y el agua" — práctica que Clemente considera análoga al monismo presocrático griego. La observación de Beroso (historiador caldeo helenizado) es crucial: los persas adoptaron tardíamente (bajo Artajerjes II, siglo IV a.C.) la iconografía antropomórfica al introducir el culto de Anahita (Afrodita Anaitis). Esto invierte la narrativa evolutiva habitual: no es que Persia progresara de aniconismo primitivo a antropomorfismo sofisticado, sino que se "corrompió" adoptando costumbres griegas. Para Clemente, tanto el anicónico culto elemental como la iconografía antropomórfica son igualmente idólatras: ambos adoran criatura en lugar de Creador.
    Comentario editorial · Del infinito material al Nous: Anaximandro, Anaxágoras y atomistas
    Clemente reconoce un avance en filósofos que "pasaron por alto los elementos y se ocuparon de algo más elevado e importante": Anaximandro (ápeiron, lo indefinido-infinito), Anaxágoras y Arquelao (Nous, inteligencia ordenadora), Leucipo y Metrodoro (lleno y vacío), Demócrito (átomos más "imágenes"/eidola). La introducción del Nous anaxagórico representa un salto conceptual hacia lo inmaterial, pero Clemente no celebra esto plenamente porque el Nous permanece como principio impersonal inmanente al cosmos, no como Dios trascendente y personal. Los atomistas, aunque propusieron una física materialista sofisticada, recaen en el error fundamental: explicar realidad mediante materia eterna autoorganizada, negando un Creador inteligente y providencial. Para Clemente, incluso el Nous anaxagórico es inadecuado porque no se identifica con el Logos personal encarnado.
    Comentario editorial · Alcmeón y Jenócrates
    La acusación contra Alcmeón de Crotona (estrellas como dioses vivos) y especialmente contra Jenócrates de Calcedonia (Vieja Academia platónica) que propuso "enigmáticamente que los siete planetas son dioses, y que el octavo es el cosmos constituido por todas las estrellas fijas" representa para Clemente una recaída en idolatría astral. Aunque la astroteología platónica (desarrollada en Timeo y Leyes X) intentaba elevar la religión mediante una teología cósmica racional, Clemente ve aquí la divinización de criaturas. La "desvergüenza" que señala no es epistemológica sino teológica: después de criticar el antropomorfismo homérico, los platónicos proponen adorar astros, sustituyendo ídolos tallados por ídolos celestes. Esta crítica anticipa debates patrísticos posteriores sobre si los ángeles/poderes celestiales pueden recibir veneración (douleia) o solo Dios adoración absoluta (latreia).
    Ni pasaré tampoco por alto a los del Pórtico, que afirman que la divinidad se extiende a través de toda la materia, incluso a través de la más despreciable. Estos sencillamente deshonran la filosofía.
    Encontrándome ya aquí, creo que no es difícil tampoco recordar a los del Perípato. El padre de esta escuela filosófica, por no haber comprendido al Padre del universo, cree que lo que se llama "el altísimo" es el alma del todo. Es decir, considerando que el alma del cosmos es dios, se enreda en contradicción consigo mismo. Porque quien limita la providencia hasta la luna misma, y luego considera que el cosmos es dios, se contradice al sostener como dios lo que carece de participación en la divinidad.
    Aquel Teofrasto de Éreso, el conocido de Aristóteles, pensaba que Dios era en cierto modo el cielo, y en otro modo el aire.
    Voluntariamente omitiré solamente a Epicuro, quien por su completa impiedad cree que a Dios no le importa nada. ¿Y qué de Heraclides del Ponto? ¿No hay lugar donde no sea arrastrado también él hacia las imágenes de Demócrito?
    Comentario editorial · Estoicismo y aristotelismo: panteísmo y Dios limitado
    Clemente censura duramente dos escuelas mayores helenísticas: (1) Los estoicos, que "afirman que la divinidad se extiende a través de toda la materia, incluso a través de la más despreciable", adoptando un panteísmo materialista donde Dios (pneuma, fuego artístico) impregna todo hasta lo vil. Esto "deshonra la filosofía" porque niega la trascendencia divina. (2) Aristóteles y peripatéticos: el "Padre de esta escuela filosófica, por no haber comprendido al Padre del universo, cree que lo que se llama 'el altísimo' es el alma del todo". La crítica tiene dos puntas: (a) identificar a Dios con alma cósmica es panpsiquismo, no teísmo; (b) limitar la providencia divina hasta la esfera sublunar contradice afirmar que el cosmos es divino, pues entonces lo supralunar (considerado divino) carecería de providencia. Teofrasto (sucesor de Aristóteles) tampoco escapa: "pensaba que Dios era en cierto modo el cielo, y en otro modo el aire" — ambigüedad que Clemente considera confusión, no sofisticación.
    Comentario editorial · Epicuro: un dios que no se ocupa de nada
    La mención de Epicuro es breve: "por su completa impiedad cree que a Dios no le importa nada". El epicureísmo, al sostener que los dioses existen pero permanecen en intermundos (metakosmia) sin intervenir en asuntos humanos, niega prácticamente la relevancia religiosa de lo divino. Para Clemente, esto es peor que el error de divinizar elementos: es negar que Dios se preocupa (providencia). Heraclides del Ponto es criticado por adherirse a las "imágenes de Demócrito" (probablemente la teoría de eidola/simulacros). El tono de Clemente al cerrar esta sección es de cansancio retórico: "¿No hay lugar donde no sea arrastrado también él...?" — sugiriendo que catalogar todos los errores filosóficos sería interminable. La implicación es clara: sin revelación, la razón filosófica produce multitud de hipótesis contradictorias, ninguna definitiva.

    Capítulo VI: Inspirados por la misma verdad, los filósofos han dicho verdades ocasionalmente

    Cap. 6

    Una gran multitud de tal clase se me echa encima, como si fuera un espantajo, introduciendo subrepticiamente una ilusión extraña de demonios foráneos, relatando cuentos con la charlatanería de una anciana. Muy lejos estamos de permitir que los hombres escuchen tales relatos, con los cuales ni siquiera acostumbramos consolar a nuestros propios hijos cuando lloran, contándoselos como fábulas, según se dice. Tememos criar en ellos la impiedad que proclaman estos supuestos sabios, quienes no conocen la verdad más que los niños pequeños.
    ¡Por la verdad misma! ¿Por qué muestras a los que han confiado en ti como sometidos a flujos, corrientes y torbellinos desordenados? ¿Por qué llenas mi vida de ídolos, imaginando como dioses los vientos, el aire, el fuego, la tierra, las piedras, la madera, el hierro, este cosmos, y también como dioses a las estrellas errantes? Disertas sobre los fenómenos celestes y engañas con palabrería hueca a los hombres que están verdaderamente extraviados por esta astrología tan celebrada —no astronomía, sino astrología—.
    Yo anhelo al Señor de los vientos, al Señor del fuego, al Creador del cosmos, al que ilumina el sol. Busco a Dios, no las obras de Dios. ¿Qué colaborador puedo tomar de ti para esta búsqueda? Porque no hemos perdido del todo la esperanza en ti, filosofía.
    Si quieres, tomemos a Platón. ¿Dónde, entonces, hay que rastrear las huellas de Dios, oh Platón? "Porque encontrar al Padre y Hacedor de este universo es una tarea ardua, y después de encontrarlo es imposible declararlo a todos". ¿Por qué, entonces, en nombre de Él mismo? "Porque de ninguna manera puede ser expresado en palabras".
    Bien haces, oh Platón, al tocar la verdad. Pero no te canses: emprende conmigo la búsqueda del Bien. Porque en todos los hombres sin excepción, pero especialmente en los que pasan tiempo en estudios racionales, ha sido infundida cierta emanación divina. Gracias a esto, aunque sea contra su voluntad, confiesan que hay un solo Dios, imperecedero e increado, que existe verdaderamente siempre allá arriba, en las alturas de la bóveda del cielo, en su propio puesto de observación, el que le es propio y particular.
    Pero dime, ¿qué clase de Dios debemos concebir?
    "El que todo lo ve sin ser Él mismo visto", dice Eurípides.
    Me parece que Menandro se equivocó cuando dijo:
    "Oh sol, a ti es necesario adorar primero entre los dioses,
    por quien es posible contemplar a los demás dioses".
    Porque ni siquiera el sol podrá mostrar jamás al Dios verdadero, sino el Logos saludable, que es el sol del alma, por quien solamente, al surgir en lo profundo de la mente misma, se ilumina el ojo interior.
    Por eso no sin razón Demócrito dice que "unos pocos hombres sabios, elevando sus manos hacia allá, hacia lo que ahora los griegos llamamos aire, decían que todo es Zeus. Porque este lo sabe todo, y todo lo da y lo quita, y este es rey de todas las cosas".
    Pensando de esta manera también Platón designa a Dios enigmáticamente así: "Todo está en torno al Rey de todas las cosas, y Aquel es causa de todo lo bello". ¿Quién es, entonces, el Rey de todas las cosas? Dios es la medida de la verdad de las cosas que existen. Así como, pues, lo medido es aprehensible por la medida, del mismo modo también al conocer a Dios se mide y se aprehende la verdad.
    El verdaderamente sagrado Moisés dice: "No habrá en tu bolsa peso y peso, uno grande y otro pequeño, ni habrá en tu casa medida grande o medida pequeña, sino que tendrás peso verdadero y justo". Consideraba a Dios como el peso, la medida y el número del universo.
    Porque las imágenes injustas y desiguales están ocultas en casa, en la bolsa y en el alma manchada, por así decirlo. Pero la única medida justa, el único Dios verdadero, siempre igual según los mismos principios y permaneciendo de la misma manera, mide todas las cosas y las pesa, como abarcando y sosteniendo inquebrantablemente la naturaleza del universo con la balanza de la justicia.
    "Dios, pues, según el antiguo dicho, teniendo el principio, el fin y el medio de todas las cosas que existen, avanza en línea recta marchando según la naturaleza. Y siempre le acompaña la Justicia, vengadora de los que abandonan la ley divina".
    ¿De dónde, oh Platón, insinúas la verdad? ¿De dónde proviene la abundante provisión de tus discursos que profetiza la piedad hacia Dios? "Las razas de estos bárbaros", dices, "son más sabias".
    Comentario editorial · Sabios sin verdad
    Clemente denuncia aquí la inconsistencia de quienes se llaman sabios pero carecen de la verdad fundamental. Su argumento es retórico: si ni siquiera contamos estas fábulas a niños pequeños por temor a corromperlos, ¿cómo pueden los adultos edificar su cosmovisión sobre mitos igualmente absurdos?
    Comentario editorial · Platón y el conocimiento de Dios
    Clemente cita aquí el famoso pasaje del Timeo (28c) donde Platón reconoce la dificultad de conocer a Dios y la imposibilidad de expresarlo completamente en palabras. Esta cita es central en la apologética cristiana temprana porque muestra que incluso los mejores filósofos griegos admitían la trascendencia divina.
    Sin embargo, Clemente no se contenta con la postura platónica: si bien Platón toca la verdad, necesita al Logos revelado para alcanzar el conocimiento pleno. La filosofía prepara el camino, pero es Cristo quien lo completa.
    Comentario editorial · Emanación divina en todos los hombres
    Clemente desarrolla aquí una teología del Logos spermatikos (logos seminal): todos los seres humanos, especialmente los dedicados al pensamiento racional, poseen una chispa divina que los inclina naturalmente hacia la verdad sobre Dios.
    Esta doctrina, que encontramos también en Justino Mártir, explica por qué filósofos paganos como Platón, Demócrito o los pitagóricos pudieron intuir verdades sobre Dios: no por mérito propio, sino porque el mismo Logos que se encarnó en Cristo estaba operando en ellos de forma parcial.
    Comentario editorial · Deuteronomio 25:13–15: pesas justas
    La referencia a Deuteronomio 25:13-15 conecta la justicia económica con la justicia ontológica. Para Clemente, Dios es la medida perfecta de todas las cosas precisamente porque es inmutable y justo. Las falsas medidas en la vida cotidiana reflejan las falsas imágenes de Dios en el alma.
    Comentario editorial · Los hebreos como fuente de la verdad platónica
    Clemente sostiene aquí la tesis de que Platón aprendió de los hebreos, una idea común en la apologética alejandrina. Aunque históricamente cuestionable, esta argumentación cumple un propósito teológico: demostrar que la verdad filosófica griega deriva en última instancia de la revelación hebrea.
    La cita de los Oráculos Sibilinos (probablemente de origen judío-helenístico) presenta a los hebreos como monoteístas ejemplares que rechazan la idolatría y adoran al Dios verdadero con pureza ritual y moral.
    Este argumento coloca al cristianismo como heredero legítimo tanto de la filosofía griega como de la revelación judía, superior a ambas porque posee la revelación completa en Cristo.
    Conozco a tus maestros, aunque quieras ocultarlos: aprendes geometría de los egipcios, astronomía de los babilonios, recibes encantamientos saludables de los tracios, mucho te enseñaron también los asirios. Pero las leyes verdaderas y la concepción de Dios las obtuviste de los mismos hebreos, quienes:
    "No honran con engaños vanos
    ni obras humanas de oro, bronce, plata ni marfil,
    ni ídolos de madera o piedra de mortales ya muertos,
    que los mortales veneran con designios de mente vacía.
    Sino que elevan al cielo brazos puros,
    desde temprano levantándose del lecho, siempre purificando el cuerpo
    con agua, y honran solamente al que siempre gobierna,
    al Inmortal".
    Y no me traigas solamente a este Platón, oh Filosofía, sino esfuérzate en presentarme a muchos otros que proclaman al único Dios verdadero como Dios, bajo la inspiración de Él mismo, si acaso se han aferrado en algo a la verdad.
    Porque Antístenes no concibió esto como algo propiamente cínico, sino como discípulo que era de Sócrates, cuando dice: "Dios no se parece a nada, por lo cual nadie puede aprenderlo a partir de una imagen".
    Jenofonte el ateniense también habría escrito clara y abiertamente algo dando testimonio sobre la verdad, como Sócrates, si no hubiera temido el veneno de Sócrates. No obstante, lo insinúa. Dice, pues: "El que sacude todas las cosas y las mantiene en quietud, es evidente que es grande y poderoso. Pero en cuanto a su forma, es invisible. Ni siquiera el sol, que parece ser totalmente brillante, permite ser contemplado a sí mismo, sino que si alguien lo mira con descaro, le quita la vista".
    ¿De dónde, entonces, filosofa el hijo de Grilo? Evidentemente de la profetisa de los hebreos que vaticina de este modo:
    "¿Qué carne puede ver con los ojos
    al Dios celeste y verdadero, al inmortal que habita en el cielo?
    Ni siquiera frente a los rayos del sol
    pueden ponerse los hombres, siendo mortales por nacimiento".
    Cleante de Pedasos, el filósofo del Pórtico, no presenta una teogonía poética, sino una teología verdadera. No ocultó lo que pensaba acerca de Dios:
    "¿Me preguntas cómo es el Bien? Escucha, pues: ordenado, justo, santo, piadoso, dueño de sí mismo, útil, bello, necesario, austero, sencillo por naturaleza, siempre conveniente, sin miedo, sin dolor, provechoso, sin sufrimiento, beneficioso, agradable, seguro, amado, honrado, coherente consigo mismo, glorioso, sin arrogancia, cuidadoso, apacible, fuerte, perdurable, irreprochable, que permanece siempre. No es libre todo aquel que mira hacia la opinión ajena, como si fuera a obtener de ella algún bien".
    Aquí, creo yo, enseña claramente cómo es Dios, y cómo la opinión común y la costumbre esclavizan a quienes las siguen en lugar de buscar a Dios.
    No debemos ocultar tampoco a los seguidores de Pitágoras, quienes dicen: "Dios es uno; este no está, como algunos suponen, fuera del orden del universo, sino en él mismo, todo entero en el círculo completo, guardián de toda generación, mezcla de todas las edades y artífice de sus propios poderes y obras, luz en el cielo y padre de todas las cosas, inteligencia y animación del círculo entero, movimiento de todas las cosas".
    Basta esto para el conocimiento de Dios, escrito por ellos bajo inspiración divina y seleccionado por nosotros para el que sea capaz de discernir la verdad, aunque sea en pequeña medida.
    Comentario editorial · Un Dios invisible
    La invisibilidad esencial de Dios es un tema constante en la teología alejandrina. Ni siquiera el sol, la imagen más luminosa del mundo sensible, puede ser contemplado directamente sin dañar la vista. Cuanto menos el Dios verdadero, que trasciende toda realidad material.

    Capítulo VII: También los poetas rinden testimonio a la verdad

    Cap. 7

    Que venga a nosotros también la misma poesía —porque no basta solamente con la filosofía—. Ella que ha ocupado todo su tiempo en la ficción, con dificultad dará ahora testimonio de la verdad, o mejor dicho, confesará ante Dios su digresión mitológica. Que venga, pues, cualquier poeta que quiera, el primero.
    Arato, entonces, concibe que el poder de Dios se extiende a través de todas las cosas:
    "Para que todas las cosas crezcan firmemente,
    a Él siempre, primero y último, aplacan.
    Salve, Padre, gran maravilla, gran beneficio para los hombres".
    También Hesíodo de Ascra se refiere enigmáticamente a Dios de este modo:
    "Él mismo es el rey y señor de todas las cosas.
    Ninguno de los inmortales rivalizó con Él en poder".
    Ya incluso sobre el escenario revelan la verdad. Eurípides, después de mirar hacia el éter y el cielo, dice: "Considera a este como Dios". Y Sófocles, hijo de Sófilo, dice:
    "Uno en verdad, uno es Dios,
    el que hizo el cielo y la vasta tierra,
    el oleaje brillante del mar y la fuerza de los vientos.
    Pero muchos somos los mortales que andamos extraviados en el corazón,
    y hemos erigido estatuas de dioses de piedra
    como consuelo para nuestras desgracias,
    o imágenes de bronce, de oro labrado o de marfil.
    Ofreciéndoles sacrificios y vanas fiestas públicas,
    así pensamos que somos piadosos".
    Este mismo Sófocles presentó la verdad ante los espectadores sobre el escenario de manera audaz.
    El tracio Orfeo, hijo de Eagro, era hierofante y poeta al mismo tiempo. Después de la hierofantía de los misterios y la teología de los ídolos, introduce una palinodia de la verdad, cantando tarde ciertamente, pero cantando al fin el logos verdaderamente sagrado:
    "Hablaré a quienes es lícito escuchar. Cerrad las puertas, profanos,
    todos por igual. Pero tú escucha, oh Musa, descendiente de la Luna brillante,
    porque diré cosas verdaderas. Que lo que antes
    apareció en tu corazón no te prive de la vida querida.
    Mira hacia el Logos divino y permanece junto a Él,
    dirigiendo la cavidad inteligente de tu corazón. Camina bien
    por el sendero, y contempla solamente al Señor inmortal del cosmos".
    Luego, continuando, añade explícitamente:
    "Uno existe, autogenerado; de ese Uno todas las cosas han sido hechas.
    En ellas Él mismo se mueve alrededor; ninguno
    de los mortales lo ve, pero Él ve a todos".
    Así, pues, Orfeo finalmente comprendió con el tiempo que había estado extraviado.
    "Pero tú, mortal de ingenio variado, no vaciles ni te demores,
    sino que, volviéndote de regreso, aplaca a Dios".
    Porque si los griegos, habiendo recibido algunos destellos del Logos divino, proclamaron algunas pocas cosas de la verdad, dan testimonio de que su poder no está oculto, pero se acusan a sí mismos de ser débiles por no haber alcanzado el fin.
    Porque creo que ya se ha vuelto evidente para todos que aquellos que hacen o dicen algo sin el Logos de la verdad se asemejan a los que son forzados a caminar sin pies.
    Que te avergüencen, con vistas a tu salvación, también las refutaciones sobre sus dioses, a los que los poetas, forzados por la verdad, ridiculan en sus comedias.
    Menandro, el comediógrafo, dice en su obra El auriga o El supuesto:
    "No me agrada ningún dios que anda por ahí afuera
    con una anciana, ni que entra en las casas
    sobre una tabla".
    Porque tales son los sacerdotes mendicantes de Cibeles. Por eso Antístenes, con razón, cuando le pedían limosna, les decía: "No alimento a la madre de los dioses; que la alimenten los dioses".
    De nuevo, el mismo comediógrafo en su drama La sacerdotisa, enojándose contra esta costumbre, intenta refutar por completo la arrogancia impía del error, declarando con sensatez:
    "Porque si un hombre arrastra al dios con sus címbalos
    hacia donde él quiere, el que hace esto es mayor que el dios.
    Pero estos son instrumentos de audacia y violencia
    inventados por los hombres".
    Y no solo Menandro, sino también Homero, Eurípides y muchos otros poetas refutan a sus dioses y no temen ultrajarlos en lo que pueden. Inmediatamente llaman a Atenea "mosca de perro", a Hefesto "cojo de ambos pies", y Helena dice a Afrodita:
    "Ojalá no pudieras volver con tus propios pies al Olimpo".
    Sobre Dioniso, Homero escribe claramente:
    "Aquel que una vez a las nodrizas del delirante Dioniso
    las perseguía por el divino Nisa; y todas ellas juntas
    arrojaron al suelo sus tirsos, por obra del homicida Licurgo".
    Verdaderamente digno de la ocupación socrática es Eurípides, al mirar hacia la verdad y despreciar a los espectadores. A veces refuta a Apolo:
    "Aquel que habita la sede del centro de la tierra,
    distribuyendo a los mortales las palabras más claras".
    Continuando:
    "Persuadido por aquel, maté a mi madre.
    Consideren a aquel como impío y mátenlo.
    Aquel pecó, no yo,
    siendo más ignorante del bien y la justicia".
    En otras ocasiones presenta a Heracles enloquecido, y en otro lugar borracho e insaciable. ¿Y cómo no? Él que festejaba con carnes:
    "Comía además higos verdes
    y ladraba groseramente, como quien aprende de un bárbaro".
    Ya en su drama Ión, expone ante el teatro a los dioses con la cabeza descubierta:
    "¿Cómo es justo, entonces, que ustedes, que han escrito
    las leyes para los mortales, sean culpables de injusticia?
    Y si —pues no sucederá, pero usaré este argumento—
    pagaran a los hombres por sus matrimonios forzados,
    tú, Poseidón, y tú, Zeus, que gobiernas el cielo,
    vaciarían los templos pagando por sus injusticias".
    Comentario editorial · La poesía como testigo involuntario
    Clemente emplea aquí una estrategia retórica audaz: incluso la poesía, ocupada en la ficción mitológica, no puede evitar testimoniar ocasionalmente la verdad sobre Dios. Los poetas, a pesar de sí mismos, son portadores del Logos spermatikos.
    Esta sección muestra la amplitud de la apologética de Clemente: no solo apela a filósofos, sino también a poetas, dramaturgos y autores de comedias. La verdad divina permea toda la cultura griega, aunque de forma fragmentaria y distorsionada.
    Comentario editorial · Un «Sófocles» monoteísta
    La autoría es dudosa: muchos estudiosos consideran este fragmento una composición judía helenística atribuida a Sófocles. El texto expresa un monoteísmo filosófico sorprendente para un dramaturgo del siglo V a.C. La crítica a la idolatría como consuelo humano anticipa argumentos cristianos posteriores: los ídolos son proyecciones de nuestras necesidades, no revelaciones de la realidad divina.
    Comentario editorial · Orfeo: de la hierofantía al monoteísmo
    Clemente presenta a Orfeo realizando una palinodia, un canto de retractación. Después de promover los misterios paganos, Orfeo supuestamente reconoció al Dios único, autogenerado e invisible.
    Esta interpretación refleja la circulación de himnos órficos tardíos con tendencias monoteístas, probablemente influidos por el judaísmo o la filosofía. Para Clemente, incluso el hierofante por excelencia del paganismo tuvo que admitir eventualmente la superioridad del monoteísmo.
    La referencia al Logos divino es particularmente significativa: Clemente ve en estas palabras una anticipación poética del Logos cristiano encarnado en Cristo.
    Comentario editorial · Vivir sin el Logos
    Clemente introduce aquí una imagen poderosa: intentar vivir o razonar sin el Logos de la verdad es como caminar sin pies. La filosofía y la poesía paganas avanzan cojeando porque les falta la revelación completa. Solo en Cristo, el Logos encarnado, se encuentra la plenitud del conocimiento y la vida auténtica.
    Comentario editorial · La comedia como crítica religiosa
    Clemente recurre aquí a los comediógrafos griegos, especialmente Menandro, para mostrar que incluso en el teatro popular se ridiculizaban los cultos mistéricos y la venalidad de ciertos sacerdotes.
    La burla de los sacerdotes mendicantes de Cibeles y la crítica a la manipulación ritual revelan un escepticismo religioso presente en la cultura griega. Clemente aprovecha este escepticismo interno para argumentar que los mismos griegos reconocían la falsedad de sus propias prácticas religiosas.
    La frase de Antístenes es particularmente mordaz: si los dioses existen, que ellos alimenten a su propia madre. La comedia desmitifica lo que la religión oficial santifica.
    Comentario editorial · Eurípides: dioses por debajo de sus propias leyes
    Eurípides lleva la crítica al límite: si los dioses establecen leyes morales para los humanos pero ellos mismos las violan, entonces son indignos de adoración. Esta denuncia teatral de la inmoralidad divina prepara el terreno para el anuncio del Dios cristiano, moralmente perfecto y coherente consigo mismo.

    Capitulo VIII: A los profetas es a los que es preciso preguntar la verdad sobre Dios

    Cap. 8

    Ahora que hemos recorrido ordenadamente los demás temas, ha llegado el momento de que acudamos a los textos proféticos, pues sus oráculos nos presentan con absoluta claridad los fundamentos para alcanzar la reverencia a Dios y establecen firmemente la verdad. Las divinas Escrituras, junto con una manera de vivir prudente y sensata, son caminos directos hacia la salvación. Desprovistas de todo ornamento artificioso, libres de sonoridades externas agradables al oído, de verborrea vacía y de adulación, estas Escrituras levantan al ser humano que se encuentra sofocado por la maldad, despreciando el resbalón de esta vida transitoria. Con una sola y misma voz ofrecen múltiples remedios: nos apartan del error que nos resulta costoso y nos impulsan claramente hacia la salvación que está puesta delante de nuestros ojos.
    Así pues, que nos cante primero la profetisa Sibila el canto salvador:
    "He aquí que brilla para todos claro y sin error un astro fijo. Vengan, no persigan más la oscuridad y las tinieblas perpetuas. Miren: la luz del sol, de dulce mirada, resplandece extraordinariamente. Conozcan, depositando la sabiduría en sus corazones. Uno solo es Dios, quien envía las lluvias, los vientos y los terremotos, los relámpagos, el hambre, las pestes, los lúgubres duelos, las nieves y las heladas. ¿Por qué habría de enumerar cada cosa? Él gobierna el cielo, reina sobre la tierra, y existe por sí mismo desde el principio."
    Está verdaderamente inspirada por Dios al comparar el error con la oscuridad y el conocimiento de Dios con el sol y la luz. Presenta ambas realidades mediante esta comparación y nos enseña a elegir correctamente, porque la mentira no se disipa por la simple comparación con la verdad, sino que es expulsada por la fuerza cuando se practica la verdad.
    El profeta Jeremías, tan lleno de sabiduría —o mejor dicho, el Espíritu Santo hablando a través de Jeremías— nos muestra quién es Dios. Dice: "Yo soy un Dios cercano, dice, y no un Dios lejano. Si un ser humano hiciera algo en lugares ocultos, ¿acaso no lo veré yo? ¿No lleno yo los cielos y la tierra? Dice el Señor". Y nuevamente, por medio de Isaías nos dice: "¿Quién medirá el cielo con un palmo, y toda la tierra con el cuenco de su mano?" Contempla la grandeza de Dios y queda sobrecogido. Adoremos a este del cual dice el profeta: "Ante tu presencia las montañas se derretirán como la cera se derrite ante el fuego". Este es Dios, dice, "cuyo trono es el cielo y cuyo estrado es la tierra", quien "si abriera el cielo, el temor se apoderaría de ti".
    ¿Quieres también escuchar lo que dice este profeta acerca de los ídolos? "Serán expuestos como ejemplo ante el sol, y sus cadáveres servirán de alimento para las aves del cielo y las bestias de la tierra. Se pudrirán bajo el sol y la luna aquellos a quienes ellos amaron y a quienes sirvieron, y su ciudad será incendiada". Y dice que también los elementos y el cosmos perecerán junto con ellos: "La tierra envejecerá y el cielo pasará", pero "la palabra del Señor permanece para siempre".
    ¿Y qué sucede cuando, en otra ocasión, Dios quiso manifestarse a sí mismo por medio de Moisés? "Miren, miren que yo soy, y no hay otro dios excepto yo. Yo daré muerte y haré vivir; heriré y sanaré, y no hay nadie que pueda librarse de mis manos". Pero ¿quieres escuchar a otro oráculo profético? Tienes todo el coro de profetas, los compañeros de Moisés. ¿Qué les dice el Espíritu Santo a través de Oseas? No dudaré en proclamarlo: "He aquí que yo soy quien consolida el trueno y quien crea el viento", y cuyas manos establecieron los ejércitos del cielo.
    Y también por medio de Isaías —y te recordaré esta palabra—: "Yo soy, yo soy, dice el Señor, quien proclama la justicia y anuncia la verdad. Reúnanse y vengan. Deliberen juntos ustedes que han sido salvados de entre las naciones. No me conocieron aquellos que cargan como ídolo su trozo de madera tallada, y que suplican a dioses que no pueden salvarlos". Y continúa diciendo: "Yo soy Dios, y no hay ningún otro justo fuera de mí, y no hay salvador excepto yo. Vuélvanse a mí y serán salvos ustedes que están en los confines de la tierra. Yo soy Dios y no hay otro. Lo juro por mí mismo".
    A los idólatras les reprocha diciendo: "¿A quién harán semejante al Señor? ¿O a qué imagen lo asemejarán? ¿Acaso no hizo el artesano una imagen, o el orfebre fundió oro y lo recubrió de oro?" Y así sucesivamente. ¿Todavía son ustedes idólatras? ¡Vengan, entonces, y teman sus amenazas! Porque gemirán las esculturas y las obras hechas por manos humanas —o más bien, aquellos que han puesto su confianza en ellas, pues la materia es insensible. Además dice: "El Señor sacudirá las ciudades habitadas y tomará en su mano toda la tierra habitada como si fuera un nido".
    Comentario editorial · Preguntar a los profetas
    Clemente establece aquí un principio metodológico fundamental: la verdad sobre Dios debe buscarse en los profetas del Antiguo Testamento, no en la especulación filosófica pagana. Las Escrituras son presentadas como camino directo (sin mediaciones complejas) hacia la salvación, en contraste con la retórica vacía de los sofistas griegos.
    Comentario editorial · Los Oráculos Sibilinos en la apologética cristiana
    Clemente cita aquí los Oráculos Sibilinos, una colección de textos proféticos helenísticos que circulaban en el mundo grecorromano. Aunque de origen pagano, los apologistas cristianos del siglo II (como Justino Mártir y Teófilo de Antioquía) los adoptaron como testimonio de la verdad del monoteísmo.
    La Sibila era una figura profética respetada en el mundo pagano, lo que hacía estratégica su cita: Clemente apela a una autoridad reconocida por sus lectores griegos para demostrar que incluso sus propias tradiciones apuntaban hacia el Dios único revelado en las Escrituras judías y cristianas.
    La mención del Dios que gobierna los fenómenos naturales (lluvias, vientos, terremotos) contrasta directamente con el politeísmo que asignaba cada fenómeno a una deidad diferente.
    Comentario editorial · La trascendencia divina en la profecía hebrea
    Clemente reúne aquí pasajes que enfatizan dos atributos fundamentales de Dios según la revelación profética: su trascendencia (está más allá de toda medida humana) y su inmanencia (llena cielos y tierra, ve todo lo oculto).
    Referencias bíblicas citadas:
    ,
    ,
    ,
    . Esta concatenación de textos era una técnica común en la exégesis rabínica (gezerah shavah) y en la apologética cristiana primitiva.
    La imagen de Dios midiendo el cielo con un palmo subraya la infinita distancia entre Creador y criatura, mientras que su presencia que llena todo contradice tanto el deísmo (un Dios distante) como el panteísmo (Dios confundido con la naturaleza).
    Comentario editorial · La profecía de Jeremías
    El lenguaje apocalíptico aquí no es meramente simbólico: Clemente ve en la profecía de Jeremías un juicio histórico concreto sobre Jerusalén (cumplido en el 586 a.C. y nuevamente en el 70 d.C.), pero también una advertencia escatológica universal contra la idolatría. La mención de cadáveres expuestos al sol evoca la vergüenza máxima en la cultura antigua.
    Comentario editorial · El Logos como Sabiduría creadora
    En el pasaje sobre Proverbios 8, Clemente introduce una de sus tesis cristológicas centrales: el Logos preexistente es identificado con la Sabiduría personificada del Antiguo Testamento. Esta interpretación será fundamental en el desarrollo de la teología trinitaria posterior.
    La cita clave es
    : El Señor me estableció como principio de sus caminos. En el contexto arriano del siglo IV, este versículo sería centro de controversia (si el Hijo fue creado o engendrado). Pero en Clemente, la intención es mostrar que el Logos divino medió en la creación y ahora media en la salvación.
    El Logos es lámpara buena porque ilumina el camino hacia la verdad, despertando al ser humano del sueño de la ignorancia. Esta metáfora lumínica conecta con el prólogo de Juan y con la filosofía platónica del sol como fuente del conocimiento.
    ¿Por qué te anuncio los misterios de la sabiduría y las sentencias de un niño hebreo, completamente instruido en ella? "El Señor me estableció como principio de sus caminos, con vistas a sus obras", y "el Señor otorga sabiduría, y de su rostro brota conocimiento e inteligencia". "Perezoso, ¿hasta cuándo estarás acostado? ¿Cuándo despertarás de tu sueño? Pero si fueras diligente, tu cosecha te llegaría como un manantial". Él es el Logos del Padre, la lámpara buena, el Señor que trae la luz, la fe y la salvación para todos.
    "El Señor que hizo la tierra con su poder", como dice Jeremías, "restableció la parte habitada con su sabiduría". Porque nosotros habíamos caído en los ídolos, pero la Sabiduría —que es su Logos— nos endereza nuevamente hacia la verdad. Esta es la primera resurrección de la caída. Por eso el admirable Moisés, apartándonos de toda idolatría, grita con palabras hermosísimas: "Escucha, Israel: el Señor tu Dios, el Señor uno es", y "Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás". Ahora, pues, comprendan, oh seres humanos, según aquel bienaventurado salmista David: "Aférrense a la instrucción, no sea que el Señor se enoje y perezcan fuera del camino justo, cuando su ira se encienda de repente. Dichosos todos los que se refugian en él".
    Ya el Señor, compadecido de nosotros, nos entrega un canto salvador, como un ritmo de marcha: "Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tendrán el corazón endurecido? ¿Por qué aman la vanidad y buscan la mentira?" ¿Cuál es la vanidad y cuál la mentira? El santo apóstol del Señor, acusando a los griegos, te lo explicará: "Porque habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se volvieron vanos en sus razonamientos, y cambiaron la gloria de Dios por la semejanza de la imagen del ser humano corruptible, y sirvieron a la creación en lugar de al Creador".
    Ciertamente, este Dios es aquel que "en el principio hizo el cielo y la tierra". Pero tú no piensas en Dios, sino que adoras el cielo. ¿Y cómo no vas a ser impío al hacer esto? Escucha nuevamente al profeta cuando dice: "El sol se eclipsará y el cielo se oscurecerá, pero el Todopoderoso resplandecerá para siempre. Y las potencias de los cielos serán sacudidas, y los cielos se enrollarán como un cuero que se extiende y se recoge" —estas son las expresiones proféticas—. "Y la tierra huirá del rostro del Señor".

    Capitulo IX: Dios nos llama a él por su Logos

    Cap. 9

    Podría citarte innumerables textos de las Escrituras, de los cuales ni siquiera "una sola tilde pasará" sin que llegue a cumplirse por completo, pues "la boca del Señor" —que es el Espíritu Santo— "pronunció estas cosas". Por tanto, nos dice: "No desdeñes más, hijo mío, la instrucción del Señor, ni te desanimes cuando él te reprenda". ¡Oh, qué amor tan extraordinario hacia la humanidad! No se relaciona con nosotros como un maestro con sus alumnos, ni como un amo con sus esclavos, ni como un dios con seres humanos, sino "como un padre bondadoso" que amonesta a sus hijos.
    Y sin embargo, Moisés confiesa que "estaba asustado y temblaba" al escuchar acerca del Logos. Pero tú, cuando escuchas la palabra divina, ¿no sientes temor? ¿No te angustias? ¿No te llenas a la vez de reverencia y te apresuras a aprenderla completamente —es decir, te apresuras hacia la salvación—, temiendo la ira divina, amando la gracia, anhelando ardientemente la esperanza, para así evitar el juicio?
    Vengan, vengan, jóvenes míos: "Pues si no vuelven a ser como niños y nacen de nuevo", como dice la Escritura, de ninguna manera recibirán al que verdaderamente es Padre, "ni entrarán jamás en el reino de los cielos". Porque ¿cómo se le permitiría entrar al extranjero? Pero cuando, según creo, alguien sea inscrito en el registro y se haga ciudadano y reciba un padre, entonces "estará en las cosas de su padre", entonces será considerado digno de heredar, entonces compartirá con el hijo legítimo, "el amado", el reino paterno.
    Esta es la iglesia de los primogénitos, compuesta por muchos buenos hijos. Estos son "los primogénitos inscritos en los cielos", quienes celebran junto con "miríadas incontables de ángeles". Nosotros somos los hijos primogénitos, los hijos nutridos por Dios, los amigos legítimos del "Primogénito". Fuimos los primeros entre todos los seres humanos en comprender quién es Dios, los primeros en ser arrancados de los pecados, los primeros en ser separados del diablo.
    Pero ahora algunos resultan tanto más impíos cuanto más amante de la humanidad es Dios. Porque él desea que de esclavos lleguemos a ser hijos, pero ellos desdeñan incluso convertirse en hijos. ¡Oh, qué gran insensatez! ¡Se avergüenzan del Señor! Él promete libertad, pero ustedes huyen hacia la esclavitud. Él les regala la salvación, pero ustedes se dejan arrastrar hacia la muerte. Él les otorga la vida eterna, pero ustedes aguardan el castigo y anticipan "el fuego que el Señor ha preparado para el diablo y sus ángeles".
    Por esto el bienaventurado apóstol dice: "Les doy testimonio en el Señor de que ya no caminen como también caminan las naciones paganas en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento oscurecido y estando alejados de la vida de Dios debido a la ignorancia que hay en ellos, debido al endurecimiento de su corazón; quienes, habiendo perdido toda sensibilidad, se entregaron a sí mismos al libertinaje, a la práctica de toda impureza y codicia".
    Siendo tal el testimonio que acusa la insensatez de los seres humanos e invoca el nombre de Dios, ¿qué otra cosa les queda a los incrédulos sino juicio y condenación? Pero el Señor no se cansa de exhortar, de infundir temor, de persuadir, de despertar, de amonestar. Ciertamente despierta a los que se han extraviado y los levanta de las tinieblas mismas.
    "Despierta", dice, "tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo el Señor te iluminará". Él es el sol de la resurrección, engendrado "antes del lucero de la mañana", quien otorgó la vida con sus propios rayos.
    Que nadie, pues, desprecie al Logos, no sea que sin darse cuenta termine despreciándose a sí mismo. Porque la Escritura dice en algún lugar: "Si hoy escuchan su voz, no endurezcan sus corazones como en la provocación, en el día de la prueba en el desierto, donde sus padres me pusieron a prueba mediante una prueba". Y si quieres saber cuál fue esa prueba, el Espíritu Santo te lo explicará: "Vieron mis obras durante cuarenta años. Por eso me indigné contra aquella generación y dije: Siempre se extravían en su corazón, y no han conocido mis caminos. Así que juré en mi ira: ¡No entrarán en mi descanso!"
    Miren la amenaza, miren la exhortación, miren el castigo. ¿Por qué, entonces, seguimos transformando la gracia en ira? ¿Por qué no recibimos al Logos con los oídos bien abiertos y no hospedamos a Dios en almas puras? Porque grande es la gracia de su promesa "si hoy escuchamos su voz". Y "el hoy" crece día tras día, mientras siga diciéndose "hoy". Hasta el fin permanecen el hoy y la oportunidad de aprender. Entonces el verdadero hoy, el día ininterrumpido de Dios, se extiende por los siglos eternos. Por tanto, obedezcamos siempre la voz del Logos divino. Porque "el hoy" es imagen del siglo eterno, "el día" es símbolo de la luz, y el Logos es la luz de los seres humanos, mediante la cual contemplamos claramente a Dios.
    Comentario editorial · Un Dios que llama, no un tirano
    Clemente introduce aquí un cambio radical respecto a la religiosidad pagana: Dios no es un tirano distante ni un amo exigente, sino un Padre pedagogo. Esta imagen del Dios-Padre que educa con amor será el hilo conductor del resto del Protréptico y de toda la obra El Pedagogo. La salvación no es una conquista humana, sino una respuesta a una invitación amorosa.
    Comentario editorial · El nuevo nacimiento y la ciudadanía celestial
    Clemente desarrolla una metáfora política-familiar: la conversión cristiana es como recibir la ciudadanía (inscripción en el registro) de una nueva polis, la Ciudad de Dios. Esta imagen resonaría poderosamente en el contexto del Imperio Romano, donde la ciudadanía determinaba derechos, identidad y pertenencia.
    Referencias clave:
    (hacerse como niños),
    (nacer de nuevo),
    (primogénitos inscritos en los cielos). La teología paulina de la adopción (huiothesia) subyace a todo el pasaje.
    El extranjero que no puede entrar contrasta con el hijo legítimo que hereda. Clemente usa lenguaje jurídico romano (derecho de herencia, legitimidad) para explicar la soteriología cristiana: por gracia, los gentiles extranjeros son adoptados como hijos primogénitos, coherederos con Cristo.
    Comentario editorial · Elegir la esclavitud
    La paradoja trágica del rechazo: Dios ofrece libertad, pero algunos eligen la esclavitud. Ofrece vida eterna, pero algunos escogen la muerte. Este no es determinismo, sino la seriedad de la libertad humana. Clemente subraya que la condenación no es imposición divina, sino consecuencia de rechazar conscientemente la gracia ofrecida. El fuego mencionado alude a
    .
    Comentario editorial · Cristo, sol de justicia
    La imagen de Cristo como sol engendrado antes del lucero de la mañana fusiona múltiples tradiciones:
    (en la versión LXX 109:4),
    (sol de justicia), y
    (luz verdadera). Clemente está combatiendo implícitamente el culto solar helenístico-romano, reinterpretando el sol como símbolo (no objeto) de adoración.
    El sol de resurrección ilumina doblemente: despierta del sueño de la muerte espiritual (conversión) y promete la resurrección física escatológica. Los rayos que otorgan vida evocan tanto la iluminación bautismal como la vivificación por el Espíritu.
    Esta cristología solar será retomada por los Padres posteriores (Ambrosio, Agustín) y llegará hasta la iconografía medieval del Cristo Pantocrátor rodeado de luz.
    Comentario editorial · Excurso: el hoy eterno
    Clemente desarrolla una teología sofisticada del tiempo: el hoy de
    y
    no es solo momento histórico, sino kairós (tiempo oportuno de salvación) que se renueva constantemente hasta el fin del mundo.
    El verdadero hoy es el día ininterrumpido de Dios, el eón eterno donde no hay sucesión temporal. Esta idea anticipa la reflexión agustiniana sobre el tiempo en Confesiones XI: Dios ve todo en un eterno presente, mientras que nosotros experimentamos la temporalidad como sucesión de ahoras.
    La urgencia escatológica (hoy si escuchan su voz) se combina con una extensión misericordiosa del plazo: mientras se diga hoy, hay oportunidad de conversión. Clemente equilibra así la inminencia del juicio con la paciencia divina (cf.
    ).
    Es natural, por tanto, que la gracia sobreabunde en aquellos que han creído y han obedecido. Pero con los que desobedecieron y se extraviaron en su corazón, con aquellos que no conocieron los caminos del Señor —esos caminos que Juan proclamó que debían enderezarse y prepararse—, con esos, en verdad, Dios se indignó y les amenaza. Los antiguos hebreos errantes recibieron el cumplimiento de la amenaza de manera simbólica, pues se dice que por su incredulidad no entraron en el lugar de reposo, hasta que finalmente, siguiendo al sucesor de Moisés, aprendieron tardíamente por experiencia que de ninguna otra manera podían salvarse si no creían en Jesús.
    Pero el Señor, que ama a la humanidad, invita a todos los seres humanos "al conocimiento pleno de la verdad", él que envió al Paráclito. ¿Y cuál es ese conocimiento pleno? La reverencia hacia Dios. "La reverencia hacia Dios es provechosa para todo", según Pablo, "pues tiene promesa para la vida presente y para la venidera". Reconozcan, oh seres humanos: si la salvación eterna estuviera en venta, ¿cuánto estarían dispuestos a pagar por ella? Ni siquiera si alguien repartiera todo el Pactolo —ese mítico río de oro—, habría pagado un precio equivalente a la salvación.
    Así que no se desanimen: les es posible, si así lo desean, adquirir la salvación preciosa con un tesoro propio: el amor y la fe, que constituyen un precio digno de la vida. Dios recibe con agrado este honor. "Porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo, que es salvador de todos los seres humanos, especialmente de los que creen". En cambio, los demás, que están pegados al mundo como algas marinas adheridas a las rocas del mar, tienen en poco la inmortalidad y, como el anciano de Ítaca, no anhelan la verdad ni la patria celestial ni tampoco la única luz verdadera, sino el humo. La reverencia hacia Dios asemeja al ser humano a Dios en la medida de lo posible, y le señala como maestro apropiado a Dios, el único capaz de conformar dignamente al ser humano según Dios.
    Conociendo verdaderamente esta enseñanza divina, el Apóstol dice: "Tú, Timoteo, desde la infancia conoces las Sagradas Escrituras, que tienen el poder de instruirte para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús". Porque verdaderamente son sagrados los escritos que santifican y divinizan. Y los textos, las obras compuestas por esas letras y sílabas sagradas, el mismo Apóstol consecuentemente las llama "inspiradas por Dios", siendo "útiles para enseñar, para refutar, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el ser humano de Dios esté completo, bien equipado para toda obra buena".
    Nadie quedaría tan admirado por las exhortaciones de los demás santos como por el mismo Señor en su amor hacia la humanidad, pues no tiene otra tarea sino salvar al ser humano. Urgiéndonos hacia la salvación, él mismo proclama: "El reino de los cielos se ha acercado". Él convierte a los seres humanos que se aproximan a él por medio del temor reverente. Por eso también el apóstol del Señor, exhortando a los macedonios, se convierte en intérprete de la voz divina diciendo: "El Señor está cerca". Sean cautelosos, no sea que nos encuentre vacíos. ¡Pero ustedes tienen tan poco temor —o más bien son tan incrédulos— que no creen ni al mismo Señor ni a Pablo, incluso cuando este suplica por Cristo!
    "Prueben y vean qué bueno es el Señor". La fe los conducirá, la experiencia les enseñará, la Escritura los guiará como un pedagogo: "Vengan, hijos", dice, "escúchenme, les enseñaré el temor del Señor". Luego, dirigiéndose brevemente a los que ya han creído, añade: "¿Quién es el ser humano que ama la vida, que desea ver días buenos?" Somos nosotros, diremos, los que adoramos el bien, los que anhelamos ardientemente lo que es bueno.
    Escuchen, pues, "los que están lejos"; escuchen "los que están cerca". El Logos no se ha ocultado de nadie. Es luz común que resplandece sobre todos los seres humanos. No hay ningún cimerio en el Logos. Apresurémonos hacia la salvación, hacia el nuevo nacimiento. Apresurémonos los muchos a reunirnos en un único amor, conforme a la unidad de la única esencia divina. Persigamos la unidad en correspondencia al bien que se nos hace, buscando la buena unidad.
    La unión de muchos, recibiendo la armonía divina que surge de la polifonía y la dispersión, se convierte en una única sinfonía que sigue a un único director de coro y maestro —el Logos—, y descansa en la verdad misma diciendo: "Abba, Padre". Dios abraza esta voz verdadera, recibiéndola como el primer fruto de sus hijos.
    Comentario editorial · La salvación no se compra
    Clemente invierte la lógica económica del mundo antiguo: la salvación no se compra con oro (alusión al mítico río Pactolo de Lidia, famoso por sus arenas auríferas), sino con amor y fe. Esta no es una nueva forma de compra, sino un lenguaje metafórico que subraya la respuesta personal exigida. La salvación es don gratuito, pero requiere la apertura del corazón. Dios no recibe sobornos, sino homenaje de confianza y amor.
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