Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
Comentario editorial · Claves del argumento
El Pedagogo muestra al Logos formando cuerpo y alma en lo cotidiano: la santidad es hábito, no solo idea.
Comentario editorial · Cómo leer esta obra extensa
Puedes avanzar por sesiones y conservar tu lugar sin completar todo el libro de una vez. Los pasajes atribuidos a Clemente se distinguen de las explicaciones editoriales. Para una primera lectura, sigue las citas y abre los comentarios cuando necesites contexto. Esta edición conserva el texto completo disponible en Eusebeia; las sesiones cambian el recorrido, no lo resumen.
En el Protréptico, Clemente de Alejandría presenta a Cristo como el Logos exhortador que invita a la conversión, integrando la herencia filosófica griega con la revelación cristiana. En El Pedagogo, esta acción del Logos se desarrolla hacia un nuevo ámbito: la educación moral y práctica del creyente, guiándolo en su conducta cotidiana conforme al Evangelio.
Al final de la introducción del Pedagogo, Clemente resume esta progresión pedagógica del Logos:
Libro I, capítulo 1
De este modo, el Logos, amante de los hombres, se preocupa de nuestra salvación progresiva: primero nos exhorta, luego nos educa y, finalmente, nos enseña.
Referencia de este pasaje
Consultar la referenciaSi bien la crítica moderna ha tendido a considerar el Protréptico, el Pedagogo y los Strómata como una trilogía sistemática, esta conexión no parece haber sido concebida por Clemente con la intención de formar una unidad cerrada. Más bien, se trata de una secuencia temática y espiritual, donde cada obra refleja una etapa del crecimiento del alma cristiana: conversión, formación moral y madurez espiritual. En este sentido, la pedagogía del Logos no se limita a un plan rígido, sino que representa el dinamismo del conocimiento divino que acompaña y transforma al ser humano en su camino hacia la plenitud.
El Pedagogo cumple, así, una tarea intermedia pero esencial. No se trata ya de convencer al pagano para que abrace la fe, sino de educar al cristiano recién convertido en los deberes concretos de una vida virtuosa. Como afirma Clemente, el Pedagogo es educador, no experto teórico; su objetivo es la mejora del alma, la salud espiritual, no todavía la enseñanza especulativa propia del Maestro:
Salud y conocimiento no son lo mismo; aquélla se obtiene por la curación (Pedagogo), éste, en cambio, por el estudio (Maestro).
Esta distinción es fundamental. Mientras el Protréptico opera sobre las costumbres y dispone el alma para la conversión, el Pedagogo actúa sobre las acciones y las pasiones, curando y aconsejando. Es el médico del alma que prescribe remedios prácticos, el consejero que establece un modelo de vida cristiana. Solo después de esta purificación moral estará el cristiano preparado para las alturas contemplativas del conocimiento teológico.
Clemente concibe la acción salvífica de Dios como un proceso educativo gradual y racional, adaptado a la triple naturaleza del ser humano según la antropología aristotélica: costumbres, acciones y pasiones. Esta pedagogía divina no actúa violentamente sino de manera persuasiva y ordenada, respetando la racionalidad humana mientras la eleva hacia lo divino. El modelo no es una imposición externa sino una transformación interior progresiva que conduce desde la conversión inicial hasta la contemplación perfecta.
Para comprender plenamente la audacia de la propuesta clementina, es necesario entender qué significaba un pedagogo en la sociedad grecorromana del siglo II-III. Originalmente, el paidagogós designaba al esclavo doméstico encargado de conducir al niño a la escuela, llevando su maleta y protegiéndolo de los peligros físicos y morales de la calle. Era un simple acompañante, subordinado al maestro (didáskalos) que impartía la instrucción técnica.
Sin embargo, durante el helenismo y el Imperio romano, la figura del pedagogo experimentó una notable elevación. Ya no era mero acompañante sino formador del carácter y la moralidad, complementando la tarea de padres y maestros. El pedagogo se convirtió en tutor o preceptor que permanecía junto al joven durante toda la jornada, iniciándolo en los buenos modales y la virtud, enseñándole a comportarse en el mundo y en la vida. Como observa Henri-Irénée Marrou, el pedagogo helenístico desempeñaba un papel más importante que el del maestro de escuela, pues mientras este último se ocupaba de un sector limitado del entendimiento, el pedagogo permanecía al lado del niño constantemente, formando integralmente su carácter.
Esta evolución de la figura del pedagogo desde esclavo doméstico hasta formador moral refleja la creciente importancia que la cultura helenística concedía a la educación del carácter por encima de la mera instrucción técnica. La verdadera paideía griega no consistía en acumular conocimientos sino en formar un tipo humano específico, un ideal de existencia caracterizado por la excelencia moral y el equilibrio armónico.
Cuando Clemente presenta a Cristo como el Pedagogo por antonomasia, está realizando una operación teológica y cultural de enorme audacia. No se trata simplemente de una metáfora piadosa sino de una propuesta radical: el cristianismo ofrece una nueva paideía, un nuevo ideal educativo universal que supera y cumple las aspiraciones más nobles de la cultura helenística.
El Logos-Pedagogo cristiano encarna un nuevo ideal de existencia humana que contrasta con toda la idea griega de cultura. Como señala Werner Jaeger, cuando Platón en las Leyes había definido la relación de Dios con el mundo como pedagógica (Dios es el pedagogo de todo el mundo; Leyes, 897 B: ὀρϑὰ καὶ εὐδαίμονα παιδαγωγεῖ πάντα), estaba elevando el concepto de paideía a dignidad filosófica y teológica. Clemente recupera esta dignidad platónica pero la transforma radicalmente: no es una idea abstracta sino una persona concreta —Jesús— quien asume el papel de Pedagogo universal de la humanidad.
Esta nueva paideía cristiana se presenta como alternativa tanto a la antigua Ley mosaica como a la educación moral helenística. Frente al judaísmo alejandrino, donde la vida religiosa se centraba en el conocimiento y aplicación de la Torah transmitida en las escuelas rabínicas, Clemente proclama que la antigua Ley fue solo un pedagogo temporal. Citando a Pablo en :
Antes de llegar la fe, estábamos sujetos a la custodia de la Ley, a la espera de la fe que había de revelarse. De suerte que la ley fue nuestro Pedagogo para elevarnos a Cristo, para que fuésemos justificados por la fe. Mas, llegada ésta, ya no estamos bajo el antiguo Pedagogo.
La nueva alianza trae un nuevo Pedagogo. Donde la Ley antigua educaba mediante el temor, el Logos-Jesús educa mediante el amor. Hay una acción continuadora del Logos que comienza en Moisés y los profetas, pero que ahora alcanza su plenitud en Cristo. Como afirma Clemente: El mismo Pedagogo que en otro tiempo dijo «Temerás al Señor tu Dios», nos exhorta ahora: «Amarás al Señor tu Dios».
Pero la propuesta clementina pretende ser, sobre todo, una alternativa a la paideía helenística misma. En el mundo grecorromano del siglo II, la educación superior seguía un modelo bien establecido desde Aristóteles: primero las introducciones exhortativas (protréptico), luego la purificación moral, finalmente los estudios contemplativos superiores. Las escuelas filosóficas —peripatéticas, estoicas, epicúreas, platónicas— todas seguían variantes de este esquema.
Clemente y Orígenes tenían la ambiciosa intención de crear una escuela superior de teología cristiana capaz de competir con la alta cultura filosófica pagana. Aunque este objetivo no se conseguiría plenamente hasta la aparición de las escuelas monásticas orientales, su proyecto era claro: enfrentarse a la idea cultural griega como un todo, no solo ofrecer una alternativa sectorial.
Como había proclamado Isócrates sobre la paideía griega: Nuestra ciudad ha dejado al resto de la humanidad tan atrás, por lo que respecta a la inteligencia y al discurso, que sus discípulos se han convertido en maestros de todos. Clemente responde ahora con audacia:
Así como hay un estilo de vida propio de los filósofos, otro de los rétores, otro de los luchadores, así también haya una noble disposición del alma que corresponde a la voluntad amante del bien, y que es consecuencia de la pedagogía de Cristo. Tal educación confiere a nuestro comportamiento una radiante nobleza.
La filosofía, degradada ahora a propaideía o preparación para la verdadera paideía cristiana, mantiene su valor pero encuentra su cumplimiento en la nueva pedagogía revelada. Como dirá posteriormente Orígenes continuando esta línea: Ruégote que tomes de la filosofía griega aquellas cosas que puedan ser educación preparatoria para el cristianismo, a fin de que lo que los discípulos de los filósofos dicen de las ciencias auxiliares —que son siervas de la filosofía— podamos decirlo nosotros de la filosofía misma en relación con el cristianismo.
El Pedagogo es una obra claramente dividida en dos partes desiguales en extensión pero complementarias en función.
El Libro I constituye un largo preámbulo teológico-filosófico que fundamenta y justifica el papel de una pedagogía cristiana y establece sus caracteres principales. Aquí Clemente define quién es el Pedagogo (Cristo-Logos), cuál es su método educativo (persuasión amorosa, no temor), qué objetivo persigue (la salud del alma, no todavía el conocimiento especulativo), y establece una jerarquía ética que distingue cuatro niveles de perfección moral:
- El que no comete la más leve falta (Dios)
- El que no comete ningún pecado deliberado (el sabio)
- El que no comete demasiadas faltas involuntarias (los bien educados)
- El que permanece en el pecado el menor tiempo posible (el recién converso)
El Pedagogo define también sus dos métodos educativos complementarios: el método parenético o prescriptivo, que dicta preceptos y conduce a la obediencia; y el método didáctico, que propone ejemplos de conducta —ya sea para imitación del bien o para rechazo del mal.
Los Libros II y III componen la segunda parte y constituyen un extenso tratado de moral práctica pensado especialmente para el joven cristiano de Alejandría. Aquí Clemente desciende a los detalles más concretos de la vida cotidiana, ofreciendo consejos sobre prácticamente todos los aspectos de la jornada de un cristiano acomodado: el arte de comer, la bebida, el lujo de la vajilla y del mobiliario, los modales en los banquetes, los adornos y perfumes, el dormitorio y las reglas para dormir, la conducta sexual de los esposos y la procreación, el vestido y el calzado, las joyas, la crítica a la coquetería masculina y femenina, la pederastia, el aseo, el trato a criados y animales domésticos, los baños, los ejercicios físicos.
Esta extensa descripción de deberes concretos se intercala ocasionalmente con capítulos más teóricos sobre la riqueza, el lujo o los ejemplos bíblicos de conducta. La obra culmina en los capítulos finales (XI-XII) con una recapitulación que conecta nuevamente con la parte teológica gracias a la exposición del célebre Himno de Cristo Salvador, una de las composiciones himnológicas más antiguas y hermosas del cristianismo primitivo.
La presente traducción busca equilibrar fidelidad y legibilidad. El griego de Clemente en el Pedagogo es menos ornamentado y retórico que en el Protréptico, reflejando el carácter más práctico y didáctico de la obra, pero conserva la erudición característica del autor alejandrino, con sus constantes referencias a la filosofía, la poesía y la literatura clásica.
Los términos técnicos fundamentales se mantienen transliterados cuando su traducción empobrecería el sentido: logos (razón, palabra, Cristo), paideia (educación, formación), sophrosyne (templanza, sensatez), mesotes (término medio, equilibrio). El vocabulario moral derivado del estoicismo —apatheia (impasibilidad), metriopatheia (moderación de las pasiones)— se explica brevemente en su primera aparición.
Clemente cita las Escrituras frecuentemente de memoria, adaptando los textos a su argumentación, por lo que ocasionalmente no coinciden exactamente con nuestras traducciones modernas. Se ha respetado el texto que Clemente presenta, señalando cuando es necesario las variantes significativas.
La estructura de la traducción respeta la división en libros y capítulos establecida por la tradición manuscrita, facilitando así las referencias cruzadas con ediciones críticas y estudios especializados.
Los manuscritos principales del Pedagogo son los mismos que para el Protréptico: el Parisinus graecus 451 del siglo X es el más importante, junto con el Mutinensis III D7. La tradición textual es relativamente estable, aunque existen algunas lagunas menores y pasajes problemáticos que se señalan en notas cuando es pertinente.
Más allá de su valor teológico y moral, el Pedagogo posee un valor histórico excepcional como testimonio de la vida cotidiana en el mundo grecorromano del siglo II-III. Como observó Henri-Irénée Marrou, podemos extraer de esta obra un cuadro pintoresco y colorista de la jornada de un rico alejandrino alrededor de los siglos II-III, equiparable en vivacidad a El Satiricón de Petronio para la Italia del siglo I.
Los detalles que Clemente proporciona sobre alimentación, vestimenta, mobiliario, costumbres sociales y vida doméstica son de un valor incalculable para historiadores y arqueólogos. Vemos desfilar ante nuestros ojos los banquetes helenísticos con sus excesos y refinamientos, la arquitectura doméstica con sus diversos espacios funcionales, las modas y tendencias estéticas, las relaciones sociales entre amos y esclavos, las prácticas higiénicas y médicas.
Pero Clemente no es un mero cronista descriptivo. Su propósito es normativo: establece qué debe y qué no debe hacer un cristiano en cada circunstancia. Al hacerlo, nos revela indirectamente tanto las tentaciones y desviaciones comunes de su época como el ideal cristiano emergente de moderación, simplicidad y equilibrio.
El Pedagogo propone una moral racional claramente influida por la filosofía, especialmente por el estoicismo y el platonismo medio, pero fundamentada en las Escrituras. El Logos-Pedagogo es, en su divinidad, razón, espíritu lógico o razonable. De ahí que, más que escisión entre filosofía pagana y cristianismo, encontremos en Clemente una yuxtaposición de autoridades y una penetración íntima.
La filosofía —en cuanto propaideía— es ratificada en su componente moral por la nueva paideía derivada de las Escrituras: la moral ascética cristiana. La facilidad con que Clemente combina enseñanzas bíblicas con ejemplos filosóficos o de la tradición histórica es constante. Homero, Platón, Aristóteles, los poetas líricos, los trágicos, los historiadores, los comediógrafos e incluso los filósofos epicúreos y estoicos son incorporados sin escándalo.
Esta asimilación selectiva de la cultura anterior es mucho más armónica y conciliadora que refutadora. El cristianismo de comienzos del siglo III, a diferencia del aislacionismo judaico, se enraíza en la sabiduría mundana del helenismo y, sin diluirse en él, forja una cultura propia que incorpora y hace suyo el ideal civilizado y aristocrático del legado griego: el equilibrio armónico, la proporción exacta, el justo medio o el nada en exceso.
Los ideales estéticos y éticos clementinos pueden resumirse así: simplicidad sin pobreza extrema, elegancia sin ostentación, uso moderado de los bienes materiales sin rechazo maniqueo de la creación, cultivo del cuerpo sin caer en la vanidad, disfrute temperado de los placeres legítimos sin esclavitud a las pasiones. Es una ética del equilibrio, profundamente griega en su forma pero cristiana en su fundamento y motivación.
Con el Pedagogo terminan, pues, las palabras introductorias. Es momento de dejar que Clemente mismo, con su erudición, su pedagogía paciente y su fervor cristiano, nos guíe por los caminos de la formación moral que el Logos-Cristo traza para quienes desean vivir según el evangelio en medio del mundo.
I, 1
Hemos establecido, hijos míos, un fundamento de verdad para nosotros mismos: cimiento inquebrantable del sagrado templo del gran Dios, base firme para el conocimiento. Una hermosa exhortación, un anhelo de vida eterna que se alcanza mediante la obediencia racional, todo ello sembrado en el terreno fértil de la inteligencia. De las tres realidades que conciernen al ser humano —costumbres, acciones y pasiones—, el Logos-Protréptico se ha encargado de las costumbres, actuando como guía de la religión, subyacente al edificio de la fe como la quilla bajo el navío. Gracias a él renunciamos gozosamente a nuestras antiguas creencias y nos rejuvenecemos para alcanzar la salvación, cantando al unísono con la profecía: "Qué bueno es Dios para Israel, para los rectos de corazón" (Salmo 73:1).
Hay también un Logos que preside nuestras acciones: el Logos-Consejero; y otro que cura nuestras pasiones: el Logos-Consolador. Pero es siempre el mismo y único Logos quien arranca al ser humano de sus costumbres congénitas y mundanas, y quien, como pedagogo, lo conduce hacia la única salvación que está en la fe en Dios.
Comentario editorial · La triple acción pedagógica del Logos
Clemente establece aquí su esquema fundamental: el Logos divino (Cristo) actúa de tres maneras distintas pero complementarias. Primero como Protréptico (del griego protreptikós, "exhortador"), convirtiendo las costumbres paganas. Luego como Pedagogo (paidagōgós), educando en la vida moral cristiana. Finalmente como Maestro (didáskalos), revelando las verdades dogmáticas. Esta progresión —conversión, formación moral, instrucción doctrinal— refleja el orden pedagógico que Clemente considera necesario para el crecimiento espiritual.
El término griego Logos es central: significa simultáneamente "razón", "palabra" y "principio ordenador". Para Clemente, Cristo es el Logos eterno del Padre, la razón divina hecha carne que ordena, sana y enseña a la humanidad.
I, 1
Pues bien, este guía celestial, el Logos, recibía el nombre de Protréptico cuando nos exhortaba a la salvación —esta es la denominación específica que recibe el Logos encargado de impulsarnos, tomando el todo el nombre de la parte—. Toda religión es, en efecto, protréptica, ya que engendra en el razonamiento afín a ella el anhelo de vida, tanto de la presente como de la futura.
Pero ahora, actuando simultáneamente como terapeuta y como consejero, aconseja a quien previamente ha convertido y —lo que es más fundamental— promete la curación de las pasiones que habitan en nosotros. Démosle, pues, el único nombre que naturalmente le corresponde: Pedagogo. El Pedagogo es práctico, no metódico; su objetivo es la mejora del alma, no la instrucción; es guía de una vida virtuosa, no de una vida erudita.
Aunque el mismo Logos es también maestro, no actúa todavía en esa capacidad. El Logos-Maestro expone y revela las verdades dogmáticas; el Pedagogo, en cambio, siendo práctico, primero nos ha exhortado a cultivar una disposición hacia la formación moral, y ahora nos invita a poner en práctica nuestros deberes, prescribiendo los preceptos que deben guardarse intactos y mostrando a quienes vienen después los ejemplos de quienes antes erraron su camino.
Comentario editorial · Pedagogo y Maestro
La distinción entre Pedagogo y Maestro es crucial. El Pedagogo no es un profesor académico, sino un guía moral que forma el carácter mediante ejemplos y preceptos prácticos. En el mundo grecorromano, el pedagogo era el esclavo que acompañaba al niño a la escuela y supervisaba su conducta, mientras que el maestro impartía la instrucción formal. Clemente aprovecha esta imagen cultural para mostrar que Cristo primero forma nuestro carácter moral antes de revelar las verdades más profundas de la fe.
I, 1
Ambos métodos son altamente eficaces: uno conduce a la obediencia —es el género parenético—; el otro, que adopta la forma del ejemplo, se subdivide a su vez —de manera análoga a la primera pareja— en dos modos de proceder: uno consiste en que imitemos el bien eligiéndolo; el otro, en que nos apartemos de los malos ejemplos rechazándolos.
De aquí se sigue la curación de las pasiones. El Pedagogo, mediante ejemplos consoladores, fortalece nuestras almas; y como si fueran remedios dulces y benignos, con sus preceptos llenos de amor por la humanidad, cuida a los enfermos conduciéndolos hacia el conocimiento perfecto de la verdad. Salud y conocimiento no son lo mismo: éste se obtiene por el estudio, aquélla por la curación.
Un enfermo no podría asimilar nada de las enseñanzas hasta estar completamente restablecido, pues no se prescriben las mismas cosas a quienes aprenden que a quienes están enfermos: a los primeros se les administra para su conocimiento; a los segundos, para su curación.
Comentario editorial · La metáfora médica de la salvación
Clemente emplea consistentemente el lenguaje de la medicina —las pasiones (páthē) son enfermedades del alma que requieren curación antes del aprendizaje doctrinal. Esta imagen médica de la salvación tiene raíces bíblicas (Cristo como médico en ) y filosóficas (la medicina del alma en el estoicismo).
El término parenético (del griego parainéō, "exhortar") designa el género literario de exhortación moral. Clemente organiza su obra en torno a dos métodos: (1) exhortaciones directas que prescriben conductas, y (2) ejemplos positivos y negativos que muestran las consecuencias de la virtud y el vicio.
I, 1
Así como quienes enferman del cuerpo necesitan un médico, así también quienes sufren en su alma precisan de un pedagogo para que sane nuestras pasiones. Luego acudiremos al maestro, quien purificará nuestra alma preparándola para recibir el conocimiento y hacerla capaz de acoger la revelación del Logos. De esta manera, el Logos —que ama plenamente a la humanidad—, deseoso de que alcancemos gradualmente la salvación mediante un ascenso beneficioso, emplea una hermosa y eficaz economía educativa: primero nos exhorta desde lo alto, luego nos educa como pedagogo y, finalmente, nos enseña.
Comentario editorial · La economía divina
El concepto de economía divina (del griego oikonomía, "administración del hogar") es fundamental en la teología patrística. Designa el plan ordenado de Dios para la salvación humana, ejecutado progresivamente según la capacidad de recepción de cada persona. Para Clemente, esta pedagogía divina respeta el desarrollo gradual del ser humano: primero la conversión, luego la purificación moral, finalmente la contemplación de los misterios. Esta estructura tripartita influiría profundamente en la tradición espiritual cristiana posterior.
I, 2
Nuestro Pedagogo, hijos míos, es semejante a su Padre Dios, de quien es precisamente Hijo: sin pecado, irreprochable, con el alma libre de pasiones; Dios inmaculado en forma humana, servidor de la voluntad del Padre, Logos-Dios que está en el Padre, que está a la derecha del Padre, Dios incluso en su forma visible.
Él es para nosotros imagen sin mancha; debemos esforzarnos con toda nuestra fuerza en asemejar nuestra alma a la suya. Él, totalmente libre de pasiones humanas, es el único juez precisamente porque es el único sin pecado. Nosotros, en cambio, debemos esforzarnos —en la medida de nuestras capacidades— por pecar lo menos posible, pues nada es tan urgente como liberarnos, en primer lugar, de las pasiones y enfermedades, y evitar después la facilidad con que recaemos en el hábito de pecar.
Comentario editorial · La impasibilidad de Cristo
La afirmación de que Cristo tiene un "alma libre de pasiones" (apathḗs) refleja la influencia estoica en Clemente. Los estoicos consideraban la apátheia (ausencia de pasiones perturbadoras) como el ideal del sabio. Clemente cristianiza este concepto: Cristo, siendo plenamente divino y humano, posee una humanidad perfecta sin las pasiones desordenadas que afligen a los seres humanos caídos.
Esta doctrina sería debatida en controversias cristológicas posteriores. La tradición cristiana posteriormente matizaría que Cristo experimentó emociones humanas genuinas (tristeza, compasión) sin pecado, distinguiendo entre pasiones desordenadas y afectos legítimos.
I, 2
Lo mejor es, sin duda, no cometer de ningún modo la más leve falta —lo cual afirmamos ser privativo de Dios—; en segundo lugar, no cometer nunca ningún pecado deliberado —lo cual es propio del sabio—; en tercer lugar, no caer en demasiadas faltas involuntarias —lo cual es propio de quienes reciben una genuina educación—. Finalmente, propongámonos permanecer en el pecado el menor tiempo posible, ya que también es saludable para quienes han sido llamados al arrepentimiento renovar su lucha.
Me parece que el Pedagogo habló admirablemente a través de Moisés: "Si alguno muere repentinamente cerca de él, su cabeza consagrada quedará al instante manchada y deberá rasurarse" (Números 6:9). Al decir "muerte repentina", se refiere al pecado involuntario, y dice que su mancha ensucia el alma. Por eso prescribe el remedio de rasurarse inmediatamente la cabeza, aconsejando cortar los cabellos de la ignorancia que oscurecen el razonamiento, para que, una vez liberado de la densa espesura que es la maldad, el razonamiento —que tiene su trono en el cerebro— retorne al arrepentimiento.
Comentario editorial · Qué cambia entre los cuatro grados
El último grado permite observar la función del Pedagogo: la falta no cierra el proceso educativo, sino que pide una respuesta. Al releer el pasaje, distingue entre evitar una acción deliberada y retomar la formación después de una caída.
Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
I, 2
Poco después añade: "los días anteriores fueron irracionales", con lo cual claramente se refieren a los pecados cometidos sin razón. Llamó al pecado involuntario "muerte repentina", y al pecar lo llamó "acto irracional". Por eso el Logos-Pedagogo tiene la misión de dirigirnos, para apartarnos del pecado "irracional".
Considera ahora este pasaje de la Escritura: "por eso, esto dice el Señor". El pecado que existió antes queda expuesto a través de lo que sigue, en tanto que viene después el justo juicio. Esto se manifiesta claramente por medio de los profetas cuando dicen: "Si no hubieras pecado, no habría pronunciado estas amenazas", y "por eso, esto dice el Señor", y "puesto que no escucharon estas palabras, por eso, esto dice el Señor". Por esto existe la profecía: por causa de la obediencia y la desobediencia; la primera para que nos salvemos, la segunda para que seamos educados.
Comentario editorial · Pecado e irracionalidad en la antropología clementina
Para Clemente, siguiendo la tradición socrática y estoica, el pecado es fundamentalmente irracionalidad (alogía). El ser humano, creado a imagen del Logos divino, posee razón (lógos) como su característica distintiva. Pecar es actuar contra la razón, contra la propia naturaleza racional. Esta visión intelectualista del pecado —donde la ignorancia y el error son causas fundamentales del mal— será característica de la escuela alejandrina.
La función de la profecía bíblica es, entonces, pedagógica: advertir de las consecuencias del pecado para educar la razón humana hacia la obediencia racional a Dios.
I, 2
Así que nuestro Pedagogo, el Logos, mediante sus exhortaciones cura las afecciones antinaturales de nuestra alma. La curación de las enfermedades del cuerpo se llama propiamente medicina, un arte que enseña la sabiduría humana. Pero el Logos del Padre es el único médico de las debilidades humanas, sanador divino y sagrado ensalmador del alma enferma. Así dice: "Salva, Dios mío, a tu siervo que confía en ti. Ten piedad de mí, Señor, pues a ti clamaré todo el día" (Salmo 86:2-3).
"La medicina", según Demócrito, "cura las enfermedades del cuerpo, pero la sabiduría libera al alma de sus pasiones". El buen pedagogo —que es la Sabiduría, el Logos del Padre, el que ha creado al ser humano— se cuida de la totalidad de su criatura: cura tanto su cuerpo como su alma, él que es el médico universal de la humanidad.
El Salvador dice al paralítico: "Levántate, toma el lecho sobre el que yaces y vete a casa" (Marcos 2:11). Y al instante el que estaba sin fuerzas recuperó su vigor. Y al muerto le dijo: "Lázaro, sal"; y el muerto salió de su tumba tal como estaba antes de morir, ejercitándose así para la resurrección.
En verdad, cura igualmente el alma en sí misma con sus mandamientos y sus dones de gracia. Con los preceptos quizá la curación se demora, pero siendo generoso en sus dones de gracia, nos dice a nosotros los pecadores: "Tus pecados te son perdonados" (Mateo 9:2).
Comentario editorial · Demócrito y la sabiduría griega
La cita de Demócrito muestra la metodología característica de Clemente: integrar la sabiduría filosófica griega con la revelación cristiana. Los filósofos griegos ya habían intuido verdades que el cristianismo confirma y perfecciona. Cristo no solo cura el alma (como podría un filósofo), sino también el cuerpo, mostrándose así como médico integral de la naturaleza humana completa. Los milagros de sanación física son signos de su poder para sanar también las enfermedades espirituales.
I, 2
Nosotros, en un acto simultáneo a su pensamiento, nos hemos convertido en niños, participando —gracias a su buen orden— del rango más excelente y más seguro. Este buen orden se ocupa primero del cosmos y del cielo, de las revoluciones del sol y de los movimientos de los demás astros, y todo ello por causa del ser humano; luego se ocupa del ser humano mismo, en torno al cual despliega toda su solicitud.
Considerando al ser humano como su obra suprema, enderezó su alma mediante la prudencia y la templanza, compuso su cuerpo con belleza y armonía, e inspiró en las acciones de la humanidad la rectitud y el buen orden que le son propios.
I, 3
El Señor nos beneficia en todo y nos ayuda en todo, tanto como ser humano como en cuanto Dios: como Dios, perdonando nuestros pecados; como ser humano, educándonos para no pecar. Naturalmente, entonces, el ser humano es amado por Dios, puesto que es su criatura. Las demás realidades de su creación las hizo Dios con solo una orden; al ser humano, en cambio, lo modeló con sus propias manos y le insufló algo propio de sí mismo.
Comentario editorial · La antropología del soplo divino
Clemente recoge aquí la narrativa de "Dios creó al hombre en su imagen, en la imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó" (Génesis 2:7), donde Dios "insufla" vida en el ser humano. Para los Padres alejandrinos como Clemente y Orígenes, este "soplo" (pneuma) es el elemento especial que distingue a la humanidad del resto de la creación. No es simplemente vida biológica, sino participación en el Espíritu divino que hace al ser humano capaz de conocer a Dios y ser educado por Él.
La creación "con las manos" (expresión antropomórfica) subraya el cuidado personal y directo de Dios en la formación humana, contrastando con la creación por decreto del resto del cosmos.
I, 3
Esta criatura que ha sido modelada por Dios y a su imagen, o bien la ha creado por ser en sí misma digna de ser elegida, o la ha modelado por ser digna de elección a causa de otras cosas.
Si el ser humano es por sí mismo digno de elección, entonces Dios, siendo bueno, ha amado a este ser bueno, y el afecto especial está dentro del ser humano —precisamente lo que se denomina "soplo" de Dios—. Pero si el ser humano ha sido objeto de elección a causa de otras cosas, Dios no tuvo otra razón para crearlo sino que, sin él, no habría sido posible que Dios se manifestara como Creador bueno, ni que el ser humano llegara al conocimiento de Dios. De otro modo, es decir, si el ser humano no hubiera existido, Dios no habría creado aquello por lo que el ser humano existe. Y este poder que Dios mantenía oculto —su voluntad— lo llevó a su plenitud mediante su potencia creadora externa; recibió del ser humano lo que había hecho del ser humano; vio lo que tenía, y llegó a ser lo que quiso. Porque nada hay que Dios no pueda hacer.
Comentario editorial · Un argumento sobre la dignidad humana
Este pasaje presenta un argumento filosófico complejo sobre la dignidad humana. Clemente explora dos opciones: (1) el ser humano es valioso en sí mismo, o (2) es valioso instrumentalmente. Concluye que la primera opción es correcta: la humanidad es intrínsecamente digna de amor divino, no meramente un medio para otros fines. Esta afirmación fundamenta la dignidad humana en la voluntad amorosa de Dios, anticipando desarrollos posteriores en la doctrina de la imago Dei.
I, 3
Así pues, el ser humano que Dios ha creado es digno de elección por sí mismo. Ahora bien, lo que por sí mismo es digno de elección es naturalmente apropiado para aquel para quien es digno de elección por sí mismo, y por tanto es también aceptado y amado por él. Pero ¿puede algo ser digno de amor para alguien sin que sea amado por él? El ser humano, según hemos demostrado, es digno de ser amado; por consiguiente, el ser humano es amado por Dios.
¿Cómo no va a ser amado aquel por quien el Unigénito, el Logos de nuestra fe, ha descendido desde el seno del Padre? La fe lo confirma abundantemente, como el Señor mismo lo afirma claramente al decir: "El mismo Padre os ama porque ustedes me han amado" (Juan 16:27), y de nuevo: "Y los has amado como me has amado a mí" (Juan 17:23).
Comentario editorial · La Encarnación como prueba del amor divino
El argumento culmina cristológicamente: la prueba definitiva del amor de Dios por la humanidad es la Encarnación del Logos. Si Dios no amara genuinamente a los seres humanos, el descenso del Hijo desde el "seno del Padre" (expresión de ) sería incomprensible.
Esta argumentación —de lo filosófico a lo revelado— es típica de Clemente: parte de premisas racionales accesibles a los filósofos griegos, pero culmina en el misterio cristiano que supera pero no contradice la razón humana.
I, 3
¿Qué desea, pues, y qué nos promete el Pedagogo? Manifestándose en obras y palabras, nos prescribe mediante instrucción lo que debemos hacer y nos prohíbe lo contrario; todo está ya suficientemente claro. En cuanto al otro género de lenguaje, el didáctico, es sin duda conciso, espiritual, de notable precisión y contemplativo. Pero de momento dejémoslo de lado.
Debemos corresponder en el amor a quien amorosamente guía nuestros pasos hacia una vida mejor, y vivir según las disposiciones de su voluntad, no solo cumpliendo lo que prescribe o evitando lo que prohíbe, sino también apartándonos de ciertos ejemplos e imitando otros en la medida de lo posible, para realizar por imitación las obras del Pedagogo y así cumplir aquello de "a imagen y semejanza".
Comentario editorial · Imagen y semejanza
La expresión "a imagen y semejanza" remite a Génesis 1:26. En la teología patrística, la "imagen" (eikṓn) es la capacidad racional que todo ser humano posee por naturaleza, mientras que la "semejanza" (homoíōsis) es la realización moral y espiritual de esa imagen mediante la virtud. El Pedagogo nos guía precisamente hacia esta semejanza con Dios mediante la imitación de Cristo.
I, 3
Pues andamos errantes en la vida como en profunda oscuridad, y necesitamos un guía infalible y preciso. Y el mejor guía no es el ciego que, como dice la Escritura, lleva de la mano a otros ciegos hacia el precipicio, sino el Logos de mirada penetrante que conoce a fondo los corazones.
Así como no existe luz que no ilumine, ni cosa en movimiento que no se mueva, ni amante que no ame, tampoco hay bien que no nos beneficie y que no nos conduzca hacia la salvación.
Amemos, pues, los mandamientos del Señor mediante las obras. Pues el Logos mismo, haciéndose manifiestamente carne, ha mostrado que la misma virtud rige tanto la vida práctica como la contemplativa. Y si tomamos el Logos como ley, reconoceremos que sus mandamientos y sus enseñanzas son caminos cortos y vigorosos hacia la eternidad, pues sus preceptos están llenos de persuasión, no de temor.
Comentario editorial · Pedagogía del amor, no del temor
Clemente concluye este tercer capítulo con una nota distintiva de su teología: los mandamientos del Logos-Pedagogo están "llenos de persuasión, no de temor". Esto contrasta con visiones más rigoristas del cristianismo primitivo. Para Clemente, la madurez cristiana se alcanza mediante la persuasión racional y el amor, no mediante el terror al castigo.
La frase "haciéndose manifiestamente carne" alude a y subraya que la Encarnación no fue una apariencia (contra los docetas), sino una realidad histórica que unifica práctica y contemplación, acción y conocimiento. Cristo vivió humanamente lo que enseña divinamente, convirtiéndose así en el modelo perfecto a imitar.
I, 4
Abracemos, pues, aún más esta buena obediencia y entreguémonos al Señor, agarrándonos al cable más firme de la fe en él, habiendo comprendido que la virtud es la misma para el hombre que para la mujer. Porque si hay un solo Dios para ambos, también hay un solo Pedagogo para ambos. Una sola Iglesia, una sola templanza, un solo pudor, alimento común, matrimonio conyugal, respiración, vista, oído, conocimiento, esperanza, obediencia, amor: todo es semejante. Para quienes tienen en común la vida, también es común la gracia, también es común la salvación; común es también para ellos la virtud y la formación.
"En este tiempo —se nos dice— toman mujer y se casan", tiempo en el cual solamente la hembra se distingue del varón, "pero no así en el otro", donde los premios de esta vida común y santa del matrimonio no están reservados al varón y a la hembra, sino al ser humano separado del deseo que lo divide en dos. Común es, pues, el nombre de "ser humano" para hombres y mujeres.
Me parece que los atenienses usaban el término "niñito" en común no solo para el varón sino también para la hembra, si es que resulta creíble el testimonio del poeta cómico Menandro en La azotada, cuando dice de este modo: "hijita mía... porque el niñito es por naturaleza sumamente amante de las personas". "Corderos" es igualmente un nombre común, en su simplicidad, para el animal macho y la hembra. Y "el Señor mismo nos pastorea por los siglos de los siglos, amén". Sin pastor no deben vivir ni las ovejas ni ningún otro animal, ni los niños sin el pedagogo, ni los siervos sin su señor.
Comentario editorial · La igualdad radical ante el Pedagogo divino
Este pasaje representa una de las afirmaciones más revolucionarias del cristianismo primitivo sobre la igualdad entre hombres y mujeres. En el contexto del siglo II-III, donde la filosofía griega (especialmente Aristóteles) consideraba a la mujer como un "varón defectuoso" y el derecho romano la mantenía bajo tutela perpetua, Clemente proclama una igualdad ontológica y soteriológica radical.
La base de esta igualdad no es meramente social o funcional, sino que se fundamenta en tres principios teológicos interconectados: hay un solo Dios para ambos, un solo Pedagogo (el Logos-Cristo) que forma a ambos, y una sola salvación común. La distinción sexual pertenece solo al tiempo presente y al orden de la procreación, pero no define la esencia del ser humano ante Dios ni determina su capacidad para la virtud.
El término griego anthropos (ser humano) es aplicado por Clemente de manera inclusiva, anticipando en muchos siglos debates contemporáneos sobre antropología teológica. La frase "separado del deseo que lo divide en dos" sugiere que la diferenciación sexual, aunque buena en el orden creado, no es el estado definitivo de la humanidad redimida.
I, 5
Resulta claro que la pedagogía es, según se desprende de su mismo nombre, la educación y conducción de los niños. Pero quedan por examinar quiénes son estos niños a los que se refiere simbólicamente la Escritura, y luego asignarles el pedagogo correspondiente. Los niños somos nosotros. La Escritura nos celebra de muchas maneras y nos llama alegóricamente con diversos nombres para dar a entender la simplicidad de la fe.
Por ejemplo, en el Evangelio se dice: "El Señor, deteniéndose en la orilla del mar junto a sus discípulos —que a la sazón se hallaban pescando—, les dijo: 'niños, ¿tenéis algo de comer?'" Llama "niños" a hombres que ya son discípulos. Y la Escritura añade: "Le presentaban niños para que los bendijera con sus manos", y ante la oposición de sus discípulos, Jesús dijo: "Dejad a los niños y no les impidáis que se acerquen a mí, pues de los que son como niños es el reino de los cielos". El significado de estas palabras lo aclara el mismo Señor cuando dice: "Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos". Aquí no se refiere a la regeneración bautismal, sino que nos recomienda imitar la sencillez de los niños, proponiéndola como modelo para nuestra semejanza con ellos.
El Espíritu profético también nos considera niños. Dice la Escritura: "Los niños, habiendo cortado ramas de olivo y de palmera, salieron al encuentro del Señor gritando: 'Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor'". Luz, gloria y alabanza con súplicas al Señor: he aquí lo que parece significar, en la lengua griega, el Hosanna. Me parece que la Escritura cita alegóricamente la profecía que acabo de mencionar para reprochar a los negligentes: "¿No habéis leído nunca que de la boca de los niñitos y lactantes sacaste alabanza?"
También el Señor, en el Evangelio, estimula a sus discípulos: los incita a que le presten atención porque ya le urge ir hacia el Padre; intenta despertar en sus oyentes un deseo más intenso, revelándoles que dentro de poco va a partir, y les muestra la necesidad de recoger los frutos abundantes de la verdad mientras el Logos aún no haya subido al cielo. De nuevo los llama "niños" diciéndoles: "Niños, yo estaré poco tiempo entre ustedes". Y de nuevo compara con el Reino de los Cielos "a los niños que están sentados en las plazas públicas y que dicen: para ustedes tocamos la flauta, mas no bailasteis; nos lamentamos, mas no os golpeasteis el pecho", y prosiguió con otras palabras semejantes a estas.
Pero no es el Evangelio el único que siente así; los textos proféticos hablan de la misma manera. Por ejemplo, David dice: "Alabad, niños, al Señor, alabad el nombre del Señor". Dice también por medio de Isaías: "Heme aquí con los niños que me confió el Señor". ¿Te maravillas de oír que el Señor llama "niños" a quienes los paganos llaman hombres? Me parece que no comprendes bien la lengua ática, en la que se puede observar que aplica el nombre de "niñitas" a hermosas y lozanas muchachas de condición libre, y el de "pequeñas esclavas" a las jóvenes siervas. Gozan de estos diminutivos por estar en la flor de su juventud.
Y cuando el Señor dice: "Que mis corderos sean colocados a mi derecha", alude simbólicamente a los sencillos, a los que son de la raza de los niños como los corderos, no a los adultos como el ganado mayor. Si muestra su predilección por los corderos, es porque prefiere en los hombres la delicadeza y la sencillez de espíritu, la inocencia. Asimismo, cuando dice "cachorrillos lactantes", se refiere a nosotros alegóricamente, lo mismo que cuando afirma "como una paloma inocente y sin cólera".
Cuando, por boca de Moisés, ordena ofrecer "dos crías de palomas o una pareja de tórtolas" para la expiación de los pecados, está diciendo que la inocencia de las criaturas tiernas y la falta de malicia y resentimiento de los polluelos es agradable a los ojos de Dios. Da a entender que lo semejante purifica a lo semejante, y también que la timidez de las tórtolas simboliza el temor reverente al pecado. La Escritura atestigua que nos da el nombre de "polluelos": "Como el pájaro lleva bajo sus propias alas a sus polluelos", esto mismo somos nosotros: los polluelos del Señor. De esta forma tan admirable y misteriosa el Logos subraya la simplicidad del alma en la edad infantil.
Una vez nos llama "niños"; otras, "polluelos"; otras, "niños de pecho"; otras, "hijos"; a menudo, "criaturas", y en ocasiones "un pueblo joven" y "un pueblo nuevo". Y dice: "A mis servidores les será dado un nombre nuevo". Llama "nombre nuevo" a lo reciente y eterno, puro y simple, infantil y verdadero. "Y este nombre será bendito en la tierra".
Además, nos llama a veces alegóricamente "potros", porque desconocen el yugo del mal y no han sido domados por la maldad. Son simples y sólo dan brincos cuando se dirigen a su Padre, no son "los caballos que relinchan ante las mujeres de los vecinos, como los animales bajo yugo y alocados", sino los libres y nacidos de nuevo, los orgullosos de su fe, los corceles que corren veloces hacia la verdad, prestos a alcanzar la salvación y que pisotean y golpean contra el suelo las cosas mundanas.
"Alégrate mucho, hija de Sión; pregona tu alegría, hija de Jerusalén; he aquí que tu rey viene hacia ti, justo y portador de tu salvación, manso y montado en una bestia de carga, acompañada de su joven potro". No bastaba con decir tan sólo "potro", sino que se ha añadido "joven", para mostrar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud junto con su sencillez. Nuestro divino domador nos cría a nosotros, sus niños, tal como a jóvenes potros. Y si en la Escritura el joven animal es un asno, se considera en todo caso como la cría de una bestia de carga. "Y a su potro —dice la Escritura— lo ha atado a la vid": a su pueblo sencillo y pequeño lo ha atado al Logos, alegóricamente designado por la vid. Esta da vino, como el Logos da sangre, y ambas son bebidas saludables para el hombre: el vino para el cuerpo, la sangre para el espíritu. El Espíritu nos da testimonio cierto, por boca de Isaías, de que nos llama también corderos: "cual pastor, apacentará su rebaño y, con su brazo, reunirá a sus corderos", queriendo decir mediante una alegoría que los corderos, en su sencillez, son la parte más tierna del rebaño.
Sin duda también nosotros honramos con una evocación de la infancia los más bellos y perfectos bienes de esta vida, llamándolos paideia y "pedagogía". Consideramos que la pedagogía es la buena conducción de los niños hacia la virtud.
El Señor nos ha indicado de manera bien clara qué hay que entender por "niñito": habiéndose originado una disputa entre los Apóstoles sobre "quién de ellos era el más grande", Jesús colocó en medio de ellos a un niñito y dijo: "El que se humille como este niñito, este es el más grande en el Reino de los Cielos". Ciertamente, no utiliza el término "niñito" para referirse a la edad en la que aún no cabe la reflexión, como algunos han creído. Y cuando dice: "Si no llegáis a ser como estos niños, no entraréis en el Reino de los Cielos", no hay que interpretarlo de una manera simplista.
No, nosotros no rodamos por el suelo como niños, ni nos arrastramos por tierra como serpientes, enrollando todo nuestro cuerpo en los apetitos irracionales. Al contrario, erguidos hacia lo alto merced a nuestra inteligencia, desprendiéndonos del mundo y de los pecados, "apenas tocando tierra con la punta del pie" —por más que parezca que estamos en este mundo—, perseguimos la santa sabiduría. Mas esto parece una locura para quienes tienen el alma dirigida hacia la maldad.
Son, por tanto, verdaderos niños los que sólo conocen a Dios como Padre y son sencillos, ingenuos, puros, los enamorados de los unicornios. A los que han progresado en el conocimiento del Logos, el Señor les habla con este lenguaje: les ordena despreciar las cosas de aquí abajo y les exhorta a fijar su atención solamente en el Padre, imitando a los niños. Por esa razón les dice: "No os inquietéis por el mañana, que ya basta a cada día su propio afán". Así, manda que dejemos a un lado las preocupaciones de esta vida para unirnos solamente al Padre.
El que cumple este precepto es realmente un párvulo y un niño a los ojos de Dios y del mundo: este lo considera un necio; aquel, en cambio, lo ama. Y si, como dice la Escritura, "hay un solo maestro que está en los Cielos", es evidente que todos los que están en la tierra deberán ser llamados —con razón— discípulos. Y en efecto, la verdad es así: la perfección es propia del Señor, que no cesa de enseñar; en cambio, el infantilismo y la puerilidad son propias de nosotros que no cesamos de aprender.
La profecía ha honrado con el nombre de "hombre" a quien es perfecto, y por boca de David —refiriéndose al demonio— dice: "El Señor detesta al hombre sanguinario", y lo llama "hombre" porque es perfecto en la malicia. Mas el Señor es llamado "Hombre" porque es perfecto en la justicia. Por eso, el Apóstol en la Epístola a los Corintios dice: "Os he desposado con un solo hombre para presentaros como casta virgen a Cristo", es decir, como criaturas santas, y sólo para el Señor.
Y en la Epístola a los Efesios, con total claridad reveló el objeto de nuestra investigación, diciendo: "Hasta que lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de la edad de Cristo, para que no seamos ya niños fluctuantes, dejándonos llevar por todo viento de doctrinas, al compás del engañoso juego de los hombres y de la astucia humana en la acechanza del error; sino que, viviendo en verdad y amor, crezcamos hacia él en todo".
Y dijo esto "para la edificación del cuerpo de Cristo", "que es la cabeza", y el único varón perfecto en justicia. Nosotros, niños pequeños, si nos guardamos de los vientos de las herejías que con su soplo arrastran hacia el orgullo y no confiamos en quienes pretenden imponernos otros padres, alcanzaremos la perfección, porque somos Iglesia, ya que hemos recibido a Cristo como cabeza.
Ahora debemos fijar nuestra atención en la palabra "infante" (nepios), que no se refiere a los que carecen de razón —esos son los "necios"—. El "infante" es el "nuevamente dulce", porque "dulce" es el que tiene pensamientos de mansedumbre y ha adquirido nuevamente un carácter delicado y dulce. Esto ya lo manifestó claramente el bienaventurado Pablo: "Pudiendo hacer valer nuestra autoridad, por ser apóstoles de Cristo, nos hicimos dulces en medio de ustedes, como una madre que cría a sus hijos".
El "infante" es un ser dulce; de aquí que sea más ingenuo, tierno, sencillo, sin doblez, sincero, justo en sus juicios y recto. Esto es el fundamento de la sencillez y de la verdad. "¿Hacia quién, pues, voy a dirigir mis ojos —dice la Escritura— sino hacia el ser dulce y apacible?" Este es el lenguaje de una doncella: tierno y sincero. Por eso se acostumbra a llamar a la muchacha "virgen cándida" y al muchacho "candoroso".
Somos cándidos cuando somos dóciles, fácilmente moldeables en la bondad, y la cólera no hace mella en nosotros, ni provoca tampoco el menor resentimiento de maldad ni falsedad. La generación pasada era falsa y tenía el corazón duro; nosotros, en cambio, que formamos un coro de infantes y un pueblo nuevo, somos delicados cual niños.
En su Epístola a los Romanos, el Apóstol declara alegrarse "de los corazones sin malicia" y, al mismo tiempo, matiza el significado del término "infantes": "Quiero que sean avispados para el bien y puros para el mal". No concebimos el nombre de "infantes" en un sentido negativo, de privación, aunque los hijos de los gramáticos concedan un sentido privativo a la sílaba ne-. Si los detractores de la infancia dicen de nosotros que somos "necios", miren cómo blasfeman contra el Señor, pues tildan de necios a los que han encontrado refugio en Dios. Si, por el contrario —y esto merece una especialísima atención—, aplican el nombre de "infantes" a los seres sencillos, regocijémonos de este título. Infantes son, en efecto, los espíritus nuevos que han recobrado su razón en medio de tanta locura y se yerguen en el horizonte según la nueva alianza.
Muy recientemente Dios se ha dado a conocer por la venida de Cristo: "pues nadie ha llegado a conocer a Dios sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo revela". Son los nuevos los que constituyen el pueblo nuevo en oposición al pueblo antiguo, y conocen los nuevos bienes. Nosotros poseemos la fértil ventaja de la edad, la juventud sin vejez, en la que, con plenitud de fuerzas, nos encaminamos hacia el conocimiento: siempre jóvenes, siempre dulces, siempre nuevos, pues necesariamente son nuevos los que participan del nuevo Logos.
Así como lo que participa de la eternidad suele asemejarse a lo incorruptible, así también el nombre que expresa nuestra condición de niños llena de primavera nuestra vida, dado que la verdad en nosotros no envejece, y dicha verdad informa nuestra conducta. La sabiduría es siempre joven, idéntica a sí misma, no conoce mutación alguna. "Los niños —dice la Escritura— serán transportados a hombros y consolados sobre las rodillas; como la madre consuela a su hijo, así os consolaré yo". La madre lleva en brazos a sus pequeños, y nosotros buscamos a nuestra madre, la Iglesia.
Lo que de por sí es débil y tierno, y por su misma fragilidad necesitado de ayuda, es agradable, dulce y encantador. A una criatura así Dios no la deja de su mano. Así como los padres y las madres miran con más agrado a sus pequeños —los caballos a sus potros, los bueyes a sus becerros, el león al cachorro, el ciervo a su cervatillo, y el hombre a su hijo—, así también el Padre de todos acoge a los que en Él buscan cobijo. Habiéndolos regenerado con su Espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, les presta singular ayuda, lucha por ellos, y por eso los llama "hijos".
Me referiré ahora a Isaac, el hijo. Isaac significa "risa". El rey, curioso, lo vio jugar con Rebeca, su esposa y colaboradora. El rey, llamado Abimélec, representa, en mi opinión, cierta sabiduría supramundana que contempla desde lo alto el misterio del juego infantil. El nombre de Rebeca significa "constancia". ¡Oh juego lleno de sabiduría! La "risa" es ayudada por la "constancia", mientras el rey observa. Se regocija el espíritu de los niños en Cristo, cuya vida transcurre en la constancia. Y ese es el juego divino.
Es el mismo juego al que, según Heráclito, jugaba Zeus. ¿Qué otra ocupación conviene a un ser sabio y perfecto que la de jugar y regocijarse con constancia en el bien, administrando rectamente los bienes y celebrando al mismo tiempo las fiestas santas con Dios?
El mensaje profético puede interpretarse también de otra manera: nosotros nos alegramos y reímos por nuestra salvación como Isaac. Aquel se reía porque había sido liberado de la muerte, y se divertía y se alegraba con su mujer, que es la ayuda de nuestra salvación, la Iglesia. Lleva el nombre de "constancia", que viene a significar solidez, sea porque ella sola permanece siempre airosa a través de los siglos, sea porque está constituida por la constancia de los creyentes, es decir, de nosotros, que somos miembros de Cristo. El testimonio de "los que perseveran hasta el final" y la acción de gracias que se le rinde por ellos son el juego místico, y la salvación auxiliadora que acompaña a la noble alegría de corazón.
El rey es Cristo, que desde arriba observa nuestra risa y, "asomándose por la ventana", como dice la Escritura, contempla la acción de gracias, la bendición, la alegría, el gozo, la constancia colaboradora y la trabazón de todo: su Iglesia. Él muestra tan sólo su rostro, el que faltaba a su Iglesia, que por lo demás es perfecta gracias a la cabeza del rey. Pero ¿dónde estaba la ventana por la que se mostraba el Señor? Era la carne, por la que se ha hecho visible. El mismo Isaac —ya que es posible interpretar el pasaje desde otro punto de vista— es el sello del Señor: niño en tanto que hijo, porque era hijo de Abraham como Cristo lo es de Dios; víctima como el Señor. Mas no fue inmolado como el Señor; Isaac sólo llevó la madera para el sacrificio, como el Señor el madero de la cruz.
Su sonrisa tenía cierto aire misterioso: profetizaba que el Señor nos colmaría de gracias, a quienes hemos sido redimidos de la perdición por la sangre del Señor. Pero Isaac no sufrió. Así que, no solamente reservó la primacía del sufrimiento para el Logos, como es natural, sino que además, por el hecho de no haber sido inmolado, apunta simbólicamente a la divinidad del Señor. Porque Jesús, después de haber sido sepultado, resucitó sin haber sufrido la corrupción, del mismo modo que Isaac fue liberado del sacrificio.
Voy a citar, siguiendo con mi propósito, otro testimonio de suma importancia: el Espíritu Santo, cuando profetizó por boca de Isaías, dio al mismo Señor el nombre de "niño": "He aquí que nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo, cuyo imperio reposa sobre su hombro y se le ha dado el nombre de Ángel de Gran Consejo". ¿Quién es este niño, a cuya imagen somos también nosotros niños? De su grandeza nos habla el mismo profeta: "Consejero admirable, Dios poderoso, Padre eterno, Príncipe de la paz, que dispensa con largueza la educación, y cuya paz no conoce límite".
¡Oh gran Dios! ¡Oh niño perfecto! El Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo. ¿Cómo no va a ser perfecta la pedagogía de este niño, si se extiende a todos nosotros que somos niños, guiando a todos sus pequeños? Él ha extendido sus manos hacia nosotros, máxima garantía de nuestra fe.
Juan, que es "el profeta más grande entre los nacidos de las mujeres", testifica acerca de este niño: "He aquí el cordero de Dios", dado que la Escritura llama corderos a los niños pequeños, y ha denominado "cordero de Dios" al Logos Dios, hecho hombre por nosotros, deseoso de asemejarse en todo a nosotros, el Hijo de Dios, el pequeño del Padre.
Comentario editorial · Los creyentes como «niños»: una metáfora programática
Clemente desarrolla aquí el núcleo de su antropología espiritual. La infancia no es para él un estado de ignorancia o inmadurez que debe superarse, sino un modelo permanente de relación con Dios. Los cristianos son llamados teknía (niñitos), nepíoi (infantes) y paidía (criaturas) no de manera despectiva, sino como designación de honor.
La metáfora tiene múltiples dimensiones: los niños son receptivos, confiados, dependientes, sencillos, carentes de malicia, y están en proceso de formación. Todas estas características definen la postura adecuada del creyente ante el Logos-Pedagogo. Clemente distingue claramente entre la infancia biológica (que debe ser superada) y la infancia espiritual (que debe ser cultivada permanentemente).
Esta interpretación se distancia de lecturas gnósticas que despreciaban la fe simple como inferior al conocimiento esotérico. Para Clemente, la simplicidad de corazón es compatible con la profundidad teológica y la sofisticación intelectual. Los "niños" pueden ser también los "conocedores" (gnósticos, en el sentido ortodoxo que Clemente da al término).
Comentario editorial · Nota filológica
La multiplicidad de términos que Clemente enumera (teknía, nepioi, paidia, brephe, arnía, nossía) refleja la riqueza del vocabulario griego para designar distintas etapas y aspectos de la infancia. Cada término matiza un aspecto diferente de la relación del creyente con Dios: teknía enfatiza la filiación, nepioi la dulzura y receptividad, paidia el proceso formativo, brephe la dependencia total, arnía la inocencia, nossía la protección bajo las alas del Padre. Esta variedad terminológica no es mera erudición retórica, sino una exploración teológica de las dimensiones de la vida cristiana.
Comentario editorial · Paideia: el ideal griego cristianizado
El término paideia es central en toda la obra de Clemente y en el proyecto cultural del cristianismo alejandrino. En el mundo griego clásico, paideia designaba el ideal completo de formación humana: educación intelectual, cultivo moral, refinamiento estético y participación cívica. Era el proceso por el cual un ser humano se convertía en verdaderamente humano, alcanzando su areté (excelencia o virtud).
Clemente cristianiza radicalmente este concepto. La verdadera paideia no es ya la que proporciona la cultura helénica por sí sola, sino la que ofrece el Logos-Cristo como Pedagogo divino. Esta nueva paideia mantiene el ideal de formación integral, pero lo reorienta: su meta no es la excelencia cívica o la sabiduría filosófica autónoma, sino la configuración con Cristo y la participación en la vida divina.
Sin embargo, lejos de rechazar la paideia clásica, Clemente la incorpora como propaideia, preparación para la verdadera educación cristiana. Los poetas, filósofos e historiadores griegos son maestros legítimos en el orden natural, que preparan el camino para el Maestro definitivo. Esta síntesis será determinante para toda la tradición patrística posterior y para la configuración de la cultura cristiana occidental.
Comentario editorial · Contra el anti-intelectualismo
Este pasaje muestra la delicada posición de Clemente frente a dos extremos. Contra quienes interpretan la infancia espiritual como ignorancia voluntaria o rechazo del pensamiento, Clemente insiste en que se trata de humildad intelectual y receptividad, no de estupidez. Los niños espirituales están erguidos hacia lo alto por su inteligencia, persiguen la santa sabiduría y han progresado en el conocimiento del Logos. Contra quienes desprecian la sencillez como simplismo, Clemente afirma que la verdadera sabiduría requiere esa actitud filial. La síntesis clementina rechaza tanto el orgullo intelectual como el desprecio del intelecto.
Comentario editorial · Nepios: etimología teológica de la dulzura renovada
Clemente proporciona aquí una etimología teológica del término griego nepios (infante, lactante). Rechaza una interpretación meramente negativa o privativa (ne-epos, sin palabra, sin razón) que algunos gramáticos antiguos sostenían. En cambio, propone una derivación del adjetivo neos (nuevo, joven) y el sustantivo epios o epieikeia (dulzura, mansedumbre).
Aunque esta etimología es lingüísticamente cuestionable desde la filología moderna, su valor es teológico y espiritual. Para Clemente, el infante espiritual es el que ha sido renovado en Cristo, el que ha adquirido una dulzura nueva que contrasta con la dureza del corazón antiguo. Esta dulzura (praytes en griego, relacionada con una de las bienaventuranzas) es fruto del Espíritu y característica del cristiano maduro, no del inmaduro.
La imagen de Pablo como madre nodriza (trophos) que Clemente cita muestra cómo la dulzura no es debilidad sino fortaleza pedagógica. El apóstol, pudiendo ejercer autoridad, se hace tierno para nutrir a sus hijos espirituales. Esta es la imitación del Pedagogo divino, que es simultáneamente firme y dulce, exigente y misericordioso.
Comentario editorial · Isaac, Rebeca y el juego divino: una alegoría de la vida cristiana
Clemente desarrolla aquí una alegoría sofisticada basada en el relato de Isaac y Rebeca. Los nombres hebreos son interpretados etimológicamente: Isaac significa risa o alegría, Rebeca significa constancia o paciencia (del hebreo ribqah, aunque la etimología antigua difiere de la moderna). Abimelec, el rey que los observa, representa la sabiduría divina que contempla desde lo alto.
El juego (paidia) entre Isaac y Rebeca simboliza la vida cristiana como actividad alegre y constante en el bien. No es juego frívolo ni ociosidad, sino la actividad propia del ser libre y perfecto: deleitarse en Dios y en sus obras. Esta noción del juego divino tiene resonancias con Heráclito (pais paizōn, el niño que juega, identificado con el tiempo o con Zeus) y con Platón (el ser humano es un juguete de Dios, y debe vivir jugando los juegos más nobles).
La alegoría tiene también una dimensión tipológica: Isaac liberado del sacrificio prefigura a Cristo resucitado; Rebeca representa a la Iglesia, ayuda y consorte de Cristo; su juego es la celebración litúrgica y la vida santa de los creyentes; Abimelec que observa desde la ventana es Cristo que contempla a su Iglesia desde su carne (la ventana por la que se hace visible). Esta lectura estratificada muestra la hermenéutica alegórica alejandrina en su máxima complejidad.
Comentario editorial · El Niño divino: cristología de la infancia en Isaías
Clemente culmina su reflexión sobre la infancia espiritual con la profecía de Isaías 9:6, que anuncia el nacimiento de un niño que es simultáneamente Dios poderoso y Príncipe de paz. Esta paradoja cristológica es central: el Hijo eterno del Padre se hace verdaderamente niño (paidion) en la encarnación, pero no cesa de ser Dios perfecto.
La pregunta retórica de Clemente (¿Quién es este niño?) recibe una respuesta que anticipa las definiciones cristológicas posteriores de Nicea y Calcedonia: este niño es el Consejero admirable (epíteto que en Isaías pertenece solo a YHWH), Dios fuerte, Padre eterno. La unión de los títulos infantiles con los divinos no es mera yuxtaposición, sino misterio de la encarnación.
La imagen del niño que extiende sus manos (una posible alusión a la crucifixión en cruz, con los brazos extendidos) conecta la infancia con la pasión. El Pedagogo divino que nos forma es también el Cordero de Dios que nos redime. La identificación final de Juan Bautista (el cordero de Dios) con el niño de Isaías completa el círculo: Cristo es niño, cordero, pedagogo y salvador. Todas estas imágenes convergen en el Logos encarnado que guía a sus pequeños hacia el Padre.