II, 5
A los imitadores de la risa y, en general, de situaciones ridículas, debemos desterrarlos de nuestra república. Porque si todas las palabras fluyen del pensamiento y del carácter, no es posible que algunos emitan palabras ridículas sin que provengan de un carácter ridículo. Porque también aquí podría aplicarse el texto: "No hay árbol bueno que dé fruto podrido, ni árbol podrido que dé fruto bueno". La palabra es fruto del pensamiento. Por lo tanto, si debemos exiliar de nuestra república a los bufones, está muy lejos de nosotros permitirnos a nosotros mismos hacer bufonadas. Porque sería absurdo que nos encontraran imitando aquello que nos está prohibido escuchar; pero sería mucho más absurdo aún que nos esforzáramos en volvernos ridículos nosotros mismos, es decir, objeto de ultraje y de burla.
Pues si no soportaríamos transformarnos ridículamente, como se ve que algunos lo hacen en las procesiones, ¿cómo podríamos consentir razonablemente que nuestro hombre interior se transformara hacia lo más ridículo? Y si no cambiaríamos voluntariamente nuestro rostro por uno más ridículo, ¿cómo podríamos esforzarnos, mediante nuestras palabras, en ser y parecer ridículos, burlándonos de la más valiosa de todas las posesiones humanas, la palabra? Es una burla, por cierto, dedicarse a estas ridiculeces, puesto que la palabra de los bufones no es digna de ser escuchada, pues las palabras mismas habitúan a las obras malas. Debemos ser graciosos, sí, pero no bufones.
Pero incluso la risa misma debe ser refrenada. Porque la risa, cuando se emite de la manera apropiada, muestra moderación, pero cuando no es así, manifiesta incontinencia. En términos generales, todo lo que es natural a los seres humanos no debe ser eliminado de ellos, sino más bien dárseles la medida apropiada y el momento oportuno. Porque no es que, dado que el ser humano es un animal que ríe, deba reírse de todo, así como el caballo, siendo un animal que relincha, no relincha constantemente. Sino que, siendo animales racionales, debemos gobernarnos a nosotros mismos con equilibrio, relajando la austeridad de nuestra seriedad y nuestra tensión de manera armoniosa, no disolviéndonos de forma disonante.
Pues la relajación ordenada del rostro, como la de un instrumento, según una armonía, se llama sonrisa —así se difunde sobre el rostro—, y es la risa propia de quienes son sensatos. Pero la relajación disonante del rostro, si se da en las mujeres, se llama kichlismós y es risa de prostitutas; si se da en los hombres, se denomina kanchasmós y es la risa de los pretendientes, ultrajante.
"El necio cuando ríe eleva su voz", dice la Escritura, "pero el hombre hábil apenas sonreirá en silencio". Por hombre hábil se refiere ahora al sabio, opuesto al necio. Pero tampoco debe uno ser hosco, sino reflexivo. Porque apruebo plenamente a aquel que parecía "sonriendo con rostros terribles" —a los terribles—, pues su sonrisa sería menos ridícula.
Incluso la sonrisa debe ser educada. Si es ante cosas vergonzosas, es mejor mostrarse ruborizado que sonriente, para no parecer que consentimos por simpatía. Si es ante cosas dolorosas, conviene mostrarse más abatido que complacido. Lo primero es testimonio de sentimiento humano, lo segundo muestra apariencia de crueldad. No se debe reír constantemente —porque eso sería inmoderado—, ni en presencia de ancianos o de otras personas dignas de respeto, a menos que ellos mismos nos deleiten con alguna broma. Ni tampoco se debe reír ante cualquier persona, ni en todo lugar, ni ante todos, ni por todo. Especialmente para los jóvenes y las mujeres, la risa es un resbalón hacia las calumnias.
A veces, el mostrarse severo desde lejos pone en fuga a los tentadores; igualmente, la gravedad solo del rostro puede rechazar los asaltos del libertinaje. Pero a todos los insensatos, por así decirlo, el vino "los incita a la amable risa y al baile". Y excita hacia la molicie el carácter ambiguo. Además debemos darnos cuenta de que la excesiva franqueza en el hablar desarrolla el desorden hasta derivar en obscenidad: "y profirió cierta expresión que mejor sería no haberla dicho". Así pues, el vino da ocasión para observar el carácter moral despojado de hipocresía y apariencias, gracias a esta tosca franqueza de lenguaje propia del estado de embriaguez. A través de él puede observarse que la razón duerme en el alma, oprimida por la embriaguez, y que se despiertan las pasiones monstruosas para imponer su tiranía sobre la debilidad de la razón.
Comentario editorial · La risa en la antropología clementina
Este capítulo plantea una cuestión delicada: ¿puede el cristiano reír? La respuesta de Clemente es matizada y profundamente griega. No condena la risa como tal (que es natural al ser humano), sino la bufonería, el comportamiento ridículo que degrada la dignidad racional.
La distinción entre ser gracioso y ser bufón refleja el ideal aristotélico del eutrapelos (la persona con buen humor, que sabe bromear apropiadamente) frente al bomolochos (el bufón grosero). Clemente cristianiza esta distinción: la risa debe ser medida, oportuna y nunca a costa de la virtud o la dignidad de otros. La expresión sobre desterrar de nuestra república alude directamente a la República de Platón, donde se excluye a los poetas imitadores. Clemente construye una república cristiana imaginaria con criterios morales similares pero fundamento evangélico.
Comentario editorial · Kichlismós y kanchasmós: dos risas
Los términos griegos kichlismós y kanchasmós son técnicos y difíciles de traducir. El primero describe una risa aguda, chillona, asociada culturalmente con el comportamiento de las hetairas (cortesanas). El segundo refiere a una carcajada ruidosa, boca abierta, considerada vulgar y masculina en exceso. Ambos contravienen el ideal de autocontrol y armonía.
II, 6
Debemos evitar completamente las conversaciones obscenas, y también debemos cerrar la boca de quienes las usan, ya sea con una mirada severa, con un giro de la cabeza, con lo que vulgarmente se llama sonarse la nariz, y usando también a menudo palabras ásperas. Dice la Escritura: "Pero las cosas que salen de la boca contaminan al hombre", y se refiere a lo vulgar, lo pagano, lo mal educado y lo grosero, lo que no es distinguido ni moderado ni sensato.
Para evitar oír conversaciones groseras y presenciar comportamientos del mismo tipo, el divino Pedagogo nos aconseja, siguiendo el modelo de los niños luchadores que, en su deseo de no romperse las orejas, se ciñen de palabras sabias como orejeras, para que los golpes de la fornicación no puedan llegar a quebrar el alma. Y dirige nuestra vista hacia el espectáculo de las cosas hermosas, diciendo que es mejor resbalar con los pies que con la vista.
Rechazando este lenguaje obsceno, el Apóstol dice: "No salga de su boca palabra alguna podrida, sino la que sea buena". Y de nuevo: "Como conviene a los santos, que no se mencione entre ustedes obscenidad ni necedad ni bufonería, pues no está bien, sino más bien acción de gracias". Si quien ha llamado necio a su hermano se ha hecho reo de juicio, ¿qué diremos del que habla necedades? Con respecto a esto está escrito: "Quien haya pronunciado palabra inútil, dará cuenta al Señor en el día del juicio". Y luego: "Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado".
¿Cuáles son las orejeras de la salvación? ¿Y cuáles son las instrucciones del Pedagogo respecto a los ojos resbaladizos? Consisten en las conversaciones con los justos y en cerrar los oídos ante quienes intentan desviar la verdad. "Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres", dice el poeta. Pero el Apóstol se expresa con más nobleza aún: "Aborreciendo lo malo, apegándose a lo bueno". Porque quien pasa tiempo con los santos será santificado.
Debemos abstenernos forzosamente de oír y ver lo obsceno, y mucho más aún debemos mantenernos puros de toda obscenidad, que consiste en exhibir y desnudar ciertas partes del cuerpo cuando no es necesario, y en contemplar las partes más secretas. Porque el hijo casto no soportó mirar la desnudez del justo, pues era obscena, sino que la castidad cubrió con un velo lo que la embriaguez había desnudado, la falta muy visible de la ignorancia.
Pero no es menos necesario mantenerse puro al pronunciar aquellas palabras a las que no deben tener acceso los oídos de quienes han creído en Cristo. De esta manera, me parece que el Pedagogo no nos permite pronunciar palabra alguna cargada de indecencia, para infundir desde lejos el odio contra la incontinencia. Porque es hábil para cortar la raíz de los pecados: el "no cometerás adulterio" mediante el "no desearás". Porque el fruto del deseo, la raíz mala, es el adulterio. De manera semejante, pues, también aquí el Pedagogo ha condenado el uso indecente de las palabras, cortando de raíz la mezcla indecente con la incontinencia. Porque el desorden en las palabras genera práctica del desorden en las acciones.
Y el ejercitarse en ser sensatos en el habla es practicar la resistencia al libertinaje. Hemos explicado en un discurso más profundo que la designación de lo verdaderamente obsceno no reside en los nombres, ni en los órganos de las relaciones sexuales, ni en el abrazo matrimonial —sobre los cuales se usan nombres no muy gastados en la conversación cotidiana. Porque no son miembros como la rodilla y la pierna, cuyos nombres y funciones propias no son vergonzosos. Los órganos genitales del ser humano son también miembros dignos de respeto, no de vergüenza. Obscena es su actividad ilegal, y por esto es digna de deshonra, reproche y castigo. Porque solo en realidad es vergonzoso el vicio y las acciones que se realizan según él.
Consecuentemente, la conversación obscena podría razonablemente definirse como un discurso acerca de las obras del vicio: conversar, por ejemplo, sobre adulterio o pederastia y cosas semejantes. Ciertamente también debemos silenciar la palabrería ociosa. "Porque de la mucha palabrería no escaparás", dice, "al pecado". Así que la palabrería recibirá castigo. "Porque hay quien callando es encontrado sabio, y hay quien es odiado por su mucha charla". Ya el charlatán mismo se vuelve odioso para sí mismo: "porque multiplicando palabras abomina su propia alma".
Comentario editorial · La metáfora de los luchadores: pedagogía cristiana del cuerpo
La imagen de los niños luchadores que protegen sus orejas con vendajes es un ejemplo de cómo Clemente utiliza la cultura gimnástica helenística para ilustrar verdades espirituales. En la palestra, los jóvenes atletas envolvían sus orejas para evitar la deformidad conocida como "oreja de coliflor", resultado de golpes repetidos.
Clemente adapta esta práctica física a la formación moral: así como el atleta protege su cuerpo de daños permanentes, el cristiano debe proteger su alma de la contaminación por palabras obscenas. Esta es la paideía cristiana: entrenamiento integral del ser humano, cuerpo y alma, para la virtud. La expresión sobre resbalar con los pies antes que con la vista recoge un dicho sapiencial —la tradición proverbial prefiere el tropiezo del cuerpo al de la lengua (cf. ), y Clemente lo desplaza de la lengua a la vista— y enfatiza que el pecado comienza en la mente, estimulada por lo que se ve y oye.
Comentario editorial · Cam y la desnudez de Noé
La referencia es a la historia de Noé y sus hijos en Génesis 9:20-27. Cam vio la desnudez de su padre ebrio y fue maldecido; Sem y Jafet, en cambio, caminaron hacia atrás y cubrieron a su padre sin mirarlo. Clemente interpreta esto como principio moral: la castidad incluye evitar la contemplación innecesaria de la desnudez, incluso cuando es accidental o ajena a la intención erótica.
Comentario editorial · Filosofía del lenguaje y teología del cuerpo
Este pasaje revela la sofisticación filosófica de Clemente. Distingue entre palabras obscenas y nombres anatómicos correctos. No es obsceno nombrar los órganos sexuales cuando la conversación es médica, educativa o teológica; lo obsceno es hablar de actos sexuales ilícitos (adulterio, fornicación) o usar lenguaje sexual con intención lasciva.
Esta postura es notablemente equilibrada y contrasta con el puritanismo extremo de algunas corrientes cristianas posteriores. Clemente afirma una teología positiva del cuerpo: los órganos genitales son creación de Dios, dignos de respeto, diseñados para el matrimonio. No hay dualismo maniqueo aquí. Lo vergonzoso no es el cuerpo ni sus funciones naturales, sino el uso del cuerpo y el lenguaje contrario a la razón y el designio divino. Esta visión anticipará la teología del cuerpo desarrollada en el siglo XX.
Comentario editorial · La obscenidad verbal y el cuerpo
Clemente concluye el capítulo conectando la obscenidad verbal con el problema más amplio de la palabrería vacía. La conexión es lógica: quien no controla su lengua en general, tampoco la controlará en lo obsceno. El silencio aparece como virtud cristiana fundamental, tema que desarrollarán ampliamente los Padres del Desierto y la tradición monástica oriental.
II, 9
Y ahora pasemos al tema del sueño, sin olvidar las reglas de la moderación. De esto vamos a ocuparnos ahora. Después de un buen banquete, y tras bendecir a Dios por habernos hecho partícipes de placeres y porque la jornada transcurriera felizmente, debe convocarse al Logos durante el sueño, dejando de lado las colchas suntuosas, las alfombras bordadas de oro y los tapices persas abigarrados de oro, las largas túnicas teñidas de púrpura, las capas preciosas, los tejidos de gran valor de que habla el poeta, las espesas lanas que penden de lo alto y los lechos "más muelles que el sueño."
Además de merecer el reproche por tanta sensualidad, es nocivo acostarse en almohadas de finas plumas, porque, al ser tan blando el colchón, el cuerpo queda hundido como en un abismo. Y nada favorece para que, quienes están acostados, puedan darse la vuelta, ya que por cada lado de su cuerpo el colchón se levanta como un dique, lo cual no facilita que se digieran los alimentos, y más bien se abrasan, con lo que se corrompe el alimento. Las vueltas en un lecho plano, como en un gimnasio natural del sueño, facilitan la buena distribución de los alimentos, y quienes pueden dar vueltas sobre un lecho de superficie plana, teniendo este como un gimnasio natural del sueño, distribuyen más fácilmente los alimentos y tienen mayor optimismo para afrontar las vicisitudes de la vida.
Más aún, los lechos con pies de oro delatan gran ostentación, y para las cunas "el marfil de un cuerpo separado de su alma no es propicio" para hombres santos, por ser un estúpido artilugio de reposo. No debemos, pues, afanarnos por estos trastos. No es que su uso esté prohibido para quienes los poseen, sino que la prohibición estriba en ir detrás de ellos, dado que la felicidad no se encuentra en estos objetos. Por otra parte, es pura vanagloria cínica afanarse en dormir como Diomedes: "se extiende por debajo una piel de buey agreste," salvo que las circunstancias nos obliguen a ello.
Odiseo enderezaba con una piedra el pie cojo de su lecho nupcial. Tan notable era la simplicidad y el trabajo personal que practicaban no solo los particulares, sino incluso los soberanos de los antiguos griegos. Mas ¿por qué hablar de ello? Jacob dormía en el suelo y se apoyaba la cabeza en una piedra; y fue entonces cuando pareció que era digno de tener la visión sobrehumana. Debemos utilizar, conforme a la razón, un lecho simple y sencillo, que tenga lo indispensable: si hace calor, que nos proteja, y, si hace frío, que nos caliente. Que el lecho no esté recargado y que tenga las patas lisas, porque los trabajos de los torneros son a veces un refugio para los animales que se arrastran; estos se meten por entre las hendiduras de la artesanía sin resbalar.
Sobre todo es preciso utilizar con mesura la blandura del lecho. Porque el sueño no debe significar un relajamiento total del cuerpo, sino un reposo. De ahí que yo sostenga la necesidad de considerarlo no como indolencia, sino como alivio de las ocupaciones.
En conclusión: debe dormirse ligeramente, prestos a despertarse en cualquier momento. Dice la Escritura: "Estén ceñidos sus lomos y encendidas sus lámparas, y también ustedes mismos sean semejantes a hombres que aguardan a su señor cuando vuelve de las bodas, a fin de que, en cuanto llegue y llame, le abran al punto. Bienaventurados aquellos siervos a quienes cuando el Señor llegue los encuentre en vela." Porque el hombre que duerme no sirve para nada, como tampoco el que está muerto.
Razón por la cual debemos levantarnos de noche frecuentemente y bendecir a Dios; bienaventurados los que se levantan para bendecirlo, como ángeles, que llamamos despiertos. "Todo hombre que duerme no vale nada, no vale más que un hombre sin vida." El que tiene la luz permanece despierto, y la oscuridad no lo domina, y menos aún el sueño, pues no vive en tinieblas. El que ha sido iluminado se despierta, pues, para Dios; y así vive: "porque lo que había en él, era vida." "Bienaventurado el hombre que me escucha —exclama la Sabiduría— y vigila mis caminos, velando mis puertas día tras día, guardando las jambas de mis entradas."
"Así, pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios —añade la Escritura—, pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan," es decir, en la tiniebla de la ignorancia, "mas nosotros, que somos del día, seamos sobrios. Porque todos ustedes son hijos de la luz y del día. No somos de la noche, ni de las tinieblas." "Sino que, quien es para nosotros especialmente cuidadoso de la vida verdadera y del pensamiento noble, ese permanece despierto el mayor tiempo posible, sin más limitación que lo que resulte útil para su salud, lo que no es mucho, una vez que se ha habituado bien."
Un ejercicio asiduo, unido al esfuerzo, permite un estado de vela continuo. Que no nos sean un lastre los alimentos, sino que nos aligeren, para no sumirnos en el sueño, como nadadores con los pies atados. En consecuencia, es preciso, al igual que si remontásemos los profundos abismos, que nos aligere la sobriedad y nos lleve hasta la superficie del estado de vigilia. En efecto, la caída en el sopor del sueño se asemeja a la muerte, conduciéndonos a la insensibilidad por la ausencia de la mente e impidiendo la luz al cerrar los párpados.
Nosotros, hijos de la verdadera luz, no cerremos la puerta a esta luz, sino que, dirigiéndola a nuestro interior, tras iluminar la visión del hombre escondido, contemplar la verdad misma y recibir parte de sus flujos, desvelemos con claridad y prudencia los sueños verdaderos.
Los eructos de los cargados de vino, los ronquidos de los que han comido opíparamente, los silbidos de los que están envueltos entre las mantas, los rumores de los vientres atascados abruman el eje lúcido del alma, mientras que la mente se llena de infinitas alucinaciones. Realmente culpable de ello es una comida excesiva, que arrastra la razón hasta la inconsciencia. "Un profundo sueño no favorece en nada ni a nuestros cuerpos ni a nuestras almas, ni se adapta a nuestras acciones en torno a la verdad, por natural que sea."
El justo Lot —paso por alto la exégesis relativa al pan de la regeneración— no habría sido arrastrado a la unión ilegítima, de no estar embriagado por sus hijas y entorpecido por el sueño. Por consiguiente, si cortamos las causas que nos inducen a un profundo sueño, dormiremos más sobriamente. Porque "no hay que dormir toda la noche" cuando se tiene como habitante dentro de sí al Logos vigilante; es preciso estar en vela durante la noche y, en especial, cuando los días se acortan.
Uno debe aplicarse al estudio, otro ocuparse de su trabajo, las mujeres trabajar la lana y todos, por así decirlo, tenemos que luchar contra el sueño, habituándonos poco a poco a gozar, mediante la vigilia, de la mayor parte del tiempo de la vida —porque el sueño, como un recaudador, nos quita la mitad del tiempo de nuestra experiencia— y no se debe permitir que duerman de día quienes han recortado la mayor parte de la noche por estar en vela. La vagancia, la modorra, el estar tumbados y los desagradables bostezos son síntoma de un espíritu inseguro.
Además, es importante saber que no es el alma la que reclama el sueño, pues siempre está en movimiento, sino el cuerpo, que, dejándose llevar por el relajamiento, paraliza toda actividad, en tanto que el alma no obra por medio del cuerpo, sino que medita por sí misma. De ahí que los verdaderos sueños, si se mira bien, son los pensamientos del alma sobria, distraída de las pasiones corporales, pero sugiriéndose a sí misma lo mejor: la ruina del alma es la inactividad.
Así pues, el alma con la mente puesta siempre en Dios, y con un diálogo con Él, hace coextensivo el estado de vigilia al cuerpo e iguala al hombre a los ángeles, y obtendrá la perpetuidad de la vida, merced a su entrenamiento en la vigilia.
Comentario editorial · El equilibrio clementino entre lujo y ascetismo extremo
Clemente rechaza tanto el lujo ostentoso (lechos bordados de oro, alfombras persas) como el ascetismo exhibicionista de los cínicos (dormir sobre pieles de animales como Diomedes). Esta posición intermedia es característica de la ética alejandrina del siglo II-III: ni indulgencia ni rigorismo, sino uso racional de los bienes materiales según la necesidad real del cuerpo.
El argumento es tanto práctico (los colchones demasiado blandos impiden la digestión) como espiritual (la ostentación distrae del cultivo interior). La referencia a Diomedes y la "vanagloria cínica" muestra que Clemente conoce bien las críticas filosóficas paganas al lujo, pero también desconfía de quienes hacen de la pobreza extrema un espectáculo de virtud.
Esta moderación refleja la influencia del ideal aristotélico del "justo medio" (mesotēs) y anticipa desarrollos posteriores de la teología moral cristiana sobre el uso de los bienes temporales.
Comentario editorial · La vigilia espiritual: metáfora de la vida cristiana
El concepto de vigilia (grēgoreō) es central en la espiritualidad patrística primitiva. No se trata meramente de dormir poco, sino de mantener el alma despierta a Dios incluso durante el reposo corporal. Clemente establece una jerarquía: el sueño profundo se asemeja a la muerte (ausencia de conciencia), la vigilia física permite la actividad, pero la vigilia espiritual —estar despierto para Dios— constituye la verdadera vida.
Esta doctrina se fundamenta en la escatología cristiana: el creyente debe estar preparado para el retorno del Señor en cualquier momento. La parábola de Lucas sobre los siervos vigilantes no es solo una advertencia sobre el juicio final, sino un programa de vida: cultivar la atención constante (nepsis) a la presencia divina.
La metáfora luz/oscuridad que Clemente desarrolla aquí es profundamente joánica: quienes han sido iluminados por Cristo viven en la luz, y "la oscuridad no los domina". El sueño físico es inevitable, pero el alma del cristiano debe permanecer orientada hacia el Logos incluso durante el descanso nocturno.
Comentario editorial · Sueños verdaderos y falsos
La distinción entre "sueños verdaderos" y falsos refleja la psicología antigua: los sueños auténticos provienen del alma racional cuando está libre de las pasiones corporales, mientras que los sueños confusos surgen de la indigestión o la embriaguez. Clemente cristianiza esta idea: el alma sobria, incluso dormida, puede recibir iluminación del Logos.
II, 10
El momento oportuno para las relaciones íntimas corresponde examinar únicamente a quienes han contraído matrimonio. Para los casados, el propósito es la procreación de hijos, y su finalidad, la buena descendencia—tal como para el agricultor la causa de sembrar la semilla es la provisión de alimento, y el fin de su labranza es la cosecha de frutos. Pero mucho más excelente es el labrador que siembra en el campo viviente del alma: uno cultiva procurando el sustento temporal, el otro se ocupa de la permanencia del universo; uno planta para sí mismo, el otro para Dios, quien ha dicho: "Multiplíquense," y es necesario obedecer. En esto el ser humano se convierte en imagen de Dios: en cuanto el hombre colabora con el hombre en el nacimiento de otro ser humano.
No toda tierra es apropiada para recibir semillas, y aunque toda lo fuera, no lo sería para el mismo agricultor. Tampoco debe sembrarse en las piedras ni profanarse la semilla—sustancia que origina el nacimiento y que contiene en sí los principios racionales de la naturaleza. Deshonrar irracionalmente estos principios racionales conforme a la naturaleza por medio de vías contrarias a ella es completamente impío.
Observen cómo el sapientísimo Moisés rechaza simbólicamente la siembra estéril, diciendo: "No comerás la liebre ni la hiena." No quiere que el ser humano participe de su naturaleza ni que pruebe el mismo grado de desenfreno. Estos animales se hallan poseídos por un deseo insaciable de apareamiento: se dice que la liebre gana cada año un orificio anal adicional, teniendo tantos como años ha vivido. Por esta razón, la prohibición de comer liebre manifiesta el rechazo a la pederastia. De la hiena se dice que cambia cada año de macho a hembra, significando con ello que quien se abstiene de comer hiena no debe lanzarse al adulterio.
Estoy de acuerdo, ciertamente, en que el sapientísimo Moisés alude mediante esta prohibición a que no debemos asemejarnos a estos animales. Sin embargo, no acepto esta interpretación de lo dicho simbólicamente. La naturaleza no puede jamás ser forzada a cambiar, y lo que una vez ha sido formado por ella no puede ser transformado en lo contrario por una pasión—pues la pasión no es naturaleza. La pasión acostumbra falsificar, no reordenar la creación.
Aunque se dice que muchas aves cambian según las estaciones su color y su canto—como el mirlo que de negro se vuelve amarillento y de cantor se torna gorjeador, y semejantemente el ruiseñor que muda con las estaciones su color y su canto—, sin embargo no cambian su naturaleza misma para convertirse de macho en hembra por metamorfosis. El nuevo plumaje florece como vestido nuevo con cierto tinte de colores, pero poco después se marchita con la amenaza invernal, como una flor cuyo color se desvanece. También el canto se marchita de manera similar, agobiado por el frío: cuando la superficie se contrae por el ambiente, las arterias alrededor del cuello, comprimidas y contraídas, oprimen aún más el aliento, que al verse extremadamente sofocado emite un sonido ahogado.
Nuevamente, al acomodarse al ambiente y relajarse con la primavera, el aliento se libera de su estrechez, circulando por las arterias antes cerradas pero ahora ampliamente dilatadas. Ya no murmura la melodía marchita, sino que florece brillante y se derrama más ampliamente su voz—y así el canto se convierte en la primavera de la voz de las aves.
Por tanto, no debemos creer que la hiena cambie jamás de naturaleza. Este animal no posee simultáneamente ambos órganos sexuales, macho y hembra, como algunos han supuesto, fantaseando sobre hermafroditas y forjando una tercera naturaleza andrógina intermedia entre lo femenino y lo masculino. Se equivocan grandemente por no comprender la ingeniosa artesanía de la naturaleza, madre de todo y generadora.
Puesto que la hiena es el animal más lascivo, la naturaleza le ha formado bajo la cola, delante del conducto de evacuación, una protuberancia carnosa semejante en forma al órgano sexual femenino. Pero esta forma de carne no tiene conducto alguno que termine en algo útil—ni en matriz ni en intestino—sino únicamente una gran cavidad donde recibe la lascivia vacía, cuando los conductos del parto se retraen ocupados en la gestación.
Esta misma formación está presente tanto en el macho como en la hembra de la hiena, debido a su excesiva pasividad. Porque también el macho se comporta como hembra, razón por la cual es rarísimo capturar una hiena hembra: las gestaciones no son frecuentes en este animal, pues abunda en ellos despreocupadamente la siembra contra naturaleza. Por esto me parece que también Platón, rechazando la pederastia en el Fedro, la llama bestial, porque quienes se entregan a los placeres "mordiendo el freno" caminan según la ley de los cuadrúpedos e intentan procrear con niños.
"A los impíos", dice el Apóstol, "Dios los entregó a pasiones vergonzosas: sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, e igualmente los varones, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en su apetito unos por otros, cometiendo varones con varones la torpeza y recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío."
Ni siquiera a los animales más lascivos ha permitido la naturaleza montar el conducto de evacuación. La orina se separa en la vejiga, el alimento húmedo en los intestinos, la lágrima en el ojo, la sangre en las venas, la cera en los oídos, las mucosidades descienden a las narices. La sede está unida al extremo del recto, por donde se expulsan los excrementos. Solamente en las hienas la versátil naturaleza ha concebido este órgano adicional para las cópulas superfluas. Por eso es cóncavo hasta cierto punto para servicio de las partes que sienten comezón, pero de ahí en adelante la cavidad termina ciega, pues no ha sido creado para la generación.
De aquí resulta manifiestamente evidente que debemos rechazar de común acuerdo las relaciones entre varones, las siembras estériles, los lechos invertidos y las uniones incompatibles entre andróginos, siguiendo a la naturaleza misma que lo prohíbe mediante la disposición de los órganos—habiendo dotado al varón de virilidad no para recibir semilla sino para emitirla. Cuando Jeremías dice—esto es, el Espíritu por medio de él—"Mi casa se ha convertido en cueva de hiena," abominando el alimento de cuerpos muertos, ha vituperado alegóricamente con sabia alegoría la idolatría. Conviene verdaderamente que la casa del Dios viviente esté pura de ídolos.
Nuevamente Moisés prohíbe también comer liebre. La liebre copula en toda estación y monta a la hembra viniendo por detrás cuando ella se ha agachado—pues camina hacia atrás. Gesta cada mes y concibe estando ya preñada. Se aparea y pare, y habiendo parido inmediatamente vuelve a ser montada por cualquier liebre que encuentre, pues no se contenta con un solo apareamiento. Concibe de nuevo aun mientras amamanta, pues tiene la matriz bifurcada. No es solamente el vaciamiento de la matriz lo que la impulsa al apareamiento—pues todo lo vacío desea llenarse—, sino que cuando está preñada, la otra parte de la matriz es dominada por el deseo y entra en celo.
Por esto se producen en ellas concepciones dobles. La prohibición de este enigma nos ha aconsejado, por tanto, abstenernos de deseos vehementes y de apareamientos sucesivos, de la unión con mujeres embarazadas, de la homosexualidad, de la corrupción de menores, del adulterio y del libertinaje.
De manera completamente abierta, ya no mediante enigmas, el mismo Moisés ha prohibido con la cabeza descubierta: "No fornicarás, no adulterarás, no corromperás a menores." Esta orden del Logos debe guardarse con toda firmeza, y de ningún modo hay que transgredir la ley ni invalidar los mandamientos. Al mal deseo se le da el nombre de violencia desmedida, y Platón llamó violento al caballo del deseo: "Os habéis convertido para mí en caballos enloquecidos por las hembras", dice la Escritura.
El castigo por la violencia desmedida lo darán a conocer los ángeles que llegaron a Sodoma. Estos consumieron con fuego a quienes quisieron ultrajarlos, junto con la ciudad entera—ejemplo manifiesto de esto: el fuego como fruto del libertinaje—, prefigurándolo. Los infortunios de los antiguos, como dijimos antes, han sido escritos para nuestra amonestación, para que no nos envolvamos en las mismas cosas ni caigamos en situaciones iguales.
Conviene considerar a los niños como hijos, y mirar a las mujeres ajenas como si fueran las propias hijas. Dominar los placeres, tanto los del vientre como los de debajo del vientre, es lo más principal. Si la razón no permite al sabio ni siquiera mover el dedo al azar, como confiesan los estoicos, ¿cuánto más no deberán dominar el órgano del apareamiento quienes persiguen la sabiduría? Por esto me parece que se le llama "partes pudendas", porque es necesario usar esta parte del cuerpo especialmente con pudor.
La naturaleza, así como con los alimentos, también con los matrimonios legítimos nos ha permitido lo que es apropiado, útil y decoroso—nos ha permitido aspirar a la procreación. Quienes persiguen el exceso yerran contra lo que es conforme a la naturaleza, perjudicándose a sí mismos en las uniones ilegítimas. Manténganse correctos especialmente en no relacionarse jamás con los jóvenes para mezcla amorosa como si fueran mujeres. Por eso dice el filósofo que sigue a Moisés: "No siembren en piedras y rocas, pues jamás recibirán una naturaleza propia que arraigue fecundamente."
Muy claramente, por medio de Moisés, el Logos ha ordenado con la cabeza descubierta: "No te acostarás con varón en lecho de mujer, pues es abominación." Además, a abstenerse de todo campo femenino excepto el propio, el noble Platón lo aconsejó recogiendo esto de las divinas Escrituras, tomando de allí la ley: "No entregarás tu semilla en lecho con la mujer de tu prójimo, para no contaminarte con ella."
"Sacrificios no ofrecidos e ilegítimas son las semillas de las concubinas y bastardas. No siembres donde no querrías que germinara lo sembrado." Ni toques en absoluto a ninguna mujer excepto a tu propia esposa legítima, de quien únicamente es justo cosechar los placeres de la carne para legítima descendencia. Solamente estas cosas son legítimas para el Logos. No debe arrojarse ni profanarse la semilla—habiendo participado de la porción divina creadora—ni sembrarse en terreno pedregoso.
El mismo Moisés prohíbe también acercarse a las propias esposas cuando se hallen retenidas en las purificaciones menstruales. No es razonable contaminar con las impurezas del cuerpo lo más fecundo de la semilla—que dentro de poco será un ser humano—, ni lavar la semilla en el flujo sucio de la materia, ni privar a la semilla de un nacimiento bien formado de los surcos de la matriz. Tampoco nos ha dejado ejemplo alguno de ninguno de los antiguos hebreos que se uniera con su propia mujer embarazada, pues el placer desnudo, aunque se tome en el matrimonio, es ilegal, injusto e irracional.
Por el contrario, Moisés aparta a los varones de las embarazadas hasta que den a luz. Verdaderamente la matriz, situada debajo de la vejiga y encima del intestino llamado recto, extiende su cuello entre ambos dentro de la vejiga, y la boca del cuello por donde recibe la semilla se cierra cuando está llena, y nuevamente se vacía limpiándose en el parto, y habiendo depositado el fruto entonces recibe la siembra. No es vergonzoso para nosotros nombrar los órganos gestadores para utilidad de los oyentes—órganos de cuya creación Dios no se avergonzó.
Así pues, la matriz, sedienta de procreación, recibe la siembra, y niega lo censurable del apareamiento, cerrando completamente después de la siembra la lascivia con la boca cerrada. Sus apetitos, que hasta entonces habían sido sacudidos en torno a los abrazos amorosos, se apartan y se ocupan interiormente de la procreación, colaborando con el Creador. No es lícito molestar aún a la naturaleza que ya está trabajando, sobreabundando en violencia.
La violencia—de muchos nombres y formas—cuando se desvía en esta parte del desorden sexual, se llama libertinaje: el nombre manifiesta lo vulgar, popular e impuro, lo que se abate en los apareamientos. De estas cosas aumentadas sobreviene la gran multitud de enfermedades: amor por la comida, amor por el vino, amor por las mujeres, y especialmente la disipación y todo amor por el placer, sobre los cuales tiraniza el deseo.
Innumerables padecimientos hermanos crecen con estas cosas, por los cuales se corona la conducta licenciosa. Dice la Escritura: "Se preparan azotes para los licenciosos y castigos para las espaldas de los necios," llamando "espaldas de los necios" a la fuerza del desenfreno y a su vigorosa persistencia. Por eso dice: "Aparta de tus siervos las esperanzas vanas, y aleja de mí los deseos impropios; que no se apoderen de mí el apetito del vientre y el apareamiento." Lejos, pues, es necesario rechazar la gran malicia de los que acechan. Ni en el saco de Crates ni en nuestra ciudad entra el necio parásito ni el glotón lascivo que se ufana de su trasero, ni la prostituta engañosa, ni ninguna otra bestia de placer semejante. Gran seriedad en las acciones debe sembrarse en nosotros a lo largo de toda la vida.
En general, si hay que casarse o abstenerse completamente del matrimonio—pues esto también admite investigación—ya lo hemos explicado en nuestro tratado Sobre la continencia. Pero si fue necesario examinar esto mismo—si hay que casarse—, ¿cómo podría permitirse usar el apareamiento como cosa necesaria en cualquier momento, tal como lo hacemos con el alimento?
Es posible ver en el apareamiento mismo cómo los nervios se tensan como hilos de urdimbre y se rompen con la intensidad de la unión. Además, esparce tinieblas sobre los sentidos y abate también los tonos musculares. Esto es evidente tanto en los animales irracionales como en los cuerpos en entrenamiento: quienes se abstienen prevalecen sobre los adversarios en las competencias, mientras que a los animales hay que apartarlos del apareamiento arrastrándolos, prácticamente tirando de ellos, completamente vaciados de toda fuerza y vigor.
El sofista de Abdera llamaba al apareamiento una pequeña epilepsia, considerándola enfermedad incurable. ¿Acaso no acompañan también debilitamientos atribuibles a la magnitud de la ausencia? Un ser humano nace de un ser humano y es arrancado. Observa la magnitud del daño: un ser humano entero es arrancado según la ausencia del apareamiento. Pues dice: "Esto ahora es hueso de mis huesos y carne de mi carne." Tanto, pues, se vacía el ser humano con la semilla cuanto se ve en el cuerpo, pues lo que se separa es principio de generación. Pero también la ebullición de la materia perturba y sacude la armonía del cuerpo.
Muy gracioso fue, ciertamente, aquel que al preguntársele cómo le iba con los asuntos amorosos, dijo: "¡Cállate, hombre! Con mucho gusto los he escapado como a un amo furioso y salvaje." Pero aprobemos el matrimonio y démosle su lugar apropiado. El Señor quiere que la humanidad se multiplique, pero no dice "sean lascivos" ni quiso que nos entreguemos a los placeres como si hubiésemos nacido para el apareamiento. Que nos avergüence el Pedagogo que clama por medio de Ezequiel: "Circunciden su prostitución."
Incluso los animales irracionales tienen un tiempo apropiado para la siembra. Unirse sin procreación de hijos es ultrajar a la naturaleza, a quien conviene tomar como maestra e inscribir sus sabias pedagogías del momento oportuno—me refiero a la vejez y a la edad infantil: a estos últimos no les ha permitido aún, a aquellos ya no quiere que se casen—, pero no casarse en todo momento. Matrimonio es el deseo de procreación, no la desordenada emisión de semilla que es ilegal e irracional.
Comentario editorial · Teología de la procreación: colaboración con el Creador
Clemente desarrolla aquí una teología positiva del matrimonio que contrasta con las tendencias encratitas (excesivamente ascéticas) de algunos cristianos de su época. La procreación no es mera concesión a la debilidad humana, sino participación en la obra creadora de Dios. El ser humano, al engendrar, imita la acción divina de dar vida.
La metáfora agrícola (semilla y campo) es común en el pensamiento antiguo, pero Clemente la eleva: el agricultor trabaja para sí, el esposo cristiano trabaja para Dios y para "la permanencia del universo" (tēs tōn holōn monēs). Esta expresión sugiere que la procreación ordenada contribuye al plan providencial divino de poblar y mantener la creación.
La frase "el ser humano se convierte en imagen de Dios" al procrear conecta con la doctrina de la imago Dei de Génesis 1:26-27. No solo la racionalidad, sino también la capacidad generativa refleja al Dios creador. Esta será una idea influyente en la teología matrimonial posterior.
Comentario editorial · Interpretación alegórica de las leyes alimenticias mosaicas
La exégesis alegórica de las leyes dietéticas judías es una práctica ampliamente extendida en el judaísmo helenístico (véase Filón de Alejandría) y adoptada por los cristianos alejandrinos. Clemente no considera que estas prohibiciones sean meramente rituales o arbitrarias, sino lecciones morales codificadas en símbolos.
Según la zoología popular de la antigüedad (no científicamente exacta), ciertos animales exhibían comportamientos que simbolizaban vicios humanos. La liebre representaría la promiscuidad sexual; la hiena, cuyo peculiar órgano sexual era malinterpretado como hermafroditismo, simbolizaría la confusión de roles sexuales o el adulterio.
Esta hermenéutica alegórica permitía a los cristianos mantener un respeto por el Antiguo Testamento mientras lo reinterpretaban a la luz del Evangelio. Orígenes desarrollará aún más esta metodología exegética en el siglo siguiente.
Comentario editorial · La hiena que cambia de sexo: una creencia rechazada
Clemente rechaza la creencia popular de que la hiena cambia realmente de sexo. Su argumento es filosófico: la naturaleza (physis) no puede ser alterada por la pasión (pathos). Esta distinción es fundamental en el pensamiento estoico: las pasiones perturban y falsifican, pero no transforman la esencia de las cosas. Clemente aplica este principio a la biología para defender la inmutabilidad del orden natural creado por Dios.
Comentario editorial · La noción de «naturaleza» en la ética sexual clementina
El concepto de naturaleza (kata physin / para physin) es fundamental en toda la argumentación de Clemente sobre la sexualidad. Hereda de la filosofía estoica la idea de que existe un orden natural intrínseco a las cosas, establecido por el Logos divino, y que actuar "conforme a la naturaleza" es vivir racionalmente.
En el ámbito sexual, esto significa que los órganos reproductivos tienen una finalidad natural (telos): la procreación. Cualquier uso que desvíe esta finalidad es considerado "contra naturaleza" (para physin). Esta argumentación teleológica será retomada constantemente en la tradición moral cristiana.
Clemente combina aquí tres autoridades: la zoología aristotélica (observación de la anatomía animal), la filosofía platónica (el Fedro sobre el control racional de los deseos) y la revelación paulina (Romanos 1 sobre las pasiones desordenadas). Esta síntesis de razón natural y Escritura caracteriza su método teológico.
Es importante notar que Clemente no condena el placer sexual per se, sino su uso desvinculado del propósito generativo. El matrimonio cristiano integra placer, procreación y amor mutuo dentro del orden divino de la creación.
Comentario editorial · El filósofo que sigue a Moisés
La frase "el filósofo que sigue a Moisés" probablemente se refiere a Platón, a quien Clemente considera influenciado indirectamente por la sabiduría hebrea. Esta idea de que los grandes filósofos griegos fueron "deudores" de Moisés era común en la apologética cristiana primitiva y aparece extensamente en los Stromata de Clemente.
Comentario editorial · La tensión entre matrimonio y continencia: el debate patrístico
Clemente menciona aquí su tratado perdido Sobre la continencia (Peri enkrateias), que probablemente discutía el debate entonces candente: ¿es preferible el matrimonio o el celibato? La referencia a "el sofista de Abdera" (probablemente Demócrito) que llamó al acto sexual "una pequeña epilepsia" muestra la influencia de corrientes filosóficas que veían la sexualidad como perturbadora del equilibrio corporal y mental.
En el cristianismo primitivo coexistían diversas posiciones: los encratitas rechazaban totalmente el matrimonio como concesión a la carne; otros, como Pablo, lo consideraban inferior a la virginidad pero legítimo; Clemente adopta una posición intermedia que valora positivamente el matrimonio ordenado a la procreación.
La descripción fisiológica del acto sexual como "vaciamiento" y perturbación refleja las teorías médicas antiguas (especialmente de la escuela hipocrática) sobre los humores y la pérdida de energía vital en la eyaculación. Esta visión médico-filosófica influirá en la ascética cristiana posterior, aunque Clemente no llega a condenar el matrimonio sino a regular su práctica.