II, 1
Manteniendo firme nuestro propósito y seleccionando de las Escrituras aquellos pasajes que resultan verdaderamente provechosos para la pedagogía que guía nuestra vida, debemos esbozar en líneas generales cómo debe ser, a lo largo de toda su existencia, aquel que es llamado cristiano. Comencemos, pues, por nosotros mismos y por la manera apropiada de conducirnos.
Al procurar mantener la proporción equilibrada de nuestra exposición, debemos abordar cómo cada uno de nosotros debe presentarse ante su propio cuerpo —o más bien, cómo debe dirigirlo rectamente—. Pues cuando alguien, partiendo de las realidades exteriores e incluso de la propia conducción del cuerpo, es conducido por el Logos hacia la reflexión interior y aprende con exactitud la contemplación de lo que acontece en el hombre según la naturaleza, sabrá entonces no afanarse por las cosas exteriores, sino purificar lo que es propio del ser humano: el ojo del alma, y consagrar también la misma carne. Porque quien se ha purificado de aquello por lo cual aún es polvo, ¿qué cosa más provechosa que esta podría hallar para encaminarse hacia la comprensión de Dios?
Comentario editorial · La pedagogía del Logos: de lo externo a lo interno
Clemente establece aquí el fundamento metodológico de su pedagogía cristiana. La conducta corporal externa no es un fin en sí misma, sino un medio pedagógico (paidagōgikē) que conduce a la purificación interior. Este movimiento ascendente desde lo material hacia lo espiritual es característico del platonismo medio, pero Clemente lo cristianiza radicalmente al identificar al Logos (Cristo) como el verdadero Pedagogo.
La "proporción equilibrada" (symmetría) que menciona es un ideal griego clásico, pero aplicado ahora a la formación cristiana. No se trata de ascetismo extremo ni de hedonismo, sino de encontrar el punto medio que libera al alma para contemplar lo divino. El cuerpo no es malo (contra los gnósticos), pero debe ser "dirigido rectamente" bajo la guía del Logos.
La frase "el ojo del alma" es platónica (cfr. República VII), pero aquí se integra en una antropología cristiana: purificar la visión interior permite "la comprensión de Dios", que es el telos último de la pedagogía clementina.
II, 1
Ahora bien, los demás hombres viven para comer, como sin duda hacen también los animales irracionales, para quienes la vida no es otra cosa que el vientre. Pero a nosotros el Pedagogo nos ordena comer para vivir. Pues ni el alimento es nuestra tarea ni el placer es nuestro objetivo, sino que el alimento se nos concede en razón de nuestra permanencia aquí en la tierra, permanencia que el Logos conduce hacia la incorruptibilidad mediante su pedagogía.
Que este alimento sea simple y sin artificios, apropiado a la verdad, conveniente para niños simples y sin pretensiones, adecuado para la vida y no para el lujo. Pues esta vida nuestra consta de dos elementos: la salud y la fuerza, para las cuales resulta especialmente apropiado un alimento fácil de digerir, que sirva tanto para la asimilación como para la ligereza del cuerpo. De esto provienen el crecimiento, la salud y una fuerza justa —no una fuerza injusta, precaria y miserable como la de los atletas que resulta de la alimentación forzada—.
Comentario editorial · Una inversión del banquete helenístico
La inversión del principio es radical: mientras la cultura helenística del banquete celebraba el refinamiento culinario y la variedad como señales de civilización, Clemente propone la simplicidad como marca del cristiano. No se trata de pobreza forzada, sino de libertad frente a la tiranía del paladar. El alimento tiene función instrumental (mantener la vida terrenal que el Logos conduce a la incorruptibilidad), no es un fin en sí mismo.
II, 1
Debemos rechazar, pues, las variadas combinaciones de sabores que engendran múltiples daños: las malas condiciones del cuerpo, los trastornos del estómago, cuando el gusto se prostituye mediante cierto arte pernicioso de la preparación culinaria y la vana técnica de la repostería. Porque se atreven a llamar "alimento" a la práctica de la glotonería, que se desliza hacia placeres dañinos. Antífanes de Delos, el médico, incluso ha señalado esta variedad de alimentos como una de las causas de enfermedad, pues quienes se disgustan con la verdad renuncian, por una vanidosa ostentación, a lo sensato de una dieta simple y se preocupan por conseguir manjares de ultramar.
A mí me invade la compasión por esta enfermedad, pero ellos no se avergüenzan de celebrar públicamente sus placeres: buscan afanosamente las murenas del estrecho siciliano, las anguilas del Meandro, los cabritos de Melos, los mújoles de Esciatos, las conchas del Peloro, las ostras de Abidos; no pasan por alto las anchoas de Lípara ni el rodaballo de Mantinea, tampoco las acelgas de Ascra; buscan además pectínidos de Metimna, rodaballos del Ática, los tordos de Dafne y los higos secos negros como golondrinas, por los cuales el desdichado persa partió hacia Grecia con cincuenta millones de soldados.
Tras esto compran aves del Fasis, perdices egipcias, pavos reales medos. Variando estos manjares con condimentos, los glotones abren desmesuradamente sus bocas ante los platos, buscando todo cuanto produce la tierra, las profundidades del mar y la inconmensurable amplitud del aire, procurándoselo todo para su propia glotonería. Estos codiciosos e inquietos parecen verdaderamente pescar con sus redes al mundo entero en busca de placer, rodeados del silbido de las sartenes, pasando toda su vida alrededor del mortero y el molinillo, los omnívoros devorando su existencia como el fuego devora la madera. Incluso afeminan el pan —ese alimento tan sencillo— tamizando lo nutritivo del trigo, de modo que la necesidad del alimento se convierte en oprobio del placer.
Comentario editorial · El catálogo de manjares: ventana a la gastronomía alejandrina
Esta extensa lista de alimentos exóticos no es mera retórica. Clemente documenta aquí las prácticas reales de la élite alejandrina del siglo II-III, obsesionada con importar productos de lujo de todo el Mediterráneo y más allá. Cada ítem mencionado (murenas sicilianas, anguilas del río Meandro en Asia Menor, ostras de Abidos en el Helesponto) representa una red comercial activa y un símbolo de estatus.
La referencia al "desdichado persa" alude probablemente a Jerjes y su invasión de Grecia (480 a.C.), conectando la glotonería con la hybris imperial. El exceso culinario se convierte así en símbolo de decadencia moral y política.
Clemente utiliza lenguaje moral fuerte: "prostituir el gusto", "afeminar el pan". El refinamiento extremo no es visto como cultura superior, sino como corrupción de lo natural. Esta crítica resuena con la tradición filosófica cínico-estoica, pero adquiere urgencia cristiana: el glotón "devora su existencia", perdiendo el tiempo que debería dedicar a la contemplación de Dios.
La mención de Antífanes de Delos muestra que Clemente no argumenta solo desde la Escritura, sino que busca autoridad también en la medicina antigua, donde ya existía consenso sobre los peligros de la dieta variada y excesiva.
II, 1
No tiene límite entre los hombres la gula. Pues no solo se ha extendido hacia los pasteles y los dulces de miel, sino también hacia las golosinas, inventando una multitud de postres y buscando toda clase de exquisiteces. Y me parece que tal hombre no es otra cosa que una mandíbula. Dice la Escritura: "No desees los manjares de los ricos, porque estos pertenecen a una vida falsa y vergonzosa". Mientras ellos son esclavos de los platos que poco después recibe el estercolero, nosotros, que perseguimos el alimento celestial, debemos dominar el vientre que está bajo el cielo, y más aún aquellas cosas que le son gratas, las cuales "Dios destruirá", dice el Apóstol, maldiciendo justamente los deseos glotones.
"Porque los alimentos están hechos para el vientre", de lo cual depende esta vida verdaderamente carnal y destructora. Y si algunos osan llamar ágape —usando una lengua desvergonzada— a ciertas cenas que exhalan olor de asado y caldos, ultrajando la obra hermosa y salvadora del Logos —el ágape santificado— con sus cazuelas y el fluir de sus caldos, blasfemando el nombre con bebida, molicie y humo, se equivocan en su opinión, esperando comprar con banquetes las promesas de Dios.
Bien podríamos llamar a las reuniones que tienen como fin la alegría común "banquetes", "almuerzos" y "convites", y esta denominación sería apropiada según la razón. Pero el Señor no ha llamado ágape a tales festines. Dice en un pasaje: "Cuando seas invitado a bodas, no te recuestes en el primer lugar, sino cuando seas invitado, recuéstate en el último lugar". Y en otro: "Cuando hagas un almuerzo o una cena... Cuando hagas un convite, invita a los pobres". Y además: "Cierto hombre hizo una gran cena e invitó a muchos".
Pero comprendo de dónde proviene la elegante denominación de "cenas": de las gargantas y de la locura que visita habitualmente la cena, según el poeta cómico. Porque verdaderamente para la mayoría de la gente, en la mayoría de las ocasiones, todo existe en función de la cena. Pues no han aprendido que Dios preparó para su creatura —me refiero al ser humano— comida y bebida para su salvación, no para su placer. Además, los cuerpos no están constituidos de modo que se beneficien de la suntuosidad de los alimentos; muy al contrario, quienes usan alimentos simples son más fuertes, más sanos y más vigorosos —como los siervos respecto a sus amos, y los labradores respecto a los propietarios—. Y no solo son más robustos, sino también más prudentes —como los filósofos respecto a los ricos—, pues no han obstruido su mente con alimentos ni la han engañado con placeres.
El ágape es verdaderamente un alimento celestial, un banquete espiritual: "Todo lo soporta, todo lo sufre, todo lo espera; el ágape nunca decae". "Bienaventurado quien coma pan en el Reino de Dios". Pero lo más terrible de todas las caídas es arrojar desde lo alto de los cielos hasta el suelo, sobre los caldos, el ágape que no puede caer. ¿Y acaso crees que yo considero cena lo que debe ser abolido? "Porque si repartiere todos mis bienes pero no tuviere ágape, nada soy".
De este ágape depende enteramente la Ley y el Logos. Y si amas al Señor tu Dios y a tu prójimo, este es el banquete celestial que está en los cielos. La cena terrenal, en cambio, recibe ese nombre según lo ha demostrado la Escritura: la cena se hace por ágape, pero la cena no es ágape, sino una muestra de benevolencia comunitaria y generosa.
"No sea blasfemado, pues, nuestro bien. Porque el Reino de Dios no es comida ni bebida", dice el Apóstol —para que no se entienda el almuerzo cotidiano—, "sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo". Quien coma de este almuerzo poseerá lo mejor de todo lo que existe: el Reino de Dios, habiendo practicado desde aquí la santa asamblea del ágape, la iglesia celestial.
El ágape es, pues, algo puro y digno de Dios, y su obra es la distribución generosa. "El cuidado de la educación es ágape", dice la Sabiduría, "y el ágape es la observancia de sus leyes". Estas celebraciones de gozo tienen cierta chispa de ágape que brota del alimento común, habituándonos al alimento eterno.
Así pues, el ágape no es una cena, pero que el banquete sea animado por el ágape. "Porque aprendan tus hijos, Señor, a quienes amaste, que no son las cosechas de frutos las que alimentan al ser humano, sino tu palabra la que sostiene a quienes creen en ti"; pues "no vivirá el justo solo de pan".
Comentario editorial · Ágape: la disputa terminológica y teológica
Clemente enfrenta aquí un problema práctico de las comunidades cristianas primitivas: algunos habían comenzado a llamar "ágape" (el término griego para amor divino y fraternal) a simples banquetes comunitarios, a veces excesivos. Este abuso del lenguaje sagrado representa para Clemente una profanación.
El ágape auténtico no es una comida, aunque pueda expresarse en el compartir fraternal del alimento. El verdadero ágape es una realidad teológica: el amor divino que "todo lo soporta, todo lo espera, nunca decae" (cita de 1 Corintios 13:7-8). Aplicar este término santo a banquetes que "exhalan olor de asado" es blasfemia.
La distinción que establece es crucial para la ética cristiana: las reuniones comunitarias pueden y deben incluir alimento (deípnon, ariston, dochē: cena, almuerzo, convite), pero no deben confundirse con el ágape, que es la caridad misma de Dios manifestada en Cristo y vivida en la comunidad.
Esta polémica refleja tensiones reales en las iglesias del siglo II-III, donde algunas celebraciones eucarísticas todavía estaban vinculadas a comidas comunitarias, pero ya surgían abusos (como los que Pablo menciona en 1 Corintios 11:20-22). Clemente busca purificar la práctica manteniendo la distinción conceptual.
Comentario editorial · Alimento corporal y espiritual
La verdadera alimentación cristiana es doble: corporal y espiritual. El pan material sostiene el cuerpo temporal; la Palabra de Dios (el Logos) sostiene el alma hacia la incorruptibilidad. El ágape no es el banquete, sino el principio que debe animar toda reunión cristiana: el amor mutuo que refleja el amor divino.
II, 1
Que nuestra cena sea, pues, frugal y ágil, apropiada para mantenernos despiertos, sin mezcla de variadas preparaciones —pues tampoco esto carece de pedagogía—. Buena nodriza es la suficiencia cuando se une al ágape como provisión abundante: esta suficiencia que, presidiendo el alimento medido en justa cantidad, administra el cuerpo para la salvación y distribuye algo de sí misma a los prójimos. Pero la dieta que desborda la suficiencia daña al ser humano: entorpece el alma y vuelve el cuerpo propenso a la enfermedad.
Y verdaderamente se asocian blasfemias insoportables a los placeres de las preparaciones culinarias: gula, glotonería, sibaritismo, insaciabilidad, voracidad. A estos nombres les son propias las moscas y las comadrejas, los aduladores y los gladiadores, y las tribus salvajes de los parásitos —quienes han vendido unos la razón, otros la amistad, otros la vida misma por el placer del vientre— arrastrándose sobre sus estómagos, bestias con forma humana, según la imagen de su padre, la bestia golosa.
Y quienes los llamaron por primera vez "perdidos" me parece que aluden muy bien a su final, considerándolos "insalvables" por la supresión de la letra sigma. Pues ¿no son estos quienes se ocupan de las ollas y las elaboraciones rebuscadas de los condimentos, estos de espíritu bajo, nacidos de la tierra, persiguiendo la vida efímera como si no fueran a vivir?
A estos los compadece el Espíritu Santo mediante Isaías, retirando suavemente el nombre de ágape, puesto que el banquete no era según el Logos: "Ellos mismos hicieron alegría, sacrificando terneros e inmolando ovejas, diciendo: comamos y bebamos, que mañana moriremos". Y que considera tal molicie como pecado, añade: "Y no os será perdonado este pecado hasta que muráis" —decretando no el perdón del pecado por una muerte insensible, sino la retribución del pecado mediante una muerte que conduce a la salvación—. "No te alegres por un pequeño placer", dice la Sabiduría.
Comentario editorial · El juego de palabras: apolōlotes vs apollymenoi
Clemente realiza aquí un ingenioso juego lingüístico griego difícil de captar en traducción. Los glotones son llamados "apolōlotes" (perdidos/arruinados), término que Clemente interpreta etimológicamente como relacionado con "apollymenoi" (los que perecen, los insalvables), sugiriendo que la supresión de la letra sigma convierte un término en otro.
Este tipo de etimología (común en la antigüedad, aunque no siempre válida por expertos) sirve a Clemente para establecer conexión semántica entre el estado moral (perdido en el placer) y el destino escatológico (condenación). No es mero juego retórico, sino pedagogía: quienes viven para el vientre ya han comenzado su perdición.
La imagen de "arrastrarse sobre los estómagos" evoca la serpiente del Génesis (la bestia golosa primordial), estableciendo una genealogía espiritual: los glotones son hijos de la serpiente, no de Dios. Esta tipología es característica de la exégesis patrística.
II, 1
Aquí debemos recordar también lo concerniente a lo que se llama "alimentos sacrificados a ídolos", cómo se nos ordena abstenernos de ellos. Me parecen inmundas y abominables aquellas carnes sobre las cuales se abaten las almas de los muertos desde las tinieblas del Érebo. "No quiero que se hagan partícipes de los demonios", dice el Apóstol, puesto que hay alimentos separados para los que se salvan y para los que perecen. Debemos, pues, abstenernos de estas cosas, no por temor —pues no hay poder alguno en ellas—, sino por nuestra conciencia que es santa y por la abominación de los demonios bajo cuyo nombre están consagradas, y además por la debilidad de quienes piensan de manera vacilante, cuya conciencia, siendo débil, se contamina. "Porque el alimento no nos hará aceptos ante Dios". "No lo que entra por la boca contamina al ser humano, sino lo que sale", dice, "de la boca".
Indiferente es, pues, el uso natural del alimento: "Ni si comemos tenemos más, ni si no comemos tenemos menos". Pero no es razonable que quienes han sido dignificados de participar de la mesa divina y espiritual participen de la mesa de los demonios. "¿Acaso no tenemos autoridad para comer y beber?", dice el Apóstol, "¿y para llevar con nosotros esposas?". Pero dominando claramente los placeres, reprimimos los deseos. "Mirad, pues, que esta libertad vuestra no se convierta en tropiezo para los débiles".
No debemos, pues, como viviendo disolutamente según la imagen del hijo rico en el Evangelio, abusar de los dones del Padre, sino usarlos como quienes tienen autoridad, sin inclinarnos ante ellos. Porque hemos sido destinados a reinar y dominar, no a servir a los alimentos.
Comentario editorial · Los alimentos ofrecidos a los ídolos
La postura de Clemente sobre los alimentos sacrificados a ídolos (eidōlothyta) es matizada y pastoral. En teoría, reconoce con Pablo que los ídolos no son nada y que el alimento en sí es neutro. Sin embargo, en la práctica aconseja abstención por tres razones: la conciencia propia (no asociarse simbólicamente con demonios), el testimonio ante paganos, y la protección de cristianos débiles en la fe que podrían escandalizarse. Es ética de la libertad responsable, no del legalismo.
II, 1
Admirable es verdaderamente, habiendo contemplado la verdad, anhelar el alimento de lo alto, el divino, y llenarse de la contemplación insaciable del que verdaderamente es, gustando del placer firme, estable y puro. Porque este es el ágape que debe esperarse, como lo muestra el alimento de Cristo. Pero es completamente irracional, inútil e inhumano alimentarse de muerte como el ganado que engorda, mirando hacia abajo a la tierra, siendo de tierra, y estar siempre inclinados sobre las mesas, persiguiendo la vida glotona, habiendo enterrado el bien allí mismo en lo que atañe a la vida que no será, adulando únicamente la deglución, por la cual los cocineros han llegado a ser más valiosos que los agricultores. No rechazamos, pues, la convivencia, sino que recelamos del desliz de la costumbre como de una desgracia.
Por eso debemos rechazar la gula, participando de pocas cosas y solo de las necesarias. Y si alguien de los incrédulos nos invita y consideramos bueno ir —pues no es bueno mezclarse con los desordenados—, nos ordena comer todo lo que se nos ponga delante sin hacer preguntas por causa de la conciencia. Igualmente nos ha ordenado comprar sin ceremonias lo que se vende en el mercado.
No debemos, pues, abstenernos por completo de los alimentos variados, pero no debemos preocuparnos por ellos. Debemos participar de lo que se nos ofrece como conviene a un cristiano, honrando al anfitrión según la comunión inocente y sin escándalo de la convivencia, pero considerando indiferente la suntuosidad de lo que se sirve, despreciando los platos como cosas que pronto no existirán. "El que come, al que no come no desprecie, y el que no come, al que come no juzgue". Avanzando un poco explicará la razón de su mandato, diciendo: "El que come, para el Señor come y da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come y da gracias a Dios" —de modo que el alimento justo es la acción de gracias—.
Y quien siempre da gracias no se ocupa de los placeres. Pero si exhortáramos a la virtud a algunos de los comensales, más aún deberíamos abstenernos de estos alimentos glotones, presentándonos a nosotros mismos como ejemplo evidente de virtud, como lo tuvimos en Cristo. "Porque si alguno de estos alimentos escandaliza a mi hermano, no comeré", dice, "esto jamás, para no escandalizar a mi hermano", ganando al ser humano mediante una pequeña abstinencia. "¿Acaso no tenemos autoridad para comer y beber?". "Y hemos conocido la verdad", dice, "que ningún ídolo existe en el mundo, sino que hay verdaderamente uno solo que es nuestro Dios, de quien proceden todas las cosas, y un solo Señor Jesucristo". "Pero perece", dice, "por tu conocimiento el hermano débil, por quien Cristo murió. Quienes golpean la conciencia de los hermanos débiles pecan contra Cristo".
Por esto el Apóstol, cuidando de nosotros, distingue las cenas diciendo que no debemos mezclarnos "si alguno, siendo llamado hermano, resultara ser fornicario o adúltero o idólatra, con ese ni siquiera comer" —ya sea la palabra o el plato—, sospechando la contaminación que proviene de esto, como también de las mesas de los demonios.
"No comer carne ni beber vino" —él mismo lo reconoce, y también los seguidores de Pitágoras, pues esto pertenece más bien a las bestias, y la emanación que proviene de ellas, siendo más turbia, oscurece el alma. Pero si alguien participa también de estas cosas, no peca, con tal de que participe con templanza, sin ser esclavo de ellas ni dependiente de ellas ni voraz con el plato. Porque le resonará una voz que dice: "No destruyas por causa de un alimento la obra de Dios".
Comentario editorial · Vegetarianismo y libertad cristiana
Clemente aborda aquí la cuestión del vegetarianismo con notable equilibrio. Reconoce el valor de la abstinencia de carne (práctica de los pitagóricos y algunos filósofos estoicos), e incluso sugiere que es "mejor" por razones tanto higiénicas (emanaciones más turbias) como espirituales (menos estímulo de pasiones animales).
Sin embargo, rechaza convertir esto en obligación. El cristiano es libre de comer carne "sin pecar", siempre que lo haga con templanza. La clave está en la actitud interior: no ser "esclavo" del alimento, sea carne o vegetales. Esta es libertad evangélica, no legalismo ascético.
La mención de Pitágoras no es casual. Clemente reconoce aquí, como en toda su obra, que los filósofos paganos alcanzaron verdades éticas genuinas (una "propaideía" o preparación para el evangelio). Pero mientras para los pitagóricos la abstinencia de carne tenía fundamentos místicos (transmigración de almas), para Clemente es cuestión de prudencia práctica y libertad espiritual.
La conclusión es característica: no destruir "la obra de Dios" (la comunión fraterna, la conciencia del hermano débil) por causa de un alimento. El amor al prójimo supera cualquier consideración dietética.
II, 1
Pues es propio de un necio admirar y quedarse boquiabierto ante lo que se sirve en banquetes comunes después de haber disfrutado del Logos; mucho más necio es, sin embargo, haber esclavizado los ojos a los platos cuando la incontinencia es, por así decir, llevada con ellos por los sirvientes.
¿Cómo no es inconveniente levantarse sobre los lechos, arrojando casi el rostro sobre las ollas, asomándose desde el lecho como desde un nido, según se dice comúnmente, para captar el vapor errante con la respiración? ¿Cómo no es irracional ensuciar las manos en los condimentos o extenderlas continuamente hacia el plato, no probando sino arrebatando, llenándose sin medida y sin decoro?
Pues puede verse que los tales, por su voracidad, se asemejan a cerdos o perros más que a seres humanos —los que se apresuran a hartarse—, de modo que ambas mejillas se hinchan al mismo tiempo mientras los vasos de la cara se levantan, y además el sudor los baña, oprimidos por la insaciabilidad y jadeando por la incontinencia, empujando precipitadamente el alimento hacia el vientre sin compartirlo con nadie, como si lo depositaran para provisión y no para asimilación. La falta de medida, siendo mala en todo, especialmente se muestra evidente en los alimentos.
Pues la glotonería no es otra cosa que falta de medida en el uso de los platos, y la voracidad es locura respecto a la garganta, y el sibaritismo es incontinencia respecto al alimento o, como el nombre mismo indica, locura respecto al vientre —pues márgos significa "loco"—.
Comentario editorial · Detalles concretos de la mesa
Clemente no se limita a principios abstractos, sino que desciende a detalles concretos de comportamiento en la mesa. La descripción de comensales inclinándose desde los lechos para inhalar vapores, con mejillas hinchadas y sudorosos por la voracidad, no es caricatura sino testimonio de costumbres reales en banquetes helenísticos. El cristiano debe distinguirse también en estos detalles prácticos, manteniendo decoro y autocontrol incluso en actos cotidianos como comer.
II, 1
El Apóstol, pues, reprendiendo a quienes practican la injusticia en los banquetes, dice: "Porque cada uno se adelanta a tomar su propia cena al comer, y uno tiene hambre mientras otro se embriaga. ¿Acaso no tienen casas para comer y beber? ¿O desprecian la iglesia de Dios y avergüenzan a los que no tienen?". Entre los que tienen, quienes comen sin límite, los insaciables, se avergüenzan a sí mismos. Ambos obran mal: unos por haber humillado a los que no tienen, otros por haber exhibido su incontinencia ante los que tienen.
Con razón, pues, el Apóstol, exasperado con los desvergonzados y los que usan las cenas con excesiva liberalidad —los insaciables, para quienes nada es suficiente—, elevó de nuevo una voz indignada: "Así que, hermanos míos, cuando se reúnan para comer, espérense unos a otros. Si alguien tiene hambre, coma en su casa, para que no se reúnan para condenación".
Debemos abstenernos, pues, de toda servilidad e incontinencia, tocando lo que se nos ofrece con decoro, manteniendo sin mancha la mano, el lecho y la barba, preservando el aspecto decoroso del rostro sin distorsión, sin actuar indecentemente ni siquiera en la deglución. Debe extenderse la mano con orden y a intervalos. Debe cuidarse también de no hablar nada mientras se come al mismo tiempo, pues la voz se vuelve impropia e ininteligible cuando las mejillas están llenas y se estrecha el espacio, y la lengua, oprimida por el alimento, impedida en su operación natural, emite una pronunciación aplastada.
Tampoco conviene comer y beber al mismo tiempo, pues es de grandísima incontinencia confundir los tiempos cuyas funciones son incompatibles. "Ya sea que coman o que beban", dice, "háganlo todo para la gloria de Dios", apuntando a la verdadera sencillez, la cual me parece que también el Señor sugirió cuando bendijo los panes y los peces asados con los que alimentó a los discípulos, introduciendo un hermoso ejemplo del alimento sin artificios.
Comentario editorial · El pez de Pedro: símbolo eucarístico y moral
El episodio del estáter en la boca del pez (Mateo 17:24-27) recibe aquí una interpretación alegórica típicamente clementina. Más allá del milagro literal, Clemente ve símbolos pedagógicos múltiples.
El pez mismo representa el alimento simple y apropiado: pescado asado, sin elaboración culinaria. Cristo propone este modelo frente al refinamiento excesivo. El estáter (moneda) que se encuentra en su boca simboliza varias cosas: el "desenfreno" y la "avaricia" que deben ser extraídos de quienes "suben de las aguas hacia el cebo de la justicia" (los catecúmenos que emergen del bautismo).
La fórmula "dar al César lo del César y a Dios lo de Dios" se aplica aquí al desprendimiento de la vanagloria material. Clemente sugiere que hay "otras interpretaciones" del episodio que no desarrolla, señalando la riqueza de la exégesis patrística donde cada detalle bíblico puede abrir múltiples niveles de significado.
Esta es la hermenéutica alejandrina en acción: el texto bíblico no solo narra eventos históricos, sino que contiene enseñanzas morales y espirituales cifradas que el Pedagogo divino revela a quienes buscan con diligencia.
II, 1
Aquel pez que Pedro tomó por mandato del Señor sugiere por sí mismo un alimento fácil, un regalo de Dios y moderado. Propone, en efecto, quitar de los que suben de las aguas hacia el cebo de la justicia el desenfreno y la avaricia, como la moneda del pez, para separar la vanagloria, y dando el estáter a los recaudadores, devolviendo lo del César al César, guardemos lo de Dios para Dios.
El estáter podría tener también otras interpretaciones, que no son desconocidas, pero no es este el momento apropiado para su elaboración. Basta con recordar que aprovechamos las flores que no discrepan del Logos para nuestro tema presente, como ya lo hemos hecho muchas veces, atrayendo la fuente muy provechosa hacia lo urgente de la cuestión, para regar las plantas sembradas por el Logos.
"Porque aunque todo me es permitido, no todo conviene", pues rápidamente caen en hacer lo no permitido quienes hacen todo lo que es permitido. Y así como la justicia no se alcanza mediante la codicia ni la templanza mediante la incontinencia, así tampoco la dieta del cristiano se adquiere mediante el placer, pues la mesa de la verdad está lejos de los alimentos lascivos.
Porque aunque todas las cosas fueron hechas para el ser humano, no es bueno usar de todas, ni tampoco siempre. Pues tanto el momento oportuno como el tiempo, el modo y el propósito otorgan no poca inclinación hacia lo provechoso para quien es educado. Y lo que es conveniente tiene fuerza para abolir la vida centrada en el vientre, cuya riqueza es llamativa, no con visión aguda, sino la abundancia ciega respecto a la gula.
Nadie es pobre en lo necesario, ni nunca es desatendido un ser humano, porque uno solo es quien alimenta las aves y los peces y, en resumen, los animales irracionales: Dios. A ellos no les falta nada sin que se preocupen del alimento. Nosotros somos mejores que estos, en cuanto somos señores, y más cercanos a Dios, en cuanto somos más sensatos. Hemos nacido no para comer y beber, sino para existir habiendo llegado al conocimiento de Dios. "Porque el justo", dice, "comiendo se sacia en su alma, pero los vientres de los impíos están necesitados", anhelando una gula insaciable. La riqueza no es apropiada para el disfrute solitario, sino para la distribución comunitaria.
Por eso debemos cuidarnos de los alimentos que nos persuaden a comer sin tener hambre, seduciendo nuestros apetitos. ¿Acaso no puede haber también en la frugalidad sobria una variedad saludable de alimentos? Bulbos, aceitunas, algunas legumbres, leche, queso, frutas de temporada y toda clase de guisos sin caldos elaborados.
Y si hay necesidad de carne asada o cocida, debe ofrecerse. "¿Tienen algo de comer aquí?", dijo el Señor a los discípulos después de la resurrección. Y ellos, como habían sido enseñados por él a practicar la frugalidad, "le dieron parte de un pez asado, y después de comer delante de ellos", dice Lucas, les dijo lo que les dijo.
Además, no debemos privar a quienes cenan según la razón de postres y panales. Pues entre los alimentos, los más apropiados son aquellos que pueden usarse inmediatamente sin necesidad de fuego, ya que también están más preparados; en segundo lugar, los más simples, como se ha dicho antes.
Comentario editorial · La dieta ideal
La dieta cristiana ideal según Clemente: alimentos simples, locales y de temporada, mínimamente procesados, consumidos con gratitud y moderación. No es ascetismo extremo (se permiten carne, postres, miel), pero tampoco hedonismo. Es el "justo medio" aristotélico cristianizado: suficiencia que libera para la contemplación divina.
II, 1
Pero de quienes se inclinan sobre las mesas humeantes, alimentando sus propias pasiones, es guía un demonio glotón, al que yo no me avergonzaría de llamar "demonio del vientre", el peor y más execrable de los demonios. Este es completamente semejante al llamado ventrílocuo. Pero es mucho mejor ser feliz que tener un demonio conviviendo con uno; la felicidad se examina en el ejercicio de la virtud.
El apóstol Mateo, pues, participaba de semillas, frutos secos y legumbres sin carne. Juan, extremando la continencia, comía langostas y miel silvestre. Pedro también se abstenía de cerdo. "Pero le sobrevino un éxtasis", está escrito en los Hechos de los Apóstoles, "y contempla el cielo abierto y cierto recipiente atado por cuatro extremos sobre la tierra; en él había todos los cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo. Y se oyó una voz dirigida a él: 'Levántate, sacrifica y come'. Pero Pedro dijo: 'De ninguna manera, Señor, porque nunca comí nada común e impuro'. Y la voz le habló de nuevo por segunda vez: 'Lo que Dios purificó, tú no lo hagas común'".
También para nosotros, pues, el uso es indiferente. Porque "no lo que entra por la boca contamina al ser humano", sino que es vana la concepción sobre la incontinencia. Pues Dios, después de modelar al ser humano, dijo: "Todas las cosas serán para ustedes alimento". "Legumbres con ágape o ternero con engaño" —esto recuerda bien lo dicho anteriormente, que las legumbres no son el ágape, sino que las cenas deben tomarse con ágape—. Bueno es el estado intermedio en todas las cosas, pero no menos también en la preparación concerniente al banquete, ya que los extremos son peligrosos, pero las posiciones intermedias son buenas. Intermedio es todo lo que no carece de las cosas necesarias, pues los deseos naturales se delimitan por la suficiencia.
Comentario editorial · La visión de Pedro: de las leyes alimentarias a la libertad evangélica
La visión de Pedro en Hechos 10 marca un momento crucial en la historia del cristianismo primitivo: el abandono definitivo de las leyes alimentarias judías (kashrut) y la apertura a los gentiles. Clemente la interpreta aquí en su sentido moral-pedagógico, no solo histórico-eclesiológico.
Los apóstoles practicaban dietas austeras por elección, no por obligación legal. Mateo era vegetariano, Juan ascético extremo (langostas y miel del desierto), Pedro se abstenía de cerdo. Pero la visión divina enseña que "lo que Dios purificó" (toda la creación) no debe ser rechazado como impuro. La pureza no reside en el alimento sino en la intención y la templanza.
Esta es libertad cristiana madura: no hay alimentos prohibidos per se, pero el uso debe ser moderado, agradecido y guiado por el amor (ágape). El cristiano puede comer de todo, pero no es esclavo de nada. La visión de Pedro libera de la Ley mosaica, pero no invita al libertinaje: la nueva ley es la del amor y la templanza.
Clemente establece así un principio hermenéutico: las prohibiciones del Antiguo Testamento tenían función pedagógica temporal (formar un pueblo separado), pero han sido superadas en Cristo, quien purifica todas las cosas mediante su encarnación.
II, 1
A los judíos se les proclama la frugalidad mediante la Ley de manera muy providencial, pues el Pedagogo les quitó el uso de innumerables cosas mediante Moisés, asignando razones: ocultas las espirituales, manifiestas las carnales, en las cuales han confiado —a unos porque no tienen pezuña hendida, a otros porque no rumian el alimento, a otros porque no tienen escamas entre los animales acuáticos—, de modo que quedan muy pocos animales apropiados para su alimento.
Y de aquellos cuyo contacto permitió, de nuevo prohibió los que murieron naturalmente, los sacrificados a ídolos y los ahogados, pues tampoco es lícito tocar estos. Puesto que es imposible que quien usa cosas placenteras se aparte de su aceptación, estableció una conducta contraria, hasta que disuelva el impulso hacia el placer que proviene de la costumbre.
Para los seres humanos, el placer ha engendrado la mayoría de las veces daño y tristeza, y la abundancia de alimento produce en el alma mal humor, olvido y necedad. Se dice que los cuerpos de los niños crecen bien en altura cuando se desarrollan con alimento deficiente, porque el espíritu que asciende hacia el crecimiento no es obstruido por el alimento abundante que bloquea el buen curso de su movimiento.
Por esto Platón, acusando la vida de lujo entre los filósofos que han buscado la verdad, aviva la chispa de la filosofía hebrea: "Cuando llegué", dice, "esta vida llamada feliz, llena de mesas italianas y siracusanas, no me agradó en absoluto: llenarse dos veces al día y nunca dormir solo de noche, y todos los hábitos que acompañan a este tipo de vida. Porque de estas cosas nadie que viva bajo el cielo podría llegar a ser prudente practicando tales cosas desde joven, ni se mezclaría con una naturaleza tan admirable".
Pues Platón no desconocía a David, quien en su propia ciudad, instalando el arca santa en medio de la tienda, haciendo alegría a todo el pueblo súbdito, "delante del Señor distribuyó a toda la multitud de Israel, desde el hombre hasta la mujer, a cada uno una torta de pan, un pastelillo asado y una torta frita".
Este alimento es suficiente e israelita, mientras que el pagano es superfluo. Quien lo use nunca podría llegar a ser moderado, habiendo enterrado su mente en el vientre, sumamente semejante al pez llamado asno, del cual dice Aristóteles que es el único entre los animales que tiene el corazón en el vientre. A este Epicarmo el cómico lo llama "vientre-payaso".
Tales son entre los seres humanos quienes han confiado en el vientre, "cuyo dios es el vientre y cuya gloria está en su vergüenza, los que piensan en las cosas terrenales". El Apóstol no les ha profetizado cosas buenas, diciendo su fin: "la perdición".