II, 11
Nuestra vida entera procedería conforme a la naturaleza si domináramos desde arriba los deseos, no matando mediante artimañas maliciosas al género humano que nace por providencia divina. Estas mujeres, usando como velo de la prostitución fármacos abortivos que destruyen completamente, abortan junto con el embrión su sentimiento humano.
A quienes les está permitido casarse, necesitaron de un pedagogo: que no realicen durante el día los misterios sagrados de la naturaleza, ni vengan, digamos, de la iglesia o del ágora y copulen al amanecer como los gallos, cuando es tiempo de oración, de lectura y de obras buenas durante el día. Por la tarde conviene reposar después de la cena y después de la acción de gracias por los disfrutes.
La naturaleza no otorga siempre oportunidad para cumplir el encuentro del matrimonio—y el abrazo más demorado es más deseable. Tampoco en la oscuridad de la noche debe actuarse sin freno, sino que debe encerrarse en el alma el pudor como luz de la razón. En nada nos diferenciamos de Penélope que teje, si durante el día tejemos los principios de la templanza pero de noche los deshacemos cuando vamos al lecho. Si debe practicarse la dignidad—como efectivamente debe—, mucho más debe mostrarse la dignidad con la propia esposa, evitando los abrazos indecorosos.
La prueba confiable de la pureza hacia los vecinos debe venir desde casa. No es posible, no es posible ser considerado digno ante aquella junto a quien la dignidad no es atestiguada en aquellos mismos placeres agudos. El afecto que confiesa inclinarse resbaladamente hacia el apareamiento florece poco y envejece con el cuerpo, y a veces incluso envejece antes cuando se marchita el deseo, cuando los placeres prostibularios ultrajan la templanza matrimonial. Alados son los corazones de los amantes y la seducción se extingue con el arrepentimiento, y muchas veces el amor se convierte en odio cuando el hartazgo percibe la condena.
De palabras licenciosas y actitudes indecorosas, de besos prostibularios y nombres de prostitución, y de lascivias semejantes, ni siquiera debe hacerse mención, obedeciendo al bienaventurado Apóstol que dice claramente: "Pero la fornicación y toda impureza o avaricia ni se nombren entre ustedes, como conviene a los santos. "Bien parece haber dicho alguien: "El apareamiento no benefició a nadie, pero es deseable si no perjudicó." El que es según la ley es peligroso, excepto en cuanto tiende a la procreación.
Sobre el ilegal dice la Escritura: "La mujer asalariada será contada como saliva, pero la casada será torre de muerte para quienes la usan." Con un jabalí o un cerdo comparó la pasión prostibularia, y ha llamado al adulterio con una prostituta protegida una muerte buscada. También a la casa y la ciudad donde se desenfrenan, vuestra poesía la reprocha de algún modo escribiendo: "Adulterios en ti y mezclas ilícitas de varones, afeminadas e injustas, ciudad mala, completamente impura."
Por el contrario, alaba a los temperantes: "Que no tienen vergonzoso deseo en lecho ajeno ni avanzan hacia la violencia contra el varón, aborrecible y odiosa, porque es contra naturaleza". Muchos consideran estos placeres como lujos—sus propios pecados—, pero los más moderados reconocen que son pecados pero son vencidos por los placeres.
La oscuridad les sirve como velo de las pasiones. Adultera con su propio matrimonio quien se prostituye a sí mismo, y no escucha al Pedagogo que clama: "El hombre que sube a su lecho diciendo en su alma: '¿Quién me ve? La oscuridad me rodea, las paredes me cubren, y nadie ve mis pecados. ¿Qué temeré? No se acordará el Altísimo'." Muy miserable este que teme solamente los ojos humanos pero supone que pasará inadvertido a Dios. "No sabe", dice la Escritura, "que los ojos del Señor Altísimo son miríadas de veces más luminosos que el sol, que contemplan todos los caminos humanos y penetran hasta las partes ocultas."
Por esto también el Pedagogo les amenaza por medio de Isaías diciendo: "Ay de los que hacen planes en secreto y dicen: '¿Quién nos ve?'" Quizás alguien escape de la luz sensible, pero de la inteligible es imposible, o como dice Heráclito: "¿Cómo podría alguien esconderse de lo que nunca se oculta?" De ningún modo, pues, nos cubramos con la oscuridad, pues la luz habita en nosotros. "Y la oscuridad", dice, "no la aprehende," sino que la noche es iluminada por el razonamiento temperante. A los pensamientos de los hombres buenos la Escritura los ha llamado lámparas insomnes.
Ciertamente, intentar pasar inadvertido en lo que uno hace es confesar que se peca. Todo el que peca también comete injusticia inmediatamente—no tanto contra el prójimo si adultera, sino contra sí mismo porque ha adulterado. De todos modos se muestra a sí mismo peor y más deshonrado. El que peca, en cuanto peca, es peor y más deshonrado que él mismo. Completamente se añade ya la licenciosidad al que es vencido por el placer vergonzoso. Por esto completamente el que fornica ha muerto para Dios y ha sido abandonado por el Logos, como por el Espíritu, cadáver.
Lo santo abomina contaminarse, como es natural. Siempre es lícito que lo puro toque lo puro. No nos despojemos junto con la túnica jamás del pudor, puesto que nunca le es lícito al justo despojarse de la templanza. "He aquí que esto corruptible se revestirá de incorruptibilidad," cuando el deseo insaciable que fluye hacia la lascivia, siendo educado por la continencia del Pedagogo, llegue a carecer de amor por la corrupción y ceda el ser humano a la eterna templanza.
"En este siglo se casan y son dadas en matrimonio," pero habiendo abolido las obras de la carne y habiéndonos revestido de la carne misma pura con la incorruptibilidad, perseguimos la medida de los ángeles. Por esto también Platón en el Filebo, discípulo de la filosofía bárbara, llama místicamente ateos a quienes corrompen y contaminan al dios que habita en ellos—el Logos—en cuanto de ellos depende, en la familiarización con las pasiones.
No debe vivirse jamás mortalmente cuando somos santificados para Dios, ni tampoco, como dice Pablo, hacer de los miembros de Cristo miembros de prostituta, ni del templo de Dios templo de las pasiones vergonzosas. Recuerden a las veinticuatro mil personas rechazadas por fornicación. Los padecimientos de los fornicadores, como ya he dicho, son ejemplos que educan nuestros deseos como pedagogo. El Pedagogo nos aconseja muy claramente: "No vayas tras tus deseos y refrénate de tus apetitos."
"El vino y las mujeres apartan a los sensatos, y el que se une con prostitutas se volverá más audaz; putrefacción y gusanos lo heredarán, y será exhibido como mayor ejemplo." Y nuevamente, no cesa de beneficiar: "El que se opone al placer corona su vida." No es justo, pues, ser vencido por los afrodisíacos ni boquear por los deseos, ni apasionarse por los apetitos irracionales ni desear contaminarse. Solamente le está permitido sembrar al casado, como al agricultor, cuando el momento recibe la semilla.
Para la otra incontinencia, el mejor remedio es el Logos, pero también ayuda la carencia de saciedad, por la que los deseos inflamados saltan en torno a los placeres. No debe pretenderse, pues, vestido costoso como tampoco alimento variado. El Señor mismo, dividiendo los consejos en alma, cuerpo y tercero lo externo, aconseja procurarse lo externo por causa del cuerpo, gobernar el cuerpo por el alma, y educa al alma diciendo: "No se preocupen por su alma qué comerán, ni por su cuerpo con qué se vestirán. El alma es más que el alimento y el cuerpo más que el vestido."
Y añade un ejemplo evidente de la enseñanza: "Consideren los cuervos, que no siembran ni cosechan, que no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¿No valen ustedes más que las aves?" Esto sobre el alimento. Igualmente también sobre el vestido, que participa de las terceras cosas—lo externo—, dice: "Consideren los lirios cómo no hilan ni tejen; les digo que ni Salomón se vistió como uno de estos." Y el rey Salomón se enorgullecía grandemente de su riqueza.
¿Qué es más hermoso y florido que las flores? ¿Qué más agradable que los lirios o las rosas o los perfumes? "Si la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno Dios así la viste, ¿cuánto más a ustedes, de poca fe? Y ustedes no busquen qué comerán o qué beberán."
Aquí la partícula "qué" ha excluido la variedad del alimento, pues esto se significa en la Escritura: "No se preocupen por qué tipo de cosa comerán o qué tipo beberán". Preocuparse por estas cosas es codicia y lujo. Pero el comer simplemente entendido es señal de necesidad—el llenado, como dijimos, de la carencia. Pero el "qué" es superfluo, y la Escritura ha revelado que lo superfluo proviene del diablo.
La expresión que sigue aclara el pensamiento. Habiendo dicho "No busquen qué comerán o qué beberán", añadió: "Ni se eleven". La arrogancia y el lujo hacen que nos elevemos de la verdad, y el placer sensible que nos ocupa en lo superfluo nos aparta de la verdad. Por eso dice muy bien: "Todas estas cosas las naciones del mundo buscan". Las naciones son los desordenados e insensatos. ¿Qué significa "todas estas cosas"? El lujo, el placer sensible, los condimentos exquisitos, la glotonería y la gula.
Esto es el "qué". Sobre el alimento simple, el seco y el líquido, como cosas necesarias: "Su padre sabe que las necesitan", dice. Si nos hemos vuelto investigadores, no destruyamos lo investigador en el lujo, sino reanimémoslo para el hallazgo de la verdad. "Busquen", dice, "el reino de Dios, y lo del alimento se les añadirá."
Si, pues, elimina la preocupación por el vestido, el alimento y lo superfluo como no necesario, ¿qué debemos pensar que dirá sobre la coquetería, el teñido de las lanas, la variedad de colores, el refinamiento de las piedras, el trabajo del oro, y además los peinados artificiosos y los rizos retorcidos, y también la pintura de los ojos, las depilaciones y afeitados, el maquillaje con albayalde y el tinte del cabello y todas las artimañas para estos engaños?
¿No debe sospecharse bien aquello dicho poco antes sobre la hierba, que fue dicho también sobre estos desordenados amantes de los adornos? El mundo es un campo, y nosotros somos la hierba—los rociados por la gracia de Dios. Cortados nuevamente brotamos, como se demostrará más extensamente en el tratado Sobre la resurrección. La hierba se alegoriza como la multitud vulgar, propia de la alegría efímera, que florece por poco tiempo, amante de los adornos y de la vanagloria y de todo menos de la verdad, apropiada para nada sino como combustible del fuego.
El Señor narra diciendo: "Había un hombre muy rico que se vestía de púrpura y lino fino, regocijándose espléndidamente cada día". Este era la hierba. "Un pobre llamado Lázaro había sido arrojado al portal del rico, ulcerado, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico". Este es la hierba. Pero aquel era castigado en el Hades, participando del fuego—el rico—, mientras este florecía en el seno del Padre.
Admiro la antigua ciudad de los lacedemonios: solo a las cortesanas permitió llevar vestidos floridos y adornos de oro, quitando de las mujeres honorables el amor por los adornos al permitir adornarse únicamente a las que se prostituían. Por el contrario, de los atenienses los gobernantes que habían imitado el modo de vida ciudadano, olvidándose de las costumbres viriles, llevaban oro luciendo túnicas hasta los pies y se vestían con mantos largos. Se ataban el cabello en moño—que es un tipo de trenza—adornándose con cigarras de oro, mostrando verdaderamente por su falta de gusto su afeminamiento como nacidos de la tierra.
El celo de estos gobernantes se extendía también a los demás jonios, a quienes Homero, afeminándolos, llama "de largos peplos". A quienes se vuelcan hacia el amor por los adornos como simulacro de lo bello—no lo bello mismo—, idolatrando nuevamente bajo un nombre hermoso, debe apartárselos lejos de la verdad, soñando con la naturaleza de lo bello por opinión, no por ciencia.
Para ellos la vida de aquí es un sueño profundo de ignorancia, del cual debemos despertarnos y apresurarnos hacia lo verdaderamente bello y ordenado, y anhelar alcanzarlo únicamente, abandonando las cosas mundanas de aquí para que se alegren en el mundo antes de dormir completamente. Digo, pues, que el ser humano no necesitó de tejidos por ninguna otra razón sino para protección del cuerpo, para defensa de los excesos tanto del frío como de la intensidad del calor, para que no nos perjudique el desequilibrio del ambiente.
Si este es el propósito del vestido, observa que no debe asignarse un vestido para varones y otro para mujeres, pues es común a ambos cubrirse, así como el comer y el beber. Siendo común, pues, la necesidad, aprobamos la disposición semejante. Así como la necesidad de cubrirse es común a ambos, así también deben ser semejantes las cosas que cubren; y si es así, debe tomarse también esta protección según la cual conviene ocultar los ojos de las mujeres.
Si el sexo femenino tiene ventaja por la debilidad, debe culparse a la costumbre de la mala crianza, por la cual muchas veces los varones, alimentados en dietas viles, se han vuelto más afeminados que las mujeres. No conviene, pues, aflojar el tono. Si hay que condescender, debe cedérseles un poco: que usen únicamente tejidos más suaves, dejando a un lado las estúpidas minucias y los refinados entretejidos en los tejidos, mandando a paseo el hilo de oro, las sedas indias y los rebuscados vestidos de seda.
Primero nace un gusano, luego de él aparece una oruga velluda, después de la cual en tercera metamorfosis se transforma en mariposa—que algunos llaman crisálida—, de la cual nace un largo hilo, como de la araña el hilo de araña. Estos tejidos superfluos y transparentes son prueba de un pensamiento sin vigor, prostituyendo con pequeño velo la vergüenza del cuerpo. Ya no es protección el vestido delicado, al no poder ocultar la forma de la desnudez. Cayendo tal vestido sobre el cuerpo se moldea húmedamente a él y se adhiere carnalmente inflándose en la forma, y reproduce el molde de la mujer, de modo que para quien no ve resulta evidente toda la disposición del cuerpo.
Debe rechazarse del vestido también los tintes, pues estos están lejos tanto de la utilidad como de la verdad, además de hacer florecer la calumnia de la conducta. El uso no es provechoso—pues no es apropiado para el frío—ni tiene nada superfluo para la protección comparado con otro vestido excepto solo el reproche. Lo atractivo del color molesta a los lascivos incitándolos a la mirada insensata, pero a los puros y no bastardos les es muy apropiado usar interiormente vestidos blancos y sin refinamiento.
Clara y puramente Daniel el profeta dice: "Se colocaron tronos y se sentó como anciano de días, y su vestidura como nieve blanca". Con tal vestido contempla al Señor en visión. Y el Apocalipsis dice: "Vi las almas de los mártires debajo del altar, y se dio a cada uno una vestidura blanca".
Si fuera necesario buscar algún otro color, basta el tinte natural de la verdad. Los vestidos semejantes a flores deben dejarse para delirios báquicos e iniciáticos. También la púrpura y las cosas plateadas, como dice el cómico, son útiles para los trágicos y no para la vida. Nuestra vida debe ser todo menos un desfile. El tinte sardiano y otro de fruto verde y otro verde pálido, el rosado y el escarlata y otros innumerables tintes se han inventado deliberadamente para los placeres malditos.
Este es vestido para espectáculo, no para protección. Los tejidos bordados en oro, los teñidos de púrpura y los adornados con animales—ciertamente son un lujo muy expuesto al viento—, aquel azafranado perfumado y los mantos costosos y abigarrados que tienen figuras de animales en la púrpura, todo debe mandarse a paseo junto con su arte. "¿Qué haremos sensato o espléndido las mujeres que estamos sentadas", dice la comedia, "florecidas, vistiendo azafrán y embellecidas?"
Claramente exhorta el Pedagogo: "No te gloríes en la abundancia del manto, ni te eleves en gloria alguna por ser inestable". Burlándose, pues, de los vestidos con vestiduras suaves dice en el Evangelio: "He aquí los que visten ropa gloriosa y viven en lujo están en los palacios"—en los palacios terrenales dice, los corruptibles, donde está la vanagloria, la adulación, la falsedad y el engaño. Los que sirven en la corte celestial alrededor del rey de todos santifican el vestido inmaculado del alma—la carne—y con esto se revisten de incorruptibilidad.
Así como la soltera se dedica solo a Dios y su preocupación no se divide, mientras la casada—la temperante—divide su vida entre Dios y el esposo, pero la que se inclina de otro modo se vuelve toda del matrimonio—esto es, de la pasión—, de la misma manera, creo, la mujer temperante dedicándose al esposo sin hipocresía venera a Dios, pero la amante de los adornos se ha apartado tanto de Dios como del matrimonio temperante, cambiando el esposo por el adorno como la hetera argiva Erífila, quiero decir, "que recibió oro precioso de su amado esposo".
Por esto también acepto al sofista de Ceos que describe las imágenes semejantes y correspondientes de la virtud y el vicio. A aquella la representó parada sencillamente y vestida de blanco y pura—la virtud—, adornada solo con pudor. Así debe ser la fe: virtuosa con pudor. A la otra, por el contrario, introduce—el vicio—vestida con ropa excesiva y embellecida con color ajeno. Su movimiento y actitud se disponen hacia lo seductor, expuesta como pintura a las mujeres lascivas.
El que sigue al Logos no se familiarizará con ningún placer vergonzoso. Por eso también lo útil del vestido debe preferirse. Y si el Logos canta esto por medio de David diciendo sobre el Señor: "Te alegraron hijas de reyes en tu honor; la reina se paró a tu derecha en vestido de oro tejido y con franjas de oro," no ha revelado el vestido lujoso sino que ha mostrado el tejido inmaculado de fe de los misericordiados, el adorno de la Iglesia, en la cual Jesús, el sincero, resplandece como oro, y las franjas—los escogidos—los de oro.
Si es necesario aflojar el tono por causa de las mujeres, debe tejérseles vestido liso y agradable al tacto, no florecido para el placer de la vista como las pinturas. La pintura con el tiempo se borra, y las limpiezas y los astringentes con los jugos farmacéuticos de los tintes, derritiendo las lanas de los mantos, vuelven débiles los tejidos, lo cual ni siquiera es apropiado para la economía.
La mayor falta de gusto es apasionarse tanto por los mantos, las túnicas, las capas, los abrigos y las túnicas—"lo que cubre el pudor", dice Homero. Me avergüenzo verdaderamente al ver tanta riqueza derramada en la cobertura de las partes pudendas. El antiguo ser humano en el paraíso medía con ramas y hojas la cobertura de la vergüenza. Ahora, puesto que las ovejas nos han sido creadas, no enloquecemos como las ovejas, sino que, educados por el Logos, refutemos lo costoso del vestido diciendo: "Son pelos de ovejas, aunque Mileto se enorgullezca, aunque Italia sea glorificada, aunque se guarden bajo pieles los pelos sobre los cuales muchos han enloquecido—pero para nosotros no es cosa de cuidado".
El bienaventurado Juan, despreciando incluso los pelos de las ovejas que olían a lujo, eligió los pelos de camello y se vistió de ellos, prefigurando lo económico y sincero de la vida. Comía miel y langostas, alimento dulce y espiritual, preparando humilde y temperantemente los caminos del Señor. ¿Cómo se habría puesto un manto de púrpura quien había rechazado la arrogancia política y vivía en el desierto, en la serenidad del desierto, como ciudadano para Dios fuera de toda vanidad, de insensibilidad e insignificancia?
Elías usaba como vestido una piel de oveja y ceñía la piel con un cinturón hecho de pelos. Isaías, otro profeta, estaba desnudo y descalzo, y muchas veces se vestía de cilicio, prenda de humildad. Si llamas a Jeremías, este tenía solo un cinturón de lino. Así como los cuerpos bien nutridos al desnudarse muestran más claramente su vigor, así también la belleza de las costumbres, no envuelta en necias tonterías, muestra su magnificencia.
Arrastrar los vestidos dejándolos caer hasta los pies es completamente arrogante, pues estorba la actividad de caminar al arrastrarse el vestido como escoba levantando las pajas superficiales de la tierra—ni siquiera de aquellos danzantes quebrados que persiguen sobre los escenarios la afeminación muda permite que el vestido fluya en tal violencia. Para ellos los cuidadosos atuendos, las suspensiones de las franjas y los rebuscados ritmos de las figuras muestran el arrastre de una mezquina indolencia.
Y si alguien aduce la túnica larga del Señor, aquella túnica multicolor muestra las flores de la sabiduría, las escrituras policromadas y no marchitas, las palabras del Señor que resplandecen con los rayos de la verdad. Con tal otro vestido el Espíritu vistió al Señor por medio de David cantando así: "Te revestiste de alabanza y hermosura, envuelto en luz como en manto".
Así como en la confección de los vestidos debe evitarse toda extravagancia, así también debe precaverse la inmoderación en su uso. Ni es hermoso que se vistan por encima de la rodilla, como dicen que se vestían las doncellas lacedemonias, pues no es decoroso que se desnude parte alguna del cuerpo de una mujer. Ciertamente es posible responder muy decorosamente aquella voz elegante a quien dijo: "Hermoso el brazo": "Pero no público", y "Hermosas las piernas": "Pero solo", decir, "de mi esposo", y "Hermoso el rostro": "Pero solo del que se ha casado conmigo".
Yo no quiero que las temperantes proporcionen siquiera la causa de tales elogios a quienes cazan lo censurable mediante elogios. Ni solo que está prohibido desnudar el tobillo, sino que también se ha ordenado cubrir la cabeza y sombrear el rostro. No es santo que la belleza del cuerpo sea cebo para los humanos. Ni es razonable que una mujer que usa un velo de púrpura quiera ser conspicua. Ojalá fuera posible quitar del vestido la púrpura para no atraer sobre el rostro de las usuarias a los espectadores.
Pero estas que tejen muy poco del resto del manto lo han hecho todo púrpura, encendiendo las indolencias, y ciertamente a ellas ocupadas en estas estúpidas y delicadas púrpuras según aquel verso poético: "Las alcanzó la muerte purpúrea". Por esta púrpura, pues, Tiro y Sidón y la vecina de Laconia del mar son muy codiciadas. Se enriquecen mucho sus tintoreros y los purpuradores y las mismas conchas por la sangre de estos que hace florecer la púrpura.
Pero también mezclando en los tejidos lascivos las mujeres engañosas y los varones afeminados muestran delirio con los tintes engañosos en la inmoderación, no ya consiguiendo los linos de Egipto sino otros de la tierra de los hebreos y de la tierra de los cilicios. Callo sobre los de Amorgos y los linos finos. El lujo ha sobrepasado incluso la nomenclatura. Debe la cobertura, creo, mostrar superior a sí misma lo cubierto, como la estatua del templo y el alma del cuerpo y del vestido el cuerpo.
Ahora todo lo contrario: el cuerpo de ellas, si se vendiera, jamás encontraría mil áticas, pero un solo vestido lo compran por miríadas de talentos, mostrándose a sí mismas más inútiles y más despreciables que los tejidos. ¿Por qué, pues, persiguen lo raro y costoso antes que lo común y barato? Porque ignoran lo verdaderamente bello y lo verdaderamente bueno. En lugar de las cosas que son, se afanan por las que parecen entre los insensatos—quienes, como los enloquecidos, imaginan lo blanco como negro.
Comentario editorial · Transición al tema del vestido: continuidad temática
El título "Sobre el lujo en el vestido" (Peri polytelias esthētos) puede parecer un cambio abrupto, pero Clemente mantiene la coherencia temática: así como reguló el apetito sexual y alimenticio, ahora regula el deseo de ostentación mediante el vestido. Todos estos son ámbitos donde la incontinencia (akrasia) se manifiesta.
La filosofía antigua, especialmente la estoica y cínica, consideraba el lujo en el vestir como síntoma de esclavitud a la opinión ajena (doxa) y falta de autarquía (autosuficiencia). Los cínicos como Diógenes se vestían con harapos deliberadamente; los estoicos preferían la simplicidad funcional.
Clemente, como siempre, busca el término medio: ni el exhibicionismo del lujo ni la ostentación de la pobreza extrema. El cristiano debe vestirse con decoro (to prepon), es decir, apropiadamente según su condición, sin excesos que revelen vanidad ni negligencias que causen escándalo.
Comentario editorial · El valor de la partícula «qué»
La partícula griega "qué" (ti) que Clemente analiza minuciosamente indica no simplemente el hecho de comer, sino la variedad refinada en la comida. No prohíbe alimentarse, sino la glotonería que busca manjares exquisitos. Esta distinción hermenéutica es típica de la exégesis alejandrina, atenta a cada matiz del texto sagrado.
Comentario editorial · La parábola del rico y Lázaro: crítica social del lujo
Clemente utiliza la parábola lucana del rico (plousios) y Lázaro como paradigma de la vanidad del lujo. Los detalles del vestido—púrpura (porphyra) y lino fino (byssos)—no son casuales: representaban en el mundo antiguo el máximo estatus social y económico.
La púrpura, extraída laboriosamente de moluscos marinos (especialmente en Tiro y Sidón), era extremadamente costosa y reservada tradicionalmente para la realeza y la alta aristocracia. El lino fino egipcio (byssos) era igualmente lujoso. Vestirse así "cada día" (kath' hēmeran) denotaba riqueza extraordinaria.
Sin embargo, la parábola invierte los valores: el rico anónimo (la tradición posterior lo llamó "Dives", simplemente "Rico" en latín) termina en el Hades, mientras Lázaro —cuyo nombre significa "Dios ayuda"— alcanza el "seno de Abraham". La lección clementina: los bienes externos no tienen valor ante Dios; solo la caridad y la virtud perduran.
Este pasaje conecta con la crítica profética del lujo (véase Amós 6:4-6 sobre los que "duermen en lechos de marfil") y con la tradición sapiencial que contrasta apariencia y realidad.
Comentario editorial · Vestido semejante para varones y mujeres
La propuesta clementina de vestimenta "semejante" para varones y mujeres no implica uniformidad total, sino rechazo a los excesos diferenciados: las mujeres no deben usar adornos excesivos ni los varones afeminarse con vestidos lujosos. El principio es funcional: el vestido debe servir a la necesidad corporal común (protección) sin convertirse en instrumento de seducción o vanidad.
Comentario editorial · Simbolismo del vestido blanco: pureza y resurrección
El vestido blanco (stolē leukē) tiene profunda resonancia simbólica en la Escritura y la liturgia cristiana primitiva. En Daniel, el Anciano de Días (Dios Padre) aparece vestido de blanco como nieve, representando su santidad transcendente. En Apocalipsis, los mártires reciben vestiduras blancas como señal de victoria y purificación por el martirio.
En el contexto bautismal del siglo II-III, los neófitos (neophytoi, recién iluminados) recibían tras el bautismo una túnica blanca (alba) que simbolizaba su nueva vida en Cristo y la pureza recuperada. Esta práctica litúrgica conectaba el símbolo del vestido material con la realidad espiritual: "todos los que han sido bautizados en Cristo, de Cristo están revestidos" ().
Clemente, al recomendar vestidos blancos sin tintes, no solo propone austeridad económica sino coherencia simbólica: el cristiano debe manifestar exteriormente la pureza interior que profesa. El blanco representa tanto la simplicidad (haplotēs) como la transparencia moral que debe caracterizar al discípulo del Logos.
Comentario editorial · El sofista de Ceos
"El sofista de Ceos" es Pródico de Ceos, famoso por su alegoría de Heracles en la encrucijada entre Virtud y Vicio. Esta fábula moral, donde Virtud aparece simple y Vicio adornada seductoramente, era muy popular en la filosofía moral antigua y Clemente la cristianiza: la virtud cristiana se manifiesta en la simplicidad del vestir.
Comentario editorial · Los profetas como modelos de simplicidad ascética
Clemente recurre constantemente a ejemplos bíblicos para fundamentar sus enseñanzas. Juan el Bautista es el paradigma perfecto: viste pelo de camello (material áspero y humilde), come miel y langostas (alimento del desierto), y rechaza toda pompa mundana. Su vestimenta profética señala su función: preparar los caminos del Señor mediante la humildad.
Los profetas del Antiguo Testamento —Elías, Isaías, Jeremías— comparten esta característica: visten sencilla o incluso penitencialmente (cilicio, sakkos, tela áspera de penitencia). Esta austeridad no es fin en sí misma, sino signo exterior de su dedicación total a Dios y rechazo de los valores mundanos.
La frase final es brillante: "los cuerpos bien nutridos al desnudarse muestran su vigor" —la verdadera belleza es interior, como la musculatura que se revela bajo la piel. Análogamente, las virtudes del alma se manifiestan más claramente cuando no están "envueltas" en ornamentos superfluos. El alma virtuosa no necesita decoración externa.
II, 12
En lo relativo al calzado, las mujeres vanidosas actúan de modo semejante, exhibiendo también aquí su extrema molicie. Son verdaderamente vergonzosas aquellas sandalias ornamentadas con flores de oro, pero aún más lo es que estas mujeres insistan en incrustar clavos en espiral en las suelas de sus zapatos; muchas, incluso, graban en ellos sellos con motivos eróticos, de modo que al caminar impriman sobre la tierra la marca de sus sentimientos de hetera, sellando así con su andar el carácter propio de una cortesana.
Hay que abandonar, entonces, las vanas técnicas que recubren de oro y piedras preciosas las sandalias, así como los zapatos áticos y sicionios, los coturnos persas y tirrenos. Proponiéndonos más bien, según nuestra costumbre con la verdad, el objetivo correcto, debemos elegir lo que está conforme a la naturaleza. Pues el uso del calzado tiene un doble propósito: el primero es cubrir los pies, el segundo es proteger la planta del pie de los tropiezos y de las asperezas de los caminos montañosos.
A las mujeres puede permitírseles el calzado blanco, salvo cuando viajen —entonces deben usar calzado engrasado. Las que emprenden un viaje necesitan suelas con clavos. Sin embargo, lo más frecuente es que ellas usen zapatos cerrados, pues no conviene exhibir el pie desnudo; además, la mujer resbala fácilmente para su daño. En cambio, al hombre le resulta muy conveniente andar descalzo, excepto cuando se incorpora a una expedición militar. Pues de algún modo el estar calzado está muy cerca del estar atado. Ciertamente, es un excelente ejercicio usar los pies descalzos, tanto para la salud como para desarrollar la templanza, allí donde ninguna necesidad lo impida.
Pero si no estuviéramos de viaje y tampoco soportáramos ir descalzos, debemos usar sandalias simples o pantuflas —los áticos las llamaban konípodas, porque, me parece, los pies se acercan al polvo (konis). Como testimonio del calzado simple basta con Juan, quien confesaba no ser digno de desatar la correa de las sandalias del Señor. Pues no calzaba nada superfluo aquel que mostraba a los hebreos el modelo de la verdadera filosofía. Y si esto encierra algún sentido alegórico, se aclarará en otra ocasión.
Comentario editorial · Una costumbre de las mujeres ricas de Alejandría
Clemente critica aquí una práctica real de la sociedad alejandrina: mujeres de clase alta que grababan símbolos en sus suelas para dejar huellas con mensajes eróticos al caminar. Esta costumbre, asociada con las heteras (cortesanas cultas), era considerada escandalosa cuando la adoptaban mujeres cristianas. El término molicie refiere a una blandura excesiva, una falta de disciplina moral que se manifiesta en el lujo superfluo.
Comentario editorial · La función sobre la ornamentación
Clemente aplica aquí su principio rector de conformidad con la naturaleza (kata physin), heredado del estoicismo. El calzado debe cumplir su función natural: proteger el pie. Cualquier adorno que exceda esta función es superfluo y moralmente problemático.
La recomendación de andar descalzo para los hombres refleja tanto ideales ascéticos cristianos como prácticas filosóficas greco-romanas. Los cínicos, por ejemplo, caminaban descalzos como signo de autarquía y rechazo al lujo. Para Clemente, esta práctica desarrolla la sophrosyne (templanza), una virtud cardinal que busca equilibrio entre extremos.
La distinción de género en las prescripciones (mujeres con zapatos cerrados, hombres descalzos) no es tanto una cuestión de desigualdad como de pragmatismo social: Clemente reconoce las convenciones de modestia de su época mientras enfatiza la simplicidad para ambos sexos.
II, 13
Es propio de niños quedarse embelesados ante las piedras opacas o verdes, ante los desechos que arroja el mar extraño y las raspaduras de la tierra. Lanzarse precipitadamente sobre el resplandor de las piedrecillas y sus variados colores, sobre vidrios de múltiples tonalidades, no es sino cosa de personas insensatas arrastradas por lo que tiene apariencia impresionante. Del mismo modo, los niños, al contemplar el fuego, se lanzan sobre él atraídos por su fulgor, sin haber comprendido —por su inconsciencia— el peligro que representa tocarlo.
Algo semejante les ocurre a las mujeres necias con las piedras que se cuelgan alrededor del cuello en collares y gargantillas: amatistas y keraunitas engastadas, jaspes y topacios, y la esmeralda milesia, mercancía de altísimo precio. La muy estimada perla ha irrumpido desmedidamente en los gineceos de las mujeres; se produce en cierta ostra parecida a las aletas de mar, del tamaño aproximado del ojo de un pez grande. Y no se avergüenzan, las desdichadas, de haber puesto toda su dedicación en torno a esta pequeña ostra, cuando podrían adornarse con la piedra santa, el Logos de Dios, a quien la Escritura ha llamado en algún lugar perla: a Jesús, el transparente y puro, el ojo contemplador en la carne, el Logos luminoso, por quien la carne alcanza valor al regenerarse en el agua. Pues también aquella ostra que se forma en el agua protege la carne, y de esta carne se engendra la perla.
Hemos recibido por tradición que la Jerusalén celestial ha sido amurallada con piedras santas, y entendemos que las doce puertas de la ciudad del cielo, comparadas con piedras preciosas, simbolizan alegóricamente la gracia resplandeciente de la voz apostólica. Porque sobre las piedras preciosas están dispuestos los colores —preciosos, ciertamente—, mientras que lo demás queda como materia terrestre. Con razón, la ciudad de los santos, edificada espiritualmente, se construye simbólicamente con estas piedras. Por la floración inimitable de las piedras han comprendido la floración del espíritu, intacta y santa en su esencia.
Pero ellas, sin comprender el simbolismo de las Escrituras, permanecen todas boquiabiertas ante las piedras, pronunciando aquel argumento maravilloso: "Lo que Dios ha mostrado, ¿por qué no lo usaríamos? Está a mi disposición, ¿por qué no lo disfrutaría? ¿Para quiénes se hicieron estas cosas, sino para nosotros?" Tales palabras son propias de quienes desconocen por completo la voluntad de Dios. Pues, en primer lugar, lo necesario —como el agua y el aire— lo provee de manera manifiesta para todos; pero lo que no es necesario lo ha escondido en la tierra y en el agua. Por eso las hormigas excavan oro, los grifos lo custodian, y el mar ha ocultado la perla; pero ustedes son curiosos en lo que no deben. Miren: todo el cielo se ha desplegado ante ustedes, y no buscan a Dios; en cambio, el oro oculto y las piedras preciosas los excavan entre nosotros los condenados a muerte.
Pero también se oponen frontalmente a la Escritura, que clama con toda claridad: "Busquen primero el reino de los cielos, y todas estas cosas les serán añadidas". Y aunque todo les haya sido dado como don, y aunque todo les haya sido concedido, y aunque "todo nos esté permitido", dice el apóstol, "no todo conviene". Dios ha traído a nuestro linaje a la comunión, compartiendo primero él mismo lo suyo y ofreciendo como bien común a todos los seres humanos su propio Logos, habiéndolo hecho todo para todos.
Todas las cosas son comunes, y que los ricos no acaparen más de lo que les corresponde. Así que aquello de "está a mi disposición y me sobra, ¿por qué no lo disfrutaría?" no es humano ni comunitario; más bien es propio del amor decir: "está a mi disposición, ¿por qué no lo comparto con los necesitados?" Porque tal persona es perfecta, la que ha cumplido: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Este es el verdadero disfrute, el tesoro de la riqueza; mientras que el gasto en deseos vanos ocupa el lugar de la perdición, no del gasto prudente. Dios nos ha dado —bien lo sé— el poder de uso, pero solo hasta lo necesario, y ha querido que el uso sea común.
Es absurdo que uno solo viva en el lujo mientras muchos viven en la pobreza. ¿Cuánto más glorioso que vivir suntuosamente es beneficiar a muchos? ¿Cuánto más sensato que gastar en piedras y oro es gastar en seres humanos? ¿Cuánto más provechoso que poseer adornos inanimados es tener amigos dignos? ¿A quién beneficiarían tanto las propiedades como el dar generosamente?
Nos queda entonces resolver aquella objeción que se nos plantea: "¿Para quién serán las cosas costosas, si todos eligen las más sencillas?" Para los seres humanos, respondería yo, si las usamos sin apego apasionado y sin hacer distinciones. Pero si es imposible que todos sean sensatos, entonces al menos por la necesidad de lo indispensable debemos perseguir lo fácilmente accesible, después de haber mandado bien lejos a estas cosas superfluas.
En general, entonces, los adornos deben ser rechazados por completo como juguetes de niñas, renunciando al mundo mismo. Porque es necesario ser dignas interiormente y mostrar bella a la mujer interior; pues solo en el alma se manifiesta tanto la belleza como la fealdad. Por eso solo el hombre virtuoso es verdaderamente bello y bueno, y solo se afirma que lo bello es bueno; y solo la virtud resplandece incluso a través del cuerpo hermoso y florece en la carne, mostrando el encanto deseable de la sophrosyne, cuando el carácter, como una luz, ilumina la forma corporal. Porque sucede que la belleza de cada cosa —planta o animal— reside en la virtud propia de cada uno. La virtud del ser humano es la justicia, la sophrosyne, la valentía y la piedad. Bello es, entonces, el ser humano justo y temperante y, en suma, el bueno —no el rico.
Incluso ya los soldados quieren adornarse con oro, sin haber leído siquiera aquel verso del poeta: "que, cubierto de oro, iba a la guerra como una jovencita, completamente ingenuo".
Pero debemos rechazar radicalmente el amor por los adornos que menos se ocupa de la virtud y que en cambio reclama el cuerpo para sí, cuando el amor por la belleza se ha extraviado en la vanagloria. Pues al aplicar al cuerpo cosas ajenas como si fueran propias, ha engendrado la práctica de la mentira y el hábito del engaño, mostrando no lo respetable, genuino y verdaderamente sencillo, sino lo presuntuoso, afeminado y delicado. Estas mujeres oscurecen la verdadera belleza cubriéndola de oro, y no comprenden la falta que cometen al ponerse incontables cadenas ricas, como también dicen que entre los bárbaros ataban a los malhechores con oro.
Me parece que estas mujeres han querido imitar a estos ricos prisioneros. Porque, ¿acaso no es una argolla el collar de oro y las gargantillas? ¿Y los llamados katheteres que tienen forma de cadenas? Entre los áticos son llamados con este mismo nombre: cadenas. Y a los adornos indecorosos en los tobillos de las mujeres, Filemón en su Sinéfebos los llamó grilletes de los pies: "vestidos transparentes y cierto grillete de oro".
¿Qué más buscan entonces con este embellecimiento, mujeres, sino aparecer encadenadas? Porque aunque la materia atenúe la vergüenza, la afección es la misma. A mí, al menos, me parece que al caer voluntariamente en estas ataduras se jactan de sus ricas desgracias. Quizás también el mito poético cuenta que a Afrodita, al cometer adulterio, le fueron puestas tales cadenas, insinuando alegóricamente nada más que los adornos son símbolo de adulterio —pues Homero dijo que también aquellas cadenas eran de oro. Y ya no se avergüenzan de llevar puestos los símbolos más evidentes del mal. Porque así como la serpiente engañó a Eva, del mismo modo también el adorno de oro, sirviéndose de la figura de la serpiente como cebo, ha enloquecido a las demás mujeres llevándolas a la insolencia, modelando murenas y serpientes para su embellecimiento. Dice, en efecto, el cómico Nicóstrato: "cadenas, collares, anillos, brazaletes, serpientes, anillos para las piernas, eléboro".
Muy dignamente de censura, Aristófanes en Las tesmoforiantes enumera y presenta todo el adorno femenino. Citaré las palabras mismas del cómico que refutan con precisión lo vulgar de su ignorancia del bien: " Fajas, diademas, natrón, piedra pómez, sostén, cofia trasera, velo, carmín, collares, delineador de ojos, falda larga, eléboro, redecilla, cinturón, manto, aderezo, borde de púrpura, túnica larga, túnica, abismo, círculo, túnica corta. Y no he mencionado lo más importante de estas cosas. ¿Y entonces qué? Zarcillos, pendientes de piedras, molduras, malva, racimos, brazalete, broches, doble lazo, collares, grilletes, sellos, cadenas, anillos, emplastos, ampollas, vendas, falos de cuero, cornalinas, cintas para el cuello, pendientes". Me he cansado y me agobio al enumerar la multitud de adornos, pero me asombra que ellas no se fatiguen llevando semejante carga.
¡Oh vana actividad entrometida! ¡Oh vana ambición de gloria! Derraman su riqueza como heteras para su vergüenza, y adulteran los dones de Dios con su falta de gusto, imitando la técnica del maligno.
Con claridad, el Señor en el evangelio llamó necio al rico que atesoraba en los graneros y que decía para sí: "Tienes muchos bienes guardados para muchos años; come, bebe, alégrate". Pero "esta misma noche te reclaman el alma; lo que has preparado, ¿de quién será?" El pintor Apeles, al ver a uno de sus discípulos pintar una Helena cubierta de oro, dijo: "Muchacho, no siendo capaz de pintarla bella, la has hecho rica". Tales Helenas son ahora las mujeres: no genuinamente bellas, sino ricamente modeladas.
A estas profetiza el Espíritu a través de Sofonías: "Y su plata y su oro no podrán librarlos en el día de la ira del Señor". A las que son educadas por Cristo no les corresponde adornarse con oro, sino con el Logos, por el cual solamente resplandece el oro. Ciertamente bienaventurados habrían sido los antiguos hebreos si, después de quitar los adornos de las mujeres, los hubieran arrojado o simplemente fundido; pero en cambio, al trabajar el oro en forma de becerro y practicar la idolatría hacia él, no se beneficiaron ni del arte ni del propósito, aunque enseñaron a nuestras mujeres de manera muy expresiva que debían abstenerse de los adornos.
Pues lo que se prostituye por el deseo se convierte en ídolo de oro sometido al tormento del fuego, al que solo está reservado el lujo como un ídolo, no como verdad. Por esto el Logos, reprochando a los hebreos a través del profeta, dice: "Plata y oro hicieron para Baal" —evidentemente, adornos—; y amenazando muy claramente dice también: "Y castigaré contra ella los días de los Baales, en los que le ofrecía sacrificios, y se ponía sus aretes y sus collares", y añadió la causa del adorno diciendo: "Y se iba tras sus amantes, pero de mí se olvidó, dice el Señor".
Así que, desprendiéndose de estas tonterías, no participen del adorno de hetera propio del malvado sofista, ni practiquen la idolatría bajo el velo de la elegancia. Muy admirablemente el bienaventurado Pedro dice: "Mujeres, igualmente, no con trenzas o con oro o con perlas o con vestido costoso, sino lo que es apropiado para mujeres que profesan devoción a Dios, adornándose con buenas obras". Y con razón ordena que se alejen de ellas el embellecimiento: pues si fueran bellas, la naturaleza sería suficiente —que el arte no compita con la naturaleza, es decir, que el engaño no rivalice con la verdad—; pero si son feas por naturaleza, se delatan a sí mismas por lo que se aplican aquello que no tienen.
Conviene, entonces, que las que sirven a Cristo abracen la simplicidad. Pues verdaderamente la simplicidad se preocupa de la santidad, igualando las ventajas excesivas y obteniendo de lo ordinario la utilidad que se obtiene de lo superfluo. Porque lo simple, como su nombre indica, no sobresale ni se hincha o infla en ningún aspecto, sino que es uniforme, liso, igual, sin exceso y por eso suficiente. La suficiencia es un hábito que alcanza su fin propio sin carencia y sin exceso; su madre es la justicia, su nodriza la autarquía. Esta es, en efecto, un hábito que se contenta con lo necesario y que por sí mismo procura lo que contribuye a la vida bienaventurada.
Que sea, entonces, el adorno santo en los frutos de sus manos: una comunión generosa en dar y obras de cuidado del hogar. Porque "el que da al pobre presta a Dios", y "las manos de los valientes enriquecen". Ha llamado valientes a los que desprecian las riquezas y son generosos en compartir. Que en los pies se manifieste la diligencia incansable hacia el bien obrar y el caminar hacia la justicia. Los collares y gargantillas son el pudor y la sophrosyne. Tales joyas forja Dios. "Bienaventurado el ser humano que encontró sabiduría, y el mortal que vio prudencia", dice el Espíritu a través de Salomón, "porque es mejor comerciar con ella que con tesoros de oro y plata, y es más valiosa que las piedras preciosas". Este es el verdadero adorno.
Que sus orejas no sean perforadas contra natura para colgar aretes y pendientes; porque no es legítimo violentar la naturaleza contra lo que ella ha querido, ni puede haber mejor adorno para los oídos que aquel que desciende por los conductos naturales de la audición: la catequesis de la verdad. Los ojos ungidos con el Logos y los oídos perforados para la percepción divina disponen al que escucha y al que contempla cosas santas, mostrando verdaderamente el Logos la belleza verdadera, "que ojo no vio ni oído oyó" antes.
Comentario editorial · Cristo como la perla de gran precio
Clemente desarrolla aquí una compleja alegoría cristológica. La perla natural, formada dentro de la ostra en el agua, se convierte en símbolo de Cristo: el Logos divino encarnado en carne humana (la ostra) y nacido del agua (probable alusión al bautismo y al nacimiento virginal).
Esta interpretación alegórica conecta con la parábola del mercader que busca perlas finas y encuentra una de gran valor (). Para Clemente, las mujeres cristianas buscan perlas materiales cuando deberían buscar a Cristo, la verdadera perla de valor infinito.
La expresión ojo contemplador en la carne es particularmente rica: Cristo es el ojo que ve (el Logos divino que conoce al Padre) pero también está en la carne (encarnación). Esta doble naturaleza permite que la humanidad, a través de Cristo, contemple lo divino.
Comentario editorial · La Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21)
Clemente alude aquí a la visión de la Nueva Jerusalén en Apocalipsis 21:18-21, donde la ciudad celestial está adornada con piedras preciosas. Su interpretación es consistentemente espiritual: las piedras físicas son meros símbolos de realidades espirituales superiores. Los apóstoles, como las doce puertas, resplandecen con gracia divina, no con oro material.
Comentario editorial · La respuesta de Clemente al argumento del uso lícito
Clemente responde a un argumento común en su época: si Dios creó estas cosas bellas, ¿por qué no usarlas? Su refutación es triple:
Primero, apela a la distinción entre lo necesario y lo superfluo. Dios hizo accesible lo necesario (aire, agua) pero ocultó lo innecesario, sugiriendo que no está destinado al uso común.
Segundo, cita sobre buscar primero el reino, y donde Pablo dice que aunque todo es lícito, no todo conviene. El permiso divino no implica obligación ni conveniencia moral.
Tercero, introduce un argumento de justicia distributiva: Dios ofreció su Logos como bien común para todos. Si el Logos es compartido universalmente, ¿cómo pueden los ricos acaparar bienes materiales? Esta es la transición al tema de la propiedad común que desarrolla a continuación.
Comentario editorial · «Todas las cosas son comunes»
Esta sección contiene uno de los pasajes más radicales del Pedagogo. Clemente afirma que todas las cosas son comunes, un principio que resonaría en la teología social cristiana por siglos. No propone comunismo absoluto, pero sí cuestiona la acumulación privada de lujos cuando otros carecen de lo necesario. El verdadero uso correcto de la riqueza es compartirla, no acumularla en adornos.
Comentario editorial · El ideal de lo kalos kagathos: bello y bueno
Clemente apela aquí al ideal griego clásico de lo kalos kagathos (bello y bueno), pero lo reinterpreta radicalmente. Para la cultura griega aristocrática, este ideal implicaba belleza física, educación refinada y estatus social. Clemente lo espiritualiza: la verdadera belleza reside en la virtud del alma, no en el cuerpo ni en los adornos.
La sophrosyne (templanza o moderación) es la virtud que permite que el carácter interior resplandezca e ilumine el cuerpo. No es que el cuerpo sea malo, sino que su belleza genuina depende de la belleza moral que lo habita. Esta visión sintetiza platonismo (la belleza del alma) con cristianismo (la virtud como reflejo de Cristo).
Las cuatro virtudes cardinales que menciona (justicia, sophrosyne, valentía, piedad) son las virtudes platónicas clásicas, adaptadas con piedad (eusebeia) en lugar de sabiduría (sophia), señalando la integración cristiana del ideal griego.
Comentario editorial · Las joyas como cadenas
Clemente desarrolla una imagen poderosa: las joyas son cadenas de esclavitud voluntaria. Las mujeres que buscan libertad a través del lujo se esclavizan a él. Esta metáfora de las cadenas doradas como símbolo de prisión espiritual se repetirá en la literatura ascética cristiana posterior, influyendo en autores como Juan Crisóstomo y Jerónimo.
Comentario editorial · La alegoría de Afrodita y las cadenas de oro
Clemente alude al episodio homérico de la Odisea (Canto 8) donde Hefesto, esposo de Afrodita, la atrapa con su amante Ares usando una red invisible de oro. Para Clemente, este mito pagano contiene una verdad moral alegórica: las cadenas de oro simbolizan adulterio espiritual, infidelidad a Dios.
La conexión con la serpiente del Edén es deliberada: así como la serpiente engañó a Eva, las joyas con forma de serpiente (comunes en la joyería helenística) son instrumentos de seducción demoníaca. Las mujeres que usan estos adornos repiten simbólicamente la caída original.
Este tipo de exégesis alegórica de la mitología pagana era característico de los alejandrinos. Clemente no rechaza la cultura griega en bloque, sino que la reinterpreta cristianamente, encontrando verdades morales ocultas en los mitos homéricos.
Comentario editorial · El oro como ídolo: del becerro de oro a Baal
Clemente establece una conexión teológica profunda entre el becerro de oro del Éxodo y los adornos femeninos. En ambos casos, el oro se convierte en ídolo cuando se desea por sí mismo en lugar de servir a propósitos legítimos.
La referencia a es particularmente significativa. Oseas usa el lenguaje del adulterio para describir la idolatría de Israel: la esposa infiel (Israel) se adorna para sus amantes (los baales, dioses falsos) mientras olvida a su verdadero esposo (YHWH). Clemente aplica esta misma imagen a las mujeres cristianas: adornarse excesivamente es adulterio espiritual, infidelidad a Cristo.
El episodio del becerro de oro ilustra la ironía trágica: los hebreos tomaron los adornos de sus mujeres (que podrían haberse usado para fines legítimos) y los pervirtieron en idolatría. Esto enseña que el problema no es el oro en sí, sino el deseo desordenado que lo convierte en objeto de culto.
Comentario editorial · La autarquía estoico-cristiana de Clemente
Clemente introduce aquí el concepto estoico de autarkeia (autarquía o autosuficiencia), pero lo cristianiza profundamente. Para los estoicos, la autarquía era la virtud del sabio que no depende de circunstancias externas para su felicidad. Clemente la reinterpreta como contentamiento con lo necesario, respaldado por la providencia divina.
La simplicidad (haplotēs) no es mera pobreza, sino equilibrio: ni carencia ni exceso. Su madre es la justicia (porque distribuye equitativamente) y su nodriza la autarquía (porque se basta a sí misma). Esta personificación de virtudes es un recurso retórico clásico que Clemente usa para hacer memorables los conceptos morales.
Esta enseñanza anticipa la doctrina medieval del justo medio aristotélico reinterpretado cristianamente: la virtud como punto medio entre defecto y exceso, pero fundamentada no en la razón natural sola, sino en la imitación de Cristo.
Comentario editorial · El adorno reinterpretado
Clemente concluye con una reinterpretación completa del vocabulario del adorno. Cada pieza de joyería material tiene su contraparte espiritual: las manos deben adornarse con generosidad, los pies con diligencia en el bien, el cuello con pudor y templanza. Los oídos no deben perforarse para aretes, sino abrirse a la catequesis de la verdad. Esta espiritualización del lenguaje del adorno será característica de la literatura patrística posterior.