I, 7
Hemos mostrado ya que la Escritura nos da a todos el nombre de niños, y que a quienes seguimos a Cristo se nos llama alegóricamente criaturas. Hemos establecido también que solo el Padre de todos es perfecto —pues en él está el Hijo, y en el Hijo está el Padre—. Siguiendo el orden natural de nuestra exposición, corresponde ahora decir quién es nuestro Pedagogo. Se llama Jesús.
A veces se denomina a sí mismo pastor, y exclama: "Yo soy el buen pastor" (Juan 10:11). Con esta metáfora tomada de los pastores que conducen sus ovejas, se designa al Pedagogo que guía a los niños, al pastor solícito de los pequeños. Los pequeños son llamados alegóricamente ovejas por su sencillez. "Todos formarán —afirma— un solo rebaño y 3un solo pastor" (Juan 10:16), afirma. Con razón el Logos es llamado Pedagogo, pues conduce a nosotros, los niños, hacia la salvación. Con toda claridad el Logos dice de sí mismo por boca de Oseas: Yo soy vuestro educador (Oseas 5:2).
Comentario editorial · El Pedagogo en la cultura grecorromana
En el mundo antiguo, el pedagogo (paidagogos) no era el maestro que enseñaba las materias académicas, sino el esclavo de confianza encargado de acompañar al niño desde casa hasta la escuela, vigilar su conducta, corregir sus modales y protegerlo de peligros. Era una figura de autoridad moral y disciplinaria, mediadora entre la familia y los maestros. Clemente aplica este rol a Cristo de manera innovadora: Jesús no es meramente el Maestro que enseña verdades abstractas (esa sería la función del Logos-Didáskalos en el libro III), sino el Pedagogo que acompaña, disciplina y conduce moralmente al cristiano en su vida cotidiana. Esta distinción entre Pedagogo y Maestro estructura toda la obra de Clemente.
I, 7
La religión es una paideia que comporta el aprendizaje del servicio de Dios, la educación para alcanzar el conocimiento de la verdad, y la buena formación que conduce al Cielo. La palabra paidagogía abarca diversos significados: puede referirse a quien es guiado y aprende; a quien dirige y enseña; en tercer lugar, a la educación misma; y finalmente, a las cosas enseñadas, por ejemplo los preceptos. La pedagogía de Dios es la que señala el camino recto de la verdad con vistas a la contemplación de Dios; es también el modelo de la conducta santa propia de la ciudad eterna.
Como el general que dirige el grueso de su ejército velando por la salvación de sus soldados, o como el piloto que gobierna su nave procurando poner a salvo a la tripulación, así también el Pedagogo guía a los niños hacia un género de vida saludable, por el solícito cuidado que tiene de nosotros. Si obedecemos al Pedagogo, obtendremos todo lo que razonablemente pidamos a Dios. Así como el piloto no cede siempre ante el empuje embravecido de los vientos, sino que en ocasiones se coloca con la proa frente a las borrascas, así el Pedagogo no cede a los vientos que soplan en este mundo ni expone al niño frente a ellos —como si de un barco se tratara— para que lo hagan pedazos en medio de una vida animal y desenfrenada. Al contrario: llevado únicamente por el espíritu de verdad, bien pertrechado, agarra con firmeza el timón —me refiero a las orejas del niño— hasta que lo ancla sano y salvo en el puerto de los cielos. Lo que los hombres suelen llamar educación paterna no perdura; la educación divina, en cambio, es un tesoro que permanece para siempre.
Comentario editorial · General, piloto y pedagogo
Las metáforas del general, el piloto y el pedagogo revelan la naturaleza de la educación cristiana según Clemente: no es imposición arbitraria sino dirección sabia hacia un fin salvador. El Pedagogo no cede ante los vientos del mundo (las modas, pasiones y opiniones dominantes) sino que mantiene firme el rumbo hacia el puerto celestial. La imagen de agarrar las orejas del niño sugiere la función correctiva pero amorosa del Pedagogo.
I, 7
Se dice que el pedagogo de Aquiles fue Fénix, y el de los hijos de Creso, Adrasto; el de Alejandro, Leónidas; el de Filipo, Nausito. Pero Fénix era un mujeriego, y Adrasto un desterrado; Leónidas no abatió el orgullo del macedonio, ni Nausito logró sanar la embriaguez del de Pela. El tracio Zópiro no logró contener la lujuria de Alcibíades —Zópiro era un esclavo comprado—, y Síkino, el pedagogo de los hijos de Temístocles, era un esclavo negligente. Cuentan de él que bailaba y que fue el inventor de la conocida danza síkinis. Tampoco olvidamos a los pedagogos que entre los persas eran llamados "reales": elegidos entre todos los persas en número de cuatro, los reyes les confiaban la educación de sus hijos. Sin embargo, los niños aprendían solo de ellos el manejo del arco, y cuando llegaban a la pubertad se unían a sus hermanas, a sus madres y a innumerables mujeres, legítimas o concubinas, entregándose a las relaciones sexuales como los jabalíes.
Nuestro Pedagogo, en cambio, es el Santo Dios, Jesús, el Logos que guía a toda la humanidad. Dios mismo, que ama a los hombres, es nuestro Pedagogo.
Comentario editorial · La crítica clementina de la paideia helenística
Clemente, que tan frecuentemente aprecia la cultura griega, aquí señala sus limitaciones morales. Los pedagogos humanos, por virtuosos que sean, fallan inevitablemente: o son ellos mismos viciosos, o no logran corregir los vicios de sus pupilos. Los ejemplos históricos son contundentes: Aquiles, Alejandro Magno, Alcibíades y los príncipes persas recibieron la mejor educación disponible y sin embargo cayeron en excesos de violencia, orgullo y lujuria. Solo un Pedagogo divino, sin mancha y omnipotente, puede verdaderamente transformar al ser humano. Esta crítica no niega el valor de la educación helenística pero revela su insuficiencia sin la gracia divina.
I, 7
En el Cántico, el Espíritu Santo habla así de él: "Abasteció a su pueblo en el desierto, cuando estaba atormentado por la sed y carecía de agua; lo circundó, lo educó y lo protegió como a la niña de sus ojos; como el águila desea proteger su nido y a sus polluelos, así él, extendiendo sus alas, los acogió y los llevó sobre sus plumas. Sólo el Señor los guiaba, y entre ellos no había ningún Dios extranjero" (Deuteronomio 32:10-12). Me parece que la Escritura presenta al Pedagogo de forma muy clara al describir su pedagogía. De nuevo, hablando en su propio nombre, se considera a sí mismo pedagogo: "Yo soy el Señor tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto" (Éxodo 20:2). ¿Quién tiene poder para conducir dentro o sacar fuera? ¿No es acaso el Pedagogo?
Se apareció a Abraham y le dijo: "Yo soy tu dios; sé 3agradable a mis ojos" (Génesis 17:1). Como excelente pedagogo lo va educando en la fidelidad, y le dice: "Sé irreprensible; yo estableceré mi alianza contigo y con tu descendencia". Aquí hay una comunicación amistosa por parte del maestro. Es evidente que fue también el pedagogo de Jacob, como lo muestran sus palabras: "Mira, yo estaré contigo 4y te guardaré dondequiera que vayas, te restituiré a esta tierra, y no te abandonaré hasta haber cumplido lo que he dicho" (Génesis 28:15). Y se dice que combatió con él: "Jacob se quedó solo y un hombre —el Pedagogo— combatió con él hasta el alba".
Era él, el hombre que combatía, que luchaba con él, y que, ungiéndolo con aceite, entrenaba al luchador Jacob contra el Maligno. Y dado que el Logos era a la vez entrenador de Jacob y Pedagogo de la humanidad, la Escritura dice: "Le preguntó y le dijo: 'Revélame tu nombre'; a lo que el Señor respondió: '¿Por qué preguntas mi nombre?'" En efecto, reservaba el nombre nuevo para el pueblo joven, para el pueblo niño. El Señor Dios aún no tenía nombre porque aún no se había hecho hombre. Pero: "Jacob dio a este lugar el nombre de Visión de Dios, porque —dijo— he visto a Dios cara a cara, y mi vida ha quedado a salvo." La cara de Dios es el Logos, por el cual Dios es iluminado y conocido. Fue entonces cuando Jacob recibió el nombre de Israel, cuando vio al Señor Dios.
El mismo Dios, el Logos, el Pedagogo, le dijo en otra ocasión: "No tengas miedo de ir a Egipto" (Génesis 46:3). Mira cómo el Pedagogo sigue al hombre justo, y cómo entrena al atleta enseñándole a derribar al adversario. Él mismo enseña a Moisés el oficio de pedagogo; en efecto, dice el Señor: "Si alguno ha pecado contra mí, yo lo borro de mi libro. Y ahora, marcha y conduce a tu pueblo donde te he dicho" (Éxodo 32:33-34). En este momento es maestro de pedagogía. El Señor, por medio de Moisés, fue realmente el Pedagogo del pueblo antiguo, mientras él mismo en persona fue, cara a cara, el guía del pueblo nuevo. Dice a Moisés: "Mira, mi ángel te precede", poniendo ante él la potencia del Logos como mensajero y guía. Pero se reserva la dignidad de Señor y afirma: "El día que los visite, los castigaré por sus pecados." Lo que viene a decir: el día en que me erija juez, les haré pagar el precio de sus pecados. Pues es, al mismo tiempo, pedagogo y juez que juzga a quienes transgreden sus mandatos. Y como amante que es de los hombres, el Logos no silencia sus pecados; muy al contrario, se los reprocha para que se conviertan, pues "El Señor quiere el arrepentimiento del pecador más que su muerte" (Ezequiel 18:23).
Comentario editorial · El Ángel del Señor es el Logos
La identificación del Ángel del Señor que aparece en el Antiguo Testamento con el Logos preencarnado es típica de la teología patrística. Clemente afirma que el mismo Cristo que se encarnó en el tiempo ya actuaba como Pedagogo de los patriarcas. La lucha de Jacob con el ángel se interpreta como entrenamiento pedagógico: el Pedagogo lucha con su discípulo para fortalecerlo, como un entrenador con un atleta.
Comentario editorial · El doble rol del Pedagogo: corrección y juicio
Clemente enfatiza que el Pedagogo no es un mero instructor amable sino también corrector severo cuando es necesario. La pedagogía divina incluye el castigo, pero este castigo es medicinal, no vengativo: su propósito es la conversión, no la destrucción. El Pedagogo reprende porque ama, y su severidad es misericordiosa. Esta teología del castigo pedagógico será fundamental en la espiritualidad cristiana posterior: Dios disciplina a sus hijos precisamente porque son hijos, no para condenarlos sino para salvarlos.
I, 7
Nosotros, como niños, cuando oímos hablar de pecados cometidos por otros, tememos vernos amenazados con castigos semejantes y nos abstenemos de las mismas faltas. ¿En qué pecaron? "En que en su ira asesinaron hombres, y, por capricho, destrozaron toros; maldita sea su ira" Génesis 49:6-7.
¿Quién, pues, podía educarnos con más cariño que él? En primer lugar, hubo una antigua alianza para el pueblo antiguo; la Ley educaba al pueblo con temor, y el Logos era su Ángel. Pero el pueblo nuevo y joven ha recibido una nueva y reciente alianza; el Logos ha sido engendrado, el miedo se ha transformado en amor, y aquel ángel místico, Jesús, ha nacido. El mismo Pedagogo que en otro tiempo dijo: "Temerás al Señor tu Dios" (Deuteronomio 6:13), nos exhorta ahora: "Amarás al Señor tu Dios" (Mateo 22:37). Por esta misma razón nos ordena: "Dejad vuestras obras —los antiguos pecados— y aprended a hacer el bien; huye del mal y practica el bien: tú has amado la justicia y has odiado la iniquidad". Esta es mi alianza, mi nueva alianza, impresa con letra de la antigua Ley. Así pues, no debe hacerse objeción alguna a la novedad del Logos.
Comentario editorial · Antiguo y Nuevo Testamento: un progreso
La distinción entre Antiguo y Nuevo Testamento no es de oposición sino de progreso pedagógico. El mismo Pedagogo (el Logos) primero educó mediante el temor (Ley mosaica) y luego mediante el amor (Evangelio). No son dos dioses ni dos pedagogías contradictorias, sino dos etapas del mismo proceso educativo divino adaptado a la madurez creciente de la humanidad. Esta visión optimista de la historia de salvación contrasta con el dualismo gnóstico y marcionita que oponía radicalmente los dos testamentos.
I, 7
En el Libro de Jeremías dice el Señor: "No digas: yo soy más joven; antes de formarte en el vientre de tu madre ya te conocía; y antes de que salieses del seno materno ya te consagré" (Jeremías 1:6-7). Quizá esta palabra profética estaba dirigida simbólicamente a nosotros, que fuimos conocidos por Dios con vistas a la fe antes de la creación del mundo; a nosotros, ahora niños, pues la voluntad de Dios acaba de cumplirse recientemente. De modo que somos recién nacidos en cuanto a la vocación y a la salvación.
Y añade: "Te he hecho profeta de las naciones"; con ello le dice que debía ser profeta y que el tratamiento de "joven" no debía interpretarse como un deshonor para quienes son llamados "niños". La Ley fue una antigua gracia otorgada por el Verbo por mediación de Moisés. Por eso dice la Escritura: "La Ley fue dada por mediación de Moisés;" —no por Moisés, sino por el Logos; Moisés hizo de intermediario como siervo suyo—, razón por la cual dicha ley solo tuvo una vigencia pasajera. Mas "la gracia eterna y la verdad han venido por medio de Jesucristo." (Juan 1:17)
I, 7
Considerad estas palabras de la Escritura: respecto a la Ley, solo afirma que "fue dada", mas la verdad, que es gracia del Padre, es la obra eterna del Logos. Asimismo, la Escritura no dice explícitamente que "fue dada", sino que fue hecha "por Jesús", "sin el cual nada ha sido hecho" (Juan 1:3). Moisés, pues, cede proféticamente el lugar al Logos, el perfecto Pedagogo, prediciendo su nombre y su pedagogía, al mismo tiempo que presenta el Pedagogo al pueblo cuando le entrega los mandamientos de la obediencia. "Dios os otorgará un profeta como yo —dice— entre vuestros hermanos" (Deuteronomio 18:15). Es Jesús, hijo de Navé, que alegóricamente significa Jesús, el Hijo de Dios, pues el nombre de Jesús anunciado en la Ley era un esbozo del Señor. Moisés aconseja prudentemente al pueblo: "A él escucharéis —dice—, y el hombre que no escuche a este profeta...", y sigue amenazante. Así nos predice el nombre del Pedagogo Salvador.
Comentario editorial · La tipología Josué-Jesús
La identificación tipológica entre Josué (en hebreo Yehoshúa) y Jesús (en griego Iesous, transliteración del mismo nombre hebreo) es antigua en la exégesis cristiana. Así como Josué sucedió a Moisés e introdujo al pueblo en la tierra prometida, Jesús sucede a la Ley mosaica e introduce a los creyentes en el Reino celestial. El nombre mismo es profético: significa "Yahvé salva". Clemente utiliza esta tipología para mostrar que toda la historia del Antiguo Testamento apuntaba hacia Cristo como Pedagogo definitivo. Moisés mismo, proféticamente, sabía que debía ceder el lugar a Aquel que vendría después.
I, 7
La profecía le atribuye también una vara, una vara de pedagogo, de mando, propia de quien ejerce la autoridad. A quienes el Logos persuasivo no sana, los sanará la amenaza; y si tampoco la vara los cura, el fuego los consumirá. "Saldrá —dice la Escritura— un brote de la vara de Jesé" (Isaías 11:1). Considera la solicitud, la sabiduría y el poder del Pedagogo: "No juzgará según las apariencias ni acusará según las habladurías, sino que hará justicia a los humildes y acusará a los pecadores de la tierra." Y por boca de David exclama: "El Señor, que educa, me ha educado, y no me ha librado a la muerte" (Salmo 118:18). Ser castigado por el Señor y tenerlo por Pedagogo equivale a ser liberado de la muerte. Por boca del mismo profeta añade: "Los regirás con vara de hierro" (Salmo 2:9). Asimismo, el Apóstol, inspirado, escribe a los corintios: "¿Qué queréis? ¿Que venga a vosotros con la vara, o con caridad y espíritu de mansedumbre?" (1 Corintios 4:21). Y aún, por boca de otro profeta, añade: "El Señor hará surgir de Sión una vara de poder." "Tu vara, ésta de pedagogo, y tu cayado me han persuadido" (Salmo 23:4), dice por boca de otro. Tal es el poder del Pedagogo: venerable y grave, consolador y salvador.
Comentario editorial · La triple función de la vara
La vara del Pedagogo tiene triple función: primero persuade mediante la palabra, luego amenaza, finalmente castiga si es necesario. Pero incluso el castigo es pedagógico, no punitivo: su fin es la corrección, no la destrucción. La imagen del cayado del pastor que guía y protege se combina con la vara que corrige. Ambos instrumentos expresan el mismo amor solícito del Pedagogo que no permite que sus discípulos se pierdan.
I, 8
Hay quienes se obstinan en decir que el Señor no es bueno porque usa la vara y se sirve de la amenaza y del temor. Según parece, no han entendido el pasaje de la Escritura que dice así: "Quien teme al Señor se convierte en su corazón." Olvidan, por otra parte, ese gran amor que lo llevó a hacerse hombre por nosotros. Precisamente por esa razón el profeta le dirige esta afectuosa plegaria: "Acuérdate de nosotros, porque somos polvo" —es decir, compadécete de nosotros, pues has experimentado con tu propio dolor la debilidad de la carne—. Sin lugar a dudas, el Señor, nuestro Pedagogo, es sobradamente bueno e irreprochable, porque en su inestimable amor hacia los hombres ha participado de los sufrimientos de cada uno.
"Nada hay que el Señor odie." No puede, en verdad, odiar una cosa y querer al mismo tiempo su existencia, ni puede querer que no exista algo y hacer que exista aquello que no quiere que sea, ni puede querer que no sea lo que es. Ciertamente, si el Logos odia algo, quiere que ese algo no exista; y nada existe si Dios no le da existencia. Nada, pues, es odiado por Dios, y por tanto nada es odiado por el Logos, porque ambos son la misma cosa, es decir, Dios: "En el principio —dice— el Logos estaba en Dios, y el Logos era Dios." Y si el Logos no odia a ninguno de los seres que ha creado, es evidente que los ama.
Y naturalmente amará al hombre más que a los otros, porque es la más bella de todas sus criaturas, un ser viviente capaz de amar a Dios. Por tanto, Dios ama al hombre; luego, el Logos ama al hombre. Quien ama desea ser útil al ser amado, y ser útil es más provechoso y ventajoso que no serlo. Por otra parte, nada es superior al bien; así pues, el bien es útil. Dios es bueno —todos lo reconocemos—; por tanto, Dios es útil. Y lo bueno, en tanto que bueno, no hace otra cosa que ser útil; así pues, Dios es útil en todo.
No puede decirse que es útil al hombre pero que no cuida de él, ni tampoco que se preocupa pero que no se ocupa de él, porque ser útil deliberadamente es superior a serlo sin proponérselo, y nada es superior a Dios. Por otra parte, ser útil deliberadamente no es más que ocuparse del objeto de sus desvelos; así pues, Dios se ocupa y se preocupa del hombre. Y lo demuestra efectivamente educándolo por obra del Logos, que es el verdadero colaborador del amor de Dios hacia los hombres.
El bien no es tal porque tenga la virtud de ser bueno —como a la justicia no se le da el nombre de bien por tener virtud, ya que ella misma, de por sí, es una virtud—, sino por el hecho de ser buena en sí misma y por sí misma. Con otras palabras se dice que lo útil es bueno, no porque produzca placer, sino porque es provechoso. Esta es la naturaleza de la justicia: es un bien porque es virtud y merece elegirse por ella misma, no porque engendra placer, pues no juzga con miras a un favor, sino que da a cada uno lo que merece. Así que lo que es útil es provechoso. Sean cuales fueren los elementos constitutivos del bien, también la justicia presenta esas características; de los mismos rasgos participan ambos. Las cosas que se caracterizan por lo mismo son iguales entre sí y semejantes; por tanto, la justicia es un bien.
Comentario editorial · El problema teológico central: la bondad del Dios del Antiguo Testamento
Este capítulo aborda una controversia crucial en el cristianismo primitivo. Grupos como los marcionitas y diversos movimientos gnósticos argumentaban que el Dios del Antiguo Testamento (caracterizado por la ley, el castigo y el temor) era diferente e inferior al Dios del Nuevo Testamento (caracterizado por el amor y la gracia). Clemente refuta esta separación mostrando que el mismo Dios es tanto justo como bueno, tanto Creador como Padre, manifestándose coherentemente a través del Logos. Esta defensa de la unidad divina y la continuidad entre ambos Testamentos es fundamental para la ortodoxia cristiana frente a las herejías dualistas.
Comentario editorial · El Logos divino: identidad entre Padre e Hijo
Clemente utiliza aquí el prólogo del Evangelio de Juan para establecer la identidad esencial entre Dios Padre y el Logos. Este argumento tiene raíces en el platonismo medio alejandrino, particularmente en Filón de Alejandría, pero Clemente lo cristianiza plenamente. El término griego Logos (λόγος) significa tanto "palabra" como "razón", permitiendo a Clemente integrar la filosofía griega (el principio racional del universo) con la teología cristiana (Cristo como Palabra encarnada). La unidad entre Padre e Hijo garantiza que todo lo que hace el Logos —incluidos los castigos pedagógicos— proviene de la misma bondad divina.
Comentario editorial · Un argumento de forma estoica
El argumento de Clemente aquí es profundamente estoico en su forma: procede mediante cadenas lógicas rigurosas (si A, entonces B; si B, entonces C). Los estoicos desarrollaron este tipo de razonamiento deductivo llamado silogismo hipotético. Sin embargo, el contenido es netamente cristiano: la preocupación providencial de Dios por cada ser humano individual, tema central en la predicación de Jesús pero ajeno al estoicismo tradicional, que concebía una providencia impersonal.
I, 8
Entonces —dicen algunos—, ¿por qué se irrita y castiga el Señor si ama a los hombres y es bueno? Es del todo necesario tocar este punto, aunque sea de la manera más breve posible, pues este modo de proceder es de suma utilidad en orden a la recta educación de los niños y debe inscribirse dentro de la categoría de los recursos indispensables. La mayoría de las pasiones se curan por medio de castigos y preceptos muy rígidos, y también por la enseñanza de algunos principios. La reprensión actúa como una operación quirúrgica en las pasiones del alma. Las pasiones son una úlcera de la verdad y deben reducirse enteramente sajándolas con una disección.
El reproche se parece mucho a un remedio: disuelve los endurecimientos de las pasiones, limpia la suciedad de las impurezas de la vida —la lujuria—, y allana aún las hinchazones de la soberbia, restituyendo al hombre a la santidad y a la verdad. La amonestación es como un régimen dietético para el alma enferma: aconseja lo que debe tomar y prohíbe lo que no se debe tomar. Y todo esto tiende a la salvación y a la salud eterna.
El general que impone a los culpables multas pecuniarias o castigos corporales, encarcelándolos y castigándolos con las peores deshonras —a veces incluso con la muerte—, persigue un fin bueno, pues ejerce su autoridad para amonestar a sus subordinados. Así, este gran general nuestro, el Logos, señor del universo, reprendiendo a quienes desobedecen su ley, los libera de la esclavitud, del error y de la cautividad del Enemigo, reprime las pasiones de su alma y los conduce en paz hacia la santa concordia de la convivencia cristiana.
Así como los géneros persuasivo y exhortativo pertenecen al deliberativo, así también los géneros del reproche y de la censura pertenecen al género laudatorio. Este género es una especie de arte de la reprensión, mas reprender es signo de buena voluntad, no de odio. Las amonestaciones pueden llevarlas a cabo tanto el amigo como el enemigo: este con espíritu de burla, aquel con amor. El Señor no reprende al hombre por odio; podría destruirlo por sus pecados, y sin embargo él mismo sufrió por nosotros.
Con admirable habilidad, como buen pedagogo que es, reviste la admonición con el reproche y, empleando palabras duras como flagelo, despierta la mente entorpecida. Luego, con nuevos métodos, intenta exhortarlos a la conversión. A quienes la exhortación no convierte, los irrita la reprensión; y a quienes —como si fuesen cadáveres— la reprensión no logra excitar a la salvación, el áspero lenguaje los resucita a la verdad. "Látigos y disciplina son siempre principio de sabiduría. Enseñar a un necio es como componer un cacharro roto", suele decirse, como hacer comprender a la tierra y estimular hacia la sensatez al que ha perdido la esperanza. Por eso añade la Escritura: "Es como despertar de profundo sueño al que está dormido", sueño que se parece muy notablemente a la muerte.
El mismo Señor revela claramente su manera de proceder cuando describe alegóricamente sus múltiples y útiles desvelos: "Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el viñador", y añade: "Todo sarmiento que en mí no da fruto lo arranca, y todo el que da fruto lo poda para que dé fruto más copioso." Cuando la vid no es podada se hace silvestre; lo mismo le ocurre al hombre. El Logos es el machete que poda y limpia las ramificaciones insolentes, constriñéndolas para que den fruto y no se pierdan en aspiraciones y deseos. La reprensión que se hace a los pecadores tiene por finalidad su salvación; el Logos se adapta como una melodía al modo de ser de cada uno: unas veces tensa las cuerdas, otras las relaja.
Comentario editorial · La metáfora médica: Dios como sanador del alma
La comparación entre la corrección divina y la medicina era común tanto en la filosofía griega como en el judaísmo helenístico. Filón de Alejandría ya había utilizado esta imagen extensamente. Para los estoicos, las pasiones (πάθη, pathē) eran literalmente enfermedades del alma que debían curarse mediante la razón. Clemente cristianiza esta noción: el Logos-Cristo es el médico divino que emplea diversos remedios (amonestaciones, castigos, promesas) según la condición espiritual de cada paciente. Esta visión terapéutica del pecado y la salvación será desarrollada más ampliamente por los Padres Capadocios en el siglo IV.
Comentario editorial · Retórica clásica al servicio del Pedagogo
Clemente recurre aquí a la retórica clásica, específicamente a la clasificación aristotélica de los géneros discursivos. El género deliberativo busca persuadir sobre acciones futuras, el judicial sobre acciones pasadas, y el epidíctico (laudatorio) sobre valores presentes. Al integrar la reprensión divina dentro del género laudatorio, Clemente muestra que incluso el castigo de Dios tiene como finalidad última el bien del ser humano, no su destrucción. Esta es una aplicación sofisticada de la teoría retórica al servicio de la teología.
I, 8
De forma bien clara se expresó Moisés: "No teman, pues Dios ha venido para probarlos, a fin de que no los asalte su temor y para que no pequen." Bien lo aprendió Platón cuando dice: "Todos los que sufren un castigo reciben en realidad un gran bien, ya que se benefician en el sentido de que su alma, al ser justamente castigados, experimenta una notable mejora." Platón, al creer que los hombres corregidos por el Justo obtienen un gran beneficio, reconoce que el Justo es bueno. Sí, el temor tiene en sí algo provechoso; ha sido inventado como algo bueno para el hombre: "El espíritu que teme al Señor vivirá, pues su esperanza está depositada en quien los salva."
Este mismo Logos es juez cuando nos aplica un castigo. Isaías dice de él: "El Señor lo ha entregado por nuestros pecados" —es decir, como reformador y enmendador de nuestros pecados—. Así constituido por el Padre de todos, nuestro Pedagogo es el único que puede perdonar los pecados, el único que puede discernir la obediencia de la desobediencia. Cuando amenaza, es evidente que no persigue el mal ni desea cumplir sus amenazas; mas al suscitar el miedo, bloquea el impulso que lleva al pecado. Muestra su amor a los hombres retardándolos y haciéndoles ver los sufrimientos que les aguardan si permanecen en sus pecados.
Pero no actúa como la serpiente que ataca y muerde súbitamente a su presa. Dios, pues, es bueno. El Señor, la mayoría de las veces, prefiere advertir antes que actuar: "Lanzaré contra ellos todas mis saetas; constreñidos por el hambre, serán presa de las aves; sufrirán convulsiones incurables; mandaré contra ellos los dientes de las fieras y el veneno de las bestias que reptan por el polvo. Por fuera asolará la espada y, dentro de las cámaras, el pavor."
Dios no se encoleriza, como algunos suponen. La mayoría de las veces amenaza, y siempre exhorta a la humanidad mostrándole lo que debe hacer. Es este un excelente método: suscitar el temor para que evitemos el pecado. "El temor del Señor aleja de los pecados; sin temor no se puede ser tenido por justo", dice la Escritura. El castigo lo impone Dios movido no por su cólera, sino por su justicia, porque no es bueno omitir la justicia por causa nuestra.
Cada uno escoge su propio castigo cuando peca voluntariamente: "La culpa es de quien ha elegido; Dios no es responsable." "Pero si nuestra injusticia pone de manifiesto la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Que será, tal vez, injusto Dios al descargar su cólera? Seguro que no." Habla amenazando: "Afilaré mi espada y mi mano empuñará el juicio; tomaré venganza de mis enemigos y daré su merecido a quienes me odian. Embriagaré con sangre mis saetas, y mi espada devorará la carne ensangrentada de los heridos." Es evidente que quienes no son enemigos de la verdad y no odian al Logos tampoco odian su salvación, ni se hacen acreedores de los castigos que nacen del odio. "El temor del Señor es la plenitud de la sabiduría", dice la Sabiduría.
Por boca del profeta Amós, el Logos ha revelado de forma bien evidente su plan: "Los destruí como cuando Dios asoló Sodoma y Gomorra, y quedaron como tizón sacado de un incendio; pero ni aun así se convirtieron a mí, dice el Señor." Miren cómo Dios, por su bondad, busca nuestro arrepentimiento, y cómo en la misma amenaza muestra tácitamente su amor al hombre: "Les ocultaré mi rostro —dice— y les mostraré qué será de ellos." Allí donde el Señor dirige su mirada hay paz y alegría; mas de donde la aparta impera la maldad. Él no quiere mirar el mal porque es bueno. Pero si voluntariamente aparta sus ojos, el mal hace presa de la especie humana por su infidelidad.
Dice San Pablo: "Consideren, pues, la bondad de Dios y su severidad: esta con los que cayeron, aquella contigo, para que perseveres en la bondad" —es decir, en la fe de Cristo—. Él, que es bueno, precisamente porque lo es por naturaleza, odia el mal. Así pues, reconozco que su castigo alcanza a los infieles —el castigo es bueno y provechoso para quien lo recibe; es corrección también para quien ofrece resistencia—, pero no quiere la venganza. Esta consiste en devolver mal por mal y persigue la utilidad del vengador. Y no puede en modo alguno querer la venganza quien nos enseña a orar por quienes nos calumnian.
Comentario editorial · Platón y la función purgativa del castigo
La referencia a Platón proviene probablemente del diálogo Gorgias (476a-479e), donde Sócrates argumenta que el castigo justo purifica el alma del malhechor, siendo por tanto un beneficio para quien lo recibe. Esta doctrina platónica de la justicia como medicina del alma influyó profundamente en la teología cristiana primitiva. Clemente no ve contradicción entre la sabiduría pagana y la revelación bíblica cuando ambas apuntan a la misma verdad: que Dios corrige a quien ama, como un padre a sus hijos. Esta apertura a la filosofía griega distingue a la escuela alejandrina de posiciones más rigoristas como la de Tertuliano.
Comentario editorial · Las expresiones antropomórficas de Dios
Clemente aborda aquí un problema teológico delicado: las expresiones antropomórficas de la Escritura que atribuyen emociones humanas (ira, celos, arrepentimiento) a Dios. Influido por el platonismo, que concebía a Dios como inmutable e impasible, Clemente interpreta estas expresiones como lenguaje pedagógico adaptado a la capacidad humana de comprensión. Dios no experimenta pasiones como los humanos, pero se expresa así para mover a las personas al arrepentimiento. Este principio hermenéutico será desarrollado más sistemáticamente por Orígenes.
I, 8
Que Dios es bueno todos lo reconocen, aunque algunos muy a pesar suyo. En cambio, para demostrar que Dios es justo, me veré obligado a presentar, sin más discursos, el testimonio del Señor en un pasaje del Evangelio, donde dice de sí mismo que es uno: "Para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos en nosotros sean uno, a fin de que el mundo crea que tú me has enviado. Y yo les he entregado la gloria que tú me has dado, para que ellos sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para ser consumados en la unidad."
Dios es uno, más allá del uno y de la mónada misma. Por esa razón, el pronombre "tú", en su sentido deíctico-demostrativo, designa al Dios único que existe realmente, el Dios que fue, que es y que será. Un solo nombre se emplea para los tres tiempos: "El que es." Que este mismo ser, el Dios único, es "justo", lo atestigua el Señor en el Evangelio cuando dice: "Padre, los que me has dado, quiero que donde yo estoy también ellos estén conmigo, para que contemplen la gloria que me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te reconoció, mas yo te conocí; y estos también conocieron que tú me enviaste. Y yo les manifesté tu nombre y se lo daré a conocer."
Él es "para quienes lo odian el que castiga los pecados de los padres en los hijos, y él concede el perdón a quienes lo aman." El que coloca a unos a su derecha y otros a su izquierda, considerado como padre —puesto que es bueno—, recibe él solo el nombre de "bueno". En tanto que Hijo, y siendo su Logos, está en el Padre y recibe el nombre de "justo" por su recíproco amor; y esta denominación implica una igualdad de poder. Dice la Escritura: "Juzgará al hombre según sus obras." Dios nos ha revelado en Jesús la faz de la balanza equilibrada de la justicia, pues por medio de él hemos conocido a Dios bajo la imagen de una balanza de pesas iguales.
De él habla textualmente la Sabiduría: "Piedad y cólera están en él." Él es, en efecto, el Señor de ambas, "poderoso en el perdón, al tiempo que derrama su cólera; grande en su misericordia y grande también su reproche." Su misericordia y su reprensión tienen como fin la salvación de quienes son objeto de reprensión. Que "el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesús" es bueno, lo confiesa de nuevo el mismo Logos: "Pues es bueno con los ingratos y malvados." Y sigue: "Sean misericordiosos como su Padre lo es." Y añade de forma bien contundente: "Nadie es bueno sino mi Padre, que está en los Cielos." Y agrega: "Mi padre hace brillar su sol sobre todos."
Hay que resaltar aquí cómo reconoce que su Padre es bueno y que es el Creador; y que el Creador es justo, nadie lo discute. Y aún afirma: "Mi Padre hace llover sobre los justos y los injustos." Como autor de la lluvia, es el Creador del agua y de las nubes; en cuanto que provoca la lluvia sobre todos, reparte sus dones justa y equitativamente; y por ser bueno, hace llover igualmente sobre justos o injustos.
Con toda evidencia podemos, pues, concluir que Dios es uno y el mismo. El Espíritu Santo lo cantó en los Salmos: "Cuando veo tus cielos, hechura de tus manos", y "El que ha creado los cielos habita en ellos", y "El cielo es su trono." Por su parte, el Señor se ha expresado así en su oración: "Padre nuestro que estás en los cielos." Los cielos pertenecen a quien ha creado el mundo; de manera que, sin discusión, creemos que el Señor es también Hijo del Creador. Y si todos reconocen que el Creador es justo, y que el Señor es Hijo del Creador, se infiere que el Señor es Hijo del Justo.
Por eso dice también Pablo: "Ahora, sin ley, se ha manifestado la justicia de Dios", y de nuevo, para que mejor puedan comprender que Dios es justo: "La justicia de Dios se hace realidad por la fe en Jesucristo, en todos los que creen, pues no hay distinción." Y todavía, para dar testimonio de la verdad, escribe más adelante: "En el tiempo de la paciencia de Dios: para la demostración de su justicia en el tiempo presente, y para probar que es justo y que justifica a todo el que cree en Jesús." Y como sabe que el justo es bueno, lo pone de manifiesto cuando dice: "De suerte que la ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno", empleando las dos palabras para referirse al mismo poder.
Sin embargo, "nadie es bueno sino mi Padre"; pues bien, su mismo Padre, que es uno, se manifiesta en múltiples poderes. "Nadie ha conocido al Padre", pues él mismo lo era todo antes de la llegada de su Hijo. Así que es evidente, en verdad, que el Dios del universo es uno solo: bueno, justo, creador, Hijo en el Padre, para quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
No obstante, no es contrario al carácter del Logos salvador el reprender con solicitud. Se trata, sin duda, de una medicina de la divina bondad que hace nacer el rubor del pundonor e introduce la vergüenza ante el pecado. Si la exhortación es necesaria, no lo es menos la reprensión a la hora de herir ligeramente el alma que se ha descarriado, no para buscar su muerte, sino su salvación: un pequeño dolor para evitar una muerte eterna.
Grande es la sabiduría de su pedagogía, y diversos los modos de administrarla en orden a nuestra salvación. El Pedagogo da testimonio en favor de quienes practican el bien y exhorta a los elegidos a obrar mejor; desvía el impulso de quienes habían emprendido el camino del pecado y los anima a seguir una vida mejor. No deja sin testimonio a uno cuando atestigua en favor del otro, y es un beneficio muy grande el que se deriva de este testimonio. La cólera de Dios —si realmente es correcto tildar así a la reprensión de que nos hace objeto— es una prueba de su amor hacia el hombre. Es Dios quien, al descender, comparte los sentimientos del hombre, por quien también el Logos de Dios se ha hecho hombre.
Comentario editorial · La unidad divina más allá del número
La expresión "Dios es uno, más allá del uno y de la mónada misma" refleja la influencia del neoplatonismo incipiente y del platonismo medio. En esta tradición filosófica, el Uno (ἕν, hen) trasciende incluso la categoría de número, siendo principio de toda multiplicidad sin ser él mismo múltiple. Clemente aplica esta metafísica sofisticada a la teología trinitaria: Padre e Hijo son uno en esencia (οὐσία, ousía), aunque distintos en relación. Esta es una de las primeras formulaciones técnicas del misterio trinitario, anterior a la controversia arriana del siglo IV. El lenguaje es deliberadamente paradójico para expresar lo inefable de la naturaleza divina.
Comentario editorial · El Padre de Jesús es el Dios del Antiguo Testamento
La argumentación de Clemente aquí es crucial: demuestra que el Padre de Jesús es el mismo que el Creador del Antiguo Testamento mediante las propias palabras de Jesús sobre la providencia universal de Dios (el sol y la lluvia para todos). Esta identificación era negada por los gnósticos, que distinguían entre un Demiurgo creador ignorante o malévolo y el verdadero Dios Padre revelado por Cristo. Clemente insiste en que la bondad del Creador se manifiesta en su justicia imparcial, que no hace acepción de personas.
Capítulo 9. El método pedagógico del Logos: al mismo poder pertenece hacer el bien y castigar justamente
I, 9
Con todas sus fuerzas, el Pedagogo de la humanidad —nuestro divino Logos— se vuelca enteramente en salvar a sus pequeños, sirviéndose de los múltiples recursos de su sabiduría. Amonesta, reprende, increpa, corrige, amenaza, cura, promete y recompensa, atando como con múltiples riendas los impulsos irracionales de la naturaleza humana. En una palabra, el Señor actúa con nosotros del mismo modo que nosotros actuamos con nuestros propios hijos. La Sabiduría nos recomienda: "¿Tienes hijos? Edúcalos y doblégalos desde su infancia. ¿Tienes hijas? Cuida de su cuerpo y no les muestres un rostro complaciente". Y ciertamente, a nuestros hijos —niños y niñas— los amamos profundamente, por encima de cualquier otra cosa.
Hay quienes con sus palabras solo persiguen agradar a sus oyentes, pero su afecto es escaso hacia aquellos a quienes no desean conquistar. Otros, en cambio, reprueban con advertencias útiles: aunque duros en el presente, benefician de cara al futuro. El Señor no persigue el placer momentáneo, sino la felicidad venidera. Mas volvamos ahora a la bondadosa pedagogía del Logos, según el testimonio de los profetas.
Comentario editorial · El arsenal retórico del Pedagogo divino
En este capítulo, Clemente despliega un catálogo sistemático de los modos pedagógicos del Logos, aplicando las categorías de la retórica clásica a la acción divina. Cada forma de reprensión corresponde a una figura retórica específica y tiene una función terapéutica particular. Este enfoque muestra la formación retórica avanzada de Clemente y su convicción de que la Escritura emplea conscientemente los recursos del arte persuasivo para conducir al ser humano hacia la virtud. La clasificación minuciosa también refleja el gusto alejandrino por la taxonomía y el análisis sistemático.
I, 9
La amonestación es un reproche solícito que despierta la mente. Así amonesta el Pedagogo cuando dice en el Evangelio: "¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste!" De nuevo amonesta la Escritura: "Cometieron adulterio con la piedra y con el leño, y quemaron perfumes a Baal". La prueba más grande de su amor hacia el hombre es que, a pesar de conocer perfectamente la desvergüenza de este pueblo rebelde y obstinado, lo exhorta al arrepentimiento y exclama por boca de Ezequiel: "Hijo de hombre, habitas en medio de escorpiones; no obstante, háblales, por si acaso te escuchan."
Dice igualmente a Moisés: "Ve y di al Faraón que deje marchar al pueblo; pero bien sé yo que no los dejará partir". Pone de manifiesto dos cosas: su divinidad, pues conoce el futuro, y su amor hacia el hombre, ya que la ocasión para el arrepentimiento es gracia que concede al libre arbitrio del alma. Amonesta también preocupándose por el pueblo cuando, por boca de Isaías, dice: "Este pueblo me honra con sus labios, mas su corazón está lejos de mí" —lo cual es un reproche acusador—: "en vano me rinden culto, pues enseñan doctrinas que son mandatos de hombres". Aquí, la solicitud que revela el pecado muestra, por contraste, la salvación.
I, 9
La censura es un reproche por los malos actos que predispone para el bien. Un buen ejemplo nos lo ofrece por boca de Jeremías: "Se han convertido en caballos sementales; cada uno relincha tras la mujer de su prójimo. ¿Y no habré yo de castigarlos por tales acciones —exclama el Señor— y tomar venganza de semejante pueblo?" Por todas partes se entremezcla el temor, porque "el temor del Señor es el principio de la inteligencia espiritual". De nuevo, por boca de Oseas: "¿No los castigaré —exclama— porque tienen tratos con prostitutas, ofrecen sacrificios con los iniciados, y el pueblo inteligente se une a la prostitución?" Muestra claramente su pecado afirmando que tienen plena conciencia de él, como quienes pecan deliberadamente. La inteligencia es el ojo del alma. Por eso Israel significa "el que ve a Dios", es decir, el que comprende a Dios.
La reprensión es un reproche que se hace a los negligentes o despreocupados. El Pedagogo emplea este tipo de pedagogía cuando afirma por boca de Isaías: "Escuchad, cielos; presta oído, tierra; es el Señor quien habla: 'Engendré hijos y los eduqué, mas se han rebelado contra mí. El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño, pero Israel no me ha reconocido'". ¿No es, en verdad, extraordinario que quien conoce a Dios no reconozca al Señor? El buey y el asno —bestias torpes e insensatas— conocen a quien los alimenta; en cambio, Israel se muestra más necio que dichas bestias. Y por medio de Jeremías, tras exteriorizar su descontento, añade: "Me han abandonado, dice el Señor."
La reprimenda es una censura severa, un reproche duro. El Pedagogo se sirve de ella cuando exclama por boca de Isaías: "¡Ay de ustedes, hijos rebeldes! He aquí lo que dice el Señor: 'tomaron resoluciones sin mí; hicieron pactos ajenos a mi espíritu'". En cada caso se sirve del temor como un revulsivo muy duro; por medio de él abre las llagas y, a la vez, convierte al pueblo dirigiéndolo hacia la salvación, de forma parecida a como suele hacerse con la lana que se va a teñir: se le aplica una sustancia para que quede bien preparada y reciba el tinte de manera permanente.
Comentario editorial · Una etimología de Israel
La etimología propuesta por Clemente para Israel (hebreo Yisra-El, tradicionalmente interpretado como "el que lucha con Dios") como "el que ve a Dios" refleja la tradición exegética alejandrina de buscar significados alegóricos en los nombres bíblicos. Esta interpretación conecta con la teología mística posterior: ver a Dios es el fin último del alma purificada. Filón de Alejandría ya había propuesto esta etimología, que Clemente adopta y cristianiza.
I, 9
La reprobación consiste en exponer públicamente los pecados. El Pedagogo utiliza con frecuencia dicho procedimiento por considerarlo necesario, a causa del relajamiento de la mayoría en la fe. Habla por boca de Isaías: "Han abandonado al Señor y han despreciado al Santo de Israel". Y por boca de Jeremías: "El cielo está pasmado, y la tierra se ha quedado atónita, pues dos maldades cometió mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de agua viva, para excavarse aljibes agrietados que no podrán retener el agua". Y de nuevo, por boca del mismo profeta: "Ha pecado gravemente Jerusalén; por eso ha venido a ser objeto de horror. Todos cuantos la honraban la desprecian, pues han visto su vergüenza."
El Pedagogo suaviza la acerbidad y dureza de esta reprobación cuando exhorta por boca de Salomón, mostrando imperceptiblemente la bondad de su pedagogía: "No desprecies, hijo mío, la educación del Señor, ni tengas aversión a sus recriminaciones, porque el Señor educa a quienes ama y aflige con su azote al hijo que le es querido". Porque "el pecador huye de la reprensión". Por eso la Escritura añade: "Que el justo me repruebe y me eduque; pero que el aceite del pecador no adorne jamás mi cabeza."
La advertencia es un reproche que hace a uno más reflexivo. El Pedagogo no deja de utilizar dicha pedagogía; al contrario, afirma por boca de Jeremías: "¿Hasta cuándo gritaré sin que me escuchen? He aquí que sus oídos son incircuncisos". ¡Bendita tolerancia! De nuevo habla por boca del mismo profeta: "Todas las naciones son incircuncisas, mas este pueblo tiene el corazón incircunciso". "Porque es un pueblo desobediente: hijos —dice— que no tienen fe."
La supervisión es una severa reprensión. El Pedagogo se sirve de ella en el Evangelio: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que han sido enviados a ti!" La repetición del nombre confiere a la reprensión mayor dureza. En efecto, quien conoce a Dios, ¿cómo puede perseguir a sus seguidores? Por eso añade: "Su casa quedará desierta; porque les digo: a partir de ahora no esperarán verme hasta que digan: 'Bendito el que viene en nombre del Señor'". En efecto, si no reciben su bondad, conocerán su autoridad.
La invectiva es un reproche muy grave. El Pedagogo, a manera de medicina, se sirve de ella cuando habla por boca de Isaías: "¡Ay, nación pecadora, hijos inicuos, pueblo preñado de pecados, raza malvada!", y en el Evangelio, por boca de Juan: "Serpientes, raza de víboras". La acusación es un reproche dirigido a los pecadores. De ella se sirve el Pedagogo cuando habla por boca de David: "Un pueblo que no me conocía me sirvió y me escuchó obediente. Los extranjeros me engañaron y se extraviaron". Y por boca de Jeremías exclama: "Le he dado el libelo de repudio, mas la pérfida Judá no temió". Y de nuevo: "La casa de Israel me traicionó, y la casa de Judá renegó del Señor."
La queja es un reproche disimulado que, con singular habilidad, procura también nuestra salvación veladamente. El Pedagogo la utiliza cuando habla por boca de Jeremías: "¡Cómo ha quedado desierta la ciudad en otro tiempo populosa! Ha quedado viuda; la reina de las naciones se ha convertido en tributaria; ha pasado llorando todas las noches, en copioso llanto."
La burla es un reproche que ridiculiza. El divino Pedagogo utiliza este recurso cuando exclama por boca de Jeremías: "Has adquirido aspecto de ramera; te mostraste desvergonzada con todos. ¿Y no me has llamado a tu casa, a mí, que soy el padre y guardián de tu virginidad?" "¡La bella y graciosa prostituta, maestra de hechizos!" Con gran habilidad ha ridiculizado a la muchacha llamándola prostituta; luego el Pedagogo, cambiando de tono, la exhorta a recuperar la dignidad perdida.
La recriminación es una increpación legal, una increpación a los hijos que se rebelan contra el deber. Así educaba el Pedagogo hablando por boca de Moisés: "Hijos degenerados, generación mala y perversa, ¿así pagan al Señor? Este pueblo es insensato e ignorante. ¿No es este el mismo Padre que los ha creado?" Y por boca de Isaías dice: "Tus príncipes son desobedientes y cómplices de ladrones; aman el soborno y persiguen recompensas, y no hacen justicia al huérfano".
Comentario editorial · La técnica literaria del catálogo retórico
Este extenso catálogo de formas pedagógicas refleja el amor alejandrino por las clasificaciones sistemáticas, heredado de la tradición aristotélica. Pero más allá del virtuosismo retórico, Clemente persigue un objetivo teológico: mostrar que la Escritura, lejos de ser un texto primitivo o inconsistente, emplea conscientemente las técnicas más refinadas del arte persuasivo. Cada modo pedagógico tiene su función específica según el estado espiritual del oyente.
I, 9
En resumen: su técnica del empleo del temor es fuente de salvación, y el acto de salvar es propio del que es bueno. "La misericordia del Señor se extiende a toda carne; acusa, educa y enseña, como hace el pastor con su rebaño. Se apiada de quienes aceptan su correctivo y de los que se afanan por unirse a él." Con este procedimiento, "seiscientos mil hombres a pie, unidos por la dureza de su corazón, azotándolos, compadeciéndose de ellos, golpeándolos, prodigándoles sus cuidados, los custodió con la compasión y la educación". "Pues su severidad es tan grande como su misericordia."
Si es hermoso abstenerse de pecar, también lo es que el pecador se arrepienta; así como es un bien excelente estar siempre sano, también lo es recobrar la salud tras la enfermedad. Así nos advierte también por boca de Salomón: "Golpea a tu hijo con la vara, pero libra su alma de la muerte". Y de nuevo: "No ahorres al muchacho correctivos; castígalo con la vara, que no morirá." La reprobación y la reprimenda, como su mismo nombre indica, son golpes que afectan el alma: curan los pecados, alejan la muerte y reconducen a la moderación a quienes se han dejado llevar por la intemperancia.
El mismo Platón reconoce la gran fuerza del correctivo y la decisiva purificación producida por la reprobación: siguiendo al Logos, afirma que el hombre que ha cometido las mayores impurezas se convierte en incorregible y vicioso por no haber sido reprendido, ya que conviene que el hombre destinado a la felicidad sea purísimo y bellísimo. En efecto, si "los magistrados no deben ser objeto de temor cuando se obra bien", ¿cómo Dios, que es bueno por naturaleza, va a ser objeto de temor por parte del que no peca? "Mas si obreres mal, teme", dice el Apóstol.
Por esa razón y no otra, el Apóstol amonesta a cada una de las Iglesias siguiendo el ejemplo del Señor y, seguro de sí mismo y consciente de la flaqueza de sus oyentes, dice a los gálatas: "¿De modo que me he convertido en su enemigo por decirles la verdad?" Así como los sanos no necesitan los cuidados del médico porque están bien, pero sí necesitan de su arte los enfermos, así también nosotros, que en esta vida estamos enfermos —aquejados por nuestros deseos vergonzosos, por nuestros excesos vituperables y por las demás inflamaciones de las pasiones— necesitamos del Salvador.
I, 9
Él nos aplica remedios no solo dulces, sino también astringentes: las raíces amargas del temor detienen las úlceras de los pecados. He aquí por qué el temor, aunque amargo, es saludable. Nosotros, pues, enfermos, necesitamos del Salvador; extraviados, necesitamos quien nos guíe; ciegos, necesitamos quien nos dé luz; sedientos, necesitamos también de la fuente de la vida —quienes de ella beben nunca más tendrán sed—; muertos, necesitamos de la vida; rebaño, necesitamos pastor; niños, necesitamos pedagogos.
Y toda la humanidad necesita a Jesús, no sea que, sin guía y pecadores, caigamos al final en la condenación. Antes al contrario, es preciso que seamos separados de la paja y amontonados en el granero del Padre. "El bieldo está en la mano" del Señor, y con él separa del trigo la paja destinada al fuego.
Comentario editorial · Una letanía de necesidades humanas
Esta letanía de necesidades humanas es uno de los pasajes más conmovedores del Pedagogo. Clemente enumera las múltiples dimensiones de la condición humana caída (enfermedad, extravío, ceguera, sed, muerte, desamparo, infancia) para mostrar que Cristo es la respuesta integral a todas ellas. La acumulación retórica crea un efecto de urgencia y universalidad: todos, sin excepción, necesitamos al Salvador. Esta visión antropológica realista pero no pesimista es característica del optimismo terapéutico alejandrino.
I, 9
Si queremos, nos es posible comprender la profunda sabiduría del Santo Pastor y Pedagogo, el Todopoderoso Logos del Padre, cuando se expresa alegóricamente y se llama a sí mismo pastor del rebaño. Él es también pedagogo de los niños. Es así como, por boca de Ezequiel, se dirige a los ancianos ofreciéndoles el ejemplo de una solicitud esmerada: "Curaré al que está herido, cuidaré del que está débil, convertiré al extraviado, y los apacentaré yo mismo en mi monte santo". Esta es la promesa propia de un buen pastor.
¡Haznos pastar a nosotros, criaturas, como si fuésemos un rebaño! ¡Sí, Maestro, sácianos con tu pasto, que es tu justicia! ¡Sí, Pedagogo, condúcenos hasta tu monte santo, hasta tu Iglesia, la que se yergue, la que domina más allá de las nubes, la que toca los Cielos! "Yo seré —añade— su pastor y estaré cerca de ellos", como la túnica de su piel. Quiere salvar mi carne revistiéndola con la túnica de la incorruptibilidad, y ha untado mi piel. "Ellos me llamarán —continúa—, y yo les diré: 'Heme aquí'". Me has oído mucho antes de lo que yo esperaba, Señor. "Si cruzan las aguas, no resbalarán, dice el Señor." No caeremos en la corrupción nosotros que dirigimos nuestros pasos a la incorruptibilidad, porque Él nos sostendrá. Lo ha dicho Él, y así lo ha dispuesto.
Comentario editorial · La Iglesia como monte santo
La imagen de la Iglesia como monte santo que toca los cielos conecta con múltiples tradiciones bíblicas: el monte Sion, el monte de la Transfiguración, el monte desde donde Jesús pronuncia las Bienaventuranzas. Para Clemente, la Iglesia no es primariamente una institución terrena sino una realidad celestial y espiritual, el espacio donde el Logos-Pastor reúne y alimenta a su rebaño. Esta eclesiología elevada, típica de la patrística alejandrina, enfatiza la dimensión mística y sacramental de la comunidad cristiana más que su estructura jerárquica. Es una visión que influirá en la teología del Cuerpo místico de Cristo.
I, 9
Así es nuestro Pedagogo: justamente bueno. "No vine —ha dicho— para ser servido, sino para servir". Por eso el Evangelio nos lo muestra fatigado: se fatiga por nosotros y ha prometido "dar su alma como rescate para muchos". Solo el buen pastor —añade— se comporta así. ¡Qué gran donador, que entrega por nosotros lo mejor que tiene: su alma! ¡Qué gran bienhechor y amigo del hombre, que ha querido ser su hermano cuando podía ser su Señor! Y hasta tal extremo ha llegado su bondad, que ha muerto por nosotros.
Pero su justicia clama a gritos: "Si vienen a mí con rectitud, yo seré recto con ustedes, dice el Señor de los ejércitos". Llama alegóricamente sendas tortuosas a las reprensiones de los pecadores. El camino recto y natural, simbolizado con la letra iôta del nombre de Jesús, es su bondad, que es inmutable e inconmovible para quienes, por obediencia, han creído. "Porque he llamado y no me han escuchado —dice el Señor—; han desechado mis consejos y no han hecho caso de mis amonestaciones". Y es que la reprensión del Señor es utilísima.
Sobre este particular exclama por boca de David: "Generación perversa y exasperante; generación que no conoce la rectitud de corazón y cuyo espíritu no ha sido fiel a Dios. No ha guardado la alianza de Dios y no ha querido caminar en su ley." He aquí los motivos de su ira, por lo que el juez viene a administrar justicia contra quienes han rehusado seguir una vida honesta. Razón por la que se comporta con ellos con extrema dureza, por ver si puede frenar el impulso que los conduce a la muerte.
Por boca de David explica con suma claridad los motivos de su amenaza: "No creyeron en sus maravillas; cuando Él los mataba, ellos lo buscaban y se convertían; andaban por algún tiempo junto a Dios y se acordaban de que Dios era su ayuda, y de que Dios, el Altísimo, era su redención". Él sabe que el temor es lo que los mueve a convertirse, y que desprecian su amor por los hombres. Por regla general suele estimarse en poco el bien del que disponemos, mientras que se estima sobremanera el que aviva el recuerdo y suscita en nosotros el amoroso temor de la justicia.
I, 9
Hay dos tipos de temor: uno que conlleva el respeto, y es el temor que experimentan los ciudadanos con respecto a los gobernantes honestos; este es el que nosotros sentimos para con Dios, semejante al que los niños prudentes muestran para con sus padres. "Un caballo indómito —dice la Escritura— se hace ingobernable, y un hijo abandonado a su suerte se hace insolente". El otro tipo de temor conlleva el odio; es el temor de los esclavos ante los amos severos; es el que tenían los hebreos hacia Dios, a quien no consideraban como padre, sino como amo.
Creo que existe notable diferencia —casi total— entre las cosas que por la piedad se llevan a cabo libre y voluntariamente, y las que se hacen a la fuerza. Dice la Escritura: "Él es compasivo; sanará sus pecados y a ellos no los destruirá; refrenará a menudo su cólera y no encenderá todo su furor". Mira cómo se muestra la justicia del Pedagogo en sus castigos, y la bondad de Dios en su misericordia. Por eso David —es decir, el Espíritu Santo que habla por su boca—, aunando ambas funciones, dice del mismo Dios en el Salmo: "Justicia y juicio son el fundamento de su trono; misericordia y verdad caminarán delante de su faz". Reconoce que pertenecen al mismo poder juzgar y beneficiar; en ambas funciones se ejerce el poder del Justo que discierne entre lo justo y lo injusto.
El mismo ser es justo y bueno, y es en verdad Dios. Él es todo y el mismo en todo, porque él es Dios, Dios único. Así como el espejo no es malo por reflejar el rostro de un hombre feo —pues lo refleja tal cual es—, ni lo es tampoco el médico para el enfermo porque le diga que tiene fiebre —el médico no le produce la fiebre, solo le indica que la tiene—, así tampoco es malo el que acusa con dureza a quien está enfermo del alma. No infunde en él los pecados, sino que le muestra los que tiene, con el fin de que se aleje de semejante forma de proceder.
Así, Dios es bueno en sí mismo y es justo con respecto a nosotros, y es justo porque es bueno. Por mediación del Logos nos muestra su justicia desde el momento en que ha llegado a ser Padre. Antes de llegar a ser Creador era, ciertamente, Dios. Era bueno, razón por la que ha querido ser Creador y Padre. Y esta disposición amorosa es el principio de su justicia, tanto cuando hace brillar su sol como cuando envía a su Hijo. Este, en primer lugar, anunció la buena justicia venida del Cielo: "Nadie —dijo— ha conocido al Hijo sino el Padre", y "nadie ha conocido al Padre sino el Hijo."
Este recíproco y similar conocimiento es un símbolo de la justicia desde sus orígenes. Luego, esta descendió hasta los hombres en la letra y en la carne —es decir, por el Logos y por la Ley— para empujar a la humanidad a una conversión salvadora, pues aquella justicia era buena. Y sin embargo, ¿tú no obedeces a Dios? No olvides que tú eres el responsable de la venida del Juez.
Comentario editorial · Temor filial versus temor servil
Esta distinción entre dos tipos de temor será fundamental en la espiritualidad cristiana posterior. El temor servil, motivado por el miedo al castigo, es propio de quien no ha comprendido plenamente el amor de Dios y permanece en una relación externa con él. El temor filial, en cambio, es el respeto reverencial del hijo que no quiere ofender a un padre amado. San Agustín desarrollará esta distinción en su comentario a la Primera Carta de Juan, y Santo Tomás de Aquino la sistematizará en la Summa Theologica. Para Clemente, el paso del temor servil al filial marca la transición de la Ley al Evangelio, del Antiguo al Nuevo Testamento, manteniendo la continuidad en la diversidad de etapas pedagógicas.