Capítulo 10. El mismo Dios, por mediación del mismo Logos, aparta a la humanidad de los pecados con amenazas y la salva exhortándola
I, 10
Pues bien, si hemos demostrado que el método de reprender a la humanidad, por ser bueno y saludable, es adoptado por el Logos, y que es un sistema idóneo para lograr el arrepentimiento y evitar el pecado, deberíamos ahora considerar la dulzura del Logos. Hemos visto que el Logos es justo y que sus advertencias exhortan a la salvación, y cómo, por medio de ellas, quiere —por voluntad de su Padre— hacernos conocer lo bello y lo útil.
Fíjate ahora en esto: lo bello es propio del género encomiástico, y lo útil del deliberativo. El género deliberativo reviste dos formas: una persuade y otra disuade; el género encomiástico puede ser de censura o de alabanza. La inteligencia deliberativa es, en parte, exhortatoria y, en parte, disuasoria. Asimismo, el género encomiástico adopta en ocasiones la forma de censura y a veces la forma de alabanza. De todo esto se ocupa especialmente el Pedagogo justo, que busca nuestro bien. Como ya hemos hablado antes del género de la censura y del de la disuasión, debemos considerar ahora el género exhortatorio y laudatorio, equilibrando así, como en una balanza, los dos platillos iguales del Justo.
Comentario editorial · Los géneros retóricos aplicados a la pedagogía divina
Clemente utiliza aquí la clasificación aristotélica de los géneros retóricos para mostrar la completitud de la pedagogía divina. El género deliberativo (que persuade o disuade sobre acciones futuras) corresponde a la exhortación y disuasión del Logos. El género epidíctico o encomiástico (que alaba o censura) corresponde a la alabanza de los justos y la censura de los pecadores. Esta aplicación sistemática de la teoría retórica a la teología es característica del método alejandrino: la cultura clásica no se rechaza sino que se pone al servicio de la comprensión de la revelación. El Logos divino emplea todos los recursos del arte persuasivo humano porque él mismo es la Razón que inspira tanto la filosofía como la fe.
I, 10
El Pedagogo, por boca de Salomón, se sirve de la exhortación para lograr cosas provechosas: "A ustedes, hombres, los exhorto, y hago sentir mi voz a los hijos de los hombres: escúchenme, porque voy a decir cosas importantes", y lo que sigue. Aconseja cosas provechosas para la salvación, porque el consejo se acepta o se rechaza, como hace por medio de David: "Feliz el varón que no sigue el consejo de los impíos, ni pone sus pies en el camino de los pecadores, ni se sienta en la cátedra de los maledicentes, sino que tiene puesta su voluntad en la ley del Señor".
Hay tres formas de aconsejar: la primera consiste en tomar los ejemplos del pasado, por ejemplo, mostrando qué castigo sufrieron los hebreos por haber rendido culto idólatra al becerro de oro, o qué sufrieron cuando fornicaron, y otros por el estilo. La segunda consiste en tomar ejemplo de cosas del presente, perceptibles a los sentidos, como aquel consejo que les fue dado a los que preguntaban al Señor: "¿Eres tú el Cristo, o debemos esperar a otro?" "Vayan y digan a Juan: 'Los ciegos ven, los sordos oyen, los leprosos están limpios, los muertos resucitan, y bienaventurado aquel que no se escandalice de mí'". Todo esto lo había profetizado David: "Como lo oímos, así también lo hemos visto".
La tercera forma de aconsejar se sirve de acontecimientos futuros y exhorta a precaverse de las consecuencias. Así se lee: los que caigan en el pecado "serán arrojados a las tinieblas exteriores; allí será el llanto y el rechinar de dientes", y otros semejantes. Todo esto muestra de forma palmaria que el Señor exhorta a la humanidad a la salvación empleando todo tipo de recursos. Mediante exhortaciones aligera las faltas: disminuye el deseo y, al mismo tiempo, infunde esperanza de salvación.
Dice por medio de Ezequiel: "Si se convierten de todo corazón y dicen: 'Padre', yo los escucharé como a un pueblo santo". Y de nuevo: "Vengan a mí cuantos andan fatigados y agobiados, que yo los aliviaré", y otras palabras pronunciadas por el mismo Señor.
I, 10
Clarísimamente, por boca de Salomón, nos invita al bien: "Bienaventurado el hombre que ha encontrado la sabiduría, y el mortal que ha encontrado la prudencia". Porque el bien lo alcanza quien lo persigue y suele dejarse ver por quien lo ha hallado. En cuanto a la prudencia, explica por boca de Jeremías: "Somos dichosos, Israel —dice—, porque conocemos lo que agrada a Dios", y lo conocemos por mediación del Logos, y por él somos dichosos y prudentes. El conocimiento es llamado prudencia por el mismo profeta: "Escucha, Israel, preceptos de vida; pon oídos para conocer la prudencia".
Por boca de Moisés promete también, por su gran amor hacia los hombres, una recompensa a quienes se esfuerzan por su salvación. Afirma: "Los conduciré a la buena tierra que el Señor prometió a sus padres". Y luego, por boca de Isaías exclama: "Los conduciré al monte santo y los alegraré". Su pedagogía reviste aún otra forma: "la bienaventuranza". "Bienaventurado —dice por boca de David— el que no ha cometido pecado; será como el árbol plantado junto a las corrientes de las aguas, que dará fruto a su tiempo, y cuyas hojas no se marchitarán —con estas palabras se refiere a la resurrección— y todo cuanto emprenda tendrá éxito". Así quiere que seamos nosotros, para que consigamos la felicidad.
Pero de nuevo, equilibrando el otro platillo de la balanza —el de la justicia— exclama: "No así, no así son los impíos, sino como el polvo que dispersa el viento por la faz de la tierra". El Pedagogo, mostrando el castigo de los pecadores y la fugacidad e inconsciencia de su suerte, los aparta de la culpa por medio de la pena. Y exhibiendo la amenaza del castigo merecido, pone de manifiesto la bondad de su obra, porque con gran habilidad nos conduce, por este medio, al disfrute y plena posesión de lo bello.
Sí, ciertamente, también nos invita al conocimiento cuando, por boca de Jeremías, dice: "Si anduvieras por el camino de Dios, vivirías en paz eternamente". Cuando evoca la recompensa del conocimiento, invita a los inteligentes a desearlo. Y a los que se han extraviado, perdonándolos, les dice: "vuelve, vuelve como el vendimiador vuelve a su cesta". ¿Te percatas de la bondad de su justicia, que exhorta al arrepentimiento?
También por medio de Jeremías hace resplandecer la verdad ante los que se han equivocado: "Así dice el Señor: 'Deténganse en los caminos; miren y pregunten cuáles son las sendas eternas del Señor, cuál es el buen camino; marchen por él y encontrarán la purificación para sus almas'". Nos conduce al arrepentimiento porque quiere salvarnos; por eso nos dice: si te arrepientes, "el Señor purificará tu corazón y el de tu descendencia".
Comentario editorial · El Salmo 1
El Salmo primero, citado aquí, será fundamental en toda la espiritualidad cristiana como imagen de la vida floreciente del justo. La interpretación alegórica que Clemente ofrece de las hojas que no se marchitan (referencia a la resurrección) es típica de su método exegético. La Escritura tiene múltiples niveles de significado: literal, moral, alegórico y anagógico (que apunta a las realidades últimas). Esta hermenéutica de los sentidos múltiples será sistematizada por Orígenes y transmitida a toda la tradición cristiana.
I, 10
Ciertamente hubiera podido apelar en defensa de esta tesis a algunos filósofos, que afirman que solo el hombre perfecto es digno de alabanza y que el malvado es digno de vituperio. Mas como algunos acusan al Ser bienaventurado diciendo que no tiene actividad alguna ni en sí mismo ni respecto a ningún otro —pues ignoran su amor al hombre—, en atención a estos y también a causa de quienes no unen lo justo con lo bueno, hemos prescindido de este razonamiento.
Sería inútil, por tanto, afirmar que la pedagogía del reproche y del castigo es adecuada para los hombres, pues —dicen— todos los hombres son necios; solo Dios es sabio y de Él procede la sabiduría. Solo Él es perfecto y, por tanto, solo Él es digno de alabanza. Mas yo no comparto dicho razonamiento; antes al contrario, afirmo que la alabanza y el reproche, o cualquiera otra cosa semejante al reproche y a la alabanza, son remedios altamente necesarios para los hombres. Los que son difíciles de sanar se rinden a la amenaza, al reproche y al castigo, como el hierro al fuego, al martillo o al yunque. Los otros, los que se entregan a la fe, como autodidactas y libres, crecen con la alabanza, pues "la virtud alabada, como un árbol, crece".
Me parece que Pitágoras de Samos lo había comprendido bien cuando prescribe: "Si has obrado mal, repréndete; si has obrado bien, alégrate". Reprender se dice también advertir, pues etimológicamente la advertencia es lo que despierta la mente; por eso el género reprobatorio forma la mente.
Comentario editorial · Contra el dios ocioso de los epicúreos
Clemente alude aquí a la teología epicúrea, que concebía a los dioses como seres perfectamente felices pero completamente desinteresados de los asuntos humanos. Para Epicuro, atribuir a la divinidad preocupación por el mundo implicaría imperfección (necesidad, deseo, cambio). Este concepto de un dios ocioso (deus otiosus) era incompatible con el cristianismo y su doctrina de la Providencia activa. Clemente insiste en que el verdadero Dios no es ajeno a su creación sino íntimamente involucrado en ella por amor, sin que esto implique imperfección. La actividad divina brota de la plenitud del amor, no de la carencia.
I, 10
Mas son miles los preceptos que se han ideado para conseguir el bien y huir del mal: "Los impíos —dice el Señor— no tienen paz". De ahí que, por boca de Salomón, recomienda a los niños tener cuidado: "Hijo mío, cuida de que no te seduzcan los pecadores; no sigas su camino; no vayas con ellos si te llaman y dicen: 'Ven con nosotros, compartamos la sangre inocente, borremos injustamente de la tierra al hombre justo, hagámoslo desaparecer como hace el Hades con los vivos'". Esta profecía se refiere a la Pasión del Señor.
A través de Ezequiel, la Vida da también preceptos: "El alma que peca morirá; pero el hombre justo, el que practica la justicia y no come por los montes, ni alza sus ojos a ídolos de la casa de Israel, ni deshonra a la mujer de su prójimo, ni se acerca a su mujer durante la menstruación; el que no oprime a nadie y paga lo que debe; el que no roba y comparte su pan con el hambriento, viste al desnudo, no presta con usura ni exige interés, aparta su mano de la maldad, administra con rectitud justicia entre su prójimo; devuelve la prenda al deudor, no comete robo, da su pan al hambriento, viste al desnudo, no presta con usura ni exige interés, aparta su mano de la violencia, administra honrada justicia entre un hombre y su vecino, vive según mis leyes y observa mis preceptos para ponerlos en práctica —ese tal es justo y tendrá vida, dice el Señor". En estas palabras se esboza un modelo de vida cristiana y una admirable exhortación a la vida feliz, al premio de la bienaventuranza, a la vida eterna.
Comentario editorial · El código ético de Ezequiel: prefiguración de la moral cristiana
Este extenso pasaje de Ezequiel 18 presenta un código de conducta que Clemente interpreta como prefiguración de la ética cristiana. Combina elementos rituales (no comer por los montes, es decir, no participar en cultos idolátricos), éticos (justicia en las relaciones comerciales y sociales) y caritativos (compartir con el necesitado). Para Clemente, esta síntesis ya apunta hacia el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo que Cristo proclamará como resumen de toda la Ley. La continuidad entre Antiguo y Nuevo Testamento se manifiesta en que ambos exigen la misma rectitud de corazón y la misma caridad activa hacia el prójimo.
I, 11
En la medida de nuestras fuerzas, hemos mostrado cómo ama a los hombres y cómo los educa. Ha realizado una magnífica descripción de sí mismo comparándose a "un grano de mostaza": al hacerlo, expresa alegóricamente la naturaleza espiritual y fecunda del Logos que es sembrado, y su gran poder, susceptible aún de acrecentarse.
Por otra parte, muestra por la acritud de la semilla que el carácter acre y purificador de su censura es provechoso. Por medio de este grano diminuto, entendido en su sentido alegórico, se dispensa a toda la humanidad el gran beneficio de la salvación. En efecto, la miel, que es muy dulce, genera la bilis, como el bien genera el desprecio, que es la causa del pecado. La mostaza, en cambio, disminuye la bilis —es decir, la cólera— y corta la inflamación, esto es, la soberbia. Del Logos, pues, proviene la verdadera curación del alma y un duradero equilibrio.
Comentario editorial · La alegoría del grano de mostaza: medicina espiritual
Clemente interpreta la parábola evangélica del grano de mostaza () desde una perspectiva médico-pedagógica característica de su época. La mostaza, planta conocida en la antigüedad por sus propiedades terapéuticas, simboliza la acción dual del Logos como médico del alma.
La comparación con la miel es especialmente reveladora desde el punto de vista de la medicina antigua: mientras lo dulce (que representa el placer sin freno) genera efectos nocivos como la bilis —asociada en la teoría humoral con la ira y el desequilibrio—, lo acre de la mostaza (la corrección pedagógica) produce efectos curativos. Esta imagen médica será recurrente en el Pedagogo: el Logos no solo enseña, sino que sana.
La pequeñez del grano contrasta con su poder transformador, anticipando la doctrina paulina de que Dios elige lo débil para confundir a lo fuerte (). El equilibrio (eutaxia) que produce es un ideal profundamente griego: la mesura, el justo medio aristotélico, aplicado ahora a la vida espiritual cristiana.
I, 11
Antiguamente el Logos educaba por medio de Moisés; luego lo hizo por mediación de los profetas. El mismo Moisés fue también un profeta. La Ley es la pedagogía de los niños difíciles: "Una vez saciados —dice—, se levantaron para divertirse". Dice saciados, no alimentados, para indicar el irracional exceso de alimento.
Y como después de saciarse irracionalmente se dedicaron a divertirse también irracionalmente, vino a continuación la Ley y el temor para alejarlos de los pecados y exhortarlos a la recta conducta, preparándolos así para obedecer dócilmente al verdadero Pedagogo: el mismo y único Logos que se adapta según la necesidad. "La Ley ha sido dada —dice San Pablo— para conducirnos a Cristo".
Comentario editorial · Éxodo 32:6: comer y divertirse
La cita "una vez saciados, se levantaron para divertirse" proviene de Éxodo 32:6, durante el episodio del becerro de oro. Clemente distingue sutilmente entre alimentarse (lo racional, lo necesario) y saciarse (lo excesivo, lo irracional). Esta distinción refleja el ideal griego de moderación aplicado a la interpretación bíblica. La Ley mosaica aparece así como un régimen disciplinario provisional, destinado a formar al pueblo inmaduro hasta la llegada del Pedagogo definitivo. Esta lectura sigue a Pablo en Gálatas 3:24-25: la Ley fue nuestro pedagogo (paidagōgós) hasta Cristo.
I, 11
Es, pues, evidente que el Logos de Dios, el Hijo Jesús —el único, verdadero, bueno, justo, a imagen y semejanza del Padre— es nuestro Pedagogo. A él nos ha confiado Dios, como el padre cariñoso confía sus hijos a un noble pedagogo. Él mismo nos lo ha manifestado con toda claridad: "Este es mi hijo amado, escúchenlo".
El divino Pedagogo merece toda nuestra confianza porque está adornado de tres preciadísimos dones: de ciencia, de benevolencia y de franqueza. De ciencia, porque es la sabiduría del Padre: "toda sabiduría procede del Señor y permanece en Él eternamente". De franqueza, porque Él es Dios y Creador: "todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho". De benevolencia, porque se ha entregado a sí mismo como víctima única por nosotros: "El buen pastor da su vida por sus ovejas", y Él efectivamente la dio.
La benevolencia no es más que querer el bien del prójimo por él mismo.
Comentario editorial · La tríada pedagógica perfecta: ciencia, franqueza y benevolencia
Clemente estructura las cualidades del Pedagogo divino siguiendo un esquema filosófico helenístico que elevaba al maestro ideal. Los tres dones corresponden a:
Ciencia (epistēmē): El Pedagogo conoce perfectamente lo que enseña porque es la Sabiduría misma del Padre. En la tradición sapiencial judía (), toda sabiduría procede de Dios; Clemente identifica esta Sabiduría con el Logos-Cristo preexistente, siguiendo la teología joánica.
Franqueza (parrēsía): Término griego que denota tanto la libertad de palabra como la autoridad legítima para hablar. El Pedagogo puede hablar con autoridad absoluta porque es Creador (). No es un maestro que repite doctrinas ajenas, sino el Autor mismo de la realidad que explica. Esta autoridad creadora fundamenta toda su pedagogía.
Benevolencia (eunoia): El amor desinteresado que busca el bien del otro sin esperar beneficio propio. La prueba definitiva es la cruz (). Un pedagogo humano puede ser competente y autorizado, pero solo Cristo añade el amor redentor que entrega la vida por sus discípulos.
Esta tríada anticipa los desarrollos posteriores sobre la perfección del maestro cristiano en la tradición patrística, especialmente en Juan Crisóstomo y Gregorio Nacianceno, donde se combinarán ortodoxia doctrinal, autoridad eclesial y caridad pastoral.
I, 12
En relación con lo anteriormente expuesto, podríamos concluir afirmando que Jesús, nuestro Pedagogo, nos ha diseñado el modelo de la verdadera vida y asimismo ha educado al hombre en Cristo. Su carácter no es excesivamente terrible ni demasiado blando por su bondad. Da preceptos y les imprime un carácter tal que sus mandamientos pueden cumplirse.
Él mismo, me parece a mí, es quien formó al hombre del barro, lo regeneró con el agua, lo perfeccionó por el Espíritu, lo educó con la palabra, dirigiéndolo con santos preceptos a la adopción de hijo y a la salvación, para transformar al hombre terrestre en un hombre santo y celestial, para que se cumpla plenamente la palabra de Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza".
Comentario editorial · Las cinco etapas de la obra pedagógica del Logos
Clemente traza aquí toda la economía salvífica (oikonomía) del Logos en cinco momentos progresivos que abarcan desde la creación hasta la glorificación:
1. Creación (del barro): El Logos como agente creador forma al hombre del polvo (). Esta primera acción pedagógica establece la naturaleza humana original.
2. Regeneración (por el agua): El bautismo como nuevo nacimiento (). El agua bautismal deshace los efectos del pecado y restaura la imagen divina.
3. Perfección (por el Espíritu): La acción santificadora del Espíritu Santo que perfecciona la obra bautismal. Aquí Clemente anticipa la doctrina trinitaria desarrollada plenamente en Nicea.
4. Educación (por la Palabra): La pedagogía moral mediante los mandamientos y enseñanzas de Cristo. Esta es la obra específica del Pedagogo.
5. Glorificación (adopción filial): El objetivo final es transformar al hombre terrestre (choïkós, de ) en hombre celestial (epouránios), es decir, divinizarlo por la gracia.
Esta síntesis muestra cómo el mismo Logos actúa en todas las fases de la historia humana, desde Génesis hasta la escatología. No hay ruptura entre creación y redención, sino pedagogía continuada del único Maestro divino.
I, 12
Cristo ha sido la realización plena de lo que Dios había dicho; los demás hombres, en cambio, se asemejan a Dios solo de un modo figurado. Nosotros, hijos de un Padre bueno, criaturas de un buen Pedagogo, cumplamos la voluntad del Padre, escuchemos al Logos e imprimamos en nosotros la vida realmente salvadora de nuestro Salvador.
Llevando ya desde ahora la vida celestial que nos diviniza, unjámonos con el óleo de la alegría siempre viva y del perfume de la pureza, tomando la vida del Señor como un modelo radiante de incorruptibilidad y siguiendo las huellas de Dios. A Él solo corresponde el desvelo —y en él se emplea a fondo— a ver cómo y de qué manera puede mejorar la vida de los hombres.
Comentario editorial · Una vida celestial que diviniza
La expresión "vida celestial que nos diviniza" es fundamental en la teología clementina. La theōsis (divinización) no significa convertirnos en dioses por naturaleza, sino participar por gracia en la vida divina. Este concepto, central en la patrística oriental (especialmente en Atanasio de Alejandría: "Dios se hizo hombre para que el hombre se haga dios"), ya está presente de modo embrionario en Clemente. La unción con "óleo de la alegría" alude tanto a la unción bautismal como a la alegría escatológica prometida a los fieles.
I, 12
Pero de cara a una vida libre y sin preocupaciones, nos propone el tipo de un viajero —fácil de seguir y también de dejar— para llegar a la vida eterna y feliz, y nos enseña que cada uno de nosotros debe bastarse a sí mismo: "No se preocupen —dice— por el día de mañana". El que se ha comprometido a seguir a Cristo debe bastarse a sí mismo, sin servidores, y vivir al día. Porque no somos educados para la guerra, sino para la paz.
Para la guerra hay que hacer muchos preparativos, y el bienestar necesita ricas provisiones; mas la paz y el amor, hermanas sencillas y tranquilas, no necesitan armas ni provisiones extraordinarias. Su alimento es el Logos, el Logos que tiene la misión de guiarnos y educarnos. De Él aprendemos la simplicidad, la modestia, todo el amor a la libertad, a los hombres y al bien. Solo por el Logos y unidos a la virtud nos hacemos semejantes a Dios.
Pero tú, trabaja sin desmayo, pues serás como ni esperas ni puedes llegar a imaginar.
Comentario editorial · La autarquía cristiana: del estoicismo al evangelio
La imagen del "viajero" (hodītes) con equipaje ligero es profundamente evangélica (; ), pero Clemente la traduce hábilmente al lenguaje filosófico de la autarquía (autárkeia), ideal estoico de la autosuficiencia del sabio.
Sin embargo, la autarquía cristiana difiere radicalmente del orgullo estoico: no se basa en la apatía (ausencia de pasiones) ni en la arrogancia del sabio que se basta a sí mismo por su virtud natural, sino en la confianza filial en el Padre providente. El cristiano vive "al día" no por ascetismo orgulloso, sino por fe en que Dios cuida de sus hijos como el padre de .
La contraposición guerra/paz es igualmente significativa. Las filosofías paganas (especialmente el estoicismo) usaban constantemente metáforas militares para la vida moral: el sabio es un guerrero contra las pasiones. Clemente cristianiza y transforma esta imagen: no somos educados para la guerra (interior) sino para la paz (irēnē), que es fruto del Espíritu (). El combate espiritual existe, pero el fin último es la paz, no la victoria marcial del yo sobre sí mismo.
La promesa final ("serás como ni esperas ni puedes llegar a imaginar") es un hermoso anticipo de : lo que Dios prepara excede nuestra imaginación.
I, 12
Así como hay un estilo de vida propio de los filósofos, otro de los rétores, otro de los luchadores, así también hay una noble disposición del alma que corresponde a la voluntad amante del bien y que es consecuencia de la pedagogía de Cristo. Tal educación confiere a nuestro comportamiento una radiante nobleza: marcha, reposo, alimento, sueño, lecho, dieta y demás aspectos de la educación, puesto que la formación que nos imparte el Logos no resulta en exceso tensa, sino tonificante.
Por esa razón el Logos se llama Salvador: porque ha revelado a los hombres estos remedios espirituales para conducirlos a una delicada sensibilidad moral y a su salvación. Él sabe esperar el momento oportuno, reprender los vicios, hacer patente las causas de las pasiones, cortar la raíz de los apetitos irracionales, señalar aquello de lo que debemos abstenernos y dispensar a los enfermos todos los antídotos para su salvación. Esta es la más grande y regia obra de Dios: salvar a la humanidad.
Comentario editorial · Una formación tonificante, no tensa
La expresión "formación que no resulta en exceso tensa, sino tonificante" revela la sensibilidad clementina al equilibrio griego. A diferencia de corrientes ascéticas extremas (como el encratismo que rechazaba el matrimonio y el vino), Clemente propone una ascesis moderada, equilibrada, humana. El cristianismo no busca destruir la naturaleza sino perfeccionarla. Los "remedios espirituales" que menciona incluirán, en los libros siguientes del Pedagogo, prescripciones concretas sobre comida, vestido, diversiones y vida social, siempre buscando el justo medio entre el exceso y la privación total.
I, 12
Los enfermos muestran su disgusto con el médico que no prescribe ningún remedio para la curación. ¿Cómo no vamos a estar nosotros sumamente agradecidos al divino Pedagogo, que no calla ni transige con las desobediencias que conducen a la ruina, sino que, por el contrario, las reprende, corta los impulsos que llevan a ellas y enseña las normas adecuadas para la recta conducta? Tengamos, pues, para con Él nuestro mayor agradecimiento.
El animal racional —me refiero al hombre— ¿qué otra cosa debe hacer, digamos, sino contemplar lo divino? Pero es preciso también —digo yo— contemplar la naturaleza humana y vivir guiados por la verdad, amando por encima de todo al Pedagogo mismo y sus preceptos, pues ambas cosas son armónicas y concordes. Siguiendo dicho modelo, debemos vivir una vida verdadera, estableciendo una buena unión entre nuestros actos y el Logos, sintonizando con el Pedagogo.
Capítulo 13. La buena acción está en conformidad con la recta razón; por tanto, el pecado es un acto contrario al Logos
I, 13
Todo lo que es contrario a la recta razón es pecado. Así es como los filósofos estiman que deben definirse las pasiones más generales: la concupiscencia es un apetito que no obedece a la razón; el temor es una aversión que no obedece a la razón; el placer es una exaltación del alma que no obedece a la razón; la tristeza es una contracción del alma que no obedece a la razón.
Si la desobediencia al Logos genera pecado, ¿cómo no concluir necesariamente que la obediencia al Logos —que llamamos fe— genera lo que llamamos deber? La virtud en sí misma, en efecto, es una disposición del alma que se ajusta a la razón a lo largo de toda la vida. Y lo que es más importante: la filosofía se define como el estudio de la recta razón. De donde se deduce que todo fallo procedente de una aberración de la razón se llame justamente error.
Comentario editorial · Estoicismo y cristianismo: las pasiones como irracionalidad
Clemente adopta aquí casi literalmente la teoría estoica de las pasiones (páthē). Para los estoicos, las pasiones son movimientos desordenados del alma que se apartan de la razón (lógos). Las cuatro pasiones primarias son:
Concupiscencia (epithymía): deseo irracional de algo futuro percibido como bien.
Temor (phóbos): aversión irracional hacia algo futuro percibido como mal.
Placer (hēdonē): exaltación irracional ante algo presente percibido como bien.
Tristeza (lýpē): contracción irracional ante algo presente percibido como mal.
La innovación clementina es profundamente teológica: identifica el Logos filosófico (la razón universal estoica) con el Logos cristológico (Cristo, la Palabra de Dios). Así, pecar no es solo actuar irracionalmente (como dirían los estoicos), sino desobedecer al Logos divino que es Cristo. La moral racional se convierte en moral teológica sin perder su dimensión filosófica.
La consecuencia es radical: la fe (pístis) no es solo asentimiento intelectual a verdades reveladas, sino obediencia existencial al Logos. Y esta obediencia genera el "deber" (kathēkon, término técnico estoico). El deber cristiano es la virtud estoica elevada y transfigurada por la gracia del Logos encarnado.
I, 13
Así se explica que, cuando el primer hombre pecó y desobedeció a Dios, "se hizo semejante —dice— a las bestias". El hombre que ha pecado contra la razón ha sido comparado a las bestias y, con toda justicia, considerado como irracional.
Por eso dice la Sabiduría: "El libidinoso y adúltero es un caballo en celo", comparándolo a un animal irracional. Y añade: "relincha cuando se le quiere montar". El hombre —afirma— ya no habla, pues no es ya racional el que comete una falta contra la razón, sino más bien un animal irracional entregado a los apetitos desordenados, donde tienen su sede todos los placeres.
Comentario editorial · Salmo 49:12: semejante a las bestias
La cita "se hizo semejante a las bestias" proviene del Salmo 49:12. Clemente interpreta el pecado de Adán como una pérdida de la racionalidad, que es precisamente la imagen divina en el hombre. La bestialización por el pecado no es metáfora poética, sino descripción antropológica: quien peca pierde su humanidad específica, que consiste en ser racional. La comparación del adúltero con el "caballo en celo" (de Jeremías 5:8) subraya que la lujuria reduce al hombre a puro instinto animal. Recuperar la imagen divina, es decir, la racionalidad obediente al Logos, es tarea del Pedagogo.
I, 13
Los hijos de los estoicos denominan a la acción recta, realizada por obediencia al Logos, "lo conveniente" y "el deber". El deber es lo conveniente, y la obediencia se funda en los preceptos. Estos, que se identifican con los mandamientos, tienen como objetivo la verdad y conducen hasta el extremo del deseo, que es concebido como fin. Así, fin de la religión es el reposo eterno en Dios, y nuestro fin es el inicio de la eternidad.
El acto virtuoso de la religión cumple el deber por medio de las obras; por eso, lógicamente, los deberes consisten en obras y no en palabras.
Comentario editorial · El kathēkon cristiano: entre filosofía y evangelio
El término griego kathēkon (literalmente "lo que conviene" o "lo apropiado") es central en la ética estoica. Designa las acciones que corresponden a la naturaleza racional del ser humano y que, por tanto, debe realizar. No es todavía la acción perfecta del sabio (katórthōma), pero es el deber objetivo accesible a todos los seres racionales.
Clemente cristianiza este concepto filosófico de manera brillante: el kathēkon cristiano no se funda en la naturaleza racional abstracta, sino en los mandamientos (entolai) del Señor, que son "máximas divinas" prescritas como "mandamientos espirituales". El deber cristiano tiene una doble dimensión:
Dimensión vertical: obediencia a los preceptos divinos que nos unen a Dios. El fin religioso es el "reposo eterno en Dios" (katápausis), alusión a y a la vida eterna prometida.
Dimensión horizontal: utilidad para nosotros mismos y para los demás (los preceptos son "de gran utilidad"). Esta dimensión comunitaria y práctica distingue el deber cristiano del ideal estoico del sabio solitario que busca solo la perfección individual.
La insistencia en que el deber "consiste en obras y no en palabras" retoma la crítica de : la fe sin obras es muerta. El cristianismo clementino no es mero intelectualismo gnóstico, sino praxis moral concreta guiada por el Logos. Es por lo demás un locus clasico en literatura patrística de este siglo (ver Clemente de Roma)
I, 13
El comportamiento propio del cristianismo es una actividad del alma racional inspirada en el buen juicio y en el deseo de verdad, realizada por medio del cuerpo a ella unido y compañero suyo en la lucha. El deber, pues, en esta vida consiste en seguir la voluntad de Dios y de Cristo, camino correcto para la vida eterna. La vida de los cristianos que ahora enseñamos es un conjunto de acciones racionales, la práctica perseverante de lo que nos enseña el Logos, que nosotros llamamos fe.
Este conjunto está constituido por los preceptos del Señor, los cuales, tratándose de máximas divinas, nos han sido prescritos como mandamientos espirituales de gran utilidad para nosotros mismos y para los demás. Dichos preceptos vuelven a nosotros como vuelve rebotando la pelota hacia quien la ha lanzado.
Comentario editorial · El cristianismo como sistema de acciones racionales
La definición del cristianismo como "conjunto de acciones racionales" (systēma práxeōn logikōn) es característica del racionalismo moral clementino. No hay oposición entre razón y fe, sino continuidad: la fe es obediencia racional al Logos. La imagen de la pelota que rebota es sorprendentemente pedagógica y moderna: los mandamientos divinos no son imposiciones arbitrarias externas, sino leyes que responden a nuestra naturaleza creada a imagen de Dios. Al cumplirlos, no solo obedecemos, sino que recibimos de vuelta el beneficio de vivir conforme a nuestra verdadera identidad. Es una ética eudemonista (busca la felicidad genuina) pero teocéntrica (esa felicidad consiste en la unión con Dios).
I, 13
Así pues, los deberes, dentro del plan de la pedagogía divina, son necesarios: han sido prescritos por Dios y preparados para nuestra salvación. Y ya que, entre las cosas necesarias, unas lo son únicamente para nuestra vida de aquí, y otras, en cambio, nos prestan alas para volar desde aquí a la vida feliz de allí arriba, de igual suerte, entre los deberes, unos conciernen a la vida y otros han sido ordenados con miras a la vida feliz.
Los que están prescritos para la vida pagana ya son conocidos por casi todos; mas los relativos a la vida feliz, y merced a los cuales se conquista la vida eterna de allí arriba, podemos examinarlos esquemáticamente a partir de las mismas Escrituras.
Comentario editorial · La jerarquía de deberes: tierra y cielo en tensión fecunda
Clemente establece una distinción fundamental que anticipa desarrollos teológicos posteriores (como la distinción medieval entre preceptos y consejos evangélicos). Hay dos tipos de deberes:
Deberes temporales: necesarios para la vida terrena (kathēkonta bíou). Incluyen las obligaciones naturales y sociales: trabajar, comer, vestirse, cumplir deberes familiares y cívicos. Estos son conocidos por "casi todos" porque corresponden a la ley natural accesible a la razón humana universal.
Deberes eternos: ordenados a la vida feliz celestial (kathēkonta makariótētos). Estos son específicamente cristianos y se conocen solo por las Escrituras. Incluyen virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) y prácticas específicamente evangélicas.
Esta doble moral no es dualismo maniqueo que desprecie lo corporal o temporal, sino reconocimiento realista de que el cristiano vive simultáneamente en dos planos: como ciudadano de la tierra y como ciudadano del cielo. El Pedagogo forma para ambas ciudadanías, pero con clara prioridad escatológica: los deberes eternos son superiores porque "nos prestan alas para volar" hacia la vida de arriba.
La expresión "vida pagana" (bíos hellēnikós) no tiene aquí connotación peyorativa, sino que designa simplemente la vida común a todos los hombres, cristianos o no. Clemente no desprecia la ética natural filosófica, pero la considera insuficiente sin la revelación cristiana que añade los deberes específicamente soteriológicos.