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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 10 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minHomilía 1. En el principio hizo Dios el cielo y la tierra
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minHomilía 1. En el principio hizo Dios el cielo y la tierra
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minHomilía 2. La tierra estaba invisible e inacabada
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minHomilía 2. La tierra estaba invisible e inacabada
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minHomilía 2. La tierra estaba invisible e inacabada
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minHomilía 3. Sobre el firmamento
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minHomilía 3. Sobre el firmamento
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minHomilía 3. Sobre el firmamento
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 11 minHomilía 4. Sobre la reunión de las aguas
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 8 minHomilía 4. Sobre la reunión de las aguas
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 10 minHomilía 5. La germinación de la tierra
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 10 minHomilía 5. La germinación de la tierra
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minHomilía 5. La germinación de la tierra
  15. Sesión 15 · Parte 4 · ≈ 10 minHomilía 6. La creación de los cuerpos luminosos
  16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 11 minHomilía 6. La creación de los cuerpos luminosos
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minHomilía 6. La creación de los cuerpos luminosos
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 minHomilía 7. La creación de los seres que se mueven
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 10 minHomilía 7. La creación de los seres que se mueven
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 5 minHomilía 7. La creación de los seres que se mueven
  21. Sesión 21 · Parte 5 · ≈ 9 minHomilía 8. La creación de las aves y de los animales acuáticos
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 9 minHomilía 8. La creación de las aves y de los animales acuáticos
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minHomilía 8. La creación de las aves y de los animales acuáticos
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minHomilía 9. La creación de los animales terrestres
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 14 minHomilía 9. La creación de los animales terrestres
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 4 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — PADRES CAPADOCIOS

    Índice de la obra

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    Basilio de Cesarea

    Hexamerón (nueve homilías sobre la creación)

    Texto base: versión inglesa de Blomfield Jackson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 8 (1895), «The Hexæmeron» · nueve homilías

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 228 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué enseña a un pueblo trabajador, en Cuaresma, el relato de los seis días de la creación? Basilio de Cesarea responde en nueve homilías que van del «En el principio» () a la creación de los animales terrestres (). En ellas discute con los filósofos griegos sobre el origen del mundo (Hom. 1, § 2), niega que el mal tenga un principio propio (Hom. 2, § 4), rechaza la astrología (Hom. 6, § 5) y recorre peces, aves y bestias como pruebas de la sabiduría del Creador (Hom. 7 a 9). Jackson, su traductor inglés, escribe que cuándo y dónde se pronunciaron es «muy incierto», que fueron sermones de Cuaresma dichos en los oficios de la mañana y de la tarde y que parece que los escucharon trabajadores; la tradición los llama Hexamerón, «seis días».

    Ficha de la obra

    AutorBasilio de Cesarea (330 – 1 o 2 de enero de 379), obispo de Cesarea de Capadocia desde 370 y uno de los tres Padres Capadocios, con su hermano Gregorio de Nisa y Gregorio de Nacianzo (Wikipedia)
    TítuloHexamerón, en la tradición inglesa Hexaemeron (Homiliae in hexaemeron, en latín): «nueve homilías sobre la creación»
    FechaIncierta. Wikipedia (artículo «Hexaemeron») la fija en 378; Jackson dice que cuándo y dónde se pronunciaron es «muy incierto» y recoge el parecer de Fialon de que pertenece a los años del episcopado
    GéneroHomilías predicadas, no un libro escrito de antemano: Jackson recoge la opinión de que se predicaron improvisadas y dice que el texto «muestra señales de ser una composición no escrita»
    ExtensiónNueve homilías, de 6 a 11 secciones cada una; unas 42 000 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 8, versión de Blomfield Jackson, tal como la recoge New Advent
    El recorrido es el de Génesis 1. Las homilías 1 y 2 comentan el principio, la tierra «invisible e inacabada», las tinieblas y la luz; la 3, el firmamento; la 4, la reunión de las aguas; la 5, la tierra que produce plantas; la 6, los astros; la 7, los seres que se mueven en las aguas; la 8, las aves y los animales acuáticos; la 9, los animales de la tierra, y termina con el anuncio de que el hombre será tema de otra ocasión. Una figura, justo debajo, muestra qué versículos cita cada homilía.
    Comentario editorial · Los seis días de Génesis 1 en las nueve homilías
    Las homilías no se reparten un día cada una: los dos primeros días de la narración llenan tres homilías (la 1 y la 2 el primero; la 3 el segundo), el cuarto una sola y los animales —que Génesis 1 reparte entre el quinto y el sexto día— ocupan las homilías 7 a 9. La figura registra qué versículos de Génesis 1 cita cada homilía al comentarlos (las referencias bíblicas marcadas en este texto), no lo que cada una trata en detalle; la homilía 3 cita de pasada Génesis 1:20.
    Tabla de nueve filas (las homilías) por seis columnas (los días de Génesis 1) con un punto en el día cuyos versículos cita cada homilía: la 1 y la 2 el día 1; la 3 el día 2; la 4 y la 5 el día 3; la 6 el día 4; la 7 el día 5; la 8 los días 5 y 6; la 9 el día 6.
    Los versículos de Génesis 1 que cita cada homilía, por día de la creación. Títulos abreviados de la edición. · Elaboración propia para Eusebeia · Génesis 1 y los versículos citados en el texto de esta edición

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Blomfield Jackson, publicada en 1895 en el volumen 8 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), Basil: Letters and Select Works, editada por Philip Schaff y Henry Wace. Según New Advent, el volumen apareció en Buffalo (Christian Literature Publishing Co.) y el texto de esta obra es el de New Advent, revisado y editado por Kevin Knight; la ficha de CCEL anota la edición de Edimburgo (T&T Clark), también de 1895. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    La autoría de la versión inglesa consta: New Advent la da a Blomfield Jackson, y la portada que reproduce CCEL dice «Translated with Notes by the Rev. Blomfield Jackson, M.A., Vicar of Saint Bartholomew's, Moor Lane, and Fellow of King's College, London». En su prefacio, fechado en Londres en diciembre de 1894, Jackson cuenta que el Hexamerón se añadió al volumen como la más famosa y popular de las obras de Basilio en la Antigüedad y como muestra de su método y su habilidad exegética y de su poder como predicador improvisado, y que no conoce otra versión inglesa de la obra. La edición que usó es la de los benedictinos tal como la reimprimió Migne. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división en nueve homilías, los rótulos que las encabezan y la numeración en secciones de cada una son los de la edición inglesa de base; las dos primeras homilías llevan por rótulo el versículo que comentan. El epub omite el prefacio, la introducción y las notas de Jackson, y las referencias entre corchetes que trae son las notas de la edición, que New Advent integra en el texto: algunas de las notas de Jackson, con su fuente, pasan resumidas a las notas de este libro. La traducción castellana conserva el número de cada sección tal como está en el inglés, y los localizadores («Hom. 3, § 4») siguen esa numeración. Dos rarezas se conservan y se avisan en su lugar: el griego va entre corchetes y partido ya en el inglés (Hom. 8, § 7), y una referencia bíblica heredada del inglés no existe tal como está escrita (Hom. 5, § 5).

    Homilía 1. En el principio hizo Dios el cielo y la tierra

    Hom. 1, § 1

    1. Es justo que quien comienza a narrar la formación del mundo empiece por el buen orden que reina en las cosas visibles. Voy a hablar de la creación del cielo y de la tierra, que no fue espontánea, como algunos han imaginado, sino que tuvo su origen en Dios. ¿Qué oído es digno de escuchar semejante relato? ¡Con cuánto fervor debe prepararse el alma para recibir tan altas lecciones! ¡Cuán pura debe estar de los afectos carnales, cuán despejada de las inquietudes mundanas, cuán activa y ardiente en sus indagaciones, cuán deseosa de hallar en cuanto la rodea una idea de Dios que sea digna de Él!
    Pero antes de sopesar la justicia de estas observaciones, antes de examinar todo el sentido contenido en estas pocas palabras, veamos quién nos las dirige. Porque, si la debilidad de nuestra inteligencia no nos permite penetrar la profundidad de los pensamientos del autor, sin embargo seremos arrastrados involuntariamente a dar fe a sus palabras por la fuerza de su autoridad. Ahora bien, es Moisés quien ha compuesto esta historia; Moisés, que, cuando aún estaba al pecho, es descrito como sumamente hermoso; Moisés, a quien adoptó la hija de Faraón; que recibió de ella una educación real y que tuvo por maestros a los sabios de Egipto; Moisés, que desdeñó la pompa de la realeza y, para compartir la humilde condición de sus compatriotas, prefirió ser perseguido con el pueblo de Dios antes que gozar de los deleites pasajeros del pecado; Moisés, que recibió de la naturaleza un amor tan grande a la justicia que, incluso antes de que se le confiara la guía del pueblo de Dios, fue impulsado, por un horror natural al mal, a perseguir a los malhechores hasta el punto de castigarlos con la muerte; Moisés, que, desterrado por aquellos de quienes había sido bienhechor, se apresuró a escapar de los tumultos de Egipto y se refugió en Etiopía, viviendo allí lejos de sus ocupaciones anteriores y pasando cuarenta años en la contemplación de la naturaleza; Moisés, finalmente, que a la edad de ochenta años vio a Dios, en cuanto es posible al hombre verlo; o mejor, como antes no se había concedido al hombre verlo, según el testimonio del mismo Dios, «Si hay entre vosotros profeta, yo, el Señor, me daré a conocer a él en visión y le hablaré en sueños. No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa; con él hablaré boca a boca, claramente y no en enigmas.» Es este hombre, a quien Dios juzgó digno de contemplarlo cara a cara, como los ángeles, quien nos comunica lo que ha aprendido de Dios. Escuchemos, pues, estas palabras de verdad escritas sin el auxilio de las «palabras persuasivas de humana sabiduría» [] por dictado del Espíritu Santo; palabras destinadas a producir no el aplauso de quienes las oyen, sino la salvación de quienes son instruidos por ellas.

    Hom. 1, § 2

    2. «En el principio creó Dios el cielo y la tierra.» [] Me detengo asombrado ante este pensamiento. ¿Qué diré primero? ¿Por dónde comenzaré mi relato? ¿Mostraré la vanidad de los gentiles? ¿Exaltaré la verdad de nuestra fe? Los filósofos de Grecia se han afanado mucho por explicar la naturaleza, y ni uno solo de sus sistemas ha permanecido firme e inquebrantable, pues cada uno ha sido derribado por el que le sucedió. Es vano refutarlos; ellos bastan por sí mismos para destruirse unos a otros. Quienes eran demasiado ignorantes para elevarse al conocimiento de un Dios no podían admitir que una causa inteligente presidiera el nacimiento del Universo; error primario que los arrastró a tristes consecuencias. Unos recurrieron a principios materiales y atribuyeron el origen del Universo a los elementos del mundo. Otros imaginaron que los átomos, y los cuerpos indivisibles, las moléculas y los conductos, forman por su unión la naturaleza del mundo visible. Los átomos, al reunirse o separarse, producen nacimientos y muertes, y los cuerpos más duraderos deben su consistencia solo a la fuerza de su mutua adhesión: ¡una verdadera telaraña tejida por estos escritores, que dan al cielo, a la tierra y al mar un origen tan débil y tan poca consistencia! Es porque no supieron decir «En el principio creó Dios el cielo y la tierra.» Engañados por su ateísmo innato, les pareció que nada gobernaba ni regía el universo, y que todo estaba entregado al azar. Para guardarnos de este error, el escritor de la creación, desde las primeras palabras, ilumina nuestro entendimiento con el nombre de Dios; «En el principio creó Dios.» ¡Qué orden tan admirable! Primero establece un principio, para que no se suponga que el mundo jamás tuvo principio. Luego añade «Creó» para mostrar que lo hecho era una parte muy pequeña del poder del Creador. Del mismo modo que el alfarero, después de haber fabricado con igual esfuerzo un gran número de vasijas, no ha agotado ni su arte ni su talento, así el Hacedor del Universo, cuyo poder creador, lejos de estar limitado por un solo mundo, podía extenderse al infinito, necesitó solo el impulso de su voluntad para traer al ser las inmensidades del mundo visible. Si, pues, el mundo tiene un principio, y si ha sido creado, pregunta quién le dio ese principio y quién fue el Creador: o, más bien, por temor a que los razonamientos humanos te hagan extraviarte de la verdad, Moisés se ha anticipado a la indagación grabando en nuestros corazones, como un sello y una salvaguardia, el nombre augusto de Dios: «En el principio creó Dios» — Es Él, Naturaleza bienhechora, Bondad sin medida, objeto digno de amor para todos los seres dotados de razón, la belleza más deseable, el origen de todo lo que existe, la fuente de la vida, luz intelectual, sabiduría impenetrable: es Él quien «en el principio creó el cielo y la tierra.»
    Comentario editorial · Los sistemas que Basilio resume
    En este pasaje Basilio repasa lo que los sabios de Grecia decían del origen del mundo: unos lo hacían salir de un elemento material, otros de átomos que se juntan y se separan. En su nota, Jackson remite el atomismo a Leucipo y a Demócrito de Abdera, del siglo V a. C., y a Epicuro después, y cita a Cicerón (Sobre la naturaleza de los dioses I, 24-26), para quien así el cielo y la tierra resultaban de «un concurso fortuito». Wikipedia coincide en lo esencial: Leucipo y su discípulo Demócrito propusieron en el siglo V a. C. que la materia está hecha de partículas indivisibles, los «átomos». Basilio responde más adelante que el mundo visible tuvo un principio (§ 3).

    Hom. 1, § 3

    3. No imagines, pues, ¡oh hombre!, que el mundo visible carece de principio; y porque los cuerpos celestes se mueven en curso circular, y es difícil a nuestros sentidos definir el punto donde comienza el círculo, no creas que los cuerpos impulsados por un movimiento circular sean, por naturaleza, sin principio. Sin duda el círculo (me refiero a la figura plana descrita por una sola línea) escapa a nuestra percepción, y nos es imposible descubrir dónde comienza o dónde termina; pero no por ello debemos creer que carece de principio. Aunque no lo percibamos, comienza realmente en un punto donde el dibujante ha comenzado a trazarlo a un cierto radio del centro. Así pues, viendo que las figuras que se mueven en círculo vuelven siempre sobre sí mismas, sin interrumpir un solo instante la regularidad de su curso, no imaginéis vanamente que el mundo no tiene ni principio ni fin. «Porque la apariencia de este mundo pasa» [] y «El cielo y la tierra pasarán.» [] Los dogmas del fin y de la renovación del mundo están anunciados de antemano en estas breves palabras puestas al comienzo de la historia inspirada. «En el principio hizo Dios.» Lo que comenzó en el tiempo está condenado a acabar en el tiempo. Si ha habido un principio, no dudes del fin. ¿De qué sirven, pues, la geometría, los cálculos de la aritmética, el estudio de los sólidos y la tan famosa astronomía, esta laboriosa vanidad, si quienes los cultivan imaginan que este mundo visible es coeterno con el Creador de todas las cosas, con Dios mismo; si atribuyen a este mundo limitado, que tiene un cuerpo material, la misma gloria que a la naturaleza incomprensible e invisible; si no pueden concebir que un todo, cuyas partes están sujetas a corrupción y cambio, deba acabar necesariamente por someterse él mismo al destino de sus partes? Pero se han «envilecido en sus razonamientos, y su necio corazón se ha entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.» [] Algunos han afirmado que el cielo coexiste con Dios desde toda la eternidad; otros, que es Dios mismo sin principio ni fin, y la causa de la disposición particular de todas las cosas.

    Hom. 1, § 4

    4. Un día, sin duda, su terrible condenación será mayor por toda esta sabiduría mundana, puesto que, viendo con tanta claridad en las ciencias vanas, han cerrado voluntariamente los ojos al conocimiento de la verdad. Estos hombres que miden las distancias de las estrellas y las describen, tanto las del Norte, que brillan siempre espléndidamente ante nuestra vista, como las del polo sur, visibles para los habitantes del Sur pero desconocidas para nosotros; que dividen la zona septentrional y el círculo del Zodíaco en una infinidad de partes; que observan con exactitud el curso de las estrellas, sus posiciones fijas, sus declinaciones, su retorno y el tiempo que cada una tarda en hacer su revolución; estos hombres, digo, lo han descubierto todo excepto una cosa: el hecho de que Dios es el Creador del universo y el Juez justo que retribuye todas las acciones de la vida según su mérito. No han sabido elevarse a la idea del Consumador de todas las cosas, consecuencia de la doctrina del juicio, ni ver que el mundo debe cambiar si las almas pasan de esta vida a una vida nueva. En realidad, así como la naturaleza de la vida presente presenta afinidad con este mundo, en la vida futura nuestras almas gozarán de una suerte conforme a su nueva condición. Pero están tan lejos de aplicar estas verdades, que solo se ríen cuando les anunciamos el fin de todas las cosas y la regeneración del siglo. Puesto que el principio precede naturalmente a lo que de él se deriva, el escritor, por necesidad, al hablarnos de cosas que tuvieron su origen en el tiempo, pone al comienzo de su narración estas palabras: «En el principio creó Dios.»

    Hom. 1, § 5

    5. Parece, en efecto, que aun antes de este mundo existía un orden de cosas del cual nuestra mente puede formarse idea, pero del que nada podemos decir, porque es asunto demasiado sublime para hombres que no son sino principiantes y aún son niños en el conocimiento. El nacimiento del mundo fue precedido por una condición de cosas adecuada para el ejercicio de poderes sobrenaturales, que sobrepasa los límites del tiempo, eterna e infinita. El Creador y Demiurgo del universo perfeccionó en ella sus obras: luz espiritual para la felicidad de todos los que aman al Señor, naturalezas intelectuales e invisibles, toda la ordenada disposición de las inteligencias puras que están fuera del alcance de nuestra mente y cuyos nombres ni siquiera podemos descubrir. Ellas llenan la esencia de este mundo invisible, como nos enseña Pablo. «Porque por él fueron creadas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles, ya sean tronos, ya dominios, ya principados, ya potestades» [] o virtudes o ejércitos de ángeles o las dignidades de los arcángeles. A este mundo, finalmente, fue necesario añadir un mundo nuevo, escuela y lugar de entrenamiento donde las almas de los hombres habrían de ser instruidas, y morada de seres destinados a nacer y a morir. Así fue creada, con una naturaleza análoga a la de este mundo y a la de los animales y plantas que en él viven, la sucesión del tiempo, que avanza y pasa sin cesar y nunca se detiene en su curso. ¿No es esta la naturaleza del tiempo, donde el pasado ya no es, el futuro no existe y el presente escapa antes de ser reconocido? Y tal es también la naturaleza de la criatura que vive en el tiempo, condenada a crecer o a perecer sin descanso y sin estabilidad segura. Es, pues, conveniente que los cuerpos de los animales y de las plantas, obligados a seguir una especie de corriente y arrastrados por el movimiento que los lleva al nacimiento o a la muerte, vivan en medio de un entorno cuya naturaleza concuerda con seres sujetos al cambio. Así, el escritor que sabiamente nos habla del nacimiento del Universo no deja de poner estas palabras al comienzo de la narración. «En el principio creó Dios;» es decir, en el principio del tiempo. Por tanto, si hace aparecer el mundo en el principio, no es prueba de que su nacimiento haya precedido al de todas las demás cosas que fueron hechas. Solo quiere decirnos que, después del mundo invisible e intelectual, el mundo visible, el mundo de los sentidos, comenzó a existir.
    El primer movimiento es llamado principio. «Obrar rectamente es el principio del buen camino.» Las acciones justas son verdaderamente los primeros pasos hacia una vida feliz. Llamamos asimismo «principio» a la parte esencial y primera de la que procede una cosa, como el fundamento de una casa, la quilla de una nave; en este sentido se dice: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría,» [] es decir, que la piedad es, por así decirlo, la base y el fundamento de la perfección. El arte es también el principio de las obras de los artistas; la destreza de Bezaleel comenzó el ornamento del tabernáculo. A menudo, incluso el bien que es la causa final es el principio de las acciones. Así, la aprobación de Dios es el principio de la limosna, y el fin que nos está reservado en las promesas es el principio de todos los esfuerzos virtuosos.

    Hom. 1, § 6

    6. Siendo tales los diferentes sentidos de la palabra principio, veamos si no tenemos aquí todos los significados. Podrás conocer la época en que comenzó la formación de este mundo si, remontándote al pasado, procuras descubrir el primer día. Hallarás así cuál fue el primer movimiento del tiempo; luego, que la creación de los cielos y de la tierra fue como el fundamento y la base; y después, que una razón inteligente, como lo indica la palabra principio, presidió el orden de las cosas visibles. Descubrirás, finalmente, que el mundo no fue concebido por azar y sin razón, sino para un fin útil y para gran provecho de todos los seres, pues es realmente la escuela donde las almas racionales se ejercitan, el campo de entrenamiento donde aprenden a conocer a Dios; pues por la vista de las cosas visibles y sensibles la mente es conducida, como por la mano, a la contemplación de las cosas invisibles. «Porque,» como dice el Apóstol, «las cosas invisibles de él, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo entendidas por las cosas hechas.» [] Quizá estas palabras «En el principio creó Dios» significan el momento rápido e imperceptible de la creación. El principio, en efecto, es indivisible e instantáneo. El principio del camino no es aún el camino, y el de la casa no es aún la casa; así el principio del tiempo no es aún tiempo, ni siquiera la más pequeña partícula de él. Si algún objetor nos dijera que el principio es un tiempo, debería entonces, como bien sabe, someterlo a la división del tiempo: un principio, un medio y un fin. Ahora bien, es ridículo imaginar un principio de un principio. Además, si dividimos el principio en dos, hacemos dos en lugar de uno, o más bien hacemos varios, y en realidad hacemos una infinidad, pues todo lo que está dividido es divisible hasta el infinito. Así pues, si se dice: «En el principio creó Dios,» es para enseñarnos que por la voluntad de Dios el mundo surgió en menos de un instante; y es para transmitir este sentido más claramente por lo que otros intérpretes han dicho: «Dios hizo sumariamente» es decir, todo a la vez y en un momento. Pero basta en cuanto al principio, con solo exponer unos pocos puntos entre muchos.

    Hom. 1, § 7

    7. Entre las artes, unas tienen por objeto la producción, otras la práctica, otras la teoría. El objeto de estas últimas es el ejercicio del pensamiento; el de las segundas, el movimiento del cuerpo. Si este cesa, todo se detiene; nada más se ve. Así, la danza y la música no tienen nada detrás; no tienen más objeto que ellas mismas. En las artes creadoras, por el contrario, la obra dura después de la operación. Tal es la arquitectura; tales son las artes que trabajan la madera, el bronce y el tejido, todas aquellas, en fin, que, aun después que el artesano ha desaparecido, sirven para mostrar una inteligencia industriosa y para que el arquitecto, el obrero del bronce o el tejedor sean admirados por su obra. Así pues, para mostrar que el mundo es una obra de arte expuesta a la contemplación de todos los hombres; para hacerles conocer a Aquel que lo creó, Moisés no emplea otra palabra. «En el principio,» dice «Dios creó.» No dice «Dios obró,» «Dios formó,» sino «Dios creó.» Entre los que han imaginado que el mundo coexistió con Dios desde toda la eternidad, muchos han negado que fuera creado por Dios, y dicen que existe espontáneamente, como la sombra de este poder. Dios, dicen, es la causa, pero una causa involuntaria, como el cuerpo es la causa de la sombra y la llama la causa del resplandor. Es para corregir este error por lo que el profeta afirma con tanta precisión: «En el principio creó Dios.» No hizo de la cosa misma la causa de su existencia. Siendo bueno, hizo una obra útil; siendo sabio, la hizo todo lo más bella posible; siendo poderoso, la hizo muy grande. Moisés casi nos muestra el dedo del supremo artífice apoderándose de la sustancia del universo, formando las distintas partes en un perfecto acuerdo y haciendo que del conjunto resulte una sinfonía armoniosa.
    «En el principio creó Dios el cielo y la tierra.» Al nombrar los dos extremos, sugiere la sustancia del mundo entero, concediendo al cielo el privilegio de la antigüedad y poniendo a la tierra en el segundo rango. Todos los seres intermedios fueron creados al mismo tiempo que los extremos. Así, aunque no se mencionan los elementos, el fuego, el agua y el aire, imagina que todos estaban combinados juntos, y hallarás agua, aire y fuego en la tierra. Pues el fuego salta de las piedras; el hierro extraído de la tierra produce, por fricción, fuego en abundancia. ¡Hecho maravilloso! El fuego encerrado en los cuerpos se oculta allí sin dañarlos, pero apenas es liberado consume aquello que hasta entonces lo había preservado. La tierra contiene agua, como nos enseñan los cavadores de pozos. Contiene también aire, como lo demuestran los vapores que exhala bajo el calor del sol cuando está húmeda. Ahora bien, como según su naturaleza el cielo ocupa la posición más alta y la tierra la más baja en el espacio (se ve, en efecto, que todo lo ligero asciende hacia el cielo, y las sustancias pesadas caen al suelo); por tanto, como la altura y la profundidad son los puntos más opuestos entre sí, basta mencionar las partes más distantes para significar la inclusión de todo lo que llena el espacio intermedio. No pidas, pues, una enumeración de todos los elementos; adivina, a partir de lo que indica la Santa Escritura, todo lo que se omite en silencio.

    Hom. 1, § 8

    8. «En el principio creó Dios el cielo y la tierra.» Si quisiéramos descubrir la esencia de cada uno de los seres que se ofrecen a nuestra contemplación o caen bajo nuestros sentidos, nos veríamos arrastrados a largas digresiones, y la solución del problema requeriría más palabras de las que poseo para examinar plenamente la materia. Emplear el tiempo en tales puntos no resultaría para la edificación de la Iglesia. Sobre la esencia de los cielos nos contentamos con lo que dice Isaías, pues, en lenguaje sencillo, nos da una idea suficiente de su naturaleza: «El cielo fue hecho como humo,» es decir, creó una sustancia sutil, sin solidez ni densidad, de la cual formar los cielos. En cuanto a su forma, también nos contentamos con el lenguaje del mismo profeta, cuando alaba a Dios «que extiende los cielos como una cortina y los despliega como una tienda para habitar.» De la misma manera, en lo que concierne a la tierra, resolvámonos a no atormentarnos tratando de descubrir su esencia, a no fatigar nuestra razón buscando la sustancia que oculta. No busquemos una naturaleza desprovista de cualidades por las condiciones de su existencia, sino sepamos que todos los fenómenos con que la vemos revestida conciernen a las condiciones de su existencia y completan su esencia. Trata de quitar por la razón cada una de las cualidades que posee, y llegarás a la nada. Quita lo negro, lo frío, el peso, la densidad, las cualidades relativas al gusto, en una palabra, todas estas que vemos en ella, y la sustancia se desvanece.
    Si te pido que dejes estas preguntas vanas, no esperaré que intentes descubrir el punto de apoyo de la tierra. La mente se tambalearía al ver sus razonamientos perderse sin fin. ¿Dices que la tierra reposa sobre un lecho de aire? ¿Cómo, entonces, esta sustancia blanda, sin consistencia, resiste el enorme peso que la presiona? ¿Cómo es que no se desliza en todas direcciones, para evitar el peso que se hunde, y extenderse sobre la masa que la abruma? ¿Supones que el agua es el fundamento de la tierra? Entonces tendrás siempre que preguntarte cómo es que un cuerpo tan pesado y opaco no atraviesa el agua; cómo una masa de tal peso es sostenida por una naturaleza más débil que ella misma. Luego debes buscar una base para las aguas, y estarás en gran dificultad para decir sobre qué descansa el agua misma.

    Hom. 1, § 9

    9. ¿Supones que un cuerpo más pesado impide que la tierra caiga al abismo? Entonces debes considerar que este apoyo necesita a su vez un apoyo para evitar caer. ¿Podemos imaginar uno? Nuestra razón exige de nuevo otro apoyo, y así caeremos en el infinito, imaginando siempre una base para la base ya encontrada. Y cuanto más avanzamos en este razonamiento, mayor fuerza estamos obligados a dar a esta base, para que pueda sostener toda la masa que pesa sobre ella. Pon, pues, un límite a tu pensamiento, para que tu curiosidad al investigar lo incomprensible no incurra en los reproches de Job, y no te pregunte él: «¿Sobre qué están fijadas sus bases?» [] Si alguna vez oyes en los Salmos: «Yo sostengo sus columnas;» ve en estas columnas el poder que la sustenta. Porque ¿qué significa este otro pasaje: «Él la fundó sobre el mar,» sino que el agua está extendida alrededor de toda la tierra? ¿Cómo, pues, puede el agua, el elemento fluido que desciende por toda pendiente, permanecer suspendida sin fluir jamás? No reflexionas que la idea de la tierra suspendida por sí misma arroja a tu razón a una dificultad semejante pero aún mayor, pues por su naturaleza es más pesada. Pero admitamos que la tierra reposa sobre sí misma, o digamos que cabalga sobre las aguas, debemos aún permanecer fieles al pensamiento de la verdadera religión y reconocer que todo es sostenido por el poder del Creador. Respondámonos, pues, a nosotros mismos, y respondamos a los que nos preguntan sobre qué apoyo descansa esta enorme masa: «En Sus manos están los confines de la tierra.» Es una doctrina tan infalible para nuestra propia información como provechosa para nuestros oyentes.

    Hom. 1, § 10

    10. Hay investigadores de la naturaleza que con gran despliegue de palabras dan razones para la inmovilidad de la tierra. Colocada, dicen, en medio del universo y no pudiendo inclinarse más hacia un lado que hacia otro porque su centro está en todas partes a la misma distancia de la superficie, reposa necesariamente sobre sí misma; pues un peso que es igual en todas partes no puede inclinarse a ningún lado. No es, continúan, sin razón o por azar que la tierra ocupa el centro del universo. Es su posición natural y necesaria. Como el cuerpo celeste ocupa la extremidad superior del espacio, todos los cuerpos pesados, argumentan, que podamos suponer que han caído de estas altas regiones, serán llevados desde todas las direcciones al centro, y el punto hacia el cual tienden las partes será evidentemente aquel al que toda la masa será empujada. Si las piedras, la madera, todos los cuerpos terrestres, caen de arriba hacia abajo, este debe ser el lugar propio y natural de toda la tierra. Si, por el contrario, un cuerpo ligero se separa del centro, es evidente que ascenderá hacia las regiones superiores. Así, los cuerpos pesados se mueven de arriba hacia abajo, y siguiendo este razonamiento, el abajo no es otro que el centro del mundo. No te sorprendas, entonces, de que el mundo nunca caiga: ocupa el centro del universo, su lugar natural. Por necesidad está obligado a permanecer en su lugar, a menos que un movimiento contrario a la naturaleza lo desplace. Si hay algo en este sistema que pueda parecerte probable, guarda tu admiración para la fuente de tan perfecto orden, para la sabiduría de Dios. Los grandes fenómenos no nos impresionan menos cuando hemos descubierto algo de su maravilloso mecanismo. ¿Acaso es de otro modo aquí? En todo caso, prefiramos la sencillez de la fe a las demostraciones de la razón.

    Hom. 1, § 11

    11. Lo mismo podríamos decir de los cielos. ¡Con qué estrépito de palabras han discutido su naturaleza los sabios de este mundo! Unos han dicho que el cielo está compuesto de cuatro elementos, por ser tangible y visible, y está hecho de tierra por su poder de resistencia, con fuego porque impresiona la vista, con aire y agua por la mezcla. Otros han rechazado este sistema como improbable, e introdujeron en el mundo, para formar los cielos, un quinto elemento según su propia invención. Existe, dicen, un cuerpo etéreo que no es fuego, aire, tierra ni agua, ni, en una palabra, ningún cuerpo simple. Estos cuerpos simples tienen su propio movimiento natural en línea recta, los ligeros hacia arriba y los pesados hacia abajo; ahora bien, este movimiento hacia arriba y hacia abajo no es el mismo que el movimiento circular; hay la mayor diferencia posible entre el movimiento recto y el circular. Se sigue, por tanto, que los cuerpos cuyos movimientos son tan variados deben variar también en su esencia. Pero ni siquiera es posible suponer que los cielos estén formados de los cuerpos primitivos que llamamos elementos, porque la reunión de fuerzas contrarias no podría producir un movimiento uniforme y espontáneo, cuando cada uno de los cuerpos simples recibe un impulso distinto de la naturaleza. Así, es una labor mantener los cuerpos compuestos en movimiento continuo, porque es imposible poner ni uno solo de sus movimientos en acuerdo y armonía con todos los que están en discordia; pues lo propio de la partícula ligera está en guerra con lo de una más pesada. Si intentamos elevarnos, nos detiene el peso del elemento terrestre; si nos arrojamos hacia abajo, violentamos la parte ígnea de nuestro ser arrastrándola contra su naturaleza. Ahora bien, esta lucha de los elementos produce su disolución. Un cuerpo al que se hace violencia y que es colocado en oposición a la naturaleza, tras una resistencia breve pero enérgica, pronto se disuelve en tantas partes como elementos tenía, volviendo cada una de las partes constituyentes a su lugar natural. Es la fuerza de estas razones, dicen los inventores del quinto tipo de cuerpo para la génesis del cielo y de las estrellas, la que los obligó a rechazar el sistema de sus predecesores y a recurrir a su propia hipótesis. Pero aun otro orador elegante se levanta y dispersa y destruye esta teoría para dar predominio a una idea de su propia invención.
    No nos empeñemos en seguirlos, por temor a caer en semejantes frivolidades; que se refuten unos a otros, y, sin inquietarnos por la esencia, digamos con Moisés «Dios creó los cielos y la tierra.» Glorifiquemos al supremo Artífice por todo lo que fue hecho con sabiduría y destreza; por la belleza de las cosas visibles elevémonos a Aquel que está por encima de toda belleza; por la grandeza de los cuerpos, sensibles y limitados en su naturaleza, concibamos al Ser infinito cuya inmensidad y omnipotencia superan todos los esfuerzos de la imaginación. Porque, aunque ignoremos la naturaleza de las cosas creadas, los objetos que por todas partes atraen nuestra atención son tan maravillosos, que la mente más penetrante no puede alcanzar el conocimiento del menor de los fenómenos del mundo, ni para dar una explicación adecuada de él ni para rendir la debida alabanza al Creador, a Quien pertenecen toda gloria, todo honor y todo poder por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 2. La tierra estaba invisible e inacabada

    Hom. 2, § 1

    1. En las pocas palabras que nos han ocupado esta mañana hemos hallado una profundidad de pensamiento tal que desesperamos de penetrar más allá. Si tal es el atrio del santuario, si el pórtico del templo es tan grande y magnífico, si el esplendor de su belleza deslumbra así los ojos del alma, ¿qué será el santo de los santos? ¿Quién osará intentar llegar al santuario más interior? ¿Quién escudriñará sus secretos? Mirar en él nos está ciertamente prohibido, y el lenguaje es impotente para expresar lo que la mente concibe. Sin embargo, puesto que hay recompensas, y muy deseables, reservadas por el justo Juez a la sola intención de hacer el bien, no dudemos en continuar nuestras investigaciones. Aunque no alcancemos la verdad, si, con la ayuda del Espíritu, no nos apartamos del sentido de la Santa Escritura, no mereceremos ser rechazados, y, con la ayuda de la gracia, contribuiremos a la edificación de la Iglesia de Dios.
    «La tierra,» dice la Santa Escritura, «estaba invisible e inacabada.» Los cielos y la tierra fueron creados sin distinción. ¿Cómo es, pues, que los cielos son perfectos mientras la tierra está aún informe e incompleta? En una palabra, ¿cuál era la condición inacabada de la tierra? ¿Y por qué razón era invisible? La fertilidad de la tierra es su acabamiento perfecto; el crecimiento de toda clase de plantas, el brotar de árboles altos, productivos y estériles, los dulces aromas y los hermosos colores de las flores, y todo lo que, un poco más tarde, a la voz de Dios salió de la tierra para embellecerla, su Madre universal. Como nada de todo esto existía aún, la Escritura tiene razón al llamar a la tierra «sin forma.» También podríamos decir de los cielos que eran todavía imperfectos y no habían recibido su adorno natural, pues en ese tiempo no resplandecían con la gloria del sol y de la luna y no estaban coronados por los coros de las estrellas. Estos cuerpos no habían sido creados aún. Así, no te apartarás de la verdad al decir que los cielos también estaban «sin forma.» La tierra era invisible por dos razones: puede ser porque el hombre, el espectador, no existía aún, o porque, estando sumergida bajo las aguas que cubrían la superficie, no podía verse, ya que las aguas no habían sido reunidas aún en sus lugares propios, donde Dios las recogió después, y les dio el nombre de mares. ¿Qué es lo invisible? Ante todo, aquello que nuestro ojo carnal no puede percibir; la mente, por ejemplo; luego, aquello que, visible en su naturaleza, está oculto por algún cuerpo que lo disimula, como el hierro en las profundidades de la tierra. Es en este sentido, porque estaba oculta bajo las aguas, por lo que la tierra era todavía invisible. Sin embargo, como la luz no existía aún, y como la tierra yacía en tinieblas, a causa de la oscuridad del aire que había sobre ella, no debe asombrarnos que por esta razón la Escritura la llame «invisible.»

    Hom. 2, § 2

    2. Pero los corruptores de la verdad, que, incapaces de someter su razón a la Santa Escritura, tuercen a voluntad el sentido de las Sagradas Escrituras, pretenden que estas palabras significan materia. Pues la materia, dicen, es por su naturaleza sin forma e invisible, siendo por las condiciones de su existencia sin cualidad, sin forma y sin figura. El Artífice, sometiéndola a la operación de Su sabiduría, la revistió de una forma, la organizó, y así dio ser al mundo visible.
    Si la materia es increada, tiene derecho a los mismos honores que Dios, pues debe ser de igual rango que Él. ¿No es esta la cumbre de la impiedad, que una deformidad extrema, sin cualidad, sin forma, sin figura, una fealdad sin configuración, por usar su propia expresión, goce de las mismas prerrogativas que Aquel que es sabiduría, poder y belleza misma, el Creador y el Demiurgo del universo? Y esto no es todo. Si la materia es tan grande como para ser capaz de ser actuada por toda la sabiduría de Dios, en cierto modo elevaría su hipóstasis a una igualdad con el poder inaccesible de Dios, pues sería capaz de medir por sí misma toda la extensión de la inteligencia divina. Si es insuficiente para las operaciones de Dios, entonces caemos en una blasfemia más absurda, pues condenamos a Dios por no poder, a causa de la falta de materia, terminar Sus propias obras. La pobreza de la naturaleza humana ha engañado a estos razonadores. Cada uno de nuestros oficios se ejerce sobre una materia especial: el arte del herrero sobre el hierro, el del carpintero sobre la madera. En todos hay el sujeto, la forma y la obra que resulta de la forma. La materia se toma de fuera; el arte da la forma; y la obra se compone a la vez de forma y de materia.
    Tal es la idea que se hacen de la obra divina. La forma del mundo se debe a la sabiduría del supremo Artífice; la materia vino al Creador de fuera; y así el mundo resulta de un doble origen. Ha recibido de fuera su materia y su esencia, y de Dios su forma y figura. Llegan así a negar que el Dios poderoso haya presidido la formación del universo, y pretenden que solo ha aportado una contribución culminante a una obra común, que solo ha contribuido con una pequeña porción a la génesis de los seres: son incapaces, por la bajeza de sus razonamientos, de elevar la mirada a la altura de la verdad. Aquí abajo las artes son posteriores a la materia, introducidas en la vida por la necesidad indispensable de ellas. La lana existía antes de que el tejido la hiciera suplir una de las imperfecciones de la naturaleza. La madera existía antes de que la carpintería se apoderara de ella, y la transformara cada día para suplir nuevas necesidades, y nos hiciera ver todas las ventajas que de ella se derivan, dando el remo al marinero, el aventador al labrador, la lanza al soldado. Pero Dios, antes de que existieran todas esas cosas que ahora atraen nuestra atención, tras reflexionar en Su mente y determinar dar ser al tiempo que no tenía ser, imaginó el mundo tal como debía ser, y creó la materia en armonía con la forma que quería darle. Asignó a los cielos la naturaleza adaptada a los cielos, y dio a la tierra una esencia conforme a su forma. Formó, como quiso, el fuego, el aire y el agua, y dio a cada uno la esencia que el objeto de su existencia requería. Finalmente, soldó todas las diversas partes del universo con vínculos de unión indisoluble y estableció entre ellas una comunión y armonía tan perfectas que las más distantes, a pesar de su distancia, parecían unidas en una simpatía universal. Renuncien, pues, esos hombres a sus fabulosas imaginaciones, quienes, a pesar de la debilidad de su argumento, pretenden medir un poder tan incomprensible para la razón del hombre como inefable para la voz humana.

    Hom. 2, § 3

    3. Dios creó los cielos y la tierra, pero no solo la mitad: creó todos los cielos y toda la tierra, creando la esencia con la forma. Pues Él no es un inventor de figuras, sino el Creador incluso de la esencia de los seres. Además, que nos digan cómo el poder eficiente de Dios pudo tratar con la naturaleza pasiva de la materia, suministrando esta la materia sin forma, poseyendo aquel la ciencia de la forma sin materia, estando ambos necesitados el uno del otro; el Creador para desplegar Su arte, la materia para dejar de estar sin forma y recibir una forma. Pero detengámonos aquí y volvamos a nuestro tema.
    «La tierra estaba invisible e inacabada.» Al decir «En el principio creó Dios los cielos y la tierra,» el escritor sagrado pasó muchas cosas en silencio: el agua, el aire, el fuego y los resultados de ellos, los cuales, formando todos en realidad el verdadero complemento del mundo, fueron, sin duda, hechos al mismo tiempo que el universo. Con este silencio, la historia quiere entrenar la actividad de nuestra inteligencia, dándole un punto débil de partida, para impulsarla al descubrimiento de la verdad. Así, no se nos habla de la creación del agua; pero, como se nos dice que la tierra era invisible, pregúntate qué pudo haberla cubierto e impedir que se la viera. El fuego no podía ocultarla. El fuego ilumina todo lo que lo rodea, y esparce luz más bien que oscuridad en torno. Tampoco fue el aire el que envolvió la tierra. El aire, por naturaleza, es de poca densidad y transparente. Recibe toda clase de objetos visibles, y los transmite a los espectadores. Solo queda una suposición: lo que flotaba sobre la superficie de la tierra era el agua, la esencia fluida que aún no había sido confinada a su propio lugar. Así, la tierra no solo era invisible; era todavía incompleta. Aun hoy la humedad excesiva es un obstáculo para la productividad de la tierra. La misma causa impide a la vez que se la vea y que sea completa, pues el adorno propio y natural de la tierra es su acabamiento: el grano ondeando en los valles, los prados verdes de hierba y ricos en flores de muchos colores, los claros fértiles y las cumbres sombreadas por bosques. De todo esto nada había sido producido aún; la tierra estaba en trabajo de parto con ello en virtud del poder que había recibido del Creador. Pero esperaba el tiempo señalado y la orden divina para dar a luz.

    Hom. 2, § 4

    4. «Las tinieblas estaban sobre la faz del abismo.» [] Una nueva fuente de fábulas y de las más impías imaginaciones si se tuerce el sentido de estas palabras al antojo de las propias fantasías. Por «tinieblas» estos hombres perversos no entienden lo que se quiere decir en realidad: aire no iluminado, la sombra producida por la interposición de un cuerpo, o finalmente un lugar por alguna razón privado de luz. Para ellos «tinieblas» es un poder malvado, o más bien la personificación del mal, que tiene su origen en sí mismo en oposición a la bondad de Dios, y en lucha perpetua con ella. Si Dios es luz, dicen, sin duda el poder que lucha contra Él debe ser tinieblas, «tinieblas» que no deben su existencia a un origen extraño, sino un mal que existe por sí mismo. «Tinieblas» es el enemigo de las almas, la causa primaria de la muerte, el adversario de la virtud. Las palabras del Profeta, dicen en su error, muestran que existe y que no procede de Dios. ¡De aquí, qué dogmas perversos e impíos se han imaginado! ¡Qué lobos gravosos, [] que desgarran el rebaño del Señor, han brotado de estas palabras para lanzarse sobre las almas! ¿No es de aquí de donde han salido los Marciones y los Valentines, y la detestable herejía de los maniqueos, que sin exagerar mucho podríais llamar el humor pútrido de las iglesias?
    Oh hombre, ¿por qué vagar así lejos de la verdad e imaginar para ti lo que causará tu perdición? La palabra es sencilla y está al alcance de todos. «La tierra era invisible.» ¿Por qué? Porque el «abismo» se extendía sobre su superficie. ¿Qué es «el abismo»? Una masa de agua de extrema profundidad. Pero sabemos que podemos ver muchos cuerpos a través del agua clara y transparente. ¿Cómo era, pues, que ninguna parte de la tierra apareciera a través del agua? Porque el aire que la rodeaba estaba aún sin luz y en tinieblas. Los rayos del sol, penetrando el agua, a menudo nos permiten ver los guijarros que forman el lecho del río, pero en una noche oscura es imposible que nuestra mirada penetre bajo el agua. Así, estas palabras «la tierra era invisible» se explican por las que siguen; «el abismo» la cubría y él mismo estaba en tinieblas. Así, el abismo no es una multitud de poderes hostiles, como se ha imaginado; ni «tinieblas» una fuerza soberana malvada en enemistad con el bien. En realidad, dos principios rivales de igual poder, si se empeñan sin cesar en una guerra de ataques mutuos, acabarán en la autodestrucción. Pero si uno obtuviera la maestría, aniquilaría por completo al vencido. Así, mantener el equilibrio en la lucha entre el bien y el mal es representarlos como empeñados en una guerra sin fin y en perpetua destrucción, donde los adversarios son a la vez vencedores y vencidos. Si el bien es el más fuerte, ¿qué impide que el mal sea completamente aniquilado? Pero si ese es el caso, cuya sola enunciación es impía, me pregunto cómo es que ellos mismos no se llenan de horror al pensar que han imaginado tan abominables blasfemias.
    Es igualmente impío decir que el mal tiene su origen en Dios; porque lo contrario no puede proceder de su contrario. La vida no engendra la muerte; las tinieblas no son el origen de la luz; la enfermedad no es la hacedora de la salud. En los cambios de condiciones hay transiciones de una condición a la contraria; pero en la génesis cada ser procede de su semejante, y no de su contrario. Si, pues, el mal no es increado ni creado por Dios, ¿de dónde viene su naturaleza? Ciertamente, que el mal existe, nadie que viva en el mundo lo negará. ¿Qué diremos entonces? El mal no es una esencia viva y animada; es la condición del alma opuesta a la virtud, desarrollada en los descuidados a causa de su caída del bien.
    Comentario editorial · Marción, Valentín y los maniqueos
    Basilio deriva de una lectura equivocada de «las tinieblas estaban sobre la faz del abismo» los dualismos que hacen del mal un principio propio. Jackson advierte que Marción y Valentín se mencionan aquí como tipos de dualismo gnóstico, aunque sus sistemas eran distintos: Marción, que «según se dice» era hijo de un obispo de Sinope, afirmaba expresamente dos dioses. Wikipedia lo confirma: Marción (c. 85 – c. 160) desarrolló hacia 144 un sistema de dos dioses, un dios superior y trascendente y otro inferior, creador del mundo. El maniqueísmo es posterior: lo fundó Mani (216–274), según Wikipedia, y Jackson dice que en el siglo IV se había extendido ya por el Imperio. Frente a todos ellos, Basilio sostiene que el mal no es una naturaleza original (§ 4 y 5); véase Maniqueísmo.

    Hom. 2, § 5

    5. No vayas, pues, más allá de ti mismo a buscar el mal, ni imagines que existe una naturaleza original de la maldad. Cada uno de nosotros, reconozcámoslo, es el primer autor de su propio vicio. Entre los acontecimientos ordinarios de la vida, unos vienen naturalmente, como la vejez y la enfermedad, otros por azar, como sucesos imprevistos, cuyo origen está fuera de nosotros, a menudo tristes, a veces afortunados, como por ejemplo el descubrimiento de un tesoro al cavar un pozo, o el encuentro de un perro rabioso al ir al mercado. Otros dependen de nosotros mismos, como dominar las propias pasiones, o no poner freno a los propios placeres, ser dueño de la propia ira, o levantar la mano contra quien nos irrita, decir la verdad, o mentir, tener un carácter dulce y bien regulado, o ser feroz e hinchado y exaltado por el orgullo. Aquí eres dueño de tus acciones. No busques la causa directriz fuera de ti mismo, sino reconoce que el mal, llamado propiamente así, no tiene otro origen que nuestras caídas voluntarias. Si fuera involuntario y no dependiera de nosotros, las leyes no tendrían tanto terror para los culpables, y los tribunales no serían tan despiadados al condenar a los desdichados según la medida de sus crímenes. Pero basta en cuanto al mal propiamente dicho. La enfermedad, la pobreza, la oscuridad, la muerte, en fin, todas las aflicciones humanas, no deben ser contadas como males; pues no contamos entre los mayores bienes las cosas que son sus contrarios. Entre estas aflicciones, unas son efecto de la naturaleza, otras han sido evidentemente para muchos una fuente de ventaja. Guardemos, pues, silencio por el momento sobre estas metáforas y alegorías, y, siguiendo simplemente sin vana curiosidad las palabras de la Santa Escritura, tomemos de las tinieblas la idea que nos da.
    Pero la razón pregunta: ¿fueron creadas las tinieblas con el mundo? ¿Son más antiguas que la luz? ¿Por qué, a pesar de su inferioridad, la han precedido? Las tinieblas, respondemos, no existían en esencia; son una condición producida en el aire por la retirada de la luz. ¿Qué es, pues, esa luz que desapareció de repente del mundo, para que las tinieblas cubrieran la faz del abismo? Si algo hubiera existido antes de la formación de este mundo sensible y perecedero, sin duda concluiríamos que habría estado en la luz. Los órdenes de los ángeles, las huestes celestiales, todas las naturalezas intelectuales nombradas o innombradas, todos los espíritus ministradores, no vivían en tinieblas, sino que gozaban de una condición apropiada para ellos en la luz y el gozo espiritual.
    Nadie contradirá esto; menos que nadie aquel que busca la luz celestial como una de las recompensas prometidas a la virtud, la luz que, como dice Salomón, es siempre luz para los justos, la luz que hizo decir al Apóstol «Dando gracias al Padre, que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz.» [] Finalmente, si los condenados son enviados a las tinieblas exteriores, evidentemente los que son hechos dignos de la aprobación de Dios descansan en la luz celestial. Cuando, pues, según el orden de Dios, apareció el cielo, envolviendo todo lo que su circunferencia incluía, un cuerpo vasto e ininterrumpido que separaba las cosas exteriores de las que encerraba, necesariamente mantuvo en tinieblas el espacio interior por falta de comunicación con la luz exterior. Tres cosas son, en efecto, necesarias para formar una sombra: luz, un cuerpo, un lugar oscuro. La sombra del cielo forma las tinieblas del mundo. Comprended, os lo ruego, lo que quiero decir, con un ejemplo sencillo; levantando para vosotros a mediodía una tienda de material compacto e impenetrable, y encerrándoos en ella en repentina oscuridad. Suponed que la oscuridad original era como esta, no subsistiendo directamente por sí misma, sino resultando de causas externas. Si se dice que reposaba sobre el abismo, es porque la extremidad del aire toca naturalmente la superficie de los cuerpos; y como en aquel tiempo el agua cubría todo, nos vemos obligados a decir que las tinieblas estaban sobre la faz del abismo.

    Hom. 2, § 6

    6. Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. ¿Significa este espíritu la difusión del aire? El escritor sagrado quiere enumerarte los elementos del mundo, decirte que Dios creó los cielos, la tierra, el agua y el aire, y que este último estaba ya difundido y en movimiento; o más bien, lo que es más verdadero y confirmado por la autoridad de los antiguos, por Espíritu de Dios entiende el Espíritu Santo. Es, como se ha observado, el nombre especial, el nombre sobre todos los demás que la Escritura se deleita en dar al Espíritu Santo, y siempre por espíritu de Dios se entiende el Espíritu Santo, el Espíritu que completa la divina y bendita Trinidad. Por tanto, hallarás mejor tomarlo en este sentido. ¿Cómo, pues, se movía el Espíritu de Dios sobre las aguas? La explicación que voy a darte no es original, sino la de un sirio, que era tan ignorante en la sabiduría de este mundo como versado en el conocimiento de la Verdad. Dijo, pues, que la palabra siríaca era más expresiva, y que, siendo más análoga al término hebreo, se acercaba más al sentido escriturístico. Este es el significado de la palabra; por «se movía» los sirios, dice, entienden: acariciaba la naturaleza de las aguas como se ve a un ave cubrir los huevos con su cuerpo e impartirles fuerza vital con su propio calor. Tal es, lo más aproximadamente posible, el significado de estas palabras— el Espíritu se movía: entendamos, es decir, preparaba la naturaleza del agua para producir seres vivos: una prueba suficiente para quienes preguntan si el Espíritu Santo tomó parte activa en la creación del mundo.

    Hom. 2, § 7

    7. Y dijo Dios: Hágase la luz. [] La primera palabra de Dios creó la naturaleza de la luz; hizo desaparecer las tinieblas, disipó la oscuridad, iluminó el mundo y dio a todos los seres a la vez un aspecto dulce y gracioso. Los cielos, hasta entonces envueltos en tinieblas, aparecieron con aquella belleza que aún presentan a nuestros ojos. El aire se iluminó, o más bien hizo circular la luz mezclada con su sustancia, y, distribuyendo su esplendor rápidamente en todas direcciones, se dispersó hasta sus límites extremos. Subió hasta el mismo éter y el cielo. En un instante iluminó toda la extensión del mundo, el Norte y el Sur, el Este y el Oeste. Pues el éter también es una sustancia tan sutil y tan transparente que no necesita el espacio de un momento para que la luz lo atraviese. Así como lleva nuestra vista instantáneamente al objeto de visión, así sin el menor intervalo, con una rapidez que el pensamiento no puede concebir, recibe estos rayos de luz en sus límites más extremos. Con la luz el éter se vuelve más agradable y las aguas más límpidas. Estas últimas, no contentas con recibir su esplendor, lo devuelven por el reflejo de la luz y en todas direcciones envían destellos temblorosos. La palabra divina da a cada objeto una apariencia más alegre y más atractiva, así como cuando los hombres en alta mar vierten aceite hacen claro el lugar a su alrededor. Así, con una sola palabra y en un instante, el Creador de todas las cosas dio el don de la luz al mundo.
    Hágase la luz. La orden fue en sí misma una operación, y se produjo un estado de cosas que la mente del hombre ni siquiera puede imaginar más agradable para nuestro goce. Debe entenderse bien que cuando hablamos de la voz, de la palabra, del mandato de Dios, este lenguaje divino no significa para nosotros un sonido que escapa de los órganos del habla, una colisión de aire golpeado por la lengua; es una simple señal de la voluntad de Dios, y si le damos la forma de una orden, es solo para impresionar mejor las almas que instruimos.
    Y vio Dios la luz, que era buena. [] ¿Cómo podemos alabar dignamente la luz después del testimonio dado por el Creador a su bondad? La palabra, incluso entre nosotros, remite el juicio a los ojos, incapaces de elevarse a la idea que los sentidos ya han recibido. Pero, si la belleza en los cuerpos resulta de la simetría de las partes y de la apariencia armoniosa de los colores, ¿cómo en una esencia simple y homogénea como la luz puede conservarse esta idea de belleza? ¿No se mostraría la simetría en la luz menos en sus partes que en el placer y deleite al verla? Tal es también la belleza del oro, que no se debe a la feliz mezcla de sus partes, sino solo a su hermoso color, que tiene un encanto atractivo para los ojos.
    Así también, la estrella de la tarde es la más hermosa de las estrellas: no porque las partes de que se compone formen un todo armonioso, sino gracias al brillo puro y hermoso que encuentra nuestros ojos. Y además, cuando Dios proclamó la bondad de la luz, no fue en consideración al encanto del ojo, sino como provisión para ventaja futura, porque en aquel tiempo no había aún ojos para juzgar su belleza. «Y dividió Dios la luz de las tinieblas;» [] es decir, Dios les dio naturalezas incapaces de mezclarse, perpetuamente en oposición entre sí, y puso entre ellas el más amplio espacio y distancia.

    Hom. 2, § 8

    8. «Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche.» [] Desde el nacimiento del sol, la luz que difunde en el aire, cuando brilla sobre nuestro hemisferio, es día; y la sombra producida por su desaparición es noche. Pero en aquel tiempo no era por el movimiento del sol, sino siguiendo esta luz primitiva extendida por el aire o retirada en una medida determinada por Dios, que venía el día y era seguido por la noche.
    «Y fue la tarde y fue la mañana: un día.» [] La tarde es, pues, el límite común del día y de la noche; y de la misma manera la mañana constituye la aproximación de la noche al día. Para dar al día los privilegios de la antigüedad, la Escritura puso el fin del primer día antes que el de la primera noche, porque la noche sigue al día: pues, antes de la creación de la luz, el mundo no estaba en noche, sino en tinieblas. Es lo opuesto del día lo que fue llamado noche, y no recibió su nombre sino después del día. Así fueron creadas la tarde y la mañana. La Escritura significa el espacio de un día y una noche, y después ya no dice día y noche, sino que los llama a ambos con el nombre del más importante: costumbre que hallarás en toda la Escritura. En todas partes la medida del tiempo se cuenta por días, sin mención de las noches. «Los días de nuestros años,» dice el Salmista. «Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida,» [] dijo Jacob, y en otra parte «todos los días de mi vida.» Así, bajo la forma de historia, se establece la ley para lo que ha de seguir. Y fue la tarde y fue la mañana: un día. ¿Por qué dice la Escritura «un día el primer día»? Antes de hablarnos del segundo, del tercero y del cuarto día, ¿no habría sido más natural llamar primero a aquel que comenzaba la serie? Si dice, pues, «un día,» es por el deseo de determinar la medida del día y de la noche, y de combinar el tiempo que contienen. Ahora bien, veinticuatro horas llenan el espacio de un día— queremos decir de un día y de una noche; y si, en el tiempo de los solsticios, no tienen ambos la misma longitud, el tiempo marcado por la Escritura no deja de circunscribir su duración. Es como si dijera: veinticuatro horas miden el espacio de un día, o que, en realidad, un día es el tiempo que los cielos, partiendo de un punto, tardan en volver allí. Así, cada vez que, en la revolución del sol, la tarde y la mañana ocupan el mundo, su sucesión periódica nunca excede el espacio de un día. Pero ¿debemos creer en una razón misteriosa para esto? Dios, que hizo la naturaleza del tiempo, lo midió y lo determinó por intervalos de días; y, queriendo darle una semana como medida, ordenó que la semana girara de período en período sobre sí misma, para contar el movimiento del tiempo, formando la semana de un día que gira siete veces sobre sí mismo: un círculo propio comienza y termina en sí mismo. Tal es también el carácter de la eternidad: girar sobre sí misma y no terminar en ninguna parte. Si, pues, el comienzo del tiempo se llama «un día» más bien que «el primer día,» es porque la Escritura desea establecer su relación con la eternidad. Era, en realidad, adecuado y natural llamar «uno» al día cuyo carácter es ser uno totalmente separado y aislado de todos los demás. Si la Escritura nos habla de muchos siglos, diciendo en todas partes, «siglo de siglo, y siglos de siglos,» no la vemos enumerarlos como primero, segundo y tercero. Se sigue que aquí se nos muestran no tanto límites, fines y sucesión de siglos, cuanto distinciones entre varios estados y modos de acción. «El día del Señor,» dice la Escritura, «es grande y muy terrible,» [] y en otra parte «¡Ay de vosotros que deseáis el día del Señor! ¿Para qué os servirá? El día del Señor es tinieblas y no luz.» [] Un día de tinieblas para los que son dignos de tinieblas. No; este día sin tarde, sin sucesión y sin fin no es desconocido para la Escritura, y es el día que el Salmista llama el octavo día, porque está fuera de este tiempo de semanas. Así, ya lo llames día, ya lo llames eternidad, expresas la misma idea. Da a este estado el nombre de día; no hay varios, sino solo uno. Si lo llamas eternidad, sigue siendo único y no múltiple. Así es para que puedas llevar tus pensamientos hacia una vida futura, que la Escritura marca con la palabra «uno» el día que es el tipo de la eternidad, las primicias de los días, el contemporáneo de la luz, el santo día del Señor honrado por la Resurrección de nuestro Señor. Y fue la tarde y fue la mañana: un día.
    Pero, mientras converso con vosotros sobre la primera tarde del mundo, la tarde me sorprende y pone fin a mi discurso. Que el Padre de la verdadera luz, que ha adornado el día con luz celestial, que ha hecho brillar el fuego que nos ilumina durante la noche, que nos reserva en la paz de una edad futura una luz espiritual y eterna, ilumine vuestros corazones en el conocimiento de la verdad, os guarde de tropezar, y conceda que «andéis honestamente como de día.» [] Así brillaréis como el sol en medio de la gloria de los santos, y yo me gloriaré en vosotros en el día de Cristo, a quien pertenecen toda gloria y poder por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 3. Sobre el firmamento

    Hom. 3, § 1

    1. Hemos ya contado las obras del primer día, o más bien de un día. Lejos esté de mí, en efecto, quitarle el privilegio que goza de haber sido para el Creador un día aparte, un día que no se cuenta en el mismo orden que los demás. Nuestra discusión de ayer trató de las obras de este día, y dividió la narración de modo que os diera alimento para vuestras almas por la mañana, y gozo por la tarde. Hoy pasamos a las maravillas del segundo día. Y aquí no quiero hablar del talento del narrador, sino de la gracia de la Escritura, pues la narración está contada tan naturalmente que agrada y deleita a todos los amigos de la verdad. Es este encanto de la verdad el que el Salmista expresa tan enfáticamente cuando dice: «¡Cuán dulces son tus palabras a mi paladar, más dulces que la miel a mi boca!» Ayer, pues, en cuanto pudimos, deleitamos nuestras almas conversando sobre los oráculos de Dios, y hoy nos reunimos de nuevo en el segundo día para contemplar las maravillas del segundo día.
    Sé que muchos artesanos, pertenecientes a oficios mecánicos, se agolpan a mi alrededor. El trabajo de un día apenas basta para mantenerlos; por eso me veo obligado a abreviar mi discurso, para no retenerlos demasiado tiempo lejos de su trabajo. ¿Qué les diré? El tiempo que prestáis a Dios no se pierde: él os lo devolverá con gran interés. Cualesquiera dificultades que os turben, el Señor las disipará. A los que han preferido el bien espiritual, les dará salud del cuerpo, agudeza de mente, éxito en los negocios y prosperidad ininterrumpida. Y, aunque en esta vida nuestros esfuerzos no realicen nuestras esperanzas, las enseñanzas del Espíritu Santo no dejan de ser un rico tesoro para los siglos venideros. Librad, pues, vuestro corazón de los cuidados de esta vida y atended con atención a mis palabras. ¿De qué os aprovechará estar aquí en el cuerpo, si vuestro corazón está angustiado por vuestro tesoro terrenal?
    Comentario editorial · Un auditorio de artesanos
    Basilio dice que se agolpan a su alrededor muchos artesanos, a quienes el trabajo de un día apenas basta para mantener, y que por eso abrevia. En su introducción, y remitiendo a este pasaje, Jackson escribe que las nueve homilías son sermones de Cuaresma, dichos en los oficios de la mañana y de la tarde, y que parecen haber sido escuchados por trabajadores. Sobre el momento las fuentes no coinciden: Jackson dice que cuándo y dónde se pronunciaron es «muy incierto»; Wikipedia, en el artículo Hexaemeron, habla de una serie dada en tres días del año 378, y en el de Basilio, de unas conferencias de Cuaresma. El propio texto da pocas señales: esta homilía abre «en el segundo día» (§ 1), y la 2 y la 9 hablan de «esta mañana» (Hom. 2, § 1; Hom. 9, § 1).

    Hom. 3, § 2

    2. Y dijo Dios «Hágase un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.» [] Ayer oímos el decreto de Dios, «Hágase la luz.» Hoy es, «Hágase un firmamento.» Parece haber algo más en esto. La palabra no se limita a una simple orden. Establece la razón que exige la estructura del firmamento: es, se dice, para separar las aguas de las aguas. Y primero preguntemos: ¿cómo habla Dios? ¿Es a nuestra manera? ¿Recibe su inteligencia una impresión de los objetos y, después de haberlos concebido, los da a conocer mediante signos particulares apropiados a cada uno de ellos? ¿Tiene, por consiguiente, recurso a los órganos de la voz para transmitir sus pensamientos? ¿Está obligado a golpear el aire mediante los movimientos articulados de la voz, para desvelar el pensamiento oculto en su corazón? ¿No parecería una fábula ociosa decir que Dios necesita un método tan tortuoso para manifestar sus pensamientos? ¿Y no es más conforme con la verdadera religión decir que la voluntad divina y el primer impulso de la inteligencia divina son la Palabra de Dios? Es a Él a quien la Escritura representa vagamente, para mostrarnos que Dios no solo ha querido crear el mundo, sino crearlo con la ayuda de un cooperador. La Escritura podría continuar la historia tal como está comenzada: En el principio creó Dios el cielo y la tierra; después creó la luz, luego creó el firmamento. Pero, al hacer que Dios ordene y hable, la Escritura nos muestra tácitamente a Aquel a quien se dirigen esta orden y estas palabras. No es que nos escatime el conocimiento de la verdad, sino que quiere encender nuestro deseo mostrándonos algún rastro e indicación del misterio. Aprehendemos con deleite y guardamos cuidadosamente el fruto de los esfuerzos laboriosos, mientras que una posesión fácilmente alcanzada es despreciada. Tal es el camino y el curso que la Escritura sigue para llevarnos a la idea del Unigénito. Y ciertamente, la naturaleza inmaterial de Dios no tenía necesidad del lenguaje material de la voz, pues sus mismos pensamientos podían transmitirse a su colaborador. ¿Qué necesidad, pues, de habla, para quienes por el solo pensamiento podían comunicarse mutuamente sus consejos? La voz fue hecha para el oído, y el oído para la voz. Donde no hay aire, ni lengua, ni oído, ni aquel canal sinuoso que lleva los sonidos al asiento de la sensación en la cabeza, no hay necesidad de palabras: los pensamientos del alma son suficientes para transmitir la voluntad. Como dije, pues, este lenguaje es solo un artificio sabio e ingenioso para poner nuestras mentes a buscar a la Persona a quien se dirigen las palabras.

    Hom. 3, § 3

    3. En segundo lugar, ¿difiere el firmamento que se llama cielo del firmamento que Dios hizo en el principio? ¿Hay dos cielos? Los filósofos, que discuten sobre el cielo, preferirían perder la lengua antes que conceder esto. Hay solo un cielo, pretenden; y es de una naturaleza que no admite ni un segundo, ni un tercero, ni varios otros. La esencia del cuerpo celeste, completamente completa, constituye su vasta unidad. Porque, dicen, todo cuerpo que tiene movimiento circular es uno y finito. Y si este cuerpo se usa en la construcción del primer cielo, no quedará nada para la creación de un segundo o un tercero. Aquí vemos lo que imaginan aquellos que ponen bajo la mano del Creador materia increada; una mentira que se sigue de la primera fábula. Pero pedimos a los sabios griegos que no se burlen de nosotros antes de ponerse de acuerdo entre sí. Porque hay entre ellos algunos que dicen que hay infinitos cielos y mundos. Cuando demostraciones graves hayan derribado su sistema necio, cuando las leyes de la geometría hayan establecido que, según la naturaleza del cielo, es imposible que haya dos, solo nos reiremos más de esta elaborada fruslería científica. ¡Estos hombres sabios ven no una burbuja sino varias burbujas formadas por la misma causa, y dudan del poder de la sabiduría creadora para producir varios cielos! Hallamos, sin embargo, si elevamos los ojos hacia la omnipotencia de Dios, que la fuerza y grandeza de los cielos difieren de las gotas de agua que burbujean en la superficie de una fuente. ¡Qué ridículo, pues, es su argumento de imposibilidad! En cuanto a mí, lejos de no creer en un segundo, busco el tercero en el que el bienaventurado Pablo fue hallado digno de mirar. ¿Y no nos da el Salmista al decir «cielo de los cielos» una idea de su pluralidad? ¿Es la pluralidad del cielo más extraña que los siete círculos a través de los cuales casi todos los filósofos están de acuerdo en que pasan los siete planetas—círculos que nos representan como colocados en conexión unos con otros como toneles que encajan uno dentro del otro? Estos círculos, dicen, arrastrados en dirección contraria a la del mundo, y golpeando el éter, producen sonidos dulces y armoniosos, sin igual por la más dulce melodía. Y si les pedimos el testimonio de los sentidos, ¿qué dicen? Que nosotros, acostumbrados a este ruido desde nuestro nacimiento, por oírlo siempre, hemos perdido su sentido; como hombres en herrerías con los oídos incesantemente aturdidos. Si refutara esta ingeniosa frivolidad, cuya falsedad es evidente desde la primera palabra, parecería como si no conociera el valor del tiempo y desconfiara de la inteligencia de tal audiencia.
    Pero dejadme dejar la vanidad de los de afuera a los que están fuera, y volver al tema propio de la Iglesia. Si creemos a algunos de los que nos han precedido, no tenemos aquí la creación de un cielo nuevo, sino una nueva narración del primero. La razón que dan es que la narración anterior describió brevemente la creación del cielo y de la tierra; mientras que aquí la Escritura relata con mayor detalle el modo en que cada uno fue creado. Yo, sin embargo, puesto que la Escritura da a este segundo cielo otro nombre y su propia función, sostengo que es diferente del cielo que fue hecho al principio; que es de una naturaleza más fuerte y de un uso especial para el universo.

    Hom. 3, § 4

    4. «Y dijo Dios: Hágase un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. Y Dios hizo el firmamento, y dividió las aguas que estaban debajo del firmamento de las aguas que estaban sobre el firmamento.» [] Antes de apoderarnos del sentido de la Escritura, tratemos de responder a objeciones de otras partes. Se nos pregunta cómo, si el firmamento es un cuerpo esférico, como aparece a la vista, su circunferencia convexa puede contener el agua que fluye y circula en regiones superiores. ¿Qué responderemos? Solo una cosa: porque el interior de un cuerpo presente una concavidad perfecta, no se sigue necesariamente que su superficie exterior sea esférica y suavemente redondeada. Mirad las bóvedas de piedra de los baños y la estructura de los edificios en forma de cueva; la cúpula, que forma el interior, no impide que el techo tenga ordinariamente una superficie plana. Que cesen, pues, estos hombres desdichados de atormentarnos y atormentarse a sí mismos sobre la imposibilidad de retener el agua en las regiones superiores.
    Ahora debemos decir algo sobre la naturaleza del firmamento, y por qué recibió la orden de ocupar el lugar medio entre las aguas. La Escritura usa constantemente la palabra firmamento para expresar fuerza extraordinaria. «El Señor mi firmamento y refugio.» «He fortalecido sus columnas.» «Alabadle en el firmamento de su poder.» Los escritores paganos llaman así a un cuerpo fuerte al que es compacto y lleno, para distinguirlo del cuerpo matemático. Un cuerpo matemático es un cuerpo que existe solo en las tres dimensiones: anchura, profundidad y altura. Un cuerpo firme, por el contrario, añade resistencia a las dimensiones. Es costumbre de la Escritura llamar firmamento a todo lo que es fuerte e inflexible. Incluso usa la palabra para denotar la condensación del aire: Él, dice, que fortalece el trueno. La Escritura entiende por el fortalecimiento del trueno la fuerza y resistencia del viento, que, encerrado en las cavidades de las nubes, produce el ruido del trueno cuando irrumpe con violencia. Aquí, pues, según yo, hay una sustancia firme, capaz de retener el elemento fluido e inestable del agua; y como, según la aceptación común, parece que el firmamento debe su origen al agua, no debemos creer que se asemeje al agua congelada ni a ninguna otra materia producida por la filtración del agua; como, por ejemplo, el cristal de roca, que se dice debe su metamorfosis a una congelación excesiva, o la piedra transparente que se forma en las minas. Esta piedra diáfana, si se la encuentra en su perfección natural, sin grietas internas, ni la más mínima mancha de corrupción, casi rivaliza con el aire en claridad. No podemos comparar el firmamento con una de estas sustancias. Sostener tal opinión sobre los cuerpos celestes sería infantil y necio; y aunque todo pueda estar en todo, fuego en tierra, aire en agua, y de los otros elementos uno en el otro; aunque ninguno de los que caen bajo nuestros sentidos es puro y sin mezcla, ya sea con el elemento que le sirve de medio, o con el que le es contrario; yo, sin embargo, no me atrevo a afirmar que el firmamento se formó de una de estas sustancias simples, o de una mezcla de ellas, pues la Escritura me enseña a no permitir que mi imaginación vague demasiado lejos. Pero no olvidemos observar que, después de estas palabras divinas «hágase un firmamento,» no se dice «y el firmamento fue hecho» sino, «y Dios hizo el firmamento, y dividió las aguas.» [] ¡Oíd, oh sordos! ¡Ved, oh ciegos!— ¿quién, pues, es sordo? El que no oye esta voz asombrosa del Espíritu Santo. ¿Quién es ciego? El que no ve tan claras pruebas del Unigénito. «Hágase un firmamento.» Es la voz de la Causa primaria y principal. «Y Dios hizo el firmamento.» He aquí un testigo del poder activo y creador de Dios.

    Hom. 3, § 5

    5. Pero continuemos nuestra explicación: «Separe las aguas de las aguas.» [] La masa de aguas, que de todas direcciones fluía sobre la tierra y estaba suspendida en el aire, era infinita, de modo que no había proporción entre ella y los demás elementos. Así, como ya se ha dicho, el abismo cubría la tierra. Damos la razón de esta abundancia de agua. Ninguno de vosotros, seguramente, atacará nuestra opinión; ni siquiera aquellos que tienen las mentes más cultivadas, y cuyo ojo penetrante puede escrutar esta naturaleza perecedera y fugaz; no me acusaréis de presentar teorías imposibles o imaginarias, ni me preguntaréis sobre qué fundamento descansa el elemento fluido. Por la misma razón que les hace atraer la tierra, más pesada que el agua, desde los extremos del mundo para suspenderla en el centro, nos concederán sin duda que se debe tanto a su atracción natural hacia abajo como a su equilibrio general, que esta inmensa cantidad de agua repose inmóvil sobre la tierra. Por tanto, la prodigiosa masa de aguas estaba extendida alrededor de la tierra; no en proporción con ella e infinitamente mayor, gracias a la previsión del supremo Artífice, que, desde el principio, previó lo que había de venir, y al principio proveyó todo para las necesidades futuras del mundo. Pero ¿qué necesidad había de esta superabundancia de agua? La esencia del fuego es necesaria para el mundo, no solo en la economía de los productos terrestres, sino para la compleción del universo; pues sería imperfecto si el más poderoso y el más vital de sus elementos faltara. Ahora bien, el fuego y el agua son hostiles y destructivos entre sí. El fuego, si es más fuerte, destruye el agua, y el agua, si está en mayor abundancia, destruye el fuego. Como, pues, era necesario evitar una lucha abierta entre estos elementos, para no provocar la disolución del universo por la desaparición total de uno u otro, el soberano Ordenador creó tal cantidad de agua que, a pesar de la constante disminución por los efectos del fuego, pudiera durar hasta el tiempo fijado para la destrucción del mundo. Él, que planeó todo con peso y medida, Él, que, según la palabra de Job, conoce el número de las gotas de lluvia, sabía cuánto duraría su obra, y cuánto consumo de fuego debía permitir. Esta es la razón de la abundancia de agua en la creación. Además, no hay nadie tan ajeno a la vida como para necesitar aprender la razón por la cual el fuego es esencial para el mundo. No solo todas las artes que sostienen la vida, el arte de tejer, el de hacer zapatos, la arquitectura, la agricultura, tienen necesidad del auxilio del fuego, sino que la vegetación de los árboles, la maduración de los frutos, la cría de animales terrestres y acuáticos, y su alimentación, existieron desde el principio por el calor, y han sido mantenidas desde entonces por la acción del calor. La creación del calor era, pues, indispensable para la formación y la preservación de los seres, y la abundancia de aguas no lo era menos en presencia del consumo constante e inevitable por el fuego.

    Hom. 3, § 6

    6. Examinad la creación; veréis el poder del calor reinando sobre todo lo que nace y perece. Por causa de él viene toda el agua extendida sobre la tierra, así como aquella que está fuera de nuestra vista y se dispersa en las profundidades de la tierra. Por causa de él hay abundancia de fuentes, manantiales o pozos, cursos de ríos, tanto torrentes de montaña como corrientes que fluyen siempre, para el almacenamiento de humedad en muchos y variados depósitos. Desde el Este, desde el solsticio de invierno fluye el Indo, el río más grande de la tierra, según los geógrafos. Desde el medio del Este proceden el Bactro, el Coaspes y el Araxes, del cual el Tanais se desprende para caer en la Palus-Mæotis. Añádanse a estos el Fasis que desciende del monte Cáucaso, e innumerables otros ríos que, desde las regiones septentrionales, fluyen hacia el mar Euxino. Desde las regiones cálidas del Oeste, desde el pie de los Pirineos, surgen el Tartessos y el Ister, de los cuales uno se descarga en el mar más allá de las Columnas y el otro, después de fluir a través de Europa, cae en el mar Euxino. ¿Hay necesidad de enumerar aquellos que los montes Ripeos vierten en el corazón de Escitia, el Ródano, y tantos otros ríos, todos navegables, que después de haber regado los países de los galos occidentales y de los celtas y de los bárbaros vecinos, fluyen hacia el mar Occidental? Y otros desde las regiones superiores del Sur fluyen a través de Etiopía, para descargarse unos en nuestro mar, otros en mares inaccesibles, el Ægon, el Nyses, el Chremetes, y sobre todo el Nilo, que no tiene el carácter de un río cuando, como un mar, inunda Egipto. Así, la parte habitable de nuestra tierra está rodeada de agua, unida por vastos mares e irrigada por innumerables ríos perennes, gracias a la inefable sabiduría de Aquel que ordenó todo para impedir que este elemento rival del fuego fuera enteramente destruido.
    Sin embargo, vendrá un tiempo en que todo será consumido por el fuego; como dice Isaías acerca del Dios del universo con estas palabras: «Que dice al abismo: Sécate, y yo secaré tus ríos.» [] Rechazad, pues, la necia sabiduría de este mundo, y recibid conmigo la doctrina de la verdad, más simple pero infalible.

    Hom. 3, § 7

    7. Por tanto leemos: «Hágase el firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.» He dicho lo que significa la palabra firmamento en la Escritura. No es en realidad una sustancia firme y sólida que tenga peso y resistencia; de otro modo este nombre habría convenido mejor a la tierra. Pero, como la sustancia de los cuerpos superpuestos es ligera, sin consistencia, y no puede ser captada por ninguno de nuestros sentidos, es en comparación con estas sustancias puras e imperceptibles que el firmamento ha recibido su nombre. Imagina un lugar apto para dividir la humedad, enviándola, si es pura y filtrada, a las regiones superiores, y haciéndola caer, si es densa y terrosa; a fin de que, por la gradual retirada de las partículas húmedas, se conserve la misma temperatura desde el principio hasta el fin. No crees en esta prodigiosa cantidad de agua; pero no tomas en cuenta la prodigiosa cantidad de calor, sin duda menos considerable en volumen, pero extraordinariamente poderosa si la consideras como destructora de la humedad. Atrae la humedad circundante, como nos muestra el melón, y la consume tan pronto como la atrae, como la llama de la lámpara atrae el combustible suministrado por la mecha y lo quema. ¿Quién duda de que el éter es un fuego ardiente? Si el Creador no le hubiera asignado un límite infranqueable, ¿qué impediría que incendiara y consumiera todo lo que está cerca de él, y absorbiera toda la humedad de las cosas existentes? Las aguas aéreas que velan los cielos con vapores enviados por ríos, fuentes, pantanos, lagos y mares, impiden que el éter invada y queme el universo. Así vemos que incluso este sol, en la estación estival, seca en un momento una región húmeda y pantanosa, y la deja perfectamente árida. ¿Qué ha sido de toda el agua? Que nos lo digan estos maestros de la omnisciencia. ¿No es evidente para todos que se ha elevado en vapor y ha sido consumida por el calor del sol? Dicen, no obstante, que incluso el sol carece de calor. ¡Cuánto tiempo pierden en palabras! Y mira en qué prueba se apoyan para resistir lo que es perfectamente evidente. Su color es blanco, y ni rojizo ni amarillo. No es, pues, ígneo por naturaleza, y su calor resulta, dicen, de la velocidad de su rotación. ¿Qué ganan? ¿Que el sol no parece absorber humedad? Sin embargo, no rechazo esta afirmación, aunque sea falsa, porque ayuda a mi argumento. Dije que el consumo de calor requería esta prodigiosa cantidad de agua. Que el sol deba su calor a su naturaleza, o que el calor resulte de su acción, no importa, siempre que produzca los mismos efectos sobre la misma materia. Si enciendes fuego frotando dos trozos de madera, o si los enciendes acercándolos a una llama, tendrás absolutamente el mismo efecto. Además, vemos que la gran sabiduría del que gobierna todo hace que el sol viaje de una región a otra, por temor a que, si permaneciera siempre en el mismo lugar, su calor excesivo destruyera el orden del universo. Ahora pasa a las regiones meridionales hacia el solsticio de invierno; ahora vuelve al signo del equinoccio; de allí se dirige a las regiones septentrionales durante el solsticio de verano, y mantiene por este paso imperceptible una temperatura agradable en todo el mundo.
    Que las personas instruidas vean si no se contradicen entre sí. El agua que el sol consume es, dicen, lo que impide que el mar suba e inunde los ríos; el calor del sol deja atrás las sales y la amargura de las aguas, y absorbe de ellas las partículas puras y potables, gracias a la singular virtud de este planeta para atraer todo lo ligero y dejar caer, como lodo y sedimento, todo lo espeso y terroso. De ahí proceden la amargura, el sabor salado y el poder de marchitar y secar que son característicos del mar. Y mientras, como es notorio, sostienen estas opiniones, cambian de terreno y dicen que la humedad no puede ser disminuida por el sol.

    Hom. 3, § 8

    8. «Y llamó Dios al firmamento cielo.» [] La naturaleza del derecho pertenece a otro, y el firmamento sólo participa de ella por su semejanza con el cielo. A menudo encontramos que la región visible es llamada cielo, a causa de la densidad y continuidad del aire que está a nuestro alcance, y deriva su nombre «cielo» de la palabra que significa ver. De él dice la Escritura: «Las aves del aire», «aves que vuelan... en el firmamento abierto de los cielos»; [] y, en otro lugar, «Suben hasta el cielo». Moisés, al bendecir a la tribu de José, desea para ella los frutos y los rocíos del cielo, de los soles del verano y de las conjunciones de la luna, y bendiciones desde las cumbres de los montes y desde los collados eternos; en una palabra, de todo lo que fertiliza la tierra. En las maldiciones contra Israel se dice: «Y tu cielo que está sobre tu cabeza será de bronce». [] ¿Qué significa esto? Lo amenaza con una sequía completa, con la ausencia de las aguas aéreas que hacen brotar y crecer los frutos de la tierra.
    Puesto que, entonces, la Escritura dice que el rocío o la lluvia cae del cielo, entendemos que proviene de aquellas aguas a las que se ha ordenado ocupar las regiones superiores. Cuando las exhalaciones de la tierra, reunidas en las alturas del aire, se condensan bajo la presión del viento, esta humedad aérea se difunde en nubes vaporosas y ligeras; luego, mezclándose de nuevo, forma gotas que caen, arrastradas por su propio peso; y este es el origen de la lluvia. Cuando el agua, batida por la violencia del viento, se convierte en espuma y, al pasar por un frío excesivo, se hiela por completo, rompe la nube y cae como nieve. Así puedes explicar todas las sustancias húmedas que el aire suspende sobre nuestras cabezas.
    Y que nadie compare las inquisitivas discusiones de los filósofos sobre los cielos con el carácter sencillo y sin artificio de las palabras del Espíritu; así como la belleza de las mujeres castas supera a la de una ramera, así nuestros argumentos son superiores a los de nuestros adversarios. Ellos sólo buscan persuadir mediante razonamientos forzados. Con nosotros la verdad se presenta desnuda y sin artificio. Pero ¿por qué atormentarnos refutando los errores de los filósofos, cuando basta presentar sus libros mutuamente contradictorios y, como tranquilos espectadores, contemplar la guerra? Pues esos pensadores no son menos numerosos, ni menos célebres, ni más sobrios en el hablar al combatir a sus adversarios, los que dicen que el universo está siendo consumido por el fuego, y que de las semillas que quedan en las cenizas del mundo quemado todo vuelve a la vida. De ahí que en el mundo haya destrucción y palingenesia hasta el infinito. Todos, igualmente lejos de la verdad, encuentran cada uno por su lado senderos que los llevan al error.

    Hom. 3, § 9

    9. Pero en lo que respecta a la separación de las aguas me veo obligado a impugnar la opinión de ciertos escritores de la Iglesia que, bajo la sombra de elevadas y sublimes concepciones, se han lanzado a la metáfora y sólo han visto en las aguas una figura para designar potencias espirituales e incorpóreas. En las regiones superiores, por encima del firmamento, habitan las mejores; en las regiones inferiores, la tierra y la materia son la morada de las malignas. Así, dicen, Dios es alabado por las aguas que están sobre los cielos, es decir, por las potencias buenas, cuya pureza de alma las hace dignas de cantar las alabanzas de Dios. Y las aguas que están bajo el cielo representan a los espíritus malvados, que desde su altura natural han caído en el abismo del mal. Turbulentas, sediciosas, agitadas por las olas tumultuosas de las pasiones, han recibido el nombre de mar a causa de la inestabilidad e inconstancia de sus movimientos. Rechacemos estas teorías como sueños y cuentos de viejas. Entendamos que por agua se entiende agua; para la división de las aguas por el firmamento aceptemos la razón que se nos ha dado. Aunque, sin embargo, las aguas sobre los cielos son invitadas a dar gloria al Señor del Universo, no pensemos en ellas como seres inteligentes; los cielos no están vivos porque «anuncian la gloria de Dios», ni el firmamento es un ser sensible porque «muestra la obra de sus manos». Y si te dicen que los cielos significan potencias contemplativas, y el firmamento potencias activas que producen el bien, admiramos la teoría como ingeniosa sin poder reconocer su verdad. Pues así el rocío, la escarcha, el frío y el calor, que en Daniel reciben la orden de alabar al Creador de todas las cosas, serán naturalezas inteligentes e invisibles. Pero esto es sólo una figura, aceptada como tal por las mentes iluminadas, para completar la gloria del Creador. Además, las aguas sobre los cielos, estas aguas privilegiadas por la virtud que poseen en sí mismas, no son las únicas aguas que celebran las alabanzas de Dios. «Alabad al Señor desde la tierra, dragones y todos los abismos.» Así, el salmista no rechaza los abismos que nuestros inventores de alegorías sitúan en las divisiones del mal; los admite en el coro universal de la creación, y los abismos cantan en su lenguaje un himno armonioso a la gloria del Creador.

    Hom. 3, § 10

    10. «Y vio Dios que era bueno.» Dios no juzga la belleza de su obra por el encanto de los ojos, y no se forma la misma idea de la belleza que nosotros. Lo que Él estima hermoso es aquello que presenta en su perfección toda la propiedad del arte, y aquello que tiende a la utilidad de su fin. Él, pues, que se propuso un designio manifiesto en sus obras, aprobó cada una de ellas como cumpliendo su fin conforme a su propósito creador. Una mano, un ojo o cualquier parte de una estatua separada del resto no parecería hermosa a nadie. Pero si cada parte se restituye a su lugar, la belleza de la proporción, hasta entonces casi imperceptible, impresionaría incluso al más inculto. Pero el artista, antes de unir las partes de su obra, distingue y reconoce la belleza de cada una, pensando en el objeto que tiene a la vista. Así es como la Escritura nos presenta al Supremo Artista, alabando cada una de sus obras; pronto, cuando su obra esté completa, concederá a todo el conjunto la alabanza bien merecida. Permítaseme terminar aquí mi discurso sobre el segundo día, para que mis laboriosos oyentes examinen lo que acaban de escuchar. Que su memoria lo retenga para provecho de su alma; que, mediante una meditación cuidadosa, digieran interiormente y se beneficien de lo que digo. En cuanto a los que viven de su trabajo, permítaseles atender todo el día a sus negocios, para que puedan venir, con el alma libre de ansiedad, al banquete de mi discurso por la tarde. Que Dios, que después de haber hecho cosas tan grandes puso palabras tan débiles en mi boca, os conceda la inteligencia de su verdad, para que os elevéis de las cosas visibles al Ser invisible, y para que la grandeza y la belleza de las criaturas os den una idea justa del Creador. Pues las cosas invisibles de Él desde la creación del mundo se ven claramente, y su poder y divinidad son eternos. Así, la tierra, el aire, el cielo, el agua, el día, la noche, todas las cosas visibles nos recuerdan quién es nuestro Bienhechor. No daremos, pues, ocasión al pecado, no daremos lugar al enemigo que está en nosotros, si con recuerdo ininterrumpido mantenemos a Dios morando siempre en nuestros corazones; a quien sea toda gloria y toda adoración, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 4. Sobre la reunión de las aguas

    Hom. 4, § 1

    1. Hay ciudades donde los habitantes, desde el alba hasta la tarde, regalan sus ojos con los trucos de innumerables prestidigitadores. Nunca se cansan de oír canciones disolutas que hacen brotar mucha impureza en sus almas, y a menudo son llamados felices, porque descuidan los cuidados de los negocios y de los oficios útiles para la vida, y pasan el tiempo que se les ha asignado en esta tierra en la ociosidad y el placer. No saben que un teatro lleno de espectáculos impuros es, para quienes se sientan allí, una escuela común de vicios; que estas canciones melodiosas y meretricias se insinúan en las almas de los hombres, y todos los que las oyen, deseosos de imitar las notas de citaristas y flautistas, se llenan de inmundicia. Algunos otros, locos por los caballos, creen montar sus caballos en sueños; enganchan sus carros, cambian de auriga, y ni siquiera en el sueño se libran de la locura del día. ¿Y nosotros, a quienes el Señor, el gran obrador de maravillas, llama a la contemplación de sus propias obras, nos cansaremos de mirarlas o seremos lentos para oír las palabras del Espíritu Santo? ¿No nos mantendremos más bien en torno al vasto y variado taller de la creación divina y, transportados en espíritu a los tiempos antiguos, no contemplaremos todo el orden de la creación? El cielo, suspendido como una cúpula, por citar las palabras del profeta; la tierra, esta inmensa masa que descansa sobre sí misma; el aire a su alrededor, de naturaleza suave y fluida, verdadero y continuo alimento para todos los que lo respiran, de tal tenuidad que cede y se abre al menor movimiento del cuerpo, sin oponer resistencia a nuestros movimientos, mientras que, en un instante, vuelve a su lugar, detrás de quienes lo atraviesan; el agua, finalmente, que suministra bebida al hombre, o puede estar destinada a nuestras otras necesidades, y la maravillosa reunión de ella en lugares determinados que le han sido asignados: tal es el espectáculo que os mostrarán las palabras que acabo de leer.

    Hom. 4, § 2

    2. «Y dijo Dios: Reúnanse las aguas que están debajo del cielo en un solo lugar, y aparezca lo seco; y fue así.» Y las aguas que estaban debajo del cielo se reunieron en un solo lugar; «Y llamó Dios a lo seco tierra, y a la reunión de las aguas llamó mares». [] ¡Cuánta molestia me habéis causado en mis discursos anteriores preguntándome por qué la tierra era invisible, por qué todos los cuerpos están naturalmente dotados de color y por qué todo color cae bajo el sentido de la vista! Y, tal vez, mi razón no os pareció suficiente cuando dije que la tierra, sin ser naturalmente invisible, lo era para nosotros a causa de la masa de agua que la cubría por completo. Oíd, pues, cómo se explica la Escritura. «Reúnanse las aguas, y aparezca lo seco.» El velo se levanta y permite que se vea la tierra, hasta entonces invisible. Quizá me hagáis nuevas preguntas. Y, primero, ¿no es una ley de la naturaleza que el agua fluya hacia abajo? ¿Por qué, entonces, refiere la Escritura esto al fiat del Creador? Mientras el agua está extendida sobre una superficie nivelada, no fluye; está inmóvil. Pero cuando encuentra una pendiente, inmediatamente la porción delantera cae; luego la que sigue ocupa su lugar, y ésta es a su vez reemplazada por una tercera. Así fluyen incesantemente, empujándose unas a otras, y la rapidez de su curso es proporcional a la masa de agua transportada y a la pendiente por la que desciende. Si tal es la naturaleza del agua, era supererogatorio mandarle que se reuniera en un solo lugar. Estaba obligada, por su inestabilidad natural, a caer en la parte más honda de la tierra y a no detenerse hasta nivelar su superficie. Vemos que no hay nada tan nivelado como la superficie del agua. Además, añaden, ¿cómo recibieron las aguas la orden de reunirse en un solo lugar, cuando vemos varios mares, separados entre sí por las mayores distancias? A la primera pregunta respondo: Desde el mandato de Dios, conocéis perfectamente el movimiento del agua; sabéis que es inestable e inconstante y que cae naturalmente por las pendientes y en los lugares huecos. Pero ¿cuál era su naturaleza antes de que este mandato la hiciera tomar su curso? Ni vosotros mismos lo sabéis, ni lo habéis oído de ningún testigo ocular. Pensad, en realidad, que una palabra de Dios hace la naturaleza, y que esta orden es para la criatura una dirección para su curso futuro. Hubo una sola creación del día y de la noche, y desde aquel momento se han sucedido incesantemente y han dividido el tiempo en partes iguales.

    Hom. 4, § 3

    3. «Reúnanse las aguas.» Se ordenó que fuera propiedad natural del agua fluir, y en obediencia a esta orden, las aguas nunca se cansan en su curso. Al hablar así, sólo tengo en vista la propiedad de fluir de las aguas. Unas fluyen por sí mismas, como las fuentes y los ríos; otras están recogidas y estacionarias. Pero ahora hablo de las aguas que fluyen. «Reúnanse las aguas en un solo lugar.» ¿Nunca habéis pensado, al estar junto a una fuente que mana agua abundantemente, quién hace brotar esta agua de las entrañas de la tierra? ¿Quién la impulsa hacia arriba? ¿Dónde están los almacenes que la envían? ¿A qué lugar se apresura? ¿Cómo es que nunca se agota aquí y nunca se desborda allí? Todo esto proviene de aquel primer mandato; fue para las aguas una señal para su curso.
    En toda la historia de las aguas recordad esta primera orden, «reúnanse las aguas». Para ocupar los lugares que les fueron asignados, se vieron obligadas a fluir y, una vez llegadas allí, a permanecer en su lugar y no ir más lejos. Así, en el lenguaje de Eclesiastés, «Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena». [] Las aguas fluyen en virtud de la orden de Dios, y el mar está encerrado dentro de límites según esta primera ley: «Reúnanse las aguas en un solo lugar». Para que el agua no se extendiera más allá de su lecho y en sus sucesivas invasiones cubriera uno a uno todos los países y acabara inundando toda la tierra, recibió la orden de reunirse en un solo lugar. Así vemos a menudo al mar furioso levantar olas poderosas hasta el cielo y, una vez que ha tocado la orilla, quebrar su ímpetu en espuma y retirarse. «¿No me temeréis a mí, dice el Señor... que puse la arena por límite al mar?» [] Un grano de arena, la cosa más débil posible, frena la violencia del océano. Pues ¿qué impediría que el mar Rojo invadiera todo Egipto, que está más bajo, y se uniera al otro mar que baña sus costas, si no estuviera encadenado por el fiat del Creador? Y si digo que Egipto está más bajo que el mar Rojo, es porque la experiencia nos lo ha convencido cada vez que se ha intentado unir el mar de Egipto con el océano Índico, del cual el mar Rojo forma parte. Por eso hemos renunciado a esta empresa, como también el egipcio Sesostris, que concibió la idea, y Darío el Medo, que después quiso llevarla a cabo.
    Refiero este hecho para haceros comprender toda la fuerza del mandato, «Reúnanse las aguas en un solo lugar»; es decir, que no haya otra reunión y que, una vez reunidas, no se dispersen.
    Comentario editorial · Sesóstris, Darío y el canal entre el Nilo y el mar Rojo
    Basilio dice que el mar Rojo está más alto que Egipto y que por eso Sesóstris y «Darío el Medo» renunciaron a unir ambos mares. Jackson anota que el ejemplo viene de la Meteorología de Aristóteles (I, 14); recoge a Plinio (VI, 33), que nombra primero a Sesóstris, luego a Darío «de los persas» y después a Ptolomeo, y a Estrabón, para quien Darío se equivocó al creer a Egipto más bajo que el mar; y añade que Heródoto (II, 158) atribuye el canal a Necao. Wikipedia (Canal of the Pharaohs) resume la discordia: según Heródoto y las inscripciones de Darío el Grande, este lo abrió; según Aristóteles, Estrabón y Plinio, no lo terminó; probablemente lo empezó Necao II. Basilio escribe «el Medo»; los autores citados hablan de Darío, rey de los persas.

    Hom. 4, § 4

    4. Decir que las aguas se reunieron en un solo lugar indica que anteriormente estaban dispersas en muchos lugares. Los montes, surcados por profundos barrancos, acumulaban agua en sus valles cuando, desde todas las direcciones, las aguas se dirigieron al único lugar de reunión. ¡Qué vastas llanuras, semejantes por su extensión a anchos mares, qué valles, qué cavidades excavadas de maneras muy diversas, llenas de agua en aquel tiempo, debieron ser vaciadas por el mandato de Dios! Pero no debemos decir por ello que, si el agua cubría la faz de la tierra, todas las cuencas que desde entonces han recibido el mar estaban originalmente llenas. ¿De dónde pudo venir la reunión de las aguas si las cuencas ya estaban llenas? Estas cuencas, respondemos, sólo fueron preparadas en el momento en que el agua tuvo que unirse en una sola masa. En aquel tiempo no existía el mar que está más allá de Gadeira ni el vasto océano, tan temido por los navegantes, que rodea la isla de Britania y la España occidental. Pero, de repente, Dios creó este vasto espacio, y la masa de las aguas entró en él.
    Ahora bien, si nuestra explicación de la creación del mundo pudiera parecer contraria a la experiencia (porque es evidente que todas las aguas no fluyeron juntas a un solo lugar), pueden darse muchas respuestas, todas obvias apenas se enuncian. Tal vez sea incluso ridículo responder a tales objeciones. ¿Deben aducir en contra estanques y acumulaciones de agua de lluvia, y pensar que esto basta para echar por tierra nuestros razonamientos? Evidentemente, la afluencia principal y más completa de las aguas fue la que recibió el nombre de reunión en un solo lugar. Pues los pozos son también lugares de reunión de agua, hechos por mano del hombre para recibir la humedad difundida en el hueco de la tierra. Este nombre de reunión no significa cualquier aglomeración fortuita de agua, sino la mayor y más importante, en la que se muestra el elemento reunido. Del mismo modo que el fuego, a pesar de estar dividido en partículas diminutas suficientes para nuestras necesidades aquí, se extiende en masa en el éter; del mismo modo que el aire, a pesar de una división diminuta semejante, ha ocupado la región en torno a la tierra; así también el agua, a pesar de la pequeña cantidad esparcida por todas partes, sólo forma una reunión, la que separa todo el elemento del resto. Sin duda, los lagos, tanto los de las regiones septentrionales como los que se encuentran en Grecia, en Macedonia, en Bitinia y en Palestina, son reuniones de aguas; pero aquí se trata de la mayor de todas, de aquella reunión cuya extensión iguala a la de la tierra. Los primeros contienen gran cantidad de agua; nadie lo negará. Sin embargo, nadie podría darles razonablemente el nombre de mares, ni siquiera si son como el gran mar, cargados de sal y arena. Aducen, por ejemplo, el lago Asfaltites en Judea y el lago Serbónide, que se extiende entre Egipto y Palestina en el desierto de Arabia. Estos son lagos, y sólo hay un mar, como afirman quienes han viajado alrededor de la tierra. Aunque algunos autores piensan que los mares Hircano y Caspio están encerrados en sus propios límites, si hemos de creer a los geógrafos, se comunican entre sí y desembocan juntos en el Gran Mar. Es así como, según su relato, el mar Rojo y el de más allá de Gadeira sólo forman uno. Entonces, ¿por qué llamó Dios mares a las diferentes masas de agua? Ésta es la razón: las aguas fluyeron a un solo lugar, y sus diferentes acumulaciones, es decir, los golfos que la tierra abrazó en sus pliegues, recibieron del Señor el nombre de mares: mar del Norte, mar del Sur, mar Oriental y mar Occidental. Los mares tienen incluso sus propios nombres: el Euxino, la Propóntide, el Helesponto, el Egeo, el Jónico, el Sardo, el Siciliano, el Tirreno, y muchos otros nombres cuya enumeración exacta sería ahora demasiado larga y completamente fuera de lugar. He aquí por qué Dios llama mares a la reunión de las aguas. Pero volvamos al punto del que el curso de mi argumento me ha desviado.

    Hom. 4, § 5

    5. Y dijo Dios: «Reúnanse las aguas en un solo lugar y aparezca lo seco.» No dijo "aparezca la tierra", para que no se mostrara de nuevo sin forma, como lodo y en combinación con el agua, ni tampoco dotada de forma y virtud propias. Al mismo tiempo, para que no atribuyamos el secado de la tierra al sol, el Creador nos la muestra seca antes de la creación del sol. Sigamos el pensamiento que nos da la Escritura. No sólo el agua que cubría la tierra se retiró de ella, sino que toda la que se había infiltrado en sus profundidades se retiró obedeciendo a la orden irresistible del soberano Maestro. Y fue así. Esto basta para mostrar que la voz del Creador tuvo efecto; sin embargo, en varias ediciones se añade «Y el agua que estaba bajo los cielos se reunió en un solo lugar y lo seco fue visto»; palabras que otros intérpretes no han dado y que no parecen conformes al uso hebreo. En efecto, después de la afirmación «y fue así», es superfluo repetir exactamente lo mismo. En los ejemplares precisos estas palabras están marcadas con un óbelo, que es el signo de rechazo.
    «Y llamó Dios a lo seco tierra, y a la reunión de las aguas llamó mares.» [] ¿Por qué dice la Escritura más arriba que las aguas se reunieron en un solo lugar y que apareció lo seco? ¿Por qué añade aquí: apareció lo seco, y Dios le dio el nombre de tierra? Es que la sequedad es la propiedad que parece caracterizar la naturaleza del sujeto, mientras que la palabra tierra es sólo su simple nombre. Así como la razón es la facultad distintiva del hombre, y la palabra hombre sirve para designar al ser dotado de esta facultad, así la sequedad es la cualidad especial y propia de la tierra. El elemento esencialmente seco recibe, por tanto, el nombre de tierra, como el animal que tiene el relincho por grito característico se llama caballo. Los otros elementos, como la tierra, han recibido alguna propiedad peculiar que los distingue de los demás y los da a conocer por lo que son. Así, el agua tiene el frío por propiedad distintiva; el aire, la humedad; el fuego, el calor. Pero esta teoría se aplica realmente sólo a los elementos primitivos del mundo. Los elementos que contribuyen a la formación de los cuerpos y caen bajo nuestros sentidos nos muestran estas cualidades en combinación, y en el conjunto de la naturaleza nuestros ojos y sentidos no pueden encontrar nada completamente singular, simple y puro. La tierra es a la vez seca y fría; el agua, fría y húmeda; el aire, húmedo y cálido; el fuego, cálido y seco. Es por la combinación de sus cualidades que los distintos elementos pueden mezclarse. Gracias a una cualidad común, cada uno de ellos se mezcla con un elemento vecino, y esta alianza natural lo une al elemento contrario. Por ejemplo, la tierra, que es a la vez seca y fría, encuentra en el frío una relación que la une al agua, y por medio del agua se une al aire. El agua, colocada entre los dos, parece tender una mano a cada uno y, en razón de su doble cualidad, se alía a la tierra por el frío y al aire por la humedad. El aire, a su vez, ocupa el lugar intermedio y desempeña el papel de mediador entre las naturalezas enemigas del agua y del fuego, unido a la primera por la humedad y al segundo por el calor. Finalmente, el fuego, de naturaleza a la vez cálida y seca, está ligado al aire por el calor, y por su sequedad se reúne con la tierra. Y de este acuerdo y de esta mezcla mutua de elementos resulta un círculo y un coro armonioso por el cual cada elemento merece su nombre. He dicho esto para explicar por qué Dios ha dado a lo seco el nombre de tierra, sin llamar, sin embargo, seca a la tierra. Es porque la sequedad no es una de esas cualidades que la tierra adquirió después, sino una de las que constituyeron su esencia desde el principio. Ahora bien, aquello que hace existir a un cuerpo es naturalmente anterior a sus cualidades posteriores y tiene preeminencia sobre ellas. Es, pues, con razón que Dios eligió la característica más antigua de la tierra para designarla.
    Comentario editorial · Una frase con óbelo
    Basilio dice que en varias ediciones se añade, tras «y fue así» (Gn 1:9), una frase que repite lo mismo, y que otros intérpretes no la dan ni parece conforme al uso hebreo; en las copias exactas, añade, lleva un óbelo, «el signo de rechazo». Jackson explica que la adición no está en la Vulgata ni en Aquila, Símaco o Teodoción, que Jerónimo usa el óbelo (†) para marcar lo sobrante en la Septuaginta y que Ambrosio (Hexamerón III, 5) la aprueba. Según Wikipedia (Hexapla), que cita el comentario de Orígenes a Mateo, el óbelo servía en la Hexapla para señalar los lugares de la Septuaginta que faltaban en el hebreo. Son datos compatibles: Orígenes lo empleó así; Jerónimo, según Jackson, lo usó después para lo superfluo.

    Hom. 4, § 6

    6. «Y vio Dios que era bueno.» [] La Escritura no quiere decir simplemente que un aspecto agradable del mar se presentara a Dios. No es con los ojos como el Creador contempla la belleza de sus obras. Las contempla en su inefable sabiduría. Hermoso espectáculo es el mar todo brillante en una calma estable; hermoso también cuando, rizado por una ligera brisa, su superficie muestra tintes de púrpura y azul; cuando, en lugar de azotar con violencia las costas vecinas, parece besarlas con pacíficas caricias. Sin embargo, no es en esto donde la Escritura hace que Dios encuentre la bondad y el encanto del mar. Aquí es el propósito de la obra lo que constituye la bondad.
    En primer lugar, el agua del mar es la fuente de toda la humedad de la tierra. Se filtra por conductos imperceptibles, como lo prueban las aberturas y cuevas subterráneas adonde penetran sus olas; es recibida en canales oblicuos y sinuosos; luego, empujada por el viento, sube a la superficie de la tierra y la rompe, habiéndose vuelto potable y libre de su amargura por esta larga filtración. A menudo, movida por la misma causa, brota incluso de minas que ha atravesado, de las que recibe calor, y sube hirviendo y estalla con un calor ardiente, como puede verse en las islas y en la costa del mar; incluso tierra adentro, en ciertos lugares, en la vecindad de los ríos, por comparar las cosas pequeñas con las grandes, ocurren casi los mismos fenómenos. ¿A qué tienden estas palabras? A probar que la tierra está toda socavada por conductos invisibles, donde el agua viaja por todas partes bajo tierra desde las fuentes del mar.

    Hom. 4, § 7

    7. Así, a los ojos de Dios, el mar es bueno, porque forma la corriente subterránea de humedad en las profundidades de la tierra. Es bueno también, porque por todos lados recibe los ríos sin exceder sus límites. Es bueno, porque es el origen y la fuente de las aguas del aire. Calentado por los rayos del sol, se escapa en vapor, es atraído a las altas regiones del aire y allí se enfría a causa de su elevación por encima de la refracción de los rayos desde el suelo; y, añadiéndose a esta refrigeración la sombra de las nubes, se convierte en lluvia y fecunda la tierra. Si hay incrédulos, que miren las calderas puestas al fuego, que, aunque llenas de agua, a menudo quedan vacías porque toda el agua se evapora y se resuelve en vapor. Los marineros también hierven incluso el agua del mar, recogiendo el vapor en esponjas, para apagar su sed en una necesidad apremiante.
    Finalmente, el mar es bueno a los ojos de Dios, porque ciñe las islas, de las cuales forma a la vez la muralla y la belleza; porque reúne las partes más distantes de la tierra y facilita la comunicación mutua de los navegantes. Por este medio nos da el bien de la información general, suministra al mercader su riqueza y provee fácilmente a las necesidades de la vida, permitiendo a los ricos exportar sus superfluidades y bendiciendo a los pobres con la provisión de lo que les falta.
    Pero ¿de dónde percibo yo la bondad del Océano, tal como apareció a los ojos del Creador? Si el Océano es bueno y digno de alabanza ante Dios, ¡cuánto más hermosa es la asamblea de una Iglesia como ésta, donde las voces de hombres, de niños y de mujeres se elevan en nuestras oraciones a Dios, mezclándose y resonando como las olas que baten contra la orilla! Esta Iglesia goza también de una calma profunda, y los espíritus maliciosos no pueden turbarla con el soplo de la herejía. Mereced, pues, la aprobación del Señor permaneciendo fieles a tan buena guía, en nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 5. La germinación de la tierra

    Hom. 5, § 1

    1. «Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba, hierba que dé semilla, y árbol frutal que dé fruto según su especie, cuya semilla esté en sí mismo.» [] Fue profunda sabiduría la que ordenó a la tierra, cuando descansaba tras haber descargado el peso de las aguas, que primero produjese hierba y luego madera, como vemos que aún lo hace en este tiempo. Porque la voz que se oyó entonces y este mandato fueron para ella como una ley natural y permanente; le dieron fertilidad y el poder de producir fruto por todos los siglos venideros; «Produzca la tierra.» La producción de los vegetales muestra primero la germinación. Cuando los gérmenes comienzan a brotar forman hierba; ésta se desarrolla y se convierte en planta, la cual insensiblemente recibe sus diferentes articulaciones y alcanza su madurez en la semilla. Así todas las cosas que brotan y están verdes se desarrollan. «Produzca la tierra hierba verde.» Produzca la tierra por sí misma, sin tener necesidad de ayuda externa. Algunos consideran al sol como la fuente de toda productividad en la tierra. Es, dicen, la acción del calor del sol la que atrae la fuerza vital desde el centro de la tierra a la superficie. La razón por la que el adorno de la tierra fue anterior al sol es la siguiente: para que quienes adoran al sol, como fuente de vida, renuncien a su error. Si están bien persuadidos de que la tierra fue adornada antes del nacimiento del sol, retractarán su admiración desmedida por él, porque ven que la hierba y las plantas vegetan antes de que él salga. Si, pues, el alimento para los rebaños fue preparado, ¿pareció nuestra raza menos digna de una solicitud semejante? Quien proveyó pasto para caballos y ganado, pensó ante todo en vuestras riquezas y placeres. Si alimentó a vuestro ganado, fue para proveer a todas las necesidades de vuestra vida. ¿Y qué objeto tuvo la producción del grano, sino vuestra subsistencia? Además, muchas hierbas y verduras sirven de alimento al hombre.

    Hom. 5, § 2

    2. «Produzca la tierra hierba que dé semilla según su especie.» De modo que, aunque alguna clase de hierba sirva a los animales, su beneficio es también beneficio nuestro, y las semillas están especialmente destinadas a nuestro uso. Tal es el verdadero sentido de las palabras que he citado. «Produzca la tierra hierba, hierba que dé semilla según su especie.» De esta manera podemos restablecer el orden de las palabras, cuya construcción parece defectuosa en la versión actual, y la economía de la naturaleza será rigurosamente observada. En efecto, primero viene la germinación, luego el verdor, luego el crecimiento de la planta, la cual, después de haber alcanzado su pleno desarrollo, llega a la perfección en la semilla.
    ¿Cómo entonces, dicen, puede la Escritura describir todas las plantas de la tierra como portadoras de semilla, cuando la caña, la grama, la menta, el azafrán, el ajo, el junco florido e innumerables especies no producen semilla? A esto respondemos que muchas hortalizas tienen su virtud seminal en la parte inferior y en las raíces. La caña, por ejemplo, después de su crecimiento anual echa un brote de sus raíces, que ocupa el lugar de la semilla para los árboles futuros. Muchísimas otras hortalizas son iguales, y en toda la tierra se reproducen por las raíces. Nada, pues, es más verdadero que el que cada planta produce su semilla o contiene alguna virtud seminal; esto es lo que se quiere decir con «según su especie.» De modo que el brote de una caña no produce un olivo, sino que de una caña nace otra caña, y de una clase de semilla brota siempre una planta de la misma clase. Así, todo lo que brotó de la tierra en su primera producción se mantiene igual hasta nuestro tiempo, gracias a la reproducción constante de la especie.
    «Produzca la tierra.» Mira cómo, ante esta breve palabra, ante este breve mandato, la tierra fría y estéril se estremeció y se apresuró a dar su fruto, al despojarse de su triste y lúgubre cobertura para vestirse con un manto más brillante, orgullosa de su propio adorno y mostrando la infinita variedad de las plantas.
    Deseo que la creación os penetre de tanta admiración que en todas partes, dondequiera que estéis, la más pequeña planta os traiga el claro recuerdo del Creador. Si veis la hierba de los campos, pensad en la naturaleza humana y recordad la comparación del sabio Isaías. «Toda carne es hierba, y toda su gloria como la flor del campo.» En verdad, el rápido curso de la vida, el breve gozo y el placer que un instante de felicidad da al hombre, todo encaja maravillosamente con la comparación del profeta. Hoy es vigoroso de cuerpo, engordado por el lujo, en la flor de la edad, de tez hermosa como las flores, fuerte, poderoso y de energía irresistible; mañana será objeto de compasión, marchitado por la edad o agotado por la enfermedad. Otro resplandece en todo el esplendor de una brillante fortuna, y en torno a él una multitud de aduladores, un séquito de falsos amigos tras sus favores; una multitud de parientes, pero no de parentesco verdadero; un enjambre de criados que se agolpan tras él para proveer a su alimento y a todas sus necesidades; y en sus idas y venidas esta innumerable comitiva, que arrastra tras sí, excita la envidia de todos los que encuentra. A la fortuna puede añadirse el poder en el Estado, los honores otorgados por el trono imperial, el gobierno de una provincia o el mando de ejércitos; un heraldo que le precede grita en alta voz; lictores a derecha e izquierda llenan también de espanto a sus súbditos: golpes, confiscaciones, destierros, prisiones, y todos los medios con que infunde un terror intolerable a todos los que ha de gobernar. ¿Y entonces qué? Una noche, una fiebre, una pleuresía o una inflamación de los pulmones arrebata a este hombre de en medio de los hombres, despojado en un instante de todos los adornos de su papel, y toda esta gloria suya se muestra como un mero sueño. Por eso el Profeta ha comparado la gloria humana a la flor más débil.

    Hom. 5, § 3

    3. Hasta este punto, el orden en que brotan las plantas da testimonio de su primera disposición. Toda hierba, toda planta procede de un germen. Si, como la grama y el azafrán, echa un brote de su raíz y de esta protuberancia inferior, debe siempre germinar y salir hacia fuera. Si procede de una semilla, hay todavía, por necesidad, primero un germen, luego el brote, luego el follaje verde y, por fin, el fruto que madura sobre un tallo hasta entonces seco y grueso. «Produzca la tierra hierba.» Cuando la semilla cae en la tierra, que contiene la justa combinación de calor y humedad, se hincha y se vuelve porosa, y, asiendo la tierra circundante, atrae hacia sí todo lo que le conviene y tiene afinidad con ella. Estas partículas de tierra, por pequeñas que sean, al caer e insinuarse en todos los poros de la semilla, ensanchan su volumen y la hacen echar raíces abajo y brotes arriba, enviando tallos no menos numerosos que las raíces. Como el germen se calienta siempre, la humedad, elevada por las raíces y ayudada por la atracción del calor, extrae del suelo la cantidad adecuada de alimento y la distribuye al tallo, a la corteza, a la vaina, a la semilla misma y a las aristas con que está armada. Gracias a estas acreciones sucesivas, cada planta alcanza su desarrollo natural, tanto el grano como las hortalizas, las hierbas o los arbustos. Una sola planta, una brizna de hierba es suficiente para ocupar toda vuestra inteligencia en la contemplación de la habilidad que la produjo. ¿Por qué el tallo del trigo es mejor con nudos? ¿No son como ataduras que le ayudan a soportar fácilmente el peso de la espiga, cuando está henchida de fruto y se inclina hacia la tierra? Así, mientras que la avena, que no tiene peso que soportar en lo alto, carece de estos soportes, la naturaleza los ha provisto para el trigo. Ha ocultado el grano en una vaina, para que no quede expuesto al pillaje de los pájaros, y lo ha provisto de una muralla de barbas que, como dardos, lo protegen contra los ataques de las criaturas diminutas.

    Hom. 5, § 4

    4. ¿Qué diré? ¿Qué callaré? En los ricos tesoros de la creación es difícil escoger lo más precioso; demasiado grave es la pérdida de lo que se omite. «Produzca la tierra hierba;» y al instante, junto con las plantas útiles, aparecen las nocivas; con el grano, la cicuta; con las demás plantas nutritivas, el eléboro, el acónito, la mandrágora y el jugo de la amapola. ¿Qué, pues? ¿No mostraremos gratitud por tantos dones benéficos y reprocharemos al Creador los que pueden ser nocivos para nuestra vida? ¿Y no reflexionaremos que no todo ha sido creado en vista de las necesidades de nuestro vientre? Las plantas nutritivas, destinadas a nuestro uso, están a mano y son conocidas de todo el mundo. Pero en la creación nada existe sin razón. La sangre del toro es veneno: ¿acaso este animal, cuya fuerza es tan útil al hombre, no debió haber sido creado, o, si fue creado, debió haber sido sin sangre? Pero tienes bastante sentido en ti mismo para mantenerte libre de las cosas mortíferas. ¡Cómo! Las ovejas y las cabras saben apartarse de lo que amenaza su vida, discerniendo el peligro por instinto solo: y tú, que tienes la razón y el arte de la medicina para suplir lo que necesitas, y la experiencia de tus antepasados para decirte que evites todo lo peligroso, ¡me dices que te resulta difícil guardarte de los venenos! Pero ni una sola cosa ha sido creada sin razón, ni una sola cosa es inútil. Una sirve de alimento a algún animal; la medicina ha encontrado en otra un alivio para una de nuestras enfermedades. Así, el estornino come cicuta, pues su constitución lo hace insensible a la acción del veneno. Gracias a la tenuidad de los poros de su corazón, el jugo maligno apenas es tragado cuando ya es digerido, antes de que su frialdad pueda atacar las partes vitales. La codorniz, gracias a su temperamento peculiar, por el cual escapa a los efectos peligrosos, se alimenta de eléboro. Hay incluso circunstancias en que los venenos son útiles a los hombres; con la mandrágora los médicos nos dan sueño; con el opio calman dolores violentos. La cicuta ha sido usada en otro tiempo para apaciguar la furia de enfermedades rebeldes; y muchas veces el eléboro ha eliminado enfermedades arraigadas. Estas plantas, pues, en lugar de hacerte acusar al Creador, te dan un nuevo motivo de gratitud.

    Hom. 5, § 5

    5. «Produzca la tierra hierba.» ¡Qué provisión espontánea está incluida en estas palabras: la que está presente en la raíz, en la planta misma y en el fruto, así como la que añaden nuestro trabajo y nuestra labranza! Dios no mandó a la tierra que diese inmediatamente semilla y fruto, sino que produjera gérmenes, que reverdeciera y que llegara a la madurez en la semilla; de modo que este primer mandato enseña a la naturaleza lo que ha de hacer en el curso de los siglos. Pero, preguntan, ¿es cierto que la tierra produce semilla según su especie, cuando a menudo, después de haber sembrado trigo, recogemos grano negro? Esto no es un cambio de especie, sino una alteración, una enfermedad del grano. No ha dejado de ser trigo; es negro por haber sido quemado, como puede aprenderse por su nombre. Si una helada severa lo hubiera quemado, tendría otro color y un sabor distinto. Incluso pretenden que, si pudiera encontrar tierra adecuada y temperatura moderada, volvería a su primera forma. Así, no encuentras nada en la naturaleza contrario al mandato divino. En cuanto a la cizaña y todos esos granos bastardos que se mezclan con la mies, las cizañas de la Escritura, lejos de ser una variedad de grano, tienen su propio origen y su propia especie; imagen de los que alteran la doctrina del Señor y, no estando rectamente instruidos en la palabra, sino corrompidos por la enseñanza del maligno, se mezclan con el cuerpo sano de la Iglesia para esparcir sus perniciosos errores secretamente entre almas más puras. El Señor compara así la perfección de los que creen en Él al crecimiento de la semilla, «como si un hombre echara semilla en la tierra; y durmiera y se levantara, de noche y de día, y la semilla brotara y creciera, sin que él sepa cómo. Porque la tierra da fruto de sí misma; primero la hierba, luego la espiga, después el grano lleno en la espiga.» [Mateo 4:26-28] «Produzca la tierra hierba.» En un instante la tierra comenzó, por la germinación, a obedecer las leyes del Creador, completó todas las etapas del crecimiento y llevó los gérmenes a la perfección. Las praderas se cubrieron de hierba espesa, las fértiles llanuras se estremecieron con las mieses, y el movimiento del grano era como el oleaje del mar. Toda planta, toda hierba, el más pequeño arbusto, la más mínima hortaliza, surgió de la tierra en todo su esplendor. No hubo fracaso en esta primera vegetación: ni la inexperiencia del labrador, ni la inclemencia del tiempo, nada pudo dañarla; entonces la sentencia de condenación no encadenaba la fertilidad de la tierra. Todo esto fue antes del pecado que nos condenó a comer nuestro pan con el sudor de nuestra frente.

    Hom. 5, § 6

    6. «Produzca la tierra,» añade el Creador, «el árbol frutal que dé fruto según su especie, cuya semilla esté en sí mismo.» []
    A este mandato, todo soto se plantó espesamente; todos los árboles, abeto, cedro, ciprés, pino, se elevaron a su mayor altura, y los arbustos se vistieron al instante de espeso follaje. Las plantas llamadas coronarias, rosas, mirtos, laureles, no existían; en un momento llegaron a ser, cada una con sus peculiaridades distintivas. Diferencias muy marcadas las separaban de otras plantas, y cada una se distinguía por un carácter propio. Pero entonces la rosa estaba sin espinas; desde entonces la espina se ha añadido a su belleza, para hacernos sentir que el dolor está muy cerca del placer, y para recordarnos nuestro pecado, que condenó a la tierra a producir espinas y abrojos. Pero, dicen, la tierra ha recibido el mandato de producir árboles «que den fruto cuya semilla esté en sí mismo,» y vemos muchos árboles que no tienen ni fruto ni semilla. ¿Qué responderemos? Primero, que sólo se mencionan los árboles más importantes; y luego, que un examen cuidadoso nos mostrará que todo árbol tiene semilla, o alguna propiedad que hace sus veces. El álamo negro, el sauce, el olmo, el álamo blanco, todos los árboles de esta familia, no producen ningún fruto aparente; sin embargo, un observador atento encuentra semilla en cada uno de ellos. Ese grano que está en la base de la hoja, y que quienes se ocupan de inventar palabras llaman mischos, tiene la propiedad de la semilla. Y hay árboles que se reproducen por sus ramas, echando raíces de ellas. Quizá deberíamos considerar incluso como semillas los retoños que brotan de las raíces de un árbol: pues los cultivadores los arrancan para multiplicar la especie. Pero, ya lo hemos dicho, se trata principalmente de los árboles que más contribuyen a nuestra vida; que ofrecen sus variados frutos al hombre y le proporcionan abundante alimento. Tal es la vid, que produce vino para alegrar el corazón del hombre; tal es el olivo, cuyo fruto ilumina su rostro con aceite. ¡Cuántas cosas de la naturaleza se combinan en la misma planta! En una vid, raíces, ramas verdes y flexibles que se extienden lejos sobre la tierra, yemas, zarcillos, racimos de uvas agrias y uvas maduras. La vista de una vid, cuando es observada por un ojo inteligente, sirve para recordarte tu naturaleza. Sin duda recuerdas la parábola en la que el Señor se llama a sí mismo vid y a su Padre el labrador, y a cada uno de nosotros, injertados por la fe en la Iglesia, los sarmientos. Él nos invita a producir frutos en abundancia, por temor a que nuestra esterilidad nos condene al fuego. [cf. Juan 15:1-6] Constantemente compara nuestras almas a las vides. «Mi amado,» dice, «tiene una viña en una colina muy fértil,» [] y en otro lugar: «planté una viña y la rodeé de una cerca.» [] Evidentemente llama vides suyas a las almas humanas, a esas almas a las que ha rodeado con la autoridad de sus preceptos y una guardia de ángeles. «El ángel del Señor acampa en derredor de los que le temen.» Y además: ha plantado para nosotros, por así decir, tutores, al establecer en su Iglesia apóstoles, profetas, maestros; y elevando nuestros pensamientos por el ejemplo de los bienaventurados de antaño, no ha permitido que se arrastren por la tierra y sean pisoteados. Quiere que los abrazos del amor, como los zarcillos de la vid, nos unan a nuestros vecinos y nos hagan descansar en ellos, de modo que, en nuestras continuas aspiraciones hacia el cielo, imitemos a esas vides que se elevan hasta las copas de los árboles más altos. Nos pide también que nos dejemos cavar alrededor; y eso es lo que hace el alma cuando se desembaraza de los cuidados del mundo, que son un peso sobre nuestro corazón. Quien, pues, está libre de los afectos carnales y del amor a las riquezas y, lejos de dejarse deslumbrar por ellos, desdeña y desprecia esta miserable vanagloria, está, por así decir, cavado y al fin respira, libre del peso inútil de los pensamientos terrenos. Ni debemos, según el espíritu de la parábola, echar demasiada madera, es decir, vivir con ostentación y ganar el aplauso del mundo; debemos dar frutos, guardando la prueba de nuestras obras para el labrador. Sed «como un olivo verde en la casa de Dios,» nunca desprovistos de esperanza, sino adornados por la fe con la flor de la salvación. Así os asemejaréis al verdor eterno de esta planta y rivalizaréis con ella en fecundidad, si cada día os ve dar abundantemente en limosnas.

    Hom. 5, § 7

    7. Pero volvamos al examen de los ingeniosos artificios de la creación. ¡Cuántos árboles surgieron entonces, unos para darnos sus frutos, otros para techar nuestras casas, otros para construir nuestras naves, otros para alimentar nuestros fuegos! ¡Qué variedad en la disposición de sus diversas partes! Y, sin embargo, ¡cuán difícil es hallar la propiedad distintiva de cada uno y captar la diferencia que los separa de las demás especies! Unos echan raíces profundas, otros no; unos se yerguen rectos y tienen un solo tronco, otros parecen amar la tierra y, desde la raíz hacia arriba, se dividen en varios brotes. Aquellos cuyas largas ramas se extienden a lo lejos en el aire tienen también raíces profundas que se despliegan en una amplia circunferencia, verdadero cimiento puesto por la naturaleza para sostener el peso del árbol. ¡Qué variedad hay en la corteza! Unas plantas la tienen lisa, otras rugosa; unas tienen una sola capa, otras varias. ¡Qué cosa admirable! Podéis hallar en la juventud y la vejez de las plantas semejanzas con las del hombre. Jóvenes y vigorosas, su corteza está tensa; cuando envejecen, es áspera y arrugada. Cortad una, y echa nuevos brotes; la otra queda en adelante estéril y como herida de muerte. Pero además se ha observado que los pinos, cortados o incluso sometidos a la acción del fuego, se convierten en un bosque de encinas. Sabemos también que la industria de los agricultores remedia los defectos naturales de ciertos árboles. Así, el granado agrio y las almendras amargas, si se perfora el tronco del árbol cerca de la raíz para introducir en medio de la médula una cuña untuosa de pino, pierden la acidez de su jugo y se vuelven frutos deliciosos. No desespere, pues, de sí mismo el pecador, al pensar que si la agricultura puede cambiar los jugos de las plantas, los esfuerzos del alma por alcanzar la virtud ciertamente pueden triunfar sobre todas las debilidades.
    Ahora bien, hay tal variedad de frutos en los árboles frutales que supera toda expresión; variedad no solo en los frutos de árboles de familias distintas, sino aun en los de la misma especie, si es verdad, como dicen los jardineros, que el sexo del árbol influye en el carácter de sus frutos. Distinguen en las palmeras el macho de la hembra; a veces vemos que las que llaman hembras inclinan sus ramas, como con apasionado deseo, e invitan a los abrazos del macho. Entonces, quienes cuidan estas plantas sacuden sobre esas palmeras el polvo fecundante de la palmera macho, el psen, como lo llaman: el árbol parece compartir los placeres del goce; luego levanta sus ramas y su follaje recobra su forma acostumbrada. Lo mismo se dice de la higuera. Unos plantan higueras silvestres junto a las higueras cultivadas, y hay otros que, para remediar la debilidad de la higuera productiva de nuestros jardines, atan a las ramas higos verdes y así retienen el fruto que ya había comenzado a caer y a perderse. ¿Qué lección nos da aquí la naturaleza? Que a menudo debemos tomar prestado, aun de quienes son extraños a la fe, cierto vigor para manifestar las buenas obras. Si veis fuera de la Iglesia, en la vida pagana, o en medio de una herejía perniciosa, el ejemplo de la virtud y de la fidelidad a las leyes morales, redoblad vuestros esfuerzos para asemejaros a la higuera productiva, que junto a la higuera silvestre cobra fuerza, impide que el fruto se desprenda y lo nutre con más cuidado.

    Hom. 5, § 8

    8. Las plantas se reproducen de tantas maneras distintas que solo podemos tocar las principales. En cuanto a los frutos mismos, ¿quién podría pasar revista a sus variedades, a sus formas, a sus colores, al sabor peculiar y al uso de cada uno? ¿Por qué unos frutos maduran expuestos desnudos a los rayos del sol, mientras otros se henchían envueltos en cáscaras? Los árboles cuyo fruto es tierno tienen, como la higuera, una espesa sombra de hojas; aquellos, por el contrario, cuyos frutos son más recios, como la nuez, solo están cubiertos por una sombra ligera. La delicadeza de los primeros exige más cuidado; si los segundos tuvieran una envoltura más gruesa, la sombra de las hojas sería perjudicial. ¿Por qué es dentada la hoja de la vid, sino para que los racimos de uvas puedan a la vez resistir las injurias del aire y recibir por las aberturas todos los rayos del sol? Nada se ha hecho sin motivo, nada por azar. Todo muestra una sabiduría inefable.
    ¿Qué discurso puede abarcarlo todo? ¿Puede la mente humana hacer una revista exacta, notar cada propiedad distintiva, exhibir todas las diferencias, desvelar con certeza tantas causas misteriosas? La misma agua, elevada por la raíz, nutre de manera distinta la raíz misma, la corteza del tronco, la madera y la médula. Se convierte en hoja, se distribuye entre las ramas y los sarmientos y hace henchir los frutos; da a la planta su goma y su savia. ¿Quién nos explicará la diferencia entre todo esto? Hay diferencia entre la goma del lentisco y el jugo del bálsamo, diferencia entre lo que destila en Egipto y Libia del hinojo. El ámbar es, dicen, la savia cristalizada de las plantas. Y como prueba, ved los trocitos de paja y los pequeños insectos que han quedado atrapados en la savia cuando aún estaba líquida y allí aprisionados. En una palabra, nadie sin larga experiencia podría hallar términos para expresar su virtud. ¿Cómo, además, esta agua se convierte en vino en la vid y en aceite en el olivo? Y lo maravilloso no es verla volverse dulce en un fruto, grasa y untuosa en otro, sino ver en los frutos dulces una inexpresable variedad de sabor. Hay una dulzura de la uva, otra de la manzana, otra del higo, otra del dátil. De buen grado os daré la satisfacción de continuar esta investigación. ¿Cómo es que esta misma agua tiene a veces un sabor dulce, suavizado por permanecer en ciertas plantas, y otras veces pica el paladar porque se ha vuelto ácida al pasar por otras? ¿Cómo, además, alcanza un amargor extremo y hace áspera la boca cuando se halla en el ajenjo y en la escamonea? ¿Que en las bellotas y en el cornejo tiene un sabor agudo y áspero? ¿Que en el terebinto y en el nogal se convierte en una materia suave y oleosa?

    Hom. 5, § 9

    9. Pero ¿qué necesidad hay de continuar, cuando en la misma higuera tenemos los sabores más opuestos: tan amargo en la savia como dulce en el fruto? ¿Y en la vid, no es tan dulce en las uvas como astringente en los sarmientos? ¡Y qué variedad de color! Mirad cómo en un prado esta misma agua se vuelve roja en una flor, púrpura en otra, azul en esta, blanca en aquella. Y esta diversidad de colores, ¿puede compararse con la de los aromas? Pero percibo que una curiosidad insaciable está arrastrando mi discurso más allá de sus límites. Si no me detengo y lo hago volver a la ley de la creación, me faltará el día mientras os hago ver gran sabiduría en las cosas pequeñas.
    «Produzca la tierra el árbol frutal que da fruto.» Al instante, las cumbres de los montes se cubrieron de follaje: paradisos fueron dispuestos con arte, y una infinidad de plantas embelleció las riberas de los ríos. Unas eran para el adorno de la mesa del hombre; otras para nutrir a los animales con sus frutos y sus hojas; otras para proporcionar ayuda medicinal dándonos su savia, su jugo, sus astillas, su corteza o su fruto. En una palabra, la experiencia de los siglos, aprovechando toda ocasión, no ha podido descubrir nada útil que la penetrante previsión del Creador no haya percibido primero y llamado a la existencia. Por tanto, cuando veáis los árboles de nuestros jardines, o los del bosque, los que aman el agua o la tierra, los que dan flores o los que no florecen, quisiera veros reconocer la grandeza aun en los objetos pequeños, añadiendo sin cesar a vuestra admiración y redoblando vuestro amor al Creador. Preguntaos por qué ha hecho unos árboles de hoja perenne y otros de hoja caduca; por qué, entre los primeros, unos pierden sus hojas y otros las conservan siempre. Así, el olivo y el pino pierden sus hojas, aunque las renuevan insensiblemente y nunca parecen despojarse de su verdor. La palmera, por el contrario, desde su nacimiento hasta su muerte, está siempre adornada con el mismo follaje. Pensad también en la doble vida del tamarisco: es una planta acuática y, sin embargo, cubre el desierto. Así, Jeremías lo compara con el peor de los caracteres: el carácter doble.

    Hom. 5, § 10

    10. «Produzca la tierra.» Este breve mandato fue en un instante una naturaleza vasta, un sistema elaborado. Más veloz que el pensamiento produjo las innumerables cualidades de las plantas. Es este mandato el que, aún hoy, se impone a la tierra, y en el curso de cada año despliega toda la fuerza de su poder para producir hierbas, semillas y árboles. Como los trompos, que después del primer impulso continúan sus evoluciones, girando sobre sí mismos una vez fijados en su centro, así la naturaleza, recibiendo el impulso de este primer mandato, sigue sin interrupción el curso de los siglos, hasta la consumación de todas las cosas. Apresurémonos todos a alcanzarla, llenos de fruto y de buenas obras; y así, plantados en la casa del Señor, floreceremos en los atrios de nuestro Dios, en nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 6. La creación de los cuerpos luminosos

    Hom. 6, § 1

    1. En los espectáculos del circo, el espectador debe unirse a los esfuerzos de los atletas. Así lo indican las leyes del espectáculo, pues prescriben que todos tengan la cabeza descubierta cuando se hallan en el estadio. El objeto de esto, en mi opinión, es que cada uno no sea allí solo espectador de los atletas, sino, en cierta medida, un verdadero atleta él mismo. Así, para investigar el grande y prodigioso espectáculo de la creación, para comprender la sabiduría suprema e inefable, debéis traer vuestra propia luz para la contemplación de las maravillas que despliego ante vuestros ojos, y ayudarme, según vuestras fuerzas, en esta lucha, donde no sois tanto jueces como compañeros de combate, por temor de que la verdad se os escape y de que mi error se convierta en vuestro perjuicio común. ¿Por qué estas palabras? Porque nos proponemos estudiar el mundo como un todo y considerar el universo, no con la luz de la sabiduría mundana, sino con aquella con que Dios quiere iluminar a su siervo, cuando le habla en persona y sin enigmas. Porque es absolutamente necesario que todos los amantes de los grandes y magníficos espectáculos traigan una mente bien preparada para estudiarlos. Si a veces, en una noche luminosa, mientras contempláis con ojos vigilantes la inexpresable belleza de las estrellas, habéis pensado en el Creador de todas las cosas; si os habéis preguntado quién ha salpicado el cielo con tales flores y por qué las cosas visibles son aun más útiles que bellas; si a veces, de día, habéis estudiado las maravillas de la luz, si os habéis elevado por las cosas visibles al Ser invisible, entonces sois un oyente bien preparado y podéis ocupar vuestro lugar en este augusto y bienaventurado anfiteatro. Venid de la misma manera en que alguien que no conoce una ciudad es llevado de la mano y conducido por ella; así voy a conduciros, como a extranjeros, por las misteriosas maravillas de esta gran ciudad del universo. Nuestra primera patria estuvo en esta gran ciudad, de donde nos expulsó el demonio asesino cuyos halagos sedujeron al hombre a la esclavitud. Allí veréis el primer origen del hombre y su inmediata presa por la muerte, producida por el pecado, primogénito del espíritu maligno. Sabréis que estáis formados de tierra, pero sois obra de las manos de Dios; mucho más débiles que el bruto, pero ordenados a mandar a los seres sin razón y sin alma; inferiores en cuanto a ventajas naturales, pero, gracias al privilegio de la razón, capaces de elevaros al cielo. Si estamos penetrados de estas verdades, nos conoceremos a nosotros mismos, conoceremos a Dios, adoraremos a nuestro Creador, serviremos a nuestro Señor, glorificaremos a nuestro Padre, amaremos a nuestro Sustentador, bendeciremos a nuestro Bienhechor, no cesaremos de honrar al Príncipe de la vida presente y futura, que, por las riquezas que derrama sobre nosotros en este mundo, nos hace creer en sus promesas y utiliza los bienes presentes para fortalecer nuestra esperanza del futuro. En verdad, si tales son los bienes del tiempo, ¿cuáles serán los de la eternidad? Si tal es la belleza de las cosas visibles, ¿qué pensaremos de las invisibles? Si la grandeza del cielo excede la medida de la inteligencia humana, ¿qué mente podrá rastrear la naturaleza de lo eterno? Si el sol, sujeto a corrupción, es tan bello, tan grande, tan rápido en su movimiento, tan invariable en su curso; si su grandeza está en tan perfecta armonía y debida proporción con el universo; si, por la belleza de su naturaleza, brilla como un ojo brillante en medio de la creación; si, en fin, uno no puede cansarse de contemplarlo, ¿cuál será la belleza del Sol de Justicia? Si el ciego sufre por no ver el sol material, ¡qué privación es para el pecador no gozar de la luz verdadera!

    Hom. 6, § 2

    2. «Y dijo Dios: Haya lumbreras en el firmamento del cielo para alumbrar la tierra y para separar el día de la noche.» El cielo y la tierra fueron los primeros; después de ellos fue creada la luz; el día había sido distinguido de la noche, luego habían aparecido el firmamento y el elemento seco. El agua había sido recogida en el depósito que se le asignó, la tierra mostraba sus producciones, había hecho germinar muchas clases de hierbas y estaba adornada con toda clase de plantas. Sin embargo, el sol y la luna no existían todavía, para que quienes viven en la ignorancia de Dios no consideren al sol como el origen y el padre de la luz, o como el hacedor de todo lo que brota de la tierra. Por eso hubo un cuarto día, y entonces dijo Dios: «Haya lumbreras en el firmamento del cielo.»
    Una vez que habéis aprendido Quién habló, pensad inmediatamente en el que escuchó. Dios dijo: «Haya lumbreras... y Dios hizo dos grandes lumbreras.» ¿Quién habló? ¿Y Quién hizo? ¿No veis una doble persona? Por todas partes, en lenguaje místico, la historia está sembrada de los dogmas de la teología.
    Viene luego el motivo que causó la creación de las lumbreras. Era iluminar la tierra. Ya había sido creada la luz; ¿por qué, pues, decir que el sol fue creado para dar luz? Y, en primer lugar, no os riáis de la extrañeza de esta expresión. No seguimos vuestra delicadeza de palabras, y nos preocupamos poco de darles un giro armonioso. Nuestros escritores no se entretienen puliendo sus períodos, y en todas partes preferimos la claridad de las palabras a las expresiones sonoras. Ved, pues, si con esta expresión «alumbrar» el escritor sagrado dio a entender suficientemente su pensamiento. Ha puesto «dar luz» en lugar de «iluminación.» Ahora bien, no hay aquí nada contradictorio con lo que se ha dicho de la luz. Entonces se produjo la naturaleza misma de la luz; ahora el cuerpo del sol está construido para ser vehículo de aquella luz original. Una lámpara no es fuego. El fuego tiene la propiedad de iluminar, y hemos inventado la lámpara para alumbrarnos en la oscuridad. Del mismo modo, los cuerpos luminosos han sido fabricados como vehículo de aquella luz pura, clara e inmaterial. El Apóstol nos habla de ciertas luces que brillan en el mundo sin confundirse con la luz verdadera del mundo, cuya posesión hizo de los santos lumbreras de las almas que instruían y sacaban de las tinieblas de la ignorancia. Por esto el Creador de todas las cosas hizo el sol además de aquella luz gloriosa, y lo puso brillando en los cielos.

    Hom. 6, § 3

    3. Y que nadie suponga que es increíble que el resplandor de la luz sea una cosa, y el cuerpo que es su vehículo material otra. Primero, en todas las cosas compuestas distinguimos la sustancia susceptible de cualidad, y la cualidad que recibe. La naturaleza de la blancura es una cosa; otra es la del cuerpo que es blanqueado; así difieren las naturalezas que acabamos de ver reunidas por el poder del Creador. Y no me digáis que es imposible separarlas. Ni siquiera pretendo poder separar la luz del cuerpo del sol; pero sostengo que aquello que separamos en el pensamiento puede ser separado en la realidad por el Creador de la naturaleza. No podéis, además, separar el resplandor del fuego de la virtud de quemar que posee; pero Dios, que quiso atraer a su siervo con un espectáculo admirable, puso un fuego en la zarza ardiente que mostraba todo el brillo de la llama mientras su propiedad devoradora estaba dormida. Es lo que afirma el Salmista al decir: «La voz del Señor divide las llamas del fuego.» Así, en la retribución que nos espera después de esta vida, una voz misteriosa parece decirnos que la doble naturaleza del fuego será dividida: los justos gozarán de su luz, y el tormento de su calor será la tortura de los impíos.
    En las revoluciones de la luna hallamos una nueva prueba de lo que hemos adelantado. Cuando se detiene y mengua, no se consume en todo su cuerpo, sino que, en la medida en que deposita o absorbe la luz que la rodea, nos presenta la imagen de su disminución o de su aumento. Si queremos una prueba evidente de que la luna no consume su cuerpo cuando está en reposo, no tenemos más que abrir los ojos. Si la miráis en un cielo despejado y claro, observáis, cuando ha tomado la forma completa de una media luna, que la parte oscura y no iluminada describe un círculo igual al que forma la luna llena. Así, el ojo puede abarcar el círculo entero, si añade a la parte iluminada esta curva oscura y sombría. Y no me digáis que la luz de la luna es prestada, que disminuye o aumenta a medida que se acerca o se aleja del sol. Ese no es ahora el objeto de nuestra investigación; solo queremos probar que su cuerpo difiere de la luz que lo hace brillar. Quiero que tengáis la misma idea del sol; salvo que el uno, después de haber recibido una vez la luz y de haberla mezclado con su sustancia, no la depone de nuevo, mientras que la otra, por turnos, despojándose y volviéndose a vestir de luz, prueba por lo que ocurre en ella misma lo que hemos dicho del sol.
    El sol y la luna recibieron, pues, el mandato de separar el día de la noche. Dios ya había separado la luz de las tinieblas; luego puso sus naturalezas en oposición, para que no pudieran mezclarse y para que nunca hubiera nada en común entre las tinieblas y la luz. Ved lo que es la sombra durante el día; esa es precisamente la naturaleza de las tinieblas durante la noche. Si, a la aparición de una luz, la sombra cae siempre al lado opuesto; si por la mañana se extiende hacia el sol poniente; si por la tarde se inclina hacia el sol naciente, y al mediodía se vuelve hacia el norte; la noche se retira a las regiones opuestas a los rayos del sol, puesto que por naturaleza no es más que la sombra de la tierra. Porque, del mismo modo que, durante el día, la sombra es producida por un cuerpo que intercepta la luz, la noche viene naturalmente cuando el aire que rodea la tierra está en sombra. Y esto es precisamente lo que dice la Escritura: «Dios separó la luz de las tinieblas.» Así, las tinieblas huyeron al acercarse la luz, estando ambas, desde su primera creación, divididas por una antipatía natural. Ahora bien, Dios mandó al sol medir el día, y a la luna, cada vez que redondea su disco, regir la noche. Pues entonces estas dos lumbreras están casi diametralmente opuestas; cuando sale el sol, la luna llena desaparece del horizonte, para reaparecer en el oriente en el momento en que el sol se pone. Poco importa a nuestro asunto si en otras fases la luz de la luna no corresponde exactamente con la noche. No es menos cierto que, cuando en su perfección hace palidecer las estrellas e ilumina la tierra con el esplendor de su luz, reina sobre la noche y, en concierto con el sol, divide la duración de esta en partes iguales.

    Hom. 6, § 4

    4. «Y sirvan de señales, y para las estaciones, y para los días y los años.» [] Las señales que dan las lumbreras son necesarias para la vida humana. En efecto, ¡qué observaciones útiles nos hará descubrir la larga experiencia, si preguntamos sin curiosidad indebida! ¡Qué señales de lluvia, de sequía o del levantamiento del viento, parcial o general, violento o moderado! Nuestro Señor nos indica una de las señales dadas por el sol cuando dice: «Hoy habrá tempestad; porque el cielo está rojo y sombrío.» [] En efecto, cuando el sol sale a través de la niebla, sus rayos se oscurecen, pero el disco aparece ardiente como un carbón y de un color rojo sanguinolento. Es la densidad del aire la que causa esta apariencia; como los rayos del sol no dispersan ese aire amontonado y condensado, ciertamente no puede ser retenido por las olas de vapor que se exhalan de la tierra, y causará por la sobreabundancia de humedad una tormenta en las regiones sobre las cuales se acumula. Del mismo modo, cuando la luna está rodeada de humedad, o cuando el sol está circundado por lo que se llama un halo, es señal de lluvia abundante o de tormenta violenta; asimismo, si los falsos soles acompañan al sol en su curso, anuncian ciertos fenómenos celestes. Finalmente, esas líneas rectas, como los colores del arco iris, que se ven en las nubes, anuncian lluvia, tempestades extraordinarias o, en una palabra, un cambio completo del tiempo.
    Los que se dedican a la observación de estos cuerpos hallan señales en las distintas fases de la luna, como si el aire, por el cual está envuelta la tierra, estuviera obligado a variar para corresponder a su cambio de forma. Hacia el tercer día de la luna nueva, si está afilada y clara, es señal de tiempo fijo y sereno. Si sus cuernos aparecen gruesos y rojizos, nos amenaza con lluvia abundante o con un vendaval del Sur. ¿Quién no sabe cuán útiles son estas señales en la vida? Gracias a ellas, el marinero retiene su nave en el puerto, previendo los peligros con que lo amenazan los vientos, y el viajero se pone de antemano a cubierto, esperando a que el tiempo se haya vuelto más favorable. Gracias a ellas, los labradores, ocupados en sembrar o cultivar, pueden saber qué estaciones son favorables a sus trabajos. Además, el Señor nos ha anunciado que en la disolución del universo aparecerán señales en el sol, en la luna y en las estrellas. El sol se convertirá en sangre y la luna no dará su luz, señales de la consumación de todas las cosas.

    Hom. 6, § 5

    5. Pero quienes traspasan los límites, haciendo de las palabras de la Escritura su apología para el arte de levantar natividades, pretenden que nuestras vidas dependen del movimiento de los cuerpos celestes, y que así los caldeos leen en los planetas lo que nos sucederá. Por estas palabras tan sencillas «sirvan de señales» no entienden ni las variaciones del tiempo ni el cambio de las estaciones; solo ven en ellas, al arbitrio de su imaginación, la distribución de los destinos humanos. ¿Qué dicen en realidad? Cuando los planetas se cruzan en los signos del Zodíaco, ciertas figuras formadas por su encuentro dan origen a ciertos destinos, y otras producen destinos diferentes.
    Quizá por claridad no sea inútil entrar en más detalles sobre esta ciencia vana. No diré nada mío para refutarlos; usaré sus palabras, trayendo un remedio para los infectados, y para los demás un preservativo contra la caída. Los inventores de la astrología, viendo que en la extensión del tiempo se les escapaban muchas señales, la dividieron y encerraron cada parte en límites estrechos, como si en el intervalo más pequeño y más corto, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, [] para hablar con el Apóstol, hubiera de hallarse la mayor diferencia entre un nacimiento y otro. Tal hombre nace en este momento; será príncipe sobre ciudades y gobernará pueblos, en la plenitud de riquezas y poder. Otro nace un instante después; será pobre, miserable, y vagará cada día de puerta en puerta mendigando su pan. Consiguientemente dividen el Zodíaco en doce partes, y, como el sol tarda treinta días en recorrer cada una de las doce divisiones de este círculo infalible, las dividen en treinta más. Cada una de ellas forma sesenta nuevas, y estas últimas se dividen a su vez en sesenta. Veamos, pues, si al determinar el nacimiento de un niño será posible observar esta división rigurosa del tiempo. El niño nace. La nodriza comprueba el sexo; luego espera el llanto, que es señal de su vida. Hasta entonces, ¿cuántos momentos han pasado, pensáis? La nodriza anuncia el nacimiento del niño al caldeo: ¿cuántos minutos contaríais antes de que abra la boca, sobre todo si quien registra la hora está fuera de las habitaciones de las mujeres? Y sabemos que quien consulta el reloj debe, ya sea de día o de noche, marcar la hora con la más precisa exactitud. ¡Qué enjambre de segundos pasa durante este tiempo! Pues el planeta de la natividad debe hallarse no solo en una de las doce divisiones del Zodíaco, e incluso en una de sus primeras subdivisiones, sino además en una de las sexagésimas partes que dividen esta última, e incluso, para llegar a la verdad exacta, en una de las sexagésimas subdivisiones que esta contiene a su vez. Y para obtener un conocimiento tan minucioso, tan imposible de captar desde este momento, debe interrogarse a cada planeta para hallar su posición respecto de los signos del Zodíaco y de las figuras que los planetas forman en el momento del nacimiento del niño. Así, si es imposible hallar exactamente la hora del nacimiento, y si el menor cambio puede trastornarlo todo, entonces tanto quienes se entregan a esta ciencia imaginaria como quienes los escuchan con la boca abierta, como si pudieran aprender de ellos el futuro, son supremamente ridículos.
    Comentario editorial · Caldeos y natividades
    Los astrólogos a quienes Basilio responde sostienen que la vida de cada uno depende del movimiento de los astros y que «así los caldeos leen en los planetas lo que nos sucederá»; en § 6 lo muestra con el ejemplo de quien nace bajo Aries. «Caldeo» es aquí sinónimo de astrólogo: según Wikipedia, tras la absorción de Babilonia por el imperio persa el nombre quedó para designar una clase de astrólogos y astrónomos, y Cicerón habla de «astrólogos caldeos». Jackson recoge un juicio de Fialon: Basilio se inspira casi por entero en Orígenes y en Plotino y, al negar toda relación entre los astros y los actos humanos, deja intacta la libertad. (Lectura del editor: Basilio no discute la utilidad de los astros para el tiempo y las estaciones, que acepta en § 4, sino su uso como oráculo.)

    Hom. 6, § 6

    6. ¿Pero qué efectos se producen? Tal persona tendrá cabello rizado y ojos brillantes, porque nace bajo Aries; tal es la apariencia de un carnero. Tendrá sentimientos nobles, porque Aries ha nacido para mandar. Será liberal y fértil en recursos, porque este animal se despoja de su vellón sin trabajo, y la naturaleza se apresura inmediatamente a volver a vestirlo. Otro nace bajo Tauro: estará endurecido por las fatigas y tendrá un carácter servil, porque el toro se doblega bajo el yugo. Otro nace bajo Escorpio; semejante a este reptil venenoso será pendenciero. El que nace bajo Libra será justo, gracias a la justicia de nuestras balanzas. ¿No es esto el colmo de la locura? Este Aries, del que sacas el nacimiento del hombre, es la duodécima parte del cielo, y al entrar en él el sol llega a la primavera. Libra y Tauro son igualmente duodécimas partes del Zodíaco. ¿Cómo puedes ver allí las causas principales que influyen en la vida del hombre? ¿Y por qué tomas animales para caracterizar las costumbres de los hombres que entran en este mundo? El que nace bajo Aries será liberal, no porque esta parte del cielo dé tal característica, sino porque tal es la naturaleza del animal. ¿Por qué, pues, asustarnos con los nombres de estas estrellas y empeñarnos en persuadirnos con estos balidos? Si el cielo tiene características diferentes derivadas de estos animales, está entonces él mismo sujeto a influencias externas, pues sus causas dependen de las bestias que pastan en nuestros campos. Afirmación ridícula; pero cuánto más ridícula la pretensión de llegar a la influencia mutua de cosas que no tienen la menor conexión. Esta pretendida ciencia es una verdadera telaraña; si un mosquito o una mosca, o algún insecto igualmente débil cae en ella, queda atrapado y enredado; si un animal más fuerte se acerca, la atraviesa sin dificultad, llevándose consigo el débil tejido.

    Hom. 6, § 7

    7. Pero no se detienen aquí; incluso nuestros actos, donde cada uno siente gobernar su voluntad, es decir, la práctica de la virtud o del vicio, dependen, según ellos, de la influencia de los cuerpos celestes. Sería ridículo refutar seriamente semejante error, pero, como retiene a muchísimos en sus redes, quizá sea mejor no pasarlo en silencio. Les preguntaría primero si las figuras que describen las estrellas no cambian mil veces al día. En el movimiento perpetuo de los planetas, unos se encuentran en un curso más rápido, otros hacen revoluciones más lentas, y a menudo en una hora los vemos mirarse unos a otros y luego ocultarse. Ahora bien, en la hora del nacimiento, importa mucho si uno es mirado por una estrella benéfica o por una maligna, por hablar en su lenguaje. A menudo, pues, los astrólogos no captan el momento en que una buena estrella se muestra, y, por haber dejado escapar este momento fugitivo, inscriben al recién nacido bajo la influencia de un genio malo. Me veo obligado a usar sus propias palabras. ¡Qué locura! Pero, sobre todo, ¡qué impiedad! Pues las estrellas malignas echan la culpa de su maldad sobre Aquel que las hizo. Si el mal es inherente a su naturaleza, el Creador es el autor del mal. Si lo producen ellas mismas, son animales dotados de poder de elección, cuyos actos serán libres y voluntarios. ¿No es el colmo de la locura decir estas mentiras acerca de seres sin alma? Además, ¡qué falta de sentido muestra el distribuir bien y mal sin consideración al mérito personal; decir que una estrella es benéfica porque ocupa cierto lugar; que se vuelve maligna, porque es contemplada por otra estrella; y que si se mueve un poco de esta figura pierde su influencia maligna!
    Pero sigamos adelante. Si, en cada instante de la duración, las estrellas varían sus figuras, entonces en estos mil cambios, muchas veces al día, debería reproducirse la configuración de los nacimientos reales. ¿Por qué, pues, no ve cada día el nacimiento de un rey? ¿Por qué hay sucesión en el trono de padre a hijo? Sin duda nunca ha habido un rey que haya tomado medidas para que su hijo nazca bajo la estrella de la realeza. Pues ¿qué hombre posee semejante poder? ¿Cómo, entonces, engendró Uzías a Jotam, Jotam a Acaz, Acaz a Ezequías? ¿Y por qué casualidad el nacimiento de ninguno de ellos no aconteció en una hora de esclavitud? Si el origen de nuestras virtudes y de nuestros vicios no está en nosotros mismos, sino que es la consecuencia fatal de nuestro nacimiento, es inútil que los legisladores nos prescriban lo que debemos hacer y lo que debemos evitar; es inútil que los jueces honren la virtud y castiguen el vicio. La culpa no está en el ladrón, ni en el asesino: fue querida para él; le fue imposible retener su mano, empujado al mal por necesidad inevitable. Los que cultivan laboriosamente las artes son los más locos de los hombres. El labrador obtendrá una cosecha abundante sin sembrar semilla y sin afilar su hoz. Lo quiera o no, el mercader hará su fortuna y se verá inundado de riquezas por el destino. En cuanto a nosotros los cristianos, veremos desvanecerse nuestras grandes esperanzas, pues desde el momento en que el hombre no actúa con libertad, no hay recompensa para la justicia ni castigo para el pecado. Bajo el reino de la necesidad y de la fatalidad no hay lugar para el mérito, la primera condición de todo juicio justo. Pero detengámonos. Vosotros, que estáis sanos en vosotros mismos, no tenéis necesidad de oír más, y el tiempo no nos permite lanzar ataques sin límite contra estos hombres desdichados.

    Hom. 6, § 8

    8. Volvamos a las palabras que siguen. «Sean para señales y para estaciones y para días y años.» [] Hemos hablado de las señales. Por tiempos entendemos la sucesión de las estaciones, invierno, primavera, verano y otoño, que vemos sucederse en curso tan regular, gracias a la regularidad del movimiento de los luminares. Es invierno cuando el sol reside en el sur y produce en abundancia las sombras de la noche en nuestra región. El aire extendido sobre la tierra es frío, y las exhalaciones húmedas, que se acumulan sobre nuestras cabezas, dan lugar a lluvias, a heladas, a innumerables copos de nieve. Cuando, volviendo de las regiones meridionales, el sol está en medio de los cielos y divide el día y la noche en partes iguales, cuanto más reside sobre la tierra más nos devuelve una temperatura suave. Entonces llega la primavera, que hace germinar todas las plantas, y da a la mayor parte de los árboles su nueva vida, y, por generación sucesiva, perpetúa todos los animales de la tierra y del agua. Desde allí el sol, volviendo al solsticio de verano, en dirección al norte, nos da los días más largos. Y, como viaja más lejos en el aire, quema lo que está sobre nuestras cabezas, seca la tierra, madura los granos y apresura la madurez de los frutos de los árboles. En la época de su mayor calor, las sombras que el sol produce al mediodía son cortas, porque brilla desde arriba, desde el aire sobre nuestras cabezas. Así, los días más largos son aquellos en que las sombras son más cortas, del mismo modo que los días más cortos son aquellos en que las sombras son más largas. Esto es lo que nos sucede a todos nosotros «heteroscios» (sombreados de un lado) que habitamos las regiones septentrionales de la tierra. Pero hay pueblos que, dos días al año, están completamente sin sombra al mediodía, porque el sol, estando perpendicularmente sobre sus cabezas, los ilumina tan igualmente desde todos los lados, que podría por una abertura estrecha brillar en el fondo de un pozo. Así, hay algunos que los llaman «ascios» (sin sombra). Para los que viven más allá de la tierra de las especias ven su sombra ahora de un lado, ahora de otro, los únicos habitantes de esta tierra cuya sombra cae al mediodía; así se les da el nombre de «anfiscios» (sombreados de ambos lados). Todos estos fenómenos acontecen mientras el sol pasa a las regiones septentrionales: nos dan una idea del calor arrojado sobre el aire, por los rayos del sol y de los efectos que producen. Luego pasamos al otoño, que rompe el calor excesivo, disminuyendo el calor poco a poco, y por una temperatura moderada nos devuelve sin sufrimiento al invierno, al tiempo en que el sol vuelve de las regiones septentrionales a las meridionales. Es así como las estaciones, siguiendo el curso del sol, se suceden para regir nuestra vida.
    «Sean para días» [] dice la Escritura, no para producirlos sino para regirlos; porque el día y la noche son más antiguos que la creación de los luminares y esto es lo que el salmo nos declara. «El sol para regir el día... la luna y las estrellas para regir la noche.» ¿Cómo rige el sol el día? Porque llevando consigo la luz por todas partes, apenas se levanta sobre el horizonte cuando ahuyenta las tinieblas y nos trae el día. Así podríamos, sin engañarnos, definir el día como aire iluminado por el sol, o como el espacio de tiempo que el sol pasa en nuestro hemisferio. Las funciones del sol y de la luna sirven además para marcar los años. La luna, después de haber recorrido doce veces su curso, forma un año que a veces necesita un mes intercalar para concordar exactamente con las estaciones. Tal era antiguamente el año de los hebreos y de los primeros griegos. En cuanto al año solar, es el tiempo que el sol, habiendo partido de cierto signo, tarda en volver a él en su progreso normal.

    Hom. 6, § 9

    9. «E hizo Dios dos grandes lumbreras.» [] La palabra «grande», si, por ejemplo, la decimos del cielo, de la tierra o del mar, puede tener un sentido absoluto; pero ordinariamente tiene solo un significado relativo, como un gran caballo, o un gran buey. No es que estos animales sean de tamaño desmesurado, sino que en comparación con sus semejantes merecen el título de grandes. ¿Qué idea nos formaremos nosotros mismos aquí de la grandeza? ¿Será la idea que tenemos de ella en la hormiga y en todas las pequeñas criaturas de la naturaleza, a las que llamamos grandes en comparación con las semejantes a ellas, y para mostrar su superioridad sobre ellas? ¿O predicaremos la grandeza de los luminares, como de la grandeza natural inherente en ellos? En cuanto a mí, así lo pienso. Si el sol y la luna son grandes, no es en comparación con las estrellas más pequeñas, sino porque tienen tal circunferencia que el esplendor que difunden ilumina los cielos y el aire, abrazando al mismo tiempo tierra y mar. En cualquier parte del cielo en que se encuentren, ya sea saliendo, poniéndose o en medio del cielo, aparecen siempre iguales a los ojos de los hombres, prueba manifiesta de su tamaño prodigioso. Pues toda la extensión del cielo no puede hacer que aparezcan mayores en un lugar y menores en otro. Los objetos que vemos de lejos aparecen empequeñecidos a nuestros ojos, y a medida que se acercan podemos formarnos una idea más justa de su tamaño. Pero no hay nadie que pueda estar más cerca o más lejos del sol. Todos los habitantes de la tierra lo ven a la misma distancia. Indios y britanos lo ven del mismo tamaño. Los pueblos de Oriente no lo ven disminuir de magnitud cuando se pone; los de Occidente no lo encuentran más pequeño cuando sale. Si está en medio de los cielos no varía en ninguno de sus aspectos. No te dejes engañar por la mera apariencia, y porque parece tener la anchura de un codo, no imagines que no es más grande. A una distancia muy grande los objetos pierden siempre tamaño ante nuestros ojos; la vista, no pudiendo despejar el espacio intermedio, queda como agotada en medio de su curso, y solo una pequeña parte de ella alcanza el objeto visible. Nuestro poder de visión es pequeño y hace que todo lo que vemos parezca pequeño, afectando lo que ve por su propia condición. Así pues, si la vista se engaña, su testimonio es falible. Recuerda tus propias impresiones y encontrarás en ti mismo la prueba de mis palabras. Si alguna vez desde la cima de una alta montaña has mirado una llanura grande y llana, ¿cuán grandes te parecieron las yuntas de bueyes? ¿Cuán grandes los propios labradores? ¿No parecían hormigas? Si desde la cima de una roca dominante, mirando sobre el ancho mar, diriges tus ojos sobre la vasta extensión, ¿cuán grandes te parecieron las islas más grandes? ¿Cuán grande te pareció una de esas barcas de gran tonelaje, que despliegan sus velas blancas hacia el mar azul? ¿No parecía más pequeña que una paloma? Es porque la vista, como acabo de decirte, se pierde en el aire, se debilita y no puede captar con exactitud el objeto que ve. Y además: tu vista te muestra altas montañas cortadas por valles como redondeadas y lisas, porque solo alcanza las partes salientes, y no puede, a causa de su debilidad, penetrar en los valles que las separan. Ni siquiera conserva la forma de los objetos, y piensa que todas las torres cuadradas son redondas. Así todo prueba que a gran distancia la vista solo nos presenta objetos oscuros y confusos. El luminar es, pues, grande, según el testimonio de la Escritura, e infinitamente mayor de lo que parece.

    Hom. 6, § 10

    10. Mira de nuevo otra prueba evidente de su grandeza. Aunque el cielo esté lleno de estrellas sin número, la luz aportada por todas ellas no podría disipar la oscuridad de la noche. El sol solo, desde el momento en que apareció en el horizonte, mientras todavía era esperado y aún no se había levantado completamente sobre la tierra, disipó las tinieblas, eclipsó las estrellas, disolvió y difundió el aire, que hasta entonces estaba espeso y condensado sobre nuestras cabezas, y produjo así la brisa matutina y el rocío que en tiempo sereno se derrama sobre la tierra. ¿Podría la tierra, con tan vasta extensión, ser iluminada en su totalidad en un solo momento si un disco inmenso no derramara su luz sobre ella? Reconoce aquí la sabiduría del Artífice. Mira cómo hizo el calor del sol proporcionado a esta distancia. Su calor está regulado de tal modo que ni consume la tierra por exceso, ni la deja enfriarse y volverse estéril por defecto.
    A todo esto, las propiedades de la luna son muy afines; ella también tiene un cuerpo inmenso, cuyo esplendor solo cede ante el del sol. Nuestros ojos, sin embargo, no siempre la ven en su tamaño completo. Ahora presenta un disco perfectamente redondo; ahora, cuando disminuida y menguada, muestra una deficiencia en un lado. Cuando crece está sombreada de un lado, y cuando mengua otro lado queda oculto. Ahora bien, no es sin una razón secreta del divino Hacedor del universo, que la luna aparezca de tiempo en tiempo bajo formas tan diferentes. Presenta un ejemplo sorprendente de nuestra naturaleza. Nada es estable en el hombre; aquí de la nada se eleva a la perfección; allí, después de haberse apresurado a desplegar su fuerza para alcanzar su plena grandeza, de repente está sujeto a un deterioro gradual, y es destruido por la disminución. Así, la vista de la luna, haciéndonos pensar en las rápidas vicisitudes de las cosas humanas, debe enseñarnos a no enorgullecernos de los bienes de esta vida, a no gloriarnos en nuestro poder, a no dejarnos llevar por riquezas inciertas, a despreciar nuestra carne que está sujeta a cambio, y a cuidar del alma, pues su bien es inmutable. Si no puedes contemplar sin tristeza a la luna perdiendo su esplendor por disminución gradual e imperceptible, cuánto más afligido debes estar a la vista de un alma, que, después de haber poseído la virtud, pierde su belleza por negligencia, y no permanece constante en sus afectos, sino que es agitada y cambia constantemente porque sus propósitos son inestables. Lo que dice la Escritura es muy cierto, «En cuanto al necio, cambia como la luna.» []
    Creo también que las variaciones de la luna no se producen sin ejercer gran influencia sobre la organización de los animales y de todos los seres vivos. Esto se debe a que los cuerpos se disponen de modo distinto en su creciente y en su menguante. Cuando mengua, pierden su densidad y se vacían. Cuando crece y se acerca a su plenitud, parecen llenarse al mismo tiempo con ella, gracias a una humedad imperceptible que emite mezclada con calor y que penetra por todas partes. Como prueba, ved cómo quienes duermen bajo la luna sienten una abundante humedad que les llena la cabeza; ved cómo la carne fresca se corrompe rápidamente bajo la acción de la luna; ved el cerebro de los animales, la parte más húmeda de los animales marinos, la médula de los árboles. Evidentemente la luna debe ser, como dice la Escritura, de un tamaño y un poder enormes para hacer que toda la naturaleza participe así de sus cambios.

    Hom. 6, § 11

    11. De sus variaciones depende también el estado del aire, como lo prueban las súbitas perturbaciones que a menudo sobrevienen después de la luna nueva, en medio de la calma y de la quietud de los vientos, para agitar las nubes y lanzarlas unas contra otras; como lo prueban también el flujo y el reflujo en los estrechos y el flujo y reflujo del océano, de modo que quienes viven en sus orillas lo ven seguir regularmente las revoluciones de la luna. Las aguas de los estrechos se acercan y se retiran de una orilla a otra durante las distintas fases de la luna; pero, cuando ella es nueva, no tienen un instante de reposo y se mueven en perpetuo vaivén, hasta que la luna, reapareciendo, regula su reflujo. En cuanto al mar occidental, lo vemos en su flujo y reflujo, ora volver a su lecho, ora desbordarse, según la luna lo retira con su respiración y luego, con su expiración, lo impulsa hacia sus propios límites.
    He entrado en estos detalles para mostraros la grandeza de los luminares y para haceros ver que, en las palabras inspiradas, no hay una sola sílaba ociosa. Y, sin embargo, mi sermón apenas ha tocado ningún punto importante; hay muchos otros descubrimientos sobre el tamaño y la distancia del sol y de la luna a los que puede llegar, con la ayuda de la razón, quien haga un estudio serio de su acción y de sus características. Permitidme, pues, confesar ingenuamente mi debilidad, para que no midáis las obras poderosas del Creador por mis palabras. Lo poco que he dicho debería más bien haceros conjeturar las maravillas sobre las que he omitido detenerme. No debemos, entonces, medir la luna con los ojos, sino con la razón. La razón, para el descubrimiento de la verdad, es mucho más segura que los ojos.
    Por todas partes se han difundido ridículos cuentos de viejas, imaginados en el delirio de la embriaguez; tales como que los encantamientos pueden arrancar la luna de su lugar y hacerla descender a la tierra. ¿Cómo podría el hechizo de un mago sacudir aquello cuyos fundamentos puso el Altísimo? Y, si una vez fuera arrancada, ¿qué lugar podría contenerla?
    ¿Queréis, a partir de ligeros indicios, tener una prueba del tamaño de la luna? Todas las ciudades del mundo, por distantes que estén unas de otras, reciben igualmente la luz de la luna en las calles que miran hacia su salida. Si ella no mirara a todas de frente, sólo quedarían enteramente iluminadas las que estuvieran exactamente frente a ella; en cuanto a las situadas más allá de los extremos de su disco, recibirían sólo rayos desviados y oblicuos. Es este efecto el que produce la luz de las lámparas en las casas; si una lámpara está rodeada por varias personas, sólo la sombra de la que está directamente frente a ella se proyecta en línea recta, y las demás siguen líneas inclinadas a cada lado. Del mismo modo, si el cuerpo de la luna no fuera de un tamaño inmenso y prodigioso, no podría extenderse por igual a todos. En realidad, cuando la luna sale en las regiones equinocciales, todos gozan igualmente de su luz, tanto los que habitan la zona helada, bajo las revoluciones de la Osa, como los que moran en el extremo sur, en las cercanías de la zona tórrida. Ella nos da idea de su tamaño al aparecer frente a frente con todos los pueblos. ¿Quién puede negar, pues, la inmensidad de un cuerpo que se reparte por igual sobre tan vasta extensión?
    Pero baste ya sobre la grandeza del sol y de la luna. Que Aquel que nos ha dado inteligencia para reconocer en los objetos más pequeños de la creación la gran sabiduría del Artífice nos haga hallar en los cuerpos grandes una idea aún más elevada de su Creador. Sin embargo, comparados con su Autor, el sol y la luna no son más que una mosca y una hormiga. El universo entero no puede darnos una idea recta de la grandeza de Dios; y sólo mediante signos, débiles y leves en sí mismos, a menudo con la ayuda de los insectos más pequeños y de las plantas más humildes, nos elevamos hacia Él. Contentos con estas palabras, ofrezcamos nuestras gracias: yo a Aquel que me ha dado el ministerio de la Palabra, vosotros a Aquel que os alimenta con el alimento espiritual; Aquel que, incluso en este momento, os hace hallar en mi débil voz la fuerza del pan de cebada. Que Él os alimente para siempre y, en proporción a vuestra fe, os conceda la manifestación del Espíritu en Jesucristo, Señor nuestro, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 7. La creación de los seres que se mueven

    Hom. 7, § 1

    1. «Y dijo Dios: Produzcan las aguas abundantemente seres que se mueven y tienen vida» según su especie, «y aves que vuelen sobre la tierra» según su especie. [] Después de la creación de los luminares, las aguas se llenan ahora de seres vivos y se da a esta parte del mundo su propio ornamento. La tierra había recibido el suyo de sus propias plantas, los cielos habían recibido las flores de las estrellas y, como dos ojos, los grandes luminares los embellecían en concierto. Aún faltaba que las aguas recibieran su ornamento. Se dio la orden, y al instante los ríos y los lagos, haciéndose fecundos, produjeron sus crías naturales; el mar entró en dolores de parto con toda clase de criaturas nadadoras; ni siquiera en el barro y en las marismas permaneció ociosa el agua; tomó parte en la creación. Por todas partes, de su ebullición, salieron ranas, mosquitos y moscas. Pues lo que vemos hoy es signo de lo pasado. Así, por todas partes, el agua se apresuró a obedecer la orden del Creador. ¿Quién podría contar las especies que el grande e inefable poder de Dios hizo aparecer de repente vivas y moviéndose, cuando esta orden dio a las aguas el poder de producir vida? Produzcan las aguas seres que se mueven y tienen vida. Entonces, por primera vez, se hace un ser con vida y sentimiento. Pues aunque se diga que las plantas y los árboles viven, puesto que participan de la facultad de nutrirse y crecer, sin embargo no son seres vivos ni tienen vida. Para crear a estos últimos, dijo Dios: «Produzcan las aguas seres que se mueven.»
    Todo ser que nada, ya sea que se deslice por la superficie de las aguas o que surque las profundidades, es de la naturaleza de un ser que se mueve, puesto que se arrastra sobre el cuerpo del agua. Algunos animales acuáticos tienen patas y caminan, especialmente los anfibios, como focas, cangrejos, cocodrilos, caballos de río y ranas; pero están sobre todo dotados de la facultad de nadar. Por eso se dice: Produzcan las aguas seres que se mueven. En estas pocas palabras, ¿qué especie se omite? ¿Cuál no está incluida en la orden del Creador? ¿No vemos animales vivíparos, focas, delfines, rayas y todos los cartilaginosos? ¿No vemos animales ovíparos que comprenden toda clase de peces, los que tienen piel y los que tienen escamas, los que tienen aletas y los que no las tienen? Esta orden sólo ha requerido una palabra, incluso menos que una palabra, un signo, un movimiento de la voluntad divina, y tiene un sentido tan amplio que incluye todas las variedades y todas las familias de peces. Revisarlos todos sería como emprender contar las olas del océano o medir sus aguas en el hueco de la mano. «Produzcan las aguas seres que se mueven.» Es decir, los que pueblan alta mar y los que aman las costas; los que habitan las profundidades y los que se adhieren a las rocas; los que son gregarios y los que viven dispersos, los cetáceos, los enormes y los diminutos. Es del mismo poder, de la misma orden, de donde todos, pequeños y grandes, reciben su existencia. «Produzcan las aguas.» Estas palabras os muestran la afinidad natural de los animales que nadan en el agua; así, los peces, sacados del agua, mueren pronto, porque no tienen una respiración que pueda atraer nuestro aire; el agua es su elemento, como el aire es el de los animales terrestres. La razón es clara. En nosotros, el pulmón, esa porción porosa y esponjosa de las entrañas que recibe el aire por la dilatación del pecho, dispersa y enfría el calor interior; en los peces, el movimiento de las branquias, que se abren y cierran por turnos para tomar y expulsar el agua, ocupa el lugar de la respiración. Los peces tienen una suerte peculiar, una naturaleza especial, un alimento propio, una vida aparte. Por eso no pueden ser domesticados y no soportan el contacto de la mano del hombre.

    Hom. 7, § 2

    2. «Produzcan las aguas seres que se mueven según su especie.» Dios hizo nacer las primicias de cada especie para que sirvieran de semillas a la naturaleza. Su multitud se mantiene en la sucesión posterior, cuando es necesario que crezcan y se multipliquen. De una clase es la especie de los testáceos, como los mejillones, las vieiras, los caracoles de mar, las conchas y la infinita variedad de las ostras. De otra clase es la de los crustáceos, como los cangrejos y las langostas; de otra, la de los peces sin concha, de carne blanda y tierna, como los pulpos y las sepias. Y entre estos últimos, ¡qué variedad innumerable! Hay arañas de mar, lampreas y anguilas, producidas en el barro de ríos y estanques, que se asemejan más a reptiles venenosos que a peces por su naturaleza. De otra clase es la especie de los ovíparos; de otra, la de los vivíparos. Entre estos últimos están el pez espada, el bacalao, en una palabra, todos los peces cartilaginosos, e incluso la mayor parte de los cetáceos, como los delfines y las focas, de las que se dice que, si ven a sus crías, todavía muy jóvenes, asustadas, las vuelven a meter en su vientre para protegerlas.
    Produzcan las aguas según su especie. La especie de los cetáceos es una; otra es la de los peces pequeños. ¡Qué infinita variedad en los distintos tipos! Todos tienen sus propios nombres, alimento distinto, distinta forma, figura y calidad de carne. Todos presentan una variedad infinita y se dividen en innumerables clases. ¿Hay algún pescador de atunes que pueda enumerarnos las distintas variedades de ese pez? Y, sin embargo, nos dicen que ante la vista de grandes cardúmenes de peces pueden casi contar el número de individuos que lo componen. ¿Qué hombre hay, entre todos los que han pasado su larga vida junto a costas y orillas, que pueda informarnos con exactitud de la historia de todos los peces?
    Algunos son conocidos por los pescadores del océano Índico, otros por los trabajadores del golfo de Egipto, otros por los isleños, otros por los hombres de Mauritania. Grandes y pequeños, todos fueron creados igualmente por esta primera orden, por este poder inefable. ¡Qué diferencia en su alimento! ¡Qué variedad en la manera en que cada especie se reproduce! La mayoría de los peces no empollan huevos como las aves; no construyen nidos; no alimentan a sus crías con fatiga; es el agua la que recibe y vivifica el huevo que cae en ella. En ellos la reproducción de cada especie es invariable y las naturalezas no se mezclan. No hay esas uniones que, en la tierra, producen mulos y ciertas aves contrarias a la naturaleza de su especie. Entre los peces no hay variedad que, como el buey y la oveja, esté armada con una media dotación de dientes; ninguno rumia excepto, según ciertos escritores, el escaro. Todos tienen dientes apretados y muy afilados, por temor a que su alimento se les escape si lo mastican demasiado tiempo. En efecto, si no fuera triturado y tragado tan pronto como se divide, sería arrastrado por el agua.

    Hom. 7, § 3

    3. El alimento de los peces difiere según su especie. Algunos se alimentan de barro; otros comen algas; otros se contentan con las hierbas que crecen en el agua. Pero la mayor parte se devoran entre sí, y el más pequeño es alimento del más grande; y si uno que se ha apoderado de un pez más débil que él se convierte a su vez en presa de otro, el vencedor y el vencido son engullidos ambos en el vientre del último. Y nosotros, los mortales, ¿obramos de otro modo cuando oprimimos a nuestros inferiores? ¿Qué diferencia hay entre el último pez y el hombre que, impulsado por una codicia devoradora, engulle al débil en los pliegues de su avaricia insaciable? Aquel individuo poseía los bienes del pobre; tú lo atrapaste y lo hiciste parte de tu abundancia. Te has mostrado más injusto que el injusto y más avaro que el avaro. Mira que no acabes como el pez, por anzuelo, por nasa o por red. Ciertamente nosotros también, cuando hayamos hecho las obras de los malvados, no escaparemos al castigo al final.
    Ved ahora qué astucias, qué mañas, se hallan en un animal débil, y aprended a no imitar a los malhechores. El cangrejo ama la carne de la ostra; pero, protegida por su concha, baluarte sólido con que la naturaleza ha provisto su carne blanda y delicada, es una presa difícil de asir. Por eso llaman a la ostra «piel de tiesto.» Gracias a las dos valvas que la envuelven y que se adaptan perfectamente la una a la otra, las pinzas del cangrejo son del todo impotentes. ¿Qué hace? Cuando la ve, resguardada del viento, calentándose con placer y entreabriendo sus valvas al sol, le arroja secretamente una piedrecilla, impide que se cierren y toma con astucia lo que la fuerza había perdido. Tal es la malicia de estos animales, privados como están de razón y de palabra. Pero yo querría que rivalizarais con el cangrejo en astucia e industria, y que os abstuvierais de dañar a vuestro prójimo; este animal es imagen de aquel que se acerca arteramente a su hermano, se aprovecha de las desgracias de su vecino y halla su deleite en los males ajenos. ¡Oh, no imitéis a los réprobos! Contentaos con vuestra propia suerte. La pobreza con lo necesario vale más a los ojos de los sabios que todos los placeres.
    No pasaré en silencio la astucia y la artimaña del calamar, que toma el color de la roca a la que se adhiere. La mayoría de los peces nadan tranquilamente hacia el calamar como hacia una roca y se convierten ellos mismos en presa de la criatura astuta. Tales son los hombres que cortejan a los poderosos, doblegándose a todas las circunstancias y no permaneciendo ni un momento en el mismo propósito; que alaban la templanza en compañía de los templados y la licencia en la de los licenciosos, acomodando sus sentimientos al placer de cada uno. Es difícil escapar de ellos y ponerse en guardia contra su malicia, porque ocultan su hábil maldad bajo la máscara de la amistad. Hombres así son lobos rapaces cubiertos con piel de oveja, como los llama el Señor. Huid, pues, de la volubilidad y de la flexibilidad; buscad la verdad, la sinceridad, la sencillez. La serpiente es astuta; por eso ha sido condenada a arrastrarse. El justo es un hombre honesto, como Job. Por eso Dios hace habitar en familia a los solitarios. Así es este grande y ancho mar, donde hay innumerables seres que se arrastran, animales pequeños y grandes. Sin embargo, entre estos animales reina un orden sabio y maravilloso. Los peces no siempre merecen nuestros reproches; a menudo nos ofrecen ejemplos útiles. ¿Cómo es que cada clase de pez, contenta con la región que se le ha asignado, no traspasa nunca sus propios límites para pasar a mares extraños? Ningún agrimensor les ha distribuido sus moradas, ni los ha encerrado en muros, ni les ha asignado límites; a cada especie le ha sido asignada naturalmente su propia morada. Un golfo alimenta una clase de peces, otro otras clases; los que pululan aquí están ausentes allá. Ninguna montaña alza entre ellos sus cumbres agudas; ningún río les cierra el paso; es una ley de la naturaleza que, según las necesidades de cada especie, les ha asignado sus lugares de habitación con igualdad y justicia.

    Hom. 7, § 4

    4. No ocurre así con nosotros. ¿Por qué? Porque movemos sin cesar los linderos antiguos que nuestros padres pusieron. Invadimos, añadimos casa a casa, campo a campo, para enriquecernos a expensas de nuestro prójimo. Los peces grandes conocen la morada que la naturaleza les ha asignado; ocupan el mar lejos de las guaridas de los hombres, donde no hay islas y donde no se alzan continentes frente a ellos, porque nunca ha sido cruzado y ni la curiosidad ni la necesidad han persuadido a los marineros a tentarlo. Los monstruos que moran en este mar son en tamaño como altas montañas, según nos dicen testigos que los han visto, y nunca traspasan sus límites para asolar islas y ciudades costeras. Así, cada especie está como acantonada en ciudades, en aldeas, en una patria antigua, y tiene por morada las regiones del mar que se le han asignado.
    Sin embargo, se han conocido casos de peces migratorios que, como si una deliberación común los transportara a regiones extrañas, se ponen todos en marcha a una señal dada. Cuando llega el tiempo señalado para la cría, como despertados por una ley común de la naturaleza, migran de golfo en golfo, dirigiendo su rumbo hacia el mar del Norte. Y en la época de su regreso podéis ver a todos estos peces correr como un torrente a través de la Propóntide hacia el mar Euxino. ¿Quién los pone en orden de marcha? ¿Dónde está la orden del príncipe? ¿Ha fijado un edicto en la plaza pública el día de su partida? ¿Quién les sirve de guía? Ved cómo el orden divino lo abarca todo y se extiende hasta el objeto más pequeño. Un pez no resiste la ley de Dios, ¡y nosotros, hombres, no podemos soportar sus preceptos de salvación! No despreciéis a los peces porque son mudos y del todo irracionales; temed más bien que, en vuestra resistencia a la disposición del Creador, tengáis aún menos razón que ellos. Escuchad a los peces, que con sus acciones casi hablan y dicen: es para la perpetuación de nuestra raza por lo que emprendemos este largo viaje. No tienen el don de la razón, pero tienen la ley de la naturaleza firmemente asentada en su interior, que les muestra lo que han de hacer. Vayamos, dicen, al mar del Norte. Su agua es más dulce que la del resto del mar; pues el sol no permanece allí mucho tiempo y sus rayos no absorben todas las porciones potables. Incluso las criaturas marinas aman el agua dulce. Así, a menudo se les ve entrar en los ríos y remontarlos desde el mar. Esta es la razón por la que prefieren el mar Euxino a otros golfos, como el más apto para la cría y para criar a sus pequeños. Cuando han logrado su objeto, toda la tribu vuelve a casa. Oigamos a estas criaturas mudas decirnos la razón. El mar del Norte, dicen, es poco profundo y su superficie está expuesta a la violencia del viento, y tiene pocas costas y refugios. Así, los vientos lo agitan fácilmente hasta el fondo y mezclan las arenas de su lecho con sus olas. Además, es frío en invierno, lleno como está por todas partes de grandes ríos. Por eso, después de un moderado disfrute de sus aguas durante el verano, cuando llega el invierno se apresuran a alcanzar profundidades más cálidas y lugares caldeados por el sol, y, tras huir de las regiones tormentosas del Norte, buscan refugio en mares menos agitados.

    Hom. 7, § 5

    5. Yo mismo he visto estas maravillas y he admirado la sabiduría de Dios en todas las cosas. Si seres privados de razón son capaces de pensar y de proveer a su propia conservación; si un pez sabe lo que debe buscar y lo que debe evitar, ¿qué diremos nosotros, honrados con la razón, instruidos por la ley, alentados por las promesas, hechos sabios por el Espíritu, y que, sin embargo, somos menos razonables acerca de nuestros propios asuntos que los peces? Ellos saben proveer para el futuro, pero nosotros renunciamos a nuestra esperanza del futuro y pasamos la vida en una indulgencia brutal. Un pez recorre la extensión del mar para hallar lo que le es bueno; ¿qué dirás entonces tú, que vives en la ociosidad, madre de todos los vicios? Que nadie ponga su ignorancia como excusa. Se ha implantado en nosotros una razón natural que nos dice que nos identifiquemos con el bien y evitemos todo lo dañino. No necesito ir lejos del mar para hallar ejemplos, pues ese es el objeto de nuestras investigaciones. He oído decir a uno que vive junto al mar que el erizo de mar, criatura pequeña y despreciable, a menudo predice a los marineros la calma y la tempestad. Cuando prevé una perturbación de los vientos, se mete debajo de una piedra grande y, aferrándose a ella como a un ancla, se agita en seguridad, retenido por el peso que le impide convertirse en juguete de las olas. Es una señal cierta para los marineros de que están amenazados por una violenta agitación de los vientos. Ningún astrólogo, ningún caldeo, leyendo en la salida de las estrellas las perturbaciones del aire, ha comunicado jamás su secreto al erizo: es el Señor del mar y de los vientos quien ha impreso en este pequeño animal una prueba manifiesta de su gran sabiduría. Dios lo ha previsto todo, nada ha descuidado. Su ojo, que nunca duerme, vela sobre todo. Está presente en todas partes y da a cada ser los medios de conservación. Si Dios no ha dejado al erizo de mar fuera de su providencia, ¿no tendrá cuidado de ti?
    «Maridos, amad a vuestras mujeres.» [] Aunque formados de dos cuerpos, estáis unidos para vivir en la comunión del matrimonio. Que este vínculo natural, que este yugo impuesto por la bendición, reúna a los que están divididos. La víbora, el más cruel de los reptiles, se une con la lamprea de mar y, anunciando su presencia con un silbido, la llama desde las profundidades a la unión conyugal. La lamprea obedece y se une a este animal venenoso. ¿Qué significa esto? Por duro que sea, por fiero que sea un marido, la esposa debe soportarlo y no querer hallar pretexto alguno para romper la unión. Te golpea, pero es tu marido. Es un borracho, pero está unido a ti por la naturaleza. Es brutal y malhumorado, pero desde ahora es uno de tus miembros, y el más precioso de todos.

    Hom. 7, § 6

    6. Que escuchen también los maridos: he aquí una lección para ellos. La víbora vomita su veneno por respeto al matrimonio; y tú, ¿no dejarás de lado la barbarie y la inhumanidad de tu alma, por respeto a tu unión? Tal vez el ejemplo de la víbora encierra otro sentido. La unión de la víbora y de la lamprea es una violación adúltera de la naturaleza. Tú, que maquinas contra el matrimonio ajeno, aprende a qué criatura reptante te asemejas. No tengo más que un objeto: hacer que todo lo que digo redunde en la edificación de la Iglesia. Que los libertinos, pues, pongan freno a sus pasiones, porque son enseñados por los ejemplos que ofrecen las criaturas de la tierra y del mar.
    Mi debilidad corporal y lo avanzado de la hora me obligan a terminar mi discurso. Sin embargo, aún tengo muchas observaciones que hacer sobre los productos del mar, para admiración de mi atenta audiencia. Por hablar del mar mismo: ¿cómo se convierte su agua en sal? ¿Cómo es que el coral, piedra tan estimada, es una planta en medio del mar y, una vez expuesto al aire, se vuelve duro como una roca? ¿Por qué ha encerrado la naturaleza en el más vil de los animales, en una ostra, un objeto tan precioso como la perla? Pues estas perlas, codiciadas por los cofres de los reyes, son arrojadas a las orillas, a las costas, a las rocas afiladas, y están encerradas en conchas de ostra. ¿Cómo puede la pinna marina producir su vellocino de oro, que ningún tinte ha imitado jamás? ¿Cómo pueden las conchas dar a los reyes una púrpura cuyo brillo no es superado por las flores del campo?
    «Produzcan las aguas.» ¿Qué objeto necesario hubo que no apareciera al instante? ¿Qué objeto de lujo no fue dado al hombre? Unos para suplir sus necesidades, otros para hacerle contemplar las maravillas de la creación. Algunos son terribles, para llevar nuestra ociosidad a la escuela. «Dios creó los grandes cetáceos.» [] La Escritura les da el nombre de «grandes» no porque sean más grandes que una gamba y un boquerón, sino porque el tamaño de sus cuerpos iguala al de grandes colinas. Así, cuando nadan en la superficie de las aguas, a menudo se les ve aparecer como islas. Pero estas criaturas monstruosas no frecuentan nuestras costas y orillas; habitan el océano Atlántico. Tales son estos animales creados para infundirnos terror y asombro. Si ahora oís decir que las mayores naves, navegando a toda vela, son detenidas fácilmente por un pez muy pequeño, la rémora, y con tanta fuerza que la nave permanece inmóvil durante mucho tiempo, como si hubiera echado raíces en medio del mar, ¿no veis en esta pequeña criatura una prueba semejante del poder del Creador? El pez espada, el pez sierra, el cazón, las ballenas y los tiburones no son, pues, lo único que hay que temer; no menos hemos de temer la púa de la raya venenosa incluso después de muerta, y la liebre de mar, cuyos golpes mortales son tan rápidos como inevitables. Así, el Creador quiere que todo os mantenga despiertos, para que, llenos de esperanza en Él, evitéis los males con que todas estas criaturas os amenazan.
    Pero salgamos de las profundidades del mar y refugiémonos en la orilla. Pues las maravillas de la creación, viniendo una tras otra en constante sucesión como las olas, han sumergido mi discurso. Sin embargo, no me sorprendería si, tras hallar mayores maravillas en la tierra, mi espíritu buscara como el de Jonás huir al mar. Pero me parece que el encuentro con estas innumerables maravillas me ha hecho olvidar toda medida, y experimento la suerte de quienes navegan en alta mar sin un punto fijo que marque su avance, y a menudo ignoran el espacio que han recorrido. Esto es lo que me ha sucedido; mientras mis palabras recorrían la creación, no he sido consciente de la multitud de seres de los que os hablaba. Pero, aunque esta honorable asamblea se complace en mi discurso, y la narración de las maravillas del Maestro es grata a los oídos de sus siervos, permitidme aquí anclar la nave de mi discurso y esperar el día para entregaros el resto. Levantémonos, pues, todos, y, dando gracias por lo dicho, pidamos fuerza para oír el resto. Mientras tomáis vuestro alimento, que la conversación en vuestra mesa gire en torno a lo que nos ha ocupado esta mañana y esta tarde. Llenos de estos pensamientos, que incluso en el sueño gocéis del placer del día, de modo que se os permita decir: «Yo duermo, pero mi corazón vela,» [] meditando día y noche en la ley del Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
    Comentario editorial · La víbora y la murena
    Basilio cuenta que la víbora vomita su veneno por respeto al matrimonio cuando se une a la «lamprea» y lo pone como ejemplo para los maridos; después añade que el ejemplo puede tener otro sentido (§ 6). Jackson, en su nota, habla de la murena (en griego, myraina) y dice que la fábula está en Eliano (Historia de los animales IX, 66) y que la niega Ateneo (VII, p. 312), que cita a Andreas: para él es falso que la murena se una a la víbora; Sóstrato, en cambio, lo admite. Es una muestra de cómo Basilio toma hechos de la historia natural de su tiempo: Jackson señala a Aristóteles, Plinio, Eliano y Plutarco como fuentes de otros pasajes de las homilías 7 a 9. (Lectura del editor: Basilio usa el hecho como ejemplo moral; lo que se discute aquí es su exactitud, no su uso.)

    Homilía 8. La creación de las aves y de los animales acuáticos

    Hom. 8, § 1

    1. Y dijo Dios: «Produzca la tierra seres vivientes según su especie, ganado, reptiles y bestias de la tierra según su especie; y así fue.» [] El mandato de Dios avanzó paso a paso, y así la tierra recibió su ornamento. Ayer se dijo: «Produzcan las aguas seres que se mueven,» y hoy: «produzca la tierra seres vivientes.» ¿Acaso está viva la tierra? ¿Y tienen razón los maniqueos, de mente insensata, al atribuirle un alma? Ante estas palabras «Produzca la tierra,» no brotó un germen contenido en ella, sino que Aquel que dio la orden le otorgó al mismo tiempo la gracia y la potencia de producir. Cuando la tierra hubo oído este mandato «Produzca la tierra hierba y árbol que dé fruto,» no hizo brotar una hierba que tuviera oculta en su seno, ni sacó a la superficie una palmera, una encina, un ciprés, guardados hasta entonces en sus profundidades. Es la palabra de Dios la que forma la naturaleza de las cosas creadas. «Produzca la tierra;» es decir, no que produzca lo que tiene, sino que adquiera lo que le falta, cuando Dios le da el poder. Aun ahora, «Produzca la tierra seres vivientes,» no el ser viviente que está contenido en ella misma, sino el que el mandato de Dios le da. Además, los maniqueos se contradicen a sí mismos, porque si la tierra ha producido la vida, ella misma ha quedado despojada de vida. Su doctrina execrable no necesita demostración.
    Pero ¿por qué recibieron las aguas el mandato de producir seres que se mueven y tienen vida, y la tierra el de producir seres vivientes? Concluimos que, por su naturaleza, las criaturas que nadan parecen tener solo una vida imperfecta, porque viven en el espeso elemento del agua. Son duras de oído, y su vista es torpe porque ven a través del agua; no tienen memoria, ni imaginación, ni idea de trato social. Así, el lenguaje divino parece indicar que, en los animales acuáticos, la vida carnal origina sus movimientos psíquicos, mientras que en los animales terrestres, dotados de una vida más perfecta, el alma goza de autoridad suprema. De hecho, la mayor parte de los cuadrúpedos tienen más penetración en sus sentidos; su aprehensión de los objetos presentes es aguda, y guardan rememoración exacta del pasado. Parece, pues, que Dios, después del mandato dado a las aguas de producir seres que se mueven y tienen vida, creó simplemente cuerpos vivientes para los animales acuáticos, mientras que para los animales terrestres mandó que el alma existiera y dirigiera el cuerpo, mostrando así que los habitantes de la tierra están dotados de mayor fuerza vital. Sin duda, los animales terrestres están desprovistos de razón. Al mismo tiempo, ¡cuántas afecciones del alma expresa cada uno de ellos con la voz de la naturaleza! Expresan con gritos su alegría y su tristeza, el reconocimiento de lo que les es familiar, la necesidad de alimento, la pena de verse separados de sus compañeros, e innumerables emociones. Los animales acuáticos, por el contrario, no solo son mudos; es imposible domesticarlos, enseñarles, adiestrarlos para la sociedad del hombre. «El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor.» [] Pero el pez no conoce a quien lo alimenta. El asno reconoce una voz familiar, conoce el camino que ha recorrido a menudo, e incluso, si el hombre se extravía, a veces le sirve de guía. Su oído es más agudo que el de cualquier otro animal terrestre. ¿Qué animal del mar puede mostrar tanto rencor y resentimiento como el camello? El camello oculta su resentimiento mucho tiempo después de haber sido golpeado, hasta que encuentra ocasión, y entonces devuelve el agravio. Escuchad, vosotros cuyo corazón no perdona, que practicáis la venganza como una virtud; ved a qué os asemejáis cuando guardáis vuestra ira tanto tiempo contra el prójimo como una chispa escondida en las cenizas, que solo espera combustible para abrasar vuestro corazón.

    Hom. 8, § 2

    2. «Produzca la tierra un alma viviente.» ¿Por qué produjo la tierra un alma viviente? Para que distingáis entre el alma de las bestias y la del hombre. Pronto aprenderéis cómo fue formada el alma humana; oíd ahora acerca del alma de las criaturas desprovistas de razón. Puesto que, según la Escritura, «la vida de toda criatura está en la sangre,» así como la sangre, al espesarse, se convierte en carne, y la carne, al corromperse, se descompone en tierra, así el alma de las bestias es naturalmente una sustancia terrosa. «Produzca la tierra un alma viviente.» Ved la afinidad del alma con la sangre, de la sangre con la carne, de la carne con la tierra; y remontando en sentido inverso de la tierra a la carne, de la carne a la sangre, de la sangre al alma, hallaréis que el alma de las bestias es tierra. No supongáis que es más antigua que la esencia de su cuerpo, ni que sobrevive a la disolución de la carne; evitad las necedades de esos filósofos arrogantes que no se ruborizan al comparar su alma a la de un perro; que dicen que ellos mismos han sido antes mujeres, arbustos, peces. ¿Han sido alguna vez peces? No lo sé; pero no temo afirmar que en sus escritos muestran menos sentido que los peces. «Produzca la tierra el ser viviente.» Acaso muchos de vosotros preguntáis por qué hay tan largo silencio en medio del rápido curso de mi discurso. Los más estudiosos de mis oyentes no ignorarán la razón por la que me faltan las palabras. ¡Cómo! ¿No los he visto mirarse unos a otros, y hacerme señas para que los mirara y me recordaran lo que he pasado por alto? He olvidado una parte de la creación, y una de las más considerables, y mi discurso estaba casi terminado sin tocarla. «Produzcan las aguas abundantemente seres que se mueven y tienen vida, y aves que vuelen sobre la tierra en el firmamento abierto de los cielos.» [] Hablé de los peces mientras la tarde lo permitió: hoy hemos pasado al examen de los animales terrestres; entre unos y otros, las aves se nos han escapado. Somos olvidadizos como viajeros que, desatentos a algún objeto importante, se ven obligados, aunque estén ya lejos en su camino, a volver sobre sus pasos, castigados por su negligencia con el cansancio del viaje. Así que hemos de retroceder. Lo que hemos omitido no es despreciable. Es la tercera parte de la creación animal, si es que hay tres clases de animales: terrestres, alados y acuáticos.
    «Produzcan las aguas» se dice «produzcan abundantemente seres que se mueven y tienen vida, y aves que vuelen sobre la tierra en el firmamento abierto de los cielos.» ¿Por qué las aguas dan a luz también a las aves? Porque hay, por así decirlo, un vínculo de familia entre las criaturas que vuelan y las que nadan. Del mismo modo que los peces surcan las aguas, usando sus aletas para avanzar y sus colas para dirigir sus movimientos en círculo y en línea recta, así vemos a las aves flotar en el aire con ayuda de sus alas. Dotados ambos de la propiedad de nadar, su derivación común de las aguas los ha hecho de una sola familia. Al mismo tiempo, ningún ave carece de pies, porque como halla todo su alimento en la tierra, no puede prescindir de su servicio. Las aves rapaces tienen garras puntiagudas para apresar a su presa; a las demás se les ha dado el ministerio indispensable de los pies para buscar su alimento y proveer a las demás necesidades de la vida. Hay unas pocas que caminan mal, cuyos pies no son aptos ni para caminar ni para cazar. Entre ellas están las golondrinas, incapaces de caminar y buscar su presa, y las aves llamadas vencejos, que viven de pequeños insectos arrastrados por el aire. En cuanto a la golondrina, su vuelo, que roza la tierra, cumple la función de los pies.

    Hom. 8, § 3

    3. Hay también innumerables especies de aves. Si las repasáramos todas, como en parte hemos hecho con los peces, hallaríamos que bajo un solo nombre las criaturas que vuelan difieren infinitamente en tamaño, forma y color; que en su vida, sus acciones y sus costumbres presentan una variedad igualmente imposible de describir. Así, algunos han intentado imaginar nombres para ellas cuya singularidad y extrañeza pudieran, como marcas, señalar el carácter distintivo de cada especie conocida. A unas, como las águilas, se las ha llamado esquizópteras; a otras, dermópteras, como los murciélagos; a otras, ptilotas, como las avispas; a otras, coleópteras, como los escarabajos y todos aquellos insectos que, criados en estuches y cubiertas, rompen su prisión para volar en libertad. Pero tenemos bastantes palabras de uso común para caracterizar cada especie y para marcar la distinción que la Escritura establece entre aves limpias e inmundas. Así, la especie de los carnívoros es de una sola índole y de una constitución que se adapta a su manera de vivir: garras afiladas, pico curvo, alas veloces, que les permiten abalanzarse fácilmente sobre su presa y desgarrarla después de haberla apresado. La constitución de los que recogen semillas es diferente, y también la de los que viven de todo lo que encuentran. ¡Cuánta variedad en todas estas criaturas! Unas son gregarias, excepto las aves de presa, que no conocen otra sociedad que la unión conyugal; pero innumerables especies —palomas, grullas, estorninos, grajillas— aman la vida común. Entre ellas, unas viven sin jefe y en una especie de independencia; otras, como las grullas, no rehúsan someterse a un caudillo. Y otra diferencia entre ellas es que unas son estacionarias y no migratorias; otras emprenden largos viajes, y la mayor parte migran al acercarse el invierno. Casi todas las aves pueden domesticarse y son capaces de adiestramiento, excepto las más débiles, que por miedo y timidez no pueden soportar el contacto constante y molesto de la mano. Unas gustan de la sociedad del hombre y habitan nuestras moradas; otras se deleitan en las montañas y en los lugares desiertos. Hay también una gran diferencia en sus cantos peculiares. Unas gorjean y parlotean; otras son silenciosas; algunas tienen una voz melodiosa y sonora; otras son totalmente inarmónicas e incapaces de canto; algunas imitan la voz del hombre, enseñadas en su mímica ya por la naturaleza, ya por el adiestramiento; otras emiten siempre el mismo grito monótono. El gallo es orgulloso; el pavo real está ufano de su hermosura; las palomas y las gallinas son amorosas, buscando siempre la mutua compañía. La perdiz es falaz y celosa, prestando ayuda pérfida a los cazadores para apresar su presa.

    Hom. 8, § 4

    4. ¡Cuánta variedad, he dicho, en las acciones y en las vidas de las criaturas voladoras! Algunas de estas criaturas irracionales tienen incluso un gobierno, si es propio del gobierno hacer que la actividad de todos los individuos converja en un fin común. Esto puede observarse en las abejas. Tienen una morada común; vuelan juntas por el aire, trabajan juntas en la misma obra; y lo que es aún más extraordinario es que se entregan a estas labores bajo la guía de un rey y superintendente, y que no se permiten volar a los prados sin ver si el rey va a su cabeza. En cuanto a este rey, no es la elección la que le confiere esta autoridad; la ignorancia del pueblo a menudo pone en el poder al peor hombre; no es el destino; las ciegas decisiones del destino a menudo dan autoridad al más indigno. No es la herencia la que lo coloca en el trono; es demasiado común ver a los hijos de los reyes, corrompidos por el lujo y la adulación, vivir en la ignorancia de toda virtud. Es la naturaleza la que hace al rey de las abejas, pues la naturaleza le da tamaño superior, hermosura y dulzura de carácter. Tiene aguijón como las demás, pero no lo usa para vengarse. Es un principio de ley natural y no escrita que quienes son elevados a un alto cargo deben ser indulgentes al castigar. Aun las abejas que no siguen el ejemplo de su rey se arrepienten sin demora de su imprudencia, pues pierden la vida junto con su aguijón. Escuchad, cristianos, a quienes está prohibido «devolver mal por mal» y se os manda «vencer el mal con el bien.» Tomad por modelo a la abeja, que construye sus celdillas sin dañar a nadie y sin entrometerse en los bienes ajenos. Recoge abiertamente la cera de las flores con su boca, sorbiendo la miel esparcida sobre ellas como rocío, y la introduce en el hueco de sus celdillas. Así, al principio la miel es líquida; el tiempo la espesa y le da su dulzura. El libro de los Proverbios ha tributado a la abeja la alabanza más honrosa y mejor llamándola sabia e industriosa. ¡Cuánta actividad despliega en recoger este alimento precioso, por el cual reyes y hombres de baja condición recobran la salud! ¡Cuán grande es el arte y la astucia que muestra en la construcción de los almacenes destinados a recibir la miel! Después de extender la cera como una membrana delgada, la distribuye en compartimentos contiguos que, aunque endebles, por su número y por su masa sostienen todo el edificio. Cada celdilla, en efecto, se adhiere a la contigua, y está separada por un tabique delgado; vemos así dos o tres galerías de celdillas construidas unas sobre otras. La abeja cuida de no hacer una cavidad vasta, por temor a que se rompa bajo el peso del líquido y lo deje escapar. ¡Ved cómo los descubrimientos de la geometría son meras obras accesorias para la sabia abeja!
    Las hileras de panales son todas hexagonales, con lados iguales. No se apoyan unas sobre otras en líneas rectas, para que los soportes no presionen sobre los espacios vacíos intermedios y cedan; sino que los ángulos de los hexágonos inferiores sirven de cimientos y bases a los que se elevan encima, a fin de proporcionar un apoyo seguro a la masa inferior, y para que cada celdilla conserve con seguridad la miel líquida.

    Hom. 8, § 5

    5. ¿Cómo podremos hacer una revista exacta de todas las peculiaridades de la vida de las aves? Durante la noche, las grullas montan guardia por turno; unas duermen, otras hacen la ronda y procuran un sueño tranquilo a sus compañeras. Después de haber terminado su deber, el centinela lanza un grito y se duerme, y la que despierta, a su vez, devuelve la seguridad de que ha gozado. Veréis reinar el mismo orden en su vuelo. Una va a la cabeza, y cuando ha guiado el vuelo de la bandada durante cierto tiempo, pasa a la retaguardia, dejando a la que viene detrás el cuidado de dirigir la marcha.
    La conducta de las cigüeñas se acerca mucho a la razón inteligente. En estas regiones, la misma estación las ve emigrar a todas. Todas parten a una señal dada. Y me parece que nuestros cuervos, sirviéndoles de escolta, van a traerlas de vuelta y a ayudarlas contra los ataques de aves hostiles. La prueba es que en esta estación no aparece ni un solo cuervo, y que regresan con heridas, marcas evidentes de la ayuda y del socorro que han prestado. ¿Quién les ha explicado las leyes de la hospitalidad? ¿Quién las ha amenazado con las penas de la deserción? Pues ni una sola falta de la compañía. Escuchad, todos los corazones inhospitalarios, vosotros que cerráis vuestras puertas, cuya casa nunca está abierta, ni en invierno ni de noche, a los viajeros. La solicitud de las cigüeñas por sus ancianos bastaría, si nuestros hijos reflexionaran sobre ella, para hacerles amar a sus padres; porque no hay nadie tan falto de buen sentido que no considere una vergüenza ser superado en virtud por aves desprovistas de razón. Las cigüeñas rodean a su padre, cuando la vejez le hace caer las plumas, lo calientan con sus alas y proveen abundantemente a su sustento; y aun en el vuelo lo ayudan cuanto pueden, levantándolo suavemente por cada lado con sus alas, conducta tan notoria que ha dado a la gratitud el nombre de «antipelargosis.» Nadie lamente la pobreza; no desespere de su vida el hombre cuya casa está desnuda, cuando considere la industria de la golondrina. Para construir su nido, trae briznas de paja en el pico; y, como no puede levantar el barro con las garras, humedece la punta de sus alas en agua y luego la revuelve en polvo muy fino, y así obtiene barro. Después de haber unido, poco a poco, las briznas de paja con este barro, como con cola, alimenta a sus crías; y si a alguna de ellas se le lastiman los ojos, tiene un remedio natural para curar la vista de sus pequeñuelos.
    Este espectáculo debe advertiros que no toméis los malos caminos a causa de la pobreza; y, aun si fuerais reducidos al último extremo, que no perdáis toda esperanza; que no os abandonéis a la inacción y a la ociosidad, sino que recurráis a Dios. Si Él es tan generoso con la golondrina, ¿qué no hará por quienes lo invocan con todo su corazón?
    El alción es un ave marina que pone sus huevos a lo largo de la orilla, o los deposita en la arena. Y pone en pleno invierno, cuando la violencia de los vientos arroja el mar contra la tierra. Sin embargo, todos los vientos se calman y la ola del mar se serena durante los siete días que el alción empolla.
    Pues solo se necesitan siete días para empollar a las crías. Después, como necesitan alimento para crecer, Dios, en su munificencia, concede otros siete días a este diminuto animal. Todos los marineros lo saben y llaman a estos días días del alción. Si la divina Providencia ha establecido estas leyes admirables en favor de criaturas sin razón, es para induciros a pedir vuestra salvación a Dios. ¿Hay algún prodigio que Él no realizará por vosotros — vosotros, que habéis sido hechos a su imagen — cuando por un pájaro tan pequeño el grande y temible mar es contenido y recibe orden, en pleno invierno, de estar en calma?
    Comentario editorial · Los siete días del alción
    Basilio afirma que el alción pone sus huevos junto a la orilla en pleno invierno, pero que durante los siete días en que empolla los vientos se calman y el mar se serena. Jackson anota que Plinio (X, 47) habla de unos «días alciónicos» con el mar tranquilo, sobre todo en Sicilia, y que lo recogen Aristóteles, Eliano y Teócrito; que sir Thomas Browne niega que el martín pescador sirva de pronóstico del tiempo; y que quizá el alción fuera una golondrina de mar, parecida al martín pescador, pero que anida en tierra. Basilio no lo da como dato dudoso, sino como muestra de la providencia de Dios (§ 5).

    Hom. 8, § 6

    6. Se dice que la tórtola, una vez separada de su macho, no contrae nueva unión, sino que permanece en viudez, en recuerdo de su primera alianza. ¡Escuchad, oh mujeres! ¡Qué veneración por la viudez, aun en estas criaturas desprovistas de razón! ¡Cómo la prefieren a una indecorosa multiplicidad de uniones! El águila muestra la mayor injusticia en la educación que da a sus pequeños. Cuando ha empollado dos polluelos, arroja uno al suelo, expulsándolo a golpes de sus alas, y solo reconoce al que queda. Es la dificultad de encontrar alimento lo que la ha hecho rechazar a la prole que ha sacado. Pero el águila pescadora, se dice, no deja que perezca; lo lleva consigo y lo cría con sus propios pequeños. Así son los padres que, bajo pretexto de pobreza, exponen a sus hijos; así también los que, en el reparto de su herencia, hacen divisiones desiguales. Puesto que han dado la existencia por igual a cada uno de sus hijos, es justo que igualmente y sin preferencia les proporcionen los medios de subsistencia. Guardaos de imitar la crueldad de las aves de garras ganchudas. Cuando ven que sus crías son desde entonces capaces de enfrentarse al aire en su vuelo, las arrojan del nido, golpeándolas y empujándolas con las alas, y no se cuidan en absoluto de ellas. ¡El amor del cuervo por sus pequeños es laudable! Cuando empiezan a volar, ella los sigue, les da alimento y durante muchísimo tiempo provee a su nutrición. Muchas aves no necesitan unión con los machos para concebir. Pero sus huevos son infructuosos, excepto los de los buitres, que con más frecuencia, se dice, paren sin acoplarse: y esto aunque tienen una vida muy larga, que a menudo alcanza el centenar de años. Notad y retened, os lo ruego, este punto en la historia de las aves; y si alguna vez veis a alguien reírse de nuestro misterio, como si fuera imposible y contrario a la naturaleza que una virgen se convierta en madre sin perder la pureza de su virginidad, pensad que Aquel que quiso salvar a los fieles por la locura de la predicación, nos ha dado de antemano en la naturaleza mil razones para creer en lo maravilloso.

    Hom. 8, § 7

    7. «Produzcan las aguas seres vivientes que se muevan, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.» Recibieron la orden de volar sobre la tierra porque la tierra les proporciona el alimento. «En el firmamento del cielo,» es decir, como ya hemos dicho antes, en aquella parte del aire llamada [οὐρανός], cielo, de la palabra [ὁ] [ρᾶν], que significa ver; llamada firmamento, porque el aire que se extiende sobre nuestras cabezas, comparado con el éter, tiene mayor densidad y está espesado por los vapores que exhala la tierra. Tenéis, pues, el cielo adornado, la tierra embellecida, el mar poblado con sus propias criaturas, el aire lleno de aves que lo recorren en todas direcciones. Oyente estudioso, piensa en todas estas creaciones que Dios ha sacado de la nada, piensa en todas aquellas que mi discurso ha omitido, para evitar el tedio y no exceder mis límites; reconoce en todas partes la sabiduría de Dios; no ceses jamás de asombrarte y, a través de toda criatura, glorifica al Creador.
    Hay algunas clases de aves que viven de noche en medio de las tinieblas; otras que vuelan de día a plena luz. Los murciélagos, las lechuzas, los búhos nocturnos son aves de la noche: si por casualidad no podéis dormir, reflexionad sobre estas aves nocturnas y sus peculiaridades, y glorificad a su Hacedor. ¿Cómo es que el ruiseñor está siempre despierto cuando empolla sus huevos, pasando la noche en una melodía continua? ¿Cómo es que un animal, el murciélago, es a la vez cuadrúpedo y ave? ¿Que es la única de las aves que tiene dientes? ¿Que es vivíparo como los cuadrúpedos y recorre el aire, elevándose no sobre alas, sino sobre una especie de membrana? ¡Qué amor natural se tienen los murciélagos entre sí! ¡Cómo se entrelazan como una cadena y se cuelgan unos de otros! Un espectáculo muy raro entre los hombres, que en su mayor parte prefieren la vida individual y privada a la unión de la vida común. ¿No tienen los que se entregan a la vana ciencia los ojos de las lechuzas? La vista de la lechuza, penetrante durante la noche, queda deslumbrada por el esplendor del sol; así, la inteligencia de estos hombres, tan aguda para contemplar vanidades, está ciega ante la luz verdadera.
    Durante el día, también, ¡qué fácil os es admirar al Creador en todas partes! Mirad cómo el gallo doméstico os llama al trabajo con su grito agudo, y cómo, precursor del sol y madrugador como el viajero, envía a los labradores a la siega. ¡Qué vigilancia en los gansos! ¡Con qué sagacidad adivinan los peligros secretos! ¿No salvaron en otro tiempo la ciudad imperial? Cuando los enemigos avanzaban por pasadizos subterráneos para apoderarse del Capitolio de Roma, ¿no anunciaron los gansos el peligro? ¿Hay alguna clase de ave cuya naturaleza no ofrezca nada a nuestra admiración? ¿Quién anuncia a los buitres que habrá carnicería cuando los hombres marchan en orden de batalla unos contra otros? Podéis ver bandadas de buitres que siguen a los ejércitos y calculan el resultado de los preparativos bélicos; un cálculo que se acerca mucho al razonamiento humano. ¿Cómo puedo describiros las terribles invasiones de langostas, que se levantan por todas partes a una señal dada y plantan sus campamentos por todo un país? No atacan las cosechas hasta haber recibido la orden divina. ¿O describiré cómo el remedio de esta plaga, el tordo, las sigue con su apetito insaciable, y la naturaleza devoradora que el Dios amoroso le ha dado en su bondad para con los hombres? ¿Cómo modula su canto el saltamontes? ¿Por qué es más melodioso al mediodía debido al aire que respira al dilatar su pecho?
    Pero me parece que, al querer describir las maravillas de las criaturas aladas, quedo más atrás de lo que quedaría si mis pies hubieran intentado igualar la rapidez de su vuelo. Cuando veis abejas, avispas, en fin, todas esas criaturas voladoras llamadas insectos, porque tienen una incisión alrededor de todo el cuerpo, reflexionad que no tienen ni respiración ni pulmones, y que están sostenidas por el aire a través de todas las partes de su cuerpo. Así perecen si se las cubre de aceite, porque les tapa los poros. Lavadlas con vinagre: los poros se reabren y el animal vuelve a la vida. Nuestro Dios no ha creado nada innecesariamente y no ha omitido nada de lo necesario. Si ahora posáis los ojos en las criaturas acuáticas, encontraréis que su organización es bastante diferente. Sus pies no están divididos como los del cuervo, ni ganchudos como los de los carnívoros, sino anchos y membranosos; por eso pueden nadar con facilidad, empujando el agua con las membranas de sus pies como con remos. Observad cómo el cisne sumerge su cuello en las profundidades del agua para sacar de allí su alimento, y comprenderéis la sabiduría del Creador al dar a esta criatura un cuello más largo que sus pies, para que pueda lanzarlo como un sedal y tomar el alimento oculto en el fondo del agua.
    Comentario editorial · «Cielo» viene de «ver»
    Basilio explica el nombre del cielo (ouranós) por el verbo horân, «ver». Jackson juzga imaginaria esa derivación y recuerda que Aristóteles (Sobre el cielo, I, 19) lo hacía venir de hóros, «límite». El griego aparece aquí entre corchetes y con el verbo partido ([ὁ] [ρᾶν]), tal como ya viene en el inglés de partida; es una rareza de la edición, y no de la traducción castellana, y se conserva.

    Hom. 8, § 8

    8. Si leemos simplemente las palabras de la Escritura, encontramos solo unas pocas sílabas breves. «Produzcan las aguas aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos,» pero si indagamos el significado de estas palabras, entonces aparece la gran maravilla de la sabiduría del Creador. ¡Qué diferencia ha previsto entre las criaturas aladas! ¡Cómo las ha dividido por especies! ¡Cómo ha caracterizado a cada una por cualidades distintas! Pero el día no me bastará para contar las maravillas del aire. La tierra me llama a describir las fieras, los reptiles y el ganado, dispuesta a mostrarnos a su vez espectáculos que rivalizan con los de las plantas, los peces y las aves. «Produzca la tierra seres vivientes» de animales domésticos, de fieras y de reptiles según su especie. ¿Qué tenéis que decir vosotros, que no creéis en el cambio que Pablo os promete en la resurrección, cuando veis tantas metamorfosis entre las criaturas del aire? ¡Qué no se nos cuenta del gusano cornudo de la India! Primero se transforma en oruga, después se convierte en un insecto zumbador y, no contento con esta forma, se reviste, en lugar de alas, con unas láminas sueltas y anchas. Así, oh mujeres, cuando estéis sentadas ocupadas en vuestro tejido, me refiero a la seda que os envían los chinos para hacer vuestros vestidos delicados, recordad las metamorfosis de esta criatura, concebid una idea clara de la resurrección y no os neguéis a creer en el cambio que Pablo anuncia para todos los hombres.
    Pero me avergüenza ver que mi discurso traspasa los límites acostumbrados; si considero la abundancia de temas sobre los que acabo de hablaros, siento que soy arrastrado más allá de los límites; pero cuando reflexiono sobre la sabiduría inagotable que se muestra en las obras de la creación, me parece estar solo al comienzo de mi relato. Sin embargo, no os he retenido tanto tiempo sin provecho. Porque, ¿qué habríais hecho hasta la tarde? No os apremian invitados, ni se os espera en banquetes. Permitidme, pues, emplear este ayuno corporal para alegrar vuestras almas. A menudo habéis servido a la carne para el placer; hoy perseverad en el ministerio del alma. «Deléitate asimismo en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón.» ¿Amáis las riquezas? Aquí hay riquezas espirituales. «Los juicios del Señor son verdaderos y todos justos. Son más deseables que el oro y las piedras preciosas.» ¿Amáis el gozo y los placeres? He aquí los oráculos del Señor, que para un alma sana son «más dulces que la miel y el panal.» Si os dejo ir, y si despido esta asamblea, algunos correrán a los dados, donde encontrarán malas palabras, tristes riñas y los dolores de la avaricia. Allí está el diablo, inflamando la furia de los jugadores con los dados punteados, transportando las mismas sumas de dinero de un lado a otro de la mesa, ora exaltando a uno con la victoria y arrojando al otro a la desesperación, ora hinchando al primero con jactancia y cubriendo de confusión a su rival. ¿De qué sirve el ayuno corporal y llenar el alma de innumerables males? El que no juega pasa su ocio en otra parte. ¡Qué frivolidades salen de su boca! ¡Qué necedades hieren sus oídos! El ocio sin el temor del Señor es, para quienes no conocen el valor del tiempo, una escuela de vicio. Espero que mis palabras sean provechosas; al menos, al ocuparos aquí, os han impedido pecar. Así, cuanto más os retenga, más tiempo estáis fuera del camino del mal.
    Un juez equitativo considerará que he dicho bastante, no si atiende a las riquezas de la creación, sino si piensa en nuestra debilidad y en la medida que conviene guardar en lo que tiende al placer. La tierra os ha recibido con sus propias plantas, el agua con sus peces, el aire con sus aves; la tierra firme, a su vez, está dispuesta a ofreceros tesoros igualmente ricos. Pero pongamos fin a este banquete matutino, no sea que la saciedad embote vuestro gusto para el de la tarde. Que Aquel que lo ha llenado todo con las obras de su creación y ha dejado por todas partes memoriales visibles de sus maravillas, llene vuestros corazones de todos los gozos espirituales en Jesucristo, Señor nuestro, a quien pertenecen la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 9. La creación de los animales terrestres

    Hom. 9, § 1

    1. ¿Qué os ha parecido el banquete de mi discurso de esta mañana? Me parecía tener las buenas intenciones de un pobre anfitrión de un festín que, ambicionando el crédito de mantener una buena mesa, entristece a sus convidados por la escasa provisión de los platos más costosos. En vano cubre con largueza su mesa con sus manjares pobres; su ambición solo muestra su necedad. A vosotros os toca juzgar si he compartido la misma suerte. Sin embargo, cualquiera que haya sido mi discurso, cuidad de no despreciarlo. Nadie rehusó sentarse a la mesa de Eliseo; y, sin embargo, él solo dio a sus amigos verduras silvestres. [] Conozco las leyes de la alegoría, aunque menos por mí mismo que por las obras de otros. Hay ciertamente quienes no admiten el sentido común de las Escrituras, para quienes el agua no es agua, sino alguna otra naturaleza; que ven en una planta, en un pez, lo que su fantasía desea; que cambian la naturaleza de los reptiles y de las fieras para acomodarlas a sus alegorías, como los intérpretes de sueños que explican las visiones del dormir para hacerlas servir a sus propios fines. Para mí, la hierba es hierba; planta, pez, fiera, animal doméstico, todo lo tomo en sentido literal. «Porque no me avergüenzo del evangelio.» [] Los que han escrito sobre la naturaleza del universo han discutido largamente la forma de la tierra. Si es esférica o cilíndrica, si se asemeja a un disco y es igualmente redondeada por todas partes, o si tiene la forma de un harnero y es hueca en el medio; todas estas conjeturas han sido sugeridas por los cosmógrafos, cada uno derribando la de su predecesor. No por ello daré menos importancia a la creación del universo, porque el siervo de Dios, Moisés, guarde silencio en cuanto a las formas; no ha dicho que la tierra tenga ciento ochenta mil estadios de circunferencia; no ha medido en qué extensión de aire se proyecta su sombra mientras el sol gira a su alrededor, ni ha dicho cómo esta sombra, arrojándose sobre la luna, produce eclipses. Ha pasado en silencio, como inútil, todo lo que no nos importa. ¿Preferiré, pues, la necia sabiduría a los oráculos del Espíritu Santo? ¿No exaltaré más bien a Aquel que, no queriendo llenar nuestras mentes con estas vanidades, ha regulado toda la economía de la Escritura con miras a la edificación y al perfeccionamiento de nuestras almas? Es esto lo que me parece que no han comprendido quienes, entregándose al sentido torcido de la alegoría, han emprendido dar a la Escritura una majestad de su propia invención. Es creerse más sabios que el Espíritu Santo y sacar a luz sus propias ideas bajo pretexto de exégesis. Oigamos la Escritura tal como ha sido escrita.
    Comentario editorial · «Para mí la hierba es hierba»
    Basilio rechaza aquí a quienes no admiten el sentido corriente de la Escritura y hacen de la planta o del pez lo que su fantasía quiere. Jackson, siguiendo a Fialon, ve en ello una alusión a Orígenes, quizá provocada por críticas a la homilía 3. Pero no la presenta como un rechazo general de la alegoría: en sus Prolegómenos dice que Basilio, aunque conoce bien la alegoría y la usa «cuando lo juzga oportuno» (por ejemplo, en las homilías sobre los Salmos), es en conjunto partidario del sentido sencillo, y que ese literalismo lo acerca a la escuela de Antioquía (Teodoro de Mopsuestia, Diodoro de Tarso, Teodoreto), frente a Orígenes y los alejandrinos. Gregorio de Nacianzo (Oración 43, 67) habla de un triple método de Basilio, que Jackson entiende como literal, moral y alegórico; Ceillier, que cita, observa que hasta donde se sabe eso solo vale para las homilías sobre los Salmos.

    Hom. 9, § 2

    2. «Produzca la tierra seres vivientes.» [] He aquí la palabra de Dios que penetra la creación, comenzando ya entonces la eficacia que se ve desplegada hoy, y se desplegará hasta el fin del mundo. Como una bola que uno empuja, si encuentra una pendiente, desciende, llevada por su forma y por la naturaleza del suelo, y no se detiene hasta haber alcanzado una superficie llana; así la naturaleza, una vez puesta en movimiento por la orden divina, recorre la creación con paso igual, a través del nacimiento y de la muerte, y mantiene la sucesión de las especies por la semejanza, hasta el fin. La naturaleza hace siempre que a un caballo suceda un caballo, a un león un león, a un águila un águila, y, conservando cada animal por estas sucesiones ininterrumpidas, lo transmite hasta el fin de todas las cosas. Los animales no ven sus peculiaridades destruidas ni borradas por ninguna duración de tiempo; su naturaleza, como si acabara de ser constituida, sigue el curso de los siglos, siempre joven. «Produzca la tierra seres vivientes.» Esta orden ha continuado, y la tierra no cesa de obedecer al Creador. Pues, si hay criaturas que son producidas sucesivamente por sus predecesoras, hay otras que aún hoy vemos nacer de la tierra misma. En tiempo húmedo, ella produce saltamontes y un inmenso número de insectos que vuelan por el aire y no tienen nombre porque son tan pequeños; también produce ratones y ranas. En los alrededores de Tebas en Egipto, después de abundante lluvia en tiempo caluroso, el país se cubre de ratones de campo. Vemos que solo el barro produce anguilas; no proceden de un huevo ni de ninguna otra manera; es la tierra sola la que les da nacimiento. Produzca la tierra un ser viviente.
    El ganado es terrestre e inclinado hacia la tierra. El hombre, crecimiento celeste, se eleva por encima de ellos tanto por la forma de su conformación corporal como por la dignidad de su alma. ¿Cuál es la forma de los cuadrúpedos? Su cabeza está inclinada hacia la tierra y mira hacia su vientre, y solo persigue el bien de su vientre. Tu cabeza, oh hombre, está vuelta hacia el cielo; tus ojos miran hacia lo alto. Cuando, por tanto, te degradas por las pasiones de la carne, esclavo de tu vientre y de tus partes más bajas, te acercas a los animales sin razón y te haces semejante a uno de ellos. Estás llamado a cuidados más nobles; «buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado.» [] Eleva tu alma por encima de la tierra; saca de su conformación natural la regla de tu conducta; fija tu conversación en el cielo. Tu verdadera patria es la Jerusalén celestial; tus conciudadanos y compatriotas son «los primogénitos que están escritos en el cielo.» []

    Hom. 9, § 3

    3. «Produzca la tierra seres vivientes.» Así, cuando apareció el alma de los brutos, no estaba oculta en la tierra, sino que nació por la orden de Dios. Los brutos tienen una sola y misma alma, cuya característica común es la ausencia de razón. Pero cada animal se distingue por cualidades peculiares. El buey es firme, el asno perezoso, el caballo tiene pasiones fuertes, el lobo no puede ser domesticado, la zorra es astuta y engañosa, el ciervo tímido, la hormiga laboriosa, el perro agradecido y fiel en sus amistades. Al ser creado cada animal, el carácter distintivo de su naturaleza apareció en él en la medida debida; en el león, espíritu, gusto por la vida solitaria, un carácter insociable. Verdadero tirano de los animales, él, en su arrogancia natural, admite a pocos a compartir sus honores. Desdeña el alimento de ayer y no vuelve jamás a los restos de la presa. La naturaleza ha provisto sus órganos de voz de una fuerza tan grande que a menudo animales mucho más veloces son atrapados solo con su rugido. La pantera, violenta e impetuosa en sus saltos, tiene un cuerpo apropiado para su actividad y ligereza, en conformidad con los movimientos de su alma. El oso tiene una naturaleza perezosa, costumbres propias, un carácter astuto y es muy reservado; por eso tiene un cuerpo análogo, pesado, grueso, sin articulaciones tales como son necesarias para un habitante frío de guaridas.
    Cuando consideremos el cuidado natural e innato que estas criaturas sin razón tienen de sus vidas, seremos inducidos a velar por nosotros mismos y a pensar en la salvación de nuestras almas; o más bien seremos tanto más condenados cuando se nos halle por debajo incluso de la imitación de los brutos. El oso, que a menudo resulta gravemente herido, se cuida a sí mismo y con habilidad llena las heridas con gordolobo, planta de naturaleza muy astringente. Veréis también a la zorra curar sus heridas con excrementos de pino; la tortuga, harta de la carne de la víbora, encuentra en la virtud de la mejorana un específico contra este animal venenoso, y la serpiente cura los ojos enfermos comiendo hinojo.
    ¿Y no queda eclipsada la inteligencia que razona por los animales en su previsión de los cambios atmosféricos? ¿No vemos a las ovejas, cuando se acerca el invierno, devorar la hierba con avidez como para hacer provisión para la escasez futura? ¿No vemos también a los bueyes, largo tiempo encerrados en la estación invernal, reconocer el retorno de la primavera por una sensación natural y mirar hacia el fondo de sus establos, hacia las puertas, volviendo todos la cabeza allí de común acuerdo? Observadores estudiosos han notado que el erizo hace una abertura en los dos extremos de su madriguera. Si va a soplar el viento del norte, cierra la abertura que mira hacia el norte; si le sucede el viento del sur, el animal pasa a la puerta del norte. ¿Qué lección enseñan estos animales al hombre? No solo nos muestran en nuestro Creador un cuidado que se extiende a todos los seres, sino también un cierto presentimiento del futuro incluso en los brutos. Por tanto, no debemos apegarnos a esta vida presente y debemos prestar toda atención a la que ha de venir. ¿No serás industrioso para ti mismo, oh hombre? ¿Y no atesorarás en el tiempo presente descanso en el venidero, después de haber visto el ejemplo de la hormiga? La hormiga durante el verano recoge tesoros para el invierno. Lejos de entregarse a la ociosidad, antes de que esta estación le haga sentir su rigor, se apresura a trabajar con un celo invencible hasta que ha llenado abundantemente sus almacenes. Aquí, de nuevo, ¡cuán lejos está de ser negligente! ¡Con qué sabia previsión se las arregla para conservar sus provisiones el mayor tiempo posible! Con sus pinzas corta los granos por la mitad, por miedo a que germinen y no sirvan para su alimento. Si están húmedos, los seca; y no los extiende en cualquier tiempo, sino cuando siente que el aire se mantendrá a una temperatura suave. Estad seguros de que nunca veréis caer lluvia de las nubes mientras la hormiga haya dejado el grano fuera.
    ¿Qué lenguaje puede alcanzar las maravillas del Creador? ¿Qué oído podría comprenderlas? ¿Y qué tiempo sería suficiente para relatarlas? Digamos, pues, con el profeta, «¡Oh Señor, cuán múltiples son tus obras! Con sabiduría las has hecho todas.» No podremos decir, para justificarnos, que hemos aprendido conocimientos útiles en los libros, puesto que la ley no enseñada de la naturaleza nos hace elegir lo que nos es ventajoso. ¿Sabes qué bien debes hacer a tu prójimo? El bien que tú mismo esperas de él. ¿Sabes qué es el mal? Lo que no querrías que otro te hiciera a ti. Ni las investigaciones botánicas ni la experiencia de los simples han hecho que los animales descubran los que les son útiles; sino que cada uno conoce naturalmente lo que es saludable y se apropia maravillosamente lo que conviene a su naturaleza.

    Hom. 9, § 4

    4. Las virtudes existen también en nosotros por naturaleza, y el alma tiene afinidad con ellas no por la educación, sino por la naturaleza misma. No necesitamos lecciones para odiar la enfermedad, sino que por nosotros mismos rechazamos lo que nos aflige; el alma no tiene necesidad de un maestro que nos enseñe a evitar el vicio. Ahora bien, todo vicio es una enfermedad del alma, como la virtud es su salud. Así, han definido bien la salud quienes la han llamado una regularidad en el ejercicio de las funciones naturales; definición que puede aplicarse sin temor al buen estado del alma. Así, sin necesidad de lecciones, el alma puede alcanzar por sí misma lo que es apto y conforme a la naturaleza. De ahí proviene que la templanza sea alabada en todas partes, la justicia honrada, la fortaleza admirada y la prudencia objeto de todas las aspiraciones; virtudes que conciernen al alma más de lo que la salud concierne al cuerpo. Hijos, amad a vuestros padres, y vosotros, «padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos.» ¿No dice la naturaleza lo mismo? Pablo no nos enseña nada nuevo; solo estrecha los lazos de la naturaleza. Si la leona ama a sus cachorros, si la loba lucha por defender a sus pequeños, ¿qué dirá el hombre que es infiel al precepto y viola la naturaleza misma; o el hijo que insulta la vejez de su padre; o el padre cuyo segundo matrimonio le ha hecho olvidar a sus primeros hijos?
    En los animales, un afecto invencible une a los padres con los hijos. Es el Creador, Dios mismo, quien sustituye en ellos la fuerza del sentimiento por la razón. De ahí proviene que un cordero, cuando salta fuera del redil, en medio de mil ovejas reconozca el color y la voz de su madre, corra hacia ella y busque sus propias fuentes de leche. Si las ubres de su madre están secas, se contenta y, sin detenerse, pasa junto a otras más abundantes. ¿Y cómo la madre lo reconoce entre los muchos corderos? Todos tienen la misma voz, el mismo color, el mismo olor, al menos en lo que respecta a nuestro sentido del olfato. Sin embargo, hay en estos animales un sentido más sutil que nuestra percepción que les hace reconocer lo suyo. El perrito aún no tiene dientes; no obstante, se defiende con la boca contra cualquiera que lo hostigue. El becerro aún no tiene cuernos; no obstante, ya sabe dónde crecerán sus armas. Aquí tenemos una prueba evidente de que el instinto de los animales es innato y de que en todos los seres no hay nada desordenado, nada imprevisto. Todos llevan las marcas de la sabiduría del Creador y muestran que han venido a la vida con los medios de asegurar su conservación.
    El perro no está dotado de una parte de razón; pero en él el instinto tiene el poder de la razón. El perro ha aprendido por naturaleza el secreto de inferencias elaboradas, que los sabios del mundo, tras largos años de estudio, apenas han podido desentrañar. Cuando el perro sigue la pista de una presa, si ve que se divide en distintas direcciones, examina estos diferentes caminos, y solo le falta la palabra para anunciar su razonamiento. La criatura, dice, ha ido aquí, o allí, o en otra dirección. No está ni aquí ni allí; por tanto, está en la tercera dirección. Y así, dejando de lado las pistas falsas, descubre la verdadera. ¿Qué más hacen quienes, gravemente ocupados en demostrar teorías, trazan líneas en el polvo y descartan dos proposiciones para mostrar que la tercera es la verdadera?
    ¿No avergüenza la gratitud del perro a todos los que son ingratos con sus bienhechores? Se dice que muchos han caído muertos junto a sus amos asesinados en lugares solitarios. Otros, cuando acaba de cometerse un crimen, han guiado a quienes buscaban a los asesinos y han hecho que los criminales sean llevados ante la justicia. ¿Qué dirán aquellos que, no contentos con no amar al Maestro que los ha creado y alimentado, tienen por amigos a hombres cuya boca ataca al Señor, sentándose a la misma mesa con ellos y, mientras participan de su comida, blasfeman contra Aquel que se la ha dado?

    Hom. 9, § 5

    5. Pero volvamos al espectáculo de la creación. Los animales más fáciles de atrapar son los más prolíficos. Por eso las liebres y las cabras monteses producen muchas crías, y las ovejas salvajes tienen mellizos, por miedo a que estas especies desaparezcan, consumidas por los animales carnívoros. Las bestias de presa, por el contrario, producen pocas, y una leona con dificultad da a luz a un león; porque, si dicen verdad, el cachorro sale de su madre desgarrándola con sus garras; y las víboras solo nacen royendo el seno materno, infligiendo un castigo adecuado a su madre. Así, en la naturaleza todo ha sido previsto, todo es objeto de continuo cuidado. Si examináis incluso los miembros de los animales, encontraréis que el Creador no les ha dado nada superfluo, que no ha omitido nada de lo necesario. A los animales carnívoros les ha dado dientes puntiagudos que su naturaleza requiere para su sustento. Aquellos que solo están a medias provistos de dientes han recibido varios receptáculos distintos para su alimento. Como este no se desmenuza lo suficiente en el primero, están dotados del poder de devolverlo después de haberlo tragado, y no se asimila hasta que ha sido triturado por la rumia. El primero, segundo, tercero y cuarto estómagos de los rumiantes no permanecen ociosos; cada uno de ellos cumple una función necesaria. El cuello del camello es largo para que pueda bajarlo hasta sus pies y alcanzar la hierba de la que se alimenta. Los osos, leones, tigres, todos los animales de este tipo, tienen cuellos cortos enterrados en sus hombros; es porque no viven de hierba y no tienen necesidad de inclinarse hacia la tierra; son carnívoros y comen los animales sobre los que se abalanzan.
    ¿Por qué tiene el elefante una trompa? Esta criatura enorme, la mayor de los animales terrestres, creada para terror de quienes la encuentran, es naturalmente grande y carnosa. Si su cuello fuera grande y proporcionado a sus patas, sería difícil de dirigir y tendría un peso tan excesivo que le haría inclinarse hacia la tierra. Tal como es, su cabeza está unida a la espina dorsal por vértebras cortas, y tiene su trompa para ocupar el lugar del cuello; con ella recoge su alimento y sorbe su bebida. Sus patas, sin articulaciones, como columnas unidas, sostienen el peso de su cuerpo. Si estuviera sostenido sobre patas laxas y flexibles, sus articulaciones cederían continuamente, igualmente incapaces de soportar su peso, tanto si quisiera arrodillarse como levantarse. Pero tiene bajo el pie un pequeño tobillo que ocupa el lugar de las articulaciones de la pierna y de la rodilla, cuya movilidad nunca habría resistido esta masa enorme y oscilante. Así, necesitaba esta nariz que casi toca sus pies. ¿Los has visto en la guerra marchando a la cabeza de la falange, como torres vivientes, o rompiendo los batallones enemigos como montañas de carne con su carga irresistible? Si sus partes inferiores no estuvieran en proporción con su tamaño, nunca habrían podido mantenerse firmes. Ahora se nos dice que el elefante vive trescientos años y más, otra razón para que tenga pies sólidos y sin articulaciones. Pero, como hemos dicho, su trompa, que tiene la forma y la flexibilidad de una serpiente, toma su alimento de la tierra y lo levanta. Así, tenemos razón al decir que es imposible encontrar nada superfluo o faltante en la creación. ¡Pues bien! Dios ha sometido a este animal monstruoso a nosotros hasta tal punto que entiende las lecciones y soporta los golpes que le damos; prueba manifiesta de que el Creador ha sometido todo a nuestro dominio, porque hemos sido hechos a su imagen. No es solo en los animales grandes donde vemos una sabiduría inaccesible; no se ven menos maravillas en los más pequeños. Las altas cumbres de las montañas que, cercanas a las nubes y continuamente azotadas por los vientos, mantienen un invierno perpetuo, no despiertan en mí más admiración que los valles hondos que escapan a las tormentas de las cumbres elevadas y conservan una temperatura suave constante. De la misma manera, en la constitución de los animales no me asombra más el tamaño del elefante que el ratón, a quien el elefante teme, o el delicado aguijón del escorpión, que ha sido ahuecado como una caña por el supremo Artífice para arrojar veneno en las heridas que produce. Y que nadie acuse al Creador de haber producido animales venenosos, destructores y enemigos de nuestra vida. De lo contrario, que consideren un crimen en el maestro de escuela cuando disciplina la inquietud de la juventud mediante el uso de la vara y el látigo para mantener el orden.

    Hom. 9, § 6

    6. Las bestias dan testimonio de la fe. ¿Tienes confianza en el Señor? «Pisarás sobre el áspid y el basilisco, y hollarás al león y al dragón.» Con fe tienes poder para caminar sobre serpientes y escorpiones. ¿No ves que la víbora que se prendió de la mano de Pablo, mientras recogía leña, no le hizo daño, porque encontró al santo lleno de fe? Si no tienes fe, no temas tanto a las bestias como a tu incredulidad, que te hace susceptible de toda corrupción. Pero veo que desde hace tiempo me estáis pidiendo una explicación de la creación del hombre, y creo oír que todos clamáis en vuestros corazones: Se nos enseña la naturaleza de nuestros bienes, pero nos ignoramos a nosotros mismos. Dejadme, pues, hablar de ello, ya que es necesario, y poner fin a mi vacilación. En verdad, la más difícil de las ciencias es conocerse a uno mismo. No solo nuestro ojo, al que nada de lo exterior se le escapa, no puede verse a sí mismo; sino que nuestra mente, tan penetrante para descubrir los pecados ajenos, es lenta para reconocer sus propias faltas. Así, mi discurso, después de investigar con avidez lo que me es exterior, es lento y vacilante al explorar mi propia naturaleza. Sin embargo, la contemplación del cielo y de la tierra no nos hace conocer a Dios mejor que el estudio atento de nuestro ser; Soy, dice el Profeta, temible y maravillosamente hecho; es decir, al observarme a mí mismo he conocido tu infinita sabiduría. Y dijo Dios «Hagamos al hombre.» [] ¿No brilla en estas palabras, como a través de ventanas, la luz de la teología; y no se muestra la segunda Persona de modo místico, sin manifestarse aún plenamente hasta el gran día? ¿Dónde está el judío que resistía la verdad y pretendía que Dios hablaba consigo mismo? Es Él quien habló, se dice, y Él quien hizo. «Hágase la luz, y hubo luz.» Pero entonces sus palabras contienen un absurdo manifiesto. ¿Dónde está el herrero, el carpintero, el zapatero que, sin ayuda y solo ante los instrumentos de su oficio, se dijera a sí mismo: hagamos la espada, montemos el arado, hagamos la bota? ¿No realiza en silencio la obra de su oficio? ¡Extraña locura, decir que alguien se ha sentado para mandarse a sí mismo, vigilarse a sí mismo, constreñirse, darse prisa, con tonos de amo! Pero las desdichadas criaturas no temen calumniar al Señor mismo. ¿Qué no dirán con una lengua tan ejercitada en la mentira? Aquí, sin embargo, las palabras les tapan la boca; «Y dijo Dios: Hagamos al hombre.» Dime: ¿hay entonces una sola Persona? No está escrito «Sea hecho el hombre,» sino, «Hagamos al hombre.» La predicación de la teología permanece envuelta en sombra antes de la aparición de aquel que había de ser instruido; pero, ahora, cuando se espera la creación del hombre, la fe se desvela y el dogma de la verdad aparece en toda su luz. «Hagamos al hombre.» ¡Oh enemigo de Cristo, oye a Dios que habla a su Colaborador, a Aquel por quien también hizo los mundos, que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder! Pero Él no deja sin respuesta la voz de la verdadera religión. Así, los judíos, raza hostil a la verdad, cuando se ven acorralados, actúan como bestias enfurecidas contra el hombre, que rugen ante los barrotes de su jaula y muestran la crueldad y la ferocidad de su naturaleza, sin poder aplacar su furia. Dios, dicen, se dirige a varias personas; es a los ángeles que están ante Él a quienes dice: «Hagamos al hombre.» ¡Ficción judía! Una fábula cuya frivolidad muestra de dónde ha salido. Para rechazar a una persona, admiten muchas. Para rechazar al Hijo, elevan a los siervos a la dignidad de consejeros; hacen de nuestros consiervos los agentes de nuestra creación. El hombre perfecto alcanza la dignidad de un ángel; pero ¿qué criatura puede ser como el Creador? Escucha la continuación. «A nuestra imagen.» ¿Qué tienes que responder? ¿Hay una misma imagen de Dios y de los ángeles? Padre e Hijo tienen por absoluta necesidad la misma forma, pero la forma se entiende aquí como corresponde a lo divino, no en figura corporal, sino en las propiedades propias de la divinidad. Oíd también vosotros, los que pertenecéis a la nueva circuncisión [] y que, bajo apariencia de cristianismo, fortalecéis el error de los judíos. ¿A quién dice: «a nuestra imagen,» sino a Aquel que es «el resplandor de su gloria y la imagen expresa de su persona,» [] «la imagen del Dios invisible»? [] Es, pues, a su imagen viva, a Aquel que ha dicho «Yo y el Padre somos uno,» [] «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre,» [] a quien Dios dice «Hagamos al hombre a nuestra imagen.» ¿Dónde está la desemejanza en estos Seres que tienen una sola imagen? «Creó, pues, Dios al hombre.» [] No está escrito «Hicieron.» Aquí la Escritura evita la pluralidad de las Personas. Después de haber iluminado al judío, disipa el error de los gentiles al ponerse al amparo de la unidad, para hacerte comprender que el Hijo está con el Padre y guardarte del peligro del politeísmo. Lo creó a imagen de Dios. Dios aún nos muestra a su colaborador, porque no dice: a su imagen, sino a imagen de Dios.
    Si Dios lo permite, diremos más adelante de qué manera fue creado el hombre a imagen de Dios y cómo participa de esta semejanza. Hoy decimos solamente una palabra. Si hay una sola imagen, ¿de dónde viene la intolerable blasfemia de pretender que el Hijo es desemejante del Padre? ¡Qué ingratitud! Tú mismo has recibido esta semejanza y le niegas a tu Bienhechor. Pretendes guardar para ti personalmente lo que en ti es un don de la gracia, y no quieres que el Hijo conserve su semejanza natural con Aquel que lo engendró.
    Pero la tarde, que hace tiempo envió el sol al occidente, me impone silencio. Aquí, pues, déjame contentarme con lo dicho y acostar mi discurso. Os he dicho bastante hasta este punto para excitar vuestro celo; con la ayuda del Espíritu Santo haré para vosotros una investigación más profunda de las verdades que siguen. Retiraos, pues, os lo ruego, con alegría, oh congregación amante de Cristo, y, en lugar de suntuosos platos de variadas delicias, adornad y santificad vuestras mesas con el recuerdo de mis palabras. Que el anomeo sea confundido, el judío cubierto de vergüenza, los fieles exultantes en los dogmas de la verdad, y el Señor glorificado, el Señor a quien sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.
    Comentario editorial · El «nosotros» de Génesis 1:26 y los anomeos
    Basilio lee «Hagamos al hombre» como palabra de Dios a «su colaborador», el Hijo, y rechaza dos lecturas: la de quienes dicen que Dios habla a los ángeles, que atribuye a «los judíos», y la de los «anomeos». Jackson identifica a los de «la nueva circuncisión» () con los arrianos y anota que Arrio enseñó que las Personas son anómoioi, «desemejantes» entre sí. Según Wikipedia, Eunomio fue uno de los jefes de los arrianos extremos o «anomeos» y los habitantes de Cesarea de Capadocia lo expulsaron por escribir contra su obispo, Basilio. (Lectura del editor: el lenguaje contra «los judíos» es el de la polémica cristiana de la época; el pasaje dice cómo Basilio presenta a sus adversarios, no cómo leían Génesis 1:26 los intérpretes judíos.)
    Comentario editorial · Una promesa que otro cumplió
    Al final (§ 6), Basilio promete decir «más adelante» cómo fue creado el hombre a imagen de Dios y cómo participa de esa semejanza. Las nueve homilías terminan sin hacerlo. Gregorio de Nisa, su hermano, compuso Sobre la hechura del hombre: según la nota de New Advent, la obra «se concibió para suplir y completar» el Hexamerón de Basilio, y el propio Gregorio dice en su prefacio que a ese Hexamerón le faltaba la consideración del hombre y que ninguno de sus discípulos la había suplido.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la obra

    En la Antigüedad fue la más celebrada y admirada de las obras de Basilio: según la introducción de Jackson, Focio la pone la primera de todas y alaba su elocuencia, y Gregorio de Nacianzo, en el elogio fúnebre de su amigo (Oración 43, 67), cuenta que al tomar el Hexamerón en las manos y citar sus palabras se siente ante su Creador y empieza a entender el método de la creación. Su hermano Gregorio de Nisa, en el proemio de su propio Hexamerón, habla de la obra como inspirada y comparable a la de Moisés (según Jackson), y escribió Sobre la hechura del hombre para suplir lo que a ese Hexamerón faltaba, el hombre (New Advent). Ambrosio, para Jackson, lo imita más que lo traduce; Wikipedia dice que el suyo está muy influido por el de Basilio. Eustacio Áfer lo pasó al latín hacia 440, y se dice que también Dionisio el Exiguo; Jackson recuerda además un compendio anglosajón atribuido a Ælfric, que mezcla lo de Basilio con extractos de Beda y materia propia.
    Sobre su lugar en la historia del género, las fuentes no dicen lo mismo. Wikipedia lo llama el primer hexamerón cristiano conservado y el primero del género desde Filón. Jackson, citando a Fialon, recuerda que el género tenía antecedentes: Teófilo de Antioquía (A Autólico II) habla de muchos que antes intentaron contar la obra de los seis días, de lo que fue el Hexamerón de Hipólito no puede saberse nada y del de Orígenes solo que leía el relato de Moisés como alegoría. Sobre su valor científico tampoco: Böhringer, que Jackson cita, opina que desde el punto de vista de la ciencia y de la exégesis actuales la obra tiene poco valor; Jackson contesta que Basilio está al nivel de la ciencia de su época, salvo en geografía, y que leer el Génesis a la luz de ese saber no es una falta que le distinga de su tiempo.
    Límites. La edición de base no fecha las homilías: «378» es lo que da Wikipedia (artículo «Hexaemeron») y la introducción de Jackson dice que cuándo y dónde se pronunciaron es muy incierto; la fecha exacta no consta. Las identificaciones, las fechas y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. Casi todo lo que las notas dicen de la historia natural antigua (Aristóteles, Plinio, Eliano, Plutarco) lo recoge Jackson en sus notas, y no se ha cotejado con esos autores. La traducción castellana es automática: sus rarezas conocidas son las que se señalan en el texto, pero ninguna persona la ha revisado frase a frase.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra