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    TEXTOS — JERÓNIMO

    Índice de la obra

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    Jerónimo

    Cartas selectas (14, 22, 53, 125, 130)

    Texto base: versión inglesa de W. H. Fremantle con la ayuda de G. Lewis y W. G. Martley, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, «The Principal Works of St. Jerome» (1892–1893) · cinco de las cartas del volumen (I–CL): XIV a Heliodoro, XXII a Eustoquia, LIII a Paulino, CXXV a Rústico y CXXX a Demetrias

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 225 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Entre 373 y 414 Jerónimo escribió cartas a un monje que había vuelto a Aquilea, a una joven romana consagrada a la virginidad, a un futuro obispo, a un joven monje de Tolosa y a una dama de la casa Anicia. Las cinco cartas que aquí se leen tratan, cada una a su modo, de cómo vivir la vida ascética: el abandono del mundo, el recato de las vírgenes, el estudio de la Escritura, la vida común frente a la soledad y la cautela con los maestros dudosos. Entre la dirigida a Eustoquia y la dirigida a Demetrias pasan treinta años, según el editor del NPNF.

    Ficha de la obra

    AutorJerónimo
    Lengua originalLatín
    FechasCarta 14: 373 o 374. Carta 22: 384 (Roma). Carta 53: 394. Carta 125: 411. Carta 130: 414. Todas, según las introducciones del editor del NPNF
    GéneroCartas de dirección espiritual, de las que la 53 es, además, una guía de lectura de la Biblia
    DestinatariosHeliodoro, monje (14); Eustoquia (22); Paulino, futuro obispo de Nola (53); Rústico, joven monje de Tolosa (125); Demetrias, virgen de la casa Anicia (130)
    ExtensiónCinco cartas, 11, 41, 11, 20 y 20 secciones numeradas. Unas 40 000 palabras en esta traducción
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, tal como la recogen New Advent y CCEL
    El orden de la lectura es el del volumen inglés, que va también por fecha de composición. Un recorrido por las secciones numeradas de la edición:
    Carta y seccionesAsunto
    14, 1–4Invitación al desierto y reproche; los lazos de familia y la fe
    14, 5–11La idolatría no es solo el incienso; desprendimiento, el ejemplo del clero y el día del juicio
    22, 1–8El salmo 44, la humildad y los peligros de la virginidad; el desierto
    22, 9–18El ayuno y la comida; las vírgenes caídas, las falsas vírgenes, el trato con mujeres casadas
    22, 19–23El matrimonio y la virginidad
    22, 24–33Recato, vanagloria, las siervas; el sueño de Jerónimo (§ 30); el dinero
    22, 34–41Tres clases de monjes; la oración, María y la recompensa
    53, 1–7El afán de saber y la Escritura como arte que todos dicen conocer
    53, 8–11Recorrido por los libros de los dos Testamentos; invitación a Paulino
    125, 1–8La grandeza de la vida cristiana; el trato con la madre y las criadas
    125, 9–16¿Solo o en comunidad?; ejemplos de Egipto; el maestro
    125, 17–20La conducta del monje, la lengua y el estudio
    130, 1–8Elogio de Demetrias y de su familia; su decisión; la dote
    130, 9–15Reglas de vida: pensamientos, ayuno, obediencia, criados, riqueza
    130, 16–20La fe de Roma; soledad y comunidad; compañías; un tratado de treinta años atrás
    Sobre el ideal monástico que Jerónimo da por modelo se lee a Atanasio en Vida de Antonio; de lo que él mismo contó de los ermitaños, Vidas de Pablo, Hilarión y Malco.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 6 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF) imprime para las cartas I a CL de Jerónimo. El volumen es The Principal Works of St. Jerome, editado por Philip Schaff y Henry Wace. New Advent atribuye las cinco cartas a W. H. Fremantle, G. Lewis y W. G. Martley, y da como pie de imprenta Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1893; CCEL registra Nueva York, 1892. En su prefacio, fechado en Canterbury en noviembre de 1892, Fremantle explica que el primer borrador lo prepararon Lewis y Martley, que añadieron la mayor parte de las notas, y que él lo revisó y reescribió en parte. Esa versión inglesa se tradujo luego al castellano con el motor de Libyx y el modelo DeepSeek V4 Pro, sin intervención de un traductor humano.
    Lo que viene de la edición. Cada carta abre con el destinatario y con una breve nota del editor (entre corchetes, salvo en la Carta 14) que da la fecha y el asunto; esos párrafos no son de Jerónimo y llevan su atribución. La división en secciones numeradas es la del NPNF; en la Carta 53 las secciones 9 a 11 llevan la advertencia «[En Migne, 8.]», «[En Migne, 9.]» y «[En Migne, 10.]», porque la numeración de Migne, la de la Patrologia Latina, difiere allí de la inglesa. Los epígrafes de nivel dos, uno por carta, son los del epub.
    Notas del NPNF. El volumen inglés trae notas del traductor: identificaciones de personas, remisiones a otras cartas y a otros autores, aclaraciones de palabras. La traducción automática no las incluye. Las que aclaran algo que el lector no sabría, como el apodo del «gruñidor» de la Carta 125, se recogen en las notas de lectura.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes en la traducción se resuelven contra la Biblia y salen con su versículo emergente.

    Carta 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Cartas selectas · Carta 14, introducción
    A Heliodoro, monje
    Heliodoro, primero soldado y luego presbítero de la Iglesia, había acompañado a Jerónimo a Oriente, pero, no sintiéndose llamado a la vida solitaria del desierto, regresó a Aquilea. Allí reanudó sus deberes clericales y, con el tiempo, fue elevado al episcopado como obispo de Altino.
    La carta fue escrita en la primera amargura de la separación y reprocha a Heliodoro haberse apartado del camino perfecto de la vida ascética. La descripción que de él se hace es de colores muy vivos y parece haber causado gran impresión en Occidente. Fabiola quedó tan encantada que aprendió la carta de memoria. La fecha es el año 373 o 374 d. C.

    Carta 14, § 1

    1. Tan consciente eres del afecto que existe entre nosotros que no puedes dejar de reconocer el amor y la pasión con que me esforcé por prolongar nuestra común estancia en el desierto. Esta misma carta —borrosa, como ves, de lágrimas— da testimonio del lamento y del llanto con que acompañé tu partida. Con las tiernas maneras de un niño suavizaste entonces tu negativa con palabras tranquilizadoras, y yo, desprevenido, no supe qué hacer. ¿Callar? No podía ocultar mi ansiedad fingiendo indiferencia. ¿O rogarte aún con más ahínco? Te habrías negado a escuchar, porque tu amor no era como el mío. El afecto despreciado ha tomado el único camino que le queda. Incapaz de retenerte presente, va en tu busca ausente. Tú mismo me pediste, cuando te marchabas, que te invitara al desierto cuando yo fijara allí mi morada, y yo por mi parte prometí hacerlo. Así pues, te invito ahora; ven, y ven pronto. No recuerdes los viejos lazos; el desierto es para quienes lo han dejado todo. Ni te detengan las penalidades de nuestros pasados viajes. Crees en Cristo; cree también en sus palabras: «Buscad primeramente el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas.» [] No lleves ni alforja ni bastón. Bastante rico es quien es pobre — con Cristo.

    Carta 14, § 2

    2. Pero, ¿qué es esto, y por qué te importuno neciamente otra vez? Fuera súplicas, fin de las palabras zalameras. El amor ofendido bien hace en airarse. Has despreciado mi petición; quizá escuches mi reconvención. ¿Qué te retiene, soldado afeminado, en la casa de tu padre? ¿Dónde están tus murallas y tus trincheras? ¿Cuándo has pasado un invierno en campaña? ¡He aquí que suena la trompeta desde el cielo! ¡He aquí que viene el Capitán entre las nubes! [] Está armado para someter al mundo, y de su boca sale una espada de dos filos [] para segar cuanto le sale al paso. Pero tú, ¿qué harás? ¿Pasar directamente de tu aposento al campo de batalla, y de la sombra fresca al sol ardiente? No; un cuerpo acostumbrado a la túnica no puede soportar el escudo; una cabeza que ha llevado gorro rechaza el yelmo; una mano ablandada por la falta de uso se lastima con la empuñadura de la espada. Oye la proclama de tu Rey: «El que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama.» [] Recuerda el día en que te alistaste, cuando, sepultado con Cristo en el bautismo, le juraste fidelidad, declarando que por su causa no perdonarías ni a padre ni a madre. He aquí que el enemigo se esfuerza por matar a Cristo en tu pecho. He aquí que las filas del adversario suspiran por aquella dádiva que recibiste al entrar a su servicio. Si tu sobrinito se te cuelga del cuello, no le hagas caso; si tu madre, con ceniza en los cabellos y las vestiduras rasgadas, te muestra los pechos con los que te amamantó, no la escuches; si tu padre se postra sobre el umbral, pisa sobre él y sigue tu camino. Vuela con los ojos secos al estandarte de la cruz. En tales casos, la crueldad es el único afecto verdadero.

    Carta 14, § 3

    3. En el futuro vendrá —sí, vendrá— un día en que volverás vencedor a tu verdadera patria, y caminarás por la Jerusalén celestial coronado con la corona del valor. Entonces recibirás con Pablo la ciudadanía de aquella patria. Entonces buscarás el mismo privilegio para tus padres. Entonces intercederás por mí, que te he impulsado por la senda de la victoria.
    No ignoro las cadenas que puedes alegar como estorbos. Mi pecho no es de hierro ni mi corazón de piedra. No nací del pedernal ni me amamantó una tigresa. Yo mismo he pasado por pruebas como las tuyas. Ora es una hermana viuda la que te echa sus brazos cariñosos al cuello. Ora son los esclavos, tus hermanos de leche, los que claman: «¿A qué amo nos dejas?» Ora es una nodriza encorvada por la edad, y un siervo personal amado casi como un padre, quienes exclaman: «Espera tan solo a que muramos y acompáñanos a nuestras tumbas.» Quizá también una madre anciana, de seno hundido y frente surcada, recordando la canción de cuna con que antaño te adormecía, añade sus ruegos a los de ellos. Los sabios, si quieren, pueden llamarte
    El único sostén y pilar de tu casa.
    El amor de Dios y el temor del infierno fácilmente romperán tales lazos.
    La Escritura, dirás, nos manda obedecer a nuestros padres. [] Sí, pero quien los ama más que a Cristo pierde su propia alma. [] El enemigo empuña la espada para matarme, ¿y he de pensar en las lágrimas de una madre? ¿O he de abandonar el servicio de Cristo por causa de un padre a quien, si soy servidor de Cristo, no le debo honras fúnebres, [] aunque, si soy verdadero servidor de Cristo, se las debo a todos? Pedro, con su consejo cobarde, fue tropiezo para el Señor en la víspera de su pasión; [] y a los hermanos que se esforzaban por impedirle subir a Jerusalén, la única respuesta de Pablo fue: «¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no solo a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.» [] El ariete del afecto natural, que tantas veces destroza la fe, debe rebotar impotente contra el muro del Evangelio. «Mi madre y mis hermanos son estos: los que hacen la voluntad de mi Padre que está en los cielos.» Si creen en Cristo, que me despidan con su bendición, pues voy a luchar en su nombre. Y si no creen, «dejad que los muertos entierren a sus muertos.» []

    Carta 14, § 4

    4. Pero todo esto, dirás, solo atañe al caso de los mártires. ¡Ah, hermano mío! Te equivocas, te equivocas, si supones que hay algún tiempo en que el cristiano no padezca persecución. Entonces eres más duramente asediado cuando no sabes que eres asediado en absoluto. «Nuestro adversario, como león rugiente, anda buscando a quién devorar,» [] ¿y piensas en paz? «Se sienta en los escondrijos de las aldeas; en los lugares secretos asesina al inocente; sus ojos están puestos encubiertamente contra el pobre. Acecha en secreto como león en su guarida; acecha para cazar al pobre;» ¿y te adormeces bajo un árbol frondoso, para caer como presa fácil? Por un lado me acosa la intemperancia; por otro, la codicia pugna por abrir brecha; mi vientre quiere ser un dios para mí, en lugar de Cristo, y la lujuria querría ahuyentar al Espíritu Santo que habita en mí y profanar su templo. [] Soy perseguido, digo, por un enemigo
    cuyo nombre es Legión y sus astucias incontables;
    y, desdichado de mí, ¿cómo podré tenerme por vencedor cuando estoy siendo llevado cautivo?

    Carta 14, § 5

    5. Mi querido hermano, pondera bien las diversas formas de transgresión, y no pienses que los pecados que he mencionado son menos graves que el de la idolatría. Antes bien, oye el parecer del apóstol sobre el asunto. «Porque esto sabéis,» escribe, «que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.» [] En general, todo lo que es del diablo sabe a enemistad contra Dios, y lo que es del diablo es idolatría, pues todos los ídolos le están sujetos. Sin embargo, Pablo en otro lugar establece la ley en términos expresos e inequívocos, diciendo: «Haced morir vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, impureza, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales viene la ira de Dios.» []
    La idolatría no se limita a echar incienso sobre un altar con el pulgar y el índice, ni a verter libaciones de vino de una copa a una pátera. La avaricia es idolatría, o bien la venta del Señor por treinta piezas de plata fue un acto justo. [] La lujuria implica profanación, o bien pueden los hombres mancillar con rameras comunes aquellos miembros de Cristo que deben ser «sacrificio vivo, acepto a Dios.» [] El fraude es idolatría, o bien son dignos de imitación quienes, en los Hechos de los Apóstoles, vendieron su heredad y, por haber retenido parte del precio, perecieron al instante con una muerte repentina. Reflexiona bien, hermano mío: nada es tuyo para retenerlo. «Cualquiera de vosotros,» dice el Señor, «que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.» [] ¿Por qué eres un cristiano tan tibio?

    Carta 14, § 6

    6. Mira cómo Pedro dejó su red; [] mira cómo el publicano se levantó del banco de los tributos. [] En un instante se hizo apóstol. «El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza,» [] ¿y tú proyectas amplios pórticos y espaciosos salones? Si pretendes heredar los bienes de este mundo, ya no puedes ser coheredero con Cristo. [] Te llamas monje, ¿y el nombre no tiene sentido? ¿Qué te trae, solitario, a la multitud de los hombres? El consejo que te doy no es el de un marinero inexperto que jamás ha perdido ni barco ni cargamento, y que nunca ha conocido un temporal. Habiendo naufragado yo mismo hace poco, mis advertencias a otros navegantes brotan de mis propios temores. Por un lado, como Caribdis, la intemperancia engulle en su torbellino la salvación del alma; por el otro, como Escila, la lujuria, sonriente con su rostro de doncella, la atrae hacia los escollos para hacer naufragar su castidad. La costa es agreste, y el diablo, al frente de una tripulación de piratas, lleva grillos para encadenar a sus cautivos. No seas crédulo, no seas demasiado confiado. El mar puede estar tan liso y sonriente como un estanque; su quieta superficie apenas puede ser rizada por un soplo de aire; sin embargo, a veces sus olas son altas como montañas. Hay peligro en sus profundidades; el enemigo acecha allí. Afloja las escotas, despliega las velas, fija la cruz como enseña en tu proa. La calma de que hablas es en sí misma una tempestad. «¿Por qué?» quizá objetarás; «¿no son cristianos todos mis conciudadanos?» Tu caso, respondo, no es el de los demás. Escucha las palabras del Señor: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y ven y sígueme.» [] Ya has prometido ser perfecto. Pues cuando abandonaste la milicia y te hiciste eunuco por causa del reino de los cielos, [] lo hiciste para seguir la vida perfecta. Ahora bien, el siervo perfecto de Cristo no tiene nada fuera de Cristo. Y si tiene algo fuera de Cristo, no es perfecto. Y si no es perfecto habiendo prometido a Dios serlo, su profesión es mentira. Pero «la boca que miente mata el alma.» [] Para concluir, pues: si eres perfecto, no pondrás tu corazón en los bienes de tu padre; y si no eres perfecto, has engañado al Señor. El Evangelio truena su divina advertencia: «No podéis servir a dos señores,» [] y ¿alguien se atreve a hacer mentiroso a Cristo sirviendo a la vez a Dios y a Mamón? Repetidamente proclama: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» [] Si me cargo de oro, ¿puedo pensar que estoy siguiendo a Cristo? Ciertamente no. «El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo.» []

    Carta 14, § 7

    7. Sé que replicarás que no posees nada. ¿Por qué, entonces, si estás tan bien preparado para la batalla, no sales al campo? Quizá piensas que tú puedes guerrear en tu propia patria, aunque el Señor no pudo hacer milagros en la suya. [] ¿Por qué no?, preguntas. Toma la respuesta que te llega con su autoridad: «Ningún profeta es aceptado en su propia tierra.» [] Pero, dirás, no busco honores; me basta la aprobación de mi conciencia. Tampoco el Señor los buscó; pues cuando las multitudes quisieron hacerlo rey, huyó de ellas. [] Pero donde no hay honor hay desprecio; y donde hay desprecio hay frecuente rudeza; y donde hay rudeza hay vejación; y donde hay vejación no hay descanso; y donde no hay descanso la mente tiende a desviarse de su propósito. Además, donde, a causa de la inquietud, el fervor pierde algo de su fuerza, queda disminuido en lo que pierde, y lo que está disminuido no puede llamarse perfecto. La conclusión de todo esto es que un monje no puede ser perfecto en su propia patria. Ahora bien, no aspirar a la perfección es en sí mismo un pecado.

    Carta 14, § 8

    8. Rechazada esta línea de defensa, apelarás al ejemplo del clero. Estos, dirás, permanecen en sus ciudades y, sin embargo, están ciertamente por encima de toda crítica. Lejos de mí censurar a los sucesores de los apóstoles, que con palabras santas consagran el cuerpo de Cristo y nos hacen cristianos. Teniendo las llaves del reino de los cielos, juzgan a los hombres en cierta medida antes del día del juicio y guardan la castidad de la esposa de Cristo. Pero, como ya he insinuado, el caso de los monjes es distinto del de los clérigos. El clero apacienta las ovejas de Cristo; yo, como monje, soy alimentado por ellos. Ellos viven del altar: [] yo, si no llevo ofrenda a él, tengo echada el hacha a mi raíz, como a la de un árbol estéril. [] Ni puedo alegar la pobreza como excusa, pues el Señor en el evangelio alabó a una viuda anciana por haber echado en el tesoro las dos últimas monedas que tenía. [] No me es lícito sentarme en presencia de un presbítero; él, si yo peco, puede entregarme a Satanás, «para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo.» [] Bajo la antigua ley, quien desobedecía a los sacerdotes era sacado fuera del campamento y apedreado por el pueblo, o bien era decapitado y expiaba su desprecio con su sangre. [] Pero ahora el desobediente es cortado con la espada espiritual, o es expulsado de la iglesia y despedazado por demonios voraces. Si los ruegos de tus hermanos te indujeran a recibir las órdenes, me alegraré de que seas elevado y temeré que seas derribado. Dirás: «Si alguno desea el oficio de obispo, desea una obra buena.» [] Lo sé; pero deberías añadir lo que sigue: es menester que tal persona «sea irreprensible, marido de una sola mujer, vigilante, sobrio, casto, de buena conducta, hospitalario, apto para enseñar, no dado al vino, no pendenciero, sino paciente.» [] Después de explicar completamente las cualidades del obispo, el apóstol habla de los ministros del tercer grado con igual cuidado. «Asimismo los diáconos deben ser graves,» escribe, «no de doble lengua, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas, que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia. Y estos también deben ser antes probados; luego, que ministren si son hallados irreprensibles.» [] ¡Ay del hombre que entra a la cena sin vestido de boda! Nada le queda sino la grave pregunta: «Amigo, ¿cómo entraste aquí?» Y cuando enmudezca, se dará la orden: «Atadlo de pies y manos, y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes.» [] ¡Ay de aquel que, habiendo recibido un talento, lo ha envuelto en un pañuelo; y, mientras otros obtienen ganancias, solo conserva lo que recibió! Su señor, airado, lo reprenderá al instante. «Siervo malo,» dirá, «¿por qué no pusiste mi dinero en el banco, para que, al venir, yo lo hubiera reclamado con los intereses?» [] Es decir, debiste haber presentado ante el altar lo que no podías soportar. Pues mientras tú, negociante perezoso, guardas una moneda en tus manos, ocupas el lugar de otro que podría duplicar el dinero. Por tanto, así como el que ministra bien adquiere para sí un grado honroso, [] así el que se acerca indignamente a la copa del Señor será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor. []

    Carta 14, § 9

    9. No todos los obispos son obispos de veras. Consideras a Pedro; fíjate también en Judas. Te fijas en Esteban; mira también a Nicolás, condenado en el Apocalipsis por los propios labios del Señor, [] cuyas vergonzosas imaginaciones dieron origen a la herejía de los nicolaítas. «Examínese el hombre a sí mismo, y así coma.» [] Porque no es el rango eclesiástico lo que hace cristiano a un hombre. El centurión Cornelio era aún pagano cuando fue purificado por el don del Espíritu Santo. Daniel era solo un niño cuando juzgó a los ancianos. Amós estaba despojando las zarzas de los sicómoros cuando, en un instante, fue hecho profeta. [] David era solo un pastor cuando fue elegido rey. Y el más pequeño de sus discípulos fue aquel a quien Jesús amó más. Hermano mío, siéntate en el último lugar, para que, cuando venga alguien menos honorable, se te diga que subas más arriba. [] ¿Sobre quién descansa el Señor sino sobre el humilde y de espíritu contrito, y que tiembla ante su palabra? [] A quien Dios ha confiado mucho, de él pedirá más. [] «Los poderosos serán poderosamente atormentados.» [] Ningún hombre debe enorgullecerse en el día del juicio de una mera castidad corporal, pues entonces los hombres darán cuenta de toda palabra ociosa, [] y la injuria contra un hermano será contada como pecado de asesinato. [] Pablo y Pedro reinan ahora con Cristo, y no es fácil ocupar el lugar del uno ni desempeñar el oficio del otro. Puede venir un ángel a rasgar el velo de tu templo, [] y a quitar tu candelero de su lugar. [] Si piensas edificar la torre, primero calcula el costo. [] La sal que ha perdido su sabor no sirve más que para ser echada fuera y pisoteada por los cerdos. [] Si un monje cae, un sacerdote intercederá por él; pero ¿quién intercederá por un sacerdote caído?

    Carta 14, § 10

    10. Por fin mi discurso ha dejado atrás los escollos: por fin esta frágil barca ha pasado de los rompientes a aguas profundas. Ya puedo desplegar mis velas al viento; y, al dejar a popa las rocas de la controversia, mi epílogo será como el grito jubiloso de los marineros. ¡Oh desierto, brillante con las flores de Cristo! ¡Oh soledad de donde salen las piedras con que, en el Apocalipsis, se edifica la ciudad del gran rey! [] ¡Oh yermo, alegrado con la presencia especial de Dios! ¿Qué te retiene en el mundo, hermano mío, a ti que estás por encima del mundo? ¿Hasta cuándo te oprimirán los techos sombríos? ¿Hasta cuándo te encerrarán las ciudades humeantes? Créeme, yo tengo más luz que tú. Dulce es dejar la pesadumbre del cuerpo y remontarse al éter puro y brillante. ¿Temes la pobreza? Cristo llama bienaventurados a los pobres. [] ¿Te asusta el trabajo? Ningún atleta es coronado sin el sudor de su frente. ¿Te inquieta la comida? La fe no teme el hambre. ¿Temes el suelo desnudo para los miembros consumidos por el ayuno? El Señor yace allí a tu lado. ¿Te repugna la cabeza sin lavar y el cabello sin peinar? Cristo es tu verdadera cabeza. ¿Te aterra la soledad sin límites del desierto? En espíritu puedes caminar siempre en el paraíso. Basta con que dirijas allí tus pensamientos y ya no estarás en el desierto. ¿Está tu piel áspera y escamosa porque no te bañas? El que una vez ha sido lavado en Cristo no necesita lavarse de nuevo. [] A todas tus objeciones el apóstol da esta única y breve respuesta: «Los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria» que vendrá después de ellos, «que ha de manifestarse en nosotros.» [] Eres demasiado ávido de goce, hermano mío, si quieres regocijarte con el mundo aquí y reinar con Cristo después.

    Carta 14, § 11

    11. Vendrá, vendrá aquel día en que esto corruptible se vestirá de incorrupción, y esto mortal se vestirá de inmortalidad. [] Entonces será bienaventurado aquel siervo a quien el Señor halle velando. [] Entonces, al sonido de la trompeta [] temblarán la tierra y sus pueblos, pero tú te regocijarás. El mundo aullará ante el Señor que viene a juzgarlo, y las tribus de la tierra se golpearán el pecho. Los reyes otrora poderosos temblarán en su desnudez. Venus será expuesta, y también su hijo. Júpiter con sus rayos ardientes será llevado a juicio; y Platón, con sus discípulos, no será más que un necio. Los argumentos de Aristóteles de nada servirán. Puedes parecer un hombre pobre y criado en el campo, pero entonces exultarás y reirás, y dirás: He aquí a mi Señor crucificado, he aquí a mi juez. Este es aquel que una vez fue un niño envuelto en pañales y llorando en un pesebre. [] Este es aquel cuyos padres fueron un artesano y una artesana. Este es aquel que, llevado a Egipto en el seno de su madre, aunque era Dios, huyó ante el rostro del hombre. Este es aquel que fue vestido con un manto escarlata y coronado de espinas. [] Este es aquel que fue llamado hechicero, endemoniado y samaritano. [] Judío, mira las manos que clavaste en la cruz. Romano, mira el costado que traspasaste con la lanza. Mirad ambos si fue este cuerpo el que los discípulos robaron en secreto y de noche. [] Esto es lo que profesáis creer.
    Hermano mío, es el afecto lo que me ha impulsado a hablar así; para que tú, que ahora encuentras tan dura la vida cristiana, tengas tu recompensa en aquel día.

    Carta 22

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Cartas selectas · Carta 22, introducción
    A Eustoquia
    [Acaso la más célebre de todas las cartas. En ella Jerónimo expone con gran detalle (1) los motivos que deben animar a quienes se consagran a la vida de virginidad, y (2) las reglas con que han de ordenar su conducta diaria. La carta contiene un vivo retrato de la sociedad romana de entonces —el lujo, el libertinaje y la hipocresía reinantes entre hombres y mujeres—, además de algunos detalles autobiográficos gráficos (§§7, 30), y concluye con una explicación completa de las tres clases de monacato que se practicaban entonces en Egipto (§§34-36). Treinta años más tarde Jerónimo escribió una carta semejante a Demetrias (CXXX.), con la cual debe compararse esta. Escrita en Roma en 384 d.C.]

    Carta 22, § 1

    1. «Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida también tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey deseará tu hermosura.» En este salmo cuadragésimo cuarto Dios habla al alma humana para que, siguiendo el ejemplo de Abraham, salga de su tierra y de su parentela, deje a los caldeos, esto es, a los demonios, y habite en la tierra de los vivientes, por la cual en otro lugar suspira el profeta: «Creo ver los bienes del Señor en la tierra de los vivientes.» Pero no te basta con salir de tu tierra si no olvidas a tu pueblo y la casa de tu padre; si no desprecias la carne y te abrazas estrechamente al Esposo. «No mires detrás de ti,» dice, «ni te detengas en toda la llanura; escapa al monte para que no perezcas.» [] El que ha puesto la mano en el arado no debe mirar atrás [] ni volver del campo a casa, ni, teniendo ya la vestidura de Cristo, bajar del terrado a buscar otro vestido. [] Cosa verdaderamente admirable: un padre encarga a su hija que no se acuerde de su padre. «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir.» Así se dijo a los judíos. Y en otro lugar: «El que comete pecado es del diablo.» [] Nacidos, en un primer momento, de tal linaje, somos naturalmente negros; y aun después de arrepentidos, mientras no hayamos escalado las cumbres de la virtud, podemos decir todavía: «Negra soy, pero hermosa, oh hijas de Jerusalén.» [] Pero me dirás: «He dejado el hogar de mi infancia; he olvidado a mi padre, he nacido de nuevo en Cristo. ¿Qué recompensa recibo por ello?» El contexto lo muestra: «El rey deseará tu hermosura.» Este es, pues, el gran misterio. «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán» no, como allí se dice, «una sola carne,» [] sino «un solo espíritu.» Tu Esposo no es altivo ni desdeñoso; se ha «casado con una mujer etíope.» [] Cuando desees la sabiduría del verdadero Salomón y vayas a él, él te manifestará toda su ciencia; te introducirá en su cámara con su mano real; [] cambiará milagrosamente tu tez, de modo que se diga de ti: «¿Quién es esta que sube y ha sido emblanquecida?»

    Carta 22, § 2

    2. Te escribo así, señora Eustoquia (pues estoy obligado a llamar «señora» a la esposa de mi Señor), para mostrarte con mis primeras palabras que mi propósito no es alabar la virginidad que sigues y cuyo valor has probado, ni tampoco enumerar los inconvenientes del matrimonio, como el embarazo, el llanto de los niños, el tormento causado por una rival, las preocupaciones del gobierno de la casa y todas esas bendiciones imaginarias que la muerte acaba por truncar. No es que las mujeres casadas estén, en cuanto tales, fuera del redil; tienen su propio lugar, el matrimonio honorable y el lecho sin mancilla. [] Mi propósito es mostrarte que estás huyendo de Sodoma y que debes escarmentar en la mujer de Lot. [] No hay adulación, te lo aseguro, en estas páginas. Las palabras del adulador son hermosas, pero no por eso deja de ser enemigo. No has de esperar floreos retóricos que te coloquen entre los ángeles y que, mientras ensalzan la virginidad como bienaventurada, pongan el mundo a tus pies.

    Carta 22, § 3

    3. Quisiera que de tu voto monástico sacaras no orgullo, sino temor. [] Caminas cargada de oro; debes apartarte del camino del ladrón. Para nosotros los hombres esta vida es un estadio: aquí combatimos, en otra parte seremos coronados. Nadie puede deponer el temor mientras serpientes y escorpiones asedian su senda. Dice el Señor: «Mi espada se ha embriagado en el cielo,» ¿y esperas tú hallar paz en la tierra? No; la tierra no produce sino espinas y cardos, y su polvo es alimento de la serpiente. «Porque nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de estas tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.» Estamos cercados por multitudes de enemigos; nuestros adversarios están por todas partes. La carne débil pronto será ceniza: sola contra muchos, lucha contra una ventaja abrumadora. Hasta que no sea deshecha, hasta que no venga el Príncipe de este mundo y no halle pecado en ella, hasta entonces no podrás escuchar con seguridad las palabras del profeta: «No temerás el espanto nocturno, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni el demonio y sus ataques al mediodía. Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra; pero a ti no llegará.» Cuando te angustien las huestes del enemigo, cuando tu cuerpo esté con fiebre y tus pasiones se enciendan, cuando digas en tu corazón: «¿Qué haré?» Las palabras de Eliseo te darán la respuesta: «No temas, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.» [] Él orará: «Señor, abre los ojos de tu sierva para que vea.» Y entonces, abiertos tus ojos, verás un carro de fuego como el de Elías esperándote para llevarte al cielo, y cantarás con alegría: «Nuestra alma escapó como un pájaro del lazo de los cazadores: el lazo se rompió y nosotros escapamos.»

    Carta 22, § 4

    4. Mientras estemos sujetos a este cuerpo frágil, mientras tengamos nuestro tesoro en vasos de barro; [] mientras la carne codicie contra el espíritu y el espíritu contra la carne, [] no puede haber victoria segura. «Nuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar.» [] «Haces las tinieblas,» dice David, «y es la noche: en ella se arrastran todas las fieras de la selva. Los leoncillos rugen tras la presa y buscan de Dios su comida.» El diablo no busca a los incrédulos, a los que están fuera, cuya carne el rey de Asiria asó en el horno. [] Es a la iglesia de Cristo a la que «se apresura a despojar.» Según Habacuc, «Su manjar es de lo escogido.» Un Job es víctima de sus maquinaciones, y después de devorar a Judas busca poder para zarandear a los [otros] apóstoles. [] El Salvador no vino a traer paz a la tierra, sino espada. [] Lucifer cayó, Lucifer que solía levantarse al alba; [] y aquel que fue criado en un paraíso de delicias recibió la justa sentencia: «Aunque te eleves como el águila, y aunque pongas tu nido entre las estrellas, de allí te haré descender, dice el Señor.» [] Porque había dicho en su corazón: «Sobre las estrellas de Dios exaltaré mi trono,» y «seré semejante al Altísimo.» [] Por lo cual Dios dice todos los días a los ángeles, mientras descienden por la escalera que Jacob vio en sueños: [] «Yo dije: dioses sois, y todos vosotros hijos del Altísimo. Pero como hombres moriréis, y caeréis como uno de los príncipes.» El diablo cayó primero; y puesto que «Dios está en la congregación de los dioses y en medio de los dioses juzga,» el apóstol escribe a los que están dejando de ser dioses: «Pues habiendo entre vosotros envidias y contiendas, ¿no sois carnales y camináis como hombres?» []

    Carta 22, § 5

    5. Si, pues, el apóstol, que era un vaso escogido [] apartado para el evangelio de Cristo, [] por los aguijones de la carne y los halagos del vicio golpea su cuerpo y lo somete, no sea que, habiendo predicado a otros, él mismo resulte reprobado; [] y aun así ve otra ley en sus miembros que lucha contra la ley de su mente y lo lleva cautivo a la ley del pecado; [] si después de desnudez, ayunos, hambre, prisión, azotes y otros tormentos se vuelve hacia sí mismo y clama: «¡Oh, miserable hombre que soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» [] ¿te imaginas que tú puedes dejar a un lado el temor? Mira que Dios no diga algún día de ti: «Cayó la virgen de Israel y no hay quien la levante.» [] Lo diré con audacia: aunque Dios puede todas las cosas, no puede levantar a una virgen una vez que ha caído. Puede ciertamente librar de la pena de su pecado a una que ha sido manchada, pero no le dará una corona. Temamos que también en nosotros se cumpla la profecía: «Las buenas vírgenes desfallecerán.» [] Observa que se habla de buenas vírgenes, porque también las hay malas. «Todo el que mira a una mujer,» dice el Señor, «para codiciarla, ya ha adulterado con ella en su corazón.» [] De modo que la virginidad puede perderse hasta por un pensamiento. Tales son las vírgenes malas: vírgenes en la carne, no en el espíritu; vírgenes necias que, por no tener aceite, quedan fuera, excluidas por el Esposo.

    Carta 22, § 6

    6. Pero si aun las vírgenes verdaderas, cuando tienen otras faltas, no se salvan por su virginidad física, ¿qué será de aquellas que han prostituido los miembros de Cristo y han convertido el templo del Espíritu Santo en un burdel? Al punto oirán las palabras: «Desciende y siéntate en el polvo, virgen hija de Babilonia; siéntate en la tierra; no hay trono, hija de los caldeos; porque nunca más serás llamada tierna y delicada. Toma la muela y muele harina; descubre tus bucles, desnuda las piernas, pasa los ríos; tu desnudez será descubierta, sí, tu vergüenza será vista.» [] ¿Y ha de llegar a esto después de la cámara nupcial de Dios Hijo, después de los besos de aquel que es para ella pariente y esposo? Sí; aquella de quien cantó un día la voz profética: «A tu diestra estaba la reina con vestido de oro, bordado de diversos colores,» será desnudada, y sus faldas le serán alzadas sobre el rostro. [] Se sentará junto a las aguas de la soledad, dejada a un lado su vasija; abrirá sus pies a todo el que pase y será contaminada hasta la coronilla de la cabeza. [] Mejor le habría sido someterse al yugo del matrimonio, caminar por lugares llanos, que, aspirando a alturas más sublimes, caer en el abismo del infierno. Te lo ruego: que Sion, la ciudad fiel, no se convierta en ramera; [] que no suceda que, donde la Trinidad ha sido hospedada, dancen los demonios y aniden las lechuzas y construyan los chacales. No soltemos el cinturón que ciñe el pecho. Cuando la lujuria haga cosquillas a los sentidos y el fuego suave del placer sensual derrame sobre nosotros su agradable resplandor, rompamos al instante a gritar: «El Señor está conmigo: no temeré lo que la carne pueda hacerme.» Cuando el hombre interior dé señales por un tiempo de vacilar entre el vicio y la virtud, di: «¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues aún he de alabarlo, a él, salud de mi rostro y Dios mío.» Nunca debes dejar que crezcan en ti las sugestiones del mal, ni que una babel de desorden cobre fuerza en tu pecho. Mata al enemigo mientras es pequeño; y, para que no tengas cosecha de cizaña, corta el mal en capullo. Ten presentes las palabras de advertencia del salmista: «Hija desdichada de Babilonia, dichoso el que te pague como tú nos has servido. Dichoso el que tome y estrelle a tus pequeños contra las piedras.» Puesto que el calor natural enciende inevitablemente en el hombre la pasión sensual, es alabado y tenido por dichoso quien, cuando en su mente surgen sugestiones torpes, no les da cuartel, sino que las estrella al instante contra la roca. «Y la Roca es Cristo.» []

    Carta 22, § 7

    7. ¡Cuántas veces, viviendo en el desierto, en aquella vasta soledad que ofrece a los ermitaños una morada salvaje, abrasada por un sol ardiente, cuántas veces me imaginé en medio de los placeres de Roma! Solía sentarme solo porque estaba lleno de amargura. El cilicio afeaba mis miembros deformes, y mi piel, por el prolongado abandono, se había vuelto tan negra como la de un etíope. Lágrimas y gemidos eran mi porción diaria; y si el sueño vencía mis esfuerzos por resistirlo, mis huesos pelados, que apenas se mantenían unidos, chocaban contra el suelo. De mi comida y mi bebida no digo nada: pues, incluso en la enfermedad, los solitarios no tienen más que agua fría, y comer alimento cocido se considera una molicie. Ahora bien, aunque por miedo al infierno me había recluido en esta prisión, donde no tenía más compañeros que escorpiones y fieras, a menudo me encontraba en medio de corros de muchachas. Mi rostro estaba pálido y mi cuerpo helado por el ayuno; sin embargo, mi mente ardía en deseos, y los fuegos de la lujuria bullían ante mí cuando mi carne estaba como muerta. Indefenso, me eché a los pies de Jesús, los regué con mis lágrimas, los enjugué con mis cabellos; y luego domé mi cuerpo rebelde con semanas de abstinencia. No me sonrojo de confesar mi abyecta miseria; antes bien lamento no ser ahora lo que fui una vez. Recuerdo que a menudo grité en voz alta toda la noche hasta el amanecer, y no cesé de golpearme el pecho hasta que, ante la reprensión del Señor, volvió la tranquilidad. Llegué a temer a mi propia celda como si conociera mis pensamientos; y, severo y enojado conmigo mismo, solía adentrarme solo en el desierto. Dondequiera que veía valles hondos, montes escarpados, acantilados abruptos, allí hacía mi oratorio, allí la casa de corrección para mi carne desdichada. Allí también —el Señor mismo me es testigo—, después de derramar copiosas lágrimas y de clavar los ojos en el cielo, a veces me sentía entre huestes angélicas y, de gozo y alegría, cantaba: «por el olor de tus buenos ungüentos correremos en pos de ti.» []

    Carta 22, § 8

    8. Ahora bien, si tales son las tentaciones de los hombres que, como sus cuerpos están demacrados por el ayuno, sólo han de temer los malos pensamientos, ¿qué será de una muchacha rodeada de lujo y comodidad? Ciertamente, para usar las palabras del apóstol, «está muerta mientras vive.» [] Por tanto, si la experiencia me da derecho a aconsejar o reviste de crédito mis palabras, empezaría por exhortarte y advertirte, como esposa de Cristo, que evites el vino como evitarías un veneno. Pues el vino es la primera arma que usan los demonios contra los jóvenes. Ni la codicia sacude, ni la soberbia hincha, ni la ambición infatúa tanto como esto. De los demás vicios escapamos con facilidad, pero este enemigo está encerrado dentro de nosotros, y a dondequiera que vayamos lo llevamos con nosotros. El vino y la juventud encienden juntos el fuego del placer sensual. ¿Por qué echamos aceite a la llama? ¿Por qué añadimos leña fresca a un cuerpo miserable que ya está ardiendo? Pablo, es cierto, dice a Timoteo: «no bebas ya agua, sino usa un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades.» [] Pero observa las razones por las que se da el permiso: para curar un estómago dolorido y una enfermedad frecuente. Y para que no nos permitamos demasiado a pretexto de nuestras dolencias, manda que se tome sólo un poco; aconsejando más como médico que como apóstol (aunque, en verdad, el apóstol es un médico espiritual). Evidentemente temía que Timoteo sucumbiera a la debilidad y resultara desigual al continuo ir y venir que exige la predicación del Evangelio. Además, recordaba que había hablado del «vino en el cual hay exceso,» [] y había dicho: «es bueno no comer carne ni beber vino.» [] Noé bebió vino y se embriagó; pero, viviendo como vivía en la época ruda posterior al diluvio, cuando la vid acababa de plantarse, tal vez no conocía su poder embriagador. Y para mostrarte en toda su plenitud el sentido oculto de la Escritura (pues la palabra de Dios es una perla que puede ser perforada por todos lados), tras su embriaguez vino el descubrimiento de su cuerpo; la complacencia consigo mismo culminó en la lujuria. [] Primero se llena el vientre; después se excitan los demás miembros. De modo semejante, en un período posterior, «el pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó a divertirse.» [] También Lot, amigo de Dios, a quien salvó en el monte, el único hallado justo entre tantos miles, fue embriagado por sus hijas. Y aunque quizá obraron así más por deseo de descendencia que por amor al placer pecaminoso —pues la raza humana parecía en peligro de extinción—, sabían bien que el justo no favorecería su designio a menos que estuviera embriagado. De hecho no sabía lo que hacía, y su pecado no fue voluntario. Con todo, su error fue grave, pues lo hizo padre de Moab y Amón, [] enemigos de Israel, de quienes se dice: «Ni aun hasta la decimocuarta generación entrarán jamás en la congregación del Señor.»

    Carta 22, § 9

    9. Cuando Elías, huyendo de Jezabel, yacía fatigado y desolado bajo la encina, vino un ángel que lo levantó y dijo: «Levántate y come.» Y miró, y he aquí que había a su cabecera una torta cocida y una vasija de agua. [] ¿Acaso, si Dios lo hubiera querido, no habría podido enviar a su profeta vinos aromáticos, manjares delicados y carnes ablandadas a fuego lento? Cuando Eliseo invitó a cenar a los hijos de los profetas, sólo les dio a comer hierbas del campo; y cuando todos gritaron a una voz: «Hay muerte en la olla,» el hombre de Dios no se enfureció contra los cocineros (pues no estaba acostumbrado a manjares muy suntuosos), sino que mandó traer harina y, echándola dentro, endulzó aquel amargo potaje [] con fuerza espiritual, como Moisés había endulzado en otro tiempo las aguas de Mará. [] Y también, cuando enviaron hombres para prender al profeta, y fueron heridos de ceguera física y mental, para que los condujese sin que ellos lo supieran a Samaria, fíjate en el alimento con que Eliseo ordenó que los reanimaran. «Poned pan y agua,» dijo, «delante de ellos, para que coman y beban y vuelvan a su señor.» [] Y Daniel, que habría podido tener manjares ricos de la mesa del rey, [] prefirió el desayuno del segador que le llevó Habacuc, que sin duda no era sino comida de campo. Fue llamado «varón de deseos» porque no quiso comer el pan del deseo ni beber el vino de la concupiscencia.

    Carta 22, § 10

    10. Hay en las Escrituras innumerables respuestas divinas que condenan la gula y aprueban la comida sencilla. Pero como el ayuno no es mi tema presente y una discusión adecuada de él requeriría un tratado aparte, basten estas pocas observaciones entre las muchas que el asunto sugiere. Por ellas comprenderás por qué el primer hombre, obedeciendo a su vientre y no a Dios, fue arrojado del paraíso a este valle de lágrimas; y por qué Satanás se sirvió del hambre para tentar al propio Señor en el desierto; [] y por qué el apóstol clama: «Los alimentos son para el vientre y el vientre para los alimentos, pero Dios destruirá tanto a éste como a aquéllos;» [] y por qué habla de los entregados al placer como de hombres «cuyo Dios es su vientre.» [] Porque los hombres adoran invariablemente lo que más les agrada. Hay que tener cuidado, por tanto, de que la abstinencia devuelva al Paraíso a los que la saciedad expulsó en otro tiempo.

    Carta 22, § 11

    11. Quizá me dirás que, nacido como eres en alta cuna, criado en el lujo y acostumbrado a yacer blandamente, no puedes pasarte sin vino y manjares, y que una regla de vida más estricta te resultaría insoportable. Si es así, sólo puedo decir: «Vive, pues, según tu propia regla, ya que la regla de Dios te resulta demasiado dura.» No es que el Creador y Señor de todo se complazca en un estómago que ruge y está vacío, ni en pulmones febriles; sino que éstos son indispensables como medios para la preservación de la castidad. Job era querido de Dios, perfecto y recto ante Él; [] pero escucha lo que dice del diablo: «Su fuerza está en los lomos, y su vigor en el ombligo.»
    Los términos han sido elegidos por decoro, pero aluden a los órganos reproductores de los dos sexos. Así, del descendiente de David, que, según la promesa, ha de sentarse en su trono, se dice que sale de sus lomos. Y las setenta y cinco almas descendidas de Jacob que entraron en Egipto se dice que salieron de su muslo. [] Así también, cuando su muslo se encogió después de que el Señor luchara con él, [] dejó de engendrar hijos. A los israelitas, por su parte, se les manda celebrar la pascua con los lomos ceñidos y mortificados. [] Dios dice a Job: «Ciñe tus lomos como un hombre.» [] Juan lleva un cinturón de cuero. [] Los apóstoles deben ceñirse los lomos para llevar las lámparas del Evangelio. [] Cuando Ezequiel nos cuenta cómo Jerusalén es hallada en la llanura del extravío, cubierta de sangre, usa estas palabras: «Tu ombligo no fue cortado.» [] En sus asaltos contra los hombres, por tanto, la fuerza del diablo está en los lomos; en sus ataques contra las mujeres, su vigor está en el ombligo.

    Carta 22, § 12

    12. ¿Quieres pruebas de mis afirmaciones? Toma ejemplos. Sansón era más bravo que un león y más duro que una roca; solo y sin protección persiguió a mil hombres armados; y sin embargo, en el abrazo de Dalila, su resolución se derritió. David era un hombre según el corazón de Dios, y sus labios habían cantado a menudo al Santo, el Cristo futuro; y sin embargo, mientras paseaba por la azotea, quedó fascinado por la desnudez de Betsabé y añadió el asesinato al adulterio. [] Observa aquí cómo, incluso en su propia casa, un hombre no puede usar los ojos sin peligro. Después, arrepentido, dice al Señor: «Contra ti, contra ti sólo, he pecado y he hecho este mal ante tus ojos.» Siendo rey, no temía a nadie más. Lo mismo ocurrió con Salomón. La Sabiduría se sirvió de él para cantar sus alabanzas, y trató de todas las plantas, «desde el cedro que está en el Líbano hasta el hisopo que brota de la pared;» [] y sin embargo se apartó de Dios porque era amante de mujeres. [] Y, como para mostrar que el parentesco cercano no es salvaguardia, Amnón ardió en pasión ilícita por su hermana Tamar. []

    Carta 22, § 13

    13. No me atrevo a hablar de las muchas vírgenes que diariamente caen y se pierden para el seno de la iglesia, su madre: estrellas sobre las que el soberbio enemigo levanta su trono, [] y rocas excavadas por la serpiente para habitar en sus fisuras. Puedes ver a muchas mujeres viudas antes de haberse casado, que intentan ocultar su miserable caída con una vestimenta mentirosa. Si no las delatan los vientres hinchados o el llanto de sus hijos, andan por ahí con paso ligero y la cabeza erguida. Algunas llegan a tomar pociones para asegurarse la esterilidad, y así asesinan a seres humanos casi antes de su concepción. Algunas, cuando se encuentran encintas por su pecado, usan drogas para provocar el aborto, y cuando (como sucede a menudo) mueren con su descendencia, bajan al mundo inferior cargadas con la culpa no sólo del adulterio contra Cristo, sino también del suicidio y del asesinato de sus hijos. Y sin embargo son éstas las que dicen: «'Para los puros todas las cosas son puras;' [] mi conciencia me basta como guía. Lo que Dios busca es un corazón puro. ¿Por qué he de abstenerme de los alimentos que Dios ha creado para ser recibidos con acción de gracias?» [] Y cuando quieren mostrarse agradables y divertidas, primero se empapan de vino y luego, uniendo la más grosera blasfemia a la embriaguez, dicen: «Lejos de mí abstenerme de la sangre de Cristo.» Y cuando ven a otra pálida o triste la llaman «desgraciada» o «maniquea;» con bastante lógica, en efecto, pues según sus principios el ayuno implica herejía. Cuando salen hacen todo lo posible por llamar la atención, y con cabeceos y guiños animan a tropeles de jóvenes a seguirlas. De todas y cada una de ellas son verdaderas las palabras del profeta: «Tienes frente de ramera; te niegas a avergonzarte.» [] Sus vestiduras no tienen más que una estrecha franja de púrpura, es cierto; y su tocado es algo holgado, para dejar el cabello libre. De sus hombros ondea el manto de color lila que llaman «ma-forte;» llevan los pies en zapatillas baratas y los brazos embutidos en mangas ceñidas. Añade a estas marcas de su oficio un andar desenvuelto, y tendrás toda la virginidad que poseen. Tales mujeres pueden tener panegiristas propios, y pueden alcanzar un precio más alto en el mercado de la perdición, precisamente porque son llamadas vírgenes. Pero a vírgenes como éstas prefiero resultarles desagradable.

    Carta 22, § 14

    14. Me ruboriza hablar de ello, tan escandaloso es; pero aunque triste, es verdad. ¿Cómo ha entrado en la Iglesia esta plaga de las agapetas? ¿De dónde vienen estas esposas sin casar, estas concubinas de nuevo cuño, estas rameras —pues así las llamaré, aunque se aferren a un solo compañero—? Una sola casa las alberga y una sola alcoba. A menudo ocupan la misma cama, y sin embargo nos llaman suspicaces si sospechamos algo indebido. Un hermano deja a su hermana virgen; una virgen, despreciando a su hermano soltero, busca un hermano en un extraño. Ambos profesan tener un solo propósito: hallar consolación espiritual en quienes no son de su parentela; pero su verdadero fin es entregarse al comercio carnal. Sobre tales personas es sobre las que Salomón, en el libro de los Proverbios, derrama su desprecio. «¿Puede un hombre tomar fuego en su seno,» dice, «sin que se le quemen las vestiduras? ¿Puede alguien andar sobre brasas sin que se le quemen los pies?» []
    Comentario editorial · Las agapetas
    Jerónimo ataca aquí una costumbre que aflige a la Iglesia de Roma: mujeres que viven con clérigos solteros como «hermanas» y que, dice, son en realidad «concubinas de nuevo cuño». El editor del NPNF las explica como mujeres que vivían con clérigos sin casarse, presentándose como hermanas espirituales aunque, «en demasiados casos», fueran amantes, y recuerda que los concilios de Elvira, Ancira y Nicea dictaron cánones contra ello. Wikipedia fecha el de Elvira en 305 y el de Ancira en 314, y añade que el canon 3 de Nicea (325) apuntaba a las subintroductae, con las que a veces se confunde a las agapetas.

    Carta 22, § 15

    15. Arrojemos, pues, y desterremos de nuestra vista a quienes sólo desean parecer vírgenes y no serlo. De aquí en adelante puedo dirigir toda mi palabra contra ti, que, como te ha tocado en suerte ser la primera virgen de noble cuna en Roma, has de esforzarte tanto más en no perder los bienes venideros, así como los presentes. Al menos has aprendido, por un caso de tu propia familia, las tribulaciones de la vida conyugal y las incertidumbres del matrimonio. Tu hermana Blesila, mayor que tú en edad, pero que se quedó detrás de ti por haber rehusado el voto de virginidad, ha quedado viuda apenas siete meses después de haber tomado esposo. ¡Mísera suerte la de nosotros los mortales, que no sabemos lo que nos espera! Ha perdido, a la vez, la corona de la virginidad y los placeres del matrimonio. Y aunque, como viuda, le pertenece el segundo grado de castidad, ¿no puedes imaginar las continuas cruces que ha de soportar, viendo cada día en su hermana lo que ella misma ha perdido; y, mientras le resulta difícil pasar sin los placeres del lecho conyugal, teniendo una recompensa menor por su continencia actual? Aun así, también ella puede animarse y alegrarse. El fruto del ciento por uno y el del sesenta por uno brotan de una misma semilla, y esa semilla es la castidad. []

    Carta 22, § 16

    16. No busques la compañía de las damas casadas ni visites las casas de los nobles. No mires con demasiada frecuencia la vida que despreciaste para hacerte virgen. Las mujeres del mundo, ya lo sabes, se pavonean porque sus maridos ocupan cargos en el tribunal o en otros puestos elevados. Y la esposa del emperador tiene siempre una multitud ansiosa de visitantes a su puerta. ¿Por qué, entonces, agravias a tu esposo? ¿Por qué tú, esposa de Dios, te apresuras a visitar a la esposa de un simple hombre? Aprende en esto una santa soberbia; sabe que eres mejor que ellas. Y no sólo debes evitar el trato con aquellas que están hinchadas por los honores de sus maridos, cercadas por tropas de eunucos y vestidas con ropas entretejidas con hilos de oro. También debes huir de las que son viudas por necesidad y no por elección. No es que debieran haber deseado la muerte de sus maridos; sino que no han acogido la ocasión de la continencia cuando les ha llegado. Así, sólo cambian de vestido; su antiguo afán de sí mismas permanece intacto. Al verlas en sus amplias literas, con mantos rojos y cuerpos rollizos, una hilera de eunucos caminando delante de ellas, se diría que no han perdido maridos, sino que los están buscando. Sus casas están llenas de aduladores y de huéspedes. El propio clero, que debería infundirles respeto con su doctrina y autoridad, besa a estas señoras en la frente y, extendiendo las manos (de modo que, si no supieras más, podrías creer que están bendiciendo), cobra salario por sus visitas. Ellas, entretanto, viendo que los sacerdotes no pueden pasarse sin ellas, se engríen; y como, habiendo tenido experiencia de ambos estados, prefieren la licencia de la viudez a las ataduras del matrimonio, se llaman a sí mismas castas y monjas. Después de una cena inmoderada se retiran a descansar para soñar con los apóstoles.

    Carta 22, § 17

    17. Sean tus compañeras mujeres pálidas y delgadas por el ayuno, recomendables por su edad y conducta; de las que todos los días cantan en su corazón: «Dime dónde apacientas tu rebaño, dónde lo haces descansar al mediodía,» y dicen con verdadera vehemencia: «Tengo deseo de partir y estar con Cristo.» [] Sujétate a tus padres, imitando el ejemplo de tu Esposo. [] Sal rara vez de casa, y si quieres buscar la ayuda de los mártires búscala en tu propia alcoba. Pues nunca te faltará pretexto para salir si siempre sales cuando hay necesidad. Toma el alimento con moderación, y nunca sobrecargues el estómago. Porque muchas mujeres, sobrias en cuanto al vino, son desmedidas en el uso de la comida. Cuando te levantes por la noche a orar, que tu aliento sea el de un estómago vacío y no el de uno repleto. Lee a menudo, aprende todo lo que puedas. Deja que el sueño te venza con el rollo todavía en las manos; cuando la cabeza se te caiga, que sea sobre la página sagrada. Sean tus ayunos de cada día y tu refrigerio de tal modo que evite la saciedad. De nada sirve llevar el estómago vacío si, dos o tres días después, el ayuno se ha de compensar con la repleción. Cuando el alma está hastiada, la mente se entorpece inmediatamente, y cuando la tierra está regada, brota las espinas de la concupiscencia. Si alguna vez sientes al hombre exterior suspirar por la flor de la juventud, y si, mientras yaces en tu lecho después de una comida, te excita el cortejo seductor de los deseos sensuales, entonces empuña el escudo de la fe, porque sólo él puede apagar los dardos de fuego del diablo. [] «Todos son adúlteros,» dice el profeta; «han preparado su corazón como un horno.» Pero tú mantente cerca de las huellas de Cristo y, atenta a sus palabras, di: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras Jesús nos abría las Escrituras por el camino?» [] y también: «Tu palabra es acrisolada hasta el extremo, y tu siervo la ama.» Es difícil para el alma humana evitar amar algo, y nuestra mente necesariamente ha de ceder al afecto de una u otra clase. El amor de la carne es vencido por el amor del espíritu. El deseo se apaga con el deseo. Lo que se quita al uno acrecienta el otro. Por eso, mientras yaces en tu lecho, di una y otra vez: «Por la noche he buscado al que ama mi alma.» [] «Mortificad, pues,» dice el apóstol, «vuestros miembros que están sobre la tierra.» [] Porque él mismo lo hizo, pudo decir después con confianza: «Vivo yo, ya no yo, sino que Cristo vive en mí.» [] El que mortifica sus miembros, y siente que camina en una vana apariencia, no teme decir: «He venido a ser como un odre al hielo. Todo lo que había en mí de la humedad de la concupiscencia ha sido secado en mí.» Y también: «Mis rodillas están débiles por el ayuno; me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido mis huesos se pegan a mi piel.»

    Carta 22, § 18

    18. Sé como el saltamontes y haz musical la noche. Lava cada noche tu lecho y riega tu cama con tus lágrimas. Vigila y sé como el gorrión solitario sobre el tejado. Canta con el espíritu, pero canta también con el entendimiento. [] Y que tu canto sea el del salmista: «Bendice, alma mía, al Señor; y no olvides ninguno de sus beneficios; él perdona todas tus iniquidades; él sana todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la destrucción.» ¿Puede alguno de nosotros, honestamente, hacer suyas estas palabras: «He comido ceniza como pan y he mezclado mi bebida con llanto?» Sin embargo, ¿no deberíamos llorar y gemir cuando la serpiente nos invita, como invitó a nuestros primeros padres, a comer el fruto prohibido, y cuando, después de expulsarnos del paraíso de la virginidad, desea vestirnos con mantos de pieles como aquel que Elías, al regresar al paraíso, dejó atrás en la tierra? [] Dite a ti misma: «¿Qué tengo yo que ver con los placeres de los sentidos, que tan pronto acaban? ¿Qué tengo yo que ver con el canto de las sirenas, tan dulce y tan fatal para quienes lo oyen?» No quisiera verte sujeta a la sentencia por la que se ha dictado condenación contra el género humano. Cuando Dios dice a Eva: «Con dolor y con tristeza darás a luz hijos,» dite a ti misma: «Ésa es ley para la mujer casada, no para mí.» Y cuando continúa: «Tu deseo será para tu marido,» [] di de nuevo: «Que su deseo sea para su marido quien no tiene a Cristo por esposo.» Y cuando, por último, dice: «Ciertamente morirás,» [] di una vez más: «En efecto, el matrimonio ha de acabar en la muerte; pero la vida que yo he elegido es independiente del sexo. Que las que son esposas guarden el lugar y el tiempo que propiamente les corresponden. Para mí, la virginidad está consagrada en las personas de María y de Cristo.»

    Carta 22, § 19

    19. Alguien dirá: «¿Te atreves a menospreciar el matrimonio, que es un estado bendecido por Dios?» No menosprecio el matrimonio cuando antepongo la virginidad a él. Nadie compara algo malo con algo bueno. Las mujeres casadas pueden congratularse de venir después de las vírgenes. «Sed fecundos», dice Dios, «y multiplicaos y llenad la tierra.» [] El que desea llenar la tierra puede crecer y multiplicarse si quiere. Pero la cohorte a la que perteneces no está en la tierra, sino en el cielo. El mandato de crecer y multiplicarse sólo halla cumplimiento después de la expulsión del paraíso, después de la desnudez y de las hojas de higuera que hablan de la pasión carnal. Que se casen y sean dadas en matrimonio quienes comen su pan con el sudor de su frente; cuya tierra les produce espinas y cardos [], y cuyas cosechas se ahogan entre zarzas. Mi semilla da fruto al ciento por uno. «No todos pueden recibir esta palabra de Dios, sino aquellos a quienes les ha sido dado.»
    Algunos son eunucos por necesidad; yo lo soy por libre voluntad. [] «Hay tiempo de abrazar y tiempo de abstenerse de abrazar. Hay tiempo de esparcir piedras y tiempo de recoger piedras.» [] Ahora que de las duras piedras de los gentiles Dios ha suscitado hijos a Abraham [], comienzan a ser «piedras santas que ruedan sobre la tierra.» Atraviesan los torbellinos del mundo, y ruedan en el carro de Dios con ruedas veloces. Que se cosan túnicas para sí quienes han perdido la túnica tejida desde arriba de una sola pieza []; que se deleitan en los llantos de los niños que, apenas ven la luz, lloran por haber nacido. En el paraíso Eva era virgen, y sólo después de las túnicas de pieles comenzó su vida matrimonial. Ahora el paraíso es también tu morada. Guarda, pues, tu primogenitura y di: «Vuelve, alma mía, a tu reposo.» Para mostrar que la virginidad es natural, mientras que el matrimonio sólo sigue a la culpa, lo que nace del matrimonio es carne virgen, y devuelve en el fruto lo que en la raíz había perdido. «Saldrá una vara del tronco de Jesé, y una flor brotará de sus raíces.» La vara es la madre del Señor: simple, pura, sin mancha; que no recibe germen de vida de fuera, sino que es fecunda en su soledad, como Dios mismo. La flor de la vara es Cristo, que dice de sí mismo: «Yo soy la rosa de Sarón y el lirio de los valles.» [] En otro lugar se profetiza que Él será «una piedra desprendida del monte sin manos» [], figura con la que el profeta significa que debe nacer, virgen, de una virgen. Pues las manos son aquí figura del matrimonio, como en aquel pasaje: «Su mano izquierda está bajo mi cabeza y su mano derecha me abraza.» [] Con esta interpretación concuerda también que los animales impuros son introducidos en el arca de Noé por parejas, mientras que de los limpios se toma un número impar []. Asimismo, cuando a Moisés y a Josué se les mandó quitarse el calzado porque el lugar en que estaban era santo, el mandato tenía un sentido místico. Así también, cuando los discípulos fueron enviados a predicar el evangelio, se les dijo que no llevaran ni calzado ni correa de calzado; y cuando los soldados vinieron a echar suertes sobre las vestiduras de Jesús [], no hallaron botas que pudieran llevarse. Porque el Señor no podía poseer Él mismo lo que había prohibido a sus siervos.

    Carta 22, § 20

    20. Alabo el matrimonio, alabo las nupcias, pero porque me dan vírgenes. Recojo la rosa de entre las espinas, el oro de la tierra, la perla de la concha. «¿Acaso ara el labrador todo el día para sembrar?» [] ¿No ha de gozar también del fruto de su trabajo? El matrimonio es tanto más honrado cuanto más se ama lo que de él nace. ¿Por qué, madre, envidias a tu hija su virginidad? Ha sido criada con tu leche, ha salido de tu vientre, ha crecido en tu regazo. Tu afecto vigilante la ha guardado virgen. ¿Te enojas con ella porque elige ser esposa de un rey y no de un soldado? Te ha conferido un alto privilegio; ahora eres la suegra de Dios. «Acerca de las vírgenes», dice el apóstol, «no tengo mandamiento del Señor.» [] ¿Por qué fue esto? Porque su propia virginidad se debió, no a un mandato, sino a su libre elección. Pues no hay que escuchar a quienes fingen que tuvo esposa; porque, cuando discute sobre la continencia y encomienda la castidad perpetua, usa estas palabras: «Ojalá todos los hombres fueran como yo.» Y más adelante: «Digo, pues, a los solteros y a las viudas: bueno les es quedarse como yo.» [] Y en otro lugar: «¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una esposa, como los demás apóstoles?» [] ¿Por qué, pues, no tiene mandamiento del Señor acerca de la virginidad? Porque lo que se ofrece voluntariamente vale más que lo que se arranca por la fuerza, y mandar la virginidad habría sido abrogar el matrimonio. Habría sido una ley dura obligar a oponerse a la naturaleza y arrancar a los hombres la vida angélica; y no sólo eso, habría sido condenar lo que es una ordenación divina.

    Carta 22, § 21

    21. La antigua ley tenía un ideal distinto de bienaventuranza, pues en ella se dice: «Bienaventurado el que tiene descendencia en Sión y familia en Jerusalén»; y «Maldita la estéril que no da a luz»; y «Tus hijos serán como brotes de olivo alrededor de tu mesa.» También se prometen riquezas a los fieles, y se nos dice que «no hubo entre sus tribus una sola persona débil.» Pero ahora incluso a los eunucos se les dice: «No digas: he aquí que soy un árbol seco» [], porque en lugar de hijos e hijas tienes un lugar eterno en el cielo. Ahora los pobres son bienaventurados; ahora Lázaro es puesto delante del rico epulón vestido de púrpura. Ahora el que es débil es tenido por fuerte. Pero en aquellos días el mundo estaba aún despoblado; por consiguiente, dejando aparte los casos de esterilidad que sólo servían de figura, se tenía por felices únicamente a quienes podían gloriarse de tener hijos. Por esta razón Abraham, en su vejez, se casó con Cetura []; Lía alquiló a Jacob con las mandrágoras de su hijo [], y la hermosa Raquel, figura de la Iglesia, se quejó de la cerrazón de su vientre []. Pero gradualmente creció la mies, y entonces fue enviado el segador con su hoz. Elías vivió vida virgen; lo mismo hicieron Eliseo y muchos de los hijos de los profetas. A Jeremías le vino el mandato: «No tomarás mujer para ti.» [] Había sido santificado en el vientre de su madre [], y ahora se le prohibía tomar mujer porque la cautividad estaba cerca. El apóstol da el mismo consejo con otras palabras: «Pienso, pues, que esto es bueno por la presente angustia: es decir, que es bueno para el hombre quedarse como está.» ¿Cuál es esta angustia que suprime los gozos del matrimonio? El apóstol nos lo dice en un versículo posterior: «El tiempo es corto; resta que los que tienen esposa sean como si no la tuvieran.» [] Nabucodonosor está a las puertas. El león se revuelve en su cubil. ¿De qué me servirá el matrimonio si ha de acabar en esclavitud ante el más soberbio de los reyes? ¿De qué me servirán los pequeñuelos si su suerte ha de ser la que el profeta describe con tristeza: «La lengua del niño de pecho se pega a su paladar por la sed; los niños pequeños piden pan y no hay quien se lo parta»? [] En aquellos días, como he dicho, la virtud de la continencia se hallaba sólo en los hombres: Eva todavía seguía pariendo hijos con dolor. Pero ahora que una virgen ha concebido [] en el vientre y nos ha dado a luz un hijo, del cual el profeta dice: «El principado estará sobre su hombro, y su nombre será llamado Dios fuerte, Padre eterno» [], ahora se ha roto la cadena de la maldición. La muerte vino por Eva, pero la vida ha venido por María. Y así el don de la virginidad ha sido otorgado con la mayor riqueza a las mujeres, puesto que tuvo su comienzo en una mujer. Tan pronto como el Hijo de Dios puso el pie en la tierra, formó allí para sí una nueva casa; para que, así como era adorado por los ángeles en el cielo, también en la tierra le sirvieran ángeles. Entonces la casta Judit cortó de nuevo la cabeza de Holofernes []. Entonces Amán, cuyo nombre significa iniquidad, fue quemado de nuevo en el fuego que él mismo había encendido []. Entonces Santiago y Juan abandonaron padre, redes y barca y siguieron al Salvador: ni el parentesco ni los lazos del mundo ni el cuidado de su casa pudieron retenerlos. Entonces se oyeron las palabras: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» [] Porque ningún soldado va con su esposa a la batalla. Aun cuando un discípulo quería enterrar a su padre, el Señor se lo prohibió y le dijo: «Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.» [] Así pues, no te quejes si tienes poco espacio en casa. En el mismo tono escribe el apóstol: «El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposa. Hay también diferencia entre la casada y la virgen. La mujer no casada se preocupa de las cosas del Señor, para ser santa en cuerpo y en espíritu. Pero la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido.» []

    Carta 22, § 22

    22. Cuán grandes inconvenientes entraña el matrimonio y cuántas ansiedades lo rodean, creo haberlo descrito brevemente en mi tratado —publicado contra Helvidio— sobre la virginidad perpetua de la bienaventurada María. Sería tedioso recorrer ahora el mismo terreno; y quien quiera puede beber de aquella fuente. Pero, para no parecer haber pasado por alto del todo la materia, diré ahora solamente que el apóstol nos manda orar sin cesar [], y que quien en el estado matrimonial paga a su esposa el débito no puede orar así. O bien oramos siempre y somos vírgenes, o dejamos de orar para cumplir las exigencias del matrimonio. Aun así dice: «Si una virgen se casa, no peca; pero tales tendrán tribulación en la carne.» [] Al principio prometí que diría poco o nada de las molestias del matrimonio, y ahora os hago la misma advertencia. Si queréis saber de cuántas vejaciones está libre una virgen y con cuántas está atada una esposa, debéis leer a Tertuliano «a un amigo filósofo», y sus otros tratados sobre la virginidad, el noble volumen del bienaventurado Cipriano, los escritos del papa Dámaso en prosa y verso, y los tratados que recientemente escribió para su hermana nuestro Ambrosio. En ellos ha derramado su alma con tal torrente de elocuencia que ha buscado, expuesto y ordenado todo lo que atañe a la alabanza de las vírgenes.

    Carta 22, § 23

    23. Hemos de proceder por otro camino, pues nuestro propósito no es la alabanza de la virginidad, sino su conservación. Saber que es un bien no basta: una vez elegida, debemos guardarla con celoso cuidado. Lo primero sólo exige juicio, y en ello participamos con muchos; lo segundo exige trabajo, y pocos compiten con nosotros en él. «El que persevere hasta el fin», dice el Señor, «ése será salvo» []; y «muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.» Por tanto, te conjuro ante Dios y Jesucristo y sus ángeles elegidos a guardar lo que has recibido, no exponiendo a las miradas del público los vasos del templo del Señor (que sólo a los sacerdotes es lícito ver), para que ningún profano contemple el santuario de Dios. Uza, cuando tocó el arca que no era lícito tocar, fue derribado de repente por la muerte []. Y ciertamente ningún vaso de oro o plata fue jamás tan querido para Dios como lo es el templo del cuerpo de una virgen. La sombra iba delante, pero ahora ha venido la realidad. Tú ciertamente puedes hablar con toda sencillez y, por amabilidad, tratar con cortesía a los más extraños, pero los ojos impuros no ven nada rectamente. No alcanzan a apreciar la hermosura del alma, y sólo valoran la del cuerpo. Ezequías mostró el tesoro de Dios a los asirios [], que nunca debieron ver lo que seguramente habrían de codiciar. La consecuencia fue que Judea quedó desgarrada por continuas guerras, y que los primeros objetos llevados a Babilonia fueron estos vasos del Señor. Hallamos a Belsasar en su banquete y entre sus concubinas (el vicio siempre se gloría en mancillar lo noble) bebiendo de estas copas sagradas [].

    Carta 22, § 24

    24. Nunca inclines tu oído a palabras de maldad. Pues los hombres suelen decir una palabra inconveniente para poner a prueba la firmeza de una virgen, para ver si la escucha con gusto y si está dispuesta a abandonarse a cada broma necia. Tales personas aplauden todo lo que afirmas y niegan todo lo que niegas; hablan de ti no sólo como santa sino como perfecta, y dicen que en ti no hay engaño. «He aquí», dicen, «una verdadera sierva de Cristo; he aquí una entera sencillez de corazón. Cuán diferente de aquella espantosa campesina, tosca y fea, que muy probablemente nunca se casó porque no pudo encontrar marido.» Nuestra natural debilidad nos induce a escuchar con gusto a tales aduladores; pero, aunque nos ruboricemos y respondamos que tal alabanza excede a nuestro mérito, el alma dentro de nosotros se regocija de oírse alabar.
    Como el arca de la alianza, la esposa de Cristo debe estar recubierta de oro por dentro y por fuera []; debe ser guardiana de la ley del Señor. Así como el arca no contenía sino las tablas de la alianza [], así en ti no debe haber pensamiento de nada que esté fuera. Porque place al Señor sentarse en tu mente, como se sentó en otro tiempo sobre el propiciatorio y los querubines []. Así como envió a sus discípulos a desatarle el pollino de un asna para montar sobre él, así los envía a librarte de los cuidados del mundo, para que, dejando los ladrillos y la paja de Egipto, sigas a Él, el verdadero Moisés, a través del desierto y entres en la tierra de la promesa. Que nadie se atreva a impedírtelo, ni madre ni hermana ni parienta ni hermano: «El Señor te necesita.» [] Si buscan estorbarte, teman los azotes que cayeron sobre Faraón, quien, por no querer dejar ir al pueblo de Dios para que le sirviera [], sufrió las plagas descritas en la Escritura. Jesús, entrando en el templo, arrojó lo que no pertenecía al templo. Porque Dios es celoso y no permitirá que la casa del Padre sea hecha cueva de ladrones. Donde se cuenta el dinero, donde se venden palomas, donde se sofoca la sencillez —es decir, donde el pecho de una virgen arde con los cuidados de este mundo—, al instante se rasga el velo del templo [], el Esposo se levanta airado y dice: «Vuestra casa os queda desierta.» [] Lee el evangelio y mira cómo María, sentada a los pies del Señor, es antepuesta a la solicita Marta. En su afán de ser hospitalaria, Marta preparaba una comida para el Señor y sus discípulos; sin embargo, Jesús le dijo: «Marta, Marta, te afanas y te agitas por muchas cosas. Pero pocas son necesarias, o una sola. Y María ha escogido la buena parte, que no le será quitada.» [] Sé, pues, como María; prefiere el alimento del alma al del cuerpo. Deja que tus hermanas vayan y vengan y busquen cómo acoger dignamente a Cristo. Pero tú, desechando de una vez para siempre la carga del mundo, siéntate a los pies del Señor y di: «Hallé al que ama mi alma; lo abrazaré y no lo dejaré ir.» [] Y Él responderá: «Una es mi paloma, mi perfecta; es la única de su madre, la escogida de la que la dio a luz.» [] Ahora bien, la madre de quien se dice esto es la Jerusalén celestial. []

    Carta 22, § 25

    25. Que el recogimiento de tu aposento te guarde siempre; que el Esposo se recree siempre contigo dentro. [] ¿Oras? Hablas con el Esposo. ¿Lees? Él te habla a ti. Cuando te rinda el sueño, Él vendrá por detrás y meterá su mano por la abertura de la puerta, y tu corazón se conmoverá por Él; y despertarás y te levantarás y dirás: «Estoy enferma de amor.» Entonces Él responderá: «Un jardín cerrado es mi hermana, mi esposa; un manantial cerrado, una fuente sellada.» []
    No salgas de casa ni visites a las hijas de tierra extraña, aunque tengas por hermanos a patriarcas y por padre a Israel. Dina salió y fue seducida. [] No busques al Esposo en las calles; no des vueltas por las esquinas de la ciudad. Pues aunque digas: «Me levantaré ahora y rodearé la ciudad: por las calles y por las plazas buscaré al que ama mi alma,» y aunque preguntes a los guardias: «¿Habéis visto al que ama mi alma?» [] nadie se dignará responderte. El Esposo no puede hallarse en las calles: «Estrecha y angosta es la senda que lleva a la vida.» [] Así continúa el Cantar: «Lo busqué, pero no lo hallé; lo llamé, pero no me respondió.» Y ojalá que no hallarlo fuera todo. Serás herida y despojada, te lamentarás y dirás: «Me hallaron los guardias que rondaban la ciudad; me golpearon, me hirieron, me quitaron mi velo.» [] Ahora bien, si una que podía decir: «Yo duermo, pero mi corazón vela» y «Mi amado es para mí un saquito de mirra; reposará toda la noche entre mis pechos»; [] si una que podía hablar así sufrió tanto por salir fuera, ¿qué será de nosotras, que sólo somos muchachas jóvenes; de nosotras que, cuando la esposa entra con el Esposo, seguimos afuera? Jesús es celoso. No quiere que tu rostro sea visto por otros. Puedes excusarte y decir: «He recogido mi velo, he cubierto mi rostro y allí te he buscado y he dicho: 'Dime, Tú a quien ama mi alma, dónde apacientas tu rebaño, dónde lo haces descansar al mediodía. Pues ¿por qué he de ser como una que se cubre junto a los rebaños de tus compañeros?'» Pero a pesar de tus excusas Él se enojará, se llenará de ira y dirá: «Si no te conoces, oh tú, la más hermosa entre las mujeres, sal y sigue las huellas del rebaño y apacienta tus cabritas junto a las tiendas de los pastores.» Puedes ser hermosa, y de todos los rostros el tuyo puede ser el más querido para el Esposo; pero, si no te conoces y no guardas tu corazón con toda diligencia, [] y si además no evitas las miradas de los jóvenes, serás echada de mi cámara nupcial a apacentar cabras, que serán puestas a la izquierda. []

    Carta 22, § 26

    26. Siendo esto así, Eustoquia mía, hija, señora, consierva, hermana —el primer nombre se refiere a tu edad, el segundo a tu rango, el tercero a tu vocación religiosa, el último al lugar que ocupas en mi afecto—, escucha las palabras de Isaías: «Ven, pueblo mío, entra en tus aposentos y cierra tras de ti tus puertas; escóndete por un breve momento, hasta que la indignación» del Señor «haya pasado.» [] Deja que las vírgenes necias vaguen fuera; tú, por tu parte, quédate en casa con el Esposo; pues si cierras tu puerta y, según el precepto del Evangelio, [] oras a tu Padre en secreto, Él vendrá y llamará, diciendo: «He aquí, estoy a la puerta y llamo; si alguno... abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.» [] Entonces, al punto, responderás con ardor: «Es la voz de mi amado que llama y dice: Ábreme, hermana mía, amor mío, paloma mía, inmaculada mía.» Es imposible que tú te niegues a abrir y digas: «Me he quitado la túnica, ¿cómo volveré a ponérmela? Me he lavado los pies, ¿cómo los ensuciaré?» [] Levántate al instante y abre. De lo contrario, mientras te demoras, Él puede pasar de largo y tendrás que decir con tristeza: «Abrí a mi amado, pero mi amado se había ido.» [] ¿Por qué han de estar cerradas al Esposo las puertas de tu corazón? Estén abiertas para Cristo, pero cerradas para el diablo, según aquel dicho: «Si el espíritu del que tiene poder se levanta contra ti, no abandones tu lugar.» Daniel, en aquella habitación alta a la que se retiraba cuando ya no podía permanecer abajo, tenía las ventanas abiertas hacia Jerusalén. Ten también tú abiertas tus ventanas, pero sólo hacia el lado por donde puede entrar la luz y desde donde puedes ver el ojo del Señor. No abras aquellas otras ventanas de las que dice el profeta: «La muerte ha subido por nuestras ventanas.» []

    Carta 22, § 27

    27. También has de tener cuidado de evitar la trampa de la pasión por la vanagloria. «¿Cómo» —dice Jesús— «podéis creer, recibiendo gloria unos de otros?» ¡Qué mal debe de ser aquel cuya víctima no puede creer! Digamos más bien: «Tú eres mi gloria», [] y «El que se gloría, gloríese en el Señor», [] y «Si todavía agradase a los hombres, no sería siervo de Cristo», [] y «Lejos esté de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo»; y una vez más: «En Dios nos gloriamos todo el día; mi alma se gloriará en el Señor». Cuando hagas limosna, que sólo Dios te vea. Cuando ayunes, muestra un rostro alegre. Ni tu vestido sea demasiado pulcro ni demasiado descuidado; ni sea tan llamativo que atraiga las miradas de los transeúntes y haga que te señalen con el dedo. ¿Ha muerto un hermano? ¿Hay que llevar a enterrar el cuerpo de una hermana? Cuida de que, por cumplir con demasiada frecuencia esos oficios, no mueras tú misma. No quieras parecer muy devota ni más humilde de lo necesario, no sea que busques la gloria huyendo de ella. Pues muchos, que ocultan de todos los ojos su pobreza, su caridad y sus ayunos, desean suscitar admiración por su mismo desprecio de ello, y extrañamente buscan la alabanza mientras declaran apartarse de su camino. De las otras influencias perturbadoras que hacen a los hombres alegrarse, desanimarse, esperar y temer, hallo a muchos libres; pero éste es un defecto del que pocos carecen, y el mejor es aquel cuyo carácter, como una piel hermosa, aparece desfigurado por el menor número de manchas. No creo necesario prevenirte contra la jactancia de tus riquezas, ni contra el orgullo de tu nacimiento, ni contra el considerarte superior a los demás. Conozco tu humildad; sé que puedes decir con sinceridad: «Señor, mi corazón no es altivo ni mis ojos altaneros»; sé que en tu pecho, como en el de tu madre, no tiene lugar el orgullo por el cual cayó el diablo. Sería tiempo perdido escribirte sobre ello; pues no hay mayor necedad que enseñar a un discípulo lo que ya sabe. Pero ahora que has despreciado la jactancia del mundo, no dejes que ese hecho te inspire una nueva jactancia. No acojas el pensamiento secreto de que, habiendo dejado de buscar la atención con vestidos de oro, puedas empezar a buscarla con vestidos humildes. Y cuando entres en una sala llena de hermanos y hermanas, no te sientes en un lugar demasiado bajo ni alegues que no eres digna de un escabel. No bajes deliberadamente la voz como agotada por el ayuno; ni, apoyándote en el hombro de otra, imites el andar vacilante de una desfallecida. Algunas mujeres, es verdad, desfiguran sus rostros para que los hombres las vean ayunar. [] Tan pronto como ven a alguien, gimen, bajan la mirada; se cubren el rostro dejando libre un solo ojo, el que guardan para ver. Su vestido es sombrío, sus ceñidores son de saco, sus manos y pies están sucios; sólo sus estómagos —que no se ven— están ardientes de comida. De éstas se canta a diario el salmo: «El Señor dispersará los huesos de los que se complacen a sí mismos». Otras cambian su atavío y adoptan el semblante de los hombres, avergonzándose de ser lo que nacieron: mujeres. Se cortan el cabello y no se avergüenzan de parecer eunucos. Algunas se visten con pelo de cabra y, cubriéndose con capuchas, piensan volverse niñas otra vez al hacerse parecer a otras tantas lechuzas.

    Carta 22, § 28

    28. Pero no hablaré sólo de las mujeres. Evita también a los hombres cuando los veas cargados de cadenas y con el cabello largo como mujeres, contra el precepto del apóstol, [] por no hablar de barbas como de macho cabrío, mantos negros y pies descalzos desafiando el frío. Todas estas cosas son señales del diablo. De uno de ésos gimió Roma no hace mucho, en Antimo; y Sofronio es un ejemplo aún más reciente. Tales personas, una vez que han conseguido entrar en las casas de los nobles y han engañado a «mujercillas cargadas de pecados, que siempre están aprendiendo y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad», [] fingen un semblante triste y aparentan largos ayunos mientras de noche comen en secreto. La vergüenza me impide decir más, pues mi lenguaje podría parecer más invectiva que amonestación. Hay otros —hablo de los de mi propio orden— que buscan el presbiterado y el diaconado sólo para poder ver a las mujeres con menos freno. Tales hombres no piensan más que en su vestido; usan perfumes sin tasa y procuran que no haya arrugas en sus zapatos de cuero. Sus cabellos rizados descubren las huellas de las tenazas; sus dedos brillan con anillos; caminan de puntillas por un camino húmedo para no salpicarse los pies. Cuando veas a hombres que obran así, tenlos más por novios que por clérigos. Ciertas personas han consagrado toda su energía y su vida al único objeto de conocer los nombres, las casas y el carácter de las señoras casadas. Describiré aquí brevemente al jefe de la profesión, para que por el retrato del maestro reconozcas a los discípulos. Se levanta y sale con el sol; tiene ordenadas sus visitas; toma el camino más corto; y, viejo importuno como es, casi se abre paso hasta los dormitorios de señoras que aún duermen. Si ve una almohada que le agrada o un elegante tapete de mesa —o, en verdad, cualquier objeto del ajuar—, lo alaba, lo mira con admiración, lo toma en la mano y, quejándose de que no tiene nada semejante, lo pide, o más bien lo arranca, a su dueña. Todas las mujeres, de hecho, temen contrariar al pregonero de noticias de la ciudad. La castidad y el ayuno le desagradan por igual. Lo que le gusta es un desayuno sabroso —por ejemplo, una grulla joven y rolliza de las que comúnmente llaman piadoras. En el hablar es rudo y desvergonzado, y está siempre dispuesto a devolver reproches. Dondequiera que mires, es el primer hombre que ves ante ti. Cualquier noticia que corre es él o el autor del rumor o quien lo abulta. Cambia de caballos cada hora; y son tan lucios y fogosos que le tomarías por un hermano del rey de Tracia.

    Carta 22, § 29

    29. Muchas son las estratagemas que el astuto enemigo emplea contra nosotros. «La serpiente» —se nos dice— «era más astuta que cualquier bestia del campo que el Señor Dios había hecho». [] Y el apóstol dice: «No ignoramos sus maquinaciones». [] Ni una pobreza afectada ni una elegancia a la moda convienen a un cristiano. Si hay algo que ignoras, si tienes alguna duda sobre la Escritura, pregunta a uno cuya vida lo recomiende, cuya edad lo ponga por encima de toda sospecha, cuya reputación no lo desmienta; a uno que pueda decir: «Os he desposado con un solo marido, para presentaros como virgen casta a Cristo». O si no hay nadie capaz de explicarlo, es mejor evitar el peligro al precio de la ignorancia que buscarlo por afán de aprender. Recuerda que caminas en medio de lazos, y que muchas vírgenes veteranas, de castidad nunca puesta en duda, en el umbral mismo de la muerte han dejado caer sus coronas de las manos.
    Si alguna de tus siervas comparte tu vocación, no te levantes contra ellas ni te enorgullezcas por ser su señora. Todas habéis elegido a un mismo Esposo; todas cantáis los mismos salmos; juntas recibís el Cuerpo de Cristo. ¿Por qué, pues, habrían de ser diferentes vuestros pensamientos? Debes procurar ganar a otras, y para atraerlas con más facilidad debes tratar con el mayor respeto a las vírgenes de tu séquito. Si hallas a una débil en la fe, atiéndela, consuélala, acaríciala y haz de su castidad tu tesoro. Pero si una joven finge tener vocación sólo porque desea escapar del servicio, léele en voz alta las palabras del apóstol: «Mejor es casarse que abrasarse». []
    A las personas ociosas y entremetidas, sean vírgenes o viudas; a las que van de casa en casa visitando a mujeres casadas y mostrando un descaro desvergonzado mayor que el de un parásito de escenario, échalas de ti como a la peste. Porque «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres», [] y mujeres como éstas no se cuidan más que de sus apetitos más bajos. A menudo te instarán, diciendo: «Querida criatura, aprovecha tus ventajas y vive mientras la vida es tuya», y «Seguramente no estás ahorrando dinero para tus hijos». Dadas al vino y a la lascivia, infunden toda clase de malicia en la mente de la gente e inducen aun a los más austeros a entregarse a placeres enervantes. Y «cuando comienzan a entregarse a la lujuria contra Cristo, se casan, incurriendo en condenación por haber rechazado su primera fe». []
    No procures parecer demasiado elocuente, ni bromees con los versos, ni te alegres con canciones líricas. Y no sigas, por afectación, el gusto enfermizo de las señoras casadas que, ora apretando los dientes, ora separando mucho los labios, hablan con ceceo y recortan adrede sus palabras, porque se imaginan que pronunciarlas con naturalidad es señal de crianza campesina. De ahí que hallen placer en lo que yo llamaría un adulterio de la lengua. Pues «¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial?» [] ¿Cómo pueden ir juntos Horacio y el salterio, Virgilio y los evangelios, Cicerón y el apóstol? ¿No se escandaliza un hermano si te ve sentada a la mesa en el templo de un ídolo? [] Aunque «para los puros todo es puro», [] y «nada hay que deba rechazarse si se recibe con acción de gracias», [] no debemos, sin embargo, beber la copa de Cristo y, al mismo tiempo, la copa de los demonios. [] Deja que te cuente la historia de mi propia y miserable experiencia.

    Carta 22, § 30

    30. Hace muchos años, cuando por el reino de los cielos me había apartado del hogar, de los padres, de la hermana, de los parientes y —lo que es más duro— de la comida delicada a la que estaba acostumbrado; y cuando iba camino de Jerusalén para pelear mi guerra, todavía no podía decidirme a renunciar a la biblioteca que con gran cuidado y trabajo me había formado en Roma. Y así, miserable de mí, ayunaba sólo para leer después a Cicerón. Tras muchas noches pasadas en vela, tras raudales de lágrimas brotadas de lo más íntimo del corazón, tras el recuerdo de mis pecados pasados, volvía una vez más a tomar a Plauto. Y cuando a ratos recobraba el sano juicio y empezaba a leer a los profetas, su estilo me parecía rudo y repulsivo. No lograba ver la luz con mis ojos cegados; pero atribuía la falta no a ellos, sino al sol. Mientras la antigua serpiente hacía de mí su juguete, hacia la mitad de la Cuaresma una fiebre honda cayó sobre mi cuerpo debilitado y, al destruir por completo mi descanso —la historia apenas parece creíble—, consumió de tal modo mi desdichado cuerpo que apenas quedó de mí otra cosa que piel y huesos. Entretanto, se hacían los preparativos de mi funeral; mi cuerpo se enfriaba gradualmente, y el calor de la vida sólo perduraba en mi pecho palpitante. De repente fui arrebatado en espíritu y arrastrado ante el tribunal del Juez; y allí la luz era tan brillante, y los que estaban en pie alrededor eran tan radiantes, que me arrojé por tierra y no me atreví a levantar la vista. Preguntado quién y qué era, respondí: «Soy cristiano». Pero Aquel que presidía dijo: «Mientes; eres seguidor de Cicerón y no de Cristo. Porque 'donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón'». [] Al instante enmudecí, y entre los golpes del azote —pues Él había ordenado que me azotaran— fui atormentado con más crudeza aún por el fuego de la conciencia, pensando en aquel versículo: «En el sepulcro, ¿quién te dará gracias?» Y aun así empecé a gritar y a lamentarme, diciendo: «Ten misericordia de mí, Señor; ten misericordia de mí». En medio del ruido de los azotes, este grito se dejaba oír todavía. Al fin, los presentes, postrándose ante las rodillas de Aquel que presidía, le suplicaron que tuviera piedad de mi juventud y que me diera tiempo para arrepentirme de mi error. Él todavía podría infligirme tormento —insistieron— si yo volvía a leer alguna vez las obras de los gentiles. Bajo la presión de aquel momento terrible, yo habría estado dispuesto a hacer promesas aún mayores que éstas. En consecuencia, hice juramento e invoqué su nombre, diciendo: «Señor, si alguna vez vuelvo a poseer libros mundanos, o si alguna vez los leo, te he negado». Despedido, pues, tras prestar este juramento, volví al mundo de arriba y, para sorpresa de todos, abrí unos ojos tan empapados en lágrimas que mi angustia sirvió para convencer incluso a los incrédulos. Y que esto no fue un sueño ni una vana fantasía, como aquellas de las que a menudo somos burlados, pongo por testigo al tribunal ante el cual yacía, y al terrible juicio que temí. ¡Nunca más me toque caer bajo semejante interrogatorio! Confieso que mis hombros quedaron amoratados, que sentí los cardenales mucho después de despertar del sueño, y que desde entonces leí los libros de Dios con un celo mayor que el que antes había puesto en los libros de los hombres.

    Carta 22, § 31

    31. También debes evitar el pecado de la codicia, y esto no meramente negándote a apoderarte de lo ajeno, pues eso lo castigan las leyes del estado, sino también no reteniendo tu propia propiedad, que ahora ya no es tuya. «Si no habéis sido fieles,» dice el Señor, «en lo ajeno, ¿quién os dará lo que es vuestro?» [] «Lo ajeno» es una cantidad de oro o de plata, mientras que «lo nuestro» es la herencia espiritual de la cual en otro lugar se dice: «El rescate de la vida del hombre son sus riquezas.» «Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se allegará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mamón.» [] Riquezas, es decir; porque en la lengua pagana de los sirios las riquezas se llaman mamón. Las «espinas» que ahogan nuestra fe [] son el afán por nuestra vida. [] El cuidado por las cosas que buscan los gentiles [] es la raíz de la codicia.
    Pero dirás: «Soy una muchacha criada con delicadeza y no puedo trabajar con mis manos. Supón que llego a la vejez y luego enfermo, ¿quién se apiadará de mí?» Oye a Jesús hablar a los apóstoles: «No os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta.» [] Si te faltara ropa, pon ante tus ojos los lirios. Si te asaltara el hambre, piensa en las palabras con que son bendecidos los pobres y hambrientos. Si te afligiera el dolor, lee: «Por tanto, me complazco en las enfermedades», y «Me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera.» Alégrate en todos los juicios de Dios; porque ¿no dice el salmista: «Las hijas de Judá se alegraron a causa de tus juicios, oh Señor»? Que estas palabras estén siempre en tus labios: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá»; [] y «Nada trajimos a este mundo, y es cierto que nada podemos llevarnos.» []

    Carta 22, § 32

    32. Hoy puedes ver a mujeres llenando sus armarios de vestidos, cambiando sus túnicas de día en día y, con todo, sin poder vencer a la polilla. De vez en cuando una más escrupulosa gasta un solo vestido; sin embargo, mientras aparece hecha harapos, sus cofres están llenos. Los pergaminos se tiñen de púrpura, el oro se funde para formar letras, los manuscritos se adornan con joyas, mientras Cristo yace desnudo y muriendo a la puerta. Cuando tienden la mano al necesitado, tocan trompeta; [] cuando invitan a un ágape, contratan a un pregonero. Hace poco vi a la más noble dama de Roma —callo su nombre, pues no soy satírico— precedida de una banda de eunucos en la basílica del bienaventurado Pedro. Daba dinero a los pobres, una moneda a cada uno; y esto con su propia mano, para ser considerada más religiosa. Entonces ocurrió un incidente nada raro. Una anciana, «llena de años y de harapos», corrió adelante para recibir una segunda moneda, pero cuando llegó su turno recibió no un centavo, sino un golpe bastante fuerte para hacer brotar sangre de sus venas culpables.
    «El amor al dinero es la raíz de todos los males,» [] y el apóstol dice que la codicia es idolatría. [] «Buscad primero el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas.» [] El Señor nunca permitirá que un alma justa perezca de hambre. «Joven fui,» dice el salmista, «y ahora soy viejo, y no he visto al justo desamparado ni a su descendencia mendigando pan.» Elías es alimentado por cuervos que le sirven. [] La viuda de Sarepta, que con sus hijos esperaba morir aquella misma noche, se quedó sin comer para alimentar al profeta. El que había venido a ser alimentado se convirtió entonces en alimentador, pues, por milagro, llenó la tinaja vacía. [] El apóstol Pedro dice: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo, levántate y anda.» [] Mas ahora muchos, aunque no lo dicen con palabras, declaran con sus obras: «No tengo fe ni piedad; pero lo que tengo, plata y oro, esto no te lo daré.» «Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos.» [] Oye la oración de Jacob: «Si Dios fuere conmigo y me guardare en este camino que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, entonces el Señor será mi Dios.» [] Pidió solo las cosas necesarias; sin embargo, veinte años después volvió a la tierra de Canaán rico en bienes y más rico aún en hijos. [] Innumerables son los ejemplos de la Escritura que enseñan a los hombres a «guardarse de la codicia.» []

    Carta 22, § 33

    33. Puesto que he sido llevado a tocar este tema —tendrá un tratado aparte si Cristo lo permite—, referiré lo que ocurrió no hace muchos años en Nitria. Un hermano, más ahorrativo que codicioso, e ignorante de que el Señor había sido vendido por treinta piezas de plata [], dejó a su muerte cien monedas que había ganado tejiendo lino. Como había unos cinco mil monjes en los alrededores, viviendo en otras tantas celdas separadas, se celebró un consejo sobre qué debía hacerse. Unos decían que las monedas se repartieran entre los pobres; otros, que se dieran a la iglesia, y otros proponían devolverlas a los parientes del difunto. Macario, Pambo, Isidoro y los demás llamados padres, hablando por el Espíritu, decidieron que fueran sepultadas con su dueño, con estas palabras: «Tu dinero perezca contigo.» [] Y no fue esta una decisión demasiado severa; pues tan grande temor ha caído sobre todo Egipto, que ahora es un crimen dejar tras de sí una sola moneda.

    Carta 22, § 34

    34. Ya que he mencionado a los monjes, y sé que te agrada oír hablar de cosas santas, préstame atención por unos momentos. Hay en Egipto tres clases de monjes. Primero están los cenobitas, llamados en su lengua gentil Sauses, o, como diríamos nosotros, hombres que viven en comunidad. En segundo lugar están los anacoretas, que viven en el desierto, cada uno por su cuenta, y se llaman así porque se han retirado de la sociedad humana. En tercer lugar está la clase llamada remoboth, un tipo muy inferior y poco estimado, propio de mi provincia o, al menos, originario de ella. Estos viven juntos en grupos de dos o tres, rara vez en mayor número, y no están sujetos a ninguna regla; hacen exactamente lo que les place. Una parte de sus ganancias la aportan a un fondo común, con el cual se provee alimento para todos. En la mayoría de los casos residen en ciudades y fortalezas; y, como si fuera su labor lo santo, y no su vida, todo lo que venden es carísimo. A menudo riñen porque no quieren, mientras se proveen su propio alimento, estar subordinados a otros. Es cierto que compiten unos con otros en ayunar; hacen de lo que debería ser un asunto privado ocasión de triunfo. En todo buscan el efecto: sus mangas son holgadas, sus botas abultan, su vestido es de lo más burdo. Están siempre suspirando, o visitando vírgenes, o burlándose del clero; sin embargo, cuando llega una fiesta, se ponen enfermos — comen tanto.
    Comentario editorial · Tres clases de monjes
    Jerónimo divide a los monjes de Egipto en cenobitas, anacoretas y remoboth, y de estos últimos dice que son «un tipo muy inferior» propio de su provincia. El editor del NPNF explica que «cenobita» viene de koinos bios, «vida común»; que «Sauses» parece una palabra egipcia que no aparece en otro lugar; y que los remoboth vivían sin regla fija en grupos de dos o tres, sobre todo en lugares populosos, con fama de buscar el prestigio de la santidad. Remite, para ellos, a la descripción desfavorable de Casiano (Conferencias XVIII, 7; véanse sus Conferencias) y a los «sarabaítas» del diccionario de antigüedades cristianas.

    Carta 22, § 35

    35. Habiéndonos librado, pues, de estos como de otras tantas plagas, vengamos a aquella clase más numerosa que vive en común y que, como hemos dicho, se llama cenobitas. Entre estos, el primer principio de unión es obedecer a los superiores y hacer cuanto mandan. Están divididos en grupos de diez y de cien, de modo que cada décimo hombre tiene autoridad sobre otros nueve, mientras que el centésimo tiene bajo sí a diez de estos oficiales. Viven apartados unos de otros, en celdas separadas. Según su regla, ningún monje puede visitar a otro antes de la hora nona, excepto los decanos arriba mencionados, cuyo oficio es consolar con palabras suaves a aquellos cuyos pensamientos los inquietan. Después de la hora nona se reúnen para cantar salmos y leer las Escrituras según la costumbre. Luego, terminadas las oraciones y sentados todos, uno llamado el padre se pone en pie entre ellos y comienza a exponer la porción del día. Mientras habla, el silencio es profundo; nadie se atreve a mirar a su vecino ni a carraspear. La alabanza del orador está en el llanto de sus oyentes. Lágrimas silenciosas ruedan por sus mejillas, pero ni un sollozo escapa de sus labios. Sin embargo, cuando empieza a hablar del reino de Cristo, de la felicidad futura y de la gloria venidera, se puede notar que cada uno se dice a sí mismo, con un suave suspiro y los ojos levantados: «¡Oh, si tuviera alas como de paloma! Pues entonces volaría y descansaría.» Después de esto la reunión se disuelve, y cada compañía de diez va con su padre a su propia mesa. Esta la sirven por turnos, cada uno durante una semana. No se hace ruido con la comida; nadie habla mientras come. Pan, legumbres y verduras forman su sustento, y el único condimento que usan es la sal. El vino se da solo a los ancianos, quienes, junto con los niños, suelen tener una comida especial preparada para reparar los estragos de la edad y salvar a los jóvenes de una decadencia prematura. Terminada la comida, se levantan todos juntos y, después de cantar un himno, vuelven a sus moradas. Allí cada uno habla hasta la tarde con su compañero así: «¿Has notado a fulano? ¡Qué gracia tiene! ¡Qué silencioso es! ¡Con qué sobriedad camina!» Si alguno está débil, lo consuelan; o si es ferviente en el amor a Dios, lo animan a un nuevo fervor. Y porque por la noche, además de las oraciones públicas, cada uno vigila en su propia cámara, recorren todas las celdas una por una y, pegando el oído a las puertas, averiguan cuidadosamente qué hacen sus ocupantes. Si hallan a un monje perezoso, no lo riñen; sino que, disimulando lo que saben, lo visitan más a menudo, y al principio lo exhortan, más que obligarlo, a orar más. Cada día tiene su tarea asignada, y esta, entregada al decano, es llevada por él al mayordomo. Este último, una vez al mes, da cuenta escrupulosa a su padre común. También prueba los guisos cuando están cocinados, y, como a nadie se le permite decir: «No tengo túnica, ni manto, ni lecho de juncos», lo dispone todo de modo que nadie necesite pedir ni carecer de lo que desea. Si un monje cae enfermo, es trasladado a una cámara más espaciosa, y allí lo cuidan con tanta atención los ancianos, que no echa de menos ni el lujo de las ciudades ni la ternura de una madre. Cada día del Señor lo pasan todo en oración y lectura; en verdad, cuando han terminado sus tareas, estas son sus ocupaciones habituales. Cada día aprenden de memoria una porción de la Escritura. Guardan los mismos ayunos durante todo el año, pero en Cuaresma se les permite vivir más estrictamente. Después de Pentecostés cambian la comida de la tarde por una al mediodía; tanto para satisfacer la tradición de la iglesia como para evitar sobrecargar sus estómagos con una doble provisión de alimento.
    Una descripción semejante de los esenios la da Filón, imitador de Platón; también Josefo, el Livio griego, en su narración de la cautividad judía.

    Carta 22, § 36

    36. Como mi asunto presente son las vírgenes, he dicho demasiado sobre los monjes. Pasaré, pues, a la tercera clase, llamada anacoretas, que van de los monasterios a los desiertos, con nada más que pan y sal. Pablo introdujo este modo de vida; Antonio lo hizo famoso, y —para remontarme aún más atrás— Juan el Bautista dio el primer ejemplo de él. El profeta Jeremías describe a uno de ellos con estas palabras: «Bueno es para el hombre llevar el yugo en su juventud. Se sienta solo y guarda silencio, porque lo ha llevado sobre sí. Da la mejilla al que lo golpea, se sacia de oprobio. Porque el Señor no desechará para siempre.» La lucha de los anacoretas y su vida —en la carne, pero no de la carne— te la explicaré, si quieres, en otro momento. Debo volver ahora al tema de la codicia, que dejé para hablar de los monjes. Con ellos ante tus ojos despreciarás, no solo el oro y la plata en general, sino la tierra misma y el cielo. Unida a Cristo, cantarás: «El Señor es mi porción.»

    Carta 22, § 37

    37. Además, aunque el apóstol nos manda «orar sin cesar» [], y aunque para los santos su mismo sueño es una súplica, debemos tener horas fijas de oración, para que, si nos retiene el trabajo, el tiempo nos recuerde nuestro deber. Las oraciones, como todos saben, deben decirse a las horas tercia, sexta y nona, al amanecer y al atardecer. Ninguna comida debe empezarse sin oración, y antes de levantarse de la mesa deben darse gracias al Creador. Debemos levantarnos dos o tres veces en la noche y repasar las partes de la Escritura que sabemos de memoria. Al salir del techo que nos cobija, la oración debe ser nuestra armadura; y al volver de la calle debemos orar antes de sentarnos, y no dar descanso al cuerpo frágil hasta que el alma esté alimentada. En cada acto que hacemos, en cada paso que damos, que nuestra mano trace la cruz del Señor. No hables contra nadie, y no calumnies al hijo de tu madre. «¿Quién eres tú que juzgas al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie o cae; sí, será puesto en pie, porque el Señor tiene poder para ponerlo en pie.» Si has ayunado dos o tres días, no te creas mejor que otros que no ayunan. Tú ayunas y te enojas; otro come y tiene rostro risueño. Tú descargas tu irritación y tu hambre en riñas. Él usa el alimento con moderación y da gracias a Dios. A diario clama Isaías: «¿Es este el ayuno que yo escogí, dice el Señor?» [] y de nuevo: «En el día de vuestro ayuno halláis vuestro propio placer y oprimís a todos vuestros trabajadores. He aquí que ayunáis para contienda y discusión, y para herir con puño de maldad. ¿Cómo ayunáis para mí?» ¿Qué clase de ayuno puede ser el suyo cuya ira es tal que no solo la noche desciende sobre ella, sino que aun los cambios de la luna la dejan sin cambio?

    Carta 22, § 38

    38. Mírate a ti misma y gloríate en tu propio éxito, no en el fracaso ajeno. Algunas mujeres cuidan de la carne y calculan sus rentas y gastos diarios: tales no son modelos adecuados para ti. Judas fue un traidor, pero los once apóstoles no vacilaron. Figelo y Alejandro naufragaron; pero los demás continuaron corriendo la carrera de la fe. No digas: «Fulana disfruta de sus propios bienes, es honrada por los hombres, sus hermanos y hermanas vienen a verla. ¿Ha dejado, pues, de ser virgen?» En primer lugar, es dudoso que sea virgen. Porque «el Señor no ve como ve el hombre; pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón.» [] Además, puede ser virgen en el cuerpo y no en el espíritu. Según el apóstol, la verdadera virgen es «santa tanto en el cuerpo como en el espíritu.» [] Por último, que se gloríe a su manera. Que anule la opinión de Pablo y viva disfrutando de sus bienes. Pero tú y yo debemos seguir mejores ejemplos.
    Pon ante tus ojos a la bienaventurada María, cuya pureza sobreeminente la hizo digna de ser la madre del Señor. Cuando el ángel Gabriel descendió a ella, en forma de hombre, y dijo: «Salve, muy favorecida; el Señor está contigo,» [] ella quedó aterrorizada y no pudo responder, pues nunca antes un hombre la había saludado. Pero, al saber quién era, habló; y la que había temido a un hombre conversó sin miedo con un ángel. Ahora tú también puedes ser madre del Señor. «Toma un rollo grande y escribe en él con pluma de hombre: Maher-shalal-hash-baz.» Y cuando hayas ido a la profetisa, y hayas concebido en el vientre, y hayas dado a luz un hijo, di: «Señor, por tu temor hemos estado encinta; hemos tenido dolores; hemos dado a luz el espíritu de tu salvación, que hemos obrado sobre la tierra.» Entonces tu Hijo responderá: «He aquí mi madre y mis hermanos.» [] Y Aquel cuyo nombre has inscrito hace tan poco en la tabla de tu corazón, y has escrito con pluma sobre su superficie renovada — Él, después de haber recuperado el botín del enemigo, y de haber despojado a los principados y potestades, clavándolos en su cruz [] —, habiendo sido concebido milagrosamente, crece hasta la edad viril; y, a medida que se hace mayor, ya no te mira como su madre, sino como su esposa. Ser como los mártires, o como los apóstoles, o como Cristo, implica una dura lucha, pero trae consigo una gran recompensa.
    Todos estos esfuerzos sólo sirven cuando se hacen dentro del redil de la Iglesia; debemos celebrar la pascua en una sola casa, [] debemos entrar en el arca con Noé, [] debemos refugiarnos de la caída de Jericó con la ramera justificada, Rahab. [] Las vírgenes que se dice hay entre los herejes y entre los seguidores del infame Manes no deben ser consideradas vírgenes, sino prostitutas. Pues si — como alegan — el diablo es el autor del cuerpo, ¿cómo pueden honrar lo que ha sido formado por su enemigo? No; es porque saben que el nombre de virgen trae gloria consigo, que andan como lobos con piel de oveja. [] Así como el anticristo finge ser Cristo, tales vírgenes asumen un nombre honorable, para encubrir mejor una vida desacreditada. Alégrate, hermana mía; alégrate, hija mía; alégrate, virgen mía; porque has resuelto ser, en realidad, lo que otras fingen sin sinceridad.

    Carta 22, § 39

    39. Lo que aquí he expuesto parecerá duro a la que no ama a Cristo. Pero quien ha llegado a considerar todo el esplendor del mundo como basura, y a tener por vanas todas las cosas bajo el sol, para ganar a Cristo; [] quien ha muerto con su Señor y resucitado, y ha crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias; ése clamará con audacia: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada?» y de nuevo: «Estoy persuadido de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles, ni principados ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.»
    Para nuestra salvación, el Hijo de Dios se hace Hijo del Hombre. Nueve meses espera su nacimiento en el vientre, soporta las condiciones más repugnantes, y sale cubierto de sangre, para ser envuelto en pañales y cubierto de caricias. El que encierra el mundo en su puño es contenido en los estrechos límites de un pesebre. Nada digo de los treinta años durante los cuales vive en obscuridad, satisfecho con la pobreza de sus padres. [] Cuando es azotado, calla; cuando es crucificado, ora por sus crucificadores. «¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor. Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos.» La única retribución digna que podemos hacerle es dar sangre por sangre; y, siendo redimidos por la sangre de Cristo, entregar con gozo la vida por nuestro Redentor. ¿Qué santo ha ganado jamás su corona sin antes contender por ella? El justo Abel es asesinado. Abraham corre peligro de perder a su esposa. Y, como no debo alargar indebidamente mi libro, busca por ti mismo: hallarás que todos los santos han sufrido adversidad. Sólo Salomón vivió en el lujo, y tal vez fue por eso por lo que cayó. Porque «al que el Señor ama, corrige, y azota a todo el que recibe por hijo.» [] ¿Qué es mejor: combatir por poco tiempo, cargar estacas para las empalizadas, llevar armas, desfallecer bajo pesados escudos, para que después podamos regocijarnos siempre como vencedores? ¿O hacernos esclavos para siempre, sólo porque no podemos soportar una hora?

    Carta 22, § 40

    40. El amor no encuentra nada difícil; ninguna tarea es ardua para quien tiene afán. Piensa en todo lo que Jacob soportó por Raquel, la esposa que le había sido prometida. «Jacob,» dice la Escritura, «sirvió siete años por Raquel; y le parecieron como pocos días, por el amor que le tenía.» [] Después él mismo nos cuenta lo que tuvo que padecer: «De día me consumía el calor, y de noche la helada.» [] Así debemos amar a Cristo y buscar siempre sus abrazos. Entonces todo lo difícil parecerá fácil; todo lo largo lo tendremos por breve; y heridos por sus flechas, diremos a cada momento: «¡Ay de mí, que he prolongado mi peregrinación!» Porque «los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.» [] Porque «la tribulación produce paciencia, y la paciencia experiencia, y la experiencia esperanza; y la esperanza no avergüenza.» [] Cuando tu suerte te parezca dura de sobrellevar, lee la segunda epístola de Pablo a los Corintios: «En trabajos más abundante; en azotes sin medida; en cárceles más frecuente; en muertes muchas veces. De los judíos cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui apedreado; tres veces padecí naufragio; una noche y un día estuve en lo profundo; en viajes muchas veces, en peligros de aguas, en peligros de ladrones, en peligros de los de mi nación, en peligros de los gentiles, en peligros en la ciudad, en peligros en el desierto, en peligros en el mar, en peligros entre falsos hermanos, en trabajos y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y desnudez.» [] ¿Quién de nosotros puede reclamar la más mínima fracción de las virtudes aquí enumeradas? Sin embargo, fueron éstas las que después le hicieron atreverse a decir: «He acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día.» []
    Pero nosotros, si nuestra comida es menos apetitosa de lo acostumbrado, nos ponemos hoscos, y nos imaginamos que hacemos un favor a Dios bebiendo vino aguado. Y si el agua que nos traen está un poco demasiado caliente, rompemos la copa, volcamos la mesa y azotamos al siervo culpable hasta hacerlo sangrar. «El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.» [] Aun así, si no usas la fuerza, jamás tomarás el reino de los cielos. Si no llamas con importunidad, jamás recibirás el pan sacramental. [] ¿No es de verdad violencia, piensas tú, que la carne desee ser como Dios y suba al lugar de donde cayeron los ángeles [] para juzgar a los ángeles?

    Carta 22, § 41

    41. Sal, te lo ruego, por un momento de tu prisión, y pinta ante tus ojos la recompensa de tu trabajo presente, recompensa que «ojo no vio, ni oído oyó, ni ha entrado en corazón de hombre.» [] ¿Cuál será la gloria de aquel día cuando María, la madre del Señor, salga a tu encuentro, acompañada de sus coros de vírgenes? Cuando, pasado el Mar Rojo y ahogado Faraón con su ejército, Miriam, la hermana de Aarón, con su pandero en la mano, cante a las mujeres que responden: «Cantad al Señor, porque se ha cubierto de gloria; el caballo y su jinete ha arrojado al mar.» [] Entonces volará Tecla con gozo a abrazarte. Entonces tu Esposo mismo se adelantará y dirá: «Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven; pues he aquí que el invierno ha pasado, la lluvia ha cesado y se ha ido.» [] Entonces dirán los ángeles con asombro: «¿Quién es ésta que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol?» [] «Las hijas te verán y te bendecirán; sí, las reinas te proclamarán y las concubinas te alabarán.» [] Y después de éstas, otra compañía de mujeres castas saldrá a tu encuentro. Sara vendrá con las casadas; Ana, la hija de Fanuel, con las viudas. En una banda hallarás a tu madre según la naturaleza, y en la otra a tu madre según el espíritu. La una se gozará por haberte dado a luz, la otra exultará por haberte enseñado. Entonces verdaderamente el Señor cabalgará sobre su asno, y así entrará en la Jerusalén celestial. Entonces los pequeños (de los cuales, en Isaías, dice el Salvador: «He aquí, yo y los hijos que el Señor me ha dado» []) alzarán palmas de victoria y cantarán a una voz: «Hosanna en las alturas, bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas.» [] Entonces los «ciento cuarenta y cuatro mil» tendrán sus arpas delante del trono y delante de los ancianos y cantarán el cántico nuevo. Y nadie podrá aprender aquel cántico sino aquellos para quienes está destinado. «Éstos son los que no se contaminaron con mujeres, porque son vírgenes. Éstos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va.» [] Cuantas veces el vano espectáculo de esta vida trate de hechizarte; cuantas veces veas en el mundo alguna pompa vana, transpórtate en espíritu al Paraíso, esfuérzate por ser ya ahora lo que serás después, y oirás a tu Esposo decir: «Ponme como una sombrilla en tu corazón y como un sello sobre tu brazo.» Y entonces, fortalecida tanto en el cuerpo como en el alma, tú también clamarás en alta voz y dirás: «Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo.» []

    Carta 53

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Cartas selectas · Carta 53, introducción
    A Paulino
    [Jerónimo exhorta a Paulino, obispo de Nola (de quien véase la Carta LVIII), a hacer un estudio diligente de las Escrituras y, a este fin, le recuerda el celo por aprender mostrado no sólo por los más sabios de los paganos, sino también por el apóstol Pablo. Luego, recorriendo en detalle los dos Testamentos, describe el contenido de los diversos libros y las lecciones que pueden aprenderse de ellos. Concluye con una exhortación a Paulino a despojarse por completo de su riqueza terrena y consagrarse enteramente a Dios. Escrita en el año 394 d.C.]
    Comentario editorial · Paulino, ¿ya obispo de Nola?
    La introducción del NPNF llama a Paulino «obispo de Nola», pero la carta es de 394, según el mismo editor, y Paulino aún no lo era. Según Wikipedia, fue ordenado presbítero en Barcelona el día de Navidad de 393 o 394, se trasladó a Nola en la primavera de 395 y fue elegido obispo hacia 410, tras la muerte de su esposa Terasia. La propia carta (§ 1) habla de una amistad que apenas empieza, forjada por «un temor común de Dios y un estudio conjunto de las divinas Escrituras». Wikipedia da su nacimiento como c. 354 en la cabecera y c. 352 en el apartado de su vida.

    Carta 53, § 1

    1. Nuestro hermano Ambrosio, junto con tus pequeños regalos, me ha entregado una carta encantadora que, aunque llega al comienzo de nuestra amistad, da seguridad de una fidelidad probada y de un afecto duradero. Una verdadera intimidad, cimentada por Cristo mismo, no es la que depende de consideraciones materiales, ni de la presencia de las personas, ni de una adulación insincera y exagerada; sino una como la nuestra, forjada por un temor común de Dios y un estudio conjunto de las divinas Escrituras.
    Leemos en antiguas narraciones que hombres atravesaban provincias, cruzaban mares y visitaban pueblos extraños, sólo para ver cara a cara a personas a quienes conocían únicamente por los libros. Así Pitágoras visitó a los profetas de Menfis; y Platón, además de visitar Egipto y a Arquitas de Tarento, exploró con sumo cuidado aquella parte de la costa de Italia que antes se llamaba Magna Grecia. De este modo el influyente maestro ateniense, con cuyas lecciones resonaban las escuelas de la Academia, se hizo a la vez peregrino y discípulo, prefiriendo aprender con modestia lo que otros tenían que enseñar antes que proponer con excesiva confianza opiniones propias. En efecto, su afán de saber — que parecía huir ante él por todo el mundo — acabó por llevarlo a caer en manos de piratas, que lo vendieron como esclavo a un tirano cruel. Así se convirtió en prisionero, siervo y esclavo; sin embargo, como era siempre filósofo, fue más grande aún que el hombre que lo compró. Leemos también que ciertos nobles viajaron desde las partes más remotas de España y de la Galia para visitar a Tito Livio y escuchar su elocuencia, que fluía como una fuente de leche. Así, la fama de un individuo tenía más poder para atraer hombres a Roma que los atractivos de la ciudad misma; y la época mostró un portento inaudito y digno de nota en aquellos hombres que, entrando en la gran ciudad, no prestaban atención a ella sino a otra cosa. También Apolonio fue viajero — me refiero al que la gente ordinaria llama hechicero y los seguidores de Pitágoras filósofo —. Entró en Persia, atravesó el Cáucaso y se abrió camino entre los albanos, los escitas, los masagetas y las regiones más ricas de la India. Por fin, tras cruzar el ancho río Pisón, [] llegó a los brahmanes. Allí vio a Hiarcas sentado en su trono de oro y bebiendo de su fuente de Tántalo, y lo oyó instruir a unos pocos discípulos sobre la naturaleza, los movimientos y las órbitas de los cuerpos celestes. Después de esto viajó entre los elamitas, los babilonios, los caldeos, los medos, los asirios, los partos, los sirios, los fenicios, los árabes y los filisteos. Luego, volviendo a Alejandría, se encaminó a Etiopía para ver a los gimnosofistas y la famosa mesa del sol extendida en las arenas del desierto. En todas partes hallaba algo que aprender, y como iba siempre a lugares nuevos, se hacía constantemente más sabio y mejor. Filóstrato ha escrito la historia de su vida por extenso en ocho libros.

    Carta 53, § 2

    2. Pero ¿por qué limitar mis alusiones a los hombres de este mundo, cuando el apóstol Pablo, el vaso escogido [], doctor de los gentiles, que podía decir con audacia: «¿Buscáis una prueba de que Cristo habla en mí?» [], sabiendo que verdaderamente tenía dentro de sí a aquel huésped supremo — cuando incluso él, después de visitar Damasco y Arabia, «subió a Jerusalén a ver a Pedro y permaneció con él quince días.» [] Porque quien había de ser predicador de los gentiles debía ser instruido en los números místicos siete y ocho. Y catorce años después, tomó a Bernabé y a Tito y les comunicó su evangelio a los apóstoles, no fuera que hubiese corrido o corrido en vano. [] Las palabras habladas poseen un poder oculto e indefinible, y la enseñanza que pasaba directamente de la boca del que hablaba a los oídos de los discípulos es más impresionante que cualquier otra. Cuando el discurso de Demóstenes contra Esquines fue recitado ante este último durante su destierro en Rodas, en medio de toda la admiración y los aplausos, suspiró: «¡Si hubierais oído a la bestia pronunciar sus propios períodos!»

    Carta 53, § 3

    3. No aduzco estos ejemplos porque tenga en mí algo de lo que tú puedas o quieras aprender una lección, sino para mostrarte que tu celo y tu afán de aprender — aunque no puedas contar con mi ayuda — son en sí mismos dignos de alabanza. Una mente dispuesta a aprender merece encomio aun cuando no tenga maestro. Lo que me importa no es lo que encuentras, sino lo que buscas encontrar. La cera es blanda y fácil de moldear incluso cuando faltan las manos del artesano y del modelador. Ya es en potencia todo lo que puede llegar a ser. El apóstol Pablo aprendió la Ley de Moisés y los profetas a los pies de Gamaliel, y se alegró de haberlo hecho, pues armado con esta armadura espiritual pudo decir con audacia: «las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas;» armados con ellas guerreamos «derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo; y estando prontos a castigar toda desobediencia.» [] Escribe a Timoteo, que había sido instruido en las Sagradas Escrituras desde niño, exhortándolo a estudiarlas con diligencia [] y a no descuidar el don que le fue dado con la imposición de las manos del presbiterio. [] A Tito le manda que, entre las demás virtudes de un obispo (que describe brevemente), procure con esmero el conocimiento de las Escrituras: El obispo, dice, debe retener firme «la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que pueda, con sana doctrina, tanto exhortar como convencer a los que contradicen.» [] De hecho, la falta de instrucción en un clérigo le impide hacer bien a nadie más que a sí mismo; y por mucho que la virtud de su vida edifique la Iglesia de Cristo, le causa un daño igualmente grande al no resistir a los que intentan derribarla. El profeta Hageo dice — o más bien el Señor lo dice por boca de Hageo —: «Pregunta ahora a los sacerdotes acerca de la ley.» [] Pues tal es la importante función del sacerdocio: dar respuestas a quienes los interrogan acerca de la ley. Y en Deuteronomio leemos: «Pregunta a tu padre, y él te mostrará; a tus ancianos, y ellos te dirán.» [] También en el salmo ciento diecinueve: «Tus estatutos han sido mis cánticos en la casa de mi peregrinación.» David también, en la descripción del varón justo al que compara con el árbol de la vida en el paraíso, entre sus otras excelencias dice: «Su delicia está en la ley del Señor; y en su ley medita de día y de noche.» Al final de su visión más solemne, Daniel declara que «los justos resplandecerán como las estrellas; y los sabios, es decir, los doctos, como el firmamento.» [] Puedes ver, por tanto, cuán grande es la diferencia entre la ignorancia justa y la justicia instruida. Los que tienen lo primero son comparados con las estrellas; los que tienen lo segundo, con los cielos. Sin embargo, según el sentido exacto del hebreo, ambas afirmaciones pueden entenderse de los doctos, pues debe leerse de este modo: — «Los sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que convierten a muchos a la justicia, como las estrellas, por siempre jamás.» ¿Por qué el apóstol Pablo es llamado vaso escogido? [] Ciertamente porque es un repertorio de la Ley y de las Sagradas Escrituras. La docta enseñanza de nuestro Señor deja mudos de asombro a los fariseos, y se llenan de estupor al hallar que Pedro y Juan conocen la Ley aunque no han aprendido letras. Porque a éstos el Espíritu Santo les sugería inmediatamente lo que a otros les llega por el estudio y la meditación diarios; y, como está escrito, [] eran «enseñados por Dios.» El Salvador apenas había cumplido doce años cuando tuvo lugar la escena del templo; [] pero cuando interrogó a los ancianos acerca de la Ley, sus sabias preguntas comunicaban más que buscaban información.

    Carta 53, § 4

    4. Pero quizá debamos llamar ignorantes a Pedro y a Juan, ambos de los cuales podían decir de sí mismos: «aunque rudo en la palabra, no en el conocimiento.» [] ¿Era Juan un simple pescador, rudo e indocto? Si así fuera, ¿de dónde sacó las palabras «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» []? Logos en griego tiene muchos significados. Significa palabra, razón, cálculo y la causa de las cosas individuales por las cuales subsisten las que existen. Todo lo cual predicamos con razón de Cristo. Esta verdad no la conoció Platón con toda su ciencia; de ella fue ignorante Demóstenes con toda su elocuencia. «Destruiré,» está dicho, «la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos.» [] La verdadera sabiduría debe destruir la falsa, y, aunque la necedad de la predicación [] es inseparable de la Cruz, Pablo habla «sabiduría entre los perfectos; no la sabiduría de este mundo, ni de los príncipes de este mundo que perecen,» sino que habla «la sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta que Dios predestinó antes de los siglos.» [] La sabiduría de Dios es Cristo, porque Cristo, se nos dice, es «el poder de Dios y la sabiduría de Dios.» [] Él es la sabiduría escondida en misterio, de la cual también leemos en el título del salmo noveno: «para las cosas ocultas del hijo.» En Él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Aquel que estaba oculto en misterio es el mismo que fue predestinado antes de los siglos. Ahora bien, fue en la Ley y en los Profetas donde fue predestinado y prefigurado. Por esto también los profetas fueron llamados videntes, [] porque veían a Aquel a quien otros no veían. Abraham vio su día y se gozó. [] Los cielos, sellados para un pueblo rebelde, fueron abiertos a Ezequiel. «Abre mis ojos,» dice David, «para que contemple las maravillas de tu Ley.» Porque «la ley es espiritual» [], y se necesita una revelación para poder comprenderla y, cuando Dios descubre su rostro, contemplar su gloria.

    Carta 53, § 5

    5. En el Apocalipsis se muestra un libro sellado con siete sellos, [] el cual, si lo entregas a un docto diciendo: Lee esto, te responderá: No puedo, porque está sellado. [] ¡Cuántos hay hoy que se creen doctos, y sin embargo las Escrituras son para ellos un libro sellado, que no pueden abrir sino por medio de Aquel que tiene la llave de David, «el que abre y nadie cierra; y cierra y nadie abre» []! En los Hechos de los Apóstoles, el santo eunuco (o más bien «hombre», pues así lo llama la Escritura []), cuando leía a Isaías, es preguntado por Felipe: «¿Entiendes lo que lees?», y responde: — «¿Cómo podré, si alguno no me guía?» [] Para divagar un momento sobre mí mismo, no soy ni más santo ni más diligente que este eunuco, que vino de Etiopía, es decir, desde los confines del mundo, al Templo, dejando tras de sí el palacio de una reina, y era tan grande amante de la Ley y del conocimiento divino que leía las Sagradas Escrituras aun en su carro. Sin embargo, aunque tenía el libro en la mano y guardaba en su mente las palabras del Señor — más aún, las tenía en la lengua y las pronunciaba con los labios —, no conocía a Aquel a quien, sin conocerlo, adoraba en el libro. Entonces llegó Felipe y le mostró a Jesús, que estaba oculto bajo la letra. ¡Excelencia admirable del maestro! En la misma hora el eunuco creyó y fue bautizado; se hizo uno de los fieles y un santo. Ya no era discípulo, sino maestro; y halló más en la fuente de la Iglesia, allí en el desierto, de lo que jamás había hallado en el dorado templo de la sinagoga.

    Carta 53, § 6

    6. He tocado apenas estos ejemplos (los límites de una carta prohíben un tratamiento más discursivo de ellos) para convencerte de que en las Sagradas Escrituras no puedes progresar si no tienes un guía que te muestre el camino. Nada digo del saber de los gramáticos, retóricos, filósofos, geómetras, lógicos, músicos, astrónomos, astrólogos y médicos, cuyas diversas clases de destreza son utilísimas al género humano y pueden agruparse bajo los tres capítulos de la enseñanza, el método y el aprovechamiento. Pasaré a los oficios menos importantes, que requieren destreza manual más que capacidad mental. Labradores, albañiles, carpinteros, obreros de la madera y del metal, cardadores y bataneros, así como los artesanos que hacen muebles y utensilios baratos, no pueden alcanzar los fines que buscan sin la instrucción de personas cualificadas. Como dice Horacio
    Sólo los médicos profesan el arte de curar
    Y nadie sino los ebanistas intentan ensamblar.

    Carta 53, § 7

    7. El arte de interpretar las Escrituras es el único del que todos los hombres, en todas partes, pretenden ser maestros. Para citar de nuevo a Horacio
    Doctos o indoctos, todos escribimos poesía.
    La anciana charlatana, el viejo chocho y el sofista verboso, todos sin excepción toman en sus manos las Escrituras, las desgarran y las enseñan antes de haberlas aprendido. Unos, con el ceño fruncido y palabras ampulosas, equilibradas unas con otras, filosofan sobre los escritos sagrados entre mujeres débiles. Otros — me avergüenza decirlo — aprenden de mujeres lo que han de enseñar a los hombres; y como si aun esto no fuera bastante, explican con audacia a otros lo que ellos mismos de ningún modo entienden. Nada digo de quienes, como yo, han estado familiarizados con la literatura profana antes de llegar al estudio de las Sagradas Escrituras. Tales hombres, cuando encantan el oído popular con el pulimento de su estilo, suponen que cada palabra que dicen es una ley de Dios. No se dignan advertir lo que los profetas y los apóstoles han querido decir, sino que adaptan pasajes en conflicto para acomodarlos a su propio sentido, como si fuese una gran manera de enseñar — y no más bien la más defectuosa de todas — tergiversar las opiniones de un autor y forzar a las Escrituras a hacer de mala gana su voluntad. Olvidan que hemos leído centones de Homero y Virgilio; pero jamás pensamos en llamar cristiano al pagano Marón por estos versos:—
    Ya vuelve la Virgen y el reino de Saturno,
    Ya del alto cielo desciende un Niño recién nacido.
    Otro verso podría ser dirigido por el Padre al Hijo:—
    Salve, Hijo único, mi Poder y Majestad.
    Y otro más podría seguir a las palabras del Salvador en la cruz:—
    Así habló, y quedó el pecho traspasado.
    Pero todo esto es pueril, y se asemeja a los juegos de manos de un charlatán. Es inútil intentar enseñar lo que no se sabe, y —si se me permite hablar con cierto calor— es peor aún ser ignorante de la propia ignorancia.

    Carta 53, § 8

    8. El Génesis, se nos dirá, no necesita explicación; sus temas son demasiado simples: el nacimiento del mundo, el origen del género humano, la división de la tierra, la confusión de las lenguas y la bajada de los hebreos a Egipto. El Éxodo, sin duda, es igualmente claro, pues contiene tan sólo el relato de las diez plagas, el decálogo y varios preceptos misteriosos y divinos. El significado del Levítico es, por supuesto, evidente por sí mismo, aunque cada sacrificio que describe —más aún, cada palabra que contiene—, la descripción de las vestiduras de Aarón y todas las normas relacionadas con los levitas son símbolos de realidades celestiales. El libro de los Números también —¿no son sus cifras, la profecía de Balaán y los cuarenta y dos lugares de campamento en el desierto otros tantos misterios?—. El Deuteronomio, es decir, la segunda ley o el preanuncio de la ley del evangelio, ¿no presenta, al exponer cosas ya conocidas, verdades antiguas bajo una luz nueva? Hasta aquí las 'cinco palabras' del Pentateuco, con las que el apóstol se gloría de querer hablar en la Iglesia. [] Luego, en cuanto a Job, ese modelo de paciencia, ¿qué misterios no se contienen en sus discursos? Comenzando en prosa, el libro pronto se desliza al verso y al final vuelve una vez más a la prosa. Por la manera en que establece proposiciones, asume postulados, aduce pruebas y saca conclusiones, ilustra todas las leyes de la lógica. Las palabras aisladas que aparecen en el libro están llenas de significado. Por no hablar de otros temas, profetiza la resurrección de los cuerpos humanos con más claridad y a la vez con más cautela de lo que nadie ha mostrado jamás. «Yo sé,» dice Job, «que mi redentor vive, y que en el último día resucitaré de la tierra; y seré revestido de nuevo con mi piel, y en mi carne veré a Dios. A quien yo mismo veré, y mis ojos lo contemplarán, y no otro. Esta esperanza mía está guardada en mi propio seno.» Paso a Jesús, hijo de Navé —tipo del Señor tanto en el nombre como en los hechos—, quien cruzó el Jordán, sometió reinos hostiles, repartió la tierra entre el pueblo conquistador y quien, en cada ciudad, aldea, montaña, río, torrente y linde que trató, delineó los reinos espirituales de la Jerusalén celestial, es decir, de la iglesia. [] En el libro de los Jueces, cada uno de los caudillos del pueblo es un tipo. Rut la moabita cumple la profecía de Isaías:— «Envía un cordero, oh Señor, como gobernante de la tierra, desde la roca del desierto hasta el monte de la hija de Sión.» Bajo las figuras de la muerte de Elí y de la matanza de Saúl, Samuel muestra la abolición de la ley antigua. De nuevo, en Sadoc y en David, da testimonio de los misterios del nuevo sacerdocio y de la nueva realeza. El tercer y cuarto libro de los Reyes, llamados en hebreo Malâchim dan la historia del reino de Judá desde Salomón hasta Jeconías, y del de Israel desde Jeroboán, hijo de Nabat, hasta Oseas, que fue llevado cautivo a Asiria. Si te limitas a la narración, las palabras son bastante sencillas; pero si miras bajo la superficie el significado oculto, encuentras una descripción del pequeño número de la iglesia y de las guerras que los herejes libran contra ella. Los doce profetas, cuyos escritos están comprimidos dentro de los estrechos límites de un solo volumen, tienen significados típicos muy distintos de los literales. Oseas habla muchas veces de Efraín, de Samaria, de José, de Jezrael, de una esposa de prostitución y de hijos de prostitución, [] de una adúltera encerrada en la cámara de su marido, sentada durante largo tiempo en la viudez y en el atavío del luto, aguardando el momento en que su marido volverá a ella. Joel, hijo de Petuel, describe la tierra de las doce tribus como saqueada y devastada por la oruga, el saltón, la langosta y el pulgón, [] y predice que, tras el derrocamiento del pueblo anterior, el Espíritu Santo será derramado sobre los siervos y siervas de Dios; [] el mismo espíritu, es decir, que había de derramarse en el aposento alto de Sión sobre los ciento veinte creyentes. Estos creyentes, elevándose por grados graduales y regulares de uno a quince, forman los escalones a los que hay una alusión mística en los «salmos de las subidas.» Amós, aunque no es más que «un pastor de ganado» del campo, «un recogedor de frutos de sicomoro,» [] no puede explicarse en pocas palabras. Pues ¿quién puede hablar adecuadamente de las tres transgresiones y las cuatro de Damasco, de Gaza, de Tiro, de Idumea, de Moab, de los hijos de Amón, y en séptimo y octavo lugar de Judá y de Israel? Él habla a las vacas gordas que están en el monte de Samaria, [] y da testimonio de que la casa grande y la casa pequeña caerán. [] Ve unas veces al hacedor del saltón, [] otras al Señor, de pie sobre un muro [] encalado o hecho de diamante, otras una cesta de manzanas [] que trae perdición a los transgresores, y otras un hambre sobre la tierra «no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír las palabras del Señor.» [] Abdías, cuyo nombre significa siervo de Dios, truena contra Edom enrojecido de sangre y contra la criatura nacida de la tierra. Lo hiere con la lanza del espíritu por su continua rivalidad con su hermano Jacob. Jonás, la más hermosa de las palomas, cuyo naufragio figura la pasión del Señor, llama al mundo a la penitencia y, mientras predica a Nínive, anuncia la salvación a todos los gentiles. Miqueas el morastita, coheredero con Cristo, anuncia el despojo de la hija del ladrón y pone asedio contra ella, porque ha herido la quijada del juez de Israel. Nahum, el consolador del mundo, reprende a «la ciudad sanguinaria» y cuando es derribada clama:— «He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas.» [] Habacuc, cual luchador fuerte e inflexible, se mantiene sobre su guarda y afirma el pie sobre la torre [] para contemplar a Cristo en la cruz y decir «Su gloria cubrió los cielos y la tierra se llenó de su alabanza. Y su resplandor era como la luz; cuernos salían de su mano: y allí estaba el ocultamiento de su poder.» [] Sofonías, es decir, el guardia de corps y conocedor de los secretos del Señor, oye «un clamor desde la puerta del pescado, y un aullido desde la segunda, y un gran estruendo desde las colinas.» [] Proclama «aullido a los habitantes del mortero; porque todo el pueblo de Canaán está deshecho; todos los que estaban cargados de plata son cortados.» Hageo, es decir, el que está alegre o gozoso, que sembró con lágrimas para cosechar con alegría, se ocupa de la reconstrucción del templo. Representa al Señor (es decir, al Padre) diciendo «Aún una vez, es un poco de tiempo, y haré temblar los cielos, y la tierra, y el mar, y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el deseado de todas las naciones.» [] Zacarías, el que se acuerda de su Señor, nos da muchas profecías. Ve a Jesús, «vestido con vestiduras sucias,» [] una piedra con siete ojos, [] un candelabro todo de oro con lámparas tantas como los ojos, y dos olivos a la derecha del cuenco [] y a la izquierda. Después de describir los caballos, rojos, negros, blancos y tordos, [] y el corte del carro de Efraín y del caballo de Jerusalén [] pasa a profetizar y predecir un rey que será un hombre pobre y que se sentará «sobre un pollino, hijo de asna.» [] Malaquías, el último de todos los profetas, habla abiertamente del rechazo de Israel y del llamamiento de las naciones. «No me complazco en vosotros, dice el Señor de los ejércitos, ni aceptaré ofrenda de vuestra mano. Porque desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, mi nombre es grande entre los gentiles: y en todo lugar se ofrece incienso a mi nombre, y una ofrenda pura.» En cuanto a Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, ¿quién puede entenderlos plenamente o explicarlos adecuadamente? El primero parece componer no una profecía sino un evangelio. El segundo habla de una vara de almendro [] y de una olla hirviente con su faz hacia el norte, [] y de un leopardo que ha cambiado sus manchas. [] También recorre cuatro veces el alfabeto en distintos metros. El principio y el fin de Ezequiel, el tercero de los cuatro, están envueltos en tan gran oscuridad que, como el comienzo del Génesis, no son estudiados por los hebreos hasta que cumplen treinta años. Daniel, el cuarto y último de los cuatro profetas, teniendo conocimiento de los tiempos e interesándose por el mundo entero, proclama en lenguaje claro la piedra cortada del monte sin manos que derriba todos los reinos. [] David, que es a la vez nuestro Simónides, Píndaro y Alceo, nuestro Horacio, nuestro Catulo y nuestro Sereno, canta a Cristo con su lira; y en un salterio de diez cuerdas lo llama desde el mundo inferior a resucitar. Salomón, amante de la paz y del Señor, corrige las costumbres, enseña la naturaleza, une a Cristo y a la iglesia, y canta un dulce canto nupcial para celebrar aquel santo desposorio. Ester, tipo de la iglesia, libera a su pueblo del peligro y, después de dar muerte a Amán, cuyo nombre significa iniquidad, transmite a la posteridad un día memorable y una gran fiesta. El libro de las cosas omitidas, o epítome de la antigua dispensación, es de tal importancia y valor que, sin él, cualquiera que pretendiera para sí un conocimiento de las Escrituras se haría un hazmerreír ante sus propios ojos. Cada nombre usado en él, más aún, incluso la unión de las palabras, sirve para arrojar luz sobre narraciones pasadas por alto en los libros de los Reyes y sobre cuestiones sugeridas por el evangelio. Esdras y Nehemías, es decir, el ayudador del Señor y su consolador, están unidos en un solo libro. Restauran el Templo y levantan los muros de la ciudad. En sus páginas vemos la multitud de los israelitas que regresan a su tierra natal, leemos de sacerdotes y levitas, del Israel propiamente dicho y de los prosélitos; y se nos dice incluso a qué familias se asignó la tarea de construir los muros y las torres. Estas referencias transmiten un significado en la superficie, pero otro debajo de ella.

    Carta 53, § 9

    9. [En Migne, 8.] Ya ves cómo, arrastrado por mi amor a las Escrituras, he excedido los límites de una carta y, sin embargo, no he cumplido plenamente mi propósito. Hemos oído solamente lo que debemos saber y desear, para que también nosotros podamos decir con el salmista:— «Mi alma desfallece por el ferventísimo deseo que siempre ha tenido hacia tus juicios.» Pero la sentencia de Sócrates sobre sí mismo— «esto solo sé, que nada sé» — se cumple también en nuestro caso. Del Nuevo Testamento trataré brevemente. Mateo, Marcos, Lucas y Juan son la cuadriga del Señor, los verdaderos querubines o depósito de conocimiento. Con ellos todo el cuerpo está lleno de ojos, brillan como chispas, [] corren y vuelven como relámpagos, [] sus pies son pies rectos, [] y levantados, sus espaldas también están aladas, prontos a volar en todas direcciones. Se mantienen unidos unos con otros y están entretejidos entre sí: [] como ruedas dentro de ruedas avanzan [] y van adonde el soplo del Espíritu Santo los lleva. [] El apóstol Pablo escribe a siete iglesias (pues la octava epístola —la dirigida a los Hebreos— no suele contarse entre las demás). Instruye a Timoteo y a Tito; intercede ante Filemón por su esclavo fugitivo. De él creo mejor no decir nada que escribir de modo inadecuado. Los Hechos de los Apóstoles parecen relatar una mera narración sencilla que describe la infancia de la iglesia recién nacida; pero una vez que comprendemos que su autor es Lucas el médico, cuya alabanza está en el evangelio, veremos que todas sus palabras son medicina para el alma enferma. Los apóstoles Santiago, Pedro, Juan y Judas han publicado siete epístolas a la vez espirituales y al grano, cortas y largas, cortas en palabras pero extensas en sustancia, de modo que son pocos ciertamente los que no se encuentran a oscuras al leerlas. El Apocalipsis de Juan tiene tantos misterios como palabras. Al decir esto he dicho menos de lo que el libro merece. Toda alabanza de él es inadecuada; múltiples significados yacen ocultos en cada una de sus palabras.

    Carta 53, § 10

    10. [En Migne, 9.] Te ruego, querido hermano mío, que vivas entre estos libros, que medites en ellos, que no conozcas nada más, que no busques nada más. ¿No te parece una vida así un anticipo del cielo aquí en la tierra? Que no te ofenda la sencillez de la Escritura ni la pobreza de su vocabulario; pues estas se deben o bien a las faltas de los traductores o bien a un propósito deliberado: porque de este modo está mejor adaptada para la instrucción de una congregación iletrada, ya que la persona culta puede tomar un significado y la inculta otro de una misma frase. No soy tan torpe ni tan presuntuoso como para profesar que yo mismo la conozco, o que puedo arrancar de la tierra el fruto que tiene su raíz en el cielo, pero confieso que me gustaría hacerlo. Me pongo por delante del hombre que permanece ocioso y, aunque no pretendo ser maestro, me ofrezco gustoso como condiscípulo. «Todo el que pide recibe; y el que busca encuentra; y al que llama se le abrirá.» [] Aprendamos en la tierra aquel conocimiento que continuará con nosotros en el cielo.

    Carta 53, § 11

    11. [En Migne, 10.] Te recibiré con las manos abiertas y —si me es lícito jactarme y hablar neciamente como Hermágoras— me esforzaré por aprender contigo todo lo que desees estudiar. Eusebio, que está aquí, te mira con el afecto de un hermano; ha hecho tu carta doblemente preciosa al hablarme de tu sinceridad de carácter, de tu desprecio del mundo, de tu constancia en la amistad y de tu amor a Cristo. La carta lleva en su faz (sin ayuda alguna de él) tu prudencia y el encanto de tu estilo. Date prisa, pues, te lo ruego, y corta, en vez de soltar, la amarra que impide que tu nave se mueva en el mar. El hombre que vende sus bienes porque los desprecia y se propone renunciar al mundo no puede tener deseo alguno de venderlos caros. Cuenta como dinero ganado la suma que debas gastar en tu equipo. Hay un viejo refrán que dice que al avaro le falta tanto lo que tiene como lo que no tiene. El creyente posee un mundo entero de riquezas; el incrédulo no tiene ni un solo céntimo. Vivamos siempre «como no teniendo nada y poseyéndolo todo.» [] Alimento y vestido, estas son las riquezas del cristiano. [] Si tu propiedad está en tu poder, [] véndela; si no, arrójala de ti. «Si alguno... quiere quitarte la túnica, dale también la capa.» [] Tú todo lo quieres demorar, deseas diferir la acción: a menos —así argumentas— a menos que venda mis bienes poco a poco y con cautela, Cristo no tendrá con qué alimentar a sus pobres. No; el que se ha ofrecido a Dios, le ha dado todo de una vez para siempre. Los apóstoles sólo abandonaron barcas y redes. [] La viuda echó sólo dos monedas de bronce en el tesoro [] y, sin embargo, será preferida a Creso con toda su riqueza. Desprecia con facilidad todas las cosas quien reflexiona siempre que ha de morir.

    Carta 125

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Cartas selectas · Carta 125, introducción
    A Rústico
    [Rústico, joven monje de Tolosa (a quien hay que distinguir cuidadosamente del destinatario de la Carta CXXII), es aconsejado por Jerónimo de no hacerse anacoreta, sino de permanecer en una comunidad. Se proponen reglas para la vida monástica y se traza un vivo cuadro de la diferencia entre el buen monje y el malo. De paso, Jerónimo desahoga su bilis contra su difunto adversario Rufino (§18). La fecha de la carta es el año 411 d.C.]

    Carta 125, § 1

    1. Ningún hombre es más feliz que el cristiano, pues a él le está prometido el reino de los cielos. Ningún hombre combate con más dureza que él, pues vive cada día en peligro de su vida. Ningún hombre es más fuerte, pues vence al Diablo. Ningún hombre es más débil, pues es vencido por la carne. Ambas parejas de afirmaciones pueden probarse con muchos ejemplos. Por ejemplo, el ladrón cree en la cruz e inmediatamente oye las palabras que le dan certeza: «en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso:» [] mientras que Judas cae desde la cúspide del apostolado al abismo de la perdición. Ni la intimidad del banquete ni el bocado mojado [] ni el beso de gracia del Señor [] pueden salvarlo de traicionar como hombre a Aquel a quien había conocido como Hijo de Dios. ¿Hubo alguien más vil que la mujer de Samaria? Sin embargo, no solo creyó ella misma y, después de sus seis maridos, halló a un solo Señor, no solo reconoció junto al pozo al Mesías a quien los judíos no reconocieron en el templo: trajo la salvación a muchos y, mientras los apóstoles estaban ausentes comprando alimento, sació el hambre del Salvador y alivió su cansancio. ¿Hubo jamás hombre más sabio que Salomón? Pues el amor por las mujeres lo volvió incluso necio. Buena es la sal, y toda ofrenda ha de ser rociada con ella. [] Por eso también el apóstol ha dado este mandamiento: «que vuestra palabra sea siempre con gracia, sazonada con sal.» [] Pero «si la sal pierde su sabor,» es arrojada fuera. [] Y de tal modo pierde todo su valor, que ni siquiera sirve para el muladar, [] de donde los creyentes sacan estiércol para enriquecer la tierra estéril de sus almas.
    Comienzo así, Rústico, hijo mío, para enseñarte la grandeza de tu empresa y la altura de tu ideal; y para mostrarte que solo pisoteando las pasiones de la juventud puedes esperar subir a las cumbres de la verdadera madurez. Porque el sendero por el que caminas es resbaladizo y la gloria del éxito es menor que la vergüenza del fracaso.

    Carta 125, § 2

    2. No necesito conducir ahora la corriente de mi discurso por las praderas de la virtud, ni esforzarme en mostrarte la belleza de cada una de sus flores. No necesito extenderme sobre la pureza del lirio, el pudoroso rubor de la rosa, la púrpura real de la violeta ni la promesa de joyas resplandecientes que sus diversos colores anuncian. Porque, por la misericordia de Dios, ya has puesto la mano en el arado; [] ya has subido a la azotea como el apóstol Pedro. [] Quien, cuando sintió hambre entre los judíos, vio saciada su hambre por la fe de Cornelio, y acalló el deseo causado por su incredulidad mediante la conversión del centurión y de otros gentiles. Por el lienzo bajado del cielo a la tierra, cuyas cuatro puntas figuraban los cuatro evangelios, se le enseñó que todos los hombres pueden salvarse. Una vez más, aquel lienzo blanco y limpio que en su visión fue recogido de nuevo era un símbolo de la Iglesia que lleva a los creyentes de la tierra al cielo, una prenda de que ha de cumplirse la promesa del Señor: «bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» []
    Todo esto significa que te tomo de la mano y me esfuerzo por grabar ciertas realidades en tu mente; que, como un marinero avezado que ha pasado por muchos naufragios, estoy ansioso por advertir a un pasajero inexperto de los riesgos que lo aguardan. Pues a un lado está la Caribdis de la avaricia, «raíz de todos los males;» [] y del otro acecha la Escila de la detracción, ceñida por los perros ladradores de los que dice el apóstol: «si os mordéis y os devoráis unos a otros, mirad que no lleguéis a consumiros los unos a los otros.» [] A veces, has de saberlo, los bajíos movedizos del vicio nos hunden mientras navegamos a placer por aguas tranquilas; y el desierto de este mundo no carece de reptiles venenosos.

    Carta 125, § 3

    3. Quienes navegan por el mar Rojo — donde hemos de orar para que el verdadero Faraón se ahogue con toda su hueste— tienen que afrontar muchas dificultades y peligros antes de llegar a la ciudad de Auxuma. Salvajes nómadas y bestias feroces merodean por las costas de uno y otro lado. Así, los viajeros han de ir siempre armados y alerta, y han de llevar consigo provisiones para un año entero. Es más, tan llenas están las aguas de arrecifes ocultos y de bajíos infranqueables, que constantemente ha de mantenerse un vigía en el palo mayor para indicar al timonel cómo ha de gobernar la nave. Pueden darse por dichosos si después de seis meses arriban al puerto de la ciudad antes mencionada. En este punto comienza el océano, y apenas basta un año entero para cruzarlo. Entonces se llega a la India y al río Ganges — llamado en las Sagradas Escrituras Pisón—, «que rodea toda la tierra de Havilá» [] y del que se dice que arrastra consigo — desde su fuente en el paraíso— diversos tintes y pigmentos. Aquí se encuentran rubíes y esmeraldas, perlas resplandecientes y gemas de las más puras aguas, tales como las que las damas de alto linaje desean con pasión. Hay también montañas de oro a las que, sin embargo, los hombres no pueden acercarse por los grifos, dragones y enormes monstruos que las pueblan; pues tales son los guardianes que la avaricia necesita para sus tesoros.

    Carta 125, § 4

    4. ¿Preguntas cuál es el sentido de todo esto? Sin duda es bastante claro. Porque si los mercaderes del mundo soportan tales penalidades para ganar una ganancia dudosa y pasajera, y si después de buscarla entre tantos peligros solo la retienen con riesgo de sus vidas, ¿qué debe hacer el mercader de Cristo, que «vende todo lo que tiene» para adquirir «la única perla de gran precio;» que con toda su hacienda compra un campo para hallar en él un tesoro que ni el ladrón puede desenterrar ni el salteador llevarse?

    Carta 125, § 5

    5. Sé que he de ofender a muchísimos, que se enfadarán con mis críticas considerándolas dirigidas contra sus propias carencias. Pero tal enfado no hace sino mostrar una conciencia intranquila, y dictarán contra sí mismos una sentencia mucho más severa que contra mí. Pues no mencionaré nombres; ni imitaré la licencia de la comedia antigua, que censuraba a individuos concretos. Los hombres y las mujeres sabios procurarán ocultar, o más bien corregir, cuanto adviertan de reprensible en ellos; se enfadarán más consigo mismos que conmigo, y no se inclinarán a amontonar maldiciones sobre la cabeza de quien los amonesta. Pues este, aunque está expuesto a las mismas culpas, es ciertamente superior en esto: en que está descontento de sus propias faltas.

    Carta 125, § 6

    6. Me dicen que tu madre es una mujer religiosa, viuda desde hace muchos años, y que, cuando eras niño, ella misma te crió y te enseñó. Después, cuando habías pasado algún tiempo en las florecientes escuelas de la Galia, te envió a Roma, sin reparar en gastos y consolándose de tu ausencia con el pensamiento del porvenir que se abría ante ti. Esperaba ver la exuberancia y el brillo de tu elocuencia gálica atemperados por la sobriedad romana, pues veía que necesitabas más la rienda que la espuela. Así se nos dice de los más grandes oradores de Grecia que sazonaban la hinchazón de Asia con la sal de Atenas y podaban sus vides cuando crecían con demasiada rapidez. Pues querían llenar el lagar de la elocuencia no con los pámpanos de meras palabras, sino con el rico mosto del buen sentido. Tu madre ha hecho lo mismo por ti; debes, por tanto, mirarla como a una madre, amarla como a una nodriza tierna y venerarla como a una santa. No debes imitar a quienes abandonan a sus propios parientes y cortejan a mujeres extrañas. Su infamia es manifiesta a todos, pues lo que buscan bajo el pretexto de un afecto puro es simplemente un comercio ilícito. Conozco a algunas mujeres de edad madura, es más, a no pocas, que, complaciéndose en sus jóvenes libertos, los convierten en sus hijos espirituales y así, fingiendo ser madres suyas, van venciendo poco a poco su propio pudor y se permiten el desenfreno del matrimonio. Otras mujeres abandonan a sus hermanas doncellas y se unen a viudas extrañas. Hay algunas que odian a sus padres y no sienten afecto por sus parientes. Su estado de ánimo se delata por una inquietud que desprecia toda excusa; rasgan el velo de la castidad y lo apartan como si fuera una telaraña. Tales son los caminos de las mujeres; no, por cierto, que los hombres sean mejores. Pues se ven personas que, con todo y llevar ceñidos los lomos, vestiduras sombrías y barbas largas, son inseparables de las mujeres: viven bajo el mismo techo que ellas, comen en su compañía, se hacen servir por muchachas jóvenes y, salvo por no reclamar el nombre de maridos, son tanto como casados. Con todo, no es culpa del cristianismo que un hipócrita caiga en pecado; más bien, es confusión de los gentiles que las iglesias condenen lo que todos los hombres buenos condenan.

    Carta 125, § 7

    7. Pero si por tu parte deseas ser monje y no solo parecerlo, cuida más de tu alma que de tu hacienda; pues al abrazar la profesión religiosa has renunciado a esta de una vez para siempre. Que tus ropas sean sórdidas para mostrar que tu mente es blanca; y tu túnica basta para probar que desprecias el mundo. Pero no des lugar a la soberbia, no sea que tu vestido y tu lenguaje estén en discordia. Los baños estimulan los sentidos y deben evitarse, pues el fin de los ayunos que enfrían el cuerpo es apagar el ardor natural. Pero incluso estos han de ser moderados, pues, si se llevan al exceso, debilitan el estómago y, al hacerle necesario más alimento, favorecen la indigestión, madre fecunda de deseos impuros. Una dieta frugal y sobria es buena para el cuerpo y para el alma.
    Visita a tu madre cuantas veces quieras, pero no en compañía de otras mujeres; porque sus rostros pueden morar en tus pensamientos y así
    Una herida secreta puede enconarse en tu pecho.
    A las criadas que la atienden considéralas otras tantas redes tendidas para atraparte; pues cuanto más baja es su condición, más fácil te resulta arruinarlas. Juan el Bautista tuvo una madre religiosa y su padre era sacerdote. Sin embargo, ni el afecto de su madre ni la riqueza de su padre pudieron inducirlo a vivir en casa de sus padres con riesgo de su castidad. Vivió en el desierto y, buscando a Cristo con los ojos, rehusó mirar cualquier otra cosa. Su áspero vestido, su cinturón de pieles, su alimento de langostas y miel silvestre [] estaban todos igualmente dispuestos para fomentar la virtud y la continencia. Los hijos de los profetas, que fueron los monjes del Antiguo Testamento, se construyeron cabañas junto a las aguas del Jordán y, abandonando las ciudades populosas, vivían en ellas de potaje y de hierbas silvestres. Mientras estés en casa, haz de tu celda un paraíso; recoge allí los variados frutos de la Escritura, que ella sea tu compañera predilecta y guarda sus preceptos en tu corazón. Si tu ojo te escandaliza, o tu pie o tu mano, arráncatelos de ti. [] Para salvar tu alma, no perdones nada más. Dice el Señor: «todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha adulterado con ella en su corazón.» [] «¿Quién puede decir,» escribe el sabio, «yo he limpiado mi corazón?» [] Las estrellas no son puras a los ojos del Señor; cuánto menos los hombres, cuya vida entera es una larga tentación. [] ¡Ay de nosotros, que cometemos fornicación cada vez que acariciamos la lujuria! «Mi espada,» dice Dios, «se ha embriagado en el cielo;» cuánto más, pues, sobre la tierra con su cosecha de espinas y cardos. [] El vaso escogido, [] que tenía el nombre de Cristo siempre en los labios, sujetaba su cuerpo y lo reducía a servidumbre. [] Pues aun él era estorbado por el deseo carnal y tenía que hacer lo que no quería. Como quien sufre violencia clama: «¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» [] ¿Es probable, pues, que tú puedas pasar sin caída ni herida, a menos que guardes tu corazón con toda diligencia [] y digas con el Salvador: «mi madre y mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la ponen por obra.» [] Esto puede parecer crueldad, pero es en realidad afecto. ¿Qué prueba mayor, en efecto, puede haber de afecto que guardar para una santa madre un hijo santo? Ella también deseaba tu bien eterno y se contenta con privarse de verte por un tiempo para verte para siempre con Cristo. Es como Ana, que dio a luz a Samuel no para su propio consuelo, sino para el servicio del tabernáculo.
    Los hijos de Jonadab, se nos dice, no bebían vino ni licor fuerte y habitaban en tiendas plantadas allí donde los sorprendía la noche. [] Según el salterio, fueron los primeros en sufrir el cautiverio; pues, cuando los caldeos comenzaron a devastar Judá, se vieron obligados a refugiarse en las ciudades.

    Carta 125, § 8

    8. Otros pueden pensar lo que quieran y seguir cada uno su inclinación. Pero para mí la ciudad es una prisión y la soledad un paraíso. ¿Por qué anhelamos el bullicio de las ciudades, nosotros, cuyo mismo nombre habla de soledad? Para prepararlo para el caudillaje del pueblo judío, Moisés fue adiestrado durante cuarenta años en el desierto; [] y solo después de estos, el pastor de ovejas se convirtió en pastor de hombres. Los apóstoles fueron pescadores en el lago de Genesaret antes de convertirse en «pescadores de hombres.» [] Pero a la llamada del Señor abandonaron todo lo que tenían, padre, red y barca, y cargaron con su cruz cada día sin siquiera un bastón en las manos.
    Digo estas cosas para que, en caso de que desees entrar en las filas del clero, aprendas lo que después habrás de enseñar, para que ofrezcas un sacrificio razonable [] a Cristo, para que no te consideres un soldado acabado siendo todavía un recluta, ni te supongas maestro cuando aún eres tan solo un discípulo. No corresponde a mi humilde capacidad juzgar al clero ni hablar en descrédito de quienes son ministros en las iglesias. Ellos tienen su propio rango y dignidad, y han de guardarlos. Si algún día llegas a ser uno de ellos, mi carta publicada a Nepociano te enseñará el modo de vida adecuado para ti en esa vocación. Por ahora me ocupo de la formación y el adiestramiento de un monje; de uno, además, que ha echado sobre su cuello el yugo de Cristo después de recibir una educación liberal en su juventud.

    Carta 125, § 9

    9. El primer punto que hay que considerar es si conviene que vivas solo o en un monasterio, con otros. Por mi parte, querría que tuvieras la compañía de varones santos, de modo que no quedes librado por completo a tus propias fuerzas. Porque si emprendes un camino nuevo para ti sin guía, es seguro que te apartarás inmediatamente o a la derecha o a la izquierda, que te expondrás a las embestidas del error, que irás demasiado lejos o no lo bastante, que te fatigarás por correr con demasiada prisa o que te demorarás en el camino y te quedarás dormido. En la soledad, la soberbia se insinúa rápidamente en el hombre: si ha ayunado durante un tiempo y no ha visto a nadie, se figura que es una persona de cierta nota; olvidando quién es, de dónde viene y adónde va, deja que sus pensamientos se desmanden por dentro y por fuera se suelta a hablar sin freno. Contrariando el deseo del apóstol, juzga a los criados ajenos, [] tiende la mano para apresar cuanto su apetito le pide, duerme cuanto se le antoja, no teme a nadie, hace lo que le viene en gana, imagina a todos inferiores a él, pasa más tiempo en las ciudades que en su celda y, mientras entre los hermanos afecta recogimiento, en las calles se codea con la multitud. ¿Entonces, dirás? ¿Condeno la vida solitaria? De ninguna manera: de hecho, la he elogiado a menudo. Pero quiero ver que las escuelas monásticas forman soldados que no teman la ruda disciplina del desierto, que hayan ofrecido el espectáculo de una vida santa durante bastante tiempo, que se hayan hecho los últimos para poder ser los primeros, que no se hayan dejado vencer por el hambre ni por la saciedad, cuyo gozo esté en la pobreza, que enseñen la virtud con su porte y su continente, y que sean demasiado escrupulosos para inventar — como hacen algunos hombres necios— historias monstruosas de luchas con los demonios, ideadas para engrandecer a sus héroes a los ojos de la multitud y, sobre todo, para sacarle dinero.

    Carta 125, § 10

    10. Hace muy poco hemos visto con dolor salir a la luz, a la muerte de un monje, una fortuna digna de Creso, y las limosnas de una ciudad, recogidas para los pobres, dejadas por testamento a sus hijos y sucesores. Después de hundirse hasta el fondo, el hierro ha vuelto a flotar sobre la superficie, [] y los hombres han visto de nuevo entre las palmeras las aguas amargas de Mará. En esto, sin embargo, no hay nada extraño, pues el hombre tenía por compañero y maestro a uno que convirtió el hambre de los necesitados en fuente de riqueza para sí mismo y retuvo sumas dejadas a los miserables para su propia miseria posterior. No obstante, su clamor subió al cielo y, entrando en los oídos de Dios, venció su paciencia. Por lo cual envió un ángel de aflicción a decir a este nuevo carmelita, este segundo Nabal, [] «Necio, esta noche se te pedirá tu alma; entonces, ¿de quién será lo que has acumulado?» []

    Carta 125, § 11

    11. Si deseo, pues, que no vivas con tu madre, es por las razones arriba expuestas y, sobre todo, por las dos siguientes. Si ella te ofrece manjares para comer, la afligirás al rechazarlos; y si los tomas, añadirás leña al fuego que ya arde dentro de ti. Además, en una casa donde hay tantas muchachas, verás de día lo que te tentará de noche. No apartes jamás la mano ni los ojos de tu libro; aprende los salmos palabra por palabra, ora sin cesar, [] mantente siempre alerta y no dejes que pensamientos vanos se apoderen de ti. Dirige el cuerpo y la mente al Señor, vence la ira con la paciencia, ama el conocimiento de la Escritura y ya no amarás los pecados de la carne. No dejes que tu mente sea presa de la agitación, pues si esta logra aposentarse en tu pecho, tendrá dominio sobre ti y te llevará a la gran transgresión. Ten siempre algún trabajo entre manos, para que el diablo te halle ocupado. Si los apóstoles, que tenían derecho a vivir del Evangelio [], trabajaron con sus propias manos para no ser gravosos a nadie, y socorrieron a otros cuyas cosas carnales tenían derecho a cosechar por haber sembrado en ellos cosas espirituales; [] ¿por qué no te procuras tú lo necesario para atender a tus necesidades? Haz canastillos de juncos o teje cestas de mimbres flexibles. Escarda tu terreno; divide tu huerto en cuadros iguales; y cuando hayas sembrado tus coles o plantado tus plantas, llévales el agua por canales; para que veas con tus propios ojos la hermosa visión del poeta:
    El arte saca agua fresca de la cima cercana
    Hasta que el arroyo, cayendo entre las rocas,
    Enfría los prados abrasados y calma su sed.
    Injerta en los árboles infructuosos yemas y vástagos para que pronto seas recompensado por tu trabajo recogiendo de ellos dulces manzanas. Construye también colmenas para las abejas, pues a ellas te envían los proverbios de Salomón, y de estos diminutos seres podrás aprender a ordenar un monasterio y a gobernar un reino. Tuerce también sedales para pescar y copia libros; para que tu mano gane tu alimento y tu mente se sacie con la lectura. Porque «todo ocioso es presa de vanos deseos.» En Egipto, los monasterios tienen por regla no recibir a nadie que no esté dispuesto a trabajar; pues consideran el trabajo necesario no sólo para el sustento del cuerpo, sino también para la salvación del alma. No dejes que tu mente divague en pensamientos dañinos, ni, como Jerusalén en sus fornicaciones, abras sus pies a cualquier transeúnte. []

    Carta 125, § 12

    12. En mi juventud, cuando el desierto me cercaba con su soledad, aún era incapaz de soportar las incitaciones al pecado y el calor natural de mi sangre; y, aunque intenté con frecuentes ayunos quebrar la fuerza de ambos, mi mente bullía aún con pensamientos [malos]. Para domeñar su turbulencia, acudí a un hermano que antes de su conversión había sido judío y le pedí que me enseñara hebreo. Así, después de haberme familiarizado con la agudeza de Quintiliano, la fluidez de Cicerón, la seriedad de Frontón y la suavidad de Plinio, comencé a aprender de nuevo las letras y a estudiar la pronunciación de palabras ásperas y guturales. Cuánto trabajo empleé en esta tarea, cuántas dificultades atravesé, cuántas veces desesperé, cuántas veces lo abandoné y luego, en mi afán por aprender, volví a empezar, pueden atestiguarlo tanto yo, sujeto de esta miseria, como los que entonces vivían conmigo. Pero doy gracias al Señor de que de esta semilla de aprendizaje sembrada en amargura cosecho ahora frutos dulces.

    Carta 125, § 13

    13. Contaré también otra cosa que vi en Egipto. Había en una comunidad un joven griego cuya llama del deseo ni el ayuno continuo ni los más duros trabajos podían apagar. Estaba en gran peligro de caer, cuando el padre del monasterio lo salvó con el siguiente artificio. Ordenó a uno de los hermanos mayores que lo persiguiera con injurias y reproches, y luego, tras haberlo agraviado así, que se le adelantara presentando una queja contra él. Cuando se llamaba a los testigos, estos hablaban siempre a favor del agresor. Al oír tales falsedades, el joven solía llorar porque nadie daba crédito a la verdad; sólo el padre, con habilidad, ponía una palabra a su favor para que no fuera «tragado por demasiada tristeza.» [] Para abreviar la historia, pasó un año así y, al cabo de él, se preguntó al joven acerca de sus antiguos malos pensamientos y si aún lo turbaban. «¡Por Dios!,» respondió, «¿cómo puedo hallar placer en la fornicación cuando no se me permite ni siquiera vivir?» Si hubiera sido un ermitaño solitario, ¿con la ayuda de quién habría podido vencer las tentaciones que lo asaltaban?

    Carta 125, § 14

    14. Los filósofos del mundo expulsan una pasión antigua infundiendo una nueva; sacan un clavo clavando otro. Fue según este principio como los siete príncipes de Persia procedieron con el rey Asuero, pues aplacaron su pesar por la reina Vasti induciéndolo a amar a otras doncellas. [] Pero mientras ellos curaban una falta con otra falta y un pecado con otro pecado, nosotros debemos vencer nuestras faltas aprendiendo a amar las virtudes opuestas. «Apártate del mal,» dice el salmista, «y haz el bien; busca la paz y síguela.» Pues si no odiamos el mal no podemos amar el bien. Más aún, debemos hacer el bien si queremos apartarnos del mal. Debemos buscar la paz si queremos evitar la guerra. Y no basta simplemente con buscarla; cuando la hayamos encontrado y cuando huya ante nosotros, debemos perseguirla con todas nuestras energías. Porque «sobrepasa todo entendimiento;» [] es la morada de Dios. Como dice el salmista, «en paz está también su morada.» La persecución de la paz es una bella metáfora y puede compararse con las palabras del apóstol: «practicando la hospitalidad.» No basta, quiere decir, con invitar a los huéspedes con los labios; debemos estar tan ansiosos por retenerlos como si fueran ladrones que se llevan nuestros ahorros.

    Carta 125, § 15

    15. Ningún arte se aprende jamás sin un maestro. Aun los animales mudos y los rebaños salvajes siguen a jefes propios. Las abejas tienen príncipes, y las grullas vuelan detrás de una de ellas en forma de Y. No hay más que un emperador y cada provincia no tiene más que un juez. Roma fue fundada por dos hermanos, pero, como no podía tener dos reyes a la vez, fue inaugurada con un acto de fratricidio. Así también Esaú y Jacob lucharon en el vientre de Rebeca. [] Cada iglesia tiene un solo obispo, un solo arcipreste, un solo arcediano; y todo orden eclesiástico está sometido a sus propios gobernantes. Una nave no tiene más que un piloto, una casa no tiene más que un señor, y el ejército más grande se mueve al mandato de un solo hombre. Para no cansarte amontonando ejemplos, mi intención es simplemente esta: no confíes en tu propio criterio, sino vive en un monasterio. Pues allí, mientras estarás bajo el control de un padre, tendrás muchos compañeros; y estos te enseñarán, uno la humildad, otro la paciencia, un tercero el silencio y un cuarto la mansedumbre. Harás lo que otros quieran; comerás lo que se te diga; vestirás la ropa que se te dé; realizarás la tarea que se te asigne; obedecerás a uno que no te agrada, llegarás a la cama agotado; te dormirás de pie y te verás obligado a levantarte antes de haber descansado lo suficiente. Cuando te llegue el turno, recitarás los salmos, tarea que no requiere una voz bien modulada sino una emoción genuina. Dice el apóstol: «Oraré con el espíritu y oraré también con el entendimiento,» [] y a los efesios: «cantad y alabad al Señor en vuestros corazones.» [] Pues había leído el precepto del salmista: «Cantad alabanzas con entendimiento.» Servirás a los hermanos, lavarás los pies de los huéspedes; si sufres una injusticia, la soportarás en silencio; al superior de la comunidad lo temerás como a un señor y lo amarás como a un padre. Todo lo que te ordene hacer lo creerás saludable para ti. No juzgarás a los que están puestos sobre ti, pues tu deber será obedecerlos y hacer lo que se te diga, según las palabras de Moisés: «guarda silencio y escucha, oh Israel.» Tendrás tantas tareas que ocuparte que no tendrás tiempo para pensamientos [malos]; y mientras pasas de una cosa a otra y un trabajo nuevo sigue al trabajo hecho, sólo podrás pensar en lo que tienes encargado hacer en ese momento.

    Carta 125, § 16

    16. Pero yo mismo he visto monjes de un cuño muy distinto de éste, hombres cuya renuncia al mundo ha consistido en un cambio de ropas y una profesión verbal, mientras que su vida real y sus costumbres anteriores han permanecido inalteradas. Sus bienes han aumentado más bien que disminuido. Siguen teniendo los mismos criados y la misma mesa. De copas baratas y vasijas comunes tragan oro. Con criados a su alrededor en enjambres, reclaman para sí el nombre de ermitaños. Otros, que aunque pobres se creen perspicaces, caminan tan solemnemente como procesiones por las calles y no hacen sino gruñir a todo el que encuentran. Otros se encogen de hombros y croan lo que mejor saben para sí mismos. Mientras mantienen los ojos fijos en la tierra, balancean palabras altisonantes en sus lenguas. Sólo falta un pregonero para persuadirte de que es su excelencia el prefecto quien viene llegando. Hay también algunos que, por la humedad de sus celdas y la severidad de sus ayunos, por el cansancio de la soledad y el estudio excesivo, tienen un zumbido en los oídos día y noche y enloquecen de melancolía hasta necesitar los emplastos de Hipócrates más que mis exhortaciones. Gran número de ellos son incapaces de librarse de los oficios y comercios que antes practicaron. Ya no se llaman comerciantes, pero ejercen el mismo tráfico que antes; buscando para sí no «alimento y vestido» [] como ordena el apóstol, sino ganancias de dinero, y estas mayores que las que buscan los hombres del mundo. En otro tiempo, la codicia de los vendedores era mantenida dentro de límites por la actuación de los ediles o, como los llaman los griegos, inspectores de mercado, y los hombres no podían entonces engañar impunemente. Pero ahora, personas que profesan religión no se avergüenzan de buscar ganancias injustas, y el buen nombre del cristianismo es más a menudo un manto para el fraude que una víctima de él. Me avergüenza decirlo, pero hay que decirlo— al menos estamos obligados a ruborizarnos por nuestra infamia— mientras en público extendemos las manos para pedir limosna, ocultamos oro bajo nuestros harapos; y ante el asombro de todos, después de vivir como pobres, morimos ricos y con las bolsas bien llenas.
    Pero tú, como no estarás solo sino que serás uno de una comunidad, no tendrás tentación de obrar así. Las cosas que al principio son obligatorias se volverán habituales. Te pondrás a trabajar sin que te lo manden y hallarás placer en tu trabajo. Olvidarás lo que queda atrás y te extenderás hacia lo que está delante. [] Pensarás menos en el mal que otros hacen que en el bien que debes hacer tú.

    Carta 125, § 17

    17. No te dejes llevar por la multitud de los que pecan, ni dejes que la muchedumbre de los que perecen te tiente a decir en secreto: «¿Qué? ¿Han de perderse todos los que viven en las ciudades? Mira, siguen disfrutando de sus bienes, sirven a las iglesias, frecuentan los baños, no desdeñan los cosméticos, y sin embargo todos hablan bien de ellos.» A esta clase de observación ya he respondido antes y ahora respondo de nuevo brevemente que el objeto de esta pequeña obra no es discutir al clero, sino dar reglas a un monje. El clero son hombres santos y sus vidas son siempre dignas de alabanza. Despierta, pues, y vive de tal manera en tu monasterio que merezcas ser clérigo, que preserves tu juventud de la impureza, que vayas al altar de Cristo como una virgen salida de su cámara. Procura que se hable bien de ti en el exterior y que las mujeres conozcan tu reputación, pero no tu apariencia. Cuando llegues a la edad madura, si es que vives tanto, y cuando hayas sido elegido para las filas del clero ya sea por el pueblo de la ciudad o por su obispo, obra de manera que convenga a un clérigo y elige como modelos a los mejores de tus hermanos. Pues en toda condición y estado de vida, los malos están mezclados con los buenos.

    Carta 125, § 18

    18. No te dejes llevar por algún capricho loco y te lances a la autoría. Aprende larga y cuidadosamente lo que te propones enseñar. No des crédito a todo lo que te digan los aduladores o, mejor dicho, no prestes demasiado fácil oído a quienes pretenden burlarse de ti. Te adularán con elogios empalagosos y harán todo lo posible por cegar tu juicio; sin embargo, si de pronto miras detrás de ti, descubrirás que están haciendo gestos de burla con las manos, ya sea el cuello de una cigüeña, las orejas batientes de un asno o la lengua protuberante de un perro sediento.
    Nunca hables mal de nadie ni supongas que te haces mejor atacando la reputación de los demás. Las acusaciones que lanzamos contra ellos a menudo recaen sobre nosotros mismos; arremetemos contra faltas que son tanto nuestras como suyas; y así nuestra elocuencia termina volviéndose contra nosotros. Es como si personas mudas criticaran a los oradores. Cuando el gruñidor quería hablar, solía avanzar a paso de caracol y pronunciar una palabra de vez en cuando con pausas tan largas entre ellas que parecía menos estar pronunciando un discurso que jadeando por falta de aliento. Luego, cuando había colocado su mesa y dispuesto sobre ella su pila de libros, solía fruncir el ceño, contraer las fosas nasales, arrugar la frente y chasquear los dedos, señales destinadas a atraer la atención de sus discípulos. Entonces derramaba un torrente de disparates y declamaba tan vehementemente contra todos que lo tomarías por un crítico como Longino o creerías que es un segundo Catón el Censor juzgando la elocuencia romana y excluyendo a quien le placiera del senado de los eruditos. Como tenía mucho dinero, se hacía aún más popular ofreciendo entretenimientos. Numerosas personas compartían su hospitalidad; y así no era sorprendente que cuando salía estuviera siempre rodeado de una multitud zumbante. En casa era un monstruo como Nerón, fuera un dechado como Catón. Compuesto de naturalezas distintas y opuestas, en conjunto desafiaba toda descripción. Dirías que estaba formado de elementos discordantes como aquel monstruo antinatural e inaudito del que el poeta nos dice que era 'delante un león, detrás un dragón, en medio la cabra cuyo nombre lleva.'
    Comentario editorial · El «gruñidor»: ¿a quién se refiere?
    Jerónimo no da nombre al orador que describe con tanta saña. La introducción del NPNF dice que en este párrafo «desahoga su bilis» contra su difunto adversario Rufino, y una nota explica el apodo: procede de una parodia popular en las escuelas, el Testamento del cerdito, cuyo protagonista se llamaba Marco Grunio Corócota («Marcos Gruñón Cerdo»). Según la misma nota, Jerónimo menciona esa parodia en su comentario a Isaías. Según Wikipedia, Rufino (344/345–411) fue amigo de Jerónimo y rompió con él en la disputa sobre Orígenes, que dio lugar a las obras Contra Jerónimo y Contra Rufino; esta última se lee en Contra Rufino. La identificación es del editor, no del texto.

    Carta 125, § 19

    19. A hombres tales jamás los mires ni te asocies con ellos. Ni apartes tu corazón a palabras de maldad, no sea que el salmista te diga: «Tú te sientas y hablas contra tu hermano; difamas al hijo de tu propia madre,» y no sea que vengas a ser como «los hijos de los hombres cuyos dientes son lanzas y flechas,» y como aquel hombre cuyas «palabras fueron más blandas que el aceite, pero eran espadas desenvainadas.» El Predicador lo expresa aún más claramente cuando dice: «Ciertamente la serpiente morderá donde no hay encantamiento, y el detractor no es mejor.» Pero dirás: 'No soy dado a la detracción, pero ¿cómo puedo frenar a otros que lo son?' Si alegamos tal excusa, sólo puede ser para «practicar obras impías con los que obran iniquidad.» Pero Cristo no se deja engañar por este artificio. No soy yo, sino un apóstol, quien dice: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado.» [] «El hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón.» [] Y en los Proverbios, Salomón nos dice que así como «el viento del norte ahuyenta la lluvia, así el rostro airado ahuyenta la lengua detractora.» [] Sucede a veces que una flecha, cuando se apunta contra un objeto duro, rebota contra el arquero, hiriendo al que pretendía herir, y así se cumplen las palabras: «fueron desviados como arco engañoso,» y en otro pasaje: «quien arroja una piedra hacia lo alto, la arroja sobre su propia cabeza.» [] Así, cuando un detractor ve ira en el rostro de su oyente, que no quiere oírlo y se tapa los oídos para no oír de sangre, [] al instante enmudece, su rostro palidece, sus labios se pegan, su boca se reseca. Por lo cual el mismo sabio dice: «no te mezcles con los dados a la detracción: porque su calamidad vendrá de repente; ¿y quién conoce la ruina de ambos?» es decir, del que habla y del que oye. La verdad no ama los rincones ni busca a los murmuradores. A Timoteo se le dice: «Contra un presbítero no recibas acusación a la ligera; pero al que peca, repréndelo delante de todos, para que los demás también teman.» Cuando un hombre es de edad avanzada, no debes creer con demasiada prontitud el mal acerca de él; su vida pasada es en sí una defensa, y también lo es su rango de presbítero. Sin embargo, puesto que no somos más que humanos y a veces, a pesar de la madurez de nuestros años, caemos en los pecados de la juventud, si yo hago mal y tú quieres corregirme, acúsame abiertamente de mi falta: no me difames en secreto. «Que el justo me hiera, será una bondad, y que me reprenda; pero que el aceite del pecador no unja mi cabeza.» Pues ¿qué dice el apóstol? «Al que el Señor ama, lo castiga, y azota a todo hijo que recibe.» [] Por boca de Isaías habla así el Señor: «Oh pueblo mío, los que te llaman dichoso te hacen errar y destruyen el camino de tus sendas.» ¿En qué me ayudas contando a otros mis malas acciones? Puedes, sin que yo lo sepa, herir a otro con la narración de mis pecados, o más bien de los que calumniosamente me atribuyes; y mientras estás ansioso por difundir la noticia por todas partes, puedes fingir que confías en cada individuo como si no hubieras hablado con nadie más. Tal proceder no tiene por objeto mi corrección, sino complacer tu propia falta. El Señor manda que quienes pecan contra nosotros sean acusados en privado o en presencia de un testigo, y que si se niegan a escuchar la razón, el asunto sea presentado ante la iglesia, y que quienes persisten en su maldad sean tenidos por paganos y publicanos. []

    Carta 125, § 20

    20. Insisto mucho en estos puntos para librar a un joven que me es querido de la comezón tanto de la lengua como de los oídos: para que, puesto que ha nacido de nuevo en Cristo, pueda presentarlo sin mancha ni arruga [] como una virgen casta, [] casta de mente y de cuerpo; para que la virginidad de la que se precia sea más que nominal y no sea excluido por el Esposo porque, desprovisto del aceite de las buenas obras, su lámpara se ha apagado. [] En Próculo tienes un prelado reverendo y doctísimo, capaz con el sonido de su voz de hacer por ti más de lo que yo con mis hojas escritas, y seguro de dirigirte en tu camino con homilías diarias. No permitirá que te desvíes a la derecha ni a la izquierda ni que abandones el camino real; pues a esto se obliga Israel en su paso apresurado hacia la tierra de la promesa. [] Que Dios oiga la voz de la súplica de la iglesia. «Señor, ordena la paz para nosotros, porque también has obrado todas nuestras obras en nosotros.» ¡Que nuestra renuncia al mundo se haga libremente y no por compulsión! ¡Que busquemos con gusto la pobreza para ganar su gloria y no suframos angustia porque otros nos la impongan! Por lo demás, en medio de nuestras miserias presentes, con la espada haciendo estragos a nuestro alrededor, bastante rico es quien tiene pan suficiente para su necesidad, y bastante poderoso quien no se ve reducido a ser esclavo. Exuperio, el reverendo obispo de Tolosa, imitando a la viuda de Sarepta, [] alimenta a otros aunque él mismo tiene hambre. Su rostro está pálido por el ayuno, pero son las necesidades de los demás las que más lo atormentan. De hecho, ha entregado toda su hacienda para atender las necesidades de los pobres de Cristo. Sin embargo, nadie es más rico que él, pues su cesta de mimbre contiene el cuerpo del Señor, y su sencilla copa de vidrio la preciosa sangre. Como su Maestro, ha desterrado la codicia del templo; y sin azote de cuerdas ni palabras de reprensión ha derribado las sillas de los que venden palomas, es decir, los dones del Espíritu Santo. Ha volcado las mesas de Mamón y ha esparcido el dinero de los cambistas; celoso de que la casa de Dios sea llamada casa de oración y no cueva de ladrones. Sigue de cerca sus pasos y los de otros semejantes a él en virtud, a quienes el sacerdocio hace pobres y más humildes que nunca. O si quieres ser perfecto, sal con Abraham de tu tierra y de tu parentela, y ve adonde no sabes. Si tienes bienes, véndelos y dalos a los pobres. Si no tienes nada, entonces estás libre de una gran carga. Desposeído tú mismo, sigue a un Cristo desposeído. La tarea es dura, grande y difícil; pero también es grande la recompensa.

    Carta 130

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Cartas selectas · Carta 130, introducción
    A Demetrias
    [Jerónimo escribe a Demetrias, dama de alta alcurnia de Roma que recientemente había abrazado la vocación de virgen. Después de narrar la historia de su vida, primero en Roma y luego en África, procede a establecer reglas y principios para guiarla en su nueva vida. Éstos, que cubren todo el campo de la práctica ascética e incluyen los deberes del estudio, de la oración, del ayuno, de la obediencia, de renunciar al dinero por Cristo y de la industria constante, son en sustancia similares a los que treinta años antes Jerónimo había sugerido a Eustoquia (Carta XXII). El tono de la carta, sin embargo, es más suave y menos fanático; el ascetismo recomendado no es tan severo; hay menos rapsodia y más sentido común. Esta carta debe compararse también con la dirigida a Demetrias por Pelagio, que se da en el vol. XI de las obras de Jerónimo (Patr. Lat. de Migne, xxx. ed.). La fecha es 414 d.C.]

    Carta 130, § 1

    1. De todos los asuntos que he tratado desde mi juventud hasta ahora, ya sea con mi propia pluma o con la de mis secretarios, ninguno me ha resultado más difícil que el que ahora me ocupa. Voy a escribir a Demetrias, virgen de Cristo y dama cuyo nacimiento y riquezas la hacen segunda a nadie en el mundo romano. Si, por tanto, empleo un lenguaje adecuado para describir su virtud, se pensará que la adulo; y si suprimo algunos detalles por temor a que parezcan increíbles, mi reserva no hará justicia a sus indudables méritos. ¿Qué debo hacer entonces? Soy desigual a la tarea que tengo ante mí, y sin embargo no me atrevo a rehusarla. Su abuela y su madre son ambas mujeres notables, y tienen por igual autoridad para mandar, fe para buscar y perseverancia para obtener lo que requieren. No es, en verdad, nada muy nuevo ni especial lo que me piden; mi ingenio se ha ejercitado a menudo en temas semejantes. Lo que desean es que yo alce la voz y dé testimonio con toda la fuerza posible de las virtudes de una que —en palabras del célebre orador— ha de ser alabada menos por lo que es que por lo que promete llegar a ser. Sin embargo, aunque es una muchacha, tiene una fe ardiente más allá de sus años, y ha partido de un punto en el que otros piensan que es señal de virtud singular el detenerse.
    Comentario editorial · Demetrias, la virgen de la casa Anicia
    Según Wikipedia, Demetrias nació hacia 398, hija del cónsul del 395 Anicio Hermogeniano Olibrio y de Anicia Juliana, y nieta de Proba. Tras el saqueo de Roma del año 410 huyó con ellas a Cartago, donde, siendo prometida en matrimonio, decidió consagrarse a la virginidad: tomó el velo en 413 de manos del obispo Aurelio. Su familia pidió consejo a varios eclesiásticos: Agustín le recomendó su Sobre la santa virginidad; Jerónimo le envió esta carta, que el editor del NPNF fecha en 414; y Pelagio le dirigió una carta-tratado, su Epístola a Demetrias.

    Carta 130, § 2

    2. Manténgase alejada la detracción y ceda la envidia; no se me impute cargo de buscar mi propio interés. Escribo como un extraño a una extraña, al menos en lo que se refiere a la apariencia personal. Pues el hombre interior se encuentra bien conocido por aquel conocimiento con que el apóstol Pablo conocía a los colosenses y a muchos otros creyentes a quienes jamás había visto. Cuán alta estima tengo por esta virgen, más aún, qué milagro de virtud creo que es, podéis juzgarlo por el hecho de que, estando ocupado en la explicación de la descripción del templo de Ezequiel —la parte más difícil de toda la Escritura— y hallándome en aquella parte del sagrado edificio donde está el Santo de los Santos y el altar del incienso, he elegido, a modo de breve descanso, pasar de aquel altar a éste, para consagrar sobre él a la castidad eterna una ofrenda viva, aceptable a Dios [] y libre de toda mancha. Sé que el obispo ha cubierto con palabras de oración su santa cabeza con el velo nupcial de las vírgenes, recitando entre tanto la solemne sentencia del apóstol: «Quiero presentaros a todos como una virgen casta a Cristo.» [] Ella se erguía como una reina a su diestra, con vestidura de oro labrado y ropaje de recamado. Tal era la túnica de muchos colores, es decir, formada de muchas virtudes diferentes, que vistió José; y semejantes eran antiguamente el atavío ordinario de las hijas de los reyes. Entonces la esposa misma se regocija y dice: «el rey me ha introducido en sus cámaras,» [] y el coro de sus compañeras responde: «la hija del rey es toda gloriosa por dentro.» Así, pues, es una virgen profesa. Con todo, estas palabras mías no carecerán de utilidad. La velocidad de los caballos de carrera se aviva con el aplauso de los espectadores; los púgiles son incitados a mayores esfuerzos por los gritos de sus partidarios; y cuando los ejércitos se forman para la batalla y se desenvainan las espadas, el discurso del general contribuye en gran medida a encender el valor de sus soldados. Así sucede también en la ocasión presente. La abuela y la madre han plantado; pero yo soy el que riega, y el Señor el que da el crecimiento. []

    Carta 130, § 3

    3. Es costumbre de los rétores ensalzar a aquel que es objeto de sus alabanzas refiriéndose a sus antepasados y a la pasada nobleza de su linaje, para que una raíz fértil compense las ramas estériles y para que admires en el tronco lo que no tienes en el fruto. Así, debería yo ahora recordar los nombres ilustres de los Probos y de los Olibrios, y aquella insigne casa Anicia, cuyos representantes rara vez o nunca han sido indignos del consulado. O debería sacar a relucir a Olibrio, padre de nuestra virgen, cuya pérdida prematura Roma ha tenido que llorar. Temo decir más de él, no sea que intensifique el dolor de tu santa madre y que la conmemoración de sus virtudes se convierta en una renovación de su duelo. Fue hijo obediente, esposo amable, amo bondadoso, ciudadano popular. Fue nombrado cónsul siendo todavía un muchacho; pero la bondad de su carácter lo hizo más ilustre como senador. Fue feliz en su muerte porque le evitó ver la ruina de su patria; y más feliz aún en su descendencia, pues el nombre insigne de su bisabuela Demetrias se ha vuelto aún más insigne ahora que su hija Demetrias se ha consagrado a la castidad perpetua.

    Carta 130, § 4

    4. Pero ¿qué estoy haciendo? Olvidado de mi propósito y lleno de admiración por este joven, he hablado en términos de alabanza de meras ventajas mundanas; cuando más bien debería haber elogiado a nuestra virgen por haber rechazado todo esto, y por haber determinado considerarse no como una dama rica o de alta alcurnia, sino simplemente como una mujer igual a las demás. Su fortaleza de ánimo casi supera lo creíble. Aunque tenía sedas y joyas libremente a su disposición, y aunque estaba rodeada de multitud de eunucos y criadas, de una casa bulliciosa de domésticos aduladores y atentos, y aunque los más delicados banquetes que la abundancia de una gran casa podía ofrecer se le servían diariamente, prefirió a todo esto el ayuno severo, el vestido áspero y la vida frugal. Pues había leído las palabras del Señor: «los que visten ropas delicadas están en las casas de los reyes.» [] Se llenó de admiración por el modo de vida seguido por Elías y por Juan el Bautista; ambos ceñían y mortificaban sus lomos con cinturones de piel, y del segundo se dice que vino en el espíritu y el poder de Elías como precursor del Señor. Como tal profetizó estando aún en el vientre de su madre, [] y antes del día del juicio ganó la aprobación del Juez. Admiraba también el celo de Ana, hija de Fanuel, que continuó hasta la extrema vejez sirviendo al Señor en el templo con oraciones y ayunos. [] Cuando pensaba en las cuatro vírgenes que eran hijas de Felipe, [] anhelaba unirse a su grupo y ser contada entre aquellas que por su pureza virginal han alcanzado la gracia de la profecía. Con estas y semejantes meditaciones alimentaba su mente, sin temer nada tanto como ofender a su abuela y a su madre. Aunque era animada por su ejemplo, se desanimaba por el deseo y anhelo expresos de ellas; no es que desaprobaran su santo propósito, sino que el premio era tan grande que no se atrevían a esperarlo ni a aspirar a él. Así, esta pobre novicia en el servicio de Cristo estaba sumamente perpleja. Llegó a odiar todos sus ricos atavíos y clamó como Ester al Señor: «Tú sabes que aborrezco el signo de mi alta condición» — es decir, la diadema que llevaba como reina— «y que lo aborrezco como trapo de menstruación.» [] Entre las santas y nobles damas que la han visto y conocido, algunas han sido empujadas por la tempestad que ha azotado África, desde las costas de la Galia hasta refugiarse en los lugares santos. Éstas me cuentan que secretamente noche tras noche, aunque nadie lo sabía sino las vírgenes consagradas a Dios en el séquito de su madre y de su abuela, Demetrias, rechazando sábanas de lino y lechos de plumas, tendía una alfombra de pelo de cabra en el suelo y regaba su rostro con lágrimas incesantes. Noche tras noche se postraba en pensamiento a las rodillas del Salvador y le imploraba que aceptara su elección, que cumpliera su aspiración y que ablandara los corazones de su abuela y de su madre.

    Carta 130, § 5

    5. ¿Por qué demoro aún en relatar la continuación? Cuando su día de bodas estaba ya próximo y se preparaba una cámara nupcial para la novia y el novio; secretamente, sin testigos y con sólo la noche para consolarla, se dice que se armó de valor con consideraciones como éstas: «¿Qué te aflige, Demetrias? ¿Por qué temes tanto defender tu castidad? Lo que necesitas es libertad y valor. Si estás tan aterrorizada en tiempo de paz, ¿qué harías si fueras llamada a sufrir el martirio? Si no puedes soportar siquiera un ceño fruncido de los tuyos, ¿cómo te acorazarías para enfrentar los tribunales de los perseguidores? Si los ejemplos de los hombres te dejan indiferente, al menos cobra valor y confianza de la bienaventurada mártir Inés, que venció las tentaciones tanto de la juventud como de un déspota y con su martirio santificó el nombre mismo de la castidad. ¡Desdichada muchacha! No sabes, no sabes a quién se debe tu virginidad. No hace mucho que has temblado en manos de los bárbaros y te has aferrado a tu abuela y a tu madre, acurrucada bajo sus mantos para ponerte a salvo. Te has visto prisionera y tu castidad no estaba en tu propio poder. Te has estremecido ante las miradas feroces de tus enemigos; has visto con secreta agonía a las vírgenes de Dios ultrajadas. Tu ciudad, antaño capital del mundo, es ahora la tumba del pueblo romano; ¿y aceptarás tú, en las costas de Libia, desterrada, a un desterrado por esposo? ¿Dónde hallarás una matrona que asista a tu boda? ¿A quién conseguirás para que te acompañe a casa? Ninguna lengua salvo una dura púnica te cantará los lascivos versos fesceninos. ¡Fuera todas las vacilaciones! El 'amor perfecto' de Dios 'echa fuera el temor'. [] Toma para ti el escudo de la fe, la coraza de la justicia, el yelmo de la salvación, [] y sal a la batalla. La preservación de tu castidad entraña un martirio propio. ¿Por qué temes a tu abuela? ¿Por qué temes a tu madre? Quizá ellas mismas deseen para ti un camino que no creen que tú desees para ti misma.» Cuando con estos y otros argumentos se hubo llevado al grado necesario de resolución, arrojó de sí, como otros tantos estorbos, todos sus ornamentos y atavíos mundanos. Sus preciosos collares, las costosas perlas y las brillantes gemas los devolvió a sus estuches. Luego, vistiéndose con una túnica tosca y echándose encima un manto aún más basto, entró en un momento inesperado, se arrojó de repente a las rodillas de su abuela, y con lágrimas y sollozos le mostró lo que realmente era. Aquella mujer grave y santa quedó asombrada al ver a su nieta en vestido tan extraño. Su madre quedó completamente deshecha de alegría. Ambas apenas podían creer que fuera verdad lo que tanto habían anhelado que lo fuera. Las voces se les anudaron en la garganta, y, entre rubores y palideces, entre temor y alegría, fueron presa de muchas emociones encontradas.

    Carta 130, § 6

    6. Debo ceder aquí y no intentar describir lo que desafía toda descripción. En el esfuerzo por explicar la grandeza de aquel gozo que supera toda creencia, la vena de la elocuencia de Tulio se secaría y los dardos preparados y arrojados por Demóstenes se agotarían y quedarían cortos. Cuanto la mente puede concebir o la palabra interpretar de la alegría humana se vio entonces. Madre e hija, abuela y nieta se besaban una y otra vez. Las dos mujeres mayores lloraban copiosamente de alegría, levantaban a la joven postrada, abrazaban su forma temblorosa. En su propósito reconocieron su propia voluntad, y se congratularon mutuamente de que ahora una virgen haría más noble aún con su virginidad una casa noble. Había encontrado, dijeron, un modo de beneficiar a su familia y de aminorar la calamidad de la ruina de Roma. ¡Buen Jesús! ¡Qué exultación hubo por toda la casa! Muchas vírgenes brotaron de pronto como renuevos de un tallo fecundo, y el ejemplo dado por su patrona y señora fue seguido por una multitud tanto de clientes como de siervos. La virginidad fue abrazada con calor en todas las casas, y aunque las que hacían profesión de ella eran, en cuanto a la carne, de rango inferior al de Demetrias, buscaban con ella una misma recompensa, la recompensa de la castidad. Mis palabras son demasiado débiles. Todas las iglesias de África danzaron de alegría. La noticia llegó no sólo a las ciudades, villas y aldeas, sino incluso a las chozas dispersas. Todas las islas entre África e Italia se llenaron de ella; la buena nueva corrió por todas partes, sin desagradar a nadie. Entonces Italia se quitó el luto y las ruinosas murallas de Roma recobraron en parte su antiguo esplendor; pues creyeron que la plena conversión de su hija adoptiva era una señal del favor de Dios hacia ellos. Se diría que los godos habían sido aniquilados y que aquella multitud de desertores y esclavos había caído por un rayo del Señor desde lo alto. Hubo menos euforia en Roma cuando Marcelo obtuvo su primer triunfo en Nola, después de que miles de romanos cayeran en Trebia, en el lago Trasimeno y en Cannas. Hubo menos alegría entre los nobles encerrados en el Capitolio, de quienes dependía el futuro de Roma, cuando, tras comprar sus vidas con oro, supieron que los galos habían sido al fin derrotados. La noticia penetró hasta las costas de Oriente, y este triunfo de la gloria cristiana se supo en las remotas ciudades del interior. ¿Qué virgen cristiana no se enorgulleció de tener a Demetrias como compañera? ¿Qué madre no llamó bienaventurado el vientre de Juliana? Los incrédulos pueden burlarse de la incertidumbre de las recompensas venideras. Entretanto, al hacerte virgen has ganado más de lo que has sacrificado. Si te hubieras convertido en esposa de un hombre, una sola provincia habría sabido de ti; mientras que, como virgen cristiana, eres conocida en todo el mundo. Las madres que tienen poca fe en Cristo, por desgracia, suelen dedicar a la virginidad sólo a las hijas deformes y lisiadas para las que no pueden hallar maridos adecuados. Las cuentas de vidrio, como suele decirse, se consideran iguales a las perlas. Los hombres que se enorgullecen de su religión dan a sus hijas vírgenes sumas apenas suficientes para su sustento, y destinan la mayor parte de sus bienes a los hijos e hijas que viven en el mundo. Hace muy poco, en esta ciudad, un rico presbítero dejó a dos de sus hijas que eran vírgenes profesas con una miseria, mientras proveía a sus otros hijos con amplios medios para la complacencia y el placer. Lo mismo han hecho, lamento decirlo, muchas mujeres que han adoptado la vida ascética. Ojalá tales casos fueran raros, pero por desgracia no lo son. Sin embargo, cuanto más frecuentes son, más bienaventurados son aquellos que se niegan a seguir un ejemplo que tantos les ponen.

    Carta 130, § 7

    7. Todos los cristianos alaban a voz en grito a las santas compañeras de yugo de Cristo, porque dieron a Demetrias, cuando profesó ser virgen, el dinero que había sido apartado como dote para su matrimonio. No quisieron agraviar a su celestial Esposo; de hecho, deseaban que ella viniera a Él con todas sus riquezas anteriores, para que éstas no se desperdiciasen en las cosas del mundo, sino que aliviasen la necesidad de los siervos de Dios.
    ¿Quién lo creería? Que Proba, la que entre todas las personas de alto rango y linaje del mundo romano lleva el nombre más ilustre, cuya santa vida y caridad universal le han granjeado estima incluso entre los bárbaros, que no ha hecho caso de los consulados regulares de sus tres hijos, Probino, Olibrio y Probo; que Proba, digo, ahora que Roma ha sido tomada y sus bienes quemados o saqueados, se dice que vende cuanto tiene y se hace amigos del mamón de iniquidad, para que éstos la reciban en las moradas eternas. [] Bien pueden los ministros de la iglesia, sea cual fuere su grado, y los monjes que sólo lo son de nombre, ruborizarse de vergüenza por estar comprando heredades, cuando esta noble señora las vende.
    Apenas había escapado de las manos de los bárbaros, apenas había cesado de llorar por las vírgenes que le arrancaron de los brazos, cuando fue abrumada por una súbita e insoportable pérdida, una que no tenía motivo para temer: la muerte de su amado hijo. Sin embargo, como estaba destinada a ser abuela de una virgen cristiana, soportó este golpe mortal, firme en la esperanza del futuro y mostrando en sí misma la verdad de las palabras del lírico:
    Aunque el orbe redondo estallase en fragmentos, su caída
    podrá herir al justo, matarlo, pero no espantarlo.
    Leemos en el libro de Job cómo, mientras el primer mensajero de la desgracia hablaba aún, vino también otro; [] y en el mismo libro está escrito: «¿no es una tentación» —o como lo da mejor el hebreo— «una guerra para el hombre sobre la tierra?» [] Para esto trabajamos, para esto arriesgamos nuestra vida en la guerra de este mundo, para ser coronados en el mundo venidero. Que creamos que esto es verdad de los hombres no es nada maravilloso, pues aun el Señor mismo fue tentado, y de Abraham da testimonio la Escritura de que Dios lo tentó. [] Por esta razón también dice el apóstol: «nos gloriamos en las tribulaciones.... sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, experiencia; y la experiencia, esperanza; y la esperanza no avergüenza;» [] y en otro pasaje: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por tu causa somos muertos todo el día; somos contados como ovejas para el matadero.» [] El profeta Isaías consuela a los que están en semejante caso con estas palabras: «los que estáis destetados de la leche, los que sois arrancados de los pechos, esperad tribulación sobre tribulación, pero también esperanza sobre esperanza.» Porque, como dice el apóstol: «los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.» [] Por qué he reunido aquí todos estos pasajes, lo aclarará lo que sigue.
    Proba, que había visto desde el mar el humo de su ciudad natal y había confiado su propia seguridad y la de sus seres queridos a una frágil barca, encontró las costas de África aún más crueles que las que había dejado. Pues la acechaba uno de quien sería difícil decir si era más codicioso o despiadado, uno que no se preocupaba sino del vino y del dinero, uno que, so pretexto de servir al emperador más benigno, se erigía en el más salvaje de todos los déspotas. Si se me permite citar una fábula de los poetas, era como Orco en el Tártaro. Como él, tenía consigo un Cerbero, no de tres cabezas sino de muchas, dispuesto a apresar y desgarrar cuanto estuviera a su alcance. Arrancaba a las hijas prometidas de los brazos de sus madres y vendía a las doncellas de alto linaje en matrimonio a los hombres más codiciosos, los mercaderes de Siria. Ningún ruego de pobreza lo inducía a perdonar ni a la pupila, ni a la viuda, ni a la virgen consagrada a Cristo. En verdad, miraba más las manos que los rostros de quienes le suplicaban. Tal era la temible Caribdis y tal la Escila ceñida de perros con que esta señora se topó al huir de los bárbaros; monstruos que ni perdonaron a los náufragos ni atendieron el clamor de los cautivos. ¡Cruel miserable! Imita al menos al enemigo del Imperio romano. El Breno de nuestros días sólo tomó lo que encontró, pero tú buscas lo que no puedes hallar.
    La virtud, en efecto, está siempre expuesta a la envidia, y los quisquillosos podrán maravillarse del acuerdo secreto por el cual Proba compró la castidad de sus numerosas compañeras. Podrán alegar que el conde, que podía haberlo tomado todo, no se habría contentado con una parte; y que ella no habría podido poner en duda su derecho, puesto que, a pesar de su rango, no era sino una esclava en sus manos despóticas. También percibo que me expongo a los ataques de los enemigos y que puedo parecer que adulo a una señora de altísimo nacimiento y distinción. Sin embargo, estos hombres no podrán acusarme cuando sepan que hasta ahora no he dicho nada sobre ella. Nunca, ni en vida de su esposo ni después de su muerte, la he alabado por la antigüedad de su familia ni por la extensión de su riqueza y poder, asuntos que otros quizá habrían aprovechado en discursos mercenarios. Mi propósito es alabar a la abuela de mi virgen en un estilo propio de la iglesia, y agradecerle el haber favorecido con su buena voluntad el deseo que Demetrias ha formado. Por lo demás, mi celda, mi comida y vestido, mis años avanzados y mis estrechas circunstancias refutan suficientemente la acusación de adulación. En lo que resta de mi carta dirigiré todas mis palabras a la propia Demetrias, cuya santidad la ennoblece tanto como su rango, y de quien puede decirse que cuanto más alto sube, más terrible será su caída.
    Por lo demás
    Esto solo, hija de Dios, te encomiendo;
    Sí, ante todo, y te lo insto muchas veces:
    Ama ocupar tu mente con la lectura de la Escritura. No recojas en el buen terreno de tu pecho sólo una cosecha de cizaña y avena loca. No dejes que un enemigo siembre cizaña entre el trigo mientras el dueño de casa duerme [] (es decir, cuando la mente que siempre se adhiere a Dios está desprevenida); sino di siempre con la esposa del Cantar de los Cantares: «De noche busqué al que ama mi alma. Dime dónde apacientas, dónde haces descansar tu rebaño al mediodía;» y con el salmista: «mi alma se aferra a ti: tu diestra me sostiene;» y con Jeremías: «No me ha resultado difícil.... seguirte,» porque «no hay dolor en Jacob ni hay trabajo en Israel.» Cuando estabas en el mundo amabas las cosas del mundo. Te frotabas las mejillas con colorete y usabas albayalde para mejorar tu cutis. Te peinabas y levantabas una torre sobre tu cabeza con cabellos que no eran tuyos. Nada diré de tus costosos pendientes, tus relucientes perlas de las profundidades del Mar Rojo, tus brillantes esmeraldas verdes, tus ónices destellantes, tus zafiros líquidos— tonos que trastornan la cabeza de las matronas y las hacen anhelar poseer otros semejantes. Pues has renunciado al mundo y, además de tu voto bautismal, has hecho uno nuevo; has entrado en pacto con tu adversario y has dicho: «Renuncio a ti, oh diablo, y a tu mundo, y a tu pompa, y a tus obras.» Observa, pues, el tratado que has hecho, y guarda términos con tu adversario mientras estás en el camino de este mundo. De lo contrario, algún día él podrá entregarte al juez y probar que has tomado lo que es suyo; y entonces el juez te entregará al alguacil— a la vez tu enemigo y tu vengador— y serás arrojada a la cárcel; a aquella oscuridad exterior [] que nos rodea con mayor horror cuanto que nos separa de Cristo, la única luz verdadera. [] Y de ningún modo saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuadrante, [] es decir, hasta que hayas expiado tus pecados más leves; porque daremos cuenta de toda palabra ociosa en el día del juicio. []

    Carta 130, § 8

    8. Al hablar así no deseo pronunciar una profecía de mal agüero contra ti, sino sólo advertirte como un monitor aprensivo y prudente que en tu caso teme incluso lo que es seguro. ¿Qué dice la Escritura? «Si el espíritu del gobernante se levanta contra ti, no dejes tu lugar.» Debemos estar siempre en armas y en orden de batalla, prontos a enfrentar al enemigo. Cuando trate de desalojarnos de nuestra posición y de hacernos retroceder, debemos plantar firmemente los pies y decir con el salmista: «ha puesto mis pies sobre una roca» y «las peñas son refugio para los damanes.» En este último pasaje, por "damanes" muchos leen "erizos". Ahora bien, el erizo es un animal pequeño, muy tímido y cubierto de púas espinosas. Cuando Jesús fue coronado de espinas y llevó nuestros pecados y sufrió por nosotros, fue para hacer crecer para nosotros las rosas de la virginidad y los lirios de la castidad de entre las zarzas y espinas que han constituido la suerte de las mujeres desde el día en que se dijo a Eva: «con dolor parirás los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.» [] Se nos dice que el Esposo apacienta entre los lirios, [] es decir, entre aquellos que no han manchado sus vestiduras, pues han permanecido vírgenes [] y han escuchado el precepto del Predicador: «sean tus vestiduras siempre blancas.» [] Como autor y príncipe de la virginidad, dice audazmente de sí mismo: «Yo soy la rosa de Sarón y el lirio de los valles.» [] «Las peñas» pues «son refugio para los damanes» quienes, cuando son perseguidos en una ciudad, huyen a otra [] y no temen que las palabras proféticas «me faltó refugio» se cumplan en su caso. «Los altos montes son refugio para las cabras monteses,» y su alimento son las serpientes que un niñito saca de sus agujeros. Mientras tanto, el leopardo se echa con el cabrito y el león come paja como el buey; [] no, por supuesto, para que el buey aprenda ferocidad del león, sino para que el león aprenda docilidad del buey.
    Pero volvamos al pasaje citado primero: «Si el espíritu del gobernante se levanta contra ti, no dejes tu lugar,» sentencia a la que siguen estas palabras: «porque la sumisión aplaca grandes ofensas.» [] El significado es que, si la serpiente halla camino en tus pensamientos, debes «guardar tu corazón con toda diligencia» [] y cantar con David: «límpiame de las faltas ocultas: guarda también a tu siervo de las soberbias,» y no llegar a «la gran transgresión» que es pecado de obra. Antes bien, mata los halagos del vicio mientras son sólo pensamientos; y estrella a los pequeños de la hija de Babilonia contra las piedras, donde la serpiente no pueda dejar rastro. Sé cautelosa y haz voto al Señor: «no se enseñoreen de mí: entonces seré recto y quedaré inocente de la gran transgresión.» Porque en otra parte también testifica la Escritura: «Visitaré la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación.» [] Es decir, Dios no nos castigará de inmediato por nuestros pensamientos y propósitos, sino que enviará retribución sobre su descendencia, esto es, sobre las malas obras y hábitos de pecado que surgen de ellos. Como dice por boca de Amós: «por tres transgresiones de tal o cual ciudad, y por cuatro, no revocaré su castigo.» []

    Carta 130, § 9

    9. Recojo de paso estas pocas flores del hermoso campo de las Sagradas Escrituras. Bastarán para advertirte que debes cerrar la puerta de tu pecho y fortificar tu frente haciendo a menudo la señal de la cruz. Sólo así el destructor de Egipto no hallará lugar para atacarte; sólo así el primogénito de tu alma escapará a la suerte del primogénito de los egipcios; sólo así podrás decir con el profeta: «mi corazón está firme, oh Dios, mi corazón está firme; cantaré y alabaré. Despierta, gloria mía; despertad, salterio y arpa.» Pues, aunque herida por el pecado, a Tiro misma se le manda tomar su arpa [] y hacer penitencia; como Pedro, se le dice que lave con lágrimas amargas las manchas de su antigua inmundicia. De todos modos, no sepamos nada de penitencia, no sea que el pensamiento de ella nos lleve al pecado. Es una tabla para los que han tenido la desgracia de naufragar; pero una virgen inviolada puede esperar salvar la nave misma. Porque una cosa es buscar lo que has arrojado, y otra conservar lo que nunca has perdido. Aun el apóstol sujetaba su cuerpo y lo ponía en servidumbre, no sea que, habiendo predicado a otros, él mismo viniera a ser desechado. [] Encendido con la violencia de la pasión sensual, se hizo portavoz del género humano: «¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» y de nuevo: «Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien: porque el querer el bien está en mí; pero el hacerlo, no lo hallo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, ése hago;» y una vez más: «los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros.» []

    Carta 130, § 10

    10. Después de haber prestado la más cuidadosa atención a tus pensamientos, debes entonces vestirte la armadura del ayuno y cantar con David: «Afligí mi alma con ayuno,» y «He comido ceniza como pan,» y «en cuanto a mí, cuando me turbaban, mi vestido era saco.» Eva fue expulsada del paraíso por haber comido del fruto prohibido. Elías, por el contrario, después de cuarenta días de ayuno, fue llevado en un carro de fuego al cielo. Durante cuarenta días y cuarenta noches Moisés vivió de la conversación íntima que tenía con Dios, probando así en sí mismo la completa verdad del dicho: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor.» El Salvador del mundo, que en sus virtudes y modo de vida nos ha dejado ejemplo a seguir, fue, inmediatamente después de su bautismo, llevado por el Espíritu para contender con el diablo, [] y después de aplastarlo y derribarlo, entregarlo a sus discípulos para que lo pisotearan. Porque ¿qué dice el apóstol? «Dios aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies.» [] Y sin embargo, después de que el Salvador hubo ayunado cuarenta días, fue por medio de la comida que el viejo enemigo le tendió una trampa, diciendo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.» [] Bajo la ley, en el séptimo mes, después del toque de trompetas y en el décimo día del mes, se proclamaba un ayuno para todo el pueblo judío, y aquella alma era cortada de entre su pueblo que en ese día prefería la indulgencia a la abnegación. En Job está escrito del behemot que «su fuerza está en sus lomos, y su vigor en el ombligo de su vientre.» Nuestro enemigo usa el calor de la pasión juvenil para tentar a jóvenes y doncellas y «enciende la rueda de nuestro nacimiento.» Cumple así las palabras de Oseas: «todos son adúlteros, su corazón es como un horno;» un horno que sólo la misericordia de Dios y el ayuno severo pueden apagar. Estos son «los dardos de fuego» [] con que el diablo hiere a los hombres y los enciende, y fueron estos los que el rey de Babilonia usó contra los tres jóvenes. Pero cuando hizo su fuego de cuarenta y nueve codos de alto, no hizo sino volver para su propia ruina las siete semanas que el Señor había designado como tiempo de salvación. [] Y así como entonces un cuarto, con forma semejante al Hijo de Dios, amainó el terrible calor [] y enfrió las llamas del ardiente horno de fuego, hasta que, amenazantes como parecían, se volvieron completamente inofensivas, así sucede ahora con el alma virgen. El rocío del cielo y el ayuno severo apagan en una doncella la llama de la pasión y permiten a su alma, aun en su morada terrenal, vivir la vida angélica. Por tanto, el vaso escogido [] declara que en cuanto a las vírgenes no tiene mandamiento del Señor. [] Pues debes actuar contra la naturaleza, o más bien por encima de la naturaleza, si has de renunciar a tu función natural, cortar tu propia raíz, no recoger fruto sino el de la virginidad, abjurar del lecho conyugal, rehuir el trato con los hombres y, estando en el cuerpo, vivir como si estuvieras fuera de él.

    Carta 130, § 11

    11. No te impongo, sin embargo, como obligación ningún ayuno extremado ni abstinencia anormal de alimentos. Tales prácticas quiebran pronto las constituciones débiles y causan enfermedad corporal antes de poner los fundamentos de una vida santa. Es máxima de los filósofos que las virtudes son términos medios y que todos los extremos tienen naturaleza de vicio; y en este sentido uno de los siete sabios propone la famosa sentencia citada en la comedia, «Nada en demasía.» No has de seguir ayunando hasta que el corazón empiece a palpitar, te falte el aliento y tengas que ser sostenida o llevada por otros. No; mientras refrenas los deseos de la carne, has de conservar fuerzas suficientes para leer las Escrituras, cantar los salmos y observar las vigilias. Porque el ayuno no es una virtud completa en sí misma, sino sólo un fundamento sobre el cual pueden edificarse otras virtudes. Lo mismo puede decirse de la santificación y de aquella castidad sin la cual nadie verá al Señor. Cada una de estas cosas es un peldaño en el camino ascendente; pero ninguna de ellas por sí sola bastará para ganar la corona de la virgen. El Evangelio nos lo enseña en la parábola de las vírgenes prudentes y de las necias: las primeras entran en la cámara nupcial del Esposo, mientras las segundas quedan fuera de ella porque, al no tener el aceite de las buenas obras, dejan que sus lámparas se apaguen. [] Este tema del ayuno abre un campo amplio en el que yo mismo he vagado a menudo, y muchos escritores han dedicado tratados a la materia. Debo remitirte a ellos si deseas aprender las ventajas de la templanza y, por otra parte, los males de la glotonería.

    Carta 130, § 12

    12. Sigue el ejemplo de tu Esposo: [] está sujeta a tu abuela y a tu madre. Nunca mires a un hombre, sobre todo a un joven, sino en su compañía. Nunca conozcas a un hombre que ellas no conozcan. Es máxima del mundo que la única amistad segura es la que se funda en la identidad de gustos y aversiones. Por el ejemplo de ellas has sido enseñada, así como instruida por la santa vida de tu casa, a aspirar a la virginidad, a reconocer los mandamientos de Cristo, a saber lo que te conviene y qué camino debes elegir. Pero no consideres lo tuyo como absolutamente tuyo. Recuerda que parte de ello pertenece a quienes te comunicaron su castidad y de cuyos matrimonios honorables y lechos sin mancha [] has brotado como flor escogida. Porque estás destinada a producir fruto perfecto con tal de que te humilles bajo la mano poderosa de Dios, [] recordando siempre que está escrito: «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.» [] Ahora bien, donde hay gracia, ésta no se da en pago de las obras, sino que es don gratuito del que da, para que se cumplan las palabras del apóstol: «no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.» [] Y, sin embargo, nuestro es querer y no querer; y al mismo tiempo esta misma libertad nuestra sólo es nuestra por la misericordia de Dios.

    Carta 130, § 13

    13. Asimismo, al escoger para ti eunucos, criadas y servidores, atiende más a su carácter que a su buena apariencia; pues, sea cual fuere su edad o sexo, y aun cuando la mutilación les asegure una castidad forzosa, debes tener en cuenta sus disposiciones, porque éstas no pueden ser operadas sino por el temor de Cristo. Cuando estés presente, la bufonería y la conversación licenciosa no han de hallar cabida. Nunca debes oír una palabra indecorosa; si la oyes, no debes dejarte arrastrar por ella. Los hombres disolutos se sirven a menudo de una sola expresión ligera para probar las puertas de la castidad. Deja a los mundanos el privilegio de reír y de ser objeto de risa. Quien está en tu posición debe ser seria. Catón el Censor, antiguo hombre principal de tu ciudad (el mismo que en sus últimos días se dedicó a la literatura griega sin sonrojarse como censor ni desesperar del éxito a causa de su edad), según Lucilio rió una sola vez en su vida; y lo mismo se dice de Marco Craso. Tal vez estos hombres afectaron ese semblante austero para ganar reputación y notoriedad. Pues mientras habitamos en el tabernáculo de este cuerpo y estamos envueltos en esta carne frágil, sólo podemos refrenar y regular nuestros afectos y pasiones; no podemos extirparlos del todo. Sabiéndolo, dice el salmista: «airaos, pero no pequéis;» lo que el apóstol explica así: «no se ponga el sol sobre vuestra ira.» [] Porque, si airarse es humano, poner fin a la ira es cristiano.

    Carta 130, § 14

    14. Creo innecesario prevenirte contra la codicia, pues es propio de tu familia tener riquezas y despreciarlas. También el apóstol nos dice que la codicia es idolatría, [] y a quien hizo al Señor esta pregunta: «Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?» Él respondió así: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme.» Tal es la cima de la virtud completa y apostólica: vender todo lo que uno tiene y distribuirlo a los pobres, y así, libre de toda carga terrena, volar con Cristo a las regiones celestiales. A nosotros, o mejor diría a ti, se nos confía una administración cuidadosa, aunque en tales materias se deja plena libertad de elección a cada persona, sea anciana o joven. Las palabras de Cristo son «si quieres ser perfecto.» No te obligo, parece decir, no te mando; pero pongo la palma delante de ti, te muestro el premio; tuyo es elegir si entrarás en la arena y ganarás la corona. Consideremos cuán sabiamente ha hablado la Sabiduría. «Vende lo que tienes.» ¿A quién se da el mandato? A aquel a quien se le dijo: «si quieres ser perfecto.» No vendas una parte de tus bienes, sino «todo lo que tienes.» Y cuando lo hayas vendido, ¿qué entonces? «Dalo a los pobres.» No a los ricos, no a tus parientes, no para servir a la propia indulgencia; sino para socorrer la necesidad. No importa si un hombre es sacerdote, pariente o allegado: no debes pensar más que en su pobreza. Que tus alabanzas provengan de los estómagos de los hambrientos y no de los banquetes opíparos de los hartos. Leemos en los Hechos de los Apóstoles cómo, mientras la sangre del Señor estaba aún caliente y los creyentes se hallaban en el fervor de su primera fe, todos vendieron sus posesiones y pusieron el precio de ellas a los pies de los apóstoles (para mostrar que el dinero debe ser pisoteado) y «se repartía a cada uno según su necesidad.» [] Pero Ananías y Safira resultaron administradores tímidos y, lo que es más, engañosos; por eso atrajeron sobre sí la condenación. Pues habiendo hecho un voto, ofrecieron su dinero a Dios como si fuese suyo y no de Aquel a quien lo habían prometido; y reservando para su propio uso una parte de lo que pertenecía a otro, por miedo al hambre que la fe verdadera jamás teme, atrajeron de pronto sobre sí el golpe vengador, que no fue crueldad para con ellos, sino advertencia para otros. [] De hecho, el apóstol Pedro no invocó en modo alguno la muerte sobre ellos, como neciamente dice Porfirio. Simplemente anunció el juicio de Dios por el espíritu de profecía, para que la sentencia de dos personas fuese lección para muchos. Desde el tiempo de tu dedicación a la virginidad perpetua, tu propiedad ya no es tuya; o más bien ahora por primera vez es verdaderamente tuya, porque ha llegado a ser de Cristo. Sin embargo, mientras tu abuela y tu madre vivan, debes disponer de ella según sus deseos. Si, en cambio, ellas mueren y descansan en el sueño de los santos (y sé que desean que tú les sobrevivas); cuando tus años sean más maduros, tu voluntad más firme y tu resolución más fuerte, harás con tu dinero lo que mejor te parezca, o más bien lo que el Señor mande, sabiendo que en lo sucesivo nada tendrás salvo lo que aquí hayas gastado en buenas obras. Otros podrán edificar iglesias, adornar sus muros ya construidos con mármoles, procurar columnas macizas, revestir los capiteles inconscientes con oro y ornamentos preciosos, cubrir las puertas de las iglesias con plata y adornar los altares con oro y gemas. No culpo a quienes hacen estas cosas; no las rechazo. Cada uno debe seguir su propio juicio. Y es mejor gastar así el dinero que atesorarlo y darle vueltas con afán. Sin embargo, tu deber es de otra índole. Tuyo es vestir a Cristo en los pobres, visitarlo en los enfermos, alimentarlo en los hambrientos, darle cobijo en los sin techo, particularmente en los de la familia de la fe, [] sostener a las comunidades de vírgenes, cuidar de los siervos de Dios, de los pobres de espíritu que sirven al mismo Señor que tú día y noche, que mientras están en la tierra viven vida angélica y no hablan sino de las alabanzas de Dios. Teniendo alimento y vestido se regocijan y se consideran ricos. No buscan nada más, contentos con perseverar en su propósito. Pues tan pronto como empiezan a buscar más, se muestran indignos incluso de lo necesario.
    Los consejos precedentes han sido dirigidos a una virgen rica y de alto rango.

    Carta 130, § 15

    15. Pero lo que ahora voy a decir se dirigirá a la virgen sola. Tomaré en consideración, es decir, no tus circunstancias, sino a ti misma. Además de la regla de salmodia y oración que debes observar siempre a las horas de tercia, sexta y nona, al atardecer, a medianoche y al alba, has de determinar cuánto tiempo te obligarás a dedicar al aprendizaje y a la lectura de las Escrituras, procurando agradar e instruir al alma más que imponerle una carga. Cuando hayas pasado el tiempo asignado a estos estudios, arrodillándote a menudo para orar como el cuidado de tu alma te impulse a hacerlo; ten siempre lana a mano, forma los hilos en hebra con el pulgar, sujétalos a la lanzadera y lánzala después para tejer una tela, o enrolla el hilo que otras hayan hilado o prepáralo para las tejedoras. Examina su trabajo cuando esté terminado, halla faltas en sus defectos y dispón cuánto han de hacer. Si te ocupas en estas numerosas labores, nunca encontrarás largos tus días; por tarde que se ponga el sol de verano, un día te parecerá siempre demasiado corto para lo que queda por hacer. Observando reglas como éstas te salvarás a ti misma y a los demás, darás buen ejemplo como señora y pondrás a tu crédito la castidad de muchas. Pues dice la Escritura: «el alma de todo ocioso está llena de deseos.» Ni debes excusarte del trabajo con el pretexto de que la bondad de Dios no te ha dejado carecer de nada. No; has de trabajar con las demás, para que, estando siempre ocupada, pienses sólo en el servicio del Señor. Hablaré con toda claridad. Aun suponiendo que des todos tus bienes a los pobres, Cristo no valorará nada más que lo que hayas trabajado con tus propias manos. Puedes trabajar para ti o para dar ejemplo a tus vírgenes; o puedes hacer regalos a tu madre y a tu abuela para obtener de ellas mayores sumas para socorro de los pobres.

    Carta 130, § 16

    16. Casi he pasado por alto el punto más importante de todos. Cuando eras aún muy pequeña, el obispo Anastasio, de santa y bendita memoria, regía la iglesia romana. En sus días vino de Oriente una terrible tormenta de herejía que se esforzó primero en corromper y luego en socavar aquella fe sencilla que un apóstol alabó. [] Sin embargo, el obispo, rico en pobreza y tan cuidadoso de su rebaño como un apóstol, golpeó al punto la cosa nociva en la cabeza y detuvo el silbido de la hidra. Ahora tengo motivos para temer —de hecho me ha llegado un rumor en este sentido— que los gérmenes venenosos de esta herejía todavía viven y brotan en las mentes de algunos hasta el día de hoy. Pienso, por tanto, que debo advertirte, con toda bondad y afecto, que guardes firme la fe del santo Inocencio, hijo espiritual de Anastasio y su sucesor en la sede apostólica; y que no recibas doctrina extranjera alguna, por sabia y perspicaz que te consideres. Hombres de este tipo susurran en los rincones y fingen indagar la justicia de Dios. ¿Por qué, preguntan, nació un alma determinada en una provincia determinada? ¿Cuál es la razón de que unos nazcan de padres cristianos y otros entre fieras y tribus salvajes que no tienen conocimiento de Dios? Dondequiera que pueden herir a los simples con su aguijón de escorpión y formar una úlcera adecuada a su propósito, allí difunden su veneno. «¿Pensáis que es en vano» —así argumentan— «que un niñito, apenas capaz de reconocer a su madre por una sonrisa o una mirada de alegría, que no ha hecho ni bien ni mal, sea presa de un demonio o abrumado por la ictericia o condenado a soportar aflicciones de las que los impíos escapan, mientras los siervos de Dios tienen que soportarlas?» Ahora bien, si los juicios de Dios, dicen, son «verdaderos y enteramente justos,» y si «no hay en Él injusticia,» la razón nos obliga a creer que nuestras almas han preexistido en el cielo, que están condenadas y, por así decirlo, sepultadas en cuerpos humanos a causa de antiguos pecados, y que somos castigados en este valle de lágrimas por viejas maldades. Ésta es, según ellos, la razón por la que el profeta dice: «Antes de ser afligido, yo me descarrié,» y de nuevo: «Saca mi alma de la prisión.» Explican de la misma manera la pregunta de los discípulos en el Evangelio: «¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» [] y otros pasajes semejantes.
    Esta enseñanza impía y perversa estuvo antes madura en Egipto y en Oriente; y ahora acecha secretamente, como víbora en su agujero, entre muchas personas de aquellas regiones, mancillando la pureza de la fe y arrastrándose gradualmente como enfermedad hereditaria hasta asaltar a gran número. Pero estoy seguro de que, si la oyes, no la aceptarás. Pues tienes preceptoras bajo Dios cuya fe es regla de sana doctrina. Entenderás lo que quiero decir, porque Dios te dará entendimiento en todas las cosas. No has de pedirme ahora mismo una refutación de esta horrible herejía y de otras peores aún; pues si lo hiciera, «criticaría donde debo prohibir,» y mi objeto presente no es refutar herejes, sino instruir a una virgen. Sin embargo, he derrotado sus astucias y contrarrestado sus esfuerzos por socavar la verdad en un tratado que con la ayuda de Dios he escrito; y si deseas tenerlo, te lo enviaré con prontitud y gusto. Digo si deseas tenerlo, pues como dice el proverbio, la mercancía ofrecida sin ser pedida es poco estimada, y la oferta abundante hace bajar los precios, que son siempre más altos donde escasea.
    Comentario editorial · Anastasio, Inocencio y la herejía «de Oriente»
    Jerónimo recuerda a Demetrias que, en tiempos del obispo Anastasio de Roma, una «tormenta de herejía» llegó de Oriente, y le pide que guarde la fe de Inocencio, sucesor y «hijo espiritual» de aquel. Según Wikipedia, Anastasio fue obispo de Roma de 399 a 401 y condenó los escritos de Orígenes poco después de su traducción al latín; Inocencio lo fue de 401 a 417, y en la propia carta a Demetrias Jerónimo lo llama hijo de Anastasio, expresión que Wikipedia entiende como vínculo jerárquico, no de sangre. El pasaje no nombra a Orígenes; una nota del NPNF relaciona el tratado que Jerónimo dice haber escrito contra esta doctrina con la Carta CXXIV, sobre los Principios de Orígenes («aparentemente»).

    Carta 130, § 17

    17. Los hombres discuten a menudo los méritos comparativos de la vida en soledad y de la vida en comunidad; y suele darse la preferencia a la primera sobre la segunda. Aun así, incluso para los hombres existe siempre el riesgo de que, apartados de la sociedad de sus semejantes, queden expuestos a imaginaciones impuras e impías y, en la plenitud de su arrogancia y desdén, miren con desprecio a todos menos a sí mismos, y armen sus lenguas para detraer del clero o de quienes, como ellos, están obligados por los votos de la vida solitaria. De éstos dice bien el salmista: «los hijos de los hombres tienen dientes como lanzas y flechas, y su lengua como espada afilada.» Ahora bien, si todo esto es cierto de los hombres, cuánto más se aplica a las mujeres, cuyas mentes volubles y vacilantes, si se dejan a su arbitrio, pronto degeneran. Yo mismo conozco anacoretas de ambos sexos que por ayunos excesivos han dañado de tal modo sus facultades que no saben qué hacer ni adónde volverse, cuándo hablar o cuándo callar. Con mayor frecuencia, quienes así han sido afectados han vivido en celdas solitarias, frías y húmedas. Además, si personas sin formación en las letras seculares leen las obras de escritores eclesiásticos capaces, sólo adquieren de ellas una fluidez verbosa y no, como podrían, un conocimiento más pleno de las Escrituras. Se cumple en ellos el viejo dicho: aunque no tienen ingenio para hablar, no pueden permanecer callados. Enseñan a otros las Escrituras que ellos mismos no entienden; y si tienen la fortuna de convencerlos, se dan aires de hombres doctos. De hecho, se erigen en instructores de los ignorantes antes de haber ido ellos mismos a la escuela. Es bueno, por tanto, deferir a los mayores, obedecer a los superiores, aprender no sólo de las Escrituras sino del ejemplo de otros cómo se debe ordenar la vida, y no seguir al peor de los maestros: la propia confianza en uno mismo. De las mujeres que son así de presuntuosas dice el apóstol que «son llevadas por doquiera de todo viento de doctrina, [] siempre aprendiendo y nunca capaces de llegar al conocimiento de la verdad.» []

    Carta 130, § 18

    18. Evita la compañía de mujeres casadas entregadas a sus maridos y al mundo, para que tu mente no se turbe al oír lo que un marido dice a su mujer, o una mujer a su marido. Tales conversaciones están llenas de veneno mortal. Para expresar su condena de ellas, el apóstol ha tomado un verso de un escritor pagano y lo ha puesto al servicio de la iglesia. Puede traducirse literalmente a costa de la métrica: «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.» No; debes elegir como compañeras a mujeres graves y serias, particularmente viudas y vírgenes, personas de conversación probada, de pocas palabras y de santa modestia. Huye de las muchachas alegres y frívolas, que se engalanan la cabeza y llevan el cabello en bucles, que se pintan el cutis con cosméticos y afectan mangas ceñidas, vestidos sin un solo pliegue y escarpines primorosos; y, fingiéndose vírgenes, se venden más fácilmente a la perdición. Además, el carácter y los gustos de una señora a menudo se infieren del comportamiento de sus criadas. Considera hermosa, amable y digna compañera a aquella que no es consciente de su belleza y es descuidada con su apariencia; que no expone su pecho en público ni se echa hacia atrás el manto para descubrir el cuello; que se cubre todo el rostro excepto los ojos, y solo los usa para encontrar el camino.

    Carta 130, § 19

    19. Dudo de lo que voy a decir, pero, como suele suceder, quiéralo o no, debe decirse; no porque tenga razones para temer algo semejante en tu caso, pues probablemente nada sabes de tales cosas y ni siquiera las has oído mencionar, sino porque, al aconsejarte a ti, puedo advertir a otros. Una virgen debe evitar, como otras tantas plagas y ruinas de la castidad, a todos los jóvenes de rizos ensortijados que se rizan el cabello y se ungen con almizcle; a quienes bien pueden aplicarse las palabras de Petronio Árbitro, «demasiado perfume es un mal perfume.» No necesito hablar de aquellos que, con sus asiduas visitas a las vírgenes, desacreditan a sí mismos y a ellas; pues, aunque nada malo hagan, no puede imaginarse mal mayor que hallarse expuesto a las calumnias y ataques de los paganos. No hablo aquí de todos, sino solo de aquellos a quienes la iglesia misma reprende, a quienes a veces expulsa, y contra quienes no pocas veces se dirige la censura de obispos y presbíteros. Pues, tal como están las cosas, es casi más peligroso para las muchachas frívolas mostrarse en las moradas de la religión que incluso andar por la calle. Las vírgenes que viven en comunidad, y de las cuales se reúnen grandes números, nunca deben salir solas o sin la compañía de su madre. Un halcón a menudo escoge a una de una bandada de palomas, se abalanza sobre ella y la desgarra hasta hartarse de su carne y su sangre. Las ovejas enfermas se apartan del rebaño y caen en las fauces de los lobos. Conozco a algunas vírgenes santas que en los días festivos se quedan en casa para evitar las multitudes y se niegan a salir cuando deben llevar una escolta fuerte, o evitar por completo todos los lugares públicos.
    Hace unos treinta años publiqué un tratado sobre la preservación de la virginidad, en el que me vi obligado a oponerme a ciertos vicios y a poner al descubierto las astucias del diablo para instrucción de la virgen a quien iba dirigido. Mi lenguaje ofendió entonces a muchísimos, pues cada cual se aplicaba a sí mismo lo que yo decía y, en lugar de acoger mis advertencias, se apartaba de mí como de un acusador de sus obras. ¿Sirvió de algo, preguntas, armar así a un tropel de contradictores y mostrar con mis quejas las heridas que mi conciencia recibía? Sí, respondo, pues, mientras ellos han pasado, mi libro permanece todavía. He escrito también breves exhortaciones a varias vírgenes y viudas, y en esas obras menores he reunido todo lo que hay que decir sobre el asunto. De modo que me veo reducido a la alternativa de repetir exhortaciones que parecen superfluas o de omitirlas con grave perjuicio de este tratado. El bienaventurado Cipriano ha dejado una obra noble sobre la virginidad; y muchos otros escritores, tanto griegos como latinos, han hecho lo mismo. En efecto, la vida virginal ha sido alabada con la lengua y con la pluma entre todas las naciones y particularmente entre las iglesias. Sin embargo, la mayoría de quienes han escrito sobre el tema se han dirigido a quienes aún no han elegido la virginidad, y que necesitan ayuda para poder elegir correctamente. Pero yo y aquellos a quienes escribo hemos hecho nuestra elección; y nuestro único objetivo es permanecer constantes en ella. Por tanto, como nuestro camino pasa entre escorpiones y víboras, entre lazos y ruinas, avancemos con el bastón en la mano, ceñidos los lomos y calzados los pies; [] para que así lleguemos a las dulces aguas del verdadero Jordán, entremos en la tierra de promisión y subamos a la casa de Dios. Entonces cantaremos con el profeta: «Señor, yo amé la morada de tu casa y el lugar donde habita tu gloria;» y de nuevo: «Una cosa he pedido al Señor, esta buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida.»
    Dichosa es el alma, dichosa la virgen en cuyo corazón no hay lugar para otro amor que el amor de Cristo. Pues en Él mismo es sabiduría y castidad, paciencia y justicia y toda otra virtud. Dichosa también aquella que puede recordar el rostro de un hombre sin el menor suspiro de pesar, y que no tiene deseo de posar los ojos en alguien a quien, después de haberlo visto, quizá no quiera renunciar. Hay algunas, sin embargo, que con su mal comportamiento desacreditan la santa profesión de la virginidad y la gloria de la compañía celestial y angélica que la han abrazado. A estas hay que decirles con franqueza que o se casen si no pueden contenerse, o se contengan si no quieren casarse. También es cosa de risa, o más bien de lágrimas, que cuando las señoras salen a la calle vayan precedidas de criadas mejor vestidas que ellas; tan habitual se ha vuelto esto que, si de dos mujeres ves una menos acicalada que la otra, la tomas por la señora como cosa natural. Y sin embargo esas criadas son vírgenes profesas. Además, no pocas vírgenes eligen moradas apartadas donde no estén bajo la mirada de otros, para poder vivir más libremente de lo que de otro modo podrían. Se bañan, hacen lo que les place, y procuran cuanto pueden pasar inadvertidas. Vemos estas cosas y, sin embargo, las toleramos; de hecho, si vislumbramos el brillo del oro, estamos dispuestos a considerarlas buenas obras.

    Carta 130, § 20

    20. Termino como comencé, no contento con haberte dado una sola advertencia. Ama las Sagradas Escrituras, y la sabiduría te amará. Ama la sabiduría, y te guardará a salvo. Honra la sabiduría, y te abrazará en derredor. Que las joyas de tu pecho y de tus orejas sean las gemas de la sabiduría. Que tu lengua no conozca otro tema que Cristo, que ningún sonido pase por tus labios que no sea santo, y que tus palabras reproduzcan siempre aquella dulzura de la que tu abuela y tu madre te dieron ejemplo. Imítalas, pues son modelos de virtud.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejan estas cartas

    Las cinco cartas se repiten en lo esencial, aunque cada destinatario tiene su caso. El dinero aparece una y otra vez: se pide a Eustoquia que huya de la codicia (Carta 22, § 31–33), a Paulino que venda sus bienes sin querer venderlos caros (Carta 53, § 11) y a Demetrias que no necesita ser prevenida contra ella, pues es de familia rica (Carta 130, § 14). Se repite el aviso contra las visitas a mujeres casadas (Carta 22, § 16; Carta 130, § 18) y contra los clérigos y monjes que mantienen un aire de santidad sin vivirla (Carta 22, § 34; Carta 125, § 16 y 18). Y se repite la lectura de la Escritura como compañía de la vida ascética: en la 53 es el tema entero, y a Demetrias le dice que ame ocupar su mente con ella (Carta 130, § 7).
    Entre la Carta 22 y la 130 hay treinta años. En esta última Jerónimo se refiere a «un tratado sobre la preservación de la virginidad» que había publicado hacía unos treinta años (§ 19); Wikipedia identifica ese texto, en su artículo sobre Eustoquia, con la Carta 22. El editor del NPNF las compara y encuentra la segunda «más suave y menos fanática»: el ascetismo que recomienda no es tan severo, hay menos rapsodia y más sentido común. Es una lectura del editor, que se comprueba leyendo las dos cartas seguidas.
    También se ve cómo cambia el adversario. En el 384 son las mujeres de Roma y los clérigos que las frecuentan; en 411, un rival ya muerto a quien el editor identifica con Rufino; en 414, una doctrina llegada «de Oriente» sobre el origen de las almas, que Jerónimo confía en que Demetrias no acepte (Carta 130, § 16).
    Límites. Esta edición no examina el latín: toma el texto de la versión inglesa y, cuando las fuentes difieren, dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Las notas del traductor inglés no están en ella, y las identificaciones que se dan en las notas de lectura (el «gruñidor», el «obispo de Nola») son del editor del NPNF, no de Jerónimo.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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