c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers
Texto base: versión inglesa de Edgar C. S. Gibson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11 (1894), «The Conferences of John Cassian», hecha sobre el latín de Petschenig (Viena, 1886) · veintidós de las veinticuatro conferencias, en 492 capítulos
Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano
¿Qué se dice entre sí los monjes que han dejado todo, y qué responden cuando un joven les pregunta adónde apunta tanto esfuerzo? Hacia 426–428, ya en Marsella, Juan Casiano puso por escrito veinticuatro pláticas con los ancianos del desierto de Escete, en Egipto. La primera empieza con la pregunta del abad Moisés a Casiano y a su compañero Germano: cuál es la meta y cuál el fin del monje (Conf. 1, cap. 2). La segunda trata de la discreción; después vienen la renuncia, la carne y el espíritu, los ocho vicios principales, la oración, la gracia y el libre albedrío, la amistad, las promesas, las clases de monjes, la penitencia y la ausencia de pecado.
Este libro recoge las veintidós conferencias que traduce el NPNF: la 12 («Sobre la castidad») y la 22 («Sobre las ilusiones nocturnas») no están en la edición inglesa, que lo anota en su lugar. Gibson, el traductor inglés, advierte que no es posible saber hasta qué punto las conferencias reproducen lo que de verdad dijeron los padres egipcios y hasta qué punto son composición del propio Casiano (Prolegómenos de la edición); el texto presenta a los abades como interlocutores directos. Para el contexto del monacato en el que se inserta, véase el compendio Monacato y Padres del desierto.
Ficha de la obra
Autor
Juan Casiano (hacia 360 – hacia 435), monje que vivió en Belén y en Egipto y que, según Wikipedia, llegó a Marsella hacia 415 y fundó allí el monasterio de San Víctor
Título
Conferencias (en latín Conlationes o Collationes patrum in scythica eremo, según Wikipedia; el título de la edición de Petschenig es Ioannis Cassiani Conlationes XXIIII)
Fecha
Entre 426 y 428 según Gibson; Wikipedia dice «hacia 420» para las Instituciones y las Conferencias
Destinatarios
Tres series, con otros tantos prefacios: las Conferencias 1–10, a Leoncio y Heladio; 11–17, a Honorato y Euquerio; 18–24, a Joviniano, Minervio, Leoncio y Teodoro (Gibson)
Género
Conversaciones doctrinales y prácticas entre Casiano, Germano y los abades de Escete, con preguntas y respuestas
Extensión
Veintidós conferencias, 492 capítulos y unas 190 000 palabras
Traducción
Castellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
Fuente
Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11, versión de Edgar C. S. Gibson, tal como la recoge New Advent
Las conferencias
La numeración es la del latín, que conserva la edición; los huecos de la 12 y la 22 son los de la edición inglesa. Cuando la edición no da subtítulo (1 y 2), el tema se toma de los encabezados de sus capítulos.
Conf.
Abad
Tema
1
Moisés
La meta y el fin del monje (cap. 2)
2
Moisés
La discreción (cap. 1)
3
Pafnucio
Sobre las tres clases de renuncias
4
Daniel
Sobre la concupiscencia de la carne y del espíritu
5
Serapión
Sobre los ocho vicios principales
6
Teodoro
Sobre la muerte de los santos
7
Sereno
Sobre la inconstancia del espíritu y la malicia espiritual
8
Sereno
Sobre los principados
9
Isaac
Sobre la oración
10
Isaac
Sobre la oración
11
Queremón
Sobre la perfección
12
Queremón
No traducida en el NPNF (Sobre la castidad)
13
Queremón
Sobre la protección de Dios
14
Nesteros
Sobre la ciencia espiritual
15
Nesteros
Sobre los dones divinos
16
José
Sobre la amistad
17
José
Sobre las promesas
18
Piamún
Sobre las tres clases de monjes
19
Juan
Sobre el fin del cenobita y del ermitaño
20
Pinufio
Sobre el fin de la penitencia y las señales de la satisfacción
21
Teonas
Sobre el recreo durante los cincuenta días
22
Teonas
Omitida en el NPNF (Sobre las ilusiones nocturnas)
23
Teonas
Sobre la carencia de pecado
24
Abraham
De la mortificación
La fuente y su traducción
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Edgar C. S. Gibson, publicada en 1894 en el volumen 11 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), Sulpitius Severus, Vincent of Lerins, John Cassian, editada por Philip Schaff y Henry Wace. Según New Advent, el volumen apareció en Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1894); la portada que reproduce CCEL dice Edimburgo (T&T Clark) y Grand Rapids (Eerdmans). Gibson firma como «Principal of the Theological College, Wells, Somerset». Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citar.
Gibson cuenta en sus Prolegómenos que, para las Conferencias, usó el texto latino de Petschenig (Ioannis Cassiani Conlationes XXIIII, Viena, 1886), a su juicio mucho mejor que el de las ediciones anteriores. El volumen contiene, además de las Conferencias, las Instituciones de Casiano y la obra de Vicente de Lerins, que también está en este sitio (Conmonitorio).
Lo que viene de la edición. La división en veintidós conferencias y en capítulos, y los sumarios que encabezan cada capítulo, son los de la edición inglesa; ni el epub ni esta lectura distinguen cuáles son del autor. Los encabezados «Conferencia N. Abad X» son del editor de este libro; el renglón en cursiva que sigue a cada uno es el de la edición, con su mayúscula original pasada a minúscula. La edición repite «Por san Juan Casiano» (o «De san Juan Casiano») al comienzo de cada conferencia: aquí se omite. En la Conferencia 19 (cap. 16), Gibson deja dos frases en latín y se conservan así. El capítulo 18 de la Conferencia 5 no trae sumario en la edición y su encabezado va solo con el número. Las referencias bíblicas entre corchetes son las del NPNF; las notas y los Prolegómenos de Gibson no vienen en el epub y se leen en CCEL. Algunos datos de las notas de este libro proceden de ellos y se indica.
La obligación que fue prometida al bienaventurado Papa Castor en el prefacio de aquellos volúmenes que, con la ayuda de Dios, compuse en doce libros sobre las Instituciones de los cenobios y los remedios de los ocho vicios principales, ha sido ahora satisfecha, en la medida en que lo ha permitido mi escasa capacidad. Ciertamente quisiera saber qué opinión se ha formado con justicia sobre esta obra, tanto según su juicio como según el vuestro; si, en una materia tan profunda y tan elevada, y que jamás ha sido aún objeto de tratado alguno, hemos producido algo digno de vuestra atención y del ardiente deseo de todos los santos hermanos. Mas ahora, puesto que el susodicho Obispo nos ha dejado y ha partido hacia Cristo, entretanto estas diez Conferencias de los más insignes de los padres, a saber, los anacoretas que moraban en el desierto de Escete, las cuales él, encendido en un deseo incomparable de santidad, me había ordenado escribir para él en el mismo estilo (no considerando, en la grandeza de su afecto, qué carga imponía sobre hombros demasiado débiles para soportarla)— estas Conferencias he juzgado conveniente dedicarlas a vos en particular, oh bienaventurado Papa Leocio, y al santo hermano Heladio. Pues uno de vosotros estuvo unido a aquel a quien he mencionado por los vínculos del parentesco fraterno, por el rango del sacerdocio y (lo que es más al caso) por el fervor en el estudio sagrado, y por ello tiene derecho hereditario a reclamar la deuda debida a su hermano; mientras que el otro se ha atrevido a seguir las sublimes costumbres de los anacoretas, no como algunos, presuntuosamente por su propia cuenta, sino apoderándose, por inspiración del Espíritu Santo, del recto camino de la doctrina casi antes de haber sido instruido, y prefiriendo aprender no tanto de sus propias ideas como de las tradiciones de ellos. En lo cual, así como había anclado en el puerto del Silencio, se abre ante mí un ancho mar, de suerte que he de aventurarme a transmitir a la posteridad algunas de las Instituciones y de la enseñanza de estos grandes varones. Pues la barquilla de mis cortas fuerzas se verá expuesta a los peligros de una más larga travesía por el piélago, en la medida en que la vida del anacoreta es más grandiosa que la del cenobio, y la contemplación de Dios, a la que aquellos inestimables varones se entregaron siempre, más sublime que la vida práctica ordinaria. Vuestro es, por tanto, asistir nuestros esfuerzos con vuestras piadosas oraciones, no sea que una materia tan sagrada, que ha de ser tratada de un modo aún no ensayado pero fiel, se vea comprometida por nosotros, o no sea que nuestra simplicidad se pierda en las profundidades de la materia. Pasemos, pues, de lo que es visible a los ojos y del modo de vida externo de los monjes, del que tratamos en los libros anteriores, a la vida del hombre interior, que está oculta a la vista; y desde el sistema de las oraciones canónicas, ascienda nuestro discurso a aquella perseverancia en la oración incesante que el Apóstol prescribe, para que quien, por la lectura de nuestra obra anterior, haya ya ganado espiritualmente el nombre de Jacob al expulsar sus faltas carnales, pueda ahora, mediante la recepción de las Instituciones que no son mías sino de los padres, ascender por una pura inteligencia a los méritos y (por así decir) a la dignidad de Israel, y sea igualmente instruido en lo que debe observar en estas altas cumbres de la perfección. Y así alcancen vuestras oraciones de Aquel que nos ha juzgado dignos tanto de verlos como de aprender de ellos y de morar con ellos, que se digne concedernos un recuerdo perfecto de su enseñanza y una lengua pronta para contarla, a fin de que podamos exponerlas tan bellamente y con tanta exactitud como las recibimos de ellos, y logremos presentar ante vosotros a los mismos varones incorporados, por así decir, en sus propias Instituciones y, lo que es más al caso, hablando en lengua latina. Sobre esto, empero, deseamos ante todo advertir al lector de estas Conferencias, así como de nuestras obras anteriores, que si acaso hubiere aquí algo que, por su condición y el carácter de su profesión, o por la costumbre y el modo común de vida, le pareciere imposible o muy difícil, no lo mida por los límites de sus propias fuerzas, sino por el valor y la perfección de quienes hablan, cuyo celo y propósito debe considerar primero, pues ellos estaban verdaderamente muertos a esta vida terrena, y por tanto no impedidos por sentimiento alguno hacia sus parientes según la carne ni por vínculo alguno de ocupaciones mundanas. Luego tenga presente el carácter del país en que moraban, cómo vivían en un vasto desierto, apartados de todo trato con sus semejantes, y así podían tener la mente iluminada, y contemplar y proferir aquellas cosas que acaso parecerán imposibles a los no iniciados e indoctos, a causa de su modo de vida y del carácter común de sus costumbres. Mas si alguno quiere dar un juicio verdadero sobre esta materia, y desea probar si tal perfección puede alcanzarse, esfuércese primero por hacer suyo el propósito de ellos, con el mismo celo y el mismo modo de vida, y al fin hallará que aquellas cosas que solían parecer superiores a las fuerzas humanas, no sólo son posibles, sino realmente deleitosas. Mas ahora pasemos sin demora a sus Conferencias e Instituciones.
Comentario editorial · Tres series y sus destinatarios
La obra no salió de una vez. Gibson cuenta que Casiano la escribió a petición de Castor, obispo de Apta Julia, que murió en 426 antes de recibirla; por eso dedicó las Conferencias 1 a 10 a Leoncio —«probablemente» obispo de Fréjus— y a Heladio, que aquí es «hermano» y que en el prefacio de la Conferencia 18 aparece ya como obispo. La segunda serie (11–17) va a Honorato y Euquerio y la tercera (18–24) a Joviniano, Minervio, Leoncio y Teodoro. Gibson fecha el conjunto entre 426 y 428. Wikipedia (en), en cambio, dice que las Conferencias están dedicadas al «papa León»; el texto y Gibson leen «Leoncio». El «papa» con que el prefacio llama a Leoncio es, según una nota de Gibson, un título que en Occidente se reservó pronto a los obispos y solo más tarde al de Roma.
Capítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
Conf. 1, cap. 1
Cuando estaba yo en el desierto de Escete, donde se hallan los más excelentes padres monásticos y donde florece toda perfección, en compañía del santo padre Germano (quien desde los primeros días y el comienzo de nuestro servicio espiritual había sido mi más íntimo compañero tanto en el cenobio como en el desierto, de suerte que, para mostrar la armonía de nuestra amistad y de nuestros propósitos, todos dirían que un solo corazón y una sola alma existían en nuestros dos cuerpos), busqué al abad Moisés, que era eminente entre aquellas espléndidas flores, no sólo en la excelencia práctica sino también en la contemplativa, en mi afán de ser cimentado por su instrucción; y juntos le suplicamos que nos diera una plática para nuestra edificación; no sin lágrimas, pues sabíamos muy bien su determinación de no consentir jamás en abrir la puerta de la perfección, sino a aquellos que la deseaban con toda fidelidad y la buscaban con toda aflicción de corazón; no fuera que, si la mostraba al azar a quienes nada les importaba, o sólo la deseaban de manera tibia, abriendo lo que es necesario, y lo que sólo debe ser descubierto a los que buscan la perfección, a personas indignas, que la aceptarían con desprecio, pudiera parecer exponerse ya a la acusación de jactancia, ya al pecado de traicionar su depósito; y vencido al fin por nuestras súplicas, comenzó así.
Comentario editorial · Escete, y el origen de Casiano
Escete es la región del desierto egipcio donde Casiano sitúa a sus abades. Gibson la describe, citando a Butler, al noroeste de El Cairo, a tres días de camino por el desierto libio, y como parte meridional del valle de Nitria, que toma su nombre de los lagos salados que, en tiempos de Gibson, aún daban natrón en abundancia; recuerda además que Rufino, hacia 372, contaba allí cincuenta monasterios. El nombre sirve también para una duda sobre el propio autor: Gennadio lo llama «Cassianus natione Scytha», y Gibson, a quien le parece difícil que fuera escita, propone que el adjetivo aluda a Escete. Wikipedia (en) dice que nació hacia 360, «más probablemente» en la Escitia Menor, aunque algunos estudiosos suponen origen galo.
Capítulo 2. De la pregunta del abad Moisés, que preguntó cuál era la meta y cuál el fin del monje
Conf. 1, cap. 2
Todas las artes y ciencias, dijo él, tienen alguna meta o blanco, y un fin u objetivo propios, en los cuales pone sus ojos el diligente cultivador de cada arte, y así soporta toda suerte de fatigas y peligros y pérdidas, alegremente y con ecuanimidad; así, el labrador, sin rehuir a veces el calor abrasador del sol, a veces la escarcha y el frío, hiende la tierra incansablemente, y una y otra vez somete los terrones de su campo a la reja del arado, mientras mantiene ante sí su meta; a saber, con trabajo diligente desmenuzarla como arena fina, limpiarla de toda zarza y librarla de toda maleza, creyendo que de ningún otro modo puede alcanzar su fin último, que es asegurar una buena mies y una cosecha abundante; con la cual puede o vivir él mismo libre de cuidado, o acrecentar sus posesiones. Asimismo, cuando su granero está bien lleno, está muy dispuesto a vaciarlo, y con trabajo incesante a confiar la semilla al surco desmenuzado, sin pensar en la actual merma de sus provisiones en vista de la futura cosecha. También aquellos hombres que se dedican a las empresas mercantiles, no temen las incertidumbres ni los azares del océano, y no recelan riesgo alguno, mientras una viva esperanza los empuja hacia su fin de ganancia. Además, aquellos que están inflamados por la ambición de la vida militar, mientras esperan su fin de honores y poder, no hacen caso del peligro y de la destrucción en sus correrías, y no se ven quebrantados por las pérdidas presentes y las guerras, mientras están ansiosos por obtener el fin de algún honor que se les ofrece. También nuestra profesión tiene su propia meta y fin, por los cuales soportamos toda suerte de fatigas no sólo sin cansancio, sino incluso con deleite; por razón de los cuales la falta de alimento en el ayuno no es prueba para nosotros, el cansancio de nuestras vigilias se convierte en deleite; la lectura y la constante meditación de las Escrituras no nos hastían; y además el trabajo incesante, la abnegación, la privación de todas las cosas, y también los horrores de este vasto desierto no tienen terror alguno para nosotros. Y sin duda por esto fue por lo que vosotros mismos despreciasteis el amor de los parientes, y menospreciasteis vuestra patria y los deleites de este mundo, y atravesasteis tantos países, para venir a nosotros, gente sencilla y simple como somos, que vivimos en este estado miserable en el desierto. Por lo cual, dijo él, responded y decidme cuál es la meta y el fin que os incitan a soportar todas estas cosas tan alegremente.
Capítulo 3. De nuestra respuesta
Conf. 1, cap. 3
Y cuando insistió en obtener de nosotros una opinión sobre esta cuestión, respondimos que soportábamos todas estas cosas por el reino de los cielos.
Capítulo 4. De la pregunta del abad Moisés sobre la afirmación antedicha
Conf. 1, cap. 4
A lo cual respondió: Bien, habéis hablado con agudeza del fin (último). Mas cuál deba ser nuestra meta o blanco (inmediato), apegándonos constantemente al cual podamos alcanzar nuestro fin, debéis ante todo saberlo. Y cuando confesamos francamente nuestra ignorancia, prosiguió: Lo primero, como dije, en todas las artes y ciencias es tener alguna meta, es decir, un blanco para la mente, y un propósito mental constante; pues a menos que un hombre lo mantenga ante sí con toda diligencia y perseverancia, jamás logrará llegar al fin último y a la ganancia que desea. Pues, como dije, el labrador que tiene por fin vivir libre de cuidado y en la abundancia, mientras sus sembrados están brotando tiene esto como su objeto y meta inmediatos; a saber, mantener su campo limpio de toda zarza y maleza, y no se figura que pueda de otro modo asegurar la riqueza y un fin tranquilo, a menos que primero asegure por algún plan de trabajo y esperanza aquello que está ansioso por obtener. Tampoco el hombre de negocios abandona el deseo de procurarse mercancías, por medio de las cuales pueda amasar riquezas más provechosamente, porque desearía la ganancia en vano si no eligiera el camino que conduce a ella; y aquellos hombres que están ansiosos por ser condecorados con los honores de este mundo, primero determinan a qué deberes y condiciones deben entregarse, para que en el curso regular de la esperanza logren alcanzar los honores que desean. Y así el fin de nuestro modo de vida es ciertamente el reino de Dios. Mas cuál sea la meta (inmediata) debéis preguntarlo con empeño; pues si no es descubierta por nosotros del mismo modo, nos esforzaremos y nos agotaremos en vano, porque un hombre que viaja en dirección equivocada, tiene toda la fatiga y no obtiene ninguno de los bienes de su viaje. Y cuando permanecíamos boquiabiertos ante esta observación, el anciano prosiguió: El fin de nuestra profesión, en efecto, como dije, es el reino de Dios o el reino de los cielos; mas el fin o meta inmediatos es la pureza de corazón, sin la cual nadie puede alcanzar aquel fin; fijando, pues, nuestra mirada de continuo en esta meta, como en un blanco definido, dirijamos nuestro curso tan rectamente como sea posible hacia ella; y si nuestros pensamientos se desvían algo de ella, volvamos a fijar en ella la mirada, y comprobémoslos con exactitud como con una regla segura, que siempre traerá de vuelta todos nuestros esfuerzos a este único blanco, y mostrará al punto si nuestra mente se ha desviado por poco que sea de la dirección que se le ha marcado.
Capítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
Conf. 1, cap. 5
Así como aquellos cuyo oficio es usar armas de guerra, siempre que quieren mostrar su destreza en su arte ante un rey de este mundo, se esfuerzan por disparar sus flechas o dardos a ciertos blancos pequeños que tienen pintados los premios; pues saben que de ningún otro modo que por la línea de su puntería pueden asegurar el fin y el premio que esperan, los cuales sólo gozarán cuando hayan podido dar en el blanco que se les ha puesto delante; mas si acontece que éste es retirado de su vista, por mucho que en su falta de destreza su puntería se desvíe vanamente del camino recto, no pueden percibir que se han apartado de la dirección de la línea recta intentada, porque no tienen blanco distinto que pruebe la destreza de su puntería, o que muestre su defecto; y por tanto, mientras disparan sus proyectiles ociosamente al vacío, no pueden ver cuánto han errado o cuán completamente equivocados están, puesto que ningún blanco los acusa mostrando cuán lejos se han extraviado de la recta dirección; ni una mirada insegura puede ayudarlos a corregir y restablecer la línea recta que se les ha prescrito. Así pues, el fin que nos hemos propuesto es, como dice el Apóstol, la vida eterna, según declara: «teniendo ciertamente vuestro fruto para santidad, y el fin, la vida eterna;» [] pero la meta inmediata es la pureza de corazón, que él no sin razón llama «santificación,» sin la cual no puede alcanzarse el fin antedicho; como si hubiera dicho en otras palabras: teniendo vuestra meta inmediata en la pureza de corazón, y el fin, la vida eterna. De esta meta nos enseña el mismo bienaventurado Apóstol, y significativamente usa el término mismo, es decir, σκοπός, diciendo lo siguiente: «Olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia el blanco, por el premio de la soberana vocación del Señor:» [] lo cual se expresa más claramente en griego κατὰ σκοπὸν διώκω, es decir, «prosigo hacia el blanco,» como si dijera: «Con esta mira, por la cual olvido lo que queda atrás, es decir, las faltas de la vida anterior, me esfuerzo por alcanzar como fin el premio celestial.» Todo lo que, pues, pueda ayudarnos a guiarnos a este objeto, a saber, la pureza de corazón, debemos seguirlo con todas nuestras fuerzas; mas todo lo que nos lo impida, hemos de rehuirlo como cosa peligrosa y dañosa. Pues por esto hacemos y soportamos todas las cosas, por esto hacemos poco caso de nuestros parientes, de nuestra patria, de los honores, de las riquezas, de los deleites de este mundo y de toda clase de placeres, a saber, para retener una pureza de corazón duradera. Y así, cuando este objeto se nos pone delante, dirigiremos siempre nuestras acciones y pensamientos rectamente hacia su consecución; pues si no está constantemente fijado ante nuestros ojos, no sólo hará vanas e inútiles todas nuestras fatigas, y obligará a soportarlas sin propósito y sin recompensa alguna, sino que también excitará toda clase de pensamientos contrarios entre sí. Pues la mente, que no tiene punto fijo al cual pueda volver, y en el cual pueda principalmente asirse, ciertamente vagará de hora en hora y de minuto en minuto en toda suerte de pensamientos errantes, y de aquellas cosas que le vienen de fuera, será constantemente mudada a aquel estado que primero se le presente.
Capítulo 6. De aquellos que, al renunciar al mundo, aspiran a la perfección sin amor
Conf. 1, cap. 6
Porque de aquí resulta que, en el caso de algunos que han despreciado las mayores posesiones de este mundo, y no sólo grandes sumas de oro y plata, sino también grandes propiedades, los hemos visto después turbados y excitados por un cuchillo, un lápiz, un alfiler o una pluma. En cambio, si mantuvieran la mirada fija desde un corazón puro, ciertamente nunca permitirían que tal cosa sucediera por bagatelas, mientras que, para no padecerla en el caso de riquezas grandes y preciosas, prefirieron renunciar por completo a ellas. Pues a menudo algunos guardan sus libros con tanto celo que no permiten que nadie los mueva o toque ni siquiera levemente; y de este hecho les sobrevienen ocasiones de impaciencia y muerte, que les advierten de la necesidad de adquirir la paciencia y el amor requeridos; y cuando han entregado todas sus riquezas por amor de Cristo, sin embargo, como conservan su disposición anterior en materia de bagatelas, y a veces se alteran rápidamente por ellas, se vuelven en todo punto estériles e infructuosos, como quienes están sin la caridad de la que habla el Apóstol: y esto lo previó el bienaventurado Apóstol en espíritu, y «aunque,» dice él, «si repartiese todos mis bienes para alimentar a los pobres, y entregase mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo caridad, de nada me sirve.» [] Y de esto se sigue claramente que la perfección no se alcanza simplemente por la abnegación, y el abandono de todos nuestros bienes, y el desprendimiento de honores, a menos que esté aquella caridad, cuyos detalles describe el Apóstol, que consiste únicamente en la pureza de corazón. Pues «no tener envidia,» «no envanecerse, no airarse, no hacer mal alguno, no buscar lo propio, no alegrarse de la iniquidad, no pensar mal» etc., ¿qué es todo esto sino ofrecer siempre a Dios un corazón perfecto y limpio, y mantenerlo libre de todas las perturbaciones?
Capítulo 7. De cómo se ha de buscar la paz del alma
Conf. 1, cap. 7
Todo debe ser hecho y buscado por nosotros en atención a esto. Por esto hemos de buscar la soledad; por esto sabemos que debemos someternos a los ayunos, a las vigilias, a los trabajos, a la desnudez corporal, a la lectura y a todas las demás virtudes, para que por medio de ellas podamos preparar nuestro corazón y guardarlo indemne de todas las malas pasiones y, apoyándonos en estos peldaños, subir a la perfección de la caridad. Y en lo que toca a estas observancias, si por accidente nos hallamos ocupados en alguna obra buena y útil y no hemos podido cumplir nuestra disciplina acostumbrada, no debemos dejarnos vencer por la aflicción, la ira o la pasión, pues, por vencer precisamente esta, íbamos a hacer aquello que hemos omitido. Porque la ganancia del ayuno no compensará la pérdida de la ira, ni el provecho de la lectura es tan grande como el daño que resulta de despreciar a un hermano. Las cosas que son de importancia secundaria, como los ayunos, las vigilias, la retirada del mundo, la meditación de la Escritura, debemos practicarlas con miras a nuestro objeto principal, es decir, la pureza de corazón, que es la caridad, y no debemos por causa de ellas expulsar esta virtud principal; porque mientras esta se halle en nosotros intacta e ilesa, no sufriremos daño si algunas de las cosas de importancia secundaria se omiten necesariamente; ya que de nada servirá haberlo hecho todo, si se quita este fin principal del que hemos hablado, por el cual todo debe hacerse. Pues por esto uno se afana por conseguir y proveerse de los instrumentos para cualquier género de trabajo, no simplemente para poseerlos sin provecho, ni como si el lucro y la ventaja que de ellos se espera consistieran en el mero hecho de poseerlos, sino para que, usándolos, pueda alcanzar con eficacia el conocimiento práctico y el fin de aquel arte particular del que son auxiliares. Por lo tanto, los ayunos, las vigilias, la meditación de las Escrituras, la abnegación y la renuncia de todas las posesiones no son la perfección, sino ayudas para la perfección: porque el fin de aquella ciencia no consiste en ellas, sino que por medio de ellas llegamos al fin. En vano, pues, practicará estos ejercicios quien se contenta con ellos como si fueran el sumo bien, y fija el propósito de su corazón únicamente en ellos, sin extender sus esfuerzos hacia la consecución del fin por el cual deben buscarse; porque posee ciertamente los instrumentos de su arte, pero desconoce el fin en el que reside todo lo valioso. Así pues, todo aquello que pueda perturbar aquella pureza y paz del alma —aunque parezca útil y valioso— debe rehuirse como verdaderamente dañino, porque con esta regla lograremos escapar del daño de los errores y extravíos, y marchar directamente hacia el fin deseado y alcanzarlo.
Capítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
Conf. 1, cap. 8
Este, pues, debe ser nuestro principal esfuerzo: y a este firme propósito del corazón debemos aspirar constantemente; es decir, que el alma esté siempre unida a Dios y a las cosas celestiales. Todo lo ajeno a esto, por grande que sea, debe ponerse en segundo lugar, o incluso tenerse como de ninguna importancia, o tal vez como dañino. Tenemos una excelente ilustración de este estado y condición del alma en el evangelio, en el caso de Marta y María: pues mientras Marta realizaba un servicio ciertamente sagrado, ya que servía al Señor y a sus discípulos, y María, atenta únicamente a la instrucción espiritual, estaba aferrada a los pies de Jesús, que besaba y ungía con el ungüento de una buena confesión, el Señor muestra que ella ha escogido la mejor parte, y una que no le será quitada: pues cuando Marta se afanaba con piadoso cuidado, y estaba atareada en su servicio, viendo que ella sola era insuficiente para tal servicio pide ayuda de su hermana al Señor, diciendo: «¿No te importa que mi hermana me haya dejado servir sola? Dile, pues, que me ayude» — ciertamente no la llamaba a una obra indigna, sino a un servicio loable: y sin embargo, ¿qué oye del Señor? «Marta, Marta, te afanas y te turbas por muchas cosas: pero pocas cosas son necesarias, o solo una. María ha escogido la buena parte, que no le será quitada.» Ved, pues, que el Señor hace consistir el sumo bien en la meditación, es decir, en la contemplación divina: de donde vemos que todas las demás virtudes deben ponerse en segundo lugar, aun cuando admitamos que son necesarias, útiles y excelentes, porque todas se realizan por causa de esta sola cosa. Pues cuando el Señor dice: «Te afanas y te turbas por muchas cosas, pero pocas cosas son necesarias, o solo una,» hace consistir el sumo bien no en la obra práctica, por loable y rica en frutos que sea, sino en la contemplación de Él, que ciertamente es simple y «una sola»; declarando que «pocas cosas» son necesarias para la bienaventuranza perfecta, es decir, aquella contemplación que primero se alcanza reflexionando sobre unos pocos santos: de la contemplación de los cuales, quien ha hecho algún progreso se eleva y alcanza, con la ayuda de Dios, aquello que se llama «una sola cosa,» es decir, la consideración de solo Dios, para superar aquellas acciones y servicios de los santos y alimentarse únicamente de la hermosura y del conocimiento de Dios. «María», por tanto, «escogió la buena parte, que no le será quitada.» Y esto debe considerarse con más cuidado. Pues cuando dice que María escogió la buena parte, aunque nada dice de Marta, y ciertamente no parece culparla, con todo, al alabar a la una, da a entender que la otra es inferior. Y cuando dice «que no le será quitada,» muestra que a la otra se le puede quitar su porción (porque un ministerio corporal no puede durar para siempre con el hombre), pero enseña que el deseo de esta nunca puede tener fin.
Capítulo 9. Pregunta sobre cómo es que la práctica de la virtud no puede permanecer con el hombre
Conf. 1, cap. 9
A lo cual nosotros, profundamente conmovidos, respondimos: ¿qué, pues? ¿Se nos quitará el esfuerzo del ayuno, la diligencia en la lectura, las obras de misericordia, la justicia, la piedad y la bondad, y no permanecerán con quienes las practican, sobre todo cuando el Señor mismo promete la recompensa del reino de los cielos a estas obras, cuando dice: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber:» etc. [] ¿Cómo, pues, serán quitadas estas obras, que admiten a quienes las practican en el reino de los cielos?
Capítulo 10. Respuesta: que no la recompensa, sino su práctica, llegará a su fin
Conf. 1, cap. 10
Moisés. No dije que la recompensa de una buena obra haya de ser quitada, pues el Señor mismo dice: «Cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente en nombre de discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa:» []; sino que afirmo que la ejecución de una cosa, que la necesidad corporal, o el ataque de la carne, o las desigualdades de este mundo obligan a hacer, será quitada. Pues la diligencia en la lectura y la abnegación en el ayuno se practican útilmente para purificar el corazón y castigar la carne solo en esta vida, mientras «la carne codicia contra el espíritu» []; y a veces vemos que aun en esta vida son quitadas a aquellos hombres que están agotados por el trabajo excesivo, o por la enfermedad corporal o la vejez, y no pueden practicarlas. ¿Cuánto más, pues, desaparecerán en el más allá, cuando «esto corruptible se haya vestido de incorrupción,» [] y el cuerpo que ahora es «cuerpo natural» haya resucitado «cuerpo espiritual» [], y la carne haya comenzado a ser tal que ya no codicie contra el espíritu? Y de esto habla también claramente el bienaventurado Apóstol, cuando dice que «el ejercicio corporal para poco es provechoso; pero la piedad» (con lo que ciertamente designa el amor) «para todo es provechosa, pues tiene promesa de la vida presente y de la venidera.» [] Esto muestra claramente que lo que se dice útil para poco no ha de practicarse para siempre, y no puede por sí solo conferir el más alto estado de perfección al hombre que se afana en ello. Pues la expresión «para poco» puede significar cualquiera de las dos cosas, es decir, puede referirse a la brevedad del tiempo, porque el ejercicio corporal no puede durar con el hombre ni en esta vida ni en la venidera; o puede referirse a la pequeñez del provecho que resulta de ejercitar la carne, porque las austeridades corporales producen ciertos comienzos de progreso, pero no la perfección actual del amor, que tiene la promesa de la vida presente y de la venidera: y por tanto juzgamos que la práctica de las obras antedichas es necesaria, porque sin ellas no podemos escalar las alturas del amor. Pues lo que llamáis obras de religión y de misericordia son necesarias en esta vida, mientras todavía prevalecen estas desigualdades y diferencias de condición; pero ni aun aquí deberíamos esperar que se realicen, a menos que abunde tan gran multitud de pobres, necesitados y enfermos, lo cual es causado por la maldad de los hombres; es decir, de aquellos que han acaparado y retenido para su propio uso (sin usarlas, sin embargo) aquellas cosas que el Creador de todos había concedido a todos por igual. Mientras, pues, dure esta desigualdad en este mundo, esta clase de obra será necesaria y útil para el hombre que la practica, ya que trae a una buena intención y a una voluntad piadosa la recompensa de una herencia eterna; pero tendrá fin en la vida venidera, donde reinará la igualdad, cuando ya no haya desigualdad, por causa de la cual deben hacerse estas cosas, sino que todos los hombres pasarán de estas múltiples obras prácticas al amor de Dios y a la contemplación de las cosas celestiales en continua pureza de corazón: a lo cual aquellos hombres que se apresuran a entregarse al conocimiento y a la purificación del corazón han elegido consagrarse con todas sus fuerzas, dedicándose, mientras están todavía en la carne, a aquel deber en el que han de continuar cuando hayan dejado la corrupción, y cuando lleguen a aquella promesa del Señor Salvador, que dice: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» []
Capítulo 11. De la permanencia de la caridad
Conf. 1, cap. 11
Y por qué os admiráis de que aquellos deberes enumerados cesarán, cuando el santo Apóstol nos dice que aun los dones más altos del Espíritu Santo pasarán, y señala que solo la caridad permanecerá sin fin, diciendo «si hay profecías, se acabarán; si hay lenguas, cesarán; si hay conocimiento, se acabará,» pero de esta dice «La caridad nunca deja de ser.» Pues todos los dones se dan por un tiempo, según lo exigen el uso y la necesidad; pero cuando la dispensación termine, sin duda pasarán enseguida: mas el amor nunca será destruido. Porque no solo obra útilmente en nosotros en este mundo, sino también en el venidero, cuando se deje la carga de las necesidades corporales, continuará con mucho mayor vigor y excelencia, y nunca será debilitado por defecto alguno, sino que por medio de su perpetua incorrupción se adherirá a Dios más intensa y ardientemente. []
Capítulo 12. Pregunta sobre la perseverancia en la contemplación espiritual
Conf. 1, cap. 12
Germán. ¿Quién, pues, mientras está cargado con nuestra carne frágil, puede estar siempre tan atento a esta contemplación, que nunca piense en la llegada de un hermano, o en visitar a los enfermos, o en el trabajo manual, o al menos en mostrar bondad a los extraños y visitantes? Y, por último, ¿quién no es interrumpido por el cuidado del cuerpo y por atenderlo? O ¿cómo y de qué manera puede la mente adherirse al Dios invisible e incomprensible? Esto es lo que quisiéramos aprender.
Capítulo 13. Respuesta sobre la dirección del corazón y sobre el reino de Dios y el reino del diablo
Conf. 1, cap. 13
Moisés. Adherirse a Dios continuamente, y como decís, mantenerse inseparablemente aferrado a su contemplación, es imposible para el hombre mientras vive en esta carne débil. Pero debemos saber en qué hemos de tener fijo el propósito de nuestra mente, y hacia qué meta hemos de hacer volver siempre la mirada del alma: y cuando la mente pueda conseguir esto, alégrese; y entristézcase y suspire cuando sea apartada de ello, y cuantas veces descubra que ha caído de la contemplación de Él, reconozca que ha resbalado del sumo bien, considerando que incluso un apartamiento momentáneo de la contemplación de Cristo es fornicación. Y cuando nuestra mirada se haya desviado un poco de Él, volvamos a Él los ojos del alma, y traigamos de nuevo nuestra mirada mental como en una dirección perfectamente recta. Pues todo depende del estado interior del alma; y cuando el diablo ha sido expulsado de ella, y los pecados ya no reinan en ella, se sigue que el reino de Dios está fundado en nosotros, como dice el Evangelista: «El reino de Dios no viene con observación, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está dentro de vosotros.» [] Pero nada más puede estar «dentro de vosotros,» sino el conocimiento o la ignorancia de la verdad, y el deleite ya en el vicio ya en la virtud, por medio de lo cual preparamos en nuestro corazón un reino para el diablo o para Cristo: y de este reino describe el Apóstol el carácter, cuando dice «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.» [] Y así, si el reino de Dios está dentro de nosotros, y el reino de Dios es realmente justicia, paz y gozo, entonces el hombre que permanece en estas cosas está ciertísimamente en el reino de Dios; y por el contrario, los que viven en la injusticia, en la discordia y en la tristeza que produce muerte, tienen su lugar en el reino del diablo, y en el infierno y en la muerte. Pues por estas señales se distinguen el reino de Dios y el reino del diablo: y en verdad, si elevando en alto nuestra mirada mental consideramos aquel estado en el que viven en lo alto las potestades celestiales, que están verdaderamente en el reino de Dios, ¿qué habríamos de imaginarnos que es sino un gozo perpetuo y duradero? Pues ¿qué hay tan peculiar y propio de la verdadera bienaventuranza como la calma constante y el gozo eterno? Y para que estéis bien seguro de que esto que decimos es realmente así, no por mi propia autoridad sino por la del Señor, oíd cuán claramente describe Él el carácter y la condición de aquel mundo: «He aquí,» dice, «yo creo cielos nuevos y tierra nueva; y las cosas primeras no serán recordadas ni vendrán a la memoria. Mas vosotros os alegraréis y os regocijaréis para siempre en lo que yo creo.» [] Y de nuevo: «gozo y alegría se hallarán en ella; acción de gracias y voz de alabanza; y habrá mes tras mes, y sábado tras sábado.» Y otra vez: «alcanzarán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido.» [] Y si queréis saber más claramente acerca de aquella vida y de la ciudad de los santos, oíd lo que la voz del Señor proclama a la misma Jerusalén celestial: «Haré,» dice, «que tus oficiales sean paz, y tus gobernantes justicia. Nunca más se oirá violencia en tu tierra, ni desolación ni destrucción dentro de tus fronteras. Y la salvación se apoderará de tus muros, y la alabanza de tus puertas. El sol no será ya más tu luz de día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que el Señor será tu luz eterna, y tu Dios tu gloria. Tu sol no se pondrá jamás, ni tu luna se retirará; porque el Señor será tu luz eterna, y los días de tu luto se habrán acabado:» [] y por tanto el santo Apóstol no dice de manera general e indistinta que todo gozo sea el reino de Dios, sino marcada y enfáticamente que solo aquel gozo que es «en el Espíritu Santo.» [] Pues conocía perfectamente otro gozo detestable, del que oímos «el mundo se alegrará,» [] y «¡ay de vosotros que reís, porque lloraréis!» [] En efecto, el reino de los cielos debe entenderse en un triple sentido: o bien que los cielos reinarán, es decir, los santos sobre las demás cosas sometidas, según aquel texto, «Tú ten autoridad sobre cinco ciudades, y tú sobre diez;» y esto que se dice a los discípulos: «Os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel:» [] o bien que los cielos mismos comenzarán a ser reinados por Cristo, cuando «todas las cosas le sean sometidas,» y Dios comience a ser «todo en todos:» [] o bien que los santos reinarán en el cielo con el Señor.
Capítulo 14. De la permanencia del alma
Conf. 1, cap. 14
Por tanto, todo el que vive aún en este cuerpo debe ya saber que ha de ser entregado a aquel estado y oficio del que en esta vida se hizo partícipe y adepto, y no ha de dudar de que en aquel mundo eterno será compañero de aquel cuyo siervo y ministro eligió hacerse aquí; conforme a aquel dicho de nuestro Señor que dice: «Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estoy, allí estará también mi servidor.» [] Porque así como el reino del diablo se obtiene consintiendo al pecado, así el reino de Dios se alcanza con la práctica de la virtud en la pureza de corazón y en el conocimiento espiritual. Y donde está el reino de Dios, allí ciertamente se goza de la vida eterna; y donde está el reino del diablo, allí sin duda están la muerte y la tumba. Y el hombre que se halla en esta condición no puede alabar al Señor, conforme al dicho del profeta que nos dice: «Los muertos no te alaban, Señor; ni todos los que bajan al sepulcro (sin duda, del pecado). Pero nosotros», dice, «que vivimos (no, a la verdad, para el pecado ni para este mundo, sino para Dios) bendeciremos al Señor desde ahora y para siempre; porque en la muerte no hay quien se acuerde de Dios; y en el sepulcro (del pecado), ¿quién confesará al Señor?» esto es, nadie lo hará. Pues ningún hombre, aunque mil veces se llame cristiano o monje, confiesa a Dios cuando está pecando: nadie que permite lo que el Señor aborrece, se acuerda de Dios, ni con verdad se llama siervo de Aquel cuyos mandamientos desprecia con obstinada temeridad. Y en esta muerte declara el bienaventurado Apóstol que está envuelta la viuda que se entrega a los placeres, diciendo: «la viuda que se entrega a los placeres, viviendo está muerta.» [] Hay, pues, muchos que, viviendo aún en este cuerpo, están muertos y, yaciendo en el sepulcro, no pueden alabar a Dios; y al contrario, hay muchos que, aunque muertos en el cuerpo, bendicen a Dios en el espíritu y lo alaban, conforme a esto: «Oh espíritus y almas de los justos, bendecid al Señor»; y «todo espíritu alabará al Señor.» Y en el Apocalipsis se dice que las almas de los degollados no sólo alaban a Dios, sino que le hablan también. [] En el Evangelio, además, dice el Señor con mayor claridad aún a los saduceos: «¿No habéis leído lo que Dios os dijo: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos: porque todos viven para Él.» [] De quienes también dice el Apóstol: «por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos: porque les ha preparado una ciudad.» [] Y que no están ociosos después de la separación de este cuerpo, ni carecen de sensibilidad, lo muestra la parábola del Evangelio que nos habla del mendigo Lázaro y del rico vestido de púrpura, de los cuales uno alcanzó un lugar de bienaventuranza, es decir, el seno de Abraham, y el otro es abrasado por el terrible calor del fuego eterno. Y si quieres también entender las palabras dichas al ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» [], ¿qué muestran claramente sino que no sólo continúa su anterior inteligencia en las almas, sino que también, en su nueva condición, participan de un estado correspondiente a sus acciones y merecimientos? Pues el Señor nunca le habría prometido esto, si hubiera sabido que su alma, tras separarse de la carne, habría de quedar privada de percepción o disolverse en la nada. Porque no era su carne, sino su alma, la que había de entrar con Cristo en el Paraíso. En todo caso, debemos evitar y aborrecer con el mayor horror aquella perversa puntuación de los herejes, quienes, por no creer que Cristo pudo hallarse en el Paraíso el mismo día en que descendió a los infiernos, puntúan así: «En verdad te digo hoy,» y, haciendo una pausa, aplican «estarás conmigo en el Paraíso,» de modo que imaginan que esta promesa no se cumplió inmediatamente después de partir de esta vida, sino que se cumplirá después de la resurrección; pues no entienden aquello que antes del tiempo de su resurrección declaró a los judíos, que pensaban que Él estaba atado por dificultades humanas y por la debilidad de la carne como ellos: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo» []; con lo cual muestra claramente que las almas de los difuntos no sólo no quedan privadas de su razón, sino que ni siquiera carecen de sentimientos tales como la esperanza y la tristeza, la alegría y el temor, y que ya comienzan a gustar de antemano algo de lo que les está reservado en el juicio final, y que no se disuelven en la nada después de salir de esta vida, como piensan algunos incrédulos; antes viven una vida más real y se afanan aún con mayor empeño en las alabanzas de Dios. Y en verdad, dejando por un poco las pruebas de la Escritura y discutiendo, en cuanto nos lo permite nuestra capacidad, un poco sobre la naturaleza del alma misma, ¿no está más allá de los límites, no diré de la necedad, sino de la locura de toda estupidez, aun el albergar la más leve sospecha de que la parte más noble del hombre, en la cual, como muestra el bienaventurado Apóstol, consiste la imagen y semejanza de Dios, haya de volverse insensible cuando se deje la carga del cuerpo con que en este mundo está oprimida, cuando, conteniendo en sí todo el poder de la razón, hace sensible, por participación con ella, a la materia carnal muda e insensible? Especialmente cuando es cosa consiguiente, y el orden mismo de la razón exige, que cuando el alma se haya despojado de la grosería de la carne con que ahora está agravada, recobre sus potencias intelectuales mejor que nunca y las reciba en una condición más pura y más fina que aquella en que las perdió. Mas tan lejos llegó el bienaventurado Apóstol al reconocer que lo que decimos es verdad, que deseaba realmente partir de esta carne, para poder, por su separación de ella, unirse con más empeño al Señor; diciendo: «Deseo ser desatado y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor; pues mientras estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor»; y por tanto «estamos confiados y tenemos el deseo de estar siempre ausentes del cuerpo y presentes al Señor. Por lo cual asimismo nos esforzamos, ausentes o presentes, por serle agradables.» Y declara ciertamente que la permanencia del alma que está en la carne es lejanía del Señor y ausencia de Cristo; y confía con fe entera en que su separación y partida de esta carne comporta presencia con Cristo. Y de nuevo habla aún más claramente el mismo Apóstol de este estado de las almas como de uno que está llenísimo de vida: «Mas vosotros os habéis allegado al monte Sión, y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a una multitud innumerable de ángeles, y a la iglesia de los primogénitos, que están escritos en el cielo, y a los espíritus de los justos hechos perfectos.» [] De esos espíritus habla en otro pasaje: «Además, tuvimos a los instructores de nuestra carne, y los reverenciamos: ¿no estaremos mucho más sujetos al Padre de los espíritus, y viviremos?»
Capítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
Conf. 1, cap. 15
Mas la contemplación de Dios se alcanza de muchas maneras. Pues no sólo descubrimos a Dios admirando su esencia incomprensible, cosa que aún permanece oculta en la esperanza de la promesa, sino que lo vemos por la grandeza de su creación, por la consideración de su justicia y por el auxilio de su providencia cotidiana: cuando con mentes puras contemplamos lo que ha hecho con sus santos en cada generación, cuando con corazón tembloroso admiramos el poder con que gobierna, dirige y rige todas las cosas, o la inmensidad de su conocimiento y aquel ojo suyo al que no pueden ocultarse los secretos del corazón; cuando consideramos la arena del mar y el número de las olas, medido por Él y por Él conocido; cuando, maravillados, pensamos que las gotas de la lluvia, los días y las horas de los siglos, y todas las cosas pasadas y futuras están presentes a su conocimiento; cuando contemplamos con admiración sin límites aquella inefable misericordia suya con que, con infatigable paciencia, soporta los incontables pecados que a cada momento se cometen ante sus mismos ojos, o la llamada con que, sin mérito alguno precedente de nuestra parte, nos recibe por la gracia gratuita de su piedad; o también las innumerables ocasiones de salvación que concede a aquellos a quienes ha de adoptar: que nos hizo nacer de tal manera que desde nuestra misma cuna se nos dieran su gracia y el conocimiento de su ley; que Él mismo, venciendo en nosotros a nuestro enemigo sólo por el placer de su beneplácito, nos recompensa con la felicidad eterna y con premios perdurables; y que, por último, emprendió la dispensación de su Encarnación para nuestra salvación y extendió a todas las naciones las maravillas de sus sacramentos. Pero hay innumerables consideraciones de este género, que surgen en nuestros ánimos según el tenor de nuestra vida y la pureza de nuestro corazón, por las cuales Dios es visto con ojos puros o abrazado; consideraciones que ciertamente nadie conservará de modo duradero si aún sobrevive en él algo de los afectos carnales, porque «no puedes», dice el Señor, «ver mi rostro; pues ningún hombre me verá y vivirá» [], esto es, para este mundo y para los afectos terrenos.
Capítulo 16. Una pregunta sobre el carácter mudable de los pensamientos
Conf. 1, cap. 16
Germano. ¿Cómo es, pues, que aun contra nuestra voluntad, e incluso sin saberlo nosotros, pensamientos ociosos se insinúan en nosotros tan sutil y secretamente que resulta terriblemente difícil no ya rechazarlos, sino aun captarlos y asirlos? ¿Puede acaso hallarse a veces un alma libre de ellos, y nunca atacada por ilusiones de este género?
Capítulo 17. La respuesta: qué puede y qué no puede el alma con respecto al estado de sus pensamientos
Conf. 1, cap. 17
Moisés. Es imposible que el alma no sea asaltada por pensamientos, pero está en poder de todo hombre diligente admitirlos o rechazarlos. Pues así como su surgimiento no depende enteramente de nosotros, así el rechazarlos o admitirlos está en nuestra propia potestad. Mas porque dijimos que es imposible que el alma no sea asaltada por pensamientos, no debes atribuirlo todo a la culpa del asalto, ni a los espíritus que se esfuerzan por infundírnoslos; de lo contrario no quedaría en el hombre libre albedrío alguno, ni estaría en nuestro poder esforzarnos por mejorar. Antes bien, digo, está en gran medida en nuestro poder mejorar la índole de nuestros pensamientos y hacer que en nuestros corazones crezcan pensamientos santos y espirituales o terrenos. Pues para esto se emplea la lectura frecuente y la continua meditación de las Escrituras, a fin de que de allí se nos dé ocasión para el recogimiento espiritual; para esto se usa la frecuente salmodia, a fin de que se nos provean constantes sentimientos de compunción; y las fervorosas vigilias, ayunos y oraciones, para que el alma sea humillada y no se ocupe de las cosas terrenas, sino que contemple las celestiales. Porque si se abandonan estas cosas y la negligencia se desliza en nosotros, el alma, endurecida por la inmundicia del pecado, ciertamente se inclina hacia lo carnal y cae.
Capítulo 18. Comparación del alma con una piedra de molino
Conf. 1, cap. 18
Y este movimiento del corazón se ilustra no inconvenientemente con la comparación de una rueda de molino, a la que el ímpetu precipitado del agua hace girar con impulso arrebatado, y que jamás puede detener su obra mientras es movida por la acción del agua; pero está en poder del hombre que la dirige decidir si quiere que con ella se muela trigo, cebada o cizaña. Ciertamente, lo que en ella se eche por el hombre que tiene a su cargo aquel oficio, eso será triturado. Así también el alma, a través de las pruebas de la vida presente, es sacudida por los torrentes de tentaciones que irrumpen sobre ella de todas partes, y no puede verse libre del flujo de pensamientos; pero la índole de los pensamientos que debe desechar o admitir por sí misma, la proveerá con los esfuerzos de su propio fervor y diligencia. Pues si, como dijimos, recurrimos constantemente a la meditación de las Sagradas Escrituras y elevamos nuestra memoria hacia el recuerdo de las cosas espirituales, el deseo de la perfección y la esperanza de la bienaventuranza futura, es seguro que de esto surgirán pensamientos espirituales y harán que el alma se detenga en aquellas cosas en las que hemos estado meditando. Pero si nos vence la pereza o la negligencia y pasamos el tiempo en conversaciones ociosas, o nos enredamos en las preocupaciones de este mundo y en afanes innecesarios, resultará que brotará una especie de cizaña y procurará a nuestros corazones una ocupación dañosa; y, como dice nuestro Señor y Salvador, dondequiera que esté el tesoro de nuestras obras o de nuestro propósito, allí también es seguro que permanecerá nuestro corazón. []
Capítulo 19. De los tres orígenes de nuestros pensamientos
Conf. 1, cap. 19
Ante todo debemos al menos saber que hay tres orígenes de nuestros pensamientos, a saber: de Dios, del diablo y de nosotros mismos. Vienen de Dios cuando Él se digna visitarnos con la iluminación del Espíritu Santo, levantándonos a un estado más alto de progreso; y cuando hemos adelantado poco o, por obrar con pereza, hemos sido vencidos, nos castiga con compunción saludabilísima, o cuando nos descubre misterios celestiales, o vuelve nuestro propósito y nuestra voluntad hacia mejores obras, como en el caso del rey Asuero, el cual, castigado por el Señor, fue movido a pedir los libros de los anales, por los cuales se le recordaron las buenas obras de Mardoqueo, y lo promovió a un puesto de altísimo honor, y al punto revocó su cruelísima sentencia acerca de la matanza de los judíos. O cuando el profeta dice: «Escucharé lo que el Señor Dios dirá en mí.» También otro nos dice: «Y habló un ángel, y dijo en mí,» [] o cuando el Hijo de Dios prometió que vendría con su Padre y haría morada en nosotros, [] y «no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros.» [] Y el vaso de elección: «buscáis una prueba de Cristo que habla en mí.» [] Mas toda una serie de pensamientos brota del diablo, cuando se esfuerza por destruirnos ya por los placeres del pecado, ya por ataques secretos, mostrándonos engañosamente, con sus astutas artimañas, el mal como bien, y transformándose para nosotros en ángel de luz: [] como cuando el evangelista nos dice: «Y terminada la cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregar» [] al Señor; y otra vez también «tras el bocado,» dice, «Satanás entró en él.» Pedro dice asimismo a Ananías: «¿Por qué ha tentado Satanás tu corazón, para que mintieses al Espíritu Santo?» [] Y aquello que leemos en el Evangelio, anunciado mucho antes por el Eclesiastés: «Si el espíritu del príncipe se levanta contra ti, no dejes tu lugar.» [] Y lo que se dice a Dios contra Ajab en el tercer libro de los Reyes, en figura de un espíritu inmundo: «Saldré y seré espíritu de mentira en boca de todos sus profetas.» [] Mas nacen de nosotros mismos, cuando por curso natural recordamos lo que hacemos, o hemos hecho, o hemos oído. De lo cual habla el bienaventurado David: «Pensaba en los días antiguos, y tenía en mi mente los años de antaño, y meditaba; de noche me ejercitaba con mi corazón y escudriñaba mi espíritu.» Y además: «el Señor conoce los pensamientos del hombre, que son vanos»; y «los pensamientos de los justos son juicios.» [] En el Evangelio también dice el Señor a los fariseos: «¿por qué pensáis mal en vuestros corazones?» []
Capítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
Conf. 1, cap. 20
Debemos, pues, atender cuidadosamente a este triple orden, y con sabia discreción analizar los pensamientos que surgen en nuestros corazones, rastreando en primer lugar su origen, su causa y su autor, para que podamos considerar cómo debemos entregarnos a ellos conforme al mérito de quienes los sugieren, de modo que, como el mandato del Señor nos ordena, lleguemos a ser cambistas expertos, cuya suprema destreza y cuyo ejercicio consiste en probar cuál es oro perfectamente puro y cuál es el que comúnmente se llama acrisolado, o cuál no está suficientemente purificado en el fuego; y también, con destreza infalible, en no dejarse engañar por un denario común de bronce, si al ser coloreado con oro brillante se le hace semejante a alguna moneda de gran valor; y no sólo reconocer sagazmente las monedas acuñadas con las cabezas de usurpadores, sino con destreza aún más aguda detectar aquellas que tienen la imagen del rey legítimo, pero que no están debidamente fabricadas; y, por último, cuidar, mediante la prueba de la balanza, de ver que no estén por debajo del peso debido. Todas estas cosas, la sentencia evangélica que emplea esta figura nos muestra que también debemos observarlas espiritualmente; primero, que cuanto haya hallado entrada en nuestros corazones, y cuanta doctrina hayamos recibido, debe ser examinado con el mayor cuidado para ver si ha sido purificado por el divino y celestial fuego del Espíritu Santo, o si pertenece a la superstición judaica, o si proviene de la soberbia de una filosofía mundana y sólo exteriormente hace ostentación de religión. Y esto podemos hacerlo si cumplimos el consejo del Apóstol, «No creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios.» [] Pero de este modo son engañados también aquellos hombres que, después de haber profesado como monjes, son seducidos por la gracia del estilo y por ciertas doctrinas de filósofos, las cuales a primera vista, debido a algunos sentidos piadosos no ajenos a la religión, engañan como con el brillo del oro a sus oyentes, a quienes han atraído superficialmente, pero los vuelven pobres y miserables para siempre, como hombres engañados por moneda falsa hecha de cobre: ya trayéndolos de vuelta al bullicio de este mundo, ya seduciéndolos hacia los errores de los herejes y las vanidades ampulosas: cosa que leemos que sucedió a Acán en el libro de Josué hijo de Nun [], cuando codició un lingote de oro del campamento de los filisteos, lo robó, y fue herido con maldición y condenado a muerte eterna. En segundo lugar, debemos cuidar de que ninguna interpretación errónea aplicada al oro puro de la Escritura nos engañe en cuanto al valor del metal: medio por el cual el diablo, en su astucia, intentó engañar a nuestro Señor y Salvador como si fuera un mero hombre, cuando por su interpretación maliciosa pervirtió lo que debe entenderse en general de todos los hombres buenos, y trató de aplicarlo especialmente a Aquel que no necesitaba del cuidado de los ángeles, diciendo: «Porque a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos; en las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra,» dando con hábil suposición un giro a las preciosas sentencias de la Escritura y torciéndolas a un sentido peligroso, enteramente contrario a su verdadero significado, de modo que nos ofrece la imagen y el rostro de un usurpador bajo el color de oro que puede engañarnos. O si trata de engañarnos con falsificaciones, por ejemplo instándonos a emprender alguna obra de piedad que, por no provenir de la verdadera mente de los padres, conduce bajo la forma de virtud al vicio; y, engañándonos ya con ayunos inmoderados o imposibles, ya con vigilias demasiado largas, o con oraciones desordenadas, o con lectura inadecuada, nos lleva a mal fin. O cuando nos persuade a entregarnos a mezclarnos en los asuntos de otros y a visitas piadosas, con las cuales pueda alejarnos de los claustros espirituales del monasterio y del retiro de su amable paz, y sugiere que tomemos sobre nuestros hombros las ansiedades y cuidados de mujeres religiosas necesitadas, para que, cuando un monje esté inextricablemente enredado en lazos de esta clase, pueda distraerlo con ocupaciones y cuidados sumamente perjudiciales. O bien cuando incita a un hombre a desear el santo oficio del clero bajo pretexto de edificar a muchos y del amor de la ganancia espiritual, con lo cual nos aparta de la humildad y del rigor de nuestra vida. Todas estas cosas, aunque se oponen a nuestra salvación y a nuestra profesión, sin embargo, cuando están cubiertas con una especie de velo de compasión y religión, engañan fácilmente a quienes carecen de destreza y cuidado. Pues imitan las monedas del rey verdadero, porque al principio parecen llenas de piedad, pero no están acuñadas por quienes tienen derecho a acuñar, es decir, los aprobados padres católicos, ni proceden de la oficina pública autorizada para recibirlas, sino que son hechas a escondidas y por el fraude del diablo, y son endosadas a los inexpertos e ignorantes no sin grave daño. Y aunque al principio parezcan útiles y necesarias, sin embargo, si después comienzan a interferir con la solidez de nuestra profesión y, por así decirlo, a debilitar en algún sentido todo el cuerpo de nuestro propósito, conviene que sean cortadas y arrojadas lejos de nosotros como un miembro que puede ser necesario, pero que sin embargo nos escandaliza y que parece desempeñar el oficio de la mano derecha o del pie. Pues es mejor, sin un miembro de un mandato, es decir, su ejercicio o su resultado, continuar sanos y salvos en las otras partes, y entrar débiles en el reino de los cielos, antes que con toda la masa de mandatos caer en algún error que por mala costumbre nos separe de nuestra regla estricta y del sistema propuesto y abrazado, y conduzca a una pérdida tal, que jamás compensará el daño que seguirá, sino que hará que todos nuestros frutos pasados y todo el cuerpo de nuestra obra sean quemados en el fuego del infierno []. Acerca de esta clase de ilusiones bien se dice en los Proverbios: «Hay caminos que al hombre le parecen rectos, pero su fin desciende a las profundidades del infierno,» y de nuevo «El hombre malo es perjudicial cuando se allega al hombre bueno,» es decir, el diablo engaña cuando se cubre con apariencia de santidad: «pero aborrece el sonido del atalaya,» es decir, el poder de la discreción que proviene de las palabras y advertencias de los padres.
Capítulo 21. De la ilusión del abad Juan
Conf. 1, cap. 21
De este modo hemos oído que el abad Juan, que vivía en Licón, fue engañado recientemente. Pues cuando su cuerpo estaba agotado y desfalleciente por haberse abstenido de tomar alimento durante un ayuno de dos días, al tercer día, mientras iba de camino a tomar algún refrigerio, el diablo se presentó en forma de un etíope inmundo, y postrándose a sus pies, clamó: «Perdóname, porque yo te impuse este trabajo.» Y así aquel gran varón, tan perfecto en materia de discreción, comprendió que, bajo pretexto de una abstinencia practicada inadecuadamente, había sido engañado por la astucia del diablo, y que se había empeñado en un ayuno de tal carácter que afligía su cuerpo agotado con un cansancio innecesario, y en verdad perjudicial para el espíritu; pues fue engañado por una moneda falsa, y, mientras respetaba la imagen del rey verdadero que en ella había, no estuvo suficientemente atento a la cuestión de si estaba debidamente cortada y acuñada. Mas el último deber de este «cambista experto», que, como antes mencionamos, concierne al examen del peso, se cumplirá si, cada vez que nuestros pensamientos nos sugieran que algo ha de hacerse, lo consideramos escrupulosamente y, poniéndolo en las balanzas de nuestro pecho, lo pesamos con la más exacta balanza: si está lleno de bien para todos, o cargado con el temor de Dios; o entero y sano en su sentido; o si es ligero por la ostentación humana o por alguna presunción de novedad, o si la soberbia de la necia vanagloria no ha disminuido o mermado el peso de su mérito. Y así, pesándolos de inmediato en la balanza pública, es decir, probándolos por los hechos y testimonios de los Apóstoles y Profetas, tengámoslos como si fueran enteros y perfectos y de peso completo, o bien, con todo cuidado y diligencia, rechacémoslos como imperfectos y falsificados, y de peso insuficiente.
Capítulo 22. Del cuádruple modo de discernimiento
Conf. 1, cap. 22
Este poder de discernir nos será entonces necesario en el cuádruple modo del que hemos hablado; a saber: primero, que no se nos escape el material, si es de oro verdadero o de oro falsificado; segundo, que aquellos pensamientos que falsamente prometen obras de religión sean rechazados por nosotros como monedas forjadas y adulterinas, como aquellos que no están debidamente acuñados y que llevan una imagen no verdadera del rey; y que podamos del mismo modo detectar aquellos que, en el caso del precioso oro de la Escritura, por medio de un sentido falso y herético, muestran la imagen no del rey verdadero sino de un usurpador; y que rechacemos aquellos cuyo peso y valor el orín de la vanidad ha depreciado y no ha permitido que pasen en las balanzas de los padres, como monedas demasiado ligeras, y que son falsas y pesan demasiado poco; para que no incurramos en aquello que se nos advierte por mandato del Señor que evitemos con todas nuestras fuerzas, y no perdamos el valor y la recompensa de todo nuestro trabajo. «No os hagáis tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla corrompen, y donde ladrones minan y hurtan.» [] Pues siempre que hacemos algo con miras a la gloria humana, sabemos que, como dice el Señor, estamos atesorando para nosotros tesoro en la tierra, y que, en consecuencia, estando como escondido en el suelo y enterrado en la tierra, ha de ser destruido por diversos demonios, o consumido por el mordaz orín de la vanagloria, o devorado por las polillas de la soberbia, de modo que nada contribuya al uso y provecho del hombre que lo ha escondido. Debemos, pues, escudriñar constantemente todas las cámaras interiores de nuestros corazones, y rastrear con la más minuciosa investigación las huellas de cuanto en ellos entra, no sea que acaso alguna bestia, por así decirlo, perteneciente al entendimiento, ya sea león o dragón, al pasar haya dejado furtivamente las peligrosas marcas de su rastro, que mostrarán a otros la vía de acceso a los recónditos escondrijos del corazón, a causa de la negligencia acerca de nuestros pensamientos. Y así, arando diariamente y a cada hora la tierra de nuestro corazón con el arado del Evangelio, es decir, la constante memoria de la cruz del Señor, lograremos extirpar o arrancar de nuestros corazones las guaridas de las bestias dañinas y los escondrijos de las serpientes venenosas.
Capítulo 23. Del discurso del maestro en cuanto a los méritos de sus oyentes
Conf. 1, cap. 23
Ante esto, el anciano, viendo que estábamos asombrados e inflamados por las palabras de su discurso con un deseo insaciable, detuvo un poco su palabra a causa de nuestra admiración y fervor, y al punto añadió: Puesto que vuestro celo, hijos míos, ha llevado a una discusión tan larga, y una especie de fuego da más vivo deleite a nuestra conferencia en proporción a vuestro fervor, como por esto mismo puedo ver claramente que verdaderamente tenéis sed de la doctrina de la perfección, quiero todavía deciros algo sobre la excelencia de la discreción y de la gracia que rige y tiene el campo entre todas las virtudes, y no meramente probar su valor y utilidad con ejemplos cotidianos de ella, sino también con las deliberaciones y opiniones anteriores de los padres. Pues recuerdo que frecuentemente, cuando algunos hombres me pedían con suspiros y lágrimas un discurso de esta clase, y yo mismo estaba ansioso por darles alguna enseñanza, no podía lograrlo de ningún modo, y no sólo mis pensamientos, sino aun mi misma facultad de hablar me faltaba, de suerte que no hallaba cómo despedirlos siquiera con algún leve consuelo. Y por estas señales vemos claramente que la gracia del Señor inspira las palabras en los que hablan según los méritos y el celo de los oyentes. Y puesto que la brevísima noche que tenemos por delante no me permite terminar el discurso, entreguémosla más bien al descanso corporal, en el cual habrá de gastarse toda ella si se le niega una porción razonable, y reservemos el plan completo del discurso para una consideración ininterrumpida en un día o noche futuros. Pues conviene que los mejores consejeros en la discreción muestren en primer lugar en esto la diligencia de sus mentes, y prueben si son o pueden ser poseedores de ella por esta evidencia y paciencia, de modo que al tratar de aquella virtud que es la madre de la moderación no caigan de ningún modo en el vicio que le es contrario; a saber, el de la excesiva prolijidad, destruyendo con sus acciones y obras la fuerza del sistema y de la naturaleza que recomiendan de palabra. En cuanto, pues, a esta excelentísima discreción, sobre la cual todavía nos proponemos inquirir, en tanto el Señor nos da poder, puede ser bueno en primer lugar, cuando disputamos acerca de su excelencia y de la moderación que sabemos que existe en ella como la primera de las virtudes, no permitirnos exceder el debido límite de la discusión y de nuestro tiempo.
Y así, con esto, el bienaventurado Moisés puso fin a nuestra conversación, y nos instó, ansiosos como estábamos y pendientes de sus labios, a irnos a acostar un poco, aconsejándonos que nos recostáramos sobre las mismas esteras en que estábamos sentados, y que pusiéramos nuestros haces bajo nuestras cabezas en lugar de almohadas, pues éstos, atados uniformemente a hojas más gruesas de papiro recogidas en haces largos y delgados, a seis pies de distancia, a veces proporcionan a los hermanos, cuando están sentados en el oficio, un asiento muy bajo en lugar de escabel, y otras veces, puestos bajo sus cuellos cuando se acuestan, ofrecen un apoyo para sus cabezas que no es demasiado duro, sino cómodo y justamente adecuado. Para cuyos usos de los monjes estas cosas se consideran especialmente aptas y convenientes, no sólo porque son algo blandas y se preparan con poco costo de dinero y de trabajo, pues el papiro crece por todas partes a lo largo de las orillas del Nilo, sino también porque son de un material conveniente y bastante ligeras para ser removidas o traídas según lo requiera la necesidad. Y así, al fin, a la orden del anciano nos dispusimos a dormir en profundo silencio, excitados de gozo por la conferencia que habíamos tenido, y también sostenidos por la esperanza de la discusión prometida.
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