c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·62 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 21 de 21 · Conferencia 24. Abad Abraham·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CAS-02
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Conferencia del abad Abraham. De la mortificación.
Capítulo 1. Cómo pusimos al descubierto los secretos de nuestros pensamientos ante el abad Abraham
Conf. 24, cap. 1
Esta vigésima cuarta Conferencia del abad Abraham es, por el favor de Cristo, producida, la cual concluye las tradiciones y decisiones de todos los Ancianos; y cuando con la ayuda de vuestras oraciones haya sido terminada, como el número corresponde místicamente al de los veinticuatro Ancianos que, según se dice en el santo Apocalipsis [], ofrecen sus coronas al Cordero, pensamos que habremos pagado la deuda de todas nuestras promesas. Y de aquí en adelante, si estos veinticuatro Ancianos nuestros han sido coronados con alguna gloria por causa de su enseñanza, con las cabezas inclinadas la ofrecerán al Cordero que fue inmolado por la salvación del mundo: pues Él fue quien se dignó, por el honor de su nombre, concederles a ellos tan excelsos sentimientos y a nosotros cuantas palabras fueron necesarias para exponer tan profundos pensamientos. Y los méritos de su don deben ser referidos al Autor de todo bien, a quien tanto más se debe, cuanto más se paga. Por tanto, con ansiosa confesión pusimos ante este Abraham el impulso de nuestros pensamientos, por el cual éramos urgidos, por las diarias perplejidades de nuestra mente, a volver a nuestra patria y visitar de nuevo a nuestros parientes. Pues de aquí brotaba la mayor razón de nuestro deseo, porque recordábamos que nuestros parientes estaban dotados de tal piedad y bondad que estábamos seguros de que jamás estorbarían nuestro propósito, y reflexionábamos constantemente que sacaríamos más bien de su fervor, y que no seríamos estorbados por ningún cuidado de las cosas corporales ni molestia alguna en proveer el alimento, pues ellos con gusto ministrarían abundantemente al suministro de todas nuestras necesidades; y además de esto, alimentábamos nuestras almas con la esperanza de gozos vacíos, pues pensábamos que obtendríamos el mayor bien de la conversión de muchos, que habían de ser vueltos al camino de la salvación por nuestro ejemplo e instrucciones. Además de esto, el lugar mismo, donde estaba la posesión ancestral de nuestros padres, y la agradable amenidad de la comarca, se pintaba ante nuestros ojos: cuán agradable y adecuadamente se extendía hacia el desierto, de modo que los recovecos de los bosques no sólo deleitarían el corazón de un monje, sino que también le proveerían con abundante suministro de alimento. Y cuando explicamos todo esto al antedicho anciano, de manera directa, según la fe de nuestra conciencia, y mostramos con nuestras copiosas lágrimas que ya no podíamos resistir la violencia del impulso, a menos que la gracia de Dios viniera en nuestro rescate mediante la curación que él pudiera dar, esperó largo tiempo en silencio y al fin, suspirando profundamente, dijo:
Capítulo 2. Cómo el anciano puso al descubierto nuestros errores
Conf. 24, cap. 2
La flaqueza de vuestras ideas muestra que aún no habéis renunciado a los deseos mundanos ni mortificado vuestras antiguas concupiscencias. Pues, como el carácter errante de vuestros deseos da testimonio de la pereza de vuestro corazón, esta peregrinación y ausencia de vuestros parientes, que más bien deberíais soportar con el corazón, la soportáis sólo con la carne. Pues todas estas cosas habrían quedado sepultadas y del todo expulsadas de vuestros corazones, si hubierais alcanzado el recto método de la renuncia y la razón principal de la soledad en que moramos. Y así veo que padecéis aquella enfermedad de la pereza que se describe así en los Proverbios: «Todo perezoso está siempre deseando algo;» y de nuevo: «Los deseos matan al perezoso.» Pues también en nuestro caso no faltarían estos suministros de comodidades mundanas que habéis descrito, si creyéramos que eran apropiados a nuestra vocación, o pensáramos que podríamos sacar de aquellas delicias y placeres tanto provecho como el que se gana de esta aspereza del campo y aflicción corporal. Ni estamos tan privados del consuelo de nuestros parientes, que quienes se deleitan en sustentarnos con sus bienes hayan de faltarnos, si no fuera que esta sentencia del Salvador nos sale al encuentro y excluye todo lo que contribuye al sustento de esta carne, pues dice: «El que no deja (u odia) padre y madre y hermanos no puede ser mi discípulo.» [] Pero si estuviéramos del todo privados de la protección de nuestros padres, no faltarían los servicios de los príncipes de este mundo, pues con la mayor gratitud se alegrarían de ministrar a nuestras necesidades con pronta liberalidad. Y sustentados por su generosidad, estaríamos libres del cuidado de preparar el alimento, si no fuera porque esta maldición del profeta nos aterrara terriblemente. Pues «Maldito,» dice, «el hombre que pone su esperanza en el hombre;» y: «No pongáis vuestra confianza en los príncipes.» También podríamos, en todo caso, colocar nuestras celdas a orillas del río Nilo y tener el agua a nuestras mismas puertas, para no vernos obligados a cargarla sobre nuestros hombros durante cuatro millas, si no fuera porque el bienaventurado Apóstol nos hizo infatigables en soportar este trabajo, y nos animó con sus palabras, diciendo: «Cada uno recibirá su propia recompensa según su trabajo.» [] Ni ignoramos que hay aun en nuestra patria algunos parajes agradables, donde abundancia de frutos, y huertos amenos, y tierra fértil nos proveerían el alimento necesario con levísimos esfuerzos corporales de nuestra parte, si no fuera porque tememos que se nos aplique aquel reproche que se dirige contra el rico en el evangelio: «Porque recibiste tu consuelo en esta vida.» [] Mas como despreciamos todas estas cosas y las desdeñamos junto con todos los placeres de este mundo, sólo nos deleitamos en esta aspereza, y preferimos a todos los lujos este desierto terrible y vasto, y no podemos comparar riqueza alguna de suelo fértil a estas arenas estériles, pues no buscamos ganancias temporales de este cuerpo, sino las recompensas eternas del espíritu. Pues poco es para un monje haber hecho una vez su renuncia, es decir, en los primeros días de su conversión haber despreciado el mundo presente, si no continúa renunciando a él diariamente. Pues hasta el fin mismo de esta vida hemos de decir con el profeta: «Y no he deseado el día del hombre, tú lo sabes.» [] Por lo cual también dice el Señor en el evangelio: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.» []
Capítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
Conf. 24, cap. 3
Y por tanto, por aquel que ejercita un cuidado ansioso sobre la pureza de su hombre interior, deben buscarse aquellas regiones que no por su fecundidad y fertilidad inviten su mente a la fatiga de cultivarlas, ni lo empujen fuera de su posición fija e inmóvil en la celda, y lo obliguen a salir a algún trabajo al aire libre, de modo que, derramándose sus pensamientos, por así decirlo, abiertamente, dispersen a los vientos toda su concentración de la mente y toda la agudeza de la visión de su fin. Y esto no puede ser guardado ni visto por nadie, por cuidadoso y vigilante que sea, sino por aquel que continuamente mantiene su cuerpo y su alma encerrados y cercados entre muros, para que, como espléndido pescador, buscando alimento para sí con el arte apostólico, pueda con avidez y sin moverse capturar los enjambres de pensamientos que nadan en las tranquilas profundidades de su corazón, y, observando con ojo curioso las profundidades como desde una alta roca, decida sagaz y astutamente qué debe atraer a sí con su anzuelo salvador, y qué puede desechar y rechazar como peces malos y dañinos.
Capítulo 4. Qué clases de trabajo deben elegir los solitarios
Conf. 24, cap. 4
Todo aquel, por tanto, que persevere constantemente en esta vigilancia cumplirá con eficacia lo que expresa muy claramente el profeta Habacuc: «Estaré de pie sobre mi guardia, y subiré sobre la roca, y miraré para ver qué me dirá, y qué he de responder a aquel que me reprende.» [] Y cuán difícil y fatigoso sea esto lo muestra muy claramente la experiencia de los que viven en el desierto de Cálamo o de Porfirión. Pues, aunque están separados de todas las ciudades y moradas de los hombres por una extensión de desierto mayor que el yermo de Escete (pues, penetrando siete u ocho días de camino en los recovecos del vasto yermo, apenas llegan a sus escondrijos y celdas), sin embargo, porque allí se dedican a la agricultura y no están en lo más mínimo confinados en el claustro, cada vez que vienen a estas regiones ásperas en que nosotros vivimos, o a Escete, se ven molestados por pensamientos tan acosadores y tal ansiedad de mente que, como si fueran principiantes y hombres que jamás hubieran prestado la menor atención a los ejercicios de la soledad, no pueden soportar la vida de las celdas ni la paz y quietud de ellas, y son al punto expulsados y obligados a dejarlas, como si fueran inexpertos y novicios. Pues no han aprendido a aquietar los movimientos del hombre interior, ni a sofocar las tempestades de sus pensamientos con cuidado ansioso y esfuerzos perseverantes, ya que, trabajando día tras día en faenas al aire libre, se mueven todo el día en el espacio vacío, no sólo en la carne sino también en el corazón; y derraman sus pensamientos abiertamente según el cuerpo se mueve de aquí para allá. Y por eso no advierten la necedad de su mente al anhelar muchas cosas, ni pueden poner freno a su vago discurrir; y como no pueden soportar la tristeza del espíritu, piensan que el hecho de la continuación del silencio es insoportable, y aquellos a quienes jamás cansa el duro trabajo del campo, son vencidos por el silencio y agotados por la duración de su descanso.
Capítulo 5. Que la ansiedad del corazón se agrava más bien que se alivia con la inquietud del cuerpo
Conf. 24, cap. 5
Ni es de extrañar que quien mora en una celda, teniendo sus pensamientos recogidos como en un estrecho claustro, se vea oprimido por una multitud de ansiedades, que irrumpen con el hombre mismo desde el encierro de la morada y al punto se lanzan aquí y allá como caballos desbocados. Pero mientras andan errantes, sueltos de sus establos, por el momento se goza de un breve y triste solaz; mas cuando, después de haber vuelto el cuerpo a su propia celda, toda la tropa de pensamientos se retira de nuevo a su propia morada, la costumbre de una licencia prolongada produce dolores peores. Aquellos, pues, que no pueden ni saben luchar contra las insinuaciones de sus propias fantasías, cuando se ven atormentados en su celda porque la acidia ataca su pecho con más violencia que de costumbre, si relajan su estricta regla y se permiten la libertad de salir más a menudo, suscitarán contra sí una plaga peor por medio de lo que creen un remedio; así como algunos creen poder reprimir la violencia de una fiebre interna con un trago de agua heladísima, cuando es un hecho que con él su fuego se inflama más bien que se apaga, pues un ataque mucho peor sigue al alivio momentáneo.
Capítulo 6. Una comparación que muestra cómo debe el monje guardar sus pensamientos
Conf. 24, cap. 6
Por tanto, toda la atención del monje debe fijarse así en un solo punto, y el surgir y el círculo de todos sus pensamientos debe restringirse vigorosamente a él, a saber, a la recolección de Dios; como cuando un hombre, ansioso de levantar en alto la bóveda de un arco redondo, debe trazar constantemente una línea alrededor desde su centro exacto y, conforme a la norma segura que éste le da, descubrir por las leyes de la construcción toda la igualdad y redondez requeridas. Pero si alguno intenta acabarla sin determinar su centro —aun con la mayor confianza en su arte y habilidad—, le es imposible mantener la circunferencia pareja sin error alguno, o descubrir con sólo mirarla cuánto ha quitado por su equivocación a la belleza de la verdadera redondez, a menos que recurra siempre a aquella prueba de la verdad y por su decisión corrija el borde interior y exterior de su obra, y así acabe el grande y elevado edificio con exactitud. Así también nuestra mente, a menos que, girando en torno al amor del Señor solo como centro inamoviblemente fijo, a través de todas las circunstancias de nuestras obras y artificios, ajuste o rechace el carácter de todos nuestros pensamientos con los excelentes compases, por así decir, del amor, jamás edificará con excelente destreza la estructura de aquel edificio espiritual del cual Pablo es el arquitecto, ni poseerá aquella hermosa casa que el bienaventurado David deseó en su corazón mostrar al Señor y dijo: «He amado la hermosura de tu casa y el lugar de la morada de tu gloria;» sino que levantará sin previsión en su corazón una casa que no es hermosa, e indigna del Espíritu Santo, que pronto caerá, y así no recibirá gloria alguna por la recepción del bendito Morador, sino que será miserablemente destruida por la caída de su edificio.
Capítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
Conf. 24, cap. 7
Germano: Es regla muy útil y necesaria la que se da sobre el género de trabajos que pueden hacerse dentro de las celdas. Pues a menudo hemos probado el valor de esto no sólo por el ejemplo de vuestra santidad, fundado en la imitación de las virtudes de los apóstoles, sino también por nuestra propia experiencia. Pero no queda bastante claro por qué debemos evitar tan por completo la vecindad de nuestros parientes, la cual vosotros no rechazasteis del todo. Porque si os vemos caminar irreprensiblemente en todo el camino de la perfección, y no sólo morando en vuestra propia patria sino que algunos de vosotros ni siquiera os habéis retirado lejos de vuestra propia aldea, ¿por qué ha de considerarse malo para nosotros lo que a vosotros no os daña?
Capítulo 8. La respuesta de que no todas las cosas son aptas para todos los hombres
Conf. 24, cap. 8
Abrahán: A veces vemos malos precedentes tomados de cosas buenas. Pues si un hombre se atreve a hacer lo mismo que otro, pero no con la misma mente y propósito, o no con igual bondad, al punto caerá en las redes del engaño y de la muerte por las mismas cosas con que otros alcanzan el fruto de la vida eterna. Como aquel muchacho fuerte armado para el combate con el gigante guerrero ciertamente lo habría experimentado si hubiera sido revestido con las pesadas armas de Saúl, aptas sólo para hombres; y aquello con que uno de edad más robusta habría derribado innumerables huestes de enemigos no habría traído sino peligro cierto al joven, de no haber elegido con prudente discreción el género de armas adecuado a su juventud, y haberse armado contra su repugnante enemigo no con coraza y escudo, con los cuales veía que otros estaban equipados, sino con aquellas armas con que podía luchar. Por lo cual es justo que cada uno de nosotros considere primero cuidadosamente la medida de sus fuerzas y, conforme a sus límites, elija el sistema que le plazca; porque aunque todos son buenos, no todas las cosas pueden convenir a todos los hombres. Pues no afirmamos que, porque la vida de anacoreta sea buena, por eso sea adecuada para todos; porque muchos la sienten no sólo inútil, sino aun perjudicial. Ni porque hagamos bien en abrazar el sistema del cenobio y el piadoso y loable cuidado de los hermanos, consideramos por ello que deba ser seguido por todos. Así también los frutos del cuidado de los forasteros son muy abundantes, pero no todos pueden emprenderlo sin menoscabo de la paciencia. Además, los sistemas de vuestra patria y de ésta deben primero pesarse el uno contra el otro; y luego las fuerzas de los hombres, deducidas de la constante aparición de sus virtudes o vicios, deben pesarse una a una en balanzas opuestas. Porque puede suceder que lo que es difícil o imposible para un hombre de una nación, en el caso de otras se trueque por costumbre arraigada en naturaleza; así como algunas naciones, separadas por gran diferencia de región, pueden soportar una fuerza tremenda de frío o de calor del sol sin cubrir el cuerpo, cosa que ciertamente no podrían soportar otras que no tienen experiencia de aquel cielo inclemente, por fuertes que sean. Así también vosotros, que con los mayores esfuerzos de mente y cuerpo tratáis en esta comarca de superar en muchos aspectos la naturaleza de vuestra patria, considerad diligentemente si en aquellas regiones que, según se dice, están heladas y atadas por el frío de una incredulidad excesiva, podríais soportar esta desnudez, si así puedo llamarla. Pues a nosotros el hecho de que nuestra santa vida sea de larga data nos ha infundido casi naturalmente esta fortaleza en nuestro propósito; y si vemos que vosotros sois iguales a nosotros en virtud y constancia, tampoco vosotros tenéis por qué rehuir la vecindad de vuestros parientes y hermanos.
Capítulo 9. Que no han de temer la vecindad de sus parientes quienes pueden imitar la mortificación del abad Apolo
Conf. 24, cap. 9
Pero para que podáis medir con justicia la cantidad de vuestras fuerzas con una cierta prueba de rigor, os señalaré lo que hizo cierto anciano, a saber, el abad Apolo: que si el examen secreto de vuestro corazón decide que no vais a la zaga de este hombre en propósito y bondad, podréis aventuraros a permanecer en vuestra patria y vivir cerca de vuestros parientes sin detrimento de vuestro propósito ni daño de vuestro género de vida, y estad seguros de que ni el sentimiento de cercanía ni el amor a vuestra tierra puede interferir con la severidad de esta humilde condición, que no sólo vuestra propia voluntad sino también las necesidades de vuestra peregrinación os imponen en esta comarca. Cuando, pues, su propio hermano vino a este anciano, a quien hemos mencionado, en lo más profundo de la noche, rogándole que saliera un poco de su monasterio para ayudarle a sacar un buey que, según se lamentaba tristemente, se había atascado en el fango de una ciénaga a poca distancia, porque no podía de ninguna manera sacarlo solo, el abad Apolo respondió con impasibilidad a sus súplicas: «¿Por qué no pediste ayuda a nuestro hermano menor, que estaba más cerca de ti que yo cuando pasaste?» Y cuando el otro, pensando que había olvidado la muerte de su hermano, sepultado hacía mucho tiempo, y que estaba casi debilitado en su mente por la excesiva abstinencia y la continua soledad, respondió: «¿Cómo podría yo llamar a uno que murió hace quince años?», el abad Apolo dijo: «¿No sabes que también yo he estado muerto para este mundo durante veinte años, y que no puedo desde mi tumba en esta celda prestarte ayuda alguna en lo que pertenece a los asuntos de esta vida presente? Y Cristo está tan lejos de permitirme relajar siquiera un poco mi propósito de mortificación en el que he entrado, para sacar tu buey, que ni siquiera permitió la más breve intermisión de él para el funeral de mi padre, que se habría emprendido mucho más pronta, justa y piadosamente.» Y así, escudriñad ahora los secretos de vuestro pecho y considerad cuidadosamente si también vosotros podéis conservar continuamente tal rigor de mente con respecto a vuestros parientes; y cuando halléis que sois semejantes a él en esta mortificación del alma, entonces por fin podréis saber que de la misma manera la vecindad de vuestros parientes y hermanos no os dañará; quiero decir, cuando consideréis que, aunque están muy cerca de vosotros, estáis muertos para ellos, de tal modo que no permitís ni que ellos se beneficien de vuestra ayuda, ni que vosotros os relajéis por los deberes para con ellos.
Capítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
Conf. 24, cap. 10
Germano: Sobre este asunto ciertamente no habéis dejado lugar a ulterior incertidumbre. Pues estamos seguros de que no podemos de ninguna manera conservar nuestro presente y miserable vestido, ni nuestro andar diario descalzos, en su vecindad, y de que allí ni siquiera podríamos procurar con el mismo trabajo lo necesario para nuestro sustento, como aquí nos vemos obligados efectivamente a acarrear el agua sobre nuestros cuellos durante tres millas. Pues la vergüenza, tanto de nuestra parte como de la suya, no nos permitiría en absoluto hacer esto delante de ellos. Sin embargo, ¿cómo dañará nuestro plan de vida si nos vemos del todo libres de la ansiedad de preparar nuestro alimento, al ser provistos por ellos de todas las cosas, y así nos entregamos simplemente a la lectura y a la oración, para que, removido aquel trabajo con que ahora estamos distraídos, podamos dedicarnos más ardientemente a los intereses espirituales solos?
Capítulo 11. Respuesta que expone lo que san Antonio estableció sobre esta materia
Conf. 24, cap. 11
Abrahán: No quiero daros contra esto mi opinión, sino la del bienaventurado Antonio, con la cual confundió la pereza de cierto hermano (vencido por esta tibieza que describís) de tal manera que también cortó el nudo de vuestra cuestión. Pues cuando uno vino, como he dicho, al susodicho anciano y dijo que el sistema de los anacoretas no era en absoluto digno de admiración, declarando que se requería mayor virtud para practicar lo que pertenece a la perfección viviendo entre los hombres antes que en el desierto, el bienaventurado Antonio preguntó dónde vivía él mismo; y cuando dijo que vivía cerca de sus parientes y se jactó de que por la provisión de ellos estaba libre de todo cuidado y ansiedad del trabajo diario, y se entregaba incesante y únicamente a la lectura y a la oración sin distracción alguna de espíritu, una vez más el bienaventurado Antonio dijo: «Dime, amigo mío, ¿te entristeces con sus tristezas y desgracias, y del mismo modo te alegras con su buena fortuna?» Confesó que participaba de ambas cosas. A lo cual el anciano: «Debes saber» —dijo— «que en el mundo venidero también serás juzgado en la suerte de aquellos con quienes en esta vida te has afectado al compartir su ganancia o pérdida, su gozo o tristeza.» Y no contento con esta declaración, el bienaventurado Antonio entró en un campo aún más amplio de discusión, diciendo: «Este modo de vida y esta condición sumamente tibia no sólo os causan aquel daño del que hablé (aunque ahora no lo sentís, cuando de algún modo decís conforme a aquel dicho de los Proverbios: 'Me golpearon, mas no me dolió; y me escarnecieron, mas no lo supe'; o aquello que se dice en el Profeta: 'Y extraños devoraron su fuerza, mas él no lo supo'), porque día tras día arrastran sin cesar vuestra mente hacia las cosas terrenas y la mudan conforme a las vicisitudes del azar; sino también porque os defraudan de los frutos de vuestras manos y del debido galardón de vuestros propios trabajos, pues no permiten que seáis sustentados por lo que ellas proveen, ni que procuréis vuestro alimento diario con vuestras propias manos, según la regla del bienaventurado Apóstol, el cual, al dar su último encargo a los jefes de la Iglesia de Éfeso, afirma que, aunque estaba ocupado con los sagrados deberes de la predicación del evangelio, no sólo proveía para sí, sino también para aquellos que se veían impedidos por deberes necesarios en relación con su ministerio, diciendo: 'Vosotros mismos sabéis que estas manos han servido a mis necesidades y a las necesidades de los que estaban conmigo.' Mas para mostrar que hacía esto como modelo para sernos útil, dice en otra parte: 'No anduvimos ociosos entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que con trabajo y fatiga trabajamos noche y día para no ser gravosos a ninguno de vosotros. No porque no tuviéramos potestad, sino por darnos a vosotros un modelo para que nos imitarais.'»
Capítulo 12. Del valor del trabajo y del daño de la ociosidad
Conf. 24, cap. 12
Y así, aunque también nosotros podríamos tener la protección de nuestros parientes, hemos preferido su abstinencia a todas las riquezas, y hemos escogido procurarnos el sustento corporal diario con nuestro propio esfuerzo antes que depender de la segura provisión hecha por nuestros allegados, teniendo menos inclinación a la ociosa meditación de la Sagrada Escritura de que habéis hablado y a aquella infructuosa asistencia a la lectura que a esta laboriosa pobreza. Y ciertamente perseguiríamos de muy buen grado lo primero, si la autoridad de los apóstoles nos hubiera enseñado con sus ejemplos que era mejor para nosotros, o las reglas de los Ancianos lo hubieran establecido para nuestro bien. Pero debéis saber que no os afecta esto menos que aquel daño del que hablé antes, porque aunque vuestro cuerpo esté sano y robusto, sois sustentados por las contribuciones de otro, cosa que propiamente pertenece sólo a los débiles. Pues ciertamente todo el género humano, excepto únicamente aquella clase de monjes que viven conforme al mandato del Apóstol con los trabajos diarios de sus propias manos, busca la caridad de la compasión ajena. Por lo cual es claro que no sólo los que se jactan de que ellos mismos son sustentados, ya por las riquezas de sus allegados, ya por los trabajos de sus siervos, ya por el producto de sus campos, sino también los reyes de este mundo son sustentados por la caridad. Esto, en todo caso, está comprendido en la definición de nuestros predecesores, quienes han establecido que todo aquello que se toma para las necesidades del alimento diario y que no ha sido procurado y preparado por el trabajo de nuestras propias manos, debe ser referido a la caridad, como enseña el Apóstol, el cual prohíbe del todo a los ociosos la ayuda de la largueza ajena y dice: «Si alguno no trabaja, tampoco coma.» [] Estas palabras las usó el bienaventurado Antonio contra alguien, y nos instruyó también con el ejemplo de su enseñanza a rehuir los perniciosos halagos de nuestros parientes y de todos los que proveen la caridad necesaria para nuestro alimento, así como las delicias de un hogar agradable, y a preferir a todas las riquezas de este mundo los eriales arenosos horribles por la esterilidad de la naturaleza, y las comarcas abrumadas por incrustaciones vivas, y por eso no sujetas a control ni dominio del hombre, de modo que no sólo evitemos la sociedad de los hombres por causa de un desierto sin caminos, sino también que el carácter de un suelo fértil no nos seduzca jamás a las distracciones de cultivarlo, con lo cual la mente sería apartada del principal servicio del corazón y quedaría inútil para los fines espirituales.
Capítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
Conf. 24, cap. 13
Pues como esperáis poder salvar también a otros y anheláis volver a vuestra patria con esperanza de mayor ganancia, oíd también a este propósito un relato del abad Macario, inventado con mucha agudeza y primor, que él propuso asimismo a un hombre agitado por deseos semejantes, para curarlo con una historieta de lo más oportuna. «Había», dijo, «en cierta ciudad un barbero habilísimo que afeitaba a todo el mundo por tres peniques; y con recibir esta pobre y mezquina paga por su trabajo, de esa misma suma sacaba lo necesario para su sustento diario y, después de atender a todo el cuidado de su cuerpo, guardaba cada día cien peniques en su bolsa. Mas mientras allegaba con diligencia esta ganancia, oyó decir que en una ciudad muy lejana cada cliente pagaba al barbero un chelín por su servicio. Y cuando lo supo, dijo: "¿Hasta cuándo me contentaré con esta mendicidad, ganando con mi trabajo una paga de tres peniques, cuando, yéndome allá, podría amontonar riquezas con la copiosa ganancia de los chelines?". Y así, tomando al punto consigo los instrumentos de su oficio y gastando en el viaje todo cuanto había reunido y ahorrado en mucho tiempo, se encaminó con gran dificultad a aquella ciudad tan lucrativa. Y allí, el día mismo de su llegada, recibió de todos la paga de su trabajo conforme a lo que había oído; y al atardecer, viendo que había ganado gran número de chelines, fue gozoso a la carnicería a comprar los alimentos que necesitaba para su cena. Y al empezar a comprarlos por una gran suma de chelines, gastó en un pedacito de carne todos los chelines que había ganado, y no se llevó a casa ni siquiera un penique de sobra. Y viendo que sus ganancias se le consumían así cada día, de modo que no sólo no lograba ahorrar nada, sino que apenas podía procurarse lo que exigía su sustento cotidiano, reflexionó consigo mismo y dijo: "Volveré a mi ciudad y buscaré de nuevo aquellas ganancias tan moderadas, de las cuales, una vez satisfechas todas las necesidades del cuerpo, me quedaba cada día un sobrante que iba acrecentándose para sustentar mi vejez; ganancia que, aunque parecía pequeña y mezquina, con todo, creciendo sin cesar, llegaba a no pequeña suma. De hecho, aquella ganancia de cobres me era más provechosa que esta nominal de chelines, de la cual no sólo no queda nada que guardar, sino que apenas se atiende a lo necesario para el sustento diario".» Y, por tanto, mejor nos es aspirar, con continuidad ininterrumpida, a esta ganancia tan tenue del desierto, de la cual no pueden apartarnos ni los cuidados seculares, ni las distracciones del mundo, ni la soberbia de la vanagloria y de la vanidad, y que no puede mermar la presión de ninguna necesidad cotidiana (pues «más vale lo poco del justo que las grandes riquezas de los impíos»), antes que perseguir aquellas ganancias mayores que, aun cuando se consigan por la conversión más valiosa de muchos, son absorbidas, con todo, por las exigencias de la vida secular y la diaria sangría de las distracciones. Pues, como dice Salomón, «más vale un solo puñado con descanso que ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu». [] Y en estos escollos e inconvenientes es seguro que se enredan todos los que son en algo débiles, pues mientras dudan aun de su propia salvación y ellos mismos necesitan de la enseñanza y dirección de otros, son incitados por las artimañas del diablo a convertir y guiar a otros; y aun si logran sacar algún provecho de la conversión de algunos, malgastan por su impaciencia y modales toscos cuanto habían ganado. Porque les sucederá lo que describe el profeta Hageo: «y el que allega riquezas las echa en saco agujereado». [] Pues en verdad echa sus ganancias en saco agujereado quien pierde por falta de dominio propio y por las diarias distracciones de la mente cuanto parece ganar con la conversión de los demás. Y así resulta que, mientras piensan que pueden lograr mayores provechos instruyendo a otros, quedan privados de su propio aprovechamiento. Pues «hay quienes se hacen ricos no teniendo nada, y hay quienes se humillan en medio de grandes riquezas»; y: «más vale un hombre que se sirve a sí mismo en humilde condición que quien se procura honra y carece de pan».
Capítulo 14. Cuestión acerca de cómo pueden deslizarse en nosotros tales falsas nociones
Conf. 24, cap. 14
Germano: Con mucha propiedad ha mostrado vuestra plática, mediante esta ilustración, el error de tales ilusiones; pero querríamos del mismo modo que se nos enseñara su origen y la manera de curarlas, y con igual afán deseamos aprender cómo se ha apoderado de nosotros este engaño. Pues para todos es evidente que nadie puede aplicar remedios a una dolencia si no ha diagnosticado antes el origen mismo de la enfermedad.
Capítulo 15. La respuesta sobre el triple movimiento del alma
Conf. 24, cap. 15
Abraham: De todos los vicios una sola es la fuente y el origen, pero se asignan distintos nombres a las pasiones y corrupciones según el carácter de aquella parte, o miembro, si así puedo llamarlo, que ha sido dañado en el alma; como se ve a veces también en el caso de las enfermedades del cuerpo, en las cuales, aunque la causa es una y la misma, se da, con todo, una división en distintas clases de males según la naturaleza del miembro afectado. Pues cuando la violencia de un humor nocivo se ha apoderado de la ciudadela del cuerpo, es decir, de la cabeza, produce una sensación de dolor de cabeza; mas cuando afecta a los oídos o a los ojos, pasa a la dolencia del dolor de oídos o de la oftalmía; cuando se extiende a las articulaciones y a las extremidades de las manos, se llama gota de las articulaciones o de las manos; pero cuando desciende a las extremidades de los pies, cambia de nombre y se llama podagra; y el humor nocivo, que en su origen es uno y el mismo, se designa con tantos nombres cuantos son los distintos miembros a que afecta. Del mismo modo, para pasar de lo visible a lo invisible, hemos de sostener que la propensión a cada vicio reside en las partes y, si se me permite la expresión, en los miembros de nuestra alma. Y, como algunos sapientísimos varones han establecido que sus potencias son tres, o lo que es [λογικόν], es decir, racional, o lo que es [θυμικόν], es decir, irascible, o lo que es [ἐπι θυμητικόν], es decir, concupiscible, es seguro que una de ellas es turbada por algún asalto. Cuando, pues, la fuerza de una pasión nociva se apodera de alguien por razón de estos sentimientos, se le da el nombre del vicio según la parte afectada. Porque si la plaga del pecado ha infestado sus partes racionales, producirá los vicios de vanagloria, presunción, envidia, soberbia, arrogancia, contienda, herejía. Si ha herido los sentimientos irascibles, engendrará ira, impaciencia, tristeza, acidia, pusilanimidad y crueldad. Si ha afectado a aquella parte que está sujeta al deseo, será madre de la gula, la fornicación, la codicia, la avaricia y los deseos nocivos y terrenos.
Capítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
Conf. 24, cap. 16
Y, por tanto, si queréis descubrir la fuente y el origen de esta falta, habéis de reconocer que la parte racional de vuestra mente y de vuestra alma está viciada: aquella parte, precisamente, de la que brotan en su mayor parte las faltas de presunción y de vanagloria. Además, este primer miembro, por así decirlo, de vuestra alma ha de ser curado por el juicio de una recta discreción y por la virtud de la humildad; porque, mientras está herido, al imaginar que no sólo podéis escalar todavía las cumbres de la perfección, sino incluso enseñar a otros, y al teneros por capaz y suficiente para instruir a los demás, sois arrastrado, por la soberbia de la vanagloria, a esas vanas divagaciones que vuestra confesión descubre. Y de éstas podréis entonces libraros sin dificultad, si estáis asentados, como he dicho, en la humildad de la verdadera discreción y aprendéis con dolor de corazón cuán difícil y trabajosa cosa es para cada uno de nosotros salvar su alma, y confesáis con lo más íntimo de vuestro corazón que no sólo estáis muy lejos de aquella soberbia de enseñar, sino que todavía tenéis necesidad de la ayuda de un maestro.
Capítulo 17. De cómo la parte más débil del alma es la primera en ceder a las tentaciones del diablo
Conf. 24, cap. 17
Habéis de aplicar, pues, a este miembro o parte del alma que hemos descrito como especialmente herido, el remedio de la verdadera humildad: porque, a lo que parece, así como es más débil que las otras potencias del alma en vosotros, es seguro que será la primera en ceder a los asaltos del diablo. Pues cuando nos sobrevienen algunas dolencias, causadas ya por el trabajo que se nos impone, ya por un aire malsano, suele ocurrir en los cuerpos de los hombres que las partes más débiles son las primeras en rendirse y ceder a esos azares; y cuando la enfermedad se ha apoderado más particularmente de ellas, afecta con el mismo daño también a las partes sanas del cuerpo. Así también, cuando el soplo pestilente del pecado sopla sobre nosotros, el alma de cada uno es tentada con seguridad sobre todo por aquella pasión en la que su porción más endeble y débil no opone tan obstinada resistencia a los poderosos ataques del enemigo, y corre el riesgo de ser hecha cautiva por aquellas en las que una guarda descuidada abre más fácil camino a la traición. Pues así entendió Balaam que el pueblo de Dios podía ser engañado con un método seguro, cuando aconsejó que se le tendieran peligrosas asechanzas en aquella parte en que sabía que los hijos de Israel eran débiles; pues no dudaba de que, ofreciéndoseles abundancia de mujeres, caerían al punto y serían destruidos por la fornicación, porque sabía que las partes de sus almas sujetas al deseo estaban corrompidas. Así, pues, las maldades espirituales tientan con astuta malicia a cada uno de nosotros, tendiendo insidiosas asechanzas sobre todo a aquellos afectos del alma en los que han visto que es débil. Por ejemplo, si ven que las partes razonables de nuestra alma están afectadas, intentan engañarnos de la misma manera en que la Escritura cuenta que el rey Acab fue engañado por aquellos sirios que decían: «Sabemos que los reyes de Israel son clementes; pongamos, pues, sacos sobre nuestros lomos y cordeles en torno a nuestras cabezas, y salgamos al rey de Israel y digámosle: Tu siervo Benadad dice: Te ruego que me dejes vivir.» Y así fue movido, no por bondad verdadera, sino por la vacía alabanza de su clemencia, y dijo: «Si vive todavía, es mi hermano»; y de esta manera pueden engañarnos también a nosotros por el error de aquella parte racional, y hacer que incurramos en el desagrado de Dios por aquello mismo de lo que esperábamos alcanzar galardón y recibir la recompensa de la bondad; y a nosotros también puede dirigirse la misma reprensión: «Por haber dejado escapar de tu mano a un hombre que era digno de muerte, tu vida será por su vida, y tu pueblo por su pueblo». O cuando el espíritu inmundo dice: «Saldré y seré espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas», [] ciertamente tendió las redes del engaño valiéndose de aquel sentimiento racional que sabía expuesto a sus mortíferas astucias. Y esto mismo esperaba el mismo espíritu en el caso de nuestro Señor, cuando lo tentó en estos tres afectos del alma en los que sabía que todo el género humano había sido hecho cautivo; pero nada logró con sus astutas asechanzas. Pues se acercó a aquella porción de su mente que estaba sujeta al deseo, cuando dijo: «Manda que estas piedras se conviertan en pan»; a la parte sujeta a la ira, cuando intentó incitarlo a buscar el poder de la vida presente y los reinos de este mundo; a la parte racional, cuando dijo: «Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo». Y en éstas, su engaño no sirvió de nada, por esta razón: porque halló que nada había en Él dañado, conforme a la suposición que se había formado por una idea falsa. Por lo cual ninguna parte de su alma cedió cuando fue tentada por las astucias del enemigo, «pues he aquí», dice, «viene el príncipe de este mundo y no hallará nada en Mí». []
Capítulo 18. Cuestión de si debemos ser arrastrados de vuelta a nuestra patria por un deseo legítimo de mayor silencio
Conf. 24, cap. 18
Germano: Entre otras especies de ilusiones y errores de nuestra parte, que con la vana promesa de bienes espirituales nos han encendido en el anhelo de nuestra patria (como vuestra santidad ha descubierto por la aguda perspicacia de su mente), ésta se destaca como la razón principal: que a veces nos vemos asediados por los hermanos y no podemos en modo alguno perseverar en la soledad ininterrumpida y en el silencio continuo, como quisiéramos. Y por esto es seguro que el curso y la medida de nuestra abstinencia diaria, que siempre queremos mantener sin interrupción para castigo de nuestro cuerpo, se ve perturbado con la llegada de algunos de los hermanos. Y esto, ciertamente, sentimos que jamás nos sucedería en nuestra propia patria, donde es imposible hallar a nadie, o apenas a nadie, que abrace este género de vida.
Capítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
Conf. 24, cap. 19
Abraham: El no ser visitado jamás por hombre alguno es señal de una austeridad irrazonable y mal considerada, o más bien de la mayor frialdad. Pues si un hombre anda por este camino, en el que ha entrado, con pasos demasiado lentos, y vive según el hombre viejo, es justo que nadie —no digo de entre los santos, sino de entre todos los hombres— lo visite. Mas vosotros, si estáis inflamados en verdadero y perfecto amor de nuestro Señor y seguís a Dios, que ciertamente es amor, con todo el fervor del espíritu, es seguro que seréis visitados por los hombres, a cualquier lugar inaccesible al que huyáis; y, en la medida en que el ardor del amor divino os acerque más a Dios, así acudirá a vosotros mayor concurso de santos hermanos. Pues, como dice el Señor, «una ciudad asentada sobre un monte no puede esconderse», [] porque «a los que me aman», dice el Señor, «los honraré, y los que me desprecian serán tenidos en poco». [] Pero debéis saber que éste es el ardid más sutil del diablo, ésta su trampa mejor oculta, en la que precipita a algunos miserables e incautos, de modo que, mientras les promete cosas mayores, les quita las ventajas necesarias de su provecho cotidiano, persuadiéndolos de que deben buscarse desiertos más remotos y más vastos, y pintándoselos en su corazón como sembrados de maravillosas delicias. Y además, algunos parajes desconocidos y que no existen, finge que son conocidos y adecuados y ya entregados a nuestro poder y que pueden asegurarse sin dificultad alguna. Finge asimismo que los hombres de aquella tierra son dóciles y seguidores del camino de la salvación, para que, mientras promete frutos más ricos para el alma en aquel lugar, destruya astutamente nuestros provechos presentes. Pues cuando, por esta vana esperanza, cada uno se aparta de la convivencia con los ancianos y ha sido privado de todas aquellas cosas que ociosamente se imaginaba en su corazón, se levanta como de un profundísimo sueño; y, una vez despierto, no hallará nada de aquellas cosas con que había soñado. Y así, como queda trabado por las mayores exigencias de esta vida y por inextricables lazos, el diablo no le permitirá siquiera aspirar a aquellas cosas que una vez se había prometido; y, como ya no está sujeto a aquellas raras y espirituales visitas de los hermanos que antes evitaba, sino a las diarias interrupciones de gentes mundanas, nunca le permitirá volver ni siquiera a la moderada quietud y al sistema de la vida de anacoreta.
Capítulo 20. Cuán útil es el recreo a la llegada de los hermanos
Conf. 24, cap. 20
Aquel tan reparador paréntesis de esparcimiento y cortesía, que suele a veces interponerse con motivo de la llegada de los hermanos, aunque pueda parecernos molesto y digno de evitarse, cuán útil sea y provechoso para nuestro cuerpo y para nuestra alma debéis oírlo con paciencia en pocas palabras. Muchas veces sucede —no digo a los novicios y a los débiles, sino aun a los de mayor experiencia y perfección— que, si la tensión de su espíritu no se alivia con el descanso de alguna variedad, caen en tibieza de espíritu o, al menos, en un peligrosísimo quebranto de la salud del cuerpo. Y por eso, cuando se presentan visitas de los hermanos, aun frecuentes, no sólo han de tolerarse con paciencia, sino aun acogerse con gratitud por los sabios y perfectos: primero, porque nos estimulan a desear con mayor ansia la soledad del desierto (pues de algún modo, mientras parecen impedir nuestro progreso, en realidad lo mantienen incansable e intacto; y si jamás se viera estorbado por obstáculo alguno, no perseveraría hasta el fin sin desfallecer); y, en segundo lugar, porque nos dan ocasión de reparar el cuerpo juntamente con las ventajas de la caridad, y al mismo tiempo, con el gratísimo alivio del cuerpo, nos confieren mayor provecho que el que habríamos alcanzado con el cansancio que nace de la abstinencia. Sobre lo cual daré brevemente un ejemplo oportunísimo, transmitido por una antigua historia.
Capítulo 21. Cómo se dice que el evangelista Juan mostró el valor del esparcimiento
Conf. 24, cap. 21
Cuéntase que el bienaventurado Juan, acariciando suavemente con sus manos una perdiz, vio de pronto a un filósofo que se le acercaba con atavío de cazador. Éste, asombrado de que un varón de tan grande fama y reputación se rebajase a tan mezquinos y triviales pasatiempos, le dijo: «¿Eres tú aquel Juan, cuya grande y célebre fama me atrajo también a mí con el más vivo deseo de conocerte? ¿Por qué, pues, te entretienes en tan pobres pasatiempos?» A lo cual el bienaventurado Juan: «¿Qué es eso» —dijo— «que llevas en tu mano?» El otro respondió: «Un arco.» «¿Y por qué» —replicó— «no lo llevas siempre tendido?» A lo cual respondió el otro: «No convendría, pues la fuerza de su rigidez se relajaría con la tensión continua, y se gastaría y destruiría; y, cuando llegara el momento de disparar flechas más recias contra alguna bestia, su vigor se habría perdido por el excesivo y continuo esfuerzo, y sería imposible que arrojase los dardos más poderosos.» «Pues bien, muchacho» —dijo el bienaventurado Juan—, «no te turbe este leve y breve descanso de mi espíritu; porque, si no aliviara y relajara alguna vez con algún esparcimiento el rigor de su propósito, el espíritu perdería su vigor a causa de la tensión ininterrumpida, y no podría, cuando la necesidad lo reclamara, seguir cumplidamente lo que es recto.»
Capítulo 22. Pregunta: cómo hemos de entender lo que dice el Evangelio: «Mi yugo es suave y mi carga ligera.»
Conf. 24, cap. 22
Germán: Así como nos habéis dado remedio contra todas las ilusiones, y por la gracia de Dios todas las astucias del diablo con que éramos acosados han quedado al descubierto por vuestra enseñanza, os rogamos que nos expliquéis también aquello que se dice en el Evangelio: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» []. Pues parece bastante opuesto a aquella sentencia del profeta donde se dice: «Por causa de las palabras de tus labios yo guardé caminos duros»; y aun el Apóstol dice: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo padecerán persecución». Mas lo que es duro y está lleno de persecuciones no puede ser suave y ligero.
Capítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
Conf. 24, cap. 23
Abraham: Por la fácil enseñanza de nuestra propia experiencia podemos probar que es perfectamente verdadera la sentencia de nuestro Señor y Salvador, si nos acercamos al camino de la perfección como conviene y conforme a la voluntad de Cristo, y, mortificando todos nuestros deseos y cortando los afectos dañosos, no sólo no dejamos que nada de los bienes de este mundo permanezca en nosotros (con lo cual el adversario hallaría a su placer ocasiones de destruirnos y dañarnos), sino que reconocemos de veras que no somos dueños de nosotros mismos, y hacemos verdaderamente nuestras las palabras del Apóstol: «Vivo yo, ya no yo, mas vive en mí Cristo» []. Porque ¿qué puede ser pesado o duro para quien ha abrazado con todo su corazón el yugo de Cristo, está cimentado en la verdadera humildad, fija siempre sus ojos en los padecimientos del Señor y se goza en todas las injurias que se le hacen, diciendo: «Por lo cual me complazco en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias, por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte»? [] ¿Por la pérdida de qué cosa común, pregunto, podrá ser dañado quien se gloría de la perfecta renuncia, rechaza voluntariamente por Cristo toda la pompa de este mundo y considera todos y cada uno de sus deseos como estiércol, para ganar a Cristo, y con la continua meditación de este mandato del Evangelio desprecia y aparta de sí la turbación en toda pérdida: «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué dará el hombre en trueque de su alma?» [] Por la pérdida de qué cosa se afligirá quien reconoce que todo lo que puede quitarse a otros no es suyo, y proclama con valor no vencido: «Nada trajimos a este mundo: cierto es que nada podemos llevarnos de él»? [] ¿Por la necesidad de qué carencia se dejará vencer su ánimo, quien sabe pasarse sin «alforja para el camino y sin dinero en la bolsa» [] y, como el Apóstol, se gloría «en muchos ayunos, en hambre y en sed, en frío y en desnudez»? [] ¿Qué esfuerzo, o qué mandato duro de un anciano podrá turbar la paz de su pecho, quien no tiene voluntad propia y no sólo acepta con paciencia, sino aun con gratitud, lo que se le manda, y, a ejemplo de nuestro Salvador, procura hacer no su voluntad, sino la del Padre, como Él mismo dice a su Padre: «Mas no como yo quiero, sino como quieres tú»? [] ¿Por qué injurias, además, por qué persecución se atemorizará; más aún, qué castigo podrá no serle delicioso, quien siempre se goza con los apóstoles en los azotes y anhela ser tenido por digno de padecer afrenta por el nombre de Cristo?
Capítulo 24. Por qué el yugo del Señor se siente gravoso y su carga pesada
Conf. 24, cap. 24
Mas el hecho de que, por el contrario, el yugo de Cristo nos parezca a nosotros ni suave ni ligero debe atribuirse con razón a nuestra perversidad, pues nos dejamos abatir por la incredulidad y la falta de fe, y luchamos con necia obstinación contra su mandato, o mejor, contra su consejo, cuando dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y sígueme» []; porque nosotros conservamos la sustancia de nuestros bienes mundanos. Y como el diablo tiene aprisionada nuestra alma en las redes de éstos, ¿qué resta sino que, cuando quiere apartarnos de los deleites espirituales, nos atormente disminuyéndolos y privándonos de ellos, maquinando con sus arteras astucias que, cuando la dulzura de su yugo y la ligereza de su carga se nos hayan hecho gravosas por el mal de un deseo corrompido, y cuando estemos atrapados en las cadenas de aquella misma hacienda y sustancia que guardamos para nuestro consuelo y solaz, pueda atormentarnos siempre con los azotes de los cuidados mundanos, arrancándonos de nosotros mismos aquello con que somos atormentados? Porque «cada uno está atado con las cuerdas de sus pecados», y oye del profeta: «He aquí que todos vosotros, los que encendéis fuego, estáis cercados de llamas; caminad a la luz de vuestro fuego y en las llamas que habéis encendido». Puesto que, como testifica Salomón, «cada uno será castigado por aquellas mismas cosas en que pecó». Porque los mismos placeres de que gozamos se nos convierten en tormento, y las delicias y goces de esta carne se vuelven, como verdugos, contra quien les dio origen; porque el que se apoya en su antigua riqueza y hacienda ciertamente no admite perfecta humildad de corazón ni entera mortificación de los placeres peligrosos. Mas donde todos estos instrumentos de la bondad prestan su auxilio, allí todas las pruebas de esta vida presente, y cuantas pérdidas pueda maquinar el enemigo, se soportan no sólo con suma paciencia, sino con verdadero deleite; y, por el contrario, cuando ellas faltan, se levanta una soberbia tan peligrosa que de hecho nos sentimos heridos por los golpes mortales de la impaciencia ante la más leve reprensión, y bien puede decirse de nosotros por el profeta Jeremías: «¿Y ahora qué tienes tú que ver con el camino de Egipto, para beber el agua turbia? ¿Y qué tienes que ver con el camino de los asirios, para beber el agua del río? Tu propia maldad te reprenderá, y tu apostasía te castigará. Sabe y ve cuán malo y amargo es para ti haber dejado al Señor tu Dios, y que mi temor no está contigo, dice el Señor.» [] ¿Cómo es, pues, que la admirable dulzura del yugo del Señor se sienta amarga, sino porque la amargura de nuestro hastío la daña? ¿Cómo es que la excesiva ligereza de la divina carga se vuelva pesada, sino porque en nuestra obstinada presunción despreciamos a Aquel que la llevó? Tanto más cuanto que la Escritura misma testifica claramente esta misma verdad, diciendo: «Porque si anduviesen por caminos rectos, ciertamente hallarían llanas las sendas de la justicia» []. Y es claro, digo, que somos nosotros quienes hacemos ásperos con las feas y duras piedras de nuestros deseos los caminos rectos y llanos del Señor; nosotros, que con la mayor necedad abandonamos el camino real, empedrado con los pedernales de los apóstoles y de los profetas y hollado por las pisadas de todos los santos y del Señor mismo, y buscamos lugares intransitables y espinosos, y, cegados por los atractivos de los deleites presentes, abrimos nuestro camino con las piernas desgarradas y la vestidura nupcial despedazada, por sendas oscuras, invadidas por las zarzas de los pecados, de modo que no sólo somos traspasados por las agudas espinas de las zarzas, sino aun derribados por las mordeduras de las serpientes mortíferas y de los escorpiones que allí se ocultan. Pues «hay espinas y abrojos en los caminos torcidos; mas el que teme al Señor se apartará de ellos» []. De tales hombres dice también el Señor en otro lugar por el profeta: «Mi pueblo me ha olvidado, ofreciendo en vano, y tropezando en sus caminos, en las sendas antiguas, para andar por ellas en un camino no hollado» []. Pues, según la sentencia de Salomón: «Los caminos de los que no trabajan están sembrados de espinas, mas los caminos de los valientes están trillados» []. Y así, extraviándose del camino real, jamás pueden llegar a aquella metrópoli hacia la cual debe dirigirse sin desviarse nuestra carrera. Y esto mismo lo expresó con bastante claridad el Eclesiastés, diciendo: «El trabajo de los necios los fatiga, a ellos que no saben ir a la ciudad»; es decir, a aquella «Jerusalén celestial, que es madre de todos nosotros». Mas quien de veras renuncia a este mundo, toma sobre sí el yugo de Cristo y aprende de Él, y se ejercita en la práctica diaria de padecer la injusticia, pues Él es «manso y humilde de corazón» [], permanecerá siempre imperturbable en medio de todas las tentaciones, y «todas las cosas cooperarán para su bien» []. Porque, como dice el profeta Abdías, las palabras de Dios son «buenas para el que camina rectamente»; y además: «Los caminos del Señor son rectos, y los justos andarán por ellos; mas los transgresores caerán en ellos».
Capítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
Conf. 24, cap. 25
Y así, mediante el combate contra la tentación, la bondadosa gracia del Salvador nos concede mayores recompensas de alabanza que si nos hubiera quitado toda necesidad de lucha. Pues es propio de una virtud más alta y más grande permanecer siempre inconmovible cuando se ve asediado por persecuciones y pruebas, y mantenerse fiel y valerosamente en las murallas de Dios y, en los ataques de los hombres, ceñido como con las armas de una virtud no vencida, triunfar gloriosamente de la impaciencia y, en cierto modo, sacar fuerzas de la debilidad, porque «la fuerza se perfecciona en la debilidad». «Pues he aquí que yo te he puesto» —dice el Señor— «como columna de hierro y muro de bronce sobre toda la tierra, ante los reyes de Judá, sus príncipes y sus sacerdotes, y ante todo el pueblo de la tierra. Y pelearán contra ti y no prevalecerán, porque yo estoy contigo para librarte, dice el Señor» []. Por tanto, según la clara enseñanza del Señor, el camino real es fácil y llano, aunque pueda sentirse como duro y escabroso: pues los que piadosa y fielmente le sirven, cuando han tomado sobre sí el yugo del Señor y han aprendido de Él, que es manso y humilde de corazón, al punto, de un modo u otro, deponen la carga de las pasiones terrenas y no hallan trabajo, sino descanso para sus almas, por don del Señor, como Él mismo testifica por el profeta Jeremías, diciendo: «Paraos en los caminos y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él; y hallaréis refrigerio para vuestras almas». Porque para ellos al instante «lo torcido se volverá recto y los caminos escabrosos llanos»; y «gustarán y verán que el Señor es bueno»; y cuando oigan a Cristo proclamar en el Evangelio: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os aliviaré», depondrán la carga de sus pecados y realizarán lo que sigue: «porque mi yugo es suave y mi carga ligera» []. El camino del Señor, pues, tiene refrigerio si se guarda conforme a su ley. Pero somos nosotros quienes, con nuestras molestas distracciones, acarreamos sobre nosotros penas y trabajos, mientras procuramos aun con el mayor esfuerzo y dificultad seguir los torcidos y perversos caminos de este mundo. Mas cuando de este modo hemos hecho pesado y duro para nosotros el yugo del Señor, al punto nos quejamos con espíritu blasfemo de la dureza y aspereza del yugo mismo, o de Cristo, que nos lo impone, conforme a aquel pasaje: «La necedad del hombre corrompe sus caminos, mas él culpa a Dios en su corazón»; y, como dice el profeta Ageo, cuando decimos que «el camino del Señor no es recto», con razón se nos responde por el Señor: «¿Acaso no es recto mi camino? ¿No son más bien vuestros caminos torcidos?» Y así, si comparas la flor perfumada de la virginidad y la tierna pureza de la castidad con los lodazales inmundos y fétidos de la lujuria, la calma y seguridad de los monjes con los peligros y pérdidas en que se ven envueltos los hombres de este mundo, la paz de nuestra pobreza con las roedoras vejaciones y los ansiosos cuidados de las riquezas, en que ellos se consumen noche y día no sin grandísimo peligro de la vida, entonces probarás que el yugo de Cristo es suavísimo y su carga ligerísima.
Capítulo 26. Cómo se hace en esta vida la promesa del cienporuno a aquellos cuya renuncia es perfecta
Conf. 24, cap. 26
Además, aquella recompensa con que el Señor promete el cienporuno en esta vida a los de renuncia perfecta, cuando dice: «Todo aquel que dejare casas o hermanos o hermanas o padre o madre o mujer o hijos o tierras por causa de mi nombre, recibirá el cienporuno en el tiempo presente y heredará la vida eterna» [], se entiende recta y verdaderamente en el mismo sentido sin turbación alguna para la fe. Pues muchos, tomando ocasión de esta sentencia, sostienen con crasa inteligencia que estas cosas se darán carnalmente en el milenio; aunque han de admitir ciertamente que aquella edad, que dicen que será después de la resurrección, no puede en modo alguno entenderse como presente. Es, por tanto, más creíble y mucho más claro que aquel que, a persuasión de Cristo, ha despreciado cualesquiera afectos o bienes mundanos, recibe de los hermanos y compañeros de su vida, que a él están unidos por vínculo espiritual, ya en esta vida, un amor cien veces mejor: porque es cierto que entre padres e hijos y hermanos, esposas y parientes, donde el lazo se forma únicamente por el trato, o el vínculo de unión por los títulos del parentesco, el amor es de poca duración y fácilmente se rompe. En fin, aun los hijos buenos y cumplidores, cuando han crecido, a veces son apartados por sus padres de sus casas y haciendas; y a veces por una razón realmente justa se corta el lazo del matrimonio, y una división contenciosa destruye la hacienda de los hermanos. Sólo los monjes mantienen una unión duradera en la intimidad, y poseen todas las cosas en común, pues tienen por suyo todo cuanto pertenece a sus hermanos, y por de sus hermanos todo cuanto es suyo. Si, pues, la gracia de nuestro amor se compara con aquellos afectos en que el vínculo de unión es un amor carnal, ciertamente es cien veces más dulce y más fino. Se ganará también, ciertamente, con la continencia conyugal un deleite cien veces mayor que el que nace de la unión de los sexos. Y en lugar de aquel gozo que un hombre experimenta por la posesión de un solo campo o de una sola casa, disfrutará de un deleite en las riquezas cien veces mayor, si pasa a la adopción de hijos de Dios, y posee como suyo todo cuanto pertenece al eterno Padre, y afirma en su corazón y en su alma, a la manera de aquel verdadero Hijo: «Todas las cosas que tiene el Padre mías son» []; y si ya no es atormentado por aquella criminal ansiedad en las distracciones y cuidados, sino que, libre de cuidados y con el corazón alegre, sucede en todas partes a lo que es suyo, oyendo cada día el anuncio que le hace el Apóstol: «Porque todas las cosas son vuestras: el mundo, lo presente, lo venidero»; y por Salomón: «El hombre fiel posee un mundo entero de riquezas». Tenéis, pues, aquella recompensa del cienporuno, producida por la grandeza del valor y por la diferencia de la índole, que no puede estimarse. Porque si por un peso determinado de bronce o de hierro, o de algún metal aun más común, alguien diese en cambio sólo el mismo peso en oro, parecería haber dado mucho más que el cienporuno. Y así, cuando por el desprecio de los deleites y de los afectos terrenos se hace la recompensa del gozo espiritual y de la alegría de un amor preciosísimo, aunque la cantidad sea la misma, es, sin embargo, cien veces mejor y más grande. Y para aclararlo más con la repetición frecuente: yo tenía antes una mujer en la pasión lujuriosa del deseo; ahora la tengo en la honrosa santificación y en el verdadero amor de Cristo. Una sola es la mujer, pero el valor del amor ha crecido cien veces. Pero si, en lugar de la desconfianza, la ira y el furor, miras a la constante mansedumbre y paciencia; en lugar de la angustia de la ansiedad y del trabajo, a la paz y a la ausencia de cuidados; en lugar de los frutos del mundo, a los frutos saludables del arrepentimiento; en lugar de la vanidad del gozo temporal, a la abundancia de los deleites espirituales, verás en el trueque de estos sentimientos una recompensa del cienporuno. Y si comparamos con el breve y pasajero deleite de cada pecado los bienes de las virtudes contrarias, los crecientes deleites probarán que éstos son cien veces mejores. Porque, al contar con los dedos, trasladas el número cien de la mano izquierda a la derecha; y aunque parezca que guardas la misma disposición de los dedos, hay, sin embargo, un gran aumento en la cantidad. Pues el resultado será que nosotros, que parecíamos llevar la forma de los machos cabríos a la izquierda, seremos trasladados y alcanzaremos la recompensa de las ovejas de la derecha. Mas pasemos ya a considerar la naturaleza de aquellas cosas que Cristo nos devuelve en este mundo por nuestro desprecio de las ventajas mundanas, más en particular según el Evangelio de Marcos, que dice: «No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o hijos, o tierras, por causa de mí y del Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna» []. Pues el que por amor del nombre de Cristo desprecia el amor de un solo padre, madre o hijo, y se entrega al purísimo amor de todos los que sirven a Cristo, recibirá cien veces más en número de hermanos y parientes; ya que, en lugar de uno solo, comenzará a tener tantos padres y hermanos, unidos a él por un afecto aun más ferviente y admirable. Se enriquecerá también con una mayor posesión de tierras quien ha renunciado a una sola casa por amor de Cristo, y posee innumerables moradas en los monasterios como suyas, a cualquier parte del mundo adonde se retire, como a su propia casa. Porque ¿cómo podrá dejar de recibir el cienporuno, y, si no es ilícito añadir algo a las palabras de nuestro Señor, más que el cienporuno, quien deja el servicio infiel y forzoso de diez o veinte esclavos y se apoya en el servicio espontáneo de tantos hombres nobles y libres? Y que esto es así podríais probarlo por vuestra propia experiencia, pues, como habéis dejado cada uno un solo padre y una sola madre y una sola casa, habéis ganado sin esfuerzo ni cuidado, en cualquier parte del mundo a que habéis llegado, innumerables padres y madres y hermanos, así como casas y tierras y fidelísimos servidores, que os reciben como a señores suyos, y os acogen, honran y cuidan con suma atención. Mas digo que justa y confiadamente gozarán los santos de este servicio, si primero se han ofrecido a sí mismos y todo lo que poseen, por una oblación voluntaria, al servicio de los hermanos. Porque, como dice el Señor, recibirán gratuitamente aquello mismo que ellos han otorgado a otros. Pero si un hombre no lo ha ofrecido primero con verdadera humildad a sus compañeros, ¿cómo podrá soportar con calma que le sea ofrecido por otros, cuando sabe que más bien es carga que ayuda por sus servicios, puesto que prefiere recibir atenciones de los hermanos antes que dárselas a ellos?
Mas todas estas cosas no las recibirá con descuido indolente y perezoso deleite, sino, conforme a la palabra del Señor, «con persecuciones», es decir, con la opresión de este mundo y la terrible angustia de sus pasiones; porque, como testifica el sabio: «Quien se entrega al ocio y a la quietud vendrá a pobreza». Pues no los perezosos, ni los descuidados, ni los delicados, ni los tiernos arrebatan el reino de los cielos por la fuerza, sino los violentos. ¿Quiénes son, pues, los violentos? Sin duda, aquellos que muestran una violencia espléndida no contra otros, sino contra su propia alma; que, con fuerza loable, la privan de todos los deleites de las cosas presentes, y son declarados por boca del Señor espléndidos saqueadores, y con rapiña de este género se apoderan violentamente del reino de los cielos. Pues, como dice el Señor: «El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» []. Aquellos ciertamente son dignos de alabanza como violentos, que hacen violencia a su propia perdición; pues, «el hombre» —como está escrito— «que está en la tristeza trabaja para sí y hace violencia a su propia perdición». Porque nuestra perdición es el deleite en esta vida presente y, para decirlo más precisamente, la ejecución de nuestras propias inclinaciones y deseos; de modo que, si un hombre aparta éstos de su alma y los mortifica, inmediatamente hace una gloriosa y valiosa violencia a su propia perdición, con tal de que rehúse a ésta los más placenteros de sus deseos, lo cual la palabra divina reprende a menudo por el profeta, diciendo: «Porque en los días de vuestro ayuno se halla vuestra propia voluntad»; y de nuevo: «Si apartas tu pie del sábado, para no hacer tu voluntad en mi día santo, y lo glorificas, no haciendo tus propios caminos, y no se halla tu propia voluntad para hablar palabra». Y la grande bienaventuranza que se le promete es añadida al punto por el profeta. «Entonces» —dice— «te deleitarás en el Señor, y te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te alimentaré con la herencia de Jacob, tu padre; porque la boca del Señor lo ha hablado». Y por tanto nuestro Señor y Salvador, para darnos ejemplo de renunciar a la propia voluntad, dice: «No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió»; y otra vez: «No como yo quiero, sino como quieres tú». Y esta buena cualidad la muestran en particular aquellos que viven en los cenobios y se gobiernan por la regla de los ancianos, los cuales nada hacen por su propia elección, sino que su voluntad depende de la voluntad del abad. En fin, para poner término a esta discusión, os pregunto: ¿no reciben clarísimamente la gracia del cienporuno en esto aquellos que sirven fielmente a Cristo, cuando por causa de su nombre son honrados por los más grandes príncipes y, aunque no buscan la alabanza de los hombres, llegan a ser venerados en las pruebas de la persecución; ellos, cuya humilde condición habría sido tal vez menospreciada aun por la gente común, ya por su oscuro nacimiento, ya por su condición de esclavos, si hubieran permanecido en su vida en el mundo? Mas por el servicio de Cristo nadie se atreverá a levantar calumnia contra la nobleza de su estado, ni a echarles en cara la oscuridad de su origen. Antes bien, por el mismo oprobio de una humilde condición, con el que los demás son avergonzados y confundidos, los siervos de Cristo son ennoblecidos más espléndidamente, como podemos mostrar claramente con el caso del abad Juan, que vive en el desierto que linda con la ciudad de Lico. Pues nació de padres oscuros, pero, gracias al nombre de Cristo, se ha hecho tan conocido a casi todos los hombres que los mismos señores de la creación, que tienen en sus manos las riendas de este mundo y del imperio, y son terror de todos los poderes y reyes, le veneran como a su señor, y desde lejanas tierras buscan su consejo, y encomiendan a sus oraciones y méritos la corona de su imperio, el estado de su seguridad y la suerte de sus guerras.
En tales términos disertó el bienaventurado Abraham sobre el origen y el remedio de nuestra ilusión, y puso ante nuestros ojos los astutos pensamientos que el diablo había originado y sugerido, y encendió en nosotros el deseo de la verdadera mortificación, con el cual esperamos que muchos puedan también inflamarse, aun cuando todas estas cosas se han escrito en un estilo un tanto sencillo. Porque aunque las moribundas ascuas de nuestras palabras cubran los encendidos pensamientos de los más grandes padres, esperamos, sin embargo, que, en el caso de muchísimos que procuren apartar las ascuas de nuestras palabras y soplar hasta convertir en llama los pensamientos ocultos, su frialdad se convertirá en calor. Mas, oh santos hermanos, no he estado ciertamente tan hinchado por el espíritu de presunción como para entregaros este fuego (que el Señor vino a traer a la tierra, y que ansiosamente desea encender []) a fin de que, con la aplicación de este calor, yo pudiera abrasar vuestro propósito, que está ya al rojo vivo; sino para que vuestra autoridad entre vuestros hijos sea mayor, si además los preceptos de los más grandes y antiguos padres apoyan lo que enseñáis, no con el sonido muerto de las palabras, sino con vuestro ejemplo vivo. Sólo resta que yo, que hasta ahora he sido zarandeado por una peligrosísima tempestad, sea llevado al puerto seguro del silencio por los vientos espirituales de vuestras oraciones.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Lo que dejó la obra
Casiano no resuelve en una fórmula qué es el progreso del monje: lo reparte entre una meta inmediata y un fin último (Conf. 1), la discreción que evita los dos extremos (Conf. 2), los ocho vicios que hay que reconocer (Conf. 5), la oración (Conf. 9 y 10) y la humildad de quien se deja aconsejar por los ancianos (Conf. 2, cap. 14 y 15). Tampoco los abades hablan todos igual: Pafnucio distingue tres renuncias (Conf. 3), Piamún tres clases de monjes (Conf. 18) y Pinufio los signos de la penitencia verdadera (Conf. 20).
La recepción es doble. Wikipedia recuerda que Benito de Nursia incorporó a su regla principios de Casiano y recomendó a sus monjes que lo leyeran, y que de Collationes viene la palabra «colación». La otra recepción fue una polémica: Gibson ve en la Conferencia 13 una respuesta a lo que Casiano tomaba por un error de los agustinianos, y Wikipedia cita, a propósito de uno de sus capítulos (13, 7), el Contra Collatorem de Prosper de Aquitania; Wikipedia añade que la acusación de semipelagianismo ha sido discutida y que la Iglesia latina, que condenó esa doctrina en el concilio de Orange (529), reconoce a Casiano como santo.
Límites. Las identificaciones, las fechas y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frente al latín ni frente al inglés más allá de cotejar que tiene los mismos capítulos y párrafos.
Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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