La tercera conferencia del abad Teonas. Sobre la carencia de pecado.
Capítulo 1. Discurso del abad Teonas sobre las palabras del Apóstol: «Pues no hago el bien que quiero.»
Conf. 23, cap. 1
Al volver la luz, pues, cuando el anciano fue forzado por nuestra intensa urgencia a investigar las profundidades del tema del Apóstol, habló así: En cuanto a los pasajes con los que intentáis probar que el apóstol Pablo no habló en su propia persona sino en la de los pecadores: «Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco, eso hago;» o este: «Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí;» o lo que sigue: «Pues me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros que se opone a la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros;» estos pasajes, por el contrario, muestran claramente que no pueden en modo alguno cuadrar con la persona de los pecadores, sino que lo que se dice solo puede aplicarse a los perfectos, y que solo conviene a la castidad de aquellos que siguen el buen ejemplo de los Apóstoles. Pues ¿de qué otro modo podrían estas palabras aplicarse a la persona de los pecadores: «Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco, eso hago»? ¿O incluso esta: «Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí»? Pues ¿qué pecador se mancilla contra su voluntad con adulterios y fornicación? ¿Quién contra su voluntad prepara asechanzas contra su prójimo? ¿Quién es impulsado por necesidad inevitable a oprimir a un hombre con falso testimonio o a engañarlo con hurto, o a codiciar los bienes de otro o a derramar su sangre? Antes bien, como dice la Escritura, «La humanidad está diligentemente inclinada a la maldad desde su juventud.» [] Pues en tal grado están todos inflamados por el amor del pecado y el deseo de llevar a cabo lo que les agrada, que realmente buscan con cuidado vigilante una ocasión de cometer maldad y temen ser demasiado lentos para gozar de sus concupiscencias, y se glorían en su vergüenza y en la masa de sus crímenes, como dice el Apóstol en censura, [] y buscan crédito para sí mismos de su propia confusión, de los cuales también el profeta Jeremías sostiene que cometen sus crímenes flagiciosos no solo no de mala gana ni con facilidad de corazón y cuerpo, sino con esfuerzos laboriosos en tal grado que llegan a afanarse para llevarlos a cabo, de modo que se ven impedidos aun por el obstáculo de la ardua dificultad en su búsqueda mortal de pecado; como dice: «Se han afanado por obrar mal.» [] ¿Quién también dirá que esto se aplica a los pecadores: «Y así, con la mente yo sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado,» pues es evidente que ellos no sirven a Dios ni con la mente ni con la carne? ¿O cómo pueden aquellos que pecan con el cuerpo servir a Dios con la mente, cuando la carne recibe la incitación al pecado del corazón, y el Creador de ambas naturalezas declara Él mismo que la fuente y el manantial del pecado fluye de este último, diciendo: «Del corazón proceden los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, etc.» [] Por lo cual se muestra claramente que esto no puede en modo alguno tomarse de la persona de los pecadores, quienes no solo no odian, sino que realmente aman lo que es malo, y están tan lejos de servir a Dios con la mente o con la carne, que pecan con la mente antes de hacerlo con la carne, y antes de llevar a cabo los placeres del cuerpo son vencidos por el pecado en su mente y pensamientos.
Conf. 23, cap. 2
Resta, pues, que midamos el sentido y el alcance de estas palabras por los sentimientos íntimos de quien las pronuncia, y que discutamos qué fue lo que el bienaventurado Apóstol llamó bueno y qué declaró, por comparación, malo; no por el mero significado de las palabras, sino con la misma penetración que él mostró, e investiguemos su intención teniendo en debida cuenta el valor y la bondad de quien habla. Pues entonces podremos entender las palabras, pronunciadas por inspiración de Dios, conforme a su propósito y deseo, cuando pesemos la condición y el carácter de aquellos por quienes fueron dichas, y nosotros mismos quedemos revestidos de los mismos sentimientos — no de palabra, sino por experiencia —, conforme al carácter del cual con toda certeza se conciben todos los pensamientos y se profieren todas las opiniones. Por lo cual, consideremos con cuidado cuál era, en lo principal, aquel bien que el Apóstol no podía hacer aun queriéndolo. Sabemos que hay muchos bienes que no podemos negar que el bienaventurado Apóstol y todos los varones tan buenos como él poseen por naturaleza o alcanzan por gracia. La castidad es buena, la continencia es digna de alabanza, la prudencia es admirable, la bondad es generosa, la sobriedad es cuidadosa, la templanza es modesta, la piedad es compasiva, la justicia es santa: todo lo cual no podemos dudar que existió plena y perfectamente en el apóstol Pablo y en sus compañeros, de modo que enseñaban la religión más con la lección de sus virtudes que con sus palabras. ¿Y qué si estaban siempre consumidos por el cuidado constante de todas las iglesias y por una vigilante solicitud? ¡Cuán grande bien es esta piedad, qué perfección es abrasarse por los que se escandalizan, ser débil con los débiles! [] Si, pues, el Apóstol abundaba en tales bienes, no podemos reconocer cuál era aquel bien de cuya perfección carecía el Apóstol, a menos que hayamos adelantado hasta aquel estado de ánimo en que él hablaba. Y así, todas aquellas virtudes que decimos que poseía, aunque son como gemas esplendidísimas y preciosas, sin embargo, cuando se comparan con aquella perla hermosísima y única que el mercader del evangelio buscó y quiso adquirir vendiendo todo lo que poseía, de tal modo su valor parece pobre e insignificante que, si se las elimina sin vacilación, la posesión de un solo bien enriquecerá al hombre que vende incontables bienes.
Conf. 23, cap. 3
¿Cuál es, pues, aquella única cosa tan incomparablemente por encima de aquellos grandes e innumerables bienes que, despreciados y rechazados todos ellos, sólo ella deba ser adquirida? Sin duda es aquella parte verdaderamente buena, cuyo grande y perdurable carácter describe así el Señor, cuando María, dejando de lado los deberes de la hospitalidad y de la cortesía, la eligió: «Marta, Marta, cuidadosa estás y turbada con muchas cosas: pero pocas cosas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, la cual no le será quitada.» La contemplación, pues, es decir, la meditación de Dios, es la única cosa cuyo valor supera todos los méritos de nuestros actos de justicia y todos nuestros propósitos de virtud. Y todas aquellas cosas que dijimos que existían en el apóstol Pablo no eran sólo buenas y útiles, sino aun grandes y espléndidas. Mas, así como, por ejemplo, el metal de una aleación, que se considera de algún uso y valor, se vuelve inútil cuando se lo compara con la plata, y a su vez el valor de la plata desaparece en comparación con el oro, y el oro mismo es despreciado cuando se lo compara con las piedras preciosas, y sin embargo una cantidad de piedras preciosas, por espléndidas que sean, es superada por el brillo de una sola perla: así todos aquellos méritos de santidad, aunque no son meramente buenos y útiles para la vida presente, sino que también aseguran el don de la eternidad, con todo, si se los compara con el mérito de la contemplación divina, serán considerados insignificantes y, por así decirlo, dignos de ser vendidos. Y para apoyar esta comparación con la autoridad de la Escritura, ¿acaso no declara la Escritura, de todas las cosas en general que fueron creadas por Dios: «Y he aquí que todo lo que Dios había hecho era muy bueno;» y de nuevo: «Y todas las cosas que Dios ha hecho son buenas en su tiempo»? Estas cosas, pues, que en el tiempo presente son llamadas no simple y únicamente buenas, sino enfáticamente «muy buenas» (porque en verdad nos son convenientes mientras vivimos en este mundo, ya sea para los fines de la vida, ya para remedios del cuerpo, ya por razón de alguna utilidad desconocida; o bien son ciertamente «muy buenas,» porque nos permiten «ver las cosas invisibles de Dios por medio de las criaturas del mundo, entendidas por las cosas que han sido hechas, aun su eterno poder y divinidad,» [] a partir de esta grande y ordenada disposición de la fábrica del mundo, y contemplarlas a partir de la existencia de todo lo que hay en él), sin embargo, ninguna de estas cosas conservará el nombre de bien si se la considera a la luz de aquel mundo venidero, donde no hay que temer variación alguna de los bienes ni pérdida alguna de la verdadera bienaventuranza. La dicha de aquel mundo se describe así: «La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días.» [] Estas cosas, pues, que son grandes y maravillosas de contemplar, y admirables, aparecerán al punto como vanidad si se las compara con las promesas futuras de la fe; como dice David: «Todos ellos envejecerán como un vestido, y como un manto los cambiarás, y serán cambiados. Pero tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin.» Porque, no habiendo nada de suyo duradero, nada inmutable, nada bueno sino sólo la Divinidad, mientras que toda criatura, para obtener la bendición de la eternidad y de la inmutabilidad, tiende a esto no por su propia naturaleza sino por participación de su Creador y de su gracia, no pueden conservar su carácter de bondad cuando se las compara con su Creador.
Capítulo 4. De cómo la bondad y la justicia del hombre no son buenas si se comparan con la bondad y la justicia de Dios
Conf. 23, cap. 4
Pero si queremos también confirmar la fuerza de esta opinión con pruebas todavía más claras, ¿acaso no es el caso que, mientras leemos que muchas cosas son llamadas buenas en el evangelio, como un árbol bueno, y un tesoro bueno, y un hombre bueno, y un siervo bueno — pues dice: «Un árbol bueno no puede dar frutos malos;» y: «el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas;» y: «Muy bien, siervo bueno y fiel;» y ciertamente no puede haber duda de que ninguna de estas cosas es buena en sí misma —, sin embargo, si tomamos en consideración la bondad de Dios, ninguna de ellas será llamada buena, como dice el Señor: «Nadie es bueno sino sólo Dios»? [] A cuyos ojos aun los mismos apóstoles, que por la excelencia de su vocación superaron en muchos aspectos la bondad del género humano, son llamados malos, como les habla el Señor: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?» [] Finalmente, así como nuestra bondad se trueca en maldad a los ojos del Altísimo, así también nuestra justicia, confrontada con la justicia divina, es considerada como un paño de menstruación, como dice el profeta Isaías: «Toda vuestra justicia es como un paño de mujer menstruosa.» [] Y para aducir algo todavía más claro, aun los preceptos vitales de la ley misma, que se dice que fueron «dados por los ángeles por mano de un mediador,» y de los cuales dice el mismo Apóstol: «De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento es santo y justo y bueno,» cuando se los compara con la perfección del evangelio, son declarados por el oráculo divino como todo menos buenos: pues dice: «Y yo les di preceptos que no eran buenos, y ordenanzas por las cuales no vivirían en ellas.» [] El Apóstol afirma también que la gloria de la ley queda tan oscurecida por la luz del Nuevo Testamento, que declara que, en comparación con el esplendor del evangelio, ni siquiera ha de considerarse gloriosa, diciendo: «Porque aun lo que fue glorioso, no fue glorificado en esta parte, por razón de la gloria que lo sobrepasa.» [] Y la Escritura mantiene esta comparación también por el otro lado, es decir, al sopesar los méritos de los pecadores, de modo que, en comparación con los malvados, justifica a los que han pecado menos, diciendo: «Sodoma es justificada más que tú;» y de nuevo: «Pues ¿en qué ha pecado tu hermana Sodoma?» y: «La rebelde Israel ha justificado su alma en comparación con la traidora Judá.» Así, pues, los méritos de todas las virtudes, que enumeré más arriba, aunque en sí mismos son buenos y preciosos, se oscurecen en comparación con el resplandor de la contemplación. Pues grandemente estorban y retardan a los santos, ocupados en fines terrenos aun en las buenas obras, para la contemplación de aquel bien sublime.
Conf. 23, cap. 5
Pues ¿quién, cuando «libra al pobre de la mano de los que son más fuertes que él, y al menesteroso y al pobre de los que lo despojan,» quién, cuando «quiebra las mandíbulas del malvado y arranca la presa de entre sus dientes,» puede, durante la obra misma de la intervención, contemplar con mente serena la gloria de la Divina Majestad? ¿Quién, al ministrar socorro a los pobres, o al recibir con benévola bondad a las multitudes que acuden a él, puede, en el momento mismo en que su mente ansiosa está perpleja por las necesidades de sus hermanos, contemplar la inmensidad de la dicha de lo alto y, mientras es sacudido por las tribulaciones y cuidados de la vida presente, mirar hacia el estado del mundo venidero con un corazón elevado por encima de las manchas de la tierra? Por lo cual el bienaventurado David, al establecer que sólo esto es bueno para el hombre, anhela adherirse constantemente a Dios, y dice: «Para mí es bueno adherirme a Dios, y poner mi esperanza en el Señor.» Y el Eclesiastés declara también que esto no puede ser realizado sin falta por ninguno de los santos, y dice: «Porque no hay hombre justo sobre la tierra, que haga el bien y no peque.» [] Pues ¿quién, aun siendo el principal de todos los hombres justos y santos, podemos jamás pensar que pudiera, mientras está atado por las cadenas de esta vida, adquirir de tal modo este sumo bien que nunca cesara de la contemplación divina, o que no se le creyera apartado de Aquel que es el único bueno por pensamientos terrenos, aun por breve tiempo? ¿Quién jamás deja de preocuparse por el alimento, por el vestido u otras cosas carnales, o, preocupado por recibir a los hermanos, o por el cambio de lugar, o por edificar su celda, no ha deseado nunca la ayuda del socorro humano, ni, acosado por la escasez y la necesidad, ha incurrido en aquella sentencia de reproche del Señor: «No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir»? [] Más aún, con confianza afirmamos que aun el mismo apóstol Pablo, que superó en el número de sus sufrimientos los trabajos de todos los santos, no pudo posiblemente cumplir esto, como él mismo testifica a los discípulos en los Hechos de los Apóstoles: «Vosotros mismos sabéis que estas manos han servido para mis necesidades, y para las necesidades de los que estaban conmigo,» o cuando, escribiendo a los Tesalonicenses, testifica que «trabajó con fatiga y cansancio noche y día.» Y aunque para esto estaban preparadas grandes recompensas por sus méritos, con todo su mente, por santa y sublime que fuera, no podía dejar de ser a veces apartada de aquella contemplación celestial por su atención a los trabajos terrenos. Además, cuando se veía enriquecido con tales frutos prácticos y, por otra parte, consideraba en su corazón el bien de la meditación, y ponía, por así decirlo, en un platillo de la balanza el provecho de todos estos trabajos y en el otro las delicias de la contemplación divina, después de haber corregido largo tiempo la balanza en su pecho, mientras las vastas recompensas de sus trabajos lo deleitaban por un lado, y por el otro el deseo de la unión con Cristo y de su inseparable compañía lo inclinaba a partir de esta vida, al fin, en su perplejidad, exclama y dice: «No sé qué elegir. Porque me siento apremiado entre dos cosas: teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual sería muchísimo mejor; pero permanecer en la carne es más necesario por causa de vosotros.» [] Aunque, pues, en muchos aspectos prefería este bien excelente a todos los frutos de su predicación, sin embargo se somete a sí mismo en consideración del amor, sin el cual nadie puede alcanzar al Señor; y por causa de aquellos a quienes hasta entonces había alimentado con leche, como sustento de los pechos del evangelio, no rehúsa ser apartado de Cristo, lo cual es malo para sí aunque útil para los demás. Pues es impulsado a elegir esto más bien por aquella su excesiva bondad por la cual, por la salvación de sus hermanos, está pronto, si fuera posible, a incurrir aun en el último mal de un anatema. «Porque desearía,» dice, «ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por causa de mis hermanos, los que son mis parientes según la carne, los cuales son israelitas,» [] es decir, desearía quedar sujeto no sólo a castigo temporal, sino también a castigo perpetuo, con tal de que todos los hombres, si fuera posible, pudieran gozar de la comunión de Cristo: pues estoy seguro de que la salvación de todos sería mejor para Cristo y para mí que la mía propia. Para que, pues, el Apóstol pudiera obtener perfectamente este sumo bien, es decir, gozar de la visión de Dios y estar unido continuamente a Cristo, estaba pronto a ser separado de este cuerpo, el cual, como es débil y está impedido por las muchas exigencias de sus flaquezas, no puede dejar de apartarse de la unión con Cristo: pues es imposible que la mente, que se ve acosada por tan frecuentes cuidados y embarazada por tan variadas y tediosas tribulaciones, goce siempre de la visión divina. Pues ¿qué propósito de los santos puede ser tan constante, qué designio tan elevado, que aquel astuto insidiador no lo destruya a veces? ¿Quién ha frecuentado los escondrijos del desierto y rehuido el trato con todos los hombres de tal modo que jamás tropiece con pensamientos innecesarios y, por mirar cosas o por ocuparse en acciones terrenas, decaiga de aquella contemplación de Dios, que es verdaderamente la única buena? ¿Quién pudo jamás conservar tal fervor de espíritu que no pase a veces, por pensamientos errabundos, de la atención a la oración, y caiga súbitamente de las cosas celestiales a las terrenas? ¿Quién de nosotros, por no hablar de otros momentos de distracción, aun en el instante mismo en que eleva su alma a Dios en oración, no cae en una especie de estupor y, aun contra su voluntad, no ofende precisamente por aquello de lo que esperaba el perdón de sus pecados? ¿Quién, pregunto, es tan alerta y vigilante que jamás, mientras canta un salmo a Dios, permita que su mente se aparte del sentido de la Escritura? ¿Quién es tan íntimo y está tan estrechamente unido a Dios que se felicite de haber cumplido un solo día aquella regla del Apóstol por la cual nos manda orar sin cesar? [] Y aunque todas estas cosas puedan parecer a algunos, envueltos en pecados más groseros, triviales y del todo ajenas al pecado, sin embargo, para los que conocen el valor de la perfección, una cantidad aun de las cosas más pequeñas se vuelve gravísima.
Conf. 23, cap. 6
Como si supusiéramos que dos hombres, uno de vista clara y perfecta y otro cuyos ojos estaban ofuscados por la torpeza de la visión, hubieran entrado juntos en una gran casa llena de muchos bultos, instrumentos y vasijas, ¿acaso aquel cuya vista embotada le impedía verlo todo no afirmaría que allí no había sino cofres, lechos, bancos, mesas y cuanto caía más bien ante los dedos de quien lo palpaba que ante los ojos de quien lo veía; mientras que, por el contrario, el otro, que escudriñaba lo escondido con ojos claros y perspicaces, no declararía que allí había muchísimos objetos diminutos y apenas numerables, los cuales, si alguna vez se juntaran en un solo montón, igualarían por su número, y acaso excederían, el tamaño de aquellas pocas cosas que el otro había palpado? Así también los santos y, por decirlo así, los hombres que ven, cuyo fin es la suma perfección, descubren con agudeza en sí mismos aun aquellas cosas que la mirada de nuestra mente, como ofuscada, no puede ver, y las condenan con gran severidad; hasta tal punto que quienes, según parece a nuestra negligencia, no han empañado la blancura de su cuerpo, que es como la nieve, ni con la más leve mancha de pecado, se ven a sí mismos cubiertos de muchas manchas si —no diré ya que entren por las puertas de su mente pensamientos malos o vanos—, sino incluso el recuerdo de un salmo que ha de rezarse aparta la atención del que está arrodillado en el tiempo de la oración. Pues si, dicen ellos, cuando suplicamos a un hombre importante —no diré por nuestra vida y salvación, sino por alguna ventaja o provecho—, fijamos en él toda la atención de la mente y del cuerpo y pendemos con temblorosa expectación de su asentimiento, no sin gran temor de que acaso alguna palabra necia o inconveniente aparte la compasión de quien nos escucha; y además, cuando estamos de pie en el foro o en los tribunales de los jueces terrenales, con nuestro adversario frente a nosotros, si en medio de la acusación y del juicio nos sobreviene tos, escupitajo, risa, bostezo o sueño, ¿con cuánta malicia nuestro adversario, siempre atento, excitará la severidad del juez para nuestro daño? Cuánto más, cuando suplicamos a Aquel que conoce todos los secretos, deberíamos, por el inminente peligro de muerte eterna, implorar con oración ferviente y ansiosa la bondad del juez, especialmente porque al otro lado está aquel que es a la vez nuestro astuto seductor y nuestro acusador. Y no sin razón quedará atado no por un pecado leve, sino por una grave culpa de maldad, aquel que, cuando derrama su oración ante Dios, se aparta al punto de su vista como de los ojos de quien ni ve ni oye, y sigue la vanidad de los malos pensamientos. Mas los que cubren los ojos de su corazón con un espeso velo de sus pecados y, como dice el Salvador, «Viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden,» [] apenas consideran en lo más íntimo de su pecho aun las faltas grandes y mortales, y no pueden mirar con ojos claros los pensamientos engañosos, ni siquiera aquellos deseos vagos y secretos que hieren la mente con sugestiones ligeras y sutiles, ni las cautividades de su alma; sino que, vagando siempre entre pensamientos impuros, no saben entristecerse cuando se distraen de aquella meditación tan propia, ni pueden dolerse de haber perdido algo, porque, al abrir su mente a la entrada de cualquier pensamiento según les place, nada tienen puesto delante de sí a lo cual aferrarse como lo principal ni desear de todos modos.
Conf. 23, cap. 7
Pero la razón que nos arrastra a este error es que, como ignoramos por completo la virtud de estar sin pecado, imaginamos que no podemos contraer culpa alguna de aquellas divagaciones ociosas y casuales de nuestros pensamientos; sino que, embotados por la torpeza y como heridos de ceguera, nada podemos ver en nosotros sino pecados capitales, y pensamos que solo hemos de apartarnos de aquellas cosas que también son condenadas por la severidad de las leyes seculares; y si vemos que, aun por breve tiempo, estamos libres de ellas, al punto imaginamos que no hay pecado alguno en nosotros. Por consiguiente, nos distinguimos del número de los que ven, porque no vemos las muchas y pequeñas manchas que se agolpan en nosotros; no somos heridos por la contrición salvadora si la enfermedad del despecho se apodera de nuestros pensamientos; no nos duele ser alcanzados por las sugestiones de la vanagloria; no lloramos nuestras oraciones ofrecidas tan tardía y fríamente; no consideramos falta si, mientras cantamos u oramos, otra cosa distinta de la oración o del salmo llena nuestros pensamientos; no nos horrorizamos de que no nos sonrojemos al concebir en el corazón —el cual, como sabemos, está abierto a la mirada divina— muchas cosas que nos avergonzaría decir o hacer delante de los hombres; no purgamos la mancha de los sueños impuros con abundantes abluciones de lágrimas; no nos duele que en la piadosa obra de la limosna, cuando socorremos las necesidades de los hermanos o ministramos ayuda a los pobres, el brillo de nuestra alegría quede empañado por una mezquina tardanza; ni pensamos que sufrimos pérdida alguna cuando nos olvidamos de Dios y pensamos en cosas temporales y corruptibles. Así, con justicia se nos aplican aquellas palabras de Salomón: «Me hirieron y no me dolió; me escarnecieron, y no lo supe.» []
Conf. 23, cap. 8
Por el contrario, aquellos que ponen toda la suma de su gozo, deleite y felicidad en la contemplación de las cosas divinas y espirituales solamente, si aun por breve tiempo son apartados de ellas contra su voluntad por pensamientos que se les imponen, castigan esto como una especie de sacrilegio en ellos y lo vengan con inmediato castigo; y en su dolor por haber preferido a alguna criatura vil (hacia la cual se desvió la mirada de su mente) antes que a su Creador, se acusan de la culpa (casi diría) de impiedad; y aunque vuelven los ojos de su corazón con la mayor rapidez para contemplar el resplandor de la gloria divina, no pueden tolerar ni siquiera por muy breve tiempo las tinieblas de los pensamientos carnales, y execran todo aquello que aparta la mirada de su alma de la luz verdadera. Finalmente, cuando el bienaventurado apóstol Juan quiso infundir este sentimiento en todos, dice: «Hijitos, no améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor de Dios no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida— no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» [] Por tanto, los santos desprecian todas aquellas cosas en que el mundo subsiste, pero les es imposible no ser arrastrados alguna vez hacia ellas por una breve aberración de los pensamientos, y aun ahora ningún hombre, salvo nuestro Señor y Salvador, puede tener su mente naturalmente errabunda siempre fija en la contemplación de Dios, de modo que nunca sea apartada de ella por el amor de algo de este mundo; como dice la Escritura: «Ni aun las estrellas son limpias ante sus ojos,» y de nuevo: «Si no confía en sus santos, y aun en sus ángeles halla iniquidad,» o como dice la traducción más correcta: «He aquí que entre sus santos ninguno es inmutable, y los cielos no son puros ante sus ojos.»
Conf. 23, cap. 9
Con razón diría, pues, que los santos, que se aferran firmemente a la recolección de Dios y son llevados, por así decirlo, con sus pasos suspendidos de una cuerda tendida en lo alto, pueden compararse justamente a los danzantes de cuerda, llamados comúnmente funámbulos, que arriesgan toda su seguridad y su vida en el camino de aquella cuerda estrechísima, sin duda alguna de que al punto encontrarán una muerte espantosísima si su pie se desvía o tropieza en lo más mínimo, o se sale de la línea del recorrido en que únicamente está la seguridad. Y mientras con maravillosa destreza dan sus ágiles pasos por el aire, si no guardan con cuidado y ansiosa regulación sus pasos en aquel camino demasiado estrecho, la tierra, que es la base natural y el fundamento más sólido y seguro de todas las cosas, se convierte para ellos en un peligro inmediato y manifiesto; no porque su naturaleza cambie, sino porque caen de cabeza sobre ella por el peso de sus cuerpos. Así también la bondad incansable de Dios y su naturaleza inmutable a nadie daña en verdad, sino que nosotros mismos, al caer de lo alto y tender a las profundidades, somos los autores de nuestra propia muerte; o más bien la misma caída es muerte para el que cae. Pues dice: «¡Ay de ellos, porque se apartaron de mí! Serán asolados, porque prevaricaron contra mí;» y de nuevo: «¡Ay de ellos cuando yo me aparte de ellos!» Porque «tu propia maldad te reprenderá, y tu apostasía te castigará; sabe y ve cuán malo y amargo es para ti haber dejado al Señor tu Dios;» pues «cada hombre está atado con las cuerdas de sus pecados.» A estos se dirige con razón aquella reprensión del Señor: «He aquí,» dice, «todos vosotros que encendéis fuego, rodeados de llamas, andad a la luz de vuestro fuego y en las llamas que habéis encendido;» y de nuevo: «El que enciende iniquidad, perecerá por ella.»
Capítulo 10. Cómo los que van camino de la perfección son verdaderamente humildes y sienten que siempre necesitan de la gracia de Dios
Conf. 23, cap. 10
Cuando, pues, los santos varones sienten que están oprimidos por el peso de los pensamientos terrenales y que caen de la alteza de su mente, y que son arrastrados contra su voluntad, o más bien sin saberlo, a la ley del pecado y de la muerte, y —por pasar por alto otras cosas— que son retenidos lejos de la visión de Dios por aquellas acciones que antes describí, buenas y rectas aunque terrenales, tienen de qué gemir constantemente ante el Señor; tienen, en efecto, de qué humillarse y, en su contrición, confesarse no solo con palabras sino con el corazón, pecadores; y por esto, mientras piden sin cesar a la gracia del Señor perdón por todo lo que día a día cometen vencidos por la flaqueza de la carne, deben derramar sin cesar verdaderas lágrimas de penitencia; pues ven que, envueltos hasta el fin mismo de su vida en las mismas angustias, con cuya continua tristeza son probados, ni siquiera pueden ofrecer sus oraciones sin pensamientos que los importunen. Así, pues, como saben por experiencia que, por el estorbo de la carga de la carne, no pueden con fuerzas humanas alcanzar el fin deseado, ni unirse según el deseo de su corazón a aquel sumo y principal bien, sino que son apartados de su visión cautivos hacia las cosas mundanas, se acogen a la gracia de Dios, «que justifica al impío,» [] y claman con el Apóstol: ¡Oh miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? ¡Gracias a Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo! [] Porque sienten que no pueden hacer el bien que quisieran, sino que caen siempre en el mal que no quieren y que aborrecen, es decir, en pensamientos errantes y en el cuidado de las cosas carnales.
Capítulo 11. Explicación de la frase: «Porque me deleito en la ley de Dios según el hombre interior,» etc
Conf. 23, cap. 11
Y en verdad se «deleitan en la ley de Dios según el hombre interior,» la cual se eleva sobre todas las cosas visibles y siempre se esfuerza por unirse a Dios solo; pero «ven otra ley en sus miembros,» es decir, implantada en su condición humana natural, la cual, «resistiendo a la ley de su mente,» lleva cautivos sus pensamientos a la ley forzosa del pecado, obligándolos a abandonar aquel sumo bien y a someterse a las nociones terrenales; las cuales, aunque puedan parecer necesarias y útiles cuando se emprenden en interés de alguna necesidad religiosa, sin embargo, cuando se oponen a aquel bien que fascina la mirada de todos los santos, son vistas por ellos como malas y como tales que deben evitarse, porque por ellas, de un modo u otro y por breve tiempo, son apartados del gozo de aquella perfecta bienaventuranza. Pues la ley del pecado es realmente lo que la caída de su primer padre trajo sobre el género humano por aquella falta suya, contra la cual fue pronunciada esta sentencia por el justísimo Juez: «Maldita será la tierra en tus obras; espinas y abrojos te producirá, y con el sudor de tu rostro comerás el pan.» Esta es, digo, la ley implantada en los miembros de todos los mortales, que resiste a la ley de nuestra mente y la aparta de la visión de Dios; y la cual, así como la tierra es maldita en nuestras obras después del conocimiento del bien y del mal, comienza a producir las espinas y abrojos de los pensamientos, con cuyas agudas puntas se ahogan las semillas naturales de las virtudes; de modo que sin el sudor de nuestro rostro no podemos comer nuestro pan, que «desciende del cielo,» y que «fortalece el corazón del hombre.» Todo el género humano en general, por tanto, está sin excepción sujeto a esta ley. Porque no hay nadie, por santo que sea, que no tome el pan arriba mencionado con el sudor de su rostro y los ansiosos esfuerzos de su corazón. Pero muchos ricos, como vemos, se alimentan de aquel pan común sin sudor alguno de su rostro.
Conf. 23, cap. 12
Y esta ley la llama también espiritual el Apóstol, diciendo: «Mas sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido bajo el pecado.» [] Porque espiritual es esta ley que nos manda comer con el sudor de nuestro rostro aquel «pan verdadero que desciende del cielo» []; pero aquella venta bajo el pecado nos hace carnales. ¿Cuál es, pregunto, o de quién es ese pecado? Sin duda de Adán, por cuya caída y, por decirlo así, ruinoso negocio y fraudulento contrato fuimos vendidos. Pues cuando fue engañado por la persuasión de la serpiente, puso a todos sus descendientes bajo el yugo de la servidumbre perpetua, al quedar enajenados por tomar el alimento prohibido. Porque esta costumbre se observa generalmente entre el comprador y el vendedor: que el que quiere entregarse al poder de otro recibe de su comprador un precio por la pérdida de su libertad y por su consignación a la servidumbre perpetua. Y podemos ver con toda claridad que esto tuvo lugar entre Adán y la serpiente. Porque al comer del árbol prohibido recibió de la serpiente el precio de su libertad, entregó su libertad natural y escogió darse a sí mismo en servidumbre perpetua a aquel de quien había obtenido el precio mortal del fruto prohibido; y desde entonces quedó atado por esta condición, y no sin razón sometió a toda la descendencia de su posteridad al perpetuo servicio de aquel cuyo esclavo había llegado a ser. Porque ¿qué puede engendrar un matrimonio en esclavitud sino esclavos? ¿Pues qué? ¿Acaso aquel comprador astuto y engañoso arrebató los derechos de propiedad al verdadero y legítimo señor? No es así. Porque ni venció toda la propiedad de Dios con la astucia de un solo acto de engaño, de modo que el verdadero dueño perdiera su derecho de propiedad; pues aunque el comprador mismo era un rebelde y un renegado, aun así lo oprimió con el yugo de la esclavitud; sino que, como el Creador había dotado a todas las criaturas racionales de libre albedrío, no quiso restituir contra su voluntad a su libertad natural a aquellos que, contra todo derecho, se habían vendido a sí mismos por el pecado de la codicia. Porque todo lo que es contrario a la bondad y a la equidad es aborrecible para Aquel que es el Autor de la justicia y de la piedad. Habría sido, en efecto, indigno que Él retirara la bendición de la libertad concedida, e injusto que por su poder oprimiera al hombre que era libre y, haciéndolo cautivo, no le permitiera ejercer la prerrogativa de la libertad que había recibido; pues reservaba su salvación para los siglos futuros, para que a su debido tiempo se cumpliera la plenitud del tiempo señalado. Porque era justo que su descendencia permaneciera bajo las antiguas condiciones por tan largo tiempo, hasta que, por el precio de su propia sangre, la gracia del Señor los redimiera de sus cadenas originales y los restableciera en el estado primitivo de libertad, aunque Él podía salvarlos aun entonces, pero no quiso, porque la equidad le prohibía quebrantar los términos de su propio decreto. ¿Quieres saber la razón de que hayas sido vendido? Oye a tu Redentor mismo proclamándolo abiertamente por el profeta Isaías: «¿Qué es esta carta de divorcio de vuestra madre, con la cual yo la he despedido? ¿O quién es mi acreedor, a quien os he vendido? He aquí que por vuestras iniquidades fuisteis vendidos, y por vuestras maldades he despedido a vuestra madre.» ¿Quieres también ver claramente por qué, cuando fuiste consignado al yugo de la esclavitud, no te redimió Él con la fuerza de su propio poder? Oye lo que añadió al pasaje anterior y cómo acusa a los mismos siervos del pecado con la razón de su venta voluntaria. «¿Acaso se ha acortado mi mano y se ha hecho pequeña, de modo que no pueda redimir, o no hay en mí fuerza para librar?» [] Pero qué es lo que siempre se opone a su poderosísima piedad lo muestra el mismo profeta cuando dice: «He aquí que no se ha acortado la mano del Señor para salvar, ni se ha hecho pesada su oreja para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han ocultado su rostro de vosotros para no oír.» []
Conf. 23, cap. 13
Porque la maldición original de Dios nos ha hecho carnales y nos ha condenado a espinas y cardos, y nuestro padre nos vendió por aquel desdichado trato, de modo que no podemos hacer el bien que queremos; mientras somos arrancados del recuerdo de Dios Altísimo y forzados a pensar en lo que pertenece a la debilidad humana, mientras ardemos en amor de la pureza, a menudo aun contra nuestra voluntad somos turbados por los deseos naturales, de los que preferiríamos no saber nada; sabemos que en nuestra carne no mora cosa buena [], a saber, la paz perpetua y duradera de esta meditación de la que hemos hablado; pero se produce en nosotros aquel miserable y lamentable divorcio: que cuando con la mente queremos servir la ley de Dios, ya que jamás queremos apartar nuestra mirada del resplandor divino, sin embargo, rodeados como estamos de tinieblas carnales, nos vemos forzados por una especie de ley de pecado a apartarnos del bien que conocemos, cayendo desde aquella altura excelsa de la mente a los cuidados y pensamientos terrenos, a los que la ley del pecado, es decir, la sentencia de Dios que recibió el primer delincuente, no sin razón nos ha condenado. Y de ahí que el bienaventurado Apóstol, aunque confiesa abiertamente que él y todos los santos están atados por la sujeción de este pecado, sin embargo afirma con denuedo que ninguno de ellos será condenado por esto, diciendo: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús; porque la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte,» [] es decir, la gracia de Cristo día a día libra a todos sus santos de esta ley del pecado y de la muerte, bajo la cual se ven constantemente obligados, a su pesar, a caer cada vez que oran al Señor pidiendo el perdón de sus culpas. Ves, pues, que fue en la persona no de pecadores, sino de quienes son verdaderamente santos y perfectos, que el bienaventurado Apóstol pronunció estas palabras: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco, eso hago;» y: «Veo otra ley en mis miembros que resiste a la ley de mi mente y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.» []
Capítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
Conf. 23, cap. 14
Germano: Nosotros decimos que esto no se aplica ni a la persona de aquellos que están envueltos en pecados capitales, ni a la de un Apóstol y de los que han avanzado hasta su medida; sino que pensamos que propiamente debe entenderse de aquellos que, después de recibir la gracia de Dios y el conocimiento de la verdad, procuran guardarse de los pecados carnales, pero, como una antigua costumbre, a manera de ley natural, domina con suma fuerza en sus miembros, son arrastrados a la arraigada concupiscencia de sus pasiones. Porque la costumbre y la frecuencia de pecar llegan a ser como una ley natural que, implantada en los miembros débiles del hombre, lleva cautivos al pecado los sentimientos del alma aún no instruida en todos los ejercicios de la virtud, sino todavía, por así decirlo, de una castidad inexperta y tierna, y sujetándolos por una antigua ley a la muerte, los coloca bajo el yugo del pecado que los domina, no permitiéndoles alcanzar el bien de la pureza que aman, sino más bien forzándolos a hacer el mal que aborrecen.
Conf. 23, cap. 15
Teonas: Vuestra opinión no llega muy lejos; pues vosotros mismos habéis comenzado ahora a sostener que esto no puede en modo alguno mantenerse en la persona de aquellos que son pecadores consumados, sino que propiamente se aplica a quienes se esfuerzan por mantenerse libres de pecados carnales. Y puesto que ya habéis separado a éstos del número de los pecadores, se sigue que dentro de poco debéis admitirlos en las filas de los fieles y santos. Porque ¿qué clases de pecados decís que pueden cometer aquéllos, de los cuales, si incurren en ellos después de la gracia del bautismo, pueden ser librados por la gracia cotidiana de Cristo? ¿O de qué cuerpo de esta muerte hemos de pensar que dijo el Apóstol: «¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!»? [] ¿No está claro, como la verdad os obliga a vosotros mismos a admitir, que no se habla de aquellos miembros de delitos capitales, por los cuales se gana el salario de la muerte eterna; a saber, homicidio, fornicación, adulterio, embriaguez, hurtos y rapiñas; sino de aquel cuerpo antes mencionado, al que asiste la gracia cotidiana de Cristo? Porque quienquiera que después del bautismo y del conocimiento de Dios cae en aquella muerte, debe saber que habrá de ser limpiado, no por la gracia cotidiana de Cristo, es decir, por un perdón fácil que nuestro Señor, cuando en cualquier momento se le ruega, suele conceder a nuestros errores, sino por una aflicción de penitencia de toda la vida y por un dolor penal; o de lo contrario, será consignado más adelante al castigo del fuego eterno por ellos, como lo declara el mismo Apóstol: «No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se contaminan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.» [] ¿O qué es aquella ley que guerrea en nuestros miembros, que resiste a la ley de nuestra mente y, cuando nos ha llevado cautivos, aun resistiendo, a la ley del pecado y de la muerte, y nos ha hecho servirla con la carne, sin embargo nos permite servir con la mente a la ley de Dios? Pues no supongo que esta ley del pecado denote crímenes o pueda entenderse de las ofensas arriba mencionadas, de las cuales, si un hombre es culpable, no sirve con la mente a la ley de Dios, de la cual ley primero debe haberse apartado de corazón antes de ser culpable de alguna de ellas con la carne. Pues ¿qué es servir a la ley del pecado, sino hacer lo que manda el pecado? ¿Qué clase de pecado es, pues, aquel al que tan grande santidad y perfección se siente cautiva, y sin embargo no duda de que será librada de él por la gracia de Cristo, diciendo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? ¡Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor!»? ¿Qué ley, pregunto, sostendréis que está implantada en nuestros miembros, la cual, apartándonos de la ley de Dios y llevándonos cautivos a la ley del pecado, pudiera hacernos más desdichados que culpables, de modo que no seamos consignados al castigo eterno, sino que, por así decirlo, suspiremos por los gozos ininterrumpidos de la bienaventuranza, y, buscando un auxiliador que nos restituya a ella, exclamemos con el Apóstol: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?»? Pues ¿qué es ser llevado cautivo a la ley del pecado sino continuar ejecutando y cometiendo pecado? ¿O qué otro bien principal puede concederse que los santos no puedan cumplir, sino aquel en comparación con el cual, como dijimos arriba, todo lo demás no es bueno? En verdad sabemos que muchas cosas en este mundo son buenas, y principalmente la modestia, la continencia, la sobriedad, la humildad, la justicia, la misericordia, la templanza, la piedad; pero todas estas cosas no alcanzan aquel bien supremo, y pueden ser hechas, digo, no por los apóstoles, sino aun por la gente común; y aquellos por quienes no se hacen, o son castigados con el castigo eterno, o son liberados por grandes esfuerzos, como se dijo arriba, de penitencia, y no por la gracia cotidiana de Cristo. Resta, pues, que admitamos que esta frase del Apóstol se aplica con razón solamente a las personas de los santos, quienes día tras día cayendo bajo esta ley, que hemos descrito, del pecado y no de los crímenes, están seguros de su salvación y no precipitados en obras perversas, sino que, como se ha dicho muchas veces, son apartados de la contemplación de Dios hacia la miseria de los pensamientos corporales, y con frecuencia son privados de la bendición de aquella verdadera bienaventuranza. Porque si sintieran que por esta ley de sus miembros estaban atados diariamente a crímenes, se quejarían de la pérdida no de la felicidad sino de la inocencia, y el apóstol Pablo no diría: «¡Miserable de mí!», sino «Impuro», o «Malvado de mí», y desearía verse libre no del cuerpo de esta muerte, es decir, de este estado mortal, sino de los crímenes y malas obras de esta carne. Mas porque, a causa del estado de su humana fragilidad, se sentía cautivo, es decir, arrastrado a los cuidados y ansiedades carnales que produce la ley del pecado y de la muerte, gime por esta ley del pecado bajo la cual había caído contra su voluntad, y al instante recurre a Cristo y es salvado por la redención presente de su gracia. Por tanto, toda ansiedad que aquella ley del pecado, que naturalmente produce las espinas y los cardos de los pensamientos y cuidados mortales, ha hecho brotar en el terreno del pecho del Apóstol, la ley de la gracia la arranca al instante. «Porque la ley», dice él, «del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.» []
Conf. 23, cap. 16
Éste es, pues, aquel cuerpo de esta muerte del cual no podemos escapar, y encerrados en él, los perfectos, que han gustado «cuán bueno es el Señor», sienten cada día con el profeta «cuán malo y amargo es para el hombre apartarse del Señor su Dios». [] Éste es el cuerpo de esta muerte que nos aparta de la visión celestial y nos arrastra de nuevo a las cosas terrenas; que hace que los hombres, mientras cantan los salmos y están arrodillados en oración, tengan sus pensamientos llenos de figuras humanas, o de conversaciones, o de negocios, o de acciones innecesarias. Éste es el cuerpo de esta muerte por el cual aquellos que querrían emular la santidad de los ángeles y que anhelan unirse continuamente a Dios, sin embargo no pueden alcanzar la perfección de este bien, porque el cuerpo de esta muerte se interpone en su camino, sino que hacen el mal que no quieren, es decir, son arrastrados en sus mentes aun a las cosas que nada tienen que ver con su progreso y perfección en la virtud. Finalmente, para que el bienaventurado Apóstol mostrara con claridad que decía esto de hombres santos y perfectos, y de los semejantes a él, de cierto modo se señala a sí mismo con el dedo y al instante prosigue: «Así que yo mismo», es decir, yo que digo esto, pongo al descubierto los secretos de mi propia conciencia, no de la ajena. De este modo de hablar suele ciertamente usar con familiaridad el Apóstol, siempre que quiere señalarse especialmente a sí mismo, como aquí: «Yo, Pablo, os ruego por la mansedumbre y modestia de Cristo»; y de nuevo: «salvo que yo mismo no os fui gravoso»; y otra vez: «Mas sea así: yo mismo no os cargué»; y en otro lugar: «Yo, Pablo, os digo: si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará nada»; y a los Romanos: «Pues desearía yo mismo ser anatema, apartado de Cristo, por mis hermanos». Pero no sin razón puede entenderse de este modo: que «Así que yo mismo» se dice expresamente con énfasis, es decir, yo, a quien sabéis que soy Apóstol de Cristo, a quien veneráis con sumo respeto, a quien creéis de excelentísimo carácter y perfecto, y en quien Cristo habla; aunque con la mente sirvo a la ley de Dios, sin embargo con la carne confieso que sirvo a la ley del pecado, es decir, por las ocupaciones de mi condición humana soy a veces arrastrado de lo celestial a lo terreno, y la altura de mi mente es reducida al nivel del cuidado de cosas humildes. Y por esta ley del pecado hallo que en todo momento soy llevado cautivo de tal modo que, aunque persevero en mi anhelo inmutable en torno a la ley de Dios, de ninguna manera puedo escapar del poder de esta cautividad, a menos que siempre acuda a la gracia del Salvador.
Conf. 23, cap. 17
Y por eso, con suspiros diarios, todos los santos se duelen de esta debilidad de su naturaleza, y mientras escudriñan sus pensamientos mudables y los secretos y los más íntimos repliegues de su conciencia, claman suplicantes: «No entres en juicio con tu siervo, porque delante de ti ningún viviente será justificado;» y esto: «¿Quién se gloriará de tener casto el corazón? ¿O quién confiará en que está limpio de pecado?»; y de nuevo: «No hay hombre justo en la tierra que haga el bien y no peque;»; y también esto: «¿Quién conoce sus faltas?» Y así han reconocido que la justicia del hombre es débil e imperfecta y siempre necesita de la misericordia de Dios, de modo que uno de aquellos cuyas iniquidades y pecados purificó Dios con el carbón encendido de su palabra enviado desde el altar, después de aquella admirable visión de Dios, después de ver a los serafines en lo alto y de la revelación de los misterios celestiales, dijo: «¡Ay de mí! Porque soy hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros.» [] Y me imagino que quizá ni aun entonces habría sentido la impureza de sus labios, si no le hubiera sido dado reconocer la verdadera y completa pureza de la perfección por la visión de Dios, ante cuya vista se dio cuenta de repente de su propia impureza, de la que antes había estado ignorante. Pues cuando dice: «¡Ay de mí! Porque soy hombre de labios impuros», muestra que la confesión que sigue se refiere a sus propios labios y no a la impureza del pueblo: «y habito en medio de un pueblo de labios impuros». Mas aun cuando en su oración confiesa la impureza de todos los pecadores, abarca en su súplica general no sólo a la muchedumbre de los malos, sino también a la de los buenos, diciendo: «He aquí, tú te airaste, y hemos pecado; en ellos hemos estado siempre, y seremos salvos. Todos nosotros somos como inmundo, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia.» [] ¿Qué, pregunto, podría ser más claro que esta sentencia, en la que el profeta incluye no una sola, sino todas nuestras justicias y, mirando en derredor todas las cosas que se consideran inmundas y repugnantes, al no poder hallar en la vida de los hombres cosa más asquerosa ni más inmunda, eligió compararlas con trapos de inmundicia? En vano, pues, se levanta la agudeza de una objeción insistente contra esta verdad perfectamente clara, como hace un poco dijisteis: «Si nadie está sin pecado, nadie es santo; y si nadie es santo, nadie se salvará.» Porque la dificultad de esta cuestión puede resolverse con el testimonio del profeta. «He aquí», dice, «tú te airaste y hemos pecado», es decir, cuando rechazaste nuestra soberbia de corazón o nuestra negligencia y nos privaste de tu auxilio, al punto nos tragó el abismo de nuestros pecados, como si alguien dijera a la brillante substancia del sol: He aquí, te has puesto, y al instante nos cubrieron tinieblas lóbregas. Y sin embargo, aunque aquí dice que los santos han pecado, y no sólo han pecado sino que han permanecido siempre en sus pecados, no desespera del todo de la salvación, sino que añade: «En ellos hemos estado siempre, y seremos salvos». Esta frase: «He aquí, tú te airaste y hemos pecado», la compararé con aquella del Apóstol: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» De nuevo, lo que el profeta añade: «En ellos hemos estado siempre, y seremos salvos», corresponde a las siguientes palabras del Apóstol: «¡Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» De la misma manera también este pasaje del mismo profeta: «¡Ay de mí! Porque soy hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros», parece concordar con las palabras arriba citadas: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» Y lo que sigue en el profeta: «Y he aquí voló hacia mí uno de los serafines, trayendo en su mano un carbón encendido (o una piedra), que había tomado con las tenazas de sobre el altar. Y tocó mi boca y dijo: He aquí, con esto he tocado tus labios, y tu iniquidad es quitada y tu pecado purgado», [] es justamente lo que parece haber salido de la boca de Pablo, quien dice: «¡Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» Veis, pues, cómo todos los santos con verdad confiesan no tanto en la persona del pueblo cuanto en la suya propia que son pecadores, y sin embargo de ningún modo desesperan de su salvación, sino que esperan la plena justificación (pues no confían en poder alcanzarla en virtud del estado de la fragilidad humana) de la gracia y misericordia del Señor.
Conf. 23, cap. 18
Mas que nadie, por santo que sea, está en esta vida libre de culpas y pecados, nos lo enseña también la doctrina del Salvador, que dio a sus discípulos la forma de la oración perfecta y, entre aquellos otros sublimes y sagrados mandatos que, como sólo fueron dados a los santos y perfectos, no pueden aplicarse a los malvados e incrédulos, mandó insertar éste: «Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Si, pues, ésta es ofrecida como oración verdadera y por santos, como debemos creer sin sombra de duda, ¿quién podrá hallarse tan obstinado y desvergonzado, tan hinchado con la soberbia de la rabia misma del diablo, que sostenga que está sin pecado, y no sólo se tenga por mayor que los apóstoles, sino que además acuse al Salvador mismo de ignorancia o necedad, como si Él no supiera que algunos hombres podían estar libres de deudas, o enseñara en vano a aquellos que Él sabía que no necesitaban el remedio de aquella oración? Mas, puesto que todos los santos que guardan enteramente los mandatos de su Rey dicen cada día «Perdónanos nuestras deudas,» si dicen verdad, no hay en verdad nadie libre de pecado; mas si hablan falsamente, igualmente es verdad que no están libres del pecado de falsedad. Por lo cual también aquel sapientísimo Eclesiastés, repasando en su mente todas las acciones y propósitos de los hombres, declara sin excepción alguna: «que no hay hombre justo sobre la tierra, que haga el bien y no peque,» [] es decir, nadie pudo jamás ni podrá hallarse en esta tierra tan santo, tan diligente, tan fervoroso, que sea capaz de adherirse continuamente a aquel verdadero y único bien, y no sentir día tras día que es apartado de él y desfallece. Mas, aunque sostiene que no puede estar libre de mal obrar, no por eso hemos de negar que sea justo.
Conf. 23, cap. 19
Quien, pues, atribuye a la naturaleza humana la impecabilidad no ha de luchar contra palabras vanas, sino contra el testimonio y la prueba de su conciencia, que está de nuestra parte; y sólo entonces deberá sostener que está sin pecado, cuando halle que no es arrancado de este sumo bien; más aún, quien, examinando su propia conciencia, por no decir más, hallare que ha celebrado siquiera un solo oficio sin la distracción de una sola palabra, obra o pensamiento, ése podrá decir que está sin pecado. Además, porque admitimos que la ligereza discursiva de la mente humana no puede despojarse de estas cosas vanas y vacías, confesamos en consecuencia con verdad que no estamos sin pecado. Pues, con todo el cuidado con que un hombre procure guardar su corazón, jamás podrá, por la resistencia de la naturaleza de la carne, guardarlo según el deseo de su espíritu. Porque, por mucho que la mente humana haya avanzado y progresado hacia una más fina pureza de contemplación, tanto más se verá a sí misma impura, como en el espejo de su pureza, pues, mientras el alma se eleva a una visión más alta y, como mirando hacia afuera, anhela cosas mayores que las que realiza, de seguro desprecia siempre como inferiores y sin valor aquellas cosas en que está mezclada. Puesto que la vista más penetrante advierte más; y la vida intachable produce mayor tristeza cuando se le halla falta; y la enmienda de la vida, y el empeño fervoroso por la bondad, multiplica los gemidos y suspiros. Pues nadie puede descansar contento en aquel grado al que ha llegado, y por mucho que un hombre esté purificado en la mente, tanto más se ve a sí mismo manchado, y halla motivos de humillación más que de soberbia, y, por velozmente que suba a mayores alturas, tanto más ve sobre sí adónde se encamina. Finalmente aquel Apóstol elegido «a quien Jesús amaba,» [] que reposó sobre su pecho, pronunció esta sentencia como desde el corazón del Señor: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.» [] Y así, si cuando decimos que no tenemos pecado no tenemos la verdad, esto es, a Cristo, en nosotros, ¿qué bien hacemos sino probarnos, por esta misma profesión, criminales y malvados entre los pecadores?
Conf. 23, cap. 20
Por último, si queréis investigar más a fondo si es posible que la naturaleza humana alcance la impecabilidad, ¿de quiénes podemos aprenderlo más claramente que de aquellos que «han crucificado la carne con sus vicios y concupiscencias,» y para quienes «el mundo está verdaderamente crucificado»? Los cuales, aunque no sólo han erradicado por completo todos los vicios de sus corazones, sino que también procuran excluir aun el pensamiento y el recuerdo del pecado, sin embargo día tras día sostienen fielmente que no pueden ni siquiera por una sola hora estar libres de la mancha del pecado.
Capítulo 21. Que aunque reconozcamos que no podemos estar sin pecado, no por eso debemos apartarnos de la Comunión del Señor
Conf. 23, cap. 21
Mas no debemos apartarnos de la Comunión del Señor porque nos confesemos pecadores, sino que hemos de apresurarnos a ella cada vez con más anhelo para la curación de nuestra alma y la purificación de nuestro espíritu, y buscar más bien el remedio de nuestras heridas con humildad de mente y fe, teniéndonos por indignos de recibir tan gran gracia. De otro modo no podríamos recibir dignamente la Comunión ni aun una vez al año, como hacen algunos que viven en monasterios y de tal manera consideran la dignidad, santidad y valor de los sacramentos celestiales, que piensan que nadie sino los santos y las personas sin mancha deben atreverse a recibirlos, y no más bien que ellos nos harían santos y puros al tomarlos. Y éstos caen con ello en mayor presunción y arrogancia que aquello que les parece evitar, porque en el momento en que los reciben, consideran que son dignos de recibirlos. Pero mucho mejor es recibirlos cada domingo para la curación de nuestras flaquezas, con aquella humildad de corazón con que creemos y confesamos que jamás podemos tocar dignamente aquellos santos misterios, que hincharnos con una necia persuasión del corazón, y creer que al fin del año somos dignos de recibirlos. Por lo cual, para que podamos comprender esto y retenerlo con fruto, imploremos con mayor empeño la misericordia del Señor para que nos ayude a realizarlo, lo cual no se aprende, como las demás artes humanas, por alguna explicación verbal previa, sino más bien por la experiencia y la acción que van delante; y que, además, si no es a menudo considerado y forjado en las Conferencias de personas espirituales, y examinado con afán por la experiencia diaria y la prueba de ello, o se volverá obsoleto por el descuido o perecerá por olvido ocioso.