c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·50 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 5 de 21 · Conferencia 5. Abad Serapión·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CAS-02
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Conferencia del abad Serapión. Sobre los ocho vicios principales.
Capítulo 1. De nuestra llegada a la celda del abad Serapión y de la consulta sobre las distintas clases de vicios y el modo de vencerlos
Conf. 5, cap. 1
En aquella asamblea de ancianos y mayores había un varón llamado Serapión, especialmente dotado con la gracia de la discreción, cuya Conferencia creo que vale la pena poner por escrito. Pues cuando le suplicamos que disertara sobre el modo de vencer nuestros vicios, para que su origen y causa se nos hicieran más claros, comenzó así.
Capítulo 2. De la enumeración que hace el abad Serapión de los ocho vicios principales
Conf. 5, cap. 2
Ocho son los vicios principales que atacan al género humano, a saber: primero, la gastrimargia, que significa gula; segundo, la fornicación; tercero, la filargiría, es decir, la avaricia o el amor al dinero; cuarto, la ira; quinto, el abatimiento; sexto, la acidia, es decir, la apatía o el desaliento; séptimo, la cenodoxia, es decir, la jactancia o la vanagloria; y octavo, la soberbia.
Capítulo 3. De las dos clases de vicios y de su cuádruple modo de obrar en nosotros
Conf. 5, cap. 3
De estos vicios hay, pues, dos clases. Pues unos nos son naturales, como la gula, y otros nacen fuera de la naturaleza, como la avaricia. Pero su modo de actuar sobre nosotros es cuádruple. Pues unos no pueden consumarse sin un acto de la carne, como la gula y la fornicación, mientras que otros pueden completarse sin ningún acto corporal, como la soberbia y la vanagloria. Unos hallan fuera de nosotros los motivos que los excitan, como la avaricia y la ira; otros son despertados por sentimientos interiores, como la acidia y el abatimiento.
Capítulo 4. Revisión de las pasiones de la gula y de la fornicación y de sus remedios
Conf. 5, cap. 4
Y para hacer esto más claro, no sólo con una breve discusión según mi capacidad, sino también con la prueba de la Escritura, la gula y la fornicación, aunque existen en nosotros naturalmente (pues a veces brotan sin incitación alguna de la mente, y simplemente por el movimiento y el halago de la carne), sin embargo, si han de consumarse, necesitan hallar un objeto exterior, y así sólo se realizan mediante actos corporales. Pues «cada uno es tentado por su propia concupiscencia. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, cuando es consumado, engendra la muerte.» [] Porque el primer Adán no habría podido caer víctima de la gula si no hubiera tenido a mano alimento material y no lo hubiera usado mal; ni el segundo Adán pudo ser tentado sin el halago de algún objeto, cuando se le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en pan.» [] Y es claro para todos que la fornicación también sólo se consuma mediante un acto corporal, como dice Dios de este espíritu al bienaventurado Job: «Y su fuerza está en sus lomos, y su vigor en el ombligo de su vientre.» [] Y así estos dos vicios en particular, que se llevan a efecto con la ayuda de la carne, requieren especialmente la abstinencia corporal así como el cuidado espiritual del alma; pues la determinación de la mente no es por sí sola suficiente para resistir sus ataques (como a veces sucede con la ira o el abatimiento o las demás pasiones, que el esfuerzo de la mente por sí solo puede vencer sin mortificación alguna de la carne); sino que ha de usarse también el castigo corporal, llevándolo a cabo por medio de ayunos, vigilias y actos de contrición; y a esto ha de añadirse el cambio de lugar, porque, como estos pecados resultan de faltas de la mente y del cuerpo, así sólo pueden vencerse con los esfuerzos unidos de ambos. Y aunque el bienaventurado Apóstol dice en general que todos los vicios son carnales, puesto que enumera las enemistades, la ira y las herejías entre otras obras de la carne, [] sin embargo, para curarlos y descubrir su naturaleza con más exactitud, hacemos de ellos una doble división: pues llamamos a unos carnales y a otros espirituales. Y llamamos carnales a aquellos que tienen que ver especialmente con el deleite de los apetitos de la carne, y con los cuales ésta queda tan seducida y satisfecha, que a veces excita la mente aun en reposo y la arrastra contra su voluntad a consentir en su deseo. De los cuales dice el bienaventurado Apóstol: «En los cuales también todos nosotros anduvimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, cumpliendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.» [] Pero llamamos espirituales a los que brotan únicamente del impulso de la mente y no sólo no proporcionan placer alguno a la carne, sino que en realidad le acarrean una debilidad que le es dañosa, y sólo alimentan una mente enferma con el alimento de un placer miserable. Y por eso éstos necesitan una sola medicina para el corazón; pero los que son carnales sólo pueden curarse, como dijimos, con un doble remedio. De donde resulta sumamente útil a los que aspiran a la pureza empezar por apartar de sí la materia que alimenta estas pasiones carnales, mediante la cual puede surgir en un alma todavía afectada por el mal la ocasión o el recuerdo de estos mismos deseos. Pues una enfermedad complicada necesita un remedio complicado. Porque del cuerpo ha de apartarse el objeto y la materia que lo seduciría, para que la concupiscencia no intente estallar en acto; y ante la mente no hemos de poner con menos cuidado la meditación diligente de la Escritura, la solicitud vigilante y el retiro a la soledad, no sea que dé a luz el deseo aun en el pensamiento. Pero en cuanto a los demás vicios, el trato con nuestros hermanos no es obstáculo, o más bien es de la mayor utilidad posible, para los que verdaderamente desean deshacerse de ellos, porque al mezclarse con otros se encuentran más a menudo con la reprensión, y mientras son provocados con más frecuencia se hace evidente la existencia de los vicios, y así se curan con remedios rápidos.
Capítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
Conf. 5, cap. 5
Y así nuestro Señor Jesucristo, aunque la palabra del Apóstol declara que fue tentado en todo como nosotros, se dice sin embargo que fue «sin pecado,» [] es decir, sin la infección de este apetito, pues nada conoció de los incentivos de la concupiscencia carnal, con los cuales ciertamente somos turbados aun contra nuestra voluntad y sin saberlo; pues el arcángel describe así el modo de su concepción: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, lo que nacerá de ti será llamado santo, Hijo de Dios.» []
Capítulo 6. Del modo de la tentación con que el diablo atacó a nuestro Señor
Conf. 5, cap. 6
Porque era justo que Aquel que poseía la imagen y semejanza perfectas de Dios fuese tentado a través de aquellas pasiones por las que Adán también fue tentado mientras conservaba aún intacta la imagen de Dios, es decir, por la gula, la vanagloria y la soberbia; y no por aquellas en las que, por su propia culpa, quedó enredado e implicado después de la transgresión del mandato, cuando la imagen y semejanza de Dios quedó desfigurada. Pues fue la gula por la que tomó el fruto del árbol prohibido; la vanagloria, por la que se le dijo «Se os abrirán los ojos,» y la soberbia, por la que se le dijo «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» [] Con estos tres pecados, pues, leemos que fue tentado también el Señor, nuestro Salvador: con la gula, cuando el diablo le dijo: «Manda que estas piedras se conviertan en pan:» con la vanagloria: «Si eres el Hijo de Dios, échate abajo:» con la soberbia, cuando le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos y le dijo: «Todo esto te daré si postrándote me adoras:» para que Él, con su ejemplo, nos enseñara cómo debemos vencer al tentador cuando somos atacados por las mismas líneas de tentación que Él. Y así uno y otro son llamados Adán; el uno, el primero para la ruina y la muerte, y el otro, el primero para la resurrección y la vida. Por el uno, todo el género humano es llevado a la condenación; por el otro, todo el género humano es liberado. El uno fue formado de tierra cruda e informe; el otro nació de la Virgen María. En su caso, pues, aunque era conveniente que sufriera la tentación, no era necesario que sucumbiera a ella. Ni Aquel que había vencido la gula podía ser tentado por la fornicación, que brota de la superfluidad y de la gula como de su raíz; con la cual el primer Adán no habría sido destruido si, antes de que ella naciera, no hubiera sido engañado por las astucias del diablo y no hubiera caído víctima de la pasión. Y por eso no se dice absolutamente que el Hijo de Dios haya venido «en la carne de pecado,» sino «en semejanza de carne de pecado,» porque, aunque su carne era verdadera y comía, bebía y dormía, y verdaderamente recibió las señales de los clavos, no había en Él verdadero pecado heredado de la caída, sino sólo algo semejante a él. Pues no tuvo experiencia de las saetas encendidas de la concupiscencia carnal, que en nuestro caso surgen aun contra nuestra voluntad, por la constitución de nuestra naturaleza, sino que tomó sobre sí algo semejante, participando de nuestra naturaleza. Pues así como cumplió verdaderamente toda función que nos corresponde, y llevó todas las flaquezas humanas, por eso ha sido considerado sujeto también a este sentimiento, para que, mediante estas flaquezas, pareciera llevar en su propia carne el estado incluso de este vicio y pecado. Finalmente, el diablo sólo lo tentó con aquellos pecados con que había engañado al primer Adán, infiriendo que Él, como hombre, sería engañado de modo semejante en otras cosas si hallaba que había sido vencido por aquellas tentaciones con las que había derribado a su predecesor. Pero como fue vencido en el primer encuentro, no pudo acarrearle la segunda enfermedad que había brotado como de la raíz del primer vicio. Pues vio que Él no había admitido cosa alguna de la que pudiera nacer esta enfermedad, y era vano esperar de Él el fruto del pecado, pues vio que de ningún modo recibió en sí simiente o raíz de él. Sin embargo, según Lucas, que coloca en último lugar aquella tentación en la que se usan las palabras «Si eres el Hijo de Dios, échate abajo,» [] podemos entender esto del sentimiento de soberbia, de modo que aquella anterior, que Mateo coloca en tercer lugar, en la cual, como dice el evangelista Lucas, el diablo le mostró todos los reinos del mundo en un instante y se los prometió, ha de tomarse del sentimiento de avaricia, porque después de su victoria sobre la gula no se atrevió a tentarlo con la fornicación, sino que pasó a la avaricia, que sabía ser la raíz de todos los males, [] y, vencido de nuevo en ésta, no se atrevió a atacarlo con ninguno de los pecados que se siguen, los cuales, como bien sabía, brotan de ésta como de su raíz y fuente; y así pasó a la última pasión, a saber, la soberbia, por la que sabía que pueden ser afectados aquellos que son perfectos y han vencido todos los demás pecados, y por la cual recordaba que él mismo, en su condición de Lucifer, y también otros muchos, habían caído de su estado celestial, sin tentación de ninguna de las pasiones precedentes. En este orden, pues, que hemos mencionado, que es el que da el evangelista Lucas, hay un acuerdo exacto entre los halagos y las formas de las tentaciones con que aquel astutísimo enemigo atacó al primero y al segundo Adán. Pues al uno le dijo «Se os abrirán los ojos;» al otro «le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos.» En el primer caso dijo «Seréis como dioses;» en el otro, «Si eres el Hijo de Dios.»
Capítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
Conf. 5, cap. 7
Y prosiguiendo en el orden que nos hemos propuesto, con nuestra exposición del modo en que actúan las demás pasiones (cuyo análisis hubo de interrumpirse por esta exposición de la gula y de la tentación del Señor), la vanagloria y la soberbia pueden consumarse aun sin la más mínima ayuda del cuerpo. Pues, ¿de qué modo necesitan acción alguna de la carne aquellas pasiones que acarrean abundante destrucción al alma que cautivan simplemente por su asentimiento y su deseo de alcanzar alabanza y gloria de los hombres? ¿O qué acto por parte del cuerpo hubo en aquella antigua soberbia, en el caso del ya mencionado Lucifer, si sólo la concibió en su corazón y en su mente, como nos dice el profeta: «Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo, pondré mi trono sobre las estrellas de Dios. Subiré por encima de las alturas de las nubes, seré semejante al Altísimo.» [] Y así como no tuvo a nadie que lo incitara a esta soberbia, así sus solos pensamientos fueron los autores del pecado, una vez consumado, y de su eterna caída; sobre todo porque no siguió ejercicio alguno del dominio al que aspiraba.
Capítulo 8. De la avaricia, que es algo ajeno a nuestra naturaleza, y de la diferencia entre ella y aquellos vicios que nos son naturales
Conf. 5, cap. 8
La avaricia y la ira, aunque no son del mismo carácter (pues la primera es algo ajeno a nuestra naturaleza, mientras que la segunda parece tener como su semillero dentro de nosotros), brotan sin embargo de la misma manera, ya que en la mayoría de los casos hallan las razones para ser excitadas en algo externo a nosotros. Pues a menudo hombres que son todavía bastante débiles se quejan de haber caído en estos pecados por la irritación y la instigación de otros, y se precipitan de cabeza en las pasiones de la ira y la avaricia por la provocación de otras personas. Pero que la avaricia es algo ajeno a nuestra naturaleza, lo podemos ver claramente por esto; a saber, que está probado que no tiene su primer punto de partida dentro de nosotros, ni se origina en lo que contribuye a mantener unidos el cuerpo y el alma, y a la existencia de la vida. Pues es claro que nada pertenece a las necesidades reales y a las exigencias de nuestra vida común, excepto nuestro alimento y bebida diarios: pero todo lo demás, con cualquier celo y cuidado con que lo conservemos, se demuestra que es algo distinto de las necesidades del hombre por las exigencias mismas de la vida. Y así esta tentación, como algo ajeno a nuestra naturaleza, sólo ataca a aquellos monjes que son tibios y están edificados sobre mal cimiento, mientras que las que nos son naturales no cesan de afligir incluso a los mejores monjes y a los que moran en soledad. Y tan cierto se demuestra esto, que hallamos que hay algunas naciones totalmente libres de esta pasión de avaricia, porque nunca por uso y costumbre han recibido en sí este vicio y enfermedad. Y creemos que el mundo antiguo antes del diluvio ignoró por largos siglos la locura de este deseo. Y en el caso de cada uno de nosotros que hace una renuncia completa del mundo, sabemos que se extirpa sin dificultad alguna, si es que un hombre entrega todos sus bienes y busca la disciplina monástica de tal modo que no se permite guardar ni una sola moneda. Y podemos hallar miles de hombres que den testimonio de esto, quienes en un solo instante han entregado todos sus bienes y han erradicado tan por completo esta pasión que no se ven turbados por ella en lo más mínimo después, aunque durante toda su vida tengan que luchar contra la gula, y no puedan estar a salvo de ella sin esforzarse con la mayor vigilancia del corazón y la abstinencia corporal.
Capítulo 9. Cómo el abatimiento y la acidia suelen surgir sin provocación externa alguna, como en el caso de los otros vicios
Conf. 5, cap. 9
El abatimiento y la acidia suelen surgir sin provocación externa alguna, como aquellos otros de los que hemos estado hablando: pues bien sabemos que a menudo afligen a los solitarios, y a aquellos que se han establecido en el desierto sin trato alguno con otros hombres, y esto de la manera más angustiosa. Y la verdad de esto cualquiera que haya vivido en el desierto y haya experimentado los combates del hombre interior puede probarla fácilmente por experiencia.
Capítulo 10. Cómo están relacionados seis de estos vicios, y los dos que difieren de ellos son afines entre sí
Conf. 5, cap. 10
De estos ocho vicios, aunque son diferentes en su origen y en su modo de afectarnos, los seis primeros, a saber, la gula, la fornicación, la avaricia, la ira, el abatimiento y la acidia, tienen una especie de conexión entre sí, y están, por así decirlo, eslabonados en una cadena, de modo que cualquier exceso del uno constituye un punto de partida para el siguiente. Pues de la superfluidad de la gula brota ciertamente la fornicación, y de la fornicación la avaricia, de la avaricia la ira, de la ira el abatimiento, y del abatimiento la acidia. Y así debemos luchar contra ellos de la misma manera y con los mismos métodos: y habiendo vencido uno, debemos siempre entrar en liza contra el siguiente. Pues un árbol alto y extendido de especie dañina se hará marchitar más fácilmente si primero se han desnudado o cortado las raíces de las que depende; y un estanque de agua peligroso se secará al punto si se tapan cuidadosamente el manantial y el canal que lo producen. Por lo cual, para vencer la acidia, primero debes dominar el abatimiento; para librarte del abatimiento, primero debe ser expulsada la ira; para sofocar la ira, debe ser pisoteada la avaricia; para arrancar de raíz la avaricia, debe ser refrenada la fornicación; y para destruir la fornicación, debes castigar el pecado de la gula. Pero los dos vicios restantes, a saber, la vanagloria y la soberbia, están conectados entre sí de manera algo similar a los otros de los que hemos hablado, de modo que el crecimiento del uno constituye un punto de partida para el otro (pues la superfluidad de la vanagloria produce un incentivo para la soberbia); pero son del todo diferentes de los seis vicios anteriores, y no están unidos en la misma categoría con ellos, ya que no sólo no se les da oportunidad de brotar de estos, sino que en realidad se suscitan de una manera y modo enteramente diferentes. Pues cuando los otros han sido erradicados, estos últimos florecen con más vigor, y de la muerte de los otros brotan y crecen con más fuerza: y por lo tanto somos atacados por estos dos vicios de una manera bastante diferente. Pues caemos en cada uno de aquellos seis vicios en el momento en que hemos sido vencidos por los que los precedieron; pero en estos dos corremos peligro de caer cuando hemos resultado vencedores, y sobre todo después de algún triunfo espléndido. Así pues, en el caso de todos los vicios, así como brotan del crecimiento de los que los preceden, se erradican eliminando los primeros. Y de esta manera, para que la soberbia sea expulsada, debe ser sofocada la vanagloria, y así si siempre vencemos los primeros, los últimos serán refrenados; y mediante el exterminio de los que van delante, el resto de nuestras pasiones se extinguirán sin dificultad. Y aunque estos ocho vicios de los que hemos hablado están conectados y unidos de la manera que hemos mostrado, pueden dividirse más exactamente en cuatro grupos y subdivisiones. Pues a la gula está ligada la fornicación por un lazo especial; a la avaricia la ira, al abatimiento la acidia, y a la vanagloria la soberbia está estrechamente aliada.
Capítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
Conf. 5, cap. 11
Y ahora, para hablar de cada clase de vicio por separado: de la gula hay tres clases: (1) la que impulsa a un monje a comer antes de los tiempos propios y establecidos; (2) la que se ocupa de llenar el vientre y atiborrarlo con toda clase de alimentos, y (3) la que está al acecho de golosinas y manjares delicados. Y estas tres clases causan no poca molestia a un monje, a menos que trate de librarse de todas ellas con el mismo cuidado y escrupulosidad. Pues así como uno jamás debe atreverse a romper el ayuno antes del tiempo debido, debemos evitar por completo toda glotonería en el comer, y la elección y preparación delicada de nuestro alimento: porque de estas tres causas surgen condiciones del alma diferentes pero extremadamente peligrosas. Pues de la primera brota el disgusto del monasterio, y de ahí crece el hastío y la intolerancia de la vida allí, y a esto seguramente sigue pronto el retiro y la pronta partida de él. Por la segunda se encienden las saetas encendidas de la lujuria y la lascivia. La tercera teje también las mallas enredadoras de la avaricia para las redes de sus prisioneros, y siempre impide a los monjes seguir la perfecta abnegación de sí mismos de Cristo. Y cuando hay rastros de esta pasión en nosotros podemos reconocerlos por esto; a saber, si uno de los hermanos nos invita a cenar y no nos contentamos con comer nuestro alimento con el condimento que él ha preparado y nos ofrece, sino que nos tomamos la imperdonable libertad de pedir que se le vierta o añada otra cosa, cosa que jamás deberíamos hacer por tres razones: (1) porque la mente monástica debe acostumbrarse siempre a practicar la paciencia y la abstinencia, y como el Apóstol, aprender a contentarse en cualquier estado en que se halle. [] Pues el que se perturba por tomar un bocado insípido una vez y de paso, y que ni siquiera por un corto tiempo puede vencer la delicadeza de su apetito, jamás logrará refrenar los deseos secretos y más importantes del cuerpo; (2) porque a veces sucede que en ese momento nuestro anfitrión no tiene aquella cosa particular que pedimos, y le hacemos sentir avergonzado de las carencias y desnudez de su mesa, exponiendo su pobreza que él preferiría que sólo Dios conociera; (3) porque a veces a otras personas no les agrada el condimento que pedimos, y así resulta que molestamos a la mayoría de ellas mientras intentamos satisfacer los deseos de nuestro propio paladar. Y por esta razón debemos evitar por todos los medios semejante libertad. De la fornicación hay tres clases: (1) la que se consuma por el comercio carnal; (2) la que tiene lugar sin tocar a una mujer, por la cual leemos que Onán, hijo del patriarca Judá, fue herido por el Señor; y que la Escritura llama inmundicia: de la cual dice el Apóstol: «Pero digo a los no casados y a las viudas, que les es bueno si permanecen como yo. Pero si no se contienen, que se casen; pues mejor es casarse que abrasarse;» [] (3) la que se concibe en el corazón y en la mente, de la cual dice el Señor en el evangelio: «Todo el que mira a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.» [] Y estas tres clases, nos dice el bienaventurado Apóstol, deben ser extirpadas de una misma manera. «Mortificad,» dice él, «vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, concupiscencia, etc.» [] Y de nuevo de dos de ellos dice a los Efesios: «Que la fornicación y la inmundicia ni aun se nombren entre vosotros:» y una vez más: «Pero sabed esto: que ningún fornicario o impuro, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.» [] Y así como estos tres deben ser evitados por nosotros con igual cuidado, así todos y cada uno nos cierran la puerta y nos excluyen igualmente del reino de Cristo. De la avaricia hay tres clases: (1) la que impide a los renunciantes permitirse ser despojados de sus bienes y propiedades; (2) la que nos arrastra a reanudar con excesivo afán la posesión de aquellas cosas que hemos dado y distribuido a los pobres; (3) la que lleva a un hombre a codiciar y procurarse lo que nunca antes poseyó. De la ira hay tres clases: una que se enfurece por dentro, que en griego se llama [θυμός]; otra que estalla en palabra, obra y acción, que llaman [ὀργή]: de la cual habla el Apóstol, diciendo «Pero ahora dejad a un lado toda ira e indignación;» [] la tercera, que no es como aquellas en hervir y acabar en una hora, sino que dura días y largos períodos, que se llama [μῆνις]. Y estos tres deben ser condenados por nosotros con igual horror. Del abatimiento hay dos clases: una, la que brota cuando la ira se ha apagado, o es el resultado de alguna pérdida que hemos sufrido o de algún propósito que ha sido impedido y estorbado; la otra, la que proviene de una ansiedad irrazonable de la mente o de la desesperación. De la acidia hay dos clases: una que envía a dormir a los afectados por ella; mientras que la otra los hace abandonar su celda y huir. De la vanagloria, aunque adopta varias formas y figuras, y se divide en diferentes clases, hay sin embargo dos clases principales: (1) cuando nos ensoberbecemos por cosas carnales y cosas visibles, y (2) cuando nos inflamamos con el deseo de alabanza vana por cosas espirituales e invisibles.
Capítulo 12. Cómo la vanagloria puede sernos útil
Conf. 5, cap. 12
Pero en una cosa se halla que la vanagloria es útil para los principiantes. Me refiero a aquellos que todavía están turbados por pecados carnales, como por ejemplo, si, cuando están turbados por el espíritu de fornicación, se forman una idea de la dignidad del sacerdocio, o de la reputación entre todos los hombres, por la cual pueden ser tenidos por santos e inmaculados: y así con estas consideraciones rechazan las sugestiones inmundas de la lujuria, juzgándolas viles y al menos indignas de su rango y reputación; y así por medio de un mal menor vencen uno mayor. Pues es mejor para un hombre ser turbado por el pecado de vanagloria que caer en el deseo de fornicación, del cual o no puede recuperarse en absoluto o sólo con gran dificultad después de haber caído. Y este pensamiento está admirablemente expresado por uno de los profetas hablando en persona de Dios, y diciendo: «Por amor de mi nombre apartaré lejos mi ira: y con mi alabanza te pondré freno para que no perezcas,» [] es decir, mientras estás encadenado por las alabanzas de la vanagloria, no puedes precipitarte a las profundidades del infierno, ni sumergirte irrevocablemente en la comisión de pecados mortales. Ni debemos maravillarnos de que esta pasión tenga poder para impedir a cualquiera precipitarse en el pecado de fornicación, pues se ha probado una y otra vez con muchos ejemplos que una vez que un hombre ha sido afectado por su veneno y plaga, lo hace completamente infatigable, de modo que apenas siente un ayuno de incluso dos o tres días. Y a menudo hemos conocido a algunos que viven en este desierto, confesando que cuando su morada estaba en los monasterios de Siria podían sin dificultad pasar cinco días sin alimento, mientras que ahora están tan dominados por el hambre incluso a la hora tercia, que apenas pueden mantener su ayuno diario hasta la hora novena. Y sobre este asunto hay una respuesta muy aguda del abad Macario a uno que le preguntó por qué le acosaba el hambre ya a la hora tercia en el desierto, cuando en el monasterio a menudo había despreciado el alimento durante toda una semana, sin sentir hambre. «Porque,» dijo él, «aquí no hay nadie que vea tu ayuno, y te alimente y sostenga con su alabanza de ti: pero allí engordabas con la atención de los demás y el alimento de la vanagloria.» Y sobre el modo en que, como dijimos, el pecado de fornicación es impedido por un ataque de vanagloria, hay una excelente y significativa figura en el libro de los Reyes, donde, cuando los hijos de Israel habían sido llevados cautivos por Necao, rey de Egipto, Nabucodonosor, rey de Asiria, subió y los trajo de vuelta desde las fronteras de Egipto a su propia tierra, no ciertamente con intención de restaurarlos a su antigua libertad y a su tierra natal, sino con intención de llevárselos a su propia tierra y transportarlos a un país aún más distante que la tierra de Egipto en la que habían sido prisioneros. Y esta ilustración se aplica exactamente al caso que tenemos delante. Pues aunque hay menos daño en ceder al pecado de vanagloria que a la fornicación, es más difícil escapar del dominio de la vanagloria. Pues de un modo u otro el prisionero que es llevado a mayor distancia tendrá más dificultad en volver a su tierra natal y a la libertad de sus padres, y la reprensión del profeta se dirigirá merecidamente contra él: ¿Por qué has envejecido en tierra extraña? [] pues con razón se dice que un hombre ha envejecido en tierra extraña, si no ha quebrantado el terreno de sus vicios. De la soberbia hay dos clases: (1) carnal, y (2) espiritual, que es la peor. Pues ataca especialmente a aquellos que se ve que han hecho progresos en algunas buenas cualidades.
Capítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
Conf. 5, cap. 13
Aunque, pues, estos ocho vicios afligen a toda clase de hombres, no los atacan a todos del mismo modo. Porque en uno el espíritu de fornicación ocupa el primer lugar; en otro la ira se enseñorea con violencia; en otro la vanagloria reclama dominio; en otro la soberbia domina el campo; y, aunque es claro que todos somos atacados por todos ellos, sin embargo las dificultades sobrevienen a cada uno de nosotros de maneras y modos muy diferentes.
Capítulo 14. Del combate en que hemos de entrar contra nuestros vicios cuando nos atacan
Conf. 5, cap. 14
Por lo cual debemos entrar en liza contra estos vicios de tal manera que cada uno descubra su pecado dominante y dirija contra él su principal ataque, poniendo todo su cuidado y vigilancia de la mente en guardarse de sus asaltos, dirigiendo contra él cada día las armas del ayuno, y arrojando contra él en todo momento los dardos constantes de los suspiros y gemidos del corazón, y empleando contra él las fatigas de las vigilias y la meditación del corazón, y derramando además ante Dios lágrimas y oraciones constantes, pidiendo continua y expresamente ser librado de su ataque. Porque es imposible que un hombre obtenga triunfo sobre cualquier clase de pasión si antes no ha comprendido claramente que de ningún modo puede alcanzar la victoria en el combate contra ella por sus propias fuerzas y esfuerzos, aunque para ser purificado debe perseverar noche y día en el máximo cuidado y vigilancia. Y aun cuando sienta que se ha librado de este vicio, debe escudriñar con el mismo propósito los repliegues más íntimos de su corazón, y señalar el peor vicio que pueda ver entre los que aún quedan, y hacer que todas las fuerzas del Espíritu se dirijan contra él en particular; y así, venciendo siempre las pasiones más fuertes, obtendrá una victoria pronta y fácil sobre las restantes, porque con el curso de los triunfos el alma se hace más vigorosa, y el hecho de que el siguiente combate sea contra una pasión más débil le asegura un éxito más pronto en la lucha; como suele suceder con los que acostumbran a enfrentarse a toda clase de fieras en presencia de los reyes de este mundo, por consideración a las recompensas — un espectáculo que generalmente se llama «pancarpus.» Tales hombres, digo, dirigen su primer asalto contra las fieras que ven más fuertes y feroces, y cuando las han despachado, entonces pueden abatir más fácilmente las restantes, que no son tan terribles y poderosas. Así también, venciendo siempre las pasiones más fuertes, a medida que las más débiles ocupan su lugar, se nos asegurará una victoria perfecta sin riesgo alguno. Ni hemos de imaginar que si alguien lidia con un vicio en particular, y parece demasiado descuidado en guardarse de los ataques de los otros, será fácilmente herido por un asalto repentino; porque esto no puede suceder en modo alguno. Pues donde un hombre se afana por purificar su corazón y ha fortalecido el propósito de su corazón contra el ataque de un vicio cualquiera, es imposible que no tenga también un temor general de todos los demás vicios y ponga en ellos un cuidado semejante. Porque si un hombre se hace indigno del premio de la pureza contaminándose con otros vicios, ¿cómo podrá lograr la victoria sobre aquella pasión de la cual anhela ser librado? Pero cuando el propósito principal de nuestro corazón ha señalado una pasión como objeto especial de su ataque, oraremos por ella con más fervor, y con especial ansiedad y ardor suplicaremos que se nos conceda estar especialmente en guardia contra ella y alcanzar así una pronta victoria. Porque el dador de la ley mismo nos enseña que debemos seguir este plan en nuestros combates y no confiar en nuestras propias fuerzas; como dice: «No los temáis, porque el Señor vuestro Dios está en medio de vosotros, Dios grande y terrible: Él consumirá estas naciones ante vuestra vista poco a poco y por grados. No podréis destruirlas del todo, no sea que las bestias de la tierra se multipliquen contra vosotros. Pero el Señor vuestro Dios las entregará en vuestra presencia, y las matará hasta que sean completamente destruidas.» []
Capítulo 15. De cómo nada podemos contra nuestros vicios sin la ayuda de Dios, y de cómo no hemos de envanecernos por las victorias sobre ellos
Conf. 5, cap. 15
Y que no debemos envanecernos por las victorias sobre ellos, nos lo manda igualmente, diciendo: «No sea que, después de haber comido y estar harto, hayas edificado casas hermosas y habitado en ellas, y tengas rebaños de bueyes y manadas de ovejas, y abundancia de oro y de plata y de todas las cosas, se eleve tu corazón y no te acuerdes del Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre; y fue tu guía en el desierto grande y terrible.» [] Salomón dice también en los Proverbios: «Cuando caiga tu enemigo, no te alegres, y en su ruina no te ensalces, no sea que el Señor lo vea y le desagrade, y aparte de él su ira;» es decir, no sea que vea la soberbia de tu corazón y cese de atacarle, y comiences a ser abandonado por Él, y así vuelvas a ser turbado por aquella pasión que por la gracia de Dios habías vencido antes. Porque el profeta no habría orado con estas palabras: «No entregues a las bestias, Señor, el alma que te confiesa,» si no hubiera sabido que, a causa de la soberbia de su corazón, algunos eran entregados de nuevo a aquellos vicios que habían vencido, para que fuesen humillados. Por lo cual conviene que seamos confirmados por la experiencia real y también instruidos por innumerables pasajes de la Escritura, de que de ningún modo podemos vencer a enemigos tan poderosos con nuestras propias fuerzas, sino únicamente con el auxilio de Dios; y que debemos siempre referir a Dios mismo toda nuestra victoria de cada día, como el mismo Señor nos instruye por medio de Moisés sobre este punto: «No digas en tu corazón, cuando el Señor tu Dios los haya destruido ante tu vista: Por mi justicia me ha introducido el Señor para poseer esta tierra, mientras que estas naciones son destruidas por su maldad. Porque no es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón por lo que entrarás a poseer sus tierras, sino porque hicieron el mal son destruidas a tu llegada.» [] Pregunto: ¿qué podría decirse más claro contra esa noción impía y arrogancia nuestra, por la que queremos atribuir todo lo que hacemos a nuestro libre albedrío y a nuestros propios esfuerzos? «No digas,» nos dice, «en tu corazón, cuando el Señor tu Dios los haya destruido ante tu vista: Por mi justicia me ha introducido el Señor para poseer esta tierra.» A quienes tienen los ojos abiertos y los oídos prontos a escuchar, ¿no dice esto claramente: Cuando tu combate contra los vicios carnales te haya ido bien, y veas que estás libre de su inmundicia y de las costumbres de este mundo, no te envanezcas por el éxito del conflicto y de la victoria, ni lo atribuyas a tu propio poder y sabiduría, ni pienses que has alcanzado la victoria sobre las malignidades espirituales y los pecados carnales por tus propios esfuerzos, energía y libre albedrío? Porque no hay duda de que en todo esto no habrías podido tener éxito si no hubieras sido fortalecido y protegido por la ayuda del Señor.
Capítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
Conf. 5, cap. 16
Estas son las siete naciones cuyas tierras prometió el Señor dar a los hijos de Israel cuando salieron de Egipto. Y todo lo que, como dice el Apóstol, les sucedió «en figura» [] debemos tomarlo como escrito para nuestra corrección. Pues así leemos: «Cuando el Señor tu Dios te haya introducido en la tierra que vas a poseer, y haya destruido delante de ti muchas naciones, al hitita, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mucho más numerosas que tú y mucho más fuertes que tú; y el Señor tu Dios las haya entregado a ti, las destruirás por completo.» [] Y la razón por la que se dice que son mucho más numerosas es que los vicios son mucho más numerosos que las virtudes, y por eso en la lista de ellos las naciones se cuentan como siete, pero cuando se habla del ataque contra ellas se ponen sin indicar su número, pues así leemos: «Y haya destruido muchas naciones delante de ti.» Porque la raza de las pasiones carnales que brota de este estímulo séptuple y raíz del pecado es más numerosa que la de Israel. Porque de allí brotan homicidios, contiendas, herejías, hurtos, falsos testimonios, blasfemia, hartazgo, embriaguez, detracción, bufonería, conversación torpe, mentiras, perjurio, necedad, chocarrería, inquietud, avidez, amargura, gritería, ira, desprecio, murmuración, tentación, desesperación y muchos otros vicios que sería largo describir. Y si nos inclinamos a pensar que estas cosas son pequeñas, oigamos lo que el Apóstol pensaba de ellas y cuál era su opinión: «No murmuréis,» dice, «como murmuraron algunos de ellos, y fueron destruidos por el destructor;» y de la tentación: «Ni tentemos a Cristo, como algunos de ellos le tentaron y perecieron por las serpientes.» [] De la detracción: «No améis la detracción, no sea que seáis arrancados de raíz.» Y de la desesperación: «Los cuales, desesperados, se entregaron a la lascivia para cometer toda clase de impureza con avidez.» [] Y que la gritería es condenada, así como la ira, la indignación y la blasfemia, nos lo enseñan con la mayor claridad las palabras del mismo Apóstol cuando nos manda: «Toda amargura, ira, indignación, gritería y blasfemia sea quitada de vosotros, con toda malicia;» [] y muchas otras cosas semejantes. Y aunque estas son mucho más numerosas que las virtudes, sin embargo, si primero se vencen aquellos ocho vicios principales, de los cuales sabemos que estas proceden naturalmente, todas estas se hunden a la vez y son destruidas juntamente con ellos con una destrucción duradera. Porque de la gula proceden el hartazgo y la embriaguez. De la fornicación, la conversación torpe, la chocarrería, la bufonería y la necedad. De la avaricia, la mentira, el engaño, el hurto, el perjurio, el deseo de ganancia deshonesta, el falso testimonio, la violencia, la inhumanidad y la codicia. De la ira, los homicidios, la gritería y la indignación. Del abatimiento, el rencor, la cobardía, la amargura, la desesperación. De la acidia, la pereza, la somnolencia, la rudeza, la inquietud, el vagabundeo, la inestabilidad de la mente y del cuerpo, la charlatanería, la curiosidad. De la vanagloria, la contención, las herejías, la jactancia y la confianza en novedades. De la soberbia, el desprecio, la envidia, la desobediencia, la blasfemia, la murmuración, la detracción. Y que todas estas plagas son más fuertes que nosotros, podemos decirlo claramente por el modo en que nos atacan. Porque el deleite en las pasiones carnales combate con más fuerza en nuestros miembros que el deseo de la virtud, que solo se obtiene con la mayor contrición de corazón y de cuerpo. Pero si con los ojos del espíritu miras a esas incontables huestes de nuestros enemigos, que el Apóstol enumera donde dice: «Porque no luchamos contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra las malignidades espirituales de los aires,» y esto que hallamos del justo en el Salmo diecinueve: «Mil caerán a tu lado, y diez mil a tu diestra,» entonces verás claramente que son mucho más numerosos y más poderosos que nosotros, criaturas carnales y terrenales, mientras que a ellos se les ha dado una sustancia espiritual e incorpórea.
Capítulo 17. Una cuestión acerca de la comparación de las naciones con los ocho vicios
Conf. 5, cap. 17
Germano: ¿Cómo es, pues, que son ocho los vicios que nos asaltan, cuando Moisés enumera las naciones opuestas al pueblo de Israel como siete, y cómo nos conviene tomar posesión del territorio de nuestros vicios?
Capítulo 18
Conf. 5, cap. 18
Serapión: Todos están plenamente de acuerdo en que son ocho los vicios principales que afectan a un monje. Y no todos ellos están incluidos en la figura de las naciones por esta razón: porque en el Deuteronomio Moisés, o más bien el Señor por medio de él, hablaba a los que ya habían salido de Egipto y habían sido liberados de una nación poderosísima, me refiero a la de los egipcios. Y hallamos que esta figura vale también en nuestro caso, pues cuando nos hemos librado de las redes de este mundo, nos hallamos libres de la gula, es decir, del pecado del vientre y del paladar; y, como ellos, tenemos un combate contra estas siete naciones restantes, sin tener en cuenta en absoluto la que ya ha sido vencida. Y la tierra de esta nación no fue dada a Israel en posesión, sino que el mandato del Señor ordenó que la abandonaran al punto y salieran de ella. Y por esta causa nuestros ayunos deben ser moderados, para que no haya necesidad de que, por la abstinencia excesiva que resulta de la debilidad de la carne y de la enfermedad, volvamos de nuevo a la tierra de Egipto, es decir, a nuestra antigua gula y concupiscencia carnal que abandonamos cuando hicimos nuestra renuncia de este mundo. Y esto ha sucedido en figura en aquellos que, después de haber salido al desierto de la virtud, de nuevo ansían las ollas de carne junto a las cuales se sentaban en Egipto.
Capítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
Conf. 5, cap. 19
Pero la razón por la cual aquella nación en la que nacieron los hijos de Israel no fue mandada destruir del todo, sino solo abandonar su tierra, mientras se ordenaba que estas siete naciones fueran completamente destruidas, es esta: porque por grande que sea el ardor de espíritu con el que hemos entrado en el desierto de las virtudes, no podemos, sin embargo, librarnos enteramente de la vecindad de la gula, ni de su servicio y, por así decir, del trato diario con ella. Porque la afición a las golosinas y manjares delicados vivirá en nosotros como algo natural e innato, aunque nos esforcemos en cortar todos los apetitos y deseos superfluos, los cuales, como no pueden ser del todo destruidos, deben ser evitados y rehuidos. Pues de estos leemos: «No tengáis cuidado de la carne para satisfacer sus concupiscencias.» [] Mientras, pues, conservamos el sentimiento de este cuidado, que se nos manda no cortar del todo, sino guardar sin sus deseos, es claro que no destruimos la nación egipcia, sino que en cierto modo nos separamos de ella, no pensando nada acerca de lujos y banquetes delicados, sino, como dice el Apóstol, estando «contentos con el alimento diario y el vestido.» [] Y esto se manda en figura en la ley, de este modo: «No aborrecerás al egipcio, porque fuiste extranjero en su tierra.» [] Porque el alimento necesario no se niega al cuerpo sin peligro para él y sin pecado para el alma. Pero de aquellos siete vicios molestos debemos arrancar de todas las maneras posibles sus afectos de los repliegues más íntimos de nuestras almas. Pues de ellos leemos: «Toda amargura, ira, indignación, gritería y blasfemia sea quitada de vosotros, con toda malicia;» y de nuevo: «Pero la fornicación y toda inmundicia y avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, ni obscenidad, ni necedad, ni chocarrería.» Podemos, pues, cortar las raíces de estos vicios que están injertados en nuestra naturaleza desde fuera, mientras que de ningún modo podemos cortar las ocasiones de la gula. Porque por muy lejos que hayamos avanzado, no podemos dejar de ser lo que nacimos. Y que esto es así podemos mostrarlo no solo con la vida de gente pequeña como nosotros, sino con la vida y costumbres de todos los que han alcanzado la perfección, los cuales, aun cuando se han librado de los incentivos de todas las demás pasiones y se retiran al desierto con perfecto fervor de espíritu y abnegación corporal, sin embargo no pueden prescindir del pensamiento de su comida diaria y de la preparación de su alimento de año en año.
Capítulo 20. De la naturaleza de la gula, que puede ilustrarse con el símil del águila
Conf. 5, cap. 20
Una admirable ilustración de esta pasión, con la que un monje, por espiritual y excelente que sea, tendrá que verse ciertamente estorbado, se halla en el símil del águila. Pues esta ave, cuando en su vuelo por lo alto se ha remontado sobre las más altas nubes y se ha sustraído a los ojos de todos los mortales y a la faz de toda la tierra, es sin embargo compelida por las necesidades del vientre a dejarse caer y descender a la tierra y a alimentarse de carroña y de cuerpos muertos. Y esto muestra claramente que el espíritu de la gula no puede ser extirpado del todo como todos los demás vicios, ni enteramente destruido como ellos, sino que solo podemos reprimir y frenar por el poder de la mente todos sus incentivos y todos sus apetitos superfluos.
Capítulo 21. Del carácter duradero de la gula, tal como se describió a unos filósofos
Conf. 5, cap. 21
Pues la naturaleza de este vicio fue admirablemente expresada bajo el velo del siguiente enigma por uno de los Ancianos en una discusión con unos filósofos, que pensaban poder burlarse de él como de un rústico palurdo a causa de su sencillez cristiana. «Mi padre,» dijo, «me dejó en las garras de muchísimos acreedores. A todos los demás los he pagado por entero y me he librado de todas sus reclamaciones apremiantes; pero a uno no puedo satisfacerlo ni aun con un pago diario.» Y como no podían comprender el sentido del enigma y le rogaban con insistencia que lo explicara: «Yo,» dijo, «en mi condición natural, estaba rodeado de muchísimos vicios. Pero cuando Dios me inspiró el anhelo de ser libre, renuncié a este mundo, y al mismo tiempo entregué todos los bienes que había heredado de mi padre; y así los satisfice a todos, como acreedores apremiantes, y me libré por entero de ellos. Pero nunca pude deshacerme del todo de los incentivos de la gula. Pues, aunque reduzca la cantidad de alimento que tomo a la mínima posible, no puedo evitar la fuerza de sus solicitaciones diarias, sino que he de ser perpetuamente "asediado" por ella, y estar haciendo, por así decir, pagos interminables, satisfaciéndola de continuo, y pagar un tributo sin fin a su exigencia.» Entonces declararon que este hombre, a quien hasta entonces habían despreciado por necio y rústico palurdo, había captado a fondo los primeros principios de la filosofía, es decir, la formación ética, y se maravillaron de que hubiera podido aprender por la luz natural aquello que ninguna enseñanza de este mundo habría podido enseñarle, mientras que ellos mismos, con todos sus esfuerzos y su largo curso de formación, no lo habían aprendido. Baste esto en particular acerca de la gula. Volvamos ahora al discurso en que habíamos comenzado a considerar la relación general de nuestros vicios entre sí.
Capítulo 22. Cómo fue que Dios anunció a Abraham que Israel habría de expulsar a diez naciones
Conf. 5, cap. 22
Cuando el Señor hablaba con Abraham acerca del futuro (un punto que no preguntasteis), hallamos que no enumeró siete naciones, sino diez, cuya tierra prometió dar a su descendencia. [] Y este número se compone claramente añadiendo la idolatría y la blasfemia, a cuyo dominio, antes del conocimiento de Dios y de la gracia del Bautismo, estaban sujetos tanto las multitudes irreligiosas de los gentiles como las blasfemas de los judíos, mientras moraban en un Egipto espiritual. Pero cuando un hombre ha hecho su renuncia y ha salido de allí, y, habiendo vencido la gula por la gracia de Dios, ha entrado en el desierto espiritual, entonces queda libre de los ataques de estas tres, y solo tendrá que guerrear contra las siete que enumera Moisés.
Capítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
Conf. 5, cap. 23
Pero el hecho de que se nos mande, para nuestro bien, tomar posesión de los países de aquellas naciones las más malvadas, puede entenderse de este modo. Cada vicio tiene su propio rincón especial en el corazón, que reclama para sí en los repliegues del alma, y expulsa a Israel, es decir, a la contemplación de las cosas santas y celestiales, y no cesa de oponerse a ellas. Pues las virtudes no pueden en modo alguno vivir al lado de los vicios. «Porque ¿qué participación tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión tiene la luz con las tinieblas?» [] Pero tan pronto como estos vicios han sido vencidos por el pueblo de Israel, es decir, por aquellas virtudes que guerrean contra ellos, al punto el lugar de nuestro corazón que había ocupado el espíritu de concupiscencia y de fornicación será llenado por la castidad. Aquel que había ocupado la ira será reclamado por la paciencia. Aquel que había sido ocupado por una tristeza que obra la muerte será tomado por una tristeza según Dios y llena de gozo. Aquel que había sido devastado por la acidia será al punto cultivado por la fortaleza. Aquel que la soberbia había pisoteado será ennoblecido por la humildad: y así, cuando cada uno de estos vicios ha sido expulsado, sus lugares (es decir, la propensión a ellos) serán llenados por las virtudes contrarias, que con razón son llamadas hijos de Israel, es decir, del alma que ve a Dios; y cuando estas hayan expulsado todas las pasiones del corazón, podremos creer que han recobrado sus propias posesiones más bien que invadido las ajenas.
Capítulo 24. Cómo las tierras de las que fueron expulsados los cananeos habían sido asignadas a la descendencia de Sem
Conf. 5, cap. 24
Pues, como nos dice una antigua tradición, estas mismas tierras de los cananeos, a las que fueron llevados los hijos de Israel, habían sido anteriormente asignadas a los hijos de Sem en la división del mundo, y después los descendientes de Cam, invadiéndolas malvadamente con fuerza y violencia, tomaron posesión de ellas. Y en esto se muestra el justo juicio de Dios, pues expulsó de la tierra de otros a quienes injustamente se habían apoderado de ella, y devolvió a aquellos otros la antigua propiedad de sus padres, que había sido asignada a sus antepasados en la división del mundo. Y podemos ver perfectamente que esta figura se cumple en nuestro propio caso. Pues por naturaleza la voluntad de Dios asignó la posesión de nuestro corazón no a los vicios, sino a las virtudes, las cuales, después de la caída de Adán, fueron expulsadas de su propia patria por los pecados que crecieron, es decir, por los cananeos; y así, cuando por la gracia de Dios son restituidas de nuevo a ella por nuestros esfuerzos y trabajo, podemos sostener que no han ocupado el territorio ajeno, sino que más bien han recobrado su propia patria.
Capítulo 25. Diversos pasajes de la Escritura sobre el significado de los ocho vicios
Conf. 5, cap. 25
Y con referencia a estos ocho vicios tenemos también lo siguiente en el evangelio: «Mas cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares áridos buscando descanso, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y al venir la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entran y moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero.» [] He aquí que, así como en los pasajes anteriores leemos siete naciones además de la de los egipcios, de donde habían salido los hijos de Israel, así también aquí se dice que siete espíritus inmundos vuelven, además de aquel que primero oímos que salía del hombre. Y de este estímulo séptuple de los pecados da Salomón el siguiente testimonio en Proverbios: «Si tu enemigo te habla a gritos, no le consientas, porque hay siete maldades en su corazón;» es decir, si el espíritu de la gula es vencido y comienza a adularte con haberlo humillado, pidiendo en cierto modo que relajes algo del fervor con que comenzaste, y le concedas algo más allá de lo que permitirían los justos límites de la abstinencia y la medida de una estricta severidad, no te dejes vencer por su sumisión, ni, en una falsa seguridad, vuelvas de sus asaltos —como si por un tiempo parecieras haberte librado de los deseos carnales— a tu anterior estado de descuido o a tu antigua afición a las cosas buenas. Pues por esto el espíritu a quien has vencido dice: «Volveré a mi casa de donde salí,» e inmediatamente los siete espíritus de pecados que proceden de él se te mostrarán más dañosos que aquella pasión que en un primer momento venciste, y al punto te arrastrarán a peores clases de pecados.
Capítulo 26. De cómo, una vez vencida la pasión de la gula, debemos esforzarnos por adquirir todas las demás virtudes
Conf. 5, cap. 26
Por lo tanto, mientras practicamos el ayuno y la abstinencia, hemos de tener cuidado, una vez vencida la pasión de la gula, de no permitir jamás que nuestra mente quede vacía de las virtudes que necesitamos; antes bien debemos llenar con ellas los repliegues más íntimos de nuestro corazón con tanto mayor empeño, no sea que el espíritu de concupiscencia regrese y nos halle vacíos y desprovistos de ellas, y no se contente con asegurarse él solo una entrada allí, sino que introduzca consigo en nuestro corazón este estímulo séptuple de los pecados y haga nuestro último estado peor que el primero. Pues el alma que se gloría de haber renunciado a este mundo con los ocho vicios que lo dominan, será después más torpe e impura y castigada con penas más severas que cuando antes vivía en el mundo, cuando no había tomado sobre sí ni las reglas ni el nombre de monje. Pues se dice que estos siete espíritus son peores que el primero que salió, por esta razón: porque el amor de las cosas buenas, es decir, la gula, no sería en sí mismo dañino si no fuera porque abre la puerta a otras pasiones: a saber, a la fornicación, la avaricia, la ira, el abatimiento y la soberbia, las cuales son claramente dañosas en sí mismas para el alma y la dominan. Y por lo tanto un hombre nunca podrá alcanzar la perfecta pureza si espera lograrla por medio de la sola abstinencia, es decir, del ayuno corporal, a menos que sepa que ha de practicarla por esta razón: para que, cuando la carne sea abatida por medio del ayuno, pueda con mayor facilidad entrar en liza contra los demás vicios, ya que la carne no ha sido habituada a la gula y a los excesos.
Capítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
Conf. 5, cap. 27
Pero habéis de saber que nuestras batallas no se libran todas en el mismo orden, porque, como hemos mencionado, los ataques no se nos hacen siempre de la misma manera; cada uno de nosotros debe también comenzar la batalla atendiendo debidamente al carácter del ataque que se le hace especialmente, de modo que un hombre habrá de librar su primera batalla contra el vicio que figura tercero en la lista, y otro contra el que es cuarto o quinto. Y en la medida en que los vicios nos dominan y el carácter de su ataque lo exija, así también debemos regular el orden de nuestro combate, de tal manera que el feliz resultado de una victoria y el triunfo consiguiente nos asegure la adquisición de la pureza de corazón y de la perfección completa.
Así habló el abad Serapión acerca de la naturaleza de los ocho vicios principales, y con tanta claridad expuso las diversas clases de pasiones que laten dentro de nosotros —cuyo origen y mutua conexión, aunque diariamente éramos atormentados por ellas, nunca antes habíamos podido comprender y percibir a fondo— que casi nos parecía verlas extendidas ante nuestros ojos como en un espejo.
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