La primera conferencia del abad Queremón. Sobre la perfección.
Conf. 11, prefacio
Aunque muchos de los santos instruidos por vuestro ejemplo apenas pueden emular la grandeza de vuestra perfección, con la que brilláis como grandes lumbreras con maravilloso resplandor en este mundo, aun así vosotros, oh santos hermanos Honorato y Euquerio, estáis tan conmovidos por la gran gloria de aquellos varones espléndidos de quienes recibimos los primeros principios del monacato, que uno de vosotros, presidiendo como lo hace un gran monasterio de hermanos, espera que su congregación, que aprende de la vista diaria de vuestra santa vida, sea instruida en los preceptos de aquellos padres; mientras que el otro ha deseado dirigirse a Egipto para ser edificado por la vista de éstos en carne, a fin de dejar esta provincia helada, por así decir, con el frío de la Galia, y volar como una casta tórtola a aquellas tierras sobre las que mira el sol de justicia y a las que se acerca más de cerca, y que abundan en frutos maduros de virtudes. Como es natural, la grandeza de mi amor me arranca esto: que, considerando el deseo del uno y el trabajo del otro, no decline el peligro y el riesgo de escribir, con tal de que al uno se le añada autoridad entre sus hijos y al otro se le quite la necesidad de un viaje tan arriesgado. Además, puesto que ni las Instituciones de los cenobios, que escribimos lo mejor que pudimos en doce libros para el obispo Castor de santa memoria, ni las diez Conferencias de los padres que viven en el desierto de Escete, que compusimos de algún modo por mandato de los santos obispos Heladio y Leoncio, pudieron satisfacer vuestra fe y vuestro celo, ahora, para que también se conozca la razón de nuestro viaje, he pensado que se podían escribir en el mismo estilo y dedicar a vosotros siete Conferencias de los tres padres a quienes vimos primero viviendo en otro desierto, en las cuales se supla todo lo que en nuestras obras anteriores quedó quizá oscuramente explicado o incluso omitido sobre la perfección. Pero si ni siquiera esto basta para satisfacer la santa sed de vuestros deseos, otras siete Conferencias, que han de enviarse a los santos hermanos que viven en las islas Estecades, satisfarán, me imagino, vuestras necesidades y vuestro ardor.
Conf. 11, cap. 1
Cuando vivíamos en un monasterio de Siria, después de nuestra primera infancia en la fe, y cuando, después de haber crecido un poco, habíamos empezado a anhelar una gracia mayor de perfección, determinamos inmediatamente buscar Egipto y, penetrando hasta el desierto más remoto de la Tebaida, visitar a muchísimos de los santos, cuya gloria y fama se habían difundido por todas partes, con el deseo, si no de emularlos, al menos de conocerlos. Y así llegamos, tras un larguísimo viaje por mar, a una ciudad de Egipto llamada Teneso, cuyos habitantes están de tal modo rodeados por el mar o por lagunas saladas que se dedican únicamente al comercio y obtienen su riqueza y sustento del tráfico naval, ya que la tierra les falta; de suerte que, cuando quieren edificar casas, no hay suelo suficiente para ello, a menos que se traiga en barco desde lejos.
Conf. 11, cap. 2
Y cuando llegamos allí, Dios satisfizo nuestros deseos y dispuso la llegada de aquel santísimo y excelente varón, el obispo Arquebio, que había sido sacado de la asamblea de los anacoretas y dado como obispo a la ciudad de Panéfisis, y que guardó toda su vida su propósito de soledad con tal rigor que nada relajó del carácter de su antigua humildad, ni se lisonjeó por el honor que se le había añadido (pues declaraba que no había sido llamado a aquel oficio como apto para él, sino que se quejaba de haber sido expulsado del sistema monástico como indigno de él, porque, aunque había pasado treinta y siete años en él, nunca había podido llegar a la pureza que exige una profesión tan alta); él, pues, habiéndonos recibido amable y graciosamente en la citada Teneso, adonde lo había traído el asunto de la elección de un obispo, tan pronto como oyó nuestro deseo y anhelo de consultar a los santos padres en regiones aún más remotas de Egipto: «Venid,» dijo, «ved entre tanto a los ancianos que viven no lejos de nuestro monasterio; la largura de su servicio se muestra en sus cuerpos encorvados, y su santidad resplandece en su semblante, de modo que aun la sola vista de ellos dará una gran lección a quienes los vean; y de ellos podréis aprender, no tanto por sus palabras como por el ejemplo real de su santa vida, lo que yo me duelo de haber perdido y, habiéndolo perdido, no puedo daros. Pero pienso que mi pobreza se aliviará algo con este celo mío, si, buscando vosotros aquella perla del Evangelio que yo no tengo, al menos os proporciono dónde podéis procurárosla convenientemente.»
Conf. 11, cap. 3
Y así, tomó su báculo y su alforja, como es allí costumbre para todos los monjes que emprenden un viaje, y él mismo nos guió por el camino hasta su propia ciudad, es decir, Panefisis, cuyas tierras, y en verdad la mayor parte de la región vecina (antiguamente riquísima, pues de ella, según se dice, se proveía todo lo necesario para la mesa real), habían sido cubiertas por el mar, agitado por un súbito terremoto y desbordado de sus riberas, de modo que, arruinadas casi todas las aldeas, cubrió con marismas salobres lo que antes eran tierras fértiles, de suerte que podrías pensar que lo que espiritualmente se canta en el salmo era una profecía literal de aquella región. «Él convirtió los ríos en desierto, y los manantiales de las aguas en tierra sedienta; la tierra fructífera en salobral, por la maldad de los que habitan en ella.» En estas comarcas, pues, muchas poblaciones asentadas de este modo sobre las colinas más altas fueron abandonadas por sus habitantes y convertidas por la inundación en islas, y éstas ofrecían la soledad deseada a los santos anacoretas, entre los cuales sobresalían tres ancianos, a saber, Queremón, Nesteros y José, como anacoretas de más larga permanencia.
Conf. 11, cap. 4
Y así, el bienaventurado Arque bio juzgó oportuno llevarnos primero a Queremón, porque estaba más cerca de su monasterio y porque era más avanzado que los otros dos en edad: pues había pasado el año centésimo de su vida, vigoroso sólo en el espíritu, pero con la espalda encorvada por la vejez y la oración constante, de modo que, como si estuviera de nuevo en su infancia, se arrastraba con las manos colgantes y apoyadas en el suelo. Contemplando, pues, a un mismo tiempo el rostro admirable de este varón y su manera de andar (pues aunque todos sus miembros ya habían desfallecido y estaban muertos, no había perdido nada de la severidad de su antigua rigidez), cuando humildemente le pedimos la palabra y la doctrina, y declaramos que el anhelo de instrucción espiritual era la única razón de nuestra venida, suspiró profundamente y dijo: ¿Qué doctrina puedo enseñaros yo, en quien la debilidad de la edad ha relajado mi antigua rigidez, como también ha destruido mi confianza para hablar? Pues ¿cómo podría presumir de enseñar lo que no hago, o instruir a otro en lo que sé que ahora practico sólo débil y fríamente? Por lo cual no permito que ninguno de los más jóvenes viva conmigo ahora que tengo una edad tan avanzada, no sea que la rigidez del otro se relaje a causa de mi ejemplo. Pues la autoridad de un maestro nunca será fuerte a menos que la fije en el corazón de su oyente mediante el cumplimiento efectivo de su deber.
Conf. 11, cap. 5
Ante esto quedamos abrumados por no poca confusión y respondimos como sigue: Aunque tanto la dificultad del lugar como la misma vida solitaria, que apenas un joven robusto podría soportar, deberían ser suficientes para enseñarnos todo (y en verdad, sin que digáis nada, ellas enseñan e imprimen en nosotros muchísimas cosas), sin embargo os pedimos que dejéis por un poco vuestro silencio y de manera más digna implantéis en nosotros aquellos principios por los cuales podamos abrazar, no tanto imitándola como admirándola, esa bondad que vemos en vos. Pues aunque nuestra frialdad os es conocida y no merece obtener lo que pedimos, al menos la fatiga de tan largo viaje debería ser recompensada con ello, ya que nos apresuramos a venir aquí después de nuestro primer comienzo en el monasterio de Belén, por el anhelo de vuestra instrucción y el deseo de nuestro propio bien.
Conf. 11, cap. 6
Entonces el bienaventurado Queremón: Tres cosas hay, dijo, que permiten a los hombres dominar sus faltas; a saber: o el temor del infierno o de las leyes aun ahora impuestas; o la esperanza y el deseo del reino de los cielos; o el gusto por la bondad misma y el amor de la virtud. Pues leemos que el temor del mal aborrece la contaminación: «El temor del Señor odia el mal.» [] La esperanza también excluye los asaltos de todas las faltas: pues «todos los que esperan en Él no desfallecerán.» El amor tampoco teme destrucción alguna por los pecados, pues «el amor nunca falla;» [] y de nuevo: «el amor cubre la multitud de los pecados.» [] Y por lo tanto el bienaventurado Apóstol encierra la suma entera de la salvación en la consecución de esas tres virtudes, diciendo «Ahora permanecen la fe, la esperanza, el amor, estas tres.» [] Pues la fe es lo que nos hace rehuir las manchas del pecado por temor al juicio futuro y al castigo; la esperanza es lo que retira nuestra mente de las cosas presentes y desprecia todos los placeres corporales por su expectativa de las recompensas celestiales; el amor es lo que nos inflama con agudeza de corazón por el amor de Cristo y el fruto de la bondad espiritual, y nos hace odiar con odio perfecto todo lo que se opone a estas cosas. Y estas tres cosas, aunque todas parecen mirar a un mismo fin (pues nos incitan a abstenernos de las cosas ilícitas), difieren sin embargo mucho entre sí en los grados de su excelencia. Pues las dos primeras pertenecen propiamente a aquellos hombres que, apuntando a la bondad, aún no han adquirido el amor de la virtud, y la tercera pertenece especialmente a Dios y a aquellos que han recibido en sí mismos la imagen y semejanza de Dios. Pues Él solo hace las cosas buenas, sin temor y sin agradecimiento o recompensa que lo mueva, sino simplemente por el amor de la bondad. Pues, como dice Salomón, «El Señor ha hecho todas las cosas para sí mismo.» [] Pues al amparo de su propia bondad otorga toda la plenitud de los bienes a los dignos y a los indignos, porque no puede ser fatigado por las injurias, ni movido por las pasiones ante los pecados de los hombres, ya que permanece siempre bondad perfecta e inmutable en su naturaleza.
Conf. 11, cap. 7
Si, pues, alguno apunta a la perfección, desde aquella primera etapa del temor que con razón llamamos servil (de la cual está dicho: «Cuando hayáis hecho todas las cosas, decid: somos siervos inútiles,» []) debe, avanzando un paso, subir al camino más alto de la esperanza —que no se compara a un esclavo sino a un jornalero, porque espera el pago de su recompensa, y como si estuviera libre de cuidado acerca de la absolución de sus pecados y del temor del castigo, y consciente de sus propias buenas obras, aunque parece esperar la recompensa prometida, sin embargo no puede alcanzar aquel amor de un hijo que, confiando en la bondad y liberalidad de su padre, no duda de que todo lo que el padre tiene es suyo; al cual tampoco aquel pródigo que, junto con la hacienda de su padre, había perdido hasta el nombre de hijo, se atrevió a aspirar, cuando dijo: «Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo;» pues después de aquellas algarrobas que comían los cerdos, cuya satisfacción le era negada, es decir, el alimento repugnante del pecado, cuando «volvió en sí,» y fue vencido por un temor saludable, comenzó ya a aborrecer la inmundicia de los cerdos y a temer el castigo del hambre que roía, y como si ya hubiera sido hecho siervo, desea la condición de jornalero y piensa en la remuneración, y dice: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Volveré entonces a mi padre y le diré: "Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, y ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: hazme como a uno de tus jornaleros." [] Pero aquellas palabras de humilde penitencia las recibió su padre, que corrió a su encuentro, con mayor afecto que aquel con que fueron pronunciadas, y no se contentó con concederle cosas menores, sino que, pasando por las dos etapas sin demora, lo restituyó a su antigua dignidad de filiación. Nosotros también debemos apresurarnos de inmediato para que, por medio de la gracia indisoluble del amor, podamos subir a aquella tercera etapa de la filiación, que cree que todo lo que el padre tiene es suyo, y así seamos tenidos por dignos de recibir la imagen y semejanza de nuestro Padre celestial, y podamos decir a semejanza del verdadero hijo: «Todo lo que el Padre tiene es mío.» [] Lo cual también declara de nosotros el bienaventurado Apóstol, diciendo: «Todas las cosas son vuestras, sea Pablo, sea Apolo, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir; todo es vuestro.» [] Y a esta semejanza nos convocan también los mandatos de nuestro Salvador: «Sed,» dice Él, «perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.» [] Pues en estas personas a veces se halla que el amor de la bondad se interrumpe, cuando el vigor del alma se relaja por alguna frialdad o alegría o deleite, y así pierde por un tiempo o el temor del infierno o el deseo de los bienes futuros. Y hay en verdad en éstas una etapa que conduce a algún avance, que nos afecta de modo que cuando por temor del castigo o por esperanza de la recompensa comenzamos a evitar el pecado, se nos permite pasar a la etapa del amor, pues «el temor,» dice uno, «no está en el amor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor: porque el temor lleva consigo tormento, y el que teme no es perfecto en el amor. Nosotros, pues, amamos porque Dios nos amó primero.» [] Sólo entonces podemos ascender a aquella verdadera perfección cuando, así como Él nos amó primero por la gracia de nada más que nuestra salvación, también nosotros lo hayamos amado a Él por causa de nada más que su solo amor. Por lo cual debemos esforzarnos al máximo por subir con perfecto ardor de mente de este temor a la esperanza, de la esperanza al amor de Dios y al amor de las virtudes mismas, para que, pasando firmemente al amor de la bondad misma, podamos, en cuanto es posible para la naturaleza humana, mantener firme asimiento de lo que es bueno.
Conf. 11, cap. 8
Pues hay una gran diferencia entre quien apaga el fuego del pecado dentro de sí por temor del infierno o esperanza de la recompensa futura, y quien por el sentimiento del amor divino tiene horror del pecado mismo y de la impureza, y mantiene la virtud de la pureza simplemente por el amor y el anhelo de la pureza, y no espera recompensa alguna de una promesa para el futuro, sino que, deleitado con el conocimiento de los bienes presentes, hace todo no por consideración al castigo sino por deleite en la virtud. Pues esta condición no puede ni abusar de una oportunidad de pecar cuando todos los testigos humanos están ausentes, ni ser corrompida por los atractivos secretos de los pensamientos, mientras que, guardando en su misma médula el amor de la virtud misma, no sólo no admite en el corazón nada que se le oponga, sino que de hecho lo odia con el máximo horror. Pues una cosa es que un hombre, en su deleite por algún bien presente, odie las manchas de los pecados y de la carne, y otra cosa es que frene los deseos ilícitos contemplando la recompensa futura; y una cosa es temer la pérdida presente y otra temer el castigo futuro. En fin, es cosa mucho mayor no querer abandonar el bien por causa del bien mismo, que retener el consentimiento del mal por temor del mal. Pues en el primer caso el bien es voluntario, pero en el segundo es forzado y como arrancado violentamente de una parte reticente, ya sea por temor del castigo o por codicia de la recompensa. Pues quien se abstiene de los atractivos del pecado por temor, en cuanto se remueva el obstáculo del temor, volverá una vez más a lo que ama, y así no adquirirá continuamente estabilidad alguna en el bien, ni descansará jamás libre de ataques, porque no asegurará la paz cierta y duradera de la castidad. Pues donde hay perturbación de la guerra, no puede dejar de haber peligro de heridas. Pues quien está en medio del combate, aunque sea un guerrero y luchando valientemente inflija frecuentes y mortales heridas a sus enemigos, debe sin embargo a veces ser traspasado por la punta de la espada enemiga. Pero quien ha vencido el ataque de los pecados y ahora goza de la seguridad de la paz, y ha pasado al amor de la virtud misma, mantendrá esta condición del bien continuamente, pues está enteramente envuelto en ella, porque cree que nada puede ser peor que la pérdida de su castidad más íntima. Pues nada estima más querido ni más precioso que la pureza presente, para quien una peligrosa desviación de la virtud o una mancha venenosa del pecado es un castigo grave. Para tal hombre, digo, ni la consideración de la presencia de otro añadirá nada a su bondad, ni la soledad le quitará nada de ella: sino que, como siempre y en todas partes lleva consigo su conciencia como juez no sólo de sus acciones sino también de sus pensamientos, tratará especialmente de agradarla, pues sabe que no puede ser engañada ni burlada, y que no puede escapar de ella.
Capítulo 9. Que el amor no sólo hace hijos de los siervos, sino que también otorga la imagen y semejanza de Dios
Conf. 11, cap. 9
Y si a alguien que confía en la ayuda de Dios y no en sus propios esfuerzos, se le ha concedido adquirir este estado, de la condición de siervo, en la que hay temor, y de una codicia mercenaria de esperanza, por la cual se busca no tanto el bien del donante como la recompensa del premio, comenzará a pasar a la adopción de hijos, donde ya no hay temor ni codicia, sino aquel amor que nunca falla y continuamente perdura. De cuyos temor y amor el Señor, reprendiendo a algunos, muestra lo que conviene a cada uno: «Un hijo honra a su padre, y un siervo teme a su señor: Y si yo soy Padre, ¿dónde está mi honra? Y si yo soy Señor, ¿dónde está mi temor?» [] Pues quien es siervo necesariamente ha de temer, porque «si conociendo la voluntad de su señor ha hecho cosas dignas de azotes, será azotado con muchos azotes.» [] Quienquiera, pues, que por este amor ha alcanzado la imagen y semejanza de Dios, se deleitará ya en la bondad por el placer de la bondad misma, y teniendo de algún modo un sentimiento semejante de paciencia y mansedumbre, ya no se airará por las faltas de los pecadores, sino que en su compasión y simpatía pedirá más bien perdón por sus enfermedades, y, recordando que durante tanto tiempo él mismo fue probado por los aguijones de pasiones semejantes hasta que por la misericordia del Señor fue salvado, sentirá que, como fue salvado de los ataques carnales no por la enseñanza de sus propios esfuerzos sino por la protección de Dios, no ira sino piedad debe mostrarse a los que yerran; y con plena paz de mente cantará a Dios el siguiente verso: «Has roto mis cadenas. Te ofreceré sacrificio de alabanza;» y: «si el Señor no me hubiera ayudado, mi alma habría morado casi en el infierno.» Y mientras permanezca en esta humildad de mente, podrá incluso cumplir este mandato evangélico de perfección: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y os calumnian.» [] Y así se nos concederá alcanzar aquella recompensa que se añade, por la cual no sólo llevaremos la imagen y semejanza de Dios, sino que incluso seremos llamados hijos: «para que seáis,» dice Él «hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y envía lluvia sobre justos e injustos:» y este sentimiento sabía el bienaventurado Juan que había alcanzado cuando dijo: «para que tengamos confianza en el día del juicio, porque como Él es, así somos nosotros en este mundo.» [] Pues ¿en qué puede una naturaleza humana débil y frágil ser semejante a Él, sino en mostrar siempre un amor tranquilo en su corazón hacia los buenos y los malos, los justos y los injustos, a imitación de Dios, y haciendo el bien por el amor de la bondad misma, llegando a aquella verdadera adopción de los hijos de Dios, de la cual también habla el bienaventurado Apóstol como sigue: «Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque su semilla está en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios;» y de nuevo: «Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que su nacimiento de Dios lo guarda, y el maligno no lo toca.» Y esto ha de entenderse no de toda clase de pecados, sino sólo de los pecados mortales: y si alguno no quiere librarse y limpiarse de éstos, por él el antedicho Apóstol nos dice en otro lugar que ni siquiera debemos orar, diciendo: «Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no es de muerte, que pida, y Él le dará vida por los que pecan no de muerte. Hay un pecado de muerte: no digo que se deba pedir por ése.» Pero de los que dice que no son de muerte, de los cuales ni siquiera los que sirven fielmente a Cristo pueden, con todo el cuidado que se guarden, estar libres, de éstos dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros;» y de nuevo: «Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.» [] Pues es imposible que alguno de los santos no caiga en aquellas faltas leves que se cometen por palabra, y pensamiento, e ignorancia, y olvido, y necesidad, y voluntad, y sorpresa: las cuales, aunque muy diferentes de aquel pecado que se dice de muerte, no pueden sin embargo estar libres de culpa y reproche.
Capítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
Conf. 11, cap. 10
Cuando, pues, alguien ha adquirido este amor de la bondad del que hemos estado hablando, y la imitación de Dios, será dotado del corazón compasivo del Señor, y orará también por sus perseguidores, diciendo de la misma manera: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» [] Pero es señal manifiesta de un alma todavía no purgada del todo de las heces del pecado no dolerse con sentimiento de piedad ante las ofensas ajenas, sino atenerse a la censura rígida del juez; porque ¿cómo podrá alcanzar la perfección del corazón quien carece de aquello con lo cual, como señaló el Apóstol, se cumple todo lo que exige la ley, cuando dice: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo,» [] y quien no tiene aquella virtud del amor, que «no se irrita, no se envanece, no piensa mal,» que «todo lo soporta, todo lo sufre.» [] Porque «el justo se compadece de la vida de su bestia; pero el corazón de los impíos es sin piedad.» Y así, es bien cierto que un monje caerá en los mismos pecados que condena en otro con severidad despiadada e inhumana, porque «el rey cruel caerá en desgracias,» y «quien tapa sus oídos para no oír al débil, él mismo clamará y no habrá quien lo escuche.»
Conf. 11, cap. 11
Germán: Habéis hablado, ciertamente, con fuerza y grandiosidad del amor perfecto de Dios. Pero todavía nos perturba esto: que, mientras lo exaltabais con tales alabanzas, habéis dicho que el temor de Dios y la esperanza del premio eterno eran imperfectos, cuando el profeta parece haber pensado de modo muy distinto acerca de ellos, pues dice: «Temed al Señor, todos sus santos, porque nada falta a los que le temen.» Y además, a propósito de guardar los justos juicios de Dios, reconoce que los ha cumplido por consideración del premio, diciendo: «Incliné mi corazón a cumplir tus justos juicios para siempre, por el premio.» Y el Apóstol dice: «Por la fe, Moisés, ya crecido, rehusó ser tenido por hijo de la hija del Faraón; prefiriendo ser afligido con el pueblo de Dios antes que gozar de los placeres temporales del pecado, estimando el oprobio de Cristo como riqueza mayor que los tesoros de Egipto; pues tenía puesta la mirada en el premio.» [] ¿Cómo, pues, podemos pensar que son imperfectos, si el bienaventurado David se gloriaba de haber cumplido los justos juicios de Dios con la esperanza de una recompensa, y se dice que el dador de la Ley miraba a un premio futuro y así despreció la adopción de la dignidad real, y prefirió la aflicción más terrible a los tesoros de los egipcios?
Conf. 11, cap. 12
Queremón: Según la condición y medida de cada alma, la Sagrada Escritura llama a nuestro libre albedrío a distintos grados de perfección. Porque no puede ofrecerse a todos los hombres una misma corona de perfección, pues no todos tienen la misma virtud, ni el mismo propósito, ni el mismo fervor; y por eso la Palabra divina ha dispuesto en cierto modo diversos rangos y diversas medidas de la perfección misma. Y que esto es así lo muestra con claridad la variedad de las bienaventuranzas del Evangelio. Pues aunque son llamados bienaventurados aquellos de quienes es el reino de los cielos, y bienaventurados los que poseerán la tierra, y bienaventurados los que recibirán su consuelo, y bienaventurados los que serán saciados, creemos, sin embargo, que hay una gran diferencia entre las moradas del reino de los cielos y la posesión de la tierra, sea cual fuere, y también entre la recepción del consuelo y la plenitud y satisfacción de la justicia; y que hay una gran distinción entre los que alcanzarán misericordia y los que serán considerados dignos de gozar de la visión gloriosísima de Dios. «Porque una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna y otra la gloria de las estrellas; pues una estrella difiere de otra en gloria, así también es la resurrección de los muertos.» [] Por tanto, mientras la Sagrada Escritura, conforme a esta regla, alaba a los que temen a Dios y dice: «Bienaventurados todos los que temen al Señor,» y les promete por esto una medida plena de felicidad, dice también: «No hay temor en el amor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. Pero el que teme no ha sido hecho perfecto en el amor.» [] Y además, aunque servir a Dios es algo grande, y se dice: «Servid al Señor con temor;» y: «Gran cosa es para ti ser llamado siervo mío;» y: «Bienaventurado aquel siervo a quien su señor, cuando venga, halle haciendo así,» sin embargo, a los Apóstoles se les dice: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer.» [] Y otra vez: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.» [] Veis, pues, que hay diferentes etapas de perfección, y que el Señor nos llama de cosas altas a otras todavía más altas, de tal modo que quien se ha hecho bienaventurado y perfecto en el temor de Dios, caminando, como está escrito, «de fortaleza en fortaleza,» y de una perfección a otra, es decir, subiendo con viveza del alma desde el temor a la esperanza, es llamado finalmente a aquella etapa todavía más bienaventurada que es el amor; y quien ha sido «siervo fiel y prudente» [] pasará a la compañía de la amistad y a la adopción de hijos. Así, pues, también nuestras palabras deben entenderse según este sentido: no decimos que la consideración de aquel castigo duradero o de aquella recompensa bienaventurada prometida a los santos carezca de valor, sino que, aunque son útiles e introducen a quienes las buscan en el primer comienzo de la bienaventuranza, el amor, en el que ya hay una confianza más plena y un gozo duradero, los apartará del temor servil y de la esperanza mercenaria para llevarlos al amor de Dios, y los conducirá a la adopción de hijos, y de algún modo los hará, de perfectos, todavía más perfectos. Pues el Salvador dice que en la casa de su Padre hay «muchas moradas,» [] y aunque todas las estrellas parecen estar en el cielo, hay, sin embargo, una gran diferencia entre el resplandor del sol y el de la luna, y entre el del lucero de la mañana y el de las demás estrellas. Y por eso el bienaventurado Apóstol lo prefiere no sólo por encima del temor y de la esperanza, sino también por encima de todos los dones que se tienen por grandes y admirables, y muestra que el camino del amor es aún más excelente que todos. Pues cuando, después de acabar su lista de los dones espirituales de las virtudes, quiso describir sus miembros, comenzó así: «Y todavía os muestro un camino más excelente. Aunque hable lenguas de hombres y de ángeles, y aunque tenga el don de profecía y conozca todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tenga toda la fe de modo que traslade montañas, y aunque reparta todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregue mi cuerpo para ser quemado, si no tengo amor, nada me aprovecha.» Veis, pues, que nada más precioso, nada más perfecto, nada más sublime y, si me es lícito decirlo, nada más duradero puede hallarse que el amor. Porque «si hay profecías, desaparecerán; si hay lenguas, cesarán; si hay ciencia, se destruirá,» pero «el amor nunca falla,» y sin él no sólo fallarán aquellas clases excelentísimas de dones, sino incluso la gloria del martirio mismo.
Conf. 11, cap. 13
Quien, pues, ha sido afirmado en este amor perfecto, ciertamente subirá por un grado más alto a aquel temor todavía más sublime perteneciente al amor, que no nace de ningún temor del castigo ni de avidez de premio, sino del amor más grande; por el cual un hijo teme con afecto sincero a un padre indulgentísimo, o un hermano teme a su hermano, un amigo a su amigo, o una esposa a su marido, sin ningún miedo a sus golpes o reproches, sino sólo a una leve injuria hecha a su amor; y en cada palabra, así como en cada acto, hay siempre un cuidado puesto por el afecto ansioso, no sea que el calor de su amor se enfríe en lo más mínimo hacia el objeto amado. Y uno de los profetas ha descrito bellamente la grandeza de este temor, diciendo: «La sabiduría y la ciencia son las riquezas de la salvación: el temor del Señor es su tesoro.» [] No pudo describir con mayor claridad el valor y el precio de aquel temor que diciendo que las riquezas de nuestra salvación, que consisten en la verdadera sabiduría y en el conocimiento de Dios, sólo pueden ser preservadas por el temor del Señor. A este temor, pues, no son invitados los pecadores, sino los santos, por la palabra profética, donde dice el Salmista: «Oh, temed al Señor, todos sus santos: porque nada falta a los que le temen.» Porque donde un hombre teme al Señor con este temor, es cierto que nada falta a su perfección. Pues fue claramente de aquel otro temor penal del que dijo el apóstol Juan: «El que teme no ha sido hecho perfecto en el amor, porque el temor lleva en sí castigo.» [] Hay, pues, una gran diferencia entre este temor, al que nada falta, que es el tesoro de la sabiduría y de la ciencia, y aquel temor imperfecto que es llamado «principio de la sabiduría,» y que tiene en sí castigo, y por eso es expulsado de los corazones de los perfectos cuando entra la plenitud del amor. Porque «no hay temor en el amor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor.» [] Y en verdad, si el principio de la sabiduría consiste en el temor, ¿cuál será su perfección sino en el amor de Cristo, el cual, al contener en sí el temor que pertenece al amor perfecto, es llamado no principio, sino tesoro de la sabiduría y de la ciencia? Y por eso hay una doble etapa del temor. Una, para los principiantes, es decir, para los que todavía están sujetos al yugo y al terror servil; de la cual leemos: «Y el siervo temerá a su señor;» y en el Evangelio: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor;» y por tanto «el siervo,» nos dice, «no permanece en la casa para siempre; pero el Hijo permanece para siempre.» Porque nos instruye a pasar de aquel temor penal a la libertad plenísima del amor y a la confianza de los amigos y de los hijos de Dios. Finalmente, el bienaventurado Apóstol, que por el poder del amor del Señor ya había atravesado la etapa servil del temor, desprecia las cosas bajas y declara que ha sido enriquecido con bienes por el Señor, «porque no nos ha dado Dios» dice «espíritu de temor, sino de poder, de amor y de templanza.» [] A los que están inflamados con el amor perfecto de su Padre celestial, y a quienes la adopción divina ya ha hecho hijos en lugar de siervos, se dirige con estas palabras: «Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar de nuevo en el temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre.» [] De este temor también habló el profeta cuando quiso describir aquel espíritu septiforme que, según el misterio de la Encarnación, descendió con toda certeza sobre el Dios hombre: «Y reposará sobre Él el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de verdadera piedad,» y en último lugar añade, como algo especial, estas palabras: «Y el Espíritu del temor del Señor lo llenará.» [] Donde debemos notar, en primer lugar, con cuidado, que no dice «y reposará sobre Él el Espíritu de temor,» como dijo en los casos anteriores, sino que dice «lo llenará el Espíritu del temor del Señor.» Porque tan grande es la riqueza de su abundancia que, una vez que se ha apoderado de un hombre por su poder, toma posesión no de una parte, sino de toda su mente. Y no sin razón. Pues como está estrechamente unido a aquel amor que «nunca falla,» no sólo llena al hombre, sino que toma posesión duradera, inseparable y continua de aquel en quien ha comenzado, y no es disminuido por ningún atractivo de gozo temporal ni por deleites, como sucede a veces con aquel temor que es echado fuera. Éste es, pues, el temor propio de la perfección, del cual se nos dice que fue lleno el Dios hombre, que vino no sólo a redimir al género humano, sino también a darnos un modelo de perfección y ejemplo de bondad. Pues el verdadero Hijo de Dios «que no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca,» [] no pudo sentir aquel temor servil del castigo.
Conf. 11, cap. 14
Germán: Puesto que habéis terminado vuestro discurso sobre la castidad perfecta, queremos preguntaros también con algo más de libertad acerca del fin de la castidad. Pues no dudamos de que aquellas alturas sublimes del amor, por las cuales, como habéis explicado hasta ahora, subimos a la imagen y semejanza de Dios, no pueden existir en modo alguno sin una pureza perfecta. Pero quisiéramos saber si es posible obtener una concesión duradera de ella, de modo que ninguna incitación a la concupiscencia pueda turbar jamás la serenidad de nuestro corazón, y que así nos sea posible pasar el tiempo de nuestra peregrinación en la carne libres de esta pasión carnal, sin vernos jamás inflamados por el fuego del deseo.
Conf. 11, cap. 15
Queremón: Es, ciertamente, señal de suma bienaventuranza y de bondad singular, aprender y enseñar continuamente aquel amor por el cual nos adherimos al Señor, de modo que la meditación de Él, como dice el Salmista, ocupe todos los días y las noches de nuestra vida, y sostenga nuestra alma, que hambrea y sed insaciablemente de justicia, rumiando sin cesar este alimento celestial. Pero también debemos, conforme a la amorosa previsión de nuestro Salvador, proveer algo para el alimento del cuerpo, para que no desfallezcamos en el camino, [] porque «el espíritu, a la verdad, está pronto, pero la carne es débil.» [] Y esto debemos asegurarlo ahora tomando un poco de alimento, para que, después de la cena, la mente quede más atenta para examinar con cuidado lo que queréis.