La segunda conferencia del abad Isaac. Sobre la oración.
Conf. 10, cap. 1
Entre las costumbres sublimes de los anacoretas que con la ayuda de Dios han sido expuestas aunque en estilo llano y sin adornos, el curso de nuestra narración nos obliga a insertar y hallar lugar para algo, que podría parecer, por así decirlo, causar una mancha en un cuerpo hermoso: aunque no tengo duda de que por ello se conferirá no pequeña instrucción sobre la imagen de Dios Todopoderoso de la cual leemos en el Génesis a algunos de los más simples, especialmente cuando se consideran los fundamentos de una doctrina tan importante que los hombres no pueden ignorarla sin terrible blasfemia y grave daño para la fe católica.
Capítulo 2. De la costumbre que se observa en la Provincia de Egipto para señalar el tiempo de la Pascua
Conf. 10, cap. 2
En el país de Egipto se observa por antigua tradición esta costumbre: que cuando ha pasado la Epifanía, la cual los sacerdotes de aquella provincia consideran como el tiempo, tanto del bautismo de nuestro Señor como también de su nacimiento en la carne, y así celebran la conmemoración de uno y otro misterio no separadamente como en las provincias occidentales sino en la única festividad de este día, se envían cartas del Obispo de Alejandría a través de todas las Iglesias de Egipto, por las cuales se señala el comienzo de la Cuaresma y el día de la Pascua no sólo en todas las ciudades sino también en todos los monasterios. De acuerdo pues con esta costumbre, muy pocos días después de haberse celebrado la conferencia anterior con el abad Isaac, llegaron las cartas festales de Teófilo el Obispo de la antedicha ciudad, en las cuales junto con el anuncio de la Pascua consideraba asimismo la necia herejía de los antropomorfitas con gran extensión, y la refutaba abundantemente. Y esta fue recibida por casi todo el cuerpo de monjes que residían en toda la provincia de Egipto con tal amargura debido a su simplicidad y error, que la mayor parte de los ancianos decretó que por el contrario el antedicho Obispo debía ser aborrecido por todo el cuerpo de los hermanos como manchado con herejía de la peor especie, porque parecía impugnar la enseñanza de la santa Escritura al negar que Dios Todopoderoso estuviera formado a la manera de una figura humana, aunque la Escritura enseña con perfecta claridad que Adán fue creado a su imagen. Finalmente esta carta fue rechazada también por aquellos que vivían en el desierto de Escete y que sobresalían sobre todos los que estaban en los monasterios de Egipto, en perfección y en conocimiento, de modo que excepto el abad Pafnucio el presbítero de nuestra congregación, ninguno de los otros presbíteros, que presidían las otras tres iglesias en el mismo desierto, sufriría que fuera siquiera leída o repetida en absoluto en sus reuniones.
Capítulo 3. Del abad Sarapión y la herejía de los antropomorfitas en la que cayó por error de simplicidad
Conf. 10, cap. 3
Entre aquellos pues que fueron atrapados por esta noción equivocada estaba uno llamado Sarapión, hombre de antigua y prolongada austeridad de vida, y uno que era del todo perfecto en la disciplina práctica, cuya ignorancia con respecto a la doctrina primeramente mencionada era tan grande piedra de tropiezo para todos los que sostenían la verdadera fe, cuanto él mismo sobrepasaba a casi todos los monjes tanto en los méritos de su vida como en la duración del tiempo (que había estado allí). Y cuando este hombre no podía ser traído de vuelta al camino de la fe recta por muchas exhortaciones del santo presbítero Pafnucio, porque esta doctrina le parecía una novedad, y una que nunca fue conocida ni transmitida por sus predecesores, sucedió que cierto diácono, hombre de muy gran erudición, llamado Fotino, llegó de la región de Capadocia con el deseo de visitar a los hermanos que vivían en el mismo desierto: a quien el bienaventurado Pafnucio recibió con la más calurosa bienvenida, y para confirmar la fe que había sido declarada en las cartas del antedicho Obispo, lo puso en medio y le preguntó delante de todos los hermanos cómo las Iglesias Católicas en todo el Oriente interpretaban el pasaje del Génesis donde dice «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.» [] Y cuando explicó que la imagen y semejanza de Dios era tomada por todos los dirigentes de las iglesias no según el sonido bajo de la letra, sino espiritualmente, y apoyó esto muy plenamente y por muchos pasajes de la Escritura, y mostró que nada de este tipo podía acontecer a aquella gloria infinita e incomprensible e invisible, de modo que pudiera ser comprendida en forma y semejanza humana, puesto que su naturaleza es incorpórea e incompleja y simple, y que no puede ser aprehendida por los ojos ni concebida por la mente, al fin el anciano fue sacudido por las numerosas y muy graves afirmaciones de este hombre doctísimo, y fue atraído a la fe de la tradición católica. Y cuando tanto el abad Pafnucio como todos nosotros nos llenamos de intenso deleite por su adhesión, por esta razón; a saber, que el Señor no había permitido que un hombre de tal edad y coronado con tales virtudes, y uno que erraba sólo por ignorancia y simplicidad rústica, se desviara del camino de la fe recta hasta el último momento, y cuando nos levantamos para dar gracias, y estábamos todos juntos ofreciendo nuestras oraciones al Señor, el anciano quedó tan turbado en su mente durante la oración porque sentía que la imagen antropomórfica de la Divinidad que solía ponerse delante de sí en la oración, era desterrada de su corazón, que de repente prorrumpió en un torrente de lágrimas amargas y sollozos continuos, y se arrojó al suelo y exclamó con fuertes gemidos: «¡Ay! ¡Desdichado de mí! Me han quitado a mi Dios, y ahora no tengo a nadie a quien asirme; y a quién adorar y a quién dirigirme no sé.» Por cuya escena quedamos terriblemente perturbados, y además con el efecto de la anterior Conferencia permaneciendo aún en nuestros corazones, volvimos al abad Isaac, a quien cuando vimos de cerca, nos dirigimos con estas palabras.
Capítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
Conf. 10, cap. 4
Aunque incluso además del asunto reciente que últimamente ha surgido, nuestro deleite en la anterior conferencia que se celebró sobre el carácter de la oración nos convocaría a posponer todo lo demás y volver a tu santidad, sin embargo este grave error del abad Sarapión, concebido, según imaginamos, por la astucia de los demonios más viles, añade algo a este deseo nuestro. Pues no es pequeña la desesperación por la que nos vemos abatidos cuando consideramos que por la falta de esta ignorancia él no sólo ha perdido por completo todos aquellos trabajos que ha realizado de manera tan loable durante cincuenta años en este desierto, sino que también ha incurrido en el riesgo de la muerte eterna. Y así queremos saber primero por qué y por qué causa un error tan grave se ha deslizado en él. Y luego quisiéramos ser instruidos sobre cómo podemos llegar a aquella condición en la oración, de la cual discurriste hace algún tiempo no sólo plenamente sino espléndidamente. Pues aquella admirable Conferencia ha tenido este efecto sobre nosotros, que sólo ha deslumbrado nuestras mentes y no nos ha mostrado cómo realizarla o asegurarla.
Conf. 10, cap. 5
Isaac: No debemos sorprendernos de que un hombre realmente simple que nunca había recibido instrucción alguna sobre la sustancia y naturaleza de la Divinidad pudiera aún ser enredado y engañado por un error de simplicidad y el hábito de una equivocación de larga data, y (para hablar con más verdad) continuar en el error original que es provocado, no como suponéis por una nueva ilusión de los demonios, sino por la ignorancia del antiguo mundo pagano, mientras que de acuerdo con la costumbre de aquella noción errónea, por la cual solían adorar a los demonios formados en figura de hombres, piensan incluso ahora que la gloria incomprensible e inefable de la verdadera Deidad debe ser adorada bajo las limitaciones de alguna figura, ya que creen que no pueden asir ni retener nada si no tienen alguna imagen puesta delante de ellos, a la cual puedan dirigirse continuamente mientras están en sus devociones, y que puedan llevar en su mente y tener siempre fija ante sus ojos. Y contra este error suyo puede usarse este texto: «Y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible.» [] También dice Jeremías: Mi pueblo ha cambiado su gloria por un ídolo. [] Este error aunque por este su origen, del cual hemos hablado, está arraigado en las nociones de algunos, sin embargo no menos se contrae también en los corazones de aquellos que nunca han sido manchados con la superstición del mundo pagano, bajo el color de este pasaje donde se dice «Hagamos al hombre a nuestra imagen y nuestra semejanza,» [] siendo la ignorancia y la simplicidad sus autoras, de modo que en realidad ha surgido debido a esta odiosa interpretación una herejía llamada de los antropomorfitas, que mantiene con obstinada perversidad que la sustancia infinita y simple de la Divinidad está formada en nuestros lineamientos y configuración humana. La cual sin embargo cualquiera que haya sido instruido en la doctrina católica aborrecerá como blasfemia pagana, y así llegará a aquella condición perfectamente pura en la oración que no sólo no conectará con sus oraciones ninguna figura de la Divinidad ni lineamentos corporales (de los cuales es pecado incluso hablar), sino que ni siquiera permitirá en sí misma el recuerdo de un nombre, o la apariencia de una acción, o el contorno de ningún carácter.
Capítulo 6. De las razones por las cuales Jesucristo se aparece a cada uno de nosotros ya sea en su humildad o en su condición glorificada
Conf. 10, cap. 6
Pues según la medida de su pureza, como dije en la anterior Conferencia, cada mente es elevada y moldeada en sus oraciones si abandona la consideración de las cosas terrenales y materiales en tanto la condición de su pureza pueda llevarla adelante, y le permita con los ojos interiores del alma ver a Jesús ya sea todavía en su humildad y en la carne, o glorificado y viniendo en la gloria de su Majestad: pues aquellos no pueden ver a Jesús viniendo en su Reino que todavía son retenidos en una especie de estado de debilidad judaica, y no pueden decir con el Apóstol: «Y si hemos conocido a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así;» [] sino que sólo aquellos pueden mirar con los ojos más puros su Divinidad, que se elevan con Él de las obras y pensamientos bajos y terrenales y se apartan al elevado monte de la soledad que está libre de la perturbación de todos los pensamientos y afanes terrenales, y seguro de la interferencia de todos los pecados, y siendo exaltados por la fe pura y las alturas de la virtud revela la gloria de su Rostro y la imagen de su esplendor a aquellos que son capaces de mirarlo con ojos puros del alma. Pero Jesús es visto también por aquellos que viven en ciudades y aldeas y caseríos, es decir, que están ocupados en asuntos prácticos y obras, pero no con el mismo resplandor con que se apareció a aquellos que pueden subir con Él al antedicho monte de las virtudes, es decir, Pedro, Santiago y Juan. Pues así en soledad se apareció a Moisés y habló con Elías. Y como nuestro Señor quiso establecer esto y dejarnos ejemplos de pureza perfecta, aunque Él mismo, la fuente misma de santidad inviolable, no tenía necesidad de ayuda externa y del auxilio de la soledad para asegurarla (pues la plenitud de la pureza no podía ser manchada por ninguna mancha de las multitudes, ni podía Él ser contaminado por el trato con los hombres, quien limpia y santifica todas las cosas que están contaminadas) sin embargo se retiró al monte solo para orar, enseñándonos así con el ejemplo de su retiro que si también nosotros queremos acercarnos a Dios con un afecto puro e inmaculado del corazón, debemos también retirarnos de toda la perturbación y confusión de las multitudes, de modo que mientras aún vivimos en el cuerpo podamos lograr en alguna medida adaptarnos a alguna semejanza de aquella bienaventuranza que es prometida en adelante a los santos, y que «Dios sea» para nosotros «todo en todos.» []
Conf. 10, cap. 7
Pues entonces se cumplirá perfectamente en nuestro caso aquella oración de nuestro Salvador en la cual oró por sus discípulos al Padre diciendo «que el amor con que me amaste esté en ellos y ellos en nosotros;» y de nuevo: «que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros,» cuando aquel amor perfecto de Dios, con el cual «Él nos amó primero» [] haya pasado también a los sentimientos de nuestro corazón, por el cumplimiento de esta oración del Señor que creemos no puede posiblemente ser ineficaz. Y esto sucederá cuando Dios sea todo nuestro amor, y todo deseo y anhelo y esfuerzo, todo pensamiento nuestro, y toda nuestra vida y palabras y aliento, y aquella unidad que ya existe entre el Padre y el Hijo, y el Hijo y el Padre, haya sido derramada en nuestros corazones y mentes, de modo que así como Él nos ama con un amor puro y no fingido e indisoluble, así también nosotros podamos ser unidos a Él por un afecto duradero e inseparable, puesto que estamos tan unidos a Él que cuanto respiramos o pensamos o hablamos es Dios, puesto que, como digo, alcanzamos aquel fin del cual hablamos antes, que el mismo Señor en su oración espera que se cumpla en nosotros: «que todos sean uno como nosotros somos uno, yo en ellos y tú en mí, que ellos también sean hechos perfectos en uno;» y de nuevo: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo.» [] Este pues debe ser el destino del solitario, este debe ser todo su fin: que le sea concedido poseer incluso en el cuerpo una imagen de la bienaventuranza futura, y que pueda comenzar en este mundo a tener un anticipo de una especie de prenda de aquella vida y gloria celestial. Este, digo, es el fin de toda perfección, que la mente purgada de todos los deseos carnales sea diariamente elevada hacia las cosas espirituales, hasta que toda la vida y todos los pensamientos del corazón se conviertan en una oración continua.
Capítulo 8. Cuestión sobre el ejercicio de la perfección por el cual podemos llegar a la perpetua recolección de Dios
Conf. 10, cap. 8
Germán: La extensión de nuestra confusión ante el asombro admirativo que nos causó la Conferencia anterior, y por el cual hemos vuelto otra vez, aumenta todavía más. Pues en la medida en que los estímulos de esta enseñanza nos encienden con el deseo de la bienaventuranza perfecta, tanto más recaemos en una desesperación mayor, al no saber cómo buscar u obtener el ejercicio para tan encumbradas alturas. Por lo cual te rogamos que con paciencia nos permitas (pues quizá haya que exponerlo y desplegarlo con no poca conversación) explicar lo que, sentados en la celda, habíamos comenzado a dar vueltas en una larga meditación; aunque sabemos que tu santidad no se turba en absoluto por las flaquezas de los débiles, las cuales, precisamente por esta razón, deben exponerse abiertamente, para que lo que en ellas está fuera de lugar reciba corrección. Nuestra idea, pues, es que la perfección de cualquier arte o sistema de ejercicio debe comenzar por unos rudimentos sencillos, y acostumbrarse primero a comienzos fáciles y tiernos, de modo que, alimentada y ejercitada poco a poco con una especie de leche razonable, pueda crecer y así, gradualmente y paso a paso, subir desde las honduras más bajas hasta las alturas; y cuando por estos medios haya entrado en los principios más llanos y, por así decir, haya pasado las puertas de la entrada de la profesión, llegará en consecuencia sin dificultad al santuario interior y a las cumbres excelsas de la perfección. Porque ¿cómo podría un niño pronunciar la más simple unión de sílabas si primero no hubiera aprendido con cuidado las letras del alfabeto? ¿O cómo puede alguien aprender a leer de corrido quien todavía es incapaz de enlazar frases breves y sencillas? ¿Y por qué medios llegará a la elocuencia de la retórica o al conocimiento de la filosofía quien está mal instruido en la ciencia de la gramática? Por lo cual, también para esta altísima ciencia, que nos enseña incluso a adherirnos a Dios, no dudo de que hay algunos fundamentos del sistema, que primero han de asentarse con firmeza y después sobre ellos pueden colocarse y elevarse las alturas excelsas de la perfección. Y tenemos una ligera idea de que sus primeros principios son éstos; a saber, que primero aprendamos con qué meditaciones se puede alcanzar y contemplar a Dios, y después logremos mantener un firme dominio de este tema, sea cual sea, el cual no dudamos que es la cumbre de toda perfección. Por eso queremos que nos muestres algún material para esta recolección, mediante el cual podamos concebir y conservar siempre la idea de Dios en la mente, de modo que, teniéndola siempre ante los ojos, cuando advirtamos que nos hemos apartado de Él, podamos al punto recuperarnos y volver allí, y consigamos asirla de nuevo sin demora alguna de andar vagando alrededor del asunto y buscándolo. Pues sucede que cuando nos hemos extraviado de nuestras especulaciones espirituales y hemos vuelto a nosotros mismos como despertando de un sueño mortal, y, ya del todo despabilados, buscamos la materia con la cual podamos reavivar aquella recolección espiritual que se ha destruido, nos vemos estorbados por la tardanza de la búsqueda misma antes de hallarla, y una vez más somos apartados de nuestro empeño, y antes de que se produzca la visión espiritual, el propósito del corazón que se había concebido ha desaparecido. Y esta dificultad ciertamente nos sobreviene por esta razón: porque no mantenemos algo especial firmemente puesto ante nuestros ojos, como un principio al cual puedan ser llamados los pensamientos errantes después de muchas digresiones y variadas excursiones; y, si se me permite la expresión, después de largas tormentas entren en un puerto tranquilo. Y así sucede que, como la mente está constantemente impedida por esta ignorancia y dificultad, y anda siempre agitada vagamente, y como ebria, entre asuntos diversos, no puede siquiera retener con firmeza, por mucho tiempo, nada espiritual que le haya ocurrido por azar más bien que de propósito; mientras, como siempre recibe una cosa tras otra, no advierte ni su comienzo y origen ni siquiera su fin.
Conf. 10, cap. 9
Isaac: Vuestra minuciosa y sutil indagación es indicio de que la pureza está ya casi alcanzada. Pues nadie sería capaz siquiera de hacer preguntas sobre estas cosas —no digo ya de mirar dentro y discernirlas— sino aquel a quien una diligencia cuidadosa y eficaz de la mente, y una ansiedad vigilante, lo han empujado a sondear las profundidades de tales cuestiones, y a quien el constante afán por una vida bien gobernada le ha enseñado por experiencia práctica a intentar la entrada a esta pureza y a llamar a sus puertas. Y por eso, al veros —no diré que estáis ante las puertas de aquella verdadera oración de la que hemos hablado, sino que estáis tocando sus cámaras interiores y sus partes más íntimas, como con las manos de la experiencia, y asiendo ya algunas de ellas—, no creo que halle dificultad alguna en introduciros ahora dentro de lo que podría llamar su atrio, para que recorráis sus recovecos, según el Señor lo disponga; ni pienso que vais a ser estorbados por obstáculos o dificultades a la hora de investigar lo que se os mostrará. Pues está a las puertas del entendimiento quien reconoce con cuidado aquello que debe preguntar, y no está lejos del conocimiento quien empieza a comprender cuán ignorante es. Por tanto, no temo la acusación de traicionar secretos ni de ligereza, si divulgo lo que, al hablar en mi anterior discurso sobre la perfección de la oración, me había abstenido de discutir, ya que pienso que su fuerza había de ser explicada a nosotros, que estamos ocupados en este asunto e interés, aun sin ayuda de mis palabras, por la gracia de Dios.
Conf. 10, cap. 10
Por lo cual, conforme a aquel sistema que tan admirablemente comparasteis con la enseñanza de los niños (quienes sólo pueden recibir las primeras lecciones del alfabeto y reconocer las formas de las letras, y trazar sus caracteres con mano firme, si, por medio de algunas muestras y figuras cuidadosamente impresas en cera, se han acostumbrado a expresar sus trazos mirándolas constantemente e imitándolas a diario), debemos daros también la forma de esta contemplación espiritual, sobre la cual podáis fijar siempre la mirada con la mayor firmeza, y aprender a considerarla para vuestro provecho en una continuidad ininterrumpida, y también conseguir, con la práctica de ella y con la meditación, subir a una visión aún más elevada. Esta fórmula, pues, se os propondrá, de este sistema que deseáis y de oración, que todo monje, en su progreso hacia la recolección continua de Dios, acostumbra ponderar, dándole vueltas sin cesar en su corazón, una vez desechados todos los demás pensamientos; pues no puede en absoluto mantener su dominio sobre ella si no se ha liberado de todos los cuidados y ansiedades corporales. Y así como esta fórmula nos fue entregada por unos pocos de los más antiguos padres que quedaban, también nosotros la divulgamos sólo a muy pocos y a los que son verdaderamente fervorosos. Y, por tanto, para mantener la recolección continua de Dios, esta piadosa fórmula se ha de poner siempre delante de vosotros: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme», porque este versículo no sin razón ha sido escogido de toda la Escritura para este propósito. Pues abraza todos los afectos que pueden implantarse en la naturaleza humana, y puede adaptarse conveniente y satisfactoriamente a toda condición y a todos los asaltos. Ya que contiene una invocación de Dios contra todo peligro, contiene una humilde y piadosa confesión, contiene la vigilancia de la ansiedad y del temor continuo, contiene la consideración de la propia debilidad, la confianza en la respuesta y la seguridad de una ayuda presente y siempre dispuesta. Pues quien invoca constantemente a su protector, está cierto de que Él está siempre a la mano. Contiene el ardor del amor y de la caridad, contiene la vista de las asechanzas y el temor de los enemigos, de los cuales quien se ve cercado día y noche confiesa que no puede ser liberado sin el auxilio de su defensor. Este versículo es muralla inexpugnable para todos los que trabajan bajo los ataques de los demonios, y también cota de malla impenetrable y escudo fuerte. No permite que quienes están en estado de morosidad y ansiedad de mente, o abatidos por la tristeza o por toda clase de pensamientos, desesperen de los remedios salvadores, pues muestra que Aquel a quien se invoca está siempre mirando nuestros combates y no está lejos de sus suplicantes. Nos advierte a aquellos cuya suerte es el provecho espiritual y el gozo del corazón que no debemos en modo alguno ensoberbecernos ni hincharnos por nuestra condición dichosa, la cual nos asegura que no puede durar sin Dios como protector, mientras le imploramos que no sólo siempre, sino incluso rápidamente, nos ayude. Este versículo, digo, se hallará provechoso y útil para cada uno de nosotros en cualquier condición en que nos encontremos. Pues quien siempre y en todas las cosas quiere ser ayudado, muestra que necesita el auxilio de Dios no sólo en los asuntos tristes o difíciles, sino también igualmente en los prósperos y felices, para que sea librado de los unos y también hecho continuar en los otros, pues sabe que en ambos la debilidad humana no puede resistir sin Su auxilio. Me afecta la pasión de la gula. Pido comida que el desierto no conoce, y en el desierto escuálido me llegan olores de manjares regios, y siento que aun contra mi voluntad soy arrastrado a desearlos. Debo decir al punto: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Soy incitado a anticipar la hora fijada para la cena, o intento con gran dolor de corazón mantenerme dentro de los límites del alimento justo y regularmente parco. Debo clamar con gemidos: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». La debilidad del estómago me impide querer ayunos más severos, a causa de los asaltos de la carne, o la sequedad del vientre y el estreñimiento me atemorizan. Para que se cumplan mis deseos, o bien para que el fuego de la concupiscencia carnal se apague sin el remedio de un ayuno más estricto, debo orar: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Cuando llego a la cena, a la hora debida siento aversión por tomar alimento y se me impide comer algo que satisfaga las exigencias de la naturaleza: debo clamar con un suspiro: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Cuando quiero, por causa de la firmeza del corazón, aplicarme a la lectura, un dolor de cabeza me lo impide y me detiene, y a la hora tercia el sueño pega mi cabeza a la página sagrada, y me veo forzado o bien a pasar de largo o bien a anticipar el tiempo asignado al descanso; y finalmente un deseo irresistible de dormir me obliga a acortar la regla canónica del oficio de los Salmos: de la misma manera debo clamar: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». El sueño se retira de mis ojos, y durante muchas noches me encuentro agotado por el insomnio causado por el diablo, y todo reposo y descanso de la noche se aleja de mis párpados; debo suspirar y orar: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Mientras estoy aún en medio de la lucha con el pecado, de repente una irritación de la carne me afecta y trata, con una sensación placentera, de arrastrarme al consentimiento mientras duermo. Para que un fuego abrasador de fuera no queme los fragantes brotes de la castidad, debo clamar: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Siento que el incentivo de la lujuria se ha alejado, y que el ardor de la pasión se ha apagado en mis miembros: para que este buen estado adquirido, o más bien esta gracia de Dios, continúe aún más tiempo o para siempre conmigo, debo decir con fervor: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Me turban los aguijones de la ira, la avaricia, la tristeza, y me empujan a perturbar el estado pacífico en que me hallaba y que me era querido: para no ser arrastrado por la pasión furiosa a la amargura de la hiel, debo clamar con profundos gemidos: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Soy probado por la hinchazón de la acedia, la vanagloria y la soberbia, y mi mente con pensamientos sutiles se adula algo a causa de la tibieza y negligencia de los demás: para que esta peligrosa sugestión del enemigo no se enseñoree de mí, debo orar con toda contrición de corazón: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». He alcanzado la gracia de la humildad y de la sencillez, y mortificando continuamente mi espíritu me he librado de las hinchazones de la soberbia: para que el «pie de la soberbia» no venga de nuevo «contra mí», y «la mano del pecador no me perturbe», y para que no resulte más gravemente dañado por la euforia de mi éxito, debo clamar con todas mis fuerzas: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Estoy encendido por innumerables y variadas divagaciones del alma y por la inconstancia del corazón, y no puedo recoger mis pensamientos dispersos, ni siquiera puedo derramar mi oración sin interrupción y sin imágenes de vanas figuras, y sin el recuerdo de conversaciones y acciones, y me siento atado por tal sequedad y esterilidad que siento que no puedo dar a luz ningún fruto en forma de pensamientos espirituales: para que me sea concedido ser liberado de este estado miserable de la mente, del cual no puedo librarme por más suspiros y gemidos, debo clamar con toda seguridad: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Otra vez siento que, por la visitación del Espíritu Santo, he alcanzado propósito del alma, firmeza del pensamiento, agudeza del corazón, junto con un gozo inefable y un arrobamiento de la mente, y en la exuberancia de los sentimientos espirituales he percibido, por una súbita iluminación del Señor, una abundante revelación de ideas santísimas que antes me estaban totalmente ocultas: para que me sea concedido demorarme más tiempo en ellas, debo exclamar a menudo y con ansia: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Cercado por los horrores nocturnos de los demonios, me agito y me turban las apariciones de espíritus inmundos, y mi misma esperanza de vida y salvación es arrebatada por el horror del miedo. Huyendo al refugio seguro de este versículo, clamaré con todas mis fuerzas: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». De nuevo, cuando he sido restaurado por la consolación del Señor y, alegrado con su venida, me siento rodeado como por incontables miles de ángeles, de modo que de repente puedo atreverme a buscar el combate y provocar batalla con aquellos a quienes poco antes temía más que a la muerte, y cuyo contacto o aun su cercanía sentía con estremecimiento de mente y cuerpo: para que el vigor de este coraje continúe en mí, por la gracia de Dios, aún más tiempo, debo clamar con todas mis fuerzas: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme». Debemos, pues, derramar incesante y continuamente la oración de este versículo, en la adversidad para ser librados, en la prosperidad para ser preservados y no ensoberbecernos. Que el pensamiento de este versículo, os digo, se repase en vuestro pecho sin cesar. Cualquiera que sea el trabajo que hagáis, el oficio que desempeñéis, el viaje que emprendáis, no ceséis de cantarlo. Cuando os vais a acostar, o coméis, y en las últimas necesidades de la naturaleza, pensad en esto. Este pensamiento en vuestro corazón sea para vosotros una fórmula salvadora, y no sólo os mantenga ilesos de todos los ataques de los demonios, sino que también os purifique de todas las faltas y manchas terrenales, y os conduzca a aquella contemplación invisible y celestial, y os lleve a aquel ardor inefable de oración, del que tan pocos tienen experiencia alguna. Que el sueño os sobrevenga considerando aún este versículo, hasta que, moldeados por su uso constante, os acostumbréis a repetirlo incluso en el sueño. Al despertar, sea lo primero que venga a vuestra mente; anticípese a todos vuestros pensamientos al despertar; al levantaros del lecho, os haga arrodillaros, y desde allí os envíe a todos vuestros trabajos y negocios, y os siga durante todo el día. Esto es lo que debéis pensar, según el mandato del Legislador: «en casa y de camino», [] durmiendo y velando. Esto debéis escribir en el umbral y en la puerta de vuestra boca, esto debéis poner en las paredes de vuestra casa y en los rincones de vuestro corazón, para que cuando os arrodilléis en oración, éste sea vuestro canto mientras estáis de rodillas, y cuando os levantéis de ella para salir a todos los negocios necesarios de la vida, sea vuestra oración constante mientras estáis de pie.
Conf. 10, cap. 11
Ésta, ésta es la fórmula a la que la mente debe adherirse sin cesar hasta que, fortalecida por su uso constante y por la meditación continua, deseche y rechace la materia rica y abundante de toda clase de pensamientos y se reduzca a la pobreza de este único versículo, y así llegue con pronta facilidad a aquella bienaventuranza del Evangelio que ocupa el primer lugar entre las demás bienaventuranzas; pues dice Él: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» [] Y así, quien se hace grandemente pobre con una pobreza de este género cumplirá aquella palabra del profeta: «El pobre y el necesitado alabarán el nombre del Señor.» Y, en verdad, ¿qué pobreza mayor o más santa puede haber que la de aquel que, sabiendo que no tiene defensa ni fuerza propia, pide cada día ayuda de la abundancia ajena y, consciente de que en cada momento su vida y su ser dependen del auxilio divino, se confiesa no sin razón pobre del Señor y clama a Él cada día en la oración: «Yo soy pobre y necesitado: el Señor me ayuda.» Y así, por la iluminación del mismo Dios, asciende a aquel conocimiento múltiple de Él y comienza desde entonces a alimentarse de misterios más sublimes y todavía más sagrados, conforme a aquellas palabras del profeta: «Los altos montes son refugio para los ciervos, las rocas para los erizos,» lo cual se aplica muy justamente en el sentido que hemos dado, porque quien persevera en la sencillez y en la inocencia no daña ni ofende a nadie, sino que, contento con su propia condición sencilla, procura sencillamente defenderse de ser despojado por sus enemigos, y se convierte en una especie de erizo espiritual y es protegido por el escudo continuo de aquella roca del Evangelio; es decir, amparado por el recuerdo de la pasión del Señor y por la incesante meditación del versículo antes citado, escapa a las trampas de sus enemigos. Y de estos erizos espirituales leemos en los Proverbios lo siguiente: «Y los erizos son un pueblo débil, que han puesto sus casas en las rocas.» Y en verdad, ¿qué hay más débil que un cristiano, qué más frágil que un monje, a quien no sólo no se le permite venganza alguna por las injurias recibidas, sino que ni siquiera se le consiente que brote dentro de él un leve y silencioso sentimiento de irritación? Pero quien avanza desde esta condición y no sólo asegura la sencillez de la inocencia, sino que además es protegido por la virtud de la discreción, se convierte en exterminador de serpientes mortíferas, tiene a Satanás aplastado bajo sus pies y, por la prontitud de su mente, corresponde a la figura del ciervo racional; éste se alimentará en los montes de los profetas y de los Apóstoles, es decir, en sus más altos y sublimes misterios. Y medrando continuamente en este pasto, acogerá en sí todos los pensamientos de los Salmos y comenzará a cantarlos de tal modo que los pronunciará con la más profunda emoción del corazón, no como si fueran composiciones del Salmista, sino más bien como si fueran palabras suyas y su propia oración; y ciertamente los tomará como dirigidos a sí mismo y reconocerá que sus palabras no sólo se cumplieron antiguamente en la persona del profeta o por ella, sino que se cumplen y realizan cada día en su propio caso. Pues entonces las Sagradas Escrituras se nos abren con mayor claridad y, por así decir, quedan expuestas sus mismas venas y su médula, cuando nuestra experiencia no sólo percibe sino que anticipa su sentido, y el significado de las palabras se nos revela no por la exposición de ellas, sino por la prueba práctica. Porque si tenemos experiencia del mismo estado de ánimo en que cada Salmo fue cantado y escrito, nos hacemos semejantes a sus autores y anticipamos el sentido más que seguirlo; es decir, recogiendo la fuerza de las palabras antes de conocerlas realmente, recordamos lo que nos ha sucedido y lo que sucede en los asaltos diarios cuando nos vienen los pensamientos; y mientras los cantamos, traemos a la memoria todo lo que nuestra negligencia ha traído sobre nosotros, o lo que nuestro fervor ha asegurado, o lo que la Divina Providencia ha concedido, o de lo que las sugestiones del enemigo nos han privado, o lo que el olvido resbaladizo y sutil ha arrebatado, o lo que la debilidad humana ha causado, o lo que la ignorancia irreflexiva nos ha defraudado. Pues todos estos sentimientos los encontramos expresados en los Salmos, de modo que, viendo cuanto sucede como en un espejo clarísimo, lo entendemos mejor, y así, instruidos por nuestros sentimientos como maestros, lo captamos como algo no meramente oído, sino visto; y, como si no estuviera confiado a la memoria, sino implantado en la naturaleza misma de las cosas, somos afectados desde lo más profundo del corazón, de forma que alcanzamos su sentido no leyendo el texto, sino anticipándolo por la experiencia. Y así nuestra mente llegará a aquella oración incorruptible a la que, en nuestro tratado anterior, según el Señor se dignó conceder, ascendió el plan de nuestra Conferencia; y ésta no sólo no se ocupa en contemplar imagen alguna, sino que se distingue por no usar palabras ni expresiones; antes bien, con la intención de la mente toda encendida, se produce por el éxtasis del corazón mediante cierta agudeza inexplicable del espíritu, y la mente, así afectada sin ayuda de los sentidos ni de materia visible alguna, la derrama ante Dios con gemidos y suspiros indecibles.
Conf. 10, cap. 12
Germán: Creemos que nos has descrito no sólo el método de esta disciplina espiritual que pedíamos, sino la perfección misma; y esto con gran claridad y franqueza. Pues ¿qué puede haber más perfecto y sublime que abrazar el recuerdo de Dios en una meditación tan breve, y que, morando en un solo versículo, escape a todas las limitaciones de las cosas visibles y encierre en una sola palabra breve los pensamientos de todas nuestras oraciones? Por lo cual te rogamos que nos expliques una cosa que aún queda: a saber, cómo podemos retener con firmeza este versículo que nos has dado como fórmula, de manera que, así como por la gracia de Dios hemos sido liberados de las bagatelas de los pensamientos mundanos, así también podamos mantener un dominio constante sobre todos los espirituales.
Conf. 10, cap. 13
Porque cuando la mente ha captado el sentido de un pasaje de un Salmo, éste se le escapa insensiblemente, y con ignorancia e irreflexión pasa a un texto de alguna otra Escritura. Y cuando ha comenzado a considerarlo consigo misma, mientras aún no lo ha explorado del todo, surge el recuerdo de otro pasaje y excluye la consideración del asunto anterior. De éste pasa también a otro por la entrada de alguna consideración nueva, y el alma va dando vueltas de Salmo en Salmo, salta de un pasaje de los Evangelios a leer uno de las Epístolas, de aquí pasa a los escritos proféticos y de allí es llevada a alguna historia espiritual; y así anda errante vaga e inciertamente por todo el cuerpo de las Escrituras, sin poder, según quisiera, rechazar ni retener nada, ni acabar nada considerándolo y examinándolo plenamente, y así se convierte sólo en un tocador o catador de sentidos espirituales, no en autor y poseedor de ellos. Y así la mente, como es siempre ligera y vagabunda, se distrae incluso en el tiempo del oficio con toda clase de cosas, como si estuviera embriagada, y no cumple debidamente ningún oficio. Por ejemplo, mientras ora, recuerda algún Salmo o pasaje de la Escritura. Mientras salmodia, piensa en otra cosa distinta de lo que contiene el texto mismo del Salmo. Cuando repite un pasaje de la Escritura, piensa en algo que hay que hacer o recuerda algo ya hecho. Y de este modo no recibe ni rechaza nada de manera disciplinada y conveniente, y parece ser arrastrada por incursiones azarosas, sin poder retener lo que le agrada ni detenerse en ello. Así pues, nos conviene ante todo saber cómo podemos cumplir debidamente estos oficios espirituales y mantener firme este versículo particular que nos has dado como fórmula, para que el subir y bajar de nuestros sentimientos no esté fluctuando por su propia ligereza, sino que permanezca bajo nuestro control.
Conf. 10, cap. 14
Isaac: Aunque en nuestra anterior discusión sobre el carácter de la oración se dijo bastante, según creo, sobre este asunto, como queréis que se os repita otra vez, os daré una breve instrucción sobre la firmeza del corazón. Tres cosas hacen firme un corazón inconstante: las vigilias, la meditación y la oración; la diligencia en ellas y la atención constante producirán una firmeza estable de la mente. Pero esto no puede asegurarse de ningún otro modo si primero no se han eliminado todos los cuidados y ansiedades de la vida presente mediante una persistencia infatigable en el trabajo dedicado no a la avaricia, sino a los usos sagrados del monasterio; así podremos cumplir el mandato del Apóstol: «Orad sin cesar.» [] Pues ora demasiado poco quien sólo acostumbra orar en los momentos en que dobla las rodillas. Pero nunca ora quien, aun de rodillas, se distrae con toda clase de divagaciones del corazón. Y por eso, lo que querríamos ser hallados siendo en el tiempo de la oración, eso debemos ser antes de la oración. Porque en el tiempo de su oración la mente no puede dejar de ser afectada por su condición anterior, y mientras ora, o será transportada a las cosas celestiales, o será arrastrada a las terrenales por aquellos pensamientos en los que había estado demorándose antes de orar.
Hasta aquí llevó el abad Isaac su Segunda Conferencia sobre el carácter de la oración ante nosotros, oyentes asombrados; y admiramos grandemente su enseñanza sobre la consideración de aquel versículo antes citado (que dio como una especie de bosquejo para que lo retuvieran los principiantes), y deseamos seguirlo muy de cerca, figurándonos que sería un método breve y fácil; pero hemos hallado que es aún más difícil de observar que aquel sistema nuestro por el que solíamos vagar de acá para allá en variadas meditaciones por todo el cuerpo de las Escrituras, sin estar atados por cadenas de perseverancia. Así pues, es cierto que a nadie se le impide la perfección del corazón por no saber leer, ni la sencillez rústica es estorbo para poseer la pureza de corazón y de mente, que está al alcance de todos, con tal que, mediante la meditación constante de este versículo, mantengan los pensamientos de la mente seguros y sanos hacia Dios.