Conferencia del abad Daniel. Sobre la concupiscencia de la carne y del espíritu.
Conf. 4, cap. 1
Entre los demás héroes de la filosofía cristiana conocimos también al abad Daniel, que no sólo era igual a los que moraban en el desierto de Escete en toda clase de virtudes, sino que estaba especialmente señalado por la gracia de la humildad. Este hombre, a causa de su pureza y mansedumbre, aunque era en edad el más joven de la mayoría, fue preferido para el oficio del diaconado por el bienaventurado Pafnucio, presbítero en el mismo desierto; pues el bienaventurado Pafnucio estaba tan complacido con sus excelentes cualidades que, sabiendo que era su igual en virtud y en gracia de vida, deseaba también hacerlo su igual en el orden del sacerdocio. Y como no podía soportar que permaneciera por más tiempo en un oficio inferior, y deseaba también proveerse un digno sucesor en vida, lo promovió a la dignidad del sacerdocio. Él, sin embargo, no dejó nada de su acostumbrada humildad anterior, y cuando el otro estaba presente, nunca se atribuyó cosa alguna por su ascenso a un orden superior, sino que, cuando el abad Pafnucio ofrecía los sacrificios espirituales, continuó siempre actuando como diácono en el oficio de su antiguo ministerio. Sin embargo, el bienaventurado Pafnucio, aunque era tan gran santo que poseía la gracia de la presciencia en muchos asuntos, en este caso fue defraudado en su esperanza de la sucesión y en la elección que había hecho, pues él mismo pasó a Dios no mucho tiempo después de aquel a quien había preparado como sucesor.
Capítulo 2. Investigación sobre el origen de un cambio repentino del sentimiento, de un gozo inexpresable a una extrema postración del ánimo
Conf. 4, cap. 2
Así pues, preguntamos a este bienaventurado Daniel por qué, estando sentados en las celdas, a veces éramos llenos de suma alegría de corazón, juntamente con inefable deleite y abundancia de santísimos sentimientos, de tal modo que no diré que la palabra, sino que el sentimiento no podía seguirla, y las oraciones puras brotaban con facilidad, y la mente, llena de frutos espirituales, orando a Dios aun en sueños, podía sentir que sus peticiones subían a Dios ligeras y poderosas; y, por otra parte, por qué sin motivo alguno éramos de repente llenos de sumo pesar y abrumados por un abatimiento irracional, de modo que no sólo sentíamos como si nosotros mismos estuviéramos vencidos por tales sentimientos, sino que también nuestra celda se hacía espantosa, la lectura nos hastiaba, y aun nuestras mismas oraciones se ofrecían inseguras y vagas, y casi como si estuviéramos embriagados; de manera que, mientras gemíamos y nos esforzábamos por volver a nuestra disposición anterior, nuestra mente no podía hacerlo, y cuanto más ardientemente procuraba fijar de nuevo su mirada en Dios, tanto más vehemente era arrebatada a pensamientos errantes por cambiantes aberraciones, y tan enteramente privada de todos los frutos espirituales, que no era capaz de ser despertada de este sueño mortal ni siquiera por el deseo del reino de los cielos ni por el temor del infierno que se le presentaba. A esto respondió él.
Conf. 4, cap. 3
Una triple explicación de esta sequedad mental de la que habláis ha sido dada por los ancianos. Porque proviene o de negligencia de nuestra parte, o de los asaltos del diablo, o de la permisión y consentimiento del Señor. De negligencia de nuestra parte, cuando por nuestras propias culpas nos ha sobrevenido la frialdad, y nos hemos comportado con descuido y precipitación, y por perezosa ociosidad hemos alimentado malos pensamientos, y así hacemos que la tierra de nuestro corazón produzca espinas y abrojos; las cuales brotan en él, y en consecuencia nos hacen estériles e impotentes para todo fruto espiritual y meditación. De los asaltos del diablo, cuando a veces, mientras estamos realmente atentos a buenos deseos, nuestro enemigo con astuta sutileza se abre camino en nuestro corazón, y sin nuestro conocimiento y contra nuestra voluntad somos apartados de las mejores intenciones.
Conf. 4, cap. 4
Pero para la permisión y el consentimiento de Dios hay una doble razón. Primero, para que, siendo abandonados por el Señor por breve tiempo, y observando con toda humildad la debilidad de nuestro propio corazón, no nos ensoberbezcamos a causa de la pureza de corazón anteriormente concedida por su visitación; y para que, al comprobar que cuando somos abandonados por Él no podemos en modo alguno recuperar nuestro anterior estado de pureza y deleite mediante gemidos y esfuerzos propios, aprendamos también que nuestra anterior alegría de corazón no resultó de nuestro propio fervor, sino de su don, y que por el momento ha de buscarse de nuevo en su gracia e iluminación. Pero una segunda razón de esta permisión es probar nuestra perseverancia, la firmeza de nuestra mente y nuestros deseos verdaderos, y mostrar en nosotros con qué propósito de corazón, o con qué fervor en la oración buscamos el retorno del Espíritu Santo cuando nos deja; y también para que, cuando descubramos con qué esfuerzos hemos de buscar aquella alegría espiritual —una vez perdida— y el gozo de la pureza, aprendamos a conservarla más cuidadosamente una vez asegurada, y a retenerla con más firme asidero. Pues los hombres suelen ser por lo general más descuidados en guardar aquello que piensan que puede ser fácilmente reemplazado.
Conf. 4, cap. 5
Y por esto se muestra claramente que la gracia y la misericordia de Dios obran siempre en nosotros lo que es bueno, y que cuando nos abandona, los esfuerzos del trabajador son inútiles, y que por mucho que un hombre se esfuerce, no puede recobrar su condición anterior sin su ayuda; y que en nuestro caso se cumple constantemente aquello que dice: que «no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» []. Y esta gracia, por otra parte, a veces no rehúsa visitar con aquella santa inspiración de la que hablasteis, y con abundancia de pensamientos espirituales, incluso a los descuidados e indiferentes; sino que inspira a los indignos, despierta a los dormidos, ilumina a los cegados por la ignorancia, y misericordiosamente nos reprende y castiga, derramándose en nuestros corazones, para que así seamos movidos por la compunción que Él suscita, e impelidos a levantarnos del sueño de la pereza. Por último, a menudo somos llenados por su súbita visitación con suaves olores, más allá del poder de composición humana— de modo que el alma queda arrebatada por estos deleites, y como arrebatada en éxtasis de espíritu, y se olvida de que todavía está en la carne.
Conf. 4, cap. 6
Pero el bienaventurado David reconoce que a veces esta partida de la que hemos hablado, y (por así decir) este abandono de Dios, puede ser en cierta medida para nuestro provecho; de modo que no quiso orar para no ser absolutamente abandonado por Dios en cosa alguna (pues sabía que esto habría sido perjudicial tanto para él como para la naturaleza humana en su camino hacia la perfección), sino que más bien suplicó que fuese con medida y grado, diciendo «No me abandones del todo», como si dijera en otras palabras: Sé que abandonas a tus santos para su provecho, a fin de probarlos, pues de ningún otro modo podrían ser tentados por el diablo, si no fuesen por un poco abandonados por Ti. Y por tanto no pido que nunca me abandones, pues no me estaría bien no sentir mi debilidad y decir «Bueno me es que me hayas humillado», ni carecer de ocasión de luchar. Y ciertamente no tendría esta ocasión, si la protección divina me amparase incesantemente y sin interrupción. Pues el diablo no osará atacarme mientras esté sostenido por tu defensa, ya que presenta contra mí y contra Ti esta objeción y queja, que siempre lanza calumniosamente contra tus campeones: «¿Acaso sirve Job a Dios de balde? ¿No has hecho un vallado en torno de él, y de su casa, y de todo cuanto tiene alrededor?» []. Pero más bien suplico que no me abandones del todo— lo que los griegos llaman [ἕως σφόδρα], es decir, demasiado. Pues, primero, así como me es ventajoso que me abandones un poco, para que sea probada la firmeza de mi amor, así es peligroso si permites que yo sea abandonado en exceso, en proporción a mis faltas y a lo que merezco, ya que ninguna fuerza humana, si en la tentación es abandonada por demasiado tiempo por tu auxilio, puede resistir por su propia firmeza, y no rendirse inmediatamente al poder del bando enemigo, a menos que Tú mismo, que conoces la fuerza del hombre y moderas sus luchas, «no permitas que seamos tentados más de lo que podemos, sino que con la tentación des también la salida, para que podamos soportarla.» []. Y algo de este tenor leemos en el libro de los Jueces que fue místicamente dispuesto en lo tocante al exterminio de las naciones espirituales que se oponían a Israel: «Estas son las naciones que dejó el Señor para instruir por ellas a Israel, a fin de que aprendiesen a luchar contra sus enemigos,» y de nuevo poco después: «Y las dejó el Señor para probar por ellas a Israel, a ver si escucharían los mandamientos del Señor que había ordenado a sus padres por mano de Moisés, o no.» []. Y este combate lo reservó Dios para Israel, no por envidia de su paz, ni por deseo de dañarlos, sino porque sabía que les sería bueno que, mientras estuviesen siempre oprimidos por los ataques de aquellas naciones, no cesasen de sentirse necesitados del auxilio del Señor, y por esta razón perseverasen siempre en meditar en Él e invocar su ayuda, y no se volviesen descuidados por la pereza del ocio, ni perdiesen el hábito de resistir y la práctica de la virtud. Pues una y otra vez, hombres a quienes la adversidad no pudo vencer, han sido derribados por la despreocupación y por la prosperidad.
Capítulo 7. Del valor del combate que el Apóstol hace consistir en la lucha entre la carne y el espíritu
Conf. 4, cap. 7
También leemos en el Apóstol que este combate ha sido puesto para nuestro bien en nuestros miembros: «Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» []. Tenéis aquí también un conflicto, como implantado en nuestros cuerpos, por la acción y disposición del Señor. Pues cuando una cosa existe en todos universalmente y sin la menor excepción, ¿qué otra cosa puede pensarse sino que pertenece a la sustancia de la naturaleza humana, desde la caída del primer hombre, por así decir naturalmente? Y cuando se halla que una cosa es congénita a todos y crece con su crecimiento, ¿cómo podemos dejar de creer que fue implantada por la voluntad del Señor, no para dañarlos sino para ayudarlos? Pero la razón de este conflicto, a saber, de la carne y del espíritu, nos dice él que es esta: que no hagáis lo que queráis. Y así, si cumplimos lo que Dios dispuso que no cumpliéramos, es decir, que no hagamos lo que nos agrada, ¿cómo podemos dejar de creer que es malo para nosotros? Y este conflicto implantado en nosotros por disposición del Creador nos es en cierto modo útil, y nos llama y urge a un estado más alto; y si cesara, ciertamente se seguiría por el contrario una paz llena de peligro.
Capítulo 8. Una cuestión: cómo es que en el capítulo del Apóstol, después de haber hablado de las concupiscencias de la carne y del espíritu que se oponen entre sí, añade una tercera cosa; a saber, la voluntad del hombre
Conf. 4, cap. 8
Germán: Aunque ahora nos parece claro algún vislumbre del sentido, sin embargo, como no podemos comprender a fondo el significado del Apóstol, queremos que nos expliquéis esto más claramente. Pues parece indicarse aquí la existencia de tres cosas: primero, la lucha de la carne contra el espíritu; segundo, el deseo del espíritu contra la carne; y tercero, nuestro propio libre albedrío, que parece estar colocado entre los dos, y del cual se dice: «No debéis hacer lo que queréis.» Y sobre este asunto, aunque, como he dicho, podemos colegir algunas insinuaciones de lo que habéis explicado del sentido, sin embargo —ya que esta conferencia da la ocasión— deseamos que se nos explique más plenamente.
Conf. 4, cap. 9
Daniel: Propio es del entendimiento discernir las distinciones y el alcance de las cuestiones; y parte principal del saber es comprender cuán ignorante eres. Por eso se dice que «si el necio pregunta, se le contará por sabiduría» [], porque, aunque quien pregunta ignora la respuesta a la cuestión planteada, sin embargo, al preguntar sabiamente y aprender lo que no sabe, este mismo hecho se le contará por sabiduría, porque sabiamente descubre aquello que ignoraba. Según, pues, esta división vuestra, parece que en este pasaje el Apóstol menciona tres cosas: la concupiscencia de la carne contra el espíritu, y la del espíritu contra la carne, cuya mutua lucha entre sí parece tener como causa y razón esto; a saber, «que,» dice él, «no hagamos lo que queremos.» Queda, pues, un cuarto caso, que habéis pasado por alto; a saber, que hagamos lo que no queremos. Ahora bien, primero debemos descubrir el significado de esos dos deseos, es decir, de la carne y del espíritu, y luego aprender a discutir nuestro libre albedrío, que está colocado entre los dos; y por último, del mismo modo, podremos ver qué no puede pertenecer a nuestro libre albedrío.
Conf. 4, cap. 10
Hallamos que la palabra carne se usa en la Sagrada Escritura con muchos significados diferentes: pues a veces designa al hombre entero, es decir, lo que consta de cuerpo y alma, como aquí: «Y el Verbo se hizo carne,» [], y «Toda carne verá la salvación de nuestro Dios.» []. A veces designa a los hombres pecadores y carnales, como aquí: «No permanecerá mi espíritu en aquellos hombres, porque son carne.» []. A veces se usa por los pecados mismos, como aquí: «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu,» [], y de nuevo: «La carne y la sangre no heredarán el reino de Dios:» y por último sigue: «Ni la corrupción heredará la incorrupción.» []. A veces designa consanguinidad y parentesco, como aquí: «He aquí que somos hueso tuyo y carne tuya,» [], y dice el Apóstol: «Si en alguna manera provocase a celos a los de mi carne, y salvase a algunos de ellos.» []. Debemos, pues, indagar en cuál de estos cuatro significados hemos de tomar la palabra carne en este lugar, pues es claro que no puede en modo alguno tomarse como en el pasaje donde se dice «El Verbo se hizo carne,» y «Toda carne verá la salvación de Dios.» Tampoco puede tener el mismo significado que donde se dice «No permanecerá mi espíritu en aquellos hombres porque son carne,» porque la palabra carne no se usa aquí como allí, donde designa simplemente al hombre pecador— cuando dice: La carne codicia contra el espíritu y el espíritu contra la carne. [] Ni habla de cosas materiales, sino de realidades que en un mismo hombre luchan ora al mismo tiempo, ora separadamente, con el mudar y cambiar del tiempo.
Capítulo 11. Qué entiende el Apóstol por carne en este pasaje, y qué es la concupiscencia de la carne
Conf. 4, cap. 11
Por lo cual, en este pasaje debemos tomar «carne» no como significando al hombre, es decir, su sustancia material, sino la voluntad carnal y los malos deseos, así como «espíritu» no significa nada material, sino los buenos y espirituales deseos del alma: sentido que el bienaventurado Apóstol ha dado claramente poco antes, donde comienza: «Mas digo: Andad en el espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne; porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis». Y puesto que estos dos, a saber, los deseos de la carne y del espíritu, coexisten en un mismo hombre, se suscita una guerra interior que se libra cada día dentro de nosotros, mientras la concupiscencia de la carne, que se precipita ciegamente hacia el pecado, se deleita en aquellos placeres que están ligados a la comodidad presente. Y por otra parte, el deseo del espíritu se opone a éstos, y quiere ser absorbido enteramente en los esfuerzos espirituales, de modo que realmente desea verse libre incluso de los usos necesarios de la carne, anhelando estar tan constantemente ocupado en estas cosas que no quiera tener parte alguna de ansiedad por la debilidad de la carne. La carne se deleita en la lascivia y en la lujuria; el espíritu ni siquiera tolera los deseos naturales. La una quiere abundancia de sueño y saciarse de comida; el otro se nutre con vigilias y ayunos, hasta el punto de no querer admitir el sueño y el alimento ni siquiera para los fines necesarios de la vida. La una anhela enriquecerse con abundancia de todo; el otro se contenta aun sin poseer una provisión diaria de alimento escaso. La una procura verse rolliza por medio de baños, y verse rodeada cada día de multitudes de aduladores; el otro se deleita en la suciedad y la inmundicia, en la soledad del desierto inaccesible, y teme la proximidad de todos los mortales. La una vive de la estima y de los aplausos de los hombres; el otro se gloría en las injurias que se le hacen y en las persecuciones.
Capítulo 12. Qué es nuestro libre albedrío, que está en medio entre la concupiscencia de la carne y el espíritu
Conf. 4, cap. 12
Entre estos dos deseos, pues, el libre albedrío del alma se halla en una posición intermedia, en cierto modo digna de vituperio, y ni se deleita en los excesos del pecado, ni se aquieta en los dolores de la virtud. Busca reprimirse de las pasiones carnales de tal manera que, no obstante, no quiera sufrir la penalidad requerida; quiere asegurar la castidad corporal sin castigar la carne, adquirir pureza de corazón sin el ejercicio de las vigilias, abundar en virtudes espirituales juntamente con la comodidad carnal, alcanzar la gracia de la paciencia sin la irritación de la contradicción, practicar la humildad de Cristo sin la pérdida del honor mundano, aspirar a la sencillez de la religión junto con la ambición del mundo, servir a Cristo no sin la alabanza y el favor de los hombres, profesar la severidad que exige la verdad sin dar la menor ofensa a nadie: en una palabra, está ansioso de alcanzar los bienes futuros de tal modo que no pierda los presentes. Y este libre albedrío jamás nos llevaría a alcanzar la verdadera perfección, sino que nos hundiría en una miserable condición de tibieza, y nos haría semejantes a aquellos que son reprendidos por la reconvención del Señor en el Apocalipsis: «Conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca;» []; si no fuese porque estas contiendas que se levantan por ambas partes perturban y destruyen esta condición de tibieza. Pues cuando cedemos a este nuestro libre albedrío y queremos dejarnos ir en la dirección de esta dejadez, al punto se levantan los deseos de la carne, nos dañan con sus pecaminosas pasiones, y no consienten que permanezcamos en aquel estado de pureza en que nos deleitamos, y nos atraen a aquel camino frío y espinoso del placer que hemos de temer. De nuevo, si inflamados con fervor de espíritu queremos arrancar las obras de la carne, y sin consideración alguna a la debilidad humana intentamos elevarnos del todo a esfuerzos excesivos tras la virtud, sobreviene la fragilidad de la carne, y nos llama y nos refrena de aquel exceso de espíritu que nos es malo; y así resulta que, contradiciéndose estos dos deseos en una lucha de este género, el libre albedrío del alma, que no quiere entregarse del todo a los deseos carnales, ni arrojarse a los trabajos que la virtud exige, es templado como por una justa balanza, mientras esta lucha entre los dos impide aquel libre albedrío del alma más peligroso, y hace una especie de equilibrio equitativo en las balanzas de nuestro cuerpo, que señala con toda exactitud los límites de la carne y del espíritu, y no permite que la mente inflamada de fervor de espíritu se incline a la mano derecha, ni que la carne, por los aguijones del pecado, se incline a la izquierda. Y mientras esta lucha prosigue día tras día en nosotros para nuestro provecho, somos llevados de manera muy benéfica a aquel cuarto estadio que no nos agrada, para ganar la pureza de corazón no por la comodidad y el descuido, sino por constantes esfuerzos y contrición de espíritu; para retener la castidad de la carne con prolongados ayunos, hambre, sed y vigilia; para adquirir propósito de corazón mediante la lectura, las vigilias, la oración constante y la miseria de la soledad; para conservar la paciencia con la resistencia a la tribulación; para servir a nuestro Hacedor en medio de blasfemias e injurias abundantes; para seguir la verdad, si es preciso, en medio del odio del mundo y de su enemistad; y mientras, con tal lucha en nuestro cuerpo, quedamos asegurados contra la perezosa negligencia, y somos incitados a aquel esfuerzo que es contra la inclinación, y al deseo de virtud, se asegura admirablemente nuestro equilibrio propio, y por un lado la elección lánguida de nuestro libre albedrío es templada por el fervor del espíritu, y por otro la fría frialdad de la carne es moderada por un suave calor; y mientras el deseo del espíritu no permite que la mente sea arrastrada a la licencia desenfrenada, tampoco la debilidad de la carne permite que el espíritu sea llevado a aspiraciones irrazonables tras la santidad, no sea que en un caso surjan incentivos a toda clase de pecados, o en el otro el primero de todos los pecados alce su cabeza y nos hiera con un dardo de soberbia aún más fatal; empero resultará de esta lucha un justo equilibrio, y nos abrirá un camino seguro y cierto de virtud entre los dos, y enseñará al soldado de Cristo a andar siempre por el camino real. Y así resultará que cuando, a consecuencia de la tibieza que proviene de esta voluntad perezosa de la que hemos hablado, la mente se haya enredado más fácilmente en deseos carnales, es refrenada por el deseo del espíritu, que de ningún modo se aquieta en los pecados terrenos; y de nuevo, si por exceso de sentimiento nuestro espíritu ha sido llevado con fervor sin límites hacia alturas desconsideradas e imposibles, es llamado de vuelta por la debilidad de la carne a consideraciones más sanas, y elevándose por encima de la condición tibia de nuestro libre albedrío, con debida proporción y curso uniforme avanza por el camino de la perfección. Algo de este tenor oímos que ordenó el Señor en el caso de la edificación de aquella torre en el libro del Génesis, donde una confusión de lenguas surgió de repente, y puso fin a los blasfemos y perversos intentos de los hombres. Pues allí habría permanecido, en oposición a Dios, e incluso contra el interés de aquellos que habían comenzado a asaltar su Divina Majestad, un acuerdo que no presagiaba nada bueno, a no ser que por la providencia de Dios la diversidad de lenguas, suscitando disturbios entre ellos, los hubiese forzado, a causa de las variaciones de sus palabras, a pasar a una condición mejor, y una feliz y provechosa discordia hubiese llamado a la salvación a aquellos a quienes una unión ruinosa había conducido a la destrucción; de modo que, al surgir las divisiones, comenzaron a experimentar la debilidad humana de la que, envanecidos por sus perversos designios, nada habían sabido hasta entonces.
Conf. 4, cap. 13
Pero de las diferencias que causa este combate nace una dilación que nos es en gran manera ventajosa, y de esta lucha un aplazamiento que redunda en nuestro bien, de modo que, mientras por la resistencia del cuerpo material se nos impide ejecutar aquellas cosas que hemos concebido malvadamente con la mente, a veces somos llamados a mejor ánimo, ya por una penitencia que brota, ya por algunos pensamientos mejores que suelen sobrevenirnos cuando intervienen la demora en ejecutar las cosas y el tiempo para la reflexión. En fin, aquellos que, como sabemos, no se ven impedidos de llevar a cabo los deseos de su libre albedrío por ningún obstáculo de la carne —me refiero a los demonios y a las malignidades espirituales—, estos, por cuanto han caído de un estado más alto y angélico, vemos que se hallan en peor condición que los hombres; tanto más cuanto que, por estar siempre presente la ocasión de satisfacer sus deseos, no se les difiere el ejecutar irrevocablemente cualquier mal que hayan imaginado, porque así como su mente es pronta para concebirlo, así su sustancia está pronta y libre para llevarlo a cabo; y mientras se les da un método breve y fácil de hacer lo que quieren, no les sobreviene ningún pensamiento saludable que enmiende su malvada intención.
Conf. 4, cap. 14
Pues una sustancia espiritual, y que no está ligada a carne material alguna, no tiene excusa para un mal pensamiento que nace en su interior, y asimismo excluye el perdón de su pecado, porque no es hostigada como nosotros por los incentivos de la carne exterior para pecar, sino que simplemente se inflama por la culpa de una voluntad perversa. Y por eso su pecado es sin perdón y su debilidad sin remedio. Pues así como cae sin los halagos de materia terrena alguna, tampoco puede hallar perdón ni lugar para el arrepentimiento. Y de aquí podemos colegir claramente que esta lucha que se levanta en nosotros entre la carne y el espíritu, el uno contra el otro, no solo es inofensiva, sino en realidad sumamente provechosa para nosotros.
Conf. 4, cap. 15
En primer lugar, porque es una reprensión inmediata de nuestra pereza y descuido, y como un enérgico maestro de escuela que jamás nos permite apartarnos de la línea de la estricta disciplina; y si nuestro descuido traspasa, por poco que sea, los límites de la debida gravedad que le conviene, al punto nos excita con el aguijón del deseo y nos reprende y nos llama de nuevo a la debida moderación. En segundo lugar, porque, en lo tocante a la castidad y a la perfecta pureza, cuando por la gracia de Dios vemos que hemos sido guardados por algún tiempo de la contaminación carnal, para que no imaginemos que ya no podemos ser turbados por los movimientos de la carne y por ello nos ensoberbezcamos e inflemos en lo secreto de nuestro corazón, como si ya no lleváramos en torno la corrupción de la carne, nos humilla y nos refrena, y nos recuerda con sus aguijonazos que no somos sino hombres. Pues así como ordinariamente caemos sin mucha consideración en otras clases de pecados, y en aquellos que son peores y más dañinos, y no nos avergonzamos tan fácilmente de cometerlos, así en este particular la conciencia queda especialmente humillada, y por medio de esta ilusión es punzada por el recuerdo de pasiones que habían sido descuidadas, pues ve claramente que queda hecha impura por emociones naturales, de las cuales nada sabía mientras estaba aún más impura por los pecados espirituales; y así, volviendo al punto al remedio de su anterior pereza, es advertida de que no debe confiar en los progresos de pureza pasados, que ve perdidos por una pequeñísima caída lejos del Señor, y también de que no puede alcanzar el don de esta pureza sino únicamente por la gracia de Dios, puesto que la experiencia real de algún modo nos enseña que, si deseamos alcanzar una perfección duradera del corazón, hemos de esforzarnos constantemente por obtener la virtud de la humildad.
Conf. 4, cap. 16
Para probar, pues, que la soberbia que resulta de esta pureza sería más peligrosa que todos los pecados y maldades, y que por ello no ganaríamos recompensa alguna por ninguna altura de perfecta castidad, podemos invocar como testigos a aquellas potestades de que antes hablamos, las cuales, como se cree que no experimentan tales concupiscencias carnales, fueron derribadas de su alto y celestial estado a la perdición eterna simplemente por la soberbia de su corazón. Y así seríamos del todo y sin remedio tibios, pues no tendríamos aviso de descuido alguno de nuestra parte implantado ni en nuestro cuerpo ni en nuestra mente, ni jamás nos esforzaríamos por alcanzar el ardor de la perfección, ni siquiera por guardar estricta frugalidad y abstinencia, si no fuera porque esta excitación de la carne se levanta y nos humilla y nos confunde y nos hace solícitos y ansiosos de purificarnos de los pecados espirituales.
Conf. 4, cap. 17
Finalmente, por esta causa en aquellos que son eunucos detectamos a menudo la existencia de esta tibieza de ánimo, porque, estando, por así decirlo, libres de las necesidades de la carne, se figuran que no tienen necesidad ni del trabajo de la abstinencia corporal ni de la contrición de corazón; y, debilitados por esta ausencia de ansiedad, no se esfuerzan por buscar o adquirir de verdad la perfección del corazón, ni siquiera la pureza de las faltas espirituales. Y esta condición, que es resultado de su estado en la carne, se vuelve natural, lo cual es con mucho un estado peor. Pues el que pasa del estado de frialdad al de tibieza es marcado por las palabras del Señor como todavía más odioso.
Conf. 4, cap. 18
Germano: Nos has mostrado, según nos parece, con mucha claridad el valor del combate que se levanta entre la carne y el espíritu, de modo que podemos creer que en cierto modo puede ser comprendido por nosotros; y por eso queremos que también se nos explique del mismo modo esto: a saber, cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el natural, o cómo el hombre natural puede ser peor que el carnal.
Conf. 4, cap. 19
Daniel: Según las afirmaciones de la Escritura, hay tres clases de almas: la primera es la carnal, la segunda la natural y la tercera la espiritual; las cuales hallamos descritas así por el Apóstol. Pues del hombre carnal dice: «Os di a beber leche, no carne; porque aún no podíais, ni siquiera ahora podéis, porque todavía sois carnales.» Y de nuevo: «Pues habiendo entre vosotros envidia y contienda, ¿no sois carnales?» [] Del hombre natural habla también así: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios; porque le son locura.» Pero del espiritual: «Pero el hombre espiritual juzga todas las cosas; y él mismo no es juzgado por nadie.» [] Y de nuevo: «Vosotros que sois espirituales, instruid a los tales en espíritu de mansedumbre.» [] Y así, aunque por nuestra renuncia dejamos de ser carnales, es decir, comenzamos a separarnos del trato con los del mundo y a no tener nada que ver con la manifiesta contaminación de la carne, debemos aún cuidar de esforzarnos con todas nuestras fuerzas por alcanzar inmediatamente una condición espiritual, no sea que acaso nos lisonjeemos de que, por lo que toca al hombre exterior, hemos renunciado a este mundo y nos hemos despojado de la inmundicia de la fornicación carnal, como si con esto hubiéramos llegado a las cumbres de la perfección; y de ahí nos volvamos descuidados e indiferentes en purificarnos de las demás afecciones, y, quedando retenidos entre estos dos estados, no podamos alcanzar el grado del adelantamiento espiritual; ya sea porque pensamos que es más que suficiente para nuestra perfección el que parezca que nos separamos, en cuanto al hombre exterior, del trato con este mundo y de sus placeres, ya sea porque estamos libres de la corrupción y del trato carnal, y así nos hallamos en aquella condición tibia que se considera la peor de todas, y descubrimos que somos vomitados de la boca del Señor, conforme a estas palabras suyas: «¡Ojalá fueses frío o caliente! Mas porque eres tibio, te vomitaré de mi boca.» [] Y no sin razón declara el Señor que aquellos a quienes antes ha recibido en las entrañas de su amor, y que se han hecho vergonzosamente tibios, serán vomitados y desechados de su seno: tanto más cuanto que, aunque pudieron haberle dado algún alimento saludable, prefirieron ser arrancados de su corazón: llegando así a ser mucho peores que aquellos que jamás habían hallado cabida como alimento en la boca del Señor, así como nos apartamos con asco de aquello que la náusea nos obliga a arrojar. Porque todo lo que es frío se calienta al ser recibido en la boca y es recibido con agrado y buenos efectos. Pero lo que una vez fue rechazado a causa de su miserable tibieza, no podemos —no digo tocarlo con los labios— sino siquiera mirarlo de lejos sin grandísimo disgusto. Con razón, pues, se dice que es peor, porque el hombre carnal, es decir, el mundano y el pagano, es conducido más fácilmente a la conversión salvadora y a las alturas de la perfección que uno que ha profesado como monje, pero no ha abrazado, como su regla lo ordena, el camino de la perfección, y así se ha apartado de una vez para siempre de aquel fuego del fervor espiritual. Pues el primero al fin es quebrantado por los pecados de la carne, y reconoce su inmundicia, y en su compunción se apresura de la contaminación carnal a la fuente de la verdadera purificación y a las alturas de la perfección, y en su horror ante aquel frío estado de infidelidad en que se halla, se enciende con el fuego del espíritu y vuela más prontamente a la perfección. Pues el que, como dijimos, comenzó una vez con un principio tibio, y comenzó a abusar del nombre de monje, y que no abrazó el camino de esta profesión con la humildad y el fervor que debe, cuando una vez está infectado por esta miserable peste, y como destemplado por ella, ya no puede por sí mismo discernir lo que es perfecto ni aprender de las amonestaciones de otro. Pues dice en su corazón aquello que el Señor nos dice: «Porque soy rico y estoy enriquecido y no necesito nada;» y así al punto se le aplica esto que sigue: «Pero eres desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo;» [] y está tanto peor que un mundano, porque no tiene idea de que es desdichado, ciego, desnudo o de que necesita purificación, o de que ha de ser dirigido y enseñado por alguien; y por esta causa no recibe consejo sano, pues no se da cuenta de que está cargado con el nombre de monje, y es rebajado en el juicio de todos, mientras que, aunque todos lo creen santo y lo tienen por siervo de Dios, habrá de ser sometido en adelante a un juicio y castigo más estrictos. Finalmente, ¿por qué detenernos más en cosas que hemos suficientemente descubierto y probado por la experiencia? A menudo hemos visto a los que eran fríos y carnales, es decir, a los mundanos y paganos, alcanzar el calor espiritual; pero a los tibios y «naturales» jamás. Y a estos también leemos en el profeta que son aborrecidos del Señor, de modo que se encarga a los hombres espirituales y doctos que desistan de amonestarlos y enseñarlos, y que no siembren la semilla de la palabra vivificante en tierra árida e infructuosa y ahogada por espinas dañinas; sino que la desprecien, y más bien cultiven el barbecho, es decir, que transfieran todo su cuidado y enseñanza y su celo en la palabra vivificante a los paganos y a los mundanos; según leemos así: «Así dice el Señor a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén: Labrad vuestro barbecho, y no sembréis entre espinas.» []
Conf. 4, cap. 20
En último lugar, me avergüenza decir cuán a menudo hallamos que un gran número ha hecho su renuncia de tal modo que nada han cambiado de sus pecados y costumbres anteriores, sino solo su estado de vida y su vestido mundano. Pues están ansiosos por amasar riquezas que nunca antes tuvieron, o bien no renuncian a las que tenían, o, lo que es aún más triste, se esfuerzan por aumentarlas con este pretexto, a saber, que afirman que es justo que con ellas sustenten siempre a sus parientes o a los hermanos, o las atesoran con pretexto de fundar congregaciones que imaginan poder presidir como abades. Pero si de verdad buscaran el camino de la perfección, más bien se esforzarían con todas sus fuerzas por alcanzar esto: despojarse no solo de sus riquezas, sino de todas sus antiguas aficiones y ocupaciones, y entregarse sin reserva y enteramente a la dirección de los ancianos, de modo que no tuvieran ansiedad no ya por los demás, sino ni siquiera por sí mismos. Pero, al contrario, hallamos que mientras están ansiosos por ser puestos sobre sus hermanos, jamás están sujetos ellos mismos a sus ancianos, y, teniendo por punto de partida la soberbia, mientras están muy prontos a enseñar a otros, no se toman trabajo alguno en aprender ellos mismos ni en practicar lo que han de enseñar; y así es seguro que terminarán siendo, como dijo el Salvador, «ciegos guías de ciegos», de modo que «ambos caigan en el hoyo». [] Y esta soberbia, aunque no hay más que una clase de ella, toma sin embargo una doble forma. Una forma adopta continuamente la apariencia de seriedad y gravedad; la otra prorrumpe con desenfrenada libertad en risas y carcajadas necias. Aquella se deleita en no hablar; esta piensa que es duro mantenerse en la restricción del silencio, y no tiene escrúpulo alguno en hablar libremente de asuntos inadecuados y necios, mientras se avergüenza de ser tenida por inferior o menos instruida que los demás. La una, a causa de la soberbia, busca el oficio clerical; la otra lo desprecia, pues se figura que es inadecuado o indigno de su antigua dignidad y vida y de los méritos de su nacimiento. Y cuál de estas dos deba ser tenida por peor, cada cual ha de considerarlo y decidirlo por sí mismo. En todo caso, la clase de desobediencia es una y la misma, ya quebrante un hombre los mandatos del anciano por celo en el trabajo, ya por amor a la comodidad; y tan dañino es perturbar las reglas del monasterio por causa del sueño como por causa de la vigilia, y lo mismo es transgredir las órdenes del abad para leer, que despreciarlas para dormir; ni hay diferencia alguna en el incentivo de la soberbia si descuidas a un hermano, sea por tu ayuno o por tu desayuno; salvo que aquellas faltas que parecen mostrarse bajo apariencia de virtudes y en forma de espiritualidad son peores y menos curables que las que surgen abiertamente y de los placeres carnales. Pues estas últimas, como enfermedades que son del todo claras y visibles, son atacadas y curadas, mientras que las primeras, por estar cubiertas bajo el manto de la virtud, quedan sin curar y hacen que sus víctimas caigan en un estado de enfermedad más peligroso y mortal.
Conf. 4, cap. 21
Pues, ¿cómo podemos mostrar cuán absurdo es que veamos que algunos hombres, después de su primer fervor de renuncia, en el cual abandonaron sus bienes y sus inmensas riquezas y el servicio del mundo, y se retiraron a los monasterios, se consagran todavía con empeño a aquellas cosas que no pueden suprimirse del todo y de las que no podemos prescindir en este estado de vida, aunque sean cosas pequeñas y sin importancia; de suerte que, en su caso, la preocupación por esas naderías es mayor que el amor a todos sus bienes? Y ciertamente no les aprovechará mucho el haber despreciado mayores riquezas y bienes, si sólo han transferido su afecto —por el cual debían tenerlos en poco— a cosas pequeñas y de poca monta. Pues el pecado de codicia y avaricia, del que no pueden hacerse culpables tratándose de objetos verdaderamente valiosos, lo conservan respecto de cosas más comunes, y así muestran que no se han despojado de su antigua codicia, sino que sólo han cambiado su objeto. Pues si se afanan demasiado por sus esteras, cestos, mantas, libros y otras naderías semejantes, la misma pasión los tiene cautivos como antes. Y, de hecho, guardan y defienden sus derechos sobre ellas con tanto celo que llegan a airarse contra sus hermanos por ellas, y, lo que es peor, no se avergüenzan de contender por ellas. Y, turbados todavía por los malos efectos de su antigua avaricia, no se contentan con poseer aquellas cosas que las necesidades y exigencias del cuerpo obligan a tener a un monje, según el número y la medida comunes, sino que también aquí muestran la codicia de su corazón, pues procuran tener esos objetos que se ven obligados a usar mejor dispuestos que los de los demás; o, excediendo todo justo límite, guardan como propiedad suya y peculiar, y defienden del contacto de los demás, lo que debería pertenecer a todos los hermanos por igual. ¡Como si lo que importara fuera la diferencia de los metales y no la pasión de la avaricia; y como si fuera ilícito airarse por cosas grandes, mientras que pudiera uno airarse inocentemente por naderías; y como si no hubiéramos renunciado a todas nuestras cosas preciosas precisamente para aprender más prontamente a no estimar en nada las menudencias! Pues, ¿qué diferencia hay entre entregarse a la avaricia tratándose de cosas grandes y espléndidas, o tratándose de las más insignificantes naderías, sino que hemos de considerar tanto peor a un hombre si ha tenido en poco las cosas grandes y luego es esclavo de las pequeñas? Y así, esa clase de renuncia del mundo no alcanza la perfección del corazón, porque, aunque se la tiene por pobreza, conserva todavía la mente de la riqueza.