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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
  97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
  98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
  99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
  100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
  101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
  102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
  103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
  104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
  105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
  106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
  107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
  108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
  109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
  110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
  111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
  112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
  113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
  114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
  115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
  116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
  117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
  118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
  119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
  120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
  123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
  124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
  125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
  126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
  127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
  128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
  129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
  130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
  131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
  132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
  133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
  134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
  135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
  136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
  137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
  138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
  139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
  140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
  141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
  142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
  143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
  144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
  145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
  146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
  147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
  148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
  149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
  150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
  151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
  152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
  153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
  154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
  155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
  156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
  157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
  158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
  159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — MONACATO LATINO

    Índice de la obra

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    Conferencias

    c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers37 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 21 · Conferencia 4. Abad DanielPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CAS-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
    97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
    98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
    99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
    100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
    101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
    102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
    103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
    104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
    105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
    106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
    107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
    108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
    109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
    110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
    111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
    112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
    113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
    114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
    115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
    116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
    117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
    118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
    119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
    120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
    123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
    124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
    125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
    126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
    127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
    128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
    129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
    130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
    131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
    132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
    133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
    134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
    135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
    136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
    137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
    138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
    139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
    140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
    141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
    142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
    143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
    144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
    145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
    146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
    147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
    148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
    149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
    150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
    151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
    152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
    153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
    154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
    155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
    156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
    157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
    158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
    159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

    Conferencia 4. Abad Daniel

    Conferencia del abad Daniel. Sobre la concupiscencia de la carne y del espíritu.

    Capítulo 1. De la vida del abad Daniel

    Conf. 4, cap. 1

    Entre los demás héroes de la filosofía cristiana conocimos también al abad Daniel, que no sólo era igual a los que moraban en el desierto de Escete en toda clase de virtudes, sino que estaba especialmente señalado por la gracia de la humildad. Este hombre, a causa de su pureza y mansedumbre, aunque era en edad el más joven de la mayoría, fue preferido para el oficio del diaconado por el bienaventurado Pafnucio, presbítero en el mismo desierto; pues el bienaventurado Pafnucio estaba tan complacido con sus excelentes cualidades que, sabiendo que era su igual en virtud y en gracia de vida, deseaba también hacerlo su igual en el orden del sacerdocio. Y como no podía soportar que permaneciera por más tiempo en un oficio inferior, y deseaba también proveerse un digno sucesor en vida, lo promovió a la dignidad del sacerdocio. Él, sin embargo, no dejó nada de su acostumbrada humildad anterior, y cuando el otro estaba presente, nunca se atribuyó cosa alguna por su ascenso a un orden superior, sino que, cuando el abad Pafnucio ofrecía los sacrificios espirituales, continuó siempre actuando como diácono en el oficio de su antiguo ministerio. Sin embargo, el bienaventurado Pafnucio, aunque era tan gran santo que poseía la gracia de la presciencia en muchos asuntos, en este caso fue defraudado en su esperanza de la sucesión y en la elección que había hecho, pues él mismo pasó a Dios no mucho tiempo después de aquel a quien había preparado como sucesor.

    Capítulo 2. Investigación sobre el origen de un cambio repentino del sentimiento, de un gozo inexpresable a una extrema postración del ánimo

    Conf. 4, cap. 2

    Así pues, preguntamos a este bienaventurado Daniel por qué, estando sentados en las celdas, a veces éramos llenos de suma alegría de corazón, juntamente con inefable deleite y abundancia de santísimos sentimientos, de tal modo que no diré que la palabra, sino que el sentimiento no podía seguirla, y las oraciones puras brotaban con facilidad, y la mente, llena de frutos espirituales, orando a Dios aun en sueños, podía sentir que sus peticiones subían a Dios ligeras y poderosas; y, por otra parte, por qué sin motivo alguno éramos de repente llenos de sumo pesar y abrumados por un abatimiento irracional, de modo que no sólo sentíamos como si nosotros mismos estuviéramos vencidos por tales sentimientos, sino que también nuestra celda se hacía espantosa, la lectura nos hastiaba, y aun nuestras mismas oraciones se ofrecían inseguras y vagas, y casi como si estuviéramos embriagados; de manera que, mientras gemíamos y nos esforzábamos por volver a nuestra disposición anterior, nuestra mente no podía hacerlo, y cuanto más ardientemente procuraba fijar de nuevo su mirada en Dios, tanto más vehemente era arrebatada a pensamientos errantes por cambiantes aberraciones, y tan enteramente privada de todos los frutos espirituales, que no era capaz de ser despertada de este sueño mortal ni siquiera por el deseo del reino de los cielos ni por el temor del infierno que se le presentaba. A esto respondió él.

    Capítulo 3. Su respuesta a la cuestión planteada

    Conf. 4, cap. 3

    Una triple explicación de esta sequedad mental de la que habláis ha sido dada por los ancianos. Porque proviene o de negligencia de nuestra parte, o de los asaltos del diablo, o de la permisión y consentimiento del Señor. De negligencia de nuestra parte, cuando por nuestras propias culpas nos ha sobrevenido la frialdad, y nos hemos comportado con descuido y precipitación, y por perezosa ociosidad hemos alimentado malos pensamientos, y así hacemos que la tierra de nuestro corazón produzca espinas y abrojos; las cuales brotan en él, y en consecuencia nos hacen estériles e impotentes para todo fruto espiritual y meditación. De los asaltos del diablo, cuando a veces, mientras estamos realmente atentos a buenos deseos, nuestro enemigo con astuta sutileza se abre camino en nuestro corazón, y sin nuestro conocimiento y contra nuestra voluntad somos apartados de las mejores intenciones.

    Capítulo 4. Cómo hay una doble razón para la permisión y el consentimiento de Dios

    Conf. 4, cap. 4

    Pero para la permisión y el consentimiento de Dios hay una doble razón. Primero, para que, siendo abandonados por el Señor por breve tiempo, y observando con toda humildad la debilidad de nuestro propio corazón, no nos ensoberbezcamos a causa de la pureza de corazón anteriormente concedida por su visitación; y para que, al comprobar que cuando somos abandonados por Él no podemos en modo alguno recuperar nuestro anterior estado de pureza y deleite mediante gemidos y esfuerzos propios, aprendamos también que nuestra anterior alegría de corazón no resultó de nuestro propio fervor, sino de su don, y que por el momento ha de buscarse de nuevo en su gracia e iluminación. Pero una segunda razón de esta permisión es probar nuestra perseverancia, la firmeza de nuestra mente y nuestros deseos verdaderos, y mostrar en nosotros con qué propósito de corazón, o con qué fervor en la oración buscamos el retorno del Espíritu Santo cuando nos deja; y también para que, cuando descubramos con qué esfuerzos hemos de buscar aquella alegría espiritual —una vez perdida— y el gozo de la pureza, aprendamos a conservarla más cuidadosamente una vez asegurada, y a retenerla con más firme asidero. Pues los hombres suelen ser por lo general más descuidados en guardar aquello que piensan que puede ser fácilmente reemplazado.

    Capítulo 5. Cómo nuestros esfuerzos y afanes de nada valen sin la ayuda de Dios

    Conf. 4, cap. 5

    Y por esto se muestra claramente que la gracia y la misericordia de Dios obran siempre en nosotros lo que es bueno, y que cuando nos abandona, los esfuerzos del trabajador son inútiles, y que por mucho que un hombre se esfuerce, no puede recobrar su condición anterior sin su ayuda; y que en nuestro caso se cumple constantemente aquello que dice: que «no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» []. Y esta gracia, por otra parte, a veces no rehúsa visitar con aquella santa inspiración de la que hablasteis, y con abundancia de pensamientos espirituales, incluso a los descuidados e indiferentes; sino que inspira a los indignos, despierta a los dormidos, ilumina a los cegados por la ignorancia, y misericordiosamente nos reprende y castiga, derramándose en nuestros corazones, para que así seamos movidos por la compunción que Él suscita, e impelidos a levantarnos del sueño de la pereza. Por último, a menudo somos llenados por su súbita visitación con suaves olores, más allá del poder de composición humana— de modo que el alma queda arrebatada por estos deleites, y como arrebatada en éxtasis de espíritu, y se olvida de que todavía está en la carne.

    Capítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios

    Conf. 4, cap. 6

    Pero el bienaventurado David reconoce que a veces esta partida de la que hemos hablado, y (por así decir) este abandono de Dios, puede ser en cierta medida para nuestro provecho; de modo que no quiso orar para no ser absolutamente abandonado por Dios en cosa alguna (pues sabía que esto habría sido perjudicial tanto para él como para la naturaleza humana en su camino hacia la perfección), sino que más bien suplicó que fuese con medida y grado, diciendo «No me abandones del todo», como si dijera en otras palabras: Sé que abandonas a tus santos para su provecho, a fin de probarlos, pues de ningún otro modo podrían ser tentados por el diablo, si no fuesen por un poco abandonados por Ti. Y por tanto no pido que nunca me abandones, pues no me estaría bien no sentir mi debilidad y decir «Bueno me es que me hayas humillado», ni carecer de ocasión de luchar. Y ciertamente no tendría esta ocasión, si la protección divina me amparase incesantemente y sin interrupción. Pues el diablo no osará atacarme mientras esté sostenido por tu defensa, ya que presenta contra mí y contra Ti esta objeción y queja, que siempre lanza calumniosamente contra tus campeones: «¿Acaso sirve Job a Dios de balde? ¿No has hecho un vallado en torno de él, y de su casa, y de todo cuanto tiene alrededor?» []. Pero más bien suplico que no me abandones del todo— lo que los griegos llaman [ἕως σφόδρα], es decir, demasiado. Pues, primero, así como me es ventajoso que me abandones un poco, para que sea probada la firmeza de mi amor, así es peligroso si permites que yo sea abandonado en exceso, en proporción a mis faltas y a lo que merezco, ya que ninguna fuerza humana, si en la tentación es abandonada por demasiado tiempo por tu auxilio, puede resistir por su propia firmeza, y no rendirse inmediatamente al poder del bando enemigo, a menos que Tú mismo, que conoces la fuerza del hombre y moderas sus luchas, «no permitas que seamos tentados más de lo que podemos, sino que con la tentación des también la salida, para que podamos soportarla.» []. Y algo de este tenor leemos en el libro de los Jueces que fue místicamente dispuesto en lo tocante al exterminio de las naciones espirituales que se oponían a Israel: «Estas son las naciones que dejó el Señor para instruir por ellas a Israel, a fin de que aprendiesen a luchar contra sus enemigos,» y de nuevo poco después: «Y las dejó el Señor para probar por ellas a Israel, a ver si escucharían los mandamientos del Señor que había ordenado a sus padres por mano de Moisés, o no.» []. Y este combate lo reservó Dios para Israel, no por envidia de su paz, ni por deseo de dañarlos, sino porque sabía que les sería bueno que, mientras estuviesen siempre oprimidos por los ataques de aquellas naciones, no cesasen de sentirse necesitados del auxilio del Señor, y por esta razón perseverasen siempre en meditar en Él e invocar su ayuda, y no se volviesen descuidados por la pereza del ocio, ni perdiesen el hábito de resistir y la práctica de la virtud. Pues una y otra vez, hombres a quienes la adversidad no pudo vencer, han sido derribados por la despreocupación y por la prosperidad.

    Capítulo 7. Del valor del combate que el Apóstol hace consistir en la lucha entre la carne y el espíritu

    Conf. 4, cap. 7

    También leemos en el Apóstol que este combate ha sido puesto para nuestro bien en nuestros miembros: «Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» []. Tenéis aquí también un conflicto, como implantado en nuestros cuerpos, por la acción y disposición del Señor. Pues cuando una cosa existe en todos universalmente y sin la menor excepción, ¿qué otra cosa puede pensarse sino que pertenece a la sustancia de la naturaleza humana, desde la caída del primer hombre, por así decir naturalmente? Y cuando se halla que una cosa es congénita a todos y crece con su crecimiento, ¿cómo podemos dejar de creer que fue implantada por la voluntad del Señor, no para dañarlos sino para ayudarlos? Pero la razón de este conflicto, a saber, de la carne y del espíritu, nos dice él que es esta: que no hagáis lo que queráis. Y así, si cumplimos lo que Dios dispuso que no cumpliéramos, es decir, que no hagamos lo que nos agrada, ¿cómo podemos dejar de creer que es malo para nosotros? Y este conflicto implantado en nosotros por disposición del Creador nos es en cierto modo útil, y nos llama y urge a un estado más alto; y si cesara, ciertamente se seguiría por el contrario una paz llena de peligro.

    Capítulo 8. Una cuestión: cómo es que en el capítulo del Apóstol, después de haber hablado de las concupiscencias de la carne y del espíritu que se oponen entre sí, añade una tercera cosa; a saber, la voluntad del hombre

    Conf. 4, cap. 8

    Germán: Aunque ahora nos parece claro algún vislumbre del sentido, sin embargo, como no podemos comprender a fondo el significado del Apóstol, queremos que nos expliquéis esto más claramente. Pues parece indicarse aquí la existencia de tres cosas: primero, la lucha de la carne contra el espíritu; segundo, el deseo del espíritu contra la carne; y tercero, nuestro propio libre albedrío, que parece estar colocado entre los dos, y del cual se dice: «No debéis hacer lo que queréis.» Y sobre este asunto, aunque, como he dicho, podemos colegir algunas insinuaciones de lo que habéis explicado del sentido, sin embargo —ya que esta conferencia da la ocasión— deseamos que se nos explique más plenamente.

    Capítulo 9. La respuesta sobre el entendimiento de quien pregunta rectamente

    Conf. 4, cap. 9

    Daniel: Propio es del entendimiento discernir las distinciones y el alcance de las cuestiones; y parte principal del saber es comprender cuán ignorante eres. Por eso se dice que «si el necio pregunta, se le contará por sabiduría» [], porque, aunque quien pregunta ignora la respuesta a la cuestión planteada, sin embargo, al preguntar sabiamente y aprender lo que no sabe, este mismo hecho se le contará por sabiduría, porque sabiamente descubre aquello que ignoraba. Según, pues, esta división vuestra, parece que en este pasaje el Apóstol menciona tres cosas: la concupiscencia de la carne contra el espíritu, y la del espíritu contra la carne, cuya mutua lucha entre sí parece tener como causa y razón esto; a saber, «que,» dice él, «no hagamos lo que queremos.» Queda, pues, un cuarto caso, que habéis pasado por alto; a saber, que hagamos lo que no queremos. Ahora bien, primero debemos descubrir el significado de esos dos deseos, es decir, de la carne y del espíritu, y luego aprender a discutir nuestro libre albedrío, que está colocado entre los dos; y por último, del mismo modo, podremos ver qué no puede pertenecer a nuestro libre albedrío.

    Capítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado

    Conf. 4, cap. 10

    Hallamos que la palabra carne se usa en la Sagrada Escritura con muchos significados diferentes: pues a veces designa al hombre entero, es decir, lo que consta de cuerpo y alma, como aquí: «Y el Verbo se hizo carne,» [], y «Toda carne verá la salvación de nuestro Dios.» []. A veces designa a los hombres pecadores y carnales, como aquí: «No permanecerá mi espíritu en aquellos hombres, porque son carne.» []. A veces se usa por los pecados mismos, como aquí: «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu,» [], y de nuevo: «La carne y la sangre no heredarán el reino de Dios:» y por último sigue: «Ni la corrupción heredará la incorrupción.» []. A veces designa consanguinidad y parentesco, como aquí: «He aquí que somos hueso tuyo y carne tuya,» [], y dice el Apóstol: «Si en alguna manera provocase a celos a los de mi carne, y salvase a algunos de ellos.» []. Debemos, pues, indagar en cuál de estos cuatro significados hemos de tomar la palabra carne en este lugar, pues es claro que no puede en modo alguno tomarse como en el pasaje donde se dice «El Verbo se hizo carne,» y «Toda carne verá la salvación de Dios.» Tampoco puede tener el mismo significado que donde se dice «No permanecerá mi espíritu en aquellos hombres porque son carne,» porque la palabra carne no se usa aquí como allí, donde designa simplemente al hombre pecador— cuando dice: La carne codicia contra el espíritu y el espíritu contra la carne. [] Ni habla de cosas materiales, sino de realidades que en un mismo hombre luchan ora al mismo tiempo, ora separadamente, con el mudar y cambiar del tiempo.

    Capítulo 11. Qué entiende el Apóstol por carne en este pasaje, y qué es la concupiscencia de la carne

    Conf. 4, cap. 11

    Por lo cual, en este pasaje debemos tomar «carne» no como significando al hombre, es decir, su sustancia material, sino la voluntad carnal y los malos deseos, así como «espíritu» no significa nada material, sino los buenos y espirituales deseos del alma: sentido que el bienaventurado Apóstol ha dado claramente poco antes, donde comienza: «Mas digo: Andad en el espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne; porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis». Y puesto que estos dos, a saber, los deseos de la carne y del espíritu, coexisten en un mismo hombre, se suscita una guerra interior que se libra cada día dentro de nosotros, mientras la concupiscencia de la carne, que se precipita ciegamente hacia el pecado, se deleita en aquellos placeres que están ligados a la comodidad presente. Y por otra parte, el deseo del espíritu se opone a éstos, y quiere ser absorbido enteramente en los esfuerzos espirituales, de modo que realmente desea verse libre incluso de los usos necesarios de la carne, anhelando estar tan constantemente ocupado en estas cosas que no quiera tener parte alguna de ansiedad por la debilidad de la carne. La carne se deleita en la lascivia y en la lujuria; el espíritu ni siquiera tolera los deseos naturales. La una quiere abundancia de sueño y saciarse de comida; el otro se nutre con vigilias y ayunos, hasta el punto de no querer admitir el sueño y el alimento ni siquiera para los fines necesarios de la vida. La una anhela enriquecerse con abundancia de todo; el otro se contenta aun sin poseer una provisión diaria de alimento escaso. La una procura verse rolliza por medio de baños, y verse rodeada cada día de multitudes de aduladores; el otro se deleita en la suciedad y la inmundicia, en la soledad del desierto inaccesible, y teme la proximidad de todos los mortales. La una vive de la estima y de los aplausos de los hombres; el otro se gloría en las injurias que se le hacen y en las persecuciones.

    Capítulo 12. Qué es nuestro libre albedrío, que está en medio entre la concupiscencia de la carne y el espíritu

    Conf. 4, cap. 12

    Entre estos dos deseos, pues, el libre albedrío del alma se halla en una posición intermedia, en cierto modo digna de vituperio, y ni se deleita en los excesos del pecado, ni se aquieta en los dolores de la virtud. Busca reprimirse de las pasiones carnales de tal manera que, no obstante, no quiera sufrir la penalidad requerida; quiere asegurar la castidad corporal sin castigar la carne, adquirir pureza de corazón sin el ejercicio de las vigilias, abundar en virtudes espirituales juntamente con la comodidad carnal, alcanzar la gracia de la paciencia sin la irritación de la contradicción, practicar la humildad de Cristo sin la pérdida del honor mundano, aspirar a la sencillez de la religión junto con la ambición del mundo, servir a Cristo no sin la alabanza y el favor de los hombres, profesar la severidad que exige la verdad sin dar la menor ofensa a nadie: en una palabra, está ansioso de alcanzar los bienes futuros de tal modo que no pierda los presentes. Y este libre albedrío jamás nos llevaría a alcanzar la verdadera perfección, sino que nos hundiría en una miserable condición de tibieza, y nos haría semejantes a aquellos que son reprendidos por la reconvención del Señor en el Apocalipsis: «Conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca;» []; si no fuese porque estas contiendas que se levantan por ambas partes perturban y destruyen esta condición de tibieza. Pues cuando cedemos a este nuestro libre albedrío y queremos dejarnos ir en la dirección de esta dejadez, al punto se levantan los deseos de la carne, nos dañan con sus pecaminosas pasiones, y no consienten que permanezcamos en aquel estado de pureza en que nos deleitamos, y nos atraen a aquel camino frío y espinoso del placer que hemos de temer. De nuevo, si inflamados con fervor de espíritu queremos arrancar las obras de la carne, y sin consideración alguna a la debilidad humana intentamos elevarnos del todo a esfuerzos excesivos tras la virtud, sobreviene la fragilidad de la carne, y nos llama y nos refrena de aquel exceso de espíritu que nos es malo; y así resulta que, contradiciéndose estos dos deseos en una lucha de este género, el libre albedrío del alma, que no quiere entregarse del todo a los deseos carnales, ni arrojarse a los trabajos que la virtud exige, es templado como por una justa balanza, mientras esta lucha entre los dos impide aquel libre albedrío del alma más peligroso, y hace una especie de equilibrio equitativo en las balanzas de nuestro cuerpo, que señala con toda exactitud los límites de la carne y del espíritu, y no permite que la mente inflamada de fervor de espíritu se incline a la mano derecha, ni que la carne, por los aguijones del pecado, se incline a la izquierda. Y mientras esta lucha prosigue día tras día en nosotros para nuestro provecho, somos llevados de manera muy benéfica a aquel cuarto estadio que no nos agrada, para ganar la pureza de corazón no por la comodidad y el descuido, sino por constantes esfuerzos y contrición de espíritu; para retener la castidad de la carne con prolongados ayunos, hambre, sed y vigilia; para adquirir propósito de corazón mediante la lectura, las vigilias, la oración constante y la miseria de la soledad; para conservar la paciencia con la resistencia a la tribulación; para servir a nuestro Hacedor en medio de blasfemias e injurias abundantes; para seguir la verdad, si es preciso, en medio del odio del mundo y de su enemistad; y mientras, con tal lucha en nuestro cuerpo, quedamos asegurados contra la perezosa negligencia, y somos incitados a aquel esfuerzo que es contra la inclinación, y al deseo de virtud, se asegura admirablemente nuestro equilibrio propio, y por un lado la elección lánguida de nuestro libre albedrío es templada por el fervor del espíritu, y por otro la fría frialdad de la carne es moderada por un suave calor; y mientras el deseo del espíritu no permite que la mente sea arrastrada a la licencia desenfrenada, tampoco la debilidad de la carne permite que el espíritu sea llevado a aspiraciones irrazonables tras la santidad, no sea que en un caso surjan incentivos a toda clase de pecados, o en el otro el primero de todos los pecados alce su cabeza y nos hiera con un dardo de soberbia aún más fatal; empero resultará de esta lucha un justo equilibrio, y nos abrirá un camino seguro y cierto de virtud entre los dos, y enseñará al soldado de Cristo a andar siempre por el camino real. Y así resultará que cuando, a consecuencia de la tibieza que proviene de esta voluntad perezosa de la que hemos hablado, la mente se haya enredado más fácilmente en deseos carnales, es refrenada por el deseo del espíritu, que de ningún modo se aquieta en los pecados terrenos; y de nuevo, si por exceso de sentimiento nuestro espíritu ha sido llevado con fervor sin límites hacia alturas desconsideradas e imposibles, es llamado de vuelta por la debilidad de la carne a consideraciones más sanas, y elevándose por encima de la condición tibia de nuestro libre albedrío, con debida proporción y curso uniforme avanza por el camino de la perfección. Algo de este tenor oímos que ordenó el Señor en el caso de la edificación de aquella torre en el libro del Génesis, donde una confusión de lenguas surgió de repente, y puso fin a los blasfemos y perversos intentos de los hombres. Pues allí habría permanecido, en oposición a Dios, e incluso contra el interés de aquellos que habían comenzado a asaltar su Divina Majestad, un acuerdo que no presagiaba nada bueno, a no ser que por la providencia de Dios la diversidad de lenguas, suscitando disturbios entre ellos, los hubiese forzado, a causa de las variaciones de sus palabras, a pasar a una condición mejor, y una feliz y provechosa discordia hubiese llamado a la salvación a aquellos a quienes una unión ruinosa había conducido a la destrucción; de modo que, al surgir las divisiones, comenzaron a experimentar la debilidad humana de la que, envanecidos por sus perversos designios, nada habían sabido hasta entonces.

    Capítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu

    Conf. 4, cap. 13

    Pero de las diferencias que causa este combate nace una dilación que nos es en gran manera ventajosa, y de esta lucha un aplazamiento que redunda en nuestro bien, de modo que, mientras por la resistencia del cuerpo material se nos impide ejecutar aquellas cosas que hemos concebido malvadamente con la mente, a veces somos llamados a mejor ánimo, ya por una penitencia que brota, ya por algunos pensamientos mejores que suelen sobrevenirnos cuando intervienen la demora en ejecutar las cosas y el tiempo para la reflexión. En fin, aquellos que, como sabemos, no se ven impedidos de llevar a cabo los deseos de su libre albedrío por ningún obstáculo de la carne —me refiero a los demonios y a las malignidades espirituales—, estos, por cuanto han caído de un estado más alto y angélico, vemos que se hallan en peor condición que los hombres; tanto más cuanto que, por estar siempre presente la ocasión de satisfacer sus deseos, no se les difiere el ejecutar irrevocablemente cualquier mal que hayan imaginado, porque así como su mente es pronta para concebirlo, así su sustancia está pronta y libre para llevarlo a cabo; y mientras se les da un método breve y fácil de hacer lo que quieren, no les sobreviene ningún pensamiento saludable que enmiende su malvada intención.

    Capítulo 14. De la incurable depravación de las malignidades espirituales

    Conf. 4, cap. 14

    Pues una sustancia espiritual, y que no está ligada a carne material alguna, no tiene excusa para un mal pensamiento que nace en su interior, y asimismo excluye el perdón de su pecado, porque no es hostigada como nosotros por los incentivos de la carne exterior para pecar, sino que simplemente se inflama por la culpa de una voluntad perversa. Y por eso su pecado es sin perdón y su debilidad sin remedio. Pues así como cae sin los halagos de materia terrena alguna, tampoco puede hallar perdón ni lugar para el arrepentimiento. Y de aquí podemos colegir claramente que esta lucha que se levanta en nosotros entre la carne y el espíritu, el uno contra el otro, no solo es inofensiva, sino en realidad sumamente provechosa para nosotros.

    Capítulo 15. Del valor de la concupiscencia de la carne contra el espíritu en nuestro caso

    Conf. 4, cap. 15

    En primer lugar, porque es una reprensión inmediata de nuestra pereza y descuido, y como un enérgico maestro de escuela que jamás nos permite apartarnos de la línea de la estricta disciplina; y si nuestro descuido traspasa, por poco que sea, los límites de la debida gravedad que le conviene, al punto nos excita con el aguijón del deseo y nos reprende y nos llama de nuevo a la debida moderación. En segundo lugar, porque, en lo tocante a la castidad y a la perfecta pureza, cuando por la gracia de Dios vemos que hemos sido guardados por algún tiempo de la contaminación carnal, para que no imaginemos que ya no podemos ser turbados por los movimientos de la carne y por ello nos ensoberbezcamos e inflemos en lo secreto de nuestro corazón, como si ya no lleváramos en torno la corrupción de la carne, nos humilla y nos refrena, y nos recuerda con sus aguijonazos que no somos sino hombres. Pues así como ordinariamente caemos sin mucha consideración en otras clases de pecados, y en aquellos que son peores y más dañinos, y no nos avergonzamos tan fácilmente de cometerlos, así en este particular la conciencia queda especialmente humillada, y por medio de esta ilusión es punzada por el recuerdo de pasiones que habían sido descuidadas, pues ve claramente que queda hecha impura por emociones naturales, de las cuales nada sabía mientras estaba aún más impura por los pecados espirituales; y así, volviendo al punto al remedio de su anterior pereza, es advertida de que no debe confiar en los progresos de pureza pasados, que ve perdidos por una pequeñísima caída lejos del Señor, y también de que no puede alcanzar el don de esta pureza sino únicamente por la gracia de Dios, puesto que la experiencia real de algún modo nos enseña que, si deseamos alcanzar una perfección duradera del corazón, hemos de esforzarnos constantemente por obtener la virtud de la humildad.

    Capítulo 16. De las excitaciones de la carne, sin cuya humillación caeríamos más gravemente

    Conf. 4, cap. 16

    Para probar, pues, que la soberbia que resulta de esta pureza sería más peligrosa que todos los pecados y maldades, y que por ello no ganaríamos recompensa alguna por ninguna altura de perfecta castidad, podemos invocar como testigos a aquellas potestades de que antes hablamos, las cuales, como se cree que no experimentan tales concupiscencias carnales, fueron derribadas de su alto y celestial estado a la perdición eterna simplemente por la soberbia de su corazón. Y así seríamos del todo y sin remedio tibios, pues no tendríamos aviso de descuido alguno de nuestra parte implantado ni en nuestro cuerpo ni en nuestra mente, ni jamás nos esforzaríamos por alcanzar el ardor de la perfección, ni siquiera por guardar estricta frugalidad y abstinencia, si no fuera porque esta excitación de la carne se levanta y nos humilla y nos confunde y nos hace solícitos y ansiosos de purificarnos de los pecados espirituales.

    Capítulo 17. De la tibieza de los eunucos

    Conf. 4, cap. 17

    Finalmente, por esta causa en aquellos que son eunucos detectamos a menudo la existencia de esta tibieza de ánimo, porque, estando, por así decirlo, libres de las necesidades de la carne, se figuran que no tienen necesidad ni del trabajo de la abstinencia corporal ni de la contrición de corazón; y, debilitados por esta ausencia de ansiedad, no se esfuerzan por buscar o adquirir de verdad la perfección del corazón, ni siquiera la pureza de las faltas espirituales. Y esta condición, que es resultado de su estado en la carne, se vuelve natural, lo cual es con mucho un estado peor. Pues el que pasa del estado de frialdad al de tibieza es marcado por las palabras del Señor como todavía más odioso.

    Capítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural

    Conf. 4, cap. 18

    Germano: Nos has mostrado, según nos parece, con mucha claridad el valor del combate que se levanta entre la carne y el espíritu, de modo que podemos creer que en cierto modo puede ser comprendido por nosotros; y por eso queremos que también se nos explique del mismo modo esto: a saber, cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el natural, o cómo el hombre natural puede ser peor que el carnal.

    Capítulo 19. La respuesta acerca de la triple condición de las almas

    Conf. 4, cap. 19

    Daniel: Según las afirmaciones de la Escritura, hay tres clases de almas: la primera es la carnal, la segunda la natural y la tercera la espiritual; las cuales hallamos descritas así por el Apóstol. Pues del hombre carnal dice: «Os di a beber leche, no carne; porque aún no podíais, ni siquiera ahora podéis, porque todavía sois carnales.» Y de nuevo: «Pues habiendo entre vosotros envidia y contienda, ¿no sois carnales?» [] Del hombre natural habla también así: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios; porque le son locura.» Pero del espiritual: «Pero el hombre espiritual juzga todas las cosas; y él mismo no es juzgado por nadie.» [] Y de nuevo: «Vosotros que sois espirituales, instruid a los tales en espíritu de mansedumbre.» [] Y así, aunque por nuestra renuncia dejamos de ser carnales, es decir, comenzamos a separarnos del trato con los del mundo y a no tener nada que ver con la manifiesta contaminación de la carne, debemos aún cuidar de esforzarnos con todas nuestras fuerzas por alcanzar inmediatamente una condición espiritual, no sea que acaso nos lisonjeemos de que, por lo que toca al hombre exterior, hemos renunciado a este mundo y nos hemos despojado de la inmundicia de la fornicación carnal, como si con esto hubiéramos llegado a las cumbres de la perfección; y de ahí nos volvamos descuidados e indiferentes en purificarnos de las demás afecciones, y, quedando retenidos entre estos dos estados, no podamos alcanzar el grado del adelantamiento espiritual; ya sea porque pensamos que es más que suficiente para nuestra perfección el que parezca que nos separamos, en cuanto al hombre exterior, del trato con este mundo y de sus placeres, ya sea porque estamos libres de la corrupción y del trato carnal, y así nos hallamos en aquella condición tibia que se considera la peor de todas, y descubrimos que somos vomitados de la boca del Señor, conforme a estas palabras suyas: «¡Ojalá fueses frío o caliente! Mas porque eres tibio, te vomitaré de mi boca.» [] Y no sin razón declara el Señor que aquellos a quienes antes ha recibido en las entrañas de su amor, y que se han hecho vergonzosamente tibios, serán vomitados y desechados de su seno: tanto más cuanto que, aunque pudieron haberle dado algún alimento saludable, prefirieron ser arrancados de su corazón: llegando así a ser mucho peores que aquellos que jamás habían hallado cabida como alimento en la boca del Señor, así como nos apartamos con asco de aquello que la náusea nos obliga a arrojar. Porque todo lo que es frío se calienta al ser recibido en la boca y es recibido con agrado y buenos efectos. Pero lo que una vez fue rechazado a causa de su miserable tibieza, no podemos —no digo tocarlo con los labios— sino siquiera mirarlo de lejos sin grandísimo disgusto. Con razón, pues, se dice que es peor, porque el hombre carnal, es decir, el mundano y el pagano, es conducido más fácilmente a la conversión salvadora y a las alturas de la perfección que uno que ha profesado como monje, pero no ha abrazado, como su regla lo ordena, el camino de la perfección, y así se ha apartado de una vez para siempre de aquel fuego del fervor espiritual. Pues el primero al fin es quebrantado por los pecados de la carne, y reconoce su inmundicia, y en su compunción se apresura de la contaminación carnal a la fuente de la verdadera purificación y a las alturas de la perfección, y en su horror ante aquel frío estado de infidelidad en que se halla, se enciende con el fuego del espíritu y vuela más prontamente a la perfección. Pues el que, como dijimos, comenzó una vez con un principio tibio, y comenzó a abusar del nombre de monje, y que no abrazó el camino de esta profesión con la humildad y el fervor que debe, cuando una vez está infectado por esta miserable peste, y como destemplado por ella, ya no puede por sí mismo discernir lo que es perfecto ni aprender de las amonestaciones de otro. Pues dice en su corazón aquello que el Señor nos dice: «Porque soy rico y estoy enriquecido y no necesito nada;» y así al punto se le aplica esto que sigue: «Pero eres desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo;» [] y está tanto peor que un mundano, porque no tiene idea de que es desdichado, ciego, desnudo o de que necesita purificación, o de que ha de ser dirigido y enseñado por alguien; y por esta causa no recibe consejo sano, pues no se da cuenta de que está cargado con el nombre de monje, y es rebajado en el juicio de todos, mientras que, aunque todos lo creen santo y lo tienen por siervo de Dios, habrá de ser sometido en adelante a un juicio y castigo más estrictos. Finalmente, ¿por qué detenernos más en cosas que hemos suficientemente descubierto y probado por la experiencia? A menudo hemos visto a los que eran fríos y carnales, es decir, a los mundanos y paganos, alcanzar el calor espiritual; pero a los tibios y «naturales» jamás. Y a estos también leemos en el profeta que son aborrecidos del Señor, de modo que se encarga a los hombres espirituales y doctos que desistan de amonestarlos y enseñarlos, y que no siembren la semilla de la palabra vivificante en tierra árida e infructuosa y ahogada por espinas dañinas; sino que la desprecien, y más bien cultiven el barbecho, es decir, que transfieran todo su cuidado y enseñanza y su celo en la palabra vivificante a los paganos y a los mundanos; según leemos así: «Así dice el Señor a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén: Labrad vuestro barbecho, y no sembréis entre espinas.» []

    Capítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo

    Conf. 4, cap. 20

    En último lugar, me avergüenza decir cuán a menudo hallamos que un gran número ha hecho su renuncia de tal modo que nada han cambiado de sus pecados y costumbres anteriores, sino solo su estado de vida y su vestido mundano. Pues están ansiosos por amasar riquezas que nunca antes tuvieron, o bien no renuncian a las que tenían, o, lo que es aún más triste, se esfuerzan por aumentarlas con este pretexto, a saber, que afirman que es justo que con ellas sustenten siempre a sus parientes o a los hermanos, o las atesoran con pretexto de fundar congregaciones que imaginan poder presidir como abades. Pero si de verdad buscaran el camino de la perfección, más bien se esforzarían con todas sus fuerzas por alcanzar esto: despojarse no solo de sus riquezas, sino de todas sus antiguas aficiones y ocupaciones, y entregarse sin reserva y enteramente a la dirección de los ancianos, de modo que no tuvieran ansiedad no ya por los demás, sino ni siquiera por sí mismos. Pero, al contrario, hallamos que mientras están ansiosos por ser puestos sobre sus hermanos, jamás están sujetos ellos mismos a sus ancianos, y, teniendo por punto de partida la soberbia, mientras están muy prontos a enseñar a otros, no se toman trabajo alguno en aprender ellos mismos ni en practicar lo que han de enseñar; y así es seguro que terminarán siendo, como dijo el Salvador, «ciegos guías de ciegos», de modo que «ambos caigan en el hoyo». [] Y esta soberbia, aunque no hay más que una clase de ella, toma sin embargo una doble forma. Una forma adopta continuamente la apariencia de seriedad y gravedad; la otra prorrumpe con desenfrenada libertad en risas y carcajadas necias. Aquella se deleita en no hablar; esta piensa que es duro mantenerse en la restricción del silencio, y no tiene escrúpulo alguno en hablar libremente de asuntos inadecuados y necios, mientras se avergüenza de ser tenida por inferior o menos instruida que los demás. La una, a causa de la soberbia, busca el oficio clerical; la otra lo desprecia, pues se figura que es inadecuado o indigno de su antigua dignidad y vida y de los méritos de su nacimiento. Y cuál de estas dos deba ser tenida por peor, cada cual ha de considerarlo y decidirlo por sí mismo. En todo caso, la clase de desobediencia es una y la misma, ya quebrante un hombre los mandatos del anciano por celo en el trabajo, ya por amor a la comodidad; y tan dañino es perturbar las reglas del monasterio por causa del sueño como por causa de la vigilia, y lo mismo es transgredir las órdenes del abad para leer, que despreciarlas para dormir; ni hay diferencia alguna en el incentivo de la soberbia si descuidas a un hermano, sea por tu ayuno o por tu desayuno; salvo que aquellas faltas que parecen mostrarse bajo apariencia de virtudes y en forma de espiritualidad son peores y menos curables que las que surgen abiertamente y de los placeres carnales. Pues estas últimas, como enfermedades que son del todo claras y visibles, son atacadas y curadas, mientras que las primeras, por estar cubiertas bajo el manto de la virtud, quedan sin curar y hacen que sus víctimas caigan en un estado de enfermedad más peligroso y mortal.

    Capítulo 21. De los que, habiendo tenido en poco las cosas grandes, se afanan por las menudencias

    Conf. 4, cap. 21

    Pues, ¿cómo podemos mostrar cuán absurdo es que veamos que algunos hombres, después de su primer fervor de renuncia, en el cual abandonaron sus bienes y sus inmensas riquezas y el servicio del mundo, y se retiraron a los monasterios, se consagran todavía con empeño a aquellas cosas que no pueden suprimirse del todo y de las que no podemos prescindir en este estado de vida, aunque sean cosas pequeñas y sin importancia; de suerte que, en su caso, la preocupación por esas naderías es mayor que el amor a todos sus bienes? Y ciertamente no les aprovechará mucho el haber despreciado mayores riquezas y bienes, si sólo han transferido su afecto —por el cual debían tenerlos en poco— a cosas pequeñas y de poca monta. Pues el pecado de codicia y avaricia, del que no pueden hacerse culpables tratándose de objetos verdaderamente valiosos, lo conservan respecto de cosas más comunes, y así muestran que no se han despojado de su antigua codicia, sino que sólo han cambiado su objeto. Pues si se afanan demasiado por sus esteras, cestos, mantas, libros y otras naderías semejantes, la misma pasión los tiene cautivos como antes. Y, de hecho, guardan y defienden sus derechos sobre ellas con tanto celo que llegan a airarse contra sus hermanos por ellas, y, lo que es peor, no se avergüenzan de contender por ellas. Y, turbados todavía por los malos efectos de su antigua avaricia, no se contentan con poseer aquellas cosas que las necesidades y exigencias del cuerpo obligan a tener a un monje, según el número y la medida comunes, sino que también aquí muestran la codicia de su corazón, pues procuran tener esos objetos que se ven obligados a usar mejor dispuestos que los de los demás; o, excediendo todo justo límite, guardan como propiedad suya y peculiar, y defienden del contacto de los demás, lo que debería pertenecer a todos los hermanos por igual. ¡Como si lo que importara fuera la diferencia de los metales y no la pasión de la avaricia; y como si fuera ilícito airarse por cosas grandes, mientras que pudiera uno airarse inocentemente por naderías; y como si no hubiéramos renunciado a todas nuestras cosas preciosas precisamente para aprender más prontamente a no estimar en nada las menudencias! Pues, ¿qué diferencia hay entre entregarse a la avaricia tratándose de cosas grandes y espléndidas, o tratándose de las más insignificantes naderías, sino que hemos de considerar tanto peor a un hombre si ha tenido en poco las cosas grandes y luego es esclavo de las pequeñas? Y así, esa clase de renuncia del mundo no alcanza la perfección del corazón, porque, aunque se la tiene por pobreza, conserva todavía la mente de la riqueza.
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