Conferencia del abad Pafnucio. Sobre las tres clases de renuncias.
Conf. 3, cap. 1
En aquel coro de santos que brillan como estrellas resplandecientes en la noche de este mundo, hemos visto al santo Pafnucio, como una gran lumbrera, brillando con el resplandor del conocimiento. Pues era presbítero de nuestra compañía, quiero decir de aquellos cuya morada estaba en el desierto de Escete, donde vivió hasta una extrema vejez, sin moverse jamás de su celda, de la cual había tomado posesión cuando todavía era joven, y que distaba cinco millas de la iglesia, aun de los distritos más cercanos; ni, cuando estaba agotado por los años, le impidió la distancia ir a la iglesia el sábado o el domingo. Mas no queriendo volver de allí con las manos vacías, ponía sobre sus hombros un cántaro de agua que le durara toda la semana, y lo llevaba de vuelta a su celda, y aun cuando pasaba de los noventa no permitía que lo trajeran mediante el trabajo de hombres más jóvenes. Él, pues, desde su más temprana juventud se arrojó a la disciplina monástica con tal fervor que, habiendo pasado sólo un breve tiempo en ella, fue dotado de la virtud de la sujeción, así como del conocimiento de todas las buenas cualidades. Pues por la práctica de la humildad y de la obediencia mortificó todos sus deseos, y con esto extirpó todas sus faltas y adquirió toda virtud que el sistema monástico y la enseñanza de los antiguos padres produce; e, inflamado con el deseo de adelantos aún mayores, anhelaba penetrar en los repliegues del desierto, para que, sin compañeros humanos que lo perturbaran, pudiera unirse más fácilmente al Señor, a quien deseaba estar inseparablemente unido, aun mientras vivía todavía en la sociedad de los hermanos. Y allí, una vez más, con su excesivo fervor sobrepujó las virtudes de los anacoretas, y en su ansioso deseo de continua meditación divina evitaba verlos: y se hundió en lugares solitarios aún más salvajes e inaccesibles, y se ocultó durante largo tiempo en ellos, de suerte que, como los propios anacoretas sólo con gran dificultad lograban vislumbrarlo de vez en cuando, se creía que gozaba y se deleitaba en la diaria compañía de los ángeles, y por esta característica notable suya fue apodado por ellos el Búfalo.
Conf. 3, cap. 2
Pues como deseábamos aprender de su enseñanza, llegamos con cierta agitación a su celda al atardecer. Y tras un breve silencio comenzó a alabar nuestra empresa, porque habíamos dejado nuestras casas y habíamos visitado tantas regiones por amor al Señor, y nos esforzábamos con todas nuestras fuerzas por soportar la escasez y las pruebas del desierto, y por imitar su vida austera, que ni siquiera quienes habían nacido y crecido en la misma escasez y penuria apenas podían soportar; y respondimos que habíamos venido a buscar su enseñanza e instrucción para ser iniciados en alguna medida en las costumbres de tan gran varón y en aquella perfección que, por muchas pruebas, sabíamos que existía en él; no para ser honrados con alabanzas a las que no teníamos derecho, ni para envanecernos con alguna exaltación de ánimo (con la cual éramos a veces ejercitados en nuestras propias celdas por sugestión del enemigo), como consecuencia de palabras suyas. Por lo cual le rogamos más bien que nos presentara lo que nos hiciera humildes y contritos, y no lo que nos halagara y nos envaneciera.
Capítulo 3. La exposición del abad Pafnucio sobre las tres clases de vocaciones y las tres clases de renuncias
Conf. 3, cap. 3
Entonces el bienaventurado Pafnucio: Hay, dijo, tres clases de vocaciones. Y sabemos que hay también tres clases de renuncias, que son necesarias al monje, sea cual sea su vocación. Y debemos examinar diligentemente primero la razón por la cual dijimos que había tres clases de vocaciones, para que, cuando estemos seguros de que somos llamados al servicio de Dios en la primera etapa de nuestra vocación, cuidemos de que nuestra vida esté en armonía con la excelsa altura a la que hemos sido llamados, pues de nada servirá haber hecho un buen comienzo si no mostramos un fin que le corresponda. Pero si sentimos que sólo en último extremo hemos sido arrancados de la vida mundana, entonces, así como parece que descansamos en un comienzo menos satisfactorio en cuanto a la religión, proporcionalmente debemos hacer esfuerzos más serios para despertarnos con fervor espiritual para alcanzar un fin mejor. También es conveniente por todos los motivos que conozcamos, en segundo lugar, el modo de las tres renuncias, porque jamás podremos alcanzar la perfección si lo ignoramos o si, conociéndolo, no intentamos ponerlo por obra.
Conf. 3, cap. 4
Para poner en claro, pues, las principales diferencias entre estas tres clases de llamamiento, el primero proviene de Dios, el segundo viene por medio del hombre, el tercero proviene de la coacción. Y un llamamiento es de Dios siempre que alguna inspiración se ha apoderado de nuestro corazón, y aun mientras dormimos despierta en nosotros el deseo de la vida eterna y de la salvación, y nos manda seguir a Dios y adherirnos a sus mandamientos con contrición vivificante: como leemos en la Sagrada Escritura que Abraham fue llamado por la voz del Señor desde su tierra natal, y de todos sus parientes queridos, y de la casa de su padre; cuando el Señor dijo «Sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre.» [] Y de esta manera hemos oído que también el bienaventurado Antonio fue llamado, pues la ocasión de su conversión la recibió de solo Dios. Porque al entrar en una iglesia oyó allí en el Evangelio al Señor que decía: «Cualquiera que no aborrece a su padre y madre, e hijos y mujer y tierras, y aun también su propia alma, no puede ser mi discípulo;» y «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme:» Y con contrición de corazón tomó este encargo del Señor como si estuviera dirigido especialmente a él, y al punto lo abandonó todo y siguió a Cristo, sin incitación alguna para ello por consejo y enseñanza de hombres. La segunda clase de llamamiento es la que dijimos que se realiza por medio del hombre; a saber, cuando somos movidos por el ejemplo de algunos de los santos y por sus consejos, y así inflamados con el deseo de la salvación: y por éste nunca olvidamos que por la gracia del Señor fuimos nosotros mismos llamados, pues fuimos despertados por el consejo y el buen ejemplo del santo arriba mencionado a entregarnos a este fin y llamamiento; y de este modo también hallamos en la Sagrada Escritura que fue por medio de Moisés como los hijos de Israel fueron librados de la esclavitud egipcia. Pero la tercera clase de llamamiento es la que proviene de la coacción, cuando nos hemos visto envueltos en las riquezas y placeres de esta vida, y de repente sobrevienen tentaciones y o nos amenazan con peligro de muerte, o nos hieren con la pérdida y confiscación de nuestros bienes, o nos abaten con la muerte de los seres queridos, y así, al fin, aun contra nuestra voluntad, somos impulsados a volvernos a Dios, a quien desdeñamos seguir en los días de nuestra riqueza. Y de este llamamiento forzoso hallamos a menudo ejemplos en la Escritura, cuando leemos que por causa de sus pecados los hijos de Israel fueron entregados por el Señor a sus enemigos; y que a causa de su tiranía y salvaje crueldad se volvieron de nuevo y clamaron al Señor. Y dice: «El Señor les envió un salvador, llamado Aod, hijo de Gera, hijo de Jemini, el cual usaba la mano izquierda lo mismo que la derecha:» y de nuevo se nos dice, «clamaron al Señor, el cual les levantó un salvador que los libró, a saber, Otoniel, hijo de Cenaz, hermano menor de Caleb.» Y de éstos habla el Salmo: «Cuando los mataba, entonces le buscaban; y se volvían, y madrugaban a Dios; y se acordaban de que Dios era su ayudador, y el Dios Altísimo su redentor.» Y de nuevo: «Y clamaron al Señor en su angustia, y él los libró de sus aflicciones.»
Capítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
Conf. 3, cap. 5
De estos tres llamamientos, pues, aunque los dos primeros parezcan descansar en mejores principios, sin embargo a veces hallamos que aun por el tercer grado, que parece el más bajo y el más frío, algunos han llegado a ser perfectos y fervorosísimos de espíritu, y se han hecho semejantes a aquellos que hicieron un comienzo admirable al acercarse al servicio del Señor, y pasaron también el resto de su vida en el más laudable fervor de espíritu; y de nuevo hallamos que desde el grado más alto muchísimos se han enfriado, y a menudo han llegado a un fin miserable. Y así como no fue estorbo para los primeros el que pareciesen convertidos no por su libre albedrío, sino por fuerza y coacción, en cuanto la bondad amorosa del Señor les aseguró la ocasión del arrepentimiento, así tampoco aprovechó a los segundos el que los primeros días de su conversión fuesen tan brillantes, porque no se cuidaron de llevar el resto de su vida a un fin adecuado. Pues en el caso del abad Moisés, que vivía en un lugar del desierto llamado Cálamo, nada faltó a sus méritos y perfecta bienaventuranza, a consecuencia del hecho de que fue impulsado a huir al monasterio por temor de la muerte que pendía sobre él a causa de un homicidio; pues hizo tal uso de su conversión forzosa que con pronto celo la convirtió en voluntaria y subió a las cumbres más altas de la perfección. Como también, por otra parte; a muchísimos, cuyos nombres no debo mencionar, de nada les ha aprovechado haber entrado en el servicio del Señor con mejor comienzo que éste, cuando después la pereza y la dureza de corazón se deslizaron sobre ellos, y cayeron en un peligroso estado de sopor y en el abismo de la muerte; ejemplo de lo cual vemos claramente indicado en el llamamiento de los Apóstoles. Pues ¿de qué le aprovechó a Judas haber abrazado por su libre voluntad el grado más alto del apostolado, del mismo modo en que Pedro y los demás Apóstoles habían sido llamados, si permitió que el espléndido comienzo de su llamamiento terminase en un fin ruinoso de codicia y avaricia, y como cruel homicida se precipitó incluso a la traición del Señor? ¿O qué estorbo fue para Pablo el quedar repentinamente ciego, y parecer arrastrado contra su voluntad al camino de la salvación, si después siguió al Señor con completo fervor de alma, y habiendo comenzado por coacción lo completó con una entrega libre y voluntaria, y terminó con un fin magnífico una vida que tan grandes obras hicieron gloriosa? Todo, por tanto, depende del fin; en el cual uno que fue consagrado por una noble conversión al comienzo puede por negligencia resultar un fracaso, y uno que fue obligado por la necesidad a abrazar la vida monástica puede por el temor de Dios y el fervor llegar a la perfección.
Conf. 3, cap. 6
Debemos hablar ahora de las renuncias, de las cuales la tradición y la autoridad de la Sagrada Escritura nos muestran tres, y que cada uno de nosotros debe cumplir con el mayor celo. La primera es aquella por la cual, en lo que toca al cuerpo, menospreciamos todas las riquezas y bienes de este mundo; la segunda, aquella por la cual rechazamos las costumbres, los vicios y los afectos anteriores del alma y de la carne; la tercera, aquella por la cual desprendemos nuestra alma de todas las cosas presentes y visibles, y contemplamos sólo las cosas venideras, y ponemos nuestro corazón en lo invisible. Y leemos que el Señor mandó a Abraham hacer todas estas tres al mismo tiempo, cuando le dijo «Sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre.» [] Primero dijo «de tu tierra,» es decir, de los bienes de este mundo y de las riquezas terrenas: en segundo lugar, «de tu parentela,» es decir, de esta vida anterior y de las costumbres y pecados que se nos apegan desde nuestro mismo nacimiento y están unidos a nosotros como por lazos de afinidad y parentesco: en tercer lugar, «de la casa de tu padre,» es decir, de todo el recuerdo de este mundo que la vista de los ojos puede ofrecer. Pues de los dos padres, es decir, del que ha de ser abandonado y del que ha de ser buscado, habla así David en persona de Dios: «Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre:» porque quien dice «Oye, hija,» es ciertamente un Padre; y sin embargo da testimonio de que aquel cuya casa y pueblo exhorta a olvidar no es menos padre de su hija. Y esto sucede cuando, estando muertos con Cristo a los rudimentos de este mundo, ya no miramos, como dice el Apóstol, «las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas,» [] y saliendo de corazón de esta casa temporal y visible, volvemos los ojos y el corazón hacia aquello en lo que hemos de permanecer para siempre. Y esto lograremos hacer cuando, mientras andamos en la carne, ya no peleemos según la carne contra el Señor, proclamando de obra y de acción la verdad de aquella sentencia del bienaventurado Apóstol «Nuestra conversación está en los cielos.» [] A estas tres clases de renuncias corresponden adecuadamente los tres libros de Salomón. Pues los Proverbios responden a la primera renuncia, porque en ellos se reprimen los deseos de las cosas carnales y los pecados terrenos; a la segunda corresponde el Eclesiastés, porque allí todo lo que se hace bajo el sol es declarado vanidad; a la tercera el Cantar de los Cantares, en el cual el alma, remontándose sobre todas las cosas visibles, se une realmente a la palabra de Dios por la contemplación de las cosas celestiales.
Conf. 3, cap. 7
Por tanto, de poco nos aprovechará haber hecho la primera renuncia con la mayor devoción y fe, si no completamos la segunda con el mismo celo y ardor. Y así, cuando lo hayamos logrado, podremos llegar también a la tercera, en la cual salimos de la casa de nuestro antiguo padre (el cual, como bien sabemos, fue padre nuestro desde nuestro mismo nacimiento, según el hombre viejo, cuando éramos «por naturaleza hijos de ira, como también los demás,» []) y fijamos toda la mirada del alma en las cosas celestiales. Y de este padre dice la Escritura a Jerusalén, que había despreciado a Dios, el verdadero Padre: «Tu padre fue amorreo, y tu madre hetea;» [] y en el Evangelio leemos «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer.» [] Y cuando lo hayamos dejado, pasando de las cosas visibles a las invisibles podremos decir con el Apóstol: «Pero sabemos que si nuestra casa terrestre de este tabernáculo se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos,» [] y también aquello que citamos hace poco: «Mas nuestra conversación está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesús, el cual transformará el cuerpo de nuestra bajeza, hecho semejante al cuerpo de su gloria,» [] y esto del bienaventurado David: «Porque forastero soy en la tierra,» y «advenedizo, como todos mis padres;» de modo que, conforme a la palabra del Señor, seamos hechos semejantes a aquellos de quienes el Señor habla a su Padre en el Evangelio: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo,» [] y de nuevo a los Apóstoles mismos: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, por eso el mundo os aborrece.» [] De esta tercera renuncia, pues, lograremos alcanzar la perfección cuando nuestra alma no esté mancillada por mácula alguna de grosería carnal, sino que, eliminadas cuidadosamente todas esas cosas, haya sido liberada de toda cualidad y deseo terreno, y por la constante meditación de las cosas divinas y la contemplación espiritual haya pasado de tal modo a las cosas invisibles, que en su ardiente búsqueda de las cosas de arriba y de las espirituales ya no sienta que está encerrada en esta carne frágil y en la forma corporal, sino que sea arrebatada a un éxtasis tal que no sólo no oiga palabras con el oído exterior, ni se ocupe en mirar las formas de las cosas presentes, sino que ni siquiera vea las cosas que tiene cerca, o los objetos grandes delante de sus propios ojos. Y de esto nadie puede comprender la verdad y la fuerza, sino aquel que ha experimentado lo dicho, bajo la enseñanza de la experiencia; es decir, aquel cuyos ojos del alma el Señor ha apartado de todas las cosas presentes, de modo que ya no las considera como cosas que pronto pasarán, sino como cosas ya acabadas, y las ve desvanecerse en nada, como humo tenue; y como Enoc, «andando con Dios,» y «trasladado» de la vida y costumbres humanas, no «hallado» en medio de las vanidades de esta vida. Y que esto sucedió realmente de modo corporal en el caso de Enoc, el libro del Génesis nos lo dice así: «Y anduvo Enoc con Dios, y no fue hallado, porque Dios lo trasladó.» Y el Apóstol dice también: «Por la fe Enoc fue trasladado para que no viese muerte,» es decir, aquella muerte de la que el Señor dice en el Evangelio: «El que vive y cree en mí, no morirá eternamente.» Por lo cual, si ansiamos alcanzar la verdadera perfección, debemos cuidar de que, así como exteriormente con el cuerpo hemos menospreciado a los padres, la patria, las riquezas y los placeres del mundo, también interiormente con el corazón abandonemos todas estas cosas y jamás seamos arrastrados por deseo alguno hacia aquellas cosas que hemos dejado, como aquellos que fueron sacados por Moisés, los cuales, aunque no volvieron literalmente, se dice sin embargo que regresaron en su corazón a Egipto; a saber, abandonando a Dios que los había sacado con señales tan poderosas, y adorando los ídolos de Egipto que habían despreciado, como dice la Escritura: «Y en sus corazones se volvieron a Egipto, diciendo a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros,» [] pues caeríamos en la misma condenación que aquellos que, mientras moraban en el desierto, después de haber gustado el maná del cielo, codiciaron el alimento inmundo de los pecados y de la vil bajeza, y pareceríamos murmurar juntamente con ellos de la misma manera: «Nos iba bien en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos cebollas, y ajos, y pepinos, y melones:» forma de hablar que, aunque se refería primariamente a aquel pueblo, vemos sin embargo cumplirse hoy en nuestro propio caso y modo de vida: pues todo el que después de renunciar a este mundo vuelve a sus antiguos deseos, y retorna a sus anteriores aficiones, afirma con el corazón y con las obras lo mismo que ellos, y dice «Me iba bien en Egipto,» y temo que el número de éstos sea tan grande como el de las multitudes de apóstatas de quienes leemos bajo Moisés, pues aunque fueron contados como seiscientos tres mil hombres de guerra que salieron de Egipto, de este número no más de dos entraron en la tierra de promisión. Por lo cual debemos tener cuidado de tomar ejemplos de bondad de aquellos que son pocos y raros, porque según aquella figura de la que hemos hablado en el Evangelio «Muchos son llamados, mas pocos» se dice que son «escogidos.» [] Así pues, la renuncia sólo en el cuerpo, y un mero cambio de lugar desde Egipto, de nada nos aprovechará, si no logramos alcanzar aquella renuncia del corazón, que es mucho más alta y más valiosa. Porque de aquella mera renuncia corporal de la que hemos hablado declara el apóstol lo siguiente: «Aunque reparta todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y entregue mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me aprovecha.» [] Y el bienaventurado Apóstol jamás habría dicho esto si no hubiera previsto por el espíritu que algunos que habían dado todos sus bienes para alimentar a los pobres no podrían alcanzar la perfección evangélica y las alturas excelsas de la caridad, porque mientras la soberbia o la impaciencia dominaban sus corazones no se cuidaban de purificarse de sus pecados anteriores y de sus costumbres desenfrenadas, y por eso jamás podían alcanzar aquel amor de Dios que nunca falta; y éstos, como se quedan cortos en esta segunda etapa de la renuncia, menos aún pueden llegar a aquella tercera etapa que es ciertamente mucho más alta. Pero considerad también en vuestras mentes con gran cuidado el hecho de que no dijo simplemente «Si reparto mis bienes.» Porque quizá pudiera pensarse que hablaba de uno que no había cumplido el mandato del Evangelio, sino que había guardado algo para sí, como hacen algunas personas tibias. Pero dice «Aunque reparta todos mis bienes para dar de comer a los pobres,» es decir, aunque mi renuncia de aquellas riquezas terrenas sea perfecta. Y a esta renuncia añade algo todavía mayor: «Y aunque entregue mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, nada soy:» Como si hubiera dicho en otras palabras: aunque reparta todos mis bienes para dar de comer a los pobres conforme a aquel mandato del Evangelio, donde se nos dice «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo,» [] renunciando a ellos de modo que no guarde nada en absoluto para mí, y aunque a esta distribución (de mis bienes) añadiese yo, al entregar mi carne a las llamas, el martirio, de modo que diera mi cuerpo por Cristo, y sin embargo fuese impaciente, o colérico, o envidioso, o soberbio, o me irritase por las injurias ajenas, o buscase lo mío, o me entregase a malos pensamientos, o no estuviese pronto y paciente para soportar todo lo que se me puede infligir, esta renuncia y la entrega a las llamas del hombre exterior de nada me aprovechará, mientras el hombre interior esté todavía envuelto en los pecados anteriores, porque, mientras en el fervor de los primeros días de mi conversión menosprecié la mera sustancia mundana, de la cual se dice que no es buena ni mala en sí misma sino indiferente, no me cuidé de expulsar de manera semejante los poderes nocivos de un mal corazón, ni de alcanzar aquel amor del Señor que es paciente, que es «benigno, que no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no se irrita fácilmente, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no piensa el mal,» que «todo lo sufre, todo lo soporta,» [] y que, finalmente, jamás permite que quien lo sigue caiga por el engaño del pecado.
Conf. 3, cap. 8
Debemos, pues, poner el mayor cuidado en que también nuestro hombre interior deseche y elimine todas aquellas posesiones de sus pecados que adquirió en su vida anterior; las cuales, puesto que se adhieren continuamente al cuerpo y al alma, son verdaderamente nuestras, y, si no las rechazamos y cortamos mientras estamos aún en la carne, no cesarán de acompañarnos después de la muerte. Porque así como las buenas cualidades, o la caridad misma que es su fuente, pueden ganarse en este mundo y, después del término de esta vida, hacen al hombre que las ama amable y glorioso, así nuestras faltas transmiten a aquella memoria eterna una mente oscurecida y manchada con colores sórdidos. Pues la hermosura o la fealdad del alma es el producto de sus virtudes o de sus vicios; el color que de ellos toma o bien la hace tan gloriosa que bien puede oír del profeta «Y el rey se complacerá en tu hermosura,» o bien tan negra, sórdida y fea que debe ciertamente reconocer el hedor de su vergüenza y decir «Mis llagas hieden y están corrompidas a causa de mi necedad,» y el Señor mismo le dice «¿Por qué no se ha cerrado la herida de la hija de mi pueblo?» [] Y por tanto éstas son nuestras propias posesiones, que permanecen continuamente con el alma, que ningún rey ni enemigo puede darnos ni quitarnos. Éstas son nuestras propias posesiones de las que ni siquiera la muerte misma puede separar al alma, pero renunciando a las cuales podemos alcanzar la perfección, y apegándonos a las cuales sufriremos el castigo de la muerte eterna.
Conf. 3, cap. 9
Las riquezas y posesiones se toman en la Sagrada Escritura de tres maneras diferentes, es decir, como buenas, malas e indiferentes. Son malas aquéllas de las cuales se dice: «Los ricos tuvieron necesidad y padecieron hambre,» y «¡Ay de vosotros, los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo!» [] y desechar estas riquezas es la cumbre de la perfección; y es una distinción que pertenece a aquellos pobres que son alabados en el evangelio por la palabra del Señor: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos;» [] y en el Salmo: «Este pobre clamó, y el Señor lo oyó,» y de nuevo: «El pobre y el necesitado alabarán tu nombre.» Son buenas aquellas riquezas cuya adquisición es obra de gran virtud y mérito, y cuyo poseedor justo es alabado por David, que dice «La generación de los justos será bendecida: gloria y riquezas hay en su casa, y su justicia permanece para siempre:» y de nuevo «el rescate de la vida del hombre son sus riquezas.» [] Y de estas riquezas se dice en el Apocalipsis a quien no las tiene y, para su vergüenza, es pobre y está desnudo: «Comenzaré,» dice él, «a vomitarte de mi boca. Porque dices: Soy rico y opulento y de nada tengo necesidad; y no sabes que eres desdichado y miserable y pobre y ciego y desnudo, te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego, para que te hagas rico, y seas vestido de vestiduras blancas, y no aparezca la vergüenza de tu desnudez.» [] Hay también algunas que son indiferentes, es decir, que pueden hacerse buenas o malas: pues se hacen lo uno o lo otro según la voluntad y el carácter de quienes las usan: de las cuales dice el bienaventurado Apóstol «Manda a los ricos de este mundo que no sean altivos ni confíen en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios (que nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos), que hagan el bien, que den con facilidad, que comuniquen a otros, que atesoren para sí un buen fundamento para echar mano de la vida verdadera.» [] Éstas son las que el rico del evangelio guardaba y nunca distribuía a los pobres —mientras el mendigo Lázaro yacía a su puerta deseando saciarse con sus migajas; y así fue condenado a las llamas insoportables y al calor eterno del fuego del infierno.
Conf. 3, cap. 10
Al dejar, pues, estos bienes visibles del mundo no abandonamos nuestra propia riqueza, sino aquello que no es nuestro, aunque nos gloriemos de ello como ganado por nuestros propios esfuerzos o heredado de nuestros antepasados. Pues, como dije, nada es nuestro, salvo sólo aquello que poseemos con el corazón y que se adhiere a nuestra alma, y por tanto no puede sernos arrebatado por nadie. Pero Cristo habla en tono de censura de aquellas riquezas visibles, a quienes las retienen como si fueran suyas y rehúsan compartirlas con los necesitados. «Si no habéis sido fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo que es vuestro?» [] Claramente, pues, no es sólo la experiencia diaria la que nos enseña que estas riquezas no son nuestras, sino también esta palabra de nuestro Señor, por el mismo título que les da. Pero acerca de las riquezas visibles y sin valor, Pedro dice al Señor: «He aquí, lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué tendremos, pues?» [] cuando está claro que no habían dejado nada sino sus miserables redes rotas. Y a menos que esta expresión «todo» se entienda referida a aquella renuncia de los pecados que es realmente grande e importante, no hallaremos que los Apóstoles hubieran dejado cosa alguna de valor, ni que el Señor tuviera razón alguna para otorgarles la bendición de tan gran gloria, que se les permitiera oír de Él que «en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos juzgando a las doce tribus de Israel.» Si, pues, aquellos que han renunciado completamente a sus bienes terrenos y visibles no pueden por razón suficiente alcanzar la caridad apostólica, ni subir con prontitud y vigor a aquel tercer grado de la renuncia que es aún más alto y pertenece a pocos, ¿qué deben pensar de sí mismos aquellos que ni siquiera dan aquel primer paso (que es muy fácil) de manera completa, sino que conservan junto con su antigua falta de fe sus anteriores riquezas sórdidas, y se imaginan que pueden gloriarse del mero nombre de monjes? La primera renuncia, pues, de la que hablamos es de lo que no es nuestro, y por tanto no basta por sí misma para conferir la perfección al renunciante, a menos que avance a la segunda, que es real y verdaderamente una renuncia de lo que nos pertenece. Y cuando nos hayamos asegurado de ésta mediante la expulsión de todas nuestras faltas, subiremos también a las alturas de la tercera renuncia, por la cual nos elevamos no sólo sobre todas aquellas cosas que se hacen en este mundo o pertenecen especialmente a los hombres, sino incluso sobre todo aquel universo que nos rodea y que es estimado tan glorioso, y con el corazón y el alma lo miraremos desde lo alto como sujeto a la vanidad y destinado pronto a pasar; como miramos, según dice el Apóstol, «no a las cosas que se ven, sino a las que no se ven: pues las cosas que se ven son temporales, y las que no se ven son eternas;» [] para que así seamos hallados dignos de oír aquella altísima palabra que fue dicha a Abraham: «y ven a la tierra que yo te mostraré,» [] lo cual muestra claramente que, a menos que un hombre haya hecho aquellas tres renuncias anteriores con toda la seriedad de su mente, no puede alcanzar esta cuarta, que se concede como recompensa y privilegio a aquel cuya renuncia es perfecta, para que sea hallado digno de entrar en la tierra de promisión que ya no produce para él las espinas y los abrojos de los pecados; la cual, después que todas las pasiones han sido expulsadas, se adquiere por la pureza de corazón aun en el cuerpo, y la cual no pueden ganar buenas obras ni esfuerzos del empeño humano, sino que el Señor mismo promete mostrar, diciendo «Y ven a la tierra que yo te mostraré:» lo cual prueba claramente que el comienzo de nuestra salvación resulta del llamado del Señor, que dice «Sal de tu tierra,» y que la consumación de la perfección y de la pureza es don suyo de la misma manera, como dice «Y ven a la tierra que yo te mostraré,» es decir, no una que tú mismo puedas conocer o descubrir por tus propios esfuerzos, sino una que yo mostraré no sólo a quien la ignora, sino incluso a quien no la busca. Y de esto claramente deducimos que, así como nos apresuramos al camino de la salvación movidos por la inspiración del Señor, así también es bajo la guía de su dirección e iluminación como alcanzamos la perfección de la bienaventuranza suprema.
Conf. 3, cap. 11
Germano: ¿Dónde queda, pues, lugar para el libre albedrío, y cómo se atribuye a nuestros esfuerzos el que seamos dignos de alabanza, si Dios comienza y acaba en nosotros todo lo que concierne a nuestra salvación?
Capítulo 12. Respuesta sobre la economía de la gracia divina, permaneciendo aún en nosotros el libre albedrío
Conf. 3, cap. 12
Pafnucio: Esto nos influiría con razón si en toda obra y práctica el comienzo y el fin lo fueran todo, y no hubiera nada en medio. Y así como sabemos que Dios crea oportunidades de salvación de varias maneras, está en nuestro poder hacer uso de las oportunidades que el cielo nos concede con mayor o menor diligencia. Pues así como la oferta vino de Dios que lo llamó «sal de tu tierra,» así la obediencia fue de parte de Abraham, que salió; y así como el hecho de que la palabra «Ven a la tierra» se llevara a efecto fue obra de quien obedeció, así la adición de las palabras «que yo te mostraré» vino de la gracia de Dios que lo mandaba o prometía. Pero nos conviene estar seguros de que, aunque practiquemos toda virtud con esfuerzos incesantes, sin embargo con todos nuestros empeños y celo jamás podemos llegar a la perfección, ni la mera diligencia y fatiga humana basta por sí misma para merecer alcanzar el espléndido premio de la bienaventuranza, a menos que lo hayamos asegurado mediante la cooperación del Señor y su dirección de nuestro corazón hacia lo recto. Y así debemos orar a cada momento y decir con David «Ordena mis pasos en tus sendas, para que mis pies no resbalen:» y «Ha puesto mis pies sobre la roca y ha ordenado mis pasos:» para que Aquel que es el invisible gobernante del corazón humano se digne volver al deseo de la virtud aquella voluntad nuestra, que se inclina más prontamente al vicio, sea por falta de conocimiento de lo bueno, sea por las delicias de la pasión. Y esto lo leemos en un versículo en que el profeta canta muy claramente: «Empujado fui derribado para que cayera,» donde se muestra la debilidad de nuestro libre albedrío. Y «el Señor me sostuvo:» esto muestra de nuevo que la ayuda del Señor está siempre unida a él, y por esto, para que no seamos del todo destruidos por nuestro libre albedrío, cuando Él ve que hemos tropezado, nos sostiene y nos apoya, como extendiendo su mano. Y de nuevo: «Si dije: Mi pie se movió;» es decir, por el carácter resbaladizo de la voluntad, «tu misericordia, oh Señor, me ayudó.» Una vez más une la ayuda de Dios a su propia debilidad, pues confiesa que no se debió a sus propios esfuerzos sino a la misericordia de Dios el que el pie de su fe no se moviera. Y de nuevo: «Según la multitud de los dolores que tenía en mi corazón,» los cuales brotaron ciertísimamente de mi libre albedrío, «tus consuelos han refrescado mi alma,» es decir, viniendo por tu inspiración a mi corazón, y abriendo la vista de los bienes futuros que has preparado para los que trabajan en tu nombre, no sólo removieron toda ansiedad de mi corazón, sino que de hecho le confirieron el deleite más grande. Y de nuevo: «Si no fuera porque el Señor me ayudó, mi alma casi habría habitado en el infierno.» Ciertamente muestra que por la depravación de este libre albedrío habría habitado en el infierno, si no hubiera sido salvado por la asistencia y protección del Señor. Pues «Por el Señor,» y no por el libre albedrío, «son dirigidos los pasos del hombre,» y «aunque el justo caiga» al menos por el libre albedrío, «no será desechado.» ¿Y por qué? Porque «el Señor lo sostiene con su mano:» y esto es decir con la mayor claridad: Ninguno de los justos es suficiente por sí mismo para adquirir la justicia, a menos que a cada momento en que tropieza y cae la misericordia divina lo sostenga con sus manos, para que no se derrumbe del todo y perezca, cuando ha sido derribado por la debilidad del libre albedrío.
Conf. 3, cap. 13
Y verdaderamente los santos nunca dijeron que fuera por sus propios esfuerzos como aseguraban la dirección del camino en que andaban en su curso hacia el avance y la perfección de la virtud, sino que más bien la pedían al Señor, diciendo «Dirígeme en tu verdad,» y «dirige mi camino en tu presencia.» Pero otro declara que descubrió este hecho mismo no sólo por la fe, sino también por la experiencia, y como por la naturaleza misma de las cosas: «Sé, oh Señor, que el camino del hombre no es suyo: ni está en el hombre el andar y dirigir sus pasos.» [] Y el Señor mismo dice a Israel: «Yo lo dirigiré como a un abeto verde: de mí se halla tu fruto.» []
Conf. 3, cap. 14
También el conocimiento de la ley misma se esfuerzan diariamente por alcanzarlo no por la diligencia en la lectura, sino por la guía y la iluminación de Dios, según le dicen: «Muéstrame tus caminos, oh Señor, y enséñame tus sendas:» y «abre mis ojos: y veré las maravillas de tu ley:» y «enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios;» y de nuevo: «Quien enseña al hombre el conocimiento.»
Capítulo 15. Que el entendimiento por medio del cual podemos reconocer los mandamientos de Dios, y la ejecución de una buena voluntad, son ambos dones del Señor
Conf. 3, cap. 15
Además, el bienaventurado David pide al Señor que le conceda aquel mismo entendimiento por el cual puede reconocer los mandamientos de Dios que, bien lo sabía, estaban escritos en el libro de la ley, y dice «Soy tu siervo: oh, dame entendimiento para que aprenda tus mandamientos.» Ciertamente estaba en posesión del entendimiento que le había sido concedido por naturaleza, y tenía también al alcance de la mano el conocimiento de los mandamientos de Dios que se conservaban escritos en la ley: y aun así rogaba al Señor que pudiera aprender esto más a fondo, pues sabía que lo que le venía por naturaleza nunca le bastaría, a menos que su entendimiento fuera iluminado por el Señor con una iluminación diaria de Él, para entender la ley espiritualmente y reconocer sus mandamientos más claramente, como también declara muy claramente el «vaso de elección» esto en que insistimos. «Porque es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad.» [] ¿Qué podría ser más claro que la afirmación de que tanto nuestra buena voluntad como la consumación de nuestra obra son plenamente obradas en nosotros por el Señor? Y de nuevo «Porque a vosotros os es concedido por causa de Cristo, no sólo creer en Él, sino también padecer por Él.» [] Aquí también declara que el comienzo de nuestra conversión y fe, y el soportar el sufrimiento, es un don del Señor para nosotros. Y David también, que sabe esto, ruega igualmente que la misma cosa le sea concedida por la misericordia de Dios. «Fortalece, oh Dios, lo que has obrado en nosotros:» mostrando que no basta que el comienzo de nuestra salvación sea concedido por el don y la gracia de Dios, a menos que sea continuado y terminado por la misma piedad y continua ayuda de Él. Pues no el libre albedrío sino el Señor «suelta a los que están atados.» No nuestra fuerza, sino el Señor «levanta a los caídos:» no la diligencia en la lectura, sino «el Señor ilumina a los ciegos:» donde los griegos tienen [κύριος σοφοῖ τυφλούς], es decir, «el Señor hace sabios a los ciegos:» no nuestro cuidado, sino «el Señor cuida del extranjero:» no nuestro valor, sino «el Señor asiste (o sostiene) a todos los que están caídos.» Pero esto lo decimos, no para despreciar nuestro celo y esfuerzos y diligencia, como si se aplicaran inútil y neciamente, sino para que sepamos que no podemos esforzarnos sin la ayuda de Dios, ni pueden nuestros esfuerzos ser de utilidad alguna para asegurar el gran premio de la pureza, a menos que nos haya sido concedido por la asistencia y misericordia del Señor: pues «el caballo está preparado para el día de la batalla: pero la ayuda viene del Señor,» [] «porque ningún hombre puede prevalecer por la fuerza.» [] Debemos, pues, cantar siempre con el bienaventurado David: «Mi fuerza y mi alabanza es» no mi libre albedrío, sino «el Señor, y Él ha venido a ser mi salvación.» Y el maestro de los gentiles no ignoraba esto cuando declaraba que fue hecho capaz del ministerio del Nuevo Testamento no por sus propios méritos o esfuerzos sino por la misericordia de Dios. «No» dice él, que seamos capaces de pensar algo de nosotros mismos como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios, lo cual puede expresarse en un latín menos bueno pero más enérgico, «nuestra capacidad es de Dios,» y luego sigue: «Quien también nos hizo ministros capaces del Nuevo Testamento.» []
Conf. 3, cap. 16
Pero tan plenamente comprendieron los Apóstoles que todo lo concerniente a la salvación les era dado por el Señor, que aun pidieron que la fe misma les fuera otorgada por el Señor, diciendo: «Auméntanos la fe» [] como no imaginaban que pudiera obtenerse por el libre albedrío, sino que creían que sería concedida por el don gratuito de Dios. En fin, el Autor de la salvación del hombre nos enseña cuán débil, flaca e insuficiente sería nuestra fe si no fuera fortalecida por el auxilio del Señor, cuando dice a Pedro «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado a mi Padre que tu fe no falte.» [] Y otro, hallando que esto le sucedía en su propio caso, y viendo que su fe era impelida por las olas de la incredulidad contra las rocas que causarían un espantoso naufragio, pide al mismo Señor socorro para su fe, diciendo «Señor, ayuda mi incredulidad.» [] Tan plenamente, pues, comprendieron aquellos Apóstoles y los hombres del evangelio que todo lo bueno es llevado a perfección por el auxilio del Señor, y no imaginaron que pudieran conservar incólume su fe por sus propias fuerzas o su libre albedrío, que oraron para que ella fuera ayudada o concedida por el Señor. Y si en el caso de Pedro hubo necesidad del auxilio del Señor para que no faltara, ¿quién será tan presuntuoso y ciego que imagine no tener necesidad del diario socorro del Señor para conservarla? Especialmente cuando el Señor mismo lo ha declarado en el evangelio, diciendo: «Como el sarmiento no puede llevar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.» [] Y de nuevo: «porque sin mí nada podéis hacer.» Cuán necio y perverso, pues, es atribuir alguna buena acción a nuestra propia diligencia y no a la gracia y auxilio de Dios, lo muestra claramente la sentencia del Señor, que establece que nadie puede mostrar los frutos del Espíritu sin su inspiración y cooperación. Porque «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces.» [] Y también Zacarías dice: «Porque todo lo bueno es suyo, y lo excelente procede de Él.» Y así el bienaventurado Apóstol dice consecuentemente: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» []
Conf. 3, cap. 17
Y que todo el aguante con que podemos soportar las tentaciones que nos sobrevienen no depende tanto de nuestras propias fuerzas como de la misericordia y el gobierno de Dios, lo declara así el bienaventurado Apóstol: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis resistir, sino que juntamente con la tentación dará también la salida, para que podáis soportarla.» [] Y que Dios dispone y fortalece nuestras almas para toda buena obra, y obra en nosotros todas aquellas cosas que le son agradables, lo enseña el mismo Apóstol: «Que el Dios de paz, que sacó de las tinieblas al gran Pastor de las ovejas, a Jesucristo, por la sangre del Testamento eterno, os haga aptos en todo bien, obrando en vosotros lo que es agradable delante de sus ojos.» [] Y para que lo mismo suceda a los tesalonicenses, ora así, diciendo: «Y el mismo Señor nuestro Jesucristo, y Dios nuestro Padre, que nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza en la gracia, conforte vuestros corazones y os confirme en toda buena palabra y obra.» []
Conf. 3, cap. 18
Y, en fin, el profeta Jeremías, hablando en persona de Dios, testifica claramente que aun el temor de Dios, por el cual podemos permanecer adheridos a Él, es derramado en nosotros por el Señor, diciendo así: «Y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman todos los días, y les vaya bien a ellos y a sus hijos después de ellos. Y haré con ellos un pacto eterno, y no cesaré de hacerles bien; y pondré mi temor en sus corazones, para que no se aparten de mí.» [] Ezequiel también dice: «Y les daré un solo corazón, y pondré un espíritu nuevo en sus entrañas; y quitaré el corazón de piedra de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis mandamientos, y guarden mis juicios y los cumplan; y sean mi pueblo, y yo sea su Dios.» []
Conf. 3, cap. 19
Y esto nos enseña claramente que el principio de nuestra buena voluntad se nos da por la inspiración del Señor, cuando Él nos atrae hacia el camino de la salvación, sea por su propio acto, sea por las exhortaciones de algún hombre, sea por necesidad; y que la consumación de nuestras buenas obras nos es concedida por Él del mismo modo; pero que está en nuestro poder seguir el aliento y el auxilio de Dios con más o menos celo, y que, por tanto, somos con razón visitados con el premio o con el castigo, según hayamos sido negligentes o cuidadosos en corresponder a su designio y disposición providencial hecha para nosotros con tan benigna consideración. Y esto se describe clara y abiertamente en el Deuteronomio. «Cuando,» dice él, «el Señor tu Dios te haya introducido en la tierra que vas a poseer, y haya destruido delante de ti muchas naciones, al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mucho más numerosas que tú y más fuertes que tú, y el Señor tu Dios te las haya entregado, las destruirás por completo. No harás alianza con ellas, ni contraerás matrimonio con ellas.» [] Así pues, la Escritura declara que es don gratuito de Dios el que sean introducidos en la tierra de promisión, el que muchas naciones sean destruidas delante de ellos, el que naciones más numerosas y más fuertes que el pueblo de Israel sean entregadas en sus manos. Pero si Israel las destruye del todo, o si las conserva con vida y las perdona, y si hace o no alianza con ellas, y contrae o no matrimonios con ellas, declara que está en su propio poder. Y por este testimonio podemos ver claramente qué debemos atribuir al libre albedrío, y qué al designio y al diario auxilio del Señor, y que pertenece a la gracia divina darnos ocasiones de salvación, empresas prósperas y victoria; pero que es nuestro seguir las bendiciones que Dios nos da con fervor o con indiferencia. Y que este mismo hecho se nos enseña claramente en la curación de los ciegos. Pues el que Jesús pasara junto a ellos fue un don gratuito de la providencia y condescendencia divinas. Pero el que ellos gritaran y dijeran «Ten misericordia de nosotros, Señor, Hijo de David,» [] fue un acto de su propia fe y creencia. El que recibieran la vista de sus ojos fue un don de la divina piedad. Pero que, después de recibir cualquier bendición, la gracia de Dios y el uso del libre albedrío permanecen ambos, nos lo muestra el caso de los diez leprosos, que fueron todos sanados igualmente. Pues cuando uno de ellos por bondad de voluntad volvió a dar gracias, el Señor, buscando a los nueve y alabando a aquel uno, mostró que siempre estaba ansioso por ayudar aun a los que olvidaban su bondad. Pues aun esto es un don de su visita; a saber, que recibe y encomia al agradecido, y busca y reprende a los desagradecidos.
Conf. 3, cap. 20
Pero es justo que mantengamos con fe inquebrantable que nada absolutamente se hace en este mundo sin Dios. Pues debemos reconocer que todo se hace o por su voluntad o por su permiso; es decir, debemos creer que todo lo bueno se lleva a cabo por la voluntad de Dios y con su auxilio, y todo lo contrario se hace por su permiso, cuando la protección divina se retira de nosotros por nuestros pecados y la dureza de nuestro corazón, y permite que el diablo y las pasiones vergonzosas del cuerpo se enseñoreen de nosotros. Y las palabras del Apóstol nos enseñan esto con toda certeza, cuando dice: «Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas:» y de nuevo: «Como no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer lo que no conviene.» Y el Señor mismo dice por el profeta: «Pero mi pueblo no escuchó mi voz, e Israel no me obedeció; por eso los entregué a los deseos de su corazón: caminarán según sus propios consejos.»
Conf. 3, cap. 21
Germano: Este pasaje muestra muy claramente la libertad de la voluntad, donde se dice «Si mi pueblo me hubiera escuchado,» y en otro lugar «Pero mi pueblo no quiso oír mi voz.» Porque cuando dice «Si me hubieran oído,» muestra que la decisión de ceder o no ceder estaba en su propio poder. ¿Cómo, pues, es verdad que nuestra salvación no depende de nosotros mismos, si Dios mismo nos ha dado el poder de escuchar o no escuchar?
Conf. 3, cap. 22
Pafnucio: Con bastante agudeza has notado cómo se dice «Si mi pueblo me hubiera escuchado:» pero no has considerado suficientemente ni quién es el que habla a quien escucha o no escucha, ni lo que sigue: «Pronto habría derribado a sus enemigos, y habría puesto mi mano sobre los que los angustian.» Nadie, pues, intente con una interpretación falsa torcer lo que adujimos para probar que nada puede hacerse sin el Señor, ni lo tome en apoyo del libre albedrío, de modo que pretenda quitar al hombre la gracia de Dios y su diario cuidado, por medio de este texto: «Pero mi pueblo no escuchó mi voz,» y de nuevo: «Si mi pueblo me hubiera escuchado, y si Israel hubiera andado en mis caminos, etc.:» sino considere que, así como el poder del libre albedrío se evidencia por la desobediencia del pueblo, así también se muestra el diario cuidado de Dios, que declara y amonesta. Pues donde dice «Si mi pueblo me hubiera escuchado,» claramente da a entender que antes les había hablado. Y esto solía hacerlo el Señor no sólo por medio de la ley escrita, sino también por exhortaciones diarias, como esta que se da por Isaías: «Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y rebelde.» [] Ambos puntos, pues, pueden apoyarse en este pasaje, donde se dice: «Si mi pueblo me hubiera escuchado, y si Israel hubiera andado en mis caminos, pronto habría derribado a sus enemigos y habría puesto mi mano sobre los que los angustian.» Porque, así como el libre albedrío se muestra por la desobediencia del pueblo, así el gobierno de Dios y su auxilio se hacen claros por el principio y el fin del versículo, donde da a entender que antes les había hablado, y que después derribaría a sus enemigos, si le hubieran escuchado. Pues no deseamos suprimir el libre albedrío del hombre con lo que hemos dicho, sino sólo establecer el hecho de que el auxilio y la gracia de Dios le son necesarios cada día y cada hora. Después de habernos instruido con este discurso, el abad Pafnucio nos despidió de su celda antes de medianoche, en estado de contrición más bien que de vivacidad; insistiendo en esto como lección principal de su discurso; a saber, que cuando imaginábamos que, perfeccionando la primera renuncia (lo que nos esforzábamos por hacer con todas nuestras fuerzas), podríamos escalar las alturas de la perfección, habríamos de descubrir que ni siquiera habíamos comenzado a soñar en las alturas a que puede subir un monje, pues después de haber aprendido algunas pocas cosas acerca de la segunda renuncia, encontraríamos que antes de esto ni siquiera habíamos oído palabra del tercer grado, en el cual se comprende toda la perfección, y que en muchos aspectos excede con mucho a estos inferiores.