Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 159 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
  97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
  98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
  99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
  100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
  101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
  102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
  103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
  104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
  105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
  106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
  107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
  108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
  109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
  110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
  111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
  112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
  113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
  114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
  115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
  116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
  117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
  118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
  119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
  120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
  123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
  124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
  125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
  126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
  127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
  128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
  129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
  130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
  131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
  132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
  133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
  134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
  135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
  136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
  137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
  138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
  139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
  140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
  141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
  142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
  143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
  144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
  145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
  146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
  147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
  148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
  149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
  150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
  151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
  152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
  153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
  154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
  155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
  156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
  157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
  158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
  159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — MONACATO LATINO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 3. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Conferencias

    c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers46 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 21 · Conferencia 3. Abad PafnucioPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CAS-02

    Leer por sesiones · 159 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
    97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
    98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
    99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
    100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
    101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
    102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
    103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
    104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
    105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
    106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
    107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
    108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
    109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
    110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
    111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
    112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
    113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
    114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
    115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
    116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
    117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
    118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
    119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
    120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
    123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
    124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
    125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
    126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
    127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
    128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
    129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
    130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
    131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
    132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
    133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
    134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
    135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
    136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
    137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
    138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
    139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
    140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
    141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
    142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
    143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
    144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
    145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
    146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
    147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
    148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
    149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
    150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
    151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
    152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
    153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
    154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
    155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
    156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
    157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
    158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
    159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

    Conferencia 3. Abad Pafnucio

    Conferencia del abad Pafnucio. Sobre las tres clases de renuncias.

    Capítulo 1. De la vida y conducta del abad Pafnucio

    Conf. 3, cap. 1

    En aquel coro de santos que brillan como estrellas resplandecientes en la noche de este mundo, hemos visto al santo Pafnucio, como una gran lumbrera, brillando con el resplandor del conocimiento. Pues era presbítero de nuestra compañía, quiero decir de aquellos cuya morada estaba en el desierto de Escete, donde vivió hasta una extrema vejez, sin moverse jamás de su celda, de la cual había tomado posesión cuando todavía era joven, y que distaba cinco millas de la iglesia, aun de los distritos más cercanos; ni, cuando estaba agotado por los años, le impidió la distancia ir a la iglesia el sábado o el domingo. Mas no queriendo volver de allí con las manos vacías, ponía sobre sus hombros un cántaro de agua que le durara toda la semana, y lo llevaba de vuelta a su celda, y aun cuando pasaba de los noventa no permitía que lo trajeran mediante el trabajo de hombres más jóvenes. Él, pues, desde su más temprana juventud se arrojó a la disciplina monástica con tal fervor que, habiendo pasado sólo un breve tiempo en ella, fue dotado de la virtud de la sujeción, así como del conocimiento de todas las buenas cualidades. Pues por la práctica de la humildad y de la obediencia mortificó todos sus deseos, y con esto extirpó todas sus faltas y adquirió toda virtud que el sistema monástico y la enseñanza de los antiguos padres produce; e, inflamado con el deseo de adelantos aún mayores, anhelaba penetrar en los repliegues del desierto, para que, sin compañeros humanos que lo perturbaran, pudiera unirse más fácilmente al Señor, a quien deseaba estar inseparablemente unido, aun mientras vivía todavía en la sociedad de los hermanos. Y allí, una vez más, con su excesivo fervor sobrepujó las virtudes de los anacoretas, y en su ansioso deseo de continua meditación divina evitaba verlos: y se hundió en lugares solitarios aún más salvajes e inaccesibles, y se ocultó durante largo tiempo en ellos, de suerte que, como los propios anacoretas sólo con gran dificultad lograban vislumbrarlo de vez en cuando, se creía que gozaba y se deleitaba en la diaria compañía de los ángeles, y por esta característica notable suya fue apodado por ellos el Búfalo.

    Capítulo 2. Del discurso del mismo anciano, y de nuestra respuesta a él

    Conf. 3, cap. 2

    Pues como deseábamos aprender de su enseñanza, llegamos con cierta agitación a su celda al atardecer. Y tras un breve silencio comenzó a alabar nuestra empresa, porque habíamos dejado nuestras casas y habíamos visitado tantas regiones por amor al Señor, y nos esforzábamos con todas nuestras fuerzas por soportar la escasez y las pruebas del desierto, y por imitar su vida austera, que ni siquiera quienes habían nacido y crecido en la misma escasez y penuria apenas podían soportar; y respondimos que habíamos venido a buscar su enseñanza e instrucción para ser iniciados en alguna medida en las costumbres de tan gran varón y en aquella perfección que, por muchas pruebas, sabíamos que existía en él; no para ser honrados con alabanzas a las que no teníamos derecho, ni para envanecernos con alguna exaltación de ánimo (con la cual éramos a veces ejercitados en nuestras propias celdas por sugestión del enemigo), como consecuencia de palabras suyas. Por lo cual le rogamos más bien que nos presentara lo que nos hiciera humildes y contritos, y no lo que nos halagara y nos envaneciera.

    Capítulo 3. La exposición del abad Pafnucio sobre las tres clases de vocaciones y las tres clases de renuncias

    Conf. 3, cap. 3

    Entonces el bienaventurado Pafnucio: Hay, dijo, tres clases de vocaciones. Y sabemos que hay también tres clases de renuncias, que son necesarias al monje, sea cual sea su vocación. Y debemos examinar diligentemente primero la razón por la cual dijimos que había tres clases de vocaciones, para que, cuando estemos seguros de que somos llamados al servicio de Dios en la primera etapa de nuestra vocación, cuidemos de que nuestra vida esté en armonía con la excelsa altura a la que hemos sido llamados, pues de nada servirá haber hecho un buen comienzo si no mostramos un fin que le corresponda. Pero si sentimos que sólo en último extremo hemos sido arrancados de la vida mundana, entonces, así como parece que descansamos en un comienzo menos satisfactorio en cuanto a la religión, proporcionalmente debemos hacer esfuerzos más serios para despertarnos con fervor espiritual para alcanzar un fin mejor. También es conveniente por todos los motivos que conozcamos, en segundo lugar, el modo de las tres renuncias, porque jamás podremos alcanzar la perfección si lo ignoramos o si, conociéndolo, no intentamos ponerlo por obra.

    Capítulo 4. Explicación de las tres vocaciones

    Conf. 3, cap. 4

    Para poner en claro, pues, las principales diferencias entre estas tres clases de llamamiento, el primero proviene de Dios, el segundo viene por medio del hombre, el tercero proviene de la coacción. Y un llamamiento es de Dios siempre que alguna inspiración se ha apoderado de nuestro corazón, y aun mientras dormimos despierta en nosotros el deseo de la vida eterna y de la salvación, y nos manda seguir a Dios y adherirnos a sus mandamientos con contrición vivificante: como leemos en la Sagrada Escritura que Abraham fue llamado por la voz del Señor desde su tierra natal, y de todos sus parientes queridos, y de la casa de su padre; cuando el Señor dijo «Sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre.» [] Y de esta manera hemos oído que también el bienaventurado Antonio fue llamado, pues la ocasión de su conversión la recibió de solo Dios. Porque al entrar en una iglesia oyó allí en el Evangelio al Señor que decía: «Cualquiera que no aborrece a su padre y madre, e hijos y mujer y tierras, y aun también su propia alma, no puede ser mi discípulo;» y «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme:» Y con contrición de corazón tomó este encargo del Señor como si estuviera dirigido especialmente a él, y al punto lo abandonó todo y siguió a Cristo, sin incitación alguna para ello por consejo y enseñanza de hombres. La segunda clase de llamamiento es la que dijimos que se realiza por medio del hombre; a saber, cuando somos movidos por el ejemplo de algunos de los santos y por sus consejos, y así inflamados con el deseo de la salvación: y por éste nunca olvidamos que por la gracia del Señor fuimos nosotros mismos llamados, pues fuimos despertados por el consejo y el buen ejemplo del santo arriba mencionado a entregarnos a este fin y llamamiento; y de este modo también hallamos en la Sagrada Escritura que fue por medio de Moisés como los hijos de Israel fueron librados de la esclavitud egipcia. Pero la tercera clase de llamamiento es la que proviene de la coacción, cuando nos hemos visto envueltos en las riquezas y placeres de esta vida, y de repente sobrevienen tentaciones y o nos amenazan con peligro de muerte, o nos hieren con la pérdida y confiscación de nuestros bienes, o nos abaten con la muerte de los seres queridos, y así, al fin, aun contra nuestra voluntad, somos impulsados a volvernos a Dios, a quien desdeñamos seguir en los días de nuestra riqueza. Y de este llamamiento forzoso hallamos a menudo ejemplos en la Escritura, cuando leemos que por causa de sus pecados los hijos de Israel fueron entregados por el Señor a sus enemigos; y que a causa de su tiranía y salvaje crueldad se volvieron de nuevo y clamaron al Señor. Y dice: «El Señor les envió un salvador, llamado Aod, hijo de Gera, hijo de Jemini, el cual usaba la mano izquierda lo mismo que la derecha:» y de nuevo se nos dice, «clamaron al Señor, el cual les levantó un salvador que los libró, a saber, Otoniel, hijo de Cenaz, hermano menor de Caleb.» Y de éstos habla el Salmo: «Cuando los mataba, entonces le buscaban; y se volvían, y madrugaban a Dios; y se acordaban de que Dios era su ayudador, y el Dios Altísimo su redentor.» Y de nuevo: «Y clamaron al Señor en su angustia, y él los libró de sus aflicciones.»

    Capítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso

    Conf. 3, cap. 5

    De estos tres llamamientos, pues, aunque los dos primeros parezcan descansar en mejores principios, sin embargo a veces hallamos que aun por el tercer grado, que parece el más bajo y el más frío, algunos han llegado a ser perfectos y fervorosísimos de espíritu, y se han hecho semejantes a aquellos que hicieron un comienzo admirable al acercarse al servicio del Señor, y pasaron también el resto de su vida en el más laudable fervor de espíritu; y de nuevo hallamos que desde el grado más alto muchísimos se han enfriado, y a menudo han llegado a un fin miserable. Y así como no fue estorbo para los primeros el que pareciesen convertidos no por su libre albedrío, sino por fuerza y coacción, en cuanto la bondad amorosa del Señor les aseguró la ocasión del arrepentimiento, así tampoco aprovechó a los segundos el que los primeros días de su conversión fuesen tan brillantes, porque no se cuidaron de llevar el resto de su vida a un fin adecuado. Pues en el caso del abad Moisés, que vivía en un lugar del desierto llamado Cálamo, nada faltó a sus méritos y perfecta bienaventuranza, a consecuencia del hecho de que fue impulsado a huir al monasterio por temor de la muerte que pendía sobre él a causa de un homicidio; pues hizo tal uso de su conversión forzosa que con pronto celo la convirtió en voluntaria y subió a las cumbres más altas de la perfección. Como también, por otra parte; a muchísimos, cuyos nombres no debo mencionar, de nada les ha aprovechado haber entrado en el servicio del Señor con mejor comienzo que éste, cuando después la pereza y la dureza de corazón se deslizaron sobre ellos, y cayeron en un peligroso estado de sopor y en el abismo de la muerte; ejemplo de lo cual vemos claramente indicado en el llamamiento de los Apóstoles. Pues ¿de qué le aprovechó a Judas haber abrazado por su libre voluntad el grado más alto del apostolado, del mismo modo en que Pedro y los demás Apóstoles habían sido llamados, si permitió que el espléndido comienzo de su llamamiento terminase en un fin ruinoso de codicia y avaricia, y como cruel homicida se precipitó incluso a la traición del Señor? ¿O qué estorbo fue para Pablo el quedar repentinamente ciego, y parecer arrastrado contra su voluntad al camino de la salvación, si después siguió al Señor con completo fervor de alma, y habiendo comenzado por coacción lo completó con una entrega libre y voluntaria, y terminó con un fin magnífico una vida que tan grandes obras hicieron gloriosa? Todo, por tanto, depende del fin; en el cual uno que fue consagrado por una noble conversión al comienzo puede por negligencia resultar un fracaso, y uno que fue obligado por la necesidad a abrazar la vida monástica puede por el temor de Dios y el fervor llegar a la perfección.

    Capítulo 6. Exposición de las tres clases de renuncias

    Conf. 3, cap. 6

    Debemos hablar ahora de las renuncias, de las cuales la tradición y la autoridad de la Sagrada Escritura nos muestran tres, y que cada uno de nosotros debe cumplir con el mayor celo. La primera es aquella por la cual, en lo que toca al cuerpo, menospreciamos todas las riquezas y bienes de este mundo; la segunda, aquella por la cual rechazamos las costumbres, los vicios y los afectos anteriores del alma y de la carne; la tercera, aquella por la cual desprendemos nuestra alma de todas las cosas presentes y visibles, y contemplamos sólo las cosas venideras, y ponemos nuestro corazón en lo invisible. Y leemos que el Señor mandó a Abraham hacer todas estas tres al mismo tiempo, cuando le dijo «Sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre.» [] Primero dijo «de tu tierra,» es decir, de los bienes de este mundo y de las riquezas terrenas: en segundo lugar, «de tu parentela,» es decir, de esta vida anterior y de las costumbres y pecados que se nos apegan desde nuestro mismo nacimiento y están unidos a nosotros como por lazos de afinidad y parentesco: en tercer lugar, «de la casa de tu padre,» es decir, de todo el recuerdo de este mundo que la vista de los ojos puede ofrecer. Pues de los dos padres, es decir, del que ha de ser abandonado y del que ha de ser buscado, habla así David en persona de Dios: «Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre:» porque quien dice «Oye, hija,» es ciertamente un Padre; y sin embargo da testimonio de que aquel cuya casa y pueblo exhorta a olvidar no es menos padre de su hija. Y esto sucede cuando, estando muertos con Cristo a los rudimentos de este mundo, ya no miramos, como dice el Apóstol, «las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas,» [] y saliendo de corazón de esta casa temporal y visible, volvemos los ojos y el corazón hacia aquello en lo que hemos de permanecer para siempre. Y esto lograremos hacer cuando, mientras andamos en la carne, ya no peleemos según la carne contra el Señor, proclamando de obra y de acción la verdad de aquella sentencia del bienaventurado Apóstol «Nuestra conversación está en los cielos.» [] A estas tres clases de renuncias corresponden adecuadamente los tres libros de Salomón. Pues los Proverbios responden a la primera renuncia, porque en ellos se reprimen los deseos de las cosas carnales y los pecados terrenos; a la segunda corresponde el Eclesiastés, porque allí todo lo que se hace bajo el sol es declarado vanidad; a la tercera el Cantar de los Cantares, en el cual el alma, remontándose sobre todas las cosas visibles, se une realmente a la palabra de Dios por la contemplación de las cosas celestiales.

    Capítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias

    Conf. 3, cap. 7

    Por tanto, de poco nos aprovechará haber hecho la primera renuncia con la mayor devoción y fe, si no completamos la segunda con el mismo celo y ardor. Y así, cuando lo hayamos logrado, podremos llegar también a la tercera, en la cual salimos de la casa de nuestro antiguo padre (el cual, como bien sabemos, fue padre nuestro desde nuestro mismo nacimiento, según el hombre viejo, cuando éramos «por naturaleza hijos de ira, como también los demás,» []) y fijamos toda la mirada del alma en las cosas celestiales. Y de este padre dice la Escritura a Jerusalén, que había despreciado a Dios, el verdadero Padre: «Tu padre fue amorreo, y tu madre hetea;» [] y en el Evangelio leemos «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer.» [] Y cuando lo hayamos dejado, pasando de las cosas visibles a las invisibles podremos decir con el Apóstol: «Pero sabemos que si nuestra casa terrestre de este tabernáculo se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos,» [] y también aquello que citamos hace poco: «Mas nuestra conversación está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesús, el cual transformará el cuerpo de nuestra bajeza, hecho semejante al cuerpo de su gloria,» [] y esto del bienaventurado David: «Porque forastero soy en la tierra,» y «advenedizo, como todos mis padres;» de modo que, conforme a la palabra del Señor, seamos hechos semejantes a aquellos de quienes el Señor habla a su Padre en el Evangelio: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo,» [] y de nuevo a los Apóstoles mismos: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, por eso el mundo os aborrece.» [] De esta tercera renuncia, pues, lograremos alcanzar la perfección cuando nuestra alma no esté mancillada por mácula alguna de grosería carnal, sino que, eliminadas cuidadosamente todas esas cosas, haya sido liberada de toda cualidad y deseo terreno, y por la constante meditación de las cosas divinas y la contemplación espiritual haya pasado de tal modo a las cosas invisibles, que en su ardiente búsqueda de las cosas de arriba y de las espirituales ya no sienta que está encerrada en esta carne frágil y en la forma corporal, sino que sea arrebatada a un éxtasis tal que no sólo no oiga palabras con el oído exterior, ni se ocupe en mirar las formas de las cosas presentes, sino que ni siquiera vea las cosas que tiene cerca, o los objetos grandes delante de sus propios ojos. Y de esto nadie puede comprender la verdad y la fuerza, sino aquel que ha experimentado lo dicho, bajo la enseñanza de la experiencia; es decir, aquel cuyos ojos del alma el Señor ha apartado de todas las cosas presentes, de modo que ya no las considera como cosas que pronto pasarán, sino como cosas ya acabadas, y las ve desvanecerse en nada, como humo tenue; y como Enoc, «andando con Dios,» y «trasladado» de la vida y costumbres humanas, no «hallado» en medio de las vanidades de esta vida. Y que esto sucedió realmente de modo corporal en el caso de Enoc, el libro del Génesis nos lo dice así: «Y anduvo Enoc con Dios, y no fue hallado, porque Dios lo trasladó.» Y el Apóstol dice también: «Por la fe Enoc fue trasladado para que no viese muerte,» es decir, aquella muerte de la que el Señor dice en el Evangelio: «El que vive y cree en mí, no morirá eternamente.» Por lo cual, si ansiamos alcanzar la verdadera perfección, debemos cuidar de que, así como exteriormente con el cuerpo hemos menospreciado a los padres, la patria, las riquezas y los placeres del mundo, también interiormente con el corazón abandonemos todas estas cosas y jamás seamos arrastrados por deseo alguno hacia aquellas cosas que hemos dejado, como aquellos que fueron sacados por Moisés, los cuales, aunque no volvieron literalmente, se dice sin embargo que regresaron en su corazón a Egipto; a saber, abandonando a Dios que los había sacado con señales tan poderosas, y adorando los ídolos de Egipto que habían despreciado, como dice la Escritura: «Y en sus corazones se volvieron a Egipto, diciendo a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros,» [] pues caeríamos en la misma condenación que aquellos que, mientras moraban en el desierto, después de haber gustado el maná del cielo, codiciaron el alimento inmundo de los pecados y de la vil bajeza, y pareceríamos murmurar juntamente con ellos de la misma manera: «Nos iba bien en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos cebollas, y ajos, y pepinos, y melones:» forma de hablar que, aunque se refería primariamente a aquel pueblo, vemos sin embargo cumplirse hoy en nuestro propio caso y modo de vida: pues todo el que después de renunciar a este mundo vuelve a sus antiguos deseos, y retorna a sus anteriores aficiones, afirma con el corazón y con las obras lo mismo que ellos, y dice «Me iba bien en Egipto,» y temo que el número de éstos sea tan grande como el de las multitudes de apóstatas de quienes leemos bajo Moisés, pues aunque fueron contados como seiscientos tres mil hombres de guerra que salieron de Egipto, de este número no más de dos entraron en la tierra de promisión. Por lo cual debemos tener cuidado de tomar ejemplos de bondad de aquellos que son pocos y raros, porque según aquella figura de la que hemos hablado en el Evangelio «Muchos son llamados, mas pocos» se dice que son «escogidos.» [] Así pues, la renuncia sólo en el cuerpo, y un mero cambio de lugar desde Egipto, de nada nos aprovechará, si no logramos alcanzar aquella renuncia del corazón, que es mucho más alta y más valiosa. Porque de aquella mera renuncia corporal de la que hemos hablado declara el apóstol lo siguiente: «Aunque reparta todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y entregue mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me aprovecha.» [] Y el bienaventurado Apóstol jamás habría dicho esto si no hubiera previsto por el espíritu que algunos que habían dado todos sus bienes para alimentar a los pobres no podrían alcanzar la perfección evangélica y las alturas excelsas de la caridad, porque mientras la soberbia o la impaciencia dominaban sus corazones no se cuidaban de purificarse de sus pecados anteriores y de sus costumbres desenfrenadas, y por eso jamás podían alcanzar aquel amor de Dios que nunca falta; y éstos, como se quedan cortos en esta segunda etapa de la renuncia, menos aún pueden llegar a aquella tercera etapa que es ciertamente mucho más alta. Pero considerad también en vuestras mentes con gran cuidado el hecho de que no dijo simplemente «Si reparto mis bienes.» Porque quizá pudiera pensarse que hablaba de uno que no había cumplido el mandato del Evangelio, sino que había guardado algo para sí, como hacen algunas personas tibias. Pero dice «Aunque reparta todos mis bienes para dar de comer a los pobres,» es decir, aunque mi renuncia de aquellas riquezas terrenas sea perfecta. Y a esta renuncia añade algo todavía mayor: «Y aunque entregue mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, nada soy:» Como si hubiera dicho en otras palabras: aunque reparta todos mis bienes para dar de comer a los pobres conforme a aquel mandato del Evangelio, donde se nos dice «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo,» [] renunciando a ellos de modo que no guarde nada en absoluto para mí, y aunque a esta distribución (de mis bienes) añadiese yo, al entregar mi carne a las llamas, el martirio, de modo que diera mi cuerpo por Cristo, y sin embargo fuese impaciente, o colérico, o envidioso, o soberbio, o me irritase por las injurias ajenas, o buscase lo mío, o me entregase a malos pensamientos, o no estuviese pronto y paciente para soportar todo lo que se me puede infligir, esta renuncia y la entrega a las llamas del hombre exterior de nada me aprovechará, mientras el hombre interior esté todavía envuelto en los pecados anteriores, porque, mientras en el fervor de los primeros días de mi conversión menosprecié la mera sustancia mundana, de la cual se dice que no es buena ni mala en sí misma sino indiferente, no me cuidé de expulsar de manera semejante los poderes nocivos de un mal corazón, ni de alcanzar aquel amor del Señor que es paciente, que es «benigno, que no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no se irrita fácilmente, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no piensa el mal,» que «todo lo sufre, todo lo soporta,» [] y que, finalmente, jamás permite que quien lo sigue caiga por el engaño del pecado.

    Capítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad

    Conf. 3, cap. 8

    Debemos, pues, poner el mayor cuidado en que también nuestro hombre interior deseche y elimine todas aquellas posesiones de sus pecados que adquirió en su vida anterior; las cuales, puesto que se adhieren continuamente al cuerpo y al alma, son verdaderamente nuestras, y, si no las rechazamos y cortamos mientras estamos aún en la carne, no cesarán de acompañarnos después de la muerte. Porque así como las buenas cualidades, o la caridad misma que es su fuente, pueden ganarse en este mundo y, después del término de esta vida, hacen al hombre que las ama amable y glorioso, así nuestras faltas transmiten a aquella memoria eterna una mente oscurecida y manchada con colores sórdidos. Pues la hermosura o la fealdad del alma es el producto de sus virtudes o de sus vicios; el color que de ellos toma o bien la hace tan gloriosa que bien puede oír del profeta «Y el rey se complacerá en tu hermosura,» o bien tan negra, sórdida y fea que debe ciertamente reconocer el hedor de su vergüenza y decir «Mis llagas hieden y están corrompidas a causa de mi necedad,» y el Señor mismo le dice «¿Por qué no se ha cerrado la herida de la hija de mi pueblo?» [] Y por tanto éstas son nuestras propias posesiones, que permanecen continuamente con el alma, que ningún rey ni enemigo puede darnos ni quitarnos. Éstas son nuestras propias posesiones de las que ni siquiera la muerte misma puede separar al alma, pero renunciando a las cuales podemos alcanzar la perfección, y apegándonos a las cuales sufriremos el castigo de la muerte eterna.

    Capítulo 9. De tres clases de posesiones

    Conf. 3, cap. 9

    Las riquezas y posesiones se toman en la Sagrada Escritura de tres maneras diferentes, es decir, como buenas, malas e indiferentes. Son malas aquéllas de las cuales se dice: «Los ricos tuvieron necesidad y padecieron hambre,» y «¡Ay de vosotros, los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo!» [] y desechar estas riquezas es la cumbre de la perfección; y es una distinción que pertenece a aquellos pobres que son alabados en el evangelio por la palabra del Señor: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos;» [] y en el Salmo: «Este pobre clamó, y el Señor lo oyó,» y de nuevo: «El pobre y el necesitado alabarán tu nombre.» Son buenas aquellas riquezas cuya adquisición es obra de gran virtud y mérito, y cuyo poseedor justo es alabado por David, que dice «La generación de los justos será bendecida: gloria y riquezas hay en su casa, y su justicia permanece para siempre:» y de nuevo «el rescate de la vida del hombre son sus riquezas.» [] Y de estas riquezas se dice en el Apocalipsis a quien no las tiene y, para su vergüenza, es pobre y está desnudo: «Comenzaré,» dice él, «a vomitarte de mi boca. Porque dices: Soy rico y opulento y de nada tengo necesidad; y no sabes que eres desdichado y miserable y pobre y ciego y desnudo, te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego, para que te hagas rico, y seas vestido de vestiduras blancas, y no aparezca la vergüenza de tu desnudez.» [] Hay también algunas que son indiferentes, es decir, que pueden hacerse buenas o malas: pues se hacen lo uno o lo otro según la voluntad y el carácter de quienes las usan: de las cuales dice el bienaventurado Apóstol «Manda a los ricos de este mundo que no sean altivos ni confíen en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios (que nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos), que hagan el bien, que den con facilidad, que comuniquen a otros, que atesoren para sí un buen fundamento para echar mano de la vida verdadera.» [] Éstas son las que el rico del evangelio guardaba y nunca distribuía a los pobres —mientras el mendigo Lázaro yacía a su puerta deseando saciarse con sus migajas; y así fue condenado a las llamas insoportables y al calor eterno del fuego del infierno.

    Capítulo 10. Que nadie puede hacerse perfecto solamente mediante el primer grado de la renuncia

    Conf. 3, cap. 10

    Al dejar, pues, estos bienes visibles del mundo no abandonamos nuestra propia riqueza, sino aquello que no es nuestro, aunque nos gloriemos de ello como ganado por nuestros propios esfuerzos o heredado de nuestros antepasados. Pues, como dije, nada es nuestro, salvo sólo aquello que poseemos con el corazón y que se adhiere a nuestra alma, y por tanto no puede sernos arrebatado por nadie. Pero Cristo habla en tono de censura de aquellas riquezas visibles, a quienes las retienen como si fueran suyas y rehúsan compartirlas con los necesitados. «Si no habéis sido fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo que es vuestro?» [] Claramente, pues, no es sólo la experiencia diaria la que nos enseña que estas riquezas no son nuestras, sino también esta palabra de nuestro Señor, por el mismo título que les da. Pero acerca de las riquezas visibles y sin valor, Pedro dice al Señor: «He aquí, lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué tendremos, pues?» [] cuando está claro que no habían dejado nada sino sus miserables redes rotas. Y a menos que esta expresión «todo» se entienda referida a aquella renuncia de los pecados que es realmente grande e importante, no hallaremos que los Apóstoles hubieran dejado cosa alguna de valor, ni que el Señor tuviera razón alguna para otorgarles la bendición de tan gran gloria, que se les permitiera oír de Él que «en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos juzgando a las doce tribus de Israel.» Si, pues, aquellos que han renunciado completamente a sus bienes terrenos y visibles no pueden por razón suficiente alcanzar la caridad apostólica, ni subir con prontitud y vigor a aquel tercer grado de la renuncia que es aún más alto y pertenece a pocos, ¿qué deben pensar de sí mismos aquellos que ni siquiera dan aquel primer paso (que es muy fácil) de manera completa, sino que conservan junto con su antigua falta de fe sus anteriores riquezas sórdidas, y se imaginan que pueden gloriarse del mero nombre de monjes? La primera renuncia, pues, de la que hablamos es de lo que no es nuestro, y por tanto no basta por sí misma para conferir la perfección al renunciante, a menos que avance a la segunda, que es real y verdaderamente una renuncia de lo que nos pertenece. Y cuando nos hayamos asegurado de ésta mediante la expulsión de todas nuestras faltas, subiremos también a las alturas de la tercera renuncia, por la cual nos elevamos no sólo sobre todas aquellas cosas que se hacen en este mundo o pertenecen especialmente a los hombres, sino incluso sobre todo aquel universo que nos rodea y que es estimado tan glorioso, y con el corazón y el alma lo miraremos desde lo alto como sujeto a la vanidad y destinado pronto a pasar; como miramos, según dice el Apóstol, «no a las cosas que se ven, sino a las que no se ven: pues las cosas que se ven son temporales, y las que no se ven son eternas;» [] para que así seamos hallados dignos de oír aquella altísima palabra que fue dicha a Abraham: «y ven a la tierra que yo te mostraré,» [] lo cual muestra claramente que, a menos que un hombre haya hecho aquellas tres renuncias anteriores con toda la seriedad de su mente, no puede alcanzar esta cuarta, que se concede como recompensa y privilegio a aquel cuya renuncia es perfecta, para que sea hallado digno de entrar en la tierra de promisión que ya no produce para él las espinas y los abrojos de los pecados; la cual, después que todas las pasiones han sido expulsadas, se adquiere por la pureza de corazón aun en el cuerpo, y la cual no pueden ganar buenas obras ni esfuerzos del empeño humano, sino que el Señor mismo promete mostrar, diciendo «Y ven a la tierra que yo te mostraré:» lo cual prueba claramente que el comienzo de nuestra salvación resulta del llamado del Señor, que dice «Sal de tu tierra,» y que la consumación de la perfección y de la pureza es don suyo de la misma manera, como dice «Y ven a la tierra que yo te mostraré,» es decir, no una que tú mismo puedas conocer o descubrir por tus propios esfuerzos, sino una que yo mostraré no sólo a quien la ignora, sino incluso a quien no la busca. Y de esto claramente deducimos que, así como nos apresuramos al camino de la salvación movidos por la inspiración del Señor, así también es bajo la guía de su dirección e iluminación como alcanzamos la perfección de la bienaventuranza suprema.

    Capítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios

    Conf. 3, cap. 11

    Germano: ¿Dónde queda, pues, lugar para el libre albedrío, y cómo se atribuye a nuestros esfuerzos el que seamos dignos de alabanza, si Dios comienza y acaba en nosotros todo lo que concierne a nuestra salvación?

    Capítulo 12. Respuesta sobre la economía de la gracia divina, permaneciendo aún en nosotros el libre albedrío

    Conf. 3, cap. 12

    Pafnucio: Esto nos influiría con razón si en toda obra y práctica el comienzo y el fin lo fueran todo, y no hubiera nada en medio. Y así como sabemos que Dios crea oportunidades de salvación de varias maneras, está en nuestro poder hacer uso de las oportunidades que el cielo nos concede con mayor o menor diligencia. Pues así como la oferta vino de Dios que lo llamó «sal de tu tierra,» así la obediencia fue de parte de Abraham, que salió; y así como el hecho de que la palabra «Ven a la tierra» se llevara a efecto fue obra de quien obedeció, así la adición de las palabras «que yo te mostraré» vino de la gracia de Dios que lo mandaba o prometía. Pero nos conviene estar seguros de que, aunque practiquemos toda virtud con esfuerzos incesantes, sin embargo con todos nuestros empeños y celo jamás podemos llegar a la perfección, ni la mera diligencia y fatiga humana basta por sí misma para merecer alcanzar el espléndido premio de la bienaventuranza, a menos que lo hayamos asegurado mediante la cooperación del Señor y su dirección de nuestro corazón hacia lo recto. Y así debemos orar a cada momento y decir con David «Ordena mis pasos en tus sendas, para que mis pies no resbalen:» y «Ha puesto mis pies sobre la roca y ha ordenado mis pasos:» para que Aquel que es el invisible gobernante del corazón humano se digne volver al deseo de la virtud aquella voluntad nuestra, que se inclina más prontamente al vicio, sea por falta de conocimiento de lo bueno, sea por las delicias de la pasión. Y esto lo leemos en un versículo en que el profeta canta muy claramente: «Empujado fui derribado para que cayera,» donde se muestra la debilidad de nuestro libre albedrío. Y «el Señor me sostuvo:» esto muestra de nuevo que la ayuda del Señor está siempre unida a él, y por esto, para que no seamos del todo destruidos por nuestro libre albedrío, cuando Él ve que hemos tropezado, nos sostiene y nos apoya, como extendiendo su mano. Y de nuevo: «Si dije: Mi pie se movió;» es decir, por el carácter resbaladizo de la voluntad, «tu misericordia, oh Señor, me ayudó.» Una vez más une la ayuda de Dios a su propia debilidad, pues confiesa que no se debió a sus propios esfuerzos sino a la misericordia de Dios el que el pie de su fe no se moviera. Y de nuevo: «Según la multitud de los dolores que tenía en mi corazón,» los cuales brotaron ciertísimamente de mi libre albedrío, «tus consuelos han refrescado mi alma,» es decir, viniendo por tu inspiración a mi corazón, y abriendo la vista de los bienes futuros que has preparado para los que trabajan en tu nombre, no sólo removieron toda ansiedad de mi corazón, sino que de hecho le confirieron el deleite más grande. Y de nuevo: «Si no fuera porque el Señor me ayudó, mi alma casi habría habitado en el infierno.» Ciertamente muestra que por la depravación de este libre albedrío habría habitado en el infierno, si no hubiera sido salvado por la asistencia y protección del Señor. Pues «Por el Señor,» y no por el libre albedrío, «son dirigidos los pasos del hombre,» y «aunque el justo caiga» al menos por el libre albedrío, «no será desechado.» ¿Y por qué? Porque «el Señor lo sostiene con su mano:» y esto es decir con la mayor claridad: Ninguno de los justos es suficiente por sí mismo para adquirir la justicia, a menos que a cada momento en que tropieza y cae la misericordia divina lo sostenga con sus manos, para que no se derrumbe del todo y perezca, cuando ha sido derribado por la debilidad del libre albedrío.

    Capítulo 13. Que la ordenación de nuestro camino viene de Dios

    Conf. 3, cap. 13

    Y verdaderamente los santos nunca dijeron que fuera por sus propios esfuerzos como aseguraban la dirección del camino en que andaban en su curso hacia el avance y la perfección de la virtud, sino que más bien la pedían al Señor, diciendo «Dirígeme en tu verdad,» y «dirige mi camino en tu presencia.» Pero otro declara que descubrió este hecho mismo no sólo por la fe, sino también por la experiencia, y como por la naturaleza misma de las cosas: «Sé, oh Señor, que el camino del hombre no es suyo: ni está en el hombre el andar y dirigir sus pasos.» [] Y el Señor mismo dice a Israel: «Yo lo dirigiré como a un abeto verde: de mí se halla tu fruto.» []

    Capítulo 14. Que el conocimiento de la ley se da por la guía y la iluminación del Señor

    Conf. 3, cap. 14

    También el conocimiento de la ley misma se esfuerzan diariamente por alcanzarlo no por la diligencia en la lectura, sino por la guía y la iluminación de Dios, según le dicen: «Muéstrame tus caminos, oh Señor, y enséñame tus sendas:» y «abre mis ojos: y veré las maravillas de tu ley:» y «enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios;» y de nuevo: «Quien enseña al hombre el conocimiento.»

    Capítulo 15. Que el entendimiento por medio del cual podemos reconocer los mandamientos de Dios, y la ejecución de una buena voluntad, son ambos dones del Señor

    Conf. 3, cap. 15

    Además, el bienaventurado David pide al Señor que le conceda aquel mismo entendimiento por el cual puede reconocer los mandamientos de Dios que, bien lo sabía, estaban escritos en el libro de la ley, y dice «Soy tu siervo: oh, dame entendimiento para que aprenda tus mandamientos.» Ciertamente estaba en posesión del entendimiento que le había sido concedido por naturaleza, y tenía también al alcance de la mano el conocimiento de los mandamientos de Dios que se conservaban escritos en la ley: y aun así rogaba al Señor que pudiera aprender esto más a fondo, pues sabía que lo que le venía por naturaleza nunca le bastaría, a menos que su entendimiento fuera iluminado por el Señor con una iluminación diaria de Él, para entender la ley espiritualmente y reconocer sus mandamientos más claramente, como también declara muy claramente el «vaso de elección» esto en que insistimos. «Porque es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad.» [] ¿Qué podría ser más claro que la afirmación de que tanto nuestra buena voluntad como la consumación de nuestra obra son plenamente obradas en nosotros por el Señor? Y de nuevo «Porque a vosotros os es concedido por causa de Cristo, no sólo creer en Él, sino también padecer por Él.» [] Aquí también declara que el comienzo de nuestra conversión y fe, y el soportar el sufrimiento, es un don del Señor para nosotros. Y David también, que sabe esto, ruega igualmente que la misma cosa le sea concedida por la misericordia de Dios. «Fortalece, oh Dios, lo que has obrado en nosotros:» mostrando que no basta que el comienzo de nuestra salvación sea concedido por el don y la gracia de Dios, a menos que sea continuado y terminado por la misma piedad y continua ayuda de Él. Pues no el libre albedrío sino el Señor «suelta a los que están atados.» No nuestra fuerza, sino el Señor «levanta a los caídos:» no la diligencia en la lectura, sino «el Señor ilumina a los ciegos:» donde los griegos tienen [κύριος σοφοῖ τυφλούς], es decir, «el Señor hace sabios a los ciegos:» no nuestro cuidado, sino «el Señor cuida del extranjero:» no nuestro valor, sino «el Señor asiste (o sostiene) a todos los que están caídos.» Pero esto lo decimos, no para despreciar nuestro celo y esfuerzos y diligencia, como si se aplicaran inútil y neciamente, sino para que sepamos que no podemos esforzarnos sin la ayuda de Dios, ni pueden nuestros esfuerzos ser de utilidad alguna para asegurar el gran premio de la pureza, a menos que nos haya sido concedido por la asistencia y misericordia del Señor: pues «el caballo está preparado para el día de la batalla: pero la ayuda viene del Señor,» [] «porque ningún hombre puede prevalecer por la fuerza.» [] Debemos, pues, cantar siempre con el bienaventurado David: «Mi fuerza y mi alabanza es» no mi libre albedrío, sino «el Señor, y Él ha venido a ser mi salvación.» Y el maestro de los gentiles no ignoraba esto cuando declaraba que fue hecho capaz del ministerio del Nuevo Testamento no por sus propios méritos o esfuerzos sino por la misericordia de Dios. «No» dice él, que seamos capaces de pensar algo de nosotros mismos como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios, lo cual puede expresarse en un latín menos bueno pero más enérgico, «nuestra capacidad es de Dios,» y luego sigue: «Quien también nos hizo ministros capaces del Nuevo Testamento.» []

    Capítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor

    Conf. 3, cap. 16

    Pero tan plenamente comprendieron los Apóstoles que todo lo concerniente a la salvación les era dado por el Señor, que aun pidieron que la fe misma les fuera otorgada por el Señor, diciendo: «Auméntanos la fe» [] como no imaginaban que pudiera obtenerse por el libre albedrío, sino que creían que sería concedida por el don gratuito de Dios. En fin, el Autor de la salvación del hombre nos enseña cuán débil, flaca e insuficiente sería nuestra fe si no fuera fortalecida por el auxilio del Señor, cuando dice a Pedro «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado a mi Padre que tu fe no falte.» [] Y otro, hallando que esto le sucedía en su propio caso, y viendo que su fe era impelida por las olas de la incredulidad contra las rocas que causarían un espantoso naufragio, pide al mismo Señor socorro para su fe, diciendo «Señor, ayuda mi incredulidad.» [] Tan plenamente, pues, comprendieron aquellos Apóstoles y los hombres del evangelio que todo lo bueno es llevado a perfección por el auxilio del Señor, y no imaginaron que pudieran conservar incólume su fe por sus propias fuerzas o su libre albedrío, que oraron para que ella fuera ayudada o concedida por el Señor. Y si en el caso de Pedro hubo necesidad del auxilio del Señor para que no faltara, ¿quién será tan presuntuoso y ciego que imagine no tener necesidad del diario socorro del Señor para conservarla? Especialmente cuando el Señor mismo lo ha declarado en el evangelio, diciendo: «Como el sarmiento no puede llevar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.» [] Y de nuevo: «porque sin mí nada podéis hacer.» Cuán necio y perverso, pues, es atribuir alguna buena acción a nuestra propia diligencia y no a la gracia y auxilio de Dios, lo muestra claramente la sentencia del Señor, que establece que nadie puede mostrar los frutos del Espíritu sin su inspiración y cooperación. Porque «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces.» [] Y también Zacarías dice: «Porque todo lo bueno es suyo, y lo excelente procede de Él.» Y así el bienaventurado Apóstol dice consecuentemente: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» []

    Capítulo 17. Que la templanza y la resistencia en las tentaciones deben sernos dadas por el Señor

    Conf. 3, cap. 17

    Y que todo el aguante con que podemos soportar las tentaciones que nos sobrevienen no depende tanto de nuestras propias fuerzas como de la misericordia y el gobierno de Dios, lo declara así el bienaventurado Apóstol: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis resistir, sino que juntamente con la tentación dará también la salida, para que podáis soportarla.» [] Y que Dios dispone y fortalece nuestras almas para toda buena obra, y obra en nosotros todas aquellas cosas que le son agradables, lo enseña el mismo Apóstol: «Que el Dios de paz, que sacó de las tinieblas al gran Pastor de las ovejas, a Jesucristo, por la sangre del Testamento eterno, os haga aptos en todo bien, obrando en vosotros lo que es agradable delante de sus ojos.» [] Y para que lo mismo suceda a los tesalonicenses, ora así, diciendo: «Y el mismo Señor nuestro Jesucristo, y Dios nuestro Padre, que nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza en la gracia, conforte vuestros corazones y os confirme en toda buena palabra y obra.» []

    Capítulo 18. Que el temor continuo de Dios debe sernos otorgado por el Señor

    Conf. 3, cap. 18

    Y, en fin, el profeta Jeremías, hablando en persona de Dios, testifica claramente que aun el temor de Dios, por el cual podemos permanecer adheridos a Él, es derramado en nosotros por el Señor, diciendo así: «Y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman todos los días, y les vaya bien a ellos y a sus hijos después de ellos. Y haré con ellos un pacto eterno, y no cesaré de hacerles bien; y pondré mi temor en sus corazones, para que no se aparten de mí.» [] Ezequiel también dice: «Y les daré un solo corazón, y pondré un espíritu nuevo en sus entrañas; y quitaré el corazón de piedra de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis mandamientos, y guarden mis juicios y los cumplan; y sean mi pueblo, y yo sea su Dios.» []

    Capítulo 19. Que el principio de nuestra buena voluntad y su consumación vienen de Dios

    Conf. 3, cap. 19

    Y esto nos enseña claramente que el principio de nuestra buena voluntad se nos da por la inspiración del Señor, cuando Él nos atrae hacia el camino de la salvación, sea por su propio acto, sea por las exhortaciones de algún hombre, sea por necesidad; y que la consumación de nuestras buenas obras nos es concedida por Él del mismo modo; pero que está en nuestro poder seguir el aliento y el auxilio de Dios con más o menos celo, y que, por tanto, somos con razón visitados con el premio o con el castigo, según hayamos sido negligentes o cuidadosos en corresponder a su designio y disposición providencial hecha para nosotros con tan benigna consideración. Y esto se describe clara y abiertamente en el Deuteronomio. «Cuando,» dice él, «el Señor tu Dios te haya introducido en la tierra que vas a poseer, y haya destruido delante de ti muchas naciones, al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mucho más numerosas que tú y más fuertes que tú, y el Señor tu Dios te las haya entregado, las destruirás por completo. No harás alianza con ellas, ni contraerás matrimonio con ellas.» [] Así pues, la Escritura declara que es don gratuito de Dios el que sean introducidos en la tierra de promisión, el que muchas naciones sean destruidas delante de ellos, el que naciones más numerosas y más fuertes que el pueblo de Israel sean entregadas en sus manos. Pero si Israel las destruye del todo, o si las conserva con vida y las perdona, y si hace o no alianza con ellas, y contrae o no matrimonios con ellas, declara que está en su propio poder. Y por este testimonio podemos ver claramente qué debemos atribuir al libre albedrío, y qué al designio y al diario auxilio del Señor, y que pertenece a la gracia divina darnos ocasiones de salvación, empresas prósperas y victoria; pero que es nuestro seguir las bendiciones que Dios nos da con fervor o con indiferencia. Y que este mismo hecho se nos enseña claramente en la curación de los ciegos. Pues el que Jesús pasara junto a ellos fue un don gratuito de la providencia y condescendencia divinas. Pero el que ellos gritaran y dijeran «Ten misericordia de nosotros, Señor, Hijo de David,» [] fue un acto de su propia fe y creencia. El que recibieran la vista de sus ojos fue un don de la divina piedad. Pero que, después de recibir cualquier bendición, la gracia de Dios y el uso del libre albedrío permanecen ambos, nos lo muestra el caso de los diez leprosos, que fueron todos sanados igualmente. Pues cuando uno de ellos por bondad de voluntad volvió a dar gracias, el Señor, buscando a los nueve y alabando a aquel uno, mostró que siempre estaba ansioso por ayudar aun a los que olvidaban su bondad. Pues aun esto es un don de su visita; a saber, que recibe y encomia al agradecido, y busca y reprende a los desagradecidos.

    Capítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios

    Conf. 3, cap. 20

    Pero es justo que mantengamos con fe inquebrantable que nada absolutamente se hace en este mundo sin Dios. Pues debemos reconocer que todo se hace o por su voluntad o por su permiso; es decir, debemos creer que todo lo bueno se lleva a cabo por la voluntad de Dios y con su auxilio, y todo lo contrario se hace por su permiso, cuando la protección divina se retira de nosotros por nuestros pecados y la dureza de nuestro corazón, y permite que el diablo y las pasiones vergonzosas del cuerpo se enseñoreen de nosotros. Y las palabras del Apóstol nos enseñan esto con toda certeza, cuando dice: «Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas:» y de nuevo: «Como no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer lo que no conviene.» Y el Señor mismo dice por el profeta: «Pero mi pueblo no escuchó mi voz, e Israel no me obedeció; por eso los entregué a los deseos de su corazón: caminarán según sus propios consejos.»

    Capítulo 21. Objeción sobre el poder del libre albedrío

    Conf. 3, cap. 21

    Germano: Este pasaje muestra muy claramente la libertad de la voluntad, donde se dice «Si mi pueblo me hubiera escuchado,» y en otro lugar «Pero mi pueblo no quiso oír mi voz.» Porque cuando dice «Si me hubieran oído,» muestra que la decisión de ceder o no ceder estaba en su propio poder. ¿Cómo, pues, es verdad que nuestra salvación no depende de nosotros mismos, si Dios mismo nos ha dado el poder de escuchar o no escuchar?

    Capítulo 22. Respuesta: a saber, que nuestro libre albedrío siempre necesita la ayuda del Señor

    Conf. 3, cap. 22

    Pafnucio: Con bastante agudeza has notado cómo se dice «Si mi pueblo me hubiera escuchado:» pero no has considerado suficientemente ni quién es el que habla a quien escucha o no escucha, ni lo que sigue: «Pronto habría derribado a sus enemigos, y habría puesto mi mano sobre los que los angustian.» Nadie, pues, intente con una interpretación falsa torcer lo que adujimos para probar que nada puede hacerse sin el Señor, ni lo tome en apoyo del libre albedrío, de modo que pretenda quitar al hombre la gracia de Dios y su diario cuidado, por medio de este texto: «Pero mi pueblo no escuchó mi voz,» y de nuevo: «Si mi pueblo me hubiera escuchado, y si Israel hubiera andado en mis caminos, etc.:» sino considere que, así como el poder del libre albedrío se evidencia por la desobediencia del pueblo, así también se muestra el diario cuidado de Dios, que declara y amonesta. Pues donde dice «Si mi pueblo me hubiera escuchado,» claramente da a entender que antes les había hablado. Y esto solía hacerlo el Señor no sólo por medio de la ley escrita, sino también por exhortaciones diarias, como esta que se da por Isaías: «Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y rebelde.» [] Ambos puntos, pues, pueden apoyarse en este pasaje, donde se dice: «Si mi pueblo me hubiera escuchado, y si Israel hubiera andado en mis caminos, pronto habría derribado a sus enemigos y habría puesto mi mano sobre los que los angustian.» Porque, así como el libre albedrío se muestra por la desobediencia del pueblo, así el gobierno de Dios y su auxilio se hacen claros por el principio y el fin del versículo, donde da a entender que antes les había hablado, y que después derribaría a sus enemigos, si le hubieran escuchado. Pues no deseamos suprimir el libre albedrío del hombre con lo que hemos dicho, sino sólo establecer el hecho de que el auxilio y la gracia de Dios le son necesarios cada día y cada hora. Después de habernos instruido con este discurso, el abad Pafnucio nos despidió de su celda antes de medianoche, en estado de contrición más bien que de vivacidad; insistiendo en esto como lección principal de su discurso; a saber, que cuando imaginábamos que, perfeccionando la primera renuncia (lo que nos esforzábamos por hacer con todas nuestras fuerzas), podríamos escalar las alturas de la perfección, habríamos de descubrir que ni siquiera habíamos comenzado a soñar en las alturas a que puede subir un monje, pues después de haber aprendido algunas pocas cosas acerca de la segunda renuncia, encontraríamos que antes de esto ni siquiera habíamos oído palabra del tercer grado, en el cual se comprende toda la perfección, y que en muchos aspectos excede con mucho a estos inferiores.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 3 de 21