c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·54 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 18 de 21 · Conferencia 19. Abad Juan·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CAS-02
Leer por sesiones · 159 sesiones · 0 marcadas como leídas
Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.
Conferencia del abad Juan. Sobre el fin del cenobita y del ermitaño.
Capítulo 1. Del cenobio del abad Pablo y de la paciencia de cierto hermano
Conf. 19, cap. 1
Después de solo unos pocos días nos encaminamos de nuevo con gran presteza, atraídos por el deseo de instruirnos más, al cenobio del abad Pablo, donde, aunque moran allí más de doscientos hermanos, con ocasión de la fiesta que entonces se celebraba había acudido también una enorme multitud de monjes de otros cenobios: pues se solemnizaba el aniversario de la muerte de un abad anterior que había presidido aquel mismo monasterio. Y hemos mencionado esta asamblea por esta razón: para tratar brevemente de la paciencia de cierto hermano, que fue notable por la inalterable mansedumbre que mostró en presencia de toda aquella congregación. Pues aunque el objeto de esta obra mira a otra persona —a saber, presentar las palabras del abad Juan, que dejó el desierto y se sometió a aquel cenobio con suma bondad y humildad—, no nos parece en modo alguno absurdo referir, sin verbosidad innecesaria, lo que juzgamos muy instructivo para los que anhelan el bien. Y así, estando todo el cuerpo de monjes sentado en grupos separados de doce en el gran patio abierto, cuando uno de los hermanos tardó algo en traer y servir una fuente, el mencionado abad Pablo, que andaba afanosamente entre los grupos de hermanos que servían, lo vio y le asestó tal bofetada delante de todos en la palma abierta, que el sonido de la mano golpeada llegó realmente a oídos de quienes estaban de espaldas y sentados a cierta distancia. Pero el joven, de admirable paciencia, lo recibió con tal serenidad de espíritu que no solo no dejó escapar palabra alguna de su boca ni dio la menor señal de murmuración con el callado movimiento de sus labios, sino que ni siquiera cambió en lo más mínimo de color ni perdió el semblante modesto y pacífico de su rostro. Y este hecho dejó pasmados no solo a nosotros, que poco antes habíamos llegado de un monasterio de Siria y no habíamos aprendido el bien de esta paciencia con ejemplos tan claros, sino también a todos aquellos que no carecían de experiencia de tal fervor, de modo que con él se dio una gran lección incluso a los ya muy adelantados; porque si aquella corrección paternal no turbó su paciencia, tampoco la presencia de tan gran número hizo asomar el menor signo de rubor a sus mejillas.
Capítulo 2. De la humildad del abad Juan y de nuestra pregunta
Conf. 19, cap. 2
En este cenobio, pues, hallamos a un anciano muy venerable llamado Juan, cuyas palabras y humildad creemos que de ningún modo deben pasarse en silencio, ya que en ellas aventajaba a todos los santos, pues sabemos que fue especialmente firme en aquella perfección que, aunque es la madre de todas las virtudes y el fundamento segurísimo de todo el edificio espiritual, es sin embargo del todo extraña a nuestro sistema. Por lo cual no es de admirar que no podamos alcanzar la altura de aquellos varones, pues no soportamos la disciplina del cenobio —no diré hasta la vejez—, sino que apenas nos contentamos con soportar el yugo de la sujeción durante un par de años, y al punto huimos a gozar de una libertad peligrosa; y aun durante ese breve tiempo no parecemos estar sujetos a la regla del anciano según una regla estricta, sino según lo dicta nuestra voluntad propia. Habiendo visto, pues, a este anciano en el cenobio del abad Pablo, quedamos impresionados primero por su edad y por la gracia de que estaba dotado, y con la mirada fija en tierra comenzamos a suplicarle que se dignase explicarnos por qué había abandonado la libertad del desierto y aquella excelsa profesión, en la cual su fama y celebridad lo habían elevado por encima de otros que habían abrazado la misma vida, y por qué había elegido entrar bajo el yugo del cenobio. Dijo que, no estando a la altura del sistema de los anacoretas y considerándose indigno de las cumbres de tal perfección, había vuelto a la escuela de los principiantes para aprender a cumplir las lecciones que allí se enseñan, conforme lo exige la vida. Y como nuestras súplicas no quedaron satisfechas y no quisimos aceptar aquella humilde respuesta, al fin comenzó de este modo.
Capítulo 3. Respuesta del abad Juan: por qué había dejado el desierto
Conf. 19, cap. 3
El sistema de los anacoretas, que os sorprende que yo haya dejado, no solo no lo rechazo ni lo rehúyo, sino que más bien lo abrazo y lo considero con la mayor veneración; y en ese sistema, después de haber pasado treinta años viviendo en un cenobio, me alegro de haber pasado también veinte más, de modo que jamás pueda acusárseme de pereza entre quienes lo abrazaron a medias. Pero como su pureza, de la cual yo había tenido alguna leve experiencia, se veía a veces manchada por la presencia de la preocupación por las cosas carnales, me pareció mejor volver al cenobio para alcanzar con mayor prontitud un fin más asequible, emprendido con menos peligro que aventurarse a la vida más elevada del solitario humilde. Pues es mejor mostrarse fervoroso en promesas menores que negligente en las mayores. Y por eso, si acaso aduzco algo con cierta arrogancia y, ciertamente, con demasiada libertad, os ruego que no lo atribuyáis al pecado de la jactancia, sino más bien a mi deseo de vuestra edificación; y que, como creo que nada de la verdad debe ocultárseos cuando preguntáis con tanto empeño, lo imputéis al amor antes que a la jactancia. Pues pienso que puede dárseos alguna instrucción si depongo mi humildad y descubro sencillamente toda la verdad acerca de mi fin. Confío, en efecto, en que no incurriré de vuestra parte en reproche alguno de vanagloria por la libertad de mis palabras, ni en cargo alguno de falsedad por parte de mi conciencia por haber suprimido la verdad.
Capítulo 4. De la excelencia que el mencionado anciano mostró en el sistema de los anacoretas
Conf. 19, cap. 4
Si, pues, alguien se deleita en los rincones del desierto y quisiera olvidar todo trato humano y decir con Jeremías: «No he deseado el día del hombre: tú lo sabes,» [] confieso que, por bendición de la gracia de Dios, yo también alcancé, o al menos procuré alcanzar, esto. Y así, por el don bondadoso del Señor, recuerdo que fui arrebatado muchas veces a tal éxtasis que olvidaba que estaba revestido con la carga de un cuerpo débil, y mi alma de repente olvidaba todas las nociones exteriores y se apartaba por entero de todos los objetos materiales, de suerte que ni mis ojos ni mis oídos desempeñaban sus funciones propias. Y mi alma estaba tan llena de meditaciones divinas y contemplaciones espirituales que a menudo por la tarde no sabía si había tomado alimento, y al día siguiente dudaba mucho de si había ayunado el día anterior. Por esta razón, una provisión de alimentos para siete días, es decir, siete tandas de bizcochos, se apartaba en una especie de cesta y se guardaba el sábado, para que no hubiese duda cuando se omitía la cena; y con este plan se evitaba también otro error por olvido, pues cuando se acababa el número de tortas, ello mostraba que el curso de la semana había concluido y que los oficios de aquel día habían llegado, y que la fiesta, el día santo y los oficios de la congregación no podían escapar a la atención del solitario. Pero aunque aquel éxtasis de la mente del que hemos hablado llegase a perturbar este plan, con todo, el método del trabajo de los días mostraría el número de los días y corregiría el error. Y, por pasar en silencio las demás ventajas del desierto (pues no es asunto nuestro tratar de su número y cantidad, sino más bien del fin de la soledad y del cenobio), explicaré más bien brevemente las razones por las cuales preferí dejarlo, que también vosotros queríais saber, y en un conciso discurso pasaré revista a todos aquellos frutos de la soledad que mencioné, y mostraré ante qué ventajas mayores, por otro lado, deben ser tenidos en menos.
Capítulo 5. De las ventajas del desierto
Conf. 19, cap. 5
Entonces, mientras por el escaso número de los que a la sazón vivían en el desierto se nos ofrecía una libertad mayor en la más amplia extensión del yermo, mientras en la soledad de retiros más vastos éramos arrebatados a aquellos éxtasis celestiales y no nos agobiaba una gran multitud de hermanos que nos visitase, ni nos abrumaban en el pensamiento las distracciones de graves cuidados por la necesidad de ejercer la hospitalidad, frecuentaba con deseo insaciable y de todo corazón los pacíficos retiros del desierto y aquella vida que solo puede compararse con la bienaventuranza de los ángeles. Pero cuando, como dije, un número mayor de hermanos comenzó a buscar morada en aquel desierto, y al estrechar la libertad de la vasta soledad no solo hizo que se enfriara aquel fuego de la contemplación divina, sino que además enredó la mente de muchas maneras en las cadenas de los asuntos carnales, determiné llevar a cabo mi propósito en este sistema antes que entibiarme en aquel sublime género de vida atendiendo a las necesidades carnales; de modo que, si se me niegan aquella libertad y aquellos éxtasis espirituales, como se evita todo cuidado por el mañana, pueda consolarme cumpliendo el precepto del Evangelio, y lo que pierdo en sublimidad de contemplación se me compense con la sumisión y la obediencia. Porque es cosa miserable que un hombre profese aprender un arte o disciplina y jamás llegue a la perfección en ella.
Capítulo 6. De las comodidades del cenobio
Conf. 19, cap. 6
Por lo cual explicaré brevemente qué ventajas disfruto ahora en este modo de vida. Vosotros debéis considerar mis palabras y juzgar si aquellas ventajas del desierto superan estos consuelos, y con ello podréis también comprobar si elegí verme estrechado dentro de los límites angostos del cenobio por aversión o por deseo de aquella pureza de la vida solitaria. En esta vida, pues, no hay que proveer al trabajo de cada día, no hay distracciones de compras y ventas, no hay el cuidado inevitable del alimento de todo el año, ni inquietud por las cosas corporales, por la que uno ha de preparar lo necesario no solo para sus propias necesidades, sino también para las de cualquier número de huéspedes; en fin, no hay presunción por la alabanza de los hombres, lo cual es peor que todas estas cosas y a veces ante Dios anula el bien incluso de los grandes esfuerzos en el desierto. Pero, por pasar por alto aquellas olas de soberbia espiritual y el peligro mortal de la vanagloria en la vida del anacoreta, volvamos a esta carga general que afecta a todos, es decir, la ordinaria preocupación por proveer de alimento, que ha llegado tan lejos que no digo ya supera la medida de aquella antigua austeridad que prescindía por completo del aceite, sino que comienza a no contentarse ni siquiera con la relajación de nuestro propio tiempo, según la cual las necesidades de todo el suministro de un año se satisfacían con la preparación de una sola pinta de aceite y un modio de lentejas para uso de los huéspedes; mas ahora apenas se cubre la provisión necesaria de alimento con el doble o el triple de aquella cantidad. Y a tal punto ha crecido entre algunos la fuerza de esta peligrosa relajación que, cuando mezclan vinagre y salsa, no añaden aquella única gota de aceite que nuestros predecesores, que seguían las reglas del desierto con mayor poder de abstinencia, solían echar únicamente para evitar la vanagloria, sino que parten un queso egipcio por lujo y vierten sobre él más aceite del necesario, y así toman, bajo un solo y agradable condimento, dos clases de alimento que difieren en su sabor peculiar, cada una de las cuales debería ser por sí sola un agradable refrigerio en distintos momentos para un monje. Hasta tal punto, empero, ha crecido esta [ὑλικὴ κτῆσις], es decir, la adquisición de cosas materiales, que, en realidad, so pretexto de hospitalidad y de acoger a los huéspedes, los anacoretas han empezado a guardar una manta en sus celdas —cosa que no puedo mencionar sin vergüenza—, por omitir aquellas cosas que más estorban a la mente sobrecogida y atenta a la meditación espiritual, a saber: el concurso de los hermanos, los deberes de recibir al que llega y despedir al que parte, las visitas mutuas y el sinfín de preocupaciones de diversas conversaciones y ocupaciones, cuya expectación, por el carácter continuo de estas interrupciones acostumbradas, mantiene la mente en tensión aun durante el tiempo en que estos fastidios parecen cesar. Y así resulta que la libertad de la vida del anacoreta queda tan impedida por estos vínculos que jamás puede elevarse a aquella inefable agudeza de corazón, y de este modo pierde los frutos de su vida eremítica. Y si esto se me niega ahora mientras vivo en la congregación y entre otros, al menos no falta la paz de la mente y la tranquilidad del corazón libre de todo negocio. Y si esta no está a mano también para los que viven en el desierto, tendrán ciertamente que soportar los trabajos de la vida de anacoreta, pero perderán sus frutos, los cuales solo pueden ganarse en la pacífica estabilidad del ánimo. En fin, aun si se da alguna mengua de mi pureza de corazón mientras vivo en el cenobio, me contentaré con guardar a cambio aquel único precepto del Evangelio, que ciertamente no puede estimarse en menos que todos aquellos frutos del desierto; quiero decir que no me preocupe por el mañana y, sometiéndome por completo al abad, parezca emular en algún grado a
Aquel de quien está dicho: Se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte; y así pueda humildemente hacer uso de sus palabras: «Porque no he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió.»
Capítulo 7. Pregunta sobre los frutos del cenobio y del desierto
Conf. 19, cap. 7
Germán: Puesto que es evidente que tú no has tocado, como tantos, apenas los meros umbrales de cada género de vida, sino que has ascendido a las cumbres mismas, quisiéramos saber cuál es el fin de la vida del cenobita y cuál el fin del ermitaño. Pues nadie puede dudar que ningún hombre puede disertar con mayor plenitud o fidelidad sobre estos asuntos que quien, enseñado por el largo uso y la experiencia, ha seguido ambos, y así puede mostrarnos con enseñanza veraz su valor y su fin.
Capítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
Conf. 19, cap. 8
Juan: Sostendría absolutamente que un mismo hombre no puede alcanzar la perfección en ambas vidas, si no me lo impidiera el ejemplo de algunos pocos. Y puesto que no es poca cosa encontrar a un hombre perfecto en una de ellas, queda claro cuánto más difícil, y casi diría imposible, es para un hombre ser cabalmente eficaz en ambas. Y si esto ha sucedido alguna vez, no puede caer bajo regla general alguna. Pues una regla general debe fundarse no en casos excepcionales, es decir, en la experiencia de muy pocos, sino en lo que está al alcance de los muchos, o más bien de todos. Pero lo que solo uno o dos alcanzan aquí o allá, y supera la capacidad de la bondad ordinaria, debe quedar fuera de las reglas generales como algo permitido al margen de la condición y naturaleza de la humana flaqueza, y debe presentarse como un milagro antes que como un ejemplo. Por lo cual, en cuanto lo permite mi escasa capacidad, indicaré brevemente lo que queréis saber. El fin, ciertamente, del cenobita es mortificar y crucificar todos sus deseos y, según aquel saludable mandato de la perfección evangélica, no preocuparse por el mañana. Y es perfectamente claro que esta perfección no puede alcanzarla nadie sino el cenobita, un hombre tal como el profeta Isaías describe, bendice y alaba cuando dice: «Si apartas tu pie del sábado, de hacer tu propia voluntad en mi día santo, y lo glorificas, no siguiendo tus propios caminos, y no se halla que tu propia voluntad pronuncie palabra alguna: entonces te deleitarás en el Señor, y yo te levantaré sobre las alturas de la tierra, y te alimentaré con la herencia de Jacob tu padre. Porque la boca del Señor lo ha dicho.» [] Mas la perfección del ermitaño consiste en tener la mente libre de todas las cosas terrenas y unirla, en cuanto la humana fragilidad lo permite, con Cristo; y a un hombre tal describe el profeta Jeremías cuando dice: «Bienaventurado el hombre que ha llevado el yugo desde su juventud. Se sentará solitario y guardará silencio, porque lo ha tomado sobre sí;» y también el salmista: «Me he hecho semejante al pelícano en el desierto. He velado y me he vuelto como el gorrión solitario sobre el tejado.» A este fin, pues, que hemos descrito como propio de cada una de las dos vidas, si cada una no lo alcanza, en vano abraza el uno el sistema del cenobio y el otro el de la ermita: pues ninguno de los dos obtendrá el bien de su manera de vivir.
Capítulo 9. De la perfección verdadera y completa
Conf. 19, cap. 9
Mas ésta es [μερική], es decir, no una perfección cabal y del todo completa, sino sólo parcial. La perfección, pues, es muy rara y concedida por don de Dios a muy pocos. Porque es verdadera y no parcialmente perfecto aquel que con igual imperturbabilidad soporta tanto la aspereza del yermo en el desierto como las flaquezas de los hermanos en el cenobio. Y así es difícil hallar a uno que sea perfecto en ambas vidas, porque el anacoreta no puede adquirir cabalmente la [ἀκτημοσύνη], es decir, el desprecio y despojo de las cosas materiales, ni el cenobita la pureza en la contemplación, aunque sabemos que el abad Moisés, Pafnucio y los dos Macarios fueron maestros en la perfección de una y otra vida. Y así fueron perfectos en una y otra vida; y aunque se retiraban más lejos que todos los moradores del desierto y se deleitaban sin cesar en el retiro del yermo, y en cuanto de ellos dependía nunca buscaban trato con otros hombres, con todo soportaban la presencia y las flaquezas de cuantos a ellos acudían; de suerte que cuando un gran número de hermanos venía a verlos y a aprovecharse de ello, toleraban con imperturbable paciencia aquella molestia casi continua de recibirlos, y los hombres imaginaban que en todos los días de su vida no habían aprendido ni practicado otra cosa sino mostrar común cortesía a los que llegaban; de manera que era un enigma para todos decir en cuál vida se mostraba principalmente su celo, es decir, si su grandeza se acomodaba de modo más admirable a la pureza de la ermita o a la vida común.
Capítulo 10. De los que, siendo aún imperfectos, se retiran al desierto
Conf. 19, cap. 10
Mas algunos se sienten a veces de tal modo atormentados por el silencio del desierto que dura todo el día, que acaban por temer enteramente el trato con los hombres; y cuando, por la circunstancia de la visita de alguno de los hermanos, interrumpen siquiera por breve tiempo su costumbre de retiro, hierven con notable turbación de ánimo y dan muestras claras de disgusto. Y esto sucede especialmente a aquellos que se han entregado a la vida solitaria sin propósito bien madurado y sin haberse ejercitado a fondo en el cenobio; los cuales son siempre imperfectos y fáciles de perturbar, y se inclinan a un lado o a otro según los vientos de la tribulación los empujen. Pues así como hierven con impaciencia en el trato y conversación con los hermanos, así, cuando viven en soledad, no pueden soportar la inmensidad de aquel silencio que ellos mismos han buscado, por cuanto ni siquiera saben la razón por la cual la soledad debe ser querida y buscada, sino que imaginan que el valor y la parte principal de esta vida consisten en esto: en evitar el trato con los hermanos y en rehuir y aborrecer simplemente la vista de un hombre.
Capítulo 11. Una pregunta: cómo curar a los que han abandonado precipitadamente la congregación del cenobio
Conf. 19, cap. 11
Germán: ¿Con qué tratamiento se nos puede prestar ayuda a nosotros o a otros que somos así de débiles y no más que esto, que habíamos recibido poca instrucción en el sistema del cenobio cuando comenzamos a aspirar a morar en la soledad antes de habernos librado de nuestras faltas? ¿O por qué medios podremos adquirir la constancia de un ánimo imperturbable y la firmeza inmutable de la paciencia, nosotros que demasiado pronto abandonamos la vida común del cenobio y dejamos las escuelas y el campo de entrenamiento de estos ejercicios, en los cuales nuestros principios debieran primero haberse ejercitado y perfeccionado a fondo? ¿Cómo, pues, podremos ahora, viviendo solos, alcanzar la perfección en la longanimidad y la paciencia? ¿O cómo podrá la conciencia, esa escrutadora de los motivos interiores, descubrir si estas virtudes existen en nosotros o nos faltan, de suerte que, estando apartados del trato con los hombres y no irritados por provocación alguna de ellos, no nos engañemos con falsas nociones y creamos que hemos alcanzado aquella paz imperturbable del alma?
Capítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
Conf. 19, cap. 12
Juan: A los que de verdad buscan alivio, no les faltarán ciertamente remedios curativos del verdadero Médico de las almas; y sobre todo se les darán a aquellos que no desprecian su mal estado (ya sea porque desesperan de él, ya porque no se cuidan de él), ni ocultan el peligro en que se hallan por su herida, ni con corazón disoluto rechazan el remedio de la penitencia, sino que con corazón humilde y a la vez solícito acuden al Médico celestial por las enfermedades contraídas por ignorancia, error o necesidad. Y así debemos saber que si nos retiramos a la soledad o a lugares secretos sin que primero sean curadas nuestras faltas, su operación queda sólo reprimida, mientras que la fuerza de sentirlas no se extingue. Pues la raíz de todos los pecados, no habiendo sido arrancada, permanece aún escondida en nosotros, o más bien va creciendo; y que aún vive podemos saberlo por estas señales. Por ejemplo, si viviendo en soledad recibimos la llegada de algunos hermanos, o cualquier tardanza suya, por pequeña que sea, con alguna ansiedad o irritación del ánimo, debemos reconocer que todavía existe en nosotros un incentivo de la más precipitada impaciencia. Mas si cuando esperamos la venida de un hermano, y por alguna causa tal vez se demora un poco, nuestra indignación mental o culpa en silencio su tardanza, y la molestia por esta espera inoportuna perturba nuestro ánimo, el examen de nuestra conciencia mostrará que el pecado de ira y de enojo permanece claramente aún en nosotros. De nuevo, si cuando un hermano nos pide nuestro libro para leer, o alguna otra cosa para usar, su petición nos molesta, o una negativa nuestra le disgusta, no puede caber duda de que estamos todavía enredados en las mallas de la avaricia o de la codicia. Mas si un pensamiento repentino o un pasaje de la Sagrada Escritura trae a la memoria el recuerdo de una mujer, y sentimos que de algún modo nos atrae hacia ella, debemos saber que el fuego de la fornicación no está aún extinguido en nosotros. Y si al comparar nuestra propia severidad con la relajación de otro, aun la más leve presunción prueba nuestro ánimo, es claro que estamos afligidos por la terrible peste de la soberbia. Cuando, pues, descubrimos estas señales de faltas en nuestro corazón, debemos reconocer claramente que es sólo la ocasión y no la pasión del pecado de la que estamos privados. Y ciertamente estas pasiones, si alguna vez nos mezcláramos en la vida ordinaria de los hombres, al punto saltarían de sus escondrijos en nuestros pensamientos y demostrarían que no vinieron entonces por primera vez a la existencia cuando estallaron, sino que entonces por fin se hicieron públicas, porque habían estado largo tiempo ocultas. Y así, incluso un solitario puede descubrir por señales seguras que las raíces de cada falta están aún implantadas en él, si procura no mostrar su pureza a los hombres, sino mantenerla inviolable ante Aquel a cuya vista no pueden ocultarse los secretos del corazón.
Capítulo 13. Una pregunta: cómo puede curarse el hombre que ha entrado en la soledad sin haber extirpado sus faltas
Conf. 19, cap. 13
Germán: Vemos con toda claridad y evidencia las pruebas por las cuales se infieren las señales de las enfermedades, y el modo de discernir las dolencias, es decir, cómo pueden detectarse las faltas que se ocultan en nosotros; pues la experiencia de cada día y los movimientos diarios de nuestros pensamientos nos muestran todas éstas tal como han sido expuestas. Resta, pues, que así como las pruebas y causas de nuestras dolencias nos han sido mostradas de manera muy clara, también se nos muestren sus remedios y curaciones. Porque nadie puede dudar de que quien primero ha descubierto los fundamentos y comienzos de los males, con el testimonio aprobador de la conciencia de los afectados, puede disertar mejor sobre sus remedios. Y así, aunque la enseñanza de vuestra santidad ha puesto al descubierto los secretos de nuestras heridas, por lo cual nos atrevemos a tener alguna esperanza de remedio, porque un diagnóstico tan claro de la enfermedad promete la esperanza de curación, con todo, como decís, los primeros elementos de la salvación se adquieren en el cenobio, y los hombres no pueden estar sanos en la soledad si no han sido primero curados por la medicina del cenobio, hemos caído de nuevo en un peligroso estado de desesperanza, no sea que, habiendo dejado el cenobio en condición imperfecta, no logremos ahora, estando en el desierto, llegar a ser perfectos.
Capítulo 14. La respuesta sobre sus remedios
Conf. 19, cap. 14
Juan: A los que están ansiosos por la curación de sus dolencias no les ha de faltar ciertamente un remedio salvador; y, por tanto, los remedios deben buscarse por los mismos medios por los que se descubren las señales de cada falta. Pues así como hemos dicho que las faltas de la vida ordinaria de los hombres no faltan a los solitarios, así no negamos que todo celo por la virtud y todos los medios de sanar están a disposición de todos aquellos que viven apartados del trato ordinario de los hombres. Cuando, pues, alguno descubre por aquellas señales que arriba describimos que es atacado por arrebatos de impaciencia o de ira, debe ejercitarse siempre en las cosas opuestas y contrarias; y, poniendo delante de sí toda suerte de injurias y agravios, como si le fueran ofrecidos por otro, acostumbrar su ánimo a someterse con perfecta humildad a todo lo que la maldad pueda acarrearle; y representándose a menudo toda clase de cosas ásperas e intolerables, considerar continuamente con todo dolor de corazón con cuánta mansedumbre debe salirles al encuentro. Y, mirando así los sufrimientos de todos los santos, y aun los del Señor mismo, admitirá que los diversos oprobios y castigos son menores de lo que merece, y se preparará a soportar toda clase de penas. Y cuando ocasionalmente haya sido llamado por alguna invitación a la asamblea de los hermanos — cosa que no puede dejar de suceder de vez en cuando aun a los más estrictos moradores del desierto — si halla que su ánimo se turba silenciosamente aun por cosas insignificantes, debe, como severo censor de sus emociones secretas, acusarse a sí mismo de todos aquellos variados y duros agravios para cuya perfecta tolerancia se entrenaba con sus meditaciones diarias, y reprenderse y reconvenirse a sí mismo de esta manera: Hombre mío, ¿eres tú aquel que, ejercitándote en el campo de la soledad, te atreviste con toda determinación a pensar que vencerías todas las malas cualidades, y que hace poco, representándote no sólo toda suerte de amargos oprobios, sino también castigos intolerables, imaginabas ser bastante fuerte y capaz de resistir a todas las tempestades? ¿Cómo es que esa tu paciencia invicta se ve turbada por la primera prueba, aun de una palabra ligera? ¿Cómo es que aun una brisa suave ha sacudido aquella casa tuya que imaginabas edificada tan firmemente sobre la roca sólida? ¿Dónde está aquello que anunciabas cuando en tiempo de paz, con tu necia confianza, anhelabas la guerra? «Estoy dispuesto, y no me turbo;» y aquello que solías decir con el profeta: «Pruébame, oh Señor, y pruébame; escudriña mis riñones y mi corazón;» y: «Pruébame, oh Señor, y conoce mi corazón; interrógame y conoce mis caminos; y mira si hay en mí camino de maldad.» ¿Cómo un pequeño fantasma de enemigo ha espantado tus grandes preparativos de guerra? Con tales reproches y remordimientos debe un hombre condenarse a sí mismo, y no permitir que la súbita tentación que lo ha turbado quede sin castigo, sino que, castigando su carne con más severa pena de ayunos y vigilias, y puniendo su pecado de ligereza de ánimo con continuos dolores de continencia, debe, viviendo en soledad, consumir en este fuego de la práctica lo que debió haber desterrado del todo en la vida del cenobio. Esto al menos debemos mantener firme y resueltamente para asegurar una paciencia duradera e ininterrumpida: a saber, que a nosotros, a quienes por ley divina no sólo la venganza, sino incluso el recuerdo de las injurias está prohibido, no nos es lícito encendernos en ira por alguna pérdida o molestia. Pues ¿qué mayor daño puede sobrevenir al alma que, a causa de una súbita ceguera de rabia, perder el resplandor de la luz verdadera y eterna y dejar de ver a Aquel «que es manso y humilde de corazón?» [] Pregunto, ¿qué podría haber más peligroso o inconveniente que el que un hombre pierda su facultad de juzgar lo bueno, y su norma y regla del verdadero discernimiento, y que uno en su sano juicio haga lo que ni siquiera a un borracho o a un necio se le perdonaría? Quien, pues, pondera cuidadosamente estos y otros daños semejantes, soportará y despreciará fácilmente no sólo toda clase de pérdidas, sino también cualesquiera injurias y castigos que puedan infligir los hombres más crueles, por cuanto tendrá por cosa averiguada que nada hay más dañino que la ira, ni más valioso que la paz del ánimo y la pureza ininterrumpida del corazón, por cuya consecución no debemos hacer caso de las ventajas no sólo de las cosas carnales, sino también de aquellas que parecen espirituales, si no pueden ganarse o hacerse sin alguna perturbación de esta tranquilidad.
Capítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
Conf. 19, cap. 15
Germán: Así como se ha mostrado que la curación de las demás dolencias, a saber, la ira, el enojo y la impaciencia, consiste en oponerles sus contrarios, así también quisiéramos aprender qué suerte de tratamiento debemos usar contra el espíritu de fornicación; quiero decir, si el fuego de la lujuria puede apagarse con la representación, como en aquellos otros casos, de mayores incentivos y cosas que lo exciten; porque no sólo aumentar los incentivos de la lujuria dentro de nosotros, sino aun tocarlos con una mirada pasajera de la mente, creemos que es enteramente fatal para la castidad.
Capítulo 16. La respuesta, dando las pruebas por las cuales puede ser reconocida
Conf. 19, cap. 16
Juan: Vuestra sagaz pregunta se ha anticipado al asunto, que aun si nada hubierais dicho habría tenido que surgir de nuestro discurso; y por tanto no dudo de que será captado eficazmente por vuestras mentes, puesto que vuestros agudos ingenios han ido por delante de nuestra instrucción. Pues la dificultad de cualquier cuestión se deshace fácilmente cuando la indagación se anticipa a la respuesta y es la primera en recorrer el camino que ha de seguir. Y así, para el tratamiento de aquellas faltas de que hemos hablado arriba, el trato con otros hombres no sólo no es impedimento, sino una ayuda considerable; pues cuanto más a menudo se exponen los arrebatos de su impaciencia, tanto más profundo es el dolor y la compunción que producen en los que han faltado, y más pronta la recuperación de la salud que confieren a los que luchan contra ellas. Por lo cual, aun cuando vivamos en soledad, aunque el incentivo para la irritación y la materia para ella no puedan surgir de los hombres, debemos, sin embargo, de propósito deliberado meditar en los incitamentos a ella, para que, luchando contra ella con continuo combate en nuestros pensamientos, se halle para nosotros una curación más pronta. Mas contra el espíritu de fornicación el sistema es diferente y el método cambiado. Pues así como debemos privar al cuerpo de las ocasiones de lujuria y del contacto con la carne, así debemos privar al ánimo del recuerdo de ella. Pues es suficientemente peligroso para pechos todavía débiles y enfermizos tolerar siquiera el más leve recuerdo de esta pasión, de tal modo que a veces, al recordar mujeres santas, o al leer una historia en la Sagrada Escritura, se despierta un estímulo de peligrosa excitación. Por cuya razón nuestros ancianos solían omitir de propósito pasajes de esta índole cuando estaban presentes algunos de los más jóvenes. Sin embargo, para los que son perfectos y están afianzados en los sentimientos de castidad no pueden faltar pruebas con las cuales examinarse a sí mismos, y establecer su perfecta rectitud de corazón por el juicio incorrupto de su propia conciencia. Habrá, pues, para el hombre cabalmente afianzado una prueba semejante aun respecto de esta pasión, de suerte que quien esté seguro de haber exterminado del todo las raíces de este mal, para cerciorarse de su castidad, pueda evocar alguna imagen como con ánimo lascivo. Pero de ningún modo conviene que tal prueba sea intentada por los que todavía son débiles (pues para ellos será más peligrosa que útil), ut conjunctionem femineam et palpationem quodammodo teneram atque mollissimam corde pertractent. Cum ergo perfecta quis virtute fundatus ad illecebram blandissimorum tactuum, quos cogitando confinxerit, nullum mentis assensum, nullam commotionem carnis in se deprehenderit exagitatam, tendrá una prueba segurísima de su pureza, de modo que, ejercitándose en esta constante pureza, no sólo poseerá la bendición de la castidad y de la limpieza de toda mancha en su corazón, sino que aun si se viera obligado a tocar el cuerpo de una mujer, lo aborrecería.
Con esto el abad Juan puso fin a su Conferencia, viendo que era ya justamente la hora del refrigerio de la hora novena.
Conferencia 20. Abad Pinufio
Conferencia del abad Pinufio. Sobre el fin de la penitencia y las señales de la satisfacción.
Capítulo 1. De la humildad del abad Pinufio y de su escondite
Conf. 20, cap. 1
Al disponerme ahora a referir los preceptos de aquel varón excelente y admirable, el abad Pinufio, sobre el fin de la penitencia, me parece que podré reducir una parte muy grande de mi materia si, por no cansar a mi lector, paso aquí en silencio la alabanza de su humildad, que toqué en un breve discurso en el libro cuarto de las Instituciones, titulado «De las reglas que han de observar los renunciantes,» sobre todo porque muchos que no conocen aquella obra quizá lean ésta, y entonces se debilitaría toda la autoridad de sus palabras si no se diera cuenta de las virtudes de quien habla. Pues este varón, cuando presidía como abad y presbítero un gran cenobio no lejos de Panéfisis, ciudad, como allí se dijo, de Egipto, y cuando toda aquella provincia lo había ensalzado hasta el cielo por sus virtudes y milagros, de modo que ya le parecía haber recibido el premio de sus trabajos en la recompensa de la alabanza humana, temiendo que la vanidad del favor popular, que especialmente aborrecía, pudiera estorbar los frutos de la recompensa eterna, huyó secretamente de su monasterio y se dirigió a los más apartados retiros de los monjes de Tabena, donde no escogió la soledad del desierto, ni aquella libertad de cuidados que ofrece la vida de uno solo, la cual a veces buscan con orgullosa presunción incluso los imperfectos y los que no pueden soportar el esfuerzo que exige la obediencia en el cenobio, sino que escogió someterse a un monasterio famosísimo. Allí, para no ser delatado por las señales de su vestido, se vistió un traje secular y estuvo tendido ante las puertas con lágrimas, como es costumbre allí, durante muchos días; y aferrándose a las rodillas de todos, después de ser rechazado a diario por quienes, para probar su propósito, decían que ya en su extrema vejez buscaba aquella vida santa no con sinceridad, sino impulsado por la falta de alimento, al fin obtuvo la admisión; y allí se le encargó ayudar a un hermano joven a quien se había confiado el cuidado de un huerto. Y no sólo cumplió con tan maravillosa y santa humildad todo cuanto le ordenaba su superior o pedía el cuidado del trabajo encomendado, sino que además realizaba en oculto trabajo nocturno ciertos oficios necesarios que los demás evitaban por repugnancia, de modo que, al amanecer, toda la congregación se deleitaba con tan útiles obras sin conocer a su autor. Y cuando llevaba casi tres años allí, gozándose en los trabajos que había deseado y a los que, sin embargo, se veía tan injustamente sometido, sucedió que llegó allí desde las mismas partes de Egipto de donde él había venido un cierto hermano que lo conocía. Éste, al principio, vaciló, porque la humildad de sus vestidos y de su oficio le impedía reconocerlo en seguida; pero, después de mirarlo muy atentamente, cayó a sus pies y primero llenó de asombro a todos los hermanos, y después, al revelar su nombre, que la fama de su especial santidad también les había dado a conocer, los hirió de tristeza y compunción porque habían destinado a un varón de tales virtudes y sacerdote a oficios tan viles. Mas él, derramando copiosas lágrimas y atribuyendo el accidente de su delación a la envidia maligna del diablo, fue llevado con honroso cuidado al monasterio, rodeado por sus hermanos; y después de permanecer allí poco tiempo, turbado otra vez por el respeto mostrado a su dignidad y jerarquía, se embarcó secretamente y navegó a la provincia palestina de Siria, donde fue recibido como principiante y novicio en la casa de aquel monasterio en que vivíamos nosotros, y el abad le encargó que se quedara en nuestra celda. Pero ni siquiera allí pudieron permanecer mucho tiempo ocultos sus virtudes y méritos. Pues fue descubierto y delatado de la misma manera, y devuelto a su monasterio con la mayor honra y reverencia.
Capítulo 2. De nuestra llegada a él
Conf. 20, cap. 2
Cuando, al poco tiempo, el deseo de la santa instrucción nos movió también a visitar Egipto, lo buscamos con sumo afán y devoción, y fuimos acogidos por él con tal bondad y cortesía que llegó a honrarnos, como a quienes en otro tiempo habíamos compartido su misma celda, alojándonos en la celda que él había construido en el rincón más apartado de su huerto. Y allí, cuando en presencia de todos los hermanos reunidos expuso a uno de los hermanos que se sometía a la regla del monasterio preceptos bastante difíciles y elevados, los cuales, como dijimos, resumí lo más brevemente que pude en el libro cuarto de las Instituciones, las alturas de una verdadera renuncia nos parecieron tan inalcanzables y tan admirables que no creímos que personas tan humildes como nosotros pudieran escalarlas jamás. Por lo cual, abatidos por la desesperación y sin ocultar en el semblante la amargura interior de nuestros pensamientos, volvimos al bienaventurado anciano con el corazón bastante angustiado; y cuando él nos preguntó al punto la causa de nuestra tristeza, el abad Germano, gimiendo profundamente, respondió así.
Capítulo 3. Pregunta sobre el fin de la penitencia y las señales de la satisfacción
Conf. 20, cap. 3
Como vuestra grandiosa y espléndida exposición de una doctrina nueva para nosotros nos ha abierto un camino más difícil hacia la renuncia más gloriosa, nos ha quitado las escamas de los ojos y nos ha mostrado su cumbre levantada hasta los cielos, así también nos sentimos abatidos por un peso proporcionalmente mayor de desesperación. Pues al medir su inmensidad con nuestras débiles fuerzas y comparar el carácter excesivamente humilde de nuestra ignorancia con la altura infinita de la virtud que se nos ha mostrado, nos sentimos tan pequeños que no sólo no podemos alcanzarla, sino que estamos seguros de quedarnos cortos incluso en lo que tenemos. Porque, abrumados por el peso de una desesperación excesiva, caemos de algún modo desde las profundidades más bajas a otras aún más bajas. Por tanto, hay un único apoyo que puede proporcionar remedio a nuestras heridas: que aprendamos algo sobre el fin de la penitencia y especialmente sobre las señales de la satisfacción, para que podamos sentirnos seguros del perdón de los pecados pasados y así seamos impulsados a escalar las alturas de la perfección antes descrita.
Capítulo 4. La respuesta sobre la humildad mostrada en nuestra petición
Conf. 20, cap. 4
Pinufio: Ciertamente me alegro de los abundantísimos frutos de vuestra humildad, los cuales vi no sin una atención profunda cuando fui recibido en otro tiempo en la morada de aquella celda vuestra; y mucho me alegro de que acojáis con tanto respeto la instrucción que os damos nosotros, los más pequeños de todos los cristianos, y las palabras que me he tomado la libertad de decir, de modo que, si no me equivoco, las ponéis en práctica tan pronto como han salido de nuestra boca; y aunque, según recuerdo, la importancia de las palabras apenas merece los esfuerzos que les dedicáis, ocultáis de tal modo los méritos de vuestra virtud, como si jamás os llegara el aliento de aquellas cosas que practicáis cada día. Mas porque este hecho es digno de la más alta alabanza, a saber, que declaréis que esas instituciones de los santos os son aún desconocidas como si fuerais todavía principiantes, resumiremos lo más brevemente posible lo que con tanto anhelo nos pedís. Pues debemos, aun por encima de nuestras fuerzas y posibilidades, obedecer los mandatos de tan antiguos amigos como vosotros. Y así, sobre el valor y la fuerza aplacadora de la penitencia muchos han publicado mucho, no sólo de palabra sino también por escrito, mostrando cuán útil, cuán fuerte y llena de gracia es, de manera que, cuando Dios se siente ofendido por nuestros pecados pasados y está a punto de infligir un castigo justísimo por tales ofensas, ella de algún modo, si no es impropio decirlo, lo detiene y, por así decirlo, sujeta la diestra del Vengador aun contra su voluntad. Pero no dudo que todo esto os es bien conocido, ya sea por vuestra sabiduría natural, ya por vuestro infatigable estudio de la Sagrada Escritura, de tal modo que de ahí brotaron, por así decirlo, los primeros retoños de vuestra conversión. En fin, no os preocupáis por el carácter de la penitencia, sino por su fin y por las señales de la satisfacción, y así, con una pregunta muy aguda, preguntáis lo que otros han dejado de lado.
Capítulo 5. Del método de la penitencia y de la prueba del perdón
Conf. 20, cap. 5
Por tanto, para satisfacer lo más breve y sucintamente posible vuestro deseo y vuestra pregunta, la descripción plena y perfecta de la penitencia es no ceder jamás a aquellos pecados por los cuales hacemos penitencia o por los cuales se punza nuestra conciencia. Mas la prueba de la satisfacción y del perdón consiste en haber expulsado de nuestro corazón el amor de ellos. Pues cada uno puede estar seguro de que todavía no está libre de sus pecados anteriores mientras cualquier imagen de los pecados que ha cometido o de otros semejantes baile ante sus ojos, y no diré un deleite en ellos, sino su recuerdo, acose lo más íntimo de su alma mientras se entrega a la satisfacción por ellos y a las lágrimas. Y así, quien está atento a hacer satisfacción puede entonces sentirse seguro de que está libre de sus pecados y de que ha obtenido el perdón de las culpas pasadas, cuando nunca sienta que su corazón es movido por los halagos e imaginaciones de esos mismos pecados. Por eso la prueba más verdadera de la penitencia y el testimonio del perdón se hallan en nuestra propia conciencia, la cual, aun antes del día del juicio y del conocimiento, mientras todavía estamos en la carne, manifiesta nuestra absolución de la culpa y revela el fin de la satisfacción y la gracia del perdón. Y para que lo dicho se exprese con más fuerza, sólo entonces debemos creer que se nos perdonan las manchas de los pecados pasados, cuando los deseos de los deleites presentes, así como las pasiones, han sido expulsados de nuestro corazón.
Capítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
Conf. 20, cap. 6
Germano: ¿Y de dónde podrá suscitarse en nosotros esta santa y saludable contrición nacida de la humillación, que se describe así en la persona del penitente: «He reconocido mi pecado, y no he ocultado mi iniquidad; dije: Confesaré contra mí mismo mi iniquidad al Señor,» para que podamos decir con eficacia también lo que sigue: «y tú perdonaste la iniquidad de mi corazón;»? ¿O cómo, cuando nos arrodillamos en oración, podremos excitarnos a lágrimas de confesión, con las cuales podamos obtener el perdón de nuestras ofensas, según aquellas palabras: «Cada noche lavaré mi lecho; regaré mi cama con lágrimas;» si expulsamos de nuestro corazón todo recuerdo de nuestras culpas, cuando, por el contrario, se nos manda conservar cuidadosamente su memoria, como dice el Señor: «Y no me acordaré de tus iniquidades; pero ¿las recuerdas tú?» []? Por lo cual, no sólo cuando trabajo, sino también cuando oro, procuro de propósito traer a mi mente el recuerdo de mis pecados, para inclinarme más eficazmente a la verdadera humildad y contrición de corazón, y atreverme a decir con el profeta: «Mira mi humildad y mi trabajo, y perdóname todos mis pecados.»
Capítulo 7. Respuesta que muestra hasta dónde debemos conservar el recuerdo de las acciones pasadas
Conf. 20, cap. 7
Pinufio: Vuestra pregunta, como ya se ha dicho antes, no se planteó acerca del carácter de la penitencia, sino acerca de su fin y de las señales de la satisfacción; a lo cual, según creo, se ha dado una respuesta justa y pertinente. Pero lo que habéis dicho sobre el recuerdo de los pecados es suficientemente útil y necesario para los hombres que todavía hacen penitencia, para que con constantes golpes de pecho digan: «Porque reconozco mi maldad, y mi pecado está siempre delante de mí;» y también esto: «Y pensaré en mi pecado.» Mientras, pues, hacemos penitencia y todavía nos duele el recuerdo de las acciones culpables, la lluvia de lágrimas que produce la confesión de nuestras culpas apagará ciertamente el fuego de nuestra conciencia. Pero cuando, permaneciendo aún el hombre en este estado de humildad de corazón y contrición de espíritu y continuando en el trabajo y en las lágrimas, se desvanece el recuerdo de estas cosas y por la gracia de Dios se arrancan de lo más íntimo de su corazón las espinas de la conciencia, entonces es claro que ha alcanzado el fin de la satisfacción y el premio del perdón, y que está purgado de la mancha de los pecados cometidos. A este estado de olvido sólo podemos llegar por la aniquilación de nuestros pecados y gustos anteriores y por una perfecta y completa pureza de corazón. Y esto ciertamente no lo alcanzará ninguno de aquellos que por pereza o negligencia dejaron de purgar sus culpas, sino sólo aquel que, perseverando constantemente en gemir y suspirar con dolor, haya borrado toda mancha de sus antiguas impurezas y por la bondad de su corazón y su trabajo haya proclamado al Señor: «He reconocido mi pecado, y no he ocultado mi iniquidad;» y: «Mis lágrimas han sido mi pan de día y de noche;» para que al fin se le conceda oír estas palabras: «Cese tu voz del llanto, y tus ojos de las lágrimas; porque hay recompensa para tu trabajo, dice el Señor;» y también estas palabras puedan ser dichas de él por la voz del Señor: «Yo deshice como nube tus iniquidades, y como niebla tus pecados;» y de nuevo: «Yo, yo soy el que borro tus iniquidades por amor de mí, y no me acordaré más de tus pecados;» y así, cuando sea librado de las «cuerdas de sus pecados», con las cuales «cada uno es atado», [] cantará con toda acción de gracias al Señor: «Rompiste mis cadenas: te ofreceré sacrificio de alabanza.»
Capítulo 8. De los diversos frutos de la penitencia
Conf. 20, cap. 8
Pues después de aquella gracia del bautismo, que es común a todos, y de aquel don preciosísimo del martirio, que se obtiene siendo lavado en sangre, hay muchos frutos de la penitencia por los cuales podemos lograr expiar nuestros pecados. Porque la salvación eterna no sólo se promete al mero hecho de la penitencia, de la cual dice el bienaventurado apóstol Pedro: «Arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados;» y Juan el Bautista y el Señor mismo: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca;» sino también por el afecto del amor se abruma el peso de nuestros pecados: pues «la caridad cubre multitud de pecados.» [] Del mismo modo, también por los frutos de la limosna se procura un remedio a nuestras heridas, porque «Como el agua apaga el fuego, así la limosna apaga el pecado.» [] Así también con el derramamiento de lágrimas se obtiene el lavado de las ofensas, porque «Cada noche lavaré mi lecho; regaré mi cama con lágrimas.» Finalmente, para mostrar que no se derraman en vano, añade: «Apartaos de mí todos los que obráis iniquidad, porque el Señor ha oído la voz de mi llanto;» Además, por medio de la confesión de los pecados se otorga su absolución: pues «Dije: confesaré contra mí mismo mi pecado al Señor; y tú perdonaste la iniquidad de mi corazón;» y de nuevo: «Declara primero tus iniquidades, para que seas justificado.» Afligiendo el corazón y el cuerpo se obtiene igualmente el perdón de los pecados cometidos, pues dice: «Mira mi humildad y mi trabajo, y perdóname todos mis pecados;» y más especialmente por la enmienda de la vida: «Quitad,» dice, «de mis ojos la maldad de vuestros pensamientos. Cesad de hacer el mal, aprended a hacer el bien; buscad el juicio, socorred al oprimido, juzgad al huérfano, defended a la viuda. Y venid, razonemos juntos, dice el Señor: aunque vuestros pecados fueran como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque fueran rojos como el carmesí, quedarán como la lana.» A veces también se obtiene el perdón de nuestros pecados por la intercesión de los santos, pues «si alguno sabe que su hermano peca un pecado que no es de muerte, pida, y se le dará vida, a los que pecan no de muerte;» y de nuevo: «¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los Ancianos de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados.» A veces también por la virtud de la compasión y de la fe se quitan las manchas del pecado, según este pasaje: «Por la compasión y la fe se purgan los pecados.» [] Y con frecuencia por la conversión y la salvación de aquellos que se salvan por nuestras amonestaciones y predicación: «Porque el que convierte a un pecador del error de su camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados.» [] Además, por el perdón y la remisión de nuestra parte obtenemos el perdón de nuestros pecados: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros vuestros pecados.» [] Veis, pues, cuán grandes medios para obtener misericordia ha abierto ante nosotros la compasión de nuestro Salvador, de modo que nadie que anhele la salvación tenga que ser aplastado por la desesperación, al verse llamado a la vida por tantos remedios. Pues si alegas que por la debilidad de la carne no puedes librarte de tus pecados con el ayuno, y no puedes decir: «Mis rodillas están débiles por el ayuno, y mi carne enflaquece por falta de aceite; porque comí ceniza como pan y mezclé mi bebida con llanto,» entonces expíalos con abundante limosna. Si no tienes nada que dar a los necesitados (aunque las exigencias de la necesidad y de la pobreza no excluyen a nadie de este oficio, puesto que las dos blancas de la viuda son estimadas más que los espléndidos dones de los ricos, y el Señor promete que dará recompensa por un vaso de agua fría), al menos puedes purgarlos con la enmienda de la vida. Pero si no puedes alcanzar la perfección en la bondad mediante la erradicación de todas tus faltas, puedes mostrar una piadosa solicitud por el bien y la salvación de otro. Y si te quejas de que no eres capaz de este servicio, puedes cubrir tus pecados con el afecto del amor. Y si también en esto te debilita alguna pereza de la mente, al menos debes suplicar sumisamente, con sentimiento de humildad, remedios para tus heridas por las oraciones y la intercesión de los santos. Finalmente, ¿quién hay que no pueda decir humildemente: «He reconocido mi pecado, y no he ocultado mi iniquidad;» para poder añadir también por esta confesión: «Y tú perdonaste la iniquidad de mi corazón.»? Pero si la vergüenza te detiene y te sonrojas de revelarlos ante los hombres, no debes dejar de confesarlos con súplica constante a Aquel de quien no pueden ocultarse, y decirle: «Reconozco mi iniquidad, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de ti;» como Él suele curarlos sin publicidad alguna que traiga vergüenza, y perdonar los pecados sin reproche alguno. Y además de aquel pronto y seguro auxilio, la Divina condescendencia nos ha ofrecido otro todavía más fácil, y ha confiado la posesión del remedio a nuestra propia voluntad, de modo que podamos inferir de nuestros propios sentimientos el perdón de nuestras ofensas, cuando le decimos: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Quien, pues, desea obtener el perdón de sus pecados, debe esforzarse por disponerse a ello con estos medios. Que la dureza de un corazón obstinado no aparte a nadie del remedio salvador y de la fuente de tanta bondad, porque aun si hubiéramos hecho todas estas cosas, no podrán expiar nuestras ofensas, a menos que sean borradas por la bondad y la misericordia del Señor, quien, cuando ve el servicio de los piadosos esfuerzos que le ofrecemos con corazón humilde, sostiene nuestros pequeños y débiles esfuerzos con la mayor largueza, y dice: «Yo, yo soy el que borro tus iniquidades por amor de mí, y no me acordaré más de tus pecados.» [] Quien, pues, aspire a esta condición que hemos mencionado, buscará la gracia de la satisfacción con el ayuno diario y la mortificación del corazón y del cuerpo, pues, como está escrito, «sin derramamiento de sangre no hay remisión;» [] y esto no sin buena razón. Porque «la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios.» [] Y por tanto, quien quisiera retener «la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios,» [] lejos de este derramamiento de sangre, ciertamente cae bajo el látigo de aquella maldición de Jeremías; pues «Maldito,» dice, «el que retiene su espada de la sangre.» [] Porque ésta es la espada que para nuestro bien derrama aquella sangre mala con la que vive la materia de nuestros pecados; y corta y poda todo lo carnal y terreno que halla haber crecido en los miembros de nuestra alma; y hace que los hombres mueran al pecado y vivan para Dios, y florezcan en virtudes espirituales. Y así comenzará a llorar no ya por el recuerdo de los pecados pasados, sino por la esperanza de lo venidero, y, pensando menos en los males pasados que en los bienes futuros, derramará lágrimas no por la tristeza de sus pecados, sino por el gozo de aquella alegría eterna, y «olvidando lo que queda atrás,» es decir, los pecados carnales, se lanzará «hacia lo que está delante,» [] es decir, a los dones y virtudes espirituales.
Capítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
Conf. 20, cap. 9
Mas en cuanto a lo que dijiste hace poco, a saber, que de propósito repasas los recuerdos de los pecados pasados, esto ciertamente no debe hacerse; antes, si te sorprende por fuerza, ha de ser expulsado al instante. Porque impide grandemente al alma la contemplación de la pureza, y especialmente en el caso del que vive en soledad, pues lo enreda en las manchas de este mundo y lo sumerge en pecados torpes. Porque mientras recuerdas aquellas cosas que hiciste por ignorancia o desenfreno conforme al príncipe de este mundo, aunque te concedo que, ocupado en tales pensamientos, no se insinúe en ti deleite alguno, con todo, al menos el mero tinte de la antigua inmundicia corromperá sin duda tu alma con su hedor repugnante y excluirá la fragancia espiritual de la bondad, es decir, el olor de suavidad. Cuando, pues, el recuerdo de los pecados pasados viene a tu mente, debes apartarte de él como un hombre honesto y recto huye si es buscado en público por una mujer desvergonzada y lasciva, ya sea con palabras o con abrazos. Y ciertamente, si no se retira al punto de su contacto, y si se permite demorar lo más mínimo en conversación impura, aunque rehúse su consentimiento a los placeres vergonzosos, no podrá evitar la marca de infamia y desprecio en el juicio de todos los transeúntes. Así también nosotros, si por recuerdos nocivos somos llevados a pensamientos de esta clase, debemos desistir al instante de morar en ellos y cumplir lo que se nos manda por Salomón: «Pero sal fuera,» dice él, «no te detengas en su lugar, ni fijes en ella tu ojo;» [] no sea que, si los ángeles nos ven ocupados en pensamientos inmundos y torpes, no puedan decirnos al pasar: «La bendición del Señor sea sobre vosotros.» Porque es imposible que el alma continúe en buenos pensamientos, cuando la parte principal del corazón está ocupada con consideraciones torpes y terrenas. Pues es verdad aquella sentencia de Salomón: «Cuando tus ojos miran a una mujer extraña, entonces tu boca hablará perversamente, y estarás como acostado en medio del mar, y como un piloto en gran tempestad. Pero dirás: Me han golpeado, mas no sentí dolor; y me han escarnecido, mas no lo sentí.» [] Así pues, debemos abandonar no sólo todo pensamiento torpe, sino incluso todo pensamiento terreno, y elevar siempre los deseos de nuestra alma a las cosas celestiales, conforme a esta sentencia de nuestro Salvador: «Porque donde yo estoy,» dice Él, «allí también estará mi siervo.» [] Pues sucede a menudo que cuando alguien, por piedad, repasa en el pensamiento sus propias caídas o las de otras personas defectuosas, se ve afectado por el deleite y asiente a este sutilísimo ataque, y lo que se había emprendido y comenzado con apariencia de bondad termina en un final inmundo y dañino, porque «hay caminos que parecen rectos al hombre, pero su fin llega a lo profundo del infierno.» []
Capítulo 10. Cómo debe evitarse el recuerdo de nuestros pecados
Conf. 20, cap. 10
Por lo cual debemos esforzarnos en despertarnos a esta loable contrición, apuntando a la virtud y al deseo del reino de los cielos, más bien que mediante peligrosos recuerdos de pecados; porque un hombre seguramente se asfixiará con los olores pestilenciales de la cloaca mientras elija permanecer sobre ella o remover su inmundicia.
Capítulo 11. De las señales de la satisfacción y de la remoción de los pecados pasados
Conf. 20, cap. 11
Mas sabemos, como hemos dicho a menudo, que sólo entonces hemos satisfecho por los pecados pasados, cuando los mismos movimientos y sentimientos por los cuales fuimos culpables de aquello que hemos de llorar han sido arrancados de nuestro corazón. Pero nadie debe figurarse que puede conseguir esto, si primero no ha cortado con todo el fervor de su espíritu las ocasiones y oportunidades por las cuales cayó en aquellos pecados; como por ejemplo, si por peligrosa familiaridad con una mujer ha caído en fornicación o adulterio, ha de esforzarse al máximo por evitar incluso mirarla; o si ha sido vencido por demasiado vino y exceso de comida, debe castigar con la mayor severidad su ansia de alimento inmoderado. Y asimismo, si ha sido extraviado por el deseo y amor del dinero, y ha caído en perjurio o hurto o homicidio o blasfemia, debe cortar la ocasión de la avaricia, que lo ha seducido y engañado. Si es arrastrado por la pasión de la soberbia al pecado de la ira, debe con toda la virtud de la humildad quitar el incentivo de la arrogancia. Y así, para que cada pecado singular sea destruido, deben eliminarse primero la ocasión y oportunidad por las cuales o para las cuales fue cometido. Pues por este tratamiento curativo podemos ciertamente alcanzar el olvido de los pecados que hemos cometido.
Capítulo 12. En qué cosas debemos hacer penitencia sólo por un tiempo, y en qué cosas no puede tener fin
Conf. 20, cap. 12
Mas aquella descripción del olvido de que se habla sólo se refiere a los delitos capitales, que también son condenados por la ley mosaica, cuya inclinación es destruida y puesta fin por una vida buena, y por eso también la penitencia por ellos tiene fin. Pero para aquellos pecados pequeños en los cuales, como está escrito, «el justo cae siete veces y se levantará de nuevo,» [] la penitencia nunca cesará. Pues ya por ignorancia, por olvido, por pensamiento, por palabra, por sorpresa, por necesidad, por debilidad de la carne o por impureza en un sueño, caemos a menudo cada día, ya contra nuestra voluntad, ya voluntariamente; pecados por los cuales también David ruega al Señor y pide purificación y perdón, y dice: «¿Quién puede entender los pecados? De mis ocultos límpiame; y de los ajenos perdona a tu siervo;» y el Apóstol: «Porque lo bueno que quiero no hago, y lo malo que no quiero, eso hago.» Por lo cual también el mismo exclama con un gemido: «¡Oh desdichado de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» Pues resbalamos en éstos tan fácilmente, como por una ley de la naturaleza, que por más cuidadosa y vigilantemente que nos guardemos de ellos, no podemos evitarlos del todo. Y de éstos fue de los que uno de los discípulos a quien amaba Jesús declaró y estableció absolutamente, diciendo: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y su palabra no está en nosotros.» [] Además, para el hombre que se afana por alcanzar las cumbres de la perfección, no le aprovechará mucho haber llegado al fin de la penitencia, es decir, a abstenerse de actos ilícitos, si no se ha impulsado siempre adelante, con curso infatigable, hacia aquellas virtudes por las cuales llegamos a las señales de la satisfacción. Pues no bastará a un hombre haberse mantenido limpio de aquellas torpes manchas de pecados que el Señor aborrece, si además no ha conseguido, por la pureza de corazón y el perfecto amor apostólico, aquella dulce fragancia de la virtud en la cual se deleita el Señor. Hasta aquí el abad Pinufio disertó sobre las señales de la satisfacción y el fin de la penitencia. Y aunque nos instó con ansioso amor a decidir quedarnos en su cenobio, sin embargo, cuando no pudo retenernos, porque nos incitaba la fama del desierto de Escete, nos envió en nuestro camino.
0 comentarios
0 vistas
Comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!