Primera conferencia del abad Nesteros. Sobre la ciencia espiritual.
Conf. 14, cap. 1
El orden de nuestra promesa y de nuestro camino exige que siga la instrucción del abad Nesteros, varón excelente en todo y de grandísima ciencia; el cual, cuando vio que habíamos confiado a la memoria algunas partes de la Sagrada Escritura y deseábamos entenderlas, nos habló con estas palabras. Hay ciertamente en este mundo muchas clases de conocimiento, pues hay tanta variedad de ellos cuanta de artes y ciencias. Pero, si bien todos son o absolutamente inútiles o sólo útiles para el bien de esta vida presente, no hay ninguno que no tenga su propio sistema y método para aprenderlo, por el cual puedan captarlo quienes lo buscan. Si, pues, aquellas artes se rigen por ciertas reglas especiales para su enseñanza, ¡cuánto más el sistema y la expresión de nuestra religión, que tiende a la contemplación de los secretos de los misterios invisibles, y no busca ganancia presente sino la recompensa de una retribución eterna, depende de un orden y un plan fijos! Y la ciencia de esto es doble: primero, [πρακτική], es decir, la práctica, que se consigue por la enmienda de las costumbres y la purificación de las faltas; en segundo lugar, [θεωρητική], que consiste en la contemplación de las cosas divinas y en el conocimiento de los pensamientos más sagrados.
Conf. 14, cap. 2
Quien, pues, quiera llegar a esta ciencia teórica, debe primero perseguir la ciencia práctica con toda su fuerza y empeño. Porque esta ciencia práctica puede adquirirse sin la teórica, pero la teórica no puede de ningún modo alcanzarse sin la práctica. Hay, en efecto, ciertos grados, tan distintos y dispuestos de tal manera que la humildad del hombre pueda subir a lo alto; y si éstos se suceden por turno en el orden del que hemos hablado, el hombre puede alcanzar una altura a la que no podría volar si faltara el primer peldaño. En vano, pues, se esfuerza por la visión de Dios quien no evita las manchas de los pecados: «Porque el espíritu de Dios aborrece el engaño, y no habita en un cuerpo sujeto a pecados.» []
Conf. 14, cap. 3
Pero esta perfección práctica depende de un doble sistema; pues su primer método consiste en conocer la naturaleza de todas las faltas y el modo de curarlas. El segundo, en descubrir el orden de las virtudes y formar nuestra mente con su perfección, de modo que sea obediente a ellas, no como si estuviera forzada y sujeta a un dominio fiero, sino como deleitándose en su bien natural, y medrando en él, y subiendo por aquel camino escarpado y estrecho con verdadero placer. Pues ¿cómo podrá alcanzar el conocimiento de las virtudes, que es el segundo grado de la formación práctica, o los misterios de las cosas espirituales y celestiales, que existen en el grado superior de la ciencia teórica, quien no ha logrado entender la naturaleza de sus propias faltas ni ha intentado erradicarlas? Pues necesariamente se sostendrá que no puede avanzar a alturas más elevadas quien no ha superado las inferiores, y mucho menos podrá captar las cosas que están fuera quien no ha logrado entender lo que está dentro de su comprensión. Pero debéis saber que hemos de esforzarnos con un doble propósito en nuestro empeño: tanto para la expulsión del vicio como para la consecución de la virtud. Y esto no lo deducimos de nuestra propia conjetura, sino que lo aprendemos de las palabras de Aquel que solo conoce la fuerza y el método de su obra: «He aquí,» dice Él: «te he puesto hoy sobre naciones y sobre reinos, para arrancar, y para derribar, y para arruinar, y para destruir, y para edificar y para plantar.» [] Señala que para deshacerse de las cosas nocivas se requieren cuatro cosas, a saber: arrancar, derribar, arruinar y destruir; mas para la ejecución de lo bueno y la adquisición de lo que pertenece a la justicia, sólo edificar y plantar. De donde es perfectamente evidente que es cosa más difícil arrancar y erradicar las pasiones inveteradas del cuerpo y del alma que introducir y plantar las virtudes espirituales.
Conf. 14, cap. 4
Esta vida práctica, pues, que como se ha dicho descansa en un doble sistema, se distribuye entre muchas profesiones e intereses diferentes. Pues algunos ponen todo su propósito en tender al retiro del anacoreta y a la pureza de corazón, como sabemos que en el pasado Elías y Eliseo, y en nuestros días el bienaventurado Antonio y otros que siguieron con el mismo fin, estuvieron unidos a Dios estrechamente por el silencio de la soledad. Algunos han entregado todos sus esfuerzos e intereses al sistema de los hermanos y a la solicita custodia del cenobio; como recordamos que recientemente el abad Juan, que presidía un gran monasterio en las cercanías de la ciudad de Tmuis, y otros varones de méritos semejantes, fueron insignes con las señales de los apóstoles. A algunos les agrada el amable servicio de la casa de huéspedes y de la recepción, con el que en el pasado el patriarca Abrahán y Lot agradaron al Señor, y recientemente el bienaventurado Macario, varón de singular cortesía y paciencia, que presidió la casa de huéspedes de Alejandría de tal manera que no fue considerado inferior a ninguno de los que buscaban el retiro del desierto. Algunos eligen el cuidado de los enfermos, otros se entregan a la intercesión, que se ofrece por los oprimidos y afligidos, o se dedican a la enseñanza, o dan limosna a los pobres, y florecen entre varones de excelencia y renombre por razón de su amor y bondad.
Conf. 14, cap. 5
Por lo cual es bueno y provechoso que cada uno se esfuerce con toda su fuerza y empeño por alcanzar la perfección en la obra comenzada, según la línea que ha escogido conforme a la gracia que ha recibido; y mientras alaba y admira las virtudes de otros, no ha de apartarse de su propia línea que escogió de una vez para siempre, sabiendo que, como dice el Apóstol, el cuerpo de la Iglesia es ciertamente uno, pero los miembros son muchos, y que tiene «dones diferentes según la gracia que nos es dada: si profecía, conforme a la medida de la fe; si ministerio, en el ministerio; el que enseña, en la doctrina; el que exhorta, en la exhortación; el que da, con sencillez; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría.» [] Porque ningún miembro puede arrogarse los oficios de otros miembros, ya que los ojos no pueden desempeñar las funciones de las manos, ni las narices las de las orejas. Y así, no todos son apóstoles, no todos profetas, no todos doctores, no todos tienen dones de sanidad, no todos hablan en lenguas, no todos interpretan. []
Conf. 14, cap. 6
Porque aquellos que todavía no están asentados en la línea que han emprendido, a menudo, cuando oyen alabar a algunos por intereses y virtudes diferentes, se excitan tanto con la alabanza de ellos que intentan imitar inmediatamente su método; y en esto la debilidad humana ciertamente gasta sus esfuerzos en vano. Pues es imposible que un mismo hombre sobresalga a la vez en todas aquellas buenas obras que he enumerado arriba. Y si alguien se empeña en abarcarlas todas por igual, es bien seguro que vendrá a parar a esto: que, mientras persigue todas, no logrará plenamente ninguna, y perderá más de lo que ganará con este cambiar y mudar. Pues por muchos caminos avanzan los hombres hacia Dios, y así cada uno debe completar aquel que una vez fijó, sin cambiar jamás el rumbo de su propósito, para ser perfecto en cualquier línea de vida que sea la suya.
Capítulo 7. Un ejemplo de castidad que nos enseña que no todos los hombres deben emular todas las cosas
Conf. 14, cap. 7
Pues, aparte de aquella pérdida que, como hemos dicho, incurre un monje que con ligereza quiere pasar de una ocupación a otra, hay además un riesgo de muerte que de ahí se sigue, porque a veces cosas que algunos hacen rectamente son tomadas mal por otros como ejemplo, y lo que resultó bien para unos resulta perjudicial para otros. Por ejemplo: es como si uno quisiera imitar la buena acción de aquel varón que el abad Juan suele referir, no para imitarlo, sino simplemente por admiración hacia él; pues vino al mencionado anciano uno vestido de seglar, y cuando le hubo traído algunas de las primicias de sus cosechas, halló allí a uno poseído por un demonio ferocísimo. Y éste, aunque despreciaba las conjuraciones y mandatos del abad Juan, y juraba que jamás abandonaría por orden suya el cuerpo que había ocupado, quedó aterrado con la llegada de aquel otro, y se marchó pronunciando humildemente su nombre. Y el anciano se maravilló no poco de tan evidente gracia, y quedó tanto más asombrado al ver que llevaba vestido seglar; y comenzó a preguntarle con cuidado por el tenor de su vida y de su ocupación. Y cuando aquél dijo que vivía en el mundo y atado por los lazos del matrimonio, el bienaventurado Juan, considerando en su mente la grandeza de su virtud y gracia, indagó aún con más cuidado cuál podía ser su género de vida. Declaró que era campesino, y que buscaba el alimento con el trabajo cotidiano de sus manos, y que no tenía conciencia de nada bueno en sí mismo, salvo que nunca iba por la mañana a su trabajo en el campo ni volvía a casa por la tarde sin haber dado gracias en la iglesia, a Dios que se lo daba, por el alimento de su vida diaria; y que jamás había usado de sus cosechas sin haber ofrecido antes a Dios las primicias y los diezmos; y que nunca había llevado sus bueyes más allá de los linderos de la mies ajena sin haberles puesto antes bozal, para que su prójimo no sufriera el menor daño por su descuido. Y como estas cosas no le parecieran al abad Juan suficientes para alcanzar una gracia tal como aquella con que veía que estaba dotado, y le preguntara e investigara qué era lo que podía relacionarse con los méritos de tanta gracia, aquél, movido por el respeto debido a tan solícitas preguntas, confesó que, cuando quiso ser profesado como monje, doce años antes había sido obligado por la fuerza y por mandato de sus padres a tomar esposa, a la cual, sin que nadie lo supiera hasta aquel día, había conservado como virgen en lugar de hermana. Y cuando el anciano oyó esto, quedó tan sobrecogido de admiración que declaró públicamente en su presencia que no sin razón el demonio, que lo había despreciado a él mismo, no pudo soportar la presencia de aquel hombre, cuya virtud él mismo, no sólo en el ardor de la juventud, sino aun ahora, no se atrevería a pretender sin riesgo de su castidad. Y aunque el abad Juan relataba esta historia con suma admiración, nunca aconsejó a ningún monje que intentara este plan, pues sabía que muchas cosas que algunos hacen rectamente entrañan gran peligro para otros que las imitan, y que no puede ser experimentado por todos lo que el Señor concedió a unos pocos por un don especial.
Conf. 14, cap. 8
Pero, volviendo a la explicación de la ciencia de la que tomó origen nuestro discurso: como dijimos arriba, la práctica se distribuye en muchas materias e intereses, mientras que la teórica se divide en dos partes: la interpretación histórica y el sentido espiritual. Por eso también Salomón, después de resumir la múltiple gracia de la Iglesia, añadió: «porque todos los que están con ella van vestidos con dobles vestiduras». Pero de la ciencia espiritual hay tres especies: tropológica, alegórica y anagógica; de ellas leemos así en los Proverbios: «Mas descríbete estas cosas de tres maneras según la anchura de tu corazón». Así, la historia abraza el conocimiento de las cosas pasadas y visibles, tal como la repite el Apóstol: «Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la libre; pero el de la esclava nació según la carne, y el de la libre en virtud de la promesa». A la alegoría pertenece lo que sigue, pues se dice que lo que realmente sucedió prefiguró la forma de algún misterio: «Éstas», dice, «son las dos alianzas: una, del monte Sinaí, la cual engendra para servidumbre; ésta es Agar. Porque Sinaí es un monte de Arabia, que corresponde a la Jerusalén actual, y está en servidumbre con sus hijos». Pero el sentido anagógico se eleva desde los misterios espirituales hasta los secretos del cielo aún más sublimes y sagrados, y lo añade el Apóstol con estas palabras: «Mas la Jerusalén de arriba es libre, y ésta es nuestra madre. Pues está escrito: Alégrate, estéril, que no das a luz; prorrumpe y clama, tú que no estás de parto, porque son muchos los hijos de la abandonada, más que los de la que tiene marido». [] El sentido tropológico es la explicación moral, que atañe a la enmienda de la vida y a la instrucción práctica, como si entendiéramos por estas dos alianzas la doctrina práctica y la teórica, o al menos como si quisiéramos tomar a Jerusalén o Sión como el alma del hombre, según aquello: «Alaba al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión». Y así estas cuatro figuras antes mencionadas se reúnen, si queremos, en un solo objeto, de modo que una misma Jerusalén puede entenderse en cuatro sentidos: históricamente, como la ciudad de los judíos; alegóricamente, como la Iglesia de Cristo; anagógicamente, como la ciudad celeste de Dios, «que es madre de todos nosotros»; tropológicamente, como el alma del hombre, que con frecuencia es alabada o reprendida por el Señor bajo este título. De estas cuatro clases de interpretación habla así el bienaventurado Apóstol: «Ahora bien, hermanos, si vengo a vosotros hablando en lenguas, ¿de qué os aprovecharé si no os hablo por revelación, o por ciencia, o por profecía, o por doctrina?» [] Porque la «revelación» pertenece a la alegoría, por la cual lo que está oculto bajo la narración histórica se descubre en su sentido e interpretación espiritual, como, por ejemplo, si intentamos exponer cómo «todos nuestros padres estuvieron bajo la nube y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y en el mar», y cómo todos «comieron el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual de la roca que los seguía; y la roca era Cristo». [] Y esta explicación, donde hay una comparación de la figura del cuerpo y de la sangre de Cristo que recibimos a diario, contiene el sentido alegórico. Pero la ciencia, que el Apóstol menciona del mismo modo, es tropológica, pues por ella podemos, con estudio cuidadoso, discernir de todas las cosas que atañen a la discreción práctica si son útiles y buenas, como en este caso, cuando se nos dice que juzguemos por nosotros mismos «si es decoroso que la mujer ore a Dios con la cabeza descubierta». [] Y este sistema, como se ha dicho, contiene el sentido moral. Así, la «profecía», que el Apóstol pone en tercer lugar, alude al sentido anagógico, por el cual las palabras se aplican a cosas futuras e invisibles, como aquí: «No queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los demás que no tienen esperanza. Porque si creemos que Cristo murió y resucitó, así también Dios traerá consigo a los que durmieron en Jesús. Porque esto os decimos por palabra de Dios: que nosotros, los que vivimos, los que quedemos para la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron en Cristo; pues el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero». [] En esta clase de exhortación se aduce la figura de la anagoge. Pero la «doctrina» despliega el simple curso de la exposición histórica, bajo la cual no se contiene ningún sentido más secreto, sino lo que declaran las mismas palabras, como en este pasaje: «Porque os transmití en primer lugar lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, y que fue visto por Cefas»; [] y: «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley»; [] o esto: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es». []
Conf. 14, cap. 9
Por lo cual, si anheláis alcanzar la luz de la ciencia espiritual, no por vana jactancia, sino para haceros mejores, ante todo inflamaos en el deseo de aquella bienaventuranza de la que leemos: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», [] para que alcancéis también aquello que el ángel dijo a Daniel: «Mas los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas por toda la eternidad»; y en otro profeta: «Iluminaos con la luz de la ciencia mientras hay tiempo». Y así, conservando aquella diligencia en la lectura que veo que tenéis, procurad con todo empeño alcanzar ante todo un completo dominio de la ciencia práctica, es decir, moral. Porque sin ella no puede obtenerse aquella pureza teórica de la que hemos hablado, que sólo aquellos que son perfeccionados no por las palabras de otros que les enseñan, sino por la excelencia de sus propias acciones, pueden alcanzar, después de mucho gasto de esfuerzo y fatiga, como recompensa. Pues como obtienen su ciencia no de la meditación de la ley, sino del fruto de su trabajo, cantan con el salmista: «De tus mandamientos he adquirido entendimiento»; y, vencidas todas sus pasiones, dicen con confianza: «Cantaré y entenderé en el camino inmaculado». Porque el que se afana por un camino inmaculado en la carrera de un corazón puro, al cantar el salmo, entiende las palabras que se entonan. Y, por tanto, si queréis preparar en vuestro corazón un tabernáculo santo de ciencia espiritual, purgaos de la mancha de todos los pecados y libraos de los cuidados de este mundo. Pues es imposible que el alma que se ocupa, aun en pequeña medida, en turbaciones mundanas alcance el don de la ciencia o llegue a ser autor de interpretación espiritual y diligente en la lectura de las cosas santas. Tened cuidado, pues, en primer lugar, y especialmente tú, Juan, ya que tu edad más joven te exige mayor cuidado en lo que voy a decir: que impongas silencio absoluto a tus labios, para que tu celo por la lectura y los esfuerzos de tu propósito no sean destruidos por la vana soberbia. Porque éste es el primer paso práctico hacia el aprendizaje: recibir las normas y pareceres de todos los ancianos con corazón sincero y con labios mudos, guardarlos diligentemente en tu corazón y esforzarte más en cumplirlos que en enseñarlos. Pues de la enseñanza brota la peligrosa arrogancia de la vanagloria; pero del cumplimiento florece el fruto de la ciencia espiritual. Y así, jamás te aventures a decir cosa alguna en la conferencia de los ancianos, a menos que alguna ignorancia que pudiera ser perjudicial o algún asunto que importa conocer te lleve a preguntar; como algunos que, henchidos de vanagloria, simulan preguntar para mostrar en realidad la ciencia que ya poseen. Porque es imposible que quien se entrega a la lectura con el propósito de ganar alabanza de los hombres sea recompensado con el don de la verdadera ciencia. Pues quien está atado por la cadena de esta pasión, ciertamente estará también esclavizado por otras faltas, y especialmente por la soberbia; y así, si es derrotado en su encuentro con la ciencia práctica y moral, ciertamente no alcanzará aquella ciencia espiritual que brota de ella. Sed, pues, en todo «prontos para oír, tardos para hablar», [] no sea que venga sobre vosotros aquello que señala Salomón: «Si ves a un hombre pronto para hablar, sabe que hay más esperanza de un necio que de él»; y no presumáis de enseñar a nadie de palabra lo que todavía no habéis realizado de obra. Porque nuestro Señor nos enseñó con su propio ejemplo que debemos guardar este orden, pues de Él se dice: «lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar». [] Cuidad, pues, de no lanzaros a enseñar antes de obrar, y ser contados entre el número de aquellos de quienes el Señor habla en el evangelio a los discípulos: «Cuanto os digan, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus palabras: porque dicen y no hacen. Porque atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas». [] Pues si el que «quebrante uno de estos mandamientos, y así enseñe a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos», [] se sigue que quien se ha atrevido a despreciar muchos y mayores mandamientos y a enseñar así a los hombres, ciertamente no será tenido por el más pequeño en el reino de los cielos, sino por el mayor en el castigo del infierno. Y, por tanto, debéis cuidar de no ser llevados a enseñar por el ejemplo de aquellos que han alcanzado alguna habilidad en la discusión y prontitud en el hablar y que, porque pueden disertar con elegancia y amplitud sobre lo que les place, son tenidos por poseedores de ciencia espiritual por quienes no saben distinguir su verdadera fuerza y carácter. Porque una cosa es tener lengua pronta y lenguaje elegante, y otra muy distinta penetrar en el corazón mismo y la médula de las palabras celestiales y contemplar con el ojo puro del alma los misterios profundos y ocultos; porque esto no puede alcanzarse por ciencia humana alguna ni por condición de este mundo, sino sólo por la pureza del alma, mediante la iluminación del Espíritu Santo.
Conf. 14, cap. 10
Debéis, pues, si queréis llegar al verdadero conocimiento de las Escrituras, procurar ante todo asegurar una firme humildad de corazón, que os lleve, por la perfección de la caridad, no a la ciencia que hincha, sino a la que ilumina. Porque es imposible que una mente impura alcance el don de la ciencia espiritual. Y por tanto, con todo el cuidado posible, evitad que, por vuestro celo en la lectura, no surja en vosotros la luz de la ciencia ni la gloria duradera prometida por la luz que viene del estudio, sino únicamente los instrumentos de vuestra destrucción por la vana arrogancia. Luego debéis esforzaros por todos los medios en despojaros de toda ansiedad y de los pensamientos mundanos, y entregaros asiduamente, o más bien continuamente, a la lectura sagrada, hasta que la meditación continua llene vuestro corazón y os vaya formando, por así decir, a su propia semejanza, haciendo de él, en cierto modo, un arca del testimonio, [] que tiene dentro dos tablas de piedra, es decir, la constante firmeza de los dos testamentos; y una urna de oro, es decir, una memoria pura e inmaculada que conserva con tenacidad constante el maná depositado en ella, es decir, la suavidad eterna y celestial del sentido espiritual y el pan de los ángeles; además también la vara de Aarón, es decir, el estandarte salvador de Jesucristo, nuestro verdadero Sumo Sacerdote, que brota siempre con el frescor de la memoria inmortal. Porque ésta es la vara que, después de haber sido cortada de la raíz de Jesé, murió y floreció de nuevo con vida más vigorosa. Todas estas cosas, empero, son guardadas por dos querubines, es decir, la plenitud del conocimiento histórico y espiritual. Porque los querubines significan multitud de ciencia; y éstos protegen continuamente el propiciatorio de Dios, es decir, la paz de vuestro corazón, y lo cubren de todos los asaltos de las malignidades espirituales. Y así vuestra alma será llevada no sólo al arca de la Alianza divina, sino también al reino sacerdotal, y, por su ininterrumpido amor a la pureza, estando como absorta en los estudios espirituales, cumplirá el mandato dado a los sacerdotes, ordenado así por el dador de la Ley: «Y no saldrá del santuario, no sea que profane el Santuario de Dios», [] es decir, su corazón, en el cual el Señor prometió que moraría siempre, diciendo: «Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos». [] Por lo cual, toda la serie de las Santas Escrituras debe ser diligentemente encomendada a la memoria y repetida sin cesar. Porque esta meditación continua nos reportará un doble fruto: primero, que mientras la atención de la mente está ocupada en leer y preparar las lecciones, no puede ser cautivada en lazo alguno de malos pensamientos; luego, que aquellas cosas que fueron repasadas y repetidas con frecuencia, y que mientras intentábamos confiarlas a la memoria no podíamos entender por estar entonces ocupada la mente, podremos verlas después con más claridad, cuando estemos libres de la distracción de todo acto y de toda visión, y especialmente cuando reflexionemos sobre ellas en silencio en nuestra meditación nocturna. De modo que cuando estemos en reposo, y como sumergidos en el letargo del sueño, se nos revele la inteligencia de los sentidos más secretos, de los cuales en las horas de vigilia no teníamos ni la más remota idea.
Conf. 14, cap. 11
Mas, a medida que la renovación de nuestra alma crece por medio de este estudio, también la Escritura comenzará a revestir un rostro nuevo, y la hermosura de los sentidos más santos crecerá de algún modo con nuestro crecimiento. Pues su forma se adapta a la capacidad del entendimiento humano, y aparecerá terrena a los hombres carnales y divina a los espirituales, de suerte que aquellos a quienes antes parecía envuelta en densas nubes no puedan aprehender sus sutilezas ni soportar su luz. Pero para aclarar con un ejemplo esto que pretendemos, bastará aducir un solo pasaje de la ley, con el que podamos probar que también todos los mandamientos celestiales se aplican a los hombres según la medida de nuestro estado. Porque está escrito en la ley: «No cometerás adulterio». [] Esto lo observa rectamente según el simple sentido de la letra el hombre que aún está esclavizado por las pasiones impuras. Pero aquel que ya ha abandonado estas obras vergonzosas y afectos impuros debe observarlo en espíritu, de modo que abandone no sólo el culto de los ídolos, sino también todas las supersticiones paganas y la observancia de augurios y presagios y de toda clase de signos, días y tiempos, o al menos que no se enrede en las conjeturas de palabras y nombres que destruyen la sencillez de nuestra fe. Pues de esta clase de fornicación leemos que fue contaminada Jerusalén, cuando cometió adulterio «en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso», [] a la cual también reprendió el Señor por el profeta, diciendo: «Que se levanten ahora los astrólogos y te salven, los que contemplaban las estrellas y contaban los meses, para anunciarte desde ellas lo que ha de venir sobre ti», [] de la cual fornicación dice también en otro lugar el Señor, reprendiéndolos: «El espíritu de fornicación los engañó, y se prostituyeron apartándose de su Dios». [] Mas quien ha abandonado estas dos clases de fornicación tendrá que evitar una tercera, contenida en las supersticiones de la ley y del judaísmo; de ella dice el Apóstol: «Observáis días y meses y tiempos y años»; y de nuevo: No toquéis, no gustéis, no manoseéis. Y no hay duda de que esto se dice de las supersticiones de la ley; y quien ha caído en ellas ciertamente se ha prostituido apartándose de Cristo, y no es digno de oír del Apóstol: «Porque os he desposado con un solo marido, para presentaros como una virgen casta a Cristo». [] Mas lo que sigue se le dirigirá por palabras del mismo Apóstol: «Pero temo que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así vuestras mentes se corrompan y caigan de la sencillez que es en Cristo Jesús». Pero si uno ha escapado de la impureza incluso de esta fornicación, todavía habrá una cuarta, que se comete por el trato adulterino con la doctrina herética. De ella habla también el bienaventurado Apóstol: «Yo sé que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos crueles, que no perdonarán al rebaño; y de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos». [] Mas si un hombre ha logrado evitar incluso ésta, cuídese de no caer, por un pecado más sutil, en la culpa de fornicación. Me refiero a aquella que consiste en los pensamientos errantes, porque todo pensamiento que no sólo es vergonzoso, sino incluso ocioso, y que se aparta de Dios por pequeño que sea su grado, es considerado por el hombre perfecto como la más inmunda fornicación.
Conf. 14, cap. 12
Ante esto me sentí primero movido por una secreta emoción, y luego, gimiendo profundamente, dije: Todas estas cosas que tan cumplidamente habéis expuesto me han afectado con una desesperación aún mayor que la que antes soportaba; pues además de aquellas cautividades generales del alma con que no dudo que los débiles son heridos desde fuera, se añade un impedimento especial para la salvación por aquel conocimiento de las letras que parezco ya haber alcanzado en alguna leve medida, en el cual los esfuerzos de mi maestro, o mi atención a la lectura continua, me han debilitado de tal modo que ahora mi mente está llena de aquellos cantos de los poetas, de suerte que aun en la hora de la oración está pensando en aquellas fábulas triviales y en las historias de batallas con que desde su más tierna infancia fue almacenada por sus lecciones pueriles; y cuando canto salmos o pido perdón de los pecados, o se entromete algún recuerdo lascivo de los poemas, o la imagen de héroes combatiendo se presenta ante mis ojos, y una imaginación de tales fantasmas me está engañando siempre y no permite que mi alma aspire a la contemplación de las cosas de arriba, de modo que esto no puede ser desechado por mis lamentos cotidianos.
Conf. 14, cap. 13
Nesteros: De este mismo hecho, del cual brota para ti la mayor desesperación de tu purificación, puede surgir un remedio rápido y eficaz, si tan sólo quisieras transferir a la lectura y meditación de los escritos del Espíritu la misma diligencia y empeño que dices haber mostrado en aquellos estudios seculares tuyos. Pues tu mente ciertamente estará ocupada con aquellos poemas hasta que no esté adquiriendo con el mismo celo y asiduidad otras materias sobre las cuales reflexionar, y esté en trabajo de parto con cosas espirituales y divinas en lugar de las terrenas e inútiles. Pero cuando éstas hayan sido concebidas entera y plenamente, y se haya nutrido de ellas, entonces gradualmente podrán ser expulsados y enteramente desechados los pensamientos anteriores. Pues la mente del hombre no puede vaciarse de todo pensamiento, y así, mientras no esté ocupada con intereses espirituales, ciertamente estará ocupada con lo que aprendió hace tiempo. Pues mientras no tenga nada a lo cual recurrir y en lo cual ejercitarse incansablemente, ciertamente recaerá en lo que aprendió en la niñez, y pensará siempre en lo que absorbió por el largo uso y la meditación. Para que, pues, este conocimiento espiritual se fortalezca en ti con firmeza duradera, y para que no lo disfrutes sólo por un tiempo, como aquellos que apenas lo tocan, no por su propio esfuerzo sino por la recitación de otro, y, si me es permitido usar la expresión, perciben su aroma en el aire; sino que sea guardado en tu corazón, y profundamente anotado en él, y plenamente visto y manejado, conviene que pongas el mayor cuidado en asegurar que, aun si acaso oyes en la Conferencia cosas que conoces muy bien, no las mires con desdén y desprecio porque ya las conoces, sino que las guardes en tu corazón con el mismo fervor con que las palabras de salvación que anhelamos deben ser constantemente derramadas en nuestros oídos o deben siempre proceder de nuestros labios. Pues aunque la narración de las cosas santas se repita a menudo, sin embargo, en una mente que siente sed de verdadero conocimiento, la saciedad nunca creará hastío, sino que, como la recibe cada día como si fuera algo nuevo y lo que deseaba, por más veces que la haya recibido, tanto más ansiosamente oirá o hablará, y de la repetición de estas cosas ganará confirmación del conocimiento que ya posee, más bien que cansancio de ningún tipo por la Conferencia frecuente. Pues es señal segura de una mente fría y soberbia si recibe con desdén y descuido la medicina de las palabras de salvación, aunque sea ofrecida con el celo de una excesiva insistencia. Porque «el alma saciada pisotea el panal; mas para el alma hambrienta aun lo amargo es dulce.» [] Y así, si estas cosas han sido cuidadosamente recibidas y guardadas en los recovecos del alma y selladas con el sello del silencio, después, como vino de dulce aroma que alegra el corazón del hombre, cuando estén maduradas por la antigüedad de los pensamientos y por la paciencia de larga data, serán sacadas de la jarra de tu corazón con gran fragancia, y como fuente perenne fluirán abundantemente de las venas de la experiencia y de los canales de riego de la virtud, y derramarán copiosas corrientes como de un pozo profundo en tu corazón. Pues sucederá en tu caso lo que se dice en los Proverbios a quien ha logrado esto en su obra: «Bebe el agua de tu propia cisterna, y de la fuente de tus propios pozos. Dejen que tus aguas fluyan en abundancia para ti, mas que tus aguas pasen a tus plazas.» [] Y según el profeta Isaías: «Serás como huerto regado, y como manantial de aguas cuyas aguas nunca faltarán. Y los lugares que han estado desolados por siglos serán edificados en ti; levantarás los cimientos de generación y generación; y serás llamado reparador de los cercados, que convierte las sendas en descanso.» [] Y vendrá sobre ti aquella bienaventuranza que el mismo profeta promete: «Y el Señor no hará que tu maestro huya de ti nunca más, y tus ojos verán a tu maestro. Y tus oídos oirán la palabra de uno que te amonesta detrás de ti: Éste es el camino, andad por él, y no os desviéis ni a la derecha ni a la izquierda.» [] Y así sucederá que no sólo todo propósito y pensamiento de tu corazón, sino también todas las divagaciones y los vagabundeos de tu imaginación se convertirán para ti en una santa e incesante meditación de la ley divina.
Conf. 14, cap. 14
Pero es, como ya hemos dicho, imposible que un novicio entienda o enseñe esto. Pues si uno es incapaz de recibirlo, ¿cómo puede ser apto para transmitirlo a otro? Y si ha tenido la audacia de enseñar algo sobre estas materias, con toda certeza sus palabras serán ociosas e inútiles y sólo alcanzarán los oídos de sus oyentes, sin poder tocar sus corazones, proferidas como fueron en pura ociosidad y vanidad infructuosa, pues no proceden del tesoro de una buena conciencia, sino de la vacía impertinencia de la jactancia. Pues es imposible que un alma impura (por más empeñosamente que se dedique a la lectura) obtenga conocimiento espiritual. Porque nadie vierte ungüento rico o miel fina o cualquier líquido precioso en un vaso sucio y hediondo. Pues una jarra que una vez ha sido llenada de olores fétidos echa a perder la mirra más dulce más prontamente de lo que recibe de ella dulzura o gracia alguna, porque lo puro se corrompe mucho más rápidamente de lo que lo corrupto se purifica. Y así, el vaso de nuestro pecho, a menos que haya sido primero purificado de todas las sucias manchas del pecado, no será digno de recibir aquel ungüento bendito del cual se dice por el profeta: «Como el ungüento sobre la cabeza, que descendió sobre la barba de Aarón, que descendió hasta el borde de su vestidura,» ni guardará sin mancha aquel conocimiento espiritual y las palabras de la Escritura que son «más dulces que la miel y el panal.» «Pues ¿qué parte tiene la justicia con la iniquidad? ¿O qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿O qué concordia tiene Cristo con Belial?» []
Capítulo 15. Objeción debida al hecho de que muchos impuros tienen conocimiento mientras que los santos no lo tienen
Conf. 14, cap. 15
Germano: Esta afirmación no nos parece fundada en la verdad, ni basada en un razonamiento sólido. Pues si es claro que todos los que o bien nunca reciben la fe de Cristo o bien la corrompen por el malvado pecado de la herejía, son de corazones impuros, ¿cómo es que muchos judíos y herejes, y también católicos enredados en diversos pecados, han adquirido un perfecto conocimiento de las Escrituras y se jactan de la grandeza de su erudición espiritual, y por otra parte innumerables multitudes de hombres santos, cuyo corazón ha sido purificado de toda mancha de pecado, se contentan con la piedad de la fe simple y nada saben de los misterios de un conocimiento más profundo? ¿Cómo entonces se sostendrá aquella opinión que atribuye el conocimiento espiritual únicamente a la pureza de corazón?
Capítulo 16. La respuesta en el sentido de que los malvados no pueden poseer el verdadero conocimiento
Conf. 14, cap. 16
Nesteros: Quien no pesa cuidadosamente cada palabra de las opiniones expresadas no puede descubrir rectamente el valor de la afirmación. Pues dijimos al principio que los hombres de esta clase sólo poseen destreza en la discusión y ornamento de la palabra; pero no pueden penetrar hasta el corazón mismo de la Escritura y los misterios de sus significados espirituales. Pues el verdadero conocimiento sólo lo adquieren los verdaderos adoradores de Dios; y ciertamente no lo posee aquel pueblo al cual se le dice: «Oíd, oh pueblo necio, vosotros que no tenéis corazón: vosotros que teniendo ojos no veis, y teniendo oídos, no oís.» Y de nuevo: «Por cuanto has rechazado el conocimiento, yo también te rechazaré para que no ejerzas como mi sacerdote.» Pues como se dice que en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento,» [] ¿cómo podemos sostener que aquel que ha desdeñado hallar a Cristo, o que, cuando lo ha hallado, lo blasfema con labios impíos, o al menos mancha la fe católica con sus obras impuras, ha adquirido conocimiento espiritual? «Porque el Espíritu de Dios evitará el engaño, y no habita en un cuerpo sujeto al pecado.» [] No hay, pues, otro camino para llegar al conocimiento espiritual sino éste que uno de los profetas ha descrito finamente: «Sembrad para vosotros en justicia: segad la esperanza de la vida. Iluminaos con la luz del conocimiento.» [] Primero, pues, debemos sembrar para la justicia, es decir, por las obras de justicia debemos extender la perfección práctica; luego debemos segar la esperanza de la vida, es decir, por la expulsión de los pecados carnales debemos recoger los frutos de las virtudes espirituales; y así lograremos iluminarnos con la luz del conocimiento. Y el salmista también ve que este sistema debe seguirse, cuando dice: «Bienaventurados los que son inmaculados en el camino: los que andan en la ley del Señor. Bienaventurados los que buscan sus testimonios.» Pues no dice en primer lugar: «Bienaventurados los que buscan sus testimonios, y después añade: Bienaventurados los que son inmaculados en el camino;» sino que comienza diciendo: «Bienaventurados los que son inmaculados en el camino;» y con esto muestra claramente que nadie puede propiamente llegar a buscar los testimonios de Dios a menos que primero ande inmaculado en el camino de Cristo por su vida práctica. Aquellos, pues, que mencionaste no poseen aquel conocimiento que los impuros no pueden alcanzar, sino [ψευδώνυμον], es decir, el falsamente llamado, del cual habla el bienaventurado Apóstol: «Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas novedades de palabras y las contradicciones del conocimiento falsamente llamado;» [] que en griego es [τάς ἀντιθέσεις τῆς ψευδωνύμου γνώσεως]. De aquellos, pues, que parecen adquirir alguna apariencia de conocimiento, o de aquellos que, mientras se dedican diligentemente a la lectura del sagrado volumen y a aprender de memoria las Escrituras, sin embargo no abandonan los pecados carnales, bien se dice en los Proverbios: «Como anillo de oro en el hocico de un cerdo, así es la hermosura de una mujer de mala disposición.» [] Pues ¿de qué aprovecha a un hombre ganar los ornamentos de la elocuencia celestial y la hermosura más preciosa de las Escrituras si, aferrándose a obras y pensamientos inmundos, la destruye enterrándola en el suelo más sucio, o la mancilla por el sucio revolcarse de sus propias concupiscencias? Pues el resultado será que aquello que es ornamento para quienes lo usan rectamente, no sólo no puede adornarlos, sino que de hecho se ensucia por la creciente inmundicia y el barro. Porque «de la boca del pecador no es hermosa la alabanza;» [] como a él se le dice por el profeta: «¿Por qué declaras mis actos de justicia, y tomas mi pacto en tus labios?» de almas como éstas, que nunca poseen de manera duradera el temor del Señor del cual se dice: «el temor del Señor es instrucción y sabiduría,» [] y sin embargo intentan alcanzar el sentido de la Escritura por la continua meditación en ellas, se pregunta apropiadamente en los Proverbios: «¿De qué sirven las riquezas al necio? Pues el hombre insensato no puede poseer la sabiduría.» [] Pero tan lejos está este verdadero y espiritual conocimiento de aquella erudición mundana, que está mancillada por las manchas de los pecados carnales, que sabemos que a veces ha florecido grandiosamente en algunos que carecían de elocuencia y eran casi iletrados. Y esto se muestra muy claramente por el caso de los Apóstoles y de muchos hombres santos, que no se extendían con un vacío despliegue de hojas, sino que estaban cargados por el peso de los verdaderos frutos del conocimiento espiritual: de quienes está escrito en los Hechos de los Apóstoles: «Pero cuando vieron la osadía de Pedro y de Juan, y percibieron que eran hombres ignorantes y sin letras, se asombraron.» [] Y por lo tanto, si estás ansioso por alcanzar aquella fragancia que nunca desfallece, debes primero esforzarte con todas tus fuerzas por obtener del Señor la pureza de la castidad. Pues nadie en quien el amor de las pasiones carnales y especialmente de la fornicación aún tiene dominio, puede adquirir conocimiento espiritual. Porque «en el corazón bueno descansará la sabiduría;» y: «El que teme al Señor hallará conocimiento con justicia.» Pero que debemos alcanzar el conocimiento espiritual en el orden del cual ya hemos hablado, nos lo enseña también el bienaventurado Apóstol. Pues cuando quiso no meramente trazar una lista de todas sus propias virtudes, sino más bien describir su orden, para explicar cuál sigue a cuál, y cuál da nacimiento a cuál, después de algunas otras prosigue así: «En vigilias, en ayunos, en castidad, en conocimiento, en longanimidad, en mansedumbre, en el Espíritu Santo, en amor no fingido.» [] Y por esta enumeración de virtudes evidentemente quiso enseñarnos que debemos pasar de las vigilias y los ayunos a la castidad, de la castidad al conocimiento, del conocimiento a la longanimidad, de la longanimidad a la mansedumbre, de la mansedumbre al Espíritu Santo, del Espíritu Santo a los premios del amor no fingido. Cuando, pues, por este sistema y en este orden tú también hayas llegado al conocimiento espiritual, ciertamente tendrás, como dijimos, no una erudición estéril u ociosa sino lo que es vigoroso y fructífero; y la semilla de la palabra de salvación que ha sido encomendada por ti a los corazones de tus oyentes será regada por las abundantes lluvias del Espíritu Santo que seguirán; y, según esto que el profeta prometió, «la lluvia será dada a tu semilla, dondequiera que siembres en la tierra, y el pan del grano de la tierra será abundantísimo y pingüe.» []
Conf. 14, cap. 17
Cuida también, cuando tu edad más madura te lleve a enseñar, de no ser extraviado por el amor de la vanagloria, y de no enseñar al azar a las personas más impuras estas cosas que has aprendido no tanto por la lectura como por los efectos de la experiencia, y así incurrir en lo que Salomón, el más sabio de los hombres, denunció: «No juntes al malvado con los pastos de los justos, y no seas extraviado por la saciedad del vientre,» porque «los manjares delicados no son buenos para el necio, ni hay lugar para la sabiduría donde falta el sentido: pues la necedad es tanto más incitada, porque el siervo obstinado no se corrige con palabras, pues aunque entienda, no obedecerá.» Y «No digas nada en los oídos del imprudente, no sea que acaso se burle de tus sabios discursos.» Y «no deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que acaso las pisoteen y se vuelvan y os despedacen.» [] Es, pues, correcto ocultar los misterios de los significados espirituales de hombres de esta clase, para que puedas cantar eficazmente: «Tus palabras he escondido dentro de mi corazón: para no pecar contra Ti.» Pero dirás quizá: ¿Y a quiénes han de dispensarse los misterios de la Sagrada Escritura? Salomón, el más sabio de los hombres, te enseñará: «Dad, dice, bebida fuerte a los que están en tristeza, y dad vino a beber a los que están en dolor, para que olviden su pobreza, y no recuerden más su dolor,» [] es decir, a aquellos que, en consecuencia del castigo de sus acciones pasadas, están oprimidos por el pesar y la tristeza, suminístrales ricamente los gozos del conocimiento espiritual como «vino que alegra el corazón del hombre,» y restáuralos con la bebida fuerte de la palabra de salvación, no sea que acaso se hundan en continua tristeza y en una desesperación que trae muerte, y así los que son de esta clase sean «tragados por una tristeza excesiva.» [] Pero de aquellos que permanecen en la frialdad y el descuido, y no son heridos por tristeza alguna del corazón, leemos lo siguiente: «Pues el que es bondadoso y sin tristeza, estará en necesidad.» [] Con todo el cuidado posible, evita, pues, ser hinchado por el amor de la vanagloria, y así dejar de hacerte partícipe con aquel a quien el profeta alaba, «que no ha dado su dinero a usura.» Pues todo aquel que, por amor de la alabanza de los hombres, dispensa las palabras de Dios, de las cuales se dice «las palabras del Señor son palabras puras, como plata probada por el fuego, purgada de la tierra, refinada siete veces,» pone su dinero a usura, y merecerá por esto no sólo ningún premio, sino más bien castigo. Por esta razón eligió gastar el dinero de su Señor para ser el granero de una ganancia temporal, y no para que el Señor, como está escrito, pueda «cuando venga, recibir lo suyo con usura.» []
Conf. 14, cap. 18
Pero es cierto que por dos razones resulta ineficaz la enseñanza de las cosas espirituales. Pues o el maestro recomienda lo que no ha experimentado y trata de aleccionar a su oyente con palabras vacías y sonoras, o bien el oyente es hombre malo y lleno de defectos, que no puede recibir en su corazón endurecido la doctrina santa y salvadora del hombre espiritual; de estos dice el profeta: «Porque el corazón de este pueblo se ha embotado, y sus oídos se han vuelto torpes de oír, y sus ojos han cerrado: no sea que vean con sus ojos, y oigan con sus oídos, y entiendan con su corazón, y se conviertan, y yo los sane.» []
Capítulo 19. Con cuánta frecuencia aun los que no son dignos pueden recibir la gracia de la palabra salvadora
Conf. 14, cap. 19
Mas a veces, por la generosidad espléndida de Dios en su Providencia, «que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad,» [] se concede que quien no se ha mostrado digno, por una vida irreprochable, de la predicación del evangelio, alcance la gracia de la enseñanza espiritual para provecho de muchos. Pero por qué medios son concedidos por el Señor los dones de curación para expulsar demonios, es cosa que, como sigue, conviene que expliquemos en una exposición semejante; la cual, como vamos a levantarnos para la cena, reservaremos para la tarde, porque aquello que se recibe gradualmente y sin excesivo esfuerzo corporal se graba siempre con más eficacia en el corazón.