c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·47 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 2 de 21 · Conferencia 2. Abad Moisés·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CAS-02
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Capítulo 1. Introducción del abad Moisés sobre la gracia de la discreción
Conf. 2, cap. 1
Y así, cuando hubimos gozado del sueño de la mañana, cuando para nuestro deleite la luz del alba brilló de nuevo sobre nosotros, y comenzamos a pedir una vez más su prometida plática, el bienaventurado Moisés comenzó así: Como os veo inflamados con un deseo tan ardiente, que no creo que aquel brevísimo intervalo de quietud que quise sustraer de nuestra conferencia espiritual y dedicar al descanso corporal haya sido de provecho alguno para el reposo de vuestros cuerpos, también sobre mí pesa una ansiedad mayor cuando advierto vuestro celo. Pues debo poner mayor cuidado y devoción en pagar mi deuda, en proporción a como veo que la pedís con más insistencia, conforme a aquella sentencia: «Cuando te sientes a comer con un gobernante, considera diligentemente lo que se te pone delante, y extiende tu mano, sabiendo que debes preparar tales cosas.» Por lo cual, puesto que vamos a hablar de la excelente cualidad de la discreción y de su virtud, tema en el que nuestro discurso de anoche había entrado al término de nuestra discusión, juzgamos conveniente establecer primero su excelencia por las opiniones de los padres, para que, cuando se haya mostrado lo que nuestros predecesores pensaron y dijeron acerca de ella, podamos luego presentar algunos naufragios y desgracias antiguos y modernos de diversas personas, que fueron destruidas y sin esperanza arruinadas por haberle prestado poca atención, y luego, lo mejor que podamos, hemos de tratar de sus ventajas y usos; tras cuya discusión sabremos mejor cómo debemos buscarla y practicarla, por la consideración de la importancia de su valor y su gracia. Pues no es una virtud ordinaria, ni que pueda alcanzarse libremente por meros esfuerzos humanos, a menos que estén ayudados por la bendición divina, pues leemos que ésta es contada también entre los más nobles dones del Espíritu por el Apóstol: «A uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu,» y poco después: «a otro, discernimiento de espíritus.» Luego, tras el catálogo completo de los dones espirituales, añade: «Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.» [] Veis, pues, que el don de la discreción no es cosa terrena ni asunto de poca monta, sino el mayor premio de la gracia divina. Y a menos que un monje lo haya buscado con todo celo, y haya asegurado el poder de discernir con juicio infalible los espíritus que se levantan en él, ciertamente errará, como en la oscuridad de la noche y en densas tinieblas, y no sólo caerá en peligrosos hoyos y precipicios, sino que también cometerá frecuentes errores en asuntos claros y sencillos.
Capítulo 2. Lo que la discreción por sí sola puede dar al monje; y una disertación del bienaventurado Antonio sobre este tema
Conf. 2, cap. 2
Y así recuerdo que, siendo yo todavía un muchacho, en la región de Tebaida, donde vivía el bienaventurado Antonio, vinieron a él los ancianos a preguntarle acerca de la perfección: y aunque la conferencia duró desde la tarde hasta la mañana, la mayor parte de la noche se ocupó en esta cuestión. Pues se discutió largamente qué virtud u observancia podía preservar al monje siempre incólume de las asechanzas y engaños del diablo, y conducirlo por un camino seguro y recto, y con paso firme, a las cimas de la perfección. Y cuando cada uno dio su opinión según la inclinación de su propio ánimo, y unos la hicieron consistir en el celo por los ayunos y las vigilias, porque un alma abatida por éstos, y que así ha alcanzado la pureza de corazón y de cuerpo, se unirá más fácilmente a Dios; otros, en el desprecio de todas las cosas, como si, privada la mente por completo de ellas, llegara más libremente a Dios, como si desde entonces no hubiera lazos que la enredaran; otros pensaron que el apartamiento del mundo era lo necesario, es decir, la soledad y el secreto de la vida eremítica, viviendo en la cual el hombre puede comunicarse más prontamente con Dios y adherirse más especialmente a Él; otros establecieron que debían practicarse los deberes de la caridad, es decir, de la bondad, porque el Señor en el Evangelio prometió más especialmente dar el reino a éstos; cuando dijo «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber, etc.:» [] y cuando de esta manera declararon que por medio de diversas virtudes se podía asegurar un acceso más cierto a Dios, y la mayor parte de la noche se había pasado en esta discusión, entonces por fin habló el bienaventurado Antonio y dijo: Todas estas cosas que habéis mencionado son ciertamente necesarias y útiles para los que tienen sed de Dios y desean acercarse a Él. Pero innumerables accidentes y la experiencia de muchas personas no nos permiten hacer consistir en ellas el más importante de los dones. Pues a menudo, cuando los hombres son muy estrictos en el ayuno o en las vigilias, y noblemente se retiran a la soledad, y pretenden privarse de todos sus bienes de modo tan absoluto que no permiten que les quede ni siquiera la ración de un día de alimento o un solo centavo, y cuando cumplen todos los deberes de la bondad con suma devoción, sin embargo los hemos visto de repente engañados, de modo que no pudieron llevar a término adecuado la obra que habían emprendido, sino que condujeron su exaltado fervor y su loable manera de vivir a un fin terrible. Por lo cual podremos reconocer claramente qué es lo que principalmente conduce a Dios, si investigamos con mayor cuidado la razón de su caída y de su engaño. Pues cuando abundaban en ellos las obras de las virtudes antedichas, sólo faltaba la discreción, y no les permitió continuar hasta el fin. Y no puede descubrirse otra razón de su caída sino que, al no haber sido suficientemente instruidos por sus ancianos, no pudieron obtener el juicio y la discreción, la cual, pasando por encima del exceso de una y otra parte, enseña al monje a caminar siempre por el camino real, y no sufre que se infle por la derecha de la virtud, es decir, que por exceso de celo traspase los límites de la debida moderación en necia presunción, ni le permite enamorarse de la dejadez y desviarse a los vicios de la izquierda, es decir, que so pretexto de dominar el cuerpo se abandone con el espíritu contrario de la tibieza. Pues ésta es la discreción, que en el Evangelio se llama «ojo,» «y luz del cuerpo,» según el dicho del Salvador: «La luz de tu cuerpo es tu ojo: pero si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará lleno de oscuridad:» [] porque, al discernir todos los pensamientos y acciones de los hombres, ve y examina todas las cosas que deben hacerse. Pero si en algún hombre éste es «malo,» es decir, no fortalecido por el sano juicio y el conocimiento, o engañado por algún error y presunción, hará que todo nuestro cuerpo esté «lleno de oscuridad,» es decir, oscurecerá toda nuestra visión mental y nuestras acciones, al verse envueltas en las tinieblas de los vicios y en la lobreguez de las perturbaciones. Pues, dice Él, «si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡cuán grande será la oscuridad!» [] Porque nadie puede dudar de que, cuando el juicio de nuestro corazón yerra, y se ve abrumado por la noche de la ignorancia, nuestros pensamientos y obras, que son el resultado de la deliberación y de la discreción, han de verse envueltos en las tinieblas de pecados aún mayores.
Capítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
Conf. 2, cap. 3
Por último, el hombre que en el juicio de Dios fue el primero digno del reino de su pueblo Israel, por carecer de este «ojo» de la discreción, fue, como si todo su cuerpo estuviera lleno de oscuridad, arrojado realmente del reino; pues, engañado por las tinieblas de esta «luz,» y en el error, imaginó que sus propias ofrendas eran más aceptables a Dios que la obediencia al mandato de Samuel, y halló ocasión de caída en aquello mismo en que había esperado propiciar a la Divina Majestad. [] Y la ignorancia, digo, de esta discreción llevó a Acab, rey de Israel, después de un triunfo y una espléndida victoria que le habían sido concedidos por el favor de Dios, a imaginarse que la misericordia de su parte era mejor que la ejecución severa del mandato divino, y, según le parecía, una regla cruel: y movido por esta consideración, mientras deseaba templar con misericordia una victoria sangrienta, fue, a causa de su clemencia indiscriminada, lleno de oscuridad en todo su cuerpo, y condenado irreversiblemente a la muerte. []
Capítulo 4. Lo que se dice del valor de la discreción en la Sagrada Escritura
Conf. 2, cap. 4
Tal es la discreción, que no sólo es la «luz del cuerpo,» sino que también es llamada sol por el Apóstol, como se dice «No se ponga el sol sobre vuestra ira.» [] También se la llama guía de nuestra vida: como se dice «Los que no tienen guía caen como hojas.» Con toda verdad se la nombra consejo, sin el cual la autoridad de la Escritura no nos permite hacer nada, de modo que ni siquiera se nos permite tomar aquel «vino que alegra el corazón del hombre» sin su control regulador: como se dice «Haz todas las cosas con consejo, bebe tu vino con consejo,» y de nuevo «como ciudad derribada y sin muro, así es el hombre que hace algo sin consejo.» Y cuán perjudicial es para el monje la ausencia de esto, lo muestra la ilustración y figura del pasaje citado, comparándolo con una ciudad destruida y sin muros. En esto reside la sabiduría, en esto la inteligencia y el entendimiento, sin los cuales no puede edificarse nuestra casa interior, ni reunirse las riquezas espirituales, como se dice: «Con sabiduría se edifica la casa, y con inteligencia se afirma. Con el entendimiento se llenan las despensas de todas las riquezas preciosas y agradables.» Esto, digo, es «alimento sólido,» que sólo puede ser tomado por los que son maduros y fuertes, como se dice: «Pero el alimento sólido es para los maduros, que por el uso tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal.» [] Y se muestra útil y necesario para nosotros, sólo en la medida en que está de acuerdo con la palabra de Dios y sus potencias, como se dice «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y de los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón:» [] y con esto se muestra claramente que ninguna virtud puede adquirirse perfectamente o continuar sin la gracia de la discreción. Y así, por el juicio del bienaventurado Antonio y de todos los demás, se ha establecido que es la discreción la que conduce a un monje intrépido por grados fijos hacia Dios, y preserva las virtudes antedichas continuamente intactas, por medio de la cual se puede ascender con menos fatiga a la cumbre extrema de la perfección, y sin la cual, incluso los que se afanan con mayor voluntad no pueden alcanzar las alturas de la perfección. Pues la discreción es la madre de todas las virtudes, así como su guardiana y reguladora.
Capítulo 5. De la muerte del anciano Herón
Conf. 2, cap. 5
Y para apoyar con un ejemplo moderno este juicio pronunciado antiguamente por el bienaventurado Antonio y los demás padres, como prometimos hacer, recordad lo que hace poco visteis acontecer ante vuestros propios ojos, quiero decir, cómo el anciano Herón, sólo hace muy pocos días, fue arrojado por una ilusión del diablo de las alturas a los abismos, un hombre que recordamos haber vivido cincuenta años en este desierto y haber guardado una continencia estricta con severidad especial, y que aspiraba al secreto de la soledad con fervor maravilloso, más que todos los que aquí habitan. ¿Por qué artificio, pues, o por qué método fue engañado por el seductor después de tantos trabajos, y cayendo con una caída gravísima golpeó con profundo dolor a todos los que viven en este desierto? ¿No fue acaso porque, teniendo demasiado poco de la virtud de la discreción, prefirió guiarse por su propio juicio antes que obedecer los consejos y la conferencia de los hermanos y las normas de los ancianos? Pues siempre practicó incesante abstinencia y ayuno con tal severidad, y persistió en el secreto de la soledad y de una celda monástica tan constantemente, que ni siquiera la observancia de la fiesta de Pascua pudo jamás persuadirlo a unirse al banquete con los hermanos: cuando, según la observancia anual, todos los hermanos permanecían en la iglesia y él solo no quería unirse a ellos por temor a parecer que cedía en algo de su propósito tomando siquiera un poco de legumbre. Y engañado por esta presunción, recibió con la mayor reverencia a un ángel de Satanás como ángel de luz, y con ciega sumisión obedeció sus mandatos y se arrojó a un pozo, tan profundo que la vista no podía penetrar sus profundidades, sin dudar nada de la promesa del ángel que le había asegurado que los méritos de sus virtudes y trabajos eran tales que no podía correr riesgo alguno. Y para probar la verdad de esto con toda certeza experimentando con su propia seguridad, en lo más profundo de la noche fue engañado hasta arrojarse al mencionado pozo, para probar ciertamente el gran mérito de su virtud si salía de allí ileso. Y cuando, con grandes esfuerzos por parte de los hermanos, fue sacado ya casi muerto, al tercer día expiró, y lo que fue aún peor, persistió en su obstinada ilusión de modo que ni siquiera la experiencia de su muerte pudo persuadirlo de que había sido engañado por la astucia de los demonios. Por lo cual, a pesar de los méritos de sus grandes trabajos y del número de años que había pasado en el desierto, los que con compasión y la mayor bondad se apiadaron de su fin, apenas pudieron obtener del abad Pafnucio que no fuera contado entre los suicidas, y que no se le considerara indigno de la memoria y de la oblación por los que descansan.
Capítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
Conf. 2, cap. 6
¿Qué diré de aquellos dos hermanos que vivían más allá de aquel desierto de Tebaida donde una vez habitó el bienaventurado Antonio, y que, no estando suficientemente influidos por un cuidadoso discernimiento, cuando atravesaban el vasto y extendido yermo decidieron no llevar consigo alimento alguno, excepto el que el Señor mismo pudiera proporcionarles? Y cuando, vagando por los desiertos, ya desfallecían de hambre, fueron divisados a lo lejos por los mazices (raza aún más salvaje y feroz que casi todas las tribus silvestres, pues no son impulsados a derramar sangre, como otras tribus, por deseo de botín, sino por simple ferocidad de ánimo), y cuando éstos, obrando contra su ferocidad natural, salieron a su encuentro con pan, uno de los dos, acudiendo en su ayuda la discreción, lo recibió con deleite y agradecimiento, como si le fuera ofrecido por el Señor, pensando que el alimento le había sido divinamente proporcionado, y que era obra de Dios que aquellos que siempre se deleitaban en el derramamiento de sangre hubieran ofrecido el pan que sustenta la vida a hombres que ya desfallecían y morían; pero el otro rechazó el alimento porque le era ofrecido por hombres, y murió de inanición. Y aunque esto nació en primer lugar de una persuasión censurable, uno de ellos, con la ayuda de la discreción, superó la idea que había concebido temeraria y descuidadamente, pero el otro, persistiendo en su obstinada necedad, y careciendo por completo de discreción, atrajo sobre sí aquella muerte que el Señor habría evitado, pues no quiso creer que se debía a un impulso divino el que los bárbaros feroces olvidaran su ferocidad natural y les ofrecieran pan en lugar de espada.
Capítulo 7. De una ilusión en la que otro cayó por falta de discreción
Conf. 2, cap. 7
¿Por qué también he de hablar de uno (cuyo nombre preferimos no mencionar, pues aún vive), que durante mucho tiempo recibió a un demonio con el resplandor de una forma angélica, y fue a menudo engañado por innumerables revelaciones suyas, creyendo que era un mensajero de justicia? Pues cuando éstas le eran concedidas, cada noche procuraba una luz en su celda sin necesidad de lámpara alguna. Al fin, el demonio le ordenó ofrecer a Dios a su propio hijo que vivía con él en el monasterio, a fin de que sus méritos se igualaran con este sacrificio a los del patriarca Abrahán. Y fue tan seducido por su persuasión que realmente habría cometido el asesinato, si su hijo no lo hubiera visto preparar el cuchillo y afilarlo con cuidado inusitado, y buscar las cadenas con las que pretendía atarlo para el sacrificio cuando fuera a ofrecerlo; y no hubiera huido aterrorizado con el presentimiento del crimen inminente.
Capítulo 8. De la caída y el engaño de un monje de Mesopotamia
Conf. 2, cap. 8
Es asunto largo también contar la historia del engaño de aquel monje de Mesopotamia, que observó una abstinencia que pocos en aquella región podían imitar, la cual practicó durante muchos años oculto en su celda, y al fin fue tan engañado por revelaciones y sueños provenientes del diablo, que después de tantos trabajos y buenas obras, en los cuales había superado a todos los que habitaban en las mismas partes, recayó miserablemente en el judaísmo y en la circuncisión de la carne. Pues cuando el diablo, acostumbrándolo a visiones con el deseo de inducirlo a creer una mentira al final, le había revelado durante largo tiempo, como mensajero de la verdad, lo que era perfectamente verdadero, al fin le mostró al pueblo cristiano, junto con los jefes de nuestra religión y de nuestra fe, es decir, a los Apóstoles y a los Mártires, en tinieblas y suciedad, inmundos y desfigurados con toda sordidez, y, por otra parte, al pueblo judío con Moisés, los patriarcas y los profetas, danzando con todo gozo y resplandeciendo con luz deslumbrante; y así lo persuadió de que, si quería compartir su recompensa y bienaventuranza, debía someterse de inmediato a la circuncisión. Y así, ninguno de éstos habría sido tan miserablemente engañado si hubiera procurado alcanzar el poder de la discreción. De este modo, los infortunios y las pruebas de muchos muestran cuán peligroso es estar sin la gracia de la discreción.
Capítulo 9. Una cuestión acerca de la adquisición de la verdadera discreción
Conf. 2, cap. 9
A esto Germano: Se ha mostrado plena y enteramente, tanto por ejemplos recientes como por las decisiones de los antiguos, cómo la discreción es en cierto modo la fuente y la raíz de todas las virtudes. Queremos, pues, aprender cómo debe adquirirse, o cómo podemos discernir si es genuina y procede de Dios, o si es espuria y procede del diablo: de modo que (usando la figura de aquella parábola evangélica que trataste en una ocasión anterior, en la que se nos manda hacernos cambistas expertos) podamos ver la figura del verdadero rey sellada en la moneda y detectar lo que no está sellado en la moneda corriente, y que, como dijiste en la charla de ayer con una expresión ordinaria, podamos rechazarla por falsa, bajo la enseñanza de aquella destreza que trataste con suficiente amplitud y detalle, y mostraste que conviene al hombre que es espiritualmente un cambista experto del Evangelio. Pues ¿de qué servirá haber reconocido el valor de esa virtud y gracia si no sabemos cómo buscarla y alcanzarla?
Capítulo 10. La respuesta sobre cómo se alcanza la verdadera discreción
Conf. 2, cap. 10
Entonces Moisés: La verdadera discreción, dijo, sólo se asegura con la verdadera humildad. Y de esta humildad se da la primera prueba reservando todo (no sólo lo que haces, sino también lo que piensas) al examen de los ancianos, de modo que no confíes en absoluto en tu propio juicio, sino que asientas a sus decisiones en todos los puntos, y reconozcas lo que debe tenerse por bueno o malo según sus tradiciones. Y este hábito no sólo enseñará al joven a caminar por la senda recta mediante el verdadero camino de la discreción, sino que también lo mantendrá incólume de todas las astucias y engaños del enemigo. Pues no puede en modo alguno ser engañado quien no vive según su propio juicio, sino conforme al ejemplo de los ancianos; ni podrá nuestro astuto adversario abusar de la ignorancia de quien no está acostumbrado, por falsa modestia, a ocultar todos los pensamientos que brotan en su corazón, sino que los refrena o deja que permanezcan conforme al maduro juicio de los ancianos. Pues el pensamiento malo se debilita en el momento en que es descubierto; y aun antes de que se haya pronunciado la sentencia de la discreción, la serpiente inmunda es, por el poder de la confesión, arrastrada, por así decir, de su oscura caverna subterránea, y en cierto modo exhibida y despedida con ignominia. Pues los malos pensamientos tendrán dominio sobre nosotros mientras estén escondidos en el corazón; y para que comprendas aún más eficazmente el poder de este juicio, te contaré lo que hizo el abad Serapión, y lo que solía contar a menudo a los hermanos más jóvenes para su edificación.
Capítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
Conf. 2, cap. 11
Cuando, dijo él, era todavía un muchacho y me alojaba con el abad Teonas, este hábito me fue impuesto por los asaltos del enemigo: después de cenar con el anciano a la hora novena, cada día solía esconder secretamente un bizcocho en mi ropa, que luego comía a escondidas sin que él lo supiera. Y aunque era constantemente culpable del hurto con el consentimiento de mi voluntad, y de la falta de dominio que nace del deseo ya inveterado, sin embargo, cuando mi deseo ilícito era satisfecho, volvía en mí y me atormentaba por el hurto cometido de tal modo que superaba el placer que había gozado al comer. Y como me veía forzado, no sin dolor del corazón, a cumplir día tras día esta pesadísima tarea que se me exigía, por así decir, por los capataces de Faraón en lugar de los ladrillos, y no podía escapar de esta cruel tiranía, aunque me avergonzaba descubrir al anciano el hurto secreto, aconteció por voluntad de Dios que fui librado del yugo de este cautiverio voluntario cuando ciertos hermanos acudieron a la celda del anciano con el fin de ser instruidos por él. Y cuando, después de la cena, comenzó a celebrarse la conferencia espiritual, y el anciano, respondiendo a las preguntas que le habían propuesto, hablaba acerca del pecado de la gula y del dominio de los pensamientos secretos, mostrando su naturaleza y el espantoso poder que tienen mientras se mantienen en secreto, fui vencido por la fuerza del discurso y quedé con la conciencia herida y aterrorizado, pues pensé que él mencionaba estas cosas porque el Señor le había revelado al anciano mis secretos más íntimos; y primero me sentí movido a suspiros secretos, y luego, aumentando la compunción de mi corazón, prorrumpí abiertamente en sollozos y lágrimas, y saqué de los pliegues de mi ropa —que compartían mi hurto y lo recibían— el bizcocho que, por mi mal hábito, había llevado para comer a escondidas; lo puse en medio y, postrado en tierra y pidiendo perdón, confesé cómo solía comer uno cada día en secreto, y con abundantes lágrimas les supliqué que rogasen al Señor que me librase de esta terrible esclavitud. Entonces el anciano: «Ten fe, hijo mío,» dijo, «Sin palabra alguna mía, tu confesión te libra de esta esclavitud. Pues hoy has triunfado sobre tu victorioso adversario, derribándolo con tu confesión de una manera que compensa con creces el modo en que fuiste derribado por él mediante tu silencio anterior, cuando, al no refutarlo nunca con tu propia respuesta ni con la de otro, le permitiste enseñorearse de ti, según aquel dicho de Salomón: 'Porque no se ejecuta pronto sentencia contra lo malo, el corazón de los hijos de los hombres está lleno en ellos para hacer el mal'; y por eso, después de esta manifestación, aquel espíritu malo ya no podrá atormentarte, ni aquella serpiente inmunda hará de ti en adelante su guarida, pues ha sido arrastrado a la luz desde las tinieblas por tu confesión vivificante.» El anciano no había terminado de hablar cuando ¡he aquí! una lámpara encendida que salía de los pliegues de mi ropa llenó la celda de un olor sulfuroso, de modo que la acritud del olor apenas nos permitía permanecer allí; y el anciano, reanudando su amonestación, dijo: ¡He aquí! El Señor te ha confirmado visiblemente la verdad de mis palabras, para que veas con tus ojos cómo aquel que fue el autor de su Pasión ha sido expulsado de tu corazón por tu confesión vivificante, y sepas que el enemigo que ha sido expuesto ciertamente no hallará ya morada en ti, como se manifiesta por su expulsión. Y así, como declaró el anciano —dijo él—, el dominio de aquella tiranía diabólica sobre mí fue destruido por el poder de esta confesión y acallado para siempre, de modo que el enemigo nunca más intentó imponerme el recuerdo de este deseo, ni me sentí jamás poseído por la pasión de aquel anhelo furtivo. Y este sentido vemos que se expresa con elegancia en una figura del Eclesiastés. «Si» dice, «una serpiente muerde sin silbar, no hay provecho para el encantador,» mostrando que la mordedura de una serpiente en silencio es peligrosa, es decir, que si una sugestión o pensamiento que brota del diablo no se manifiesta por medio de la confesión a algún encantador —quiero decir, a alguna persona espiritualmente instruida que sabe curar al punto la herida con los encantamientos de la Escritura y extraer del corazón el veneno mortal de la serpiente—, será imposible ayudar al que sufre, que ya está en peligro y pronto ha de morir. De este modo, pues, llegaremos fácilmente al conocimiento de la verdadera discreción, de suerte que, siguiendo las huellas de los ancianos, nunca hagamos cosa alguna nueva ni decidamos nada por nuestra cuenta o bajo nuestra responsabilidad, sino que caminemos en todo según lo que nos enseñan su tradición y su vida recta. Y el hombre fortalecido con este sistema no sólo llegará al método perfecto de la discreción, sino que además permanecerá perfectamente seguro de todas las asechanzas del enemigo; pues por ninguna otra falta arrastra el diablo tan precipitadamente a un monje y lo lleva a la muerte, como cuando le persuade a despreciar el consejo de los ancianos y a confiar en su propia opinión y juicio; porque si todas las artes y artificios descubiertos por el ingenio humano, incluso los que sólo sirven para las comodidades de esta vida temporal, aunque pueden palparse con la mano y verse con los ojos, no pueden ser entendidos por nadie sin lecciones de un maestro, ¡cuán necio es imaginar que no hay necesidad de un instructor en esta sola disciplina, que es invisible y secreta y sólo puede ser vista por el corazón purísimo, un error en la cual no acarrea una pérdida meramente temporal o fácilmente reparable, sino la destrucción del alma y la muerte eterna! Pues se trata de un combate diario y nocturno no contra enemigos visibles, sino invisibles y crueles, y de una lucha espiritual no contra uno o dos, sino contra innumerables huestes; y el fracaso en ella es tanto más peligroso para todos cuanto más fiero es el enemigo y más secreto el ataque. Por tanto, debemos seguir siempre las huellas de los ancianos con el mayor cuidado y traerles todo lo que brota en nuestros corazones, quitando el velo de la vergüenza.
Capítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
Conf. 2, cap. 12
Germano: El fundamento de esa vergüenza dañosa, por la cual nos esforzamos en ocultar los malos pensamientos, se debe principalmente a esta razón: a saber, que oímos de un superior de los ancianos en la región de Siria, según se creía, que cuando uno de los hermanos le descubrió sus pensamientos en una confesión genuina, después se indignó en extremo y le reprendió severamente por ellos. De donde resulta que, mientras los apretamos contra nosotros mismos y nos avergonzamos de darlos a conocer a los ancianos, no podemos obtener los remedios que los sanarían.
Capítulo 13. La respuesta sobre el hollar la vergüenza y el peligro de quien está sin contrición
Conf. 2, cap. 13
Moisés: Así como no todos los jóvenes son iguales en el fervor del espíritu ni igualmente instruidos en las letras y en las buenas costumbres, tampoco podemos hallar que todos los ancianos sean igualmente perfectos y excelentes. Pues las verdaderas riquezas de los ancianos no han de medirse por las canas, sino por su diligencia en la juventud y por el fruto de sus trabajos pasados. «Porque,» dice uno, «las cosas que no recogiste en tu juventud, ¿cómo las hallarás en tu vejez?» «Porque la vejez venerable no es la de mucho tiempo, ni se cuenta por el número de años; mas el entendimiento del hombre son las canas, y una vida sin mancha es la vejez.» Y por tanto no hemos de seguir los pasos ni abrazar las tradiciones y consejos de todo anciano cuya cabeza está cubierta de canas y cuya edad es su único título al respeto, sino sólo de aquellos que vemos que se distinguieron en su juventud de manera aprobada y digna de alabanza, y que fueron formados no en la presunción, sino en las tradiciones de los ancianos. Pues hay algunos, y por desgracia son la mayoría, que pasan su vejez en una tibieza que contrajeron en la juventud, y en la pereza, y así obtienen autoridad no por la madurez de su carácter, sino simplemente por el número de sus años. Contra quienes va dirigida especialmente aquella reprensión del Señor por el profeta: «Extraños han devorado su fuerza, y él no lo supo; aun canas se han esparcido sobre él, y él lo ignora.» [] Estos hombres, digo, no son puestos como ejemplo a la juventud por la rectitud de sus vidas, ni por el rigor de su profesión, que serían dignos de alabanza e imitación, sino simplemente por el número de sus años; y así el astuto enemigo se vale de sus canas para engañar a los más jóvenes, apelando injustamente a su autoridad, y procura con su artera astucia perturbar y engañar con su ejemplo a aquellos que habrían podido ser impulsados al camino de la perfección por su consejo o por el de otros; y los arrastra abajo mediante su enseñanza y práctica, ya a una indiferencia funesta, ya a una desesperación mortal. Y como quiero daros un ejemplo de esto, os contaré un hecho que puede suministrarnos una enseñanza saludable, sin dar el nombre del protagonista, no sea que incurramos en algo semejante a aquel que divulgó los pecados del hermano que le habían sido revelados. Cuando éste, que no era el más perezoso de los jóvenes, acudió a un anciano, a quien conocemos muy bien, en busca del provecho y la salud de su alma, y confesó con franqueza que se veía turbado por los apetitos carnales y el espíritu de fornicación, imaginando que recibiría de las palabras del anciano consuelo para sus esfuerzos y cura para las heridas que le habían sido infligidas, el anciano le atacó con los más amargos reproches, y le llamó criatura miserable y vergonzosa, e indigna del nombre de monje, por poder ser afectado por un pecado y una concupiscencia de tal carácter; y en lugar de ayudarle, le hirió de tal modo con sus reproches que le despidió de su celda en un estado de desesperación sin esperanza y de abatimiento mortal. Y cuando éste, oprimido por semejante tristeza, estaba sumido en hondos pensamientos, ya no sobre cómo curar su pasión, sino sobre cómo satisfacer su concupiscencia, le salió al encuentro el abad Apolos, el más experto de los ancianos, y viendo por su semblante y su tristeza la turbación y la violencia del asalto que él revolvía secretamente en su corazón, le preguntó la razón de aquel trastorno; y como no pudo responder en absoluto a la amable indagación del anciano, éste percibió cada vez con mayor claridad que no era sin razón por lo que quería ocultar en silencio la causa de una tristeza tan profunda que no podía disimular con el rostro, y así comenzó a preguntarle con más insistencia las razones de su dolor oculto. Y con esto fue forzado a confesar que iba de camino a una aldea para tomar esposa, y abandonar el monasterio y volver al mundo, puesto que, como le había dicho el anciano, no podía ser monje si era incapaz de controlar los deseos de la carne y de curar su pasión. Y entonces el anciano le calmó con amable consolación, y le dijo que él mismo era probado a diario por los mismos aguijones del deseo y de la concupiscencia, y que por tanto no debía entregarse a la desesperación, ni asombrarse de la violencia del asalto, del que saldría vencedor no tanto por los esfuerzos celosos, cuanto por la misericordia y la gracia del Señor; y le rogó que aplazara su propósito sólo por un día, y habiéndole suplicado que volviese a su celda, se fue lo más aprisa que pudo al monasterio del anciano arriba mencionado; y cuando se acercó a él, extendió las manos y oró con lágrimas, y dijo: «Oh Señor, que solo eres el juez justo y el Médico invisible de la fortaleza secreta y de la debilidad humana, vuelve el asalto del joven sobre el anciano, para que aprenda a condescender con la debilidad de los que sufren, y a compadecerse aun en la vejez de las fragilidades de la juventud.» Y cuando hubo terminado su oración con lágrimas, ve a un etíope inmundo plantado frente a su celda y lanzándole saetas encendidas, con las cuales fue herido al instante, y salió de su celda y corrió de aquí para allá como un lunático o un ebrio, y entrando y saliendo ya no podía contenerse en ella, sino que comenzó a alejarse apresuradamente en la misma dirección en que había ido el joven. Y cuando el abad Apolos lo vio como a un loco enloquecido por las furias, supo que la saeta encendida del diablo que había visto se le había clavado en el corazón, y que con su calor intolerable había obrado en él aquel extravío mental y aquella confusión del entendimiento; y así se acercó a él y le preguntó: «¿Adónde te apresuras, o qué te ha hecho olvidar la gravedad de los años y te ha perturbado de esta manera pueril, y te ha hecho andar de acá para allá tan deprisa?»?
Y cuando él, por su conciencia culpable y confundido por aquella excitación vergonzosa, imaginó que la concupiscencia de su corazón había sido descubierta, y, como los secretos de su corazón eran conocidos del anciano, no se atrevió a responder nada a sus preguntas, «Vuelve,» dijo, a tu celda, y reconoce al fin que hasta ahora has sido ignorado o despreciado por el diablo, y no contado en el número de aquellos contra quienes él diariamente se levanta para combatir y luchar contra sus esfuerzos y afanes; tú, que no has podido —no diré rechazar, pero ni siquiera aplazar por un día— un solo dardo suyo lanzado contra ti después de tantos años pasados en esta profesión tuya. Y con esto el Señor ha permitido que fueses herido para que al menos aprendas en tu vejez a compadecerte de las enfermedades que te son ajenas, y sepas por tu propio caso y experiencia cómo condescender con las flaquezas de los jóvenes, aunque cuando recibiste a un joven turbado por un ataque del diablo, no lo animaste con consuelo alguno, sino que lo entregaste, abatido y en desesperación destructora, en manos del enemigo, para que, en lo que de ti dependía, fuese miserablemente destruido por él. Pero el enemigo ciertamente nunca lo habría atacado con embestida tan fiera, con la que hasta ahora se ha desdeñado de atacarte, a menos que, celoso del progreso que él había de hacer, se hubiera esforzado por vencer aquella virtud que veía en su disposición, y por destruirla con sus saetas encendidas, pues sabía sin sombra de duda que era el más fuerte, ya que consideró que valía la pena atacarlo con tal vehemencia. Y así aprende de tu propia experiencia a compadecerte de los que están en tribulación, y nunca aterrorices con desesperación destructora a los que están en peligro, ni los endurezcas con discursos severos, antes bien restáuralos con consuelos suaves y amables; y, como dice el sabio Salomón: «No dejes de librar a los que son llevados a la muerte, y de redimir a los que van a ser degollados,» [] y, a ejemplo de nuestro Salvador, no quiebres la caña cascada, ni apagues la mecha humeante, [] y pide al Señor aquella gracia por medio de la cual tú mismo puedas aprender fielmente, de obra y de poder, a cantar: «el Señor me ha dado lengua de discípulo, para que sepa sostener con mi palabra al fatigado:» [] pues nadie podría soportar los artificios del enemigo, ni extinguir o reprimir aquellos fuegos carnales que arden con una especie de llama natural, si la gracia de Dios no asistiese a nuestra debilidad, o la protegiese y sustentase. Y por tanto, puesto que ha terminado el motivo de este saludable suceso, con el que el Señor quiso librar a aquel joven de deseos peligrosos y enseñarte algo de la violencia de su ataque y del sentimiento de compasión, implorémosle juntos en oración que se digne apartar aquel azote que el Señor tuvo a bien imponerte para tu bien (pues «Él hace doler y cura; hiere y sus manos sanan. Él humilla y ensalza, mata y da vida: hace bajar al sepulcro y hace subir» ), y que extinga con el abundante rocío de su Espíritu las saetas encendidas del diablo, que a petición mía permitió que te hiriesen. Y aunque el Señor apartó esta tentación con una sola oración del anciano con la misma prontitud con que había permitido que viniera sobre él, sin embargo mostró con una prueba clara que las faltas de un hombre, cuando se manifiestan, no sólo no deben ser reprendidas, sino que el dolor de quien está en tribulación no ha de ser despreciado a la ligera. Por tanto, nunca dejéis que la torpeza o la superficialidad de un anciano o de unos pocos os disuadan y os aparten de aquel camino vivificante del que hablamos antes, o de la tradición de los ancianos, si nuestro astuto enemigo se vale injustamente de sus canas para engañar a los más jóvenes; antes bien, sin ningún manto de vergüenza, todo debe manifestarse a los ancianos, y de ellos han de recibirse fielmente los remedios para las heridas, junto con ejemplos de vida y de conducta; de lo cual obtendremos semejante ayuda y el mismo género de resultado, si procuramos no hacer absolutamente nada por nuestra propia responsabilidad y juicio.
Capítulo 14. Del llamamiento de Samuel
Conf. 2, cap. 14
Por último, hasta tal punto se ha mostrado que esta opinión agrada a Dios, que vemos que este sistema, no sin razón, halla lugar en la Sagrada Escritura, de suerte que el Señor no quiso instruir por Sí mismo, mediante una conversación divina, al joven Samuel, cuando fue escogido para el juicio, sino que permitió que corriera una o dos veces hasta el anciano, y quiso que aquel a quien Él llamaba para conversar con Él fuera enseñado incluso por uno que había ofendido a Dios, por ser anciano, y prefirió que aquel a quien había juzgado digno de ser llamado por Él fuera instruido por el anciano, a fin de probar la humildad de aquel que era llamado a un oficio divino, y de dar ejemplo a los más jóvenes con el modo de su sujeción.
Capítulo 15. Del llamamiento del apóstol Pablo
Conf. 2, cap. 15
Y cuando Cristo en su propia Persona llamó y habló a Pablo, aunque pudo haberle abierto al punto el camino de la perfección, prefirió más bien dirigirlo a Ananías y le mandó aprender de él el camino de la verdad, diciendo: «Levántate y entra en la ciudad y allí se te dirá lo que debes hacer.» [] Así lo envía a un hombre más anciano, y juzga bueno que sea instruido por su enseñanza antes que por la suya propia, no sea que lo que con razón se hubiera hecho en el caso de Pablo diera mal ejemplo de autosuficiencia, si cada uno se persuadiera de que también él debe ser instruido de igual modo por el gobierno y la enseñanza de Dios solo, y no por la instrucción de los ancianos. Y esta autosuficiencia enseña el propio apóstol, no sólo por sus cartas sino por sus actos y hechos, que debe ser evitada con todo el cuidado posible, pues dice que subió a Jerusalén únicamente por este motivo, a saber, para comunicar en una conferencia privada e informal con sus coapóstoles y con los que eran antes que él aquel Evangelio que predicaba a los gentiles, acompañándole la gracia del Espíritu Santo con señales y prodigios poderosos; como dice «Y les comuniqué el Evangelio que predico entre los gentiles, no sea que hubiera corrido o corriera en vano.» [] ¿Quién, pues, es tan autosuficiente y ciego que se atreva a confiar en su propio juicio y discreción, cuando el vaso escogido confiesa que tuvo necesidad de conferencia con sus coapóstoles? De donde vemos claramente que el Señor no muestra por Sí mismo el camino de la perfección a nadie que, teniendo ocasión de aprender, desprecia la enseñanza y formación de los ancianos, no haciendo caso de aquella sentencia que con grandísimo cuidado debe observarse: «Pregunta a tu padre y él te lo mostrará; a tus ancianos y ellos te lo dirán.» []
Capítulo 16. Cómo buscar la discreción
Conf. 2, cap. 16
Debemos, pues, esforzarnos con todas nuestras fuerzas por alcanzar la virtud de la discreción mediante el poder de la humildad, pues ella nos mantendrá incólumes de uno y otro extremo, ya que hay un antiguo proverbio [ἀκρότητες ἰσότητες], es decir, los extremos se tocan. Pues el exceso de ayuno y la gula vienen a parar en lo mismo, y una prolongación ilimitada de las vigilias es igualmente perjudicial para el monje que el letargo de un sueño profundo: porque cuando un hombre se ve debilitado por una abstinencia excesiva, con seguridad volverá a aquella condición en que un hombre es mantenido por el descuido y la negligencia, de modo que hemos visto a menudo que quienes no podían ser engañados por la gula fueron destruidos por un ayuno excesivo y, a causa de la debilidad, quedaron expuestos a aquella pasión que antes habían vencido. Las vigilias irrazonables y las veladas nocturnas han sido también la ruina de algunos a quienes el sueño no podía vencer; por lo cual, como dice el apóstol «con las armas de la justicia a la derecha y a la izquierda,» [] pasamos adelante con la debida moderación, y caminamos entre los dos extremos, bajo la guía de la discreción, para no consentir en ser apartados del camino de continencia que nos ha sido señalado, ni caer por un descuido indebido en los placeres del paladar y del vientre.
Capítulo 17. Sobre los ayunos y vigilias excesivos
Conf. 2, cap. 17
Pues recuerdo que yo había resistido tantas veces el deseo de comer, que tras haberme abstenido de tomar alimento alguno durante dos o tres días, mi mente ni siquiera se turbaba con el recuerdo de cosa alguna de comer; y también que el sueño fue apartado de mis ojos por las asechanzas del diablo hasta tal punto, que durante varios días y noches solía rogar al Señor que concediera un poco de sueño a mis ojos; y entonces sentí que corría mayor peligro por la falta de comida y de sueño que por luchar contra la pereza y la gula. Y así como debemos tener cuidado de no caer en una afeminación peligrosa por el deseo de la gratificación corporal, ni permitirnos comer antes del tiempo debido ni tomar demasiado, así también debemos reparar nuestras fuerzas con comida y sueño a su debido tiempo, aunque nos desagrade. Pues la lucha en ambos casos es causada por las artimañas del enemigo; y la abstinencia excesiva es todavía más perjudicial para nosotros que una saciedad descuidada: porque de esta última nos levantará la intervención de una saludable compunción a la justa medida de la severidad, y no de la primera.
Capítulo 18. Una pregunta sobre la justa medida de la abstinencia y del refrigerio
Conf. 2, cap. 18
Germán: ¿Cuál es, pues, la medida de abstinencia, guardando la cual con un equilibrio parejo logremos pasar incólumes entre los dos extremos?
Capítulo 19. Del mejor plan para nuestro alimento cotidiano
Conf. 2, cap. 19
Moisés: Sobre esta materia sabemos que ha habido frecuentes discusiones entre nuestros ancianos. Pues al tratar de la abstinencia de algunos que sustentaban su vida continuamente sólo con habas o únicamente con legumbres y frutas, propusieron a todos ellos tomar pan únicamente, cuya justa medida fijaron en dos bizcochos, tan pequeños que ciertamente apenas pesaban una libra.
Capítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
Conf. 2, cap. 20
Y esto abrazamos gustosamente, y respondimos que apenas consideraríamos este límite como abstinencia, pues en modo alguno podríamos alcanzarlo por completo.
Capítulo 21. La respuesta acerca del valor y la medida de una abstinencia bien probada
Conf. 2, cap. 21
Moisés: Si queréis poner a prueba la fuerza de esta regla, observad este límite continuamente, sin apartaros jamás de él tomando alimento cocinado alguno ni siquiera el domingo o el sábado, ni en las ocasiones de la llegada de alguno de los hermanos; pues la carne, reanimada por estas excepciones, no sólo es capaz de sustentarse durante el resto de la semana con una cantidad menor, sino que puede también aplazar todo refrigerio sin dificultad, sustentada como está por la adición de aquel alimento que ha tomado más allá del límite; mientras que el hombre que siempre se ha contentado con la cantidad completa de la medida antedicha jamás podrá hacer esto, ni diferir el romper su ayuno hasta el día siguiente. Pues recuerdo que nuestros ancianos (y recuerdo también que nosotros mismos tuvimos a menudo la misma experiencia) hallaron tan duro y difícil practicar esta abstinencia, y observaron la regla establecida con tal dolor y hambre, que casi contra su voluntad y con lágrimas y lamentaciones pusieron este límite a sus comidas.
Capítulo 22. Cuál es el límite usual tanto de la abstinencia como de la participación del alimento
Conf. 2, cap. 22
Pero este es el límite usual de la abstinencia, a saber, que cada uno se conceda alimento según los requerimientos de su fuerza, de su complexión corporal o de su edad, en tal cantidad como se requiere para el sustento de la carne, y no para la satisfacción placentera de la saciedad. Pues por ambas partes sufrirá el hombre el mayor daño, si no teniendo regla fija en un tiempo aprieta su estómago con comida escasa y ayuna, y en otro lo atesta comiendo en exceso; porque así como la mente que se halla debilitada por falta de comida pierde vigor en la oración, desgastada como está por la excesiva debilidad de la carne y forzada a dormitar, así también, cuando está agobiada por el exceso de comida, no puede derramar ante Dios oraciones puras y libres: ni logrará conservar ininterrumpidamente la pureza de su castidad, pues aun en aquellos días en que parece castigar a la carne con una abstinencia más severa, alimenta el fuego del deseo carnal con el combustible del alimento que ya ha tomado.
Capítulo 23. De qué manera ha de castigarse la abundancia de los humores genitales
Conf. 2, cap. 23
Pues aquello que una vez se ha espesado en las médulas por la abundancia de los alimentos, necesariamente ha de ser expelido y arrojado por la ley misma de la naturaleza, la cual no permite que la exuberancia de cualquier humor superfluo, como cosa nociva y contraria a sí misma, permanezca en ella; y por tanto nuestro cuerpo ha de ser castigado siempre con una parsimonia racional y uniforme, para que, si no podemos carecer del todo de esta necesidad natural mientras moramos en la carne, al menos el curso de todo el año nos halle rociados con esta impureza más raramente y no más de tres veces; y esto lo produzca sin escozor alguno un sueño tranquilo, y no lo provoque una imagen falaz indicadora de un placer oculto.
Por lo cual esta es la ración y medida moderada y uniforme de abstinencia de que hablamos, la cual tiene también la aprobación del juicio de los padres; a saber, que el hambre diaria vaya de la mano con nuestras comidas diarias, conservando cuerpo y alma en una y la misma condición, y no permitiendo que la mente desfallezca por el cansancio del ayuno, ni sea oprimida por el exceso de comida; pues termina en una dieta tan parca que a veces un hombre ni siquiera advierte ni recuerda por la tarde que ha roto su ayuno.
Capítulo 24. De la dificultad de la uniformidad en el comer; y de la gula del hermano Benjamín
Conf. 2, cap. 24
Y tan lejos está esto de hacerse sin dificultad, que quienes nada saben de la perfecta discreción preferirían más bien prolongar sus ayunos durante dos días, y reservar para mañana lo que debieran haber comido hoy, para que, cuando lleguen a tomar alimento, puedan gozar de cuanto puedan desear. Y sabéis que por último vuestro conciudadano Benjamín se aferró a esto con grandísima obstinación: como no quería tomar cada día sus dos bizcochos, ni tomar continuamente su escaso alimento con una autodisciplina uniforme, prefería siempre continuar sus ayunos durante dos días, para que cuando llegara a comer pudiera llenar su estómago ávido con una porción doble, y comiendo cuatro bizcochos gozar de una cómoda sensación de saciedad, y lograr llenar su vientre por medio de un ayuno de dos días. Y sin duda recordáis qué clase de fin tuvo la vida de este hombre que obstinada y pertinazmente confió en su propio juicio más que en las tradiciones de los ancianos, pues abandonó el desierto y volvió a la vana filosofía de este mundo y a las vanidades terrenales, y así confirmó la opinión antedicha de los ancianos con el ejemplo de su caída, y con su destrucción enseña una lección: que nadie que confía en su propia opinión y juicio puede posiblemente subir a las alturas de la perfección, ni dejar de ser engañado por las peligrosas astucias del diablo.
Capítulo 25. Una pregunta: cómo es posible observar siempre una y la misma medida
Conf. 2, cap. 25
Germán: ¿Cómo, pues, podemos observar esta medida sin quebrantarla jamás? Pues a veces, a la hora novena, cuando ha terminado el ayuno de la estación, vienen hermanos a vernos y entonces, o bien debemos por causa de ellos añadir algo a nuestra porción fija y acostumbrada, o ciertamente faltar a aquella cortesía que se nos dice que hemos de mostrar a todos.
Capítulo 26. La respuesta: cómo no hemos de exceder la justa medida del alimento
Conf. 2, cap. 26
Moisés: Ambos deberes han de ser observados del mismo modo y con igual cuidado: pues hemos de conservar escrupulosísimamente la ración de alimento debida por causa de nuestra abstinencia, y de igual manera, por caridad, mostrar cortesía y ánimo a cualquiera de los hermanos que llegue; porque es absolutamente ridículo que, cuando ofreces comida a un hermano, más aún, a Cristo mismo, no participes de ella con él, sino que te hagas extraño a su comida. Y así nos mantendremos libres de culpa por una y otra parte si observamos este plan; a saber, tomar a la hora novena uno de los dos bizcochos que forman nuestra ración canónica acostumbrada, y reservar el otro para la tarde, en expectación de algo semejante: que si alguno de los hermanos viene a vernos, podamos participar de él con él, y así no añadir nada a nuestra ración acostumbrada; y por esta disposición, la llegada de nuestro hermano, que debiera sernos grata, no nos causará inconveniente alguno: pues le mostraremos las atenciones que la cortesía requiere de tal manera que no relajemos nada de la severidad de nuestra abstinencia. Pero si nadie viene, podremos tomar libremente este último bizcocho como perteneciente a nosotros según nuestra regla canónica, y con esta frugalidad nuestra, como un solo bizcocho fue tomado a la hora novena, nuestro estómago no quedará sobrecargado al atardecer, cosa que a menudo ocurre con quienes, bajo la idea de observar una abstinencia más severa, difieren toda su comida hasta la tarde; pues el hecho de haber tomado alimento hace poco impide que nuestro entendimiento esté lúcido y agudo tanto en nuestras oraciones de la tarde como en las nocturnas; y por esto se ha concedido a la hora novena un tiempo conveniente y adecuado para la comida, en el cual el monje puede reparar sus fuerzas y hallar así que no sólo está fresco y lúcido durante sus vigilias nocturnas, sino también perfectamente dispuesto para sus oraciones de la tarde, pues su alimento ya está digerido.
Con semejante banquete de dos platos, por así decirlo, nos agasajó el santo Moisés, mostrándonos no sólo la gracia y el poder de la discreción con su presente discurso erudito, sino también el modo de la renuncia y el fin y la meta de la vida monástica con la discusión anteriormente mantenida; de suerte que dejó más claro que la luz del día aquello que hasta entonces habíamos perseguido simplemente con fervor de espíritu y celo por Dios, pero con los ojos cerrados, y nos hizo sentir cuán lejos habíamos errado hasta entonces de la pureza de corazón y de la línea recta de nuestro camino, puesto que la práctica de todas las artes visibles de esta vida no puede en modo alguno sostenerse sin entender su fin, ni puede emprenderse sin una visión clara de un fin determinado.
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