c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·66 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 19 de 21 · Conferencia 21. Abad Teonas·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CAS-02
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La primera conferencia del abad Teonas. Sobre el recreo durante los cincuenta días.
Capítulo 1. Cómo Teonas vino al abad Juan
Conf. 21, cap. 1
Antes de comenzar a exponer las palabras de esta Conferencia tenida con aquel excelente varón, el abad Teonas, me parece bien describir en un breve discurso el origen de su conversión, porque de ello podrá ver el lector con mayor claridad tanto la excelencia como la gracia del hombre. Él, siendo aún muy joven, fue unido por deseo y mandato de sus padres con el vínculo del matrimonio, pues como con piadosa ansiedad se cuidaban de su castidad y temían una caída crítica en una edad peligrosa, pensaron que las pasiones de la juventud podían ser prevenidas con el remedio de un matrimonio lícito. Y cuando hubo vivido cinco años con su esposa, vino al abad Juan, quien entonces, por su admirable santidad, había sido elegido para presidir la administración de las limosnas. Pues no es cualquiera que quiera quien por su deseo o ambición es promovido a este oficio, sino sólo aquel a quien la congregación de todos los ancianos considera, por la ventaja de su edad y el testimonio de su fe y virtudes, más excelente y superior a todos los demás. A este bendito Juan, pues, había venido el mencionado joven en el fervor de su piadosa devoción, trayendo dones de piedad entre otros dueños que se apresuraban a ofrecer diezmos y primicias de su sustancia al anciano que he mencionado; y cuando el anciano los vio derramarse sobre él con muchos dones, y se afanaba por hacer alguna recompensa a cambio de sus ofrendas, comenzó, como dice el Apóstol, a sembrar cosas espirituales en aquellos cuyos dones carnales cosechaba. [] Y finalmente así comenzó su palabra de exhortación.
Capítulo 2. La exhortación del abad Juan a Teonas y a los otros que habían venido juntos con él
Conf. 21, cap. 2
En verdad me deleito, hijos míos, con la liberalidad obsequiosa de vuestros dones; y vuestra devota ofrenda, cuya disposición me ha sido confiada, la acepto con gratitud, porque ofrecéis vuestras primicias y diezmos para el bien y uso de los necesitados, como un sacrificio al Señor de olor suave, creyendo que con la ofrenda de ellos la abundancia de vuestros frutos y toda vuestra sustancia, de la cual habéis apartado éstos para el Señor, será ricamente bendecida, y que vosotros mismos, conforme a la fe de su mandato, seréis dotados aun en este mundo de múltiple riqueza en todos los bienes: «Honra al Señor de tus justos trabajos, y ofrécele de los frutos de tu justicia; para que tus graneros se llenen de abundancia de trigo, y tus lagares rebosen de vino.» [] Y al cumplir fielmente este servicio, sabed que habéis cumplido la justicia de la antigua ley, bajo la cual quienes entonces vivían, si la transgredían, incurrían inevitablemente en culpa, mientras que si la cumplían no podían alcanzar la cumbre de la perfección.
Capítulo 3. De la ofrenda de los diezmos y las primicias
Conf. 21, cap. 3
Pues en verdad, por mandato del Señor, los diezmos fueron consagrados al servicio de los levitas, pero las oblaciones y primicias, para los sacerdotes. Y ésta era la ley de las primicias; a saber, que la quincuagésima parte de los frutos o de los animales debía darse para el servicio del templo y de los sacerdotes: y esta proporción algunos que eran infielmente indiferentes la disminuían, mientras que los que eran muy religiosos la aumentaban, de modo que unos daban sólo la sexagésima parte y otros la cuadragésima parte de sus frutos. Pues los justos, para quienes la ley no está promulgada, se muestran así no estar bajo la ley, pues procuran no sólo cumplir, sino incluso exceder, la justicia de la ley, y su devoción es mayor que la exigencia legal, porque va más allá de la observancia de los preceptos y añade de su libre albedrío lo que se debe.
Capítulo 4. Cómo Abraham, David y otros santos fueron más allá de la exigencia de la ley
Conf. 21, cap. 4
Porque así leemos que Abraham fue más allá de la exigencia de la ley que después había de darse, cuando, tras su victoria sobre los cuatro reyes, no quiso tocar nada de los despojos de Sodoma, que le eran debidos con justicia como vencedor y que, en efecto, el propio rey, cuyos despojos había rescatado, le ofrecía; y con juramento por el nombre divino exclamó: «Levanto mi mano al Señor Altísimo, que hizo el cielo y la tierra, que no tomaré desde un hilo hasta la correa de un zapato de todo lo que es tuyo.» [] Así sabemos que David fue más allá de la exigencia de la ley, pues, aunque Moisés mandó que se tomara venganza de los enemigos, [] él no sólo no hizo esto, sino que abrazó con amor a sus perseguidores, rogó piadosamente al Señor por ellos, y lloró amargamente y los vengó cuando fueron muertos. Así estamos seguros de que Elías y Jeremías no estaban bajo la ley, pues, si bien sin culpa habrían podido aprovechar el matrimonio lícito, prefirieron permanecer vírgenes. Así leemos que Eliseo y otros del mismo modo de vida fueron más allá de los mandatos de Moisés, y de ellos habla el Apóstol como sigue: «Anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, oprimidos, afligidos, necesitados, de los cuales el mundo no era digno, errantes por desiertos y montañas, y por cuevas y cavernas de la tierra.» [] ¿Qué diré de los hijos de Jonadab, hijo de Recab, de quienes se nos cuenta que, cuando por orden del Señor el profeta Jeremías les ofreció vino, respondieron: «No bebemos vino: porque Jonadab, hijo de Recab, nuestro padre, nos mandó, diciendo: No beberéis vino, vosotros y vuestros hijos para siempre; y no edificaréis casa, ni sembraréis semilla, ni plantaréis viñas ni las poseeréis; sino que habitaréis en tiendas todos vuestros días»? Por lo cual también se les permitió oír del mismo profeta estas palabras: «Así dice el Señor Dios de los ejércitos, el Dios de Israel: No faltará un hombre de la estirpe de Jonadab, hijo de Recab, que esté en mi presencia todos los días;» porque todos ellos no se contentaron con ofrecer meramente los diezmos de sus posesiones, sino que de hecho rehusaron la propiedad y ofrecieron más bien a Dios a sí mismos y sus almas, por las cuales ningún rescate puede ser hecho por el hombre, como el Señor testifica en el evangelio: «Porque ¿qué dará el hombre a cambio de su propia alma?» []
Capítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
Conf. 21, cap. 5
Por lo cual debemos saber que nosotros, de quienes ya no se exigen las exigencias de la ley, sino en cuyos oídos resuena diariamente la palabra del evangelio: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme,» [] cuando ofrecemos a Dios los diezmos de nuestra sustancia, aún estamos en cierto modo molidos bajo la carga de la ley, y no podemos elevarnos a aquellas alturas del evangelio, cuyos conformes son recompensados no sólo con bendiciones en esta vida presente, sino también con recompensas futuras. Pues la ley no promete a quienes la obedecen recompensas del reino de los cielos, sino sólo consuelos en esta vida, diciendo: «El hombre que hiciere estas cosas vivirá en ellas.» [] Mas el Señor dice a sus discípulos: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos;» y: «Todo aquel que dejare casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá el cienporuno y heredará la vida eterna.» Y esto con razón. Pues no es tan loable para nosotros abstenernos de lo ilícito como de lo lícito, y no usar esto último por reverencia a Aquel que nos ha permitido usarlo a causa de nuestra debilidad. Y así, si aun aquellos que, ofreciendo fielmente los diezmos de sus frutos, son obedientes a los preceptos más antiguos del Señor, no pueden todavía subir a las alturas del evangelio, podéis ver con toda claridad cuán lejos caen de ellas quienes ni siquiera hacen esto. Pues ¿cómo pueden ser partícipes de la gracia del evangelio aquellos que descuidan el cumplimiento aun de los mandatos más ligeros de la ley, a cuyo fácil carácter dan testimonio las graves palabras del dador de la ley, pues se invoca una maldición sobre los que no los cumplen? Porque dice: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley para hacerlas.» [] Pero aquí, a causa de la superioridad y excelencia de los mandamientos, se dice: «El que pueda recibirlo, recíbalo.» [] Allí la compulsión forzosa del legislador muestra el carácter fácil de los preceptos; pues dice: «Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra, de que si no guardareis los mandamientos del Señor vuestro Dios, pereceréis de sobre la faz de la tierra.» [] Aquí la grandeza de los sublimes mandatos se muestra por el hecho mismo de que Él no ordena, sino exhorta, diciendo: «si quieres ser perfecto, ve» y haz esto o aquello. Allí Moisés impone una carga que no puede rehusarse a los que no quieren: aquí Pablo sale al encuentro con consejos a los que quieren y anhelan la perfección. Pues aquello no debía ser ordenado como carga general, ni exigido, por así decirlo, como regla común a todos, lo que no podía ser alcanzado por todos, debido a su naturaleza admirable y sublime; sino que por los consejos todos son más bien estimulados a la gracia, para que los grandes sean merecidamente coronados por la perfección de sus virtudes, mientras que los pequeños, que no pueden llegar a «la medida de la estatura de la plenitud de Cristo,» [] aunque parecen perdidos de vista y ocultos, por así decirlo, por el resplandor de las estrellas mayores, puedan sin embargo estar libres de las tinieblas de las maldiciones que hay en la ley, y no sean condenados a sufrir males presentes ni castigados con pena eterna. Cristo, por tanto, no constriñe a nadie, por la compulsión de un mandato, a aquellas altas cumbres de la bondad, sino que los estimula por el poder del libre albedrío, y los impulsa con sabios consejos y el deseo de la perfección. Porque donde hay mandato, hay deber y, por consiguiente, castigo. Mas los que guardan aquellas cosas a las que son empujados por la severidad de la ley establecida escapan del castigo con que eran amenazados, en lugar de obtener recompensas y galardón.
Capítulo 6. Cómo la gracia del evangelio sostiene a los débiles para que puedan obtener el perdón, así como asegura a los perfectos el reino de Dios
Conf. 21, cap. 6
Y así como la palabra del evangelio eleva a los fuertes a alturas sublimes y excelsas, del mismo modo no permite que los débiles sean arrastrados al abismo, pues asegura a los perfectos la plenitud de la bendición, y concede el perdón a los que son vencidos por la debilidad. Porque la ley colocaba a los que cumplían sus mandatos en una especie de estado intermedio entre lo que merecían en uno y otro caso, apartándolos de la condenación debida a los transgresores, al tiempo que los alejaba de la gloria de los perfectos. Mas cuán desdichado y miserable es esto podéis verlo comparando el estado de esta vida presente, en la cual se considera cosa muy pobre que un hombre sude y trabaje sólo para evitar ser tenido por culpable entre los hombres buenos, y no para ser además estimado rico, honorable y renombrado.
Capítulo 7. Cómo está en nuestro propio poder elegir si permanecer bajo la gracia del evangelio o bajo el terror de la ley
Conf. 21, cap. 7
Por lo cual, hoy está en nuestro propio poder elegir si queremos vivir bajo la gracia del evangelio o bajo los terrores de la ley: pues cada hombre debe inclinarse hacia uno u otro lado conforme al carácter de sus acciones; porque o la gracia de Cristo acoge a quienes van más allá de la ley, o bien la ley retiene a los más débiles como deudores suyos y dentro de sus garras. Pues quien es culpable respecto a los preceptos de la ley jamás podrá alcanzar la perfección del evangelio, aunque vanamente se jacte de ser cristiano y de haber sido liberado por la gracia del Señor: porque no sólo debemos considerar todavía bajo la ley al hombre que se niega a cumplir lo que la ley manda, sino también al que se contenta con la mera observancia de lo que la ley ordena, y que jamás produce frutos dignos de su vocación y de la gracia de Cristo; no se dice: «Ofrecerás al Señor tu Dios tus diezmos y primicias;» sino: «Ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y ven, sígueme;» donde, a causa de la grandeza de la perfección, a la petición del discípulo no se le concede siquiera el brevísimo espacio de una hora para sepultar a su padre, pues los oficios de la caridad humana son sobrepujados por la virtud del amor divino.
Capítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
Conf. 21, cap. 8
Y cuando hubo oído esto, el bienaventurado Teonas se encendió en un deseo incontrolable de la perfección del evangelio, y depositó, por así decirlo, la semilla de la palabra, que había recibido en un corazón fructífero, en los surcos profundos y rotos de su pecho, pues quedó sumamente humillado y con la conciencia herida, porque el anciano le había dicho no sólo que no había alcanzado la perfección del evangelio, sino que apenas había cumplido los mandatos de la ley; pues aunque acostumbraba cada año pagar los diezmos de sus frutos como limosna, se lamentaba de no haber oído jamás siquiera de la ley de las primicias; y aun cuando de la misma manera hubiera cumplido ésta, confesaba humildemente que, según la opinión del anciano, aún habría estado muy lejos de la perfección del evangelio. Y así regresó a casa triste y lleno de aquella tristeza que obra arrepentimiento para salvación, [] y por su propia voluntad y determinación encaminó todo el cuidado y la ansiedad de la mente de su esposa hacia la salvación; y comenzó a excitarla al mismo ardiente deseo con que él mismo había sido inflamado, con exhortaciones semejantes, y con lágrimas día y noche a instarla a que juntos sirvieran a Dios en santidad y castidad, diciéndole que su conversión a una vida mejor no debía diferirse, porque una vana esperanza en su juventud no sería argumento contra lo inevitable de una muerte repentina, que arrebata por igual a niños, jóvenes y mozos como a ancianos.
Capítulo 9. Cómo huyó a un monasterio cuando su esposa no quiso consentir
Conf. 21, cap. 9
Y como su esposa se mantenía dura y no quería consentirle, aunque él insistía constantemente con súplicas de este género, sino que decía que, hallándose en la flor de su edad, no podía de ningún modo prescindir del consuelo de su marido, y además que, si suponiendo que él la abandonaba, ella cayera en pecado, la culpa sería más bien de aquel que había roto los vínculos del matrimonio: a esto él, después de haber instado largo tiempo sobre la condición de la naturaleza humana (la cual, siendo tan débil e incierta, sería peligroso que siguiera mezclada con deseos y obras carnales), añadió la afirmación de que no era justo que nadie se apartara de aquella virtud a la que había aprendido que debía adherirse por todos los medios, y que era más peligroso despreciar el bien una vez descubierto, que no amarlo antes de descubrirlo; además, que ya estaba envuelto en la culpa de una caída si, habiendo descubierto tan grandes y celestiales bendiciones, hubiera preferido las terrenas y mezquinas. Además, que la grandeza de la perfección estaba abierta a toda edad y a uno y otro sexo, y que todos los miembros de la Iglesia eran exhortados a escalar las alturas de la bondad celestial, cuando el Apóstol dijo: «Corred de tal manera que lo obtengáis;» [] ni los que estaban prontos y ansiosos debían quedarse atrás por las tardanzas de los lentos y remolones, pues mejor es que los perezosos sean urgidos por los que corren delante, que el que los que se esfuerzan sean estorbados por los indolentes. Además, que él había resuelto y determinado renunciar al mundo y morir al mundo para vivir para Dios, y que si no podía alcanzar esta felicidad; a saber, pasar con su esposa a la unión con Cristo, preferiría ser salvo aun con pérdida de un miembro, y entrar mutilado en el reino de los cielos, antes que ser condenado con todo el cuerpo entero. Pero añadió también y habló como sigue: Si Moisés permitió que las esposas fueran repudiadas por la dureza de sus corazones, ¿por qué no ha de permitir Cristo esto por el deseo de castidad, especialmente cuando el mismo Señor, entre aquellas otras afecciones; a saber, hacia padres, madres e hijos (a los cuales no sólo la ley, sino Él mismo también mandó que se les mostrara consideración, y sin embargo, por causa de su nombre y por el deseo de perfección, decretó que no sólo fueran desatendidos, sino positivamente aborrecidos)— a éstas, digo, añadió también la mención de las esposas, diciendo: «Y todo aquel que dejare casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa o hijos, por causa de mi nombre, recibirá el cienporuno y heredará la vida eterna.» [] Tan lejos está, pues, de permitir que cosa alguna se oponga a aquella perfección que está proclamando, que positivamente ordena que los vínculos con el padre y la madre se rompan y desatiendan por amor a Él, aunque según el Apóstol es el primer mandamiento con promesa; a saber, «Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien y tus días sean prolongados sobre la tierra.» [] Y así como la palabra del evangelio condena a los que rompen las cadenas del matrimonio donde no ha habido pecado de adulterio, así claramente promete una recompensa del cienporuno a los que han desechado un yugo carnal por amor de Cristo y deseo de castidad. Por lo cual, si se puede lograr que tú escuches la razón y te vuelvas conmigo a esta elección tan deseable; a saber, que juntos sirvamos al Señor y escapemos de las penas del infierno, no rechazaré el afecto del matrimonio, antes bien lo abrazaré con un amor aún mayor. Pues reconozco y honro a mi ayuda asignada por la palabra del Señor, y no rehúso estar unido a ella con un vínculo inquebrantable de amor en Cristo, ni separo de mí lo que el Señor me unió por la ley de la condición original, [] con tal de que tú misma seas lo que tu Hacedor quiso que fueras. Pero si no quieres ser ayuda, sino que prefieres hacerte engañadora y ser ayuda no para mí sino para el adversario, y piensas que el sacramento del matrimonio te fue concedido para esto, para que te prives a ti misma de esta salvación que se te ofrece, y además me detengas de seguir al Salvador como discípulo, entonces me asiré resueltamente a las palabras que fueron pronunciadas por los labios del abad Juan, o más bien de Cristo mismo, para que ningún afecto carnal pueda arrancarme de los bienes espirituales, pues Él dice: «El que no aborrece a padre y madre, e hijos y hermanos y hermanas, y esposa y tierras, y aun su propia alma, no puede ser mi discípulo.» [] Cuando, pues, con estas y semejantes palabras no se movió el propósito de la mujer y ella persistió en la misma obstinada dureza, "Si —dijo el bienaventurado Teonas— no puedo arrastrarte de la muerte, tampoco tú me separarás de Cristo; pero más seguro me es ser separado de una persona humana que de Dios". Y así, con la ayuda de la gracia de Dios, emprendió al punto la ejecución de su propósito y no permitió que el ardor de su deseo se enfriara por demora alguna. Pues al instante se despojó de todos sus bienes mundanos, y huyó a un monasterio, donde en muy poco tiempo fue tan famoso por el esplendor de su santidad y humildad, que cuando Juan, de bendita memoria, partió de esta vida al Señor, y el santo Elías, varón no menos grande que su predecesor, hubo muerto asimismo, Teonas fue elegido por juicio de todos como el tercero para sucederles en la administración de la limosna.
Capítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
Conf. 21, cap. 10
Pero nadie imagine que hemos inventado esto con el fin de fomentar el divorcio, pues no sólo no condenamos en modo alguno el matrimonio, sino que, siguiendo las palabras del Apóstol, decimos: «Honroso es en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla,» [] sino que fue para mostrar fielmente al lector el origen de la conversión por la cual este gran varón fue dedicado a Dios. Y pido amablemente al lector que permita que, le guste o no, en uno y otro caso yo estoy libre de culpa, y que dé la alabanza o la censura de este acto a su verdadero autor. En cuanto a mí, como no he expuesto una opinión propia sobre este asunto, sino que he dado una simple narración de la historia de los hechos, es justo que, así como no reclamo alabanza de quienes aprueban lo hecho, tampoco sea atacado por el odio de quienes lo desaprueban. Tenga, pues, cada uno, como dijimos, su propia opinión sobre el asunto. Pero le aconsejo que refrene su censura al considerarlo, no sea que llegue a imaginarse que es más justo y santo que el juicio divino, por el cual fueron conferidos a él (a saber, Teonas) hasta los signos de la virtud apostólica, sin mencionar la opinión de tan grandes padres, por quienes es claro que su acción no sólo no fue censurada, sino incluso en tal grado alabada que en la elección para el oficio de limosnero lo prefirieron a varones espléndidos y excelentísimos. Y creo que el juicio de tantos varones espirituales, pronunciado con Dios como autor, no fue errado, pues, como se dijo antes, fue confirmado por tan maravillosos signos.
Capítulo 11. Una pregunta sobre por qué en Egipto no ayunan durante todos los cincuenta días (de Pascua) ni doblan sus rodillas en oración
Conf. 21, cap. 11
Pero ya es hora de seguir el plan del discurso prometido. Así pues, cuando el abad Teonas vino a visitarnos a nuestra celda durante el tiempo pascual, después de terminadas las Vísperas nos sentamos un poco en el suelo y comenzamos a considerar diligentemente por qué tenían tanto cuidado de que nadie, durante todos los cincuenta días, doblara sus rodillas en oración ni se atreviera a ayunar hasta la hora novena; e hicimos nuestra pregunta con tanto mayor empeño porque nunca habíamos visto esta costumbre observada tan cuidadosamente en los monasterios de Siria.
Capítulo 12. La respuesta sobre la naturaleza de las cosas buenas, malas e indiferentes
Conf. 21, cap. 12
A esto el abad Teonas comenzó su respuesta así: En verdad, es justo para nosotros, aun cuando no podamos ver la razón, ceder a la autoridad de los padres y a una costumbre de nuestros predecesores que se ha continuado durante tantos años hasta nuestro tiempo, y observarla, como transmitida desde la antigüedad, con constante cuidado y reverencia. Mas, puesto que queréis saber las razones y fundamentos de esto, recibid en pocas palabras lo que hemos oído como transmitido por nuestros ancianos sobre este asunto. Pero antes de presentar la autoridad de la Sagrada Escritura, diremos, si os place, un poco sobre la naturaleza y el carácter del ayuno, para que después la autoridad de la Sagrada Escritura apoye nuestras palabras. La Sabiduría divina ha señalado en el Eclesiastés que para todo, es decir, para todas las cosas felices o las que se consideran infelices y desgraciadas, hay un tiempo oportuno, diciendo: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de sanar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de esparcir, y tiempo de recoger; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz;» y más abajo: «Porque hay un tiempo,» dice, «para todo, y para toda obra.» Ninguna, pues, de estas cosas establece como siempre buena, sino sólo cuando alguna de ellas se hace convenientemente y a su tiempo, de modo que estas mismas cosas que en un momento, cuando se hacen en el momento oportuno, salen bien, si se emprenden en un tiempo malo o inadecuado, se hallan inútiles o dañinas; exceptuando sólo aquellas cosas que son por su propia naturaleza buenas o malas, y que jamás pueden convertirse en lo contrario, como, por ejemplo, la justicia, la prudencia, la fortaleza, la templanza y las demás virtudes, o, por otra parte, aquellos vicios cuya descripción no puede en modo alguno alterarse ni caer bajo el otro extremo. Mas aquellas cosas que a veces pueden resultar con uno u otro resultado, de modo que, conforme al carácter de quienes las usan, se hallan ser buenas o malas, éstas consideramos que no son absolutamente útiles o perjudiciales en su propia naturaleza, sino sólo según la mente del que obra y la idoneidad del tiempo.
Capítulo 13. Qué clase de bien es el ayuno
Conf. 21, cap. 13
Por lo cual, debemos ahora inquirir qué hemos de sostener acerca del estado del ayuno, si queremos decir que es bueno de la misma manera que la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza, las cuales no pueden en modo alguno convertirse en otra cosa, o si es algo indiferente que a veces es útil cuando se hace, y a veces puede omitirse sin condenación; y que a veces es malo hacerlo, y a veces laudable omitirlo. Pues si sostenemos que el ayuno está incluido en aquella lista de virtudes, de modo que la abstinencia de alimentos se coloque entre las cosas que son buenas en sí mismas, entonces ciertamente el participar de alimentos será malo y erróneo. Porque todo lo contrario de aquello que es bueno por su propia naturaleza, debe ciertamente tenerse por malo por su propia naturaleza. Mas esto no nos permite sentar la autoridad de la Sagrada Escritura. Pues si ayunamos con tales pensamientos e intenciones, de modo que pensemos que caemos en pecado por tomar alimento, no sólo no obtendremos ventaja alguna de nuestra abstinencia, sino que contraeremos grave culpa y caeremos en el pecado de impiedad, como dice el Apóstol: «Absteniéndose de manjares que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los fieles y los que conocen la verdad. Porque toda criatura de Dios es buena, y nada hay que desechar, si se toma con acción de gracias.» Porque «si alguno piensa que una cosa es común, para él es común.» Y por eso nunca leemos que alguien sea condenado simplemente por tomar alimento, sino sólo cuando algo se le unió o siguió después, por lo cual mereció condenación.
Capítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
Conf. 21, cap. 14
Y así que es una cosa indiferente se muestra con toda claridad también por esto; a saber, porque así como trae justificación cuando se observa, así no trae condenación cuando se interrumpe; a menos que la transgresión de un mandato más bien que la participación de alimento traiga castigo. Pero en el caso de una cosa que es buena por su propia naturaleza, ningún tiempo debería estar sin ella, de tal manera que un hombre pueda prescindir de ella, pues si cesa, el hombre que es negligente acerca de ella seguramente caerá en desgracia. Ni tampoco se da tiempo alguno para lo que es malo por su propia naturaleza, porque lo que es dañino no puede dejar de dañar, si se le da rienda suelta, ni puede jamás hacerse de carácter loable. Y además es claro que estas cosas, para las cuales vemos condiciones y tiempos señalados, y que santifican, cuando se observan, sin corrompernos cuando se descuidan, son cosas indiferentes, como, por ejemplo, el matrimonio, la agricultura, las riquezas, el retiro al desierto, las vigilias, la lectura y meditación de la Sagrada Escritura y el ayuno mismo, del cual surgió nuestra discusión. Todas estas cosas que los preceptos divinos y la autoridad de la Sagrada Escritura decretaron que no debían ser tan incesantemente buscadas, o tan constantemente observadas, como para que fuera malo el que se interrumpieran por un tiempo. Pues cualquier cosa que es absolutamente mandada trae muerte si no se cumple: mas todo lo que se nos urge más bien que se nos manda, cuando se hace es útil, cuando se deja de hacer no trae castigo. Y por tanto, en el caso de todas o algunas de estas cosas, nuestros predecesores nos mandaron o bien hacerlas con consideración, o bien observarlas cuidadosamente con respecto a la razón, lugar, manera y tiempo, porque si alguna de ellas se hace de manera adecuada, es apta y conveniente, pero si incongruentemente, entonces se vuelve necia y perjudicial. Y si a la llegada de un hermano en cuya persona debería refrescar a Cristo con cortesía y abrazarlo con la más amable bienvenida, un hombre escogiera observar un ayuno estricto, ¿no sería más bien culpable de descortesía que ganar la alabanza o recompensa de la devoción? O si cuando la debilidad o flaqueza de la carne requiere que la fuerza sea restaurada por la participación de alimento, un hombre no consiente en relajar el rigor de su abstinencia, ¿no ha de ser considerado como un cruel asesino de su propio cuerpo más bien que como uno que cuida de su salvación? Así también, cuando un tiempo de fiesta permite una indulgencia adecuada en la comida y un banquete necesariamente liberal, si un hombre se aferra resueltamente a la estricta observancia del ayuno, debe ser considerado no tanto religioso como grosero e irracional. Mas a aquellos hombres también les serán halladas malas estas cosas, los que buscan las alabanzas de los hombres mediante sus ayunos, y con una necia ostentación de palidez ganan crédito de santidad, de quienes la palabra del Evangelio nos dice que han recibido su recompensa en esta vida, y cuyo ayuno el Señor execra por el profeta. En cuya persona primero se objetó a sí mismo y dijo: «¿Por qué hemos ayunado y no has mirado: por qué hemos humillado nuestras almas, y no lo has sabido?» y luego enseguida respondió y explicó las razones por las que no merecían ser oídos: «He aquí,» dice, «en los días de vuestro ayuno se halla vuestra voluntad propia y exigís de todos vuestros deudores. He aquí que ayunáis para debates y contiendas, y herís con el puño inicuamente. No ayunéis como lo habéis hecho hasta este día, para hacer que vuestro clamor sea oído en lo alto. ¿Es este el ayuno que yo he escogido, que un hombre aflija su alma por un día? ¿Es esto, que enrosque su cabeza como un círculo, y extienda saco y ceniza? ¿Llamaréis a esto ayuno y día acepto al Señor?» Luego procede a enseñar cómo la abstinencia de uno que ayuna puede volverse aceptable, y claramente establece que el ayuno no puede ser bueno por sí mismo solo, sino sólo cuando tiene las siguientes razones que se añaden: «¿No es este,» dice, «el ayuno que yo he escogido? Desata las ataduras de la impiedad, deshaz los haces que oprimen, deja ir libres a los quebrantados, y rompe todo yugo. Reparte tu pan al hambriento, y mete en tu casa al pobre y al errante: y cuando veas a uno desnudo, cúbrelo, y no desprecies tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la mañana y tu salud brotará con prontitud, y tu justicia irá delante de tu rostro y la gloria del Señor te recogerá. Entonces llamarás, y el Señor te oirá: clamarás, y Él dirá: Heme aquí.» [] Ves, pues, que el ayuno ciertamente no es considerado por el Señor como una cosa buena en su propia naturaleza, porque se hace bueno y agradable a Dios no por sí mismo sino por otras obras, y de nuevo por las circunstancias que lo rodean puede ser considerado no meramente vano sino realmente odioso, como dice el Señor: «Cuando ayunen no oiré sus oraciones.» []
Capítulo 15. De cómo una cosa que es buena por su propia naturaleza no debe ser hecha por causa de algún bien menor
Conf. 21, cap. 15
Porque no debemos practicar la piedad, la paciencia y el amor, y los preceptos de las virtudes arriba mencionadas, en las que hay lo que es bueno por su propia naturaleza, por causa del ayuno, sino más bien el ayuno por causa de ellas. Pues nuestro empeño debe ser que aquellas virtudes que son realmente buenas se obtengan mediante el ayuno, no que la práctica de esas virtudes conduzca al ayuno como a su fin. Para esto, pues, es útil la aflicción de la carne; para esto debe emplearse el remedio de la abstinencia; a saber, para que por ella podamos alcanzar el amor, en el que hay lo que es bueno sin cambio, y continuamente sin excepción de tiempo. Porque las medicinas, y el arte del orfebre, y los sistemas de otras artes que hay en este mundo no se emplean por causa de los instrumentos que pertenecen a la obra particular; sino que más bien los instrumentos se preparan para la práctica del arte. Y así como son útiles para quienes los entienden, son inútiles para quienes ignoran el sistema del arte en cuestión; y así como son una gran ayuda para quienes confían en su auxilio para hacer su obra, no pueden ser de la menor utilidad para quienes no saben para qué fin fueron hechos, y se contentan simplemente con poseerlos; porque hacen consistir todo su valor en el mero tenerlos, y no en la ejecución de la obra. Aquello, pues, es lo mejor en su propia naturaleza, por causa de lo cual se hacen las cosas indiferentes, mas el sumo bien no se hace por causa de otra cosa alguna sino por su propia bondad intrínseca.
Capítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
Conf. 21, cap. 16
Y esto puede distinguirse de aquellas otras cosas que hemos llamado indiferentes de estas maneras: si una cosa es buena en sí misma y no por razón de otra cosa; si es útil por su propia causa y no por causa de otra cosa; si es inmutable y buena en todo tiempo, y conserva siempre su carácter y nunca puede llegar a ser algo diferente; si su remoción o cesación no puede dejar de producir el mayor daño; si aquello que es su opuesto es de la misma manera malo por su propia naturaleza y nunca puede convertirse en algo bueno. Y estas descripciones por las que se puede distinguir la naturaleza de las cosas buenas en sí mismas, no pueden aplicarse en modo alguno al ayuno, pues no es bueno por sí mismo, ni útil por su propia causa, porque se usa sabiamente para la adquisición de la pureza de corazón y de cuerpo, para que, amortiguados los aguijones de la carne, el alma se pacifique y reconcilie con su Creador; ni es inmutable y bueno en todo tiempo, porque a menudo no nos perjudica su intermisión, y ciertamente a veces, si se practica irracionalmente, se vuelve perjudicial. Ni tampoco es malo por su propia naturaleza lo que parece su opuesto, es decir, el participar de alimento, que es naturalmente agradable, que no puede ser considerado como malo, a menos que resulten intemperancia y lujo o algunas otras faltas; «Porque no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca, eso contamina al hombre.» [] Y así, un hombre menosprecia lo que es bueno por su propia naturaleza, y no lo trata propiamente o sin pecado, si lo hace no por su propia causa sino por causa de otra cosa, pues todo lo demás debe hacerse por causa de ella, mas ella debe buscarse por su propia causa solamente.
Capítulo 17. Del motivo del ayuno y su valor
Conf. 21, cap. 17
Así, pues, recordemos constantemente esta descripción del carácter del ayuno, y apuntemos siempre a él con todas las fuerzas del alma, de tal manera que reconozcamos que entonces solamente nos es adecuado si en él conservamos consideración por el tiempo, su carácter y grado, y esto no de modo que pongamos en él el fin de nuestra esperanza, sino para que por él podamos alcanzar la pureza de corazón y el amor apostólico. Por tanto, de esto queda claro que el ayuno, para el cual no sólo se señalan tiempos especiales en los que debe practicarse o relajarse, sino que también se establecen condiciones y reglas, no es bueno por su propia naturaleza, sino algo indiferente. Mas aquellas cosas que o bien se ordenan como buenas por la autoridad de un precepto, o se prohíben como malas, nunca están sujetas a excepciones de tiempo de tal manera que a veces debamos hacer lo prohibido u omitir lo mandado. Pues no se pone límite a la justicia, la paciencia, la sobriedad, la modestia, el amor; ni por otra parte se concede jamás licencia para la injusticia, la impaciencia, la ira, la inmodestia, la envidia y la soberbia.
Capítulo 18. De cómo el ayuno no es siempre adecuado
Conf. 21, cap. 18
Por lo cual, así como hemos dicho esto antes sobre las condiciones del ayuno, parece bien añadir la autoridad de la Sagrada Escritura, por la que se probará más claramente que el ayuno ni puede ni debe ser observado siempre. En el Evangelio, cuando los fariseos ayunaban junto con los discípulos de Juan el Bautista, como los Apóstoles, amigos y compañeros del Esposo celestial, aún no guardaban la observancia del ayuno, los discípulos de Juan (que pensaban que adquirían perfecta justicia por sus ayunos, como seguidores de aquel gran predicador de la penitencia que dio ejemplo a todo el pueblo con su propia conducta, pues no sólo rehusó las diferentes clases de alimento que se suministran para uso del hombre, sino que realmente prescindió por completo de comer el pan que es común a todos) se quejaron al Señor y dijeron: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo, y tus discípulos no ayunan?» A los cuales el Señor en su respuesta mostró claramente que el ayuno no es adecuado ni necesario en todo tiempo, cuando interviene alguna festividad u ocasión de amor que permite una indulgencia en la comida, diciendo: «¿Pueden acaso los hijos del esposo estar de luto mientras el esposo está con ellos? Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; y entonces ayunarán;» [] palabras que, aunque fueron dichas antes de la resurrección de su Cuerpo, señalan sin embargo especialmente el tiempo pascual, en el cual, después de su resurrección, durante cuarenta días comió con sus discípulos, y su alegría en su Presencia diaria no les permitía ayunar.
Capítulo 19. Una pregunta: por qué quebrantamos el ayuno durante toda la Pascua
Conf. 21, cap. 19
Germán: ¿Por qué, pues, relajamos el rigor de nuestra abstinencia en nuestras comidas durante todos los cincuenta días, mientras que Cristo sólo permaneció con sus discípulos cuarenta días después de su resurrección?
Capítulo 20. La respuesta
Conf. 21, cap. 20
Vuestra pertinente pregunta merece que se le diga la perfecta y verdadera razón. Después de la Ascensión de nuestro Salvador, que tuvo lugar el cuadragésimo día después de su Resurrección, los apóstoles volvieron del Monte de los Olivos, sobre el cual Él les había permitido verle cuando volvía al Padre, como también atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles, y entraron en Jerusalén y se dice que esperaron diez días la venida del Espíritu Santo, y cuando éstos se cumplieron el quincuagésimo día, le recibieron con gozo. Y así, de esta manera, se completó claramente el número de esta festividad, la cual, como leemos, fue figuradamente prefigurada también en el Antiguo Testamento, donde, cumplidas siete semanas, se ordenó que el pan de las primicias fuera ofrecido por los sacerdotes al Señor: [] y esto se mostró ciertamente que fue ofrecido al Señor por la predicación de los Apóstoles, la cual se dice que aquel día dirigieron al pueblo; el verdadero pan de las primicias, que, producido por la instrucción de una nueva doctrina, consagró al Señor las primicias de los judíos como pueblo cristiano, siendo saciados cinco mil hombres con los dones del alimento. Y por tanto, estos diez días han de guardarse con igual solemnidad y gozo que los cuarenta anteriores. Y la tradición acerca de esta festividad, transmitida a nosotros por varones apostólicos, debe guardarse con la misma uniformidad. Pues por eso en aquellos días no doblan las rodillas en la oración, porque doblar las rodillas es señal de penitencia y de luto. Por lo cual también durante estos días observamos en todas las cosas las mismas solemnidades que en domingo, en cuyo día nuestros predecesores enseñaron que los hombres no debían ayunar ni doblar la rodilla, por reverencia a la Resurrección del Señor.
Capítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
Conf. 21, cap. 21
Germán: ¿Puede acaso la carne, atraída por los desacostumbrados deleites de tan larga festividad, dejar de producir algo espinoso de los incentivos al pecado, aunque hayan sido cortados? ¿O puede el alma, abrumada por el consumo de banquetes desacostumbrados, dejar de mitigar el rigor de su dominio sobre su siervo el cuerpo, especialmente cuando en nuestro caso nuestra edad madura puede excitar a nuestros miembros sujetos a una pronta rebelión, si nos atrevemos a tomar nuestro alimento usual en mayores cantidades, o alimento desacostumbrado más libremente que de costumbre?
Capítulo 22. La respuesta sobre el modo de mantener el control sobre la abstinencia
Conf. 21, cap. 22
Teonas: Si pesamos todo lo que hacemos con un juicio razonable de la mente, y sobre la pureza de nuestro corazón consultamos siempre no las opiniones de otras personas sino nuestra propia conciencia, ese intervalo de refrigerio seguramente no interferirá con nuestra debida rigurosidad, con tal de que, como se ha dicho, nuestra mente pura considere imparcialmente los justos límites de la indulgencia y de la abstinencia, y reprima con equidad el exceso en una y otra, y con verdadero discernimiento discierna si el peso de las delicadezas es una carga sobre nuestro espíritu, o si demasiada austeridad en la abstinencia abruma la otra parte, es decir, la del cuerpo, y deprime o eleva aquella parte que ve elevada o abrumada. Pues nuestro Señor no quiere que nada se haga para su honor y gloria sin ser templado por el juicio, porque «el honor del rey ama el juicio,» y por eso Salomón, el más sabio de los hombres, nos urge a no dejar que nuestro juicio se incline a un lado ni a otro, diciendo: «Honra a Dios con tus justos trabajos y ofrécele de los frutos de tu justicia.» [] Pues tenemos residente en nuestra conciencia un juez incorrupto y verdadero que a veces, cuando todos yerran, es la única persona no engañada en cuanto al estado de nuestra pureza. Y así, con todo cuidado y diligencia debemos preservar un propósito constante en nuestro corazón circunspecto, por temor de que, si el juicio de nuestra discreción se extravía, seamos encendidos por el deseo de una abstinencia mal considerada, o seducidos por el anhelo de una relajación excesiva, y así pesemos la sustancia de nuestras fuerzas en la lengua de una balanza injusta; sino que debemos colocar en uno de los platillos nuestra pureza de alma, y en el otro nuestra fuerza corporal, y pesarlos ambos en el verdadero juicio de la conciencia, de modo que no inclinemos perversamente el fiel de la equidad a un lado ni a otro, ni a la rigurosidad indebida ni a la relajación excesiva, por el deseo preponderante de uno u otro, y así se nos diga esto a causa de la rigurosidad o relajación excesiva: «Si ofreces rectamente, pero no divides rectamente, ¿no has pecado?» Porque aquellas ofrendas de ayunos, que extorsionamos irreflexivamente desgarrando violentamente nuestras entrañas, y nos figuramos que ofrecemos rectamente al Señor, éstas las execra Aquel que «ama la misericordia y el juicio», diciendo: «Yo el Señor amo el juicio, mas aborrezco el robo en el holocausto.» Asimismo, a los que toman la mayor parte de sus ofrendas, es decir, sus oficios y acciones, para beneficiar a la carne para su propio uso, pero dejan los restos de ellas y una porción diminuta para el Señor, a éstos la Palabra Divina los condena como obreros fraudulentos: «Maldito el que hace la obra del Señor fraudulentamente.» [] No es, pues, sin razón que el Señor reprende al que así se engaña a sí mismo con consideraciones injustas, diciendo: «Mas vanos son los hijos de los hombres: los hijos de los hombres son mentirosos sobre las balanzas para engañar.» Y por eso el bienaventurado Apóstol nos advierte que mantengamos las riendas de la discreción y no seamos atraídos por el exceso y nos desviemos a un lado ni a otro, diciendo: «Vuestro culto racional.» [] Y el dador de la ley prohíbe igualmente lo mismo, diciendo: «Sea la balanza justa y los pesos iguales, el celemín justo y el sextario igual,» [] y Salomón también da una opinión semejante sobre este asunto: «Pesos grandes y pequeños y medidas dobles son ambos inmundos delante del Señor, y el que los usa será estorbado en sus maquinaciones.» [] Además, no sólo del modo que hemos dicho, sino también de este otro, debemos esforzarnos por no tener pesos injustos en nuestros corazones, ni medidas dobles en el almacén de nuestra conciencia, es decir, no abrumar a aquellos a quienes hemos de predicar la palabra del Señor con preceptos demasiado estrictos y más pesados de lo que nosotros mismos podemos soportar, mientras damos por sentado que, para nosotros mismos, aquellas cosas que tienen que ver con la regla de la rigurosidad han de suavizarse con una concesión más libre de relajación. Porque cuando hacemos esto, ¿qué es sino pesar y medir los bienes y frutos de los mandatos del Señor con doble peso y doble medida? Pues si los dispensamos de una manera a nosotros mismos y de otra a nuestros hermanos, con razón somos reprendidos por el Señor porque tenemos balanzas injustas y medidas dobles, conforme a la sentencia de Salomón que nos dice que «El doble peso es abominación al Señor, y la balanza engañosa no es buena en sus ojos.» De esta manera también incurrimos claramente en la culpa de usar un peso engañoso y una medida doble, si por el deseo de la alabanza de los hombres hacemos ostentación ante los hermanos de una rigurosidad mayor que la que practicamos en privado en nuestras propias celdas, tratando de parecer más abstinentes y más santos a la vista de los hombres que a la vista de Dios, un mal que no sólo debemos evitar sino realmente aborrecer. Pero entretanto, como nos hemos desviado un tanto de la cuestión que teníamos delante, volvamos al punto del que partimos.
Capítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
Conf. 21, cap. 23
Debemos, pues, guardar la observancia de los días mencionados de tal modo que el recreo permitido resulte útil más bien que dañoso para el bien del cuerpo y del alma, porque la alegría de cualquier fiesta no puede embotar los aguijones de la carne, ni aquel fiero enemigo nuestro puede ser aplacado por miramiento a los días. Por tanto, para que se guarde la observancia de las costumbres señaladas para los tiempos festivos y no se exceda en nada la saludabilísima regla de la abstinencia, nos basta permitir que el recreo concedido llegue tan lejos como para que, por consideración al tiempo festivo, tomemos un poco antes el alimento que debía tomarse a la hora novena, a saber, a la hora sexta; pero con esta condición: que no se altere la ración acostumbrada ni el carácter del alimento, no sea que la pureza del cuerpo y la rectitud del alma ganadas por la abstinencia de la Cuaresma se pierdan por el recreo del tiempo pascual, y de nada nos aproveche haber adquirido con el ayuno lo que una saciedad descuidada nos hace perder en seguida; sobre todo porque la conocida astucia de nuestro enemigo asalta la fortaleza de nuestra pureza principalmente cuando ve que nuestra guarda sobre ella se relaja algo con la celebración de alguna fiesta. Por lo cual hemos de vigilar con sumo cuidado que el vigor de nuestra alma no sea jamás enervado por halagos seductores, y que no perdamos la pureza de nuestra castidad, ganada, como se dijo, con los continuos esfuerzos de la Cuaresma, por el descanso y el descuido del tiempo pascual. Y por eso no debe hacerse adición alguna a la calidad ni a la cantidad del alimento, sino que aun en las fiestas más solemnes debemos asimismo abstenernos de aquellos alimentos con cuya abstinencia conservamos nuestra rectitud en los días comunes, para que la alegría de la fiesta no excite en nosotros un mortífero combate de deseos carnales, y así se trueque en tristeza y ponga fin a aquella excelentísima fiesta del corazón, que se regocija en la alegría de la pureza; y después de una breve apariencia de gozo carnal comencemos a llorar nuestra perdida pureza de corazón con duradera tristeza de arrepentimiento. Hemos de esforzarnos, además, para que esta advertencia de la exhortación profética no sea pronunciada inútilmente contra nosotros: «Celebra, oh Judá, tus fiestas, y paga tus votos.» Porque si la llegada de los días festivos no interfiere con la continuidad de nuestra abstinencia, gozaremos sin cesar de fiestas espirituales, y así, cuando cesemos en la obra servil, «habrá mes tras mes y sábado tras sábado.» []
Capítulo 24. Una pregunta sobre los diversos modos de guardar la Cuaresma
Conf. 21, cap. 24
Germán: ¿Cuál es la razón de que la Cuaresma se guarde durante seis semanas, mientras que en algunos países un cuidado de la religión acaso más fervoroso parece haber añadido también una séptima semana, aunque ninguno de los dos números, una vez restados el domingo y el sábado, da el total de cuarenta días? Pues en estas semanas solo se incluyen treinta y seis días.
Capítulo 25. Respuesta: el ayuno de la Cuaresma se refiere al diezmo del año
Conf. 21, cap. 25
Teonas: Aunque la piadosa sencillez de algunos dejaría de lado una pregunta sobre este asunto, sin embargo, porque examináis con mayor escrupulosidad cosas que otro juzgaría indignas de ser preguntadas, y queréis conocer toda la verdad de esta observancia nuestra y su secreto, tendréis también para esto una razón muy clara, a fin de que os convenzáis aún más manifiestamente de que nuestros predecesores no enseñaron nada irracional. Por la ley de Moisés, el mandato propuesto a todo el pueblo en general era este: «Ofrecerás al Señor tu Dios tus diezmos y primicias.» [] Y así, mientras se nos manda ofrecer los diezmos de nuestros bienes y de todos nuestros frutos, mucho más necesario es que ofrezcamos los diezmos de nuestra vida, de nuestras ocupaciones ordinarias y de nuestras acciones; cosa que ciertamente está claramente dispuesta en el cómputo de la Cuaresma. Porque el diezmo del número de todos los días comprendidos en el círculo anual que se repite es de treinta y seis días y medio. Pero en siete semanas, si se restan los domingos y los sábados, quedan treinta y cinco días señalados para el ayuno. Mas con la adición de la vigilia de Pascua, cuando el ayuno del sábado se prolonga hasta el canto del gallo al alba del día de Pascua, no solo se completa el número de treinta y seis días, sino que, respecto del diezmo de los cinco días que parecían sobrar, si se tiene en cuenta la porción de la noche que se añadió, nada faltará a la suma total.
Capítulo 26. De cómo debemos ofrecer también al Señor nuestras primicias
Conf. 21, cap. 26
Pero ¿qué diré de las primicias que ciertamente ofrecen cada día todos los que sirven fielmente a Cristo? Porque cuando los hombres, al despertar del sueño y levantarse con renovada actividad después del descanso, antes de admitir en su corazón impulso o pensamiento alguno, o de dar entrada a recuerdo o consideración de negocios, consagran sus primeros y más tempranos pensamientos como ofrendas divinas, ¿qué hacen sino ofrecer las primicias de sus frutos por medio del Sumo Sacerdote Jesucristo para el disfrute de esta vida y como figura de la resurrección diaria? Y también cuando, despertados del sueño del mismo modo, ofrecen a Dios sacrificio de alegría, lo invocan con el primer movimiento de la lengua, celebran su nombre y su alabanza y, abriendo ante todo la puerta de sus labios para cantarle himnos, ofrecen a Dios los oficios de su boca; y a Él asimismo presentan las primeras ofrendas de sus manos y de sus pasos, cuando se levantan del lecho, se ponen en oración y, antes de emplear el servicio de sus miembros en sus propios fines, no toman nada para sí de ese servicio, sino que por su gloria adelantan sus pasos, los ponen en su alabanza y así ofrecen las primicias de todos sus movimientos extendiendo las manos, doblando las rodillas y postrando todo el cuerpo. Pues de ningún otro modo podemos cumplir aquello que cantamos en el Salmo: «Me anticipé al rayar el día y clamé;» y: «Mis ojos se anticiparon a la mañana para meditar en tus palabras;» y: «De mañana mi oración se anticipará a ti;» a no ser que, después del descanso del sueño, cuando, como dijimos arriba, somos restituidos como de las tinieblas y de la muerte a esta luz, tengamos el valor de no empezar tomando para nuestros propios usos ninguno de todos los servicios de la mente y del cuerpo. Porque no hay otra mañana a la que el profeta «se anticipó», o a la que del mismo modo debamos anticiparnos, sino o bien nosotros mismos, es decir, nuestras ocupaciones, afectos y cuidados terrenos, sin los cuales no podemos existir, o bien las sutilísimas sugestiones del adversario, las cuales intenta sugerirnos mientras aún descansamos y estamos vencidos por el sueño, mediante los fantasmas de vanos sueños, con los que, al despertar luego, llenará nuestra mente y nos ocupará, para ser el primero en apoderarse y llevarse los despojos de nuestras primicias. Por lo cual hemos de poner el máximo cuidado (si queremos cumplir de obra el sentido del versículo arriba citado) en que una vigilancia solícita atienda a nuestros primeros y más tempranos pensamientos de la mañana, para que no sean manchados de antemano al ser tomados con prisa por nuestro celoso adversario, y así haga que nuestras primicias sean rechazadas por el Señor como viles y comunes. Y si no lo prevenimos con circunspección vigilante de la mente, no abandonará su costumbre de anticipársenos miserablemente ni cesará, día tras día, de anticipársenos con sus astucias. Por tanto, si queremos ofrecer primicias aceptas y agradables a Dios de los frutos de nuestra mente, debemos poner un cuidado no ordinario en guardar todos los sentidos de nuestro cuerpo, especialmente durante las horas de la mañana, como un holocausto sagrado al Señor, puro e inmaculado en todo. Y esta especie de devoción la observan con sumo cuidado aun muchos de los que viven en el mundo, pues se levantan antes de que sea de día o muy temprano, y de ningún modo se mezclan en los negocios ordinarios y necesarios de este mundo antes de apresurarse a la iglesia y esforzarse por consagrar ante Dios las primicias de todas sus acciones y obras.
Capítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
Conf. 21, cap. 27
Además, en cuanto a lo que decís, a saber, que en algunos países la Cuaresma se guarda de modos diversos, esto es, durante seis o siete semanas, no es sino un solo sistema y un mismo modo de ayuno lo que se conserva con la diversa observancia de las semanas. Porque quienes piensan que se debe ayunar también el sábado han determinado la observancia de seis semanas. Ayunan, por tanto, seis días de cada siete, y repetido esto seis veces, suma los treinta y seis días. Es, pues, como dijimos, un solo sistema y un mismo modo de ayuno, aunque parezca haber diferencia en el número de las semanas.
Capítulo 28. Por qué se llama Quadragesima, cuando el ayuno solo se guarda durante treinta y seis días
Conf. 21, cap. 28
Mas además, al desaparecer de la vista de los hombres la razón de esto por el descuido, este tiempo en el cual, como se dijo, se ofrecen los diezmos del año con ayunos durante treinta y seis días y medio, fue llamado Quadragesima, nombre que acaso creyeron que debía dársele por esta razón, a saber, que se dice que Moisés, Elías y nuestro Señor Jesucristo mismo ayunaron durante cuarenta días. A cuyo misterio del número se aplican no sin propiedad aquellos cuarenta años en que Israel habitó en el desierto, y asimismo las cuarenta estaciones que se dice recorrieron con un significado místico. O quizá el diezmo recibió propiamente el nombre de Quadragesima por el uso de la aduana; pues así se llama comúnmente aquel tributo público del cual se asigna para el uso del rey la misma proporción del incremento, como el tributo legal de la Quadragesima que de nosotros exige el Rey de todos los siglos para el uso de nuestra vida. De todos modos, aunque esto nada tiene que ver con la cuestión planteada, creo, sin embargo, que no debo omitir el hecho de que con muchísima frecuencia nuestros ancianos solían atestiguar que especialmente en estos días todo el cuerpo de los monjes era atacado, según la antigua costumbre del pueblo que se les oponía, y se le urgía con más vehemencia a abandonar sus moradas, por esta razón: porque, conforme a aquella figura por la cual los egipcios oprimieron en otro tiempo a los hijos de Israel con duras aflicciones, así también ahora los egipcios espirituales intentan doblegar al verdadero Israel, esto es, al pueblo monástico, con tareas duras y viles, no sea que, por medio de aquella paz que es amada de Dios, abandonemos la tierra de Egipto y, para nuestro bien, pasemos al desierto de las virtudes; de modo que el Faraón se enfurece contra nosotros y dice: «Están ociosos y por eso claman diciendo: Vayamos y ofrezcamos sacrificios al Señor nuestro Dios. Oprímaseles con trabajos y sean hostigados en sus obras, y no serán hostigados por palabras vanas.» [] Pues ciertamente su necedad imagina que el santo sacrificio del Señor, que solo se ofrece en el desierto de un corazón puro, es el colmo de la necedad, porque «la religión es abominación para el pecador.» [Sirácide 50:24]
Capítulo 29. Cómo los perfectos van más allá de la regla fija de la Cuaresma
Conf. 21, cap. 29
Por esta ley de la Cuaresma, pues, el varón recto y perfecto no se ve coartado, ni se contenta con someterse meramente a esa regla pequeña que los jefes de la iglesia establecieron para quienes durante todo el año están envueltos en placeres o negocios, a fin de que, ligados por esta exigencia legal, se vean forzados al menos en estos días a hallar tiempo para el Señor y a dedicarle el diezmo de los días de su vida, todos los cuales habrían consumido como ganancia propia. Mas los justos, para quienes no fue puesta la ley, y que consagran a los deberes espirituales no una parte pequeña, a saber, el décimo, sino todo el tiempo de su vida, por estar libres de la carga de los diezmos según la ley, por esta razón, si alguna ocasión digna y piadosa que se les presenta les obliga, están prontos a relajar su ayuno de estación sin vacilación alguna. Pues en su caso no es un diezmo pequeño el que se disminuye, ya que ofrecen al Señor todo lo que tienen, juntamente consigo mismos. Y esto ciertamente no podría hacerlo sin hacerse reo de grave injusticia aquel que, no ofreciendo nada de su propia voluntad a Dios, se ve forzado a pagar sus diezmos por la severa coacción de la ley, que no admite excusa. Por lo cual queda claramente establecido que el siervo de la ley no puede ser perfecto, pues solo huye de lo prohibido y hace lo mandado, sino que son realmente perfectos aquellos que ni siquiera se aprovechan de lo que la ley permite. Y de este modo, aunque se dice de la ley mosaica que «la ley nada llevó a la perfección» [], leemos que algunos de los santos del Antiguo Testamento fueron perfectos porque fueron más allá de los mandatos de la ley y vivieron bajo la perfección del Evangelio: «Sabiendo que la ley no ha sido puesta para el justo, sino para los injustos y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los malvados y profanados, etc.» []
Capítulo 30. Del origen y comienzo de la Cuaresma
Conf. 21, cap. 30
Debéis saber, sin embargo, que mientras la iglesia primitiva conservó intacta su perfección, esta observancia de la Cuaresma no existió. Pues no estaban atados por las exigencias de este orden ni por disposición legal alguna, ni encerrados en los límites estrechísimos del ayuno, ya que el ayuno abrazaba por igual todo el año. Pero cuando la multitud de los creyentes empezó a declinar día a día de aquel fervor apostólico, a mirar por su propia hacienda y a no repartirla para el bien de todos los fieles conforme al ordenamiento de los apóstoles, sino que, con los ojos puestos en sus propios gastos privados, intentaban no solo conservarla, sino aumentarla de hecho, no contentos con seguir el ejemplo de Ananías y Safira, entonces pareció bien a todos los sacerdotes que los hombres embarazados por cuidados mundanos y casi ignorantes, por así decirlo, de la abstinencia y de la contrición, fueran llamados de nuevo al piadoso deber por un ayuno canónicamente prescrito, y constreñidos por la necesidad de pagar los diezmos legales, pues esto ciertamente sería bueno para los hermanos débiles y no podría dañar en nada a los perfectos, que vivían bajo la gracia del Evangelio y por su devoción voluntaria iban más allá de la ley, de modo que lograban alcanzar la bienaventuranza de que habla el Apóstol: «Porque el pecado no tendrá dominio sobre vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.» [] Porque en verdad el pecado no puede ejercer dominio sobre aquel que vive fielmente bajo la libertad de la gracia.
Capítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
Conf. 21, cap. 31
Germán: Puesto que esta sentencia del Apóstol, que promete la libertad de cuidado no solo a los monjes, sino a todos los cristianos en general, no puede inducirnos a error, nos parece algo oscura. Porque si él sostiene que todos los que creen en el Evangelio están en libertad y libres del yugo y del dominio del pecado, ¿cómo es que el dominio del pecado se ejerce con vigor sobre casi todos los bautizados, conforme a las palabras del Señor, donde dice: «Todo aquel que hace pecado, siervo es del pecado»? []
Capítulo 32. La respuesta sobre la diferencia entre la gracia y los mandatos de la ley
Conf. 21, cap. 32
Teonas: Vuestra pregunta suscita de nuevo ante nosotros una cuestión de no poca extensión. Aunque sé que su explicación no puede enseñarse ni ser comprendida por los inexpertos, con todo, en la medida de mis fuerzas, intentaré exponerla con palabras y explicarla brevemente, si tan solo vuestras mentes siguen y ponen por obra lo que decimos. Pues todo aquello que se conoce no por enseñanza sino por experiencia, así como no puede ser enseñado por quien carece de experiencia, tampoco puede ser captado ni recibido por la mente de quien no ha puesto el fundamento mediante un estudio y ejercicio semejantes. Y por eso pienso que es necesario que primero indaguemos con algún cuidado cuál es el propósito o el sentido de la ley, y cuál es el sistema y la perfección de la gracia, a fin de que a partir de esto podamos llegar a comprender el dominio del pecado y cómo expulsarlo. Y así, la ley ordena principalmente a los hombres buscar los vínculos del matrimonio, diciendo: «Dichoso el que tiene descendencia en Sión y una casa en Jerusalén;» y: «Maldita la estéril que no ha dado a luz.» [] Por otra parte, la gracia nos invita a la pureza de la castidad perpetua y al estado inmaculado de la bendita virginidad, diciendo: «Dichosas las estériles, y los pechos que no amamantaron;» y: «el que no aborrece a padre y madre y esposa no puede ser mi discípulo;» y esto del Apóstol: «Resta que los que tienen esposa sean como si no la tuvieran.» La ley dice: «No tardarás en ofrecer tus diezmos y primicias;» la gracia dice: «Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres.» La ley no prohíbe la retribución de las injurias ni la venganza de las ofensas, diciendo «Ojo por ojo y diente por diente.» La gracia quiere que nuestra paciencia sea probada por las injurias y los golpes que se nos infligen, redoblados, y nos manda que estemos dispuestos a soportar el doble de daño; diciendo: «Si alguno te golpea en una mejilla, ofrécele también la otra; y al que quiera contender contigo en juicio y quitarte la túnica, dale también el manto.» La una decreta que aborrezcamos a nuestros enemigos, la otra que los amemos, hasta el punto de que sostiene que aun por ellos debemos orar siempre a Dios.
Capítulo 33. De que los preceptos del evangelio son más suaves que los de la ley
Conf. 21, cap. 33
Quienquiera, pues, que sube a esta altura de la perfección evangélica, es elevado al punto por los méritos de tal virtud por encima de toda ley, y, despreciando como trivial todo lo que Moisés manda, reconoce que está sujeto únicamente a la gracia del Salvador, con cuya ayuda sabe que alcanzó aquella condición excelsísima. Por tanto, el pecado no tiene dominio sobre él, «porque el amor de Dios, que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado,» [] excluye toda solicitud por cualquier otra cosa, y no puede ni desear lo prohibido ni descuidar lo mandado, pues todo su fin y todo su deseo está fijado siempre en el amor divino, y en tal grado no es atrapado por las delicias de las cosas vanas, que realmente no se aprovecha de aquellas cosas que son permitidas. Pero bajo la ley, donde se observan los matrimonios legítimos, aunque los extravíos de la lascivia son refrenados y atados a una sola mujer, sin embargo los aguijones de la concupiscencia carnal no pueden dejar de ser vigorosos; y es difícil que el fuego, para el cual expresamente se provee combustible, sea encerrado así dentro de límites de antemano fijados, de modo que no se extienda más allá y queme cuanto toca. Pues aun si se le ocurre esta objeción, que no le está permitido encenderse más allá de estos límites, sin embargo, aun mientras es contenido, está ardiendo, porque la voluntad misma es culpable, y su hábito de comercio carnal lo precipita en excesos demasiado apresurados de adulterio. Mas aquellos a quienes la gracia del Salvador ha inflamado con el santo amor de la castidad, consumen de tal modo todas las espinas de los deseos carnales en el fuego del amor del Señor, que ninguna brasa moribunda de pecado interfiere con la frialdad de su pureza. Los siervos de la ley, pues, del uso de las cosas lícitas caen a las ilícitas; los partícipes de la gracia, mientras desprecian las cosas lícitas, no conocen las ilícitas. Pero así como el pecado está vivo en quien ama el matrimonio, así también lo está en quien se contenta con pagar meramente sus diezmos y primicias. Pues, mientras se demora o es negligente, ciertamente pecará ya sea en cuanto a su calidad o cantidad, o en cuanto a su diaria distribución. Pues como se le manda ministrar incansablemente a los necesitados de lo suyo, aunque lo dispense con la más plena fe y devoción, sin embargo le es difícil no caer a menudo en las trampas del pecado. Mas sobre aquellos que no han despreciado el consejo del Señor, sino que, disponiendo de todos sus bienes para los pobres, toman su cruz y siguen al que otorga la gracia, el pecado no puede tener dominio. Pues ninguna ansiedad infiel por conseguir alimento molestará a quien piadosamente distribuye y dispersa su riqueza ya consagrada a Cristo y no considerada ya como propia; ni vacilación mezquina alguna quitará la alegría de su limosna, porque sin pensamiento alguno de sus propias necesidades ni temor de que su alimento se agote, está distribuyendo lo que ha sido una vez por todas ofrecido completamente a Dios, y ya no es considerado como propio, pues está seguro de que, cuando haya logrado despojarse como desea, será alimentado por Dios mucho más que las aves del cielo. Por otra parte, quien retiene sus bienes de este mundo o, atado por las reglas de la antigua ley, distribuye el diezmo de sus productos y sus primicias, o una porción de sus rentas, aunque pueda en grado considerable apagar el fuego de sus pecados con este rocío de la limosna, sin embargo, por generosamente que entregue su riqueza, le es imposible librarse por completo del dominio del pecado, a menos que, quizá, por la gracia del Salvador, junto con sus bienes se despoje de todo amor de poseer. De la misma manera, no puede dejar de estar sujeto al dominio sangriento del pecado quienquiera que elija sacar, como la ley manda, ojo por ojo, diente por diente, o aborrecer a su enemigo; pues mientras desea, por retribución en correspondencia, vengar una injuria hecha contra sí mismo, y mientras abriga amargo odio contra un enemigo, es seguro que siempre estará inflamado con la pasión de la ira y la rabia. Mas quien vive bajo la luz de la gracia del evangelio, y vence el mal no resistiéndolo, sino soportándolo, y no duda, por su libre voluntad, en dar al que lo golpea en la mejilla derecha, la otra también, y al que quiere entablar pleito contra él por la túnica, le da también el manto, y ama a sus enemigos y ora por los que lo calumnian, este hombre ha roto el yugo del pecado y ha hecho estallar sus cadenas. Pues no está viviendo bajo la ley, la cual no destruye las semillas del pecado (por lo que no sin razón el Apóstol dice de ella: «Hay una abrogación del mandamiento anterior a causa de su debilidad e inutilidad: pues la ley nada llevó a la perfección;» y el Señor dice por el profeta: «Y les di mandamientos que no eran buenos, y ordenanzas por las cuales no podían vivir» ), sino bajo la gracia, que no meramente poda las ramas de la maldad, sino que realmente arranca las raíces mismas de una voluntad mala.
Capítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
Conf. 21, cap. 34
Quienquiera, pues, que se esfuerza por alcanzar la perfección de la enseñanza evangélica, este hombre, viviendo bajo la gracia, no está oprimido por el dominio del pecado, pues estar bajo la gracia es hacer aquellas cosas que la gracia manda. Mas quien no quiera someterse a las exigencias completas de la perfección evangélica, no debe permanecer ignorante de que, aunque parezca estar bautizado y ser monje, sin embargo no está bajo la gracia, sino que está aún encadenado por las cadenas de la ley, y agobiado por el peso del pecado. Pues es el propósito de Aquel que, por la gracia de la adopción, acepta a todos aquellos por quienes ha sido recibido, no destruir sino edificar sobre, no abolir sino cumplir las exigencias mosaicas. Pero algunos, nada sabiendo de esto, y despreciando los espléndidos consejos y exhortaciones de Cristo, son tan emancipados por el descuido de una libertad demasiado apresuradamente asumida, que no solo dejan de cumplir los mandatos de Cristo como si fueran demasiado duros, sino que realmente desprecian como anticuados los mandamientos dados a ellos como principiantes y niños por la ley de Moisés, diciendo en esta peligrosa libertad suya aquello que el Apóstol execra: «Hemos pecado, porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia.» [] Aquel, pues, que ni está bajo la gracia, porque nunca ha subido a las alturas de la enseñanza del Señor, ni bajo la ley, porque no ha aceptado ni siquiera aquellos pequeños mandatos de la ley, este hombre, molido bajo una doble regla de pecado, se figura que ha recibido la gracia de Cristo, simple y solamente para esto: que por esta peligrosa libertad suya pueda hacerse a sí mismo ninguno de los Suyos, y cae en aquel estado que el apóstol Pedro nos advierte evitar, diciendo: «Actuad como libres, y no teniendo vuestra libertad como cobertura de maldad.» El bienaventurado apóstol Pablo dice también: «Porque vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad,» es decir, para que seáis libres del dominio del pecado, «solo que no uséis vuestra libertad como ocasión para la carne,» es decir, no creáis que la abolición de los mandamientos de la ley es licencia para pecar. Pero esta libertad, el apóstol Pablo nos enseña que no está sino donde el Señor habita, pues dice: «El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» [] Por lo cual no sé si podría expresar y explicar el sentido del bienaventurado Apóstol, como saben hacerlo quienes tienen experiencia; una cosa sé, que se revela muy claramente, aun sin explicación de nadie, a todos aquellos que han adquirido perfectamente la [πρακτικὴ], es decir, la práctica. Pues no necesitarán esfuerzo alguno para comprender en la discusión lo que ya han aprendido por la práctica.
Capítulo 35. Una pregunta: por qué a veces, cuando ayunamos más estrictamente que de costumbre, somos turbados por deseos carnales más agudamente que de costumbre
Conf. 21, cap. 35
Germano: Con gran claridad habéis explicado una cuestión dificilísima, y una que, según pensamos, es desconocida para muchos. Por lo cual os rogamos que añadáis también esto para nuestro bien, y que expongáis cuidadosamente por qué a veces, cuando ayunamos más estrictamente que de costumbre, y estamos exhaustos y desfallecidos, se excitan combates corporales más severos. Pues a menudo, al despertar del sueño, cuando descubrimos que hemos sido mancillados, quedamos tan abatidos de corazón que ni siquiera nos atrevemos fielmente a levantarnos siquiera para orar.
Capítulo 36. La respuesta, que dice que esta cuestión debe reservarse para una futura Conferencia
Conf. 21, cap. 36
Teonas: Vuestro celo, ciertamente, con el cual deseáis alcanzar el camino de la perfección, no solo por un momento sino plena y perfectamente, nos impulsa a continuar esta discusión sin cansancio. Pues estáis inquiriendo con ansiedad no acerca de la castidad exterior o la circuncisión externa, sino acerca de lo que es secreto, pues sabéis que la perfección completa no consiste en esta continencia visible de la carne, que puede ser alcanzada ya sea por constricción, o por hipocresía incluso por los incrédulos, sino en aquella voluntaria e invisible pureza de corazón, que el bienaventurado Apóstol describe así: «Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en el espíritu, no en la letra; cuya alabanza no es de los hombres, sino de Dios,» [] quien solo escudriña los secretos del corazón. Pero como no es posible que vuestro deseo sea plenamente satisfecho (pues el breve espacio de la noche que queda no es suficiente para la investigación de esta cuestión dificilísima), pienso que está bien diferirla por un tiempo. Pues estas materias, así como deben ser propuestas por nosotros con quietud y con un corazón enteramente libre de todos los pensamientos inquietos, así también deben ser recibidas en vuestras mentes; pues así como la indagación debe emprenderse por causa de nuestra común pureza, así estas cosas no pueden ser aprendidas ni adquiridas por quien carece del don de la rectitud. Pues no preguntamos qué argumentos de palabras vacías, sino qué puede persuadir la fe interior de la conciencia y la fuerza mayor de la verdad. Y por tanto, en cuanto al conocimiento y la enseñanza de esta purificación, nada puede ser presentado sino por quien ha tenido experiencia de ella, ni nada puede ser confiado sino a un amantísimo y muy ferviente amador de la verdad misma, que no espera alcanzarla preguntando con meras palabras vanas, sino esforzándose con toda su fuerza y potencia, sin deseo alguno de charla inútil, sino con el deseo de purificarse interiormente.
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