Segunda conferencia del abad Nesteros. Sobre los dones divinos.
Conf. 15, cap. 1
Después del oficio de la tarde nos sentamos juntos sobre las esteras, como de costumbre, dispuestos para la narración prometida; y cuando hubimos guardado silencio un breve espacio por reverencia al anciano, él se adelantó al silencio de nuestro respeto con estas palabras: El orden precedente de nuestro discurso nos había conducido a la exposición del sistema de los dones espirituales, el cual, según hemos aprendido de la tradición de los ancianos, es triple. El primero, en efecto, es por causa de la curación, cuando la gracia de los signos acompaña a ciertos varones elegidos y justos por los méritos de su santidad, como es claro que los apóstoles y muchos de los santos obraron signos y prodigios conforme a la autoridad del Señor que dice: «Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad fuera demonios: de gracia lo recibisteis, dadlo de gracia.» [] El segundo, cuando para edificación de la iglesia, o por la fe de los que traen a sus enfermos, o de los que han de ser curados, la virtud de la salud procede aun de pecadores y de hombres indignos de ella. De los cuales dice el Salvador en el evangelio: «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchas obras poderosas? Y entonces les confesaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad.» [] Y por otra parte, si falta la fe de los que los traen o de los enfermos, impide que aquellos a quienes se han conferido los dones de curación ejerciten su poder de sanar. Sobre lo cual dice el evangelista Lucas: «Y no pudo hacer allí Jesús ninguna obra poderosa a causa de la incredulidad de ellos.» [] De donde también dice el Señor mismo: «Muchos leprosos había en Israel en los días del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue limpiado sino Naamán el sirio.» [] El tercer modo de curar es imitado por el engaño y la maquinación de los demonios, para que, cuando un hombre esclavizado a pecados manifiestos sea tenido por santo y siervo de Dios a causa de la admiración de sus milagros, los hombres sean persuadidos a imitar sus pecados y, abriéndose así paso a la maledicencia, la santidad de la religión caiga en descrédito; o bien para que aquel que cree poseer el don de curar se hinche con la soberbia del corazón y caiga así más gravemente. De ahí que, invocando los nombres de aquellos que, como ellos saben, no tienen méritos de santidad ni frutos espirituales, fingen que por los méritos de estos son perturbados y obligados a huir de los cuerpos que habían poseído. De lo cual se dice en el Deuteronomio: «Si se levantare en medio de ti un profeta, o uno que dice haber visto un sueño, y anunciare una señal y un prodigio, y sucediere lo que habló, y te dijere: Vayamos y sigamos a dioses ajenos que tú no conoces, y sirvámosles: no escucharás las palabras de aquel profeta ni de aquel soñador, porque el Señor vuestro Dios os está probando, para que se vea si lo amáis o no, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma.» [] Y en el evangelio se dice: «Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y darán grandes señales y prodigios, de modo que, si fuera posible, aun los elegidos serían inducidos a error.» []
Conf. 15, cap. 2
Por lo cual nunca debemos admirar a aquellos que afectan estas cosas, por causa de estos poderes, sino más bien considerar si son perfectos en echar fuera todos los pecados y en enmendar sus costumbres; pues esto se concede a cada uno, no por la fe de otro, ni por una variedad de razones, sino por su propio empeño, mediante la acción de la gracia de Dios. Pues este es el conocimiento práctico que el Apóstol designa con otro nombre, a saber, el amor, y que por la autoridad del Apóstol es antepuesto a todas las lenguas de hombres y de ángeles, y a la plena certidumbre de la fe que puede incluso trasladar montañas, y a toda ciencia, y a la profecía, y al reparto de todos los bienes, y finalmente a la gloria misma del martirio. Pues cuando hubo enumerado todos los géneros de dones y hubo dicho: «A uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento, a otro fe, a otro don de curación, a otro el obrar milagros, etc.:» [] cuando iba a hablar de la caridad, notad cómo en pocas palabras la antepuso a todos los dones: «Y sin embargo,» dice, «os muestro un camino todavía más excelente.» [] Con lo cual se muestra claramente que la cumbre de la perfección y de la bienaventuranza no consiste en la realización de aquellas obras maravillosas, sino en la pureza del amor. Y esto no sin razón. Pues todas aquellas cosas han de pasar y ser destruidas, mas el amor permanece para siempre. Y así nunca hallamos que aquellas obras y señales fueran buscadas por nuestros padres: antes bien, cuando las poseían por la gracia del Espíritu Santo, jamás las usaban, a no ser que una necesidad extrema e inevitable los obligara a ello.
Conf. 15, cap. 3
Como también nosotros recordamos que un muerto fue resucitado a la vida por el abad Macario, que fue el primero que halló morada en el desierto de Escete. Pues cuando cierto hereje que seguía el error de Eunomio se esforzaba con sutileza dialéctica por destruir la simplicidad de la fe católica, y ya había engañado a un gran número de hombres, el bienaventurado Macario fue rogado por algunos católicos, terriblemente perturbados por el horror de semejante trastorno, para que librara a la gente sencilla de todo Egipto del peligro de la infidelidad, y vino con este propósito. Y cuando el hereje se le acercó con su arte dialéctica, y quiso arrastrarlo en su ignorancia hacia las espinas de Aristóteles, el bienaventurado Macario puso fin a su locuacidad con brevedad apostólica, diciendo: «el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.» [] Vayamos, pues, a los sepulcros, e invoquemos el nombre del Señor sobre el primer muerto que hallemos, y, como está escrito, «mostremos nuestra fe con nuestras obras,» [] para que por su testimonio se manifiesten las pruebas evidentes de una fe recta, y probemos la verdad clara no con una vana discusión de palabras, sino con el poder de los milagros y con ese juicio que no puede engañarse. Y cuando oyó esto, el hereje quedó abrumado de vergüenza ante la gente presente, y fingió por el momento que consentía en las condiciones propuestas, y prometió que vendría al día siguiente; pero al otro día, cuando todos los que habían acudido con mayor ansia al lugar señalado estaban en expectación por el deseo del espectáculo, aterrado por la conciencia de su falta de fe, huyó, y al punto escapó de todo Egipto. Y cuando el bienaventurado Macario hubo esperado junto con la gente hasta la hora novena, y vio que aquel, por su conciencia culpable, lo había rehuido, tomó a la gente que había sido pervertida por él y fue a los sepulcros señalados. Ahora bien, en Egipto la crecida del río Nilo ha introducido esta costumbre: como toda la anchura de aquel país queda cubierta durante no pequeña parte del año por la inundación regular de las aguas, como un gran mar, de modo que no hay manera de desplazarse sino pasando en barcas, los cuerpos de los muertos son embalsamados y guardados en celdas a buena altura. Pues el suelo de aquella tierra, húmedo por la continua humedad, impide enterrarlos. Porque si recibe cuerpos sepultados en él, se ve forzado por las excesivas inundaciones a arrojarlos a la superficie. Cuando, pues, el bienaventurado Macario se hubo situado junto a un cadáver antiquísimo, dijo: «Oh hombre, si aquel hereje e hijo de perdición hubiera venido aquí conmigo, y, estando él de pie junto a mí, yo hubiera exclamado e invocado el nombre de Cristo mi Dios, di en presencia de estos que casi fueron pervertidos por su fraude, si te habrías levantado.» Entonces él se levantó y respondió con palabras de asentimiento. Y luego el abad Macario le preguntó qué había sido antes, cuando gozaba de la vida aquí, o en qué época de los hombres había vivido, o si había conocido entonces el nombre de Cristo; y él respondió que había vivido bajo reyes de fecha antiquísima, y declaró que en aquellos días jamás había oído el nombre de Cristo. A quien una vez más el abad Macario: «Duerme,» dijo, «en paz con los otros en tu propio orden, para ser despertado de nuevo por Cristo al fin.» Todo este poder suyo y esta gracia que había en él quizá habría permanecido siempre oculto, si las necesidades de toda la provincia en peligro, y su entera devoción a Cristo, y su amor no fingido, no lo hubieran forzado a realizar este milagro. Y ciertamente no fue la ostentación de la gloria, sino el amor de Cristo y el bien de todo el pueblo, lo que le arrancó su realización. Como nos muestra el pasaje del libro de los Reyes que hizo también el bienaventurado Elías, que pidió que bajara fuego del cielo sobre los sacrificios colocados en la pira, por esta razón: para librar la fe de todo el pueblo que estaba en peligro por los ardides de los falsos profetas.
Conf. 15, cap. 4
¿Y qué necesidad tengo de mencionar los actos del abad Abraham, que fue apellidado [ἁ] [πλοῦς], es decir, el Simple, por la sencillez de su vida y su inocencia? Este hombre, cuando había ido del desierto a Egipto para la siega en la estación de Quincuagésima, fue importunado con lágrimas y ruegos por una mujer que traía a su hijito, ya consumido y medio muerto por falta de leche; él le dio a beber una copa de agua signada con la señal de la cruz; y cuando ella la hubo bebido, al punto, de manera admirable, sus pechos, que hasta entonces habían estado completamente secos, manaron con copiosa abundancia de leche.
Conf. 15, cap. 5
O cuando el mismo hombre, al ir a una aldea, fue rodeado por multitudes burlonas, que se mofaban de él y le mostraban a un hombre privado desde hacía muchos años de la facultad de andar por una rodilla contraída, que se arrastraba a causa de una debilidad de larga data, lo tentaron y dijeron: «Muéstranos, padre Abraham, si eres siervo de Dios, y devuelve a este hombre su salud primera, para que creamos que no es vano el nombre de Cristo, a quien adoras.» Entonces él invocó al instante el nombre de Cristo, se inclinó, tomó el pie reseco del hombre y tiró de él. Y al momento, a su contacto, la rodilla seca y curvada se enderezó, y él recobró el uso de sus piernas, que había olvidado cómo usar en sus largos años de debilidad, y se fue gozoso.
Conf. 15, cap. 6
Y así estos varones no se atribuían mérito alguno por su poder de obrar tales maravillas, porque confesaban que no se hacían por sus propios méritos, sino por la compasión del Señor, y con las palabras del Apóstol rechazaban el honor humano ofrecido por la admiración de sus milagros: «Varones y hermanos, ¿por qué os maravilláis de esto, o por qué fijáis los ojos en nosotros, como si por nuestro propio poder o santidad hubiéramos hecho andar a este hombre?» [] Ni pensaban que nadie debiera ser célebre por los dones y maravillas de Dios, sino más bien por los frutos de sus propias buenas obras, que se producen por los esfuerzos de su mente y por el poder de sus obras. Pues a menudo, como se dijo arriba, hombres de mente corrompida, réprobos en cuanto a la verdad, expulsan demonios y realizan los mayores milagros en el nombre del Señor. De los cuales, cuando los Apóstoles se quejaron y dijeron: «Maestro, vimos a uno que echaba fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no sigue con nosotros,» aunque por el momento Cristo les respondió: «No se lo prohibáis, porque el que no está contra vosotros, por vosotros está,» [] sin embargo, cuando ellos dicen al fin: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchas obras poderosas?» Él testifica que entonces responderá: «Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad.» [] Y por eso Él mismo advierte a aquellos a quienes ha dado esta gloria de milagros y obras poderosas a causa de su santidad, que no se envanezcan por ellos, diciendo: «No os alegréis de que los demonios se os sujeten, sino alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.» []
Conf. 15, cap. 7
Finalmente, el Autor mismo de todos los milagros y obras de poder, cuando llamó a sus discípulos a aprender su doctrina, mostró claramente qué era lo que aquellos verdaderos y especialmente elegidos seguidores debían aprender principalmente de Él, diciendo: «Venid y aprended de mí,» no principalmente a expulsar demonios por el poder del cielo, no a limpiar leprosos, no a dar vista a los ciegos, no a resucitar muertos: pues aunque yo haga estas cosas por medio de algunos de mis siervos, la condición del hombre no puede entremeterse en las alabanzas de Dios, ni puede un ministro y siervo recoger por ello porción alguna para sí allí donde está la gloria de la Deidad sola. Sino aprended esto de mí, dice: «porque soy manso y humilde de corazón.» [] Pues esto es lo que es posible que todos los hombres en general aprendan y practiquen; pero el obrar milagros y signos no siempre es necesario, ni bueno para todos, ni concedido a todos. La humildad, pues, es la maestra de todas las virtudes, es el fundamento segurísimo del edificio celestial, es el don propio y espléndido del Salvador. Pues puede realizar todos los milagros que Cristo obró, sin peligro de envanecerse, quien sigue al Señor manso no en la grandeza de sus milagros, sino en las virtudes de la paciencia y de la humildad. Mas el que aspira a mandar en los espíritus inmundos, o a otorgar dones de curación, o a mostrar al pueblo algún prodigio admirable, aun cuando al exhibirse invoque el nombre de Cristo, está lejos de Cristo, porque con la soberbia de su corazón no sigue a su humilde Maestro. Pues cuando Él volvía al Padre, preparó, por así decirlo, su testamento y dejó esto a sus discípulos: «Un mandamiento nuevo,» dijo, «os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros:» y al punto añadió: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor unos con otros.» [] No dice: «si hacéis signos y milagros de la misma manera,» sino «si tenéis amor unos con otros;» y es cierto que nadie puede guardar esto sino los mansos y humildes. Por lo cual nuestros mayores jamás tuvieron por buenos monjes, ni exentos de la falta de vanagloria, a aquellos que se profesaban exorcistas entre los hombres, y proclamaban con jactanciosa ostentación ante las multitudes que los admiraban la gracia que habían obtenido o que pretendían. Pero en vano, pues «el que confía en mentiras se apacienta de viento: y el tal corre tras las aves que vuelan.» [] Pues sin duda les sucederá aquello que hallamos en los Proverbios: «Como el viento, las nubes y la lluvia son muy claras, así son los que se jactan de un don fingido.» [] Y así, si alguno hace alguna de estas cosas en nuestra presencia, debe recibir de nosotros aprobación no por la admiración de sus milagros, sino por la hermosura de su vida, y no debemos preguntar si los demonios le están sujetos, sino si posee aquellas notas de la caridad que describe el Apóstol.
Capítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
Conf. 15, cap. 8
Y en verdad es mayor milagro arrancar de la propia carne los incentivos de la lascivia que expulsar de los cuerpos ajenos los espíritus inmundos; y es señal más grande refrenar con la virtud de la paciencia las pasiones feroces de la ira que mandar a las potestades del aire; y es cosa mayor haber excluido del propio corazón los tormentos devoradores de la tristeza que haber expulsado la enfermedad de otro y la fiebre de su cuerpo. En fin, en muchos aspectos es virtud más grande y logro más espléndido curar las debilidades del alma propia que las del cuerpo ajeno. Pues así como el alma es superior a la carne, así su salvación es de más importancia; y cuanto más preciosa y excelente es su naturaleza, tanto más grave y peligrosa es su ruina.
Conf. 15, cap. 9
Y de aquellas curaciones se dijo a los bienaventurados Apóstoles: «No os alegréis de que los demonios se os sujetan.» [] Pues esto no se realizaba por su propio poder, sino por la fuerza del nombre invocado. Y por eso se les advierte que no pretendan atribuirse por ello bienaventuranza o gloria alguna, porque se hacía simplemente por el poder y la fuerza de Dios, sino únicamente por la pureza interior de su vida y de su corazón, por la cual se les concedió tener sus nombres escritos en el cielo.
Conf. 15, cap. 10
Y para probar esto que hemos dicho, tanto con el testimonio de los antiguos como con los oráculos divinos, mejor será presentar con sus propias palabras y experiencia lo que el bienaventurado Pafnucio sintió acerca de la admiración de los milagros y de la gracia de la pureza, o más bien lo que aprendió por revelación de un ángel. Pues este varón había sido célebre durante muchos años por su singular austeridad, de modo que se imaginaba completamente libre de las redes de la concupiscencia carnal, porque se sentía superior a todos los ataques de los demonios con los que había luchado abiertamente y por mucho tiempo; y cuando algunos hombres santos acudieron a él, les preparaba un potaje de lentejas que llaman athera, y su mano, como sucedió, se quemó en el horno con una llama que brotó de pronto. Y al suceder esto, se afligió mucho y comenzó a considerar en silencio consigo mismo y a preguntarse por qué el fuego no estaba en paz con él, cuando habían cesado sus más graves combates con los demonios; o cómo aquel fuego inextinguible que escudriña los desiertos de todos pasaría de largo junto a él en aquel temible día del juicio y dejaría de detenerlo, si este fuego temporal y trivial de fuera no lo había perdonado. Y mientras estaba turbado por pensamientos de este género y por la aflicción, un sueño repentino lo venció y un ángel del Señor vino a él y le dijo: «Pafnucio, ¿por qué te afliges porque aquel fuego terreno aún no está en paz contigo, mientras todavía queda en tus miembros alguna perturbación de los movimientos carnales que no ha sido del todo removida? Pues mientras las raíces de esto florezcan dentro de ti, no permitirán que ese fuego material esté en paz contigo. Y ciertamente no podrías sentirlo inofensivo a menos que hallaras por pruebas como éstas que todos esos movimientos internos dentro de ti han sido destruidos. Ve, toma una virgen desnuda y hermosísima, y si al tenerla hallas que la paz de tu corazón permanece firme y que el ardor carnal está quieto y callado dentro de ti, entonces el contacto de esta llama visible también pasará sobre ti suavemente y sin dañarte, como pasó sobre los tres niños en Babilonia.» Y así el anciano quedó impresionado por esta revelación y no quiso probar los peligros del experimento divinamente mostrado, sino que interrogó a su propia conciencia y examinó la pureza de su corazón; y, conjeturando que el peso de la pureza no era todavía suficiente para superar la fuerza de esta prueba, dijo: no es de admirar que, cuando me sobrevienen los combates con los espíritus inmundos, sienta todavía las llamas del fuego, a las que solía considerar de menos importancia que los salvajes ataques de los demonios, bramando aún contra mí. Pues es virtud más grande y gracia más excelsa extinguir la concupiscencia interior de la carne que, por la señal del Señor y el poder de la fuerza del Altísimo, someter a los malvados demonios que se precipitan sobre uno desde fuera, o expulsarlos, invocando el divino nombre, de los cuerpos que han poseído. Hasta aquí el abad Nesteros, dando fin al relato de la verdadera operación de los dones de la gracia, nos acompañó hasta la celda del anciano José, que distaba casi seis millas de la suya, pues estábamos deseosos de instruirnos en su doctrina.