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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
  97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
  98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
  99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
  100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
  101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
  102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
  103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
  104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
  105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
  106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
  107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
  108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
  109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
  110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
  111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
  112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
  113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
  114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
  115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
  116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
  117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
  118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
  119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
  120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
  123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
  124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
  125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
  126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
  127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
  128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
  129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
  130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
  131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
  132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
  133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
  134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
  135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
  136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
  137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
  138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
  139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
  140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
  141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
  142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
  143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
  144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
  145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
  146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
  147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
  148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
  149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
  150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
  151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
  152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
  153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
  154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
  155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
  156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
  157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
  158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
  159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — MONACATO LATINO

    Índice de la obra

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    Conferencias

    c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers19 minPosición: 0% de esta parteParte 14 de 21 · Conferencia 15. Abad NesterosPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CAS-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
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    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
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    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
    97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
    98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
    99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
    100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
    101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
    102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
    103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
    104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
    105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
    106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
    107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
    108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
    109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
    110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
    111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
    112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
    113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
    114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
    115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
    116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
    117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
    118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
    119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
    120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
    123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
    124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
    125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
    126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
    127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
    128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
    129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
    130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
    131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
    132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
    133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
    134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
    135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
    136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
    137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
    138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
    139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
    140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
    141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
    142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
    143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
    144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
    145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
    146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
    147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
    148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
    149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
    150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
    151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
    152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
    153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
    154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
    155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
    156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
    157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
    158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
    159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

    Conferencia 15. Abad Nesteros

    Segunda conferencia del abad Nesteros. Sobre los dones divinos.

    Capítulo 1. Discurso del abad Nesteros sobre el triple sistema de los dones

    Conf. 15, cap. 1

    Después del oficio de la tarde nos sentamos juntos sobre las esteras, como de costumbre, dispuestos para la narración prometida; y cuando hubimos guardado silencio un breve espacio por reverencia al anciano, él se adelantó al silencio de nuestro respeto con estas palabras: El orden precedente de nuestro discurso nos había conducido a la exposición del sistema de los dones espirituales, el cual, según hemos aprendido de la tradición de los ancianos, es triple. El primero, en efecto, es por causa de la curación, cuando la gracia de los signos acompaña a ciertos varones elegidos y justos por los méritos de su santidad, como es claro que los apóstoles y muchos de los santos obraron signos y prodigios conforme a la autoridad del Señor que dice: «Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad fuera demonios: de gracia lo recibisteis, dadlo de gracia.» [] El segundo, cuando para edificación de la iglesia, o por la fe de los que traen a sus enfermos, o de los que han de ser curados, la virtud de la salud procede aun de pecadores y de hombres indignos de ella. De los cuales dice el Salvador en el evangelio: «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchas obras poderosas? Y entonces les confesaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad.» [] Y por otra parte, si falta la fe de los que los traen o de los enfermos, impide que aquellos a quienes se han conferido los dones de curación ejerciten su poder de sanar. Sobre lo cual dice el evangelista Lucas: «Y no pudo hacer allí Jesús ninguna obra poderosa a causa de la incredulidad de ellos.» [] De donde también dice el Señor mismo: «Muchos leprosos había en Israel en los días del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue limpiado sino Naamán el sirio.» [] El tercer modo de curar es imitado por el engaño y la maquinación de los demonios, para que, cuando un hombre esclavizado a pecados manifiestos sea tenido por santo y siervo de Dios a causa de la admiración de sus milagros, los hombres sean persuadidos a imitar sus pecados y, abriéndose así paso a la maledicencia, la santidad de la religión caiga en descrédito; o bien para que aquel que cree poseer el don de curar se hinche con la soberbia del corazón y caiga así más gravemente. De ahí que, invocando los nombres de aquellos que, como ellos saben, no tienen méritos de santidad ni frutos espirituales, fingen que por los méritos de estos son perturbados y obligados a huir de los cuerpos que habían poseído. De lo cual se dice en el Deuteronomio: «Si se levantare en medio de ti un profeta, o uno que dice haber visto un sueño, y anunciare una señal y un prodigio, y sucediere lo que habló, y te dijere: Vayamos y sigamos a dioses ajenos que tú no conoces, y sirvámosles: no escucharás las palabras de aquel profeta ni de aquel soñador, porque el Señor vuestro Dios os está probando, para que se vea si lo amáis o no, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma.» [] Y en el evangelio se dice: «Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y darán grandes señales y prodigios, de modo que, si fuera posible, aun los elegidos serían inducidos a error.» []

    Capítulo 2. En qué se debe admirar a los santos

    Conf. 15, cap. 2

    Por lo cual nunca debemos admirar a aquellos que afectan estas cosas, por causa de estos poderes, sino más bien considerar si son perfectos en echar fuera todos los pecados y en enmendar sus costumbres; pues esto se concede a cada uno, no por la fe de otro, ni por una variedad de razones, sino por su propio empeño, mediante la acción de la gracia de Dios. Pues este es el conocimiento práctico que el Apóstol designa con otro nombre, a saber, el amor, y que por la autoridad del Apóstol es antepuesto a todas las lenguas de hombres y de ángeles, y a la plena certidumbre de la fe que puede incluso trasladar montañas, y a toda ciencia, y a la profecía, y al reparto de todos los bienes, y finalmente a la gloria misma del martirio. Pues cuando hubo enumerado todos los géneros de dones y hubo dicho: «A uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento, a otro fe, a otro don de curación, a otro el obrar milagros, etc.:» [] cuando iba a hablar de la caridad, notad cómo en pocas palabras la antepuso a todos los dones: «Y sin embargo,» dice, «os muestro un camino todavía más excelente.» [] Con lo cual se muestra claramente que la cumbre de la perfección y de la bienaventuranza no consiste en la realización de aquellas obras maravillosas, sino en la pureza del amor. Y esto no sin razón. Pues todas aquellas cosas han de pasar y ser destruidas, mas el amor permanece para siempre. Y así nunca hallamos que aquellas obras y señales fueran buscadas por nuestros padres: antes bien, cuando las poseían por la gracia del Espíritu Santo, jamás las usaban, a no ser que una necesidad extrema e inevitable los obligara a ello.

    Capítulo 3. De un muerto resucitado a la vida por el abad Macario

    Conf. 15, cap. 3

    Como también nosotros recordamos que un muerto fue resucitado a la vida por el abad Macario, que fue el primero que halló morada en el desierto de Escete. Pues cuando cierto hereje que seguía el error de Eunomio se esforzaba con sutileza dialéctica por destruir la simplicidad de la fe católica, y ya había engañado a un gran número de hombres, el bienaventurado Macario fue rogado por algunos católicos, terriblemente perturbados por el horror de semejante trastorno, para que librara a la gente sencilla de todo Egipto del peligro de la infidelidad, y vino con este propósito. Y cuando el hereje se le acercó con su arte dialéctica, y quiso arrastrarlo en su ignorancia hacia las espinas de Aristóteles, el bienaventurado Macario puso fin a su locuacidad con brevedad apostólica, diciendo: «el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.» [] Vayamos, pues, a los sepulcros, e invoquemos el nombre del Señor sobre el primer muerto que hallemos, y, como está escrito, «mostremos nuestra fe con nuestras obras,» [] para que por su testimonio se manifiesten las pruebas evidentes de una fe recta, y probemos la verdad clara no con una vana discusión de palabras, sino con el poder de los milagros y con ese juicio que no puede engañarse. Y cuando oyó esto, el hereje quedó abrumado de vergüenza ante la gente presente, y fingió por el momento que consentía en las condiciones propuestas, y prometió que vendría al día siguiente; pero al otro día, cuando todos los que habían acudido con mayor ansia al lugar señalado estaban en expectación por el deseo del espectáculo, aterrado por la conciencia de su falta de fe, huyó, y al punto escapó de todo Egipto. Y cuando el bienaventurado Macario hubo esperado junto con la gente hasta la hora novena, y vio que aquel, por su conciencia culpable, lo había rehuido, tomó a la gente que había sido pervertida por él y fue a los sepulcros señalados. Ahora bien, en Egipto la crecida del río Nilo ha introducido esta costumbre: como toda la anchura de aquel país queda cubierta durante no pequeña parte del año por la inundación regular de las aguas, como un gran mar, de modo que no hay manera de desplazarse sino pasando en barcas, los cuerpos de los muertos son embalsamados y guardados en celdas a buena altura. Pues el suelo de aquella tierra, húmedo por la continua humedad, impide enterrarlos. Porque si recibe cuerpos sepultados en él, se ve forzado por las excesivas inundaciones a arrojarlos a la superficie. Cuando, pues, el bienaventurado Macario se hubo situado junto a un cadáver antiquísimo, dijo: «Oh hombre, si aquel hereje e hijo de perdición hubiera venido aquí conmigo, y, estando él de pie junto a mí, yo hubiera exclamado e invocado el nombre de Cristo mi Dios, di en presencia de estos que casi fueron pervertidos por su fraude, si te habrías levantado.» Entonces él se levantó y respondió con palabras de asentimiento. Y luego el abad Macario le preguntó qué había sido antes, cuando gozaba de la vida aquí, o en qué época de los hombres había vivido, o si había conocido entonces el nombre de Cristo; y él respondió que había vivido bajo reyes de fecha antiquísima, y declaró que en aquellos días jamás había oído el nombre de Cristo. A quien una vez más el abad Macario: «Duerme,» dijo, «en paz con los otros en tu propio orden, para ser despertado de nuevo por Cristo al fin.» Todo este poder suyo y esta gracia que había en él quizá habría permanecido siempre oculto, si las necesidades de toda la provincia en peligro, y su entera devoción a Cristo, y su amor no fingido, no lo hubieran forzado a realizar este milagro. Y ciertamente no fue la ostentación de la gloria, sino el amor de Cristo y el bien de todo el pueblo, lo que le arrancó su realización. Como nos muestra el pasaje del libro de los Reyes que hizo también el bienaventurado Elías, que pidió que bajara fuego del cielo sobre los sacrificios colocados en la pira, por esta razón: para librar la fe de todo el pueblo que estaba en peligro por los ardides de los falsos profetas.

    Capítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer

    Conf. 15, cap. 4

    ¿Y qué necesidad tengo de mencionar los actos del abad Abraham, que fue apellidado [ἁ] [πλοῦς], es decir, el Simple, por la sencillez de su vida y su inocencia? Este hombre, cuando había ido del desierto a Egipto para la siega en la estación de Quincuagésima, fue importunado con lágrimas y ruegos por una mujer que traía a su hijito, ya consumido y medio muerto por falta de leche; él le dio a beber una copa de agua signada con la señal de la cruz; y cuando ella la hubo bebido, al punto, de manera admirable, sus pechos, que hasta entonces habían estado completamente secos, manaron con copiosa abundancia de leche.

    Capítulo 5. De la curación de un cojo que obró el mismo santo

    Conf. 15, cap. 5

    O cuando el mismo hombre, al ir a una aldea, fue rodeado por multitudes burlonas, que se mofaban de él y le mostraban a un hombre privado desde hacía muchos años de la facultad de andar por una rodilla contraída, que se arrastraba a causa de una debilidad de larga data, lo tentaron y dijeron: «Muéstranos, padre Abraham, si eres siervo de Dios, y devuelve a este hombre su salud primera, para que creamos que no es vano el nombre de Cristo, a quien adoras.» Entonces él invocó al instante el nombre de Cristo, se inclinó, tomó el pie reseco del hombre y tiró de él. Y al momento, a su contacto, la rodilla seca y curvada se enderezó, y él recobró el uso de sus piernas, que había olvidado cómo usar en sus largos años de debilidad, y se fue gozoso.

    Capítulo 6. Cómo no se deben juzgar los méritos de cada uno por sus milagros

    Conf. 15, cap. 6

    Y así estos varones no se atribuían mérito alguno por su poder de obrar tales maravillas, porque confesaban que no se hacían por sus propios méritos, sino por la compasión del Señor, y con las palabras del Apóstol rechazaban el honor humano ofrecido por la admiración de sus milagros: «Varones y hermanos, ¿por qué os maravilláis de esto, o por qué fijáis los ojos en nosotros, como si por nuestro propio poder o santidad hubiéramos hecho andar a este hombre?» [] Ni pensaban que nadie debiera ser célebre por los dones y maravillas de Dios, sino más bien por los frutos de sus propias buenas obras, que se producen por los esfuerzos de su mente y por el poder de sus obras. Pues a menudo, como se dijo arriba, hombres de mente corrompida, réprobos en cuanto a la verdad, expulsan demonios y realizan los mayores milagros en el nombre del Señor. De los cuales, cuando los Apóstoles se quejaron y dijeron: «Maestro, vimos a uno que echaba fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no sigue con nosotros,» aunque por el momento Cristo les respondió: «No se lo prohibáis, porque el que no está contra vosotros, por vosotros está,» [] sin embargo, cuando ellos dicen al fin: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchas obras poderosas?» Él testifica que entonces responderá: «Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad.» [] Y por eso Él mismo advierte a aquellos a quienes ha dado esta gloria de milagros y obras poderosas a causa de su santidad, que no se envanezcan por ellos, diciendo: «No os alegréis de que los demonios se os sujeten, sino alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.» []

    Capítulo 7. Cómo la excelencia de los dones no consiste en los milagros, sino en la humildad

    Conf. 15, cap. 7

    Finalmente, el Autor mismo de todos los milagros y obras de poder, cuando llamó a sus discípulos a aprender su doctrina, mostró claramente qué era lo que aquellos verdaderos y especialmente elegidos seguidores debían aprender principalmente de Él, diciendo: «Venid y aprended de mí,» no principalmente a expulsar demonios por el poder del cielo, no a limpiar leprosos, no a dar vista a los ciegos, no a resucitar muertos: pues aunque yo haga estas cosas por medio de algunos de mis siervos, la condición del hombre no puede entremeterse en las alabanzas de Dios, ni puede un ministro y siervo recoger por ello porción alguna para sí allí donde está la gloria de la Deidad sola. Sino aprended esto de mí, dice: «porque soy manso y humilde de corazón.» [] Pues esto es lo que es posible que todos los hombres en general aprendan y practiquen; pero el obrar milagros y signos no siempre es necesario, ni bueno para todos, ni concedido a todos. La humildad, pues, es la maestra de todas las virtudes, es el fundamento segurísimo del edificio celestial, es el don propio y espléndido del Salvador. Pues puede realizar todos los milagros que Cristo obró, sin peligro de envanecerse, quien sigue al Señor manso no en la grandeza de sus milagros, sino en las virtudes de la paciencia y de la humildad. Mas el que aspira a mandar en los espíritus inmundos, o a otorgar dones de curación, o a mostrar al pueblo algún prodigio admirable, aun cuando al exhibirse invoque el nombre de Cristo, está lejos de Cristo, porque con la soberbia de su corazón no sigue a su humilde Maestro. Pues cuando Él volvía al Padre, preparó, por así decirlo, su testamento y dejó esto a sus discípulos: «Un mandamiento nuevo,» dijo, «os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros:» y al punto añadió: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor unos con otros.» [] No dice: «si hacéis signos y milagros de la misma manera,» sino «si tenéis amor unos con otros;» y es cierto que nadie puede guardar esto sino los mansos y humildes. Por lo cual nuestros mayores jamás tuvieron por buenos monjes, ni exentos de la falta de vanagloria, a aquellos que se profesaban exorcistas entre los hombres, y proclamaban con jactanciosa ostentación ante las multitudes que los admiraban la gracia que habían obtenido o que pretendían. Pero en vano, pues «el que confía en mentiras se apacienta de viento: y el tal corre tras las aves que vuelan.» [] Pues sin duda les sucederá aquello que hallamos en los Proverbios: «Como el viento, las nubes y la lluvia son muy claras, así son los que se jactan de un don fingido.» [] Y así, si alguno hace alguna de estas cosas en nuestra presencia, debe recibir de nosotros aprobación no por la admiración de sus milagros, sino por la hermosura de su vida, y no debemos preguntar si los demonios le están sujetos, sino si posee aquellas notas de la caridad que describe el Apóstol.

    Capítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro

    Conf. 15, cap. 8

    Y en verdad es mayor milagro arrancar de la propia carne los incentivos de la lascivia que expulsar de los cuerpos ajenos los espíritus inmundos; y es señal más grande refrenar con la virtud de la paciencia las pasiones feroces de la ira que mandar a las potestades del aire; y es cosa mayor haber excluido del propio corazón los tormentos devoradores de la tristeza que haber expulsado la enfermedad de otro y la fiebre de su cuerpo. En fin, en muchos aspectos es virtud más grande y logro más espléndido curar las debilidades del alma propia que las del cuerpo ajeno. Pues así como el alma es superior a la carne, así su salvación es de más importancia; y cuanto más preciosa y excelente es su naturaleza, tanto más grave y peligrosa es su ruina.

    Capítulo 9. De cómo la rectitud de vida importa más que la realización de milagros

    Conf. 15, cap. 9

    Y de aquellas curaciones se dijo a los bienaventurados Apóstoles: «No os alegréis de que los demonios se os sujetan.» [] Pues esto no se realizaba por su propio poder, sino por la fuerza del nombre invocado. Y por eso se les advierte que no pretendan atribuirse por ello bienaventuranza o gloria alguna, porque se hacía simplemente por el poder y la fuerza de Dios, sino únicamente por la pureza interior de su vida y de su corazón, por la cual se les concedió tener sus nombres escritos en el cielo.

    Capítulo 10. Una revelación sobre la prueba de la perfecta castidad

    Conf. 15, cap. 10

    Y para probar esto que hemos dicho, tanto con el testimonio de los antiguos como con los oráculos divinos, mejor será presentar con sus propias palabras y experiencia lo que el bienaventurado Pafnucio sintió acerca de la admiración de los milagros y de la gracia de la pureza, o más bien lo que aprendió por revelación de un ángel. Pues este varón había sido célebre durante muchos años por su singular austeridad, de modo que se imaginaba completamente libre de las redes de la concupiscencia carnal, porque se sentía superior a todos los ataques de los demonios con los que había luchado abiertamente y por mucho tiempo; y cuando algunos hombres santos acudieron a él, les preparaba un potaje de lentejas que llaman athera, y su mano, como sucedió, se quemó en el horno con una llama que brotó de pronto. Y al suceder esto, se afligió mucho y comenzó a considerar en silencio consigo mismo y a preguntarse por qué el fuego no estaba en paz con él, cuando habían cesado sus más graves combates con los demonios; o cómo aquel fuego inextinguible que escudriña los desiertos de todos pasaría de largo junto a él en aquel temible día del juicio y dejaría de detenerlo, si este fuego temporal y trivial de fuera no lo había perdonado. Y mientras estaba turbado por pensamientos de este género y por la aflicción, un sueño repentino lo venció y un ángel del Señor vino a él y le dijo: «Pafnucio, ¿por qué te afliges porque aquel fuego terreno aún no está en paz contigo, mientras todavía queda en tus miembros alguna perturbación de los movimientos carnales que no ha sido del todo removida? Pues mientras las raíces de esto florezcan dentro de ti, no permitirán que ese fuego material esté en paz contigo. Y ciertamente no podrías sentirlo inofensivo a menos que hallaras por pruebas como éstas que todos esos movimientos internos dentro de ti han sido destruidos. Ve, toma una virgen desnuda y hermosísima, y si al tenerla hallas que la paz de tu corazón permanece firme y que el ardor carnal está quieto y callado dentro de ti, entonces el contacto de esta llama visible también pasará sobre ti suavemente y sin dañarte, como pasó sobre los tres niños en Babilonia.» Y así el anciano quedó impresionado por esta revelación y no quiso probar los peligros del experimento divinamente mostrado, sino que interrogó a su propia conciencia y examinó la pureza de su corazón; y, conjeturando que el peso de la pureza no era todavía suficiente para superar la fuerza de esta prueba, dijo: no es de admirar que, cuando me sobrevienen los combates con los espíritus inmundos, sienta todavía las llamas del fuego, a las que solía considerar de menos importancia que los salvajes ataques de los demonios, bramando aún contra mí. Pues es virtud más grande y gracia más excelsa extinguir la concupiscencia interior de la carne que, por la señal del Señor y el poder de la fuerza del Altísimo, someter a los malvados demonios que se precipitan sobre uno desde fuera, o expulsarlos, invocando el divino nombre, de los cuerpos que han poseído. Hasta aquí el abad Nesteros, dando fin al relato de la verdadera operación de los dones de la gracia, nos acompañó hasta la celda del anciano José, que distaba casi seis millas de la suya, pues estábamos deseosos de instruirnos en su doctrina.
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