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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
  97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
  98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
  99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
  100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
  101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
  102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
  103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
  104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
  105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
  106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
  107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
  108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
  109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
  110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
  111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
  112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
  113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
  114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
  115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
  116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
  117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
  118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
  119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
  120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
  123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
  124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
  125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
  126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
  127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
  128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
  129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
  130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
  131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
  132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
  133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
  134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
  135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
  136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
  137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
  138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
  139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
  140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
  141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
  142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
  143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
  144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
  145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
  146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
  147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
  148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
  149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
  150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
  151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
  152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
  153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
  154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
  155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
  156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
  157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
  158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
  159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — MONACATO LATINO

    Índice de la obra

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    Conferencias

    c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers55 minPosición: 0% de esta parteParte 9 de 21 · Conferencia 9. Abad IsaacPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CAS-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
    97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
    98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
    99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
    100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
    101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
    102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
    103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
    104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
    105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
    106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
    107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
    108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
    109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
    110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
    111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
    112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
    113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
    114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
    115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
    116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
    117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
    118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
    119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
    120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
    123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
    124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
    125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
    126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
    127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
    128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
    129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
    130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
    131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
    132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
    133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
    134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
    135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
    136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
    137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
    138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
    139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
    140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
    141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
    142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
    143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
    144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
    145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
    146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
    147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
    148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
    149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
    150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
    151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
    152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
    153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
    154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
    155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
    156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
    157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
    158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
    159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

    Conferencia 9. Abad Isaac

    La primera conferencia del abad Isaac. Sobre la oración.

    Capítulo 1. Introducción a la Conferencia

    Conf. 9, cap. 1

    Lo que fue prometido en el segundo libro de las Instituciones sobre la perseverancia continua e incesante en la oración, se cumplirá con la ayuda del Señor mediante las Conferencias de este anciano, a quien ahora presentaremos, a saber, el abad Isaac; y cuando estas hayan sido expuestas, creo que habré satisfecho los mandatos del Papa Castor de bendita memoria, y vuestros deseos, oh bienaventurado Papa Leoncio y santo hermano Heladio, y podrá excusarse la extensión del libro en su parte anterior, aunque, a pesar de nuestro empeño no solo en comprimir lo que había que contar en un discurso breve, sino también en pasar en silencio muchísimos puntos, se ha extendido a una longitud mayor de la que pretendíamos. Porque habiendo comenzado con un discurso completo sobre diversas normas que hemos creído bien abreviar por amor a la brevedad, al final el bienaventurado Isaac pronunció estas palabras.

    Capítulo 2. Las palabras del abad Isaac sobre la naturaleza de la oración

    Conf. 9, cap. 2

    El fin de todo monje y la perfección de su corazón tienden a la perseverancia continua e ininterrumpida en la oración, y, en la medida en que se lo permite la fragilidad humana, se esfuerzan por adquirir una tranquilidad inamovible de la mente y una pureza perpetua, por amor de las cuales buscamos incansable y constantemente practicar todos los trabajos corporales así como la contrición de espíritu. Y entre estos dos hay una especie de unión recíproca e inseparable. Porque así como la corona del edificio de todas las virtudes es la perfección de la oración, así, a menos que todo haya sido unido y compactado por esta como su corona, no puede posiblemente continuar fuerte y estable. Porque la calma duradera y continua en la oración, de la cual hablamos, no puede asegurarse ni consumarse sin ellas, así como tampoco pueden alcanzarse plenamente aquellas virtudes que ponen sus cimientos sin la persistencia en ella. Y así no podremos tratar propiamente del efecto de la oración, ni penetrar en un discurso rápido hasta su fin principal, que se adquiere trabajando en todas las virtudes, a menos que primero se enumeren y discutan una por una todas aquellas cosas que por su causa deben ser rechazadas o aseguradas, y, como enseña la parábola del Evangelio [], todo lo que concierne a la construcción de aquella torre espiritual y altísima sea contado y considerado cuidadosamente de antemano. Pero aun así, estas cosas, una vez preparadas, de nada servirán ni permitirán que la altura excelsa de la perfección se apoye propiamente sobre ellas, a menos que se emprenda primero una limpieza de todas las faltas, y se excaven los escombros podridos y muertos de las pasiones, y se pongan los firmes cimientos de la sencillez y la humildad sobre el suelo sólido y (por así decirlo) vivo de nuestro pecho, o más bien sobre aquella roca del Evangelio [], y siendo construida de esta manera esta torre de las virtudes espirituales se levantará, y podrá permanecer inmóvil, y ser elevada a las alturas más excelsas del cielo con plena seguridad de su estabilidad. Porque si descansa sobre tales cimientos, entonces, aunque fuertes tormentas de pasiones se desencadenen sobre ella, aunque poderosos torrentes de persecuciones la golpeen como un ariete, aunque una furiosa tempestad de enemigos espirituales se estrelle contra ella y la ataque, sin embargo no solo no caerá sobre ella ruina alguna, sino que el embate no le causará daño ni en lo más mínimo.

    Capítulo 3. Cómo puede alcanzarse la oración pura y sincera

    Conf. 9, cap. 3

    Y por lo tanto, para que la oración sea ofrecida con aquella fervorosidad y pureza con que debe serlo, debemos observar por todos los medios estas reglas. Primero, toda ansiedad acerca de las cosas carnales debe ser completamente eliminada; después, no debemos dejar lugar no solo al cuidado sino incluso al recuerdo de cualquier asunto de negocios, y de igual manera debemos desechar todas las murmuraciones, la charlatanería vana e incesante y la bufonería; sobre todo, la ira y la morosidad perturbadora deben ser enteramente destruidas, y la mancha mortífera de la lujuria carnal y de la avaricia debe ser arrancada de raíz. Y así, cuando estos y otros vicios semejantes, que también son visibles a los ojos de los hombres, sean enteramente removidos y cortados, y cuando haya tenido lugar primero tal purificación y limpieza, como dijimos, que se logra mediante la sencillez pura y la inocencia, entonces por primera vez deben ponerse los seguros cimientos de una profunda humildad, que puedan sostener una torre que alcance el cielo; y a continuación debe edificarse sobre ellos la estructura espiritual de las virtudes, y el alma mantenerse libre de toda conversación y de pensamientos errantes, para que así pueda poco a poco comenzar a elevarse a la contemplación de Dios y a la comprensión espiritual. Porque todo aquello en lo que nuestra mente haya estado pensando antes de la hora de la oración, es seguro que se nos ocurra mientras oramos, por la actividad de la memoria. Por lo cual, aquello en lo que queremos encontrarnos mientras oramos, eso debemos prepararnos a ser antes del tiempo de la oración. Porque la mente en la oración es formada por su condición previa, y cuando nos aplicamos a la oración, las imágenes de las mismas acciones, palabras y pensamientos danzarán ante nuestros ojos, y nos harán ya sea enojar, como en nuestra condición anterior, o entristecer, o recordar nuestra antigua lujuria y negocios, o nos harán sacudir de risa necia (de lo cual me avergüenzo hablar) ante alguna broma tonta, o sonreír ante alguna acción, o volar de regreso a nuestra conversación anterior. Y por lo tanto, si no queremos que nada nos asalte mientras oramos, debemos tener cuidado antes de nuestra oración, de excluirlo del santuario de nuestro corazón, para que así cumplamos el mandato del Apóstol: «Orad sin cesar;» y: «En todo lugar levantando manos santas, sin ira ni discusión.» Porque de otra manera no podremos cumplir ese mandato a menos que nuestra mente, purificada de todas las manchas de pecado, y entregada a la virtud como a su bien natural, se alimente de la contemplación continua de Dios Todopoderoso.

    Capítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma

    Conf. 9, cap. 4

    Porque la naturaleza del alma no se compara inadecuadamente a una pluma muy fina o a un ala muy ligera, que si no ha sido dañada o afectada por haberse estropeado por alguna humedad que caiga sobre ella desde fuera, es llevada en alto casi naturalmente a las alturas del cielo por la ligereza de su naturaleza y por la ayuda del más leve soplo; pero si es lastrada por alguna humedad que caiga sobre ella y penetre en ella, no solo no será llevada por su ligereza natural a vuelo aéreo alguno, sino que en realidad será arrastrada hacia las profundidades de la tierra por el peso de la humedad que ha recibido. Así también nuestra alma, si no es lastrada por las faltas que la tocan y por las preocupaciones de este mundo, ni dañada por la humedad de las pasiones perniciosas, será elevada como por la bendición natural de su propia pureza y llevada en alto a las alturas por el soplo ligero de la meditación espiritual; y dejando las cosas bajas y terrenales, será transportada a las celestiales e invisibles. Por lo cual somos bien advertidos por el mandato del Señor: «Mirad que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de las preocupaciones de este mundo.» [] Y por lo tanto, si queremos que nuestras oraciones lleguen no solo al cielo, sino a lo que está más allá del cielo, tengamos cuidado de reducir nuestra alma, purgada de todas las faltas terrenales y purificada de toda mancha, a su ligereza natural, para que así nuestra oración se eleve a Dios sin impedimento del peso de ningún pecado.

    Capítulo 5. De las maneras en que nuestra alma es lastrada

    Conf. 9, cap. 5

    Pero debemos notar las maneras en que el Señor señala que el alma es lastrada: porque no mencionó el adulterio, ni la fornicación, ni el asesinato, ni la blasfemia, ni el robo, que todos saben que son mortales y condenables, sino la glotonería y la embriaguez, y las preocupaciones o ansiedades de este mundo: las cuales los hombres de este mundo están tan lejos de evitar o considerar condenables, que en realidad algunos que (me avergüenza decirlo) se llaman a sí mismos monjes se enredan en estas mismas ocupaciones como si fueran inofensivas o útiles. Y aunque estas tres cosas, cuando se les cede literalmente, lastran el alma y la separan de Dios, y la arrastran hacia las cosas terrenales, sin embargo es muy fácil evitarlas, especialmente para nosotros que estamos separados por tan gran distancia de todo trato con este mundo, y que en ninguna ocasión tenemos nada que ver con aquellas preocupaciones visibles, embriaguez y glotonería. Pero hay otra glotonería que no es menos peligrosa, y una embriaguez espiritual que es más difícil de evitar, y un cuidado y ansiedad de este mundo, que a menudo nos atrapa incluso después de la renuncia perfecta de todos nuestros bienes, y de la abstinencia del vino y de todos los banquetes, e incluso cuando vivimos en soledad— y de tales dice el profeta: «Despertad, vosotros que estáis ebrios, y no de vino;» [] y otro: «Asombraos y maravillaos y tambaleaos: embriagaos, y no con vino; conmoveos, y no con embriaguez.» [] Y de esta embriaguez el vino debe ser, en consecuencia, lo que el profeta llama «el furor de los dragones»: y de qué raíz viene el vino podéis oírlo: «De la viña de Sodoma,» dice, «es su vid, y sus sarmientos de Gomorra.» ¿Querríais saber también acerca del fruto de aquella vid y de la semilla de aquel sarmiento? «Su uva es uva de hiel, suyo es un racimo de amargura» [] porque a menos que estemos completamente purificados de todas las faltas y nos abstengamos del exceso de todas las pasiones, nuestro corazón, sin embriaguez por el vino ni exceso de banquete alguno, será lastrado por una embriaguez y una glotonería que es aún más peligrosa. Porque que las preocupaciones mundanas pueden a veces caer sobre nosotros, que no nos mezclamos en ninguna acción de este mundo, se muestra claramente según la regla de los ancianos, quienes han establecido que todo lo que vaya más allá de las necesidades del alimento diario y de las necesidades inevitables de la carne pertenece a las preocupaciones y ansiedades mundanas, como por ejemplo si, cuando un trabajo que produce un centavo bastaría para satisfacer las necesidades de nuestro cuerpo, intentamos extenderlo con una fatiga y un trabajo más largos para conseguir dos o tres centavos; y cuando una cobertura de dos túnicas sería suficiente para nuestro uso tanto de noche como de día, nos las arreglamos para convertirnos en dueños de tres o cuatro; o cuando una choza que contenga una o dos celdas sería suficiente, en el orgullo de la ambición y grandeza mundanas construimos cuatro o cinco celdas, y estas espléndidamente decoradas, y más grandes de lo que nuestras necesidades requieren, mostrando así la pasión de las concupiscencias mundanas siempre que podemos.

    Capítulo 6. De la visión que cierto anciano vio acerca del trabajo inquieto de un hermano

    Conf. 9, cap. 6

    Y que esto no se hace sin la sugestión de los demonios nos lo enseñan pruebas segurísimas; pues cuando un anciano muy estimado pasaba por la celda de cierto hermano que padecía esta enfermedad mental de la que hemos hablado, mientras aquel se afanaba sin descanso en sus ocupaciones diarias construyendo y reparando lo que era innecesario, lo observó desde lejos rompiendo una piedra durísima con un martillo pesado, y vio a un etíope de pie junto a él que golpeaba con él, con las manos unidas y entrelazadas, y lo incitaba con ardientes estímulos a la diligencia en el trabajo; y así permaneció quieto un buen rato, asombrado de la fuerza del fiero demonio y del engaño de semejante ilusión. Pues cuando el hermano, agotado y cansado, quería descansar y poner fin a su fatiga, era estimulado por la sugestión del espíritu e incitado a tomar de nuevo el martillo y a no cesar de entregarse al trabajo que había comenzado, de modo que, sostenido infatigablemente por sus incitaciones, no sentía el daño que tan gran labor le causaba. Por fin, el anciano, disgustado por tan horrenda mistificación de un demonio, se dirigió a la celda del hermano, lo saludó y preguntó: «¿Qué trabajo es, hermano, el que estás haciendo?» y aquel respondió: «Estamos trabajando en esta piedra terriblemente dura, y apenas podemos romperla.» A lo cual respondió el anciano: «Tuviste razón al decir "podemos", pues no estabas solo cuando la golpeabas, sino que había otro contigo, a quien no veías, que estaba a tu lado no tanto para ayudarte como para incitarte con toda su fuerza.» Y así, el hecho de que la enfermedad de la vanidad mundana no se haya apoderado de nuestros corazones no se probará por la mera abstinencia de aquellos asuntos que, aun cuando quisiéramos emprender, no podríamos llevar a cabo, ni por el desprecio de aquellas cosas que, si las buscáramos, nos harían destacar en primera fila tanto entre las personas espirituales como entre los hombres del mundo, sino solo cuando rechacemos con inflexible firmeza de ánimo todo aquello que sirve a nuestro poder y parece velado bajo apariencia de bien. Y en realidad, estas cosas que parecen triviales y sin importancia, y que vemos permitidas indistintamente a los que pertenecen a nuestra vocación, afectan al alma por su índole no menos que aquellas cosas más importantes que, conforme a su condición, suelen embriagar los sentidos de los hombres mundanos y que no permiten a un monje deponer las impurezas terrenas y aspirar a Dios, en quien su atención debe estar fija siempre; pues en su caso, aun una leve separación de aquel sumo bien debe considerarse muerte presente y destrucción peligrosísima. Y cuando el alma haya sido establecida en tan pacífico estado, y haya sido librada de las redes de todos los deseos carnales, y el propósito del corazón haya sido fijado firmemente en aquello que es el único sumo bien, entonces cumplirá este precepto apostólico: «Orad sin cesar;» y: «levantando en todo lugar manos santas sin ira ni discusión;» pues cuando por esta pureza (si así podemos decirlo) los pensamientos del alma quedan absortos, y son reformados desde su condición terrena para llevar una semejanza espiritual y angélica, todo lo que reciba, todo lo que emprenda, todo lo que haga, la oración será perfectamente pura y sincera.

    Capítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos

    Conf. 9, cap. 7

    Germano: ¡Ojalá pudiéramos conservar como posesión duradera aquellos pensamientos espirituales del mismo modo y con la misma facilidad con que generalmente concebimos sus gérmenes! Pues cuando han sido concebidos en nuestros corazones, ya sea por el recuerdo de las Escrituras, ya por la memoria de algunas acciones espirituales, ya por la contemplación de los misterios celestiales, se desvanecen demasiado pronto y desaparecen con una suerte de huida inadvertida. Y cuando nuestra alma ha descubierto otras ocasiones de emociones espirituales, otras distintas vuelven a agolparse sobre nosotros, y aquellas que habíamos asido se dispersan y se escapan ligeramente, de modo que la mente, sin retener persistencia alguna y sin mantener por su propio poder una mano firme sobre los santos pensamientos, debe pensarse que, aun cuando parezca retenerlos por un tiempo, los ha concebido al azar y no de propósito deliberado. Pues ¿cómo podemos pensar que su nacimiento deba atribuirse a nuestra propia voluntad, si no duran ni permanecen con nosotros? Pero para que no nos apartemos, por la consideración de esta cuestión, más lejos del plan del discurso que habíamos comenzado, ni retrasemos más la explicación prometida de la naturaleza de la oración, reservaremos esto para su momento oportuno y pedimos que se nos informe de inmediato acerca del carácter de la oración, especialmente porque el bienaventurado Apóstol nos exhorta a no cesar jamás de ella, diciendo: «Orad sin cesar.» Y así queremos que se nos enseñe primero su carácter, es decir, cómo debe ofrecerse siempre la oración, y luego cómo podemos asegurarlo, sea lo que sea, y practicarlo sin cesar. Pues que no puede hacerse por ningún propósito ligero del corazón nos lo muestran tanto la experiencia diaria como la explicación de vuestra santidad, ya que habéis establecido que el fin del monje y la cumbre de toda perfección consisten en la consumación de la oración.

    Capítulo 8. De los diferentes caracteres de la oración

    Conf. 9, cap. 8

    Isaac: Imagino que todas las clases de oraciones no pueden comprenderse sin una gran pureza de corazón y de alma y sin la iluminación del Espíritu Santo. Pues hay tantas de ellas cuantos pueden ser los estados y caracteres producidos en una sola alma, o más bien en todas las almas. Y así, aunque sabemos que a causa de nuestra torpeza de corazón no podemos ver todas las clases de oraciones, intentaremos, sin embargo, exponerlas en algún orden, en cuanto nuestra escasa experiencia nos permita lograrlo. Pues según el grado de pureza que cada alma alcanza, y el carácter del estado en que está sumida por lo que le sucede, o en el que se renueva por sus propios esfuerzos, sus propias oraciones se alterarán a cada momento; y por eso está muy claro que nadie puede ofrecer siempre oraciones uniformes. Pues cada uno ora de un modo cuando está animoso; de otro, cuando se halla oprimido por un peso de tristeza o desesperación; de otro, cuando es vigorizado por los logros espirituales; de otro, cuando se ve abatido por la carga de los ataques; de otro, cuando pide perdón por sus pecados; de otro, cuando pide alcanzar gracia o alguna virtud, o bien ora por la destrucción de algún pecado; de otro, cuando se siente traspasado en el corazón por el pensamiento del infierno y el temor del juicio futuro; de otro, cuando arde con la esperanza y el deseo de los bienes venideros; de otro, cuando está ocupado con asuntos y peligros; de otro, cuando está en paz y seguridad; de otro, cuando es iluminado por la revelación de los misterios celestiales; y de otro, cuando se siente abatido por una sensación de esterilidad en las virtudes y de sequedad en el sentimiento.

    Capítulo 9. De la cuádruple naturaleza de la oración

    Conf. 9, cap. 9

    Y por eso, una vez establecido esto acerca del carácter de la oración, aunque no tan plenamente como la importancia del asunto requiere, sino tan plenamente como las exigencias del tiempo lo permiten y, en todo caso, como lo admiten nuestras escasas capacidades y nos lo permite nuestra torpeza de corazón, nos aguarda ahora una dificultad aún mayor: a saber, exponer una por una las diferentes clases de oración, que el Apóstol divide de modo cuádruple cuando dice: «Exhorto, pues, ante todo, a que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias.» [] Y no podemos dudar en modo alguno de que esta división no fue hecha ociosamente por el Apóstol. Y, para empezar, debemos investigar qué se entiende por súplica, por oración, por intercesión y por acción de gracias. Luego debemos indagar si estas cuatro clases han de ser asumidas por el que ora todas a la vez, es decir, si han de unirse todas en cada oración, o si han de ofrecerse por turnos y una por una, como, por ejemplo, si en un momento deben ofrecerse súplicas, en otro oraciones, en otro intercesiones y en otro acciones de gracias; o bien si un hombre debe presentar a Dios súplicas, otro oraciones, otro intercesiones, otro acciones de gracias, conforme a aquella medida de edad hacia la que cada alma avanza por la seriedad de su propósito.

    Capítulo 10. Del orden de las diferentes clases establecido con respecto al carácter de la oración

    Conf. 9, cap. 10

    Y así, para empezar, debemos considerar la fuerza real de los nombres y las palabras, y discutir cuál es la diferencia entre oración, súplica e intercesión; luego, de manera semejante, hemos de investigar si deben ofrecerse por separado o todas juntas; y en tercer lugar, examinar si el orden particular así dispuesto por la autoridad del Apóstol tiene algo más que enseñar al oyente, o si simplemente ha de tomarse la distinción y considerarse que fueron ordenadas por él indiferentemente de tal modo: cosa que me parece del todo absurda. Pues no se debe creer que el Espíritu Santo haya proferido algo casualmente o sin razón por medio del Apóstol. Y así, considerémoslas, si el Señor nos lo concede, en el mismo orden en que comenzamos.

    Capítulo 11. De las súplicas

    Conf. 9, cap. 11

    «Exhorto, pues, ante todo, a que se hagan súplicas.» La súplica es una imploración o petición acerca de los pecados, en la cual quien se duele de sus obras presentes o pasadas pide perdón.

    Capítulo 12. De la oración

    Conf. 9, cap. 12

    Las oraciones son aquellas por las cuales ofrecemos o prometemos algo a Dios, lo que los griegos llaman [εὐκή], es decir, un voto. Pues donde leemos en griego [ἰὰς ἐυκάς μου τῶ κυρίῶ ἀποδώσω], en latín leemos: «Pagaré mis votos al Señor;» donde, según la fuerza exacta de las palabras, puede representarse así: «Pagaré mis oraciones al Señor.» Y esto que hallamos en el Eclesiastés: «Si haces un voto al Señor, no tardes en pagarlo,» está escrito igualmente en griego: [ἐάν ἐύξῃ ἐυχὴν τῶ κυρίῶ,] es decir, «Si oras una oración al Señor, no tardes en pagarla,» [] lo cual se cumplirá de este modo por cada uno de nosotros. Oramos cuando renunciamos a este mundo y prometemos que, muertos a todas las acciones mundanas y a la vida de este mundo, serviremos al Señor con pleno propósito de corazón. Oramos cuando prometemos que, despreciando los honores seculares y desdeñando las riquezas terrenas, nos adheriremos al Señor con toda tristeza de corazón y humildad de espíritu. Oramos cuando prometemos que mantendremos siempre la más perfecta pureza de cuerpo y una paciencia firme, o cuando hacemos voto de arrancar por completo de nuestro corazón las raíces de la ira o de la tristeza que obra la muerte. Y si, debilitados por la pereza y volviendo a nuestros pecados anteriores, dejamos de hacer esto, seremos culpables en cuanto a nuestras oraciones y votos, y se nos aplicarán estas palabras: «Mejor es no hacer voto, que hacerlo y no pagarlo,» lo cual puede traducirse conforme al griego: «Mejor te es no orar, que orar y no pagar.»

    Capítulo 13. De la intercesión

    Conf. 9, cap. 13

    En tercer lugar están las intercesiones, que solemos ofrecer también por otros, cuando estamos llenos de fervor de espíritu, haciendo peticiones ya sea por aquellos que nos son queridos, ya por la paz del mundo entero, y, para usar la frase misma del Apóstol, oramos «por todos los hombres, por los reyes y por todos los que están en autoridad.» []

    Capítulo 14. De la acción de gracias

    Conf. 9, cap. 14

    Luego, en cuarto lugar, están las acciones de gracias, que la mente, en inefables transportes, ofrece a Dios, ya sea cuando recuerda los beneficios pasados de Dios, ya cuando contempla los presentes, ya cuando mira hacia aquellos grandes bienes futuros que Dios ha preparado para los que le aman. Y con este propósito también a veces solemos derramar oraciones más abundantes, pues, mientras contemplamos con ojos puros aquellas recompensas de los santos que están guardadas para el más allá, nuestro espíritu es estimulado a ofrecer a Dios gracias indecibles con gozo sin límites.

    Capítulo 15. Si estas cuatro clases de oraciones es necesario que todos las ofrezcan todas a la vez o por separado y por turnos

    Conf. 9, cap. 15

    Y de estas cuatro clases, aunque a veces surgen ocasiones de oraciones más ricas y plenas (pues de la clase de súplicas que nace del dolor por el pecado, y del género de oración que brota de la confianza en nuestras ofrendas y del cumplimiento de nuestros votos conforme a una conciencia pura, y de la intercesión que procede del fervor del amor, y de la acción de gracias que nace de la consideración de las bendiciones de Dios y de su grandeza y bondad, sabemos que a menudo proceden oraciones fervorosísimas y ardientes, de modo que es claro que todas estas clases de oración de las que hemos hablado se hallan ser útiles y necesarias para todos los hombres, de suerte que en un mismo hombre sus afectos cambiantes den voz a peticiones puras y fervientes, ya de súplicas, ya de oraciones, ya de intercesiones), sin embargo, la primera parece pertenecer más especialmente a los principiantes, que aún están turbados por los aguijones y el recuerdo de sus pecados; la segunda, a los que ya han alcanzado cierta elevación de mente en su progreso espiritual y en la búsqueda de la virtud; la tercera, a los que cumplen la consumación de sus votos con sus obras, y son así estimulados a interceder también por otros mediante la consideración de su debilidad y el fervor de su amor; la cuarta, a los que ya han arrancado de sus corazones las espinas culpables de la conciencia, y así, libres ya de cuidado, pueden contemplar con mente pura la bondad de Dios y sus compasiones, las cuales ha concedido en el pasado, está dando en el presente o prepara para el futuro, y así son llevados con corazones fervientes a aquella oración ardiente que no puede ser abrazada ni expresada por la boca de los hombres. Sin embargo, a veces la mente que avanza hacia aquel estado perfecto de pureza y que ya comienza a establecerse en él, abarcará todas estas cosas a un mismo tiempo y, como una llama incomprensible que todo lo devora, se lanzará a través de todas ellas y ofrecerá a Dios oraciones inexpresables de la más pura fuerza, las cuales el Espíritu mismo, interponiéndose con gemidos que no pueden expresarse, mientras nosotros no entendemos, derrama ante Dios, asiendo en aquella hora y derramando inefablemente en sus súplicas cosas tan grandes que no pueden proferirse con la boca ni siquiera, en ningún otro momento, ser recordadas por la mente. Y de ahí proviene que, en cualquier grado en que uno se halle, se le encuentra a veces ofreciendo oraciones puras y devotas; como incluso en aquella primera y humilde estación que tiene que ver con el recuerdo del juicio futuro, quien todavía permanece bajo el castigo del terror y el miedo del juicio queda tan herido de tristeza por el momento que es llenado con no menos agudeza de espíritu por la riqueza de sus súplicas que aquel que, por la pureza de su corazón, contempla y considera las bendiciones de Dios y es vencido por un gozo y deleite inefables. Pues, como el Señor mismo dice, comienza a amar más aquel que sabe que se le ha perdonado más. []

    Capítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos

    Conf. 9, cap. 16

    Sin embargo, al avanzar en la vida y alcanzar la virtud, debemos aspirar más bien a aquellos géneros de oración que brotan ya de la contemplación de los bienes futuros, ya del fervor del amor, o que al menos —hablando con más humildad y según la medida de los principiantes— surgen para adquirir alguna virtud o extinguir alguna falta. De lo contrario, no podremos alcanzar aquellos géneros más sublimes de súplica de los que hablamos, si nuestra mente no ha sido elevada poco a poco y por grados mediante el curso regular de aquellas intercesiones.

    Capítulo 17. De cómo los cuatro géneros de súplica tuvieron origen en el Señor

    Conf. 9, cap. 17

    Estos cuatro géneros de súplica se dignó el Señor mismo originar para nosotros con su propio ejemplo, para cumplir también en esto lo que de Él se dijo: «que Jesús comenzó a hacer y a enseñar.» [] Pues hizo uso del género de súplica cuando dijo: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz;» o aquello que en el Salmo se canta en su Persona: «Dios mío, Dios mío, mírame, ¿por qué me has abandonado?,» y otras semejantes. Es oración cuando dice: «Te he glorificado sobre la tierra, he acabado la obra que me diste que hiciera,» y esto: «Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.» [] Es intercesión cuando dice: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado;» o al menos cuando dice: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Es acción de gracias cuando dice: «Te confieso, Padre, Señor del cielo y de la tierra, que has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Así, Padre, porque así te pareció bien.» o al menos cuando dice: «Padre, te doy gracias porque me has oído. Yo sabía que siempre me oyes.» Pero aunque nuestro Señor distinguió estos cuatro géneros de oración para ofrecerlos separada y sucesivamente según el orden que conocemos, mostró con su propio ejemplo, en aquella oración que leemos al final del evangelio de San Juan, que todos pueden abrazarse en una oración perfecta a la vez: de cuyas palabras, como sería demasiado largo repetirlas todas, el investigador atento puede descubrir por el orden del pasaje que así es. Y también el Apóstol, en su Epístola a los Filipenses, expresó el mismo sentido poniendo estos cuatro géneros de oración en un orden ligeramente distinto, y mostró que a veces deben ofrecerse juntos en el fervor de una sola oración, diciendo: «Pero en todo, con oración y súplica y acción de gracias, sean dadas a conocer a Dios vuestras peticiones.» [] Y con ello quiso darnos a entender especialmente que en la oración y en la súplica debe mezclarse la acción de gracias con nuestras peticiones.

    Capítulo 18. De la oración del Señor

    Conf. 9, cap. 18

    Y así, después de estos diferentes géneros de súplica, sigue una condición aún más sublime y elevada, producida por la sola contemplación de Dios y por el amor ferviente, por la cual la mente, arrebatándose y lanzándose al amor de Él, se dirige a Dios con la mayor familiaridad como a su propio Padre, con una piedad que le es propia. Y que debemos buscar con empeño esta condición nos lo enseña la fórmula de la oración del Señor, que dice: «Padre nuestro.» Pues cuando confesamos con nuestra propia boca que el Dios y Señor del universo es nuestro Padre, inmediatamente profesamos que hemos sido llamados de la condición de esclavos a la adopción de hijos, añadiendo luego: «que estás en los cielos,» para que, huyendo con sumo horror de toda demora en esta vida presente, que pasamos en esta tierra como peregrinación, y de todo lo que nos separa por gran distancia de nuestro Padre, nos apresuremos con todo anhelo a aquella patria donde confesamos que habita nuestro Padre, y no consintamos nada de este género que nos haga indignos de esta profesión y de la dignidad de una adopción semejante, y así nos prive, como deshonra, de la herencia de nuestro Padre, y nos haga incurrir en la ira de su justicia y severidad. A este estado y condición de filiación, cuando hayamos avanzado, al punto nos inflamaremos con la piedad propia de los buenos hijos, de modo que doblegaremos todas nuestras energías no a nuestro provecho, sino a la gloria de nuestro Padre, diciéndole: «Santificado sea tu nombre,» testificando que nuestro deseo y nuestro gozo es su gloria, haciéndonos imitadores de Aquel que dijo: «El que habla de sí mismo, busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que lo envió, ése es veraz y no hay injusticia en Él.» [] Finalmente, el vaso de elección, lleno de este sentimiento, deseaba ser anatema de Cristo [] con tal de que el pueblo que le pertenecía fuera acrecentado y multiplicado, y la salvación de toda la nación de Israel redundara en la gloria de su Padre; pues con toda seguridad podía desear morir por Cristo, sabiendo que nadie perece por la vida. Y otra vez dice: «Nos gozamos cuando nosotros somos débiles y vosotros sois fuertes.» [] Y ¿qué maravilla si el vaso de elección deseaba ser anatema de Cristo por la gloria de Cristo, la conversión de sus propios hermanos y el privilegio de la nación, cuando el profeta Miqueas deseaba ser mentiroso y ajeno a la inspiración del Espíritu Santo, con tal de que el pueblo de los judíos escapara de aquellas plagas y de la partida al cautiverio que había anunciado en su profecía, diciendo: «Ojalá no fuera yo hombre que tiene el Espíritu, y hablara más bien mentira;» [] — por no hablar de aquel deseo del Legislador, que no rehusó morir junto con sus hermanos condenados a muerte, diciendo: «Te ruego, oh Señor: este pueblo ha cometido un grave pecado; o perdónales esta transgresión, o si no, bórrame del libro que has escrito.» [] Pero donde se dice: «Santificado sea tu nombre,» también puede entenderse muy bien de este modo: «La santificación de Dios es nuestra perfección.» Y así, cuando le decimos: «Santificado sea tu nombre,» decimos en otras palabras: haz, oh Padre, que seamos tales que podamos entender y comprender qué es tu santificación, o al menos que seas visto como santificado en nuestra conversación espiritual. Y esto se cumple eficazmente en nosotros cuando «los hombres vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos.» []

    Capítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»

    Conf. 9, cap. 19

    La segunda petición del corazón puro desea que venga al punto el reino de su Padre; es decir, o aquel por el cual Cristo reina día a día en los santos (lo cual sucede cuando el dominio del diablo es arrojado de nuestros corazones por la destrucción de los pecados inmundos, y Dios comienza a enseñorearse de nosotros por el suave olor de las virtudes, y, vencida la fornicación, reina en nuestros corazones la caridad juntamente con la tranquilidad; vencida la ira, la humildad, pisoteada la soberbia) o bien aquel que es prometido a su tiempo a todos los perfectos y a todos los hijos de Dios, cuando Cristo les dirá: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo;» [] (como el corazón) con mirada fija y firme, por así decirlo, lo anhela y desea ardientemente y le dice: «Venga tu reino.» Pues sabe por el testimonio de su propia conciencia que, cuando Él aparezca, al punto compartirá su suerte. Porque ninguna persona culpable osaría decir ni desear esto, pues nadie querría afrontar el tribunal del Juez sabiendo que a su venida recibiría inmediatamente no el premio o recompensa de sus méritos, sino tan sólo el castigo.

    Capítulo 20. De la cláusula «Hágase tu voluntad.»

    Conf. 9, cap. 20

    La tercera petición es la de los hijos: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.» No puede haber oración más sublime que desear que las cosas terrenales se igualen con las celestiales; pues ¿qué otra cosa es decir «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo,» sino pedir que los hombres sean como los ángeles y que, así como la voluntad de Dios se cumple siempre por ellos en el cielo, del mismo modo todos los que están en la tierra hagan no su propia voluntad, sino la suya? Esto nadie podría decirlo de corazón, sino sólo quien cree que Dios dispone para nuestro bien todas las cosas que se ven, ya sean favorables o desfavorables, y que Él es más cuidadoso y providente para nuestro bien y salvación que nosotros mismos para nosotros. O al menos puede entenderse de esta manera: la voluntad de Dios es la salvación de todos los hombres, según aquellas palabras del bienaventurado Pablo: «que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad.» [] De cuya voluntad dice también el profeta Isaías en la Persona de Dios Padre: «Y toda mi voluntad se hará.» [] Así pues, cuando decimos «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo,» pedimos en otras palabras esto: que, como los que están en el cielo, así también todos los que moran en la tierra se salven, oh Padre, por el conocimiento de Ti.

    Capítulo 21. De nuestro pan supersustancial o de cada día

    Conf. 9, cap. 21

    Después: «Danos hoy nuestro pan [ἐπιούσιον],» es decir, «supersustancial,» que otro evangelista llama «de cada día.» Lo primero indica la calidad de su nobleza y sustancia, en virtud de la cual está por encima de todas las sustancias, y la alteza de su grandeza y santidad excede a todas las criaturas, mientras que lo segundo insinúa el fin de su uso y valor. Pues donde dice «de cada día» muestra que sin él no podemos vivir la vida espiritual ni un solo día. Donde dice «hoy» muestra que debe recibirse diariamente y que la provisión de ayer no es suficiente, sino que debe sernos dada también hoy de la misma manera. Y la necesidad cotidiana de él nos sugiere que debemos ofrecer en todo tiempo esta oración, porque no hay día en que no tengamos necesidad de fortalecer el corazón de nuestro hombre interior comiéndolo y recibiéndolo; aunque la expresión «hoy» puede aplicarse a la vida presente, es decir, mientras vivimos en este mundo, provéenos de este pan. Pues sabemos que será dado en el futuro por Ti a quienes lo merezcan, pero pedimos que nos lo concedas hoy, porque si no se le ha concedido a un hombre recibirlo en esta vida, jamás será partícipe de él en aquélla.

    Capítulo 22. De la cláusula: «Perdónanos nuestras deudas, etc.»

    Conf. 9, cap. 22

    «Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» ¡Oh inefable misericordia de Dios, que no sólo nos ha dado una forma de oración y nos ha enseñado un sistema de vida aceptable a Él, y con las exigencias de la forma dada, en la cual nos mandó orar siempre, ha arrancado de raíz tanto la ira como la tristeza, sino que además da a los que oran una oportunidad y les revela un camino por el cual pueden mover el juicio misericordioso y benigno de Dios a pronunciarse sobre ellos, y de algún modo nos da un poder por el cual podemos moderar la sentencia de nuestro Juez, atrayéndolo a perdonar nuestras ofensas por el ejemplo de nuestro perdón: cuando le decimos: «Perdónanos, así como nosotros perdonamos.» Y así, sin ansiedad y con confianza, por esta oración puede un hombre pedir el perdón de sus propias ofensas, si ha sido perdonador con sus propios deudores, y no con los de su Señor. Pues algunos de nosotros, lo cual es muy malo, nos mostramos tranquilos y muy misericordiosos respecto de las cosas que se hacen en perjuicio de Dios, por grandes que sean los crímenes, pero nos hallamos durísimos e inexorables cobradores de las deudas contra nosotros aun en las más pequeñas injurias. Así pues, quien no perdona de corazón a su hermano que lo ha ofendido, con esta oración invoca sobre sí no el perdón, sino la condenación, y por su propia profesión pide ser juzgado más severamente, diciendo: Perdóname como yo también he perdonado. Y si se le paga según su propia petición, ¿qué otra cosa se seguirá sino que será castigado según su propio ejemplo, con ira implacable y sentencia que no puede remitirse? Por tanto, si queremos ser juzgados con misericordia, también debemos ser misericordiosos con los que han pecado contra nosotros. Pues sólo tanto se nos remitirá, cuanto hayamos remitido a los que nos han injuriado, por maliciosamente que sea. Y algunos, temiendo esto, cuando esta oración es cantada por todo el pueblo en la iglesia, omiten en silencio esta cláusula, por miedo a parecer que con su propia boca se atan en vez de excusarse, no entendiendo que en vano intentan ofrecer estas sutilezas al Juez de todos los hombres, quien ha querido mostrarnos de antemano cómo juzgará a sus suplicantes. Pues así como no quiere ser hallado duro e inexorable con ellos, ha señalado la manera de su juicio: que así como deseamos ser juzgados por Él, así también juzguemos nosotros a nuestros hermanos, si nos han agraviado en algo, porque «tendrá juicio sin misericordia quien no ha mostrado misericordia.» []

    Capítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»

    Conf. 9, cap. 23

    Sigue luego: «Y no nos dejes caer en tentación,» sobre lo cual surge una cuestión no poco importante, pues si pedimos que no se nos permita ser tentados, ¿cómo se probará entonces nuestra fuerza de aguante, según este texto: «Todo el que no es tentado no es probado;» [] y de nuevo: «Bienaventurado el varón que soporta la tentación?» [] La cláusula, pues, «No nos dejes caer en tentación,» no significa esto: no permitas que seamos tentados jamás, sino: no permitas que, al caer en la tentación, seamos vencidos. Porque Job fue tentado, pero no fue llevado a la tentación. Pues no atribuyó a Dios necedad ni blasfemia, ni con boca impía cedió a aquel deseo del tentador hacia el cual era arrastrado. Abraham fue tentado, José fue tentado, pero ninguno de los dos fue llevado a la tentación, porque ninguno de los dos dio su consentimiento al tentador. Sigue luego: «Mas líbranos del mal,» es decir, no permitas que seamos tentados por el diablo más de lo que podemos, sino «haz con la tentación también una vía de escape para que podamos soportarla.» []

    Capítulo 24. De cómo no debemos pedir otras cosas, sino sólo aquellas que están contenidas en los límites de la oración del Señor

    Conf. 9, cap. 24

    Ves, pues, cuál es el método y la forma de oración que nos propone el mismo Juez, a quien se ha de orar con ella; una forma en la que no se contiene ninguna petición de riquezas, ningún pensamiento de honores, ninguna solicitud de poder y fuerza, ninguna mención de salud corporal ni de vida temporal. Porque Aquel que es el Autor de la Eternidad quiere que los hombres no le pidan nada incierto, nada mezquino, nada temporal. Y así, un hombre ofrecerá la mayor injuria a su Majestad y Bondad si deja a un lado estas peticiones eternas y prefiere pedirle algo transitorio e incierto; e incurrirá más bien en la indignación que en la propiciación del Juez por la pequeñez de su oración.

    Capítulo 25. De la índole de la oración más sublime

    Conf. 9, cap. 25

    Esta oración, pues, aunque parece contener toda la plenitud de la perfección, por cuanto fue originada y establecida por la autoridad misma del Señor, eleva sin embargo a aquellos a quienes corresponde a aquella condición aún más alta de que hablamos arriba, y los conduce por una etapa más sublime a aquella oración ardiente que muy pocos conocen y han probado, y que, por hablar con mayor verdad, es inefable; que trasciende todos los pensamientos humanos, y no se distingue, no diré por sonido alguno de la voz, sino por ningún movimiento de la lengua ni emisión de palabras, sino que la mente, iluminada por la infusión de aquella luz celestial, no la describe con lenguaje humano y limitado, sino que la derrama ricamente, como de copiosa fuente, en un cúmulo de pensamientos, y la profiere a Dios de manera inefable, expresando en el más breve espacio de tiempo posible cosas tan grandes que la mente, cuando vuelve a su condición acostumbrada, no puede fácilmente pronunciarlas ni referirlas. Y esta condición la prefiguró también de modo semejante nuestro Señor en la forma de aquellas súplicas que, cuando se retiró solo al monte, se dice que derramó en silencio, y cuando, estando en agonía de oración, derramó incluso gotas de sangre, como ejemplo de un propósito difícil de imitar.

    Capítulo 26. De las diferentes causas de la compunción

    Conf. 9, cap. 26

    Pero ¿quién es capaz, por mucha experiencia que tenga, de dar cuenta suficiente de las variedades, razones y fundamentos de la compunción, con la cual la mente se inflama, se enciende y es incitada a oraciones puras y ardentísimas? De estas expondremos ahora, a modo de muestra, unas pocas, en cuanto con la iluminación de Dios podamos recordarlas. Pues a veces un versículo de cualquiera de los Salmos nos da ocasión de ardiente oración mientras cantamos. Otras veces la armoniosa modulación de la voz de un hermano mueve las mentes de los torpes a intensa súplica. Sabemos también que la enunciación y la reverencia del cantor contribuyen grandemente al fervor de los presentes. Además, la exhortación de un varón perfecto y una conferencia espiritual han levantado a menudo los afectos de los presentes a riquísima oración. Sabemos también que por la muerte de un hermano o de alguien querido no menos somos arrastrados a plena compunción. El recuerdo asimismo de nuestra frialdad y negligencia ha despertado a veces en nosotros un saludable fervor de espíritu. Y de este modo nadie puede dudar de que no faltan innumerables ocasiones por las cuales, mediante la gracia de Dios, puede sacudirse la frialdad y el sopor de nuestras mentes.

    Capítulo 27. De las diferentes clases de compunción

    Conf. 9, cap. 27

    Pero de qué modo y de qué manera se producen esas mismas compunciones desde lo más íntimo del alma no es menos difícil rastrear. Pues a menudo, por un inefable deleite y una agudeza de espíritu, surge el fruto de una compunción salutífera de tal modo que prorrumpe efectivamente en gritos a causa de la grandeza de su alegría incontenible; y el gozo del corazón y la grandeza de la exultación se hacen oír incluso en la celda del vecino. Otras veces la mente se oculta en completo silencio dentro de los secretos de una profunda quietud, de suerte que el asombro de una súbita iluminación ahoga todos los sonidos de las palabras, y el espíritu sobrecogido o bien guarda para sí todos sus sentimientos, o bien los pierde y derrama sus deseos ante Dios con gemidos inenarrables. Pero otras veces queda lleno de tan abrumadora compunción y dolor que no puede expresarla sino con raudales de lágrimas.

    Capítulo 28. Cuestión acerca de que la abundancia de lágrimas no está en nuestro poder

    Conf. 9, cap. 28

    Germán: Mi pobre persona, en verdad, no es del todo ignorante de este sentimiento de compunción. Pues a menudo, cuando al recuerdo de mis faltas brotan lágrimas, he sido por la visitación del Señor tan reanimado por este gozo inefable que describes, que la grandeza del gozo me ha asegurado que no debía desesperar de su perdón. Y no creo que haya estado de ánimo más sublime que este, si pudiera renovarse a voluntad nuestra. Pues a veces, cuando deseo excitarme con todas mis fuerzas a la misma compunción y lágrimas, y pongo ante mis ojos todas mis faltas y pecados, no puedo hacer volver aquella abundancia de lágrimas, y mis ojos quedan secos y duros como durísimo pedernal, de modo que ni una sola lágrima brota de ellos. Y así, en la medida en que me felicito por aquella abundancia de lágrimas, otro tanto me duelo de no poder renovarla cuando quiero.

    Capítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas

    Conf. 9, cap. 29

    Isaac: No toda clase de derramamiento de lágrimas es producida por un solo sentimiento o una sola virtud. Pues de una manera brota aquel llanto causado por las punzadas de nuestros pecados que hieren nuestro corazón, del cual leemos: "Me he fatigado en mis gemidos; cada noche lavaré mi lecho; con mis lágrimas regaré mi cama." Y de nuevo: "Corran las lágrimas como torrente día y noche; no te des reposo, y no cese la niña de tu ojo." [] De otra manera, aquel que surge de la contemplación de los bienes eternos y del deseo de aquella gloria futura, a causa del cual brotan manantiales aún más ricos de lágrimas por deleites incontrolables y exultación sin límites, mientras nuestra alma tiene sed del Dios vivo y fuerte, diciendo: "¿Cuándo vendré y compareceré ante la presencia de Dios? Mis lágrimas han sido mi pan día y noche," declarando con llanto y lamento cotidianos: "¡Ay de mí, que se prolonga mi destierro!";» y: "Demasiado tiempo ha peregrinado mi alma." De otra manera fluyen las lágrimas que, sin conciencia de pecado mortal, proceden sin embargo del temor del infierno y del recuerdo de aquel terrible juicio, con cuyo terror fue herido el profeta y oró a Dios, diciendo: "No entres en juicio con tu siervo, pues ante ti ningún viviente será justificado." Hay también otra clase de lágrimas, causadas no por el conocimiento de uno mismo, sino por la dureza y los pecados de otros; por las cuales se describe a Samuel llorando por Saúl, y al Señor en el Evangelio y a Jeremías en tiempos antiguos por la ciudad de Jerusalén, diciendo este último: "¡Oh, si mi cabeza fuese agua y mis ojos una fuente de lágrimas! Lloraría día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo." [] O también como fueron aquellas lágrimas de las que oímos en el salmo ciento uno: "Pues como pan he comido ceniza, y he mezclado mi bebida con llanto." Y ciertamente estas no fueron causadas por el mismo sentimiento que las que surgen en el salmo sexto de la persona del penitente, sino que se debían a las ansiedades de esta vida y a sus angustias y pérdidas, por las cuales son oprimidos los justos que viven en este mundo. Y esto se muestra claramente no solo por las palabras del mismo salmo, sino también por su título, que reza así en la persona de aquel pobre del que se dice en el Evangelio que "bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos":» [] "Oración del pobre cuando estaba en angustia y derramó su oración ante Dios."

    Capítulo 30. Cómo no han de exprimirse las lágrimas cuando no fluyen espontáneamente

    Conf. 9, cap. 30

    Muy diferentes de estas lágrimas son las que se exprimen de ojos secos mientras el corazón está duro; y aunque no podemos creer que estas sean del todo infructuosas (pues el intento de derramarlas se hace con buena intención, especialmente por quienes todavía no han podido alcanzar la ciencia perfecta ni ser plenamente limpiados de las manchas de pecados pasados o presentes), ciertamente el flujo de lágrimas no debe ser forzado de este modo por quienes ya han avanzado al amor de la virtud, ni debe intentarse con gran esfuerzo el llanto del hombre exterior, pues aunque se produzca nunca alcanzará la rica abundancia de las lágrimas espontáneas. Porque más bien abatirá el alma del suplicante con sus esfuerzos, la humillará, la hundirá en las cosas humanas y la apartará de las alturas celestiales, en las que la mente sobrecogida del que ora debe permanecer firmemente fija, y la obligará a aflojar el asimiento de sus oraciones y a enfermar por lágrimas estériles y forzadas.

    Capítulo 31. La opinión del abad Antonio sobre la condición de la oración

    Conf. 9, cap. 31

    Y para que veas la índole de la verdadera oración, te daré no mi propia opinión, sino la del bienaventurado Antonio, a quien hemos conocido a veces tan perseverante en la oración que a menudo, mientras oraba en un arrebato de la mente, al comenzar a aparecer la salida del sol, le hemos oído clamar en el fervor de su espíritu: "¿Por qué me estorbas, oh sol, que te levantas precisamente para esto, a saber, para apartarme del resplandor de esta luz verdadera?" Suya es también aquella sentencia celestial y más que humana sobre el fin de la oración: No es, dijo, oración perfecta aquella en la que el monje se entiende a sí mismo y las palabras que ora. Y si también nosotros, en cuanto lo permite nuestra escasa capacidad, osamos añadir algo a esta espléndida sentencia, expondremos las señales de la oración que es oída por el Señor, en cuanto las hemos experimentado.

    Capítulo 32. De la prueba de que la oración es oída

    Conf. 9, cap. 32

    Cuando, mientras oramos, no interviene ninguna vacilación que quebrante la confianza de nuestra petición con una especie de desesperación, sino que sentimos que al derramar nuestra oración hemos obtenido lo que pedimos, no dudamos de que nuestras oraciones han llegado eficazmente a Dios. Pues en la medida en que uno cree que es mirado por Dios y que Dios puede concederlo, será oído y obtendrá respuesta. Porque no puede retractarse esta sentencia de nuestro Señor: "Todo lo que pidáis cuando oráis, creed que lo recibiréis, y os vendrá." []

    Capítulo 33. Objeción de que esta confianza de ser oído como se ha dicho pertenece únicamente a los santos

    Conf. 9, cap. 33

    Germán: Nosotros ciertamente creemos que esta confianza de ser oídos nace de la pureza de conciencia; pero para nosotros, cuyo corazón está todavía herido por las punzadas de los pecados, ¿cómo podemos tenerla, no teniendo méritos que alegar por nosotros, por los cuales pudiéramos presumir confiadamente que nuestras oraciones serán oídas?

    Capítulo 34. Respuesta sobre las diferentes razones por las que la oración es oída

    Conf. 9, cap. 34

    Isaac: Que hay diferentes razones por las que la oración es oída, según la variada y cambiante condición de las almas, nos lo enseñan las palabras de los Evangelios y de los profetas. Pues tenéis el fruto de la respuesta señalado por las palabras de nuestro Señor en el caso del acuerdo de dos personas; como está dicho: "Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos." [] Tenéis otra en la plenitud de la fe, que es comparada a un grano de mostaza. «Porque,» dice, «si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí, y se pasará; y nada os será imposible.» [] La tenéis en la perseverancia en la oración, a la que las palabras del Señor llaman, por razón de la incansable constancia en pedir, importunidad: «Pues en verdad os digo que, si no se levantare por ser su amigo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.» [] La tenéis en los frutos de la limosna: «Encierra la limosna en el corazón del pobre, y ella rogará por ti en el tiempo de la tribulación.» [] La tenéis en la purificación de la vida y en las obras de misericordia, como está dicho: «Suelta las ataduras de la maldad, deshaz los haces que oprimen;» y después de unas palabras en que se reprende la esterilidad de un ayuno infructuoso, «entonces,» dice, «llamarás y el Señor te oirá; clamarás, y Él dirá: Heme aquí.» [] A veces también el exceso de tribulación hace que sea oída, como está dicho: «En mi angustia invoqué al Señor, y Él me oyó;» y de nuevo: «No aflijáis al extranjero, porque si clamare a Mí, yo le oiré, porque soy misericordioso.» Veis, pues, de cuántas maneras puede obtenerse el don de la respuesta, de modo que nadie tenga que ser abrumado por la desesperación de su conciencia para alcanzar las cosas saludables y eternas. Pues si al contemplar nuestra miseria admito que estamos absolutamente destituidos de todas aquellas virtudes que mencionamos arriba, y que no tenemos ni aquel laudable acuerdo de dos personas, ni aquella fe que se compara a un grano de mostaza, ni aquellas obras de piedad que describe el profeta, ciertamente no podemos carecer de aquella importunidad que Él concede a todos los que la desean, por la cual sola el Señor promete que dará cuanto se le ha pedido. Y por tanto debemos perseverar sin vacilación incrédula, y no tener la menor duda de que continuando en ellas obtendremos todas las cosas que hemos pedido según el querer de Dios. Pues el Señor, en su deseo de conceder lo celestial y eterno, nos exhorta a constreñirle, por así decirlo, con nuestra importunidad, ya que no solo no desprecia ni rechaza a los importunos, sino que de hecho los acoge y alaba, y con suma bondad promete concederles cuanto han esperado perseverantemente; diciendo: «Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá;» [] y de nuevo: «Todo cuanto pidiereis en oración creyendo, lo recibiréis, y nada os será imposible.» Y por tanto, aun si faltan del todo todos los motivos para ser oídos que hemos mencionado, al menos el fervor de la importunidad puede animarnos, pues este está al alcance de cualquiera que quiera, sin las dificultades de méritos o trabajos. Pero no dude ningún suplicante de que ciertamente no será oído mientras duda si es oído. Y que esto también ha de pedirse al Señor incansablemente, nos lo enseña el ejemplo del bienaventurado Daniel, pues aunque fue oído desde el primer día en que comenzó a orar, solo obtuvo el resultado de su petición después de veintiún días. Por lo cual también nosotros no debemos aflojar en el fervor de las oraciones comenzadas, si imaginamos que la respuesta tarda, no sea que acaso el don de la respuesta se retrase por providencia de Dios, o que el ángel que había de traernos la bendición divina, al salir de la Presencia del Todopoderoso, sea impedido por la resistencia del diablo; como es cierto que no puede transmitirnos y traernos el bien deseado si halla que aflojamos en el fervor de la petición hecha. Y esto ciertamente habría sucedido al profeta antes mencionado si no hubiera prolongado y perseverado en sus oraciones con incomparable constancia hasta el día veintiuno. No nos dejemos, pues, abatir en absoluto por la desesperación de la confianza de esta fe nuestra, aun cuando imaginemos que estamos lejos de haber obtenido lo que pedimos, y no tengamos duda alguna acerca de la promesa del Señor cuando dice: «Todo lo que pidiereis en oración creyendo, lo recibiréis.» [] Porque nos conviene considerar esta sentencia del bienaventurado evangelista Juan, por la cual se resuelve claramente la ambigüedad de esta cuestión: «Esta es,» dice, «la confianza que tenemos en Él, que todo lo que pidiéremos conforme a su voluntad, Él nos oye.» [] Nos manda, pues, tener plena e indubitable confianza de la respuesta solo en aquellas cosas que no son para nuestra propia ventaja ni para consuelos temporales, sino conformes a la voluntad del Señor. Y también se nos enseña a poner esto en nuestras oraciones por la Oración del Señor, donde decimos «Hágase tu voluntad,» — Tuya no la nuestra. Pues si recordamos estas palabras del Apóstol: «no sabemos qué pedir como conviene» [] veremos que a veces pedimos cosas contrarias a nuestra salvación y que con suma providencia se nos niega lo pedido por Aquel que ve lo que nos conviene con mayor rectitud y verdad que nosotros. Y es claro que esto sucedió también al maestro de los gentiles cuando oró para que se apartara de él el mensajero de Satanás que, para su bien, había sido permitido por la voluntad del Señor abofetearle, diciendo: «Por lo cual tres veces rogué al Señor que se apartase de mí. Y me dijo: Mi gracia te basta, porque el poder se perfecciona en la debilidad.» [] Y este sentimiento lo expresó aun nuestro Señor cuando oró en la condición de hombre que había tomado, para darnos una forma de oración, como también otras cosas, con su ejemplo; diciendo así: «Padre, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú,» [] aunque ciertamente su voluntad no era discordante de la voluntad del Padre, «porque Él había venido a salvar lo que estaba perdido y a dar su vida en rescate por muchos;» como Él mismo dice: «Nadie me quita la vida, sino que Yo la doy de Mí mismo. Tengo poder para darla y tengo poder para volverla a tomar.» [] En cuya condición se canta en el salmo trigésimo noveno lo siguiente por el bienaventurado David, sobre la unidad de voluntad que Él mantuvo siempre con el Padre: «Hacer tu voluntad, oh Dios mío, quiero.» Pues aunque leemos del Padre: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito,» [] no por eso dejamos de hallar del Hijo: «Quien se dio a sí mismo por nuestros pecados.» [] Y como se dice del Uno: «Quien no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,» [] así está escrito del otro: «Fue ofrecido porque Él mismo lo quiso.» Y se muestra que la voluntad del Padre y del Hijo es una en todas las cosas, de modo que aun en el misterio mismo de la resurrección del Señor se nos enseña que no hubo discordia de operación. Pues así como el bienaventurado Apóstol declara que el Padre realizó la resurrección de su cuerpo, diciendo: «Y Dios el Padre, que lo resucitó de entre los muertos,» [] así también el Hijo testifica que Él mismo levantará de nuevo el Templo de su cuerpo, diciendo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré de nuevo.» [] Y por tanto, instruidos por todos estos ejemplos de nuestro Señor que han sido enumerados, debemos terminar también nuestras súplicas con la misma oración, y añadir siempre esta cláusula a todas nuestras peticiones: «Pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú.» [] Mas es bastante claro que quien no ora con atención de mente no puede observar aquella triple reverencia que suele practicarse en las asambleas de los hermanos al final del oficio.

    Capítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada

    Conf. 9, cap. 35

    Ante todo, sin embargo, debemos observar con el mayor cuidado el precepto evangélico, que nos dice que entremos en nuestra cámara y cerremos la puerta y oremos a nuestro Padre; lo cual puede cumplirse por nosotros de esta manera: Oramos dentro de nuestra cámara cuando, retirando interiormente nuestro corazón del estrépito de todos los pensamientos y ansiedades, descubrimos nuestras oraciones en secreto y en la más íntima comunión al Señor. Oramos con las puertas cerradas cuando con labios cerrados y completo silencio oramos al que escudriña no las palabras sino los corazones. Oramos en secreto cuando desde el corazón y la mente ferviente descubrimos nuestras peticiones a Dios solo, de modo que ningún poder hostil pueda siquiera descubrir el carácter de nuestra petición. Por lo cual debemos orar en completo silencio, no sólo para no distraer a los hermanos que están cerca con nuestros susurros o expresiones más fuertes, y no perturbar los pensamientos de los que oran, sino también para que el propósito de nuestra petición quede oculto de nuestros enemigos que están especialmente al acecho contra nosotros mientras oramos. Pues así cumpliremos este mandato: «Guarda las puertas de tu boca de aquella que duerme en tu seno.» []

    Capítulo 36. Del valor de la oración breve y silenciosa

    Conf. 9, cap. 36

    Por lo cual debemos orar a menudo pero brevemente, no sea que si nos extendemos demasiado nuestro astuto enemigo logre implantar algo en nuestro corazón. Pues aquel es el verdadero sacrificio, como «el sacrificio de Dios es un espíritu quebrantado.» Esta es la ofrenda saludable, estas son las libaciones puras, este es el «sacrificio de justicia,» el «sacrificio de alabanza,» estas son las víctimas verdaderas y pingües, «holocaustos llenos de médula,» que son ofrecidos por corazones contritos y humildes, y que aquellos que practican este dominio y fervor de espíritu, del cual hemos hablado, pueden cantar con poder eficaz: «Sea enderezada mi oración delante de ti como el incienso: el levantamiento de mis manos sea como sacrificio vespertino.» Pero la llegada de la hora debida y de la noche nos advierte que debemos con devoción adecuada hacer esto mismo, de lo cual, según lo permitió nuestra escasa capacidad, parece que hemos propuesto mucho, y que hemos prolongado considerablemente nuestra conferencia, aunque creemos que hemos discurrido muy poco cuando se toma en cuenta la magnificencia y dificultad del tema.
    Con estas palabras del santo Isaac quedamos deslumbrados más que satisfechos, y después de celebrado el oficio vespertino, descansamos nuestros miembros por un breve tiempo, y con la intención de volver al primer alba bajo la promesa de una discusión más completa partimos, regocijándonos por la adquisición de estos preceptos así como por la seguridad de sus promesas. Pues sentíamos que aunque la excelencia de la oración nos había sido mostrada, todavía no habíamos entendido de su discurso su naturaleza, y el poder por el cual podría ganarse y guardarse la continuidad en ella.
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