La tercera conferencia del abad Queremón. Sobre la protección de Dios.
Conf. 13, cap. 1
Cuando, tras un breve sueño, volvimos para el oficio de la mañana y estábamos aguardando al anciano, el abad Germán se vio turbado por grandes escrúpulos, porque en la discusión anterior, cuya fuerza nos había inspirado el anhelo más vivo de esta castidad hasta entonces desconocida para nosotros, el bienaventurado anciano, con el añadido de una sola frase, había derribado las pretensiones de los esfuerzos del hombre, añadiendo que el hombre, aunque se esfuerce con todas sus fuerzas por un buen resultado, no puede, sin embargo, llegar a ser dueño del bien, a menos que lo haya adquirido sencillamente por el don de la liberalidad divina y no por los esfuerzos de su propio trabajo. Mientras, pues, cavilábamos sobre esta cuestión, llegó a la celda el bienaventurado Queremón; y al ver que cuchicheábamos entre nosotros, acortó el oficio de las oraciones y de los salmos más de lo acostumbrado, y nos preguntó qué ocurría.
Capítulo 2. Una pregunta: por qué el mérito de las buenas obras no ha de atribuirse a los esfuerzos del hombre que las realiza
Conf. 13, cap. 2
Entonces Germano dijo: Así como anoche, por la grandeza de aquella virtud espléndida que se describió en la plática, quedamos, por decirlo así, casi excluidos de creer en su posibilidad, así también —si me perdonas el decirlo— nos parece absurdo que el premio de nuestros esfuerzos, es decir, la castidad perfecta que se alcanza con el empeño del propio trabajo, no se atribuya principalmente a los afanes del hombre que se esfuerza. Pues es necio que, si vemos, por ejemplo, a un labrador poniendo el mayor cuidado en el cultivo de la tierra, no atribuyamos los frutos a sus desvelos.
Capítulo 3. La respuesta: sin la ayuda de Dios no puede llevarse a cabo no sólo la castidad perfecta, sino ningún bien de cualquier género
Conf. 13, cap. 3
Queremón: Con este mismo ejemplo que aduces podemos probar aún más claramente que los afanes del trabajador nada pueden sin la ayuda de Dios. Pues ni el labrador, después de haber puesto el mayor cuidado en cultivar la tierra, puede atribuir enseguida a sus propios afanes el fruto de las mieses y las cosechas abundantes, ya que advierte que éstas muchas veces resultan vanas si no las favorecen lluvias oportunas y un invierno quieto y apacible; de modo que a menudo hemos visto frutos ya maduros, cuajados y plenamente sazonados, arrebatados, por así decirlo, de las manos de quienes ya los empuñaban; y sus esfuerzos continuos y fervientes de nada sirvieron a los trabajadores, por no estar guiados del auxilio del Señor. Así como la bondad divina no concede esas ricas mieses a los labradores ociosos que no labran sus campos con frecuente arada, así también el trabajar toda la noche de nada aprovecha a los obreros si la misericordia del Señor no lo prospera. Y en esto nunca debe la soberbia humana pretender igualarse con la gracia de Dios ni mezclarse con ella, imaginando que sus propios esfuerzos fueron causa de la liberalidad divina, o gloriándose de que una abundantísima cosecha de frutos haya respondido a los méritos de sus afanes. Considere el hombre y pese con escrupulosísimo examen que ni siquiera pudo con sus propias fuerzas aplicar aquellos mismos esfuerzos que con tanto empeño puso en su deseo de riqueza, si la protección y la piedad del Señor no le hubieran dado fuerzas para realizar todos los trabajos del campo; y que su voluntad y su vigor habrían sido impotentes si la compasión divina no le hubiera suministrado los medios para acabarlos, pues a veces faltan o por exceso o por escasez de lluvia. Porque aun cuando el Señor haya concedido vigor a los bueyes, y salud corporal y facultad para toda la labor, y prosperidad en las empresas, todavía ha de orar el hombre para que no le sobrevenga, como dice la Escritura, «un cielo de bronce y una tierra de hierro,» y «la langosta se coma lo que dejó el saltón, y el pulgón se coma lo que dejó la langosta, y el tizoncillo eche a perder lo que dejó el pulgón.» Y no es sólo en esto en lo que los afanes del labrador que trabaja necesitan la ayuda de Dios, sino también para que aparte los accidentes imprevistos por los cuales, aun cuando el campo abunde en las mieses esperadas, no sólo se ve el hombre privado de lo que vanamente esperaba y aguardaba, sino que pierde además los frutos abundantes que ya había recogido y tenía guardados en la era o en el granero. De donde claramente se infiere que no sólo la iniciativa de nuestras acciones, sino también la de los buenos pensamientos viene de Dios, que nos inspira una buena voluntad para comenzar y nos suministra la oportunidad de llevar a cabo lo que rectamente deseamos: pues «toda dádiva buena y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces,» [], el cual comienza lo bueno, lo continúa y lo consuma en nosotros, como dice el Apóstol: «El que da semilla al que siembra dará también pan para comer, y multiplicará vuestra semilla y hará crecer los frutos de vuestra justicia.» []. Pero a nosotros toca seguir humildemente día a día la gracia de Dios que nos atrae; de lo contrario, si resistimos con «dura cerviz» y (para usar las palabras de la Escritura) «oídos incircuncisos,» [] mereceremos oír las palabras de Jeremías: «¿Acaso el que cae no se levanta? Y el que se aparta, ¿no volverá? ¿Por qué, pues, este pueblo de Jerusalén se ha apartado con apostasía rebelde? Endurecieron sus cervices y rehusaron volver.» []
Conf. 13, cap. 4
Germano: A esta explicación, cuya excelencia no podemos refutar de inmediato, parece oponérsele una dificultad: que tiende a destruir el libre albedrío. Pues viendo que muchos de los paganos, a quienes ciertamente no se les ha concedido el auxilio de la gracia divina, sobresalen no sólo en las virtudes de la frugalidad y de la paciencia, sino también (lo que es más notable) en la de la castidad, ¿cómo podemos pensar que la libertad de su voluntad está cautiva y que estas virtudes les son concedidas por don de Dios, especialmente cuando, siguiendo la sabiduría de este mundo y en su total ignorancia no sólo de la gracia de Dios, sino aun de la existencia del Dios verdadero, tal como lo hemos conocido por el curso de nuestra lectura y por la enseñanza de otros, se dice que alcanzaron la purísima integridad de la castidad por sus propios esfuerzos y afanes?
Conf. 13, cap. 5
Queremón: Me complace que, aunque ardáis en el mayor deseo de conocer la verdad, aduzcáis algunos puntos desatinados, pues con estas objeciones que proponéis puede parecer que el valor de la fe católica queda mejor establecido y, si se me permite la expresión, más a fondo examinado. Porque ¿qué hombre sabio diría cosas tan contradictorias como ayer sostener que la celestial pureza de la castidad no podía ser concedida a ningún mortal ni aun por la gracia de Dios, y ahora afirmar que la alcanzaron los paganos por sus propias fuerzas? Mas, como ciertamente, según he dicho, habéis hecho estas objeciones por el deseo de llegar a la verdad, considerad lo que sostenemos sobre estos puntos. Primeramente, no hemos de pensar que los filósofos alcanzaron aquella castidad del alma que de nosotros se exige, a quienes se nos manda que no sólo la fornicación, sino ni siquiera la impureza, se nombre entre nosotros. Ellos tuvieron una especie de [μερική], es decir, una partícula de castidad; a saber, la continencia de la carne, con la cual podían refrenar su concupiscencia del comercio carnal: pero esta pureza interna de la mente y esta limpieza continua del cuerpo no pudieron alcanzarla, no diré en la obra, sino ni siquiera en el pensamiento. En fin, Sócrates, el más famoso de todos ellos, según ellos mismos lo estiman, no se avergonzó de confesarlo de sí mismo. Pues cuando uno que juzgaba el carácter del hombre por su semblante ([φυσιογνώμων]) lo miró y dijo [ὄμματα παιδ εραστοῦ], es decir, «los ojos de un corruptor de muchachos,» y sus discípulos se abalanzaron sobre aquél y lo llevaron a su maestro queriendo vengar la injuria, se cuenta que él reprimió su indignación con estas palabras: [παύσαοθε, ἐταῖροι], esto es, deteneos, amigos, porque lo soy, pero me contengo. Queda, pues, clarísimo que ellos no conocieron la virtud de la verdadera castidad que nosotros buscamos, y así es certísimo que nuestra circuncisión, que es en el espíritu, no puede adquirirse sino sólo por don de Dios, y que pertenece únicamente a aquellos que sirven a Dios con plena contrición de su espíritu.
Conf. 13, cap. 6
Y por eso, aunque en muchas cosas, es más, en todas, pueda mostrarse que los hombres siempre necesitan la ayuda de Dios, y que la flaqueza humana por sí sola, es decir, sin el auxilio de Dios, nada puede realizar de cuanto atañe a la salvación, en ninguna cosa se muestra esto con más claridad que en la adquisición y conservación de la castidad. Pues, como la discusión sobre la dificultad de su perfección se difiere para más adelante, tratemos entretanto brevemente de los instrumentos de la misma. ¿Quién, pregunto, por ferviente que sea de espíritu, confiado en sus propias fuerzas y sin alabanza alguna de los hombres, podría soportar la suciedad del desierto, y no diré la carencia cotidiana, sino el suministro de pan seco? ¿Quién, sin el consuelo del Señor, podría aguantar la sed continua de agua, o privar a sus ojos humanos de aquel dulce y delicioso sueño de la mañana, y comprimir regularmente todo su tiempo de descanso y reposo en los límites de cuatro horas? ¿Quién sería suficiente sin la gracia de Dios para atender de continuo a la lectura y a la constante asiduidad en el trabajo, sin recibir ventaja alguna de presente ganancia? Y todas estas cosas, así como no podemos desearlas continuamente sin la divina inspiración, tampoco podemos en modo alguno realizarlas sin su ayuda. Y para que conste que estas cosas no sólo se nos prueban por la enseñanza de la experiencia, sino que se esclarecen aún más con pruebas y argumentos ciertos, ¿acaso no interviene alguna debilidad en muchas de las cosas que útilmente queremos realizar, y, aunque no falte la plena agudeza de nuestro deseo ni la perfección de nuestra voluntad, no estorba sin embargo el propósito que hemos concebido, de suerte que no hay ejecución de nuestro designio si la facultad de realizarlo no ha sido otorgada por la misericordia del Señor? De modo que, aunque haya innumerables multitudes de personas ansiosas de adherirse fielmente al ejercicio de la virtud, apenas podrás hallar algunas que sean capaces de llevarlo a cabo y de soportarlo; por no decir que, aun cuando ninguna debilidad nos lo impida, la oportunidad de hacer todo lo que deseamos no está en nuestro poder. Pues no está en nuestra mano asegurarnos el silencio de la soledad, ni los ayunos rigurosos, ni el estudio sin distracciones, aun cuando pudiéramos aprovechar tales ocasiones; antes, por una serie de azares, muchas veces y muy contra nuestra voluntad somos apartados de las ordenanzas saludables, de suerte que hemos de rogar al Señor por las oportunidades de lugar o de tiempo en que practicarlas. Y es claro que la aptitud para ellas no nos basta, si no nos es concedida también por el Señor la oportunidad de hacer aquello de que somos capaces (como dice también el Apóstol: «Pues quisimos ir a vosotros una y otra vez, pero Satanás nos lo impidió» []); de suerte que a veces hallamos que para nuestro provecho somos apartados de estos ejercicios espirituales, a fin de que, al quebrantarse sin nuestro consentimiento la regularidad de nuestra rutina y al ceder algo a la flaqueza de la carne, seamos llevados, aun contra nuestra voluntad, a una paciencia saludable. De esta providente disposición de Dios dice algo semejante el bienaventurado Apóstol: «Por lo cual tres veces rogué al Señor que se apartase de mí; y Él me dijo: Mi gracia te basta, porque mi fuerza se perfecciona en la flaqueza;» y de nuevo: «Pues no sabemos orar como conviene.»
Conf. 13, cap. 7
Pues el designio de Dios, por el cual hizo al hombre no para que perezca sino para que viva para siempre, permanece inmutable. Y cuando su bondad ve brillar en nosotros aun la más pequeña chispa de buena voluntad, que Él mismo ha hecho saltar, por así decirlo, de los duros pedernales de nuestros corazones, la sopla, la fomenta y la nutre con su aliento, pues «quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad,» ya que, como Él dice, «no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que perezca uno de estos pequeñuelos;» y de nuevo se dice: «Ni Dios quiere que el alma perezca, sino que la hace volver,» queriendo decir que el desechado no perezca del todo. Pues Él es veraz y no miente cuando con juramento establece: «Vivo yo, dice el Señor Dios, que no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta de su camino y viva.» []. Pues si no quiere que uno de sus pequeñuelos perezca, ¿cómo podemos imaginar sin grave blasfemia que no quiere en general que todos los hombres, y no sólo algunos en lugar de todos, se salven? Los que perecen, pues, perecen contra su voluntad, como Él mismo testifica contra cada uno de ellos día a día: «Convertíos de vuestros malos caminos, ¿y por qué habéis de morir, oh casa de Israel?» [Ib]. Y de nuevo: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» y: «¿Por qué este pueblo de Jerusalén se ha apartado con apostasía rebelde? Endurecieron sus rostros y rehusaron volver.» La gracia de Cristo, pues, está cercana cada día, la cual, al tiempo que «quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad,» llama a todos sin excepción alguna, diciendo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré.» []. Mas si no llama a todos en general, sino sólo a algunos, síguese que no todos están cargados ni con el pecado original ni con el actual, y que no es verdadero aquel dicho: «Pues todos pecaron y están privados de la gloria de Dios;» ni podemos creer que «la muerte pasó a todos los hombres.» Y hasta tal punto perecen contra la voluntad de Dios todos los que perecen, que no puede decirse que Dios haya hecho la muerte, como lo testifica la misma Escritura: «Pues Dios no hizo la muerte, ni se goza en la perdición de los vivientes.» []. Y de aquí proviene que, las más de las veces, cuando en lugar de cosas buenas pedimos las contrarias, nuestra oración o es oída tardíamente o no es oída en absoluto; y, a su vez, el Señor se digna traer sobre nosotros, aun contra nuestra voluntad, como médico benignísimo, para nuestro bien, lo que nosotros pensamos que se le opone; y a veces retarda e impide que nuestros propósitos dañosos y nuestros intentos mortíferos produzcan sus horribles efectos, y, mientras nos precipitamos de cabeza hacia la muerte, nos retrae a la salvación y nos rescata sin que lo sepamos de las fauces del infierno.
Comentario editorial · «La más pequeña chispa de buena voluntad»
Este capítulo, donde Dios sopla y alimenta «la más pequeña chispa de buena voluntad» que Él mismo ha hecho brotar, es uno de los que se citan en el debate sobre la gracia. Gibson ve en toda la Conferencia 13 la respuesta de Casiano a lo que consideraba un error de los agustinianos: negar implícitamente que el hombre deba esforzarse. Wikipedia (en) cita a propósito de este capítulo el Contra Collatorem de Prosper de Aquitania, y añade que la acusación de semipelagianismo ha sido discutida; recuerda también que la Iglesia latina condenó esa doctrina en el concilio de Orange (529) y reconoce, sin embargo, a Casiano como santo. Léase junto con Sobre la gracia y el libre albedrío y Sobre la predestinación de los santos.
Conf. 13, cap. 8
Y este cuidado suyo y providencia para con nosotros lo ha descrito hermosamente la palabra divina por el profeta Oseas bajo la figura de Jerusalén como ramera, que con torpe avidez se inclina al culto de los ídolos; allí, cuando ella dice: «Iré en pos de mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida;» la consideración divina responde, mirando a su salvación y no a sus antojos: «He aquí que cercaré tu camino con espinas, y lo cerraré con un muro, y no hallará sus senderos. Y seguirá a sus amantes y no los alcanzará: y los buscará y no los hallará, y dirá: Volveré a mi primer marido, porque mejor me iba entonces que ahora.» []. Y a su vez, nuestra obstinación y desprecio con que, en nuestro espíritu rebelde, desdeñamos a Aquel que nos insta a un saludable retorno, se describe con la siguiente comparación; dice Él: «Y dije: Me llamarás Padre, y no cesarás de andar en pos de mí. Mas, como la mujer que desprecia a su amante, así me ha despreciado la casa de Israel, dice el Señor.» []. Ajustadamente, pues, así como ha comparado a Jerusalén con una adúltera que abandona a su marido, compara su propio amor y su perseverante bondad con un hombre que muere de amor por una mujer. Porque la bondad y el amor de Dios, que siempre muestra al género humano —puesto que no se deja vencer por injuria alguna hasta el punto de dejar de cuidar de nuestra salvación, ni se aparta de su primer designio como vencido por nuestras iniquidades—, no podía describirse con comparación más apropiada que con el caso de un hombre abrasado en ardentísimo amor por una mujer, el cual arde en pasión por ella tanto más cuanto más ve que es desdeñado y despreciado por ella. La protección divina, pues, está inseparablemente presente con nosotros, y tan grande es la bondad del Creador para con sus criaturas, que su providencia no sólo la acompaña, sino que de hecho la precede constantemente, como el profeta lo experimentó y confesó claramente, diciendo: «Mi Dios se anticipará a mí con su misericordia.» Y cuando ve en nosotros algunos comienzos de buena voluntad, al punto los ilumina, los fortalece y los urge hacia la salvación, aumentando aquello que Él mismo plantó o que ve haber nacido de nuestros propios esfuerzos. Pues Él dice: «Antes que clamen, los escucharé; mientras aún están hablando, los oiré;» y de nuevo: «En cuanto oiga la voz de tu clamor, te responderá.» Y en su bondad, no sólo nos inspira santos deseos, sino que de hecho crea ocasiones de vida y oportunidades de buenos resultados, y muestra a los que yerran la dirección del camino de la salvación.
Conf. 13, cap. 9
De aquí que la razón humana no pueda decidir fácilmente cómo el Señor da a los que piden, es hallado por los que buscan y abre a los que llaman, y, por otra parte, es hallado por los que no le buscaban, aparece abiertamente entre los que no preguntaban por Él, y todo el día extiende sus manos a un pueblo incrédulo y contradictor, llama a los que resisten y están lejos, atrae a los hombres contra su voluntad a la salvación, quita a los que quieren pecar la facultad de llevar a cabo su deseo, y en su bondad se interpone en el camino de los que se precipitan a la maldad. Pero ¿quién puede ver fácilmente cómo es que la consumación de nuestra salvación se asigna a nuestra propia voluntad, de la cual se dice: «Si queréis y me escucháis, comeréis los bienes de la tierra,» [] y cómo es que «no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia?» [] ¿Qué es también esto, que Dios «pagará a cada hombre según sus obras;» [] y «es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad;» [] y «esto no es de vosotros mismos, sino que es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe?» [] ¿Qué es también esto que se dice: «Acercaos al Señor, y Él se acercará a vosotros,» [] y lo que Él dice en otra parte: «Nadie viene a Mí si el Padre que me envió no lo atrae?» [] ¿Qué es lo que hallamos: «Enderezad las sendas para vuestros pies y dirigid vuestros caminos,» y qué es lo que decimos en nuestras oraciones: «Dirige mi camino ante tu vista,» y «afirma mis pasos en tus sendas, para que no resbalen mis pies?» ¿Qué es, de nuevo, aquello en que se nos amonesta: «Haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo,» [] y qué es esto que se nos promete: «Les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos:» y «Quitaré el corazón de piedra de su carne y les daré un corazón de carne, para que caminen en mis estatutos y guarden mis juicios?» [] ¿Qué es lo que el Señor ordena, donde dice: «Lava tu corazón de iniquidad, oh Jerusalén, para que seas salva,» [] y qué es lo que el profeta pide al Señor, cuando dice «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,» y de nuevo: «Me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve?» ¿Qué es lo que se nos dice: «Iluminaos con la luz del conocimiento;» y esto que se dice de Dios: «Que enseña al hombre el conocimiento;» y: «el Señor ilumina a los ciegos,» o, en todo caso, esto que decimos en nuestras oraciones con el profeta: «Ilumina mis ojos, para que no duerma en la muerte,» a no ser que en todas estas cosas haya una declaración de la gracia de Dios y de la libertad de nuestra voluntad, porque aun por su propio movimiento puede el hombre ser conducido a la búsqueda de la virtud, pero siempre necesita de la ayuda del Señor? Pues ni nadie goza de buena salud cuando quiere, ni queda libre de enfermedad y dolencia por su propia voluntad y placer. Pero ¿de qué sirve haber deseado el bien de la salud, si Dios, que nos concede los goces de la vida misma, no concede también salud vigorosa y sana? Mas para que quede aún más claro que, por la excelencia de la naturaleza concedida por la bondad del Creador, a veces surgen los primeros comienzos de una buena voluntad, los cuales, sin embargo, no pueden alcanzar la plena ejecución del bien si no son guiados por el Señor, el Apóstol da testimonio y dice: «Porque el querer está en mí, pero no hallo cómo realizar el bien.» []
Conf. 13, cap. 10
Pues la Sagrada Escritura sostiene la libertad de la voluntad donde dice: «Guarda tu corazón con toda diligencia,» [] pero el Apóstol indica su debilidad al decir «El Señor guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.» [] David afirma el poder del libre albedrío donde dice «He inclinado mi corazón a cumplir tus justos mandamientos,» pero el mismo, de igual manera, nos enseña su debilidad al orar y decir: «Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la avaricia:» Salomón también: «El Señor incline nuestro corazón hacia Él, para que caminemos en todos sus caminos y guardemos sus mandamientos, ordenanzas y juicios.» [] El Salmista denota el poder de nuestra voluntad donde dice: «Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño,» nuestra oración testifica su debilidad cuando decimos: «Oh Señor, pon guardia ante mi boca, y guarda la puerta de mis labios.» La importancia de nuestra voluntad es sostenida por el Señor cuando hallamos «Rompe las cadenas de tu cuello, oh cautiva hija de Sion:» [] de su debilidad canta el profeta, cuando dice: «El Señor suelta a los que están atados:» y «Has roto mis cadenas: a Ti ofreceré sacrificio de alabanza.» Oímos en el evangelio al Señor que nos convoca a acudir prontamente a Él por nuestro libre albedrío: «Venid a Mí todos los que trabajáis y estáis cargados, y yo os aliviaré,» [] pero el mismo Señor testifica su debilidad al decir: «Nadie puede venir a Mí si el Padre que me envió no lo atrae.» [] El Apóstol indica nuestro libre albedrío al decir: «Corred de tal manera que lo obtengáis:» [] pero de su debilidad da testimonio Juan el Bautista cuando dice: «Nadie puede recibir nada de sí mismo, si no le fuere dado de lo alto.» [] Se nos manda guardar nuestras almas con todo cuidado cuando el Profeta dice: «Guardad vuestras almas,» [] pero por el mismo espíritu otro Profeta proclama: «Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el centinela.» El Apóstol, escribiendo a los Filipenses, para mostrar que su voluntad es libre, dice «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,» pero para señalar su debilidad añade: «Porque es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.» []
Conf. 13, cap. 11
Y así estas cosas están de algún modo mezcladas y confundidas indistintamente, de modo que entre muchas personas se envuelve en grandes cuestiones cuál de las dos depende de la otra, es decir, ¿tiene Dios compasión de nosotros porque hemos mostrado el comienzo de una buena voluntad, o el comienzo de una buena voluntad sigue porque Dios ha tenido compasión de nosotros? Pues muchos, creyendo cada una de estas cosas y afirmándolas más ampliamente de lo justo, se enredan en toda clase de errores contrarios. Pues si decimos que el comienzo del libre albedrío está en nuestro propio poder, ¿qué decir de Pablo el perseguidor, qué de Mateo el publicano, de los cuales el uno fue atraído a la salvación mientras anhelaba derramamiento de sangre y el castigo de los inocentes, el otro mientras se entregaba a la violencia y a la rapiña? Pero si decimos que el comienzo de nuestro libre albedrío se debe siempre a la inspiración de la gracia de Dios, ¿qué decir de la fe de Zaqueo, o qué diremos de la bondad del ladrón en la cruz, que por sus propios deseos hicieron violencia al reino de los cielos y así se anticiparon a las direcciones especiales de su vocación? Pero si atribuimos la realización de los actos virtuosos y la ejecución de los mandamientos de Dios a nuestra propia voluntad, ¿cómo oramos: «Fortalece, oh Dios, lo que has obrado en nosotros;» y «La obra de nuestras manos afirma sobre nosotros?» Sabemos que Balaam fue llevado a maldecir a Israel, pero vemos que cuando quiso maldecir no le fue permitido. Abimelec es preservado de tocar a Rebeca y así pecar contra Dios. José es vendido por la envidia de sus hermanos, para que se produjera el descenso de los hijos de Israel a Egipto, y para que, mientras ellos maquinaban la muerte de su hermano, se proveyera para ellos contra el hambre venidera: como José muestra cuando se da a conocer a sus hermanos y dice: «No temáis, ni os pese haberme vendido a estas partes: pues para vuestra salvación me envió Dios delante de vosotros;» y más abajo: «Pues Dios me envió delante para que fueseis preservados sobre la tierra y tuvierais alimento para vivir. No fui enviado por vuestro designio, sino por la voluntad de Dios, que me ha hecho padre de Faraón y señor de toda su casa, y jefe sobre toda la tierra de Egipto.» Y cuando sus hermanos se alarmaron tras la muerte de su padre, él disipó sus sospechas y su terror diciendo: «No temáis: ¿podéis resistir a la voluntad de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo convirtió en bien, para exaltarme, como veis en el tiempo presente, para salvar a mucha gente.» Y que esto se llevó a cabo providencialmente lo declara igualmente el bienaventurado David diciendo en el salmo ciento cuatro: «Y llamó al hambre sobre la tierra: y quebró todo sustento de pan. Envió a un hombre delante de ellos: José fue vendido por esclavo.» Estas dos cosas, pues, a saber, la gracia de Dios y el libre albedrío, parecen oponerse entre sí, pero en realidad están en armonía, y deducimos del sistema de la bondad que debemos tener ambas por igual, no sea que si quitamos una de ellas al hombre, parezcamos haber roto la regla de la fe de la Iglesia: pues cuando Dios nos ve inclinados a querer el bien, Él sale a nuestro encuentro, nos guía y nos fortalece: pues «A la voz de tu clamor, tan pronto como Él oiga, te responderá;» y: «Invócame,» dice Él, «en el día de la tribulación y te libraré, y tú me glorificarás.» Y de nuevo, si Él halla que no queremos o que nos hemos enfriado, Él despierta nuestros corazones con exhortaciones saludables, por las cuales una buena voluntad es renovada o formada en nosotros.
Capítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
Conf. 13, cap. 12
Pues no debemos sostener que Dios hizo al hombre de tal manera que nunca pueda querer ni ser capaz de lo bueno: o de lo contrario no le ha concedido libre albedrío, si ha permitido que sólo quiera o sea capaz del mal, pero no que quiera o sea capaz de lo bueno por sí mismo. Y, en este caso, ¿cómo se mantendrá aquella primera declaración del Señor hecha sobre los hombres después de la caída: «He aquí, Adán ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal?» [] Pues no podemos pensar que antes él era tal que ignoraba por completo el bien. De lo contrario tendríamos que admitir que fue formado como alguna bestia irracional e insensata: lo cual es suficientemente absurdo y totalmente ajeno a la fe católica. Además, como dice el sapientísimo Salomón: «Dios hizo al hombre recto,» es decir, para gozar siempre del conocimiento del bien solamente, «pero ellos han buscado muchas imaginaciones,» pues vinieron, como se ha dicho, a conocer el bien y el mal. Adán, por tanto, después de la caída concibió un conocimiento del mal que antes no tenía, pero no perdió el conocimiento del bien que tenía antes. Finalmente, las palabras del Apóstol muestran muy claramente que el género humano no perdió después de la caída de Adán el conocimiento del bien: como dice: «Pues cuando los gentiles, que no tienen ley, hacen por naturaleza las cosas de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y sus pensamientos dentro de ellos acusándolos o también excusándolos, en el día en que Dios juzgará los secretos de los hombres.» [] Y con el mismo sentido, el Señor reprende por el profeta la ceguera antinatural pero libremente elegida de los judíos, la cual ellos se atrajeron por su obstinación, diciendo: «Oíd, sordos, y vosotros, ciegos, mirad para que veáis. ¿Quién es sordo sino mi siervo? ¿Y ciego, sino aquel a quien he enviado mis mensajeros?» [] Y para que nadie atribuya esta ceguera suya a la naturaleza en lugar de a su propia voluntad, en otra parte dice: «Sacad al pueblo que es ciego y tiene ojos: que es sordo y tiene oídos;» y de nuevo: «teniendo ojos, pero no veis; y oídos, pero no oís.» El Señor dice también en el evangelio: «Porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.» [] Y en ellos se cumple la profecía de Isaías que dice: «Oyendo oiréis y no entenderéis: y viendo veréis y no veréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y sus oídos se han embotado para oír: y han cerrado sus ojos, no sea que vean con sus ojos y oigan con sus oídos y entiendan con su corazón, y se conviertan y yo los sane.» [] Finalmente, para denotar que la posibilidad del bien estaba en ellos, al reprender a los fariseos dice: «Pero, ¿por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?» [] Y esto ciertamente no se lo habría dicho, a no ser que supiera que por su juicio natural podían discernir lo que era justo. Por lo cual debemos cuidarnos de no referir todos los méritos de los santos al Señor de tal manera que no atribuyamos a la naturaleza humana sino lo que es malo y perverso: en lo cual somos refutados por el testimonio del sapientísimo Salomón, o más bien del Señor mismo, cuyas palabras son éstas; pues cuando la construcción del Templo fue terminada y él estaba orando, habló de la siguiente manera: «Y David mi padre quiso edificar una casa al nombre del Señor Dios de Israel: y el Señor dijo a David mi padre: Por cuanto has pensado en tu corazón edificar una casa a mi nombre, bien has hecho en tener esto mismo en tu mente. Sin embargo, no edificarás una casa a mi nombre.» [] Este pensamiento, pues, y este propósito del rey David, ¿lo llamaremos bueno y de Dios o malo y del hombre? Pues si aquel pensamiento era bueno y de Dios, ¿por qué Aquel por quien fue inspirado rehusó que se llevara a efecto? Pero si es malo y del hombre, ¿por qué es alabado por el Señor? Queda entonces que debemos tomarlo como bueno y del hombre. Y de la misma manera podemos tomar nuestros propios pensamientos hoy. Pues no le fue dado solamente a David pensar lo bueno por sí mismo, ni nos es negado a nosotros naturalmente pensar o imaginar algo que sea bueno. No puede dudarse, pues, que hay por naturaleza algunas semillas de bondad en toda alma, implantadas por la bondad del Creador: pero a menos que éstas sean avivadas por la ayuda de Dios, no podrán alcanzar un aumento de perfección, pues, como dice el bienaventurado Apóstol: «Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento.» [] Pero que la libertad de la voluntad está en cierto grado en el propio poder del hombre se enseña muy claramente en el libro titulado el Pastor, donde se dice que dos ángeles están adscritos a cada uno de nosotros, a saber, uno bueno y uno malo, mientras que queda a la propia elección del hombre decidir a cuál seguir. Y por tanto la voluntad siempre permanece libre en el hombre, y puede ya sea descuidar o deleitarse en la gracia de Dios. Pues el Apóstol no habría ordenado diciendo: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,» si no hubiera sabido que podía ser adelantada o descuidada por nosotros. Pero para que los hombres no imaginaran que no tenían necesidad de ayuda divina para la obra de salvación, añade: «Porque es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.» [] Y por eso advierte a Timoteo y dice: «No descuides la gracia de Dios que está en ti;» y de nuevo: «Por cuya causa te exhorto a que avives la gracia de Dios que está en ti.» De aquí también que al escribir a los Corintios los exhorte y advierta que no se muestren indignos de la gracia de Dios por sus obras infructuosas, diciendo: «Y nosotros, ayudando, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios:» [] pues la recepción de la gracia salvadora no fue de provecho para Simón, sin duda porque la recibió en vano; pues no quiso obedecer el mandato del bienaventurado Pedro que dijo: «Arrepiéntete de tu iniquidad, y ruega a Dios si quizá los pensamientos de tu corazón te sean perdonados; pues percibo que estás en hiel de amargura y en ataduras de iniquidad.» [] Previene, por tanto, la voluntad del hombre, pues se dice: «Mi Dios me prevenirá con su misericordia;» y de nuevo, cuando Dios espera y para nuestro bien difiere, para poner a prueba nuestros deseos, nuestra voluntad precede, pues se dice: «Y por la mañana mi oración te prevendrá;» y de nuevo: «Me anticipé al alba y clamé;» y: «Mis ojos se anticiparon a la mañana.» Pues Él nos llama y nos invita, cuando dice: «Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y contradictor;» [] y Él es invocado por nosotros cuando le decimos: «Todo el día he extendido mis manos hacia Ti.» Él nos espera, cuando se dice por el profeta: «Por lo cual el Señor espera para tener compasión de nosotros;» [] y es esperado por nosotros, cuando decimos: «Esperé con paciencia al Señor, y Él se inclinó hacia mí;» y: «He esperado tu salvación, oh Señor.» Él nos fortalece cuando dice: «Y los he castigado, y he fortalecido sus brazos; y han maquinado mal contra mí;» [] y Él nos exhorta a fortalecernos cuando dice: «Fortaleced las manos débiles, y afirmad las rodillas vacilantes.» [] Jesús clama: «Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba;» [] el profeta también clama a Él: «Me he fatigado clamando, mis fauces se han enronquecido: mis ojos han desfallecido, mientras espero en mi Dios.» El Señor nos busca, cuando dice: «Busqué y no hubo hombre. Llamé, y no hubo quien respondiera;» [] y Él mismo es buscado por la esposa que llora con lágrimas: «Busqué en mi lecho por la noche a aquel a quien ama mi alma: lo busqué y no lo hallé; lo llamé, y no me respondió.» []
Conf. 13, cap. 13
Así, la gracia de Dios coopera siempre con nuestra voluntad para su provecho, y en todo la asiste, protege y defiende, de tal modo que a veces incluso exige y espera de ella algunos esfuerzos de buena voluntad, para que no parezca otorgar sus dones a quien duerme o yace en muelle pereza; pues busca ocasiones de mostrar que, sacudido el sopor de la desidia humana, su liberalidad no es irrazonable cuando la concede a causa de algún deseo y de los esfuerzos por alcanzarla. Y no por eso deja la gracia de Dios de ser gracia gratuita, pues a cambio de unos esfuerzos pequeños e insignificantes otorga con inestimable largueza una gloria tal de inmortalidad y dones tales de bienaventuranza eterna. Pues aunque la fe del ladrón en la cruz vino primero, nadie diría que por eso no se le prometió como don gratuito la mansión bienaventurada del Paraíso, ni podríamos sostener que fue la penitencia de una sola palabra del rey David (la que pronunció: «He pecado contra el Señor,» y no más bien la misericordia de Dios la que borró aquellos dos gravísimos pecados suyos, de modo que se le concedió oír del profeta Natán: «El Señor ha apartado tu iniquidad; no morirás.» [] El hecho, pues, de que añadiera el homicidio al adulterio se debió ciertamente al libre albedrío; pero el que fuera reprendido por el profeta, esto fue gracia de la compasión divina. Igualmente, fue obra suya el humillarse y reconocer su culpa; pero que en brevísimo intervalo de tiempo se le otorgara el perdón de tales pecados, esto fue don del Señor misericordioso. Y ¿qué diremos de esta breve confesión y de la incomparable inmensidad de la recompensa divina, cuando es fácil ver lo que el bienaventurado Apóstol, fijando su mirada en la grandeza de la remuneración futura, anunció acerca de sus innumerables persecuciones? «Pues,» dice, «nuestra leve tribulación, que es momentánea, obra en nosotros un peso de gloria cada vez más excelente y eterno,» [] de la cual en otro lugar afirma constantemente, diciendo que «los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros.» [] Por mucho, pues, que se esfuerce la debilidad humana, no puede alcanzar la recompensa futura, ni con sus esfuerzos restar tanto a la gracia divina que ésta no siga siendo siempre don gratuito. Y por eso el citado maestro de los gentiles, aunque da testimonio de haber obtenido el grado del apostolado por gracia de Dios, diciendo: «Por la gracia de Dios soy lo que soy,» declara también que él mismo había correspondido a la gracia divina, donde dice: «Y su gracia no fue vana en mí; antes trabajé más abundantemente que todos ellos: aunque no yo, sino la gracia de Dios conmigo.» [] Porque cuando dice: «Trabajé,» muestra el esfuerzo de su propia voluntad; cuando dice: «aunque no yo, sino la gracia de Dios,» señala el valor de la protección divina; cuando dice: «conmigo,» afirma que ella coopera con él, no estando él ocioso ni descuidado, sino trabajando y esforzándose.
Capítulo 14. De cómo Dios prueba la fortaleza de la voluntad del hombre por medio de sus tentaciones
Conf. 13, cap. 14
Y esto leemos que lo proveyó la justicia divina en el caso de Job, su atleta bien probado, cuando el diablo lo desafió a singular combate. Porque si hubiera salido al encuentro de su enemigo no con sus propias fuerzas, sino únicamente con la protección de la gracia de Dios; y si, sostenido sólo por el auxilio divino, sin virtud alguna de paciencia por su parte, hubiera soportado aquel múltiple peso de tentaciones y pérdidas tramadas con toda la crueldad de su enemigo, ¿cómo habría podido repetir el diablo con alguna apariencia de justicia aquella calumnia que antes había proferido: «¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado a él, y a toda su hacienda en derredor? Pero retira tu mano,» esto es, permítele pelear conmigo con sus propias fuerzas, «y te maldecirá en tu rostro.» [] Mas como después de la lucha el enemigo calumniador no se atrevió a proferir semejante murmuración, admiró que había sido vencido por la fuerza de aquél y no por la de Dios; aunque tampoco debemos pensar que le faltara del todo la gracia de Dios, la cual concedió al tentador un poder de tentar proporcionado al que sabía que aquél tenía para resistir, sin protegerlo de sus ataques de tal modo que no dejara lugar a la virtud humana, sino proveyendo sólo esto: que el furiosísimo enemigo no lo sacara de sus casillas ni lo abrumara cuando estaba debilitado, con pensamientos desiguales y en desigual combate. Y que el Señor suele a veces tentar nuestra fe para hacerla más fuerte y gloriosa, nos lo enseña el ejemplo del centurión en el evangelio: pues aunque el Señor sabía que curaría a su siervo por el poder de su palabra, quiso sin embargo ofrecer su presencia corporal, diciendo: «Yo iré y le sanaré.» Pero cuando el centurión superó este ofrecimiento suyo por el ardor de una fe aún más ferviente, y dijo: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; mas di solamente la palabra y mi siervo sanará,» el Señor se maravilló de él y lo alabó, y lo antepuso a todos los del pueblo de Israel que habían creído, diciendo: «En verdad os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.» [] Porque no habría habido motivo de alabanza ni de mérito si Cristo hubiera preferido en él sólo lo que Él mismo le había dado. Y esta prueba escrutadora de la fe leemos que la justicia divina la realizó también en el caso del más grande de los patriarcas, donde se dice: «Y aconteció después de estas cosas que Dios tentó a Abraham.» [] Porque la justicia divina quiso probar no aquella fe con la que el Señor lo había inspirado, sino la que, una vez llamado e iluminado por el Señor, podía manifestar por su libre albedrío. Por lo cual la firmeza de su fe no fue probada sin razón, y cuando la gracia de Dios, que por un tiempo lo había dejado para probarlo, vino en su ayuda, se le dijo: «No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora conozco que temes al Señor, y que por mí no has perdonado a tu hijo amado.» Y que esta clase de tentación puede sobrevenirnos para probarnos, lo predijo con suficiente claridad el dador de la Ley en el Deuteronomio: «Si se levanta en medio de ti un profeta, o uno que dice haber visto un sueño, y predice una señal y un prodigio, y se cumple lo que dijo, y te dice: Vayamos y sirvamos a dioses extraños que tú no conoces, no escucharás las palabras de aquel profeta o soñador; porque el Señor vuestro Dios ciertamente os prueba, para saber si amáis al Señor con todo vuestro corazón y guardáis sus mandamientos, o no.» [] ¿Qué se sigue, pues? Cuando Dios ha permitido que se levante aquel profeta o soñador, ¿hemos de sostener que Él protegerá a aquellos cuya fe se propone probar, de tal modo que no deje lugar a su propio libre albedrío, donde puedan luchar con el tentador con sus propias fuerzas? ¿Y por qué es necesario siquiera que sean probados si Él sabe que son tan débiles y flacos que no pueden con su propio poder resistir al tentador? Mas ciertamente la justicia divina no habría permitido que fueran tentados si no supiera que había en ellos un poder igual de resistencia, por el cual pudieran, en justo juicio, ser hallados en uno u otro resultado, o culpables o dignos de alabanza. Al mismo efecto dice también el Apóstol: «Por tanto, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis, sino que con la tentación dará también la salida, para que podáis soportarla.» [] Porque cuando dice: «El que está firme mire que no caiga,» pone en guardia al libre albedrío, pues ciertamente sabía que, una vez recibida la gracia, podía o mantenerse firme por sus esfuerzos o caer por negligencia. Pero cuando añade: «No os ha sobrevenido tentación que no sea humana,» reprende su debilidad y la fragilidad de su corazón aún no fortalecido, pues todavía no podían resistir los ataques de las huestes de la maldad espiritual, contra las que sabía que él y los perfectos luchaban cada día; de las cuales dice también a los Efesios: «Porque no luchamos contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra la maldad espiritual en las regiones celestes.» [] Pero cuando añade: «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis,» ciertamente no espera que el Señor no permita que sean tentados, sino que no sean tentados más de lo que pueden soportar. Porque lo uno muestra el poder de la voluntad del hombre, lo otro denota la gracia del Señor, que modera la violencia de las tentaciones. En todas estas frases, pues, hay prueba de que la gracia divina estimula siempre la voluntad del hombre, no de modo que la proteja y defienda en todo hasta el punto de hacer que no luche por sus propios esfuerzos contra sus adversarios espirituales; para que el vencedor lo atribuya a la gracia de Dios, y el vencido a su propia debilidad, y así aprenda que su esperanza no está siempre en su propio valor, sino en el auxilio divino, y que debe acudir siempre a su Protector. Y para probar esto no por nuestra propia conjetura, sino por pasajes aún más claros de la Sagrada Escritura, consideremos lo que leemos en Josué, hijo de Nun: «El Señor,» dice, «dejó estas naciones y no quiso destruirlas, para probar por ellas a Israel, a ver si guardaban los mandamientos del Señor su Dios, y para que aprendiesen a luchar contra sus enemigos.» Y si podemos ilustrar la misericordia incomparable de nuestro Creador con algo terreno, no como igual en bondad, sino como ilustración de la misericordia: si una nodriza tierna y solícita lleva largo tiempo en su regazo a un niño para enseñarle algún día a andar, y primero le deja gatear, luego lo sostiene para que con el auxilio de su diestra pueda apoyarse en sus pasos alternados, después lo deja un poco y, si lo ve tambalearse, lo agarra, lo sujeta cuando cae, lo recoge cuando está en el suelo, y o bien lo libra de caer o permite que caiga levemente, y lo levanta de nuevo después del traspié; mas cuando lo ha criado hasta la niñez, o la fuerza de la juventud o los primeros años de la virilidad, le impone algunas cargas o trabajos con los que no sea abrumado sino ejercitado, y le permite competir con los de su edad; ¿cuánto más el Padre celestial de todos sabe a quién llevar en el regazo de su gracia, a quién ejercitar en la virtud ante su vista mediante el ejercicio del libre albedrío, y sin embargo lo ayuda en sus esfuerzos, lo escucha cuando lo invoca, no lo abandona cuando lo busca, y a veces lo arrebata del peligro sin que él lo sepa?
Conf. 13, cap. 15
Y con esto se muestra claramente que los «juicios de Dios son inescrutables y sus caminos incomprensibles,» [] por los cuales atrae al género humano a la salvación. Y esto podemos probarlo también con los ejemplos de llamamientos en los evangelios. Pues eligió a Andrés, a Pedro y a los demás apóstoles por la libre compasión de su gracia, cuando ellos no pensaban en nada en su curación ni en su salvación. A Zaqueo, cuando en su fidelidad se esforzaba por ver al Señor y suplía la pequeñez de su estatura con la altura del sicómoro, no sólo lo recibió, sino que lo honró con la bendición de morar con él. A Pablo, aun contra su voluntad y resistiéndose, lo atrajo hacia sí. A otro le mandó adherirse a Él tan estrechamente que, cuando pidió una brevísima dilación para enterrar a su padre, no se la concedió. A Cornelio, que perseveraba en oraciones y limosnas, se le mostró el camino de la salvación como recompensa, y por la visitación de un ángel se le mandó llamar a Pedro y aprender de él las palabras de salvación, por las cuales pudiera salvarse con todos los suyos. Y así la multiforme sabiduría de Dios concede a los hombres la salvación con multiforme e inescrutable bondad; y a cada uno imparte la gracia de su liberalidad según su capacidad, de modo que quiere conceder su curación no según el poder uniforme de su Majestad, sino según la medida de la fe en que halla a cada uno, o según Él mismo la ha impartido a cada uno. Pues cuando uno creyó que para la cura de su lepra bastaba la sola voluntad de Cristo, lo sanó por el simple consentimiento de su voluntad, diciendo: «Quiero, sé limpio.» [] Cuando otro pidió que viniera y resucitara a su hija muerta imponiéndole las manos, entró en su casa como él lo esperaba, y le concedió lo que pedía. Cuando otro creyó que lo esencial para su salvación dependía de su mandato, y respondió: «Di solamente la palabra y mi siervo sanará,» devolvió a su antigua fortaleza los miembros paralizados por el poder de una palabra, diciendo: «Vete, y como has creído te sea hecho.» A otros que esperaban la curación con tocar el borde de su manto, les concedió ricos dones de sanidad. A algunos, cuando se lo pedían, les otorgaba remedios para sus enfermedades. A otros les ofrecía los medios de curación sin pedirlo; a otros los exhortaba a la esperanza, diciendo: «¿Quieres ser sanado?» [] A otros, cuando estaban sin esperanza, les llevaba ayuda espontáneamente. Los deseos de algunos los escudriñaba antes de satisfacer sus necesidades, diciendo: «¿Qué queréis que os haga?» [] A otro, que no conocía el camino para obtener lo que deseaba, se lo mostró en su bondad, diciendo: «Si crees, verás la gloria de Dios.» [] Sobre algunos derramó con tanta riqueza las obras poderosas de sus curaciones, que de ellos dice el Evangelista: «Y sanó a todos sus enfermos.» [] Pero entre otros la insondable profundidad de la beneficencia de Cristo quedó tan obstruida, que se dijo: «Y no pudo hacer allí ningún milagro a causa de su incredulidad.» [] Y así la liberalidad de Dios se amolda, en efecto, a la capacidad de la fe del hombre, de modo que a uno se le dice: «Conforme a tu fe te sea hecho;» [] y a otro: «Vete, y como creíste te sea hecho;» [] a otro: «Hágase contigo como quieres,» [] y de nuevo a otro: «Tu fe te ha salvado.» []
Conf. 13, cap. 16
Pero nadie imagine que hemos aducido estos ejemplos para pretender que la parte principal de nuestra salvación estriba en nuestra fe, según la noción profana de algunos que lo atribuyen todo al libre albedrío y establecen que la gracia de Dios se dispensa conforme al mérito de cada hombre; sino que afirmamos claramente nuestra opinión incondicional: que la gracia de Dios sobreabunda y a veces desborda los estrechos límites de la poca fe del hombre. Y esto, según recordamos, sucedió en el caso del funcionario real del evangelio, quien, creyendo que era cosa más fácil que su hijo enfermo fuese sanado que resucitado de entre los muertos, imploró al Señor que viniera en seguida, diciendo: «Señor, desciende antes que mi hijo muera;» y aunque Cristo reprendió su poca fe con estas palabras: «Si no veis señales y prodigios, no creeréis,» no manifestó sin embargo la gracia de su divinidad en proporción a la debilidad de su fe, ni expulsó la enfermedad mortal de la fiebre con su presencia corporal, como aquel hombre creía que lo haría, sino con la palabra de su poder, diciendo: «Vete, tu hijo vive.» [] Y leemos también que el Señor derramó esta sobreabundancia de gracia en el caso de la curación del paralítico, cuando, aunque éste sólo pedía la curación de la debilidad que enervaba su cuerpo, primero llevó la salud al alma diciendo: «Hijo, ten buen ánimo; tus pecados te son perdonados.» Después de lo cual, como los escribas no creían que Él pudiera perdonar los pecados de los hombres, para confundir su incredulidad, libertó por el poder de su palabra los miembros del hombre y puso fin a su parálisis, diciendo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil: decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —dice entonces al paralítico—: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.» [] Y del mismo modo, en el caso del hombre que llevaba treinta y ocho años tendido junto al borde de la piscina, esperando la curación del movimiento del agua, mostró sin que se la pidieran el carácter principesco de su liberalidad. Pues cuando, queriendo incitarlo al remedio salvador, le había dicho: «¿Quieres ser sanado?,» y cuando el hombre se quejó de su falta de ayuda humana y dijo: «No tengo hombre que me meta en la piscina cuando el agua se agita,» el Señor, en su piedad, concedió perdón a su incredulidad e ignorancia, y lo restableció a su salud anterior, no de la manera que él esperaba, sino de la que Él mismo quiso, diciendo: «Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa.» [] ¿Y qué tiene de extraño que estas obras se cuenten del poder del Señor, cuando la gracia divina ha realizado obras semejantes por medio de sus siervos? Pues cuando Pedro y Juan entraban en el templo, y el hombre cojo desde el vientre de su madre y que no sabía andar pidió una limosna, no le dieron los míseros cobres que el enfermo pedía, sino el poder de andar; y cuando sólo esperaba el más pequeño de los dones para consolarlo, lo enriquecieron con el premio de una salud inesperada, como dijo Pedro: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.» []
Conf. 13, cap. 17
Con aquellos ejemplos, pues, que hemos aducido de los relatos evangélicos, podemos percibir con toda claridad que Dios trae la salvación a los hombres por métodos diversos e innumerables y por caminos inescrutables, y que a algunos, que ya la desean y tienen sed de ella, los estimula a un celo mayor, mientras que a otros los fuerza aun contra su voluntad y resistiéndose. Y que unas veces da su ayuda para el cumplimiento de aquellas cosas que ve que deseamos para nuestro bien, y otras pone en nosotros los comienzos mismos del santo deseo, y nos concede tanto el inicio de la buena obra como la perseverancia en ella. De ahí proviene que en nuestras oraciones proclamemos a Dios no sólo como nuestro Protector y Salvador, sino también como nuestro Auxiliador y Fiador. Pues, cuando Él nos llama primero a Sí y, siendo aún ignorantes y reacios, nos atrae hacia la salvación, es nuestro Protector y Salvador; mas, cuando ya nos esforzamos, suele traernos ayuda, y recibir y defender a los que acuden a Él como refugio, es llamado nuestro Fiador y Refugio. Finalmente, el bienaventurado Apóstol, dando vueltas en su mente a esta múltiple liberalidad de la providencia de Dios, al ver que ha caído en un vasto e ilimitado océano de la bondad de Dios, exclama: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán inescrutables son los juicios de Dios e inescrutables sus caminos! Pues ¿quién conoció la mente del Señor?» [] Quien, pues, imagine que puede por la razón humana sondear las profundidades de aquel abismo inconcebible, intentará deshacer el asombro ante aquella ciencia ante la cual se sobrecogió aquel grande y poderoso maestro de los gentiles. Porque si un hombre piensa que puede concebir en su mente o discutir exhaustivamente la dispensación de Dios por la cual obra la salvación en los hombres, ciertamente impugna la verdad de las palabras del Apóstol y afirma con profana audacia que sus juicios pueden ser escudriñados y sus caminos rastreados. Esta providencia y amor de Dios, pues, que el Señor en su incansable bondad se digna mostrarnos, la compara al corazón más tierno de una madre bondadosa, queriendo expresarlo con una figura del afecto humano, y no halla en sus criaturas ningún sentimiento de amor con el que pudiera compararlo mejor. Y usa este ejemplo, porque nada más querido puede hallarse en la naturaleza humana, diciendo: «¿Puede acaso una madre olvidar a su hijo, de modo que no se compadezca del hijo de sus entrañas?» Pero no contento con esta comparación, la supera enseguida y añade estas palabras: «Y aunque ella llegara a olvidar, yo no te olvidaré.» []
Conf. 13, cap. 18
Y de esto deducen claramente quienes, guiados no por palabras vanas sino por la experiencia, miden la magnitud de la gracia y los mezquinos límites de la voluntad del hombre, que «no es de los ligeros la carrera, ni de los fuertes la guerra, ni de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los entendidos la gracia,» sino que «todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como quiere.» Y por tanto se prueba no con una fe dudosa, sino con una experiencia que (por así decirlo) puede palparse, que Dios, Padre de todas las cosas, obra indistintamente todas las cosas en todos, como dice el Apóstol, a la manera de un padre bondadosísimo y de un médico muy benigno; y que unas veces pone en nosotros los comienzos mismos de la salvación, y otorga a cada uno el fervor de su libre albedrío; otras concede la realización de la obra y el perfeccionamiento de la bondad; otras salva a los hombres, aun contra su voluntad y sin saberlo, de una ruina inminente y de una caída precipitada; otras les ofrece ocasiones y oportunidades de salvación, y aparta los ataques precipitados y violentos de propósitos que acarrearían la muerte; asiste a algunos que ya están dispuestos y corren, mientras que atrae a otros que se resisten y no quieren, y los fuerza a una buena voluntad. Pero que, cuando no resistimos siempre ni permanecemos obstinadamente reacios, todo se nos concede por Dios, y que la parte principal de nuestra salvación ha de atribuirse no al mérito de nuestras obras sino a la gracia celestial, lo aprendemos de las palabras del mismo Señor: «Y recordaréis vuestros caminos y todas vuestras maldades con que os habéis contaminado; y os desagradaréis de vosotros mismos a vuestros propios ojos por todas las maldades que habéis cometido. Y sabréis que yo soy el Señor, cuando haya obrado bien con vosotros por amor de mi nombre, no según vuestros malos caminos, ni según vuestras malas obras, oh casa de Israel.» [] Y por tanto, todos los padres católicos que han enseñado la perfección del corazón no con vanas disputas de palabras, sino con hechos y obras, han establecido que el primer grado del don divino consiste en que cada hombre se inflame en el deseo de todo lo bueno, pero de tal manera que la elección del libre albedrío quede abierta a una u otra parte; y que el segundo grado de la gracia divina consiste en que las mencionadas prácticas de virtud puedan realizarse, pero de tal manera que no se destruyan las posibilidades de la voluntad; el tercer grado pertenece también a los dones de Dios, para que la bondad ya adquirida se mantenga por la perseverancia, y de tal manera que la libertad no sea entregada ni sufra esclavitud. Pues ha de sostenerse que el Dios de todos obra en todos, de modo que incite, proteja y fortalezca, pero no que quite la libertad de la voluntad que Él mismo dio una vez. Si, empero, alguna inferencia más sutil de la argumentación y el razonamiento humanos parece oponerse a esta interpretación, debe evitarse antes que aducirse para destrucción de la fe (pues no alcanzamos la fe a partir del entendimiento, sino el entendimiento a partir de la fe, como está escrito: «Si no creyereis, no entenderéis» []) pues de qué modo obra Dios todas las cosas en nosotros y, sin embargo, todo puede atribuirse al libre albedrío, no puede ser plenamente comprendido por la mente y la razón del hombre.
Fortalecidos con este alimento, el bienaventurado Queremón nos impidió sentir la fatiga de tan difícil camino.