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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. De nuestra estancia en Escete y de lo que propusimos al abad Moisés
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
  70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
  97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
  98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
  99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
  100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
  101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
  102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
  103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
  104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
  105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
  106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
  107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
  108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
  109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
  110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
  111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
  112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
  113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
  114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
  115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
  116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
  117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
  118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
  119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
  120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
  122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
  123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
  124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
  125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
  126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
  127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
  128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
  129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
  130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
  131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
  132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
  133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
  134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
  135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
  136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
  137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
  138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
  139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
  140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
  141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
  142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
  143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
  144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
  145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
  146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
  147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
  148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
  149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
  150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
  151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
  152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
  153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
  154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
  155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
  156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
  157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
  158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
  159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — MONACATO LATINO

    Índice de la obra

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    Conferencias

    c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers49 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 21 · Conferencia 8. Abad SerenoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CAS-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minConferencia 1. Abad Moisés
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    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Comparación con un hombre que trata de dar en el blanco
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del esfuerzo principal hacia la contemplación de las cosas, y de un ejemplo tomado del caso de Marta y María
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la permanencia de la caridad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. De la permanencia del alma
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 15. De qué manera debemos meditar en Dios
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 20. Del discernimiento de los pensamientos, con una ilustración del cambista experto
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ilusión del abad Juan
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minConferencia 2. Abad Moisés
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del error de Saúl y de Acab, por el cual fueron engañados por falta de discreción
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la destrucción de dos hermanos por falta de discreción
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11. Palabras del abad Serapión sobre el decaimiento de los pensamientos que se manifiestan a otros, y también sobre el peligro de la confianza en uno mismo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 12. Confesión de la modestia que nos hacía avergonzarnos de revelar nuestros pensamientos a los ancianos
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del llamamiento de Samuel
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 20. Una objeción sobre la facilidad de aquella abstinencia en que un hombre se sustenta con dos bizcochos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minConferencia 3. Abad Pafnucio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo el primero de estos llamamientos de nada aprovecha al perezoso, y el último no es estorbo para quien es fervoroso
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. De cómo podemos alcanzar la perfección en cada una de estas clases de renuncias
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 8. De nuestras propias posesiones, en las cuales se ve la hermosura del alma o su fealdad
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 11. Pregunta sobre el libre albedrío del hombre y la gracia de Dios
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 16. Que la fe misma debe sernos dada por el Señor
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 20. Que nada puede hacerse en este mundo sin Dios
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minConferencia 4. Abad Daniel
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6. Cómo a veces es para nuestro provecho ser abandonados por Dios
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10. Que la palabra carne no se usa con un solo significado
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 13. De la ventaja de la dilación que resulta del combate entre la carne y el espíritu
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 18. La cuestión de cuál es la diferencia entre el hombre carnal y el hombre natural
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20. De aquellos que renuncian mal al mundo
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minConferencia 5. Abad Serapión
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nuestro Señor solo fue tentado sin pecado
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. De cómo la vanagloria y la soberbia pueden consumarse sin ayuda alguna del cuerpo
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11. Del origen y carácter de cada uno de estos vicios
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 13. De los diferentes modos en que todos estos vicios nos asaltan
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del significado de las siete naciones de cuyas tierras tomó posesión Israel, y de la razón por la cual unas veces se habla de ellas como «siete» y otras como «muchas»
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 19. La razón por la cual una nación ha de ser abandonada, mientras se manda destruir a siete
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De qué manera nos es útil tomar posesión de sus tierras
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 27. Que nuestras batallas no se libran contra nuestros vicios en el mismo orden en que estos figuran en la lista
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 9 minConferencia 6. Abad Teodoro
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De cómo el mal no puede ser forzado sobre nadie por otro contra su voluntad
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 9. El caso de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas: y de cómo tanto la prosperidad como la adversidad aprovechan al hombre bueno
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 11. De las dos clases de pruebas, que nos sobrevienen de tres maneras
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12. De cómo el hombre recto debe ser como un sello no de cera, sino de duro acero
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 17. Que nadie es derribado por tierra con una caída repentina
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minConferencia 7. Abad Sereno
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 7 minConferencia 8. Abad Sereno
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minConferencia 9. Abad Isaac
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la ligereza del alma, que puede compararse a un ala o a una pluma
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 7. De la cuestión de cómo es más trabajoso conservar los buenos pensamientos que suscitarlos
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. De las súplicas
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 16. De los géneros de oración a los que debemos dirigirnos
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 19. De la cláusula «Venga tu reino.»
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 23. De la cláusula: «No nos dejes caer en tentación.»
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 13 minCapítulo 29. Respuesta sobre las variedades de compunción que brotan de las lágrimas
    70. Sesión 70 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 35. De la oración que ha de ofrecerse dentro de la cámara y con la puerta cerrada
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minConferencia 10. Abad Isaac
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 4. De nuestro regreso al abad Isaac y de la cuestión sobre el error en el que había caído el antedicho anciano
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Qué constituye nuestro fin y perfecta bienaventuranza
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. La respuesta sobre la eficacia del entendimiento, que se adquiere por la experiencia
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11. De la perfección de la oración a la que podemos elevarnos por el método descrito
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 4 minCapítulo 13. De la ligereza de los pensamientos
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minConferencia 11. Abad Queremón
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Del abad Queremón y su excusa acerca de la enseñanza que pedíamos
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cuánto aventajan los que se apartan del pecado por el sentimiento del amor
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo la perfección del amor consiste en orar por los enemigos y por qué señales se reconoce una mente aún no purificada
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Del temor que procede del amor más grande
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 15. El aplazamiento de la explicación solicitada
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minConferencia 13. Abad Queremón
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. La respuesta acerca de la castidad imaginaria de los filósofos
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la gracia de Dios y del libre albedrío
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. De la debilidad del libre albedrío
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que la buena voluntad no debe atribuirse siempre a la gracia, ni siempre al hombre mismo
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 13. De cómo los esfuerzos humanos no pueden oponerse a la gracia de Dios
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la multiforme gracia de los llamamientos de los hombres
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. De la inescrutable providencia de Dios
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 6 minConferencia 14. Abad Nesteros
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 6. De cómo los débiles se mueven fácilmente
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. De cómo de la ciencia práctica hemos de pasar a la espiritual
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 11. De los múltiples sentidos de las Santas Escrituras
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 14. De cómo un alma impura no puede ni dar ni recibir conocimiento espiritual
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 17. A quiénes debe revelarse el método de la perfección
    97. Sesión 97 · Parte 14 · ≈ 9 minConferencia 15. Abad Nesteros
    98. Sesión 98 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 4. Del milagro que el abad Abraham obró en los pechos de una mujer
    99. Sesión 99 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 8. Cuán más admirable es haber arrojado de uno mismo las propias faltas que expulsar demonios de otro
    100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 6 minConferencia 16. Abad José
    101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
    102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
    103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los diferentes grados del amor
    104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
    105. Sesión 105 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 19. De los que ayunan por ira
    106. Sesión 106 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
    107. Sesión 107 · Parte 15 · ≈ 1 minCapítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
    108. Sesión 108 · Parte 16 · ≈ 6 minConferencia 17. Abad José
    109. Sesión 109 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
    110. Sesión 110 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
    111. Sesión 111 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
    112. Sesión 112 · Parte 16 · ≈ 12 minCapítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
    113. Sesión 113 · Parte 16 · ≈ 16 minCapítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
    114. Sesión 114 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
    115. Sesión 115 · Parte 17 · ≈ 7 minConferencia 18. Abad Piamún
    116. Sesión 116 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 4. De las tres clases de monjes que hay en Egipto
    117. Sesión 117 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Del origen de los sarabaítas y de su modo de vida
    118. Sesión 118 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 8. De una cuarta clase de monjes
    119. Sesión 119 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 14. Del ejemplo de paciencia dado por una mujer religiosa
    120. Sesión 120 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    121. Sesión 121 · Parte 17 · ≈ 1 minCapítulo 16. Sobre la perfección de la paciencia
    122. Sesión 122 · Parte 18 · ≈ 7 minConferencia 19. Abad Juan
    123. Sesión 123 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 5. De las ventajas del desierto
    124. Sesión 124 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8. Respuesta a la pregunta propuesta
    125. Sesión 125 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 12. La respuesta, mostrando cómo puede el solitario descubrir sus faltas
    126. Sesión 126 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 15. Una pregunta: si la castidad debe ser averiguada del mismo modo que los demás afectos
    127. Sesión 127 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2. De nuestra llegada a él
    128. Sesión 128 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6. Pregunta sobre si nuestros pecados han de ser recordados por contrición de corazón
    129. Sesión 129 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 9. Cuán valioso es para los perfectos el olvido del pecado
    130. Sesión 130 · Parte 19 · ≈ 6 minConferencia 21. Abad Teonas
    131. Sesión 131 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 5. Cómo los que viven bajo la gracia del Evangelio deben ir más allá de la exigencia de la ley
    132. Sesión 132 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo Teonas exhortó a su esposa para que también ella hiciera su renuncia
    133. Sesión 133 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 10. Una explicación para que no parezca que recomendamos la separación de las esposas
    134. Sesión 134 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 14. De cómo el ayuno no es bueno por su propia naturaleza
    135. Sesión 135 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo lo que es bueno por su propia naturaleza puede distinguirse de otras cosas que son buenas
    136. Sesión 136 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 21. Una pregunta: si la relajación del ayuno no perjudica a la castidad del cuerpo
    137. Sesión 137 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 23. Del tiempo y medida del recreo
    138. Sesión 138 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 27. Por qué muchos guardan la Cuaresma con un número distinto de días
    139. Sesión 139 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 31. Cómo debemos entender las palabras del Apóstol: «El pecado no tendrá dominio sobre vosotros.»
    140. Sesión 140 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 34. De cómo puede mostrarse que un hombre está bajo la gracia
    141. Sesión 141 · Parte 20 · ≈ 6 minConferencia 23. Abad Teonas
    142. Sesión 142 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 3. Cuál es realmente el bien que el Apóstol declara que no podía realizar
    143. Sesión 143 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 5. De cómo nadie puede atender de continuo a aquel sumo bien
    144. Sesión 144 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 6. Cómo los que piensan que están sin pecado se asemejan a los de vista corta
    145. Sesión 145 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 9. Del cuidado con que un monje debe conservar la recolección de Dios
    146. Sesión 146 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 12. También de esto: «Mas sabemos que la ley es espiritual,» etc
    147. Sesión 147 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 14. Una objeción: que la frase: «Porque no hago el bien que quiero,» etc., no se aplica ni a la persona de los incrédulos ni a la de los santos
    148. Sesión 148 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 16. Qué es el cuerpo del pecado
    149. Sesión 149 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 18. Que ni aun los varones buenos y santos están sin pecado
    150. Sesión 150 · Parte 21 · ≈ 6 minConferencia 24. Abad Abraham
    151. Sesión 151 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 3. Del carácter de las regiones que deben buscar los anacoretas
    152. Sesión 152 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 7. Cuestión de por qué la vecindad de nuestros parientes se considera un estorbo para nosotros, mientras que no lo es en el caso de los que viven en Egipto
    153. Sesión 153 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cuestión de si es malo para un monje que sus necesidades sean provistas por sus parientes
    154. Sesión 154 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 13. El relato de las pagas de un barbero, introducido para aprender a reconocer las ilusiones del diablo
    155. Sesión 155 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 16. De que la parte racional de nuestra alma está corrompida
    156. Sesión 156 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 19. La respuesta sobre la ilusión del diablo, que nos promete la paz de una soledad más vasta
    157. Sesión 157 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 23. La respuesta, con la explicación de la sentencia
    158. Sesión 158 · Parte 21 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del bien que trae consigo el ataque de la tentación
    159. Sesión 159 · Parte 21 · ≈ 7 minLo que dejó la obra

    Conferencia 8. Abad Sereno

    La segunda conferencia del abad Sereno. Sobre los principados.

    Capítulo 1. De la hospitalidad del abad Sereno

    Conf. 8, cap. 1

    Cuando hubimos terminado los deberes del día y la congregación fue despedida de la iglesia, volvimos a la celda del anciano y disfrutamos de un banquete espléndido. Pues en lugar de la salsa que, con unas pocas gotas de aceite extendidas por encima, solía ponerse en la mesa para su comida diaria, mezcló un poco de cocimiento y derramó sobre él una cantidad de aceite algo más liberal que de costumbre; pues cada uno de ellos, cuando va a tomar su comida diaria, derrama aquellas gotas de aceite, no para recibir gozo alguno del sabor (pues tan limitada es la provisión que apenas basta, no diré para ungir el conducto de su garganta y sus fauces, sino aun para pasarlo), sino para, usando de él, reprimir la soberbia de su corazón (la cual ciertamente se desliza de modo furtivo y seguro si su abstinencia es más estricta) y los incentivos de la vanagloria; pues cuanto con mayor secreto se practica su abstinencia y se lleva a cabo sin que nadie lo vea, tanto más sutilmente no cesa de tentar al hombre que la oculta. Luego puso ante nosotros sal de mesa y tres aceitunas a cada uno; después sacó una cesta que contenía vezas tostadas, a las que llaman trogalia, de las cuales tomamos cada uno cinco granos, dos ciruelas pasas y un higo por persona. Pues se considera malo que alguien exceda de esa cantidad en aquel desierto. Y cuando terminamos este banquete y comenzamos a pedirle de nuevo la solución prometida de la cuestión, «Oigamos,» dijo el anciano, «vuestra pregunta, cuya consideración aplazamos hasta el momento presente.»

    Capítulo 2. Enseñanzas sobre las diferentes clases de maldad espiritual

    Conf. 8, cap. 2

    Entonces Germano: Queremos saber cuál es el origen de la gran variedad de potestades hostiles opuestas a los hombres y de la diferencia entre ellas, que el bienaventurado Apóstol compendia del modo siguiente: «Porque no luchamos contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores mundiales de estas tinieblas, contra espíritus de maldad en las regiones celestes:» [] y de nuevo: «Ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.» [] ¿De dónde surge, pues, la enemistad de toda esta malicia celosa de nosotros? ¿Hemos de creer que aquellas potestades fueron creadas por el Señor para esto, a saber, para luchar contra los hombres en estos grados y órdenes?

    Capítulo 3. Respuesta sobre las muchas clases de alimentos que se ofrecen en la sagrada Escritura

    Conf. 8, cap. 3

    Sereno: La autoridad de la sagrada Escritura dice, sobre aquellos puntos acerca de los cuales quiere informarnos, algunas cosas tan clara y evidentemente aun a los enteramente faltos de entendimiento, que no solo no están veladas por la oscuridad de ningún sentido oculto, sino que ni siquiera requieren la ayuda de explicación alguna, sino que llevan su sentido y significado en la superficie de las palabras y de las letras: pero otras cosas están tan ocultas y envueltas en misterios que ofrecen un campo inmenso a la destreza y al cuidado en su discusión y explicación. Y es claro que Dios lo ha ordenado así por muchas razones: primero, para que los santos misterios, si no estuvieran cubiertos por ningún velo de sentido espiritual, no quedaran expuestos por igual al conocimiento y entendimiento de todos, es decir, tanto de los profanos como de los fieles, y así no hubiera diferencia en materia de bondad y prudencia entre el perezoso y el diligente: además, para que entre los que son de la casa de la fe, al abrirse ante ellos inmensas diferencias de capacidad intelectual, hubiera ocasión de reprender la pereza de los ociosos y de probar la agudeza y diligencia de los fervorosos. Y así la sagrada Escritura se compara oportunamente a un campo rico y fértil, que, mientras produce y da mucho bueno para el alimento del hombre sin ser cocido por el fuego, produce algunas cosas que resultan inadecuadas para el uso del hombre o incluso dañinas si no pierden toda la aspereza de su estado crudo al ser templadas y suavizadas por el calor del fuego. Pero algunas son aptas por naturaleza para usarse en ambos estados, de modo que, aun sin cocer, no resultan desagradables por su crudeza, pero se hacen más sabrosas al ser cocidas y calentadas por el fuego. Se producen también muchas más cosas aptas solo para el alimento de las criaturas irracionales, de los ganados, de las fieras y de las aves, pero del todo inútiles como comida para los hombres, las cuales, mientras están aún en su estado rudo sin haber sido tocadas en modo alguno por el fuego, contribuyen a la salud y vida de los ganados. Y podemos ver claramente que el mismo sistema se mantiene en aquel fertilísimo jardín de las Escrituras del Espíritu, en el cual algunas cosas brillan claras y resplandecientes en su sentido literal, de tal manera que, aunque no tienen necesidad de ninguna interpretación más alta, proporcionan a los oyentes abundante alimento y nutrición en el simple sonido de las palabras: como en este pasaje: «Escucha, Israel: el Señor tu Dios es el único Señor;» y: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas.» [] Pero hay algunos que, si no son atenuados por una interpretación alegórica y suavizados por la prueba del fuego del espíritu, no pueden llegar a ser alimento saludable para el hombre interior sin daño y perjuicio para él; y de recibirlos le vendrá más daño que provecho: como con este pasaje: «Estén ceñidos vuestros lomos y encendidas vuestras lámparas;» y: «el que no tiene espada, venda su manto y compre una espada;» y: «el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí;» pasaje que algunos monjes muy fervorosos, teniendo «celo de Dios, pero no conforme a ciencia» [] entendieron literalmente, y así se hicieron cruces de madera, y las llevaban constantemente sobre sus hombros, y fueron así causa no de edificación sino de burla por parte de todos los que los veían. Pero algunos son capaces de tomarse adecuada y propiamente en ambos sentidos, es decir, el histórico y el alegórico, de modo que una u otra explicación proporciona a la mente un remedio saludable; como este pasaje: «Si alguien te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;» y: «cuando os persigan en una ciudad, huid a otra;» y: «si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo, y ven y sígueme.» Produce también ciertamente «hierba para el ganado» (y de este alimento están llenos todos los campos de la Escritura); a saber, las narraciones históricas sencillas y simples, con las cuales la gente sencilla y los que son incapaces de un entendimiento perfecto y sano (de quienes se dice «Tú, Señor, salvarás a hombres y bestias» ) pueden hacerse más fuertes y vigorosos para su duro trabajo y la fatiga de la vida actual, conforme al estado y medida de su capacidad.

    Capítulo 4. Del doble sentido en que puede tomarse la sagrada Escritura

    Conf. 8, cap. 4

    Por lo cual, sobre aquellos pasajes que se presentan con una explicación clara, también nosotros podemos constantemente exponer el sentido y afirmar con valentía nuestras propias opiniones. Pero aquellos que el Espíritu Santo, reservándolos para nuestra meditación y ejercicio, ha insertado en la sagrada Escritura con sentido velado, queriendo que algunos de ellos se deduzcan de diversas pruebas y conjeturas, deben ser reunidos paso a paso y con cuidado, de modo que sus aseveraciones y pruebas puedan ordenarse según la discreción del que argumenta o los sostiene. Pues a veces, cuando se expresa una diferencia de opinión sobre un mismo asunto, cualquiera de las dos interpretaciones puede considerarse razonable y mantenerse sin daño para la fe, ya firme, ya dudosamente, es decir, de tal manera que a la segunda no se le conceda ni plena fe ni rechazo absoluto, y la segunda interpretación no necesita interferir con la primera, si ninguna de las dos se halla contraria a la fe: como en este caso: donde Elías vino en la persona de Juan, [] y ha de ser de nuevo el precursor de la venida del Señor: y en lo que toca a la «abominación de la desolación» que «estaba en el lugar santo,» por medio de aquel ídolo de Júpiter que, como leemos, fue colocado en el templo de Jerusalén, y que ha de estar de nuevo en la Iglesia por la venida del Anticristo, y todas aquellas cosas que siguen en el Evangelio, las cuales tomamos como cumplidas antes de la cautividad de Jerusalén y como aún por cumplirse al fin de este mundo. En estas materias ni una interpretación se opone a la otra, ni la primera interpretación interfiere con la segunda.

    Capítulo 5. De que la cuestión propuesta debe contarse entre las cosas que han de mantenerse de manera neutral o dudosa

    Conf. 8, cap. 5

    Y por tanto, puesto que la cuestión suscitada por nosotros no parece haber sido ventilada entre los hombres suficientemente ni con frecuencia, y es clara para la mayoría, y por esta circunstancia lo que aducimos quizá parezca dudoso a algunos, debemos regular nuestra propia opinión (puesto que no interfiere con la fe en la Trinidad) de modo que pueda contarse entre las cosas que han de mantenerse dudosamente; aunque no descansan en meras opiniones, como las que suelen darse a conjeturas y suposiciones, sino en clara prueba de la Escritura.

    Capítulo 6. De que nada es creado malo por Dios

    Conf. 8, cap. 6

    Lejos de nosotros el admitir que Dios ha creado algo sustancialmente malo, como dice la Escritura «todo lo que Dios había hecho era muy bueno.» [] Porque si fueron creados por Dios tales como ahora son, o hechos para este propósito, a saber, para ocupar estas posiciones de malicia y estar siempre dispuestos para la seducción y ruina de los hombres, calumniaríamos, contra el parecer de la Escritura arriba citada, a Dios como Creador y autor del mal, como si Él mismo hubiera formado voluntades y naturalezas del todo malas, creándolas precisamente para esto, a saber, para que persistieran siempre en su maldad y nunca pasaran al sentimiento de una buena voluntad. La siguiente razón, pues, de esta diversidad es la que recibimos de la tradición de los padres, sacada de la fuente de la sagrada Escritura.

    Capítulo 7. Del origen de los principados o potestades

    Conf. 8, cap. 7

    Ninguno de los fieles pone en duda que antes de la formación de esta creación visible hizo Dios las potestades espirituales y celestiales, para que, por el hecho mismo de saber que habían sido formadas de la nada por la bondad del Creador para tanta gloria y felicidad, le tributaran continuas gracias y no cesaran de alabarlo. Pues tampoco debemos imaginar que Dios comenzó por primera vez a originar su creación y su obra con la formación de este mundo, como si en aquellos innumerables siglos anteriores no hubiera tenido pensamiento alguno de la Providencia y del orden divino de las cosas, y como si pudiéramos creer que, no teniendo nadie a quien mostrar las bendiciones de su bondad, hubiera estado solitario y ajeno a toda liberalidad; cosa demasiado pobre e indigna de pensarse de aquella Majestad ilimitada, eterna e incomprensible; como dice el Señor mismo de estas potestades: «Cuando se hicieron juntamente las estrellas, todos mis ángeles me alabaron a gran voz.» Aquellos, pues, que estuvieron presentes en la creación de las estrellas quedan claramente probados que fueron creados antes de aquel «principio» en el que se dice que fueron hechos el cielo y la tierra, por cuanto se dice que alabaron con grandes voces y admiración al Creador a causa de todas aquellas criaturas visibles que, según veían, procedían de la nada. Antes, pues, de aquel principio en el tiempo del que habla Moisés, y que según la interpretación histórica y judaica denota la edad de este mundo (sin perjuicio de nuestra interpretación, según la cual explicamos que el «principio» de todas las cosas es Cristo, en quien el Padre creó todas las cosas, como se dice «Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho,» ) [] antes, digo, de aquel principio del Génesis en el tiempo, no hay duda de que Dios había creado ya todas aquellas potestades y virtudes celestiales; las cuales el Apóstol enumera en orden y describe así: «Porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, visibles e invisibles, sean ángeles o arcángeles, sean tronos o dominios, sean principados o potestades. Todas las cosas fueron hechas por él y en él.» []

    Capítulo 8. De la caída del diablo y de los ángeles

    Conf. 8, cap. 8

    Y así se nos muestra claramente que de aquel número cayeron algunos de los príncipes, por las lamentaciones de Ezequiel e Isaías, en las cuales sabemos que el príncipe de Tiro o aquel Lucero que se levantaba por la mañana es lamentado con llanto doloroso: y de él habla el Señor a Ezequiel como sigue: «Hijo de hombre, levanta endechas sobre el príncipe de Tiro y dile: Así dice el Señor Dios: Tú eras el sello de la semejanza, lleno de sabiduría, perfecto en hermosura. Estabas en las delicias del paraíso de Dios: toda piedra preciosa te cubría: el sardio, el topacio y el jaspe, el crisólito, el ónice y el berilo, el zafiro, el carbunclo y la esmeralda: el oro era la obra de tu hermosura, y tus flautas fueron preparadas en el día en que fuiste creado. Eras un querubín extendido y protector, y te puse en el santo monte de Dios; anduviste en medio de las piedras de fuego. Eras perfecto en tus caminos desde el día de tu creación, hasta que se halló en ti iniquidad. Por la multitud de tu tráfico tus entrañas se llenaron de iniquidad y pecaste; y yo te arrojé del monte de Dios, y te destruí, oh querubín protector, de en medio de las piedras de fuego. Y tu corazón se enalteció a causa de tu hermosura; perdiste tu sabiduría a causa de tu hermosura; yo te eché por tierra; te puse delante de los reyes, para que te miraran. Has profanado tus santuarios con la multitud de tus iniquidades y con la iniquidad de tu tráfico.» [] Isaías dice también de otro: «¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! ¡Cómo fuiste derribado a tierra, tú que herías a las naciones! Y dijiste en tu corazón: Subiré al cielo, exaltaré mi trono por encima de las estrellas de Dios, me sentaré en el monte del pacto, a los lados del norte. Subiré sobre las alturas de las nubes; seré semejante al Altísimo.» [] Pero la sagrada Escritura refiere que estos no cayeron solos de aquella cumbre de su estado en la bienaventuranza, pues nos dice que el dragón arrastró consigo la tercera parte de las estrellas. [] También uno de los Apóstoles dice aún más claramente: «Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día.» Esto también que se nos dice: «Mas como hombres moriréis, y como cualquiera de los príncipes caeréis,» ¿qué otra cosa implica sino que muchos príncipes han caído? Y por estos testimonios podemos deducir la razón de esta diversidad; a saber, o que conservan todavía aquellas diferencias de rango (que se dice que poseen las potestades adversas, a la manera de las virtudes santas y celestiales) del estado de su rango anterior en el que cada uno fue creado, o bien que, aunque ellos mismos fueron arrojados de los lugares celestiales, sin embargo, como recompensa de aquella malicia suya en la que se han graduado en el mal, reclaman perversamente entre sí estos grados y títulos de rango, imitando a aquellas virtudes que han permanecido firmes allí.

    Capítulo 9. Una objeción que afirma que la caída del diablo tuvo su origen en el engaño de Dios

    Conf. 8, cap. 9

    Germán: Hasta ahora solíamos creer que la razón y el comienzo de la ruina y caída del diablo, por la cual fue arrojado de su estado celestial, fue más particularmente la envidia, cuando con su maliciosa sutileza engañó a Adán y Eva.

    Capítulo 10. Respuesta sobre el comienzo de la caída del diablo

    Conf. 8, cap. 10

    Sereno: El pasaje del Génesis muestra que aquel no fue el comienzo de su caída y ruina, pues antes de la seducción de estos considera que él ya había sido marcado con la ignominia del nombre de serpiente, donde dice: «Pero la serpiente era más astuta» o, como lo expresan los códices hebreos, «más sutil que todas las bestias de la tierra que el Señor Dios había hecho.» [] Ves, pues, que él se había apartado de su santidad angélica aun antes de engañar al primer hombre, de tal modo que no solo mereció ser marcado con la ignominia de este título, sino que aventajó en verdad a todas las demás bestias de la tierra en los artificios de la maldad. Porque la sagrada Escritura no habría designado a un ángel bueno con semejante término, ni habría dicho de los que aún permanecían en aquel estado de bienaventuranza: «Pero la serpiente era más astuta que todas las bestias de la tierra.» Porque este título no podría aplicarse, no digo a Gabriel o a Miguel, sino que ni siquiera sería adecuado a ningún hombre bueno. Y así el título de serpiente y la comparación con las bestias sugieren clarísimamente no la dignidad de un ángel, sino la infamia de un apóstata. Finalmente, la ocasión de la envidia y de la seducción que lo llevó a engañar al hombre surgió del terreno de su caída anterior, en el hecho de que vio que el hombre, que había sido formado poco antes del polvo de la tierra, iba a ser llamado a aquella gloria de la que recordaba que él mismo, siendo aún uno de los príncipes, había caído. Y así aquella primera caída suya, debida a la soberbia, y que le obtuvo el nombre de serpiente, fue seguida de una segunda debida a la envidia: y como esta lo halló aún en posesión de algo recto, de modo que pudo disfrutar de algún trato de conversación y consejo con el hombre, por la sentencia del Señor fue muy oportunamente arrojado a lo más profundo, para que ya no anduviera como antes erguido, mirando hacia lo alto, sino que se pegara a la tierra y se arrastrara, y fuera abatido sobre su vientre y se alimentara del alimento terreno y de las obras de los pecados, y proclamara de allí en adelante su hostilidad secreta, y pusiera entre sí y el hombre una enemistad que es ventajosa para nosotros y una discordia que es provechosa para nosotros, de modo que, mientras los hombres se guarden de él como de un enemigo peligroso, no pueda dañarlos ya con una apariencia engañosa de amistad.

    Capítulo 11. El castigo del que engaña y del engañado

    Conf. 8, cap. 11

    Pero en este asunto, para apartarnos de los malos consejos, debemos aprender una lección particular del hecho de que, si bien el autor del engaño recibió un castigo y una condena proporcionados, el seducido no quedó, sin embargo, libre de pena, aunque esta fuera algo más leve que la del autor de la seducción. Y vemos que esto aparece expresado con toda claridad. Pues Adán, que fue seducido, o más bien (por usar las palabras del Apóstol) «no fue seducido», sino que, cediendo a los deseos de la que había sido seducida, parece haber llegado a prestar un consentimiento mortífero, es condenado tan solo al trabajo y al sudor de su frente, que le es asignado no por una maldición sobre sí mismo, sino por una maldición sobre la tierra y su esterilidad. Pero la mujer, que lo persuadió a ello, es castigada con un aumento de angustias, dolores y tristezas, y entregada además al yugo de una sujeción perpetua. Y la serpiente, que fue la primera en incitarlos a esta ofensa, es castigada con una maldición eterna. Por lo cual hemos de guardarnos con el mayor cuidado y circunspección de los malos consejos, pues así como acarrean castigo a sus autores, tampoco permiten que quienes son seducidos por ellos queden libres de culpa y de pena.

    Capítulo 12. De la muchedumbre de los demonios y de la agitación que sin cesar provocan en nuestro aire

    Conf. 8, cap. 12

    Pero el aire que se extiende entre el cielo y la tierra está siempre lleno de una densa muchedumbre de espíritus, que no revolotean en él tranquila ni ociosamente, de suerte que con gran acierto la providencia divina los ha sustraído a la vista de los hombres. Pues por el temor de sus ataques, o por el horror de las formas en que se transforman y se mudan a voluntad, los hombres o bien serían sacados de sus cabales por un pavor insoportable y desfallecerían, incapaces de mirar tales cosas con ojos corporales, o bien empeorarían de día en día y se corromperían con su ejemplo constante y a fuerza de imitarlos, y así se originaría una suerte de peligrosa familiaridad y de trato mortal entre los hombres y los poderes inmundos del aire; mientras que los crímenes que hoy se cometen entre los hombres quedan ocultos o por muros y cercados, o por la distancia y el espacio, o por alguna vergüenza y confusión: pero si siempre pudieran contemplarlos a cara descubierta, serían estimulados a un grado mayor de locura, pues no habría un solo instante en que los vieran desistir de su maldad, ya que ningún cansancio corporal, ni ocupación en negocios, ni el cuidado del alimento diario (como en nuestro caso) los obliga a veces, aun contra su voluntad, a desistir de los propósitos que han comenzado a ejecutar.

    Capítulo 13. De que los poderes adversarios vuelven aun unos contra otros los ataques que dirigen contra los hombres

    Conf. 8, cap. 13

    Pues es del todo claro que estos ataques, con los que asaltan a los hombres, los dirigen aun unos contra otros, ya que de igual modo no cesan de fomentar con incansable porfía las discordias y luchas que han emprendido por ciertos pueblos a causa de una especie de innato amor a la maldad que poseen: y esto leemos que aparece expuesto con toda claridad en la visión del profeta Daniel, donde el ángel Gabriel habla así: «No temas, Daniel: porque desde el primer día en que dispusiste tu corazón a entender, y a afligirte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras: y yo he venido por tus palabras. Pero el príncipe del reino de los persas me resistió veintiún días: y he aquí que Miguel, uno de los primeros príncipes, vino a ayudarme, y yo permanecí allí junto al rey de los persas. Pero he venido a enseñarte lo que sucederá a tu pueblo en los últimos días.» [] Y no podemos dudar en modo alguno de que este príncipe del reino de los persas era un poder hostil, que favorecía a la nación de los persas, enemiga del pueblo de Dios; pues para impedir el bien que veía que resultaría de la solución de la cuestión por la que el profeta oraba al Señor, por medio del arcángel, en su envidia se opuso para evitar que el consuelo salvador del ángel llegara demasiado pronto a Daniel y fortaleciera al pueblo de Dios, sobre el cual estaba el arcángel Gabriel: y este dijo que aun entonces, debido a la fiereza de sus asaltos, no habría podido llegar hasta él, si no hubiera venido en su ayuda el arcángel Miguel, y no hubiera salido al encuentro del príncipe del reino de los persas, trabado batalla con él, interpuesto y defendido de su ataque, y así le hubiera permitido venir a instruir al profeta después de veintiún días. Y un poco después dice: «Y dijo el ángel: ¿Sabes por qué he venido a ti? Y ahora volveré a luchar contra el príncipe de los persas. Pues, cuando yo salía, apareció el príncipe de los griegos que venía. Pero yo te anunciaré lo que está escrito en las Escrituras de la verdad: y nadie es mi ayudador en todas estas cosas, sino Miguel, vuestro príncipe.» [] Y de nuevo: «En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe, que está por los hijos de tu pueblo.» [] Así, pues, leemos que del mismo modo otro era llamado príncipe de los griegos, el cual, siendo patrono de aquella nación que le estaba sujeta, parece haberse opuesto tanto a la nación de los persas como al pueblo de Israel. De lo cual vemos claramente que los poderes adversarios suscitan unos contra otros aquellas contiendas de las naciones, y los conflictos y disensiones que muestran entre sí por instigación de ellos, y que o se regocijan con sus victorias o se abaten con sus derrotas, y así no pueden vivir en armonía entre sí, mientras cada uno de ellos se esfuerza siempre con inquieta envidia a favor de aquellos sobre los que preside, contra el patrono de alguna otra nación.

    Capítulo 14. De cómo las maldades espirituales obtuvieron los nombres de potestades o principados

    Conf. 8, cap. 14

    Podemos, pues, ver razones claras, además de aquellas ideas que expusimos arriba, por las cuales son llamados principados o potestades; a saber, porque rigen y presiden sobre diversas naciones, y al menos ejercen dominio sobre espíritus inferiores y demonios, de los cuales los evangelios nos dan evidencia por su propia confesión de que existen legiones. Pues no podrían llamarse señores si no tuvieran algunos sobre quienes ejercer el dominio del señorío; ni podrían llamarse potestades o principados, si no hubiera algunos sobre quienes pudieran reclamar poder: y esto lo encontramos señalado con toda claridad en el evangelio por los fariseos en su blasfemia: «Por Beelzebub, príncipe de los demonios, expulsa los demonios» [], pues hallamos que también son llamados «dominadores de las tinieblas» [], y que uno de ellos es llamado «el príncipe de este mundo» []. Pero el bienaventurado Apóstol declara que en el futuro, cuando todas las cosas sean sometidas a Cristo, estos órdenes serán destruidos, diciendo: «Cuando haya entregado el reino a Dios, el Padre, cuando haya destruido todo principado y potestad y dominación» []. Y esto ciertamente solo puede suceder si son apartados del dominio de aquellos sobre quienes sabemos que las potestades, dominaciones y principados ejercen su cargo en este mundo.

    Capítulo 15. De que no sin razón se dan los nombres de ángeles y arcángeles a los santos y celestiales poderes

    Conf. 8, cap. 15

    Pues nadie duda de que no sin causa o razón se asignan los mismos títulos de rango a los de la clase mejor, y que son nombres de oficio y de valor o dignidad, pues es claro que se les llama ángeles, es decir, mensajeros, por su oficio de llevar mensajes, y la propiedad del nombre enseña que son «arcángeles» porque presiden sobre los ángeles, «dominaciones» porque tienen dominio sobre ciertas personas, y «principados» porque tienen algunos sobre quienes ser príncipes, y «tronos» porque están tan cerca de Dios y tan íntimos y allegados a Él que la Divina Majestad descansa especialmente en ellos como en un trono divino, y en cierto modo se reclina segura sobre ellos.

    Capítulo 16. De la sujeción que los demonios muestran a sus propios príncipes, según se vio en la víctima de un hermano

    Conf. 8, cap. 16

    Pero que los espíritus inmundos están regidos por poderes peores y les están sujetos no solo lo hallamos en aquellos pasajes de la Escritura, registrados en los evangelios cuando los fariseos maldecían al Señor, y Él respondió: «Si yo por Beelzebub, príncipe de los demonios, expulso los demonios» [], sino que también somos enseñados en esto por visiones claras y muchas experiencias de los santos, pues cuando uno de nuestros hermanos hacía un viaje por este desierto, al declinar ya el día encontró una cueva y se detuvo allí con intención de rezar en ella su oficio de la tarde, y allí pasó la medianoche mientras seguía cantando los salmos. Y cuando, después de terminado su oficio, se sentó un poco antes de rehacer su cuerpo fatigado, de repente comenzó a ver innumerables tropas de demonios que se congregaban por todas partes, los cuales avanzaban en una muchedumbre inmensa y en larga fila, precediendo unos y siguiendo otros a su príncipe; este llegó al fin, más alto y más terrible de ver que todos los demás; y, colocado un trono, se sentó como en un tribunal elevado, y comenzó a examinar con una inquisición minuciosa las acciones de cada uno de ellos; y a los que decían que no habían podido aún vencer a sus rivales, ordenó que fueran arrojados de su presencia con vergüenza e ignominia como negligentes y perezosos, reprendiéndolos con irritada cólera por el desperdicio de tanto tiempo y por su trabajo echado a perder: pero a los que anunciaban que habían engañado a los que les habían sido asignados, los despidió delante de todos con la más alta alabanza, en medio del regocijo y del aplauso de todos, como a guerreros valentísimos y celebérrimos como ejemplo para todos los demás: y cuando en este número se presentó un espíritu malvadísimo, con deleite por tener que relatar un triunfo magnífico, mencionó el nombre de un monje muy conocido, y declaró que, después de haberlo atacado sin cesar durante quince años, al fin lo había vencido, de suerte que lo había destruido aquella misma noche por el pecado de fornicación, pues no solo lo había impulsado a cometer adulterio con una virgen consagrada, sino que en verdad lo había persuadido a quedarse con ella y casarse con ella. Y cuando se levantaron gritos de alegría ante este relato, fue ensalzado con la mayor alabanza por el príncipe de las tinieblas, y partió coronado con grandes honores. Y así, cuando al rayar el alba toda la turba de demonios se desvaneció de sus ojos, dudando el hermano de la afirmación del espíritu inmundo, y pensando más bien que aquel había querido seducirlo con un engaño antiguo y acostumbrado, y marcar a un hermano inocente con el crimen de incesto, acordándose de aquellas palabras del evangelio; a saber, que «no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de lo suyo habla, porque es mentiroso y padre de ella» [], se encaminó a Pelusio, donde sabía que vivía el hombre que el espíritu malvado declaraba destruido: pues el hermano lo conocía muy bien, y cuando le hubo preguntado, halló que en la misma noche en que aquel inmundo demonio había anunciado su ruina a su compañía y a su príncipe, había dejado su antiguo monasterio, buscado la ciudad y caído en una miserable falta con la muchacha mencionada.

    Capítulo 17. De que dos ángeles se adhieren siempre a cada hombre

    Conf. 8, cap. 17

    Pues la Sagrada Escritura da testimonio de que dos ángeles, uno bueno y uno malo, se adhieren a cada uno de nosotros. Y de los buenos dice el Salvador: «No despreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de vuestro Padre que está en el cielo» []; y esto también: «El ángel del Señor acampará en torno a los que le temen y los librará». Además, esto que se dice en los Hechos de los Apóstoles, de Pedro, que «es su ángel» []. Pero de ambas clases nos enseña muy cumplidamente el libro del Pastor. Y si consideramos al que atacó al bienaventurado Job, aprenderemos claramente que era él quien siempre maquinaba contra él pero nunca pudo incitarlo al pecado, y que por eso pidió poder al Señor, pues fue vencido no por la virtud de aquel (de Job), sino por la protección del Señor que siempre lo amparaba. De Judas también está dicho: «Y el diablo esté a su mano derecha».

    Capítulo 18. De los grados de maldad que existen en los espíritus hostiles, según se muestra en el caso de dos filósofos

    Conf. 8, cap. 18

    Pero acerca de la diferencia que hay entre los demonios hemos aprendido mucho por medio de aquellos dos filósofos que antiguamente, por obra de la magia, tuvieron a menudo gran experiencia tanto de su pereza como de su coraje y salvaje maldad. Pues estos, mirando con desprecio al bienaventurado Antonio como a un rústico y campesino, y queriendo, si no podían dañarlo más, al menos expulsarlo de su celda por las ilusiones de la magia y los artificios de los demonios, enviaron contra él espíritus inmundísimos, pues fueron impulsados a este ataque contra él por el aguijón de la envidia, porque multitudes enormes acudían diariamente a él como al siervo de Dios. Y cuando estos demonios salvajísimos ni siquiera se atrevieron a acercarse a él, que ora se signaba el pecho y la frente con la señal de la cruz, ora se entregaba a la oración y a la súplica, volvieron sin resultado alguno a quienes los habían enviado; y estos enviaron de nuevo contra él otros más desesperados en maldad, y cuando también estos agotaron sus fuerzas en vano y regresaron sin haber logrado nada, y otros aún más poderosos fueron, no obstante, destinados contra el victorioso soldado de Cristo, y nada pudieron contra él, todas estas grandes maquinaciones suyas, urdidas con todas las artes de la magia, solo sirvieron para probar el gran valor que hay en la profesión de los cristianos, de suerte que aquellas sombras feroces y poderosas, que ellos pensaban que oscurecerían el sol y la luna si se dirigieran contra ellos, no solo no pudieron dañarlo, sino que ni siquiera pudieron sacarlo de su monasterio por un solo instante.

    Capítulo 19. De que los demonios no pueden prevalecer en absoluto contra los hombres si antes no se han apoderado de sus mentes

    Conf. 8, cap. 19

    Y cuando, asombrados de esto, vinieron directamente al abad Antonio y le descubrieron la magnitud de sus ataques y la razón de ellos y de sus maquinaciones, disimularon su envidia y pidieron que se les hiciera cristianos al instante. Pero cuando él les preguntó el día en que se había hecho el asalto, declaró que en ese momento él había sido afligido por los más amargos tormentos del pensamiento. Y con esta experiencia el bienaventurado Antonio probó y estableció la opinión que ayer expresamos en nuestra Conferencia: que los demonios no pueden hallar entrada en la mente o en el cuerpo de nadie, ni tienen poder para abrumar el alma de nadie, a menos que primero la hayan despojado de todo pensamiento santo y la hayan dejado vacía y libre de meditación espiritual. Pero habéis de saber que los espíritus inmundos obedecen a los hombres de dos maneras. Pues o bien por la gracia y el poder divinos están sujetos a la santidad de los fieles, o bien son cautivados por los sacrificios de los pecadores y por ciertos encantamientos, y son halagados por ellos como por sus adoradores. Y también los fariseos fueron inducidos a error por esta noción y se figuraron que por este artificio aun el Señor el Salvador daba órdenes a los demonios, y dijeron: «Por Beelzebub, príncipe de los demonios, expulsa los demonios», conforme a aquel plan por el cual sabían que sus propios magos y encantadores — invocando su nombre y ofreciendo sacrificios, con los que saben que él se complace y deleita — tienen, como siervos suyos, poder aun sobre los demonios que le están sujetos.

    Capítulo 20. Una cuestión sobre los ángeles caídos de los que se dice en el Génesis que tuvieron comercio con las hijas de los hombres

    Conf. 8, cap. 20

    Germán: Puesto que un pasaje del Génesis fue traído a nuestra consideración hace poco por la providencia de Dios, y felizmente nos recordó que ahora podemos preguntar convenientemente sobre un punto que siempre hemos anhelado aprender, queremos saber qué opinión debemos tener acerca de aquellos ángeles caídos de los que se dice que tuvieron comercio con las hijas de los hombres, y si tal cosa puede ocurrir literalmente con una naturaleza espiritual. Y también, en cuanto a aquel pasaje del Evangelio que citaste hace poco acerca del diablo, «porque es mentiroso y padre suyo», quisiéramos igualmente oír quién debe entenderse por «su padre».

    Capítulo 21. La respuesta a la cuestión planteada

    Conf. 8, cap. 21

    Sereno: Habéis propuesto dos cuestiones no poco importantes, a las cuales responderé, según mis posibilidades, en el orden en que las habéis planteado. No podemos en modo alguno creer que las existencias espirituales puedan tener comercio carnal con mujeres. Pero si esto hubiera podido suceder alguna vez literalmente, ¿cómo es que tampoco ahora tiene lugar a veces, y no vemos que algunos nazcan de mujeres por obra de los demonios sin comercio con los hombres, especialmente cuando es claro que ellos se deleitan en la contaminación de la lujuria, la cual ciertamente preferirían procurar por su propio medio antes que por el de los hombres, si de algún modo pudieran lograrlo, como declara el Eclesiastés: «¿Qué es lo que ha sido? Lo mismo que es. ¿Y qué es lo que se ha hecho? Lo mismo que se hace. Nada hay nuevo que pueda decirse bajo el sol, de modo que un hombre pueda decir: He aquí esto es nuevo; pues ya ha existido en los siglos que nos precedieron» []. Pero la cuestión planteada puede resolverse de este modo. Después de la muerte del justo Abel, para que toda la raza humana no brotara de un malvado fratricida, nació Set en lugar de su hermano asesinado, para ocupar el puesto de su hermano no solo en cuanto a la posteridad, sino también en cuanto a la justicia y la bondad. Y su descendencia, siguiendo el ejemplo de la bondad de su padre, permaneció siempre separada del trato y de la sociedad de sus parientes descendientes del malvado Caín, como nos lo dice muy claramente la diferencia de las genealogías, donde dice: «Adán engendró a Set, Set engendró a Enós, Enós engendró a Cainán, Cainán engendró a Mahalaleel, Mahalaleel engendró a Jared, Jared engendró a Enoc, Enoc engendró a Matusalén, Matusalén engendró a Lamec, Lamec engendró a Noé» []. Y la genealogía de Caín se da separadamente de este modo: «Caín engendró a Enoc, Enoc engendró a Cainán, Cainán engendró a Mahalaleel, Mahalaleel engendró a Matusalén, Matusalén engendró a Lamec, Lamec engendró a Jabal y Jubal» []. Y así, la línea que brotó de la semilla del justo Set se mezcló siempre con sus propios parientes y allegados, y continuó durante largo tiempo en la santidad de sus padres y antepasados, intacta de las blasfemias y la maldad de una descendencia perversa, que había implantado en ella una semilla de pecado como transmitida por sus antepasados. Mientras, pues, continuó aquella separación de linajes entre ellos, la semilla de Set, como brotada de una raíz excelente, fue llamada por razón de su santidad «ángeles de Dios», o, como dicen algunos ejemplares, «hijos de Dios;» y, por el contrario, los otros, por razón de su propia maldad y la de sus padres y de sus obras terrenas, fueron llamados «hijos de los hombres». Aunque hubo, pues, hasta este momento aquella santa y saludable separación entre ellos, después de esto los hijos de Set, que eran hijos de Dios, vieron a las hijas de los que habían nacido del linaje de Caín, y encendidos por el deseo de su hermosura tomaron de entre ellas mujeres que enseñaron a sus maridos la maldad de sus padres y al punto los desviaron de su santidad innata y de la sencillez de sus antepasados. A quienes se aplica con bastante exactitud este dicho: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos sois hijos del Altísimo. Mas vosotros moriréis como hombres, y caeréis como uno de los príncipes»; quienes se apartaron de aquel verdadero estudio de la filosofía natural, transmitido por sus antepasados, el cual el primer hombre, que desde el principio trazó el estudio de toda la naturaleza, pudo alcanzar claramente y transmitir a sus descendientes con fundamentos seguros, ya que había visto la infancia de este mundo, cuando aún estaba, por así decirlo, tierna, palpitante y sin organizar; y como había en él no solo tal plenitud de sabiduría, sino también la gracia de profecía dada por inspiración divina, de modo que, siendo aún un morador no instruido de este mundo, puso nombres a todos los seres vivientes, y no solo conoció el furor y el veneno de toda clase de bestias y serpientes, sino que también distinguió las virtudes de las plantas y de los árboles y las naturalezas de las piedras, y los cambios de las estaciones de los que aún no tenía experiencia alguna, de suerte que pudo decir con verdad: «El Señor me ha dado el conocimiento verdadero de las cosas que son, para conocer la disposición del mundo entero y las virtudes de los elementos, el principio y el fin y el medio de los tiempos, las alteraciones de sus cursos y los cambios de sus estaciones, las revoluciones del año y la disposición de las estrellas, las naturalezas de los seres vivientes y el furor de las bestias salvajes, la fuerza de los vientos y los razonamientos de los hombres, las diversidades de las plantas y las virtudes de las raíces, y todas las cosas ocultas y manifiestas las he aprendido» []. Este conocimiento, pues, de toda la naturaleza lo recibió la semilla de Set a través de generaciones sucesivas, transmitido por los padres, mientras permaneció separada del linaje malvado; y así como lo había recibido en santidad, así lo empleó para promover la gloria de Dios y las necesidades de la vida cotidiana. Pero cuando se hubo mezclado con la generación perversa, apartó, por sugestión de los demonios, hacia usos profanos y dañinos lo que había aprendido inocentemente, y enseñó con audacia por medio de él las artes curiosas de los encantadores, los hechizos y las supersticiones mágicas, enseñando a su posteridad a abandonar el culto santo de la Divinidad y a honrar y adorar o bien a los elementos, o al fuego, o a los demonios del aire. Cómo fue, pues, que este conocimiento de las artes curiosas de que hemos hablado no pereció en el diluvio, sino que llegó a ser conocido por las edades siguientes, creo que debe explicarse brevemente, como lo sugiere la ocasión de esta discusión, aunque la respuesta a la cuestión planteada apenas lo requiera. Y así, como nos dicen las tradiciones antiguas, Cam, hijo de Noé, que había sido instruido en estas supersticiones y artes malvadas y profanas, sabiendo que no podía llevar consigo al arca, en la que había de entrar con su buen padre y sus santos hermanos, ningún manual de estas materias, grabó estas artes nefastas y estos artificios profanos en planchas de diversos metales que no podían ser destruidas por las aguas del diluvio, y en rocas duras; y cuando pasó el diluvio los buscó con la misma curiosidad con que los había ocultado, y transmitió así a sus descendientes un semillero de profanidad y pecado perpetuo. De este modo, pues, se cumple en verdad aquella opinión común según la cual los hombres creen que los ángeles entregaron a los hombres encantamientos y artes diversas. De estos hijos de Set, pues, y de las hijas de Caín, como hemos dicho, nacieron hijos aún peores, que se hicieron poderosos cazadores, hombres violentos y ferocísimos, que fueron llamados gigantes por razón del tamaño de sus cuerpos y de su crueldad y maldad. Porque éstos fueron los primeros que comenzaron a hostigar a sus vecinos y a practicar el saqueo entre los hombres, ganándose la vida más por la rapiña que contentándose con el sudor y el trabajo de sus fatigas; y su maldad creció hasta tal punto que el mundo solo pudo ser purificado por el diluvio y la inundación. Así, pues, cuando los hijos de Set, por instigación de su lujuria, transgredieron aquel mandato que durante mucho tiempo había sido guardado por instinto natural desde el principio del mundo, fue necesario que después fuera restaurado por la letra de la ley: «No darás tu hija a su hijo por mujer, ni tomarás mujer de sus hijas para tu hijo; porque seducirán vuestros corazones para apartaros de vuestro Dios y seguir a sus dioses y servirlos».

    Capítulo 22. Una objeción: cómo pudo imputarse a la descendencia de Set un comercio ilícito con las hijas de Caín antes de la prohibición de la Ley

    Conf. 8, cap. 22

    Germán: Si aquel mandato les hubiera sido dado, entonces con razón podría habérseles imputado el pecado de quebrantarlo por su audacia en casarse de ese modo. Pero, puesto que la observancia de aquella separación aún no había sido establecida por ninguna regla, ¿cómo podía contarse como culpa en ellos aquella mezcla de linajes, no habiendo sido prohibida por ningún mandato? Porque una ley no suele prohibir los crímenes pasados, sino los futuros.

    Capítulo 23. La respuesta: que por la ley de naturaleza los hombres estuvieron desde el principio sujetos a juicio y castigo

    Conf. 8, cap. 23

    Sereno: Dios, al crear al hombre, implantó en él naturalmente el conocimiento completo de la Ley; y si éste hubiera sido guardado por el hombre, como al principio, según los designios del Señor, no habría habido necesidad de que se diera otra ley, que después promulgó por escrito; pues sería superfluo ofrecer un remedio externo donde uno interno estaba todavía implantado y vigoroso. Pero, habiendo sido éste, como hemos dicho, totalmente corrompido por la libertad y la ocasión de pecar, se añadieron las severas restricciones de la ley de Moisés como ejecutora y vindicadora de esta ley anterior y, para usar las expresiones de la Escritura, como su auxiliadora, a fin de que, por el temor de un castigo inmediato, los hombres se guardaran de perder del todo el bien del conocimiento natural, según la palabra del profeta que dice: «Dio la ley para ayudarles»; y también el Apóstol la describe como dada por ayo [] a los niños, porque los instruye y guarda para impedir que se aparten por puro olvido de la enseñanza en que habían sido instruidos por la luz de la naturaleza. Pues que el conocimiento completo de la Ley fue implantado en el hombre en su primera creación se prueba claramente por esto: que sabemos que antes de la Ley, aun antes del diluvio, todos los varones santos guardaron los mandatos de la Ley sin tener la letra que leer. Porque ¿cómo pudo Abel, sin el mandato de la Ley, saber que debía ofrecer a Dios un sacrificio de los primogénitos de su rebaño y de su grosura [], a no ser que hubiera sido enseñado por la ley que naturalmente estaba implantada en él? ¿Cómo pudo Noé distinguir qué animales eran limpios y cuáles inmundos [], cuando el mandamiento de la Ley aún no había hecho distinción, a no ser que hubiera sido enseñado por un conocimiento natural? ¿De dónde aprendió Enoc a «caminar con Dios» [], no habiendo recibido jamás de otro luz alguna de la Ley? ¿Dónde habían leído Sem y Jafet: «No descubrirás la desnudez de tu padre», de modo que fueron hacia atrás y cubrieron la vergüenza de su padre? ¿Cómo fue enseñado Abraham a abstenerse de los despojos del enemigo que se le ofrecían, para no recibir recompensa alguna por su trabajo, o a pagar al sacerdote Melquisedec los diezmos que son ordenados por la ley de Moisés? ¿Cómo fue también que el mismo Abraham y Lot ofrecieron humildemente a los caminantes y extranjeros oficios de bondad y el lavatorio de sus pies, cuando aún no había resplandecido el mandamiento evangélico? ¿De dónde obtuvo Job tan grande fervor de fe, tan pura castidad, tan gran conocimiento de humildad, mansedumbre, compasión y bondad, como ahora vemos que no muestran ni siquiera los que saben de memoria los Evangelios? ¿A cuál de los santos leemos que no haya guardado algún mandamiento de la Ley antes de la promulgación de la Ley? ¿Cuál de ellos dejó de guardar esto: «Oye, Israel: el Señor tu Dios, el Señor uno es» []? ¿Cuál de ellos no cumplió esto: «No te harás imagen tallada, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra?» ¿Cuál de ellos no observó esto: «Honra a tu padre y a tu madre», o lo que sigue en el Decálogo: «No matarás; no cometerás adulterio; no hurtarás; no darás falso testimonio; no codiciarás la mujer de tu prójimo,» [], y muchas otras cosas además, en las cuales se anticiparon a los mandatos no solo de la Ley, sino aun del Evangelio?

    Capítulo 24. Del hecho de que fueron justamente castigados quienes pecaron antes del diluvio

    Conf. 8, cap. 24

    Vemos, pues, que desde el principio Dios creó todas las cosas perfectas; y no habría habido necesidad de añadir nada a su disposición original —como si fuera corta de vista e imperfecta— si todo hubiera continuado en aquel estado y condición en que había sido creado por Él. Y, por tanto, en el caso de aquellos que pecaron antes de la Ley, y aun antes del diluvio, vemos que Dios los visitó con justo juicio, porque merecieron ser castigados sin excusa alguna por haber transgredido la ley de naturaleza; ni debemos caer en las calumnias blasfemas de aquellos que ignoran esta razón, y así menosprecian al Dios del Antiguo Testamento y denigran nuestra fe, diciendo con mofa: ¿Por qué, pues, plugo a vuestro Dios querer promulgar la Ley después de tantos miles de años, mientras dejó pasar tan largas edades sin ley alguna? Pero si después descubrió algo mejor, entonces parece que al principio del mundo su sabiduría era inferior y más pobre, y que después, como enseñado por la experiencia, comenzó a proveer algo mejor y a enmendar y mejorar sus disposiciones originales. Cosa que ciertamente no puede acontecer a la presciencia infinita de Dios, ni pueden hacerse estas afirmaciones acerca de Él por la loca necedad de los herejes sin grave blasfemia, como dice el Eclesiastés: «He aprendido que todas las palabras que Dios ha hecho desde el principio permanecerán para siempre: nada se les puede añadir, y nada se les puede quitar» []; y por tanto «la ley no fue puesta para el justo, sino para los injustos y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los malvados y profanos» []. Pues como tenían implantado en ellos el sistema completo y sano de las leyes naturales, no tenían necesidad de esta ley externa añadida y puesta por escrito, la cual fue dada como ayuda a aquella ley natural. De lo cual inferimos por los más claros razonamientos que aquella ley puesta por escrito no necesitó ser dada al principio (pues era innecesario hacerlo mientras la ley natural permanecía aún y no había sido del todo violada), ni pudo concederse la perfección evangélica antes de que se hubiera guardado la Ley. Porque no podían escuchar este dicho: «Si alguno te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra» [] aquellos que no se contentaban con vengar las injurias hechas contra ellos con la justicia equitativa de la ley del talión, sino que devolvían un golpe levísimo con patadas mortales y heridas de armas, y por una sola palabra verdadera intentaban quitar la vida a quienes los habían golpeado. Ni podía decírseles: «amad a vuestros enemigos», entre quienes se consideraba cosa grande y de suma importancia amar a los amigos, pero evitaban a los enemigos y disentían de ellos solo con odio, sin afán de oprimirlos y matarlos.

    Capítulo 25. Cómo debe entenderse lo que se dice del diablo en el Evangelio; a saber, que «él es mentiroso, y su padre.»

    Conf. 8, cap. 25

    Pero en cuanto a lo que os inquietaba acerca del diablo, que «es mentiroso y padre suyo», [] como si pareciera que él y su padre fueron declarados por el Señor mentirosos, es bastante ridículo imaginarlo siquiera de pasada. Porque, como dijimos hace poco, el espíritu no engendra espíritu, así como el alma no puede procrear alma, aunque no dudamos de que la formación de la carne se hace de la simiente del hombre, como el Apóstol distingue claramente en el caso de ambas sustancias, a saber, la carne y el espíritu, qué debe atribuirse a quién como autor suyo, y dice: «Por otra parte, tuvimos a nuestros padres según la carne que nos instruían, y los reverenciábamos: ¿no estaremos mucho más sujetos al Padre de los espíritus, y viviremos?» [] ¿Qué podría mostrar más claramente que esta distinción, que estableció que los hombres son los padres de nuestra carne, pero siempre enseñó que solo Dios es el Padre de las almas? Aunque incluso en la formación misma de este cuerpo solo debe atribuirse a los hombres un oficio ministerial, pero la parte principal de su formación a Dios, Creador de todo, como dice David: «Tus manos me hicieron y me formaron:» Y el bienaventurado Job: «¿No me ordeñaste como leche, y me cuajaste como queso? Me tejiste con huesos y nervios;» [] y el Señor a Jeremías: «Antes de formarte en el vientre, te conocí.» [] Pero el Eclesiastés recoge con mucha claridad y precisión la naturaleza de una y otra sustancia, y su comienzo, mediante un examen del origen y principio del cual cada una procede, y mediante una consideración del fin al que cada una tiende, y decide también acerca de la división de este cuerpo y alma, y diserta como sigue: «Antes que el polvo vuelva a la tierra como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.» [] ¿Pero qué podría decirse con mayor claridad que esto: que declara que la materia de la carne, a la que llamó polvo, porque brota de la simiente del hombre y parece sembrada por su ministerio, debe, como fue tomada de la tierra, volver de nuevo a la tierra, mientras señala que el espíritu, que no es engendrado por el comercio entre los sexos, sino que pertenece a Dios solo de manera especial, vuelve a su creador? Y esto también está claramente implícito en aquel soplo de Dios, por el cual Adán en el primer instante recibió su vida. Y así de estos pasajes inferimos claramente que nadie puede ser llamado Padre de los espíritus sino solo Dios, que los hace de la nada cuando le place, mientras que los hombres solo pueden ser llamados padres de nuestra carne. Así pues, el diablo también, en cuanto fue creado espíritu o ángel y bueno, no tuvo a nadie como Padre sino a Dios su Hacedor. Pero cuando se hinchó de soberbia y dijo en su corazón: «Subiré sobre las alturas de las nubes, seré semejante al Altísimo,» [] se hizo mentiroso, y «no permaneció en la verdad;» [] sino que sacó una mentira de su propia despensa de maldad, y así se hizo no solo mentiroso, sino también padre de la mentira misma, por la cual, cuando prometió a la humanidad la divinidad y dijo «Seréis como dioses,» [] no permaneció en la verdad, sino que desde el principio se hizo homicida, tanto al traer a Adán a un estado de mortalidad, como al matar a Abel por mano de su hermano ante su sugestión. Pero ya la proximidad del alba va poniendo fin a nuestra discusión, que ha ocupado casi dos noches enteras, y nuestras breves y sencillas palabras han llevado la barquilla de esta Conferencia desde el mar profundo de las cuestiones a un puerto seguro de silencio, en cuya profundidad, a medida que el soplo del Espíritu divino nos impulsa más adentro, se abre siempre un espacio más amplio e ilimitado que se extiende más allá del alcance de nuestra vista, y, como dice Salomón, «Se alejará mucho más de nosotros de lo que estaba, y es una gran profundidad; ¿quién la hallará?» [] Por lo cual, roguemos al Señor que tanto su temor como su amor, que no pueden faltar, permanezcan firmes en nosotros, y nos hagan sabios en todas las cosas, y siempre nos guarden ilesos de los dardos del diablo. Porque con estas defensas es imposible que alguien caiga en las redes de la muerte. Pero hay esta diferencia entre los perfectos y los imperfectos: que en el caso de los primeros el amor es firme y, por así decirlo, más maduro y dura de manera más estable, y así les hace perseverar en la santidad más firmemente y más fácilmente, mientras que en el caso de los segundos su posición es más débil y se enfría más fácilmente, y así rápida y más frecuentemente les permite enredarse en las redes del pecado. Y cuando oímos esto, las palabras de esta Conferencia nos encendieron de tal modo que, al alejarnos de la celda del anciano, anhelábamos con un ardor de alma más vivo que cuando vinimos por primera vez, el cumplimiento de su enseñanza.
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