c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·42 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 15 de 21 · Conferencia 16. Abad José·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CAS-02
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La primera conferencia del abad José. Sobre la amistad.
Capítulo 1. Lo que el abad José nos preguntó en primer lugar
Conf. 16, cap. 1
El bienaventurado José, cuyas instrucciones y preceptos van a exponerse ahora, y que fue uno de los tres que mencionamos en la primera Conferencia, pertenecía a una familia ilustrísima y era el hombre principal de su ciudad en Egipto, llamada Tmuis, y así fue cuidadosamente instruido en la elocuencia tanto griega como egipcia, de modo que podía hablar admirablemente con nosotros o con los que ignoraban por completo el egipcio, no como los demás por medio de intérprete, sino en persona. Y cuando halló que estábamos deseosos de instrucción de su parte, primero preguntó si éramos hermanos de sangre; y al oír que estábamos unidos por lazo de hermandad espiritual y no carnal, y que desde el primer comienzo de nuestra renuncia al mundo habíamos estado siempre unidos con vínculo inquebrantable, tanto en los viajes que ambos habíamos emprendido por causa del servicio espiritual como en las ocupaciones del monasterio, comenzó su discurso como sigue.
Capítulo 2. Discurso del mismo anciano sobre la clase de amistad que no es de fiar
Conf. 16, cap. 2
Hay muchas clases de amistad y de compañerismo que unen a los hombres de modos muy diversos con vínculos de amor. A algunos una recomendación previa los lleva a entrar primero en un trato de conocimiento y después incluso en amistad. En el caso de otros, algún pacto o un acuerdo de dar y recibir algo los ha unido con lazos de amor. A otros una semejanza y comunidad de negocio, ciencia, arte o estudio los ha unido en la cadena de la amistad, por la cual aun las almas feroces se vuelven benévolas entre sí, de modo que aquellos que en bosques y montañas se deleitan en el robo y se regodean en derramar sangre humana, abrazan y aprecian a los compañeros de sus crímenes. Pero hay otra clase de amor, donde la unión proviene de los instintos de la naturaleza y de las leyes de la consanguinidad, por la cual los de la misma tribu, esposas y padres, hermanos e hijos son naturalmente preferidos a los demás; cosa que hallamos que sucede no sólo entre los hombres, sino en todas las aves y bestias. Pues, impulsados por instinto natural, protegen y defienden a su prole y a sus crías, de modo que a menudo no temen exponerse a peligro y muerte por ellos. En efecto, las especies de bestias, serpientes y aves que están apartadas y separadas de todas las demás por su intolerable ferocidad o veneno mortal, como los basiliscos, unicornios y buitres, aunque por su sola mirada se dice que son peligrosas para todos, sin embargo entre sí permanecen pacíficas e inofensivas merced a la comunidad de origen y al sentimiento mutuo. Pero vemos que todas estas clases de amor de que hemos hablado, como son comunes a buenos y malos, y a bestias y serpientes, ciertamente no pueden durar para siempre. Pues a menudo la separación de lugar las interrumpe y rompe, así como el olvido por el paso del tiempo, los negocios, las ocupaciones y las palabras. Pues como generalmente se deben a diversas clases de vínculos, ya de ganancia, de deseos, de parentesco o de negocios, así, cuando interviene alguna ocasión de separación, se rompen.
Capítulo 3. De cómo la amistad es indisoluble
Conf. 16, cap. 3
Entre todas éstas, pues, hay una clase de amor que es indisoluble, donde la unión no se debe al favor de una recomendación, ni a alguna gran bondad o dádivas, ni a la razón de algún pacto, ni a las necesidades de la naturaleza, sino simplemente a la semejanza de virtud. Éste, digo, no lo rompen azares algunos, no puede separarlo ni destruirlo intervalo de tiempo o espacio, y ni siquiera la muerte misma puede dividirlo. Éste es el amor verdadero e inquebrantable que crece por medio de la doble perfección y bondad de los amigos, y cuyos vínculos, una vez contraídos, ninguna diferencia de gusto ni perturbadora oposición de deseos puede cortar. Pero hemos conocido a muchos que se propusieron esto, que aunque habían sido unidos en compañerismo por su ardiente amor a Cristo, no pudieron mantenerlo continua e inquebrantablemente, porque aunque se apoyaban en un buen comienzo para su amistad, no mantuvieron con uno y el mismo celo el propósito con que habían empezado, y así hubo entre ellos una especie de amor sólo durante un tiempo, pues no era sostenido por la bondad de ambos por igual, sino por la paciencia de una de las partes; y así, aunque es retenido por uno con heroísmo incansable, con todo es seguro que la pequeñez del otro lo romperá. Pues las flaquezas de los que están algo fríos en buscar la condición sana de la perfección, por más pacientemente que sean soportadas por los fuertes, no son toleradas por los que son más débiles. Porque tienen implantadas en sí causas de inquietud que no les permiten estar en paz; así como los que padecen debilidad corporal generalmente imputan la delicadeza de su estómago y su salud débil a la negligencia de sus cocineros y criados, y por más cuidadosamente que los sirvientes les atiendan, con todo atribuyen las causas de su malestar a los que gozan de buena salud, sin ver que en realidad se deben al quebranto de su propia salud. Por tanto, ésta es, como dijimos, la unión segura e indisoluble de la amistad, donde el vínculo consiste sólo en la semejanza en la bondad. Pues «el Señor hace habitar en una casa a los de un mismo ánimo.» Y por eso el amor sólo puede continuar imperturbado en aquellos en quienes hay un solo propósito y una sola mente para querer y rechazar las mismas cosas. Y si también deseáis guardar ésta intacta, debéis cuidar de que, habiendo primero desechado vuestros defectos, mortifiquéis vuestros propios deseos y, con celo y propósito unidos, cumpláis diligentemente aquello en lo que el profeta se deleita especialmente: «Mirad cuán bueno y cuán gozoso es que los hermanos habiten juntos en unidad.» Lo cual debe entenderse de la unidad de espíritu más bien que del lugar. Pues de nada sirve que quienes difieren en carácter y propósito estén unidos en una misma morada, ni es impedimento que quienes se fundan en igual bondad estén separados por la distancia de lugar. Porque ante Dios la unión de carácter, no la de lugar, junta a los hermanos en una morada común, y jamás puede mantenerse paz imperturbada donde aparece diferencia de voluntad.
Capítulo 4. Pregunta sobre si algo verdaderamente útil debe hacerse incluso contra el deseo de un hermano
Conf. 16, cap. 4
Germano: ¿Qué, pues? Si una de las partes quiere hacer algo que juzga útil y provechoso según el querer de Dios, y la otra no da su consentimiento, ¿debe ejecutarse incluso contra el deseo del hermano, o debe dejarse de lado como él quiere?
Capítulo 5. La respuesta: cómo una amistad duradera sólo puede existir entre los perfectos
Conf. 16, cap. 5
José: Por esta razón dijimos que la gracia plena y perfecta de la amistad sólo puede perdurar entre los perfectos y de igual bondad, cuya unanimidad y común propósito les permite no discrepar casi nunca, o a lo sumo rara vez, o no diferir en aquellas cosas que atañen a su progreso en la vida espiritual. Pero si comienzan a acalorarse con disputas ansiosas, es claro que jamás han estado de acuerdo conforme a la regla que dimos arriba. Mas como nadie puede partir de la perfección sino el que ha comenzado desde el mismo fundamento, y vuestra pregunta no versa sobre su grandeza, sino sobre cómo podéis alcanzarla, pienso que conviene explicaros, en pocas palabras, la regla para ella y el camino por el que deben dirigirse vuestros pasos, para que podáis más fácilmente asegurar la bendición de la paciencia y de la paz.
Capítulo 6. Por qué medios puede conservarse intacta la unión
Conf. 16, cap. 6
El primer fundamento, pues, de la verdadera amistad consiste en el desprecio de los bienes terrenales y en el menosprecio de todo lo que poseemos. Pues es del todo injusto e injustificable que, después de haber renunciado a la vanidad del mundo y a todo lo que hay en él, se tenga en más cualquier miserable ajuar que queda que lo que es más valioso, a saber, el amor de un hermano. El segundo es que cada uno pode de tal modo sus propios deseos que no se imagine ser persona sabia y experimentada, y que no anteponga sus propias opiniones a las de su prójimo. El tercero es que reconozca que todas las cosas, aun las que juzga útiles y necesarias, han de ir después de la bendición del amor y de la paz. El cuarto, que comprenda que jamás debe airarse por causa alguna, buena o mala. El quinto, que procure curar cualquier ira que un hermano haya concebido contra él, aun sin razón, del mismo modo que curaría la suya propia, sabiendo que el enojo de otro es igualmente malo para él, como si él mismo se airara contra otro, si no lo aparta, en cuanto le es posible, del ánimo del hermano. El último es el que sin duda suele ser decisivo respecto de todas las faltas; a saber, que caiga en la cuenta cada día de que ha de partir de este mundo; pues esta consideración no sólo no permite que ninguna aflicción permanezca en el corazón, sino que reprime también todos los movimientos de las pasiones y pecados de toda clase. Quien, pues, se ha apoderado de esto, ni puede sufrir ni ser causa de amarga ira y discordia. Pero cuando esto falta, tan pronto como el que envidia al amor ha infundido poco a poco el veneno del enojo en los corazones de los amigos, es cierto que a causa de las frecuentes riñas el amor se irá enfriando gradualmente, y en algún momento separará los corazones de los que se aman, exasperados por largo tiempo. Pues si uno camina por el camino antes señalado, ¿cómo podrá jamás disentir de su amigo? Porque si nada reclama para sí, corta enteramente la primera causa de riña (que suele nacer de cosas triviales y asuntos de muy poca monta), ya que observa, en cuanto le es posible, lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles acerca de la unidad de los creyentes: «Y la multitud de los creyentes era de un solo corazón y una sola alma; y ninguno decía que era suyo nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.» [] Entonces, ¿cómo pueden surgir semillas de discusión de aquel que no sirve a su propia voluntad, sino a la de su hermano, y se hace seguidor de su Señor y Maestro, que hablando en la condición de hombre que había asumido, dijo: «No he venido a hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me envió?» [] Pero, ¿cómo podrá suscitar incitación alguna a la contienda el que ha decidido confiar no tanto en su propio juicio como en la decisión de su hermano, en su inteligencia y parecer, aprobando o desaprobando sus hallazgos conforme a su voluntad, y cumpliendo en la humildad de un corazón piadoso estas palabras del Evangelio: «Sin embargo, no como yo quiero, sino como quieres tú.» [] ¿O de qué modo admitirá algo que entristezca al hermano el que piensa que nada hay más precioso que la bendición de la paz, y jamás olvida estas palabras del Señor: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: en que os améis unos a otros;» [] pues por esto, como por una marca especial, quiso Cristo que la grey de sus ovejas fuese conocida en este mundo y separada de todas las demás, por decirlo así, con este sello? Pero, ¿por qué motivos soportará o admitir el rencor del enojo en sí mismo o que permanezca en otro, si su firme decisión es que no puede haber causa alguna buena para la ira, pues es peligrosa e injusta, y que cuando su hermano está airado contra él, él no puede orar, exactamente lo mismo que cuando él está airado contra su hermano, pues guarda siempre en su humilde corazón estas palabras de nuestro Señor y Salvador: «Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» [] Pues de nada te servirá declarar que no estás airado y creer que cumples el mandato que dice: «No se ponga el sol sobre vuestra ira;» y: «Todo aquel que se aíre contra su hermano será reo de juicio,» si con corazón obstinado desprecias el enojo de otro que podrías aplacar con bondad por tu parte. Porque del mismo modo serás castigado por violar el mandato del Señor. Pues el que dijo que no debes airarte contra otro, dijo también que no debes menospreciar los enojos de otro, porque nada importa a los ojos de Dios, «que quiere que todos los hombres se salven,» [] si te destruyes a ti mismo o a otro. Puesto que la muerte de cualquiera es igualmente pérdida para Dios, y al mismo tiempo es igualmente ganancia para aquel a quien toda destrucción deleita, ya se obtenga por tu muerte o por la muerte de tu hermano. En fin, ¿cómo podrá retener la más pequeña aflicción contra su hermano el que diariamente cae en la cuenta de que pronto ha de partir de este mundo?
Capítulo 7. De cómo nada debe anteponerse al amor, ni posponerse a la ira
Conf. 16, cap. 7
Así como nada debe anteponerse al amor, nada, por otra parte, debe posponerse a la cólera y a la ira. Pues todas las cosas, por útiles y necesarias que parezcan, han de ser despreciadas para evitar la ira que perturba, y todas las cosas, aun las que creemos desgraciadas, han de emprenderse y soportarse para que la calma del amor y de la paz se conserve incólume; porque nada debemos considerar más dañino que la ira y la vejación, y nada más provechoso que el amor.
Capítulo 8. De los motivos por los que puede surgir una disputa entre personas espirituales
Conf. 16, cap. 8
Pues así como nuestro enemigo separa a los hermanos todavía débiles y carnales por un repentino estallido de cólera a causa de alguna cosa trivial y terrena, así siembra las semillas de la discordia aun entre personas espirituales, a causa de alguna diferencia de pensamientos; de donde ciertamente surgen, en su mayor parte, aquellas contiendas y disputas de palabras que el Apóstol condena. Y por este medio nuestro enemigo rencoroso y maligno siembra la discordia entre hermanos que antes eran de un mismo sentir. Pues son verdaderas estas palabras del sabio Salomón: «La contienda engendra odio; mas la amistad será defensa para todos los que no contienden.» []
Capítulo 9. De cómo deshacerse incluso de los motivos espirituales de discordia
Conf. 16, cap. 9
Por lo cual, para conservar un amor duradero e inquebrantable, de nada sirve haber suprimido el primer motivo de discordia, que suele nacer de cosas frágiles y terrenas, o haber despreciado todas las cosas carnales y haber permitido a nuestros hermanos participar sin restricción en todo lo que nuestras necesidades requieren, si no cortamos también de igual manera el segundo, que suele surgir bajo la apariencia de sentimientos espirituales; y si no alcanzamos en todo pensamientos humildes y voluntades concordes.
Capítulo 10. De las mejores pruebas de la verdad
Conf. 16, cap. 10
Pues recuerdo que, cuando mi edad juvenil me sugería unirme a un compañero, pensamientos de esta clase se mezclaban a menudo con nuestra formación moral y con las Santas Escrituras, de modo que imaginábamos que nada podía ser más verdadero ni más razonable. Mas cuando nos reuníamos y empezábamos a exponer nuestras ideas, en la discusión común que se celebraba, algunas cosas eran señaladas primero por los otros como falsas y peligrosas, y luego eran condenadas y declaradas de común acuerdo como perjudiciales; aunque antes habían parecido brillar como con una luz infundida por el diablo, de suerte que fácilmente habrían causado discordia, si no nos hubiera refrenado de toda disputa aquel mandato de los ancianos, observado como un oráculo divino; aquel mandato, a saber, por el cual se nos ordenaba casi con fuerza de ley que ninguno de nosotros confiara en su propio juicio más que en el de su hermano, si quería no ser engañado jamás por la astucia del diablo.
Capítulo 11. De cómo es imposible que quien confía en su propio juicio escape de ser engañado por las ilusiones del diablo
Conf. 16, cap. 11
Pues a menudo se ha comprobado que realmente sucede lo que dice el Apóstol. «Porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz,» [] de modo que derrama engañosamente una confusa y repugnante tiniebla de pensamientos en lugar de la verdadera luz del conocimiento. Y si estos pensamientos no se reciben en un corazón humilde y manso, y se guardan para la consideración de algún hermano más experimentado o de un anciano aprobado, y después de ser examinados a fondo por su juicio, o se rechazan o se admiten por nosotros, ciertamente veneraremos en nuestros pensamientos a un ángel de tinieblas en lugar de un ángel de luz, y seremos heridos con una destrucción dolorosa: injuria que es imposible que evite quien confía en su propio juicio, si no se hace amante y seguidor de la verdadera humildad y con toda contrición de corazón cumple lo que el Apóstol pide ante todo: «Si hay, pues, alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna entrañable compasión, colmad mi gozo, para que seáis de un mismo sentir, teniendo el mismo amor, unánimes, no haciendo nada por contienda ni por vanagloria; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo;» y esto: «en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros,» para que cada uno tenga en más el conocimiento y la santidad de su compañero, y sostenga que la parte mejor de la verdadera discreción se halla en el juicio del otro antes que en el suyo propio.
Capítulo 12. Por qué no debe despreciarse a los inferiores en la conferencia
Conf. 16, cap. 12
Pues sucede a menudo, ya sea por ilusión del diablo o por la ocurrencia de un error humano (del cual todo hombre en esta vida puede ser víctima), que a veces uno que es más agudo de ingenio y más docto se forma alguna noción equivocada en su cabeza, mientras que el que es más torpe de entendimiento y de menor valía concibe el asunto mejor y con más verdad. Y por tanto nadie, por docto que sea, debe persuadirse en su vanidad vacía de que no puede necesitar conferir con otro. Pues aunque ninguna decepción del diablo ciegue su juicio, no puede evitar las trampas nocivas de la soberbia y de la presunción. Pues ¿quién puede arrogarse esto sin gran peligro, cuando el vaso de elección, en quien, como él mismo sostenía, Cristo hablaba, declara que subió a Jerusalén simple y únicamente por esta razón: para conferir en una discusión privada con sus co-apóstoles sobre el evangelio que predicaba a los gentiles por revelación y cooperación del Señor? Por este hecho se nos muestra que no solo debemos por estos preceptos conservar la unanimidad y la armonía, sino que no debemos temer ninguna astucia del diablo que se nos oponga, ni trampa de sus ilusiones.
Capítulo 13. De cómo el amor no solo pertenece a Dios, sino que es Dios
Conf. 16, cap. 13
Finalmente, tan altamente es ensalzada la virtud del amor que el bienaventurado apóstol Juan declara que no solo pertenece a Dios, sino que es Dios, diciendo: «Dios es amor: el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él.» [] Pues hasta tal punto vemos que es divino, que hallamos que lo que dice el Apóstol es claramente una verdad viva en nosotros: «Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros.» [] Pues es lo mismo que si dijera que Dios es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros: quien también, cuando no sabemos qué hemos de pedir, «intercede por nosotros con gemidos indecibles: pero el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, pues pide por los santos según Dios.» []
Capítulo 14. De los diferentes grados del amor
Conf. 16, cap. 14
Es posible, pues, que todos muestren aquel amor que se llama [ἀγάπη], del cual dice el bienaventurado Apóstol: «Mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, pero especialmente a los de la familia de la fe.» [] Y este debe mostrarse a todos los hombres en general hasta tal punto que en realidad se nos manda por nuestro Señor ofrecerlo a nuestros enemigos, pues Él dice: «Amad a vuestros enemigos.» [] Mas [διάθεσις], es decir, el afecto, se muestra a pocos y a aquellos que están unidos a nosotros por disposiciones afines o por un vínculo de bondad; aunque ciertamente el afecto parece tener muchos grados de diferencia. Pues de una manera amamos a nuestros padres, de otra a nuestras esposas, de otra a nuestros hermanos, de otra a nuestros hijos, y hay una amplia diferencia en cuanto a las exigencias de estos sentimientos de afecto, ni es siempre igual el amor de los padres hacia sus hijos. Como se muestra en el caso del patriarca Jacob, quien, aunque era padre de doce hijos y los amaba a todos con amor de padre, amaba a José con afecto más profundo, como la Escritura muestra claramente: «Mas sus hermanos le envidiaban, porque su padre lo amaba;» [] evidentemente no porque aquel varón bueno, su padre, dejara de amar grandemente a los demás hijos, sino porque en su afecto se apegaba a este, porque era figura del Señor, con más ternura e indulgencia. Esto también, leemos, se mostró muy claramente en el caso de Juan el Evangelista, donde se usan estas palabras de él: «aquel discípulo a quien Jesús amaba,» [] aunque ciertamente abrazaba a los otros once, a quienes había elegido de la misma manera, con su amor especial, como lo muestra también el testimonio del evangelio, donde dice: «Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros;» de quien en otra parte se dice también: «Amando a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.» Mas este amor hacia uno en particular no indicaba frialdad alguna en el amor hacia los demás discípulos, sino solo un amor más pleno y abundante hacia aquel, que le otorgaban su prerrogativa de virginidad y la pureza de su carne. Y por tanto se señala por un trato excepcional, como algo más sublime, porque ninguna comparación odiosa con otros, sino una gracia más rica de amor sobreabundante, lo singularizó. Algo de esto tenemos también en el carácter de la esposa en el Cantar de los Cantares, donde ella dice: «Poned en orden el amor en mí.» [] Pues este es el verdadero amor puesto en orden, que, mientras no odia a nadie, ama a algunos más por razón de su mérito, y que, mientras ama a todos en general, singulariza para sí a algunos de entre ellos, a quienes puede abrazar con un afecto especial; y de nuevo entre aquellos que son objeto especial y principal de su amor, singulariza a algunos que son preferidos a otros en el afecto.
Capítulo 15. De los que solo aumentan sus propios agravios o los de su hermano ocultándolos
Conf. 16, cap. 15
Por otra parte, conocemos (¡y ojalá no los conociéramos!) a algunos hermanos tan duros y obstinados que, cuando saben que sus propios sentimientos están excitados contra su hermano, o que los de su hermano están contra ellos, para ocultar la vejación de su mente, causada por la indignación ante el agravio de uno u otro, se apartan de aquellos a quienes deberían apaciguar humildemente acercándose a ellos y hablándoles; y empiezan a cantar algunos versos de los Salmos. Y estos, mientras se figuran que están suavizando los pensamientos amargos que han surgido en su corazón, aumentan con su conducta insolente lo que habrían podido quitar de una vez si hubieran querido mostrar más cuidado y humildad, pues una expresión de pesar a su debido tiempo curaría sus propios sentimientos y ablandaría el corazón de su hermano. Pues con aquel plan alimentan y acarician el pecado de la mezquindad o más bien de la soberbia, en lugar de extirpar todo incentivo de riña, y olvidan el mandato del Señor que dice: «El que se enoja contra su hermano, será reo de juicio;» y: «si te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» []
Capítulo 16. De cómo, si nuestro hermano tiene algún agravio contra nosotros, los dones de nuestras oraciones son rechazados por el Señor
Conf. 16, cap. 16
Tan lejos, pues, está nuestro Señor de querer que despreciemos la vejación de otro, que no acepta nuestras ofrendas si nuestro hermano tiene algo contra nosotros; es decir, no permite que le ofrezcamos oraciones hasta que con pronta reparación quitemos de la mente de él (de nuestro hermano) la vejación que siente, ya sea con razón o sin ella. Pues no dice: «si tu hermano tiene un motivo verdadero de queja contra ti, deja tu ofrenda en el altar, y vete, reconcíliate primero con él;» sino que dice: «si te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,» es decir, si hay algo, por trivial o pequeño que sea, por lo cual la ira de tu hermano se enciende contra ti, y esto vuelve a tu memoria por un recuerdo repentino, debes saber que no debes ofrecer el don espiritual de tus oraciones hasta que con amable reparación hayas quitado del corazón de tu hermano la vejación nacida de cualquier causa. Si pues las palabras del Evangelio nos mandan dar satisfacción a los que están airados por motivos pasados y del todo triviales de riña, y por los que han surgido de las causas más leves, ¿qué será de nosotros, miserables, que con obstinada hipocresía despreciamos motivos de ofensa más recientes, y de la mayor importancia, y debidos a nuestras propias faltas; e hinchados con la soberbia misma del diablo, como nos avergonzamos de humillarnos, negamos que seamos la causa de la vejación de nuestro hermano y, con espíritu de rebeldía desdeñando someternos a los mandatos del Señor, sostenemos que jamás debieron observarse y jamás pueden cumplirse? Y así sucede que, al decidir que Él ha mandado cosas imposibles e inconvenientes, nos convertimos, para usar la expresión del Apóstol, «no en hacedores, sino en jueces de la ley.» []
Capítulo 17. De los que sostienen que la paciencia debe mostrarse a las gentes del mundo antes que a los hermanos
Conf. 16, cap. 17
También esto debe lamentarse amargamente; a saber, que algunos de los hermanos, cuando son enojados por algunas palabras injuriosas, si son asediados por las súplicas de algún otro que quiere apaciguarlos, al oír que la vejación no debe admitirse ni retenerse contra un hermano, según lo que está escrito: «El que se enoja contra su hermano será reo de juicio;» y: «No se ponga el sol sobre vuestra ira,» [] al instante afirman que si un pagano o uno que vive en el mundo hubiera dicho o hecho esto, con razón debería soportarse. Pero ¿quién podría soportar a un hermano que fue partícipe de tan gran falta o que pronunció tan insolente injuria con sus labios? ¡Como si la paciencia hubiera de mostrarse solo a los incrédulos y blasfemos, y no a todos en general, o como si la ira debiera considerarse mala cuando es contra un pagano, pero buena cuando es contra un hermano; cuando ciertamente la rabia obstinada de un alma airada causa la misma injuria a uno mismo, sea cual sea la persona contra la cual se enciende! Pero cuán terriblemente obstinados, y aun insensatos son ellos, que por la estupidez de su mente torpe no pueden discernir el sentido de estas palabras; pues no se dice: «Todo el que se enoja contra un extraño será reo de juicio,» lo cual quizás, según su interpretación, exceptuaría a los que son partícipes de nuestra fe y de nuestra vida; sino que la palabra del Evangelio lo expresa con gran significación diciendo: «Todo el que se enoja contra su hermano será reo de juicio.» Y así, aunque según la regla de la verdad debemos considerar a todo hombre como hermano, en este pasaje uno de los fieles y partícipe de nuestro modo de vida es designado con el título de hermano antes que un pagano.
Capítulo 18. De los que fingen paciencia pero excitan a ira a sus hermanos con su silencio
Conf. 16, cap. 18
Pero ¿qué clase de cosa es esta: que a veces nos figuramos que somos pacientes porque, cuando se nos provoca, desdeñamos responder, pero con un silencio hosco o con movimientos y gestos de desprecio nos burlamos de nuestros hermanos airados, de modo que con nuestras miradas silenciosas los provocamos a ira más de lo que los habrían excitado los reproches airados; mientras tanto creyendo que de ninguna manera somos culpables ante Dios, porque no dejamos caer de nuestros labios nada que pudiera marcarnos o condenarnos en el juicio de los hombres? ¡Como si a los ojos de Dios las meras palabras, y no principalmente la voluntad, fueran llamadas a falta, y como si solo la acción real del pecado, y no también el deseo y el propósito, se contara como culpa; o como si en el juicio se preguntara solo lo que cada uno hizo y no lo que también se propuso hacer! Pues no es solo el carácter de la ira suscitada, sino también el propósito del hombre que la provoca, lo que es malo, y por tanto el verdadero escrutinio de nuestro juez preguntará, no cómo se suscitó la riña, sino por culpa de quién surgió: pues el propósito del pecado, y no la manera en que se comete la falta, debe tenerse en cuenta. Pues ¿qué importa que un hombre mate a un hermano con una espada por sí mismo, o lo empuje a la muerte con algún fraude, cuando es claro que es muerto por sus engaños y su crimen? ¡Como si bastara no haber derribado a un ciego con la propia mano, cuando es igualmente culpable quien se desdeñó de salvarlo, estando en su poder, cuando había caído y estaba a punto de rodar al foso: o como si solo fuera culpable quien hubiera atrapado a un hombre con la mano, y no también el que hubiera preparado y tendido la trampa para él, o el que no lo hubiera librado cuando pudo hacerlo! Así pues, de nada sirve callar la lengua, si nos imponemos silencio por esta razón: para que por nuestro silencio hagamos lo que se habría hecho con un grito de nuestra parte, simulando ciertos gestos con los que aquel a quien debíamos haber curado se enoje aún más, mientras nosotros somos alabados por todo esto, para su pérdida y daño: como si un hombre no fuera por esta misma razón tanto más culpable, porque procuró obtener gloria para sí de la caída de su hermano. Pues tal silencio será igualmente malo para ambos, porque mientras aumenta la vejación en el corazón de otro, impide que se quite del propio: y contra tales personas se dirige con razón la maldición del profeta: «¡Ay del que da de beber a su amigo, y le presenta su hiel, y lo embriaga, para contemplar su desnudez! Queda lleno de vergüenza en lugar de gloria.» [] Y esto también se dice de tales personas por otro: «Porque todo hermano suplantará del todo, y todo amigo andará con engaño. Y un hombre se burlará de su hermano, y no hablarán la verdad, pues han tensado su lengua como arco para la mentira y no para la verdad.» [] Mas a menudo una paciencia fingida excita a ira más vivamente que las palabras, y un silencio rencoroso supera a los insultos más atroces de palabra, y las heridas de los enemigos se soportan más fácilmente que los halagos engañosos de los burladores; de los cuales bien dice el profeta: «Sus palabras son más suaves que el aceite, y sin embargo son dardos:» y en otra parte «las palabras del astuto son blandas, pero hieren en lo íntimo del vientre:» a lo cual también puede aplicarse con propiedad esto: «Con la boca habla paz a su amigo, pero en secreto le tiende trampas;» con lo cual, sin embargo, el engañador es más bien engañado, pues «si un hombre prepara una red delante de su amigo, ella rodea sus propios pies;» y: «si un hombre cava una fosa para su prójimo, caerá él mismo en ella.» Finalmente, cuando una gran multitud vino con espadas y palos para prender al Señor, ninguno de los asesinos del autor de nuestra vida se presentó como más cruel que aquel que se adelantó a todos con un respeto fingido y un saludo, y ofreció un beso de fingido amor; a quien el Señor dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» [] es decir, la amargura de tu persecución y de tu odio ha tomado como manto esto que expresa la dulzura del verdadero amor. Aun más abierta y enérgicamente subraya Él la fuerza de este dolor por el profeta, diciendo: «Pues si mi enemigo me hubiera maldecido, lo habría soportado; y si el que me odiaba hubiera hablado grandes cosas contra mí, me habría escondido de él. Pero eras tú, un hombre de un mismo sentir, mi guía y mi amigo familiar: que compartías conmigo dulces manjares: en la casa de Dios caminábamos con concordia.»
Capítulo 19. De los que ayunan por ira
Conf. 16, cap. 19
Hay además otra clase mala de irritación que no merecería mención si no supiéramos que la consienten algunos de los hermanos, los cuales, cuando se han irritado o enfurecido, se abstienen pertinazmente de alimento, de modo que (cosa que no podemos mencionar sin vergüenza) quienes, estando tranquilos, declaran que no pueden en modo alguno diferir su refacción hasta la hora sexta o a lo sumo la novena, cuando están llenos de irritación e ira no sienten los ayunos ni siquiera por dos días, y, agotados por tal abstinencia, se sustentan con un exceso de ira. En lo cual son claramente reos del pecado de sacrilegio, pues por la ira misma del diablo soportan ayunos que deberían ofrecerse especialmente a Dios solo por deseo de humillación del corazón y purificación del pecado: lo cual viene a ser lo mismo que si ofrecieran oraciones y sacrificios no a Dios, sino a los demonios, y así fueran dignos de oír esta reprensión de Moisés: «Sacrificaron a los demonios y no a Dios; a dioses que no conocieron.» []
Capítulo 20. De la paciencia fingida de algunos que ofrecen la otra mejilla para ser golpeados
Conf. 16, cap. 20
No ignoramos tampoco otra especie de insensatez que hallamos en algunos de los hermanos bajo apariencia de una paciencia fingida, pues en este caso no les basta haber promovido disputas si no las incitan con palabras irritantes para hacerse golpear, y cuando han sido tocados por el más leve golpe, al punto ofrecen otra parte de su cuerpo para ser golpeada, como si de este modo pudieran cumplir a la perfección aquel mandato que dice: «Si alguno te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra;» [] mientras ignoran por completo el sentido y el propósito del pasaje. Pues se figuran que practican la paciencia evangélica por el pecado de ira, para cuya total erradicación no sólo se prohibió el devolver la injuria y la provocación de la disputa, sino que se nos dio además el mandato de mitigar la ira del que golpea soportando una doble injuria.
Capítulo 21. Una pregunta: cómo, si obedecemos los mandatos de Cristo, podemos quedar lejos de la perfección evangélica
Conf. 16, cap. 21
Germano: ¿Cómo podemos culpar a quien cumple el mandato del Evangelio y no sólo no devuelve la injuria, sino que está de hecho dispuesto a soportar una doble injuria?
Capítulo 22. La respuesta: que Cristo no mira sólo la acción, sino también la voluntad
Conf. 16, cap. 22
José: Como se dijo poco antes, hemos de mirar no sólo lo que se hace, sino también la condición del ánimo y el propósito del que lo hace. Y por tanto, si ponderáis con cuidadoso examen del corazón lo que cada uno hace y consideráis con qué ánimo se hace o de qué sentimiento procede, veréis que la virtud de la paciencia y de la mansedumbre no puede cumplirse en modo alguno con el espíritu contrario, es decir, el de la impaciencia y de la ira. Pues nuestro Señor y Salvador, al darnos una lección cabal sobre la virtud de la paciencia y de la mansedumbre (es decir, enseñándonos no sólo a profesarla con los labios, sino a guardarla en lo más íntimo del alma), nos dio este compendio de la perfección evangélica, diciendo: «Si alguno te golpea en tu mejilla derecha, ofrécele también la otra» [Ibid] (sin duda se menciona la «derecha» mejilla, porque no puede hallarse otra mejilla «derecha» sino en el rostro, por así decir, del hombre interior), con lo cual quiere desterrar por completo todo incentivo de ira de lo más hondo del alma, es decir: que si tu mejilla derecha exterior ha recibido un golpe del que hiere, también el hombre interior, consintiendo humildemente, ofrezca su mejilla derecha para ser golpeada, compadeciéndose del sufrimiento del hombre exterior y, en cierto modo, sometiendo y sujetando su propio cuerpo a la injuria del que golpea, para que el hombre interior ni siquiera se turbe en silencio en su interior ante los golpes del hombre exterior. Veis, pues, que están muy lejos de la perfección evangélica, la cual enseña que la paciencia debe mantenerse no de palabra, sino en la interior tranquilidad del corazón, y nos manda conservarla sea cual sea el mal que sobrevenga, para que no sólo nos guardemos siempre de la ira perturbadora, sino que, sometiéndonos a sus injurias, obliguemos a quienes se turban por su propia culpa a sosegarse, cuando se hayan saciado de golpes; y así venzamos su ira con nuestra mansedumbre. Y de este modo cumpliremos también aquellas palabras del Apóstol: «No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien.» [] Y es del todo claro que esto no pueden cumplirlo quienes pronuncian palabras de mansedumbre y humildad con tal ánimo e ira que no sólo no logran apagar el fuego de la cólera que se ha encendido, sino que más bien lo hacen arder con más violencia, tanto en sus propios sentimientos como en los del hermano enfurecido. Pero éstos, aun cuando de algún modo pudieran guardar calma y quietud en sí mismos, no producirían fruto alguno de justicia, mientras pretenden para sí la gloria de la paciencia a costa de la pérdida del prójimo, y están así enteramente lejos de aquella caridad apostólica que «no busca lo suyo,» [] sino lo de los otros. Pues no desea las riquezas de modo que saque provecho para sí de la pérdida del prójimo, ni quiere ganar nada si ello supone el despojo de otro.
Capítulo 23. Cómo es hombre fuerte y vigoroso el que cede a la voluntad de otro
Conf. 16, cap. 23
Mas debéis saber con certeza que, en general, hace un papel más fuerte quien somete su propia voluntad a la de su hermano que quien se muestra más pertinaz en defender y aferrarse a sus propias decisiones. Pues el primero, soportando y aguantando al prójimo, adquiere fama de hombre fuerte y vigoroso, mientras que el segundo adquiere la de débil y enfermizo, a quien hay que mimar y halagar, de modo que a veces, por causa de su paz y sosiego, es bueno relajar algo incluso en cosas necesarias. Y en esto no ha de pensar ciertamente que ha perdido algo de su propia perfección, aunque cediendo haya dejado algo del rigor que se proponía, sino que, al contrario, puede estar seguro de que ha ganado mucho más por su virtud de longanimidad y paciencia. Pues éste es el mandato del Apóstol: «Vosotros, los que sois fuertes, debéis sobrellevar las flaquezas de los débiles;» y: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.» Porque el débil jamás sostendrá al débil, ni el que padece de la misma manera podrá sobrellevar ni curar al de salud enfermiza, sino que el que no está sujeto a la enfermedad lleva los remedios al de salud débil. Pues con razón se le dice: «Médico, cúrate a ti mismo.» []
Capítulo 24. Cómo los débiles son perjudiciales y no pueden soportar injurias
Conf. 16, cap. 24
Debemos notar también el hecho de que la naturaleza de los débiles es siempre tal que son prontos y dispuestos a lanzar reproches y sembrar las semillas de las disputas, mientras ellos mismos no pueden soportar ser tocados por la sombra de la más leve injuria; y mientras nos atropellan y esparcen acusaciones caprichosas, no son capaces de soportar ni siquiera las más leves y triviales contra sí. Y así, según la antes citada opinión de los Ancianos, el amor no puede durar firme e inquebrantado sino entre hombres de la misma resolución y bondad. Pues en algún momento es seguro que se romperá, por muy cuidadosamente que uno de ellos lo guarde.
Capítulo 25. Pregunta: cómo puede ser fuerte quien no siempre sostiene a los débiles
Conf. 16, cap. 25
Germano: ¿Cómo, pues, puede ser digna de alabanza la paciencia del hombre perfecto si no puede siempre sobrellevar a los débiles?
Capítulo 26. Respuesta: que el débil no siempre se deja sobrellevar
Conf. 16, cap. 26
José: No dije que la virtud y la resistencia del que es fuerte y robusto hayan de ser vencidas, sino que la mísera condición del débil, alentada por la tolerancia del perfecto y empeorando cada día, necesariamente ha de dar lugar a razones por las cuales él mismo ya no deba ser sobrellevado; o bien, con la astuta sospecha de que la paciencia del prójimo descubre y realza su propia impaciencia, en algún momento prefiere marcharse antes que ser siempre sobrellevado por la magnanimidad del otro. Esto, pues, pensamos que debe observarse sobre todas las cosas por quienes quieren conservar intacto el afecto de sus compañeros: a saber, que ante todo, cuando sea provocado por algunas injurias, un monje debe conservar no sólo sus labios, sino también lo profundo de su pecho, inmutable; mas si advierte que se turban aun levemente, guárdese en absoluto silencio y observe diligentemente lo que dice el Salmista: «Me turbé y no hablé nada;» y: «Dije: guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua. Puse guarda a mi boca cuando el pecador se alzaba contra mí. Enmudecí y fui humillado, y guardé silencio aun de cosas buenas;» y no debe atender a su estado presente, ni dar salida a lo que le sugiere su ira violenta y expresa en aquel momento su mente exasperada, sino morar en la gracia del amor pasado o mirar con su mente hacia la renovación y restauración de la paz, y contemplarla aun en la hora misma de la ira, como si hubiera de volver en seguida con certeza. Y mientras se reserva para el deleite de la armonía que pronto ha de venir, no sentirá la amargura de la disputa presente, y fácilmente dará tales respuestas que, cuando el amor se restablezca, no podrá acusarse a sí mismo de culpa ni ser censurado por el otro; y así cumplirá estas palabras del profeta: «En la ira acuérdate de la misericordia.» []
Capítulo 27. Cómo debe reprimirse la ira
Conf. 16, cap. 27
Debemos, pues, reprimir todo movimiento de ira y moderarlo bajo la dirección de la discreción, para que no seamos arrastrados por una ciega cólera a aquello que condena Salomón: «El impío derrama toda su ira, pero el sabio la dispensa poco a poco,» [] es decir, el necio es inflamado por la pasión de su ira para vengarse; mas el sabio, por la madurez de su consejo y con moderación, la disminuye poco a poco y se deshace de ella. Algo de la misma índole es también lo que dice el Apóstol: «No vengándoos vosotros mismos, amadísimos: dad lugar a la ira,» [] es decir, no procedáis a la venganza bajo el apremio de la cólera, sino dad lugar a la ira, es decir, no dejéis que vuestros corazones se encierren en las estrecheces de la impaciencia y de la cobardía, de modo que, cuando se levante una tormenta fiera de pasión, no podáis soportarla; sino ensanchaos en vuestros corazones, recibiendo las olas adversas de la ira en el ancho golfo de aquel amor que «todo lo sufre, todo lo soporta;» [] y así vuestra mente se ensanchará con amplia longanimidad y paciencia, y tendrá dentro de sí seguros recintos de consejo, en los cuales el sucio humo de la ira será recibido y se difundirá y al instante se desvanecerá; o bien el pasaje puede entenderse de este modo: damos lugar a la ira cuantas veces cedemos con ánimo humilde y tranquilo a la pasión de otro, y nos doblegamos a la impaciencia del iracundo, como si confesáramos que merecíamos cualquier clase de injuria. Mas los que tuercen el sentido de la perfección de que habla el Apóstol, de modo que vienen a decir que dan lugar a la ira los que se apartan de un hombre airado, me parece que no cortan sino más bien fomentan el incentivo de la disputa; pues a menos que la ira del prójimo sea vencida al punto con humilde satisfacción, el hombre la provoca más bien que la evita con su huida. Y hay algo semejante a esto que dice Salomón: «No seas presuroso en tu espíritu para airarte, porque la ira reposa en el seno de los necios;» y: «No te apresures a meterte en una disputa, no sea que al fin te arrepientas de ello.» Pues no reprueba la apresurada manifestación de disputa e ira de modo que alabe la tardía. Del mismo modo ha de entenderse también esto: «El necio declara su ira en la misma hora, mas el hombre prudente oculta su vergüenza.» [] Porque no establece que la vergonzosa explosión de ira deba ser ocultada por los sabios de modo que, mientras reprueba la pronta explosión de ira, no prohíba la tardía; pues ciertamente, si por humana debilidad llega a estallar, quiere que se oculte por esta razón: para que, mientras por el momento se cubre con sabiduría, sea destruida para siempre. Porque la naturaleza de la ira es tal que, cuando se le da espacio, languidece y perece; mas si se exhibe abiertamente, arde más y más. Los corazones, pues, deben ser ensanchados y abiertos de par en par, para que no se encierren en las estrechas angosturas de la cobardía y se llenen de la creciente oleada de la ira, y así no lleguemos a ser incapaces de recibir lo que el profeta llama el «excesivamente ancho» mandamiento de Dios en nuestro corazón estrecho, o de decir con el profeta: «He corrido el camino de tus mandamientos, porque has ensanchado mi corazón.» Porque que la longanimidad es sabiduría nos lo enseñan pasajes muy claros de la Escritura: pues «el hombre longánimo es grande en prudencia; mas el cobarde es muy necio.» [] Y por eso dice la Escritura de aquel que para su gloria pidió el don de la sabiduría al Señor: «Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia sobremanera grande, y anchura de corazón como la arena del mar por multitud.» []
Capítulo 28. Cómo las amistades contraídas por conspiración no pueden ser duraderas
Conf. 16, cap. 28
También esto ha sido probado a menudo por muchas experiencias, a saber: que quienes entraron en los vínculos de amistad desde un comienzo de conspiración, no pueden de ningún modo conservar su concordia sin quebranto; bien porque intentaron guardarla no por deseo de perfección ni por el dominio del amor apostólico, sino por amor terrenal, y a causa de sus necesidades y de los lazos de su acuerdo; bien porque aquel enemigo nuestro, el más astuto, los empuja con mayor rapidez a romper las cadenas de su amistad a fin de hacerlos quebrantadores de su juramento. Esta opinión, pues, de los varones prudentísimos queda establecida con toda certeza, a saber: que la verdadera concordia y la unión indivisa sólo pueden existir entre aquellos cuya vida es pura, y que son hombres de la misma bondad y del mismo propósito.
Esto discurrió el bienaventurado José en su espiritual coloquio sobre la amistad, y nos encendió en un deseo más ardiente de conservar como duradero el amor de nuestra comunión.
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