c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·56 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 7 de 21 · Conferencia 7. Abad Sereno·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CAS-02
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Primera conferencia del abad Sereno. Sobre la inconstancia del espíritu y la malicia espiritual.
Capítulo 1. Sobre la castidad del abad Sereno
Conf. 7, cap. 1
Como deseamos presentar a las mentes fervorosas al abad Sereno, varón de la mayor santidad y continencia, y que responde como un espejo a su nombre, a quien admirábamos sobre todos los demás con peculiar veneración, pensamos que sólo cumplimos nuestro deseo intentando insertar sus conferencias en nuestro libro. A este varón, por encima de todas las demás virtudes, que resplandecían no sólo en sus acciones y costumbres, sino, por gracia de Dios, en su mismo semblante, le fue concedido por bendición especial el don de la continencia, de modo que jamás se sintió turbado ni siquiera por los estímulos naturales ni aun en el sueño. Y cómo fue que, con el auxilio de la gracia de Dios, alcanzó tan admirable pureza de la carne, que parece superar las condiciones de la naturaleza humana, creo que debe ser lo primero que explique.
Capítulo 2. La pregunta del ya mencionado anciano sobre el estado de nuestros pensamientos
Conf. 7, cap. 2
Este varón, pues, en sus oraciones de día y de noche, y en ayunos y vigilias, suplicaba incansablemente la castidad interior del corazón y del alma; y viendo que había obtenido lo que deseaba y pedía, y que todas las pasiones de la concupiscencia carnal en su corazón estaban muertas, como despertado por el dulcísimo gusto de la pureza e inflamado por su celo de castidad hacia un deseo aún más ardiente, comenzó a aplicarse a ayunos y oraciones más rigurosos, para que la mortificación de esta pasión, que por gracia de Dios había sido concedida a su hombre interior, se extendiera también de modo que abarcara la pureza exterior, hasta el punto de que ya no le afectara ningún movimiento simple y natural, como el que se excita aun en los niños y en los pequeños. Y por la experiencia del don que había obtenido, que sabía que no lo había conseguido por ningún mérito de sus trabajos, sino por la gracia de Dios, era tanto más ardientemente estimulado a obtener también esto de la misma manera, pues creía que Dios podía con mucha más facilidad arrancar de raíz este estímulo de la carne (que aun por arte e industria humana se destruye a veces con pociones y remedios o con el uso del cuchillo), puesto que Él había conferido de su libre don aquella pureza de espíritu, que es cosa aún mayor y que no puede adquirirse con esfuerzos y empeños humanos. Y cuando con súplicas y lágrimas incesantes se aplicaba sin cansancio a la petición que había comenzado, vino a él un ángel en visión nocturna, y pareció abrir su vientre, sacar de sus entrañas una especie de humor ígneo y carnal, arrojarlo lejos y devolver cada cosa a su lugar como antes; y «he aquí», dijo, «los estímulos de tu carne han sido removidos, y puedes estar seguro de que hoy has obtenido aquella pureza duradera del cuerpo por la que has orado con fidelidad.» Bastará con haber contado así brevemente esto de la gracia de Dios concedida a este famoso varón de manera especial. Pero juzgo innecesario decir algo de aquellas virtudes que poseyó en común con otros hombres buenos, no sea que aquella narración particular sobre este hombre parezca privar a otros de lo que de él se menciona especialmente. A él, pues, como estábamos inflamados con el mayor deseo de conversar con él y recibir su instrucción, dispusimos visitarlo en la Cuaresma; y cuando él nos preguntó con gran quietud sobre el carácter de nuestros pensamientos y el estado de nuestro hombre interior, y qué ayuda habíamos recibido para su pureza de nuestra larga estancia en el desierto, nos acercamos a él con estas quejas:
Capítulo 3. Nuestra respuesta sobre el carácter inconstante de nuestros pensamientos
Conf. 7, cap. 3
El tiempo pasado aquí, y la morada en la soledad, y la meditación, por los cuales pensáis que debíamos haber alcanzado la perfección del hombre interior, sólo han hecho esto por nosotros: enseñarnos aquello que no podemos ser, sin hacernos lo que intentamos ser. Ni sentimos que por este conocimiento hayamos adquirido una firmeza estable de la pureza que anhelamos, ni fuerza ni solidez alguna, sino sólo un aumento de confusión y de vergüenza; pues aunque la meditación en toda nuestra disciplina apunta a esto en nuestros ejercicios diarios, y se esfuerza por llegar desde unos comienzos temblorosos a una destreza segura e inquebrantable, y por comenzar a conocer algo de lo que originalmente conocía vagamente o ignoraba del todo, y por avanzar con pasos seguros (por así decir) hacia la condición de aquella disciplina, por habituarse perfectamente a ella sin dificultad alguna, hallo, por el contrario, que mientras lucho en este deseo de pureza, sólo he llegado lo bastante lejos como para conocer lo que no puedo ser. Y de aquí siento que nada sino aflicción me resulta de toda esta contrición de corazón, de modo que nunca falta materia para las lágrimas, y sin embargo no dejo de ser lo que no debería ser. Y así, ¿qué bien hay en haber aprendido lo mejor, si no puede alcanzarse aun cuando se conoce? Pues cuando hemos sentido que la intención de nuestro corazón estaba dirigida hacia lo que nos proponíamos, insensiblemente la mente vuelve a sus pensamientos errantes anteriores y resbala de nuevo con un ímpetu más violento, y se ve ocupada con las distracciones diarias y arrastrada sin cesar por innumerables cosas que la cautivan, de modo que casi desesperamos de la mejora que anhelamos, y todas estas observancias parecen inútiles. Pues la mente, que a cada momento vaga de acá para allá, cuando es traída de nuevo al temor de Dios o a la contemplación espiritual, antes de establecerse en ella, se lanza afuera y se extravía; y cuando nos hemos despertado y hemos descubierto que se ha apartado del propósito que se le había puesto delante, y queremos llamarla de nuevo a la meditación de la que se había extraviado, y atarla fuertemente con el más firme propósito del corazón, como con cadenas, mientras hacemos el intento se escapa de los repliegues más íntimos del corazón más veloz que una serpiente. Por lo cual, inflamados por estos ejercicios diarios y no viendo que ganemos con ellos fuerza y estabilidad alguna en el corazón, vencidos y desesperados somos empujados a esta opinión, a saber, a creer que no por culpa nuestra, sino por culpa de nuestra naturaleza, se hallan estas divagaciones de la mente en el género humano.
Capítulo 4. Discurso del anciano sobre el estado del alma y su excelencia
Conf. 7, cap. 4
Sereno: Es peligroso precipitarse a una conclusión y sentar doctrina apresuradamente sobre la naturaleza de una cosa antes de haber discutido debidamente el asunto y considerado su verdadero carácter. Ni debéis, mirando sólo a vuestra propia debilidad, aventurar una conjetura en vez de pronunciar un juicio fundado en el carácter y el valor de la práctica misma y en la experiencia que otros tienen de ella. Pues si alguien que no supiera nadar pero supiera que el peso de su cuerpo no puede ser sostenido por el agua, quisiera, a partir de la prueba que le ofrecía su inexperiencia, establecer que nadie compuesto de carne sólida podría sostenerse sobre el elemento líquido, no deberíamos, por tanto, tener por verdadera su opinión, que parecía aducir conforme a su propia experiencia, ya que puede mostrarse que ello no sólo no es imposible sino que en realidad lo hacen otros con suma facilidad, mediante las más claras pruebas y la demostración ocular. Y así el [νοῦς], es decir, la mente, es definido como [ἀεικίνητος καὶ πολυκίνητος], es decir, siempre movedizo y muy movedizo; como se le describe en la llamada Sabiduría de Salomón con otras palabras: [καὶ γεῶδες σκῆνος βρίθει νοῦν πολυφρόντιδα], es decir, «Y la tienda terrestre abruma el espíritu que cavila en muchas cosas.» [] Éste, pues, conforme a su naturaleza, jamás puede permanecer ocioso; y si no se le provee de dónde ejercitar sus movimientos y de qué lo ocupe continuamente, por su propia volubilidad ha de vagar y extraviarse sobre toda clase de cosas, hasta que, acostumbrado por una larga práctica y un uso diario —en lo cual decís que os habéis afanado sin resultado— pruebe y aprenda qué pasto conviene preparar a la memoria, hacia el cual pueda hacer volver su vuelo incansable y adquiera fuerza para permanecer, y así logre rechazar la sugestión hostil del enemigo por la que es distraído, y persistir en aquel estado y condición que anhela. No debemos, pues, atribuir esta inclinación errante de nuestro corazón ni a la naturaleza humana ni a Dios su Creador. Pues es verdadera aquella sentencia de la Escritura: «Dios hizo al hombre recto; pero ellos mismos buscaron muchas invenciones.» El carácter de éstas, pues, depende de nosotros mismos, porque dice: «el buen pensamiento se acerca a los que lo conocen, pero el hombre prudente lo hallará.» Porque donde algo está sujeto a nuestra prudencia e industria de modo que pueda hallarse, si no se halla, deberíamos ciertamente atribuirlo a nuestra propia pereza o descuido, y no a culpa de nuestra naturaleza. Y con este sentido concuerda también el Salmista, cuando dice: «Bienaventurado el varón cuyo auxilio está en Ti: en su corazón dispuso sus subidas.» Veis, pues, que está en nuestro poder disponer en nuestro corazón o subidas, es decir, pensamientos que pertenecen a Dios, o bajadas, a saber, los que descienden a lo carnal y terreno. Y si esto no estuviera en nuestro poder, el Señor no habría reprendido a los fariseos, diciendo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?» [] ni habría dado este encargo por el profeta, diciendo: «Quitad la maldad de vuestros pensamientos de delante de mis ojos;» y «¿Hasta cuándo permanecerán en ti los pensamientos inicuos?» Ni el carácter de ellos, como de nuestras obras, sería tomado en consideración en el día del juicio en nuestro caso, como el Señor amenaza por Isaías: «He aquí que vengo a reunir sus obras y sus pensamientos, juntamente con todas las naciones y lenguas;» [] ni sería justo que fuésemos condenados o defendidos por su testimonio en aquel terrible y espantoso examen, como dice el bienaventurado Apóstol: «Sus pensamientos, acusándose entre sí o también defendiéndose unos a otros, en el día en que Dios juzgará los secretos de los hombres conforme a mi evangelio.» []
Capítulo 5. Sobre la perfección del alma, deducida de la comparación del centurión del evangelio
Conf. 7, cap. 5
De esta mente perfecta hay una excelente figura en el caso del centurión del evangelio; cuya virtud y constancia, por la cual no era arrastrado por el tropel de los pensamientos, sino que conforme a su propio juicio o admitía los buenos o rechazaba fácilmente los de carácter contrario, se describen en esta forma figurada: «Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados a mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.» [] Si, pues, nosotros también luchamos varonilmente contra las perturbaciones y los pecados y podemos someterlos a nuestro propio dominio y discreción, y combatimos y destruimos las pasiones en nuestra carne, y reducimos bajo el imperio de la razón el enjambre de nuestros pensamientos, y rechazamos de nuestro pecho los terribles escuadrones de las potestades que se nos oponen por el estandarte vivificante de la cruz del Señor, seremos, en premio de tales triunfos, promovidos al rango de aquel centurión espiritualmente entendido, a quien, como leemos en el Éxodo, señaló místicamente Moisés: «Constituid de entre vosotros tribunos, y centuriones, y jefes de cincuenta y de diez.» [] Y así nosotros también, cuando hayamos sido elevados a la altura de esta dignidad, tendremos el mismo derecho y poder de mandar, de modo que no seremos arrastrados por pensamientos contra nuestra voluntad, sino que podremos permanecer y adherirnos a los que nos deleitan espiritualmente, mandando a las malas sugestiones que se aparten, y se apartarán, mientras a las buenas les diremos «Venid,» y vendrán; y a nuestro siervo también, es decir, al cuerpo, le mandaremos igualmente lo que pertenece a la castidad y a la continencia, y nos servirá sin contradicción alguna, no provocando ya en nosotros los estímulos hostiles de la concupiscencia, sino mostrándose enteramente sumiso al espíritu. Y cuál sea el carácter de las armas de este centurión, y para qué uso en la batalla, oíd al bienaventurado Apóstol que lo declara: «Las armas», dice, «de nuestro combate no son carnales, sino poderosas para Dios.» Nos dice su carácter, a saber, que no son carnales o débiles, sino espirituales y poderosas para Dios. Luego sugiere en qué luchas han de usarse: «Para derribar fortalezas, purgando los pensamientos, y toda altura que se levanta contra la ciencia de Dios, y llevando cautivo todo entendimiento a la obediencia de Cristo, y teniendo prontitud para castigar toda desobediencia, una vez que vuestra obediencia sea cumplida.» [] Y aunque sería útil, pertenece a otro momento recorrerlas una por una; sólo quiero que veáis las diversas clases de estas armas y sus propiedades, ya que también nosotros deberíamos andar siempre ceñidos con ellas si pensamos pelear las batallas del Señor y militar entre los centuriones del evangelio. «Tomad», dice, «el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno.» [] La fe, pues, es la que intercepta los dardos llameantes de la lujuria y los destruye por el temor del juicio futuro y por la fe en el reino celestial. «Y la coraza», dice, «de la caridad.» [] Ésta es, en efecto, la que, ciñendo las partes vitales del pecho y protegiendo lo que queda expuesto a las heridas mortales de los pensamientos que se hinchan, rechaza los golpes que se le oponen y no permite que los dardos del diablo penetren hasta nuestro hombre interior. Pues «todo lo sufre, todo lo soporta, todo lo aguanta.» [] «Y por casco, la esperanza de la salvación.» [] El casco es lo que protege la cabeza. Y como Cristo es nuestra cabeza, debemos en todas las tentaciones y persecuciones protegerla con la esperanza de los bienes futuros que han de venir, y sobre todo conservar entera e inmaculada la fe en Él. Pues es posible que quien ha perdido otras partes del cuerpo, por débil que esté, todavía sobreviva; pero a nadie se le prolonga ni siquiera un breve tiempo de vida sin la cabeza. «Y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.» [] Pues es «más penetrante que toda espada de dos filos, y llega hasta la división del alma y del espíritu, y de las coyunturas y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón;» [] pues divide y corta cuanto de carnal y terreno pueda hallar en nosotros. Y quienquiera que esté protegido por estas armas será defendido siempre de las armas y estragos de sus enemigos, y no será llevado atado con las cadenas de sus despojadores, cautivo y prisionero, a la tierra hostil de los pensamientos vanos, ni oirá las palabras del profeta: «¿Por qué envejecéis en tierra extraña?» [] Sino que estará en pie, como vencedor triunfante, en la tierra de los pensamientos que ha escogido. ¿Queréis entender también la fuerza y el valor de este centurión, por las cuales lleva estas armas de que antes hablamos, no carnales sino poderosas para Dios? Oíd la elección con que el Rey mismo marca y aprueba a los varones esforzados cuando los convoca al combate espiritual. «Diga», dice Él, «el débil: Yo soy fuerte;» y: «El que es sufrido, hágase guerrero.» Veis, pues, que sólo los sufridos y los débiles pueden pelear las batallas del Señor, débiles ciertamente con aquella debilidad, fundándose en la cual aquel centurión nuestro del evangelio dijo con confianza: «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte,» y de nuevo: «pues la fuerza se perfecciona en la debilidad.» [] De cuya debilidad dice uno de los profetas: «Y el que sea débil entre ellos será como la casa de David.» [] Porque el que sufre con paciencia peleará estas guerras, con aquella paciencia de la cual se dice: «la paciencia os es necesaria para que, haciendo la voluntad de Dios, recibáis la recompensa.» []
Capítulo 6. De la perseverancia en el cuidado de los pensamientos
Conf. 7, cap. 6
Pero hallaremos por propia experiencia que podemos y debemos adherirnos al Señor si tenemos mortificadas nuestras voluntades y cortados los deseos de este mundo, y seremos enseñados por la autoridad de aquellos que en conversación con el Señor dicen con toda confianza: «Mi alma se ha adherido a ti;» y: «Me he adherido a tus testimonios, oh Señor;» y: «Bueno es para mí adherirme a Dios;» y: «El que se adhiere al Señor, es un solo espíritu.» No debemos, pues, fatigarnos por estas divagaciones de la mente ni aflojar en nuestro fervor: porque «el que labra su tierra se saciará de pan; pero el que sigue la ociosidad se llenará de pobreza.» [] Ni debemos apartarnos de la atención a esta vigilancia por una desesperación peligrosa, porque «en todo el que se afana hay abundancia, pues el que es placentero y libre de aflicción estará en necesidad;» y de nuevo: «el hombre en la aflicción trabaja para sí, y con violencia acarrea su propia destrucción.» Además también: «el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan,» [] porque ninguna virtud se adquiere sin esfuerzo, ni puede nadie alcanzar la estabilidad mental que desea sin gran dolor de corazón, pues «el hombre nace para la aflicción,» [] y para que pueda alcanzar «al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» [] debe estar siempre vigilante con mayor atención todavía, y trabajar con incesante cuidado. Pero a la plenitud de esta medida nadie llegará jamás, sino aquel que la ha considerado de antemano y se ha ejercitado en ella ahora, y ha tenido algún anticipo de ella mientras aún está en este mundo, y, señalado como miembro preciosísimo de Cristo, ha poseído en la carne una prenda de aquella «juntura» [Ibid.] por la cual puede unirse a su cuerpo: deseando una sola cosa, teniendo sed de una sola cosa, dirigiendo siempre no solo sus actos sino también sus pensamientos a una sola cosa; es decir, que pueda ya ahora guardar como prenda lo que se dice de la vida bienaventurada de los santos en el más allá; es decir, que «Dios sea» para él «todo en todas las cosas.» []
Capítulo 7. Cuestión sobre la tendencia errante de la mente y los ataques de las malignidades espirituales
Conf. 7, cap. 7
Germán: Quizá esta tendencia de la mente a divagar podría hasta cierto punto contenerse si no fuera porque tan gran multitud de enemigos la rodea, y sin cesar la empuja hacia lo que no desea, o más bien hacia donde la índole vagabunda de su propia naturaleza la arrastra. Y puesto que innumerables enemigos, tan poderosos y terribles, la rodean, no deberíamos imaginar que fuera posible resistirlos, especialmente con esta carne débil nuestra, si no fuéramos alentados a esta opinión por tus palabras como por oráculos del cielo.
Capítulo 8. Respuesta sobre el auxilio de Dios y el poder del libre albedrío
Conf. 7, cap. 8
Sereno: Nadie que haya experimentado los combates del hombre interior puede dudar de que nuestros enemigos nos acechan continuamente. Pero queremos decir que se oponen a nuestro progreso de tal modo que podemos considerarlos únicamente como que incitan al mal y no fuerzan. Porque nadie podría evitar en absoluto cualquier pecado que se inclinaran a imprimir en nuestros corazones, si hubiera un impulso fuerte presente para forzar (el mal), así como lo hay para sugerirlo. Por lo cual, así como en ellos hay amplio poder de incitar, así en nosotros hay provisión de poder de rechazo y de libertad de consentir. Pero si tememos su poder y sus asaltos, podemos también reclamar contra ellos la protección y el auxilio de Dios, de quien leemos: «Porque mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo;» [] y su auxilio pelea de nuestra parte con mucho mayor poder que sus huestes contra nosotros; porque Dios no es solo el que sugiere lo bueno, sino el que lo mantiene e insiste en ello, de modo que a veces nos atrae hacia la salvación aun contra nuestra voluntad y sin que lo sepamos. Síguese, pues, que nadie puede ser engañado por el diablo sino aquel que ha elegido entregarle el consentimiento de su propia voluntad; como lo expresa claramente Eclesiastés con estas palabras: «Pues como no hay oposición por parte de los que hacen el mal prontamente, por eso el corazón de los hijos de los hombres se llena en ellos para hacer el mal.» Es, por tanto, claro que cada hombre se extravía por esto: a saber, que cuando los malos pensamientos lo asaltan no los enfrenta inmediatamente con rechazo y contradicción, pues dice: «Resistidlo, y huirá de vosotros.» []
Capítulo 9. Cuestión sobre la unión del alma con los demonios
Conf. 7, cap. 9
Germán: ¿Cuál es, te ruego, esa unión indiscriminada y común del alma con aquellos espíritus malignos, por la cual les es posible (no diré unirse con ella, sino) estar unidos a ella de tal modo que pueden imperceptiblemente hablar con ella, penetrar en ella y sugerirle cuanto quieren, incitarla a lo que les agrada, y mirar y ver sus pensamientos y movimientos; y de ello resulta una unión tan estrecha entre ellos y el alma que es casi imposible, sin la gracia de Dios, distinguir entre lo que procede de su instigación y lo que procede de nuestro libre albedrío?
Capítulo 10. Respuesta sobre cómo se unen los espíritus inmundos con las almas humanas
Conf. 7, cap. 10
Sereno: No es de extrañar que el espíritu pueda unirse imperceptiblemente al espíritu, y ejercer un poder invisible de persuasión hacia lo que le está permitido. Porque hay entre ellos (así como entre los hombres) cierta semejanza y parentesco de sustancia, puesto que la descripción que se da de la naturaleza del alma se aplica igualmente bien a su sustancia. Pero es imposible que los espíritus sean implantados en los espíritus interiormente, o unidos a ellos de tal manera que uno pueda contener al otro; pues esta es prerrogativa verdadera únicamente de la Deidad, que es la única naturaleza simple e incorpórea.
Capítulo 11. Objeción sobre si los espíritus inmundos pueden estar presentes en las almas de aquellos a quienes han llenado o estar unidos a ellas
Conf. 7, cap. 11
Germán: A esta idea creemos que se opone suficientemente lo que vemos suceder en el caso de los poseídos, cuando dicen y hacen lo que no saben bajo el influjo de los espíritus. ¿Cómo, pues, hemos de rehusar creer que sus almas no están unidas a aquellos espíritus, cuando los vemos convertidos en sus instrumentos y (abandonando su condición natural) cediendo a sus movimientos y disposiciones, de tal modo que ya no expresan sus propias palabras, acciones y deseos, sino los de los demonios?
Capítulo 12. Respuesta sobre cómo es que los espíritus inmundos pueden enseñorearse de los poseídos
Conf. 7, cap. 12
Sereno: Lo que dices que sucede en el caso de los endemoniados no se opone a nuestra afirmación; a saber, que los poseídos por espíritus inmundos dicen y hacen lo que no quieren, y son forzados a proferir lo que no saben; pues es perfectamente claro que no están sujetos a la entrada de los espíritus todos del mismo modo: porque algunos son afectados por ellos de tal manera que no tienen la menor idea de lo que hacen y dicen, mientras que otros lo saben y después lo recuerdan. Pero no debemos imaginar que esto se hace por una infusión del espíritu tal que penetre en la sustancia misma del alma y, estando como unido a ella y en cierto modo revestido de ella, profiera palabras y dichos por la boca del paciente. Pues no debemos creer que esto pueda ser hecho por ellos. Porque podemos ver claramente que esto no resulta de pérdida alguna del alma, sino de debilidad del cuerpo, cuando el espíritu inmundo se apodera de aquellos miembros en los que reside el vigor del alma, y poniendo sobre ellos un peso enorme e intolerable la abruma con tinieblas asquerosísimas, y perturba sus potencias intelectuales: como vemos suceder a veces también por culpa del vino y de la fiebre o del frío excesivo, y otras indisposiciones que afectan a los hombres desde fuera; y fue esto lo que al diablo se le prohibió intentar infligir al bienaventurado Job, aunque había recibido poder sobre su carne, cuando el Señor le mandó diciendo: «He aquí, lo pongo en tus manos: preserva solamente su alma»; es decir, no debilites la sede de su alma ni lo hagas enloquecer, ni abrumes el entendimiento y la sabiduría de lo que queda, sofocando con tu peso la potestad que gobierna en su corazón.
Capítulo 13. Cómo el espíritu no puede ser penetrado por el espíritu, y cómo solo Dios es incorpóreo
Conf. 7, cap. 13
Pues aunque el espíritu se mezcle con esta materia crasa y sólida, a saber, la carne (como sucede muy fácilmente), ¿debemos por ello creer que puede unirse al alma, que es asimismo espíritu, de tal manera que la haga también receptiva del mismo modo de su propia naturaleza: cosa que solo es posible a la Trinidad, la cual es tan capaz de penetrar toda naturaleza intelectual, que no solo puede abrazarla y rodearla, sino incluso insertarse en ella y, aunque incorpórea, ser infundida en un cuerpo? Pues aunque sostenemos que existen algunas naturalezas espirituales, como los ángeles, los arcángeles y las demás potestades, y ciertamente nuestras propias almas y el aire sutil, no debemos en modo alguno considerarlas incorpóreas. Porque tienen a su manera un cuerpo en el cual existen, aunque mucho más fino que nuestros cuerpos, según las palabras del Apóstol cuando dice: «Y hay cuerpos celestes, y cuerpos terrestres;» y de nuevo: «Se siembra cuerpo natural, se resucita cuerpo espiritual;» [] de lo cual se colige claramente que no hay nada incorpóreo sino solo Dios, y por tanto solo por Él pueden ser penetradas todas las sustancias espirituales e intelectuales, porque solo Él está entero y en todo lugar y en todas las cosas, de tal manera que contempla y ve los pensamientos de los hombres y sus movimientos internos y todos los repliegues del alma; pues de Él solo habló el bienaventurado Apóstol cuando dijo: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz y más cortante que toda espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y de la médula; y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón; y no hay criatura invisible en su presencia, sino que todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos.» [] Y el bienaventurado David dice: «El que forma los corazones de ellos uno por uno;» y de nuevo: «Porque Él conoce los secretos del corazón;» y Job también: «Tú que solo conoces los corazones de los hombres.» []
Capítulo 14. Objeción sobre cómo hemos de creer que los demonios ven los pensamientos de los hombres
Conf. 7, cap. 14
Germán: De este modo, que describes, aquellos espíritus no pueden ver en modo alguno nuestros pensamientos. Pero nos parece totalmente absurdo sostener tal opinión, cuando la Escritura dice: «Si el espíritu del que tiene poder subiera sobre ti;» [] y de nuevo: «Cuando el diablo hubo puesto en el corazón de Simón Iscariote el entregar al Señor.» [] ¿Cómo, pues, podemos creer que nuestros pensamientos no están abiertos a ellos, cuando sentimos que en su mayor parte nacen y son alimentados por sus sugestiones e instigaciones?
Capítulo 15. Respuesta sobre qué pueden y qué no pueden hacer los demonios respecto de los pensamientos de los hombres
Conf. 7, cap. 15
Sereno: Nadie duda de que los espíritus inmundos pueden influir en el carácter de nuestros pensamientos, pero esto lo hacen afectándolos desde fuera por influencias sensibles, es decir, ya por nuestras inclinaciones o por nuestras palabras, y por aquellas aficiones a las que ven que estamos especialmente dispuestos. Pero de ningún modo pueden acercarse a aquellos que aún no han salido de los repliegues más íntimos del alma. Y aun los pensamientos que ellos sugieren, ya sean abrazados de hecho o en cierto modo, son descubiertos por ellos no por la naturaleza del alma misma, es decir, por aquella inclinación interior que está oculta, por así decirlo, en la médula misma, sino por los movimientos y señales dados por el hombre exterior; como por ejemplo, cuando sugieren gula, si han visto a un monje levantar los ojos con ansiedad a la ventana o al sol, o preguntar con avidez qué hora es, saben que ha admitido el sentimiento de glotonería. Si cuando sugieren fornicación lo hallan someterse tranquilamente al ataque de la lujuria, o lo ven perturbado en el cuerpo, o al menos no gimiendo como debiera bajo la desvergüenza de una sugestión impura, saben que el dardo de la lujuria ya está clavado en su misma alma. Si suscitan incentivos de tristeza, ira o furor, pueden conocer si han echado raíces en el corazón por los movimientos del cuerpo y las perturbaciones visibles, cuando, por ejemplo, lo han notado ya gimiendo en silencio, ya jadeando de indignación o cambiando de color; y así descubren astutamente la falta a la que se ha entregado. Pues saben que cada uno de nosotros es arrastrado de manera regular por aquello, a cuya incitación ven, por una especie de movimiento de asentimiento del cuerpo, que ha cedido su consentimiento y acuerdo. Y no es de extrañar que esto sea descubierto por aquellas potestades del aire, cuando vemos que aun hombres sagaces pueden descubrir a menudo el estado del hombre interior por su semblante, su mirada y su porte exterior. ¿Cuánto más seguramente, pues, podrá ser descubierto esto por aquellos que, siendo de naturaleza espiritual, son ciertamente mucho más sutiles y sagaces que los hombres.
Capítulo 16. Ilustración que muestra cómo se nos enseña que los espíritus inmundos conocen los pensamientos de los hombres
Conf. 7, cap. 16
Pues así como algunos ladrones suelen examinar los tesoros ocultos de los hombres en aquellas casas que se proponen robar, y en las oscuras sombras de la noche esparcen con mano cuidadosa pequeños granos de arena y descubren los tesoros ocultos que no pueden ver por el sonido tintineante con que responden a la caída de la arena, y así llegan a un conocimiento cierto de cada objeto y metal, el cual se delata en cierto modo por la voz que de él se obtiene; así también estos, para explorar los tesoros de nuestro corazón, esparcen sobre nosotros la arena de ciertas sugestiones malignas, y cuando ven surgir alguna afección corporal correspondiente a su carácter, reconocen, como por una especie de sonido tintineante procedente de los repliegues más íntimos, lo que está guardado en la cámara secreta del hombre interior.
Capítulo 17. Sobre el hecho de que no todo demonio tiene el poder de sugerir toda pasión a los hombres
Conf. 7, cap. 17
Pero debemos saber esto: que no todos los demonios pueden implantar en los hombres todas las pasiones, sino que ciertos espíritus se ciernen sobre cada pecado, y que unos se deleitan en la inmundicia y en las lujurias torpes, otros en la blasfemia, otros están más particularmente dedicados a la ira y al furor, otros se alimentan de la tristeza, otros se apaciguan con la vanagloria y la soberbia; y cada uno implanta en los corazones de los hombres aquel pecado en el que él mismo se recrea, y no pueden implantar sus vicios especiales todos a la vez, sino por turno, según los excita la oportunidad del tiempo o del lugar, o un hombre que está abierto a sus sugestiones.
Capítulo 18. Cuestión sobre si entre los demonios se observa algún orden en el ataque, o sistema en sus cambios
Conf. 7, cap. 18
Germán: ¿Hemos de creer, pues, que la maldad está dispuesta y, por así decirlo, sistematizada entre ellos de tal modo que haya algún orden en los cambios que observan, y se lleve a cabo un plan regular de ataque, aunque es claro que el método y el sistema solo pueden existir entre hombres buenos y rectos, como dice la Escritura: Buscaréis la sabiduría entre los impíos y no la hallaréis; y: «nuestros enemigos son insensatos;» y esto: «No hay sabiduría, ni valor, ni consejo entre los impíos.»
Capítulo 19. La respuesta sobre hasta qué punto existe acuerdo entre los demonios acerca del ataque y sus cambios
Conf. 7, cap. 19
Sereno: Es verdadera la afirmación de que entre los malos no hay concordia duradera, y que no puede existir armonía perfecta ni siquiera en cuanto a aquellos vicios particulares que tienen atractivos comunes para todos ellos. Porque, como habéis dicho, jamás puede suceder que entre cosas indisciplinadas se conserven el orden y la disciplina. Pero en algunas materias, donde la comunidad de intereses y la necesidad lo imponen, o la participación en alguna ganancia lo recomienda, han de concertar por algún tiempo cierta clase de acuerdo. Y vemos muy claramente que así sucede en el caso de esta guerra de las malignidades espirituales; de modo que no solo observan tiempos y cambios entre sí, sino que se sabe que ocupan especialmente algunos lugares determinados y los frecuentan con persistencia: pues como han de lanzar sus ataques mediante ciertas tentaciones fijas y pecados bien definidos, y en tiempos particulares, de aquí inferimos claramente que nadie puede a un mismo tiempo ser engañado por la vanidad de la vanagloria y abrasado por la concupiscencia de la fornicación, ni a un mismo tiempo hincharse con la altanería desmedida de la soberbia espiritual y someterse a la humillación de la gula carnal. Ni nadie puede ser vencido por la risa necia y las carcajadas y al mismo tiempo ser excitado por los aguijones de la ira, o en todo caso estar lleno de los dolores de una tristeza roedora: sino que todos los espíritus han de avanzar uno por uno para atacar al alma, de tal manera que, cuando uno ha sido vencido y se retira, ha de ceder el paso a otro espíritu para atacarla con mayor vehemencia, o, si ha salido victorioso, no por ello dejará de entregarla a otro para que la engañe.
Capítulo 20. Del hecho de que las potestades contrarias no tienen la misma audacia, y de que las ocasiones de la tentación no están bajo su control
Conf. 7, cap. 20
Tampoco debemos ignorar esto: que no todos tienen la misma ferocidad y energía, ni ciertamente la misma audacia y malicia, y que contra los principiantes y los débiles solo entablan combate los espíritus más flacos, y que, vencidas estas malignidades espirituales, gradualmente se lanzan contra el atleta de Cristo los asaltos de las más fuertes. Porque en proporción a la fortaleza y al progreso del hombre se hace mayor la dificultad de la lucha: pues ninguno de los santos podría ser capaz de soportar la malicia de tantos y tan grandes enemigos, ni de hacer frente a sus ataques, ni siquiera de soportar su crueldad y fiereza, si no fuera porque el juez misericordioso de nuestro certamen y presidente de los juegos, el mismo Cristo, igualaba la fuerza de los combatientes, rechazaba y frenaba sus ataques excesivos, y daba juntamente con la tentación una salida para que pudiéramos soportarla. []
Capítulo 21. Del hecho de que los demonios luchan contra los hombres no sin esfuerzo por su parte
Conf. 7, cap. 21
Pero creemos que emprenden esta lucha no sin esfuerzo por su parte. Pues en su combate ellos mismos tienen alguna suerte de ansiedad y abatimiento, especialmente cuando se enfrentan a rivales más fuertes, es decir, a los santos y a los varones perfectos. De otro modo no se les asignaría contienda ni lucha, sino solo un engaño simple de los hombres, libre de toda ansiedad por su parte. ¿Y cómo se sostendrían entonces las palabras del Apóstol, donde dice: «No luchamos contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra las malignidades espirituales en los lugares celestiales;» y también esto: «Así peleo yo, no como quien golpea el aire;» y de nuevo: «He peleado la buena batalla»? Pues donde se habla de combate, de conflicto y de batalla, ha de haber esfuerzo, empeño y ansiedad por ambas partes, e igualmente debe aguardarles o bien el pesar y la confusión por su fracaso, o bien el gozo consiguiente a su victoria. Pero cuando uno pelea con facilidad y seguridad contra otro que lucha con gran esfuerzo, y para derribar a su rival se sirve solamente de su voluntad como de su fuerza, eso no debe llamarse batalla, lucha ni contienda, sino una especie de asalto y ataque injusto y desmedido. Ellos ciertamente han de trabajar, y cuando atacan a los hombres, se esfuerzan en no menor grado para obtener de cada uno la victoria que desean conseguir; y sobre ellos recae la misma confusión que nos aguardaba a nosotros si hubiéramos sido vencidos por ellos; como está dicho: «La cabeza de los que me rodean, el trabajo de sus propios labios los abrumará;» y: «Su dolor se volverá sobre su propia cabeza;» y de nuevo: «Que venga sobre él el lazo que no conoce, y que la red que ha escondido lo atrape, y caiga en ese mismo lazo;» es decir, el que había maquinado para engañar a los hombres. Así, pues, ellos mismos también sufren quebranto, y así como nos dañan, del mismo modo son dañados por nosotros, y cuando son vencidos no se retiran sin confusión; y viendo estas derrotas suyas y sus luchas, uno que tenía buenos ojos en su hombre interior, viendo también que se regodeaban con la caída y las desgracias de cada uno, y temiendo que su propio caso pudiera proporcionarles esta clase de deleite, oró al Señor diciendo: «Alumbra mis ojos, para que no duerma en la muerte; no sea que mi enemigo diga: Prevalecí contra él. Los que me turban se alegrarán si yo resbalo;» y: «Dios mío, no se alegren de mí; no digan en su corazón: ¡Ajá, ajá, nuestro deseo! Ni digan: Lo hemos devorado;» y: «Rechinaron los dientes contra mí. Señor, ¿hasta cuándo mirarás esto?» pues: «acecha en secreto como león en su guarida: acecha para arrebatar al pobre;» y: «Busca de Dios su sustento.» Y de nuevo, cuando todos sus esfuerzos se han agotado, y no han logrado engañarnos, deben «ser confundidos y enrojecer» por el fracaso de sus empeños, «quienes buscan nuestras almas para destruirlas: y sean cubiertos de vergüenza y confusión los que maquinan el mal contra nosotros.» También dice Jeremías: «Sean confundidos ellos, y no sea yo confundido; tengan ellos miedo, y no tenga yo miedo; trae sobre ellos el furor de tu ira, y con doble destrucción destrúyelos.» [] Porque nadie puede dudar de que cuando son vencidos por nosotros serán destruidos con doble destrucción: primero, porque mientras los hombres buscan la santidad, ellos, aunque la poseían, la perdieron y se hicieron causa de la ruina del hombre; segundo, porque siendo existencias espirituales, han sido vencidos por existencias carnales y terrenas. Cada uno de los santos, cuando mira la destrucción de sus enemigos y sus propios triunfos, exclama con deleite: «Perseguiré a mis enemigos y los alcanzaré; y no me volveré hasta que sean destruidos. Los quebrantaré y no podrán mantenerse en pie: caerán debajo de mis pies,» y en sus oraciones contra ellos dice el mismo profeta: «Juzga, Señor, a los que me agravian: derriba a los que pelean contra mí. Echa mano del broquel y del escudo, y levántate en mi ayuda. Saca la espada y cierra el paso a los que me persiguen: di a mi alma: Yo soy tu salvación.» Y cuando, sometiendo y destruyendo todas nuestras pasiones, los hayamos vencido, se nos permitirá entonces oír aquellas palabras de bendición: «Tu mano se exaltará sobre tus enemigos, y todos tus enemigos perecerán.» [] Y así, cuando leemos o cantamos todos estos pasajes y otros semejantes que se hallan en la Sagrada Escritura, si no los tomamos como escritos contra aquellas malignidades espirituales que nos acechan de día y de noche, no solo no sacaremos de ellos edificación alguna para hacernos mansos y pacientes, sino que tropezaremos con alguna consecuencia terrible y del todo contraria a la perfección evangélica. Pues no solo no se nos enseñará a orar por nuestros enemigos ni a amarlos, sino que nos veremos incitados a odiarlos con odio implacable, a maldecirlos y a derramar incesantemente oraciones contra ellos. Y es terriblemente malo y blasfemo pensar que estas palabras fueron pronunciadas con tal espíritu por varones santos y amigos de Dios, a quienes, antes de la venida de Cristo, no se les impuso la Ley precisamente porque iban más allá de sus mandatos, y prefirieron obedecer los preceptos del Evangelio y tender a la perfección, aunque vivieron antes de la dispensación de aquel tiempo.
Capítulo 22. Sobre el hecho de que el poder de dañar no depende de la voluntad de los demonios
Conf. 7, cap. 22
Pero que no tienen poder para dañar a hombre alguno se muestra con toda claridad en el caso del bienaventurado Job, donde el enemigo no se atrevió a probarlo más allá de lo que le fue permitido por la divina permisión; y lo evidencia la confesión de los mismos espíritus contenida en los relatos del evangelio, donde dicen: «Si nos echas fuera, permítenos ir a la piara de cerdos.» [] Y con mucha más razón debemos sostener que no pueden por su propia voluntad entrar en ninguno de los hombres que han sido creados a imagen de Dios, si no tienen poder para entrar en animales mudos e inmundos sin el permiso de Dios. Pero nadie —no diré de los más jóvenes, a quienes vemos vivir con gran firmeza en este desierto, sino aun de los perfectos— podría vivir solo en el desierto, rodeado de tales enjambres de enemigos de esta clase, si ellos tuvieran poder y libertad ilimitados para dañarnos y tentarnos; y con mayor claridad aún lo confirman las palabras de nuestro Señor y Salvador, que, en la humildad de la humanidad que había asumido, pronunció ante Pilato, cuando dijo: «No tendrías ningún poder contra mí, si no te hubiera sido dado de lo alto.» []
Capítulo 23. Del poder disminuido de los demonios
Conf. 7, cap. 23
Pero hemos descubierto a fondo, tanto por nuestra propia experiencia como por el testimonio de los Ancianos, que los demonios no tienen ahora el mismo poder que tuvieron antiguamente, en los primeros días de los anacoretas, cuando todavía había solo unos pocos monjes viviendo en el desierto. Pues era tal su fiereza que apenas unos pocos varones muy firmes, y ya avanzados en años, podían soportar una vida de soledad. En los monasterios mismos, donde solían vivir ocho o diez hombres, su violencia los atacaba y sus asaltos se experimentaban con tanta frecuencia y de un modo tan visible que no se atrevían a acostarse todos a la vez por la noche, sino que se turnaban, y mientras unos tomaban un poco de sueño, otros velaban y se entregaban a los Salmos, a la oración y a la lectura. Y cuando las necesidades de la naturaleza los obligaban a dormir, despertaban a los otros y les confiaban de la misma manera el deber de velar sobre los que iban a acostarse. Por lo cual no podemos dudar de que una de dos cosas ha producido este resultado, no solo en el caso de nosotros, que parecemos bastante fuertes por la experiencia que nos da nuestra edad, sino también en el caso de los más jóvenes. Pues o bien la malicia de los demonios ha sido rechazada por el poder de la cruz, que penetra aun hasta el desierto, y por su gracia, que resplandece en todas partes; o bien nuestro descuido les hace aflojar algo de su primer ímpetu, desdeñando atacarnos con la misma energía con que antiguamente se ensañaban contra aquellos admirabilísimos soldados de Cristo; y con este engaño y con cesar en sus ataques abiertos nos hacen todavía más daño. Pues vemos que algunos han caído en una condición tan perezosa que han de ser incitados con exhortaciones demasiado suaves, por temor de que abandonen sus celdas y caigan en tribulaciones más peligrosas, y anden errantes y extraviados y se enreden en lo que yo llamaría pecados más groseros; y se considera que se consigue de ellos una gran cosa si pueden, aun con cierta dejadez, permanecer en el desierto, y los Ancianos a menudo les dicen, como un gran alivio: Quedaos en vuestras celdas, y comed y bebed y dormid cuanto queráis, con tal de que permanezcáis siempre en ellas.
Capítulo 24. Del modo en que los demonios se preparan una entrada en los cuerpos de aquellos a quienes van a poseer
Conf. 7, cap. 24
Es claro, pues, que los espíritus inmundos no pueden abrirse camino hacia aquellos cuyos cuerpos van a ocupar, de otro modo que apoderándose primero de sus mentes y pensamientos. Y cuando les han arrebatado el temor y el recuerdo de Dios y la meditación espiritual, avanzan audazmente contra ellos, como si estuvieran despojados de toda protección y salvaguardia divina, y pudieran ser fácilmente atados, y entonces fijan en ellos su morada como en una posesión que les ha sido entregada.
Capítulo 25. Sobre el hecho de que son más desdichados los hombres poseídos por los pecados que los poseídos por los demonios
Conf. 7, cap. 25
Aunque es un hecho que son más grave y severamente atormentados aquellos que, mientras parecen muy poco afectados por ellos en el cuerpo, están sin embargo poseídos en el espíritu de un modo mucho peor, al estar enredados en sus pecados y concupiscencias. Porque, como dice el Apóstol: «Por quien uno es vencido, de ese es también esclavo.» Solo que en este respecto están más peligrosamente enfermos, porque, aunque son sus esclavos, no saben que son asaltados por ellos ni que están bajo su dominio. Pero sabemos que aun varones santos han sido entregados en la carne a Satanás y a grandes aflicciones por faltas muy leves, puesto que la divina misericordia no sufre que se halle en ellos, en el día del juicio, la más pequeña mancha o tacha, y purga en este mundo toda mancha de su inmundicia, como dice el profeta, o más bien Dios mismo, a fin de entregarlos a la eternidad como oro o plata refinados que no necesitan purificación penal. «Y,» dice Él, «limpiaré purgando tu escoria, y quitaré todo tu pecado; y después de esto serás llamada ciudad de los justos, ciudad fiel.» Y de nuevo: «Como la plata y el oro se prueban en el horno, así el Señor escoge los corazones;» Y de nuevo: «El fuego prueba el oro y la plata; pero el hombre es probado en el horno de la humillación;» y también esto: «Porque al que el Señor ama, lo castiga, y azota a todo hijo que recibe.»
Capítulo 26. De la muerte del profeta que fue engañado, y de la enfermedad del abad Pablo, con la que fue visitado para su purificación
Conf. 7, cap. 26
Y vemos un claro ejemplo de esto en el caso de aquel profeta y varón de Dios en el tercer libro de los Reyes, que fue al punto destruido por un león por una sola falta de desobediencia, en la que se vio implicado no de propósito ni por culpa de su propia voluntad, sino por la seducción de otro, como la Escritura habla así de él: «Es el varón de Dios, que fue desobediente a la boca del Señor, y el Señor lo entregó al león, y este lo despedazó conforme a la palabra del Señor, que había hablado.» [] En cuyo caso el castigo de la presente ofensa y negligencia, juntamente con la recompensa de su justicia, por la cual el Señor entregó en este mundo a su profeta al destructor, se muestran por la moderación y abstinencia de la bestia de presa, pues aquella criatura fierísima no se atrevió siquiera a probar el cadáver que le fue entregado. Y de lo mismo se ha dado una prueba clarísima y manifiesta en nuestros días en el caso de los abades Pablo y Moisés, que vivían en un lugar de este desierto llamado Calamus, pues el primero había habitado antes en el yermo que está junto a la ciudad de Panephysis, el cual sabemos que solo recientemente había sido convertido en yermo por una inundación de agua salada; la cual, siempre que soplaba el viento del norte, era empujada desde las marismas y, extendiéndose por los campos adyacentes, cubría la faz de toda la comarca, de modo que las antiguas aldeas, que por esta misma razón habían sido abandonadas por todos sus habitantes, parecían islas. Aquí, pues, el abad Pablo había progresado tanto en pureza de corazón en la quietud y el silencio del desierto, que no sufría, no diré el rostro de una mujer, sino aun las vestiduras de una de ese sexo aparecieran ante su vista. Pues cuando, yendo a la celda de uno de los Ancianos juntamente con el abad Archebius, que vivía en el mismo desierto, por casualidad le salió al encuentro una mujer, le causó tal repugnancia el encontrarla que abandonó el asunto de la visita amistosa que había emprendido y se precipitó de vuelta a su propio monasterio con mayor velocidad que un hombre huiría de la faz de un león o de un dragón terrible; de modo que ni siquiera lo conmovieron los gritos y ruegos del mencionado abad Archebius, que lo llamaba para que prosiguiera el camino que habían emprendido a fin de preguntar al anciano lo que se habían propuesto. Pero aunque esto se hizo en su celo por la castidad y su deseo de pureza, sin embargo, como no se hizo conforme a ciencia, y como la observancia de la disciplina y los métodos de la debida severidad fueron llevados al extremo, pues imaginaba que no solo la familiaridad con una mujer (que es el verdadero daño), sino aun la mera forma de ese sexo debía ser execrada, fue al punto sorprendido por un castigo tal que todo su cuerpo quedó herido de parálisis, y ninguno de sus miembros pudo desempeñar sus propias funciones, pues no solo sus manos y pies, sino aun los movimientos de la lengua, que nos permite formar las palabras, (fueron afectados) y sus mismos oídos perdieron el sentido del oído, de modo que no quedó en él nada más de su hombría que una figura inmóvil e insensible. Pero quedó reducido a tal condición que el máximo cuidado de los hombres era incapaz de atender su enfermedad, y solo el tierno servicio de mujeres podía cuidar de sus necesidades: pues cuando fue llevado a un convento de santas vírgenes, la comida y la bebida, que no podía pedir ni siquiera por señas, le eran traídas por servidoras, y para todo lo que la naturaleza requería fue atendido por el mismo servicio durante casi cuatro años, es decir, hasta el fin de su vida. Y aunque estaba afectado por tal debilidad de todos sus miembros que ninguno de sus miembros conservaba su aguda capacidad de movimiento y sensación, sin embargo brotaba de él tal gracia de bondad que cuando los enfermos eran ungidos con el aceite que había tocado lo que habría que llamar su cadáver más que su cuerpo, quedaban al instante curados de todas las enfermedades, de modo que, en cuanto a su propio mal, se hacía evidente y manifiestamente claro aun para los incrédulos que la enfermedad de todos sus miembros había sido causada por la providencia y el amor del Señor, y que la gracia de estas curaciones era concedida por el poder del Espíritu Santo como testimonio de su pureza y manifestación de sus méritos.
Capítulo 27. De la tentación del abad Moisés
Conf. 7, cap. 27
Pero la segunda persona que mencionamos como residente en este desierto, aunque era también un hombre notable y admirable, sin embargo, para castigar una sola palabra que, en una disputa con el abad Macario, había proferido con excesiva acritud al verse prevenido en alguna opinión, fue entregada al instante a un demonio tan espantoso que llenó su boca de inmundicia que él le suministraba; y el Señor, por la prontitud de su curación y por el autor de su sanidad, mostró que había traído sobre él este azote para purificarlo, a fin de que no quedara en él mancha alguna de su error momentáneo; pues apenas el abad Macario se entregó a la oración, más rápido que una palabra huyó de él el espíritu maligno y se apartó.
Capítulo 28. De cómo no debemos despreciar a los que son entregados a espíritus inmundos
Conf. 7, cap. 28
De lo cual resulta claramente que no debemos odiar ni despreciar a aquellos que vemos entregados a diversas tentaciones o a los espíritus del mal, porque debemos mantener firmemente estos dos puntos: primero, que ninguno de ellos puede en modo alguno ser tentado por ellos sin el permiso de Dios; y segundo, que todo lo que Dios trae sobre nosotros, ya nos parezca en el momento presente triste o gozoso, nos es infligido para nuestro provecho, como por un padre lleno de bondad y por un médico lleno de compasión; y que, por tanto, los hombres son, por así decir, entregados al cuidado de maestros de escuela y humillados, para que, al salir de este mundo, sean trasladados en estado de mayor pureza a la otra vida, o reciban un castigo más leve, como han sido, según dice el Apóstol, entregados por ahora «a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.» []
Capítulo 29. Una objeción que pregunta por qué los atormentados por espíritus inmundos son apartados de la Comunión del Señor
Conf. 7, cap. 29
Germano: ¿Y cómo es que los vemos no solo despreciados y evitados por todos, sino además siempre apartados de la Comunión del Señor en nuestras provincias, conforme a estas palabras del Evangelio: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos;» [] mientras tú nos dices que de algún modo debemos sostener que la humillación de esta tentación les sobreviene con miras a su purificación y provecho?
Capítulo 30. La respuesta a la cuestión planteada
Conf. 7, cap. 30
Sereno: Si tuviéramos este conocimiento, o más bien esta fe, de la que hablé antes, a saber, creer que todo es producido por Dios y ordenado para el bien de nuestras almas, no solo no los despreciaríamos jamás, sino que más bien oraríamos sin cesar por ellos como por miembros nuestros, y nos compadeceríamos de ellos con todo nuestro corazón y con la más plena caridad (pues «cuando un miembro padece, todos los miembros padecen con él» []), pues sabemos que de ningún modo podemos ser perfeccionados sin ellos, por cuanto son miembros nuestros, así como leemos que nuestros predecesores no pudieron alcanzar la plenitud de la promesa sin nosotros, como el Apóstol habla de ellos del modo siguiente: «Y todos estos, aprobados por el testimonio de la fe, no recibieron la promesa, proveyendo Dios algo mejor para nosotros, para que no fuesen perfeccionados sin nosotros.» [] Pero no recordamos jamás que se les haya prohibido la santa comunión; más aún, si fuera posible, creían que debía dárseles diariamente; ni tampoco, conforme a las palabras del Evangelio que aplicas incongruentemente en este sentido, «No deis lo santo a los perros,» [] debemos creer que la santa comunión se convierta en alimento del demonio y no en purificación y salvaguardia del cuerpo y del alma; pues cuando es recibida por un hombre, por así decir, quema y pone en fuga al espíritu que tiene su asiento en sus miembros o que intenta ocultarse en ellos. Pues de este modo hemos visto recientemente curados al abad Andrónico y a muchos otros. Porque el enemigo abusará cada vez más del hombre poseído si lo ve apartado de la medicina celestial, y lo tentará con más frecuencia y de modo más espantoso, al verlo alejado tanto más de este remedio espiritual.
Capítulo 31. De que son más dignos de compasión aquellos a quienes no se les concede verse sometidos a estas tentaciones temporales
Conf. 7, cap. 31
Pero debemos considerar verdaderamente desdichados y miserables a aquellos en cuyo caso, aunque se manchan con toda clase de pecados y maldades, sin embargo no solo no aparece en ellos ninguna señal visible de posesión diabólica, ni les sobreviene tentación alguna proporcionada a sus acciones, ni se les aplica azote alguno de castigo. Pues no se les concede remedio rápido e inmediato en este mundo a aquellos cuya «dureza y corazón impenitente,» siendo demasiado para el castigo en esta vida, «atesora para sí ira e indignación en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios,» «donde su gusano no muere y su fuego no se apaga.» Contra los cuales el profeta, como perplejo ante la aflicción de los santos, al verlos sujetos a diversas pérdidas y tentaciones, y ver por otra parte a los pecadores no solo atravesar el curso de este mundo sin azote alguno de humillación, sino incluso gozar de grandes riquezas y de la mayor prosperidad en todo, inflamado de indignación incontenible y de fervor de espíritu, exclama: «En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies, por poco se resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los malvados, al ver la paz de los pecadores. Pues no hay consideración de su muerte, ni hay firmeza en sus azotes. No están en el trabajo de los hombres, ni serán azotados como los demás hombres,» puesto que en adelante serán castigados con los demonios, ya que en este mundo no se les concedió ser azotados en la suerte y disciplina de los hijos, junto con los hombres. También Jeremías, al conversar con Dios sobre esta prosperidad de los pecadores, aunque nunca confiesa dudar de la justicia de Dios, como dice «porque tú eres justo, oh Señor, si yo disputo contigo,» sin embargo, al indagar las razones de esta desigualdad, prosigue diciendo: «Pero con todo hablaré lo que es justo delante de ti. ¿Por qué prospera el camino de los impíos? ¿Por qué les va bien a todos los que transgreden y obran con maldad? Los plantaste y han echado raíz: prosperan y dan fruto. Estás cerca de su boca y lejos de sus riñones.» [] Y cuando el Señor llora por su destrucción por medio del profeta, y con ansiedad ordena a los médicos y doctores que los sanen, y en cierto modo los exhorta a semejante lamentación, diciendo: «Repentinamente ha caído Babilonia: ha sido destruida. Aullad por ella: tomad bálsamo para su dolor, por si puede ser sanada;» entonces, en su desesperación, los ángeles, a quienes está confiada la salvación del hombre, responden; o al menos el profeta en la persona de los Apóstoles, de los hombres espirituales y de los doctores que ven la dureza de su alma y su corazón impenitente: «Hemos curado a Babilonia, pero no ha sido sanada. Dejémosla, y vámonos cada uno a su tierra, porque su juicio ha llegado hasta los cielos y se ha elevado hasta las nubes.» [] De su desesperada debilidad habla luego Isaías en la persona de Dios a Jerusalén: Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en ella cosa sana: heridas, contusiones y llagas hinchadas: no han sido vendadas ni curadas ni ablandadas con aceite. []
Capítulo 32. De los diferentes deseos y apetitos que existen en las potestades del aire
Conf. 7, cap. 32
Pero está claramente probado que en los espíritus inmundos existen tantos deseos como en los hombres. Pues algunos de ellos, a los que comúnmente se llama Plani, se muestran tan seductores y juguetones que, cuando han tomado posesión continua de ciertos lugares o caminos, no se deleitan atormentando a los transeúntes a quienes pueden engañar, sino que, contentándose meramente con reírse de ellos y burlarse, intentan más bien cansarlos que dañarlos; mientras que algunos pasan la noche simplemente apoderándose de los hombres sin causarles daño, aunque otros son tan esclavos de la furia y de la ferocidad que no se contentan con dañar los cuerpos de aquellos de quienes se han apoderado, desgarrándolos de manera espantosa, sino que además se precipitan con avidez sobre los que pasan a distancia y los atacan con matanza salvaje: como aquellos descritos en el Evangelio, por miedo a los cuales nadie osaba pasar por aquel camino. Y no hay duda de que estos, y otros semejantes, en su furia insaciable se deleitan en guerras y derramamiento de sangre. A otros los hallamos que infunden a los corazones de aquellos a quienes han poseído una soberbia vana (y a estos se les llama comúnmente Bacucei), de modo que se yerguen por encima de su estatura propia y ora se hinchan de arrogancia y pompa, ora condescienden de manera ordinaria y suave a un estado de calma y afabilidad; y como se imaginan que son grandes personajes y admiración de todos, ora muestran inclinando su cuerpo que adoran a potestades superiores, ora piensan que son adorados por otros, y así pasan por todos aquellos movimientos que expresan verdadera sumisión, ya con soberbia, ya con humildad. A otros los hallamos no solo ávidos de mentiras, sino también capaces de inspirar blasfemias a los hombres. Y de esto podemos dar testimonio nosotros mismos, pues hemos oído a un demonio confesar abiertamente que había proclamado una doctrina impía y perversa por boca de Arrio y de Eunomio. Y lo mismo leemos que declaró abiertamente uno de ellos en el cuarto libro de los Reyes: «Saldré,» dijo, «y seré espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas.» [] A lo cual el Apóstol, al reprender a los engañados por ellos, añade lo siguiente: «dando oído a espíritus seductores y a doctrinas de demonios que hablan mentira con hipocresía.» [] Y que hay otras especies de demonios mudos y sordos lo atestiguan los Evangelios. Y que algunos espíritus incitan a la lujuria y al desenfreno lo afirma el profeta diciendo: «El espíritu de fornicación los engañó, y se desviaron de su Dios.» [] Del mismo modo, la autoridad de la Escritura nos enseña que hay demonios de la noche, del día y del mediodía. Pero sería demasiado largo recorrer toda la Escritura y repasar las distintas especies de ellos, como son llamados por los profetas onocentauros, sátiros, sirenas, brujas, aulladores, avestruces, erizos; y áspides y basiliscos en los Salmos; y son llamados leones, dragones, escorpiones en el Evangelio, y son nombrados por el Apóstol príncipe de este mundo, gobernadores de estas tinieblas y espíritus de maldad. Y todos estos nombres no debemos tomarlos como dados al azar o a la ventura, sino como alusivos a su fiereza y locura bajo la figura de aquellas bestias salvajes que entre nosotros son más o menos dañinas y peligrosas; y al compararlos con la perversidad o el poder venenoso que, entre otras bestias o serpientes, les confiere alguna preeminencia en el mal, son llamados por sus nombres, de tal modo que a uno se le asigna el nombre de león por el furor de su rabia y la locura de su ira, a otro el de basilisco por su veneno mortal, que mata a la persona antes de ser percibido, y a otro el de onocentauro, erizo o avestruz por su malicia perezosa.
Capítulo 33. Cuestión acerca del origen de tales diferencias entre las potestades del mal en el aire
Conf. 7, cap. 33
Germano: Ciertamente no dudamos de que a ellos se refieren aquellos órdenes que el Apóstol enumera: «Porque no luchamos contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores mundiales de estas tinieblas, contra espíritus de maldad en las regiones celestes:» [] pero queremos saber de dónde proviene tal diferencia entre ellos, o cómo existen tales grados de maldad. ¿Fueron creados para esto, para encontrarse con estos órdenes de mal y, de algún modo, servir a esta maldad?
Capítulo 34. El aplazamiento de la respuesta a la cuestión planteada
Conf. 7, cap. 34
Sereno: Aunque vuestras proposiciones nos robarían el descanso de toda la noche, de modo que no advertiríamos la proximidad del alba naciente y nos veríamos tentados a prolongar con avidez nuestra conferencia hasta la salida del sol, sin embargo, puesto que la resolución de la cuestión planteada, si comenzáramos a desarrollarla, nos lanzaría a un mar ancho y profundo de cuestiones, que la brevedad del tiempo de que disponemos no nos permitiría recorrer, creo que será más conveniente reservarla para considerarla otra noche, cuando, al plantear esta cuestión, reciba yo de vuestra prontísima conversación algún gozo espiritual y fruto más rico, y podremos, si el Espíritu Santo nos concede un viento próspero, penetrar más libremente en las intrincaciones de las cuestiones planteadas. Por lo cual, gocemos de un poco de sueño y sacudamos así la somnolencia que se desliza sobre nuestros ojos, a medida que se acerca el alba, y luego iremos juntos a la iglesia, pues la observancia del domingo nos manda hacerlo; y después del oficio volveremos y, como deseáis, discutiremos con redoblado deleite lo que el Señor nos haya dado para provecho común.
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