c. 426–428 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·56 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 16 de 21 · Conferencia 17. Abad José·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CAS-02
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La segunda conferencia del abad José. Sobre las promesas.
Capítulo 1. De las vigilias que soportamos
Conf. 17, cap. 1
Cuando, pues, terminó la anterior Conferencia, y asimismo el silencio interpuesto de la noche, como habíamos sido conducidos por el santo abad José a una celda apartada por causa del sosiego, pero habíamos pasado toda la noche sin dormir (pues a causa de sus palabras un fuego ardía en nuestros corazones), salimos de la celda y nos retiramos como a cien pasos de ella y nos sentamos en un lugar apartado. Y así, como las sombras de la noche nos daban ocasión para secreta y familiar conversación mutua, estando allí sentados, el abad Germano gimió gravemente.
Capítulo 2. De la inquietud del abad Germano al recordar nuestra promesa
Conf. 17, cap. 2
¿Qué hacemos? —dijo—. Pues vemos que estamos envueltos en una gran dificultad y en una mala situación, pues la razón misma y la vida de los santos nos enseñan con eficacia cuál es lo mejor para nuestro progreso en la vida espiritual, y sin embargo la promesa dada a los Ancianos no nos permite escoger lo que es provechoso. Porque podríamos, con los ejemplos de tan grandes varones, ser formados para una vida y un fin más perfectos, si no fuera porque los términos de nuestra promesa nos obligan a volver al punto al monasterio. Mas si volvemos allá, jamás tendremos otra ocasión de venir aquí de nuevo. Pero si nos quedamos aquí y escogemos llevar a cabo nuestros deseos, ¿qué será de la fe del juramento que, como sabemos, dimos a nuestros Ancianos prometiendo un pronto regreso, para que se nos permitiera hacer una rápida visita por los monasterios y santos de esta provincia? Y como en este estado de tumulto no podíamos decidir qué debíamos resolver acerca del estado de nuestra salvación, simplemente atestiguamos con nuestros gemidos la dura suerte de nuestra condición, increpando la audacia de nuestra impudencia, y aborreciendo empero la vergüenza que nos era natural, agobiados por la cual no podíamos resistir de ningún otro modo las súplicas de quienes nos retenían contra nuestro provecho y propósito, sino con la promesa de un pronto regreso, mientras llorábamos de padecer la falta de aquella vergüenza de la que se dice: «Hay vergüenza que acarrea pecado.» []
Capítulo 3. Mis ideas sobre este asunto
Conf. 17, cap. 3
Entonces respondí: El consejo, o más bien la autoridad del anciano a quien debemos remitir nuestras inquietudes, abriría un camino corto para salir de nuestras dificultades; y cuanto sea decidido por su dictamen, como respuesta divina y celestial, ponga fin a todas nuestras tribulaciones. Y no debemos dudar de lo que nos da el Señor por los labios de este anciano, tanto por sus méritos como por nuestra propia fe. Pues por don suyo los creyentes han obtenido a menudo consejo saludable de personas indignas, y los incrédulos de santos, concediéndolo el Señor ya por el mérito de quienes responden, ya por la fe de quienes piden consejo. Así pues, el santo abad Germán acogió con avidez estas palabras, como si yo no las hubiera pronunciado por mí mismo, sino por inspiración del Señor; y después de esperar un poco la llegada del anciano y la hora próxima del oficio nocturno, tras recibirlo con el saludo acostumbrado y terminar de recitar el número debido de salmos y oraciones, volvimos a sentarnos como de costumbre en las mismas esteras en que nos habíamos acomodado para dormir.
Capítulo 4. La pregunta del abad José y nuestra respuesta sobre el origen de nuestra inquietud
Conf. 17, cap. 4
Entonces el venerable José vio que estábamos bastante desanimados y, adivinando que no era sin razón, se dirigió a nosotros con estas palabras del patriarca José: «¿Por qué están tristes hoy vuestros rostros?» [] a quien respondimos: No somos como aquellos esclavos de Faraón que han visto un sueño y no hay quien lo interprete, pero confieso que hemos pasado una noche en vela y no hay nadie que aligere el peso de nuestras tribulaciones, a menos que el Señor las disipe con vuestra sabiduría. Entonces él, que recordaba la excelencia del patriarca tanto por sus méritos como por su nombre, dijo: ¿No viene del Señor la cura de las perplejidades del hombre? Preséntense, pues la compasión divina puede darles remedio por medio de nuestro consejo, según vuestra fe.
Capítulo 5. La explicación del abad Germán de por qué queríamos permanecer en Egipto y éramos arrastrados de vuelta a Siria
Conf. 17, cap. 5
A esto Germán: Solíamos pensar —dijo— que volveríamos a nuestro monasterio llenos en abundancia no sólo de gozo espiritual, sino también de provecho por la vista de vuestra santidad, y que después de nuestro regreso seguiríamos, aunque con una rivalidad débil, lo que habíamos aprendido de vuestra enseñanza. Pues este amor a nuestros Ancianos nos llevó a prometerles, mientras imaginábamos que podríamos en cierto grado seguir en aquel monasterio vuestra vida y doctrina sublimes. Por eso, así como pensábamos que por este medio se nos concedería todo gozo, por otra parte nos abruma un dolor intolerable, al hallar que de ningún modo podemos obtener por este camino lo que sabemos que es bueno para nosotros. Por ambos lados, pues, nos vemos ahora acorralados. Porque si queremos cumplir la promesa que hicimos en presencia de todos los hermanos en la cueva donde nuestro Señor mismo resplandeció desde su tálamo en el seno de la Virgen, y de la cual Él mismo fue testigo, incurriremos en la mayor pérdida de nuestra vida espiritual. Pero si desatendemos nuestra promesa y permanecemos en esta región, y elegimos considerar aquel juramento nuestro como de menor importancia que nuestra perfección, tememos los terribles peligros de la falsedad y del perjurio. Mas ni siquiera con este plan podemos aligerar nuestras cargas; a saber, cumpliendo las condiciones de nuestro juramento con un regreso muy apresurado, y volviendo luego lo más pronto posible a estas partes. Pues aunque incluso un pequeño retraso es peligroso y perjudicial para quienes aspiran al bien y progresan en las cosas espirituales, sin embargo guardaríamos nuestra fe y promesa, aunque con un regreso forzado, si no fuera porque estábamos seguros de que quedaríamos tan estrechamente atados, tanto por la autoridad como por el amor de los Ancianos, que en adelante no tendríamos ocasión alguna de volver de nuevo a este lugar.
Capítulo 6. Pregunta del abad José sobre si sacábamos más provecho en Egipto que en Siria
Conf. 17, cap. 6
A esto el bienaventurado José, tras un breve silencio: ¿Estáis seguros —dijo— de que podéis sacar más provecho en las cosas espirituales en esta tierra?
Capítulo 7. La respuesta sobre la diferencia de costumbres en los dos países
Conf. 17, cap. 7
Germán: Aunque deberíamos estar sumamente agradecidos por la enseñanza de aquellos hombres que desde nuestra juventud nos enseñaron a intentar grandes cosas, y que, dándonos a gustar su excelencia, implantaron en nuestros corazones una espléndida sed de perfección, sin embargo, si se ha de poner alguna confianza en nuestro juicio, no podemos establecer comparación alguna entre estas costumbres y las que aprendimos allí, como para callar la pureza inimitable de vuestra vida, la cual creemos que se os concede no sólo por la concentración de vuestra mente y vuestro fin, sino también por la ayuda y asistencia del propio lugar. Por lo cual no dudamos de que, para seguir vuestra gran perfección, esta instrucción que se nos da no basta por sí sola, si no tenemos también la ayuda de la vida, y un largo curso de instrucción disuelve en cierto modo la frialdad de nuestro corazón mediante el ejercicio diario.
Capítulo 8. Cómo los perfectos no deben hacer promesa alguna de modo absoluto, y si las decisiones pueden revocarse sin pecado
Conf. 17, cap. 8
José: Es ciertamente bueno, recto y del todo conforme a nuestra profesión que cumplamos de manera efectiva lo que decidimos hacer en el caso de cualquier promesa. Por lo cual un monje no debe hacer promesa alguna precipitadamente, no sea que se vea obligado a hacer lo que prometió incautamente o, si es retenido por la consideración de un parecer más acertado, aparezca como quebrantador de su promesa. Pero como en este momento nuestro propósito es tratar no tanto del estado de salud cuanto de la cura de la enfermedad, debemos considerar con consejo saludable no lo que debisteis hacer en un primer momento, sino cómo podéis escapar de las rocas de este peligroso naufragio. Así pues, cuando no nos impiden cadenas ni nos restringen condiciones, en la comparación de bienes, si se propone una elección, debe preferirse lo que es más ventajoso; pero cuando se interpone algún detrimento y pérdida, en la comparación de cosas perjudiciales, debe buscarse aquello que nos expone a la menor pérdida. Además, como muestra vuestra afirmación, cuando vuestra promesa irreflexiva os ha traído a tal estado que en ambos casos ha de resultaros alguna pérdida e incomodidad grave, la voluntad, al elegir, debe inclinarse hacia aquel lado que implica una pérdida más tolerable, o que puede repararse más fácilmente con el remedio de la enmienda. Si, pues, pensáis que obtendréis más bien para vuestro espíritu permaneciendo aquí que lo que os sobrevino de vuestra vida en aquel monasterio, y que las condiciones de vuestra promesa no pueden cumplirse sin la pérdida de un gran bien, es mejor para vosotros sufrir la pérdida de una falsedad y de una promesa incumplida (puesto que se hace de una vez para siempre, y no necesita ya repetirse ni ser causa de otros pecados) que incurrir en aquella pérdida por la cual decís que vuestro estado de vida se volvería más frío y que os afectaría con un daño diario e incesante. Pues una promesa irreflexiva se cambia de tal modo que puede ser perdonada o incluso alabada, si se la encamina a una vía mejor; y no debemos considerarlo falta de constancia, sino corrección de la temeridad, siempre que se corrige una promesa que fue defectuosa. Y todo esto puede probarse con el testimonio certísimo de la Escritura: que para muchos el cumplimiento de su promesa los llevó a la muerte, y por el contrario para muchos fue bueno y provechoso haberse negado a cumplirla.
Capítulo 9. Cómo a menudo es mejor romper los compromisos que cumplirlos
Conf. 17, cap. 9
Y ambos extremos se muestran con toda claridad en los casos de San Pedro Apóstol y de Herodes. Pues el primero, porque se apartó de su decisión expresa que había, por así decirlo, confirmado con juramento al decir «No me lavarás los pies jamás,» [] consiguió una comunión inmortal con Cristo, mientras que ciertamente habría quedado privado de la gracia de esta bienaventuranza si se hubiera aferrado obstinadamente a su palabra. Pero el segundo, por aferrarse a la prenda de su juramento irreflexivo, se convirtió en el sangriento asesino del precursor del Señor, y por el vano temor del perjurio se precipitó en la condenación y en el castigo de la muerte eterna. En todo, pues, debemos considerar el fin, y según él dirigir nuestro rumbo y nuestro fin; y si, al sobrevenir algún consejo más sabio, vemos que se desvía hacia la parte peor, es mejor desechar el plan inadecuado y volver a un mejor parecer que aferrarse obstinadamente a nuestros compromisos y así enredarse en pecados peores.
Capítulo 10. Nuestra pregunta sobre nuestro temor por el juramento que hicimos en el monasterio de Siria
Conf. 17, cap. 10
Germán: Por lo que se refiere a nuestro deseo, que emprendimos llevar a cabo por causa del provecho espiritual, esperábamos ser edificados por el trato continuo con vosotros. Pues si volviéramos a nuestro monasterio, es cierto que no sólo fracasaríamos en un propósito tan sublime, sino que también sufriríamos grave pérdida por la mediocridad del tenor de vida de allí. Pero aquel mandamiento del Evangelio nos aterra en gran manera: «Sea vuestro hablar: sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, del maligno procede.» [] Pues sostenemos que no podemos compensar con justicia alguna la transgresión de un mandamiento tan importante, ni puede finalmente salir bien aquello que una vez se comenzó con mal principio.
Capítulo 11. Respuesta de que debemos tener en cuenta la intención del que obra más que la ejecución del asunto
Conf. 17, cap. 11
José: En todos los casos, como ya dijimos, debemos mirar no al progreso de la obra, sino a la intención del que la hace; y no debemos preguntar primero qué ha hecho un hombre, sino con qué propósito, para que así hallemos que algunos han sido condenados por obras de las cuales después resultó un bien, y, por el contrario, que algunos, por medio de actos en sí mismos reprobables, llegaron a la cumbre de la justicia. Y en el caso de los primeros, el buen resultado de sus acciones de nada les sirvió, porque emprendieron el asunto con mala intención y quisieron llevar a cabo —no el bien que realmente resultó, sino algo de carácter contrario—; ni el mal comienzo perjudicó a los segundos, pues soportaron la necesidad de un inicio censurable no por desprecio de Dios, ni con el propósito de obrar mal, sino con miras a un fin necesario y santo.
Capítulo 12. Cómo un resultado afortunado de nada servirá a los malvados, mientras que las malas obras no dañarán a los buenos
Conf. 17, cap. 12
Y para que aclaremos estas afirmaciones con ejemplos de la Sagrada Escritura: ¿qué cosa pudo realizarse más saludable y más en bien de todo el mundo que el remedio salvador de la Pasión del Señor? Y, sin embargo, no sólo no fue de provecho, sino que fue realmente en perjuicio del traidor por cuyo medio se muestra que fue llevada a cabo; tanto que de él se dice de manera absoluta: «Más le valiera a ese hombre no haber nacido jamás.» [] Pues los frutos de su trabajo no se le pagarán según el resultado real, sino según lo que quiso hacer y creyó que llevaría a cabo. Y además, ¿qué cosa pudo haber más culpable que el engaño y la astucia mostrados aun con un extraño, por no hablar del propio hermano y padre? Y, sin embargo, el patriarca Jacob no sólo no halló condenación ni culpa por tales cosas, sino que fue realmente dotado con la herencia eterna de la bendición. Y no sin razón: pues el último mencionado deseaba la bendición destinada al primogénito no por un deseo codicioso de ganancia presente, sino por su fe en la santificación eterna; mientras que el primero (Judas) entregó al Redentor de todos a la muerte, no por la salvación del hombre, sino por el pecado de la avaricia. Y por eso, en cada caso, los frutos de su acción se computan según la intención de la mente y el propósito de la voluntad, conforme a lo cual el objeto del uno no era cometer fraude, ni el del otro obrar la salvación. Pues justamente se da a cada hombre la paga como recompensa por lo que concibió en primer lugar en su mente, y no por lo que de ello resultó bien o mal, contra el deseo del que obra. Y así, el juez justísimo consideró excusable y ciertamente digno de alabanza a quien se atrevió a tal falsedad, porque sin ella no podía asegurar la bendición del primogénito; y no debe reputarse pecado lo que nació del deseo de la bendición. De lo contrario, el mencionado patriarca habría sido no sólo injusto con su hermano, sino también un engañador de su padre y un blasfemo, si hubiera habido otro camino por el que pudiera asegurar el don de aquella bendición, y hubiera preferido seguir éste que dañaría y perjudicaría a su hermano. Veis, pues, que ante Dios no se inquiere la ejecución del acto, sino el propósito de la mente. Con esta preparación, pues, para volver a la cuestión propuesta (para la cual se ha adelantado todo esto), quiero que primero me digáis por qué razón os atasteis con las cadenas de aquella promesa.
Capítulo 13. Nuestra respuesta sobre la razón que nos exigió un juramento
Conf. 17, cap. 13
Germán: La primera razón, como dijimos, fue que temíamos afligir a nuestros Ancianos y resistir sus órdenes; la segunda fue que creímos muy neciamente que, si aprendíamos de vosotros algo perfecto o espléndido que oír o contemplar, al volver al monasterio seríamos capaces de ponerlo por obra.
Capítulo 14. Discurso del anciano que muestra cómo el plan de acción puede cambiarse sin culpa con tal de mantenerse en el cumplimiento de una buena intención
Conf. 17, cap. 14
José: Como hemos dicho antes, la intención de la mente trae al hombre recompensa o condenación, según este pasaje: «Sus pensamientos, acusándolos o también defendiéndolos unos a otros, en el día en que Dios juzgará los secretos de los hombres;» y también éste: «Pero yo vengo a reunir sus obras y sus pensamientos junto con todas las naciones y lenguas.» Por lo cual, como veo, fue por deseo de perfección por lo que os atasteis con la cadena de estos juramentos, pues entonces pensabais que con ese plan podía alcanzarse; mientras que ahora, al sobrevenir un juicio más maduro, veis que no podéis escalar sus alturas por este medio. Así pues, cualquier apartamiento de aquel plan, que pueda parecer que ha sucedido, no será obstáculo, con tal de que no siga ningún cambio en aquel primer propósito. Pues un cambio de instrumento no significa abandono de la obra, ni la elección de un camino más corto y directo arguye pereza en la senda del viajero. Y así, en este asunto, una mejora en un plan poco perspicaz no debe tenerse por quebrantamiento de una promesa espiritual. Pues todo lo que se hace por amor de Dios y deseo del bien, que tiene «promesa de la vida presente y de la venidera,» [] aunque parezca comenzar con un principio duro y adverso, es dignísimo, no sólo de no ser censurado, sino realmente de alabanza. Y por eso el quebrantamiento de una promesa irreflexiva no será obstáculo, si en todo caso se mantiene el fin, es decir, el propósito de tender al bien. Pues todo lo hacemos por esto: para poder mostrar a Dios un corazón limpio; y si se considera que alcanzar esto es más fácil en esta tierra, la alteración del acuerdo que se os arrancó no os será obstáculo, con tal de que la perfección de aquella pureza por la que originalmente se hizo vuestra promesa sea asegurada más pronto según la voluntad del Señor.
Capítulo 15. Cuestión de si puede darse sin pecado que nuestro conocimiento ofrezca a los hermanos débiles ocasión de mentir
Conf. 17, cap. 15
Germán: En cuanto atañe a la fuerza de las palabras que han sido razonable y cuidadosamente consideradas, nuestro escrúpulo acerca de nuestra promesa se habría disipado fácilmente, de no ser porque nos alarmaba sobremanera que con este ejemplo se ofreciera a ciertos hermanos más débiles ocasión de mentir, si llegaran a saber que la fidelidad de un acuerdo podía quebrantarse lícitamente de algún modo; siendo así que esto mismo está prohibido por el profeta en términos tan vigorosos y amenazadores cuando dice: «Tú destruirás a todos los que hablan mentira;» y: «la boca que habla mentira matará al alma.»
Capítulo 16. Respuesta: la verdad de la Escritura no ha de alterarse por causa del escándalo dado a los débiles
Conf. 17, cap. 16
José: A quienes van camino de la ruina, o más bien están ansiosos de destruirse, no pueden faltarles ocasiones y oportunidades de destruirse; ni han de rechazarse, ni arrancarse enteramente del volumen, aquellos pasajes de la Escritura con los que se alienta la perversidad de los herejes, o se acrecienta la incredulidad de los judíos, o se ofende la soberbia de la sabiduría pagana; sino que ciertamente han de creerse piadosamente, sostenerse con firmeza y predicarse según la regla de la verdad. Por tanto, no debemos, a causa de la incredulidad de otro, rechazar las [οἰκονομίας], es decir, las «economías» de los profetas y de los santos que la Escritura relata, no sea que, mientras pensamos que hemos de condescender a su flaqueza, nos manchemos con el pecado no solo de mentira, sino de sacrilegio. Mas, como dijimos, debemos admitirlas según la letra y exponer cómo se hicieron rectamente. Pero para los mal dispuestos, la puerta de la mentira no se cerrará por este medio, si intentamos negar del todo o diluir con interpretaciones alegóricas la verdad de las cosas que vamos a aducir o que ya hemos aducido. Pues ¿cómo podrá la autoridad de esos pasajes dañarlos, si solo su voluntad corrompida basta para llevarlos al pecado?
Capítulo 17. De cómo los santos emplearon provechosamente la mentira como el eléboro
Conf. 17, cap. 17
Y así debemos considerar la mentira y emplearla como si su naturaleza fuera la del eléboro; el cual es útil si se toma cuando amenaza alguna enfermedad mortal, pero si se toma sin que lo exija algún grave peligro, es causa de muerte inmediata. Pues así también leemos que varones santos y muy probados por Dios emplearon la mentira, de modo que no solo no incurrieron en culpa alguna de pecado por ella, sino que incluso alcanzaron el mayor bien; y si el engaño pudo conferirles gloria, ¿qué les habría traído, por el contrario, la verdad sino condenación? Como Rahab, de quien la Escritura no solo no registra obra buena alguna, sino incluso impureza; y sin embargo, solo por la mentira con la que prefirió ocultar a los espías antes que entregarlos, se le concedió unirse al pueblo de Dios con bendición eterna. Pero si hubiera preferido decir la verdad y mirar por la seguridad de los ciudadanos, no hay duda de que ella y toda su casa no habrían escapado de la destrucción que se acercaba, ni se le habría concedido ser insertada entre los progenitores del nacimiento de nuestro Señor, [] ni ser contada en la lista de los patriarcas y, por los descendientes que de ella siguieron, llegar a ser madre del Salvador de todos. Igualmente Dalila, que por proveer a la seguridad de sus conciudadanos traicionó la verdad que había descubierto, obtuvo a cambio destrucción eterna, y no ha dejado a todos los hombres sino el recuerdo de su pecado. Así, cuando sobre la confesión de la verdad pende algún grave peligro, entonces hemos de recurrir a la mentira como refugio, pero de tal manera que, para nuestra salvación, nos perturbe la culpa de una conciencia humillada. Mas donde no se presenta la exigencia de una necesidad extrema, debe evitarse la mentira con el mayor cuidado, como si fuera algo mortífero: tal como dijimos de una copa de eléboro, que ciertamente es útil si solo se toma en último extremo, cuando amenaza una enfermedad mortal e inevitable; pero si se toma cuando el cuerpo goza de salud entera y robusta, sus propiedades mortíferas van al punto a buscar las partes vitales. Y esto se mostró claramente en Rahab de Jericó y en el patriarca Jacob: la primera solo pudo escapar de la muerte por medio de este remedio, mientras que el segundo no pudo asegurar la bendición del primogénito sin él. Pues Dios no es solo juez e inspector de nuestras palabras y acciones, sino que mira también su propósito y su fin. Y si ve que algo se ha hecho o prometido por alguien en orden a la salvación eterna y con mirada de contemplación divina, aunque a los hombres parezca duro e injusto, Él atiende a la bondad interior del corazón y considera el deseo de la voluntad más que las palabras realmente pronunciadas, porque ha de tener en cuenta el fin de la obra y la disposición del que la realiza; por lo cual, como se dijo arriba, un hombre puede ser justificado por medio de una mentira, mientras otro puede ser reo de pecado de muerte eterna por decir la verdad. A este fin atendió también el patriarca Jacob cuando no temió imitar el aspecto velludo del cuerpo de su hermano envolviéndose en pieles, y para su mérito consintió en la instigación de su madre a la mentira con este objeto. Pues vio que de este modo se le otorgarían mayores ganancias de bendición y de justicia que guardando la senda de la sencillez: porque no dudó que la mancha de esta mentira sería lavada al punto por el torrente de la bendición paterna, y se disolvería pronto como una nubecilla con el soplo del Espíritu Santo; y que se le concederían recompensas de mérito más ricas por medio de esta disimulación que adoptó que por medio de la verdad, que le era natural.
Capítulo 18. Objeción: que solo emplearon impunemente la mentira aquellos hombres que vivieron bajo la Ley
Conf. 17, cap. 18
Germán: No es de extrañar que estas estratagemas se emplearan propiamente en el Antiguo Testamento y que algunos varones santos dijeran mentiras laudablemente o, al menos, venialmente, pues vemos que se les permitieron muchas cosas peores debido al carácter rudo de los tiempos. Pues ¿por qué habríamos de extrañarnos de que, huyendo el bienaventurado David de Saúl, ante la pregunta del sacerdote Abimelec, que dijo: «¿Por qué estás solo, y no hay hombre contigo?», respondiera como sigue: «El rey me ha encargado un asunto y me ha dicho: Que nadie sepa la cosa para la que te envío, porque he señalado a mis siervos tal y tal lugar;» y también: «¿Tienes aquí a mano una lanza o una espada? Porque no he traído conmigo ni mi espada ni mis armas, pues el asunto del rey exigía prisa;» o aquello cuando fue llevado ante Aquís, rey de Gat, y fingió estar loco y frenético, «y mudó su semblante delante de ellos, y se deslizó entre sus manos; y tropezaba contra las puertas de la entrada y su saliva le corría por la barba;» cuando incluso se les permitía gozar de multitud de esposas y concubinas, sin que por ello se les imputara pecado, y cuando además derramaban a menudo con su propia mano la sangre de sus enemigos, y esto se consideraba no solo digno de ninguna culpa, sino incluso digno de alabanza? Y todas estas cosas vemos a la luz del Evangelio que están absolutamente prohibidas, de modo que ninguna de ellas puede hacerse sin grave pecado y culpa. Y del mismo modo sostenemos que nadie puede emplear mentira alguna, no diré rectamente, pero ni siquiera venialmente, por más que se la cubra con color de piedad, como dice el Señor: «Sea vuestro hablar sí, sí; no, no; pues lo que de esto pasa, del Maligno es;» y con esto concuerda también el Apóstol: «Y no os mintáis unos a otros.»
Capítulo 19. Respuesta: que la licencia de mentir, que ni siquiera fue concedida bajo el antiguo Pacto, ha sido con razón asumida por muchos
Conf. 17, cap. 19
José: Toda libertad en materia de esposas y de muchas concubinas, acercándose ya el fin de los tiempos y completada la multiplicación del género humano, debe ser con razón suprimida por la perfección evangélica, por no ser ya necesaria. Pues hasta la venida de Cristo convenía que la bendición de la sentencia primera conservara pleno vigor, cuando se dijo: «Creced y multiplicaos, y llenad la tierra.» [] Y por tanto era muy justo que de la raíz de la fecundidad humana, que felizmente florecía en la sinagoga conforme a aquella dispensación de los tiempos, brotaran los renuevos de la virginidad angélica y se produjeran en la Iglesia las fragantes flores de la continencia. Pero que ya entonces se condenaba la mentira lo muestra claramente el texto de todo el Antiguo Testamento, pues dice: «Tú destruirás a todos los que hablan mentira;» y también: «El pan de la mentira es dulce al hombre, pero después su boca se llena de guijarros;» y el mismo dador de la Ley dice: «Evitarás la mentira.» Mas dijimos que entonces se empleó propiamente como último recurso, cuando se le unía alguna necesidad o plan de salvación, por lo cual no debía ser condenada. Como es el caso que mencionaste del rey David cuando, huyendo de la injusta persecución de Saúl, empleó ante el sacerdote Abimelec palabras mentirosas, no con objeto de obtener ganancia alguna ni con deseo de dañar a nadie, sino únicamente para salvarse de aquella iniquísima persecución; ya que no quiso manchar sus manos con la sangre del rey enemigo, tantas veces entregado por Dios en sus manos; como dijo: «El Señor sea misericordioso conmigo para que no haga tal cosa a mi señor, el ungido del Señor, como poner mi mano sobre él, porque es el ungido del Señor.» [] Y por tanto, estos planes que oímos que los santos varones de la antigua alianza adoptaron o por voluntad de Dios, o para prefigurar misterios espirituales, o para salvación de algún pueblo, tampoco nosotros podemos rechazarlos del todo cuando la necesidad nos apremia, así como vemos que ni siquiera los apóstoles los evitaron, cuando lo exigía la consideración de algo provechoso; lo cual de momento dejaremos por un tiempo, mientras examinamos primero los ejemplos que aún nos proponemos aducir del Antiguo Testamento; y después los introduciremos más oportunamente para probar con más facilidad que los varones buenos y santos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, estuvieron enteramente de acuerdo entre sí en estas estratagemas. Pues ¿qué diremos de aquel piadoso engaño de Husai a Absalón para salvación del rey David, el cual, aunque fue proferido con toda apariencia de benevolencia por el engañador y falsario, y opuesto al bien de quien pedía consejo, es sin embargo encomiado por la autoridad de la Sagrada Escritura, que dice: «Mas por voluntad del Señor fue desbaratado el consejo provechoso de Ajitófel, para que el Señor trajera el mal sobre Absalón?» [] Ni podía censurarse lo que se hizo por el partido justo con recto propósito y piadosa intención, y fue planeado con santa disimulación para salvación y victoria de aquel cuya piedad agradaba a Dios. ¿Qué diremos, además, del hecho de aquella mujer que recibió a los hombres que el mencionado Husai había enviado al rey David, los escondió en un pozo, extendió una tela sobre su boca y fingió que secaba cebada perlada, diciendo: «Pasaron de largo después de gustar un poco de agua;» y con este artificio los salvó de manos de sus perseguidores? Por lo cual, respóndeme, te ruego, y di qué habrías hecho tú si se te hubiera presentado una situación semejante, viviendo ahora bajo el Evangelio: ¿preferirías ocultarlos con una falsedad parecida, diciendo del mismo modo: «Pasaron de largo después de gustar un poco de agua,» y cumplir así el mandato: «Libra a los que son llevados a la muerte, y no dejes de redimir a los que son conducidos al suplicio;» [] o, hablando la verdad, habrías entregado a los que estaban escondidos a los hombres que iban a matarlos? Y ¿qué es entonces de las palabras del Apóstol: «Nadie busque su propio bien, sino el del otro;» y: «La caridad no busca lo suyo, sino lo de los otros;» y de sí mismo dice: «No busco mi propio bien, sino el bien de muchos, para que se salven?» Pues si buscamos lo nuestro y queremos guardar obstinadamente lo que nos es bueno, tendremos que decir la verdad incluso en casos urgentes de esta clase, y así hacernos culpables de la muerte de otro; pero si preferimos lo que aprovecha al otro a nuestro propio bien, y satisfacemos las exigencias del Apóstol, ciertamente habremos de soportar la necesidad de mentir. Y por tanto, no podremos guardar un corazón perfecto en la caridad, ni buscar, como exige la perfección apostólica, las cosas de los otros, si no cedemos un poco en lo que atañe al rigor y a la perfección de nuestra propia vida, y elegimos condescender con pronta afectuosidad a lo que es útil a los demás, y así, con el Apóstol, hacernos débiles con los débiles, para poder ganar a los débiles.
Capítulo 20. De cómo incluso los Apóstoles pensaron que la mentira era a menudo útil y la verdad perjudicial
Conf. 17, cap. 20
Instruido por estos ejemplos, también el bienaventurado Apóstol Santiago, y todos los principales príncipes de la Iglesia primitiva, instaron al apóstol Pablo, a causa de la debilidad de personas frágiles, a condescender a un arreglo fingido, e insistieron en que se purificara según las exigencias de la Ley, se rasurara la cabeza y pagara sus votos; pues pensaban que el daño presente que resultaría de esta hipocresía era de poca monta, y atendían más bien a la ganancia que se seguiría de que él continuara predicando. Pues la ganancia que habría reportado al apóstol Pablo su rigor no habría compensado la pérdida para todas las naciones de su pronta muerte. Y esto ciertamente lo habría sufrido entonces toda la Iglesia, si esta buena y saludable hipocresía no lo hubiera preservado para la predicación del Evangelio. Pues entonces podemos consentir recta y perdonablemente en la falta de una mentira, cuando, como dijimos, un daño mayor depende de decir la verdad, y cuando el bien que nos resulta de hablar la verdad no puede compensar el daño que ella causará. «A los judíos me hice como judío, para ganar a los judíos; a los que están bajo la Ley, como si estuviera bajo la Ley, aunque yo no estoy bajo la Ley, para ganar a los que están bajo la Ley; a los que están sin Ley, me hice como si estuviera sin Ley, aunque no estoy sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo, para ganar a los que están sin Ley; me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles: me hice todo a todos, para salvar a todos;» [] ¿qué muestra sino que, según la debilidad y la capacidad de aquellos a quienes instruía, se abajaba siempre y aflojaba algo del vigor de la perfección, y no se aferraba a lo que su propia vida estricta parecía exigir, sino que prefería más bien lo que exigía el bien de los débiles? Y para rastrear estas cosas con más cuidado y referir una por una las glorias de las buenas obras de los Apóstoles, podría alguien preguntar cómo se prueba que el bienaventurado Apóstol se acomodó a todos los hombres en todas las cosas. ¿Cuándo se hizo judío con los judíos? Ciertamente en aquel caso en que, aun conservando en lo íntimo del corazón la opinión que había sostenido ante los Gálatas, diciendo: «He aquí, yo, Pablo, os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo,» [] sin embargo, al circuncidar a Timoteo, adoptó como una sombra de la superstición judía. Y además, ¿dónde se hizo para los que estaban bajo la Ley, como si estuviera bajo la Ley? Allí ciertamente donde Santiago y todos los Ancianos de la Iglesia, temiendo que fuera atacado por la multitud de los judíos creyentes, o más bien de cristianos judaizantes, que habían recibido la fe de Cristo de tal modo que aún estaban atados a los ritos de las ceremonias legales, acudieron en su auxilio en aquella dificultad con este consejo y advertencia, y dijeron: «Ya ves, hermano, cuántos millares hay entre los judíos que han creído, y todos son celosos de la Ley. Pero han oído de ti que enseñas a los judíos que están entre los gentiles a apartarse de Moisés, diciendo que no deben circuncidar a sus hijos;» y más abajo: «Haz, pues, esto que te decimos: tenemos cuatro hombres que tienen hecho voto. Tómalos contigo, santifícate con ellos y paga por ellos, para que se rasuren la cabeza; y todos sabrán que lo que han oído de ti es falso, sino que tú también andas guardando la Ley.» [] Y así, por el bien de los que estaban bajo la Ley, pisoteó por un tiempo el sentir estricto que había expresado: «Porque yo, mediante la Ley, estoy muerto a la Ley, para vivir para Dios;» [] y fue impulsado a rasurarse la cabeza, a purificarse según la Ley y a pagar sus votos conforme a los ritos mosaicos en el Templo. ¿Preguntas también dónde, por el bien de aquellos que ignoraban por completo la ley de Dios, se hizo él mismo como si estuviera sin Ley? Lee la introducción de su sermón en Atenas, donde florecía la maldad pagana: «Al pasar,» dice, «vi vuestros ídolos y un altar en el que estaba escrito: Al Dios desconocido;» y cuando así partió de la superstición de ellos, como si él mismo también hubiera estado sin Ley, bajo el manto de aquella inscripción profana introdujo la fe de Cristo, diciendo: «Lo que, pues, adoráis sin conocerlo, eso os anuncio yo.» Y poco después, como si nada supiera de la ley divina, quiso aducir un verso de un poeta pagano antes que una sentencia de Moisés o de Cristo, diciendo: «Como también algunos de vuestros propios poetas han dicho: Porque también somos linaje suyo.» Y cuando así se acercó a ellos con sus propias autoridades, que no podían rechazar, confirmando así la verdad con cosas falsas, añadió y dijo: «Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Deidad sea semejante a oro o plata o piedra esculpida por arte e industria del hombre.» Mas con los débiles se hizo débil cuando, por vía de permisión, no de mandato, permitió que los que no podían contenerse volvieran de nuevo a juntarse, [] o cuando alimentó a los corintios con leche y no con manjar sólido, y dice que estuvo entre ellos con debilidad, temor y mucho temblor. Pero se hizo todo a todos para salvarlos a todos, cuando dice: «El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come;» y: «El que da a su virgen en matrimonio, bien hace; y el que no la da, mejor hace;» y en otro lugar: «¿Quién,» dice, «es débil, y yo no soy débil? ¿Quién se escandaliza, y yo no me abraso?» y de este modo cumplió lo que había mandado a los corintios cuando dijo: «Sed sin ofensa para judíos, para griegos y para la Iglesia de Cristo, como también yo en todo agrado a todos, no buscando mi propio provecho, sino el de muchos, para que se salven.» Porque ciertamente habría sido provechoso no circuncidar a Timoteo, no rasurar su cabeza, no someterse a la purificación judía, no andar descalzo, no pagar votos legales; pero hizo todas estas cosas porque no buscaba su propio provecho, sino el de muchos. Y aunque esto se hizo con plena consideración de Dios, no estuvo, sin embargo, libre de disimulación. Pues quien por la ley de Cristo estaba muerto a la Ley para vivir para Dios, y que había tenido y tratado como estiércol aquella justicia de la Ley en la cual había vivido irreprensible, para ganar a Cristo, no podía ofrecer con verdadero fervor de corazón lo que pertenecía a la Ley; ni es justo creer que quien había dicho: «Porque si reedifico lo que destruí, me constituyo transgresor,» [] cayera él mismo en lo que había condenado. Y hasta tal punto se atiende no tanto a la cosa misma que se hace como a la disposición del que la hace, que, por el contrario, se halla a veces que la verdad ha dañado a algunos y la mentira les ha hecho bien. Pues cuando Saúl murmuraba a sus siervos acerca de la huida de David, diciendo: «¿Acaso el hijo de Isaí os dará a todos campos y viñas, y os hará a todos tribunos y centuriones, para que todos hayáis conspirado contra mí, y no haya quien me informe?» ¿dijo Doeg el edomita otra cosa que la verdad, cuando le contó: «Vi al hijo de Isaí en Nob, con Abimelec, hijo de Ajitob, el sacerdote, que consultó al Señor por él, le dio víveres, y le dio también la espada de Goliat el filisteo?» Por cuya relación veraz mereció ser arrancado de la tierra de los vivientes, y de él dice el profeta: «Por lo cual Dios te destruirá para siempre, te arrancará y te arrojará de tu tabernáculo, y tu raíz de la tierra de los vivientes:» Él, pues, por mostrar la verdad, es arrancado y desarraigado para siempre de aquella tierra en la que la ramera Rahab con su familia es plantada por su mentira; así como también recordamos que Sansón traicionó con gravísimo daño a su malvada esposa la verdad que había ocultado largo tiempo con una mentira, y por tanto la verdad revelada tan inconsideradamente fue causa de su propio engaño, porque había descuidado guardar el mandato del profeta: «Guarda las puertas de tu boca de aquella que duerme en tu seno.» []
Capítulo 21. Si la abstinencia secreta debe darse a conocer, sin decir por ello mentira, a quienes preguntan, y si lo que una vez se ha rehusado puede aceptarse
Conf. 17, cap. 21
Y para presentar algunos ejemplos de nuestras necesidades inevitables y casi cotidianas, de las que con todo nuestro cuidado nunca podemos guardarnos de modo que no seamos arrastrados a incurrir en ellas, queramos o no: ¿qué, os pregunto, debe hacerse cuando, proponiéndonos diferir la cena, viene un hermano y nos pregunta si ya la hemos hecho: ha de ocultarse el ayuno y esconderse la buena obra de la abstinencia, o ha de proclamarse diciendo la verdad? Si la ocultamos, para cumplir el mandato del Señor que dice: «No aparezcáis a los hombres para ayunar, sino a vuestro Padre que está en secreto;» y de nuevo: «No sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha,» al punto tendremos que mentir. Si manifestamos la buena obra de la abstinencia, con razón nos desalienta la palabra del Evangelio: «En verdad os digo que ya recibieron su recompensa.» Pero ¿qué si alguien ha rehusado con determinación una copa que le ofrece algún hermano, negando del todo que tomará lo que el otro, gozoso de su llegada, le ruega y suplica que reciba? ¿Es justo que se fuerce a ceder ante su hermano, que se pone de rodillas y se postra en tierra, y que piensa que sólo así puede mostrar su corazón amoroso con este servicio, o debe aferrarse obstinadamente a su propia palabra e intención?
Capítulo 22. Una objeción: que la abstinencia debe ocultarse, pero que lo que se ha rehusado no debe aceptarse
Conf. 17, cap. 22
Germano: En el primer caso pensamos que no cabe duda de que es mejor que nuestra abstinencia quede oculta antes que exhibirla a quienes preguntan, y en casos de esta clase también admitimos que la mentira es inevitable. Pero en el segundo no hay necesidad de mentir, primero porque podemos rehusar lo que nos ofrece el servicio de un hermano de manera que no nos atemos con ningún vínculo de determinación, y segundo porque, una vez que rehusamos, podemos mantener inalterada nuestra opinión.
Capítulo 23. La respuesta: que la obstinación en esta decisión es irrazonable
Conf. 17, cap. 23
José: No hay duda de que ésas son las decisiones de aquellos monasterios en los que, como nos decís, se formó la infancia de vuestra renuncia, pues sus superiores suelen anteponer la propia voluntad a la cena del hermano y aferrarse obstinadísimamente a lo que una vez se propusieron. Pero nuestros Ancianos, a cuya fe dieron testimonio los signos de los poderes apostólicos, y que lo trataron todo con juicio y discreción de espíritu antes que con rígida obstinación de mente, establecieron que quienes ceden a las flaquezas de los otros recogen frutos mucho más ricos que quienes persisten en sus determinaciones, y declararon que es mejor ocultar la abstinencia, como se ha dicho, con esa mentira necesaria y humilde, antes que exhibirla con ostentación soberbia de la verdad.
Capítulo 24. Cómo eligió el abad Piamón ocultar su abstinencia
Conf. 17, cap. 24
Finalmente, el abad Piamón, después de veinticinco años, no dudó en recibir unas uvas y vino que le ofrecía cierto hermano, y al punto prefirió, contra su norma, probar lo que le traían antes que exhibir una abstinencia que era secreta para todos. Porque si tenemos presente lo que recordamos que hacían siempre nuestros Ancianos, que solían ocultar las maravillas de sus propias buenas obras y sus propios actos —que se veían obligados a presentar en la Conferencia para instrucción de los más jóvenes— bajo la persona de otros, ¿qué otra cosa podemos considerarlo sino una mentira manifiesta? ¡Y ojalá también nosotros tuviéramos algo digno que presentar para despertar la fe de los más jóvenes! Ciertamente no tendríamos escrúpulo alguno en seguir ficciones de ese género. Porque es mejor, bajo el velo de una figura semejante, decir una mentira, que por mantener aquella veracidad irrazonable, o esconder en silencio mal aconsejado lo que podría edificar a los oyentes, o incurrir en la ostentación de una vanidad censurable diciéndoselo verazmente en nombre propio. Y el maestro de los gentiles nos enseña claramente la misma lección con su enseñanza, pues quiso presentar las grandes revelaciones que le fueron hechas bajo la persona de otro, diciendo: «Sé de un hombre en Cristo —si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe— arrebatado hasta el tercer cielo; y sé de tal hombre que fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que no es lícito al hombre pronunciar.» []
Capítulo 25. El testimonio de la Escritura sobre los cambios de determinación
Conf. 17, cap. 25
Imposible nos es recorrerlo todo brevemente. Pues ¿quién podría enumerar a casi todos los patriarcas y a innumerables santos, de los cuales unos por conservar la vida, otros por el deseo de una bendición, otros por piedad, otros por ocultar algún secreto, otros por celo de Dios, otros al indagar la verdad, se hicieron, por así decirlo, patronos de la mentira? Y así como no todos pueden enumerarse, tampoco todos deben pasarse del todo por alto. Pues la piedad obligó al bienaventurado José a levantar una falsa acusación contra sus hermanos aun con juramento por la vida del rey, diciendo: «Sois espías: para ver la desnudez de la tierra habéis venido;» y más abajo: «enviad,» dice, «a uno de vosotros y traed a vuestros hermanos aquí; pero vosotros quedaréis presos hasta que se manifieste si vuestras palabras son verdad o no; y si no, por la vida de Faraón, sois espías.» [] Porque si no los hubiera aterrorizado por piedad con esta mentira, no habría podido ver de nuevo a su padre y a su hermano, ni preservarlos en su gran peligro de hambre, ni liberar la conciencia de sus hermanos de la culpa de haberlo vendido. Así pues, el acto de infundir temor a sus hermanos por medio de una mentira no fue tan reprensible cuanto fue santo y laudable el mover a sus enemigos y a quienes lo buscaban a una penitencia saludable por medio de un peligro fingido. Finalmente, cuando se vieron abrumados por el odio de la gravísima acusación, se sintieron heridos en la conciencia no por la acusación falsamente levantada contra ellos, sino por el recuerdo de su crimen anterior, y se dijeron unos a otros: «Con razón padecemos esto, porque pecamos contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros toda esta tribulación.» Y esta confesión, pensamos, expió con humildad saludabilísima su terrible pecado no sólo contra su hermano, contra quien habían pecado con crueldad inicua, sino también contra Dios. ¿Y qué decir de Salomón, que en su primer juicio manifestó el don de sabiduría que había recibido de Dios sólo sirviéndose de una falsedad? Pues para descubrir la verdad que ocultaba la mentira de la mujer, también él se valió de una mentira astutísimamente inventada, diciendo: «Traedme una espada y dividid en dos partes al niño vivo, y dad la mitad a una y la otra mitad a la otra.» Y cuando esta crueldad fingida conmovió el corazón de la verdadera madre, pero fue recibida con aprobación por la que no era madre verdadera, entonces al fin, con este sagacísimo hallazgo de la verdad, pronunció aquella sentencia que todos han sentido inspirada por Dios, diciendo: «Dadle a ésta el niño vivo y no lo matéis: ella es su madre.» [] Además, otros pasajes de la Escritura nos enseñan más plenamente que ni podemos ni debemos llevar a cabo todo lo que determinamos, sea con ánimo tranquilo o turbado, como oímos a menudo que hombres santos, ángeles y aun el mismo Dios todopoderoso cambiaron lo que habían resuelto. Pues el bienaventurado David determinó y confirmó con juramento, diciendo: «Haga Dios así a los enemigos de David y añada más, si dejo de todo lo que pertenece a Nabal hasta la mañana un solo varón.» Y al punto, cuando su mujer Abigail intercedió y rogó por él, abandonó sus amenazas, suavizó la sentencia y prefirió ser tenido por quebrantador de su palabra antes que cumplir el juramento empeñado ejecutándolo con crueldad, diciendo: «Vive el Señor, que si no te hubieras apresurado a salir a mi encuentro, no le habría quedado a Nabal hasta la luz de la mañana un solo varón.» Y así como no pensamos que haya de imitarse su prontitud en hacer un juramento precipitado (que nació de su ira y de su turbación de ánimo), así creemos que ha de seguirse el perdón y la revisión de su determinación. El «vaso escogido», escribiendo a los Corintios, promete volver sin condición, diciendo: «Mas iré a vosotros cuando pase por Macedonia; porque por Macedonia he de pasar. Y quizá me detendré con vosotros, o aun pasaré allí el invierno, para que vosotros me encaminéis a dondequiera que yo vaya. Pues no quiero veros ahora de paso; porque espero quedarme con vosotros algún tiempo.» [] Y este hecho recuerda en la Segunda Epístola, así: «Y con esta confianza quise primero ir a vosotros, para que recibierais una segunda gracia, y por vosotros pasar a Macedonia y de nuevo venir a vosotros desde Macedonia y ser por vosotros encaminado a Judea.» Pero se le ocurrió un plan mejor, y confiesa claramente que no va a cumplir lo que había prometido. «Cuando, pues,» dice, «me propuse esto, ¿usé acaso de ligereza? ¿O lo que pienso, lo pienso según la carne, para que haya en mí sí, sí, y no, no?» Por último declara aun con la afirmación de un juramento por qué prefirió dejar a un lado su palabra empeñada antes que con su presencia traer carga y tristeza a sus discípulos: «Mas invoco a Dios por testigo contra mi alma de que por perdonaros no he ido todavía a Corinto. Pues determiné esto conmigo mismo: no ir a vosotros con tristeza.» Aunque cuando los ángeles se negaron a entrar en la casa de Lot en Sodoma, diciéndole: «No entraremos, sino que nos quedaremos en la plaza,» al punto se vieron forzados por sus ruegos a cambiar de determinación, como añade la Escritura: «Y Lot los constriñó, y se entraron en su casa.» [] Y ciertamente, si sabían que entrarían en su casa, rehusaron su ruego con una excusa fingida; pero si su excusa era verdadera, entonces se muestra claramente que cambiaron de parecer. Y ciertamente creemos que el Espíritu Santo insertó esto en el sagrado volumen por ninguna otra razón sino para enseñarnos con sus ejemplos que no debemos aferrarnos obstinadamente a nuestras propias determinaciones, sino someterlas a nuestra voluntad, y así mantener nuestro juicio libre de todas las cadenas de la ley, para que esté pronto a seguir el llamamiento de un buen consejo en cualquier dirección, y no tarde ni rehúse pasar sin demora a cuanto una sana discreción halle ser la mejor elección. Y para subir a ejemplos aún más altos, cuando el rey Ezequías yacía en su lecho, afligido por grave enfermedad, el profeta Isaías se dirigió a él en persona de Dios y dijo: «Así dice el Señor: Ordena tu casa, porque morirás y no vivirás. Y Ezequías,» dice, «volvió su rostro a la pared y oró al Señor y dijo: Te ruego, oh Señor, que recuerdes que he andado delante de ti con verdad y con corazón perfecto, y que he hecho lo que era recto a tus ojos. Y Ezequías lloró amargamente.» Después de lo cual se le dijo de nuevo: «Ve, vuelve y habla a Ezequías, rey de Judá, diciendo: Así dice el Señor, Dios de David tu padre: He oído tu oración, he visto tus lágrimas; y he aquí que añadiré a tus días quince años; y te libraré de la mano del rey de los asirios, y defenderé esta ciudad por ti y por mi siervo David.» [] ¿Qué puede haber más claro que esta prueba de que, por consideración a la misericordia y a la bondad, el Señor prefirió quebrantar su palabra y, en lugar del límite de muerte prefijado, prolongar por quince años la vida del que oraba, antes que mostrarse inexorable a causa de su decreto inmutable? Del mismo modo también la sentencia divina dice a los hombres de Nínive: «Todavía tres días, y Nínive será destruida;» y al punto esta sentencia severa y abrupta es ablandada por su penitencia y ayuno, y se vuelve hacia el lado de la misericordia con bondad fácil de aplacar. Pero si alguno sostiene que el Señor amenazó la destrucción de su ciudad (aun sabiendo de antemano que se convertirían) por esto, para incitarlos a una penitencia saludable, se sigue que quienes están al frente de los hermanos pueden, si surge la necesidad, sin culpa alguna por decir mentiras, amenazar a quienes necesitan enmienda con un trato más severo del que realmente van a infligir. Pero si uno dice que Dios revocó aquella sentencia severa en consideración a su penitencia, según lo que dice por Ezequiel: «Si yo dijere al impío: De cierto morirás; y él se arrepintiere de su pecado e hiciere juicio y justicia, de cierto vivirá, no morirá;» [] igualmente se nos enseña que no debemos aferrarnos obstinadamente a nuestra determinación, sino que con mansa piedad suavicemos las amenazas que la necesidad provocó. Y para que no imaginemos que el Señor concedió esto especialmente a los ninivitas, continuamente afirma por Jeremías que hará lo mismo en general con todos, y promete que sin demora cambiará su sentencia conforme a nuestros merecimientos; diciendo: «De repente hablaré contra una nación y contra un reino, para arrancar y derribar y destruir. Si aquella nación se arrepiente del mal que hablé contra ella, yo también me arrepentiré del mal que pensé hacerle. Y de repente hablaré de una nación y de un reino, para edificar y plantar. Si hiciere lo malo ante mis ojos, no obedeciendo mi voz, yo me arrepentiré del bien que pensé hacerle.» Y a Ezequiel también: «No omitas palabra, por si acaso escucharen y se convirtieren cada uno de su mal camino: para que yo me arrepienta del mal que pensé hacerles por la maldad de sus obras.» Y por estos pasajes se declara que no debemos aferrarnos obstinadamente a nuestras decisiones, sino modificarlas con razón y juicio, y que siempre deben adoptarse y preferirse los caminos mejores, y que debemos volvernos sin demora alguna hacia aquel camino que se considera más provechoso. Pues esto nos enseña sobre todo aquella sentencia inestimable: que aunque el fin de cada hombre es conocido de antemano por Él antes de su nacimiento, sin embargo de algún modo ordena todas las cosas con un plan y un método para todos, y según la disposición del hombre, de suerte que no decide todo por el mero ejercicio de su poder, ni según el conocimiento inefable que posee su Presciencia, sino según las acciones presentes de los hombres, y a cada uno lo rechaza o lo atrae hacia sí, y cada día concede o retira su gracia. Y que esto es así nos lo muestra también la elección de Saúl, cuyo miserable fin ciertamente no podía ser ignorado por la presciencia de Dios, y sin embargo lo escogió de entre tantos millares de Israel y lo ungió rey, premiando los méritos entonces existentes de su vida, y sin considerar el pecado de su caída venidera; de suerte que, después que se hizo réprobo, Dios se queja casi en términos humanos y con sentimientos de hombre, como si se arrepintiera de su elección, diciendo: «Me arrepiento de haber hecho rey a Saúl; porque me ha abandonado y no ha cumplido mis palabras;» y de nuevo: «Mas Samuel se entristeció por Saúl, porque el Señor se había arrepentido de haber hecho rey a Saúl sobre Israel.» Finalmente esto que después ejecutó, el Señor declara también por el profeta Ezequiel que lo hará con todos los hombres por su juicio diario, diciendo: «Así, si yo dijere al justo que de cierto vivirá, y él, confiando en su justicia, cometiere iniquidad, toda su justicia será olvidada, y en la iniquidad que cometió, en esa misma morirá. Y si yo dijere al impío: De cierto morirás; y él se arrepintiere de su pecado e hiciere juicio y justicia, y si aquel impío restituyere la prenda y devolviere lo que robó, y caminare en los mandamientos de la vida, sin cometer iniquidad, de cierto vivirá, no morirá. Ninguno de los pecados que cometió le será imputado.» [] Finalmente, cuando el Señor quería, por su pronta caída, apartar su rostro misericordioso del pueblo que había escogido de entre todas las naciones, el dador de la ley interpone en su favor y clama: «Te ruego, oh Señor, este pueblo ha cometido un gran pecado; se han hecho dioses de oro; y ahora, si perdonas su pecado, perdónalo; y si no, bórrame de tu libro que has escrito. A quien respondió el Señor: Si alguno ha pecado ante mí, yo lo borraré de mi libro.» [] También David, cuando se queja en espíritu profético de Judas y de los perseguidores del Señor, dice: «Sean borrados del libro de los vivientes;» y porque no merecieron llegar a la penitencia salvadora por la culpa de su gran pecado, añade: «Y no sean escritos entre los justos.» Finalmente, en el caso del mismo Judas el sentido de la maldición profética se cumplió con claridad, pues cuando su pecado mortal se consumó, se mató ahorcándose, para que, después de borrado su nombre, no se convirtiera y arrepintiera y mereciera ser escrito de nuevo entre los justos en el cielo. Por tanto, no debemos dudar de que, en el tiempo en que fue escogido por Cristo y obtuvo un lugar en el apostolado, el nombre de Judas estaba escrito en el libro de los vivientes, y que oyó, como los demás, las palabras: «No os alegréis de que los demonios se os sujetan, sino alegraos de que vuestros nombres están escritos en el cielo.» [] Pero como fue corrompido por la plaga de la avaricia y su nombre fue borrado de aquella lista celestial, oportunamente se dice de él y de los hombres semejantes a él por el profeta: «Oh Señor, confúndanse todos los que te abandonan. Sean escritos en la tierra los que se apartan de ti, porque abandonaron al Señor, la vena de las aguas vivas.» Y en otro lugar: «No estarán en el consejo de mi pueblo, ni serán escritos en el escrito de la casa de Israel, ni entrarán en la tierra de Israel.»
Capítulo 26. Cómo los varones santos no pueden ser duros ni obstinados
Conf. 17, cap. 26
Ni tampoco debemos quitar valor a aquel mandato, porque aunque nos hayamos obligado con algún juramento bajo el impulso de la ira o de otra pasión (cosa que jamás debe hacer un monje), aun así debe ponderarse el caso de una y otra parte con un juicio cabal de la mente, y compararse el camino que habíamos determinado con aquel que se nos insta a adoptar, y debemos adoptar sin vacilar lo que, al sobrevenir consideraciones más sanas, se juzgue como lo mejor. Porque es mejor dejar de lado nuestra promesa que padecer la pérdida de un bien mayor y más deseable. En fin, jamás recordamos que los venerables y probados padres fueran duros e inflexibles en decisiones de esta clase, sino que, como la cera bajo la acción del calor, así eran ellos movidos por la razón, y, cuando prevalecían consejos más sanos, no dudaban en ceder ante lo mejor. Pero a aquellos que hemos visto aferrarse obstinadamente a sus determinaciones, siempre los hemos tenido por irrazonables y faltos de juicio.
Capítulo 27. De la cuestión de si aquel dicho: «He jurado y estoy resuelto» se opone a la doctrina antes expuesta
Conf. 17, cap. 27
Germán: Por lo que se refiere a esta consideración, que ha sido tratada clara y cumplidamente, un monje no debería nunca determinar cosa alguna, no sea que resulte quebrantador de su palabra o, de lo contrario, obstinado. ¿Y qué podemos hacer entonces con aquel dicho del salmista: «He jurado y estoy resuelto a guardar tus justos juicios?» ¿Qué es «jurar y resolverse» sino mantener con firmeza las propias determinaciones?
Capítulo 28. De la respuesta que enseña en qué casos ha de mantenerse firmemente la determinación y en cuáles puede quebrantarse si es necesario
Conf. 17, cap. 28
José: No establecemos esto respecto de aquellos mandamientos fundamentales, sin los cuales no puede de ningún modo existir nuestra salvación, sino respecto de aquellos que podemos relajar o mantener sin poner en peligro nuestro estado; por ejemplo, un ayuno continuado y estricto, o la abstinencia total de vino o de aceite, o la prohibición entera de salir de la celda, o la asiduidad incesante a la lectura y a la meditación; todo lo cual puede practicarse según place, sin daño de nuestra profesión y de nuestro propósito, y, si es necesario, puede dejarse sin culpa. Pero hemos de resolver con la mayor firmeza guardar aquellos mandamientos fundamentales, y ni siquiera, si la necesidad se presenta, evitar la muerte por su causa; y respecto de ellos hemos de afirmar sin mudanza: «He jurado y estoy resuelto.» Y esto ha de hacerse para conservar el amor, por el cual han de posponerse todas las demás cosas, no sea que la hermosura y perfección de su calma sufra mancha alguna. Del mismo modo hemos de jurar por la pureza de la castidad, y lo mismo debemos hacer por la fe, la sobriedad y la justicia, a todas las cuales hemos de adherirnos con perseverancia inmutable; y abandonarlas aun por poco tiempo es digno de culpa. Pero en cuanto a aquellos ejercicios corporales, que se dice aprovechan para poco, [] debemos, como dijimos, decidir de tal modo que, si se presenta alguna ocasión más decidida de una obra buena que nos lleve a relajarlos, no quedemos atados por regla alguna acerca de ellos, sino que podamos dejarlos y adoptar libremente lo que sea más útil. Pues en los ejercicios corporales, si se dejan por un tiempo, no hay peligro; pero haber dejado estos otros aun por un momento es mortífero.
Capítulo 29. De cómo hemos de hacer aquellas cosas que deben mantenerse secretas
Conf. 17, cap. 29
Debes asimismo proveer con el mismo cuidado que, si por casualidad se te ha escapado de la boca alguna palabra que quieres que sea secreta, ningún mandato de guardar secreto atormente al que la oye. Pues será más probable que pase inadvertida si se la deja caer con descuido y sencillez, porque el hermano, quienquiera que sea, no será atormentado con semejante tentación de divulgarla, al tomarla como cosa trivial dicha en conversación casual, y como algo que por eso mismo importa menos, porque no se confió a su mente con estricta prohibición de callar. Pues aun cuando ates su fe exigiéndole juramento, no dudes que muy pronto será divulgada; porque contra él se lanzará un ataque más feroz del poder del diablo, para molestarte y traicionarte a ti, y para hacerle quebrantar su juramento lo antes posible.
Capítulo 30. De que no debe tomarse determinación alguna en aquellas cosas que atañen a las necesidades de la vida común
Conf. 17, cap. 30
Y por tanto, un monje no debe hacer a la ligera promesa alguna acerca de aquellas cosas que atañen meramente al ejercicio corporal, no sea que excite aún más al enemigo a atacar aquello que guarda como bajo la observancia de la ley, y así sea más fácilmente compelido a quebrantarla. Pues todo el que vive bajo la gracia de la libertad, y se impone una ley, con eso se ata a una peligrosa esclavitud, de modo que, si por casualidad la necesidad lo obliga a hacer lo que hubiera podido emprender lícitamente, y aun de manera loable y con acción de gracias, se ve forzado a obrar como transgresor y a caer en pecado: «porque donde no hay ley, no hay transgresión.» []
Con esta instrucción y con la doctrina del bienaventurado José quedamos confirmados como por un oráculo divino, y resolvimos quedarnos en Egipto. Mas aunque en adelante estuvimos sólo un poco inquietos por nuestra promesa, cuando pasaron siete años nos alegró mucho cumplirla. Pues nos apresuramos hacia nuestro monasterio, en un tiempo en que confiábamos obtener permiso para volver al desierto, y primero saludamos debidamente a nuestros ancianos; después reavivamos en sus ánimos el amor de antes, ya que, por el ardor de su amor, no se habían dejado ablandar en absoluto por nuestras muy frecuentes cartas para satisfacerlos; y, por último, quitamos por entero el aguijón de nuestra promesa quebrantada y volvimos a los retiros del desierto de Escete, mientras ellos mismos nos encaminaban con gozo.
Esta enseñanza y doctrina de los ilustres padres, oh santo hermano, te la ha expuesto nuestra ignorancia lo mejor que ha podido. Y si acaso nuestro torpe estilo la ha confundido en vez de ordenarla, confío en que la culpa que merece nuestra torpeza no perjudicará la alabanza debida a estos grandes varones. Pues nos ha parecido camino más seguro ante los ojos de nuestro Juez exponer aun sin ornato de estilo esta espléndida doctrina antes que callarla; porque, si se considera la grandeza de los pensamientos, el que nos moleste la torpeza de nuestro estilo no debe ser en perjuicio del provecho del lector, y por nuestra parte estamos más solícitos por su utilidad que por su alabanza. Esto al menos encomiendo a todos aquellos a cuyas manos llegue este librito: que sepan que cuanto en él les agrade pertenece a los padres, y cuanto les desagrade es todo nuestro.
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