Conferencia del abad Piamún. Sobre las tres clases de monjes.
Conf. 18, prefacio
Cuando, con el auxilio de la gracia de Cristo, hube publicado diez Conferencias de los Padres, compuestas a instancia urgente de los beatísimos Heladio y Leoncio, dediqué otras siete a Honorato, obispo bienaventurado tanto por el nombre como por los méritos, y también a aquel santo siervo de Cristo, Euquerio. El mismo número he tenido a bien dedicar ahora a vosotros, oh santos hermanos, Joviniano, Minervio, Leoncio y Teodoro. Pues el último de vosotros fundó en la provincia de la Galia aquella santa y espléndida regla monástica con la severidad de la antigua virtud, mientras los demás con vuestras instrucciones habéis movido a los monjes no sólo a buscar ante todo la vida común de los cenobios, sino incluso a tener ardiente sed de la vida sublime del anacoreta. Porque aquellas Conferencias de los mejores padres están dispuestas con tanto cuidado y tan atentamente consideradas en todo, que se adaptan a uno y otro género de vida con el cual habéis hecho florecer no sólo las regiones de Occidente, sino aun las islas, con grandes muchedumbres de hermanos; es decir, no sólo los que aún permanecen en congregaciones con laudable sujeción a la regla, sino también los que se retiran a no gran distancia de vuestros monasterios e intentan practicar la regla de los anacoretas, pueden ser instruidos más cumplidamente, según lo requieren la naturaleza del lugar y la condición de su estado. Y a esto han contribuido especialmente vuestros anteriores esfuerzos y trabajos: que, estando ya preparados y ejercitados en estas prácticas, puedan recibir con más prontitud los preceptos e instituciones de los Ancianos y, recibiendo en sus celdas a los autores de las Conferencias juntamente con los mismos volúmenes de las Conferencias y conversando con ellos, por así decirlo, mediante preguntas y respuestas cotidianas, no se vean abandonados a sus propios recursos para hallar aquel camino que es difícil y casi desconocido en esta región, pero lleno de peligro aun allí donde no faltan sendas trilladas e innumerables ejemplos de los que han precedido; antes bien aprendan a seguir la regla de la vida de los anacoretas enseñada por el ejemplo de aquellos a quienes la antigua tradición, la diligencia y la larga experiencia instruyeron cabalmente.
Conf. 18, cap. 1
Después de visitar y conversar con aquellos tres ancianos, cuyas Conferencias hemos intentado describir a instancia de nuestro hermano Euquerio, como deseábamos aún con más ardor buscar las regiones más apartadas de Egipto, en las que moraba una multitud mayor y más perfecta de santos, llegamos —impulsados no tanto por las exigencias del viaje cuanto por el deseo de visitar a los santos que allí habitaban— a una aldea llamada Diolcos, situada junto a una de las siete bocas del río Nilo. Pues cuando oímos hablar de muchísimos y celebérrimos monasterios fundados por los antiguos padres, como mercaderes muy ansiosos emprendimos al punto el camino en busca incierta, movidos por la esperanza de mayor ganancia. Y mientras vagábamos por allí largo tiempo y fijábamos nuestros curiosos ojos en aquellos montes de virtud insignes por su altura excelsa, la mirada de los presentes señaló primero al abad Piamún, el más anciano de todos los anacoretas que allí vivían y presbítero de ellos, como si fuera un alto faro. Pues estaba puesto en la cima de un alto monte, como aquella ciudad del Evangelio, [] y al punto derramó su luz sobre nuestros rostros; cuyas virtudes y milagros, obrados por él ante nuestros propios ojos —dando así testimonio la gracia divina de su excelencia—, si no hemos de exceder el plan y los límites de este volumen, consideramos que debemos pasarlos en silencio. Porque prometimos confiar a la memoria, no los milagros de Dios, sino las instituciones y los afanes de los santos, a fin de ofrecer a nuestros lectores únicamente la instrucción necesaria para la vida perfecta, y no materia de admiración ociosa e inútil sin corrección alguna de sus faltas. Así, pues, cuando el abad Piamún nos hubo recibido con agrado y nos hubo reparado con bondad conveniente, al comprender que no éramos del mismo país, nos preguntó primero con interés de dónde y por qué habíamos venido a Egipto; y cuando supo que habíamos llegado allí desde un monasterio de Siria por deseo de la perfección, comenzó así:—
Capítulo 2. De las palabras del abad Piamún, cómo los monjes novicios deben ser enseñados con el ejemplo de sus ancianos
Conf. 18, cap. 2
Cualquier hombre, hijos míos, que desea alcanzar destreza en un arte, si no se entrega con la mayor aplicación y diligencia al estudio de aquel método que ansía aprender, y no observa las reglas y disposiciones de los mejores maestros de aquella obra o ciencia, se entrega a la vana esperanza de llegar con ociosos deseos a semejanza de aquellos cuya fatiga y diligencia evita imitar. Pues sabemos que algunos han venido de vuestra región a estas partes sólo para recorrer los monasterios por conocer a los hermanos, sin intención de adoptar las reglas y disposiciones por las cuales viajaron hasta aquí, ni de retirarse a las celdas y procurar cumplir en la práctica lo que habían aprendido de vista o por enseñanza. Y esas gentes conservaron el carácter y las costumbres a que se habían acostumbrado y, como algunos les echan en cara, se tiene que cambiaron de patria no por su provecho, sino por la necesidad de huir de la indigencia. Porque en la obstinación de su mente terca, no sólo nada pudieron aprender, sino que ni siquiera quisieron permanecer más tiempo en estas partes. Pues si no mudaron ni su manera de ayunar, ni su orden de salmos, ni siquiera el estilo de sus vestidos, ¿qué otra cosa podríamos pensar que buscaban en esta región, sino únicamente el sustento?
Conf. 18, cap. 3
Por lo cual, si, como creemos, la causa de Dios os ha traído a procurar imitar nuestro conocimiento, debéis olvidar por completo todas las reglas con que fueron formados vuestros comienzos, y seguir con toda humildad cuanto veáis que nuestros ancianos hacen o enseñan. Y no os turbéis, ni os dejéis apartar o desviar de imitarlo, aunque por el momento no os sea clara la causa o razón de algún hecho o acción; porque si los hombres tienen ideas buenas y sencillas en todo y se afanan por copiar fielmente, sin discutirlo, cuanto ven enseñar o hacer a sus ancianos, entonces el conocimiento de todas las cosas seguirá por la experiencia de la obra. Pero jamás entrará en la razón de la verdad quien comienza a aprender discutiendo, porque, cuando el enemigo ve que confía en su propio juicio más que en el de los padres, fácilmente lo empuja tan adelante, hasta que aquellas cosas que son especialmente útiles y provechosas le parecen innecesarias o perjudiciales; y el astuto adversario juega de tal modo con su presunción, que, aferrándose con obstinación a su propia opinión, se persuade de que sólo es santo aquello que él mismo, en su error de cabeza dura, piensa que es bueno y recto.
Conf. 18, cap. 4
Por lo cual debéis oír primero cómo y de dónde tomó origen el sistema y el comienzo de nuestro orden. Pues sólo entonces puede un hombre ser adiestrado con eficacia en el arte que desee y ser movido a practicarlo con diligencia, cuando ha aprendido la gloria de sus autores y fundadores. Hay tres clases de monjes en Egipto, de las cuales dos son admirables; la tercera es cosa pobre y que debe evitarse por todos los medios. La primera es la de los cenobitas, que viven juntos en congregación y son gobernados por la dirección de un solo anciano; y de esta clase hay el número mayor de monjes que moran en todo Egipto. La segunda es la de los anacoretas, que primero fueron formados en el cenobio y después, hechos perfectos en la vida práctica, eligieron los retiros del desierto; y en este orden también nosotros esperamos alcanzar un lugar. La tercera es la reprobable de los sarabaítas. Y de todas ellas hablaremos más cumplidamente una por una y por orden. De estas tres clases, pues, debéis, como dijimos, conocer primero a los fundadores. Porque al punto de ahí puede nacer o un odio hacia la clase que ha de evitarse, o un anhelo de la que ha de seguirse, porque cada camino lleva ciertamente al hombre que lo sigue a aquel fin que su autor y descubridor ha alcanzado.
Conf. 18, cap. 5
Así, pues, el sistema de los cenobitas tuvo su origen en los días de la predicación de los Apóstoles. Pues tal era toda aquella multitud de creyentes de Jerusalén, que en los Hechos de los Apóstoles se describe de este modo: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma; ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Vendían sus posesiones y bienes y lo repartían a todos, según la necesidad de cada uno.» Y de nuevo: «Porque no había entre ellos ningún necesitado; pues cuantos poseían campos o casas los vendían y traían el precio de lo vendido y lo ponían a los pies de los Apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.» Toda la Iglesia, digo, era entonces tal como ahora son aquellos pocos que con dificultad pueden hallarse en los cenobios. Pero cuando, a la muerte de los Apóstoles, la multitud de los creyentes comenzó a entibiarse, y especialmente aquella multitud que había venido a la fe de Cristo de diversas naciones extranjeras, a las cuales los Apóstoles, por consideración a la infancia de su fe y a sus arraigadas costumbres paganas, no exigieron nada más sino que «se abstuviesen de lo sacrificado a los ídolos, de la fornicación, de lo estrangulado y de la sangre» [], así aquella libertad concedida a los gentiles por causa de la debilidad de su fe recién nacida comenzó poco a poco a dañar la perfección de aquella Iglesia que existía en Jerusalén, y el fervor de aquella fe primera se enfrió a causa del número creciente de naturales y extranjeros, y no solo los que habían recibido la fe de Cristo, sino incluso los que eran guías de la Iglesia relajaron algo de aquella rigidez. Pues algunos, imaginando que lo que veían permitido a los gentiles por causa de su debilidad era también lícito para ellos mismos, pensaron que no sufrirían mengua alguna si seguían la fe y la confesión de Cristo conservando sus bienes y posesiones. Pero aquellos que todavía mantenían el fervor de los apóstoles, acordándose de aquella perfección primera, dejaron las ciudades y el trato con aquellos que pensaban que la negligencia y una vida más laxa era lícita para ellos y para la Iglesia de Dios, y comenzaron a vivir en lugares campestres y más apartados, y allí, en privado y por su propia cuenta, a practicar aquellas cosas que habían aprendido que los apóstoles habían ordenado para todo el cuerpo de la Iglesia en general: y así todo aquel sistema del que hemos hablado surgió de aquellos discípulos que se habían separado del mal que se difundía. Y estos, al correr el tiempo, se separaron de la gran masa de los creyentes y, porque se abstenían del matrimonio y se apartaban del trato con sus parientes y de la vida de este mundo, fueron llamados monjes o solitarios por la estrechez de su vida solitaria y apartada. De donde se siguió que, por su vida común, fueron llamados cenobitas, y sus celdas y moradas, cenobios. Aquella sola fue, pues, la clase más antigua de monjes, la cual es primera no solo en el tiempo sino también en la gracia, y que continuó sin interrupción por un período muy largo hasta el tiempo del abad Pablo y Antonio; y aun hasta hoy vemos sus huellas permanecer en los cenobios estrictos.
Conf. 18, cap. 6
De este número de los perfectos, y, si se me permite la expresión, de esta fecundísima raíz de santos, se produjeron después también las flores y los frutos de los anacoretas. Y de este orden hemos oído que los fundadores fueron aquellos a quienes acabamos de mencionar; a saber, san Pablo y Antonio, varones que frecuentaban las soledades del desierto, no como algunos por pusilanimidad, y por el mal de la impaciencia, sino por deseo de cumbres más altas de perfección y de contemplación divina, aunque se dice que el primero de ellos halló el camino del desierto por necesidad, mientras en tiempo de persecución evitaba las asechanzas de sus vecinos. Así, pues, de aquel sistema del que hemos hablado brotó otra especie de perfección, cuyos seguidores son con razón llamados anacoretas, es decir, retirados, porque, no contentos en modo alguno con aquella victoria con que habían pisoteado las asechanzas ocultas del diablo viviendo aún entre los hombres, estaban ansiosos por pelear con los demonios en combate abierto y en batalla frente a frente, y así no temieron penetrar las vastas soledades del desierto, imitando, a saber, a Juan el Bautista, que pasó toda su vida en el desierto, y a Elías y Eliseo y a aquellos de quienes el Apóstol habla como sigue: «Anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de cabra, necesitados, angustiados, afligidos; de ellos no era digno el mundo; errantes por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas de la tierra.» De ellos habla también el Señor en figura a Job: «¿Quién dejó libre al asno montés, y quién soltó sus ataduras? Yo le di el desierto por casa, y tierra estéril por morada. Se burla del bullicio de la ciudad y no oye el grito del arriero; otea los montes de su pasto y busca toda cosa verde.» En los Salmos también: «Díganlo ahora los redimidos del Señor, los que ha redimido de la mano del enemigo;» y después de un poco: «Anduvieron errantes por el desierto, en lugar sin agua; no hallaron camino de ciudad habitable. Tuvieron hambre y sed; su alma desfallecía en ellos. Y clamaron al Señor en su angustia, y Él los libró de su tribulación;» a los cuales describe también Jeremías como sigue: «Bienaventurado el varón que llevó el yugo desde su juventud. Se sentará solitario y callará, porque lo ha tomado sobre sí,» y allí cantan de corazón y de obra estas palabras del Salmista: «Me he vuelto como pelícano en el desierto. Velé y me he vuelto como pájaro solitario sobre el tejado.»
Conf. 18, cap. 7
Y mientras la religión cristiana se regocijaba en estos dos órdenes de monjes, aunque este sistema había comenzado poco a poco a deteriorarse, surgió después aquella clase repugnante e infiel de monjes; o más bien, revivió y brotó de nuevo aquella planta funesta que, cuando primero brotó en las personas de Ananías y Safira en la Iglesia primitiva, fue cortada por la severidad del apóstol Pedro; una clase que entre los monjes ha sido por mucho tiempo considerada detestable y execrable, y que nadie adoptó más, mientras permaneció grabado en la memoria de los fieles el temor de aquella sentencia severísima, en la cual el bienaventurado Apóstol no solo se negó a permitir que los susodichos autores del nuevo crimen fuesen sanados por la penitencia o enmienda alguna, sino que destruyó aquel germen peligrosísimo con su muerte pronta. Cuando, pues, aquel precedente, castigado con severidad apostólica en el caso de Ananías y Safira, se fue borrando poco a poco de la mente de algunos por la larga negligencia y el olvido del transcurso del tiempo, surgió la raza de los sarabaítas, los cuales, por haberse apartado de las congregaciones de los cenobitas y mirar cada uno por sus propios asuntos, son con razón llamados en lengua egipcia sarabaítas, y estos brotan del número de aquellos, a quienes hemos mencionado, que quisieron imitar más bien que verdaderamente tender a la perfección evangélica, movidos a ello por la rivalidad o por las alabanzas de quienes preferían la completa pobreza de Cristo a toda clase de riquezas. Estos, pues, mientras en su ánimo débil hacen ostentación de la mayor bondad y son forzados por la necesidad a juntarse a este orden, mientras ansían ser contados con el nombre de monjes sin imitar sus ejercicios, de ningún modo practican la disciplina, ni se sujetan a la voluntad de los Ancianos, ni, enseñados por sus tradiciones, aprenden a gobernar sus propias voluntades ni toman y aprenden debidamente regla alguna de sana discreción; sino que, haciendo su renuncia solo como pública profesión, es decir, ante los rostros de los hombres, o bien continúan en sus casas entregados a las mismas ocupaciones de antes, aunque ennoblecidos con este título, o bien, edificándose celdas y llamándolas monasterios, permanecen en ellas perfectamente libres y dueños de sí mismos, sin someterse jamás a los preceptos del evangelio, que les prohíben ocuparse con ansiedad alguna por el alimento del día o con afanes de asuntos domésticos: mandatos que solo cumplen sin duda incrédula quienes se han despojado de todos los bienes de este mundo y se han sujetado a los superiores de los cenobios, de modo que no pueden admitir que son en modo alguno dueños de sí mismos. Pero aquellos que, como dijimos, rehúyen la severidad del monasterio y viven dos o tres juntos en sus celdas, no contentos con estar bajo el cargo y la regla de un abad, sino procurando principalmente esto; a saber, librarse del yugo de los Ancianos y tener libertad para llevar a cabo sus deseos y andar errantes donde quieran y hacer lo que les plazca, estos hombres están más ocupados día y noche en negocios cotidianos que los que viven en los cenobios, pero no con la misma fe y propósito. Pues estos sarabaítas no lo hacen para someter los frutos de sus trabajos a la voluntad del ecónomo, sino para procurarse dinero que guardar. Y mira qué diferencia hay entre ellos. Pues los otros no piensan en el mañana, y ofrecen a Dios los frutos más aceptos de su trabajo: mientras estos extienden su ansiedad infiel no solo al mañana, sino incluso al espacio de muchos años, y así imaginan que Dios es o falso o impotente, como si no pudiera o no quisiera concederles la prometida provisión de alimento y vestido. Los unos buscan esto en todas sus oraciones; a saber, alcanzar la [ἀκτημοσύνην,] es decir, la privación de todas las cosas y la pobreza duradera: los otros, asegurarse una rica abundancia de toda clase de provisiones. Los unos se esfuerzan con ardor por superar la regla fija del trabajo cotidiano, para que lo que no se necesita para los usos sagrados del monasterio sea distribuido a voluntad del abad, ya entre las cárceles, ya en la hospedería, ya en la enfermería, ya a los pobres; los otros, para que lo que sobre de la glotonería del día sirva para gastos desmedidos o sea guardado por el pecado de avaricia. Por último, si concedemos que lo que ha sido recogido por ellos sin buen designio pueda disponerse de modos mejores que los que hemos mencionado, ni aun así se elevan a los méritos de la bondad y de la perfección. Pues los otros traen tales ganancias al monasterio, y cada día las presentan, y continúan en tal humildad y sujeción que se ven privados de sus derechos sobre lo que ganan con su propio esfuerzo, así como de sus derechos sobre sí mismos, mientras renuevan constantemente el fervor de su acto primero de renuncia, y cada día se despojan de los frutos de sus trabajos: pero estos se hinchan por el hecho de estar dando algo a los pobres, y cada día caen de cabeza en el pecado. Los unos, por la paciencia y la estrechez con que continúan devotamente en el orden que una vez abrazaron, de modo que jamás cumplen su propia voluntad, son crucificados cada día al mundo y hechos mártires vivos; los otros son derribados al infierno por la tibieza de su propósito. Estas dos clases de monjes, pues, compiten entre sí en número casi igual en esta provincia; pero en otras provincias, que la necesidad de la fe católica me obligó a visitar, hemos hallado que esta tercera clase de sarabaítas florece y es casi la única, puesto que en tiempo de Lucio, que era obispo de la falsa creencia arriana, en el reinado de Valente, mientras llevábamos limosnas a nuestros hermanos; a saber, a los de Egipto y la Tebaida, que habían sido condenados a las minas del Ponto y Armenia por su firmeza en la fe católica, aunque hallamos el sistema de los cenobios en algunas ciudades raro y esparcido, sin embargo jamás pudimos averiguar que entre ellos se oyera siquiera el nombre de anacoretas.
Comentario editorial · Los sarabaítas
Según Piamún, la tercera clase de monjes es la de los sarabaítas, que se separaron de las comunidades cenobíticas y cada uno atiende a sus asuntos. Gibson anota que Jerónimo los llama remoboth (Carta 22, a Eustoquia), que el origen de ambos nombres es oscuro y que Jerónimo y Casiano coinciden en el desprecio. Añade que Benito empieza su regla describiendo cuatro clases de monjes —cenobitas, anacoretas, sarabaítas y una cuarta, los gyrovagi o monjes errantes—, que serían los de los que Casiano habla en el cap. 8 sin darles nombre. La identificación con la cuarta clase es de Gibson.
Conf. 18, cap. 8
Hay, sin embargo, otra y cuarta clase, que últimamente hemos visto surgir entre aquellos que se lisonjean con la apariencia y forma de anacoretas, y que en sus primeros días parece que en un breve fervor buscan la perfección del cenobio, pero pronto se enfrían, y, como les disgusta poner fin a sus antiguas costumbres y faltas, y no se contentan con llevar por más tiempo el yugo de la humildad y de la paciencia, y desdeñan estar sujetos a la regla de los Ancianos, buscan celdas separadas y quieren permanecer solos consigo mismos, para que, como nadie los provoca, puedan ser tenidos por los hombres por pacientes, mansos y humildes: y esta disposición, o más bien esta tibieza, jamás permite a aquellos de quienes una vez se apodera acercarse a la perfección. Pues de este modo sus faltas no solo no son arrancadas de raíz, sino que en realidad empeoran, mientras no son excitados por nadie, como cierto veneno mortal e interno que, cuanto más se oculta, tanto más profundamente se insinúa y causa una enfermedad incurable al enfermo. Pues por respeto a la celda de cada uno nadie se atreve a reprender las faltas de un solitario, las cuales preferiría más bien ignorar que curar. Además, las virtudes se crean no ocultando las faltas, sino expulsándolas.
Conf. 18, cap. 9
Germano: ¿Hay alguna distinción entre un cenobio y un monasterio, o con ambos nombres se significa la misma cosa?
Conf. 18, cap. 10
Piamún: Aunque muchos hablan indiferentemente de monasterios en lugar de cenobios, hay sin embargo esta diferencia: que monasterio es el título de la morada, y no significa más que el lugar, es decir, la habitación de los monjes, mientras que cenobio describe el carácter de la vida y su sistema: y monasterio puede significar la morada de un solo monje, mientras que no puede hablarse de cenobio sino donde mora una comunidad unida de un gran número de hombres que viven juntos. Se llaman, sin embargo, monasterios aquellos en que viven grupos de sarabaítas.
Capítulo 11. De la verdadera humildad y de cómo el abad Serapión puso al descubierto la falsa humildad de cierto hombre
Conf. 18, cap. 11
Por lo cual, como veo que habéis aprendido los primeros principios de esta vida del mejor linaje de monjes, es decir, que, partiendo de la excelente escuela del cenobio, tendéis a las cumbres altas de la regla del anacoreta, debéis con genuino afecto del corazón proseguir la virtud de la humildad y de la paciencia, que no dudo que allí aprendisteis; y no fingirla, como hacen algunos, con una humildad simulada de palabras, o con una prontitud artificial e innecesaria para algunos oficios del cuerpo. Y de esta falsa humildad se rió una vez el abad Serapión de la manera más cabal. Pues cuando uno vino a él haciendo gran ostentación de su bajeza con su vestido y sus palabras, y el anciano lo exhortó, según su costumbre, a «recoger la oración», no quiso consentir a su petición, sino que, humillándose, declaró que estaba envuelto en tales crímenes que no merecía ni siquiera respirar el aire que es común a todos, y, rehusando aun el uso de la estera, prefirió sentarse en el suelo desnudo. Pero cuando mostró aún menos inclinación por el lavatorio de los pies, entonces el abad Serapión, terminada la cena, y dándole oportunidad la Conferencia acostumbrada, comenzó amable y suavemente a exhortarlo a que no vagara con ligereza voluble e inconstante por todo el mundo, ociosa y vagamente, sobre todo siendo joven y fuerte, sino a guardar su celda conforme a la regla de los Ancianos y a elegir sustentarse con su propio esfuerzo más bien que con la liberalidad de otros; lo cual ni siquiera el apóstol Pablo permitía, y aunque, trabajando en la causa del evangelio, fácilmente se le hubiera podido hacer esta provisión, prefirió trabajar noche y día para procurarse el alimento diario para sí y para los que le servían y no podían hacer el trabajo con sus propias manos. Entonces el otro se llenó de tal disgusto y fastidio que no pudo ocultar con su semblante el enojo que sentía en su corazón. A quien el Anciano: Hasta aquí, hijo mío, te has cargado con el peso de toda clase de crímenes, sin temer que por la confesión de tan horrendos pecados atrajeras oprobio sobre tu reputación; ¿cómo es, pues, te ruego, que ahora, ante nuestra simple amonestación, que no implicaba reprensión alguna, sino que mostraba simplemente un sentimiento de edificación y amor para contigo, veo que te mueves con tal disgusto que no puedes ocultarlo con tu semblante, ni disimularlo con apariencia de calma? ¿Acaso, mientras te humillabas, esperabas oír de nuestros labios este dicho: «El justo es acusador de sí mismo en el comienzo de su discurso?» [] Además, ha de conservarse la verdadera humildad del corazón, que no procede de una humillación afectada del cuerpo y de palabra, sino de una humillación interior del alma: y esta solo brillará entonces con claras muestras de paciencia cuando el hombre no se gloríe de pecados que nadie creerá, sino que, cuando otro lo acuse insolentemente de ellos, no haga caso, y cuando con suave ecuanimidad de espíritu soporte las injurias que se le ofrecen.
Conf. 18, cap. 12
Germán: Quisiéramos saber cómo puede asegurarse y mantenerse esa calma, de modo que, así como cuando se nos impone silencio cerramos la puerta de nuestra boca y ponemos freno a la palabra, así también podamos conservar la mansedumbre del corazón, que a veces, aun cuando la lengua está refrenada, pierde su estado de calma interior; y por esta razón pensamos que el bien de la mansedumbre sólo puede conservarlo quien vive en una celda apartada y en una morada solitaria.
Conf. 18, cap. 13
Piamún: La verdadera paciencia y tranquilidad no se adquiere ni se conserva sin una profunda humildad de corazón; y si brota de esta fuente, no habrá necesidad ni de los buenos oficios de la celda ni del refugio del desierto. Pues no buscará apoyo externo en cosa alguna si tiene el apoyo interior de la virtud de la humildad, su madre y su guardiana. Pero si nos turbamos cuando alguien nos ataca, es claro que los cimientos de la humildad no han sido asentados con firmeza en nosotros, y por eso, al estallar aun una pequeña tempestad, todo nuestro edificio se estremece y se derrumba ruinosamente. Pues la paciencia no sería digna de alabanza y admiración si sólo conservara su tranquilidad propuesta cuando ningún dardo de los enemigos la ataca; antes bien, es grande y gloriosa porque, cuando las tormentas de la tentación la azotan, permanece inconmovible. Pues en aquello en que se cree que un hombre es vejado y herido por la adversidad, en eso mismo es fortalecido más; y en eso es más ejercitado, en lo que se piensa que es vejado. Porque todos saben que la paciencia toma su nombre de los padecimientos y de la resistencia, y así es claro que nadie puede ser llamado paciente sino el que soporta sin turbación todas las afrentas que se le ofrecen; y así no sin razón es alabado por Salomón: «Mejor es el paciente que el fuerte, y el que domina su ira que el que toma una ciudad;» y de nuevo: «Porque el hombre longánimo es poderoso en prudencia, pero el pusilánime es muy necio.» Cuando, pues, alguien es vencido por una injuria y se enciende en fuego de ira, no debemos tener por causa de su pecado la amargura del ultraje que le fue inferido, sino más bien la manifestación de una debilidad secreta, conforme a la parábola de nuestro Señor y Salvador que dijo acerca de las dos casas, una de las cuales estaba fundada sobre roca y la otra sobre arena, sobre ambas dice que la tempestad de la lluvia y de las aguas y del viento golpea por igual: pero aquella que estaba fundada sobre la roca sólida no sintió daño alguno de la violencia del embate, mientras que la que estaba edificada sobre la arena movediza y cambiante se derrumbó al instante. Y ciertamente parece que cayó no porque fuera golpeada por el ímpetu de las tormentas y de los torrentes, sino porque fue imprudentemente edificada sobre arena. Pues un santo no difiere de un pecador en esto: en que él no sea tentado del mismo modo, sino en que no es vencido ni siquiera por un gran asalto, mientras que el otro es vencido aun por una leve tentación. Pues la fortaleza de un hombre bueno no sería, como dijimos, digna de alabanza si su victoria se ganara sin ser tentado, pues ciertísimamente no hay lugar para la victoria donde no hay lucha y combate: porque «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque cuando haya sido probado recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a los que le aman.» [] Según el apóstol Pablo también «la fuerza se perfecciona» no en la comodidad y en los deleites, sino «en la debilidad.» «Pues he aquí,» dice Él, «te he puesto hoy como ciudad fortificada, y como columna de hierro, y como muro de bronce, sobre toda la tierra, ante los reyes de Judá, y ante sus príncipes, y ante sus sacerdotes, y ante todo el pueblo de la tierra. Y lucharán contra ti, y no prevalecerán: porque yo estoy contigo, dice el Señor, para librarte.»
Conf. 18, cap. 14
De esta paciencia, pues, quiero daros al menos dos ejemplos: uno de una mujer religiosa, que aspiró a la virtud de la paciencia con tanto ardor que no sólo no evitó los asaltos de la tentación, sino que se buscó ella misma ocasiones de molestia para no dejar de ser probada con más frecuencia. Pues esta mujer, viviendo en Alejandría, nacida de antepasados no oscuros, y sirviendo al Señor religiosamente en la casa que le habían dejado sus padres, acudió al obispo Atanasio, de bienaventurada memoria, y le suplicó que le diera alguna otra viuda a quien sustentar, de las que eran provistas a expensas de la Iglesia. Y, para dar su petición en sus propias palabras: «Dame,» dijo, «una de las hermanas para cuidarla.» Cuando el obispo hubo alabado el propósito de la mujer, porque vio que estaba muy dispuesta para una obra de misericordia, mandó que se eligiera de entre todo el número una viuda que fuera preferida a todas las demás por la bondad de su carácter y su vida grave y bien ordenada, no fuera que su deseo de liberalidad se viera vencido por la falta de la receptora de su bondad, y ella, que buscaba ganancia de los pobres, se disgustara por el mal carácter de aquélla y sufriera así un daño en su fe. Y cuando la mujer fue traída a casa, la sirvió con toda clase de cuidados, y halló su excelente modestia y mansedumbre, y vio que a cada momento era honrada con gracias de parte de ella por sus bondadosos oficios; y así, después de unos días, volvió al citado obispo y dijo: Te pedí que mandaras que se me diera una mujer para sustentarla yo y servirla con obediente complacencia. Y cuando él, no comprendiendo aún el objeto y deseo de la mujer, pensó que su petición había sido desatendida por engaño del superior, e inquirió no sin alguna ira en su ánimo cuál era la causa de la demora, al punto descubrió que se le había asignado una viuda mejor que todas las demás; y así dio secretamente órdenes de que se le diera la que era la peor de todas, aquella, quiero decir, que superaba en ira, pendencias, afición al vino y locuacidad a todas las que estaban bajo el poder de estas faltas. Y cuando fue hallada con excesiva facilidad y entregada a ella, comenzó a tenerla en casa y a servirla con el mismo cuidado que a la viuda anterior, o aun con más diligencia; y toda la gracia que obtuvo de ella por sus servicios fue verse constantemente probada con indignas injurias y continuamente vejada por sus reproches y reconvenciones, pues se quejaba de ella y la reñía con comentarios rencorosos y despectivos, porque la había pedido al obispo no para su alivio sino más bien para su tormento y molestia, y la había sacado del reposo para el trabajo, en vez de sacarla del trabajo para el reposo. Cuando ya sus continuos reproches estallaron hasta el punto de que la mujer desvergonzada no se refrenaba de ponerle las manos encima, la otra no hizo sino redoblar sus servicios en oficios aún más humildes, y aprendió a vencer a la arpía no resistiéndola, sino sometiéndose ella misma más humildemente, de modo que, provocada por toda clase de indignidades, pudiera aplacar la locura de la furia con mansedumbre y bondad. Y cuando hubo sido completamente fortalecida por estos ejercicios y hubo alcanzado la perfecta virtud de la paciencia que había anhelado, vino al citado obispo a darle gracias por su decisión y elección, así como por el bien de su ejercicio, porque al fin, como ella deseaba, le había proporcionado una dignísima maestra para su paciencia, fortalecida diariamente por cuya constante molestia, como por algún óleo para la lucha, había llegado a la completa paciencia del espíritu; y, al fin, dijo, me habéis dado una a quien sustentar, pues la primera más bien me honraba y me recreaba con sus servicios. Esto puede bastar para contar acerca del sexo femenino, para que por este relato no sólo seamos edificados, sino incluso confundidos, pues no podemos mantener nuestra paciencia a menos que estemos como fieras apartados en cuevas y celdas.
Conf. 18, cap. 15
Ahora demos el otro ejemplo del abad Pafnucio, que permaneció siempre tan celosamente en los recovecos de aquel renombrado y famosísimo desierto de Escete, en el que ahora es presbítero, que los demás anacoretas le dieron el nombre de Búbalo, porque siempre se deleitaba en habitar el desierto como por una suerte de inclinación innata. Y así, como ya en su niñez era tan bueno y tan lleno de gracia que aun los varones renombrados y grandes de aquel tiempo admiraban su gravedad y constante firmeza, y aunque era menor en edad, lo ponían a la altura de los ancianos por consideración a sus virtudes, y tuvieron a bien admitirlo en su orden, la misma envidia que antiguamente excitó los ánimos de sus hermanos contra el patriarca José inflamó a uno del número de sus hermanos con ardiente y consumidora envidia. Y queriendo éste mancillar su hermosura con alguna mácula o mancha, dio en esta especie de artería: aprovechar la ocasión en que Pafnucio había salido de su celda para ir a la iglesia el domingo; y entrando secretamente en su celda, escondió astutamente su propio libro entre los ramos que aquél solía tejer de hojas de palma, y, seguro de su bien planeado engaño, se fue él mismo como con conciencia pura y limpia a la iglesia. Y cuando todo el oficio terminó como de costumbre, en presencia de todos los hermanos presentó su queja a san Isidoro, que era presbítero de este desierto antes de este mismo Pafnucio, y declaró que su libro le había sido robado de su celda. Y cuando su queja hubo turbado de tal modo los ánimos de todos los hermanos, y más especialmente del presbítero, que no sabían qué sospechar o pensar primero, pues todos estaban sobrecogidos de sumo asombro ante un crimen tan nuevo e inaudito, cual nadie recordaba que se hubiera cometido jamás en aquel desierto antes de aquel tiempo, y que nunca ha sucedido desde entonces, el que había presentado el asunto como acusador instó a que todos fueran retenidos en la iglesia y se enviaran algunos hombres escogidos a registrar las celdas de los hermanos una por una. Y cuando esto fue encomendado a tres de los ancianos por el presbítero, recorrieron los dormitorios de todos, y al fin hallaron el libro escondido en la celda de Pafnucio entre los ramos de las palmas que llaman [σειρά], tal como el urdidor lo había escondido. Y cuando los inquisidores lo trajeron al punto de vuelta a la iglesia y lo exhibieron ante todos, Pafnucio, aunque estaba perfectamente limpio en la sinceridad de su conciencia, como quien reconocía la culpa del hurto, se entregó enteramente a dar satisfacción y pidió humildemente un plan de penitencia, pues cuidaba tanto de su vergüenza y modestia (y temía) que si intentaba quitar la mancha del hurto con palabras, pudiera además ser marcado como mentiroso, ya que nadie creería sino lo que se había descubierto. Y cuando hubo salido al punto de la iglesia, no abatido de ánimo sino confiando en el juicio de Dios, derramaba lágrimas continuamente en sus oraciones, ayunaba tres veces más que antes, y se postraba a la vista de los hombres con toda humildad de espíritu. Pero cuando se hubo sometido así con toda contrición de carne y espíritu durante casi quince días, de modo que venía temprano en la mañana del sábado y del domingo no para recibir la santa comunión sino para postrarse en el umbral de la iglesia y pedir humildemente perdón, Aquel que es testigo de todas las cosas secretas y las conoce, no permitió que fuera probado por más tiempo por Él ni difamado por otros. Pues lo que el autor del crimen, el malvado ladrón de su propia propiedad, el astuto difamador del crédito ajeno, había hecho sin que hubiera hombre alguno como testigo, eso lo dio a conocer por medio del demonio que era el instigador mismo del pecado. Pues poseído por un demonio ferocísimo, dio a conocer toda la astucia de su trama secreta, y el mismo que había concebido la acusación y el engaño la delató. Pero estuvo tan larga y gravemente atormentado por aquel espíritu inmundo que no pudo siquiera ser restablecido por las oraciones de los santos que allí vivían, que por medio de los dones divinos pueden mandar a los demonios, ni la gracia especial del presbítero Isidoro mismo pudo arrojar de él a su cruel atormentador, aunque por la bondad del Señor se le había dado tal poder que nadie que estuviera poseído era jamás traído a sus puertas sin ser al punto curado; pues Cristo reservaba esta gloria para el joven Pafnucio: que el hombre fuera limpiado sólo por las oraciones de aquel contra quien había tramado, y que el envidioso enemigo recibiera el perdón de su ofensa y el fin de su castigo presente sólo proclamando el nombre de aquel a cuyo crédito había pensado que podía detractar. Él, pues, en su temprana juventud dio ya estas señales de su carácter futuro, y aun en sus años de niño esbozó las líneas de aquella perfección que había de crecer en la edad madura. Si, pues, queremos alcanzar su altura de virtud, debemos poner el mismo fundamento para empezar.
Conf. 18, cap. 16
Una doble razón, sin embargo, me llevó a relatar este hecho: primero, para que ponderemos esta firmeza y constancia del varón, y, atacados nosotros por asechanzas menos graves del enemigo, aseguremos con tanta mayor razón una mayor calma y paciencia; segundo, para que con resuelta decisión sostengamos que no podemos estar a salvo de las tormentas de la tentación y de los asaltos del diablo si ponemos toda la protección de nuestra paciencia y toda nuestra confianza no en la fortaleza de nuestro hombre interior, sino en las puertas de nuestra celda o en los recovecos del desierto, en la compañía de los santos o en la salvaguardia de cualquier otra cosa exterior. Pues a menos que nuestra mente esté fortalecida por el poder de Aquel que dice en el evangelio: «el reino de Dios está dentro de vosotros,» [] en vano imaginamos que podemos derrotar las tramas de nuestro enemigo aéreo con la ayuda de los hombres que viven con nosotros, o que podemos evitarlas por la distancia del lugar, o excluirlas por la protección de las paredes. Pues aunque ninguna de estas cosas le faltaba a san Pafnucio, el tentador no dejó de hallar un camino de acceso contra él para atacarlo; ni las paredes circundantes, ni la soledad del desierto, ni los méritos de todos aquellos santos en la congregación repelieron a aquel espíritu inmundo. Pero porque el santo siervo de Dios había fijado la esperanza de su corazón no en aquellas cosas exteriores, sino en Aquel que es el juez de todos los secretos, no pudo ser movido ni siquiera por las maquinaciones de un asalto como aquél. Por otra parte, ¿no gozó el hombre a quien la envidia había precipitado en tan grave pecado del beneficio de la soledad y de la protección de una morada apartada, y del trato con el bienaventurado abad y presbítero Isidoro y con los demás santos? Y sin embargo, porque la tormenta levantada por el diablo lo halló sobre la arena, no sólo derribó su casa, sino que la volcó. No necesitamos, pues, buscar nuestra paz en las cosas exteriores, ni imaginar que la paciencia de otra persona pueda servir de algo para las faltas de nuestra impaciencia. Pues así como «el reino de Dios está dentro de vosotros,» así también «los enemigos del hombre son los de su propia casa.» [] Pues nadie es más enemigo mío que mi propio corazón, que es verdaderamente el de mi casa más cercano a mí. Y por tanto, si somos cuidadosos, no podemos ser dañados por enemigos intestinos. Pues donde los de nuestra propia casa no se nos oponen, allí también el reino de Dios está asegurado en la paz del corazón. Porque si investigas diligentemente el asunto, no puedo ser dañado por hombre alguno, por rencoroso que sea, si no lucho contra mí mismo con corazón belicoso. Pero si soy dañado, la falta no se debe al ataque del otro, sino a mi propia impaciencia. Pues así como el alimento fuerte y sólido es bueno para el hombre sano, así es malo para el enfermo. Pero no puede dañar al que lo toma, a menos que la debilidad de quien lo recibe le dé su poder de dañar. Si, pues, surge alguna vez entre los hermanos una tentación semejante, nunca debemos ser sacudidos fuera del tenor regular de nuestros caminos ni dar ocasión a los gruñidos blasfemos de los hombres que viven en el mundo, ni asombrarnos de que algunos hombres malos y detestables se hayan deslizado secretamente entre el número de los santos, porque mientras seamos pisoteados y hollados en la era de este mundo, la paja destinada al fuego eterno ciertamente ha de mezclarse con lo más escogido del trigo. Finalmente, si tenemos presente que Satanás fue elegido entre los ángeles, y Judas entre los apóstoles, y Nicolás, autor de una detestable herejía, entre los diáconos, no será de extrañar que los hombres más viles se hallen entre las filas de los santos. Pues aunque algunos sostienen que este Nicolás no fue el mismo hombre que fue elegido para la obra del ministerio por los apóstoles, no pueden negar sin embargo que fue del número de los discípulos, todos los cuales eran claramente de tal carácter y tan perfectos como aquellos pocos que ahora con dificultad podemos descubrir en los cenobios. Traigamos, pues, a colación no la caída del hermano arriba mencionado, que cayó en el desierto con tan grave desplome, ni aquella horrible mancha que después borró con las copiosas lágrimas de su penitencia, sino el ejemplo del bienaventurado Pafnucio; y no nos destruya la ruina del primero, cuyo arraigado pecado de envidia fue aumentado y empeorado por su afectada piedad, sino imitemos con todas nuestras fuerzas la humildad del segundo, que en su caso no fue producción repentina de la quietud del desierto, sino que había sido ganada entre los hombres, y fue consumada y perfeccionada por la soledad. Sin embargo, debéis saber que el mal de la envidia es más difícil de curar que las demás faltas, pues casi me atrevería a decir que el hombre a quien una vez ha contaminado con el maleficio de su veneno queda sin remedio. Pues es la plaga de la que figuradamente dice el profeta: «He aquí que enviaré entre vosotros serpientes, basiliscos, contra los cuales no hay encantamiento: y os morderán.» [] Con razón, pues, compara el profeta los aguijones de la envidia al veneno mortal de los basiliscos, pues por ella el primer autor de todos los venenos y su príncipe pereció y murió. Pues se mató a sí mismo antes que a aquel de quien tenía envidia, y se destruyó antes de derramar el veneno de la muerte contra el hombre: porque «por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo: así pues, los que están de su parte le siguen.» [] Pues así como aquel que fue el primero en ser corrompido por la plaga de aquel mal no admitió remedio de penitencia ni emplasto curativo alguno, así también los que se han entregado a ser heridos por los mismos aguijones excluyen toda ayuda del sagrado encantador, porque, como son atormentados no por las faltas sino por la prosperidad de aquellos de quienes están celosos, se avergüenzan de mostrar la verdad real y buscan algunas causas de ofensa externas, innecesarias y triviales; y de éstas, porque son enteramente falsas, vana es la esperanza de cura, mientras el veneno mortal que no quieren mostrar se esconde en sus venas. De lo cual ha dicho aptamente el más sabio de los hombres: «Si una serpiente muerde sin silbar, no hay provecho para el encantador.» [] Pues aquéllas son mordeduras silenciosas, para las cuales sólo la medicina del sabio no es auxilio. Pues aquel mal es tan incurable que se empeora con las atenciones, se aumenta con los servicios, se irrita con los regalos, porque como dice el mismo Salomón: «la envidia no soporta nada.» [] Pues en la medida en que otro ha progresado en la humilde sumisión o en la virtud de la paciencia o en el mérito de la munificencia, así es el hombre excitado por peores aguijones de envidia, porque no desea nada menos que la ruina o la muerte del hombre a quien envidia. Finalmente, ninguna sumisión por parte de su inofensivo hermano pudo ablandar la envidia de los once patriarcas, de modo que la Escritura relata de ellos: «Pero sus hermanos le envidiaban porque su padre le amaba, y no podían hablarle pacíficamente» [] hasta que sus celos, que no quisieron escuchar súplica alguna de parte de su obediente y sumiso hermano, desearon su muerte, y apenas se satisficieron con el pecado de vender a un hermano. Es claro, pues, que la envidia es peor que todas las faltas y más difícil de eliminar, pues es inflamada por aquellos remedios con que las demás se destruyen. Pues, por ejemplo, el hombre que es afligido por una pérdida que se le ha causado, es curado por una compensación liberal; el que sufre a causa de una injuria que se le ha hecho, es aplacado con una humilde satisfacción. ¿Qué puedes hacer con uno que tanto más se ofende cuanto más humilde y bondadoso te ve; que no es movido a ira por avaricia alguna que pueda ser aplacada con un soborno, ni por ataque injurioso o deseo de venganza, que es vencido por servicios obsequiosos, sino que sólo es irritado por el éxito y la felicidad de otro? Pero ¿quién hay que, para satisfacer a uno que le envidia, quisiera caer de su buena fortuna, o perder su prosperidad, o verse envuelto en alguna calamidad? Por lo cual debemos implorar constantemente el auxilio divino, al que nada es imposible, para que la serpiente no destruya con una sola mordedura de este mal cuanto florece en nosotros y está animado, por así decirlo, por la vida y el poder vivificante del Espíritu Santo. Pues los demás venenos de serpientes, es decir, los pecados y faltas carnales, en los que la fragilidad humana se enreda fácilmente y de los que se purifica con igual facilidad, muestran algunas huellas de sus heridas en la carne, por las cuales, aunque el cuerpo terrenal se inflama peligrosísimamente, sin embargo, si algún encantador bien diestro en los divinos encantamientos aplica cura y antídoto o el remedio de las palabras de salvación, el mal venenoso no llega a la muerte eterna del alma. Pero el veneno de la envidia, como si fuera emitido por el basilisco, destruye la vida misma de la religión y de la fe, aun antes de que la herida se perciba en el cuerpo. Pues no se levanta contra los hombres, sino, en su blasfemia, contra Dios, quien no critica nada en su hermano excepto su felicidad, y así no culpa falta alguna del hombre, sino simplemente el juicio de Dios. Ésta es, pues, aquella «raíz de amargura que brota» [] que se alza hasta el cielo y tiende a reprochar al Autor mismo que otorga bienes al hombre. Ni se turbe nadie porque Dios amenace con enviar «serpientes, basiliscos,» [] para morder a aquellos por cuyos crímenes Él es ofendido. Pues aunque es cierto que Dios no puede ser autor de la envidia, es justo y digno del juicio divino que, mientras los buenos dones se otorgan a los humildes y se niegan a los soberbios y réprobos, aquellos que, como dice el Apóstol, merecen ser entregados «a una mente réproba,» [] sean heridos y consumidos por la envidia enviada como por Él, según este pasaje: «Me provocaron a celos con los que no son dioses: y yo los provocaré a celos con los que no son nación.» []
Con este discurso el bienaventurado Piamún excitó aún más vivamente nuestro deseo, en el que habíamos comenzado a ser promovidos desde la escuela infantil del cenobio al segundo grado de la vida de los anacoretas. Pues fue bajo su instrucción que hicimos nuestro primer comienzo en la vida solitaria, cuyo conocimiento perseguimos después más a fondo en Escete.