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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 1 [I.]— Introducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4— Los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 8.— Nuevas respuestas a quienes objetan la corrección
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 11 [VII.]— Quienes no han recibido el don de la perseverancia, y han recaído en pecado mortal y han muerto en él, deben ser justamente condenados
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 14.— Ninguno de los elegidos y predestinados puede perecer
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 18.— Algunos ejemplos de los asombrosos juicios de Dios
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 20 [IX.]— Algunos son hijos de Dios según la gracia recibida temporalmente; otros, según la eterna presciencia de Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 23.— Solo los que son llamados según el designio son predestinados
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 25.— Por tanto, debe usarse la corrección
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29 [XI.]— Distinción entre la gracia dada antes y después de la caída
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 32.— Los dones de la gracia conferidos a Adán en la creación
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 35.— Hay ahora en los santos una libertad mayor que la que hubo antes en Adán
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 38.— Cuál es la naturaleza del don de perseverancia que se da ahora a los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 40.— Nadie está cierto y seguro de su propia predestinación y salvación
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 43 [XIV.]— La corrección y la gracia no se anulan mutuamente
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 46 [XV.]— La reprensión debe variar según la diversidad de las faltas. No hay en la Iglesia castigo mayor que la excomunión
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 49.— Conclusión

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre la corrección y la gracia

    Versión inglesa de Robert Ernest Wallis (T. & T. Clark, Edimburgo, 1876), reimpresa en St. Augustin: Anti-Pelagian Writings, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5, ed. Philip Schaff (traducción revisada por Benjamin B. Warfield) · 49 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Wallis en el texto de New Advent; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 104 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    En un monasterio de África alguien dijo que a nadie se debe reprender por no cumplir los mandamientos de Dios: bastaba orar por él para que los cumpliera. La objeción tiene su lógica. Si querer y hacer el bien son don de Dios, ¿qué sentido tiene censurar a quien no los tiene? Agustín, informado, escribió este libro, como cuenta él mismo en sus Retractaciones (II, 67). Responde que la reprensión no sobra, porque es uno de los medios con que Dios obra, y que sin la gracia tampoco se obra el bien; y por ese camino llega a las tesis más discutidas de su doctrina: que la perseverancia es un don y que el número de los predestinados es fijo.
    El libro tiene 49 capítulos breves, de los que ninguno pasa de unas 900 palabras. La síntesis del NPNF (Warfield) lo reparte así: introducción y exposición de la fe católica sobre la ley, el libre albedrío y la gracia (Cap. 1–2); las objeciones a la reprensión y su respuesta (3–10); el don de la perseverancia (11–19) y la elección (20–24); lo que recibió Adán y lo que reciben ahora los hijos de Dios (26–38); la misericordia siempre necesaria (39–42); y la aplicación a la reprensión (43–49). Esa división es una lectura del editor inglés, no de Agustín.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloSobre la corrección y la gracia (en latín, De correptione et gratia; en inglés, On Rebuke and Grace)
    Fecha426 o 427. Es lo que dan el NPNF y New Advent; la lista de obras de Wikipedia dice «426/7» y la Catholic Encyclopedia, 427. El campo de año del catálogo toma 427
    DestinatariosValentín, abad, y los monjes de Adrumeto (Hadrumetum), en la provincia de Bizacena
    GéneroTratado en un solo libro, escrito para una comunidad monástica, sobre la relación entre la reprensión fraterna y la gracia
    Extensión49 capítulos, unas 18 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Robert Ernest Wallis; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Robert Ernest Wallis. Una nota firmada «W.» (según el prefacio americano, así firma Warfield sus notas largas, entre corchetes) cierra el prefacio de Peter Holmes al volumen II de la edición de Edimburgo y cuenta que el volumen III salió en 1876 sin dedicatoria ni prefacio y reunía Sobre la gracia y el libre albedrío, Sobre la corrección y la gracia, Sobre la predestinación de los santos, Sobre el don de la perseverancia y Contra dos cartas de los pelagianos; solo el primero era de Holmes y los demás de Wallis, y por eso el nombre de Wallis pasó a la portada general de la edición americana. El índice del volumen 5 del NPNF lo confirma: los tratados marcados con asterisco, entre ellos este, son de Wallis. Holmes dice, en el prefacio al volumen II, que tradujo sobre el tomo X de la reimpresión de Amberes de la edición benedictina; el volumen III no trae prefacio, de modo que no consta sobre qué edición latina trabajó Wallis.
    Esa versión se reimprimió en el volumen 5 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editada por Philip Schaff. Según el prefacio americano, obra de Warfield, la traducción de Edimburgo se cotejó «con el latín» en todo el volumen y se corrigió en cada página, sin dejar de ser en lo esencial la de Edimburgo; los títulos de capítulo se ampliaron hasta que casi todos los capítulos tuvieran el suyo. New Advent da la edición como Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1887, y la atribuye, para todo el volumen, a Holmes y Wallis «revisados por Benjamin B. Warfield»; la ficha de CCEL dice Nueva York, 1886. Es la autoría del volumen, no la de este tratado.
    El inglés de partida de esta edición es el de New Advent, revisado por Kevin Knight: moderniza formas como kills, gives o you, donde CCEL conserva killeth, giveth y ye. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo una aplicación (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano ni nadie la ha revisado frase a frase. Como dato de contexto, la edición precede el tratado con el extracto de las Retractaciones en que Agustín cuenta por qué lo escribió:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Retractaciones · II, 67
    Escribí de nuevo a las mismas personas otro tratado, que titulé Sobre la corrección y la gracia, porque se me había dicho que alguien allí había dicho que a nadie se le debe reprender por no cumplir los mandamientos de Dios, sino que solamente se debe orar por él, para que los cumpla. Este libro comienza así: «He leído vuestras cartas, amadísimo hermano Valentín.»
    Lo que viene de la edición. Los 49 capítulos y sus títulos son los de la edición inglesa; los títulos son de la edición, no de Agustín. Los números de capítulo que dan los localizadores («Cap. 38») coinciden con los números de párrafo del texto latino de la colección Delphi, que tiene 49 secciones; los numerales romanos entre corchetes («[I.]» a «[XV.]») coinciden con los capítulos de ese texto latino, que son 16 (el XVI empieza en el § 48 y no lleva numeral en el inglés, y el «[III.]» aparece un párrafo después de donde empieza el capítulo latino 3). Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición; tres de ellas no corresponden al versículo citado y se dejan como texto, sin enlace, con una nota en el Cap. 10. El epub de partida no trae las notas al pie del NPNF ni el «Argumento» del tratado; trae, antes del texto, las líneas «Escrito por San Agustín de Hipona en el año 426 o 427 d. C.» y «Dirigido a Valentín y a los monjes de Adrumetum, y completado en un solo libro», que son datos de la edición.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 49 capítulos y los mismos 53 párrafos que el inglés de partida, y su largo total es el 98,5 % del inglés (entre 0,8 y 1,25 en cada párrafo). No quedan palabras ni párrafos sin traducir y el vocabulario no muestra erratas. Se cotejó además la numeración y el pasaje del Cap. 38 con el texto latino de la colección Delphi, que no declara su edición. Es, aun así, traducción automática.

    Capítulo 1 [I.]— Introducción

    Cap. 1

    He leído vuestra carta — Valentín, mi amadísimo hermano, y vosotros que estáis asociados con él en el servicio de Dios — que vuestra Caridad envió por medio del hermano Floro y de los que vinieron a nosotros con él; y di gracias a Dios de haber conocido vuestra paz en el Señor, vuestra concordia en la verdad y vuestro ardor en la caridad, por el discurso que nos entregasteis. Pero que un enemigo se haya esforzado entre vosotros para la subversión de algunos, por la misericordia de Dios y su maravillosa bondad al volver sus artes en provecho de sus siervos, más bien ha servido para esto: que, mientras ninguno de vosotros fue abatido para peor, algunos fueron edificados para mejor. Por tanto, no hay necesidad de volver a considerar una y otra vez todo lo que ya os he transmitido, suficientemente argumentado en un tratado extenso; pues vuestras respuestas indican cómo lo habéis recibido. Sin embargo, de ninguna manera supongáis que, una vez leído, pueda haberse hecho suficientemente conocido para vosotros. Por tanto, si deseáis que sea sumamente provechoso, no tengáis por molestia hacerlo completamente familiar mediante la relectura; para que podáis conocer con la mayor exactitud qué y de qué clase son las cuestiones, para cuya solución y satisfacción surge una autoridad no humana, sino divina, de la cual no debemos apartarnos si deseamos llegar adonde nos dirigimos.
    Comentario editorial · Adrumeto, Floro y Valentín
    El libro responde a un monasterio de Adrumeto (Hadrumetum), que según Wikipedia fue capital de la provincia de Bizacena desde fines del siglo III y sede episcopal de 255 a 551. Según la introducción de Warfield en el NPNF, el monje Floro, de viaje a su tierra natal (Uzalis) hacia 426, halló la carta de Agustín al presbítero Sixto y la envió a sus hermanos; leída en voz alta sin saberlo el abad Valentín, escandalizó a varios, que dijeron que destruía el libre albedrío. Agustín contestó con las cartas 214 y 215, con Sobre la gracia y el libre albedrío y, al saber que había surtido efecto, con este libro. Las fechas difieren: la Catholic Encyclopedia sitúa el disturbio en 424 y la carta a Sixto en 418.

    Capítulo 2.— La fe católica acerca de la ley, la gracia y el libre albedrío

    Cap. 2

    Ahora bien, el Señor mismo no sólo nos muestra qué mal debemos evitar y qué bien debemos hacer —que es todo cuanto la letra de la ley puede efectuar—, sino que además nos ayuda a evitar el mal y a hacer el bien, lo cual nadie puede hacer sin el Espíritu de la gracia; y si éste falta, la ley entra sólo para hacernos culpables y matarnos. Por esto dice el apóstol: «la letra mata, mas el espíritu vivifica» []. Quien, pues, usa legítimamente la ley aprende en ella el mal y el bien, y, no confiando en su propia fuerza, huye a la gracia, con cuya ayuda puede evitar el mal y hacer el bien. Pero ¿quién huye a la gracia sino cuando «los pasos del hombre son ordenados por el Señor, y él determina su camino»? Y así también desear el auxilio de la gracia es comienzo de la gracia; de la cual dice: «Y dije: Ahora he comenzado; éste es el cambio de la diestra del Altísimo». Hemos de confesar, pues, que tenemos libre albedrío para hacer el mal y el bien; pero al hacer el mal, todo hombre es libre de la justicia y esclavo del pecado; mientras que al hacer el bien, nadie puede ser libre, a menos que haya sido hecho libre por aquel que dijo: «Si el Hijo os librare, seréis verdaderamente libres» []. Y no es así que, cuando alguien ha sido librado del dominio del pecado, ya no necesite la ayuda de su Libertador; sino más bien que, oyendo de él: «sin mí nada podéis hacer» [], él mismo le dice también: «Sé mi ayudador; no me desampares». Me alegro de haber hallado también en nuestro hermano Floro esta fe, que sin duda es la fe verdadera, profética y católica; por lo cual han de ser más bien corregidos —a quienes ahora pienso que han sido corregidos por el favor de Dios— los que no lo entendieron.

    Capítulo 3 [II.]— Qué es la gracia de Dios por medio de Jesucristo

    Cap. 3

    Pues la gracia de Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor debe ser entendida como aquella por la cual únicamente los hombres son librados del mal, y sin la cual absolutamente no hacen nada bueno, ya sea en el pensamiento, ya en la voluntad y el afecto, ya en la acción; no sólo para que conozcan, por la manifestación de esa gracia, lo que debe hacerse, sino además para que, con su ayuda, hagan con amor lo que conocen. Ciertamente el apóstol pidió esta inspiración de buena voluntad y de obra a favor de aquellos a quienes dijo: «Ahora oramos a Dios que no hagáis mal alguno, no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno» []. ¿Quién puede oír esto y no despertar y confesar que del Señor Dios tenemos el apartarnos del mal y hacer el bien? —pues el apóstol no dice: Amonestamos, enseñamos, exhortamos, reprendemos; sino que dice: «Oramos a Dios que no hagáis mal alguno, sino que hagáis lo bueno» []. Y sin embargo, también acostumbraba hablarles y hacer todas aquellas cosas que he mencionado: amonestaba, enseñaba, exhortaba, reprendía. Pero sabía que todas estas cosas que hacía plantando y regando abiertamente de nada aprovechaban, a menos que Aquel que da el crecimiento en secreto atendiera a su oración por ellos. Porque, como dice el mismo maestro de los gentiles: «ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento» [].

    Capítulo 4— Los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios

    Cap. 4

    No se engañen, pues, quienes preguntan: «¿Por qué se nos predica y prescribe que nos apartemos del mal y hagamos el bien, si no somos nosotros quienes hacemos esto, sino 'Dios que obra en nosotros el querer y el hacer'?» []. Antes bien, entiendan que si son hijos de Dios, son guiados por el Espíritu de Dios [] a hacer lo que debe hacerse; y cuando lo hayan hecho, den gracias a Aquel por quien obran. Pues son movidos para que obren, no para que ellos nada hagan; y además se les muestra lo que deben hacer, a fin de que, cuando lo hagan como debe hacerse —esto es, con amor y con gozo en la justicia—, se alegren de haber recibido «la dulzura que el Señor ha dado, para que su tierra dé su fruto». Pero cuando no obran, ya sea no haciendo nada o no haciéndolo por amor, oren para recibir lo que todavía no tienen. Pues ¿qué tendrán que no hayan de recibir? ¿O qué tienen que no hayan recibido? [].

    Capítulo 5 [III.]— No debe descuidarse la corrección

    Cap. 5

    «Entonces,» dicen, «que los que están sobre nosotros sólo nos prescriban lo que debemos hacer y oren por nosotros para que lo hagamos; pero que no nos reprendan ni censuren si no lo hacemos.» Ciertamente hágase todo, pues los maestros de las iglesias, los apóstoles, acostumbraban hacer todo: tanto prescribir lo que debía hacerse, como reprender si no se hacía, y orar para que se hiciera. El apóstol prescribe, diciendo: «Hágase todo entre vosotros con amor» []. Reprende, diciendo: «Ahora, por cierto, hay entre vosotros una falta total, porque tenéis juicios entre vosotros. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien ser defraudados? Antes bien, vosotros hacéis agravio y defraudáis, y esto a vuestros hermanos. ¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios?» Oigámosle también orar: «Y el Señor,» dice, «os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos» []. Prescribe que el amor sea guardado; reprende porque el amor no es guardado; ruega para que el amor abunde. ¡Oh hombre! Aprende por su precepto lo que debes tener; aprende por su reprensión que es por tu propia culpa que no lo tienes; aprende por su oración de dónde has de recibir lo que deseas tener.

    Capítulo 6 [IV.]— Objeciones contra el uso de la corrección

    Cap. 6

    ¿Cómo es culpa mía no tener lo que no he recibido de Él, cuando, a menos que sea dado por Él, no hay ningún otro de donde pueda obtenerse un don tan grande y tan excelente?» Concededme un poco, hermanos míos, no contra vosotros, cuyo corazón es recto para con Dios, sino contra aquellos que piensan en las cosas terrenas, o contra esos mismos modos humanos de pensar, para contender por la verdad de la gracia celestial y divina. Porque los que dicen esto son de tal índole que en sus malas obras no quieren ser reprendidos por quienes proclaman esta gracia. «Prescríbeme lo que he de hacer, y si lo hiciera, da gracias a Dios por mí, que me ha dado el hacerlo; pero si no lo hago, no debo ser reprendido, sino que se debe suplicar a Él que dé lo que no ha dado; es decir, el mismo amor creyente de Dios y del prójimo, por el cual son guardados sus preceptos. Ruega, pues, por mí para que reciba esto, y por su medio haga libremente y con buena voluntad lo que Él manda. Pero sería justamente reprendido si por culpa mía no lo tuviera; es decir, si yo mismo pudiera dármelo o recibirlo, y no lo hiciera, o si Él lo diera y yo no quisiera recibirlo. Pero puesto que aun la voluntad misma es preparada [] por el Señor, ¿por qué me reprendes porque me ves no querer cumplir sus preceptos, y más bien no le pides a Él mismo que obre en mí también el querer?

    Capítulo 7 [V.]— Necesidad y provecho de la corrección

    Cap. 7

    A esto nosotros respondemos: Cualquiera que seas, que no cumples los mandamientos de Dios que ya conoces, y no quieres ser reprendido, debes ser reprendido precisamente por eso: porque no quieres ser reprendido. Pues no quieres que se te señalen tus faltas; no quieres que sean tocadas y que se te cause un dolor tan provechoso que te lleve a buscar al Médico; no deseas que se te muestre a ti mismo, para que, al verte deforme, desees al Reformador y le supliques no permanecer en esa repugnancia. Porque es culpa tuya ser malo; y es mayor culpa no querer ser reprendido por ser malo, como si las faltas debieran ser alabadas, o consideradas con indiferencia para no ser ni alabadas ni vituperadas, o como si el temor, la vergüenza o la mortificación del reprendido no aprovecharan nada, o aprovecharan de otro modo en el estímulo saludable, sino para hacer que Aquel que es bueno sea suplicado, y así, de hombres malos reprendidos, haga hombres buenos que sean alabados. Porque lo que desea que se haga por él el que no quiere ser reprendido, cuando dice: «Ruega más bien por mí,» — por eso mismo debe ser reprendido, para que él mismo haga también por sí; porque esa mortificación con que se desagrada de sí mismo cuando siente el aguijón de la reprensión, lo mueve al deseo de una oración más ferviente, para que, por la misericordia de Dios, sea ayudado con el aumento de la caridad, y deje de hacer cosas vergonzosas y mortificantes, y haga cosas loables y alegres. Éste es el provecho de la reprensión aplicada saludablemente, a veces con mayor, a veces con menor severidad, según la diversidad de los pecados; y es saludable cuando mira el supremo Médico. Pues no aprovecha sino cuando hace al hombre arrepentirse de su pecado. ¿Y quién da esto sino Aquel que miró al apóstol Pedro cuando negó [] y lo hizo llorar? De donde también el apóstol Pablo, después de decir que debían ser reprendidos con moderación los que pensaban de otro modo, añadió inmediatamente: «Por si acaso Dios les concede arrepentimiento para conocer la verdad, y se recuperen de los lazos del diablo» [].

    Capítulo 8.— Nuevas respuestas a quienes objetan la corrección

    Cap. 8

    Pero ¿por qué los que no quieren ser reprendidos dicen: «Sólo prescríbeme, y ruega por mí para que haga lo que me prescribes?» ¿Por qué más bien, conforme a su propia inclinación mala, no rechazan también estas cosas, y dicen: «Deseo que ni me prescribas ni ruegues por mí»? Pues ¿qué hombre se muestra que haya orado por Pedro, para que Dios le diera el arrepentimiento con que lloró la negación de su Señor? ¿Qué hombre instruyó a Pablo en los preceptos divinos que pertenecen a la fe cristiana? Por tanto, cuando se le oyó predicar el evangelio y decir: «Pues os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí no es según hombre; porque yo no lo recibí ni lo aprendí de hombre, sino por revelación de Jesucristo» [], ¿se le respondería: «¿Por qué nos importunas para recibir y aprender de ti lo que tú no has recibido ni aprendido de hombre? Quien te lo dio a ti puede dárnoslo a nosotros del mismo modo que a ti»? Además, si no se atreven a decir esto, sino que toleran que se les predique el evangelio por un hombre, aunque no puede ser dado a un hombre por un hombre, concedan también que deben ser reprendidos por quienes están puestos sobre ellos, por medio de los cuales se predica la gracia cristiana; aunque no se niega que Dios puede, aun cuando ningún hombre reprenda, corregir a quien quiere y llevarlo a la saludable mortificación del arrepentimiento por el poder más oculto y poderoso de su medicina. Y así como no hemos de cesar de orar por aquellos a quienes deseamos que sean corregidos —aunque sin oración alguna de hombre por Pedro, el Señor lo miró y le hizo llorar su pecado—, tampoco debemos descuidar la reprensión, aunque Dios puede hacer que sean corregidos los que quiere, aun cuando no sean reprendidos. Pero un hombre se aprovecha de la reprensión cuando tiene piedad y ayuda Aquel que hace que los que quiere se aprovechen aun sin reprensión. Y por qué unos son llamados a ser reformados de un modo, otros de otro, y otros aun de otro modo, según maneras diferentes e innumerables, lejos esté de nosotros afirmar que es asunto del barro juzgar, y no del alfarero.

    Capítulo 9 [VI]— Por qué pueden ser justamente reprendidos quienes no obedecen a Dios, aunque todavía no hayan recibido la gracia de la obediencia

    Cap. 9

    «El apóstol dice,» dicen ellos, «'Pues ¿quién te distingue? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?' [2 Corintios 4:7] ¿Por qué, pues, somos reprendidos, censurados, reprobados, acusados? ¿Qué hacemos, nosotros que no hemos recibido?» Ellos que dicen esto quieren parecer sin culpa en cuanto a no obedecer a Dios, porque ciertamente la obediencia misma es don suyo; y ese don debe necesariamente estar en aquel en quien mora la caridad, que sin duda es de Dios [], y el Padre la da a sus hijos. «Esto,» dicen, «no lo hemos recibido. ¿Por qué, pues, somos reprendidos, como si pudiéramos dárnoslo a nosotros mismos, y por nuestra propia elección no quisiéramos darlo?» Y no observan que, si todavía no están regenerados, la primera razón por la cual, cuando se les reprocha ser desobedientes a Dios, deben estar descontentos consigo mismos es que Dios hizo al hombre recto desde el principio de la creación humana [Eclesiastés 7:30], y no hay injusticia en Dios []. Así, pues, la primera depravación por la que no se obedece a Dios es del hombre, porque, cayendo por su propia mala voluntad de la rectitud en que Dios lo hizo al principio, se hizo depravado. ¿Acaso no debe reprenderse esa depravación en un hombre porque no es propia del reprendido, sino común a todos? No; repréndase también en los individuos lo que es común a todos. Porque el hecho de que nadie esté enteramente libre de ella no es razón para que no se adhiera a cada hombre. Aquellos pecados originales, ciertamente, se dice que son pecados de otros, porque los individuos los derivaron de sus padres; pero no se dice sin razón que son también nuestros, porque en aquel uno, como dice el apóstol, todos pecaron []. Repréndase, pues, la fuente condenable, para que de la mortificación de la reprensión brote la voluntad de la regeneración —si, en verdad, el reprendido es hijo de la promesa—, a fin de que, por el ruido de la reprensión que suena y azota desde fuera, Dios obre en él desde dentro por su inspiración oculta también el querer. Pero si, ya regenerado y justificado, recae por su propia voluntad en una vida mala, ciertamente no puede decir: «No he recibido», porque por su propia libre elección del mal perdió la gracia de Dios que había recibido. Y si, punzado por la compunción mediante la reprensión, llora saludablemente y vuelve a obras buenas semejantes, o incluso mejores, ciertamente aquí aparece con toda claridad el provecho de la reprensión. Pero que la reprensión por medio del hombre aproveche, sea de caridad o no, depende solamente de Dios.

    Capítulo 10— Toda perseverancia es don de Dios

    Cap. 10

    ¿Acaso quien no quiere ser reprendido puede todavía decir: «¿Qué he hecho yo, que no he recibido?» cuando aparece claramente que ha recibido y por su propia culpa ha perdido lo que recibió? «Puedo», dice él, «puedo ciertamente —cuando me reprochas que por mi propia voluntad he recaído de una vida buena en una mala— decir todavía: ¿Qué he hecho yo, que no he recibido? Porque he recibido la fe que obra por la caridad, pero no he recibido la perseverancia en ella hasta el fin. ¿Se atreverá alguien a decir que esta perseverancia no es don de Dios, y que tan gran posesión es nuestra de tal modo que, si alguien la tiene, el apóstol no podría decirle: 'Pues ¿qué tienes que no hayas recibido?' [], puesto que la tiene de tal manera que no la ha recibido?» A esto, en verdad, no podemos negar que la perseverancia en el bien, que progresa incluso hasta el fin, es también un gran don de Dios; y que no existe sino porque proviene de Aquel de quien está escrito: «Toda dádiva buena y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces» []. Pero no por ello debe descuidarse la reprensión del que no ha perseverado, «no sea que Dios acaso le conceda arrepentimiento y se recupere de los lazos del diablo» []; pues a la utilidad de la reprensión el apóstol añadió esta decisión, diciendo, como antes he mencionado: «Reprendiendo con moderación a los que piensan de otro modo, no sea que en algún momento Dios les conceda arrepentimiento» []. Porque si dijéramos que tal perseverancia, tan laudable y tan bienaventurada, es del hombre de tal modo que no la tiene de Dios, en primer lugar anulamos lo que el Señor dice a Pedro: «He orado por ti para que tu fe no falle» []. Pues ¿qué pidió para él sino la perseverancia hasta el fin? Y ciertamente, si un hombre pudiera tenerla por sí mismo, no se habría pedido a Dios. Luego, cuando el apóstol dice: «Oramos a Dios que no hagáis mal alguno» [], sin duda ora a Dios en favor de ellos por la perseverancia. Pues ciertamente no «no hace mal alguno» quien abandona el bien y, no perseverando en el bien, se vuelve al mal del cual debería apartarse. Además, en aquel lugar donde dice: «Doy gracias a mi Dios en todo recuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones por todos vosotros, pidiendo con gozo vuestra comunión en el evangelio desde el primer día hasta ahora, confiando precisamente en esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo», — ¿qué otra cosa les promete por la misericordia de Dios sino la perseverancia en el bien hasta el fin? Y de nuevo donde dice: «Epafras os saluda, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo Jesús, siempre esforzándose por vosotros en oración, para que estéis firmes, perfectos y cumplidos en toda la voluntad de Dios» [] — ¿qué es «que estéis firmes» sino «que perseveréis»? De donde se dijo del diablo: «No permaneció en la verdad» [Juan 8:24]; porque estaba allí, pero no continuó. Pues ciertamente aquellos ya estaban firmes en la fe. Y cuando oramos para que el que está firme permanezca firme, no oramos por otra cosa sino para que persevere. El apóstol Judas, además, cuando dice: «Y a aquel que es poderoso para guardaros sin pecado y presentaros ante la presencia de su gloria inmaculados con gozo» [], ¿no muestra de modo manifiesto que la perseverancia en el bien hasta el fin es don de Dios? Pues ¿qué otra perseverancia buena da aquel que preserva sin pecado a fin de presentar ante la presencia de su gloria inmaculados con gozo? ¿Y qué es, además, lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Cuando los gentiles oyeron, se regocijaron y recibieron la palabra del Señor; y creyeron todos cuantos estaban ordenados para vida eterna»? [] ¿Quién podría ser ordenado para vida eterna sino por el don de la perseverancia? Y cuando leemos: «El que persevere hasta el fin será salvo» [], ¿con qué salvación sino la eterna? Y cuando, en la Oración del Señor, decimos a Dios Padre: «Santificado sea tu nombre» [], ¿qué pedimos sino que su nombre sea santificado en nosotros? Y como esto ya se realiza por medio del baño de la regeneración, ¿por qué lo piden diariamente los creyentes, sino para que perseveremos en aquello que ya se ha hecho en nosotros? Pues el bienaventurado Cipriano también entiende esto de este modo, ya que en su exposición de la misma oración dice: «Decimos: 'Santificado sea tu nombre', no porque deseemos a Dios que sea santificado por nuestras oraciones, sino porque pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Pero ¿por quién es santificado Dios, puesto que Él mismo santifica? Bien, porque dijo: 'Sed santos, porque yo soy santo'; pedimos y suplicamos que nosotros, que hemos sido santificados en el bautismo, perseveremos en aquello que hemos comenzado a ser.» He aquí que el gloriosísimo mártir opina que lo que en estas palabras piden diariamente los fieles de Cristo es que perseveren en aquello que han comenzado a ser. Y nadie debe dudar de que todo el que pide al Señor perseverar en el bien, confiesa con ello que tal perseverancia es don suyo.
    Comentario editorial · Tres referencias bíblicas que no coinciden
    Tres referencias que trae el NPNF (y, con él, el inglés de New Advent) no corresponden al versículo que se cita, y por eso no enlazan con el texto bíblico en esta edición. En el Cap. 9, «2 Corintios 4:7» acompaña la frase «¿qué tienes que no hayas recibido?», que está en 1 Corintios 4:7 (el propio libro la remite bien en el Cap. 4). También en el Cap. 9, «Eclesiastés 7:30» no existe en los módulos bíblicos del sitio: el capítulo 7 llega solo hasta el versículo 29, donde está la frase sobre el hombre hecho recto. En el Cap. 10, «Juan 8:24» acompaña «No permaneció en la verdad», que está en Juan 8:44. El texto de Agustín no cambia: solo se avisa del error de la referencia.

    Capítulo 11 [VII.]— Quienes no han recibido el don de la perseverancia, y han recaído en pecado mortal y han muerto en él, deben ser justamente condenados

    Cap. 11

    Si, pues, estas cosas son así, todavía reprendemos a aquellos, y con razón los reprendemos, que, aunque vivían bien, no perseveraron en ello; porque por su propia voluntad han cambiado de una vida buena a una mala, y por eso son dignos de reprensión; y si la reprensión no les aprovecha, y perseveran en su vida arruinada hasta la muerte, son también dignos de condenación divina para siempre. Ni se excusarán diciendo —como ahora dicen— «¿Por qué somos reprendidos?» — y entonces, «¿Por qué somos condenados, si en verdad, para volver del bien al mal, no recibimos aquella perseverancia por la cual habríamos de permanecer en el bien?» De ningún modo se librarán por esta excusa de la justa condenación. Porque si, según la palabra de verdad, nadie es librado de la condenación incurrida por Adán sino por la fe de Jesucristo, y sin embargo de esta condenación no se librarán aquellos que puedan decir que no han oído el evangelio de Cristo, sobre la base de que «la fe viene por el oír» [], ¿cuánto menos se librarán aquellos que digan: «¡No hemos recibido la perseverancia!»? Porque la excusa de los que dicen: «No hemos recibido el oír» parece más equitativa que la de los que dicen: «No hemos recibido la perseverancia»; puesto que puede decirse: Oh hombre, en aquello que oíste y guardaste, en ello podrías perseverar si quisieras, pero de ninguna manera puede decirse: Aquello que no oíste podrías creerlo si quisieras.

    Capítulo 12.— Quienes no han recibido la perseverancia no se distinguen de la masa de los perdidos

    Cap. 12

    Y, por consiguiente, tanto los que no han oído el evangelio, como los que, habiéndolo oído y sido cambiados por él para mejor, no han recibido la perseverancia, y los que, habiendo oído el evangelio, se han negado a venir a Cristo, es decir, a creer en Él, puesto que Él mismo dice: «Nadie viene a mí, si no le fuere dado por mi Padre» [], y los que por su tierna edad no pudieron creer, pero podrían ser absueltos del pecado original por el solo baño de la regeneración, y sin embargo no han recibido este baño, y han perecido en la muerte: no se distinguen de aquella masa que es evidente que está condenada, ya que todos van de uno solo a la condenación. Sin embargo, algunos se distinguen, no por sus propios méritos, sino por la gracia del Mediador; es decir, son justificados gratuitamente en la sangre del segundo Adán. Por tanto, cuando oímos: «Porque ¿quién te distingue? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [], debemos entender que de aquella masa de perdición que se originó por el primer Adán, nadie puede ser hecho diferir sino aquel que tiene este don, el cual, quien lo tiene, lo ha recibido por la gracia del Salvador. Y este testimonio es tan grande, que el bienaventurado Cipriano, escribiendo a Quirino, lo puso como título, cuando dice: «Que en nada debemos gloriarnos, puesto que nada es nuestro.»
    Comentario editorial · Cipriano, la autoridad africana
    En el Cap. 10 Agustín cita una exposición del padrenuestro del «bienaventurado Cipriano»: según una nota del NPNF, el tratado Sobre la oración del Señor, cap. 12, que puede leerse en este sitio (§ 12). En el Cap. 12 recuerda que Cipriano, escribiendo a Quirino, puso 1 Corintios 4:7 como título de una sección (Testimonios, III, 4, según el NPNF: que en nada debemos gloriarnos, pues nada es nuestro). No es un adorno: en la carta 215, Agustín cuenta que leyó con los monjes de Adrumeto el tratado de Cipriano sobre el padrenuestro, para mostrarles que la oración de la Iglesia, incluso por los incrédulos, presupone una gracia previa.

    Capítulo 13.— La elección es por gracia, no por mérito

    Cap. 13

    Todos aquellos, pues, que son distinguidos de aquella condenación original por tan gran generosidad de la gracia divina, no hay duda de que para ellos se dispone que oigan el evangelio, y cuando lo oyen creen, y en la fe que obra por la caridad perseveran hasta el fin; y si, acaso, se desvían del camino, cuando son reprendidos se enmiendan, y algunos de ellos, aunque no sean reprendidos por los hombres, vuelven al camino que habían dejado; y algunos que han recibido la gracia en cualquier edad son retirados de los peligros de esta vida por la rapidez de la muerte. Porque Él obra todas estas cosas en ellos, que los hizo vasos de misericordia, que también los eligió en su Hijo antes de la fundación del mundo por la elección de la gracia: «Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.» [] Porque no fueron llamados de tal modo que no fueran elegidos, respecto de lo cual se dice: «Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos» []; sino porque fueron llamados según el propósito, ciertamente son también elegidos por la elección, como se dice, de gracia, no por méritos precedentes suyos, porque para ellos la gracia es todo mérito.

    Capítulo 14.— Ninguno de los elegidos y predestinados puede perecer

    Cap. 14

    De estos dice el apóstol: «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados; porque a los que antes conoció, también los predestinó a ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» De éstos ninguno perece, porque todos son elegidos. Y son elegidos porque fueron llamados según el propósito —propósito, sin embargo, no suyo, sino de Dios—; del cual dice en otro lugar: «Para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama, se le dijo que el mayor serviría al menor.» [] Y en otro lugar dice: «No según nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia.» [] Cuando, pues, oímos: «Y a los que predestinó, a éstos también llamó» [], debemos reconocer que fueron llamados según su propósito; puesto que allí comenzó diciendo: «Todas las cosas les ayudan a bien a los que son llamados según su propósito», y luego añadió: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó a ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.» Y a estas promesas añadió: «Y a los que predestinó, a éstos también llamó.» Desea, por tanto, que se entienda que éstos son los que llamó según su propósito, no sea que se piense que alguno de ellos es llamado y no elegido, a causa de aquella sentencia del Señor: «Muchos son llamados, mas pocos escogidos.» [] Porque todos los que son elegidos son sin duda también llamados; pero no todos los que son llamados son en consecuencia elegidos. Aquéllos, pues, son elegidos, como se ha dicho a menudo, que son llamados según el propósito, que también son predestinados y conocidos de antemano. Si alguno de éstos perece, Dios se engaña; pero ninguno de ellos perece, porque Dios no se engaña. Si alguno de éstos perece, Dios es vencido por el pecado humano; pero ninguno de ellos perece, porque Dios no es vencido por nada. Además, son elegidos para reinar con Cristo, no como fue elegido Judas, para una obra para la cual era apto. Porque fue escogido por Aquel que sabía bien servirse incluso de los hombres malvados, de modo que incluso por su acto condenable se cumpliera aquella obra venerable, por causa de la cual Él mismo había venido. Cuando, pues, oímos: «¿No os he escogido yo a vosotros doce, y uno de vosotros es diablo?» [], debemos entender que los demás fueron elegidos por misericordia, pero él por juicio; aquéllos para obtener su reino, ¡él para derramar su sangre!

    Capítulo 15.— La perseverancia es dada hasta el fin

    Cap. 15

    Con razón sigue la palabra para el reino de los elegidos: «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios es el que justifica? ¿Quién es el que condena? ¿Cristo es el que murió? Antes bien, el que resucitó, quien además está a la diestra de Dios, quien también intercede por nosotros.» Y cuán firme perseverancia hasta el fin han recibido como don, sigan diciendo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el día; somos contados como ovejas de matadero. Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.»

    Capítulo 16.— Quienes no perseveran no se distinguen de la masa de perdición por la predestinación

    Cap. 16

    A éstos eran significados a Timoteo, donde, habiéndose dicho que Himeneo y Fileto habían subvertido la fe de algunos, se añade en seguida: «Sin embargo, el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: El Señor conoce a los que son suyos.» [] La fe de éstos, que obra por la caridad, o bien en realidad no falta en absoluto, o, si hay algunos cuya fe falta, es restaurada antes de que termine su vida, y la iniquidad que había intervenido es quitada, y se les concede la perseverancia hasta el fin. Pero los que no han de perseverar, y que caerán de la fe y conducta cristianas de tal manera que el fin de esta vida los encuentre en ese estado, sin duda alguna no deben ser contados en el número de éstos, ni siquiera en el tiempo en que viven bien y piadosamente. Porque no son hechos diferir de aquella masa de perdición por la presciencia y predestinación de Dios, y por tanto no son llamados según el propósito de Dios, y así no son elegidos; sino que son llamados entre aquellos de quienes se dijo: «Muchos son llamados», no entre aquellos de quienes se dijo: «Mas pocos escogidos.» Y sin embargo, ¿quién puede negar que son elegidos, puesto que creen y son bautizados, y viven según Dios? Manifiestamente, son llamados elegidos por quienes ignoran lo que serán, pero no por Aquel que sabía que no tendrían la perseverancia que conduce a los elegidos a la vida bienaventurada, y sabe que están firmes de tal modo que ha conocido de antemano que caerán.

    Capítulo 17 [VIII.]— Por qué la perseverancia se da a uno y no a otro es inescrutable

    Cap. 17

    Aquí, si se me pregunta por qué Dios no les dio la perseverancia a aquellos a quienes dio aquel amor con el cual podrían vivir cristianamente, respondo que no lo sé. Porque no hablo con arrogancia, sino reconociendo mi pequeña medida, cuando oigo al apóstol decir: «Oh hombre, ¿quién eres tú para que repliques contra Dios?» [] y, «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!» []. Por tanto, en la medida en que Él se digna manifestarnos sus juicios, demos gracias; pero en la medida en que le place ocultarlos, no murmuremos contra su consejo, sino creamos que también esto es lo más saludable para nosotros. Mas quienquiera que seas, hostil a su gracia, y preguntas así, ¿qué dices tú mismo? Bien está que no niegues ser cristiano y te jactes de ser católico. Si, pues, confiesas que perseverar en el bien hasta el fin es don de Dios, pienso que igual que yo ignoras por qué uno recibe este don y otro no lo recibe; y en este caso ambos somos incapaces de penetrar los insondables juicios de Dios. O si dices que pertenece al libre albedrío del hombre —el cual defiendes no según la gracia de Dios, sino en contra de ella— que alguien persevere en el bien o no persevere, y que no es por don de Dios si persevera, sino por obra de la voluntad humana, ¿por qué contenderás contra las palabras de aquel que dice: «Yo he rogado por ti, Pedro, que tu fe no falte»? []. ¿Te atreverás a decir que, aun cuando Cristo pidió que la fe de Pedro no faltase, habría faltado igualmente si Pedro hubiera querido que faltase; es decir, si no hubiera querido que continuara hasta el fin? ¡Como si Pedro pudiera en modo alguno querer otra cosa que aquello que Cristo había pedido para él, que quisiera! Porque ¿quién no sabe que la fe de Pedro habría perecido entonces si faltara aquella voluntad por la que era fiel, y que habría continuado si la misma voluntad permaneciera? Mas porque «la voluntad es preparada por el Señor,» [], por eso la petición de Cristo en favor suyo no pudo ser vana. Cuando, pues, rogó que su fe no faltase, ¿qué otra cosa pidió sino que en su fe tuviese una voluntad libérrima, fuerte, invencible y perseverante? He aquí hasta qué punto se defiende la libertad del albedrío según la gracia de Dios, no en contra de ella; porque la voluntad humana no alcanza la gracia por la libertad, sino que alcanza la libertad por la gracia, y una constancia deleitable y una fortaleza insuperable para perseverar.

    Capítulo 18.— Algunos ejemplos de los asombrosos juicios de Dios

    Cap. 18

    Ciertamente, es de admirar, y mucho de admirar, que a algunos de sus propios hijos —a quienes ha regenerado en Cristo— a quienes ha dado fe, esperanza y amor, Dios no les dé también la perseverancia, mientras que a hijos de otros les perdona tal maldad y, otorgándoles su gracia, los hace hijos suyos. ¿Quién no se asombraría de esto? ¿Quién no quedaría grandemente asombrado? Pero, además, no es menos maravilloso, y sin embargo verdadero, y tan manifiesto que ni siquiera los enemigos de la gracia de Dios pueden hallar modo de negarlo, que a algunos hijos de sus amigos —es decir, de creyentes regenerados y buenos—, que salen de esta vida como infantes sin bautismo —aunque ciertamente Él podría proveer la gracia de este baño si quisiera, ya que en su poder están todas las cosas—, los aleja de su reino, al que introduce a sus padres; y a algunos hijos de sus enemigos hace que vengan a manos de cristianos y, por medio de este baño, los introduce en el reino, del cual sus padres son extraños; aunque, tanto en los primeros infantes no hay mal merecido, como en los segundos no hay bien, por su propia voluntad. Ciertamente, en este caso los juicios de Dios, por ser rectos y profundos, no pueden ser ni censurados ni penetrados. Entre estos se halla también lo referente a la perseverancia, de la que ahora tratamos. De ambos, pues, podemos exclamar: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios!» []

    Capítulo 19.— Los caminos de Dios son inescrutables

    Cap. 19

    Ni nos asombremos de no poder rastrear sus caminos inescrutables. Pues, por no decir nada de otras innumerables cosas que el Señor Dios da a algunos hombres y a otros no —puesto que en Él no hay acepción de personas—, tales como las que no se confieren por méritos de la voluntad, como la rapidez corporal, la fuerza, la buena salud y la hermosura del cuerpo, inteligencias admirables y naturalezas mentales capaces de muchas artes, o las que tocan al hombre desde fuera, como riqueza, nobleza, honores y otras cosas semejantes, que solo está en poder de Dios que un hombre las tenga; por no detenernos siquiera en el bautismo de los infantes (el cual ninguno de esos objetores puede decir que no pertenece, como podría decirse de aquellas otras cosas, al reino de Dios), por qué se da a este infante y no se da a aquel, ya que ambos están igualmente en poder de Dios, y sin aquel sacramento nadie puede entrar en el reino de Dios— callando, pues, sobre estas cosas, o dejándolas a un lado, consideren los hombres aquellos casos muy especiales de que tratamos. Porque hablamos de quienes no tienen perseverancia en el bien, sino que mueren decayendo su buena voluntad del bien al mal. Respondan los objetores, si pueden, por qué, cuando estos vivían fiel y piadosamente, Dios no los arrebató entonces de los peligros de esta vida, «para que la maldad no cambiara su entendimiento, y para que el engaño no sedujera sus almas»? []. ¿No tenía esto en su poder, o ignoraba su pecado futuro? Ciertamente, nada de este género se dice sino muy perversa e insanamente. ¿Por qué, pues, no lo hizo? Respondan aquellos que se burlan de nosotros cuando en tales asuntos exclamamos: «¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!» []. Pues o Dios da esto a quien quiere, o ciertamente se equivoca aquella Escritura que dice acerca de la muerte prematura del justo: «Fue arrebatado para que la maldad no cambiara su entendimiento, o para que el engaño no sedujera su alma.» []. ¿Por qué, pues, da Dios este tan grande beneficio a algunos y no lo da a otros, viendo que en Él no hay injusticia [] ni acepción de personas, [] y que está en su poder cuánto tiempo permanezca cada uno en esta vida, la cual es llamada prueba sobre la tierra? [] Así como, pues, se ven obligados a confesar que es don de Dios que un hombre acabe esta vida antes de que pueda ser cambiada del bien al mal, pero no saben por qué se da a algunos y a otros no, así confiesen con nosotros que la perseverancia en el bien es don de Dios, según las Escrituras, de las cuales ya he aducido muchos testimonios; y dígnense con nosotros ignorar, sin murmurar contra Dios, por qué se da a algunos y no se da a otros.

    Capítulo 20 [IX.]— Algunos son hijos de Dios según la gracia recibida temporalmente; otros, según la eterna presciencia de Dios

    Cap. 20

    No nos perturbe, pues, que a algunos de sus hijos no dé Dios esta perseverancia. Pero lejos esté de ser así, si estos fueran de aquellos que son predestinados y llamados según su designio, los cuales son verdaderamente hijos de la promesa. Pues los primeros, mientras viven piadosamente, son llamados hijos de Dios; mas porque vivirán impíamente y morirán en esa impiedad, la presciencia de Dios no los llama hijos de Dios. Porque hijos de Dios son aquellos a quienes aún no tenemos y Dios ya tiene, de los cuales dice el evangelista Juan: «que Jesús debía morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos;» []. Y ciertamente habían de llegar a serlo creyendo, por la predicación del evangelio. Y, sin embargo, antes de que esto sucediera, ya habían sido inscritos como hijos de Dios con firmeza inmutable en el memorial de su Padre. Y, a su vez, hay algunos que son llamados por nosotros hijos de Dios a causa de la gracia recibida aun en cosas temporales, pero no son llamados así por Dios; de los cuales dice el mismo Juan: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros.» []. No dice: «Salieron de nosotros, pero porque no permanecieron con nosotros ya no son ahora de nosotros;» sino que dice: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros,» — es decir, aun cuando aparecían entre nosotros, no eran de nosotros. Y como si se le dijera: ¿De dónde pruebas esto?, dice: «Porque si hubieran sido de nosotros, habrían ciertamente permanecido con nosotros.» []. Es palabra de hijos de Dios; Juan es quien habla, el cual fue ordenado en un lugar principal entre los hijos de Dios. Cuando, pues, los hijos de Dios dicen de aquellos que no tuvieron perseverancia: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros,» y añaden: «Porque si hubieran sido de nosotros, habrían ciertamente permanecido con nosotros,» ¿qué otra cosa dicen sino que no eran hijos, aun cuando estaban en la profesión y en el nombre de hijos? No porque simulaban la justicia, sino porque no permanecieron en ella. Pues no dice: «Porque si hubieran sido de nosotros, habrían ciertamente mantenido con nosotros una justicia real y no fingida;» sino que dice: «Si hubieran sido de nosotros, habrían ciertamente permanecido con nosotros.» Sin duda, quería que permanecieran en el bien. Por tanto, estaban en el bien; mas porque no permanecieron en él —es decir, no perseveraron hasta el fin— dice: No eran de nosotros, aun cuando estaban con nosotros; es decir, no eran del número de los hijos, aun cuando estaban en la fe de los hijos; porque los que son verdaderamente hijos son preconocidos y predestinados como conformes a la imagen de su Hijo, y son llamados según su designio, de modo que son elegidos. Porque el hijo de la promesa no perece, sino el hijo de perdición. []

    Capítulo 21.— Quiénes han de entenderse como dados a Cristo

    Cap. 21

    Aquellos, pues, eran de la multitud de los llamados, pero no de la escasez de los elegidos. No es, por tanto, a sus hijos predestinados a quienes Dios no ha dado la perseverancia; porque ellos la tendrían si estuvieran en aquel número de hijos; y ¿qué tendrían que no hubieran recibido, según el apóstol y el juicio verdadero? []. Y así tales hijos serían dados a Cristo, el Hijo, tal como Él mismo dice al Padre: «Que todo lo que me has dado no perezca, sino que tenga vida eterna.» []. Se entiende, pues, que son dados a Cristo los que están destinados a la vida eterna. Estos son los que son predestinados y llamados según el designio, de los cuales ninguno perece. Y, por tanto, ninguno de ellos acaba esta vida habiendo cambiado del bien al mal, porque está ordenado así, y para ese fin dado a Cristo, para que no perezca, sino que tenga vida eterna. Y, a su vez, aquellos a quienes llamamos sus enemigos, o los hijos infantes de sus enemigos, a quienes de entre ellos Él quiera regenerar de tal modo que acaben esta vida en aquella fe que obra por la caridad, ya son, y antes de que esto se haga, en aquella predestinación sus hijos, y son dados a Cristo su Hijo, para que no perezcan, sino que tengan vida eterna.

    Capítulo 22.— Los verdaderos hijos de Dios son los verdaderos discípulos de Cristo

    Cap. 22

    Finalmente, el Salvador mismo dice: «Si permanecéis en mi palabra, sois verdaderamente mis discípulos.» []. ¿Se ha de contar, pues, a Judas entre ellos, ya que no permaneció en su palabra? ¿Se ha de contar entre ellos a aquellos de quienes el evangelio habla de este modo, cuando el Señor había mandado comer su carne y beber su sangre, y dice el evangelista: «Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaúm. Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: "Dura es esta palabra; ¿quién puede oírla?" Pero Jesús, sabiendo en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: "¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es el que vivifica; la carne nada aprovecha. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen." Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que creían, y quién le había de entregar. Y dijo: "Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre." Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.». ¿No son estos, aun en las palabras del evangelio, llamados discípulos? Y, sin embargo, no eran verdaderamente discípulos, porque no permanecieron en su palabra, según lo que Él dice: «Si permanecéis en mi palabra, entonces sois verdaderamente mis discípulos.» []. Por tanto, como no poseían perseverancia, así como no eran verdaderamente discípulos de Cristo, tampoco eran verdaderamente hijos de Dios aun cuando parecían serlo y eran llamados así. Nosotros, pues, llamamos a los hombres elegidos, discípulos de Cristo e hijos de Dios, porque así han de ser llamados aquellos a quienes, regenerados, vemos vivir piadosamente; mas entonces son verdaderamente lo que se llaman si permanecen en aquello por lo cual se les llama así. Pero si no tienen perseverancia —es decir, si no continúan en lo que habían comenzado a ser—, no son verdaderamente llamados lo que se llaman y no son; pues no son esto ante los ojos de aquel a quien es conocido lo que han de ser— es decir, de buenos, malos.

    Capítulo 23.— Solo los que son llamados según el designio son predestinados

    Cap. 23

    Por esto el apóstol, habiendo dicho: «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien,» — sabiendo que algunos aman a Dios y no continúan en aquel buen camino hasta el fin— añadió inmediatamente: «a los que conforme a su designio son llamados.» []. Porque estos, en su amor a Dios, continúan hasta el fin; y los que por un tiempo se desvían del camino, vuelven para continuar hasta el fin lo que habían comenzado a ser en el bien. Mostrando, empero, qué es ser llamado según su designio, añadió en seguida lo que ya he citado arriba: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó,» a saber, según su designio; «y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» []. Todas estas cosas están ya hechas: preconoció, predestinó, llamó, justificó; porque ya todos son preconocidos y predestinados, y muchos son ya llamados y justificados; pero aquello que puso al final, «a éstos también glorificó» (si, ciertamente, aquí ha de entenderse aquella gloria de la cual dice el mismo apóstol: «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria» []), esto no se ha cumplido aún. Aunque, además, aquellas dos cosas —es decir, llamó y justificó— no se han efectuado en todos aquellos de quienes se dicen —pues todavía, aun hasta el fin del mundo, quedan muchos por ser llamados y justificados—, sin embargo usó verbos de tiempo pretérito, aun respecto de cosas futuras, como si Dios ya hubiera dispuesto desde la eternidad que sucedieran. Por esto también el profeta Isaías dice de Él: «que ha hecho las cosas que han de ser.» []. Así pues, todos cuantos en la ordenación providentísima de Dios son preconocidos, predestinados, llamados, justificados, glorificados —no digo, aun aunque todavía no hayan renacido, sino aun aunque todavía no hayan nacido en absoluto—, ya son hijos de Dios y absolutamente no pueden perecer. Estos verdaderamente vienen a Cristo, porque vienen de tal modo como Él mismo dice: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera;» [] y poco después dice: «Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: que de todo lo que me diere, no pierda yo nada.» []. De Él, pues, se da también la perseverancia en el bien hasta el fin; porque no se da sino a los que no han de perecer, ya que los que no perseveran perecerán.

    Capítulo 24.— Aun los pecados de los elegidos son convertidos por Dios en provecho de ellos

    Cap. 24

    Para quienes le aman, Dios coopera con todas las cosas para bien; tan absolutamente todas las cosas, que incluso si alguno de ellos se extravía y se sale del camino, aun esto mismo lo hace redundar en su bien, para que vuelvan más humildes y más instruidos. Porque aprenden que en el camino recto mismo deben regocijarse con temblor; no arrogándose la confianza de permanecer como por su propia fuerza; no diciendo en su abundancia, «No seré movido jamás.» Por lo cual se les dice: «Servid al Señor con temor, y alegraos ante él con temblor, no sea que en algún momento el Señor se enoje, y perezcáis del camino recto.» Porque no dice: «Y no entréis en el camino recto;» sino que dice: «No sea que perezcáis del camino recto.» ¿Y qué muestra esto, sino que a quienes ya caminan por el camino recto se les recuerda que sirvan a Dios con temor; es decir, «no te ensoberbezcas, sino teme»? [] lo que significa que no deben ser altivos, sino humildes. Por lo cual dice también en otro lugar: «no atendiendo a las cosas altas, sino condescendiendo con los humildes;» [] regocíjense en Dios, pero con temblor; gloriándose en nadie, ya que nada es nuestro, a fin de que el que se gloría se gloríe en el Señor, no sea que perezcan del camino recto en el cual ya han comenzado a caminar, mientras atribuyen a sí mismos su misma presencia en él. Estas palabras usó también el apóstol cuando dice: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor.» [] Y exponiendo por qué con temor y temblor, dice: «Porque Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.» [] Porque no tenía este temor y temblor el que dijo en su abundancia: «No seré movido jamás.» Pero porque era hijo de la promesa, no de perdición, experimentó en el abandono de Dios por un poco lo que él mismo era: «Señor,» dijo, «en tu favor diste fuerza a mi honor; apartaste tu rostro de mí, y fui turbado.» He aquí cuánto mejor instruido, y por eso también más humilde, siguió su camino, viendo al fin y confesando que por su voluntad Dios había dotado de fuerza a su honor; y esto lo había atribuido a sí mismo y presumido que era de sí mismo, en tanta abundancia como Dios le había concedido, y no de Aquel que se lo había dado, y así había dicho: «¡No seré movido jamás!» Por tanto, fue turbado para que se encontrara a sí mismo, y, sintiéndose humilde, aprendió no solo acerca de la vida eterna, sino además acerca de una conversación piadosa y de la perseverancia en esta vida, en la que debe mantenerse la esperanza. Esto podría ser además la palabra del apóstol Pedro, porque también él había dicho en su abundancia: «Mi vida pondré por ti;» [] atribuyéndose a sí mismo, en su afán, lo que después le habría de ser otorgado por su Señor. Pero el Señor apartó de él su rostro, y fue turbado, de modo que, por temor a morir por él, le negó tres veces. Pero el Señor volvió de nuevo su rostro hacia él, y lavó su pecado con sus lágrimas. Pues ¿qué otra cosa es: «Se volvió y le miró,» [] sino que le devolvió el rostro que, por un poco, le había apartado? Por tanto, se había turbado; pero porque aprendió a no confiar en sí mismo, aun esto le fue de excelente provecho, por obra de Aquel que coopera para bien con todas las cosas a los que le aman; porque había sido llamado según el designio, de modo que nadie podía arrebatarlo de la mano de Cristo, a quien había sido entregado.

    Capítulo 25.— Por tanto, debe usarse la corrección

    Cap. 25

    Nadie, pues, diga que no se debe reprender al hombre cuando se desvía del camino recto, sino que solo se debe pedir al Señor para él su retorno y perseverancia. Ningún hombre considerado y creyente diga esto. Porque si tal persona es llamada según el designio, sin duda alguna Dios coopera para su bien incluso en el hecho de ser reprendido. Pero puesto que el que reprende ignora si es llamado así, haga con amor lo que sabe que debe hacerse; pues sabe que tal persona debe ser reprendida. Dios mostrará o misericordia o juicio; misericordia, ciertamente, si el reprendido es «hecho diferir» por la concesión de la gracia de la masa de perdición, y no se encuentra entre los vasos de ira preparados para destrucción, sino entre los vasos de misericordia que Dios ha preparado para gloria; [] pero juicio, si entre aquellos es condenado, y no está predestinado entre estos últimos.

    Capítulo 26 [X.]— Si Adán recibió el don de la perseverancia

    Cap. 26

    Aquí surge otra cuestión, que no debe despreciarse razonablemente, sino abordarse y resolverse con la ayuda del Señor en cuya mano estamos nosotros y nuestras palabras. [] Pues se me pregunta, respecto de este don de Dios que es perseverar en el bien hasta el fin, qué pienso del primer hombre mismo, que ciertamente fue hecho recto sin falta alguna. Y no digo: Si no tuvo perseverancia, ¿cómo estuvo sin falta, viendo que carecía de un don de Dios tan necesario? Porque a esta interrogación es fácil responder que no tuvo perseverancia, porque no perseveró en aquella bondad en la que estuvo sin pecado; pues comenzó a tener pecado desde el punto en que cayó; y si comenzó, ciertamente estuvo sin pecado antes de haber comenzado. Porque una cosa es no tener pecado, y otra no permanecer en aquella bondad en la que no hay pecado. Porque en ese mismo hecho, que no se dice que nunca haya estado sin pecado, sino que no continuó sin pecado, queda demostrado sin duda alguna que estuvo sin pecado, puesto que se le reprocha no haber continuado en aquella bondad. Pero más bien debe preguntarse y discutirse con mayor empeño de qué manera podemos responder a quienes dicen: «Si en aquella rectitud en la que fue hecho sin pecado hubiera tenido perseverancia, sin duda alguna habría perseverado en ella; y si perseveró, ciertamente no pecó, y no abandonó aquella su rectitud. Pero que pecó, y fue abandonador del bien, la Verdad lo declara. Por tanto, no tuvo perseverancia en aquella bondad; y si no la tuvo, ciertamente no la recibió. Pues ¿cómo habría recibido la perseverancia y no habría perseverado? Además, si no la tuvo porque no la recibió, ¿qué pecado cometió al no perseverar, si no recibió la perseverancia? Porque no puede decirse que no la recibió por la razón de que no fue separado por la concesión de la gracia de la masa de perdición. Porque aquella masa de perdición no existía todavía en el género humano antes de que hubiera pecado aquel del que se derivó la fuente corrompida.»

    Capítulo 27.— La respuesta

    Cap. 27

    Por lo cual confesamos de modo muy saludable lo que creemos muy rectamente: que el Dios y Señor de todas las cosas, que con su poder creó todas las cosas buenas, y conoció de antemano que de las cosas buenas surgirían las malas, y supo que correspondía a su bondad omnipotentísima sacar bien incluso de las cosas malas antes que no permitir en absoluto que existieran cosas malas, ordenó de tal modo la vida de los ángeles y de los hombres que en ella mostrara primero de qué era capaz su libre albedrío, y luego de qué era capaz la bondad de su gracia y el juicio de su justicia. Finalmente, ciertos ángeles, cuyo jefe es el llamado diablo, se hicieron por libre albedrío apóstatas del Señor Dios. Sin embargo, aunque huyeron de su bondad, en la que habían sido bienaventurados, no pudieron huir de su juicio, por el cual fueron hechos desdichadísimos. Otros, en cambio, por el mismo libre albedrío se mantuvieron firmes en la verdad, y merecieron el conocimiento de aquella certísima verdad de que nunca caerían. Pues si de las Sagradas Escrituras hemos podido alcanzar el conocimiento de que ninguno de los santos ángeles caerá jamás, ¡cuánto más ellos mismos han alcanzado este conocimiento por la verdad revelada de modo más sublime! Porque a nosotros se nos promete una vida bienaventurada sin fin, y la igualdad con los ángeles, [] promesa por la cual se nos certifica que cuando después del juicio lleguemos a aquella vida, no caeremos de ella; pero si los ángeles ignoran esta verdad acerca de sí mismos, no seremos sus iguales, sino más bienaventurados que ellos. Pero la Verdad nos ha prometido igualdad con ellos. Es cierto, pues, que ellos han conocido por visión lo que nosotros conocemos por fe, a saber, que ya no habrá más caída de ningún ángel santo. Pero el diablo y sus ángeles, aunque fueron bienaventurados antes de caer, y no sabían que caerían en la miseria — había todavía algo que podría añadirse a su bienaventuranza, si por libre albedrío se hubieran mantenido en la verdad hasta recibir aquella plenitud de la bienaventuranza suprema como recompensa de aquella perseverancia; esto es, que por la gran abundancia del amor de Dios, dado por el Espíritu Santo, fueran absolutamente incapaces de caer más, y que conocieran esto con certeza completa acerca de sí mismos. No tenían esta plenitud de bienaventuranza; pero, puesto que ignoraban su futura miseria, gozaban de una bienaventuranza menor, ciertamente, pero aun sin defecto alguno. Pues si hubieran conocido su futura caída y el castigo eterno, ciertamente no habrían podido ser bienaventurados; ya que el temor de tan gran mal los obligaría a ser desdichados incluso entonces.

    Capítulo 28.— También el primer hombre pudo haberse mantenido firme por su libre albedrío

    Cap. 28

    Así también hizo al hombre con libre albedrío; y aunque ignorante de su futura caída, era feliz, porque pensaba que estaba en su propio poder tanto no morir como no volverse desdichado. Y si hubiera querido por su propio libre albedrío continuar en aquel estado de rectitud y de libertad del pecado, ciertamente sin experiencia alguna de muerte y de desdicha habría recibido por el mérito de aquella perseverancia la plenitud de la bendición con que también son bendecidos los santos ángeles; es decir, la imposibilidad de caer más, y el conocimiento de esto con certeza absoluta. Pues aun él mismo no podría ser bienaventurado aunque estuviera en el Paraíso; más aún, no estaría allí, donde no le correspondería ser desdichado, si el conocimiento anticipado de su caída lo hubiera hecho miserable con el temor de tal desastre. Pero como abandonó a Dios por su libre albedrío, experimentó el justo juicio de Dios: que con toda su raza, que estando todavía toda puesta en él había pecado con él, fuera condenado. Porque cuantos de este linaje son liberados por la gracia de Dios, ciertamente son liberados de la condenación en que ya están retenidos y atados. Por lo cual, aunque ninguno fuera liberado, nadie podría justamente culpar el juicio de Dios. Así pues, el que en comparación con los que perecen sean pocos, pero en su número absoluto sean muchos, los liberados, se efectúa por gracia, se efectúa gratuitamente: hay que dar gracias, porque se efectúa, para que nadie se engría como por sus propios merecimientos, sino que toda boca sea cerrada, [] y el que se gloría se gloríe en el Señor. []

    Capítulo 29 [XI.]— Distinción entre la gracia dada antes y después de la caída

    Cap. 29

    ¿Qué, pues? ¿No tenía Adán la gracia de Dios? Sí, ciertamente, la tenía en gran medida, pero de una clase diferente. Estaba colocado en medio de beneficios que había recibido de la bondad de su Creador; pues no había adquirido esos beneficios por sus propios merecimientos; en esos beneficios no sufría absolutamente ningún mal. Pero los santos en esta vida, a quienes corresponde esta gracia de liberación, están en medio de males de los cuales claman a Dios: «Líbranos del mal.» [] Él, en aquellos beneficios, no necesitaba la muerte de Cristo; a estos, la sangre de aquel Cordero los absuelve de la culpa, tanto heredada como propia. Él no tenía necesidad de aquel auxilio que ellos imploran cuando dicen: «Veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor.» [] Porque en ellos la carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, y mientras trabajan y peligran en tal contienda, piden que por la gracia de Cristo se les dé la fuerza para luchar y vencer. Él, en cambio, tentado y perturbado en ningún conflicto semejante consigo mismo contra sí mismo, en aquella posición de bienaventuranza gozaba de su paz consigo mismo.

    Capítulo 30.— La encarnación del Verbo

    Cap. 30

    De ahí que, aunque éstos no requieran ahora una gracia más gozosa para el presente, necesitan sin embargo una gracia más poderosa; y ¿qué gracia es más poderosa que el Hijo unigénito de Dios, igual al Padre y coeterno, hecho hombre por ellos, y, sin pecado alguno propio, ni original ni actual, crucificado por hombres pecadores? Y aunque resucitó al tercer día, para no morir jamás, llevó sin embargo la muerte por los hombres y dio vida a los muertos, para que, redimidos por su sangre, habiendo recibido tan gran y tal prenda, pudieran decir: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» [] Dios, pues, tomó sobre sí nuestra naturaleza — es decir, el alma racional y la carne del hombre Cristo — por una empresa singularmente maravillosa, o maravillosamente singular; para que sin méritos precedentes de su propia justicia fuera de tal modo Hijo de Dios desde el principio, en que había comenzado a ser hombre, que él y el Verbo sin principio fueran una sola persona. Pues no hay nadie tan cegado por la ignorancia de este asunto y de la fe que se atreva a decir que, aunque nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María Hijo del hombre, por su propio libre albedrío, viviendo rectamente y haciendo buenas obras sin pecado, mereció ser Hijo de Dios; en oposición al Evangelio, que dice: «El Verbo se hizo carne.» [] Pues ¿dónde se hizo esto carne sino en el seno virginal, de donde fue el comienzo del hombre Cristo? Y además, cuando la Virgen preguntó cómo se haría lo que le había dicho el ángel, el ángel respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por tanto, lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.» [] «Por tanto,» dijo; no por obras, de las cuales ciertamente no hay ninguna en un infante aún no nacido; sino «por tanto,» porque «el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, y lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.» Aquella natividad, absolutamente gratuita, unió en la unidad de la persona al hombre con Dios, a la carne con el Verbo. Las buenas obras siguieron a aquella natividad; no la merecieron. Pues de ningún modo había que temer que la naturaleza humana, asumida por Dios Verbo de aquel modo inefable en una unidad de persona, pecara por libre elección de la voluntad, ya que aquella asunción misma fue tal que la naturaleza del hombre así asumida por Dios no admitiría en sí movimiento alguno de mala voluntad. Por medio de este Mediador, Dios da a conocer que hace eternamente buenos a quienes redimió por su sangre del mal; y a él lo asumió de tal modo que nunca sería malo, y, no habiendo sido hecho del mal, sería siempre bueno.

    Capítulo 31.— El primer hombre había recibido la gracia necesaria para su perseverancia, pero el ejercicio de ella quedó en su libre albedrío

    Cap. 31

    El primer hombre no tuvo aquella gracia por la cual nunca quisiera ser malo; pero ciertamente tuvo aquella en la cual, si hubiera querido permanecer, nunca habría sido malo, y sin la cual, además, no podía ser bueno por su libre albedrío, pero que, sin embargo, podía abandonar por su libre albedrío. Por tanto, Dios no quiso que ni siquiera él estuviera sin su gracia, la cual dejó en su libre albedrío; porque el libre albedrío basta para el mal, pero es demasiado poco para el bien, a menos que sea ayudado por el Bien omnipotente. Y si aquel hombre no hubiera abandonado aquel auxilio de su libre albedrío, siempre habría sido bueno; pero lo abandonó, y fue abandonado. Porque tal era la naturaleza del auxilio, que podía abandonarlo cuando quisiera, y que podía continuar en él si quisiera; pero no tal que pudiera lograrse que él quisiera. Esta es la primera gracia que fue dada al primer Adán; pero más poderosa que esta es la del segundo Adán. Pues la primera es aquella por la cual se logra que el hombre pueda tener justicia si quiere; la segunda, por tanto, puede más que esta, ya que por ella se logra incluso que quiera, y que quiera tanto, y ame con tal ardor, que por la voluntad del Espíritu venza la voluntad de la carne, que codicia contra ella. Ni fue, ciertamente, pequeña aquella gracia por la cual se demostró incluso el poder del libre albedrío, porque el hombre fue tan auxiliado que sin este auxilio no podía continuar en el bien, pero podía abandonar este auxilio si quería. Pero esta gracia posterior es tanto mayor, que es demasiado poco para el hombre por medio de ella recobrar su libertad perdida; es demasiado poco, finalmente, no poder sin ella ni aprehender el bien ni continuar en el bien si quiere, a menos que sea también hecho querer.

    Capítulo 32.— Los dones de la gracia conferidos a Adán en la creación

    Cap. 32

    En aquel tiempo, pues, Dios había dado al hombre una buena voluntad, porque en esa voluntad lo había hecho, ya que lo había hecho recto. Le había dado el auxilio sin el cual no podía continuar en ella si quería; pero el que quisiera lo dejó en su libre albedrío. Podía, por tanto, continuar si quería, porque no faltaba el auxilio por el cual podía, y sin el cual no podía, retener perseverantemente el bien que quería. Pero el que no quiso continuar es absolutamente culpa de aquel cuyo mérito habría sido si hubiera querido continuar; como hicieron los santos ángeles, quienes, mientras otros cayeron por su libre albedrío, ellos mismos por el mismo libre albedrío se mantuvieron firmes, y merecieron recibir la debida recompensa de esta perseverancia, a saber, una plenitud tal de bendición que por ella tuvieran la plena certeza de permanecer siempre en ella. Y si este auxilio hubiera faltado, ya sea al ángel o al hombre cuando fueron creados, puesto que su naturaleza no fue hecha de tal modo que sin el auxilio divino pudiera permanecer aunque quisiera, ciertamente no habrían caído por su propia culpa, porque habría faltado el auxilio sin el cual no podían continuar. En el tiempo presente, sin embargo, a aquellos a quienes falta tal asistencia, es pena del pecado; pero a aquellos a quienes se da, se da por gracia, no por deuda; y tanto más se da por Jesucristo nuestro Señor a aquellos a quienes plugo a Dios darlo, que no solo tenemos aquel auxilio sin el cual no podemos continuar aunque queramos, sino que, además, tenemos un auxilio tan grande y tal que queremos. Porque por esta gracia de Dios se obra en nosotros, en la recepción del bien y en su retención perseverante, no solo el poder hacer lo que queremos, sino incluso el querer hacer lo que podemos. Pero esto no sucedía en el primer hombre; pues una de estas cosas estaba en él, pero la otra no. Pues no necesitaba la gracia para recibir el bien, porque aún no lo había perdido; pero necesitaba el auxilio de la gracia para continuar en él, y sin este auxilio no podía hacerlo en absoluto; y había recibido la capacidad si quería, pero no tenía la voluntad para lo que podía; pues si la hubiera tenido, habría perseverado. Porque podía perseverar si quería; pero que no quisiera fue resultado del libre albedrío, que en aquel tiempo era libre de tal manera que era capaz de querer el bien y el mal. Pues ¿qué será más libre que el libre albedrío, cuando no pueda servir al pecado? Y esto debería ser también para el hombre, como fue hecho para los santos ángeles, la recompensa del mérito. Pero ahora que el buen mérito se ha perdido por el pecado, en aquellos que son liberados se ha convertido en don de la gracia lo que habría sido recompensa del mérito.

    Capítulo 33 [XII.]— ¿Cuál es la diferencia entre la capacidad de no pecar, de no morir y de no abandonar el bien, y la incapacidad de pecar, de morir y de abandonar el bien?

    Cap. 33

    Por lo cual debemos considerar con diligencia y atención en qué respecto difieren entre sí aquellos pares: poder no pecar y no poder pecar; poder no morir y no poder morir; poder no abandonar el bien y no poder abandonar el bien. Pues el primer hombre podía no pecar, podía no morir, podía no abandonar el bien. ¿Diremos acaso que aquel que tenía tal libre albedrío no podía pecar? ¿O que aquel a quien se le dijo: «Si pecarás, de muerte morirás,» no podía morir? ¿O que no podía abandonar el bien, cuando lo abandonaría pecando, y así moriría? Por tanto, la primera libertad de la voluntad fue poder no pecar, la última será mucho mayor, no poder pecar; la primera inmortalidad fue poder no morir; la última será mucho mayor, no poder morir; la primera fue el poder de la perseverancia, poder no abandonar el bien; la última será la felicidad de la perseverancia, no poder abandonar el bien. Pero, porque las últimas bendiciones serán preferibles y mejores, ¿acaso aquellas primeras no fueron, por tanto, bendición alguna, o bendiciones insignificantes?

    Capítulo 34.— El auxilio sin el cual algo no sucede, y el auxilio con el cual algo sucede

    Cap. 34

    Además, los auxilios mismos deben distinguirse. Una cosa es el auxilio sin el cual algo no sucede, y otra el auxilio por el cual algo sucede. Pues sin alimento no podemos vivir; y, sin embargo, aunque el alimento esté a mano, no haría vivir a un hombre que quisiera morir. Por tanto, el auxilio del alimento es aquel sin el cual no sucede que vivamos, no aquel por el cual sucede que vivamos. Pero, ciertamente, cuando la bienaventuranza que un hombre no tiene le es dada, al instante se hace bienaventurado. Pues el auxilio no es solo aquel sin el cual aquello no sucede, sino también aquel con el cual sucede aquello por causa de lo cual se da. Por lo cual este es un auxilio tanto por el cual sucede, como sin el cual no sucede; porque, por una parte, si la bienaventuranza se diera a un hombre, al instante se hace bienaventurado; y, por otra, si nunca se le diera, nunca lo será. Pero el alimento no causa por necesidad que un hombre viva, y, sin embargo, sin él no puede vivir. Por tanto, al primer hombre, que en aquel bien en el cual había sido hecho recto había recibido la capacidad de no pecar, la capacidad de no morir, la capacidad de no abandonar ese mismo bien, se le dio el auxilio de la perseverancia, no aquel por el cual se lograra que perseverara, sino aquel sin el cual no podía perseverar por su libre albedrío. Pero ahora a los santos predestinados al reino de Dios por la gracia de Dios, el auxilio de la perseverancia que se da no es como el primero, sino tal que a ellos se les otorga la perseverancia misma; no solo de modo que sin ese don no puedan perseverar, sino, además, de modo que por medio de este don no puedan dejar de perseverar. Pues no solo dijo: «Sin mí nada podéis hacer,» [] sino que también dijo: «No me elegisteis vosotros, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca.» [] Con cuyas palabras mostró que les había dado no solo la justicia, sino la perseverancia en ella. Pues cuando Cristo los puso así para que fueran y llevaran fruto, y su fruto permaneciera, ¿quién se atrevería a decir: No permanecerá? ¿Quién se atrevería a decir: Tal vez no permanecerá? «Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios;» [] pero el llamamiento es de aquellos que son llamados según su designio. Por tanto, cuando Cristo intercede por estos para que su fe no falte, sin duda no faltará hasta el fin. Y así perseverará incluso hasta el fin; ni el fin de esta vida la hallará sino continuando.
    Comentario editorial · Dos clases de auxilio
    El texto latino de la colección Delphi (que no declara su edición) dice en este mismo § 34: aliud est adiutorium sine quo aliquid non fit, et aliud est adiutorium quo aliquid fit. El primero es condición necesaria, como el alimento, sin el cual no se vive pero con el cual no se vive por fuerza; el segundo es causa eficaz, como la bienaventuranza, que dada hace bienaventurado. En el § 33 los pares son posse non peccare y non posse peccare, posse non mori y non posse mori, bonum posse non deserere y bonum non posse deserere. Según el propio texto, Adán recibió el primer miembro de cada par y el auxilio «sin el cual»; los santos reciben el auxilio «con el cual», el de la perseverancia misma. Es la clave de los Cap. 31–38.

    Capítulo 35.— Hay ahora en los santos una libertad mayor que la que hubo antes en Adán

    Cap. 35

    Ciertamente es necesaria una libertad mayor frente a tantas y tan grandes tentaciones, que no existían en el paraíso: una libertad fortificada y confirmada por el don de la perseverancia, para que este mundo, con todos sus amores, sus temores, sus errores, sea vencido; los martirios de los santos lo han enseñado. En fin, él [Adán], no solo sin nadie que lo atemorizara, sino además, a pesar de la autoridad del temor de Dios, usando del libre albedrío, no se mantuvo en tal estado de felicidad, en tal facilidad de [no] pecar. Pero estos [los santos], digo, no bajo el temor del mundo, sino a pesar de la furia del mundo para que no se mantuvieran firmes, se mantuvieron firmes en la fe; mientras él podía ver los bienes presentes que iba a abandonar, ellos no podían ver los bienes futuros que iban a recibir. ¿De dónde proviene esto, sino del don de Aquel de quien obtuvieron misericordia para ser fieles; de quien recibieron el espíritu, no de temor, por el cual cederían a los perseguidores, sino de poder, de amor y de continencia, en el cual podían vencer todas las amenazas, todas las seducciones, todos los tormentos? A aquel, pues, sin pecado alguno, se le dio el libre albedrío con el cual fue creado; y lo hizo servir al pecado. Pero aunque la voluntad de estos había sido esclava del pecado, fue liberada por Aquel que dijo: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.» [] Y por esa gracia reciben una libertad tan grande, que aunque mientras viven aquí luchan contra los deseos pecaminosos, y algunos pecados se deslizan sobre ellos sin darse cuenta, a causa de los cuales dicen diariamente: «Perdónanos nuestras deudas,» [] sin embargo, ya no obedecen al pecado que es de muerte, del cual el apóstol Juan dice: «Hay pecado de muerte; no digo que se ore por él.» [] Acerca del cual pecado (puesto que no se expresa) pueden tenerse muchas y diferentes opiniones. Yo, sin embargo, digo que ese pecado es abandonar hasta la muerte la fe que obra por la caridad. A este pecado ya no sirven quienes no están en la primera condición, como Adán, libres; sino que son liberados por la gracia de Dios mediante el segundo Adán, y por esa liberación tienen aquel libre albedrío que los capacita para servir a Dios, no aquel por el cual puedan ser hechos cautivos por el diablo. De ser liberados del pecado han llegado a ser siervos de la justicia, [] en la cual permanecerán hasta el fin, por el don de la perseverancia que les da Aquel que los conoció de antemano, los predestinó, los llamó según su designio, los justificó y los glorificó, puesto que ya ha formado incluso las cosas venideras que prometió acerca de ellos. Y cuando prometió, «Abraham le creyó, y le fue contado por justicia.» Pues «dio gloria a Dios, plenamente convencido,» como está escrito, «de que lo que ha prometido es también poderoso para cumplirlo.»

    Capítulo 36.— Dios no solo conoce de antemano que los hombres serán buenos, sino que Él mismo los hace buenos

    Cap. 36

    Es Él mismo, por tanto, quien hace buenos a esos hombres, para hacer buenas obras. Pues no se los prometió a Abraham porque conociera de antemano que ellos serían buenos por sí mismos. Porque si así fuera, lo que prometió no era suyo, sino de ellos. Pero no fue así como creyó Abraham, sino que «no se debilitó en la fe, dando gloria a Dios;» y «plenamente convencido de que lo que ha prometido es también poderoso para cumplirlo.» [] No dice: «Lo que conoció de antemano, puede prometerlo;» ni «Lo que predijo, puede manifestarlo;» ni «Lo que prometió, puede conocerlo de antemano;» sino «Lo que prometió, puede también hacerlo.» Es Él, por tanto, quien los hace perseverar en el bien, quien los hace buenos. Pero los que caen y perecen nunca han estado en el número de los predestinados. Aunque, pues, el apóstol pudiera estar hablando de todas las personas regeneradas y que viven piadosamente cuando dijo: «¿Quién eres tú que juzgas al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie o cae;» sin embargo, inmediatamente tuvo en cuenta a los predestinados, y dijo: «Pero se mantendrá en pie;» y para que no se arrogaran esto a sí mismos, dice: «Porque poderoso es Dios para mantenerlo en pie.» [Romanos 14:4, etc.] Es Él mismo, por tanto, quien da la perseverancia, quien puede afirmar a los que están en pie, para que se mantengan firmes con la mayor perseverancia; o restaurar a los que han caído, pues «el Señor levanta a los quebrantados.»

    Capítulo 37.— A una voluntad sana se le confía el poder de perseverar o de no perseverar

    Cap. 37

    Así, pues, como el primer hombre no recibió este don de Dios —es decir, la perseverancia en el bien, sino que se dejó a su elección perseverar o no perseverar—, su voluntad tenía tal fuerza —en cuanto había sido creada sin pecado alguno, y no había en él nada de concupiscencia propia que se le opusiera— que la elección de perseverar podía confiarse dignamente a tal bondad y a tal facilidad para vivir bien. Pero Dios al mismo tiempo conocía de antemano lo que él haría en la injusticia; lo conocía de antemano, sin embargo, pero no lo obligaba a ello; pero al mismo tiempo sabía lo que Él mismo haría con justicia respecto de él. Pero ahora, habiéndose perdido aquella gran libertad por el demérito del pecado, nuestra debilidad ha quedado para ser auxiliada por dones aún mayores. Pues plugo a Dios, para apagar de la manera más eficaz la soberbia de la presunción humana, «que ninguna carne se gloríe en su presencia» —esto es, «ningún hombre.» [] Pero ¿de dónde había de gloriarse la carne en su presencia, sino por sus méritos? Los cuales, ciertamente, pudo haber tenido, pero perdió; y los perdió por aquel mismo medio por el cual pudo haberlos tenido, es decir, por su libre albedrío; a causa de lo cual no queda a los que han de ser liberados sino la gracia del Libertador. Así, pues, ninguna carne se gloría en su presencia. Porque los injustos no se glorían, pues no tienen motivo de gloria; ni los justos, porque tienen su motivo de Él, y no tienen gloria propia, sino a Él mismo, a quien dicen: «Mi gloria, y el que levanta mi cabeza.» Y así, lo que está escrito atañe a todo hombre: «que ninguna carne se gloríe en su presencia.» A los justos, sin embargo, atañe aquella Escritura: «El que se gloria, glóriese en el Señor.» [] Pues esto lo mostró el apóstol con toda claridad, cuando, después de decir «que ninguna carne se gloríe en su presencia,» para que los santos no supusieran que habían quedado sin gloria alguna, añadió inmediatamente: «Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justicia, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloria, glóriese en el Señor.» [] De ahí que en esta morada de miserias, donde la prueba es la vida del hombre sobre la tierra, «la fuerza se perfecciona en la debilidad.» [] ¿Qué fuerza, sino «que el que se gloria, se gloríe en el Señor»?

    Capítulo 38.— Cuál es la naturaleza del don de perseverancia que se da ahora a los santos

    Cap. 38

    Y así quiso Dios que sus santos, ni siquiera en lo referente a la perseverancia en el bien, se gloriasen en su propia fuerza, sino en Él, quien no sólo les da el auxilio que dio al primer hombre, sin el cual no pueden perseverar aunque quieran, sino que produce en ellos también el querer; de modo que, ya que no perseverarán a menos que puedan y quieran, tanto la capacidad como la voluntad de perseverar les sean otorgadas por la liberalidad de la gracia divina. Porque por el Espíritu Santo se enciende de tal modo su voluntad que, por eso mismo, pueden, porque así quieren; y así quieren porque Dios obra en ellos el querer. Porque si en tanta debilidad de esta vida (debilidad en la cual, sin embargo, para reprimir la soberbia convenía que la fuerza se perfeccionase) se dejara a su propia voluntad entregada a sí misma, de modo que, si quisieran, permaneciesen en la ayuda de Dios, sin la cual no podrían perseverar, y Dios no obrase en ellos el querer, en medio de tantas y tan grandes debilidades su misma voluntad flaquearía y no podrían perseverar: porque, desfalleciendo por la enfermedad, no querrían, o, por la debilidad de la voluntad, no querrían de tal modo que pudieran. Por tanto, se trae auxilio a la debilidad de la voluntad humana, para que sea influida inmutable e invenciblemente por la gracia divina; y así, aunque débil, no desfallezca ni sea vencida por adversidad alguna. Así sucede que la voluntad del hombre, débil e incapaz, en un bien todavía pequeño, persevere por la fuerza de Dios; mientras que la voluntad del primer hombre, fuerte y sana, teniendo el poder del libre albedrío, no perseveró en un bien mayor; porque, aunque no faltaba la ayuda de Dios, sin la cual no podría perseverar aunque quisiera, no era, sin embargo, una ayuda tal que por ella obrase Dios en el hombre el querer. Ciertamente al más fuerte le cedió y permitió hacer lo que quiso; a los débiles les ha reservado que, por su propio don, quieran invenciblemente el bien e invenciblemente rehúsen abandonarlo. Por eso, cuando Cristo dice: «He rogado por ti para que tu fe no desfallezca,» [] entendamos que fue dicho a aquel que está edificado sobre la roca. Y así, el hombre de Dios, no sólo porque ha alcanzado misericordia para ser fiel, sino también porque la fe misma no desfallece, si se gloría, gloríese en el Señor.
    Comentario editorial · ¿Gracia irresistible?
    La frase «influida inmutable e invenciblemente por la gracia divina» traduce, según el texto latino de Delphi, ut divina gratia indeclinabiliter et insuperabiliter ageretur. La Catholic Encyclopedia recuerda que historiadores del dogma como Harnack, Loofs y Rottmanner ven aquí la «gracia irresistible» sobre la que el jansenismo levantaría su sistema, y replica que, por la construcción de la frase, los adverbios se refieren a la voluntad humana, que sigue débil pero no desfallece ni es vencida, y no a la gracia en sí. Es una discusión de lectura, no un dato del texto: quien cite el pasaje debe decir qué traducción y qué lectura sigue.

    Capítulo 39 [XIII.]— El número de los predestinados es cierto y definido

    Cap. 39

    Hablo así de aquellos que están predestinados al reino de Dios, cuyo número es tan cierto que ni puede añadirse uno a ellos ni quitarse uno de ellos; no de aquellos que, cuando Él lo anunció y habló, fueron multiplicados sin número. Pues puede decirse de éstos que son llamados, pero no escogidos, porque no son llamados según el designio. Mas que el número de los escogidos es cierto, y que no ha de aumentar ni disminuir — aunque lo da a entender Juan el Bautista cuando dice: «Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros: A Abraham tenemos por padre; porque Dios puede de estas piedras levantar hijos a Abraham,» [] para mostrar que de tal modo serían cortados si no daban fruto, que no faltaría el número prometido a Abraham—, con todo, se declara más claramente en el Apocalipsis: «Retén lo que tienes, para que nadie tome tu corona.» [] Porque si otro no habría de recibirla a menos que uno la hubiera perdido, el número es fijo.

    Capítulo 40.— Nadie está cierto y seguro de su propia predestinación y salvación

    Cap. 40

    Mas, además, el que tales cosas se digan así a los santos que han de perseverar, como si se tuviera por incierto si perseverarán, es razón para que no deban oír estas cosas de otro modo, puesto que les conviene «no ser altivos, sino temer.» [] Pues ¿quién de la multitud de los creyentes puede presumir, mientras vive en este estado mortal, que está en el número de los predestinados? Porque es necesario que en esta condición se mantenga oculto; ya que aquí hemos de guardarnos tanto de la soberbia, que aun un apóstol tan grande fue abofeteado por un mensajero de Satanás, para que no se ensoberbeciera. [] De ahí se dijo a los apóstoles: «Si permanecéis en mí;» [] y esto lo dijo quien sabía con certeza que permanecerían; y por el profeta: «Si quisiereis y me oyereis,» [] aunque sabía en quiénes obraría también el querer. Y se dicen muchas cosas semejantes. Pues a causa de la utilidad de este secreto, para que acaso nadie se ensoberbezca, sino que todos, aun los que corren bien, teman, en cuanto no se sabe quién ha de alcanzarlo — a causa de la utilidad de este secreto, ha de creerse que algunos de los hijos de perdición, que no han recibido el don de perseverancia hasta el fin, comienzan a vivir en la fe que obra por la caridad, viven por algún tiempo fiel y rectamente, y después se apartan, y no son arrebatados de esta vida antes de que esto les suceda. Si esto no hubiera sucedido a ninguno de ellos, los hombres tendrían aquel temor muy saludable, por el cual se reprime el pecado de presunción, sólo hasta que alcanzaran la gracia de Cristo por la cual vivir piadosamente, y después estarían en adelante seguros de que jamás se apartarían de Él. Y tal presunción no conviene en esta condición de pruebas, donde hay tanta debilidad, pues la seguridad puede engendrar soberbia. Finalmente, esto se dará también; pero será en aquel tiempo, también en los hombres, como ya es en los ángeles, cuando no podrá haber soberbia alguna. Por tanto, el número de los santos, por la gracia de Dios predestinados al reino de Dios, con el don de perseverancia hasta el fin otorgado a ellos, será conducido allí en su integridad, y allí será al fin conservado sin fin en su plenitud absolutísima, dichosísimo, permaneciendo adherida a ellos la misericordia de su Salvador, ya en su conversión, ya en su combate, ya en su corona.

    Capítulo 41.— Aun en el juicio nos será necesaria la misericordia de Dios

    Cap. 41

    Porque la Sagrada Escritura atestigua que la misericordia de Dios también es entonces necesaria para ellos, cuando el Santo dice a su alma acerca del Señor su Dios: «Quien te corona de misericordia y compasión.» El apóstol Santiago dice también: «El juicio será sin misericordia para quien no mostró misericordia;» [] donde expone que aun en aquel juicio en que los justos son coronados y los injustos condenados, unos serán juzgados con misericordia, otros sin misericordia. Por lo cual también la madre de los Macabeos dice a su hijo: «Para que en aquella misericordia te reciba con tus hermanos.» [] «Porque cuando un rey justo,» como está escrito, «se sentare en el trono, ningún mal se le opondrá. ¿Quién se gloriará de tener puro el corazón? ¿O quién se gloriará de estar limpio de pecado?» [] Y así, la misericordia de Dios es aun entonces necesaria, por la cual es hecho «bienaventurado aquel a quien el Señor no imputó pecado.» Pero en aquel tiempo aun la misericordia misma se asignará en el justo juicio conforme a los méritos de las buenas obras. Pues cuando se dice: «Juicio sin misericordia para el que no mostró misericordia,» se muestra claramente que en aquellos en quienes se hallan las buenas obras de misericordia, el juicio se ejecutará con misericordia; y así aun esa misma misericordia será devuelta a los méritos de las buenas obras. No es así ahora; cuando no sólo no preceden buenas obras, sino muchas malas, su misericordia se anticipa al hombre para que sea librado de los males — tanto de los males que ha hecho, como de aquellos que habría hecho si no fuera contenido por la gracia de Dios; y también de aquellos que habría sufrido para siempre si no fuera arrancado del poder de las tinieblas y trasladado al reino del Hijo de su amor. [] Sin embargo, puesto que aun aquella vida eterna misma, la cual, es cierto, se da como debida a las buenas obras, es llamada por tan gran apóstol gracia de Dios, aunque la gracia no se da a las obras, sino que se da gratuitamente, ha de confesarse sin duda alguna que la vida eterna se llama gracia por la razón de que se da a aquellos méritos que la gracia ha conferido al hombre. Porque con razón se entiende aquella sentencia que se lee en el evangelio: «gracia sobre gracia,» [] — es decir, por aquellos méritos que la gracia ha conferido.

    Capítulo 42.— Los réprobos han de ser castigados por méritos de un género distinto

    Cap. 42

    Mas aquellos que no pertenecen a este número de los predestinados — a los cuales la gracia de Dios conduce a su reino, ora porque aún no tienen libre albedrío alguno de su voluntad, ora con un albedrío verdaderamente libre, porque liberado por la gracia misma —, aquellos, pues, que no pertenecen a aquel número certísimo y bienaventurado, son juzgados con toda justicia según sus merecimientos. Porque o yacen bajo el pecado que han heredado por la generación original, y parten de aquí con aquella deuda heredada que no es quitada por la regeneración, o por su libre albedrío han añadido además otros pecados; su voluntad, digo, es libre, pero no liberada: libre de la justicia, mas esclava del pecado, por el cual son zarandeados por varias concupiscencias dañosas, unas más malas, otras menos, pero todas malas; y han de ser adjudicados a castigos diversos, según esa misma diversidad. O reciben la gracia de Dios, pero son sólo por un tiempo, y no perseveran; abandonan y son abandonados. Pues por su libre albedrío, como no han recibido el don de perseverancia, son despedidos por el justo y oculto juicio de Dios.

    Capítulo 43 [XIV.]— La corrección y la gracia no se anulan mutuamente

    Cap. 43

    Soporten, pues, los hombres ser corregidos cuando pecan, y no concluyan contra la gracia a partir de la corrección misma, ni contra la corrección a partir de la gracia; porque se debe la pena justa del pecado, y le corresponde la corrección justa, si se aplica como medicina, aun cuando la salvación del hombre enfermo sea incierta; de modo que, si el corregido pertenece al número de los predestinados, la corrección le sea medicina saludable; y si no pertenece a ese número, la corrección le sea castigo penal. Bajo esa misma incertidumbre, pues, ha de aplicarse con caridad, aunque su resultado sea desconocido; y ha de hacerse oración por aquel a quien se aplica, para que sea sanado. Pero cuando los hombres entran o vuelven al camino de la justicia por medio de la corrección, ¿quién obra la salvación en sus corazones sino aquel Dios que da el crecimiento, sea quien sea el que planta y riega, y sea quien sea el que trabaja en los campos o en los arbustos: aquel Dios a cuya voluntad no resiste la voluntad de ningún hombre cuando Él quiere dar la salvación? Porque el querer o no querer está de tal modo en poder de Aquel que quiere o no quiere, que no impide la voluntad divina ni vence el poder divino. Pues aun respecto de aquellos que hacen lo que Él no quiere, Él mismo hace lo que quiere.

    Capítulo 44.— De qué modo quiere Dios que todos los hombres sean salvos

    Cap. 44

    Y lo que está escrito, que «quiere que todos los hombres sean salvos,» [] y sin embargo no todos los hombres son salvos, puede entenderse de muchas maneras, algunas de las cuales he mencionado en otros escritos míos; pero aquí diré una cosa: «quiere que todos los hombres sean salvos,» se dice de modo que por ello se entiendan todos los predestinados, porque entre ellos hay toda clase de hombres. Así como se dijo a los fariseos: «Diezmáis toda hortaliza;» [] donde la expresión sólo ha de entenderse de toda hortaliza que ellos tenían, pues no diezmaban toda hortaliza que se hallaba en toda la tierra. Según el mismo modo de hablar, se dijo: «Como también yo complazco a todos en todo.» [] Pues ¿acaso el que dijo esto complacía también a la multitud de sus perseguidores? Sino que complacía a toda clase de hombres que se reunían en la Iglesia de Cristo, ya estuvieran ya establecidos en ella, o hubieran de ser introducidos en ella.

    Capítulo 45.— Ejemplos escriturísticos en los que se prueba que Dios tiene las voluntades de los hombres más en su poder que ellos mismos

    Cap. 45

    No ha de dudarse, pues, que las voluntades de los hombres no pueden resistir a la voluntad de Dios de modo que impidan que Él haga lo que quiere, «que ha hecho todo cuanto quiso en el cielo y en la tierra,» y que también «ha hecho las cosas que han de venir;» [] pues Él hace aun en lo que toca a las mismas voluntades de los hombres lo que quiere, cuando quiere. A no ser, acaso (por mencionar algunas cosas entre muchas), que, cuando Dios quiso dar el reino a Saúl, estuviera de tal modo en poder de los israelitas, como ciertamente estaba puesto en su voluntad, someterse o no al hombre en cuestión, que pudieran incluso prevalecer para resistir a Dios. Dios, sin embargo, no hizo esto sino por la voluntad de los hombres mismos, porque sin duda tenía el poder omnipotentísimo de inclinar los corazones de los hombres adonde le plugo. Pues así está escrito: «Y Samuel despidió al pueblo, y cada uno se fue a su lugar. Y Saúl se fue a su casa en Gabaa; y con Saúl se fueron varones fuertes, cuyos corazones el Señor tocó. Y unos hijos pestilentes dijeron: ¿Quién nos salvará a nosotros? ¿Éste? Y lo despreciaron, y no le trajeron presentes.» ¿Dirá alguien que alguno de aquellos cuyos corazones el Señor tocó para ir con Saúl no habría ido con él, o que alguno de aquellos malvados, cuyos corazones Él no tocó para hacer esto, habría ido? También de David, a quien el Señor destinó al reino con una sucesión más próspera, leemos así: «Y David seguía creciendo, y era engrandecido, y el Señor estaba con él.» [] Después de haber sentado esto, se dice poco después: «Y el Espíritu revistió a Amasai, principal de los treinta, y dijo: Tuyos somos, oh David, y contigo estaremos, oh hijo de Isaí: Paz, paz te sea a ti, y paz a tus ayudadores; porque el Señor te ha ayudado.» [] ¿Podía él resistir la voluntad de Dios, y no más bien hacer la voluntad de Aquel que obró en su corazón por su Espíritu, del cual fue revestido, para querer, hablar y hacer así? Además, poco después la misma Escritura dice: «Todos estos varones guerreros, ordenando la batalla, vinieron con corazón pacífico a Hebrón para constituir a David sobre todo Israel.» [] Por su propia voluntad, ciertamente, constituyeron rey a David. ¿Quién no ve esto? ¿Quién puede negarlo? Pues no lo hicieron por fuerza ni sin buena voluntad, ya que lo hicieron con corazón pacífico. Y, sin embargo, esto lo obró en ellos Aquel que obra lo que quiere en los corazones de los hombres. Por lo cual la Escritura había dicho antes: «Y David seguía creciendo, y era engrandecido, y el Señor Omnipotente estaba con él.» Y así, el Señor Omnipotente, que estaba con él, indujo a estos hombres a constituirlo rey. ¿Y cómo los indujo? ¿Acaso los obligó a ello con algunas ataduras corporales? Obró dentro; tomó sus corazones; movió sus corazones, y los atrajo por sus propias voluntades, que Él mismo obró en ellos. Si, pues, cuando Dios quiere establecer reyes en la tierra, tiene las voluntades de los hombres más en su poder que ellos mismos, ¿quién otro hace que la corrección sea saludable y que la corrección dé resultado en el corazón del corregido, para que sea confirmado en el reino de los cielos?

    Capítulo 46 [XV.]— La reprensión debe variar según la diversidad de las faltas. No hay en la Iglesia castigo mayor que la excomunión

    Cap. 46

    Por tanto, los hermanos que están sujetos sean reprendidos por quienes están puestos sobre ellos, con reprensiones que brotan del amor, variadas según la diversidad de las faltas, sean menores o mayores. Porque esa misma pena que se llama condenación, que inflige el juicio episcopal, y que no tiene castigo mayor en la Iglesia, puede, si Dios quiere, resultar y servir para una reprensión saludabilísima. Pues no sabemos qué pueda acontecer el día venidero; ni debe desesperarse de nadie antes del fin de esta vida; ni se puede contradecir a Dios para que no mire y conceda arrepentimiento, y reciba el sacrificio de un espíritu atribulado y un corazón contrito, y absuelva de la culpa de la condenación, por justa que sea, y así él mismo no condene al condenado. Sin embargo, la necesidad del oficio pastoral exige, para que el terrible contagio no se deslice a través de muchos, que la oveja enferma sea separada de las sanas; quizá, por esa misma separación, sea curada por Aquel para quien nada es imposible. Porque así como no sabemos quiénes pertenecen al número de los predestinados, debemos dejarnos mover por el afecto de la caridad hasta querer que todos los hombres se salven. Pues esto es lo que sucede cuando nos esforzamos en conducir a cada individuo hasta aquel punto en que pueda encontrarse con aquellos medios por los cuales logremos, para la consecución del resultado, que, justificados por la fe, tengan paz para con Dios, [] — paz que, además, anunció el apóstol cuando dijo, «Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios.» [] Pues, ¿qué es «reconciliarse» con Él sino tener paz con Él? Por causa de esa paz, además, el Señor Jesucristo mismo dijo a sus discípulos, «En cualquier casa en que entréis, decid primero: Paz sea a esta casa; y si allí hubiere un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; pero si no, se volverá a vosotros.» [] Cuando predican el evangelio de esta paz aquellos de quienes está predicho, «¡Cuán hermosos son los pies de los que publican la paz, de los que anuncian cosas buenas!» [] para nosotros, ciertamente, comienza entonces a ser hijo de paz todo aquel que obedece y cree este evangelio, y que, justificado por la fe, ha comenzado a tener paz para con Dios; pero, según la predestinación de Dios, ya era hijo de paz. Pues no se dijo: Sobre quienquiera que vuestra paz repose, llegará a ser hijo de paz; sino que Cristo dice, «Si allí hubiere un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre aquella casa.» Ya, por tanto, antes del anuncio de esa paz a él, el hijo de paz estaba allí, como había sido conocido y preconocido, no por el evangelista, sino por Dios. Porque no hemos de temer perderla, si en nuestra ignorancia aquel a quien predicamos no es hijo de paz, pues se volverá a nosotros — es decir, esa predicación nos aprovechará a nosotros, y no a él; pero si la paz proclamada reposare sobre él, aprovechará a ambos, a nosotros y a él.

    Capítulo 47.— Otra interpretación del pasaje apostólico, «el cual quiere que todos los hombres se salven.»

    Cap. 47

    Por tanto, el que en nuestra ignorancia de quiénes se salvarán, Dios nos mande querer que todos aquellos a quienes predicamos esta paz se salven, y Él mismo obre esto en nosotros difundiendo aquella caridad en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado—puede entenderse también así: que Dios quiere que todos los hombres se salven, porque Él nos hace quererlo; así como «envió el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!» [] es decir, haciéndonos clamar: ¡Abba, Padre! Porque, acerca de ese mismo Espíritu, dice en otro lugar, «Hemos recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» [] Nosotros, pues, clamamos, pero se dice que clama Aquel que nos hace clamar. Si, pues, la Escritura dijo rectamente que clamaba el Espíritu por el cual somos hechos clamar, rectamente dice también que Dios quiere, cuando por Él somos hechos querer. Y así, porque mediante la reprensión no debemos hacer nada sino evitar apartarnos de aquella paz que tenemos para con Dios, o inducir a volver a ella al que se había apartado, hagamos con esperanza lo que hacemos. Si aquel a quien reprendemos es hijo de paz, nuestra paz reposará sobre él; pero si no, se volverá a nosotros.
    Comentario editorial · «Quiere que todos los hombres sean salvos»
    Agustín lee 1 Timoteo 2:4 de dos maneras en este libro, y dice que el texto «puede entenderse de muchas maneras», algunas de las cuales ya expuso en otros escritos. En el Cap. 44, «todos» son todos los predestinados, porque entre ellos hay hombres de toda clase, como «toda hierba» en Lucas 11:42 o «a todos agrado» en 1 Corintios 10:33. En el Cap. 47, Dios quiere que todos se salven porque nos hace querer que se salven cuantos oyen la predicación, como se dice que el Espíritu clama cuando nos hace clamar. Una tercera lectura, la del Enquiridión, Cap. 103, es que nadie se salva si Dios no quiere su salvación.

    Capítulo 48.— La finalidad de la reprensión

    Cap. 48

    Aunque, por tanto, aun cuando la fe de algunos sea subvertida, el fundamento de Dios está firme, porque el Señor conoce a los que son suyos, no por eso debemos ser indolentes y negligentes en reprender a quienes deben ser reprendidos. Pues no en vano se dijo, «Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres;» [] y, «Por tu conocimiento se perderá el hermano débil, por quien Cristo murió.» [] No pretendamos, contra estos preceptos y contra un temor saludable, argumentar diciendo, «Bien, que las malas conversaciones corrompan las buenas costumbres, y que perezca el hermano débil. ¿Qué nos importa eso? El fundamento de Dios está firme, y nadie perece sino el hijo de perdición.» [XVI.] Lejos esté de nosotros el charlar de ese modo y pensar que debemos estar seguros en esa negligencia. Porque es verdad que nadie perece sino el hijo de perdición, pero Dios dice por boca del profeta Ezequiel: [] «Ciertamente morirá en su pecado, pero demandaré su sangre de mano del atalaya.»

    Capítulo 49.— Conclusión

    Cap. 49

    De aquí que, por lo que a nosotros concierne, que no somos capaces de distinguir a los predestinados de los que no lo son, por esto mismo debamos querer que todos los hombres se salven. La reprensión severa debe aplicarse medicinalmente por nosotros a todos, para que ellos no perezcan, o para que no sean ocasión de destruir a otros. Pero corresponde a Dios hacer que esa reprensión les sea útil a aquellos a quienes Él mismo preconoció y predestinó para ser conformes a la imagen de su Hijo. Pues, si alguna vez nos abstenemos de reprender por temor a que un hombre perezca a causa de la reprensión, ¿por qué no reprendemos también por temor a que un hombre perezca más bien por habérsela nosotros retenido? Porque no tenemos entrañas de amor mayores que las del bienaventurado apóstol, que dice, «Reprended a los desordenados; consolad a los de poco ánimo; sostened a los débiles; sed pacientes para con todos. Mirad que ninguno devuelva a otro mal por mal.» [] En donde debe entenderse que más bien se devuelve mal por mal cuando no se reprende al que debe ser reprendido, sino que por una perversa disimulación se le descuida. Dice, además, «A los que pecan, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman;» [] lo cual debe recibirse respecto de aquellos pecados que no están ocultos, no sea que se piense que habló contra la palabra del Señor. Pues Él dice, «Si tu hermano peca contra ti, repréndele entre ti y él.» [] No obstante, Él mismo lleva la severidad de la reprensión hasta el punto de decir, «Si no oyere a la Iglesia, tenle por gentil y publicano.» [] ¿Y quién amó más a los débiles que Aquel que se hizo débil por todos nosotros, y por esa misma debilidad fue crucificado por todos nosotros? Y puesto que así son estas cosas, ni la gracia impide la reprensión, ni la reprensión impide la gracia; y por eso debe prescribirse la rectitud de tal manera que pidamos en oración fiel que, por la gracia de Dios, se haga lo prescrito; y ambas cosas deben hacerse de tal modo que no se descuide la reprensión justa. Pero hágase todo con caridad, pues la caridad no peca y cubre la multitud de los pecados.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    En las Retractaciones (II, 67), que se reproducen al comienzo, Agustín se limita a decir a quién escribió y por qué: porque supo que alguien de Adrumeto sostenía que no se debe reprender a nadie por no cumplir los mandamientos, sino solo orar por él. La respuesta del propio libro está en su final: lo que corresponde a quienes no sabemos distinguir a los predestinados de los demás es querer que todos se salven y aplicar a todos la reprensión, severa si hace falta, pero siempre como medicina, pues hacerla útil es cosa de Dios (Cap. 49). Antes (Cap. 43) había dicho que, si quien es reprendido pertenece al número de los predestinados, la reprensión será para él medicina saludable, y si no, un castigo; y que, incierto el resultado, debe aplicarse por amor y orar por aquel a quien se aplica. Gracia y reprensión no se excluyen: esa es la tesis.
    No cerró la discusión. Según la Catholic Encyclopedia, el libro calmó a los monjes de Adrumeto, pero los de Marsella y Lérins, en el sur de la Galia, leyeron este y otros escritos con más reservas; Próspero de Aquitania y un laico llamado Hilario informaron a Agustín, y él les respondió con Sobre la predestinación de los santos y Sobre el don de la perseverancia (428 o 429, según el NPNF y esa enciclopedia). Wikipedia sitúa la correspondencia de Próspero con Agustín en 429 y precisa que ese Hilario no es el obispo de Arlés. La Catholic Encyclopedia añade que el nombre «semipelagianismo» no existe en la Antigüedad ni en la Edad Media (se habría acuñado entre 1590 y 1600) y que el segundo concilio de Orange (529) condenó esas tesis, con la confirmación de Bonifacio II en 530. Esa misma enciclopedia observa que los predestinacionistas, de Lucido y Godescalco a Calvino, apelaron a Agustín, mientras que los teólogos católicos ven en él, a lo sumo, una predestinación a la gloria: es una lectura de esa fuente, de parte, y no un dato del texto.
    Tres pasajes piden cautela al leerlos: los Cap. 14 y 39, donde ninguno de los elegidos puede perecer y, según el título del Cap. 39, el número de los predestinados es cierto y definido; el Cap. 38, sobre la gracia que mueve «inmutable e invenciblemente» la voluntad (con una nota en esta edición); y los Cap. 44 y 47, donde 1 Timoteo 2:4 se lee de dos maneras (también con nota).
    Límites. La fecha (426 o 427) la dan el NPNF, New Advent y Wikipedia; la Catholic Encyclopedia dice 427; no hay fecha en el texto. Las fechas de la disputa en Adrumeto difieren entre el NPNF («hacia 426», el viaje de Floro) y la Catholic Encyclopedia (424, el disturbio). La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; el cotejo con el inglés no halló errores de letras ni párrafos sin traducir, pero conviene cotejar las citas antes de usarlas en un trabajo. Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan, con su enlace; cuando difieren, se dice cuál se sigue.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; Sobre el Espíritu y la letra, de 412, sobre la letra que mata y el Espíritu que vivifica; su manual de la fe, la esperanza y la caridad, el Enquiridión, que trata de la gracia, del pecado original y del libre albedrío; y Sobre la oración del Señor, de Cipriano, que Agustín cita en los Cap. 10 y 12.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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