Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 41 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minDe las dos almas
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 3.— Cómo se prueba que también todo cuerpo procede de Dios; que el alma que los maniqueos llaman mala es mejor que la luz
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6.— Si incluso los vicios mismos, como objetos de aprehensión intelectual, han de preferirse a la luz como objeto de percepción sensible, y han de atribuirse a Dios como su autor
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7.— Cómo los malos son de Dios, y no de Dios
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 9.— Agustín engañado por la familiaridad con los maniqueos y por la sucesión de victorias sobre cristianos ignorantes que ellos le contaban
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 11.— Qué es el pecado
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 13.— De la deliberación sobre el mal y sobre el bien se sigue que no hay que admitir dos clases de almas
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 14.— Se muestra también por la utilidad del arrepentimiento que las almas no son malas por naturaleza
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minActas o Disputa contra Fortunato
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minDisputa del primer día
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minDisputa del primer día
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 11 minDisputa del segundo día
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minDisputa del segundo día
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 5 minDisputa del segundo día
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minContra la Epístola Fundamental de Maniqueo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5.— Contra el título de la Epístola de Maniqueo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7.— En qué sentido los seguidores de Maniqueo creen que él es el Espíritu Santo
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 10.— El Espíritu Santo dado dos veces
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 13.— Dos sustancias opuestas. El reino de la luz. Maniqueo enseña incertidumbres en lugar de certezas
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16.— El alma, aunque mudable, no tiene forma material. Está toda presente en cada parte del cuerpo
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 19.— Si la mente no tiene extensión material, mucho menos la tiene Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 21.— Esta región de la luz debe ser material si está unida a la región de las tinieblas
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 24.— Del número de naturalezas en la ficción maniquea
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 26.— Los maniqueos se ven reducidos a la elección de una línea de unión tortuosa, curva o recta
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 28.— Maniqueo sitúa cinco naturalezas en la región de las tinieblas
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 31.— Continúa el mismo tema
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 33.— Toda naturaleza, en cuanto naturaleza, es buena
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 35.— El mal solo es corrupción. La corrupción no es naturaleza, sino contraria a la naturaleza. La corrupción implica bien previo
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 15 minCapítulo 36.— El origen del mal o de la corrupción del bien
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minNaturaleza del bien
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6.— La naturaleza que no puede ser corrompida es el sumo bien; la que puede serlo, es algún bien
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14.— Los bienes pequeños, en comparación con los mayores, se llaman con nombres contrarios
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 20.— El dolor se da solo en las naturalezas buenas
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 25.— Esta última expresión mal entendida por algunos
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31.— Castigar y perdonar los pecados compete igualmente a Dios
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 36.— Ninguna criatura de Dios es mala, pero abusar de una criatura de Dios es malo
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 42.— Blasfemias maniqueas acerca de la naturaleza de Dios
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 43.— Muchos males antes de su mezcla con el mal son atribuidos a la naturaleza de Dios por los maniqueos
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 45.— Ciertas torpezas indecibles creídas, no sin razón, acerca de los mismos maniqueos
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 4 minCapítulo 48.— Ruega Agustín que los maniqueos vuelvan en sí

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Agustín de Hipona

    Escritos contra los maniqueos

    Texto base: versión inglesa de Albert H. Newman (Dos almas, Fortunato y Naturaleza del bien) y de Richard Stothert, revisada por Newman (Epístola fundamental), en Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 4, «St. Augustin: The Writings against the Manichaeans, and against the Donatists», ed. Philip Schaff (1887)

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 265 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿De dónde viene el mal? Los maniqueos creían responder con una segunda sustancia, eterna y opuesta a Dios; Agustín, que había sido oyente entre ellos nueve o diez años, les contestó en cuatro escritos que van de 391 a hacia 405. En el primero sostiene que el pecado procede solo de la voluntad (Sobre las dos almas, cap. 10); en el último, que el mal no es una naturaleza sino la corrupción de la medida, la forma o el orden de una naturaleza buena (Sobre la naturaleza del bien, cap. 4). Entre uno y otro hay un debate público con un presbítero maniqueo, Fortunato, y la réplica, inacabada, a la carta que los maniqueos llamaban «fundamental».
    Los cuatro escritos son de género distinto. Sobre las dos almas es un tratado escrito, dice Agustín, siendo aún presbítero, contra una doctrina que él mismo profesó. Las Actas son la transcripción, en dos días, de una disputa en la que Fortunato esquiva las preguntas y Agustín insiste en una sola: por qué un Dios que no puede ser dañado envió las almas a donde podían serlo. Contra la Epístola fundamental cita y discute la carta de Mani punto por punto, hasta donde alcanzó, y Sobre la naturaleza del bien, que el editor inglés tiene por uno de los más argumentativos y más abstrusos, cierra el conjunto con una teoría del mal como corrupción y con largos extractos de los libros de Mani. Este libro los lee seguidos y en ese orden, que es el del volumen inglés.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430)
    Lengua originalLatín
    ContenidoCuatro escritos contra los maniqueos, en el orden del NPNF: Sobre las dos almas, Actas o Disputa contra Fortunato, Contra la Epístola fundamental de Maniqueo y Sobre la naturaleza del bien
    FechasLas que da el NPNF: 391, 392, 397 y «hacia 405». Para la disputa con Fortunato la edición se contradice: el texto abre con «el cinco de septiembre», y la introducción del volumen la sitúa el 28 y 29 de agosto; no lo explica. Para la Naturaleza del bien, el índice del volumen dice 404 y la cabecera del tratado, «hacia 405» («después del año 404»)
    GéneroTratado, disputa transcrita, réplica comentada a un escrito del adversario y tratado doctrinal
    ExtensiónUnas 48 000 palabras en esta edición: Dos almas, secciones numeradas hasta la 24, en 15 capítulos; Fortunato, 37 secciones en dos días; Epístola fundamental, 43 capítulos; Naturaleza del bien, 48 capítulos
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 4 (1887), ed. Philip Schaff, tal como lo recogen CCEL y New Advent
    EscritoTítulo en el NPNFFecha según el NPNFTraductor inglésDe qué trata
    Dos almasOf Two Souls (De duabus animabus)391A. H. NewmanQue el pecado no viene de un alma hecha de tinieblas, sino de la voluntad
    FortunatoActs or Disputation Against Fortunatus392A. H. NewmanDisputa de dos días con un presbítero maniqueo sobre el origen del mal
    Epístola fundamentalAgainst the Fundamental Epistle of Manichaeusc. 397R. Stothert (rev. Newman)Réplica a la carta de Mani: su título, su cosmología y su pretensión de verdad
    Naturaleza del bienOn the Nature of Goodc. 405A. H. NewmanTodo lo que es, en cuanto es, es bueno; el mal es corrupción
    Las secciones numeradas son las del NPNF y los localizadores las citan: «Dos almas, § 7», «Fortunato, § 24», «Epístola fundamental, § 33». Donde la edición no numera, el localizador da el capítulo («Naturaleza del bien, cap. 18»). El maniqueísmo como religión se explica en El maniqueísmo; los otros dos textos antimaniqueos de Eusebeia son Contra la doctrina de Manes, de Alejandro de Licópolis, y la Disputa de Arquelao con Manes.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 4 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church imprime en la parte «Writings in Connection with the Manichæan Controversy». El volumen, editado por Philip Schaff, se titula en CCEL The Writings Against the Manichaeans and Against the Donatists; su prefacio lleva la fecha «New York, June, 1887». Según ese prefacio, siete escritos antimaniqueos van en inglés: cuatro los tradujo el reverendo Richard Stothert, de Bombay, para la edición de Dods publicada en Edimburgo por T. & T. Clark en 1872 y los revisó Albert H. Newman, de Toronto, para la edición americana; los otros tres los tradujo Newman, «creo que por primera vez», dice Schaff. El índice del volumen reparte así los cuatro de este libro: Dos almas, Fortunato y Naturaleza del bien, Newman; Epístola fundamental, Stothert. Las fuentes difieren en el pie de imprenta: New Advent da Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1887; CCEL, una impresión de Nueva York de 1890.
    Lo que viene de la edición. Los títulos de los capítulos de Dos almas, Epístola fundamental y Naturaleza del bien son los sumarios del NPNF, no de Agustín; el encabezado de los capítulos de más de 140 caracteres lleva solo su primera frase y el resto va debajo, en cursiva. Las Actas no tienen capítulos: solo «Disputa del primer día» y «Disputa del segundo día». Los números de sección son los del NPNF; las réplicas de Fortunato no llevan número y van con la intervención de Agustín que las precede. De las introducciones de la edición inglesa, el epub trae solo la fecha de Dos almas y la nota de cabecera de Naturaleza del bien (firmada «A. H. N.», las iniciales de Newman); las de Dos almas, Fortunato y Epístola fundamental, que CCEL reproduce, no están en el epub, y tampoco las notas al pie. Las referencias bíblicas entre corchetes son las de la edición.
    Numeración. En Dos almas el inglés no numera cuatro secciones (6, 10, 11 y 15): los párrafos sin número llevan «cap. N». En la Epístola fundamental el castellano perdió el número inicial de las secciones 11 a 17, que sí están en el inglés; los localizadores los restituyen del inglés sin tocar el texto. Además, algunos capítulos de ese escrito (14, 16 a 18, 21, 22 y 26) tienen párrafos sin número.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. No se retocó ninguna palabra. El cotejo con el inglés da los mismos encabezados (112) y párrafos (215), y un largo de 1,01 veces el del original; no se hallaron palabras inglesas sueltas. Hay giros calcados del latín o del inglés que el castellano corriente no usa: «intenible» (Fortunato, § 3), «suscepción» (Epístola fundamental, § 8), «traspasión» de los clavos (Naturaleza del bien, cap. 20) y «vaporaciones» (Naturaleza del bien, cap. 42). Conviene cotejarlos con el inglés antes de citarlos en un trabajo académico.

    De las dos almas

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · De las dos almas · Dos almas, encabezado
    Contra los maniqueos (391 d.C.)
    Comentario editorial · Las «dos almas» de los maniqueos y el juicio posterior de Agustín
    Agustín resume en las Retractaciones (I, 15), citadas en la introducción del NPNF, la doctrina que combate: según los maniqueos, una de las dos almas viene de Dios y la otra de la raza de las tinieblas, que Dios no fundó y es coeterna con él; el alma mala pertenecería a la carne, también de las tinieblas, y la buena sería la parte de Dios que salió, combatió a las tinieblas y se mezcló con ellas. La misma introducción dice que, en sus años antipelagianos, ninguno de sus primeros tratados lo dejó menos satisfecho que este: en las Retractaciones reconoce la temeridad de algunas afirmaciones y señala en qué sentido valen o no. El epub no trae esa introducción; solo la fecha.

    Capítulo 1.— De qué modo de razonamiento se refuta el error de los maniqueos acerca de las dos almas, una de las cuales no procede de Dios

    Toda alma, en cuanto es una cierta vida, no puede tener existencia sino de Dios, fuente de la vida

    Dos almas, § 1

    1. Por la misericordia auxiliadora de Dios, rotos y dejados atrás los lazos de los maniqueos, y restituido por fin al seno de la Iglesia Católica, estoy dispuesto, al menos ahora, a considerar y deplorar mi reciente miseria. Pues hubo muchas cosas que yo debería haber hecho para impedir que las semillas de la religión verdaderísima, implantadas en mí saludablemente desde la niñez, fueran desterradas de mi mente, arrancadas por el error y el fraude de hombres falsos y engañosos. Porque, en primer lugar, si yo hubiera considerado con sobriedad y diligencia, con mente orante y piadosa, aquellas dos clases de almas a las que atribuían naturalezas y propiedades tan distintas que querían que la una fuese tenida por de la sustancia misma de Dios, mientras que ni siquiera estaban dispuestos a aceptar a Dios como autor de la otra, tal vez me habría parecido a mí, atento a aprender, que no hay vida alguna que, por el hecho mismo de ser vida y en cuanto es vida, no pertenezca a la fuente y principio supremo de la vida, que debemos reconocer no ser otra cosa que el supremo, único y verdadero Dios. Por lo cual no hay razón para que no confesemos que aquellas almas que los maniqueos llaman malas, o están desprovistas de vida y por tanto no son almas —y nada desean en sentido positivo ni negativo, ni persiguen ni huyen de nada—, o, si viven de modo que pueden ser almas y obran como suponen los maniqueos, de ninguna manera viven sino por la vida; y si es cosa establecida, como lo es, que Cristo ha dicho: "Yo soy la vida" [], que todas las almas, puesto que no pueden ser almas sino viviendo, fueron creadas y formadas por Cristo, es decir, por la Vida.

    Capítulo 2.— Si la luz que se percibe por los sentidos tiene a Dios por autor, como reconocen los maniqueos, mucho más el alma que se percibe solo por el entendimiento

    Dos almas, § 2

    2. Pero si en aquel tiempo mi pensamiento no era capaz de soportar y sostener la cuestión acerca de la vida y de la participación en la vida —cuestión verdaderamente grande y que exige mucha y serena discusión entre los doctos—, tal vez habría tenido poder para descubrir aquello que a todo hombre que se considera a sí mismo, sin estudio de las partes singulares, es perfectamente evidente, a saber: que todo lo que se dice que conocemos y entendemos lo comprendemos o por el sentido corporal o por la operación de la mente. Pues que los cinco sentidos corporales se enumeran comúnmente como vista, oído, olfato, gusto y tacto, y que el entendimiento es inconmensurablemente más noble y excelente que todos ellos, ¿quién habría sido tan ingrato e impío como para no concedérmelo? Establecido y confirmado esto, habríamos visto cómo se sigue que cualesquiera cosas que se perciben por el tacto o por la vista o de cualquier modo corporal son tanto inferiores a las que comprendemos intelectualmente cuanto los sentidos son inferiores al entendimiento. Por lo cual, puesto que toda vida, y por tanto toda alma, no puede ser percibida por ningún sentido corporal, sino solo por el entendimiento, mientras que aquel sol y la luna y todo astro que es contemplado por estos ojos mortales —los mismos maniqueos dicen que debe atribuirse al Dios verdadero y bueno—, es el colmo de la locura pretender que pertenece a Dios lo que observamos corporalmente; y, por otra parte, pensar que lo que recibimos no solo por la mente, sino por la forma más alta de la mente, es decir, la razón y el entendimiento —esto es, la vida, comoquiera que se la llame, con todo, vida— ha de ser privado y despojado del mismo Dios como su autor. Pues si, habiendo invocado a Dios, me hubiera preguntado qué es vivir, cuán inescrutable es para todo sentido corporal, cuán absolutamente incorpóreo es, ¿no habría podido responder? ¿O no confesarían también los maniqueos no solo que las almas que detestan viven, sino que viven también inmortalmente? Y que aquella frase de Cristo: "Deja que los muertos entierren a sus muertos" [] no fue dicha con referencia a los que no viven en absoluto, sino a los pecadores, la cual es la única muerte del alma inmortal; como cuando escribe Pablo: "La viuda que se entrega a los placeres, viviendo está muerta" [], dice que ella al mismo tiempo está muerta y viva. Por lo cual yo habría debido dirigir la atención no al gran grado de contaminación en que vive el alma pecadora, sino solo al hecho mismo de que vive. Pero si no puedo percibir sino por un acto de inteligencia, creo que habría venido a la mente que, por cuanto cualquier mente ha de ser preferida a la luz que vemos por estos ojos, tanto debemos dar preferencia al entendimiento sobre los ojos mismos.

    Capítulo 3.— Cómo se prueba que también todo cuerpo procede de Dios; que el alma que los maniqueos llaman mala es mejor que la luz

    Dos almas, cap. 3

    Afirman también que la luz procede del Padre de Cristo: ¿habría, pues, dudado yo de que toda alma procede de Él? Pero ni siquiera entonces, como hombre en verdad tan inexperto y tan joven como yo era, habría debido dudar de que no solo el alma, sino también el cuerpo, más aún, todo cuanto existe, procede de Él, si hubiera reflexionado reverente y cautelosamente sobre qué es la forma, o qué es lo formado, qué es la figura y qué es lo que ha sido dotado de figura.

    Dos almas, § 3

    3. Pero, por no hablar ahora del cuerpo, me lamento del alma, del movimiento espontáneo y vivaz, de la acción, de la vida, de la inmortalidad; en fin, me lamento de que yo, miserable, haya creído que algo pudiera tener todas estas propiedades aparte de la bondad de Dios, propiedades que, con ser tan grandes, descuidé tristemente considerar; esto, creo, debe ser para mí motivo de gemido y de llanto. Debí ponderar estas cosas interiormente, debí discutirlas conmigo mismo, debí referirlas a otros, debí proponer la cuestión de qué es el poder de conocer, puesto que no hay en el hombre nada que podamos comparar con esta excelencia. Y si los hombres, con tal de que hubieran sido hombres, me habrían concedido esto, debí preguntar si ver con estos ojos es conocer. En caso de que hubieran respondido negativamente, debí concluir, en primer lugar, que la inteligencia mental es enormemente inferior a la sensación ocular; luego debí añadir que lo que percibimos por medio de una cosa mejor ha de ser juzgado necesariamente como mejor en sí. ¿Quién no concedería esto? Debí pasar a preguntar si aquella alma que llaman mala es objeto de sensación ocular o de inteligencia mental. Habrían reconocido que es esto último. Una vez acordadas y confirmadas todas estas cosas entre nosotros, debí mostrar cómo se sigue que aquella alma que ellos execran es mejor que aquella luz que veneran, puesto que la primera es objeto de conocimiento mental y la segunda objeto de percepción del sentido corporal. Pero aquí tal vez se habrían detenido y habrían rehusado seguir la guía de la razón: tan grande es el poder de la opinión inveterada y de la falsedad largo tiempo defendida y creída. Pero yo debí apremiar aún más a los que se detenían, no con dureza, no de manera pueril, no con obstinación; debí repetir las cosas que se habían concedido y mostrar cómo han de concederse. Debí exhortar a que consultaran en común, para que vieran con claridad qué debe negársenos; si piensan que es falso que la percepción intelectual ha de preferirse a estos órganos carnales de la vista, o que lo que se conoce por la excelencia de la mente es más excelente que lo que se conoce por la vil sensación corporal; si no querrían confesar que aquellas almas que consideran de distinta naturaleza solo pueden conocerse por percepción intelectual, es decir, por la excelencia misma de la mente; si querrían negar que el sol y la luna se nos dan a conocer solo por medio de estos ojos. Pero si hubieran respondido que ninguna de estas cosas podría negarse sino del modo más absurdo y más impudente, debí instar a que no dudaran de que la luz cuya dignidad de ser adorada proclaman es más vil que aquella alma a la que exhortan a los hombres a huir.

    Capítulo 4.— Incluso el alma de una mosca es más excelente que la luz

    Dos almas, § 4

    4. Y aquí, si acaso en su confusión me hubieran preguntado si yo pensaba que incluso el alma de una mosca supera a aquella luz, habría respondido que sí; y no me habría turbado que la mosca sea pequeña, sino que me habría confirmado que está viva. Pues se pregunta qué hace crecer a aquellos miembros tan diminutos, qué conduce un cuerpo tan menudo aquí y allá según su apetito natural, qué mueve sus patas en orden numérico cuando corre, qué regula y hace vibrar sus alas cuando vuela. Esta cosa, sea lo que sea en una criatura tan pequeña, se eleva de manera tan prominente ante quien la considera bien, que supera a cualquier relámpago que fulgura ante los ojos.

    Capítulo 5.— Cómo las almas viciosas, por más dignas de condenación que sean, superan a la luz que es digna de alabanza en su género

    Dos almas, cap. 5

    Ciertamente nadie duda de que todo lo que es objeto de percepción intelectual, en virtud de leyes divinas, supera en excelencia a todo objeto sensible y, en consecuencia, también a esta luz. Pues ¿qué percibimos por el pensamiento, pregunto, sino que una cosa es conocer con la mente y otra experimentar sensaciones corporales, y que la primera es incomparablemente más sublime que la segunda, y que por tanto las cosas inteligibles han de ser necesariamente preferidas a las sensibles, puesto que el entendimiento mismo está tan altamente exaltado sobre los sentidos?

    Dos almas, § 5

    5. De aquí quizá habría conocido también esto, que se sigue manifiestamente: que, puesto que la injusticia y la intemperancia y otros vicios de la mente no son objetos del sentido, sino del entendimiento, cómo es que estos mismos que detestamos y consideramos condenables, en cuanto son objetos del entendimiento, pueden aventajar a esta luz, por muy digna de alabanza que sea en su género. Pues se impone a la mente que se somete bien a Dios que, ante todo, no todo lo que alabamos ha de preferirse a todo lo que vituperamos. Pues al alabar el plomo purísimo, no por ello lo valoro más que al oro que vitupero. Pues todo ha de considerarse en su género. Desapruebo a un abogado que ignora muchas leyes; sin embargo, lo prefiero tanto al más afamado sastre, que lo juzgaría incomparablemente superior. Pero alabo al sastre porque es completamente experto en su propio oficio, mientras que con razón culpo al abogado porque cumple imperfectamente las funciones de su profesión. Por lo cual habría descubierto que la luz que en su propio género es perfecta es con razón digna de alabanza; pero, por estar incluida en el número de las cosas sensibles, clase que necesariamente ha de ceder a la clase de las cosas inteligibles, debe ser situada por debajo de las almas injustas e intemperantes, ya que estas son inteligibles; aunque sin injusticia podamos juzgar que estas son dignísimas de condenación. Pues en el caso de estas pedimos que se reconcilien con Dios, no que sean preferidas a aquel relámpago. Por lo cual, si alguien hubiera sostenido que este astro procede de Dios, no me habría opuesto; antes bien habría dicho que las almas, incluso las viciosas, no en cuanto viciosas, sino en cuanto almas, han de ser reconocidas como criaturas de Dios.

    Capítulo 6.— Si incluso los vicios mismos, como objetos de aprehensión intelectual, han de preferirse a la luz como objeto de percepción sensible, y han de atribuirse a Dios como su autor

    El vicio de la mente y ciertos defectos no han de contarse rectamente entre las cosas inteligibles. Los defectos mismos, aunque se contaran entre las cosas inteligibles, jamás han de anteponerse a las cosas sensibles. Si la luz es visible por Dios, mucho más el alma, aunque viciosa, la cual, en cuanto vive, es cosa inteligible. Los maniqueos aducen pasajes de la Escritura en contra.

    Dos almas, cap. 6

    En este punto, si alguno de ellos, cauto y vigilante, ahora también más estudioso que pertinaz, me hubiera advertido que la cuestión no versa sobre las almas viciosas, sino sobre los vicios mismos, los cuales, puesto que no se conocen por sentido corporal y, sin embargo, se conocen, solo pueden admitirse como objetos de aprehensión intelectual; y si estos superan a todos los objetos de los sentidos, ¿por qué no podemos convenir en atribuir la luz a Dios como su autor, mientras que solo un sacrílego diría que Dios es autor de los vicios?; yo habría respondido a este hombre, si o de improviso, como suele acontecer a los adoradores del Dios bueno, hubiera fulgurado desde lo alto como un relámpago una solución de esta cuestión, o si se hubiera preparado antes una solución. Si no hubiera merecido o no hubiera podido valerme de ninguno de estos dos métodos, habría diferido la empresa y habría confesado que lo propuesto era difícil de discernir y arduo. Me habría recogido en mí mismo, me habría postrado ante Dios, habría gemido en voz alta pidiéndole que no permitiera que me detuviera a mitad del camino, cuando debía avanzar con argumentos seguros, pidiéndole que no me viera obligado por una cuestión dudosa o a subordinar las cosas inteligibles a las sensibles y ceder, o a llamarlo a Él mismo autor de los vicios; pues cualquiera de estas alternativas habría estado absolutamente llena de falsedad e impiedad. De ningún modo puedo suponer que Él me habría desamparado en tal disposición de ánimo. Antes bien, a su modo inefable, me habría amonestado a considerar una y otra vez si los vicios de la mente, por los que yo estaba tan turbado, debían contarse entre las cosas inteligibles. Pero para descubrirlo, a causa de la debilidad de mi ojo interior, que justamente me sobrevino por mis pecados, habría ideado alguna suerte de escenario para contemplar las cosas espirituales en las cosas visibles mismas, de las que no tenemos en absoluto un conocimiento más seguro, sino una familiaridad más confiada. Por tanto, habría indagado de inmediato qué pertenece propiamente a la sensación de los ojos. Habría hallado que es el color, cuyo dominio tiene la luz. Pues estas son las cosas que ningún otro sentido toca; porque los movimientos, magnitudes, intervalos y figuras de los cuerpos, aunque también pueden ser percibidos por los ojos, sin embargo el percibirlos no es su función peculiar, sino que pertenece también al tacto. De donde habría colegido que, cuanto aquella luz supera a las demás cosas corporales y sensibles, tanto es más noble la vista que los demás sentidos. Así pues, habiendo sido seleccionada la luz entre todas las cosas que se perciben por el sentido corporal, por esta [luz] me habría esforzado, y en esta habría colocado necesariamente aquel escenario de mi indagación. Habría pasado a considerar qué podría hacerse de este modo, y así habría razonado conmigo mismo: Si aquel sol, conspicuo por su brillo y suficiente para el día por su luz, declinara poco a poco ante nuestra vista hasta la semejanza de la luna, ¿percibiríamos con los ojos algo distinto que luz, por muy refulgente que fuese, buscando luz por no ver lo que había sido, y sirviéndonos de ella para ver lo que estaba presente? Por tanto, no veríamos la declinación, sino la luz que sobreviviría a la declinación. Pero puesto que no la veríamos, no la percibiríamos; pues todo lo que percibimos por la vista necesariamente ha de ser visto; por lo cual, si aquella declinación no fuera percibida ni por la vista ni por ningún otro sentido, no puede contarse entre los objetos del sentido. Pues nada es objeto del sentido que no pueda ser percibido por el sentido. Apliquemos ahora la consideración a la virtud, con cuya luz intelectual decimos muy adecuadamente que resplandece la mente. A su vez, cierta declinación de esta luz de la virtud, que no destruye el alma, sino que la oscurece, se llama vicio. Por tanto, el vicio tampoco puede contarse de ningún modo entre los objetos de percepción intelectual, así como aquella declinación de la luz es rectamente excluida del número de los objetos de percepción sensible. Sin embargo, lo que queda del alma, es decir, eso que vive y es alma, es tan objeto de percepción intelectual como es objeto de percepción sensible lo que brillaría en este astro visible tras cualquier grado imaginable de declinación. Y así, el alma, en cuanto es alma y participa de la vida, sin la cual de ningún modo puede ser alma, ha de preferirse con toda razón a todos los objetos de percepción sensible. Por lo cual es del todo erróneo decir que un alma cualquiera no procede de Dios, de quien te glorías de que el sol y la luna tienen existencia.

    Dos almas, § 7

    7. Pero si ahora se considerara conveniente designar como objetos de percepción sensible no solo todas las cosas que percibimos por los sentidos, sino también todas aquellas que, aunque no las percibamos por los sentidos, juzgamos por medio del cuerpo —como la oscuridad mediante los ojos, el silencio mediante los oídos—, pues no es viendo la oscuridad ni oyendo el silencio como conocemos su existencia; y, a su vez, en el caso de los objetos de percepción intelectual, no solo las cosas que vemos iluminadas por la mente, como la sabiduría misma, sino también las que por la iluminación misma evitamos, como la necedad, que podría designar adecuadamente como tiniebla mental; no habría hecho controversia sobre una palabra, sino que habría disuelto toda la cuestión mediante una fácil división, y de inmediato habría probado a los que prestaran buena atención que, por la ley divina de la verdad, las subsistencias inteligibles han de preferirse a las subsistencias sensibles; no la declinación de estas subsistencias, aun si optáramos por llamar a estas inteligibles y a aquellas sensibles. Por lo cual, quienes reconocen que estos astros visibles y aquellas almas inteligibles son subsistencias, se ven de todos modos obligados a conceder y atribuir la parte más sublime a las almas; pero que los defectos de uno y otro género no pueden preferirse los unos a los otros, pues son solo privativos e indican inexistencia, y por tanto tienen exactamente la misma fuerza que las negaciones mismas. Pues cuando decimos: "No es oro" y "No es virtud", aunque entre el oro y la virtud haya la mayor diferencia posible, no hay diferencia alguna entre las negaciones que les añadimos. Y que, en verdad, es peor no ser virtud que no ser oro, ningún hombre cuerdo lo duda. ¿Quién no sabe que la diferencia no está en las negaciones mismas, sino en las cosas a las que se añaden? Pues cuanto la virtud es más excelente que el oro, tanto es más miserable carecer de virtud que de oro. Por lo cual, puesto que las cosas inteligibles superan a las sensibles, con razón sentimos mayor repugnancia hacia el defecto en las inteligibles que en las sensibles, no estimando los defectos, sino las cosas que son deficientes, más o menos preciosas. De donde resulta ahora que el defecto de la luz, que es inteligible, es mucho más miserable que el defecto de la luz sensible; porque, en verdad, la vida que se conoce es con mucho más preciosa que aquella luz que se ve.

    Dos almas, § 8

    8. Siendo esto así, ¿quién se atreverá, mientras atribuye a Dios el sol y la luna y cuanto hay de refulgente en las estrellas, más aún, en este fuego nuestro y en esta visible vida terrena, a rehusar conceder que cualesquiera almas, que no son almas sino por el hecho de estar perfectamente vivas, ya que solo en este hecho la vida tiene precedencia sobre la luz, proceden de Dios? Y puesto que dice verdad quien afirma: "En cuanto algo resplandece, es de Dios", ¿diría yo falsamente, Dios poderoso, si dijera: "En cuanto algo vive, es de Dios"? No se acreciente, os ruego, la ceguera del entendimiento y las perversiones de la mente hasta tal punto que los hombres dejen de conocer estas cosas. Pero por grande que hubiera sido su error y pertinacia, confiando en estos argumentos y armado con ellos, creo que cuando les hubiera expuesto el asunto así considerado y examinado, y hubiera conferido con ellos serenamente, habría temido que alguno de ellos me hubiera parecido de alguna importancia si se esforzara en subordinar o siquiera comparar al sentido corporal, o a las cosas que pertenecen al sentido corporal como objetos de conocimiento, o el entendimiento, o aquellas cosas que se perciben (no por modo de defecto) por el entendimiento. Una vez resuelto este punto, ¿cómo habría osado él, o cualquier otro, negar que tales almas, que él consideraría malas, en cuanto son almas, han de contarse en el número de las cosas inteligibles, y no son objetos de percepción intelectual por modo de defecto? Esto supuesto que las almas son almas solo por estar vivas. Pues si fueran percibidas intelectualmente como viciosas mediante defecto, siendo viciosas por falta de virtud, sin embargo se perciben como almas no mediante defecto, pues son almas por razón de estar vivas. Y no puede sostenerse que la presencia de la vida sea causa de defecto, pues cuanto algo es defectuoso, tanto está separado de la vida.

    Dos almas, § 9

    9. Siendo, pues, del todo evidente que ninguna alma puede ser separada de aquel Autor del que no está separada aquella luz, cualquier cosa que hubieran aducido entonces no la habría aceptado, y más bien los habría amonestado a elegir conmigo seguir a quienes sostienen que todo cuanto es, por el hecho de ser y en cualquier grado en que sea, tiene su existencia del único Dios.

    Capítulo 7.— Cómo los malos son de Dios, y no de Dios

    Dos almas, cap. 7

    Ellos podrían haberme citado aquellas palabras del evangelio: "Por eso no oís, porque no sois de Dios"; "Vosotros sois de vuestro padre el diablo". Yo también habría citado: "Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho", [], y esto del Apóstol: "Un solo Dios, de quien proceden todas las cosas, y un solo Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas", [], y de nuevo del mismo Apóstol: "De quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas; a Él sea la gloria". []. Habría exhortado a aquellos hombres (si es que los hubiera hallado tales hombres) a que no presumiéramos de nada como si lo hubiésemos descubierto, sino que más bien preguntáramos a los maestros que nos demostraran la concordia y armonía de aquellos pasajes que parecen discordantes. Porque cuando en una misma y única autoridad de las Escrituras leemos: "Todas las cosas son de Dios", [], y en otro lugar: "Vosotros no sois de Dios", puesto que es una falta condenar temerariamente los libros de la Escritura, ¿quién no habría visto que era preciso hallar un maestro hábil que conociera la solución de este problema, del cual, ciertamente, si hubiera estado dotado de buenas facultades intelectuales y de ser "hombre espiritual", como se dice por inspiración divina [] (pues necesariamente habría favorecido los verdaderos argumentos acerca de la naturaleza inteligible y sensible, los cuales, en cuanto he podido, he conducido y manejado; es más, él los habría expuesto mucho mejor y con mayor poder de convicción), no habríamos oído otra cosa acerca de este problema, salvo, como podía suceder, que no hay clase alguna de almas que no tenga su existencia de Dios, y que, sin embargo, con razón se dice a los pecadores e incrédulos: "Vosotros no sois de Dios". Pues también nosotros, quizá, implorado el auxilio divino, habríamos podido ver fácilmente que una cosa es vivir y otra pecar, y (aunque la vida en el pecado pueda llamarse muerte en comparación con la vida justa, [], y aunque en un solo hombre pueda hallarse que al mismo tiempo está vivo y es pecador) que en cuanto está vivo, es de Dios, y en cuanto es pecador, no es de Dios. En esta división usamos aquella alternativa que se acomoda a nuestro propósito; de modo que, cuando queremos insistir en la omnipotencia de Dios como Creador, podemos decir incluso a los pecadores que son de Dios. Pues hablamos a quienes están contenidos en alguna clase, hablamos a quienes tienen vida animal, hablamos a seres racionales, hablamos finalmente —y esto atañe especialmente a la materia que nos ocupa— a seres vivos, todas las cuales cosas son esencialmente operaciones divinas. Pero cuando nuestro propósito es convencer a los hombres malos, con razón decimos: "Vosotros no sois de Dios". Pues les hablamos como a enemigos de la verdad, incrédulos, criminales, infames y, para resumirlo todo en un solo término, pecadores; todas las cuales cosas, sin duda, no son de Dios. Por tanto, ¿qué tiene de extraño que Cristo diga a los pecadores, convenciéndolos de esto mismo, esto es, de que eran pecadores y no creían en Él: "Vosotros no sois de Dios", y, por otra parte, sin perjuicio de la afirmación anterior: "Todas las cosas fueron hechas por Él" y "Todas las cosas son de Dios"? Porque si no creer en Cristo, rechazar la venida de Cristo, no aceptar a Cristo, era marca segura de almas que no son de Dios, y por eso se dijo: "Por eso no oís, porque no sois de Dios", ¿cómo sería verdadera aquella sentencia que se halla en el memorable comienzo del Evangelio: "¿Vino a lo suyo, y los suyos no le recibieron?" []. ¿De dónde eran suyos si no le recibieron; o de dónde no eran suyos porque no le recibieron, sino que los pecadores, en virtud de ser hombres, pertenecen a Dios, pero, en virtud de ser pecadores, pertenecen al diablo? Quien dice: "Los suyos no le recibieron" se refería a la naturaleza; pero quien dice: "Vosotros no sois de Dios" se refería a la voluntad; porque el evangelista encomiaba las obras de Dios, y Cristo censuraba los pecados de los hombres.

    Capítulo 8.— Los maniqueos preguntan de dónde proviene el mal y con esta pregunta creen haber triunfado

    Sepan primero, lo cual es facilísimo, que nada puede vivir sin Dios. El sumo mal no puede conocerse sino por el conocimiento del sumo bien, que es Dios.

    Dos almas, cap. 8

    Aquí quizá alguien dirá: "¿De dónde provienen los pecados mismos, y de dónde el mal en general? Si del hombre, ¿de dónde el hombre? Si de un ángel, ¿de dónde el ángel?" Pero cuando se dice, con verdad y rectitud, que estos provienen de Dios, a los poco diestros y con poca capacidad para penetrar en las cosas recónditas les parece, sin embargo, que los males y los pecados quedan así vinculados a Dios como por una especie de cadena. Con esta pregunta se creen triunfantes, como si preguntar fuera saber; ojalá así fuera, pues en tal caso nadie sabría más que yo. Sin embargo, muy a menudo en las controversias, quien plantea una gran cuestión, mientras se da aires de gran maestro, es él mismo más ignorante en aquello con lo que quiere atemorizar a su oponente que aquel a quien quiere atemorizar.
    Estos, pues, se creen superiores al común de las gentes porque los primeros plantean preguntas que los segundos no pueden responder. Si, pues, cuando yo, con gran desdicha mía, estaba asociado a ellos, no en la posición en que ahora me encuentro desde hace algún tiempo, me hubieran planteado estas objeciones cuando yo aducía este argumento, les habría dicho: Os pido que por ahora estéis de acuerdo conmigo, lo cual es facilísimo, en que si nada puede resplandecer sin Dios, mucho menos puede algo vivir sin Dios. No persistamos en opiniones tan monstruosas como sostener que cualesquiera almas tienen vida aparte de Dios. Pues quizá puede suceder que conmigo ignoréis esto mismo, a saber, de dónde proviene el mal; aprendámoslo entonces o simultáneamente o en cualquier orden, no me importa cuál. Pues ¿qué si el conocimiento de la perfección del mal es imposible al hombre sin el conocimiento de la perfección del bien? Porque no conoceríamos las tinieblas si estuviéramos siempre en tinieblas. Pero la noción de luz no permite que su opuesto sea desconocido. Ahora bien, el sumo bien es aquello que no tiene nada superior. Pero Dios es bueno, y nada puede ser superior a Él. Luego Dios es el sumo bien. Reconozcamos, pues, juntamente a Dios, y así no se nos ocultará aquello que buscamos con demasiada precipitación. ¿Acaso pensáis que el conocimiento de Dios es asunto de poca monta o de mérito? Pues ¿qué otra recompensa hay para nosotros sino la vida eterna, que consiste en conocer a Dios? Porque dice Dios, el Maestro: "Mas esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". []. Porque el alma, aunque es inmortal, con todo, puesto que la aversión del conocimiento de Dios se llama con razón su muerte, cuando se convierte a Dios, la recompensa de la vida eterna que ha de alcanzarse es ese conocimiento; de modo que esto es, como se ha dicho, la vida eterna. Pero nadie puede convertirse a Dios sino apartándose de este mundo. Esto, por mí, siento que es arduo y sumamente difícil; si os es fácil a vosotros, Dios mismo lo habría visto. Me habría inclinado a pensar que os era fácil, si no me hubiera movido el hecho de que, puesto que el mundo del que se nos manda apartarnos es visible, y el apóstol dice: "Las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas", [], atribuís más importancia al juicio de estos ojos que al de la mente, afirmando y creyendo, como lo hacéis, que no hay pluma resplandeciente que no resplandezca de Dios; y que hay almas vivientes que no viven de Dios. Estas y otras semejantes cosas habría dicho yo a ellos o considerado conmigo mismo, pues aun entonces, suplicando a Dios con todas mis entrañas, por así decirlo, y examinando con la mayor atención posible las Escrituras, quizá habría podido decirlas o pensarlas, en la medida necesaria para mi salvación.

    Capítulo 9.— Agustín engañado por la familiaridad con los maniqueos y por la sucesión de victorias sobre cristianos ignorantes que ellos le contaban

    Los maniqueos quedan igualmente refutados con facilidad a partir del conocimiento del pecado y de la voluntad.

    Dos almas, cap. 9

    Pero dos cosas, sobre todo, que se apoderan fácilmente de aquella edad incauta, me impelieron por maravillosos rodeos. Una era la familiaridad que, de súbito, por una cierta falsa apariencia de bondad, se enroscaba muchas veces alrededor de mi cuello como una especie de cadena sinuosa. La otra era que yo resultaba casi siempre, con daño mío, victorioso al discutir con cristianos ignorantes que, sin embargo, se esforzaban con afán, cada cual como podía, por defender su fe. Con este frecuente éxito se encendía el ardor de la juventud, y, por su propio impulso, se precipitaba temerariamente sobre el gran mal de la obstinación. Porque a este género de disputas, después de haberme hecho oyente entre ellos, todo cuanto podía lograr, ya por mi propio ingenio, tal como era, ya leyendo obras ajenas, lo consagraba de muy buen grado y únicamente a ellos. Así, con sus discursos aumentaba cada día mi ardor en las discusiones, y con el éxito en las discusiones, mi amor por ellos [los maniqueos]. De donde resultaba que cuanto decían lo aprobaba como verdadero, como si padeciera ciertos extraños trastornos, no porque supiera que era verdad, sino porque deseaba que lo fuera. Y así sucedió que, aunque lenta y cautelosamente, seguí por mucho tiempo a hombres que preferían una paja tersa a un alma viva.

    Dos almas, § 12

    12. Sea así: no era capaz entonces de distinguir y discernir las cosas sensibles de las inteligibles, las carnales, en verdad, de las espirituales. No era propio de la edad, ni de la disciplina, ni siquiera de hábito alguno, ni, en fin, de méritos algunos; pues no es asunto de pequeño gozo y felicitación: ¿no habría podido, al menos al fin, captar aquello que, a juicio de todos los hombres, ha establecido la naturaleza misma por las leyes del Dios Altísimo?

    Capítulo 10.— El pecado proviene solo de la voluntad

    La propia vida y la voluntad son lo mejor conocido para cada individuo. Qué es la voluntad.

    Dos almas, cap. 10

    Pues tomen cuantos hombres quieran, con tal de que ninguna locura los haya apartado del sentido común del género humano, y pongan cuanto celo les plazca en juzgar, cuanta ignorancia, más aún, cuanta lentitud de mente, yo quisiera averiguar qué me habrían respondido si les hubiera preguntado si les parecería que había pecado un hombre con cuya mano, mientras dormía, otro hubiera escrito algo deshonroso. ¿Quién duda que habrían negado que eso fuera pecado, y que habrían clamado contra ello con tanta vehemencia que quizá se habrían indignado de que yo los considerara objeto propio de semejante pregunta? Una vez reconciliados y devueltos a la serenidad, lo mejor que pudiera, les habría rogado que no llevaran a mal que les preguntara otra cosa igualmente manifiesta e igualmente al alcance del conocimiento de todos. Entonces les habría preguntado: si alguien más fuerte hubiera hecho algo malo con la mano de uno que no duerme, sino que está consciente, pero con el resto de sus miembros atados y en coacción, ¿acaso porque lo sabía, aunque de todo punto no quisiera, debía ser tenido por culpable de algún pecado? Y aquí, maravillándose todos de que yo hiciera tales preguntas, responderían sin vacilar que no había pecado absolutamente en nada. ¿Por qué así? Porque quien ha hecho algo malo por medio de uno inconsciente o incapaz de resistir, este último no puede en modo alguno ser justamente condenado. Y si yo indagara por qué esto es precisamente así en la naturaleza humana de estos hombres, fácilmente obtendría la respuesta deseada preguntando de esta manera: Supongamos que el que dormía ya sabía lo que el otro haría con su mano, y que, con deliberado propósito, habiendo bebido tanto como para no despertarse, se durmiera para engañar a alguien con un juramento. ¿Bastaría cualquier cantidad de sueño para probar su inocencia? ¿Qué otra cosa sino hombre culpable se le llamaría? Pero si además se hubiera dejado atar voluntariamente para engañar a alguien con ese pretexto, ¿en qué le aprovecharían entonces aquellas cadenas como medio para librarlo del pecado? Aunque atado con ellas no podía realmente resistir, como en el otro caso el que dormía ignoraba por completo lo que entonces hacía. ¿Hay, por tanto, posibilidad alguna de dudar que ambos debían ser juzgados como pecadores? Concedidas estas cosas, habría argumentado que el pecado, en efecto, no está en ningún otro lugar sino en la voluntad, pues también me habría ayudado esta consideración: que la justicia tiene por culpables a quienes pecan solo por una voluntad mala, aunque no hayan podido llevar a cabo lo que quisieron.

    Dos almas, § 13

    13. Pues ¿quién podría decir que, al aducir estas consideraciones, me detenía en cosas oscuras y recónditas, en las que, por la escasez de quienes pueden entenderlas, suele surgir o el fraude o la sospecha de ostentación? Apártese por un poco aquella distinción entre cosas inteligibles y sensibles: que no se me reproche perseguir mentes torpes con los aguijones de las disquisiciones sutiles. Permítaseme saber que vivo, permítaseme saber que quiero vivir. Si en esto conviene el género humano, así como la vida nos es conocida, también lo es nuestra voluntad. Y una vez en posesión de este conocimiento, no hay por qué temer que alguien nos convenza de que podemos engañarnos; pues nadie puede engañarse en cuanto a si no vive o si nada quiere. No creo haber aducido nada oscuro, y me preocupa más bien que algunos me reprochen detenerme en cosas demasiado manifiestas. Pero consideremos el alcance de estas cosas.

    Dos almas, § 14

    14. El pecar, por tanto, se realiza solo por el ejercicio de la voluntad. Y nuestra voluntad nos es conocidísima; pues ni siquiera sabría que quiero si no supiera qué es la voluntad misma. Así, pues, se define de este modo: la voluntad es un movimiento de la mente, sin que nadie obligue, ya para no perder, ya para obtener algo. ¿Por qué, entonces, no pude yo definirla así en aquel tiempo? ¿Acaso era difícil ver que uno que no quiere es contrario a uno que quiere, así como la mano izquierda es contraria a la derecha, no como lo negro a lo blanco? Pues una misma cosa no puede ser a la vez negra y blanca. Pero quien está colocado entre dos hombres, está a la izquierda respecto de uno y a la derecha respecto del otro. Un mismo hombre está a la vez a la derecha y a la izquierda, pero de ningún modo ambas respecto de un mismo hombre. De igual manera, en verdad, una misma mente puede a la vez no querer y querer, pero no puede a la vez no querer y querer respecto de una misma y única cosa. Pues cuando alguien hace algo sin querer, si le preguntas si quería hacerlo, dice que no. Asimismo, si le preguntas si quería no hacerlo, responde que sí. Así lo hallarás no queriendo respecto del hacer y queriendo respecto del no hacer; es decir, una misma mente teniendo a la vez ambas actitudes, pero cada una referida a cosas distintas. ¿Por qué digo esto? Porque si de nuevo preguntáramos por qué, aunque no quiere, hace esto, dirá que está obligado. Pues también todo el que hace algo sin querer es forzado, y todo el que es forzado, si hace algo, lo hace solo sin querer. Se sigue que el que quiere está libre de coacción, aunque alguien se crea forzado. Y de este modo, todo el que hace algo de buena gana no es forzado, y quien no es forzado, o lo hace de buena gana o no lo hace en absoluto. Puesto que la naturaleza misma proclama estas cosas en todos los hombres a quienes podemos interrogar sin absurdo, desde el niño hasta el anciano, desde el juego literario hasta el trono de los sabios, ¿por qué, entonces, no habría de ver yo que en la definición de la voluntad debía ponerse "sin que nadie obligue", lo cual ahora, como con mayor experiencia, he hecho con suma cautela? Y si esto es en todas partes manifiesto y se presenta prontamente a todos, no por instrucción sino por naturaleza, ¿qué queda que parezca oscuro, a no ser que quizá se le oculte a alguien que, cuando deseamos algo, lo queremos, y nuestra mente se mueve hacia ello, y o lo tenemos o no lo tenemos, y si lo tenemos queremos retenerlo, y si no, adquirirlo? Por lo cual, todo el que quiere, quiere o no perder algo u obtenerlo. De ahí que si todas estas cosas son más claras que el día, como lo son, y no han sido dadas solo a mi concepción, sino que, por la liberalidad de la verdad misma, lo han sido a todo el género humano, ¿por qué no pude haber dicho ya entonces: La voluntad es un movimiento de la mente, sin que nadie obligue, ya para no perder, ya para obtener algo?

    Capítulo 11.— Qué es el pecado

    Dos almas, cap. 11

    Alguien dirá: ¿Qué ayuda te habría prestado esto contra los maniqueos? Espera un momento; permíteme primero definir también el pecado, el cual, como toda mente lee escrito divinamente en sí misma, no puede existir aparte de la voluntad. El pecado, por tanto, es la voluntad de retener y seguir lo que la justicia prohíbe, y de lo cual es libre de abstenerse. Aunque si no es libre, no es voluntad. Pero he preferido definir más toscamente que con precisión. ¿No habría debido yo también examinar cuidadosamente aquellos libros oscuros, de donde habría podido aprender que nadie es digno de culpa o castigo si quiere lo que la justicia no le prohíbe querer, o no hace lo que no puede hacer? ¿No cantan estas cosas los pastores en los montes, los poetas en los teatros, los indoctos en el trato social, los doctos en las bibliotecas, los maestros en las escuelas, los sacerdotes en los lugares consagrados, y el género humano por todo el mundo? Pero si nadie es digno de culpa y condenación, quien o no actúa contra la prohibición de la justicia, o no hace lo que no puede hacer, y sin embargo todo pecado es digno de culpa y condenable, ¿quién duda entonces que es pecado, cuando el querer es injusto y el no querer es libre? Y de ahí que aquella definición sea a la vez verdadera y fácil de entender, y no solo ahora sino también entonces pude haberla dicho yo: El pecado es la voluntad de retener o de obtener lo que la justicia prohíbe, y de lo cual es libre de abstenerse.

    Capítulo 12.— A partir de las definiciones dadas del pecado y de la voluntad, derriba toda la herejía de los maniqueos

    Asimismo, de la justa condenación de las almas malas se sigue que son malas no por naturaleza, sino por voluntad. Que las almas son buenas por naturaleza, a las cuales se concede el perdón de los pecados.

    Dos almas, § 16

    16. Vamos, veamos en qué respecto estas cosas nos habrían ayudado. Mucho, de todas maneras, hasta el punto de que nada más habría deseado; pues ponen fin a toda la causa; porque quien, consultando en la mente interior, donde están más pronunciadas y aseguradas, los secretos de su propia conciencia y las leyes divinas absolutamente impuestas a la naturaleza, concede que estas dos definiciones de voluntad y de pecado son verdaderas, condena sin vacilación alguna, con las razones más pocas y más breves, pero claramente las más invencibles, toda la herejía de los maniqueos. Lo cual puede considerarse así. Dicen que hay dos clases de almas: la una buena, que de tal modo procede de Dios que se dice que no fue hecha por Él de materia alguna ni de la nada, sino que procedió como cierta parte de la sustancia misma de Dios; la otra mala, que creen y se esfuerzan por hacer creer que no pertenece a Dios en modo alguno; y así sostienen que la una es la perfección del bien, pero la otra la perfección del mal, y que estas dos clases estuvieron en un tiempo separadas, pero ahora están mezcladas. El carácter y la causa de esta mezcla yo aún no los había oído; pero, no obstante, habría podido indagar si aquella clase mala de almas, antes de ser mezclada con la buena, tenía voluntad alguna. Pues si no la tenía, estaba sin pecado y era inocente, y por tanto de ningún modo era mala. Pero si era mala de tal manera que, aunque sin voluntad, como el fuego, si tocara lo bueno lo violaría y corrompería, ¡qué impío es creer que la naturaleza del mal es suficientemente poderosa para cambiar una parte de Dios, y que el Sumo Bien es corruptible y violable! Pero si la voluntad estaba presente, ciertamente estaba presente, sin que nadie la obligara, un movimiento de la mente hacia no perder algo u obtener algo. Pero este algo era o bueno, o era tenido por bueno, pues de otro modo no podría ser deseado ardientemente. Pero en el sumo mal, antes de la mezcla que sostienen, nunca hubo bien alguno. ¿De dónde, entonces, pudo haber en él conocimiento o pensamiento del bien? ¿Acaso no deseaban nada de lo que estaba en ellos mismos, y deseaban ardientemente aquel bien verdadero que estaba fuera? Esa voluntad debe ser declarada verdaderamente digna de alabanza distinguida y grande, por la cual se desea ardientemente el sumo y verdadero bien. ¿De dónde, entonces, en el sumo mal, este movimiento de la mente tan digno de alabanza tan grande? ¿Lo buscaban para dañarlo? En primer lugar, el argumento llega a lo mismo. Pues quien quiere dañar, quiere privar a otro de algún bien por causa de algún bien suyo. Había, por tanto, en ellos o un conocimiento del bien o una opinión del bien, lo cual de ningún modo debería pertenecer al sumo mal. En segundo lugar, ¿de dónde habían conocido que existiera en absoluto aquel bien puesto fuera de ellos, que se proponían dañar? Si lo habían percibido intelectualmente, ¿qué hay más excelente que una mente así? ¿Hay algo más por lo que se despliegue toda la energía de los hombres buenos, excepto el conocimiento de aquel sumo y sincero bien? ¿Lo que ahora apenas se concede a unos pocos hombres buenos y justos, fue entonces capaz de lograrlo el mero mal, sin bien alguno que lo asistiera? Pero si aquellas almas llevaban cuerpos y vieron con sus ojos el sumo bien, ¿qué lenguas, qué corazones, qué intelectos bastan para alabar y proclamar aquellos ojos, con los cuales apenas pueden compararse las mentes de los justos? ¡Cuántas cosas buenas encontramos en el sumo mal! Pues si ver a Dios es malo, Dios no es un bien; pero Dios es un bien; por tanto, ver a Dios es bueno; y no sé qué pueda compararse a este bien. Ya que ver cualquier cosa es bueno, ¿de dónde puede concluirse que poder ver sea malo? Por tanto, cualquier cosa que en aquellos ojos o en aquellas mentes hiciera que la esencia divina pudiera ser vista por ellos, produjo una cosa grande y buena, digna de inefable alabanza. Pero si no fue producida, sino que era tal en sí misma y eterna, es difícil encontrar algo mejor que este mal.

    Dos almas, § 17

    17. Por último, para que estas almas no tengan nada de estas cosas loables que, por los razonamientos de los maniqueos, se ven obligadas a tener, yo habría preguntado si Dios condena a algunas almas o a ninguna. Si a ninguna, no hay juicio de premios y castigos, no hay providencia, y el mundo se rige por azar más que por razón, o más bien no se rige en absoluto. Pues no debe darse el nombre de administración a los azares. Pero si es impío creer esto para todos los que están ligados por alguna religión, queda que o hay condenación de algunas almas, o que no hay pecados. Pero si no hay pecados, tampoco hay mal alguno. Y si los maniqueos dijeran esto, matarían su herejía de un solo golpe. Por tanto, ellos y yo estamos de acuerdo en que algunas almas son condenadas por la ley y el juicio divinos. Pero si estas almas son buenas, ¿qué justicia es esa? Si malas, ¿lo son por naturaleza o por voluntad? Pero por naturaleza las almas de ningún modo pueden ser malas. ¿De dónde enseñamos esto? De las definiciones anteriores de voluntad y pecado. Pues hablar de almas, y que son malas, y que no pecan, es plena locura; pero decir que pecan sin voluntad es gran delirio, y tener a alguien por culpable de pecado por no hacer lo que no podía hacer, pertenece a la cumbre de la iniquidad y de la insania. Por lo cual, cualquier cosa que hagan estas almas, si lo hacen por naturaleza, no por voluntad, es decir, si carecen de un movimiento de la mente libre tanto para hacer como para no hacer, si finalmente no se les concede poder alguno de abstenerse de su obra, no podemos sostener que el pecado sea suyo. Pero todos confiesan que las almas malas son condenadas justamente, y que las almas que no han pecado son condenadas injustamente; por tanto, confiesan que son malas las almas que pecan. Pero estas, como enseña la razón, no pecan. Por tanto, la clase extraña de almas malas de los maniqueos, sea lo que sea, es un no-ente.

    Dos almas, § 18

    18. Veamos ahora aquella clase buena de almas, que a su vez ensalzan hasta tal punto que dicen que es la sustancia misma de Dios. Pero cuánto mejor es que cada uno reconozca su propio rango y mérito, y no se infle con orgullo sacrílego hasta creer que, cuantas veces experimenta un cambio en sí mismo, es la sustancia de aquel sumo bien, que la razón devota sostiene y enseña que es inmutable. Pues he aquí: ya que es manifiesto que las almas no pecan por no ser lo que no pueden ser, se sigue que estas supuestas almas, sean lo que sean, no pecan en absoluto, y además que son absolutamente inexistentes; queda que, puesto que hay pecados, no encuentran a quién atribuirlos excepto a la clase buena de almas y a la sustancia de Dios. Pero especialmente son apremiados por la autoridad cristiana; pues nunca han negado que se concede el perdón de los pecados cuando alguien se convierte a Dios; nunca han dicho (como han dicho de muchos otros pasajes) que algún corruptor haya interpolado esto en las Escrituras divinas. ¿A quién, pues, se atribuyen los pecados? Si a aquellas almas malas de la clase extraña, estas también pueden volverse buenas, pueden poseer el reino de Dios con Cristo. Y al negar esto, los maniqueos no tienen otra clase excepto aquellas almas que sostienen que son de la sustancia de Dios. Queda que reconozcan que no solo estas últimas, sino estas solas, pecan. Pero no hago contención sobre que sean ellas solas las que pecan; sin embargo, pecan. ¿Pero están obligadas a pecar por estar mezcladas con el mal? Si están obligadas de tal modo que no hay poder de resistir, no pecan. Si está en su poder resistir, y consienten voluntariamente, nos vemos obligados a descubrir mediante su enseñanza por qué tantos bienes en el sumo mal, por qué este mal en el sumo bien, a menos que ni aquello que ellos hacen sospechoso sea malo, ni aquello que pervierten por superstición sea el sumo bien?

    Capítulo 13.— De la deliberación sobre el mal y sobre el bien se sigue que no hay que admitir dos clases de almas

    Aun concedida una clase de almas que incita a acciones vergonzosas, no se sigue que estas sean malas por naturaleza, ni que las otras sean el sumo bien.

    Dos almas, § 19

    19. Pero si yo hubiera enseñado, o al menos hubiera yo mismo aprendido, que ellos deliran y yerran respecto de aquellas dos clases de almas, ¿por qué habría de pensar desde entonces que merecían ser escuchados o consultados sobre cosa alguna? ¿Para aprender de ahí que se señalan estas dos clases de almas, que en el curso de la deliberación el asentimiento pone ahora del lado del mal, ahora del lado del bien? ¿Por qué no es esto más bien el signo de una sola alma que por libre albedrío puede ser llevada aquí y allá, inclinada de un lado a otro? Pues fue experiencia mía propia sentir que yo soy uno, considerando el mal y el bien y eligiendo uno u otro, pero la mayoría de las veces el uno agrada, el otro conviene, puestos en medio de los cuales fluctuamos. Y no hay que asombrarse, pues ahora estamos constituidos de tal modo que por la carne podemos ser afectados por el placer sensual, y por el espíritu por consideraciones honorables. ¿Acaso no me veo, por tanto, obligado a reconocer dos almas? No, mejor y con mucha menos dificultad podemos reconocer dos clases de bienes, de las cuales ninguna es ajena a Dios como autor, y una sola alma movida desde direcciones diversas, la inferior y la superior, o, para hablar más correctamente, la externa y la interna. Estas son las dos clases que hace un momento consideramos bajo los nombres de sensible e inteligible, que ahora preferimos llamar más familiarmente carnales y espirituales. Pero se nos ha hecho difícil abstenernos de las cosas carnales, ya que nuestro pan más verdadero es espiritual. Pues con gran trabajo comemos ahora este pan. Porque no sin castigo por el pecado de la transgresión hemos sido cambiados de inmortales a mortales. Así sucede que, cuando nos esforzamos por cosas mejores, el hábito formado por la conexión con la carne y nuestros pecados comienza de algún modo a militar contra nosotros y a ponernos obstáculos, y algunas personas necias, con superstición sumamente obtusa, sospechan que hay otra clase de almas que no es de Dios.

    Dos almas, § 20

    20. Sin embargo, aun concediéndoles que somos incitados a acciones vergonzosas por otra clase inferior de almas, no hacen evidente con ello que las que incitan sean malas por naturaleza, ni que las incitadas sean sumamente buenas. Pues puede suceder que las primeras, por su propia voluntad, esforzándose por lo que no era lícito, es decir, pecando, de buenas se hayan vuelto malas; y a su vez pueden volverse buenas, pero de tal manera que durante mucho tiempo permanezcan en el pecado, y por cierta sugestión oculta atraigan a sí a otras almas. Luego, puede que no sean absolutamente malas, sino que en su propio género, por inferior que sea, ejerzan sus funciones propias sin pecado alguno. Pero aquellas almas superiores a las que la justicia, directora de las cosas, ha asignado una actividad mucho más excelente, si quisieran seguir e imitar a las inferiores, se vuelven malas, no porque imiten almas malas, sino porque imitan de manera mala. Por las almas malas se hace lo que les es propio; por las buenas se busca lo que les es ajeno. De ahí que las primeras permanezcan en su propio grado, y las segundas se precipiten a uno inferior. Es como cuando los hombres imitan a las bestias. Pues el caballo de cuatro patas camina hermosamente, pero si un hombre a cuatro patas lo imitara, ¿quién lo consideraría digno siquiera de paja para comer? Con razón, por tanto, generalmente desaprobamos a quien imita, mientras aprobamos a aquel a quien imita. Pero no lo desaprobamos porque no haya tenido éxito, sino por querer tenerlo en absoluto. Pues en el caballo aprobamos aquello por lo cual, cuanto más preferimos al hombre, tanto más nos ofende que este copie a criaturas inferiores. Así entre los hombres, por bien que el pregonero emita su voz, ¿no estaría loco el senador si lo hiciera aún más clara y mejor que el pregonero? Tómese una ilustración de los cuerpos celestes: la luna, cuando brilla, es alabada, y por su curso y sus cambios agrada mucho a quienes prestan atención a tales cosas. Pero si el sol quisiera imitarla (pues podemos fingir que tiene deseos de este tipo), ¿quién no se disgustaría grande y justamente? De estas ilustraciones quiero que se entienda que, aun si hay almas (lo cual de momento queda como cuestión abierta) dedicadas a oficios corporales no por pecado sino por naturaleza, y aun si están emparentadas con nosotros, por inferiores que sean, por alguna afinidad interior, no deben ser estimadas como malas simplemente porque nosotros seamos malos al seguirlas y al amar las cosas corpóreas. Pues pecamos al amar las cosas corpóreas, porque por justicia se nos exige y por naturaleza podemos amar las cosas espirituales, y cuando hacemos esto somos, en nuestro género, los mejores y los más felices.

    Dos almas, § 21

    21. Por lo cual, ¿qué prueba suministra la deliberación, impulsada violentamente en ambas direcciones, ora propensa al pecado, ora llevada hacia la conducta recta, de que nos veamos obligados a aceptar dos clases de almas, la naturaleza de una de las cuales es de Dios, y de la otra no; cuando somos libres de conjeturar tantas otras causas de los estados alternantes de la mente? Pero que estas cosas son oscuras y que en vano son escudriñadas por mentes legañosas, lo ve todo aquel que es buen juez de las cosas. Por lo cual, más bien aquellas cosas que se han dicho respecto de la voluntad y del pecado, aquellas cosas, digo, que la justicia suprema no permite que ningún hombre que use su razón ignore, aquellas cosas que si se nos quitaran no habría nada de donde comience la disciplina de la virtud, nada de donde se levante de la muerte de los vicios, aquellas cosas, digo, consideradas una y otra vez con suficiente claridad y lucidez nos convencen de que la herejía de los maniqueos es falsa.

    Capítulo 14.— Se muestra también por la utilidad del arrepentimiento que las almas no son malas por naturaleza

    Una demostración tan segura no es contradicha sino por el hábito de errar

    Dos almas, § 22

    22. Como las consideraciones precedentes es lo que ahora diré acerca del arrepentimiento. Pues entre todos los cuerdos se está de acuerdo, y esto los propios maniqueos no solo lo confiesan sino que también lo enseñan, en que es útil arrepentirse del pecado. ¿Para qué ahora, en esta materia, recoger los testimonios de las divinas Escrituras, que están esparcidos por todas sus páginas? Es también la voz de la naturaleza; a ningún necio se le ha escapado este hecho. Estaríamos perdidos si esto no estuviera profundamente arraigado en nuestra naturaleza. Alguien puede decir que no peca; pero ninguna barbarie se atreverá a decir que, si uno peca, no debe arrepentirse de ello. Siendo esto así, pregunto: ¿a cuál de las dos clases de almas pertenece el arrepentimiento? Sé ciertamente que no puede pertenecer ni al que obra mal ni al que no puede obrar bien. Por lo cual, para usar las palabras de los maniqueos, si un alma de las tinieblas se arrepiente del pecado, no es de la sustancia del sumo mal; si un alma de la luz, no es de la sustancia del sumo bien; esa disposición de arrepentimiento que es provechosa testifica a la vez que el penitente obró mal y que pudo obrar bien. ¿Cómo, pues, no hay de mí nada de mal, si he obrado sin consejo, o cómo puedo arrepentirme rectamente si no lo he hecho así? Oye la otra parte. ¿Cómo no hay de mí nada de bien, si en mí hay buena voluntad, o cómo me arrepiento rectamente si no la hay? Por lo cual, o nieguen que hay gran utilidad en el arrepentimiento, para que sean apartados no solo del nombre cristiano sino de todo argumento, aun imaginario, para sus opiniones, o cesen de decir y enseñar que hay dos clases de almas, una de las cuales no tiene nada de mal y la otra nada de bien; pues toda esa secta se apoya en esta variedad bicéfala o, más bien, despeñada de almas.

    Dos almas, § 23

    23. Y a mí ciertamente me basta saber que los maniqueos yerran, porque sé que hay que arrepentirse del pecado; y sin embargo, si ahora, por derecho de amistad, me acercara a alguno de mis amigos que todavía piensa que son dignos de ser escuchados, y le dijera: ¿No sabes que es útil, cuando alguien ha pecado, arrepentirse? Sin vacilar jurará que lo sabe. Si entonces te hubiera convencido de que el maniqueísmo es falso, ¿no desearás nada más? Que responda qué más puede desear en esta materia. Muy bien, hasta aquí. Pero cuando haya comenzado a mostrar los argumentos seguros y necesarios que, atados a aquella proposición con cadenas adamantinas, como se dice, la siguen, y haya conducido hasta su conclusión todo el proceso por el cual se derriba esa secta, negará quizá que sabe la utilidad del arrepentimiento, cosa que ningún docto, ningún indocto, ignora, y más bien sostendrá, cuando vacilamos y deliberamos, que dos almas en nosotros aportan cada una su propia ayuda apropiada para la solución de las distintas partes de la cuestión. ¡Oh hábito de pecado! ¡Oh pena acompañante del pecado! Entonces me apartaste de la consideración de cosas tan manifiestas, pero me dañaste cuando no discernía. Pero ahora, entre mis más familiares conocidos que no disciernen, tú hieres y atormentas al que discierne.

    Capítulo 15.— Ruega por sus amigos a quienes ha tenido como compañeros en el error

    Dos almas, § 24

    24. Atended a estas cosas, os lo suplico, amadísimos. Vuestras disposiciones las he conocido bien. Si ahora me concedéis la mente y la razón de cualquier clase de hombre, estas cosas son mucho más ciertas que las que parecimos aprender o, más bien, fuimos obligados a creer. Gran Dios, Dios omnipotente, Dios de suprema bondad, a quien corresponde ser creído y conocido como inviolable e inmutable. Trinidad Una, a quien adora la Iglesia Católica, yo, que he experimentado en mí tu misericordia, te suplico que no permitas que aquellos con quienes desde niño he vivido en toda relación de la manera más armoniosa disientan de mí en tu culto. Veo que en este lugar era especialmente de esperar que yo, o bien hubiera defendido ya entonces las Escrituras Católicas atacadas por los maniqueos, si, como digo, hubiera sido cauto, o que ahora mostrara que pueden ser defendidas. Pero en otros volúmenes Dios ayudará mi propósito, pues la moderada extensión de este, según supongo, pide ya ser ahorrada.

    Actas o Disputa contra Fortunato

    Disputa del primer día

    Fortunato, primer día

    El cinco de septiembre, siendo cónsules los muy renombrados varones Arcadio Augusto (por segunda vez) y Rufino, se celebró una disputa contra Fortunato, presbítero de los maniqueos, en la ciudad de Hipona Regia, en las termas de Sosio, en presencia del pueblo.
    Comentario editorial · Dónde y cuándo fue la disputa
    El texto de las Actas la sitúa en la ciudad de Hipona Regia, «en las termas de Sosio», delante del pueblo, con Fortunato, presbítero de los maniqueos. Según la introducción del volumen, a Agustín lo invitó una comisión de donatistas y católicos preocupada por el avance de la secta en la comarca (la introducción remite a Posidio, Vida de Agustín, VI), y Fortunato dudó antes de aceptar, hasta que los suyos lo persuadieron. Las fechas no concuerdan: el texto abre con «el cinco de septiembre», cónsules Arcadio (por segunda vez) y Rufino, y la introducción dice 28 y 29 de agosto de 392; el NPNF no explica la diferencia. Hipona Regia es la actual Annaba, en Argelia (Wikipedia).

    Fortunato, § 1

    1. Agustín dijo: Ahora considero error lo que antes consideraba verdad. Deseo oír de vosotros, que estáis presentes, si mi suposición es correcta. Ante todo, considero el colmo del error creer que Dios omnipotente, en quien está nuestra única esperanza, sea en alguna parte violable, contaminable o corruptible. Sé que vuestra herejía afirma esto, no ciertamente con las palabras que ahora uso; pues cuando se os interroga confesáis que Dios es incorruptible, absolutamente inviolable e incontaminable; pero cuando comenzáis a exponer el resto de vuestro sistema, nos vemos obligados a declararlo corruptible, penetrable, contaminable. Pues decís que otra raza de las tinieblas, sea lo que fuere, se ha rebelado contra el reino de Dios; pero que Dios omnipotente, cuando vio qué ruina y desolación amenazaban sus dominios, a menos que opusiera alguna resistencia a la raza adversa y la contrarrestara, envió esta virtud, de cuya mezcla con el mal y la raza de las tinieblas fue formado el mundo. De aquí que aquí las almas buenas trabajan, sirven, yerran, son corrompidas: para que vean la necesidad de un libertador, que las purgue del error, las desate de esta mezcla con el mal y las libere de la servidumbre. Pienso que es impío creer que Dios omnipotente temió alguna vez a raza adversa alguna, o estuvo bajo la necesidad de precipitarnos en aflicciones.
    Fortunato dijo: Puesto que sé que has estado entre nosotros, es decir, que has vivido como adepto entre los maniqueos, estos son los principios de nuestra fe. Lo que ahora ha de considerarse es nuestro modo de vivir, los crímenes falsamente alegados por los que somos maltratados. Por tanto, que los hombres buenos aquí presentes oigan de ti si estas cosas de las que se nos acusa y que nos han echado en cara son verdaderas o falsas. Pues de tu instrucción, y de tu exposición y explicación, habrán podido obtener información más correcta sobre nuestro modo de vida, si ha sido expuesto por ti.

    Fortunato, § 2

    2. Agustín dijo: Yo estuve entre vosotros, pero la fe y las costumbres son cuestiones distintas. Propuse discutir sobre la fe. Pero si los presentes prefieren oír sobre las costumbres, no rehúso esa cuestión.
    Fortunato dijo: Quiero primero purgarme en tu conciencia, en la que estamos contaminados, por el testimonio de un hombre competente (que aun ahora es competente para mí), y en vista del examen futuro de Cristo, el justo juez, si él vio en nosotros, o él mismo practicó por imitación, las cosas que ahora se nos echan en cara.

    Fortunato, § 3

    3. Agustín dijo: Me llamas a otra cosa, cuando yo había propuesto discutir la fe, pero acerca de vuestras costumbres sólo los que son vuestros Elegidos pueden saber plenamente. Pero sabes que yo no fui vuestro Elegido, sino oyente. Por tanto, aunque estuve presente en vuestras reuniones de oración, como has preguntado (si por separado entre vosotros tenéis algunas reuniones de oración, Dios solo y vosotros mismos podéis saberlo); sin embargo, en vuestras reuniones de oración donde he estado presente no he visto que ocurriera nada vergonzoso; sino solo que se denuncia la fe que después aprendí y aprobé, y que realizáis vuestros servicios de cara al sol. Además de esto no descubrí nada nuevo en vuestras reuniones, pero quienquiera que plantee alguna cuestión de costumbres contra vosotros, la plantea contra vuestros Elegidos. Pero lo que vosotros, que sois Elegidos, hacéis entre vosotros, no tengo medio de saberlo. Pues a menudo he oído de vosotros que recibís la Eucaristía. Pero como el momento de recibirla me estaba oculto, ¿cómo podía saber qué recibís? Así que dejad la cuestión de las costumbres, si os place, para discusión entre vuestros Elegidos, si puede discutirse. Me disteis una fe que hoy desapruebo. Esta propuse discutir. Que se responda a mi proposición.
    Fortunato dijo: Y nuestra profesión es esto mismo: que Dios es incorruptible, lúcido, inaccesible, intenible, impasible, que habita sus propias luces eternas, que nada corruptible procede de Él, ni tinieblas, ni demonios, ni Satanás, ni cosa adversa alguna puede hallarse en su reino. Pero que envió un Salvador semejante a Él; que el Verbo nacido desde la fundación del mundo, cuando hubo formado el mundo, después de la formación del mundo vino entre los hombres; que ha elegido almas dignas de Él según su propia santa voluntad, santificadas por mandato celestial, imbuidas de la fe y la razón de las cosas celestiales; que bajo su guía esas almas volverán de aquí de nuevo al reino de Dios según la santa promesa de quien dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la puerta"; y "Nadie puede venir al Padre sino por mí". Creemos estas cosas porque de otro modo, es decir, por otro mediador, las almas no pueden volver al reino de Dios, a menos que lo hallen como el camino, la verdad y la puerta. Pues Él mismo dijo: "El que me ha visto a mí, ha visto también a mi Padre"; [] y "quien haya creído en mí no gustará la muerte para siempre, sino que ha pasado de muerte a vida, y no vendrá a juicio". [] Estas cosas creemos y esta es la razón de nuestra fe, y según la fuerza de nuestra mente nos esforzamos por obrar según sus mandamientos, siguiendo la única fe de esta Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo.

    Fortunato, § 4

    4. Agustín dijo: ¿Cuál fue la causa de que esas almas fueran precipitadas en la muerte, las cuales confesáis que vienen por Cristo de la muerte a la vida?
    Fortunato dijo: Ahora, pues, dígnate continuar y contradecir, si no hay nada además de Dios.

    Fortunato, § 5

    5. Agustín dijo: No, dígnate tú responder a la pregunta que se te ha hecho: ¿Qué causa ha entregado estas almas a la muerte?
    Fortunato dijo: No, sino que tú dígnate decir si hay algo además de Dios, o todas las cosas están en Dios.

    Fortunato, § 6

    6. Agustín dijo: Esto puedo responder: que el Señor quiso que yo supiera que Dios no puede sufrir necesidad alguna, ni ser violado o corrompido en parte alguna. Lo cual, puesto que tú también lo reconoces, pregunto: ¿por qué necesidad envió aquí las almas que dices que vuelven por Cristo?
    Fortunato dijo: Lo que has dicho: que hasta ahora Dios te ha revelado que es incorruptible, como también me lo ha revelado a mí; hay que buscar la razón de cómo y por qué las almas han venido a este mundo, de modo que ahora con justicia Dios deba liberarlas de este mundo por medio de su Hijo unigénito y semejante a Él, si aparte de Él no hay nada.

    Fortunato, § 7

    7. Agustín dijo: No debemos defraudar a los presentes, hombres de nota, y pasar de la cuestión propuesta para la discusión a otra. Así, ambos confesamos, así nos concedemos a nosotros mismos, que Dios es incorruptible e inviolable, y que de ningún modo pudo padecer. De lo cual se sigue que vuestra herejía es falsa, la cual dice que Dios, cuando vio que la desolación y la ruina amenazaban su reino, envió una potencia que combatiera contra la raza de las tinieblas, y que de esta mezcla nuestras almas están en trabajos. Mi argumento es breve y, según creo, perfectamente claro para cualquiera. Si Dios no pudo sufrir nada de la raza de las tinieblas porque es inviolable, sin causa nos envió aquí para que aquí sufriéramos aflicción. Pero si algo puede padecer, no es inviolable, y engañáis a aquellos a quienes decís que Dios es inviolable. Pues esto lo niega vuestra herejía cuando exponéis el resto de ella.
    Fortunato dijo: Nosotros tenemos aquel sentir que nos enseña el apóstol Pablo, quien dice: "Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte." [] Tenemos, pues, este sentir acerca de nosotros mismos, el cual tenemos también acerca de Cristo, quien, siendo en forma de Dios, fue hecho obediente hasta la muerte para mostrar la semejanza de nuestras almas. Y así como mostró en sí mismo la semejanza de la muerte, y resucitado de entre los muertos mostró que era del Padre, del mismo modo pensamos que sucederá con nuestras almas, porque por Él podremos ser liberados de esta muerte, la cual o es ajena a Dios, o si pertenece a Dios, cesa su misericordia, y el nombre de libertador, y las obras de quien libera.

    Fortunato, § 8

    8. Agustín dijo: Pregunto cómo hemos venido a la muerte, y tú dices cómo podemos ser liberados de la muerte.
    Fortunato dijo: Así dijo el apóstol que debemos tener acerca de nosotros aquel sentir que Cristo nos ha mostrado. Si Cristo estuvo en sufrimiento y muerte, así también nosotros.

    Fortunato, § 9

    9. Agustín dijo: Es sabido por todos que la fe católica sostiene que nuestro Señor, esto es, el Poder y la Sabiduría de Dios, [] y el Verbo por quien todas las cosas fueron hechas y sin quien nada fue hecho, [] tomó sobre sí al hombre para liberarnos. En el hombre que tomó sobre sí, demostró aquellas cosas que tú has mencionado. Pero ahora preguntamos acerca de la sustancia de Dios mismo y de la Majestad inefable, si algo puede dañarla o no. Pues si algo puede dañarla, no es inviolable. Si nada puede dañar la sustancia de Dios, ¿qué iba a hacerle la raza de las tinieblas, contra la cual decís que Dios hizo la guerra antes de la fundación del mundo; en la cual guerra afirmáis que nosotros, es decir, almas que ahora manifiestamente necesitamos un libertador, hemos sido mezclados con todo mal e implicados en la muerte? Pues vuelvo a aquella brevísima afirmación: Si podía ser dañado, no es inviolable; si no podía, obró cruelmente al enviarnos aquí para sufrir estas cosas.
    Fortunato dijo: ¿El alma pertenece a Dios, o no?

    Fortunato, § 10

    10. Agustín dijo: Si es justo que tú dejes de responder a mis preguntas, y que yo sea interrogado, responderé.
    Fortunato dijo: ¿El alma actúa independientemente? Esto te pregunto.

    Fortunato, § 11

    11. Agustín dijo: Ciertamente diré lo que has preguntado; solo recuerda esto: que mientras tú has rehusado responder a mis preguntas, yo he respondido a las tuyas. Si preguntas si el alma descendió de Dios, es ciertamente una gran cuestión; pero ya descienda de Dios o no, hago esta respuesta acerca del alma: que no es Dios; que Dios es una cosa y el alma otra. Que Dios es inviolable, incorruptible, impenetrable e incontaminable, el cual tampoco pudo ser corrompido en parte alguna y a quien no se le puede hacer injuria en ninguna parte. Pero vemos también que el alma es pecadora, y está familiarizada con la miseria, y busca la verdad, y necesita un libertador. Esta condición cambiante del alma me muestra que el alma no es Dios. Pues si el alma es la sustancia de Dios, la sustancia de Dios yerra, la sustancia de Dios se corrompe, la sustancia de Dios es violada, la sustancia de Dios es engañada; lo cual es impío decir.
    Fortunato dijo: Por tanto, has negado que el alma sea de Dios, mientras sirve a pecados, vicios y cosas terrenales, y es llevada por el error, porque no puede suceder que Dios o su sustancia padezca esto. Pues Dios es incorruptible y su sustancia inmaculada y santa. Pero aquí se te pregunta si el alma es de Dios o no. Lo cual confesamos, y lo mostramos por el advenimiento del Salvador, por su santa predicación, por su elección; mientras Él se compadeció de las almas, y se dice que el alma vino según su voluntad, para que Él la librara de la muerte y la llevara a la gloria eterna, y la restituyera al Padre. Pero ¿qué dices y esperas acerca del alma: es de Dios o no? ¿Puede la sustancia de Dios, de la cual niegas que el alma tenga su ser, no estar sujeta a pasión alguna?

    Fortunato, § 12

    12. Agustín dijo: He negado que el alma sea la sustancia de Dios en el sentido de que sea Dios; pero sostengo que es de Dios como su autor, porque fue hecha por Dios. Una cosa es el Hacedor, otra la cosa hecha. Quien hizo no puede ser corruptible en absoluto, pero lo que hizo no puede ser en absoluto igual a quien lo hizo.
    Fortunato dijo: Ni yo he dicho que el alma sea semejante a Dios. Pero puesto que has dicho que el alma es una cosa artificial, y que no hay nada además de Dios, pregunto: ¿de dónde, pues, inventó Dios la sustancia del alma?

    Fortunato, § 13

    13. Agustín dijo: Solo ten presente que respondo a tus interrogaciones, pero que tú no respondes a las mías. Digo que el alma fue hecha por Dios como todas las demás cosas que fueron hechas por Dios; y que entre las cosas que Dios omnipotente hizo, se dio al alma el lugar principal. Pero si preguntas de dónde hizo Dios el alma, recuerda que tú y yo estamos de acuerdo en confesar que Dios es omnipotente. Pero no es omnipotente quien busca la ayuda de alguna materia de la cual hacer lo que quiere. De lo cual se sigue que, según nuestra fe, todas las cosas que Dios hizo por medio de su Verbo y su Sabiduría, las hizo de la nada. Pues así leemos: "Él ordenó y fueron hechas; Él mandó y fueron creadas."
    Fortunato dijo: ¿Tienen todas las cosas su existencia por mandato de Dios?

    Fortunato, § 14

    14. Agustín dijo: Así lo creo, pero todas las cosas que fueron hechas.
    Fortunato dijo: Como cosas hechas concuerdan, pero puesto que son inadecuadas para sí mismas, de aquí se sigue que no hay una sola sustancia, aunque del mismo orden del Uno vinieron a la composición y formación de este mundo. Pero es evidente en las cosas mismas que no hay semejanza entre las tinieblas y la luz, la verdad y la falsedad, la muerte y la vida, el alma y el cuerpo, y otras cosas semejantes que difieren entre sí tanto en nombres como en apariencias. Y con razón dijo nuestro Señor: "El árbol que mi Padre celestial no ha plantado será arrancado de raíz y echado al fuego, porque no da buen fruto"; y que el árbol ha sido arrancado. De aquí se sigue verdaderamente, por la razón de las cosas, que hay dos sustancias en este mundo que concuerdan en formas y en nombres, de las cuales una pertenece a las naturalezas corpóreas, pero la otra es la sustancia eterna del Padre omnipotente, la cual creemos que es la sustancia de Dios.

    Fortunato, § 15

    15. Agustín dijo: Aquellas cosas contrarias que te mueven para que pensemos adversamente, han sucedido a causa de nuestro pecado, es decir, a causa del pecado del hombre. Pues Dios hizo todas las cosas buenas y las ordenó bien; pero no hizo el pecado, y nuestro pecado voluntario es lo único que se llama mal. Hay otra clase de mal, que es la pena del pecado. Puesto que, por tanto, hay dos clases de mal, el pecado y la pena del pecado, el pecado no pertenece a Dios; la pena del pecado pertenece al vengador. Pues así como Dios es bueno, que constituyó todas las cosas, así es justo al vengarse del pecado. Puesto que, por tanto, todas las cosas están ordenadas del mejor modo posible, las cuales ahora nos parecen adversas, ha sucedido merecidamente al hombre caído que no quiso guardar la ley de Dios. Pues Dios dio libre albedrío al alma racional que está en el hombre. Pues así habría sido posible tener mérito, si fuéramos buenos voluntariamente y no por necesidad. Puesto que, por tanto, conviene que seamos buenos no por necesidad sino voluntariamente, convenía que Dios diera al alma libre albedrío. Pero a esta alma que obedece sus leyes, Dios le sujetó todas las cosas sin adversidad, para que el resto de las cosas que Dios hizo le sirviera, si también el alma misma hubiera querido servir a Dios. Pero si se negara a servir a Dios, aquellas cosas que le servían se convertirían en su castigo. Por lo cual, si todas las cosas están rectamente ordenadas por Dios, y son buenas, Dios no sufre mal.
    Fortunato dijo: Él no sufre, sino que previene el mal.

    Fortunato, § 16

    16. Agustín dijo: ¿De quién, pues, iba a sufrirlo Él?
    Fortunato dijo: Este es mi punto: que Él quiso prevenirlo, no temerariamente, sino con poder y presciencia. Pero negad que el mal exista aparte de Dios, cuando pueden mostrarse otros preceptos que se cumplen aparte de su voluntad. No se introduce un precepto sino donde hay contrariedad. La facultad libre de vivir no se da sino donde hay una caída, según el argumento del apóstol que dice: "Y a vosotros os dio vida, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, del espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia; entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en las concupiscencias de nuestra carne, haciendo los deseos de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás; pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo —por gracia habéis sido salvados—, y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne; en aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, las enemistades, en su carne; aboliendo en sus decretos la ley de los mandamientos, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció la paz a vosotros que estabais lejos, y la paz a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre."

    Fortunato, § 17

    17. Agustín dijo: Este pasaje del Apóstol, que has tenido a bien recitar, si no me engaño, favorece grandemente a mi fe y va contra la vuestra. En primer lugar, porque el libre albedrío mismo, del cual he dicho que depende la posibilidad de que el alma peque, queda aquí suficientemente expresado cuando se mencionan los pecados y se dice que nuestra reconciliación con Dios se realiza por medio de Jesucristo. Pues pecando fuimos puestos en oposición a Dios; pero guardando los preceptos de Cristo somos reconciliados con Dios; de modo que nosotros, que estábamos muertos en los pecados, podemos ser vivificados guardando sus preceptos, y tener paz con Él en un solo Espíritu, de quien estábamos alienados por no guardar sus preceptos; como se expone en nuestra fe acerca del hombre que fue creado primero. Te pregunto, pues, según ese pasaje que se ha leído, ¿cómo podemos tener pecados si una naturaleza contraria nos obliga a hacer lo que hacemos? Porque quien es compelido por su naturaleza a hacer algo, no peca. Pero quien peca, peca por libre albedrío. ¿Por qué, pues, se nos impondría arrepentimiento, si no hemos hecho nada malo, sino solo la raza de las tinieblas? Asimismo, pregunto: ¿a quién se concede el perdón de los pecados, a nosotros o a la raza de las tinieblas? Si a la raza de las tinieblas, su raza reinará también con Él, recibiendo el perdón del pecado; pero si a nosotros, es manifiesto que hemos pecado voluntariamente. Porque es el colmo de la necedad que sea perdonado quien no ha hecho mal alguno. Pero no ha hecho mal alguno quien nada ha hecho por su propia voluntad. Por tanto, el alma que hoy se promete a sí misma el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, si dejara de pecar y se arrepintiera de los pecados pasados; si respondiera según vuestra fe y dijera: ¿En qué he pecado? ¿De qué soy culpable? ¿Por qué me expulsaste de tus dominios, para que luchara contra no sé qué raza? He sido pisoteada, he sido mezclada, he sido corrompida, estoy agotada, mi libre albedrío no ha sido preservado. Tú conoces la necesidad por la cual soy preservada: ¿por qué me imputas las heridas que he recibido? ¿Por qué me obligas al arrepentimiento cuando Tú eres la causa de mis heridas; cuando sabes lo que he sufrido, lo que la raza de las tinieblas ha hecho contra mí, siendo Tú el autor que ningún daño podía sufrir y queriendo, no obstante, salvar los dominios que nada podía injuriar, me arrojaste a estas miserias? Si en verdad soy una parte de Ti, que he procedido de tus entrañas, si soy de tu reino y de tu boca, no debería sufrir nada en esta raza de las tinieblas, de modo que, permaneciendo yo incorrupta, esa raza fuera sometida, si yo era una parte del Señor. Pero ahora, puesto que no puede ser dominada sino por mi corrupción, ¿cómo puedo decirse que soy parte de Ti, o Tú permanecer inviolable, o no ser cruel al querer que yo sufra por aquellos dominios, que de ningún modo podían ser dañados por esa raza de las tinieblas? Responde a esto, si te place, y dígnate también explicarme cómo dijo el Apóstol: "Éramos por naturaleza hijos de ira"; los cuales, dice, han sido reconciliados con Dios. Si, por tanto, eran por naturaleza hijos de ira, ¿cómo decís que el alma es por naturaleza hija y porción de Dios?
    Fortunato dijo: Si con respecto al alma el apóstol hubiera dicho que somos por naturaleza hijos de ira, el alma habría sido separada por boca del apóstol de Dios. Con este argumento solo muestras que el alma no pertenece a Dios, porque el apóstol dice: "Somos por naturaleza hijos de ira". Pero si se dice en vista de que el apóstol [] era retenido por la ley, descendiendo, como él mismo testifica, de la simiente de Abraham, se sigue que ha dicho corporalmente que nosotros [es decir, los judíos] éramos hijos de ira, como los demás hombres. Pero muestra que la sustancia del alma es de Dios, y que el alma no puede de otro modo ser reconciliada con Dios sino por el Maestro, que es Cristo Jesús. Pues muerta la enemistad, el alma pareció a Dios indigna de haber existido. Pero que fue enviada, esto lo confesamos, por Dios todopoderoso, derivando de Él su origen y enviada para sellar su voluntad. Del mismo modo creemos también que Cristo el Salvador vino del cielo para cumplir la voluntad del Padre. Y esta voluntad del Padre era ésta: liberar nuestras almas de la misma enemistad, muerta esta enemistad, la cual, si no se hubiera opuesto a Dios, no podría llamarse enemistad donde había unidad, ni podría hablarse de muerte o que tuviera lugar donde había vida.

    Fortunato, § 18

    18. Agustín dijo: Recuerda que el apóstol dijo que estamos alienados de Dios por nuestra manera de vivir.
    Fortunato dijo: Concedo que hubo dos sustancias. En la sustancia de la luz, como hemos dicho arriba, ha de tenerse a Dios por incorruptible; pero hubo una naturaleza contraria de tinieblas, la cual también hoy confieso vencida por el poder de Dios, y que Cristo ha sido enviado como Salvador para mi restauración, como dice antes el mismo apóstol.

    Fortunato, § 19

    19. Agustín dijo: Que discutiéramos con razones la creencia en dos naturalezas lo han hecho obligatorio quienes nos oyen. Pero puesto que de nuevo te has refugiado en las Escrituras, desciendo a ellas y exijo que no se pase nada por alto, no sea que usando ciertas afirmaciones confundamos las mentes de aquellos a quienes las Escrituras no son bien conocidas. Consideremos, pues, una afirmación que el apóstol tiene en su epístola a los Romanos. Pues en la primera página está lo que fuertemente va contra vosotros. Dice: "Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, que le fue hecho de la simiente de David según la carne, que fue predestinado a ser Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos de nuestro Señor Jesucristo." [] Vemos que el apóstol nos enseña acerca de nuestro Señor Jesucristo que antes de la carne fue predestinado por el poder de Dios, y según la carne le fue hecho de la simiente de David. Puesto que siempre habéis negado y siempre negaréis esto, ¿cómo exigís con tanto empeño las Escrituras para que discutamos más bien según ellas?
    Fortunato dijo: Afirmas que según la carne Cristo fue de la simiente de David, cuando debería afirmarse que nació de una virgen [] y que debe ser engrandecido como Hijo de Dios. Pues esto no puede ser, a menos que, así como lo que es del espíritu se tenga por espíritu, así también lo que es de la carne se conozca como carne. [] Contra lo cual está la autoridad del Evangelio en que se dice que "la carne y la sangre no heredarán el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción". []
    Aquí se levantó un clamor entre los oyentes, que deseaban que la discusión se llevara por razones, porque veían que Fortunato no quería recibir todas las cosas que están escritas en el Códice del apóstol. Entonces comenzaron a tenerse pequeñas discusiones aquí y allá por todos, hasta que Fortunato dijo que el Verbo de Dios había sido encadenado en la raza de las tinieblas. Ante lo cual, habiendo manifestado los presentes su horror, se cerró la reunión.

    Disputa del segundo día

    Fortunato, segundo día

    Al día siguiente, convocado de nuevo un notario, la discusión se desarrolló como sigue:
    Fortunato dijo: Digo que Dios Todopoderoso no produce de sí mismo nada malo, y que las cosas que son suyas permanecen incorruptas, habiendo brotado y naciendo de una fuente inviolable; pero otras cosas contrarias que tienen su ser en este mundo no fluyen de Dios ni han aparecido en este mundo teniendo a Dios por autor; es decir, no derivan su origen de Dios. Estas cosas, pues, las hemos recibido en la creencia de que las cosas malas son ajenas a Dios.

    Fortunato, § 20

    20. Agustín dijo: Y nuestra fe es ésta: que Dios no es progenitor de las cosas malas, ni ha hecho naturaleza mala alguna. Pero puesto que ambos convenimos en que Dios es incorruptible e incontaminable, es propio de los prudentes y fieles considerar cuál fe es más pura y más digna de la majestad de Dios: aquella en que se afirma que el poder de Dios, o alguna parte de Dios, o el Verbo de Dios, puede ser cambiado, violado, corrompido, encadenado; o aquella en que se dice que Dios Todopoderoso y toda su naturaleza y sustancia jamás pueden ser corrompidos en parte alguna, sino que los males tienen su ser por el pecado voluntario del alma, a la cual Dios dio libre albedrío. Si Dios no hubiera dado este libre albedrío, no podría haber justo juicio penal, ni mérito de conducta recta, ni instrucción divina para arrepentirse de los pecados, ni el perdón mismo de los pecados que Dios nos ha otorgado por nuestro Señor Jesucristo. Porque quien no peca voluntariamente, no peca en absoluto. Esto creo que está abierto y es perspicuo para todos. Por lo cual no debe turbarnos si según nuestros merecimientos sufrimos algunas incomodidades en las cosas que Dios ha hecho. Pues así como Él es bueno para constituir todas las cosas, así es justo para no perdonar los pecados; los cuales pecados, como he dicho, si no hubiera libre albedrío en nosotros, no serían pecados. Pues si alguien, por así decirlo, fuera atado por otro en sus demás miembros, y con su mano se escribiera algo falso sin su propia voluntad, pregunto si, puesto esto al descubierto ante un juez, podría éste condenarlo por el crimen de falsedad. Por tanto, si es manifiesto que no hay pecado donde no hay libre ejercicio de la voluntad, deseo oír qué mal ha hecho el alma que llamáis parte, o poder, o palabra, o algo distinto, de Dios, para que deba ser castigada por Dios, o arrepentirse del pecado, o merecer el perdón, puesto que de ninguna manera ha pecado.
    Fortunato dijo: He propuesto acerca de las sustancias que Dios ha de ser considerado creador solo de las cosas buenas, pero vengador de las cosas malas, por la razón de que las cosas malas no son de Él. Por tanto, con buena razón pienso esto, y que Dios venga las cosas malas porque no son de sí mismo. Pero si fueran de Él, o les daría licencia para pecar, como dices que Dios ha dado el libre albedrío, y entonces ya se le hallaría partícipe de mi culpa, porque sería el autor de mi culpa; o, ignorando lo que yo habría de ser, me habría dejado a quien no constituyó digno de sí mismo. Esto, pues, es lo que propongo, y lo que ahora pregunto es si Dios instituyó el mal o no; y si Él mismo instituyó el fin de los males. Pues de estas cosas aparece, y la fe evangélica enseña, que las cosas que hemos dicho que fueron hechas por Dios mismo como Dios Creador, como creadas y engendradas por Él, deben estimarse incorruptibles. Estas cosas también he propuesto que pertenecen a nuestra creencia, y que pueden ser confirmadas por ti en esa profesión nuestra, sin perjuicio de la autoridad de la fe cristiana. Y porque de ningún modo puedo mostrar que creo rectamente, a menos que confirme esa creencia por la autoridad de las Escrituras, esto es lo que he insinuado, lo que he dicho. O si las cosas malas han aparecido en el mundo teniendo a Dios por autor, dígnate decirlo tú mismo; o si es recto creer que las cosas malas no son de Dios, esto también debe honrarlo y recibirlo la consideración de los presentes. He hablado de las sustancias, no del pecado que habita en nosotros. Pues si lo que pensamos que causa las faltas no tuviera origen, no nos veríamos obligados a venir al pecado o a la falta. Porque pecamos sin querer, y somos compelidos por una sustancia contraria y hostil a nosotros, por eso seguimos el conocimiento de las cosas. Con cuyo conocimiento el alma, amonestada y restituida a la prístina memoria, reconoce la fuente de la que deriva su existencia, en qué mal habita, y por qué buenas obras, enmendando de nuevo aquello en que pecó sin querer, pueda por la enmienda de sus faltas, en razón de las buenas obras, asegurarse el mérito de la reconciliación con Dios, siendo autor de ella nuestro Salvador, que nos enseña también a practicar lo bueno y huir de lo malo. Pues nos pides que creamos que no por alguna naturaleza contraria, sino por su propia elección, el hombre sirve a la justicia o se ve envuelto en pecados; ya que, no existiendo raza contraria alguna, si el alma, a la que como dices Dios dio libre albedrío, constituida en el cuerpo, habitara sola, estaría sin pecado, y no se vería envuelta en pecados.

    Fortunato, § 21

    21. Agustín dijo: Digo que no es pecado si no se comete por propia voluntad; de ahí también hay recompensa, porque por nuestra propia voluntad obramos el bien. O si el que peca contra su voluntad merece castigo, el que contra su voluntad hace el bien debería merecer recompensa. Pero ¿quién duda de que la recompensa se otorga solo a aquel que hace algo de buena voluntad? De lo cual conocemos que el castigo también se inflige a aquel que hace algo de mala voluntad. Pero puesto que me remites a las naturalezas y sustancias primordiales, mi fe es que Dios Todopoderoso —lo cual debe atenderse y fijarse en la mente especialmente—, que Dios Todopoderoso ha hecho las cosas buenas. Pero las cosas hechas por Él no pueden ser tales como es Aquel que las hizo. Pues es injusto y necio creer que las obras son iguales al artífice, las cosas hechas al hacedor. Por lo cual, si es reverente creer que Dios hizo todas las cosas buenas, siendo Él, no obstante, con mucho más excelente y con mucho más preeminente que ellas, el origen y la cabeza del mal es el pecado, como dijo el Apóstol: "La avaricia es la raíz de todos los males; la cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores." [] Pues si buscas la raíz de todos los males, tienes al Apóstol diciendo que la avaricia es la raíz de todos los males. Pero la raíz de una raíz no puedo buscarla. O si hay otro mal cuya raíz no sea la avaricia, la avaricia no será la raíz de todos los males. Pero si es verdad que la avaricia es la raíz de todos los males, en vano buscamos otra clase de mal. En cuanto a esa naturaleza contraria vuestra que introduces, puesto que he respondido a tus objeciones, pido que te dignes decirme si es enteramente mala, si no puede haber pecado aparte de ella, si por ésta sola se merece castigo, y no por el alma por la cual ningún pecado ha sido cometido. Pero si dices que esta naturaleza contraria sola merece castigo, y no el alma, pregunto a cuál se le concede el arrepentimiento que se manda. Si se manda al alma arrepentirse, el pecado procede del alma, y el alma ha pecado voluntariamente. Pues si el alma es forzada a hacer el mal, lo que hace no es malo. ¿No es necio y absurdísimo decir que la raza de las tinieblas ha pecado y que yo me arrepiento de los pecados? ¿No es absurdísimo decir que la raza de las tinieblas ha pecado y que a mí se me concede el perdón de los pecados, a mí que según vuestra fe bien puedo decir: ¿Qué he hecho? ¿Qué he cometido? Estaba contigo, estaba íntegro, no estaba contaminado con mancha alguna. Tú me enviaste aquí, Tú consentiste la necesidad, Tú protegiste tus dominios cuando los amenazaba gran contaminación y desolación. Puesto que, por tanto, conoces la necesidad por la que he sido oprimido aquí, por la que no podía respirar, a la que no podía resistir, ¿por qué me acusas como si pecara? ¿O por qué me prometes el perdón de los pecados? Responde a esto sin evasivas, si te place, como yo te he respondido a ti.
    Fortunato dijo: Decimos esto: que el alma es compelida por una naturaleza contraria a transgredir, por cuya transgresión tú sostienes que no hay raíz sino el mal que habita en nosotros; pues es cierto que, aparte de nuestros cuerpos, cosas malas habitan en todo el mundo. Pues no solo aquellas cosas que tenemos en nuestros cuerpos habitan en todo el mundo y son conocidas por sus nombres como buenas; también hay una raíz mala que inhiere. Pues tu dignidad ha dicho que esta avaricia que habita en nuestros cuerpos es la raíz de los males; puesto que, por tanto, no hay deseo de mal fuera de nuestros cuerpos, de esa fuente desciende la naturaleza contraria que habita en todo el mundo. Pues el Apóstol designó aquello, a saber, la avaricia, como raíz de los males, no un mal único que tú has llamado raíz de todos los males. Pero no de una sola manera se entiende la avaricia, que tú has dicho que es la raíz de todos los males, como si fuera de aquello que habita solo en nuestros cuerpos; pues es cierto que este mal que habita en nosotros desciende de un autor malo, y que esta raíz, como tú la llamas, es una pequeña porción del mal, de modo que no es la raíz misma, sino una pequeña porción del mal, de aquel mal que habita en todas partes. A esta raíz y árbol nuestro Señor llamó malo, por no dar nunca buen fruto, que su Padre no plantó, y que merecidamente es arrancado de raíz y echado al fuego. Pues como tú dices, que el pecado debe imputarse a la naturaleza contraria, esa naturaleza pertenece al mal; y que esto es pecado del alma si, después de la advertencia de nuestro Salvador y su saludable instrucción, el alma se hubiere segregado de su raza contraria y hostil, adornándose también con cosas más puras; de otro modo no puede ser restituida a su propia sustancia. Pues está dicho: "Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora que he venido y he hablado, y han rehusado creerme, no tendrán excusa por su pecado." [] De donde es perfectamente claro que el arrepentimiento ha sido dado después del advenimiento del Salvador, y después de este conocimiento de las cosas, por el cual el alma puede, como lavada en una fuente divina de la suciedad y los vicios tanto de todo el mundo como de los cuerpos en que la misma alma habita, ser restituida al reino de Dios de donde ha salido. Pues dice el Apóstol que "la mente de la carne es enemistad contra Dios; no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede." [] Por tanto, es evidente de estas cosas que el alma buena parece pecar no voluntariamente, sino por la acción de aquello que no está sujeto a la ley de Dios. Pues igualmente se sigue: "La carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; de modo que no podéis hacer lo que queréis." [] Y de nuevo: "Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente y me lleva cautivo a la ley del pecado y de la muerte. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte, sino la gracia de Dios por nuestro Señor Jesucristo?" [] "por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo"? []

    Fortunato, § 22

    22. Agustín dijo: Reconozco y abrazo los testimonios de las divinas Escrituras, y mostraré en pocas palabras, como Dios se digne concederlo, cuán coherentes son con mi fe. Digo que hubo libre ejercicio de voluntad en aquel hombre que fue formado primero. Fue hecho de tal modo que absolutamente nada podía resistir a su voluntad, si hubiera querido guardar los preceptos de Dios. Pero después que pecó voluntariamente, nosotros, que hemos descendido de su estirpe, fuimos precipitados en la necesidad. Pero cada uno de nosotros puede, con un poco de consideración, hallar que lo que digo es verdad. Pues todavía hoy, en nuestras acciones, antes de que nos enrede hábito alguno, tenemos libre elección de hacer o no hacer una cosa. Pero cuando por esa libertad hemos hecho algo y la perniciosa dulzura y el placer de aquel acto se han apoderado de la mente, por su propio hábito queda la mente tan enredada que después no puede vencer lo que pecando ha fabricado para sí. Vemos a muchos que no quieren jurar, pero, porque la lengua ya se ha habituado, no pueden impedir que salgan de la boca aquellas cosas que no podemos sino atribuir a la raíz del mal. Pues para que yo discuta contigo esas palabras que, así como no se apartan de tu boca, ojalá así sean entendidas por tu corazón: tú juras por el Paráclito. Si, por tanto, quieres averiguar por experiencia si es verdad lo que digo, determina no jurar. Verás que ese hábito es arrastrado conforme se ha acostumbrado. Y esto es lo que guerrea contra el alma: el hábito formado en la carne. Ésta es, en efecto, la mente de la carne, la cual, mientras así no pueda someterse a la ley de Dios, tanto tiempo es la mente de la carne; como si se dijera que la nieve no puede ser tibia. Porque mientras es nieve, de ningún modo puede ser tibia. Pero así como la nieve se derrite por el calor, de modo que se vuelve tibia, así la mente de la carne, es decir, el hábito formado con la carne, cuando nuestra mente ha sido iluminada, esto es, cuando Dios ha sometido para sí todo el hombre a la elección de la ley divina, en lugar del hábito malo del alma, produce un hábito bueno. Por consiguiente, con toda verdad dice el Señor de los dos árboles, el uno bueno y el otro malo, que has traído a la memoria, que tienen sus propios frutos; es decir, que ni el árbol bueno puede dar fruto malo, ni el árbol malo fruto bueno, pero mientras sea malo. Tomemos dos hombres, uno bueno y otro malo. Mientras es bueno, no puede dar fruto malo; mientras es malo, no puede dar fruto bueno. Pero para que sepas que esos dos árboles están puestos por el Señor de tal modo que allí se signifique el libre albedrío, que esos dos árboles no son naturalezas sino nuestras voluntades, Él mismo dice en el evangelio: "O haced el árbol bueno, o haced el árbol malo." [] ¿Quién es el que puede hacer una naturaleza? Si, por tanto, se nos manda hacer el árbol o bueno o malo, nuestro es elegir lo que queremos. Por tanto, acerca de aquel pecado del hombre y acerca de aquel hábito del alma formado con la carne, dice el Apóstol: "Nadie os engañe"; [] "Toda criatura que ha sido hecha por Dios es buena." [] El mismo Apóstol, al que tú también has citado, dice: "Como por la desobediencia de uno los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos." [] "Por cuanto por el hombre vino la muerte, por el hombre también viene la resurrección de los muertos." Mientras, pues, llevamos la imagen del hombre terreno, es decir, mientras vivimos según la carne, la cual se llama también el hombre viejo, tenemos la necesidad de nuestro hábito, de modo que no hagamos lo que queremos. Pero cuando la gracia de Dios ha infundido en nosotros el amor divino y nos ha hecho súbditos de su voluntad, se nos dice: "Habéis sido llamados a libertad"; [] y "la gracia de Dios me ha hecho libre de la ley del pecado y de la muerte." [] Pero la ley del pecado es que quien hubiere pecado morirá. De esta ley somos liberados cuando hemos comenzado a ser justos. La ley de la muerte es aquella por la que se dijo al hombre: "Polvo eres y en polvo te convertirás." [] Pues por esto mismo todos nacemos así, porque somos tierra, y del hecho de que todos nacemos así porque somos tierra, todos iremos a la tierra a causa del merecido de los pecados del primer hombre. Pero a causa de la gracia de Dios, que nos libra de la ley del pecado y de la muerte, convertidos a la justicia somos liberados; de modo que esta misma carne, que luego nos tortura con su castigo mientras permanecemos en los pecados, se nos sujeta en la resurrección, y con ninguna adversidad nos aparta de guardar la ley de Dios y sus preceptos. Por lo cual, puesto que he respondido a tus preguntas, dígnate responder como deseo: ¿cómo puede suceder que, si la naturaleza es contraria a Dios, se nos impute pecado a nosotros, que fuimos enviados a esa naturaleza no voluntariamente, sino por Dios mismo, a quien nada podía dañar?
    Fortunato dijo: Así como también el Señor dijo a sus discípulos: "He aquí, os envío como ovejas en medio de lobos". [] De aquí debe saberse que no con intención hostil envió nuestro Salvador sus corderos, es decir, sus discípulos, en medio de lobos, a menos que hubiera habido alguna contrariedad, que Él indicaría con la semejanza de los lobos, adonde también había enviado a sus discípulos; para que las almas que acaso pudieran ser engañadas en medio de lobos fueran llamadas de vuelta a su propia sustancia. De aquí también puede aparecer la antigüedad de nuestros tiempos a los que volvemos, y de nuestros años, que antes de la fundación del mundo las almas fueron enviadas de este modo contra la naturaleza contraria, para que, sometiéndola por su pasión, la victoria fuera restituida a Dios. Pues el mismo apóstol dijo que no solo ha de haber lucha contra la carne y la sangre, sino también contra los principados y potestades, y las cosas espirituales de maldad, y la dominación de las tinieblas. [] Si por tanto en ambos lugares moran los males y son estimados como maldades, no solo ahora está el mal en nuestros cuerpos, sino en todo el mundo, donde aparecen morar las almas, que moran bajo aquel cielo y están encadenadas.

    Fortunato, § 23

    23. Agustín dijo: El Señor envió sus corderos en medio de lobos, es decir, a los justos en medio de los pecadores para la predicación del evangelio recibida en el tiempo del hombre por la inestimable Sabiduría divina, para llamarnos del pecado a la justicia. Pero lo que dice el apóstol, que nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, y las demás cosas que se han citado, significa que el diablo y sus ángeles, como también nosotros, han caído y resbalado por el pecado, y se han apoderado de las cosas terrenas, es decir, de los hombres pecadores, quienes, mientras somos pecadores, están bajo su yugo, así como cuando seamos justos, estaremos bajo el yugo de la justicia; y contra ellos tenemos lucha, para que, pasando a la justicia, seamos librados de su dominio. Dígnate, pues, también tú responder a la única pregunta que te hago: ¿Podía Dios sufrir injuria, o no? Pero te pido que respondas: No podía.
    Fortunato dijo: No podía sufrir injuria.

    Fortunato, § 24

    24. Agustín dijo: ¿Por qué, entonces, nos envió aquí, según tu fe?
    Fortunato dijo: Mi profesión es esta: que Dios no podía ser injuriado, y que Él nos dirigió aquí. Pero puesto que esto es contrario a tu parecer, di tú cómo explicas que el alma esté aquí, la cual nuestro Dios desea liberar tanto por sus mandamientos como por su propio Hijo, a quien ha enviado.

    Fortunato, § 25

    25. Agustín dijo: Puesto que veo que no puedes responder a mis preguntas, y deseas preguntarme algo, he aquí que te satisfago, con tal de que tengas presente que no has respondido a mi pregunta. Por qué el alma está aquí, en este mundo, envuelta en miserias, lo he explicado no hace un momento, sino una y otra vez hace poco. El alma pecó, y por tanto es miserable. Aceptó el libre albedrío, usó el libre albedrío, como quiso; cayó, fue arrojada de la bienaventuranza, quedó implicada en miserias. En relación con esto te recité el testimonio del apóstol que dice: "Como por un hombre vino la muerte, así también por un hombre vino la resurrección de los muertos". ¿Qué más pides? Responde, pues: ¿por qué Aquel que no podía sufrir injuria nos envió aquí?
    Fortunato dijo: Debe buscarse la causa por la cual el alma vino aquí, o por qué Dios desea liberar de aquí al alma que vive en medio de los males.

    Fortunato, § 26

    26. Agustín dijo: Esta causa te pregunto, es decir, si Dios no podía sufrir injuria, ¿por qué nos envió aquí?
    Fortunato dijo: Se nos pregunta, si el mal no puede injuriar a Dios, por qué el alma fue enviada aquí, o por qué razón fue mezclada con el mundo. Lo cual es manifiesto en lo que dice el apóstol: "¿Dirá la cosa formada al que la formó: por qué me has formado así?" [] Si, pues, esta causa ha de alegarse, a Él se le ha de preguntar por qué envió el alma, sin que ninguna necesidad lo compeliera. Pero si hubo necesidad de enviar el alma, con razón existe también la voluntad de liberarla.

    Fortunato, § 27

    27. Agustín dijo: Entonces Dios está oprimido por la necesidad, ¿es así?
    Fortunato dijo: Ahora es esto. No busques acarrear odio sobre lo dicho, porque no hacemos a Dios sujeto a la necesidad, sino que envió el alma voluntariamente.

    Fortunato, § 28

    28. Agustín dijo: Recuerda lo que se dijo antes. Y dice así: "Pero si hubo necesidad de enviar el alma, con razón existe también la voluntad de liberarla". Agustín dijo: Hemos oído: "Pero si hubo necesidad de enviar el alma, con razón existe también la voluntad de liberarla". Tú, pues, dijiste que hubo necesidad de enviar el alma. Pero si solo quieres decir "voluntad de enviar", añado también esto: Aquel que no podía sufrir injuria tuvo la cruel voluntad de enviar el alma a tan grandes miserias. Porque hablo para refutar esta afirmación, pido perdón a la misericordia de Aquel en quien tenemos esperanza de liberación de todos los errores de los herejes.
    Fortunato dijo: Aseveras que decimos que Dios es cruel al enviar el alma, pero que Dios hizo al hombre, sopló en él un alma que ciertamente sabía de antemano que habría de estar envuelta en miseria futura, y que no podría por razón de los males ser restituida a su herencia. Esto pertenece o a quien es ignorante, o a quien entrega el alma a los males antedichos. Esto lo he citado porque dijiste no hace mucho que Dios adoptó el alma, no que sea de Él; pues adoptar es cosa distinta.

    Fortunato, § 29

    29. Agustín dijo: Sobre la adopción recuerdo que hablé hace algunos días según el testimonio del apóstol, que dice que hemos sido llamados a la adopción de hijos. [] Esta no fue, pues, mi respuesta, sino la del apóstol; sobre lo cual, es decir, sobre esa adopción, podemos indagar, si te place, a su debido tiempo; y sobre ello responderé sin demora, cuando hayas respondido a mis objeciones.
    Fortunato dijo: Digo que hubo una salida del alma contra una naturaleza contraria, la cual naturaleza no podía injuriar a Dios.

    Fortunato, § 30

    30. Agustín dijo: ¿Qué necesidad había de esa salida, cuando Dios, a quien nada podía injuriar, no tenía nada que proteger?
    Fortunato dijo: ¿Sostienes en conciencia que Cristo vino de Dios?

    Fortunato, § 31

    31. Agustín dijo: De nuevo me estás preguntando. Responde a mis preguntas.
    Fortunato dijo: Así lo he recibido en la fe: que por la voluntad de Dios vino aquí.

    Fortunato, § 32

    32. Agustín dijo: Y yo digo: ¿Por qué Dios, omnipotente, inviolable, inmutable, a quien nada podía injuriar, envió aquí el alma, a las miserias, al error, a las cosas que sufrimos?
    Fortunato dijo: Pues se ha dicho: "Tengo poder para entregar mi alma y tengo poder para tomarla de nuevo". [] Ahora bien, Él dijo que por la voluntad de Dios el alma salió.

    Fortunato, § 33

    33. Agustín dijo: Pregunto la razón por la cual Dios, cuando de ningún modo puede sufrir injuria, envió el alma aquí.
    Fortunato dijo: Ya hemos dicho que Dios de ningún modo puede sufrir injuria, y hemos dicho que el alma está en una naturaleza contraria, por tanto que impone un límite a la naturaleza contraria. Impuesta la restricción a la naturaleza contraria, Dios toma la misma. Pues Él mismo dijo: "Tengo poder para entregar mi alma y poder para tomarla". El Padre me dio el poder de entregar mi alma y de tomarla. ¿A qué alma, pues, se refirió Dios, que hablaba en el Hijo? Evidentemente a nuestra alma, que está retenida en estos cuerpos, que vino por su voluntad, y por su voluntad es tomada de nuevo.

    Fortunato, § 34

    34. Agustín dijo: Por qué dijo nuestro Señor: "Tengo poder para entregar mi alma y poder para tomarla", es conocido de todos; porque estaba por padecer y resucitar. Pero te pregunto una y otra vez: si Dios de ningún modo podía sufrir injuria, ¿por qué envió las almas aquí?
    Fortunato dijo: Para imponer un límite a la naturaleza contraria.

    Fortunato, § 35

    35. Agustín dijo: ¿Y Dios omnipotente, misericordioso y supremo, para imponer una restricción a la naturaleza contraria, quiso que fuera limitada para hacernos a nosotros desenfrenados?
    Fortunato dijo: Pero así nos llama de vuelta a sí.

    Fortunato, § 36

    36. Agustín dijo: Si nos llama de vuelta a sí desde un estado de desenfreno, si desde el pecado, desde el error, desde la miseria, ¿qué necesidad había de que el alma sufriera tan grandes males durante tan largo tiempo hasta que el mundo acabe? Puesto que Dios, por quien dices que fue enviada, de ningún modo podía sufrir injuria.
    Fortunato dijo: ¿Qué he de decir, pues?

    Fortunato, § 37

    37. Agustín dijo: Sé que no tienes nada que decir, y que yo, cuando estaba entre vosotros, nunca encontré nada que decir sobre esta cuestión, y que así fui amonestado desde lo alto a dejar aquel error y a convertirme a la fe católica, o más bien a recordarla, por la indulgencia de Aquel que no permitió que yo permaneciera para siempre en esta falacia. Pero si confiesas que no tienes nada que responder, expondré la fe católica a todos los que oyen e investigan, visto que son creyentes, si lo permiten y quieren.
    Fortunato dijo: Sin perjuicio de mi profesión podría decir: cuando yo haya reconsiderado con mis superiores las cosas que han sido objetadas por ti, si ellos no logran responder a esta pregunta mía, que ahora de igual modo me es propuesta por ti, estará en mi contemplación (puesto que deseo que mi alma sea liberada por una fe segura) venir a la investigación de esto que me has propuesto y que prometes que mostrarás.
    Agustín dijo: Gracias a Dios.

    Contra la Epístola Fundamental de Maniqueo

    Capítulo 1.— Curar a los herejes es mejor que destruirlos

    Epístola fundamental, § 1

    1. Mi oración al único Dios verdadero y todopoderoso, de quien, y por quien, y en quien son todas las cosas, ha sido, y es ahora, que al oponerme y refutar la herejía de vosotros los maniqueos, puesto que al fin y al cabo podéis ser herejes más por desconsideración que por malicia, Él me dé una mente serena y compuesta, que aspire a vuestra recuperación más que a vuestra derrota. Porque mientras el Señor, por sus siervos, derriba los reinos del error, su voluntad respecto de los hombres que yerran, en cuanto son hombres, es que sean enmendados más bien que destruidos. Y en todo caso en que, antes del juicio final, Dios inflige castigo, ya sea por medio de los malvados o de los justos, ya por los ignorantes o por los entendidos, ya en secreto o abiertamente, hemos de creer que el efecto pretendido es la curación de los hombres, y no su ruina; mientras hay una preparación para la condenación final en el caso de quienes rechazan los medios de recuperación. Así, como el universo contiene algunas cosas que sirven para el castigo corporal, como el fuego, el veneno, la enfermedad, y las demás, y otras cosas, en las que la mente es castigada, no por angustia corporal, sino por los enredos de sus propias pasiones, como la pérdida, el destierro, el duelo, el oprobio, y cosas semejantes; mientras que otras cosas, sin atormentar, son aptas para consolar y aliviar a los que desfallecen, como, por ejemplo, los consuelos, las exhortaciones, las discusiones, y cosas tales; en todas estas cosas la suprema justicia de Dios se sirve a veces incluso de hombres malvados, que obran en la ignorancia, y a veces de hombres buenos, que obran con inteligencia. Nuestro deber, en consecuencia, es desear de preferencia la mejor parte, para que alcancemos nuestro fin en vuestra corrección, no por la contención, y la disputa, y las persecuciones, sino por el consuelo bondadoso, por la exhortación amistosa, por la discusión serena; como está escrito: "El siervo del Señor no debe litigar; sino ser manso para con todos, apto para enseñar, paciente; instruyendo con mansedumbre a los que se oponen". [] Nuestro deber es, digo, desear obtener esta parte en la obra; a Dios pertenece dar lo que es bueno a los que lo desean y lo piden.

    Capítulo 2.— Por qué los maniqueos han de ser tratados con más suavidad

    Epístola fundamental, § 2

    2. Enfuriézcanse contra vosotros los que no saben con cuánto trabajo ha de hallarse la verdad y con cuánta dificultad ha de evitarse el error. Enfuriézcanse contra vosotros los que no saben cuán raro y difícil es vencer las fantasías de la carne por la serenidad de una disposición piadosa. Enfuriézcanse contra vosotros los que no saben la dificultad de curar el ojo del hombre interior para que pueda contemplar su Sol —no aquel sol que vosotros adoráis, y que brilla con el resplandor de un cuerpo celeste en los ojos de los hombres carnales y de las bestias—, sino aquel del que está escrito por el profeta: "El Sol de justicia se ha levantado sobre mí"; [] y del que se dice en el evangelio: "Aquel era la Luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene al mundo". [] Enfuriézcanse contra vosotros los que no saben con qué suspiros y gemidos se obtiene la más pequeña partícula del conocimiento de Dios. Y, por último, enfuriézcanse contra vosotros los que nunca han sido extraviados del mismo modo en que ellos ven que vosotros lo estáis.

    Capítulo 3.— Agustín fue una vez maniqueo

    Epístola fundamental, § 3

    3. Por mi parte, yo —que, tras mucha y larga confusión, alcancé por fin el descubrimiento de la simple verdad, que se aprende sin ser registrada en ninguna leyenda fantástica; que, desdichado de mí, apenas logré, con la ayuda de Dios, refutar las vanas imaginaciones de mi mente, reunidas de teorías y errores de diversa índole; que tan tarde busqué la cura de mi oscurecimiento mental, en conformidad con la llamada y la tierna persuasión del Médico todo-misericordioso; que por largo tiempo lloré que la Existencia inmutable e inviolable se dignara convencerme interiormente de sí misma, en armonía con el testimonio de los libros sagrados; por quien, en fin, todas aquellas ficciones que tan firme asidero tienen sobre vosotros, por vuestra larga familiaridad con ellas, fueron diligentemente examinadas, y atentamente oídas, y demasiado fácilmente creídas, y encomendadas en toda ocasión a la creencia de otros, y defendidas contra oponentes con determinación y audacia—, de ningún modo puedo enfurecerme contra vosotros; pues debo soportaros ahora como antes tuve que soportarme a mí mismo, y debo ser tan paciente con vosotros como mis compañeros lo fueron conmigo, cuando yo andaba loca y ciegamente extraviado en vuestras creencias.

    Epístola fundamental, § 4

    4. Por otra parte, todos deben reconocer que vosotros me debéis, en compensación, deponer también toda arrogancia por vuestra parte, para que así estéis más dispuestos a la mansedumbre, y no me opongáis en espíritu hostil, para vuestro propio daño. Que ninguno de los dos afirme que ha hallado la verdad; busquémosla como si fuera desconocida para ambos. Pues la verdad puede buscarse con celo y unanimidad si no se cree, por presunción temeraria, que ya ha sido hallada y comprobada. Pero si no puedo induciros a concederme esto, permitidme al menos suponer que soy un extraño que por primera vez os oye, por primera vez examina vuestras doctrinas. Creo justa mi exigencia. Y ha de darse por entendido que no he de unirme a vosotros en vuestras oraciones, ni en celebrar conventículos, ni en tomar el nombre de Maniqueo, a menos que me deis una explicación clara, sin oscuridad alguna, de todas las cosas concernientes a la salvación del alma.

    Capítulo 4.— Pruebas de la fe católica

    Epístola fundamental, § 5

    5. Porque en la Iglesia Católica —por no hablar de la sabiduría purísima, a cuyo conocimiento llegan en esta vida unos pocos hombres espirituales, de modo que la conocen, en medida escasísima, es cierto, porque son solo hombres, pero sin incertidumbre alguna (puesto que el resto de la multitud deriva toda su seguridad no de la agudeza del entendimiento, sino de la simplicidad de la fe)—, por no hablar de esta sabiduría, que no creéis que esté en la Iglesia Católica, hay muchas otras cosas que con toda justicia me retienen en su seno. El consentimiento de pueblos y naciones me retiene en la Iglesia; así lo hace su autoridad, inaugurada por milagros, nutrida por la esperanza, dilatada por el amor, establecida por la antigüedad. La sucesión de los sacerdotes me retiene, comenzando desde la mismísima sede del Apóstol Pedro, a quien el Señor, después de su resurrección, le encargó apacentar sus ovejas, hasta el episcopado presente. Y así, por último, lo hace el nombre mismo de Católica, que, no sin razón, en medio de tantas herejías, la Iglesia ha retenido así; de modo que, aunque todos los herejes quieran ser llamados católicos, sin embargo, cuando un extraño pregunta dónde se reúne la Iglesia Católica, ningún hereje se atreverá a señalar su propia capilla o casa. Tales, pues, en número e importancia, son los preciosos lazos pertenecientes al nombre cristiano que retienen a un creyente en la Iglesia Católica, como es justo que lo hagan, aunque por la lentitud de nuestro entendimiento, o el escaso provecho de nuestra vida, la verdad no se manifieste todavía plenamente. Pero con vosotros, donde no hay ninguna de estas cosas que me atraiga o retenga, la promesa de la verdad es lo único que entra en juego. Ahora bien, si la verdad se prueba tan claramente que no deje posibilidad de duda, ha de anteponerse a todas las cosas que me retienen en la Iglesia Católica; pero si hay solo una promesa sin cumplimiento alguno, nadie me moverá de la fe que ata mi mente con lazos tan numerosos y tan fuertes a la religión cristiana.

    Capítulo 5.— Contra el título de la Epístola de Maniqueo

    Epístola fundamental, § 6

    6. Veamos, pues, qué me enseña Maniqueo; y examinemos particularmente aquel tratado que él llama Epístola Fundamental, en el cual se contiene casi todo lo que vosotros creéis. Porque en aquel tiempo infeliz en que lo leíamos, éramos en vuestra opinión iluminados. La epístola comienza así: "Maniqueo, apóstol de Jesucristo, por la providencia de Dios Padre. Estas son palabras saludables de la fuente perenne y viva". Ahora, si os place, prestad atención con paciencia a mi indagación. No creo que Maniqueo sea apóstol de Cristo. No os irritéis, os ruego, ni empecéis a maldecir. Porque sabéis que es mi regla no creer ninguna de vuestras afirmaciones sin considerarlas. Por tanto, pregunto: ¿quién es este Maniqueo? Responderéis: un apóstol de Cristo. No lo creo. Ahora estáis perplejos sin saber qué decir o hacer; porque prometisteis dar conocimiento de la verdad, y aquí estáis forzándome a creer lo que no conozco. Quizá me leeréis el evangelio e intentaréis encontrar en él un testimonio acerca de Maniqueo. Pero ¿cómo responderíais a quien todavía no cree el evangelio, si os dijera: no creo? Por mi parte, no creería el evangelio sino movido por la autoridad de la Iglesia Católica. Así, cuando aquellos por cuya autoridad he consentido en creer el evangelio me dicen que no crea en Maniqueo, ¿cómo puedo no consentir? Elegid. Si decís: creed a los católicos: su consejo para mí es no dar fe a vosotros; de modo que, creyéndolos, estoy impedido de creeros a vosotros. Si decís: no creáis a los católicos: no podéis usar con justicia el evangelio para llevarme a la fe en Maniqueo; porque fue por mandato de los católicos que creí el evangelio. Y si decís: tuvisteis razón en creer a los católicos cuando alababan el evangelio, pero os equivocasteis en creer sus vituperios contra Maniqueo: ¿me tenéis por tan necio como para creer o no creer según os plazca o disguste, sin razón alguna? Por tanto, es con mucho más justo y seguro para mí, habiendo en un caso dado fe a los católicos, no pasarme a vosotros hasta que, en vez de mandarme creer, me hagáis entender algo del modo más claro y manifiesto. Para convencerme, pues, debéis dejar a un lado el evangelio. Si os atenéis al evangelio, yo me atendré a quienes me mandaron creer el evangelio; y, obedeciéndolos, no os creeré a vosotros en absoluto. Pero si acaso consiguierais encontrar en el evangelio un testimonio incontrovertible del apostolado de Maniqueo, debilitaréis mi estima por la autoridad de los católicos que me mandan no creeros; y el efecto de ello será que ya no podré creer tampoco el evangelio, porque fue por los católicos que obtuve mi fe en él; y así, cuanto aduzcáis del evangelio ya no tendrá peso alguno para mí. Por lo cual, si no se halla en el evangelio prueba clara del apostolado de Maniqueo, creeré a los católicos antes que a vosotros. Pero si leéis allí algún pasaje claramente en favor de Maniqueo, no creeré ni a ellos ni a vosotros: no a ellos, porque me mintieron acerca de vosotros; no a vosotros, porque me citáis aquella Escritura que yo había creído por la autoridad de aquellos mentirosos. Pero lejos de mí no creer el evangelio; pues creyéndolo, no encuentro modo de creeros también a vosotros. Porque los nombres de los apóstoles, tal como allí se registran, no incluyen el nombre de Maniqueo. Y quién fue el sucesor del traidor de Cristo lo leemos en los Hechos de los Apóstoles []; libro que necesariamente he de creer si creo el evangelio, ya que ambos escritos me son igualmente recomendados por la autoridad católica. El mismo libro contiene la conocida narración de la vocación y del apostolado de Pablo []. Leedme ahora, si podéis, en el evangelio dónde se llama apóstol a Maniqueo, o en cualquier otro libro en que yo haya profesado creer. ¿Leeréis el pasaje donde el Señor prometió a los apóstoles el Espíritu Santo como Paráclito? Acerca de ese pasaje, ved cuántas y cuán grandes son las cosas que me retienen y disuaden de creer en Maniqueo.
    Comentario editorial · La carta que Agustín cita
    Agustín cita la carta como empieza en el original: «Maniqueo, apóstol de Jesucristo, por la providencia de Dios Padre». La introducción del NPNF la describe como una especie de manual para los catecúmenos u oyentes maniqueos, y dice que Agustín la eligió como base de su ataque por ser el escrito más conocido y aceptado de la secta. Wikipedia cuenta la carta entre los escritos de Mani y añade que Agustín da citas suyas en latín en varias de sus obras antimaniqueas. Lo que el lector ve de la carta es lo que Agustín decide citar.

    Capítulo 6.— Por qué Maniqueo se llamó a sí mismo apóstol de Cristo

    Epístola fundamental, § 7

    7. Pues no alcanzo a ver por qué esta epístola comienza: "Maniqueo, apóstol de Jesucristo", y no "Paráclito, apóstol de Jesucristo". O si el Paráclito enviado por Cristo envió a Maniqueo, ¿por qué leemos: "Maniqueo, apóstol de Jesucristo", en vez de "Maniqueo, apóstol del Paráclito"? Si decís que es el mismo Cristo quien es el Espíritu Santo, contradecís la Escritura misma, donde el Señor dice: "Y yo enviaré otro Paráclito". [] Y si justificáis el uso del nombre de Cristo, no porque sea el mismo Cristo quien es también el Paráclito, sino porque ambos son de la misma sustancia —es decir, no porque sean una sola persona, sino una sola realidad [non quia unus est, sed quia unum sunt]—, también Pablo habría podido decir: "Pablo, apóstol de Dios Padre"; porque el Señor dijo: "Yo y el Padre somos uno". [] Pero Pablo en ninguna parte usa esas palabras; ni ninguno de los apóstoles se escribe a sí mismo apóstol del Padre. ¿Por qué, pues, esta nueva costumbre? ¿No sabe a engaño de alguna clase? Porque si él pensaba que no importaba, ¿por qué no, por variedad, en algunas epístolas se llama apóstol de Cristo y en otras del Paráclito? Pero en todas las que conozco escribe "de Cristo", y ni una sola vez "del Paráclito". ¿Qué otra razón suponemos sino que la soberbia, madre de todos los herejes, impulsó a este hombre a desear parecer enviado por el Paráclito, pero admitido a una relación tan íntima que él mismo recibiera el nombre de Paráclito? Así como el hombre Jesucristo no fue enviado por el Hijo de Dios, es decir, el poder y la sabiduría de Dios—por quien todas las cosas fueron hechas—, sino que, según la fe católica, fue admitido a una relación tal que él mismo fuera el Hijo de Dios—es decir, que en él la sabiduría de Dios se manifestara en la curación de los pecadores—, así Maniqueo quiso que se pensara que él fue asumido de tal modo por el Espíritu Santo, a quien Cristo prometió, que en adelante entendamos que los nombres Maniqueo y Espíritu Santo significan igualmente al apóstol de Jesucristo—es decir, a uno enviado por Jesucristo, que prometió enviarlo. ¡Singular audacia esta! ¡Y sacrilegio indecible!

    Capítulo 7.— En qué sentido los seguidores de Maniqueo creen que él es el Espíritu Santo

    Epístola fundamental, § 8

    8. Además, debéis explicar cómo es que, estando el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo unidos en igualdad de naturaleza, como también vosotros reconocéis, no os avergonzáis de decir que Maniqueo, hombre asumido en unión con el Espíritu Santo, nació de generación ordinaria; y, sin embargo, os resistís a creer que el hombre asumido en unión con la Sabiduría unigénita de Dios naciera de una virgen. Si la carne humana, si la generación [concubitus viri], si el seno de una mujer no pudieron contaminar al Espíritu Santo, ¿cómo podría el seno de la Virgen contaminar la Sabiduría de Dios? Este Maniqueo, pues, que se jacta de una unión con el Espíritu Santo y de que el evangelio habla de él, debe presentar su pretensión a una de estas dos cosas: o que fue enviado por el Espíritu, o que fue asumido en unión con el Espíritu. Si fue enviado, llámese apóstol del Paráclito; si fue asumido en unión, conceda que Aquel a quien el Hijo unigénito asumió tuvo una madre humana, ya que admite un padre humano además de madre en el caso de uno asumido por el Espíritu Santo. Crea que el Verbo de Dios no fue manchado por el seno virginal de María, puesto que nos exhorta a creer que el Espíritu Santo no pudo ser manchado por la vida conyugal de sus padres. Pero si decís que Maniqueo fue unido al Espíritu, no en el seno ni antes de la concepción, sino después de su nacimiento, todavía debéis admitir que tenía una naturaleza carnal derivada de hombre y mujer. Y puesto que no teméis hablar de la sangre y de la sustancia corporal de Maniqueo como provenientes de generación ordinaria, ni de las impurezas internas contenidas en su carne, y sostenéis que el Espíritu Santo, que asumió, como creéis, a este ser humano, no fue contaminado por todas esas cosas, ¿por qué habría yo de rehuir hablar del seno y del cuerpo inmaculados de la Virgen, y no creer más bien que la Sabiduría de Dios, en unión con el ser humano en la carne de su madre, permaneció libre de mancha y de contaminación? Por tanto, como, sea que vuestro Maniqueo profese haber sido enviado por el Paráclito o unido a él, ninguna de las dos afirmaciones puede sostenerse, estoy en guardia y me niego a creer ni en su misión ni en su suscepción.

    Capítulo 8.— La fiesta del natalicio de Maniqueo

    Epístola fundamental, § 9

    9. Al añadir las palabras "por la providencia de Dios Padre", ¿qué otra cosa se propuso Maniqueo sino que, habiendo conseguido el nombre de Jesucristo, de quien se llama apóstol, y el de Dios Padre, por cuya providencia dice que fue enviado por el Hijo, creyéramos que él mismo, como Espíritu Santo, es la tercera persona? Sus palabras son: "Maniqueo, apóstol de Jesucristo, por la providencia de Dios Padre". No nombra al Espíritu Santo, aunque debería haberlo nombrado especialmente quien nos aduce en favor de su apostolado la promesa del Paráclito, para prevalecer sobre los ignorantes con la autoridad del evangelio. A esto respondéis, por supuesto, que en el nombre del apóstol Maniqueo tenemos el nombre del Espíritu Santo, el Paráclito, porque Él se dignó venir a Maniqueo. ¿Por qué, entonces, pregunto de nuevo, clamáis contra la doctrina de la Iglesia Católica, según la cual Aquel en quien vino la Sabiduría divina nació de una virgen, cuando no tenéis escrúpulo en afirmar el nacimiento por generación ordinaria de aquel en quien decís que vino el Espíritu Santo? No puedo menos que sospechar que este Maniqueo, que usa el nombre de Cristo para ganar acceso a las mentes de los ignorantes, quiso ser adorado en lugar del mismo Cristo. Expresaré brevemente la razón de esta conjetura. En el tiempo en que yo era estudiante de vuestras doctrinas, a mis frecuentes preguntas de por qué la fiesta pascual del Señor se celebraba en general sin interés, aunque a veces hubiera unos pocos adoradores lánguidos, pero sin vigilias, sin prescripción de ningún ayuno extraordinario —en una palabra, sin ceremonia especial—, mientras se tributa gran honor a vuestro Bema, es decir, el día en que Maniqueo fue muerto, cuando tenéis una tribuna con hermosas gradas, cubierta con paño precioso, colocada de modo visible frente a los devotos, la respuesta era que el día que había de observarse era el día de la pasión del que realmente sufrió, y que Cristo, que no nació, sino que apareció a los ojos humanos en una semejanza irreal de carne, solo fingió sufrir, sin soportarlo realmente. ¿No es deplorable que hombres que quieren ser llamados cristianos teman al seno de una virgen como capaz de mancillar la verdad, y sin embargo no teman a la falsedad? Pero volviendo al punto, ¿quién que preste atención puede dejar de sospechar que la intención de Maniqueo al negar que Cristo naciera de mujer y tuviera cuerpo humano fue que su pasión, cuyo tiempo es ahora una gran fiesta en todo el mundo, no fuera observada por los que creen en él, para disminuir la devoción de la conmemoración solemne que él deseaba en honor del día de su propia muerte? Porque para nosotros era un gran atractivo en la fiesta del Bema el que se celebrara durante la Pascua, pues deseábamos con tanto mayor empeño aquel día festivo [el Bema] cuanto que el otro, antes dulcísimo, había sido suprimido.

    Capítulo 9.— Cuándo fue enviado el Espíritu Santo

    Epístola fundamental, § 10

    10. Quizá me diréis: ¿cuándo, pues, vino el Paráclito prometido por el Señor? En cuanto a esto, si no tuviera otra cosa que creer sobre el asunto, más bien esperaría al Paráclito como aún por venir, antes que conceder que vino en Maniqueo. Pero viendo que la venida del Espíritu Santo se narra con perfecta claridad en los Hechos de los Apóstoles, ¿dónde está la necesidad de correr tan gratuitamente el riesgo de creer a los herejes? Porque en los Hechos está escrito lo siguiente: "El primer tratado, oh Teófilo, lo hicimos acerca de todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, desde el día en que eligió a los apóstoles por el Espíritu Santo y les mandó predicar el evangelio; a los cuales, después de su pasión, se presentó vivo con muchas pruebas, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Y conversando con ellos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre, la cual, dice él, oísteis de mí. Porque Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros comenzaréis a ser bautizados con el Espíritu Santo, el cual también recibiréis dentro de no muchos días, es decir, en Pentecostés. Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿manifestarás en este tiempo el reino a Israel? Y él les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos que el Padre puso en su propia potestad. Pero recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra." [Hechos 1,1-8] He aquí que tenéis al Señor recordando a sus discípulos la promesa del Padre, que habían oído de su boca, acerca de la venida del Espíritu Santo. Veamos ahora cuándo fue enviado; pues poco después leemos lo siguiente: "Cuando llegó plenamente el día de Pentecostés, estaban todos unánimes en un mismo lugar. Y de repente vino del cielo un estruendo, como de un viento recio que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, y se posó sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Y habitaban en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y al oírse este estruendo, se juntó la multitud y quedó confusa, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Y estaban todos atónitos y maravillados, diciéndose unos a otros: ¿No son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, los oímos nosotros cada uno en nuestra propia lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Armenia, en Capadocia, en el Ponto, en Asia, en Frigia, en Panfilia, en Egipto, en las regiones de África cerca de Cirene, y forasteros de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios. Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? Pero otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto." [Hechos 2,1-13] Ahí veis cuándo vino el Espíritu Santo. ¿Qué más queréis? Si las Escrituras son creíbles, ¿no debo yo creer con toda facilidad en estos Hechos, que tienen el testimonio más firme en su apoyo, y que han tenido la ventaja de llegar a ser generalmente conocidos, de ser transmitidos y de ser enseñados públicamente junto con el evangelio mismo, que contiene la promesa del Espíritu Santo, que también nosotros creemos? Al leer, pues, estos Hechos de los Apóstoles, que se mantienen, en cuanto a autoridad, al mismo nivel que el evangelio, encuentro que no solo fue prometido el Espíritu Santo a estos verdaderos apóstoles, sino que también fue enviado de manera tan manifiesta que no quedó lugar para errores en este asunto.

    Capítulo 10.— El Espíritu Santo dado dos veces

    Epístola fundamental, § 11

    Porque la glorificación de nuestro Señor entre los hombres es su resurrección de entre los muertos y su ascensión al cielo. Pues está escrito en el Evangelio según Juan: "Aún no se había dado el Espíritu Santo, porque Jesús aún no había sido glorificado." [] Ahora bien, si la razón por la que no había sido dado era que Jesús aún no había sido glorificado, fue dado inmediatamente después de la glorificación de Jesús. Y como aquella glorificación fue doble, en cuanto hombre y en cuanto Dios, dos veces fue dado también el Espíritu Santo: una, cuando, después de su resurrección de entre los muertos, sopló sobre el rostro de sus discípulos y dijo: "Recibid el Espíritu Santo"; [] y otra, diez días después de su ascensión al cielo. Este número diez significa perfección; pues al número siete, que abarca todas las cosas creadas, se le añade la trinidad del Creador. Sobre estas cosas hay mucho discurso piadoso y sobrio entre los hombres espirituales. Pero debo atenerme a mi propósito; porque mi asunto actual no es enseñaros, lo cual podríais considerar presuntuoso, sino tomar el papel de indagador y aprender de vosotros, como intenté hacer durante nueve años sin éxito. Ahora, pues, tengo un documento en el que creer acerca de la venida del Espíritu Santo; y si me mandáis que no crea este documento, como es vuestro consejo habitual no creer a la ligera, sin consideración, mucho menos creeré vuestros documentos. Lejos, pues, todos los libros, y descubrid la verdad con claridad lógica, de modo que no quede duda en mi mente; o presentad libros donde yo no halle una exigencia imperiosa de creer, sino una declaración fidedigna de lo que puedo aprender. Tal vez digáis que esta epístola es también de este carácter. Dejadme, pues, no detenerme ya en el umbral: veamos el contenido.

    Capítulo 11.— Maniqueo promete la verdad, pero no cumple su palabra

    Epístola fundamental, § 12

    "Estas", dice, "son palabras saludables de la fuente perenne y viva; y quien las haya oído, y primero las haya creído, y luego haya observado las verdades que exponen, jamás sufrirá la muerte, sino que gozará de la vida eterna en la gloria. Porque ha de juzgarse verdaderamente bienaventurado quien ha sido instruido en este conocimiento divino, por el cual es hecho libre y permanecerá en la vida eterna." Y esto, como veis, es una promesa de la verdad, pero no su otorgamiento. Y vosotros mismos podéis ver fácilmente que cualesquiera errores podrían ataviarse de este modo, para, al amparo de un exterior vistoso, insinuarse inadvertidamente en las mentes de los ignorantes. Si dijera: Estas son palabras pestíferas de una fuente ponzoñosa; y quien las haya oído, y primero las haya creído, y luego haya observado lo que exponen, jamás será restituido a la vida, sino que sufrirá una muerte lamentable como criminal: porque ciertamente ha de declararse miserable a quien cae en este error infernal, en el cual se hundirá para permanecer en tormentos eternos—si dijera esto, diría la verdad; pero en lugar de ganar lectores para su libro, excitaría la mayor aversión en las mentes de todos cuantos llegaran a tenerlo en sus manos. Pasemos, pues, a lo que sigue; y no nos dejemos engañar por palabras que pueden usar igualmente buenos y malos, doctos e indoctos. ¿Qué viene, pues, a continuación?

    Epístola fundamental, § 13

    "Que la paz", dice, "del Dios invisible, y el conocimiento de la verdad, estén con los santos y amados hermanos que creen y al mismo tiempo prestan obediencia a los divinos preceptos." Amén, decimos nosotros. Pues la oración es sumamente amable y recomendable. Solo debemos tener presente que estas palabras podrían usarlas tanto los falsos maestros como los buenos. Así que, si no dijera nada más que esto, todos podrían leerlo y abrazarlo con seguridad. Ni desaprobaría lo que sigue: "Que también la diestra de la luz os proteja y os libre de todo asalto hostil y de las trampas del mundo." De hecho, no tengo nada que objetar al comienzo de esta epístola, hasta que llegamos a su asunto principal. Pues no quiero perder tiempo en puntos menores. Ahora, pues, veamos la declaración llana de este escritor sobre lo que ha de esperarse de él.

    Capítulo 12.— Las locas fantasías de Maniqueo. La batalla antes de la constitución del mundo

    Epístola fundamental, § 14

    "Sobre aquel asunto", dice, "hermano amado de Patico, del cual me hablaste, diciendo que deseabas conocer el modo del nacimiento de Adán y Eva, si fueron producidos por una palabra o brotaron de la materia, te responderé como conviene. Pues en diversos escritos y narraciones encontramos diferentes afirmaciones hechas y diferentes descripciones dadas por muchos autores. Ahora bien, la verdad real sobre el asunto es desconocida para todos los pueblos, incluso para aquellos que larga y frecuentemente lo han tratado. Porque si hubieran llegado a un conocimiento claro de la generación de Adán y Eva, no habrían permanecido sujetos a la corrupción y a la muerte." Aquí, pues, se nos promete un conocimiento claro de este asunto, de modo que no estemos sujetos a la corrupción y a la muerte. Y si esto no basta, ved lo que sigue: "Necesariamente", dice, "han de decirse muchas cosas a modo de prefacio, antes de que pueda hacerse un descubrimiento de este misterio libre de toda incertidumbre." Esto es precisamente lo que yo pedía: tener tal evidencia de la verdad que libre mi conocimiento de ella de toda incertidumbre. Y aunque la promesa no la hubiera hecho este mismo escritor, me era propio exigir e insistir en esto, para que ninguna oposición me hiciera avergonzarme de hacerme maniqueo dejando de ser cristiano católico, en vista de una ganancia tal como la de una verdad perfectamente clara y cierta. Ahora, pues, oigamos lo que tiene que declarar.

    Epístola fundamental, § 15

    "Por consiguiente", dice, "oye primero, si te place, lo que sucedió antes de la constitución del mundo, y cómo se llevó a cabo la batalla, para que puedas distinguir la naturaleza de la luz de la de las tinieblas." Tales son las afirmaciones totalmente falsas e increíbles que hace este escritor. ¿Quién puede creer que se libró batalla alguna antes de la constitución del mundo? Y aun suponiendo que fuera creíble, ahora deseamos obtener algo que conocer, no que creer. Pues decir que los persas y los escitas lucharon entre sí hace mucho tiempo es una afirmación creíble; pero aunque la creemos cuando la leemos u oímos, no podemos conocerla como un hecho de experiencia ni como una verdad del entendimiento. Así, pues, como yo rechazaría cualquiera de tales afirmaciones por la razón de que se me ha prometido algo, no de que deba creer por autoridad, sino de que he de entender sin ambigüedad alguna; con menor razón recibiré afirmaciones que no solo son inciertas, sino increíbles. ¿Pero y si él tiene alguna evidencia para hacer claras e inteligibles estas cosas? Oigamos, pues, si podemos, lo que sigue con toda la paciencia y la indulgencia posibles.

    Capítulo 13.— Dos sustancias opuestas. El reino de la luz. Maniqueo enseña incertidumbres en lugar de certezas

    Epístola fundamental, § 16

    "En el principio, pues", dice, "estas dos sustancias estaban divididas. El imperio de la luz lo poseía Dios el Padre, que es perpetuo en santo origen, magnífico en virtud, verdadero en su misma naturaleza, que se goza siempre en su propia eternidad, poseyendo en sí mismo la sabiduría y los sentidos vitales, con los cuales incluye también los doce miembros de su luz, que son los abundantes recursos de su reino. Además, en cada uno de sus miembros están almacenados miles de tesoros innumerables e inapreciables. Pero el Padre mismo, supremo en alabanza, incomprensible en grandeza, ha unido a sí mundos felices y gloriosos, incalculables en número y duración, junto con los cuales reside este santo e ilustre Padre y Progenitor, sin que se admita pobreza ni debilidad alguna en sus magníficos reinos. Y estos reinos sin par están tan fundados sobre la región de la luz y de la bienaventuranza, que nadie puede jamás moverlos ni turbarlos."

    Epístola fundamental, § 17

    ¿Dónde está la prueba de todo esto? ¿Y dónde lo aprendió Maniqueo? No me asustéis con el nombre del Paráclito. Pues, en primer lugar, no he venido a dar fe a cosas desconocidas, sino a obtener el conocimiento de verdades indudables, conforme a la cautela que vosotros mismos me habéis ordenado. Pues sabéis cuán amargamente os burláis de quienes creen sin consideración. Y lo que es más, este escritor, que aquí comienza a contar cosas muy dudosas, él mismo prometió poco antes dar un conocimiento completo y bien fundado.

    Capítulo 14.— Maniqueo promete el conocimiento de cosas indudables y luego exige fe en cosas dudosas

    Epístola fundamental, cap. 14

    En segundo lugar, si lo que se me exige es fe, preferiría atenerme a la Escritura, que me dice que el Espíritu Santo vino e inspiró a los apóstoles, a quienes el Señor había prometido enviarlo. Debéis, por tanto, probar o bien que lo que dice Maniqueo es verdadero y así aclararme lo que no puedo creer, o bien que Maniqueo es el Espíritu Santo y así llevarme a creer en lo que no podéis aclarar. Pues profeso la fe católica, y por ella espero alcanzar un conocimiento cierto. Puesto que, pues, intentáis derribar mi fe, debéis suministrarme un conocimiento cierto, si podéis, para convencerme de que he adoptado mi creencia actual sin consideración. Hacéis dos proposiciones distintas: una cuando decís que el que habla es el Espíritu Santo, y otra cuando decís que lo que el que habla enseña es evidentemente verdadero. Con toda justicia podría pedir una prueba innegable de ambas proposiciones. Pero no soy codicioso y solo exijo que se me convenza de una. Probad que esta persona es el Espíritu Santo, y creeré que lo que dice es verdadero, aun sin entenderlo; o probad que lo que dice es verdadero, y creeré que él es el Espíritu Santo, aun sin evidencia. ¿Podría haber algo más justo o más amable que esto? Pero no podéis probar ni una ni otra de estas proposiciones. No halláis nada mejor que alabar vuestra propia fe y ridiculizar la mía. Así que, después de haber alabado a mi vez mi creencia y ridiculizado la vuestra, ¿qué resultado pensáis que alcanzaremos en cuanto a nuestro juicio y nuestra conducta, sino separarnos de aquellos que prometen el conocimiento de cosas indudables y luego nos exigen fe en cosas dudosas? Mientras que seguiremos a aquellos que nos invitan a empezar creyendo lo que todavía no podemos percibir plenamente, para que, fortalecidos por esta misma fe, lleguemos a una posición en la que conozcamos lo que creemos por la iluminación interior y la confirmación de nuestras mentes, debida ya no a los hombres, sino a Dios mismo.

    Epístola fundamental, § 18

    18. Y así como he pedido a este escritor que me pruebe estas cosas, le pregunto ahora dónde las aprendió él mismo. Si responde que le fueron reveladas por el Espíritu Santo, y que su mente fue divinamente iluminada para que supiera que son ciertas y evidentes, él mismo señala la distinción entre conocer y creer. El conocimiento es suyo, de aquel a quien estas cosas se le han dado a conocer plenamente como probadas; pero en el caso de quienes solo oyen su relato de estas cosas, no se les comunica conocimiento alguno, sino que solo se les exige un asentimiento de fe. Quien cede a esto irreflexivamente se hace maniqueo, no por conocer verdad indudable, sino por creer afirmaciones dudosas. Tales éramos nosotros cuando, en nuestra juventud inexperta, fuimos engañados. Por tanto, en lugar de prometer conocimiento, o evidencia clara, o la resolución de la cuestión libre de toda incertidumbre, Maniqueo debería haber dicho que estas cosas le fueron claramente probadas a él, pero que quienes oyen su relato deben creerle sin evidencia. Pero si dijera esto, ¿quién no le respondería: Si debo creer sin conocer, ¿por qué no he de preferir creer aquellas cosas que tienen una amplia notoriedad por el consentimiento de doctos e indoctos, y que entre todas las naciones están establecidas por la autoridad más grave? Por temor a que se le diga esto, Maniqueo confunde a los inexpertos prometiendo primero el conocimiento de verdades ciertas, y luego exigiendo fe en cosas dudosas. Y luego, si se le pide que aclare que estas cosas le han sido probadas a él mismo, fracasa de nuevo, y nos manda creer también esto. ¿Quién puede tolerar tal impostura y arrogancia?

    Capítulo 15.— La doctrina de Maniqueo no solo incierta, sino falsa

    Su absurda fantasía de una tierra y una raza de las tinieblas limítrofes con la santa región y la sustancia de Dios. El error, ante todo, de dar a la naturaleza de Dios límites y fronteras, como si Dios fuera una sustancia material que tiene extensión en el espacio.

    Epístola fundamental, § 19

    19. ¿Y qué si hubiere mostrado, con la ayuda de Dios y de nuestro Señor, que las afirmaciones de este escritor son falsas además de inciertas? ¿Qué cosa más desdichada puede hallarse que aquella superstición que no solo no comunica el conocimiento y la verdad que promete, sino que también enseña lo que es directamente opuesto al conocimiento y a la verdad? Esto aparecerá más claramente por lo que sigue: "En una dirección, en el límite de esta tierra resplandeciente y santa, había una tierra de tinieblas profunda y vasta en extensión, donde moraban cuerpos ígneos, razas destructoras. Aquí había tinieblas sin límites, que fluían de la misma fuente en abundancia inconmensurable, con las producciones propias que le corresponden. Más allá de esto había aguas fangosas y turbias con sus habitantes; y dentro de ellas vientos terribles y violentos con su príncipe y sus progenitores. Luego, otra vez, una región ígnea de destrucción, con sus jefes y pueblos. Y de modo semejante, dentro de esta, una raza llena de humo y oscuridad, donde moraba el príncipe terrible y jefe de todos, teniendo en torno suyo innumerables príncipes, siendo él mismo la mente y fuente de todos ellos. Tales son las cinco naturalezas de la tierra pestífera."

    Epístola fundamental, § 20

    20. Hablar de Dios como de un cuerpo aéreo o incluso etéreo es absurdo ante la consideración de todos los que, con mente clara, poseyendo alguna medida de discernimiento, pueden percibir que la naturaleza de la sabiduría y de la verdad no está extendida ni dispersa en el espacio, sino que es grande, y comunica grandeza sin tamaño material, ni está confinada más o menos en dirección alguna, sino que en todo es coextensiva con el Padre de todas las cosas, y no tiene una cosa aquí y otra allí, sino que en todo lugar es perfecta, en todo lugar está presente.

    Capítulo 16.— El alma, aunque mudable, no tiene forma material. Está toda presente en cada parte del cuerpo

    Epístola fundamental, cap. 16

    Pero ¿a qué hablar de la verdad y de la sabiduría, que superan todas las potencias del alma, cuando la naturaleza del alma misma, que se sabe mudable, no tiene, sin embargo, especie alguna de extensión material en el espacio? Pues cualquier cosa que conste de cualquier especie de materia grosera ha de ser necesariamente divisible en partes, teniendo una en un lugar y otra en otro. Así, el dedo es menor que toda la mano, y un dedo es menor que dos; y hay un lugar para este dedo, y otro para aquel, y otro para el resto de la mano. Y esto se aplica no solo a los cuerpos organizados, sino también a la tierra, cada una de cuyas partes tiene su propio lugar, de modo que una no puede estar donde está la otra. Así en la humedad, la cantidad menor ocupa un espacio menor, y la cantidad mayor un espacio mayor; y una parte está en el fondo de la copa, y otra parte cerca de la boca. Así en el aire, cada parte tiene su propio lugar; y es imposible que el aire de esta casa tenga consigo mismo, en la misma casa en el mismo momento, el aire que tienen los vecinos. E incluso en cuanto a la luz misma, una parte entra por una ventana y otra por otra; y una mayor por la más grande, y una menor por la más pequeña. Ni, de hecho, puede haber sustancia corporal alguna, sea celeste o terrestre, sea aérea o húmeda, que no sea menor en la parte que en el todo, o que pueda tener una parte en el lugar de otra al mismo tiempo; sino que, teniendo una cosa en un lugar y otra en otro, su extensión en el espacio es una sustancia que tiene límites y partes distintos, o, por así decirlo, secciones. La naturaleza del alma, por otra parte, aunque dejemos de lado su potencia de percibir la verdad, y consideremos solo su potencia inferior de dar unidad al cuerpo y de sensación en el cuerpo, no parece tener extensión material alguna en el espacio. Pues está toda presente en cada parte separada de su cuerpo cuando está toda presente en cualquier sensación. No hay una parte menor en el dedo y una mayor en el brazo, como el volumen del dedo es menor que el del brazo; sino que la cantidad en todas partes es la misma, pues el todo está presente en todas partes. Pues cuando se toca el dedo, toda la mente siente, aunque la sensación no se produzca por todo el cuerpo. Ninguna parte de la mente es inconsciente del tacto, lo cual prueba la presencia del todo. Y sin embargo, no está tan presente en el dedo o en la sensación como para abandonar el resto del cuerpo, o para recogerse en el único lugar donde se produce la sensación. Pues cuando está toda presente en la sensación de un dedo, si se toca otra parte, digamos el pie, no deja de estar toda presente también en esta sensación: de modo que al mismo momento está toda presente en lugares distintos, sin dejar uno para estar en el otro, y sin tener una parte en uno y otra en el otro; sino que por esta potencia se muestra toda presente al mismo momento en lugares separados. Puesto que está toda presente en las sensaciones de estos lugares, prueba que no está ligada por las condiciones del espacio.

    Capítulo 17.— La memoria contiene las ideas de los lugares de mayor tamaño

    Epístola fundamental, cap. 17

    Además, si consideramos la facultad de la mente de recordar no los objetos del entendimiento, sino los objetos materiales, tal como vemos que también los brutos recuerdan (pues el ganado encuentra su camino sin equivocarse en lugares conocidos, los animales regresan a sus pesebres, los perros reconocen la persona de sus amos y, cuando duermen, a menudo gruñen o prorrumpen en ladridos, lo cual no podría suceder si su mente no retuviera las imágenes de las cosas antes vistas o percibidas por algún sentido corporal), ¿quién puede concebir rectamente dónde se contienen estas imágenes, dónde se guardan o dónde se forman? Si, en verdad, estas imágenes no fueran mayores que el tamaño de nuestro cuerpo, podría decirse que la mente las configura y retiene en el espacio corporal que la contiene a ella misma. Pero mientras el cuerpo ocupa un pequeño espacio material, la mente hace girar imágenes de vasta extensión, del cielo y de la tierra, sin escasez de espacio, aunque van y vienen en multitudes; de modo que resulta claro que la mente no está difundida a través del espacio: pues en lugar de estar contenida en las imágenes de los mayores espacios, más bien las contiene; no, empero, en ningún receptáculo material, sino por una facultad o poder misterioso, por el cual puede aumentarlas o disminuirlas, contraerlas dentro de límites estrechos o expandirlas indefinidamente, ordenarlas o desordenarlas a su placer, multiplicarlas o reducirlas a pocas o a una sola.

    Capítulo 18.— El entendimiento juzga de la verdad de las cosas y de su propia acción

    Epístola fundamental, cap. 18

    ¿Qué, pues, debe decirse de la potencia de percibir la verdad y de oponer una viva resistencia a estas mismas imágenes que toman su forma de las impresiones de los sentidos corporales, cuando se oponen a la verdad? Esta potencia discierne la diferencia entre, por tomar un ejemplo particular, la verdadera Cartago y su propia Cartago imaginaria, que cambia a su antojo con total facilidad. Muestra que los mundos innumerables de Epicuro, en los que su fantasía vagaba sin freno, se deben a la misma potencia de la imaginación, y, para no multiplicar ejemplos, que de la misma fuente procede aquella tierra de luz, con su extensión ilimitada, y las cinco cavernas de la raza de las tinieblas, con sus moradores, en las que las fantasías de Maniqueo se han atrevido a usurpar para sí el nombre de verdad. ¿Qué es, pues, esta potencia que discierne estas cosas? Claramente, cualquiera que sea su extensión, es mayor que todas estas cosas, y se concibe sin ninguna de tales imágenes materiales. Encuentra, si puedes, espacio para esta potencia; dale una extensión material; provéela de un cuerpo de enorme tamaño. Ciertamente, si piensas bien, no puedes. Pues de todo lo que es de esta naturaleza corpórea tu mente forma una opinión en cuanto a su divisibilidad, y haces de tales cosas una parte mayor y otra menor, cuanto te plazca; mientras que aquello por lo cual formas un juicio de estas cosas percibes que está por encima de ellas, no en elevación local de lugar, sino en dignidad de poder.

    Capítulo 19.— Si la mente no tiene extensión material, mucho menos la tiene Dios

    Epístola fundamental, § 21

    21. Así pues, si la mente, tan sujeta a cambio, ya sea por una multitud de deseos desemejantes, o por sentimientos que varían según la abundancia o la carencia de las cosas deseables, o por estos interminables juegos de la fantasía, o por el olvido y el recuerdo, o por el aprendizaje y la ignorancia; si la mente, digo, expuesta a frecuentes cambios por estas y semejantes causas, se percibe sin extensión local o material, y con un vigor de acción que supera estas condiciones materiales, ¿qué debemos pensar o concluir de Dios mismo, que permanece superior a todos los seres inteligentes en su libertad de perturbación y de cambio, dando a cada uno lo que le es debido? A Él la mente se atreve a expresarlo más fácilmente que a verlo; y cuanto más clara es la visión, menor es la facultad de expresarlo. Y sin embargo este Dios, si, como las fábulas maniqueas afirman constantemente, estuviera limitado en extensión en una dirección e ilimitado en otras, podría ser medido por tantas subdivisiones o fracciones de mayor o menor tamaño como cualquiera pudiera imaginar; de modo que, por ejemplo, una división de dos pies de extensión sería ocho partes menor que una de diez pies. Pues esta es la propiedad de todas las naturalezas que tienen extensión en el espacio, y por tanto no pueden estar todas en un solo lugar. Pero con la mente no sucede esto; y esta idea degradante y pervertida de la mente se encuentra entre gentes que no son aptas para tales investigaciones.

    Capítulo 20.— Refutación de la idea absurda de dos territorios

    Epístola fundamental, § 22

    22. Pero quizás, en lugar de dirigirnos así a las mentes carnales, deberíamos más bien descender a las opiniones de aquellos que o no se atreven o todavía no son aptos para apartarse de la consideración de las cosas materiales al estudio de una naturaleza inmaterial y espiritual, y que por ello son incapaces de reflexionar sobre su propia facultad de reflexión, de modo que vean cómo forma un juicio de la extensión material sin poseerla ella misma. Descendamos, pues, a estas ideas materiales, y preguntemos en qué dirección y en qué frontera del territorio resplandeciente y sagrado, por usar las expresiones de Maniqueo, estaba la región de las tinieblas. Pues él habla de una dirección y una frontera, sin decir cuál, si la derecha o la izquierda. En cualquier caso, está claro que hablar de un lado implica que hay otro. Pero donde hay tres o más lados, o la figura está delimitada en todas las direcciones, o si se extiende infinitamente en una dirección, aún debe estar limitada en las direcciones donde tiene lados. Si, pues, en un lado de la región de la luz estaba la raza de las tinieblas, ¿qué la limitaba en el otro lado o lados? Los maniqueos nada responden a esto; pero cuando se les aprieta, dicen que en los otros lados la región de la luz, como ellos la llaman, es infinita, es decir, se extiende por todo el espacio ilimitado. No ven, lo que es evidente para el entendimiento más torpe, que en ese caso no podría haber lados. Pues los lados están donde está limitada. ¿Qué, pues —dice—, si no hay lados? Pero lo que dijiste de una dirección o lado implicaba por necesidad la existencia de otra dirección y lado, u otras direcciones y lados. Pues si solo hubo un lado, debiste decir "en el lado", no "en un lado"; así como, refiriéndonos a nuestro cuerpo, decimos con propiedad "por un ojo", porque hay otro, o "en un seno", porque hay otro. Pero si dijéramos de algo que está "en una nariz" o "en un ombligo", seríamos objeto de burla de doctos e indoctos, pues de ello solo hay uno. Pero no insisto en las palabras, pues puedes haber usado "uno" en el sentido de "el único".

    Capítulo 21.— Esta región de la luz debe ser material si está unida a la región de las tinieblas

    La forma de la región de las tinieblas unida a la región de la luz.

    Epístola fundamental, cap. 21

    ¿Qué, pues, limitaba por el lado de la región que llamáis resplandeciente y sagrada? La región, respondéis, de las tinieblas. ¿Admitís, entonces, que esta última región haya sido material? Por supuesto que debéis, puesto que afirmáis que todos los cuerpos derivan su origen de ella. ¿Cómo es, pues, que, torpes y carnales como sois, no veis que, a menos que ambas regiones fueran materiales, no podrían tener sus lados unidos entre sí? ¿Cómo pudisteis jamás estar tan cegados en la mente como para decir que solo la región de las tinieblas era material, y que la llamada región de la luz era inmaterial y espiritual? Buenos amigos míos, abramos los ojos por una vez, y veamos, ahora que se nos dice, lo que es de lo más obvio: que dos regiones no pueden estar unidas por sus lados a menos que ambas sean materiales.

    Epístola fundamental, § 23

    23. O si somos demasiado torpes y estúpidos para ver esto, oigamos si la región de las tinieblas también tiene un solo lado y es ilimitada en las otras direcciones, como la región de la luz. Ellos no sostienen esto por temor a hacerla parecer igual a Dios. Por consiguiente la hacen ilimitada en profundidad y en longitud; pero hacia arriba, por encima de ella, sostienen que hay una infinitud de espacio vacío. Y para que esta región no parezca ser una fracción igual en cantidad a la mitad de la que representa la región de la luz, la estrechan también por dos lados. Como si, para dar la ilustración más sencilla, un pedazo de pan fuera hecho en cuatro cuadrados, tres blancos y uno negro; luego supón las tres piezas blancas unidas como una sola, y concíbelas como infinitas hacia arriba y hacia abajo, y hacia atrás en todas las direcciones: esto representa la región maniquea de la luz. Luego concibe el cuadrado negro infinito hacia abajo y hacia atrás, pero con vacío infinito por encima de él: esta es su región de las tinieblas. Pero estos son secretos que revelan a indagadores muy ansiosos y ávidos.

    Capítulo 22.— La forma de la región de la luz es la peor de las dos

    Epístola fundamental, cap. 22

    Pues bien, si esto es así, la región de las tinieblas es claramente tocada por dos lados por la región de la luz. Y si es tocada por dos lados, debe tocar por dos. Esto en cuanto a que estuviera en un lado, como se nos dijo antes.

    Epístola fundamental, § 24

    24. ¡Y qué indecoroso aspecto presenta esta región de la luz!: semejante a un arco hendido, con una cuña negra encajada por debajo, delimitada solo hacia la parte de la hendidura, y con un vacío interpuesto donde la inmensidad sin límites se extiende sobre la región de las tinieblas. Y, en verdad, la forma de la región de las tinieblas es mejor que la de la región de la luz: porque la una hiende y la otra es hendida; la primera llena el hueco que se hace en la segunda; la primera no tiene vacío en sí, mientras que la segunda queda indefinida en todas las direcciones, excepto donde es rellenada por la cuña de las tinieblas. En una noción ignorante y codiciosa de dar más honor a un número de caras que a una sola, de modo que la región de la luz tuviera seis, tres hacia arriba y tres hacia abajo, han hecho que esta región sea dividida, en lugar de hender la otra. Pues, según esta figura, aunque no haya mezcla de las tinieblas con la luz, ciertamente hay penetración.

    Capítulo 23.— Los antropomorfitas no son tan malos como los maniqueos

    Epístola fundamental, § 25

    25. Compara, ahora, no a los hombres espirituales de la fe católica, cuya mente, en cuanto es posible en esta vida, percibe que la sustancia y naturaleza divina no tiene extensión material y no tiene forma delimitada por líneas, sino a los carnales y débiles de nuestra fe, quienes, cuando oyen que los miembros del cuerpo se usan en sentido figurado, como cuando se habla de los ojos o de los oídos de Dios, acostumbran, con la licencia de la fantasía, a imaginarse a Dios en forma humana; compara a estos con los maniqueos, cuya costumbre es dar a conocer sus necias historias a indagadores ansiosos como si fueran grandes misterios; y considera quiénes tienen las ideas más admisibles y respetables de Dios: aquellos que piensan en Él como teniendo una forma humana, que es la más excelente de su género, o aquellos que piensan en Él como teniendo una extensión material ilimitada, aunque no en todas las direcciones, sino con tres partes infinitas y sólidas, mientras que en una parte está hendido, con un vacío, y con espacio indefinido por encima, mientras la región de las tinieblas está encajada a modo de cuña por debajo. O quizá la expresión propia es que Él es ilimitado por arriba en su propia naturaleza, pero invadido por abajo por una naturaleza hostil. Yo me río con vosotros de la necedad de los hombres carnales, incapaces aún de formar concepciones espirituales, que piensan en Dios con forma humana. Juntaos vosotros también conmigo, si podéis, riéndoos de aquellos cuyas desdichadas concepciones representan a Dios con una forma hendida o cortada de manera tan indecorosa e inconveniente, con tal vacío por arriba y tal recorte deshonroso por abajo. Además, hay esta diferencia: que estas gentes carnales, que piensan en Dios con forma humana, si se contentan con ser alimentadas con la leche del seno de la Iglesia Católica, y no se precipitan de cabeza en opiniones temerarias, sino que cultivan en la Iglesia el piadoso hábito de la indagación, y allí piden para recibir, y llaman para que se les abra, comienzan a entender espiritualmente las figuras y parábolas de las Escrituras, y gradualmente a percibir que las energías divinas se expresan adecuadamente bajo el nombre, a veces de oídos, a veces de ojos, a veces de manos o pies, o incluso de alas y plumas, también de escudo, espada, yelmo y todas las demás cosas innumerables. Y cuanto más progresan en este entendimiento, tanto más se confirman como católicos. Los maniqueos, por el contrario, cuando abandonan sus fantasías materiales, dejan de ser maniqueos. Pues este es el punto principal y especial en sus alabanzas de Maniqueo: que los misterios divinos que se enseñaron figuradamente en los libros desde los tiempos antiguos fueron reservados para Maniqueo, que había de venir el último, para resolverlos y demostrarlos; y así, después de él, ningún otro maestro vendrá de Dios, pues él no ha dicho nada en figuras o parábolas, sino que ha explicado dichos antiguos de ese tipo, y él mismo ha enseñado en términos claros y sencillos. Por tanto, cuando los maniqueos oyen estas palabras de su fundador: "en un lado y frontera de la región resplandeciente y sagrada estaba la región de las tinieblas", no tienen interpretaciones a las que recurrir. A dondequiera que se vuelvan, la miserable esclavitud de sus propias fantasías los lleva a hendiduras o detenciones repentinas y uniones o separaciones de la especie más indecorosa, que sería chocante creer verdaderas de cualquier naturaleza inmaterial, aunque fuera mudable, como la mente, por no hablar de la naturaleza inmutable de Dios. Y sin embargo, si yo fuera incapaz de elevarme a cosas más altas y de llevar mis pensamientos desde el enredo de las falsas imaginaciones que los sentidos corporales imprimen en la memoria, a la libertad y pureza de la existencia espiritual, ¡cuánto mejor sería pensar en Dios como en forma de hombre, que fijar esa cuña de las tinieblas a su borde inferior, y, por falta de una cubierta para la inmensidad vacía de arriba, dejarlo vacío y desocupado a lo largo de todo el espacio infinito! ¿Qué noción podría ser peor que esta? ¿Qué error más oscuro puede enseñarse o imaginarse?

    Capítulo 24.— Del número de naturalezas en la ficción maniquea

    Epístola fundamental, § 26

    26. Además, deseo saber, cuando leo acerca de Dios el Padre y sus reinos fundados sobre la región resplandeciente y feliz, si el Padre y sus reinos, y la región, son todos de la misma naturaleza y sustancia. Si lo son, entonces no es otra naturaleza o suerte de cuerpo de Dios lo que la cuña de la raza de las tinieblas hiende y penetra —lo cual es en sí mismo indeciblemente repugnante—, sino que es realmente la misma naturaleza de Dios la que sufre esto. Pensad en esto, os lo suplico: como sois hombres, pensadlo y huid de ello; y si, abriéndoos el pecho, podéis arrancar de raíz tales fantasías profanas de vuestra fe, os ruego que lo hagáis. ¿O diréis que estas tres cosas no son de una misma naturaleza, sino que el Padre es de una, los reinos de otra y la región de otra, de modo que cada una tiene naturaleza y sustancia peculiar, y que están dispuestas según su grado de excelencia? Si esto es verdad, Maniqueo debería haber enseñado que hay cuatro naturalezas, no dos; o, si el Padre y los reinos tienen una naturaleza, y la región solo una propia, debería haber hecho tres. O si hizo solo dos, porque la región de las tinieblas no pertenece a Dios, ¿en qué sentido pertenece a Dios la región de la luz? Pues si tiene una naturaleza propia, y si Dios ni la engendró ni la hizo, no le pertenece, y el asiento de su reino está en lo que pertenece a otro. O si le pertenece por su vecindad, también debe ocurrir lo mismo con la región de las tinieblas; pues no solo linda con la región de la luz, sino que la penetra hasta dividirla en dos. Además, si Dios la engendró, no puede tener naturaleza separada. Pues lo que es engendrado por Dios debe ser lo que Dios es, como cree la Iglesia Católica del Hijo unigénito. Así sois llevados de necesidad a esa profanidad chocante y detestable: que la cuña de las tinieblas no hiende una región distinta y separada de Dios, sino la misma naturaleza de Dios. O si Dios no la engendró, sino que la hizo, ¿de qué la hizo? ¿O si de sí mismo, qué es esto sino engendrar? Si de alguna otra naturaleza, ¿era esta naturaleza buena o mala? Si buena, debió existir alguna naturaleza buena no perteneciente a Dios; lo cual apenas tendréis la osadía de afirmar. Si mala, la raza de las tinieblas no pudo ser la única naturaleza mala. ¿O acaso tomó Dios una parte de aquella región y la convirtió en región de la luz, a fin de fundar sobre ella su reino? Si lo hubiera hecho, habría tomado el todo, y no habría quedado naturaleza mala alguna. Si, pues, Dios no hizo la región de la luz de una sustancia distinta de la suya, debió hacerla de la nada.

    Capítulo 25.— La omnipotencia crea cosas buenas que difieren en grado

    En toda descripción, cualquiera que sea, de la unión de las dos regiones hay o impropiedad o absurdidad

    Epístola fundamental, § 27

    27. Si, pues, estáis ahora convencidos de que Dios es capaz de crear algo bueno de la nada, venid a la Iglesia Católica y aprended que todas las naturalezas que Dios ha creado y fundado en su orden de excelencia desde las más altas hasta las más bajas son buenas, y unas mejores que otras; y que fueron hechas de la nada, aunque Dios, su Hacedor, se valió de su propia sabiduría como de un instrumento, por así decir, para dar el ser a lo que no era, y para que, en cuanto tuviera ser, pudiera ser bueno, y la limitación de su ser mostrara que no fue engendrado por Dios, sino hecho de la nada. Si examináis el asunto, no hallaréis nada que os impida asentir a esto. Pues no podéis hacer que vuestra región de la luz sea lo que Dios es, sin hacer del sector oscuro una intrusión en la naturaleza misma de Dios. Ni podéis decir que fue engendrada por Dios, sin ser reducidos a la misma enormidad, por la necesidad de concluir que, como engendrada por Dios, debe ser lo que Dios es. Ni podéis decir que era distinta de Él, no sea que os veáis forzados a admitir que Dios puso su reino en lo que no le pertenecía, y que hay tres naturalezas. Ni podéis decir que Dios la hizo de una sustancia distinta de la suya, sin hacer algo bueno además de Dios, o algo malo además de la raza de las tinieblas. Queda, por tanto, que debéis confesar que Dios hizo la región de la luz de la nada: y no queréis creer esto; porque si Dios pudiera hacer de la nada algún gran bien que, sin embargo, fuera inferior a Él, podría también, puesto que es bueno y no envidia ningún bien, hacer otro bien inferior al primero, y a su vez un tercero inferior al segundo, y así sucesivamente, en orden descendente hasta el bien más bajo de las naturalezas creadas, de modo que el conjunto total, en lugar de extenderse indefinidamente sin número ni medida, tuviera una consistencia fija y definida. Y si tampoco admitís esto, que Dios hizo la región de la luz de la nada, no tendréis escapatoria de las espantosas profanidades a las que conducen vuestras opiniones.

    Epístola fundamental, § 28

    28. Tal vez, ya que la imaginación carnal puede fingir cualquier figura que le plazca, podríais idear alguna otra forma para la unión de las dos regiones, en lugar de presentar a la mente una descripción tan desagradable y penosa como esta: que la región de Dios, sea de la misma naturaleza que Dios o no, donde al menos están fundados los reinos de Dios, se extiende a través de la inmensidad en una masa tan enorme que sus miembros se extienden holgadamente hasta un punto infinito, y que en su parte inferior aquella cuña de la región de las tinieblas, a su vez de tamaño sin límites, se introduce en ellos. Pero cualquiera que sea la otra forma que ideéis para la unión de estas dos regiones, no podéis borrar lo que Maniqueo ha escrito. No me refiero a otros tratados donde se da una descripción más particular—pues tal vez, al estar en manos de solo unos pocos, no habría tanta dificultad con ellos—sino a esta Epístola Fundamental que ahora estamos considerando, con la que todos vosotros, los que sois llamados iluminados, soléis estar bastante familiarizados. Aquí están las palabras: "En un lado el borde de la región resplandeciente y sagrada era la región de las tinieblas, profunda y sin límites en su extensión."

    Capítulo 26.— Los maniqueos se ven reducidos a la elección de una línea de unión tortuosa, curva o recta

    La tercera clase de línea daría simetría y belleza adecuadas a ambas regiones

    Epístola fundamental, cap. 26

    ¿Qué más queda por obtener? Ya hemos oído lo que está en el borde. Haced la figura que queráis, trazad cualquier clase de líneas que os plazca, es cierto que la unión de esta masa sin límites de la región de las tinieblas con la región de la luz debió de ser o por una línea recta, o por una curva, o por una tortuosa. Si la línea de unión es tortuosa, el lado de la región de la luz debe ser también tortuoso; de lo contrario, su lado recto unido a uno tortuoso dejaría huecos de profundidad infinita, en lugar de tener vacuidad solo sobre la tierra de las tinieblas, como se nos dijo antes. Y si hubiera tales huecos, ¡cuánto mejor habría sido que la región de la luz hubiera estado aún más distante, y que hubiera habido una vacuidad mayor entre ellas, para que la región de las tinieblas no la tocara en absoluto! Entonces podría haber habido un hueco tal de profundidad insondable que, al surgir cualquier mal en aquella raza, aunque los jefes de las tinieblas tuvieran el deseo temerario de cruzar, caerían de cabeza en el hueco (pues los cuerpos no pueden volar sin aire que los sostenga); y como hay un espacio infinito hacia abajo, no podrían causar más daño, aunque vivieran para siempre, pues estarían cayendo para siempre. Y si la línea de unión fuera curva, la región de la luz también habría tenido la desfiguración de una curva para corresponderle. O si la tierra de las tinieblas estuviera curvada hacia adentro como un teatro, habría tanta desfiguración en la línea correspondiente de la región de la luz. O si la región de las tinieblas tuviera una línea curva, y la región de la luz una recta, no habrían podido tocarse en todos los puntos. Y ciertamente, como dije antes, habría sido mejor que no se hubieran tocado, y que hubiera habido un hueco tal entre ellas que las regiones se mantuvieran claramente separadas, y que los malhechores temerarios cayeran de cabeza y fueran inofensivos. Si, pues, la línea de unión era recta, no quedan, por supuesto, más huecos ni surcos, sino, al contrario, una unión tan perfecta que produce la mayor paz y armonía posibles entre las dos regiones. ¿Qué cosa más hermosa o más adecuada que el que un lado se encuentre con el otro en una línea recta, sin curvas ni roturas que perturben la conexión natural y permanente a través del espacio sin fin y de la duración sin fin? Y aun cuando hubiera una separación, los lados rectos de ambas regiones serían hermosos en sí mismos, por ser rectos; y además, aun a pesar de un intervalo, su correspondencia, al correr en paralelo, aunque sin encontrarse, daría una simetría a ambas. Con la adición de la unión, ambas regiones se vuelven perfectamente regulares y armoniosas; pues nada puede idearse más hermoso en la descripción o en la concepción que esta unión de dos líneas rectas.

    Capítulo 27.— La belleza de la línea recta podría ser quitada de la región de las tinieblas sin quitar nada de su sustancia

    Así, el mal ni quita ni añade nada a la sustancia del alma. La rectitud de su lado sería, en tal medida, un bien otorgado a la región de las tinieblas por Dios el Creador

    Epístola fundamental, § 29

    29. ¿Qué ha de hacerse con mentes desdichadas, perversas en el error y retenidas por la costumbre? Estos hombres no saben lo que dicen cuando dicen esas cosas; pues no consideran. Escuchadme; nadie os fuerza, nadie riñe con vosotros, nadie os echa en cara los errores pasados, a no ser alguien que no ha experimentado la misericordia divina en la liberación del error: todo lo que deseamos es que los errores sean abandonados alguna vez. Pensad un poco sin animosidad ni amargura. Todos somos seres humanos: odiemos, no unos a otros, sino los errores y las mentiras. Pensad un poco, os lo ruego. Dios de misericordia, ayúdales a pensar, y enciende en las mentes de los que buscan la luz verdadera. Si algo es claro, ¿no es esto: que lo recto es mejor que lo torcido? Dadme, pues, una respuesta tranquila y sosegada a esto: si torcer la línea recta de la región de las tinieblas, que se une a la línea recta de la región de la luz, no le quitaría su belleza. Si no queréis ser obstinados, debéis confesar que no solo se le quita la belleza al torcerla, sino también la belleza que podría haber tenido por la conexión con la línea recta de la región de la luz. ¿Es acaso el caso que, en esta pérdida de belleza, en la que lo recto se vuelve torcido, y la armonía se vuelve discordia, y el acuerdo desacuerdo, hay alguna pérdida de sustancia? Aprended, pues, de esto que la sustancia no es el mal; sino que, como en el cuerpo, por el cambio de forma a peor, la belleza se pierde, o más bien se disminuye, y lo que antes se llamaba hermoso se dice feo, y lo que agradaba se vuelve desagradable, así en la mente la decencia de una voluntad recta, que hace una vida justa y piadosa, se daña cuando la voluntad cambia a peor; y por este pecado la mente se vuelve miserable, en lugar de gozar como antes de la felicidad que viene del ornamento de una voluntad recta, sin ninguna ganancia o pérdida de sustancia.

    Epístola fundamental, § 30

    30. Considerad, además, que aunque admitimos que el borde de la región de las tinieblas era malo por otras razones, como que era tenebroso y oscuro, o por cualquier otra razón, no era malo por ser recto. Así, si yo admito que había algo de malo en su color, debéis admitir que había algo de bueno en su rectitud. Sea cual fuere la medida de este bien, no es lícito atribuirlo a ningún otro que a Dios el Hacedor, de quien debemos creer que proviene todo bien en cualquier naturaleza, si hemos de escapar del error mortal. Es absurdo, pues, decir que esta región es el mal perfecto, cuando en su rectitud de borde se halla el bien de no poca belleza de tipo material; y también hacer que esta región esté totalmente apartada del Dios todopoderoso y bueno, cuando este bien que encontramos en ella no puede atribuirse a ningún otro sino al autor de todos los bienes. Pero también se nos dice que este borde era malo. Bien, supongamos que era malo: ciertamente habría sido peor si hubiera sido torcido en lugar de recto. Y ¿cómo puede ser eso la perfección del mal, de lo cual algo peor que ello mismo puede pensarse? Y ser peor implica que hay algún bien, cuya falta hace que la cosa sea peor. Aquí, la falta de rectitud haría que la línea fuera peor. Por tanto, su rectitud es algo bueno. Y jamás responderéis a la pregunta de dónde proviene esta bondad, sin referencia a Aquel de quien debemos reconocer que provienen todos los bienes, sean pequeños o grandes. Pero ahora pasaremos de considerar este borde a otra cosa.

    Capítulo 28.— Maniqueo sitúa cinco naturalezas en la región de las tinieblas

    Epístola fundamental, § 31

    31. "Allí habitaban", dice, "en aquella región cuerpos ígneos, razas destructoras." Al hablar de habitar, debe querer decir que aquellos cuerpos estaban animados y en vida. Pero, para no parecer que discuto por una palabra, veamos cómo divide en cinco clases a todos estos habitantes de esta región. "Aquí", dice, "había tinieblas sin límites, que fluían de la misma fuente en abundancia inconmensurable, con las producciones que propiamente le pertenecen. Más allá de estas había aguas turbias y fangosas, con sus habitantes; y dentro de ellas vientos terribles y violentos, con su príncipe y sus progenitores. Luego, además, una región ígnea de destrucción, con sus jefes y pueblos. Y, de manera similar, dentro de esta, una raza llena de humo y de tiniebla, donde moraba el príncipe terrible y jefe de todos, teniendo alrededor de sí innumerables príncipes, siendo él mismo la mente y la fuente de todos ellos. Tales son las cinco naturalezas de la región pestífera." Encontramos aquí cinco naturalezas mencionadas como parte de una naturaleza, que él llama la región pestífera. Las naturalezas son tinieblas, aguas, vientos, fuego, humo; que él dispone de modo que las tinieblas van primero, comenzando por el exterior. Dentro de las tinieblas pone las aguas; dentro de las aguas, los vientos; dentro de los vientos, el fuego; dentro del fuego, el humo. Y cada una de estas naturalezas tenía su clase peculiar de habitantes, que eran igualmente cinco en número. Pues a la pregunta de si había solo una clase en todas, o clases diferentes correspondientes a las diferentes naturalezas, la respuesta es que eran diferentes: como en otros libros encontramos afirmado que las tinieblas tenían serpientes; las aguas criaturas nadadoras, como peces; los vientos criaturas voladoras, como aves; el fuego cuadrúpedos, como caballos, leones y semejantes; el humo bípedos, como hombres.

    Capítulo 29.— La refutación de esta absurdidad

    Epístola fundamental, § 32

    32. ¿De quién, pues, es esta disposición? ¿Quién hizo las distinciones y la clasificación? ¿Quién dio el número, las cualidades, las formas, la vida? Pues todas estas cosas son en sí mismas buenas, y ninguna de las naturalezas podría tenerlas sino por la concesión de Dios, el autor de todos los bienes. Pues esto no se parece a las descripciones o suposiciones de los poetas acerca de un caos imaginario, como siendo una masa informe, sin forma, sin cualidad, sin medida, sin peso y número, sin orden y variedad; algo confuso, absolutamente desprovisto de cualidades, de modo que algunos escritores griegos lo llaman [ἄποιον]. Lejos de ser como esto es la descripción maniquea de la región de las tinieblas, como la llaman, que, en un estilo directamente contrario, añaden lado con lado, y unen borde con borde; numeran cinco naturalezas; separan, disponen, y asignan a cada una sus propias cualidades. Ni dejan las naturalezas estériles o vacías, sino que las pueblan con sus propios habitantes; y a estos, además, les dan formas adecuadas, y adaptadas a su lugar de habitación, además de darles el principal de todos los dones, la vida. Recitar tales bienes como estos, y hablar de ellos como no teniendo conexión con Dios, el autor de todos los bienes, es perder de vista la excelencia del orden en las cosas, y el gran mal del error que conduce a tal conclusión.

    Capítulo 30.— El número de bienes en aquellas naturalezas que Maniqueo sitúa en la región de las tinieblas

    Epístola fundamental, § 33

    33. "Pero", es la respuesta, "los órdenes de seres que habitaban en aquellas cinco naturalezas eran fieros y destructores." Como si yo estuviera alabando su ferocidad y su capacidad destructora. Yo, como veis, me uno a vosotros en condenar los males que les atribuís; uníos vosotros a mí en alabar los bienes que les adscribís: así aparecerá que hay una mezcla de bien y de mal en lo que llamáis el extremo último del mal. Si yo me uno a vosotros en condenar lo que es perjudicial en esta región, vosotros debéis uniros a mí en alabar lo que es beneficioso. Pues estos seres no podrían haber sido producidos, o alimentados, o haber continuado habitando aquella región, sin alguna influencia saludable. Yo me uno a vosotros en condenar las tinieblas; uníos vosotros a mí en alabar la productividad. Pues mientras llamáis a las tinieblas inconmensurables, habláis de "producciones adecuadas". Las tinieblas, en efecto, no son una sustancia real, y no significan más que la ausencia de luz, como la desnudez significa la falta de vestido, y el vacío la falta de contenido material: de modo que las tinieblas no podrían producir nada, aunque una región en tinieblas—es decir, en ausencia de luz—podría producir algo. Pero dejando esto de lado por ahora, es cierto que donde surgen producciones debe haber una adaptación benéfica de sustancias, así como una disposición simétrica y una construcción en unidad de los miembros de los seres producidos—un ajuste sabio que los hace concordar entre sí. Y ¿quién negará que todas estas cosas son más dignas de alabanza que lo que las tinieblas merecen de condena? Si yo me uno a vosotros en condenar lo fangoso de las aguas, vosotros debéis uniros a mí en alabar las aguas en cuanto poseían la forma y la cualidad de agua, y también el acuerdo de los miembros de los habitantes que nadaban en las aguas, su vida sosteniendo y dirigiendo su cuerpo, y cada adaptación particular de sustancias para el beneficio de la salud. Pues aunque encontráis defecto en las aguas como turbias y fangosas, sin embargo, al concederles la cualidad de producir y mantener a sus habitantes vivos, implicáis que había alguna clase de forma corporal, y semejanza de partes, dando unidad y congruencia de carácter; de lo contrario no podría haber cuerpo alguno: y, como ser racional, debéis ver que todas estas cosas son dignas de alabanza. Y por grande que hagáis la ferocidad de estos habitantes, y sus matanzas y devastaciones en sus asaltos, todavía les dejáis los límites regulares de la forma, por los cuales los miembros de cada cuerpo se hacen concordar entre sí, y sus adaptaciones benéficas, y el poder regulador del principio viviente que une las partes del cuerpo en una unión amistosa y armoniosa. Y si todas estas cosas se consideran con sentido común, se verá que son más dignas de encomio que lo que sus faltas merecen de condena. Yo me uno a vosotros en condenar lo espantoso de los vientos; uníos vosotros a mí en alabar su naturaleza, como dando aliento y alimento, y su forma material en su continuidad y difusión por la conexión de sus partes: pues por estas cosas estos vientos tenían el poder de producir y alimentar, y sostener en vigor a estos habitantes de los que habláis; y también en estos habitantes—además de las otras cosas que ya se han encomiado en todas las criaturas animadas—este poder particular de ir rápida y fácilmente de donde quieran y hacia donde quieran, y el golpe armonioso de sus alas en el vuelo, y su movimiento regular. Yo me uno a vosotros en condenar la capacidad destructora del fuego; uníos vosotros a mí en encomiar la productividad de este fuego, y el crecimiento de estas producciones, y la adaptación del fuego a los seres producidos, de modo que tuvieran coherencia, y llegaran a la perfección en medida y forma, y pudieran vivir y tener allí su morada: pues veis que todas estas cosas merecen admiración y alabanza, no solo en el fuego que es así habitable, sino también en los habitantes. Yo me uno a vosotros en condenar la densidad del humo, y el carácter salvaje del príncipe que, como decís, moraba en él; uníos vosotros a mí en alabar la semejanza de todas las partes en este mismo humo, por la cual conserva la armonía y proporción de sus partes entre sí, según su propia naturaleza, y tiene una unidad que lo hace ser lo que es: pues nadie puede reflexionar con calma sobre estas cosas sin asombro y alabanza. Además, incluso al humo le dais el poder y la energía de la producción, pues decís que príncipes habitaban en él; de modo que en aquella región el humo es productivo, lo que jamás sucede aquí, y, además, ofrece una morada saludable a sus habitantes.

    Capítulo 31.— Continúa el mismo tema

    Epístola fundamental, § 34

    34. Y aun en el mismo príncipe del humo, en lugar de mencionar solo su ferocidad como cualidad mala, ¿no debiste haber tomado nota de las otras cosas de su naturaleza que has de conceder que son dignas de alabanza? Pues tenía un alma y un cuerpo; el alma, vivificante, y el cuerpo, dotado de vida. Puesto que el alma gobernaba y el cuerpo obedecía, el alma llevaba la delantera y el cuerpo seguía; el alma daba consistencia, el cuerpo no se disolvía; el alma daba movimiento armonioso, y el cuerpo estaba construido con una estructura de miembros bien proporcionada. ¿No os veis inducidos, en este solo príncipe, a expresar aprobación de la paz ordenada o del orden pacífico? Y lo que se aplica a uno se aplica a todos los demás. Decís que era fiero y cruel con otros. Esto no es lo que alabo, sino las otras cosas importantes que no queréis tomar en cuenta. Esas cosas, cuando se las percibe y considera —tras ser aconsejado por cualquiera que sin consideración ha puesto su fe en Maniqueo—, lo conducen a la convicción clara de que, al hablar de esas naturalezas, habla de cosas buenas en cierto sentido, no perfectas e increadas, como Dios, la Trinidad una, ni del rango superior de las cosas creadas, como los santos ángeles y las potencias siempre bienaventuradas; sino de la clase más baja, y ordenadas según la pequeña medida de sus dotes. Estas cosas son tenidas por censurables por los no instruidos cuando las comparan con cosas superiores; y en vista de su carencia de algún bien, el bien que tienen recibe el nombre de mal, porque es defectuoso. Mi razón también para discutir así las naturalezas enumeradas por Maniqueo es que las cosas nombradas son cosas que nos son familiares en este mundo. Nos son familiares las tinieblas, las aguas, los vientos, el fuego, el humo; nos son familiares, también, los animales, rastreros, nadadores, voladores; con cuadrúpedos y bípedos. Con excepción de las tinieblas (que, como ya he dicho, no son sino la ausencia de luz, y su percepción es solo la ausencia de vista, como la percepción del silencio es la ausencia del oído; no es que las tinieblas sean algo, sino que la luz no es, como tampoco el silencio es algo, sino que el sonido no es), todas las otras cosas son cualidades naturales y son familiares a todos; y la forma de esas naturalezas, que es laudable y buena en cuanto existe, ningún sabio la atribuye a otro autor que a Dios, el autor de todo bien.

    Capítulo 32.— Maniqueo obtuvo la disposición de sus nociones fantásticas de los objetos visibles

    Epístola fundamental, § 35

    35. Pues al dar a estas naturalezas, que ha aprendido de las cosas visibles, una disposición según sus ideas fantásticas, para representar la raza de las tinieblas, Maniqueo claramente está en error. En primer lugar, hace a las tinieblas productivas, lo cual es imposible. Pero, replica él, estas tinieblas eran distintas de las que os son familiares. ¿Cómo, entonces, puedes hacerme entender acerca de ellas? Después de tantas promesas de dar conocimiento, ¿me forzarás a creerte bajo tu palabra? Supongamos que te creo: al menos esto es cierto, que si las tinieblas no tenían forma, como las tinieblas usualmente no la tienen, nada podían producir; si tenían forma, eran mejores que las tinieblas ordinarias: mientras que, cuando las llamas distintas de la clase ordinaria, quieres que creamos que son peores. Bien podrías decir que el silencio, que es al oído lo que las tinieblas a los ojos, produjo algunos animales sordos o mudos en aquella región; y luego, en respuesta a la objeción de que el silencio no es una naturaleza, podrías decir que era un silencio distinto del silencio ordinario; en una palabra, podrías decir lo que quisieras a aquellos a quienes una vez has inducido a error para que te crean. Sin duda, los hechos obvios relativos al origen de la vida animal llevaron a Maniqueo a decir que las serpientes fueron producidas en las tinieblas. Sin embargo, hay serpientes que tienen una vista tan aguda y tanto placer en la luz, que parecen dar evidencia del más grave peso contra esta idea. Luego, la idea de las cosas nadadoras en el agua pudo fácilmente obtenerse aquí, y aplicarse a los objetos fantásticos de aquella región; y así de las cosas voladoras en los vientos, pues el movimiento del aire inferior en este mundo, donde vuelan las aves, se llama viento. De dónde obtuvo la idea de los cuadrúpedos en el fuego, nadie puede decirlo. Aun así dijo esto deliberadamente, aunque sin suficiente reflexión, y por gran malentendido. La razón que suele darse es que los cuadrúpedos son voraces y salaces. Pero muchos hombres superan a cualquier cuadrúpedo en voracidad, aunque son bípedos, y son llamados hijos del humo, y no del fuego. Los gansos, también, son tan voraces como cualquier animal; y aunque él pudiera colocarlos en el fuego como bípedos, o en el agua porque aman nadar, o en los vientos porque tienen alas y a veces vuelan, ciertamente nada tienen que ver con el fuego en esta clasificación. En cuanto a la salacidad, supongo que pensaba en los caballos que relinchan, los cuales a veces muerden el freno y se abalanzan sobre las yeguas; y escribiendo apresuradamente, con esto en la mente, olvidó el vulgar gorrión, en comparación del cual el más ardiente semental es frío. La razón que dan para asignar los bípedos al humo es que los bípedos son engreídos y soberbios, pues los hombres derivan de esta clase; y la idea, que es plausible, es que el humo se asemeja a los soberbios al elevarse en el aire, redondo e hinchado. Esta idea podría justificar una descripción figurada de los hombres soberbios, o una expresión o explicación alegórica, pero no la creencia de que los bípedos nacen en el humo y del humo. Con igual razón podría decirse que nacen en el polvo, pues a menudo se eleva hasta el cielo con un movimiento similar circular y elevado; o en las nubes, pues a menudo son arrastradas desde la tierra de tal manera, que quienes miran desde lejos no saben si son nubes o humo. Una vez más, ¿por qué, en el caso de las aguas y los vientos, adecua los habitantes al carácter del lugar, como vemos cosas nadadoras en el agua, y cosas voladoras en el viento; mientras que, frente al fuego y el humo, este osado mentiroso no se avergüenza de asignar a estos lugares los habitantes más inverosímiles? Pues el fuego quema a los cuadrúpedos, y los consume, y el humo sofoca y mata a los bípedos. Al menos debe reconocer que ha hecho a estas naturalezas mejores en la raza de las tinieblas de lo que son aquí, aunque quiere que pensemos que todo es peor. Pues, según esto, el fuego allí producía y alimentaba a los cuadrúpedos, y les daba un alojamiento no solo inofensivo, sino convenientísimo. El humo, también, proporcionaba espacio a la prole de su propio seno benigno, y los criaba hasta el rango de príncipe. Así vemos que estas mentiras, que han añadido al número de los herejes, surgieron de la percepción por el sentido carnal, solo que sin cuidado ni discernimiento, de los objetos visibles en este mundo, y una vez concebidas así, fueron dadas a luz por la fantasía, y luego escritas y publicadas con presunción.

    Capítulo 33.— Toda naturaleza, en cuanto naturaleza, es buena

    Epístola fundamental, § 36

    36. Pero la consideración que más deseamos urgir es la verdad de la doctrina católica, si pueden entenderla, de que Dios es el autor de todas las naturalezas. Esto lo urgí antes cuando dije: Me uno a vosotros en vuestra condenación de la destructividad, de la ceguera, de la densa fangosidad, de la violencia aterradora, de la caducidad, de la ferocidad de los príncipes, y así sucesivamente; uníos a mí en alabar la forma, la clasificación, la disposición, la armonía, la unidad de estructura, la simetría y correspondencia de los miembros, la provisión para el aliento vital y la nutrición, la adaptación saludable, la regulación y el control por la mente, y la sujeción de los cuerpos, y la asimilación y concordancia de las partes en las naturalezas, tanto las que habitan como las habitadas, y todas las otras cosas de la misma clase. De esto, si solo pensaran con honestidad, entenderían que implica una mezcla de bien y de mal, aun en la región donde suponen que el mal está solo y en perfección: de modo que si los males mencionados fueran quitados, los bienes permanecerán, sin nada que reste a la alabanza que se les da; mientras que, si los bienes son quitados, ninguna naturaleza queda. De esto ve todo el que puede ver, que toda naturaleza, en cuanto es naturaleza, es buena; puesto que en una y la misma cosa en la que yo encontré algo que alabar, y él encontró algo que censurar, si los bienes son quitados, ninguna naturaleza quedará; pero si las cosas desagradables son quitadas, la naturaleza quedará intacta. Quitad de las aguas su espesura y fangosidad, y queda agua pura y clara; quitadles la consistencia de sus partes, y no quedará agua. Si, pues, después de quitado el mal, la naturaleza permanece en un estado más puro, y no permanece en absoluto cuando se quita el bien, debe ser el bien lo que hace la naturaleza de la cosa en la que está, mientras que el mal no es naturaleza, sino contrario a la naturaleza. Quitad de los vientos su terribilidad y su fuerza excesiva, que censuráis, y podéis concebir vientos suaves y mansos; quitadles la semejanza de sus partes, que les da continuidad de sustancia, y la unidad esencial a la existencia material, y ninguna naturaleza queda para ser concebida. Sería tedioso recorrer todos los casos; pero todos los que consideran el asunto libres de espíritu de partido deben ver que en su lista de naturalezas las cosas desagradables mencionadas son adiciones a la naturaleza; y cuando son quitadas, las naturalezas permanecen mejores que antes. Esto muestra que las naturalezas, en cuanto son naturalezas, son buenas; pues cuando les quitáis el bien en lugar del mal, no quedan naturalezas. Y atended, vosotros que deseáis llegar a un juicio correcto, a lo que se dice del propio príncipe fiero. Si le quitáis su ferocidad, ved cuántas cosas excelentes quedarán: su armazón material, la simetría de los miembros de un lado con los del otro, la unidad de su forma, la continuidad asentada de sus partes, el ajuste ordenado de la mente como gobernante y animadora, y del cuerpo como sujeto y animado. La remoción de estas cosas, y de otras que pueda haber omitido mencionar, no dejará naturaleza alguna.

    Capítulo 34.— La naturaleza no puede estar sin algún bien. Los maniqueos se detienen en los males

    Epístola fundamental, § 37

    37. Pero quizá diréis que estos males no pueden ser quitados de las naturalezas, y por tanto deben ser considerados naturales. La cuestión presente no es qué puede quitarse y qué no; pero ciertamente ayuda a una percepción clara el que estas naturalezas, en cuanto son naturalezas, son buenas, cuando vemos que las cosas buenas pueden pensarse sin estas cosas malas, mientras que sin estas cosas buenas ninguna naturaleza puede concebirse. Puedo concebir aguas sin conmoción fangosa; pero sin continuidad asentada de partes, ninguna forma material es objeto de pensamiento o de sensación de modo alguno. Por tanto, aun estas aguas fangosas no podrían existir sin el bien que era la condición de su existencia material. En cuanto a la respuesta de que estas cosas malas no pueden ser quitadas de tales naturalezas, replico que tampoco las cosas buenas pueden ser quitadas. ¿Por qué, pues, debéis llamar a estas cosas males naturales, a causa de las cosas malas que suponéis que no pueden ser quitadas, y sin embargo rehusáis llamarlas bienes naturales, a causa de las cosas buenas que, como se ha probado, no pueden ser quitadas?

    Epístola fundamental, § 38

    38. Podréis preguntar a continuación, como soléis hacer como último recurso, de dónde vienen estos males que he dicho que también yo desapruebo. Quizá os lo diré, si primero me decís de dónde son aquellas cosas buenas que vosotros también estáis obligados a alabar, si no queréis ser del todo irrazonables. Pero ¿por qué habría de preguntar esto, cuando ambos reconocemos que todas las cosas buenas, cualesquiera que sean y por grandes que sean, provienen del único Dios, que es sumamente bueno? Debéis, pues, oponeros vosotros mismos a Maniqueo, que ha colocado todas estas importantes cosas buenas que hemos mencionado y justamente alabado —la continuidad y concordancia de las partes en cada naturaleza, la salud y el vigor de las criaturas animadas, y las otras cosas que sería fatigoso repetir— en una región imaginaria de tinieblas, de modo que las separa del todo de aquel Dios a quien él reconoce como el autor de todas las cosas buenas. Perdió de vista aquellas cosas buenas, prestando atención solo a lo que era desagradable; como si alguien, asustado por el rugido de un león, y viéndolo arrastrar y desgarrar los cuerpos de ganado o de seres humanos que hubiera cogido, por pusilanimidad infantil fuera tan dominado por el miedo que no viera más que la crueldad y la ferocidad del león; y pasando por alto o despreciando todas las demás cualidades, clamara contra la naturaleza de este animal como no solo mala, sino como un gran mal, añadiendo su miedo a su vehemencia. Pero si viera a un león domesticado, con su ferocidad subyugada, especialmente si nunca hubiera sido asustado por un león, tendría tiempo, en ausencia de peligro y terror, para observar y admirar la belleza del animal. Mi única observación sobre esto es una estrechamente relacionada con nuestro asunto: que cualquier naturaleza puede ser en algún caso desagradable, de modo que excite odio hacia toda la naturaleza; aunque es claro que la forma de una bestia real y viva, aun cuando excita terror en los bosques, es muy superior a la de la imitación artificial que se alaba en una pintura sobre el muro. No debemos, pues, ser inducidos a este error por Maniqueo, ni se nos ha de impedir observar las formas de las naturalezas, por su censura de algunas cosas en ellas de tal modo que nos haga desaprobarlas enteramente, cuando es imposible mostrar que merecen desaprobación entera. Y cuando nuestras mentes están así compuestas y preparadas para formar un juicio justo, podemos preguntar de dónde vienen estos males que he dicho que condeno. Será más fácil verlo si los clasificamos todos bajo un solo nombre.

    Capítulo 35.— El mal solo es corrupción. La corrupción no es naturaleza, sino contraria a la naturaleza. La corrupción implica bien previo

    Epístola fundamental, § 39

    39. Pues ¿quién puede dudar de que el todo de aquello que se llama mal no es otra cosa que corrupción? Distintos males pueden, en efecto, ser llamados con distintos nombres; pero aquello que es el mal de todas las cosas en las que cualquier mal es perceptible es corrupción. Así, la corrupción de una mente educada es ignorancia; la corrupción de una mente prudente es imprudencia; la corrupción de una mente justa, injusticia; la corrupción de una mente valiente, cobardía; la corrupción de una mente serena y pacífica, codicia, temor, tristeza, soberbia. A su vez, en un cuerpo vivo, la corrupción de la salud es dolor y enfermedad; la corrupción de la fuerza es agotamiento; la corrupción del reposo es fatiga. A su vez, en cualquier cosa corpórea, la corrupción de la belleza es fealdad; la corrupción de la rectitud es torcimiento; la corrupción del orden es confusión; la corrupción de la entereza es desgarramiento, o fractura, o disminución. Sería largo y laborioso mencionar por nombre todas las corrupciones de las cosas aquí mencionadas, y de innumerables otras cosas; pues en muchos casos las palabras pueden aplicarse tanto a la mente como al cuerpo, y en innumerables casos la corrupción tiene un nombre propio distinto. Pero ya se ha dicho bastante para mostrar que la corrupción daña solo en cuanto desplaza la condición natural; y así, que la corrupción no es naturaleza, sino contra la naturaleza. Y si la corrupción es el único mal que se encuentra en parte alguna, y si la corrupción no es naturaleza, ninguna naturaleza es mala.

    Epístola fundamental, § 40

    40. Pero si, acaso, no podéis seguir esto, considerad de nuevo que todo lo que es corrompido es privado de algún bien: pues si no fuera corrompido, sería incorrupto; o si no pudiera de modo alguno ser corrompido, sería incorruptible. Ahora bien, si la corrupción es un mal, tanto la incorrupción como la incorruptibilidad deben ser cosas buenas. Sin embargo, no hablamos en este momento de la naturaleza incorruptible, sino de las cosas que admiten corrupción, y que, mientras no son corrompidas, pueden llamarse incorruptas, mas no incorruptibles. Solo aquello puede llamarse incorruptible que no solo no es corrompido, sino que además no puede en parte alguna ser corrompido. Cualesquiera cosas, pues, que siendo incorruptas, pero susceptibles de corrupción, comienzan a ser corrompidas, son privadas del bien que tenían como incorruptas. Y este no es un bien ligero, pues la corrupción es un gran mal. Y el aumento continuo de la corrupción implica la presencia continua del bien, del cual pueden ser privadas. En consecuencia, las naturalezas que se supone existen en la región de las tinieblas deben haber sido o corruptibles o incorruptibles. Si eran incorruptibles, estaban en posesión de un bien mayor que el cual nada hay. Si eran corruptibles, o estaban corrompidas o no corrompidas. Si no estaban corrompidas, eran incorruptas, y decir esto de cualquier cosa es darle gran alabanza. Si estaban corrompidas, eran privadas de este gran bien de la incorrupción; pero la privación implica la posesión previa del bien del cual son privadas; y si poseían este bien, no eran la perfección del mal, y por consiguiente toda la fábula maniquea es una falsedad.

    Capítulo 36.— El origen del mal o de la corrupción del bien

    Epístola fundamental, § 41

    41. Después de inquirir así qué es el mal, y de aprender que no es naturaleza, sino contra la naturaleza, debemos inquirir a continuación de dónde proviene. Si Maniqueo hubiera hecho esto, habría podido escapar de caer en la red de estos graves errores. Fuera de tiempo y fuera de orden, comenzó indagando el origen del mal, sin preguntar primero qué era el mal; y así su indagación lo condujo solamente a recibir necias fantasías, de las que la mente, muy alimentada por los sentidos corporales, difícilmente se libra. Tal vez, entonces, alguien que ya no desee argumentos, sino verse librado del error, preguntará: ¿De dónde proviene esta corrupción que hallamos ser el mal común de las cosas buenas no incorruptibles? Tal indagador hallará pronto la respuesta si busca la verdad con gran empeño, y llama reverentemente con asiduidad constante. Pues mientras el hombre puede usar palabras como una especie de signo para expresar sus pensamientos, la enseñanza es obra de la Verdad incorruptible misma, que es el único verdadero, el único Maestro interior. Él se hizo también exterior, para llamarnos de lo exterior a lo interior; y tomando sobre sí la forma de siervo, para abajar su altura al conocimiento de quienes a Él se elevan, se dignó aparecer en humildad a los humildes. Pidamos en su nombre, y por medio de Él busquemos la misericordia del Padre mientras hacemos esta indagación. Pues, para responder en una palabra a la pregunta: ¿de dónde proviene la corrupción?, proviene de aquí: porque estas naturalezas capaces de corrupción no fueron engendradas por Dios, sino hechas por Él de la nada; y como ya probamos que esas naturalezas son buenas, nadie puede decir con propiedad que no fueran buenas en cuanto hechas por Dios. Si se dice que Dios las hizo perfectamente buenas, ha de recordarse que el único bien perfecto es Dios mismo, hacedor de esas cosas buenas.

    Capítulo 37.— Solo Dios es perfectamente bueno

    Epístola fundamental, § 42

    42. ¿Qué mal se seguiría, preguntas, si también esas cosas fueran perfectamente buenas? Y sin embargo, si alguien que admite y cree la perfecta bondad de Dios Padre preguntara qué origen deberíamos asignar reverentemente a cualquier otra cosa perfectamente buena, suponiendo que existiera, nuestra única respuesta correcta sería que proviene de Dios Padre, que es perfectamente bueno. Y hemos de tener presente que lo que es de Él ha nacido de Él, y no fue hecho por Él de la nada, y que, por tanto, es perfectamente, es decir, incorruptiblemente, bueno como Dios mismo. Así vemos que es irrazonable exigir que las cosas hechas de la nada sean tan perfectamente buenas como Aquel que fue engendrado del mismo Dios, y que es uno como Dios es uno; de otro modo, Dios habría engendrado algo desemejante de sí mismo. De aquí se sigue que es ignorancia e impiedad buscar hermanos para este Hijo unigénito, por medio de quien todas las cosas buenas fueron hechas por el Padre de la nada, salvo en esto: en que Él se dignó aparecer como hombre. Por eso en la Escritura es llamado a la vez unigénito y primogénito; unigénito del Padre, y primogénito de entre los muertos. "Y vimos", dice Juan, "su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad." [] Y Pablo dice: "para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos." []

    Epístola fundamental, § 43

    43. Pero si dijéramos: Estas cosas hechas de la nada no son cosas buenas, sino que solo la naturaleza de Dios es buena, seríamos injustos con cosas buenas de gran valor. Y hay impiedad en llamar defecto en algo el no ser lo que Dios es, y en negar que una cosa sea buena porque es inferior a Dios. Te ruego, pues, naturaleza del alma racional, que te sometas a ser algo menor que Dios, pero solo tanto menor que, después de Él, no haya nada por encima de ti. Sométete, digo, y cede ante Él, no sea que Él te precipite aún más abajo, a profundidades donde la pena infligida vaya mermando sin cesar, cada vez más, el bien que tú tienes. Tú te exaltas contra Dios si te indignas de que Él vaya delante de ti; y eres muy contumaz en tus pensamientos acerca de Él si no te gozas indeciblemente en poseer este bien: que solo Él está por encima de ti. Siendo esto cierto y asentado, no has de decir: Dios debió haberme hecho la única naturaleza; no debería haber bien alguno después de mí. No podía ser que lo que es el bien inmediato a Dios fuera el último. Y en esto se ve con suma claridad cuán grande dignidad te confirió Dios: que Aquel que en el orden de la naturaleza es el único que te gobierna, hizo otras cosas buenas para que tú las gobernaras. Ni te asombres de que ahora no te estén sujetas en todo, y de que a veces te causen dolor; porque tu Señor tiene mayor autoridad sobre las cosas que te están sujetas que tú, como un amo sobre los siervos de sus siervos. ¿Qué maravilla, pues, que cuando pecas, es decir, cuando desobedeces a tu Señor, las cosas que antes gobernabas se conviertan en instrumento de tu castigo? Pues ¿qué hay tan justo, o qué más justo que Dios? Pues esto aconteció a la naturaleza humana en Adán, de quien no es este el lugar de hablar. Baste decir que el justo Gobernante obra conforme a su carácter tanto en los justos premios como en los justos castigos, en la felicidad de quienes viven rectamente y en la pena infligida a los pecadores. Ni aun así quedas sin misericordia, pues por una distribución ordenada de cosas y tiempos eres llamado a volver. Así, el justo gobierno del supremo Creador se extiende incluso a las cosas buenas terrenas, que se corrompen y se restauran, para que tengas consolaciones mezcladas con castigos; para que alabes a Dios cuando te deleite el orden de las cosas buenas, y te refugies en Él cuando te pruebe la experiencia de los males. Así, en la medida en que las cosas terrenas te están sujetas, te enseñan que eres su gobernante; en la medida en que te afligen, te enseñan a someterte a tu Señor.

    Capítulo 38.— La naturaleza es hecha por Dios; la corrupción proviene de la nada

    Epístola fundamental, § 44

    44. De este modo, aunque la corrupción es un mal, y aunque no proviene del Autor de las naturalezas, sino de que estas hayan sido hechas de la nada, aun así, en el gobierno y control de Dios sobre todo lo que ha hecho, incluso la corrupción está tan ordenada que solo daña a las naturalezas más bajas, para castigo de los condenados y para prueba e instrucción de los que regresan, para que se mantengan cerca del Dios incorruptible y permanezcan incorruptos, lo cual es nuestro único bien; como dice el profeta: "Pero es bueno para mí acercarme a Dios." Y no has de decir: Dios no hizo las naturalezas corruptibles; pues, en cuanto son naturalezas, Dios las hizo; pero en cuanto son corruptibles, Dios no las hizo: porque la corrupción no puede provenir de Aquel que es el único incorruptible. Si puedes recibir esto, da gracias a Dios; si no puedes, calla y no condenes lo que aún no entiendes, sino espera humildemente en Aquel que es la luz de la mente para que puedas conocer. Pues en la expresión "naturaleza corruptible" hay dos palabras, y no una sola. Así, en la expresión "Dios hizo de la nada", "Dios" y "nada" son dos palabras distintas. Atribuye, por tanto, a cada una de estas palabras lo que le corresponde, de modo que la palabra "naturaleza" vaya con la palabra "Dios", y la palabra "corruptible" con la palabra "nada". Y, sin embargo, aun las corrupciones, aunque no tienen su origen en Dios, han de ser gobernadas por Él de acuerdo con el orden de las cosas inanimadas y los méritos de sus criaturas inteligentes. Así decimos con razón que tanto el premio como el castigo provienen de Dios. Pues el que Dios no haga la corrupción es compatible con que entregue a la corrupción al hombre que merece ser corrompido, es decir, que ha comenzado a corromperse a sí mismo pecando, para que quien voluntariamente cedió a los halagos de la corrupción padezca sus dolores contra su voluntad.

    Capítulo 39.— En qué sentido los males provienen de Dios

    Epístola fundamental, § 45

    45. No solo está escrito en el Antiguo Testamento: "Yo hago el bien y creo el mal"; sino más claramente en el Nuevo Testamento, donde el Señor dice: "No temáis a los que matan el cuerpo, y no tienen más que hacer; temed más bien a aquel que, después de haber matado el cuerpo, tiene poder para arrojar el alma al infierno." Y que a la corrupción voluntaria se añade la corrupción penal en el juicio divino lo declara claramente el apóstol Pablo, cuando dice: "El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros; si alguno corrompe el templo de Dios, Dios lo corromperá a él." [] Si esto se hubiera dicho en la Ley Antigua, ¡con cuánta vehemencia lo habrían denunciado los maniqueos como haciendo de Dios un corruptor! Y por temor a la palabra, muchos traductores latinos traducen: "a él lo destruirá Dios", en lugar de "corromperá", evitando la palabra ofensiva sin cambio alguno de sentido. Aunque estos censurarían cualquier pasaje de la Ley Antigua o de los profetas si en él se llamara a Dios destructor. Pero el original griego muestra aquí que "corromper" es la palabra verdadera; pues está escrito claramente: "Si alguno corrompe el templo de Dios, Dios lo corromperá a él." Si se pide a los maniqueos que expliquen estas palabras, dirán, para evitar hacer de Dios un corruptor, que "corromper" aquí significa entregar a la corrupción, o alguna explicación semejante. Si leyeran la Ley Antigua con este espíritu, encontrarían en ella muchas cosas admirables; y en lugar de atacar con saña pasajes que no entendían, pospondrían reverentemente la indagación.

    Capítulo 40.— La corrupción tiende a la no existencia

    Epístola fundamental, § 46

    46. Pero si alguno no cree que la corrupción proviene de la nada, ponga ante sí la existencia y la no existencia — una, por así decir, de un lado, y la otra del otro (para decirlo de modo que no dejemos atrás a los tardos en entender); luego coloque entre ellas algo, digamos el cuerpo de un animal, y pregúntese si, mientras el cuerpo está siendo formado y producido, mientras su tamaño aumenta, mientras adquiere alimento, salud, fuerza, hermosura, estabilidad, tiende, en lo que respecta a su duración y permanencia, a este lado o a aquel, a la existencia o a la no existencia. Verá sin dificultad que aun en la forma rudimentaria hay una existencia, y que cuanto más se establece y edifica el cuerpo en forma, figura y fuerza, tanto más llega a existir y a tender hacia el lado de la existencia. Luego, de nuevo, comience el cuerpo a corromperse; debilítese toda su condición, languidezca su vigor, decaiga su fuerza, aféese su hermosura, desgárrese su armazón, ceda y deshágase la consistencia de sus partes; y pregúntese ahora hacia dónde tiende el cuerpo en esta corrupción, si a la existencia o a la no existencia: no será seguramente tan ciego o estúpido como para dudar de qué responderse, o para no ver que, en la proporción en que algo se corrompe, en esa proporción se acerca a la muerte. Pero todo lo que tiende a la muerte tiende a la no existencia. Puesto que, entonces, hemos de creer que Dios existe inmutable e incorruptible, mientras que lo que se llama nada es claramente del todo inexistente; y puesto que, habiendo puesto ante ti la existencia y la no existencia, has observado que cuanto más aumenta un objeto visible, tanto más tiende a la existencia, mientras que cuanto más se corrompe, tanto más tiende a la no existencia, ¿por qué no aciertas a decir, respecto de cualquier naturaleza, qué hay en ella de Dios y qué de la nada; viendo que la forma visible es natural, y la corrupción contra la naturaleza? El aumento de la forma conduce a la existencia, y reconocemos a Dios como existencia suprema; el aumento de la corrupción conduce a la no existencia, y sabemos que lo que es inexistente es nada. ¿Por qué, pues, digo, no aciertas a decir, respecto de una naturaleza corruptible, cuando tienes las palabras naturaleza y corruptible, qué es de Dios y qué de la nada? ¿Y por qué buscas una naturaleza contraria a Dios, si, al confesar que Él es la existencia suprema, se sigue que la no existencia es contraria a Él?

    Capítulo 41.— La corrupción es por permisión de Dios, y proviene de nosotros

    Epístola fundamental, § 47

    47. Preguntas: ¿Por qué la corrupción arrebata a la naturaleza lo que Dios le ha dado? No arrebata nada sino donde Dios lo permite; y Él lo permite en justo y bien ordenado juicio, según los grados de las criaturas no inteligentes y los méritos de las inteligentes. La palabra pronunciada pasa como objeto de los sentidos, y perece en el silencio; y, sin embargo, el ir y venir de estas palabras pasajeras constituye nuestro hablar, y los intervalos regulares de silencio dan una distinción agradable y apropiada; y así sucede con las naturalezas temporales que tienen esta forma ínfima de belleza: la transición les da el ser, y la muerte de lo que dan a luz les da individualidad. Y si nuestros sentidos y nuestra memoria pudieran captar rectamente el orden y las proporciones de esta belleza, nos agradarían tanto, que no nos atreveríamos a dar el nombre de corrupciones a aquellas imperfecciones que dan origen a la distinción. Y cuando la aflicción nos llega a través de su peculiar belleza, por la pérdida de amadas cosas temporales que pasan, pagamos la pena de nuestros pecados y somos exhortados a poner nuestro afecto en las cosas eternas.

    Capítulo 42.— Exhortación al sumo bien

    Epístola fundamental, § 48

    48. No busquemos, pues, en esta belleza lo que no se le ha dado (y por no tener lo que buscamos, esta es la forma ínfima de belleza); y en lo que se le ha dado, alabemos a Dios, porque ha otorgado este gran bien de la forma visible aun al grado más bajo de la belleza. Y no nos adhiramos como amantes a esta belleza, sino que, como alabadores de Dios, elevémonos por encima de ella; y desde esta posición superior pronunciemos juicio sobre ella, en lugar de quedar tan atados a ella que seamos juzgados juntamente con ella. Y apresurémonos hacia aquel bien que no tiene movimiento en el espacio ni avance en el tiempo, del cual todas las naturalezas en el espacio y en el tiempo reciben su ser sensible y su forma. Para ver este bien, purifiquemos nuestro corazón por la fe en nuestro Señor Jesucristo, que dice: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios." [] Pues los ojos que se necesitan para ver este bien no son aquellos con los que vemos la luz extendida por el espacio, que tiene parte en un lugar y parte en otro, en vez de estar toda en todo lugar. La vista y el discernimiento que hemos de purificar es aquella con la que vemos, en cuanto se permite en esta vida, lo que es justo, lo que es piadoso, lo que es la hermosura de la sabiduría. Quien ve estas cosas, las valora muy por encima de la plenitud de todas las regiones del espacio, y halla que la visión de estas cosas no exige la extensión de su percepción a través de distancias en el espacio, sino su vigorización por un influjo inmaterial.

    Capítulo 43.— Conclusión

    Epístola fundamental, § 49

    49. Y como esta visión se ve grandemente obstaculizada por aquellas fantasías que tienen su origen en el sentido carnal, y son retenidas y modificadas por la imaginación, aborrezcamos esta herejía que, llevada por la fe en sus fantasías, ha representado la sustancia divina como extendida y difundida por el espacio, aun por el espacio infinito, y ha recortado un lado para hacer sitio al mal— no pudiendo percibir que el mal no es naturaleza, sino contra la naturaleza; y ha hermoseado este mismo mal con tal apariencia visible, y formas, y consistencia de partes que prevalecen en sus diversas naturalezas, no pudiendo concebir ninguna naturaleza sin aquellas cosas buenas, que los males que en ella se censuran quedan sepultados bajo una innumerable abundancia de cosas buenas.
    Cerremos aquí esta parte del tratado. Las otras necedades de Maniqueo serán expuestas en lo que sigue, con la permisión y ayuda de Dios.
    Comentario editorial · Una refutación inacabada
    El tratado termina aquí porque Agustín no lo continuó. En las Retractaciones (II, 2), que cita la introducción del NPNF, dice que el libro refuta solo el comienzo de la carta y que del resto tomó notas suficientes para recordar el argumento si alguna vez tuviera tiempo de escribir contra toda ella. La última frase del texto lo avisa: «Las otras necedades de Maniqueo serán expuestas en lo que sigue». El editor inglés lamenta que no se terminara y que no se conservara así más de la propia carta; según él, lo escribió Agustín siendo ya obispo de Hipona, hacia 397.

    Naturaleza del bien

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Naturaleza del bien · Naturaleza del bien, encabezado
    Escrito después del año 404. Se coloca en las Retractaciones inmediatamente después del De las Actas con Félix Maniqueo, que fue escrito hacia fines del año 404. Es uno de los tratados más argumentativos contra los maniqueos y, por lo tanto, uno de los más abstrusos y difíciles. Las líneas de argumentación aquí seguidas ya han sido empleadas en parte en los tratados anteriores. Las porciones más interesantes del contenido del tratado, y las más dañinas para los maniqueos, son los largos extractos del Tesoro de Mani y de su Epístola Fundamental.— A.H.N.

    Capítulo 1.— Dios, sumo bien inmutable, de quien proceden todos los demás bienes, espirituales y corporales

    Naturaleza del bien, cap. 1

    El sumo bien, que no tiene otro más alto, es Dios y, por consiguiente, es bien inmutable, por tanto verdaderamente eterno y verdaderamente inmortal. Todos los demás bienes son solo por Él, no de Él. Pues lo que es de Él, es Él mismo. Y, por consiguiente, si Él solo es inmutable, todas las cosas que ha hecho, porque las ha hecho de la nada, son mudables. Porque es tan omnipotente que, incluso de la nada, es decir, de lo absolutamente inexistente, es capaz de hacer bienes tanto grandes como pequeños, tanto celestiales como terrestres, tanto espirituales como corporales. Pero porque también es justo, no ha puesto las cosas que ha hecho de la nada en igualdad con aquello que engendró de sí mismo. Por lo tanto, como ningún bien, grande o pequeño, cualesquiera que sean las gradaciones de las cosas, puede existir sino por Dios; y puesto que toda naturaleza, en cuanto es naturaleza, es buena, se sigue que ninguna naturaleza puede existir sino del Dios sumo y verdadero: porque todas las cosas, aunque no sean buenas en sumo grado, sino que se relacionan con el sumo bien, y además, porque todos los bienes, incluso los de origen más reciente, que están lejos del sumo bien, solo pueden tener su existencia por el sumo bien. Por tanto, todo espíritu, aunque sujeto a cambio, y toda entidad corpórea, es por Dios, y todo esto, habiendo sido hecho, es naturaleza. Pues toda naturaleza es espíritu o cuerpo. El espíritu inmutable es Dios; el espíritu mutable, habiendo sido hecho, es naturaleza, pero es mejor que el cuerpo; pero el cuerpo no es espíritu, a menos que, cuando el viento, porque es invisible para nosotros y sin embargo su poder se siente como algo no despreciable, sea llamado espíritu en cierto sentido.

    Capítulo 2.— Cómo esto puede bastar para corregir a los maniqueos

    Naturaleza del bien, cap. 2

    Pero por causa de aquellos que, no pudiendo entender que toda naturaleza, es decir, todo espíritu y todo cuerpo, es naturalmente buena, se sienten movidos por la iniquidad del espíritu y la mortalidad del cuerpo, y por ello se esfuerzan en introducir otra naturaleza de espíritu malvado y cuerpo mortal, que Dios no hizo, determinamos llevar a su entendimiento lo que decimos que puede ser llevado. Pues reconocen que ningún bien puede existir sino por el Dios sumo y verdadero, lo cual también es verdad y basta para corregirlos, si están dispuestos a prestar atención.

    Capítulo 3.— Medida, forma y orden, bienes genéricos en las cosas hechas por Dios

    Naturaleza del bien, cap. 3

    Pues nosotros, católicos cristianos, adoramos a Dios, de quien proceden todos los bienes, sean grandes o pequeños; de quien procede toda medida, grande o pequeña; de quien procede toda forma, grande o pequeña; de quien procede todo orden, grande o pequeño. Porque todas las cosas, en la medida en que están mejor medidas, formadas y ordenadas, son ciertamente buenas en grado más alto; pero en la medida en que están medidas, formadas y ordenadas en grado inferior, son menos buenas. Estas tres cosas, por tanto, medida, forma y orden —por no hablar de innumerables otras que se muestra que pertenecen a estas tres— estas tres cosas, por tanto, medida, forma, orden, son como bienes genéricos en las cosas hechas por Dios, ya sea en el espíritu o en el cuerpo. Dios, por tanto, está por encima de toda medida de la criatura, por encima de toda forma, por encima de todo orden, y no está por encima por espacios locales, sino por una potencia inefable y singular, de quien procede toda medida, toda forma, todo orden. Estas tres cosas, donde son grandes, son grandes bienes; donde son pequeñas, son pequeños bienes; donde están ausentes, no hay bien. Y de nuevo, donde estas cosas son grandes, hay grandes naturalezas; donde son pequeñas, hay pequeñas naturalezas; donde están ausentes, no hay naturaleza. Por tanto, toda naturaleza es buena.

    Capítulo 4.— El mal es corrupción de la medida, la forma o el orden

    Naturaleza del bien, cap. 4

    Por consiguiente, cuando se pregunta de dónde es el mal, primero debe preguntarse qué es el mal, que no es otra cosa que corrupción, ya sea de la medida, de la forma o del orden que pertenecen a la naturaleza. Por tanto, la naturaleza que ha sido corrompida se llama mala, pues ciertamente cuando está incorrupta es buena; pero aun cuando está corrompida, en cuanto es naturaleza es buena, en cuanto está corrompida es mala.
    Comentario editorial · El mal como privación
    Aquí se formula la tesis que ordena el tratado: el mal no es una naturaleza, sino la corrupción de la medida, la forma o el orden de una naturaleza buena. Wikipedia la conoce como «privación del bien» (privatio boni) y la asocia sobre todo con Agustín, que según ese artículo la tomó del neoplatonismo, en particular de Plotino. Distingue la privación, que es la falta de una perfección propia de la cosa (la ceguera de un animal que normalmente ve), de una simple ausencia (una piedra que no ve). El artículo anota además la crítica de quienes dicen que la teoría explica mal los males que parecen tener carácter positivo.

    Capítulo 5.— La naturaleza corrompida de un orden más excelente a veces es mejor que una naturaleza inferior incluso incorrupta

    Naturaleza del bien, cap. 5

    Pero puede suceder que cierta naturaleza que ha sido clasificada como más excelente por razón de su medida y forma naturales, aunque esté corrompida, sea aún mejor que otra incorrupta que ha sido clasificada más baja por razón de una medida y forma naturales inferiores: como en la estimación de los hombres, según la cualidad que se presenta a la vista, el oro corrompido es ciertamente mejor que la plata incorrupta, y la plata corrompida mejor que el plomo incorrupto; así también, en las naturalezas espirituales más poderosas, un espíritu racional incluso corrompido por una mala voluntad es mejor que uno irracional aunque incorrupto, y mejor es cualquier espíritu, aunque corrompido, que cualquier cuerpo, aunque incorrupto. Pues es mejor aquella naturaleza que, cuando está presente en un cuerpo, le da vida, que aquella a la que se le da vida. Pero por corrompido que esté el espíritu de vida que ha sido hecho, puede dar vida a un cuerpo, y por tanto, aunque corrompido, es mejor que el cuerpo aunque incorrupto.

    Capítulo 6.— La naturaleza que no puede ser corrompida es el sumo bien; la que puede serlo, es algún bien

    Naturaleza del bien, cap. 6

    Pero si la corrupción quita toda medida, toda forma, todo orden de las cosas corruptibles, no quedará ninguna naturaleza. Y, por consiguiente, toda naturaleza que no puede ser corrompida es el sumo bien, como es Dios. Pero toda naturaleza que puede ser corrompida es también ella misma algún bien; pues la corrupción no puede dañarla sino quitando o disminuyendo aquello que es bueno.

    Capítulo 7.— La corrupción de los espíritus racionales es, por una parte, voluntaria; por otra, penal

    Naturaleza del bien, cap. 7

    Pero a las criaturas más excelentes, es decir, a los espíritus racionales, Dios les ha ofrecido esto: que si no quieren, no pueden ser corrompidos; es decir, si mantienen la obediencia bajo el Señor su Dios, se adhieren a su belleza incorruptible; pero si no quieren mantener la obediencia, ya que voluntariamente se corrompen en los pecados, involuntariamente serán corrompidos en el castigo, puesto que Dios es un bien tal que no le va bien a nadie que lo abandona, y entre las cosas hechas por Dios la naturaleza racional es un bien tan grande, que no hay bien con el cual pueda ser bendecida sino Dios. Los pecadores, por tanto, son ordenados al castigo; ordenación que es castigo por la razón de que no es conforme a su naturaleza, pero es justicia porque es conforme a su culpa.

    Capítulo 8.— De la corrupción y destrucción de las cosas inferiores proviene la belleza del universo

    Naturaleza del bien, cap. 8

    Pero las demás cosas que son hechas de la nada, que ciertamente son inferiores al alma racional, no pueden ser ni bienaventuradas ni miserables. Pero como en proporción a su hechura y apariencia las cosas mismas son buenas, y no podría haber bienes en grado menor o mínimo sino por Dios, están ordenadas de modo que las más enfermas cedan a las más firmes, las más débiles a las más fuertes, las más impotentes a las más poderosas; y así las cosas terrenas armonizan con las celestiales, como sujetas a las cosas que son preeminentes. Pero a las cosas que decaen y se suceden, les pertenece una cierta belleza temporal en su género, de modo que ni aquellas cosas que mueren, o dejan de ser lo que eran, degradan o perturban la hechura, la apariencia y el orden de la creación universal; como un discurso bien compuesto es ciertamente hermoso, aunque en él las sílabas y todos los sonidos pasan rápidamente, como naciendo y muriendo.

    Capítulo 9.— El castigo está constituido para la naturaleza que peca, para que sea ordenada rectamente

    Naturaleza del bien, cap. 9

    Qué clase de castigo, y cuán grande, se debe a cada culpa, pertenece al juicio divino, no al humano; castigo que, ciertamente, cuando es remitido en el caso de los convertidos, hay gran bondad por parte de Dios, y cuando es infligido merecidamente, no hay injusticia por parte de Dios; porque la naturaleza está mejor ordenada sufriendo justamente el castigo que gozando impunemente del pecado; naturaleza que, no obstante, aun teniendo así alguna medida, forma y orden, en cualquier extremo queda todavía algún bien; cosas que, si fueran absolutamente quitadas y totalmente consumidas, no habrá por consiguiente ningún bien, porque no quedará ninguna naturaleza.

    Capítulo 10.— Las naturalezas son corruptibles porque están hechas de la nada

    Naturaleza del bien, cap. 10

    Todas las naturalezas corruptibles, por tanto, son naturalezas solo en cuanto son por Dios, ni serían corruptibles si fueran de Él; porque serían lo que Él mismo es. Por tanto, de cualquier medida, de cualquier forma, de cualquier orden que sean, lo son porque es Dios por quien fueron hechas; pero no son inmutables, porque es nada de lo cual fueron hechas. Pues es audacia sacrílega hacer iguales a la nada y a Dios, como cuando queremos hacer que lo nacido de Dios sea tal como lo que ha sido hecho por Él de la nada.

    Capítulo 11.— Dios no puede sufrir daño, ni puede ninguna otra naturaleza sino con su permiso

    Naturaleza del bien, cap. 11

    Por lo cual, ni la naturaleza de Dios puede sufrir daño, ni puede ninguna naturaleza bajo Dios sufrir daño injustamente: pues cuando, pecando injustamente, algunos causan daño, se les imputa una voluntad injusta; pero el poder por el cual se les permite causar daño proviene solo de Dios, quien sabe, mientras ellos mismos ignoran, qué deben sufrir aquellos a quienes Él les permite dañar.

    Capítulo 12.— Todos los bienes proceden solo de Dios

    Naturaleza del bien, cap. 12

    Todas estas cosas son tan claras, tan ciertas, que si quienes introducen otra naturaleza que Dios no hizo estuvieran dispuestos a prestar atención, no se llenarían de tan grandes blasfemias, como para colocar bienes tan grandes en el sumo mal, y males tan grandes en Dios. Pues lo que la verdad los obliga a reconocer, a saber, que todos los bienes proceden solo de Dios, basta para su corrección, si estuvieran dispuestos a prestar atención, como dije antes. No, por tanto, los grandes bienes proceden de uno y los pequeños de otro; sino que los bienes grandes y pequeños proceden solo del sumo bien, que es Dios.

    Capítulo 13.— Cada uno de los bienes, ya sean pequeños o grandes, procede de Dios

    Naturaleza del bien, cap. 13

    Traigamos, por tanto, ante nuestra mente bienes por grandes que sean, que conviene que atribuyamos a Dios como su autor, y eliminados estos, veamos si quedará alguna naturaleza. Toda vida, grande y pequeña; todo poder, grande y pequeño; toda seguridad, grande y pequeña; toda memoria, grande y pequeña; toda virtud, grande y pequeña; todo intelecto, grande y pequeño; toda tranquilidad, grande y pequeña; toda abundancia, grande y pequeña; toda sensación, grande y pequeña; toda luz, grande y pequeña; toda suavidad, grande y pequeña; toda medida, grande y pequeña; toda belleza, grande y pequeña; toda paz, grande y pequeña; y cualesquiera otras cosas semejantes que se presenten, especialmente las que se encuentran en todas las cosas, ya sean espirituales o corpóreas, toda medida, toda forma, todo orden, tanto grande como pequeño, proceden del Señor Dios. Cualquiera que quisiera abusar de estos bienes, paga la pena por juicio divino; pero donde ninguna de estas cosas esté presente en absoluto, no quedará ninguna naturaleza.

    Capítulo 14.— Los bienes pequeños, en comparación con los mayores, se llaman con nombres contrarios

    Naturaleza del bien, cap. 14

    Pero en todas estas cosas, las que son pequeñas se llaman con nombres contrarios en comparación con las mayores; así en la forma del hombre, porque la belleza es mayor, la belleza del mono en comparación con ella se llama deformidad. Y los imprudentes se engañan, como si la primera fuera buena y la segunda mala, y no consideran en el cuerpo del mono su propia hechura, la igualdad de los miembros en ambos lados, la concordancia de las partes, la protección de la seguridad, y otras cosas que sería tedioso enumerar.

    Capítulo 15.— En el cuerpo del mono está presente el bien de la belleza, aunque en menor grado

    Naturaleza del bien, cap. 15

    Pero para que se entienda lo que hemos dicho, y para satisfacer a los demasiado lentos de comprensión, o para que incluso los pertinaces y los que se oponen a la verdad más manifiesta sean obligados a confesar lo que es verdad, pregúnteseles si la corrupción puede dañar el cuerpo de un mono. Pero si puede, para que se vuelva más horrible, ¿qué disminuye sino el bien de la belleza? De donde, mientras subsista la naturaleza del cuerpo, quedará algo. Si, en consecuencia, consumido el bien, se consume la naturaleza, la naturaleza es, por tanto, buena. Así también decimos que lo lento es contrario a lo veloz, y sin embargo, quien no se mueve en absoluto ni siquiera puede llamarse lento. Así decimos que una voz grave es contraria a una voz aguda, o una áspera a una musical; pero si quitas por completo cualquier tipo de voz, hay silencio donde no hay voz, silencio que, sin embargo, por la simple razón de que no hay voz, suele oponerse a la voz como algo contrario a ella. Así también lo lúcido y lo oscuro se llaman como dos cosas contrarias, y sin embargo, incluso las cosas oscuras tienen algo de luz, la cual, si falta absolutamente, las tinieblas son la ausencia de luz del mismo modo en que el silencio es la ausencia de voz.

    Capítulo 16.— Las privaciones en las cosas son ordenadas convenientemente por Dios

    Naturaleza del bien, cap. 16

    Sin embargo, incluso estas privaciones de las cosas están tan ordenadas en el universo de la naturaleza, que para quienes consideran sabiamente no carecen de conveniencia sus vicisitudes. Pues al no iluminar ciertos lugares y tiempos, Dios ha hecho también las tinieblas tan convenientemente como el día. Porque si nosotros, conteniendo la voz, intercalamos convenientemente silencio al hablar, ¿cuánto más Él, como perfecto artífice de todas las cosas, hace convenientemente las privaciones de las cosas? De donde también en el himno de los tres jóvenes, la luz y las tinieblas alaban igualmente a Dios [], es decir, producen alabanza en los corazones de quienes consideran bien.

    Capítulo 17.— La naturaleza, en cuanto es naturaleza, no es ningún mal

    Naturaleza del bien, cap. 17

    Ninguna naturaleza, por tanto, en cuanto es naturaleza, es mala; pero para cada naturaleza no hay mal sino ser disminuida en cuanto al bien. Pero si por ser disminuida llegara a consumirse de modo que no quede bien, no quedaría ninguna naturaleza; no solo la que introducen los maniqueos, donde se encuentran bienes tan grandes que su ceguera extrema es asombrosa, sino la que cualquiera pueda introducir.

    Capítulo 18.— La hile, que los antiguos llamaban la materia informe de las cosas, no es un mal

    Naturaleza del bien, cap. 18

    Pues ni aquella materia, que los antiguos llamaban hile, debe llamarse un mal. No digo aquella que Maniqueo, con vanidad insensatísima, sin saber lo que dice, denomina hile, a saber, la formadora de los seres corpóreos; por lo cual se le dice con razón que introduce otro dios. Porque nadie puede formar y crear seres corpóreos sino solo Dios; pues tampoco son creados a menos que subsista en ellos medida, forma y orden, las cuales creo que ahora incluso ellos mismos confiesan que son cosas buenas, y cosas que no pueden ser sino por Dios. Pero por hile entiendo una cierta materia absolutamente informe y sin cualidad, de la cual se forman aquellas cualidades que percibimos, como decían los antiguos. Por eso también la madera se llama en griego [ὕλη], porque está adaptada a los artesanos, no para que ella misma haga algo, sino para que sea la materia de la cual se puede hacer algo. Por tanto, no debe llamarse mal aquella hile que no puede ser percibida por ninguna apariencia, sino que apenas puede ser pensada por alguna privación de apariencia. Pues esta tiene también capacidad de formas; porque si no puede recibir la forma impuesta por el artesano, tampoco ciertamente puede llamarse materia. De donde, si la forma es algún bien, por lo cual quienes sobresalen en ella se llaman hermosos, como por la apariencia se llaman bellos, incluso la capacidad de forma es indudablemente algo bueno. Como, porque la sabiduría es un bien, nadie duda que ser capaz de sabiduría es un bien. Y porque todo bien procede de Dios, nadie debe dudar de que incluso la materia, si hay alguna, tiene su existencia solo de Dios.
    Comentario editorial · La «hile» y la materia
    «Hile» transcribe el griego hylē, que significa «madera» y, por extensión, «materia» (Wikipedia, artículo sobre el hilemorfismo). El concepto viene de Aristóteles; el equivalente latino fue primero silva, «bosque», y se eligió después materia, por el papel de la madre (mater) en la concepción. Agustín dice que los antiguos llamaban hile a una materia absolutamente informe y sin cualidad, de la que se forman las cualidades que percibimos, y que no debe llamarse un mal. La distingue de lo que Mani llama hile, «la formadora de los seres corpóreos»: dar forma y crear cuerpos es cosa solo de Dios, y atribuirlo a otra instancia es introducir otro dios.

    Capítulo 19.— El tener ser verdadero es prerrogativa exclusiva de Dios

    Naturaleza del bien, cap. 19

    Magnífica y divinamente, por tanto, nuestro Dios dijo a su siervo: "Yo soy el que soy", y "Dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a vosotros". [] Porque Él verdaderamente es, porque es inmutable. Pues todo cambio hace ser lo que no era; por tanto, Él verdaderamente es, que es inmutable; pero todas las demás cosas que fueron hechas por Él han recibido de Él el ser, cada una en su propia medida. Para Aquel que es sumo, por tanto, nada puede ser contrario, sino lo que no es; y en consecuencia, así como de Él tiene ser todo lo que es bueno, así de Él es todo lo que por naturaleza existe; pues todo lo que por naturaleza existe es bueno. Así, toda naturaleza es buena, y todo lo bueno procede de Dios; por tanto, toda naturaleza procede de Dios.

    Capítulo 20.— El dolor se da solo en las naturalezas buenas

    Naturaleza del bien, cap. 20

    Pero el dolor, que algunos juzgan ser de manera especial un mal, ya esté en el alma ya en el cuerpo, no puede existir sino en naturalezas buenas. Porque el mismo hecho de que un ser oponga resistencia al ser conducido al dolor implica una negativa a dejar de ser lo que era, porque era algo bueno; pero cuando un ser es llevado a algo mejor, el dolor es útil; cuando a algo peor, inútil. Así, en el caso del alma, la voluntad que resiste a un poder mayor causa dolor; en el caso del cuerpo, la sensibilidad que resiste a un cuerpo más poderoso causa dolor. Pero los males sin dolor son peores: pues peor es alegrarse en la iniquidad que gemir por la corrupción; sin embargo, aun ese gozo no puede existir sino por la consecución de bienes inferiores. Pero la iniquidad es la deserción de los bienes mejores. Igualmente, en el cuerpo, una herida con dolor es mejor que una putrefacción sin dolor, la cual se llama especialmente corrupción, que no vio la carne muerta del Señor, es decir, no padeció, como estaba predicho en la profecía: "No permitirás que tu Santo vea corrupción." Pues ¿quién niega que Él fue herido por la traspasión de los clavos y que fue atravesado con la lanza? Pero aun lo que propiamente llaman los hombres corrupción corporal, es decir, la putrefacción misma, si todavía queda algo que consumir, aumenta por la disminución del bien. Pero si la corrupción lo hubiere consumido absolutamente, de modo que no quede bien alguno, no permanecerá naturaleza alguna, pues no habrá nada que la corrupción pueda corromper; y así ni siquiera habrá putrefacción, porque no habrá en absoluto dónde sea.

    Capítulo 21.— De la medida se dice que las cosas son de tamaño moderado

    Naturaleza del bien, cap. 21

    Por tanto, ahora, por el uso común, las cosas pequeñas y viles se dice que tienen medida, porque queda en ellas alguna medida, sin la cual ya no serían de tamaño moderado, sino que no existirían en absoluto. Pero aquellas cosas que por razón de un excesivo desarrollo se llaman inmoderadas, son censuradas por el exceso mismo; y sin embargo es necesario que esas mismas cosas estén contenidas de algún modo bajo Dios, que dispuso todas las cosas en extensión, número y peso. []

    Capítulo 22.— La medida en cierto sentido conviene a Dios mismo

    Naturaleza del bien, cap. 22

    Pero no se puede decir que Dios tenga medida, no sea que parezca que se habla de Él como limitado. Sin embargo, no es inmoderado aquel por quien se otorga medida a todas las cosas, para que existan en alguna medida. Ni tampoco debe llamarse a Dios medido, como si recibiera medida de alguien. Pero si decimos que Él es la medida suprema, tal vez decimos algo; si en verdad al hablar de la medida suprema entendemos el sumo bien. Pues toda medida, en cuanto medida, es buena; por lo cual nada puede llamarse medido, modesto, modificado sin alabanza, aunque en otro sentido usamos medida por límite, y hablamos de no medida donde no hay límite, lo cual a veces se dice con alabanza, como cuando se dice: "Y su reino no tendrá límite." [] Porque también podría decirse: "No habrá medida", de modo que medida se use en el sentido de límite; pues el que reina sin medida alguna, ciertamente no reina en absoluto.

    Capítulo 23.— De dónde puede hablarse a veces de una mala medida, una mala forma, un mal orden

    Naturaleza del bien, cap. 23

    Por tanto, una mala medida, una mala forma, un mal orden, se llaman así o porque son menores de lo que deberían ser, o porque no están adaptados a aquellas cosas a las que deberían estar adaptados; de modo que puedan llamarse malos por ser ajenos e incongruentes; como si se dijera de alguien que no ha obrado con buena medida porque ha hecho menos de lo que debía, o porque ha hecho algo que no debía, o más de lo que convenía, o no convenientemente; de suerte que el hecho mismo de reprobarse lo que se hace con mala medida, justamente se reprueba por ninguna otra causa sino porque allí no se guarda la medida. Igualmente, una forma se llama mala o en comparación con algo más hermoso o más bello, siendo esta forma menor, aquella mayor, no en tamaño sino en gracia; o porque está en desarmonía con aquello a lo que se aplica, de modo que parece ajena e inadecuada. Como si un hombre saliera desnudo a un lugar público, desnudez que no ofende si se ve en un baño. Asimismo, el orden se llama malo cuando el orden mismo se mantiene en grado inferior. Por lo cual no el orden, sino más bien el desorden, es malo; ya que el ordenamiento es menor de lo que debe ser, o no como debe ser. Sin embargo, donde hay alguna medida, alguna forma, algún orden, hay algún bien y alguna naturaleza; pero donde no hay medida, forma ni orden, no hay bien ni naturaleza.

    Capítulo 24.— Se prueba con los testimonios de la Escritura que Dios es inmutable. El Hijo de Dios, engendrado, no hecho

    Naturaleza del bien, cap. 24

    Aquellas cosas que nuestra fe sostiene y que la razón de algún modo ha rastreado, son fortalecidas por los testimonios de las divinas Escrituras, para que aquellos que por la debilidad de su entendimiento no pueden comprender estas cosas crean la autoridad divina, y así merezcan conocer. Pero no piensen los que entienden, pero están menos instruidos en las letras eclesiásticas, que exponemos estas cosas más a partir de nuestro propio entendimiento que de lo que está en aquellos Libros. Así, que Dios es inmutable está escrito en los Salmos: "Los cambiarás, y se cambiarán; pero tú eres el mismo." Y en el libro de la Sabiduría, acerca de la sabiduría: "Permaneciendo en sí misma, renueva todas las cosas." [] De donde también el apóstol Pablo: "Al Dios invisible, incorruptible, único." [] Y el apóstol Santiago: "Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en quien no hay mudanza ni sombra de variación." [] Igualmente, porque lo que engendró de sí mismo es lo que Él mismo es, se dice brevemente por el Hijo mismo: "Yo y el Padre somos uno." [] Pero porque el Hijo no fue hecho, pues por medio de Él fueron hechas todas las cosas, así está escrito: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios; este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho"; [] es decir, sin Él no fue hecha cosa alguna.

    Capítulo 25.— Esta última expresión mal entendida por algunos

    Naturaleza del bien, cap. 25

    No debe prestarse atención a los desvaríos de hombres que piensan que nada debe entenderse que significa algo, y además creen poder obligar a cualquiera a una vanidad de este género con el pretexto de que nada está colocado al final de la frase. Por tanto, dicen, fue hecho, y porque fue hecho, la nada misma es algo. Han perdido el sentido por el afán de contradecir, y no entienden que no importa si se dice: "Sin Él fue hecho nada", o "sin Él nada fue hecho". Porque aun si el orden fuera el último mencionado, podrían sin embargo decir que la nada misma es algo porque fue hecha. Pues en el caso de lo que es verdaderamente algo, ¿qué diferencia hay si se dice "Sin él fue hecha una casa", con tal de que se entienda que algo fue hecho sin él, y ese algo es una casa? Así también, porque se dice: "Sin Él fue hecho nada", puesto que la nada ciertamente no es cosa alguna, cuando se habla verdadera y propiamente, no importa si se dice: "Sin Él fue hecho nada o sin Él nada fue hecho", o "nada fue hecho". Pero ¿a quién le importa hablar con hombres que pueden decir de esta misma expresión mía "No importa", "Por tanto, algo importa, pues la nada misma es algo?" Pero aquellos cuyos sesos no están turbados ven como cosa manifiestísima que este algo ha de entenderse cuando se dice "No importa", como cuando digo "En nada importa". Pero estos, si dijeran a alguien: "¿Qué has hecho?", y él respondiera que no ha hecho nada, según este modo de disputar lo acusarían falsamente diciendo: "Has hecho algo, por tanto, porque no has hecho nada; pues la nada misma es algo". Pero tienen también al Señor mismo poniendo esta palabra al final de una frase, cuando dice: "Y nada he hablado en secreto". [] Lean, pues, y callen.

    Capítulo 26.— Que las criaturas son hechas de la nada

    Naturaleza del bien, cap. 26

    Por tanto, porque Dios hizo todas las cosas que no engendró de sí mismo, no de aquellas cosas que ya existían, sino de aquellas que no existían en absoluto, es decir, de la nada, dice el apóstol Pablo: "Que llama las cosas que no son como si fueran." [] Pero aún más claramente está escrito en el libro de los Macabeos: "Te ruego, hijo, que mires el cielo y la tierra y todas las cosas que hay en ellos; ve y conoce que no fueron estas de las que el Señor Dios nos hizo." [] Y de esto que está escrito en el Salmo: "Él habló, y fueron hechas". Es manifiesto que no las engendró de sí mismo, sino que las hizo por la palabra y el mandato. Pero lo que no es de sí mismo es ciertamente de la nada. Pues no había cosa alguna de la cual las hiciera; acerca de lo cual dice el apóstol abiertísimamente: "Porque de Él, y por Él, y en Él son todas las cosas." []

    Capítulo 27.— "Por Él" y "de Él" no significan lo mismo

    Naturaleza del bien, cap. 27

    Pero "por Él" no significa lo mismo que "de Él". Porque lo que es de Él puede decirse que es por Él; pero no todo lo que es por Él se dice rectamente que es de Él. Pues por Él son el cielo y la tierra, porque Él los hizo; pero no de Él, porque no son de su sustancia. Como en el caso de un hombre que engendra un hijo y hace una casa: de sí mismo es el hijo, de sí mismo es la casa; pero el hijo es de él, la casa es de tierra y madera. Pero esto es así porque, como hombre, no puede hacer algo ni siquiera de la nada; pero Dios, de quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas, no tuvo necesidad de materia alguna que Él no hubiera hecho para asistir a su omnipotencia.

    Capítulo 28.— El pecado no procede de Dios, sino de la voluntad de los que pecan

    Naturaleza del bien, cap. 28

    Pero cuando oímos: "Todas las cosas son de Él, y por Él, y en Él", debemos entender ciertamente todas las naturalezas que existen naturalmente. Porque los pecados, que no conservan sino que vician la naturaleza, no son de Él; los cuales pecados, como la Sagrada Escritura atestigua de muchas maneras, son de la voluntad de los que pecan, especialmente en el pasaje donde el apóstol dice: "¿Piensas, oh hombre, tú que juzgas a los que hacen tales cosas y las haces, que escaparás del juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su bondad, de su paciencia y de su longanimidad, ignorando que la paciencia de Dios te lleva al arrepentimiento? Pero según la dureza de tu corazón y tu corazón impenitente, atesoras para ti ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras." []

    Capítulo 29.— Que Dios no es manchado por nuestros pecados

    Naturaleza del bien, cap. 29

    Y sin embargo, aunque todas las cosas que Él estableció están en Él, los que pecan no lo manchan; de su sabiduría está dicho: "Ella alcanza todas las cosas por razón de su pureza, y nada manchado la asalta." [] Porque nos conviene creer que, así como Dios es incorruptible e inmutable, así también es, en consecuencia, incontaminable.

    Capítulo 30.— Que las cosas buenas, aun las más pequeñas, y las terrenales, son por Dios

    Naturaleza del bien, cap. 30

    Pero que Dios hizo aun las cosas más pequeñas, es decir, las terrenales y mortales, debe entenderse sin duda por aquel pasaje del apóstol donde, hablando de los miembros de nuestra carne: "Pues si un miembro es glorificado, todos los miembros se gozan con él; y si un miembro padece, todos los miembros padecen con él"; también dice luego esto: "Dios ha colocado los miembros, cada uno de ellos, en el cuerpo como quiso"; y "Dios ha templado el cuerpo, dando a aquello a lo que le faltaba mayor honra, para que no haya cisma en el cuerpo, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros." Pero lo que el apóstol alaba así en la medida, la forma y el orden de los miembros de la carne, lo hallas en la carne de todos los animales, tanto de los mayores como de los más pequeños; pues toda carne está entre los bienes terrenos y, en consecuencia, es tenida entre los más pequeños.

    Capítulo 31.— Castigar y perdonar los pecados compete igualmente a Dios

    Naturaleza del bien, cap. 31

    Igualmente, porque al juicio divino, no al humano, pertenece qué clase de castigo y cuán grande se debe a cada culpa, está escrito así: "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!" [] Igualmente, porque por la bondad de Dios los pecados son perdonados a los convertidos, lo muestra suficientemente el hecho mismo de que Cristo fue enviado, quien no en su propia naturaleza de Dios, sino en nuestra naturaleza, que asumió de una mujer, murió por nosotros; cuya bondad de Dios para con nosotros, y cuyo amor de Dios, expone así el apóstol: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros; mucho más, estando ya justificados en su sangre, seremos salvos de la ira por medio de Él. Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos en su vida." [] Pero porque aun cuando se da a los pecadores el castigo debido, no hay injusticia de parte de Dios, dice así: "¿Qué diremos? ¿Es injusto Dios que castiga con ira?" Pero en un lugar ha amonestado brevemente que la bondad y la severidad son igualmente de Él, diciendo: "Ves, pues, la bondad y la severidad de Dios; para con los que cayeron, severidad; mas para contigo, bondad, si permanecieres en la bondad."

    Capítulo 32.— De Dios también es el poder mismo de ser dañino

    Naturaleza del bien, cap. 32

    Igualmente, porque el poder aun de los que dañan es de solo Dios, está escrito así, hablando la Sabiduría: "Por mí reinan los reyes y los tiranos poseen la tierra por mí." [] Dice también el apóstol: "Porque no hay potestad sino de Dios." [] Pero que esto se hace dignamente está escrito en el libro de Job: "Que hace reinar a un hombre hipócrita a causa de la perversidad del pueblo." Y acerca del pueblo de Israel dice Dios: "Les di un rey en mi ira." [] Porque no es injusto que, recibiendo los malvados el poder de dañar, se pruebe la paciencia de los buenos y se castigue la iniquidad de los malos. Pues por el poder dado al diablo, Job fue probado para que apareciera justo, y Pedro fue tentado para que no fuera presuntuoso, y Pablo fue abofeteado para que no se enalteciera, [] y Judas fue condenado para que se ahorcara. [] Por tanto, cuando por el poder que ha dado al diablo, Dios mismo haya hecho todas las cosas justamente, sin embargo, se dará al fin el castigo al diablo no por estas cosas hechas justamente, sino por querer ser dañino injustamente, lo cual era suyo propio, cuando se dirá a los impíos que perseveraron en consentir en su maldad: "Id al fuego eterno que mi Dios ha preparado para el diablo y sus ángeles." []

    Capítulo 33.— Que los ángeles malos no fueron hechos malos por Dios, sino que se hicieron malos pecando

    Naturaleza del bien, cap. 33

    Pero como también los ángeles malos no fueron constituidos malos por Dios, sino que se hicieron malos pecando, Pedro dice en su epístola: "Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en las mazmorras del infierno tenebroso, los entregó para ser reservados al castigo en el juicio". [] De aquí muestra Pedro que todavía se les debe la pena del juicio final, acerca de la cual dice el Señor: "Id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles". Aunque ya han recibido penalmente este infierno, es decir, un aire inferior tenebroso como prisión, el cual, sin embargo, como también se llama cielo, no es aquel cielo en el que hay estrellas, sino este cielo inferior por cuyo humo se aglomeran las nubes, y donde vuelan las aves; pues se habla de un cielo nublado, y las cosas que vuelan se llaman celestiales. Como cuando el apóstol Pablo llama a aquellos ángeles malos, contra los cuales como enemigos contendemos viviendo piadosamente, "espíritus de maldad en las regiones celestiales". [] Para que esto no se entienda de los cielos superiores, dice claramente en otro lugar: "Según el príncipe de la potestad de este aire, que ahora obra en los hijos de desobediencia".

    Capítulo 34.— Que el pecado no es el afán por una naturaleza mala, sino el abandono de una mejor

    Naturaleza del bien, cap. 34

    Igualmente, como el pecado, o la injusticia, no es el afán por una naturaleza mala sino el abandono de lo mejor, así se encuentra escrito en las Escrituras: "Toda criatura de Dios es buena". [] Y por consiguiente, también todo árbol que Dios plantó en el Paraíso es ciertamente bueno. Por tanto, el hombre no se afanó por una naturaleza mala cuando tocó el árbol prohibido; sino que, abandonando lo que era mejor, cometió una mala acción. Puesto que el Creador es mejor que cualquier criatura que ha hecho, no debió abandonarse su mandato para que se tocara lo prohibido, por bueno que fuera; pues habiéndose abandonado lo mejor, se afanó por el bien de la criatura, que fue tocada contra el mandato del Creador. Dios no plantó un árbol malo en el Paraíso; sino que Él mismo era mejor, quien prohibió que se tocara.

    Capítulo 35.— El árbol fue prohibido a Adán no porque fuera malo, sino porque era bueno que el hombre estuviera sujeto a Dios

    Naturaleza del bien, cap. 35

    Porque además, había hecho la prohibición para mostrar que la naturaleza del alma racional no debe estar en su propio poder, sino sujeta a Dios, y que guarda el orden de su salvación mediante la obediencia, corrompiéndolo mediante la desobediencia. De aquí que llamara al árbol, cuyo toque prohibió, árbol "del conocimiento del bien y del mal"; [] porque cuando el hombre lo tocara a pesar de la prohibición, experimentaría la pena del pecado, y así conocería la diferencia entre el bien de la obediencia y el mal de la desobediencia.

    Capítulo 36.— Ninguna criatura de Dios es mala, pero abusar de una criatura de Dios es malo

    Naturaleza del bien, cap. 36

    Porque ¿quién es tan necio como para pensar que una criatura de Dios, especialmente una plantada en el Paraíso, es digna de culpa, cuando ni siquiera los espinos y los abrojos, que la tierra produjo, según el juicio judicial de Dios, para fatigar al pecador en el trabajo, deben ser culpados? Pues aun tales hierbas tienen su medida, forma y orden, que quien los considere sobriamente encontrará dignos de alabanza; pero son malos para aquella naturaleza que debe ser así restringida como recompensa por el pecado. Por tanto, como he dicho, el pecado no es el afán por una naturaleza mala, sino el abandono de una mejor, y así la acción misma es mala, no la naturaleza de la que el pecador usa mal. Pues es malo usar mal de lo que es bueno. De donde el apóstol reprende a algunos como condenados por el juicio divino: "que adoraron y sirvieron a la criatura más que al Creador". [] No reprende a la criatura, lo cual, si lo hiciera, obraría injuriosamente contra el Creador, sino a aquellos que, abandonando lo mejor, usaron mal del bien.

    Capítulo 37.— Dios hace buen uso de las malas acciones de los pecadores

    Naturaleza del bien, cap. 37

    En consecuencia, si todas las naturalezas guardaran su propia medida, forma y orden, no habría mal alguno; pero si alguien quisiera usar mal de estos bienes, ni aun así vence la voluntad de Dios, que sabe ordenar justamente incluso a los injustos; de modo que si ellos mismos, por la iniquidad de su voluntad, usaran mal de sus bienes, Él, por la justicia de su poder, puede usar de sus malas acciones, ordenando justamente al castigo a aquellos que se ordenaron perversamente a los pecados.

    Capítulo 38.— El fuego eterno que atormenta a los impíos no es malo

    Naturaleza del bien, cap. 38

    Pues ni siquiera el fuego eterno mismo, que ha de atormentar a los impíos, es una naturaleza mala, ya que tiene su medida, su forma y su orden no depravados por iniquidad alguna; sino que es un tormento malo para los condenados, a cuyos pecados se debe. Pues tampoco aquella luz, porque atormenta a los legañosos, es una naturaleza mala.

    Capítulo 39.— El fuego se llama eterno, no como Dios lo es, sino porque es sin fin

    Naturaleza del bien, cap. 39

    Pero el fuego es eterno, no como Dios es eterno, porque, aunque sin fin, no es sin principio; pero Dios es también sin principio. Luego, aunque se emplee perpetuamente para el castigo de los pecadores, es, sin embargo, naturaleza mudable. Pero aquella es la verdadera eternidad que es la verdadera inmortalidad, es decir, aquella suma inmutabilidad que no puede cambiarse en absoluto. Pues una cosa es no sufrir cambio cuando el cambio es posible, y otra cosa ser absolutamente incapaz de cambio. Por tanto, así como el hombre se llama bueno, pero no como Dios, del cual se dijo: "Nadie es bueno, sino solo Dios"; [] y así como el alma se llama inmortal, pero no como Dios, del cual se dijo: "el único que tiene inmortalidad"; [] y así como el hombre se llama sabio, pero no como Dios, del cual se dijo: "a Dios, el único sabio"; [] así el fuego se llama eterno, pero no como Dios, cuyo solo es la inmortalidad misma y la verdadera eternidad.

    Capítulo 40.— Ni Dios puede sufrir daño, ni ningún otro, sino por la justa ordenación de Dios

    Naturaleza del bien, cap. 40

    Siendo estas cosas así, según la fe católica y la doctrina sana y la verdad perspicua para los de buen entendimiento, ni nadie puede dañar la naturaleza de Dios, ni la naturaleza de Dios puede dañar injustamente a nadie, ni permitir que alguien haga daño con impunidad. "Pues el que hace daño recibirá", dice el apóstol, "según el daño que ha hecho; y no hay acepción de personas ante Dios". []

    Capítulo 41.— Cuán grandes bienes ponen los maniqueos en la naturaleza del mal, y cuán grandes males en la naturaleza del bien

    Naturaleza del bien, cap. 41

    Pero si los maniqueos quisieran, sin celo pernicioso por defender su error, y con temor de Dios, pensar, no blasfemarían del modo más criminal al suponer dos naturalezas, una buena, a la que llaman Dios, y otra mala, a la que Dios no hizo: tan errados, tan delirantes, más aún, tan insensatos están que no ven que aun en lo que llaman naturaleza del sumo mal colocan tan grandes bienes: vida, poder, seguridad, memoria, entendimiento, templanza, virtud, abundancia, sentido, luz, suavidad, extensiones, números, paz, medida, forma, orden; pero en lo que llaman sumo bien, tantos males: muerte, enfermedad, olvido, necedad, confusión, impotencia, necesidad, estolidez, ceguera, dolor, injusticia, deshonra, guerra, intemperancia, deformidad, perversidad. Pues dicen que los príncipes de las tinieblas también han estado vivos en su propia naturaleza, y en su propio reino estaban seguros, y recordaban y entendían. Pues dicen que el Príncipe de las tinieblas arengó de tal manera que ni habría podido decir tales cosas, ni habría podido ser oído por aquellos por quienes se dice que fue oído, sin memoria y entendimiento; y que tuvo un temperamento adecuado a su mente y cuerpo, y que gobernó por virtud del poder, y que tuvo abundancia y fecundidad respecto de sus elementos, y se dice que se percibieron mutuamente y a la luz como cercana, y que tuvieron ojos con los que podían ver la luz de lejos; cuyos ojos, ciertamente, no habrían podido ver la luz sin alguna luz (por lo cual también se llaman con razón luz); y se dice que disfrutaron en gran manera de la dulzura de sus placeres, y que estuvieron determinados por miembros y moradas medidos. Pero si no hubiera habido allí alguna clase de hermosura, no habrían amado a sus esposas, ni sus cuerpos habrían sido estables por la adaptación de las partes; sin lo cual, no habrían podido hacerse allí las cosas que los maniqueos dicen insensatamente que se hicieron. Y si no hubiera habido allí alguna paz, no habrían obedecido a su Príncipe. Si no hubiera habido medida, no habrían hecho otra cosa que comer o beber, o rabiar, o lo que hubieran hecho, sin sociedad alguna; aunque ni siquiera los que hacían estas cosas habrían tenido formas determinadas, si no hubiera habido medida. Pero ahora los maniqueos dicen que hicieron tales cosas que no se puede negar que tuvieron en todas sus acciones medidas adecuadas a sí mismos. Pero si no hubiera habido allí forma, ninguna cualidad natural habría subsistido allí. Pero si no hubiera habido allí orden, unos no habrían gobernado, otros habrían sido gobernados; no habrían vivido armónicamente en su elemento; en fin, no habrían tenido sus miembros adaptados a sus lugares, de modo que no podrían hacer todas aquellas cosas que los maniqueos fabulan vanamente. Pero si dicen que la naturaleza de Dios no muere, ¿qué resucita Cristo de entre los muertos según su vanidad? Si dicen que no enferma, ¿qué cura? Si dicen que no está sujeta al olvido, ¿qué recuerda? Si dicen que no es deficiente en sabiduría, ¿qué enseña? Si dicen que no está confundida, ¿qué restaura? Si dicen que no fue vencida y tomada cautiva, ¿qué libera? Si dicen que no estuvo necesitada, ¿a qué presta ayuda? Si dicen que no perdió el sentimiento, ¿qué anima? Si dicen que no ha sido cegada, ¿qué ilumina? Si no está en dolor, ¿a qué alivia? Si no es injusta, ¿qué corrige mediante preceptos? Si no está en deshonra, ¿qué limpia? Si no está en guerra, ¿a qué promete paz? Si no es deficiente en moderación, ¿sobre qué impone la medida de la ley? Si no está deformada, ¿qué reforma? Si no es perversa, ¿qué enmienda? Pues todas estas cosas hechas por Cristo, dicen, no deben atribuirse a aquella cosa que fue hecha por Dios y que se ha depravado por su propia libre elección al pecar, sino a la misma naturaleza, más aún, a la misma sustancia de Dios, que es lo que Dios mismo es.

    Capítulo 42.— Blasfemias maniqueas acerca de la naturaleza de Dios

    Naturaleza del bien, cap. 42

    ¿Qué puede compararse a aquellas blasfemias? Absolutamente nada, a menos que se consideren los errores de otros sectarios; pero si aquel error se compara consigo mismo en otro aspecto, del que aún no hemos hablado, será convicto de una blasfemia mucho peor y más execrable. Pues dicen que algunas almas, que quieren que sean de la sustancia de Dios y de absolutamente la misma naturaleza, que no han pecado por su propia voluntad, sino que han sido vencidas y oprimidas por la raza de las tinieblas, a la que llaman mala, para combatir la cual descendieron no por su propia voluntad, sino por mandato del Padre, están encadenadas para siempre en la horrible esfera de las tinieblas. Así, según sus sacrílegas vaporaciones, Dios se liberó a sí mismo en cierta parte de un gran mal, pero de nuevo se condenó a sí mismo en otra parte, que no pudo liberar, y triunfó sobre el enemigo mismo como si hubiera sido vencido desde lo alto. ¡Oh criminal, increíble audacia, creer, hablar, proclamar tales cosas acerca de Dios! Y cuando se esfuerzan por defender esto, para que con los ojos cerrados se precipiten de cabeza en cosas aún peores, dicen que la mezcla de la naturaleza mala hace estas cosas, a fin de que la naturaleza buena de Dios sufra tan grandes males: pues que esta naturaleza buena en su propia esfera no podía ni puede sufrir ninguno de estos males. Como si una naturaleza fuera alabada como incorruptible porque no se daña a sí misma, y no porque no puede sufrir daño de otra. Luego, si la naturaleza de Dios dañó a la naturaleza de las tinieblas, y la naturaleza de las tinieblas dañó a la naturaleza de Dios, hay, por tanto, dos males que se dañan mutuamente por turno, y la raza de las tinieblas fue la mejor dispuesta, porque si cometió daño lo hizo sin querer; pues no quiso cometer daño, sino gozar del bien que pertenecía a Dios. Pero Dios quiso extinguirla, como Maniqueo delira abiertísimamente en su epístola de la ruinosa Fundación. Pues olvidando que poco antes había dicho: "Mas sus reinos resplandecientísimos estaban de tal modo fundados sobre la tierra resplandeciente y feliz, que jamás podrían ser movidos ni sacudidos por nadie"; después dijo: "Mas el Padre de la luz benditísima, sabiendo que gran ruina y desolación que surgiría de las tinieblas amenazaba sus mundos santos, a menos que enviara en contra una deidad excelente y renombrada, poderosa en fuerza, por la cual pudiera al mismo tiempo vencer y destruir a la raza de las tinieblas, la cual, una vez extinguida, los habitantes de la luz gozarían de perpetuo descanso". He aquí que temió la ruina y desolación que amenazaba sus mundos. ¿Acaso estaban tan fundados sobre la tierra resplandeciente y feliz que jamás podrían ser movidos ni sacudidos por nadie? He aquí que por miedo quiso dañar a la raza vecina, a la que se esforzó por destruir y extinguir, para que los habitantes de la luz gozaran de perpetuo descanso. ¿Por qué no añadió, y perpetua servidumbre? ¿No eran estas almas, a las que encadenó para siempre en la esfera de las tinieblas, habitantes de la luz, de las cuales dice claramente que "se han dejado errar de su antigua naturaleza resplandeciente"? cuando contra su voluntad se ve obligado a decir que pecaron por libre albedrío, mientras quiere atribuir el pecado solo a la necesidad de la naturaleza contraria: ignorando por todas partes qué decir, y como si él mismo estuviera ya en la esfera de las tinieblas que inventó, buscando, y no hallando, cómo escapar. Pero diga lo que quiera a los hombres seducidos y miserables por quienes es honrado mucho más altamente que Cristo, para venderles a este precio tan largas y sacrílegas fábulas. Diga lo que quiera, encierre, por así decirlo, en una esfera, como en una prisión, a la raza de las tinieblas, y fije fuera la naturaleza de la luz, a la que prometió perpetuo descanso al extinguirse el enemigo: he aquí que la pena de la luz es peor que la de las tinieblas; la pena de la naturaleza divina es peor que la de la raza adversa. Pero como, aunque esta última está en medio de las tinieblas, pertenece a su naturaleza habitar en las tinieblas; pero las almas, que son lo mismo que Dios es, no pueden ser recibidas, dice, en aquellos reinos pacíficos, y son alejadas de la vida y de la libertad de la santa luz, y son encadenadas en la antedicha esfera horrible: de donde dice: "Aquellas almas se adherirán a las cosas que han amado, habiendo sido dejadas en la misma esfera de las tinieblas, trayendo esto sobre sí mismas por sus propios merecimientos". ¿No es esto ciertamente libre elección voluntaria? Mira cuán insensatamente ignora lo que dice, y haciendo afirmaciones contradictorias libra una guerra peor contra sí mismo que contra el Dios de la raza de las tinieblas misma. Por consiguiente, si las almas de la luz son condenadas porque amaron las tinieblas, la raza de las tinieblas, que amó la luz, es condenada injustamente. Y la raza de las tinieblas ciertamente amó la luz desde el principio, violentamente, puede ser, pero de modo que deseaba su posesión, no su extinción; pero la naturaleza de la luz quiso extinguir en guerra las tinieblas; por tanto, vencida, amó las tinieblas. Elige lo que quieras: si fue compelida por necesidad a amar las tinieblas, o seducida por el libre albedrío. Si por necesidad, ¿por qué es condenada? Si por libre albedrío, ¿por qué la naturaleza de Dios está envuelta en tan gran iniquidad? Si la naturaleza de Dios fue compelida por necesidad a amar las tinieblas, no venció, sino que fue vencida; si por libre albedrío, ¿por qué dudan ya los desgraciados en atribuir la voluntad de pecar a la naturaleza que Dios hizo de la nada, para no atribuirla así a la luz que Él engendró?

    Capítulo 43.— Muchos males antes de su mezcla con el mal son atribuidos a la naturaleza de Dios por los maniqueos

    Naturaleza del bien, cap. 43

    ¿Y si mostráramos también que, antes de la mezcla del mal, esa estúpida fábula que ellos han creído con la mayor locura, había grandes males en lo que llaman la naturaleza de la luz? ¿Qué parecerá posible añadir a estas blasfemias? Pues antes del combate existía la dura e inevitable necesidad de luchar: he aquí verdaderamente un gran mal, antes de que el mal se mezcle con el bien. Que digan de dónde procede esto, cuando todavía no se había producido mezcla alguna. Pero si no había necesidad, había, por tanto, libre albedrío: ¿de dónde, pues, este mal tan grande, que el mismo Dios quisiera dañar su propia naturaleza, que no podía ser dañada por el enemigo, enviándola a ser cruelmente mezclada, a ser vilmente purgada, a ser injustamente condenada? He aquí el gran mal de una voluntad perniciosa, nociva y salvaje, ¡antes de que se le mezclara ningún mal de la naturaleza contraria! ¿O acaso no sabía que esto sucedería a sus miembros: que amarían las tinieblas y se volverían hostiles a la santa luz, como dice Maniqueo, es decir, no solo contra su propio Dios, sino también contra el Padre del cual tenían el ser? ¿De dónde, por tanto, este mal tan grande de la ignorancia, antes de que se le mezclara ningún mal de la naturaleza de las tinieblas? Pero si sabía que esto sucedería, o había en él crueldad eterna, si no se dolía de la contaminación y condenación de su propia naturaleza que había de tener lugar, o miseria eterna, si se dolía de ello: ¿de dónde, también, este mal tan grande de vuestro sumo bien antes de toda mezcla con vuestro sumo mal? Ciertamente, aquella parte de la naturaleza misma que estaba encadenada en la cadena eterna de aquella esfera, si no sabía que le esperaba este destino, aun así había ignorancia eterna en la naturaleza de Dios; pero si lo sabía, entonces miseria eterna: ¿de dónde este mal tan grande antes de que se le mezclara ningún mal de la naturaleza contraria? ¿O acaso, en la grandeza de su amor (caridad), se alegraba de que, mediante su castigo, se preparara descanso perpetuo para el resto de los habitantes de la luz? Quien vea cuán abominable es decir esto, que pronuncie anatema. Pero si esto se hiciera para que al menos la naturaleza buena misma no se volviera hostil a la luz, podría parecer, acaso, digna de alabanza, no ciertamente la naturaleza de Dios, sino, por así decirlo, algún hombre que por el bien de su patria quisiera sufrir algún mal, el cual, ciertamente, solo podría ser por un tiempo y no para siempre: pero ahora también hablan de aquel encadenamiento en la esfera de las tinieblas como eterno, y no ciertamente de una cosa particular sino de la naturaleza de Dios; y seguramente sería un gozo sumamente inicuo, execrable e inefablemente sacrílego, si la naturaleza de Dios se alegrara de amar las tinieblas y volverse hostil a la santa luz. ¿De dónde este mal tan monstruoso y abominable antes de que se le mezclara ningún mal de la naturaleza contraria? ¿Quién puede soportar una insania tan perversa y tan impía, como para atribuir tan grandes bienes al sumo mal, y tan grandes males al sumo bien, que es Dios?

    Capítulo 44.— Increíbles torpezas en Dios imaginadas por Maniqueo

    Naturaleza del bien, cap. 44

    Pero ahora, cuando hablan de aquella parte de la naturaleza de Dios como mezclada por todas partes en el cielo, en la tierra, en todos los cuerpos secos y húmedos, en toda clase de carnes, en todas las semillas de árboles, hierbas, hombres y animales: no como presente por el poder de la divinidad, para administrar y regir todas las cosas, de manera inmaculada, inviolable, incorruptible, sin conexión alguna con ellas, lo cual decimos de Dios; sino encadenada, oprimida, contaminada, para ser desatada y liberada, según dicen, no solo mediante el ir y venir del sol y de la luna, y mediante las potencias de la luz, sino también mediante sus Elegidos: es horrible hablar de las sacrílegas e increíbles torpezas que este género de error les recomienda, aunque no les induzca a aceptarlas. Pues dicen que las potencias de la luz se transforman en hermosos varones y son puestas frente a las mujeres de la raza de las tinieblas; y que las mismas potencias se transforman de nuevo en hermosas hembras y son puestas frente a los varones de la raza de las tinieblas; que mediante su hermosura encienden la más torpe concupiscencia de los príncipes de las tinieblas, y de este modo la sustancia vital, es decir, la naturaleza de Dios, que dicen que está retenida encadenada en sus cuerpos, habiendo sido desatada de sus miembros relajados por la concupiscencia, huye volando, y cuando ha sido recogida o purificada, es liberada. Esto leen los desdichados, esto dicen, esto oyen, esto creen, esto exponen como sigue, en el séptimo libro de su Tesoro (pues así llaman a cierto escrito de Maniqueo, en el cual están escritas estas blasfemias): "Entonces el bienaventurado Padre, que tiene naves resplandecientes, pequeñas estancias, moradas o magnitudes, según su clemencia que mora en él, trae el auxilio por el cual es sacado y liberado de los impíos lazos, estrecheces y tormentos de su sustancia vital. Y así, por su propio e invisible asentimiento, transforma aquellas potencias suyas que están retenidas en esta nave brillantísima, y las hace producir potencias adversas, que han sido dispuestas en los diversos espacios de los cielos. Puesto que estas constan de ambos sexos, masculino y femenino, ordena a las susodichas potencias producirse en parte en forma de jóvenes imberbes, para la raza adversa de las hembras, y en parte en forma de vírgenes resplandecientes, para la raza contraria de los varones: sabiendo que todas estas potencias hostiles, a causa de la mortífera y torpísima concupiscencia innata en ellas, son muy fácilmente cautivadas, entregadas a estas hermosísimas formas que aparecen, y de este modo se disuelven. Pero sabed que este mismo bienaventurado Padre nuestro es idéntico a sus potencias, las cuales, por una razón necesaria, transforma en la semejanza inmaculada de jóvenes y vírgenes. Estas las usa como sus propias armas, y por medio de ellas cumple su voluntad. Hay, además, naves resplandecientes llenas de estas divinas potencias, que están apostadas a semejanza del matrimonio frente a las razas infernales, y que con prontitud y facilidad efectúan en el momento mismo lo que han planeado. Por tanto, cuando la razón exige que estas mismas santas potencias aparezcan a los varones, al punto muestran también con su vestido la semejanza de hermosísimas vírgenes. De nuevo, cuando hay que tratar con hembras, dejando de lado las formas de vírgenes, muestran las formas de jóvenes imberbes. Y por esta gallarda apariencia suya, el ardor y la concupiscencia aumentan, y de este modo se desata la cadena de sus pésimos pensamientos, y el alma viviente que estaba retenida por sus miembros, relajados con esta ocasión, escapa y se mezcla con su aire purísimo; cuando las almas, ya enteramente purificadas, ascienden a las naves resplandecientes, que han sido preparadas para transportarlas y conducirlas a su propia patria. Pero aquello que todavía conserva las manchas de la raza adversa, desciende poco a poco a través de oleadas y fuegos, y se mezcla con árboles y otras plantas y con todas las semillas, y es sumergido en diversos fuegos. Y del mismo modo que las figuras de jóvenes y vírgenes de aquella grande y gloriosísima nave aparecen a las potencias contrarias que viven en los cielos y tienen naturaleza ígnea; y de aquella gallarda apariencia, liberada una parte de la vida que está retenida en sus miembros, es conducida a través de los fuegos hasta la tierra: de la misma manera, aquella altísima potencia que habita en la nave de las aguas vitales aparece en semejanza de jóvenes y santas vírgenes a aquellas potencias cuya naturaleza es fría y húmeda, y que están dispuestas en los cielos. Y ciertamente, a las que son hembras, entre estas, se les aparece la forma de jóvenes, pero a los varones, la forma de vírgenes. Por esta mudanza y diversidad de personas divinas y hermosísimas, los príncipes varones y hembras de la raza húmeda y fría son desatados, y lo que hay de vital en ellos escapa; pero lo que quedare, habiendo sido relajado, es conducido a la tierra a través del frío, y se mezcla con todas las razas de las tinieblas." ¿Quién puede soportar esto? ¿Quién puede creer, no ya que sea verdad, sino que siquiera pudiera ser dicho? He aquí a los que temen anatematizar a Maniqueo que enseña estas cosas, y no temen creer en un Dios que las hace y las sufre!
    Comentario editorial · Las dos citas de Mani
    Desde este capítulo Agustín cita a Mani de dos libros: el séptimo de su Tesoro («así llaman a cierto escrito de Maniqueo», dice, cap. 44) y la carta que los maniqueos llaman Fundamental (cap. 46). La introducción del NPNF los tiene por las partes más interesantes del tratado y las más dañinas para los maniqueos. Wikipedia incluye un Tesoro de la vida entre los escritos de Mani; esta edición no dice si es el mismo libro. En el cap. 47 Agustín cuenta que, preguntados con la autoridad de qué escrito practicaban lo que él denuncia, los maniqueos revelaron algo acerca del Tesoro, y que cuando se les echa en cara responden que un enemigo salió de entre sus Elegidos y fundó esa herejía. Todo esto lo dice Agustín, que es parte adversa; aquí no se contrasta con fuentes maniqueas.

    Capítulo 45.— Ciertas torpezas indecibles creídas, no sin razón, acerca de los mismos maniqueos

    Naturaleza del bien, cap. 45

    Pero dicen que, mediante sus propios Elegidos, aquella misma parte mezclada y naturaleza de Dios es purgada, comiendo y bebiendo, a saber (porque dicen que está retenida encadenada en todos los alimentos): que cuando son tomados por los Elegidos para el sustento del cuerpo en el comer y beber, es desatada, sellada y liberada por su santidad. Y no atienden los desdichados al hecho de que esto se cree de ellos no sin buena razón, y lo niegan en vano, mientras no anatematicen los libros de Maniqueo y dejen de ser maniqueos. Pues si, como dicen, una parte de Dios está encadenada en todas las semillas, y es purgada comiendo por parte de los Elegidos, ¿quién no puede creer con razón que hacen lo que leen en el Tesoro que se hacía entre las potencias del cielo y los príncipes de las tinieblas; ya que, en efecto, dicen que su carne es también de la raza de las tinieblas, y no dudan en creer y afirmar que la sustancia vital encadenada en ellos es una parte de Dios? Lo cual, ciertamente, si ha de ser desatada y purgada comiendo, como su lamentable error les obliga a reconocer, ¿quién no ve, quién no se estremece ante la grandeza y la indecibilidad de lo que se sigue?

    Capítulo 46.— La doctrina indecible de la Epístola Fundamental

    Naturaleza del bien, cap. 46

    Pues incluso dicen que Adán, el primer hombre, fue creado por ciertos príncipes de las tinieblas para que la luz fuera retenida por ellos, no sea que escapara. Porque en la epístola que llaman Epístola Fundamental, Maniqueo escribió lo siguiente acerca del modo en que el Príncipe de las Tinieblas, a quien presentan como padre del primer hombre, habló a los demás príncipes aliados de las tinieblas, y cómo actuó: "Por tanto, con malvados artificios dijo a los presentes: ¿Qué os parece ser esa enorme luz que se levanta? Mirad cómo se mueve el polo, cómo sacude a la mayor parte de las potencias. Por lo cual es justo que yo os pida de antemano cuanta luz tengáis en vuestras potencias: pues así formaré una imagen de aquel grande que ha aparecido en su gloria, mediante la cual podamos reinar, liberados en alguna medida de la conversación de las tinieblas. Al oír estas cosas, y deliberando largo tiempo entre sí, les pareció justísimo suministrar lo que se les pedía. Pues no tenían confianza en poder retener para siempre la luz que tenían; de ahí les pareció mejor ofrecerla a su Príncipe, de ningún modo sin esperanza de que de este modo reinarían. Debe considerarse, por tanto, cómo suministraron la luz que tenían. Pues esto también está esparcido por todas las divinas escrituras y los secretos celestiales; pero al sabio le es bastante fácil conocer cómo fue dado: pues es conocido inmediata y abiertamente por quien quiera de verdad y con fidelidad considerarlo. Puesto que había una multitud promiscua de los que se habían reunido, hembras y varones, por supuesto, los impulsó a copular entre sí: en cuya cópula los varones emitieron semilla, las hembras quedaron preñadas. Pero los vástagos fueron semejantes a quienes los habían engendrado, obteniendo los primeros, por así decirlo, la porción más grande de la fuerza de sus padres. Tomando estos como un don especial, su Príncipe se regocijó. Y así como incluso ahora vemos que sucede, que la naturaleza del mal, tomando de allí fuerza, forma al artífice de los cuerpos, así también el susodicho Príncipe, tomando los vástagos de sus compañeros, que tenían los sentidos de sus padres, sagacidad y luz, procreados al mismo tiempo consigo mismos en el proceso de generación, los devoró; y habiéndose tomado muchísimas potencias de un alimento de este tipo, en el cual estaba presente no solo fortaleza, sino mucha más astucia y depravadas sensibilidades de la raza feroz de los progenitores, llamó a sí a su propia esposa, que brotaba del mismo tronco que él, y emitió, como los demás, la abundancia de males que había devorado, añadiendo él mismo algo de su propio pensamiento y poder, de modo que su disposición se convirtió en la formadora y ordenadora de todas las cosas que había derramado; cuya consorte recibió estas cosas como suele recibir la semilla el suelo cultivado de la mejor manera. Pues en ella fueron construidas y tejidas juntas las imágenes de todas las potencias celestiales y terrenales, de modo que lo formado obtuvo la semejanza, por así decirlo, de un orbe completo."

    Capítulo 47.— Obliga a la perpetración de horribles torpezas

    Naturaleza del bien, cap. 47

    ¡Oh monstruo abominable! ¡Oh execrable perdición y ruina de almas engañadas! No hablo de la blasfemia de decir estas cosas acerca de la naturaleza de Dios, que así está encadenada. Que los desdichados, engañados y acosados por un error mortífero, atiendan al menos a esto: que si una parte de su Dios está encadenada por la cópula de varones y hembras, la cual profesan desatar y purgar comiéndola, la necesidad de este indecible error los obliga no solo a desatar y purgar la parte de Dios del pan, de las legumbres y de los frutos, que es lo único que se les ve tomar públicamente, sino también de aquello que podría quedar encadenado mediante la cópula, si tuviera lugar la concepción. Que hacen esto, se dice que algunos lo han confesado ante un tribunal público, no solo en Paflagonia, sino también en la Galia, como oí en Roma de cierto cristiano católico; y cuando se les preguntó con la autoridad de qué escrito hacían estas cosas, revelaron este hecho acerca del Tesoro que acabo de mencionar. Pero cuando se les echa en cara esto, suelen responder que algún enemigo u otro se ha retirado de su número, es decir, del número de sus Elegidos, y ha hecho un cisma y ha fundado una herejía torpísima de este género. De donde es manifiesto que, aunque ellos mismos no practiquen esta cosa, algunos que la practican lo hacen sobre la base de sus libros. Por tanto, rechacen los libros, si aborrecen el crimen, que se ven obligados a cometer si se atienen a los libros; o, si no lo cometen, se esfuerzan, en contra de los libros, por vivir más puramente. Pero ¿qué hacen cuando se les dice: purgad la luz de cuantas semillas podáis, de modo que no podáis rehusar hacer eso que afirmáis que no hacéis; o anatematizad a Maniqueo, cuando dice que una parte de Dios está en todas las semillas, y que es encadenada mediante la cópula, y que todo cuanto de luz, es decir, de la susodicha parte de Dios, llegue a ser alimento de los Elegidos, es purgada al ser comida? ¿Veis lo que os obliga a creer, y todavía dudáis en anatematizarlo? ¿Qué hacen, digo, cuando se les dice esto? ¿A qué subterfugios se acogen, cuando o bien hay que anatematizar una doctrina tan nefanda, o cometer una torpeza tan nefanda, en comparación con la cual todos aquellos males intolerables a los que ya he llamado la atención parecen tolerables, a saber, que dicen de la naturaleza de Dios que fue forzada por la necesidad a guerrear, que o bien estuvo segura en una ignorancia eterna, o fue perturbada por un dolor y temor eternos, cuando la corrupción de la mezcla y la cadena de la condenación eterna vinieran sobre ella; que, finalmente, como resultado del combate, sería hecha cautiva, oprimida, contaminada; que, tras una falsa victoria, sería encadenada para siempre en una horrible esfera y separada de su bienaventuranza original, si considerados en sí mismos no pueden soportarse?

    Capítulo 48.— Ruega Agustín que los maniqueos vuelvan en sí

    Naturaleza del bien, cap. 48

    ¡Oh, cuán grande es tu paciencia, Señor, llena de compasión y clemente, tardo en la ira, abundante en misericordia y verdadero; que haces salir tu sol sobre buenos y malos, y envías lluvia sobre justos e injustos; [] que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; [] que, corrigiendo en parte, das lugar al arrepentimiento, para que, abandonada la maldad, crean en ti, oh Señor; [] que con tu paciencia nos guías al arrepentimiento, aunque muchos, según la dureza de su corazón y de su corazón impenitente, atesoran para sí ira para el día de la ira y de la revelación de tu justo juicio; tú, que pagarás a cada uno conforme a sus obras; [] que en el día en que el hombre se haya apartado de su iniquidad hacia tu misericordia y tu verdad, olvidarás todas sus iniquidades: [] preséntate ante nosotros, concédenos que por nuestro ministerio, por el cual te has dignado refutar este execrable y demasiado horrible error, así como ya muchos han sido liberados, también muchos sean liberados, y ya sea por el sacramento de tu santo bautismo, ya por el sacrificio de un espíritu quebrantado y de un corazón contrito y humillado, en el dolor del arrepentimiento, merezcan recibir la remisión de sus pecados y blasfemias, con las que por ignorancia te han ofendido. Pues nada aprovecha, salvo tu sobreabundante misericordia y poder, y la verdad de tu bautismo, y las llaves del reino de los cielos en tu santa Iglesia; de modo que no debemos desesperar de los hombres mientras por tu paciencia vivan en esta tierra, los cuales, aun sabiendo cuán gran mal es pensar o decir tales cosas de ti, están detenidos en aquella profesión maligna a causa del uso o de la consecución de conveniencias temporales o terrenas, si, reprendidos por tus reproches, de algún modo huyen a tu inefable bondad, y prefieren a todos los halagos de la vida carnal la vida celestial y eterna.

    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron los cuatro escritos

    Leídos seguidos, los cuatro escritos dibujan un movimiento. En Dos almas Agustín desmonta la idea de un alma hecha de tinieblas y hace del pecado un acto de la voluntad (cap. 10 a 13). En las Actas esa tesis se pone a prueba en una conversación en la que el adversario no responde a la pregunta central, la de por qué Dios, que según los maniqueos no puede ser dañado, envió las almas a un lugar donde sufren (§ 24 a 36). En la Epístola fundamental ataca la autoridad y la cosmología de Mani con argumentos sobre el espacio, la materia y el número de las naturalezas. Y en Sobre la naturaleza del bien da la forma más general de su respuesta: lo que Dios hizo es bueno por ser; lo malo es corrupción de lo bueno, no una cosa hecha de otra materia.
    Agustín mismo juzgó a la baja o dejó incompletos dos de los cuatro. Según la introducción del NPNF, de ninguno de sus primeros tratados quedó menos satisfecho en sus años antipelagianos que de Dos almas, y en las Retractaciones (II, 2) dice de la Epístola fundamental que solo refuta su comienzo y que del resto tomó notas suficientes para recordar la refutación, si alguna vez tuviera tiempo de escribirla. De la disputa con Fortunato, la introducción del volumen dice que este se fue de Hipona y no volvió; el texto de las Actas termina con Fortunato prometiendo examinar la cuestión con sus superiores y con Agustín dando gracias a Dios (§ 37).
    Límites. Esta edición no examina el latín: toma el texto, los números y las fechas del NPNF, y cuando el propio volumen se contradice (la fecha de la disputa con Fortunato; 404 o hacia 405 para la Naturaleza del bien) lo dice sin decidir. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Los capítulos 44 a 47 de la Naturaleza del bien citan pasajes de los libros de Mani que el propio Agustín llama «indecibles» (títulos de los caps. 45 y 46); se imprimen porque son parte del texto.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra