50. Dijo Manes: Nadie, ciertamente, que sea capaz de responder a lo que acabas de alegar debe temer incurrir en culpa de blasfemia, sino que más bien debe ser tenido por digno de toda alabanza. Pues un verdadero maestro de su arte, cuando se le presentan cualesquiera asuntos, debe preparar su respuesta con el debido cuidado y hacer entender claramente a todos los puntos que están en cuestión o en duda; y muy especialmente debe hacerlo ante personas no instruidas. Ahora bien, puesto que la exposición de nuestra doctrina no te satisface, sírvete, como consumado maestro de tu arte, resolverme también esta cuestión de manera razonable. Porque a mí me parece piadoso decir que el Hijo de Dios no tuvo necesidad de cosa alguna para consumar su advenimiento sobre la tierra, y que en modo alguno requirió ni la paloma, ni el bautismo, ni madre, ni hermanos, ni aun quizá padre —padre que, a vuestro parecer, fue José—, sino que descendió del todo por sí solo y se transformó, según su beneplácito, en semejanza de hombre, conforme a aquella palabra de Pablo que nos dice que «fue hallado en condición de hombre.» Muéstrame, pues, qué cosa podría necesitar el que era capaz de transformarse en toda suerte de apariencias. Pues cuando quiso hacerlo, transformó de nuevo esta figura y aspecto humanos en semejanza del sol. Mas si me contradices una vez más y rehúsas reconocer que expongo rectamente la fe, escucha mi definición de la posición en que te hallas. Porque si dices que él fue sólo hombre en cuanto nacido de María, y que recibió el Espíritu en su bautismo, se seguirá que se le hará Hijo por aumento y no por naturaleza. Si, empero, te concedo decir que es Hijo según aumento, y que fue hecho como hombre, tu opinión es que es realmente hombre, es decir, uno que es carne y sangre. Pero entonces se seguirá necesariamente que el Espíritu que apareció como paloma no era otra cosa que una paloma natural. Pues las dos expresiones son lo mismo —a saber, «como hombre» y «como paloma;» y por consiguiente, cualquiera que sea la opinión que tengas del pasaje que usa la frase «como hombre,» deberás tener esa misma opinión también de este otro pasaje en que se usa la expresión «como paloma». Es asunto de clara necesidad tomar estas cosas del mismo modo, porque sólo así podemos hallar el verdadero sentido de lo que está escrito acerca de él en las Escrituras. Dijo Arquelao: Así como tú no puedes hacer tanto por ti mismo, como consumado maestro de tu arte, tampoco yo tendría interés en plantear rectamente esta cuestión y aclararla con toda paciencia y dar la solución evidente de la dificultad, si no fuera por los que están presentes con nosotros y nos escuchan. Por esta razón, pues, explicaré también la respuesta que debe darse a esta cuestión del modo más apropiado posible. No te parece, entonces, cosa piadosa decir que Jesús tuvo madre en María; y tienes parecer semejante sobre otras ciertas posiciones que has estado discutiendo en términos que yo, por mi parte, me abstengo por completo de repetir. Ahora bien, a veces un maestro de cualquier arte se ve obligado, por la ignorancia de un adversario, a decir y hacer cosas que el tiempo le haría rehusar; y por consiguiente, porque la necesidad me es impuesta, por consideración a la multitud presente, puedo dar una respuesta breve a esas afirmaciones que con tanto error has hecho. Supongamos, pues, que tu alegato es que si entendemos que Jesús es un hombre hecho de María según el curso de la naturaleza, y en consecuencia lo consideramos como poseedor de carne y sangre, será necesario también sostener que el Espíritu Santo era una paloma real y no un espíritu. Bien, entonces, ¿cómo puede una paloma real entrar en un hombre real y permanecer en él? Porque la carne no puede entrar en la carne. Antes bien, sólo cuando reconozcamos que Jesús es verdadero hombre, y también sostengamos que aquel de quien allí se dice que era como paloma es el Espíritu Santo, daremos la explicación correcta según la razón por ambos lados. Pues, según recta razón, puede decirse que el Espíritu habita en un hombre, desciende sobre él y permanece en él; y éstas, ciertamente, son cosas que ya han sucedido con toda competencia debida, y cuya ocurrencia es siempre posible aún, como tú mismo admitas, en cuanto que en otro tiempo profesaste ser el Paráclito de Dios, tú, pedernal, como puedo llamarte, y no hombre, tantas veces olvidadizo de aquello mismo que afirmas. Porque declaraste que el Espíritu que Jesús prometió enviar ha venido sobre ti; ¿y de dónde puede venir sino descendiendo del cielo? Y si el Espíritu desciende así sobre el varón digno de él, ¿habremos de figurarnos que palomas verdaderas descendieron sobre ti? Entonces deberíamos descubrir en ti, mejor, al mercader ladronzuelo de palomas, que tiende lazos y líneas a las aves. Porque bien mereces, en verdad, que se haga burla de ti con palabras de escarnio. Pero te perdono, no sea que acaso parezca ofender a los oyentes con tales expresiones, y muy especialmente porque está fuera de mi propósito lanzar contra ti todo lo que mereces oír decir de ti. Mas déjame volver al asunto propio. Pues tengo presente aquella transformación tuya, en virtud de la cual dices que Dios se ha transformado en figura de hombre o en la del sol, con cuya posición piensas probar que nuestro Jesús fue hecho hombre sólo en figura y en apariencia; aserción ésta de la que Dios libre a cualquiera de los fieles. Ahora bien, por lo demás, esa opinión tuya reduciría todo el asunto a un sueño, en lo que a nosotros toca, y a meras figuras; y no sólo eso, sino que el nombre mismo de advenimiento quedaría anulado: pues él habría podido hacer lo que deseaba, aun permaneciendo sentado en el cielo, si es, como dices, espíritu y no verdadero hombre. Mas no es así que «se humilló a sí mismo, tomando forma de siervo;» y esto lo digo de aquel que fue hecho hombre de María. Pues, ¿qué? ¿No podríamos también nosotros haber presentado cosas semejantes a aquellas con que has estado tratando, y eso con mayor facilidad y más extensamente? Mas lejos esté de nosotros apartarnos un ápice o una tilde de la verdad. Porque el que nació de María es el Hijo, que escogió de su propia voluntad sostener este poderoso combate —a saber, Jesús. Este es el Cristo de Dios, que descendió sobre aquel que es de María. Si, empero, te niegas a creer aun la voz que se oyó desde el cielo, todo lo que puedes aducir en lugar de ella no es sino alguna temeridad tuya; y aunque te declararas sobre ello, nadie te creería. Porque inmediatamente Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo; y como el diablo no tenía conocimiento correcto de él, le dijo: «Si eres el Hijo de Dios.» Además, no entendió la razón de este nacimiento del Hijo de Dios de María, que predicaba el reino de los cielos, cuyo era también ciertamente un gran tabernáculo, y uno que no pudo haber sido preparado por ningún otro: por lo cual, también aquel que fue clavado en la cruz, al resucitar de entre los muertos, fue llevado arriba adonde reinaba Cristo el Hijo de Dios; de modo que cuando comience a celebrar su juicio, los que le ignoraron mirarán a aquel a quien traspasaron. Mas a fin de asegurar tu crédito, te propongo esta cuestión: ¿Por qué, aunque sus discípulos moraron con él un año entero, ninguno de ellos cayó postrado sobre su rostro ante él, como decías hace poco, salvo sólo en aquella hora en que su semblante resplandeció como el sol? ¿No fue por razón de aquel tabernáculo que había sido hecho para él de María? Pues así como ningún otro tuvo capacidad suficiente para sostener el peso del Paráclito, salvo únicamente los discípulos y el bienaventurado Pablo, así también ningún otro fue capaz de llevar al Espíritu que descendió del cielo, y por medio de quien aquella voz del Padre dio su testimonio en estos términos, «Este es mi Hijo amado,» salvo únicamente aquel que nació de María y que está por encima de todos los santos —a saber, Jesús. Mas ahora danos tu respuesta a esos asuntos que presento contra ti. Si sostienes que él es sólo en semblante y forma, ¿cómo pudo haber sido prendido y arrastrado a juicio por los que nacieron de hombre y mujer —a saber, los fariseos—, viendo que un cuerpo espiritual no puede ser asido por cuerpos de capacidades más groseras? Pero si tú, que hasta ahora no has dado respuesta a los argumentos presentados ante ti, tienes ahora alguna clase de respuesta que ofrecer a la palabra y proposición que he aducido, procede, te ruego, y tráeme al menos un puñado o una buena porción de tu luz solar. Mas ese mismo sol, en efecto, en cuanto que está dotado de un cuerpo más sutil, es capaz de cubrirte y envolverte; mientras tú, por otra parte, no puedes hacerle daño alguno, aun cuando lo pisaras con los pies. Mi Señor Jesús, sin embargo, si fue prendido, fue prendido como hombre por hombres. Si él no es hombre, tampoco fue prendido. Si no fue prendido, tampoco padeció, ni fue bautizado. Si no fue bautizado, tampoco ninguno de nosotros es bautizado. Mas si no hay bautismo, tampoco habrá remisión de los pecados, sino que todo hombre morirá en sus propios pecados. Dijo Manes: ¿El bautismo, pues, se da a causa de la remisión de los pecados? Dijo Arquelao: Ciertamente. Dijo Manes: ¿No se sigue, entonces, que Cristo ha pecado, visto que fue bautizado? Dijo Arquelao: ¡Dios no lo permita! Antes bien, él fue hecho pecado por nosotros, tomando sobre sí nuestros pecados. Por esta razón nació de mujer, y por esta razón también se acercó al rito del bautismo, a fin de recibir la purificación de esta parte, y que así el cuerpo que había tomado para sí fuese capaz de llevar al Espíritu, que había descendido en forma de paloma.