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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 12 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimera parte (§ 1–11): Marcial, la carta de Manes y el informe de Turbo
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minPrimera parte (§ 1–11): Marcial, la carta de Manes y el informe de Turbo
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minPrimera parte (§ 1–11): Marcial, la carta de Manes y el informe de Turbo
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 9 minSegunda parte (§ 12–26): Arquelao toma la palabra y Manes expone sus dos principios
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 10 minSegunda parte (§ 12–26): Arquelao toma la palabra y Manes expone sus dos principios
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minSegunda parte (§ 12–26): Arquelao toma la palabra y Manes expone sus dos principios
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minSegunda parte (§ 12–26): Arquelao toma la palabra y Manes expone sus dos principios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minSegunda parte (§ 12–26): Arquelao toma la palabra y Manes expone sus dos principios
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 10 minSegunda parte (§ 12–26): Arquelao toma la palabra y Manes expone sus dos principios
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 11 minTercera parte (§ 27–38): la ley, el diablo y los falsos apóstoles
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minTercera parte (§ 27–38): la ley, el diablo y los falsos apóstoles
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 minTercera parte (§ 27–38): la ley, el diablo y los falsos apóstoles
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minTercera parte (§ 27–38): la ley, el diablo y los falsos apóstoles
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minTercera parte (§ 27–38): la ley, el diablo y los falsos apóstoles
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 5 minTercera parte (§ 27–38): la ley, el diablo y los falsos apóstoles
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minCuarta parte (§ 39–44): Manes huye; Diodoro pide ayuda a Arquelao
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 13 minCuarta parte (§ 39–44): Manes huye; Diodoro pide ayuda a Arquelao
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCuarta parte (§ 39–44): Manes huye; Diodoro pide ayuda a Arquelao
  20. Sesión 20 · Parte 5 · ≈ 14 minQuinta parte (§ 45–50): la segunda disputa
  21. Sesión 21 · Parte 5 · ≈ 11 minQuinta parte (§ 45–50): la segunda disputa
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 9 minQuinta parte (§ 45–50): la segunda disputa
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 11 minSexta parte (§ 51–55): la historia de Manes según Arquelao
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 9 minSexta parte (§ 51–55): la historia de Manes según Arquelao
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minUn fragmento de la misma disputa
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 2 minLo que dejaron las Actas

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    TEXTOS — ARQUELAO

    Índice de la obra

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    Arquelao (atribuido)

    Actas de la disputa con Manes

    Texto base: versión inglesa de S. D. F. Salmond, «The Acts of the Disputation with the Heresiarch Manes», en Ante-Nicene Fathers, vol. 6 (Buffalo, 1886), seguida del fragmento que transmite Cirilo de Jerusalén · cincuenta y cinco secciones y un fragmento

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del latín ni del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 237 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Un obispo de Mesopotamia, cuatro jueces y un profeta llegado de Persia que quiere ganarse a un hombre rico y piadoso: así arrancan las Actas de la disputa con Manes (§ 1–5). Cuentan cómo Arquelao, obispo de Carcar, habría vencido en dos debates al fundador del maniqueísmo (§ 12–50) y cierran con una biografía del heresiarca escrita desde el bando contrario (§ 51–55). Es, según Wikipedia, el texto polémico más antiguo y más importante contra los maniqueos; pero describe a Manes como lo veían quienes lo combatían, y conviene leerlo sabiéndolo.

    Ficha de la obra

    AutorAtribuida a Arquelao, el obispo que es su protagonista. Según el ANF, Epifanio y Jerónimo la dan a Arquelao; Heracliano de Calcedonia, citado por Focio, a un tal Hegemonio. Wikipedia habla de Hegemonio, o «seudo-Hegemonio», como autor presunto. Véase la nota al § 39
    TítuloActa Archelai. En el ANF, «The Acts of the Disputation with the Heresiarch Manes»; en el epub de partida, «Actas de la disputa con Manes (Arquelao)»
    Lengua originalSe conserva en latín (con extractos griegos). Jerónimo dice que Arquelao la escribió en siríaco y que se tradujo al griego; Wikipedia la da como compuesta en griego en el siglo IV
    FechaLa disputa se sitúa a fines de 277 o comienzos de 278 según el ANF. El texto es del siglo IV según Wikipedia; Epifanio lo cita hacia 376
    GéneroRelato polémico: dos debates en forma de diálogo, cuatro cartas, un informe y una biografía de Manes. Wikipedia lo describe como un relato ficticio del debate; Salmond, el traductor inglés, lo tenía por una reliquia auténtica de la antigüedad
    ExtensiónCincuenta y cinco secciones numeradas y un fragmento de tres, unas 45 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín ni del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 6, tal como la recogen New Advent y CCEL
    El libro se lee en seis partes, con una división que es del editor y no del texto:
    PartesTema
    1 (§ 1–11)Marcial, la carta de Manes y el informe de Turbo sobre la doctrina del maestro
    2 (§ 12–26)Arquelao toma la palabra; Manes expone los dos principios ante los jueces
    3 (§ 27–38)La ley, el diablo y los falsos apóstoles
    4 (§ 39–44)Manes huye; Diodoro pide ayuda a Arquelao por carta
    5 (§ 45–50)La segunda disputa, en la aldea de Diodoro
    6 (§ 51–55)La historia de Manes según Arquelao: Escitiano, Terebinto y Corbicio; su muerte
    Para situar al adversario, véase el concepto de maniqueísmo. Cirilo de Jerusalén cuenta el mismo episodio en la Catequesis VI, y la entrada de Jerónimo sobre Arquelao está en Sobre los varones ilustres.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 6 de las Ante-Nicene Fathers (ANF) imprime con el título «The Acts of the Disputation with the Heresiarch Manes». El volumen es Fathers of the Third Century: Gregory Thaumaturgus, Dionysius the Great, Julius Africanus, Anatolius and Minor Writers, Methodius, Arnobius, editado por Alexander Roberts y James Donaldson, con la edición americana revisada y ordenada cronológicamente, con prefacios y notas ocasionales, por A. Cleveland Coxe. New Advent da como lugar y año Buffalo, 1886; CCEL, que lo reproduce, dice que el conjunto de diez volúmenes se imprimió por primera vez en 1885.
    La versión inglesa es de S. D. F. Salmond («Rev. S. D. F. Salmond, M.A.», según CCEL), que tradujo un texto en su mayor parte latino, con partes griegas: las dos cartas (§ 5–6) y el informe de Turbo vienen del griego de Epifanio, según las notas del ANF. Wikipedia fecha su traducción en 1871 y dice que se hizo sobre la edición latina de Zaccagni (Roma, 1698). Desde el § 4, según otra nota del ANF, el texto es el que Valesius editó a partir del Codex Bobiensis, hoy en la Biblioteca Ambrosiana.
    Lo que viene de la edición. Los títulos «Primera parte» a «Sexta parte» y los localizadores de las cartas y del informe de Turbo («§ 5 · carta de Manes», «§ 7 · relato de Turbo») son del editor de Eusebeia, no de las Actas. La introducción de Salmond y las notas del ANF (variantes de manuscritos, remisiones a Epifanio y a Cirilo) no están en el epub de partida; las notas de esta edición resumen y citan las que importan. Las referencias bíblicas entre corchetes vienen de la edición. El epub termina con un breve artículo sobre el apologista Arístides que no es de las Actas y no se reproduce. El título «Un fragmento de la misma disputa» es de la edición inglesa; el rótulo «De Cirilo de Jerusalén, Catequesis VI, 27–29» que el ANF pone debajo no está en el epub.
    Numeración. El epub castellano dejó sin su «11.» el comienzo de la sección 11 (el inglés sí lo trae): aquí se localiza como § 11. Los párrafos sin número (las cartas, el informe de Turbo y la continuación de los § 30 y 51) llevan un localizador derivado de la sección en que están.

    Actas de la disputa con Manes (Arquelao)

    Primera parte (§ 1–11): Marcial, la carta de Manes y el informe de Turbo

    § 1

    1. El verdadero [Tesoro]; a saber, la disputa sostenida en Carcar, ciudad de Mesopotamia, ante Manipo, Egialeo, Claudio y Cleóbolo, que actuaron como jueces. En esta ciudad de Mesopotamia había un varón llamado Marcial, tenido como persona digna del más alto honor por su manera de vivir, sus afanes y su linaje, y no menos por su discreción y su nobleza de carácter. Poseía, además, abundantes riquezas; y, lo que es más importante que todo, temía a Dios con la más profunda piedad y prestaba oído siempre, con la debida reverencia, a las cosas que de Cristo se decían. En resumen, en aquel varón no faltaba virtud alguna, y de ahí vino a ser tenido en la mayor estima por toda la ciudad; mientras que, por otra parte, él retribuía con largueza la benevolencia de su ciudad con sus magníficas y repetidas obras de liberalidad en favor de los pobres, aliviando a los afligidos y socorriendo a los atribulados. Mas bástenos haber dicho esto, no sea que la flaqueza de nuestras palabras quite a las virtudes del varón más de lo que añade lo digno de su esplendor. Pasaré, pues, al asunto que me propongo. En cierta ocasión, cuando un gran número de cautivos fue ofrecido al obispo Arquelao por los soldados que tenían allí su campamento, siendo su número de unos siete mil setecientos, se vio él atenazado por la más viva ansiedad a causa de la gran suma de dinero que los soldados exigían como precio de la liberación de los prisioneros. Y como no podía ocultar su desvelo, todo él abrasado por la religión y el temor de Dios, al fin se apresuró a acudir a Marcial y le explicó la gravedad y dificultad del caso. Y cuando aquel dechado de piedad, Marcial, hubo oído su relato, sin la menor demora entró en su casa y proveyó el precio que se pedía por los prisioneros, según la valoración fijada por quienes los habían llevado cautivos; y abriendo los tesoros de sus bienes, al punto repartió los dones de su piedad entre los soldados, sin severa consideración de número ni de distinción, de suerte que parecían presentes más bien que precio de compra. Y aquellos soldados se llenaron de asombro y admiración ante la grandeza de la piedad y magnificencia de aquel varón, y quedaron estupefactos, y sintieron la fuerza de este ejemplo de compasión; de suerte que muchísimos de ellos se añadieron a la fe de nuestro Señor Jesucristo, y arrojaron de sí el cinturón del servicio militar, mientras otros se retiraron a su campamento llevando apenas la cuarta parte del rescate, y los demás partieron sin recibir siquiera lo bastante para sufragar los gastos del camino.
    Comentario editorial · Carcar, Caschar, Charra: ¿dónde estaba el obispado de Arquelao?
    El texto sitúa la disputa en «Carcar, ciudad de Mesopotamia» (§ 1). Salmond reúne las variantes: Sócrates y Epifanio escriben Caschar o Caschara; Pedro Sículo y Focio, Carcar, como las Actas. Descarta dos ciudades llamadas Carcha, una en la Arabia Feliz y otra más allá del Tigris, porque el texto dice Mesopotamia. Zaccagni y otros pensaron en la Harán bíblica, que el § 3 llama Charra (la traducción castellana dice «Carra») y consideraron Carcar un error de copistas; Neander, que cita Salmond, lo tenía por conjetura incierta, y otros prefieren Caschar como una ciudad distinta de Harán.

    § 2

    2. Marcial, como era de esperar, se alegró sobremanera con estos hechos; y llamando a uno de los prisioneros, por nombre Cortinio, le preguntó cuál era la causa de la guerra y por qué azar habían sido vencidos y atados con las cadenas del cautiverio. Y la persona a quien se dirigía, una vez obtenida licencia para hablar, comenzó a expresarse en estos términos: «Mi señor Marcial, nosotros creemos solo en el Dios viviente. Y tenemos una costumbre de tal naturaleza como ahora describiré, que ha llegado a nosotros por la tradición de nuestros hermanos en la fe, y que hemos observado fielmente hasta el día de hoy. La práctica es que cada año salimos fuera de los límites de la ciudad, en compañía de nuestras mujeres e hijos, y elevamos súplicas al Dios único e invisible, pidiéndole que envíe las lluvias para nuestros campos y sembrados. Ahora bien, cuando celebrábamos esta observancia en el tiempo acostumbrado y de la manera usual, nos sorprendió la tarde mientras allí nos demorábamos, estando aún en ayuno. Así nos veíamos oprimidos por dos de las cosas más duras que los hombres han de soportar — a saber, el ayuno y la falta de sueño. Mas hacia la medianoche se deslizó sobre nosotros el sueño, envidiosa e intempestivamente, y con los cuellos caídos y sin fuerza, y las cabezas colgantes, hizo que nuestros rostros golpearan contra nuestras rodillas. Ahora bien, esto sucedió porque era llegado el tiempo en que, por el juicio de Dios, habíamos de pagar la pena merecida, ya fuésemos culpables por ignorancia, ya fuésemos de aquellos que, conociendo el mal, no habían, con todo, abandonado su pecado. Así, a aquella hora nos rodeó de repente una multitud de soldados, suponiendo, a mi parecer, que nos habíamos emboscado allí, y que éramos personas de gran experiencia y pericia en el arte de la guerra; y sin indagar con exactitud la causa de nuestra reunión, nos amenazaron con la guerra, no de palabra, sino al punto con la espada. Y aunque éramos hombres que jamás habíamos aprendido a hacer daño a nadie, sin piedad nos hirieron con sus dardos, y nos traspasaron con sus lanzas, y nos degollaron con sus espadas. Así mataron, en verdad, a unos mil trescientos hombres de nuestro número, e hirieron a otros quinientos. Y cuando el día despuntó con claridad, se llevaron como prisioneros de aquí a los supervivientes de entre nosotros, y eso, además, de una manera que mostraba su total falta de piedad. Pues nos arriaban delante de sus caballos, aguijoneándonos con golpes de lanza y empujándonos hacia delante haciendo que las cabezas de los caballos nos oprimieran. Y los que tenían fuerzas suficientes para resistir, resistían en verdad; mas muchísimos cayeron ante la faz de sus crueles amos y allí exhalaron su vida; y las madres, con los brazos rendidos, del todo impotentes bajo su carga, y enloquecidas por las amenazas de los que venían detrás, dejaron caer al suelo a los pequeñuelos que colgaban de sus pechos; mientras todos aquellos a quienes la vejez había llegado se hundían, uno tras otro, en tierra, vencidos por la fatiga y agotados por la falta de alimento. Los soberbios soldados, con todo, se recreaban en aquel sangriento espectáculo de hombres que perecían sin cesar, como si de un pasatiempo se tratara: veían a unos tendidos en el suelo en desesperada postración, y a otros, agotados por los crueles fuegos de la sed y ajarada del todo la lengua, ir perdiendo la palabra, y a otros, con los ojos vueltos atrás una y otra vez, gimiendo por la suerte de sus pequeñuelos moribundos, mientras éstos, a su vez, clamaban sin cesar a sus desdichadísimas madres con sus llantos, y las madres mismas, enloquecidas por las crueldades de los salteadores, respondían con sus lamentos, que era, ciertamente, lo único que podían hacer con libertad. Y aquellos de entre ellos cuyos corazones estaban más tiernamente ligados a su prole escogían voluntariamente correr la misma suerte de una muerte prematura con sus hijos; mientras que, por otra parte, los que tenían alguna capacidad de resistencia fueron llevados cautivos aquí con nosotros. Así, al cabo de tres días, durante los cuales nunca se nos permitió descanso alguno, ni aun de noche, fuimos conducidos a este lugar, en el cual lo que ha venido a suceder después de estos hechos mejor lo sabes tú mismo.»

    § 3

    3. Cuando Marcial, el varón consumado en piedad, hubo oído este relato, rompió en un torrente de lágrimas, movido a compasión por desdichas tan grandes y tan varias. Mas sin demora alguna, preparó al punto viandas para los que sufrían, y sirvió con su propia mano a los fatigados; imitando en esto a nuestro padre Abraham el patriarca, quien, habiendo hospedado en cierta ocasión a los ángeles, no se contentó con dar solamente la orden a sus siervos de traer un becerro del rebaño, sino que él mismo, aunque entrado en años, fue y se lo puso sobre sus hombros y lo trajo, y con su propia mano preparó la comida y la puso delante de los ángeles. Así Marcial, en cumplimiento de un oficio semejante, mandó que se sentaran como huéspedes suyos en compañías de diez; y cuando las setecientas mesas estuvieron todas dispuestas, reanimó a toda la muchedumbre de los cautivos con gran regocijo, de suerte que aquellos que tenían fuerzas para sobrevivir a lo que habían sido llamados a soportar, olvidaron sus fatigas y se hicieron olvidadizos de todos sus males. Cuando, empero, llegaron al día decimoquinto, y mientras Marcial seguía proveyendo liberalmente todas las cosas necesarias para los prisioneros, le pareció bien que todos ellos fueran puestos en posesión de los medios para regresar a sus propias tierras, con excepción de aquellos a quienes retenían los cuidados que sus heridas exigían; y proveyendo los remedios convenientes para éstos, instruyó a los demás para que partieran a su propia patria y a los suyos. Y aun a todas estas obras de caridad añadió Marcial obras de piedad todavía mayores. Pues con una numerosa banda de sus propios servidores salió a atender a la sepultura de los cuerpos de los que habían perecido en el camino; y para cuantos de éstos pudo descubrir, de cualquier condición que fueran, aseguró la sepultura que les era conveniente. Y una vez cumplido este servicio, volvió a Carra y dio permiso a los heridos para regresar de allí a su tierra natal cuando su salud estuviera suficientemente restablecida, proveyéndoles, además, liberalísimos auxilios para su viaje. Y, en verdad, la estima de esta obra hizo una magnífica adición a la reputación de las otras nobles acciones de Marcial; pues por todo aquel territorio se extendió tan grandemente la fama de la piedad de Marcial, que gran número de hombres pertenecientes a diversas ciudades se abrasaron en el deseo más intenso de ver y conocer a aquel varón, y muy especialmente aquellos que no habían tenido ocasión de soportar antes la pobreza — a todos los cuales este hombre notable, siguiendo el ejemplo de un Marcial de la antigüedad, prestó ayuda con la mayor indulgencia, de suerte que todos declaraban que no había nadie de más ilustre piedad que este varón. Sí, todas las viudas, además, que creían en el Señor acudían a él, mientras que los desvalidos podían también contar con obtener de su mano ayuda segurísima para remediar sus circunstancias; y los huérfanos, de la misma manera, eran todos sustentados por él, de suerte que su casa era declarada el hospicio del forastero y del indigente. Y por encima de todo esto, retuvo en medida singular y notable su devoción a la fe, edificando su propio corazón sobre la roca que no será movida.

    § 4

    4. Así, pues, como la fama de este varón se difundía cada vez más extensamente por distintas localidades, y cuando ya había penetrado incluso más allá del río Stranga, el honroso renombre de su nombre fue llevado al territorio de Persia. En este país moraba una persona llamada Manes, quien, cuando la reputación de este hombre llegó a sus oídos, deliberó largamente consigo mismo sobre cómo podría enredarlo en las redes de su doctrina, esperando que Marcial llegara a ser defensor de su dogma. Pues calculaba que podría hacerse dueño de toda la provincia si primero lograba atraer a tal hombre a su causa. En este proyecto, empero, su ánimo se agitaba con la duda de si debía acudir de inmediato en persona a aquel hombre, o intentar primero llegar a él por carta; pues temía que, por una súbita e inopinada presentación de sí mismo en la escena, pudiera sobrevenirle algún contratiempo. Al fin, obedeciendo a una política más sutil, resolvió escribir; y llamando a uno de sus discípulos, por nombre Turbo, que había sido instruido por Addas, le entregó una epístola y le mandó partir y llevarla a Marcial. Recibió, pues, este adherente la carta y la llevó a la persona a quien Manes le había encargado entregarla, realizando todo el viaje en el término de cinco días. El ya mencionado Turbo, ciertamente, empleó gran rapidez en este viaje, en el curso del cual sufrió también muy considerables fatigas y trabajos. Pues cada vez que llegaba, como viajero en tierras extrañas, a un hospedaje — y eran éstos los hospedajes que el propio Marcial había provisto en su gran hospitalidad —, al ser preguntado por los que guardaban estos hospedajes de dónde venía, y quién era, o por quién había sido enviado, solía responder: «Pues yo soy del distrito de Mesopotamia, mas vengo ahora de Pérside, enviado por Maniqueo, un maestro entre los cristianos.» Pero ellos no estaban, en modo alguno, dispuestos a acoger un nombre desconocido para ellos, y solían a veces arrojar a Turbo fuera de sus hospedajes, negándole aun el medio de conseguir agua para beber. Y como tenía que soportar a diario cosas como éstas, y cosas aún peores que éstas, de parte de aquellas personas que en las diversas localidades tenían a su cargo las mansiones y los hospedajes, si al fin no hubiera mostrado que llevaba cartas para Marcial, Turbo habría hallado la muerte en sus viajes.

    § 5

    5. Al recibir, pues, la epístola, Marcial la abrió y la leyó en presencia de Arquelao, el obispo del lugar. Y lo que sigue es una copia de lo que contenía: —

    § 5 · carta de Manes

    Maniqueo, apóstol de Jesucristo, y todos los santos que conmigo están, y las vírgenes, a Marcial, mi amado hijo: Gracia, misericordia y paz sean contigo de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo; y que la diestra de la Luz te guarde a salvo de este presente mundo malo, y de sus calamidades, y de las asechanzas del Maligno. Amén.
    Sobremanera me he gozado al observar el amor que albergas, el cual es ciertamente de la más grande medida. Mas me he contristado a causa de tu fe, que no se ajusta a la recta norma. Por lo cual, constituido como estoy para procurar el levantamiento del linaje de los hombres, y usando de indulgencia, como hago, para con los que se han entregado al engaño y al error, he considerado necesario enviarte esta carta, con vistas, en primer lugar, a la salvación de tu propia alma, y en segundo lugar también a la de las almas de los que están contigo, a fin de asegurarte contra las opiniones dudosas, y especialmente contra nociones como aquellas en las que los guías de la clase de las mentes simples adoctrinan a sus sujetos, cuando alegan que el bien y el mal tienen una misma subsistencia original, y cuando ponen para ellos un mismo principio, sin hacer distinción ni separación alguna entre la luz y las tinieblas, y entre el bien y el mal o lo inútil, y entre el hombre interior y el exterior, como antes hemos declarado, y sin cesar de mezclar y confundir lo uno con lo otro. Mas, oh hijo mío, rehúsate a identificar tan a la ligera estas dos cosas de la manera irracional y necia común a la masa de los hombres, y no atribuyas confusión semejante al Dios de bondad. Pues éstos refieren el principio y el fin y la paternidad de estos males a Dios mismo — «cuyo fin está cerca de maldición.» Pues no creen la palabra dicha por nuestro Salvador y Señor Jesucristo mismo en los Evangelios, a saber, que «un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol podrido dar frutos buenos.» [] Y el que se atrevan a llamar a Dios hacedor y artífice de Satanás y de sus malas obras es para mí motivo del mayor asombro. ¡Y ojalá hubieran llegado sólo hasta ahí en sus vanos esfuerzos, y no hubieran declarado que el unigénito Cristo, que ha descendido del seno del Padre, [] es hijo de una cierta mujer, María, y nacido de sangre y de carne y de las varias impurezas propias de las mujeres! Con todo, para no escribir demasiado en esta epístola, ni abusar en demasía de tu bondad — y tanto más cuanto que no poseo el don natural de la elocuencia —, me contentaré con lo dicho. Mas tendrás pleno conocimiento de todo el asunto cuando esté presente contigo, si es que, en efecto, sigues cuidando de tu propia salvación. Pues yo no «tiendo lazo a ninguno,» [] como hacen los menos avisados de entre la masa de los hombres. Considera lo que te digo, hijo dignísimo.

    § 6

    6. Al leer esta epístola, Marcial, con la más benigna consideración, atendió hospitalariamente a las necesidades del portador de la carta. Arquelao, por su parte, no recibió con mucho agrado las cosas que se leyeron, sino que «rechinaba los dientes como león encadenado», impaciente por que se le entregara al autor de la epístola. Marcial, sin embargo, le aconsejó que estuviese en paz, prometiendo que él mismo cuidaría de asegurar la presencia de aquel hombre. Y, en consecuencia, Marcial resolvió enviar respuesta a lo que se le había escrito, y dictó una epístola que contenía las siguientes declaraciones:—

    § 6 · carta de Marcial

    Marcial, varón distinguido, a Maniqueo, que se me ha dado a conocer por su epístola, salud.
    Ha llegado a mis manos una epístola escrita por ti, y he recibido a Turbo con mi acostumbrada benignidad; mas el sentido de tu carta no lo he comprendido en modo alguno, y no podré hacerlo si no nos concedes tu presencia y explicas su contenido por menudo en forma de conversación, como has ofrecido hacerlo en la epístola misma. Adiós.

    § 7

    7. Selló esta carta y la entregó a Turbo, con instrucciones de llevarla a la persona de quien ya había traído un documento semejante. El mensajero, sin embargo, se mostraba sumamente renuente a volver a su amo, acordándose de lo que había tenido que soportar en el viaje, y rogaba que se enviara a otra persona en su lugar, negándose a volver a Manes o a tener trato alguno con él de nuevo. Mas Marcial llamó a uno de sus jóvenes, llamado Calixto, y le ordenó que se dirigiera al lugar. Sin pérdida alguna de tiempo, este joven partió prontamente hacia allá; y al cabo de tres días llegó a Manes, a quien halló en cierto fuerte, a saber, el de Arabión, y a quien presentó la epístola. Al leerla, se alegró de ver que había sido invitado por Marcial; y sin demora emprendió el viaje; con todo, presentía que la falta de regreso de Turbo no auguraba nada bueno, y prosiguió su camino hacia Marcial, no, por así decirlo, sin serias reflexiones. Turbo, por su parte, no pensaba en absoluto en dejar la casa de Marcial; ni omitía ocasión alguna de conversar con el obispo Arquelao. Pues ambas partes se hallaban muy diligentemente ocupadas en investigar las prácticas de Maniqueo, deseosas de saber quién era, de dónde venía y cuál era su manera de hablar. Y él, Turbo, dio en consecuencia un relato lúcido de toda la situación, narrando y exponiendo los términos de su fe de la siguiente manera: —

    § 7 · relato de Turbo

    Si deseáis ser instruidos por mí en la fe de Manes, atendedme por breve espacio. Aquel hombre adora a dos deidades, innascibles, autoexistentes, eternas, opuestas la una a la otra. De éstas, presenta a la una como buena y a la otra como mala, y asigna a la primera el nombre de Luz y a la segunda el de Tinieblas. Alega también que el alma en los hombres es una porción de la luz, pero que el cuerpo y la formación de la materia son partes de las tinieblas. Sostiene, además, que se ha efectuado cierta mezcla o combinación entre los dos del modo que está a punto de decirse, usando la siguiente analogía como ilustración de lo mismo; a saber, que sus relaciones pueden compararse a las de dos reyes en conflicto entre sí, que son antagonistas desde el principio y tienen sus propias posiciones, cada uno en su debido orden. Y así sostiene que las tinieblas traspasaron sus propios límites y trabaron contienda semejante con la luz; mas que el buen Padre entonces, advirtiendo que las tinieblas habían venido a morar en su tierra, sacó de sí mismo una potencia llamada la Madre de la Vida; y que esta potencia sacó luego de sí misma al primer hombre, y los cinco elementos. Y estos cinco elementos son viento, luz, agua, fuego y materia. Ahora bien, este hombre primitivo, dotado de estos y por ello pertrechado, por así decirlo, para la guerra, descendió a estas partes inferiores e hizo guerra contra las tinieblas. Mas los príncipes de las tinieblas, guerreando a su vez contra él, consumieron aquella porción de su panoplia que es el alma. Entonces fue aquel primer hombre gravemente herido allí abajo por las tinieblas; y si no hubiera sido porque el Padre oyó sus oraciones y envió una segunda potencia, sacada asimismo de sí mismo y llamada el Espíritu viviente, que bajó y le dio la diestra y lo sacó de nuevo del poder de las tinieblas, aquel primer hombre habría estado, en aquellos tiempos antiguos, en peligro de total ruina. Desde entonces, por consiguiente, dejó abajo el alma. Y por esta razón los maniqueos, si se encuentran unos con otros, se dan la diestra, en señal de haber sido salvados de las tinieblas; pues sostiene que todas las herejías tienen su asiento en las tinieblas. Luego, el Espíritu viviente creó el mundo; y llevando en sí otras tres potencias, bajó y se llevó a los príncipes, y los asentó en el firmamento, que es su cuerpo (aunque se llama) la esfera. Luego, además, el Espíritu viviente creó las lumbreras, que son fragmentos del alma, y las hizo moverse así en derredor del firmamento; y de nuevo creó la tierra en sus ocho especies. Y el Omóforo sostiene su peso debajo; y cuando se cansa de llevarlo, tiembla, y de esa manera se hace causa de un temblor de la tierra, contra sus tiempos determinados. Por causa de esto el buen Padre envió a su Hijo desde su propio seno al corazón de la tierra y a sus partes más bajas, a fin de conseguir para él la corrección que le convenía. Y siempre que ocurre un terremoto, él está temblando bajo su cansancio, o está cambiando su carga de un hombro al otro. Después, además, la materia también produjo por sí misma brotes; y cuando éstos fueron arrebatados como botín por parte de algunos de los príncipes, convocó a todos los principales de entre los príncipes, y tomó de todos ellos, individualmente, potencia tras potencia, y formó al hombre que es según la imagen de aquel primer hombre, y unió en él el alma (con estas potencias). Ésta es la relación del modo como fue planeada su constitución.

    § 8

    8. Mas cuando el Padre viviente advirtió que el alma estaba en tribulación en el cuerpo, estando lleno de misericordia y compasión, envió a su propio Hijo amado para la salvación del alma. Porque esto, junto con el asunto de Omóforo, fue la razón de enviarlo. Y el Hijo vino y se transformó en semejanza de hombre, y se manifestó a los hombres como hombre, sin ser hombre, y los hombres supusieron que había sido engendrado. Así vino y preparó la obra que había de efectuar la salvación de las almas, y con ese objeto construyó un instrumento con doce urnas, al cual la esfera hace girar, y que arrastra consigo las almas de los moribundos. Y la lumbrera mayor recibe estas almas, las purifica con sus rayos y luego las pasa a la luna; y de esta manera se llena el disco de la luna, como nosotros lo llamamos. Pues dice que estas dos lumbreras son naves o barcas de pasaje. Luego, si la luna se llena, transporta a sus pasajeros hacia el viento del este, y de ese modo efectúa su propia mengua al librarse de su carga. Y de esta manera continúa haciendo la travesía, descargando una y otra vez su carga de almas arrebatadas por las urnas, hasta que salva su propia porción de almas. Además, sostiene que toda alma, aun todo viviente que se mueve, participa de la sustancia del buen Padre. Y, por consiguiente, cuando la luna entrega su carga de almas a los eones del Padre, éstas permanecen allí en aquella columna de gloria, que es llamada el aire perfecto. Y este aire es una columna de luz, pues está lleno de las almas que se purifican. Tal es, además, el medio por el cual se salvan las almas. Mas la siguiente es, además, la causa de que mueran los hombres: Cierta virgen, bella de persona, hermosa en sus vestiduras y de conversación muy persuasiva, pretende hacer botín de los príncipes que han sido elevados y crucificados en el firmamento por el Espíritu viviente; y se aparece como una mujer agraciada a los príncipes, mas como un joven apuesto y atractivo a las princesas. Y los príncipes, cuando la contemplan en su espléndida figura, se sienten heridos por el aguijón del amor; y como no pueden apoderarse de ella, arden fieramente en la llama del deseo amoroso y pierden todo poder de raciocinio. Mientras así persiguen a la virgen, ella desaparece de su vista. Entonces el gran príncipe despide de sí las nubes, con el propósito de traer tinieblas sobre todo el mundo, en su ira. Y luego, si se siente gravemente oprimido, su agotamiento se expresa en sudor, así como un hombre suda bajo la fatiga; y este sudor suyo forma la lluvia. Al mismo tiempo también el príncipe de la siega, si a su vez es cautivado por la virgen, esparce pestilencia por toda la tierra, con el fin de dar muerte a los hombres. Ahora bien, este cuerpo (del hombre) es llamado también cosmos, es decir, un microcosmos, en relación con el gran cosmos, es decir, el macrocosmos del universo; y todos los hombres tienen raíces que están enlazadas abajo con las de arriba. Por consiguiente, cuando este príncipe es cautivado por los encantos de la virgen, comienza entonces a cortar las raíces de los hombres; y cuando sus raíces son cortadas, la pestilencia comienza a desatarse, y de esa manera mueren. Y si sacude con fuerza las partes superiores de la raíz, estalla un terremoto, que sigue como consecuencia de la conmoción a la que está sometido el Omóforo. Ésta es la explicación de (el fenómeno de) la muerte.

    § 9

    9. Os explicaré también cómo es que el alma se transfunde en cinco cuerpos. Primeramente, en este proceso se purifica una pequeña porción de ella; y luego se transfunde en el cuerpo de un perro, o de un camello, o de algún otro animal. Mas si el alma ha sido culpable de homicidio, es trasladada al cuerpo de los célefi; y si se ha hallado que se dedicó a cortar, se le hace pasar al cuerpo de los mudos. Ahora bien, éstas son las designaciones del alma, a saber: inteligencia, reflexión, prudencia, consideración, raciocinio. Además, los segadores que siegan son comparados a los príncipes que han estado en tinieblas desde el principio, ya que consumieron algo de la panoplia del primer hombre. Por esta razón es necesario que éstos sean trasladados a heno, o habas, o cebada, o grano, o legumbres, para que en estas formas sean, de igual manera, segados y cortados. Y además, si alguno come pan, es preciso que también él se haga pan y sea comido. Si uno mata una gallina, él mismo será gallina. Si uno mata un ratón, él mismo se hará también ratón. Si, además, uno es rico en este mundo, es necesario que, al dejar el tabernáculo de su cuerpo, se le haga pasar al cuerpo de un mendigo, para andar pidiendo limosna, y después partirá al castigo eterno. Además, como este cuerpo pertenece a los príncipes y a la materia, es necesario que quien planta un persea pase por muchos cuerpos hasta que ese persea sea derribado. Y si uno edifica una casa para sí, será dividido y dispersado entre todos los cuerpos. Si uno se baña en agua, hiela su alma; y si uno rehúsa tener miramiento piadoso con sus elegidos, será castigado por las generaciones, y será trasladado a los cuerpos de los catecúmenos, hasta que rinda muchos tributos de piedad; y por esta razón ofrecen a los elegidos lo mejor de sus alimentos. Y cuando van a comer pan, elevan primero una oración, dirigiéndose al pan en estos términos: «No te he segado, ni te he molido, ni te he prensado, ni te he arrojado a la vasija de cocer; sino que otro ha hecho estas cosas y te me ha traído, y yo te he comido sin culpa.» Y cuando ha dicho estas cosas para sí, dice al catecúmeno: «He orado por ti;» y de esta manera aquella persona se marcha. Porque, como os he dicho poco antes, si alguno siega, será segado; y de igual modo, si uno echa grano al molino, él mismo será echado en él; o si amasa, será amasado; o si cuece, será cocido; y por esta razón les está prohibido hacer semejante trabajo. Además, hay otros mundos sobre los cuales se levantan las lumbreras cuando se han puesto en nuestro mundo. Y si una persona camina sobre la tierra, daña la tierra; y si mueve la mano, daña el aire; porque el aire es el alma (vida) de los hombres y de los seres vivientes, aves, peces y reptiles. Y en cuanto a todo aquel que existe en este mundo, os he dicho que su cuerpo no pertenece a Dios, sino a la materia, y es él mismo tinieblas, y por consiguiente es preciso que sea arrojado en las tinieblas.

    § 10

    10. Ahora bien, en cuanto al paraíso, no se le llama cosmos. Los árboles que hay en él son la concupiscencia y otras seducciones, que corrompen las potencias racionales de aquellos hombres. Y aquel árbol del paraíso, por el cual los hombres conocen el bien, es Jesús mismo, o el conocimiento de Él en el mundo. Quien participa de él discierne el bien y el mal. El mundo mismo, sin embargo, no es obra de Dios; sino que fue estructura de una porción de materia, y por consiguiente todas las cosas perecen en él. Y lo que los príncipes tomaron como botín del primer hombre, eso es lo que hace llena la luna, y lo que se va purgando día a día del mundo. Y si el alma sale sin haber alcanzado el conocimiento de la verdad, es entregada a los demonios, para que la sometan en las Gehenas de fuego; y después de aquella disciplina se le hace pasar a cuerpos con el propósito de ser sometida, y de esta manera es arrojada al fuego poderoso hasta la consumación. Además, respecto a los profetas entre vosotros, habla así: Su espíritu es de impiedad, o de la iniquidad de las tinieblas que surgieron al principio. Y engañados por este espíritu, no han hablado verdad; pues el príncipe cegó su mente. Y si alguno sigue sus palabras, muere para siempre, atado a los terrones de la tierra, porque no ha aprendido el conocimiento del Paráclito. También dio mandatos sólo a sus elegidos, que no son más de siete en número. Y el encargo era éste: «Cuando dejéis de comer, orad y poned sobre vuestra cabeza una aceituna, conjurada con la invocación de muchos nombres para confirmación de esta fe.» Los nombres, sin embargo, no me fueron dados a conocer; pues sólo estos siete hacen uso de ellos. Y además, el nombre Sabaot, que es honroso y poderoso entre vosotros, declara que es la naturaleza del hombre y el padre del deseo; por lo cual los simples adoran al deseo y lo tienen por una deidad. Además, en cuanto al modo de la creación de Adán, nos dice que aquel que dijo: «Venid y hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza», o «conforme a la forma que hemos visto», es el príncipe que se dirigió a los otros príncipes en términos que pueden interpretarse así: «Venid, dadme de la luz que hemos recibido, y hagamos al hombre según la forma de nosotros los príncipes, aun conforme a aquella forma que hemos visto, es decir, el primer hombre.» Y de esa manera creó al hombre. Crearon a Eva también de manera semejante, impartiéndole de su propia concupiscencia, con el fin de engañar a Adán. Y por estos medios la construcción del mundo procedió de las operaciones del príncipe.

    § 11

    Sostiene también que Dios no tiene parte alguna con el mundo mismo, ni halla placer en él, por cuanto fue hecho presa desde el principio por los príncipes, y a causa del mal que sobre él se levantó. Por lo cual envía y retira de ellos día tras día el alma que le pertenece, por medio de estos luminares, el sol y la luna, por los cuales son dominados el mundo entero y toda la creación. A aquel, además, que habló con Moisés, y con los judíos, y con los sacerdotes, lo declara príncipe de las tinieblas; de manera que los cristianos, los judíos y los gentiles son un mismo cuerpo, adorando al mismo Dios: pues Él los seduce en sus propias pasiones, no siendo Dios de verdad. Por esta razón, todos los que esperan en aquel Dios que habló con Moisés y con los profetas han de ser atados juntamente con dicha deidad, porque no han esperado en el Dios de verdad; pues aquella deidad habló con él conforme a las pasiones de ellos. Además, después de todas estas cosas, habla en los siguientes términos acerca del fin, como también ha escrito: Cuando el anciano haya mostrado su imagen, el Omóforo deja entonces ir la tierra de sí, y así el fuego poderoso queda libre, y consume el mundo entero. Luego, de nuevo, deja ir el suelo con el nuevo eón, a fin de que todas las almas de los pecadores sean atadas para siempre. Estas cosas tendrán lugar en el tiempo cuando haya venido la imagen del hombre. Y todos estos poderes presentados por Dios—a saber, Jesús, que está en la nave menor, y la Madre de la Vida, y los doce timoneles, y la virgen de la luz, y el tercer anciano, que está en la nave mayor, y el espíritu viviente, y el muro del fuego poderoso, y el muro del viento, y el aire, y el agua, y el fuego interior viviente—tienen su asiento en la lumbrera menor, hasta que el fuego haya consumido el mundo entero; y esto ha de ocurrir dentro de tantos años, cuyo número exacto, sin embargo, no he averiguado. Y después de estas cosas habrá una restitución de las dos naturalezas; y los príncipes ocuparán las partes inferiores propias de ellos, y el Padre las superiores, recibiendo de nuevo lo que es su debida posesión.—Toda esta doctrina la entregó a sus tres discípulos, y encargó a cada uno viajar a una región distinta. Las partes orientales cayeron así en suerte a Addas; Tomás obtuvo como herencia los territorios sirios; y otro, a saber, Hermeias, dirigió su curso hacia Egipto. Y hasta el día de hoy permanecen allí, con el propósito de establecer las proposiciones contenidas en esta doctrina.
    Comentario editorial · El informe de Turbo, conservado también en griego
    Las dos cartas (§ 5–6) y el informe de Turbo (desde «Si deseáis ser instruidos…» hasta aquí) tienen un testigo griego: Epifanio los copia en su estudio de los maniqueos (Herejías, LXVI). Una nota del ANF dice que ese tramo coincide palabra por palabra con el griego de Epifanio (LXVI, 25), y otra, al llegar a este punto, que aquí termina el griego de Epifanio. Según Salmond, Epifanio escribía hacia 376. El resto del libro se conserva en latín; el fragmento que transmite Cirilo, al final, es otro tramo con griego para cotejar.

    Segunda parte (§ 12–26): Arquelao toma la palabra y Manes expone sus dos principios

    § 12

    12. Cuando Turbo hubo hecho esta declaración, Arquelao se excitó intensamente; pero Marcial permaneció impasible, pues esperaba que Dios vendría en ayuda de su verdad. Arquelao, sin embargo, tenía además cuidados por su ansiedad acerca del pueblo, como el pastor que se preocupa por sus ovejas cuando peligros secretos las amenazan de parte de los lobos. Así pues, Marcial colmó a Turbo con los más liberales regalos, y le instruyó permanecer en la casa del obispo Arquelao. Mas aquel mismo día llegó Manes, trayendo consigo ciertos jóvenes y vírgenes escogidos en número de veintidós. Y en primer lugar buscó a Turbo a la puerta de la casa de Marcial; y al no hallarlo allí, entró a saludar a Marcial. Al verlo, Marcial al pronto quedó atónito ante el atavío con que se presentaba. Pues calzaba una especie de zapato que suele llamarse en lenguaje común cuadrisuela; llevaba también un manto de varios colores, de aspecto algo vaporoso; en la mano empuñaba un bastón muy robusto de madera de ébano; llevaba un libro babilónico bajo el brazo izquierdo; sus piernas estaban envueltas en calzones de colores diferentes, el uno rojo y el otro verde como puerro; y todo su porte era como el de algún antiguo maestre y comandante persa. Entonces Marcial envió inmediatamente por Arquelao, quien llegó tan deprisa que casi se anticipó a la palabra, y al entrar estuvo grandemente tentado a estallar de inmediato contra él, provocado al instante por la sola vista de su atavío y su apariencia, aunque más especialmente también por el hecho de que él mismo había estado rumiando en su retiro los diversos asuntos que había aprendido del relato de Turbo, y así había venido cuidadosamente preparado. Mas Marcial, en su gran consideración, reprimió todo celo por la mera disputa, y decidió oír a ambas partes. Con ese fin invitó a los principales hombres de la ciudad; y de entre ellos seleccionó como jueces de la discusión a ciertos adherentes de la religión gentil, cuatro en número. Los nombres de estos árbitros eran los siguientes: Manipo, persona profundamente versada en el arte de la gramática y en la práctica de la retórica; Egialeo, médico muy eminente y varón de la más alta reputación en saber; y Claudio y Cleóbolo, dos hermanos famosos como rétores. Se convocó así una asamblea espléndida; tan numerosa, en verdad, que la casa de Marcial, que era de inmenso tamaño, se llenó de los que habían sido llamados a ser oyentes. Y cuando las partes que se proponían hablar en oposición unos contra otros hubieron tomado sus lugares a la vista de todos, entonces los que habían sido elegidos como jueces se sentaron en una posición elevada sobre todos los demás: y la tarea de comenzar la disputa fue asignada a Manes. Por consiguiente, cuando se aseguró el silencio, comenzó la discusión en los siguientes términos: —

    § 13

    13. Hermanos míos, yo soy ciertamente discípulo de Cristo y, más aún, apóstol de Jesús; y es debido a la extrema bondad de Marcial que me he apresurado a venir aquí, con vistas a mostrarle claramente de qué manera debe guardar el sistema de la religión divina, para que el dicho Marcial, que al presente se ha puesto, como quien se ha entregado prisionero, bajo la doctrina de Arquelao, no sea, como los animales mudos, que carecen de entendimiento y no comprenden lo que hacen, fatalmente herido para ruina de su alma, a consecuencia de alguna falta en la posesión de mayores facilidades para emprender la recta observancia del culto divino. Sé, además, y estoy cierto, de que si Marcial es una vez enderezado, será muy posible que todos vosotros podáis también tener vuestra salvación efectuada; pues vuestra ciudad pende suspendida de su juicio. Si la vana presunción es rechazada por cada uno de vosotros, y si las cosas que han de ser declaradas por mí son oídas con verdadero amor a la verdad, recibiréis la herencia del siglo venidero y el reino de los cielos. Yo, en verdad, soy el Paráclito, cuya misión fue anunciada de antiguo por Jesús, y que había de venir a «convencer al mundo de pecado y de injusticia.» Y así como Pablo, que fue enviado antes de mí, dijo de sí mismo que «conocía en parte y profetizaba en parte,» [] así yo reservo lo perfecto para mí, a fin de poder abolir lo que es en parte. Recibid, pues, este tercer testimonio, de que soy un apóstol elegido de Cristo; y si elegís aceptar mis palabras, hallaréis salvación; mas si las rehusáis, el fuego eterno os tendrá para consumiros. Pues como Himeneo y Alejandro fueron entregados a Satanás, para que aprendieran a no blasfemar, así también todos vosotros seréis entregados al príncipe de los castigos, porque habéis hecho injuria al Padre de Cristo, en cuanto lo declaráis causa de todos los males, y fundador de la injusticia, y creador de toda iniquidad. Con tal doctrina, en verdad, hacéis brotar de la misma fuente agua dulce y amarga—cosa que de ningún modo posible puede hacerse o concebirse. Pues ¿a quién se debe creer? ¿A esos maestros vuestros cuyo goce está en la carne, y que se regalan con los más ricos deleites; o a nuestro Salvador Jesucristo, que dice, como está escrito en el libro de los Evangelios, «Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol podrido dar frutos buenos,» y que en otro lugar nos asegura que el «padre del diablo es mentiroso y homicida desde el principio,» y nos dice de nuevo que el deseo de los hombres era por las tinieblas, de modo que no quisieran seguir aquella Palabra que había sido enviada en el principio desde la luz, y (una vez más nos muestra) al hombre que es enemigo de la misma, el sembrador de cizaña, y el dios y príncipe del siglo de este mundo, que ciega las mentes de los hombres para que no sean obedientes a la verdad en el Evangelio de Cristo? ¿Es bueno aquel Dios que no desea que los hombres que son suyos sean salvos? Y, por no repasar una multitud de otros asuntos, y perder mucho tiempo, puedo diferir a otra ocasión la exposición de la verdadera doctrina; y dando por sentado que he dicho bastante sobre este tema por el presente, puedo volver al asunto inmediatamente ante mí, y esforzarme satisfactoriamente por demostrar lo absurdo de la enseñanza de estos hombres, y mostrar que ninguna de estas cosas puede atribuirse al Dios y Padre de nuestro Señor y Salvador, sino que hemos de tomar a Satanás como causa de todos nuestros males. A él, ciertamente, deben ser reconducidas éstas, pues todos los males de este género son generados por él. Mas asimismo aquellas cosas que están escritas en los profetas y en la ley no dejan de ser atribuidas a él; pues él es quien habló entonces en los profetas, introduciendo en sus mentes muchísimas nociones ignorantes de Dios, así como tentaciones y pasiones. Ellos, también, presentan a aquel devorador de sangre y carne; y a ese Satanás y a sus profetas pertenecen propiamente todas estas cosas que él quiso transferir al Padre de Cristo, dispuesto como estaba a escribir unas pocas cosas a modo de verdad, para que por medio de éstas pudiera también ganar crédito para aquellas otras afirmaciones suyas que son falsas. Por lo tanto, bien nos está no recibir nada en absoluto de todas aquellas cosas que han sido escritas de antiguo hasta Juan, y abrazar en verdad sólo el reino de los cielos, que ha sido predicado en el Evangelio desde sus días; pues ellos en verdad no hicieron sino burlarse de sí mismos, introduciendo como hicieron cosas ridículas y jocosas, guardando unas pequeñas palabras dadas en oscuro bosquejo en la ley, pero sin entender que, si las cosas buenas se mezclan con las malas, el resultado es que por la corrupción de estas cosas malas, aun aquellas otras que son buenas quedan destruidas. Y si, en efecto, hay alguno que pueda demostrar que la ley sostiene lo recto, esa ley debe ser guardada; mas si podemos mostrar que es mala, entonces debe ser abolida y rechazada, en cuanto contiene el ministerio de muerte, que fue grabado, que también cubrió y destruyó la gloria en el rostro de Moisés. Es cosa no exenta de peligro, por tanto, que cualquiera de vosotros enseñe el Nuevo Testamento junto con la ley y los profetas, como si fueran de uno y el mismo origen; pues el conocimiento de nuestro Salvador renueva la una de día en día, mientras la otra envejece y se debilita, y pasa casi a la completa destrucción. Y esto es un hecho manifiesto a los capaces de ejercer discernimiento. Pues así como, cuando las ramas de un árbol envejecen, o cuando el tronco deja de dar fruto, son cortadas; y así como, cuando los miembros del cuerpo sufren mortificación, son amputados, pues el veneno de la mortificación se difunde desde estos miembros por todo el cuerpo, y a menos que se halle algún remedio para la enfermedad por la pericia del médico, todo el cuerpo quedará viciado; así también, si recibís la ley sin entender su origen, arruinaréis vuestras almas, y perderéis vuestra salvación. Pues «la ley y los profetas fueron hasta Juan;» mas desde Juan, la ley de la verdad, la ley de las promesas, la ley del cielo, la ley nueva, es dada a conocer al linaje de los hombres. Y, en verdad, mientras no hubo nadie que os exhibiera este conocimiento tan verdadero de nuestro Señor Jesús, no teníais pecado. Ahora, sin embargo, veis y oís, y aun así deseáis andar en ignorancia, a fin de guardar esa ley que ha sido destruida y abandonada. Y Pablo también, que es tenido entre nosotros como el apóstol más aprobado, se expresa al mismo efecto en una de sus epístolas, cuando dice: «Porque si edifico de nuevo las cosas que destruí, me hago prevaricador.» Y al decir esto los declara gentiles, porque estaban bajo los elementos del mundo, antes de que viniera la plenitud de la fe, creyendo entonces como creían en la ley y los profetas.

    § 14

    14. Dijeron los jueces: Si tienes aún alguna declaración más clara que hacer, danos alguna explicación de la naturaleza de tu doctrina y de la designación de tu fe. Respondió Manes: Sostengo que hay dos naturalezas, una buena y otra mala; y que la que es buena mora ciertamente en ciertas partes propias de ella, pero que la mala es este mundo, así como todas las cosas que en él hay, que están puestas allí como objetos encarcelados en la porción del maligno, como dice Juan, que «el mundo entero yace en la maldad,» y no en Dios. Por lo cual hemos sostenido que hay dos lugares—uno bueno, y otro que está fuera de éste, de suerte que, teniendo espacio allí en el suyo, pudiera ser capaz de recibir en sí la criatura, es decir, la creación, del mundo. Pues si decimos que no hay más que una monarquía de una sola naturaleza, y que Dios llena todas las cosas, y que no hay lugar alguno fuera de Él, ¿cuál será el sustentador de la criatura, es decir, de la creación? ¿Dónde estará la Gehena de fuego? ¿Dónde las tinieblas de fuera? ¿Dónde el llanto? ¿Diré que en Él mismo? ¡Dios no lo permita! De lo contrario, Él mismo también sería hecho sufrir en y con estas cosas. No abriguéis tales fantasías, quienesquiera de vosotros que tengáis cuidado de vuestra salvación; pues os daré un ejemplo, a fin de que tengáis comprensión más plena de la verdad. El mundo es una vasija; y si la sustancia de Dios ha llenado ya toda esta vasija, ¿cómo es posible ahora que algo más pueda ser puesto en esta misma vasija? Si está llena, ¿cómo recibirá lo que se pone en ella, a menos que se vacíe una cierta porción de la vasija? ¿O adónde irá aquello que ha de ser vaciado, viendo que no hay lugar para ello? ¿Dónde, entonces, está la tierra? ¿Dónde los cielos? ¿Dónde el abismo? ¿Dónde las estrellas? ¿Dónde los asentamientos? ¿Dónde las potestades? ¿Dónde los príncipes? ¿Dónde las tinieblas de fuera? ¿Quién es el que ha puesto los fundamentos de éstas, y dónde? Nadie es capaz de decírnoslo sin tropezar en blasfemia. ¿Y de qué manera, además, ha podido hacer las criaturas, si no hay materia subsistente? Pues si las ha hecho de lo no existente, se seguirá que estas criaturas visibles deberían ser superiores, y llenas de todas las virtudes. Mas si en éstas hay maldad, y muerte, y corrupción, y todo lo que se opone al bien, ¿cómo decimos que deben su formación a una naturaleza diferente de sí mismas? Con todo, si consideráis la manera en que los hijos de los hombres son engendrados, hallaréis que el creador del hombre no es el Señor, sino otro ser, que es también él mismo de naturaleza innascible, que no tiene ni fundador, ni creador, ni hacedor, sino que, tal como es, ha sido producido por su sola malicia. De acuerdo con esto, vosotros los hombres tenéis comercio con vuestras esposas, el cual os viene por una ocasión de la siguiente naturaleza. Cuando cualquiera de vosotros se ha saciado con carnes, y con alimentos de otros géneros, entonces el impulso de la concupiscencia se levanta en él, y de esta manera se acrecienta el disfrute de engendrar un hijo; y esto ocurre no como si tuviera su fuente en virtud alguna, o en filosofía, o en cualquier otro don de la mente, sino sólo en la hartura de los alimentos, y en la lujuria y la fornicación. ¿Y cómo me dirá alguno que nuestro padre Adán fue hecho a imagen de Dios, y a su semejanza, y que es como Aquel que lo hizo? ¿Cómo puede decirse que todos nosotros, que hemos sido engendrados de él, somos como él? Antes bien, por el contrario, ¿no tenemos gran variedad de formas, y no llevamos la impronta de semblantes diferentes? Y cuán verdadero es esto, os lo mostraré en parábolas. Mirad, por ejemplo, a una persona que desea sellar un tesoro, o algún otro objeto, y observaréis cómo, cuando ha conseguido un poco de cera o arcilla, procura estamparla con una impresión de su propio semblante con el anillo que lleva; mas si otro semblante estampa también la figura de sí mismo sobre el objeto de manera semejante, ¿parecerá semejante la impresión? De ningún modo, aunque os mostréis renuentes a reconocer lo que es verdadero. Mas si no somos semejantes en la impresión común, y si, en lugar de eso, hay diferencias en nosotros, ¿cómo puede dejar de probarse con ello que somos hechura de los príncipes, y de la materia? Pues en debida conformidad con su forma, y semejanza, e imagen, nosotros también existimos como formas diversas. Mas si deseáis ser plenamente instruidos acerca de aquel comercio que tuvo lugar al principio, y acerca de la manera en que ocurrió, os explicaré el asunto.

    § 15

    15. Dijeron los jueces: No necesitamos inquirir acerca de la manera en que tuvo lugar aquel comercio primitivo hasta que primero se nos haya probado que existen dos principios naturales. Pues una vez que se haga claro que hay dos naturalezas ingénitas, entonces otras de tus afirmaciones podrán también obtener nuestro asentimiento, aun cuando algo en ellas no parezca acomodarse muy fácilmente a lo que es creíble. Porque, como nos ha sido encomendada la potestad de pronunciar juicio, declararemos aquello que se haga claro a nuestra mente. Podemos, sin embargo, conceder también a Arquelao la libertad de replicar a estas declaraciones tuyas, a fin de que, comparando lo dicho por cada uno de vosotros, podamos dar nuestra decisión conforme a la verdad. Dijo Arquelao: No obstante, la intención del adversario está henchida de grosera audacia y blasfemia. Dijo Manes: Oíd, oh jueces, lo que ha dicho del adversario. Admite, pues, que existen dos objetos. Dijo Arquelao: Me parece que este hombre está lleno de locura más que de prudencia, pues hoy quiere suscitar una controversia conmigo porque casualmente hablo del adversario. Pero esta objeción tuya puede deshacerse con pocas palabras, aun cuando hayas supuesto, por esta expresión mía, que yo admitiré que existen esas dos naturalezas. Te has presentado con una doctrina de lo más extravagante; porque ninguna de las afirmaciones que has hecho se sostiene. Pues es muy posible que uno que es adversario, no por naturaleza, sino por determinación, sea hecho amigo y deje de ser adversario; y así, cuando uno de nosotros haya llegado a aquietarse con el otro, parecerá que los dos somos, por así decirlo, uno y el mismo objeto. Esta consideración indica también que las criaturas racionales han sido dotadas de libre albedrío, en virtud del cual admiten también conversiones. Y por consiguiente no puede haber dos naturalezas ingénitas. ¿Qué dices, pues? ¿Son estas dos naturalezas inconvertibles? ¿O son convertibles? ¿O una de ellas se convierte? Manes, empero, se contuvo, porque no halló una réplica adecuada; pues ponderaba la conclusión que podría sacarse de cualquiera de las dos respuestas que pudiera dar, revolviendo el asunto en sus pensamientos de este modo: Si digo que son convertibles, él me saldrá al paso con aquella sentencia que está consignada en el Evangelio acerca de los árboles; pero si digo que no son convertibles, me pedirá necesariamente que explique la condición y la causa de su mezcla. Entre tanto, tras una breve pausa, Manes respondió: Son, en verdad, inconvertibles ambas en lo que atañe a los contrarios; pero son convertibles en cuanto a las propiedades. Dijo entonces Arquelao: Me parece que estás fuera de ti y olvidado de tus propias proposiciones; es más, ni siquiera pareces reconocer las potencias o cualidades de las mismas palabras que has estado aprendiendo. Pues no entiendes ni qué es la conversión, ni qué se entiende por ingénito, ni qué implica la dualidad, ni qué es lo pasado, ni lo presente, ni lo futuro, según he colegido de las opiniones a las que acabas de dar expresión. Pues has afirmado, en efecto, que cada una de estas dos naturalezas es inconvertible en cuanto a los contrarios, pero convertible en cuanto a las propiedades. Mas yo sostengo que quien se mueve en las propiedades no sale de sí mismo, sino que subsiste en esas mismas propiedades, en las cuales es siempre inconvertible; mientras que, en el caso de quien es susceptible de conversión, el efecto es que queda colocado fuera del ámbito de las propiedades, y entra dentro de la esfera de los accidentes.

    § 16

    16. Dijeron los jueces: La convertibilidad traslada a la persona a quien sobreviene a otra; como, por ejemplo, podríamos decir que si un judío se decidiera a hacerse cristiano, o, por otra parte, si un cristiano decidiera hacerse gentil, esto sería una especie de convertibilidad, y causa de la misma. Pero, de nuevo, si suponemos que un gentil se atiene a todas sus propias paganas propiedades, y ofrece sacrificios a sus dioses, y sirve a los templos como de costumbre, ciertamente no opinaríais que pueda decirse que se ha convertido, mientras siga aferrado a sus propiedades y persista en ellas. ¿Qué decís, pues? ¿Admiten o no la convertibilidad? Y como Manes vacilaba, Arquelao prosiguió así: Si, en efecto, dice que ambas naturalezas son convertibles, ¿qué nos impide pensar que son uno y el mismo objeto? Porque si son inconvertibles, entonces ciertamente en naturalezas igualmente inconvertibles e igualmente ingénitas no hay distinción, ni puede reconocerse a la una como buena o como mala. Pero si ambas son convertibles, entonces, en verdad, el posible resultado podrá ser tanto que el bien se haga malo como que el mal se haga bueno. Si, empero, éste es el posible resultado, ¿por qué no habríamos de hablar de uno solo como ingénito, lo cual sería una concepción más dignamente acorde con la cuenta de la verdad? Pues hemos de considerar cómo aquel malvado llegó a serlo al principio, o contra qué objetos ejerció su maldad antes de la formación del mundo. Cuando aún no habían aparecido los cielos, cuando la tierra no subsistía todavía, y cuando no había hombre ni animal, ¿contra quién puso en obra su maldad? ¿A quién oprimió injustamente? ¿A quién robó y mató? Mas si dices que apareció primero en su naturaleza mala ante sus propios allegados, entonces sin duda das la prueba de que procede de una naturaleza buena. Y si, de nuevo, todos éstos son también malos, ¿cómo puede entonces Satanás echar fuera a Satanás? Mas, reducido así a un dilema en este punto, puedes cambiar tu posición en el debate y decir que el bien padeció violencia del mal. Pero no por ello deja de ser peligroso para ti hacer semejante aseveración, en cuanto que afirma el vencimiento de la luz; pues lo que es vencido tiene cerca su destrucción. Porque ¿qué dice la palabra divina? «¿Quién puede entrar en la casa de un hombre fuerte y despojar sus bienes, si no es más fuerte que él?» Pero si alegas que él apareció primero en su naturaleza mala ante los hombres, y sólo desde entonces mostró abiertamente las marcas de su maldad, entonces se sigue que antes de ese tiempo era bueno, y que adoptó esta cualidad de conversión porque la creación del hombre se halló haber surgido como causa de su maldad. Mas, en suma, que nos diga qué entiende por mal, no sea que acaso esté defendiendo o estableciendo un mero nombre. Y si no es del nombre sino de la sustancia del mal de lo que habla, entonces que nos ponga delante los frutos de esta maldad e iniquidad, ya que la naturaleza de un árbol nunca puede ser conocida sino por su fruto.

    § 17

    17. Dijo Manes: Permítaseme primero por vuestra parte que hay una raíz ajena de maldad, que Dios no ha plantado, y entonces os diré sus frutos. Dijo Arquelao: La cuenta de la verdad no exige semejante cosa; y no te admitiré que haya raíz de un árbol malo semejante, cuyo fruto nadie ha probado jamás. Mas así como, cuando un hombre desea hacer una compra cualquiera, no entrega el dinero si antes no comprueba gustando el objeto si es de especie seca o húmeda, así no te admitiré que el árbol es malo y del todo corrompido, a menos que se presente primero la cualidad de su fruto; pues está escrito que «el árbol es conocido por sus frutos». Dinos, por tanto, oh Manes, qué fruto da ese árbol llamado malo, o de qué naturaleza es, y qué virtud tiene, para que también creamos contigo que la raíz de ese mismo árbol es del carácter que le atribuyes. Dijo Manes: La raíz, en verdad, es mala, y el árbol es sumamente corrompido, pero el aumento no proviene de Dios. Además, las fornicaciones, los adulterios, los homicidios, la avaricia y todas las malas obras son los frutos de esa raíz mala. Dijo Arquelao: Para que te creamos cuando dices que éstos son los frutos de esa raíz mala, danos a gustar de estas cosas; pues has proclamado que la sustancia de este árbol es ingénita, y que sus frutos son producidos conforme a su propia semejanza. Dijo Manes: La misma injusticia que subsiste en los hombres ofrece por sí la prueba, y en la avaricia también puedes gustar esa raíz mala. Dijo Arquelao: Bien, pues, como has planteado la cuestión, esas iniquidades que prevalecen entre los hombres son frutos de este árbol. Dijo Manes: Exactamente. Prosiguió Arquelao: Si éstos, pues, son los frutos, es decir, las malas obras de los hombres, se seguirá que los hombres mismos ocuparán el lugar de la raíz y del árbol; pues tú has declarado que ellos producen frutos de esta naturaleza. Dijo Manes: "Ésa es mi afirmación". Respondió Arquelao: No dices bien, "Ésa es mi afirmación"; pues ciertamente eso no puede ser tu afirmación; de lo contrario, cuando los hombres cesen de pecar, este árbol de maldad aparecerá sin fruto. Dijo Manes: Lo que dices es una imposibilidad; pues aunque uno u otro, o varios, dejaran de pecar, habría todavía otros que hicieran el mal. Dijo Arquelao: Si de todo es posible que uno u otro, o varios, como admites, no pequen, también es posible que todos hagan lo mismo; pues todos proceden de un mismo padre y son todos hombres de una misma masa. Y, para no seguir a mi gusto aquellas afirmaciones que tan confusamente has hecho a través de todos sus absurdos, concluiré su refutación con ciertos contraargumentos inconfundibles. ¿Alegas que los frutos de la raíz mala y del árbol malo son las obras de los hombres, es decir, fornicaciones, adulterios, perjurios, homicidios y otras cosas semejantes? Dijo Manes: Así lo digo. Dijo Arquelao: Bien, pues si sucediera que la raza de los hombres desapareciera de la faz de la tierra, de modo que ya no pudieran pecar, la sustancia de ese árbol perecería entonces, y no daría fruto jamás. Dijo Manes: ¿Y cuándo tendrá lugar eso de que hablas? Dijo Arquelao: Lo que está en el futuro no lo sé, pues no soy más que hombre; no obstante, no dejaré sin examinar esas palabras tuyas. ¿Qué dices de la raza de los hombres? ¿Es ingénita o es una producción? Dijo Manes: Es una producción. Dijo Arquelao: Si el hombre es una producción, ¿quién es el padre del adulterio y de la fornicación y de las otras cosas semejantes? ¿De quién es este fruto? Antes de que el hombre fuera hecho, ¿quién había que fuera fornicario, o adúltero, u homicida? Dijo Manes: Mas si el hombre está formado de la naturaleza mala, es manifiesto que es tal fruto, aunque pueda pecar, aunque pueda no pecar; por lo cual también el nombre y la raza de los hombres son de una vez por todas y absolutamente de este carácter, tanto si hacen lo justo como si hacen lo injusto. Dijo Arquelao: Bien, también podemos prestar atención a ese asunto. Si, como afirmas, el maligno mismo hizo al hombre, ¿por qué ejerce su malignidad sobre él?

    § 18

    18. Dijeron los jueces: Deseamos recibir de ti información sobre este punto, Maniqueo, a saber: ¿en qué sentido has afirmado que él es malo? ¿Quieres decir que lo ha sido desde el tiempo en que fueron hechos los hombres, o antes de ese período? Pues es necesario que des alguna prueba de su maldad desde el mismo tiempo desde el cual declaras que fue malo. Ten por cierto que la calidad de un vino no puede conocerse si antes no se gusta; y entiende que, de igual modo, todo árbol es conocido por su fruto. ¿Qué dices, pues? ¿Desde qué tiempo ha sido malo este personaje? Porque una explicación de este problema nos parece necesaria. Dijo Manes: Siempre lo ha sido. Dijo Arquelao: Bien, entonces mostraré también con esto, excelentísimos amigos y prudentísimos oyentes, que su afirmación de ningún modo es correcta. Pues el hierro, por ejemplo, no ha sido siempre cosa mala, sino sólo desde el período de la existencia del hombre, y desde que el arte de éste lo volvió malo aplicándolo a usos falsos; y todo pecado ha venido a existir desde el período del ser del hombre. Aun aquella gran serpiente misma no fue mala antes del hombre, sino sólo después del hombre, en quien mostró el fruto de su maldad, porque él mismo lo quiso. Si, pues, el padre de la maldad hace su aparición ante nosotros después de que el hombre ha venido a ser, según las Escrituras, ¿cómo puede ser ingénito quien ha sido así constituido malo con posterioridad al hombre, que es él mismo una producción? Mas, de nuevo, ¿por qué habría de mostrarse malo justamente desde el período en que, según tu suposición, creó él mismo al hombre? ¿Qué deseaba en él? Si todo el cuerpo del hombre era obra suya, ¿qué anhelaba ardientemente en él? Porque quien anhela ardientemente o desea, desea algo distinto y mejor. Si, en verdad, el hombre toma su origen de él en lo que respecta a la naturaleza mala, vemos cuán suyo era el hombre, como he mostrado con frecuencia. Pues si el hombre era suyo, él era también malo, al igual que sucede con nuestra comparación del árbol semejante y el fruto semejante; porque un árbol malo, como dices, produce fruto malo. Y viendo que todos eran malos, ¿qué deseaba, o en qué podía mostrar el principio de su maldad, si desde el tiempo de la formación del hombre el hombre era la causa de su maldad? Además, habiendo sido dada al hombre mismo la ley y el precepto, de ningún modo tenía el hombre poder para prestar obediencia a la serpiente y a las declaraciones que ella hacía; y si el hombre no le hubiera prestado entonces obediencia, ¿qué ocasión habría habido para que él fuera malo? Mas, de nuevo, si el mal es ingénito, ¿cómo sucede que se halle a veces que el hombre es más fuerte que él? Pues, obedeciendo la ley de Dios, a menudo vencerá toda raíz de maldad; y sería cosa ridícula que quien no es más que una producción resultara ser más fuerte que lo ingénito. Además, ¿de quién es esa ley con su mandamiento, ese mandamiento, quiero decir, que ha sido dado al hombre? Sin duda se reconocerá que es de Dios. ¿Y cómo, entonces, puede darse la ley a un extraño? ¿O quién puede dar su mandamiento a un enemigo? O, por hablar de quien recibe el mandamiento, ¿cómo puede contender contra el diablo? Es decir, en esta suposición, ¿cómo puede contender contra su propio creador, como si el hijo, siendo deudor a éste por sus bondades, optara por infligir injurias al padre? Así no haces sino señalar la inutilidad del hombre en este punto, si supones que contradice por la ley y el mandamiento a aquel que lo ha hecho, y que se esfuerza por sobreponerse a él. Sí, habremos de imaginar que el diablo mismo llegó a tal exceso de necedad que no percibió que, al hacer al hombre, se hacía un adversario para sí, y que ni consideró cuál podría ser su futuro, ni previó la consecuencia real de su acto; mientras que aun en nosotros, que no somos más que producciones, hay al menos algunos pequeños dones de conocimiento, una medida de prudencia y un grado moderado de consideración, que a veces es de naturaleza muy confiable. ¿Y cómo, entonces, podemos creer que en lo ingénito no haya alguna pequeña porción de prudencia, o de consideración, o de inteligencia? ¿O cómo podemos hacer la suposición contraria, según tu aserción, a saber, que se descubre que es de la más insensata comprensión y del corazón más torpe y, en suma, más bien semejante a las bestias en su constitución natural? Pero si el caso es así, de nuevo, ¿cómo es que el hombre, que posee un poder para nada insignificante en capacidad mental y conocimiento, pudo haber recibido su sustancia de aquel que es, entre todos los seres, el más ignorante y el más obtuso de entendimiento? ¿Cómo tendrá alguien la osadía de profesar que el hombre es obra de un autor de tal carácter? Mas, de nuevo, si el hombre consta de alma y de cuerpo, y no meramente de cuerpo sin alma, y si el uno no puede subsistir aparte del otro, ¿por qué afirmarás que estos dos son antagónicos y contrarios entre sí? Pues nuestro Señor Jesucristo, en verdad, me parece que habló de ellos en sus parábolas, cuando dijo: «Nadie pone vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen y el vino se derrama.» Mas el vino nuevo ha de ponerse en odres nuevos, pues hay ciertamente un solo y mismo Señor para el odre y para el vino. Porque aunque la sustancia pueda ser diferente, no obstante por estas dos sustancias, en sus debidas potencias y en la conservación de sus propias relaciones mutuas, subsiste la una persona del hombre. No decimos, en verdad, que el alma sea de una misma sustancia con el cuerpo, sino afirmamos que cada uno tiene sus propias cualidades características; y así como el odre y el vino se aplican en el símil a una misma raza y a una misma especie de hombres, así la cuenta de la verdad exige que concedamos que el hombre fue producido completo por el único Dios: porque el alma se regocija en el cuerpo, y lo ama y lo acaricia; y no menos se regocija el cuerpo de ser vivificado por el alma. Pero si, por otra parte, alguien sostiene que el cuerpo es obra del maligno, en cuanto es tan corruptible, y envejecido, y sin valor, se seguiría entonces que es incapaz de sustentar la virtud del espíritu o el movimiento del alma, y la más espléndida creación de la misma. Porque así como, cuando uno pone un pedazo de paño nuevo en un vestido viejo, la rotura se hace peor; así también el cuerpo perecería si se le asociara, en tales condiciones, a aquella producción brillantísima, el alma. O, para usar otra comparación: así como cuando un hombre lleva la luz de una lámpara a un lugar oscuro, la oscuridad es puesta en fuga al punto y no aparece; así debemos entender que, al introducirse el alma en el cuerpo, la oscuridad es desterrada en seguida, y se efectúa al punto una sola naturaleza, y se constituye un solo hombre en una sola especie. Y así, en conformidad con ello, se permitirá que el vino nuevo se ponga en odres nuevos, y que el pedazo de paño nuevo no se ponga en el vestido viejo. Mas de esto podemos mostrar que hay una unión de potencias en estas dos sustancias, es decir, en la del cuerpo y en la del alma; de cuya unión habla aquel máximo doctor en las Escrituras, Pablo, cuando nos dice: «Dios ha puesto los miembros, cada uno de ellos, en el cuerpo como le ha placido.»

    § 19

    19. Mas si te parece difícil entender esto, y no asientes a estas afirmaciones, puedo al menos procurar confirmarlas aduciendo ejemplos. Contempla al hombre como una especie de templo, según la semejanza de la Escritura: el espíritu que está en el hombre puede así compararse a la imagen que mora en el templo. Ahora bien, un templo no puede constituirse sin que primero se reconozca un ocupante para el templo; y, por otra parte, un ocupante no puede establecerse en el templo si la estructura no ha sido erigida. Ahora, dado que estos dos objetos, el ocupante y la estructura, son ambos consagrados juntamente, ¿cómo puede hallarse entre ellos antagonismo o contrariedad alguno, y cómo no aparecerá más bien que ambos han sido productos de sujetos que están en amistad y en un mismo sentir? Y para que sepas que esto es así, y que estos sujetos están verdaderamente unidos tanto en comunión como en linaje, El que conoce y oye todo ha dado esta respuesta, «Hagamos al hombre,» y lo demás. Pues el que construye el templo interroga al que forma la imagen, e inquiere con cuidado las medidas de magnitud, anchura y volumen, a fin de marcar el espacio de los cimientos conforme a esas dimensiones; y nadie se entrega a la vana tarea de edificar un templo sin haberse informado primero de la medida necesaria para la colocación de la imagen. De igual modo, pues, el modo y la medida del cuerpo son objeto de indagación, a fin de que el alma sea alojada en él convenientemente por Dios, el Artífice de todas las cosas. Mas si alguien dice que el que ha modelado el cuerpo es enemigo del Dios que es Creador de mi alma, entonces ¿cómo es que, mirándose con ojos hostiles, estas dos partes no han desacreditado la obra, haciendo que, o bien el que construye el templo lo haga de dimensiones tan estrechas que resulte incapaz de acomodar lo que se coloca dentro, o bien el que forma la imagen venga con algo tan macizo y pesado que, al ser introducido en el templo, el edificio se derrumbe al punto? Si no es así, entonces, con estas cosas, contemplémoslas a la luz de lo que sabemos que son los objetos e intenciones de los antagonistas. Mas si es justo que todo sea dispuesto con las mismas medidas y la misma equidad, y que sea mostrado con gloria semejante, ¿qué duda deberíamos albergar aún sobre este asunto? Añadimos, si te place, un ejemplo más. El hombre parece asemejarse a una nave que ha sido construida por el constructor y botada a lo profundo, la cual, sin embargo, es imposible de gobernar sin el timón, por el cual puede mantenerse bajo mando y ser vuelta en cualquier dirección que su piloto desee navegar. Además, que el timón y todo el cuerpo de la nave requieren el mismo artífice es cosa que no admite duda; pues sin el timón toda la estructura de la nave, ese cuerpo enorme, será una masa inerte. Y así, pues, decimos que el alma es el timón del cuerpo; que ambos, además, son regidos por aquella libertad de juicio y de sentimiento que poseemos, la cual corresponde al piloto; y que cuando estos dos son hechos uno por la unión, y poseen así una consonancia de función aplicable a toda clase de obras, cualesquiera que sean los productos de su propia operación, dan testimonio de que ambos tienen un solo y mismo autor y hacedor.

    § 20

    20. Al oír estos argumentos, las multitudes presentes se deleitaron sobremanera; tanto, en verdad, que casi pusieron las manos sobre Manes; y con dificultad Arquelao los contuvo, los hizo retroceder y los aquietó de nuevo. Dijeron los jueces: Arquelao nos ha dado prueba suficiente de que el cuerpo y el alma del hombre son obras de una sola mano; porque un objeto no puede subsistir en consonancia y unión propias como obra de una sola mano, si hay falta de armonía en el designio y el plan. Mas si se alega que uno solo no habría podido bastar para desarrollar ambos objetos, a saber, cuerpo y alma, esto es simplemente exhibir la incapacidad del artífice. Pues así, aunque se conceda que el alma es creación de una deidad buena, se hallará que no es sino una obra ociosa en lo que al hombre respecta, a menos que tome para sí también el cuerpo. Y si, a su vez, se tiene al cuerpo por formación de una deidad mala, la obra no será menos ociosa a menos que reciba el alma; y, en verdad, a menos que el alma esté en unión con el cuerpo por mezcla y debida introducción, de modo que los dos estén en mutuas conexiones, el hombre no existirá, ni podremos hablar de él. De ahí que seamos de opinión de que Arquelao ha probado con variedad de ejemplos que no hay sino uno y el mismo hacedor para todo el hombre. Dijo Arquelao: No dudo, Manes, que entiendas esto, a saber, que uno que es nacido y creado es llamado hijo del que lo engendra o crea. Pero si el maligno hizo al hombre, entonces debería ser su padre, según la naturaleza. ¿Y a quién, pues, se dirigió el Señor Jesús cuando en estos términos enseñó a los hombres a orar: «Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos;» y de nuevo, «¿Ora a tu Padre que está en secreto?» Mas fue de Satanás de quien habló cuando dijo que «lo veía caer del cielo como un rayo;» de modo que nadie ose decir que nos enseñó a orar a él. Y ciertamente Jesús no descendió del cielo con el propósito de juntar a los hombres y reconciliarlos con Satanás; antes, al contrario, lo entregó para ser quebrantado bajo los pies de sus fieles. Sin embargo, por mi parte, diría que aquellos gentiles son más bienaventurados que, en verdad, introducen una multitud de deidades, pero al menos las tienen a todas por de un mismo sentir y en amistad entre sí; mientras que este hombre, aunque introduce solamente dos dioses, no se ruboriza al postular enemistades y sentimientos discordantes entre ellos. Y, en verdad, si estos gentiles hubieran de introducir sus falsas deidades bajo condiciones de ese género, tendríamos en verdad en nuestro poder presenciar algo así como una contienda de gladiadores entre ellas, con sus innumerables naturalezas y sentimientos diversos.

    § 21

    21. Mas ahora, lo que me es necesario decir sobre el tema del hombre interior y exterior puede expresarse con las palabras del Salvador a aquellos que tragan un camello y visten el ropaje exterior del hipócrita, ceñidos de halagos y adulaciones. A ellos se dirige Jesús cuando dice: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, mas por dentro están llenos de inmundicia. ¿O no sabéis que el que hizo lo de fuera hizo también lo de dentro?» Ahora bien, ¿por qué habló del vaso y del plato? ¿Era acaso vidriero el que pronunció estas palabras, o alfarero que hacía vasos de barro? ¿No habló de manera manifiesta del cuerpo y del alma? Pues los fariseos en verdad atendían al «diezmo del anís y del comino, y dejaban lo más grave de la ley;» y mientras ponían gran cuidado en las cosas externas, pasaban por alto aquellas que concernían a la salvación del alma. Porque también tenían respeto a los «saludos en las plazas,» y «a los primeros asientos en los banquetes:» y a ellos el Señor Jesús, conociendo su perdición, les hizo esta declaración: que atendían solamente a lo de fuera, y despreciaban como cosas extrañas lo de dentro, y no entendían que el que hizo el cuerpo hizo también el alma. ¿Y quién hay tan insensible y torpe de entendimiento que no vea que estas palabras de nuestro Señor pueden bastarle para todos los casos? Además, en perfecta armonía con estas palabras habla Pablo cuando interpreta con el siguiente propósito ciertas cosas escritas en la ley: «No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes? ¿O lo dice enteramente por nosotros?» Mas ¿para qué gastar más tiempo en este asunto? No obstante añadiré unas pocas cosas de entre muchas que podrían ofrecerse. Supón ahora que hay dos principios ingénitos, y que determinamos para éstos lugares fijos: se sigue entonces que Dios está separado, si se supone que está dentro de un lugar determinado, y no difundido por todas partes; y en consecuencia será representado como muy inferior al lugar en el cual se entiende que está, pues el objeto que contiene es siempre mayor que el objeto contenido en él: y así se hace que Dios sea de aquella magnitud que corresponde con la magnitud del lugar en que está contenido, tal como sucede con un hombre en una casa. Luego, además, la razón pregunta quién es el que los ha dividido, o quién les ha señalado sus límites determinados; y así ambos resultarían decididamente inferiores al poder del hombre mismo. Pues Lisímaco y Alejandro tuvieron el imperio de todo el mundo, y pudieron someter a todas las naciones extranjeras y a todo el linaje de los hombres; de modo que durante aquel período no hubo otro en posesión del imperio bajo el cielo sino ellos mismos. ¿Y cómo tendrá nadie la osadía de decir que Dios, que es la luz verdadera que nunca sufre eclipse, y de quien es también el reino santo y sempiterno, no está presente en todas partes, como es el modo de este hombre depravadísimo que, en su impiedad, rehúsa atribuir al Dios omnipotente un poder siquiera igual al de los hombres?

    § 22

    22. Dijeron los jueces: Sabemos que una luz resplandece por toda la casa, y no en una sola parte de ella; como también Jesús da a entender cuando dice que «nadie que enciende una candela la pone debajo del almud, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa.» Si, pues, Dios es una luz, necesariamente esa luz (si ha de creerse a Jesús) resplandecerá sobre todo el mundo, y no meramente sobre algunas porciones de él. Y si, entonces, esa luz posee todo el mundo, ¿dónde puede haber ya tinieblas ingénitas? ¿O cómo puede entenderse que existan tinieblas en absoluto, a no ser que sean algo simplemente accidental? Dijo Arquelao: Por cuanto, en verdad, la palabra del Evangelio es entendida mucho mejor por vosotros que por ese que se presenta a sí mismo como el Paráclito —aunque yo podría llamarlo más bien parásito que Paráclito—, os diré cómo ha sucedido que haya tinieblas. Cuando la luz se hubo difundido por todas partes, Dios comenzó a constituir el universo, y dio comienzo con el cielo y la tierra; en cuyo proceso apareció este resultado, a saber, que el centro, que es la región de la tierra cubierta de sombra, a consecuencia de la interposición de las criaturas que fueron llamadas a la existencia, se halló oscuro, de tal suerte que las circunstancias requirieron que se introdujera la luz en aquel lugar, que estaba situado así en el medio. De ahí que en el Génesis, donde Moisés da cuenta de la construcción del mundo, no hace mención de las tinieblas ni como hechas ni como no hechas. Mas guarda silencio sobre ese asunto, y deja que su explicación sea descubierta por aquellos que sean capaces de prestarle la atención debida. Ni es, por cierto, tarea muy ardua y difícil. Pues ¿a quién no puede hacérsele claro que este nuestro sol es visible cuando ha salido por el oriente y ha seguido su curso hacia el occidente, pero que cuando ha pasado debajo de la tierra y ha sido llevado más adentro de aquella formación que entre los griegos se llama la esfera, entonces cesa de aparecer, quedando cubierto de tinieblas a consecuencia de la interposición de los cuerpos? Cuando queda así cubierto, y cuando el cuerpo de la tierra se le opone, se sobrepone una sombra, que produce de sí las tinieblas; y continúa así hasta que de nuevo, después de haber recorrido en la noche el curso del espacio inferior, rueda hacia el oriente, y se le ve salir una vez más por sus asientos acostumbrados. Así, pues, la causa de la sombra y de la noche se descubre en la solidez del cuerpo de la tierra —cosa, en verdad, que un hombre puede entender por el hecho de la sombra que proyecta su propio cuerpo—. Pues antes de que aparecieran el cielo y la tierra y todas aquellas criaturas corpóreas, la luz permanecía siempre constante, sin mengua ni eclipse, porque no existía cuerpo alguno que pudiera producir sombra por su oposición o intervención; y, en consecuencia, hay que decir que en ninguna parte había entonces tinieblas, y en ninguna parte noche. Pues si, para poner un ejemplo, pluguiera a Aquel que tiene el poder de todas las cosas suprimir la región que se extiende hacia occidente, entonces, como el sol no dirigiría su curso hacia aquella región, en ningún lugar surgiría ni tarde ni oscuridad, sino que el sol estaría siempre en su curso y nunca se pondría, sino que casi siempre ocuparía el centro del cielo y nunca cesaría de aparecer; y con esto todo el mundo sería iluminado con luz clarísima, en virtud de lo cual ninguna parte sufriría oscurecimiento, sino que el poder igual de una sola luz permanecería en todas partes. Mas, por otra parte, mientras la región occidental mantiene su posición y el sol ejecuta su curso en tres partes del mundo, entonces los que están bajo el sol se verán iluminados más intensamente; de modo que casi podría decir que, mientras los pueblos que pertenecen a la región diversa duermen todavía, aquéllos primeros están en posesión del comienzo del día. Mas así como aquellos orientales tienen la luz saliendo para ellos antes que los pueblos que viven en occidente, así también la tienen más pronto oscurecida, y sólo los que están asentados en el medio del globo ven siempre una igualdad de luz. Pues cuando el sol ocupa el medio de los cielos, no hay lugar que pueda aparecer más brillante o más oscuro (que otro), sino que todas las partes del mundo son iluminadas igual e imparcialmente por el resplandor del sol. Si, pues, como hemos dicho arriba, aquella porción de la región occidental fuera suprimida, la parte adyacente a ella ya no sufriría más oscurecimiento. Y estas cosas podría ciertamente exponerlas de modo algo más sencillo, como también podría describir el círculo zodiacal; pero no he pensado en examinar estas materias por ahora. Nada diré, por tanto, de ellas, sino que volveré a aquella objeción capital aducida por mi adversario, al afirmar tan empeñosamente que las tinieblas son ingénitas; posición que, con todo, ya ha sido refutada, en cuanto hubiera podido serlo por nosotros.

    § 23

    23. Dijeron los jueces: Si consideramos que la luz existía antes de que se introdujera el estado de las criaturas, y que no había objeto en posición opuesta que pudiera generar sombra, se sigue necesariamente que la luz estaba entonces difundida por todas partes y que todos los lugares eran iluminados con su resplandor, como se ha mostrado por lo que acabas de exponer; y como percibimos que la verdadera explicación se da en eso, otorgamos la palma a las afirmaciones de Arquelao. Pues si el universo está claramente dividido, como si se hubiera trazado un muro a través de su centro, y si de un lado mora la luz y del otro las tinieblas, debe entenderse, sin embargo, que estas tinieblas han sido producidas accidentalmente por la sombra generada a consecuencia de los objetos que han sido puestos en el mundo; y de aquí, a su vez, debemos preguntar quién es el que ha construido este muro entre las dos divisiones, si en verdad admites la existencia de tal construcción, oh Maniqueo. Mas si hemos de considerar este asunto bajo el supuesto de que no se ha construido tal muro, entonces se entiende de nuevo que el universo forma una sola localidad, sin excepción, y está puesto bajo un solo poder; y si es así, entonces las tinieblas en modo alguno pueden tener naturaleza ingénita. Dijo Arquelao: Que explique también el siguiente asunto con miras a lo que se ha propuesto. Si Dios está sentado en su reino, y si el maligno asimismo está sentado en su reino, ¿quién puede haber construido el muro entre ellos? Porque ningún objeto puede dividir dos sustancias sino uno que sea mayor que cada una de ellas, como se dice en el libro del Génesis, que «Dios separó la luz de las tinieblas.» Por consiguiente, el constructor de este muro debe ser también alguien de una capacidad semejante: pues el muro marca los límites de estas dos partes, tal como entre gentes que habitan en parajes rurales se suele tomar una piedra para señalar la porción de cada parte; costumbre que, con todo, ofrecería una mejor comprensión del caso si tomáramos la división referida especialmente al señalamiento de una herencia que recae en hermanos. Mas por ahora no he de hablar de asuntos como éstos, por esenciales que parezcan. Pues lo que buscamos es una respuesta a la pregunta: ¿quién puede haber construido el muro requerido para designar los límites del reino de cada uno de esos dos? Ninguna respuesta se ha dado. No vacile este pérfido, sino reconozca ahora que la sustancia de su dualidad ha sido reducida de nuevo a una unidad. Mencione a alguien que pueda haber construido aquel muro intermedio. ¿En qué pudo haberse ocupado una de estas dos partes cuando la otra construía? ¿Estaba dormida? ¿O ignoraba el hecho? ¿O no pudo resistir el intento? ¿O fue comprada con un precio? Dinos en qué se ocupaba, o dinos quién en todo el universo fue la persona que levantó la construcción. Apelo a vosotros, oh jueces, a quienes Dios nos ha enviado con la más plena plenitud de inteligencia; juzgad cuál de estos dos pudo haber erigido la estructura, o qué pudo estar haciendo el uno todo el tiempo en que el otro se ocupaba en la edificación.

    § 24

    24. Dijeron los jueces: Dinos, oh Manes, quién designó los límites del reino de cada uno, y quién hizo el muro intermedio. Pues Arquelao ruega que se conceda la debida importancia a la práctica del interrogatorio en esta discusión. Dijo Manes: El Dios que es bueno, y que nada tiene en común con el mal, puso el firmamento en medio, para hacer patente que el maligno es un extraño para Él. Dijo Arquelao: ¡Cuán temerosamente desmientes la dignidad de ese nombre! Lo llamas Dios, en verdad, pero solo de nombre, y haces que su divinidad se asemeje a las flaquezas del hombre. En un momento, de lo no existente, y en otro, de la materia subyacente, que así existía antes que Él mismo, afirmas que construyó la estructura, como suelen hacer los constructores entre los hombres. A veces también hablas de Él como aprensivo, y a veces como mudable. Mas es propio de Dios hacer lo que corresponde a Dios, y es propio del hombre hacer lo que corresponde al hombre. Si, pues, Dios, como dices, ha construido un muro, este es un Dios que se señala a sí mismo como aprensivo y como desprovisto de fortaleza. Pues sabemos que siempre sucede que quienes sospechan de la preparación de peligros secretos contra ellos por parte de extraños, y que temen las asechanzas de enemigos, acostumbran rodear de muros sus ciudades, con lo cual a la vez se aseguran en su ignorancia y muestran su escasa capacidad. Mas también aquí tenemos algo que no debe ser pasado por alto por nosotros en silencio, sino más bien traído prominentemente a primer plano; de modo que aun por la gran abundancia de nuestras declaraciones sobre el asunto, la múltiple astucia de nuestro adversario sea reducida a la nada, con la ayuda de la verdad de nuestra parte. Podemos conceder, pues, que la estructura del muro ha sido hecha con el propósito de servir para distinguir entre los dos reinos; pues sin esta división única es imposible que ninguno de ellos tenga su propio reino propio. Mas concediendo esto, se sigue además que de la misma manera será también imposible que el maligno pase sin sus propios límites propios e invada los territorios del buen Rey, en tanto el muro permanece allí como obstáculo, a menos que por casualidad sea primero derribado, pues hemos oído que tales cosas han sido hechas por enemigos, y en verdad con nuestros propios ojos hemos visto hace muy poco una hazaña de esa naturaleza llevada a cabo con éxito. Y cuando un rey ataca una ciudadela rodeada de un fuerte muro, usa primero la balista y los proyectiles; luego se esfuerza por cortar las puertas con hachas, y por demoler los muros con los arietes; y cuando al fin obtiene entrada, y gana posesión del lugar, hace lo que le place, sea su placer llevarse a los ciudadanos en cautiverio, o hacer una destrucción completa de la fortaleza y de su contenido, o bien, por el contrario, sea su voluntad conceder indulgencia a la fortaleza capturada ante la humilde súplica de los vencidos. ¿Qué dice, pues, mi antagonista aquí presente a esta analogía? ¿Acaso ningún adversario sustancialmente — lo que es tanto como decir, deliberadamente — derribó el baluarte levantado entre los dos? Pues en sus afirmaciones anteriores ha aseverado que las tinieblas pasaron sin sus propios límites, y sobrevinieron sobre el reino del buen Dios. ¿Quién, pues, derribó aquel baluarte antes de que el uno pudiera así pasar al otro? Pues era imposible que el maligno hallara entrada alguna mientras el baluarte estuviera en pie. ¿Por qué callas? ¿Por qué titubeas, Maniqueo? Mas, aunque te retraigas, yo proseguiré con la tarea por mi propia voluntad. Pues si suponemos que dices que Dios lo destruyó, entonces he de preguntar qué lo movió de esta manera a demoler lo mismo que Él mismo había construido previamente a causa de la importunidad del maligno, y con el propósito de preservar la separación entre ellos. ¿En qué arrebato de pasión, o bajo qué sentimiento de injuria, se puso así a contender contra sí mismo? ¿O fue que codició algunas de las posesiones del maligno? Mas si ninguna de estas cosas formó la verdadera causa que condujo a Dios a destruir aquellas mismas cosas que Él había construido mucho tiempo antes con miras a enajenar y separar de Él al maligno, entonces ha de considerarse que no es cosa de asombro si Dios también se hubiera deleitado con su compañía; pues, según tu suposición, el baluarte que había sido levantado con el propósito de asegurar a Dios contra las molestias de aquel, parecerá haber sido removido precisamente porque ahora éste ya no ha de ser considerado como enemigo, sino como amigo. Y, por otra parte, si afirmas que el muro fue destruido por el maligno, dinos entonces cómo puede ser posible que las obras del buen Dios sean dominadas por el maligno. Pues si eso es posible, la naturaleza mala quedará probada como más fuerte que Dios. Además, ¿cómo puede aquel ser, viendo que es pura y total tiniebla, sorprender a la luz y aprehenderla, cuando el evangelista nos da el testimonio de que «la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron?» ¿Cómo se arma este ciego? ¿Cómo pelean las tinieblas contra el reino de la luz? Pues así como las criaturas de Dios aquí no pueden recibir los rayos del sol con ojo indemne, así tampoco puede aquel ser soportar la clara visión del reino de la luz, sino que permanece para siempre extraño a él, y extranjero.

    § 25

    25. Dijo Manes: No todos reciben la palabra de Dios, sino solo aquellos a quienes es dado conocer los misterios del reino de los cielos. Y aun ahora yo sé quiénes son los nuestros; pues «mis ovejas», dice, «oyen mi voz.» Por causa de aquellos que nos pertenecen, y a quienes es dada la comprensión de la verdad, hablaré en símiles. El maligno es como un león que procuraba robar sobre el rebaño del buen pastor; y cuando el pastor vio esto, cavó un enorme hoyo, y tomó un cabrito del rebaño y lo arrojó al hoyo. Entonces el león, hambriento por alcanzarlo, y reventando de pasión por devorarlo, corrió al hoyo y cayó en él, y no halló fuerza suficiente para sacarse de nuevo. Y entonces el pastor lo apresó y lo encerró cuidadosamente en una cueva, y al mismo tiempo aseguró la seguridad del cabrito que había estado con él en el hoyo. Y es de esta manera como el maligno ha sido debilitado — el león, por así decir, ya no posee capacidad para hacer nada injurioso; y así todo el linaje de las almas será salvo, y lo que una vez pereció será restaurado todavía a su propio rebaño. Dijo Arquelao: Si comparas al maligno con el león, y a Dios con el verdadero pastor, dinos, ¿a qué asemejaremos a las ovejas y al cabrito? Dijo Manes: La oveja y el cabrito me parecen ser de una misma naturaleza: y son tomados como figuras de las almas. Dijo Arquelao: Bien, pues, Dios entregó un alma a la perdición cuando la puso delante del león en el hoyo. Dijo Manes: De ningún modo; lejos de eso. Mas fue movido por una disposición particular, y en el futuro salvará a aquella otra, el alma. Dijo Arquelao: Ahora, ciertamente sería un proceder absurdo, oyentes míos, si un pastor que temía la incursión de un león expusiera a la furia devoradora de la bestia a un cordero que solía llevar en su seno, y si luego se dijera que pretendía salvar a la criatura más adelante. ¿No es esto en sumo grado ridículo? Sí, no hay especie alguna de sentido en esto. Pues en la suposición implícita en tu símil Dios entregó así a Satanás un alma para que la apresara y arruinara. Mas ¿cuándo hizo jamás el pastor cosa semejante? ¿No libró David una oveja de la boca de un león o de un oso? Y mencionamos esto a causa de la expresión, de la boca del león; pues, según tu teoría, esto implicaría que el pastor puede sacar de la boca del león, o del vientre del mismo, el objeto mismo que éste ha devorado. Mas quizá responderás a esto que es de Dios de quien hablamos, y que Él puede hacer todas las cosas. Escucha, sin embargo, lo que tengo que decir a eso: ¿Por qué, pues, no afirmas más bien su capacidad real, y aseguras simplemente su habilidad para vencer al león en su propia fuerza, o con el puro poder de Dios, y sin la ayuda de especie alguna de artimañas, o entregando un cabrito o un cordero a un hoyo? Dime también esto: si se supusiera que el león viniera sobre el pastor en un momento en que no tiene ovejas, ¿cuál sería la consecuencia? Pues el que aquí es llamado el pastor se supone innascible, y el que aquí es el león también es innascible. Por lo cual, cuando el hombre aún no existía — en otras palabras, antes de que el pastor tuviera un rebaño — si el león hubiera venido entonces sobre el pastor, ¿qué habría seguido, viendo que no podía haber habido nada para que el león comiera antes de que el cabrito existiera? Dijo Manes: El león ciertamente no tenía nada que devorar, mas aun así ejercía su maldad sobre lo que podía hallar mientras corría por las cumbres de las montañas; y si en algún momento la comida le era cosa de necesidad, apresaba algunas de las bestias que estaban bajo su propio reino. Dijo Arquelao: ¿Son, pues, estos dos objetos de una misma sustancia — las bestias que están bajo el reino del maligno, y los cabritos que están en el reino del buen Dios? Dijo Manes: Lejos de eso; en absoluto: nada tienen en común ni entre sí ni entre las propiedades que atañen a cada uno por separado. Dijo Arquelao: No hay sino un solo y el mismo uso de la comida en el comer del león. Y aunque a veces obtenía esa comida de las bestias pertenecientes a sí mismo, y a veces de las pertenecientes al buen Dios, no hay diferencia alguna entre ellas en lo que respecta a las carnes proveídas; y de esto es manifiesto que aquellas son de una sola sustancia. Por otra parte, si decimos que hay gran diferencia entre las dos, no hacemos sino atribuir ignorancia al pastor, en cuanto que no presentó ni puso delante del león comida adaptada a su uso, sino más bien carnes ajenas. O acaso de nuevo, en tu deseo de disimular tu verdadera posición, me dirás que el león no comió nada. Bien, suponiendo que así sea, ¿desafió entonces Dios de esta manera a aquel ser a devorar un alma mientras no sabía cómo devorar nada? ¿Y no fue el hoyo lo único que Dios procuró emplear con miras a engañarlo? — si en verdad es digno de Dios hacer esa clase de cosa, o tramar planes engañosos. Y eso sería actuar como un rey que, cuando se le hace la guerra, no pone confianza alguna en su propia fuerza, sino que queda paralizado con los temores de su propia flaqueza, y se encierra dentro de los muros de su ciudad, y levanta a su alrededor una muralla y otras fortificaciones, y las equipa todas, y no confía nada a su propia mano y destreza; mientras que, si es un hombre valiente, el rey así situado marchará gran distancia desde sus propios territorios para encontrar allí al enemigo, y hará todo esfuerzo posible hasta que venza y ponga a su adversario en su poder.

    § 26

    26. Dijeron los jueces: Si alegas que el pastor expuso el cabrito o el cordero al león, cuando el dicho león meditaba un asalto sobre el innascible, el caso está cerrado. Pues viendo que el pastor de los cabritos y corderos está probado estar en falta para con ellos, ¿sobre qué criatura puede pronunciar juicio, si sucede que el cordero que ha sido entregado por la flaqueza del pastor ha resultado incapaz de resistir al león, y si la consecuencia es que el cordero ha tenido que hacer lo que ha sido del placer del león? O, por tomar otro ejemplo, sería justo como si un amo echara fuera de su casa, o entregara en terror a su adversario, a uno de sus esclavos, a quien no puede después recuperar por su propia fuerza. O suponiendo que por casualidad sucediera que el esclavo fuera recuperado, ¿sobre qué fundamento razonable podría el amo infligirle el tormento, si resultara que el hombre cedió obediencia a todo lo que el enemigo le impuso, viendo que fue el amo mismo quien lo entregó al enemigo, así como el cabrito fue entregado al león? Afirmas, además, que el pastor entendió todo el caso de antemano. Ciertamente, pues, el cordero, cuando esté bajo el látigo, e interrogado por el pastor en cuanto a la razón por la cual se había sometido al león en estas cosas, daría alguna respuesta como esta: «Tú mismo me entregaste al león, y no le ofreciste resistencia alguna, aunque sabías y preveías cuál sería mi suerte, cuando era necesario para mí rendirme a sus mandamientos.» Y, para no dilatarnos más largamente en esto, podemos decir que por tal ilustración ni se muestra a Dios como pastor perfecto, ni se muestra que el león haya probado carnes ajenas; y en consecuencia, bajo la instrucción de la verdad misma, ha quedado claro que debemos dar la palma a los razonamientos aducidos por Arquelao. Dijo Arquelao: Considerando que, en todos los puntos que hemos discutido hasta ahora, la reflexión de los jueces nos ha asignado el más amplio campo, bien será que pasemos por alto otros asuntos en silencio, y los reservemos para otro momento. Pues así como, si una persona aplasta una vez la cabeza de una serpiente, no necesitará cortar ninguno de los otros miembros de su cuerpo; así, si una vez despachamos esta cuestión de la dualidad, como nos hemos esforzado por hacerlo lo mejor de nuestra capacidad, otros asuntos que han sido sostenidos en conexión con ella pueden considerarse destruidos junto con ella. Sin embargo, me dirigiré todavía, al menos en unas pocas frases, al asertor de estas opiniones mismo, que está ahora en nuestra presencia; de modo que pueda entenderse plenamente por todos quién es, y de dónde viene, y qué clase de persona demuestra ser. Pues ha declarado que es aquel Paráclito que Jesús en su partida prometió enviar al linaje de los hombres para la salvación de las almas de los fieles; y hace esta profesión como si fuera en cierto modo superior aun a Pablo, que fue un vaso elegido y un apóstol llamado, y que por ese motivo, mientras predicaba la verdadera doctrina, dijo: «¿O buscáis una prueba de aquel Cristo que habla en mí?» Lo que tengo que decir, sin embargo, puede hacerse más claro por una ilustración como la siguiente: — Un cierto hombre reunió en su granero una cantidad muy grande de grano, de modo que el lugar quedó perfectamente lleno. Este lugar lo cerró y selló de manera enteramente satisfactoria, y dio órdenes de mantener una vigilancia cuidadosa sobre él. Y el amo mismo partió entonces. Sin embargo, después de un lapso prolongado de tiempo, otra persona vino al granero, y afirmó que había sido despachado por el individuo que había cerrado y sellado el lugar, con una comisión también para recoger y depositar una cantidad de trigo en el mismo. Y cuando los guardianes del granero lo vieron, le exigieron sus credenciales, en la producción del sello, para asegurarse de su libertad de abrirle el granero y prestarle obediencia como a uno enviado por la persona que había sellado el lugar. Y cuando no pudo ni exhibir las llaves ni producir las credenciales del sello, pues en verdad no tenía derecho, fue expulsado por los guardianes, y compelido a huir. Pues en lugar de ser lo que profesaba ser, fue detectado como ladrón y salteador por ellos, y fue convicto y descubierto por la circunstancia de que, aunque, al parecer, se le había ocurrido hacer su aparición mucho tiempo después del período que había sido determinado de antemano, no pudo sin embargo producir ni llaves, ni sello, ni señal alguna a los guardianes, ni mostrar conocimiento alguno de la cantidad de grano que estaba almacenada: todas las cuales cosas eran pruebas tan inconfundibles de que no había sido enviado por el dueño legítimo; y en consecuencia, como era de esperar, le fue prohibida la entrada por los guardianes.

    Tercera parte (§ 27–38): la ley, el diablo y los falsos apóstoles

    § 27

    27. Podemos dar aun otra ilustración, si te parece bien. Cierto varón, cabeza de una casa y poseedor de grandes riquezas, resolvió viajar fuera por un tiempo, y prometió a sus hijos que les enviaría a alguien que tomara su lugar y repartiera entre ellos por igual la hacienda que les correspondía. Y, en verdad, no mucho después les despachó a un varón digno de confianza, justo y veraz. A su llegada, este hombre se hizo cargo de toda la hacienda, y ante todo se esforzó por ordenarla y administrarla, dándose gran trabajo en los viajes, y aun trabajando diligentemente con sus propias manos, y afanándose como un siervo por el bien de la heredad. Después, sintiendo que su fin se acercaba, el hombre redactó un testamento, dejando la herencia a los parientes y a todos los allegados; les dio sus sellos, los llamó uno por uno por su nombre y les encargó conservar la herencia, cuidar de la hacienda y administrarla rectamente, así como la habían recibido, y aprovecharse de sus bienes y frutos, pues quedaban ellos mismos como sus dueños y herederos. Si, además, alguna persona pedía que se le permitiera beneficiarse de los frutos de aquel campo, debían mostrarse indulgentes con ella. Mas si, por el contrario, alguno se declaraba partícipe de la herencia con ellos y hacía sus demandas sobre ese fundamento, debían apartarse de él y declararlo extraño; y además, debían considerar que quien deseaba ser recibido entre ellos debía por eso mismo trabajar tanto más. Pues bien, concedido que todas estas cosas han sido bien y rectamente dispuestas y asentadas, y que han continuado en esa condición por muy largo tiempo, ¿cómo habremos de tratar a quien se presenta casi trescientos años después y reclama su derecho a la herencia? ¿No lo desecharemos de entre nosotros? ¿No declararemos con justicia que tal hombre es un extraño — uno que no puede probar que haya pertenecido a aquellos allegados a nuestro Maestro, que nunca estuvo con nuestro difunto Señor en la hora de su enfermedad, que nunca anduvo en el cortejo fúnebre del Crucificado, que nunca estuvo junto al sepulcro, que no tiene conocimiento alguno del modo ni del carácter de su partida, y que, en fin, ahora desea tener acceso al granero sin presentar señal alguna de quien lo dejó bajo llave y sello? ¿No lo arrojaremos de nosotros como a un salteador y ladrón, y lo echaremos de nuestro número por todos los medios posibles? Pues bien, este hombre está ahora en nuestra presencia, y no produce ninguna de las credenciales que hemos resumido en lo ya dicho, y declara que él es el Paráclito cuya misión fue presignificada por Jesús. Y con esta afirmación, en su ignorancia acaso, hará mentiroso al propio Jesús; pues Aquel que una vez dijo que enviaría al Paráclito no mucho tiempo después, resultará, según eso, no haberlo enviado sino a esta persona, si aceptamos el testimonio que él da de sí mismo, después de un intervalo de trescientos años y más. En el día del juicio, pues, ¿qué dirán a Jesús los que han partido de esta vida desde aquel tiempo hasta el período presente? ¿No saldrán a su encuentro con palabras como éstas: «No nos castigues con rigor si no hemos hecho tus obras. Porque ¿por qué, cuando prometiste enviar al Paráclito bajo Tiberio César, para convencernos de pecado y de justicia, lo enviaste sólo bajo Probo, emperador romano, y nos dejaste huérfanos, no obstante que dijiste: "No os dejaré huérfanos", y después de habernos asegurado también que enviarías al Paráclito luego de tu partida? ¿Qué podíamos hacer nosotros, huérfanos, sin guardián alguno? No hemos cometido falta; tú eres quien nos ha engañado.» Pero lejos esté tal suposición en el caso de nuestro Señor Jesucristo, el Salvador de toda alma. Porque Él no se limitó a meras promesas; mas cuando hubo dicho una vez: «Voy a mi Padre, y os envío el Paráclito», al punto lo envió, repartiendo e impartiendo el mismo a sus discípulos — otorgándolo, sin embargo, con mayor plenitud sobre Pablo.

    § 28

    28. Dijo Manes: Has caído en la misma acusación que tú presentas. Porque has estado hablando ahora contra ti mismo, y no has percibido que, al intentar echarme reproches, incurres en falta mayor. Dime esto ahora, te ruego: si, como alegas, los que han muerto desde el tiempo de Tiberio hasta los días de Probo han de decir a Jesús: «No nos juzgues si no hemos hecho tus obras, porque no nos enviaste el Paráclito, aunque prometiste enviarlo», ¿no usarán mucho más tal razonamiento los que han partido de esta vida desde el tiempo de Moisés hasta el advenimiento de Cristo mismo? ¿Y no se expresarán con mayor derecho aun en términos como éstos: «No nos entregues a los tormentos, puesto que no se nos impartió conocimiento alguno de ti?» ¿Y acaso sólo los que han muerto hasta ahora antes de su advenimiento podrán presentar tal cargo con derecho? ¿No harán lo mismo también los que han fallecido desde el tiempo de Adán hasta el advenimiento de Cristo? Porque ninguno de éstos obtuvo conocimiento alguno del Paráclito, ni recibió instrucción en la doctrina de Jesús. Y así sólo esta última generación de hombres, la que ha corrido su curso desde Tiberio en adelante, según tú lo presentas, ha de salvarse: pues es Cristo mismo quien «los ha redimido de la maldición de la ley»; como también Pablo ha dado estos otros testimonios: que «la letra mata y a nadie vivifica», que «la ley es el ministerio de muerte», y que es «la fuerza del pecado». Dijo Arquelao: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. Porque muchos han perecido también después del período del advenimiento de Cristo hasta este período presente, y muchos siguen pereciendo — aquellos, a saber, que no han querido entregarse a las obras de justicia; mientras que sólo los que lo han recibido, y aun lo reciben, «han recibido poder de ser hechos hijos de Dios». Porque el evangelista no ha dicho que todos han recibido ese poder; ni, por otra parte, ha puesto límite alguno al tiempo. Mas su expresión es ésta: «A todos los que le recibieron». Además, desde la creación del mundo Él ha estado siempre con los hombres justos, y no ha cesado de requerir su sangre de manos de los impíos, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías. ¿Y de dónde, pues, sacaron el justo Abel y todos aquellos varones dignos que le sucedieron, los que están inscritos entre los justos, su justicia, cuando aún no había ley de Moisés, y cuando aún no habían surgido los profetas ni ejercido las funciones de la profecía? ¿No fueron constituidos justos en virtud de que cumplieron la ley, «mostrando cada uno de ellos la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio también su conciencia?» Porque cuando un hombre «que no tiene ley hace por naturaleza las cosas de la ley, ése, no teniendo ley, es ley para sí mismo». Y considera ahora la multitud de leyes que existieron así entre los varios hombres justos que vivieron una vida de rectitud: descubriendo a veces por sí mismos la ley de Dios implantada en sus corazones, aprendiéndola otras veces de sus padres, y siendo instruidos en ella además por los ancianos y los mayores. Mas por cuanto eran pocos los capaces de elevarse por este medio a la altura de la justicia, es decir, mediante las tradiciones de los padres, cuando aún no había ley plasmada en escritura, Dios tuvo compasión del linaje de los hombres, y se complació en dar por medio de Moisés una ley escrita a los hombres, puesto que en verdad la equidad de la ley natural no alcanzaba a retenerse en toda su perfección en sus corazones. En consonancia, por tanto, con la primera creación del hombre, se preparó una legislación escrita, dada por medio de Moisés para la salvación de muchísimos. Pues si consideramos que el hombre es justificado sin las obras de la ley, y si Abraham fue contado por justo, ¿cuánto más alcanzarán la justicia los que han cumplido la ley que contiene las cosas provechosas para los hombres? Y ya que has hecho mención sólo de tres pasajes de la Escritura, en cuyos términos el apóstol ha declarado que «la ley es un ministerio de muerte», y que «Cristo nos ha redimido de la maldición de la ley», y que «la ley es la fuerza del pecado», puedes aducir ahora otros de tenor semejante, y presentar cuantos pasajes te parezca que están escritos contra la ley, hasta el grado que quieras.
    Comentario editorial · ¿Cuándo fue la disputa? Probo, Epifanio y la muerte de Mani
    Los § 27–28 sitúan la disputa «bajo Probo», emperador de 276 a 282 (Wikipedia). Salmond la fecha a fines de 277 o comienzos de 278 (Zaccagni: entre julio y diciembre de 277), apoyándose en Cirilo, en el Cronicón de Eusebio y en León Magno, y rechaza la fecha de Epifanio en Sobre pesas y medidas (año noveno de Valeriano y Galieno, hacia 262). Su nota cita «el capítulo 37»; Probo aparece en los § 27–28. Wikipedia da la muerte de Mani en 274 o el 26 de febrero de 277, así que un debate en la segunda mitad de 277 sería posterior a su muerte en cualquiera de las dos fechas.

    § 29

    29. Dijo Manes: ¿No es acaso del mismo efecto aquella palabra que Jesús habló a los discípulos, cuando demostraba que aquellos hombres eran incrédulos: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer?» Con esto quiere decir, en verdad, que cuanto el príncipe malvado de este mundo deseó, y cuanto codició, lo puso por escrito por medio de Moisés, y por ese medio lo dio a los hombres para que lo hicieran. Porque «él fue homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de lo suyo habla: porque es mentiroso, y padre de la mentira». Dijo Arquelao: ¿Te das por satisfecho con lo que ya has alegado, o tienes otras afirmaciones que hacer? Dijo Manes: Tengo, en verdad, muchas cosas que decir, y cosas de mayor peso aun que éstas. Mas con éstas me contentaré. Dijo Arquelao: De todas maneras. Elijamos ahora algún ejemplo de entre las afirmaciones que alegas en tu favor; de modo que si éstas se hallan una vez bien tratadas, las otras cuestiones se tengan también por resueltas con ellas; y si el caso sale de otro modo, yo quedaré bajo la condenación de los jueces, es decir, tendré que soportar la vergüenza de la derrota. Dices, pues, que la ley es un ministerio de muerte, y admites que «la muerte, el príncipe de este mundo, reinó desde Adán hasta Moisés»; porque la palabra de la Escritura es ésta: «aun sobre los que no pecaron». Dijo Manes: Sin duda la muerte reinó así, porque hay una dualidad, y estas dos potencias antagónicas no eran otra cosa que ambas ingénitas. Dijo Arquelao: Dime esto, pues: ¿cómo puede una muerte ingénita tomar comienzo en un tiempo determinado? Porque «desde Adán» es la palabra de la Escritura, y no «antes de Adán». Dijo Manes: Pero dime, te pregunto a mi vez, cómo obtuvo su reino sobre los justos y los pecadores. Dijo Arquelao: Cuando hayas admitido primero que ha tenido ese reino desde un tiempo determinado y no desde la eternidad, te lo diré. Dijo Manes: Está escrito que «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés». Dijo Arquelao: Y por consiguiente tiene un fin, porque ha tenido un comienzo en el tiempo. Y esta palabra es también verdadera: que «la muerte es sorbida en victoria». Es evidente, pues, que la muerte no puede ser ingénita, puesto que se muestra que tiene comienzo y fin. Dijo Manes: Pero de ese modo se seguiría también que Dios fue su hacedor. Dijo Arquelao: De ningún modo; ¡lejos esté tal suposición! «Porque Dios no hizo la muerte, ni se complace en la destrucción de los vivientes». Dijo Manes: Dios no la hizo; no obstante, fue hecha, como admites. Dinos, por tanto, de quién recibió su imperio, o por quién fue creada. Dijo Arquelao: Si doy la prueba más amplia del hecho de que la muerte no puede tener la sustancia de una naturaleza ingénita, ¿no confesarás que hay un solo Dios, y que es un Dios ingénito? Dijo Manes: Continúa tu discurso, pues tu propósito es hablar con sutileza. Dijo Arquelao: No, mas tú has presentado aquellas alegaciones de tal manera, como si hubieran de servirte para demostración de una raíz ingénita. Sin embargo, las posiciones que hemos discutido arriba pueden bastarnos, pues con ellas hemos mostrado cumplidamente que es imposible que las sustancias de dos naturalezas ingénitas existan juntas.

    § 30

    30. Dijeron los jueces: Habla sobre esos puntos, Arquelao, que él acaba de proponer. Dijo Arquelao: Por el príncipe del mundo, y el maligno, y las tinieblas, y la muerte, él entiende una y la misma cosa, y alega que la ley ha sido dada por ese ser, sobre la base de la afirmación escriturística de que es «el ministerio de muerte», así como sobre la base de otras cosas que ha urgido contra ella. Bien, pues, digo que, ya que, como hemos explicado arriba, la ley que estaba escrita naturalmente en los corazones de los hombres no retenía con cuidado la memoria de las cosas malas, y ya que no había una tradición suficientemente establecida entre los ancianos, en cuanto un olvido hostil se adhería siempre a la memoria, y un hombre era instruido en el conocimiento de aquella ley por un maestro, y otro por sí mismo, fácilmente sucedió que las transgresiones de la ley grabada por naturaleza tuvieran lugar, y que por la violación de los mandamientos la muerte obtuviera su señorío entre los hombres. Porque el linaje de los hombres es de tal naturaleza, que necesita ser regido por Dios con vara de hierro. Y así la muerte triunfó y reinó con todo su poder hasta Moisés, aun sobre los que no habían pecado, del modo que hemos explicado: sobre los pecadores, en verdad, como objectos propios suyos y sometidos a ella — hombres al modo de Caín y Judas —; mas también sobre los justos, porque se negaron a consentir en ella, y más bien la resistieron, apartando de sí los vicios y la concupiscencia de las pasiones — hombres como los que han surgido de tiempo en tiempo desde Abel hasta Zacarías —; pasando así la muerte siempre, hasta el tiempo de Moisés, sobre los que eran según aquella semejanza.

    § 30 (cont.)

    Mas después que Moisés hizo su aparición, y dio la ley a los hijos de Israel, y trajo a su memoria todos los requerimientos de la ley, y todo lo que era menester que los hombres observaran e hicieran bajo ella, y cuando entregó a la muerte sólo a los que transgredían la ley, entonces la muerte fue apartada de reinar sobre todos los hombres; pues reinó entonces sólo sobre los pecadores, como la ley le dijo: «No toques a los que guardan mis preceptos». Moisés, por tanto, sirvió el ministerio de esta palabra sobre la muerte, mientras entregaba a la destrucción a todos los demás que eran transgresores de la ley; pues no fue con la intención de que la muerte no reinara en territorio alguno que vino Moisés, en cuanto multitudes estaban ciertamente retenidas bajo el poder de la muerte aun después de Moisés. Y la ley fue llamada «ministerio de muerte» por el hecho de que entonces sólo los transgresores de la ley eran castigados, y no los que la guardaban, y que obedecían y observaban las cosas que están en la ley, como hizo Abel, a quien Caín, que fue hecho vaso del maligno, mató. Sin embargo, aun después de estas cosas la muerte quiso quebrantar el pacto que se había hecho por la instrumentalidad de Moisés, y reinar de nuevo sobre los justos; y con este objeto asaltó ciertamente a los profetas, matando y apedreando a los que habían sido enviados por Dios, hasta Zacarías. Mas mi Señor Jesús, como mantenedor de la justicia de la ley de Moisés, se airó contra la muerte por su transgresión del pacto y de todo aquel ministerio, y se dignó aparecer en el cuerpo del hombre, con el fin de vengar no a sí mismo, sino a Moisés, y a aquellos que en sucesión continua después de él habían sido oprimidos por la violencia de la muerte. Aquel maligno, empero, en la ignorancia del significado de una dispensación de esta índole, entró en Judas, pensando matarlo por medio de aquel hombre, como antes había dado muerte al justo Abel. Mas cuando hubo entrado en Judas, fue vencido por el arrepentimiento, y se ahorcó; por cuya razón también la palabra divina dice: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» Y otra vez: «La muerte es sorbida en victoria». Por esta razón, por tanto, es llamada la ley «ministerio de muerte», porque entregó a los pecadores y transgresores a la muerte; mas a los que la observaban, los defendía de la muerte; y a éstos los establecía también en gloria, por la ayuda y auxilio de nuestro Señor Jesucristo.

    § 31

    31. Escucha también lo que tengo que decir sobre esa otra expresión que ha sido aducida, a saber: «Cristo, que nos redimió de la maldición de la ley». Mi parecer sobre este pasaje es que Moisés, aquel insigne siervo de Dios, entregó a los que deseaban tener la visión recta una ley emblemática, y también una ley real. Así, para tomar un ejemplo, después que Dios hubo hecho el mundo, y todas las cosas que hay en él, en el espacio de seis días, reposó en el séptimo día de todas sus obras — con cuya afirmación no quiero decir que reposó porque estuviera fatigado, sino que lo hizo por haber traído a su perfección a toda criatura que había resuelto introducir. Y sin embargo, en lo sucesivo, la ley nueva dice: «Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro». ¿Significa eso, entonces, que está todavía haciendo el cielo, o el sol, o el hombre, o los animales, o los árboles, o cosa semejante? No; sino que el sentido es que, cuando estos objetos visibles fueron perfectamente acabados, reposó de aquella clase de obra; mientras que, sin embargo, continúa obrando en los objetos invisibles con un modo interior de acción, y salva a los hombres. De igual manera, pues, el legislador desea también que cada individuo entre nosotros se dedique sin cesar a esta clase de obra, aun como Dios mismo lo hace; y nos ordena por consiguiente reposar continuamente de las cosas seculares, y no ocuparnos en clase alguna de trabajo mundano; y esto es llamado nuestro sábado. Esto también añadió en la ley: que nada insensato fuera hecho, sino que seamos cuidadosos y dirijamos nuestra vida conforme a lo que es justo y recto. Ahora bien, esta ley estaba suspendida sobre los hombres, descargando con suma agudeza su maldición contra los que la transgredían. Mas porque sus súbditos también eran hombres, y porque, como sucede también frecuentemente con nosotros, surgían controversias y se infligían injurias, la ley igualmente al punto, y con la más severa equidad, hacía que cualquier agravio cometido volviera sobre la cabeza del malhechor; de modo que, por ejemplo, si un pobre tenía intención de recoger un haz de leña en sábado, quedaba bajo la maldición de la ley, y expuesto a la pena de muerte inmediata. Los hombres, por tanto, que se habían criado con los egipcios eran así severamente oprimidos por el poder restrictivo de la ley, y no podían soportar las penas y las maldiciones de la ley. Mas, de nuevo, Aquel que es siempre el Salvador, nuestro Señor Jesucristo, vino y libró a aquellos hombres de estas penas y maldiciones de la ley, perdonándoles sus ofensas. Y en verdad no trató con ellos como Moisés, aplicando las severidades de la ley y sin conceder indulgencia a hombre alguno por ofensa alguna; sino que declaró que si un hombre sufría injuria a manos de su prójimo, había de perdonarlo no una sola vez, ni siquiera dos o tres, ni sólo siete veces, sino aun hasta setenta veces siete; mas que, por otra parte, si después de todo esto el ofensor continuaba aún haciendo tal agravio, debía entonces, como último recurso, ser puesto bajo la ley de Moisés, y que no se concediera perdón ulterior al hombre que persistiera así en su mal obrar, aun después de haber sido perdonado hasta setenta veces siete. Y Él otorgó su perdón no sólo a un transgresor de tal índole, sino aun a uno que ofendiera al Hijo del hombre. Mas si un hombre trataba así al Espíritu Santo, lo hacía sujeto a dos maldiciones — a saber, a la de la ley de Moisés, y a la de su propia ley; a la ley de Moisés en verdad en esta vida presente, mas a su propia ley en el tiempo del juicio: pues su palabra es ésta: «No le será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero». He aquí la ley de Moisés, así, que en este mundo no da perdón a tal persona; y he aquí la ley de Cristo que castiga en el mundo futuro. De esto, por tanto, advierte cómo Él confirma la ley, no sólo no destruyéndola, sino cumpliéndola. Así, pues, Él los redimió de aquella maldición de la ley que pertenece a la vida presente; y de este hecho ha venido la apelación «la maldición de la ley». Ésta es toda la cuenta que es menester dar de aquel modo de hablar. Mas, de nuevo, por qué la ley es llamada la fuerza del pecado, lo explicaremos al punto en breve lo mejor que podamos. Ahora bien, está escrito que «la ley no es puesta para el justo, sino para los inicuos y desobedientes, para los impíos y pecadores». En aquellos tiempos, pues, antes de Moisés, no había ley escrita para los transgresores; de donde también Faraón, no conociendo la fuerza del pecado, transgredió afligiendo a los hijos de Israel con cargas injustas, y despreció la divinidad, no sólo él mismo, sino también todos los que estaban con él. Mas, para no hacer una declaración con rodeos, explicaré el asunto brevemente como sigue. Había ciertas personas de la raza egipcia mezcladas con el pueblo de Moisés, cuando aquel pueblo estaba bajo su gobierno en el desierto; y cuando Moisés se hubo colocado en el monte, con el propósito de recibir la ley, el pueblo impaciente — no me refiero a los que eran el verdadero Israel, sino a los que se habían mezclado con los egipcios —, erigió un becerro como su dios, conforme a su antigua costumbre de adorar ídolos, con la noción de que por tales medios podrían asegurarse contra el tener que pagar jamás las penas debidas por sus iniquidades. Eran así del todo ignorantes de la fuerza de su pecado. Mas cuando Moisés volvió del monte y lo descubrió, dio órdenes de que aquellos hombres fueran pasados a espada. Desde aquella ocasión se hizo comienzo en la correcta percepción de la fuerza del pecado por parte de estas personas mediante la instrumentalidad de la ley de Moisés, y por esa razón la ley ha sido llamada la «fuerza del pecado».

    § 32

    32. Además, en cuanto a esta palabra que está escrita en el Evangelio, «Vosotros sois de vuestro padre el diablo,» y así sucesivamente, decimos brevemente que hay un diablo que obra en nosotros, cuyo propósito ha sido, con la fuerza de su propia voluntad, hacernos semejantes a él. Porque todas las criaturas que Dios hizo, las hizo muy buenas; y dio a cada individuo el sentido del libre albedrío, conforme a la cual norma instituyó también la ley del juicio. Pecar es cosa nuestra, y no pecar es don de Dios, pues nuestra voluntad está constituida para elegir o pecar o no pecar. Y esto tú mismo sin duda lo entiendes suficientemente bien, Manes; pues sabes que, aunque reunieras a todos tus discípulos y les amonestaras a no cometer transgresión alguna ni hacer iniquidad alguna, todos ellos podrían aún pasar por la ley del juicio. Y ciertamente, quien quiera, puede guardar los mandamientos; y quien los desprecie y se desvíe a lo que les es contrario, sin duda tendrá que afrontar esta ley del juicio. De ahí también que algunos de los ángeles, rehusando someterse al mandamiento de Dios, resistieron a su voluntad; y uno de ellos cayó ciertamente como un relámpago sobre la tierra, mientras otros, acosados por el dragón, buscaron su dicha en el trato con las hijas de los hombres, y así atrajeron sobre sí mismos la merecida paga del castigo del fuego eterno. Y aquel ángel que fue arrojado a la tierra, no hallando ya entrada en región alguna de los cielos, se pavonea ahora entre los hombres, engañándolos y atrayéndolos a hacerse transgresores como él mismo, y hasta el día de hoy es adversario de los mandamientos de Dios. Mas el ejemplo de su caída y ruina no será seguido por todos, puesto que a cada uno se le ha dado libertad de voluntad. Por esta razón ha obtenido también el nombre de diablo, porque ha pasado de los lugares celestiales y ha aparecido sobre la tierra como denigrador del mandamiento de Dios. Mas porque fue Dios quien primero dio el mandamiento, el Señor Jesús mismo dijo al diablo: «Ponte detrás de mí, Satanás;» y, sin duda, ir detrás de Dios es señal de ser su siervo. Y de nuevo dice: «Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.» Por lo cual, como ciertos hombres se inclinaban a prestar obediencia a sus deseos, el Salvador se dirigió a ellos en estos términos: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer.» Y, en fin, cuando se los halla haciendo efectivamente su voluntad, se les dirige así: «¡Oh generación de víboras! ¿Quién os ha advertido que huyáis de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento.» De todo esto, pues, debes ver cuán grave cosa es para el hombre tener libertad de voluntad. Mas diga aquí mi antagonista si hay juicio para los piadosos y los impíos, o no. Dijo Manes: Hay juicio. Dijo Arquelao: Pienso que lo que hemos dicho acerca del diablo contiene no poca medida de razón y de piedad. Pues toda criatura, además, tiene su propio orden; y hay un orden para el linaje humano, otro para los animales y otro para los ángeles. Además, no hay sino una sola sustancia inconvertible, la sustancia divina, eterna e invisible, como es conocido de todos, y como también lo atestigua esta escritura: «A Dios nadie le vio jamás, sino el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre.» Todas las demás criaturas, por consiguiente, son necesariamente visibles: como el cielo, la tierra, el mar, los hombres, los ángeles, los arcángeles. Pero si Dios no ha sido visto por hombre alguno en ningún tiempo, ¿qué consustancialidad puede haber entre él y aquellas criaturas? Por lo cual sostenemos que todas las cosas, en sus diversas posiciones, tienen sus propias sustancias, conforme a su propio orden. Tú, por el contrario, alegas que todo ser vivo que se mueve está hecho de uno, y dices que todo objeto ha recibido de Dios semejante sustancia, y que esta sustancia es capaz de pecar y de ser sometida al juicio; y no quieres aceptar la palabra que declara que el diablo era un ángel, y que cayó en transgresión, y que no es de la misma sustancia que Dios. Lógicamente, deberías suprimir toda concesión a la doctrina de un juicio, y eso pondría en claro cuál de nosotros está en el error. Pues si el ángel creado por Dios es incapaz de caer en transgresión, ¿cómo puede el alma, como parte de Dios, ser capaz de pecar? Mas, por otra parte, si dices que hay juicio para las almas que pecan, y sostienes también que éstas son de una sola sustancia con Dios; y si aun, aunque mantengas que son de la naturaleza divina, afirmas que, no obstante, no guardan los mandamientos de Dios, entonces, aun sobre tales bases, mi argumento pasará muy bien, el cual afirma que el diablo cayó primero por no guardar los mandamientos de Dios. Él no era, ciertamente, de la sustancia de Dios. Y cayó, no tanto para hacer daño al linaje de los hombres, cuanto más bien para ser reducido a la nada por ellos. Pues Él «nos dio poder de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda la fuerza del enemigo.»

    § 33

    33. Dijeron los jueces: Prueba suficiente ha dado del origen del diablo. Y como ambas partes admiten que habrá juicio, de esa admisión se sigue necesariamente que todo individuo queda mostrado en posesión del libre albedrío; y puesto que esto se pone en claro, no cabe duda de que todo individuo, en el ejercicio de su propio poder de querer, puede dirigir su curso hacia donde le plazca. Dijo Manes: Si el bien procede de (vuestro) Dios, como alegáis, hacéis mentidor al mismo Jesús. Dijo Arquelao: Concede primero que es verdadero lo que hemos alegado, y luego te daré prueba sobre el «padre de él.» Dijo Manes: Si me pruebas que su padre es mentiroso, y me muestras que con todo ello no atribuyes a Dios ninguna noción (mala) semejante, se te dará crédito en todos los puntos. Dijo Arquelao: Ciertamente, una vez presentado el relato completo del diablo y expuesta la dispensación, cualquiera de entendimiento medianamente vigoroso podría, con sólo volver el asunto cuidadosamente en su mente, hacerse una idea de quién es este llamado aquí padre del diablo. Pero aunque tú te das por el Paráclito, quedas muy por debajo de la sagacidad ordinaria de los hombres. Por lo cual, ya que has traicionado tu ignorancia, te diré qué significa esta expresión, el «padre del diablo.» Dijo Manes: Lo digo...; y añadió: Todo aquel que es fundador o hacedor de algo puede ser llamado padre, progenitor, de aquello que ha hecho. Dijo Arquelao: Pues en verdad me asombro de que hayas hecho una concesión tan acertada en respuesta a lo que he dicho, y de que no hayas ocultado ni tu inteligente comprensión de la afirmación ni la verdadera naturaleza de la misma. Ahora, aprende de esto quién es este padre del diablo. Cuando cayó del reino de los cielos, vino a morar sobre la tierra, y allí permaneció, siempre vigilando y buscando a alguien a quien pudiera adherirse, y a quien, mediante alianza consigo mismo, pudiera hacer también partícipe de su propia maldad. Pues mientras el hombre no existía aún, el diablo nunca fue llamado homicida ni mentiroso juntamente con su padre. Mas después, una vez hecho el hombre, y cuando además fue engañado por las mentiras y astucias del diablo, y el diablo se hubo introducido en el cuerpo de la serpiente, que era la más sagaz de todas las bestias, desde entonces el diablo fue llamado mentiroso juntamente con su padre, y entonces también la maldición vino a recaer no sólo sobre él, sino también sobre su padre. En consecuencia, cuando la serpiente lo recibió y lo admitió enteramente en su propio ser, quedó, por así decirlo, preñada, pues llevaba la carga de la vasta maldad del diablo; y estaba como encinta, y bajo el esfuerzo del parto, mientras procuraba expulsar las agitaciones de sus malignas sugestiones. Porque la serpiente, envidiosa de la gloria del primer hombre, se abrió camino al paraíso; y albergando en sí estos dolores de parto, comenzó a producir palabras mendaces y a engendrar muerte para los hombres que habían sido formados por Dios y habían recibido el don de la vida. Mas el diablo no pudo manifestarse del todo por medio de la serpiente, sino que reservó su perfección para un tiempo, a fin de demostrarla por medio de Caín, por quien fue engendrado completamente. Y así, por una parte, por medio de la serpiente manifestó a Eva sus hipocresías y engaños; y por otra, por medio de Caín llevó a cabo el comienzo del homicidio, introduciéndose en las primicias de los «frutos,» que aquel hombre administró tan mal. De aquí que el diablo haya sido llamado homicida desde el principio, y también mentiroso, porque engañó a aquellos a quienes dijo: «Seréis como dioses;» pues las mismas personas a las que falsamente declaró destinadas a ser dioses fueron después arrojadas del paraíso. Por lo cual, la serpiente que lo concibió en su vientre, lo llevó y lo dio a luz, queda constituida como primer padre del diablo; y Caín viene a ser su segundo padre, el cual por la concepción de iniquidades produjo dolores y parricidio: pues en verdad quitar la vida fue perpetrar a la vez iniquidad, injusticia e impiedad. Además, todos los que lo reciben y hacen sus deseos quedan constituidos en hermanos suyos. Faraón es su padre en perfección. Todo impío es hecho padre suyo. Judas vino a ser su padre, puesto que en verdad lo concibió, aunque abortó: pues no presentó allí un parto perfecto, ya que fue realmente una persona mayor la atacada por medio de Judas; y, en consecuencia, como digo, resultó un aborto. Porque así como la mujer recibe la simiente del varón, y por ello advierte también un crecimiento diario dentro de sí, así también Judas avanzaba cada día en el mal, siendo las ocasiones para ello suministradas como simiente por el maligno. Y la primera semilla de mal en él fue ciertamente el deseo de dinero; y su incremento fue el hurto, pues sustraía los dineros depositados en la bolsa. Su descendencia, además, consistió en vejaciones menores, pactos con los fariseos y el escandaloso contrato por un precio; sin embargo, lo que se vio en el horrendo lazo con que halló la muerte fue el aborto, no el nacimiento. Y exactamente de la misma manera sucederá también contigo: si sacas a la luz al maligno en tus propias obras y haces sus deseos, lo has concebido y serás llamado padre suyo; mas, por el contrario, si abrigas penitencia y te libras de tu carga, serás como quien da a luz. Porque, como en los ejercicios escolares, si uno recibe la materia del maestro y luego crea y produce por sí mismo todo el cuerpo de un discurso, se dice que es el autor de las composiciones a las que así ha dado nacimiento; así también el que ha tomado un poco de levadura de maldad del mal primero, necesariamente es llamado padre y procreador de aquel maligno que desde el principio ha resistido a la verdad. Y lo mismo ciertamente puede suceder con los que se consagran a la virtud; pues he oído a los varones más valerosos decir a Dios: «Por tu temor, oh Señor, hemos concebido en el vientre, y hemos tenido dolores, y hemos dado a luz el espíritu de salvación.» Y así también los que conciben en cuanto al temor del maligno, y dan a luz el espíritu de iniquidad, necesariamente han de ser llamados padres del mismo. Así, por una parte, son llamados hijos de aquel maligno mientras permanecen todavía obedeciendo a su servicio; mas, por otra, son llamados padres si han alcanzado la perfección de la iniquidad. Pues con esta intención dice nuestro Señor a los fariseos: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo,» haciéndolos así hijos suyos, mientras aparecían aún perturbados por él y meditaban en sus corazones mal por bien contra los justos. En consecuencia, mientras deliberaban con tal espíritu en sus propios corazones, y mientras sus malvados designios se les imputaban a ellos mismos, Judas, como cabeza de todo el mal y como persona que llevó a consumación sus inicuos consejos, quedó constituido en padre del crimen, habiendo recibido de manos de ellos la recompensa de treinta piezas de plata por su impía crueldad. Porque «tras el bocado, Satanás entró en él» completamente. Mas, como hemos dicho, cuando su vientre se agrandó y llegó el tiempo de su parto, se libró tan sólo de una carga abortiva en la concepción de la injusticia, y, por consiguiente, no pudo ser llamado padre en perfección, excepto únicamente en el tiempo mismo en que la concepción aún estaba en el vientre; y después, cuando se entregó a la soga del verdugo, mostró que no lo había llevado a término, porque el remordimiento le siguió.

    § 34

    34. Pienso que tampoco puedes dejar de entender esto: que la palabra «padre» es en verdad un solo término, y sin embargo admite ser entendido de varias maneras. Pues uno es llamado padre por ser progenitor de los hijos que ha engendrado por vía natural; otro es llamado padre por ser guardador de hijos a quienes tan sólo ha criado; y algunos, a su vez, son llamados padres en razón del privilegio que otorgan el tiempo o la edad. De ahí que de nuestro Señor Jesucristo mismo se diga que tiene diversidad de padres: pues David fue llamado padre suyo, y José fue tenido por padre suyo, sin que ninguno de los dos fuera su padre en cuanto a la realidad de la naturaleza. Porque David es llamado padre suyo en lo que toca a la prerrogativa del tiempo y de la edad, y José es designado padre suyo en lo que concierne a la ley de la crianza; mas Dios mismo es su único Padre por naturaleza, el cual se complugo en manifestarnos todas las cosas en breve espacio por su palabra. Y nuestro Señor Jesucristo, sin demora alguna, en el espacio de un año devolvió la salud a multitud de enfermos y restituyó los muertos a la luz de la vida; y en verdad abrazó todas las cosas con el poder de su propia palabra. ¿Y en qué, pues, hizo demora alguna, para que hubiéramos de creer que esperó tanto tiempo, incluso hasta estos días, antes de enviar realmente al Paráclito? No, más bien, como ya se ha dicho arriba, dio prueba de su presencia con nosotros inmediatamente, y se comunicó con sobreabundancia a Pablo, cuyo testimonio también creemos cuando dice: «A mí solo me ha sido dada esta gracia.» Pues éste es el que antes fue perseguidor de la Iglesia de Dios, mas después apareció abiertamente delante de todos los hombres como fiel ministro del Paráclito; por cuyo ministerio su singular clemencia fue manifestada a todos, de tal modo que aun a nosotros, que en otro tiempo estábamos sin esperanza, ha llegado la largueza de sus dones. Pues ¿quién de nosotros habría podido esperar que Pablo, el perseguidor y enemigo de la Iglesia, resultara su defensor y guardián? Y no sólo eso, sino que llegara a ser también su gobernante, fundador y arquitecto de las iglesias. Por lo cual, después de él, y después de los que estuvieron con él — es decir, los discípulos —, no hemos de esperar la venida de ningún otro (semejante), conforme a las Escrituras; pues nuestro Señor Jesucristo dice de este Paráclito: «Él recibirá de lo mío.» A éste, pues, lo escogió como vaso aceptable, y nos envió a este Pablo en el Espíritu. En él fue derramado el Espíritu; y así como aquel Espíritu no pudo reposar sobre todos los hombres, sino sólo sobre Aquel que nació de María, la madre de Dios, así aquel Espíritu, el Paráclito, no pudo venir a ningún otro, sino sólo sobre los apóstoles y el santo Pablo. «Porque vaso escogido me es éste,» dice, «para llevar mi nombre delante de reyes y de los gentiles.» También el apóstol mismo afirma lo mismo en su primera epístola, donde dice: «Conforme a la gracia que me ha sido dada por Dios, para ser ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando el evangelio de Dios.» «Verdad digo en Cristo, no miento, dando testimonio conmigo mi conciencia en el Espíritu Santo.» Y de nuevo: «Porque no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya obrado por mí, de palabra y de obra.» «Yo soy el último de todos los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol. Mas por la gracia de Dios soy lo que soy.» Y es su deseo habérselas con aquellos que buscaban la prueba de que Cristo hablaba en él, por cuanto el Paráclito estaba en él; y habiendo obtenido su don de gracia, y enriquecido con magnífico honor, dice: «Por esto tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la debilidad.» De nuevo, que era el Paráclito mismo quien estaba en Pablo lo indica nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, cuando dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador.» En estas palabras señala al Paráclito mismo, pues habla de «otro» Consolador. Y de ahí que hayamos dado crédito a Pablo y le hayamos escuchado cuando dice: «¿O buscáis una prueba de Cristo que habla en mí?» y cuando se expresa en términos semejantes, de los que ya hemos hablado arriba. Así también sella su testamento para nosotros como para sus fieles herederos, y como un padre nos habla con estas palabras en su epístola a los corintios: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los once apóstoles: después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales la mayor parte viven aún hoy, y algunos han muerto. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles. Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el último de los apóstoles.» «Por tanto, ora sea yo, ora ellos, así predicamos, y así habéis creído.» Y de nuevo, al entregar a sus herederos la herencia que él mismo ganó primero, dice: «Mas temo que, como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así vuestros sentidos se corrompan, apartándose de la simplicidad que es en Cristo. Porque si el que viene predica otro Cristo, que no hemos predicado, o si recibís otro espíritu, que no habéis recibido, u otro evangelio, que no habéis aceptado, bien lo toleraríais. Pues pienso que en nada he sido inferior a los otros apóstoles.»

    § 35

    35. Estas cosas, además, las ha dicho con la mira de mostrarnos que todos los otros que vengan después de él serán falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se transfiguran en apóstoles de Cristo. Y no es maravilla; porque Satanás mismo se transfigura en ángel de luz. ¿Qué mucho, pues, si sus ministros se transfiguran en ministros de justicia? —cuyo fin será conforme a sus obras. Indica, además, qué clase de hombres eran éstos, y señala por quiénes eran engañados. Y cuando los gálatas están dispuestos a apartarse del Evangelio, les dice: «Me maravillo de que tan pronto os hayáis apartado del que os llamó a otro evangelio; el cual no es otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren apartaros del Evangelio de Cristo. Mas aun si nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio distinto del que os ha sido entregado, sea anatema.» Y dice de nuevo: «A mí, que soy el más pequeño de todos los apóstoles, me ha sido dada esta gracia;» y, cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo. Y una vez más, en otro lugar, declara de sí mismo que fue ministro de Cristo más que todos los otros, como si después de él no hubiera de esperarse absolutamente ningún otro; pues ordena que ni aun un ángel del cielo sea recibido de esa manera. ¿Y cómo, entonces, daremos crédito a las pretensiones de este Manes, que viene de Pérside y se declara a sí mismo el Paráclito? Por esto mismo, en verdad, reconozco más bien en él a uno de aquellos hombres que se transfiguran, y de los cuales el apóstol Pablo, aquel vaso de elección, nos ha dado indicación muy clara cuando dice: «Empero en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus seductores y a doctrinas de demonios; hablando mentira con hipocresía; teniendo cauterizada la conciencia; prohibiendo casarse y mandando abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los que creen y conocen la verdad. Porque toda criatura de Dios es buena, y nada hay que desechar, si se toma con acción de gracias.» El Espíritu en el evangelista Mateo se cuida también de dar nota de estas palabras de nuestro Señor Jesucristo: «Mirad que nadie os engañe: porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy Cristo; y a muchos engañarán. Mas si alguno os dijere: He aquí aquí está el Cristo, o allí; no creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos apóstoles, y falsos profetas, y darán señales grandes y prodigios; de tal manera que, si fuese posible, engañarán aun a los mismos elegidos. He aquí os lo he dicho antes. Si os dijeren: He aquí, está en el desierto; no salgáis: si os dijeren: He aquí, está en las cámaras secretas; no creáis.» Y sin embargo, después de todas estas instrucciones, este hombre, que no tiene señal ni portento alguno que mostrar, que no tiene afinidad alguna que exhibir, que nunca tuvo siquiera lugar entre el número de los discípulos, que nunca fue seguidor de nuestro Señor que partió, en cuya herencia nos gozamos—este hombre, digo, aunque nunca estuvo al lado de nuestro Señor en su debilidad, y aunque nunca se presentó como testigo de su testamento, antes bien, aunque nunca llegó siquiera al conocimiento de los que le asistieron en su enfermedad, y, en fin, aunque no obtiene testimonio de persona alguna, desea que creamos esta profesión que hace de ser el Paráclito; mas aun si hicieras señales y prodigios, todavía habríamos de considerarte falso Cristo y falso profeta, conforme a las Escrituras. Y por tanto bueno es que obremos con mayor cautela, conforme a la advertencia que nos da el santo apóstol, cuando en la epístola que escribió a los colosenses habla en estos términos: «Permaneced en la fe fundados y arraigados, y sin ser movidos de la esperanza del Evangelio, que habéis oído, y que ha sido predicado a toda criatura que está debajo del cielo.» Y de nuevo: «Así que, de la manera que habéis recibido a Cristo Jesús el Señor, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis aprendido, abundando en ella con acción de gracias. Mirad que nadie os arrebate como presa por medio de filosofías y vanos engaños, según los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita toda la plenitud de la divinidad.» Y después que todas estas cosas han sido así expuestas con cuidado, el bienaventurado apóstol, como un padre que habla a sus hijos, añade las siguientes palabras, que sirven como una especie de sello a su testamento: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe; por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.»

    § 36

    36. A ninguno de los tuyos, oh Manes, harás gálata; ni de ese modo nos apartarás de la fe de Cristo. Sí, aun si hicieras señales y prodigios, aun si resucitaras a los muertos, aun si nos presentaras la imagen misma de Pablo, seguirías siendo anatema. Porque hemos sido instruidos de antemano respecto de ti: hemos sido advertidos y armados contra ti por las Sagradas Escrituras. Tú eres un vaso de Anticristo; y no vaso de honra, en verdad, sino vil y bajo, usado por él como cualquier bárbaro o tirano, que al intentar hacer incursión en un pueblo que vive bajo la justicia de las leyes, envía por delante algún vaso escogido, como destinado a la muerte, con el fin de averiguar la magnitud y condición exactas de la fuerza que poseen el rey legítimo y su nación: pues el hombre teme demasiado hacer la incursión él mismo enteramente desprevenido, y también le falta osadía para despachar a persona alguna de su círculo inmediato a semejante tarea, por temor de que sufra algún daño. Y así es que tu rey, el Anticristo, te ha despachado con carácter semejante, y como destinado a la muerte, a nosotros que somos un pueblo puesto bajo la administración del Rey bueno y santo. Y esto no lo digo inconsideradamente ni sin la debida indagación; sino que, del hecho de que veo que no haces milagro alguno, me considero con derecho a abrigar tales sentimientos acerca de ti. Porque se nos da a entender de antemano que el diablo mismo ha de transformarse en ángel de luz, y que sus siervos han de presentarse con semejante apariencia, y que han de obrar señales y prodigios, de tal manera que, si fuese posible, serían engañados aun los mismos elegidos. Pero ¿quién, pues, eres tú entonces, a cuya suerte no ha asignado tu padre Satanás semejante posición de parentesco? ¿A quién has resucitado de entre los muertos? ¿Qué flujo de sangre has restañado jamás? ¿Qué ojos de ciegos ungiste con lodo, haciendo así que recobraran la vista? ¿Cuándo refrescas a una multitud hambrienta con unos pocos panes? ¿Dónde caminas sobre el agua, o quién de los que moran en Jerusalén te ha visto jamás? Oh bárbaro persa, jamás has podido tener conocimiento de la lengua de los griegos, ni de los egipcios, ni de los romanos, ni de ninguna otra nación; sino que sólo la lengua caldea te ha sido conocida, la cual ciertamente no es lengua prevalente entre gran número de pueblo, y no eres capaz de entender a nadie de otra nacionalidad cuando habla. No así sucede con el Espíritu Santo: ¡Dios no lo quiera!; sino que Él reparte a todos, y conoce toda suerte de lenguas, y tiene entendimiento de todas las cosas, y se hace todas las cosas para todos los hombres, de modo que ni los pensamientos mismos del corazón pueden escapar a su conocimiento. Porque ¿qué dice la Escritura? Que todo hombre oía a los apóstoles hablar en su propia lengua mediante el Espíritu, el Paráclito. ¿Mas por qué he de decir más sobre este asunto? Sacerdote bárbaro y astuto coadjutor de Mitra, sólo serás adorador del dios-sol Mitra, que es el iluminador de los lugares de significado místico, según opinas, y la deidad autoconsciente; es decir, te recrearás como hacen sus adoradores, y celebrarás, aunque con menos elegancia por así decirlo, sus misterios. ¿Mas por qué he de tomarme todo esto con tanta indignación? ¿No es acorde con todo lo que conviene que te multipliques como la cizaña, hasta que venga ese mismo padre poderoso tuyo, resucitando a los muertos, como profesará hacer, y persiguiendo casi hasta el infierno mismo a todos los que rehúsan ceder a su mandato, manteniendo a raya a las multitudes con aquel terror de arrogancia en que se atrinchera, y empleando amenazas contra otros, y burlándose de ellos con el cambio de su semblante y su trato engañoso? Y sin embargo, más allá de eso no pasará; porque su insensatez será manifestada a todos los hombres, como fue el caso de Janés y Jambrés. Dijeron los jueces: Según hemos oído ahora de ti, según parece decírnoslo también el mismo Pablo, y según asimismo hemos aprendido del relato anterior dado en el Evangelio, una introducción a la predicación, o a la enseñanza, o a la evangelización, o a la profecía, no se ofrece, al menos en esta vida, en los mismos términos a persona alguna en tiempos posteriores a los del apóstol: y si lo contrario parece darse alguna vez, la persona sólo puede ser tenida por falso profeta o falso Cristo. Ahora, ya que has alegado que el Paráclito estaba en Pablo, y que Él atestiguaba todas las cosas en él, ¿cómo es que Pablo mismo dijo: «En parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo que es perfecto, entonces lo que es en parte será quitado?» ¿A qué otro esperaba, cuando pronunció estas palabras? Porque si profesa esperar a algún perfecto, y si alguien ha de venir necesariamente, muéstranos quién es aquel de quien habla; no sea que aquella palabra suya acaso parezca remitirnos a este hombre, Manes, o al que lo ha enviado, es decir, a Satanás, según tu afirmación. Mas si admites que lo que es perfecto está aún por venir, entonces esto excluye a Satanás; y si esperas la venida de Satanás, entonces eso excluye lo perfecto.

    § 37

    37. Dijo Arquelao: Las sentencias que han sido expuestas por el bienaventurado Pablo no fueron pronunciadas sin la dirección de Dios, y por tanto es cierto que lo que nos ha declarado es que hemos de esperar a nuestro Señor Jesucristo como el perfecto, que es el único que conoce al Padre, con la sola excepción de aquel a quien Él ha querido también revelarlo, como puedo demostrar por sus propias palabras. Pero obsérvese que se dice que cuando venga lo que es perfecto, entonces lo que es en parte será quitado. Ahora bien, este hombre (Manes) afirma que él es el perfecto. Que nos muestre, pues, qué ha quitado; porque lo que ha de ser quitado es la ignorancia que hay en nosotros. Que nos diga, por tanto, qué ha quitado y qué ha traído a la esfera de nuestro conocimiento. Si es capaz de hacer algo de esta naturaleza, que lo haga ahora, para que sea creído. Estas mismas palabras de Pablo, si uno puede entenderlas en toda la fuerza de su significado, no harán sino asegurar entero crédito a las declaraciones hechas por mí. Porque en aquella primera Epístola a los Corintios, Pablo habla en los siguientes términos de la perfección que ha de venir: «Las profecías, fallarán; las lenguas, cesarán; la ciencia, será destruida; porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo que es perfecto, entonces lo que es en parte será quitado.» Observa ahora qué virtud posee en sí mismo lo que es perfecto, y de qué orden es esa perfección. Y que este hombre, pues, nos diga qué profecía de los judíos o hebreos ha quitado; o qué lenguas ha hecho cesar, ya de los griegos, ya de otros que adoran ídolos; o qué dogma ajeno ha destruido, ya de un Valentiniano, ya de un Marción, ya de un Taciano, ya de un Sabelio, o de cualesquiera otros que han construido para sí sus peculiares sistemas de conocimiento. Que nos diga cuál de todos éstos ha quitado ya, o cuándo ha de quitar alguno de ellos, en este carácter de perfecto. ¿Acaso busca alguna tregua, no? Mas no así de insignificante, no así de oscuro e innoble será el modo del advenimiento de Aquel que es verdaderamente el perfecto, es decir, nuestro Señor Jesucristo. Antes bien, como un rey, cuando se acerca a su ciudad, envía primero delante de sí a sus guardias de corps, sus enseñas y estandartes y pendones, sus generales y jefes y prefectos, y enseguida todos los objetos se agitan y excitan de diversas maneras, mientras unos se llenan de terror y otros de exultación ante la perspectiva del advenimiento del rey; así también mi Señor Jesucristo, que es el verdaderamente perfecto, en su venida enviará primero delante de sí su gloria, y los heraldos consagrados de un reino sin mancha y sin contaminación: y entonces la creación universal será movida y perturbada, profiriendo oraciones y súplicas, hasta que Él la libre de su servidumbre. Y es necesario que el linaje humano esté entonces en temor y en vehemente agitación a causa de las muchas ofensas que ha cometido. Entonces sólo los justos se regocijarán, mientras esperan las cosas que les han sido prometidas; y la subsistencia de los asuntos de este mundo ya no será mantenida, sino que todas las cosas serán destruidas: ya sean profecías o libros de profetas, fallarán; ya sean las lenguas de todo el linaje, cesarán; pues los hombres ya no necesitarán sentir ansiedad ni pensar solícitamente en aquellas cosas necesarias para la vida; ya sea el conocimiento, por cualesquiera maestros que se posea, también será destruido: pues ninguna de todas estas cosas podrá soportar el advenimiento de aquel Rey poderoso. Porque así como una pequeña chispa, si es tomada y puesta frente al esplendor del sol, al punto perece de la vista, así toda la creación, toda profecía, todo conocimiento, todas las lenguas, como hemos dicho arriba, serán destruidas. Mas como las capacidades de la común naturaleza humana son todas insuficientes para exponer en pocas palabras, y éstas tan débiles y tan extremadamente pobres, la venida de este Rey celestial, —hasta tal punto, en verdad, que acaso debería ser privilegio sólo de los santos y de los muy dignos intentar declaración alguna sobre tal asunto—, puede bastarme con poder decir que he adelantado lo que he adelantado sobre ese tema sobre la base de la simple necesidad, —compelido, como he estado, a hacer esto por la importunidad de esta persona, y simplemente con la mira de mostraros qué clase de carácter es él.

    § 38

    38. En buena verdad, tengo a Marción, y a Valentín, y a Basílides, y a otros herejes, por varones santos comparados con esta persona. Pues ellos desplegaron cierta clase de intelecto, y ciertamente se consideraron capaces de entender toda la Escritura, y así se constituyeron en guías para los que estaban dispuestos a escucharlos. Mas no obstante esto, ninguno de éstos se atrevió a proclamarse a sí mismo Dios, ni Cristo, ni el Paráclito, como lo ha hecho este individuo, que anda siempre disputando, unas veces sobre los siglos, y otras sobre el sol, y sobre cómo fueron hechos estos objetos, como si él fuera superior a ellos; porque toda persona que ofrece una exposición del modo en que un objeto ha sido hecho, se presenta como superior y más antiguo que el asunto de su discusión. Pero ¿quién osará hablar de la sustancia de Dios, a no ser, acaso, únicamente nuestro Señor Jesucristo? Y, en verdad, no hago esta declaración sobre la sola autoridad de mis propias palabras, sino que la confirmo por la autoridad de aquella Escritura que ha sido nuestro instructor. Porque el apóstol nos dirige las siguientes palabras: «Para que seáis lumbreras en este mundo, reteniendo la palabra de vida para gloria mía contra el día de Cristo, viendo que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.» Debemos entender cuál es la fuerza y el significado de este dicho; porque la palabra puede convenir al caudillo, mas la obra eficaz conviene al rey. Así, como uno que espera la llegada de su rey se esfuerza por poder presentar a todos los que están bajo su cargo como obedientes, y dispuestos, y estimables, y amables, y fieles, y no menos también como irreprensibles, y abundantes en todo lo bueno, para que él mismo obtenga encomio del rey, y sea considerado por él digno de mayores honores, como habiendo gobernado rectamente la provincia que fue confiada a su administración; así también el bienaventurado Pablo nos da a entender nuestra posición cuando usa estas palabras: «Que seáis como lumbreras en este mundo, reteniendo la palabra de vida para mi gloria contra el día de Cristo.» Pues el significado de este dicho es que nuestro Señor Jesucristo, cuando venga, verá que su doctrina ha resultado provechosa en nosotros, y que, hallando que él, el apóstol, no ha corrido en vano, ni en vano ha trabajado, le otorgará la corona de la recompensa. Y otra vez, en la misma epístola, también nos amonesta a no poner la mira en las cosas terrenales, y nos dice que debemos tener nuestra conversación en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo. Y como el conocimiento de la fecha del último día no es posición segura para nosotros, nos ha dado, a ese efecto, una declaración sobre el asunto en la epístola que escribió a los tesalonicenses, así: «Empero acerca de los tiempos y de los momentos, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba; porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche.» ¿Cómo, pues, se levanta este hombre y trata de persuadirnos a emigrar a sus opiniones, importunando a todo individuo con quien se encuentra para que se haga maniqueo, y andando de un lado a otro y metiéndose en las casas, y esforzándose por engañar mentes cargadas de pecados? Mas nosotros no sostenemos tales sentimientos. Antes bien, estaríamos dispuestos a presentar las cosas mismas ante todos vosotros, y traerlas a comparación, si os place, con lo que conocemos del Paráclito perfecto. Pues observáis que a veces usa el estilo interrogativo, y a veces el deprecatorio. Mas en el Evangelio de nuestro Salvador está escrito que los que estén a la mano izquierda del Rey dirán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o desnudo, o forastero, o en prisión, y no te servimos?» Así le implorarán que sea indulgente con ellos. Mas ¿qué respuesta se representa que les da aquel justo Juez y Rey? «Apartaos de mí al fuego eterno, obreros de iniquidad.» Él los arroja al fuego eterno, aunque no cesan de dirigirle sus súplicas. ¿Ves, pues, oh Manes, qué administrador de acontecimientos ha de ser aquel advenimiento del Rey perfecto? ¿No percibes que no será tal perfección, o consumación, como tú alegas? Mas si el gran día del juicio ha de ser esperado después de aquel Rey, ciertamente este hombre es muy inferior a Él. Y si es inferior, no puede ser perfecto. Y si no ha de ser perfecto, no es de él de quien habla el apóstol. Mas si no es de él de quien habla el apóstol, mientras él aún hace la mendaz declaración de que de sí mismo fue dicha aquella palabra del apóstol, entonces ciertamente ha de ser juzgado falso profeta. Mucho más también podría decirse al mismo efecto. Mas si pensáramos repasar en detalle todo lo que así podría aducirse, el tiempo nos faltaría para la realización de tan grande tarea. Por tanto, he considerado abundantemente suficiente haber traído así a vuestra consideración sólo unas pocas cosas de entre muchas, dejando las porciones aún restantes de tal discusión a aquellos que tengan inclinación de recorrerlas.

    Cuarta parte (§ 39–44): Manes huye; Diodoro pide ayuda a Arquelao

    § 39

    39. Al oír estas cosas, los presentes dieron gran gloria a Dios y le tributaron la alabanza que es justo recibir. Y al mismo Arquelao le otorgaron muchas muestras de honor. Entonces se levantó Marcial; y arrojando su manto, echó los brazos al cuello de Arquelao, y lo besó, y lo abrazó, y se aferró a él. Entonces también los niños que casualmente se habían reunido en el lugar comenzaron a dar ejemplo de apedrear a Manes y de ahuyentarlo; y el resto de la multitud los siguió, y se movía excitada, con la intención de obligar a Manes a tomar la fuga. Mas cuando Arquelao observó esto, levantó la voz como trompeta por encima del estruendo, en su afán de contener a la multitud, y les habló así: Deteneos, amados hermanos míos, no sea que acaso se nos halle culpables de sangre en el día del juicio; porque de hombres como éste está escrito: "También tiene que haber herejías entre vosotros, para que los que son aprobados se hagan manifiestos entre vosotros." Y cuando hubo pronunciado estas palabras, las multitudes se aquietaron de nuevo. — Ahora bien, como era del agrado de Marcial que a esta disputación se le diera un lugar, y que fuera también descrita, no pude oponerme a su deseo, sino que confié en la benévola consideración de los lectores, creyendo que me perdonarían si mi discurso sonara algo inartístico o rústico: pues lo grande que hemos tenido en mira ha sido que no faltaran los medios de conocer lo que aconteció en esta ocasión, puestos al alcance de todos los que deseaban entender el asunto. Después, hay que añadir que, una vez que Manes hubo tomado la fuga, no apareció en parte alguna allí de nuevo. Su servidor Turbo, sin embargo, fue entregado por Marcial a Arquelao; y al ordenarlo Arquelao como diácono, permaneció en el séquito de Marcial. Mas Manes en su fuga llegó a cierta aldea que estaba a considerable distancia de la ciudad y llevaba el nombre de Diodoro. Ahora bien, en aquel lugar había también un presbítero cuyo nombre asimismo era Diodoro, varón de carácter tranquilo y apacible, bien reputado tanto por su fe como por la excelencia de su conducta en general. Y sucedió que cierto día, habiendo reunido Manes en torno suyo a una muchedumbre de oyentes y arengándolos, y presentando ante la gente allí presente ciertas aserciones extrañas enteramente ajenas a la tradición de los padres, y sin temer en modo alguno oposición de parte de ninguno de ellos, Diodoro advirtió que estaba produciendo cierto efecto con su maldad, y resolvió entonces enviar a Arquelao una carta redactada en los términos siguientes:—
    Comentario editorial · ¿Quién escribió las Actas?
    El narrador habla en primera persona («no pude oponerme a su deseo», § 39; «yo, que he escrito la narración», § 55) sin dar su nombre. Según Salmond, Epifanio y Jerónimo la atribuyen a Arquelao, mientras que Heracliano de Calcedonia, citado por Focio, nombra a un tal Hegemonio, y estos dos pasajes parecen darle la razón. Zaccagni los concilia: Arquelao la habría escrito en siríaco y Hegemonio la habría editado y vertido al griego. Jerónimo dice que Arquelao la compuso en siríaco y que se tradujo al griego (Sobre los varones ilustres, 72). Hoy Wikipedia habla de Hegemonio, o seudo-Hegemonio, como autor presunto de un original griego del siglo IV, conservado sobre todo en una traducción latina.

    § 40 · carta de Diodoro

    Diodoro saluda al obispo Arquelao,
    40. Deseo que sepáis, piadosísimo padre, que en estos días ha llegado a nuestras partes cierto hombre llamado Manes, que hace saber que ha de completar la doctrina del Nuevo Testamento. Y en las declaraciones que ha hecho ha habido algunas cosas, en verdad, que pueden armonizar con nuestra fe; pero también ha habido ciertas afirmaciones suyas que parecen muy alejadas de lo que nos ha sido transmitido por la tradición de nuestros padres. Pues ha interpretado algunas doctrinas de manera extraña, imponiéndoles ciertas nociones suyas que me han parecido enteramente ajenas y opuestas a la fe. Por causa de estos hechos he sido inducido ahora a escribiros esta carta, conociendo la completud y plenitud de vuestra inteligencia en doctrina, y estando seguro de que ninguna de estas cosas puede escapar a vuestro conocimiento. En consecuencia, he abrigado también la confiada esperanza de que ningún rencor podrá impediros explicarnos estas cosas. Por lo que a mí respecta, ciertamente no es posible que sea arrastrado a doctrina novedosa alguna; mas, en nombre de todos los menos instruidos, he sido llevado a pedir una palabra con vuestra autoridad. Pues, en verdad, el hombre se muestra como persona de extraordinaria fuerza de carácter, tanto en palabra como en obra; y aun su mismo aspecto y atavío lo confirman. Mas aquí escribiré para vuestra información unos pocos puntos que he podido retener en la memoria entre todos los temas expuestos por él: pues sé que aun por estos pocos tendréis idea del resto. Bien entendéis, sin duda, que los que intentan establecer un dogma nuevo tienen la costumbre de pervertir muy prontamente, conformándolas a sus propias nociones, cualesquiera pruebas que deseen tomar de las Escrituras. En previsión, empero, de esto, la palabra apostólica señala el caso así: «Si alguno os predica otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema.» Y por lo tanto, además de lo que una vez nos fue entregado por los apóstoles, un discípulo de Cristo no debe recibir nada nuevo como doctrina. Mas por no hacer demasiado largo lo que he de decir, vuelvo al asunto inmediato. Este hombre sostenía, pues, que la ley de Moisés, para decirlo brevemente, no procede del Dios bueno, sino del príncipe del mal; y que no tiene parentesco alguno con la nueva ley de Cristo, sino que le es contraria y hostil, siendo la una antagonista directa de la otra. Cuando oí proponer semejante sentimiento, repetí al pueblo aquella sentencia del Evangelio en la que nuestro Señor Jesucristo dijo de sí mismo: «No he venido a abrogar la ley, sino a cumplirla.» El hombre, sin embargo, afirmó que Él no pronunció en absoluto este dicho; pues sostenía que cuando hallamos que Él sí abrogó esa misma ley, nosotros estamos obligados a prestar atención, sobre toda otra consideración, a lo que Él de hecho hizo. Luego comenzó a citar gran variedad de pasajes de la ley, y también muchos del Evangelio y del apóstol Pablo, que tienen apariencia de contradecirse entre sí. Todo esto lo profería al mismo tiempo con perfecta confianza y sin vacilación ni temor; de modo que en verdad creo que tiene por ayudador a aquella serpiente que es siempre nuestro adversario. Pues bien, declaró que allí en la ley Dios dijo: «Yo hago al rico y al pobre;» mientras que aquí en el Evangelio Jesús llamó bienaventurados a los pobres, y añadió que nadie podía ser su discípulo si no renunciaba a todo cuanto tenía. Sostuvo, además, que allí Moisés tomó plata y oro de los egipcios cuando el pueblo huyó de Egipto; mientras que Jesús dio el precepto de que no codiciáramos nada de lo perteneciente a nuestro prójimo. Luego afirmó que Moisés había dispuesto en la ley que se diera ojo por ojo y diente por diente; mas que nuestro Señor nos mandó ofrecer también la otra mejilla al que nos golpeara la una. Nos dijo también que allí Moisés mandó castigar y apedrear al hombre que hiciera alguna obra en sábado, y que no perseverara en todo lo escrito en la ley, como de hecho se hizo con aquel que, aun sin saberlo, recogió un haz de leña en el día de sábado; mientras que Jesús curó a un paralítico en sábado, y le mandó además que tomara su camilla. Y además, no impidió a sus discípulos arrancar espigas y frotarlas con las manos en día de sábado, cosa que, sin embargo, no era lícito hacer en los sábados. ¿Y a qué mencionar otros ejemplos? Pues con muchas y diversas afirmaciones de índole semejante se proponían estos dogmas suyos con suma energía y fervorosísimo celo. Así también, con la autoridad de un apóstol, se esforzaba por establecer la posición de que la ley de Moisés es la ley de muerte, y que la ley de Jesús, por el contrario, es la ley de vida. Pues fundaba esa aserción en el pasaje que corre así: «En el cual también Dios nos haga ministros aptos del Nuevo Testamento; no de la letra, sino del espíritu: porque la letra mata, mas el espíritu vivifica. Y si el ministerio de muerte, grabado en letras sobre piedras, fue hecho con gloria, de modo que los hijos de Israel no pudieran fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su semblante, la cual gloria había de ser abolida, ¿cómo no será aún más glorioso el ministerio del Espíritu? Porque si el ministerio de condenación es gloria, mucho más abunda en gloria el ministerio de justicia. Porque aun lo que fue glorioso no es glorioso en este respecto, en comparación con la gloria que excede. Porque si lo que ha de ser abolido es glorioso, mucho más glorioso es lo que permanece.» Y este pasaje, como también bien sabéis, se halla en la segunda Epístola a los Corintios. Además, a esto añadió otro pasaje de la primera epístola, en el que fundaba su afirmación de que los discípulos del Antiguo Testamento eran terrenales y naturales; y, en conformidad con esto, que carne y sangre no podían poseer el reino de Dios. Sostenía también que Pablo mismo hablaba en su propia persona cuando dijo: «Si edifico de nuevo lo que destruí, me hago a mí mismo transgresor.» Además, afirmaba que el mismo apóstol hizo esta declaración de la manera más obvia sobre el asunto de la resurrección de la carne, cuando dijo también que «no es judío el que lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se hace exteriormente en la carne,» y que según la letra la ley no tiene ventaja alguna. Y de nuevo adujo la declaración de que «Abraham tiene gloria, pero no ante Dios;» y que «por la ley viene sólo el conocimiento del pecado.» Y muchas otras cosas introdujo, con la mira de detraer del honor de la ley, sobre el fundamento de que la ley misma es pecado; con cuyas declaraciones las gentes más simples fueron algo influidas, conforme él continuaba presentándolas; y en conformidad con todo esto, hizo uso también de la afirmación de que «la ley y los profetas fueron hasta Juan.» Declaró, sin embargo, que Juan predicó el verdadero reino de los cielos; pues en verdad sostenía que con el cortarle la cabeza se significaba que todos los que le precedieron, y que tuvieron precedencia sobre él, habían de ser cortados, y que sólo lo que venía después de él debía mantenerse. Con referencia a todas estas cosas, por tanto, oh piadosísimo Arquelao, enviadnos una breve respuesta por escrito: porque he oído que habéis estudiado tales materias en grado no ordinario; y que esa capacidad que poseéis es don de Dios, en cuanto Dios otorga estos dones a los que son dignos de ellos, y son sus amigos, y se muestran allegados a Él en comunidad de propósito y de vida. Pues es parte nuestra prepararnos y acercarnos a la mente graciosa y liberal, e inmediatamente recibimos de ella los más abundantes dones. Así pues, como la instrucción que yo poseo para la discusión de temas como éstos no satisface los requisitos de mi deseo y propósito — pues confieso ser hombre indocto —, os he enviado, como ya he dicho más de una vez, con la esperanza de obtener de vuestra mano la más amplia solución a esta cuestión. ¡Que os vaya bien, padre incomparable y honorable!

    § 41

    41. Al recibir esta epístola, Arquelao quedó asombrado de la osadía del hombre. Mas entretanto, como el caso pedía que se enviara rápida respuesta, despachó al punto una carta con referencia a las afirmaciones hechas por Diodoro. Aquella epístola corría en los términos siguientes: — Arquelao saluda al presbítero Diodoro, su honorable hijo.

    § 41 · carta de Arquelao a Diodoro

    El recibo de vuestra carta me ha regocijado en extremo, amigo mío muy amado. He venido a entender, además, que este hombre, que se llegó a mí antes de estos días, y procuró introducir aquí un nuevo género de conocimiento, distinto de lo apostólico y eclesiástico, también ha llegado a vosotros. A esa persona, ciertamente, no le di lugar: pues de momento, cuando sostuvimos juntos una disputación, fue confundido. Y quisiera ahora transcribir para vuestro provecho todos los argumentos de que me serví en aquella ocasión, a fin de que por medio de ellos os hagáis idea de cuál es la fe de ese hombre. Mas, como eso sólo podría hacerse con el ocio de que dispongo, he juzgado necesario, en vista de la exigencia inmediata, escribiros una breve respuesta con referencia a lo que me habéis escrito sobre el asunto de las afirmaciones por él adelantadas. Entiendo, pues, que su empeño principal se dirigía a probar que la ley de Moisés no es consonante con la ley de Cristo; y esta posición intentaba fundarla en la autoridad de nuestras Escrituras. Pues bien, por nuestra parte, no sólo establecimos la ley de Moisés, y todas las cosas que en ella están escritas, por la misma Escritura; sino que también probamos que todo el Antiguo Testamento concuerda con el Nuevo Testamento, y está en perfecta armonía con él, y que forman realmente un solo tejido, así como una persona puede ver una misma túnica compuesta de trama y urdimbre juntas. Pues la verdad es simplemente ésta: que así como discernimos la púrpura en una túnica, así, si nos es lícito expresarlo de este modo, podemos discernir el Nuevo Testamento en el tejido del Antiguo Testamento; pues vemos la gloria del Señor reflejada en el mismo. Por tanto, no hemos de desechar el espejo, viendo que nos muestra la imagen genuina de las cosas mismas, fiel y verdaderamente; antes, al contrario, debemos honrarlo tanto más. ¿Pensáis, en verdad, que el niño que es llevado por su pedagogo a los maestros del saber cuando aún es muy pequeño, debe tener en ningún honor a ese pedagogo después de haber crecido a la edad varonil, simplemente porque ya no necesita sus servicios, sino que puede hacer su camino sin ayuda alguna de aquel acompañante a las escuelas, y hallar prontamente el camino a las salas de lectura? O, para tomar otro ejemplo, ¿sería justo que el niño que al principio se ha alimentado de leche, después de haber crecido hasta ser capaz de recibir manjares más fuertes, rechazara entonces injuriosamente los pechos de su nodriza y concibiera horror de ellos? Antes bien, debe honrarlos y cuidarlos, y confesarse deudor de sus buenos servicios. Podemos también servirnos, si os place, de otra ilustración. Cierto hombre, habiendo notado en una ocasión a un infante expuesto en el suelo y que ya sufría en exceso, lo recogió, y se comprometió a criarlo en su propia casa hasta que llegara a la edad juvenil, y soportó todas las fatigas y ansiedades que suelen caber en suerte a quienes han de criar niños. Después de un tiempo, empero, aconteció que el que era el padre natural del niño vino buscando al muchacho, y lo halló con esta persona que lo había criado. ¿Qué debería hacer este niño al saber que éste es su verdadero padre? Pues hablo, por supuesto, de un niño del tipo recto. ¿No procuraría que el que lo había criado fuera recompensado con dones liberales; y no seguiría entonces a su padre natural, teniendo en vista su propia herencia? Pues así, creo que debemos suponer que aquel distinguido siervo de Dios, Moisés, de manera algo parecida a esto, halló a un pueblo afligido por los egipcios; y tomó a este pueblo para sí, y lo nutrió en el desierto como un padre, lo instruyó como un maestro, y lo gobernó como un magistrado. A este pueblo lo preservó también contra la venida de aquel de quien eran. Y después de un período considerable vino el padre, y recibió a sus ovejas. Ahora bien, ¿no será honrado en todas las cosas aquel guardián por aquel a quien entregó aquel rebaño; y no será glorificado por los que han sido preservados por él? ¿Quién, pues, puede ser tan insensato, mi muy amado Diodoro, que diga que son ajenos entre sí los que han estado aliados entre sí, que han profetizado por turno el uno para el otro, y que han mostrado señales y prodigios que son iguales y semejantes, el uno al otro, y de naturaleza análoga entre sí; o más bien, para hablar en verdad, que pertenecen enteramente a la misma estirpe el uno con el otro? Porque, en efecto, Moisés dijo primero al pueblo: «Un profeta os levantará el Señor nuestro Dios, semejante a mí.» Y Jesús dijo después: «Porque Moisés habló de mí.» Veis cómo estos dos se dan la diestra el uno al otro, aunque el uno era el profeta y el otro era el Hijo amado, y aunque en el uno hemos de reconocer al siervo fiel, mas en el otro al Señor mismo. Ahora, por otra parte, podría referirme al hecho de que uno que antiguamente tenía la intención de ir a las escuelas sin el pedagogo no era recibido por el maestro. Pues el maestro decía: «No le recibiré si no acepta al pedagogo.» Y quién es la persona de quien se habla bajo aquella figura, lo explicaré brevemente. Había cierto hombre rico, que vivía a la manera de los gentiles, y pasaba su tiempo en gran lujo cada día; y había también otro hombre, un pobre, que era su vecino, y que no podía procurarse siquiera su pan cotidiano. Aconteció que ambos partieron de esta vida, que ambos descendieron al sepulcro, y que el pobre fue trasladado al lugar de descanso, y así sucesivamente, como os es conocido. Mas, además, aquel rico tenía también cinco hermanos, que vivían como él había vivido, y a quienes no turbaba duda alguna acerca de lecciones que habían aprendido en casa de tal maestro. El rico rogaba entonces que éstos fueran instruidos en la doctrina superior juntamente y al punto. Mas Abraham, sabiendo que aún tenían necesidad del pedagogo, le dijo: «A Moisés y a los profetas tienen.» Porque si no recibían a éstos, de modo que su curso fuera dirigido por él, es decir, Moisés, como por un pedagogo, no serían capaces de aceptar la doctrina del maestro superior.

    § 42

    42. Mas yo ofreceré también, en la medida de mis posibilidades, algunas exposiciones de las otras palabras referidas; es decir, mostraré que Jesús ni dijo ni hizo nada que fuera contrario a Moisés. Y primero, en cuanto a la palabra, «Ojo por ojo y diente por diente» —esto es la expresión de la justicia. Y en cuanto a su mandato de que el hombre, herido en una mejilla, ofrezca también la otra, esto es la expresión de la bondad. Ahora bien, ¿se oponen entre sí la justicia y la bondad? ¡Lejos de ello! Sólo ha habido un avance de la simple justicia a la bondad positiva. Y además tenemos el dicho: «El obrero es digno de su jornal.» Mas si alguno procura cometer fraude en ello, es ciertamente de toda justicia que lo que ha llegado a poseer por fraude le sea reclamado, y con mayor razón cuando el jornal es cuantioso. Digo, pues, que cuando los egipcios afligieron a los hijos de Israel por medio de los capataces que les fueron impuestos en la labor de hacer ladrillos, Moisés reclamó y exigió todo de una vez, con penas, en un solo instante. Pero ¿habrá de llamarse a esto iniquidad? ¡Lejos de ello! Ciertamente es la abstinencia de la bondad, en verdad, cuando uno hace un uso moderado de lo verdaderamente necesario y renuncia a todo lo que va más allá. Miremos también el hecho de que en el Antiguo Testamento hallamos las palabras: «Yo hago al rico y al pobre», mientras Jesús llama bienaventurados a los pobres. Pues bien, en ese dicho Jesús no se refirió a los que son pobres simplemente en bienes del mundo, sino a los pobres de espíritu, es decir, a los que no están inflamados de soberbia, sino que tienen la disposición mansa y humilde, no pensando de sí mismos más de lo que deben pensar. Mas esta cuestión no ha sido propuesta correctamente por nuestro adversario. Pues aquí percibo que Jesús también mira con agrado las ofrendas de los ricos, cuando son echadas en el tesoro. Y con todo sería muy poco si sólo los ricos echaran ofrendas en el tesoro; así están también las dos blancas de la viuda pobre, que son recibidas con alegría; y en aquella ofrenda se muestra verdaderamente algo que va más allá de lo que Moisés prescribió acerca de la recepción de dinero. Pues él recibía dádivas de los que tenían; mas Jesús las recibe aun de los que no tienen. Pero añade este hombre que está escrito: «Si alguno no renuncia a todo cuanto posee, no puede ser mi discípulo.» Pues bien, observo además que el centurión, varón sumamente rico y sobradamente dotado de influencia mundana, tuvo una fe que superaba a la de todo Israel; de modo que, aun si hubo alguno que renunció a todo, aquel varón fue superado en fe por este centurión. Mas alguno podrá ahora razonar con nosotros así: No es bueno, por consiguiente, renunciar a las riquezas. Pues respondo que es bueno para los que son capaces de ello; pero, al mismo tiempo, emplear las riquezas en obra de justicia y misericordia es cosa tan aceptable como si se renunciara a todo de una vez. Además, en cuanto a la afirmación de que el sábado ha sido abolido, negamos que él lo haya abolido claramente; porque él mismo era también Señor del sábado. Y esto, la relación de la ley con el sábado, era semejante al siervo que tiene a su cargo la cámara del esposo, y que la prepara con todo esmero, y no permite que sea turbada ni tocada por ningún extraño, sino que la conserva intacta hasta el tiempo de la llegada del esposo; de suerte que, cuando éste ha venido, la misma se use como a él le plazca, o como se concede usarla a los que él ha ordenado entrar con él. Y el propio Señor Jesucristo dio testimonio de lo que afirmamos cuando dijo con su voz celestial: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los hijos de la cámara nupcial mientras el esposo está con ellos?» Y además, no rechazó en realidad la circuncisión; antes bien deberíamos decir que recibió en sí mismo y en lugar nuestro la causa de la circuncisión, aliviándonos con lo que él mismo soportó, y no permitiendo que tuviéramos que sufrir dolor alguno en vano. Pues, en efecto, ¿qué provecho puede sacar un hombre con circuncidarse, si a pesar de ello abriga los peores pensamientos contra su prójimo? Deseó, por tanto, más bien abrirnos los caminos de la vida más plena por una senda breve, no sea que, después de haber recorrido largos cursos por nuestra cuenta, halláramos nuestro día cerrándose prematuramente sobre nosotros en noche, y no sea que, mientras por fuera pudiéramos aparecer espléndidos a la vista de los hombres, por dentro seamos comparables a lobos rapaces, o semejantes a sepulcros blanqueados. Pues muy por encima de cualquier persona de tal índole ha de ponerse el hombre que, aunque vestido sólo con ropa sórdida y raída, no guarda oculto mal alguno en su corazón contra su prójimo. Porque sólo la circuncisión del corazón trae salvación; y la circuncisión meramente carnal de ninguna ventaja puede ser para los hombres, a no ser que además estén fortificados con la circuncisión espiritual. Escucha también lo que dice la Escritura sobre este asunto: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» ¿Qué necesidad tengo, pues, de esforzarme y sufrir, viendo que he llegado a conocer el camino compendioso de la vida, y sé que será mío con sólo ser limpio de corazón? Y esto está muy de acuerdo con la verdad que ahora hemos aprendido, a saber, que si uno prevalece en la observancia de los dos mandamientos, cumple toda la ley y los profetas. Además Pablo, el principal de los apóstoles, después de todas estas palabras, nos da aún más clara instrucción sobre el asunto, cuando dice: «¿O buscáis una prueba de aquel Cristo que habla en mí?» ¿Qué tengo, pues, que ver con la circuncisión, viendo que puedo ser justificado en la incircuncisión? Porque está escrito: «¿Está alguno circuncidado? No se haga incircunciso. ¿O está alguno en incircuncisión? No se circuncide. Pues ninguna de estas cosas es algo, sino sólo la observancia de los mandamientos de Dios.» Por consiguiente, como la circuncisión es incapaz de salvar a nadie, no ha de ser exigida con gran empeño, especialmente cuando vemos que si un hombre ha sido llamado en incircuncisión y desea entonces circuncidarse, se hace inmediatamente transgresor de la ley. Porque si yo soy circuncidado, cumplo también los mandamientos de la ley con miras a estar en condición de salvarme; mas si soy incircunciso y permanezco en la incircuncisión, mucho más guardando los mandamientos tendré vida. Pues he recibido la circuncisión del corazón, en el espíritu, y no la de la letra en la tinta sola, en la cual hay alabanza, no de los hombres, sino de Dios. Por lo cual, no se me haga cargo de esta clase. Porque así como el hombre acaudalado, que posee grandes tesoros de oro y plata, de manera que obtiene todo lo necesario para los usos de su casa hecho de estos metales preciosos, no tiene necesidad de mostrar vasija alguna de barro en nada de lo que pertenece a su familia, y sin embargo no se sigue de esta circunstancia que las producciones del alfarero, o el arte de hacer vasijas de barro, hayan de ser tenidas en aborrecimiento por él; así también yo, que he sido enriquecido por la gracia de Dios, y que he obtenido la circuncisión del corazón, de ninguna manera puedo tener necesidad de aquella inútil circuncisión carnal, y sin embargo, con todo, no se sigue que deba llamarla mala. ¡Lejos de mí hacerlo! Mas si alguno desea recibir instrucción aún más exacta sobre estos asuntos, la hallará discutida con la mayor amplitud en la primera epístola del apóstol.

    § 43

    43. Hablaré ahora con la mayor brevedad del velo de Moisés y del ministerio de muerte. Pues no creo que estas cosas al menos puedan contribuir en mucho al menosprecio de la ley. El texto en cuestión, pues, prosigue así: «Mas si el ministerio de muerte, grabado en letras sobre las piedras, fue hecho en gloria, de modo que los hijos de Israel no pudieran mirar fijamente el rostro de Moisés a causa de la gloria de su semblante; la cual gloria había de desaparecer;» y así sucesivamente. Pues bien, este pasaje al menos reconoce la existencia de una gloria en el semblante de Moisés, y esto es ciertamente un hecho favorable a nuestra posición. Y aunque haya de desaparecer, y aunque haya un velo en la lectura del mismo, eso no me molesta ni me perturba, con tal de que aún haya gloria en él. Ni es el caso que todo lo que ha de desaparecer quede reducido por ello, en toda circunstancia, a una condición de deshonra. Porque cuando la Escritura habla de gloria, nos muestra también que tenía conocimiento de diferencias de gloria. Así dice: «Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas; porque una estrella difiere de otra estrella en gloria.» Aunque, pues, el sol tiene mayor gloria que la luna, no se sigue que la luna quede reducida por ello a una condición de deshonra. Y así también, aunque mi Señor Jesucristo aventaja a Moisés en gloria, como el señor aventaja al siervo, no se sigue de esto que la gloria de Moisés haya de ser menospreciada. Pues de este modo también podemos satisfacer a nuestros oyentes, ya que la naturaleza de la palabra misma lleva consigo la convicción, en cuanto afirmamos lo que alegamos sobre la autoridad de las Escrituras mismas, o aun hacemos más clara la prueba de nuestras afirmaciones con ilustraciones tomadas de ellas. Así, aunque una persona encienda una lámpara en la noche, una vez salido el sol ya no tiene necesidad de la mezquina luz de su lámpara, a causa de aquel resplandor del sol que envía sus rayos por todo el mundo; y sin embargo, con todo, el hombre no arroja su lámpara con desprecio, como si fuera algo absolutamente antagónico al sol; antes bien, una vez que ha hallado su utilidad, la conservará con tanto mayor esmero. Precisamente de esta manera, pues, la ley de Moisés sirvió como una especie de guardián para el pueblo, a manera de lámpara, hasta que saliera el verdadero Sol, que es nuestro Salvador, como también nos dice el apóstol: «Y Cristo os alumbrará.» Mas hemos de mirar lo que se dice más adelante: «Sus mentes fueron cegadas: porque hasta el día de hoy permanece el mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento; no es quitado, porque en Cristo se desvanece. Pues aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre su corazón. Mas cuando se convierta al Señor, el velo será quitado. Ahora bien, el Señor es aquel Espíritu.» ¿Qué se quiere decir, pues, con esto? ¿Está Moisés presente con nosotros aun hasta el día de hoy? ¿Acaso es el caso que nunca ha dormido, que nunca ha ido a su reposo, que nunca ha partido de esta vida? ¿Cómo es que se usa aquí esta frase «hasta el día de hoy»? Pues bien, mira el velo, que está puesto, donde él dice que está puesto, sobre sus corazones en su lectura. Ésta es, por tanto, la palabra de censura contra los hijos de Israel, porque leen a Moisés y sin embargo no lo entienden, y rehúsan volverse al Señor; pues es éste de quien Moisés profetizó que había de venir. Éste es, entonces, el velo que fue puesto sobre el rostro de Moisés, y éste es también su testamento; porque dice en la ley: «No faltará príncipe de Judá, ni caudillo de entre sus muslos, hasta que venga aquel a quien pertenece; y él será la expectación de las naciones: atará su pollino a la vid, y el hijo de su asna a la vid escogida; lavará sus vestiduras en vino, y sus ropas en sangre de uvas; sus ojos se embeberán en vino, y sus dientes blancos de leche;» y así sucesivamente. Además, indicó quién era él y de dónde había de venir. Porque dijo: «El Señor Dios os levantará un Profeta de entre vuestros hermanos, como yo: a él prestaréis oído.» Ahora bien, es claro que esto no puede entenderse como dicho de Jesús hijo de Nun. Pues nada de esta circuncisión se halla en él. Después de él, además, ha habido todavía reyes de Judá; y por consiguiente esta profecía está lejos de poder aplicarse a él. Y éste es el velo que está sobre Moisés; porque no era, como algunos entre los indoctos quizá imaginan, pedazo alguno de lienzo, ni piel alguna que cubriera su rostro. Mas también el apóstol se cuida de hacérnoslo claro, al decirnos que el velo se pone en la lectura del Antiguo Testamento, en cuanto los que desde antiguo se llaman Israel esperan aún la venida de Cristo, y no perciben que los príncipes han faltado de Judá y los caudillos de entre sus muslos; como aun en la actualidad los vemos en sujeción a reyes y príncipes, y pagando tributo a éstos, sin que les quede poder alguno ni de juicio ni de castigo, tal como ciertamente lo tuvo Judá, pues después de haber condenado a Tamar, pudo también justificarla. «Mas también veréis vuestra vida colgada (en duda) delante de vuestros ojos.»

    § 44

    44. Ahora bien, esta palabra tiene también el velo. Porque hasta el tiempo de Herodes en cierto modo parecían retener un reino; y fue por Augusto cuando se realizó entre ellos la primera inscripción, y comenzaron a pagar tributo y a ser empadronados. Ahora bien, fue también desde el tiempo en que nuestro Señor Jesucristo comenzó a ser profetizado y esperado cuando empezó a haber príncipes de Judá y caudillos del pueblo; y éstos, a su vez, faltaron justamente al acercarse su advenimiento. Si, pues, se quita el velo que se pone en aquella lectura suya, comprenderán la verdadera virtud de la circuncisión; y descubrirán también que la generación de aquel a quien predicamos, y su cruz, y todas las cosas que han sucedido en la historia de nuestro Señor, son los asuntos mismos que habían sido predichos de aquel Profeta. Y de buena gana querría, en verdad, examinar cada pasaje semejante de la Escritura por sí mismo y señalar su significado, como conviene que se entienda. Mas, como ahora urge otro asunto, estos pasajes los discutiremos en alguna ocasión de ocio. Pues por el momento, lo que ya he dicho puede ser suficiente para mostrar que no sin razón se dice que el velo es puesto sobre el corazón de ciertas personas en la lectura del Antiguo Testamento. Mas a todos los que se vuelven al Señor se les quita el velo. Qué fuerza precisa, sin embargo, puedan tener todas estas cosas, lo dejo a la comprensión de los que tienen sana inteligencia. Volvamos ahora de nuevo a aquella palabra de Moisés, en la que dice: «El Señor vuestro Dios os levantará un Profeta de entre vuestros hermanos, como yo.» En este dicho percibo una gran profecía dada por el siervo Moisés, como por uno conocedor de que el que ha de venir ha de estar ciertamente dotado de mayor autoridad que él mismo, y sin embargo ha de padecer cosas semejantes a él, y de mostrar semejantes señales y prodigios. Porque allí, Moisés, después de su nacimiento, fue puesto por su madre en una arquilla y expuesto junto a las orillas del río; aquí, nuestro Señor Jesucristo, después de su nacimiento de María su madre, fue enviado en huida a Egipto por ministerio de un ángel. Allí, Moisés sacó a su pueblo de en medio de los egipcios y los salvó; y aquí, Jesús, sacando a su pueblo de en medio de los fariseos, los transfirió a una salvación eterna. Allí, Moisés buscó pan por la oración y lo recibió del cielo, a fin de alimentar con él al pueblo en el desierto; aquí, mi Señor Jesús, por su propio poder, sació con cinco panes a cinco mil hombres en el desierto. Allí, Moisés, cuando fue probado, fue puesto sobre el monte y ayunó cuarenta días; y aquí, mi Señor Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto cuando fue tentado por el diablo, y ayunó de igual manera cuarenta días. Allí, ante la vista de Moisés, todos los primogénitos de los egipcios perecieron a causa de la perfidia de Faraón; y aquí, en el tiempo del nacimiento de Jesús, todo varón entre los judíos pereció de repente a causa de la perfidia de Herodes. Allí, Moisés oró para que Faraón y su pueblo fueran librados de las plagas; y aquí, nuestro Señor Jesús oró para que los fariseos fueran perdonados, cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Allí, el semblante de Moisés resplandeció con la gloria del Señor, de modo que los hijos de Israel no podían mirar fijamente su rostro, a causa de la gloria de su semblante; y aquí, el Señor Jesucristo resplandeció como el sol, y sus discípulos no pudieron mirar su rostro por razón de la gloria de su semblante y del intenso esplendor de la luz. Allí, Moisés abatió a espada a los que habían levantado el becerro; y aquí, el Señor Jesús dijo: «He venido a enviar espada sobre la tierra, y a poner al hombre en discordia con su prójimo,» y así sucesivamente. Allí, Moisés entró sin temor en la oscuridad de las nubes cargadas de agua; y aquí, el Señor Jesús anduvo con todo poder sobre las aguas. Allí, Moisés dio sus mandatos al mar; y aquí, el Señor Jesús, cuando estaba en el mar, se levantó y dio sus mandatos a los vientos y al mar. Allí, Moisés, cuando fue atacado, extendió sus manos y luchó contra Amalec; y aquí, el Señor Jesús, cuando fuimos atacados y perecíamos por la violencia de aquel espíritu errante que ahora obra en los justos, extendió sus manos sobre la cruz y nos dio salvación. Mas hay en verdad muchos otros asuntos de este género que debo pasar por alto, mi amadísimo Diodoro, pues tengo prisa por enviarte este librito con toda la rapidez conveniente; y estas omisiones mías podrás suplirlas tú mismo muy fácilmente con tu propia inteligencia. Escríbeme, sin embargo, una relación de todo lo que este siervo de la causa del adversario pueda hacer en adelante. ¡Que el Dios omnipotente te guarde íntegro en alma y en espíritu!

    Quinta parte (§ 45–50): la segunda disputa

    § 45

    45. Al recibir esta carta, Diodoro se hizo dueño de su contenido y entró luego en liza contra Manes. Y esto lo hizo con tal brío que fue muy alabado por todos por la demostración cuidadosa y satisfactoria que dio de que hay una relación mutua entre los dos testamentos, y también entre las dos leyes. Hallando además más argumentos por sí mismo, pudo aducir muchos puntos de gran pertinencia y fuerza contra aquel hombre, y en defensa de la verdad. Razonó asimismo de manera concluyente contra su oponente sobre bases verbales. Por ejemplo, argumentó con él del modo siguiente:— ¿Dijiste que los testamentos son dos? Pues bien, di entonces que hay dos testamentos antiguos o que hay dos testamentos nuevos. Porque tú afirmas que hay dos innascibles pertenecientes al mismo tiempo, o más bien a la eternidad; y si de este modo hay dos, debería haber o dos testamentos antiguos o dos testamentos nuevos. Si, empero, no concedes esto, sino que afirmas, por el contrario, que hay un testamento antiguo y que hay también otra nueva exposición, eso probará de nuevo que no hay sino un solo autor para ambos; y la secuencia misma mostrará que el Antiguo Testamento pertenece a Aquel a quien también atañe el Nuevo Testamento. Podemos ilustrarlo con el caso de un hombre que dice a otro: "Arríendame tu casa vieja". Pues con semejante modo de dirigirse, ¿no declara que ese hombre es también dueño de una casa nueva? O, por el contrario, si le dice: "Muéstrame tu casa nueva", ¿no designa con esa misma palabra también como poseedor de una casa vieja? Luego, además, ha de considerarse esto: que puesto que hay dos seres de naturaleza innascible, es necesario de ello suponer que cada uno tiene (lo que ha de llamarse) un testamento antiguo, y así aparecerá que hay dos testamentos antiguos; si en verdad afirmas que ambos seres son antiguos, y ambos ciertamente sin principio. Mas yo no he aprendido doctrina semejante; ni las Escrituras la contienen. Tú, en cambio, que alegas que la ley de Moisés proviene del príncipe del mal, y no del Dios bueno, dime quiénes fueron los que resistieron a Moisés cara a cara— me refiero a Janes y Jambres? Porque todo objeto que resiste, no se resiste a sí mismo, sino a algún otro, mejor o peor; como Pablo también nos lo da a entender cuando escribe lo siguiente en su segunda Epístola a Timoteo: «De la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad: hombres de mente corrompida, réprobos en cuanto a la fe. Mas no pasarán adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos, como lo fue la de aquéllos.» ¿Observas cómo compara a Janes y Jambres con hombres de mente corrompida y réprobos en cuanto a la fe, mientras que a Moisés, por el contrario, lo asemeja a la verdad? Mas el santo Juan, el más grande de los evangelistas, nos habla también del dar y difundir gracia por gracia; pues indica, ciertamente, que hemos recibido la ley de Moisés de la plenitud de Cristo, y quiere decir que por aquella gracia esta otra gracia ha sido perfeccionada en nosotros mediante Jesucristo. Fue también para mostrar que esto es así por lo que nuestro Señor Jesucristo mismo habló en estos términos: No penséis que yo os he de acusar ante el Padre; hay uno que os acusa, Moisés, en quien vosotros esperáis. Porque si creyeseis a Moisés, ciertamente me creeríais a mí; porque él escribió de mí. Pero si no creéis sus escritos, ¿cómo creeréis mis palabras? Y además de todas estas palabras, hay todavía muchos otros pasajes que podrían aducirse tanto del apóstol Pablo como de los Evangelios, con los cuales podemos probar que la ley antigua no pertenece a otro que a aquel Señor a quien también atañe el nuevo testamento, y que nos convendría muy bien exponer y emplear de manera satisfactoria. Ahora, sin embargo, la tarde nos impide hacerlo; porque el día va llegando a su término, y es justo que pongamos fin ahora a nuestra disputa. Mañana se te dará oportunidad de hacernos preguntas sobre cualquier punto que te plazca plantear. Y tras estas palabras se fueron.

    § 46

    46. A la mañana siguiente, sin embargo, Arquelao apareció de repente en la residencia en que se alojaba Diodoro, antes de que nadie anduviera aún por las calles. Manes, en consecuencia, sin sospechar en absoluto que Arquelao estaba ya de nuevo en el lugar, desafió públicamente a Diodoro a entrar en disputa con él; su intención era aplastarlo con un alarde verbal, porque había percibido que era hombre de natural sencillo y no muy profundamente instruido en las cuestiones de las Escrituras. Pues ya había probado la doctrina de Arquelao. Cuando, pues, las multitudes se congregaron de nuevo en el lugar de costumbre destinado a la disputa, y cuando Manes acababa de comenzar a razonar, de repente Arquelao apareció entre ellos, abrazó a Diodoro y lo saludó con un ósculo santo. Entonces ciertamente Diodoro, y todos los presentes, quedaron llenos de asombro ante la disposición de la divina providencia que de tal modo proveyó que Arquelao llegara entre ellos en el momento mismo en que la cuestión era justamente planteada; pues en realidad, como ha de confesarse, Diodoro, con toda su religiosidad, había temido un tanto el conflicto. Mas cuando Manes divisó a Arquelao, al punto se retiró de su actitud insultante; y con su soberbia no poco abatida, dejó bien claro que de buena gana huiría de la contienda. La multitud de oyentes, empero, consideró la llegada de Arquelao como algo semejante al advenimiento de un apóstol, porque se había mostrado tan cabalmente pertrechado, y tan pronto y dispuesto para una defensa de la verdad por la palabra. En consecuencia, después de pedir silencio al pueblo con un gesto de su diestra— pues no se había levantado un tumulto pequeño,— Arquelao comenzó un discurso en los términos siguientes:— Aunque algunos entre nosotros han alcanzado el honor de la sabiduría y el galardón de la gloria, esto os ruego: que retengáis en vuestras mentes el testimonio de las cosas que se han dicho antes de mi llegada. Pues sé y estoy cierto, hermanos, de que ahora tomo el lugar de Diodoro, no por causa de imposibilidad alguna que a él le corresponda, sino porque llegué a conocer a esta persona aquí presente en un tiempo anterior, cuando se abrió camino con sus malvados designios hacia las partes donde yo resido, por favor de Marcial, aquel varón de nombre ilustre, a quien él se esforzó por apartar de nuestra doctrina y fe, con el objeto, a saber, de convertirlo en un eficaz partidario de esta impía enseñanza. Sin embargo, a pesar de todas sus plausibles arengas, no logró moverlo ni apartarlo de la fe en punto alguno. Porque este piadosísimo Marcial resultó ser semejante a la roca sobre la que la casa fue edificada con cimientos solidísimos; y cuando descendió la lluvia, y vinieron los torrentes y los vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa, permaneció firme: porque había sido edificada sobre cimientos solidísimos e inconmovibles. Y el intento así hecho por esta persona que ahora está ante vosotros, le acarreó deshonra más bien que gloria. Además, no me parece que pueda ser muy excusable si resulta desconocer lo que está por venir; pues seguramente debería conocer de antemano a los que están de su lado: ciertamente debería tener esta medida de conocimiento, si es verdad en efecto que el Espíritu del Paráclito mora en él. Mas en cuanto es realmente una persona cegada con la oscuridad de la ignorancia, corrió en vano cuando viajó a Marcial, y no hizo sino mostrarse semejante al observador de estrellas, que se ocupa en describir las cosas celestiales, mientras todo el tiempo ignora lo que pasa en su propia casa. Mas para que no parezca que dejo de lado la cuestión presente hablando de este tenor, me abstendré ahora de tal discurso. Y daré también a este hombre el privilegio de tomar cualquier punto que mejor le convenga como comienzo de cualquier tratamiento del asunto y de la cuestión. Y a vosotros, como ya he dicho, solo dirijo la petición de que seáis jueces imparciales, para dar a quien dice la verdad el honor debido y la palma.

    § 47

    47. Entonces Manes, después de haberse impuesto silencio entre todos, comenzó así su discurso: Como otros, Arquelao, también tú me hieres con las palabras más injuriosas, no obstante que mis sentimientos acerca de Dios son correctos, y que tengo asimismo una concepción adecuada de Cristo; y sin embargo, la familia de los apóstoles tiene más bien el carácter de soportarlo todo y sufrirlo todo, aun cuando un hombre los asalte con insultos y maldiciones. Si es tu intención perseguirme, preparado estoy para ello; y si quieres someterme a castigo, no me apartaré de él; sí, aun si piensas darme muerte, no tengo miedo: «Porque debemos temer solo a Aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» Dijo Arquelao: ¡Lejos esté de mí tal cosa! No es esa mi intención. Pues ¿qué has tenido jamás que sufrir de mis manos, o de las manos de los que piensan con nosotros, aun cuando tú nos menospreciabas y nos hacías injuria, y cuando hablabas en detrimento de las tradiciones de nuestros padres, y cuando era tu propósito causar la muerte de las almas de hombres bien cimentados en la verdad, y guardados con el más escrupuloso cuidado; para lo cual, en verdad, toda la riqueza del mundo no serviría de compensación suficiente? Con todo, ¿qué razón tienes para asumir esta posición? ¿Qué tienes que mostrar? Dinos esto: ¿qué señales de salvación has de presentarnos? Pues la mera bravata de palabras no bastará para satisfacer a la multitud aquí presente, ni será suficiente para capacitarla a reconocer cuál de nosotros posee con más exactitud el conocimiento de la verdad. Por lo cual, ya que tienes la oportunidad de hablar primero, dinos antes a qué punto particular del asunto quieres que dirijamos la disputa. Dijo Manes: Si no ofreces por segunda vez una resistencia injusta a las posiciones que sean expuestas con toda propiedad por nosotros, hablaré contigo; pero si pretendes mostrarte aún en el carácter que en una ocasión anterior percibí que asumías, me dirigiré a Diodoro, y me mantendré apartado de tu turbulencia. Dijo Arquelao: Ya he expresado mi opinión de que simplemente estaremos abusando de la ocasión con el mero intercambio de palabras vacías. Si alguien de un lado se empeña en ofrecer una resistencia injusta, deja eso a la decisión de los jueces. Mas ahora, dinos qué tienes que aducir. Dijo Manes: Si no pretendes por segunda vez contradecir meramente las posiciones que son expuestas con toda corrección por mí, comenzaré. Dijo Arquelao: «Si no esto,» y «si no aquello,» son modos de hablar que señalan a un hombre ignorante. Ignoras, por tanto, lo que está por venir. Mas en cuanto a esta cosa particular que declaras estar aún por venir, contradecir o no contradecir es asunto de mi propia potestad. ¿Cómo, pues, se sostendrá aquel argumento de los dos árboles, en el que pones tu confianza como en un escudo de la más aprobada fortaleza? Porque si yo estoy del lado contrario, ¿cómo exiges mi obediencia? Y si, por el contrario, hay en mí la disposición de obediencia, ¿cómo estás tan alarmado no sea que te contradiga? Pues tú sostienes que el mal permanece siempre mal, y que el bien permanece siempre bien, en total ignorancia de la fuerza de tus palabras. Dijo Manes: ¿Acaso te he empleado como abogado de mis palabras, para que determines también la inteligencia que convenga a mi conocimiento? ¿Y cómo podrás explicar lo que pertenece a otra persona, cuando no puedes aclarar lo que te atañe a ti mismo? Pero si Diodoro se reconoce ahora vencido, mis razonamientos se dirigirán entonces a ti. Si, empero, todavía resiste, y está dispuesto a hablar, te ruego que desistas y ceses de interferir en la comprobación de la verdad. Porque tú eres una oveja extraña; sin embargo, en adelante serás introducido en el número del mismo rebaño, como lo insinúa también la voz de Jesús— ese Jesús, a saber, que apareció ciertamente en forma de hombre, y con todo no fue hombre. Dijo Arquelao: ¿No eres, pues, de opinión de que Él nació de la Virgen María? Dijo Manes: ¡Dios me libre de admitir que nuestro Señor Jesucristo descendió a nosotros por el vientre natural de una mujer! Porque Él nos da su propio testimonio de que descendió del seno del Padre; y de nuevo dice: «El que me recibe, recibe al que me envió;» y. «No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió;» y una vez más, «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Y hay también innumerables otros pasajes de significado semejante, que lo señalan como uno que vino, y no como uno que fue nacido. Pero si tú eres mayor que Él, y si sabes mejor que Él lo que es verdad, ¿cómo aún le creemos? Dijo Arquelao: Ni soy mayor que Él, pues soy su siervo; ni puedo ser siquiera igual a mi Señor, pues soy siervo inútil suyo; soy discípulo de sus palabras, y creo las cosas que han sido dichas por Él, y afirmo que son inmutables. Dijo Manes: Cierta persona algo semejante a ti le dijo una vez: «María, tu madre, y tus hermanos, están fuera;» y Él no tomó la palabra con agrado, sino que reprendió a la persona que la había pronunciado, diciendo: «¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?» Y mostró que los que hacían su voluntad eran a la vez sus madres y sus hermanos. Si tú, empero, pretendes decir que María era realmente su madre, te pones en una posición de considerable peligro. Porque, sin duda alguna, quedaría probado por los mismos principios que Él tenía también hermanos por ella. Ahora dime si estos hermanos fueron engendrados por José o por el mismo Espíritu Santo. Pues si dices que fueron engendrados por el mismo Espíritu Santo, se seguirá que hemos tenido muchos Cristos. Y si dices que éstos no fueron engendrados por el mismo Espíritu Santo, y sin embargo afirmas que Él tenía hermanos, entonces sin duda estaremos en la necesidad de entender que, en sucesión al Espíritu y después de Gabriel, la virgen purísima e inmaculada formó una unión marital real con José. Pero si esto es también cosa del todo absurda— me refiero a la suposición de que ella tuvo algún modo de trato con José— dime si entonces Él tenía hermanos. ¿Es así como fijarás también el crimen de adulterio sobre ella, sapientísimo Marcial? Pero si ninguna de estas suposiciones conviene a la condición de la Virgen sin mancha, ¿cómo harás ver que Él tenía hermanos? Y si no puedes probarnos claramente que Él tenía hermanos, ¿te será más fácil probar que María es su madre, conforme al dicho del que se atrevió a escribir: «He aquí, tu madre y tus hermanos están fuera?» Con todo, aunque aquel hombre fue bastante audaz para dirigirle así la palabra, nadie puede ser más poderoso ni mayor que esta misma persona que nos muestra a su madre o a sus hermanos. Más aún, Él no se digna ni siquiera oír que se diga que es hijo de David. El apóstol Pedro, empero, el más eminente de todos los discípulos, pudo reconocerlo en aquella ocasión, cuando todos exponían las diversas opiniones que tenían acerca de Él: pues dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente;» e inmediatamente lo llama bienaventurado, dirigiéndole estas palabras: «Porque mi Padre celestial te lo ha revelado.» Observa qué diferencia hay entre estas dos palabras dichas por Jesús. Pues a aquel que había dicho: «He aquí, tu madre está fuera,» Él respondió: «¿Quién es mi madre, o quiénes son mis hermanos?» Pero a aquel que dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente,» le devuelve una bienaventuranza y bendición. Por consiguiente, si quieres que Él naciera de María, se sigue que no menos que Pedro, Él mismo queda así probado que habló falsamente. Mas si, por el contrario, Pedro dice lo verdadero, entonces sin duda aquella persona de antes estaba en error. Y si aquella persona estaba en error, el asunto ha de remitirse al escritor. Sabemos, por tanto, que hay un Cristo, según el apóstol Pablo, cuyas palabras, como en consonancia al menos con su advenimiento, creemos.

    § 48

    48. Al oír estas declaraciones, las multitudes congregadas se conmovieron grandemente, como si sintieran que estos razonamientos daban cuenta cabal de la verdad y que Arquelao nada podría oponerles; así lo indicó el tumulto que se levantó entre ellas. Mas cuando la muchedumbre de los oyentes volvió a guardar silencio, Arquelao respondió de esta manera: Nadie, en verdad, podrá jamás mostrarse más poderoso que la voz de nuestro Señor Jesucristo, ni se halla nombre alguno igual al suyo, como está escrito: «Por lo cual Dios le exaltó y le dio un nombre que es sobre todo nombre.» Ni tampoco, en materia de testimonio, podrá nadie jamás igualársele; y por eso me limitaré a aducir en respuesta los testimonios de su propia voz —en primer lugar, ciertamente, con el fin de resolver las dificultades que has enunciado, para que no digas, como sueles, que son cosas que no concuerdan con la Persona misma. Ahora bien, sostienes que el hombre que trajo a Jesús la noticia acerca de su madre y de sus hermanos fue reprendido por él como si estuviera en error, como el escritor estaba en error. Pues yo afirmo que ni fue reprendido ese que le trajo el mensaje sobre su madre y sus hermanos, ni Pedro fue el único declarado bienaventurado por encima de aquél; sino que cada una de estas dos partes recibió de él la respuesta que sus respectivas palabras reclamaban propiamente, como lo demostrará el discurso en lo que sigue. Cuando uno es niño, piensa como niño, habla como niño; mas cuando llega a varón maduro, se desecha lo que es propio del niño: en otras palabras, cuando uno se extiende a lo que está delante, olvida lo que queda atrás. Por eso, cuando nuestro Señor Jesucristo estaba ocupado en enseñar y sanar al linaje de los hombres, para que todo lo que le pertenece no pereciera del todo junto, y cuando las mentes de todos los que le escuchaban estaban intensamente ocupadas en estos intereses, resultó una interrupción del todo inoportuna que entrara aquel mensajero y le recordara a su madre y a sus hermanos. ¿Pues qué? ¿Acaso debía él —sé tú mismo juez— dejar a los que estaba sanando e instruyendo e ir a hablar con su madre y sus hermanos? ¿No rebajarías con semejante suposición al punto el carácter de la Persona misma? Cuando, además, eligió a ciertos hombres cargados y abrumados de pecados para el honor del discipulado, en número de doce, a quienes también llamó sus apóstoles, les dio este mandato: Deja padre y madre, para que seas hecho digno de mí; queriendo con esto que de allí en adelante la memoria de padre o madre no menoscabara más la firmeza de su corazón. Y en otra ocasión, cuando un individuo distinto quiso decirle: «Iré y enterraré a mi padre,» él respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos.» He aquí, pues, cómo mi Señor Jesucristo edifica a sus discípulos en todo lo necesario, y entrega sus sagradas palabras a cada uno conforme a lo que le conviene. Y del mismo modo, en esta otra ocasión, cuando cierta persona entró con el mensaje inconsiderado acerca de su madre, no abrazó el suceso como oportunidad para dejar desatendido el encargo de su Padre, ni siquiera por tener consigo a su madre. Mas para mostrarte más claramente que ésta es la verdadera explicación del asunto, permíteme recordarte que Pedro, en cierta ocasión, posterior al tiempo en que recibió de él aquella declaración de bienaventuranza, dijo a Jesús: «Lejos de ti, Señor: esto no te acontecerá.» Esto lo dijo después de que Jesús le hubo anunciado que el Hijo del hombre debía subir a Jerusalén, y ser muerto, y resucitar al tercer día. Y en respuesta entonces a Pedro le dijo: «Apártate de mí, Satanás; porque no sabes lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres.» Ahora bien, puesto que es tu opinión que el hombre que trajo el mensaje acerca de su madre y de sus hermanos fue reprendido por Jesús, y que aquel que poco antes dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente,» alcanzó la palabra de bendición, observa que Jesús (puede decirse que) prefirió más bien a aquella persona a quien se dignó dar la respuesta más graciosa e indulgente; mientras que Pedro, aun después de aquella bendición, no recibió entonces apelativo alguno que expresara indulgencia, por no haber observado con cuidado la naturaleza del anuncio que se le hacía. Porque el error de aquel mensajero quedó corregido al punto por el tenor de la respuesta; mas la torpeza de la comprensión de este apóstol fue condenada con reprensión más severa. Y de esto puedes percibir que el Señor Jesús, observando lo que era propio y oportuno respecto de las preguntas que así se le dirigían, dio a cada uno la respuesta digna de ellas y adecuada. Pero suponiendo que, como dices, Pedro fue declarado bienaventurado por haber dicho la verdad, y que aquel mensajero fue reprendido por el error que cometió, dime entonces por qué, cuando los demonios le confesaron y dijeron: «Te conocemos, quién eres, el Santo Dios,» los reprendió y les mandó callar? ¿Por qué no sucedió, si en efecto se complace en los testimonios que le dan quienes le confiesan, que los recompensara también con bendiciones, como hizo con Pedro cuando éste proclamó la verdad? Pero si eso sería una suposición absurda, sólo queda que hemos de entender las palabras dichas por él siempre conforme al lugar, al tiempo, a las personas, a los asuntos y a la debida consideración de las circunstancias. Pues sólo este método nos salvará de caer en el error de pronunciar juicios temerarios sobre sus dichos, y de hacernos así reos de merecido castigo; y esto me ayudará también a hacerte cada vez más inteligible que el hombre que trajo las nuevas de su madre fue más bien la persona honrada. Sin embargo, olvidando el asunto que se nos propuso para la discusión, te has desviado a tema distinto. No obstante, escúchame un breve espacio. Pues si quieres considerar esas palabras con algo más de cuidado, hallaremos que el Señor Jesús mostró gran clemencia en el caso de la primera de estas dos partes; y esto te lo probaré con ilustraciones adecuadas a tu capacidad. Cierto rey que había tomado las armas y salido al encuentro de un enemigo, consideraba y planeaba con empeño cómo someter a aquellas fuerzas hostiles y extranjeras. Y cuando su mente estaba ocupada en muchos cuidados y ansiedades, después de haberse abierto paso entre sus adversarios, y cuando además, al comenzar luego a hacer cautivos de ellos, le apremiaba ya también el pensamiento ansioso de cómo asegurar la seguridad y los intereses de los que habían trabajado con él y soportado el peso de la guerra, cierto mensajero irrumpió inoportunamente ante él y comenzó a recordarle asuntos domésticos. Pero él se asombró de la osadía del hombre y de sus sugerencias intempestivas, y pensó en entregar a semejante sujeto a la muerte. Y si aquel mensajero no hubiera sido uno capaz de apelar a sus más tiernos afectos trayendo la noticia de que en casa estaban bien y de que todo allí marchaba próspera y felizmente, aquel castigo habría sido su instantánea y merecida condena. Pues, ¿qué otra cosa debe ser el cuidado de un rey, mientras dura el tiempo de guerra, sino proveer a la seguridad del pueblo de su provincia y atender a los asuntos militares? Y así también aquel mensajero entró inoportunamente ante mi Señor Jesucristo y le trajo el informe sobre su madre y sus hermanos fuera de sazón, precisamente cuando combatía contra los males que habían asaltado la ciudadela misma del corazón, y cuando sanaba a los que por largo tiempo habían estado bajo el poder de diversas dolencias, y cuando ya había puesto todo su empeño en asegurar la salvación de todos. Y en verdad aquel hombre podría haber recibido una sentencia semejante a la pronunciada contra Pedro, o aun más severa. Pero el oír el nombre de su madre y de sus hermanos hizo brotar su clemencia.

    § 49

    49. Pero además de todo lo ya dicho, deseo aducir aún más prueba, para que todos entiendan cuánta impiedad se contiene en esa tu aserción. Pues si es verdad tu alegato de que él no nació, se seguirá sin duda que no padeció; porque no es posible que padezca quien no nació. Mas si no padeció, queda anulado el nombre de la cruz. Y si la cruz no fue soportada, Jesús no resucitó de entre los muertos. Y si Jesús no resucitó, ninguna otra persona resucitará. Y si nadie resucitare, no habrá juicio. Pues es cierto que, si yo no he de resucitar, no puedo ser juzgado. Mas si no ha de haber juicio, el guardar los mandamientos de Dios será en vano, y no habrá ocasión para la abstinencia; antes podremos decir: «Comamos y bebamos, porque mañana moriremos.» Pues todas estas consecuencias se siguen cuando niegas que él nació de María. Pero si reconoces que nació de María, entonces se seguirá necesariamente su pasión, y su resurrección será consecuencia de su pasión, y el juicio, de su resurrección; y así las prescripciones de la Escritura tendrán para nosotros su debido valor. No es, pues, ésta una cuestión ociosa, sino que en esta palabra están implicados los asuntos más poderosos. Porque así como toda la ley y los profetas se resumen en dos palabras, así también toda nuestra esperanza se hace depender del nacimiento por la bienaventurada María. Dame, pues, respuesta a estas varias preguntas que te dirigiré. ¿Cómo nos desharemos de estas muchas palabras del apóstol, tan importantes y tan precisas, que se expresan en términos como los siguientes: «Mas cuando vino el beneplácito de Dios, envió a su Hijo, hecho de mujer;» y de nuevo, «Cristo, nuestra pascua, es sacrificado por nosotros;» y otra vez, «Dios resucitó al Señor, y nos resucitará a nosotros juntamente con él por su propio poder?» Y hay muchos otros pasajes de sentido semejante; como, por ejemplo, este que sigue: «¿Cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Porque si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación. Sí, y seremos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado contra Dios que resucitó a Cristo, al cual no resucitó. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos más miserables que todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos, primicias de los que duermen;» y así sucesivamente. ¿Quién, pues, pregunto, puede hallarse tan temerario y audaz que no ajuste su fe a estas sagradas palabras, en las que no hay salvedad ni duda alguna? ¿Quién, os pregunto, oh gálatas insensatos, os fascinó, como fueron fascinados aquellos «ante cuyos ojos Jesucristo fue evidentemente presentado, crucificado?» Por todo esto creo que estos testimonios deberían bastar como prueba del juicio, de la resurrección y de la pasión; y se muestra también que el nacimiento por María está implicado naturalmente y al punto en estos hechos. ¿Y qué importa que rehúses asentir a esto, cuando la Escritura proclama el hecho del modo más inconfundible? Sin embargo, te haré otra pregunta, y plázcate darme respuesta. Cuando Jesús dio su testimonio acerca de Juan y dijo: «Entre los nacidos de mujer no se ha levantado mayor que Juan el Bautista; con todo, el que es menor en el reino de los cielos, mayor es que él,» dime qué significa que haya uno mayor que él en el reino de los cielos. ¿Era Jesús menor en el reino de los cielos que Juan? ¡Digo que no lo permita Dios! Dime, pues, cómo ha de explicarse esto, y ciertamente te superarás a ti mismo. Sin duda el sentido es que Jesús era menor que Juan entre los nacidos de mujer; mas en el reino de los cielos es mayor que él. Por lo cual dime también esto, oh Maniqueo: Si dices que Cristo no nació de María, sino que sólo apareció como hombre, sin ser en realidad hombre, siendo la apariencia efectuada y producida por el poder que hay en él, dime, repito, ¿sobre quién descendió entonces el Espíritu como paloma? ¿Quién es ese que fue bautizado por Juan? Si él era perfecto, si era el Hijo, si era el Poder, el Espíritu no pudo haber entrado en él; así como un reino no puede entrar dentro de un reino. ¿Y de quién era aquella voz que fue enviada desde el cielo y que le dio este testimonio: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco?» Vamos, dime; no te demores; ¿quién es éste que adquiere todas estas cosas, que hace todas estas cosas? Respóndeme: ¿Osarás así aducir blasfemia por razón, e intentarás hallarle lugar?

    § 50

    50. Dijo Manes: Nadie, ciertamente, que sea capaz de responder a lo que acabas de alegar debe temer incurrir en culpa de blasfemia, sino que más bien debe ser tenido por digno de toda alabanza. Pues un verdadero maestro de su arte, cuando se le presentan cualesquiera asuntos, debe preparar su respuesta con el debido cuidado y hacer entender claramente a todos los puntos que están en cuestión o en duda; y muy especialmente debe hacerlo ante personas no instruidas. Ahora bien, puesto que la exposición de nuestra doctrina no te satisface, sírvete, como consumado maestro de tu arte, resolverme también esta cuestión de manera razonable. Porque a mí me parece piadoso decir que el Hijo de Dios no tuvo necesidad de cosa alguna para consumar su advenimiento sobre la tierra, y que en modo alguno requirió ni la paloma, ni el bautismo, ni madre, ni hermanos, ni aun quizá padre —padre que, a vuestro parecer, fue José—, sino que descendió del todo por sí solo y se transformó, según su beneplácito, en semejanza de hombre, conforme a aquella palabra de Pablo que nos dice que «fue hallado en condición de hombre.» Muéstrame, pues, qué cosa podría necesitar el que era capaz de transformarse en toda suerte de apariencias. Pues cuando quiso hacerlo, transformó de nuevo esta figura y aspecto humanos en semejanza del sol. Mas si me contradices una vez más y rehúsas reconocer que expongo rectamente la fe, escucha mi definición de la posición en que te hallas. Porque si dices que él fue sólo hombre en cuanto nacido de María, y que recibió el Espíritu en su bautismo, se seguirá que se le hará Hijo por aumento y no por naturaleza. Si, empero, te concedo decir que es Hijo según aumento, y que fue hecho como hombre, tu opinión es que es realmente hombre, es decir, uno que es carne y sangre. Pero entonces se seguirá necesariamente que el Espíritu que apareció como paloma no era otra cosa que una paloma natural. Pues las dos expresiones son lo mismo —a saber, «como hombre» y «como paloma;» y por consiguiente, cualquiera que sea la opinión que tengas del pasaje que usa la frase «como hombre,» deberás tener esa misma opinión también de este otro pasaje en que se usa la expresión «como paloma». Es asunto de clara necesidad tomar estas cosas del mismo modo, porque sólo así podemos hallar el verdadero sentido de lo que está escrito acerca de él en las Escrituras. Dijo Arquelao: Así como tú no puedes hacer tanto por ti mismo, como consumado maestro de tu arte, tampoco yo tendría interés en plantear rectamente esta cuestión y aclararla con toda paciencia y dar la solución evidente de la dificultad, si no fuera por los que están presentes con nosotros y nos escuchan. Por esta razón, pues, explicaré también la respuesta que debe darse a esta cuestión del modo más apropiado posible. No te parece, entonces, cosa piadosa decir que Jesús tuvo madre en María; y tienes parecer semejante sobre otras ciertas posiciones que has estado discutiendo en términos que yo, por mi parte, me abstengo por completo de repetir. Ahora bien, a veces un maestro de cualquier arte se ve obligado, por la ignorancia de un adversario, a decir y hacer cosas que el tiempo le haría rehusar; y por consiguiente, porque la necesidad me es impuesta, por consideración a la multitud presente, puedo dar una respuesta breve a esas afirmaciones que con tanto error has hecho. Supongamos, pues, que tu alegato es que si entendemos que Jesús es un hombre hecho de María según el curso de la naturaleza, y en consecuencia lo consideramos como poseedor de carne y sangre, será necesario también sostener que el Espíritu Santo era una paloma real y no un espíritu. Bien, entonces, ¿cómo puede una paloma real entrar en un hombre real y permanecer en él? Porque la carne no puede entrar en la carne. Antes bien, sólo cuando reconozcamos que Jesús es verdadero hombre, y también sostengamos que aquel de quien allí se dice que era como paloma es el Espíritu Santo, daremos la explicación correcta según la razón por ambos lados. Pues, según recta razón, puede decirse que el Espíritu habita en un hombre, desciende sobre él y permanece en él; y éstas, ciertamente, son cosas que ya han sucedido con toda competencia debida, y cuya ocurrencia es siempre posible aún, como tú mismo admitas, en cuanto que en otro tiempo profesaste ser el Paráclito de Dios, tú, pedernal, como puedo llamarte, y no hombre, tantas veces olvidadizo de aquello mismo que afirmas. Porque declaraste que el Espíritu que Jesús prometió enviar ha venido sobre ti; ¿y de dónde puede venir sino descendiendo del cielo? Y si el Espíritu desciende así sobre el varón digno de él, ¿habremos de figurarnos que palomas verdaderas descendieron sobre ti? Entonces deberíamos descubrir en ti, mejor, al mercader ladronzuelo de palomas, que tiende lazos y líneas a las aves. Porque bien mereces, en verdad, que se haga burla de ti con palabras de escarnio. Pero te perdono, no sea que acaso parezca ofender a los oyentes con tales expresiones, y muy especialmente porque está fuera de mi propósito lanzar contra ti todo lo que mereces oír decir de ti. Mas déjame volver al asunto propio. Pues tengo presente aquella transformación tuya, en virtud de la cual dices que Dios se ha transformado en figura de hombre o en la del sol, con cuya posición piensas probar que nuestro Jesús fue hecho hombre sólo en figura y en apariencia; aserción ésta de la que Dios libre a cualquiera de los fieles. Ahora bien, por lo demás, esa opinión tuya reduciría todo el asunto a un sueño, en lo que a nosotros toca, y a meras figuras; y no sólo eso, sino que el nombre mismo de advenimiento quedaría anulado: pues él habría podido hacer lo que deseaba, aun permaneciendo sentado en el cielo, si es, como dices, espíritu y no verdadero hombre. Mas no es así que «se humilló a sí mismo, tomando forma de siervo;» y esto lo digo de aquel que fue hecho hombre de María. Pues, ¿qué? ¿No podríamos también nosotros haber presentado cosas semejantes a aquellas con que has estado tratando, y eso con mayor facilidad y más extensamente? Mas lejos esté de nosotros apartarnos un ápice o una tilde de la verdad. Porque el que nació de María es el Hijo, que escogió de su propia voluntad sostener este poderoso combate —a saber, Jesús. Este es el Cristo de Dios, que descendió sobre aquel que es de María. Si, empero, te niegas a creer aun la voz que se oyó desde el cielo, todo lo que puedes aducir en lugar de ella no es sino alguna temeridad tuya; y aunque te declararas sobre ello, nadie te creería. Porque inmediatamente Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo; y como el diablo no tenía conocimiento correcto de él, le dijo: «Si eres el Hijo de Dios.» Además, no entendió la razón de este nacimiento del Hijo de Dios de María, que predicaba el reino de los cielos, cuyo era también ciertamente un gran tabernáculo, y uno que no pudo haber sido preparado por ningún otro: por lo cual, también aquel que fue clavado en la cruz, al resucitar de entre los muertos, fue llevado arriba adonde reinaba Cristo el Hijo de Dios; de modo que cuando comience a celebrar su juicio, los que le ignoraron mirarán a aquel a quien traspasaron. Mas a fin de asegurar tu crédito, te propongo esta cuestión: ¿Por qué, aunque sus discípulos moraron con él un año entero, ninguno de ellos cayó postrado sobre su rostro ante él, como decías hace poco, salvo sólo en aquella hora en que su semblante resplandeció como el sol? ¿No fue por razón de aquel tabernáculo que había sido hecho para él de María? Pues así como ningún otro tuvo capacidad suficiente para sostener el peso del Paráclito, salvo únicamente los discípulos y el bienaventurado Pablo, así también ningún otro fue capaz de llevar al Espíritu que descendió del cielo, y por medio de quien aquella voz del Padre dio su testimonio en estos términos, «Este es mi Hijo amado,» salvo únicamente aquel que nació de María y que está por encima de todos los santos —a saber, Jesús. Mas ahora danos tu respuesta a esos asuntos que presento contra ti. Si sostienes que él es sólo en semblante y forma, ¿cómo pudo haber sido prendido y arrastrado a juicio por los que nacieron de hombre y mujer —a saber, los fariseos—, viendo que un cuerpo espiritual no puede ser asido por cuerpos de capacidades más groseras? Pero si tú, que hasta ahora no has dado respuesta a los argumentos presentados ante ti, tienes ahora alguna clase de respuesta que ofrecer a la palabra y proposición que he aducido, procede, te ruego, y tráeme al menos un puñado o una buena porción de tu luz solar. Mas ese mismo sol, en efecto, en cuanto que está dotado de un cuerpo más sutil, es capaz de cubrirte y envolverte; mientras tú, por otra parte, no puedes hacerle daño alguno, aun cuando lo pisaras con los pies. Mi Señor Jesús, sin embargo, si fue prendido, fue prendido como hombre por hombres. Si él no es hombre, tampoco fue prendido. Si no fue prendido, tampoco padeció, ni fue bautizado. Si no fue bautizado, tampoco ninguno de nosotros es bautizado. Mas si no hay bautismo, tampoco habrá remisión de los pecados, sino que todo hombre morirá en sus propios pecados. Dijo Manes: ¿El bautismo, pues, se da a causa de la remisión de los pecados? Dijo Arquelao: Ciertamente. Dijo Manes: ¿No se sigue, entonces, que Cristo ha pecado, visto que fue bautizado? Dijo Arquelao: ¡Dios no lo permita! Antes bien, él fue hecho pecado por nosotros, tomando sobre sí nuestros pecados. Por esta razón nació de mujer, y por esta razón también se acercó al rito del bautismo, a fin de recibir la purificación de esta parte, y que así el cuerpo que había tomado para sí fuese capaz de llevar al Espíritu, que había descendido en forma de paloma.

    Sexta parte (§ 51–55): la historia de Manes según Arquelao

    § 51

    51. Cuando Arquelao hubo acabado este discurso, las multitudes se maravillaron de la verdad de su doctrina y expresaron con grandes clamores su vehemente aprobación del varón, de suerte que se esforzaron con el mayor empeño y lo habrían retenido para que no volviese. Mas después se retiraron. Pasado algún tiempo, reuniéronse de nuevo, y Arquelao los persuadió a acceder a su deseo y a escuchar la palabra en silencio. Y entre sus oyentes no estaban solamente los que acompañaban a Diodoro, sino también todos los que se hallaban presentes de su provincia y de los distritos vecinos. Asegurado, pues, el silencio, Arquelao comenzó a hablarles de Manes del modo siguiente: Habéis oído, en verdad, cuál es el carácter de la doctrina que enseñamos, y habéis recibido prueba de nuestra fe; porque he expuesto las Escrituras delante de todos vosotros, precisamente conforme a las opiniones que yo mismo he podido alcanzar al estudiarlas. Mas os ruego ahora que me escuchéis en el mayor silencio, mientras hablo con la mayor brevedad posible, a fin de daros a entender quién es esta persona que ha hecho su aparición entre nosotros, de dónde viene y qué carácter tiene, exactamente como me lo ha indicado cierto varón de nombre Sisinio, uno de sus compañeros; al cual estoy también dispuesto, si os place, a llamar como testigo de lo que voy a decir. Y, a la verdad, esta persona no rehusó afirmar los mismos hechos que ahora alegamos, aun estando presente Manes; porque el mencionado individuo se hizo creyente de nuestra doctrina, como también otro que estaba conmigo, llamado Turbo. Por tanto, todo lo que estas personas me han transmitido en su testimonio, y también todo lo que nosotros mismos hemos descubierto en el varón, no sufriré que se os oculte.

    § 51 (cont.)

    Entonces, en verdad, las multitudes se excitaron aún más y se apiñaron para escuchar a Arquelao; pues, a buena verdad, las declaraciones que él hacía les ofrecían el mayor deleite. Por lo cual, con empeño le rogaban que les dijera todo lo que quisiera y todo lo que tenía en su ánimo; y se declararon dispuestos a escucharle allí mismo, y se comprometieron a permanecer incluso hasta la tarde, y hasta que se encendieran las lámparas.
    Animado, pues, por su cordialidad, Arquelao comenzó su discurso con toda confianza en los términos siguientes: Hermanos míos, habéis oído, en verdad, las causas primarias relativas a mi Señor Jesús — me refiero a las que se deciden por la ley y los profetas —; y tampoco ignoráis las causas subsidiarias relativas a mi Señor Jesucristo, nuestro Salvador. ¿Y por qué he de decir más? Por el amoroso deseo del Salvador hemos sido llamados cristianos, como el mundo entero lo atestigua y como los apóstoles también lo declaran claramente. Más aún, aquel óptimo arquitecto suyo, el mismo Pablo, puso nuestro fundamento, esto es, el fundamento de la Iglesia, y nos confió la ley, ordenando ministros, presbíteros y obispos en ella, y describiendo en los lugares señalados a ese propósito de qué manera y con qué carácter deben conducirse los ministros de Dios, de qué reputación deben gozar los presbíteros, cómo deben ser constituidos y qué clase de personas deben ser también los que desean el oficio de obispo. Y todas estas instituciones, que una vez fueron bien y rectamente establecidas para nosotros, conservan hasta hoy su próspero estado y orden entre nosotros, y la administración regular de estas reglas permanece todavía en medio de nosotros. Mas en cuanto a este sujeto, llamado Manes, que ha irrumpido ahora jactanciosamente entre nosotros desde la provincia de Persia, y entre quien y yo se ha suscitado ya por segunda vez disputa, os hablaré de su linaje, y eso con toda amplitud; y os mostraré también con la mayor lucidez la fuente de la que ha descendido su doctrina. Este hombre no es el primero ni el único originador de este tipo de doctrina. Antes bien, cierto varón perteneciente a Escitia, de nombre Escitiano, que vivió en tiempos de los apóstoles, fue el fundador y jefe de esta secta, así como otros muchos apóstatas se han constituido en fundadores y jefes, quienes de tiempo en tiempo, por el ambicioso deseo de arrogarse posiciones de mayor importancia, han hecho pasar mentiras por verdad y han pervertido a la clase más simple del pueblo en pos de sus propias concupiscencias; sobre cuyos nombres y traiciones, sin embargo, no me permitís discurrir ahora. Este Escitiano, pues, fue la persona que introdujo este dualismo contradictorio en sí mismo; y aun en esto fue deudor de Pitágoras, como lo han sido también todos los demás secuaces de este dogma, que sostienen la noción de un dualismo y se apartan del curso directo de la Escritura: mas no alcanzarán en ello éxito alguno.

    § 52

    52. Nadie, empero, ha hecho jamás un avance tan desvergonzado en la promulgación de estas doctrinas como este Escitiano. Porque introdujo la noción de una enemistad entre los dos ingénitos, y todas las demás fantasías que son consecuencia de una posición de esa clase. Este mismo Escitiano pertenecía a la estirpe de los sarracenos, y tomó por esposa a cierta cautiva de la alta Tebaida, la cual le persuadió a habitar en Egipto más bien que en los desiertos. ¡Y ojalá aquella provincia no lo hubiera recibido nunca, pues, al morar en ella por un tiempo, halló ocasión de aprender la sabiduría de los egipcios!; ya que, a decir verdad, era varón de talento muy decidido y de medios muy liberales, como lo han atestiguado también, en relatos que nos han sido transmitidos, quienes lo conocieron. Tenía además cierto discípulo llamado Terebinto, que escribió para él cuatro libros. Al primero de estos libros le puso por título los Misterios, al segundo el de los Capítulos, al tercero el del Evangelio, y al último de todos el del Tesoro. Tenía estos cuatro libros, y este único discípulo de nombre Terebinto. Como, pues, estas dos personas habían resuelto residir solas por un tiempo considerable, Escitiano pensó en hacer una excursión a Judea, con el propósito de encontrarse con todos los que allí tenían reputación de maestros; mas aconteció que poco después partió de esta vida de súbito, sin haber podido llevar nada a cabo. El discípulo, además, que había morado con él, hubo de huir y se encaminó hacia Babilonia, provincia que en la actualidad está en poder de los persas y que dista ahora de nuestras partes una jornada de unos seis días con sus noches. Al llegar allí, Terebinto logró dar curso a un relato maravilloso de sí mismo, declarando que estaba repleto de toda la sabiduría de los egipcios, y que en realidad se llamaba ahora, no Terebinto, sino otro Budas, y que este nombre le había sido impuesto. Afirmó además que era hijo de cierta virgen, y que había sido criado por un ángel en las montañas. Cierto profeta, empero, de nombre Parco, y Labdaco, hijo de Mitra, le acusaron de falsedad, y día tras día sostenían sin cesar vivas y elevadas contiendas sobre este asunto. Mas ¿a qué hablar de ello largo tiempo? Aunque era reprendido a menudo, continuaba, no obstante, haciendo declaraciones sobre cosas anteriores al mundo, y sobre la esfera y las dos lumbreras; y también sobre la cuestión de adónde y de qué manera parten las almas, y de qué modo vuelven de nuevo a los cuerpos; y hacía muchas otras aserciones de esta naturaleza, y otras peores aún, como, por ejemplo, que se levantó guerra contra Dios entre los elementos, para que se creyera al profeta mismo. Con todo, viéndose en aprietos por aserciones semejantes, se acogió a cierta viuda, junto con sus cuatro libros: pues no se había allegado discípulo alguno en aquella localidad, con la única excepción de una anciana que se hizo íntima suya. Después, en una ocasión posterior, al rayar el alba una mañana, subió a lo alto de cierta casa, y allí comenzó a invocar ciertos nombres que, según nos ha dicho Turbo, solo los siete elegidos han aprendido. Subió, pues, al terrado con el propósito de realizar alguna ceremonia religiosa, o alguna arte propia; y subió solo, para no ser descubierto por nadie: pues consideraba que, si era convicto de burlarse de las creencias religiosas del pueblo, o de tenerlas en poco, sería castigado por los verdaderos príncipes del país. Y mientras revolvía estas cosas en su mente, Dios, en su perfecta justicia, decretó que fuera arrojado bajo tierra por un espíritu; y al instante fue precipitado desde el techo de la casa; y su cuerpo, arrojado sin vida al suelo, fue recogido por piedad por la anciana arriba mencionada, y sepultado en el acostumbrado lugar de sepultura.

    § 53

    53. Después de este suceso, todos los efectos que había traído consigo de Egipto quedaron en poder de ella. Y se alegró mucho de su muerte, y por dos razones: en primer lugar, porque sus artes no le agradaban; y en segundo lugar, porque había obtenido una herencia de gran valor. Mas, como estaba sola, pensó en tener alguien que la atendiera; y tomó para ello a un niño de unos siete años, llamado Corbicio, a quien dio al punto la libertad, y a quien instruyó también en las letras. Cuando este niño llegó a los doce años, la anciana murió y le dejó todos sus bienes, y entre otras cosas aquellos cuatro libros que Escitiano había escrito, cada uno de los cuales constaba de un número moderado de líneas. Una vez sepultada su señora, Corbicio comenzó a usar en provecho propio todos los bienes que le habían sido dejados. Abandonando la antigua localidad, fijó su morada en medio de la ciudad, donde tenía su residencia el rey de Persia; y allí, mudando de nombre, se llamó Manes en lugar de Corbicio, o, para hablar con más exactitud, no Manes, sino Mani, pues ésa es la forma de flexión que se emplea en la lengua persa. Ahora bien, cuando este niño llegó a ser un hombre de casi sesenta años, había adquirido gran erudición en todas las ramas del saber que se enseñaban en aquellas partes, y casi me atrevería a decir que en ellas superaba a todos los demás. Con todo, había sido estudiante aún más diligente de las doctrinas contenidas en esos cuatro libros; y había ganado además tres discípulos, cuyos nombres eran Tomás, Addas y Hermas. Entonces tomó esos libros y los transcribió de tal modo que introdujo en ellos mucha materia nueva que era puramente suya, y que solo puede compararse a las fábulas de viejas. A estos tres discípulos, pues, los tuvo así unidos a sí como partícipes conscientes de sus malos consejos; y además puso su propio nombre a los libros y borró el nombre de su antiguo dueño, como si los hubiera compuesto todos él mismo. Después le pareció bien enviar a sus discípulos, con las doctrinas que había consignado por escrito en los libros, a los distritos altos de aquella provincia, y por diversas ciudades y aldeas, con el fin de ganar seguidores. Tomás determinó en consecuencia tomar posesión de las regiones de Egipto, y Addas de las de Escitia, mientras que Hermas solo eligió permanecer con el propio hombre. Cuando éstos, pues, hubieron partido en su curso, el hijo del rey fue presa de cierta enfermedad; y como el rey estaba muy ansioso de verle curado, publicó un decreto que ofrecía una gran recompensa y se comprometía a otorgarla a cualquiera que se mostrara capaz de restablecer al príncipe. Al oír esto, a la ventura, como los hombres acostumbrados a jugar al juego de los cubos, que es otro nombre para los dados, Manes se presentó ante el rey declarando que curaría al niño. Y cuando el rey lo oyó, lo recibió con cortesía y le dio afectuosa bienvenida. Mas para no fatigar del todo a mis oyentes con el relato de las muchas cosas que hizo, baste decir que el niño murió, o más bien fue privado de la vida, en sus manos. Entonces el rey mandó que Manes fuera arrojado a la prisión y cargado con cadenas de hierro de medio quintal. Además, aquellos dos discípulos suyos que habían sido enviados a inculcar su doctrina por las distintas ciudades fueron también buscados para castigarlos. Mas ellos tomaron la fuga, sin cesar, con todo, de introducir en las diversas localidades que visitaban aquella enseñanza suya tan ajena a la fe e inspirada solo por el Anticristo.
    Comentario editorial · Dos biografías de Manes
    En los § 52–53 Manes es Corbicio, un niño comprado como esclavo que hereda los cuatro libros de Escitiano, cambia su nombre y los firma como suyos. Cirilo cuenta casi lo mismo, con Cubrico por Corbicio; pero, según una nota del ANF, él y otros reconocen solo a Escitiano como autor de los libros, mientras que las Actas los hacen escribir a su discípulo Terebinto. Wikipedia, en cambio, da otra vida: Mani nace hacia 216 cerca de Seleucia-Ctesifonte, hijo de Patik, de la secta judeocristiana de los elcasaítas. Añade que las Actas son una de las fuentes antimaniqueas y que, entre las medievales, la de Ibn al-Nadim es en general la más fiable y completa. Quien las lea para saber qué creían los maniqueos debe contrastarlas.

    § 54

    54. Mas después de estos sucesos volvieron a su maestro y le contaron lo que les había acontecido; y al mismo tiempo se enteraron de los numerosos males que le habían sobrevenido. Cuando, pues, tuvieron acceso a él, como decía, le hicieron ver todos los sufrimientos que habían tenido que soportar en cada región; y por lo demás, le urgieron que era preciso atender ya a la cuestión de la seguridad; pues habían tenido gran temor de que algunos de los males que se le infligían a él cayeran sobre ellos. Pero él les aconsejó no temer nada, y se levantó a arengarlos. Y entonces, mientras yacía en prisión, les ordenó que procuraran copias de los libros de la ley de los cristianos; pues estos discípulos que había despachado por las distintas comunidades eran execrados por todos los hombres, y sobre todo por aquellos para quienes el nombre de cristianos era objeto de honor. Así, al recibir un pequeño caudal de dinero, partieron hacia aquellas regiones en que se publicaban los libros de los cristianos; y fingiendo ser mensajeros cristianos, pidieron que se les mostraran los libros, con miras a sacar copias. Y, para no alargar esta narración, de ese modo se apoderaron de todos los libros de nuestras Escrituras, y los trajeron consigo a su maestro, que seguía en prisión. Al recibir estas copias, aquel astuto personaje se puso a buscar todas las declaraciones de nuestros libros que parecían favorecer su noción de un dualismo; el cual, empero, no era realmente noción suya, sino más bien de Escitiano, que la había promulgado mucho tiempo antes que él. Y tal como hizo al disputar conmigo, así entonces también, rechazando unas cosas y alterando otras en nuestras Escrituras, intentó hacer ver que ellas promovían sus propias doctrinas, sólo que a ellas estaba unido allí el nombre de Cristo. Ese nombre, por tanto, pretendió asumirlo para sí mismo a fin de que el pueblo en las diversas comunidades, al oír el santo y divino nombre de Cristo, no tuviera tentación de execrar y hostigar a sus discípulos. Además, cuando dio con la palabra que se nos da en nuestras Escrituras acerca del Paráclito, se le metió en la cabeza que él mismo podía ser ese Paráclito; pues no había leído con suficiente cuidado para advertir que el Paráclito ya había venido, a saber, en el tiempo en que los apóstoles estaban aún sobre la tierra. Así, cuando hubo urdido estas impías invenciones, envió también a sus discípulos a proclamar estas ficciones y errores con toda osadía, y a dar a conocer en todas partes estas palabras falsas y novedosas. Mas cuando el rey de Persia supo este hecho, se dispuso a infligirle un castigo condigno. Manes, empero, recibió información de la intención del rey, advertido de ello en sueños, y logró escapar de la prisión, consiguiendo tomar la fuga, pues había sobornado a sus guardianes con una suma muy grande de dinero. Después fijó su residencia en el castillo de Arabión; y desde allí envió por mano de Turbo la carta que escribió a nuestro Marcial, en la cual le daba a entender su intención de visitarle. A su llegada allí, se produjo entre él y yo una contienda, semejante a la disputa que habéis observado y escuchado aquí; en cuya discusión procuramos mostrar, en cuanto estuvo en nuestro poder, que era un falso profeta. Debo añadir que el guardián de la prisión que le había dejado escapar fue castigado, y que el rey dio orden de que se buscara y aprehendiera al hombre dondequiera que se le hallara. Y como estas cosas han llegado a mi propio conocimiento, era menester que yo os hiciera saber también el hecho de que hasta el día de hoy el rey de Persia busca a este sujeto.

    § 55

    55. Al oír esto, la multitud quiso apoderarse de Manes y entregarlo al poder de aquellos extranjeros que eran sus vecinos y que habitaban al otro lado del río Stranga, especialmente porque también algún tiempo antes ciertos hombres habían venido a buscarlo; los cuales, sin embargo, tuvieron que retirarse de nuevo sin hallar huella alguna de él, pues en aquel tiempo estaba en fuga. Con todo, cuando Arquelao hizo esta declaración, Manes al punto tomó la fuga y logró escapar antes de que nadie lo persiguiera. Porque el pueblo estaba detenido por la narración que hizo Arquelao, a quien oían con gran placer; no obstante, algunos de ellos sí lo persiguieron de cerca. Mas él tomó de nuevo los caminos por los que había venido, cruzó el río y consiguió regresar al castillo de Arabión. Allí, sin embargo, fue luego aprehendido y llevado ante el rey, quien, inflamado con la más fuerte indignación contra él y encendido en el deseo de vengar con él dos muertes —a saber, la muerte de su propio hijo y la muerte del guardián de la prisión—, ordenó que fuera desollado y colgado ante la puerta de la ciudad, y que su piel fuera empapada en ciertos medicamentos e inflada; su carne, mandó también que se diera por presa a las aves. Cuando estas cosas llegaron a conocimiento de Arquelao en un período posterior, añadió una relación de ellas a la discusión anterior, para que todos los hechos fueran conocidos por todos, tal como yo, que he escrito la narración de estas cosas, he explicado las circunstancias en lo que precede. Y todos los cristianos, por tanto, habiéndose reunido, resolvieron que se pronunciara la decisión contra él, transmitiendo aquello como una especie de epílogo a su muerte que estuviera en debida consonancia con las demás circunstancias de su vida. Además de eso, Arquelao añadió palabras del siguiente tenor: — Hermanos míos, ninguno de vosotros sea incrédulo en cuanto a las declaraciones hechas por mí: me refiero a la afirmación de que Manes no fue él mismo el primer autor de este impío dogma, sino que sólo fue hecho público por él en ciertas regiones de la tierra. Porque ciertamente no ha de tenerse al punto por autor de cosa alguna a aquel que simplemente la ha llevado a un lugar u otro, sino que sólo tiene derecho a ese crédito quien ha sido el descubridor de ella. Pues como el timonel que recibe la nave que otro ha construido puede llevarla a cualesquiera países que le plazca, y con todo sigue siendo uno que nada tuvo que ver con la construcción de la embarcación, así también ha de entenderse la posición de este hombre. Porque él no impartió su origen a este asunto realmente desde el principio; mas sólo fue el medio de transmitir a los hombres lo que había sido descubierto por otro, como sabemos por la evidencia de testimonios dignos de confianza, sobre la base de los cuales ha sido nuestro propósito probaros que la invención de esta maldad no provino de Manes, sino que se originó con otro, y ese otro ciertamente un extranjero, que apareció mucho tiempo antes que él. Y además, que el dogma permaneció sin publicarse por un tiempo, hasta que al fin las doctrinas que habían estado así ocultas en la oscuridad por cierto período fueron presentadas públicamente por él como si fueran suyas, habiendo sido borrado el título del escritor, como he mostrado arriba. Entre los persas hubo también un cierto promulgador de doctrinas semejantes, un tal Basílides, de fecha más antigua, que vivió no mucho tiempo después del período de nuestros apóstoles. Este hombre era de disposición astuta él mismo, y como observó que en aquel tiempo todos los otros asuntos estaban preocupados, determinó afirmar aquel mismo dualismo que también sostenía Escitiano. Y como, en fin, no tenía nada que proponer que fuera propiamente suyo, trajo los dichos de otros ante sus adversarios. Y todos sus libros contienen algunas materias a la vez difíciles y extremadamente ásperas. El libro decimotercero de sus Tratados, sin embargo, aún existe, y comienza de la siguiente manera: «Al escribir el libro decimotercero de nuestros Tratados, la palabra saludable nos proveyó la palabra necesaria y fructífera.» Luego ilustra cómo ello, el antagonismo entre el bien y el mal, se produce bajo las figuras de un principio rico y un principio pobre, de los cuales el último es por naturaleza sin raíz y sin lugar, y sólo sobreviene a las cosas. Éste es el único tema que el libro contiene. ¿No contiene entonces una palabra extraña? Y, como ciertas partes han sido de tal ánimo, ¿no os ofenderéis todos también con el libro mismo, que tiene un comienzo como éste? — Mas Basílides, volviendo al asunto después de una introducción de unas quinientas líneas, más o menos, procede así: «Dejad estas vanas y curiosas variaciones, y más bien averigüemos qué investigaciones han instituido los extranjeros sobre el asunto del bien y del mal, y qué opiniones han sido llevados a adoptar sobre todos estos temas. Pues ciertos de ellos han sostenido que hay para todas las cosas dos principios, a los cuales han referido el bien y el mal, sosteniendo que estos principios son sin principio e ingénitos; es decir, que en los orígenes de las cosas había luz y tinieblas, que existían por sí mismas y que no eran meramente declaradas como existentes. Mientras éstas subsistían por sí mismas, cada una llevaba su propio modo de vida, tal como era su voluntad llevarlo y tal como le era competente; porque en el caso de todas las cosas, lo que es propio de cada una está también en amistad con la misma, y nada parece malo a sí mismo. Mas después de que llegaron a conocerse la una a la otra, y después de que las tinieblas comenzaron a contemplar la luz, entonces, como encendidas con una pasión por algo superior a sí mismas, las tinieblas presionaron para tener trato con la luz.»
    Comentario editorial · La muerte de Manes, según las Actas y según otras fuentes
    Según el § 55, el rey de Persia manda desollar a Manes, colgar su piel, empapada en medicinas e inflada, ante la puerta de la ciudad y dar su carne a las aves; Arquelao lo cuenta como noticia que le llegó «en un período posterior». Wikipedia dice que Mani murió en prisión bajo Bahram I, en 274 o, según otra fecha, en 277. Recoge un relato de que fue desollado y su cadáver colgado de la puerta de Gundeshapur, pero juzga más plausible que su cuerpo fuera mutilado después de morir y su cabeza expuesta. Los relatos árabes de Yaqubi y Al-Tha'alibi hablan de una piel rellena de paja, no de medicinas.

    Un fragmento de la misma disputa

    Fragmento, introducción de Cirilo

    El fragmento es introducido por Cirilo en los siguientes términos: — Él, es decir, Manes, huyó de la prisión y vino a Mesopotamia; mas allí le salió al encuentro aquel broquel de justicia, el obispo Arquelao. Y para ponerlo a prueba en presencia de jueces filósofos, este varón convocó una asamblea de oyentes griegos, a fin de impedir que se alegara que los jueces eran parciales, como habría podido suceder si hubieran sido cristianos. Luego el asunto procedió como ahora indicaremos: —
    Comentario editorial · El mismo pasaje, en Cirilo de Jerusalén
    El fragmento no viene de las Actas latinas, sino de Cirilo de Jerusalén, que lo introduce con las palabras del primer párrafo; el ANF lo rotula «De Cirilo de Jerusalén, Catequesis VI, 27–29», rótulo que no está en el epub. Se lee también, en otra versión castellana, en la Catequesis VI de este sitio. Según Salmond, Cirilo recoge argumentos de Manes y respuestas de Arquelao que el latín no contiene, y concluye que las Actas han llegado en forma muy imperfecta, con saltos y conexiones rotas.

    Fragmento, § 1

    1. Dijo Arquelao a Manes: Danos ahora una declaración de las doctrinas que promulgas. — Entonces aquel hombre, cuya boca era como un sepulcro abierto, comenzó al punto con una palabra de blasfemia contra el Hacedor de todas las cosas, diciendo: El Dios del Antiguo Testamento es el inventor del mal, que habla así de sí mismo: «Yo soy fuego consumidor.» — Mas el sagaz Arquelao deshizo por completo esta blasfemia. Porque dijo: Si el Dios del Antiguo Testamento, según tu alegación, se llama a sí mismo fuego, ¿de quién es hijo el que dice, «He venido a echar fuego sobre la tierra?» Si hallas falta en aquel que dice, «El Señor mata y da vida,» ¿por qué honras a Pedro, que resucitó a Tabita, mas también dio muerte a Safira? Y si de nuevo, hallas falta en el uno porque ha preparado un fuego, ¿por qué no hallas falta en el otro, que dice, «Apartaos de mí al fuego eterno?» Si hallas falta en Aquel que dice, «Yo, Dios, hago la paz y creo el mal,» explícanos cómo Jesús dice, «No vine a traer paz, sino espada.» Puesto que ambas personas hablan en los mismos términos, una de estas dos cosas ha de seguirse: o ambos son buenos porque usan el mismo lenguaje; o, si Jesús pasa sin censura aunque habla en tales términos, debes decirnos por qué reprendes a Aquel que emplea semejante modo de hablar en el Antiguo Testamento.

    Fragmento, § 2

    2. Entonces Manes le respondió así: ¿Y qué manera de Dios es ahora ese que ciega a uno? Porque es Pablo quien usa estas palabras: «En los cuales el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio.» Mas Arquelao intervino y refutó esto muy bien, diciendo: Lee, sin embargo, una o dos palabras de lo que precede a esa frase, a saber, «Pero si nuestro Evangelio está encubierto, entre los que se pierden está encubierto.» Ves que está encubierto entre los que se pierden. «Porque no es bueno dar lo santo a los perros.» Y además, ¿es sólo el Dios del Antiguo Testamento el que ha cegado los entendimientos de los que no creen? ¿Acaso no ha dicho también Jesús mismo: «Por eso les hablo en parábolas: para que viendo, no vean?» ¿Es entonces porque los odiaba que deseaba que no vieran? ¿O no es no a causa de su indignidad, puesto que ellos cerraron sus propios ojos? Porque dondequiera que la maldad es cosa elegida por uno mismo, allí también hay ausencia de gracia. «Porque al que tiene, se le dará; mas al que no tiene, aun lo que parece tener le será quitado.»

    Fragmento, § 3

    3. Mas aunque nos viéramos en la necesidad de aceptar la exégesis defendida por algunos —pues el asunto no es del todo indigno de atención— y de decir así, que Él ha cegado realmente los entendimientos de los que no creen, todavía tendríamos que afirmar que los ha cegado para bien, a fin de que recobren la vista para contemplar cosas que son santas. Porque no se dice que haya cegado su alma, sino sólo que ha cegado los entendimientos de los que no creen. Y ese modo de expresión significa algo así: Ciega el entendimiento fornicario del fornicario, y el hombre se salva; ciega el entendimiento rapaz y ladrón del ladrón, y el hombre se salva. ¿Pero te niegas a entender la frase así? Bien, aún hay otra interpretación. Porque el sol ciega a los que tienen mala vista; y los que tienen ojos llorosos son también cegados cuando son heridos por la luz: no, empero, porque sea de la naturaleza del sol cegar, sino porque la propia constitución del ojo no es de visión correcta. Y de la misma manera, aquellos cuyos corazones están afligidos por la dolencia de la incredulidad no son capaces de mirar los rayos de la gloria de la Divinidad. Y de nuevo, no se dice, «Ha cegado sus entendimientos para que no oigan el Evangelio» sino más bien «para que no les resplandezca la luz de la gloria del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.» Porque oír el Evangelio es cosa encomendada a todos; mas la gloria del Evangelio de Cristo se imparte sólo a los sinceros y genuinos. Por esta razón el Señor habló en parábolas a los que eran incapaces de oír, mas a sus discípulos les explicaba estas parábolas en privado. Porque la iluminación de la gloria es para los que han sido iluminados, mientras que el cegamiento es para los que no creen. Estos misterios, que la Iglesia ahora os declara a vosotros que habéis sido trasladados de las listas de los catecúmenos, no es su costumbre declararlos a los gentiles. Porque no declaramos los misterios tocantes al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo a un gentil; ni hablamos de los misterios claramente en presencia de los catecúmenos; mas muchas veces nos expresamos de manera oculta, para que los fieles que tienen inteligencia puedan comprender las verdades referidas, mientras que los que no tienen esa inteligencia no reciban daño.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron las Actas

    Según Salmond, Cirilo de Jerusalén, Epifanio, Jerónimo y Sócrates Escolástico mencionan esta disputa o la usan, y Sócrates dice haber tomado de ella su relato de la herejía maniquea. Wikipedia hace derivar la tradición cristiana occidental sobre Manes sobre todo de Cirilo; las Actas cuentan una genealogía parecida —Escitiano, Terebinto, Corbicio— con más detalle, y por eso importan aunque no se las lea como crónica.
    Tres rasgos del debate se repiten. Ante los dos principios, los jueces preguntan en qué sentido se llama malo a lo malo y desde cuándo lo es (§ 18). Como ambas partes admiten el juicio venidero, concluyen que todo hombre posee libre albedrío (§ 33). Y frente a la tesis de que la ley de Moisés viene de otro dios, Diodoro responde que hablar de un testamento antiguo supone hablar de uno nuevo y del mismo dueño (§ 45). La multitud, por su parte, no es un público neutral: en el § 20 casi se echa sobre Manes y Arquelao la contiene, y en el § 39 los niños lo apedrean y Arquelao los detiene.
    El libro termina donde empieza la discusión actual: ¿relato o crónica? Neander, citado por Salmond, lo tenía por una narración mal trabada, con visos de novela, aunque con un fondo de verdad; Wikipedia lo llama relato ficticio. Quien quiera saber cómo lo veían los maniqueos tiene hoy, desde el siglo XX, fuentes de la propia comunidad: el concepto de maniqueísmo de este sitio las presenta.
    Límites. Esta edición no examina el latín ni el griego: toma la lectura de las fuentes que cita y, cuando difieren, dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Dos detalles: en el § 3 el inglés dice Charra y el castellano «Carra» (la ciudad a la que vuelve Marcial), y «tomó la fuga» (§ 55) es calco del inglés took to flight; el sentido es «huyó». El «11.» que falta en el epub castellano está indicado arriba. La división en partes y los localizadores de las cartas son del editor.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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