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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 1 [I.] — Ocasión de escribir esta obra; una cosa puede ser posible de hacerse y, no obstante, no hacerse jamás
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. — Es un error mucho más grave, que exige una refutación muy enérgica, el de quienes niegan que la gracia de Dios sea necesaria
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7 [V.] — Lo que se propone tratar aquí
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10.— Cristo, el verdadero Médico
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 14.— En qué sentido reconocen los pelagianos a Dios como autor de nuestra justificación
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 17.— La exclusión de la jactancia
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18 [XI.]— La piedad es sabiduría; a eso se llama la justicia de Dios, que Él produce
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 20.— La ley sin gracia
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 22.— Nadie es justificado por las obras
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25.— El pasaje en Romanos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 28 [XVI]— Por qué el Espíritu Santo es llamado el dedo de Dios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 31 [XVIII.]— La ley antigua ministra muerte; la nueva, justicia
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 35 [XX.]— La ley vieja; la ley nueva
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 38 [XXIII.]— La reforma que ahora se efectúa, comparada con la perfección de la vida por venir
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 41.— La ley escrita en el corazón, y la recompensa de la contemplación eterna de Dios, pertenecen a la nueva alianza; quiénes entre los santos son los más pequeños y los más grandes
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 43 [XXVI.]— Una cuestión acerca del pasaje del Apóstol sobre los gentiles que se dice hacen por naturaleza lo que la ley manda, y que también se dice tienen escrito en sus corazones
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 46.— Cómo se armoniza el pasaje de la Ley con el del Profeta
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 49.— La gracia prometida por el profeta para la nueva alianza
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 51.— La fe, fundamento de toda justicia
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 54.— Si la fe está en el poder del hombre
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 55 [XXXII.]— Qué fe es laudable
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 57 [XXXIII.]— ¿De dónde proviene la voluntad de creer?
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 60 [XXXIV.]— La voluntad de creer proviene de Dios
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 63.— Una objeción
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 65.— En qué sentido se puede afirmar una justicia sin pecado en esta vida
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 3 minLo que dejó el libro

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre el Espíritu y la letra

    Texto base: Peter Holmes (trad.), en St. Augustin: Anti-Pelagian Writings, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5, ed. Philip Schaff (traducción revisada por Benjamin B. Warfield) · 66 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Peter Holmes; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 159 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Agustín había escrito que un hombre podría vivir sin pecado si Dios lo ayudara y su voluntad no faltara, aunque nadie lo hubiera conseguido nunca. Su amigo Marcelino le preguntó cómo podía llamar posible algo de lo que no hay un solo ejemplo. El libro que sigue empieza por contestarle (Cap. 1–2: Dios puede muchas cosas que nunca hace) y acaba contestando otra pregunta, la que sostiene todo el debate: qué hace que un hombre pueda cumplir la ley. Agustín responde con 2 Corintios 3:6, «la letra mata, pero el espíritu vivifica», que lee así: la ley, aun siendo buena, sin el Espíritu que derrama el amor en los corazones no justifica, solo vuelve culpable (Cap. 6–7). El prefacio de Holmes lo cuenta entre las primeras contribuciones de Agustín a la controversia con Pelagio.
    El libro tiene 66 capítulos breves, de los que ninguno pasa de unas 1 100 palabras. Los cuatro primeros plantean la cuestión y distinguen dos errores: el de quien cree que alguien ha vivido sin pecado, que Agustín juzga «comparativamente inofensivo», y el de quien niega que la voluntad necesite la gracia, que «exige una refutación muy enérgica» (títulos de los Cap. 3 y 4). Del 5 al 26, tras anunciar su plan (Cap. 7), explica 2 Corintios 3:6 con la ayuda de Romanos; del 27 al 42 compara el Antiguo y el Nuevo Testamento, la ley escrita en tablas de piedra y la escrita en los corazones (Jeremías 31); del 43 al 48 trata de los gentiles de Romanos 2:14-15; del 49 al 61 considera la justicia como don y pregunta de dónde viene la fe y qué papel conserva la voluntad; y los últimos (62–66) vuelven a la pregunta de Marcelino. Esa división es una lectura del editor sobre los títulos de los capítulos; la síntesis del NPNF fija expresamente los tramos 1–4, 33–42 y 50–61.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloSobre el Espíritu y la letra (en latín, De spiritu et littera; en inglés, On the Spirit and the Letter)
    FechaHacia fines de 412. El NPNF la sitúa por su lugar en las Retractaciones, antes de la muerte de Marcelino (septiembre de 413), y el prefacio de Holmes da el título benedictino scriptus sub finem anni 412; la Catholic Encyclopedia y la lista de obras de Wikipedia dicen 412. La entrada «Pelagius» de Wikipedia la fecha en 414: una discrepancia que esta edición no sigue
    DestinatarioMarcelino, tribuno y notario del emperador Honorio
    GéneroTratado en forma de respuesta a una consulta, con una larga exposición de la Epístola a los Romanos y de 2 Corintios 3
    Extensión66 capítulos, unas 28 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Peter Holmes; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Peter Holmes. Holmes la publicó en el primer volumen de la edición inglesa de los tratados antipelagianos de Agustín (T. & T. Clark, Edimburgo): según su propio prefacio, es la primera vez que cinco de los quince tratados de Agustín sobre la controversia pelagiana se vertían al inglés, y la traducción se hizo sobre el tomo X de la edición benedictina (Amberes), cotejada con la reimpresión de Gaume. La dedicatoria de ese volumen está fechada en Mannamead, Plymouth, el 10 de marzo de 1872. Esa versión se reimprimió en el volumen 5 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editada por Philip Schaff, con la traducción «revisada» y una introducción de Benjamin B. Warfield, y con Robert Ernest Wallis como traductor de otros tratados del mismo volumen. New Advent da la edición como Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1887 (el prefacio de Schaff lleva fecha de septiembre de 1887); la ficha de CCEL dice Nueva York, 1886. La nota que cierra el índice del volumen dice que los tratados marcados con asterisco son de Wallis y los demás de Holmes; Sobre el Espíritu y la letra no lleva asterisco. New Advent atribuye todo el volumen a Holmes y Wallis, revisado por Warfield: es la autoría del volumen, no la de este tratado.
    El prefacio a la edición americana, cuya primera parte es de Warfield, avisa de que las notas del texto de Edimburgo se han tratado «aún más libremente» que el texto, de que se ampliaron los encabezados de capítulo hasta que casi todos tuvieran el suyo y de que se quitaron en general los corchetes con que el traductor distinguía sus notas de las del editor benedictino. Los números romanos entre corchetes que acompañan a algunos títulos («Capítulo 1 [I.]») parecen ser los de los capítulos de la edición benedictina, cuyos encabezados Holmes dice haber trasladado a su lugar (prefacio al volumen II); los demás encabezados serían los que añadió el editor americano. Es una lectura del editor, no un dato que diga el volumen.
    El inglés de partida de esta edición coincide con el que publica New Advent, revisado por Kevin Knight, que moderniza formas como killeth en «kills» (la copia de CCEL conserva «killeth»). Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo una aplicación (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano ni nadie la ha revisado frase a frase. Al comienzo, antes del tratado, la edición reproduce el extracto de las Retractaciones en que Agustín reseña el libro:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Retractaciones · II, 37
    La persona a quien había dirigido los tres libros titulados De Peccatorum Meritorum et Remissione, en los cuales examiné cuidadosamente también el bautismo de los niños, me informó, al acusar recibo de mi comunicación, que estaba muy turbado porque yo declaré que era posible que un hombre estuviera sin pecado si, con la ayuda de Dios, no le faltaba la voluntad, aunque ningún hombre hubiera vivido, viviera o hubiera de vivir en esta vida tan perfecto en justicia. Preguntó cómo podía yo decir que era posible aquello de lo cual no podía aducirse ningún ejemplo. Con ocasión de esta consulta de dicha persona, escribí el tratado titulado De Spiritu et Littera, en el cual examiné extensamente la afirmación del Apóstol: "La letra mata, pero el espíritu da vida." En esta obra, en cuanto Dios me capacitó, disputé denodadamente contra quienes se oponen a aquella gracia de Dios que justifica; y al tratar de las observancias de los judíos, que se abstienen de ciertos alimentos y bebidas según su antigua ley, mencioné las "ceremonias de ciertos alimentos" [quarumdam escarum cerimoniæ] —frase que, aunque no usada en las Santas Escrituras, me pareció muy conveniente, porque recordé que cerimoniæ equivale a carimoniæ, como si derivara de carere, carecer, y expresa la abstinencia de los adoradores respecto de ciertas cosas. Pero si hay alguna otra derivación de la palabra que sea incompatible con la verdadera religión, no quise hacer referencia alguna a ella; limité mi empleo al sentido arriba indicado. Esta obra mía comienza así: "Después de leer el breve tratado que recientemente redacté para ti, amadísimo hijo mío Marcelino", etc.
    Lo que viene de la edición. Los 66 capítulos y sus títulos son los de la edición inglesa; los títulos son de la edición, no de Agustín. Los números de capítulo son los que dan los localizadores («Cap. 28»). Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición. El epub de partida no trae las notas al pie del NPNF.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 66 capítulos y los mismos 67 párrafos que el inglés de partida, y su largo total es el 99 % del inglés (entre 0,8 y 1,25 en cada párrafo). No quedan párrafos ni palabras sin traducir, y el vocabulario no muestra erratas. La traducción conserva con una pequeña diferencia una referencia de Jeremías del inglés («Jer. xxxii. 32» en el Cap. 7 se lee aquí 31:33) y deja tal cual un error del NPNF en el Cap. 7 que se avisa en su lugar. Es, aun así, traducción automática.

    Capítulo 1 [I.] — Ocasión de escribir esta obra; una cosa puede ser posible de hacerse y, no obstante, no hacerse jamás

    Cap. 1

    Tras leer los breves tratados que recientemente redacté para ti, amadísimo hijo mío Marcelino, acerca del bautismo de los niños y de la perfección de la justicia del hombre —a saber, que nadie en esta vida parece haberla alcanzado ni ser probable que la alcance, excepto únicamente el Mediador, que llevó la humanidad en semejanza de carne de pecado, sin pecado alguno—, me escribiste en respuesta que te había causado dificultad el punto que yo sostenía en el segundo libro: que era posible que un hombre estuviera sin pecado si no le faltaba la voluntad y era ayudado por el auxilio de Dios; y sin embargo, que excepto Uno en quien «todos serán vivificados,» [] nadie ha vivido jamás ni vivirá por quien esa perfección haya sido alcanzada mientras vivía aquí. Te parecía absurdo decir que algo era posible sin que jamás se hubiera dado ejemplo de ello —aunque supongo que no dudarías en admitir que ningún camello pasó jamás por el ojo de una aguja, y sin embargo Él dijo que aun esto era posible para Dios; puedes leer también que doce mil legiones de ángeles podrían haber peleado por Cristo y librarlo del sufrimiento, pero de hecho no lo hicieron; puedes leer que era posible que las naciones fueran exterminadas de una vez de la tierra que fue dada a los hijos de Israel [], y sin embargo Dios quiso que se efectuara gradualmente []. Y uno puede hallar otros mil incidentes, cuya posibilidad pasada o futura admitiríamos fácilmente, sin que podamos presentar prueba alguna de que realmente hayan sucedido jamás. Por consiguiente, no sería justo que negáramos la posibilidad de que un hombre viva sin pecado, sobre la base de que entre los hombres no se halla nadie, excepto Aquel que en su naturaleza no es solo hombre, sino también Dios, en quien pudiéramos probar que tal perfección de carácter haya existido.
    Comentario editorial · Marcelino, el destinatario
    El libro responde a una carta de Marcelino, a quien Agustín llama «amadísimo hijo» y a quien había dedicado Sobre los méritos y la remisión de los pecados; lo que Marcelino objetó está en el libro II de esa obra (NPNF). Según Wikipedia, Flavio Marcelino era tribunus et notarius del emperador Honorio; en 411 fue enviado a África a presidir la conferencia de Cartago entre católicos y donatistas, y en 413 los donatistas lo acusaron, a él y a su hermano Apringio, de apoyar la rebelión de Heracliano. Fueron ejecutados, según Wikipedia, el 13 de septiembre, y Honorio lo rehabilitó al año siguiente. El NPNF sitúa este libro hacia el final de 412, algún tiempo antes de su muerte.

    Capítulo 2 [II.] — Los ejemplos pertinentes

    Cap. 2

    Acaso me replicarás aquí que las cosas que he aducido como no realizadas, aunque realizables, son obras divinas; en cambio, que el hombre esté sin pecado cae dentro de la obra propia del hombre —siendo ésta en efecto su obra nobilísima, la que produce una justicia plena y perfecta, completa en todas sus partes—; y que, por tanto, es increíble que jamás haya existido, exista o haya de existir en esta vida alguien que haya logrado tal obra, si su realización es posible para un ser humano. Pero entonces debes reflexionar que, aunque esta gran obra corresponde sin duda a la actividad humana el realizarla, es también un don divino, y por tanto no se ha de dudar de que es una obra divina; «pues es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su beneplácito.» []

    Capítulo 3. — El error de quienes dicen que un hombre vive aquí sin pecado es comparativamente inofensivo

    Cap. 3

    Por tanto, no son un grupo de personas muy peligroso, y se les debe instar a que demuestren, si pueden, que ellos mismos son así: sostienen que un hombre vive o ha vivido aquí sin pecado alguno. Hay, en efecto, pasajes de la Escritura en los cuales, a mi entender, se afirma con precisión que ningún hombre que vive en la tierra, aunque goce de libre albedrío, puede hallarse sin pecado; como, por ejemplo, el lugar donde está escrito: «No entres en juicio con tu siervo, porque en tu presencia no será justificado ningún viviente.» Si, no obstante, alguien lograra mostrar que este texto y otros semejantes deben entenderse en un sentido distinto del obvio, y probara que algún hombre o algunos hombres han pasado una vida sin pecado en la tierra, quien no solo no se abstiene de oponérsele grandemente, sino que tampoco se alegra con él plenamente, está afligido por aguijones extraordinarios de envidia. Además, si no hay, no ha habido ni habrá hombre alguno dotado de tal perfección de pureza (lo cual me inclino más a creer), y sin embargo se afirma firmemente y se piensa que lo hay, lo ha habido o lo ha de haber, a mi juicio no se comete un gran error, y ciertamente no uno peligroso, cuando un hombre se deja llevar así por un cierto sentimiento benevolente; a condición de que quien piensa tan bien de otro no se considere a sí mismo como tal ser, a menos que haya comprobado que realmente y claramente es así.
    Comentario editorial · Dos errores, y lo que vino después
    En este capítulo y el siguiente Agustín separa dos errores y no los trata con el mismo rigor: quien cree que alguien ha vivido sin pecado se equivoca «comparativamente» poco; quien niega que la voluntad necesite la gracia, mucho. Los editores benedictinos observan, en el prefacio a Sobre la perfección de la justicia del hombre (que reproduce el NPNF), que Agustín todavía no censura la primera opinión y que aún no se habían dictado contra ella los tres cánones (6–8) del concilio de Cartago de 418; después la tuvo por error pernicioso. La cronología sitúa el libro antes de Diospolis y de los concilios africanos.
    Eje cronológico de 410 a 418 con los hechos de la controversia pelagiana encima (410 a 418) y tres obras de Agustín debajo: Espíritu y letra (412), Naturaleza y gracia (415) y Actas de Pelagio (417)
    De 411 a 418: la controversia (arriba) y tres obras de Agustín contra los pelagianos (abajo). Este libro es el de 412. · Elaboración propia para Eusebeia · fechas de Wikipedia («Pelagianism», «Marcellinus of Carthage», «Synod of Diospolis») y del NPNF, vol. 5

    Capítulo 4. — Es un error mucho más grave, que exige una refutación muy enérgica, el de quienes niegan que la gracia de Dios sea necesaria

    Cap. 4

    Hay que resistir, en cambio, con el mayor ardor y vigor a quienes suponen que, sin la ayuda de Dios, el mero poder de la voluntad humana puede, por sí mismo, perfeccionar la justicia o avanzar firmemente hacia ella; y cuando se les apremia acerca de su presunción al afirmar que este resultado puede alcanzarse sin el auxilio divino, se contienen y no se atreven a proferir tal opinión, porque ven cuán impía e insoportable es. Pero alegan que tales logros no se obtienen sin la ayuda de Dios por esta razón, a saber: porque Dios creó al hombre con libre albedrío y, dándole mandamientos, le enseña Él mismo cómo debe vivir; y ciertamente lo ayuda, en cuanto le quita la ignorancia instruyéndolo en el conocimiento de lo que debe evitar y desear en sus acciones: y así, mediante el libre albedrío naturalmente implantado en él, entra por el camino que se le señala, y perseverando en un curso de vida justo y piadoso, merece alcanzar la bienaventuranza de la vida eterna.

    Capítulo 5 [III.] — La verdadera gracia es el don del Espíritu Santo, que enciende en el alma el gozo y el amor del bien

    Cap. 5

    Nosotros, por nuestra parte, afirmamos que la voluntad humana es ayudada tan divinamente en la búsqueda de la justicia que (además de ser creado el hombre con libre albedrío, y además de la enseñanza por la que se le instruye cómo debe vivir) recibe el Espíritu Santo, por quien se forma en su mente un deleite y un amor de aquel sumo e inmutable bien que es Dios, aun mientras todavía «anda por fe» y no aún «por vista;» [] para que por este don, que le es dado como arras, por así decir, del don gratuito, conciba un ardiente deseo de adherirse a su Hacedor, y arda por entrar en la participación de aquella luz verdadera, para que le vaya bien de parte de Aquel a quien debe su existencia. Ciertamente, el libre albedrío del hombre no sirve sino para pecar, si no conoce el camino de la verdad; y aun después de que su deber y su meta propia comiencen a hacérsele conocidos, a menos que también se deleite en ello y sienta amor por ello, ni cumple su deber, ni se pone a ello, ni vive rectamente. Ahora bien, para que tal camino atraiga nuestros afectos, «el amor de Dios es derramado en nuestros corazones,» no mediante el libre albedrío que surge de nosotros mismos, sino «por el Espíritu Santo que nos es dado.» []

    Capítulo 6 [IV.] — La enseñanza de la ley sin el Espíritu que vivifica es «la letra que mata.»

    Cap. 6

    Pues aquella enseñanza que nos trae el mandato de vivir en castidad y justicia es «la letra que mata,» a menos que vaya acompañada del «espíritu que vivifica.» Pues no es ése el único sentido del pasaje, «la letra mata, pero el espíritu vivifica,» [] el cual meramente prescribe que no tomemos en sentido literal ninguna frase figurada que, en el significado propio de sus palabras, produciría solo un absurdo, sino que consideremos qué otra cosa significa, alimentando al hombre interior con nuestra inteligencia espiritual, puesto que «el ocuparse de la carne es muerte, mientras que el ocuparse del espíritu es vida y paz.» [] Si, por ejemplo, un hombre tomara en sentido literal y carnal mucho de lo que está escrito en el Cantar de los Cantares, no serviría al fruto de una caridad luminosa, sino al sentimiento de un deseo libidinoso. Por tanto, el apóstol no ha de limitarse a la aplicación restringida que acabamos de mencionar, cuando dice: «la letra mata, pero el espíritu vivifica;» [] sino que esto equivale también (y en verdad especialmente) a lo que dice en otro lugar con las palabras más claras: «No conocí la concupiscencia, si la ley no dijera: No codiciarás;» [] y de nuevo, inmediatamente después: «el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató.» [] Ahora, por esto puedes ver qué se entiende por «la letra que mata.» No hay, por supuesto, nada dicho en sentido figurado que no deba aceptarse en su sentido llano, cuando se dice: «No codiciarás;» sino que es un precepto muy llano y saludable, y cualquier hombre que lo cumpla no tendrá pecado alguno. El apóstol, en efecto, escogió a propósito este precepto general, en el cual abarcó todo, como si ésta fuera la voz de la ley que nos prohíbe todo pecado, cuando dice: «No codiciarás;» porque no se comete pecado alguno sino por la concupiscencia mala; de modo que la ley que prohíbe esto es una ley buena y loable. Pero, cuando el Espíritu Santo retiene su ayuda, la cual nos inspira un buen deseo en lugar de este mal deseo (en otras palabras, difunde amor en nuestros corazones), aquella ley, por buena que sea en sí misma, solo aumenta el mal deseo al prohibirlo. Del mismo modo que la corriente de agua que fluye sin cesar en una dirección determinada se torna más violenta cuando tropieza con cualquier obstáculo, y, vencida la detención, cae con mayor caudal y se precipita hacia abajo con ímpetu redoblado en su curso descendente, así, de manera extraña, el objeto mismo que codiciamos se vuelve más agradable cuando se le prohíbe. Y éste es el pecado que por el mandamiento engaña y por él mata, siempre que se añada realmente la transgresión, lo cual no ocurre donde no hay ley. []
    Comentario editorial · Dos sentidos de «la letra»
    Agustín no descarta el sentido corriente de : no tomar al pie de la letra una frase figurada que, así entendida, sería un absurdo (su ejemplo es el Cantar de los Cantares). Pero dice que ese no es el único sentido, ni el principal: la letra que mata es, «y en verdad especialmente», la ley que dice «No codiciarás» () cuando falta el Espíritu. En el Cap. 7 anuncia que probará este segundo sentido. Warfield, editor del NPNF, lo resume así: «la letra» es la ley como sistema de preceptos, que muestra el pecado sin dar fuerzas para vencerlo, y «el Espíritu» es el Espíritu Santo derramado en los corazones (lectura de Warfield sobre el libro entero).

    Capítulo 7 [V.] — Lo que se propone tratar aquí

    Cap. 7

    Nos ocuparemos, no obstante, si te place, de todo este pasaje del Apóstol y lo trataremos a fondo, tal como el Señor nos lo conceda. Pues quiero, si es posible, probar que las palabras del Apóstol, «la letra mata, pero el espíritu vivifica,» no se refieren a expresiones figuradas —aunque aun en este sentido podría obtenerse de ellas una significación adecuada—, sino más bien claramente a la ley, que prohíbe todo lo que es malo. Cuando haya probado esto, aparecerá con más evidencia que llevar una vida santa es don de Dios —no solo porque Dios ha dado al hombre el libre albedrío, sin el cual no se vive ni mal ni bien; ni solo porque le ha dado un mandamiento para enseñarle cómo debe vivir; sino porque por el Espíritu Santo derrama el amor en los corazones [Romanos 7:7] de aquellos a quienes conoció de antemano, para predestinarlos; a los que predestinó, para llamarlos; a los que llamó, para justificarlos; y a los que justificó, para glorificarlos. [] Cuando también este punto quede aclarado, verás, creo, cuán vano es decir que solo son posibilidades sin ejemplo las que son obras de Dios —tales como el paso del camello por el ojo de la aguja, al que ya nos hemos referido, y otros casos semejantes, que para nosotros son ciertamente imposibles, pero fáciles para Dios—; y que la justicia del hombre no debe contarse entre esta clase de cosas, por ser propiamente obra del hombre y no de Dios; aunque no hay razón para suponer, sin ejemplo, que su perfección exista, aun si es posible. Que estas aserciones son vanas quedará bastante claro después de que se haya mostrado también con claridad que aun la justicia del hombre debe atribuirse a la operación de Dios, aunque no se realice sin la voluntad del hombre; y por tanto no podemos negar que su perfección es posible aun en esta vida, porque todas las cosas son posibles para Dios [], — tanto las que Él realiza por su sola voluntad, como las que dispone que se hagan con la cooperación con Él de la voluntad de su criatura. Por consiguiente, todo lo que Él no efectúa de tales cosas carece sin duda de ejemplo en cuanto a hechos realizados, aunque con Dios posee a la vez en su poder la causa de su posibilidad y en su sabiduría la razón de su no realización. Y si esta causa está oculta al hombre, que no olvide que es hombre; ni acuse a Dios de insensatez simplemente porque no puede comprender plenamente su sabiduría.

    Capítulo 8. — Romanos interpreta a Corintios

    Cap. 8

    Atiende, pues, con cuidado, al Apóstol mientras en su Epístola a los Romanos explica y muestra con bastante claridad que lo que escribió a los Corintios, «la letra mata, pero el espíritu vivifica,» [] debe entenderse en el sentido que ya hemos indicado: que la letra de la ley, que nos enseña a no cometer pecado, mata, si el espíritu vivificante está ausente, puesto que hace que el pecado sea conocido antes que evitado y, por tanto, aumentado antes que disminuido, porque a la concupiscencia mala se añade ahora la transgresión de la ley.

    Capítulo 9 [VI]. — Por la ley abundó el pecado

    Cap. 9

    El Apóstol, pues, deseando ensalzar la gracia que ha venido a todas las naciones por medio de Jesucristo, para que los judíos no se ensalzaran a sí mismos a expensas de los demás pueblos por haber recibido la ley, dice primero que el pecado y la muerte vinieron sobre el género humano por un solo hombre, y que la justicia y la vida eterna vinieron también por uno solo, mencionando expresamente a Adán como el primero y a Cristo como el segundo; y luego dice que «la ley, empero, se introdujo para que abundara la ofensa; mas donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia; para que, así como reinó el pecado para muerte, así también reine la gracia por la justicia para vida eterna, mediante Jesucristo, Señor nuestro.» [] Luego, proponiéndose una cuestión para responderla, añade: «¿Qué diremos, pues? ¿Permaneceremos en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ningún modo!» Vio, ciertamente, que hombres perversos podían hacer un uso perverso de lo que había dicho: «la ley se introdujo para que abundara la ofensa; mas donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia,» — como si hubiera dicho que el pecado había sido ventajoso a causa de la abundancia de la gracia. Rechazando esto, responde a su pregunta con un «¡De ningún modo!» y al punto añade: «Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» [] como quien dice: Cuando la gracia ha hecho que muramos al pecado, ¿qué otra cosa estaremos haciendo si seguimos viviendo en él, sino mostrarnos ingratos a la gracia? Quien ensalza la virtud de una medicina no sostiene que las enfermedades y heridas que la medicina cura le sean ventajosas; al contrario, en proporción a la alabanza prodigada al remedio son la culpa y el horror que se sienten de las enfermedades y heridas curadas por la medicina tan ensalzada. De igual manera, la alabanza y recomendación de la gracia son vituperación y condenación de las ofensas. Pues era necesario probar al hombre cuán corruptamente débil era, de modo que, contra su iniquidad, la santa ley no le traía ayuda para el bien, sino que más bien aumentaba que disminuía su iniquidad; puesto que la ley se introdujo para que abundara la ofensa; para que, así convicto y confundido, viera no solo que necesitaba un médico, sino también a Dios como su ayudador, que dirigiera sus pasos de modo que el pecado no reinara sobre él, y pudiera ser sanado acogiéndose a la ayuda de la misericordia divina; y de esta manera, donde abundó el pecado, sobreabundara la gracia, no por el mérito del pecador, sino por la intervención de su Ayudador.

    Capítulo 10.— Cristo, el verdadero Médico

    Cap. 10

    Por consiguiente, el apóstol muestra que la misma medicina fue místicamente representada en la pasión y resurrección de Cristo, cuando dice: «¿No sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos ya al pecado. Porque el que ha muerto, justificado está del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.» [] Ahora bien, es bastante evidente que aquí, por el misterio de la muerte y resurrección del Señor, se figura la muerte de nuestra vida vieja de pecado, y el surgimiento de la nueva; y que aquí se muestra la abolición de la iniquidad y la renovación de la justicia. ¿De dónde, pues, proviene al hombre este beneficio tan grande por la letra de la ley, sino por la fe de Jesucristo?

    Capítulo 11 [VII.]— De qué fuente manan las buenas obras

    Cap. 11

    Esta santa meditación preserva «a los hijos de los hombres, que ponen su confianza bajo la sombra de las alas de Dios,» para que sean «embriagados de la grosura de su casa, y beban del torrente de sus delicias. Porque en él está el manantial de la vida, y en su luz verán la luz. Porque extiende su misericordia a los que le conocen, y su justicia a los rectos de corazón.» No extiende, ciertamente, su misericordia a ellos porque le conocen, sino para que le conozcan; ni es porque sean rectos de corazón, sino para que lleguen a serlo, por lo que les extiende su justicia, con la cual justifica al impío. [] Esta meditación no eleva con orgullo: este pecado surge cuando alguien confía demasiado en sí mismo y se hace a sí mismo el fin principal de la vida. Impulsado por este vano sentimiento, se aparta de aquella fuente de vida, de cuyos sorbos únicamente se bebe la santidad que es en sí misma la vida buena—y de aquella luz inmutable, participando de la cual el alma racional es en cierto sentido inflamada, y se convierte ella misma en una lumbrera creada y reflejada; así como «Juan era lámpara que ardía y alumbraba,» [] quien, sin embargo, reconoció la fuente de su propia iluminación en las palabras, «De su plenitud todos hemos recibido.» [] ¿De quién, pregunto, sino de Él, por supuesto, en comparación con quien Juan no era luz alguna? Porque «aquél era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene al mundo.» [] Por tanto, en el mismo salmo, después de decir, «Extiende tu misericordia a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón,» añade, «Que no venga contra mí el pie de la soberbia, y no me mueva la mano de los pecadores. Allí cayeron todos los obradores de iniquidad; fueron derribados, y no pueden levantarse.» Puesto que por aquella impiedad que lleva a cada uno a atribuirse la excelencia que es de Dios, es arrojado a sus propias tinieblas nativas, en las cuales consisten las obras de iniquidad. Pues manifiestamente son estas obras las que hace, y para la realización de tales obras solamente está naturalmente capacitado. Las obras de justicia nunca las hace, salvo en cuanto recibe la posibilidad de aquella fuente y de aquella luz, donde está la vida que nada necesita, y donde hay «ninguna variación, ni sombra de cambio.» []

    Capítulo 12.— Pablo, de dónde toma su nombre; contiende valientemente por la gracia

    Cap. 12

    Por consiguiente, Pablo —quien, aunque antes se llamaba Saulo, [] eligió esta nueva designación por ninguna otra razón, según me parece, sino porque quería mostrarse pequeño, — el «más pequeño de los apóstoles,» [] — contiende con mucho valor y empeño contra los soberbios y arrogantes, y contra los que se jactan de sus propias obras, para recomendar la gracia de Dios. Esta gracia, ciertamente, apareció más evidente y manifiesta en su caso, puesto que, mientras perseguía con tan vehemente empeño a la Iglesia de Dios que se hacía merecedor del mayor castigo, halló misericordia en lugar de condenación, y en lugar de castigo obtuvo gracia. Muy propiamente, por tanto, levanta su voz y su mano en defensa de la gracia, y no se cuida de la envidia ni de aquellos que no entendían un asunto demasiado profundo y abstruso para ellos, ni de aquellos que perversamente interpretaban mal sus propias palabras sanas; al mismo tiempo predica sin vacilar aquel don de Dios, por el cual únicamente alcanzan la salvación los que son hijos de la promesa, hijos de la bondad divina, hijos de la gracia y de la misericordia, hijos de la nueva alianza. En la salutación con que comienza cada epístola, ora: «Gracia y paz a vosotros, de Dios Padre y del Señor Jesucristo;» y éste forma casi el único tema discutido en la Epístola a los Romanos, y es abordado con tanta persistencia y variedad de argumentos, que llega a fatigar la atención del lector, aunque con una fatiga tan útil y saludable, que más bien ejercita que quebranta las facultades del hombre interior.

    Capítulo 13 [VIII.]— El cumplimiento de la ley; la jactancia de los judíos; el temor del castigo; la circuncisión del corazón

    Cap. 13

    Viene luego lo que antes mencioné; muestra entonces qué es el judío, y dice que se le llama judío, pero de ningún modo cumple lo que promete hacer. «Pero si», dice, «tú te llamas judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, y apruebas lo mejor, instruido por la ley; y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los necios, maestro de niños, teniendo la forma del conocimiento y de la verdad en la ley. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con la transgresión de la ley deshonras a Dios? Porque el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros, como está escrito. La circuncisión en verdad aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión. Por tanto, si la incircuncisión guarda la justicia de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión por circuncisión? Y la incircuncisión que por naturaleza es, si cumple la ley, ¿no te juzgará a ti, que con la letra y con la circuncisión eres transgresor de la ley? Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; cuya alabanza no proviene de los hombres, sino de Dios.» [] Aquí mostró claramente en qué sentido dijo, «Te glorías en Dios.» Pues indudablemente si uno que fuera verdaderamente judío se gloriara en Dios del modo que la gracia exige (la cual se concede no por mérito de obras, sino gratuitamente), entonces su alabanza sería de Dios, y no de los hombres. Pero ellos, de hecho, se gloriaban en Dios, como si ellos solos hubieran merecido recibir su ley, como dice el Salmista: «No ha hecho semejante a ninguna nación, ni les ha manifestado sus juicios.» Y, sin embargo, pensaban que cumplían la ley de Dios por su justicia, cuando más bien eran transgresores de ella todo el tiempo. Por consiguiente, ella «producía ira» [] sobre ellos, y el pecado abundó, cometido como era por quienes conocían la ley. Pues quienquiera que hiciese aun lo que la ley ordenaba, sin la asistencia del Espíritu de gracia, obraba por temor al castigo, no por amor a la justicia; y por tanto, a los ojos de Dios no estaba en la voluntad lo que a los ojos de los hombres aparecía en la obra; y tales hacedores de la ley eran tenidos más bien por culpables de aquello que Dios sabía que habrían preferido cometer, si tan sólo hubiera sido posible con impunidad. Llama, sin embargo, «la circuncisión del corazón» a la voluntad pura de todo deseo ilícito; la cual no proviene de la letra, que inculca y amenaza, sino del Espíritu, que asiste y sana. Tales hacedores de la ley tienen, por tanto, su alabanza, no de los hombres, sino de Dios, quien por su gracia proporciona los motivos por los cuales reciben alabanza; de quienes está dicho, «Mi alma se gloriará en el Señor;» y a quienes se dice, «Mi alabanza será de ti:» pero no son tales aquellos que querrían que Dios fuera alabado porque ellos son hombres; sino a sí mismos, porque son justos.

    Capítulo 14.— En qué sentido reconocen los pelagianos a Dios como autor de nuestra justificación

    Cap. 14

    Pero», dicen, «nosotros alabamos a Dios como autor de nuestra justicia, en cuanto nos dio la ley, por cuya enseñanza hemos aprendido cómo debemos vivir.» Pero no prestan atención a lo que leen: «Por la ley ninguna carne será justificada delante de Dios.» [] Esto puede, ciertamente, ser posible delante de los hombres, pero no delante de Aquel que mira nuestro mismo corazón y nuestra voluntad más íntima, donde ve que, aunque el hombre que teme la ley guarda cierto precepto, preferiría, sin embargo, hacer otra cosa si se le permitiera. Y para que nadie suponga que, en el pasaje que se acaba de citar de él, el apóstol quiso decir que nadie es justificado por aquella ley, que contiene muchos preceptos, bajo la figura de los antiguos sacramentos, y entre ellos aquella circuncisión de la carne misma, que se mandaba a los niños recibir al octavo día después del nacimiento; añade inmediatamente a qué ley se refería, y dice, «Porque por la ley es el conocimiento del pecado.» [] Se refiere, pues, a aquella ley de la cual después declara, «No conocí el pecado sino por la ley; porque no habría conocido la concupiscencia, si la ley no hubiera dicho: No codiciarás.» [] Pues ¿qué significa esto sino que «por la ley viene el conocimiento del pecado?

    Capítulo 15 [IX.]— La justicia de Dios manifestada por la ley y los profetas

    Cap. 15

    Aquí, quizá, pueda decir aquella presunción del hombre, que ignora la justicia de Dios y quiere establecer una propia, que el apóstol dijo muy propiamente: «Por la ley ningún hombre será justificado,» [] puesto que la ley simplemente muestra lo que uno debe hacer y de lo que uno debe guardarse, a fin de que lo que la ley así señala pueda ser realizado por la voluntad, y así el hombre sea justificado, no ciertamente por el poder de la ley, sino por su libre determinación. Pero te pido, oh hombre, que atiendas a lo que sigue. «Mas ahora la justicia de Dios», dice, «sin la ley se ha manifestado, testimoniada por la ley y los profetas.» [] ¿Suena esto, pues, cosa ligera a oídos sordos? Dice: «La justicia de Dios se ha manifestado.» Ahora bien, esta justicia la ignoran aquellos que quieren establecer una propia; no se someten a ella. [] Sus palabras son: «La justicia de Dios se ha manifestado:» no dice la justicia del hombre, ni la justicia de su propia voluntad, sino la «justicia de Dios,» — no aquella por la cual Él mismo es justo, sino aquella con la cual dota al hombre cuando justifica al impío. Esto es testimoniado por la ley y los profetas; en otras palabras, la ley y los profetas dan cada uno testimonio de ello. La ley, ciertamente, al expedir sus mandatos y amenazas, y al no justificar a nadie, muestra suficientemente que es por don de Dios, mediante la ayuda del Espíritu, como el hombre es justificado; y los profetas, porque fue lo que predijeron lo que Cristo realizó en su venida. Por consiguiente, avanza un paso más, y añade: «La justicia de Dios por la fe de Jesucristo,» [] es decir, por la fe con la cual uno cree en Cristo; porque así como no se trata de la fe con la cual Cristo mismo cree, tampoco se trata de la justicia por la cual Dios mismo es justo. Ambas, sin duda, son nuestras, pero aun así se llaman de Dios y de Cristo, porque es por su liberalidad como estos dones nos son concedidos. La justicia de Dios, pues, es sin la ley, pero no se manifiesta sin la ley; porque si se manifestara sin la ley, ¿cómo podría ser testimoniada por la ley? Mas aquella justicia de Dios es sin la ley, la cual Dios por el Espíritu de gracia concede al creyente sin la ayuda de la ley, — es decir, cuando no es ayudado por la ley. Cuando, ciertamente, Él descubre al hombre por la ley su debilidad, es para que por la fe huya a refugiarse en su misericordia, y sea sanado. Y así, acerca de su sabiduría se nos dice, que «ella lleva en su lengua ley y misericordia,» [] — la «ley,» con la cual puede convencer de pecado a los soberbios; la «misericordia,» con la cual puede justificar a los humillados. «La justicia de Dios», pues, «por la fe de Jesucristo es para todos los que creen; porque no hay diferencia, ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» [] — no de su propia gloria. Porque ¿qué tienen que no hayan recibido? Y si lo recibieron, ¿por qué se glorían como si no lo hubieran recibido? [] Pues bien, están privados de la gloria de Dios; observa ahora lo que sigue: «Siendo justificados gratuitamente por su gracia.» [] No son, por tanto, justificados por la ley, ni tampoco por su propia voluntad; sino que son justificados gratuitamente por su gracia — no es que se obre sin nuestra voluntad; sino que nuestra voluntad es mostrada débil por la ley, para que la gracia sane su enfermedad; y para que nuestra voluntad sanada cumpla la ley, no por pacto bajo la ley, ni tampoco en ausencia de ley.

    Capítulo 16 [X.]— Cómo la ley no fue dada para el justo

    Cap. 16

    Porque «para el justo no fue puesta la ley;» [] y, sin embargo, «la ley es buena, si uno la usa legítimamente.» [] Ahora bien, al conectar entre sí estas dos afirmaciones aparentemente contrarias, el apóstol advierte y exhorta a su lector a examinar la cuestión y resolverla también. Pues ¿cómo puede ser que «la ley sea buena, si uno la usa legítimamente,» si lo que sigue es también verdadero: «Sabiendo esto, que la ley no fue puesta para el justo?» [] Pues ¿quién sino el justo usa legítimamente la ley? Sin embargo, no es para él que fue puesta, sino para los injustos. ¿Debe entonces el injusto, para ser justificado — es decir, para llegar a ser justo — usar legítimamente la ley, para que le lleve, como de la mano de un ayo, [] a aquella gracia por la cual solamente puede cumplir lo que la ley manda? Ahora bien, es gratuitamente como es justificado por ella —es decir, sin méritos antecedentes de sus propias obras; «de lo contrario, la gracia ya no es gracia,» [] puesto que se nos concede, no porque hayamos hecho buenas obras, sino para que podamos hacerlas; es decir, no porque hayamos cumplido la ley, sino para que podamos cumplirla. Y Él dijo: «No he venido para abrogar la ley, sino para cumplirla,» [] de quien se dijo: «Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.» [] Esta es la gloria a que se refieren las palabras: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios;» [] y ésta es la gracia de la cual habla en el versículo siguiente, «Siendo justificados gratuitamente por su gracia.» [] El injusto, por tanto, usa legítimamente de la ley para llegar a ser justo; pero cuando ya lo es, no debe usarla más como carro, porque ha llegado al término de su viaje — o más bien (para emplear la misma comparación del apóstol, que ya se ha mencionado) como ayo, puesto que ya está plenamente instruido. ¿Cómo, pues, no es puesta la ley para el justo, si también es necesaria para el justo, no para que sea llevado, como injusto, a la gracia que justifica, sino para que la use legítimamente, ahora que es justo? ¿No es, acaso, el caso el siguiente — no quizá, sino más bien ciertamente —: que el hombre que ha llegado a ser justo usa así legítimamente de la ley, cuando la aplica para alarmar a los injustos, de modo que, cuando la enfermedad de algún deseo inusitado comienza en ellos, por el incentivo de la prohibición de la ley y por el aumento de la transgresión, puedan huir por la fe a refugiarse en la gracia que justifica, y deleitándose con los dulces placeres de la santidad, escapen a la pena de la letra amenazante de la ley por medio del don consolador del espíritu? De este modo, las dos afirmaciones no serán contrarias, ni se opondrán entre sí: incluso el justo puede usar legítimamente de una ley buena, y, sin embargo, la ley no ser puesta para el justo; porque no es por la ley como llega a ser justo, sino por la ley de la fe, que le llevó a creer que no era posible otro recurso para su debilidad, a fin de cumplir los preceptos que «la ley de las obras» [] mandaba, salvo ser ayudado por la gracia de Dios.

    Capítulo 17.— La exclusión de la jactancia

    Cap. 17

    Por tanto, dice: «¿Dónde está, pues, la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No; sino por la ley de la fe.» [] Puede querer decir, o bien la jactancia laudable, que es en el Señor; y que queda excluida, no en el sentido de que sea desechada hasta desaparecer, sino de que queda claramente manifestada, destacándose con prominencia. De donde ciertos artífices de la plata son llamados «exclusores». En este sentido aparece también en aquel pasaje de los Salmos: «Que sean excluidos los que han sido probados con plata», esto es, que sobresalgan los que han sido probados por la palabra de Dios. Porque en otro pasaje se dice: «Las palabras del Señor son palabras puras, como plata acrisolada en el fuego.» O, si no es esto lo que quiere decir, habrá querido mencionar aquella jactancia viciosa que proviene de la soberbia—esto es, la de aquellos que se figuran llevar una vida justa y se glorían de su excelencia como si no la hubieran recibido—, y hacernos saber, además, que por la ley de la fe, no por la ley de las obras, esta jactancia queda excluida, en el otro sentido de ser rechazada y expulsada; porque por la ley de la fe aprende cada uno que toda vida buena que lleva la tiene de la gracia de Dios, y que de ninguna otra fuente puede obtener los medios de llegar a ser perfecto en el amor de la justicia.

    Capítulo 18 [XI.]— La piedad es sabiduría; a eso se llama la justicia de Dios, que Él produce

    Cap. 18

    Ahora bien, esta meditación hace al hombre piadoso, y esta piedad es verdadera sabiduría. Por piedad entiendo aquello que los griegos designan [θεοσέβεια], —esa misma virtud que se recomienda al hombre en el pasaje de Job, donde se le dice: «He aquí, la piedad es sabiduría.» [] Ahora bien, si la palabra [θεοσέβεια] se interpreta según su derivación, podría llamarse «el culto de Dios»; y en este culto lo esencial es que el alma no sea ingrata con Él. De aquí que en el más verdadero y excelente sacrificio se nos amoneste a «dar gracias a nuestro Señor Dios». Ingrata, empero, sería nuestra alma si se atribuyera a sí misma aquello que recibió de Dios, especialmente la justicia, con cuyas obras (propiedad especial, por así decirlo, de sí misma, y producida, digámoslo así, por el alma misma para sí misma) no se envanece con una soberbia vulgar, como podría hacerlo con las riquezas, o la hermosura de los miembros, o la elocuencia, o aquellas otras dotes, externas o internas, corporales o mentales, que también los malvados suelen poseer, sino, si se me permite decirlo así, con una complacencia sabia, como de cosas que constituyen de manera especial las obras buenas de los buenos. A este pecado de soberbia vulgar se debe que incluso algunos grandes hombres se hayan apartado de la segura ancla de la naturaleza divina y se hayan precipitado en la vergüenza de la idolatría. De donde el apóstol, de nuevo en la misma epístola, en la que tan firmemente mantiene el principio de la gracia, después de decir que era deudor tanto de los griegos como de los bárbaros, de los sabios y de los ignorantes, y profesarse dispuesto, en cuanto de él dependía, a predicar el evangelio incluso a los que vivían en Roma, añade: «No me avergüenzo del evangelio de Cristo, porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en él se revela la justicia de Dios de fe en fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.» [] Esta es la justicia de Dios, que estaba velada en el Antiguo Testamento y se revela en el Nuevo; y se llama la justicia de Dios porque, al otorgárnosla Él, nos hace justos, así como leemos que «la salvación es del Señor», porque Él nos hace salvos. Y ésta es la fe «de la cual» y «a la cual» se revela: de la fe de los que la predican, a la fe de los que la obedecen. Por esta fe de Jesucristo—esto es, la fe que Cristo nos ha dado—creemos que de Dios tenemos ahora, y tendremos cada vez más, la posibilidad de vivir rectamente; por lo cual le damos gracias con aquel culto debido con el cual sólo a Él se le ha de adorar.

    Capítulo 19 [XII]— El conocimiento de Dios por medio de la creación

    Cap. 19

    Y luego el apóstol, muy oportunamente, se vuelve de este punto para describir con detestación a aquellos hombres que, atolondrados e hinchados por el pecado que he mencionado en el capítulo anterior, han sido arrastrados por su propia presunción, por así decirlo, a través de un espacio vacío donde no podían hallar lugar de reposo, sólo para caer hechos pedazos contra las vanas ficciones de sus ídolos, como contra piedras. Pues, después de haber recomendado la piedad de aquella fe por la cual, siendo justificados, necesariamente hemos de agradar a Dios, procede a llamar nuestra atención sobre lo que debemos abominar como contrario. «Porque la ira de Dios», dice, «se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.» [] Observa que no dice que ignorasen la verdad, sino que detenían la verdad con injusticia. Porque se le ocurrió inquirir de dónde podían obtener el conocimiento de la verdad aquellos a quienes Dios no había dado la ley; y no calló la fuente de donde pudieron obtenerlo: pues declara que fue por medio de las obras visibles de la creación como llegaron al conocimiento de los atributos invisibles del Creador. Y, en verdad, como poseían grandes facultades para investigar, así pudieron hallar. ¿En qué consistió, pues, su impiedad? En que «habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos». La vanidad es enfermedad propia sobre todo de quienes se engañan a sí mismos y «piensan ser algo, no siendo nada». [] Tales hombres, en efecto, se oscurecen en aquella hinchada soberbia cuyo pie ruega el santo cantor que no venga contra él, después de decir: «En tu luz veremos la luz»; de esta misma luz de la inmutable verdad se apartan, y «su necio corazón queda entenebrecido». [] Porque no era sabio su corazón, aunque conocían a Dios; antes era necio, porque no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; pues «dijo al hombre: He aquí que el temor del Señor es la sabiduría». [] Así, por esta conducta, mientras «profesando ser sabios» (lo cual sólo puede entenderse en el sentido de que se atribuían esto a sí mismos), «se hicieron necios». []

    Capítulo 20.— La ley sin gracia

    Cap. 20

    Pero ¿para qué he de hablar de lo que sigue? Porque la razón por la cual, por esta su impiedad, aquellos hombres—quiero decir, los que pudieron conocer al Creador por medio de la criatura—cayeron (puesto que «Dios resiste a los soberbios» []) y adónde se precipitaron, se muestra mejor en lo que sigue de esta epístola de lo que aquí podemos exponer. Pues en esta carta mía no nos hemos propuesto exponer esta epístola, sino principalmente, apoyados en su autoridad, demostrar, en cuanto nos sea posible, que somos ayudados por el auxilio divino para alcanzar la justicia—no meramente porque Dios nos haya dado una ley llena de buenos y santos preceptos, sino porque nuestra misma voluntad, sin la cual no podemos hacer cosa buena alguna, es ayudada y elevada por la infusión del Espíritu de gracia, sin cuya ayuda la mera enseñanza es «la letra que mata» [], por cuanto más bien los hace culpables de transgresión que justifica al impío. Ahora bien, así como los que llegan a conocer al Creador por la criatura no recibieron beneficio alguno para la salvación de su conocimiento—porque «habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, aunque profesaban ser sabios» []—, así también los que por la ley conocen cómo debe vivir el hombre, no son hechos justos por su conocimiento, porque, «procurando establecer su propia justicia, no se han sujetado a la justicia de Dios» [].

    Capítulo 21 [XIII.]— La ley de las obras y la ley de la fe

    Cap. 21

    La ley, pues, de los hechos, es decir, la ley de las obras, por la cual no es excluida esta jactancia, y la ley de la fe, por la cual es excluida, difieren entre sí; y esta diferencia vale la pena que la consideremos, si es que podemos observarla y discernirla. A la ligera, ciertamente, podría uno decir que la ley de las obras radicaba en el judaísmo, y la ley de la fe en el cristianismo; por cuanto la circuncisión y las demás obras prescritas por la ley son precisamente aquellas que el sistema cristiano ya no conserva. Pero hay una falacia en esta distinción, cuya magnitud he estado esforzándome por poner de manifiesto desde hace algún tiempo; y para los que son agudos en apreciar distinciones, especialmente para ti y los que son como tú, posiblemente he tenido éxito en mi empeño. Sin embargo, como el asunto es importante, no será inadecuado, si con miras a su ilustración, nos detenemos en los muchos testimonios que una y otra vez se ofrecen a nuestra vista. Ahora bien, el apóstol dice que aquella ley por la cual ningún hombre es justificado [] entró para que la ofensa abundase []; y sin embargo, para salvarla de las calumnias de los ignorantes y de las acusaciones de los impíos, defiende esta misma ley con estas palabras: «¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? ¡De ningún modo! Antes bien, yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la concupiscencia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión, obró en mí por el mandamiento toda suerte de concupiscencia.» [] Dice también: «La ley a la verdad es santa, y el mandamiento es santo, y justo, y bueno; pero el pecado, para mostrarse pecado, obró muerte en mí por lo que es bueno.» [] Es, por tanto, la misma letra que mata la que dice: «No codiciarás», y es de esto de lo que habla en un pasaje que antes he citado: «Por la ley es el conocimiento del pecado. Mas ahora, sin la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testimoniada por la ley y los profetas; la justicia de Dios, que es por la fe de Jesucristo, para todos los que creen; porque no hay diferencia: por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios; siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados; para manifestar su justicia en este tiempo; a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.» [] Y luego añade el pasaje que ahora estamos considerando: «¿Dónde está, pues, tu jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No; sino por la ley de la fe.» [] Y así es la misma ley de las obras la que dice: «No codiciarás»; porque por ella viene el conocimiento del pecado. Ahora deseo saber, si alguien se atreverá a decirme, si la ley de la fe no nos dice: «No codiciarás»? Porque si no nos lo dice, ¿qué razón hay para que nosotros, que estamos puestos bajo ella, no pequemos con seguridad e impunidad? En efecto, esto es justamente lo que pensaban que el apóstol quería decir aquellos de quienes escribe: «Y como algunos afirman que nosotros decimos: Hagamos males para que vengan bienes; la condenación de los cuales es justa.» [] Si, por el contrario, también ella nos dice: «No codiciarás» (así como numerosos pasajes de los evangelios y de las epístolas tan a menudo lo testifican e instan), entonces ¿por qué no se llama también a esta ley ley de las obras? Pues de ninguna manera se sigue que, porque no conserva las «obras» de los antiguos sacramentos—incluso la circuncisión y las demás ceremonias—, carezca por ello de «obras» en sus propios sacramentos, que están adaptados a la época presente; a menos, ciertamente, que la cuestión versara sobre obras sacramentales, cuando se hacía mención de la ley, justamente porque por ella es el conocimiento del pecado, y por tanto nadie es justificado por ella, de modo que no es por ella que la jactancia queda excluida, sino por la ley de la fe, por la cual vive el justo. ¿Acaso no hay también por ella el conocimiento del pecado, cuando incluso ella dice: «No codiciarás?»

    Capítulo 22.— Nadie es justificado por las obras

    Cap. 22

    Cuál sea la diferencia entre ellas, lo explicaré brevemente. Lo que la ley de las obras ordena con amenaza, eso lo asegura por la fe la ley de la fe. La una dice: «No codiciarás» []; la otra dice: «Cuando comprendí que nadie podía ser continente, a menos que Dios se lo diese—y esto era el punto mismo de la sabiduría, saber de quién era este don—, me acerqué al Señor y le supliqué.» [] Esta es, en efecto, la misma sabiduría que se llama piedad, en la cual se adora al «Padre de las luces, de quien procede toda buena dádiva y todo don perfecto». [] Este culto, empero, consiste en el sacrificio de alabanza y acción de gracias, de modo que el adorador de Dios no se gloríe en sí mismo, sino en Él. [] Por consiguiente, por la ley de las obras, Dios nos dice: Haz lo que te mando; pero por la ley de la fe decimos nosotros a Dios: Dame lo que me mandas. Ahora bien, ésta es la razón por la cual la ley da su mandato—para amonestarnos qué es lo que la fe debe hacer, es decir, que aquel a quien se da el mandato, si aún no es capaz de cumplirlo, sepa qué ha de pedir; pero si ya tiene la posibilidad y cumple el mandato, debe también ser consciente de de quién es el don de donde viene esa posibilidad. «Porque no hemos recibido el espíritu de este mundo», dice de nuevo aquel constantísimo predicador de la gracia, «sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos las cosas que nos han sido dadas gratuitamente por Dios». [] Ahora bien, ¿qué «es el espíritu de este mundo», sino el espíritu de soberbia? Por él se entenebrece el necio corazón de quienes, conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios dándole gracias. [] Además, es realmente por este mismo espíritu por el que también se engañan aquellos que, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer su propia justicia, no se han sujetado a la justicia de Dios. [] Me parece, por tanto, que es mucho más «hijo de la fe» quien ha aprendido de qué fuente ha de esperar lo que aún no tiene, que quien se atribuye a sí mismo todo lo que tiene; aunque, sin duda, a ambos ha de preferirse el hombre que a la vez tiene y sabe de quién lo tiene, si, no obstante, no se cree ya ser lo que aún no ha alcanzado. No caiga en el error del fariseo, quien, al dar gracias a Dios por lo que poseía, no pidió, sin embargo, ningún don ulterior, como si nada le faltara para el aumento o la perfección de su justicia. [] Ahora bien, después de considerar y sopesar debidamente todas estas circunstancias y testimonios, concluimos que un hombre no es justificado por los preceptos de una vida santa, sino por la fe en Jesucristo—en una palabra, no por la ley de las obras, sino por la ley de la fe; no por la letra, sino por el espíritu; no por los méritos de las obras, sino por la gracia gratuita.

    Capítulo 23 [XIV.]— Cómo mata el Decálogo si no está presente la gracia

    Cap. 23

    Aunque, por tanto, el apóstol parece reprender y corregir a los que estaban siendo persuadidos a circuncidarse, en términos tales que designa con la palabra «ley» la circuncisión misma y otras observancias legales semejantes, que ahora son rechazadas como sombras de una sustancia futura por los cristianos que, sin embargo, retienen lo que aquellas sombras prometían figuradamente; con todo, quiere al mismo tiempo que se entienda claramente que la ley, por la cual dice que ningún hombre es justificado, no consiste meramente en aquellas instituciones sacramentales que contenían figuras promisorias, sino también en aquellas obras por las cuales todo el que las ha hecho vive santamente, y entre las cuales aparece esta prohibición: «No codiciarás.» Ahora, para hacer más clara nuestra afirmación, consideremos el Decálogo mismo. Es cierto, pues, que Moisés recibió en el monte la ley, para entregarla al pueblo, escrita en tablas de piedra por el dedo de Dios. Se resume en estos diez mandamientos, en los cuales no hay precepto alguno sobre la circuncisión, ni nada acerca de aquellos sacrificios de animales que los cristianos han dejado de ofrecer. Pues bien, quisiera yo que se me dijera qué hay en estos diez mandamientos, salvo la observancia del sábado, que no deba ser guardado por un cristiano: ¿prohíbe acaso la fabricación y adoración de ídolos y de cualesquiera otros dioses fuera del único Dios verdadero, o el tomar el nombre de Dios en vano; o prescribe honra a los padres; o advierte contra la fornicación, el homicidio, el robo, el falso testimonio, el adulterio o el codiciar los bienes ajenos? ¿Cuál de estos mandamientos diría alguno que el cristiano no debe guardar? ¿Es posible sostener que no es la ley escrita en aquellas dos tablas la que el apóstol describe como «la letra que mata,» sino la ley de la circuncisión y los demás ritos sagrados ya abolidos? Pero ¿cómo podemos pensar así, cuando en la ley aparece este precepto, «No codiciarás,» por cuyo mandamiento, a pesar de ser santo, justo y bueno, «el pecado,» dice el apóstol, «me engañó, y por él me mató?» ¿Qué otra cosa puede ser esto sino «la letra» que «mata»?

    Capítulo 24.— El pasaje en Corintios

    Cap. 24

    En el pasaje donde habla a los corintios acerca de la letra que mata y del espíritu que vivifica, se expresa con más claridad, pero ni siquiera allí quiere que se entienda otra «letra» que el Decálogo mismo, que fue escrito en las dos tablas. Porque éstas son sus palabras: Por cuanto manifiestamente sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón. Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos; sino que nuestra suficiencia es de Dios; el cual nos hizo ministros competentes de la nueva alianza; no de la letra, sino del espíritu: porque la letra mata, mas el espíritu vivifica. Y si el ministerio de muerte, escrito y grabado en piedras, fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual había de acabarse, ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del Espíritu? Porque si el ministerio de condenación tuvo gloria, mucho más abundará en gloria el ministerio de justicia. [] Mucho podría decirse acerca de estas palabras; pero quizá tendremos ocasión más oportuna en otro momento. Por ahora, sin embargo, te ruego que observes cómo habla de la letra que mata, y contrasta con ella el espíritu que vivifica. Ahora bien, esto debe ser ciertamente «el ministerio de muerte escrito y grabado en piedras,» y «el ministerio de condenación,» puesto que la ley se introdujo para que el pecado abundara. [] Pero los mandamientos mismos son tan útiles y saludables para quien los cumple, que nadie podría tener vida si no los guardara. Pues bien, ¿se debe acaso al único precepto acerca del día de reposo, que está incluido en él, el que el Decálogo sea llamado «la letra que mata?» Porque, ciertamente, todo hombre que aún observa aquel día en su sentido literal es carnalmente sabio; pero ser carnalmente sabio, ¿no es otra cosa que muerte? ¿Y los otros nueve mandamientos, que son rectamente observados en su forma literal, no han de ser considerados como pertenecientes a la ley de las obras por la cual nadie es justificado, sino a la ley de la fe por la cual el justo vive? ¿Quién puede sostener una opinión tan absurda como suponer que «el ministerio de muerte, escrito y grabado en piedras,» no se dice igualmente de los diez mandamientos, sino solo del único relativo al día de reposo? ¿En qué clase ponemos aquello de que así se habla: «La ley produce ira; pues donde no hay ley, tampoco hay transgresión?» [] y de nuevo así: «Hasta la ley, el pecado estaba en el mundo; pero el pecado no se imputa donde no hay ley?» [] y también aquello que ya hemos citado tan a menudo: «Por la ley es el conocimiento del pecado?» [] y especialmente el pasaje en que el apóstol ha expresado con más claridad la cuestión que tratamos: «No habría conocido la concupiscencia, si la ley no hubiera dicho: No codiciarás?» []

    Capítulo 25.— El pasaje en Romanos

    Cap. 25

    Ahora considera atentamente todo este pasaje, y observa si dice algo acerca de la circuncisión, o del sábado, o de cualquier otra cosa perteneciente a un sacramento prefigurativo. ¿Acaso no viene a parar todo su alcance en esto: que la letra que prohíbe el pecado no consigue dar vida al hombre, sino más bien «mata,» aumentando la concupiscencia y agravando la pecaminosidad por la transgresión, a menos que la gracia nos libere por la ley de la fe, que es en Cristo Jesús, cuando su amor es «derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado?» [] El apóstol, habiendo usado estas palabras: «Que sirvamos en novedad de espíritu, y no en vejez de letra,» [] pasa a preguntar: «¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? ¡De ningún modo! Bien al contrario, yo no habría conocido el pecado sino por la ley; porque no habría conocido la concupiscencia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado estaba muerto. Y yo sin la ley vivía en otro tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mandamiento, que era para vida, me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. ¿Luego lo que es bueno vino a ser muerte para mí? ¡De ningún modo! Sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegara a ser sobremanera pecaminoso. Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si hago lo que no quiero, consiento que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí (esto es, en mi carne) no mora el bien; porque el querer está en mí, pero no el hacer el bien. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Hallo, pues, esta ley: que queriendo yo hacer el bien, el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.» []

    Capítulo 26.— Ningún fruto es bueno si no crece de la raíz del amor

    Cap. 26

    Es evidente, pues, que la vejez de la letra, en ausencia de la novedad del espíritu, en lugar de librarnos del pecado, más bien nos hace culpables por el conocimiento del pecado. Por lo cual está escrito en otro lugar de la Escritura: «El que añade ciencia, añade dolor,» [] — no porque la ley sea en sí mala, sino porque el mandamiento tiene su bien en la demostración de la letra, no en la asistencia del espíritu; y si este mandamiento se guarda por temor del castigo y no por amor de la justicia, se guarda servilmente, no libremente, y por tanto no se guarda en absoluto. Porque ningún fruto es bueno si no crece de la raíz del amor. Si, empero, está presente aquella fe que obra por el amor, [] entonces comienza uno a deleitarse en la ley de Dios según el hombre interior, [] y este deleite es don del espíritu, no de la letra; aunque haya otra ley en nuestros miembros que aún lucha contra la ley de la mente, hasta que el estado viejo sea transformado, y pase a aquella novedad que aumenta de día en día en el hombre interior, mientras la gracia de Dios nos va librando del cuerpo de esta muerte por Jesucristo Señor nuestro.

    Capítulo 27 [XV.]— La gracia, oculta en el Antiguo Testamento, es revelada en el Nuevo

    Cap. 27

    Esta gracia se ocultó bajo un velo en el Antiguo Testamento, pero ha sido revelada en el Nuevo Testamento según la disposición perfectísimamente ordenada de los siglos, por cuanto Dios supo disponer todas las cosas. Y acaso forma parte de este ocultamiento de la gracia el que en el Decálogo, que fue dado en el monte Sinaí, solo la parte relativa al sábado estuviera oculta bajo un precepto prefigurativo. El sábado es día de santificación; y no carece de significado que, entre todas las obras que Dios realizó, el primer sonido de la santificación se oyera el día en que descansó de todos sus trabajos. Sobre esto, ciertamente, no hemos de extendernos ahora. Pero al mismo tiempo juzgo que es bastante para el punto que ahora nos ocupa, que no fue en vano que a la nación se le mandara en aquel día abstenerse de todo trabajo servil, con el cual se significa el pecado; sino porque el no cometer pecado pertenece a la santificación, es decir, al don de Dios por el Espíritu Santo. Y este precepto, el único entre los demás, fue puesto en la ley, que estaba escrita en las dos tablas de piedra, en una sombra prefigurativa, bajo la cual los judíos observan el sábado, para que por esa misma circunstancia se significara que era entonces el tiempo de ocultar la gracia, que había de ser revelada en el Nuevo Testamento por la muerte de Cristo — el rasgarse, por así decir, del velo. [] «Porque cuando,» dice el apóstol, «se convierta al Señor, el velo será quitado.» []

    Capítulo 28 [XVI]— Por qué el Espíritu Santo es llamado el dedo de Dios

    Cap. 28

    «Y el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» [] Ahora bien, este Espíritu de Dios, por cuyo don somos justificados, de donde procede que nos deleitemos en no pecar — en lo cual está la libertad; así como, cuando estamos sin este Espíritu, nos deleitamos en pecar — en lo cual está la esclavitud, de cuyas obras hemos de abstenernos—; este Espíritu Santo, por quien el amor es derramado en nuestros corazones, que es el cumplimiento de la ley, es designado en el evangelio como «el dedo de Dios.» [] ¿No es acaso porque aquellas mismas tablas de la ley fueron escritas por el dedo de Dios, que el Espíritu de Dios por quien somos santificados es también el dedo de Dios, a fin de que, viviendo por la fe, hagamos buenas obras por amor? ¿Quién no se siente conmovido por esta congruencia y, al mismo tiempo, diversidad? Pues así como se cuentan cincuenta días desde la celebración de la Pascua (la cual Moisés ordenó que se ofreciera degollando el cordero típico, [] para significar, ciertamente, la muerte futura del Señor) hasta el día en que Moisés recibió la ley escrita en las tablas de piedra por el dedo de Dios, [] así, de manera semejante, desde la muerte y resurrección de Aquel que fue llevado como cordero al matadero, [] hubo cincuenta días cumplidos hasta el tiempo en que el dedo de Dios — esto es, el Espíritu Santo— reunió en una [] compañía perfecta a los que creyeron.
    Comentario editorial · El dedo de Dios y los cincuenta días
    Agustín identifica «el dedo de Dios» de con el Espíritu Santo, y lo enlaza con las tablas de la ley, «escritas por el dedo de Dios» (). El pasaje paralelo, , dice «por el Espíritu de Dios», y es lo que Agustín da por entendido. Después cuenta cincuenta días desde la Pascua hasta la ley en el Sinaí y otros cincuenta desde la muerte de Cristo hasta el don del Espíritu (). sitúa la llegada al Sinaí «al tercer mes» de la salida de Egipto; la tradición rabínica relaciona con Shavuot, cincuenta días después de la Pascua, la entrega de la Torá, aunque, según Wikipedia, la Biblia no lo dice de forma expresa. Pentecostés es, en griego, «quincuagésimo».

    Capítulo 29 [XVII.]— Comparación entre la ley de Moisés y la ley nueva

    Cap. 29

    Ahora bien, en medio de esta admirable correspondencia, hay al menos esta considerable diversidad en los casos: que en la primera ocasión el pueblo fue apartado por un horrible temor de acercarse al lugar donde se daba la ley; mientras que en el otro caso el Espíritu Santo vino sobre los que estaban reunidos en expectación de su don prometido. Allí fue sobre tablas de piedra donde obró el dedo de Dios; aquí fue sobre los corazones de los hombres. Allí la ley fue dada exteriormente, para que los injustos fueran aterrados; aquí fue dada interiormente, para que fueran justificados. [] Porque esto, «No cometerás adulterio, no matarás, no codiciarás; y si hay algún otro mandamiento,» — tal, por supuesto, como estaba escrito en aquellas tablas— «se resume brevemente,» dice él, «en esta sentencia, a saber: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el amor es el cumplimiento de la ley.» [] Ahora bien, esto no estaba escrito en las tablas de piedra, sino que «es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado.» [] La ley de Dios, por tanto, es amor. «A éste no se sujeta la mente carnal, ni siquiera puede;» [] pero cuando las obras del amor están escritas en tablas para alarmar a la mente carnal, surge la ley de las obras y «la letra que mata» al transgresor; pero cuando el amor mismo es derramado en los corazones de los creyentes, entonces tenemos la ley de la fe, y el espíritu que vivifica al que ama.

    Capítulo 30.— La ley nueva escrita dentro

    Cap. 30

    Ahora observa cuán consonante es esta diversidad con aquellas palabras del apóstol que cité no hace mucho en otra conexión, y que dejé para una consideración más cuidadosa después: «Por cuanto,» dice él, «manifiestamente sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.» [] Observa cómo muestra que la una está escrita sin el hombre, para alarmarlo desde fuera; la otra dentro del hombre mismo, para justificarlo desde dentro. Habla de las «tablas de carne del corazón,» no de la mente carnal, sino de un agente vivo dotado de sensación, en comparación con la piedra, que es insensible. La afirmación que hace después — que «los hijos de Israel no podían fijar la vista en el fin del rostro de Moisés,» y que por eso les hablaba mediante un velo, [] — significa que la letra de la ley no justifica a nadie, sino que más bien se pone un velo sobre la lectura del Antiguo Testamento, hasta que se convierta a Cristo, y el velo sea quitado— en otras palabras, hasta que se convierta a la gracia, y se entienda que de Él nos viene la justificación, por la cual hacemos lo que Él manda. Y Él manda, para que, puesto que carecemos en nosotros mismos, huyamos a Él en busca de refugio. Por consiguiente, después de decir con gran cautela: «Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios,» [] el apóstol pasa inmediatamente a añadir la afirmación que subyace a nuestro asunto, para impedir que nuestra confianza sea atribuida a fuerza alguna propia. Dice: «No que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos; sino que nuestra suficiencia es de Dios; el cual también nos hizo ministros competentes de la nueva alianza; no de la letra, sino del espíritu: porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.» []

    Capítulo 31 [XVIII.]— La ley antigua ministra muerte; la nueva, justicia

    Cap. 31

    Ahora bien, puesto que, como dice en otro pasaje, «la ley fue añadida a causa de la transgresión» [], refiriéndose a la ley que está escrita externamente para el hombre, por eso la designa como «ministerio de muerte» [] y «ministerio de condenación» []; pero a la otra, es decir, a la ley del Nuevo Testamento, la llama «ministerio del Espíritu» [] y «ministerio de justicia» [], porque por el Espíritu obramos justicia y somos librados de la condenación debida a la transgresión. La una, por tanto, desaparece; la otra permanece; pues se prescindirá del aterrador pedagogo cuando el amor haya sucedido al temor. Ahora bien, «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» []. Pero que este ministerio se nos concede no por nuestros méritos, sino por su misericordia, el apóstol lo declara así: «Teniendo, pues, este ministerio, según hemos recibido misericordia, no desmayamos; antes bien renunciamos a las cosas ocultas de la deshonestidad, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios con engaño» []. Por esta «astucia» y «engaño» quiere que entendamos la hipocresía con que los soberbios querrían ser tenidos por justos. Por eso en el salmo que el apóstol cita en testimonio de esta gracia de Dios se dice: «Bienaventurado el hombre a quien el Señor no imputará pecado, y en cuya boca no hay engaño». Ésta es la confesión de los santos humildes, que no presumen ser lo que no son. Luego, en un pasaje que viene poco después, el apóstol escribe así: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor; y nosotros, siervos vuestros por Jesús. Pues Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciera la luz, ha resplandecido en nuestros corazones, para dar la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo» []. Éste es el conocimiento de su gloria, por el cual sabemos que Él es la luz que ilumina nuestras tinieblas. Y te ruego que observes cómo inculca este mismo punto: «Tenemos», dice, «este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros» []. Cuando más adelante ensalza ardientemente esta misma gracia en el Señor Jesucristo, hasta llegar a aquel vestido de la justicia de la fe, «revestidos con el cual no podemos ser hallados desnudos», y mientras lo anhelamos «gemimos, agobiados» con la mortalidad, «deseando ardientemente ser revestidos de nuestra casa que es del Cielo», «para que lo mortal sea absorbido por la vida», — observa lo que dice: «Ahora bien, el que nos ha hecho para esto mismo es Dios, que también nos ha dado las arras del Espíritu» []; y poco después concluye brevemente el asunto: «Para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él» []. Ésta no es la justicia por la cual Dios mismo es justo, sino aquella por la cual nosotros somos hechos justos por Él.

    Capítulo 32 [XIX.]— La fe cristiana acerca del auxilio de la gracia

    Cap. 32

    Que ningún cristiano, pues, se extravíe de esta fe, que es la única cristiana; ni nadie, cuando se ha visto avergonzado de decir que llegamos a ser justos por nosotros mismos, sin que la gracia de Dios obre esto en nosotros —porque ve, cuando se hace tal afirmación, cuán incapaces son los creyentes piadosos de soportarla—, recurra a ningún subterfugio sobre este punto, afirmando que la razón por la cual no podemos ser justos sin la operación de la gracia de Dios es ésta: que Él dio la ley, instituyó su enseñanza, ordenó sus preceptos del bien. Pues no hay duda de que, sin su gracia auxiliadora, la ley es «la letra que mata»; pero cuando está presente el espíritu que vivifica, la ley hace que se ame como escrito dentro lo que antes hizo temer como escrito fuera.

    Capítulo 33.— La profecía de Jeremías sobre el Nuevo Testamento

    Cap. 33

    Observa esto también en aquel testimonio que dio el profeta sobre este asunto del modo más claro: «He aquí que vienen días, dice el Señor, en que consumaré una nueva alianza con la casa de Israel y con la casa de Judá; no según la alianza que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto. Porque ellos no permanecieron en mi alianza, yo también los deseché, dice el Señor. Pero ésta será la alianza que haré con la casa de Israel: Después de aquellos días, dice el Señor, pondré mi ley en sus entrañas, y la escribiré en sus corazones; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no enseñarán más cada uno a su prójimo, ni cada uno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande de ellos, dice el Señor; porque perdonaré su iniquidad, y no me acordaré más de su pecado» []. ¿Qué decimos a esto? En ninguna parte, o apenas en alguna, excepto en este pasaje del profeta, se encuentra en las Escrituras del Antiguo Testamento mención alguna del Nuevo Testamento hecha de modo que se lo indique por su propio nombre. Sin duda se lo menciona y anuncia muchas veces como que había de ser dado, pero no tan claramente que se mencione su propio nombre. Considera, pues, con cuidado qué diferencia ha atestiguado Dios que existe entre los dos testamentos — la alianza vieja y la nueva.

    Capítulo 34.— La ley; la gracia

    Cap. 34

    Después de decir «No según la alianza que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto», observa lo que añade: «Porque ellos no permanecieron en mi alianza». Atribuye a culpa suya el que no hayan permanecido en la alianza de Dios, para que la ley, que recibieron entonces, no parezca merecer reprensión. Pues era la ley misma que Cristo «no vino a destruir, sino a cumplir» []. Sin embargo, no es por esa ley por la que los impíos son hechos justos, sino por la gracia; y este cambio lo efectúa el Espíritu vivificante, sin el cual la letra mata. «Porque si se hubiera dado una ley capaz de vivificar, ciertamente la justicia sería por la ley. Pero la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa por la fe de Jesucristo fuese dada a los creyentes» []. De esta promesa, es decir, de la bondad de Dios, se cumple la ley, la cual, sin dicha promesa, sólo hace a los hombres transgresores, ya sea por la comisión efectiva de algún acto pecaminoso, si la llama de la concupiscencia tiene más poder que las mismas restricciones del temor, o al menos por su mera voluntad, si el temor del castigo sobrepasa el placer de la pasión. En lo que dice «La Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa por la fe de Jesucristo fuese dada a los que creen», es el beneficio de esta misma «conclusión» lo que se afirma. Pues ¿con qué propósito «ha encerrado», sino según se expresa en la frase siguiente: «Antes, ciertamente, de que viniera la fe, estábamos guardados bajo la ley, encerrados para la fe que había de ser revelada después» []? La ley, pues, fue dada para que se buscase la gracia; la gracia fue dada para que la ley se cumpliese. Ahora bien, no fue por culpa suya propia que la ley no se cumplió, sino por culpa de la mente carnal; y esta culpa había de ser demostrada por la ley y sanada por la gracia. «Porque lo que la ley no podía hacer, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» []. Por consiguiente, en el pasaje que citamos del profeta dice: «Consumaré una nueva alianza con la casa de Israel y con la casa de Judá» [] — ¿y qué significa consumaré sino cumpliré? — «no según la alianza que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto» [].

    Capítulo 35 [XX.]— La ley vieja; la ley nueva

    Cap. 35

    La una era, pues, vieja, porque la otra es nueva. Pero ¿de dónde viene que una sea vieja y la otra nueva, cuando la misma ley, que decía en el Antiguo Testamento, «No codiciarás» [], es cumplida por el Nuevo Testamento? «Porque», dice el profeta, «no permanecieron en mi alianza, yo también los deseché, dice el Señor» []. Es, pues, a causa de la ofensa del hombre viejo, que no fue sanada en modo alguno por la letra que mandaba y amenazaba, que se la llama alianza vieja; mientras que la otra se llama alianza nueva, a causa de la novedad del espíritu, que sana al hombre nuevo de la falta del viejo. Considera luego lo que sigue, y mira con cuánta claridad se pone el hecho de que los hombres que tienen fe no quieren confiar en sí mismos: «Porque», dice, «ésta es la alianza que haré con la casa de Israel; Después de aquellos días, dice el Señor, pondré mi ley en sus entrañas, y la escribiré en sus corazones» []. Mira cuán de modo semejante lo expresa el apóstol en el pasaje que ya hemos citado: «No en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón» [], porque «no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo» []. Y entiendo que el apóstol en este pasaje no tuvo otra razón para mencionar «el Nuevo Testamento» («el que nos ha hecho ministros competentes del Nuevo Testamento; no de la letra, sino del espíritu»), sino porque tenía ante los ojos las palabras del profeta, cuando dijo «No en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón», puesto que en el profeta se lee: «La escribiré en sus corazones» [].

    Capítulo 36 [XXI.]— La ley escrita en nuestros corazones

    Cap. 36

    ¿Qué es, pues, la ley de Dios escrita por Dios mismo en los corazones de los hombres, sino la presencia misma del Espíritu Santo, que es «el dedo de Dios», y por cuya presencia se derrama en nuestros corazones el amor, que es el cumplimiento de la ley [] y el fin del mandamiento? [] Ahora bien, las promesas del Antiguo Testamento son terrenas; y sin embargo (con excepción de las ordenanzas sacramentales que eran sombra de las cosas venideras, como la circuncisión, el sábado y otras observancias de días, y los ritos de ciertos alimentos, y el complicado ritual de sacrificios y cosas sagradas que convenía a «la vejez» de la ley carnal y a su yugo servil) contiene preceptos de justicia que aun ahora se nos enseña a observar, los cuales fueron especialmente trazados de manera expresa en las dos tablas sin figura ni sombra: por ejemplo, «No cometerás adulterio», «No matarás», «No codiciarás», «y cualquier otro mandamiento que se comprende brevemente en esta sentencia: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» []. Sin embargo, mientras que en dicho Testamento se recitan, como he dicho, promesas terrenas y temporales, y éstas son bienes de esta carne corruptible (aunque prefiguran aquellos bienes celestiales y eternos que pertenecen al Nuevo Testamento), lo que ahora se promete es un bien para el corazón mismo, un bien para la mente, un bien del espíritu, es decir, un bien intelectual; puesto que se dice: «Pondré mi ley en sus entrañas, y en sus corazones las escribiré» [] — con lo cual significó que los hombres no temerían la ley que los alarmaba exteriormente, sino que amarían la justicia misma de la ley que moraba interiormente en sus corazones.
    Comentario editorial · «Ceremonias de ciertos alimentos»
    En este capítulo Agustín enumera lo propio de «la vejez» de la ley carnal: la circuncisión, el sábado, la observancia de días, los «ritos de ciertos alimentos» (en el inglés, ceremonies of certain meats) y los sacrificios. En las Retractaciones (II, 37, arriba) dice que la frase quarumdam escarum cerimoniæ no es de la Escritura, pero le pareció muy conveniente porque cerimoniæ equivale a carimoniæ, de carere, «carecer»: la abstinencia de los que dan culto respecto de ciertas cosas. Es la etimología de Agustín; Wiktionary dice que el origen de caerimonia es incierto y recoge, entre otras explicaciones, una etimología popular romana que la deriva de la ciudad de Caere.

    Capítulo 37 [XXII.]— El galardón eterno

    Cap. 37

    Luego pasó a declarar el galardón: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» []. Esto corresponde a las palabras del Salmista a Dios: «Bueno es para mí allegarme a Dios». «Yo seré», dice Dios, «su Dios, y ellos serán mi pueblo». ¿Qué bien es mejor que este bien, qué dicha más feliz que esta dicha: vivir para Dios, vivir de Dios, con quien está la fuente de la vida, y en cuya luz veremos la luz? De esta vida el Señor mismo habla con estas palabras: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» [] — es decir, «a ti y a Jesucristo, a quien has enviado», el único Dios verdadero. Pues no menos que esto prometió Él mismo a los que le aman: «El que me ama, guarda mis mandamientos; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él» [] — sin duda en la forma de Dios, en la cual es igual al Padre; no en la forma de siervo, pues en ésta se mostrará también a los impíos. Entonces, empero, acontecerá lo que está escrito: «Sea quitado el impío, para que no vea la gloria del Señor» []. Entonces también «irán los impíos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» []. Ahora bien, esta vida eterna, como acabo de mencionar, ha sido definida así: que conozcan al único Dios verdadero []. En conformidad con esto dice Juan nuevamente: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos; pero sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él; porque le veremos tal como Él es» []. Esta semejanza comienza ya ahora a ser reformada en nosotros, mientras el hombre interior se renueva de día en día, conforme a la imagen de Aquel que lo creó [].

    Capítulo 38 [XXIII.]— La reforma que ahora se efectúa, comparada con la perfección de la vida por venir

    Cap. 38

    Pero, ¿qué es este cambio, y cuán grande, en comparación con la eminencia perfecta que entonces ha de realizarse? El apóstol aplica una especie de ilustración, tomada de cosas bien conocidas, a estas cosas indescriptibles, comparando el periodo de la infancia con la edad de la madurez. «Cuando yo era niño», dice, «hablaba como niño, entendía como niño, pensaba como niño; mas cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño» []. Luego explica inmediatamente por qué dijo esto con estas palabras: «Porque ahora vemos por medio de un espejo, oscuramente; mas entonces cara a cara. Ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como también soy conocido» [].

    Capítulo 39 [XXIV.]— El galardón eterno que se declara especialmente en el Nuevo Testamento, anunciado de antemano por el profeta

    Cap. 39

    En consecuencia, también en nuestro profeta, cuyo testimonio estamos tratando, se añade esto: que en Dios está el galardón, en Él el fin, en Él la perfección de la felicidad, en Él la suma de la vida bienaventurada y eterna. Pues después de decir «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo», añade al punto: «Y no enseñarán más cada uno a su prójimo, y cada uno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande» []. Ahora bien, el presente es ciertamente el tiempo del Nuevo Testamento, cuya promesa es dada por el profeta con las palabras que hemos citado de su profecía. ¿Por qué, pues, cada hombre dice todavía aun ahora a su prójimo y a su hermano «Conoce al Señor»? ¿O no se quiere tal vez decir que esto se dice en todas partes cuando se predica el evangelio, y que éste es su mismo anuncio? Pues, ¿con qué fundamento se llama el apóstol a sí mismo «maestro de los gentiles» [], si no es que se hace realidad lo que él mismo da a entender en el pasaje siguiente: «¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin predicador?» []. Puesto que, pues, esta predicación se está extendiendo ahora por todas partes, ¿de qué manera es el tiempo del Nuevo Testamento, del cual habló el profeta con las palabras «Y no enseñará cada hombre a su prójimo, y cada hombre a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande de ellos» [], sino porque ha incluido en su anuncio profético el galardón eterno de dicho Nuevo Testamento, prometiéndonos la contemplación beatísima de Dios mismo?

    Capítulo 40.— Cómo ha de ser aquello la recompensa de todos; el Apóstol defiende con empeño la gracia

    Cap. 40

    ¿Qué significa, pues, el «Todos, desde el más pequeño hasta el mayor de ellos,» sino todos los que pertenecen espiritualmente a la casa de Israel y a la casa de Judá—esto es, a los hijos de Isaac, a la descendencia de Abraham? Porque tal es la promesa en la que se le dijo: En Isaac te será llamada tu descendencia; porque no los que son hijos de la carne son los hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son contados como descendencia. Pues ésta es la palabra de la promesa: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no sólo esto; sino también cuando Rebeca concibió de uno, de nuestro padre Isaac (pues no habían aún nacido los hijos, ni habían hecho bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras, sino por el que llama), se le dijo: «El mayor servirá al menor.» [] Ésta es la casa de Israel, o más bien la casa de Judá, a causa de Cristo, que vino de la tribu de Judá. Ésta es la casa de los hijos de la promesa—no por sus propios méritos, sino por la bondad de Dios. Porque Dios promete lo que Él mismo cumple: no promete Él mismo y otro cumple; lo cual ya no sería prometer, sino profetizar. De ahí que sea «no por las obras, sino por el que llama,» [] para que el resultado no sea de ellos, sino de Dios; para que la recompensa no se atribuya a su gracia, sino a lo que se les debe; y así la gracia ya no sería gracia, la cual fue defendida y sostenida con tanto empeño por aquel que, aunque el más pequeño de los apóstoles, trabajó más abundantemente que todos los demás—aunque no él, sino la gracia de Dios que estaba con él. [] «Todos me conocerán,» [] dice Él— «Todos,» la casa de Israel y la casa de Judá. «Todos,» sin embargo, «no son Israel los que son de Israel,» [] sino sólo aquellos a quienes se dice en «el salmo del auxilio matutino» (esto es, acerca de la nueva luz refrescante, que significa la del nuevo Testamento), «Toda la descendencia de Jacob, glorificadle; y temedle, toda la descendencia de Israel.» Toda la descendencia, sin excepción, incluso toda la descendencia de la promesa y de los llamados, pero sólo de aquellos que son llamados conforme a su propósito. [] «Porque a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.» [] «Por tanto, es por la fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda la descendencia: no solamente para la que es de la ley,» — es decir, la que pasa del Antiguo Testamento al Nuevo — «sino también para la que es de la fe,» la cual fue anterior a la ley, incluso «la fe de Abraham,» — es decir, los que imitan la fe de Abraham — «quien es padre de todos nosotros; como está escrito: Te he hecho padre de muchas naciones.» [] Ahora bien, todos estos predestinados, llamados, justificados, glorificados, conocerán a Dios por la gracia del nuevo Testamento, desde el más pequeño hasta el mayor de ellos.

    Capítulo 41.— La ley escrita en el corazón, y la recompensa de la contemplación eterna de Dios, pertenecen a la nueva alianza; quiénes entre los santos son los más pequeños y los más grandes

    Cap. 41

    Así como la ley de las obras, que estaba escrita en tablas de piedra, y su recompensa, la tierra de promisión que la casa del Israel carnal recibió después de su liberación de Egipto, pertenecían al Antiguo Testamento, así la ley de la fe, escrita en el corazón, y su recompensa, la visión beatífica que la casa del Israel espiritual, cuando sea librada del mundo presente, percibirá, pertenecen al Nuevo Testamento. Entonces sucederá lo que describe el apóstol: «Sean profecías, se acabarán; sean lenguas, cesarán; sea conocimiento, desaparecerá,» [] — incluso aquel conocimiento imperfecto del «niño» en el cual se pasa esta vida presente, y que es sólo «en parte», «por medio de un espejo, oscuramente.» Por esto, en efecto, la «profecía» es necesaria, porque aún al pasado sucede el futuro; y también por esto se requieren «lenguas» — es decir, una multiplicidad de expresiones, puesto que es mediante diferentes expresiones como se sugieren cosas diferentes a aquel que todavía no contempla con una mente perfectamente purificada la luz eterna de la verdad transparente. «Mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará,» [] entonces, lo que apareció a la carne en carne asumida se mostrará tal como es en sí mismo a todos los que lo aman; entonces habrá vida eterna para nosotros al conocer al único y verdadero Dios; [] entonces seremos semejantes a Él, [] porque «entonces conoceremos como somos conocidos;» [] entonces «no enseñarán más cada uno a su prójimo, y cada uno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el mayor de ellos.» [] Ahora bien, esto puede entenderse de varias maneras: o bien que en aquella vida los santos diferirán unos de otros en gloria, como una estrella de otra. No importa cómo se exprese —ya sea (como en el pasaje que tenemos delante) «Desde el más pequeño hasta el mayor de ellos,» o al revés, Desde el mayor hasta el más pequeño. Y, de manera semejante, tampoco importa si entendemos «el más pequeño» como aquellos que simplemente creen, y «el mayor» como aquellos que han podido además entender —en la medida en que es posible en este mundo— la luz que es incorpórea e inmutable. O bien, «el más pequeño» puede significar los que son posteriores en el tiempo; mientras que por «el mayor» puede haber querido indicar a los que fueron anteriores en el tiempo. Pues todos han de recibir en el futuro la visión prometida de Dios, ya que fue por nosotros que ellos previeron el futuro que había de ser mejor que su presente, para que sin nosotros no llegaran a la perfección completa. [] Y así los anteriores se hallan ser los menores, porque fueron menos diferidos en el tiempo; como en el caso del «denario del día» del evangelio, que se pone como ilustración. [] Este denario lo reciben primero los que llegaron últimos a la viña. O bien, «el más pequeño y el mayor» deben quizás tomarse en algún otro sentido, que por ahora no se me ocurre.

    Capítulo 42 [XXV.]— Diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento

    Cap. 42

    Te ruego, sin embargo, que observes con cuidado, en cuanto puedas, lo que me esfuerzo por probar con tanto empeño. Cuando el profeta prometió una nueva alianza, no conforme a la alianza que había sido hecha anteriormente con el pueblo de Israel cuando fue liberado de Egipto, no dijo nada acerca de un cambio en los sacrificios o en cualesquiera ordenanzas sagradas, aunque tal cambio también, sin duda, había de seguir, como vemos de hecho que siguió, según el mismo texto profético atestigua en muchos otros pasajes; sino que simplemente llamó la atención sobre esta diferencia: que Dios imprimiría sus leyes en la mente de los que pertenecían a esta alianza, y las escribiría en sus corazones, [] de donde el apóstol sacó su conclusión— «no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón;» [] y que la recompensa eterna de esta justicia no era la tierra de la que fueron expulsados los amorreos y los hititas, y otras naciones que habitaban allí, [] sino Dios mismo, «al cual es bueno aferrarse,» a fin de que el bien de Dios que ellos aman sea el Dios mismo a quien aman, entre quien y los hombres nada sino el pecado produce separación; y esto sólo es perdonado por la gracia. Por consiguiente, después de decir: «Porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el mayor de ellos,» añadió al instante: «Porque perdonaré su iniquidad, y no me acordaré más de su pecado.» [] Por la ley de las obras, pues, dice el Señor: «No codiciarás;» [] pero por la ley de la fe dice: «Sin mí nada podéis hacer;» [] porque estaba tratando de las buenas obras, a saber, el fruto de los sarmientos de la vid. Por tanto, es evidente qué diferencia hay entre la alianza vieja y la nueva: que en la una la ley está escrita en tablas, y en la otra en los corazones; de modo que lo que en la una alarma desde fuera, en la otra deleita desde dentro; y en la una el hombre se hace transgresor por la letra que mata, en la otra amante por el espíritu que vivifica. Debemos, por tanto, evitar decir que el modo en que Dios nos ayuda a obrar la justicia, y «obra en nosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad,» [] es dirigiéndose externamente a nuestras facultades con preceptos de santidad; pues Él da su crecimiento internamente, [] derramando el amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. []

    Capítulo 43 [XXVI.]— Una cuestión acerca del pasaje del Apóstol sobre los gentiles que se dice hacen por naturaleza lo que la ley manda, y que también se dice tienen escrito en sus corazones

    Cap. 43

    Ahora debemos ver en qué sentido dice el apóstol: «Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, no teniendo ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones,» [] no sea que parezca que no hay diferencia cierta en el nuevo Testamento, por cuanto el Señor prometió que escribiría sus leyes en los corazones de su pueblo, dado que los gentiles tienen esto hecho para ellos naturalmente. Esta cuestión, pues, ha de ser examinada, ya que surge como una de no poca importancia. Pues alguien podría decir: «Si Dios distingue el nuevo Testamento del viejo por esta circunstancia, a saber, que en el viejo escribió su ley en tablas, pero en el nuevo las escribió en los corazones de los hombres, ¿por qué se distinguen los fieles del nuevo Testamento de los gentiles, que tienen la obra de la ley escrita en sus corazones, por la cual hacen por naturaleza las cosas de la ley, [] como si, en verdad, fueran mejores que el pueblo antiguo, que recibió la ley en tablas, y que el pueblo nuevo, que tiene conferido por el nuevo Testamento lo que la naturaleza ya les ha otorgado?»

    Capítulo 44.— La respuesta es que el pasaje debe entenderse de los fieles de la nueva alianza

    Cap. 44

    ¿Acaso ha mencionado el apóstol a aquellos gentiles como teniendo la ley escrita en sus corazones, los cuales pertenecen al nuevo Testamento? Debemos mirar el contexto anterior. Primeramente, pues, refiriéndose al evangelio, dice: «Es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en él la justicia de Dios se revela de fe en fe; como está escrito: El justo vivirá por la fe.» [] Luego pasa a hablar de los impíos, que a causa de su soberbia no se aprovechan del conocimiento de Dios, ya que no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias. [] Pasa después a aquellos que piensan y hacen las mismas cosas que condenan—teniendo en vista, sin duda, a los judíos, que se jactaban de la ley de Dios, pero sin mencionarlos aún expresamente por su nombre; y luego dice: «Indignación e ira, tribulación y angustia, sobre toda alma de hombre que hace el mal, del judío primeramente, y también del gentil; pero gloria, honra y paz, a todo el que hace el bien; al judío primeramente, y también al gentil; porque no hay acepción de personas para con Dios. Porque todos los que han pecado sin ley, también perecerán sin ley; y todos los que han pecado en la ley, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos delante de Dios, sino que los hacedores de la ley serán justificados.» [] Quiénes son los tratados en estas palabras, pasa a decírnoslo: «Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley,» [] y lo demás en el pasaje que ya he citado. Evidentemente, por tanto, no se designa aquí a otros bajo el nombre de gentiles sino a aquellos a quienes antes había designado con el nombre de «griego» cuando dijo: «Al judío primeramente, y también al griego.» [] Puesto que, pues, el evangelio es «poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, al judío primeramente, y también al griego;» [] y puesto que «indignación e ira, tribulación y angustia, están sobre toda alma de hombre que hace el mal, del judío primeramente, y también del griego; pero gloria, honra y paz, a todo hombre que hace el bien; al judío primeramente, y también al griego;» y puesto que, además, el griego es indicado por el término «gentiles» que hacen por naturaleza lo que es de la ley, y que tienen la obra de la ley escrita en sus corazones: se sigue que tales gentiles que tienen la ley escrita en sus corazones pertenecen al evangelio, ya que para ellos, al creer, es poder de Dios para salvación. ¿A qué gentiles, sin embargo, prometería él gloria, honra y paz, por hacer buenas obras, si viviesen sin la gracia del evangelio? Puesto que no hay acepción de personas para con Dios, [] y puesto que no son los oidores de la ley, sino los hacedores de ella, los que son justificados, [] se sigue que cualquier hombre de cualquier nación, sea judío o griego, que creyere, tendrá igualmente salvación bajo el evangelio. «Porque no hay diferencia,» como dice después; «pues todos han pecado, y carecen de la gloria de Dios; siendo justificados gratuitamente por su gracia.» [] ¿Cómo, pues, podría él decir que alguna persona gentil, que era hacedor de la ley, fue justificada sin la gracia del Salvador?

    Capítulo 45.— No es por sus obras, sino por la gracia, que los hacedores de la ley son justificados; los santos de Dios y el nombre de Dios son santificados en sentidos diferentes

    Cap. 45

    Ahora bien, no podía querer contradecirse al decir: «Los hacedores de la ley serán justificados,» [] como si su justificación viniera por sus obras, y no por la gracia; ya que declara que el hombre es justificado gratuitamente por su gracia sin las obras de la ley, entendiendo por el término «gratuitamente» nada más que las obras no preceden a la justificación. Porque en otro pasaje dice expresamente: «Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.» [] Pero la afirmación de que «los hacedores de la ley serán justificados» [] debe entenderse de modo que sepamos que no son de otra manera hacedores de la ley, a menos que sean justificados, de modo que la justificación no les sobreviene después como a hacedores de la ley, sino que la justificación los precede como a hacedores de la ley. Pues ¿qué otra cosa significa la frase «ser justificados» sino ser hechos justos — por Él, ciertamente, que justifica al impío, para que llegue a ser piadoso en lugar de impío? Pues si expresáramos un hecho diciendo: «Los hombres serán liberados», la frase se entendería ciertamente como afirmando que la liberación sobrevendría a aquellos que ya eran hombres; pero si dijéramos: Los hombres serán creados, ciertamente no se nos entendería como afirmando que la creación acontecería a los que ya existían, sino que llegaron a ser hombres por la creación misma. Si de la misma manera se dijera: Los hacedores de la ley serán honrados, sólo interpretaríamos correctamente la afirmación si supusiéramos que el honor había de sobrevenir a aquellos que ya eran hacedores de la ley; pero cuando la afirmación es: «Los hacedores de la ley serán justificados», ¿qué otra cosa significa sino que los justos serán justificados? Pues, por supuesto, los hacedores de la ley son personas justas. Y así viene a ser lo mismo que si se dijera: Los hacedores de la ley serán creados — no los que ya lo eran, sino para que lleguen a ser tales; a fin de que los judíos que eran oidores de la ley entendieran por esto que necesitaban la gracia del Justificador para poder llegar a ser también hacedores de ella. O bien el término «Serán justificados» se usa en el sentido de Serán tenidos, o reputados por justos, como se predica de cierto hombre en el Evangelio: «Mas él, queriendo justificarse a sí mismo,» [] — queriendo decir que deseaba ser tenido y reputado por justo. De la misma manera, damos un sentido a la afirmación: «Dios santifica a sus santos», y otro a las palabras: «Santificado sea tu nombre;» [] pues en el primer caso suponemos que las palabras significan que Él hace santos a los que antes no eran santos, y en el segundo, que la oración pediría que aquello que es siempre santo en sí mismo sea también tenido por santo entre los hombres — en una palabra, que sea temido con reverente temor.

    Capítulo 46.— Cómo se armoniza el pasaje de la Ley con el del Profeta

    Cap. 46

    Si, por tanto, el Apóstol, al mencionar que los gentiles hacen por naturaleza las cosas contenidas en la ley y tienen la obra de la ley escrita en sus corazones, [] quiso que se entendiera por ellos a los que creen en Cristo —los cuales no llegan a la fe como los judíos, mediante una ley precedente—, no hay buena razón para que nos esforcemos en distinguirlos de aquellos a quienes el Señor promete por el profeta la nueva alianza, diciéndoles que escribirá sus leyes en sus corazones, [] puesto que también ellos, por el injerto del acebuche que dice que se ha hecho, pertenecen al mismo olivo, [] —es decir, al mismo pueblo de Dios. Hay, pues, una buena armonía entre este pasaje del Apóstol y las palabras del profeta, de modo que pertenecer al nuevo testamento significa tener la ley de Dios no escrita en tablas, sino en el corazón —esto es, abrazar la justicia de la ley con afecto entrañable, donde la fe obra por el amor. [] Porque por la fe justifica Dios a los gentiles; y la Escritura, previendo esto, anunció de antemano el evangelio a Abraham, diciendo: «En tu simiente serán bendecidas todas las naciones,» para que por esta gracia de la promesa fuera injertado el acebuche en el buen olivo, y los gentiles creyentes fueran hechos hijos de Abraham, «en la simiente de Abraham, que es Cristo,» [] siguiendo la fe de aquel que, sin haber recibido la ley escrita en tablas y sin poseer aún siquiera la circuncisión, «creyó a Dios, y le fue contado por justicia.» Ahora bien, lo que el Apóstol atribuyó a gentiles de esta índole —que «tienen la obra de la ley escrita en sus corazones;» [] ha de ser algo semejante a lo que dice a los Corintios: «no en tablas de piedra, sino en tablas carnales del corazón.» [] Porque así llegan a ser de la casa de Israel, cuando su incircuncisión les es contada por circuncisión, por el hecho de que no exhiben la justicia de la ley mediante la extirpación de la carne, sino que la guardan por la caridad del corazón. «Si,» dice él, «la incircuncisión guarda la justicia de la ley, ¿no se le contará su incircuncisión por circuncisión?» [] Y por tanto, en la casa del verdadero Israel, en el cual no hay dolo, son partícipes del nuevo testamento, puesto que Dios pone sus leyes en su mente y las escribe en sus corazones con su propio dedo, el Espíritu Santo, por el cual se derrama en ellos el amor [] que es la plenitud de la ley. []

    Capítulo 47 [XXVII.]— La ley "Hacer por naturaleza" significa, hacer por la naturaleza restaurada por la gracia

    Cap. 47

    Ni debe turbarnos que el Apóstol los describa como haciendo lo que está contenido en la ley «por naturaleza,» —no por el Espíritu de Dios, no por la fe, no por la gracia. Pues es el Espíritu de la gracia quien lo hace, para restaurar en nosotros la imagen de Dios, en la cual fuimos naturalmente creados. [] El pecado, en efecto, es contrario a la naturaleza, y es la gracia la que lo sana —por lo cual se dirige a Dios la oración: «Ten misericordia de mí: sana mi alma; porque contra ti he pecado.» Por tanto, es por naturaleza como los hombres hacen las cosas contenidas en la ley; [] pues los que no las hacen, dejan de hacerlas por razón de su defecto pecaminoso. A consecuencia de esta pecaminosidad, la ley de Dios es borrada de sus corazones; y por eso, cuando, sanado el pecado, es escrita allí, las prescripciones de la ley se cumplen «por naturaleza,» —no porque por naturaleza se niegue la gracia, sino más bien porque por la gracia se repara la naturaleza. Pues «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres; en el cual todos pecaron;» [] por lo cual «no hay diferencia: todos están privados de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia.» [] Por esta gracia se escribe en el hombre interior renovado aquella justicia que el pecado había borrado; y esta misericordia viene sobre el género humano mediante nuestro Señor Jesucristo. «Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús.» []

    Capítulo 48.— La imagen de Dios no está del todo borrada en estos incrédulos; pecados veniales

    Cap. 48

    Según algunos, empero, los que hacen por naturaleza las cosas contenidas en la ley no deben ser tenidos todavía en el número de aquellos a quienes la gracia de Cristo justifica, sino más bien entre aquellos cuyas acciones (aunque sean propias de hombres impíos, que no adoran verdadera y rectamente al Dios verdadero) no solo no podemos censurar, sino que incluso justa y rectamente alabamos, puesto que han sido hechas —en cuanto leemos, sabemos u oímos— según la regla de la justicia; aunque al mismo tiempo, si discutiéramos con qué motivo se hacen, difícilmente se hallaría que merecen la alabanza y la defensa debidas a la conducta justa. [XXVIII.] Con todo, puesto que la imagen de Dios no ha sido borrada tan por completo del alma del hombre por la mancha de los afectos terrenos, que no haya dejado allí ni siquiera los más mínimos lineamientos de ella por los cuales pudiera decirse con justicia que el hombre, aun en la impiedad de su vida, hace o aprecia algunas cosas contenidas en la ley; si esto es lo que se quiere decir con la afirmación de que «los gentiles, que no tienen la ley» (es decir, la ley de Dios), «hacen por naturaleza las cosas contenidas en la ley,» [] y que los hombres de esta índole «son ley para sí mismos,» y «muestran la obra de la ley escrita en sus corazones,» —es decir, que lo que fue impreso en sus corazones cuando fueron creados a imagen de Dios no ha sido del todo borrado:— aun en esta manera de ver el asunto, no se perturbará aquella gran diferencia que separa la nueva alianza de la vieja, y que consiste en que por la nueva alianza la ley de Dios se escribe en los corazones de los creyentes, mientras que en la vieja estaba inscrita en tablas de piedra. Porque esta escritura en el corazón se efectúa por la renovación, aunque no había sido completamente borrada por la naturaleza vieja. Pues así como aquella imagen de Dios se renueva en la mente de los creyentes por el nuevo testamento, la cual la impiedad no había abolido del todo (porque indudablemente había quedado aquello sin lo cual el alma del hombre no puede ser racional), así también la ley de Dios, que no había sido del todo borrada de allí por la injusticia, es ciertamente escrita en él, renovada por la gracia. Ahora bien, en los judíos la ley que estaba escrita en tablas no podía efectuar esta nueva inscripción, que es la justificación, sino solo la transgresión. Pues también ellos eran hombres, y había inherente en ellos aquella fuerza de la naturaleza que capacita al alma racional tanto para percibir como para hacer lo que es lícito; pero la piedad que traslada a otra vida feliz e inmortal tiene «una ley inmaculada, que convierte las almas,» para que por su luz sean renovados, y se cumpla en ellos lo que está escrito: «Ha sido manifestada sobre nosotros, oh Señor, la luz de tu rostro.» Apartados de la cual, han merecido envejecer, siendo incapaces de renovación sino por la gracia de Cristo —es decir, sin la intercesión del Mediador; habiendo «un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se dio a sí mismo en rescate por todos.» [] Si fueran extraños a su gracia aquellos de quienes tratamos, y que (según el modo del cual ya hemos hablado con suficiente amplitud) «hacen por naturaleza las cosas contenidas en la ley,» [] ¿de qué les servirán sus «pensamientos que los excusan» «en el día en que Dios juzgará lo secreto de los hombres,» [] sino será acaso para procurarles un castigo más leve? Porque así como, por una parte, hay ciertos pecados veniales que no impiden al justo la consecución de la vida eterna, y que son inevitables en esta vida, así, por otra parte, hay algunas buenas obras que de nada aprovechan a un impío para la consecución de la vida eterna, aunque sería muy difícil hallar la vida de cualquier hombre muy malo del todo desprovista de ellas. Mas así como en el reino de Dios los santos difieren en gloria como una estrella difiere de otra, [] así también, en la condenación del castigo eterno, será más tolerable para Sodoma que para aquella otra ciudad; [] mientras que algunos hombres serán dos veces más hijos del infierno que otros. [] Así, en el juicio de Dios, no carecerá de influencia ni siquiera este hecho —que un hombre habrá pecado más, o menos, que otro, aun estando ambos envueltos en la impiedad digna de condenación.

    Capítulo 49.— La gracia prometida por el profeta para la nueva alianza

    Cap. 49

    ¿Qué pudo, pues, querer dar a entender el Apóstol cuando —después de reprimir la jactancia de los judíos, diciéndoles que «no los oídores de la ley son justos ante Dios, sino que los hacedores de la ley serán justificados,» [] — inmediatamente después habla de aquellos «que, no teniendo la ley, hacen por naturaleza las cosas contenidas en la ley,» [] si en esta descripción no se ha de entender a los que pertenecen a la gracia del Mediador, sino más bien a los que, no adorando al Dios verdadero con verdadera piedad, muestran con todo algunas buenas obras en el curso general de su vida impía? ¿O acaso juzgó el Apóstol probable, por haber dicho antes que «en Dios no hay acepción de personas,» [] y por haber dicho después que «Dios no es Dios solo de los judíos, sino también de los gentiles,» [] — que aun tan escasas y pequeñas obras de la ley, como son sugeridas por la naturaleza, no se hallaban en quienes no recibieron la ley, sino como resultado de los restos de la imagen de Dios; la cual Él no desdeña cuando creen en Él, en quien no hay acepción de personas? Mas cualquiera de estas dos opiniones que se acepte, es evidente que la gracia de Dios fue prometida para la nueva alianza aun por el profeta, y que esta gracia fue definitivamente anunciada para tomar esta forma —las leyes de Dios habían de ser escritas en los corazones de los hombres; y estos habían de llegar a tal conocimiento de Dios, que no habían de enseñar cada uno a su prójimo y a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos habían de conocerle, desde el más pequeño hasta el mayor de ellos. [] Este es el don del Espíritu Santo, por el cual el amor es derramado en nuestros corazones, [] —no, ciertamente, cualquier clase de amor, sino el amor de Dios, «de un corazón puro, y de una buena conciencia, y de una fe no fingida,» [] por medio del cual el justo, mientras vive en este estado de peregrinación, es conducido, tras las etapas de «el espejo,» y «el enigma,» y «lo que es en parte,» a la visión real, para que, cara a cara, conozca como es conocido. [] Porque una cosa ha pedido al Señor, y esa sigue buscando: morar en la casa del Señor todos los días de su vida, para contemplar la hermosura del Señor.

    Capítulo 50 [XXIX.]— La justicia es don de Dios

    Cap. 50

    Nadie, pues, se gloríe de lo que parece poseer, como si no lo hubiera recibido; [] ni piense que lo ha recibido meramente porque la letra externa de la ley le haya sido o bien presentada para leerla, o bien pronunciada a su oído para oírla. Pues «si la justicia es por la ley, entonces Cristo habría muerto en vano.» [] Mas, viendo que, si no ha muerto en vano, ha subido a lo alto, y ha llevado cautiva la cautividad, y ha dado dones a los hombres, síguese que quienquiera que tiene, tiene de esta fuente. Mas quien niega que lo tiene de Él, o no lo tiene, o corre gran peligro de ser privado de lo que tiene. «Porque es un solo Dios quien justifica la circuncisión por la fe, y la incircuncisión mediante la fe;» [] en cuyas cláusulas no hay diferencia real en el sentido, como si la expresión «por la fe» significara una cosa, y «mediante la fe» otra, sino solo una variedad de expresión. Pues en un pasaje, hablando de los gentiles —es decir, de la incircuncisión—, dice: «La Escritura, previendo que Dios había de justificar a los gentiles por la fe;» [] y otra vez, en otro, hablando de la circuncisión, a la cual él mismo pertenecía, dice: «Nosotros, que somos judíos por naturaleza, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Jesucristo, aun nosotros hemos creído en Jesucristo.» Observa: dice que tanto la incircuncisión es justificada por la fe, como la circuncisión mediante la fe, si, en verdad, la circuncisión guarda la justicia de la fe. Pues los gentiles, que no seguían tras la justicia, han alcanzado la justicia, a saber, la justicia que es por la fe, [] —obteniéndola de Dios, no arrogándosela por sí mismos. Mas Israel, que seguía tras la ley de la justicia, no ha llegado a la ley de la justicia. ¿Y por qué? Porque no la buscaba por la fe, sino como por obras [] —en otras palabras, obrándola por sí mismos, por decirlo así, sin creer que es Dios quien obra en ellos. «Pues es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer, según su beneplácito.» [] Y por esto «tropezaron en la piedra de tropiezo.» [] Pues lo que dijo, «no por la fe, sino como por obras,» [] lo explicó con suma claridad en las palabras que siguen: «Ellos, ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer su propia justicia, no se han sujetado a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia, para todo aquel que cree.» [] ¿Estamos, entonces, todavía en duda de cuáles son aquellas obras de la ley por las que un hombre no es justificado, si las cree obras propias, por así decirlo, sin la ayuda y el don de Dios, que es «por la fe de Jesucristo?» ¿Y suponemos acaso que son la circuncisión y las otras ordenanzas semejantes, porque en otros pasajes se leen algunas cosas de esta índole acerca de estos ritos sacramentales? En este lugar, empero, ciertamente no es la circuncisión lo que ellos querían establecer como su propia justicia, porque Dios la estableció prescribiéndola Él mismo. Ni nos es posible entender esta afirmación de aquellas obras acerca de las cuales el Señor les dice: «Desecháis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra propia tradición;» [] porque, como dice el Apóstol, Israel, que seguía tras la ley de la justicia, no ha llegado a la ley de la justicia. [] No dijo: Que seguía tras sus propias tradiciones, forjándolas y apoyándose en ellas. Esta es, pues, la única distinción: que el precepto mismo, «No codiciarás,» [] y los demás mandamientos buenos y santos de Dios, los atribuían ellos a sí mismos; mientras que, para que el hombre los guarde, Dios debe obrar en él mediante la fe en Jesucristo, que es «el fin de la ley para justicia, para todo aquel que cree.» [] Es decir, todo aquel que es incorporado a Él y hecho miembro de su cuerpo, es capaz, mediante el aumento que Él da en lo interior, de obrar justicia. De las obras de tal hombre es de quien Cristo mismo ha dicho: «Sin mí nada podéis hacer.» []

    Capítulo 51.— La fe, fundamento de toda justicia

    Cap. 51

    La justicia de la ley se propone en estos términos: que quien la cumpla vivirá en ella; y el propósito es que, cuando cada uno haya descubierto su propia debilidad, no por sus propias fuerzas, ni por la letra de la ley (lo cual no puede hacerse), sino por la fe, conciliándose con el que justifica, la alcance, la cumpla y viva en ella. Pues la obra en la cual quien la hace vivirá, no se realiza sino por uno que está justificado. Su justificación, sin embargo, se obtiene por la fe; y acerca de la fe está escrito, «No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para hacer descender a Cristo de allí;) o, ¿Quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos.) Pero ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón: es decir (dice él), la palabra de fe que predicamos: Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo.» [] En la medida en que es salvo, en esa medida es justo. Porque por esta fe creemos que Dios nos resucitará también a nosotros de entre los muertos —ya ahora en el espíritu, para que vivamos en este mundo presente sobria, justa y piadosamente en la renovación de su gracia; y después en nuestra carne, que resucitará a la inmortalidad, la cual es ciertamente la recompensa del Espíritu, que la precede con una resurrección que le es propia— es decir, por la justificación. «Porque somos sepultados juntamente con Cristo por el bautismo para muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.» [] Por la fe, pues, en Jesucristo obtenemos la salvación —tanto en cuanto se inicia en nosotros de hecho, como en cuanto se espera su perfección en esperanza; «porque todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo.» «¡Cuán grande,» dice el Salmista, «es la multitud de tu bondad, oh Señor, que has guardado para los que te temen, y que has perfeccionado para los que esperan en ti!» Por la ley tememos a Dios; por la fe esperamos en Dios: pero de los que temen el castigo, la gracia está oculta. Y el alma que trabaja bajo este temor, puesto que no ha vencido su concupiscencia mala, y de la cual este temor, como amo severo, no se ha apartado —huya por la fe a refugiarse en la misericordia de Dios, para que Él le dé lo que manda, y pueda, infundiendo en ella la dulzura de su gracia por su Espíritu Santo, hacer que el alma se deleite más en lo que Él le enseña, que en lo que se opone a su instrucción. De esta manera, la gran abundancia de su dulzura —es decir, la ley de la fe—, su amor que está en nuestros corazones y derramado, se perfecciona en los que esperan en Él, de modo que el bien sea obrado por el alma, sanada no por el temor del castigo, sino por el amor de la justicia.

    Capítulo 52 [XXX.]— La gracia establece el libre albedrío

    Cap. 52

    ¿Acaso por la gracia anulamos el libre albedrío? ¡De ningún modo! Al contrario, establecemos el libre albedrío. Porque así como la ley no es anulada por la fe, así tampoco el libre albedrío es anulado por la gracia, sino establecido. [] Pues la ley no se cumple sino por el libre albedrío; pero por la ley viene el conocimiento del pecado, por la fe la obtención de la gracia contra el pecado, por la gracia la curación del alma de la enfermedad del pecado, por la salud del alma la libertad de la voluntad, por el libre albedrío el amor de la justicia, por el amor de la justicia el cumplimiento de la ley. De modo que, así como la ley no es anulada, sino establecida por la fe, puesto que la fe procura la gracia por la cual se cumple la ley; así el libre albedrío no es anulado por la gracia, sino establecido, puesto que la gracia cura la voluntad por la cual se ama libremente la justicia. Ahora bien, todas las etapas que he enlazado aquí sucesivamente tienen cada una su voz propia en las sagradas Escrituras. La ley dice: «No codiciarás.» [] La fe dice: «Sana mi alma, porque he pecado contra ti.» La gracia dice: «Mira, has sido sanado: no peques más, para que no te suceda algo peor.» [] La salud dice: «Oh Señor, Dios mío, a ti clamé, y me sanaste.» El libre albedrío dice: «Te ofreceré sacrificio voluntariamente.» El amor de la justicia dice: «Los transgresores me contaban fábulas agradables, mas no según tu ley, oh Señor.» ¿Cómo, pues, se atreven los miserables a enorgullecerse, sea de su libre albedrío, antes de ser liberados, o de sus propias fuerzas, si han sido liberados? No observan que en la sola mención de libre albedrío pronuncian el nombre de libertad. Pero «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» [] Si, por tanto, son esclavos del pecado, ¿por qué se jactan de libre albedrío? Pues por lo que uno es vencido, a eso mismo es entregado como esclavo. [] Pero si han sido liberados, ¿por qué se vanaglorian como si fuera por obra suya, y se jactan como si no lo hubieran recibido? ¿O son libres de tal modo que no quieren tener por Señor a Aquel que les dice: «Sin mí nada podéis hacer;» [] y «Si el Hijo os hiciere libres, seréis verdaderamente libres?» []

    Capítulo 53 [XXXI.]— Volición y posibilidad

    Cap. 53

    Alguien preguntará si la fe misma, en la que parece estar el comienzo de la salvación, o de aquella serie que conduce a la salvación que acabo de mencionar, está puesta en nuestro poder. Lo veremos más fácilmente si primero examinamos con algún cuidado qué significa "nuestro poder". Puesto que, entonces, hay dos cosas: voluntad y posibilidad; se sigue que no todo el que tiene la voluntad tiene por eso también la posibilidad, ni todo el que posee la posibilidad tiene también la voluntad; porque así como a veces queremos lo que no podemos hacer, así también a veces podemos hacer lo que no queremos. De las palabras mismas, cuando se consideran suficientemente, descubriremos, en el sonido mismo de los términos, la derivación de volición de voluntad, y de posibilidad de poder. Por tanto, así como el hombre que quiere tiene volición, así también el hombre que puede tiene posibilidad. Pero para que una cosa sea hecha por la posibilidad, la volición debe estar presente. Pues comúnmente no se dice que un hombre hace algo con posibilidad si lo hizo de mala gana. Aunque, al mismo tiempo, si observamos más precisamente, incluso lo que un hombre es obligado a hacer de mala gana, lo hace, si lo hace, por su volición; sólo que se dice que es un agente involuntario, o que actúa contra su voluntad, porque preferiría alguna otra cosa. Es compelido, ciertamente, por alguna influencia desafortunada, a hacer lo que hace bajo compulsión, deseando escapar de ella o quitarla de su camino. Pues si su volición es tan fuerte que prefiere no hacer esto a no sufrir aquello, entonces sin duda resiste la influencia que lo compele, y no lo hace. Y por consiguiente, si lo hace, no es con una voluntad plena y libre, pero sin embargo no lo hace sin voluntad; y en la medida en que a la volición sigue su efecto, no podemos decir que careció de la posibilidad de hacerlo. Si, en efecto, quiso hacerlo, cediendo a la compulsión, pero no pudo, aunque concedamos que estaba presente una voluntad coaccionada, diríamos sin embargo que la posibilidad estaba ausente. Pero cuando no hizo la cosa porque no quiso, entonces ciertamente la posibilidad estaba presente, pero la volición estaba ausente, puesto que no lo hizo, por su resistencia a la influencia que lo compele. De aquí que incluso los que compele, o los que persuaden, suelen decir: ¿Por qué no haces lo que está en tu posibilidad, para evitar este mal? Mientras que los que son absolutamente incapaces de hacer lo que son compelidos a hacer, porque se supone que pueden, suelen responder excusándose y decir: Lo haría si estuviera en mi posibilidad. ¿Qué más pedimos entonces, si llamamos posibilidad cuando a la volición se añade la facultad de hacer? Por consiguiente, se dice que cada uno tiene aquello en su posibilidad que hace si quiere, y no hace si no quiere.

    Capítulo 54.— Si la fe está en el poder del hombre

    Cap. 54

    Atiende ahora al punto que hemos propuesto para discusión: si la fe está en nuestro propio poder. Ahora hablamos de aquella fe que empleamos cuando creemos algo, no de aquella que damos cuando hacemos una promesa; pues ésta también se llama fe. Usamos la palabra en un sentido cuando decimos: «No tuvo fe en mí», y en otro sentido cuando decimos: «No me guardó fe». La una frase significa: «No creyó lo que dije»; la otra: «No hizo lo que prometió». Según la fe por la cual creemos, somos fieles a Dios; pero según aquella por la cual se lleva a cabo lo que se promete, Dios mismo es fiel para con nosotros; pues el apóstol declara: «Dios es fiel, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis». [] Pues bien, la primera es la fe acerca de la cual preguntamos: ¿Está en nuestro poder? Incluso la fe por la cual creemos a Dios, o creemos en Dios. Porque de ésta está escrito: «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia». Y otra vez: «Al que cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia». [] Considera ahora si alguno cree, si no quiere; o si no cree, si lo habrá querido. Tal posición, ciertamente, es absurda (pues ¿qué es creer sino consentir a la verdad de lo que se dice? Y este consentimiento es ciertamente voluntario): la fe, por tanto, está en nuestro propio poder. Pero, como dice el apóstol: «No hay potestad sino de Dios», [] ¿qué razón hay entonces para que no se nos diga también de esto: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» [] — pues es Dios quien nos dio incluso el creer. En ninguna parte, sin embargo, en la Sagrada Escritura encontramos una afirmación como: No hay volición sino de Dios. Y con razón no está así escrito, porque no es verdad: de lo contrario Dios sería autor aun de los pecados (¡Dios no lo quiera!), si no hubiera volición sino la que procede de Él; puesto que una mala volición ya es por sí sola un pecado, aunque falte el efecto —es decir, si no tiene posibilidad. Pero cuando la mala volición recibe posibilidad para llevar a cabo su intención, esto procede del juicio de Dios, en quien no hay injusticia. [] Él ciertamente castiga de esta manera; y su castigo no es injusto porque sea oculto. El hombre impío, sin embargo, no se da cuenta de que está siendo castigado, sino cuando descubre de mala gana, mediante una pena manifiesta, cuánto mal ha cometido voluntariamente. Esto es justamente lo que el apóstol dice de ciertos hombres: «Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones,... para hacer lo que no conviene». En consecuencia, el Señor también dijo a Pilato: «No tendrías ningún poder contra mí, si no te hubiera sido dado de arriba». [] Pero aun cuando se da la posibilidad, ciertamente no se impone ninguna necesidad. Por tanto, aunque David había recibido la posibilidad de matar a Saúl, prefirió perdonarlo antes que herirlo. De donde entendemos que los malos reciben la posibilidad para la condenación de su voluntad depravada, mientras que los buenos reciben la posibilidad para la prueba de su buena voluntad.

    Capítulo 55 [XXXII.]— Qué fe es laudable

    Cap. 55

    Puesto que la fe, entonces, está en nuestro poder, en cuanto que cada uno cree cuando quiere, y, cuando cree, cree voluntariamente; nuestra siguiente indagación, que debemos conducir con cuidado, es: ¿Qué fe es aquella que el apóstol encomia con tanto empeño? Porque la fe indiscriminada no es buena. En consecuencia encontramos esta advertencia: «Hermanos, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios». [] Ni la cláusula en alabanza de la caridad, de que «todo lo cree», [] debe entenderse de modo que menoscabemos la caridad de alguien, si se niega a creer de inmediato lo que oye. Porque la misma caridad nos amonesta que no debemos creer fácilmente cosa mala alguna acerca de un hermano; y cuando se dice algo semejante de él, ¿no juzga acaso que es más propio de su condición no creerlo? Por último, la misma caridad, «que todo lo cree», no cree a todo espíritu. En consecuencia, la caridad cree todas las cosas sin duda, pero cree en Dios. Observa: no se dice: Cree en todas las cosas. No puede, por tanto, dudarse que la fe encomiada por el apóstol es aquella por la cual creemos en Dios. []

    Capítulo 56.— La fe de los que están bajo la ley es diferente de la fe de los demás

    Cap. 56

    Pero hay aún otra distinción que observar: puesto que los que están bajo la ley intentan obrar su propia justicia por temor del castigo, y no logran hacer la justicia de Dios, porque ésta se realiza por el amor al que sólo lo lícito agrada, y nunca por el temor que se ve forzado a tener en su obra lo que es lícito, aunque tiene algo distinto en su voluntad que preferiría, si fuera posible, que fuera lícito lo que no lo es. Estas personas también creen en Dios; porque si no tuvieran fe alguna en Él, tampoco tendrían, por supuesto, temor alguno de la pena de su ley. Ésta, sin embargo, no es la fe que el apóstol encomia. Dice: «No habéis recibido el espíritu de servidumbre otra vez para temor; sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre». [] El temor, pues, del que hablamos es servil; y por tanto, aunque haya en él una creencia en el Señor, no por ello se ama la justicia, sino que se teme la condenación. Los hijos de Dios, sin embargo, exclaman: «Abba, Padre», — una de cuyas palabras la pronuncian los de la circuncisión; la otra, los de la incircuncisión —el judío primero, y luego el griego; [] ya que hay «un solo Dios, que justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión». [] Cuando, en efecto, pronuncian este clamor, buscan algo; ¿y qué buscan, sino aquello de que tienen hambre y sed? ¿Y qué otra cosa es esto sino lo que se dice de ellos: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados»? [] Pasen, pues, los que están bajo la ley, a este lado, y conviértanse en hijos en lugar de esclavos; y no obstante, no de modo que dejen de ser esclavos, sino de modo que, siendo hijos, sirvan con todo a su Señor y Padre libremente. Porque también esto lo han recibido; pues el Unigénito «les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre»; [] y les aconsejó pedir, buscar y llamar, para recibir, encontrar y que se les abra la puerta, añadiendo a modo de reprensión las palabras: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?» [] Cuando, por tanto, aquella fuerza del pecado, la ley, [] inflamó el aguijón de la muerte, es decir el pecado, para tomar ocasión y obrar por el mandamiento toda suerte de concupiscencia en ellos, [] ¿a quién habían de pedir el don de la continencia sino a Aquel que sabe dar buenas dádivas a sus hijos? Quizá, sin embargo, un hombre, en su necedad, ignora que nadie puede ser continente si Dios no le da el don. Para conocer esto, ciertamente, requiere de la Sabiduría misma. [] ¿Por qué, pues, no escucha al Espíritu de su Padre, que habla por medio del apóstol de Cristo, o a Cristo mismo, que dice en su evangelio: «Buscad y hallaréis»; [] y que también nos dice, hablando por su apóstol: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada»? [] Ésta es la fe por la cual el justo vive; [] ésta es la fe por la cual cree en aquel que justifica al impío; [] ésta es la fe por la cual se excluye la jactancia, [] sea por el retiro de aquello con lo que nos henchimos de orgullo, sea por el surgimiento de aquello con lo que nos gloriamos en el Señor. Ésta, además, es la fe por la cual obtenemos aquel don del Espíritu, del cual se dice: «Nosotros por el Espíritu aguardamos la esperanza de la justicia por la fe». [] Pero esto admite una ulterior pregunta: Si quiso decir con «la esperanza de la justicia» aquella por la cual la justicia espera, o aquella por la cual la justicia misma es esperada. Porque el justo, que vive por la fe, espera sin duda la vida eterna; y la fe asimismo, que tiene hambre y sed de justicia, progresa en ella por la renovación del hombre interior día tras día, [] y espera ser saciado con ella en aquella vida eterna, donde se realizará lo que se dice de Dios por el salmo: «El que sacia de bienes tu deseo». Ésta, además, es la fe por la cual son salvos aquellos a quienes se dice: «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». [] Ésta, en fin, es la fe que obra no por temor, sino por amor; [] no por temer el castigo, sino por amar la justicia. ¿De dónde, por tanto, surge este amor —es decir, esta caridad— por el cual obra la fe, si no de la fuente de donde la fe misma lo obtuvo? Porque no estaría en nosotros, en la medida que esté en nosotros, si no fuera difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. [] Ahora bien, se dice que «el amor de Dios» ha sido derramado en nuestros corazones, no porque Él nos ame, sino porque nos hace amadores de Él; así como «la justicia de Dios» [] se usa en el sentido de que somos hechos justos por su don; y «la salvación del Señor», en que somos salvos por Él; y «la fe de Jesucristo», [] porque Él nos hace creyentes en Él. Ésta es aquella justicia de Dios, que no sólo nos enseña por el precepto de su ley, sino que también nos la otorga por el don de su Espíritu.

    Capítulo 57 [XXXIII.]— ¿De dónde proviene la voluntad de creer?

    Cap. 57

    Pero nos resta indagar brevemente si la voluntad por la cual creemos es ella misma don de Dios, o si surge de aquel libre albedrío que está naturalmente implantado en nosotros. Si decimos que no es don de Dios, habremos de temer entonces estar suponiendo que hemos hallado alguna respuesta a la apelación reprobatoria del Apóstol: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [] — e incluso una respuesta como ésta: «Mira, tenemos la voluntad de creer, la cual no recibimos. ¡Mira en qué nos gloriamos: en lo que no recibimos!» Si, empero, dijéramos que esta clase de voluntad no es sino don de Dios, entonces habríamos de temer que los hombres incrédulos e impíos no parezcan tener, no sin razón, alguna excusa justa para su incredulidad, en el hecho de que Dios haya rehusado darles esta voluntad. Ahora bien, esto que dice el Apóstol: «Es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad,» [] pertenece ya a aquella gracia que la fe asegura, para que las buenas obras estén al alcance del hombre — aun las buenas obras que la fe realiza por el amor que es derramado en el corazón por el Espíritu Santo que nos es dado. Si creemos para alcanzar esta gracia (y por supuesto creemos voluntariamente), entonces surge la cuestión: ¿de dónde tenemos esta voluntad? — ¿si de la naturaleza, por qué no está al alcance de todos, puesto que el mismo Dios hizo a todos los hombres? Si del don de Dios, entonces, de nuevo, ¿por qué el don no está abierto a todos, puesto que «Él quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad?» []

    Capítulo 58.— El libre albedrío del hombre es una potencia intermedia

    Cap. 58

    Establezcamos, pues, en primer lugar, esta proposición, y veamos si satisface la cuestión que nos ocupa: que el libre albedrío, asignado naturalmente por el Creador a nuestra alma racional, es una potencia tan neutral que puede inclinarse hacia la fe o volverse hacia la incredulidad. Por consiguiente, no puede decirse que el hombre tenga siquiera aquella voluntad con la que cree en Dios sin haberla recibido; puesto que ésta surge a la llamada de Dios del libre albedrío que recibió naturalmente cuando fue creado. Dios sin duda quiere que todos los hombres sean salvos [] y vengan al conocimiento de la verdad; pero no de modo que les quite el libre albedrío, por cuyo buen o mal uso han de ser juzgados con plena justicia. Siendo esto así, los incrédulos ciertamente obran contra la voluntad de Dios cuando no creen su evangelio; sin embargo, no vencen por ello su voluntad, sino que se despojan a sí mismos del grande, más aún, del mayor bien, y se implican en penas de castigo, destinados a experimentar el poder de Aquel cuya misericordia en sus dones despreciaron. Así, la voluntad de Dios es para siempre invencible; pero sería vencida si no ideara qué hacer con quienes la desprecian, o si estos desprecios pudieran de algún modo escapar a la retribución que Él ha designado para los tales. Supongamos, por ejemplo, un amo que dijera a sus siervos: Quiero que trabajéis en mi viña y que, terminada vuestra labor, festejéis y descanséis; pero que, al mismo tiempo, exigiera que quienes rehusaran trabajar molieran en el molino para siempre. Quien descuidara tal mandato obraría evidentemente contra la voluntad del amo; pero haría más que eso: vencería aquella voluntad, si escapara también del molino. Esto, sin embargo, no puede suceder bajo el gobierno de Dios. Por lo cual está escrito: «Dios ha hablado una vez,» — es decir, irrevocablemente —, aunque el pasaje puede referirse también a su único Verbo. [] Añade luego qué es lo que había proferido irrevocablemente, diciendo: «Dos veces he oído esto: que el poder pertenece a Dios. También a Ti, oh Señor, pertenece la misericordia: porque Tú pagarás a cada hombre según su obra.» Será, pues, reo de condenación bajo el poder de Dios quien pensare con demasiado desprecio de su misericordia para creer en Él. Mas cualquiera que pusiere su confianza en Él y se entregare a Él, para el perdón de todos sus pecados, para la cura de toda su corrupción, y para el encendido e iluminación de su alma por su calor y su luz, tendrá buenas obras por su gracia; y por ellas será redimido aun en su cuerpo de la corrupción de la muerte, coronado, saciado de bendiciones — no temporales, sino eternas —, más de lo que podemos pedir o entender.
    Comentario editorial · La voluntad como facultad y como uso
    Para Agustín el libre albedrío es una «potencia tan neutral» que puede inclinarse a la fe o a la incredulidad, y la voluntad con que se cree se recibe: «surge a la llamada de Dios». Warfield, editor del NPNF, lee aquí una distinción que Agustín no formula con esos términos: la voluntad como mera facultad queda siempre indiferente, y lo que la caída ha dañado es la voluntad en sentido más amplio, la del hombre que usa esa facultad; cita este capítulo y Sobre la reprensión y la gracia, 11. Su resumen del tramo 50–61: por libre albedrío creemos, pero solo la gracia nos mueve a usarlo para creer. Es una lectura del editor, no palabras de Agustín.

    Capítulo 59.— Misericordia y compasión en el juicio de Dios

    Cap. 59

    Éste es el orden observado en el salmo, donde se dice: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides todas sus retribuciones; quien perdona todas tus iniquidades; quien sana todas tus dolencias; quien redime tu vida de la destrucción; quien te corona de misericordia y compasión; quien sacia de bienes tu deseo.» Y para que por ventura no se desespere de estas grandes bendiciones bajo la deformidad de nuestra vieja, esto es, mortal condición, dice al punto el Salmista: «Tu juventud se renovará como la del águila;» como quien dice: Todo lo que has oído pertenece al hombre nuevo y a la nueva alianza. Consideremos ahora juntos brevemente estas cosas, y contemplemos con deleite la alabanza de la misericordia, esto es, de la gracia de Dios. «Bendice, alma mía, al Señor,» dice, «y no olvides todas sus retribuciones.» Observa que no dice bendiciones, sino retribuciones; porque Él retribuye el mal con el bien. «Quien perdona todas tus iniquidades:» esto se realiza en el sacramento del bautismo. «Quien sana todas tus dolencias:» esto lo efectúa el creyente en la vida presente, mientras la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, de modo que no hacemos las cosas que querríamos; [] mientras también otra ley en nuestros miembros guerrea contra la ley de nuestra mente; [] mientras el querer está ciertamente presente en nosotros, pero no el cómo realizar lo que es bueno. [] Éstas son las dolencias de la naturaleza vieja del hombre, las cuales, sin embargo, si sólo avanzamos con propósito perseverante, son sanadas por el crecimiento de la naturaleza nueva día tras día, por la fe que obra mediante el amor. [] «Quien redime tu vida de la destrucción;» esto tendrá lugar en la resurrección de los muertos en el último día. «Quien te corona de misericordia y compasión;» esto se cumplirá en el día del juicio; pues cuando el Rey justo se sentare en su trono para pagar a cada hombre según sus obras, ¿quién se gloriará entonces de tener un corazón puro? ¿O quién se gloriará de estar limpio de pecado? Era, por tanto, necesario mencionar la misericordia y compasión de Dios allí donde uno podría esperar que las deudas fueran exigidas y los méritos retribuidos tan estrictamente que no quedara lugar para la misericordia. Corona, pues, con misericordia y compasión; pero aun así, según las obras. Porque será separado a la derecha aquel a quien se le dice: «Tuve hambre, y me disteis de comer.» [] Habrá, sin embargo, también «juicio sin misericordia;» pero será para aquel «que no ha mostrado misericordia.» [] Pero «bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia» [] de Dios. Luego, tan pronto como los de la izquierda hayan ido al fuego eterno, los justos también irán a la vida eterna, [] porque Él dice: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» [] Y con este conocimiento, esta visión, esta contemplación, será saciado el deseo de su alma; pues le bastará tener esto y nada más — no habiendo ya nada más que desear, a que aspirar, o que requerir. Fue con un anhelo de este gozo pleno que ardía el corazón de quien dijo al Señor Cristo: «Muéstranos al Padre, y nos basta;» y a quien se le devolvió la respuesta: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.» [] Porque Él mismo es la vida eterna, para que los hombres conozcan al único Dios verdadero, a Ti y a quien has enviado, Jesucristo. Si, empero, el que ha visto al Hijo ha visto también al Padre, entonces ciertamente quien ve al Padre y al Hijo ve también al Espíritu Santo del Padre y del Hijo. Así, no quitamos el libre albedrío, mientras nuestra alma bendice al Señor y no olvida todas sus retribuciones; ni quiere, en ignorancia de la justicia de Dios, establecer una propia; [] sino que cree en Aquel que justifica al impío, [] y hasta llegar a la visión, vive por la fe — aun la fe que obra por el amor. [] Y este amor es derramado en nuestros corazones, no por la suficiencia de nuestra propia voluntad, ni por la letra de la ley, sino por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. []

    Capítulo 60 [XXXIV.]— La voluntad de creer proviene de Dios

    Cap. 60

    Baste esta discusión, si satisface cumplidamente la cuestión que habíamos de resolver. Podría, empero, objetarse en respuesta que debemos cuidar de que alguien suponga que el pecado habría de imputarse a Dios que es cometido por el libre albedrío, si en el pasaje donde se pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» [] la voluntad misma por la cual creemos es contada como don de Dios, porque surge del libre albedrío que recibimos en nuestra creación. Observe, empero, atentamente el objetor que esta voluntad ha de atribuirse al don divino, no meramente porque surge de nuestro libre albedrío, que fue creado naturalmente con nosotros; sino también porque Dios obra sobre nosotros por los incentivos de nuestras percepciones, para querer y creer, ya sea externamente por las exhortaciones evangélicas, donde aun los mandatos de la ley también hacen algo, si advierten al hombre de su debilidad de modo que se acoja a la gracia que justifica mediante la fe; o internamente, donde ningún hombre tiene en su propio poder lo que habrá de entrar en sus pensamientos, aunque pertenezca a su propia voluntad consentir o disentir. Puesto que Dios, por tanto, obra de tales maneras sobre el alma racional para que crea en Él (y ciertamente no hay posibilidad alguna en el libre albedrío de creer, a menos que haya persuasión o llamada hacia alguien en quien creer), se sigue con certeza que es Dios quien obra en el hombre el querer creer, y en todas las cosas nos previene con su misericordia. Otorgar nuestro consentimiento, ciertamente, a la llamada de Dios, o retirarlo, es (como he dicho) función de nuestra propia voluntad. Y esto no sólo no invalida lo que se dice: «Pues ¿qué tienes que no hayas recibido?» [] sino que realmente lo confirma. Porque el alma no puede recibir y poseer estos dones, a los que aquí se hace referencia, sino consintiendo. Y así, cuanto posee, y cuanto recibe, es de Dios; y sin embargo, el acto de recibir y tener pertenece, por supuesto, al receptor y poseedor. Ahora bien, si algún hombre nos constriñera a examinar este misterio profundo, por qué esta persona es persuadida a consentir, y aquella no, sólo se me ocurren dos cosas, que quisiera adelantar como mi respuesta: «¡Oh profundidad de las riquezas!» [] y «¿Hay injusticia en Dios?» [] Si el hombre se desagrada de tal respuesta, busque disputadores más doctos; pero cuídese de no hallar presuntuosos.

    Capítulo 61 [XXXV.]— Conclusión de la obra

    Cap. 61

    Pongamos por fin término a nuestro libro. Apenas sé si hemos logrado nuestro propósito en algo con nuestra gran prolijidad. No es respecto de ti, [Marcelino mío,] que abrigo este recelo, pues conozco tu fe; sino con referencia a las mentes de aquellos por cuya causa quisiste que escribiera —quienes tanto en oposición a mi opinión, sino (por hablar suavemente, y sin mencionar a Aquel que habló en sus apóstoles) ciertamente en contra no sólo de la opinión del gran Apóstol Pablo, sino también de su fuerte, ferviente y vigilante combate, prefieren mantener sus propios puntos de vista con tenacidad a escucharlo a él, cuando «les ruega por las misericordias de Dios,» y les dice, «por la gracia de Dios que le fue dada, que no piensen de sí mismos más altamente de lo que deben pensar, sino que piensen sobriamente, conforme Dios ha repartido a cada hombre la medida de la fe.»

    Capítulo 62.— Vuelve a la cuestión que Marcelino le había propuesto

    Cap. 62

    Pero te ruego que adviertas la cuestión que me propusiste, y lo que hemos sacado de ella en el largo proceso de esta discusión. Te había causado perplejidad cómo yo había podido decir que era posible que un hombre estuviera sin pecado, si su voluntad no faltara, con la ayuda del auxilio de Dios, aunque ningún hombre en la vida presente hubiera jamás vivido, estuviera viviendo, o hubiera de vivir, en tan perfecta justicia. Ahora bien, en los libros que antes te dirigí, expuse esta misma cuestión. Dije: «Si se me preguntara si es posible que un hombre esté sin pecado en esta vida, concedería la posibilidad, por la gracia de Dios y su propio libre albedrío; pues no dudaría que el libre albedrío mismo es de la gracia de Dios — es decir, tiene su lugar entre los dones de Dios —, no sólo en cuanto a su existencia, sino también respecto de su bondad; es decir, que se aplica a hacer los mandamientos de Dios. Y así, la gracia de Dios no sólo muestra lo que debe hacerse, sino que también ayuda a la posibilidad de hacer lo que muestra.» Te pareció absurdo que una cosa que era posible careciera de ejemplo. De ahí surgió el asunto tratado en este libro; y así recayó sobre mí mostrar que una cosa era posible aunque no pudiera hallarse ejemplo alguno de ella. Por consiguiente, adujimos ciertos casos del evangelio y de la ley, al comienzo de esta obra — tales como el paso de un camello por el ojo de una aguja; [] y las doce mil legiones de ángeles, que podían luchar por Cristo, si Él quisiera; [] y aquellas naciones que Dios dijo que podría haber exterminado de una vez de la faz de su pueblo —, ninguna de cuyas posibilidades fue jamás reducida a hecho. A estos casos pueden añadirse los que se refieren en el Libro de la Sabiduría, [Sabiduría xvi] sugiriendo cuántas son las extrañas torturas y tribulaciones que Dios podía emplear contra los hombres impíos, usando la criatura que era obediente a su seña, las cuales, sin embargo, no empleó. Podría también aludirse a aquella montaña, que la fe podría remover al mar, [] aunque, no obstante, jamás se hizo, en cuanto hemos leído u oído. Ahora ves cuán irreflexivo y necio sería el hombre que dijera que cualquiera de estas cosas es imposible para Dios, y cuán opuesta al sentido de la Escritura sería su aserción. Muchos otros casos de esta clase pueden ocurrírsele a cualquiera que lea o piense, cuya posibilidad para Dios no podemos negar, aunque falte un ejemplo de ellos.

    Capítulo 63.— Una objeción

    Cap. 63

    Pero en tanto que puede decirse que los casos que he estado citando son obras divinas, mientras que vivir rectamente es una obra que nos pertenece a nosotros, me propuse mostrar que aun esto también es una obra divina. Esto lo he hecho en el presente libro, con quizá una exposición más amplia de lo necesario, aunque me parece a mí mismo haber dicho demasiado poco contra los adversarios de la gracia de Dios. Y nunca me deleito tanto en mi tratamiento de un asunto como cuando la Escritura acude copiosamente en mi ayuda; y cuando la cuestión que ha de discutirse requiere que «el que se gloría se gloríe en el Señor;» [] y que en todas las cosas elevemos nuestros corazones y demos gracias al Señor nuestro Dios, de quien, «como Padre de las luces, desciende toda dádiva buena y todo don perfecto.» [] Ahora bien, si un don no es don de Dios, porque es obrado por nosotros, o porque obramos por su don, entonces no es una obra de Dios que «una montaña sea removida al mar,» en tanto que, según la declaración del Señor, es por la fe de los hombres que esto es posible. Además, Él atribuye la acción a su operación real: Si tuviereis fe en vosotros como un grano de mostaza, diréis a esta montaña: «Remuévete, y échate al mar; y se hará, y nada os será imposible a vosotros.» Observa cómo dijo «a vosotros,» no «a Mí» ni «al Padre;» y sin embargo, es cierto que ningún hombre hace tal cosa sin el don y la operación de Dios. Mira cómo un caso de perfecta justicia carece de ejemplo entre los hombres, y sin embargo no es imposible. Pues podría lograrse si se aplicara tan sólo tanta voluntad como basta para tan gran cosa. Habría, sin embargo, tanta voluntad, si no se nos ocultara ninguna de aquellas condiciones que pertenecen a la justicia; y al mismo tiempo éstas deleitaran de tal modo nuestra mente, que cualquier obstáculo de placer o dolor que ocurriera, este deleite en la santidad prevaleciera sobre todo afecto rival. Y que esto no se realice, no se debe a ninguna imposibilidad intrínseca, sino al acto judicial de Dios. Pues ¿quién puede ignorar que lo que ha de conocer no está en poder del hombre; ni se sigue que lo que ha descubierto como objeto deseable sea realmente deseado, a menos que sienta también un deleite en ese objeto, conmensurado con sus exigencias sobre su afecto? Porque esto pertenece a la salud del alma.

    Capítulo 64 [XXXVI.]— Cuándo se cumple el mandamiento del amor

    Cap. 64

    Pero quizás alguien piense que nada nos falta para el conocimiento de la justicia, puesto que el Señor, al exponer de modo sumario y breve su palabra en la tierra, nos informó que toda la ley y los profetas dependen de dos mandamientos; [] y no guardó silencio sobre cuáles eran, sino que los declaró con palabras clarísimas: «Amarás,» dijo, «al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente;» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» [] ¿Qué hay más cierto que esto: que si se cumplen, se cumple toda justicia? Pero quien fija su mente en esta verdad debe atender también cuidadosamente a otra: en cuántas cosas todos ofendemos, [] mientras suponemos que lo que hacemos es agradable, o al menos no desagradable, a Dios, a quien amamos; y después, habiendo aprendido (por su palabra inspirada, o siendo advertidos de algún modo claro y cierto) lo que no le agrada, le rogamos que nos perdone por nuestro arrepentimiento. La vida del hombre está llena de ejemplos de esto. Pero ¿de dónde proviene que no lleguemos a conocer lo que le agrada, sino de que Él nos es desconocido en esa medida? «Ahora vemos por un espejo, en enigma; mas entonces cara a cara.» [] ¿Quién, empero, puede atreverse, al llegar suficientemente lejos, a decir: «Entonces conoceré como soy conocido,» [] como para pensar que quienes verán a Dios no tendrán mayor amor hacia Él que el que ahora tienen quienes creen en Él? ¿O que lo uno debe compararse con lo otro, como si estuvieran muy próximos entre sí? Ahora bien, si el amor crece exactamente en la proporción en que nuestro conocimiento de su objeto se hace más íntimo, ciertamente debemos creer que ahora falta tanto para el cumplimiento de la justicia cuanto hay de defectuoso en nuestro amor por ella. Una cosa puede, en efecto, ser conocida o creída y, sin embargo, no amada; pero es imposible que pueda amarse una cosa que no es conocida ni creída. Pero si los santos, en el ejercicio de su fe, pudieron llegar a aquel gran amor, mayor que el cual (como el Señor mismo atestiguó) no puede exhibirse en la vida presente —hasta dar sus vidas por la fe, o por sus hermanos, []—, entonces, después de su peregrinación aquí, en la que su andar es por «fe,» cuando hayan alcanzado la «vista» de aquella felicidad final [] que esperamos, aunque todavía no la vemos, y aguardamos con paciencia, [] entonces indudablemente el amor mismo será no solo mayor que el que aquí experimentamos, sino muy superior a todo cuanto pedimos o pensamos; [] y, sin embargo, no puede ser posiblemente más que «con todo nuestro corazón, y con toda nuestra alma, y con toda nuestra mente.» Porque no queda en nosotros nada que pueda añadirse al todo; puesto que, si algo quedara, no habría el todo. Por tanto, el primer mandamiento acerca de la justicia, que nos manda amar al Señor con todo nuestro corazón, y alma, y mente [] (al que sigue el de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos), lo cumpliremos completamente en aquella vida en que veremos cara a cara. [] Pero aun ahora se nos impone este mandamiento, para que se nos recuerde qué debemos pedir por la fe, y qué debemos esperar en nuestra esperanza, y, «olvidando lo que queda atrás, extendernos hacia lo que está delante.» [] Y así, según me parece, ha avanzado mucho, aun en la vida presente, en la justicia que ha de perfeccionarse después, aquel que ha descubierto por ese mismo avance cuán lejos está de la consumación de la justicia.

    Capítulo 65.— En qué sentido se puede afirmar una justicia sin pecado en esta vida

    Cap. 65

    Por cuanto, sin embargo, puede decirse que a esta vida compete una justicia inferior, por la cual el justo vive por la fe [] aunque ausente del Señor y, por tanto, andando por fe y no todavía por vista, [] —no sin absurdidad se puede decir, sin duda, respecto de ella, que está libre de pecado; pues no debe atribuírsele como falta el no ser todavía suficiente para un amor tan grande a Dios como se debe a su condición final, completa y perfecta. Una cosa es no alcanzar ahora la plenitud del amor, y otra cosa es ser movido por ninguna concupiscencia. Debe, pues, el hombre abstenerse de todo deseo ilícito, aunque ame a Dios ahora mucho menos de lo que es posible amarle cuando se haga objeto de vista; así como, en lo tocante a los sentidos corporales, el ojo no puede recibir placer de ninguna clase de tinieblas, aunque sea incapaz de mirar con vista firme en medio de una luz refulgente. Cuidemos solamente de constituir el alma del hombre en este cuerpo corruptible de tal modo que, aunque todavía no haya absorbido y consumido los movimientos de la concupiscencia terrena en aquella perfección sobreeminente del amor de Dios, con todo, en aquella justicia inferior a la que nos hemos referido, no dé su consentimiento a la dicha concupiscencia para realizar cosa alguna ilícita. Así, pues, respecto de aquella vida inmortal, es aplicable aun ahora el mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas;» [] pero en referencia a la vida presente, el siguiente: «No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que le obedezcáis en sus concupiscencias.» [] A aquél, por otra parte, pertenece: «No codiciarás;» [] a éste: «No irás tras tus concupiscencias.» [Sirácide 18:30] A aquél atañe no buscar nada más que continuar en su estado perfecto; a éste corresponde obrar activamente el deber que se le ha confiado, y esperar como recompensa la perfección de la vida futura— de modo que en aquél el justo viva para siempre a la vista de aquella felicidad que en esta vida fue el objeto de su deseo; en éste, viva por aquella fe en la que descansa su deseo de la beatitud última como fin cierto. (Siendo así las cosas, será pecado en el hombre que vive por la fe consentir jamás en un deleite ilícito— cometiendo no sólo hechos espantosos y crímenes, sino aun faltas triviales; pecaminoso, si presta oído a una palabra que no debe escucharse, o lengua a una frase que no debería proferirse; pecaminoso, si abriga un pensamiento en su corazón de tal manera que desee que un placer malo sea lícito, aunque sabido como ilícito por el mandamiento,— pues esto equivale a consentir en el pecado, que ciertamente se ejecutaría en acto si el temor del castigo no lo impidiera.) ¿Acaso tales justos, mientras viven por la fe, no necesitan decir: «¿Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores?» [] ¿Y prueban que es falso lo que está escrito: «¿En tu vista no será justificado todo viviente?» y esto: «¿Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros?» [] y: «No hay hombre que no peque;» [] y de nuevo: «No hay en la tierra hombre justo que haga el bien y no peque» [Sirácide 7:21] (pues ambas expresiones están dichas en sentido general futuro— «no peca,» «no pecará,»—, no en tiempo pasado, «no ha pecado»)?— y todos los demás pasajes de este tenor contenidos en la Sagrada Escritura? Puesto que, sin embargo, estos pasajes no pueden ser falsos, se sigue claramente, a mi entender, que cualquiera que sea la calidad o extensión de la justicia que podamos atribuir de modo definido a la vida presente, no hay hombre que viva en ella absolutamente libre de todo pecado; y que es necesario que cada uno dé, para que se le dé; y perdone, para que se le perdone; [] y que cualquier justicia que tenga, no presuma que la tiene de sí mismo, sino de la gracia de Dios, que le justifica, y que siga teniendo hambre y sed de justicia [] de Aquel que es el pan vivo, [] y con quien está la fuente de la vida; que obra en sus santos, mientras trabajan en medio de la tentación en esta vida, su justificación de tal manera que tenga todavía algo que impartirles liberalmente cuando pidan, y algo que perdonarles misericordiosamente cuando confiesen.

    Capítulo 66.— Aunque la justicia perfecta no se halle aquí en la tierra, no es sin embargo imposible

    Cap. 66

    Mas hallen los objetores, si pueden, algún hombre que, viviendo bajo el peso de esta corrupción, no tenga ya nada que Dios deba perdonarle; a no ser que reconozcan que tal individuo ha sido ayudado en la consecución de su buen carácter no meramente por la enseñanza de la ley que Dios dio, sino también por la infusión del Espíritu de gracia— incurrirán en la acusación de impiedad misma, no de este o aquel pecado particular. Por supuesto, de ningún modo son capaces de descubrir a tal hombre, si reciben de manera adecuada el testimonio de las divinas Escrituras. Con todo, no debe en modo alguno decirse que a Dios le falte la posibilidad de asistir de tal manera la voluntad del hombre, que pueda realizarse en todos los respectos aun ahora en un hombre, no sólo aquella justicia que es por la fe, [] sino también aquella según la cual habremos de vivir para siempre en la visión misma de Dios. Porque si Él quisiera ahora que esto corruptible en algún hombre particular se vistiera de incorrupción, [] y mandarle vivir así entre hombres mortales (sin estar él mismo destinado a morir), de modo que su naturaleza vieja fuera entera y completamente retirada, y no hubiera ninguna ley en sus miembros que combatiera contra la ley de su mente, [] —más aún, que descubriera a Dios presente en todas partes, como los santos le conocerán y contemplarán en el futuro—, ¿quién se atreverá locamente a afirmar que esto es imposible? Preguntan, sin embargo, los hombres por qué no hace Él esto; pero quienes plantean la cuestión no consideran debidamente el hecho de que son humanos. Estoy completamente cierto de que, así como nada es imposible para Dios [], así también no hay iniquidad en Él. [] Igualmente seguro estoy de que Él resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. [] Sé también que a aquel que tenía un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que le abofeteara, para que no se ensalzara desmedidamente, se le dijo, cuando rogó a Dios que se lo quitara una, dos, y aun tres veces: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» [] Hay, por tanto, en las profundidades ocultas de los juicios de Dios, cierta razón por la cual toda boca, aun de los justos, debe cerrarse para su propia alabanza, y abrirse sólo para la alabanza de Dios. Pero cuál sea esta cierta razón, ¿quién puede escudriñarla, quién investigarla, quién conocerla? Así, «¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le sea recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea gloria por los siglos. Amén.» []
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    En las Retractaciones (II, 37), que se reproducen al comienzo, Agustín se limita a recordar la ocasión del libro, a decir que en él disputó «denodadamente» contra quienes se oponen a la gracia que justifica y a aclarar el sentido de una sola expresión, las «ceremonias de ciertos alimentos». Holmes advierte, en el prefacio al primer volumen de Edimburgo, que las Retractaciones son «breves y escasas» en todos los tratados de ese volumen.
    El editor del NPNF, B. B. Warfield, resume el alcance del libro en términos suyos, que son una lectura de comentarista y no una cita de Agustín: afirmar que la enseñanza de la ley, sola, mata, tocaba la raíz del pelagianismo, porque entonces la «gracia» que Pelagio ofrecía (el libre albedrío y la ley que indica el camino) solo podía destruir. Warfield añade que Agustín no dice por ello que la ley sea mala ni que la voluntad quede anulada: la ley sirve para que el hombre sienta su perdición y busque el socorro, y la voluntad queda libre cuando la gracia la libera. La fórmula del propio libro, en el Cap. 22, es la de las dos leyes: la de las obras dice «Haz lo que te mando»; la de la fe dice «Dame lo que me mandas». Warfield cita además la opinión del canónigo Bright, para quien este libro es, después de las Confesiones, de los que más dicen del pensamiento de Agustín sobre la relación del alma con Dios.
    Tres pasajes piden cautela al leerlos: el Cap. 3, donde Agustín tolera todavía la opinión de que alguien haya vivido sin pecado, que más tarde combatió; los Cap. 43–48, donde lee a los gentiles de Romanos 2:14-15 como creyentes; y los Cap. 52–60, donde la fe es a la vez acto del hombre y don de Dios. El primero lleva una nota en esta edición; el último, la lectura de Warfield, atribuida a él.
    Límites. La fecha del libro (412) la dan el NPNF y varias fuentes, y una de ellas (Wikipedia, «Pelagius») dice 414; no hay fecha en el texto. Del destinatario consta lo que dicen el propio libro, el NPNF y Wikipedia. La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; el cotejo con el inglés no halló errores de letras ni párrafos sin traducir, pero conviene cotejar las citas antes de usarlas en un trabajo. Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan, con su enlace; cuando difieren (la fecha, la ficha del volumen), se dice cuál se sigue.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; su manual de la fe, la esperanza y la caridad, el Enquiridión, que trata de la gracia, del pecado original y del libre albedrío con el trasfondo pelagiano; y su método de lectura de la Escritura, Sobre la doctrina cristiana.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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