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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 1 [I.] — La ocasión de publicar esta obra; qué es la justicia de Dios
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4 [IV.] — Gracia gratuita
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9 [VIII.] — Incluso aquellos que no pudieron ser justificados son condenados
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 13 [XII.] — El alcance y propósito de las amenazas de la ley; «Perfectos caminantes.»
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 17 [XVI.] — Continuación de la explicación de este texto
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 21 [XIX.] — Pelagio niega que la naturaleza humana haya sido depravada o corrompida por el pecado
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 24 [XXII.] — El pecado y la pena del pecado son lo mismo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 26 [XXIV.] — Cristo murió por su propio poder y elección
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 30 [XXVII.] — El pecado es quitado por el pecado
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 34 [XXX.] — El pecado del hombre es suyo propio, pero necesita la gracia para su curación
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 37 [XXXIII.] — El no tener pecado en absoluto no pone al hombre en igualdad con Dios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 42 [XXXVI.] — La Bienaventurada Virgen María pudo haber vivido sin pecado. Ninguno de los santos, además de ella, estuvo sin pecado
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 46 [XXXIX.] — ¿Seguiremos la Escritura, o añadiremos a sus declaraciones?
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 48 [XLI.] — Cómo ha de entenderse el término «Todos»
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 52. — Toda la discusión versa sobre la gracia
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 56 [XLVIII.] — La asistencia de la gracia en una naturaleza perfecta
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 60 [LII.] — Pelagio admite «carne contraria» en los no bautizados
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 63 [LIV.] — ¿Crea Dios cosas contrarias?
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 66. — Las obras, no la sustancia, de la «carne» opuestas al «Espíritu.»
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 70 [LX.] — Si algún hombre está sin pecado en esta vida
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 72 [LXI.] — Hilario. Bienaventurados los limpios de corazón. El hacer y perfeccionar la justicia
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 76 [LXIV.] — Juan de Constantinopla
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 80 [LXVII.] — El propio Agustín. Dos modos por los cuales los pecados, al igual que las enfermedades, se evitan
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 82 [LXVIII.] — Cómo exhortar a los hombres a la fe, al arrepentimiento y al progreso

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre la naturaleza y la gracia

    Texto base: Peter Holmes (trad.), en St. Augustin: Anti-Pelagian Writings, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5, ed. Philip Schaff (traducción revisada por Benjamin B. Warfield) · 84 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Peter Holmes; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 150 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Dos jóvenes, Timasio y Santiago, habían dejado las esperanzas del mundo por la vida ascética a instancias de Pelagio, y este les había dado un libro. Al leer algunos escritos de Agustín sobre la gracia empezaron a sospechar que el libro iba contra ella, y se lo llevaron al obispo de Hipona para que lo contestara. La respuesta es este tratado. Agustín lo lee con atención y con cortesía, elogia el celo de su autor contra los que acusan a la naturaleza de sus propios pecados y, sin nombrarlo, le discute cuanto concede: que la naturaleza humana no quedó dañada por el pecado de Adán, que el hombre puede por su naturaleza no pecar y que la «gracia» es esa capacidad con que Dios creó la naturaleza (Cap. 21, 59, 69). Frente a eso defiende, en palabras suyas, una gracia que no se opone a la naturaleza, sino que «libera y gobierna» la naturaleza (Retractaciones, II, 42).
    El libro tiene 84 capítulos de extensión muy desigual y sigue, por lo general, el orden del libro de Pelagio, del que cita largos tramos. Según los títulos de los capítulos, los seis primeros plantean la cuestión (la justicia de Dios, la naturaleza creada sana y luego herida, la gracia gratuita); del 7 al 70 Agustín va respondiendo al libro, entre otros puntos sobre la distinción entre lo posible y lo real (Cap. 8–9), la naturaleza viciada (Cap. 21–24), los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento a quienes Pelagio tenía por sin pecado (Cap. 40–45), el poder y su uso (Cap. 53–59) y la «carne contraria» de Gálatas 5:17 (Cap. 60–70); del 71 al 81 examina los testimonios de autores católicos que Pelagio había reunido (Lactancio, Hilario, Ambrosio, Juan de Constantinopla, Xisto, Jerónimo y el propio Agustín); y del 82 al 84 el libro termina con el amor que el Espíritu derrama en los corazones. Es una lectura del editor sobre los títulos del libro, apoyada en el resumen de B. B. Warfield en el NPNF, que sitúa la cita de los autores antiguos hacia el final y el elogio del amor en los últimos capítulos.
    Barra horizontal con los 84 capítulos del libro, de anchura proporcional a su extensión, en cuatro bloques: planteamiento (1 a 6), respuesta al libro de Pelagio (7 a 70, con marcas en los capítulos 8, 21, 42, 53 y 60), testimonios de autores católicos (71 a 81) y el amor (82 a 84)
    Los 84 capítulos por extensión y sus cuatro tramos. Los tramos y las marcas son una lectura del editor sobre los títulos de los capítulos y el resumen del NPNF. · Elaboración propia para Eusebeia · recuento de palabras de la versión castellana; tramos según los títulos de los capítulos y el resumen de B. B. Warfield (NPNF, vol. 5)

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloSobre la naturaleza y la gracia (en latín, De natura et gratia; en inglés, On Nature and Grace). La edición de Holmes añade contra Pelagium, ad Timasium et Jacobum («contra Pelagio, a Timasio y Santiago»)
    Fecha415. La dan la edición de Holmes («scriptus anno Christi 415») y el NPNF, que se apoya en la carta 169 a Evodio, de ese año, donde Agustín lo nombra como el último de varios tratados escritos ese año, y en que Orosio salió hacia Palestina en la primavera de 415 con la obra empezada y sin terminar. La bibliografía de Agustín de Wikipedia la fecha entre 413 y 417
    DestinatariosTimasio y Santiago (Timasius y Jacobus), «hijos» a quienes Agustín llama amados en el primer párrafo; el NPNF los describe como jóvenes de familia honorable y buena educación
    GéneroTratado polémico: respuesta capítulo a capítulo a un libro de Pelagio, sin dar el nombre de su autor
    Extensión84 capítulos, unas 25 700 palabras de texto en esta edición (sin los títulos)
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Peter Holmes; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Peter Holmes. Holmes la publicó en el primer volumen de la edición inglesa de los tratados antipelagianos de Agustín (T. & T. Clark, Edimburgo), con una dedicatoria fechada en Mannamead, Plymouth, el 10 de marzo de 1872. Según su prefacio, aquel volumen traducía por primera vez al inglés cinco de los quince tratados de Agustín sobre la controversia pelagiana, entre ellos este, que el prefacio titula De natura et gratia contra Pelagium, ad Timasium et Jacobum; liber unus, scriptus anno Christi 415. Esa versión se reimprimió en el volumen 5 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editada por Philip Schaff. El prefacio de la edición americana advierte de que el texto se cotejó con el latín «en cada página» y se corrigió «en más exacta conformidad con su sentido», sin dejar de ser «la traducción de Edimburgo»: mejorada en parte, pero esencialmente la misma. Añade que la versión de este mismo tratado que habían publicado en Londres Woods y Johnston, dos eruditos de Oxford, llegó a América demasiado tarde para servir al editor. Una nota al final del índice dice que los tratados marcados con asterisco son de Wallis y los demás de Holmes; este no lleva asterisco. New Advent atribuye todo el volumen a Holmes y Wallis, «revisado por Benjamin B. Warfield»: es la autoría del volumen, no la de este tratado. New Advent da la edición como Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1887; la ficha de CCEL, como Nueva York, 1886.
    El inglés de partida de esta edición coincide con el que publica New Advent, revisado por Kevin Knight, que moderniza formas como cometh en «comes» (la copia de CCEL conserva «cometh»). Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo una aplicación (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano ni nadie la ha revisado frase a frase. Al comienzo, antes del tratado, la edición reproduce el extracto de las Retractaciones en que Agustín reseña el libro, con el texto del epub:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Retractaciones · II, 42
    En aquel tiempo también llegó a mis manos cierto libro de Pelagio, en el que defiende, con toda la habilidad argumentativa que pudo reunir, la naturaleza del hombre, en oposición a la gracia de Dios por la cual el impío es justificado y nos convertimos en cristianos. Al tratado que contiene mi respuesta a él, y en el que defiendo la gracia, no ciertamente como opuesta a la naturaleza, sino como aquello que libera y gobierna la naturaleza, lo he titulado Sobre la naturaleza y la gracia. En esta obra, ciertos breves pasajes, que fueron citados por Pelagio como palabras del obispo y mártir romano Xisto, fueron vindicados por mí como si realmente fueran palabras de este Sixto. Pues en aquel tiempo así lo pensaba; pero después descubrí que Sexto el filósofo pagano, y no Xisto el obispo cristiano, era su autor. Este tratado mío comienza con las palabras: 'El libro que me enviasteis.'"
    Lo que viene de la edición. Los 84 capítulos y sus títulos son los de la edición inglesa; los títulos son de la edición, no de Agustín. Los números de capítulo son los que dan los localizadores («Cap. 42»). Los números romanos entre corchetes que acompañan a algunos títulos («Capítulo 1 [I.]») parecen ser los de los capítulos de la edición benedictina, que el volumen conserva en parte; el [LXI.] aparece tanto en el Cap. 71 como en el 72, igual que en CCEL y en New Advent, y varios capítulos no llevan número romano. Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición. El epub de partida no trae las notas al pie del NPNF.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 84 capítulos y los mismos 88 párrafos que el inglés de partida, y su largo total es el 101 % del inglés (entre 0,8 y 1,25 en cada párrafo). No quedan párrafos ni palabras sin traducir, y el vocabulario no muestra erratas, con una excepción de nombre: donde el inglés dice «Timasius and Jacobus» (Cap. 1), la traducción dice «Timoteo y Santiago». Timasius no es Timoteo; en las notas y en la ficha se le llama Timasio, y el texto traducido no se ha corregido. Es, aun así, traducción automática.

    Capítulo 1 [I.] — La ocasión de publicar esta obra; qué es la justicia de Dios

    Cap. 1

    El libro que me enviasteis, amados hijos míos, Timoteo y Santiago, lo he leído apresuradamente, pero no con indiferencia, omitiendo tan sólo los pocos puntos que son bastante claros para todos; y vi en él a un hombre inflamado con el más ardiente celo contra aquellos que, cuando en sus pecados deberían censurar la voluntad humana, se apresuran más a acusar la naturaleza de los hombres, y así tratan de excusarse a sí mismos. Muestra demasiado fuego contra este mal, que incluso autores de literatura secular han censurado severamente con la exclamación: «¡El género humano se queja falsamente de su propia naturaleza!» Este mismo sentimiento lo ha insistido fuertemente vuestro autor, con todas las fuerzas de su talento. Temo, sin embargo, que ayudará principalmente a aquellos «que tienen celo por Dios, pero no conforme a conocimiento,» quienes, «ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer su propia justicia, no se han sujetado a la justicia de Dios.» [] Ahora, qué es la justicia de Dios, de la que se habla aquí, lo explica inmediatamente después añadiendo: «Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree.» [] Esta justicia de Dios, por tanto, no está en el mandamiento de la ley, que excita temor, sino en la ayuda proporcionada por la gracia de Cristo, a la cual solamente el temor de la ley, como de un pedagogo, [] conduce útilmente. Ahora, el hombre que entiende esto entiende por qué es cristiano. Pues «Si la justicia viniera por la ley, entonces Cristo murió en vano.» [] Pero si Él no murió en vano, sólo en Él es justificado el impío, y a él, al creer en Aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia. [] Porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su sangre. [] Pero todos aquellos que no se consideran pertenecientes a los «todos que pecaron y están destituidos de la gloria de Dios,» ciertamente no tienen necesidad de hacerse cristianos, porque «los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos;» [] de donde proviene que Él no vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. []
    Comentario editorial · Timasio y Santiago, y un libro sin nombre de autor
    Según Warfield (NPNF), Timasio y Santiago eran dos jóvenes de familia honorable y buena educación que, exhortados por Pelagio, habían dejado las esperanzas del mundo por la vida ascética. Pelagio les había dado un libro; al leer escritos de Agustín sobre la gracia notaron que el libro iba contra ella, se lo entregaron al obispo y le pidieron que lo contestara. Era Sobre la naturaleza, de Pelagio: según Wikipedia, Agustín cita partes de él en este tratado. Agustín no nombra a Pelagio (el Cap. 7 lo anuncia), y el NPNF recuerda la razón que da en su carta 186 a Paulino: no irritarlo hasta hacer más incurable su oposición, pues esperaba serle útil. Los jóvenes le contestaron con una carta de agradecimiento (Actas de Pelagio, 48).

    Capítulo 2 [II.] — La fe en Cristo no es necesaria para la salvación, si un hombre sin ella puede llevar una vida justa

    Cap. 2

    Por lo tanto, la naturaleza del género humano, generada de la carne del único transgresor, si es autosuficiente para cumplir la ley y para perfeccionar la justicia, debería estar segura de su recompensa, es decir, de la vida eterna, incluso si en alguna nación o en algún tiempo anterior la fe en la sangre de Cristo le fue desconocida. Pues Dios no es tan injusto como para defraudar a las personas justas de la recompensa de la justicia, porque no se les ha anunciado el misterio de la divinidad y humanidad de Cristo, que fue manifestado en carne. [] Pues ¿cómo podrían creer lo que no habían oído; o cómo podrían oír sin predicador? [] Porque «la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo.» Pero digo (añade él): ¿No han oído? «Sí, verdaderamente; su sonido salió por toda la tierra, y sus palabras hasta los confines del mundo.» [] Antes, sin embargo, de que todo esto se hubiera cumplido, antes de que la predicación actual del evangelio alcance los confines de toda la tierra— porque hay algunas naciones remotas todavía (aunque se dice que son muy pocas) a las que el evangelio predicado no ha llegado— ¿qué debe hacer la naturaleza humana, o qué ha hecho— pues o no había oído que todo esto iba a suceder, o no ha aprendido aún que se cumplió— sino creer en Dios que hizo el cielo y la tierra, por quien también percibió por naturaleza que ella misma había sido creada, y llevar una vida recta, y así cumplir su voluntad, sin instrucción alguna en la fe en la muerte y resurrección de Cristo? Bien, si esto pudo hacerse, o aún puede hacerse, entonces por mi parte tengo que decir lo que el apóstol dijo respecto a la ley: «Entonces Cristo murió en vano.» [] Pues si dijo esto acerca de la ley, que sólo la nación de los judíos recibió, cuánto más justamente puede decirse de la ley de naturaleza, que toda la raza humana ha recibido: «Si la justicia viene por naturaleza, entonces Cristo murió en vano.» Si, sin embargo, Cristo no murió en vano, entonces la naturaleza humana de ninguna manera puede ser justificada y redimida de la ira justísima de Dios— en una palabra, del castigo— excepto por la fe y el sacramento de la sangre de Cristo.

    Capítulo 3 [III.] — La naturaleza fue creada sana y entera; después fue corrompida por el pecado

    Cap. 3

    La naturaleza del hombre, ciertamente, fue creada al principio sin defecto y sin pecado alguno; pero esa naturaleza del hombre en la que cada uno nace de Adán, ahora necesita al Médico, porque no está sana. Todas las buenas cualidades, sin duda, que aún posee en su constitución, vida, sentidos, intelecto, las tiene del Dios Altísimo, su Creador y Hacedor. Pero la falta que oscurece y debilita todos esos bienes naturales, de modo que tiene necesidad de iluminación y sanidad, no la ha contraído de su Creador sin culpa— sino de aquel pecado original, que cometió por libre albedrío. Por consiguiente, la naturaleza criminal tiene su parte en el castigo justísimo. Pues, si ahora somos nuevas criaturas en Cristo, [] éramos, a pesar de todo, hijos de ira, así como los demás, [] «pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo, por cuya gracia fuimos salvos.» []

    Capítulo 4 [IV.] — Gracia gratuita

    Cap. 4

    Esta gracia, sin embargo, de Cristo, sin la cual ni los infantes ni los adultos pueden salvarse, no se otorga por méritos, sino que se da gratis, por cuya razón también se llama gracia. «Siendo justificados,» dice el apóstol, «gratuitamente por su sangre.» [] De donde aquellos que no son liberados por la gracia, ya sea porque aún no pueden oír, o porque no quieren obedecer; o también porque no recibieron, en el tiempo en que por su juventud no podían oír, aquel baño de la regeneración, que podrían haber recibido y por el cual podrían haberse salvado, son ciertamente justamente condenados; porque no están sin pecado, ya sea el que han heredado de su nacimiento, o el que han añadido por su propia mala conducta. «Porque todos pecaron» — ya sea en Adán o en sí mismos— «y están destituidos de la gloria de Dios.» []

    Capítulo 5 [V.] — Fue cuestión de justicia que todos fueran condenados

    Cap. 5

    Toda la masa, por tanto, incurre en pena; y si el castigo merecido de la condenación se aplicara a todos, sin duda se aplicaría justamente. Aquellos, por consiguiente, que son liberados de ella por la gracia, son llamados, no vasos de sus propios méritos, sino «vasos de misericordia.» [] ¿Mas de qué misericordia, sino de Aquel que envió a Cristo Jesús al mundo para salvar a los pecadores, a quienes conoció de antemano, y predestinó, y llamó, y justificó, y glorificó? [] Ahora, ¿quién podría estar tan locamente demente como para no dar gracias inefables a la Misericordia que libera a quien quiere? El hombre que apreciara correctamente todo el asunto no podría en modo alguno culpar la justicia de Dios por condenar totalmente a todos los hombres cualesquiera.

    Capítulo 6 [VI.] — Los pelagianos tienen mentes muy fuertes y activas

    Cap. 6

    Si somos simplemente sabios según las Escrituras, no estamos obligados a disputar contra la gracia de Cristo, y a hacer afirmaciones que intenten mostrar que la naturaleza humana no requiere Médico alguno— en los infantes, porque está entera y sana; y en los adultos, porque es capaz de bastarse a sí misma para alcanzar la justicia, si quiere. Los hombres sin duda parecen proponer opiniones agudas sobre estos puntos, pero es sólo sabiduría de palabras, [] por la cual la cruz de Cristo es inutilizada. Sin embargo, ésta «no es la sabiduría que desciende de lo alto.» [] Las palabras que siguen en la afirmación del apóstol no quiero citarlas; pues preferiríamos no ser considerados como que hacemos injusticia a nuestros amigos, cuyas mentes muy fuertes y activas lamentaríamos ver correr en un curso perverso, en lugar de recto.

    Capítulo 7 [VII.] — Procede a refutar la obra de Pelagio; se abstiene por ahora de mencionar el nombre de Pelagio

    Cap. 7

    Por muy ardiente, pues, que sea el celo que el autor del libro que me habéis enviado tiene contra aquellos que encuentran defensa para sus pecados en la debilidad de la naturaleza humana; no menos, más aún mucho mayor, debería ser nuestro afán en impedir todo intento de inutilizar la cruz de Cristo. Pero se inutiliza si se sostiene que por cualquier otro medio que no sea el propio sacramento de Cristo es posible alcanzar la justicia y la vida eterna. Esto se hace realmente en el libro al que me refiero— no diré por su autor a sabiendas, para no expresar el juicio de que ni siquiera debería ser considerado cristiano, sino, como más bien creo, inconscientemente. Lo ha hecho, sin duda, con mucho poder; sólo deseo que la habilidad que ha mostrado fuera sana y menos semejante a la que los dementes suelen exhibir.

    Capítulo 8. — Una distinción trazada por Pelagio entre lo posible y lo real

    Cap. 8

    Pues en primer lugar hace una distinción: «Una cosa es,» dice él, «indagar si una cosa puede ser, lo que atañe sólo a su posibilidad; y otra cosa, si es o no es.» Esta distinción, nadie lo duda, es bastante verdadera; pues se sigue que todo lo que es, pudo ser; pero no se sigue por ello que lo que puede ser, también sea. Nuestro Señor, por ejemplo, resucitó a Lázaro; incuestionablemente pudo hacerlo. Pero puesto que no resucitó a Judas, ¿debemos por eso sostener que no pudo hacerlo? Ciertamente pudo, pero no quiso. Pues si hubiera querido, también habría podido efectuarlo. Porque el Hijo da vida a los que quiere. [] Observa, sin embargo, lo que quiere decir con esta distinción, verdadera y manifiesta en sí misma, y lo que trata de sacar de ella. «Tratamos,» dice él, «sólo de la posibilidad; y pasar de esto a otra cosa, excepto en el caso de algún hecho cierto, lo consideramos un proceso muy serio y extraordinario.» Esta idea la da vueltas una y otra vez, de muchas maneras y con gran extensión, de modo que nadie supondría que indagaba sobre otro punto que la posibilidad de no cometer pecado. Entre los muchos pasajes en los que trata de este asunto, ocurre el siguiente: «Repito una vez más mi posición: digo que es posible que un hombre esté sin pecado. ¿Qué dices tú? ¿Que es imposible que un hombre esté sin pecado? Pero no digo,» añade él, «que haya un hombre sin pecado; ni tú dices que no haya un hombre sin pecado. Nuestra contienda es sobre lo que es posible y no posible; no sobre lo que es y no es.» Luego enumera ciertos pasajes de la Escritura, que suelen alegarse en contra de ellos, e insiste en que no tienen nada que ver con la cuestión realmente en disputa, sobre la posibilidad o imposibilidad de que un hombre esté sin pecado. Esto es lo que dice: «Ningún hombre ciertamente está limpio de contaminación; y, No hay hombre que no peque; y, No hay justo sobre la tierra; y, No hay quien haga el bien. Hay estos y pasajes semejantes en la Escritura,» dice él, «pero dan testimonio del punto de no ser, no de no poder ser; pues por testimonios de esta clase se muestra qué clase de personas fueron ciertos hombres en tal o cual tiempo, no que no pudieran ser algo distinto. De donde se les halla justamente culpables. Si, sin embargo, hubieran sido de tal carácter, simplemente porque no podían ser otra cosa, están libres de culpa.»

    Capítulo 9 [VIII.] — Incluso aquellos que no pudieron ser justificados son condenados

    Cap. 9

    Mira lo que ha dicho. Yo, sin embargo, afirmo que un infante nacido en un lugar donde no le fue posible ser admitido al bautismo de Cristo, y siendo alcanzado por la muerte, fue puesto en tales circunstancias, es decir, murió sin el baño de la regeneración, porque no le fue posible ser de otra manera. Por lo tanto, él lo absolvería, y, a pesar de la sentencia del Señor, le abriría el reino de los cielos. Pero el apóstol no lo absuelve, cuando dice: «Por un hombre el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte; por la cual la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.» [] Con razón, por tanto, en virtud de aquella condenación que corre por toda la masa, no es admitido en el reino de los cielos, aunque no sólo no era cristiano, sino que no podía llegar a serlo.

    Capítulo 10 [IX.] — No pudo ser justificado quien no había oído el nombre de Cristo; inutilizar la cruz de Cristo

    Cap. 10

    Pero dicen: «No es condenado; porque la afirmación de que todos pecaron en Adán no se hizo a causa del pecado que se deriva del nacimiento, sino a causa de la imitación de él.» Si, por tanto, se dice que Adán es el autor de todos los pecados que siguieron al suyo, porque fue el primer pecador del género humano, entonces ¿cómo es que Abel, y no Cristo, no es puesto a la cabeza de todos los justos, porque fue el primer hombre justo? Pero no estoy hablando del caso de un infante. Tomo el ejemplo de un joven, o de un anciano, que ha muerto en una región donde no pudo oír el nombre de Cristo. Bien, ¿podría tal hombre haberse hecho justo por naturaleza y libre albedrío; o no podría? Si sostienen que pudo, entonces mira lo que es inutilizar la cruz de Cristo, [] sostener que cualquier hombre sin ella puede ser justificado por la ley de naturaleza y el poder de su voluntad. También aquí podemos decir: entonces Cristo murió en vano [] por cuanto todos podrían lograr tanto como esto, incluso si Él nunca hubiera muerto; y si fueran injustos, lo serían porque quisieron serlo, no porque no pudieran ser justos. Pero aunque un hombre no pudiera ser justificado en absoluto sin la gracia de Cristo, él lo absolvería, si se atreviera, de acuerdo con sus palabras, al efecto de que, «si un hombre fuera de tal carácter, porque no pudo posiblemente haber sido de otro, estaría libre de toda culpa.»

    Capítulo 11 [X.] — La gracia sutilmente reconocida por Pelagio

    Cap. 11

    Luego plantea una objeción contra su propia postura, como si, en efecto, otra persona la hubiera suscitado, y dice: "Un hombre", dirás, "puede posiblemente estar [sin pecado]; pero es por la gracia de Dios".» Entonces añade inmediatamente lo siguiente, como respondiendo a su propia sugerencia: «Te agradezco tu bondad, porque no te contentas con retirar tu oposición a mi afirmación, que hace poco impugnabas, o apenas con reconocerla; sino que llegas incluso a aprobarla. Pues decir: "Un hombre puede posiblemente, pero por esto o por aquello", no es en realidad otra cosa que no solo asentir a su posibilidad, sino también mostrar el modo y la condición de su posibilidad. Nadie, por tanto, asiente mejor a la posibilidad de algo que aquel que admite la condición de ello; porque, sin la cosa misma, no es posible que exista una condición.» Después de esto, plantea otra objeción contra sí mismo: «Pero, dirás, "aquí pareces rechazar la gracia de Dios, en cuanto ni siquiera la mencionas";» y luego responde a la objeción: «Ahora bien, ¿soy yo quien rechaza la gracia, al reconocer la cosa debo necesariamente confesar también los medios por los que puede efectuarse, o tú, que al negar la cosa indudablemente niegas también cualesquiera que sean los medios por los cuales se realiza la cosa?» Olvidó que ahora respondía a uno que no niega la cosa, y cuya objeción acababa de exponer en estas palabras: «Un hombre puede posiblemente estar [sin pecado]; pero es por la gracia de Dios.» ¿Cómo, pues, niega aquel hombre la posibilidad, en cuya defensa su adversario contiende ardientemente, cuando hace a ese adversario la concesión de que «la cosa es posible, pero solo por la gracia de Dios?» Sin embargo, que después de ser despachado quien ya reconoce lo esencial, todavía tenga una cuestión contra los que sostienen la imposibilidad de que un hombre esté sin pecado, ¿qué nos importa a nosotros? Que dirija sus preguntas contra los adversarios que quiera, con tal de que confiese esto, lo cual no puede negarse sin la más criminal impiedad: que sin la gracia de Dios un hombre no puede estar sin pecado. Dice, en efecto: «Ya confiese que es por gracia, o por ayuda, o por misericordia, sea lo que sea aquello por lo cual un hombre puede estar sin pecado, todos reconocen la cosa misma.»

    Capítulo 12 [XI.] — En nuestras discusiones sobre la gracia no hablamos de aquello que se refiere a la constitución de nuestra naturaleza, sino de su restauración

    Cap. 12

    Confieso a vuestra caridad que, cuando leí esas palabras, me llené de una súbita alegría, porque no negó la gracia de Dios, por la cual solamente puede un hombre ser justificado; pues es esto lo que principalmente detesto y temo en discusiones de este género. Pero cuando continué leyendo lo demás, empecé a tener mis sospechas, ante todo, por los símiles que emplea. Pues dice: «Si yo dijera que el hombre es capaz de disputar, que un ave es capaz de volar, que una liebre es capaz de correr, sin mencionar a la vez los instrumentos por los cuales pueden realizarse estos actos —es decir, la lengua, las alas y las patas—, ¿habría negado entonces las condiciones de las diversas funciones, cuando reconocía las funciones mismas?» Al momento es evidente que aquí ha puesto ejemplos de cosas que son eficientes por naturaleza; pues los miembros de la estructura corporal que aquí se mencionan son creados con naturalezas de tal índole: la lengua, las alas, las patas. No ha puesto aquí ninguna cosa tal como la que deseamos que se entienda por gracia, sin la cual ningún hombre es justificado; pues este es un tema que se refiere a la curación, no a la constitución, de las funciones naturales. Abrigando, pues, algunos temores, procedí a leer todo lo restante, y pronto descubrí que mis sospechas no habían carecido de fundamento.

    Capítulo 13 [XII.] — El alcance y propósito de las amenazas de la ley; «Perfectos caminantes.»

    Cap. 13

    Pero antes de continuar, mira lo que ha dicho. Al tratar la cuestión sobre la diferencia de pecados, y planteando como objeción contra sí mismo lo que algunos alegan, «que algunos pecados son leves por su misma frecuencia, pues su constante irrupción hace imposible que se eviten todos ellos», negó entonces que fuera «propio censurarlos incluso como ofensas leves, si no pueden evitarse por completo». Por supuesto, no advierte las Escrituras del Nuevo Testamento, en las cuales aprendemos que la intención de la ley en su censura es esta: que, a causa de las transgresiones que cometen los hombres, huyan en busca de refugio a la gracia del Señor, que tiene misericordia de ellos— «el pedagogo» [] «encerrándolos hasta la misma fe que había de revelarse después» []; para que por ella sus transgresiones sean perdonadas, y luego no se cometan de nuevo, por la gracia asistente de Dios. El camino, en verdad, pertenece a todos los que progresan en él; aunque son los que avanzan bien los que son llamados «caminantes perfectos». Aquella, sin embargo, es la cumbre de la perfección que no admite adición, cuando la meta a la que tienden los hombres ha comenzado a ser poseída.

    Capítulo 14 [XIII.] — Refutación de Pelagio

    Cap. 14

    Pero la verdad es que la cuestión que se le propone— «¿Eres tú mismo, acaso, sin pecado?» — no pertenece realmente al tema en disputa. Lo que, sin embargo, dice—que «más bien ha de imputarse a su propia negligencia el no estar sin pecado»—está sin duda bien dicho; pero entonces debería considerar su deber orar a Dios para que esta negligencia defectuosa no se enseñoree de él—la oración que cierto hombre elevó una vez, cuando dijo: «Ordena mis pasos conforme a tu palabra, y que ninguna iniquidad se enseñoree de mí»—, no sea que, confiando en su propia diligencia como en su propia fuerza, deje de alcanzar la verdadera justicia, ya por este camino, ya por aquel otro método en el cual, sin duda, la justicia perfecta ha de desearse y esperarse.

    Capítulo 15 [XIV.] — No todo [de la verdad doctrinal] está escrito en la Escritura con tantas palabras

    Cap. 15

    Aquello también que se le dice— «que en ninguna parte está escrito con tantas palabras: "Un hombre puede estar sin pecado"— lo refuta fácilmente así: «que la cuestión aquí no está en las palabras precisas con que se formula cada afirmación doctrinal». Quizá no sin razón, mientras que en varios pasajes de la Escritura encontramos dicho que los hombres son inexcusables, en ninguna parte se halla que se describa a hombre alguno como estando sin pecado, excepto solo Aquel de quien se dice claramente que «no conoció pecado» []. De igual modo, leemos en el pasaje donde se trata de los sacerdotes: «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» [] — queriendo decir, por supuesto, en aquella carne que llevaba la semejanza de carne de pecado, aunque no era carne de pecado; semejanza, en verdad, que no habría llevado si no hubiera sido en todo lo demás igual a la carne de pecado. Sin embargo, cómo hemos de entender esto: «Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado; ni puede pecar, porque su simiente permanece en él» [], mientras que el propio apóstol Juan, como si él no hubiera nacido de Dios, o como si se dirigiera a hombres que no habían nacido de Dios, establece esta afirmación: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» [] — ya lo he explicado, con el cuidado que pude, en aquellos libros que escribí a Marcelino sobre este mismo asunto. Además, me parece una interpretación digna de aceptación considerar la cláusula del pasaje antes citado: «Ni puede pecar», como si significara: No debe cometer pecado. Pues ¿quién podría ser tan necio como para decir que el pecado debe cometerse, cuando, de hecho, el pecado es pecado por ninguna otra razón sino porque no debe cometerse?

    Capítulo 16 [XV.] — Pelagio corrompe un pasaje del apóstol Santiago añadiendo una nota de interrogación

    Cap. 16

    Ahora bien, aquel pasaje en el que el apóstol Santiago dice: «Pero la lengua ningún hombre puede domar» [] no me parece susceptible de la interpretación que él quiere darle, cuando lo expone «como si estuviera escrito a modo de reproche; como si dijera: ¿Ningún hombre puede, pues, domar la lengua? Como en un tono de reproche, que diría: Podéis domar bestias salvajes; ¿no podéis domar la lengua? Como si fuera más fácil domar la lengua que subyugar a las bestias salvajes.» No creo que este sea el significado del pasaje. Pues, si hubiera querido dar a entender semejante opinión acerca de la facilidad de domar la lengua, habría seguido en el pasaje una comparación de aquel miembro con las bestias. Sin embargo, tal como está, simplemente continúa diciendo: «La lengua es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal» [] — tal, por supuesto, como es más nociva que la de las bestias y los reptiles. Pues mientras aquella destruye la carne, la otra mata el alma. Pues «La boca que miente mata el alma» []. No es, por tanto, como si esto fuera un logro más fácil que el de domar bestias que Santiago pronunció la afirmación que tenemos delante, o quisiera que otros la pronunciaran; sino que más bien se propone mostrar cuán gran mal es en el hombre su lengua, tan grande, en verdad, que no puede ser domada por hombre alguno, aunque incluso las bestias son domables por los seres humanos. Y dijo esto no con la finalidad de que permitamos, por nuestra negligencia, que continúe en nosotros un mal tan grande, sino para que seamos inducidos a pedir la ayuda de la gracia divina para domar la lengua. Pues no dice: «Nadie puede domar la lengua», sino «Ningún hombre»; para que, cuando sea domada, reconozcamos que se efectúa por la misericordia de Dios, la ayuda de Dios, la gracia de Dios. El alma, por tanto, debe esforzarse por domar la lengua, y mientras se esfuerza debe orar pidiendo ayuda; la lengua también debe rogar por el dominio de la lengua—siendo el domador aquel que dijo a sus discípulos: «No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros» []. Así, somos advertidos por el precepto a hacer esto, a saber, intentarlo y, faltándonos nuestras propias fuerzas, orar pidiendo la ayuda de Dios.

    Capítulo 17 [XVI.] — Continuación de la explicación de este texto

    Cap. 17

    En consecuencia, después de describir enfáticamente el mal de la lengua, diciendo, entre otras cosas: «Hermanos míos, estas cosas no deben ser así» [], inmediatamente, después de terminar algunas observaciones que surgieron de su tema, pasa a añadir este consejo, mostrando con qué ayuda no sucederían esas cosas que (como dijo) no deben ser: «¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en mansedumbre de sabiduría. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad. Esta sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.» [] Esta es la sabiduría que doma la lengua; desciende de lo alto y no brota de corazón humano alguno. ¿Se atreverá, pues, alguien a separarla de la gracia de Dios y con la más arrogante vanidad colocarla en el poder del hombre? ¿Por qué he de orar a Dios para que me sea concedida, si puede obtenerse del hombre? ¿No deberíamos oponernos a esta oración, no sea que se haga injuria al libre albedrío, que se basta a sí mismo en la posibilidad de la naturaleza para cumplir todos los deberes de la justicia? Deberíamos, pues, oponernos también al propio apóstol Santiago, que nos amonesta con estas palabras: «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada» []. Esta es la fe a la cual nos empujan los mandamientos, para que la ley prescriba nuestro deber y la fe lo cumpla. Pues por medio de la lengua, que ningún hombre puede domar, sino solo la sabiduría que desciende de lo alto, «en muchas cosas ofendemos todos» []. Pues esta verdad también la pronunció el mismo apóstol en ningún otro sentido que aquel en que después declara: «La lengua ningún hombre puede domar» [].

    Capítulo 18 [XVII.] — Quiénes pueden decirse que están en la carne

    Cap. 18

    Hay un pasaje que nadie podría oponer a estos textos con el propósito similar de mostrar la imposibilidad de no pecar: «La sabiduría de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» []; pues aquí menciona la sabiduría de la carne, no la sabiduría que viene de lo alto; además, es manifiesto que en este pasaje, por la frase «estar en la carne», se significan no los que aún no han dejado el cuerpo, sino los que viven según la carne. Sin embargo, la cuestión que discutimos no radica en este punto. Pero lo que quiero oír de él, si puedo, es acerca de los que viven según el Espíritu y que por esta razón no están, en cierto sentido, en la carne, incluso mientras viven aquí—si ellos, por la gracia de Dios, viven según el Espíritu, o se bastan a sí mismos, habiéndoseles otorgado la capacidad natural cuando fueron creados, y además su propia voluntad. En tanto que el cumplimiento de la ley no es otra cosa que el amor []; y el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, no por nosotros mismos, sino por el Espíritu Santo que nos ha sido dado [].

    Capítulo 19. — Pecados de ignorancia; a quiénes Dios da sabiduría cuando la piden

    Cap. 19

    Además trata de los pecados de ignorancia, y dice que «el hombre debe ser muy cuidadoso en evitar la ignorancia; y que la ignorancia es reprochable por esta razón: porque es por su propia negligencia que un hombre ignora aquello que ciertamente habría sabido si hubiera aplicado diligencia»; mientras que prefiere disputar todas las cosas antes que orar y decir: «Dame entendimiento, para que aprenda tus mandamientos». Una cosa es, en verdad, no haberse esforzado por saber qué pecados de negligencia eran aparentemente expiados incluso mediante diversos sacrificios de la ley; otra cosa es desear entender, no poder, y luego obrar contra la ley por no comprender lo que ella habría hecho. En consecuencia, se nos ordena pedir a Dios sabiduría, «el cual da a todos abundantemente» [], es decir, por supuesto, a todos los que piden de tal manera y en tal medida como tan gran asunto requiere en seriedad de petición.

    Capítulo 20 [XVIII.] — Qué oración admitiría Pelagio como necesaria

    Cap. 20

    Confiesa que «los pecados que han sido cometidos, no obstante, requieren ser expiados divinamente, y que el Señor debe ser rogado a causa de ellos» — es decir, con el propósito, por supuesto, de obtener perdón; «porque lo que se ha hecho no puede», es su propia admisión, «deshacerse» por aquel «poder de la naturaleza y de la voluntad del hombre» del que tanto habla. De esta necesidad, por tanto, se sigue que el hombre debe orar para ser perdonado. Sin embargo, que el hombre necesite ser ayudado para no pecar, en ninguna parte lo ha admitido; no leo tal admisión en este pasaje; guarda un extraño silencio sobre este asunto en absoluto; aunque la Oración del Señor nos impone la necesidad de orar tanto para que nuestras deudas nos sean perdonadas como para que no seamos llevados a tentación: la una pide que las ofensas pasadas sean expiadas; la otra, que las futuras sean evitadas. Ahora bien, aunque esto nunca se hace si nuestra voluntad no coopera, sin embargo, nuestra voluntad sola no basta para asegurar que se haga; la oración, por tanto, que se ofrece a Dios para este resultado no es ni superflua ni ofensiva para el Señor. Pues ¿qué hay más necio que orar para hacer aquello que tienes en tu propio poder hacer?

    Capítulo 21 [XIX.] — Pelagio niega que la naturaleza humana haya sido depravada o corrompida por el pecado

    Cap. 21

    Podéis ver ahora (lo que atañe muy de cerca a nuestro asunto) cómo se esfuerza por presentar la naturaleza humana como si estuviera enteramente sin falta, y cómo lucha contra las más claras de las Escrituras de Dios con aquella «sabiduría de palabras» [] que inutiliza la cruz de Cristo. Mas aquella cruz ciertamente nunca será inutilizada; antes bien, tal sabiduría será subvertida. Ahora, después de que hayamos demostrado esto, puede ser que la misericordia de Dios lo visite, de modo que se arrepienta de haber dicho alguna vez estas cosas: «Hemos de,» dice, «en primer lugar, discutir la posición que se mantiene, de que nuestra naturaleza ha sido debilitada y cambiada por el pecado. Pienso,» continúa, «que antes que todas las demás cosas hemos de indagar qué es el pecado: alguna sustancia, o enteramente un nombre sin sustancia, con lo cual se expresa no una cosa, no una existencia, no alguna especie de cuerpo, sino la realización de una acción injusta.» Luego añade: «Supongo que así es; y si es así,» pregunta, «¿cómo pudo aquello que carece de toda sustancia haber debilitado o cambiado la naturaleza humana?» Observad, os lo ruego, cómo en su ignorancia se esfuerza por derribar las palabras más saludables de las Escrituras curativas: «Dije: Oh Señor, ten misericordia de mí; sana mi alma, porque he pecado contra Ti.» Ahora bien, ¿cómo puede algo ser sanado, si no está herido ni dañado, ni debilitado y corrompido? Pero, habiendo aquí algo que sanar, ¿de dónde recibió su herida? Oís [al salmista] confesar el hecho; ¿qué necesidad hay de discusión? Dice: «Sana mi alma.» Preguntadle cómo aquello que quiere ser sanado se hirió, y luego escuchad sus siguientes palabras: «Porque he pecado contra Ti.» Mas él, no obstante, plantee una pregunta y formule la indagación que consideró oportuna, y diga: «¡Oh tú que exclamas: Sana mi alma, porque he pecado contra Ti! Dime, te ruego, ¿qué es el pecado? ¿Alguna sustancia, o enteramente un nombre sin sustancia, con lo cual se expresa, no una cosa, no una existencia, no alguna especie de cuerpo, sino meramente la realización de una acción injusta?» Entonces el otro responde: «Es tal como dices; el pecado no es alguna sustancia; mas bajo su nombre se expresa meramente la realización de una acción injusta.» Pero él replica: «Entonces, ¿por qué clamas: Sana mi alma, porque he pecado contra Ti? ¿Cómo pudo corromper tu alma aquello que carece de toda sustancia?» Entonces el otro, agotado por la angustia de su herida, para evitar ser apartado de la oración por la discusión, respondería brevemente y diría: «Apártate de mí, te lo ruego; discute más bien el punto, si puedes, con Aquel que dijo: 'Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores,'» [] — en cuyas palabras, por supuesto, Él designó a los justos como los sanos, y a los pecadores como los enfermos.

    Capítulo 22 [XX.] — Cómo pudo nuestra naturaleza ser viciada por el pecado, aunque no sea una sustancia

    Cap. 22

    Ahora bien, ¿no percibís la tendencia y dirección de esta controversia? Incluso inutilizar la Escritura donde se dice «Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» [] Pues, ¿cómo ha de salvar donde no hay enfermedad? Porque los pecados, de los cuales este evangelio dice que el pueblo de Cristo ha de ser salvado, no son sustancias, y según este escritor son incapaces de corromper. ¡Oh hermano, cuán bueno es recordar que eres cristiano! Creer, tal vez, bastaría; pero aun así, puesto que persistes en la discusión, no hay daño, antes bien hay provecho, si una fe firme la precede; no supongamos, pues, que la naturaleza humana no puede ser corrompida por el pecado, sino más bien, creyendo, por las Escrituras inspiradas, que está corrompida por el pecado, sea nuestra indagación cómo pudo esto haber ocurrido. Puesto que ya hemos aprendido que el pecado no es una sustancia, ¿no consideramos, por no mencionar otro ejemplo, que no comer tampoco es una sustancia? Porque tal abstinencia es apartamiento de una sustancia, en tanto que el alimento es una sustancia. Abstenerse, pues, del alimento no es una sustancia; y sin embargo la sustancia de nuestro cuerpo, si se abstiene del todo del alimento, así languidece, queda tan quebrantada por la salud rota, tan agotada de fuerzas, tan debilitada y quebrantada por el mismísimo cansancio, que aunque de algún modo pueda continuar viva, difícilmente es capaz de ser restaurada al uso de aquel alimento, por la abstinencia del cual se corrompió y se dañó tanto. Del mismo modo, el pecado no es una sustancia; pero Dios es una sustancia, sí, la suma sustancia y el único y verdadero sustento de la criatura racional. La consecuencia de apartarse de Él por la desobediencia, y de la incapacidad, por la flaqueza, de recibir aquello en lo que uno debería verdaderamente regocijarse, la oís del salmista, cuando dice: «Mi corazón está herido y seco como la hierba, porque he olvidado comer mi pan.»

    Capítulo 23 [XXI.] — Adán librado por la misericordia de Cristo

    Cap. 23

    Pero observad cómo, con argumentos especiosos, continúa oponiéndose a la verdad de la Sagrada Escritura. El Señor Jesús, que es llamado Jesús porque salva a su pueblo de sus pecados, [] conforme a este su carácter misericordioso, dice: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores a arrepentimiento.» [] Por consiguiente, su apóstol también dice: «Palabra fiel es esta, y digna de toda aceptación, que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores.» [] Este hombre, no obstante, contra la «palabra fiel, y digna de toda aceptación,» declara que «esta enfermedad no debió haber sido contraída por los pecados, no sea que el castigo del pecado llegue a esto, que se cometan más pecados.» Ahora bien, aun para los infantes se busca la ayuda del gran Médico. Este escritor pregunta: «¿Por qué buscarlo? Están sanos aquellos para quienes buscáis al Médico. Ni siquiera el primer hombre fue condenado a morir por tal razón, pues no pecó después.» Como si alguna vez hubiera oído algo de su perfección posterior en justicia, excepto en cuanto la Iglesia encomienda a nuestra fe que incluso Adán fue librado por la misericordia del Señor Cristo. «En cuanto a su posteridad también,» dice, «no sólo no son más enfermos que él, sino que de hecho cumplieron más mandamientos que él jamás cumplió, puesto que él descuidó cumplir uno,» — esta posteridad que él ve nacer así (como ciertamente Adán no fue hecho), no sólo incapaz de mandamiento, que en absoluto entienden, sino apenas capaz de mamar el pecho, cuando tienen hambre. Y, sin embargo, aun a estos querría Él que fueran salvados en el seno de la Madre Iglesia por su gracia, quien salva a su pueblo de sus pecados; pero estos hombres contradicen tal gracia, y, como si tuvieran una visión más profunda de la criatura que Aquel que la hizo, declaran [a estos infantes] sanos con una afirmación que es cualquier cosa menos sana.

    Capítulo 24 [XXII.] — El pecado y la pena del pecado son lo mismo

    Cap. 24

    La materia misma,» dice, «del pecado es su castigo, si el pecador queda tan debilitado que comete más pecados.» No considera cuán justamente la luz de la verdad abandona al hombre que transgrede la ley. Cuando así es abandonado, por supuesto queda cegado, y necesariamente ofende más; y cayendo así se enreda, y enredado no logra levantarse, para oír la voz de la ley, que le amonesta a implorar la gracia del Salvador. ¿No se debe castigo a aquellos de quienes el apóstol dice: «Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; antes se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido?» [] Este entenebrecimiento era, por supuesto, ya su castigo y pena; y sin embargo, por esta misma pena — es decir, por la ceguera de su corazón, que sobreviene a la retirada de la luz de la sabiduría — cayeron en pecados aún más graves. «Pretendiendo ser sabios, se hicieron necios.» Esta es una pena grave, si uno la entiende; y desde tal pena, ved a qué extremos llegaron: «Y cambiaron,» dice, «la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.» [] Todo esto lo hicieron debido a aquella pena de su pecado, por la cual «su necio corazón fue entenebrecido.» Y sin embargo, debido a estas obras suyas, las cuales, aunque vinieran a modo de castigo, no por ello dejaban de ser pecados (continúa diciendo): «Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones.» [] Ved con cuánta severidad los condenó Dios, entregándolos a la inmundicia en los mismísimos deseos de su corazón. Observad también los pecados que cometen como consecuencia de tal condenación: «Para deshonrar,» dice, «entre sí sus propios cuerpos.» [] Aquí está el castigo de la iniquidad, que es en sí misma iniquidad; hecho que pone en luz más clara las palabras que siguen: «Ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y honraron y dieron culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.» «Por esto,» dice, «Dios los entregó a pasiones vergonzosas.» [] Ved cuán a menudo Dios inflige castigo; y del mismísimo castigo surgen pecados, más numerosos y más graves. «Pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza; y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros; cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres.» [] Luego, para mostrar que estas cosas eran de tal manera pecados en sí mismos, que también eran las penas de los pecados, añade: «Y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.» [] Observad cuán a menudo sucede que el mismísimo castigo que Dios inflige engendra otros pecados como su natural descendencia. Atended aún más: «Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios,» dice, «Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; colmados de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia.» [] Aquí, ahora, que nuestro adversario diga: «No debió el pecado ser castigado de tal manera, que el pecador, a causa de su castigo, cometiese aún más pecados.

    Capítulo 25 [XXIII.] — Dios abandona sólo a quienes merecen ser abandonados

    Somos suficientes por nosotros mismos para cometer pecado; pero no para volver al camino de la justicia. La muerte es el castigo, no la causa del pecado

    Cap. 25

    Quizá pueda responder que Dios no obliga a los hombres a hacer estas cosas, sino que sólo abandona a quienes merecen ser abandonados. Si dice esto, dice lo más verdadero. Pues, como ya he señalado, aquellos que son abandonados por la luz de la justicia, y por tanto andan a tientas en tinieblas, no producen otra cosa que aquellas obras de tinieblas que he enumerado, hasta que se les dice, y obedecen el mandato: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo.» [] La verdad los designa como muertos; de donde el pasaje: «Deja que los muertos entierren a sus muertos.» La verdad, pues, designa como muertos a aquellos que este hombre declara que no han podido ser dañados ni corrompidos por el pecado, ¡a causa, en verdad, de que ha descubierto que el pecado no es sustancia! Nadie le dice que «el hombre fue formado de tal manera que pudiera pasar de la justicia al pecado, y sin embargo no pudiera volver del pecado a la justicia.» Mas aquel libre albedrío, por el cual el hombre se corrompió a sí mismo, fue suficiente para su paso al pecado; pero para volver a la justicia, tiene necesidad de un Médico, puesto que está enfermo; tiene necesidad de un Vivificador, porque está muerto. Ahora bien, acerca de tal gracia como esta no dice ni una palabra, como si pudiera curarse a sí mismo por su propia voluntad, ya que esta sola fue capaz de arruinarlo. No le decimos que la muerte del cuerpo tenga eficacia para pecar, porque es sólo su castigo; pues nadie peca al sufrir la muerte de su cuerpo; sino que la muerte del alma conduce al pecado, abandonada como está por su vida, es decir, su Dios; y necesariamente ha de producir obras muertas, hasta que revive por la gracia de Cristo. No quiera Dios que afirmemos que el hambre y la sed y otros sufrimientos corporales producen necesariamente pecado. Cuando se ejercita con tales vejaciones, la vida de los justos sólo resplandece con mayor lustre, y alcanza mayor gloria al vencerlas mediante la paciencia; mas entonces es asistida por la gracia, es asistida por el Espíritu, es asistida por la misericordia de Dios; no ensalzándose en una voluntad arrogante, sino ganando fortaleza mediante una humilde confesión. Pues había aprendido a decir a Dios: «Tú eres mi esperanza; Tú eres mi confianza.» Ahora bien, cómo sucede que acerca de esta gracia, y ayuda y misericordia, sin las cuales no podemos vivir, este hombre no tenga nada que decir, no alcanzo a saberlo; sino que va más lejos, y de la manera más abierta contradice la gracia de Cristo por la cual somos justificados, insistiendo en la suficiencia de la naturaleza para obrar justicia, con tal de que esté presente la voluntad. La razón, sin embargo, por la cual, después de que el pecado ha sido perdonado al culpable por la gracia, para el ejercicio de la fe, todavía permanezca la muerte del cuerpo, aunque procede del pecado, ya la he explicado, según mi capacidad, en aquellos libros que escribí a Marcelino de bendita memoria.

    Capítulo 26 [XXIV.] — Cristo murió por su propio poder y elección

    Cap. 26

    En cuanto a su afirmación, en verdad, de que «el Señor pudo morir sin pecado;» también su nacimiento fue por la capacidad de su misericordia, no por la exigencia de su naturaleza: así, asimismo, sufrió la muerte por su propio poder; y este es nuestro precio que pagó para redimirnos de la muerte. Ahora bien, esta verdad la contienda de ellos se esfuerza mucho por inutilizar; pues la naturaleza humana es sostenida por ellos como tal, que con libre albedrío no necesita tal rescate para ser trasladada del poder de las tinieblas y del que tiene el poder de la muerte, [] al reino de Cristo el Señor. [] Y sin embargo, cuando el Señor se acercaba a su pasión, dijo: «He aquí viene el príncipe de este mundo, y no hallará nada en mí,» [] — y por tanto, ningún pecado, por supuesto, por causa del cual pudiera ejercer dominio sobre Él, para destruirlo. «Mas,» añadió, «para que el mundo conozca que hago la voluntad de mi Padre, levantaos, vámonos de aquí;» [] como quien dice, voy a morir, no por la necesidad del pecado, sino por la voluntariedad de la obediencia.

    Capítulo 27. — Aun los males, por la misericordia de Dios, son de utilidad

    Cap. 27

    Afirma que «ningún mal es la causa de cosa buena alguna;» como si el castigo, en verdad, fuera bueno, aunque por él muchos han sido reformados. Hay, pues, males que son de utilidad por la maravillosa misericordia de Dios. ¿Experimentó aquel hombre alguna cosa buena, cuando dijo: «Escondiste tu rostro de mí, y fui turbado?» Ciertamente no; y sin embargo esta misma turbación fue para él, en cierto modo, un remedio contra su soberbia. Pues había dicho en su prosperidad: «No seré jamás conmovido;» y así se atribuía a sí mismo lo que recibía del Señor. «Porque ¿qué tiene que no haya recibido?» [] Se había hecho, por tanto, necesario mostrarle de dónde lo había recibido, para que recibiera con humildad lo que había perdido por la soberbia. En consecuencia, dice: «En tu beneplácito, oh Señor, diste vigor a mi hermosura.» En esta abundancia mía solía yo decir una vez: «No seré jamás conmovido;» mientras que todo procedía de Ti, no de mí mismo. Entonces, por fin, apartaste tu rostro de mí, y fui turbado.

    Capítulo 28 [XXV.] — La disposición de casi todos los que se extravían. Con algunos herejes nuestro deber no ha de ser disputar, sino orar

    Cap. 28

    La mente soberbia del hombre no halla gusto alguno en esto; Dios, sin embargo, es grande, al persuadir incluso a ella cómo descubrirlo todo. En verdad, estamos más inclinados a buscar la mejor manera de responder a los argumentos que se oponen a nuestro error, que a experimentar cuán saludable sería nuestra condición si estuviéramos libres de error. Debemos, por tanto, hacer frente a todos los tales, no con discusiones, sino más bien con oraciones, tanto por ellos como por nosotros mismos. Porque nunca les decimos lo que este adversario se ha objetado a sí mismo: que «el pecado fue necesario para que hubiera ocasión para la misericordia de Dios.» ¡Ojalá nunca hubiera habido miseria que hiciera necesaria esa misericordia! Pero la iniquidad del pecado —que es tanto mayor cuanto más fácilmente pudo el hombre haberlo evitado, mientras ninguna flaqueza le acosaba todavía— ha sido seguida de cerca por un castigo justísimo; a saber, que [el hombre ofensor] recibiera en sí mismo una recompensa semejante a su pecado, perdiendo aquella obediencia de su cuerpo que en cierta medida había estado puesta bajo su propio dominio, la cual despreció cuando era derecho de su Señor. Y, puesto que ahora nacemos con la misma ley del pecado que en nuestros miembros resiste a la ley de nuestra mente, nunca debemos murmurar contra Dios, ni disputar contra el hecho más claro, sino buscar y pedir en oración su misericordia en lugar de nuestro castigo.

    Capítulo 29 [XXVI.] — Un símil para mostrar que la gracia de Dios es necesaria para hacer cualquier obra buena

    Dios nunca desampara al justificado si no es Él mismo desamparado

    Cap. 29

    Observa, en efecto, con cuánta cautela se expresa: «Dios, sin duda, aplica su misericordia aun a este oficio, siempre que es necesario, porque el hombre, después del pecado, requiere ayuda de esta manera, no porque Dios quisiera que hubiera una causa para tal necesidad.» ¿No ves que no dice que la gracia de Dios sea necesaria para impedirnos pecar, sino porque hemos pecado? Luego añade: «Mas, de la misma manera, es deber del médico estar dispuesto a curar a un hombre ya herido; aunque no debe desear que un hombre sano sea herido.» Ahora bien, si este símil conviene al asunto que tratamos, la naturaleza humana ciertamente es incapaz de recibir una herida del pecado, puesto que el pecado no es una sustancia. Así, por ejemplo, un hombre que queda cojo por una herida es curado para que en adelante su paso sea firme y recto, sanada su flaqueza pasada; así cura el Médico celestial nuestras dolencias, no sólo para que dejen de existir, sino para que en adelante podamos caminar rectamente —lo cual no podríamos, aun después de sanados, sino por su ayuda continua. Pues después que un médico ha administrado una cura, a fin de que el enfermo sea después debidamente alimentado con elementos y alimentos corporales, para completar y continuar dicha cura por medios y ayudas adecuados, lo encomienda al buen cuidado de Dios, quien concede estos auxilios a todos los que viven en la carne, y de quien procedieron aun los medios que [el médico] aplicó durante el proceso de la cura. Pues no es con recursos que él mismo haya creado como el médico efectúa cura alguna, sino con los recursos de Aquel que crea todas las cosas que requieren los sanos y los enfermos. Pero Dios, siempre que —por medio de «el único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre»— sana espiritualmente a los enfermos o resucita a los muertos, es decir, justifica a los impíos, y cuando le ha llevado a perfecta salud, en otras palabras, a la plenitud de vida y justicia, no le desampara, si no es desamparado, para que la vida transcurra en piedad y justicia constantes. Pues, así como el ojo del cuerpo, aun estando completamente sano, no puede ver si no es ayudado por el resplandor de la luz, así también el hombre, aun plenamente justificado, no puede llevar una vida santa si no es divinamente asistido por la luz eterna de la justicia. Por tanto, Dios nos sana no sólo para borrar el pecado que hemos cometido, sino, además, para capacitarnos incluso para evitar pecar.

    Capítulo 30 [XXVII.] — El pecado es quitado por el pecado

    Cap. 30

    Sin duda muestra cierta agudeza al manejar, y dar vueltas y exponer, como le place, y refutar cierta afirmación, que se hace en este sentido: que «fue realmente necesario para el hombre, a fin de quitarle toda ocasión de orgullo y jactancia, que no pudiera existir sin pecado.» Él supone que es «el colmo del absurdo y de la necedad, que haya habido pecado para que no hubiera pecado; puesto que el orgullo mismo es, por supuesto, un pecado.» Como si una llaga no estuviera acompañada de dolor, y una operación no produjera dolor, para que el dolor fuera quitado por el dolor. Si no hubiéramos experimentado tal tratamiento, sino que sólo hubiéramos oído hablar de él en algunas partes del mundo donde estas cosas nunca hubieran sucedido, tal vez podríamos usar las palabras de este hombre y decir: Es el colmo del absurdo que el dolor haya sido necesario para que una llaga no tuviera dolor.

    Capítulo 31. — El orden y el proceso de la curación no los adopta nuestro Médico celestial del enfermo, sino que los saca de sí mismo

    Qué motivo tienen los justos para temer

    Cap. 31

    «Pero Dios,» dicen, «puede sanar todas las cosas.» Por supuesto, su propósito al obrar es sanar todas las cosas; pero actúa según su propio juicio, y no toma su procedimiento de curación del enfermo. Pues sin duda fue su voluntad dotar a su apóstol de poder y fuerza muy grandes, y sin embargo le dijo: «Mi fuerza se perfecciona en la debilidad;» [] ni le quitó, aunque tantas veces le rogó que lo hiciera, aquella misteriosa «espina en la carne,» que le dijo le había sido dada «para que no se enalteciera desmedidamente por la abundancia de las revelaciones.» [] Pues todos los demás pecados sólo prevalecen en las malas obras; el orgullo es el único del que hay que guardarse en las cosas que se hacen rectamente. De donde resulta que se amonesta a aquellas personas a no atribuir a su propio poder los dones de Dios, ni a engreírse con ellos, no sea que obrando así perezcan con perdición más grave que si no hubieran hecho ningún bien, a quienes se dice: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.» [] ¿Por qué, entonces, ha de ser con temor y temblor, y no más bien con seguridad, puesto que Dios es el que obra; sino porque tan rápidamente se desliza sobre nuestra alma humana, a causa de nuestra voluntad (sin la cual nada podemos hacer bien), la inclinación a estimar simplemente como obra nuestra todo bien que hacemos; y así cada uno de nosotros dice en su prosperidad: «¿Nunca seré conmovido?» Por tanto, Aquel que en su beneplácito había añadido fuerza a nuestra hermosura, aparta su rostro, y el hombre que se había jactado se turba, porque es por medio de dolores reales como ha de remediarse la hinchazón del orgullo.

    Capítulo 32 [XXVIII.] — Dios nos desampara en cierta medida para que no nos enorgullezcamos

    Cap. 32

    Por tanto, no se dice al hombre: «Es necesario que peques para que no peques;» sino que se dice al hombre: «Dios en cierta medida te desampara, a consecuencia de lo cual te enorgulleces, para que sepas que no eres 'tuyo propio', sino suyo, [] y aprendas a no enorgullecerte.» Ahora bien, aun aquel incidente en la vida del apóstol, de esta índole, es tan admirable que, si no fuera por el hecho de que él mismo es su garante, cuya verdad sería impío contradecir, ¿no sería increíble? Pues ¿qué creyente hay que ignore que el primer incentivo para pecar vino de Satanás, y que él es el primer autor de todos los pecados? Y sin embargo, a pesar de todo, algunos son «entregados a Satanás, para que aprendan a no blasfemar.» [] ¿Cómo sucede, pues, que la obra de Satanás sea impedida por la obra de Satanás? Estas y otras cuestiones semejantes considérelas el hombre de tal modo que no le parezcan demasiado agudas; tienen algo del sonido de la agudeza, y sin embargo, cuando se discuten, se hallan ser obtusas. ¿Qué diremos también del uso que hace nuestro autor de símiles con los que más bien nos sugiere la respuesta que deberíamos darle? «¿Qué» (pregunta él) «diré más que esto: que creamos que los fuegos se apagan con fuegos, si hemos de creer que los pecados se curan con pecados?» ¿Y qué si uno no puede apagar fuegos con fuegos? Sin embargo, los dolores, como he mostrado, sí pueden curarse con dolores. Los venenos también, si uno se informa y aprende el hecho, pueden ser expulsados por venenos. Ahora bien, si él observa que los calores de las fiebres a veces se mitigan con ciertos calores medicinales, tal vez admita también que los fuegos pueden extinguirse con fuegos.

    Capítulo 33 [XXIX.] — No todo pecado es orgullo. De qué manera el orgullo es el comienzo de todo pecado

    Cap. 33

    «Pero ¿cómo,» pregunta él, «separaremos el orgullo mismo del pecado?» Ahora bien, ¿por qué plantea tal cuestión, cuando es manifiesto que aun el orgullo mismo es pecado? «Pecar,» dice él, «es tanto como ser orgulloso, como ser orgulloso es pecar; pues basta preguntar qué es todo pecado, y ver si puedes hallar pecado alguno sin el nombre de orgullo.» Luego prosigue esta opinión y se esfuerza en probarla así: «Todo pecado,» dice él, «si no me engaño, es un desprecio de Dios, y todo desprecio de Dios es orgullo. Pues ¿qué hay tan orgulloso como despreciar a Dios? Todo pecado, pues, es también orgullo, como dice la Escritura: El orgullo es el principio de todo pecado.» [] Busque con diligencia, y hallará en la ley que el pecado de orgullo se distingue bastante de todos los demás pecados. Porque muchos pecados se cometen por orgullo; pero no todo lo que se hace mal se hace con orgullo, al menos no por los ignorantes, ni por los débiles, ni, en general, por los que lloran y se entristecen. Y en verdad el orgullo, aunque sea en sí mismo un gran pecado, es de tal índole que, por sí solo y aparte de otros, como ya he observado, la mayor parte de las veces sigue y se desliza con paso más rápido, no tanto sobre los pecados como sobre las cosas que realmente se hacen bien. Sin embargo, lo que él ha entendido en otro sentido, se dice con toda verdad: «El orgullo es el comienzo de todo pecado;» porque fue esto lo que derribó al diablo, de quien surgió el origen del pecado; y después, cuando su malicia y envidia persiguieron al hombre, que aún permanecía en su rectitud, lo subvirtió de la misma manera en que él mismo cayó. Pues la serpiente, en efecto, sólo buscó la puerta del orgullo por donde entrar cuando dijo: «Seréis como dioses.» [] Con verdad, pues, se dice: «El orgullo es el comienzo de todo pecado;» [] y, «El principio del orgullo es cuando el hombre se aparta de Dios.» []

    Capítulo 34 [XXX.] — El pecado del hombre es suyo propio, pero necesita la gracia para su curación

    Cap. 34

    Bien, pero ¿qué quiere decir cuando dice: «Además, ¿cómo puede uno ser sometido a Dios por la culpa de aquel pecado, que sabe que no es suyo? Pues,» dice él, «no es suyo, si es necesario. O, si es suyo, es voluntario; y si es voluntario, puede evitarse.» Respondemos: Es indudablemente suyo. Pero la falta por la que se comete el pecado no está aún curada en todos los aspectos, y el hecho de que se fije permanentemente en nosotros procede de que no usamos rectamente la virtud sanadora; y así, de esta condición defectuosa, el hombre que ahora se fortalece en la depravación comete muchos pecados, ya por flaqueza, ya por ceguera. Por tanto, ha de hacerse oración por él, para que sea sanado y en adelante alcance una vida de ininterrumpida salud; ni ha de cederse al orgullo, como si algún hombre fuera sanado por el mismo poder por el cual se corrompió.

    Capítulo 35 [XXXI.] — Por qué Dios no cura inmediatamente el orgullo mismo

    El crecimiento secreto e insidioso del orgullo. La gracia preveniente y subsiguiente

    Cap. 35

    Pero yo, en verdad, trataría estos temas de tal modo que confiese mi ignorancia del consejo más profundo de Dios: por qué no cura de una vez el principio mismo del orgullo, que acecha el corazón del hombre aun en las cosas que se hacen rectamente; y para cuya curación las almas piadosas, con lágrimas y gran clamor, le suplican que extienda su diestra y ayude sus esfuerzos para vencerlo, y de algún modo lo pisotee y aplaste. Ahora bien, cuando un hombre se ha alegrado de haber vencido el orgullo incluso por alguna buena obra, por el gozo mismo levanta la cabeza y dice: «He aquí, vivo; ¿por qué triunfas? No, vivo porque tú triunfas.» Pero acaso sea prematura esta prontitud suya de triunfar sobre el orgullo, como si ya estuviera vencido, cuando su última sombra ha de ser absorbida, según creo, en aquel mediodía prometido en la Escritura que dice: «Él hará salir tu justicia como la luz, y tu juicio como el mediodía;» con tal que se haga lo que está escrito en el versículo precedente: «Encomienda al Señor tu camino; confía también en Él, y Él obrará,» — no, como algunos suponen, que ellos mismos lo obran. Ahora bien, cuando dijo: «Y Él obrará,» evidentemente no tenía en mente a otros sino a los que dicen: Nosotros mismos lo obramos; es decir, nosotros mismos nos justificamos a nosotros mismos. En este asunto, sin duda, también nosotros trabajamos; pero somos colaboradores con Aquel que hace la obra, porque su misericordia nos anticipa. Nos anticipa, sin embargo, para que seamos sanados; pero luego también nos seguirá, para que, sanados, crezcamos sanos y fuertes. Nos anticipa para que seamos llamados; nos seguirá para que seamos glorificados. Nos anticipa para que llevemos vidas piadosas; nos seguirá para que vivamos siempre con Él, porque sin Él nada podemos hacer. [] Ahora bien, las Escrituras se refieren a estas dos operaciones de la gracia. Está, por una parte, esto: «El Dios de mi misericordia me anticipará,» y además esto otro: «Tu misericordia me seguirá todos los días de mi vida.» Descubramos, pues, ante Él nuestra vida por la confesión; no la alabemos con una justificación. Porque si no es su camino, sino el nuestro, sin duda no es el recto. Revelemos, pues, esto haciendo nuestra confesión a Él; pues por mucho que nos esforcemos en ocultarlo, no se le oculta a Él. Bueno es confesar al Señor.

    Capítulo 36 [XXXII.] — Ha de evitarse el orgullo aun en las cosas que se hacen rectamente

    No se quita el libre albedrío cuando se predica la gracia

    Cap. 36

    Así nos concederá Él cuanto le plazca, de modo que si hay en nosotros algo que le desagrade, también nos desagradará a nosotros. «Él,» como ha dicho la Escritura, «apartará nuestros caminos de su propio camino,» y hará que lo que es suyo sea nuestro camino; porque es por Él mismo como se concede el favor a los que creen en Él y esperan en Él, para que lo hagamos. Pues hay un camino de justicia que ignoran «los que tienen celo de Dios, pero no conforme a conocimiento,» [] y que, queriendo establecer una justicia propia, «no se han sujetado a la justicia de Dios.» [] «Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree;» [] y Él ha dicho: «Yo soy el camino.» [] Sin embargo, la voz de Dios ha alarmado a los que ya han comenzado a andar en este camino, para que no se enaltezcan, como si anduvieran en él por sus propias energías. Pues las mismas personas a quienes el apóstol, a causa de este peligro, dice: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad,» [] son asimismo, por la misma razón, amonestadas en el salmo: «Servid al Señor con temor, y regocijaos en Él con temblor. Aceptad la corrección, no sea que en algún momento el Señor se enoje, y perezcáis del camino recto, cuando su ira se encienda de repente contra vosotros.» No dice: «No sea que en algún momento el Señor se enoje y rehúse mostraros el camino recto,» ni: «rehúse conduciros al camino de la justicia;» sino que, aun después que andáis en él, pudo aterrorizar de tal modo que dice: «No sea que perezcáis del camino recto.» Ahora bien, ¿de dónde podría surgir esto sino del orgullo, el cual (como he dicho tantas veces, y debo repetir una y otra vez) ha de ser guardado incluso en las cosas que se hacen rectamente, es decir, en el camino mismo de la justicia, no sea que el hombre, considerando como suyo lo que realmente es de Dios, pierda lo que es de Dios y quede reducido meramente a lo que es suyo? Cumplamos, pues, la exhortación final de este mismo salmo: «Bienaventurados todos los que confían en Él,» para que Él mismo efectúe y Él mismo muestre en nosotros su propio camino, a quien se dice: «Muéstranos tu misericordia, oh Señor;» y Él mismo nos conceda la senda de salvación para que andemos por ella, a quien se dirige la oración: «Y concédenos tu salvación;» y Él mismo nos guíe por el mismo camino, a quien de nuevo se dice: «Guíame, oh Señor, en tu camino, y en tu verdad andaré;» Él mismo también nos conduzca a aquellas promesas adonde su camino lleva, a quien se dice: «Aun allí me guiará tu mano y me sostendrá tu diestra;» Él mismo apaciente allí a los que se sientan con Abraham, Isaac y Jacob, de quienes se dice: «Él les hará sentarse a la mesa, y vendrá y les servirá.» [] Ahora bien, cuando hacemos mención de estas cosas, no quitamos el libre albedrío, sino que predicamos la gracia de Dios. Pues ¿a quién son útiles esos dones graciosos, sino al hombre que usa, pero humildemente usa, su propia voluntad, y no hace alarde del poder y energía de ella, como si ella sola fuera suficiente para perfeccionarlo en la justicia?

    Capítulo 37 [XXXIII.] — El no tener pecado en absoluto no pone al hombre en igualdad con Dios

    Cap. 37

    Dios no permita que salgamos a su encuentro con tal afirmación como la que él dice que algunos presentan contra él: «Que el hombre es puesto en igualdad con Dios, si se le describe como sin pecado;» como si, en efecto, un ángel, porque está sin pecado, fuese puesto en tal igualdad. Por mi parte, soy de esta opinión: que la criatura nunca llegará a ser igual a Dios, aun cuando se realice en nosotros una santidad tan perfecta que sea del todo incapaz de recibir añadidura alguna. No; todos los que sostienen que nuestro progreso ha de ser tan completo que seremos transformados en la sustancia de Dios, y que así llegaremos a ser lo que Él es, deben mirar bien cómo edifican su opinión; por mi parte debo confesar que no estoy persuadido de esto.

    Capítulo 38 [XXXIV.] — No debemos mentir, ni siquiera por causa de la moderación. La alabanza de la humildad no debe atribuirse a la falsedad

    Cap. 38

    Estoy ciertamente favorablemente dispuesto hacia la opinión de nuestro autor cuando resiste a los que le dicen: «Lo que afirmas parece en verdad razonable, pero es cosa arrogante alegar que algún hombre puede estar sin pecado,» con esta respuesta: que si ello es en absoluto verdadero, de ninguna manera debe llamarse afirmación arrogante; pues con gran verdad y agudeza pregunta: «¿De qué lado debe colocarse la humildad? Sin duda del lado de la falsedad, si pruebas que la arrogancia existe del lado de la verdad.» Y así decide, y con razón, que la humildad debe más bien alinearse del lado de la verdad, no de la falsedad. De donde se sigue que aquel que dijo: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros,» [] debe ser tenido sin vacilación por haber dicho la verdad, y no se debe pensar que dijo falsedad por causa de la humildad. Por eso añadió las palabras: «Y la verdad no está en nosotros;» cuando quizá habría bastado con que dijera meramente: «Nos engañamos a nosotros mismos,» si no hubiera observado que algunos eran capaces de suponer que la frase «nos engañamos a nosotros mismos» se emplea aquí sobre la base de que el hombre que se alaba a sí mismo es incluso ensalzado por una acción realmente buena. De modo que, mediante la adición de «la verdad no está en nosotros,» muestra claramente (como muy correctamente observa nuestro autor) que no es en absoluto verdad si decimos que no tenemos pecado, no sea que la humildad, si se coloca del lado de la falsedad, pierda la recompensa de la verdad.

    Capítulo 39. — Pelagio glorifica a Dios como Creador a costa de Dios como Salvador

    Cap. 39

    Sin embargo, más allá de esto, aunque se lisonjea de vindicar la causa de Dios defendiendo la naturaleza, olvida que al predicar la sanidad de dicha naturaleza rechaza la misericordia del Médico. Ahora bien, el que lo creó es también su Salvador. No debemos, por tanto, engrandecer tanto al Creador que nos veamos obligados a decir, mejor dicho, que se nos convenza de decir, que el Salvador es superfluo. Ciertamente podemos honrar la naturaleza del hombre con digna alabanza, y atribuir la alabanza a la gloria del Creador; pero al mismo tiempo, mientras mostramos nuestra gratitud a Él por habernos creado, no seamos ingratos con Él por sanarnos. Nuestros pecados, que Él sana, debemos atribuirlos sin duda no a la operación de Dios, sino a la voluntad obstinada del hombre, y someterlos a Su justo castigo; sin embargo, así como reconocemos que estuvo en nuestro poder el que no fueran cometidos, confesemos también que el que sean sanados está más bien en Su misericordia que en nuestro propio poder. Pero esta misericordia y ayuda remedial del Salvador, según este escritor, consiste sólo en esto: en que Él perdona las transgresiones pasadas, no en que nos ayuda a evitar las venideras. Aquí se equivoca fatalísimamente; aquí, aunque sin darse cuenta— aquí nos impide estar vigilantes y orar para que «no entremos en tentación,» puesto que sostiene que está enteramente en nuestro propio control que esto no nos suceda.

    Capítulo 40 [XXXV.] — Por qué se registran en la Escritura los pecados de algunos hombres; la temeridad en el pecado tiene por gran pérdida todo cuanto le falta para satisfacer la concupiscencia

    Cap. 40

    Quien tiene sano juicio dice con cordura «que los ejemplos de ciertas personas, de cuyos pecados leemos en la Escritura, no están registrados con el propósito de fomentar la desesperación de no pecar, ni de dar de algún modo seguridad para cometer pecado,» — sino para que aprendamos la humildad de la penitencia, o bien descubramos que incluso en tales caídas no debe desesperarse de la salvación. Pues hay algunos que, cuando han caído en pecado, perecen más bien por la temeridad de la desesperación, y no sólo descuidan el remedio de la penitencia, sino que se hacen esclavos de concupiscencias y malos deseos, hasta el punto de correr todos los excesos para satisfacer estas disposiciones depravadas y abandonadas—como si fuera una pérdida para ellos no lograr lo que su concupiscencia les impulsaba a hacer, mientras todo el tiempo les aguarda una condenación segura. Para oponerse a esta temeridad morbosa, que está sobradamente llena de peligro y ruina, tiene gran fuerza el registro de aquellos pecados en los que incluso hombres justos y santos han caído antes.

    Capítulo 41. — Si los hombres santos han muerto sin pecado

    Cap. 41

    Pero ciertamente hay mucha agudeza en la pregunta que plantea nuestro autor: «¿Cómo hemos de suponer que aquellos hombres santos dejaron esta vida: con pecado, o sin pecado?» Porque si respondemos: «Con pecado,» se supondrá que la condenación fue su destino, lo cual es horrible imaginar; pero si se dice que partieron de esta vida «sin pecado,» entonces eso probaría que el hombre ha estado sin pecado en su vida presente, al menos cuando se acercaba la muerte. Pero, con toda su agudeza, pasa por alto la circunstancia de que incluso las personas justas no sin buena razón ofrecen esta oración: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores;» [] y que el Señor Cristo, después de explicar la oración en su enseñanza, añadió con toda verdad: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros.» [] Aquí, en efecto, tenemos el incienso diario, por así decirlo, del Espíritu, que se ofrece a Dios sobre el altar del corazón, el cual se nos manda «levantar,» — dando a entender que, aunque no podamos vivir aquí sin pecado, podemos sin embargo morir sin pecado, cuando en el perdón misericordioso es borrado el pecado que se comete por ignorancia o debilidad.

    Capítulo 42 [XXXVI.] — La Bienaventurada Virgen María pudo haber vivido sin pecado. Ninguno de los santos, además de ella, estuvo sin pecado

    Cap. 42

    Luego enumera a aquellos «que no sólo vivieron sin pecado, sino que son descritos como habiendo llevado vidas santas: Abel, Enoc, Melquisedec, Abraham, Isaac, Jacob, Josué hijo de Nun, Finees, Samuel, Natán, Elías, José, Eliseo, Miqueas, Daniel, Ananías, Azarías, Misael, Mardoqueo, Simeón, José con quien estaba desposada la Virgen María, Juan.» Y añade los nombres de algunas mujeres: «Débora, Ana madre de Samuel, Judit, Ester, la otra Ana hija de Fanuel, Isabel, y también la madre de nuestro Señor y Salvador, pues de ella,» dice, «debemos necesariamente conceder que su piedad no tuvo pecado alguno.» Debemos exceptuar a la santa Virgen María, acerca de la cual no deseo plantear cuestión alguna cuando toca el asunto de los pecados, por honor al Señor; pues de Él sabemos qué abundancia de gracia para vencer el pecado en todo particular fue conferida a la que tuvo el mérito de concebir y dar a luz a Aquel que indudablemente no tenía pecado. [] Pues bien, si, con esta excepción de la Virgen, pudiéramos reunir a todos los santos hombres y mujeres antes mencionados y preguntarles si vivieron sin pecado mientras estuvieron en esta vida, ¿qué podemos suponer que responderían? ¿Sería en el lenguaje de nuestro autor o en las palabras del apóstol Juan? Os pregunto si, al planteárseles tal cuestión, por excelente que haya sido su santidad en este cuerpo, no habrían exclamado a una voz: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros?» [] Pero quizá esta respuesta suya habría sido más humilde que verdadera. Pues bien, nuestro autor ya ha determinado, y con razón, «no colocar la alabanza de la humildad del lado de la falsedad.» Por tanto, si dijeron la verdad al dar tal respuesta, tendrían pecado, y puesto que lo reconocieron humildemente, la verdad estaría en ellos; pero si mintieron en su respuesta, todavía tendrían pecado, porque la verdad no estaría en ellos.
    Comentario editorial · María, exceptuada de la lista
    Agustín cita la lista de Pelagio de quienes «vivieron sin pecado»: hombres y mujeres del Antiguo y del Nuevo Testamento y, al final, «la madre de nuestro Señor». De ella dice que quiere exceptuarla y no plantear cuestión alguna «cuando toca el asunto de los pecados», por honor al Señor, porque sabemos qué abundancia de gracia para vencer el pecado recibió quien mereció concebir y dar a luz a Aquel que no tuvo pecado. El texto habla de pecados, no de la concepción de María. El resto de la lista, dice a continuación, respondería con 1 Juan 1:8 (). Cómo se leyó después esta frase se ve en el compendio María en los Padres.

    Capítulo 43 [XXXVII.] — Por qué la Escritura no ha mencionado los pecados de todos

    Cap. 43

    «Pero quizá,» dice él, «me preguntarán: ¿No pudo la Escritura haber mencionado los pecados de todos éstos?» Y ciertamente dirían la verdad quienes le plantearan tal pregunta; y no descubro que en lugar alguno les haya dado respuesta acertada, aunque percibo que no quería guardar silencio. Lo que ha dicho, os ruego que observéis: «Esto,» dice él, «podría preguntarse con razón de aquellos a quienes la Escritura no menciona ni como buenos ni como malos; pero de aquellos cuya santidad conmemora, habría también sin duda conmemorado igualmente los pecados, si hubiera percibido que pecaron en algo.» Que diga, pues, que su gran fe no alcanzó la justicia en el caso de aquellos que componían «las multitudes que iban delante y que seguían» al pollino sobre el cual montaba el Señor, cuando «gritaban y decían: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!,» [] incluso en medio de los hombres malignos que con murmullos preguntaban por qué hacían todo aquello. Que nos diga entonces audazmente, si puede, que no había ni un solo hombre en toda aquella vasta multitud que tuviera pecado alguno. Ahora bien, si es sumamente absurdo hacer tal afirmación, ¿por qué no ha mencionado la Escritura pecado alguno en las personas a las que se ha hecho referencia, especialmente cuando ha registrado cuidadosamente la eminente bondad de su fe?

    Capítulo 44. — Pelagio sostiene que Abel fue sin pecado

    Cap. 44

    Esto, sin embargo, probablemente lo observó incluso él, y por eso prosiguió diciendo: «Pero, concedido que a veces se haya abstenido, en una multitud numerosa, de narrar los pecados de todos; aun así, en el comienzo mismo del mundo, cuando sólo existían cuatro personas, ¿qué razón (pregunta él) tenemos para dar de por qué no quiso mencionar los pecados de todos? ¿Fue en consideración a la vasta multitud, que aún no había llegado a existir? ¿O porque, habiendo mencionado sólo los pecados de aquellos que habían transgredido, no pudo registrar ninguno de aquel que aún no había cometido pecado?» Y luego procede a añadir algunas palabras, en las que desarrolla esta idea con una ilustración más plena y explícita. «Es cierto,» dice él, «que en la edad más temprana Adán y Eva, y Caín y Abel sus hijos, son mencionados como las únicas cuatro personas entonces existentes. Eva pecó—la Escritura lo dice claramente; Adán también transgredió, como la misma Escritura no deja de informarnos; y nos da un testimonio igualmente claro de que Caín también pecó: y de todos éstos no sólo menciona los pecados, sino que también indica el carácter de sus pecados. Ahora bien, si Abel hubiera pecado igualmente, la Escritura sin duda lo habría dicho. Pero no lo ha dicho; por tanto, no cometió pecado alguno; es más, incluso lo muestra como justo. Lo que leemos, pues, creámoslo; y lo que no leemos, consideremos perverso añadirlo.»

    Capítulo 45 [XXXVIII.] — Por qué algunos han pensado que Caín tuvo hijos de su madre Eva

    Los pecados de los hombres justos. Quién puede ser a la vez justo y, sin embargo, no sin pecado

    Cap. 45

    Cuando dice esto, olvida lo que él mismo había dicho no mucho antes: «Después de que el género humano se hubo multiplicado, era posible que en la multitud la Escritura haya descuidado notar los pecados de todos los hombres.» Si en verdad hubiera tenido esto bien presente, habría visto que incluso en un solo hombre había tal multitud y un número tan vasto de pecados leves, que habría sido imposible (o, aun si posible, no deseable) describirlos. Pues sólo se registran aquellos que los límites debidos permitían, y que, con pocos ejemplos, sirvieran para instruir al lector en los muchos casos en que necesitaba advertencia. La Escritura ciertamente ha omitido mencionar, respecto de las pocas personas entonces existentes, cuántos eran o quiénes eran—en otras palabras, cuántos hijos e hijas engendraron Adán y Eva, y qué nombres les dieron; y de esta circunstancia algunos, no considerando cuántas cosas se pasan en silencio en la Escritura, han llegado al extremo de suponer que Caín cohabitó con su madre, y de ella tuvo los hijos que se mencionan, pensando que los hijos de Adán no tenían hermanas, porque la Escritura no las mencionó en aquel lugar particular, aunque después, a modo de recapitulación, dio a entender lo que antes había omitido: que «Adán engendró hijos e hijas,» [] sin dejar caer, sin embargo, una sílaba para indicar ni su número ni el tiempo en que nacieron. Del mismo modo, era innecesario declarar si Abel, a pesar de que con razón es llamado «justo,» se entregó alguna vez a risa inmoderada, o estuvo alguna vez chancero en momentos de esparcimiento, o miró alguna vez un objeto con ojo codicioso, o arrancó fruto con extravagancia, o sufrió alguna vez indigestión por comer demasiado, o alguna vez, en medio de sus oraciones, permitió que sus pensamientos divagaran y lo apartaran del propósito de su devoción; así como con cuánta frecuencia estas y otras muchas faltas semejantes se deslizaron furtivamente por su mente. ¿Y no son estas faltas pecados, acerca de los cuales el precepto del apóstol nos da una amonestación general de que los evitemos y refrenemos, cuando dice: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, para que lo obedezcáis en sus concupiscencias?» [] Para escapar de tal obediencia, hemos de luchar en un conflicto constante y diario contra las inclinaciones ilícitas e indecorosas. Basta que el ojo se dirija, o más bien se abandone, a un objeto que debería evitar, y que el mal se fortalezca y obtenga el dominio, y el adulterio se consuma en el cuerpo, el cual se comete en el corazón tanto más rápidamente cuanto el pensamiento es más veloz que la acción y no hay impedimento que lo retarde y demore. Quienes en gran medida han frenado este pecado, es decir, este apetito de una afección corrupta, de modo que no obedecen sus deseos, ni «entregan sus miembros a él como instrumentos de injusticia,» [] han merecido con justicia ser llamados justos, y esto por la ayuda de la gracia de Dios. Sin embargo, puesto que el pecado a menudo se deslizaba sobre ellos en asuntos muy pequeños, y cuando estaban desprevenidos, eran a la vez justos y, al mismo tiempo, no sin pecado. Para concluir, si en el justo Abel había aquel amor de Dios por el cual únicamente es verdaderamente justo el que es justo, para capacitarlo, e imponerle una obligación moral, de avanzar en santidad, aun así, en cualquier grado en que quedara corto en ello, era pecado. Y en verdad, ¿quién puede evitar quedarse corto así, hasta que llegue a aquel poder poderoso del mismo, en el que toda la debilidad del hombre será absorbida?

    Capítulo 46 [XXXIX.] — ¿Seguiremos la Escritura, o añadiremos a sus declaraciones?

    Cap. 46

    Es, ciertamente, una sentencia grandiosa con la que concluyó este pasaje, cuando dice: «Lo que leemos, pues, creámoslo; y lo que no leemos, consideremos impío añadirlo; y baste haber dicho esto de todos los casos.» Por el contrario, yo por mi parte digo que no debemos creer ni siquiera todo lo que leemos, conforme al consejo del apóstol: «Leedlo todo; retened lo bueno.» [] No es impío añadir algo que no hemos leído; pues está en nuestro poder añadir algo que hemos [de buena fe] experimentado como testigos, aun cuando suceda que no lo hayamos leído. Tal vez responderá: «Cuando dije esto, trataba de las Sagradas Escrituras.» ¡Oh, cuánto desearía que nunca quisiera añadir, no diré nada sino lo que lee en las Escrituras, sino en contra de lo que lee en ellas; que tan sólo escuchara fiel y obedientemente lo que allí está escrito: «Por un hombre el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron;» [] y que no debilitara la gracia del gran Médico—¡todo por su negativa a confesar que la naturaleza humana está corrompida! ¡Oh, cuánto desearía que, como cristiano, leyera la sentencia: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual debamos ser salvados;» [] y que no defendiera tanto la posibilidad de la naturaleza humana como para creer que el hombre puede salvarse por el libre albedrío sin ese Nombre!

    Capítulo 47 [XL.] — Para qué pensaba Pelagio que Cristo nos es necesario

    Cap. 47

    Quizá, sin embargo, piensa que el nombre de Cristo es necesario por esta razón: para que por su evangelio aprendamos cómo debemos vivir; pero no para que seamos también ayudados por su gracia, a fin de llevar además una vida santa. Bien, aun esta consideración debería llevarlo al menos a confesar que hay una miserable oscuridad en la mente humana, que sabe cómo se debe domar a un león, pero no sabe cómo vivir. Para saber esto también, ¿nos basta tener el libre albedrío y la ley natural? Ésta es aquella sabiduría de palabras, por la cual «la cruz de Cristo queda inutilizada.» [] Pero el que dijo: «Destruiré la sabiduría de los sabios,» [] ya que esa cruz no puede ser inutilizada, en verdad destruye esa sabiduría por la necedad de la predicación, por la cual los creyentes son sanados. Porque si la capacidad natural, con la ayuda del libre albedrío, es en sí misma suficiente tanto para descubrir cómo se debe vivir como para llevar una vida santa, entonces «Cristo murió en vano,» [] y por tanto también «el escándalo de la cruz ha cesado.» [] ¿Por qué no puedo yo también exclamar?— más aún, exclamaré y los reprenderé con dolor cristiano— «Cristo de nada os aprovecha, a vosotros que por la naturaleza os justificáis; habéis caído de la gracia;» [] porque, «ignorando la justicia de Dios y procurando establecer vuestra propia justicia, no os habéis sometido a la justicia de Dios.» [] Pues así como «Cristo es el fin de la ley,» así también es el Salvador de la naturaleza corrompida del hombre, «para justicia a todo aquel que cree.» []

    Capítulo 48 [XLI.] — Cómo ha de entenderse el término «Todos»

    Cap. 48

    Sus adversarios adujeron el pasaje: «Todos pecaron,» [] y él respondió a su afirmación fundada en esto con la observación de que «el apóstol hablaba manifiestamente de la generación entonces existente, es decir, de los judíos y de los gentiles;» pero ciertamente el pasaje que he citado, «Por un hombre el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron,» [] abraza en sus términos las generaciones tanto antiguas como modernas, tanto a nosotros como a nuestra posteridad. Aduce también este pasaje, con el cual probaría que no debemos entender "todos" sin excepción cuando se usa «todos»:— «Así como por la transgresión de uno,» dice, «vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno vino la justificación de vida a todos los hombres.» [] «No cabe duda,» dice, «de que no todos los hombres son santificados por la justicia de Cristo, sino sólo los que quieren obedecerle y han sido limpiados en el lavacro de su bautismo.» Bien, pero no prueba lo que quiere con esta cita. Pues así como la cláusula, «Por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres,» está redactada de modo que en su sentido no se omite a nadie, así en la cláusula correspondiente, «Por la justicia de uno vino la justificación de vida a todos los hombres,» no se omite a nadie en su sentido—no, ciertamente, porque todos los hombres tengan fe y sean lavados en su bautismo, sino porque nadie es justificado a menos que crea en Cristo y sea limpiado por su bautismo. Por tanto, el término «todos» se usa de un modo que muestra que no se puede suponer que nadie pueda salvarse por otro medio que no sea Cristo mismo. Pues si en una ciudad se designa a un solo maestro, decimos con toda corrección: Ese hombre enseña a todos en aquel lugar; no queriendo decir, ciertamente, que todos los que viven en la ciudad reciban lecciones de él, sino que nadie es instruido a menos que él le enseñe. Del mismo modo, nadie es justificado a menos que Cristo le haya justificado.

    Capítulo 49 [XLII.] — El hombre puede estar sin pecado, pero sólo con la ayuda de la gracia

    En los santos esta posibilidad avanza y va a la par con su realización

    Cap. 49

    «Bien, sea así,» dice, «Convengo; atestigua el hecho de que todos eran pecadores. Dice, en efecto, lo que han sido, no que no pudieran haber sido otra cosa. Por lo cual,» añade, «si pudiera probarse que todos eran pecadores, en modo alguno perjudicaría nuestra posición definida, al insistir no tanto en lo que los hombres son, sino en lo que pueden ser.» Tiene razón por una vez al conceder que ningún hombre que vive es justificado ante Dios. Sostiene, sin embargo, que ésta no es la cuestión, sino que el punto radica en la posibilidad de que el hombre no peque—, tema sobre el cual no es necesario que tomemos posición contra él; pues, en verdad, no me preocupa mucho expresar una opinión definida sobre la cuestión de si en la vida presente ha habido, hay ahora o podrá haber alguna vez personas que hayan tenido, tengan o vayan a tener el amor de Dios tan perfectamente que no admita añadidura alguna (pues nada menos que esto equivale a una justicia plena, verdadera y perfecta). Pues no debo contender con excesiva agudeza acerca de cuándo, dónde o en quién se realiza aquello que confieso y sostengo que puede realizarse por la voluntad del hombre, ayudada por la gracia de Dios. Ni tampoco contiendo acerca de la posibilidad real, ya que la posibilidad en disputa avanza con la realización en los santos, sanada y ayudada su voluntad humana; mientras que «el amor de Dios,» tan plenamente como nuestra naturaleza sanada y limpia pueda recibirlo, «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» [] Mejor, por tanto, se promueve la causa de Dios (y es a su promoción a lo que nuestro autor profesa aplicar su cálida defensa de la naturaleza) cuando Él es reconocido como nuestro Salvador no menos que como nuestro Creador, que cuando su socorro como Salvador se ve mermado y reducido a nada por la defensa de la criatura, como si ésta estuviera sana y sus recursos enteros.

    Capítulo 50 [XLIII.] — Dios no manda cosas imposibles

    Cap. 50

    Lo que dice, sin embargo, es bastante cierto: «que Dios es tan bueno como justo, e hizo al hombre tal que era muy capaz de vivir sin el mal del pecado, si tan sólo hubiera querido.» Pues ¿quién no sabe que el hombre fue hecho íntegro y sin culpa, y dotado de libre albedrío y de libre capacidad para llevar una vida santa? Nuestra presente investigación, sin embargo, trata del hombre a quien «los ladrones» dejaron medio muerto en el camino, y quien, estando incapacitado y traspasado por graves heridas, no es tan capaz de subir a las alturas de la justicia como lo fue de descender de ellas; quien, además, si ahora está en «el mesón,» [] está en proceso de curación. Por tanto, Dios no manda cosas imposibles; sino que en su mandato te aconseja tanto hacer lo que puedas por ti mismo, como pedir su ayuda en lo que no puedas hacer. Ahora bien, debemos ver de dónde viene la posibilidad y de dónde la imposibilidad. Este hombre dice: «No procede de la voluntad del hombre lo que puede hacer por naturaleza.» Yo digo: Un hombre no es justo por su voluntad si puede serlo por naturaleza. Sin embargo, podrá realizar por ayuda remedial lo que su defecto le hace incapaz de hacer.

    Capítulo 51 [XLIV.] — Estado de la cuestión entre los pelagianos y los católicos

    Los santos de la antigüedad fueron salvados por la misma fe en Cristo que nosotros ejercemos

    Cap. 51

    Pero ¿por qué demorarnos más en afirmaciones generales? Entremos en el núcleo de la cuestión, que hemos de discutir con nuestros adversarios únicamente, o casi enteramente, sobre un punto particular. Pues en la medida en que dice que «en lo que respecta a la presente cuestión, no es pertinente inquirir si ha habido o hay ahora hombres en esta vida sin pecado, sino si tenían o tienen la capacidad de ser tales;» así, aun si yo concediera que los ha habido o los hay, no afirmaría por ello en modo alguno que tenían o tienen la capacidad, a menos que sean justificados por la gracia de Dios mediante nuestro Señor «Jesucristo, y éste crucificado.» [] Porque la misma fe que sanó a los santos de antaño nos sana ahora—es decir, la fe «en el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús,» [] —fe en su sangre, fe en su cruz, fe en su muerte y resurrección. Así, pues, teniendo el mismo espíritu de fe, también creemos, y por eso también hablamos.

    Capítulo 52. — Toda la discusión versa sobre la gracia

    Cap. 52

    Observemos, sin embargo, lo que responde nuestro autor, tras plantearse la cuestión en la que parece tan intolerable a los corazones cristianos. Dice: «Pero me diréis que esto es lo que perturba a muchísimos—que no sostenéis que sea por la gracia de Dios por lo que el hombre puede estar sin pecado.» Ciertamente esto es lo que nos causa perturbación; esto es lo que le objetamos. Toca el punto mismo del caso. Esto es lo que nos causa tan profundo dolor de soportar; por esto no podemos soportar que los cristianos debatan tales puntos, por el amor que sentimos hacia los demás y hacia ellos mismos. Bien, oigamos cómo se libra del carácter objetable de la cuestión que ha planteado. «¡Qué ceguera de ignorancia,» exclama, «qué torpeza de una mente no instruida, que supone que se sostiene y se mantiene sin la gracia de Dios aquello que sólo oye que debe atribuirse a Dios!» Ahora bien, si no supiéramos nada de lo que sigue a este arrebato suyo, y formáramos nuestra opinión con sólo oír estas palabras, podríamos suponer que habíamos sido llevados a una visión equivocada de nuestros adversarios por la difusión de rumores y por la aseveración de algunos testigos adecuados entre los hermanos. Pues ¿cómo podría haberse declarado de modo más puntual y verdadero que la posibilidad de no pecar, en la medida en que existe o existirá en el hombre, debe atribuirse únicamente a Dios? Esto es también afirmación nuestra. Podemos darnos la mano.

    Capítulo 53 [XLV.] — Pelagio distingue entre una capacidad y su uso

    Cap. 53

    Bien, ¿hay otras cosas que escuchar? Sí, ciertamente; tanto para escuchar como para corregir y guardarnos. «Ahora bien, cuando se dice,» dice, «que la capacidad misma no es en absoluto de la voluntad del hombre, sino del Autor de la naturaleza—es decir, Dios—¿cómo puede entenderse que está sin la gracia de Dios aquello que se considera que pertenece especialmente a Dios?» Ya empezamos a ver lo que quiere decir; pero para no caer en ningún error, se explica con mayor amplitud y claridad: «Para que esto quede aún más claro, debemos,» dice, «entrar en una discusión algo más completa del punto. Ahora afirmamos que la posibilidad de cualquier cosa no reside tanto en la capacidad de la voluntad del hombre como en la necesidad de la naturaleza.» Luego procede a ilustrar su significado con ejemplos y símiles. «Tomad,» dice, «por ejemplo, mi capacidad de hablar. Que yo sea capaz de hablar no es mío; pero que yo hable es mío—es decir, de mi propia voluntad. Y como el acto de hablar es mío, tengo poder de acción alternativa—es decir, tanto hablar como abstenerme de hablar. Pero como mi capacidad de hablar no es mía, es decir, no es de mi propia determinación y voluntad, es una necesidad que yo sea siempre capaz de hablar; y aunque quisiera no ser capaz de hablar, no puedo, sin embargo, ser incapaz de hablar, a menos que me privara de aquel miembro por el cual se realiza la función de hablar.» Se podrían mencionar, ciertamente, muchos medios por los cuales, si lo desea, un hombre puede privarse de la posibilidad de hablar, sin eliminar el órgano del habla. Si, por ejemplo, algo le sucediera a un hombre que le destruyera la voz, sería incapaz de hablar, aunque los miembros permanecieran; pues la voz de un hombre, desde luego, no es un miembro. Puede, en suma, producirse una lesión interna en el miembro, sin pérdida real del mismo. Yo, sin embargo, no quiero presionar el argumento por una palabra; y se me puede responder en la disputa: "Bien, incluso dañar es perder." Pero aun así podemos arreglárnoslas, cerrando y tapando la boca con vendas, para ser completamente incapaces de abrirla, y poner la abertura fuera de nuestro poder, aunque estuvo enteramente en nuestro poder cerrarla mientras permanecían la fuerza y el ejercicio sano de los miembros.
    Comentario editorial · Poder hablar y hablar
    Agustín cita aquí cómo Pelagio sostenía que la «posibilidad» de una cosa reside menos en la voluntad del hombre que en la necesidad de la naturaleza: poder hablar no es mío, sino de quien hizo la naturaleza; hablar, sí. De ahí que lo que el hombre puede, incluso no pecar, lo deba a Dios, autor de esa naturaleza, y lo llame «gracia». Agustín acepta en abstracto la distinción entre lo posible y lo real (Cap. 8: todo lo que es pudo ser, pero no todo lo que puede ser es), y replica que en una naturaleza herida tener la facultad no es poder usarla: el ejemplo del hombre con las piernas rotas (Cap. 57). Es el resumen que da Warfield de esta parte.

    Capítulo 54 [XLVI.] — No hay incompatibilidad entre la necesidad y el libre albedrío

    Cap. 54

    Veamos ahora cómo se aplica todo esto a nuestro tema. Veamos qué saca de ello. «Cualquier cosa,» dice, «que esté encadenada por necesidad natural está privada de la determinación de la voluntad y de la deliberación.» Bien, ahora surge una cuestión; pues es el colmo del absurdo que digamos que no pertenece a nuestra voluntad el que queramos ser felices, basándonos en que nos es absolutamente imposible no querer ser felices, por alguna coacción indescriptible pero amable de nuestra naturaleza; ni nos atrevemos a sostener que Dios no tiene la voluntad, sino la necesidad, de la justicia, porque no puede querer pecar.

    Capítulo 55 [XLVII.] — Continuación de lo mismo

    Cap. 55

    Observa también lo que sigue. «Podemos percibir,» dice, «que lo mismo es cierto del oír, del oler y del ver—que oír, oler y ver está en nuestro poder, mientras que la capacidad de oír, oler y ver no está en nuestro poder, sino que radica en una necesidad natural.» O yo no entiendo lo que quiere decir, o él no se entiende a sí mismo. Pues ¿cómo no está en nuestro poder la posibilidad de ver, si la necesidad de no ver está en nuestro poder porque la ceguera está en nuestro poder, con la cual podemos privarnos, si queremos, de esa misma capacidad de ver? Además, ¿cómo está en nuestro poder ver cuando queremos, cuando, sin pérdida alguna de la estructura natural del cuerpo en el órgano de la vista, somos incapaces, aun queriéndolo, de ver—ya sea por la remoción de todas las luces exteriores durante la noche, o por estar encerrados en algún lugar oscuro? Igualmente, si nuestra capacidad o incapacidad de oír no está en nuestro poder, sino en la necesidad de la naturaleza, mientras que nuestro oír real o no oír es de nuestra propia voluntad, ¿cómo es que no presta atención al hecho de que hay tantas cosas que oímos contra nuestra voluntad, que penetran nuestro sentido aun cuando nuestros oídos están tapados, como el chirrido de una sierra cerca de nosotros, o el gruñido de un cerdo? Aunque el taparse los oídos muestra claramente que no está en nuestro poder no oír mientras nuestros oídos estén abiertos; tal vez, también, tal taponamiento de los oídos que nos prive del sentido entero en cuestión prueba que incluso la capacidad de no oír está en nuestro propio poder. En cuanto a sus observaciones sobre nuestro sentido del olfato, ¿no muestra no poca negligencia cuando dice «que no está en nuestro poder ser capaces o incapaces de oler, sino que está en nuestro poder» —es decir, en nuestro libre albedrío— «oler o no oler?» Pues supongamos que alguien nos coloca, con las manos firmemente atadas, pero sin daño alguno a nuestros miembros olfativos, entre olores malos y nocivos; en tal caso perdemos por completo el poder, por fuerte que sea nuestro deseo, de no oler, porque cada vez que nos vemos obligados a respirar inhalamos también el olor que no deseamos.

    Capítulo 56 [XLVIII.] — La asistencia de la gracia en una naturaleza perfecta

    Cap. 56

    No sólo, pues, son falsas estas comparaciones empleadas por nuestro autor, sino también lo es la materia que desea ilustrar con ellas. Continúa diciendo: «De igual manera, en cuanto a la posibilidad de no pecar, debemos entender que es nuestro el no pecar, pero que la capacidad de evitar el pecado no es nuestra.» Si hablase de la naturaleza entera y perfecta del hombre, que ahora no poseemos («porque en esperanza somos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza. Porque si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos» []), ni siquiera en ese caso sería correcto su lenguaje, en el sentido de que evitar el pecado sería de nosotros solos, aunque pecar fuese de nosotros, pues aun entonces tendría que haber ayuda de Dios, la cual debe derramarse sobre quienes están dispuestos a recibirla, tal como se da la luz a los ojos sanos y fuertes para asistirlos en su función de ver. Sin embargo, como plantea la cuestión acerca de esta vida presente nuestra, en la cual el cuerpo corruptible pesa sobre el alma y la morada terrenal abate los sentidos con sus muchos pensamientos, me asombra que pueda con toda sinceridad suponer que, incluso sin la ayuda del bálsamo curativo de nuestro Salvador, está en nuestro propio poder evitar el pecado, y que la capacidad de no pecar sea de la naturaleza, la cual da evidencia más fuerte de su propia corrupción precisamente por el hecho de no ver su mancha.

    Capítulo 57 [XLIX.] — No menoscaba el poder omnipotente de Dios que Él sea incapaz de pecar, morir o destruirse a sí mismo

    Cap. 57

    «En tanto,» dice él, «como no pecar es nuestro, somos capaces de pecar y de evitar el pecado.» ¿Qué, pues, si otro dijera: «En tanto como no desear la infelicidad es nuestro, somos capaces tanto de desearla como de no desearla?» Y sin embargo, positivamente no podemos desearla. Porque ¿quién podría desear ser infeliz, aunque desee algo de lo cual le sobrevenga la infelicidad contra su voluntad? Luego, en tanto que, en grado infinitamente mayor, es propio de Dios no pecar, ¿nos atreveremos, por tanto, a decir que Él es capaz tanto de pecar como de evitar el pecado? ¡Dios no permita que jamás digamos que Él puede pecar! Pues no puede, como suponen las personas necias, dejar de ser omnipotente por ser incapaz de morir, o porque no puede negarse a sí mismo. ¿Qué quiere decir, entonces? ¿Con qué modo de hablar intenta persuadirnos de un punto que él mismo es reacio a considerar? Pues avanza un paso más y dice: «Sin embargo, como no es nuestro el ser capaces de evitar el pecado, aun si quisiéramos no poder evitar el pecado, no está en nuestro poder ser incapaces de evitarlo.» Es una frase complicada, y por tanto muy oscura. Sin embargo, podría expresarse más claramente de esta manera: «Puesto que ser capaces de evitar el pecado no es nuestro, entonces, sea que lo queramos o no, ¡somos capaces de evitar el pecado!» No dice, «Sea que lo queramos o no, no pecamos,» —pues indudablemente pecamos si queremos— pero aun así afirma que, queramos o no, tenemos la capacidad de no pecar, capacidad que declara inherente a nuestra naturaleza. De un hombre, ciertamente, que tiene las piernas fuertes y sanas, puede decirse de manera admisible, «quiera o no, tiene capacidad de caminar;» pero si sus piernas están rotas, por mucho que quiera, no tiene la capacidad. La naturaleza de la que habla nuestro autor está corrompida. «¿Por qué se enorgullece el polvo y la ceniza?» [] Está corrompida. Implora la ayuda del Médico. «Sálvame, oh Señor,» es su clamor; «Sana mi alma,» exclama. ¿Por qué reprime tales clamores para impedir la salud futura, insistiendo, por así decirlo, en su capacidad presente?

    Capítulo 58 [L.] — Aun los hombres piadosos y temerosos de Dios resisten a la gracia

    Cap. 58

    Observa también qué observación añade, con la que piensa que su posición queda confirmada: «Ninguna voluntad», dice él, «puede quitar aquello que se demuestra implantado inseparablemente en la naturaleza.» ¿De dónde viene, entonces, aquella expresión: «De modo que no podéis hacer las cosas que quisiereis?» [] ¿De dónde también esta otra: «Porque lo bueno que quiero, no lo hago; sino lo malo que aborrezco, eso hago?» [] ¿Dónde está aquella capacidad que se demuestra implantada inseparablemente en la naturaleza? Mira, son seres humanos los que no hacen lo que quieren; y ciertamente trataba de no pecar, no de no volar, porque su tema eran hombres, no pájaros. He aquí, es el hombre quien no hace el bien que quiere, sino el mal que no quiere: «el querer está presente en él, pero cómo realizar lo bueno no está presente.» [] ¿Dónde está la capacidad que se demuestra implantada inseparablemente en la naturaleza? Pues a quien el apóstol representa en sí mismo, si no habla estas cosas de su propia persona, ciertamente representa a un hombre mediante sí mismo. Nuestro autor, sin embargo, sostiene que nuestra naturaleza humana posee realmente una capacidad inseparable de no pecar en absoluto. Tal afirmación, sin embargo, aun hecha por un hombre que desconoce el efecto de sus palabras (pero esta ignorancia difícilmente puede atribuirse al hombre que sugiere estas afirmaciones a hombres incautos, aunque temerosos de Dios), hace que la gracia de Cristo sea «inutilizada», puesto que se pretende que la naturaleza humana es suficiente para su propia santidad y justificación.

    Capítulo 59 [LI.] — En qué sentido atribuyó Pelagio a la gracia de Dios la capacidad de no pecar

    Cap. 59

    Sin embargo, para escapar del odio con que los cristianos guardan su salvación, responde a su pregunta cuando le dicen: «¿Por qué afirmas que el hombre, sin la ayuda de la gracia de Dios, puede evitar el pecado?» diciendo: «La capacidad real de no pecar no reside tanto en el poder de la voluntad como en la necesidad de la naturaleza. Todo lo que se coloca en la necesidad de la naturaleza corresponde indudablemente al Autor de la naturaleza, es decir, a Dios. ¿Cómo, entonces,» dice él, «puede considerarse dicho sin la gracia de Dios lo que se muestra que pertenece de manera especial a Dios?» Aquí se expresa la opinión que todo el tiempo se mantuvo en segundo plano; de hecho, no hay manera de ocultar permanentemente semejante doctrina. La razón por la que atribuye a la gracia de Dios la capacidad de no pecar es que Dios es el Autor de la naturaleza, en la cual, declara, esta capacidad de evitar el pecado está implantada inseparablemente. Siempre que Él quiere algo, sin duda lo hace; y lo que no quiere, no lo hace. Ahora bien, dondequiera que haya esta capacidad inseparable, no puede sobrevenir debilidad alguna de la voluntad; o más bien, no puede haber a la vez presencia de voluntad y falta de «realización.» [] Siendo esto así, ¿cómo es que «el querer está presente, pero cómo realizar lo bueno» no está presente? Ahora, si el autor de la obra que discutimos hablaba de aquella naturaleza del hombre que en el principio fue creada sin falta y perfecta, en cualquier sentido que se tome su afirmación, «que tiene una capacidad inseparable,» — es decir, por así decirlo, una que no puede perderse — entonces no debería haberse mencionado en absoluto una naturaleza que podía corromperse y que podía requerir un médico para curar los ojos de los ciegos y restaurar aquella capacidad de ver que se había perdido por la ceguera. Pues supongo que un ciego querría ver, pero no puede; pero siempre que un hombre quiere hacer algo y no puede, la voluntad está presente en él, pero ha perdido la capacidad.

    Capítulo 60 [LII.] — Pelagio admite «carne contraria» en los no bautizados

    Cap. 60

    Mira qué obstáculos intenta todavía romper, si es posible, para introducir su propia opinión. Se plantea una pregunta a sí mismo en estos términos: «Pero me dirás que, según el apóstol, la carne es contraria [] a nosotros;» y luego la responde de esta manera: «¿Cómo puede ser que en el caso de cualquier persona bautizada la carne le sea contraria, cuando según el mismo apóstol se entiende que no está en la carne? Porque dice: 'Pero vosotros no estáis en la carne.'» [] Muy bien; pronto veremos si es realmente cierto que esto dice que en los bautizados la carne no puede serles contraria; por ahora, sin embargo, como le era imposible olvidar por completo que era cristiano (aunque su recuerdo del punto es solo ligero), ha abandonado su defensa de la naturaleza. ¿Dónde está entonces aquella capacidad inseparable suya? ¿No son parte de la naturaleza humana los que aún no están bautizados? Ahora bien, aquí sin duda, aquí en este punto, podría encontrar su oportunidad de despertar de su sueño; y aún la tiene si es cuidadoso. «¿Cómo puede ser,» pregunta, «que en el caso de una persona bautizada la carne le sea contraria?» Por tanto, ¡a los no bautizados la carne sí puede serles contraria! Que nos diga cómo; pues incluso en estos existe aquella naturaleza que con tanto ahínco ha defendido. Sin embargo, en estos ciertamente admite que la naturaleza está corrompida, puesto que fue solo entre los bautizados donde el viajero herido dejó su posada sano y salvo, o más bien permanece sano en la posada adonde el compasivo samaritano lo llevó para que fuera curado. [] Ahora bien, si admite que la carne es contraria incluso en estos, que nos diga qué ha sucedido para ocasionar esto, ya que la carne y el espíritu son por igual obra de uno y el mismo Creador, y por tanto indudablemente ambos son buenos, porque Él es bueno — a menos que sea aquel daño infligido por la propia voluntad del hombre. Y para que esto pueda ser reparado en nuestra naturaleza, se necesita de aquel mismo Salvador de cuya mano creadora procedió la naturaleza misma. Ahora, si reconocemos que este Salvador, y aquel remedio curativo suyo por el cual el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros, son requeridos por pequeños y grandes — por el infante que llora y por el anciano de cabellos canos por igual — entonces, de hecho, toda la controversia del punto entre nosotros queda resuelta.

    Capítulo 61 [LIII.] — Pablo afirma que la carne es contraria incluso en los bautizados

    Cap. 61

    Veamos ahora si en alguna parte leemos acerca de que la carne sea contraria también en los bautizados. Y aquí pregunto: ¿a quién dijo el apóstol: «La carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; y estos se oponen entre sí, de modo que no hacéis las cosas que quisiereis?» [] Esto, creo, lo escribió a los gálatas, a quienes también dice: «Aquel, pues, que os suministra el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley o por el oír de la fe?» [] Parece, por tanto, que es a cristianos a quienes habla, a quienes también Dios había dado su Espíritu: por tanto, también a los bautizados. Observa, por tanto, que incluso en las personas bautizadas se encuentra que la carne es contraria; de modo que no tienen aquella capacidad que, según nuestro autor, está implantada inseparablemente en la naturaleza. ¿Dónde está, pues, el fundamento de su afirmación, «¿Cómo puede ser que en el caso de una persona bautizada la carne le sea contraria?» en cualquier sentido que entienda la carne? Porque en realidad no es su naturaleza la que es buena, sino que son los defectos carnales de la carne los que se nombran expresamente en el pasaje que tenemos delante. Sin embargo, observa, aun en los bautizados, cuán contraria es la carne. ¿Y de qué manera contraria? De modo que «no hacen las cosas que quieren.» Nota que la voluntad está presente en el hombre; pero ¿dónde está aquella «capacidad de la naturaleza?» Confesemos que la gracia nos es necesaria; clamemos: «¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» Y que nuestra respuesta sea: «¡La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor!» []

    Capítulo 62. — Sobre qué gracia de Dios se discute aquí. El hombre impío, al morir, no es librado de la concupiscencia

    Cap. 62

    Ahora bien, aunque con mucha razón se le pregunta con aquellas palabras: «¿Por qué afirmas que el hombre, sin la ayuda de la gracia de Dios, puede evitar el pecado?» sin embargo, la indagación no se refería a aquella gracia por la que el hombre fue creado, sino solo a aquella por la cual es salvado mediante Jesucristo nuestro Señor. Los fieles dicen en su oración: «No nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.» [] Pero si ya tienen capacidad, ¿por qué oran? O, ¿cuál es el mal del que piden ser librados, sino, sobre todo, «el cuerpo de esta muerte?» Y de esto nada los libra sino solo la gracia de Dios, mediante nuestro Señor Jesucristo. No, por supuesto, de la sustancia del cuerpo, que es buena; sino de sus ofensas carnales, de las cuales el hombre no es liberado sino por la gracia del Salvador — ni siquiera cuando abandona el cuerpo por la muerte del cuerpo. Si esto era lo que el apóstol quería declarar, ¿por qué había dicho antes: «Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros?» [] ¡Mira qué daño ha infligido a la naturaleza del hombre la desobediencia de la voluntad! ¡Que se le permita orar para ser sanado! ¿Por qué ha de presumir tanto de la capacidad de su naturaleza? Está herida, lastimada, dañada, destruida. Lo que necesita es una confesión verdadera de su debilidad, no una falsa defensa de su capacidad. Requiere la gracia de Dios, no para ser hecha, sino para ser rehecha. Y esta es la única gracia que nuestro autor proclama innecesaria; ¡por esto guarda silencio! Si, en verdad, no hubiera dicho nada en absoluto acerca de la gracia de Dios, y no se hubiera propuesto a sí mismo aquella pregunta para resolverla, con el propósito de apartar de sí el odio de este asunto, podría haberse pensado que su visión del tema era coherente con la verdad, solo que se había abstenido de mencionarla, sobre la base de que no en toda ocasión necesitamos decir todo lo que pensamos. Planteó la cuestión de la gracia, y la respondió de la manera que tenía en su corazón; la cuestión ha quedado definida — no de la manera que quisiéramos, sino según la duda que albergábamos sobre cuál era su significado.

    Capítulo 63 [LIV.] — ¿Crea Dios cosas contrarias?

    Cap. 63

    Luego se esfuerza, citando mucho del apóstol, sobre lo cual no hay controversia, en mostrar «que la carne es mencionada a menudo por él de tal manera que demuestra que no se refiere a la sustancia, sino a las obras de la carne.» ¿Qué importa esto al punto? Los defectos de la carne son contrarios a la voluntad del hombre; su naturaleza no es acusada; pero se necesita un Médico para sus defectos. ¿Qué significa su pregunta, «¿Quién hizo el espíritu del hombre?» y su propia respuesta, «Dios, sin duda?» Otra vez pregunta: «¿Quién creó la carne?» y de nuevo responde: «El mismo Dios, supongo.» Y aún una tercera pregunta: «¿Es bueno el Dios que creó ambas?» y la tercera respuesta: «Nadie lo duda.» Una vez más una pregunta: «¿No son ambas buenas, puesto que el Creador bueno las hizo?» y su respuesta: «Hay que confesar que lo son.» Y luego sigue su conclusión: «Si, por tanto, tanto el espíritu es bueno como la carne es buena, hechas por el Creador bueno, ¿cómo puede ser que las dos cosas buenas sean contrarias entre sí?» No necesito decir que todo este razonamiento se derrumbaría si alguien le preguntara: «¿Quién hizo el calor y el frío?» y él respondiera: «Dios, sin duda.» No hago la serie de preguntas. Que determine él mismo si estas condiciones del clima pueden decirse no buenas, o si no parecen contrarias entre sí. Aquí probablemente objetará: «Estas no son sustancias, sino cualidades de sustancias.» Muy cierto, así es. Pero aun así son cualidades naturales, y pertenecen indudablemente a la creación de Dios; y las sustancias, en verdad, no se dice que sean contrarias entre sí en sí mismas, sino en sus cualidades, como el agua y el fuego. ¿Y si así fuera también con la carne y el espíritu? No afirmamos que sea así; pero, para mostrar que su argumento termina en una conclusión que no se sigue necesariamente, hemos dicho tanto como esto. Pues es muy posible que los contrarios no se opongan recíprocamente entre sí, sino que más bien por acción mutua templen la salud y la hagan buena; tal como en nuestro cuerpo, la sequedad y la humedad, el frío y el calor — en cuya combinación consiste toda nuestra salud corporal. El hecho, sin embargo, de que «la carne es contraria al Espíritu, de modo que no podemos hacer las cosas que quisiéramos,» [] es un defecto, no la naturaleza. Hay que buscar la gracia del Médico, y su controversia debe terminar.

    Capítulo 64. — La admisión de Pelagio en cuanto a los no bautizados, fatal

    Cap. 64

    Ahora bien, por lo que toca a estas dos sustancias buenas que el Dios bueno creó, ¿cómo, contra el razonamiento de este hombre, en el caso de los no bautizados, pueden ser contrarias la una a la otra? ¿Acaso lamentará haber dicho también esto, que admitió por cierta consideración a la fe de los cristianos? Pues cuando preguntó: «¿Cómo, en el caso de una persona que ya está bautizada, puede ocurrir que su carne le sea contraria?» dio a entender, por supuesto, que en el caso de los no bautizados es posible que la carne sea contraria. Pues ¿por qué insertar la cláusula «que ya está bautizada,» cuando sin tal añadido podría haber formulado su pregunta así: «¿Cómo en el caso de cualquier persona puede la carne ser contraria?» y cuando, para probar esto, podría haber añadido su argumento de que, puesto que tanto el cuerpo como el espíritu son buenos (hechos como están por el buen Creador), no pueden, por tanto, ser contrarios el uno al otro? Supongamos ahora que personas no bautizadas (en quienes, al menos, él confiesa que la carne es contraria) le apremiaran con sus propios argumentos y le dijeran: ¿Quién hizo el espíritu del hombre? Tendría que responder: Dios. Supongamos que le preguntaran de nuevo: ¿Quién creó la carne? Y él responde: El mismo Dios, creo. Supongamos que su tercera pregunta fuera: ¿Es bueno el Dios que creó ambas? Y su respuesta: Nadie lo duda. Supongamos una vez más que le plantearan la pregunta que aún le queda: ¿No son ambas buenas, puesto que el buen Creador las hizo? Y él lo confiesa. Entonces ciertamente le degollarán con su propia espada, cuando le fuerzan su conclusión y le dicen: Puesto que, por tanto, el espíritu del hombre es bueno, y su carne buena, como hecha por el buen Creador, ¿cómo puede ser que las dos, siendo buenas, sean contrarias entre sí? Aquí, quizá, responderá: Le ruego me perdone; no debí decir que la carne no puede ser contraria al espíritu en ninguna persona bautizada, como si quisiera dar a entender que es contraria en los no bautizados; sino que debí hacer mi afirmación general, a saber, que la carne en ningún hombre es contraria. Mira ahora a qué rincón se arrincona. Mira lo que dirá un hombre que no quiere clamar con el apóstol: «¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor.» [] «Pero ¿por qué,» pregunta, «debería yo exclamar así, yo que ya estoy bautizado en Cristo? Son ellos quienes deben clamar así, los que todavía no han recibido tan gran beneficio, cuyas palabras el apóstol transfirió en figura a sí mismo—si es que incluso ellos dicen tanto.» Pues bien, esta defensa de la naturaleza no permite ni siquiera a éstos pronunciar esta exclamación. Porque en los bautizados no hay naturaleza; y en los no bautizados, ¡la naturaleza no existe! O si incluso en una clase se permite que esté corrompida, de modo que no sin razón exclaman los hombres: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» a la otra también se le trae ayuda en lo que sigue: «La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor;» entonces concédase por fin que la naturaleza humana necesita de Cristo como su Médico.

    Capítulo 65 [LV.] — «Este cuerpo de muerte,» llamado así por su defecto, no por su sustancia

    Cap. 65

    Pregunto ahora: ¿cuándo perdió nuestra naturaleza aquella libertad que él anhela que se le dé cuando dice: «¿Quién me libertará?» []? Pues ni él mismo halla falta en la sustancia de la carne cuando expresa su deseo de ser liberado del cuerpo de esta muerte, ya que la naturaleza del cuerpo, al igual que la del alma, debe atribuirse al Dios bueno como autor suyo. Pero aquello de lo que habla se refiere sin duda a las ofensas del cuerpo. Ahora bien, la muerte del cuerpo nos separa del cuerpo; mientras que las ofensas contraídas del cuerpo permanecen, y su justo castigo las aguarda, como lo halló el rico en el infierno. [] De éstas no podía liberarse quien dijo: «¿Quién me libertará del cuerpo de esta muerte?» [] Pero sea cuando sea que perdió esta libertad, al menos queda aquella «capacidad inseparable» de la naturaleza: tiene la habilidad por los recursos naturales; tiene la volición por el libre albedrío. ¿Por qué busca el sacramento del bautismo? ¿Es acaso por los pecados pasados, para que le sean perdonados, ya que no pueden deshacerse? Pues bien, supongamos que absuelves y sueltas a un hombre en esos términos; todavía tendrá que proferir el antiguo clamor; porque no sólo quiere ser misericordiosamente liberado del castigo por las ofensas pasadas, sino ser fortalecido y fortificado contra el pecar en el tiempo venidero. Porque «se deleita en la ley de Dios, según el hombre interior; pero entonces ve otra ley en sus miembros, que guerrea contra la ley de su mente.» [] Observa: ve que hay, no recuerda que había. Es una presión presente, no un recuerdo pasado. Y ve que la otra ley no sólo «guerrea,» sino que incluso «lo lleva cautivo a la ley del pecado, que está» (no que estaba ) «en sus miembros.» [] De aquí proviene aquel clamor suyo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará del cuerpo de esta muerte?» [] Que ore, que suplique el auxilio del gran Médico. ¿Por qué contradecir esa oración? ¿Por qué desacreditar esa súplica? ¿Por qué se ha de impedir al infeliz suplicante que implore la misericordia de Cristo, y eso precisamente por cristianos? Pues fueron precisamente los que acompañaban a Cristo quienes intentaron impedir, acallándolo, que el ciego pidiera luz; pero aun en medio del ruido y de la multitud de los que contradecían, Él oye al suplicante; [] de donde la respuesta: «La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor.» []

    Capítulo 66. — Las obras, no la sustancia, de la «carne» opuestas al «Espíritu.»

    Cap. 66

    Ahora bien, si obtenemos de ellos aun esta concesión, que las personas no bautizadas puedan implorar el auxilio de la gracia del Salvador, esto no es ciertamente un punto pequeño contra aquella falaz afirmación de la autosuficiencia de la naturaleza y del poder del libre albedrío. Pues no se basta a sí mismo quien dice: «¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará?» Ni puede decirse que tiene plena libertad quien todavía pide liberación. [LVI.] Pero veamos, además, este punto también: si los bautizados hacen el bien que querrían, sin resistencia alguna de la concupiscencia de la carne. Mas lo que tenemos que decir sobre este asunto lo menciona el propio autor, cuando al concluir este tema dice: «Como ya dijimos, el pasaje en que se encuentran las palabras: "La carne codicia contra el Espíritu", [] ha de referirse necesariamente no a la sustancia, sino a las obras de la carne.» Nosotros también afirmamos que esto se dice no de la sustancia de la carne, sino de sus obras, que proceden de la concupiscencia carnal, en una palabra, del pecado, sobre el cual tenemos este precepto: «No dejéis que el pecado reine en vuestro cuerpo mortal, para que no le obedezcáis en sus concupiscencias.» []

    Capítulo 67 [LVII.] — Quiénes puede decirse que están bajo la ley

    Cap. 67

    Pero aun nuestro autor debería observar que fue a personas ya bautizadas a quienes se dijo: «La carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne, de modo que no podéis hacer lo que quisiereis.» [] Y para que no los haga perezosos para el combate real, y para que no parezca por esta afirmación que les ha dado relajación para pecar, prosigue diciéndoles: «Si sois guiados por el Espíritu, ya no estáis bajo la ley.» [] Porque está bajo la ley aquel hombre que, por temor al castigo que la ley amenaza, y no por amor alguno a la justicia, se obliga a abstenerse de la obra del pecado, sin estar todavía libre ni apartado del deseo de pecar. Pues es en su propia voluntad donde es culpable, por la cual preferiría, si fuera posible, que aquello que teme no existiera, para poder hacer libremente lo que secretamente desea. Por eso dice: «Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley,» — es decir, la ley que inspira temor, pero no da amor. Porque este «amor es derramado en nuestros corazones,» no por la letra de la ley, sino «por el Espíritu Santo que nos es dado.» [] Ésta es la ley de la libertad, no de la esclavitud; es la ley del amor, no del temor; y acerca de ella dice el apóstol Santiago: «El que mira atentamente en la perfecta ley de la libertad.» [] Por lo cual también él ya no se sentía aterrorizado por la ley de Dios como esclavo, sino que se deleitaba en ella en el hombre interior, aunque todavía veía otra ley en sus miembros que guerreaba contra la ley de su mente. En consecuencia, dice aquí: «Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.» En verdad, en la medida en que un hombre es guiado por el Espíritu, no está bajo la ley; porque, en la medida en que se goza en la ley de Dios, no vive en temor de la ley, ya que «el temor lleva en sí castigo,» [] no gozo ni deleite.

    Capítulo 68 [LVIII.] — A pesar del diablo, el hombre puede, con la ayuda de Dios, ser perfeccionado

    Cap. 68

    Si, por tanto, sentimos rectamente sobre este asunto, es nuestro deber a la vez dar gracias por lo que ya está sanado dentro de nosotros, y orar por una sanación ulterior tal que nos permita gozar de plena libertad, en aquel estado de salud tan absoluto que no admite adición, el perfecto placer de Dios. Pues no negamos que la naturaleza humana pueda estar sin pecado; ni debemos en modo alguno negarle la capacidad de llegar a ser perfecta, ya que admitimos su capacidad de progreso—por la gracia de Dios, sin embargo, mediante nuestro Señor Jesucristo. Por su asistencia afirmamos que se vuelve santa y feliz, por quien fue creada para serlo. Hay, por consiguiente, una fácil refutación de la objeción que nuestro autor dice que algunos alegan contra él: «El diablo se nos opone.» Esta objeción la enfrentamos también en un lenguaje enteramente idéntico al que él usa en su respuesta: «Debemos resistirle, y huirá. "Resistid al diablo", dice el bienaventurado apóstol, "y huirá de vosotros". [] De lo cual se puede observar en qué consiste su daño contra aquellos de quienes huye; o qué poder se ha de entender que posee, cuando prevalece sólo contra aquellos que no le resisten.» Tal lenguaje es también mío; pues es imposible emplear palabras más verdaderas. Sin embargo, hay esta diferencia entre nosotros y ellos: que nosotros, siempre que hay que resistir al diablo, no sólo no negamos, sino que enseñamos de hecho, que se ha de buscar la ayuda de Dios; mientras que ellos atribuyen tanto poder a la voluntad que quitan la oración del deber religioso. Ahora bien, es ciertamente con miras a resistir al diablo y a que huya de nosotros que decimos al orar: «No nos dejes caer en tentación;» [] para el mismo fin somos también advertidos por nuestro Capitán, que nos exhorta como a soldados con las palabras: «Velad y orad, para que no entréis en tentación.» []

    Capítulo 69 [LIX.] — Pelagio pone la naturaleza en el lugar de la gracia

    Cap. 69

    En cambio, contra aquellos que preguntan: «¿Y quién no querría estar sin pecado, si ello estuviera en poder del hombre?» arguye con razón, diciendo «que con esta misma pregunta reconocen que la cosa no es imposible; porque tanto como esto, muchos, si no todos los hombres, ciertamente desean.» Pues bien, que confiese solamente el medio por el cual esto es posible, y entonces nuestra controversia ha terminado. Ahora bien, el medio es «la gracia de Dios mediante nuestro Señor Jesucristo;» por la cual en ningún lugar ha querido permitir que seamos asistidos cuando oramos para evitar el pecado. Si en verdad lo permite secretamente, debe perdonarnos si sospechamos otra cosa. Pues él mismo produce este resultado, quien, aunque afronta tanta difamación sobre este asunto, desea mantener la opinión secreta, y sin embargo no quiere confesarla ni profesarla. Ciertamente no sería gran cosa que hablara claramente, sobre todo porque se ha propuesto tratar y abrir este punto, como si le hubiera sido objetado por parte de los adversarios. ¿Por qué en tales ocasiones eligió sólo defender la naturaleza, y afirmar que el hombre fue creado de tal manera que está en su poder no pecar si no quiere pecar; y, por el hecho de que fue creado así, decir definitivamente que el poder se debía a la gracia de Dios que le permitía evitar el pecado, si no quería cometerlo; y sin embargo negarse a decir algo acerca del hecho de que la naturaleza misma es, o bien, porque está desordenada, sanada por la gracia de Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, o bien asistida por ella, porque en sí misma es tan insuficiente?

    Capítulo 70 [LX.] — Si algún hombre está sin pecado en esta vida

    Cap. 70

    Ahora bien, si alguna vez ha habido, o hay, o podrá haber, un hombre que viva una vida tan justa en este mundo como para no tener pecado alguno, puede ser cuestión abierta entre cristianos verdaderos y piadosos; pero quien duda de la posibilidad de este estado sin pecado después de esta vida presente es necio. Por mi parte, en verdad, no quiero disputar el punto ni siquiera en lo que respecta a esta vida. Pues aunque aquel pasaje me parece incapaz de tener sentido dudoso alguno, donde está escrito: «En tu presencia ningún viviente será justificado» (y así en pasajes semejantes), sin embargo desearía que fuera posible mostrar o bien que tales citas eran capaces de una mejor interpretación, o bien que una justicia perfecta y plenaria, a la cual fuera imposible añadir algo, se había realizado en algún tiempo pasado en alguien mientras pasaba por esta vida en la carne, o se estaba realizando ahora, o se realizaría en el futuro. Sin embargo, son una gran mayoría los que, no dudando que hasta el último día de su vida les será necesario recurrir a la oración que tan verazmente pueden proferir: «Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores,» [] confían, no obstante, en que en Cristo y en sus promesas poseen una esperanza verdadera, cierta e infalible. Sin embargo, no hay método alguno por el cual alguien llegue a la perfección absoluta, o por el cual un hombre haga el más mínimo progreso hacia la justicia verdadera y piadosa, sino la gracia asistente de nuestro crucificado Salvador Cristo, y el don de su Espíritu; y quienquiera que niegue esto no puede ser contado rectamente, casi pienso, en el número de ningún tipo de cristianos.

    Capítulo 71 [LXI.] — Agustín responde contra las citas que Pelagio había aducido de los escritores católicos. Lactancio

    Cap. 71

    En consecuencia, también con respecto a los pasajes que ha aducido—no, por cierto, de las Escrituras canónicas, sino de ciertos tratados de escritores católicos—quiero salir al paso de las afirmaciones de quienes dicen que dichas citas hablan a su favor. El hecho es que estos pasajes son tan enteramente neutrales, que no se oponen ni a nuestra opinión ni a la suya. Entre ellos quiso incluir algo de mis propios libros, teniéndome así por una persona que parecía digna de ser contada entre ellos. Por esto no debo ser ingrato, y lamentaría—lo digo con amistad no fingida—que él esté en error, ya que me ha conferido este honor. En cuanto a su primera cita, en verdad, ¿por qué necesito examinarla largamente, ya que no veo aquí el nombre del autor, sea porque no lo ha dado, o porque por algún descuido casual la copia que me habéis enviado no lo contenía? Sobre todo porque en escritos de tales autores me siento libre de usar mi propio juicio (no debiendo asentimiento sin vacilación a nada sino a las Escrituras canónicas), mientras que de hecho no hay un pasaje que haya citado de las obras de este autor anónimo que me perturbe. «Era conveniente,» dice, «que el Maestro y Doctor de la virtud se hiciera semejantísimo al hombre, para que, venciendo el pecado, mostrara que el hombre es capaz de vencer el pecado.» Ahora bien, como quiera que esté expresado este pasaje, su autor ha de ver qué explicación es capaz de soportar. Nosotros, por nuestra parte, no podríamos dudar en modo alguno de que en Cristo no hubo pecado alguno que vencer—nacido como fue en la semejanza de carne de pecado, no en la carne de pecado misma. Otro pasaje se aduce del mismo autor con este efecto: «Y de nuevo: que al subyugar los deseos de la carne nos enseñara que no es por necesidad que uno peca, sino por propósito deliberado y voluntad.» Por mi parte, entiendo estos deseos de la carne (si no es de sus concupiscencias ilícitas de lo que el escritor habla aquí) como el hambre, la sed, el alivio después de la fatiga, y cosas semejantes. Pues es a través de éstos, por irreprochables que sean en sí mismos, que algunos hombres caen en pecado—resultado que estuvo muy lejos de nuestro bendito Salvador, aun cuando, como vemos por la evidencia del evangelio, estas afecciones le eran naturales a Él en virtud de su semejanza con la carne de pecado.
    Comentario editorial · Los testimonios de los católicos
    Desde aquí Agustín examina lo que Pelagio había alegado, dice, «no de las Escrituras canónicas, sino de ciertos tratados de escritores católicos», y lo hace por orden: Lactancio (Cap. 71), Hilario (72–73), Ambrosio (74–75), Juan de Constantinopla (76), Xisto (77), Jerónimo (78) y, por último, él mismo (80–81), a quien Pelagio había incluido entre ellos. Para Agustín esos pasajes son «tan enteramente neutrales» que no se oponen ni a su opinión ni a la de Pelagio. Hace notar un criterio: de tales autores se siente libre de usar su propio juicio, pues no debe «asentimiento sin vacilación» más que a las Escrituras canónicas. El NPNF identifica al primer autor como Lactancio (Instituciones divinas, IV, 24) y compara el pasaje de Juan con una homilía de Crisóstomo sobre Efesios 2.

    Capítulo 72 [LXI.] — Hilario. Bienaventurados los limpios de corazón. El hacer y perfeccionar la justicia

    Cap. 72

    Cita las siguientes palabras del bienaventurado Hilario:«Sólo cuando seamos perfectos en espíritu y transformados en nuestro estado inmortal, bienaventuranza que ha sido destinada únicamente a los limpios de corazón, veremos aquello que es inmortal en Dios.»Ahora bien, en verdad no sé qué hay aquí dicho contra nuestra afirmación, ni en qué respecta este pasaje sirve a nuestro adversario, a no ser que testifique la posibilidad de que un hombre sea «limpio de corazón». Pero ¿quién niega tal posibilidad? Sólo que ha de ser por la gracia de Dios, por medio de Jesucristo nuestro Señor, y no meramente por nuestro libre albedrío. Continúa citando también este pasaje:«Este Job había leído tan eficazmente estas Escrituras, que se guardó de toda obra mala, porque adoraba a Dios puramente con una mente no mezclada con ofensas: ahora bien, tal adoración de Dios es la obra propia de la justicia.»Lo que aquí dice el escritor es lo que Job había hecho, no lo que había llevado a perfección en este mundo; mucho menos lo que había hecho o perfeccionado sin la gracia de aquel Salvador a quien de hecho había anunciado de antemano. [] Porque, en verdad, se abstiene de toda obra mala aquel que no permite que el pecado que tiene dentro domine sobre él, y que, siempre que un pensamiento indigno se desliza en su mente, no deja que llegue a consumarse en acto. Sin embargo, una cosa es no tener pecado, y otra rehusar obediencia a sus deseos. Una cosa es cumplir el mandato: «No codiciarás» [], y otra, mediante un esfuerzo al menos de abstinencia, hacer lo que también está escrito: «No vayas tras tus concupiscencias» []. Y, no obstante, uno es muy consciente de que nada de todo esto puede hacer sin la gracia del Salvador. Por tanto, obrar justicia es luchar en un combate interior contra el mal interior de la concupiscencia en la verdadera adoración de Dios; mientras que perfeccionarla significa no tener ningún adversario. Ahora bien, quien tiene que luchar todavía está en peligro, y a veces es sacudido, aunque no sea derribado; mientras que quien no tiene enemigo en absoluto se goza en perfecta paz. Además, con la mayor verdad se dice que está sin pecado aquel en quien ningún pecado habita interiormente — no aquel que, absteniéndose de obras malas, usa tales palabras como «Ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí» []

    Capítulo 73. — Él sale al encuentro de Pelagio con otro pasaje de Hilario

    Cap. 73

    Ahora bien, ni siquiera Job calla acerca de sus propios pecados; y tu amigo, por supuesto, opina con razón que la humildad no debe en modo alguno «ponerse del lado de la falsedad». Así pues, cualquier confesión que haga Job, por cuanto es un verdadero adorador de Dios, sin duda la hace en verdad. Asimismo, Hilario, al exponer aquel pasaje del salmo en el que está escrito: «Tú has despreciado a todos los que se apartan de tus mandamientos», dice: «Si Dios despreciara a los pecadores, despreciaría en verdad a todos los hombres, porque ningún hombre está sin pecado; pero a quienes desprecia es a los que se apartan de Él, a quienes llaman apóstatas.» Observas su afirmación: no dice que ningún hombre estuvo sin pecado, como si hablara del pasado, sino que ningún hombre está sin pecado; y sobre este punto, como ya he señalado, no tengo discusión con él. Pero si uno rehúsa someterse al apóstol Juan — quien no declara: «Si dijéramos que hemos tenido pecado», sino «Si decimos que tenemos pecado» [] —, ¿cómo es probable que muestre deferencia al obispo Hilario? En defensa de la gracia de Cristo alzo mi voz, gracia sin la cual ningún hombre es justificado — como si el libre albedrío natural fuera suficiente. Es más, Él mismo alza su propia voz en defensa de lo mismo. Sometámonos a Él cuando dice: «Sin mí nada podéis hacer» []

    Capítulo 74 [LXIII.] — Ambrosio

    Cap. 74

    San Ambrosio, sin embargo, se opone realmente a quienes dicen que el hombre no puede existir sin pecado en la vida presente. Pues, para apoyar su afirmación, se vale del ejemplo de Zacarías e Isabel, porque se dice de ellos que «andaban en todos los mandamientos y ordenanzas» de la ley «de manera irreprensible». Pero ¿acaso niega por ello que hicieran esto por la gracia de Dios, mediante nuestro Señor Jesucristo? Sin duda, era por tal fe en Él que los santos varones vivieron antiguamente, incluso antes de su muerte. Es Él quien envía el Espíritu Santo que nos es dado, por el cual aquel amor es derramado en nuestros corazones, y sólo por él cuantos son justos son justos. El obispo mencionó expresamente a este mismo Espíritu Santo cuando nos recuerda que ha de obtenerse por la oración (de modo que la voluntad no basta si no es ayudada por Él); así dice en su himno:
    Votisque præstat sedulis,
    Sanctum mereri Spiritum, —
    A quienes buscan con diligencia, les concede alcanzar el Espíritu Santo.

    Capítulo 75. — Agustín aduce en respuesta algunos otros pasajes de Ambrosio

    Cap. 75

    También yo citaré un pasaje de esta misma obra de San Ambrosio, de la que nuestro adversario ha tomado la afirmación que ha juzgado favorable para citar: «'Me pareció bien',» dice; «pero lo que declara que le pareció bien no pudo parecerle bien a él solo. Pues no es simplemente a su voluntad humana a lo que le pareció bien, sino también como agradó a Aquel, es decir, a Cristo, que, dice, habla en mí, el cual hace que lo que en sí mismo es bueno nos parezca bien también a nosotros. Pues a aquel de quien tiene misericordia, también lo llama. Así, quien sigue a Cristo, cuando se le pregunta por qué quiere ser cristiano, puede responder: 'Me pareció bien'. Al decir esto no niega que también agradó a Dios; pues de Dios procede la preparación de la voluntad del hombre, por cuanto es por la gracia de Dios como Dios es honrado por su santo.» Mira, pues, lo que tu autor debe aprender, si le agradan las palabras de Ambrosio: cómo la voluntad del hombre es preparada por Dios, y que no importa, o al menos importa poco, por qué medios o en qué momento se realiza la preparación, con tal de que no se ponga en duda si la cosa misma puede realizarse sin la gracia de Cristo. Además, ¡cuán importante era que observara una línea de las palabras de Ambrosio que citó! Pues después de que aquel santo varón hubo dicho: «Puesto que la Iglesia ha sido recogida del mundo, es decir, de hombres pecadores, ¿cómo puede ser inmaculada estando compuesta de material tan contaminado, sino, en primer lugar, porque es lavada de pecados por la gracia de Cristo y, en segundo lugar, porque se abstiene de pecados mediante su naturaleza que evita el pecado?» — añadió la siguiente frase, que tu autor se ha negado a citar por una razón evidente; pues [Ambrosio] dice: «No fue inmaculada desde el principio, porque eso era imposible para la naturaleza humana; sino que por la gracia de Dios y por su naturaleza, como ya no peca, sucede que parece inmaculada.» Ahora bien, ¿quién no comprende la razón por la que tu autor rehusó añadir estas palabras? Sin duda, está de tal modo dispuesto en la disciplina de la vida presente que la santa Iglesia llegue por fin a aquella condición de pureza inmaculadísima que todos los santos desean; y que en el mundo venidero, en un estado no mezclado con nada de hombres malos y no perturbado por ley alguna del pecado que se oponga a la ley de la mente, lleve la vida más pura en una eternidad divina. Aun así, debería observar bien lo que dice el obispo Ambrosio —y su afirmación coincide exactamente con las Escrituras—: «No fue inmaculada desde el principio, porque aquella condición era imposible para la naturaleza humana.» Con su expresión, «desde el principio,» quiere decir, en efecto, desde el tiempo en que nacemos de Adán. Adán, sin duda, fue creado inmaculado; sin embargo, respecto de aquellos que son por naturaleza hijos de ira, que derivan de él lo que en él estaba corrompido, afirmó claramente que era una imposibilidad en la naturaleza humana que fueran inmaculados desde el principio.

    Capítulo 76 [LXIV.] — Juan de Constantinopla

    Cap. 76

    Cita también a Juan, obispo de Constantinopla, cuando dice «que el pecado no es una sustancia, sino un acto malo». ¿Quién niega esto? «Y porque no es natural, por eso se dio la ley contra él, y porque procede de la libertad de nuestra voluntad.» ¿Quién, también, niega esto? Sin embargo, la presente cuestión se refiere a nuestra naturaleza humana en su estado corrompido; hay además otra cuestión acerca de aquella gracia de Dios por la cual nuestra naturaleza es sanada por el gran Médico, Cristo, cuyo remedio no necesitaría si estuviera sana. Y, no obstante, tu autor la defiende como capaz de no pecar, como si estuviera sana, o como si su libre albedrío se bastara a sí mismo.

    Capítulo 77. — Xisto

    Cap. 77

    ¿Qué cristiano, por otra parte, ignora lo que cita del santísimo Xisto, obispo de Roma y mártir de Cristo, cuando dice: «Dios ha conferido a los hombres la libertad de su propia voluntad, para que por la pureza y la impecabilidad de vida lleguen a ser semejantes a Dios?» Pero el hombre que apela al libre albedrío debe escuchar y creer, y pedir a Aquel en quien cree que le dé su ayuda para no pecar. Pues cuando habla de «llegar a ser semejante a Dios», es ciertamente por el amor de Dios como los hombres han de ser semejantes a Dios — precisamente el amor que es «derramado en nuestros corazones», no por capacidad alguna de la naturaleza ni por el libre albedrío que hay en nosotros, sino «por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» []. Luego, respecto de lo que el mismo mártir dice además: «Una mente pura es un templo santo para Dios, y un corazón limpio y sin pecado es su mejor altar», ¿quién no sabe que el corazón limpio debe ser llevado a esta perfección, mientras «el hombre interior se renueva de día en día» [], pero no sin la gracia de Dios mediante Jesucristo nuestro Señor? Asimismo, cuando dice: «Un hombre casto y sin pecado ha recibido de Dios poder para ser hijo de Dios», ciertamente lo quiso como una amonestación de que, cuando un hombre llega a ser tan casto y sin pecado (sin plantear cuestión alguna acerca de dónde y cuándo ha de obtener esta perfección — aunque de hecho es una cuestión muy interesante entre varones piadosos, que sin embargo están de acuerdo, por una parte, en la posibilidad de tal perfección y, por otra, en su imposibilidad salvo mediante «el único Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús»); [] — no obstante, como empecé diciendo, Xisto quiso que sus palabras fueran una amonestación: cuando un hombre alcanza tan elevado carácter, y con ello es justamente contado entre los hijos de Dios, no ha de pensarse que tal logro haya sido obra de su propio poder. Esto, en verdad, lo recibió de Dios por gracia, puesto que no lo tenía en una naturaleza que se había corrompido y depravado — como leemos en el Evangelio: «Mas a todos los que le recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» []; lo cual no eran por naturaleza, ni podían en absoluto llegar a serlo, a menos que, al recibirlo a Él, recibieran también poder por su gracia. Este es el poder que reclama para sí la fortaleza de aquel amor que sólo nos es comunicado por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.
    Comentario editorial · Xisto, que era Sexto
    Agustín trata aquí como palabras del obispo y mártir romano Xisto unas máximas que Pelagio había citado. En las Retractaciones reconoce que entonces lo creía y que después descubrió que su autor era Sexto, el filósofo pagano. Según Wikipedia, las Sentencias de Sexto son una colección helenística de máximas de tradición pitagórica, compuesta probablemente en el siglo II y retocada después en sentido cristiano; la menciona primero Orígenes, y Rufino la tradujo al latín hacia el año 400 con el título Anulus. La identificación con el papa Xisto II (256–258) era corriente cuando se hicieron las versiones latina y siríaca; Jerónimo la negó y llamó al autor Sextus Pythagoreus.

    Capítulo 78 [LXV.] — Jerónimo

    Cap. 78

    A continuación tenemos una cita de algunas palabras del venerable presbítero Jerónimo, de su exposición del pasaje donde está escrito: «'Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios' []. Estos son aquellos a quienes ninguna conciencia de pecado reprocha,» dice, y añade: «El hombre puro es visto por su pureza de corazón; el templo de Dios no puede ser mancillado.» Esta perfección, ciertamente, se obra en nosotros por el empeño, por el trabajo, por la oración, por la importunidad eficaz en ello, para que seamos llevados a la perfección en la que podamos contemplar a Dios con un corazón puro, por su gracia mediante nuestro Señor Jesucristo. En cuanto a la cita de que el mencionado presbítero dijo: «Dios nos creó con libre albedrío; no somos arrastrados por necesidad ni a la virtud ni al vicio; de lo contrario, donde hay necesidad no hay corona,» — ¿quién no admitiría esto? ¿Quién no lo aceptaría de corazón? ¿Quién negaría que la naturaleza humana fue creada así? La razón, sin embargo, por la que al hacer una acción recta no hay esclavitud de necesidad, es que la libertad proviene del amor.

    Capítulo 79 [LXVI.] — Una cierta necesidad de pecar

    Cap. 79

    Pero volvamos a la afirmación del apóstol: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» [] ¿Por quién dado, sino por Aquel que «subió a lo alto, llevó cautiva la cautividad y dio dones a los hombres?» [] Sin embargo, por cuanto existe —debido a los defectos que han entrado en nuestra naturaleza, no a la constitución de nuestra naturaleza— una cierta tendencia necesaria a pecar, el hombre debe escuchar y, para que dicha necesidad deje de existir, aprender a decir a Dios: «Sácame de mis necesidades;» porque en el mismo ofrecimiento de tal oración hay una lucha contra el tentador, que combate contra nosotros respecto de esta misma necesidad; y así, con la ayuda de la gracia mediante nuestro Señor Jesucristo, la mala necesidad será eliminada y se otorgará la plena libertad.

    Capítulo 80 [LXVII.] — El propio Agustín. Dos modos por los cuales los pecados, al igual que las enfermedades, se evitan

    Cap. 80

    Volvamos ahora a nuestro propio caso. «También el obispo Agustín,» dice tu autor, «en sus libros sobre el libre albedrío tiene estas palabras: 'Sea cual sea la causa misma de la volición, si es imposible resistirla, someterse a ella no es pecado; pero si puede resistirse, no se la obedezca, y no habrá pecado. ¿Acaso engaña al hombre incauto? Pues tenga cuidado de no ser engañado. ¿Es, empero, tan poderoso el engaño que no es posible guardarse de él? Si tal es el caso, entonces no hay pecados. Pues ¿quién peca cuando la precaución es del todo imposible? Sin embargo, el pecado se comete; por tanto, la precaución es posible.'» Lo reconozco, estas son mis palabras; pero él también debería dignarse reconocer todo lo que se dijo antes, puesto que la discusión versa sobre la gracia de Dios, que nos ayuda como medicina mediante el Mediador, no sobre la imposibilidad de la justicia. Sea, pues, cual sea la causa, puede resistirse. Ciertamente puede. Ahora bien, es por esto que pedimos ayuda, diciendo: «No nos dejes caer en la tentación» [], y no pediríamos ayuda si supusiéramos que la resistencia es del todo imposible. Es posible guardarse del pecado, pero con la ayuda de Aquel que no puede ser engañado. Pues esta misma circunstancia tiene mucho que ver con guardarse del pecado: que podemos decir sin fingimiento: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Ahora bien, hay dos maneras mediante las cuales, incluso en las enfermedades corporales, se previene el mal: impedir que se produzca y, si sucede, procurar una rápida curación. Para impedir que se produzca, podemos hallar precaución en la oración: «No nos dejes caer en la tentación;» para asegurar el remedio pronto, tenemos el recurso en la oración: «Perdónanos nuestras deudas.» Así, ya sea que el peligro sólo amenace o sea inherente, puede prevenirse.

    Capítulo 81. — Agustín se cita a sí mismo sobre el libre albedrío

    Cap. 81

    Sin embargo, para que mi pensamiento sobre este asunto sea claro no sólo para él, sino también para quienes no han leído aquellos tratados míos sobre el libre albedrío, los cuales tu autor ha leído, y que no sólo no los han leído sino que acaso leen a él, debo proseguir citando de mis libros lo que él ha omitido, pero que, si lo hubiera advertido y citado en su libro, no quedaría controversia alguna entre nosotros sobre este asunto. Pues inmediatamente después de aquellas palabras mías que él ha citado, añadí expresamente, y (tan plenamente como pude) desarrollé, el hilo de pensamiento que podría ocurrírsele a cualquiera, en el sentido siguiente: «Y sin embargo, algunas acciones son desaprobadas, aun cuando se hagan por ignorancia, y se juzga que merecen castigo, como leemos en las autoridades inspiradas.» Después de tomar algunos ejemplos de éstas, pasé a hablar también de la debilidad, así: «También merecen desaprobación algunas acciones que se hacen por necesidad; como cuando un hombre desea obrar rectamente y no puede. Pues ¿de dónde surgen aquellas expresiones: 'Porque lo que quiero, no lo hago; sino lo que no quiero, eso hago'?» [] Luego, después de citar otros pasajes de las Santas Escrituras en el mismo sentido, digo: «Pero todas estas son palabras de personas que están saliendo de aquella condenación de muerte; porque si esto no fuera castigo del hombre, sino su naturaleza, entonces aquéllos no serían pecados.» Luego, de nuevo, un poco después añado: «Queda, pues, que este justo castigo provenga de la condenación del hombre. Ni debe causar asombro que, ya sea por la ignorancia, el hombre no tenga libre determinación de la voluntad para elegir lo que rectamente hará, o que por la resistencia del hábito carnal (el cual, por la fuerza de la transmisión mortal, se ha injertado en cierto modo en su naturaleza), aun viendo lo que debe hacerse rectamente y queriendo hacerlo, sea sin embargo incapaz de realizarlo. Porque ésta es la pena más justa del pecado: que el hombre pierda aquello de lo que no quiso hacer buen uso, cuando con facilidad podría haberlo hecho si hubiera querido; lo cual, sin embargo, equivale a esto: que el hombre que a sabiendas no hace lo recto pierde la capacidad de hacerlo cuando quiere. Pues, en verdad, a toda alma que peca le sobrevienen estas dos consecuencias penales: ignorancia y dificultad. De la ignorancia brota el error que deshonra; de la dificultad surge el dolor que aflige. Pero aprobar falsedades como si fueran verdaderas, de modo que se yerre involuntariamente, y ser incapaz, por la resistencia y el dolor de la esclavitud carnal, de abstenerse de obras de concupiscencia, no es la naturaleza del hombre tal como fue creado, sino el castigo del hombre en estado de condenación. Sin embargo, cuando hablamos de un libre albedrío para hacer lo recto, nos referimos ciertamente a aquella libertad en la que el hombre fue creado.» Algunos deducen de inmediato de esto lo que les parece una justa objeción por la transferencia y transmisión de los pecados de ignorancia y dificultad del primer hombre a su posteridad. Mi respuesta a tales objetores es ésta: «Les digo, a modo de breve respuesta, que callen y cesen de murmurar contra Dios. Quizá su queja habría sido justa si nadie de entre los hombres se hubiera presentado como vencedor del error y de la concupiscencia; pero cuando está presente en todas partes Aquel que aparta de sí, por medio de la criatura y de tantos modos, al hombre que sirve al Señor, lo enseña cuando cree, lo consuela cuando espera, lo anima cuando ama, lo ayuda cuando se esfuerza, lo escucha cuando ora — no se os cuenta como culpa el que seáis involuntariamente ignorantes, sino el que descuidéis buscar aquello que ignoráis; ni se os imputa como censura el que no vendéis los miembros heridos, sino el que despreciéis a aquel que quiere sanarlos.» Con tales términos los exhorté, lo mejor que pude, a vivir rectamente; y no hice vana la gracia de Dios, sin la cual la naturaleza ahora oscurecida y empañada del hombre no puede ser ni iluminada ni purificada. Toda nuestra discusión con ellos sobre este asunto gira en torno a esto: que no frustremos la gracia de Dios que está en Jesucristo nuestro Señor con una afirmación pervertida de la naturaleza. En un pasaje que aparece poco después del último citado, dije respecto de la naturaleza: «De la naturaleza misma hablamos en un sentido, cuando propiamente la describimos como aquella naturaleza humana en la que el hombre fue creado sin falta según su especie; y en otro sentido, como aquella naturaleza en la que nacemos ignorantes y con mente carnal, a causa de la pena de la condenación, a la manera del apóstol: 'También nosotros éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás'.» []

    Capítulo 82 [LXVIII.] — Cómo exhortar a los hombres a la fe, al arrepentimiento y al progreso

    Cap. 82

    Por lo tanto, si deseamos «despertar y encender las almas frías y perezosas mediante exhortaciones cristianas a llevar vidas justas,» debemos ante todo exhortarlas a aquella fe por la cual puedan llegar a ser cristianos y súbditos de su nombre y autoridad, sin el cual no pueden salvarse. Si, empero, ya son cristianos pero descuidan llevar vidas santas, deben ser castigados con alarmas y avivados con las alabanzas de la recompensa—de tal manera, ciertamente, que no debemos olvidar exhortarlos a las oraciones piadosas tanto como a las acciones virtuosas, y además instruirlos en doctrina tan saludable que sean inducidos con ello a dar gracias por poder realizar cualquier paso en esa vida santa en la que han entrado, sin dificultad, y siempre que experimenten tal «dificultad,» que entonces luchen con Dios en oración fidelísima y perseverante y en prontas obras de misericordia para obtener de Él facilidad. Pero con tal que así progresen, no me preocupa demasiado el dónde y el cuándo de su perfección en la plenitud de la justicia; sólo afirmo solemnemente que, dondequiera y cuandoquiera lleguen a ser perfectos, no puede ser sino por la gracia de Dios mediante nuestro Señor Jesucristo. Cuando, en efecto, hayan alcanzado el conocimiento claro de que no tienen pecado, no digan que tienen pecado, no sea que la verdad no esté en ellos; [] así como la verdad no está en aquellos que, aunque tienen pecado, dicen que no lo tienen.

    Capítulo 83 [LXIX.] — Dios no manda ninguna imposibilidad, porque todas las cosas son posibles y fáciles para el amor

    Cap. 83

    Pero «los preceptos de la ley son muy buenos,» si los usamos legítimamente. En efecto, por el hecho mismo (del cual tenemos la firmísima convicción) «de que el Dios justo y bueno no podría posiblemente haber impuesto imposibilidades,» somos amonestados tanto sobre qué hacer en los caminos fáciles como sobre qué pedir cuando son difíciles. Ahora bien, todas las cosas son fáciles de realizar para el amor, al cual (y sólo al cual) «la carga de Cristo es ligera,» [] — o, más bien, es ella misma la única carga que es ligera. Por consiguiente, se dice: «Y sus mandamientos no son gravosos;» [] de modo que quien los encuentra gravosos debe considerar que la declaración inspirada acerca de que «no son gravosos» sólo pudo significar esto: que puede existir un estado del corazón al cual no le sean pesados, y debe pedir en oración aquella disposición que actualmente le falta, para así poder cumplir todo lo que se le manda. Y éste es el sentido de lo que se dice a Israel en Deuteronomio, si se entiende en un sentido piadoso, sagrado y espiritual, pues el apóstol, después de citar el pasaje: «La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón» (y, como también dice el versículo, en tus manos, pues en el corazón del hombre están sus manos espirituales), añade en explicación: «Ésta es la palabra de fe que predicamos.» [] Por tanto, ningún hombre que «vuelve al Señor su Dios,» como allí se le ordena, «con todo su corazón y con toda su alma,» [] encontrará el mandamiento de Dios «gravoso.» ¿Cómo, en efecto, puede ser gravoso, cuando es el precepto del amor? Por tanto, o bien un hombre no tiene amor, y entonces es gravoso; o bien tiene amor, y entonces no es gravoso. Pero posee amor si hace lo que allí se ordena a Israel, volviéndose al Señor su Dios con todo su corazón y con toda su alma. «Un mandamiento nuevo,» dice Él, «os doy: que os améis unos a otros;» [] y «el que ama a su prójimo ha cumplido la ley;» [] y de nuevo, «El amor es el cumplimiento de la ley.» [] Conforme a estos dichos está aquel pasaje: «Si hubieran andado por buenos caminos, habrían hallado ciertamente fáciles las sendas de la justicia.» [] ¿Cómo, pues, está escrito: «Por causa de las palabras de tus labios, he guardado las sendas de la dificultad,» sino porque ambas afirmaciones son verdaderas: estas sendas son sendas de dificultad para el temor, pero para el amor son fáciles?

    Capítulo 84 [LXX.] — Los grados del amor son también grados de santidad

    Cap. 84

    El amor incipiente, por tanto, es santidad incipiente; el amor avanzado es santidad avanzada; el amor grande es santidad grande; «el amor perfecto es santidad perfecta,» — pero este «amor procede de un corazón puro, y de una buena conciencia, y de una fe no fingida,» [] «que en esta vida es entonces el más grande, cuando se desprecia la vida misma en comparación con él.» Me pregunto, sin embargo, si no tiene un suelo en el cual crecer después de haber dejado esta vida mortal. Pero en cualquier lugar y en cualquier tiempo en que alcance aquel estado de perfección absoluta, que no admitirá aumento alguno, ciertamente no es «derramado en nuestros corazones» por energía alguna de la naturaleza o de la voluntad que hay en nosotros, sino «por el Espíritu Santo que nos es dado,» [] el cual ayuda nuestra flaqueza y coopera con nuestra fortaleza. Pues es en verdad la gracia misma de Dios, mediante nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, pertenecen la eternidad y toda bondad, por los siglos de los siglos. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    Las Retractaciones (II, 42), que se reproducen al comienzo, resumen el libro en pocas líneas: Agustín defiende la gracia «no ciertamente como opuesta a la naturaleza, sino como aquello que libera y gobierna la naturaleza», y confiesa un error suyo, el de haber tomado por palabras de Xisto lo que era de Sexto (Cap. 77).
    Según Warfield, los destinatarios respondieron con una carta de agradecimiento en la que profesaban haber dejado su error; Agustín la incluye en Sobre las actas de Pelagio (47–48). En 416 envió este libro, junto con el de Pelagio, a Juan de Jerusalén y al papa Inocencio I (cartas 179, 177 y 183). Julián, que defendió a Pelagio, citó el tratado en su obra a Floro (conservada en la Obra inacabada de Agustín, IV, 112) y lo tachó de escrito «contra el libre albedrío», acusación que el NPNF juzga calumniosa. Un concilio de Cartago condenó el pelagianismo en 418, y el de Éfeso declaró herejes a Pelagio y a Celestio en 431 (Wikipedia).
    Tres cosas piden cautela al leerlo. La primera es que Agustín no nombra nunca a Pelagio y que de su libro solo conocemos lo que él cita; el NPNF y Wikipedia dan su título, Sobre la naturaleza. La segunda es el Cap. 42, donde exceptúa a María «por honor al Señor» y habla de pecados personales; qué más quiso decir con ello es cosa que los comentaristas han leído de modos distintos. La tercera es el error de atribución del Cap. 77, que el propio autor corrigió. Y, en esta edición, la traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase.
    Límites. La fecha del libro (415) la dan el NPNF y la edición de Holmes, y una bibliografía (Wikipedia) da 413–417; no hay fecha en el texto. El mes del sínodo de Jerusalén lo dan las fuentes de modo distinto (junio o julio). Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan, con su enlace; cuando difieren, se dice cuál se sigue. El epub no trae las notas al pie del NPNF.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; el libro que escribió tres años antes en la misma controversia, Sobre el Espíritu y la letra; su manual de la fe, la esperanza y la caridad, el Enquiridión; y el compendio María en los Padres de la Iglesia, que discute el pasaje del Cap. 42.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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