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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

    Índice de la obra

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    Ambrosio de Milán

    Sobre la penitencia

    Texto base: versión inglesa de H. de Romestin, con la ayuda de E. de Romestin y H. T. F. Duckworth, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 10 (Buffalo, 1896), «Two Books Concerning Repentance» · dos libros, veintiocho capítulos y doscientas tres secciones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 139 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Se perdona el pecado grave cometido después del bautismo? Los novacianos respondían que la Iglesia no podía perdonarlo y negaban la comunión a quienes habían caído. Ambrosio, obispo de Milán, escribe contra ellos dos libros que cambian el centro de la pregunta: no si el pecador merece perdón, sino si quienes lo niegan conservan el poder que dicen defender. El libro primero defiende que el poder de atar es el mismo que el de desatar (I, 2), que la misericordia de Cristo prevalece sobre la severidad (I, 3–5) y que Pablo, al «entregar a Satanás» al pecador de Corinto, buscaba su restauración (I, 13–17). El segundo da las reglas: no diferir la penitencia (II, 1), qué hacer con Hebreos 6 (II, 2) y con la blasfemia contra el Espíritu (II, 4), y cómo ha de llorarse y confesarse (II, 6–10).

    Ficha de la obra

    AutorAmbrosio de Milán (Ambrosius), obispo de Milán desde 374 hasta su muerte en 397 (Wikipedia). La introducción del NPNF dice que algunos han puesto en duda la autoría de este tratado «probablemente por motivos doctrinales», pero que Agustín lo cita y nunca hubo duda real
    TítuloSobre la penitencia (en latín De paenitentia; el NPNF imprime «Two Books Concerning Repentance» y New Advent «Concerning Repentance»). El latín paenitentia significa a la vez arrepentimiento y penitencia
    Lengua originalLatín. Edición crítica moderna: Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum 73, ed. O. Faller (Wikipedia, tabla de obras); el NPNF tiene la edición de los benedictinos de San Mauro (1686–1690) por difícil de mejorar en muchos puntos (Prolegómenos)
    FechaEl texto no la da. «Algo anterior» a la exposición del Salmo 37 de Ambrosio, que lo cita, y quizá hacia 384, según los editores benedictinos (NPNF). Wikipedia da en su tabla de obras «384–394»
    GéneroTratado polémico y pastoral contra una secta rigorista; en el segundo libro, exhortación a la penitencia
    DestinatariosLos novacianos y quienes dudan de si hay perdón para el pecado grave. El NPNF supone que Ambrosio tenía a la vista algún escrito reciente de los novacianos, hoy desconocido
    ExtensiónDos libros: el primero con 17 capítulos y 96 secciones; el segundo con 11 capítulos y 107 secciones. Unas 22 000 palabras de Ambrosio
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 10, tal como la recogen New Advent y CCEL
    El recorrido de la obra, con la división en capítulos de la edición inglesa:
    Libro y capítulosTema
    I, 1Elogio de la mansedumbre; los novacianos no son discípulos de Cristo
    I, 2–4Contra el rigor novaciano: el poder de atar y desatar, la gravedad de los pecados y la misericordia de Cristo
    I, 5–8La inmutabilidad de Dios, el buen samaritano, la queja de Ambrosio a Cristo y la imposición de manos
    I, 9–12Los textos de Samuel, de Juan y de David sobre el pecado que lleva a la muerte
    I, 13–17«Entregar a Satanás»: 1 Corintios 5 y la restauración del pecador
    II, 1–2La penitencia no debe diferirse; Hebreos 6:4-6
    II, 3–5El hijo pródigo, la blasfemia contra el Espíritu y las palabras de Pedro a Simón el Mago
    II, 6–8Cómo llorar y confesar; Lázaro y la mujer de los pies de Cristo
    II, 9–11Defectos del arrepentimiento, la vergüenza de la penitencia pública y el bautismo diferido
    Cómo trató la Iglesia a los caídos tras la persecución de Decio se lee en Sobre los caídos, de Cipriano; Novaciano es también el autor del tratado Sobre la Trinidad. Sobre los misterios, de Ambrosio, explica los ritos del bautismo, el sacramento que según el libro segundo (II, 2, § 7–12) no se repite. Y el «solo curso de penitencia» de II, 10, § 95 tiene un precedente en El Pastor de Hermas.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 10 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF) imprime con el título «Two Books Concerning Repentance» (New Advent: «Concerning Repentance»). El volumen es Ambrose: Select Works and Letters, editado por Philip Schaff y Henry Wace; la portada de CCEL dice que las obras de Ambrosio que reúne fueron traducidas por el reverendo H. de Romestin, «of St. John's College, and Rector of Tiptree, Essex», con la ayuda del reverendo E. de Romestin, de New College (Oxford), y del reverendo H. T. F. Duckworth, de Merton College (Oxford). New Advent repite esa atribución y da como pie de imprenta Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1896; la portada de CCEL lleva T&T Clark (Edimburgo) y Eerdmans (Grand Rapids). El prefacio del traductor cuenta que se perdió en un viaje una parte considerable del manuscrito y que hubo que traducirlo entero de nuevo.
    Los Prolegómenos del NPNF (sobre las obras dogmáticas y ascéticas) resumen la obra: estos dos libros «fueron escritos hacia el 384 contra los novacianos»; en el primero Ambrosio prueba que el poder de perdonar los pecados fue dejado por Cristo a su Iglesia, y en el segundo, tras insistir en la necesidad de la penitencia y de la confesión, refuta las interpretaciones novacianas de Hebreos 6:4-6 y Mateo 12:31-32. La introducción del propio tratado añade que no hay guía segura para la fecha, salvo que es anterior a la exposición del Salmo 37.
    Lo que viene de la edición. La introducción del editor, el resumen que abre cada capítulo y la división en secciones numeradas son de la edición inglesa, no de Ambrosio. Los resúmenes se muestran aparte, bajo el nombre de la edición, para no confundir las dos voces. El epub de partida no trae las notas explicativas del traductor ni la nota final del NPNF sobre la disciplina penitencial de la Iglesia antigua; las referencias bíblicas van entre corchetes dentro del texto, no al pie. Algunas de esas notas, resumidas y con su fuente, acompañan aquí los pasajes que aclaran.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición; las que el lector resuelve contra la Biblia salen con su versículo emergente. El epub no trae las referencias de los salmos, que el NPNF da en notas al pie. Una cita (Sirácida 47:23, II, 5, § 36) no corresponde a ningún libro del lector y quedó como texto, con una nota visible en su lugar.
    Numeración. Las secciones son las de la edición inglesa y se numeran sin interrupción en cada libro. La traducción castellana perdió el número inicial de las secciones 52 a 79 (Libro II, caps. 7 y 8); se conservan sin número visible, con su localizador en el margen, y hay una nota visible en el lugar.

    Sobre la penitencia

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · Introducción
    Estos dos libros fueron escritos contra la herejía novaciana, que tomó su nombre, y en considerable medida su forma, de Novato, presbítero de la Iglesia de Cartago, y de Novaciano, consagrado obispo cismáticamente en Roma. Fue el resultado de una lucha que había existido largo tiempo en la Iglesia sobre la cuestión de la restitución a los privilegios eclesiásticos de los que habían caído en pecado grave, y la posibilidad de su arrepentimiento.
    La postura más severa fue adoptada por los novacianos, que fueron condenados sucesivamente por muchos concilios, los cuales mantenían el poder de la Iglesia para admitir a penitencia a los culpables de cualquier pecado, y prescribían diversas reglas y penas aplicables a diferentes casos. La herejía, sin embargo, duró algún tiempo, debilitándose en el siglo quinto, y desvaneciéndose gradualmente como cuerpo separado con nombre distintivo. «El novacianismo, en las pruebas que utilizó, sus esfuerzos por una comunión perfectamente pura, sus interpretaciones caprichosas de la Escritura, y muchas otras características, presenta un paralelo sorprendente con muchas sectas modernas.» [Véase Dict. Chr. Biog., Blunt, Sectas y herejías, Ceillier, II. 427, etc.]
    San Ambrosio, al escribir contra los novacianos, parece haber tenido en mente alguna publicación reciente de ellos, hoy desconocida. Comienza recomendando la mansedumbre, cualidad singularmente ausente en la secta; habla del poder confiado a la Iglesia de perdonar los pecados más grandes, señala cómo Dios está más inclinado a la misericordia que a la severidad, y refuta los argumentos de los novacianos basados en ciertos pasajes de la Sagrada Escritura. En el segundo libro, después de urgir la necesidad de una penitencia cuidadosa y pronta, y la necesidad de confesar los propios pecados, San Ambrosio responde a los argumentos novacianos basados en Heb. vi. 4-6, de los cuales inferían la imposibilidad de la restauración; y en San Mateo 12:31-32, las palabras de nuestro Señor acerca del pecado contra el Espíritu Santo.
    En cuanto a la fecha de este tratado, debe haber sido algo anterior a la exposición del Salmo xxxvii, que se refiere a él, pero no hay nada más que pueda tomarse como guía cierta. Posiblemente los editores benedictinos tengan razón al asignarlo alrededor del año 384 d.C.
    Algunas pocas personas, probablemente por motivos doctrinales, han sido llevadas a cuestionar la autoría de este tratado, pero es citado por San Agustín, y nunca ha habido una duda real sobre el tema.
    Comentario editorial · Novaciano y Novato: de quién toma el nombre la secta
    La introducción del NPNF dice que la herejía tomó su nombre «y en considerable medida su forma» de Novato, presbítero de Cartago, y de Novaciano, obispo consagrado de forma cismática en Roma. Wikipedia precisa que el novacianismo es la secta del presbítero romano Novaciano (c. 200 – c. 258), que en 251 se opuso a la elección del papa Cornelio por demasiado indulgente con los lapsi, los que habían renegado en la persecución de Decio, y que no debe confundirse con Novato de Cartago, partidario de readmitir a los caídos sin penitencia obligada. Sus seguidores se llamaban «puros» (katharoi) y, según el mismo artículo, extendieron la negativa de absolución a todos los pecados mortales; la secta duró hasta el siglo VIII. Ambrosio escribe más de un siglo después de aquel cisma, cuando seguía viva.

    Libro I

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 1, sumario
    San Ambrosio escribe en alabanza de la mansedumbre, señalando cuán necesaria es esa gracia para los gobernantes de la Iglesia, y cómo les es encomendada por la mansedumbre de Cristo. Como los novacianos se han apartado de ella, no pueden ser considerados discípulos de Cristo. Se invectiva contra su orgullo y dureza.

    I, 1, § 1

    1. Si el fin más alto de la virtud es el que mira al provecho de la mayoría, la mansedumbre es la más amable de todas, la cual no hiere ni a aquellos a quienes condena, y generalmente hace dignos de absolución a aquellos a quienes condena. Además, es la única virtud que ha llevado al aumento de la Iglesia que el Señor buscó al precio de su propia Sangre, imitando la bondad del cielo, y apuntando a la redención de todos, busca este fin con una mansedumbre que los oídos de los hombres pueden soportar, en presencia de la cual sus corazones no desfallecen, ni sus espíritus se acobardan.

    I, 1, § 2

    2. Pues quien se esfuerza por enmendar las faltas de la debilidad humana debe llevar sobre sus propios hombros esta misma debilidad, dejar que pese sobre sí, no desecharla. Leemos que el Pastor en el Evangelio [] llevó a la oveja cansada, y no la desechó. Y Salomón dice: «No seas demasiado justo;» [] pues la moderación debe templar la justicia. Porque ¿cómo se ofrecerá a ti para ser sanado aquel a quien desprecias, que piensa que será objeto de desprecio, no de compasión, para su médico?

    I, 1, § 3

    3. Por eso el Señor Jesús tuvo compasión de nosotros para llamarnos a Sí, no para espantarnos. Vino en mansedumbre, vino en humildad, y así dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» [] Así, pues, el Señor Jesús refresca, y no excluye ni desecha, y con razón escogió discípulos tales que fueran intérpretes de la voluntad del Señor, que reunieran y no ahuyentaran al pueblo de Dios. De donde es claro que no deben contarse entre los discípulos de Cristo quienes piensan que deben seguirse opiniones duras y soberbias antes que las suaves y mansas; personas que, mientras buscan para sí la misericordia de Dios, la niegan a otros, como son los maestros de los novacianos, que se llaman a sí mismos puros.

    I, 1, § 4

    4. ¿Qué puede mostrar más soberbia que esto, puesto que la Escritura dice: «Nadie está libre de pecado, ni siquiera un niño de un día;» y David clama: «Límpiame de mi pecado.» ¿Son ellos más santos que David, de cuya familia Cristo se dignó nacer en el misterio de la Encarnación, de cuyo descendiente es aquella Sala celestial que recibió al Redentor del mundo en su seno virginal? Porque ¿qué hay más duro que imponer una penitencia que no relajan, y al negar el perdón quitar el incentivo a la penitencia y al arrepentimiento? Ahora bien, nadie puede arrepentirse con provecho a menos que espere misericordia.
    Comentario editorial · Penitencia: una palabra latina para dos cosas
    El traductor inglés avisa en una nota que el latín paenitentia significa a la vez «arrepentimiento» y «penitencia» (penance), el castigo temporal impuesto al pecador, y que por eso se ve obligado a variar la palabra inglesa según el lugar. En otra nota añade que paenitentiam agere no indica solo arrepentirse, sino pasar por una disciplina exterior. Aquí la distinción pesa: la queja de Ambrosio es que, al negar el perdón, los novacianos quitan «el incentivo» tanto a la penitencia como al arrepentimiento. El castellano de este libro dice casi siempre «penitencia» (unas 290 veces, frente a unas 36 de «arrepentimiento»), de modo que conviene leerla con las dos acepciones.

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 2, sumario
    La afirmación de los novacianos de que niegan la comunión sólo a los apóstatas no concuerda ni con la enseñanza de la Sagrada Escritura ni con la suya propia. Y mientras alegan como pretexto su reverencia al poder divino, en realidad lo desprecian, en cuanto que es señal de baja estima no usar la totalidad de un poder confiado a uno. Pero la Iglesia reclama con razón el poder de atar y desatar, que los herejes no tienen, por cuanto lo ha recibido del Espíritu Santo, contra Quien actúan presuntuosamente.

    I, 2, § 5

    5. Pero dicen que no deben ser restituidos a la comunión quienes han caído en la negación de la fe. Si hicieran del crimen de sacrilegio la única excepción a recibir el perdón, estarían actuando ciertamente con dureza, y, según parecería, estarían en oposición a los dichos divinos únicamente, aunque coherentes con sus propias afirmaciones. Pues cuando el Señor perdonó todos los pecados, no hizo excepción de ninguno. Pero puesto que, como a la manera de los estoicos, piensan que todos los pecados son iguales en gravedad, y afirman que quien ha robado un ave común, como dicen, no menos que quien ha ahogado a su padre, debe ser excluido para siempre de los divinos misterios, ¿cómo pueden seleccionar a los culpables de un delito especial, cuando ni siquiera ellos mismos pueden negar que es muy injusto que la pena de uno se extienda a muchos?

    I, 2, § 6

    6. Afirman que muestran gran reverencia a Dios, a Quien solo reservan el poder de perdonar los pecados. Pero en verdad nadie le hace mayor injuria que quienes eligen podar sus mandamientos y rechazar el oficio que se les ha confiado. Porque en cuanto el Señor Jesús mismo dijo en el Evangelio: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos,» [] ¿quién es el que le honra más, el que obedece su mandato o el que lo rechaza?

    I, 2, § 7

    7. La Iglesia guarda su obediencia por ambos lados, reteniendo el pecado y remitiéndolo; la herejía, por un lado es cruel, y por otro desobediente; quiere atar lo que no quiere desatar, y no desata lo que ha atado, con lo cual se condena a sí misma con su propia sentencia. Porque el Señor quiso que el poder de atar y de desatar fuese igual, y sancionó cada uno con una condición semejante. Así, quien no tiene el poder de desatar no tiene el poder de atar. Pues como, según la palabra del Señor, quien tiene el poder de atar tiene también el poder de desatar, su enseñanza se destruye a sí misma, en cuanto que quienes niegan tener el poder de desatar deberían negar también el de atar. Porque ¿cómo puede permitirse lo uno y prohibirse lo otro? Es claro y evidente que o cada uno se permite o cada uno se prohíbe en el caso de aquellos a quienes cada uno ha sido dado. Cada uno se permite a la Iglesia, a la herejía ninguno, porque este poder ha sido confiado sólo a los sacerdotes. Con razón, por tanto, lo reclama la Iglesia, que tiene verdaderos sacerdotes; la herejía, que no tiene los sacerdotes de Dios, no puede reclamarlo. Y al no reclamar este poder, la herejía pronuncia su propia sentencia, que al no poseer sacerdotes no puede reclamar el poder sacerdotal. Y así, en su vergonzosa obstinación, un reconocimiento avergonzado se presenta a nuestra vista.

    I, 2, § 8

    8. Considerad también el punto de que quien ha recibido el Espíritu Santo ha recibido también el poder de perdonar y retener el pecado. Pues así está escrito: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.» [] Así, pues, quien no ha recibido poder para perdonar pecados no ha recibido el Espíritu Santo. El oficio del sacerdote es un don del Espíritu Santo, y es derecho suyo especialmente perdonar y retener los pecados. ¿Cómo, pues, pueden reclamar su don quienes desconfían de su poder y de su derecho?

    I, 2, § 9

    9. ¿Y qué decir de su excesiva arrogancia? Porque aunque el Espíritu de Dios está más inclinado a la misericordia que a la severidad, su voluntad se opone a la que Él quiere, y hacen lo que Él no quiere; mientras que es oficio del juez castigar, pero de la misericordia perdonar. Sería más soportable, Novaciano, que perdonaras antes que ataras. En un caso asumirías el derecho como quien rara vez ofende; en el otro perdonarías como quien tiene compañerismo con la miseria del pecado.
    Comentario editorial · Atar y desatar, y los sacerdotes de los novacianos
    Ambrosio argumenta con Juan 20:22-23 y con la simetría de atar y desatar (§ 6–8). Una nota del traductor inglés advierte que «atar y desatar» se refiere aquí más a imponer la penitencia pública, señal externa del arrepentimiento, que a la absolución propiamente dicha. Otra, a propósito de la frase de que la herejía «no tiene los sacerdotes de Dios» (§ 7), aclara que no niega la validez de las ordenaciones novacianas, que el canon 8 de Nicea (325) admitía, sino su jurisdicción legítima. Ese canon permitía a los clérigos «cátaros» que volvían a la Iglesia católica seguir en el clero con ciertas condiciones, entre ellas comunicar con los casados dos veces y con los caídos que habían hecho penitencia. Son lecturas del editor inglés, no del texto de Ambrosio.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 3, sumario
    Al argumento de los novacianos de que sólo niegan el perdón en el caso de pecados mayores, San Ambrosio responde que esto es también una ofensa contra Dios, Quien dio el poder de perdonar todos los pecados, pero que por supuesto debe seguir una penitencia más severa en el caso de pecados más graves. Señala igualmente que esta distinción en cuanto a la gravedad de los pecados asigna, por así decirlo, severidad a Dios, Cuya misericordia en la Encarnación es pasada por alto por los novacianos.

    I, 3, § 10

    10. Pero dicen que, con excepción de los pecados más graves, conceden el perdón a los de menor peso. Esta no es la enseñanza de tu padre, Novaciano, quien pensó que nadie debía ser admitido a penitencia, considerando que lo que no podía desatar no lo ataría, no sea que al atar inspirara la esperanza de que desataría. De modo que tu padre es condenado por tu propia sentencia, tú que haces una distinción entre pecados, algunos de los cuales consideras que puedes desatar, y otros que consideras sin remedio. Pero Dios no hace distinción, Quien ha prometido su misericordia a todos, y concedió a sus sacerdotes el poder de desatar sin excepción alguna. Pero quien ha amontonado pecado debe también aumentar su penitencia. Pues los pecados mayores son lavados por mayor llanto. Así, ni Novaciano es justificado, que excluyó a todos del perdón; ni tú, que lo imitas y, al mismo tiempo, lo condenas, pues disminuyes el celo por la penitencia donde debe ser aumentado, ya que la misericordia de Cristo nos ha enseñado que los pecados más graves deben ser reparados con mayores esfuerzos.

    I, 3, § 11

    11. Y qué perversidad es reclamar para vosotros lo que puede ser perdonado, y, como decís, reservar a Dios lo que no puede ser perdonado. Esto sería reservarse a uno mismo los casos de misericordia, a Dios los de severidad. Y qué decir de aquella sentencia: «Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso, como está escrito: Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando seas juzgado»? [] Para que, pues, reconozcamos que el Dios de misericordia está más inclinado a la indulgencia que a la severidad, se dice: «Misericordia quiero, y no sacrificio.» [] ¿Cómo, pues, puede ser acepto a Dios vuestro sacrificio, que rechazáis la misericordia, puesto que Él dice que no quiere la muerte del pecador, sino su corrección? []

    I, 3, § 12

    12. Interpretando esta verdad, dice el Apóstol: «Porque Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros.» [] No dice «en semejanza de carne,» porque Cristo tomó sobre Sí la realidad, no la semejanza de la carne; ni dice en semejanza de pecado, porque no hizo pecado, sino que fue hecho pecado por nosotros. Sin embargo, vino «en semejanza de carne de pecado;» es decir, tomó sobre Sí la semejanza de carne de pecado, la semejanza, porque está escrito: «Es hombre, ¿y quién lo conocerá?» Fue hombre en la carne, según su naturaleza humana, para que pudiera ser reconocido, pero en poder estaba por encima del hombre, para que no fuera reconocido, así tiene nuestra carne, pero no tiene las debilidades de esta carne.

    I, 3, § 13

    13. Porque no fue engendrado, como todo hombre, por unión de varón y hembra, sino nacido del Espíritu Santo y de la Virgen; recibió un cuerpo inmaculado, que no sólo ningún pecado contaminó, sino que ni la generación ni la concepción habían sido manchadas por mezcla alguna de impureza. Porque nosotros, los hombres, todos nacemos bajo pecado, y nuestro mismo origen está en el mal, como leemos en las palabras de David: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.» Por tanto, la carne de Pablo era un cuerpo de muerte, como él mismo dice: «¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» [] Pero la carne de Cristo condenó el pecado, que no sintió en su nacimiento, y crucificó por su muerte, para que en nuestra carne hubiera justificación por la gracia, en la que antes había habido contaminación por la culpa.

    I, 3, § 14

    14. ¿Qué, pues, diremos a esto, sino lo que dijo el Apóstol: «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica, ¿quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aún, el que también resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.» [] Novaciano, pues, presenta acusaciones contra aquellos por quienes Cristo intercede. A aquellos a quienes Cristo ha redimido para salvación, Novaciano los condena a muerte. A aquellos a quienes Cristo dice: «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso,» [] Novaciano dice: Yo no soy manso. A aquellos a quienes Cristo dice: «Hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera,» [] Novaciano impone una carga pesada y un yugo duro.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 4, sumario
    San Ambrosio prosigue con la prueba de la misericordia divina, y muestra por el testimonio de los Evangelios que prevalece sobre la severidad, y aduce el ejemplo de los atletas para mostrar que de aquellos que han negado a Cristo ante los hombres, no todos deben ser estimados por igual.

    I, 4, § 15

    15. Aunque lo dicho muestra suficientemente cuán inclinado está el Señor Jesús a la misericordia, que Él nos instruya además con sus propias palabras, cuando quiso armarnos contra los asaltos de la persecución. «No temáis,» dice, «a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.» [] Y más adelante: «Todo aquel, pues, que me confiese delante de los hombres, le confesaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos; pero el que me niegue delante de los hombres, le negaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos.» []

    I, 4, § 16

    16. Donde dice que confesará, confesará «a todo aquel.» Donde habla de negar, no habla de negar «a todo aquel.» Pues, mientras que en la cláusula anterior dice, «Todo aquel que me confiese, le confesaré,» esperaríamos que en la cláusula siguiente dijera también, «Todo aquel que me niegue.» Pero para que no pareciera negar a todos, concluye: «Pero el que me niegue delante de los hombres, le negaré yo también.» Promete favor a todos, pero no amenaza la pena a todos. Hace más de lo que es misericordioso. Hace menos de lo que es penal.

    I, 4, § 17

    17. Y esto está escrito no sólo en aquel libro del Evangelio del Señor Jesús, que está escrito según Mateo, sino que también debe leerse en el que tenemos según Lucas, [] para que sepamos que ninguno de los dos había relatado así la sentencia por casualidad.

    I, 4, § 18

    18. Hemos dicho que así está escrito. Consideremos ahora el significado. «Todo aquel,» dice, «que me confiese,» es decir, de cualquier edad, de cualquier condición que sea, quien me confiese, me tendrá como Remunerador de su confesión. Mientras que la expresión es, «todo aquel,» nadie que confiese es excluido de la recompensa. Pero no se dice de manera semejante, «Todo aquel que niegue será negado,» porque es posible que un hombre vencido por la tortura niegue a Dios de palabra, y sin embargo le adore en su corazón.

    I, 4, § 19

    19. ¿Es el caso igual con el que niega voluntariamente, y con aquel a quien la tortura, no su propia voluntad, ha llevado a la negación? ¡Cuán inapropiado sería, puesto que entre los hombres se da crédito a la constancia en una lucha, que uno afirmara que no tiene valor ante Dios! Porque a menudo en las contiendas atléticas de este mundo, la corona pública junto con los vencedores la obtienen incluso los vencidos cuya conducta ha sido aprobada, especialmente si acaso han visto que perdieron la victoria por algún engaño o fraude. ¿Y sufrirá Cristo que sus atletas, a quienes ha visto ceder por un momento a tormentos severos, permanezcan sin perdón?

    I, 4, § 20

    20. ¿No tomará en cuenta su trabajo, Quien no desechará para siempre ni siquiera a aquellos a quienes desecha? Pues David dice: «Dios no desechará para siempre,» y en oposición a esto, ¿escucharemos a la herejía afirmando, «Él desecha para siempre»? David dice: «Dios no apartará para siempre su misericordia de generación en generación, ni olvidará ser misericordioso.» Esta es la declaración del profeta, y hay quienes sostendrían un olvido de la misericordia por parte de Dios.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 5, sumario
    Se responde a la objeción tomada de la inmutabilidad de Dios con varios pasajes de la Escritura, en los que Dios promete el perdón a los pecadores en su arrepentimiento. San Ambrosio muestra también que la misericordia se concederá más prontamente a quienes, por así decir, pecaron contra su voluntad, lo que ilustra con el caso de los prisioneros de guerra y con palabras puestas en boca del diablo.

    I, 5, § 21

    21. Pero ellos dicen que hacen estas afirmaciones para no parecer que hacen a Dios sujeto a cambio, como sería si perdonara a aquellos con quienes estaba airado. ¿Qué, pues? ¿Rechazaremos las palabras de Dios y seguiremos sus opiniones? Pero Dios no ha de ser juzgado por las afirmaciones de otros, sino por sus propias palabras. ¿Qué señal de su misericordia tenemos más a la mano que la de que Él mismo, por el profeta Oseas, es al momento misericordioso, como reconciliado con aquellos a quienes en su ira había amenazado? Pues dice: «Oh Efraín, ¿qué haré contigo, o qué haré contigo, oh Judá? Vuestra bondad,» etc. [] Y más adelante: «¿Cómo te estableceré? Te haré como Adma y como Seboím.» [] En medio de su indignación duda, por así decir, con amor de padre, dudando cómo puede entregar al descarriado al castigo; pues aunque el judío lo merece, Dios, sin embargo, delibera consigo mismo. Pues inmediatamente después de haber dicho: «Te haré como Adma y como Seboím,» ciudades que, por su cercanía a Sodoma, sufrieron juntas una destrucción semejante, añade: «Mi corazón se vuelve contra mí, mi compasión se enciende, no haré según el furor de mi ira.» []

    I, 5, § 22

    22. ¿No es evidente que el Señor Jesús se aíra con nosotros cuando pecamos para convertirnos por el temor de su indignación? Su indignación, pues, no es la ejecución de la venganza, sino más bien la realización del perdón, pues estas son sus palabras: «Si os volvéis y lloráis, seréis salvos.» Espera nuestros lamentos aquí, es decir, en el tiempo, para librarnos de los que serán eternos. Espera nuestras lágrimas, para derramar su bondad. Así, en el Evangelio, compadecido de las lágrimas de la viuda, resucitó a su hijo. Espera nuestra conversión, para restaurarnos Él mismo a la gracia, que habría permanecido con nosotros si no nos hubiera sobrevenido caída alguna. Pero se aíra porque hemos incurrido en culpa por nuestros pecados, para que seamos humillados; somos humillados para que se nos juzgue dignos más bien de compasión que de castigo.

    I, 5, § 23

    23. También Jeremías puede ciertamente enseñarnos cuando dice: «Porque el Señor no desechará para siempre; pues después de haber humillado, se compadecerá según la multitud de sus misericordias, Aquel que no ha humillado de todo su corazón ni ha desechado a los hijos de los hombres.» [] Este pasaje lo encontramos ciertamente en las Lamentaciones de Jeremías, y de él, y de lo que sigue, notamos que el Señor humilla a todos los prisioneros de la tierra bajo sus pies, [] para que escapemos a su juicio. Pero no abate al pecador hasta la tierra con todo su corazón Aquel que levanta al pobre incluso del polvo y al necesitado del muladar. Pues no abate con todo su corazón Aquel que reserva la intención de perdonar.

    I, 5, § 24

    24. Pero si no abate con todo su corazón a todo pecador, ¡cuánto menos abate con todo su corazón a aquel que no ha pecado con todo su corazón! Pues como dijo de los judíos: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí,» [] así quizá pueda decir de algunos de los caídos: «Me negaron con los labios, pero en el corazón están conmigo. Fue el dolor lo que los venció, no la infidelidad lo que los apartó.» [] Pero algunos sin causa rehúsan el perdón a aquellos cuya fe el propio perseguidor confesó hasta el punto de esforzarse por vencerla con la tortura. Negaron una vez al Señor, pero lo confiesan cada día; lo negaron de palabra, pero lo confiesan con gemidos, con gritos y con lágrimas; lo confiesan con palabras voluntarias, no forzadas. Cedieron, ciertamente, por un momento a la tentación del diablo, pero incluso el diablo después se apartó de aquellos a quienes no pudo reclamar como suyos. Cedió a sus llantos, cedió a su arrepentimiento, y después de hacerlos suyos perdió a aquellos a quienes había atado cuando pertenecían a Otro.

    I, 5, § 25

    25. ¿No es el caso semejante a cuando alguien se lleva cautivo al pueblo de una ciudad conquistada? El cautivo es conducido lejos, pero contra su voluntad. Necesariamente ha de ir a tierras extranjeras; no hace el viaje de buena gana; lleva consigo su patria en el corazón y busca ocasión de volver. ¿Qué, pues? Cuando alguno de estos regresa, ¿acaso se insta a que no sea recibido, con menos honor, ciertamente, pero con más pronta voluntad, para que el enemigo no tenga de qué reprocharles? Si perdonas a un hombre armado que podía luchar, ¿no perdonas a aquel en quien solo la fe libró la batalla?

    I, 5, § 26

    26. Si hubiéramos de preguntar cuál es la opinión del diablo acerca de quienes han caído de esta manera, ¿no respondería probablemente: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí? Pues ¿cómo puede estar conmigo quien no se aparta de Cristo? Sin causa alguna parecen honrarme quienes guardan la doctrina de Jesús, y yo pensé que enseñarían la mía. Me condenan tanto más cuando me abandonan después de la prueba. Ciertamente Jesús es más glorificado en estos, cuando los recibe a su regreso a Él. Todos los ángeles se alegran, pues en el cielo hay mayor alegría por un solo pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento. Se triunfa sobre mí en el cielo y en la tierra. Cristo no pierde nada cuando aquellos que vinieron a mí con llanto regresan con anhelo a la Iglesia, y yo estoy en peligro incluso en cuanto a los míos, que aprenderán que en realidad no hay nada aquí, donde los hombres son arrastrados por recompensas presentes, sino que ha de haber muchísimo allí donde los gemidos, las lágrimas y los ayunos son preferidos a mis banquetes.»

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 6, sumario
    Los novacianos, al excluir a tales del banquete de Cristo, no imitan ciertamente al buen samaritano, sino al orgulloso doctor de la ley, al sacerdote y al levita que son reprendidos en el Evangelio, y son en verdad peores que estos.

    I, 6, § 27

    27. ¿Vosotros, pues, oh novacianos, excluís a estos? Pues ¿qué otra cosa es negar la esperanza del perdón sino excluir? Mas el samaritano no pasó de largo al hombre que había sido dejado medio muerto por los ladrones; vendó sus heridas con aceite y vino, echando primero aceite para consolarlas; puso al herido sobre su propia cabalgadura, sobre la cual cargó todos sus pecados; ni despreció el Pastor a su oveja descarriada.

    I, 6, § 28

    28. Pero vosotros decís: «No me toques.» Vosotros, que queréis justificaros, decís: «No es nuestro prójimo,» siendo más orgullosos que aquel doctor de la ley que quería tentar a Cristo, pues él dijo: «¿Quién es mi prójimo?» Él preguntó; vosotros negáis, pasando de largo como aquel sacerdote, como aquel levita, junto a aquel a quien debíais haber recogido y cuidado, y no recibiendo en la posada a aquellos por quienes Cristo pagó los dos denarios, de los cuales Cristo os manda haceros prójimo para que les mostréis misericordia. Pues es nuestro prójimo aquel a quien no solo una condición semejante ha unido, sino a quien la misericordia nos ha ligado. Os hacéis extraño a él por orgullo, inflándoos en vano en vuestra mente carnal y no asiéndoos a la Cabeza. [] Pues si os asierais a la Cabeza, consideraríais que no debéis abandonar a aquel por quien Cristo murió. Si os asierais a la Cabeza, consideraríais que todo el cuerpo, al unirse más bien que al separarse, crece para el incremento de Dios [] por el vínculo de la caridad y el rescate del pecador.

    I, 6, § 29

    29. Cuando, pues, quitáis todos los frutos del arrepentimiento, ¿qué decís sino esto: Que nadie que esté herido entre en nuestra posada, que nadie sea sanado en nuestra Iglesia? Entre nosotros no se cuida a los enfermos; nosotros estamos sanos, no tenemos necesidad de médico, pues Él mismo dice: «Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos.»

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 7, sumario
    San Ambrosio, dirigiéndose a Cristo, se queja de los novacianos y muestra que no tienen parte con Cristo, Quien quiere que todos los hombres se salven.

    I, 7, § 30

    30. Ven, pues, Señor Jesús, del todo a tu Iglesia, ya que Novaciano se excusa. Novaciano dice: «Compré una yunta de bueyes,» y no se ciñe el yugo ligero de Cristo, sino que echa sobre sus hombros una carga pesada que no puede llevar. Novaciano detuvo a tus siervos por quienes fue invitado, los trató con desprecio y los mató, manchándolos con la mancha de un bautismo repetido. Sal, pues, a los caminos, y reúne a buenos y malos, [] trae a los débiles, a los ciegos y a los cojos a tu Iglesia. Manda que tu casa se llene, haz entrar a todos a tu cena, pues harás digno a aquel a quien llames, si te sigue. Es, ciertamente, rechazado el que no tiene la túnica nupcial, es decir, la vestidura de la caridad, el velo de la gracia. Envía, te ruego, a todos.

    I, 7, § 31

    31. Tu Iglesia no se excusa de tu cena; Novaciano se excusa. Tu familia no dice: «Estoy sano, no necesito médico,» sino que dice: «Sáname, oh Señor, y seré sanado; sálvame, y seré salvo.» [] La semejanza de tu Iglesia es aquella mujer que fue por detrás y tocó el borde de tu vestido, diciendo dentro de sí: «Si tan solo toco su vestido, seré sana.» [] Así la Iglesia confiesa sus heridas, pero desea ser sanada.

    I, 7, § 32

    32. Y Tú, ciertamente, oh Señor, deseas que todos sean sanados, pero no todos quieren ser sanados. Novaciano no quiere, pues piensa que está sano. Tú, oh Señor, dices que estás enfermo y sientes nuestra debilidad en el más pequeño de nosotros, diciendo: «Estuve enfermo y me visitasteis.» [] Novaciano no visita a aquel más pequeño en quien Tú deseas ser visitado. Dijiste a Pedro cuando se excusaba de que Tú le lavaras los pies: «Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo.» [] ¿Qué comunión, pues, pueden tener contigo quienes no reciben las llaves del reino de los cielos, diciendo que no deben remitir los pecados?

    I, 7, § 33

    33. Y esta confesión, ciertamente, es hecha por ellos con razón, pues no tienen la sucesión de Pedro, porque no ocupan la cátedra de Pedro, la cual desgarran con cisma perverso; y esto también lo hacen, negando perversamente que los pecados puedan ser perdonados aun en la Iglesia, mientras que a Pedro se le dijo: «Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado también en el cielo, y todo lo que desates en la tierra será desatado también en el cielo.» [] Y el vaso de elección divina mismo dijo: «Si algo habéis perdonado a alguno, yo también perdono; pues lo que yo he perdonado, lo he hecho por vosotros en la persona de Cristo.» [] ¿Por qué, pues, leen los escritos de Pablo, si piensan que erró tan perversamente como para reclamar para sí el derecho de su Señor? Pero él reclamaba lo que había recibido, no usurpaba lo que no se le debía.

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 8, sumario
    Fue voluntad del Señor conferir grandes dones a sus discípulos. Además, los novacianos se refutan a sí mismos por las prácticas de la imposición de manos y del bautismo, ya que es por el mismo poder por el que los pecados son remitidos en la penitencia y en el bautismo. Su conducta se contrasta luego con la de nuestro Señor.

    I, 8, § 34

    34. Es voluntad del Señor que sus discípulos posean grandes poderes; es su voluntad que las mismas cosas que Él hizo cuando estaba en la tierra sean hechas en su Nombre por sus siervos. Pues dijo: «Haréis cosas mayores que estas.» Les dio poder para resucitar a los muertos. Y aunque Él mismo habría podido devolver a Saulo el uso de la vista, sin embargo lo envió a su discípulo Ananías, para que por su bendición los ojos de Saulo, cuya vista había perdido, fueran restaurados. [] También mandó a Pedro caminar consigo sobre el mar, y porque vaciló, le reprochó que hubiera disminuido, por la debilidad de su fe, la gracia que se le había dado. [] Aquel que era la luz del mundo concedió a sus discípulos ser la luz del mundo por la gracia. [] Y porque se proponía descender del cielo y ascender de nuevo allí, arrebató a Elías al cielo para devolverlo otra vez a la tierra en el tiempo que le pluguiera. Y siendo bautizado con el Espíritu Santo y con fuego, prefiguró el sacramento del bautismo por manos de Juan. []

    I, 8, § 35

    35. Y, en fin, dio todos los dones a sus discípulos, de quienes dijo: «En mi Nombre expulsarán demonios; hablarán lenguas nuevas; tomarán serpientes; y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos, y sanarán.» [] Así, pues, les dio todas las cosas, pero no hay poder humano ejercido en estas cosas, en las cuales opera la gracia del don divino.

    I, 8, § 36

    36. ¿Por qué, pues, imponéis las manos y creéis que sea efecto de la bendición si acaso sanará algún enfermo? ¿Por qué suponéis que por vosotros pueda alguien ser limpiado de la contaminación del diablo? ¿Por qué bautizáis si los pecados no pueden ser remitidos por un hombre? Si el bautismo es ciertamente la remisión de todos los pecados, ¿qué diferencia hay en que los sacerdotes reclamen que esta potestad se les da en la penitencia o en la pila? En cada uno el misterio es uno.

    I, 8, § 37

    37. Pero decís que la gracia de los misterios obra en la pila. ¿Qué obra, pues, en la penitencia? ¿No es el Nombre de Dios el que hace la obra? ¿Qué, pues? ¿Vosotros, cuando queréis, reclamáis para vosotros la gracia de Dios, y cuando queréis la rechazáis? Pero esto es señal de presunción insolente, no de santo temor, cuando aquellos que desean hacer penitencia son despreciados por vosotros. No podéis, en verdad, soportar las lágrimas de los que lloran; vuestros ojos no toleran el vestido áspero, la inmundicia de los sucios; con ojos orgullosos y corazones hinchados, vosotros, los delicados, decís con tonos airados: «No me toques, porque soy puro.»

    I, 8, § 38

    38. El Señor dijo, ciertamente, a María Magdalena: «No me toques,» [] pero Aquel que era puro no dijo: «porque soy puro.» ¿Tú, Novaciano, te atreves a llamarte puro, cuando, aun si fueras puro en cuanto a tus actos, quedarías hecho impuro por esta sola palabra? Isaías dice: «¡Ay de mí, que estoy perdido, y herido en el corazón! Porque, siendo hombre y teniendo labios impuros, habito también en medio de un pueblo de labios impuros,» [] ¿y tú dices: «Yo soy limpio,» cuando, como está escrito, ni siquiera un niño de un día es puro? David dice: «Y límpiame de mi pecado,» a quien, por su tierno corazón, la gracia de Dios limpiaba a menudo; ¿eres tú puro, tú que eres tan injusto como para no tener ternura, como para ver la mota en el ojo de tu hermano, y no considerar la viga que está en tu propio ojo? Pues ante Dios nadie que sea injusto es puro. ¿Y qué hay más injusto que desear que se te perdonen tus pecados, y pensar tú mismo que aquel que te lo suplica no debe ser perdonado? ¿Qué hay más injusto que justificarte a ti mismo en aquello en lo que condenas a otro, mientras tú mismo cometes ofensas peores?

    I, 8, § 39

    39. También, además, el Señor Jesús, cuando estaba a punto de consagrar el perdón de nuestros pecados, respondió a Juan, que decía: «Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí? Deja ahora, pues así conviene que cumplamos toda justicia.» [] Y el Señor, ciertamente, vino a un pecador, aunque Él no tenía pecado, y deseó ser bautizado, no teniendo necesidad de limpieza; ¿quién, pues, puede toleraros a vosotros, que pensáis que no tenéis necesidad de ser limpiados por la penitencia, porque decís que estáis limpiados por la gracia, como si ya os fuera imposible pecar?

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 9, sumario
    Al cotejar pasajes semejantes con 1 Samuel 3:25 , san Ambrosio muestra que el sentido no es que nadie interceda, sino que el intercesor debe ser digno, como lo fueron Moisés y Jeremías, por cuyas oraciones leemos que Dios perdonó a Israel.

    I, 9, § 40

    40. Pero dices: Está escrito: "Si un hombre peca contra el Señor, ¿quién suplicará por él?" En primer lugar, como ya dije antes, podría permitirte hacer esa objeción si negaras la penitencia sólo a aquellos que negaron la fe. Pero ¿qué dificultad produce esa cuestión? Pues no está escrito: "Nadie suplicará por él";» sino: "¿Quién suplicará?", es decir, la cuestión es: ¿quién en tal caso puede suplicar? La súplica no queda excluida.

    I, 9, § 41

    41. Luego tienes en el Salmo quince: "Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo, o quién descansará en tu monte santo?" No es que nadie, sino que el que sea probado habitará allí; ni dice que nadie descansará, sino que el elegido descansará. Y para que sepas que esto es verdad, se dice no mucho después en el Salmo veinticuatro: "¿Quién subirá al monte del Señor, o quién estará en su lugar santo?" El escritor da a entender: no una persona cualquiera, ni una del común, sino sólo un hombre de vida excelente y de mérito singular. Y para que entendamos que cuando se pregunta: "¿Quién?", no se implica a nadie, sino que se indica a uno especial, después de haber dicho: "¿Quién subirá al monte del Señor?", el salmista añade: "El que tiene manos limpias y corazón puro, el que no ha levantado su alma a la vanidad".» Y en otro lugar se dice: "¿Quién es sabio y entenderá estas cosas?" [] Y en el Evangelio: "¿Quién es el administrador fiel y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su casa para darles a su tiempo la medida de trigo?" [] Y para que entendamos que habla de los que realmente existen, el Señor añadió: "Bienaventurado aquel siervo a quien su Señor, cuando venga, encuentre haciendo así".» [] Y soy de la opinión de que donde se dice: "Señor, ¿quién como tú?", no se quiere decir que nadie es semejante, pues el Hijo es imagen del Padre.

    I, 9, § 42

    42. Debemos, pues, entender de la misma manera: "¿Quién suplicará por él?", como si implicara: Ha de ser alguien de vida excelente quien suplique por el que ha pecado contra el Señor. Cuanto mayor es el pecado, tanto más dignas han de ser las oraciones que se buscan. Pues no fue cualquiera del común quien rogó por el pueblo judío, sino Moisés, [] cuando, olvidados de su alianza, adoraron la cabeza del becerro. ¿Acaso se equivocó Moisés? Ciertamente no se equivocó al rogar, él que tanto mereció como obtuvo lo que pedía. Pues ¿qué no habría de obtener un amor como el suyo, cuando se ofreció a sí mismo por el pueblo y dijo: "Y ahora, si has de perdonar su pecado, perdónalo; pero si no, bórrame del libro de la vida".» [] Vemos que no piensa en sí mismo, como un hombre lleno de aprensiones y escrúpulos, si acaso puede incurrir en riesgo de alguna ofensa —como dice Novaciano que teme incurrir—, sino más bien, pensando en todos y olvidado de sí, no temió ofender, con tal de rescatar y librar al pueblo del peligro de la ofensa.

    I, 9, § 43

    43. Con razón, pues, se dice: "¿Quién suplicará por él?" Implica que ha de ser uno como Moisés para ofrecerse por los que pecan, o como Jeremías, quien, aunque el Señor le dijo: "No ruegues por este pueblo",» [] sin embargo, rogó y obtuvo su perdón. Pues por la intercesión del profeta, y la súplica de tan gran vidente, el Señor se conmovió y dijo a Jerusalén, que entre tanto se había arrepentido de sus pecados y había dicho: "Oh Señor Dios todopoderoso de Israel, el alma angustiada y el espíritu turbado clama a ti; escucha, Señor, y ten misericordia".» Y el Señor les manda deponer los vestidos de luto y cesar los gemidos del arrepentimiento, diciendo: "Despójate, Jerusalén, del vestido de tu luto y de tu aflicción, y revístete de la hermosura, la gloria que Dios te ha dado para siempre".» []

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 10, sumario
    San Juan no prohibió absolutamente que se orara por los que "pecan de muerte", pues sabía que Moisés, Jeremías y Esteban habían orado así, y él mismo da a entender que no se les ha de negar el perdón.

    I, 10, § 44

    44. Tales intercesores, pues, han de buscarse después de pecados muy graves; pues si personas ordinarias oran, no son escuchadas.

    I, 10, § 45

    45. De modo que aquel argumento tuyo no tendrá peso, el que tomas de la Epístola de Juan, donde dice: "El que sabe que su hermano peca un pecado que no es de muerte, pida, y Dios le dará vida, porque no pecó de muerte. Hay un pecado de muerte: no digo que se pida por él".» [] No hablaba a Moisés y a Jeremías, sino al pueblo, que debe buscar otro intercesor para sus pecados; al pueblo, a quien le basta suplicar a Dios por sus faltas más leves, y considerar que el perdón de los pecados más graves ha de reservarse a las oraciones de los justos. Pues ¿cómo pudo Juan decir que no se orara por los pecados más graves, cuando había leído que Moisés oró y obtuvo lo que pedía, donde había habido un abandono deliberado de la fe, y sabía que también Jeremías había suplicado?

    I, 10, § 46

    46. ¿Cómo pudo Juan decir que no debemos orar por el pecado de muerte, él mismo que en el Apocalipsis escribió el mensaje al ángel de la Iglesia de Pérgamo? "Tienes ahí a los que sostienen la doctrina de Balaam, que enseñó a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer lo sacrificado a los ídolos y a fornicar. Así también tienes tú a los que sostienen las doctrinas de los nicolaítas. Arrepiéntete igualmente, o de lo contrario vendré pronto a ti".» [] ¿Ves que el mismo Dios que exige el arrepentimiento promete el perdón? Y luego dice: "El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: Al vencedor le daré a comer del maná escondido".» []

    I, 10, § 47

    47. ¿Acaso no sabía el propio Juan que Esteban oró por sus perseguidores, que ni siquiera habían podido escuchar el Nombre de Cristo, cuando dijo de aquellos mismos por quienes era apedreado: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado"? [] Y vemos el resultado de esta oración en el caso del Apóstol, pues Pablo, que guardaba las vestiduras de los que apedreaban a Esteban, no mucho después se convirtió en apóstol por la gracia de Dios, habiendo sido antes perseguidor.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 11, sumario
    El pasaje citado de la Epístola de san Juan se confirma con otro en el que se promete la salvación a los que creen en Cristo, lo que refuta a los novacianos, que intentan inducir a los que han caído a creer, aunque les niegan el perdón. Además, muchos que habían caído han recibido la gracia del martirio, mientras que el ejemplo del buen samaritano muestra que no debemos abandonar a aquellos en quienes aún vive la más mínima fe.

    I, 11, § 48

    48. Puesto que, pues, hemos hablado de la Epístola general de san Juan, veamos si los escritos de Juan en el Evangelio concuerdan con tu interpretación. Pues escribe que el Señor dijo: "Tanto amó Dios a este mundo, que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna".» [] Si, pues, quieres reclamar a alguno de los que han caído, ¿lo exhortas a creer o a no creer? Sin duda lo exhortas a creer. Pero, según las palabras del Señor, el que cree tendrá vida eterna. ¿Cómo, pues, prohibirás orar por el que tiene derecho a la vida eterna? Puesto que la fe es de gracia divina, como enseña el Apóstol donde habla de las diferencias de los dones, pues "a otro le es dada la fe por el mismo Espíritu".» [] Y los discípulos dicen al Señor: "Auméntanos la fe".» [] El que tiene fe, pues, tiene vida, y el que tiene vida ciertamente no queda excluido del perdón; "que todo el que", se dice, "que cree en él no perezca".» Puesto que se dice: Todo el que, nadie queda excluido, nadie exceptuado, pues no exceptúa al que ha caído, si sólo después cree eficazmente.

    I, 11, § 49

    49. Encontramos que muchos, por fin, se han recobrado después de una caída, y han sufrido por el Nombre de Dios. ¿Podemos negar la comunión de los mártires a aquellos a quienes el Señor Jesús no se la ha negado? ¿Nos atrevemos a decir que no se restituye la vida a aquellos a quienes Cristo ha dado una corona? Pues así como se da una corona a muchos después de haber caído, así también, si creen, se restaura su fe; la cual fe es don de Dios, como lees: "Porque a vosotros os ha sido concedido por Dios no sólo creer en él, sino también sufrir por él".» [] ¿Es posible que el que tiene el don de Dios no tenga su perdón?

    I, 11, § 50

    50. Ahora bien, no es una gracia única, sino doble, que todo el que cree sufra también por el Señor Jesús. El que cree, pues, recibe su gracia; pero recibe una segunda, si su fe es coronada por el sufrimiento. Pues tampoco Pedro estuvo sin gracia antes de sufrir, pero cuando sufrió recibió un segundo don. Y muchos que no han tenido la gracia de sufrir por Cristo, no obstante han tenido la gracia de creer en él.

    I, 11, § 51

    51. Por eso se dice: "Que todo el que cree en él no perezca".» Que nadie, es decir, de cualquier condición, después de cualquier caída, tema perecer. Pues puede suceder que el buen samaritano del Evangelio encuentre a alguno que baja de Jerusalén a Jericó, es decir, que recae del combate del mártir a los placeres de esta vida y a los consuelos del mundo; herido por ladrones, es decir, por los perseguidores, y dejado medio muerto; que aquel buen samaritano, que es el Guardián de nuestras almas (pues la palabra samaritano significa Guardián), no pase, digo, de largo junto a él, sino que lo cuide y lo sane.

    I, 11, § 52

    52. Acaso, pues, no pasa de largo junto a él, porque ve en él algunas señales de vida, de modo que hay esperanza de que se recobre. ¿No te parece que el que ha caído está medio vivo, si la fe sostiene algún aliento de vida? Pues está muerto el que arroja del todo a Dios fuera de su corazón. El que, pues, no lo arroja del todo, sino que bajo la presión de los tormentos lo ha negado por un tiempo, está medio muerto. O si está muerto, ¿por qué le mandas arrepentirse, viendo que ya no puede ser sanado? Si está medio muerto, derrama aceite y vino, no vino sin aceite, para que haya consuelo y escozor. Ponlo sobre tu cabalgadura, entrégalo al posadero, paga dos denarios por su curación, sé para él prójimo. Pero no puedes ser prójimo si no tienes compasión de él; pues nadie puede ser llamado prójimo si no ha sanado, no matado, a otro. Y si quieres ser llamado prójimo, Cristo te dice: "Ve y haz tú lo mismo".» []

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 12, sumario
    Se considera otro pasaje de san Juan. La necesidad de guardar los mandamientos de Dios puede ser cumplida por los que, habiendo caído, se arrepienten, así como por los que no han caído, como se muestra en el caso de David.

    I, 12, § 53

    53. Consideremos otro pasaje semejante: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él".» [] Lo que permanece ciertamente ha tenido un comienzo, y eso de alguna ofensa, a saber, primero el no creer. Cuando, pues, alguien cree, la ira de Dios se aparta y viene la vida. Creer, pues, en Cristo es ganar la vida, pues "el que cree en él no es juzgado".» []

    I, 12, § 54

    54. Pero con referencia a este pasaje alegan que el que cree en Cristo debe guardar sus palabras, y dicen que está escrito en las propias palabras del Señor: "He venido como luz a este mundo, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas. Y si alguno oye mi palabra y la guarda, yo no lo juzgo".» Él no juzga, ¿y juzgas tú? Dice: "que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas", es decir, que si está en tinieblas no permanezca en ellas, sino que enmiende su error, corrija su falta, y guarde mis mandamientos; pues yo he dicho: "No quiero la muerte del impío, sino su corrección".» [] Dije antes que el que cree en mí no es juzgado, y me atengo a esto: "Pues no he venido a juzgar al mundo, sino a que el mundo se salve por mí".» [] Perdono de buena gana, rápidamente perdono: "Misericordia quiero y no sacrificio",» [] porque por el sacrificio el justo se hace más aceptable, por la misericordia el pecador es redimido. "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".» [] El sacrificio era bajo la Ley, en el Evangelio está la misericordia. "La Ley fue dada por Moisés, la gracia por mí".» []

    I, 12, § 55

    55. Y de nuevo más adelante dice: "El que me desprecia y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue".» [] ¿Te parece que ha recibido las palabras de Cristo el que no se ha corregido? Sin duda no. El que, pues, se corrige recibe su palabra, pues ésta es su palabra: que cada uno se aparte del pecado. Así, pues, por necesidad debes o rechazar esta sentencia suya, o, si no puedes negarla, debes aceptarla.

    I, 12, § 56

    56. También es necesario que el que deja de pecar guarde los mandamientos de Dios y renuncie a sus pecados. No debemos, pues, interpretar esta sentencia del que siempre ha guardado los mandamientos, pues si éste hubiera sido su sentido, habría añadido la palabra siempre; pero al no añadirla muestra que hablaba del que ha guardado lo que ha oído, y lo que ha oído lo ha llevado a corregir sus faltas; ha guardado, pues, lo que ha oído.

    I, 12, § 57

    57. Pero cuán duro es condenar a penitencia de por vida a quien aún después guarda los mandamientos del Señor, que nos lo enseñe él mismo, que no ha negado el perdón. Incluso a los que no guardan sus mandamientos, como lees en el Salmo: "Si profanan mis estatutos y no guardan mis mandamientos, visitaré sus ofensas con la vara y sus pecados con azotes, pero mi misericordia no apartaré de ellos".» Así, pues, promete misericordia a todos.

    I, 12, § 58

    58. Mas para que no pensemos que esta misericordia es sin juicio, hay una distinción entre los que han prestado obediencia continua a los mandamientos de Dios, y los que en algún tiempo, ya por error, ya por coacción, han caído. Y para que no pienses que son sólo nuestros argumentos los que te apremian, considera la decisión de Cristo, que dijo: "Si el siervo conocía la voluntad de su Señor y no la hizo, será azotado con muchos azotes; pero si no la conocía, será azotado con pocos azotes".» [] Cada uno, pues, si cree, es recibido, pues Dios "castiga a todo hijo que recibe",» [] y a aquel a quien castiga no lo entrega a la muerte, pues está escrito: "El Señor me ha castigado duramente, pero no me ha entregado a la muerte".»

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 13, sumario
    Los que han cometido un "pecado de muerte" no han de ser abandonados, sino sometidos a penitencia, según san Pablo. Explicación de la frase "entregar a Satanás".» Satanás puede afligir el cuerpo, pero estas aflicciones producen provecho espiritual, mostrando el poder de Dios, que así vuelve las artimañas de Satanás contra sí mismo.

    I, 13, § 59

    59. Por último, Pablo nos enseña que no debemos abandonar a los que han cometido un pecado de muerte, sino que más bien debemos constreñirlos con pan de lágrimas y lágrimas para beber, pero de modo que su mismo dolor sea moderado. Pues éste es el sentido del pasaje: "Les has dado a beber en gran medida",» para que su mismo dolor tenga su medida, no sea que acaso el que hace penitencia sea consumido por un dolor excesivo, como se dijo a los corintios: "¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con una vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?" [] Pero aun la vara no es severa, pues había leído: "Lo azotarás ciertamente con la vara, pero librarás su alma de la muerte".» []

    I, 13, § 60

    60. Lo que quiere decir el Apóstol con la vara lo muestra su invectiva contra la fornicación, su denuncia del incesto, su reprensión de la soberbia, porque estaban hinchados quienes más bien debían estar de luto, y, por último, su sentencia sobre el culpable: que fuera excluido de la comunión y entregado al adversario, no para destrucción del alma sino de la carne. Pues así como el Señor no dio poder a Satanás sobre el alma del santo Job, sino que le permitió afligir su cuerpo, [] así también aquí el pecador es entregado a Satanás para destrucción de la carne, para que la serpiente lama el polvo [] de su carne, pero no hiera su alma.

    I, 13, § 61

    61. Muera, pues, nuestra carne a las concupiscencias, sea cautiva, sea sometida, y no luche contra la ley de nuestra mente, sino muera en sujeción a un buen servicio, como en Pablo, que golpeaba su cuerpo para someterlo, a fin de que su predicación se hiciera más aprobada, si la ley de su carne concordaba y era consonante con la ley de su espíritu. Pues la carne muere cuando su sabiduría pasa al espíritu, de modo que ya no guste de las cosas de la carne, sino de las cosas del espíritu. ¡Ojalá viera yo mi carne debilitarse, ojalá no fuera arrastrado cautivo a la ley del pecado, ojalá no viviera en la carne, sino en la fe de Cristo! Y así hay mayor gracia en la debilidad del cuerpo que en su robustez.

    I, 13, § 62

    62. Habiendo explicado el sentido de Pablo, consideremos ahora las palabras mismas: en qué sentido dijo que lo había entregado a Satanás para destrucción de la carne, pues es el diablo quien nos prueba. Pues trae dolencias a cada uno de nuestros miembros, y enfermedades a todo nuestro cuerpo. Y también entonces golpeó al santo Job con llagas malignas desde los pies hasta la cabeza, porque había recibido poder de destruir su carne, cuando Dios dijo: "He aquí, te lo entrego; sólo preserva su vida".» [] Esto lo recogió el Apóstol con las mismas palabras, entregando a este hombre a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que su espíritu sea salvo en el día de nuestro Señor Jesucristo. []

    I, 13, § 63

    63. Grande es el poder, grande es el don, que manda al diablo destruirse a sí mismo. Pues se destruye a sí mismo cuando hace al hombre a quien busca derribar con la tentación más fuerte en vez de débil, porque mientras debilita el cuerpo fortalece su alma. Pues la enfermedad del cuerpo refrena el pecado, pero el lujo enciende el pecado de la carne.

    I, 13, § 64

    64. El diablo, pues, es engañado para herirse a sí mismo con su propia mordedura, y armar contra sí mismo a aquel a quien pensaba debilitar. Así armó más al santo Job después de herirlo, quien, con todo el cuerpo cubierto de llagas, soportó ciertamente la mordedura del diablo, pero no sintió su veneno. Y así bien se dice de él: "Sacarás al dragón con anzuelo, jugarás con él como con un pájaro, lo atarás como un muchacho ata a un gorrión, pondrás tu mano sobre él".»

    I, 13, § 65

    65. Ves cómo es burlado por Pablo, de modo que, como el niño de la profecía, pone su mano sobre el agujero del áspid, y la serpiente no lo hiere; lo saca de sus escondrijos, y hace de su veneno un antídoto espiritual, de modo que lo que es veneno se convierte en medicina: el veneno sirve a la destrucción de la carne, se convierte en medicina para la curación del espíritu. Pues lo que daña al cuerpo beneficia al espíritu.

    I, 13, § 66

    66. Muerda, pues, la serpiente la parte terrena de mí, hunda su diente en mi carne, y magulle mi cuerpo; y que el Señor diga de mí: "Te lo entrego; sólo preserva su vida".» ¡Cuán grande es el poder de Cristo, que la custodia del hombre es encargada incluso al mismo diablo, que siempre desea dañarlo! Hagámonos, pues, favorable al Señor Jesús. Al mandato de Cristo, el propio diablo se convierte en guardián de su presa. Aun de mala gana cumple los mandatos del cielo, y, aunque cruel, obedece los mandatos de la mansedumbre.

    I, 13, § 67

    67. Pero ¿por qué alabo su obediencia? Sea siempre malo para que Dios sea siempre bueno, que convierte su mala voluntad en gracia para nosotros. Desea dañarnos, mas no puede si Cristo se le resiste. Hiere la carne pero preserva la vida. Y luego está escrito: "Entonces los lobos y los corderos pacerán juntos, el león y el buey comerán paja, y no dañarán ni destruirán en mi monte santo, dice el Señor".» Pues ésta es la sentencia de condenación sobre la serpiente: "Polvo será tu alimento".» [] ¿Qué polvo? Ciertamente aquel del cual se dice: "Polvo eres, y al polvo volverás".» []

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 14, sumario
    San Ambrosio explica que la carne entregada a Satanás para su destrucción es devorada por la serpiente cuando el alma queda libre de los deseos carnales. Da, por tanto, diversas reglas para guardar los sentidos, señala las trampas que nos tienden los placeres y exhorta a sus oyentes a no temer la destrucción de la carne por la serpiente.

    I, 14, § 68

    68. La serpiente devora este polvo, si el Señor Jesús nos es favorable, para que nuestro espíritu no se compadezca de la debilidad de la carne, ni se inflame con los vapores de la carne y el ardor de nuestros miembros. «Mejor es casarse que abrasarse,» pues hay una llama que arde dentro. No permitamos, pues, que este fuego se acerque al seno de nuestra mente y a las profundidades de nuestro corazón, no sea que quememos la cubierta de lo más íntimo del corazón, y no sea que el fuego devorador de la concupiscencia consuma este vestido exterior del alma y su velo de carne, sino pasemos por el fuego. [] Y si alguno cae en el fuego del amor, salte por encima y siga adelante; no se ate a sí mismo la lujuria adúltera con las ataduras de los pensamientos, no se haga nudos con las ligaduras de la reflexión continua, no vuelva con demasiada frecuencia su atención a la forma de una ramera, y no levante una doncella sus ojos al rostro de un joven. Y si acaso lo ha mirado y ha sido atrapada, ¿cuánto más se enredará si lo contempla con curiosidad?

    I, 14, § 69

    69. Que la costumbre misma nos lo enseñe. Una mujer se cubre el rostro con un velo por esta razón: para que en público su pudor esté a salvo. Para que su rostro no encuentre fácilmente la mirada de un joven, cúbrase con el velo nupcial, de modo que ni siquiera en encuentros fortuitos quede expuesta a la herida de otro o de sí misma, aunque la herida de cualquiera de los dos fuera en verdad suya. Pero si se cubre la cabeza con un velo para no ver ni ser vista accidentalmente (pues cuando la cabeza está velada, el rostro queda oculto), ¿cuánto más debe cubrirse con el velo del pudor, para tener, aun en público, su propio lugar secreto?

    I, 14, § 70

    70. Pero supongamos que el ojo ha caído sobre otro; al menos que no siga la afección interior. Porque haber visto no es pecado, pero hay que tener cuidado de que no sea la fuente del pecado. El ojo corporal ve, pero que el ojo del corazón esté cerrado; que permanezca el pudor de la mente. Tenemos un Señor que es a la vez estricto e indulgente. El profeta dijo en verdad: «No mires la hermosura de una mujer que es toda ramera.» Pero el Señor dijo: «Todo aquel que mira a una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio con ella en su corazón.» [] No dice, «Todo aquel que mira ha cometido adulterio,» sino «Todo aquel que la mira para codiciarla.» No condenó la mirada, sino que buscó la afección interior. Pero es digno de alabanza aquel pudor que se ha acostumbrado de tal modo a cerrar los ojos corporales que a menudo no ve lo que verdaderamente contemplamos. Pues parecemos contemplar con la vista corporal cuanto se nos presenta; pero si a esto no se une ninguna atención de la mente, la vista también, según lo que es habitual en el cuerpo, se desvanece, de modo que en realidad vemos más con la mente que con el cuerpo.

    I, 14, § 71

    71. Y si la carne ha visto la llama, no acariciemos esa llama en nuestro seno, es decir, en las profundidades del corazón y en la parte interior de la mente. No infundamos este fuego en nuestros huesos, no nos atemos ataduras, no entablemos conversación con quienes puedan ser para nosotros causa de fuegos impuros. La palabra de una doncella es trampa para un joven, las palabras de un joven son las ataduras del amor.

    I, 14, § 72

    72. José vio el fuego cuando la mujer ávida de adulterio le habló. [] Quería atraparlo con sus palabras. Tendió las trampas de sus labios, pero no pudo capturar al hombre casto. Pues la voz del pudor, la voz de la gravedad, la rienda de la cautela, el cuidado de la integridad, la disciplina de la castidad, soltaron las cadenas de la mujer. Aquella persona impúdica no pudo enredarlo en sus mallas. Puso su mano sobre él; agarró su vestido, para apretar el nudo alrededor de él. Las palabras de una mujer lasciva son las trampas de la lujuria, y sus manos las ataduras del amor; pero la mente casta no pudo ser tomada ni por trampas ni por ataduras. El vestido fue arrojado, las ataduras fueron sueltas, y porque no admitió el fuego en el seno de su mente, su cuerpo no fue quemado.

    I, 14, § 73

    73. Ves, pues, que nuestra mente es la causa de nuestra culpa. Y así la carne es inocente, pero a menudo es ministra del pecado. No te venza, pues, el deseo de la hermosura. Muchas redes y muchas trampas tiende el diablo. La mirada de una ramera es la trampa de quien la ama. Nuestros propios ojos son redes para nosotros, por lo cual está escrito: «No te dejes prender por tus ojos.» [] Así, pues, nos tendemos redes a nosotros mismos en las que nos enredamos y nos estorbamos. Nos atamos cadenas a nosotros mismos, como leemos: «Pues cada uno está atado con las cadenas de sus propios pecados.»

    I, 14, § 74

    74. Pasemos, pues, por los fuegos de la juventud y el ardor de los primeros años; pasemos por las aguas, no permanezcamos en ellas, no sea que las profundas corrientes nos encierren. Atravesemos más bien, para que también nosotros digamos: «Nuestra alma ha atravesado el torrente,» pues quien ha atravesado está a salvo. Y por último, el Señor habla así: «Si pasas por el agua, yo estoy contigo, los ríos no te anegarán.» [] Y el profeta dice: «He visto al impío exaltado por encima de los cedros del Líbano, y pasé de largo, y he aquí que ya no estaba.» Pasa de largo ante las cosas de este mundo, y verás que las alturas de los impíos han caído. También Moisés, pasando de largo ante las cosas de este mundo, vio una gran visión y dijo: «Me apartaré y veré esta gran visión,» [] pues si hubiera estado retenido por los placeres pasajeros de este mundo no habría visto tan gran misterio.

    I, 14, § 75

    75. Pasemos también nosotros por encima de este fuego de la lujuria, temiendo el cual Pablo— pero temiendo por nosotros, en cuanto que golpeando su cuerpo había llegado a no temer ya por sí mismo— nos dice: «Huid de la fornicación.» [] Huyamos, pues, de ella como si nos siguiera, aunque en verdad no sigue detrás de nosotros, sino dentro de nosotros mismos. Tengamos, pues, sumo cuidado de que, mientras huimos de ella, no la llevemos con nosotros. Pues la mayoría de las veces queremos huir, pero si no la arrojamos del todo de nuestra mente, más bien la tomamos que la abandonamos. Saltemos, pues, por encima de ella, no sea que se nos diga: «Caminad en la llama de vuestro fuego, que habéis encendido para vosotros mismos.» [] Pues así como quien «toma fuego en su seno quema sus vestidos,» [] así quien camina sobre brasas encendidas necesariamente ha de quemarse los pies, como está escrito: «¿Puede uno caminar sobre brasas de fuego y no quemarse los pies?» []

    I, 14, § 76

    76. Este fuego es peligroso; no lo alimentemos, pues, con el combustible del lujo. La lujuria se alimenta con los festines, se nutre con las delicadezas, se enciende con el vino y se inflama con la embriaguez. Aún más peligrosos que estos son los incentivos de las palabras, que intoxican la mente como con una especie de vino de la viña de Sodoma. Estemos en guardia contra la abundancia de este vino, pues cuando la carne está ebria, la mente vacila, el corazón tiembla, el corazón es llevado de un lado a otro. Y así, respecto de cada cosa, es útil aquel precepto con que se amonesta a Timoteo: «Bebe un poco de vino a causa de tus frecuentes enfermedades.» [] Cuando el cuerpo se calienta, excita el ardor de la mente; cuando la carne se enfría con el frío de la enfermedad, el espíritu se enfría; cuando el cuerpo está en dolor, la mente está triste, pero la tristeza se convertirá en gozo.

    I, 14, § 77

    77. No temas, pues, si tu carne es devorada; el alma no es consumida. Y así David dice que no teme, porque los enemigos devoraban su carne pero no su alma, como leemos: «Cuando se acercaron a mí los malhechores para devorar mi carne, mis enemigos que me atribulan, se debilitaron y cayeron.» Así la serpiente obra su ruina sólo para sí misma; por tanto, quien ha sido herido por la serpiente es entregado a la serpiente para que levante de nuevo a aquel a quien derribó, y la ruina de la serpiente sea la restauración del hombre. Y la Escritura atestigua que Satanás es el autor de este sufrimiento corporal y debilidad de la carne, donde Pablo dice: «Me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me abofeteara, para que no me enalteciera.» [] Así Pablo aprendió a sanar, así como él mismo había sido sanado.

    Capítulo 15

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 15, sumario
    Volviendo de esta digresión, San Ambrosio explica cuál es el sentido de San Pablo cuando habla de venir «con vara o en espíritu de mansedumbre.» Quien ha caído gravemente ha de ser separado, pero ha de ser restaurado de nuevo a los privilegios religiosos cuando se haya arrepentido suficientemente. La vieja levadura se purga cuando la dureza de la letra es templada con la harina de una interpretación más suave. Todos deben ser rociados con la harina de la Iglesia y alimentados con el alimento de la caridad, no sea que lleguen a ser como aquel hermano mayor envidioso, cuyo ejemplo siguen los novacianos.

    I, 15, § 78

    78. Aquel fiel maestro, habiendo prometido una de dos cosas, dio cada una. Vino con vara, pues separó al culpable de la santa comunión. Y bien se dice que es entregado a Satanás quien es separado del cuerpo de Cristo. Pero vino en amor y con espíritu de mansedumbre, ya sea porque lo entregó de tal modo para salvar su alma, o porque después restauró a los sacramentos a aquel a quien antes había separado.

    I, 15, § 79

    79. Pues es necesario separar a quien ha caído gravemente, no sea que un poco de levadura corrompa toda la masa. Y la vieja levadura ha de ser purgada, o el hombre viejo en cada persona; es decir, el hombre exterior y sus obras, aquel que entre el pueblo ha envejecido en el pecado y se ha endurecido en los vicios. Y bien dijo purgada, no arrojada, pues lo que es purgado no se considera enteramente sin valor, pues para esto se purga: para que lo que tiene valor sea separado de lo inútil; pero lo que es arrojado se considera que no tiene en sí nada de valor.

    I, 15, § 80

    80. El Apóstol juzgó entonces que el pecador debía ser restaurado de inmediato a los sacramentos celestiales si él mismo deseaba ser limpiado. Y bien se dice «Purga,» pues es purgado como por ciertas cosas hechas por todo el pueblo, y es lavado en las lágrimas de la multitud, y redimido del pecado por el llanto de la multitud, y es purgado en el hombre interior. Pues Cristo concedió a su Iglesia que uno fuera redimido por medio de todos, como ella misma fue hallada digna de la venida del Señor Jesús, para que por medio de Uno todos fueran redimidos.

    I, 15, § 81

    81. Este es el sentido de Pablo, que las palabras hacen más oscuro. Consideremos las palabras exactas del Apóstol: «Purgad,» dice, «la vieja levadura, para que seáis una masa nueva, así como sois ázimos.» [] O bien toda la Iglesia toma sobre sí la carga del pecador, con quien ha de sufrir en llanto, oración y dolor, y, como si dijéramos, se cubre con su levadura, para que por medio de todos aquello que ha de ser eliminado en el individuo que hace penitencia sea purgado por una especie de contribución y mezcla de compasión y misericordia ofrecida con varonil vigor. O bien puede entenderse como nos enseña aquella mujer del Evangelio, que es figura de la Iglesia, cuando escondió la levadura en su harina, hasta que todo quedó fermentado, y el todo pudo usarse como puro.

    I, 15, § 82

    82. El Señor me enseñó en el Evangelio qué es la levadura cuando dijo: «¿No entendéis que no os hablaba del pan cuando dije: Guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos?» [] Entonces, se dice, entendieron que no hablaba del pan, sino que debían guardarse de la doctrina de los fariseos y saduceos. Esta levadura, pues— es decir, la doctrina de los fariseos y la contenciosidad de los saduceos— la Iglesia la esconde en su harina, cuando ablandó la dura letra de la Ley con una interpretación espiritual, y la molió como en el molino de sus explicaciones, sacando como de las cáscaras de la letra los secretos interiores de los misterios, y exponiendo la fe en la Resurrección, en la cual se proclama la misericordia de Dios, y en la cual se cree que la vida de los que están muertos es restaurada.

    I, 15, § 83

    83. Ahora bien, esta comparación parece no traerse inoportunamente en este lugar, puesto que el reino de los cielos es redención del pecado, y por tanto todos nosotros, tanto malos como buenos, estamos mezclados con la harina de la Iglesia para que todos seamos una masa nueva. Pero para que nadie tema que una mezcla de levadura mala pueda dañar la masa, el Apóstol dijo: «Para que seáis una masa nueva, así como sois ázimos;» [] es decir: Esta mezcla os hará de nuevo tales, como en la pura integridad de vuestra inocencia. Si así tenemos compasión, no nos manchamos con los pecados de otros, sino que ganamos la restauración de otro para aumento de nuestra propia gracia, de modo que nuestra integridad permanece como estaba. Y por tanto añade: «Porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado por nosotros;» [] es decir, la Pasión del Señor aprovechó a todos, y dio redención a los pecadores que se arrepintieron de los pecados que habían cometido.

    I, 15, § 84

    84. Celebremos, pues, la fiesta con buen alimento, haciendo penitencia y sin embargo gozosos en nuestra redención, pues ningún alimento es más dulce que la bondad y la mansedumbre. Que ninguna envidia hacia el pecador que es salvado se mezcle con nuestras fiestas y nuestro gozo, no sea que aquel hermano envidioso, como se expone en el Evangelio, se excluya a sí mismo de la casa de su Padre, porque se afligió por la acogida de su hermano, de cuyo prolongado destierro solía alegrarse.

    I, 15, § 85

    85. Y vosotros, novacianos, no podéis negar que sois semejantes a él, vosotros que, como decís, no os reunís en la Iglesia porque por la penitencia se había dado una esperanza de retorno a quienes habían caído. Pero esto es sólo un pretexto, pues Novaciano maquinó su cisma por el dolor de la pérdida del oficio episcopal.

    I, 15, § 86

    86. Pero ¿no entendéis que el Apóstol también profetizó de vosotros y os dice: «Y estáis envanecidos, y no os lamentasteis más bien, para que fuera quitado de en medio de vosotros el que hizo tal cosa»? [] Es, pues, enteramente quitado cuando su pecado es eliminado, pero el Apóstol no dice que haya de ser excluido de la Iglesia el pecador a quien aconseja que se limpie.

    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 16, sumario
    Comparación entre los apóstoles y los novacianos. La propiedad de las palabras, «No sabéis de qué espíritu sois,» cuando se les aplican a ellos. El deseo de penitencia es extinguido por ellos cuando le quitan su fruto. Y así los pecadores son privados de las promesas de Cristo, aunque, en verdad, no deben ser admitidos demasiado pronto a los misterios. Algunos ejemplos de arrepentimiento.

    I, 16, § 87

    87. Puesto que, entonces, el Apóstol perdonó pecados, ¿con qué autoridad decís vosotros que no han de ser perdonados? ¿Quién tiene más reverencia por Cristo, Pablo o Novaciano? Pero Pablo sabía que el Señor era misericordioso. Sabía que el Señor Jesús se ofendía más por la dureza de los discípulos que por su compasión.

    I, 16, § 88

    88. Además, Jesús reprendió a Santiago y a Juan cuando hablaban de hacer bajar fuego del cielo para consumir a quienes se negaban a recibir al Señor, y les dijo: «No sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder las vidas de los hombres, sino a salvarlas.» [] A ellos, en verdad, les dijo: «No sabéis de qué espíritu sois,» que eran de su espíritu; pero a vosotros os dice: «No sois de mi espíritu, los que no retenéis mi clemencia, los que rechazáis mi misericordia, los que rechazáis el arrepentimiento que quise que fuera predicado por los apóstoles en mi Nombre.»

    I, 16, § 89

    89. Pues en vano decís que predicáis el arrepentimiento quienes quitáis los frutos del arrepentimiento. Pues los hombres son llevados a la búsqueda de cualquier cosa o por recompensas o por resultados, y toda búsqueda se enfría con la demora. Y por esta razón el Señor, para que la devoción de sus discípulos aumentara, dijo que todo aquel que hubiera dejado todo lo suyo y seguido a Dios, recibiría el séptuplo tanto aquí como en el más allá. [] Primero prometió la recompensa aquí, para quitar el tedio de la demora, y de nuevo en el más allá, para que aprendiéramos a creer que las recompensas se nos darán también en el más allá. Las recompensas presentes son, pues, una prenda de las del más allá.

    I, 16, § 90

    90. Si, pues, alguno, habiendo cometido pecados ocultos, hace sin embargo diligentemente penitencia, ¿cómo recibirá aquellas recompensas si no es restaurado a la comunión de la Iglesia? Quiero, en verdad, que el culpable espere el perdón, que lo busque con lágrimas y gemidos, que lo busque con la ayuda de las lágrimas de todo el pueblo, que implore el perdón; y si la comunión se posterga dos o tres veces, que crea que sus súplicas no han sido suficientemente urgentes, que debe aumentar sus lágrimas, volver de nuevo con mayor aflicción, abrazar los pies de los fieles con sus brazos, besarlos, lavarlos con lágrimas, y no soltarlos, para que el Señor Jesús diga también de él: «Sus pecados, que son muchos, le son perdonados, porque amó mucho.» []

    I, 16, § 91

    91. He conocido penitentes cuyo rostro estaba surcado de lágrimas, sus mejillas gastadas por el llanto continuo, que ofrecían su cuerpo para ser hollado por todos, que con el rostro siempre pálido y consumido por el ayuno llevaban en un cuerpo todavía vivo la imagen de la muerte.

    Capítulo 17

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · I, 17, sumario
    Que a la severidad se ha de añadir la mansedumbre, como se muestra en el caso de San Pablo en Corinto. El hombre había sido bautizado, aunque los novacianos argumentan contra ello. Y con la palabra «destrucción» no se entiende la aniquilación sino un severo castigo.

    I, 17, § 92

    92. ¿Por qué diferimos el tiempo del perdón a aquellos que se han mortificado a sí mismos, que durante la vida se han dado muerte? «Suficiente», dice San Pablo, «para tal persona es este castigo que le ha sido infligido por la multitud; de modo que, por el contrario, debéis más bien perdonarle y consolarle, no sea que acaso sea absorbido por una tristeza excesiva». [] Si el castigo infligido por la multitud es suficiente para la condenación, la intercesión hecha por muchos también es suficiente para la remisión del pecado. El Maestro de las costumbres, que conoce nuestra debilidad y es el intérprete de la voluntad de Dios, quiere que se dé consuelo, no sea que la tristeza, por el cansancio de una larga demora, absorba al penitente.

    I, 17, § 93

    93. Entonces el Apóstol le perdonó, y no sólo le perdonó, sino que deseó que el amor hacia él creciera de nuevo con fuerza. Quien es amado no recibe dureza sino misericordia. Y no sólo le perdonó él mismo, sino que quiso que todos le perdonaran, y dice que perdonó por causa de los demás, para que muchos no se entristecieran más tiempo por uno solo. «A quien», dice, «vosotros perdonáis algo, yo también lo perdono; pues también yo he perdonado por vuestra causa en la persona de Cristo, para que no seamos engañados por Satanás, pues no ignoramos sus maquinaciones». [] Con razón puede estar en guardia contra la serpiente quien no ignora sus maquinaciones, de las cuales hay tantas para nuestro perjuicio. Él siempre desea hacer daño, siempre desea rodearnos, para causar la muerte; pero debemos tener cuidado de que nuestro remedio no se convierta en ocasión de triunfo para él; pues somos engañados por él si alguien perece por una tristeza excesiva, que podría ser liberado por la compasión.

    I, 17, § 94

    94. Y para que sepamos que esta persona fue bautizada, añadió: «Os escribí en mi epístola que no tengáis trato con los fornicarios, no del todo con los fornicarios de este mundo». [] Y más adelante añade: «Ahora os escribo que no tengáis trato si alguno, llamado hermano, es fornicario, avaro o idólatra». [] A los que ha unido bajo una misma pena, quiso que alcanzaran juntos el perdón. «Si alguno es tal», dice, «con él no comáis». [] Cuán severo es con los obstinados, cuán indulgente con los que buscan. Contra aquellos se alza en armas la injuria hecha a Cristo, mientras que la invocación de Cristo ayuda a estos.

    I, 17, § 95

    95. Pero para que nadie se perturbe porque está escrito: «He entregado a tal persona a Satanás para destrucción de la carne», [] y dijera: ¿Cómo puede alcanzar el perdón aquel cuya carne entera ha perecido, siendo evidente que el hombre fue redimido tanto en el cuerpo como en el alma, y es salvo en ambos, y que ni el alma sin el cuerpo, ni el cuerpo sin el alma, puesto que ambos están unidos por su participación en las obras realizadas, pueden estar sin participación ya sea en la pena o en la recompensa? Que esto baste como respuesta: que «destrucción» no significa la aniquilación completa de la carne, sino su castigo. Porque así como quien está muerto al pecado vive para Dios, así perecen los atractivos de la carne, y la carne muere a sus concupiscencias, para que viva de nuevo para la pureza y para otras buenas obras.

    I, 17, § 96

    96. ¿Y qué ejemplo más adecuado podemos tomar que uno de nuestra madre común? Pues la tierra misma, de la que todos hemos sido tomados, cuando no es trabajada ni cultivada, parece un desierto; y el campo muere para las vides u olivos con los que fue plantado, y sin embargo no pierde su propio poder nutritivo, que es, por así decirlo, su vida. Y luego, cuando el cultivo comienza de nuevo, y se siembra la semilla para la cual la tierra parece adecuada, brota de nuevo más fructífera que antes con sus productos. No es, entonces, nada tan extraño si se dice que nuestra carne muere, y sin embargo se entiende que es dominada más bien que aniquilada.

    Libro II

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 1, sumario
    San Ambrosio da reglas adicionales acerca de la penitencia, y muestra que no debe ser diferida.

    II, 1, § 1

    1. Aunque en el libro anterior hemos escrito muchas cosas que pueden tender a la práctica más perfecta de la penitencia, sin embargo, puesto que se puede añadir mucho más, continuaremos el banquete para no parecer que hemos dejado las provisiones de nuestra enseñanza sólo a medio consumir.

    II, 1, § 2

    2. Pues la penitencia debe emprenderse no sólo con ansiedad, sino también con prontitud, no sea que acaso aquel padre de familia del Evangelio que plantó una higuera en su viña venga y busque fruto en ella, y no hallándolo, diga al viñador: «Córtala, ¿por qué ocupa la tierra inútilmente?» [] Y a menos que el viñador interceda diciendo: «Señor, déjala también este año, hasta que cave alrededor y la abone, y si da fruto, bien; pero si no, la cortarás». []

    II, 1, § 3

    3. Abonemos, pues, este campo que poseemos, e imitemos a aquellos agricultores laboriosos, que no se avergüenzan de saciar la tierra con rico estiércol y de esparcir la ceniza sucia sobre el campo, para recoger cosechas más abundantes.

    II, 1, § 4

    4. Y el Apóstol nos enseña cómo abonarlo, diciendo: «Todo lo tengo por estiércol, para ganar a Cristo», [] y él, a través de la mala y la buena fama, logró agradar a Cristo. Pues había leído que Abraham, confesándose polvo y ceniza, [] en su profunda humildad halló gracia ante Dios. Había leído cómo Job, sentado entre la ceniza, [] recuperó todo lo que había perdido. [] Había oído en las palabras de David, cómo Dios «levanta al pobre del polvo, y alza al necesitado del muladar».

    II, 1, § 5

    5. No nos avergoncemos, pues, de confesar nuestros pecados al Señor. Ciertamente hay vergüenza cuando cada uno da a conocer sus pecados, pero esa vergüenza, por así decirlo, ara su tierra, quita las zarzas que reaparecen constantemente, poda las espinas, y da vida a los frutos que creía muertos. Sigue a aquel que, arando diligentemente su campo, buscó fruto eterno: «Siendo injuriados, bendecimos; siendo perseguidos, soportamos; siendo difamados, suplicamos; hemos llegado a ser como la escoria del mundo». [] Si aras de esta manera, sembrarás semilla espiritual. Ara para deshacerte del pecado y ganar fruto. Él aró de manera que destruyó en sí mismo la última tendencia a la persecución. ¿Qué más podría dar Cristo para conducirnos a la búsqueda de la perfección, que convertir y luego darnos por maestro a uno que era perseguidor?

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 2, sumario
    Un pasaje citado por los herejes contra la penitencia se explica de dos maneras, la primera es que Hebreos 6:4 se refiere a la imposibilidad de ser bautizado de nuevo; la segunda, que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios.

    II, 2, § 6

    6. Siendo entonces refutados por el claro ejemplo del Apóstol y por sus escritos, los herejes se esfuerzan aún por resistir más, y dicen que su opinión está apoyada por la autoridad apostólica, presentando el pasaje de la Epístola a los Hebreos: «Porque es imposible que aquellos que una vez fueron iluminados, y gustaron el don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, si cayeran, sean renovados de nuevo para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a la ignominia pública».

    II, 2, § 7

    7. ¿Podría Pablo enseñar en oposición a su propio acto? Él había perdonado en Corinto el pecado mediante la penitencia, ¿cómo podría él mismo hablar contra su propia decisión? Puesto que, entonces, no podía destruir lo que había edificado, debemos suponer que lo que dice era diferente de, pero no contrario a, lo que había precedido. Pues lo que es contrario se opone a sí mismo, lo que es diferente tiene ordinariamente otro significado. Las cosas que son contrarias no son tales que una pueda apoyar a la otra. Por tanto, cuando el Apóstol habló de remitir la penitencia, no pudo guardar silencio respecto a aquellos que pensaban que el bautismo debía repetirse. Y era correcto, en primer lugar, quitar nuestra ansiedad, y hacernos saber que incluso después del bautismo, si alguno pecaba, sus pecados podían ser perdonados, no sea que una falsa creencia en un bautismo repetido desviara a aquellos que estaban privados de toda esperanza de perdón. Y en segundo lugar, era correcto exponer con un argumento bien razonado que el bautismo no debe repetirse.

    II, 2, § 8

    8. Y que el autor estaba hablando del bautismo es evidente por las mismas palabras en las que se afirma que es imposible renovar para arrepentimiento a los que han caído, en cuanto somos renovados por medio del lavacro del bautismo, por el cual nacemos de nuevo, como dice el mismo Pablo: «Porque somos sepultados con Él por el bautismo para muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida». [] Y en otro lugar: «Renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del hombre nuevo, creado según Dios». [] Y en otra parte: «Tu juventud se renovará como el águila», porque el águila, después de la muerte, nace de nuevo de sus cenizas, como nosotros, estando muertos en el pecado, por el Sacramento del Bautismo nacemos de nuevo para Dios, y somos creados de nuevo. Así, pues, aquí como en otras partes, enseña un solo bautismo. «Una fe», dice, «un bautismo». []

    II, 2, § 9

    9. Esto también es claro: que en aquel que es bautizado, el Hijo de Dios es crucificado, pues nuestra carne no podría eliminar el pecado si no fuera crucificada en Jesucristo. Y luego está escrito: «Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte». [] Y más adelante: «Si hemos sido plantados en la semejanza de su muerte, lo seremos también en la de su resurrección, sabiendo que nuestro hombre viejo fue clavado con Él en su cruz». [] Y a los Colosenses dice: «Sepultados con Él en el bautismo, en el cual también resucitasteis con Él». [] Lo cual fue escrito con la intención de que creamos que Él es crucificado en nosotros, para que nuestros pecados sean purgados por medio de Él, para que Él, que es el único que puede perdonar los pecados, clave en su cruz el escrito que estaba contra nosotros. [] En nosotros triunfa sobre los principados y potestades, como está escrito de Él: «Despojando a los principados y potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en sí mismo». []

    II, 2, § 10

    10. Así, pues, lo que dice en esta Epístola a los Hebreos, que es imposible que los que han caído sean «renovados de nuevo para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a la ignominia pública», debe considerarse como referido al bautismo, en el cual crucificamos al Hijo de Dios en nosotros mismos, para que el mundo sea por Él crucificado para nosotros, que triunfamos, por así decirlo, cuando tomamos sobre nosotros la semejanza de su muerte, que expuso a la ignominia pública sobre su cruz a los principados y potestades, y triunfó sobre ellos, para que en la semejanza de su muerte también nosotros triunfemos sobre los principados cuyo yugo arrojamos. Pero Cristo fue crucificado una sola vez, y murió al pecado una sola vez, y así hay un solo bautismo, no varios.

    II, 2, § 11

    11. ¿Pero qué decir del pasaje en el que se habla de la doctrina de los bautismos? Puesto que bajo la Ley había muchos bautismos o lavamientos, con razón reprende a aquellos que abandonan lo perfecto y buscan de nuevo los primeros rudimentos de la palabra. Nos enseña que todos los lavamientos bajo la Ley han sido abolidos, y que hay un solo bautismo en los sacramentos de la Iglesia. Pero nos exhorta a que, dejando los primeros rudimentos de la palabra, avancemos hacia la perfección. «Y esto», dice, «lo haremos, si Dios lo permite», [] pues nadie puede ser perfecto sin la gracia de Dios.

    II, 2, § 12

    12. Y ciertamente podría decir también a cualquiera que pensara que este pasaje habla de la penitencia, que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios; y Dios puede, cuando quiere, perdonarnos nuestros pecados, incluso aquellos que pensamos que no pueden ser perdonados. Y así es posible que Dios nos dé aquello que nos parece imposible obtener. Pues parecía imposible que el agua lavara el pecado, y Naamán el sirio pensaba que su lepra no podía ser limpiada por el agua. Pero lo que era imposible, Dios lo hizo posible, Él que nos dio tan gran gracia. De manera semejante parecía imposible que los pecados fueran perdonados por la penitencia, pero Cristo dio este poder a sus apóstoles, el cual ha sido transmitido al oficio sacerdotal. Así, pues, ha llegado a ser posible lo que era imposible. Pero, con un razonamiento verdadero, nos convence de que la reiteración por cualquiera del Sacramento del Bautismo no está permitida.
    Comentario editorial · Hebreos 6:4-6, el pasaje de los novacianos
    Según Wikipedia, los novacianos citaban la carta a los Hebreos para apoyar su negativa. Ambrosio ofrece dos respuestas, que la edición resume al comienzo del capítulo: el pasaje habla de la imposibilidad de ser bautizado de nuevo (§ 7–11), y lo imposible para los hombres es posible para Dios (§ 12). El traductor inglés anota además que el uso que montanistas y novacianos hicieron de este texto parece haber sido una de las razones de que la carta tardara en recibirse como canónica, y cita a Filastrio: «Epistola ad Hebraeos non legitur propter Novatianos» (De haeresibus 41). Wikipedia, sobre la carta, atribuye esas dificultades a su anonimato y la cuenta entre los antilegómena: son dos explicaciones distintas, y la del NPNF es la de su editor.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 3, sumario
    Explicación de la parábola del Hijo Pródigo, en la cual San Ambrosio la aplica para refutar la enseñanza de los novacianos, probando que la reconciliación no debe ser negada al mayor ofensor ante una prueba adecuada de arrepentimiento.

    II, 3, § 13

    13. Y el Apóstol no contradice la enseñanza clara de Cristo, quien presentó, como comparación de un pecador arrepentido, a uno que fue a un país extranjero después de recibir toda su hacienda de su padre, la malgastó viviendo perdidamente, y más tarde, alimentándose de algarrobas, anheló el pan de su padre y luego obtuvo la túnica, el anillo, los zapatos y la matanza del becerro, que es una semejanza de la Pasión del Señor, por la cual recibimos el perdón.

    II, 3, § 14

    14. Bien se dice que fue a un país extranjero aquel que es separado del altar sagrado, pues esto es ser separado de aquella Jerusalén que está en el cielo, de la ciudadanía y del hogar de los santos. Por esta razón el Apóstol dice: «Por tanto, ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y de la familia de Dios». []

    II, 3, § 15

    15. «Y», se dice, «malgastó su hacienda». Con razón, pues aquel cuya fe se detiene en la producción de buenas obras la consume. Porque, «la fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven». [] Y la fe es una buena sustancia, la herencia de nuestra esperanza.

    II, 3, § 16

    16. Y no es de extrañar que pereciera de hambre, quien carecía del alimento divino, impulsado por cuya falta dice: «Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti». ¿No ves que se nos declara claramente que somos impulsados a la oración con el fin de ganar el sacramento? ¿Y quieres quitar aquello por lo cual se emprende la penitencia? Priva al piloto de la esperanza de llegar al puerto, y vagará inciertamente aquí y allá sobre las olas. Quita al atleta la corona, y desfallecerá y quedará tendido en la pista. Quita al pescador el poder de atrapar su botín, y dejará de echar las redes. ¿Cómo, pues, puede aquel que sufre hambre en su alma, orar más fervorosamente a Dios, si no tiene esperanza del alimento celestial?

    II, 3, § 17

    17. «He pecado», dice, «contra el cielo y ante ti». Confiesa lo que es claramente un pecado de muerte, para que no pienses que alguien que hace penitencia es excluido con razón del perdón. Pues quien ha pecado contra el cielo, ha pecado o bien contra el reino de los cielos, o contra su propia alma, lo cual es un pecado de muerte, y contra Dios, a quien solo se le dice: «Contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de ti».

    II, 3, § 18

    18. Tan rápidamente obtiene el perdón, que, cuando viene, y aún está lejos, su padre sale a su encuentro, le da un beso, que es el signo de la paz sagrada; ordena que se traiga la túnica, que es el vestido de bodas, del cual si alguno carece, es excluido del banquete de bodas; pone el anillo en su mano, que es la prenda de la fe y el sello del Espíritu Santo; ordena que se traigan los zapatos, [] pues quien está a punto de celebrar la Pascua del Señor, a punto de banquetear con el Cordero, debe tener sus pies protegidos contra todos los ataques de las fieras espirituales y la mordedura de la serpiente; manda matar el becerro, porque «Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado». [] Pues cuantas veces recibimos la Sangre del Señor, proclamamos la muerte del Señor. [] Así como Él fue inmolado una vez por todos, así, siempre que se concede el perdón de los pecados, recibimos el Sacramento de su Cuerpo, para que por su Sangre haya remisión de los pecados.

    II, 3, § 19

    19. Por lo tanto, con toda evidencia se nos ordena por la enseñanza del Señor conferir de nuevo la gracia del sacramento celestial a aquellos culpables incluso de los mayores pecados, si con confesión abierta soportan la penitencia debida a su pecado.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 4, sumario
    San Ambrosio vuelve contra los propios novacianos otra objeción acerca de la blasfemia contra el Espíritu Santo, mostrando que consiste en una creencia errónea, probándolo por las palabras de San Pedro contra Simón Mago y otros pasajes, exhortando a los novacianos a volver a la Iglesia, afirmando que tal es la misericordia de nuestro Señor que incluso Judas habría hallado perdón si se hubiera arrepentido.

    II, 4, § 20

    20. Pero hemos oído que acostumbráis a presentar como objeción lo que está escrito: «Todo pecado y blasfemia serán perdonados a los hombres, pero las blasfemias contra el Espíritu no serán perdonadas a los hombres. Y cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonada, pero cualquiera que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonada, ni en este mundo ni en el venidero.» [] Con cuya cita queda destruida y anulada toda vuestra afirmación, pues está escrito: «Todo pecado y blasfemia serán perdonados a los hombres.» ¿Por qué, entonces, no los remitís? ¿Por qué atáis cadenas que no soltáis? ¿Por qué anudáis lazos que no desatáis? Perdonad los demás, y ocupaos de aquellos que pensáis que están atados para siempre por la autoridad del Evangelio por pecar contra el Espíritu Santo.

    II, 4, § 21

    21. Pero consideremos el caso de aquellos a quienes el Señor así ata, volviendo a las palabras anteriores al pasaje citado, para que lo entendamos más claramente: Decían los judíos: «Este hombre no expulsa demonios sino por Belcebú, príncipe de los demonios.» Respondió Jesús: «Todo reino dividido contra sí mismo será destruido, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no permanecerá; pues si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo, ¿cómo, entonces, permanecerá su reino? Pero si yo expulso demonios por Belcebú, ¿por quién los expulsan vuestros hijos?»

    II, 4, § 22

    22. Ahora vemos claramente aquí que las palabras se usan expresamente de aquellos que decían que el Señor Jesús expulsaba demonios por medio de Belcebú, a quienes el Señor dio aquella respuesta, porque eran de la herencia de Satanás, quienes comparaban al Salvador de todos con Satanás, y atribuían la gracia de Cristo al reino del diablo. Y para que supiéramos que hablaba de esta blasfemia, añadió: «¡Oh generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar bien, siendo vosotros mismos malos?» Dice, pues, que quienes así hablan no alcanzan el perdón.

    II, 4, § 23

    23. Luego, cuando Simón, depravado por una larga práctica de la magia, pensó que podía ganar con dinero el poder de conferir la gracia de Cristo y la infusión del Espíritu Santo, dijo Pedro: «No tienes parte ni herencia en esta fe, porque tu corazón no es recto ante Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega al Señor, si acaso este pensamiento de tu corazón te sea perdonado, porque veo que estás en hiel de amargura y en vínculo de iniquidad.» Vemos que Pedro por su autoridad apostólica condena al que blasfema contra el Espíritu Santo mediante la vanidad de la magia, y tanto más porque no tenía la clara conciencia de la fe. Y sin embargo no lo excluyó de la esperanza del perdón, pues lo llamó al arrepentimiento.

    II, 4, § 24

    24. Responde, pues, el Señor a la blasfemia de los fariseos, y les niega la gracia de su poder, que consiste en la remisión de los pecados, porque afirmaban que su poder celestial se apoyaba en la ayuda del diablo. Y afirma que obran con espíritu satánico quienes dividen la Iglesia de Dios, de modo que incluye a los herejes y cismáticos de todos los tiempos, a quienes niega el perdón, pues todo otro pecado se refiere a personas singulares; este es un pecado contra todos. Pues sólo ellos desean destruir la gracia de Cristo, los que desgarran los miembros de la Iglesia por la cual padeció el Señor Jesús, y se nos dio el Espíritu Santo.

    II, 4, § 25

    25. Por último, para que sepamos que habla de quienes destruyen la unidad de la Iglesia, hallamos escrito: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.» [] Y para que sepamos que habla de estos, añadió al punto: «Por tanto os digo: todo pecado y blasfemia serán perdonados a los hombres, pero las blasfemias contra el Espíritu no serán perdonadas a los hombres.» Cuando dice, «Por tanto os digo,» ¿no es evidente que quiso que las palabras siguientes fueran meditadas por nosotros más que las otras? Y con razón añadió: «Un árbol bueno produce frutos buenos, pero un árbol malo produce frutos malos,» [] pues una asociación mala no puede producir frutos buenos. El árbol, pues, es la asociación; los frutos del árbol bueno son los hijos de la Iglesia.

    II, 4, § 26

    26. Volved, pues, a la Iglesia, vosotros que os habéis separado inicuamente. Porque Él promete perdón a todos los que se convierten, puesto que está escrito: «Todo aquel que invocare el Nombre del Señor será salvo.» [] Y, por último, el pueblo judío, que dijo del Señor Jesús, «Tiene un demonio,» [] y «Expulsa demonios por Belcebú,» y que crucificó al Señor Jesús, son llamados, por la predicación de Pedro, al bautismo, para que quiten la culpa de tan gran maldad.

    II, 4, § 27

    27. ¿Y qué maravilla es si negáis la salvación a otros, vosotros que rechazáis la vuestra propia, aunque nada pierden quienes buscan penitencia de vosotros? Pues supongo que incluso Judas, por la sobreabundante misericordia de Dios, no habría quedado excluido del perdón, si hubiera expresado su dolor no ante los judíos, sino ante Cristo. «He pecado,» dijo, «entregando sangre justa.» [] Su respuesta fue: «¿Qué nos importa a nosotros? Allá tú.» ¿Qué otra respuesta dais, cuando uno culpable de un pecado menor os confiesa su acción? ¿Qué respondéis sino esto: «¿Qué nos importa a nosotros? Allá tú»? La soga siguió a aquellas palabras, pero el castigo es tanto más severo cuanto menor es el pecado.

    II, 4, § 28

    28. Pero si ellos no se convierten, arrepentíos al menos vosotros, que por muchas caídas habéis descendido de la elevada cima de la inocencia y de la fe. Tenemos un Señor bueno, cuya voluntad es perdonar a todos, que os llamó por el profeta y dijo: «Yo, yo mismo soy el que borro las transgresiones, y no me acordaré; pero acuérdate tú, y pleiteemos juntos.»

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 5, sumario
    En cuanto a las palabras de San Pedro a Simón Mago, de las cuales infieren los novacianos que no había perdón para este último, se señala que San Pedro, conociendo su corazón malvado, bien pudo usar palabras de duda, y luego con algunos ejemplos del Antiguo Testamento se indica que «si acaso» no excluye el perdón. Los apóstoles nos transmitieron aquella penitencia cuyos frutos se muestran en el caso de David. San Ambrosio aduce luego el ejemplo de los efraimitas, cuya penitencia debe ser seguida para alcanzar la divina misericordia y los sacramentos.

    II, 5, § 29

    29. Los novacianos plantean una cuestión a partir de las palabras del apóstol Pedro. Porque dijo, «si acaso,» piensan que no dio a entender que se concedería el perdón con el arrepentimiento. Pero consideren acerca de quién se dijeron las palabras: de Simón, que no creía por fe, sino que meditaba un engaño. Así también el Señor a aquel que dijo: «Señor, te seguiré adondequiera que vayas,» respondió: «Las zorras tienen guaridas.» [] Pues Él sabía que la sinceridad de aquel hombre no era del todo perfecta. Si, pues, el Señor negó a quien no estaba bautizado el permiso de seguirlo, porque veía que no era sincero, ¿os admiráis de que el Apóstol no absolviera a quien después del bautismo era culpable de engaño, y a quien declaró estar todavía en vínculo de iniquidad?

    II, 5, § 30

    30. Pero sea esta mi respuesta a ellos. En cuanto a mí, digo que Pedro no dudaba, y no pienso que tan gran cuestión pueda ser sofocada por la interpretación cuestionable de una sola palabra. Pues si piensan que Pedro dudaba, ¿dudaba Dios, que dijo al profeta Jeremías: «Ponte en el atrio de la casa del Señor, y dirás a todo Judá, a los que vienen a adorar en la casa del Señor, todas las palabras que te he mandado decirles. No reserves palabra, por si acaso escuchan y se convierten.» [] Digan, pues, que Dios tampoco sabía lo que sucedería.

    II, 5, § 31

    31. Pero en aquella palabra no se implica ignorancia, sino que se observa la costumbre común de la santa Escritura, en orden a la sencillez de la expresión. Así también dice el Señor a Ezequiel: «Hijo de hombre, te enviaré a la casa de Israel, a los que me han irritado, ellos y sus padres, hasta este día, y les dirás: Así dice el Señor, por si acaso oyen y temen.» [] ¿Acaso no sabía Él que podían o no convertirse? Así, pues, aquella expresión no es siempre prueba de duda.

    II, 5, § 32

    32. Por último, los sabios de este mundo, que ponen toda su reputación en expresiones y palabras, no usan en todas partes la palabra latina forte, «por casualidad,» o su equivalente griego [τάχα], como expresión de duda. Y así dicen que su primer poeta usó las palabras,
    ...[ἦ] [῾ τάχα χήρη]
    ...[ἔσομαι],
    que es, «pronto seré viuda;» y el pasaje continúa:
    ... [τάχα γάρ σε κατακνέουσιν ᾿Αχαιοὶ]
    [πάντες εφορμηθέντες].
    Pero no dudaba que, cuando todos se unían en el ataque, uno podía ser abatido por todos.
    Comentario editorial · El «pronto» de Homero (§ 32)
    Para mostrar que «tal vez» no tiene por qué expresar duda (el «si acaso» de Pedro a Simón el Mago), Ambrosio cita a «su primer poeta», Homero, en griego. El traductor inglés anota que Ambrosio difícilmente acierta al suponer que Homero usó tája con el sentido de «quizá», frecuente en el griego posterior: en Homero significa «pronto». Los versos son las palabras de Andrómaca a Héctor en la puerta Escea («pronto seré viuda; pronto te matarán los aqueos»). El NPNF los da como «Il. III. 408»; en el texto de Perseus (traducción de A. T. Murray), esas palabras están en el libro VI, entre los versos 407 y 410. El griego impreso se conserva tal como viene en el epub.

    II, 5, § 33

    33. Pero usemos nuestros propios ejemplos antes que los ajenos. Encontráis en el Evangelio que el Hijo mismo dice del Padre (cuando había enviado a sus siervos a su viña, y estos habían sido asesinados), que el Padre dijo: «Enviaré a mi Hijo amado, por si acaso lo reverencian.» [] Y en otro lugar el Hijo dice de sí mismo: «No me conocéis ni a mí ni a mi Padre; pues si me conocierais, por si acaso conoceríais también a mi Padre.» []

    II, 5, § 34

    34. Si, pues, Pedro usó aquellas palabras que fueron usadas por Dios sin menoscabo de su conocimiento, ¿por qué no suponer que Pedro también las usó sin menoscabo de su fe? Pues no podía dudar acerca del don de Cristo, que le había dado el poder de perdonar pecados; especialmente porque estaba obligado a no dejar lugar alguno a la astucia de los herejes que desean privar a los hombres de esperanza, para insinuar más fácilmente en los desesperados su opinión acerca de la reiteración del bautismo.

    II, 5, § 35

    35. Pero los apóstoles, teniendo este bautismo según la instrucción de Cristo, enseñaron el arrepentimiento, prometieron el perdón y remitieron la culpa, como enseñó David cuando dijo: «Bienaventurados aquellos cuyas transgresiones son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no imputa pecado.» Llama bienaventurado a cada uno, tanto a aquel cuyos pecados son remitidos por la fuente, como a aquel cuyo pecado es cubierto por las buenas obras. Pues el que se arrepiente no sólo debe lavar su pecado con sus lágrimas, sino también cubrir y ocultar sus transgresiones pasadas con obras enmendadas, para que el pecado no le sea imputado.

    II, 5, § 36

    36. Cubramos, pues, nuestras caídas con nuestros actos posteriores; purifiquémonos con lágrimas, para que el Señor nuestro Dios nos oiga cuando nos lamentamos, como oyó a Efraín cuando lloraba, según está escrito: «Ciertamente he oído llorar a Efraín.» [] Y repite expresamente las mismas palabras de Efraín: «Me castigaste y fui castigado, como un becerro no domado.» [] Pues el becerro retoza y abandona su establo, y así Efraín era indómito como un becerro lejos del establo; porque había abandonado el establo del Señor, siguió a Jeroboán, [Sirácida 47:23] y adoró a los becerros, acontecimiento futuro indicado proféticamente por medio de Aarón, [] a saber, que el pueblo de los judíos caería de esta manera. Y así, arrepintiéndose, dice Efraín: «Conviérteme, y seré convertido, porque tú eres el Señor mi Dios. Ciertamente al fin de mi cautiverio me arrepentí, y después que aprendí, lloré sobre los días de confusión, y me sometí a ti porque recibí oprobio y te di a conocer.»

    II, 5, § 37

    37. Vemos cómo arrepentirse, con qué palabras y con qué actos, de modo que los días de pecado son llamados «días de confusión;» pues hay confusión cuando Cristo es negado.

    II, 5, § 38

    38. Sometámonos, pues, a Dios, y no estemos sujetos al pecado, y cuando ponderemos el recuerdo de nuestras ofensas, avergoncémonos como de alguna deshonra, y no hablemos de ellas como de una gloria para nosotros, como algunos se jactan de haber vencido el pudor o derribado el sentimiento de justicia. Sea tal nuestra conversión, que nosotros, que no conocíamos a Dios, ahora lo declaremos a otros, para que el Señor, movido por tal conversión de nuestra parte, nos responda: «Efraín es desde la juventud un hijo querido, un niño agradable, pues desde que mis palabras se refieren a él, ciertamente lo recordaré; por eso me he apresurado a estar sobre él; ciertamente tendré misericordia de él, dice el Señor.»

    II, 5, § 39

    39. Y qué misericordia nos promete, el Señor la muestra también cuando dice más adelante: «He saciado a toda alma sedienta, y he satisfecho a toda alma hambrienta. Por tanto, desperté y miré, y mi sueño me fue dulce.» [] Observamos que el Señor promete sus sacramentos a los que pecan. Convirtámonos, pues, todos al Señor.

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 6, sumario
    San Ambrosio enseña por el profeta Isaías qué deben hacer quienes han caído. Luego, refiriéndose a la expresión proverbial de nuestro Señor acerca de tocar la flauta y danzar, condena las danzas. Después, con el ejemplo de Jeremías, expone los acompañamientos necesarios del arrepentimiento. Y, por último, para mostrar la eficacia de esta medicina de la penitencia, enumera los nombres de muchos que la usaron para sí mismos o para otros.

    II, 6, § 40

    40. Pero si ellos no se convierten, arrepentíos al menos vosotros, que por muchas caídas habéis descendido de la elevada cima de la inocencia y de la fe. Tenemos un Señor bueno, cuya voluntad es perdonar a todos, que os llamó por el profeta y dijo: «Yo, yo mismo soy el que borro vuestras transgresiones, y no me acordaré; pero acuérdate tú, para que pleiteemos juntos.» «Yo,» dice, «no me acordaré, pero acuérdate,» es decir, «no recuerdo aquellas transgresiones que te he perdonado, que están cubiertas, por así decir, con el olvido, pero acuérdate de ellas. Yo no las recordaré por mi gracia; acuérdate tú para la corrección; acuérdate, para que sepas que el pecado es perdonado, no te jactes como si fueras inocente, para que no agraves el pecado, sino que serás justificado, confiesa tu pecado.» Pues una confesión vergonzosa de los pecados desata los lazos de la transgresión.

    II, 6, § 41

    41. Ves lo que Dios requiere de ti: que recuerdes aquella gracia que has recibido, y no te jactes como si no la hubieras recibido. Ves con cuán plena promesa de remisión te atrae a la confesión. Ten cuidado, no sea que, resistiendo los mandamientos de Dios, caigas en la ofensa de los judíos, a quienes el Señor Jesús dijo: «Os tocamos la flauta y no danzasteis; os entonamos lamentaciones y no llorasteis.» []

    II, 6, § 42

    42. Las palabras son palabras ordinarias, pero el misterio no es ordinario. Y por eso uno debe guardarse, no sea que, engañado por cualquier interpretación común de este dicho, suponga que se elogian los movimientos de las danzas licenciosas y la locura del teatro; pues estos están llenos de mal en la edad juvenil. Pero la danza que se elogia es la que David practicó ante el arca de Dios. Pues todo lo que se hace por religión es decoroso, de modo que no debemos avergonzarnos de ningún servicio que tienda al culto y a la honra de Cristo.

    II, 6, § 43

    43. No se habla, pues, de la danza que acompaña a los placeres y al lujo, sino de aquella espiritual con la que uno levanta el cuerpo ansioso, y no permite que los miembros yazcan perezosamente en el suelo, ni se endurezcan en sus caminos acostumbrados. Pablo danzó espiritualmente, cuando se extendió hacia delante por nosotros, y olvidando lo que quedaba atrás, y apuntando a lo que estaba delante, se apresuró hacia el premio de Cristo. [] Y tú también, cuando vienes al bautismo, eres advertido de levantar las manos y de hacer más veloces tus pies con los que asciendes a las cosas eternas. Esta danza acompaña a la fe, y es compañera de la gracia.

    II, 6, § 44

    44. Este es, pues, el misterio. «Os tocamos la flauta,» cantando en verdad el cántico del Nuevo Testamento, «y no danzasteis.» Es decir, no elevasteis vuestras almas a la gracia espiritual. «Os entonamos lamentaciones, y no llorasteis.» Es decir, no os arrepentisteis. Y por eso el pueblo judío fue abandonado, porque no se arrepintió, y rechazó la gracia. El arrepentimiento vino por Juan, la gracia por Cristo. Aquel, como Señor, da la una; lo otro es proclamado, por así decir, por el siervo. La Iglesia, pues, guarda ambas cosas, para alcanzar la gracia y no desechar el arrepentimiento, porque la gracia es don de Aquel que la confiere; el arrepentimiento es el remedio del pecador.

    II, 6, § 45

    45. Jeremías sabía que la penitencia era un gran remedio, que en sus Lamentaciones asumió por Jerusalén, y presenta a la misma Jerusalén arrepintiéndose, cuando dice: «Lloró amargamente en la noche, y sus lágrimas están en sus mejillas, ni hay quien la consuele de todos los que la aman. Los caminos de Sión están de luto.» Y dice además: «Por estas cosas lloro, mis ojos se han oscurecido por el llanto, porque el que solía consolarme se ha alejado de mí.» [] Notamos que él pensaba que esta era la adición más amarga a sus males: que el que solía consolar al que llora se había alejado de él. ¿Cómo, pues, podéis quitar el mismo consuelo, negando al arrepentimiento la esperanza del perdón?

    II, 6, § 46

    46. Pero que aprendan los que se arrepienten cómo deben llevarlo a cabo, con qué celo, con qué afecto, con qué intención de la mente, con qué estremecimiento de las entrañas más íntimas, con qué conversión del corazón: «He aquí,» dice, «Señor, que estoy en angustia, mis entrañas se turban por mi llanto, mi corazón se vuelve dentro de mí.» []

    II, 6, § 47

    47. Aquí reconoces la intención del alma, la fidelidad de la mente, la disposición del cuerpo: «Los ancianos de las hijas de Sión se sentaron,» dice, «en el suelo, pusieron polvo sobre sus cabezas, se ciñeron de cilicio, los príncipes colgaron sus cabezas hasta el suelo, las vírgenes de Jerusalén desfallecieron de llanto, mis ojos se oscurecieron, mis entrañas se turbaron, mi gloria fue derramada por tierra.» []

    II, 6, § 48

    48. Así también hizo duelo el pueblo de Nínive, y escapó a la destrucción de su ciudad. [] Tal es el poder reparador del arrepentimiento, que Dios parece por causa de él cambiar su intención. El escapar está, pues, en tu propio poder; el Señor quiere ser rogado, quiere que los hombres esperen en Él, quiere que se le dirija súplica. Tú eres hombre, y quieres que se te pida perdonar, ¿y piensas que Dios te perdonará sin pedírselo?

    II, 6, § 49

    49. El Señor mismo lloró sobre Jerusalén, para que, puesto que ella no quería llorar por sí misma, obtuviera el perdón por las lágrimas del Señor. Él quiere que lloremos para que podamos escapar, como lo encuentras en el Evangelio: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas.» []

    II, 6, § 50

    50. David lloró, y obtuvo de la divina misericordia la remoción de la muerte del pueblo que perecía, cuando de las tres cosas propuestas para su elección seleccionó aquella en la que pudiera tener la mayor experiencia de la divina misericordia. ¿Por qué te avergüenzas de llorar por tus pecados, cuando Dios mandó incluso a los profetas llorar por el pueblo?

    II, 6, § 51

    51. Y, por último, a Ezequiel se le mandó llorar por Jerusalén, y tomó el libro, al principio del cual estaba escrito: «Lamentación, y melodía, y ay,» dos cosas tristes y una agradable, pues será salvo en el futuro aquel que más ha llorado en este siglo. «Porque el corazón de los sabios está en la casa del luto, y el corazón de los necios en la casa del festín.» [] Y el Señor mismo dijo: «Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.» []

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 7, sumario
    Cristo es movido por estas cosas y por las lágrimas de la Iglesia a exhortar al llanto y a la confesión de los pecados. Ilustración tomada de la historia de Lázaro. Tras mostrar que los novacianos son los sucesores de aquellos que planearon matar a Lázaro, san Ambrosio sostiene que el pleno perdón de todo pecado está significado por el aroma del ungüento derramado por María sobre los pies de Cristo; y además, que los herejes novacianos encuentran su semejanza en Judas, que refunfuñó y tuvo envidia cuando otros se alegraban.

    II, 7, § 52

    Lloremos, pues, por un tiempo, para regocijarnos por la eternidad. Temamos al Señor, anticipémonos a Él con la confesión de nuestros pecados, corrijamos nuestras recaídas y enmendemos nuestras faltas, no sea que también de nosotros se diga: «¡Ay de mí, alma mía, porque el varón piadoso ha desaparecido de la tierra, y no hay entre los hombres quien los corrija.»

    II, 7, § 53

    ¿Por qué temes confesar tus pecados a nuestro buen Señor? «Exponlos», dice, «para que seas justificado». Las recompensas de la justificación se presentan ante quien todavía es culpable de pecado, pues es justificado quien confiesa voluntariamente su propio pecado; y, por último, «el justo es acusador de sí mismo al comienzo de su discurso». [] El Señor conoce todas las cosas, pero espera tus palabras, no para castigar, sino para perdonar. No es su voluntad que el diablo triunfe sobre ti y te acuse cuando ocultas tus pecados. Adelántate a tu acusador: si te acusas a ti mismo, no temerás a ningún acusador; si te denuncias a ti mismo, aunque estuvieras muerto, vivirás.

    II, 7, § 54

    Cristo vendrá a tu sepulcro, y si encuentra allí llorando por ti a Marta, la mujer de buen servicio, y a María, que escuchaba atentamente la Palabra de Dios, como la santa Iglesia, que ha escogido la mejor parte, se conmoverá de compasión cuando a tu muerte vea las lágrimas de muchos y dirá: «¿Dónde lo habéis puesto?» [] es decir, ¿en qué condición de culpa se halla? ¿En qué rango de penitentes? Quisiera ver a aquel por quien lloráis, para que él mismo me conmueva con sus lágrimas. Veré si ya está muerto a aquel pecado por el cual se pide perdón.

    II, 7, § 55

    El pueblo le dirá: «Ven y ve.» [] ¿Qué significa «Ven»? Significa: que venga el perdón de los pecados, que venga la vida del difunto, la resurrección de los muertos, que venga tu reino también a este pecador.

    II, 7, § 56

    Él vendrá y mandará que se quite la piedra que su caída ha puesto sobre los hombros del pecador. Podría haber quitado la piedra con una palabra de mando, pues aun la naturaleza inanimada suele obedecer la orden de Cristo. Podría, por el poder silencioso de su obra, haber quitado la piedra del sepulcro —a cuya Pasión, quitadas de repente las piedras, se abrieron muchos sepulcros de muertos—, pero mandó a hombres quitar la piedra, en verdad, ciertamente, para que los incrédulos creyeran lo que veían y vieran resucitar a los muertos; pero, en figura, para darnos el poder de aligerar la carga de los pecados, la pesada presión, por así decir, sobre los culpables. Nuestro es quitar las cargas; suyo, resucitar; suyo, sacar de los sepulcros a los liberados de sus ataduras.

    II, 7, § 57

    Así, el Señor Jesús, viendo la pesada carga del pecador, llora, pues no permite que la Iglesia llore sola. Se compadece de su amado y dice al que está muerto: «Sal fuera», [] es decir: Tú que yaces en las tinieblas de la conciencia y en la sordidez de tus pecados, como en la cárcel de los culpables, sal fuera, declara tus pecados para que seas justificado. «Porque con la boca se confiesa para salvación.» []

    II, 7, § 58

    Si has confesado a la llamada de Cristo, se quebrarán los barrotes y se soltará toda cadena, aun cuando sea grave el hedor de la corrupción corporal. Pues había estado muerto cuatro días y su carne hedía en el sepulcro; pero Aquel cuya carne no vio corrupción estuvo tres días en el sepulcro, porque no conoció los males de la carne, la cual consta de las sustancias de los cuatro elementos. Por grande, pues, que sea el hedor del cuerpo muerto, todo desaparece tan pronto como el ungüento sagrado ha derramado su aroma; y el muerto resucita, y se manda desatar las manos de quien hasta entonces estaba en pecado; se quita de su rostro la cubierta que velaba la verdad de la gracia que había recibido. Pero, puesto que ha recibido el perdón, se manda descubrir su rostro, desnudar sus facciones. Porque aquel a quien se le perdona el pecado no tiene de qué avergonzarse.

    II, 7, § 59

    Pero ante tal gracia concedida por el Señor, ante tal milagro de la divina liberalidad, cuando todos debían haberse alegrado, los malvados se agitaron y reunieron un concilio contra Cristo, [] y quisieron además matar también a Lázaro. [] ¿No reconocéis que sois los sucesores de aquellos cuya dureza heredáis? Porque también vosotros os airáis y reunís un concilio contra la Iglesia, porque veis que los muertos vuelven a la vida en la Iglesia y son resucitados al recibir el perdón de sus pecados. Y así, en cuanto está de vuestra parte, deseáis matar de nuevo por envidia a los que han sido devueltos a la vida.

    II, 7, § 60

    Pero Jesús no revoca sus beneficios; antes bien, los amplía con añadiduras de su liberalidad. Visita solícitamente al que resucitó y, gozándose en el don de la vida restituida, viene al banquete que su Iglesia le ha preparado, en el cual aquel que había estado muerto se encuentra como uno de los que se sientan a la mesa con Cristo.

    II, 7, § 61

    Entonces se maravillan todos los que lo contemplan con la mirada pura de la mente, los que están libres de envidia, porque tales son los hijos que tiene la Iglesia. Se maravillan, como dije, de que quien ayer y anteayer yacía en el sepulcro sea uno de los que se sientan con el Señor Jesús.

    II, 7, § 62

    María misma derrama ungüento sobre los pies del Señor Jesús. [] Tal vez por eso sobre sus pies, porque uno de los más humildes ha sido arrebatado de la muerte, pues todos somos el cuerpo de Cristo, [] aunque otros tal vez sean los miembros más honorables. El Apóstol era la boca de Cristo, pues dijo: «Buscáis una prueba de Cristo que habla en mí.» [] Los profetas, por medio de los cuales habló de las cosas venideras, eran su boca; ojalá fuera yo hallado digno de ser su pie, y derrame María sobre mí su precioso ungüento, y me unja y limpie mi pecado.

    II, 7, § 63

    Lo que, pues, leemos acerca de Lázaro debemos creerlo de todo pecador que se convierte, el cual, aunque haya estado hediondo, es no obstante limpiado por el precioso ungüento de la fe. Pues la fe tiene una gracia tal que allí donde el muerto hedía el día anterior, ahora toda la casa se llena de buen aroma.

    II, 7, § 64

    La casa de Corinto hedía, cuando se escribió acerca de ella: «Se dice que entre vosotros hay fornicación, y tal fornicación como ni siquiera entre los gentiles.» [] Había hedor, porque un poco de levadura había corrompido toda la masa. Comenzó a haber buen olor cuando se dijo: «Si perdonáis algo a alguno, también yo lo perdono. Porque lo que yo también he perdonado, por vuestra causa lo hice en la persona de Cristo.» [] Y así, quedando libre el pecador, hubo gran alegría en aquel lugar, y toda la casa se llenó del aroma de la dulzura de la gracia. Por lo cual el Apóstol, sabiendo bien que había derramado sobre todos el ungüento del perdón apostólico, dice: «Somos para Dios el buen olor de Cristo en los que se salvan.» []

    II, 7, § 65

    Al derramarse, pues, este ungüento, todos se alegran; sólo Judas habla contra ello. [] Así también ahora, el que es pecador habla contra ello, el que es traidor lo censura, pero él mismo es censurado por Cristo, porque desconoce el remedio de la muerte del Señor y no comprende el misterio de tan gran sepultura. Pues el Señor padeció y murió para redimirnos de la muerte. Esto se manifiesta por el valor excelentísimo de su muerte, la cual es suficiente para la absolución del pecador y su restauración a una gracia nueva; de modo que todos puedan venir y maravillarse de que esté sentado a la mesa con Cristo, y alaben a Dios, diciendo: «Comamos y hagamos fiesta, porque estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.» [] Pero alguno falto de fe objeta: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?» Esta es su respuesta: «Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos.» []

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 8, sumario
    Al urgir el arrepentimiento, san Ambrosio se vuelve a su propio caso, expresando el deseo de poder lavar los pies de nuestro Señor como la mujer del Evangelio, la cual es un gran modelo de penitencia, aunque también hallan acogida quienes no pueden alcanzarla. Ruega por sí mismo, especialmente para dolerse con los pecadores, que son mejores que él. No se ha de despreciar a aquellos por quienes Cristo murió.

    II, 8, § 66

    Muestra, pues, tu herida al Médico para que la sane. Aunque no la muestres, Él la conoce, pero espera oír tu voz. Borra tus cicatrices con lágrimas. Así hizo aquella mujer del Evangelio, y quitó el hedor de su pecado; así lavó su falta, cuando lavaba los pies de Jesús con sus lágrimas.

    II, 8, § 67

    ¡Ojalá, Señor Jesús, me reservaras el lavar de tus pies las manchas contraídas desde que tú caminas en mí! ¡Ojalá me ofrecieras limpiar la contaminación que yo con mis obras he causado en tus pasos! Pero ¿de dónde podré obtener agua viva con la que lave tus pies? Si no tengo agua, tengo lágrimas, y mientras con ellas lavo tus pies, confío en limpiarme a mí mismo. ¿Por qué habrías de decirme: «Sus pecados, que son muchos, le son perdonados, porque amó mucho»? Confieso que debo más y que más se me ha perdonado a mí, que fui llamado al sacerdocio desde el tumulto y las contiendas de los tribunales y el temor de la administración pública; y por eso temo ser hallado ingrato si yo, a quien más se le ha perdonado, amo menos.

    II, 8, § 68

    Pero no todos pueden igualar a aquella mujer, que con razón fue preferida incluso a Simón, que daba el banquete al Señor; la cual dio una lección a todos los que desean alcanzar el perdón, al besar los pies de Cristo, lavarlos con sus lágrimas, enjugarlos con sus cabellos y ungirlos con ungüento.

    II, 8, § 69

    En el beso está el signo del amor, y por eso dice el Señor Jesús: «Que me bese con los besos de su boca.» [] ¿Qué significan los cabellos, sino que has de aprender que, dejando de lado toda la pompa de los adornos del mundo, debes implorar el perdón, arrojarte en tierra con lágrimas y, postrado en el suelo, mover a piedad. En el ungüento también se representa el aroma de una buena conducta. David era rey y, sin embargo, dijo: «Cada noche lavaré mi lecho, regaré mi cama con lágrimas.» Y por eso obtuvo un favor tan grande, que de su casa fuera elegida la Virgen que, con su parto, nos diera a luz a Cristo. Por eso también es alabada esta mujer en el Evangelio.

    II, 8, § 70

    Sin embargo, si no podemos igualarla, el Señor Jesús sabe también socorrer a los débiles cuando no hay quien prepare el banquete, ni traiga el ungüento, ni lleve consigo una fuente de agua viva. Él mismo viene al sepulcro.

    II, 8, § 71

    ¡Ojalá te dignaras venir a este sepulcro mío, oh Señor Jesús, y me lavaras con tus lágrimas, ya que en mis ojos endurecidos no poseo lágrimas tales que puedan lavar mi culpa! Si lloras por mí, seré salvo; si soy digno de tus lágrimas, limpiaré el hedor de todas mis culpas; si soy digno de que llores siquiera un poco, me llamarás fuera del sepulcro de este cuerpo y dirás: «Sal fuera», para que mis meditaciones no queden encerradas en los límites estrechos de este cuerpo, sino que salgan hacia Cristo y se muevan en la luz, para que no piense más en las obras de las tinieblas, sino en las obras de la luz. Porque quien piensa en pecados se esfuerza por encerrarse dentro de su propia conciencia.

    II, 8, § 72

    Llama, pues, a tu siervo. Aunque atado con la cadena de mis pecados tengo los pies sujetos y las manos atadas; estando ahora sepultado en pensamientos y obras muertas, sin embargo, a tu llamada saldré libre y seré hallado uno de los que se sientan a tu banquete, y tu casa se llenará de ungüento precioso. Si te has dignado redimir a alguien, lo preservarás. Pues se dirá: Mira, no fue criado en el seno de la Iglesia ni instruido desde la infancia, sino arrebatado del tribunal, apartado de las vanidades de este mundo, acostumbrándose al canto del coro en lugar del grito del pregonero; pero persevera en el sacerdocio no por su propia fuerza, sino por la gracia de Cristo, y se sienta entre los convidados a la mesa celestial.

    II, 8, § 73

    Conserva, oh Señor, tu obra; guarda el don que has dado incluso a quien lo rehuía. Pues yo sabía que no era digno de ser llamado obispo, porque me había entregado a este mundo, pero por tu gracia soy lo que soy. Y soy ciertamente el menor de todos los obispos y el más bajo en mérito; y sin embargo, puesto que también yo he emprendido algún trabajo por tu santa Iglesia, vela por este fruto, y no permitas que aquel a quien, estando perdido, llamaste al sacerdocio, se pierda siendo sacerdote. Y concédeme ante todo que sepa dolerme con íntimo afecto con los que pecan; pues esta es una virtud muy grande, ya que está escrito: «Y no te alegrarás sobre los hijos de Judá en el día de su destrucción, y no hables con soberbia en el día de su angustia.» [] Concédeme que, cuantas veces se me dé a conocer el pecado de alguien que ha caído, padezca con él y no lo reprenda con soberbia, sino que me lamente y llore, de modo que llorando por otro me lamente por mí mismo, diciendo: «Tamar ha sido más justa que yo.» []

    II, 8, § 74

    Acaso una joven haya caído, engañada y arrastrada por aquellas ocasiones que son fuentes de pecados. Pues bien, también nosotros, que somos mayores, pecamos. También en nosotros la ley de esta carne combate contra la ley de nuestra mente y nos hace cautivos del pecado, de modo que hacemos lo que no querríamos. Su juventud es una excusa para ella; yo ya no tengo ninguna, pues ella debe aprender, nosotros debemos enseñar. De modo que «Tamar ha sido más justa que yo.»

    II, 8, § 75

    Invectivamos contra la avaricia de alguien; recordemos si nosotros mismos no hemos hecho nunca nada por avaricia; y si lo hemos hecho, puesto que la avaricia es raíz de todos los males y está obrando en nuestros cuerpos como una serpiente oculta bajo la tierra, diga cada uno de nosotros: «Tamar ha sido más justa que yo.»

    II, 8, § 76

    Si nos hemos airado gravemente contra alguien, un laico puede haberse precipitado por un motivo menor que un obispo. Meditemos esto con nosotros mismos y digamos: El que es reprendido por su ira pronta es más justo que yo. Porque si hablamos así, nos guardamos de esto: que el Señor Jesús o uno de sus discípulos nos diga: «Ves la mota en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu propio ojo. Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás para sacar la mota del ojo de tu hermano.» []

    II, 8, § 77

    No nos avergoncemos, pues, de decir que nuestra falta es más grave que la de aquel a quien creemos deber reprender, porque esto es lo que hizo Judá, que reprendió a Tamar y, acordándose de su propia falta, dijo: «Tamar es más justa que yo.» En esta sentencia hay un profundo misterio y un precepto moral; y por eso no se le imputa su culpa, porque se acusó a sí mismo antes de ser acusado por otros.

    II, 8, § 78

    No nos alegremos, pues, del pecado de nadie, sino más bien lloremos, pues está escrito: «No te alegres contra mí, enemiga mía, porque he caído, pues me levantaré; porque si estoy sentada en tinieblas, el Señor será mi luz. Soportaré la indignación del Señor, porque he pecado contra Él, hasta que Él defienda mi causa y ejecute mi juicio, y me saque a la luz, y yo contemple su justicia. También mi enemiga lo verá y será cubierta de confusión, la que me decía: ¿Dónde está el Señor tu Dios? Mis ojos la contemplarán, y ella será para ser hollada como el lodo de las calles.» Y esto no sin reservas, pues quien se alegra de la caída de otro se alegra de la victoria del diablo. Lloremos, pues, más bien cuando oímos que ha perecido uno por quien Cristo murió, Quien no desprecia ni siquiera la paja en tiempo de siega.

    II, 8, § 79

    ¡Ojalá no arroje esta paja en su siega, los tallos vacíos de mi fruto; sino que la recoja, como dice alguien: «¡Ay de mí, porque he venido a ser como quien recoge paja en la siega y rebuscos de uva en la vendimia!» [] para que coma al menos de las primicias de su gracia en mí, aunque no apruebe el fruto tardío.

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 9, sumario
    De qué manera es necesaria la fe para el arrepentimiento. Medios para pagar nuestras deudas, en los cuales el trabajo, la oración, las lágrimas y el ayuno valen más que el dinero. Se aducen algunos ejemplos, y san Ambrosio declara que la generosidad es provechosa, pero sólo cuando va unida a la fe; está, además, sujeta a ciertos defectos. Pasa luego a hablar de algunos defectos del arrepentimiento, como demasiada prisa en buscar la reconciliación, considerar que basta abstenerse de los sacramentos, cometer pecado con la esperanza de arrepentirse después.

    II, 9, § 80

    80. Así, pues, conviene que creamos que los pecadores deben arrepentirse y que el perdón ha de concederse tras el arrepentimiento, pero esperando el perdón como otorgado por la fe, no como una deuda; porque una cosa es merecer y otra reclamar presuntuosamente un derecho. La fe pide el perdón, por así decir, mediante un pacto; la presunción se parece más a una exigencia que a una súplica. Paga primero lo que debes, para que puedas pedir lo que has esperado. Ven con la disposición de un deudor honrado, para que no contraigas una nueva obligación, sino que pagues lo que se debe de la deuda existente con los bienes de tu fe.

    II, 9, § 81

    81. Quien debe una deuda a Dios tiene más medios para pagarla que quien está endeudado con un hombre. El hombre exige dinero por dinero, y éste no está siempre a disposición del deudor. Dios pide el afecto del corazón, que está en nuestro propio poder. Nadie que deba una deuda a Dios es pobre, sino aquel que a sí mismo se ha hecho pobre. Y aunque no tenga nada que vender, tiene con qué pagar. La oración, el ayuno y las lágrimas son los recursos de un deudor honrado, y mucho más abundantes que si uno ofreciera, con el precio de su hacienda, dinero sin fe.

    II, 9, § 82

    82. Ananías era pobre cuando, después de vender su campo, llevó el dinero a los apóstoles, y no pudo pagar con él su deuda, sino que se enredó más. [] Aquella viuda era rica, la que echó sus dos pequeñas monedas en el tesoro, de la cual dijo Cristo: «Esta viuda pobre ha echado más que todos.» [] Porque Dios no pide dinero, sino fe.

    II, 9, § 83

    83. Y no niego que los pecados puedan ser disminuidos por los dones generosos a los pobres, pero sólo si la fe da valor a lo que se gasta. Pues ¿de qué aprovecharía dar todos los bienes sin caridad?

    II, 9, § 84

    84. Hay algunos que buscan la reputación de generosidad sólo por soberbia, porque quieren ganar con ello la buena opinión de la multitud por no dejarse nada a sí mismos; pero mientras buscan recompensas en esta vida, no atesoran ninguna para la vida venidera, y habiendo recibido aquí su recompensa, no pueden esperarla allí.

    II, 9, § 85

    85. Otros, por el contrario, habiendo dado sus bienes a la Iglesia por un arrebato y no después de larga consideración, piensan que pueden reclamarlos. Éstos no consiguen ni la primera ni la segunda recompensa, porque la donación se hizo irreflexivamente y su revocación sacrílegamente.

    II, 9, § 86

    86. Algunos se arrepienten de haber repartido sus bienes entre los pobres. Pero los que están haciendo penitencia no deben arrepentirse de esto, no sea que se arrepientan de su propio arrepentimiento. Pues muchos buscan la penitencia por miedo al castigo futuro, conscientes de sus pecados, y, habiendo recibido la penitencia, se ven retenidos por el temor a las súplicas públicas. Éstos parecen haber buscado el arrepentimiento por sus malas obras, pero ejercitarlo por las buenas.

    II, 9, § 87

    87. Algunos buscan la penitencia porque desean ser restituidos enseguida a la comunión. Éstos no desean tanto desatarse a sí mismos como atar al sacerdote, pues no quitan la culpa de su propia conciencia, sino que la echan sobre la del sacerdote, al cual se le da este mandato: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos;» [] es decir, que no ha de permitirse participar de la santa Comunión a los manchados por la impureza.

    II, 9, § 88

    88. Y así se puede ver a quienes caminan con otro atavío, cuando deberían estar llorando y gimiendo por haber manchado la túnica de la santificación y de la gracia; y a mujeres que cargan de perlas sus orejas y abruman sus cuellos, a las que mejor les habría sido inclinarse ante Cristo que ante el oro, y que deberían llorar por sí mismas, porque han perdido la perla del cielo.

    II, 9, § 89

    89. Hay, además, algunos que piensan que es penitencia abstenerse de los sacramentos celestiales. Éstos son jueces demasiado crueles de sí mismos, que se prescriben una pena pero rechazan el remedio, cuando deberían estar lamentándose de la pena que se han impuesto, porque los priva de la gracia celestial.

    II, 9, § 90

    90. Otros piensan que se les concede licencia para pecar, porque la esperanza de la penitencia está ante ellos, cuando la penitencia es el remedio, no un incentivo para el pecado. Pues el bálsamo es necesario para la herida, no la herida para el bálsamo, ya que el bálsamo se busca a causa de la herida, y no se desea la herida a causa del bálsamo. La esperanza que se difiere a un tiempo futuro es débil, pues todo tiempo es incierto, y la esperanza no sobrevive a todo tiempo.

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 10, sumario
    Para eliminar el sentimiento de vergüenza que aparta a los culpables de la penitencia pública, san Ambrosio señala la ventaja de las oraciones ofrecidas por toda la Iglesia y pone el ejemplo de los santos que se han entristecido. Después, tras reprobar a quienes imaginan que la penitencia puede repetirse a menudo, señala la dificultad del arrepentimiento y cómo ha de llevarse a cabo.

    II, 10, § 91

    91. ¿Puede soportar alguien que te avergüences de rogar a Dios, cuando no te avergüenzas de rogar a un hombre? ¿Que te dé vergüenza suplicar a Aquel que te conoce plenamente, cuando no te avergüenzas de confesar tus pecados a un hombre que no te conoce? ¿Rehúyes los testigos y los que se compadecen en tus oraciones, cuando, si has de dar satisfacción a un hombre, has de visitar a muchos y rogarles que tengan la bondad de interceder; cuando te arrojas a las rodillas de un hombre, le besas los pies, llevas a tus hijos, aún ajenos a la culpa, para que rueguen también por el perdón de su padre? ¿Y te desdeñas de hacer esto en la Iglesia para rogar a Dios, para ganarte el apoyo de la santa congregación, donde no hay motivo de vergüenza, salvo precisamente no confesar, puesto que todos somos pecadores, entre los cuales es más digno de alabanza quien más humilde es, y es más justo quien se siente el último?
    Comentario editorial · Confesarse «a un hombre»: lo que dice el editor inglés
    En el § 91 Ambrosio contrapone rogar a Dios y confesar los pecados a un hombre. El traductor inglés anota que el pasaje ha provocado mucha controversia, pues parece oponer la confesión a Dios y a un hombre que sería sacerdote u obispo; los benedictinos insisten en el singular homini, y él piensa que la palabra podría usarse en sentido general, aunque afirma que de la práctica de la Iglesia primitiva no hay duda real. Su nota final describe esa práctica en tres partes: confesión (exomologesis), penitencia propiamente dicha (ayunos y mortificaciones) y reconciliación, que el obispo hacía solemnemente, a menudo en Pascua; la confesión sería privada ante el obispo, que decidía si había de hacerse pública. Es la lectura del editor de 1896, no del texto.

    II, 10, § 92

    92. Que la Iglesia, nuestra madre, llore por ti y lave tu culpa con sus lágrimas; que Cristo te vea llorar y diga: «Bienaventurados los que estáis tristes, porque os alegraréis.» A Él le agrada que muchos rueguen por uno. También en el Evangelio, movido por las lágrimas de la viuda, porque muchos lloraban por ella, resucitó a su hijo. Escuchó más prontamente a Pedro cuando resucitó a Dorcas, porque los pobres lloraban la muerte de la mujer. Perdonó también inmediatamente a Pedro, pues lloró amarguísimamente. Y si lloras amargamente, Cristo te mirará y tu culpa te abandonará. Pues la aplicación del dolor suprime el goce de la maldad y el deleite del pecado. Y así, mientras lloramos por nuestros pecados pasados, cerramos la puerta a los nuevos, y de la condenación de nuestra culpa surge como una escuela de inocencia.

    II, 10, § 93

    93. Que nada, pues, te aparte de la penitencia, porque esto lo tienes en común con los santos, y ojalá imitaras un dolor por el pecado como el de los santos. David, por así decirlo, «comió ceniza por pan y mezcló su bebida con llanto», y por eso ahora se alegra tanto más cuanto más lloró: «Mis ojos se deshicieron,» dijo, «en ríos de aguas.»

    II, 10, § 94

    94. Juan lloró amargamente, [] y, como él mismo nos dice, le fueron revelados los misterios de Cristo. Pero aquella mujer que, cuando estaba en pecado y debía haber llorado, sin embargo se regocijaba, se cubría con un manto de púrpura y escarlata [] y se adornaba con mucho oro y piedras preciosas, ahora lamenta la miseria del llanto eterno.

    II, 10, § 95

    95. Con razón son reprendidos quienes piensan que hacen penitencia a menudo, porque se insolentan contra Cristo. Porque si realizaran su penitencia en verdad, no pensarían que pudiera repetirse; pues así como hay un solo bautismo, así hay un solo curso de penitencia, en lo que se refiere a la práctica externa, porque de las faltas diarias debemos arrepentirnos, pero esto último corresponde a las faltas leves, y aquello primero a las graves.
    Comentario editorial · Un solo curso de penitencia
    Ambrosio dice que, como hay un solo bautismo, hay un solo curso de penitencia en cuanto a la práctica externa, y distingue las faltas diarias, de las que hay que arrepentirse siempre, de las graves. La nota final del NPNF recuerda que ya Hermas escribió que «para los siervos de Dios hay un solo arrepentimiento» (Mand. IV, 1 según su numeración; es el Mandamiento 4, 3, 6 de la numeración tradicional, y el 31.6 de la edición de Hermas de este sitio). Según la nota, la regla se mantuvo respecto a la penitencia formal y la reconciliación, no por dudar de que el perdón fuera posible, sino como disciplina: quien caía por segunda vez quedaba sin comunión, al menos hasta el lecho de muerte.

    II, 10, § 96

    96. Pero he encontrado más fácilmente a quienes han conservado su inocencia que a quienes se han arrepentido como conviene. ¿Piensa alguien que es penitencia aquello en lo que aún existe el afán de honores terrenos, donde corre el vino e incluso tienen lugar las relaciones conyugales? Hay que renunciar al mundo; hay que conceder al sueño menos de lo que la naturaleza exige; hay que quebrantarlo con gemidos, interrumpirlo con suspiros, apartarlo con oraciones; el modo de vida ha de ser tal que muramos a los hábitos ordinarios de la vida. Niéguese el hombre a sí mismo y cámbiese por completo, como en la fábula que se cuenta de cierto joven que, dejando su casa por amor a una ramera y habiendo vencido su amor, regresó; un día, encontrándose con su antigua amada sin dirigirle la palabra, ella, sorprendida y suponiendo que no la había reconocido, le dijo cuando se volvieron a encontrar: «Soy yo.» «Pero,» fue su respuesta, «ya no soy el que era.»

    II, 10, § 97

    97. Bien dijo, pues, el Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» [] Porque los que están muertos y sepultados en Cristo no deben volver a sacar conclusiones como si vivieran en el mundo. «No toquéis,» se dice, «ni os ocupéis de las cosas que por su mismo uso tienden a la corrupción, pues las mismas costumbres de esta vida corrompen la integridad.»

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la penitencia · II, 11, sumario
    La posibilidad del arrepentimiento es una razón para que el bautismo no se difiera hasta la vejez, práctica contraria a la voluntad de Dios en la Sagrada Escritura. Pero de nada sirve practicar la penitencia mientras se sirve todavía a las pasiones. Éstas han de ser primero dominadas.

    II, 11, § 98

    98. Buena es, pues, la penitencia, y si no hubiera lugar para ella, todos diferirían la gracia de la purificación por el bautismo hasta la vejez. Y es razón suficiente que es mejor tener un vestido que remendar que no tener ninguno que ponerse; pero así como lo que ha sido reparado una vez queda restaurado, lo que es remendado con frecuencia se destruye.

    II, 11, § 99

    99. Y el Señor ha dado advertencia suficiente a quienes difieren el arrepentimiento, cuando dice: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca.» [] No sabemos a qué hora vendrá el ladrón; no sabemos si esta misma noche se nos exigirá el alma. Dios expulsó a Adán del paraíso inmediatamente después de su falta; no hubo dilación. Al instante los caídos fueron separados de todos sus deleites para que hicieran penitencia; al instante Dios los vistió con túnicas de pieles, no de seda.

    II, 11, § 100

    100. ¿Y qué razón hay para diferirlo? ¿Acaso para pecar aún más? Entonces, porque Dios es bueno, tú eres malo, y «desprecias las riquezas de su bondad y de su longanimidad.» [] Pero la bondad del Señor debería más bien atraerte al arrepentimiento. Por lo cual dice el santo David a todos: «Venid, adoremos y postrémonos ante él, y lloremos ante el Señor que nos hizo.» Pero para un pecador que ha muerto sin arrepentimiento, porque no queda más que lamentarse gravemente y llorar, lo encuentras gimiendo y diciendo: «¡Oh, hijo mío Absalón! ¡Hijo mío Absalón!» Para quien está enteramente muerto el llanto no tiene alivio.

    II, 11, § 101

    101. Pero de aquellos que, como desterrados y expulsados de sus hogares patrios, que la santa ley de Moisés les había asignado, se enredarán en los errores del mundo, le oyes decir: «Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos, acordándonos de Sion.» Él presenta los lamentos de los que han caído, y muestra que quienes viven en esta condición de tiempo pasajero y circunstancias cambiantes deben arrepentirse, siguiendo el ejemplo de aquellos que, como pago por el pecado, fueron llevados a un cautiverio miserable.

    II, 11, § 102

    102. Pero nada causa tan gran dolor como cuando alguien, que yace bajo el cautiverio del pecado, recuerda de dónde ha caído, porque se desvió hacia las cosas carnales y terrenas, en lugar de dirigir su mente por los hermosos caminos del conocimiento de Dios.

    II, 11, § 103

    103. Así encuentras a Adán escondiéndose, cuando supo que Dios estaba presente, y queriendo ocultarse cuando fue llamado por Dios con aquella voz que hería el alma del que se escondía: «Adán, ¿dónde estás?» [] Es decir: ¿Por qué te escondes? ¿Por qué estás oculto? ¿Por qué evitas a Aquel a quien antes anhelabas ver? La conciencia culpable es tan pesada que se castiga a sí misma sin juez, desea cubrirse y, sin embargo, está desnuda ante Dios.

    II, 11, § 104

    104. Y así, nadie en estado de pecado debe reclamar un derecho a los sacramentos ni su uso, pues está escrito: «Has pecado, enmudece.» Como dice David en el salmo poco antes citado: «Colgamos nuestras arpas de los sauces en medio de ella;» y de nuevo: «¿Cómo cantaremos el cántico del Señor en tierra extraña?» Porque si la carne guerrea contra la mente y no está sujeta a la guía del Espíritu, ésa es una tierra extraña que no está domada por el trabajo del cultivador y, por tanto, no puede producir los frutos de la caridad, de la paciencia y de la paz. Mejor es, pues, callar cuando no puedes practicar las obras de la penitencia, no sea que en los mismos actos de penitencia haya algo que después necesite ulterior arrepentimiento. Porque si se emprende una vez y no se lleva a cabo rectamente, no obtiene el resultado de una primera penitencia y quita el uso de una posterior.

    II, 11, § 105

    105. Cuando, pues, la carne resiste, el alma ha de estar atenta a Dios, y si no siguen los resultados, no falte la fe. Y si nos sobrevienen las seducciones de la carne, o nos atacan los poderes del enemigo, manténgase el alma sometida a Dios. Pues somos especialmente oprimidos cuando la carne cede. Y hay algunos que atormentan gravemente al alma miserable, buscando privarla de toda protección. A este caso se aplican las palabras: «Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos.»

    II, 11, § 106

    106. Y David, compadeciéndose de ella, dice: «Oh hija miserable de Babilonia.» Miserable, en verdad, por ser hija de Babilonia, al haber dejado de ser hija de Jerusalén. Y sin embargo pide un sanador para ella, y dice: «Bienaventurado el que tome a tus pequeños y los estrelle contra la roca.» Es decir, que estrelle todos los pensamientos corrompidos e impuros contra Cristo, Quien con su temor y su reprensión quebrantará todos los movimientos contra la razón, de modo que, si alguien es arrebatado por un amor adúltero, apague el fuego, para que por su celo aparte el amor de una ramera y se niegue a sí mismo para ganar a Cristo.
    Comentario editorial · Una alegoría que el editor inglés juzga lejana del texto
    El § 106 cita el Salmo 137 (136 en la Septuaginta): «Oh hija miserable de Babilonia» y «Bienaventurado el que tome a tus pequeños y los estrelle contra la roca», y lo lee en sentido figurado: los pequeños son los pensamientos corrompidos e impuros, que hay que estrellar contra Cristo. El traductor inglés lo anota como ejemplo de cómo Ambrosio, como otros autores antiguos, perdió de vista el sentido original del texto al sacar lecciones alegóricas: la «hija de Babilonia» nunca había sido hija de Dios, ni el estrellar a los niños estuvo pensado para la hermosa interpretación que le da el autor. Es el juicio del editor, no del texto de Ambrosio.

    II, 11, § 107

    107. Hemos aprendido, pues, que debemos hacer penitencia, y esto en un tiempo en que el ardor del lujo y del pecado va cediendo; y que, cuando estamos bajo el dominio del pecado, debemos mostrarnos temerosos de Dios absteniéndonos, más que permitiéndonos malas prácticas. Pues si se le dice a Moisés, cuando deseaba acercarse: «Quítate las sandalias de tus pies,» [] ¡cuánto más debemos nosotros liberar los pies de nuestra alma de las ataduras del cuerpo y apartar nuestros pasos de toda relación con este mundo!
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Ambrosio no discute la penitencia en abstracto: la defiende contra una tesis precisa. Los argumentos de fondo, tal como los resume la edición, son que el poder de atar y desatar es uno (I, 2), que la misericordia de Cristo pesa más que la severidad (I, 3–5) y que ni el caso de Pablo en Corinto (I, 13–17) ni los pasajes de Hebreos 6 y de Mateo 12 (II, 2 y II, 4) autorizan a negar la reconciliación. El segundo libro vuelve el argumento contra el descuido: quien pide penitencia debe hacerla de verdad (II, 9–11), y no basta abstenerse de los sacramentos ni pecar contando con arrepentirse más tarde (resumen de II, 9).
    Quedan dos cuestiones abiertas que esta edición no resuelve. La primera es cómo leer II, 10, § 91, donde Ambrosio contrapone rogar a Dios y confesar los pecados «a un hombre»: el traductor inglés dice que el pasaje ha provocado mucha controversia, que los editores benedictinos insisten en el singular y que de la práctica de la Iglesia primitiva no hay duda real (véase la nota en su lugar); el texto traducido no dice más. La segunda es la fecha: hacia 384 para el NPNF, 384–394 para la tabla de obras de Wikipedia.
    Límites. Esta edición no examina el latín ni la autoría: toma ambas de las fuentes que cita, y cuando difieren dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Algunos rasgos vienen del inglés: pronombres que se refieren a Dios con mayúscula («Quien», «Cuya») y un calco, «aquella Sala celestial» (I, 1, § 4), donde el inglés pone Hall con mayúscula. El resumen de I, 13 termina con unas comillas sueltas. En el libro segundo, los capítulos 7 y 8 perdieron el número inicial de sus secciones. Las introducciones y los resúmenes de capítulo son de la edición inglesa.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra