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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minHimnos de Nísibis
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minHimno 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minHimno 3
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 11 minHimno 5
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minHimno 7
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 5 minHimno 11
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minLos obispos de Nísibis
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 8 minHimno 15
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minAbraham, su sucesor
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minHimno 19
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 11 minHimno 20
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 1 minLos obispos de Nísibis
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minSobre Satanás y la Muerte, I
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minHimno 36
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minHimno 37
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minHimno 39
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 10 minHimno 40
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 4 minHimno 42
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 7 minSobre Satanás y la Muerte, II
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minHimno 54
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minHimno 56
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 5 minHimno 58
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minHimno 60
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minHimno 62
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minHimno 64
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minHimno 67
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minLa Perla — Siete himnos sobre la fe
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minHimno 3
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 7 minHimno 5
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 10 minHimno 7
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minHomilía sobre la mujer pecadora
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minLo que dejaron los himnos

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    TEXTOS — EFRÉN EL SIRIO

    Índice de la obra

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    Efrén el Sirio

    Himnos de Nísibis y otros escritos

    Texto base: versión inglesa de J. T. Sarsfield Stopford (Himnos de Nísibis), J. B. Morris (La Perla) y A. Edward Johnston (Homilía), revisada y editada por John Gwynn en Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 13 (prefacio de 1898), «Selections … from the Hymns and Homilies of Ephraim the Syrian»

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del siríaco, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 232 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Nísibis, ciudad de frontera, resistió tres asedios persas en la primera mitad del siglo IV, y Efrén los vivió dentro de sus muros. Sus himnos no cuentan el cerco como una crónica: lo leen como el diluvio que Dios detiene, la ciudad como el arca, el obispo como el pastor que la guarda. Pasados los años, ya lejos de la ciudad cedida a Persia, los mismos versos hacen hablar a la Muerte y a Satanás y les piden cuentas de lo que perdieron en Cristo. Este libro reúne cuarenta y cinco de esos himnos, los siete himnos de La Perla sobre la fe y una homilía sobre la mujer pecadora de Lucas 7.
    Es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó John Gwynn, profesor de teología en Dublín, en el volumen 13 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers, junto a las epístolas selectas de Gregorio Magno y a las Demostraciones de Afrahat. Los Himnos de Nísibis los vertió al inglés J. T. Sarsfield Stopford; La Perla, J. B. Morris (1847), revisado por Gwynn; la homilía, A. Edward Johnston. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y ninguna persona la ha revisado; se publica tal como salió, con sus límites declarados más abajo.

    Ficha de la obra

    AutorEfrén el Sirio, nacido en Nísibis (Mesopotamia romana) hacia 306 según Wikipedia y muerto en Edesa en 373; Gwynn recoge que algunos llevan su muerte a 378 y que el diaconado le llegó tarde, a unos tres años del final
    ContenidoTres escritos del volumen 13: 45 de los Himnos de Nísibis, los siete himnos de La Perla y la Homilía sobre la mujer pecadora
    FechasSolo los Himnos de Nísibis dan indicios internos de fecha, según Gwynn: 1–21 entre 350 y 363; 35–42, posteriores a 363. De La Perla y de la homilía no consta ninguna
    LenguaSiríaco; esta edición lo lee en inglés, y el castellano parte del inglés
    GéneroHimnos estróficos con estribillo (Nísibis, Perla) y una homilía en prosa tal como la imprime el NPNF
    ExtensiónUnas 43 900 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Stopford, Morris y Johnston; no del siríaco
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 13, tal como lo recogen CCEL y New Advent
    EscritoTítulo en el NPNFTraductor inglésAquí
    Himnos de NísibisThe Nisibene HymnsStopford (los 21 primeros, según el prefacio)Himnos 1–7, 9–21, 35–42 y 52–68 (45)
    La PerlaThe Pearl. Seven Hymns on the FaithMorris, revisado por GwynnSiete himnos
    HomilíaOn the Sinful WomanJohnston15 secciones y un cierre

    La fuente y su traducción

    El volumen se titula, en su portada, Selections translated into English from the Hymns and Homilies of Ephraim the Syrian, and from the Demonstrations of Aphrahat the Persian Sage, y lo edita, con una disertación introductoria, John Gwynn, doctor en teología y en derecho civil y Regius Professor of Divinity (profesor regio de teología) de la Universidad de Dublín. Según Wikipedia (en), Gwynn (1827–1917) fue siriacista irlandés y ocupó esa cátedra de 1888 a 1907. El prefacio está fechado en el Trinity College de Dublín el 31 de marzo de 1898, y la serie la dirigen Philip Schaff y Henry Wace (New Advent). CCEL reproduce la portada con las casas T. & T. Clark (Edimburgo) y Eerdmans (Grand Rapids).
    Gwynn explica en el prefacio de qué siríaco se tradujo. Los Himnos de Nísibis siguen la edición de Gustav Bickell (Leipzig, 1866), hecha sobre manuscritos de la colección nitria que el Museo Británico compró con la biblioteca de un monasterio de la Theotokos, en el desierto de Nitria (Egipto); según el prefacio, estos himnos y las homilías aparecían entonces por primera vez en inglés, con las pocas excepciones que él precisa. La Perla es la versión de J. B. Morris publicada en la Library of the Fathers de Oxford (1847), que Gwynn revisó «y en parte reescribió» para acercar el estilo de tres traductores independientes: atenuó, dice, «la extremada severidad» con que Morris seguía su original y quitó algunas expresiones duras y algunas inversiones que hacían la versión casi ilegible. La homilía la tradujo Johnston sobre el texto del profesor Lamy, de Lovaina (t. I, 1889).
    Las atribuciones discrepan en un punto. El prefacio nombra a Stopford, rector de Castle Combe, para los veintiún primeros himnos de Nísibis y no dice quién tradujo los veinticinco restantes (35–42 y 52–68); la página de la sección en CCEL y New Advent atribuyen toda la serie a Stopford. New Advent da además, como pie de imprenta de esa serie, Buffalo, 1890, mientras que para La Perla y la homilía da 1898; el año de 1890 es incompatible con un prefacio fechado en 1898 y parece un error de la página.
    Esta versión castellana parte del inglés, no del siríaco, y no se ha cotejado con ningún texto siríaco. El epub traducido tiene los mismos 60 encabezados y los mismos 632 párrafos que su inglés, y un largo total de 1,01 veces el del inglés; no se detectaron párrafos sin traducir.
    Lo que viene de la edición. Los encabezados «Himno N» y las estrofas numeradas son los del epub. Los rótulos de grupo de los Himnos de Nísibis («El asedio de Nísibis», «La invasión persa», «Los obispos de Nísibis», «Abraham, su sucesor» y «Sobre Satanás y la Muerte») están en la cabecera de la sección del NPNF, con los números de los himnos que agrupan; aquí hacen de encabezados para poder recorrer el libro. CCEL junta en el último grupo los himnos 35–42 y 52–68 y los escribe «XXXV–XLII, LXII–LXVIII»; New Advent los separa en dos grupos (35–42 y 52–68) y el prefacio de Gwynn dice LII–LXVIII, que es lo que contiene el epub, de modo que aquí van en dos grupos, «I» y «II». Los localizadores («Himno 7», «La Perla, Himno 2», «Homilía, § 3») son del editor de Eusebeia.
    Los avisos y subtítulos entre corchetes son del NPNF y se conservan en cursiva dentro de su himno: «[Falta el Himno 8, y también la primera parte del Himno 9.]», «[Sobre Mar Jacob y sus compañeros.]» y los de los himnos 17, 35 y 52. El corchete vacío de la estrofa 20 del himno 21 ya está vacío en el inglés. Las referencias bíblicas entre corchetes («[ Hechos 8:27 ]», «[Jueces 7:18-22]») son las de la edición inglesa y aquí enlazan al versículo sin copiar su texto.
    El epub no trae las notas al pie del NPNF (la sección de los Himnos de Nísibis tiene cinco en CCEL) ni la disertación de Gwynn, ni el resto del volumen: los himnos sobre la Natividad y sobre la Epifanía, otras dos homilías y las Demostraciones de Afrahat (New Advent, 3701 y 3703–3707). Tras la homilía, el epub continúa con páginas de otro libro, una noticia sobre Eusebio de Cesarea con su vida y escritos, que no es de Efrén ni de este volumen y se ha dejado fuera.
    Cómo leer el verso. Los Himnos de Nísibis y La Perla son poesía y el NPNF los imprime en estrofas numeradas. Gwynn describe así el verso siríaco: se apoya en el paralelismo hebreo, donde un pensamiento responde a otro, y cada línea tiene un número fijo de sílabas, entre cuatro y doce; no tiene pies métricos ni rima sistemática, y las estrofas de los Himnos de Nísibis, que a su juicio son más odas que himnos, pueden ser largas y de estructura compleja. La traducción no conserva las sílabas. Lo que conserva son las estrofas, el estribillo («R.») y unas rayas que, según una nota del traductor, representan la versificación métrica del siríaco. En los himnos 52–68 el NPNF imprime todas las estrofas de un himno seguidas en un solo párrafo; aquí cada estrofa va en su línea, cortada en la raya, sin cambiar una palabra.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. Con todo, es traducción automática y hereda el inglés de 1898. En los diálogos de la Muerte, Satanás y el Hombre, el inglés marca a los interlocutores con las iniciales D. (Death), S. y M. (Man). El castellano las traduce a M. (Muerte) y H. (Hombre) en los himnos 53–57, 65 y 68, pero deja la D. en los himnos 52, 58 y 59, donde la lectora o el lector debe saber que es la Muerte. Hay un calco del inglés en La Perla: «secretó sus fraudes» (secreted his frauds, que aquí significa «ocultó»; Himno 7, estrofa 3). La grafía varía dentro del epub: «Nisibis» y «Nísibis» en los encabezados repetidos, y «Edesa». No se detectaron más párrafos sin traducir ni más palabras inglesas sueltas dentro de las estrofas.

    Himnos de Nísibis

    El asedio de Nísibis

    Himno 1

    Himno 1

    1. Oh Dios de misericordias que recreaste a Noé, también él recreó Tus misericordias. Ofreció sacrificio y detuvo el diluvio; presentó dones y recibió la promesa. Con oración e incienso Te aplacó; con juramento y con el arco le fuiste propicio; de modo que si el diluvio intentara dañar la tierra, el arco se tendiera frente a él, para alejarlo y alentar la tierra. Como has jurado paz, así la mantienes, y ¡que Tu arco luche contra Tu ira!
    R. Tiende Tu arco contra el diluvio, pues he aquí que ha levantado sus olas contra nuestros muros.
    2. ¡Por revelación, Señor! Ha sido proclamado que aquella humilde sangre que Noé roció, contuvo enteramente Tu ira por todas las generaciones; ¡cuánto más poderosa, pues, será la sangre de Tu Unigénito, para que su aspersión contenga nuestro diluvio! Pues he aquí que era solo como misterios de Él que aquellos humildes sacrificios obtuvieron virtud, los que Noé ofreció, y con ellos detuvo Tu ira. Sé aplacado por el don sobre mi altar, y detén de mí el diluvio mortal. Así ambos Tus signos traerán liberación: a mí Tu cruz y a Noé Tu arco. Tu cruz henderá el mar de las aguas; Tu arco detendrá el diluvio de la lluvia.
    3. He aquí que todas las olas me turban; y Tú has dado más favor al arca: pues solo las olas la rodeaban; a mí me cercan terraplenes, armas y olas. Ella fue para Ti una casa del tesoro de riquezas, mas yo he sido una casa del tesoro de deudas: ella por Tu amor sometió las olas; yo por Tu ira he quedado desolado entre las armas; el diluvio la llevó, el río me amenaza. ¡Oh Timonel de aquella arca, sé mi piloto en la tierra seca! A ella le diste reposo en el puerto de un monte; ¡dame a mí también reposo en el puerto de mis muros!
    4. El Justo me ha castigado abundantemente, pero Él amó aun entre las olas. Porque Noé venció las olas de la concupiscencia, que habían ahogado en su generación a los hijos de Set. Porque su carne se rebeló contra las hijas de Caín, su carro cabalgó sobre la superficie de las olas. Porque las mujeres no lo mancillaron, acopló a las bestias, de las cuales en el arca juntó todas las parejas bajo el yugo del matrimonio. La oliva, que con su aceite alegra el rostro, con su hoja alegró sus semblantes; para mí, el río del que beber solía alegrar, he aquí que, oh Señor, con su inundación me entristece.
    5. La impureza de mi culpa ha visto Tu justicia, y Tus ojos puros me aborrecen. Has reunido las aguas por mano de los impuros, para hacerme purificación de mi culpa; no para que en ellas me bautices y purifiques, sino para que en ellas me castigues con temor. Porque las olas me incitarán a la oración, que lavará mi culpa. Su vista, llena de arrepentimiento, ha sido para mí un bautismo. El mar, oh Señor, que debió ahogarme, ¡en él que Tus misericordias ahoguen mi culpa! En el mar Rojo ahogaste cuerpos; ¡en este mar ahoga mi culpa en lugar de los cuerpos!
    6. Un arca en Tu misericordia preparaste, para preservar en ella todos los remanentes. Para no desolar la tierra en Tu ira, Tu compasión hizo una tierra de madera. Los vaciaste el uno en el otro; los devolviste el uno al otro. Mas mis tierras han sido tres veces llenadas y vaciadas de nuevo; y ahora las olas se rebelan contra mí, para anegar el remanente que ha escapado en mí. En el arca salvaste un remanente; salva en mí, oh Señor, sí, en mí una levadura. El arca sobre el monte dio a luz; ¡que yo en mis tierras dé a luz a mis aprisionados!
    7. Oh Señor, alegra en mí a los aprisionados de mis fortalezas, Tú que alegraste a aquellos prisioneros con la hoja de olivo. Enviaste sanación por medio de la paloma a los enfermos que se ahogaban en cada ola; entró y expulsó todos sus dolores. Pues su gozo devoró su tristeza, y el luto se desvaneció en su consolación. Y como el jefe de un ejército anima a los fugitivos, así la paloma difundió valor entre los abandonados. Sus ojos gustaron la vista de la paz, y su boca se apresuró a abrirse en Tu alabanza. Como la hoja de olivo entre las olas, sálvame, para que alegres en mí a los prisioneros de mis fortalezas.
    8. El diluvio ataca y golpea contra nuestros muros: ¡que el poder que todo lo sustenta los mantenga! No cae como construcción sobre la arena, pues no he edificado mi doctrina sobre la arena: una roca será para mí el fundamento, pues sobre Tu roca he edificado mi fe; el fundamento secreto de mi confianza sostendrá mis muros. Pues los muros de Jericó cayeron, porque ella había edificado su confianza sobre la arena. Moisés edificó un muro en el mar, pues sobre una roca su entendimiento lo edificó. El fundamento de Noé estaba sobre una roca; la morada de madera fue sostenida en el mar.
    9. Compara las almas que hay en mí con los seres vivos que había en el arca; y en lugar de Noé, que lloraba en ella, he aquí a Tu altar llorando y humillado. En lugar de las esposas casadas que había en ella, he aquí a mis vírgenes que no están casadas. En lugar de Cam, que salió de ella y descubrió la desnudez de su padre, he aquí a obreros de justicia, que han alimentado y vestido a los apóstoles. En mis dolores, oh Señor mío, desvarío al hablar; ¡no me culpes si mis palabras Te provocan! Tú redujiste al silencio a los prósperos cuando murmuraron; ten misericordia de mí, como de aquellos que fueron silenciados en otro tiempo.
    10. Antes de Tu ira hiciste una casa de refugio, y todas las naciones se rebelaron contra ella. Noé fue recreado en el reposo, para que su morada diera reposo según su nombre. Cerraste las puertas para salvar al justo; abriste las inundaciones para destruir a los impuros. Noé estuvo en pie entre las terribles olas que estaban fuera, y las bocas destructoras que estaban dentro: las olas lo sacudían y las bocas lo desalentaban. Hiciste paz para él con los de dentro; derribaste ante él a los de fuera: cambiaste prontamente sus angustias, pues para Ti, oh Señor, las cosas difíciles son ligeras.
    11. Oye y sopesa mi comparación con Noé, y aunque mi sufrimiento sea leve junto al suyo, que Tu misericordia haga semejante nuestra liberación; pues he aquí que mis hijos están de pie como él, entre los iracundos y el destructor. Da la paz, oh Señor, entre los de dentro, y humilla ante mí a los de fuera; ¡y dame doble victoria! Y ya que el homicida ha triplicado su furor, ¡que Aquel de los tres días me muestre triple misericordia! No dejes que el Maligno venza Tu misericordia: ¡pues él me ha atacado dos veces y Tú lo venciste tres! Que mi victoria vuele por el mundo, para ganarte alabanza en el mundo. Oh Tú que resucitaste al tercer día, ¡no nos entregues a la muerte en nuestro tercer peligro!
    Comentario editorial · El cerco de 350 y el diluvio
    Efrén vivió tres asedios persas de Nísibis. Según Wikipedia (en), fueron los de 338, 346 y 350, y en el tercero Sapor desvió el río Migdonio contra las murallas; los sitiados repararon el muro y los elefantes persas se atascaron en el barro. La misma página dice que Efrén celebró la salvación de la ciudad en un himno que la compara con el arca de Noé a flote sobre el diluvio, imagen que recorre este primer himno (Wikipedia no dice a cuál se refiere). Gwynn juzga que el Himno 1 se escribió con el cerco todavía en curso y que los veintiún primeros cubren el año del tercer asedio y los trece siguientes. Las fuentes no concuerdan en todo: el artículo de Wikipedia sobre Nísibis fecha el primer asedio en 337 y cuenta en él el desvío del Migdonio, que menciona también en el tercero.

    Himno 2

    Himno 2

    1. En este día se han abierto nuestras bocas para dar gracias. Quienes abrieron las brechas han abierto las bocas de mis hijos. Dad gracias al Misericordioso, que ha librado a los hombres de nuestra ciudad, y no pensó en aquel momento en exigir las deudas que debíamos. Cuando se levantaron los que nos tomaban cautivos, los mundos, en nuestra liberación, gustaron de Tu gracia.
    R. ¡De todos los que tienen boca, gloria sea a Tu gracia!
    2. Nos ha salvado sin muro, y nos ha enseñado que Él es nuestro muro; nos ha salvado sin rey, y nos ha hecho saber que Él es nuestro rey; nos ha salvado en cada cosa y en todo, y nos ha mostrado que Él es Todo; nos ha salvado en Su gracia, y revela de nuevo que libremente tiene misericordia y vivifica. A todo jactancioso le quita su jactancia, y la entrega a Su propia gracia.
    3. El sonido de todas las bocas es demasiado poco para Tu alabanza; pues he aquí que en la hora en que nuestra luz humeaba, y estaba a punto de apagarse (puesto que todo Te es fácil), de repente despertó y resplandeció. ¿Quién ha visto estos dos prodigios: que para aquel cuya esperanza estaba cortada, la esperanza ha brotado y crecido; la hora del luto se ha convertido en buenas nuevas?
    4. Este es un día de fiesta, del que penden las festividades; pues si la ira nos hubiera tomado cautivos, he aquí que también nuestras fiestas habrían cesado. Ya que nuestra paz ha vencido y triunfado, he aquí que nuestras festividades resuenan. Este bendito día sostiene todo: de él depende la ciudad, de la ciudad depende el pueblo, del pueblo depende la paz, de la paz depende todo.
    5. De estas brechas has multiplicado triunfos. La alabanza al Dios Trino sube desde las tres brechas; porque Él descendió y las reparó, en Su misericordia que refrena la ira. Hirió al enemigo que no entendió que Él nos enseñaba. Enseñó a los de dentro, pues en Su justicia hizo las brechas; enseñó a los de fuera, pues en Su bondad las reparó.
    6. Hablad y dad gloria, mis liberados en este día; ancianos y muchachos, jóvenes y doncellas, niños e inocentes, y tú, oh Iglesia, madre de la ciudad. Porque los ancianos han sido rescatados del cautiverio, los jóvenes de la tortura, los lactantes de ser estrellados, las mujeres del deshonor, y la Iglesia de la burla.
    7. Vino a nosotros con dureza; tuvimos miedo por un momento. Vino con mansedumbre, y nos regocijamos por una hora. Se volvió y nos dejó por un poco; vagamos sin fin; como una bestia de presa que es adiestrada con halagos y con temor, pero si los hombres se apartan de ella, se rebela, se extravía y se vuelve salvaje en medio de la paz.
    8. Nos castigó y no temimos; nos rescató, y no nos avergonzamos; nos estrechó y nuestros votos se multiplicaron; nos ensanchó y nuestros crímenes se multiplicaron. Cuando Él constreñía, había pacto; cuando daba respiro, había extravío. Aunque nos conocía, se humilló para afirmarnos. Al atardecer lo exaltábamos; por la mañana lo rechazábamos. Cuando la necesidad nos dejó, la fidelidad nos dejó.
    9. Nos afligió por medio de las brechas, para castigar nuestros crímenes; levantó los terraplenes para humillar con ello nuestra jactancia. Hizo una brecha para los mares, para lavar con ello nuestra impureza. Nos encerró para que nos reuniéramos en Su Templo. Nos encerró y fuimos apagados; nos puso en libertad y nos extraviamos. Somos como lana, que toma todos los colores.
    10. Sabemos que cuando los benditos hijos de Nínive se arrepintieron, no fue por causa de terraplenes por lo que se arrepintieron, ni tampoco por medio de las aguas, ni fue por razón de una brecha, ni tampoco por razón de arcos; no fue al sonido de la cuerda del arco que temieron y se arrepintieron. Escucharon una voz débil; hicieron ayunar a sus pequeños; hicieron castos a sus jóvenes, humillaron a sus reyes.
    11. Tú nos heriste y Te justificamos, porque no aconteció por azar; Tú nos libraste y dimos gracias, porque no es que fuéramos dignos. Tuviste misericordia de nosotros, no porque Te equivocaras esperando que nos arrepintiéramos. Te era manifiesto que cuando tuviste misericordia de nosotros, nos extravíamos. Sabías que habíamos pecado; sabías que somos pecadores; con nuestra iniquidad que ha sido y es, estabas familiarizado cuando tuviste misericordia de nosotros.
    12. Pesa nuestro arrepentimiento, para que supere en peso a nuestros crímenes. Pero no sube en balanza igual ninguno de los dos pesos; pues nuestros crímenes son pesados y múltiples, y nuestro arrepentimiento es ligero. Él había ordenado que fuéramos vendidos por nuestra deuda; Su misericordia se hizo nuestro abogado; el capital y el interés los pagamos con el cuadrante que nuestro arrepentimiento ofreció.
    13. Diez mil talentos por aquel pago pequeño, nos perdonó nuestra deuda. Estaba obligado a exigirla, para aplacar Su justicia; fue constreñido de nuevo a perdonar, para hacer regocijarse a Su gracia. Nuestras lágrimas por un abrir y cerrar de ojos le dimos; Él satisfizo Su justicia al exigir y tomar un poco; hizo regocijarse a Su gracia cuando, por un poco, perdonó mucho.
    14. Diez mil son los crímenes que Él ha perdonado; diez mil lenguas no bastan, ante Su bondad. Él nos ha perdonado y nosotros no hemos perdonado; le hemos pagado al contrario; la culpa cometida la volvemos a anotar. Perdona, oh Señor, clamamos; Castiga, oh Señor, oramos; perdona ciertamente cuando hemos obrado mal; castiga ciertamente cuando se nos hace mal.
    15. No como los de fuera hemos trabajado por nuestras vidas. Ellos han levantado sus terraplenes, pero nosotros ni siquiera nuestras voces; ellos han derribado el muro, pero nosotros —ni siquiera las cadenas, las frágiles cadenas de dentro de nuestro corazón hemos roto—. Dios ha rechazado a los diligentes por causa de los perezosos; ha rechazado el trabajo hecho fuera, aunque Él fue rechazado desde dentro.
    16. Ha liberado a los que hablaban, y herido a los silenciosos; el muro fue golpeado, y el pueblo fue instruido. Perdonó a los que pueden sufrir, hirió a lo que no conoce sufrimiento. Pues en lugar de almas que sienten, hirió las piedras que no sienten, para castigarnos. En Su amor perdonó nuestros cuerpos, y se apresuró a herir nuestro muro.
    17. ¿Quién ha visto jamás que una brecha se convirtiera en espejo? Dos bandos miraron en ella; sirvió a los de fuera y a los de dentro. Vieron allí, como con ojos, al Poder que derriba y edifica; vieron a Aquel que hizo la brecha y de nuevo la reparó. Los de fuera vieron Su poder; partieron y no tardaron hasta la tarde; los de dentro vieron Su ayuda; dieron gracias y aun no bastaron.
    18. Que el día de tu liberación te despierte de la pereza. Cuando el muro fue derribado, cuando los elefantes penetraron, cuando llovieron las jabalinas, cuando los hombres obraron con valor, entonces hubo un espectáculo para los celestiales. Allí luchó la iniquidad; allí triunfó la misericordia; prevaleció abajo la bondad; los Vigilantes gritaron en lo alto.
    19. Y tu enemigo se fatigó esforzándose por herir con sus astucias el muro que te rodeaba, baluarte para tus habitantes. Se fatigó y no logró nada; y para que no esperara que, si lograba abrir brecha, entraría también y nos tomaría cautivos, lo abrió no una sola vez; y fue avergonzado, y no bastó eso, sino hasta tres veces, para que fuera avergonzado tres veces en las tres.
    20. Que mi dicha, por la gracia de Dios, sea también multiplicada en medio de vosotros. Ya que en ti mis crímenes han sido muchos, ¡muchos sean en ti mis frutos! Ya que en ti he pecado en mi juventud, ¡que en ti haya misericordia para mi vejez! Por la boca de tus hijos ora por tu hijo, pues he pecado más allá de mi capacidad, y me he arrepentido por debajo de mi capacidad; he esparcido más allá de toda medida, y he recogido por debajo de toda medida.

    Himno 3

    Himno 3

    1. Fija nuestro oído, para que no se suelte y vague. Porque se extravía si uno pregunta quién es Él y cómo es. Pues ¿cómo podemos lograr pintar en nosotros la semejanza de aquel Ser que es semejante a la mente? Nada hay en Él que sea limitado, en todo Él ve y oye; todo Él como que habla; todo Él está en todos los sentidos.
    R., ¡Alabanza al Ser Único, que nos es inescrutable!
    2. Su aspecto no puede ser discernido, para que sea retratado por nuestro entendimiento; oye sin oídos; habla sin boca; obra sin manos, y ve sin ojos. Porque nuestra alma no cesa ni desiste, ante la presencia de Aquel que es tal; en Su gracia se revistió de la forma de la humanidad y nos recogió en Su semejanza.
    3. Aprendamos de qué modo aquel Ser es espiritual y apareció como corpóreo; y cómo también es tranquilo y aparece como iracundo. Estas cosas fueron para nuestro provecho; aquel Ser, en nuestra semejanza, fue hecho semejante a nosotros para que nosotros seamos hechos semejantes a Él. Uno hay que es semejante a Él, el Hijo que procedió de Él, que está sellado con Su semejanza.
    4. Oh Nísibis, oye estas cosas, pues por ti fueron escritas y dichas. Tanto para ti misma como para otros, has sido en el mundo causa de contienda y de disputas. Bocas sobre ti, oh tú que fuiste encerrada, aun sobre ti cantaron bocas; cuando triunfaste y fuiste ensanchada, en ti se abrieron bocas, para lamentación y para acción de gracias.
    5. La oración de tus habitantes bastó para tu liberación; no es que fueran justos, sino que eran penitentes; conforme fueron deshonrados, así se apresuraron a someterse a la vara. En transgresiones y en triunfos tuvieron parte semejante. Aquellos cuyos crímenes fueron grandes, así sea grande su fruto; los que triunfaron en su cilicio, han triunfado también en sus coronas.
    6. El día de tu liberación es rey de todos los días. El sábado derribó tus muros, derribó a los ingratos; el día de la Resurrección del Hijo levantó de nuevo tus ruinas; el día de la Resurrección te levantó según su nombre, glorificó su título. El sábado relajó su vigilia; por la apertura de las brechas, tomó para sí la culpa.
    7. En Samaría prevaleció el hambre, pero en ti prevaleció la abundancia. En Samaría irrumpió y vino sobre ella abundancia de repente; pero en ti bramó y vino sobre ti un mar de repente. En ella fue comido un niño, y la salvó con vida; en ti fue comido el cuerpo, viviente y todo vivificante; de repente Él los libró; el Comido libró a los que comían.
    8. Sabemos que el Bendito no quiere las aflicciones que ha habido en todas las edades; aunque Él las ha obrado, son nuestras ofensas la causa de nuestras angustias. Ningún hombre puede quejarse contra nuestro Creador; a Él corresponde quejarse contra nosotros, que hemos pecado y lo hemos constreñido a airarse aunque no lo quiere, y a herir aunque no lo desea.
    9. La tierra, la vid y el olivo necesitan castigo. Cuando se machaca la oliva, su fruto huele dulce; cuando se poda la vid, sus uvas son buenas; cuando se ara el suelo, su rendimiento es bueno. Cuando el agua se encierra en canales, los lugares desiertos beben de ella; el bronce, la plata y el oro, cuando son bruñidos, brillan.
    10. Si pues es cierto que el hombre, mediante el castigo, hace buenas todas las cosas; y si el que desprecia y rechaza el castigo es aborrecido y todo se rebela contra él; entonces, por aquello que castiga, aprenda a Aquel que lo castiga; puesto que quien castiga lo hace para que con ello saque provecho. Porque quien castiga a sus siervos lo hace para poseerlos; el Dios bueno castiga a Sus siervos para que ellos se posean a sí mismos.
    11. Que tus aflicciones sean libros para amonestarte, pues las tres veces sitiada bastan para convertirse para ti en libros en los que meditar, a cada hora, sobre sus historias. Porque despreciaste los dos Testamentos, en los cuales podías leer tu vida, por eso Él escribió para ti tres libros duros en los que debías leer tus castigos.
    12. Apartemos por lo que ha sido aquello que aún ha de ser; dejémonos enseñar por lo que ha venido, para escapar de lo que viene; recordemos lo pasado, para evitar lo futuro. Porque habíamos olvidado el primer golpe, el segundo cayó sobre nosotros; porque olvidamos el segundo, el tercero pesó sobre nosotros. ¡Quién volverá a olvidar!

    La invasión persa

    Himno 4

    Himno 4

    1. Dios mío, sin cesar, hollaré el umbral de Tu casa; yo, que he rechazado toda gracia, pediré con denuedo, para recibir con confianza. R., ¡Esperanza nuestra, sé nuestro Muro!
    2. Pues si, oh Señor, la tierra enriquece con creces un solo grano de trigo, ¡cuánto más serán enriquecidas mis oraciones por Tu gracia!
    3. Por causa de las voces de mis hijos, de sus suspiros y sus gemidos, ábreme la puerta de Tu misericordia. ¡Haz que por sus voces se alegre el luto de su cilicio!
    4. Oh Primogénito que fuiste un niño destetado, y conviviste con los niños, los malditos hijos de Nazaret, escucha a mis corderos que han visto a los lobos, pues, ¡he aquí!, claman.
    5. Pues un rebaño, oh Señor mío, en el campo, si acaso ha visto a los lobos, huye hacia el pastor y se refugia bajo su cayado, y él ahuyenta a los que querrían devorarlo.
    6. Tu rebaño ha visto a los lobos y, ¡he aquí!, clama con fuerza. ¡Mira cuán aterrado está! ¡Que Tu cruz sea un cayado para expulsar a los que querrían tragárselo!
    7. Acepta el clamor de mis pequeños, que son enteramente puros. Fue Él, el Infante de los días, quien pudo apaciguar, oh Señor, al Anciano de los días.
    8. El día en que el Niño descendió, en medio del establo, los Vigilantes descendieron y proclamaron: paz; que esa paz esté en todas mis calles para toda mi descendencia.
    9. Setenta y dos ancianos, los ancianos de aquel pueblo, no bastaron para sus brechas. Fue el Niño, el Hijo de María, quien dio paz por todos lados.
    10. ¡Ten misericordia, oh Señor, de mis hijos! ¡En mis hijos trae a la memoria Tu infancia, Tú que fuiste niño! ¡Que los que se asemejan a Tu infancia sean salvados por Tu gracia!
    11. Mezclados en medio del rebaño están el clamor de los inocentes y la voz de las ovejas, que invocan al Pastor de todos para que los libre de todo.
    * * * * * * * * * * *
    13. Hay una alegría que es aflicción; en ella se esconde la miseria. Hay una miseria que es ganancia; es fuente de alegrías en aquel mundo nuevo.
    14. En la felicidad que ha alcanzado mi perseguidor se esconden desgracias; por eso yo me regocijo. En la desdicha que he alcanzado de él se oculta para mí la felicidad.
    15. ¿Quién no alabará a Aquel que nos ha engendrado y puede engendrar de nuevo, de en medio de malos rumores, las voces de buenas nuevas?
    16. Tú, Sanador de todos, me has visitado en mis enfermedades. No puedo darte pago por Tus medicinas, pues no tienen precio.
    17. Tus misericordias en riqueza superan a Tus medicinas: no pueden comprarse, se dan gratuitamente; se cambian por lágrimas.
    18. ¿Cómo, oh Maestro mío, puede una ciudad desolada, cuyo rey está lejos y su enemigo cerca, mantenerse firme sin auxilio de misericordia?
    19. Puerto y refugio eres Tú en todo tiempo. Cuando los mares me cubrieron, Tu misericordia descendió y me sacó. ¡Que de nuevo Tu auxilio se apodere de mí!
    20. Aplica a mis aflicciones la medicina de Tu salvación y la pasión de Tu auxilio. Tu signo puede convertirse en medicina que todo lo sana.
    21. Estoy muy oprimida y me apresuro a quejarme contra el que me aflige. Que Tu misericordia, Señor mío, quite la amargura de la copa que mis pecados han mezclado.
    22. Miro a todos lados y lloro porque estoy desolada. Aunque muy numerosos sean mis jefes y mis libertadores, uno solo es Aquel que me ha librado.
    23. Mis jóvenes han huido, oh Señor, y han salido; son como polluelos a los que persigue el águila; ¡he aquí! se esconden en lugar secreto. ¡Que Tu paz los haga volver!
    24. El sonido de mis vendimiadores, ¡he aquí! mis oídos lo echan de menos, pues sus voces faltan. ¡Que resuene con las buenas nuevas, oh Bendito, de Tu salvación!
    25. Una voz de terror he oído sobre mis torres, mientras mis defensores claman al guardar mis muros. ¡Acállala con la voz de paz!
    26. El ruido de mis labradores hablará paz fuera de mis muros; el clamor de mis moradores hablará paz dentro de mis muros, para que yo dé paz fuera y dentro.
    27. Pon fin, oh Señor, al luto de este Tu altar puro y de Tu casto sacerdote, que está de pie vestido de luto y cubierto de cilicio.
    28. La Iglesia y sus ministros alabarán por Tu salvación; la ciudad y sus moradores. ¡Sea la voz de paz, oh Señor, la recompensa de sus voces!

    Himno 5

    Himno 5

    1. Haz que se oigan en Tu gracia las nuevas de Tu salvación; porque se ha hecho un oír, un sendero de paso; nuestras mentes han sido holladas por mensajes de terror. R., ¡Alabanzas a Tu victoria! ¡Gloria a Tu Dominio!
    2. Consuela con ganancias, aunque pequeñas y escasas, a aquellos que han cosechado daño por su trabajo: en tiempo de ganancia han obtenido sólo pérdida.
    3. Es manifiesto que Él se ha alzado, repartiendo ira sobre la tierra: en su enojo dividió pérdida y ganancia. Hay a quienes ha derribado de repente, y hay a quienes ha ensoberbecido de repente.
    4. Para que a nosotros nos enseñe que Él puede castigar de todos modos: cuando vio que los perseguidores eran terribles ante mis ojos, me tendió delante de mis hijos, y ellos, mis amados, me castigaron.
    5. ¡He aquí! Me enseñó a temerlo a Él y no al hombre; porque cuando no había nadie que nos golpeara, Su ira dio orden de repente, y cada hombre se extendió y se castigó a sí mismo.
    6. De igual manera aquel babilonio, que derribó a todos los reyes cuando confiaba y esperaba que no había nadie que lo golpeara, Dios hizo que por sus propias manos se derribara a sí mismo.
    7. Su majestad y su mente de repente enloquecieron juntas: rasgó y arrojó sus vestiduras; salió y vagó por el desierto; primero se expulsó a sí mismo, y luego sus siervos lo expulsaron.
    8. Mostró a todos los reyes a quienes había llevado cautivos y humillado que no por su propio poder había podido vencer: el poder que lo derribó fue el mismo que los castigó a ellos.
    9. He estado firme y he soportado, oh Señor mío, los golpes de mis libertadores. Tú puedes, en Tu gracia, hacerme sacar provecho de los que me golpean; Tú puedes, en Tu justicia, castigarme por medio de mis ayudadores.
    10. El día en que el ejército se atrevió a subir contra Samaría, su abundancia y su placer, sus tesoros y sus posesiones, los arrojaron, abandonaron y huyeron. Él la coronó por medio de sus perseguidores.
    11. Mis amados me coronaron y mis libertadores me sanaron. Por la culpa de mis moradores, mis ayudadores me castigaron; ¡dame a beber de Tus vides, de la copa de consolación!
    12. El grano y la vid, consérvalos, oh Señor mío, por Tu gracia. ¡Alégrese el labrador con la vid del vendimiador; regocíjese el viñador con el grano del labrador!
    13. Están unidos uno con otro, el grano y la uva. En el campo, el vino puede alegrar a los segadores; en la viña, el pan fortalece a su vez a los viñadores.
    14. Estas dos cosas tienen poder para consolar mis angustias; la Trinidad tiene poder para consolar mucho más; a la cual alabaré porque de repente fui librada por la gracia.
    15. Pero el hombre cuya vida es preservada por la gracia, si se va a murmurar por la pérdida de sus bienes, es ingrato a la gracia de Aquel que tuvo piedad de él.
    16. Por Su propia voluntad destruye una cosa en lugar de otra. Destruye la posesión y perdona al poseedor; destruye nuestras plantas en lugar de nuestras vidas.
    17. Temamos murmurar, no sea que Su ira se despierte, y perdone las posesiones y hiera al poseedor; para que aprendamos al final Su misericordia del principio.
    18. Aprendamos contra quién nos conviene murmurar. Aprende a murmurar no contra el Castigador, sino contra tu propia voluntad, que te hizo pecar y fuiste castigado.
    19. Dejemos la murmuración y volvámonos a la oración; porque si el poseedor muere, también sus posesiones cesan para él; pero mientras sobrevive, busca recuperar sus pérdidas.
    20. Multiplíquense las consolaciones, por misericordia hacia mis moradores; que el remanente y el residuo consuelen a nosotros en medio de la ira; ¡y haz que en el residuo olvidemos el luto de nuestra devastación!
    21. ¡Sana y acrecienta, oh Señor mío, los frutos que Tu ira ha dejado! Me parecen como enfermos que han escapado en la pestilencia. ¡Haz que en estos débiles olvide el sufrimiento de los muchos!
    22. Mientras hablo, oh Señor mío, traigo a la memoria que también este es el mes en que la flor languideció y cayó marchita; ¡que vuelva a la sanidad para ser consuelo!
    23. Pues estos escaparon de la pestilencia que se llevó a sus hermanos. Las vides, aunque sin voz, lloraron cuando delante de ellas fue cortada y derribada una multitud de árboles que amaban.
    24. La compañía de las plantas, ¡he aquí! la tierra la echa de menos. Las raíces por los labradores lloran y los hacen llorar. Su hermosura se había extendido y daba sombra, y en una hora fue arrancada.
    25. El hacha se acercó y golpeó, y golpeó al labrador; el golpe estaba sobre los árboles, y hacía sufrir al labrador; cada hacha que golpeaba, él soportaba su dolor.

    Himno 6

    Himno 6

    1. Correré con mis afectos hacia Aquel que sana gratuitamente. Aquel que sanó mis dolores, el primero y el segundo, Aquel que curó el tercero, sanará el cuarto. R., ¡Sáname, Tú, Hijo, el Primogénito!
    2. Mis hijos, oh Señor mío, bebieron y se embriagaron de las nuevas que la ira había mezclado; y se precipitaron sobre mis adornos, y saquearon y arrojaron mis ornamentos; rasgaron y no perdonaron mis vestiduras y mis coronas.
    3. Me descubrieron y quedé desnuda. Porque fui avergonzada un poco, por medio de aquel despojo, la primera y la segunda vez; porque fui avergonzada una tercera vez, ¡he aquí! me han despojado una cuarta vez.
    4. Porque han apresado y se han llevado mis vestiduras, mis ornamentos y mis jardines. Mira, oh Señor mío, el cilicio que ciñe mi altar, y ten piedad de mí. ¡Que el cilicio sea para mí, oh Señor mío, la coraza de salvación!
    5. ¡He aquí! No es por mano del casto que Tú me has castigado, oh Maestro mío; pues, ¡he aquí!, su vergüenza está delante de él, y detrás de él su deshonra; porque en cuanto a su matrimonio, el adulterio es mejor que él.
    6. ¡He aquí! Su hija es su esposa, y su hermana su consorte; y a su madre, de la cual salió, se vuelve de nuevo y la toma por esposa. Los cielos se asombran de que así Te provoque a Ti, y ¡he aquí! él prospera.
    7. Y aunque, oh Señor mío, mis crímenes son muchos, ¿son mis ofensas tan graves, que entregues a una mujer casta, madre de hijas castas, a la impura Asiria, madre de hijas mancilladas?
    8. Detenlo para que no venga, y menee contra mí su cabeza, y pisotee sobre mí con su talón, y se regocije de que la voz de su fama así turba al mundo; ¡y que se enaltezca todavía un poco!
    9. Mis hijos, oh Señor mío, han visto mi desnudez; sí, me han descubierto y han llorado. Descúbreme ante mis hijos, a quienes duele mi dolor, y que no se burlen de mí los malditos que no tienen piedad.
    10. Mis tierras habían producido frutos y cosas deleitosas; bienes en la viña, abundancia en los campos. Pero mientras descansaba segura, de repente la ira me sobrecogió.
    11. Los labradores fueron saqueados, los despojadores amontonaron el grano; lo que habías tomado prestado y sembrado, éstos lo destruyeron. Con la deuda de uno, su hambre acaso quedará también insatisfecha, porque su pan es arrebatado de él.
    12. El labrador, oh Señor mío, es saqueado, porque prestó a la tierra; ella ha recibido el depósito y lo ha dado a un extraño; ella lo ha tomado prestado del labrador y lo ha pagado al despojador.
    13. Ten celos de mí, que soy Tuya, y a Ti, oh Señor mío, estoy desposada. El Apóstol que me desposó contigo me dijo que Tú eres celoso. Porque como un muro para las esposas castas es el celo de sus maridos.
    14. Sansón agitó los mares, porque estaba poderosamente celoso de su esposa, aunque ella estaba muy mancillada y se había dividido contra él. Guarda a Tu Iglesia, pues a ningún otro tiene ella fuera de Ti.
    15. Quien no es celoso de su esposa, la desprecia. El celo es lo que puede dar a conocer el amor que hay dentro. Tú eres llamado celoso, para que me muestres Tu amor.
    16. La naturaleza de la mujer es ésta: es débil e imprudente; es el celo lo que la guarda, bajo temor a toda hora. Tú has sido contado entre los celosos, para que dieras a conocer Tu solicitud.
    17. Todo hombre ha sido amo de algo que no era suyo; todo hombre ha salido recogiendo algo que no esparció. El día de la confusión lo he preparado para mí con mis crímenes.
    18. ¿Cómo soportarán el sufrimiento los jornaleros y labradores? A la vista del viñador, han talado las vides y ahuyentado los rebaños del labrador; su siembra la han segado y se la han llevado.
    19. Habían uncido bueyes, sembrado y rastrillado; habían arado, plantado y criado. Se pararon lejos y lloraron; y se fueron despojados de todo. El trabajo fue para los trabajadores, el fruto para los despojadores.
    20. Los gobernantes, oh Señor mío, no mantuvieron el orden en medio de Tu ira. Si lo hubieran querido, habrían podido mantener el orden, pero nuestra iniquidad no lo permitió. Aunque la ira había amainado mucho, la ira los obligó a despojar.
    21. ¿A quién, por cualquier lado, miraré en busca de consuelo, por mis plantaciones que están abatidas y mis posesiones que están asoladas? ¡Que el mensaje de la voz de paz aleje de mí mi tristeza!
    22. No me entregues; ¡no sea que se piense que me has dado carta de divorcio y me has despedido y echado fuera! ¡Que no me llamen, oh Señor mío, abandonada y deshonrada!
    23. No tengo nada que traer a la memoria ante Tus ojos, porque soy del todo despreciada. Trae a mi memoria, oh Dios mío, sólo esto: que a ningún otro he puesto ante mí fuera de Ti.
    24. ¿Quién no lloraría por mí, con voz y lamento? Porque antes de los días de luna llena era casta y coronada; y después de los días de luna llena fui descubierta y desnudada.
    25. Mis hijas castas de las cámaras vagan por los campos; porque la ira que embriaga a todos ha hecho que mis mujeres honorables sean despreciadas. ¡Que Tu misericordia, que da paz a todos, devuelva a estas amadas a la honra!
    26. Mis hijas mayores y mis menores, ¡he aquí!, claman ante Ti; las doncellas con sus voces, las ancianas con sus lágrimas; mis vírgenes con sus ayunos, mis castas con su cilicio.
    27. A todas las calles levanto mis ojos y ¡he aquí! están desiertas. De cien quedan diez, y de diez mil, mil. ¡Da la paz y llena mis calles con el bullicio de mis moradores!
    28. Haz volver a los de fuera, y alegra a los de dentro. Poderosa es Tu gracia, que la extiendes dentro y fuera. ¡Que las alas de Tu gracia reúnan a mis polluelos!
    29. ¡Que la oración de mis justos salve a mis fugitivos! Los incrédulos me han saqueado, y los creyentes me han sostenido. ¡En los que creen, avergüenza a los que no creen!
    30. Se juntaron en un solo día dos fiestas como una: la Fiesta de Tu Ascensión y la Fiesta de Tus Campeones; la fiesta que tejió Tu Corona, y el memorial de la coronación de Tus siervos.
    31. Ten misericordia, porque se nos duplicaron estas fiestas en un solo día; y se nos duplicaron en lugar de ellas, incluso las dos fiestas en una: el sufrimiento por la voz de malas noticias, y el duelo por la desolación.
    32. ¡Da la paz a mis fiestas! Porque mis dos fiestas han cesado; y en lugar del gozo de mis restos en las fiestas, temblores y desolaciones me salen al encuentro en todo lugar.
    33. Haz volver a casa a los míos que están lejos, alegra a los míos que están cerca; y en medio de nuestra tierra se predicarán buenas nuevas de gozo; y en retorno por la paz rendiré alabanza de toda boca.

    Himno 7

    Himno 7

    1. La ira vino a reprender a los codiciosos que en medio de la paz traficaban, defraudaban y saqueaban. En la calamidad los codiciosos se han enriquecido: ¡he aquí! Lo que era suyo lo han dispersado; lo que no era suyo lo han acumulado. R., ¡Da la paz, oh Hijo, a nuestra tierra!
    2. Veinte años mis angustias han sido como ramas, ¡oh Salvador mío!, que se retienen durante el invierno; pero cuando es tiempo de brotar, mis angustias brotan: con nuestro fruto madura nuestro corazón.
    3. Nisán es el tiempo de los brotes: en él brotaron las malas nuevas. Cuando nuestras delicias se agolparon sobre nosotros, entonces se agolparon sobre nosotros nuestros males. En el tiempo de la trilla del trigo vino la trilla de las ciudades,
    4. Pues los tres hermanos en Babilonia no huyeron del fuego que encendieron los hombres, porque eran firmes; de la concupiscencia huyeron, porque eran perfectos.
    5. El fuego de los que han vencido puede volver blancos a los cabritos negros; el fuego de los hombres vanos puede convertir a los corderos en leopardos moteados.
    6. ¡Cuán grandes serán mis gritos, que habrán de gritarse ante toda alarma! ¡Cuán grande mi indignación, que madura ante toda mala nueva! ¡Cuán grandes mis cosechas, que perecen en toda boca!
    7. Por los crímenes de mis hijos me ha castigado Él, en la lucha de ellos por mi liberación. El pueblo que me libra trae castigo sobre mí. ¡Refrenad vuestros pecados, y he aquí! ¡Mis castigos son refrenados!
    8. En las malas nuevas son afligidos; en tiempo de ira son atormentados; en tiempo de paz son angustiados; pues cuando todo hombre respira libremente, y todos son ingratos a la gracia, ellos dan gracias en nombre de todo hombre.
    9. Su cilicio es humilde por mi causa; sus cenizas son esparcidas en mi aflicción; su oración es por mi victoria; su ayuno por mi liberación: ¡he aquí! La deuda recae sobre mis ascetas; la culpa, sobre mis nobles.
    10. Grande es en toda época la necedad de los sabios; los escribas y los ancianos envidiaron y mataron al maestro que enseñaba a todo el pueblo la Ley de Moisés.
    11. La sabiduría en esta época es una posesión que acarrea pérdida: quien tiene un poco de necedad, muy pequeña es su culpa; pero quien tiene un poco de prudencia, su iniquidad sobrepasa la medida.
    12. Edifican con sus palabras y derriban con sus obras; pues los maestros eran muchos y necios, pero la boca del juez es ambas cosas a la vez: el juez y el acusador.
    [Falta el Himno 8, y también la primera parte del Himno 9.]

    Himno 9

    Himno 9

    ...Mis aflicciones son como las de Job. Tu justicia lo libró; ¡que Tu gracia tenga misericordia de mí!
    2. En estas dos cosas hay provecho: que ni el justo se canse en la súplica, ni el rebelde multiplique la transgresión.
    3. Con los hijos Tú trabajas, para castigar y ayudar a ellos; y para que los padres no se afligieran por el sonido del azote, me dejaron en paz.
    4. Mira, oh Señor mío, mis bosques de fuera, ¡cómo han sido talados! He aquí, oh Señor mío, mis pechos de dentro, que son demasiado débiles, ¡para que yo pueda soportar a mis amados!
    5. Con espadas han cortado mis alas que están fuera; de nuevo se enciende el fuego, en mi seno de dentro, el incienso del holocausto.
    6. Los adoradores del sol han matado a mis hijos en la llanura; y los que ofrecen sacrificios a Baal han sacrificado mis toros en la ciudad, mis ovejas con mis pequeños.
    7. En mis campos hay lamentación; en mis salas, lamento; en mis viñas, terror; en mis calles, confusión. ¿Quién puede bastarme?
    8. El Maligno, que obró con traición y me turbó con sus palabras, removió la angustia por dentro, de modo que mi parte interior es enteramente como mi parte exterior.
    9. ¿Con qué rostro, oh Señor mío, te invocaré para que envíes un campamento de santos que guarde mi seno, que está lleno de inmundicia?
    10. Con Tu nueva levadura has castigado a la creación. ¡Haz que la vieja levadura, que enreda y humilla, sea como la nueva levadura!
    11. Por la lucha manifiesta de Tu poder, venzamos; ¡no sea que el error corone a los que luchan por Ti, aferrándose a ellos con halagos!
    12. Si miramos nuestro tiempo, es como nuestro engaño; — pues en los años de veracidad practicamos adivinaciones, — y en secreto usamos encantamientos.
    13. Si miro el tiempo, él provoca y saca a la luz—las cosas secretas, para que sea avergonzado nuestro engaño—que vistió la vestidura de la Verdad.
    14. En verdad, la verdad es la que vence todas las cosas; — y el mar con su amargura no puede turbarla—porque es pura en su naturaleza.
    15. Con sabiduría lo has hecho, oh Señor mío, que ha dejado al desnudo nuestra concupiscencia.— Que el necio sea reducido a la nada, y no sea alentado— la Verdad ha retenido la corona.
    16. Sobre los muros tambaleantes, sobre los cuales me has dado la victoria—los ingratos te pagan con sacrificio y libación, que te provocan abiertamente.
    17. Si en aquel tiempo se hubieran ofrecido sacrificios;— habría habido incluso lugar para que el engaño supusiera—que en ellos fui librada.
    18. Por la multitud de liberaciones, has reprendido dos cosas:— el engaño de las imágenes esculpidas, y la enseñanza de los magos;— ¡porque en Ti, oh Señor mío, he sido librada!

    Himno 10

    Himno 10

    1. Mis hijos han sido degollados; y mis hijas que están fuera de mí—sus muros están derribados, sus hijos dispersados—y sus lugares santos pisoteados. R., ¡Bendito sea Tu castigo!
    2. Los pajareros han capturado a mis palomas fuera de mis fortalezas—las que abandonaron sus nidos y huyeron a las cuevas—en la red las han apresado.
    3. A la manera de la cera que se derrite ante el fuego—así se derritieron y disolvieron los cuerpos de mis hijos ante el calor— y la sequía de mis fortalezas.
    4. Y en lugar de arroyos de leche que solían fluir—para mis hijos y mis pequeños, la leche falta a los lactantes, y el agua a los niños destetados.
    5. El lactante cae del pecho de su madre y jadea,— porque no puede mamar, ni ella puede amamantar:— exhalan su espíritu y mueren.
    6. ¿Cómo es posible que Tu gracia pueda contener— el brotar de su corriente, cuando no es posible reprimir— la abundancia de su flujo?
    7. ¿Y por qué Tu gracia ha encerrado sus misericordias—y ha retenido sus corrientes, del pueblo que clama—por uno que humedezca su lengua?
    8. Y había un abismo entre ellos y sus hermanos;— como el hombre rico que clamó, y no había nadie que respondiera—para humedecer su lengua.
    9. Y como en medio del fuego, los desdichados fueron arrojados—y el calor en medio de la sed, el fuego soplaba,— y se encendía sobre ellos.
    10. Sus cadáveres se derritieron y se disolvieron por el calor—los que habían tenido sed dieron a su vez de beber a la tierra—el vapor de sus cuerpos.
    11. Y la fortaleza que con la sed había matado a sus moradores,— bebió a su vez del flujo de los cadáveres—que fueron derretidos por la sed.
    12. ¿Quién ha visto un pueblo— que ardía de sed—mientras lo rodeaba un muro de agua y no podía— humedecer su lengua!
    13. Ciertamente, con el juicio de Sodoma fueron juzgados mis amados,— y mis hijos heridos con el tormento de Sodoma—aunque aquello fue solo por un día.
    14. El tormento del fuego, aunque sea por una hora, oh Señor mío,— en la sed prolongada es una muerte prolongada, y un castigo sutil.
    15. Después de mis dolores, oh Señor mío, y de mis amargos sufrimientos—este es el mejor consuelo con que me has consolado—que has multiplicado mis aflicciones.
    16. La medicina que esperaba, es dolor decretado;— el vendaje que aguardaba, es amarga calamidad—que busca obrar para mí.
    17. Y mientras esperaba escapar de en medio de la tormenta—peor es para mí la tormenta en ella, aun en el puerto,— que la del mar.
    18. En mi necedad pensé que anclaría y escaparía— de en medio del abismo; mis pecados me han arrojado de nuevo— otra vez en medio de él.
    19. Mira, oh Señor mío, mis miembros, ¡cuán espesas están las espadas en mí!—y han dejado su marca en mis brazos; y las cicatrices de las lanzas—¡están plantadas en mis costados!
    20. Lágrimas en mis ojos, y en mis oídos malos rumores—¡lamento en mi boca, y duelo en mi corazón!— ¡No añadas más, oh Señor mío, sobre mí!

    Himno 11

    Himno 11

    1. Tu castigo es, como una madre de nuestra infancia:— su reprensión es misericordiosa, en que has refrenado—a los niños de la necedad, ¡y han sido hechos sabios! R., ¡Sea gloria a Tu justicia!
    2. Escudriñemos Tu justicia; pues ¿quién basta— para medir su ayuda? Ya que por ella los desenfrenados— son muchas veces hechos castos.—
    3. Muchas veces Tu mano, oh Señor mío, ha sanado a los enfermos—porque es el sanador oculto de sus enfermedades—y la fuente de su vida.
    4. Con suma suavidad, el dedo de Tu justicia—con amor y compasión, toca las heridas— de aquel que ha de ser sanado.
    5. Sobremanera suave y misericordioso es su corte para el que es sabio:— su remedio agudo, en su poderoso amor—consume la parte corrompida.
    6. Sobremanera bienvenida es su ira para el que discierne—pero sus remedios son odiados por el necio que se deleita— en la aflicción de sus miembros.
    7. Sobremanera deseosa está ella de vendar el corte que ha hecho—cuando ha herido, se apiada, para que de entre estos dos— ella engendre sanidad.
    8. Sobremanera bienvenida es su ira, y su enojo agradable—y dulce su amargura, que endulza las cosas amargas— para que sean hechas agradables.
    9. Una causa de negligencia es Tu indulgencia para con los descuidados; una causa de ganancia es Tu vara entre los perezosos, para que se vuelvan como traficantes.
    10. La causa de nuestra aflicción es Tu justicia—la causa de nuestro descuido es Tu gracia—pues nuestro entendimiento se ha vuelto necio.
    11. El Faraón se endureció a causa de Tu gracia; pues cuando las plagas se detenían, sus crueldades se fortalecían—y mintió a sus promesas.
    12. La Justicia le dio su merecido, porque mintió gravemente contra ella—incluso contra Gracia su hermana libre; sí, ella lo refrenó de nuevo—para que no provocara otra vez.
    13. Reprende, oh Señor mío, a mi guía, porque ha sido falso como Egipto; mis oraciones testifican que no soy como ella, pues no he abandonado Tu puerta.
    14. Que Tu cruz, oh Señor mío, que está en mis brechas abiertas, repare de nuevo las brechas ocultas; porque en lugar de los de fuera—¡los de dentro me han partido en dos!
    15. Un mar ha irrumpido y derribado la atalaya en la que yo había triunfado.— La iniquidad ha osado levantar un templo en el que soy avergonzada; su libación me ahoga.
    16. Mis oraciones sobre mis muros las han oído mis perseguidores; el sol y sus adoradores se avergüenzan de sus magos, porque he triunfado por Tu cruz.
    17. Todas las criaturas clamaron cuando vieron la lucha, mientras la Verdad con la falsedad, sobre mis muros maltratados, combatía y era coronada vencedora.
    18. La fuerza de la Verdad castigó a la falsedad; en su castigo sintió a la Verdad, y por sus propios pecados se ganó la victoria de ella.
    19. Tengo gran alarma; pues desde mi liberación, los honorables y poderosos que estaban consagrados a mi altar han edificado en mí lugares altos.
    20. Mis siete sentidos, oh Señor mío, aunque hubieran sido como fuentes de lágrimas, con todo mis lágrimas eran demasiado pocas para lamentar nuestra ruina.
    21. Las calles que estaban en cilicio y ceniza clamaron, perturbadas por la danza semejante a aquella que hubo en el desierto ante el becerro.
    22. El veneno busca y viste la hermosura de los lirios; y aunque sus capullos puedan ocultarlo, y lo disimulen escondido, florece en sus flores amargas.

    Himno 12

    Himno 12

    1. En mi aflicción invocaré al Poder que todo lo somete, que puede someter al Cautivador en su ira, como venció a la Legión. R., ¡Gloria a Su gracia!
    2. El Maligno me ha devuelto a mis hermanos, deudas que no tomó prestadas de mí; el buen Dios igualmente me ha devuelto misericordias que no le presté. ¡Venid y maravillaos de estas dos cosas!
    3. El buen Dios ha dividido y entregado mis maldades a Su gracia, mis ofensas a Su justicia; Su misericordia ha borrado mis maldades; Su juicio ha retribuido mis ofensas.
    4. El Pecado se enfureció sobremanera y quedó alarmado cuando vio cómo la gracia puso freno a la libertad, para que ella pudiera vencer las transgresiones.
    5. ¡Arde, oh Señor mío, y envía Tu amor; irrumpe y derrama Tu ira!— Tu ira para destruir, Tu amor para rescatar— ¡a los cautivos del cautivador!
    6. En los días en que el Maligno decretó arrojarme como con honda a la perdición, en ellos el buen Dios ha atado y guardado mi alma en el haz de la vida.
    7. Los hombres de palabra que no guardan silencio, de alabar continuamente, que me han sostenido en medio de las olas y me han sustentado para que no cayera, ¡que ellos alaben en mi lugar, oh Señor mío!
    8. Pues ¿quién ha bastado alguna vez, en presencia de la gracia—de las misericordias que lo rodeaban, para que yo baste a alabar las misericordias que me envuelven?

    Los obispos de Nísibis

    Himno 13

    Himno 13

    [Sobre Mar Jacob y sus compañeros.]
    1. Tres sacerdotes ilustres, a la manera de los dos grandes lumbreras, han continuado y transmitido uno a otro la Sede, la Mano y el Rebaño. Para nosotros, cuyo anhelo era grande por los dos, este último es enteramente un consuelo. R., ¡Gloria a Ti que los elegiste!
    2. Aquel que creó las dos grandes lumbreras escogió para Sí estas tres Luces, y las puso en las tres oscuras estaciones de asedio que ha habido. Cuando aquel par de Luces se extinguió, la otra brilló plenamente.
    3. Estos tres sacerdotes eran tesoros que guardaban en su fidelidad la llave de la Trinidad; abrieron para nosotros tres puertas: cada uno de ellos, con su llave, abrió y franqueó su puerta.
    4. En el primero se abrió la puerta para el castigo que nos sobrevino; en el siguiente se abrió la puerta para el poder del Rey que descendió sobre nosotros; en el último se abrió la puerta para las buenas nuevas que subieron para nosotros.
    5. En el primero se abrió la puerta para la batalla entre dos ejércitos; en el siguiente se abrieron las puertas para los reyes de uno y otro viento; en el último se abrió la puerta para los embajadores de uno y otro lado.
    6. En el primero se abrió la puerta para la batalla a causa de las maldades; en el siguiente se abrió la puerta para los reyes a causa de la contienda; en el último se abrió la puerta para los embajadores a causa de las misericordias.
    7. ¡He aquí! En estas tres sucesiones, como en un misterio y una figura, la ira es comparada al sol: comenzó bajo el primero, se fortaleció bajo el siguiente, se puso y se extinguió bajo el último.
    8. También el sol muestra tres figuras en los tres cuartos: su salida es penetrante y brillante; su mediodía, fuerte y abrumador; y como una antorcha consumida, su ocaso es suave y agradable.
    9. Pequeña y aun así brillante es su salida, cuando viene a despertar a los que duermen; caliente y abrumador su mediodía, cuando viene a madurar los frutos; tierno y agradable su ocaso, cuando llega a su consumación.
    10. ¿Quién es esta hija nacida de votos, envidiable sobre todas las mujeres, cuyas sucesiones así proceden, y cuyas filas son así múltiples, y cuyos grados así ascienden, y cuyos maestros así se distinguen?
    11. ¿Pertenecen estas semejanzas sólo a la hija de Abraham, o también a ti, oh hija nacida de votos, cuyo adorno es conforme a tu hermosura? Pues como fue tu ocasión, así fue tu auxilio, y como fue tu auxilio, así fue su ministro.
    12. Conforme a la medida de su necesidad vino a ella la provisión de su necesidad. Sus padres fueron como fue su nacimiento; sus maestros fueron como fue su entendimiento; su formación como fue su crecimiento; su vestidura como fue su estatura.
    13. La Gracia pesó para ella y dio todas estas cosas como en balanzas; ella las puso en su balanza, para que de ellas hubiera ganancia; las dispuso en sucesión, para que de ellas hubiera perfección.
    14. En los días del que fue primero, la paz abundó y la paz se desvaneció; en los días del siguiente, los reyes bajaron y los reyes se volvieron; pero en los días del último, los ejércitos asaltaron y los ejércitos se retiraron.
    15. Por el primer orden entró, entró con él y salió con él; por el siguiente, la diadema que alegraba nuestras iglesias se acercó y se retiró lejos; pero por el último amaneció para nosotros una gracia que no fue recibida con agradecimiento.
    16. Contra la ira que fue primera contendió el trabajo del primero; contra el calor que había al mediodía se levantó la sombra del segundo; contra la paz que fue ingrata, el último multiplicó las advertencias.
    17. Pues el primer invasor de la tierra fue el primer e ilustre sacerdote; para el segundo invasor de la tierra, fue el segundo y misericordioso sacerdote; pero las oraciones del que fue último repararon nuestras brechas en secreto.
    18. Nísibis está asentada sobre aguas, aguas secretas y abiertas; corrientes vivas están dentro de ella; un noble río fuera de ella. El río de fuera la engañó; la fuente de dentro la salvó.
    19. El primer sacerdote fue su viñador; hizo crecer sus ramas hasta el cielo. ¡He aquí! Muerto y sepultado dentro de ella, se ha vuelto fruto en medio de su seno; por tanto, cuando vinieron los podadores, el fruto que estaba en medio de ella la preservó.
    20. Vino el tiempo de su poda; entró y le quitó a su viñador, para que no hubiera quien orara por ella. Ella se apresuró en su sutileza; Él puso en su seno a su viñador, para que ella fuera librada por su viñador.
    21. Sed sabias como Nísibis, oh hijas de Nísibis, porque ella puso el cuerpo dentro de sí, y se volvió un muro fuera de ella. ¡Poned dentro de vosotras el cuerpo viviente, para que sea un muro para vuestras vidas!

    Himno 14

    Himno 14

    Bajo los tres pastores —había numerosos pastores—, la única madre que era en la ciudad—tenía hijas en todas las regiones.— Desde que la Ira destruyó sus moradas—la Paz edificará sus iglesias. R. Bendito sea Aquel que eligió a aquellos tres.
    El amable trabajo del primero —vendó la tierra en su aflicción—; el pan y el vino del siguiente —sanaron la ciudad cuando estaba quebrantada—; la dulce palabra del último —endulzó nuestra amargura en la aflicción.
    El primero labró la tierra con su trabajo —arrancó de ella los espinos y las zarzas—; el siguiente la cercó en derredor —hizo para ella un seto con los que fueron salvados—; el último abrió el granero de su Señor, y sembró en ella las palabras de su Señor.
    El primer sacerdote, mediante un ayuno, cerró las puertas de las bocas de los hombres—; el segundo sacerdote, para los cautivos, abrió las bocas de la bolsa—; pero el último traspasó las orejas—y fijó en ellas el ornamento de vida.
    Aarón quitó de las orejas—los zarcillos e hizo un becerro.— Aquel becerro sin vida, en secreto—traspasó y degolló el campamento—; a los que habían formado sus cuernos, él los desgarró con sus cuernos.
    Pero nuestro sacerdote que fue el tercero—traspasó las orejas del corazón—; y fijó allí los zarcillos que había modelado—con los clavos que fueron fijados en la cruz,— sobre la cual su Señor fue crucificado—y dio vida a sus semejantes.
    Un hijo para la muerte produjo el fuego—la Muerte se alimenta de todos los cuerpos—; el hijo de la Muerte que superó a la Muerte—se alimentó de las almas de los hombres.— El becerro abandonó su forraje—pues las mentes de los hombres eran su alimento.
    Al primer Árbol que mató,— la gracia le dio un hijo.— ¡Oh Cruz, descendencia del Árbol,— que luchaste contra tu progenitor!— El Árbol fue la fuente de muerte; la Cruz fue la fuente de vida.
    El hijo que nació de la Muerte—todas las bocas se abrieron para maldecirlo.— Devoró cuerpos y almas—y multiplicó la deshonra de su padre.— Pero la Cruz hizo desaparecer la afrenta—de su padre, aquel primer Árbol.
    Los dos hijos fueron tal como fueron—las dos madres que los dieron a luz.— El becerro que el fuego produjo—el fuego lo consumió en medio del pueblo—; la Cruz, descendencia de la gracia—repartió buenos dones a toda la creación.
    ¡Oh lengua mía, calla y guarda silencio sobre las historias de la Cruz que pugnan por ser contadas!— pues mi mente, de repente, ha concebido—y he aquí, dolores de parto la golpean—; ha concebido estas entre las últimas—y se afanan por llegar a ser las primogénitas.
    Los niños luchaban en el vientre—el mayor se apresuró a salir—; el menor, deseando la primogenitura—puso su mano sobre su talón—lo que no obtuvo por nacimiento—lo obtuvo por el guiso de lentejas.
    De semejante manera estas historias posteriores,— ¡he aquí! menosprecian a las anteriores—para que ellas mismas salgan y tomen la primogenitura.— Traigamos a luz la historia de nuestros padres—pues ¡he aquí! las historias de la Cruz—son las primogénitas de todas las criaturas.
    Porque si aquello que no tiene principio—es lo primero de todas las cosas creadas—sus historias también son las primogénitas—pues son más antiguas que todas las criaturas.— ¡Que las historias de Ti, oh Señor mío, cedan su lugar—para que podamos contar de Tus ministros!
    El primero en grado de doctrina,— su elocuencia era tal como era su grado—el siguiente, que era segundo en grado—su interpretación se elevó a la altura de su grado—el último, que era tercero en grado—su elocuencia era tan grande como él era.
    El primero, con sus palabras sencillas—dio leche a sus infantes—el siguiente, con sus dichos llanos—dio sustento a sus hijos—el tercero, con sus dichos perfectos—dio carne a los que eran de edad perfecta.
    Ella también, la hija de la instrucción—subió de grado en grado—junto con sus maestros y padres.— Una niña pequeña fue con el primero; una simple doncella fue con el siguiente—llegó a la edad perfecta en el tercero.
    El primero, tratando con ella como con una niña—la amó y le enseñó a temer—el siguiente, como con una doncella, la reprendió y la hizo alegrarse—el tercero, como con una plenamente instruida, fue para ella un consuelo de agrado.
    Aun el Altísimo, con la hija de Jacob,—dio halago y la vara a su infancia—y en su rebeldía y plena edad—dio parte en la espada y la Ley—; y conforme a su disciplina e instrucción—vino a ella con mansedumbre y agrado.
    El primero que engendró el rebaño—su regazo llevó su infancia—el siguiente, de semblante gozoso,—alegró con cánticos e hizo feliz su niñez—el último, grave de semblante,— ¡he aquí! guarda su castidad en su juventud.
    El primer sacerdote que la engendró—dio leche a su infancia—el siguiente sacerdote interpretó—y dio sustento a su niñez—el tercer sacerdote la nutrió, y dio carne a su edad perfecta.
    El padre rico que fue primero—atesoró tesoros para su infancia—el siguiente para su madurez—multiplicó provisiones para su jornada—el tercero, el hermoso olivo—multiplicó aceite en sus vasijas.
    Cuando ella venga ante Aquel que es rico,— mostrará el tesoro del primero—cuando venga ante el Salvador, mostrará los salvados del siguiente—cuando salga al encuentro del Esposo,— mostrará el aceite de sus lámparas.
    Ante Aquel que recompensa a los fatigados y afligidos por el trabajo,— ofrecerá el trabajo del primero—ante Aquel que ama a los dadores alegres,— mostrará la limosna del siguiente—ante Aquel que juzga las doctrinas,— ofrecerá el discurso del último.
    Y yo, el pecador, que me he esforzado por ser—el discípulo de estos tres—cuando ellos vean a Aquel del Tercer Día—que ha cerrado la puerta de su aposento—¡que estos tres rueguen a Él por mí, para que Él mantenga la puerta abierta un poco para mí!
    ¡Que el pecador se apresure a entrar y entre—gozoso y temeroso al contemplar!— ¡Que los tres maestros llamen—al único discípulo en su gracia!— ¡Que recoja debajo de la mesa—las migajas que están llenas de vida!
    Comentario editorial · Los tres pastores: Jacob, Babu y Valgesh
    Según Gwynn, Efrén vivió bajo cuatro obispos de Nísibis: Jacob, Babu, Valgesh y Abraham. Los Himnos 13 a 16 se escribieron bajo Valgesh, a quien comparan con sus dos predecesores, entre el asedio de 350 y la muerte de Valgesh en 361; Abraham solo consta, fuera de los himnos, en Elías de Nísibis. Wikipedia (en) recuerda que el orden de los dos primeros se discute: la Catholic Encyclopedia hace de Babu el primer obispo (300–309) y de Jacob su sucesor, mientras que Efrén, dice, nombra primero a Jacob; Elías de Nísibis fecha en 308 la consagración de Jacob. En este himno, «el primero», «el siguiente» y «el tercero» son esos tres pastores.

    Himno 15

    Himno 15

    Si la cabeza no hubiera sido recta—acaso los miembros habrían murmurado—; pues cuando a causa de una cabeza perversa— el curso de los miembros se extravía—suelen echar la culpa sobre la cabeza. R. ¡Bendito sea Aquel que os eligió, orgullo de nuestro pueblo!
    Si ahora sobre uno que es enteramente hermoso—sobre él ponemos nuestro odio—¡cuánto más si fuéramos odiosos!— Sí, aun Dios, aunque es bondadoso—los hombres amargados se quejan contra Él.
    ¡Sed como la cabeza, oh vosotros los miembros!— Hallad reposo en su pureza— y agrado en su tranquilidad—renombre en su santidad—¡y en su sabiduría, doctrina!
    Obtened discernimiento en su mansedumbre—y castidad en su gravedad—¡y liberalidad en su pobreza!— Como él es plenamente y enteramente hermoso—¡seamos enteramente hermosos con él!
    Ved cómo están medidos y pesados—¡sus palabras y sus acciones!— Observad cómo aun sus pasos—guardan la medida de la paz—con toda su fuerza él sujeta la brida de todo su ser.
    Fue señor de su juventud—la ató al yugo de la castidad—; sus miembros no fueron seducidos por la concupiscencia—pues fueron mantenidos bajo la vara—; tenía su voluntad en sujeción.
    Porque estuvo preparado de antemano para su grado—como estuvo preparado de antemano en su conversación—como puso sus cimientos con firmeza.— Fue hecho Cabeza en su juventud—cuando lo hicieron predicador para el pueblo.
    Excelente fue entre los predicadores—docto fue entre los eruditos—y entendido fue entre los sabios—; casto fue entre sus hermanos,— y grave entre sus amigos íntimos.
    En dos moradas estaba—un solitario recluso desde sus primeros días—porque era santo dentro de su cuerpo—y solitario dentro de su morada—abierta y secretamente era casto.
    Pero aunque nosotros, hermanos míos—hemos extraviado esas medidas—y hemos perdido aquel sabor,— y nos hemos hecho maestros para nosotros mismos—hacia la perfección que nos llamó.
    Sin embargo, esa medida de la Verdad—se conserva a sí misma en su vasija—; la Verdad la eligió porque vio que ella la elegía a ella—ha preservado en ella su fragancia y sabor,— desde el principio hasta el fin.
    La Cabeza, casta y grave—que no era iracunda ni dura—ni transgredió así como nosotros hicimos—estableció y guardó sus propias medidas—y puso una brida a sus pensamientos.
    Él dio ejemplo en su persona,— de que así como guardó la medida de su tiempo,— así era conveniente que nosotros conociéramos nuestro tiempo.— Nos hemos vuelto extraños a nuestro tiempo,— pues hemos sido insensatos en el tiempo del discernimiento.
    Al principio la ráfaga del viento—con su fuerza castiga el fruto—luego, entre tanto, la fuerza del sol—; pero cuando su poderío ha pasado—su fin recoge su dulzura.
    Pero nosotros—los primeros nos castigaron—y también los siguientes nos reprendieron—y los últimos nos añadieron dulzura—; luego, cuando llegó el tiempo de probarnos—grande fue nuestra insipidez.
    Porque llegamos a la madurez—para destetar a los niños de la lascivia—y guiarlos a la gravedad—; pero nuestra vejez tuvo necesidad—de que fuéramos reprendidos como jóvenes.
    Por consiguiente, él en bondad soportó, ni usó de la fuerza—para aumentar la honra a nuestra vejez—; y aun si ella no conocía su grado—¡sea engrandecido el que conoció su tiempo!
    Y si uno dijera que para la multitud—la fuerza y la vara deben gobernarla—así como para el ladrón el temor—y para el saqueador la amenaza—y para los necios la vergüenza pública.
    Sin embargo, si con la cabeza como primera—los miembros se hubieran apresurado a moverse como segundos—habrían arrastrado a lo que era tercero—y todo el cuerpo, desde el fin, habría seguido tras ellos.
    Los que eran segundos despreciaban a los que eran primeros—y los que eran terceros a los que eran segundos—; los grados fueron menospreciados unos por otros.— Mientras estos de dentro se despreciaban unos a otros—eran hollados igualmente por los de fuera.

    Himno 16

    Himno 16

    En esto hay un espejo digno de censura—si su claridad se oscurece—porque hay manchas en su superficie—; pues la suciedad que hay en él se convierte—en un velo ante los que lo miran. R. ¡Bendito sea Aquel que abrillantó nuestro espejo!
    Pues si esa hermosura no es adornada en él—y las manchas no son puestas a la vista en él—es totalmente un daño para las cosas hermosas—viendo que su hermosura no gana—adornos como su provecho.
    Las manchas no son arrancadas de raíz por él—así tampoco los adornos son multiplicados por él.— Una mancha que permanece es como una pérdida—que no haya adorno es un defecto—; la pérdida se junta con el defecto.
    Si nuestro espejo fuera tinieblas—es enteramente gozo para los aborrecibles—; porque sus manchas no son reprendidas—; pero si está abrillantado y resplandeciente—es nuestra libertad la que es adornada.
    Doble es la pérdida en el defecto—para los aborrecibles y para los hermosos—en que los hermosos no ganan corona—y asimismo los aborrecibles no obtienen adorno—; el espejo divide la pérdida.
    Nunca el espejo impulsa—por compulsión al que mira en él—; así tampoco la gracia que siguió—a la justicia de la Ley,— no posee la compulsión de la Ley.
    La justicia fue para la infancia—su adornadora por compulsión—pues cuando la humanidad estaba en la infancia—ella la adornó por compulsión—mientras no la despojaba de su libertad.
    La justicia usó el halago,— y la vara para tratar con la infancia—cuando la golpeaba la despertaba; su vara refrenaba la rebeldía, su halago ablandaba las mentes.
    * * * * * * * * * * *
    [Si uno se aparta del Evangelio,] con el cual hoy somos adornados, hermanos míos,— a otro evangelio es un niño—; en un tiempo de grandeza de entendimiento—ha venido a ser sin entendimiento.
    Porque en el grado de plena edad—ha descendido a la infancia—y ama la ley de los esclavos,— la cual, cuando está confiado, lo golpea—y cuando se regocija, lo abofetea.
    Cualquier ornamento que es compulsión—no es verdadero, sino prestado.— Esto es cosa grande a los ojos de Dios—que el hombre se adorne por sí mismo—; por tanto, Él quitó la compulsión.
    Porque así como por Su prudencia—en su propio tiempo empleó la compulsión—así también, por Su prudencia—la quitó en un tiempo—en que se deseaba mansedumbre en su lugar.
    Porque así como es propio de la Juventud—que sea hecha apresurarse bajo la vara—así es muy odioso que bajo la vara—la Sabiduría sea traída a servir—que la compulsión sea señora sobre ella.
    14. He aquí, pues, cuán igualmente— Dios ha ordenado mis sucesiones— en los pastores que he tenido—y en los maestros que Él me ha dado—y en los padres que Él me ha contado!
    15. Porque pesados según sus tiempos— fueron los auxilios de sus cualidades;— es decir, en aquel en quien era necesario, temor; y en quien era provechoso, aliento; y en quien era conveniente, mansedumbre.
    16. Por medida hizo avanzar mis pasos:— a mi niñez asignó terror; asimismo a mi juventud, temor—a mi edad de sabiduría y prudencia—Él asignó y dio mansedumbre.
    17. En la terquedad del grado de la niñez— mi instructor fue un temor para mí:— su vara me refrenó de la lascivia—y del mal me refrenó el terror de él—y de la indulgencia el temor de él.
    18. Otro padre dio Él a mi juventud:— lo que había en mí de niñería,— eso había en él de dureza; lo que había en mí de madurez—eso había en él como mansedumbre.
    19. Cuando me levanté de los grados— de la niñez y de la juventud—pasó el terror que fue primero—pasó el temor que fue segundo—Él me dio un pastor bondadoso.
    20. He aquí! Para mi plena edad su alimento—y para mi sabiduría sus interpretaciones;— y para mi paz su mansedumbre—y para mi reposo su bondad—¡y para mi castidad su gravedad!
    21. Bendito sea Aquel que como en una balanza— pesó y me dio padres:— pues según mis tiempos fueron mis auxilios—y según mis enfermedades mis medicinas—¡y según mis gracias mis adornos!
    22. Nosotros, pues, somos los que hemos perturbado— la sucesión y el hermoso orden—pues en tiempo de mansedumbre— ¡he aquí! Anhelamos dureza—¡que Tú nos reprendas como si fuéramos niños!

    Abraham, su sucesor

    Himno 17

    Himno 17

    [Sobre Abraham, obispo de Nisibis].
    1. Permite, oh Señor, que incluso mi bajeza arroje en Tu tesorería su blanca, así como el mercader de nuestro rebaño, que hizo aumentar su talento de Tu doctrina, y ha partido y entrado en Tu puerto. Hablaré del pastor, bajo aquel que ha venido a ser cabeza del rebaño; que fue discípulo de los Tres, y ha venido a ser nuestro cuarto maestro. R., ¡Bendito sea Aquel que lo ha hecho nuestro consuelo!
    2. En un solo amor los haré brillar, y como corona los tejeré, los espléndidos capullos y las fragantes flores del maestro y de su discípulo, que permaneció tras él como Eliseo; pues el cuerno de su elección, y fue consagrado y vino a ser cabeza, y fue exaltado y vino a ser maestro. R., ¡Bendito sea Aquel que lo hizo jefe!
    3. Y los del cielo se regocijaron por el rebaño, porque por el pastor al que alimentaron, ellos lo alimentan; la morada de los pastores bajo él se regocijó, porque vieron la sucesión de sus grados. Él lo tomó y lo puso como mente en medio del gran cuerpo de la iglesia, y sus miembros lo rodearon para comprar de él vida, doctrina, pan nuevo. R., ¡Bendito sea Aquel que lo hizo su tesorería!
    4. Él lo eligió de entre la multitud de pastores, porque había dado prueba de su firmeza; el tiempo lo probó en medio del rebaño, y la largura de los días lo acrisoló como un crisol; por cuanto dio prueba en su persona, Él lo hizo muro para muchos. Que tu ayuno sea armadura para nuestro país, tu oración escudo para nuestra ciudad, que tu incensario obtenga reconciliación. R., ¡Bendito sea Aquel que ha santificado tus sacrificios!
    5. El Pastor que ha sido apartado de su rebaño, lo apacentó en pastos espirituales, y con su bastón excelso lo defendió de lobos ocultos. Llena el lugar de tu maestro, que tiene sed del sonido de su melodía; erígete como columna en la ciudad del pueblo tembloroso; sosténla con tus oraciones. R., ¡Bendito sea Aquel que te ha hecho nuestra columna!
    6. Él ha confiado la Mano a su discípulo, el Trono a uno que es digno de él, la Llave a uno que ha sido probado fiel, el Rebaño a uno que ha sobresalido. A tu mano pertenece la imposición, a tu ofrenda la propiciación, y a tu lengua el consuelo. Que la paz adorne tu Dominio; sean los vigilantes dentro y las congregaciones fuera. R., ¡Bendito sea Aquel que te ha escogido para regocijos!
    7. ¡Que abunde tu doctrina, más en obras que en palabras! Al decir pocas palabras, labra nuestra tierra con trabajo, para que con mucha labranza la semilla escasa se haga rica, el aumento de la semilla antigua venga entre nosotros al treinta por uno, y tu semilla nueva al sesenta por uno. R., ¡Bendito sea Aquel que multiplica al ciento por uno!
    8. La ira que estaba contra ti cesa, porque la paz fluye sobre ti por completo; los celos contra ti se apagan, pues tu amor llamea a cada hora: has roto la cuerda de la envidia, para que no hiera a nadie en secreto; la calumnia que confunde, a ella tu oído no se vuelve, pues la verdad abierta te es agradable. R., ¡Bendito sea Aquel que adornó tus miembros!
    9. Darás consejo en medio de tu pueblo, como Jetro entre los hebreos; irás enteramente con aquel que para tu provecho te aconseja, huirás enteramente de aquel que de otro modo te aconseja: Roboam te será por señal; escogerás consejos de provecho, rechazarás consejos de envidia. R., ¡Bendito sea Aquel que ha aconsejado consuelo!
    10. El don que te ha sido dado, desde lo alto voló y descendió: lo llamarás por nombre de hombre, no lo llevarás en otro poder, no sea que acaso a su lugar venga Satanás en su astucia, suponiendo que los hijos de los hombres te lo han dado, de modo que este don libre por nacimiento sirva en esclavitud al hombre. R., ¡Bendito sea Aquel que ha transmitido su don!
    11. Tu maestro está pintado en tu persona; ¡he aquí! Su semejanza está sobre ti por completo; apartado de nosotros, uno con nosotros es él. En ti veremos a aquellos tres, los excelentes que están apartados de nosotros. Serás para nosotros muro como Jacob, y lleno de ternura como Babu, y una tesorería de palabra como Valgesh. R., ¡Bendito sea Aquel que en uno los ha pintado!
    12. Yo también, la escoria del rebaño, no he retenido nada de lo que era debido: he pintado la semejanza de estos dos, con los colores de estos dos; para que las ovejas vean su adorno, y el rebaño sus hermosuras. Y yo, que he venido a ser cordero dotado de palabra, a Ti, oh Dios de Abraham, en la postura de Abram te daré alabanza. R., ¡Bendito sea Aquel que me ha hecho su arpa!

    Himno 18

    Himno 18

    1. Oh tú que has sido hecho sacerdote según tu maestro, el ilustre según el excelente, el casto según el grave, el vigilante según el abstinente, tu maestro no se ha apartado de ti; en los vivos vemos al difunto: pues he aquí, en ti está pintada su semejanza; e impresas en ti están sus huellas, y todo él resplandece desde todo tú. R., ¡Bendito sea Aquel que en Su lugar nos ha dado a ti!
    2. El fruto en el que su árbol está pintado da testimonio acerca de la raíz. Hasta ahora no nos ha faltado el sabor de su dulzura. Sus palabras manifiestas en acto corporal, pues las has cumplido en obra. En tu conversación está pintada su doctrina, en tu conducta su exposición, en tu cumplimiento su interpretación. R., ¡Bendito sea Aquel que ha hecho sobresalir tu lustre!
    3. El último pastor que fue exaltado, y se hizo cabeza para los miembros, el menor que obtuvo la primogenitura, no por precio como Jacob, no en celos como Aarón, a quien sus hermanos los levitas envidiaron, sino que por amor la obtuvo como Moisés, aunque era mayor que Aarón. En ti se regocijaron tus hermanos como en él. R., ¡Bendito sea Aquel que te eligió en unanimidad!
    4. No hay envidia ni celos entre los miembros del cuerpo; pues con amor le prestan oído, con ternura son visitados por él. Torre de vigilancia es la cabeza para los miembros, pues por todos lados mira. Exaltado está, y sin embargo manso en su gracia; hasta los pies se humilla, para apartar de ellos el daño. R., ¡Bendito sea Aquel que infundió tu amor en nosotros!
    5. Ciertamente poca cosa habría sido esto, si por un anciano vencida fuera la apostasía. La vejez en su prudencia se sometió; la juventud en su sazón conquistó; pues un joven combatiente soportó, libró el odioso conflicto, mediante la fuerza que estaba llena de apostasía, que como humo creció y pasó: con su principio fue su fin. R., ¡Bendito sea Aquel que sopló sobre ella y se desvaneció!
    6. La voz de la trompeta de repente te asombró y te llamó a la batalla. Subiste como un nuevo David, por ti fue sometido un segundo Goliat. No estabas sin probar en el combate, pues una guerra secreta día tras día estás librando contra el Maligno. El ejercicio en secreto suele alcanzar la corona abiertamente. R., ¡Bendito sea Aquel que te eligió para nuestra gloria!
    7. Ante la prueba, Job adiestró su cuerpo y su mente, y en la tentación fue victorioso. Y José venció en la cámara; Ananías y su compañía en el horno, y en medio del foso Daniel. Satanás obró neciamente, cuando al tentar, confirmó abiertamente su victoria. R., ¡Bendito sea Aquel que ha multiplicado la vergüenza sobre él!
    8. Y el labrador que apostató y se apresuró a sembrar espinas con su mano izquierda; celoso contra él estuvo el labrador justo, lo detuvo y le cortó la mano izquierda. Llenó Su propia mano derecha y sembró en el corazón las palabras de vida; y he aquí, nuestro entendimiento es labrado, por Sus profetas y Sus apóstoles. ¡Por ti sean labradas nuestras almas! R., ¡Bendito sea Aquel que te eligió por nuestro labrador!
    9. Y si acaso tus palabras son demasiado pocas, labra nuestra tierra con obras, para que en medio de mucho arado, el tronco y la raíz sean fortalecidos. Mejor es una buena acción que la audición de diez mil palabras. Tu semilla rendirá ciento por uno, y la cosecha tardía sesenta, sí, lo que crece por sí mismo treinta. R., ¡Bendito sea Aquel que multiplicó tu aumento!
    10. Que la luz sea oscurecida no es conveniente, que la sal pierda su sabor no es correcto; la contaminación para la cabeza no es decente, ni tampoco la suciedad para el espejo. Ni si los medicamentos han perdido su sabor las enfermedades tampoco se curan; y si acaso la antorcha se apaga, los tropiezos también son muchos. Tu luz ahuyentará nuestra oscuridad. R., ¡Bendito sea Aquel que te ha hecho nuestra lámpara!
    11. Nombra para ti escribas y jueces, también recaudadores y dispensadores, también supervisores y oficiales: a cada uno asigna su trabajo, no sea que por la preocupación se oxiden, o por la ansiedad se distraigan, la mente y la lengua, con las que ofreces súplica, para la expiación de todo el pueblo. R., ¡Bendito sea Aquel que hace ilustre tu ministerio!
    12. Que él purgue su mente, y limpie también su lengua; que purifique sus manos, y haga resplandecer todo su cuerpo; esto es demasiado poco para el sacerdote y su título, que ofrece el Cuerpo Viviente. Que se limpie todo a sí mismo a todas horas; pues está como mediador, entre Dios y la humanidad. R., ¡Bendito sea Aquel que ha limpiado a Sus ministros!

    Himno 19

    Himno 19

    1. Tú que respondes al nombre de Abraham, en que eres hecho padre de muchos; pero porque para ti no hay esposa, como Sara lo fue para Abraham—he aquí, tu rebaño es tu esposa; cría a sus hijos en tu verdad; que sean para ti hijos espirituales, y que los hijos sean hijos de promesa, para que lleguen a ser herederos en el Edén. R., ¡Bendito sea Aquel que te prefiguró en Abraham!
    2. Hermoso fruto de castidad, en quien el sacerdocio se complació, el menor entre tus hermanos como lo fue el hijo de Jesé; el cuerno se derramó y te ungió, la mano descendió y te eligió, la Iglesia te deseó y te amó; el altar puro es para tu ministerio, el gran trono para tu honor, y todo como uno para tu corona. R., ¡Bendito sea Aquel que multiplicó tu coronación!
    3. ¡He aquí tu rebaño, oh bendito, levántate y visítalo, oh diligente! Jacob ordenaba los rebaños; ordena las ovejas que tienen habla, e ilumina a los jóvenes vírgenes en pureza, y a las vírgenes doncellas en castidad; levanta sacerdotes en honor, gobernantes en mansedumbre, y un pueblo en justicia. R., ¡Bendito sea Aquel que te llenó de entendimiento!
    4. Guarda las ovejas que están sanas, y visita a las que están enfermas, y venda a las que están quebradas, y busca a las que están perdidas; aliméntalas en los pastos de las Escrituras, y dales de beber del manantial de doctrina: que la verdad sea muro para ti, que la cruz sea báculo para ti, y la veracidad sea paz para ti. R., ¡Bendito sea Aquel que multiplicó tus virtudes!
    5. Que haya contigo en tu rebaño el poder que estuvo con David; pues si él arrebató una cordera descarriada de la boca del león, ¡cuán apropiado es para ti, oh exaltado, ser celoso en arrebatar del Maligno las almas que son preciosas sobre todo, pues por nada pueden ser compradas, salvo por la sangre de Cristo! R., ¡Bendito sea Aquel que fue vendido y compró todo!
    6. A Moisés sirvió Josué, y por la recompensa de su servicio, de él recibió la diestra. Porque a un ilustre anciano has servido, él también te dio la diestra. Moisés encomendó a Josué un rebaño del cual la mitad eran lobos; pero a ti se te entrega un rebaño, del cual un cuarto, sí, un tercio está santificado. R., ¡Bendito sea Aquel que adornó tu rebaño!
    7. Que el amor de Moisés permanezca en ti, pues su amor era un amor discernidor, su celo un celo discreto. Cuando Coré y Datán se separaron, él separó la tierra de debajo de ellos; separando hizo cesar la separación. En Eldad y Medad dio a conocer que su buena voluntad era enteramente esta: que todo el pueblo profetizara. R., ¡Bendito sea Aquel que en Su buena voluntad fue reconciliado!
    8. La pobre condición de Elías, Eliseo amó más que la riqueza; un pobre dio a un pobre un don que era grande sobre todo. Porque has amado la pobreza de tu maestro que en secreto era rico, la fuente de sus palabras fluirá de ti, para que llegues a ser un arpa para el Espíritu, y cantes para ti interiormente Su buena voluntad. R., ¡Bendito sea Aquel que te hizo Su tesoro!
    9. No hay nadie que envidie tu elección, pues mansa es tu jefatura; no hay nadie enojado por la reprensión, pues tu palabra siembra paz; no hay nadie aterrorizado por tu voz, pues agradable es tu visitación; no hay nadie que gima contra tu yugo, pues él trabaja en lugar de nuestro cuello, y aligera la carga de nuestras almas. R., ¡Bendito sea Aquel que te eligió para nuestro descanso!
    10. No contiendas con los poderosos, no desesperes del desechado; ablanda y enseña al rico, exhorta y gana al pobre; con los ásperos une a los sufridos, y la longanimidad con los iracundos; atrapa a los malos por medio de los buenos, y a los que despojan por medio de los que dan, y a los contaminados por medio de los santificados. R., ¡Bendito sea Aquel que te hizo nuestro cazador!
    11. Toma para ti diez mil medicamentos, y levántate y ve entre los enfermos; al enfermo ofrece medicina, y al que está sano un preservativo; no ofrecerás un solo medicamento, no sea que para la enfermedad acaso no sea apropiado: ofrece muchos remedios, para que la enfermedad encuentre sanidad; así también aprenderás experiencia. R., ¡Bendito sea Aquel que trabajó para sanar nuestras heridas!
    12. ¡Que la tierra sea según tu deseo; que la viña sea según tu labranza; que el rebaño esté en medio de tu morada, y las ovejas sanas bajo tu cayado! ¡Que tú seas una gran Cabeza, y nosotros las joyas de tu corona! ¡Que nosotros seamos hermosos en ti y tú seas hermoso en nosotros! Pues son buenos el uno en el otro, pueblo y sacerdote cuando están unidos. R., ¡Bendito sea Aquel que ha sembrado entre nosotros la unidad!
    13. Escucha al Apóstol cuando dice, a aquella virgen a la que había desposado: Celoso estoy de vosotros con celo, con un celo ciertamente de Dios, no de la carne sino del espíritu. Sé celoso tú también con pureza, para que Él sepa qué es ella y de quién es. En ti que ella aprecie, y en ti que ella ame, a Jesús el Esposo en verdad. R., ¡Bendito aquel cuyo celo es santo!
    14. Como son sus maestros, así son sus maneras: pues con el maestro que se rezaga, ella es rezagada, y con el que es noble, excelente es ella. La Iglesia es como un espejo, pues según el rostro que lo contempla, así asume su semejanza. Pues como es el rey, así también su hueste, y como es el sacerdote, así también su rebaño; según como son estos, así se imprime en ellos. R., ¡Bendito sea Aquel que la imprimió en Su semejanza!
    15. Sin testamento partieron, aquellos tres ilustres sacerdotes; quienes en los Testamentos solían meditar, aquellos dos Testamentos de Dios. Gran ganancia nos legaron, aun este ejemplo de pobreza. Ellos, que nada poseían, los bienaventurados, nos hicieron sus posesiones; la Iglesia era su tesoro. R., ¡Bendito aquel que poseyó en ellos sus posesiones!
    16. El sacerdote Jacob el noble, con él ella fue ennoblecida como él lo era: porque unió su amor a su celo, de temor y amor fue revestido. Con Babes, amante de la liberalidad, por dinero ella redimió a los cautivos. Con Valgesh, escriba de la ley, su corazón abrió a las Escrituras. ¡Contigo pues sea su provecho múltiple! R., ¡Bendito sea Aquel que ha engrandecido a sus mercaderes!

    Himno 20

    Himno 20

    1. Oh joven virgen que te has hecho esposo, mueve tu mente a un poco de celo hacia ella que es la esposa de tu juventud: corta los apegos que ella tenía en su niñez con muchos otros; repréndela y reúne sus afectos, para que sepa qué es ella y de quién es. En ti que ella desee, sí, ame a Cristo el Esposo de la verdad. R., ¡Bendito sea Aquel que la desposa con Su Unigénito!
    2. Sé celoso, oh labrador, contra la cizaña que ha brotado y se ha enredado entre el trigo. Fácil es arrancar la espesura, antes que lo despreciado: si una ligera brisa la lleva, ataca la siembra y la vence. Lo que tres labradores han sembrado, ¡que vuelva en medida triple! ¡Treinta veces y sesenta y ciento por uno! R., ¡Bendito sea Aquel que enriquece tu aumento!
    3. Un nuevo pastor para él es apropiado, que supervise el rebaño de manera nueva, y que conozca cuál es su número, y que vea cuáles son sus necesidades. Un rebaño es que fue comprado con la sangre, de aquel jefe de los pastores. Llama y haz pasar cada oveja por su nombre, pues es un rebaño cuyo nombre está escrito, y su cuenta en el Libro de la vida. R., ¡Bendito sea Aquel que exigirá su número!
    4. ¡He aquí, la esposa de tu Señor está contigo! Guárdala de todo daño, y de hombres que obran corruptamente, y llaman a las congregaciones por sus propios nombres. El nombre de su esposo está puesto sobre ella; que no vaya a prostituirse por otro nombre, pues no fue bautizada en nombre de hombre; con los Nombres en los que fue bautizada, que haga confesión, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. R., ¡Bendito sea Aquel por Cuyo Nombre es llamada!
    5. El Apóstol su desposador estaba celoso por ella, para que no fuera corrompida por nombres, y sin embargo no por nombres que fueran falsos, sino ni siquiera por nombres que fueran verdaderos; no por Cefas, sí, no por su nombre. Los que eran verdaderos desposadores pusieron el Nombre de su desposado sobre ella; los falsos desposadores como rameros, pusieron sus propios nombres sobre el rebaño. R., ¡Gloria sea a Tu Nombre, nuestro Creador!
    6. El sello sobre las criaturas vivientes, oh hermanos míos, nadie lo destruye abiertamente; y un nombre que está firmado en una carta, nadie lo añade ni lo altera: quien borra el sello es un ladrón; y quien altera el nombre es un falsificador. El nombre de Cristo ha sido alterado; nombres de falsedad, ¡he aquí! Han sido puestos sobre las congregaciones que han sido corrompidas. R., ¡Bendito sea Aquel que ha llamado a Su rebaño por Su Nombre!
    7. Mira a los Profetas y Apóstoles, ¡cuán semejantes son unos a otros! Por los Profetas el Nombre de Dios fue puesto sobre el rebaño de Dios; y por los Apóstoles el Nombre de Cristo fue puesto sobre la Iglesia de Cristo. Los falsos desposadores también son semejantes unos a otros, pues por sus nombres son llamadas las congregaciones que se prostituyen con ellos. R., ¡Bendito sea Aquel en Cuyo Nombre somos santificados!

    Himno 21

    Himno 21

    1. Juan, que era una antorcha, puso al descubierto y reprendió a los disolutos: ellos se apresuraron y apagaron la antorcha, para soltar el deseo de su lujuria. Sé una lámpara en resplandor, y haz cesar las obras de oscuridad, para que cuando brille tu doctrina, ningún hombre se atreva a su salida a prestar oído a las lujurias de la oscuridad. R., ¡Bendito sea Aquel que te hizo nuestra lámpara!
    2. Una gran bendición estaba oculta en ella, aun en la reprensión de Elías. Eliseo le sirvió y buscó una recompensa doble de su servicio. Doble gloria le dio, pues en doble medida fue revestido de sus virtudes. Tú que has amado la reprensión de Valgesh tu maestro rico en dones, ¡que heredes el tesoro de su sabiduría! R., ¡Bendito sea Aquel que enriquece tu Doctrina!
    3. ¡Que la gula sea vencida por tu ayuno como por el ayuno de Daniel! ¡Que la lujuria sea confundida ante tu cuerpo, como fue confundida ante José! ¡Que el amor al dinero sea vencido por ti! Como fue vencido ante Simón, que ates en la tierra como él, y desates en lo alto según su semejanza; ¡pues tu fe es como la suya! R., ¡Bendito sea Aquel que te encomendó Su ministerio!
    4. Tu castidad sea como la de Eliseo, y tu celibato como el de Elías, el pacto con tus ojos como el de Job, tus tiernas misericordias como las de David; sin envidia como Jonatán, tu firmeza como la de Jeremías, tu mansedumbre como la de los Apóstoles. Tuyas sean las cosas antiguas de los profetas, tuyas las cosas nuevas de los Apóstoles. R., ¡Bendito sea Aquel que te llenó de sus tesoros!
    5. ¡Sé una corona para el sacerdocio, y en ti haz resplandecer el ministerio! Sé un hermano para los ancianos, asimismo un supervisor para los diáconos; sé un maestro para la juventud, un báculo y una mano para la vejez; sé un muro para las vírgenes consagradas. En tu conversación que prevalezca el pacto, y la Iglesia en tu hermosura sea adornada. R., ¡Bendito sea Aquel que te eligió para ser sacerdote!
    6. En tu pobreza sea reducida a nada la odiosa costumbre de la casa de Giezi; en tu santidad sea abolida la abominable costumbre de la casa de Elí; en tu unidad sea eliminado el saludo traicionero de los labios de Iscariote el engañador. ¡Derrama todo nuestro pensamiento, y fórmalo de nuevo desde el principio! R., ¡Bendito sea Aquel que en tu crisol nos refina!
    7. ¡En tu conversación que Mamón sea avergonzado, que ha sido señor sobre nuestra libertad! Que la enfermedad sea quitada de nosotros, que nos es acostumbrada y nos es agradable; ¡abolí las causas que han mantenido costumbres llenas de daño! Las cosas malas nos han poseído por la costumbre: ¡que las cosas buenas nos posean por la costumbre! Sé, oh Señor, la causa de ayuda para nosotros. R., ¡Bendito sea Aquel que te eligió para nuestra vida!
    8. Que las costumbres malas sean cortadas: que la Iglesia no posea riqueza; para que ella esté satisfecha, que posea almas, y si así está satisfecha, que sea en medida maravillosa. Y que sus difuntos no sean sepultados en el corte de la esperanza de manera pagana, con vestiduras y lamentaciones y gemidos; pues el vivo está vestido con ropa, pero para el difunto todo es un ataúd. R., ¡Bendito sea Aquel que a nuestro polvo nos vuelve de nuevo!
    9. Una causa de mal es la lujuria, también la codicia de la casa de Elí, y el latrocinio de la casa de Giezi, y la injuria de Nabal. Cierra estos odiosos manantiales, no sea que haya un gran derramamiento, y de él venga contaminación, y aun tú seas alcanzado por su desbordamiento. ¡El Señor refrene sus derramamientos! R., ¡Bendito sea Aquel que secó sus desbordamientos!
    10. Al anciano concédele la palabra; al joven imponle silencio; pues el extranjero que viene a ti aprende de ti por tu disciplina, a saber, quién habla primero, y quién segundo y tercero: y si cada hombre guarda su boca, y cada hombre conoce su grado, te llamarán bienaventurado. R., ¡El Señor cumpla tu deseo!
    11. Que la voz de tu verdad sea única y tus voces asumidas sin número; la imagen de la veracidad en tu corazón, y en tu rostro todos los aspectos: tristeza, alegría y debilidad. Al que yerra muestra que estás airado; al que es casto muestra que estás contento. Sé único hacia la Deidad, y para la humanidad sé múltiple. R., ¡Bendito sea Aquel que con todos los hombres es todas las cosas!
    12. Si oyes un informe malo, de hombres veraces que no engañan, derrama lágrimas para apagar el fuego que arde en otros; que los sabios oren contigo, y nombra un ayuno para los que tienen conocimiento, y que tu morada esté en duelo por aquel que está perdido en el pecado, para que vuelva en arrepentimiento. R., ¡Bendito sea Aquel que encontró la oveja que estaba perdida!
    13. A todo hombre no des tu oído, no sea que los mentirosos te abrumen; a todo hombre no prestes tu pie, no sea que los viles te desvíen; a todo hombre no des tu alma, no sea que los insolentes te pisoteen. Guarda tu mano del hombre falso, no sea que recoja espinas en tu mano. Está lejos y cerca a la mano. R., ¡Bendito sea Aquel que está cerca aunque lejos!
    14. ¡He aquí, la fama del nuevo rey resuena y viene al mundo! Para los despojados es consuelo, y para los despojadores terror. Sobre los codiciosos ha venido el vómito, para que devuelvan todo lo que han tragado. Que sean atemorizados también delante de ti, para que entre un sacerdote y un rey justo, las antiguas costumbres sean abolidas. R., ¡Bendito sea Aquel que se airó, y se vuelve y tiene misericordia!
    15. Hay quien encuentra oportunidad y se aventura, y hay quien fuerza y obliga su voluntad. Uno piensa que el juicio está reservado, y otro que no ha de ser en absoluto. Hay quien roba y apaga su sed, y hay quien roba y tiene sed de robar. Los ricos roban y los pobres; pero los hambrientos roban con medida, y los saciados roban sin medida. R., ¡Bendito sea Aquel que ha escudriñado todas las voluntades!
    16. Pero ahora Él ha dado oportunidad, y cada hombre ha mostrado su voluntad, de qué tipo es y a qué se asemeja, y qué ha elegido para sí en lugar de qué otra cosa. Él ha quitado la tentación de cada hombre, no sea que aun el que no es odioso lo niegue. Nos ha dado oportunidad para que entendamos que mejor es considerar este poder es castigo que aprovecha mucho. R., ¡Bendito sea Aquel que para nuestro provecho nos reprende!
    17. Pues Él no quiere por compulsión echar Su yugo sobre nuestro cuello; nos dio oportunidad y nos ensoberbecimos, para que así cuando nos rebelamos y fuimos castigados, amáramos Su yugo ligero, eligiéramos Su báculo agradable. Nuestro descanso nos es muy fatigoso, pues en Su compulsión hay descanso, y en Su yugo hay alivio. R., ¡Bendito sea Aquel cuyo trabajo es gozo!
    18. El mundo entero como un cuerpo había caído en una grave enfermedad; pues en la fiebre del paganismo ardía y languidecía y caía. La diestra de la tierna misericordia lo tocó, y trató con su alma en piedad; y cortó rápidamente su paganismo, pues aquello era la causa de su enfermedad, y fue purgado y sudado y restaurado. R., ¡Gloria sea a la Mano que ha sanado!
    19. La tierra tendrá paz en tus días, pues te ha visto que estás lleno de paz. En ti serán construidas las iglesias, y serán vestidas con sus ornamentos, y sus libros serán abiertos en ellas, y sus mesas serán extendidas, y sus ministros serán adornados; de ellas subirá la acción de gracias, como primicias al Señor de la paz. R., ¡Bendito sea Aquel que reanima nuestras Iglesias!
    20. ¡Que tu oración suba al cielo, que con ella suba la reconciliación! Que el Señor del Cielo haga llover Sus bendiciones sobre nuestro [], y Sus consolaciones sobre nuestras aflicciones, y Su recogimiento sobre nuestra dispersión: ¡que despierte Su celo con Su amor; que Su justicia vengue nuestra desgracia, que Su gracia borre nuestra iniquidad! R., ¡Bendito sea Aquel que bendice a Su rebaño!
    21. El primer sacerdote y el primer rey, aun como si estuvieran retratados el uno en el otro, estaban equilibrados como en balanzas. Así también Valgesh y así también el hijo de aquel rey, pues eran suaves y tranquilos. ¡Que estos últimos sean semejantes el uno al otro; que los sacerdotes sean luces resplandecientes, que el rey sean luces ardientes, asimismo jueces ilustres! R., ¡Bendito sea Aquel que ha iluminado nuestras almas!
    22. Del oficio del rey, las leyes; y del oficio del sacerdote, las propiciaciones. Que ambos sean suaves es odioso; que ambos sean fuertes es penoso. Que uno sea fuerte y uno sea tierno; en prudencia y en discreción, que el temor con la misericordia sean mezclados. Que nuestro sacerdocio sea tierno, asimismo nuestro rey fuerte. R., ¡Bendito sea Aquel que ha mezclado nuestras ayudas!
    23. ¡Que los sacerdotes oren por los reyes, para que sean un muro para la humanidad! ¡De junto a los reyes sea la victoria; y de junto a los sacerdotes la fe! ¡Que la victoria salve nuestros cuerpos, y la fe nuestras almas! ¡Que los reyes pongan fin a la guerra; que los sacerdotes pongan fin a la contienda! ¡Que cesen las disputas y las riñas! R., ¡Bendito sea el Hijo de Aquel que da paz a todos! ¡Alabanza a Ti por Tu don!
    Comentario editorial · 363: la ciudad cedida
    Gwynn sitúa los Himnos 17 a 21, que celebran el ascenso del obispo Abraham, entre 361 y 363, el año en que Nísibis fue abandonada por sus habitantes cristianos tras la paz que el emperador Joviano firmó con Sapor. Las fuentes cuentan la salida de dos maneras: Gwynn dice que Efrén y toda la población cristiana fueron expulsados por Sapor; Wikipedia (en) dice que las autoridades romanas obligaron a la población a trasladarse a Amida, con un plazo de tres días, y que Efrén, tras pasar por allí, se estableció en Edesa. El mapa recoge ese itinerario y la visita a Basilio en Cesarea que Gwynn sitúa después de 370.
    Mapa esquemático del sureste de Anatolia con Nísibis, Amida, Edesa y Cesarea de Capadocia; una línea discontinua une Nísibis, Amida y Edesa, y otra Edesa con Cesarea
    De Nísibis a Edesa en 363 y la visita a Basilio hacia 370. Itinerarios esquemáticos, no las rutas históricas. · Elaboración propia para Eusebeia · costas de Natural Earth (dominio público); coordenadas de Wikidata

    Sobre Satanás y la Muerte, I

    Himno 35

    Himno 35

    [Sobre nuestro Señor, y sobre la Muerte y Satanás.]
    1. La Voz hizo proclamación: y se reunieron y vinieron; las huestes del Maligno, junto con sus ministros. El ejército de la cizaña se reunió todo entero, pues vieron que Jesús había triunfado, para pena de todos los de la izquierda, porque no había ninguno de ellos que no hubiera sido atormentado. Comenzaron uno a uno a relatar todo cuanto habían sufrido. El Pecado y el Infierno se aterraron: la Muerte tembló y los muertos se rebelaron; y Satanás, porque los pecadores se rebelaron contra él. R., ¡A Ti sea la gloria, porque el Maligno Te vio y se turbó!
    2. El Pecado clamó en voz alta; dio consejo a sus hijos, a los demonios y a los diablos, y les dijo: Legión, la cabeza de vuestras filas, ya no existe; el mar lo ha tragado a él y a su compañía; y asimismo vosotros, hijos míos, si lo despreciáis, este Jesús os destruirá. Vosotros, que con un lazo prendisteis a Salomón, es por tanto un oprobio para vosotros que seáis vencidos por sus discípulos, pescadores y hombres ignorantes; pues he aquí, ellos han tomado la redada de hombres que había sido tomada por nosotros.
    3. Esto es grande, por encima de todos los males (dice el Maligno, acerca de nuestro Salvador); pues no le basta habernos despojado, sino que además ha comenzado contra nosotros la retribución por Jonás, hijo de Amitai. En Legión, por tanto, vengaba a Jonás cuando lo apresó y lo arrojó al mar. Jonás salió después de tres días y subió; pero Legión no, ni aun después de mucho tiempo, porque la hondura del mar se cerró sobre él a la orden.
    4. Lo tenté, después de su ayuno, con pan agradable, pero Él no lo deseó. Para mi pesar me esforcé en aprender un salmo, para con su salmo apresarlo como presa; me detuve y lo aprendí por segunda vez, pero Él hizo vana mi segunda prueba. Lo llevé a un monte y le mostré todas las posesiones; se las di y Él no se conmovió. Mejor me fue en los días de Adán, que no me dio gran trabajo al instruirlo.
    5. El Maligno cesó de su actividad y dijo: Una causa de ociosidad es para mí este Jesús; pues he aquí, los publicanos y las rameras se refugian en Él. ¿Qué trabajo buscaré para mí? Yo, que era maestro de todos los hombres, ¿de quién seré discípulo? El Pecado dijo a su vez: Es preciso, por tanto, que abandone y cambie lo que soy; pues este Hijo de María que ha venido, como nueva creación, ha creado a la humanidad.
    6. La Muerte glotona se lamentó y dijo: He aprendido el ayuno, que antes no conocía; he aquí, Jesús reúne multitudes, pero en cuanto a mí, en su fiesta se proclama un ayuno para mí. Un solo hombre ha cerrado mi boca, a mí, que he cerrado la boca de muchos. El Infierno dijo: refrenaré mi codicia; el hambre, por tanto, es mía: este Hombre triunfa como en las bodas, cuando cambió el agua en vino; así cambia el vestido de los muertos en vida.
    7. Y además, Dios hizo un diluvio, lavó la tierra y purgó sus crímenes; fuego y azufre envió de nuevo sobre ella, para hacer blancas sus manchas. Por el fuego me dio a los sodomitas, y por el diluvio a los gigantes. Cerró la boca de las huestes de Senaquerib, y abrió la boca del Infierno. Estas cosas y otras semejantes, yo amaba. Pero ahora, en lugar de mortales visitaciones de justicia, ha obrado en su Hijo la vivificación de los muertos por la gracia.
    8. Profetas y justos, dijo el Maligno a sus compañeros, han sido vistos por mí; y aunque su fuerza era sumamente poderosa, había en ellos un sabor de lo que es mío; pues la materia de que están hechos los hijos de los hombres es afín a nuestro cielo. Este hombre se ha vestido con el cuerpo de Adán, y nos turba, porque nuestra levadura no tiene poder sobre Él. Es hombre, por tanto, y Dios; pues su humanidad está entremezclada en su Deidad.
    9. Adán fue visto por mí, aquella fuente de donde fluyeron todas las razas de los hombres; a sus hijos los he buscado y probado uno por uno. Sin embargo, no he visto desde el principio a un hombre del que una parte fuera de Dios, y la otra mitad, hombre. A Moisés, que resplandecía en su esplendor, lo tenté de nuevo, y en su lengua lo hice errar; pero a este hombre, ciertamente no, no en su mente, porque en extremo pura es la fuente de sus pensamientos.
    10. La concupiscencia del cuerpo está en todos los cuerpos; pues aun mientras duermen, despierta en ellos. A aquel que en sus horas de vigilia se conserva puro, por medio de un sueño lo perturbo. Las heces del cuerpo se agitan en él, por un movimiento secreto en lo interior. A los que duermen y a los que velan, además, turbo por igual. Este es Aquel que solo se conserva puro, a quien ni siquiera en un sueño puedo turbar, quien aun en su sueño es puro y santo.
    11. Pero aun su infancia fue distinta de la de los niños que he visto; pues no he visto en Él ninguna parte de lo que es mío. Tuve miedo de su infancia; por eso incité a Herodes, para que fuera muerto entre los infantes. También por esto, que escapó, tuve gran temor, ¡pues cómo descubrió nuestro misterio! Recibió las ofrendas de los Magos; nos despreció, se fue y escapó de nuestra espada.
    12. He visto niños, hijos de justos; sí, también jóvenes, hijos de mujeres castas; y los he movido desde el vientre, uno por uno, y he visto en ellos nuestra levadura. Porque eran hombres iracundos e injuriosos, sí, también furiosos y glotones; frutos eran que debían madurar y endulzarse por la instrucción. Pero este hombre, desde su primera plantación, fue fruto bueno que poseía dulzura, con la cual los pecadores fueron endulzados.
    13. Aun cuando era un infante, era maestro de los hijos de los hombres, por el resplandor que había sobre Él. Aun el sacerdote, al llevarlo en brazos, se asombró de Él. Estaba vestido de la prudencia de los ancianos. José se mantenía aparte de Él: su madre se gloriaba en su presencia. Fue ayuda en su infancia para todo el que lo veía; fue provecho para los que lo conocieron desde el día en que entró en el mundo; fue auxiliador de la humanidad por sus excelencias.
    14. ¿De dónde ha brotado ante mí este fruto de María, la uva cuyo vino no es según la naturaleza? Pues he aquí, estoy entre dudas. Apartarme y dejarlo, temo, no sea que por su enseñanza sean endulzados ellos, que han ganado con amargura. Pero, por otra parte, pisarlo y aplastarlo me da terror, no sea que acaso se vuelva vino nuevo para los pecadores, y cuando se embriaguen con él, he aquí, olviden sus ídolos.
    15. He aquí, temo ambas cosas, tanto su muerte como también su vida. Entonces los ministros del Maligno le respondieron y le aconsejaron. Aunque ambas cosas sean penosas, algo más leve es para nosotros la pena, que elijamos su muerte antes que su vida. Que la Muerte nos diga si alguno de entre los justos ha sido alguna vez, desde el principio, despertado de nuevo. Los hijos de los Gigantes y los renombrados, no hay ninguno que haya salido de ella, ni aun del Infierno, el Devorador.
    16. El soplar del viento un hombre puede rastrearlo; pero al Hijo de María, ¿quién lo escudriñará? Pues cuando lloró, con sus lágrimas me robó; y de nuevo, cuando le mandé arrojarse desde el santo Templo, pensé que por temor no se arrojó; sin embargo, cuando lo arrojaron desde la cima del monte, voló por el aire. Junto al pozo, estando cansado, se sentó. Su variabilidad no la comprendo, pues lo mismo sobre la tierra seca que sobre el agua camina.
    17. Lo he visto, que tuvo hambre, como Hijo del hombre; pero esto fue anulado por el pan que multiplicó. Desde el principio lo probé, y vine a Él; Él me preguntó a mí como si no me conociera; pero también esto fue anulado, cuando mostró que conocía nuestros secretos. De nuevo eligió a Iscariote, como si no lo conociera; luego se volvió y mostró que lo conocía, aunque él ataba y desataba. Me equivoqué con Él, pues fue bautizado, salió y me abrumó.
    18. Pero hay una señal que he visto en Él, que me alienta sobremanera por encima de todo. Pues mientras oraba lo vi y me alegré, porque mudó de color y tuvo miedo: su sudor era como gotas de sangre, porque sentía que había llegado su día. Esto me es agradable, sobremanera por encima de todo, si no es que, engañando, me ha engañado en ello. Pero si con engaño me ha engañado, esto es tanto para mí como para vosotros por igual, ministros míos.
    19. Entonces gritó la multitud de los demonios y dijo: Odiosa es la señal que vemos en ti, pues jamás desde el principio te ha sucedido así. En consejos prontos eras excelente: el Hijo de María captura nuestras ciudades, mientras tú prolongas tu discurso. Levántate, sal, luchemos con Él, pues sería un oprobio para nosotros que, siendo muchos, fuéramos vencidos por uno. Y si tienes dolor o miedo, danos consejo para la batalla y quédate atrás.
    20. A este Jesús, de sus propias palabras es de donde le enseñaré a Él y guerrearé contra Él; pues Él dijo que ese, incluso Satanás, está dividido, él contra sí mismo, y que no puede permanecer. Aunque Él desea pelear contra nosotros, Él nos ha dado armas que están contra Él mismo: tomad y dividid para mí a sus discípulos, porque si los dividís, con estos los venceréis, aun con Eva y la serpiente, las débiles potencias, con las cuales vencí al primer Adán.
    21. La Muerte respondió al Maligno y le dijo: ¿Por qué no te demoras según tu costumbre? Pues he aquí, son los despreciados y los más pequeños a los que atrapas según tu costumbre: a Jesús, que es grande sobre todos, ¿con qué has procurado atraparlo? La experiencia de sus armas te mueve a temor, las cuales arrojó contra ti cuando fue tentado por ti. Tú y yo con tus seguidores, toda nuestra hueste es demasiado poca para la batalla contra Él, el Hijo de María.
    22. Aconsejo, pues, si esta contienda nuestra nos permite hacer algo: entra en aquel discípulo, desátate, para que la cabeza hable con las cabezas; y suelta toda tu hueste, que vaya y agite a los fariseos. Y ten cuidado, no sea que hables con contienda, como acostumbras. Si eres un dios, desciende de ahí, bésalos con cariño y entrégalo; y he aquí, traeremos sobre Él la envidia y la espada de los levitas.
    Comentario editorial · La Muerte y Satanás toman la palabra
    Según Gwynn, la serie completa tenía 77 himnos; los 34 primeros tratan de la Iglesia de Nísibis, de Carras (Harrán) y de una ciudad sin nombre, probablemente Edesa, y de este himno 35 en adelante el tema es la Muerte y la resurrección. Los himnos 35–42 son monólogos o diálogos de la Muerte y de Satanás; los 52–68, parecidos, añaden al Hombre como tercer interlocutor. Gwynn juzga que los himnos 35–42 parecen de la etapa de Edesa, bajo Valens y por tanto posteriores a 363, y remite a la mención de Edesa en el himno 42. Aquí hablan además el Seol y el Pecado, y el estribillo «R.» sigue cerrando muchas estrofas.

    Himno 36

    Himno 36

    1. Nuestro Señor sometió su poder y lo contuvo, para que su muerte vivificante diera vida a Adán. Entregó sus manos a la perforación de los clavos, en lugar de la mano que arrancó el fruto; fue golpeado en la mejilla en la sala del juicio, en lugar de la boca que lo comió en Edén. Y porque su pie sacó de allí a Adán, sus pies fueron traspasados. Nuestro Señor fue despojado, para hacernos modestos; con la hiel y el vinagre endulzó la amargura de la serpiente, que había derramado sobre la humanidad. R. ¡Bendito sea Aquel que me dio la victoria y vivificó a los muertos para su gloria!
    2. (La Muerte.)— Si Tú eres Dios, muestra tu poder; y si Tú eres hombre, siente nuestro poder. Y si es a Adán a quien buscas, ¡vete! A causa de sus transgresiones está encerrado aquí; Querubines y Serafines no aguardan, para pagar su deuda en lugar de él. No hay entre ellos ninguno mortal, como para dar su vida en su lugar. ¿Quién puede abrir la boca del infierno, y descender y sacarlo de ella, que lo ha tragado y lo retiene, y eso para siempre!
    3. Yo soy Aquel que ha vencido a todos los sabios; y he aquí, en los rincones están amontonados para mí en el infierno. Ven, entra, hijo de José, y mira cosas terribles; los miembros de los gigantes, el cadáver poderoso de Sansón, y el esqueleto del obstinado Goliat; Og, además, el hijo de los gigantes, que se hizo un lecho de hierro y se acostó en él, de donde yo lo arrojé y lo derribé; aquel cedro lo abatí hasta la puerta del infierno.
    4. Yo solo, por mí mismo, he vencido multitudes, ¿y viene uno solo a querer vencerme? Profetas y sacerdotes y hombres de renombre me he llevado; he vencido a reyes en sus ejércitos, y a poderosos en sus cacerías, y a justos en sus excelencias. Ríos de cadáveres son arrojados por mí al infierno, y aunque se derraman en ella, ella tiene sed. Ya esté uno cerca, ya esté lejos, el fin lo trae a la puerta del infierno.
    5. Desprecié la plata de mano de los ricos, y sus ofrendas no me corrompieron. Los señores de esclavos jamás me persuadieron a tomar un esclavo en lugar de su señor, y un pobre en lugar de un rico, o un viejo en lugar de un niño. En cuanto a los sabios capaces de encantar a las fieras, sus encantos no entran en mis oídos. Aborrecedor de la persuasión me llaman todos los hombres; y yo hago aquello que me es mandado.
    6. ¿Quién es este, o de quién es hijo, o cuál es su linaje, que me ha vencido? El libro de las familias está junto a mí; he aquí, entré y leí y estudié los nombres desde Adán hasta ahora, y no olvido a ninguno de los muertos. Familia por familia, he aquí, están escritos sobre mis miembros. A causa de Ti, oh Jesús, entré e hice un recuento, para mostrarte que no hay ninguno que escape de mis manos.
    7. Sin embargo, hubo dos hombres (no miento) cuyos nombres se me escaparon en el Infierno. Porque Enoc y Elías no vinieron a mí. En todo el mundo los he buscado; sí, allí donde descendió Jonás, descendí y busqué, y no estaban. Y aunque supongo que al Paraíso han entrado y escapado, un poderoso Querubín lo guarda. La escalera que vio Jacob, ¿y si acaso por ella han entrado en el Cielo!
    8. ¿Quién ha medido la arena del mar, y ha dejado caer solo dos granos? En esta siega en la que trabajan cada día las enfermedades como segadores, yo solo llevo los manojos y los recojo; otros segadores, al apresurarse, dejan caer manojos. Los vendimiadores pasan por alto racimos; pero dos uvas se me han escapado, en aquella gran vendimia que yo solo he recogido.
    9. Yo soy aquel que ha tomado (dijo la Muerte), en mar y en tierra seca, toda presa en la caza. Las águilas del aire vienen a mí; sí, y los dragones del abismo; reptiles y aves y ganado; ancianos, jóvenes y niños. Estos te convencerán, oh Hijo de María, de que este mi poder domina sobre todo. Tu cruz, ¿cómo me vencerá, a mí que por un árbol, he aquí, he prevalecido y vencido desde antiguo?
    10. Pero yo deseaba hablar aún más, pues no me faltan palabras; sí, no he de buscar palabras, porque he aquí, los hechos me llaman de cerca. No como tú hago promesa a los simples de cosas secretas, de que en verdad ha de haber una resurrección en algún tiempo u otro. Si, pues, eres muy poderoso, da una prenda presente, para que también tu promesa lejana sea creída.
    11. La Muerte terminó su discurso de burla; y la voz de nuestro Señor resonó en el Infierno, y Él clamó con fuerza y reventó los sepulcros uno por uno. Temblores se apoderaron de la Muerte; el Infierno, que jamás desde antiguo había sido iluminado, en él fulguraron resplandores, de los Vigilantes que entraron y sacaron a los muertos al encuentro del que estaba muerto y da vida a todos. Los muertos salieron, y los vivos se avergonzaron, ellos que pensaban que habían vencido al Dador de vida de todos.
    12. Pero ¿quién me dio el día de Moisés (dijo la Muerte), quién me hizo un festín? Pues aquel cordero que fue inmolado en Egipto me dio, de cada casa, la primicia: montones y montones de primogénitos; a la puerta del Infierno me los amontonó. Pero este Cordero de la fiesta ha despojado al Infierno; de los muertos ha tomado título y los ha arrebatado de mí. Aquel cordero llenó los sepulcros para mí; pero este ha vaciado los sepulcros que estaban llenos.
    13. La muerte de Jesús es para mí un tormento; prefiero para mí su vida antes que su muerte. Este es el Muerto cuya muerte (¡he aquí!) me es odiosa; en la muerte de todos los demás hombres me regocijo, pero su Muerte, aun la suya, la detesto; espero que Él vuelva a la vida. Mientras vivía, devolvió la vida y restauró a tres que estaban muertos; pero ahora, por su muerte, a la puerta del Infierno me han pisoteado, los muertos que han vuelto a la vida, a quienes yo iba a encerrar.
    14. Me apresuraré y cerraré las puertas del Infierno, antes de que este Muerto, cuya muerte me ha despojado, entre. Quien lo oiga se asombrará de mi humillación: que por un muerto que está fuera yo sea vencido. Todos los muertos buscan salir, pero este se apresura a entrar. Una medicina de vida ha entrado en el Infierno, y ha devuelto la vida a sus muertos. ¿Quién, pues, ha traído y me ha ocultado ese fuego viviente en el cual han reposado las frías y oscuras cavidades del Infierno?
    15. La Muerte ha visto a los Vigilantes en el Infierno; a los inmortales en lugar de los mortales; y dijo: La confusión ha entrado en nuestra morada, pues en estas dos cosas hay tormento para mí: que los muertos han salido del Infierno, y que los Vigilantes que no mueren han entrado en él. ¡He aquí! Uno, junto a la cabecera en este sepulcro, ha entrado y se ha sentado junto a ella, y un segundo, su compañero, a sus pies. Le suplicaré y lo persuadiré, para que con su prenda ascienda y vaya a su Reino.
    16. No te enojes contra mí, Jesús clemente, por las palabras que mi soberbia ha dicho ante Ti. ¿Quién hay que, viendo tu cruz, haya dudado de que eres hombre? ¿Quién hay que haya visto tu poder, y no crea que eres también Dios? ¡He aquí! Así, por estas dos cosas, he aprendido a confesar que eres hombre y asimismo eres Dios. Puesto que los muertos en el Infierno no se arrepienten, sube entre los vivos, oh Señor, y predica el arrepentimiento.
    17. Oh Jesús, Rey, recibe mi súplica, y con mi súplica toma para Ti una prenda, a Adán, la gran prenda, acéptala para Ti, a aquel en quien están sepultados todos los muertos; así como cuando yo lo recibí, en él estaban escondidos todos los vivientes. La primera prenda te he dado, el cuerpo de Adán; sube, por tanto, y reina sobre todo; y cuando oiga tu trompeta, yo, con mi propia mano, sacaré a los muertos en tu Venida.
    18. Nuestro Rey viviente ha salido y ha subido, fuera del Infierno, como Conquistador. ¡Ay! Él ha duplicado a los de la izquierda; para los malos espíritus y demonios Él es tristeza; para Satanás y para la Muerte Él es dolor; para el Pecado y el Infierno, duelo. La alegría ha venido hoy a los de la derecha. En este gran día, por tanto, démosle gran gloria a Aquel que murió y está vivo, para que a todos pueda dar vida y resurrección.

    Himno 37

    Himno 37

    La Muerte lloraba por él, por el Seol, cuando vio su tesoro vaciado. Y dijo: ¿Quién, pues, ha saqueado tus riquezas? Giezi robó y fue descubierto; yo robo cada día, pero no se me imputa el robo. Soy enviado a los reyes, en sus enfermedades; sus guardias están puestos alrededor de ellos, guardias hay también a su puerta. El alma de los reyes arrebato y salgo. R., ¡Bendito sea Aquel que quebró el aguijón de la Muerte por su Cruz!
    Todas las mujeres estériles se afligen; el Seol se regocija por su esterilidad; queda desolado si acaso da a luz. El Poder que todo lo fuerza constriñó incluso el seno que era estéril y frío, y él devolvió aunque solía negar sus deudas. Rebeca, cuando los dos niños la afligían, pidió la muerte. ¡Cuán grande, pues, fue el dolor del Seol, cuando le asaltaron dolores extraños; los muertos se despertaron, rompieron y salieron de sus entrañas!
    ¿Es acaso ésta aquella palabra que oí de Isaías? (pero la desprecié) cuando se levantó y dijo: ¿Quién ha oído cosa semejante? ¿Que la tierra tenga dolores de parto en un solo día y dé a luz una nación en una hora? ¿Es esto lo que ha sucedido? ¿O acaso está reservado para nosotros en el futuro? Y si es esto, es una sombra vana el que yo pensara que soy rey; no sabía que era sólo un depósito lo que guardaba.
    Dos dichos diferentes he oído de él, de este Isaías. Pues dijo que una virgen concebiría y daría a luz; y dijo también que la tierra daría a luz. Pero he aquí: la Virgen lo ha dado a luz, y el Seol, el estéril, lo ha dado a luz; dos vientres que, contra la naturaleza, han sido transformados por Él; la Virgen y el Seol, ambos. A la Virgen en su dar a luz Él alegró; pero al Seol lo entristeció y lo afligió en su Resurrección.
    Vi en el valle a aquel Ezequiel, que dio vida a los muertos cuando fue interrogado; y vi los huesos que estaban amontonados y se movieron. Hubo un tumulto de huesos en el Seol: hueso que buscaba a su compañero, y coyuntura a su pareja. No hubo allí nadie que preguntara, ni que fuera preguntado, si aquellos huesos vivían. Sin pregunta, la voz de Jesús, el Maestro de todas las criaturas, les dio vida.
    El Seol se entristeció cuando los vio, incluso a los muertos afligidos hechos regocijarse. Lloró por Lázaro cuando salió, Ve en paz, tú, muerto que vives, llorado por dos casas de duelo. Dentro y fuera hubo lamentos por él; pues sus hermanas lloraron por él cuando vino a la tumba, a mí, y yo lloré por él cuando salió. En su muerte hubo llanto entre los vivos; asimismo en el Seol hay gran duelo por su resurrección.
    Ahora es cuando he gustado el sabor de su dolor, del que llora por su amado. Los muertos así amados por el Seol, ¡cuán queridos eran para sus padres! Los miembros que yo corté y me llevé, he aquí, son arrebatados y llevados lejos de mí. Si así sufro por la partida de él, del joven que fue devuelto a la vida, bendito sea Aquel que tuvo compasión de la viuda; en su único hijo dio paz a su morada que había quedado desolada.
    He aquí: este sufrimiento que hago sufrir a los hombres en sus seres amados, al final se acumula enteramente sobre mí. Pues cuando los muertos hayan dejado el Seol, para todo hombre habrá resurrección, y para mí solo tormento. ¿Y quién entonces soportará por mí todas estas cosas, para que yo vea al Seol dejado solo, porque esta voz que ha rasgado las tumbas lo desola y envía fuera a los muertos que estaban en medio de él?
    Si un hombre lee en los Profetas, oye allí de guerras justas. Pero si un hombre medita en la historia de Jesús, aprende de gracia y tierna misericordia. Y si un hombre piensa de Jesús que es un Dios extraño, es un oprobio contra mí. Ninguna otra llave extraña en la puerta del Seol podría jamás encajar. Una es la llave del Creador, la que la ha abierto, sí, la que ha de abrirla en su Venida.
    ¿Quién es capaz de unir los huesos, sino aquel Poder que los creó? ¿Qué reunirá los jirones del cuerpo, sino la mano del Hacedor? ¿Qué restaurará las formas, sino el dedo del Creador? Él, que creó y transformó y destruyó, es Aquel que puede también renovar y levantar. Otro Dios es incapaz de entrar y restaurar criaturas que no son suyas.
    Pero si fuera otro Poder, yo estaría muy gozoso de que viniera a mí. Al seno del Seol descendería y aprendería que Uno solo es Dios. Los mortales que han errado y predicado que hay muchos dioses, he aquí, están atados para mí en el Seol, y sus dioses nunca se han afligido por ellos. Un solo Dios conozco, y a sus Profetas y a sus Apóstoles reconozco.

    Himno 38

    Himno 38

    Mi trono estaba puesto para mí en el Seol; y uno que estaba muerto se levantó y me arrojó de él. Todo hombre me temía a mí solo, y yo no temía a nadie. Terror y angustia había entre los vivos, descanso y paz entre los muertos. En un hombre que fue muerto, he aquí, ha entrado en el Seol Aquel que lo toma cautivo. Yo solía tomar cautivos a todos los hombres: el Hijo del Cautiverio, a quien tomé cautivo, me ha tomado cautivo a mí. Aquel a quien tomé cautivo lo ha llevado y se ha ido al Paraíso. R., ¡Bendito sea Aquel que ha vivificado a los muertos del Seol por su Cruz!
    Todos los hombres se quejan mucho contra mí; y yo contra uno solo me he quejado. ¿Quién hay entre los hombres tan justo como yo? ¿Ha tocado la corrupción mi integridad? Tuve afecto a todos los hombres, y quien me odia lo sabe; no sé en todos mis días lo que es un soborno. No he aceptado la persona de un rey. Por mí se predica la igualdad, pues al esclavo y a su señor en el Seol los hago iguales.
    Ante Dios es que sirvo, en Quien no hay acepción de personas. ¿Qué otro hay que soporte como yo, yo que soy maldecido cuando hago el bien? Perversamente se me pagan los beneficios que he hecho. Aunque mis obras son buenas, mi nombre no es bueno. Sin embargo, mi mente descansa en su integridad: en Dios es que me consuelo; pues aunque Él es bueno, es negado cada día y lo soporta.
    A los viejos aparto de todos los sufrimientos, asimismo a los jóvenes de todos los pecados. La contienda secreta apaciguo en el Seol; en nuestra tierra no hay iniquidad: sólo el Seol y el Cielo están apartados de todos los pecados; esta tierra que yace en medio, en su iniquidad habita. Por tanto, el que es prudente o subirá al Cielo o, si eso es demasiado difícil, bajará al Seol, que es fácil.
    A un hombre, por causa de un muerto, todo hombre se apresura a consolarlo. Pero para mí, aunque muchos de mis muertos han vuelto a la vida, no hay nadie que entre y me consuele. Satanás entró, contra quien se habían proclamado siete ayes; aunque poderosamente el Hijo de María lo había pisoteado, sin embargo su espíritu está enaltecido; pues es la serpiente que lucha aunque es magullada. Mejor me es caer y adorar, ante este Jesús que me ha vencido por su Cruz.
    Cuando Él entre por la puerta del Seol, en lugar de Juan, que predicó antes de su venida, entonces clamaré: ¡He aquí! Aquel que da vida a los muertos ha venido; siervo tuyo soy desde ahora, ¡oh Jesús! Por causa del Cuerpo te injurié, pues cubría tu Deidad. No te enojes, oh Hijo del Rey, contra tu tesoro; a tu mandato he abierto y cerrado. Aunque mis alas sean muy veloces, es a tu seña que me apresuro a cada parte.
    Todos los que han resucitado no eran primogénitos; pues nuestro Señor es el Primogénito del Seol. ¿Cómo puede alguno que está muerto ir delante de Él, de aquel poder por el cual fue resucitado? Hay últimos que son primeros, y menores que han llegado a ser primogénitos. Pues aunque Manasés era primogénito, ¿cómo podría ser que Efraín tomara la primogenitura? Y si el segundo nacido fue puesto delante de él, ¡cuánto más el Señor y Creador se adelantará a todos en su Resurrección!
    He aquí: Juan, como heraldo, declara que él es posterior, aunque era mayor de nacimiento; pues dijo: He aquí que viene un hombre después de mí, y sin embargo era antes de mí. ¿Pues cómo podría él ser antes de Aquel, de aquel Poder en quien predicaba? Porque todo lo que sucede por causa de otra cosa es después de aquella otra, aunque parezca ser antes. Pues la causa que lo llamó a la existencia es mayor que ello y antes que ello en todas las cosas.
    La causa de Adán era mayor que todas las criaturas, que fueron hechas para él, pues a él, incluso a Adán, el Creador miraba continuamente, aun mientras creaba. Así, aunque Adán todavía no era, era mayor que todas las criaturas. ¡Cuánto más, pues, Señor mío, debe ser mayor esta tu humanidad, que en tu Deidad es, desde la eternidad con Aquel que te engendró! A Ti sea la alabanza, y por Ti a tu Padre, de parte de todos nosotros.
    A Ti sea la alabanza, porque Tú eres el primero, en tu Deidad y en tu humanidad. Pues aunque Elías fue el primero en subir, no pudo adelantarse a Aquel por cuya causa fue arrebatado. Pues su tipo dependía de tu verdad; y aunque los tipos aparentemente son antes de tu cumplimiento, Tú eres antes de ellos secretamente. Las criaturas eran antes que Adán; él era antes que ellas porque por su causa fueron hechas.
    Oh Señor mío, obra para mí esta resurrección, no por tu compulsión sino por tu amor. Pues tu compulsión da vida también a los pecadores: Iscariote preferiría más bien escoger de nuevo para sí la muerte del Seol que la vida de la Gehena. Obra, pues, para mí la resurrección que es de tu misericordia; y aunque tu justicia no lo permita, haya ocasión para tu gracia. Sólo esto recuerde por mí: que en ella he buscado refugio.

    Himno 39

    Himno 39

    Han venido a mí rescatadores de entre los santos, pero ninguno me ha saqueado como el Hijo de María. Pues he aquí: Elías devolvió la vida a un muerto; y aunque él mismo escapó de mis manos, sin embargo tuve consuelo después de él, pues al muerto que él vivificó me lo llevé de él. Por Eliseo, hijo de Safat, fui golpeado como con varas, porque devolvió la vida a dos muertos. Por un solo bastón me llevé a la vez al profeta y al muerto que él había resucitado. R., ¡Bendito sea Aquel que hendió las tumbas del Seol con su voz!
    Temí incluso a Giezi cuando vi que ponía el bastón sobre el joven. El ladrón se llevó el bastón y volvió; Eliseo vino y se inclinó; se puso tan bajo como el niño y se levantó, y caminó de aquí para allá. Me maravillé de los nuevos misterios que vi allí, que restauraron a un solo joven a la vida. Me iba bien entonces, cuando aquéllos eran sólo misterios, y no ahora cuando los muertos se han rebelado y me han vencido.
    Cuando vi a Moisés y el poderoso resplandor en su rostro, le temí; sin embargo, no me sucedió según lo que temí. Nisán hizo brotar para mí en el Seol; como un pasto, un pasto de cadáveres, de seiscientos mil que cayeron. — Este humilde y despreciado a quien yo despreciaba, ha sanado a los enfermos y a los dolientes: a otros ha multiplicado el pan, pero nuestro pan, incluso el nuestro, de nuestras bocas lo arrebata.
    Un gran festín hubo en el Seol, cuando tragué a Coré y a su compañía. Un gran deleite me preparó Satanás, cuando promovió contiendas entre los levitas. Una fuente de leche y miel hizo fluir para mí en un lugar seco, cuando la congregación de los transgresores bajó al Seol. — He aquí: los justos han vivido y han salido; Moisés envió abajo a los vivos, pero Jesús ha revivido y ha sacado a los muertos.
    Me iba bien entonces, en el día de los celosos, en cuyas espadas tenía deleite. Finees el celoso traspasó y me dio, en la punta de su lanza para mi deleite, a Zimri y a Cozbi juntos; en la punta de su lanza me los presentó. ¿A quién, pues, se le ofrecieron alguna vez dos bueyes cebados sobre la punta de una lanza? — Pero en lugar de Cozbi, hija de príncipes, a la hija de Jairo la ha rescatado Jesús de mis manos.
    El incensario de Aarón me causó temor, pues se puso entre los muertos y los vivos y me venció. La Cruz me causa temor mucho más aún, pues ha abierto las tumbas del Seol. El Crucificado, a quien en ella maté, ahora por Él soy muerto. No es muy grande la afrenta del que es vencido por un guerrero armado. Peor es para mí mi afrenta que mi tormento, en esto: que por un hombre crucificado mi fuerza ha sido vencida.
    La lanza de Finees también me ha causado temor, pues con la matanza que hizo con ella detuvo la peste. La lanza guardó el árbol de la vida; me alegró y me entristeció; impidió a Adán la vida, e impidió la muerte al pueblo. Pero la lanza que traspasó a Jesús, por ella he sufrido; Él es traspasado y yo gimo. De Él salió agua y sangre; Adán se lavó y vivió y volvió al Paraíso.
    Los saduceos eran como una boca para mí, y disputaban con Él según mi parecer, diciendo que no hay resurrección de los muertos en absoluto. Jesús les respondió con una palabra que yo solo entendí; pronunció en voz alta la palabra odiosa y me entristeció: Yo soy el Dios de Abraham, y Dios no es el Dios de los muertos. Me iba bien entonces cuando éstas eran sólo palabras, y Él aún no me había mostrado verdaderamente la vida de los muertos.
    Josué, hijo de Nun, mató a treinta reyes, y llenó para mí las tumbas y las fosas; asoló Jericó y llenó el Seol. Pero este Jesús que ha venido ha devastado las tumbas de sus muertos, y ha llenado las ciudades del mundo superior. ¿Por qué, pues, siendo semejantes en sus nombres, son desemejantes en sus obras? Aquel me dio el cuerpo de Acor, pero éste me arrebató el cuerpo de Lázaro.
    Moisés pisoteó a aquel egipcio, con su mansedumbre mezcló justicia. ¿De dónde ha brotado para mí esta nueva ley: Si uno te golpea en la mejilla, vuélvele también la otra, y mira que no lo odies? En lugar del hombre fuerte de celo que pisoteaba y mataba, ha surgido para nosotros un hombre nuevo de misericordia. Samuel despedazó a Agag, pero Jesús sanó al paralítico.
    La tierna misericordia que, por así decir, había menguado, he aquí, en este tiempo ha crecido. Y además era entonces detestada, no fuera que por ella se transgrediera el mandamiento; pues sin misericordia Saúl y Acab fueron muertos porque deseaban tener misericordia de los malvados, y no fueron muertos los que merecían castigo. En mi tiempo Jesús ha cambiado esto, dando vida a todos los hombres y teniendo compasión de sus matadores.
    Recuerdo a Sansón, aquel cachorro de león, que rompió y me dio las columnas de Filistea; también aquel poderoso hombre de valor, Abner hijo de Ner, tomó para mí aquella veloz gacela salvaje, Asael hijo de Sarvia, y lo hirió y lo arrojó al suelo. Benaía en el santo templo mató a Jacob, justamente como está escrito. — Puesto que la justicia ha refrenado su espada, desde ahora los penitentes se regocijarán en la gracia.
    David midió a los edomitas con cordel y cordel y los destruyó. ¡Cuán misericordioso eres Tú, oh Hijo de David! La justicia de David era doble, cuando dio muerte a dos cordeles y dejó con vida a un cordel entero. — He aquí: el Hijo de David nos enseña: Perdona a tu hermano hasta setenta veces siete. Allí la justicia era medida; pero aquí la clemencia no tiene medida.
    De celo y fuerza estaba poseído David; al león y al oso mató juntos. Dejó aquel león poderoso y se apresuró a salir al encuentro del fuerte gigante. Con una piedra apagó su luz, y su alma lo dejó y pereció. Pero Jesús gritó al joven que estaba muerto: ¡Joven! Incluso los muertos para Él son durmientes. A aquel joven lo devolvió a la vida y lo rescató de mí. Los cerdos despreciados los ahogó para mí en el mar.
    Los levitas mataron por causa del becerro a sus padres y a sus hermanos. Jefté con sus propias manos estaba dispuesto a matar a su hija. El rey de Moab, sobre el muro, sacrificaba a su hijo primogénito: en presencia de su espada me regocijo. — Por Jesús la espada fue embotada; sí, la fiebre fue reprendida, hermana del Seol: la suegra de Simón fue sanada, pero la fama de su curación golpeó al Seol con dolor.
    Este Jesús, aunque es el Hijo del Justo, todo lo que predica es gracia. Pero para mí esta su gracia es tormento. La envidia es causa de placer para nosotros, pues la Envidia al principio mezcló para mí el primer derramamiento de sangre. ¿Por qué es culpable a los ojos del Hijo de María, que ha venido mandando: No te enojes contra tu hermano? Él ha quitado la espada de entre hermanos; mientras que en la espada de Caín yo tenía placer desde el principio.
    Un panal en medio del esqueleto halló Sansón — ¿era acaso un misterio? Este Jesús nos ha multiplicado los misterios. En medio de oleadas de misterios he caído, que me muestran en parábola la vida de los muertos, en todos los misterios y en todos los tipos. Del que come salió comida era la parábola de Sansón. Pero a mí me ha sucedido al contrario; pues el que come ha salido de mí de la comida, pues de Adán, he aquí, ha venido el Hijo de Adán que me ha destruido.
    Los hombres justos también me han robado múltiples veces, cuando por ellos fue predicada la resurrección de los muertos; pero mezclaron con mis dolores gran consolación. Por la oración de Asa y de Ezequías, fui alimentado con los muertos, sí, me banqueteé con cadáveres. Elías mató a los profetas de Baal y me los dio, a los que se habían engordado con el pan de Jezabel. El justo me ha obligado a devorar, pero Jesús me ha compelido a vomitar todo lo que había comido.
    Tuve miedo por causa de la sangre rociada, que Moisés roció sobre cada puerta; pues aunque era sangre de los muertos, era la que salvaba a los vivos. La sangre desde antiguo no la temía, salvo aquella sangre que estaba sobre las puertas, y además ésta que estaba sobre el Árbol. La sangre de los muertos es un deleite, y es como perfume dulce; pero la sangre de Jesús es para mí un terror; pues siempre que vengo y huelo su sangre, el olor de vida que se esconde en ella me aterra.
    Los sacerdotes y pontífices, los ungidos y los reyes, que prefiguraron los tipos de la resurrección de los muertos, jamás triunfaron por sus cruces. Coronas y diademas les fueron puestas; y cuando entré en luchas con ellos, fui golpeado a veces y a veces también golpeé. Pero este hijo del carpintero, con su corona de espinas, ha humillado y derribado mi soberbia, en su vergüenza y en su muerte: el Seol lo ha visto, sí, y ha huido de delante de Él.
    Cuando el mar vio a Moisés y huyó, temió por causa de su vara, y asimismo por causa de su gloria. Su esplendor, su vara y su poder los vio también la roca que fue hendida. Pero el Seol, cuando sus tumbas fueron rasgadas, ¿qué vio en Él, incluso en Jesús? — En lugar de esplendor, Él se revistió de la palidez de los muertos y lo hizo temblar. Y si su palidez, cuando fue muerto, lo mató, ¿cómo podrá soportar cuando Él venga a resucitar a los muertos, en su Gloria!

    Himno 40

    Himno 40

    1. El Maligno percibió su gran humillación, y se jactó en presencia de sus siervos: habló grandes palabras para persuadirlos y dijo: El conocimiento que poseo, poco de ello es por naturaleza; y mucho de ello, sí todo ello, es por aprendizaje. Yo mismo he sido mi propio maestro, y he ejercitado mi entendimiento. Sin maestro he aprendido todo; me he armado con toda arma, y con ella he ganado la corona que deseaba entre la humanidad. R., ¡Bendito sea Aquel que ha venido y ha deshecho las trampas del pecado!
    2. Entre los fariseos me vestí de odio, para contender con Él, el hijo de María. La ira, como un arco, llovió saetas; la osadía lo insultó; el furor se rebeló contra Él; la ingratitud lo calumnió; la envidia y los celos, en su ira, contendieron con Él; y la blasfemia tomó piedras. El Sanador entró y se puso en medio de los enfermos, y yo incité a los enfermos a contender contra Él.
    3. Puesto que Él no cayó bajo el reproche, fue en las preguntas donde me refugié. Muchas veces provoqué ocasiones, pero vi que mi falsedad era reprendida, y mi desvergüenza era puesta de manifiesto, y mi vana charlatanería era despreciada. A los recovecos de la contienda me entregué. Dondequiera que disputé con Él, todo mi trabajo fue como paja, y la palabra de verdad la esparció por todas partes.
    4. Vi que hay un guerrero y un señor poderoso, en astucia dentro del hombre: [y la serpiente que está afuera lo hace temer.] Sus concupiscencias dentro de él están enroscadas continuamente; su envidia silba como una serpiente. Engendra deseos mortales, y teme la fiebre. El mandato como una droga, es capaz de apaciguar la burla, que hiere hasta la destrucción. Es el amor el que sirve para quebrar el aguijón secreto y amargo de la lengua.
    5. ¿Quién es más necio que los hombres, que en lugar de cuidar de sí mismo cuida de su morada! Los vestidos que están en su arca los examina diariamente, pero un gusano está acechando en sus miembros. Las rasgaduras que hay en sus ropas las remienda, pero una rasgadura se hace en su alma. Su casa está iluminada pero su corazón está oscuro. Cierra sus sentidos pero abre sus ventanas. Cierra su puerta y guarda su dinero; su boca está abierta y el tesoro de su pensamiento es robado.
    6. El necio hace más caso de sus bestias que de sí mismo, pues cuida de sus posesiones antes que de su alma. Buena semilla siembra en su tierra; en su corazón siembra cizaña. Su entendimiento está abierto y derribado; pero en las cercas de su viña trabaja. Elige y planta vides; mientras su mente es una vid de las vides de Sodoma. Aleja al asno montés de su siembra; pero el jabalí del bosque devora sus pensamientos.
    7. Soy un horno para los hijos de los hombres, y en mí se prueban sus consejos. Por tanto, me es lícito tejer el engaño. Enseño el arte caldeo: a causa de las cosas verdaderas que acontecen, las falsas son creídas. En medio de Egipto cerré los ojos de los hombres; mostré insectos, los hombres pensaron que eran, aunque no eran. Al cerrar los ojos de los hombres enseño los signos del Zodíaco, aunque no están en los cielos.
    8. A causa de mi rapidez vuelo y veo, y muestro de antemano al adivino; los que yerran respecto a mí me cuentan por profeta. Pero a veces me envalentono; y pido que por una hora me sean reveladas cosas secretas, para que los hombres verdaderos sean probados por mí como Job, y asimismo los engañadores como Saúl. Pues al uno le revelé su hechicería; y al otro le purgué su verdad y fue alabado.

    Himno 41

    Himno 41

    1. Dijo el Maligno: Temo a Él, a Jesús, no sea que destruya mis artes. Pues he aquí que tengo miles de años, y nunca he tenido reposo. No he visto nada establecido de lo que me haya apartado y abandonado. Ha venido Uno que hace puros a los impuros: hay tristeza porque ha destruido todo lo que yo había edificado. Muchos han sido mis trabajos y mis enseñanzas, para cubrir toda la creación con todos los males. R., ¡Bendito sea Aquel que vino y puso al descubierto las artimañas del Astuto!
    2. Medí mi rapidez con los veloces, y los sobrepasé: hice la guerra; el tumulto de las multitudes fue armadura para mí. En el tumulto del pueblo me regocijé, porque me dio campo dispuesto, pues grave es el embate de las multitudes. Con la fuerza de las multitudes levanté una gran montaña, una torre extendí hasta el cielo. Si hicieron guerra contra la Altura, ¿cuánto mucho más conquistarán a Aquel cuya guerra es en la tierra?
    3. Según sirve el tiempo y según se ofrece la ayuda, hago la guerra, pero con cautela. El pueblo solía oír que Dios es uno; se hicieron para sí una multitud de dioses. Y cuando vieron al Hijo de Dios, se apresuraron hacia el Dios único, para que, como confesando a Dios, pudieran negarlo, y como con celo pudieran huir de Él; de modo que ellos, perversos en todo tiempo, sean hallados sin Dios.
    4. He aquí que soy antiguo de muchos años, y nunca he rechazado a ningún infante. La carga de los niños he llevado a menudo, para que desde el principio pudiera hacerles adquirir hábitos que no son buenos, para que sus faltas crecieran con ellos. Pero hay padres necios, que no aplastan la semilla que he sembrado en sus hijos; y hay algunos que, como buenos labradores, arrancan las faltas de la mente de sus hijos.
    5. Como con una cadena he atado a los hombres con la pereza, y se sentaron en la ociosidad. He apartado sus sentidos de todas las cosas buenas; sus ojos de la lectura, sus bocas del canto de alabanza, su entendimiento de la doctrina. Pues para las fábulas dañosas y vanas, cuán ansiosos están; para la charla vacía, cuán prestos! Si la palabra de vida cayera entre ellos, o la apartaban de sí, o se levantaban y salían de su presencia.
    6. ¡Cuántos Satanases hay entre los hombres! Y a mí, aun a mí solo, todo hombre maldice. Pues he aquí que la ira de los hombres — es un demonio que lo muele cada día. Los demonios son como caminantes, que se van si son compelidos; pero contra la ira, aunque todos los justos conjuren, no es arrancada de su lugar. En lugar de la envidia perniciosa, cada uno odia a un demonio débil y miserable.
    7. El encantador es avergonzado con el mago, que cada día doma serpientes. La víbora que está dentro de él está fuera de su poder; pues la concupiscencia que está dentro de él no la doma. El pecado secreto como un áspid, cuando sopla sobre él queda abrasado. Aun cuando toma la víbora mediante su astucia, el engaño lo hiere en secreto. Adormece a la serpiente con sus encantamientos; despierta contra sí mismo una ira poderosa con sus encantamientos.
    8. Puse mis aguijones y me senté y esperé: ¿quién es sufrido como yo con todos? Junto al de espíritu paciente me senté, y paso a paso lo embrujé, de modo que llegó a la desesperación. Al que se avergonzaba de sus transgresiones, los hábitos lo sometieron: poco a poco lo dominé, hasta que quedó bajo el yugo, hasta que entró en él y se acostumbró y ni siquiera quiso salir.
    9. Percibí y vi que el sufrido es el que puede someterlo todo. En el tiempo en que conquisté a Adán, él era solamente uno. Lo dejé hasta que hubo engendrado hijos, y busqué para mí otra tarea, pues la ociosidad no es de mi agrado. Conté las arenas del mar, para con ello hacer paciente mi espíritu, y probar mi memoria si sería suficiente, para los hijos de los hombres cuando se multiplicaran. Antes de que se multiplicaran, los probé en muchas cosas.
    10. Los siervos del Maligno disputaron con él, y refutaron sus palabras con su réplica. Pero he aquí que Eliseo resucitó a los muertos, y venció a la muerte en el aposento alto, y resucitó al hijo de la viuda. He aquí que ahora está en cautiverio en el Seol. Pero como el razonamiento del Maligno era muy poderoso, con sus propias palabras refutó sus palabras. ¿Cómo ha sido vencido Eliseo? He aquí que en el Seol resucitó a los muertos por sus huesos.
    11. Si Eliseo, que era de pequeño poder, fue grande en fuerza en medio del Seol, y si es así que resucitó allí a un muerto, ¿cuántos muertos entonces serán resucitados allí por la muerte de Jesús el poderoso! Por tanto, aun de esto considerad cuánto mayor es Jesús que nosotros, camaradas míos. Pues he aquí que por Su astucia os engañó, y no supisteis determinar Su grandeza cuando lo comparasteis con los profetas.
    12. Vuestras consolaciones son de pequeño poder, dijo el Maligno a los de su compañía. Pues Aquel que resucitó a Lázaro, que estaba muerto, ¿cómo puede la Muerte prevalecer contra Él? Y si la Muerte lo conquista, es porque Él quiere ser sometido a ella; y si es así que Él quiere ser sometido, temed grandemente, pues no muere en vano. Ha obrado en nosotros gran terror, no sea que al morir entre para resucitar a Adán a la vida.
    13. La Muerte miró desde dentro de su guarida, y se maravilló cuando vio a nuestro Señor crucificado, y dijo Oh resucitador de los muertos a la vida, ¿dónde estás? Serás para mí por alimento, en lugar del dulce Lázaro, cuyo sabor he aquí que aún está en mi boca. La hija de Jairo vendrá y verá esta Tu cruz. El hijo de la viuda te contempla. Un árbol atrapó a Adán para mí: ¡bendita sea la Cruz que ha atrapado para mí al hijo de David!
    14. La Muerte abrió su boca y dijo, ¿No has oído, oh hijo de María, cómo Moisés fue grande y excelente sobre todos? ¿Se hizo Dios y obró las obras de Dios? ¿Mató al primogénito y salvó al primogénito? ¿Apartó la peste de los vivos? Al monte subí con Moisés, y Aquel cuya gloria sea bendita me lo entregó de mano en mano. Pues por grande que llegue a ser el hijo de Adán, polvo es y a su polvo vuelve, porque es de la tierra.
    15. Satanás vino con sus siervos, para ver a nuestro Señor arrojado en el Seol, y regocijarse con la Muerte su Consejera; y lo vio triste y enlutado, a causa de los muertos que a la voz del Primogénito vivieron y salieron de allí, aun del Seol. El Maligno se levantó para consolar a la Muerte su pariente. No has destruido tanto como podías. Aun cuando Jesús está en medio de ti, a tu mano vendrán los que han vivido y los que viven.
    16. Abre para que lo veamos, sí y lo burlemos: respondamos y digamos: '¿Dónde está Tu poder? Pues he aquí que tres días han pasado para Él, y digámosle: Oh Tú de los tres días, que resucitaste a Lázaro cuando llevaba cuatro días muerto, resucítate a Ti mismo.' La Muerte abrió las puertas del Seol, y de allí brilló el esplendor del rostro de nuestro Señor; y como los hombres de Sodoma fueron heridos; anduvieron a tientas y buscaron la puerta del Seol, que habían perdido.

    Himno 42

    Himno 42

    1. El Maligno se lamentó ¿Dónde ahora hay un lugar para mí donde huir de los justos? Incité a la Muerte a matar a los Apóstoles, para estar seguro de sus golpes. Por sus muertes ahora soy más cruelmente golpeado. El Apóstol a quien maté en la India está ante mí en Edesa: está aquí enteramente y también allí. Fui allí, allí estaba: aquí y allí lo he encontrado y me he entristecido. R., ¡Bendito sea el poder que habita en los huesos santificados!
    2. Los huesos que los mercaderes llevaron, ¿o fue entonces que lo llevaron a él? Pues he aquí que obtuvieron ganancia cada uno del otro. Pero para mí, ¿en qué me aprovecharon? Sí, se aprovecharon el uno del otro, mientras que a mí de ambos me vino daño. ¡Oh, si alguien me mostrara aquella bolsa de Iscariote, pues por ella adquirí fuerza! La bolsa de Tomás me ha matado, pues la fuerza secreta que habita en ella me tortura.
    3. Moisés el elegido llevó los huesos, con fe como para ganancia. Y si él, un gran profeta, creyó que hay beneficio en los huesos, el mercader hizo bien en creer, e hizo bien en llamarse mercader. Aquel mercader obtuvo ganancia, y creció y reinó. Su casa del tesoro me ha empobrecido mucho: su casa del tesoro ha sido abierta en Edesa, y ha enriquecido a la gran ciudad con beneficio.
    4. Ante esta casa del tesoro me asombré, pues pequeño era su tesoro al principio; y aunque ningún hombre tomaba de ella, pobre era el manantial de su riqueza. Pero cuando multitudes han venido a su alrededor, y la saquearon y se llevaron sus riquezas, según es saqueada, tanto más aumenta su riqueza. Pues un manantial represado, si uno lo busca, cuando es perforado profundamente fluye poderosamente y abunda.
    5. Es evidente que Eliseo era una fuente en un pueblo sediento; y porque los que tenían sed no lo buscaron, su caudal no fue grande. Pero cuando Naamán lo buscó, abundó y derramó sanidad. La fuente en medio de una fuente, lo tomó y lo sumergió; pues en el río limpió al leproso. Jesús, el Mar de beneficios, a Siloé envió al ciego cuyos ojos fueron abiertos.
    6. Giezi, con el báculo que resucitaba a los muertos, no pudo resucitar al niño. ¿Y cómo podría el famoso profeta haber sido traído por la hechicera? Nosotros fuimos los que se burlaron de Saúl, pues en lugar de un demonio al que interrogó, dos demonios subieron y se burlaron de él. De los huesos de Eliseo aprended también de los huesos de Samuel; pues aunque los huesos de Eliseo resucitaron a los muertos, los hechiceros no pudieron hacer subir a los muertos, los huesos vivos y sagrados.
    7. Y aunque pedí esta petición, Aquel que da todo no me la dio. Pues aunque los demonios se turbaron, por los huesos de algún sacerdote, o mago o hechicero, de caldeo o adivino, sin embargo me di cuenta de que esto no era más que burla. De dos maneras hago a los hombres errar: o hago mentir a los Apóstoles, o hago a mis apóstoles como los Apóstoles.
    8. El partido de los demonios, he aquí que está despojado; el partido de los diablos soporta azotes: aunque no hay nadie que levante la vara abiertamente, los demonios claman con dolor; aunque no hay nadie que encadene y ate, los espíritus están colgados atados. Este juicio silencioso, que es calmo y quieto, y no obra ni siquiera por interrogatorio, el único poder que es todo suficiente, he aquí que habita en los huesos de este segundo Eliseo.
    9. Dio juicio a Sus Doce, para que juzguen a las doce Tribus. Y si es así que han de juzgar a los hijos del gran Abraham, no es entonces gran cosa que juzguen ahora a los demonios. Y a menos que hagan que los crucificadores cumplan el juicio que ha de venir, por nuestro juicio serán probados. Pues peor que nosotros clamaron, en presencia de los Apóstoles, jueces de las tribus.
    10. Pues un lobo era Saulo el Apóstol, y con la sangre de las ovejas lo crié; y se hizo fuerte y se convirtió en un lobo singular. Pero cerca de Damasco, de repente, el lobo fue cambiado en oveja. Dijo que los Apóstoles han de juzgar a los Ángeles; pues por los Ángeles significó al sacerdote, como está escrito. Si es así entonces que son tan poderosos, ¡ay de los demonios por los golpes de sus huesos!

    Sobre Satanás y la Muerte, II

    Himno 52

    Himno 52

    Sobre Satanás y la Muerte.
    1. Oí a la Muerte y a Satanás, mientras disputaban cuál era más poderoso entre los hombres. R., ¡A Ti sea la gloria, Hijo del Pastor de Todo, que libraste Su rebaño de los lobos secretos que lo devoraban, el Maligno y la Muerte!—
    2. La Muerte mostró su poder, que conquista a todos; Satanás mostró su astucia, que hace pecar a todos.—
    3. Muerte, A ti, oh Maligno, nadie escucha sino el que quiere: a mí, el que quiere y el que no quiere, aun a mí vienen.—
    4. Satanás, La tuya, oh Muerte, es sólo la fuerza de la tiranía: mías son las trampas y redes de la sutileza.—
    5. D., Oye, oh Maligno, que cualquiera que es sutil rompe tu yugo: pero no hay nadie que pueda escapar de mi yugo.—
    6. S., Tú, Muerte, sobre el que está enfermo pruebas tu poder: pero yo sobre los que están sanos soy sumamente poderoso.—
    7. D., El Maligno no prevalece sobre todos los que lo insultan: pero para mí, el que me ha maldecido y el que me maldice, vienen a mis manos.—
    8. S., Tú, Muerte, de Dios has obtenido tu poder: yo solo por nadie soy ayudado, cuando conduzco a los hombres al pecado.—
    9. D., Tú, oh Maligno, como un débil: mientras como un rey ejerzo mi dominio.—
    10. S., Eres un necio, oh Muerte, al no saber cuán grande soy: que basto para capturar el libre albedrío, el poder soberano.—
    11. D., Tú, oh Maligno, como un ladrón, he aquí que andas alrededor: yo como un león despedazo y no temo.—
    12. S., A ti, oh Muerte, nadie sirve ni adora: a mí los reyes sirven con sacrificio como a Dios.—
    13. D., A la Muerte muchos llaman, como a un Poder bondadoso: a ti, oh Maligno, nadie ha llamado ni llama.—
    14. S., ¿No notas esto, oh Muerte, cuántos hay que de diversas maneras me llaman y hacen oblación?—
    15. D. Odiado es tu nombre, oh Satanás, y no puedes limpiarlo: tu nombre todos lo maldicen, esconde tu vergüenza.—
    16. S., Tu oído, oh Muerte, se ha embotado, que no oyes: cómo contra ti todos los hombres gimen, ocúltate.—
    17. D., Mi rostro se muestra al mundo, pues soy sin malicia: no como tú, que sin malicia no puedes permanecer.—
    18. S., No me has superado en nada, pues es verdad que eres odioso como yo para los hijos de los hombres.—
    19. D., De mí todos los hombres tienen miedo como de un señor: pero en cuanto a ti, te odian como al Maligno.—
    20. S., Para ti, oh Muerte, odian tu nombre, y también tu obra: mi nombre odian pero mis deleites aman grandemente.—
    21. D., A amargura de dientes se convierte esta tu dulzura: la penitencia del alma se apega siempre a tus concupiscencias.—
    22. S., El Seol es odiado porque en ella no hay arrepentimiento: una fosa que traga y se cierra sobre todos los movimientos.—
    23. D., El Seol es un abismo donde quien cae se levantará de nuevo: el pecado es odiado porque corta la esperanza del hombre.—
    24. S., Aunque me desagradan los penitentes, doy lugar para el arrepentimiento: tú cortas la esperanza al pecador que muere en su pecado.—
    25. D., Fue por ti que al principio su esperanza fue cortada: pues aquel a quien no has hecho pecar muere felizmente.—
    26. Bendito es Aquel que levantó a esos siervos malditos el uno contra el otro: para que los viéramos como ellos nos han visto y se burlaron de nosotros.—
    27. Esto que hemos visto de ellos es una prenda, hermanos míos: de lo que veremos de ellos en el más allá cuando resucitemos.

    Himno 53

    Himno 53

    1. Venid, oigamos cómo contienden por la victoria: los culpables que jamás han vencido, ni vencerán.—
    2. Dijo la Muerte al Maligno: Al fin la victoria es mía: porque la Muerte es dueña del término, como vencedora.—
    3. Satanás, Esto sería en verdad Muerte, si pudieras: llevar a la muerte a un hombre vivo, por medio de las concupiscencias.—
    4. M., He aquí yo que contemplo a los muertos, buenos y malos: los justos que te desprecian, oh Maligno, a mí no me desprecian.—
    5. S., Este morir del cuerpo es sueño por un tiempo: no pienses, oh Muerte, que eres Muerte, tú que eres como sombra.—
    6. M., A ti, oh Maligno, te han vencido los justos, sí, te vencerán: pero a estos que te han vencido, he aquí, yo los venzo.—
    7. S., Aun esto de que tú lleves a la muerte a los justos, no es de ti: por causa de Adán, a quien yo vencí, beben ellos esta copa.—
    8. M., He aquí el Seol está lleno de los hombres de Sodoma, y de los asirios: y de los gigantes que había en el diluvio, ¿quién como yo?—
    9. S., Estos, oh Muerte, todos ellos, por mí fueron muertos: yo soy el que los hizo pecar para que perecieran.—
    10. M., A José, que te venció, yo lo vencí, oh Satanás: en la cámara te venció él, pero yo lo vencí y lo arrojé al sepulcro.—
    11. S., Moisés, que te venció, oh Muerte, con la aspersión de la sangre: te venció en Egipto, pero en la roca, ¿quién lo venció a él?—
    12. M., Elías, que no te temió, oh Satanás: huyó ante el rostro de Jezabel, porque me temió a mí.—
    13. S., Aarón, que te resistió, oh Muerte, con el humo del incienso: a él le di zarcillos de oro: y él fabricó un becerro.—
    14. M., Bajaste a contender con Job, y él te venció y subió: pero yo, después que él te hubo vencido, entonces lo vencí a él.—
    15. S., David, que con su cilicio detuvo aquella peste: a él en la azotea lo vencí, al que había vencido a Goliat.—
    16. M., Jehú, que destruyó la casa de Baal, el templo del Maligno: no pudo destruir el Seol, la fortaleza de mi reino.—
    17. S., Salomón, que arrebató de tu boca a un niño por su juicio: a él en su vejez lo hice edificador de altares de ídolos.—
    18. M., Samuel, que en cuanto al oro te despreció, oh Satanás: a él lo vencí yo, al vencedor, que venció los sobornos.—
    19. S., Sansón, que en cuanto al cachorro del león te despreció, oh Muerte: por Dalila, vaso frágil, lo uncí al molino.—
    20. M., Josías desde su niñez te despreció, Maligno: pero a mí ni aun en su vejez pudo resistir.—
    21. S., Ezequías te resistió, Muerte, cuando venció el límite de la vida: yo lo extravié y descuidó el milagro, y mostró sus tesoros.—
    22. M., Juan, que te venció, Maligno, y absolvió y bautizó: yo apagué aquella antorcha, que te había puesto al descubierto.—
    23. S., Simón te venció, cuando devolvió a la vida a aquella mujer bendita: en una mujer te venció, y por una mujer yo lo vencí y lo hice negar.—
    24. S., Apóstoles y profetas a una voz te maldicen, oh Muerte: ¿Dónde está la victoria de la Muerte, y el aguijón del Seol? —
    25. A tu Señor en el Seol has encerrado, oh siervo maldito: Dios te aborrece, y también el hombre; calla pues.—
    26. S., Fue la voluntad de Aquel que da vida a todos, la que lo encerró en el Seol: fuiste tú quien lo llamó a esto, cuando hiciste pecar a Adán.—
    27. Oh compañero de Nabal, que en el desierto afrentó a su señor: aborrecida sea tu boca que le dijo: ¡Póstrate y adórame!

    Himno 54

    Himno 54

    1. Oye, oh Libertad, la disputa de dos siervos: cómo son convictos el uno por el otro, de que son impotentes.—
    2. R., ¡A Ti sea la gloria, por cuya humillación Adán fue exaltado: y por cuya muerte fue resucitado, y recobró el Edén! —
    3. Si pues el Maligno te vence, grande es la vergüenza: la Muerte, su compañera, lo ha convicto, como débil.—
    4. Y si a su vez la Muerte te subyuga, he aquí ¡qué oprobio!: porque el Maligno, su compañero, la escarnece, como a una sombra.—
    5. Su disputa es para ti un espejo, en el cual puedes ver: que ambos son como paja, delante de tu aliento.—
    6. Sí, y los Profetas y los Apóstoles, en sus promesas: te aseguran que ellos, como flores, se marchitarán al salir el sol.—
    7. S., Tú, Muerte, eres a quien odian, los vivos y los muertos: porque toda unión la disuelves y destruyes.—
    8. M., No es la muerte abierta la que mata, oh Satanás: tu muerte, que es secreta, mata a los hijos de los hombres.—
    9. S., Mi nombre no es odioso como el tuyo, pues el ángel: se mostró en semejanza de Satanás a Balaam en el camino.—
    10. M., ¡Cuán propio es este tu nombre, oh Satanás: que erró e hizo errar del camino al incauto Adán!—
    11. S., No vaguees como ignorante, y pierdas tu causa: disputa, oh Muerte, si eres competente, para replicar.—
    12. M., Yo sé que eres astuto, oh Satanás: de modo que de la arena puedes torcer una trampa.—
    13. S., Tu disputa, Muerte, ha terminado: porque el que es vencido: cuando le faltan y se le acaban las palabras, comienza a injuriar.—
    14. M., Entre todos yo soy vencedor, ¿y por ti soy vencido? ¡Que te persuada Adán, a quien he vencido, oh Satanás!—
    15. S., Yo soy el que até a Adán, y lo arrojé ante ti: al varón fuerte que mis astucias habían atado, tú viniste y lo subyugaste.—
    16. M., Yo soy el que ha sido coronado de nuevo, con una diadema en el mundo: pues a Adán, jefe de los fuertes, tengo cautivo en el Seol.—
    17. S., Yo lo maté con muerte secreta, a Adán, cuando pecó: tú, Muerte, has matado a uno que ya estaba muerto, muerto por mí.—
    18. M., En tu deseo de vencer, Maligno, te has hecho odioso: pues eres Muerte y también Satanás, y esto te parece poca cosa.—
    19. S., Tú has quedado silenciada, Muerte, como débil: pues ni en palabras ni en obras tienes fuerza para estar en pie.—
    20. M., Por tu mal vences, oh Maligno, si disciernes; tu corona es enteramente de vergüenza, si percibes.—
    21. Yo seré derrotado y tú serás maldito, oh Satanás: mejor me es ser ignorante, y no malicioso.—
    22. Bendito sea el Justo que los dividió, aunque eran de un mismo sentir: bendito sea el Bueno que nos hizo de un mismo sentir, cuando estábamos divididos.—
    23. Venceré al Maligno mediante Tu perdón, oh Todo Misericordioso: y venceré a la muerte mediante Tu Resurrección, ¡oh Dador de toda vida!

    Himno 55

    Himno 55

    1. ¡He aquí! El Maligno afrentó a la Muerte, y fue a su vez afrentado: de cada uno y a cada uno y contra cada uno, eran sus mofas.—
    2. R., ¡A Ti sea la gloria, Hijo del Señor de todo, que moriste por todos: pues fue resucitado para dar vida a todos, en el día de Su Venida! —
    3. S., Jonás, que te venció, y volvió del Seol, se hizo mi abogado al preguntar, ¿por qué se perdonaba a los pecadores?—
    4. M., No calumnies, oh Maligno, al hijo de Amitai: mostró rostro de enojo, para que ellos te alabaran más.—
    5. S., Del todo impotente es toda tu persuasión, oh tirana Muerte: pues nada me agrada, de todo lo que has dicho.—
    6. M., Pues ¿cuándo te fue agradable la palabra de verdad? Un abismo hay entre ti y la veracidad, oh mentiroso.—
    7. Soy justo todos mis días, sin nada de qué arrepentirme: yo soy el que rescata de ti a los hijos de los hombres.—
    8. S., Proclama tu arrepentimiento, Muerte, eres bienvenida: he aquí, también Saúl entre los profetas, gran causa de escarnio.—
    9. Si tú, Muerte, eres justificada, entonces para mí: no corto la esperanza, asimismo, del arrepentimiento.—
    10. M., Ningún ídolo con mi Señor he hecho, ¡oh aborrecedor de tu Señor! He aquí, tú por ídolos muertos, matas a los vivos.—
    11. S., Que tú, Muerte, eres la mitad de mí, lo sé, y yo la mitad de ti: si la mitad de mí se arrepiente, se arrepiente, pero me maravillo.—
    12. M., Tu socio soy en la parte, pero no en el pecado: míos son los muertos y tuyos los matadores, a quienes hiciste pecar.—
    13. S., Mi astucia llora por sí misma, cuando disputo contigo: mis ardides se lamentan sobre mí, cuando te encuentro.—
    14. M., Los obradores de hechicerías y adivinos, con todas sus ofensas: el fuego que tú encendiste en el mundo, en el Seol lo he apagado.—
    15. S., Tú, penitente que cuelas el mosquito y te tragas al justo: los castos te desgarrarán, que claman, desde dentro de tu vientre.—
    16. M., Es la casa del tesoro donde guardo a todos los justos: su resurrección amenaza mal a ti, que los perseguiste.—
    17. S., El codicioso que lleva a todas las criaturas, en sus entrañas: he aquí, me echa en cara que he sido robado, de mis posesiones.—
    18. M., Antes del golpe no te lamentes, pues aún no te ha alcanzado: el día vendrá en que clamarás, y yo oiré y me gozaré.—
    19. Vendrá el fuego que te arrancará tu misma piel: como con el tiesto arrancaste la piel de Job.—
    20. M., El sabor de la pereza comienza, como a cernirse sobre mí; es entonces un sueño que yo cesé, por breve espacio.—
    21. No fue que me faltaran palabras, y por eso callé: es por el tiempo que me lamento, que ha pasado ociosamente.—
    22. La herida hecha por tu discurso es muy grande: ¡ojalá no la hubiera oído! Pues toda mi mente está atenta a mi obra.—
    23. Esta humanidad que está perdida, fue deshecha por el pensamiento errabundo: la pereza, con la negligencia, la puso bajo yugo.—
    24. La locura del deseo pujaba por la riqueza, y la compró: la contienda con la jactancia, fueron los fiadores.—
    25. Con la persistencia por fuerza, hago mi guerra: y si descuido un poco, mi dominio es nada.—
    26. Por el continuo gotear, limpio las rocas: pues el continuo gotear puede disolver aun una montaña.—
    27. El hábito, aun sobre la naturaleza, se hace dueño: adiestra y conduce aun a los leones, como bestias de carga.—
    28. El hábito, el reposo y el aumento, con persistencia; por estos es vencida la libertad, aunque obstinada sobre todo.—
    29. Si su voluntad está firmemente puesta, rompe las cadenas; pero si está laxa, una red frágil puede capturarla.—
    30. Si acaso la Libertad grita, somos dispersados: pero si ella calla, nos reunimos para burlarnos de ella.—
    31. Cesemos de mucho hablar, no sea que lleve a mucha pereza: con un mismo ánimo asaltemos el muro, y he aquí, está derribado.—
    32. S., Ve y atiende a las enfermedades, y yo a las trampas: pues para mí los pecados y para ti las pestilencias, son gran solaz.—
    33. Y aunque he pausado, no he pausado de mis cuidados: porque mi voluntad en ningún tiempo descansa, sino que está lista.

    Himno 56

    Himno 56

    1. Con la Libertad es tu lucha, oh Maligno: ella puede echarte un bozal, si así le place.—
    2. R., A Ti sea la gloria en cuya victoria hemos cobrado fuerza: y en cuya resurrección desafiamos aun a la Muerte misma!— 3. He aquí, otra vez estos dos se pusieron al descubierto, cuán débiles son ambos: la Muerte recordó al Maligno tu poderío ( oh Libertad ).—
    4. Tu fuego está en tu nido, oh Muerte, y no percibes: el destino de los difuntos, para ti es derribamiento.—
    5. He aquí, la Muerte y el Maligno proclaman tu poderío ( oh Libertad ): sí, el Maligno trae a la memoria tu fe.—
    6. Si pues estos que estaban contra ti están a tu favor: gran cosa es que tus perseguidores se hayan hecho tus heraldos—7. M., Confieso, oh Maligno, que como usura: guardo los tesoros del Rey, hasta Su Venida.—
    8. S., Yo, oh Muerte, niego más bien que esto pertenezca a Dios: este tesoro de sutileza, que he almacenado.—
    9. M., Tu moneda es fraudulenta, pues, oh Satanás: que en los tesoros de Dios, no es recibida.—
    10. S., Una moneda nueva acuño, a la manera real: he aquí, mis mercaderes traen pérdida, al mundo.—
    11. Dios creó todas las cosas de la nada: y yo creé el gran pecado de la nada—
    12. M., Cerrada y atada sea tu boca, Maligno, que eres así de audaz: de ponerte, he aquí, en comparación con el Creador.—
    13. S., A mí, oh Muerte, me es lícito atreverme y hablar: tu lengua, aun la tuya, es esclava, y está bajo temor.—
    14. M., Un abismo hay de aquí en adelante entre nosotros, oh Satanás: pues locamente contra tu Señor, he aquí, arremetes.—
    15. S., ¿Por qué dudas, oh Muerte, de nuestra concordia? Sé para nosotros compañero y miembro: y he aquí, reinamos.—
    16. Ven, desenvainemos nuestro par de espadas, contra la humanidad: yo secretamente, tú abiertamente, y he aquí, les ponemos fin.—
    17. El Pecado y el Seol también dieron consejo a aquellos dos: diciendo Si estáis divididos, estáis perdidos. —
    18. Mira las aguas cómo, si se dispersan, corren bajas: pero si se juntan cobran fuerza, y así vosotros igualmente.—
    19. Si divididos perecéis, como los débiles: pero uncidos juntos reináis, como los fuertes.—
    20. El amor funde a muchos, como en un horno: y hace una masa poderosa, que todo lo vence.—
    21. En él hay sabiduría y astucia, y fuerza y poder: es mucho mayor que una imagen de sesenta codos.—
    22. Reconciliaos, reunámonos y vayamos, contra aquel partido: que si está unido jamás puede ser derrotado.—
    23. Estas cosas discurrieron los perturbadores, y se reunieron y vinieron: Tu día, Señor, los reunirá, en la Gehena.—
    24. Por Tu misericordia, Señor, te adoraré, cuando haya resucitado: a Tu trompeta alabaré a Tu Hijo, cuando sea purgado.

    Himno 57

    Himno 57

    1. Oíd, hermanos míos, a la Muerte, burlándose del Maligno: que hizo pecar a la cabeza de nuestra raza, y a su madre.—
    2. R., ¡A Ti sea la gloria, porque por Tu humillación es subyugado Satanás: y porque Tu abatimiento ha exaltado a Adán, que fue abatido! —
    3. M., Tu gran desnudez será vista, por los hijos de Adán; como te burlaste de su desnudez, cuando lo hiciste pecar.—
    4. Eva cesará de aquella serpiente, y te injuriará: pues tú, oh Dragón, fuiste el que engañó su simpleza.—
    5. Abel lo verá, aun a Caín, que ha venido a ti: el discípulo de su ira culpará a su maldito maestro.—
    6. S., Noé, que venció el diluvio, como a la muerte: por boca de Cam me reí de él, cuando el vino lo venció.—
    7. M., Noé no fue dañado, sino tu vestidura, con que lo vestiste: aun maldiciones, se puso, y se hizo esclavo.—
    8. S., Lot, que venció la ira que es tu semejanza, Muerte: a sus hijas di tales consejos, como me placían.—
    9. M., Y la mujer de Lot, que era tu vaso, escuchó tu consejo: ¡que la mitad de ti sea secada, como todo tu vaso fue secado!—
    10. Que la Gehena sea trastornada, sobre tu cabeza: como tu malicia trastornó a Sodoma, sus moradores!—
    11. Torrentes de fuego se agiten contra ti, en la resurrección: tú que contra Moisés y Elías, agitaste al pueblo!—
    12. Que los justos se burlen de ti al fin, y José se regocije! Cuyos hermanos se burlaron de él, instigados por ti!—
    13. Que entre vapor de humo, y ahogue tus sentidos: como las aguas del mar ahogaron, los sentidos de los impíos! —
    14. Que también las mujeres castas se burlen de ti, por cuyo consejo: las hijas de Madián se burlaron, del pueblo insensato!—
    15. Que la llama se encienda sobre tu cabeza, por causa de Sansón: pues por una mujer le rapaste sus guedejas, ¡a aquel león de fuerza!—
    16. S., Saúl, a quien vencí por la envidia, por la hechicería te venció a ti: pues pidió e hizo subir a Samuel, de su tumba.—
    17. M., No calumnies a los vivos muertos, pues él no subió: tú fuiste el que subiste en el fantasma, porque eras digno.—
    18. Que el mandamiento te cuelgue sobre la llama, ¡Maligno! Pues por ti colgaron a Absalón, de un árbol.—
    19. En el fuego te veas humillado, entre mujeres viles! Pues Salomón por ti fue degradado, entre mujeres profanas.—
    20. Que se te mida justicia, como tú la inflamaste a ella! Aun a Jezabel, que devoró a los profetas, tú la encendiste.—
    21. En el fuego ardas justamente, tú que los embriagaste! Los dos a quienes Elías quemó, cuando subieron y lo asaltaron.—
    22. ¡También sobre ti sean amontonadas brasas! Que lo vea y se regocije: aquel Nabot, sobre quien tú amontonaste un montón de piedras!—
    23. Sé vestido de escarnio en el día del juicio, ante todos los que miran! Tú que vestiste a Giezi de lepra, por medio de tu hurto.—
    24. Con el relámpago como dardo seas traspasado, ¡oh Satanás! Que en el corazón de Josías, fijaste tus dardos.—
    25. Húndete en las heces de la Gehena, ¡oh Satanás! Que hundiste a Jeremías en el lodo de la cisterna.—
    26. Daniel escapó de la cisterna, adonde lo arrojaste: ¡que tenga consuelo al verte, en el horno para siempre!—
    27. Vuelva tu maldad sobre tu cabeza, aborrecedor del hombre: como su maldad volvió sobre la cabeza, de Amán tu compañero! —
    28. Que la Esposa del Rey se burle de ti, como hizo Ester: cuando le ruegues en el día del juicio, que interceda por ti!—
    29. El fuego liberó a los justos, a quienes tú habías atado: un lazo poderoso sea para ti, ¡la llama del fuego!—
    30. Sé desgarrado, y que los siete hermanos, vean tu derrota: los hijos de Shemuni que por tus lobos, fueron desgarrados!—
    31. Que el fuego triunfe sobre tu coronilla, como te burlaste: de las dos cabezas de nazareos, hijos de la estéril!—
    32. Que el fuego se burle de tu cabeza, por madre e hija: triunfó sobre la cabeza de Juan, cuando las enloqueciste!—
    33. La llama triunfó sobre tu cabeza, oh Maligno: pues sobre los cargos triunfaste, sobre la cabeza de Juan!

    Himno 58

    Himno 58

    1. He aquí, la Muerte se apresuró de antemano, a burlarse de Satanás: de aquel que estaba destinado a convertirse en burla al final.—
    2. R., ¡Gloria a Ti que por Tu crucifixión, venciste al Maligno: y por Tu resurrección obtén victoria, también sobre la Muerte! —
    3. Y por causa de nuestro Señor la Muerte pronunció maldiciones sobre él: que fue la causa de Su vergüenza, y crucifixión.—
    4. D.., El pozo de fuego sea tu sepultura, oh Satanás: que blasfemaste contra la Voz desde la tumba, que rasgó las tumbas—
    5. A mi Señor conozco, y al Hijo de mi Señor, ¡oh tú, Satanás! Tú has negado a tu Señor, y crucificado al Hijo de tu Señor.—
    6. Este es el nombre que te conviene, Asesino de tu Señor: cuando aparezca Aquel a quien diste muerte, Él te matará.—
    7. Ante ti todos sacudirán la cabeza, pues por ti los jefes: sacudieron sus cabezas ante Él, el Señor de la vida.—
    8. Caña cascada bajo los pies, de los justos serás: pues por ti pusieron una caña en Su mano, a Aquel que sostiene todo.—
    9. Con corona de espinas fue coronado, para significar: que Él tomó la diadema del reino, de la casa de David.—
    10. Con corona de espinas fue coronado, el Rey de reyes: pero Él tomó la diadema del rey, de aquellos que lo avergonzaron.—
    11. En los mantos de burla que le dieron, en esos Él se burló de ellos: pues Él tomó la vestidura de gloria, de sacerdotes y reyes.—
    12. Al vinagre se asemeja tu memoria, oh tú, Satanás: que ofreciste vinagre para la sed, de la Fuente de la Vida.—
    13. Contra ti todo hombre levantará la mano, tú que fortaleciste la mano que lo golpeó a Aquel por Cuya mano, todas las criaturas se sostienen.—
    14. Fue herido por la mano y Él cortó la mano, de Caifás: la mano del sacerdocio es cortada, en el corte de la unción.—
    15. Sobre la columna de nuevo lo tendieron, como para azotarlo: a Aquel cuya columna iba delante, para guiar a sus tribus.—
    16. La columna sobre la columna, fue azotado: Él se apartó de Sión, y vino su caída.—
    17. Cuando unieron dos maderos, para formar la Cruz: Él los quebró, aun las dos varas, los guardianes de ellos.—
    18. Ezequiel unió las varas, las dos en una: en los dos maderos de la Cruz, sus varas han cesado.—
    19. Las dos varas, como alas, llevaron al pueblo: ¡he aquí! Sus dos varas fueron quebradas, como sus alas.—
    20. El seno y las alas de la Cruz, Él abrió en misericordia: sus plumas se inclinaron y llevaron a las naciones, para ir al Edén.—
    21. Es semejante al Árbol de la Vida, y al hijo de su linaje: conduce a sus amados para que en sus ramas, se alimenten de sus frutos.—
    22. Ve, aúlla y llora, Maligno, por mí y por ti: pues ninguno de nosotros entrará en el Jardín de la Vida. —
    23. S.., Ahora que has confesado oh Muerte, ven déjame decirte: que todo este discurso tuyo, para mí es palabra vana.—
    24. Yo iré y vigilaré las trampas, que he puesto: tú también, Muerte, vuela y cuida, de todos los enfermos.—
    25. Nuestro Señor ha reducido a nada a ambos, por cada lado: el Maligno será reducido a nada aquí, y la Muerte en el más allá allí.

    Himno 59

    Himno 59

    1. ¡He aquí! La Muerte por nosotros sobre Satanás, ejecuta venganza: venid escuchemos su vergüenza y regocijémonos, pues él se regocijó en nuestra vergüenza.—
    2. R., ¡A Ti sea la gloria de Tu rebaño, por Ti: son sometidos tanto la Muerte como Satanás, bajo Tus Pies! —
    3. D.., Los malvados serán colgados erguidos, pero tú, cabeza abajo: pues, al revés, crucificaste a Simón en el leño.—
    4. S.., Sobre todo lo demás guardo silencio, Muerte, pues mi tiempo declina: Simón mismo me conjuró, Crucifícame así. —
    5. Si fuera el justo quien me maldijera, no me habría afligido: la maldición de la Muerte sobre mí, es peor que el infierno.—
    6. D.., De la vergüenza de nuestro Señor no he hablado, es demasiado grande para mi boca: que yo deba sopesar y comparar Su Pasión, con Tu tormento.—
    7. Doce tronos de juicio pondrá, para Sus Doce: pues por las doce tribus tú, aun tú, serás condenado.—
    8. Una soga no comprada te colgará a ti, oh tú, Satanás: como aquel discípulo Tuyo se colgó, con una soga por un precio.—
    9. Acaso aquel infierno por misericordia, será vaciado: y tú habitarás allí solo, con Tus ministros.—
    10. Múltiples son Tus maldiciones, ¿y cómo las contaré a todas? ¡He aquí! La suma de todas tus maldiciones, está sobre tus miembros.—
    11. Los malvados en el fuego te atravesarán, tú que los hiciste malvados: te reprocharán ¿por qué nos trajiste aquí? —
    12. Los pecadores te insultarán, y acaso sus amenazas: serán peores para ti que el tormento, de aquel infierno.—
    13. Estos serán para ti allí, todos ellos Satanases: como tú has sido para ellos aquí, el único Satanás.—
    14. Los Vigilantes te agarrarán y te arrojarán abajo, recordando: cómo por ti los hombres arrojaron a su Señor, desde lo alto a lo profundo.—
    15. Todos los hombres correrán a apedrearte, sin olvidar que por ti el pueblo enloquecido corrió, a apedrear a su Hacedor.—
    16. Sobre ti, Maligno, de todas las bocas será, el esputo de la ira: pues por ti escupieron sobre Aquel cuyo esputo, dio vista a los ciegos.—
    17. Sobre ti, Maligno, de todas las lenguas, serán todas las maldiciones: pues por ti los hombres blasfemaron contra Él, Quien abrió las bocas mudas.—
    18. ¡Bendito sea Aquel que vengó nuestro agravio, aunque en silencio: e incitó a la Muerte contra el Maligno, para caer sobre él!—
    19. ¡Sonnemos Hosanas, hermanos míos, como hizo Gedeón: [] quien cuando sonó, los opresores, cayeron unos sobre otros!

    Himno 60

    Himno 60

    1. ¡Oh qué asombro sobrevino al Maligno, de repente, hermanos míos: cuando la mujer pecadora fue corregida, y ganó la Sabiduría!—
    2. R., ¡Gloria al Único que solo, venció al Maligno; y a Él sí a Él sea también la confesión, Quien venció a la Muerte! —
    3. El Maligno se maravilló ¿Dónde está su risa? ¿Dónde sus perfumes? ¿Dónde su danza y ornamento exterior, y su maldad interior? —
    4. En lugar de aquella risa ligera, se ha entregado a las lágrimas: Se ha cortado el cabello para enjugar el polvo, de los pies de Jesús.—
    5. Nada perdura en ella de ninguna doctrina, ni permanece en ella: de nuestra instrucción se ha escapado y desechado, todo lo que yo le enseñé.—
    6. Ella nos ha negado a nosotros y a nuestro trato, y como si: nunca me hubiera visto ha borrado mi imagen, de su mente.—
    7. La levadura viva de Jesús voló hacia ella, Jesús guardaba silencio: pero ella se atrevió a apresurarse y entrar, aunque nadie la llamaba.—
    8. Olvidó nuestro amor de muchos años, y en un abrir y cerrar de ojos: de entre mí y ella lo quitó , y puso a la Muerte allí.—
    9. Pues en lugar de risa el llanto la deleita, y en lugar de afeites: una lluvia de lágrimas, y en lugar de ornamento, un semblante triste.—
    10. A Zaqueo hice jefe de extorsionadores, y a ella hice: jefa de lascivas; mis dos alas, Jesús las ha quebrado.—
    11. Si es que Zaqueo se hace su discípulo, y si es que ella: se hace su oyente, de ahora en adelante encadenan, mi astucia.—
    12. Las imágenes talladas de ahora en adelante son una burla y los talladores: una mofa, y los adoradores un hazmerreír.—
    13. Yo cerraba los ojos de los hombres para que no percibieran, que son imágenes talladas: Jesús abre sus ojos para ver que son las obras de manos de hombres.—
    14. Si Jesús ha escogido para Sí predicadores, entonces nuestra predicación: de la cual está lleno el mundo entero, es silenciada.—
    15. ¡Pues he aquí! ¡Los caldeos con los adivinos, y he aquí! ¡Los magos: con los encantadores son heridos y los sacerdotes, con todos los malvados!—
    16. Vosotros sacerdotes estáis acabados y habéis entregado el Espíritu de ahora en adelante, ¡idos, adivinos! Haceos labradores, los caldeos igualmente, cerrarán sus libros.—
    17. Si los hebreos se han hecho Sus discípulos, quienes por todos los milagros: no fueron sometidos, ¿quién de las naciones, no le obedecerá?—
    18. Si Él comienza a enderezar lo torcido, reduce a nada nuestro discurso: de ahora en adelante no vacilará contra nosotros, Él que reprende a todos los hombres.—
    19. En que yo era adorado en todos los templos, nuestra desgracia es mayor: que nuestro honor era, pues todos los hombres escupen, sobre nuestros altares.—
    20. La carne de sacrificio se vuelve aborrecida, en fragmentos: los ídolos son quebrados, y las imágenes talladas arden, bajo sus ollas.—
    21. Toda nuestra obra se convierte en hazmerreír, y en ruina: todo lo que hemos edificado, y en mofa, todo lo que hemos enseñado.—
    22. Los misterios secretos que les enseñé, laboriosamente: están a punto de ser divulgados, sobre los tejados.—
    23. De los egipcios estaba yo más orgulloso, que de cualquier nación: pues solían adorar incluso, las cebollas y el ajo.—
    24. ¡He aquí! Temo que aun aquí, donde el engaño era tan grande: la verdad prevalezca tanto que allí extraordinariamente, Jesús reine.—
    25. Y si cuando Él era un infante, y huyó y descendió, Egipto se maravilló: sí lo arrulló— este estrangulador de infantes, amó a su Niño.—
    26. ¿Fue una prenda lo que Él descendió a darle, como desposador: dando seguridad de que cuando llegara a la plena edad, Él también la tomará por esposa?—
    27. Faraón no puede afirmar su pie firmemente, pues éste no es tartamudo: como para engañarlo, y no es esclavo, como para mentirle.—
    28. Moisés golpeó y los egipcios se rebelaron, y castigó al pueblo: y los hebreos se rebelaron— Jesús es golpeado, y da vida a todos.—
    29. Esto es difícil de entender que no por la fuerza; ponga Él Su yugo: sobre los rebeldes: Él fue reprendido, y Él instruye a otros.—
    30. El esputo de Su boca, limpió y quitó, la vergüenza de Adán: por las bofetadas en Sus mejillas, arrancó nuestra ira, de Sus discípulos.—
    31. Por los clavos que Él recibió, me hizo sufrir. Yo me regocijé cuando lo crucifiqué: y no sabía que Él me estaba crucificando a mí, en Su crucifixión.

    Himno 61

    Himno 61

    1. Con sabiduría escuchemos a la Muerte, oh amados míos: cómo nos acusa por nuestro llanto, y por nuestro luto.—
    2. R., A Ti sea la alabanza que descendiste, para seguir a Adán: y hallaste a Adán y también en los hijos de Adán. —
    3. Y con razón acaso dice, Matáis: sin misericordia y ¡he aquí! Lloráis, como si fuerais misericordiosos. —
    4. Me habéis hecho como un cruel, oh vosotros asesinos: ¡pues os matáis unos a otros, sin mi ayuda!—
    5. Mientras la Muerte apenas deseaba venir, la espada llegó antes que ella: veamos entonces contra quién clama, la sangre de los asesinados.—
    6. Contra vosotros claman los estrangulados, que fueron sofocados: pues me avergüenza la cuerda, de sus estrangulamientos.—
    7. Me quitan incluso mi descanso, pues sin mí: ¿cómo podrían los estrangulados y los asesinados, entrar en el Seol?—
    8. ¡He aquí! Vuestros infantes son arrojados fuera, como aquellos en Egipto: ¡a vuestros hijos habéis sacrificado a los demonios, oh endemoniados!—
    9. Mientras la Muerte apenas deseaba gustar, de vuestros cadáveres: Caín me refrescó de antemano, con sangre de hombre.—
    10. Mientras yo apenas deseaba esperar con paciencia, hasta que Adán muriera: antes de que yo tuviera poder me disteis poder, sobre vuestros cuerpos.—
    11. Caín con su espada derribó, la puerta del Seol: pues estaba cerrada y antes del tiempo, él la abrió primero.—
    12. Él hollando hizo el camino del Seol, sin mi ayuda: pues en el camino que habéis hollado para mí, ¡he aquí! yo camino por él.—
    13. Novecientos años me senté y esperé, a que Adán muriera: pero Caín ni siquiera un día, soportó a su hermano.—
    14. Los ladrones en los caminos, son peores que yo: yo estoy dormitando mientras ellos, vigilan para matar.—
    15. ¡He aquí! ¡Vuestros degollados en las tumbas, y vuestros asesinados en vuestros caminos; y vuestros estrangulados sobre vuestros maderos!—
    16. Si yo me rebelé contra mi señor, sí y lo maté: ¿quién fue el que mató a estos aquí, dijo Jehú.—
    17. Y si yo la Muerte he tomado, a vuestros difuntos: los estrangulados, los asesinados, y los degollados, ¿quién fue quien los mató?—
    18. Sois Satanás unos para otros, y el Maligno es aborrecido: ¡sois pestilencia unos para otros, y la Muerte es culpada!—
    19. Vuestra propia voluntad es para vosotros Satanás, sí y un asesino: pero de la Muerte y de Satanás, todos los hombres se quejan.—
    20. Veneno de Muerte dais también a beber, unos a otros: ¡he aquí! Cuántas Muertes tenéis, además de mí.—
    21. Astucias, estratagemas, sí y trampas, espada y veneno: cuántas Muertes de vosotros y en vosotros, ¡he aquí! Nacen.—
    22. El juez en la sala del juicio, es una segunda Muerte: él mata por recompensa secreta, pero yo por nada.—
    23. He visto el soborno y me he maravillado de ello, que corrió y me sobrepasó: ¡a cuántos asesinados mata el soborno, y nadie lo percibe!—
    24. Me avergüenzo de que tan torpemente, me conduzco: si tomo aun un cadáver, todos los hombres lo perciben de inmediato.—
    25. En las casas llanto y en las calles, también lamentación: y aun hasta las puertas del Seol, gimen por mí.—
    26. Gemid sobre vosotros mismos que sois tan odiosos, y me odiáis: ¡el Seol de ahora en adelante gemirá sobre vosotros, oh asesinos!—
    27. ¡Con tortura, azotes y fuego, sí con lapidación: dais muerte a los hijos de los hombres, y estáis orgullosos!—
    28. Soy más modesto que vosotros y misericordioso, también reverente: pues con reverencia me llevo, a vuestros difuntos.—
    29. En el lecho trato con suavidad, al que está enfermo: y en silencio lo acuesto a dormir, por solo un rato.

    Himno 62

    Himno 62

    1. ¡He aquí! La Muerte, el Rey del silencio, se queja, hermanos míos: de que hemos llenado su morada con el lamento, de la Esperanza truncada.—
    2. R., ¡A Él sea gran alabanza que descendió a nosotros aquí abajo: y padeció y resucitó y en Su Cuerpo, resucita nuestros cuerpos! —
    3. Mientras lloramos como locos, a las puertas del Seol: escuchad lo que dice la Muerte, reprochándonos.—
    4. Me avergüenza, dice la Muerte, que vosotros, me hayáis vencido: la mitad del Seol no basta, para contener a vuestros asesinados.—
    5. Pues cadáveres ajenos juntos, yacen amontonados en el Seol: hay dos divisiones allí, los muertos, los asesinados.—
    6. Mientras yo debería quejarme de que me habéis agraviado, ¡he aquí! Estáis llorando: habéis reventado la puerta del Seol, y me habéis hecho daño.—
    7. Pues sois como un infante, que mientras aún llora: ríe de nuevo como vosotros también, sobre vuestros muertos.—
    8. Pues no hay discreción en vuestro luto, y no hay entendimiento: en vuestra risa— pues a mí me parecéis, un niño destetado.—
    9. Una hora llorando y lamentando, y poco después: tanto bromas como desenfreno, como de niños.—
    10. Pues sois incapaces de llegar a ser, hombres perfectos: que no lloran sí y no ríen, como los discretos.—
    11. En cuanto a vuestros libros nos afligimos, de que se hayan afanado sobre ellos: quienes deberían leéroslos, aun las divinas Escrituras.—
    12. Los lectores claman en voz alta, porque sois sordos: este su clamor prueba respecto a vosotros, que sois como troncos.—
    13. Pues ya que el lector y el intérprete, claman en voz alta: vuestros oídos por tanto están pesados, o si no vuestros corazones.—
    14. Pues si hubiera con vosotros un oído, abierto a la persuasión: sería propio oír poco, y hacer mucho.—
    15. Pero porque su oído está cerrado, quienquiera que llame a él: la voz vuelve de regreso a aquel, que la envió.—
    16. No hay clamor conmigo de lo mío, no soy sordo: nadie que lea o interprete para mí, no soy torpe.—
    17. El aliento que viene de Él me ordena, hijos del Dios de verdad: y con el mandato sigue, también el cumplimiento.—
    18. Conmigo no hay contención, ni desvíos: no conozco ni siquiera flecha, que pudiera sobrepasarme.—
    19. Pero vuestras voces son despreciadas por mí, cuando estáis llorando: sobre las tumbas de vuestros difuntos, en el truncado de la esperanza.—
    20. Si fuera posible o permitido, cuando estáis llorando: saldría y os lo diría a vosotros, a vuestras caras.—
    21. Estoy esforzándome por dar, cuenta de la muerte: y vuestras voces me perturban, de modo que me equivoco en mi cuenta. —
    22. Vosotras naciones, no dejéis que vuestro entendimiento, se vuelva infantil: como aquella nación cuya inteligencia, nunca fue grande.—
    23. En la cual la prudencia no se otorga a sí misma, como en un necio: pues sus pensamientos son tinieblas, sin discernimiento.—
    24. Pues vuestros infantes y vuestros hijos, en la resurrección: serán los primeros en salir, como las primicias—
    25. Luego después de ellos vendrán los justos, como victoriosos: último saldrá el pecador, como avergonzado.—
    26. Pues aunque en un abrir y cerrar de ojos, sean vivificados: sin embargo es en orden que sus filas, salgan del Seol.—
    27. Los profetas salen y los Apóstoles, y los santos Padres: siguiéndolos en debida formación, según el mandato.—
    28. ¡He aquí! Lo que ahora se siembra, en mezcla desordenada: se devuelve en gran orden, como hierbas de jardín.—
    29. Pues aunque uno en la siembra, mezcle todas las semillas: aquello que es más temprano que su semejante, se anticipa a su semejante—30. Y no como su descenso fue confuso, tan desordenado será: su ascenso desde la tierra, pues su orden está fijado.—
    31. ¡He aquí! He estado contra mí mismo, en lo que he dicho: pues las cosas secretas que no comprendíais, de mí las habéis aprendido.—
    32. En lugar de las lágrimas que no aprovechan, que están en la tumba: derramadlas en vuestra oración, en medio de la Iglesia.—
    33. Pues para los muertos hay provecho en éstas, y asimismo para los vivos: ¡no lloréis con un llanto que aflige, a muertos y vivos!

    Himno 63

    Himno 63

    1. ¿Quién pesará la recompensa de Abraham? De quien me maravillé cuando ató a su único hijo.—
    2. R., A Ti sea la gloria, Voz que das vida a los muertos en el Seol: ¡y han subido como pregoneros de Su Hijo, que a todos vivifica! —
    3. En aquel tiempo salí a toda prisa a ver la maravilla: cómo su cuchillo estaba desenvainado contra su amado.—
    4. Reuní mis múltiples recuerdos de todas partes: y recogí mi espíritu para maravillarme de aquel ilustre.—
    5. ¿Cómo, pues, podéis leer aquella gran historia? Habéis despreciado su lectura, en vuestros mismos oídos.—
    6. La espada de Jefté reprende al que se lamenta: su hija fue para él un espejo de vida de entre los muertos.—
    7. Ella se entregó por su padre; así, encomendad vosotros: vuestra vida al Padre de todos, en la esperanza de vuestro fin.—
    8. ¿No hicisteis, pues, en el vientre, prueba de un misterio del Seol? Sin embargo, en el Seol tuvisteis más descanso que en el vientre.—
    9. Es obstinación en vosotros alzaros contra mi poderosa voluntad: pues, he aquí, para socorrerlos me llevo a vuestros difuntos.—
    10. Por el rey de Moab que mató con sus manos a su hijo: queda avergonzado el que se lamenta por el difunto.—
    11. Era un hombre profano, he aquí, según lo que leéis: pero vosotros sois doctores y maestros, según suponéis.—
    12. Él soportó, pero vosotros estáis furiosos en vuestro duelo: contra la voluntad del Señor de todos, mientras lloráis.—
    13. Temo, sin embargo, dejar pasar la historia de Job: por esta boca débil mía, pues soy indigno.—
    14. Así, de igual modo, me aparto de la mención de sus huesos: aunque alabo a Aquel que concedió que vinieran a mí.—
    15. No deshonréis vuestros miembros con vuestros pecados: pues en el Seol son despreciados los huesos de los malhechores.—
    16. Siempre que veo el cuerpo de uno de los malvados: lo pisoteo y maldigo, incluso su memoria.—
    17. Pero dondequiera que veo un hueso de uno de los justos, lo pongo aparte y lo honro, y le rindo culto.—
    18. Vosotros, débiles, no comprendéis todas mis ordenanzas: entre vosotros las órdenes están confundidas, pues sois ciegos.—
    19. Solo a Moisés conozco que haya honrado como yo: los huesos de aquel José a quien yo engrandezco.—
    20. Pero Moisés dio tal honra a un solo cuerpo puro: mas yo, al cuerpo y a los huesos de todos los justos.—
    21. Resplandecen con brillo los huesos de los Profetas y de los Apóstoles: lámpara para mí en las tinieblas son todos los justos.—
    22. Adoro a Aquel que ilumina para mí las tinieblas del Seol: el esplendor de Moisés, que fue tan grande, fue como el sol para mí.

    Himno 64

    Himno 64

    1. Oh débiles, ¿por qué lloráis sobre vuestros muertos: que en la muerte descansan de dolores y pecados?—
    2. R., Gloria a Aquel que todo lo soportó por causa de todos los hombres: sí, gustó la muerte por todos, para dar vida a todos —
    3. Os revelo que hasta Satanás, aunque muy contento: con vuestro llanto, se ríe mucho de vuestro duelo.—
    4. En son de burla me guiña y me hace señas, como un bufón: Venid, riámonos de los pecadores, pues he aquí, están locos. —
    5. Verdaderamente han abandonado el recuerdo de aquel fuego, que he escondido para ellos: y he aquí, los necios están ebrios de llanto por sus difuntos.—
    6. En vez de llorar como si, sin provisión: yo hubiera saqueado y enviado fuera a sus muertos, he aquí, están locos.—
    7. Las almas de los malvados serán afligidas, hasta el día del juicio: y estos lloran sobre las tumbas, como locos.—
    8. No se preocupan de sus propios pecados, pues quizá mañana: deban ir con vergüenza de rostro a reunirse con sus muertos.—
    9. Y así todos serán avergonzados por igual, familia por familia: en el Seol los desdichados se arrepentirán sin provecho.—
    10. Dejad al ebrio y al loco, hasta aquel día: en que cada uno sacudirá de sí el vino con que se enloqueció.—
    11. Iré a reunirlos, como a niños: para que jueguen al libertino y al loco, hasta que perezcan.—
    12. He aquí, os he revelado el misterio, el secreto de mi camarada: salid, pues, apartaos, enmendaos con arrepentimiento.—
    13. Dejadme; yo también me iré, atenderé mis asuntos: para que con rostro descubierto pueda dar cuenta a mi Señor.—
    14. Sé que el viento, al soplar, se ha llevado mis palabras: porque sois los mismos a quienes muchas veces he puesto a prueba.—
    15. Recuerdo a Jeremías, cómo comparó la osadía: con el indio que no muda su piel, aunque es de libertad.—
    16. Pues también esto pertenece a la libertad: que se ata a sí misma por la voluntad, como por naturaleza.—
    17. Pues tan poderosa es la voluntad, en los que son libres: que puede asemejarse a la naturaleza por sus obras.

    Himno 65

    Himno 65

    1. Hombre, oh Muerte, no lo desprecies, esa imagen de Adán: que como semilla es entregada a la tierra, hasta la Resurrección.—
    2. R., A Ti sea la gloria, que descendiste y te sumergiste, tras Adán: ¡y lo sacaste de las profundidades del Seol, y lo introdujiste en el Edén! —
    3. Muerte, me maravillo de esta semilla y de tus palabras: pues he aquí, después de cinco mil años, aún no brota.—
    4. H., Su estado presente pasa, como pasa el invierno: y como un puñado de grano viene en la resurrección, al granero de la vida.—
    5. M., Que hay tiempo de vendimia, he aquí, lo sé, pero no he visto: los muertos sembrados en algún tiempo, ni aun segados.—
    6. H., Viene una siega, oh Muerte, que te dejará desnuda: y los Vigilantes saldrán como segadores, y te asolarán.—
    7. M., ¿Cuándo me convertí en labrador, en vez de viñador? ¿Quién ha convertido el lagar del Seol en campo labrado?—
    8. H., ¿No te enseña, pues, la semilla, que se corrompe y muere: y es cortada de la esperanza, pero de la lluvia recobra esperanza?—
    9. M., Un sueño habéis visto, oh débiles, de vida de entre los muertos: pues en el tiempo de vela no veis la resurrección.—
    10. H., Vuestra somnolencia os impide ver: las multitudes de misterios que claman a gritos la resurrección.—
    11. M., Sé que las semillas cobran vida, pero no he visto: huesos que hayan crecido en el Seol, y brotado y subido.—
    12. H., Todo tu discurso es como tú, pues he aquí, Ezequiel: te ha enseñado cómo en el valle los muertos cobran vida.—
    13. M., He visto árboles que en verano se visten con sus ropas: pero los huesos en su desnudez son arrojados al Seol.—
    14. H., Moisés quebrantó con su esplendor tu corazón, oh Muerte: el hijo de Adán ha recobrado y se ha revestido de la gloria de Adán.—
    15. M., Nuestra ley en el Seol es esta: guardar silencio; pues vosotros sois palabras, y para mí son obras, oh débiles.—
    16. H., ¿Cómo pasan de largo los ancianos si eres viñador? Aquel que te impidió tomar sus vidas, Él mismo vivifica a todos.—
    17. El niño en el vientre te confuta, que está como sepultado allí: a mí me proclama vida de entre los muertos, y a ti despojo.—
    18. La flor despreciada te desprecia, pues está encerrada y pasada por alto: y aunque perdida, no está perdida, sino que florece de nuevo.—
    19. El polluelo grita desde el huevo en que está sepultado: y las tumbas son rasgadas por una Voz, y el cuerpo se levanta.—
    20. Pues también es un cuerpo el polluelo que está en el huevo: he aquí, su cuerpo a nuestro cuerpo proclama la vida de entre los muertos.—
    21. Con la langosta queda derribada y terminada tu causa, oh Muerte: pues al salir del polvo enseña la vida de entre los muertos.—
    22. M., Me habría contentado si ya hubiera sido la resurrección: pues el día de la resurrección me habría turbado menos, que vuestros juicios.—
    23. Misericordioso es el Hijo del Altísimo, sí, bueno y justo: y no vengará con dureza en mí la muerte de Adán.—
    24. ¿No tenéis, pues, entendimiento para percibir esto: que vuestro padre puso sobre mí esta retribución?

    Himno 66

    Himno 66

    1. Callad, oh mortales (dijo la Muerte), un poco de tiempo: y sed como yo, que estoy tan silenciosa en medio del Seol.—
    2. R., A Ti sea la gloria, Vigilante, que descendiste tras los que dormían: ¡y pronuncia la voz desde el Árbol, y despiértalos! —
    3. Estáis afligidos, sí, llorando, por el que se ha ido: como si viniera a moler para mí el molino en el Seol.—
    4. Grande es la paz que doy a los fatigados: no me canso como vosotros, ni los fatigo.—
    5. Oigo toda clase de maldiciones de hombres ingratos: los hijos de Adán son como Adán, que fue ingrato con su Señor.—
    6. Contrarias entre sí son vuestras voces y vuestras obras: con vuestras voces lloráis, y en vuestras obras peleáis cada día.—
    7. Oí llanto y pensé para mis adentros que nadie trabaja: vi afán y pensé para mis adentros que nadie muere.—
    8. Las luchas del hombre me hicieron pensar que no es mortal: su gran llanto me hizo pensar que mañana ya no existe.—
    9. Oíd y dejad que sea vuestro consejero, si queréis: pues estas dos cargas son muy amargas.—
    10. Cesad un poco de este trabajo y de este llanto: trabajad y llorad como mortales, que mañana se desvanecen.—
    11. Estáis frenéticos de llanto por vuestros difuntos: y lucháis afanándoos por vuestras posesiones.—
    12. Bien les va a los niños que mueren, y benditos son: pues quedan libres de la miseria a la que sois arrojados.—
    13. Permitidme ir al Seol y allí decir: ¡Felices vosotros, muertos silenciosos, cuán tranquilos estáis! —
    14. Oíd la conclusión de nuestras propias palabras, Si hay resurrección: no lloréis ni trabajéis como extranjeros.—
    15. Lucháis como quien ha de vivir aquí para siempre: y lloráis como quien nunca ha de resucitar.—
    16. Oíd mis palabras, si hay en vosotros lugar para oír: y preparad provisión, para que cuando os llame podáis responder.—
    17. Pues yo también escucho a Aquel que me llama: y devolveré vuestros cuerpos con vuestros tesoros.—
    18. Haya paz entre nosotros, hasta aquel día: y cuando salgáis, clamaré y diré, ¡Partid en paz! —
    19. Venid, vosotros y yo, aun ahora, daremos gloria: a Aquel que lleva a la muerte y a la vida, para que dé auxilio.—
    20. Alabanza de todos nosotros sea a Ti, oh Señor, Sacrificio viviente: que por el sacrificio de Tu Cuerpo has dado vida a vivos y muertos.—
    21. Alabanza a Aquel que se vistió de nuestro cuerpo, y murió y resucitó: Él murió en nosotros y nosotros vivimos en Él, ¡bendito sea Aquel que lo envió!

    Himno 67

    Himno 67

    1. Venid, oigamos cómo la Muerte convence al Pueblo: que más dura que la Muerte fue su espada contra los justos.—
    2. R., A Ti sea la gloria, que por Tu sacrificio redimiste nuestra deshonra: y cuya muerte fue en lugar de todas las muertes, para que resucitaras a todos! —
    3. No fue la Muerte en verdad quien crucificó a Jesús, sino el Pueblo: ¡cuán odioso es, pues, el Pueblo, que es aún más odioso que yo!—
    4. En la cisterna arrojaron a Jeremías, en la cisterna cenagosa: pero yo en el Seol asigné honra a sus huesos.—
    5. A Nabot lo molieron a pedradas hasta la muerte, como si fuera un perro: ¡cuán bueno soy yo, que jamás he apedreado ni a un perro!—
    6. Las mujeres hebreas, en el hambre, comieron a sus hijos: el Seol es bueno, que los entrega y los devuelve sin dificultad.—
    7. A la viuda le devolví su hijo por mano de Elías: a la sunamita su amado por mano de Eliseo.—
    8. Las mujeres hebreas, en su avidez, comieron a sus hijos: el Seol devolvió los muertos y aprendió a ayunar sobriamente.—
    9. El Seol no era en verdad Seol, sino su semejanza: Jezabel fue el verdadero Seol, que devoró a los justos.—
    10. A los hijos de los profetas y a los profetas, los mató y derribó: al cielo escapó Elías de su furia.—
    11. ¡Cuántas muertes en lugar de una sola Muerte había entre el Pueblo! ¡Y cuántos Seoles en lugar de uno solo había también!—
    12. Samaría y Jezrael, sus hijas, en Israel: y Sión y Jerusalén, su hermana, en Judea.—
    13. Profetas y justos en Judea, y en Israel: en estos dos abismos fueron ahogados.—
    14. ¿Por qué, pues, es odiado el Seol, y solo él: habiendo muchos que son más odiosos que él?—
    15. Los muertos de los hombres de Judá me son muy odiosos: sí, aborrecidos me son sus huesos en medio del Seol.—
    16. ¡Ojalá tuviera yo un modo de echarlos fuera: de arrojar de allí, del Seol, sus huesos, pues la hacen pudrir!—
    17. Me maravillo del Espíritu Santo, que habitó así: en medio de un Pueblo cuyo olor apestaba, como su conversación.—
    18. Cebollas y ajos son los heraldos de sus obras: como es el alimento, así es el entendimiento de este pueblo contaminado.—
    19. Por la súplica de todos los que se inclinan y adoran a Tu Padre: ten misericordia de Tu adorador, que es ingrato con Tu amor.—
    20. De hebreos y arameos, y también de los Vigilantes: a Ti sea alabanza, y por Ti a Tu Padre, sea también gloria.—
    21. Porque tengo boca para la Muerte, que no tiene boca: ¡que el Hijo, que es todas las bocas, aparte de Su Padre mi ofensa!

    Himno 68

    Himno 68

    1. Hombre., oh Muerte, no te jactes, sobre los justos: los hijos de tu Señor que a Su mandato, vienen a morar contigo.—
    2. R., A Ti sea la gloria porque por Tu mandato, reinó la Muerte: y por Tu Resurrección ha sido humillada a baja condición! —
    3. Muerte., En esto soy sumamente grande, según tu dicho: que aunque soy esclava, pisoteo a los que son libres.—
    4. H., Adán fue elegido y soberano, y bajo su yugo: tú, Muerte, y el Maligno, tu compañero, os hicisteis esclavos.—
    5. M., Este es nuestro orgullo: que, he aquí, los esclavos se han hecho señores: la Muerte y Satanás, su compañero, han pisoteado a Adán.—
    6. H., ¡He aquí la humillación de ti y de tu compañero, siervos malditos! Cómo Enoc os pisoteó a ambos, y subió a lo alto y reinó.—
    7. M., Si Enoc me hizo entristecerme, aún tengo consuelo: pues sobre el polvo de Noé en el Seol, he aquí, pisoteo.—
    8. H., Tiembla, oh Muerte, ante el hombre, pues aunque siervo: el yugo de su dominio reina sobre todas las criaturas.—
    9. M., Me alegro, pues, de que no sean viles enemigos los que he vencido: porque según la grandeza del vencido, es grande el vencedor.—
    10. H., Bien canta triunfo tu voz, oh Muerte, sobre los justos: pues Enoc y Elías han quebrado tu par de alas.—
    11. M., Sé cómo sopesar mis dolores con mis consuelos: en lugar de dos, he aquí, muchos han llegado y están llegando.—
    12. H., Todos los que han llegado y llegan a ti moran como peregrinos, y salen de tu morada como Lázaro.—
    13. M., Este tu dicho no me hiere, antes me sana: pues a Lázaro, que se rebeló contra mí, de nuevo lo sometí.—
    14. H., Responde, oh Muerte, y argumenta qué lo obligó: a ser resucitado, si no fue un misterio que manifestaba su resurrección.—
    15. M., Sois famosos en argumentar como ociosos, mientras yo trabajo en mi tarea de discernir y obrar—
    16. H., Estabas bien preparado para el argumento, ¿qué te ha detenido? La verdad de nuestra resurrección te ha constreñido por su fama.—
    17. M., Me habéis hecho odiosa entre vosotros, aunque no soy odiosa: soy yo la que da descanso a vuestros ancianos y a vuestros afligidos.—
    18. Me habéis hecho como una que perturba, oh mortales: Adán trajo la muerte sobre vosotros, y yo llevo la culpa.—
    19. Suavemente os expondré, pues soy esclava, y vosotros sois quienes por vuestros pecados me habéis hecho reina.—
    20. La voluntad de Adán me despertó, pues yo estaba en reposo: yo estaba muerta y vosotros me disteis vida, para que murierais por mí.—
    21. Acuso a los mentirosos, que mataron y lo negaron: pues Adán se mató a sí mismo y me acusa a mí.—
    22. El comienzo de la contienda fue la serpiente maldita, que con razón ha quedado lisiada: que se arrastró, entró y puso enemistad entre mí y vosotros.—
    23. Satanás queda de lado, y contra mí os enardecéis: id, luchad con el Maligno que os hizo transgredir.—
    24. Él es mi camarada y no lo niego, pero aunque sea muy odiado, ¿qué necesidad hay de que yo sea culpada por él? Lo niego de aquí en adelante.—
    25. Escuchad mis palabras, oh mortales, y os consolaré: os he afligido y confieso la vida de entre los muertos.—
    26. Pues comienza a hurtadillas a entrar en mis oídos una voz de preparación: de la trompeta que se mantiene lista para sonar.—
    27. Oíd mis palabras y poned mucho aceite en vuestras lámparas: pues de mi parte no hay impedimento para vosotros.—
    28. Sin embargo, sabed que aunque he dicho estas cosas, querido es el sonido de vuestra voz en la soledad del Seol.—
    29. Pues el hombre ha sido pesado por mí, y grande es su paz: pues serpientes, peces y aves vienen a su encuentro.—
    30. Pero es una maravilla que también a los Vigilantes les sea querida su conversación: sí, el Maligno en la Gehena desea su presencia.—
    31. Tendréis vida de entre los muertos, oh mortales, y yo, que quedo despojada, quedaré despojada en medio del Seol.—
    32. ¡Ascienda la alabanza de todos a Ti, que a todos vivificas, y que de todos los rincones recoges el polvo de Adán!

    La Perla — Siete himnos sobre la fe

    Himno 1

    La Perla, Himno 1

    1. En cierto día tomé una perla, hermanos míos; vi en ella misterios pertenecientes al Reino; semejanzas y tipos de la Majestad; se hizo fuente, y bebí de ella misterios del Hijo.
    La puse, hermanos míos, sobre la palma de mi mano, para examinarla: fui a mirarla por un lado, y resultó tener rostros por todos lados. Hallé que el Hijo era incomprensible, porque Él es enteramente Luz.
    En su resplandor contemplé al Resplandeciente que no puede ser nublado, y en su pureza un gran misterio, aun el Cuerpo de nuestro Señor, que está bien refinado: en su indivisión vi la Verdad que es indivisa.
    Fue así que vi allí su concepción pura: la Iglesia, y al Hijo dentro de ella. La nube era la semejanza de la que lo llevó, y su tipo el cielo, pues de ella resplandeció su fulgor lleno de gracia.
    Vi en ella sus trofeos, y sus victorias, y sus coronas. Vi sus gracias auxiliadoras y desbordantes, y sus cosas ocultas junto con sus cosas reveladas.
    2. Fue para mí mayor que el arca, pues quedé asombrado de ello: vi en ella pliegues sin sombra para ellos, porque era hija de la luz, tipos vocales sin lenguas, expresiones de misterios sin labios, un arpa silenciosa que sin voz daba melodías.
    La trompeta desfallece y el trueno murmura; no seas, pues, audaz; deja las cosas ocultas, toma las reveladas. Has visto en el cielo claro una segunda lluvia; las hendiduras de tus oídos, como de las nubes, están llenas de interpretaciones.
    Y como aquel maná que solo llenó al pueblo, en lugar de manjares agradables, con sus delicias, así me llena esta perla en lugar de los libros, y de su lectura, y de sus explicaciones.
    Y cuando pregunté si había aún otros misterios, no tuvo boca para mí para que yo oyera de ella, ni oídos con que pudiera oírme. ¡Oh cosa sin sentidos, de la cual he ganado nuevos sentidos!
    3. Me respondió y dijo: ¡Hija del mar soy, del mar ilimitado! Y de aquel mar de donde subí es que hay un poderoso tesoro de misterios en mi seno. ¡Escudriña el mar, pero no escudriñes al Señor del mar!
    He visto a los diversos que descendieron después de mí, cuando estaban asombrados, de modo que desde en medio del mar volvieron a tierra seca; por unos momentos no lo soportaron. ¿Quién se detendría y seguiría escudriñando en las profundidades de la Deidad?
    Las olas del Hijo están llenas de bendiciones, y también de daños. ¿No has visto, pues, las olas del mar, que si una nave luchara contra ellas la harían pedazos, y si se entrega a ellas y no se rebela contra ellas, entonces es preservada? En el mar todos los egipcios se ahogaron, aunque no lo escudriñaron, y, sin curiosear, los hebreos también fueron vencidos sobre tierra seca, ¿y cómo serás tú mantenido con vida? Y los hombres de Sodoma fueron lamidos por el fuego, ¿y cómo prevalecerás?
    Ante estos estruendos los peces del mar se agitaron, y también Leviatán. ¿Tienes, pues, un corazón de piedra, que lees estas cosas y caes en estos errores? ¡Oh gran temor de que también la justicia esté tanto tiempo en silencio! []
    4. El escudriñar está mezclado con acción de gracias, ¿y cuál de los dos prevalecerá? El incienso de alabanza sube junto con el humo de la disputa desde la lengua, ¿y a cuál escucharemos? Oración y curiosidad [salen] de una misma boca, [] ¿y a cuál escucharemos?
    Por tres días fue Jonás vecino [mío] en el mar: los seres vivientes que estaban en el mar se espantaron, [diciendo,] ¿Quién huirá de Dios? ¡Jonás huyó, y tú eres obstinado en escudriñarlo!
    Comentario editorial · Una perla mirada por todos lados
    Gwynn llama a estos siete himnos «sobre la fe», «también llamados La Perla», y los toma de la versión de J. B. Morris (1847), que revisó para suavizar su literalidad. En la primera estrofa Efrén toma la perla en la mano, la mira «por todos lados» y ve en ella misterios del Reino y del Hijo. Wikipedia (en) cuenta la perla entre las seis metáforas de raíz de su obra, según un resumen de Christopher Buck, con el médico, el remedio de vida, el espejo, el árbol de la vida y el paraíso. Lectura del editor: es un buen ejemplo de cómo lee Efrén, un objeto concreto que, vuelto de lado a lado, muestra otra cosa.

    Himno 2

    La Perla, Himno 2

    1. ¿A qué eres semejante? Deja que tu silencio hable a quien oye; con boca silenciosa habla con nosotros: pues quien oye los balbuceos de tu silencio, a él tu tipo profiere su grito silencioso acerca de nuestro Redentor.
    Tu madre es una virgen del mar; aunque él no la tomó [por esposa]: ella cayó en su seno, aunque él no la conoció; ella te concibió cerca de él, aunque él no la conoció. Tú, que eres un tipo, reprocha a las mujeres judías que te llevan colgado de ellas. Tú eres la única progenie de todas las formas que eres semejante al Verbo en lo alto, a quien solo el Altísimo engendró. Las formas grabadas parecen ser el tipo de las cosas creadas de arriba. Este vástago visible del seno invisible es tipo de cosas grandes. Tu hermosa concepción fue sin semilla, y sin matrimonio fue tu generación pura, y sin hermanos fue tu nacimiento único.
    Nuestro Señor tuvo hermanos y, sin embargo, no los tuvo, pues era Unigénito. ¡Oh solitario, tú eres tipo exacto del Unigénito! Hay un tipo tuyo en la corona de los reyes, [en la cual] tienes hermanos y hermanas.
    Hermosas gemas son tus hermanas, con berilos y perlas como tus compañeras: sea el oro, por así decirlo, tu pariente, haya para el Rey de reyes una corona de tus bienamados. Cuando subiste del mar, aquel sepulcro viviente, clamaste. Permíteme tener una hermosa asamblea de hermanos, parientes y allegados. Como el trigo está en la caña, así estás tú en la corona con los príncipes: y es una justa restauración para ti, como de una prenda, que desde aquella profundidad seas exaltado a una hermosa eminencia. El trigo lo lleva la caña en el campo; a ti te lleva la cabeza del rey sobre su carro.
    Oh hija del agua, que has dejado el mar, en el cual naciste, y has subido a la tierra seca, en la cual eres amada: pues los hombres te han amado, te han tomado y se han adornado contigo, como hicieron con aquel Vástago a quien los gentiles amaron y con el cual se coronaron.
    Es por el misterio de la verdad que Leviatán es pisoteado por los mortales: los diversos se despojan de él y se revisten de Cristo. En el sacramento del óleo los Apóstoles te hurtaron y subieron. Arrebataron sus almas de su boca, amarga como era.
    Tu naturaleza es como un cordero silencioso en su dulzura; si un hombre ha de asirlo, lo levanta en forma de cruz por las orejas, como fue en el Gólgota. Él derramó abundantemente todos sus fulgores sobre los que lo miraban.
    2. En tu belleza está prefigurada la belleza del Hijo, que se vistió de sufrimiento cuando los clavos lo traspasaron. El punzón pasó por ti, ya que te trataron con rudeza, como lo hicieron con sus manos; y porque Él sufrió reinó, como por tus sufrimientos aumentó tu belleza.
    Y si no tuvieron piedad de ti, tampoco te amaron: aun sufriendo como pudiste, ¡has llegado a reinar! Simón Pedro tuvo piedad de la Roca; quien la ha herido, queda él mismo vencido por ello; es a causa de su sufrimiento que su belleza ha adornado lo alto y lo profundo.

    Himno 3

    La Perla, Himno 3

    1. ¡No te ocultas en tu desnudez, oh perla! Con el amor de ti también el mercader queda arrebatado, pues se despoja de sus vestiduras; no para cubrirte, [pues] tu vestidura es tu luz, tu manto es tu resplandor, ¡oh tú que estás desnuda!
    Eres como Eva, que fue vestida de desnudez. Maldito el que la engañó, la despojó y la dejó. La serpiente no puede despojarte de tu gloria. En los misterios de los cuales eres tipo, las mujeres son vestidas de Luz en el Edén.
    2. Muy relucientes son las perlas de Etiopía, como está escrito: Quien te dio a Etiopía, [tierra] de hombres negros. Aquel que dio luz a los gentiles, sus rayos resplandecientes alcanzaron tanto a los etíopes como a los indios.
    El eunuco de Etiopía sobre su carro [] vio a Felipe: el Cordero de Luz salió al encuentro del hombre oscuro desde el agua. Mientras él leía, el etíope fue bautizado y resplandeció de gozo, ¡y siguió su camino!
    Hizo discípulos y enseñó, y de hombres negros hizo hombres blancos. Y las oscuras mujeres etíopes se hicieron perlas para el Hijo; Él las ofreció al Padre, como corona reluciente de los etíopes.
    3. La reina de Sabá [] fue una oveja que había venido al lugar de los lobos; la lámpara de la verdad le dio Salomón, quien también se casó con ella cuando se apartó. Ella fue iluminada y se fue, pero ellos permanecieron en tinieblas, como era su costumbre.
    La chispa brillante que bajó a casa con aquella bendita [reina], mantuvo su resplandor en medio de las tinieblas, hasta que vino el nuevo Oriente. La chispa brillante se encontró con este resplandor e iluminó el lugar.
    4. Hay en el mar peces diversos de muchos codos, y con toda su grandeza son muy pequeños; pero por tu pequeñez la corona es engrandecida, como el Hijo, por cuya pequeñez Adán fue engrandecido.
    Para la cabeza está destinada tu corona: para el ojo tu belleza, para el oído tu hermosura. Sube del mar, tú, vecina de la tierra seca, y ven y mora junto al [asiento del] oído. ¡Que el oído ame la palabra de vida como te ama a ti!
    En el oído está la palabra, y sin él está la perla. Que él, siendo advertido por ti, obtenga sabiduría por ti, y sea advertido por la palabra de verdad. Sé su espejo: la belleza del Verbo en tu propia belleza verá; en ti aprenderá cuán precioso es el Verbo en lo alto. El oído es la hoja: la carne es el árbol, y tú en medio de ella eres un fruto de luz, y para el seno que da a luz la Luz, eres un tipo que señala.
    ¡A ti te usó como parábola de aquel reino, oh perla! ¡Como hizo con las vírgenes que entraron en él, cinco en número, vestidas con la luz de sus lámparas! A ti se asemejan aquellas resplandecientes, ¡tú que estás vestida de luz!
    5. ¿Quién daría una perla a la hija de los pobres? Pues cuando cuelga de ella, no le sienta bien. Gana sin precio esa fe, que sienta bien a todos los miembros de los hombres. Pero por ningún oro cambiaría una dama su perla.
    ¡Sería una gran desgracia que arrojaras tu perla al lodo por nada!
    En la perla del tiempo contemplemos la de la eternidad; pues está en la bolsa, o en el sello, o en el tesoro. Dentro de la puerta hay otras puertas con sus cerraduras y llaves. Tu perla tiene al Altísimo sellado como quien lleva cuenta de todo.

    Himno 4

    La Perla, Himno 4

    1. El ladrón alcanzó la fe que lo alcanzó a él, [] y lo levantó y lo puso en el paraíso. Vio en la Cruz un árbol de vida; aquella era el fruto, y él fue el que comió en lugar de Adán.
    El necio, que se extravía, roza la fe, como si fuera un ojo, [] con toda clase de preguntas. El hurgar del dedo ciega el ojo, y mucho más ciega la fe aquel escudriñar.
    Pues ni el buceador escudriña su perla. En ella se regocijan todos los mercaderes sin escudriñar de dónde vino; aun el rey que es coronado con ella no la explora.
    2. Porque Balaam era necio, una bestia necia en el asna habló con él, porque despreció a Dios que hablaba con él. Tú también deja que la perla reprenda en lugar del asna.
    Al pueblo que tenía corazón de piedra, por una Piedra lo redujo a nada, [] pues he aquí, una piedra oye palabras. Testigo es su obra que los ha reprendido; y vosotros, sordos, dejad que la perla reprenda hoy.
    Con la golondrina [] y el cuervo avergonzó a los hombres; con el buey, sí, con el asno, [] los avergonzó; que la perla reprenda ahora, oh aves y cosas de la tierra y cosas de abajo.
    3. No como la luna tu luz se llena ni mengua; el Sol, cuya luz es mayor que todas, ¡he aquí! De Él es que un tipo está prefigurado en tu pequeño ámbito. ¡Oh tipo del Hijo, una chispa del cual es mayor que el sol!—
    La perla misma está llena, pues su luz está llena; ni hay artífice astuto que pueda hurtar de ella; pues su muro es su propia belleza, ¡sí, y también su guarda! No le falta nada, pues es enteramente perfecta.
    Y si un hombre te quebrara para tomar una parte de ti, eres como la fe que perece con los herejes, puesto que la han hecho pedazos y la han echado a perder: pues ¿es acaso mejor que esto tener la fe escudriñada?
    La fe es una naturaleza entera que no puede ser corrompida. El expoliador se procura daño por ella; el hereje se acarrea ruina con ello. El que ahuyenta la luz de sus pupilas se ciega a sí mismo.
    El fuego y el aire se dividen cuando son separados. Solo la Luz, de todas las criaturas, como su Creador, no se divide; no es estéril, porque también engendra sin perder por ello.
    4. Y si un hombre piensa que eres formada [por arte], yerra grandemente; tu naturaleza proclama que tú, como todas las piedras, no eres hechura del arte; y así eres un tipo de la Generación que ninguna hechura formó.
    Tu piedra huye de la comparación con la Piedra [que es] el Hijo. Pues tu propia generación es de en medio del abismo; la del Hijo de tu Creador es de la altura más alta; Él no es como tú, en que Él es como su Padre.
    Y según cuentan, dos senos te llevaron también a ti. Bajaste de lo alto como naturaleza fluida; subiste del mar como cuerpo sólido. Por medio de tu segundo nacimiento mostraste tu hermosura a los hijos de los hombres.
    Manos te fijaron, cuando fuiste encarnada, en tus engastes; pues estás en la corona como sobre una cruz, y en la diadema como en una victoria; estás sobre las orejas, como para llenar lo que faltaba; te extiendes sobre todo.

    Himno 5

    La Perla, Himno 5

    1. ¡Oh don que subiste sin precio [] con el buceador! Te apoderaste de esta luz visible, que sin precio se levanta para los hijos de los hombres: ¡parábola del Oculto que sin precio da el Oriente escondido!
    Y también el pintor pinta una semejanza tuya con colores. Sin embargo, por ti es pintada la fe en tipos y emblemas en lugar de colores, y en lugar de la imagen, por ti y tus colores es pintado tu Creador.
    ¡Oh tú, incienso sin olor, que exhalas tipos de ti! ¡No has de ser comido, y sin embargo das dulce fragancia a los que te oyen! No has de ser bebido, y sin embargo por tu historia te haces fuente de tipos para los oídos.
    2. ¡Eres tú quien eres grande en tu pequeñez, oh perla! Pequeña es tu medida y poco tu ámbito con tu peso; pero grande es tu gloria: para aquella corona sola en la que eres colocada, no hay semejante.
    ¿Y quién no ha advertido cuán grande es tu pequeñez? Si alguien te desprecia y te arroja, se culparía a sí mismo por su necedad; pues cuando te vio en la corona de un rey se sintió atraído hacia ti.
    3. Los hombres se despojaron de sus vestidos, se zambulleron y te sacaron, ¡perla! No fueron reyes quienes te pusieron delante de los hombres, sino aquellos desnudos que eran figura de los pobres, de los pescadores y de los galileos.
    Pues los cuerpos vestidos no podían llegar hasta ti; vinieron despojados como niños; sumergieron sus cuerpos y bajaron hasta ti; y tú los deseaste mucho, y socorriste a los que así te amaron.
    Buenas nuevas dieron por ti: los pobres [pescadores] abrieron sus lenguas ante sus pechos, y produjeron y mostraron las nuevas riquezas entre los mercaderes; sobre las muñecas de los hombres te pusieron como medicina de vida.
    4. Los desnudos, en figura, vieron tu resurrección a la orilla del mar; y junto al lago, ellos, los Apóstoles en verdad, vieron la resurrección del Hijo de tu Creador. Por ti y por tu Señor fueron embellecidos el mar y el lago.
    El buzo subió del mar y se puso sus vestidos; y también del lago subió nadando Simón Pedro y se puso su manto; [] vestidos como con mantos, con el amor de ambos, estuvieron estos dos.
    5. Y puesto que he vagado en ti, perla, recogeré mi mente; y habiéndote contemplado, llegaría a ser semejante a ti, en que tú estás toda recogida en ti misma; y como tú en todo tiempo eres una, ¡hazme uno por ti!
    Perlas he reunido para hacer una corona para el Hijo en lugar de las manchas que hay en mis miembros. Recibe mi ofrenda, no porque Tú tengas falta; es por mi propia falta que te la he ofrecido. ¡Blanquea mis manchas!
    Esta corona es toda de perlas espirituales, que en lugar de oro están engastadas en amor, y en lugar de broches en fe; y en lugar de manos, ¡que la alabanza la ofrezca al Altísimo!

    Himno 6

    La Perla, Himno 6

    1. ¡Ojalá que la memoria de los padres exhalara de las tumbas; que fueron muy sencillos como sabios, y venerables como creyentes. Ellos, sin cavilar, buscaron y llegaron al camino recto.
    Él dio la ley; los montes se derritieron; los necios la quebrantaron. Con cuervos inmundos alimentó a Elías junto al arroyo del desierto; y además dio de la quijada miel a Sansón. No juzgaron ni preguntaron por qué era inmundo, por qué limpio.
    2. Y cuando Él anuló los sábados, los gentiles débiles fueron revestidos de salud. Sansón tomó a la hija de los extranjeros, y no hubo disputa entre los justos; el profeta también tomó a una ramera, y los justos callaron.
    Reprendió a los justos [], y puso de manifiesto sus delitos: se compadeció de los pecadores [] y los restauró sin costo; y abatió los montes de sus pecados []: demostró que Dios no ha de ser acusado por los hombres, y que, como Señor de la Verdad, Sus siervos eran Su sombra; y hacia donde miraba Su voluntad, ellos dirigían también sus propias voluntades; y porque la Luz estaba en Él [], sus sombras fueron iluminadas.
    3. ¡Cuán extrañamente perplejos están todos los herejes por las cosas simples! Pues cuando Él claramente prefiguró este Nuevo Testamento por el de los Profetas, aquellos hombres dignos de lástima se levantaron, como del sueño, y gritaron e hicieron alboroto. Y el Camino, en el cual los justos avanzaron rectamente y por sus verdades habían andado, ese [Camino] lo han quebrantado, porque estaban aturdidos; lo dejaron y se salieron de él; porque escudriñaron, una búsqueda malvada, [sí,] una charlatanería malvada los extravió.
    Vieron el rayo: lo hicieron tinieblas, para andar a tientas en ellas; vieron la joya, es decir, la fe: mientras escudriñaban en ella, cayó y se perdió. De la perla hicieron una piedra, para tropezar con ella.
    4. ¡Oh Don, que los necios han convertido en veneno! El Pueblo quería separar Tu hermosa raíz de Tu fuente, aunque no la separó: las enseñanzas falsas también enajenaron Tu hermosura del tronco de ella.
    Por Ti se enajenaron los que querían enajenarte. Por Ti las tribus fueron cortadas y esparcidas fuera de Sión, y también las enseñanzas falsas de los separatistas.
    Hazte caber dentro del ámbito de nuestra pequeñez, oh Don nuestro. Porque si el amor no puede hallarte por todos lados, no puede estarse quieto ni en reposo. ¡Hazte pequeño, Tú que eres demasiado grande para todos, Tú que vienes a todos!
    5. Por esto serían reprendidos los que contienden contra nuestra Perla; porque en lugar del amor, ha entrado la contienda y se ha atrevido a intentar desvelar tu hermosura. No fue esculpida, pues es una prole que no puede ser interpretada.
    Mostraste tu hermosura entre los abatidos para mostrar a qué te asemejas, tú, Perla que eres todas las caras. Los que te contemplaban quedaron atónitos y perplejos ante ti. Los separatistas te dividieron en dos, y fueron divididos en dos por ti, tú que eres de una sola sustancia en todo.
    No vieron tu hermosura, porque no había en ellos el ojo de la verdad. Pues el velo de la profecía, lleno como estaba de los misterios, era para ellos una cubierta de tus rostros resplandecientes: pensaban que tú eras otra [de lo que eres], ¡oh espejo nuestro! Y por tanto estos cismáticos ciegos mancillaron tu bella hermosura.
    6. Puesto que te han ensalzado demasiado, o te han rebajado demasiado, tráelos al nivel justo. Desciende, baja un poco de esa altura de la infidelidad y del paganismo; y sube de la profundidad del judaísmo, aunque Tú estás en el Cielo.
    ¡Sea puesto nuestro Señor entre Dios y los hombres! [] ¡Sean los Profetas como Sus heraldos! ¡Regocíjese el Justo, por ser Su Padre! ¡Esa Palabra es la que venció tanto a judíos como a paganos!
    7. Ven, Don de la Santa Iglesia, quédate, descansa en medio de Ella. Los circuncidados te han turbado, porque son vanos charlatanes, y también las doctrinas falsas, porque son contenciosas. ¡Bendito sea Aquel que te dio una buena compañía que te lleva consigo!
    En el pacto de Moisés está prefigurado Tu resplandor; en el nuevo pacto lo lanzas: desde aquellos primeros hasta aquellos últimos brilla Tu luz. ¡Bendito sea Aquel que nos dio tanto Tu destello como Tus rayos brillantes!

    Himno 7

    La Perla, Himno 7

    1. Como en una carrera vi a los disputadores, a los hijos de la contienda, [intentando] gustar el fuego, ver el aire, palpar la luz: se turbaron ante el resplandor, y se esforzaron por hacer divisiones.
    Al Hijo, que es demasiado sutil para la mente, buscaron palparlo; y al Espíritu Santo, que no puede ser escudriñado, pensaron escudriñarlo con sus preguntas. Al Padre, que nunca en ningún tiempo fue investigado, lo han explicado y disputado.
    La forma sana de nuestra fe procede de Abrahán, y nuestro arrepentimiento de Nínive y de la casa de Rahab, y nuestras son las esperanzas de los Profetas [], nuestras las de los Apóstoles.
    2. Y la envidia proviene de Satanás; el mal uso del becerro malvado proviene de los egipcios. La vista odiosa de la odiosa imagen de cuatro caras proviene de los hititas. La maldita disputa, esa polilla escondida, proviene de los griegos.
    El [enemigo] amargo leyó y vio enseñanzas ortodoxas, y las subvirtió; vio cosas odiosas, y las sembró; y vio la esperanza, y la volvió al revés y la cortó. La disputa que plantó, ¡he aquí! ha dado un fruto amargo al diente.
    3. Satanás vio que la Verdad lo estrangulaba, y se unió a la cizaña, y secretó sus fraudes, y tendió sus lazos contra la fe, y arrojó sobre los sacerdotes los dardos del amor a la preeminencia.
    Hicieron contiendas por el trono, para ver cuál lo obtendría primero. Hubo quien meditaba en secreto y lo guardaba en silencio; hubo quien combatía abiertamente por él; y hubo quien con soborno se arrastró hasta él; y hubo quien con fraude obró astutamente para obtenerlo.
    Los caminos diferían, el fin era uno, y eran semejantes. Al joven, que ni siquiera podía pensar en ello, porque no era su tiempo; y al anciano cano que forjaba sueños para el tiempo futuro; a todos ellos, con su astucia, los persuadió y sometió el Maligno. ¡Ancianos, jóvenes y aun muchachos aspiran al rango!
    4. Satanás dejó de lado sus libros anteriores y se vistió de otros: al Pueblo, que había envejecido, la polilla y el gusano lo devoraron y comieron y dejaron y abandonaron: la polilla entró en el vestido nuevo de los pueblos nuevos:
    Vio a los crucificadores, que fueron rechazados y echados fuera como extraños: hizo de los de la casa escudriñadores; y de adoradores, se volvieron disputadores. De aquel vestido la polilla engendró y lo enrolló y lo depositó.
    El gusano engendró en la casa del tesoro del trigo, y se sentó y miró: ¡y he aquí! El trigo puro se enmoheció, y fueron devorados los vestidos de gloria. ¡Él se burló de nosotros, y nosotros de nosotros mismos, pues estábamos aturdidos!
    Él mostró cizaña, ¡y la zarza brotó en la viña pura! Infectó al rebaño, y brotó la lepra, ¡y las ovejas se volvieron jornaleros suyos! Comenzó en el Pueblo, y vino a los gentiles, para consumarlo.
    5. En lugar de la caña que el pueblo antiguo hizo sostener al Hijo, otros se han atrevido con su caña a escribir en sus tratados que Él es solo un Hijo del hombre. Caña por caña cambia el Maligno contra nuestro Redentor, y en lugar de la túnica de muchos colores con que lo vistieron, ha teñido astutamente títulos. Con diversidad de nombres lo vistió: ya el de criatura, ya el de cosa hecha, cuando Él era el Hacedor.
    Y así como trenzó para Él, por medio de hombres silenciosos, espinas sin voz que claman, ahora ha trenzado espinas de la mente con la voz, como himnos; y ha ocultado las púas en medio de melodías para que no se percibieran.
    6. Cuando Satanás vio que era descubierto en sus antiguos [fraudes]; que los esputos fueron descubiertos, y el vinagre, y las espinas, los clavos y el madero, los vestidos y la caña y la lanza, que lo hirieron y eran odiados y conocidos abiertamente; cambió sus fraudes.
    En lugar del golpe con la mano, por el cual nuestro Señor fue vencido, introdujo distracciones; y en lugar de los esputos, entró la cavilación; y en lugar de los vestidos, divisiones secretas; y en lugar de la caña, vino la contienda a golpearnos en el rostro.
    La soberbia llamó a la ira, su hermana, y acudieron y vinieron la envidia, la cólera, el orgullo y el fraude. Han tomado consejo contra nuestro Redentor como en aquel día cuando tomaron consejos en Su Pasión.
    Y en lugar de la cruz, la contienda se ha vuelto un madero escondido; y en lugar de los clavos, han entrado los interrogatorios; y en lugar del infierno, la apostasía: Satanás querría renovar de nuevo el modelo de ambos.
    En lugar de la esponja corroída con vinagre y ajenjo, dio la curiosidad escudriñadora, toda la cual está corroída de muerte. La hiel que le dieron la apartó de Sí nuestro Señor; el sutil interrogatorio que el rebelde ha dado, a los necios es dulce.
    7. Y en aquel tiempo hubo jueces contra ellos []; he aquí, los jueces están, por así decirlo, contra nosotros, y en lugar de un escrito están sus mandatos. Los sacerdotes que consagran coronas tienden lazos a los reyes.
    En lugar de que el sacerdocio ore por la realeza para que cesen las guerras entre los hombres, enseñan guerras de destrucción, que ponen a los reyes a combatir con los de alrededor.
    Oh Señor, haz pacíficos a los sacerdotes y a los reyes; para que en una sola Iglesia los sacerdotes oren por sus reyes, y los reyes perdonen a los que están a su alrededor; y que la paz que está en Ti se haga nuestra, Señor, Tú que estás dentro y fuera de todas las cosas.

    Homilía sobre la mujer pecadora

    Homilía, § 1

    1. Oíd y consolaos, amados, cuán misericordioso es Dios. A la mujer pecadora le perdonó sus ofensas; sí, Él la sostuvo cuando estaba afligida. Con lodo abrió los ojos del ciego, de modo que los globos de los ojos vieron la luz. Al paralítico le concedió sanidad, el cual se levantó y anduvo y llevó su lecho. Y a nosotros nos ha dado las perlas: su santo Cuerpo y Sangre. Trajo sus medicinas en secreto; y con ellas sana abiertamente. Y anduvo errante por la tierra de Judea, como un médico, llevando sus medicinas. Simón lo invitó al banquete, a comer pan en su casa. La mujer pecadora se regocijó cuando oyó que Él se sentaba y banqueteaba en casa de Simón; sus pensamientos se juntaron como el mar, y como las olas se encrespó su amor. Contempló el Mar de la Gracia, cómo se había forzado a sí mismo a un solo lugar; y resolvió ir a ahogar toda su maldad en sus olas.
    Comentario editorial · Lucas 7 y lo que Efrén añade
    La homilía parte de : un fariseo, Simón, invita a Jesús; una mujer pecadora de la ciudad llega con un frasco de alabastro con perfume, llora sobre sus pies y los unge. El texto de Lucas no trae lo que ocupa la mayor parte de la homilía: el monólogo de la mujer (§ 2–3), su conversación con el perfumero (§ 4–5) y su encuentro con Satanás (§ 6 en adelante). Gwynn señala ese hábito de Efrén, llenar con detalle elaborado el esquema sencillo de las narraciones bíblicas, como su defecto principal y cita esta homilía entre los ejemplos. Johnston la tradujo del texto siríaco que Lamy publicó en 1889.

    Homilía, § 2

    2. Ató su corazón, porque había ofendido, con cadenas y lágrimas de sufrimiento; y comenzó a llorar (para sí): ¿De qué me sirve esta fornicación? ¿De qué sirve esta lascivia? He manchado a los inocentes sin vergüenza; he corrompido al huérfano; y sin temor he robado a los mercaderes sus mercancías, y mi rapacidad no se sació. He sido como un arco en la guerra, y he matado a buenos y malos. He sido como una tormenta en el mar, y he hundido las naves de muchos. ¿Por qué no me gané un solo hombre, que hubiera corregido mi lascivia? Porque un solo hombre es de Dios, pero muchos son de Satanás.

    Homilía, § 3

    3. Estas cosas dijo interiormente; luego comenzó a hacerlas exteriormente. Se lavó y quitó de sus ojos el tinte que cegaba a los que lo veían. Y brotaron lágrimas de sus ojos sobre aquel colirio mortal. Se quitó y arrojó de sus manos los brazaletes seductores de su juventud. Se despojó y arrojó de su cuerpo la túnica de lino fino de la prostitución, y resolvió ir a vestirse con la túnica, el vestido de la reconciliación. Se quitó y arrojó de sus pies las sandalias adornadas de la lascivia; y dirigió los pasos de su camino por la senda del Águila celestial. Tomó su oro en la palma y lo alzó hacia el rostro del cielo, y comenzó a clamar en secreto, a Aquel que oye abiertamente: Esto, oh Señor, que he ganado de la iniquidad, con ello compraré para mí la redención. Esto que fue recogido de los huérfanos, con ello ganaré al Señor de los huérfanos.

    Homilía, § 4

    4. Estas cosas dijo ella en secreto; luego comenzó a hacerlas abiertamente. Tomó el oro en la palma y llevó la caja de alabastro en sus manos. Entonces salió apresuradamente, con tristeza, hacia el perfumero. El perfumero la vio y se asombró, y comenzó a interrogarla; y así empezó a decir a la ramera en las primeras palabras que habló: ¿No te bastaba, ramera, haber corrompido toda nuestra ciudad? ¿Qué significa este aspecto que muestras hoy a tus amantes: que te has quitado tu desenfreno y te has vestido de modestia? Antes, cuando venías a mí, tu semblante era diferente al de hoy. Estabas vestida con ropas hermosas y traías poco oro; y pedías ungüento precioso para hacer agradable tu lascivia. Pero he aquí que hoy tu vestidura es humilde, y has traído mucho oro. No entiendo tu cambio; ¿a qué se debe este aspecto tuyo? O vístete con ropas conforme a tu condición, o compra ungüento conforme a tu vestido. Porque este ungüento no conviene ni se adecua a este atavío. ¿Acaso te ha salido al encuentro un mercader que trae gran riqueza, y has visto que a él no le agrada el estilo de tu lascivia? Así que te has quitado tu lascivia y te has vestido de mansedumbre, para capturar con diversos estilos mucha riqueza. Pero si él ama este estilo porque es en verdad un hombre casto, ¡ay de él! ¿En qué ha caído? En un abismo que ha tragado su mercancía. Pero te doy un consejo, como hombre que desea tu bien: despide a tus muchos amantes que en nada te han ayudado desde tu juventud, y de ahora en adelante busca un solo esposo que corrija tu lascivia.

    Homilía, § 5

    5. Estas cosas dijo el perfumero, con sabiduría, a la ramera. La mujer pecadora respondió y le dijo, al perfumero después de su discurso: No me estorbes, oh hombre, y no me detengas con tus preguntas. Te he pedido ungüento, no de balde, sino que te pagaré su valor sin regatear. Toma el oro, cuanto pidas, y dame el ungüento precioso; toma lo que no perdura y dame lo que perdura; y yo iré a Aquel que perdura, y compraré lo que perdura. Y en cuanto a lo que dijiste acerca de un mercader: hoy me ha salido al encuentro un Hombre que trae riquezas en abundancia. Él me ha robado y yo lo he robado a Él; Él me ha robado mis transgresiones y pecados, y yo le he robado Su riqueza. Y en cuanto a lo que dijiste de un esposo: me he ganado un Esposo en el cielo, cuyo dominio permanece para siempre, y Su reino no será disuelto. Tomó el ungüento y se fue.

    Homilía, § 6

    6. Apresuradamente salió; cuando Satanás la vio, se enfureció; y se entristeció mucho en su mente. A veces se regocijaba, y otras veces se entristecía. De que llevara el aceite perfumado, se regocijaba en su interior; pero de que estuviera vestida con ropas humildes, por esta acción suya se atemorizó. Entonces se pegó a ella y la siguió, como un ladrón sigue a un mercader. Escuchaba los murmullos de sus labios, para oír la voz de sus palabras. Observaba de cerca sus ojos para advertir hacia dónde se dirigía la mirada; y mientras iba, se movía junto a sus pies para advertir hacia dónde se encaminaban sus pasos. Muy lleno de astucia está Satanás, para aprender de nuestras palabras nuestro propósito. Por eso nuestro Señor nos ha enseñado a no levantar la voz cuando oramos, para que el Diablo no oiga nuestras palabras y se acerque y se vuelva nuestro adversario. Entonces, cuando Satanás vio que no podía cambiar su mente, se vistió con la apariencia de un hombre, y atrajo a sí una multitud de jóvenes, semejantes a sus amantes de tiempos pasados; y entonces comenzó a hablarle así: Por tu vida, oh mujer, dime ¿hacia dónde se dirigen tus pasos? ¿Qué significa esta prisa? Pues te apresuras más que otros días. ¿Qué significa esta mansedumbre tuya, pues tu alma es mansa como la de una sierva? En lugar de vestidos de lino fino, ¡he aquí! estás vestida de harapos sórdidos; en lugar de brazaletes de oro y plata, ni siquiera hay anillos en tus dedos; en lugar de hermosas sandalias para tus pies, ni siquiera hay zapatos gastados en ellos. Descúbreme todo tu proceder, pues no entiendo tu cambio. ¿Acaso alguno de tus amantes ha muerto, y vas a enterrarlo? Iremos contigo al funeral, y contigo participaremos del duelo.

    Homilía, § 7

    7. La mujer pecadora respondió y le dijo, a Satanás, después de su discurso: Bien has dicho que voy a enterrar a un muerto, uno que ha muerto para mí. El pecado de mis pensamientos ha muerto, y voy a sepultarlo. Satanás respondió y le dijo, a la mujer pecadora después de sus palabras: Vamos, oh mujer, te digo que soy el primero de tus amantes. No soy como tú, y pongo mis manos sobre ti. Te daré de nuevo más oro que antes.

    Homilía, § 8

    8. La mujer pecadora respondió y le dijo, a Satanás después de su discurso: Estoy cansada de ti, oh hombre, y ya no eres mi amante. Me he ganado un esposo en el cielo, que es Dios, que está sobre todo, y su dominio permanece para siempre, y su reino no será disuelto. Pues he aquí que en tu presencia lo digo; lo digo otra vez y no miento. Fui sierva de Satanás desde mi niñez hasta este día. Fui un puente, y él pisoteó sobre mí, y destruí a miles de hombres. El colirio cegó mis ojos, y fui ciega entre muchos a quienes cegué. Quedé sin vista y no sabía que hay Uno que da luz a los que no ven. ¡He aquí! Voy a obtener luz para mis ojos, y por esa luz dar luz a muchos. Estaba fuertemente atada, y no sabía que hay Uno que derriba ídolos. ¡He aquí! Voy a hacer que mis ídolos sean destruidos, y así destruir las locuras de muchos. Estaba herida y no sabía que hay Uno que venda heridas; y he aquí que voy a hacer que mis heridas sean vendadas. Estas cosas dijo la ramera a Satanás en su sabiduría; y él gimió y se entristeció y lloró; y clamó en voz alta y habló así:— Estoy vencido por ti, oh mujer, y no sé qué haré.

    Homilía, § 9

    9. Tan pronto como Satanás percibió que no podía cambiar su mente, comenzó a llorar por sí mismo y así habló: De aquí en adelante mi jactancia ha perecido, y el orgullo de todos mis días. ¿Cómo tenderé una trampa para ella, para la que asciende a lo alto? ¿Cómo lanzaré flechas contra ella, contra aquella cuyo muro está inconmovible? Por tanto iré a la presencia de Jesús; he aquí que ella está por entrar en Su presencia; y le diré así: Esta mujer es una ramera. Quizá Él la rechace y no la reciba. Y le diré así: Esta mujer que viene a Tu presencia es una mujer que es ramera. Ha llevado cautivos a hombres con su prostitución; está contaminada desde su juventud. Pero Tú, oh Señor, eres justo; todos los hombres se agolpan para verte. Y si la humanidad ve que Tú hablas con la ramera, todos huirán de Tu presencia, y nadie te saludará.

    Homilía, § 10

    10. Estas cosas habló Satanás dentro de sí, y no se conmovió. Luego cambió el curso de su pensamiento, y así habló: ¿Cómo entraré en la presencia de Jesús, si para Él las cosas secretas son manifiestas? Él me conoce, sabe quién soy, que ningún buen propósito tengo. Si acaso me reprende, estoy perdido, y todas mis artimañas se desperdiciarán. Iré a casa de Simón, pues las cosas secretas no le son manifiestas. Y en su corazón lo pondré; quizá en ese anzuelo sea atrapado. Y así le diré: Por tu vida, oh Simón, dime: este hombre que mora en tu casa, ¿es un hombre justo, o amigo de los hacedores de maldad? Yo soy un hombre rico, un hombre que tiene posesiones, y quiero, como tú, invitarlo para que venga y bendiga mis posesiones.

    Homilía, § 11

    11. Simón respondió y así dijo al Maligno después de sus palabras: Desde el día en que (por primera vez) lo vi, no he visto lascivia en Él, sino más bien quietud y paz, humildad y decoro. A los enfermos los sana sin recompensa, a los dolientes los cura gratuitamente. Se acerca y se detiene junto al sepulcro, y llama, y los muertos se levantan. Jairo lo llamó para resucitar a su hija, confiando en que Él podía resucitarla. Y mientras iba con él por el camino, dio sanidad a la mujer enferma, que tocó el borde de su manto y robó sanidad de Él, y su dolor, que era duro y amargo, al instante se apartó de ella. Salió al desierto y vio a los hambrientos, cómo desfallecían de hambre. Los hizo sentarse sobre la hierba, y los alimentó en su misericordia. En la barca durmió como quiso, y el mar se encrespó contra los discípulos. Se levantó y reprendió a las olas, y hubo gran calma. A la viuda, la desolada que seguía a su único hijo en el camino al sepulcro, Él la consoló. Se lo devolvió y alegró su corazón. A un hombre que era mudo y ciego, con Su voz le trajo sanidad. A los leprosos los limpió con Su palabra; a los miembros del paralítico les devolvió la fuerza. Para el ciego, afligido y cansado, abrió sus ojos y vio la luz. Y a otros dos que le rogaron, al instante les abrió los ojos. En cuanto a mí, así he oído la fama de este hombre desde lejos; y lo he llamado para que bendiga mis posesiones y bendiga todos mis rebaños y manadas.

    Homilía, § 12

    12. Satanás respondió y le dijo, a Simón después de sus palabras: No alabes a un hombre en su comienzo, hasta que aprendas su fin; hasta ahora este hombre es sobrio y su alma no se deleita en el vino. Si sale de tu casa y no conversa con una ramera, entonces es un hombre justo y no amigo de los que hacen maldad. Tales cosas dijo Satanás en su astucia a Simón. Luego se acercó y se quedó de pie a lo lejos, para ver qué sucedería.

    Homilía, § 13

    13. La mujer pecadora, llena de transgresiones, estaba pegada a la puerta. Juntó sus brazos en oración, y así habló suplicante:— Bendito Hijo que has descendido a la tierra por causa de la redención del hombre, no cierres Tu puerta en mi rostro; pues Tú me has llamado y he aquí que vengo. Sé que no me has rechazado; ábreme la puerta de Tu misericordia, para que entre, oh Señor mío, y halle refugio en Ti, del Maligno y de sus huestes. Yo era un gorrión, y el halcón me perseguía, y he huido y me he refugiado en Tu nido. Era una novilla, y el yugo me lastimaba, y volveré mis extravíos a Ti. Pon sobre mí el hombro de Tu yugo para que lo tome sobre mí, y trabaje con Tus bueyes. Así habló la ramera en la puerta con mucho llanto. El dueño de la casa miró y la vio, y el color de su semblante cambió; y comenzó a dirigirse a ella, a la ramera, en las primeras palabras:— Vete de aquí, oh ramera, porque este hombre que mora en nuestra casa es un hombre justo, y los que son de sus compañeros son intachables. ¿No te basta, ramera, haber corrompido a toda la ciudad? Has corrompido a los castos sin vergüenza; has robado a los huérfanos, y no te has sonrojado, y has saqueado las mercancías de los mercaderes, y tu rostro no se ha abochornado. De él tu corazón [y tu alma] se afanan [por tomar]. Pero de él tu red no toma botín. Porque este hombre es verdaderamente justo, y los de su compañía son intachables.

    Homilía, § 14

    14. La mujer pecadora respondió y le dijo, a Simón cuando hubo terminado: Tú ciertamente eres el guardián de la puerta, ¡oh tú que conoces las cosas secretas! Propondré el asunto en el banquete, y tú quedarás libre de culpa. Y si hay alguien que quiera que yo entre, él me lo mandará y yo entraré. Simón corrió y cerró la puerta, y se acercó y se quedó a lo lejos. Y esperó mucho tiempo y no propuso el asunto en el banquete. Pero Aquel que conoce lo secreto hizo señas a Simón y le dijo:— Ven acá, Simón, te lo mando; ¿hay alguien en la puerta? Sea quien sea, ábrele para que entre; que reciba lo que necesita, y se vaya. Si tiene hambre y ansía pan, he aquí que en tu casa está la mesa de la vida; y si tiene sed, y ansía agua, he aquí que la fuente bendita está en tu morada. Y si está enfermo y pide sanidad, he aquí que el gran Médico está en tu casa. Permite que los pecadores me miren, pues por causa de ellos me he humillado. No subiré al cielo, a la morada de donde descendí, hasta que traiga de vuelta a la oveja que se extravió de la casa de su Padre, y la levante sobre Mis hombros y la lleve en alto al cielo. Simón respondió y así dijo a Jesús, cuando Él hubo terminado de hablar:— Mi Señor, esta mujer que está en la entrada es una ramera: es lasciva y no libre de nacimiento, contaminada desde su niñez. Y Tú, mi Señor, eres un hombre justo, y todos están ansiosos por verte; y si los hombres te ven hablando con la ramera, todos huirán de junto a Ti, y nadie te saludará. Jesús respondió, y así dijo a Simón cuando terminó de hablar:— Sea quien sea, ábrele para que entre, y quedarás libre de culpa; y aunque sus ofensas sean muchas, sin reprensión te mando [recibirlo].
    * * * * * * * * * * *

    Homilía, § 15

    15. Simón se acercó y abrió la puerta, y comenzó a hablar así:— Ven, entra, cumple lo que quieras, con aquel que es tal como tú. La mujer pecadora, llena de transgresiones, avanzó y se puso de pie junto a Sus pies, y juntó sus brazos en oración, y con estas palabras habló:— Mis ojos se han vuelto arroyos que no cesan de [regar] los campos, y hoy lavan los pies de Aquel que sigue a los pecadores. Este cabello, abundante en bucles desde mi niñez hasta este día, no te cause pena que enjugue este cuerpo santo. La boca que ha besado a los lascivos, no le prohíbas besar el cuerpo que remite transgresiones y pecados. Estas cosas habló la ramera a Jesús, con mucho llanto. Y Simón se quedó a lo lejos para ver qué haría Él con ella. Pero Aquel que conoce las cosas secretas hizo señas a Simón y le dijo:— He aquí, te diré, oh Simón, cuál es tu meditación acerca de la ramera. Dentro de tu mente imaginas y dentro de tu alma dijiste: ‘He llamado justo a este hombre, pero he aquí que la ramera lo besa. Lo he llamado para que bendiga mis posesiones, y he aquí que la ramera lo abraza.' Oh Simón, había dos deudores, cuyo acreedor era uno solo; uno le debía quinientos [denarios], y el otro cincuenta. Y cuando el acreedor vio que ninguno de los dos tenía algo, el acreedor perdonó y les remitió a ambos su deuda. ¿Cuál de ellos debe dar mayores gracias? ¿El que fue perdonado de quinientos, o el que fue perdonado de cincuenta? Simón respondió, y así dijo a Jesús, cuando Él hubo terminado de hablar:— El que fue perdonado de quinientos debe dar mayores gracias. Jesús respondió y así dijo: Tú eres el que debe quinientos, y esta mujer debe cincuenta. He aquí que entré en tu casa, oh Simón; y agua para Mis pies no trajiste; y esta mujer, de quien dijiste que era ramera, contaminada desde su niñez, ha lavado Mis pies con sus lágrimas, y con su cabello los ha enjugado. ¿Debo yo despedirla, oh Simón, sin recibir perdón? De cierto, de cierto te digo, que escribiré de ella en el Evangelio. Ve, oh mujer, tus pecados te son perdonados y toda tu transgresión está cubierta; de ahora en adelante y hasta el fin del mundo.
    Que nuestro Señor nos tenga por dignos de oír esta palabra suya:— Venid, entrad, benditos de Mi Padre, heredad el reino preparado para todos los que hagan Mi voluntad y guarden todos Mis mandamientos. A Él sea la gloria; sobre nosotros sea la misericordia; en todo tiempo. ¡Amén! ¡Amén!
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron los himnos

    Según Gwynn, los himnos de Efrén dieron forma al culto de las iglesias siríacas, de las melquitas a las maronitas y a la iglesia siro-india de Malabar: sus himnos acompañan, dice, a cada miembro «desde la pila hasta la tumba». Su juicio sobre el autor es menos rendido. Reprocha a Efrén la abundancia, que repite el mismo pensamiento en una larga serie de matices hasta cansar, y sostiene que la literatura siríaca, imitativa en casi todo lo demás, solo en los himnos abrió un camino propio, el que Efrén llevó a su cima. Wikipedia (en) añade que muchas de sus obras se siguen usando en las iglesias siríacas, casi siempre en versiones editadas, que se le atribuyeron muchas más de las que escribió, y que Benedicto XV lo proclamó doctor de la Iglesia en 1920. De los textos que aquí se leen, lo que perdura es el método: ver el cerco como diluvio, la ciudad como arca, la muerte como un personaje al que se le piden cuentas.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: Gregorio de Nisa, a quien Gwynn cita como autor de un elogio (Encomium) de Efrén, discurre sobre la misma muerte y resurrección en el diálogo Sobre el alma y la resurrección; Tertuliano defiende en Sobre la resurrección de la carne la resurrección corporal, que es también el trasfondo de los himnos 35–42; y el monacato y los Padres del desierto sitúa al Efrén solitario del monte de Edesa que describe Gwynn.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. Los títulos, las estrofas y los localizadores de las estrofas son los de la edición inglesa, los rótulos de grupo y los localizadores de pasaje son del editor de Eusebeia, y no se ha cotejado nada con el siríaco. Faltan los himnos 8, parte del 9, 22–34 y 43–51 de la serie de Nísibis; el epub no trae las notas del NPNF.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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