Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
| Autor | Jerónimo (Hieronymus), en Belén, en la última etapa de su vida |
| Título | Dialogus contra Pelagianos (en latín; el NPNF imprime «Against the Pelagians: Dialogue Between Atticus, a Catholic, and Critobulus, a Heretic») |
| Lengua original | Latín |
| Fecha | 417, según la introducción del NPNF y Wikipedia («tres años antes de su muerte»). La lista de obras y la cronología de los Prolegómenos del NPNF la sitúan en 416 |
| Género | Diálogo polémico en tres libros. El primero y el tercero son conversación; el segundo, casi por entero, una lista de textos bíblicos |
| Adversarios | Pelagio y sus partidarios. Critóbulo es el portavoz pelagiano; Jerónimo cita además un libro de Pelagio por los encabezados de sus capítulos (I, 26–32) |
| Extensión | Prólogo (2 secciones) y tres libros: el I con 33 secciones y una «14a», más el resumen final; el II con 30 (las secciones 1–5 se imprimen sin numerar); el III con 19 (el número 7 no aparece). Unas 31 000 palabras en esta traducción |
| Traducción | Castellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín |
| Fuente | Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, tal como la recogen New Advent y CCEL |
| Libro y secciones | Tema |
|---|---|
| Prólogo | Por qué escribe Jerónimo, tras la carta a Ctesifonte, y por qué no es envidia |
| I, 1–8 | La gracia, el libre albedrío y si «sin pecado» vale para un acto o para toda la vida |
| I, 9–24 | Si Dios manda cosas imposibles; Job, Zacarías e Isabel; en qué sentido se llama «perfectos» a los santos |
| I, 25–33 | El libro de Pelagio, tratado por sus encabezados |
| I, final | Resumen del editor: una serie de textos del Antiguo Testamento |
| II | Cadena de textos bíblicos (Pablo, los evangelios, los salmos, los libros históricos y los profetas), impresa en resumen |
| III, 1–11 | Libre albedrío y ayuda de Dios; el «Evangelio según los hebreos» |
| III, 12–16 | La perfección y la soberbia en la oración |
| III, 17–19 | El bautismo de los niños; los escritos de Agustín; la remisión a Orígenes |
El Diálogo contra los pelagianos es la última de las obras polémicas de Jerónimo, escrita en el año 417, a menos de tres años de su muerte. No muestra falta de su antiguo vigor, aunque quizá algo de la prolijidad inducida por la vejez. Considera el asunto con más calma que en los tratados anteriores, principalmente porque quedaba un tanto fuera del curso de sus propios pensamientos. Se vio inducido a interesarse por él por su creciente aprecio hacia Agustín y por la llegada del joven español Orosio, en 414, enviado por Agustín para sentarse a sus pies. Pelagio también había llegado a Palestina y, tras una investigación de sus doctrinas, en un pequeño concilio en Jerusalén, en 415, presidido por el obispo Juan, y en un segundo, en Dióspolis en 416, había sido admitido a la comunión. Parece que Jerónimo no tomó parte en estos procedimientos, y habiendo estado en paz con el obispo Juan durante casi veinte años, sin duda no quería actuar contra él. Pero había llegado a considerar a Pelagio como infectado por la herética «impiedad,» que consideraba (i. 28) mucho peor que el mal moral; y lo relacionaba, como vemos por su carta a Ctesifonte (CXXXIII), con el origenismo y Rufino; y aporta su gran conocimiento de las Escrituras a la controversia. Cita una obra de Pelagio, aunque dando solo los títulos y los números de los capítulos, hasta el 100 (i. 26-32); y, aunque a veces su convicción parece débil, y hay pasajes (i. 5, ii. 6-30, iii. 1) que dan ocasión a la observación de que en realidad, aunque inconscientemente, se inclinaba a las opiniones de Pelagio, y que es un «sinergista,» no, como Agustín, un predestinacionista completo, el Diálogo, en conjunto, es claro y constituye una aportación sustancial a nuestro conocimiento. Aunque su tono es menos violento que el de sus tratados ascéticos, parece haber despertado la más fuerte animosidad contra él. Los partidarios de Pelagio atacaron e incendiaron los monasterios de Belén, y el propio Jerónimo solo escapó refugiándose en una torre. Sus sufrimientos y la intervención del papa Inocencio en su favor se pueden ver consultando las Cartas CXXXV-CXXXVII, con las notas introductorias que las preceden.Lo siguiente es un resumen del argumento: Ático, el agustiniano, plantea de inmediato (c. 1) la cuestión: ¿Afirmas que, como afirma Pelagio, los hombres pueden vivir sin pecado? Sí, dice el pelagiano Critóbulo, pero no añado, como se nos imputa, «sin la gracia de Dios.» En efecto, el hecho de que tengamos libre albedrío proviene de la gracia. Sí, responde Ático, pero ¿qué es esta gracia? ¿Es solo nuestra naturaleza original, o es necesaria en cada acto? En cada acto, es la respuesta (2); sin embargo, difícilmente se diría que no podemos arreglar una pluma sin la gracia (3), pues, si así fuera, ¿dónde está nuestro libre albedrío? Pero, dice Ático (5), las Escrituras hablan de nuestra necesidad de la ayuda de Dios en todo. En ese caso, dice Critóbulo, la recompensa prometida debe darse no a nosotros, sino a Dios, que obra en nosotros. Volviendo entonces al primer punto enunciado, Ático pregunta: ¿la posibilidad de estar sin pecado se extiende a actos particulares o a toda la vida? Ciertamente tanto al todo como a la parte, es la respuesta. Pero deseamos, o queremos, estar sin pecado; ¿por qué entonces no estamos realmente sin pecado? Porque (8) no ejercemos plenamente nuestra voluntad. Pero (9) nadie ha vivido jamás sin pecado. Aun así, dice el pelagiano, Dios nos manda ser perfectos, y no manda imposibles. Job, Zacarías e Isabel son presentados como perfectamente justos. No, se responde (12), se les atribuyen faltas a cada uno de ellos. Juan dice: «El que ha nacido de Dios no peca» (13); sin embargo, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos.» Los Apóstoles, aunque se les dijo que fueran perfectos (14), no eran perfectos; y san Pablo dice (14a): «No considero haberlo ya alcanzado.» Los hombres son llamados justos y perfectos solo en comparación con otros (16), o por su sujeción general a la voluntad de Dios (18), o según sus características especiales (19), como podemos decir que un obispo es excelente en su oficio, aunque no cumpla el ideal de las epístolas pastorales (22).La discusión pasa ahora a las palabras del libro de Pelagio. «Todos son gobernados por su propia voluntad» (27). No; pues Cristo dice: «No he venido a hacer mi propia voluntad.» «Los impíos no serán perdonados en el juicio.» Pero debemos distinguir entre los impíos o herejes que serán destruidos (28) y los pecadores cristianos que serán perdonados. Algunas de sus afirmaciones se contradicen entre sí o son triviales (29, 30). «El reino de los cielos está prometido en el Antiguo Testamento.» Sí, pero con más plenitud en el Nuevo. Volviendo a la primera tesis, «que un hombre puede estar sin pecado si lo quiere,» dice el pelagiano: Si cosas como los deseos que surgen espontáneamente y no tienen consecuencias se consideran culpables, imputamos el pecado a nuestro Hacedor; a lo cual solo se responde que, aunque no podemos entender los caminos de Dios, no debemos acusar su justicia. En el resto del libro, Ático habla solo, recorriendo el Antiguo Testamento y mostrando que cada uno de los santos cae en algún pecado que, aunque cometido por ignorancia o con media conciencia, trae sin embargo condenación.
Prólogo, 1
Comentario editorial · Los «predicadores de la impasibilidad»
Prólogo, 2
I, 1
Comentario editorial · Ático, Critóbulo y la fórmula de Pelagio
I, 2
I, 3
I, 4
I, 5
I, 6
I, 7
I, 8
I, 9
I, 10
I, 11
I, 12
I, 13
I, 14
I, 14a
I, 15
I, 16
I, 17
I, 18
I, 19
I, 20
I, 21
I, 22
I, 23
I, 24
I, 25
I, 26
I, 27
I, 28
Comentario editorial · Pecadores e impíos
I, 29
I, 30
I, 31
I, 32
I, 33
El resto de este libro está ocupado por una serie de citas del Antiguo Testamento, destinadas a mostrar que no sólo el acto exterior y consciente se considera pecaminoso, sino la oposición a la voluntad divina, que a menudo es implícita y semiconsciente. Ocasionalmente, además, el orador muestra cómo los textos citados refuerzan el argumento que ha usado antes, a saber, que se puede hablar de los hombres como justos en un sentido general, pero de ningún modo libres de pecados de pensamiento o deseo, si no de acto.Los pasajes citados son:Gén. viii. 21. No volveré a maldecir la tierra... porque el designio del corazón del hombre es malo desde su juventud.xvii. 17, 18:12. Abraham y Sara riéndose de la promesa.xxxvii. 35. El duelo excesivo de Jacob.Éxodo 21:12, 13. La culpa del que mata a otro sin darse cuenta.Levítico 4:2, 27. Ofrendas por los pecados de ignorancia.v. 3. Ofrendas por la impureza ceremonial.ix. 1. Ofrendas por Aarón en su consagración.xii. 6. Ofrendas por las mujeres después del parto.xiv. 1, 6, 16:6, 12:7. Ofrendas por el leproso.xv. 31, 16:2, 5. Ofrendas por el pueblo en el día de la expiación.xxii. 14. Comer inconscientemente de las cosas santificadas; comparado con 1 Corintios 11:27, 28, sobre la participación descuidada en el Sacramento.Números vi. 1. Ofrendas por el nazareo.xiv. 7, 7:28, 29. Ofrendas para implorar la misericordia de Dios.xxviii. 15, 22, 29:5, 5:11, 17. Ofrendas en la fiesta.Números xxxv. 13. Las ciudades de refugio provistas para los homicidas.Deuteronomio 9:6, 18:13. Israel amonestado a no jactarse de su justicia.xviii. 9-12, 5:14, 15. La perfección se usa sólo para evitar la idolatría.xxii. 8. La azotea sin pretil hace culpable al hombre.xxiii. 2. Impureza por actos personales inconscientes.Jos. vii. 12. El pueblo hecho culpable por el pecado de Acán.xi. 19, 20. La culpa racial de los cananeos.1 Sam. xiv. 27. Jonatán hecho culpable por probar la miel.xvi. 6. El Señor mira el corazón, no la apariencia exterior.2 Sam. iv. 11. Is-boset es llamado justo.vi. 7, 8. Uza herido por descuido.2 Sam. xxiv. 10. El censo del pueblo por David.1 Reyes viii. 46. Oración de Salomón: No hay quien no peque.xiv. 5. El profeta detectando el motivo de la mujer de Jeroboám.2 Reyes iv. 27. Elías viendo el corazón de la sunamita.1 Crón. ii. 32. Sept. Semi-profetas.Habacuc iii. 1. Vulgata. Una oración «por los pecados de ignorancia» («sobre Sigionot»), que se supone es en reconocimiento de la excesiva osadía en i. 2-4.Ezequiel xlvi. 20. El sacrificio del templo restaurado de Ezequiel.Jeremías x. 23. El camino del hombre no está en sí mismo.xvii. 9. El corazón es engañoso.Prov. xiv. 12. Hay camino que al hombre le parece derecho.xix. 21. Muchos designios hay en el corazón del hombre.xx. 9. ¿Quién podrá decir: Yo tengo limpio mi corazón?17. ¿Quién se jactará de que está limpio?Eclesiastés vii. 16. El corazón del hombre está lleno de maldad.
Este libro difícilmente puede decirse que forme parte de un diálogo. Es más bien un argumento de la Escritura para probar el punto del argumentador agustiniano, Ático. Desde el capítulo cuarto en adelante consiste, como los últimos cinco capítulos del Libro I, en una cadena de textos de la Escritura, tomados del Nuevo Testamento y de los Profetas, para mostrar la universalidad del pecado y así refutar la afirmación pelagiana de que un hombre puede estar sin pecado si así lo quiere. Por tanto, daremos, como en el caso anterior, una lista de los textos y de sus primeras palabras, dando sólo las palabras de Jerónimo cuando introduce algún comentario original suyo o alguna observación digna de nota.El pelagiano comienza reiterando el dilema: Si los mandamientos se dan para ser obedecidos, entonces el hombre puede estar sin pecado; si, por su creación, es tal que debe ser pecador, entonces Dios, no él, es el autor del pecado. Al argumento de que se ordenan sacrificios por los pecados de ignorancia, responde apelando del Antiguo Testamento al Nuevo, lo que lleva a una discusión (2, 3) sobre la descripción que hace san Pablo del conflicto con el pecado, en Romanos 7. Se argumenta que Pablo no habla como pecador, sino como hombre, y así confiesa la pecaminosidad de la humanidad. Que los hombres puedan estar sin vicio arraigado es posible; que puedan estar sin pecado no lo es. Esto lleva al agustiniano Ático, reanudando su lista de testimonios, al hecho de que, aunque se encuentran hombres que son justos en cuanto evitan la maldad ([κακία]), ninguno, sin embargo, está sin pecado ([ἀ] [ναμάρτητος]).
En el Salmo xxxii. 5. Uno que habla de sí mismo como «santo,» y sin embargo confiesa su transgresión.Prov. xxiv. 16. Explica esto: «El justo cae, pero peca de nuevo.»xviii. 17, LXX y Vulgata. El justo se acusa a sí mismo cuando comienza a hablar.Sal. lviii. 3. Los pecadores se apartan desde el vientre; es decir, o bien, como dice san Pablo [], pecan «a semejanza de Adán»; o bien, «cuando Cristo, como primogénito, abrió el vientre de la virgen» []. Los herejes se negaron a reconocer el misterio, que estaba prefigurado por la puerta oriental del Templo [], la cual se cerró de nuevo una vez que el Sumo Sacerdote había pasado por ella.Job iv. 17-21. ¿Será justo el hombre mortal ante Dios?vii. 1. La vida del hombre es tentación.20, 21. Si he pecado, ¿qué puedo hacer?ix. 15, 16. Si yo fuera justo, él no me oiría.29-31. Si me lavo con agua de nieve, etc.x. 15. Si soy justo, etc.xiv. 4, 5. ¿Quién estará libre de inmundicia? Nadie.Prov. xvi. 26, LXX. El hombre se afana en el dolor.Job xl. 4. ¿Qué te responderé?Prov. xx. 9. «¿Quién podrá jactarse de tener un corazón limpio?» lo cual muestra al menos que los mandamientos no son fáciles, como dice Pelagio que lo son.1 Juan v. 3. «Sus mandamientos no son gravosos,» yMt. xi. 30. «Mi yugo es fácil,» son verdaderas solo en comparación con el judaísmo, y deben compararse conHechos xv. 10. Un yugo...que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar.Santiago iv. 11. «Juzgas la ley,» es decir, si dices que es irrazonable la condenación de los pecados de ignorancia. Que todos pecamos de tales maneras es evidente porSantiago i. 20. «La ira del hombre no obra la justicia de Dios.» Pero la ira es condenada constantemente, como enProv. xv. 1, LXX. «La ira destruye incluso a los sabios.»Ef. iv. 26. No se ponga el sol sobre vuestro enojo.Mt. v. 22. El que se enoja... estará en peligro de concilio.Eclesiastés xi. 19. «Soy el más necio de todos los hombres.» Esto lo dice Cristo en la persona de la humanidad. AsíSal. lxix. 5. «Dios, tú conoces mi necedad.» Pero1 Cor. i. 25. Lo necio de Dios es más sabio que los hombres.Eclesiástico i. 18. «En la mucha sabiduría hay mucha tristeza,» muestra el sentimiento de imperfección del sabio. Asíviii. 7. «Aborrecí mi vida,» y14. «Hay justos a quienes les sucede según la obra de los impíos;» es decir, Dios ve el mal donde nosotros no lo vemos.17. «Por mucho que un hombre se afane, no lo hallará;» yix. 2, 3. Hay un mismo suceso para todos. El corazón... está lleno de maldad.x. 1. «Las moscas muertas hacen heder el ungüento;» Es decir, casi todos están contaminados por herejías u otras faltas.1 Pedro 2:17, 18. El juicio debe comenzar por la casa de Dios.
II, 6
II, 7
II, 8
II, 9
II, 10
II, 11
II, 12
II, 13
II, 14
II, 15
II, 16
II, 17
II, 18
II, 19
II, 20
II, 21
II, 22
II, 23
II, 24
II, 25
II, 26
II, 27
II, 28
II, 29
II, 30
III, 1
III, 2
Comentario editorial · El «Evangelio según los hebreos»
III, 3
III, 4
III, 5
III, 6
III, 8
III, 9
III, 10
III, 11
y tú hoy
Jamás escaparás; dondequiera que llames, acudo.
III, 12
III, 13
III, 14
Comentario editorial · La carta «a cierta viuda»
III, 15
III, 16
III, 17
III, 18
III, 19
Comentario editorial · Los escritos de Agustín y la suerte de Marcelino
Comentario editorial · Las ofensas «cometidas en los cielos»
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial