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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 11 minDiálogo contra los pelagianos
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 3 minLa gracia, el libre albedrío y el alcance de «sin pecado» (§ 1–8)
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 10 minLos mandamientos posibles y la perfección de los santos (§ 9–24)
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 minLos mandamientos posibles y la perfección de los santos (§ 9–24)
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 12 minLos mandamientos posibles y la perfección de los santos (§ 9–24)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minLos mandamientos posibles y la perfección de los santos (§ 9–24)
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 4 minLos mandamientos posibles y la perfección de los santos (§ 9–24)
  10. Sesión 10 · Parte 3 · ≈ 10 minEl libro de Pelagio (§ 25–33)
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 11 minEl libro de Pelagio (§ 25–33)
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 10 minLos textos del Antiguo Testamento, en resumen
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 4 · ≈ 9 minLibro III
  16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 11 minLibro III
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 11 minLibro III
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 minLibro III
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 10 minLibro III
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minLo que dejó el diálogo

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    TEXTOS — JERÓNIMO

    Índice de la obra

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    Jerónimo

    Diálogo contra los pelagianos

    Texto base: versión inglesa de W. H. Fremantle con la ayuda de G. Lewis y W. G. Martley, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, «The Principal Works of St. Jerome» (1892–1893), «Against the Pelagians: Dialogue Between Atticus, a Catholic, and Critobulus, a Heretic» · prólogo y tres libros, con las secciones numeradas de la edición

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 168 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Puede un hombre no pecar si de verdad quiere? Con esa pregunta abre Ático el diálogo (I, 1), y Critóbulo, el pelagiano, responde que sí, aunque «presupuesta la ayuda de la gracia de Dios». Jerónimo, que escribe desde Belén hacia 417, a menos de tres años de su muerte, había prometido esta respuesta en su carta a Ctesifonte y la da en la última de sus obras polémicas: tres libros, de los cuales el primero y el tercero son diálogo y el segundo es sobre todo una cadena de textos bíblicos. El argumento recorre las Escrituras para mostrar que ningún santo, de Job a los apóstoles, aparece sin falta, y que Dios manda cosas posibles pero el hombre no las cumple sin su ayuda. El editor inglés advierte de que Jerónimo no llega a la posición de Agustín y de que su tono es menos violento que el de sus tratados ascéticos, aunque encendió contra él a los partidarios de Pelagio.

    Ficha de la obra

    AutorJerónimo (Hieronymus), en Belén, en la última etapa de su vida
    TítuloDialogus contra Pelagianos (en latín; el NPNF imprime «Against the Pelagians: Dialogue Between Atticus, a Catholic, and Critobulus, a Heretic»)
    Lengua originalLatín
    Fecha417, según la introducción del NPNF y Wikipedia («tres años antes de su muerte»). La lista de obras y la cronología de los Prolegómenos del NPNF la sitúan en 416
    GéneroDiálogo polémico en tres libros. El primero y el tercero son conversación; el segundo, casi por entero, una lista de textos bíblicos
    AdversariosPelagio y sus partidarios. Critóbulo es el portavoz pelagiano; Jerónimo cita además un libro de Pelagio por los encabezados de sus capítulos (I, 26–32)
    ExtensiónPrólogo (2 secciones) y tres libros: el I con 33 secciones y una «14a», más el resumen final; el II con 30 (las secciones 1–5 se imprimen sin numerar); el III con 19 (el número 7 no aparece). Unas 31 000 palabras en esta traducción
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, tal como la recogen New Advent y CCEL
    Las secciones numeradas de cada libro son las que el NPNF llama «capítulos»: se citan aquí como «I, 14», libro y número. El recorrido de la obra, según el resumen que el editor inglés antepone al libro I y lo que se ve en el texto:
    Libro y seccionesTema
    PrólogoPor qué escribe Jerónimo, tras la carta a Ctesifonte, y por qué no es envidia
    I, 1–8La gracia, el libre albedrío y si «sin pecado» vale para un acto o para toda la vida
    I, 9–24Si Dios manda cosas imposibles; Job, Zacarías e Isabel; en qué sentido se llama «perfectos» a los santos
    I, 25–33El libro de Pelagio, tratado por sus encabezados
    I, finalResumen del editor: una serie de textos del Antiguo Testamento
    IICadena de textos bíblicos (Pablo, los evangelios, los salmos, los libros históricos y los profetas), impresa en resumen
    III, 1–11Libre albedrío y ayuda de Dios; el «Evangelio según los hebreos»
    III, 12–16La perfección y la soberbia en la oración
    III, 17–19El bautismo de los niños; los escritos de Agustín; la remisión a Orígenes
    Sobre la gracia y el libre albedrío en el mismo conflicto se lee a Agustín en Sobre la naturaleza y la gracia, Sobre el espíritu y la letra y Sobre la gracia y el libre albedrío; la respuesta de Jerónimo a otro adversario, en Contra Joviniano.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 6 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF) imprime como «Against the Pelagians». El volumen es The Principal Works of St. Jerome, editado por Philip Schaff y Henry Wace. Según la portada reproducida por CCEL, lo tradujo W. H. Fremantle «con la ayuda» de G. Lewis y W. G. Martley; en su prefacio, fechado en Canterbury en noviembre de 1892, Fremantle explica que el primer borrador fue obra de Lewis y Martley, que añadieron la mayor parte de las notas, y que él revisó cada parte, corrigiendo, añadiendo y a veces reescribiendo. El prefacio no dice cuál de los dos preparó cada obra del volumen. Las fuentes discrepan en el pie de imprenta: New Advent da Buffalo, 1893 (Christian Literature Publishing Co.) y la ficha de CCEL, Nueva York, 1892.
    Lo que viene de la edición. La introducción con que se abre la obra y la de cada libro son del editor inglés, no de Jerónimo; también lo son la división en secciones numeradas y el resumen con que termina el libro I. En el libro II (y en la lista que cierra el I) la edición inglesa no traduce a Jerónimo íntegro, sino que da los textos bíblicos con sus primeras palabras y transcribe a Jerónimo solo donde añade algo propio (lo avisa su editor al abrir el libro II). Esos pasajes llevan como autor «Jerónimo (en resumen del NPNF)» porque las dos voces se mezclan sin marca. Los encabezados de tercer nivel del libro I («La gracia, el libre albedrío y el alcance de “sin pecado” (§ 1–8)», etcétera) los añade esta edición para dividir la obra siguiendo el resumen del editor; no son de Jerónimo ni de la edición inglesa. El epub de partida no trae las notas explicativas del traductor; las que se citan en los comentarios están tomadas de CCEL.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición; las que el lector resuelve contra la Biblia salen con su versículo emergente. Las palabras griegas entre corchetes son de la edición y quedan como texto, igual que las referencias abreviadas de las listas del libro II («Prov. xxiv. 16», «Sal. lviii. 3»), que no son citas sino índice.
    Numeración. Las secciones son las de la edición inglesa. El libro I lleva una sección «14a»; el libro II empieza en el 6 porque las secciones 1 a 5 se imprimen sin numerar; el libro III salta del 6 al 8, y el texto que sigue al 6 se conserva bajo él. La traducción castellana conserva el número inicial de todas las secciones salvo las de III, 5 y III, 6 (el inglés sí los trae).

    Diálogo contra los pelagianos

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Diálogo contra los pelagianos · Introducción
    El Diálogo contra los pelagianos es la última de las obras polémicas de Jerónimo, escrita en el año 417, a menos de tres años de su muerte. No muestra falta de su antiguo vigor, aunque quizá algo de la prolijidad inducida por la vejez. Considera el asunto con más calma que en los tratados anteriores, principalmente porque quedaba un tanto fuera del curso de sus propios pensamientos. Se vio inducido a interesarse por él por su creciente aprecio hacia Agustín y por la llegada del joven español Orosio, en 414, enviado por Agustín para sentarse a sus pies. Pelagio también había llegado a Palestina y, tras una investigación de sus doctrinas, en un pequeño concilio en Jerusalén, en 415, presidido por el obispo Juan, y en un segundo, en Dióspolis en 416, había sido admitido a la comunión. Parece que Jerónimo no tomó parte en estos procedimientos, y habiendo estado en paz con el obispo Juan durante casi veinte años, sin duda no quería actuar contra él. Pero había llegado a considerar a Pelagio como infectado por la herética «impiedad,» que consideraba (i. 28) mucho peor que el mal moral; y lo relacionaba, como vemos por su carta a Ctesifonte (CXXXIII), con el origenismo y Rufino; y aporta su gran conocimiento de las Escrituras a la controversia. Cita una obra de Pelagio, aunque dando solo los títulos y los números de los capítulos, hasta el 100 (i. 26-32); y, aunque a veces su convicción parece débil, y hay pasajes (i. 5, ii. 6-30, iii. 1) que dan ocasión a la observación de que en realidad, aunque inconscientemente, se inclinaba a las opiniones de Pelagio, y que es un «sinergista,» no, como Agustín, un predestinacionista completo, el Diálogo, en conjunto, es claro y constituye una aportación sustancial a nuestro conocimiento. Aunque su tono es menos violento que el de sus tratados ascéticos, parece haber despertado la más fuerte animosidad contra él. Los partidarios de Pelagio atacaron e incendiaron los monasterios de Belén, y el propio Jerónimo solo escapó refugiándose en una torre. Sus sufrimientos y la intervención del papa Inocencio en su favor se pueden ver consultando las Cartas CXXXV-CXXXVII, con las notas introductorias que las preceden.
    Lo siguiente es un resumen del argumento: Ático, el agustiniano, plantea de inmediato (c. 1) la cuestión: ¿Afirmas que, como afirma Pelagio, los hombres pueden vivir sin pecado? Sí, dice el pelagiano Critóbulo, pero no añado, como se nos imputa, «sin la gracia de Dios.» En efecto, el hecho de que tengamos libre albedrío proviene de la gracia. Sí, responde Ático, pero ¿qué es esta gracia? ¿Es solo nuestra naturaleza original, o es necesaria en cada acto? En cada acto, es la respuesta (2); sin embargo, difícilmente se diría que no podemos arreglar una pluma sin la gracia (3), pues, si así fuera, ¿dónde está nuestro libre albedrío? Pero, dice Ático (5), las Escrituras hablan de nuestra necesidad de la ayuda de Dios en todo. En ese caso, dice Critóbulo, la recompensa prometida debe darse no a nosotros, sino a Dios, que obra en nosotros. Volviendo entonces al primer punto enunciado, Ático pregunta: ¿la posibilidad de estar sin pecado se extiende a actos particulares o a toda la vida? Ciertamente tanto al todo como a la parte, es la respuesta. Pero deseamos, o queremos, estar sin pecado; ¿por qué entonces no estamos realmente sin pecado? Porque (8) no ejercemos plenamente nuestra voluntad. Pero (9) nadie ha vivido jamás sin pecado. Aun así, dice el pelagiano, Dios nos manda ser perfectos, y no manda imposibles. Job, Zacarías e Isabel son presentados como perfectamente justos. No, se responde (12), se les atribuyen faltas a cada uno de ellos. Juan dice: «El que ha nacido de Dios no peca» (13); sin embargo, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos.» Los Apóstoles, aunque se les dijo que fueran perfectos (14), no eran perfectos; y san Pablo dice (14a): «No considero haberlo ya alcanzado.» Los hombres son llamados justos y perfectos solo en comparación con otros (16), o por su sujeción general a la voluntad de Dios (18), o según sus características especiales (19), como podemos decir que un obispo es excelente en su oficio, aunque no cumpla el ideal de las epístolas pastorales (22).
    La discusión pasa ahora a las palabras del libro de Pelagio. «Todos son gobernados por su propia voluntad» (27). No; pues Cristo dice: «No he venido a hacer mi propia voluntad.» «Los impíos no serán perdonados en el juicio.» Pero debemos distinguir entre los impíos o herejes que serán destruidos (28) y los pecadores cristianos que serán perdonados. Algunas de sus afirmaciones se contradicen entre sí o son triviales (29, 30). «El reino de los cielos está prometido en el Antiguo Testamento.» Sí, pero con más plenitud en el Nuevo. Volviendo a la primera tesis, «que un hombre puede estar sin pecado si lo quiere,» dice el pelagiano: Si cosas como los deseos que surgen espontáneamente y no tienen consecuencias se consideran culpables, imputamos el pecado a nuestro Hacedor; a lo cual solo se responde que, aunque no podemos entender los caminos de Dios, no debemos acusar su justicia. En el resto del libro, Ático habla solo, recorriendo el Antiguo Testamento y mostrando que cada uno de los santos cae en algún pecado que, aunque cometido por ignorancia o con media conciencia, trae sin embargo condenación.

    Prólogo, 1

    1. Después de escribir la carta a Ctesifonte, en la que respondí a las cuestiones planteadas, recibí frecuentes reconvenciones de los hermanos, que querían saber por qué demoraba aún la obra prometida en la que me proponía responder a todas las sutilezas de los predicadores de la impasibilidad. Pues todos saben cuál era la disputa de los estoicos y peripatéticos, es decir, de la antigua Academia: algunos afirmaban que las [πάθη], que podemos llamar emociones, como la tristeza, la alegría, la esperanza, el temor, pueden ser completamente erradicadas de la mente de los hombres; otros, que su poder puede ser quebrantado, gobernado y refrenado, como caballos ingobernables son contenidos con frenos de tipo peculiar. Sus opiniones han sido expuestas por Tulio en las «Disputaciones tusculanas», y Orígenes en sus «Stromata» se esfuerza por combinarlas con la verdad eclesiástica. Paso por alto a Maniqueo, Prisciliano, Evagrio de Ibora, Joviniano y a los herejes que se encuentran en casi toda Siria, quienes, por una tergiversación del sentido de su nombre, suelen ser llamados masalianos, en griego euquitas, todos los cuales sostienen que es posible que la virtud humana y el conocimiento humano alcancen la perfección, y lleguen, no diré meramente a una semejanza con Dios, sino a una igualdad; y llegan al extremo de afirmar que, una vez alcanzada la cima de la perfección, incluso los pecados de pensamiento e ignorancia les son imposibles. Y aunque en mi carta anterior dirigida a Ctesifonte y destinada contra sus errores, en la medida en que el tiempo lo permitió, toqué algunos puntos del libro que ahora me esfuerzo por forjar, me atendré al método de Sócrates. Lo que puede decirse de ambas partes se expondrá; y así la verdad quedará clara cuando ambas partes expresen sus opiniones. Orígenes tiene la particularidad de sostener, por un lado, que es imposible que la naturaleza humana pase por la vida sin pecado, y por otro, que es posible que un hombre, cuando se vuelve a cosas mejores, llegue a ser tan fuerte que ya no peque.
    Comentario editorial · Los «predicadores de la impasibilidad»
    La «impasibilidad» es la apatheia (ἀπάθεια) griega: según Jerónimo, unos filósofos pensaban que las pasiones pueden arrancarse del alma y otros que pueden refrenarse. Entre sus herederos cristianos nombra a Evagrio de Ibora, a Joviniano y a los «masalianos», en griego «euquitas». El NPNF anota que Evagrio, nacido en 345, escribió un tratado Sobre la impasibilidad y fue un celoso defensor de Orígenes, y que los masalianos recibieron su nombre de su costumbre de orar sin cesar, que apoyaban en una lectura errónea de Lucas 18:1 y 1 Tesalonicenses 5:17. Wikipedia añade que la Carta 133 (415) ya acusaba a Evagrio de origenista y criticaba su doctrina de la apatheia, y que los masalianos se mencionan desde la década de 370; recuerda también que la erudición moderna duda de que tras esas condenas hubiera un movimiento coherente.

    Prólogo, 2

    2. Añadiré unas breves palabras en respuesta a quienes dicen que escribo esta obra porque estoy inflamado de envidia. Nunca he perdonado a los herejes, y he hecho todo lo posible por hacer míos a los enemigos de la Iglesia. Helvidio escribió contra la virginidad perpetua de santa María. ¿Fue la envidia lo que me llevó a responderle, a quien nunca había visto en carne? Joviniano, cuya herejía ahora se aviva en llama, y que perturbó la fe de Roma en mi ausencia, carecía tanto de dotes de expresión y tenía un estilo tan pestilente que era más digno de compasión que de envidia. En la medida de lo posible, también le respondí. Rufino hizo todo lo que estaba en su poder para difundir las blasfemias de Orígenes y el tratado «Sobre los principios» ([Περὶ ᾿Αρχῶν]), no en una sola ciudad, sino por todo el mundo. Incluso publicó el primer libro de la «Apología de Orígenes» de Eusebio bajo el nombre de Pánfilo el mártir, y, como si Orígenes no hubiera dicho bastante, vomitó un nuevo volumen en su favor. ¿Se me ha de acusar de envidia porque le respondí? ¿Y era su elocuencia un torrente tan impetuoso como para disuadirme por miedo de escribir o dictar algo en respuesta? Paladio, no mejor que un esclavo vil, trató de dar energía a la misma herejía y de suscitar contra mí nuevos prejuicios a causa de mi traducción del hebreo. ¿Tenía envidia yo de tan distinguida capacidad y nobleza? Aun ahora el [] misterio de la iniquidad obra, y todos parlotean sobre sus opiniones; sin embargo, al parecer, yo soy el único lleno de envidia por la gloria de todos los demás; soy una criatura tan pobre que envidio incluso a quienes no merecen envidia. Y así, para demostrar a todos que no odio a los hombres sino a sus errores, y que no deseo vilipendiar a nadie, sino más bien lamentar la desgracia de los hombres engañados por la falsamente llamada ciencia, he utilizado los nombres de Ático y Critóbulo para expresar nuestras propias opiniones y las de nuestros adversarios. La verdad es que todos los que sostenemos la fe católica deseamos y anhelamos que, condenada la herejía, los hombres se reformen. En todo caso, si continúan en el error, la culpa no recae sobre nosotros, que hemos escrito, sino sobre ellos, pues han preferido la mentira a la verdad. Y una breve respuesta a nuestros calumniadores, cuyas maldiciones caen sobre sus propias cabezas, es esta: que la doctrina maniquea condena la naturaleza del hombre, destruye el libre albedrío y elimina la ayuda de Dios. Y además, que es locura manifiesta que el hombre hable de sí mismo como siendo lo que solo Dios es. Caminemos por el camino real de modo que no nos desviemos ni a la derecha ni a la izquierda; y creamos siempre que el ardor de nuestras voluntades es gobernado por la ayuda de Dios. Si alguien grita que es calumniado y se jacta de pensar como nosotros, entonces demostrará que asiente a la verdadera fe cuando condene abierta y sinceramente las opiniones contrarias. De lo contrario, su caso será el descrito por el profeta: [] «Y con todo esto, su hermana traidora Judá no se ha vuelto a mí de todo corazón, sino fingidamente.» Es pecado menor seguir el mal que crees bueno que no atreverse a defender lo que sabes con certeza que es bueno. Si no podemos soportar amenazas, injusticia, pobreza, ¿cómo superaremos las llamas de Babilonia? No perdamos por una paz hueca lo que hemos preservado con la guerra. Lamentaría permitir que mis temores me enseñaran la infidelidad, cuando Cristo ha puesto la verdadera fe en poder de mi elección.

    Libro I

    La gracia, el libre albedrío y el alcance de «sin pecado» (§ 1–8)

    I, 1

    1. Ático. Oigo, Critóbulo, que has escrito que el hombre puede estar sin pecado, si lo elige; y que los mandamientos de Dios son fáciles. Dime, ¿es cierto?
    Critóbulo. Es cierto, Ático; pero nuestros rivales no toman las palabras en el sentido que yo les di.
    A. ¿Son, pues, tan ambiguas como para dar lugar a una diferencia sobre su significado? No pido respuesta a dos preguntas a la vez. Tú estableciste dos proposiciones: la una, que el hombre puede estar sin pecado, si lo elige; la otra, que los mandamientos de Dios son fáciles. Aunque, por tanto, fueron enunciadas juntas, discútanse por separado, de modo que, aunque nuestra fe parezca una, no surja contienda por malentendernos mutuamente.
    C. Dije, Ático, que el hombre puede estar sin pecado, si lo elige; no, como algunos maliciosamente nos hacen decir, sin la gracia de Dios (el solo pensamiento es impiedad), sino simplemente que puede, si lo elige; presupuesta la ayuda de la gracia de Dios.
    A. ¿Es Dios, entonces, el autor de tus malas obras?
    C. De ninguna manera. Pero si hay algo bueno en mí, se lleva a perfección por su impulso y asistencia.
    A. Mi pregunta no se refiere a la constitución natural, sino a la acción. Pues ¿quién duda de que Dios es el Creador de todas las cosas? Quisiera que me dijeras esto: el bien que haces, ¿es tuyo o de Dios?
    C. Es mío y de Dios: yo obro y Él asiste.
    A. ¿Cómo es, entonces, que todos piensan que eliminas la gracia de Dios y sostienes que todas nuestras acciones proceden de nuestra propia voluntad?
    C. Me sorprende, Ático, que me preguntes el porqué de los errores de otras personas y quieras saber lo que no escribí, cuando lo que sí escribí es perfectamente claro. Dije que el hombre puede estar sin pecado, si lo elige. ¿Añadí, sin la gracia de Dios?
    A. No; pero el hecho de que no añadieras nada implica tu negación de la necesidad de la gracia.
    C. No, más bien, el hecho de que no haya negado la gracia debe considerarse equivalente a una afirmación de ella. Es injusto suponer que negamos todo lo que no afirmamos.
    A. Admites, pues, que el hombre puede estar sin pecado, si lo elige, pero con la gracia de Dios.
    C. No solo lo admito, sino que lo proclamo libremente.
    A. Entonces, quien elimina la gracia de Dios está en error.
    C. Exactamente. O más bien, debe ser considerado impío, puesto que todas las cosas son gobernadas por el beneplácito de Dios, y que debemos nuestra existencia y la facultad de elección individual y el deseo a la bondad de Dios, el Creador. Pues que tengamos libre albedrío, y según nuestra propia elección nos inclinemos al bien o al mal, es parte de su gracia, que nos hizo lo que somos, a su propia imagen y semejanza.
    Comentario editorial · Ático, Critóbulo y la fórmula de Pelagio
    La edición inglesa titula la obra «Diálogo entre Ático, un católico, y Critóbulo, un hereje», y llama a Ático «el agustiniano» y a Critóbulo «el pelagiano». La tesis que discuten, que el hombre puede estar sin pecado si quiere, es para el NPNF (nota a la Carta 133) lo que este diálogo toma por la esencia del pelagianismo. En esa carta, Jerónimo dice que se le añadió la cláusula «pero no sin la gracia de Dios» para engañar mejor a los lectores; aquí Critóbulo la reclama desde el principio como suya. Wikipedia cuenta que Pelagio, ante el sínodo de Diospolis, explicó que creía que Dios es necesario para la salvación porque todo ser humano es creado por Dios, y fue declarado en comunión con la Iglesia. La fecha del sínodo es diciembre de 415 según Wikipedia y 416 según el NPNF.

    I, 2

    2. A. Nadie duda, Critóbulo, de que todas las cosas dependen del juicio de Aquel que es Creador de todo, y de que cuanto tenemos debe atribuirse a su bondad. Pero quisiera saber, respecto de esta facultad que atribuyes a la gracia de Dios, si la consideras parte del don otorgado en nuestra creación, o supones que es activa en nuestras acciones particulares, de modo que nos valemos continuamente de su asistencia; o bien, ¿es el caso que, habiendo sido creados de una vez por todas y dotados de libre albedrío, hacemos lo que elegimos por nuestra propia elección o fuerza? Pues sé que muchísimos de tu partido refieren todas las cosas a la gracia de Dios en el sentido de que entienden el poder de la voluntad como un don no de carácter particular, sino general, es decir, uno que no se otorga en cada momento separado, sino de una vez por todas en la creación.
    C. No es como afirmas; sino que mantengo ambas posiciones: que por la gracia de Dios fuimos creados tales como somos, y también que en nuestras diversas acciones somos sostenidos por su ayuda.
    A. Estamos, pues, de acuerdo en que en las buenas obras, además de nuestra propia capacidad de elección, nos apoyamos en la ayuda de Dios; en las malas obras somos impulsados por el diablo.
    C. Exactamente; no hay diferencia de opinión en ese punto.
    A. Se equivocan, entonces, quienes nos despojan de la ayuda de Dios en nuestras acciones particulares. El Salmista canta: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela el centinela;» y hay pasajes semejantes. Pero estos hombres se esfuerzan, mediante interpretaciones perversas, o más bien ridículas, por torcer sus palabras a un significado diferente.

    I, 3

    3. C. ¿Estoy obligado a contradecir a otros cuando ya tienes mi propia respuesta?
    A. ¿Tu respuesta en qué sentido? ¿Que están en lo cierto o equivocados?
    C. ¿Qué necesidad me obliga a oponer mi opinión a la de otros hombres?
    A. Estás obligado por las reglas de la discusión y por el respeto a la verdad. ¿No sabes que toda afirmación o afirma o niega, y que lo que se afirma o se niega debe contarse entre las cosas buenas o malas? Debes, por tanto, admitir, y no se te agradece, que la proposición a la que se refiere mi pregunta es o una cosa buena o una mala.
    C. Si en las acciones particulares debemos tener la ayuda de Dios, ¿se sigue que somos incapaces de hacer una pluma, o de repararla cuando está hecha? ¿No podemos dar forma a las letras, callar o hablar, sentarnos, levantarnos, caminar o correr, comer o ayunar, llorar o reír, etcétera, sin la asistencia de Dios?
    A. Desde mi punto de vista es claramente imposible.
    C. ¿Cómo tenemos entonces libre albedrío, y cómo podemos guardar la gracia de Dios para con nosotros, si no podemos hacer ni siquiera estas cosas sin Dios?

    I, 4

    4. A. La concesión de la gracia del libre albedrío no es tal que elimine el apoyo de Dios en las acciones particulares.
    C. La ayuda de Dios no queda anulada; por cuanto las criaturas son preservadas mediante la gracia del libre albedrío que les fue dada de una vez por todas. Porque si sin Dios, y a menos que Él me asista en cada acción, no puedo hacer nada, Él no puede ni con justicia coronarme por mis buenas obras ni castigarme por las malas, sino que en cada caso recibirá lo suyo o condenará a los ayudantes que dio.
    A. Dime, entonces, claramente, por qué eliminas la gracia de Dios. Pues lo que destruyes en las partes, necesariamente lo niegas en el todo.
    C. No niego la gracia cuando afirmo que fui creado por Dios de tal modo que, por la gracia de Dios, se puso dentro del poder de mi elección hacer una cosa o no hacerla.
    A. Así que Dios se duerme sobre nuestras buenas acciones, una vez que se ha dado la facultad del libre albedrío; y no necesitamos rogarle que nos asista en nuestras acciones particulares, puesto que depende de nuestra propia elección y voluntad hacer una cosa si elegimos, o no hacerla si no elegimos.

    I, 5

    5. C. Así como en el caso de las demás criaturas se observan las condiciones de su creación, así, una vez concedida la facultad del libre albedrío, todo se dejó a nuestra propia elección.
    A. Se sigue, como dije, que no debo implorar la asistencia de Dios en los detalles de la conducta, porque considero que fue dada de una vez por todas.
    C. Si Él coopera conmigo en todo, el resultado ya no es mío, sino de Aquel que asiste, o más bien obra en mí y conmigo; y tanto más porque no puedo hacer nada sin Él.
    A. ¿No has leído, por favor, [] «que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia?» De esto entendemos que el querer y el correr son nuestros, pero llevar a efecto nuestro querer y correr pertenece a la misericordia de Dios, y se realiza de modo que, por un lado, al querer y correr se preserva el libre albedrío; y, por otro, al consumar nuestro querer y correr, todo se deja al poder de Dios. Por supuesto, debería ahora aducir el frecuente testimonio de las Escrituras para mostrar que, en los detalles de la conducta, los santos imploran la ayuda de Dios y, en sus diversas acciones, desean tenerlo por ayudador y protector. Recorre el Salterio y todas las palabras de los santos, y encontrarás que sus acciones nunca van sin oración a Dios. Y esta es una prueba clara de que o niegas la gracia que destierras de las partes de la vida; o, si concedes su presencia en las partes, concesión claramente muy contra tu voluntad, debes haberte pasado a las opiniones de nosotros, que preservamos el libre albedrío para el hombre, pero lo limitamos de tal modo que no negamos la asistencia de Dios en cada acción.

    I, 6

    6. C. Esa es una conclusión sofística y una mera exhibición de habilidad lógica. Nadie puede despojarme del poder del libre albedrío; de lo contrario, si Dios fuera realmente mi ayudador en lo que hago, la recompensa no se me debería a mí, sino a Aquel que obró en mí.
    A. Aprovecha al máximo tu libre albedrío; arma tu lengua contra Dios, y con ello demuestra, si quieres, que eres libre para blasfemar. Pero, dando un paso más, no hay duda sobre tus sentimientos, y los delirios de tu profesión se han vuelto tan claros como el día. Ahora, volvamos al punto de partida de nuestra discusión. Dijiste hace un momento que, concedida la asistencia de Dios, el hombre puede estar sin pecado si lo elige. Dime, por favor, ¿por cuánto tiempo? ¿Para siempre, o solo por un corto tiempo?
    C. Tu pregunta es innecesaria. Si digo por un corto tiempo, no por ello dejará de estar implícito para siempre. Pues lo que admites por un corto tiempo, admitirás que puede durar para siempre.
    A. No entiendo del todo tu significado.
    C. ¿Eres tan insensato que no reconoces los hechos evidentes?

    I, 7

    7. A. No me avergüenzo de mi ignorancia. Y ambas partes deberían estar bien de acuerdo sobre una definición del asunto en disputa.
    C. Sostengo esto: el que puede guardarse del pecado un día, puede hacerlo otro día; si puede dos, puede tres; si tres, treinta; y así sucesivamente por trescientos, o tres mil, o tanto como él quiera hacerlo.
    A. Di entonces de una vez que un hombre puede estar sin pecado para siempre, si lo elige. ¿Podemos hacer todo lo que nos plazca?
    C. Ciertamente no, pues no puedo hacer todo lo que quisiera; pero todo lo que digo es esto: que un hombre puede estar sin pecado, si lo elige.
    A. Ten la bondad de decirme esto: ¿crees que soy un hombre o una bestia?
    C. Si tuviera alguna duda sobre si eres un hombre o una bestia, me confesaría ser lo segundo.
    A. Si entonces, como dices, soy un hombre, ¿cómo es que cuando deseo y anhelo ardientemente no pecar, transgredo?
    C. Porque tu elección es imperfecta. Si realmente quisieras no pecar, realmente no lo harías.
    A. Entonces, tú, que me acusas de no tener un deseo real, ¿estás libre de pecado porque tienes un deseo real?
    C. Como si estuviera hablando de mí mismo, a quien reconozco pecador, y no de los pocos excepcionales, si los hay, que han resuelto no pecar.

    I, 8

    8. A. Aun así, yo, que pregunto, y tú, que respondes, ambos nos consideramos pecadores.
    C. Pero somos capaces de no serlo, si queremos.
    A. Dije que no deseaba pecar, y sin duda tu sentir es el mismo. ¿Cómo es, entonces, que lo que ambos deseamos no podemos hacerlo ninguno de los dos?
    C. Porque no queremos perfectamente.
    A. Muéstrame a alguno de nuestros antepasados que tuviera una voluntad perfecta y el poder en perfección.
    C. Eso no es fácil. Y cuando digo que un hombre puede estar sin pecado si así lo elige, no afirmo que alguna vez los haya habido; sólo sostengo la posibilidad abstracta —si así lo elige—. Pues la posibilidad de ser es una cosa, y se expresa en griego con [τῇ δυνάμει] (posibilidad); el ser es otra, cuyo equivalente es [τῇ ἐνεργεί& 139·] (actualidad). Puedo ser médico; pero entretanto no lo soy. Puedo ser artesano; pero aún no he aprendido un oficio. Así, todo lo que soy capaz de ser, aunque todavía no lo sea, lo seré si así lo elijo.

    Los mandamientos posibles y la perfección de los santos (§ 9–24)

    I, 9

    9. A. El arte es una cosa; lo que está por encima del arte es otra. La habilidad médica, la destreza artesanal y cosas semejantes se hallan en muchas personas; pero estar siempre sin pecado es característico sólo del poder divino. Por tanto, o bien dame un ejemplo de quienes estuvieron para siempre sin pecado; o, si no puedes hallar ninguno, confiesa tu impotencia, deja a un lado la grandilocuencia y no te burles de los oídos de los necios con ese ser y esa posibilidad de ser tuyos. Pues ¿quién concederá que un hombre puede hacer lo que ningún hombre ha podido hacer jamás? Ni siquiera has aprendido los rudimentos de la lógica. Porque si un hombre es capaz, ya no es incapaz. O bien concede que alguien fue capaz de hacer lo que sostienes que era posible hacer; o, si nadie ha tenido ese poder, tendrás que verte obligado, aunque contra tu voluntad, a esta posición: que nadie es capaz de realizar lo que, no obstante, afirmas que es posible. Ése fue el punto en discusión entre los poderosos lógicos Diodoro y Crisipo, en su debate sobre la posibilidad. Diodoro dice que sólo puede suceder aquello que o bien es verdadero o bien será verdadero. Y todo lo que será, dice, debe suceder por necesidad. Pero lo que no será, no puede suceder. Crisipo, en cambio, dice que las cosas que no serán podrían suceder; por ejemplo, esta perla podría romperse, aunque nunca se romperá. Por consiguiente, quienes dicen que un hombre puede estar sin pecado si así lo elige no podrán probar la verdad de esa afirmación, a menos que muestren que llegará a suceder. Pero como todo el futuro es incierto, y especialmente aquello que nunca ha ocurrido, es claro que dicen que será algo que no será. Y el Eclesiastés apoya esta sentencia: «Todo lo que será, ya ha sido en los siglos pasados.»

    I, 10

    10. C. Responde, por favor, a esta pregunta: ¿ha dado Dios mandatos posibles o imposibles?
    A. Veo adónde quieres ir a parar. Pero debo tratarlo más adelante, para que, al confundir cuestiones distintas, no dejemos a nuestro auditorio en la niebla. Admito que Dios ha dado mandatos posibles, pues de otro modo Él mismo sería autor de injusticia si exigiera hacer lo que no puede hacerse. Reservando esto para más tarde, termina tu argumento de que un hombre puede estar sin pecado, si así lo elige. O bien darás ejemplos de tal capacidad o, si nadie ha tenido ese poder, confesarás claramente que el hombre no puede evitar el pecado siempre.
    C. Puesto que me obligas a dar lo que no estoy obligado a dar, considera lo que dice nuestro Señor: [] «Que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos.» Y sin embargo dijo que algo que nunca ha sucedido podría suceder. Porque ningún camello ha pasado jamás por el ojo de una aguja.
    A. Me sorprende que un hombre prudente presente una prueba que va contra sí mismo. Pues el pasaje en cuestión no habla de una posibilidad, sino que compara una imposibilidad con otra. Así como un camello no puede pasar por el ojo de una aguja, tampoco un rico entrará en el reino de los cielos. O, si pudieras mostrar que un rico entra en el reino de los cielos, se seguiría también que un camello pasa por el ojo de una aguja. No debes aducir a Abraham y a otros ricos, de quienes leemos en el Antiguo Testamento, que, aunque eran ricos, entraron en el reino de los cielos; porque, al gastar sus riquezas en buenas obras, dejaron de ser ricos; es más, en cuanto que eran ricos, no para sí mismos, sino para otros, deberían ser llamados administradores de Dios más bien que ricos. Pero debemos buscar la perfección evangélica, según la cual está el mandato: [] «Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y ven, sígueme.»

    I, 11

    11. C. Has caído sin darte cuenta en tu propia trampa.
    A. ¿Cómo es eso?
    C. Citas la sentencia de nuestro Señor en el sentido de que un hombre puede ser perfecto. Pues cuando Él dice: «Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y ven, sígueme,» ¿muestra que un hombre, si así lo elige y si hace lo que se le manda, puede ser perfecto?
    A. Me has dado un golpe tan terrible que casi estoy aturdido. Pero aun las mismas palabras que citas, «Si quieres ser perfecto,» fueron dichas a uno que no podía, o más bien que no quería, y, por tanto, no podía; muéstrame ahora, como prometiste, a alguien que quisiera y pudiera.
    C. ¿Por qué me veo obligado a presentar ejemplos de perfección, cuando está claro, por lo que el Salvador dijo a uno, y por medio de uno a todos, «Si quieres ser perfecto,» que es posible que los hombres sean perfectos?
    A. Eso no es más que un subterfugio. Sigues atascado en el fango. Pues, o bien, si una cosa es posible, ha ocurrido en algún momento; o, si nunca ha ocurrido, concede que es imposible.

    I, 12

    12. C. ¿Por qué sigo demorándome? Debes ser vencido por la autoridad de la Escritura. Para pasar por alto otros pasajes, debes quedar silenciado por los dos en los que leemos las alabanzas de Job, y de Zacarías e Isabel. Pues, si no me engaño, así está escrito en el libro de Job: [] «Hubo un hombre en la tierra de Uz, llamado Job; y aquel hombre era perfecto y recto, verdadero adorador de Dios, y apartado de todo mal.» Y de nuevo: «¿Quién es el que reprende a un justo y libre de pecado, y habla palabras sin conocimiento?» También, en el Evangelio según Lucas, leemos: «Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; y tenía una mujer de las hijas de Aarón, y su nombre era Isabel. Y ambos eran justos delante de Dios, andando en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor de manera intachable.» Si un verdadero adorador de Dios es también sin mancha y sin ofensa, y si quienes anduvieron en todas las ordenanzas del Señor son justos delante de Dios, supongo que están libres de pecado, y nada les falta en cuanto a la justicia.
    A. Has citado pasajes que han sido desgajados no sólo del resto de la Escritura, sino de los libros en que se hallan. Pues incluso Job, después de ser herido con la plaga, es convicto de haber hablado muchas cosas contra el gobierno de Dios, y de haberlo citado a juicio: «Ojalá hubiera un hombre que estuviera con Dios en el juicio, como un hijo de hombre está con su semejante.» Y de nuevo: [] «¡Oh, si tuviera quien me oyera! ¡Que el Todopoderoso oyera mi deseo, y que el juez mismo escribiera un libro!» Y de nuevo: «Aunque yo sea justo, mi propia boca me condenará: aunque sea perfecto, me probará perverso. Si me lavo con agua de nieve, y limpio mis manos como nunca, Tú me has teñido una y otra vez de inmundicia. Mis propias ropas me han aborrecido.» Y de Zacarías está escrito que, cuando el ángel le prometió el nacimiento de un hijo, dijo: [] «¿En qué conoceré esto? Porque soy viejo, y mi mujer de edad avanzada.» Por cuya respuesta fue condenado al instante al silencio: «Quedarás mudo, y no podrás hablar, hasta el día en que estas cosas se cumplan, porque no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.» De esto queda claro que los hombres son llamados justos, y se dice que son sin falta; pero que, si les sobreviene negligencia, pueden caer; y que el hombre ocupa siempre un lugar intermedio, de modo que puede deslizarse de la cumbre de la virtud al vicio, o elevarse del vicio a la virtud; y que nunca está seguro, sino que debe temer el naufragio aun con buen tiempo; y, por tanto, que el hombre no puede estar sin pecado. Salomón dice: [] «No hay hombre justo sobre la tierra que haga el bien y no peque»; y asimismo en el libro de los Reyes: [] «No hay hombre que no peque.» Así, también, el bienaventurado David dice: «¿Quién puede entender sus errores? Límpiame de las faltas ocultas, y guarda a tu siervo de los pecados de presunción.» Y de nuevo: «No entres en juicio con tu siervo, porque delante de ti ningún viviente será justificado.» La Sagrada Escritura está llena de pasajes en el mismo sentido.

    I, 13

    13. C. Pero ¿qué respuesta darás a la famosa declaración de Juan el Evangelista: [] «Sabemos que todo aquel que es engendrado de Dios no peca; pero la engendración de Dios lo guarda, y el maligno no lo toca. Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero yace en el maligno?»
    A. Pagaré con la misma moneda, y mostraré que, según tú, la pequeña epístola del Evangelista se contradice a sí misma. Pues, si todo aquel que es engendrado de Dios no peca porque su simiente permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios, ¿cómo es que el escritor dice en el mismo lugar: [] «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros?» No puedes explicarlo. Vacilas y estás confundido. Escucha al mismo Evangelista que nos dice: [] «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» Somos, pues, justos cuando confesamos que somos pecadores, y nuestra justicia no depende de nuestros propios méritos, sino de la misericordia de Dios, como dice la Sagrada Escritura: «El justo se acusa a sí mismo cuando comienza a hablar,» y en otra parte, «Declara tus pecados para que seas justificado.» [] «Dios ha encerrado a todos bajo pecado, para tener misericordia de todos.» Y la más alta justicia del hombre es ésta: cualquiera que sea la virtud que pueda adquirir, no considerarla propia, sino don de Dios. Aquel, pues, que ha nacido de Dios no peca, mientras la simiente de Dios permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. Pero viendo que, mientras dormía el padre de familia, un enemigo sembró cizaña, y que cuando no lo sabemos, un sembrador nocturno esparce en el campo del Señor cizaña y avena silvestre entre el buen grano, esta parábola del padre de familia en el Evangelio debe excitar nuestros temores. Él limpia su era, y recoge el trigo en su granero, pero deja la paja para que la dispersen los vientos o la queme el fuego. Y así leemos en Jeremías: [] «¿Qué es la paja para el trigo? Dice el Señor.» La paja, además, es separada del trigo al fin del mundo, prueba de que, mientras estamos en el cuerpo mortal, la paja está mezclada con el trigo. Pero si objetas, y preguntas por qué dijo el Apóstol «y no puede pecar, porque ha nacido de Dios,» respondo preguntándote qué sucede con la recompensa de su elección. Pues si un hombre no peca porque no puede pecar, el libre albedrío queda destruido, y la bondad no puede deberse a sus esfuerzos, sino que debe ser parte de una naturaleza incapaz de recibir el mal.

    I, 14

    14. C. La tarea que te propuse hace poco era fácil, a modo de práctica para algo más difícil. ¿Qué tienes que decir a mi siguiente argumento? Por astuto que seas, toda tu habilidad no bastará para derribarlo. Citaré primero del Antiguo Testamento, y luego del Nuevo. Moisés es la figura principal del Antiguo Testamento, nuestro Señor y Salvador del Nuevo. Moisés dice al pueblo: [] «Sé perfecto delante del Señor tu Dios.» Y el Salvador manda a los Apóstoles [] «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.» Ahora bien, o era posible para los oyentes hacer lo que Moisés y el Señor mandaron, o, si es imposible, la culpa no recae en quienes no pueden obedecer, sino en Aquel que dio mandatos imposibles.
    A. Este pasaje, para los ignorantes, y para quienes no están acostumbrados a meditar en la Sagrada Escritura, y que ni la conocen ni la usan, a primera vista parece favorecer tu opinión. Pero cuando lo examinas, la dificultad pronto desaparece. Y cuando comparas pasajes de la Escritura con otros, para que el Espíritu Santo no parezca contradecirse a sí mismo con cambio de lugar y tiempo, conforme a lo que está escrito, «Un abismo llama a otro abismo a la voz de tus cascadas,» la verdad se mostrará, es decir, que Cristo sí dio un mandato posible cuando dijo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto,» y sin embargo los Apóstoles no eran perfectos.
    C. No estoy hablando de lo que hicieron los Apóstoles, sino de lo que Cristo mandó. Y la culpa no recae en el que dio el mandato, sino en quienes lo oyeron, porque no podemos admitir la justicia de quien manda sin conceder la posibilidad de hacer lo que se manda.
    A. ¡Bien! Entonces no me digas que un hombre puede estar sin pecado si así lo elige, sino que un hombre puede ser lo que los Apóstoles no fueron.
    C. ¿Me crees tan necio como para atreverme a decir semejante cosa?
    A. Aunque no lo digas con tantas palabras, por reacio que seas a admitir el hecho, se sigue por secuencia natural de tu proposición. Pues si un hombre puede estar sin pecado, y está claro que los Apóstoles no estaban sin pecado, un hombre puede ser más alto que los Apóstoles: por no hablar de patriarcas y profetas cuya justicia bajo la ley no era perfecta, como dice el Apóstol, «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios: siendo justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención que es en Cristo Jesús: a quien Dios puso como propiciación.»

    I, 14a

    14a. C. Esta manera de argumentar es intrincada y lleva la sencillez que conviene a la Iglesia a las enmarañadas espesuras de la filosofía. ¿Qué tiene que ver Pablo con Aristóteles? ¿O Pedro con Platón? Pues así como éste fue el príncipe de los filósofos, aquél fue el jefe de los Apóstoles: sobre él la Iglesia del Señor fue firmemente fundada, y ni torrente impetuoso ni tempestad pueden sacudirla.
    A. Ahora te pones retórico, y mientras me acusas de filosofía, tú mismo te pasas al campamento de los oradores. Pero escucha lo que dice tu mismo orador favorito: «Basta de lugares comunes: los tenemos en casa.»
    C. No hay elocuencia en esto, ni la pompa de los oradores, que podrían definirse como personas cuyo objeto es persuadir, y que moldean su lenguaje conforme a ello. Buscamos la verdad sin adulterar, y usamos un lenguaje sin sofisticación. O el Señor no dio mandatos imposibles, de modo que tienen la culpa quienes no hicieron lo que era posible; o, si lo que se manda no puede hacerse, entonces no son ellos, los que no hacen lo imposible, los convictos de injusticia, sino Aquel que mandó cosas imposibles, y eso es una declaración impía.
    A. Veo que estás mucho más perturbado de lo que acostumbras; así que no te acosaré con argumentos. Pero déjame preguntarte brevemente qué piensas del conocido pasaje del Apóstol cuando escribió a los Filipenses: [] «No es que ya lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto: sino que prosigo, por si logro asir aquello para lo cual también fui asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que somos perfectos, sintamos esto mismo; y si en algo sentís otra cosa, también esto os lo revelará Dios,» y así sucesivamente; sin duda conoces el resto, que, en mi deseo de ser breve, omito. Dice que aún no lo había alcanzado, y que de ningún modo era perfecto; sino que, como un arquero, dirigía sus flechas al blanco puesto (más expresivamente llamado [σκοπός] en griego), no fuera que la saeta, desviándose a un lado u otro, mostrara la impericia del arquero. Declara además que siempre olvidaba lo pasado, y que siempre se extendía hacia lo que estaba delante, enseñando así que no debe prestarse atención al pasado, sino desear ardientemente el futuro; de modo que lo que hoy consideraba perfecto, mientras se extendía hacia cosas mejores y hacia lo que estaba delante, mañana resulta haber sido imperfecto. Y así, a cada paso, sin detenerse nunca, sino siempre corriendo, muestra que es imperfecto aquello que los hombres considerábamos perfecto, y enseña que nuestra única perfección y verdadera justicia es la que se mide por la excelencia de Dios. «Prosigo a la meta,» dice, «al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» Oh, bendito apóstol Pablo, perdóname, pobre criatura que confieso mis faltas, si me atrevo a hacer una pregunta. Dices que aún no lo habías alcanzado, ni aprehendido, ni eras aún perfecto, y que siempre olvidabas lo de atrás, y te extendías a lo de delante, por si de algún modo pudieras tener parte en la resurrección de los muertos, y ganar el premio de tu supremo llamamiento. ¿Cómo, pues, es que inmediatamente añades, «Así que, todos los que somos perfectos, sintamos esto mismo»? (o, sintamos esto mismo, pues las copias varían). ¿Y qué sentir es el que tenemos, o hemos de tener? ¿Que somos perfectos? ¿Que hemos aprehendido lo que no hemos aprehendido, recibido lo que no hemos recibido, somos perfectos quienes aún no somos perfectos? ¿Qué sentir, pues, tenemos, o más bien qué sentir debemos tener quienes no somos perfectos? Confesar que somos imperfectos, y que aún no hemos aprehendido, ni alcanzado, ésta es la verdadera sabiduría en el hombre: conócete a ti mismo como imperfecto; y, si así puedo decirlo, la perfección de todos los justos, mientras están en la carne, es imperfecta. De ahí que leamos en Proverbios: «Para entender la verdadera justicia.» Pues si no hubiera también una falsa justicia, la justicia de Dios nunca se llamaría verdadera. El Apóstol continúa: «y si sentís otra cosa, también esto os lo revelará Dios.» Esto suena extraño a mis oídos. Aquel que hace un momento dijo, «No es que ya lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto»; el vaso escogido, que tan confiado estaba de que Cristo habitaba en él que se atrevió a decir «¿Buscáis una prueba de Cristo que habla en mí?» y sin embargo confesó claramente que no era perfecto; ahora da a la multitud lo que negó a sí mismo en particular, se une con los demás y dice, «Todos los que somos perfectos, sintamos esto mismo.» Pero por qué dijo esto, lo explica enseguida. Quiere decir: nosotros, que deseamos ser perfectos según la pobre medida de la fragilidad humana, pensemos esto: que aún no hemos alcanzado, ni aprehendido, ni somos perfectos; y en cuanto que aún no somos perfectos, y, quizás, sentimos otra cosa de lo que la verdadera y perfecta perfección requiere, si sentimos otra cosa de lo que dicta el pleno conocimiento de Dios, Dios también nos lo revelará, para que oremos con David y digamos, «Abre mis ojos para que contemple las maravillas de tu ley.»

    I, 15

    15. Todo esto deja claro que en la Sagrada Escritura hay dos clases de perfección, dos de justicia, y dos de temor. La primera es aquella perfección, y verdad incomparable, y perfecta justicia y temor, que es el principio de la sabiduría, y que debemos medir por la excelencia de Dios; la segunda, que está al alcance no sólo de los hombres, sino de toda criatura, y no es incompatible con nuestra fragilidad, como leemos en los Salmos: «Delante de ti ningún viviente será justificado,» es aquella justicia que se dice perfecta, no en comparación con Dios, sino como reconocida por Dios. Job, y Zacarías, e Isabel, fueron llamados justos, respecto de aquella justicia que algún día podría convertirse en injusticia, y no respecto de aquella que es incapaz de cambio, acerca de la cual se dice, [] «Yo soy Dios, y no cambio.» Y esto es lo que el Apóstol escribe en otra parte: [] «Lo que fue glorificado no ha sido glorificado en este respecto, por razón de la gloria que sobrepasa»; porque, es decir, la justicia de la ley, en comparación con la gracia del Evangelio, no parece ser justicia en absoluto. «Porque si,» dice, aquello que pasa fue con gloria, mucho más aquello que permanece es en gloria. [] Y de nuevo, «En parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, lo que es en parte será abolido.» Y, [] «Porque ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara: ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como también fui conocido.» Y en los Salmos, «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; es alto, no puedo alcanzarlo.» Y de nuevo, «Cuando pensé en comprender esto, fue demasiado doloroso para mí; hasta que entré en el santuario de Dios, y consideré su fin postrero.» Y en el mismo lugar, «Fui como una bestia delante de ti: no obstante, yo estoy de continuo contigo.» Y Jeremías dice, [] «Todo hombre se ha vuelto torpe y sin conocimiento.» Y para volver al apóstol Pablo, [] «La necedad de Dios es más sabia que los hombres.» Y mucho más, que omito por razones de brevedad.

    I, 16

    16. C. Mi querido Ático, tu discurso es realmente una proeza de memoria. Pero el trabajo que has invertido en reunir esta multitud de autoridades redunda en mi beneficio. Pues yo no comparo, más que tú, al hombre con Dios, sino con otros hombres, en comparación con los cuales puede ser perfecto quien se toma la molestia. Y así, cuando decimos que el hombre, si así lo elige, puede estar sin pecado, la norma es la medida del hombre, no la majestad de Dios, en comparación con la Cual ninguna criatura puede ser perfecta.
    A. Critóbulo, te agradezco que me recuerdes ese hecho. Pues es justamente mi propia opinión que ninguna criatura puede ser perfecta en lo que respecta a la justicia verdadera y consumada. Pero que uno difiere de otro, y que la justicia de un hombre no es la misma que la de otro, nadie lo duda; ni tampoco que uno puede ser mayor o menor que otro, y sin embargo, que en relación con su propio estado y capacidad, pueden llamarse justos hombres que no son justos cuando se comparan con otros. Por ejemplo, el apóstol Pablo, el vaso escogido que trabajó más que todos los Apóstoles, era, supongo, justo cuando escribió a Timoteo, [] «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe: desde ahora me está reservada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día: y no solo a mí, sino también a todos los que aman Su venida.» Timoteo, su discípulo e imitador, a quien enseñó las reglas de conducta y los límites de la virtud, también era justo. ¿Hemos de pensar que había una y la misma justicia en ambos, y que no tenía más mérito quien trabajó más que todos? «En la casa de mi Padre hay muchas moradas.» Supongo que también hay diferentes grados de mérito. «Una estrella difiere de otra estrella en gloria,» y en el único cuerpo de la Iglesia hay diferentes miembros. El sol tiene su propio esplendor, la luna templa la oscuridad de la noche; y los cinco cuerpos celestes que se llaman planetas atraviesan el cielo en trayectorias diferentes y con diferentes grados de luminosidad. Hay innumerables otras estrellas cuyos movimientos rastreamos en el firmamento. Cada una tiene su propio brillo, y aunque cada una en lo que respecta a lo suyo es perfecta, sin embargo, en comparación con una de mayor magnitud, carece de perfección. En el cuerpo también, con sus diferentes miembros, el ojo tiene una función, la mano otra, el pie otra. De donde dice el Apóstol, «El ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No os necesito. ¿Son todos Apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros? ¿Son todos obradores de milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿Hablan todos en lenguas? ¿Interpretan todos? Pero desead ardientemente los dones mayores. Pero todas estas cosas las obra el uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere.» Y aquí observa cuidadosamente que no dice, como cada miembro desea, sino como el Espíritu mismo quiere. Pues el vaso no puede decir a quien lo hace, [] «¿Por qué me haces así o así? ¿No tiene el alfarero derecho sobre el barro, para hacer de la misma masa una parte vaso para honra, y otra para deshonra?» Y así, en secuencia inmediata añadió, «Desead ardientemente los dones mayores,» para que, por el ejercicio de la fe y la diligencia, podamos ganar algo además de otros dones, y podamos ser superiores a aquellos que, comparados con nosotros, están en la segunda o tercera clase. En una casa grande hay diferentes vasos, algunos de oro, otros de plata, bronce, hierro, madera. Y sin embargo, mientras que en su clase un vaso de bronce es perfecto, en comparación con uno de plata se llama imperfecto, y a su vez uno de plata, comparado con uno de oro, es inferior. Y así, cuando se comparan entre sí, todas las cosas son imperfectas y perfectas. En un campo de buena tierra, y de una sola siembra, brota una cosecha del treinta, del sesenta o del ciento por uno. Los mismos números muestran que hay disparidad en las partes del producto, y sin embargo cada una es perfecta en su propia clase. Isabel y Zacarías, a quienes aduces y con quienes te cubres como con un escudo impenetrable, pueden enseñarnos cuán lejos están de la santidad de la bienaventurada María, la Madre del Señor, quien, consciente de que Dios habitaba en ella, proclama sin reserva, «He aquí, desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí; y santo es Su nombre. Y Su misericordia es de generación en generación para con los que le temen: Ha mostrado poder con Su brazo.» Donde, observa, dice que es bienaventurada no por su propio mérito y virtud, sino por la misericordia de Dios que habita en ella. Y el mismo Juan, mayor que el cual no ha surgido entre los hijos de los hombres, es mejor que sus padres. Pues no solo nuestro Señor lo compara con los hombres, sino también con los ángeles. Y sin embargo, el que fue mayor en la tierra que todos los demás hombres, se dice que es menor que el más pequeño en el reino de los cielos.

    I, 17

    17. ¿Hace falta sorprendernos de que, cuando se comparan los santos, unos sean mejores, otros peores, puesto que lo mismo se aplica a la comparación de los pecados? A Jerusalén, traspasada y herida con muchos pecados, se le dice, [] «Sodoma es justificada por ti.» No es porque Sodoma, que se ha hundido para siempre en cenizas, sea justa en sí misma, que se dice por Ezequiel, [] «Sodoma será restaurada a su estado anterior»; sino que, en comparación con la más maldita Jerusalén, ella parece justa. Porque Jerusalén mató al Hijo de Dios; Sodoma, por la abundancia de pan y el lujo excesivo, llevó su lujuria más allá de todo límite. El publicano en el Evangelio que se golpeaba el pecho como si fuera un almacén de los peores pensamientos, y, consciente de sus ofensas, no se atrevía a levantar los ojos, es justificado antes que el fariseo orgulloso. Y Tamar, en apariencia de ramera, engañó a Judá, y en la estimación de este mismo hombre que fue engañado, fue digna de las palabras, [] «Tamar es más justa que yo.» Todo esto sirve para probar que no solo en comparación con la majestad Divina están los hombres lejos de la perfección, sino también cuando se comparan con ángeles, y con otros hombres que han escalado las alturas de la virtud. Puedes ser superior a alguien a quien has mostrado como imperfecto, y sin embargo ser superado por otro; y en consecuencia no tener la verdadera perfección, la cual, si es perfecta, es absoluta.

    I, 18

    18. C. ¿Cómo es entonces, Ático, que la Palabra Divina nos insta a la perfección?
    A. Ya he explicado que en proporción a nuestra fuerza cada uno, con todo su poder, debe extenderse hacia adelante, si de algún modo puede alcanzar, y aprehender la recompensa de su alto llamamiento. En resumen, Dios Todopoderoso, a quien, como enseña el Apóstol, el Hijo debe ser sujetado de acuerdo con la dispensación de la Encarnación, para que [] «Dios sea todo en todos,» muestra claramente que de ninguna manera todas las cosas están sujetas a Él mismo. De ahí que el profeta anticipa su propia sujeción final, diciendo, «¿No estará mi alma sujeta solo a Dios? Porque de Él viene mi salvación.» Y porque en el cuerpo de la Iglesia Cristo es la cabeza, y algunos de los miembros todavía resisten, el cuerpo no parece estar sujeto ni siquiera a la cabeza. Pues si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él, y todo el cuerpo es torturado por el dolor en un miembro. Mi significado puede expresarse más claramente así. Mientras tengamos el tesoro en vasos de barro, y estemos vestidos de carne frágil, o más bien de carne mortal y corruptible, nos consideramos afortunados si, en virtudes individuales y porciones separadas de virtud, estamos sujetos a Dios. Pero cuando esto mortal se haya vestido de inmortalidad, y esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y la muerte sea absorbida en la victoria de Cristo, entonces Dios será todo en todos: y así no habrá meramente sabiduría en Salomón, dulzura en David, celo en Elías y Finés, fe en Abraham, amor perfecto en Pedro, a quien se le dijo, [] «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» celo por la predicación en el vaso escogido, y dos o tres virtudes cada uno en otros, sino que Dios estará enteramente en todos, y la compañía de los santos se regocijará en toda la banda de virtudes, y Dios será todo en todos.

    I, 19

    19. C. ¿Debo entender que dices que ningún santo, mientras está en este pobre cuerpo, puede tener todas las virtudes?
    A. Exactamente, porque ahora profetizamos en parte y conocemos en parte. Es imposible que todas las cosas estén en todos los hombres, pues ningún hijo de hombre es inmortal.
    C. ¿Cómo es, entonces, que leemos que quien tiene una virtud parece tenerlas todas?
    A. Por participar de ellas, no por poseerlas, pues los individuos deben sobresalir en virtudes particulares. Pero confieso que no sé dónde encontrar eso que dices haber leído.
    C. ¿No sabes que los filósofos sostienen esa opinión?
    A. Los filósofos pueden, pero los Apóstoles no. No me importa lo que enseña Aristóteles, sino lo que enseña Pablo.
    C. ¿Acaso no escribe el apóstol Santiago [] que quien tropieza en un punto es culpable de todos?
    A. El pasaje es su propio intérprete. Santiago no dijo, como punto de partida para la discusión, que quien prefiere a un rico sobre un pobre en honor es culpable de adulterio o asesinato. Eso es un engaño de los estoicos que sostienen la igualdad de los pecados. Sino que procede así: «El que dijo: No cometerás adulterio, dijo también: No matarás: pero aunque no mates, si cometes adulterio, te has hecho transgresor de la ley.» Las ofensas ligeras se comparan con las ligeras, y las ofensas graves con las graves. Una falta que merece la vara no debe vengarse con la espada; ni un crimen digno de la espada debe frenarse con la vara.
    C. Supón que es cierto que ningún santo tiene todas las virtudes: sin duda concederás que, dentro del alcance de su capacidad, si un hombre hace lo que puede, es perfecto.
    A. ¿No recuerdas lo que dije antes?
    C. ¿Qué fue?
    A. Que un hombre es perfecto en lo que respecta a lo que ha hecho, imperfecto en lo que respecta a lo que no pudo hacer.
    C. Pero así como es perfecto en lo que respecta a lo que ha hecho, porque quiso hacerlo, así en lo que respecta a aquello que lo constituye imperfecto, porque no lo ha hecho, podría haber sido perfecto, si hubiera querido hacerlo.
    A. ¿Quién no desea hacer lo que es perfecto? ¿O quién no anhela crecer vigorosamente en toda virtud? Si buscas todas las virtudes en cada individuo, eliminas las distinciones de las cosas, y la diferencia de las gracias, y la variedad de la obra del Creador, cuyo profeta clama en voz alta en el cántico sagrado: «Con sabiduría los hiciste todos.» Lucifer puede indignarse porque no tiene el brillo de la luna. La luna puede disputar sobre sus eclipses y su trabajo incesante, y preguntar por qué debe recorrer cada mes la órbita anual del sol. El sol puede quejarse y querer saber qué ha hecho para viajar más lentamente que la luna. Y nosotros, pobres criaturas, podemos exigir saber por qué fuimos hechos hombres y no ángeles; aunque tu maestro, el Antiguo, la fuente de la que fluyen estas corrientes, afirma que todas las criaturas racionales fueron creadas iguales y comenzaron en igualdad de condiciones, como aurigas, ya sea para sucumbir a mitad de camino, o para pasar rápidamente y alcanzar la meta deseada. Los elefantes, con su enorme volumen, y los grifos, podrían discutir sus cuerpos ponderosos y preguntar por qué deben ir sobre cuatro patas, mientras que las moscas, los mosquitos y otras criaturas semejantes tienen seis patas bajo sus diminutas alas, y hay algunos seres rastreros que tienen tal abundancia de patas que la vista más aguda no puede seguir sus innumerables y simultáneos movimientos. Marción y todos los herejes que negaron las obras del Creador podrían hablar así. Tu principio llega tan lejos que mientras sus partidarios atacan puntos particulares, están poniendo las manos sobre Dios; están preguntando por qué solo Él es Dios, por qué envidia a las criaturas, y por qué no todas están dotadas del mismo poder e importancia. Tú no dirías tanto (pues no estás lo bastante loco como para luchar abiertamente contra Dios), pero este es tu significado en otras palabras, cuando das al hombre un atributo de Dios, y lo haces estar sin pecado como Dios mismo. De ahí que el Apóstol, con su voz de trueno, diga, acerca de las diferentes gracias: [] «Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu; y diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; y hay diversidad de operaciones, pero el mismo Dios, que obra todas las cosas en todos.»

    I, 20

    20. C. Llevas demasiado lejos este punto particular al tratar de convencerme de que un hombre no puede tener todas las excelencias al mismo tiempo. Como si Dios fuera culpable de envidia, o incapaz de otorgar a Su imagen y semejanza una correspondencia en todas las cosas con su Creador.
    A. ¿Soy yo o eres tú quien va demasiado lejos? Revives cuestiones ya resueltas, y no entiendes que una cosa es la semejanza y otra la igualdad; que la primera es una pintura, la segunda, la realidad. Un caballo real corre por las llanuras; el pintado con su carro no sale de la pared. Los arrianos no conceden al Hijo de Dios lo que tú das a todo hombre. Algunos no se atreven a confesar la perfecta humanidad de Cristo, no sea que se vean obligados a aceptar la creencia de que Él tuvo los pecados de un hombre, como si el Creador fuera incapaz del acto de crear, y el título Hijo del hombre fuera coextensivo con el título Hijo de Dios. Así que, o bien ponme otra cosa que responder, o deja a un lado el orgullo y da gloria a Dios.
    C. Olvidas una respuesta anterior tuya, y has estado tan ocupado forjando tu cadena de argumentos, y galopando por los amplios campos de la Escritura, como un caballo al que se le ha soltado la brida, que no has dicho una sola palabra sobre el punto principal. Tu olvido es un pretexto para escapar de la necesidad de responder. Fue una tontería de mi parte concederte por el momento lo que pedías, y suponer que voluntariamente renunciarías a lo que habías recibido, y que no necesitarías un recordatorio para pagar lo que debías.
    A. Si no me equivoco, fue la cuestión de los mandatos posibles cuya respuesta diferí. Por favor, procede como mejor te parezca.

    I, 21

    21. C. Los mandatos que Dios ha dado son o posibles o imposibles. Si son posibles, está en nuestro poder cumplirlos, si así lo elegimos. Si son imposibles, no podemos ser considerados culpables por omitir deberes que no se nos ha dado cumplir. De ahí resulta que, ya sea que Dios haya dado mandatos posibles o imposibles, un hombre puede estar sin pecado si así lo elige.
    A. Te pido tu paciente atención, pues lo que buscamos no es la victoria sobre un oponente, sino el triunfo de la verdad sobre la falsedad. Dios ha puesto dentro del poder de la humanidad todas las artes, pues vemos que un vasto número de hombres las han dominado. Para pasar por alto aquellas que los griegos llaman [βάναυσοι], como podríamos decir, las artes manuales, mencionaré la gramática, la retórica, los tres tipos de filosofía— física, ética, lógica— la geometría también, y la astronomía, la astrología, la aritmética, la música, que también son partes de la filosofía; la medicina, también, en su triple división— teoría, investigación, práctica; un conocimiento del derecho en general y de disposiciones particulares. ¿Quién de nosotros, por inteligente que sea, podrá entenderlas todas, cuando el más elocuente de los oradores, discutiendo la retórica y la jurisprudencia, dijo: «Unos pocos pueden sobresalir en una, en ambas nadie puede.» Ves, entonces, que Dios ha mandado lo que es posible, y sin embargo, que nadie puede por naturaleza alcanzar lo que es posible. De manera similar ha dado diferentes reglas y diversas virtudes, todas las cuales no podemos poseer al mismo tiempo. De ahí sucede que una virtud que en una persona ocupa el lugar principal, o se encuentra en perfección, en otra es solo parcial; y sin embargo, no es culpable quien no tiene toda excelencia, ni es condenado por carecer de lo que no tiene; sino que es justificado por medio de lo que sí posee. El Apóstol describió el carácter de un obispo cuando escribió a Timoteo, «El obispo, por tanto, debe ser irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, modesto, ordenado, hospitalario, apto para enseñar; no pendenciero, no violento; sino amable, no contencioso, no amante del dinero; que gobierne bien su propia casa, teniendo a sus hijos en sujeción con toda modestia.» Y de nuevo, «No un neófito, no sea que, envaneciéndose, caiga en la condenación del diablo. Además, debe tener buen testimonio de los de afuera, no sea que caiga en reproche y en el lazo del diablo.» Escribiendo también a su discípulo Tito, señala brevemente qué clase de obispos debe ordenar: «Por esta causa te dejé en Creta, para que pusieras en orden lo que faltaba, y designaras ancianos en cada ciudad, como te encargué; si alguno es irreprochable, marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, no acusados de disolución o rebeldía. Porque el obispo debe ser irreprochable (o libre de acusación, pues eso es lo que transmite el original) como administrador de Dios; no obstinado, no irascible, no pendenciero, no violento, no codicioso de ganancias deshonestas; sino hospitalario, amable, modesto, justo, santo, sobrio; aferrado a la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que pueda tanto exhortar en la sana doctrina como refutar a los que contradicen.» No diré ahora nada de las diversas reglas relativas a diferentes personas, sino que me limitaré a los mandatos relacionados con el obispo.

    I, 22

    22. Ciertamente Dios desea que los obispos o presbíteros sean tales como enseña el vaso escogido que deben ser. En cuanto a la primera cualidad, rara vez o nunca se encuentra uno sin reproche; porque ¿quién hay que no tenga alguna falta, como un lunar o una verruga en un cuerpo hermoso? Si el propio Apóstol dice de Pedro que no anduvo rectamente conforme a la verdad del Evangelio, y fue tan culpable que aun Barnabás fue arrastrado a la misma disimulación, ¿quién se indignará si se le niega aquello que no tuvo el jefe de los Apóstoles? Luego, supongamos que encuentras uno, «esposo de una sola mujer, sobrio, ordenado, hospitalario,» la siguiente cualidad— [διδακτικόν], apto para enseñar, no meramente como traduce el latín, apto para ser enseñado — difícilmente la hallarás en compañía de las otras virtudes. A un obispo o presbítero pendenciero, o golpeador, o amante del dinero, el Apóstol lo rechaza, y en su lugar quisiera uno manso, no contencioso, libre de avaricia, que gobierne bien su propia casa y, lo que es muy difícil, que tenga a sus hijos en sujeción con toda modestia, sean hijos de la carne o hijos de la fe. «Con toda modestia,» dice. No le basta tener su propia modestia si no se ve realzada por la modestia de sus hijos, compañeros y siervos, como dice David: «El que anda en camino perfecto, éste me servirá.» Consideremos también el énfasis puesto en la modestia al añadir las palabras «teniendo a sus hijos en sujeción con toda modestia.» No sólo en las obras, sino en la palabra y en el gesto, debe apartarse de la inmodestia, no sea que acaso le suceda lo que a Elí. Elí ciertamente reprendió a sus hijos, diciendo: [] «No, hijos míos, no; no es bueno el rumor que oigo acerca de vosotros.» Los reprendió, y sin embargo fue castigado, porque no debió reprenderlos, sino expulsarlos. ¿Qué hará el que se alegra del vicio o carece de valor para corregirlo? ¿El que teme a su propia conciencia y, por eso, finge ignorar lo que está en boca de todos? El punto siguiente es que el obispo debe estar libre de acusación, que tenga buen testimonio de los de afuera, que no se lancen contra él reproches de los adversarios, y que quienes aborrecen su doctrina queden complacidos con su vida. Supongo que no sería fácil hallar todo esto, y particularmente uno «capaz de resistir a los contradictores,» de refrenar y vencer las opiniones erróneas. Él desea que no se ordene como obispo a ningún neófito, y sin embargo en nuestro tiempo vemos que se busca al joven neófito como si representara la más alta justicia. Si el bautismo hiciera inmediatamente justo a un hombre y lleno de toda justicia, sería ciertamente ocioso que el Apóstol rechazara al neófito; pero el bautismo anula los pecados antiguos, no otorga nuevas virtudes; suelta de la prisión y promete recompensas al liberado si trabaja. Rara vez o nunca, digo, hay un hombre que tenga todas las virtudes que debe tener un obispo. Y sin embargo, si a un obispo le faltaran una o dos de las virtudes de la lista, no se sigue que ya no pueda llamarse justo, ni será condenado por sus deficiencias, sino coronado por lo que tiene. Porque tenerlo todo y no carecer de nada es la virtud de Aquel [] «que no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca; que cuando le ultrajaban, no devolvía el ultraje;» quien, confiado en la conciencia de la virtud, dijo: [] «Mirad, viene el príncipe de este mundo, y nada encuentra en mí;» «el cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le dio el nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra.» Si, pues, en la persona de un solo obispo no hallarás en absoluto, o con dificultad, siquiera unas pocas de las cosas mandadas, ¿cómo harás con la multitud de hombres en general que están obligados a cumplir todos los mandamientos?

    I, 23

    23. Razonemos de las cosas corporales a las espirituales. Un hombre es ligero de pies, pero no fuerte de manos. Los movimientos de aquel son lentos, pero se mantiene firme en la batalla. Este tiene un rostro hermoso, pero una voz áspera; otro es repulsivo a la vista, pero canta dulce y melodiosamente. Allí vemos a un hombre de gran talento, pero de memoria igualmente pobre; aquí hay otro cuya memoria le sirve, pero cuyo ingenio es lento. En las mismas discusiones con las que de muchachos nos entreteníamos, no todos los disputantes están al mismo nivel, ya sea al introducir un tema, en la narración, en las digresiones, en la abundancia de ejemplos o en el encanto de la peroración, sino que sus diversos esfuerzos oratorios muestran distintos grados de mérito. De los eclesiásticos diré más. Muchos discurren bien sobre los Evangelios, pero al explicar el sentido de un Apóstol son desiguales consigo mismos. Otros, aunque agudísimos en el Nuevo Testamento, enmudecen en los Salmos y en el Antiguo Testamento. Convengo plenamente con Virgilio— Non omnia possumus omnes; y rara vez o nunca se halla al rico que, en la abundancia de su riqueza, lo tenga todo en proporciones iguales. Que Dios ha dado mandamientos posibles, lo admito no menos que tú. Pero no es de cada uno de nosotros hacer propias todas esas virtudes posibles, no porque nuestra naturaleza sea débil, pues eso sería una calumnia contra Dios, sino porque nuestros corazones y mentes se cansan y no pueden guardar todas las virtudes simultánea y perpetuamente. Y si culpas al Creador por haberte hecho sujeto al cansancio y al fracaso, responderé que tu censura sería aún más severa si consideraras oportuno acusarlo de no haberte hecho Dios. Pero dirás: si no tengo poder, ningún pecado se me adhiere. Has pecado porque no has hecho lo que otro podía hacer. Y además, aquel en comparación con quien eres inferior será pecador respecto de otra virtud, en relación contigo o con otra persona; y así sucede que quien se cree primero es inferior a aquel que lo supera en algún otro particular.

    I, 24

    24. C. Si es imposible que el hombre esté sin pecado, ¿qué quiso decir el apóstol Judas al escribir: «Y a aquel que es poderoso para guardaros sin pecado y presentaros delante de la presencia de su gloria sin mancha»? Esta es una prueba clara de que es posible guardar a un hombre sin pecado y sin mancha.
    A. No entiendes el pasaje. No se nos dice que un hombre pueda estar sin pecado, que es tu opinión, sino que Dios, si Él elige, puede guardar a un hombre libre de pecado y, por su misericordia, preservarlo para que esté sin mancha. Y digo que todo es posible para Dios; pero no todo lo que un hombre desea le es posible a él, y especialmente un atributo que no pertenece a ninguna cosa creada de la que jamás hayas leído.
    C. No digo que un hombre esté sin pecado, lo que quizá te parece posible, sino que puede estarlo, si así lo elige. Porque una cosa es la actualidad y otra la posibilidad. En la actualidad buscamos un caso; la posibilidad implica que nuestro poder de obrar es real.
    A. Estás jugando y olvidas el proverbio: «No hagas lo que ya está hecho.» Sigues revolcándote en el mismo barro y sólo haces más lodo. Por tanto, te diré lo que es claro para todos: que intentas establecer una cosa que no es, que nunca fue y, quizá, nunca será. Para emplear tus propias palabras y mostrar la necedad e inconsistencia de tu argumento, digo que sostienes una posibilidad imposible. Pues tu proposición, que un hombre puede estar sin pecado si así lo elige, es verdadera o falsa. Si es verdadera, muéstrame quién es ese hombre; si es falsa, lo que es falso nunca puede suceder. Pero no hablemos más de esas nociones. Silbadas fuera del escenario, y sin atreverse ya a aparecer en público, deberían quedarse en los estantes de los libros y no dejarse oír.

    El libro de Pelagio (§ 25–33)

    I, 25

    25. Pasemos a otros asuntos. Y aquí debo hablar sin interrupción, al menos en la medida en que sea compatible con darte ocasión de refutarme o de hacer cualquier pregunta que te parezca oportuna.
    C. Escucharé con paciencia, aunque no puedo decir que con gusto. La habilidad de tu razonamiento me impresionará tanto más cuanto más me asombre su falsedad.
    A. Si lo que voy a decir es verdadero o falso, podrás juzgarlo cuando lo hayas oído.
    C. Sigue tu propio método. Estoy resuelto, si no puedo responder, a callarme antes que asentir a una mentira.
    A. ¿Qué diferencia hay entre derrotarte hablando o en silencio y, como en la historia de Proteo, atraparte dormido o despierto?
    C. Cuando hayas dicho lo que quieras, oirás lo que ciertamente no te gustará. Porque, aunque la verdad pueda verse en apuros, no puede ser vencida.
    A. Quiero examinar un poco tus opiniones, para que tus seguidores sepan qué genio inspirado eres. Dices: «Es imposible que nadie, salvo los que tienen el conocimiento de la ley, esté sin pecado»; y, en consecuencia, excluyes de la justicia a un gran número de cristianos y, aun siendo predicador de la impecabilidad, declaras pecadores a casi todos. Pues ¿cuántos cristianos tienen ese conocimiento de la ley que rara vez, o casi nunca, se encuentra en muchos doctores de la Iglesia? Pero tu liberalidad es tan grande que, para quedar bien con tus amazonas, has escrito en otro lugar: «Incluso las mujeres deben tener conocimiento de la ley,» aunque el Apóstol predica que las mujeres deben guardar silencio en las iglesias y, si quieren saber algo, consulten en casa a sus maridos. Y no te contentas con haber dado a tu cohorte el conocimiento de la Escritura, sino que te deleitas con sus cantos y cánticos, pues tienes un encabezamiento según el cual: «También las mujeres deben cantar a Dios.» ¿Quién no sabe que las mujeres deben cantar en la intimidad de sus propias habitaciones, lejos de la compañía de los hombres y de la congregación apiñada? Pero tú permites lo que no es lícito, y la consecuencia es que, con el apoyo de su maestro, hacen exhibición abierta de lo que debería hacerse con modestia y sin que ningún ojo lo presencie.

    I, 26

    26. Pasas a decir: «El siervo de Dios no debe proferir de sus labios amargura, sino siempre aquello que es dulce y agradable»; y como si el siervo de Dios fuera una cosa y el doctor y presbítero de la Iglesia otra, olvidando lo que antes se estableció, dices en otro encabezamiento: «El presbítero o doctor debe vigilar las acciones de todos y reprender con confianza a los pecadores, no sea que sea responsable de ellos y se requiera de sus manos su sangre.» Y, no contento con decirlo una vez, lo repites e inculcas que: «El presbítero o doctor no debe adular a nadie, sino reprender con valentía a todos, no sea que se destruya a sí mismo y a quienes lo oyen.» ¿Hay tan poca armonía en una misma obra que no sabes lo que has dicho antes? Pues si el siervo de Dios no debe proferir de su boca amargura alguna, sino siempre aquello que es dulce y agradable, se sigue o bien que el presbítero y doctor no serán siervos de Dios, si deben reprender con confianza a los pecadores, no adular a nadie y reprender con valentía a todos; o bien, si el presbítero y el doctor no sólo son siervos de Dios, sino que tienen el primer lugar entre sus siervos, es ocioso reservar discursos suaves y agradables para los siervos de Dios, pues éstos son propios de los herejes y de quienes quieren engañar; como dice el Apóstol: [] «Los tales no sirven a nuestro Señor Cristo, sino a su propio vientre, y con palabras suaves y lisonjeras engañan los corazones de los inocentes.» La adulación es siempre insidiosa, astuta y suave. Y el adulador es bien descrito por los filósofos como «un enemigo agradable.» La verdad es amarga, de rostro sombrío y frente arrugada, y desagradable para quienes son reprendidos. Por eso el Apóstol dice: [] «¿Me he convertido en vuestro enemigo por deciros la verdad?» Y el poeta cómico nos dice que: «La obsequiosidad es la madre de la amistad; la verdad, de la enemistad.» Por lo cual también nosotros comemos la Pascua con hierbas amargas, y el vaso escogido enseña que la Pascua debe celebrarse con verdad y sinceridad. Sea la verdad en nuestro caso hablar con franqueza, y al instante seguirá la amargura.

    I, 27

    27. En otro lugar sostienes que: «Todos se rigen por su propio libre albedrío.» ¿Qué cristiano puede soportar oír esto? Pues si no uno, ni pocos, ni muchos, sino todos nosotros nos regimos por nuestro propio libre albedrío, ¿qué es de la ayuda de Dios? ¿Y cómo explicas el texto: [] «Los pasos del hombre son ordenados por el Señor»? Y [] «El camino del hombre no está en sí mismo»; y [] «Nadie puede recibir nada, si no le es dado de lo alto»; y en otro lugar, [] «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» Nuestro Señor y Salvador dice: [] «He descendido del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió.» Y en otro lugar, [] «Padre, si es posible, pase de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» Y en la oración del Señor, [] «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.» ¿Cómo eres tan temerario como para eliminar toda la ayuda de Dios? En otro lugar haces un vano intento de añadir las palabras «no sin la gracia de Dios»; pero en qué sentido quieres que se entiendan queda claro por este pasaje, pues no admites su gracia en acciones separadas, sino que la unes a nuestra creación, al don de la ley y al poder del libre albedrío.

    I, 28

    28. El argumento de la siguiente sección es: «En el día del juicio no se mostrará misericordia a los injustos ni a los pecadores, sino que deberán ser consumidos en el fuego eterno.» ¿Quién puede soportar esto y permitir que prohíbas la misericordia de Dios y te sientes a juzgar la sentencia del Juez antes del día del juicio, de modo que, si Él quisiera mostrar misericordia a los injustos y a los pecadores, no deba hacerlo porque tú has puesto tu veto? Pues dices que está escrito en el Salmo ciento cuatro: «Desaparezcan los pecadores de la tierra y los impíos dejen de existir.» Y en Isaías, [] «Los impíos y los pecadores serán quemados juntamente, y los que abandonan a Dios serán consumidos.» ¿No sabes que la misericordia a veces se mezcla con las amenazas de Dios? Él no dice que deban ser quemados con fuegos eternos, sino que desaparezcan de la tierra los pecadores y dejen de existir los impíos. Porque una cosa es que desistan del pecado y de la maldad, y otra que perezcan para siempre y sean quemados en fuego eterno. Y en cuanto al pasaje que citas de Isaías, «Los impíos y los pecadores serán quemados juntamente,» no añade para siempre. «Y los que abandonan a Dios serán consumidos.» Esto se refiere propiamente a los herejes, que abandonan el camino recto de la fe y serán consumidos si no vuelven al Señor a quien han abandonado. Y la misma sentencia está lista para ti si descuidas volverte a cosas mejores. Además, ¿no es maravillosa temeridad unir a los malvados y pecadores con los impíos, cuando la distinción entre ellos es grande? Toda persona impía es malvada y pecadora; pero no podemos decir a la inversa que todo pecador y malvado sea también impío, pues la impiedad propiamente pertenece a quienes no tienen el conocimiento de Dios o, si alguna vez lo tuvieron, lo pierden por la transgresión. Pero las heridas del pecado y de la maldad, como las faltas en general, admiten curación. Por eso está escrito: «Muchos son los azotes del pecador»; no se dice que sea destruido eternamente. Y a través de todos los azotes y torturas se corrigen las faltas de Israel, [] «Porque el Señor al que ama lo castiga, y azota a todo hijo que recibe.» Una cosa es golpear con el afecto de un maestro y de un padre; otra, ser locamente cruel con los adversarios. Por lo cual cantamos en el primer Salmo: «Los impíos no se levantarán en el juicio,» porque ya están sentenciados a la destrucción; «ni los pecadores en el consejo de los justos.» Perder la gloria de la resurrección es cosa distinta de perecer para siempre. «Viene la hora,» dice, [] «en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán: los que hicieron el bien, para resurrección de vida, y los que hicieron el mal, para resurrección de juicio.» Y así el Apóstol, en el mismo sentido, porque en el mismo Espíritu, dice a los Romanos, [] «Todos los que pecaron sin ley, también sin ley perecerán; y todos los que pecaron bajo la ley, por la ley serán juzgados.» El hombre sin ley es el incrédulo que perecerá para siempre. Bajo la ley está el pecador que cree en Dios y que será juzgado por la ley, y no perecerá. Si los malvados y pecadores han de ser quemados con fuego eterno, ¿no temes la sentencia que pronuncias contra ti mismo, viendo que admites que eres malvado y pecador, mientras sigues argumentando que un hombre no está sin pecado, sino que puede estarlo? Se sigue que la única persona que puede salvarse es un individuo que nunca existió, no existe y quizá nunca existirá, y que todos nuestros predecesores de quienes leemos deben perecer. Toma tu propio caso. Estás henchido con todo el orgullo de Catón y tienes los hombros gigantescos de Milón; pero ¿no es asombrosa temeridad que tú, siendo pecador, tomes el nombre de maestro? Si eres justo y, con falsa humildad, dices que eres pecador, podemos sorprendernos, pero nos alegraremos de tener un tesoro tan único y de contar entre nuestros amigos a un personaje desconocido para patriarca, profeta y Apóstol. Y si Orígenes sostiene que ninguna criatura racional debe perderse y concede arrepentimiento al diablo, ¿qué nos importa a nosotros, que decimos que el diablo y sus servidores, y todos los impíos y transgresores, perecen eternamente, y que los cristianos, si son sorprendidos por el pecado, deben salvarse después de haber sido castigados?
    Comentario editorial · Pecadores e impíos
    Entre I, 26 y 32 Jerónimo comenta un libro de Pelagio del que, según la introducción del NPNF, solo da los encabezados de los capítulos, numerados hasta el 100. En I, 28 refuta el que niega toda misericordia a los injustos en el juicio. Distingue al pecador, cuyas heridas «admiten curación» y a quien aguardan azotes, del impío, que no conoce a Dios o lo pierde por su transgresión; el texto de Isaías sobre los que «abandonan al Señor» lo refiere a los herejes. Los Prolegómenos del NPNF citan este pasaje como muestra de su temor a la herejía, que juzga peor que el mal moral, y observan que su temperamento no le inclinaba, como a Agustín, a una hostilidad vehemente contra las tesis pelagianas.

    I, 29

    29. Además de todo esto añades dos capítulos que se contradicen entre sí y que, si fueran verdaderos, cerrarían eficazmente tu boca. «A menos que un hombre haya aprendido, no puede conocer la sabiduría ni entender las Escrituras.» Y de nuevo, «El que no ha sido enseñado no debe presumir que conoce la ley.» Debes, pues, presentar al maestro del que aprendiste, si has de reclamar legítimamente el conocimiento de la ley; o bien, si tu maestro es una persona que nunca aprendió de nadie y te enseñó lo que él mismo no sabía, se sigue que no actúas rectamente al reclamar conocimiento de la Escritura cuando no has sido enseñado, y al presentarte como maestro antes de haber sido discípulo. Y aun así, quizá, con tu humildad acostumbrada, te jactas de que el Señor mismo, que enseña todo conocimiento, fue tu maestro, y de que, como Moisés en la nube y en la oscuridad, cara a cara, oyes las palabras de Dios, y así, con el halo alrededor de tu cabeza, tomas la delantera sobre nosotros. Y ni siquiera esto es bastante, sino que de repente te vuelves estoico y truenas en nuestros oídos las orgullosas máximas de Zenón. «Un cristiano debe ser tan paciente que, si alguien quisiera quitarle sus bienes, los dejaría ir con alegría.» ¿No nos basta con perder pacientemente lo que tenemos, sin dar gracias al que nos maltrata y nos despoja, y enviarle tras él toda clase de bendiciones? El Evangelio enseña que a aquel que quiera pleitear con nosotros y, por contienda y litigio, quitarnos la túnica, le debemos dar también el manto. No ordena dar gracias y alegrarse por la pérdida de nuestros bienes. Lo que digo es esto: no es que haya enormidad alguna en tu opinión, sino que en todas partes eres propenso a la exageración y te entregas a vuelos ambiciosos. Por eso añades que «La ostentación en el vestido y el adorno es enemiga de Dios.» ¿Qué enemistad, quisiera saber, hay hacia Dios si mi túnica está más limpia de lo habitual, o si el obispo, el sacerdote, el diácono o cualquier otro eclesiástico, al ofrecer los sacrificios, camina vestido de blanco? Cuidado, clérigos; cuidado, monjes; viudas y vírgenes, estáis en peligro a menos que el pueblo os vea cubiertos de suciedad y vestidos de harapos. Nada digo de los laicos, que proclaman abierta guerra y enemistad contra Dios si visten ropa costosa y elegante.

    I, 30

    30. Oigamos el resto. «Debemos amar a nuestros enemigos como a nuestros prójimos»; e inmediatamente, cayendo en un profundo sopor, estableces esta proposición: «Nunca debemos creer a un enemigo.» No se necesita una palabra mía para mostrar aquí la contradicción. Dirás que ambas proposiciones se encuentran en la Escritura, pero no observas la conexión particular en que aparecen los pasajes. Se me dice que ame a mis enemigos y ore por mis perseguidores. ¿Se me ordena amarlos como si fueran mis prójimos, parientes y amigos, y no hacer diferencia entre un rival y un pariente? Si amo a mis enemigos como a mis prójimos, ¿qué más afecto puedo mostrar a mis amigos? Si hubieras mantenido esta posición, deberías haberte cuidado de no contradecirte al decir que nunca debemos creer a un enemigo. Pero incluso la ley nos enseña cómo debe ser amado un enemigo. [] Si la bestia de un enemigo se ha caído, debemos levantarla. Y el Apóstol nos dice: [] «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Porque haciendo esto, amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza,» no a modo de maldición y condenación, como piensa la mayoría, sino para castigarlo y llevarlo al arrepentimiento, a fin de que, vencido por la bondad y derretido por el calor del amor, deje de ser enemigo.

    I, 31

    31. Tu siguiente punto es que «el reino de los cielos está prometido incluso en el Antiguo Testamento,» y aduces pruebas de los Apócrifos, aunque es claro que el reino de los cielos fue predicado por primera vez bajo el Evangelio por Juan el Bautista, y nuestro Señor y Salvador, y los Apóstoles. Lee los Evangelios. Juan el Bautista clama en el desierto: [] «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca»; y acerca del Salvador está escrito: «Desde entonces comenzó a predicar y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca.» Y de nuevo: «Jesús recorría las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas y predicando el reino de Dios.» Y mandó a sus Apóstoles que «fueran y predicaran, diciendo: el reino de los cielos está cerca.» Pero tú nos llamas maniqueos porque preferimos el Evangelio a la ley, y decimos que en ésta tenemos la sombra, y en aquél, la sustancia, y no ves que tu necedad va de la mano con la desvergüenza. Una cosa es condenar la ley, como hizo Maniqueo; otra es preferir el Evangelio a la ley, pues esto está de acuerdo con la enseñanza apostólica. En la ley hablan los siervos del Señor; en el Evangelio, el Señor mismo; en aquélla están las promesas, en éste su cumplimiento; allí están los comienzos, aquí la perfección; en la ley se ponen los cimientos de las obras; en el Evangelio el edificio se corona con la piedra angular de la fe y la gracia. He mencionado esto para mostrar el carácter de la enseñanza dada por nuestro distinguido profesor.

    I, 32

    32. El encabezado centésimo dice así: «Un hombre puede estar sin pecado y guardar fácilmente los mandamientos de Dios si así lo elige,» sobre lo cual ya se ha dicho bastante. Y aunque profesa imitar, o más bien completar, la obra del bienaventurado mártir Cipriano en el tratado que éste escribió a Quirino, no percibe que ha dicho justamente lo contrario en la obra en discusión. Cipriano, en el quincuagésimo cuarto encabezado del tercer libro, establece que nadie está libre de mancha y sin pecado, e inmediatamente da pruebas, entre ellas el pasaje de Job, [] «¿Quién se limpiará de lo impuro? Ni el que ha vivido un solo día sobre la tierra.» Y en el salmo quincuagésimo primero, «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.» Y en la Epístola de Juan, [] «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» Tú, por el contrario, sostienes que «Un hombre puede estar sin pecado,» y para dar a tus palabras apariencia de verdad, inmediatamente añades: «Y guardar fácilmente los mandamientos de Dios, si así lo elige,» y sin embargo rara vez o nunca han sido guardados por nadie. Ahora bien, si fueran fáciles, deberían haber sido guardados por todos. Pero si, para concederte algo, en raras ocasiones se puede encontrar a alguien capaz de guardarlos, está claro que lo raro es difícil. Y a modo de complementar esto y mostrar la grandeza de tus propias virtudes (hemos de creer, por supuesto, que sacas el sentimiento del tesoro de una buena conciencia), tienes un encabezado que dice que: «No debemos cometer ni siquiera faltas leves.» Y por temor de que alguien pensara que no habías explicado en la obra el significado de leves, añades que: «Ni siquiera debemos tener un mal pensamiento,» olvidando las palabras: «¿Quién entiende sus propios errores? Límpiame de las faltas ocultas, y guarda a tu siervo de los pecados de presunción, oh Señor.» Deberías haber sabido que la Iglesia admite que incluso los fracasos por ignorancia y los pecados de mero pensamiento son ofensas; tanto es así que ordena que se ofrezcan sacrificios por los errores, y el sumo sacerdote que intercede por todo el pueblo ofrece previamente víctimas por sí mismo. Ahora bien, si él mismo no fuera justo, jamás se le mandaría ofrecer por otros. Ni tampoco ofrecería por sí mismo si estuviera libre de pecados de ignorancia. Si intentara mostrar que el error y la ignorancia son pecado, tendría que vagar a lo ancho por los vastos campos de la Escritura.

    I, 33

    33. C. ¿Acaso no has leído que [] «¿El que mira a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón?» Parece que no sólo la mirada y las seducciones del vicio se cuentan como pecado, sino cualquier cosa a la que demos asentimiento. Porque o podemos evitar un mal pensamiento, y por consiguiente podemos estar libres de pecado; o, si no podemos evitarlo, no se cuenta como pecado lo que no puede evitarse.
    A. Tu argumento es ingenioso, pero no ves que va contra la Sagrada Escritura, la cual declara que ni siquiera la ignorancia está sin pecado. De ahí que Job ofreciera sacrificios por sus hijos, no fuera que, acaso, hubieran pecado inadvertidamente en el pensamiento. Y si, cuando uno está cortando leña, el hierro del hacha salta del mango y mata a un hombre, el dueño es [] mandado a ir a una de las ciudades de refugio y permanecer allí hasta que muera el sumo sacerdote; es decir, hasta que sea redimido por la sangre del Salvador, ya sea en el bautisterio, o en la penitencia, que es una copia de la gracia del bautismo, por la inefable misericordia del Salvador, quien [] no quiere que nadie perezca, ni se deleita en la muerte de los pecadores, sino que prefiere que se conviertan y vivan.
    C. Ciertamente es una justicia extraña tenerme por culpable de un pecado de error del cual mi conciencia no se acusa a sí misma. No tengo conciencia de haber pecado, ¿y he de pagar la pena por una ofensa de la que soy ignorante? ¿Qué más puedo hacer, si peco voluntariamente?
    A. ¿Esperas que te explique los propósitos y planes de Dios? El Libro de la Sabiduría da respuesta a tu necia pregunta: «No mires a las cosas que están por encima de ti, y no escudriñes las cosas demasiado poderosas para ti.» Y en otra parte, [] «No te hagas demasiado sabio, y no discutas más de lo que conviene.» Y en el mismo lugar, «En sabiduría y sencillez de corazón busca a Dios.» Quizá negarás la autoridad de este libro; escucha entonces al Apóstol que toca la trompeta del Evangelio: [] «¡Oh profundidad de las riquezas tanto de la sabiduría como del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién ha conocido la mente del Señor? ¿O quién ha sido su consejero?» Tus preguntas son como las que él describe en otra parte: [] «Pero evita las cuestiones necias e ignorantes, sabiendo que engendran contiendas.» Y en el Eclesiastés (libro sobre el cual no puede haber duda) leemos, [] «Dije: Seré sabio, pero estaba lejos de mí. Lo que es sumamente profundo, ¿quién podrá hallarlo?» Me pides que te diga por qué el alfarero hace una vasija para honra y otra para deshonra, y no quieres contentarte con Pablo, que responde en nombre de su Señor, [] «Oh hombre, ¿quién eres tú para que repliques contra Dios?»

    Los textos del Antiguo Testamento, en resumen

    Texto de la fuenteJerónimo (en resumen del NPNF) · Diálogo contra los pelagianos · I, final del libro
    El resto de este libro está ocupado por una serie de citas del Antiguo Testamento, destinadas a mostrar que no sólo el acto exterior y consciente se considera pecaminoso, sino la oposición a la voluntad divina, que a menudo es implícita y semiconsciente. Ocasionalmente, además, el orador muestra cómo los textos citados refuerzan el argumento que ha usado antes, a saber, que se puede hablar de los hombres como justos en un sentido general, pero de ningún modo libres de pecados de pensamiento o deseo, si no de acto.
    Los pasajes citados son:
    Gén. viii. 21. No volveré a maldecir la tierra... porque el designio del corazón del hombre es malo desde su juventud.
    xvii. 17, 18:12. Abraham y Sara riéndose de la promesa.
    xxxvii. 35. El duelo excesivo de Jacob.
    Éxodo 21:12, 13. La culpa del que mata a otro sin darse cuenta.
    Levítico 4:2, 27. Ofrendas por los pecados de ignorancia.
    v. 3. Ofrendas por la impureza ceremonial.
    ix. 1. Ofrendas por Aarón en su consagración.
    xii. 6. Ofrendas por las mujeres después del parto.
    xiv. 1, 6, 16:6, 12:7. Ofrendas por el leproso.
    xv. 31, 16:2, 5. Ofrendas por el pueblo en el día de la expiación.
    xxii. 14. Comer inconscientemente de las cosas santificadas; comparado con 1 Corintios 11:27, 28, sobre la participación descuidada en el Sacramento.
    Números vi. 1. Ofrendas por el nazareo.
    xiv. 7, 7:28, 29. Ofrendas para implorar la misericordia de Dios.
    xxviii. 15, 22, 29:5, 5:11, 17. Ofrendas en la fiesta.
    Números xxxv. 13. Las ciudades de refugio provistas para los homicidas.
    Deuteronomio 9:6, 18:13. Israel amonestado a no jactarse de su justicia.
    xviii. 9-12, 5:14, 15. La perfección se usa sólo para evitar la idolatría.
    xxii. 8. La azotea sin pretil hace culpable al hombre.
    xxiii. 2. Impureza por actos personales inconscientes.
    Jos. vii. 12. El pueblo hecho culpable por el pecado de Acán.
    xi. 19, 20. La culpa racial de los cananeos.
    1 Sam. xiv. 27. Jonatán hecho culpable por probar la miel.
    xvi. 6. El Señor mira el corazón, no la apariencia exterior.
    2 Sam. iv. 11. Is-boset es llamado justo.
    vi. 7, 8. Uza herido por descuido.
    2 Sam. xxiv. 10. El censo del pueblo por David.
    1 Reyes viii. 46. Oración de Salomón: No hay quien no peque.
    xiv. 5. El profeta detectando el motivo de la mujer de Jeroboám.
    2 Reyes iv. 27. Elías viendo el corazón de la sunamita.
    1 Crón. ii. 32. Sept. Semi-profetas.
    Habacuc iii. 1. Vulgata. Una oración «por los pecados de ignorancia» («sobre Sigionot»), que se supone es en reconocimiento de la excesiva osadía en i. 2-4.
    Ezequiel xlvi. 20. El sacrificio del templo restaurado de Ezequiel.
    Jeremías x. 23. El camino del hombre no está en sí mismo.
    xvii. 9. El corazón es engañoso.
    Prov. xiv. 12. Hay camino que al hombre le parece derecho.
    xix. 21. Muchos designios hay en el corazón del hombre.
    xx. 9. ¿Quién podrá decir: Yo tengo limpio mi corazón?
    17. ¿Quién se jactará de que está limpio?
    Eclesiastés vii. 16. El corazón del hombre está lleno de maldad.

    Libro II

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Diálogo contra los pelagianos · II, introducción
    Este libro difícilmente puede decirse que forme parte de un diálogo. Es más bien un argumento de la Escritura para probar el punto del argumentador agustiniano, Ático. Desde el capítulo cuarto en adelante consiste, como los últimos cinco capítulos del Libro I, en una cadena de textos de la Escritura, tomados del Nuevo Testamento y de los Profetas, para mostrar la universalidad del pecado y así refutar la afirmación pelagiana de que un hombre puede estar sin pecado si así lo quiere. Por tanto, daremos, como en el caso anterior, una lista de los textos y de sus primeras palabras, dando sólo las palabras de Jerónimo cuando introduce algún comentario original suyo o alguna observación digna de nota.
    El pelagiano comienza reiterando el dilema: Si los mandamientos se dan para ser obedecidos, entonces el hombre puede estar sin pecado; si, por su creación, es tal que debe ser pecador, entonces Dios, no él, es el autor del pecado. Al argumento de que se ordenan sacrificios por los pecados de ignorancia, responde apelando del Antiguo Testamento al Nuevo, lo que lleva a una discusión (2, 3) sobre la descripción que hace san Pablo del conflicto con el pecado, en Romanos 7. Se argumenta que Pablo no habla como pecador, sino como hombre, y así confiesa la pecaminosidad de la humanidad. Que los hombres puedan estar sin vicio arraigado es posible; que puedan estar sin pecado no lo es. Esto lleva al agustiniano Ático, reanudando su lista de testimonios, al hecho de que, aunque se encuentran hombres que son justos en cuanto evitan la maldad ([κακία]), ninguno, sin embargo, está sin pecado ([ἀ] [ναμάρτητος]).
    Texto de la fuenteJerónimo (en resumen del NPNF) · Diálogo contra los pelagianos · II, 1–5
    En el Salmo xxxii. 5. Uno que habla de sí mismo como «santo,» y sin embargo confiesa su transgresión.
    Prov. xxiv. 16. Explica esto: «El justo cae, pero peca de nuevo.»
    xviii. 17, LXX y Vulgata. El justo se acusa a sí mismo cuando comienza a hablar.
    Sal. lviii. 3. Los pecadores se apartan desde el vientre; es decir, o bien, como dice san Pablo [], pecan «a semejanza de Adán»; o bien, «cuando Cristo, como primogénito, abrió el vientre de la virgen» []. Los herejes se negaron a reconocer el misterio, que estaba prefigurado por la puerta oriental del Templo [], la cual se cerró de nuevo una vez que el Sumo Sacerdote había pasado por ella.
    Job iv. 17-21. ¿Será justo el hombre mortal ante Dios?
    vii. 1. La vida del hombre es tentación.
    20, 21. Si he pecado, ¿qué puedo hacer?
    ix. 15, 16. Si yo fuera justo, él no me oiría.
    29-31. Si me lavo con agua de nieve, etc.
    x. 15. Si soy justo, etc.
    xiv. 4, 5. ¿Quién estará libre de inmundicia? Nadie.
    Prov. xvi. 26, LXX. El hombre se afana en el dolor.
    Job xl. 4. ¿Qué te responderé?
    Prov. xx. 9. «¿Quién podrá jactarse de tener un corazón limpio?» lo cual muestra al menos que los mandamientos no son fáciles, como dice Pelagio que lo son.
    1 Juan v. 3. «Sus mandamientos no son gravosos,» y
    Mt. xi. 30. «Mi yugo es fácil,» son verdaderas solo en comparación con el judaísmo, y deben compararse con
    Hechos xv. 10. Un yugo...que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar.
    Santiago iv. 11. «Juzgas la ley,» es decir, si dices que es irrazonable la condenación de los pecados de ignorancia. Que todos pecamos de tales maneras es evidente por
    Santiago i. 20. «La ira del hombre no obra la justicia de Dios.» Pero la ira es condenada constantemente, como en
    Prov. xv. 1, LXX. «La ira destruye incluso a los sabios.»
    Ef. iv. 26. No se ponga el sol sobre vuestro enojo.
    Mt. v. 22. El que se enoja... estará en peligro de concilio.
    Eclesiastés xi. 19. «Soy el más necio de todos los hombres.» Esto lo dice Cristo en la persona de la humanidad. Así
    Sal. lxix. 5. «Dios, tú conoces mi necedad.» Pero
    1 Cor. i. 25. Lo necio de Dios es más sabio que los hombres.
    Eclesiástico i. 18. «En la mucha sabiduría hay mucha tristeza,» muestra el sentimiento de imperfección del sabio. Así
    viii. 7. «Aborrecí mi vida,» y
    14. «Hay justos a quienes les sucede según la obra de los impíos;» es decir, Dios ve el mal donde nosotros no lo vemos.
    17. «Por mucho que un hombre se afane, no lo hallará;» y
    ix. 2, 3. Hay un mismo suceso para todos. El corazón... está lleno de maldad.
    x. 1. «Las moscas muertas hacen heder el ungüento;» Es decir, casi todos están contaminados por herejías u otras faltas.
    1 Pedro 2:17, 18. El juicio debe comenzar por la casa de Dios.

    II, 6

    6. Hay cuatro emociones que agitan a la humanidad: dos relativas al presente, dos al futuro; dos al bien y dos al mal. Está la tristeza, llamada en griego [λύπη], y la alegría, en griego [χαρά] o [ἡ] [δονή], aunque muchos traducen esta última palabra por voluptas, placer; la una se refiere al mal, la otra al bien. Y vamos demasiado lejos si nos alegramos por cosas que no deberíamos, como, por ejemplo, las riquezas, el poder, los honores, la mala fortuna de los enemigos o su muerte; o, por otra parte, si nos atormenta el dolor a causa de los males presentes, la adversidad, el destierro, la pobreza, la debilidad y la muerte de los allegados, todo lo cual está prohibido por el Apóstol. Y de nuevo, si codiciamos aquellas cosas que consideramos buenas —la herencia, los honores, la prosperidad sin altibajos, la salud corporal y cosas semejantes—, en cuya posesión nos alegramos y hallamos gozo; o si tememos aquellas cosas que juzgamos adversas. Ahora bien, según los estoicos —es decir, Zenón y Crisipo—, es posible que un hombre perfecto esté libre de estas emociones; según los peripatéticos, es difícil e incluso imposible, opinión que tiene el apoyo constante de toda la Escritura. Por eso Josefo, el historiador de los Macabeos, dijo que las emociones pueden ser dominadas y gobernadas, no extirpadas, y los cinco libros de «Disputaciones Tusculanas» de Cicerón están llenos de estas discusiones. [] Según el Apóstol, la debilidad del cuerpo y las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes luchan contra nosotros. Y el mismo escritor [] nos dice que las obras de la carne y las obras del espíritu son manifiestas, y éstas se oponen entre sí, de modo que no hacemos lo que quisiéramos. Si no hacemos lo que queremos, sino lo que no queremos, ¿cómo puedes decir que un hombre puede estar sin pecado si así lo elige? Ya ves que ni un Apóstol, ni ningún creyente, puede hacer lo que desea. [] «El amor cubre multitud de pecados,» no tanto los pecados pasados como los presentes, para que no pequemos más mientras el amor de Dios permanece en nosotros. Por lo cual se dice de la mujer que era pecadora, [] «Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho.» Y esto nos muestra que el hacer lo que deseamos no depende meramente de nuestro propio poder, sino del auxilio que Dios, en su misericordia, da a nuestra voluntad.

    II, 7

    7. Las citas de la Escritura continúan ahora:
    En 1 Juan 1:5, Juan 1:7, 8, Mateo 5:14, Cristo y los Apóstoles son llamados la Luz del mundo. Por lo tanto, el mundo es tinieblas.
    1 Tim. vi. 16. Solo Dios tiene inmortalidad y es «el único sabio»; sin embargo, otros, como el Príncipe de Tiro [], son sabios de manera derivada. Así también nosotros somos puros, pero solo por gracia. Así
    1 Juan i. 7. La sangre de Cristo nos limpia.
    Job 25:5, 6. Las estrellas no son puras a sus ojos.
    Gál. ii. 16. «Por la ley ninguna carne será justificada;» pero
    Romanos 3:1, 24, 28, 30. Siendo justificados gratuitamente por su gracia, etc.
    vi. 14. No bajo la ley, sino bajo la gracia.
    ix. 16. No del que quiere, sino de Dios que muestra misericordia.
    ix. 30-32. Los gentiles... alcanzaron la justicia por la fe.
    x. 2. Cristo es el fin de la ley para todo aquel que cree.

    II, 8

    8. El Apóstol confiesa su necesidad de esta gracia para su obra.
    1 Cor. i. 1-3. Gracia a vosotros de parte de Dios.
    7, 8. Que no os quedéis atrás en ningún don— que ninguna carne se gloríe en su presencia.
    1 Cor. iii. 6-10. Pablo plantó... pero Dios dio el crecimiento.
    18, 19. Si alguno se cree sabio, hágase necio.
    iv. 4. Nada sé contra mí mismo, pero no por ello soy justificado.
    7. ¿Qué tenéis que no hayáis recibido?
    19. Iré a vosotros, si el Señor quiere.

    II, 9

    9. El Apóstol muestra también su necesidad de gracia él mismo.
    1 Corintios 15:9, 10. Por la gracia de Dios soy lo que soy, etc.
    2 Cor. iii. 4-6. Nuestra suficiencia proviene de Dios.
    Gál. ii. 16. Hemos creído para ser justificados por la fe.
    ii. 21. Si la justicia viene por la ley, Cristo murió en vano.
    iii. 10, 13. Cristo nos redimió de la maldición de la ley.
    24. La ley, nuestro tutor para llevarnos a Cristo.
    v. 4. Estáis separados de Cristo, vosotros que pretendéis ser justificados por la ley.

    II, 10

    10.
    Fil. ii. 13. Es Dios quien obra en vosotros.
    2 Tes. iii. 3. El Señor es fiel, Él os afirmará.
    1 Timoteo 6:20, 21. Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado.
    Tit. iii. 4-7. La bondad y la misericordia de Dios nuestro Salvador nos salvaron.

    II, 11

    11. Pasamos ahora a los Evangelios «y suplimos la llama vacilante de la luz apostólica con el resplandor de la lámpara de Cristo.»
    Mt. v. 22. «Todo el que se enoja... estará en peligro de concilio.» ¿Quién de nosotros no queda aquí condenado?
    23, 24. «Reconcíliate primero con tu hermano.» ¿Quién hay que encuentre fácil este mandato?
    37. «Sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no.» ¿Quién ha guardado jamás este mandamiento? El Salmista dice Sal. cxvi. 11. Todos los hombres son mentirosos.

    II, 12

    12.
    Mt. vi. 34. «No os afanéis por el mañana.» ¿Cumples esto?
    vii. 14. «Estrecha es la puerta que lleva a la vida.» ¿Cómo puedes decir que los mandamientos son fáciles?
    Lucas ix. 58. «El Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.» Esto se interpreta por
    Is. xxviii. 12. «Recibid al cansado, y este es mi reposo;» y
    Isaías 66:1, 2. «¿Sobre quién descansaré sino sobre el humilde?» Cristo encuentra pocos sobre quienes descansar. ¿Cómo, entonces, puede decirse que sus mandamientos son fáciles?
    Mateo 9:12, 13. «No he venido a llamar a los justos.» «Los sanos no tienen necesidad de médico.» Si el mundo no hubiera estado lleno de pecado, Cristo no habría venido. Así
    Sal. xii. 1. Ayuda, Señor, porque el piadoso se acaba.
    xiv. 1, 3. Se han corrompido... no hay quien haga el bien.
    Mat. x. 9. «No os procuréis oro... ni calzado.» ¿Quién ha cumplido esto? Ni siquiera los Apóstoles, porque
    Hechos xii. 8. El ángel manda a Pedro que se ate las sandalias.

    II, 13

    13.
    Mat. x. 22-34. Describe las persecuciones de los seguidores de Cristo, y da el mandato de tomar la cruz. ¿Son fáciles estas?
    xiv. 31. Incluso la fe de Pedro falla, y comienza a hundirse.
    xv. 19, 20. Del corazón salen los malos pensamientos, etc.
    xvi. 25. El que quiera perder su vida la hallará.
    xviii. 7. «¡Ay del hombre por quien viene el tropiezo!» Pero
    Santiago iii. 2. En muchas cosas todos tropezamos o erramos.
    Fil. ii. 21. Todos buscan lo suyo propio.
    Mat. xix. 21. El joven intérprete de la ley había guardado toda la ley, y aun así falló.
    xxiii. 26-28. Los ayes sobre los fariseos caen en su medida sobre todos.

    II, 14

    14.
    Mat. xxvi. 39. «No como yo quiero, sino como tú quieres.» Sin embargo, Critóbulo dice que por su propia voluntad puede hacer el bien.
    Marcos xiv. 37. «¿No habéis podido velar conmigo una hora?» No pudieron.
    vi. 5. No pudo hacer allí ningún milagro a causa de su incredulidad.
    vii. 24. «Fue a la región de Tiro y de Sidón.» Si Cristo no pudo hacer lo que deseaba, ¿cómo podremos nosotros?
    ix. 5. La petición de Pedro en la Transfiguración muestra su ignorancia.
    xiii. 32. Aun el Hijo no sabe todas las cosas; ¿cómo, pues, podremos nosotros?
    xiv. 35. Si es posible. ¿Cómo puedes decir que es posible evitar el pecado a cada hora?

    II, 15

    15.
    Marcos xvi. 14. Incluso los Apóstoles mostraron incredulidad y dureza de corazón.
    1 Juan v. 19. El mundo yace en el maligno.
    Lucas i. 20. Aun Zacarías no creyó el mensaje de Dios.
    Mat. xvii. 15. Los discípulos no pudieron sanar al lunático, por causa de su incredulidad.
    Marcos iv. 34. La disputa de los discípulos sobre la precedencia.
    Lucas ix. 54. Santiago y Juan muestran un espíritu vengativo.
    xiv. 26, 27. Los mandatos de dejarlo todo y tomar la cruz no son fáciles.
    xvi. 15. Lo que entre los hombres es estimado, es abominación delante de Dios.
    xvii. 1. Es imposible que no vengan ocasiones de tropiezo.
    xvii. 6. La fe de los Apóstoles no era ni siquiera como un grano de mostaza.
    Santiago iii. 2.
    Mat. xvii. 19.

    II, 16

    16.
    Lucas xviii. 1. Debemos orar siempre. Esto muestra nuestra debilidad.
    27. Entonces, ¿quién podrá salvarse? Es posible, pero solo para Dios.
    xxii. 24. La disputa por la precedencia en la última cena.
    31, 32. La fe de Pedro casi vencida por Satanás.
    Lucas xxii. 43. Aun Cristo en su agonía necesita un ángel que lo fortalezca.
    46. Orad para que no entréis en tentación.

    II, 17

    17.
    Juan v. 30. Aun Cristo dice: «No puedo hacer nada por mí mismo»; y
    vii. 10. Estaba indeciso acerca de subir a la Fiesta de los Tabernáculos.
    19. Ninguno de vosotros cumple la ley.
    viii. 3. Ninguno de los acusadores de la mujer sorprendida en adulterio estaba sin pecado. Cristo escribió sus nombres en la tierra [].
    x. 8. Todos los que vinieron [no los que fueron enviados; Jeremías 14:15] antes de Cristo eran ladrones.
    xvii. 12. Yo los guardé— ellos no se guardaron a sí mismos.
    Hechos xv. 39. Pablo y Barnabás riñeron.
    xvi. 6, 7. Se les prohibió predicar donde ellos querían.

    II, 18

    18. Incluso los Apóstoles, con toda su luz, muestran su dependencia de la gracia.
    Hechos xvii. 30. Los tiempos antes de Cristo fueron tiempos de ignorancia.
    1 Cor. iv. 19. Iré si el Señor quiere.
    Santiago ii. 10. Tropezar en un punto es hacerse culpable de todos.
    iii. 2. En muchas cosas todos tropezamos.
    8. La lengua es un veneno mortal.

    II, 19

    19.
    Santiago iv. 1. Las guerras surgen de nuestras pasiones. David, en verdad, dijo:
    Sal. xxvi. 2. «Examíname y pruébame,» etc. Esta confianza en sí mismo lo llevó a su caída.
    li. 1. Ten misericordia de mí, oh Dios.
    lxxx. 5. «Nos alimentas con pan de lágrimas.» De igual manera
    Salmo 30:6, 7. Dije: No seré jamás conmovido... Escondiste tu rostro.
    xxxii. 5. Dije: Confesaré mi pecado,
    xxxvii. 5, 6. Él hará que tu justicia sea como la luz.
    39. La salvación de los justos es del Señor.
    xxxviii. 7. No hay sanidad en mi carne.
    Rom. vii. 18. En mi carne no mora nada bueno.
    Ps. xxxviii. 8. Vulgata. Mis lomos están llenos de engaños.
    xxxix. 5. Hizo nuestros días como palmos.
    lxix. 5. Mis pecados no se te ocultan.
    lxxvii. 2. Mi alma se negó a ser consolada.
    10. Este es el cambio de la diestra del Altísimo.

    II, 20

    20.
    Ps. lxxxix. 2. La misericordia será edificada para siempre.
    xci. 6. De «la cosa que anda en tinieblas» ¿quién puede estar libre? Porque
    xi. 2. «Los malvados tensan su arco» — una imagen de los herejes.
    xcii. 14. Los que están plantados en la casa del Señor florecerán.
    ciii. 8, 10. El Señor está lleno de compasión.
    2 Samuel 8:13, 14. David recibe las promesas con la humilde confesión de su debilidad. «¿Es esta la ley del hombre, oh Dios?»
    xvi. 10. Se humilla ante la violencia de Abisai y la maldición de Simei.
    xvii. 14. Y es librado solo porque Dios confunde el consejo de Ahitófel.
    1 Reyes xiv. 8. Fue Dios quien dio el reino a Jeroboám.

    II, 21

    21.
    1 Reyes xv. 11. Asa, aunque era un hombre bueno, tuvo defectos.
    xix. 4. Elías huyó de Jezabel.
    Ps. cxviii. 6. El Señor es mi guardián.
    2 Crón. xvii. 3. Josafat prospera porque el Señor está con él. Sin embargo
    xix. 2. Es reprendido por unirse a Acab.
    2 Crón. xxii. 9. Ocozías recibió sepultura entre los reyes por descender del justo Josafat.
    2 Reyes 18:3, 4, 7. Ezequías hizo grandes cosas, pero solo con la ayuda del Señor.
    14. Dio el oro consagrado al rey de Asiria.

    II, 22

    22. Aun los mejores reyes de Judá fueron imperfectos.
    2 Reyes 20:1, 5. Ezequías lloró cuando la muerte estaba cerca, y se recuperó por una misericordia especial.
    13, 17. Pero pecó al recibir a los enviados babilonios.
    2 Crón. xxxii. 26. Cayó por el enaltecimiento de su corazón.
    xxxiv. 2. Josías era un hombre justo; sin embargo
    22, 23. Necesitó la ayuda de Hulda; y
    xxxv. 22. Fue muerto por no atender la advertencia de Dios; y

    II, 23

    23. También los profetas son débiles y pecadores.
    Lam. iv. 20. Jeremías lamentó su caída.
    Números 20:10, 12. Moisés es castigado por su pecado en Meribá. Este es el significado de Sal. cxli. 6. Vulgata. Sus jueces fueron tragados, unidos a la Roca, etc.
    Oseas ii. 19. Dios, en su misericordia, perdona la infidelidad de Israel.
    xi. 9. «No entraré en la ciudad.» Solo el Santo no está unido a la masa de impiedad.
    Amós vi. 13. Convertimos la justicia en ajenjo.
    Jonás i. 14. Los marineros confiesan que Dios es justo al levantar la tormenta.
    Miqueas vii. 2. El hombre piadoso ha perecido de la tierra, etc.
    vi. 8. El mandamiento de justicia, misericordia y un caminar humilde con Dios solo es posible para la fe humilde, porque
    Sal. cxl. 6. «Los malvados andan por todos lados,» y
    Santiago iv. 6. Dios da gracia a los humildes.

    II, 24

    24.
    Habacuc iii. 16. Que entre la podredumbre en mis huesos, con tal de que descanse, etc.
    Zacarías iii. 1. Josué es representado vestido con vestiduras inmundas, y es liberado por la misericordia de Dios.
    Pero el heredero de Joviniano dice «Estoy completamente libre de pecado, no tengo vestiduras inmundas, me gobierno por mi propia voluntad, soy mayor que un Apóstol. El Apóstol hace lo que no quiere, y lo que quiere no lo hace; pero yo hago lo que quiero, y lo que no quiero no lo hago: el reino de los cielos ha sido preparado para mí, o más bien yo lo he preparado para mí mismo con mi vida virtuosa. Adán estuvo sujeto al castigo, y también los demás que se consideran culpables según la semejanza de las transgresiones de Adán; yo y mi grupo solo no tenemos nada que temer. Los demás hombres encerrados en sus celdas y que nunca ven mujeres, porque, ¡pobres criaturas! No escuchan mis palabras, son atormentados por el deseo: multitudes de mujeres pueden rodearme, no siento ningún movimiento de concupiscencia. Porque a mí pueden aplicarse las palabras: 'Piedras santas ruedan por el suelo', y la razón por la que soy insensible a la atracción del pecado es que en el poder del libre albedrío llevo conmigo el trofeo de Cristo.» Pero escuchemos a Dios [] proclamando por boca de Isaías: «Oh pueblo mío, los que te llaman dichoso te hacen errar, y destruyen el camino de tus sendas.» ¿Quién es el mayor subversor del pueblo de Dios: el que, confiando en el poder del libre albedrío, desprecia la ayuda del Creador y se contenta con seguir su propia voluntad, o el que teme ser juzgado por los detalles de los mandamientos del Señor? A hombres de esta clase, Dios dice: «¡Ay de vosotros, que sois sabios en vuestros propios ojos y prudentes en vuestra propia opinión!» Isaías, si seguimos el hebreo, se lamenta y dice: «¡Ay de mí, porque he callado, porque soy hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros, pues mis ojos han visto al Señor de los ejércitos!» Él, por su vida meritoria y virtuosa, gozó de la visión de Dios, y consciente de sus pecados confesó que tenía labios impuros. No porque hubiera dicho algo contrario a la voluntad de Dios, sino porque, ya por temor, ya por profunda vergüenza, había callado y no había reprendido los errores del pueblo con la libertad que conviene a un profeta. ¿Cuándo reprendemos nosotros, pecadores, a los ofensores, nosotros que adulamos la riqueza y aceptamos a las personas de los pecadores por causa de ganancias deshonestas? Pues difícilmente diremos que hablamos con perfecta franqueza a hombres de cuya ayuda tenemos necesidad. Supongamos que no hacemos lo mismo que ellos, supongamos que nos guardamos de toda forma de pecado; abstenerse de decir la verdad es ciertamente pecado. En la Septuaginta, sin embargo, no encontramos las palabras «porque he callado,» sino «porque fui punzado,» es decir, con la conciencia del pecado; y así se cumplen las palabras del profeta. «Mi vida se volvió miseria mientras era traspasado por la espina.» Él fue punzado por la espina del pecado; tú estás adornado con las flores de la virtud. [] «La luna se avergonzará y el sol se confundirá, cuando el Señor castigue al ejército del cielo en lo alto.» Esto se explica por otro pasaje. [] «Aun las estrellas son impuras ante sus ojos,» y de nuevo, [] «Él acusa de necedad a sus ángeles.» La luna se avergüenza, el sol se confunde y el cielo se cubre de cilicio, ¿y nosotros, sin temor y con gozo, como si estuviéramos libres de todo pecado, enfrentaremos la majestad del Juez, cuando los montes se derretirán, es decir, todos los que están enaltecidos por el orgullo, y todo el ejército de los cielos, ya sean estrellas o potestades angélicas, cuando los cielos se enrollen como un pergamino y todo su ejército se marchite como hojas?
    El argumento ahora se lleva a cabo principalmente mediante la cita de pasajes de los profetas:

    II, 25

    25.
    Is. xxxiv. 5. «Mi espada se ha saciado en los cielos. Descenderá sobre Edom.» ¡Cuánto más hay ira contra el pecado en la tierra! Edom significa sangre, que no puede heredar el reino [].
    xlv. 9. ¡Ay del que contiende con su Hacedor!
    liii. 6. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas.
    Ezequiel xvi. 14. Jerusalén es perfecta en hermosura; sin embargo
    Ezequiel 16:60, 61. Su salvación no es por mérito sino por misericordia.
    Nahúm i. 3. Aunque él limpie, no os hará inocentes.
    1 Cor. xv. 9. No soy digno, porque perseguí.
    Ezequiel 20:43, 44. Cuando sea perdonada, Jerusalén aún recordará su pecado.
    Confesemos con vergüenza que estas son palabras de hombres que ya han recibido su recompensa; pecadores sobre la tierra, y aún en nuestros cuerpos frágiles y mortales adoptemos el lenguaje de los santos en el cielo que ya han sido dotados de incorrupción e inmortalidad. [] «Y decís que el camino del Señor no es recto, cuando vuestros caminos no son rectos.» Es orgullo farisaico atribuir a la injusticia del Creador pecados que se deben a nuestra propia voluntad, y calumniar su justicia. Los hijos de Sadoc, los sacerdotes del templo espiritual, es decir, la Iglesia, no salen al pueblo con sus vestiduras ministeriales, no sea que por el trato humano pierdan su santidad y se contaminen. ¿Y supones tú que, en medio de la multitud, y siendo un individuo ordinario, eres puro?

    II, 26

    26. Recorramos apresuradamente al profeta Jeremías:
    Jeremías 5:1, 2. ¿Hay alguno que haga justicia, etc.
    vii. 21, 22. Dios rechaza los sacrificios por causa de las malas vidas de los adoradores.
    xiii. 23. ¿Puede el etíope cambiar su piel?

    II, 27

    27.
    Jeremías xvii. 14. «Sáname, oh Señor.» De otro modo Jeremías solo podría decir, como en el texto citado a continuación,
    xx. 14, 17, 18. Maldito sea el día en que nací, etc.
    xxiii. 23. ¿Soy yo Dios solo de cerca, etc.? Tan consciente está él del poder de Dios.
    xxiv. 6, 7. Dios, no ellos mismos, los plantará, etc.
    xxvi. 21-24. Jeremías necesitó la ayuda de Ahicam. ¡Cuánto más necesitamos nosotros la de Dios!

    II, 28

    28.
    Jeremías xxxi. 34. La promesa de la nueva alianza.
    xxxii. 30. Los hijos de Israel han hecho el mal perpetuamente.
    xxxvii. 18, 19. Sin embargo, el propio Jeremías tembló ante Sedequías.
    Jeremías 30:10, 11. No temas, oh Jacob, porque yo estoy contigo.

    II, 29

    29.
    Amós vi. 14. «Nos hemos hecho cuernos con nuestra propia fuerza.» Estas son las jactancias de los herejes. Pero
    Is. xvi. 6. Su fuerza (la de Moab) de ninguna manera corresponde a su arrogancia.
    Jeremías 1:7, 20. El pecado de los hombres solo será abolido porque Dios es misericordioso con ellos. Si abandonas tus afirmaciones sobre la capacidad natural, concederé que toda tu argumentación es válida, pero solo por el don de Dios.
    Lam. iii. 26-42. Bueno es que el hombre espere en silencio la salvación del Señor.

    II, 30

    30.
    Dan. iv. 17. El Altísimo domina en el reino de los hombres.
    Salmo 113:7, 8. Él levanta al pobre del polvo.
    Is. xl. 17. Él hace lo que quiere en el cielo y en la tierra.
    Las palabras de 2 Macabeos v. 17, que dicen que Antíoco Epífanes tuvo poder para derribar el Templo, «a causa de la multitud de pecados,» se citan en relación con las confesiones de Daniel.
    Dan. ix. 5. «Hemos pecado y actuado perversamente,» lo cual se muestra por
    20. «Mientras aún estaba orando,» etc., como una confesión personal, no solo nacional.
    24. La profecía de las setenta semanas muestra que el profeta miraba solo a Dios para el establecimiento de la justicia.
    Así pues, hasta que llegue ese fin, y esto corruptible y mortal se vista de incorrupción e inmortalidad, debemos estar sujetos al pecado; no, como falsamente dices, por culpa de nuestra naturaleza y creación, sino por la fragilidad e inconstancia de la voluntad humana, que varía de momento a momento; porque solo Dios no cambia. Preguntas en qué aspectos pecaron Abel, Enoc, Josué hijo de Nun, o Eliseo, y los demás santos. No hay necesidad de buscar un nudo en un junco; confieso libremente que no lo sé; y solo desearía que, cuando los pecados son manifiestos, pudiera aún callar. [] «Nada sé contra mí mismo,» dice San Pablo, «pero no por ello soy justificado.» [] «El hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón.» Ante Él nadie es justificado. Y así Pablo dice con confianza, [] «Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios»; y [] «Dios encerró a todos bajo pecado para tener misericordia de todos»; y de manera similar en otros pasajes que hemos repetido una y otra vez.

    Libro III

    III, 1

    1. Critóbulo. Estoy encantado con la exuberancia de tu elocuencia, pero al mismo tiempo te recuerdo que, [] «En la multitud de palabras no falta transgresión.» ¿Y qué relación tiene esto con la cuestión que nos ocupa? Seguramente admitirás que quienes han recibido el bautismo cristiano están sin pecado. Y que, al estar libres de pecado, son justos. Y que, una vez que son justos, pueden, si se cuidan, preservar su justicia, y así evitar todo pecado a lo largo de la vida.
    Ático. ¿No te avergüenzas de seguir la opinión de Joviniano, que ha sido refutada y condenada? Porque él se apoya exactamente en las mismas pruebas y argumentos que tú; más aún, estás ávido de sus invenciones y deseas predicar en Oriente lo que antes fue condenado en Roma, y no hace mucho en África. Lee, pues, la respuesta que se le dio, y allí encontrarás la respuesta para ti mismo. Porque en la discusión de doctrinas y puntos controvertidos, debemos atender no a las personas sino a las cosas. Y sin embargo, déjame decirte que el bautismo perdona las ofensas pasadas y no preserva la justicia en el tiempo venidero; el mantenimiento de esta depende del trabajo y la diligencia, así como del fervor, y sobre todo de la misericordia de Dios. Nuestro es pedir, a Él corresponde otorgar lo que pedimos; nuestro es comenzar, suyo es terminar; nuestro es ofrecer lo que podemos, suyo es cumplir lo que no podemos realizar. «Porque si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia.» Por lo cual el Apóstol [] nos manda correr de tal manera que lo obtengamos. Todos corren, a la verdad, pero uno solo recibe el premio. Y en el Salmo está escrito: «Oh Señor, nos has coronado con tu favor como con un escudo.» Porque nuestra victoria se gana y la corona de nuestra victoria se obtiene por su protección y mediante su escudo; y aquí corremos para que en el más allá lo alcancemos; allí recibirá la corona el que en este mundo haya resultado vencedor. Y cuando hemos sido bautizados se nos dice, [] «Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor.» Y de nuevo, [] «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo destruirá.» Y en otro lugar, [] «El Señor está con vosotros mientras vosotros estéis con Él: si lo abandonáis, Él también os abandonará.» ¿Dónde está el hombre, supones, en quien, como en un santuario y lugar sagrado, la pureza de Cristo es permanente, y en cuyo caso la serenidad del templo no se entristece por ninguna nube de pecado? No podemos tener siempre el mismo semblante, aunque los filósofos se jactan falsamente de que esta fue la experiencia de Sócrates; ¡cuánto menos pueden nuestras mentes ser siempre las mismas! Así como los hombres tienen muchas expresiones de rostro, así también varían los sentimientos de sus corazones. Si nos fuera posible estar siempre sumergidos en las aguas del bautismo, los pecados pasarían sobre nuestras cabezas y nos dejarían intactos. El Espíritu Santo nos protegería. Pero el enemigo nos asalta, y cuando es vencido no se va, sino que está siempre al acecho, para disparar secretamente contra los rectos de corazón.

    III, 2

    2. En el Evangelio según los Hebreos, que está escrito en lengua caldea y siríaca, pero con caracteres hebreos, y que usan los nazarenos hasta el día de hoy (me refiero al Evangelio según los Apóstoles o, como generalmente se sostiene, el Evangelio según Mateo, una copia del cual está en la biblioteca de Cesarea), encontramos, «He aquí, la madre de nuestro Señor y sus hermanos le dijeron: Juan el Bautista bautiza para remisión de los pecados; vayamos y seamos bautizados por él. Pero Él les dijo: ¿Qué pecado he cometido yo para que deba ir y ser bautizado por él? A menos que, tal vez, las mismas palabras que he dicho sean solo ignorancia.» Y en el mismo volumen, «Si tu hermano peca contra ti de palabra, y se enmiende contigo, recíbelo siete veces al día.» Simón, su discípulo, le dijo: «¿Siete veces al día?» El Señor respondió y le dijo: «Te digo hasta setenta veces siete.» Incluso los profetas, después de ser ungidos con el Espíritu Santo, fueron culpables de palabras pecaminosas. Ignacio, varón apostólico y mártir, escribe con audacia: «El Señor eligió a Apóstoles que eran pecadores sobre todos los hombres.» De su pronta conversión canta el Salmista, «Sus enfermedades se multiplicaron; después se apresuraron.» Si no aceptas la autoridad de esta evidencia, al menos admite su antigüedad, y mira cuál ha sido la opinión de todos los buenos eclesiásticos. Supón que una persona bautizada ha sido arrebatada por la muerte inmediatamente, o el mismo día de su bautismo, y generosamente concederé que ni pensó ni dijo nada por lo cual, por error o ignorancia, cayera en pecado. ¿Se sigue de ahí que estará, por tanto, sin pecado, porque parece no haber vencido, sino evitado el pecado? ¿No es la verdadera razón más bien que por la misericordia de Dios fue liberado de la prisión de los pecados y partió al Señor? También decimos esto: que Dios puede hacer lo que quiere; y que el hombre por sí mismo y por su propia voluntad no puede, como tú sostienes, estar sin pecado. Si puede, es ocioso que ahora añadas la palabra gracia, pues con tal poder no la necesita. Si, por el contrario, no puede evitar el pecado sin la gracia de Dios, es necedad atribuirle una capacidad que no posee. Porque lo que depende de la voluntad de otro no está en poder de aquel cuya capacidad afirmas, sino de aquel cuya ayuda es claramente indispensable.
    Comentario editorial · El «Evangelio según los hebreos»
    Jerónimo cita aquí dos pasajes de un evangelio que describe como escrito en lengua caldea y siríaca con caracteres hebreos, usado por los nazarenos, del que dice que hay un ejemplar en la biblioteca de Cesarea; lo identifica con el Evangelio de los apóstoles o, «como generalmente se sostiene», de Mateo. Wikipedia explica que ese evangelio solo se conoce por citas de los Padres y que las referencias de Jerónimo son especialmente problemáticas, porque no queda claro a cuál de los evangelios judeocristianos alude. En el mismo pasaje cita a «Ignacio»: el NPNF anota que las palabras son de san Bernabé y que quizá el ejemplar de Jerónimo las atribuía a Ignacio.

    III, 3

    3. C. ¿Qué quieres decir con esta perversidad o, más bien, con esta contienda sin sentido? ¿No me concederás siquiera esto: que cuando un hombre sale de las aguas del bautismo está libre de pecado?
    A. O no logro expresar con claridad lo que quiero decir, o eres lento de entendimiento.
    C. ¿Cómo es eso?
    A. Recuerda tanto lo que tú sostenías como lo que yo digo. Tú argumentabas que un hombre puede estar sin pecado si así lo elige. Yo respondo que eso es una imposibilidad; no porque pensemos que un hombre no queda libre de pecado inmediatamente después del bautismo, sino porque ese tiempo de impecabilidad de ningún modo debe atribuirse a la capacidad humana, sino a la gracia de Dios. Por tanto, no reclames ese poder para el hombre, y yo admitiré el hecho. Pues ¿cómo puede ser capaz quien no es capaz por sí mismo? ¿O qué clase de impecabilidad es la que está condicionada por la muerte inmediata del cuerpo? Si la vida del hombre se prolongara, ciertamente estará expuesto a los pecados y a la ignorancia.
    C. Tu lógica me tapa la boca. No hablas con sencillez cristiana, sino que me enredas en distinciones sutiles entre ser y poder ser.
    A. ¿Soy yo quien juega con las palabras? La distinción salió de tu propio taller. Porque tú dices, no que el hombre esté libre de pecado, sino que puede estarlo; yo, en cambio, concederé lo que tú niegas, que el hombre está libre de pecado por la gracia de Dios, y aun así sostendré que no es capaz por sí mismo.
    C. De nada sirve dar mandamientos si no podemos cumplirlos.
    A. Nadie duda de que Dios mandó cosas posibles. Pero, como los hombres no hacen lo que podrían, por eso el mundo entero está sujeto al juicio de Dios y necesita su misericordia. Por otra parte, si puedes presentar a un hombre que haya cumplido toda la ley, ciertamente podrás mostrar que hay un hombre que no necesita la misericordia de Dios. Pues todo lo que puede suceder debe ocurrir en el pasado, en el presente o en el futuro. En cuanto a tu afirmación de que un hombre puede estar sin pecado si así lo elige, muestra que eso ha ocurrido en el pasado o, al menos, que ocurre hoy; el futuro se revelará por sí mismo. Pero si no puedes señalar a nadie que esté, o haya estado, enteramente libre de pecado, nos queda limitar nuestra discusión al futuro. Entretanto, quedas vencido y cautivo en lo que respecta a dos de los tres períodos de tiempo, el pasado y el presente. Si en adelante alguien ha de ser mayor que los patriarcas, los profetas y los apóstoles, en cuanto que está sin pecado, entonces tal vez podrás convencer a las generaciones futuras en cuanto a su tiempo.

    III, 4

    4. C. Habla como quieras, argumenta como te plazca, nunca me arrancarás el libre albedrío, que Dios otorgó una vez para siempre, ni podrás privarme de lo que Dios me ha dado: la capacidad, si tengo la voluntad.
    A. A modo de ejemplo tomemos una prueba: «He hallado a David, hijo de Isaí, un hombre conforme a mi corazón, que hará toda mi voluntad.» No hay duda de que David era un hombre santo, y sin embargo aquel que fue elegido para hacer toda la voluntad de Dios es censurado por ciertas acciones. Por supuesto, era posible para aquel que fue elegido con ese propósito hacer toda la voluntad de Dios. Ni Dios es culpable de que de antemano hablara de que él haría toda su voluntad como algo mandado, sino que la culpa recae sobre aquel que no hizo lo que estaba predicho. Pues Dios no dijo que había hallado a un hombre que cumpliría indefectiblemente sus órdenes y ejecutaría su voluntad, sino solo a uno que haría toda su voluntad. Y nosotros también decimos que un hombre puede evitar pecar, si así lo elige, según sus circunstancias locales y temporales y su debilidad física, mientras su mente esté puesta en la justicia y la cuerda esté bien tensada en la lira. Pero si un hombre se vuelve un poco negligente, le sucede como al barquero que rema contra la corriente y descubre que, si afloja aunque sea un momento, la barca retrocede y es arrastrada por las aguas hacia donde él no quisiera. Tal es la condición del hombre; si somos un poco descuidados, aprendemos nuestra debilidad y hallamos que nuestro poder es limitado. ¿Supones que el apóstol Pablo, cuando escribió [] «el abrigo (o capa) que dejé en Tróade con Carpo, tráelo cuando vengas, y los libros, especialmente los pergaminos,» pensaba en los misterios celestiales, y no en las cosas que se requieren para la vida diaria y para satisfacer nuestras necesidades corporales? Encuéntrame un hombre que nunca tenga hambre, sed o frío, que no conozca el dolor, la fiebre ni el tormento de la estranguria, y te concederé que un hombre no puede pensar en nada sino en la virtud. Cuando el apóstol fue golpeado por el siervo, se expresó así contra el sumo sacerdote que mandó dar el golpe: «Dios te golpeará a ti, pared blanqueada.» Echamos de menos la paciencia del Salvador, que fue llevado como cordero al matadero y no abrió su boca, sino que misericordiosamente dijo al que lo golpeaba: [] «Si he hablado mal, da testimonio del mal; pero si bien, ¿por qué me golpeas?» No menospreciamos al apóstol, sino que declaramos la gloria de Dios, que sufrió en la carne y venció el mal infligido a la carne y la debilidad de la carne— por no hablar de lo que el apóstol dice en otro lugar: [] «Alejandro, el calderero, me hizo mucho mal; el Señor, el Juez justo, le pagará en aquel día.»

    III, 5

    C. He estado deseando decir algo, pero he contenido las palabras cuando ya brotaban de mis labios. Me obligas a decirlo.
    A. ¿Quién te impide decir lo que piensas? O lo que vas a decir es bueno— y no deberías privarnos de lo bueno— o es malo y, por tanto, no es consideración hacia nosotros, sino vergüenza, lo que te mantiene callado.
    C. Diré, al fin diré, lo que pienso. Todo tu argumento tiende a esto: acusas a la naturaleza y culpas a Dios por haber creado al hombre tal como es.
    A. ¿Es esto lo que querías, y a la vez no querías, decir? Te ruego que hables claro, para que todos se beneficien de tu sabiduría. ¿Censuras a Dios porque hizo al hombre hombre? Que también los ángeles se quejen porque son ángeles. Que toda criatura discuta la cuestión: ¿por qué es tal como fue creada? Y no qué podría haberla hecho el Creador. Ahora debo entretenerme con los ejercicios retóricos de la infancia y, pasando del mosquito y la hormiga a los querubines y serafines, preguntar por qué cada uno no fue creado con una suerte más feliz. Y cuando llegue a las potestades excelsas, argumentaré este punto: ¿por qué solo Dios es Dios y no hizo dioses a todas las cosas? Pues, según tú, o no podrá hacerlo o será culpable de envidia. Censúralo y exige por qué permite que el diablo esté en este mundo y se lleve la corona cuando tú has ganado la victoria.
    C. No soy tan insensato como para quejarme de la existencia del diablo, por cuya malicia entró la muerte en el mundo; pero lo que me aflige es esto: que los dignatarios de la Iglesia, y los que usurpan el título de maestro, destruyen el libre albedrío; y una vez destruido este, el camino queda abierto para los maniqueos.
    A. ¿Soy yo el destructor del libre albedrío porque, a lo largo de la discusión, mi único propósito ha sido mantener tanto la omnipotencia de Dios como el libre albedrío?
    C. ¿Cómo puedes tener libre albedrío y, sin embargo, decir que el hombre nada puede hacer sin la ayuda de Dios?
    A. Si ha de ser censurado quien une el libre albedrío y la ayuda de Dios, se sigue que deberíamos alabar a quien suprime la ayuda de Dios.
    C. No estoy haciendo innecesaria la ayuda de Dios, pues a su gracia debemos toda nuestra capacidad; pero yo y los que piensan conmigo mantenemos ambas cosas dentro de sus propios límites. A la gracia de Dios asignamos el don del poder de la libre elección; a nuestra propia voluntad, el hacer o no hacer una cosa; y así pueden mantenerse los premios y castigos por hacer o no hacer.

    III, 6

    A. Me parece que estás sumido en el olvido y que repasas las líneas de argumentación ya recorridas como si no se hubiera dicho antes ni una palabra. Pues, con esta larga discusión, ha quedado establecido que el Señor, por la misma gracia con que nos otorgó la libre elección, nos asiste y sostiene en nuestras acciones individuales.
    C. Entonces, ¿por qué corona y alaba lo que Él mismo ha obrado en nosotros?
    A. Es decir, nuestra voluntad, que ofreció todo lo que pudo; el esfuerzo, que se empeñó en la acción; y la humildad, que siempre miró a la ayuda de Dios.
    C. Entonces, si no hemos hecho lo que Él mandó, o Dios quería ayudarnos o no quería. Si quería y nos ayudó, y sin embargo no hemos hecho lo que deseábamos, entonces Él, y no nosotros, ha sido vencido. Pero si no quiso ayudar, no debe culparse al hombre que deseaba hacer su voluntad, sino a Dios, que podía ayudar y no quiso.
    A. ¿No ves que tu dilema te ha precipitado en un profundo abismo de blasfemia? Lo tomes como lo tomes, Dios resulta o débil o malévolo, y no es tanto alabado por ser autor del bien y dar su ayuda, como reprochado por no refrenar el mal. Culpa, pues, a Dios, porque permite la existencia del diablo, y ha sufrido, y aún sufre, que se haga el mal en el mundo. Esto es lo que pregunta Marción, y toda la jauría de herejes que mutilan el Antiguo Testamento, y en su mayoría han urdido un argumento más o menos así: O Dios sabía que el hombre, puesto en el Paraíso, transgrediría su mandato, o no lo sabía. Si lo sabía, no es culpable el hombre, que no podía evitar la presciencia de Dios, sino Aquel que lo creó de tal modo que no pudiera escapar al conocimiento de Dios. Si no lo sabía, al despojarlo de la presciencia también le quitas la divinidad. Por la misma razón, Dios merecerá culpa por haber elegido a Saúl, que habría de resultar uno de los peores reyes. Y el Salvador debe ser convencido o de ignorancia o de injusticia, puesto que dijo en el Evangelio: [] «¿No os elegí yo a vosotros, los doce, y uno de vosotros es un diablo?» Pregúntale por qué eligió a Judas, un traidor. ¿Por qué le confió la bolsa cuando sabía que era ladrón? ¿Te diré la razón? Dios juzga el presente, no el futuro. No se sirve de su presciencia para condenar a un hombre, aunque sepa que más adelante le desagradará; sino que tal es su bondad y su inefable misericordia que elige a un hombre que, según percibe, será bueno por un tiempo, y que, según sabe, se volverá malo, dándole así la oportunidad de convertirse y arrepentirse. Este es el sentido de las palabras del apóstol cuando dice: [] «¿No sabes que la bondad de Dios te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y tu corazón impenitente atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, que pagará a cada uno conforme a sus obras.» Pues Adán no pecó porque Dios supiera que lo haría; sino que Dios, en cuanto que es Dios, conoció de antemano lo que Adán haría por su propia libre elección. Bien podrías acusar a Dios de falsedad porque dijo por boca de Jonás: «Aún tres días, y Nínive será destruida.» Pero Dios responderá por boca de Jeremías: [] «En el instante en que yo hable acerca de una nación y de un reino, para arrancar, derribar y destruir, si esa nación de la cual he hablado se aparta de su maldad, yo me arrepentiré del mal que pensaba hacerle. Y en el instante en que yo hable acerca de una nación y de un reino, para edificar y plantar, si hace lo malo ante mis ojos, no obedeciendo mi voz, entonces me arrepentiré del bien con que había dicho que la beneficiaría.» Jonás, en cierta ocasión, se indignó porque, por mandato de Dios, había hablado falsamente; pero su dolor resultó mal fundado, puesto que prefería decir la verdad y que pereciera una multitud innumerable, antes que hablar falsamente y que se salvaran. Su posición quedó ilustrada así: [] «Tú te afliges por la hiedra (o calabacera), por la cual no has trabajado ni la has hecho crecer, que nació en una noche y en una noche pereció; ¿y no he de tener yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda?» Si había tan vasto número de niños y gente sencilla, a quienes nunca podrás probar que fueran pecadores, ¿qué diremos de aquellos habitantes de ambos sexos que se hallaban en distintas etapas de la vida? Según Filón y el más sabio de los filósofos, Platón (así nos lo dice el «Timeo»), al pasar de la infancia a la vejez decrépita atravesamos siete etapas, que se suceden tan gradual y suavemente que apenas sentimos el cambio.
    C. El propósito de todo tu argumento es este: lo que los griegos llaman [αὐτέξουσιον], y nosotros libre albedrío, lo admites de palabra, pero en la práctica lo destruyes. Pues haces a Dios autor del pecado, al afirmar que el hombre nada puede por sí mismo, sino que debe tener la ayuda de Dios, a Quien se imputa todo lo que hacemos. Pero nosotros decimos que, ya haga el hombre el bien o el mal, se le imputa a él en virtud de la facultad del libre albedrío, en cuanto hizo lo que eligió, y no a Aquel que de una vez para siempre le dio el libre albedrío.
    A. De nada sirven tus evasivas; estás atrapado en las redes de la verdad. Pues según esto, aunque Él mismo no ayude, según tú será autor del mal, porque pudo impedirlo y no lo hizo. Es una vieja máxima que si un hombre puede librar a otro de la muerte y no lo hace, es homicida.
    C. Me retiro y concedo el punto; has ganado; siempre que, no obstante, esa victoria sea el trastorno de la verdad con palabras engañosas, es decir, no por la verdad, sino por la falsedad. Pues podría responderte con las palabras del Apóstol: [] «Aunque sea rudo en el hablar, no lo soy en el conocimiento.» Cuando hablas, tus trucos retóricos me superan, y parezco estar de acuerdo contigo; pero cuando dejas de hablar, todo se me va de la cabeza, y veo con claridad que tu argumento no brota de las fuentes de la verdad y de la sencillez cristiana, sino que se apoya en las sutilezas rebuscadas de los filósofos.
    A. ¿Quieres, entonces, que recurra una vez más al testimonio de la Escritura? Si es así, ¿qué pasa con la jactancia de tus discípulos de que nadie puede responder a tus argumentos ni resolver las cuestiones que planteas?
    C. No solo lo deseo, sino que estoy ansioso de que lo hagas. Muéstrame algún lugar de la Sagrada Escritura donde se halle que, perdido el poder del libre albedrío, el hombre hace por sí mismo lo que no querría o no podría hacer.

    III, 8

    8. A. Debemos usar las palabras de la Escritura no como tú propones, sino como exigen la verdad y la razón. Jacob dice en su oración, «Si el Señor Dios está conmigo, y me guarda en este camino por el que voy, y me da pan para comer y vestido para ponerme, de modo que vuelva en paz a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que he erigido como señal será casa de Dios; y de todo lo que me des, ciertamente te daré el diezmo.» No dijo: Si conservas mi libre albedrío, y con mi esfuerzo consigo alimento y vestido, y regreso a la casa de mi padre. Todo lo refiere a la voluntad de Dios, para ser hallado digno de recibir aquello por lo que ora. Al regreso de Jacob de Mesopotamia [] le salió al encuentro un ejército de ángeles, que se llama campamento de Dios. Después luchó con un ángel en forma de hombre, y fue fortalecido por Dios; por lo cual, en lugar de Jacob, el suplantador, recibió el nombre de el más recto de Dios. Pues no se habría atrevido a volver a su cruel hermano si no hubiera sido fortalecido y protegido por la ayuda del Señor. En la continuación leemos, «El sol salió para él después de pasar Penuel,» que, interpretado, es el rostro de Dios. Por eso también Moisés dice, «He visto al Señor cara a cara, y mi vida ha sido preservada,» no por ninguna cualidad natural, sino por la condescendencia de Dios, que tuvo misericordia. Así pues, el Sol de Justicia sale sobre nosotros cuando Dios hace brillar su rostro sobre nosotros y nos da fuerza. José en Egipto fue encerrado en la cárcel, y luego oímos que el guardián de la cárcel, confiando en su fidelidad, puso todo en sus manos. Y la razón se da: [] «Porque el Señor estaba con él; y todo lo que hacía, el Señor lo hacía prosperar.» Por lo cual, también, se sugirieron sueños a los servidores del faraón, y Faraón tuvo uno que nadie pudo interpretar, para que así José fuera liberado, y su padre y sus hermanos alimentados, y Egipto salvado en el tiempo de hambre. Además, Dios [] dijo a Israel, en una visión nocturna, «Yo soy el Dios de tus padres; no temas descender a Egipto; porque allí te haré una gran nación, y descenderé contigo a Egipto; y ciertamente te haré subir de nuevo, y José pondrá su mano sobre tus ojos.» ¿Dónde en este pasaje encontramos el poder del libre albedrío? ¿No se debe todo el hecho de que se atreviera a ir a su hijo, y confiarse a una nación que no conocía al Señor, a la ayuda del Dios de sus padres? El pueblo fue sacado de Egipto con mano fuerte y brazo extendido; no la mano de Moisés y Aarón, sino la de Aquel que liberó al pueblo con señales y maravillas, y al fin hirió a los primogénitos de Egipto, de modo que los que al principio insistían en retener al pueblo, les instaron con ansia a partir. Salomón [] dice, «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia: reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas.» Entiende lo que dice: que no debemos confiar en nuestra sabiduría, sino solo en el Señor, por quien se dirigen los pasos del hombre. Por último, se nos manda mostrarle nuestros caminos y dárselos a conocer, pues no se enderezan por nuestro propio esfuerzo, sino por su ayuda y misericordia. Y así está escrito, «Endereza mi camino delante de tu rostro,» para que lo que es recto ante Ti me parezca también recto a mí. Salomón dice lo mismo: [] «Encomienda al Señor tus obras, y tus pensamientos serán establecidos.» Nuestros pensamientos se establecen entonces cuando encomendamos todo lo que hacemos al Señor nuestro ayudador, apoyándolo, por así decirlo, sobre la roca firme y sólida, y se lo atribuimos todo a Él.

    III, 9

    9. El apóstol Pablo, recorriendo rápidamente los beneficios de Dios, terminó con estas palabras, [] «¿Y quién es suficiente para estas cosas?» Por lo cual, también, en otro lugar, [] dice, «Tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos suficientes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos; sino que nuestra suficiencia proviene de Dios; quien además nos hizo suficientes como ministros de una nueva alianza; no de la letra sino del espíritu; porque la letra mata, pero el espíritu da vida.» ¿Todavía nos atrevemos a enorgullecernos del libre albedrío y a abusar de los beneficios de Dios para deshonra del que los da? Mientras que el mismo vaso escogido escribe abiertamente, [] «Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.» Por eso, también, en otro lugar, reprimiendo la desvergüenza de los herejes, [] dice, «El que se gloría, gloríese en el Señor. Porque no es aprobado el que se recomienda a sí mismo, sino aquel a quien el Señor recomienda.» Y de nuevo, [] «En nada he sido inferior a los más eminentes apóstoles, aunque nada soy.» Pedro, turbado por la grandeza de los milagros que presenció, dijo al Señor: [] «Apártate de mí, que soy hombre pecador.» Y el Señor dijo a sus discípulos: [] «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese lleva mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.» Así como los sarmientos y los brotes de la vid se marchitan al instante cuando se separan del tronco madre, así toda la fuerza de los hombres se desvanece y perece si queda privada de la ayuda de Dios. «Nadie,» [] dice Él, «puede venir a mí si el Padre que me envió no lo atrae.» Cuando dice, «Nadie puede venir a mí,» destroza la soberbia del libre albedrío; porque, aunque un hombre quiera ir a Cristo, a menos que se cumpla lo que sigue— «si mi Padre celestial no lo atrae» — el deseo es inútil y el esfuerzo vano. Al mismo tiempo hay que notar que el que es atraído no corre libremente, sino que es conducido, ya sea porque se resiste y es perezoso, o porque se muestra reacio a ir.

    III, 10

    10. Ahora bien, ¿cómo un hombre que no puede por su propia fuerza y esfuerzo venir a Jesús, puede al mismo tiempo evitar todos los pecados? ¿Y evitarlos perpetuamente, y reclamar para sí un nombre que pertenece al poder de Dios? Pues si Él y yo somos ambos sin pecado, ¿qué diferencia hay entre mí y Dios? Solo aduciré una prueba más, para no cansarte a ti y a mis oyentes. [] El sueño fue quitado de los ojos de Asuero, a quien los Setenta llaman Artajerjes, para que repasara las memorias de sus fieles ministros y diera con Mardoqueo, por cuyo testimonio fue librado de una conspiración; y para que así Ester fuera más aceptable, y todo el pueblo de los judíos escapara de una muerte inminente. No hay duda de que el poderoso soberano a quien pertenecía todo el Oriente, desde la India hasta el Norte y Etiopía, después de banquetear suntuosamente con manjares recogidos de todas partes del mundo, habría deseado dormir, descansar y satisfacer su libre elección de dormir, si el Señor, proveedor de todos los bienes, no hubiera impedido el curso de la naturaleza, para que, contra la naturaleza, la crueldad del tirano pudiera ser vencida. Si intentara presentar todos los ejemplos de la Sagrada Escritura, sería tedioso. Todo lo que dicen los santos es una oración a Dios; toda su oración y súplica, una fuerte lucha por la compasión de Dios, para que nosotros, que por nuestra propia fuerza y celo no podemos salvarnos, seamos preservados por su misericordia. Pero cuando se trata de la gracia y la misericordia, el libre albedrío queda en parte anulado; en parte, digo, porque de él depende esto: que deseemos y anhelemos, y demos nuestro asentimiento al camino que elegimos. Pero de Dios depende que tengamos el poder, con su fuerza y con su ayuda, de realizar lo que deseamos y de llevar a efecto nuestro afán y esfuerzo.

    III, 11

    11. C. Sencillamente dije que no encontramos la ayuda de Dios en nuestras distintas acciones, sino en la gracia de la creación y de la ley, para que el libre albedrío no sea destruido. Pero hay muchos entre nosotros que sostienen que todo lo que hacemos se hace con la ayuda de Dios.
    A. Quien dice eso debe abandonar tu bando. O bien, di tú lo mismo y únete a nuestro lado, o, si te niegas, serás tan enemigo nuestro como los que no comparten nuestras opiniones.
    C. Estaré de tu lado si hablas conforme a mis sentimientos, o más bien tú estarás del mío si no los contradices. Admites la salud del cuerpo, y niegas la salud del alma, que es más fuerte que el cuerpo. Pues el pecado es al alma lo que la enfermedad o una herida es al cuerpo. Si admites, entonces, que un hombre puede estar sano en cuanto es carne, ¿por qué no dices que puede estar sano en cuanto es espíritu?
    A. Seguiré la línea que señalas,
    y tú hoy
    Jamás escaparás; dondequiera que llames, acudo.
    C. Estoy dispuesto a escuchar.
    A. Y yo a hablar a oídos sordos. Por tanto, responderé a tu argumento. Compuestos de alma y cuerpo, tenemos la naturaleza de ambas sustancias. Así como se dice que el cuerpo está sano si no lo aqueja ninguna debilidad, así el alma está libre de culpa si se mantiene firme e imperturbable. Y sin embargo, aunque el cuerpo pueda estar sano, robusto y activo, con todas las facultades en pleno vigor, sufre mucho por las enfermedades a intervalos más o menos frecuentes y, por fuerte que sea, a veces es afligido por diversos humores; así el alma, soportando el embate de los pensamientos y las agitaciones, aunque escape al naufragio, no navega sin peligro, y recordando su debilidad, está siempre ansiosa ante la muerte, según está escrito, «¿Qué hombre vivirá y no verá la muerte?» — la muerte que amenaza a todos los mortales, no por la decadencia de la naturaleza, sino por la muerte del pecado, según las palabras del profeta, [] «El alma que peca, esa morirá.» Además, sabemos que Enoc y Elías aún no han visto esta muerte común al hombre y a las bestias. Muéstrame un cuerpo que nunca enferme, o que después de la enfermedad esté siempre sano y salvo, y yo te mostraré un alma que nunca pecó, y que después de adquirir virtudes jamás volverá a pecar. La cosa es imposible, y tanto más cuanto recordamos que el vicio linda con la virtud y que, si te desvías un poco, o te extraviarás o caerás por un precipicio. ¡Qué pequeño es el intervalo entre la obstinación y la perseverancia, la avaricia y la frugalidad, la liberalidad y la prodigalidad, la sabiduría y la astucia, la intrepidez y la temeridad, la cautela y la timidez! Algunas de las cuales se clasifican como buenas, otras como malas. Y lo mismo se aplica a los cuerpos. Si tomas precauciones contra la bilis, aumenta la flema. Si secas los humores demasiado deprisa, la sangre se calienta y se vicia con la bilis, y un tono cetrino se extiende por el rostro. Sin duda, por mucho que pongamos todo el cuidado del médico, y regulemos la dieta, y estemos libres de indigestión y de cuanto fomenta la enfermedad, cuyas causas en algunos casos nos están ocultas y solo Dios las conoce, tiritamos de frío, o ardemos de fiebre, o nos retorcemos de cólico, e imploramos la ayuda del verdadero médico, nuestro Salvador, y [] decimos con los Apóstoles, «Maestro, sálvanos, que perecemos.»

    III, 12

    12. C. Concedido que nadie pudo evitar todo pecado en la niñez, la juventud y la temprana madurez; ¿puedes negar que muchísimos hombres justos y santos, después de caer en el vicio, se han dedicado de corazón a la adquisición de la virtud y por medio de ella han escapado del pecado?
    A. Esto es lo que te dije al principio: que depende de nosotros pecar o no pecar, y poner la mano en el bien o en el mal; y así se preserva el libre albedrío, pero según las circunstancias, el tiempo y el estado de la fragilidad humana; sostenemos, sin embargo, que la libertad perpetua respecto del pecado está reservada solo a Dios, y a Aquel que siendo el Verbo se hizo carne sin incurrir en los defectos y los pecados de la carne. Y, porque puedo evitar el pecado por un breve tiempo, no puedes inferir lógicamente que puedo hacerlo continuamente. ¿Puedo ayunar, velar, caminar, cantar, sentarme, dormir perpetuamente?
    C. ¿Por qué, entonces, en la Sagrada Escritura se nos estimula a aspirar a la perfecta justicia? Por ejemplo: [] «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios,» y «Bienaventurados los íntegros en el camino, los que andan en la ley del Señor.» Y Dios dice a Abraham: [] «Yo soy tu Dios; sé agradable a mis ojos, y sé sin mancha ni culpa, y estableceré mi pacto entre yo y tú, y te multiplicaré en gran manera.» Si es imposible lo que la Escritura testifica, fue inútil mandarlo.
    A. Juegas con la Escritura hasta desgastar una cuestión, y me recuerdas los trucos de escenario de un prestidigitador que asume varios personajes, y ahora es Marte, al momento siguiente Venus; de modo que el que al principio era todo severidad y ferocidad se disuelve en suavidad femenina. Pues la objeción que ahora planteas con aire de novedad— «Bienaventurados los limpios de corazón,» «Bienaventurados los íntegros en el camino,» y «Sé sin mancha,» y así sucesivamente— queda refutada cuando el Apóstol responde, [] «Conocemos en parte y profetizamos en parte,» y, «Ahora vemos por espejo, oscuramente, pero cuando venga lo perfecto, lo que es en parte se acabará.» Y por lo tanto solo tenemos la sombra y semejanza del corazón puro, que en el futuro está destinado a ver a Dios y, libre de mancha o tacha, a vivir con Abraham. Por grande que sea el patriarca, profeta o Apóstol, se les dice, [] con palabras de nuestro Señor y Salvador, «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?» Luego, incluso Abraham, a quien se le dijo, «Sé sin mancha y sin culpa,» consciente de su fragilidad cayó rostro en tierra. Y cuando Dios le habló, diciendo, «Tu mujer Sarai ya no se llamará Sarai, sino que su nombre será Sara, y te daré un hijo de ella, y lo bendeciré y llegará a ser una gran nación, y de él saldrán reyes de naciones,» la narración prosigue de inmediato diciendo, «Abraham cayó rostro en tierra, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A un hombre de cien años le nacerá un hijo? ¿Y Sara, que tiene noventa años, dará a luz?» Y Abraham dijo a Dios, «¡Ojalá Ismael viva delante de ti!» Y Dios dijo, «No, sino que Sara tu mujer te dará un hijo, y llamarás su nombre Isaac,» y así sucesivamente. Ciertamente había oído las palabras de Dios, «Yo soy tu Dios; sé agradable a mis ojos y sin mancha»; ¿por qué, entonces, no creyó lo que Dios prometió, y por qué se rió en su corazón, pensando que escapaba a la atención de Dios, y no atreviéndose a reír abiertamente? Además da las razones de su incredulidad, y dice, «¿Cómo es posible que un hombre de cien años engendre un hijo de una mujer de noventa años?» «¡Ojalá Ismael viva delante de ti,» dice. «Ismael, que una vez me diste. No pido cosa difícil, me contento con la bendición que he recibido.» Dios lo convenció con una respuesta misteriosa. Dijo, «Sí.» El sentido es que sucederá lo que piensas que no será. Tu mujer Sara te dará un hijo, y antes de que conciba, antes de que nazca, le pondré nombre al niño. Pues, por tu error al reír en secreto, tu hijo se llamará Isaac, es decir, risa. Pero si piensas que Dios es visto por los limpios de corazón en este mundo, ¿por qué Moisés, que antes había dicho, «He visto al Señor cara a cara, y mi vida ha sido preservada,» después suplicó que pudiera verlo claramente? Y porque dijo que había visto a Dios, el Señor le dijo: [] «No puedes ver mi rostro. Porque el hombre no verá mi rostro y vivirá.» Por lo cual también el Apóstol lo llama el único Dios invisible, que habita en luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Y el evangelista Juan testifica con santos acentos, diciendo, «A Dios nadie le ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer.» El que ve, también da a conocer, no cuán grande es Aquel a quien ve, ni cuánto sabe Aquel que da a conocer; sino cuanto la capacidad de los mortales puede recibir.

    III, 13

    13. Y puesto que piensas que es bienaventurado el que es intachable en el camino y anda en su ley, debes interpretar la primera expresión por la segunda. Por las muchas pruebas que he aducido has aprendido que nadie ha podido cumplir la ley. Y si el Apóstol, en comparación con la gracia de Cristo, estimó como basura lo que antes, bajo la ley, consideraba ganancia, para ganar a Cristo, ¿cuánto más ciertos debemos estar de que la razón por la que la gracia de Cristo y del Evangelio ha sido añadida es que, bajo la ley, nadie podía ser justificado? Ahora bien, si bajo la ley nadie es justificado, ¿cómo es perfectamente intachable en el camino el que todavía camina y se apresura a alcanzar la meta? Sin duda, el que está en la carrera, y avanza en el camino, es inferior al que ha llegado al término de su jornada. Si, pues, es intachable y perfecto el que todavía camina en el camino y avanza en la ley, ¿qué más tendrá el que ha llegado al fin de la vida y de la ley? Por eso el Apóstol, hablando de nuestro Señor, dice que, al fin del mundo, cuando todas las virtudes reciban su consumación, presentará su santa Iglesia ante sí sin mancha ni arruga; y, sin embargo, tú consideras perfecta a esa Iglesia, mientras está aún en la carne, sujeta a la muerte y a la corrupción. Mereces que se te diga, con los Corintios, [] «Ya estáis saciados, ya sois ricos; reináis sin nosotros, y ojalá reinarais, para que también nosotros reináramos con vosotros» —puesto que la perfección verdadera e inmaculada corresponde a los habitantes del cielo, y está reservada para aquel día en que el esposo dirá a la esposa, [] «Toda eres hermosa, amada mía; y no hay mancha en ti.» Y en este sentido debemos entender las palabras: [] «Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios, sin mancha»; pues no dijo sois, sino seáis. Está contemplando el futuro, no exponiendo un caso perteneciente al presente; de modo que aquí hay trabajo y esfuerzo, y en el otro mundo las recompensas del trabajo y de la virtud. Finalmente, Juan escribe: [] «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él: porque le veremos tal como es.» Aunque, pues, somos hijos de Dios, la semejanza con Dios y la verdadera contemplación de Dios se nos prometen entonces, cuando él aparezca en su majestad.

    III, 14

    14. De esta hinchada soberbia brota la audacia en la oración que caracteriza las instrucciones de tu carta a cierta viuda sobre cómo deben orar los santos. «Él,» dices, «levanta rectamente sus manos a Dios; derrama súplicas con buena conciencia quien puede decir: "Tú sabes, Señor, cuán santas, cuán inocentes, cuán puras de todo engaño, injusticia y rapiña son las manos que extiendo hacia ti; cuán justos, cuán inmaculados y libres de toda falsedad son los labios con que derramo mis oraciones ante ti, para que tengas piedad de mí".» ¿Es esta la oración de un cristiano, o de un fariseo orgulloso como aquel que [] dice en el Evangelio, «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.» Sin embargo, él solo da gracias a Dios porque, por su misericordia, no es como los demás hombres: execra el pecado y no reclama su justicia como propia. Pero tú dices, «Ahora tú sabes cuán santas, cuán inocentes, cuán puras de todo engaño, injusticia y rapiña son las manos que yo extiendo ante ti.» Él dice que ayuna dos veces a la semana, para afligir su carne viciosa y desenfrenada, y da diezmos de todos sus bienes. Porque [] «el rescate de la vida del hombre son sus riquezas.» Tú te unes al diablo en jactancia, «Subiré sobre las estrellas, colocaré mi trono en el cielo, y seré semejante al Altísimo.» David dice, «Mis lomos están llenos de ilusiones»; y «Mis llagas hieden y están corrompidas a causa de mi necedad»; y «No entres en juicio con tu siervo»; y «A tu vista ningún viviente será justificado.» Tú te jactas de ser santo, inocente y puro, y extiendes manos limpias a Dios. Y no te contentas con gloriarte en todas tus obras, a menos que digas que eres puro de todo pecado de palabra; y nos dices cuán justos, cuán inmaculados, cuán libres de toda falsedad son tus labios. El Salmista canta, «Todo hombre es mentiroso»; y esto es apoyado por la autoridad: «Para que Dios sea veraz,» dice San Pablo, [] «y todo hombre mentiroso»; y sin embargo tienes labios justos, inmaculados y libres de toda falsedad. Isaías se lamenta, diciendo, [] «¡Ay de mí! Porque estoy perdido, pues soy hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros»; y después uno de los serafines trae un carbón encendido, tomado con las tenazas, para purificar los labios del profeta, porque no era, según el tenor de tus palabras, arrogante, sino que confesaba sus propias faltas. Así como leemos en los Salmos, «¿Qué se te dará, y qué más se hará contigo a causa de la lengua engañosa? Flechas agudas de valiente, con brasas devastadoras.» Y después de toda esta hinchazón de orgullo, y de jactancia en la oración, y de confianza en tu santidad, como un necio que intenta persuadir a otro, terminas con las palabras «Estos labios con los que derramo mi súplica para que tengas piedad de mí.» Si eres santo, si eres inocente, si estás limpio de toda impureza, si no has pecado ni de palabra ni de obra— aunque Santiago dice, [] «El que no ofende de palabra es hombre perfecto,» y «Nadie puede domar la lengua» —¿cómo es que pides misericordia? De modo que, en verdad, te lamentas y derramas oraciones porque eres santo, puro e inocente, hombre de labios inmaculados, libre de toda falsedad, y dotado de un poder semejante al de Dios. Cristo oró así en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de salvarme?» Y, de nuevo, [] «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu,» y [] «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Y este es el que, dando gracias por nosotros, había dicho, [] «Te confieso, Padre, Señor del cielo y de la tierra.»
    Comentario editorial · La carta «a cierta viuda»
    Jerónimo reprocha a Pelagio una oración que este habría enseñado en una carta «a cierta viuda» («Tú sabes, Señor, cuán santas… son las manos que extiendo hacia ti») y la compara con la del fariseo de Lucas 18:11. El NPNF identifica a la viuda como Juliana, madre de Demetria, a quien Jerónimo escribió la Carta 130 sobre cómo conservar la virginidad; remite a Agustín, De gestis Pelagii § 16, y dice que la carta de Pelagio a Demetria se encuentra en las obras de Jerónimo («ed. Vall.», vol. XI, col. 15). Lo que se lee aquí es la cita y el reproche de Jerónimo, no la carta.

    III, 15

    15. Nuestro Señor instruyó de tal modo a sus Apóstoles que, diariamente en el sacrificio de su cuerpo, los creyentes se atreven a decir, «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre»; desean ardientemente que el nombre de Dios, que en sí mismo es santo, sea santificado en ellos; tú dices, «Tú sabes, Señor, cuán santas, cuán inocentes y cuán puras son mis manos.» Luego dicen: «Venga tu reino,» anticipando la esperanza del reino futuro, para que, cuando Cristo reine, el pecado de ningún modo reine en su cuerpo mortal, y a esto unen las palabras, «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»; para que la debilidad humana imite a los ángeles, y la voluntad de nuestro Señor se cumpla en la tierra; tú dices, «El hombre puede, si quiere, estar libre de todo pecado.» Los Apóstoles pedían el pan de cada día, o el pan mejor que todo alimento, que había de venir, para ser dignos de recibir el cuerpo de Cristo; y a ti te lleva tu exceso de santidad y tu justicia bien establecida a reclamar con audacia los dones celestiales. Viene después, «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Apenas salen de la fuente bautismal, y al nacer de nuevo e incorporarse a nuestro Señor y Salvador cumplen así lo que de ellos está escrito, «Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas y cuyos pecados son cubiertos,» cuando en la primera comunión del cuerpo de Cristo dicen, «Perdónanos nuestras deudas,» aunque estas deudas ya les habían sido perdonadas en su confesión de Cristo; pero tú, en tu orgullo arrogante, te jactas de la limpieza de tus santas manos y de la pureza de tu lenguaje. Por completa que sea la conversión de un hombre, y por perfecta que sea su posesión de la virtud después de un tiempo de pecados y faltas, ¿pueden tales personas estar tan libres de culpa como quienes acaban de salir de la fuente de Cristo? Y sin embargo a estos últimos se les manda decir, «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores»; no con espíritu de falsa humildad, sino porque temen la fragilidad humana y sienten temor ante su propia conciencia. Dicen, «No nos dejes caer en tentación»; tú y Joviniano os unís para decir que quienes con plena fe han sido bautizados no pueden ser tentados más ni pecar. Finalmente, añaden, «Mas líbranos del maligno.» ¿Por qué piden al Señor lo que ya tienen por el poder del libre albedrío? Oh hombre, ahora has quedado limpio en el lavacro, y de ti se dice, «¿Quién es esta que sube toda blanca, recostada sobre su amado?» La esposa, por tanto, queda lavada, pero no puede conservar su pureza si no es sostenida por el Señor. ¿Cómo es que anhelas ser librado por la misericordia de Dios, tú que hace tan poco fuiste liberado de tus pecados? La única explicación es el principio por el cual sostenemos que, cuando hemos hecho todo, debemos confesar que somos siervos inútiles.

    III, 16

    16. Así, pues, tu oración supera el orgullo del fariseo, y quedas condenado al compararte con el publicano. Él, de pie a lo lejos, no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo, [] «Dios, sé propicio a mí, pecador.» Y en esto se funda la declaración de nuestro Señor, «Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.» Los Apóstoles son humillados para ser ensalzados. Tus discípulos son ensalzados para caer. En tu adulación de la viuda antes mencionada no te avergüenzas de decir que la piedad tal como se encuentra en la tierra, y la verdad que en todas partes es extranjera, habían hecho morada con ella con preferencia a todos los demás. No recuerdas las conocidas palabras, [] «Oh pueblo mío, los que te llaman bienaventurado te hacen errar, y destruyen las sendas de tus pies»; y expresamente la alabas y dices, «Feliz más allá de todo pensamiento eres tú. ¡Cuán bienaventurada! Si la justicia, que se cree que ahora no está en ninguna parte sino en el cielo, se encuentra contigo sola en la tierra.» ¿Es esto enseñar o matar? ¿Es levantar de la tierra o arrojar desde el cielo, atribuir a una pobre criatura de mujer lo que los ángeles no se atreverían a arrogarse? Si la piedad, la verdad y la justicia no se encuentran en la tierra en ninguna parte sino en una sola mujer, ¿dónde hallaremos a tus justos seguidores, que, según te jactas, son impecables en la tierra? Estos dos capítulos sobre la oración y la alabanza tú y tus discípulos soléis jurar que no son vuestros, y sin embargo tu brillante estilo se ve con tanta claridad en ellos, y la elegancia de tu dicción ciceroniana es tan marcada que, aunque te pavoneas con el paso lento de una tortuga, no tienes valor para reconocer lo que enseñas en privado y pones a la venta. ¡Hombre feliz! Cuyos libros nadie copia sino tus propios discípulos, de modo que todo lo que parezca inaceptable puedas sostener que no es tuyo, sino obra de otro. Y ¿dónde está el hombre con capacidad bastante para imitar el encanto de tu lenguaje?

    III, 17

    17. C. Ya no puedo diferirlo más; mi paciencia está completamente vencida por tus inicuas palabras. Dime, por favor, qué pecado han cometido los niños pequeños. Ni la conciencia del mal ni la ignorancia pueden imputarse a quienes, según el profeta Jonás, no saben distinguir su mano derecha de su izquierda. No pueden pecar, y pueden perecer; sus rodillas son demasiado débiles para caminar, emiten gritos inarticulados; nos reímos de sus intentos de hablar; y, entretanto, ¡pobres desdichados! Los tormentos de la miseria eterna están preparados para ellos.
    A. ¡Ah! Ahora que tus discípulos se han convertido en maestros, comienzas a ser fluido, por no decir elocuente. Antonio, excelente orador, cuyas alabanzas proclama Tulio en voz alta, dice que había visto a muchos hombres de palabra fácil, pero hasta entonces nunca a un orador elocuente; así que no me entretengas con flores de oratoria que no han crecido en tu propio jardín, y con las que suelen halagarse los oídos de la inexperiencia y de la niñez, sino dime claramente lo que piensas.
    C. Lo que digo es esto: al menos debes admitir que no tienen pecado quienes no pueden pecar.
    A. Lo admitiré, si han sido bautizados en Cristo; y si no me obligas entonces inmediatamente a aceptar tu opinión de que un hombre puede estar sin pecado si quiere; pues ellos no tienen ni el poder ni la voluntad; sino que están libres de todo pecado por la gracia de Dios, que recibieron en su bautismo.
    C. Me obligas a hacer una observación odiosa y a preguntar: ¿pues qué pecado han cometido? Para que al punto me hagan apedrear en algún tumulto popular. No tienes poder para matarme, pero ciertamente tienes la voluntad.
    A. Mata a un hereje quien le permite ser hereje. Pero cuando lo reprendemos le damos vida; puedes morir a tu herejía, y vivir para la fe católica.
    C. Si sabes que somos herejes, ¿por qué no nos acusas?
    A. Porque el [] Apóstol me enseña a evitar al hereje después de una y otra amonestación, no a acusarlo. El Apóstol sabía que tal persona es perversa y se condena a sí misma. Además, sería el colmo de la locura hacer depender mi fe del juicio de otro hombre. Pues suponiendo que alguien te llamara católico, ¿he de asentir de inmediato? Quien te defiende, y dice que rectamente sostienes tus opiniones perversas, no logra rescatarte de la infamia, sino que se acusa a sí mismo de perfidia. Tus numerosos partidarios jamás probarán que eres católico, sino que mostrarán que eres hereje. Pero yo quisiera que tales opiniones como estas fueran suprimidas por la autoridad eclesiástica; de lo contrario estaremos en el caso de quienes muestran un cuadro espantoso a un niño que llora. Que el temor de Dios nos conceda esto: despreciar todos los demás temores. Por tanto, o defiende tus opiniones, o abandona lo que no puedes defender. Quienquiera que sea llamado a defenderte debe ser inscrito como partidario, no como abogado.

    III, 18

    18. C. Dime, por favor, y líbrame de todas las dudas, por qué son bautizados los niños pequeños.
    A. Para que sus pecados les sean perdonados en el bautismo.
    C. ¿De qué pecado son culpables? ¿Cómo puede ser liberado quien no está atado?
    A. ¡Me preguntas! La trompeta del Evangelio responderá, el maestro de los gentiles, el vaso de oro que resplandece por todo el mundo: [] «La muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no pecaron a semejanza de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.» Y si objetas que se habla de algunos que no pecaron, debes entender que no pecaron del mismo modo que Adán, transgrediendo el mandato de Dios en el Paraíso. Pero todos los hombres están sujetos a responsabilidad, ya sea por causa de su antiguo padre Adán, ya por causa propia. El que es niño queda liberado en el bautismo de la cadena que ataba a su padre. El que tiene edad suficiente para tener discernimiento es liberado de la cadena de su propio pecado o del ajeno por la sangre de Cristo. No debes considerarme hereje porque sostenga esta opinión, pues el bienaventurado mártir Cipriano, cuyo rival te jactas de ser en la clasificación de las pruebas de la Escritura, en la epístola dirigida al obispo Fido sobre el bautismo de los niños habla así: «Además, si aun los peores delincuentes, y quienes antes del bautismo pecan mucho contra Dios, una vez que creen reciben el don de la remisión de los pecados, y a nadie se aparta del bautismo y de la gracia, ¿cuánto más no debe apartarse del bautismo a un niño, dado que, apenas nacido, no ha cometido pecado? Solo, al nacer según la carne entre los hijos de Adán, ha incurrido en la mancha de la muerte antigua por su primer nacimiento. Y es tanto más fácilmente admitido a la remisión de los pecados por el hecho mismo de que no se le perdonan sus propios pecados, sino los de otro. Y así, queridísimo hermano, fue nuestra decisión en concilio que a nadie debe apartársenos del bautismo y de la gracia de Dios, que es misericordioso para con todos, y benigno, y bueno. Y aunque esta regla debe observarse y guardarse con respecto a todos, ten presente que tanto más debe observarse con respecto a los mismos niños y a los recién nacidos, pues mayores derechos tienen a nuestra ayuda para obtener la misericordia divina, porque sus llantos y lágrimas desde el mismo nacer son una oración perpetua.»

    III, 19

    19. Aquel santo varón y elocuente obispo Agustín escribió no hace mucho a Marcelino (el mismo que después, aunque inocente, fue ejecutado por herejes con el pretexto de haber participado en la tiranía de Heracliano) dos tratados sobre el bautismo de los niños, en contra de vuestra herejía que sostiene que los niños no son bautizados para remisión de los pecados, sino para ser admitidos en el reino de los cielos, conforme a lo que está escrito en el Evangelio, [] «A menos que un hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos.» Dirigió, además, un tercero al mismo Marcelino, contra los que dicen como vosotros, que un hombre puede estar libre de pecado, si así lo elige, sin la ayuda de Dios. Y, recientemente, un cuarto a Hilario contra esta doctrina vuestra, que está llena de perversidad. Y se dice que tiene otros en el yunque con especial atención a vosotros, que aún no han llegado a mis manos. Por lo cual, creo que debo abandonar mi tarea, por temor a que se me arrojen las palabras de Horacio, «No lleves leña al bosque.» Pues o debemos decir lo mismo que él dice, y eso sería superfluo; o, si quisiéramos decir algo nuevo, encontraríamos que nuestros mejores puntos han sido anticipados por aquel espléndido ingenio. Una cosa diré, y así termino mi discurso: que debéis o darnos un nuevo credo, para que, después de bautizar a los niños en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, podáis bautizarlos en el reino de los cielos; o, si tenéis un solo bautismo tanto para los niños como para las personas de edad madura, se sigue que también los niños deben ser bautizados para remisión de los pecados, a semejanza de la transgresión de Adán. Pero si pensáis que la remisión de los pecados ajenos implica injusticia, y que no tiene necesidad de ella quien no pudo pecar, pasad a Orígenes, vuestro favorito especial, que dice que las antiguas ofensas cometidas mucho antes en los cielos son desatadas en el bautismo. Entonces no solo seréis guiados por su autoridad en otras materias, sino que también seguiréis su error en esto.
    Comentario editorial · Los escritos de Agustín y la suerte de Marcelino
    Jerónimo enumera cuatro obras de Agustín. El NPNF las identifica así: Sobre los méritos y la remisión de los pecados y el bautismo de los niños, en tres libros, el primero de sus tratados antipelagianos, escrito a petición de su amigo Marcelino; Sobre el espíritu y la letra, dirigido también a Marcelino, que encontraba dificultad en la postura de Agustín sobre la ausencia de pecado; y Sobre la naturaleza y la gracia, a Hilario, de comienzos de 415, de quien el NPNF dice que es discutido si fue el que llegó a obispo de Arlés en 429. Sobre Marcelino, comisionado imperial en la conferencia de Cartago de 411, las fuentes difieren: según el NPNF fue ejecutado en 414; según Wikipedia, el 13 de septiembre de 413, y rehabilitado al año siguiente.
    Comentario editorial · Las ofensas «cometidas en los cielos»
    Jerónimo cierra remitiendo a Orígenes, según el cual las «antiguas ofensas cometidas mucho antes en los cielos» se desatan en el bautismo. El NPNF explica que Orígenes sostuvo la preexistencia de las almas, dotadas de libre albedrío, y suponía que su condición en este mundo era resultado de su conducta en aquel estado de prueba anterior. La referencia enlaza con el Prólogo: según el editor, ya en la Carta 133 Jerónimo unía a Pelagio con el origenismo y con Rufino. Wikipedia atribuye a Evagrio de Ibora, al que Jerónimo nombra en el Prólogo, el desarrollo de esas especulaciones origenistas sobre la preexistencia.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Jerónimo no desarrolla aquí una doctrina del pecado ni de la gracia: responde a una tesis con otra, y la suya es que ningún santo de la Escritura aparece sin falta y que todo cuanto el hombre hace bien necesita la ayuda de Dios. El editor del NPNF recoge la observación de que pasajes como I, 5, II, 6–30 y III, 1 permitirían decir que su autor, sin darse cuenta, se inclinaba a las posiciones de Pelagio, y que es un «sinergista» y no, como Agustín, un predestinacionista consecuente; juzga, con todo, que el diálogo es claro en conjunto y una aportación sustancial al conocimiento de la controversia.
    Según los Prolegómenos, la obra hizo de Jerónimo el jefe del partido ortodoxo en Oriente y el blanco de la enemistad de sus adversarios. Una turba de monjes pelagianos atacó los monasterios de Belén en 416–417, mató a algunos de sus moradores y quemó o derribó los edificios, salvo la torre en que se refugió Jerónimo; una carta enérgica del papa Inocencio detuvo la violencia. Los mismos Prolegómenos añaden que sus argumentos no produjeron mucho efecto en Oriente.
    Quedan abiertas varias cuestiones que esta edición no resuelve. La fecha: 417 según la introducción del NPNF y 416 según su lista de obras y su cronología. El sínodo de Diospolis: 416 para el NPNF y diciembre de 415 para Wikipedia. Y, sobre todo, el texto mismo: el libro II y el final del I solo se leen aquí en el resumen del editor inglés, de modo que no se puede juzgar desde esta traducción cuánto de aquella cadena de textos era de Jerónimo y cuánto del editor.
    Límites. Esta edición no examina el latín: toma el texto y la autoría de las fuentes que cita, y cuando difieren dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Entre sus defectos están la pérdida del número inicial de III, 5 y III, 6 y algunos nombres propios castellanizados de forma poco habitual, como «Fido» para el obispo al que escribe Cipriano sobre el bautismo de los niños (el inglés dice Fidus).
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra