Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 21 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minEl paseo por la playa de Ostia (Cap. 1–4)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 6
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 13
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 7 minEntre los dos discursos (Cap. 14–15)
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 17
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 8 minResponde Octavio: los dioses de los paganos (Cap. 20–25)
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 22
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 24
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minResponde Octavio: auspicios, oráculos y demonios (Cap. 26–27)
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minResponde Octavio: las acusaciones contra los cristianos (Cap. 28–32)
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 32
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 34
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 36
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 38
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 3 minLo que dejó el diálogo

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — APOLOGÉTICA LATINA

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Minucio Félix

    Octavio

    Texto base: versión inglesa de Robert Ernest Wallis, Ante-Nicene Fathers, vol. 4 (Buffalo, 1885), «The Octavius of Minucius Felix» · cuarenta y un capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del latín, y sin traductor humano

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 126 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Puede un romano culto tomar en serio una religión de gente sin letras? Según este diálogo, tres amigos pasean al amanecer por la playa de Ostia. Uno de ellos, Cecilio, envía un beso a una imagen de Serapis; Octavio, el cristiano, se lo reprocha a Minucio, que lo llevaba de compañero, y Cecilio propone discutir. Minucio se sienta en medio, como árbitro. Cecilio habla primero (Cap. 5–13): duda de que pueda saberse algo seguro de los dioses, defiende la religión de los antepasados como la que dio el imperio a Roma y repite lo que se cuenta de los cristianos. Octavio responde (Cap. 16–38) y, al terminar, Cecilio se da por vencido (Cap. 40). Es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Robert Ernest Wallis, impresa en las «Ante-Nicene Fathers» (1885); no se hizo sobre el latín.

    Ficha de la obra

    AutorMarco Minucio Félix, abogado insigne de Roma según Jerónimo (De viris illustribus 58) y de buen nombre entre los abogados según Lactancio (Instituciones divinas V, 1). De su vida se sabe casi solo lo que dicen ellos y lo que deja ver el diálogo; Wikipedia reconoce que de su historia personal no se sabe nada
    TítuloOctavio (en latín, Octavius), título con que lo citan Lactancio y Jerónimo
    FechaDiscutida. La Catholic Encyclopedia (Lejay) la sitúa entre 160 y 300 sin fecha exacta; Wikipedia, entre 150 y 270; Hardwick (citado por el Tertullian Project), entre c. 160 y c. 250; la nota del editor del ANF pone 210. Wallis, el traductor, la sitúa hacia 166 o a comienzos del siglo III según quién copiara a quién (véase la nota del Cap. 9). Esta edición no la fija
    GéneroDiálogo en prosa latina, con marco narrativo, dos discursos y un desenlace, a la manera de Cicerón (nota del Cap. 4). Según Lejay, se dirige a lectores cultos y escépticos
    Estado del textoUn solo manuscrito del siglo IX (Codex Parisinus Latinus 1661, París), en que figura como libro VIII de Contra los gentiles de Arnobio; así se imprimió al principio, y solo en 1560 Balduino lo restituyó a Minucio. Wallis advierte que el texto es incierto y a veces corrupto
    ExtensiónCuarenta y un capítulos del ANF, unas 19 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 4, tal como la recoge New Advent
    Quién habla. En un diálogo conviene saber quién tiene la palabra. Los capítulos son los del ANF.
    CapítulosVoz
    1–2Minucio narra: recuerda a Octavio y cuenta el viaje a Ostia
    3–4Minucio narra el paseo. Al comienzo del 3 Octavio le reprocha el gesto de Cecilio; en el 4 Cecilio pide discutir y, al final, empieza su discurso
    5–13Cecilio
    14–15Cecilio y Minucio cruzan unas réplicas; Minucio pide que se oiga a Octavio
    16–38Octavio
    39Minucio narra el silencio de Cecilio y el suyo
    40Cecilio, que se da por vencido (la primera frase es de Minucio)
    41Minucio, y la despedida
    El recorrido es el de la obra. Cecilio ataca por tres lados: no puede saberse nada seguro de lo divino y menos aún los cristianos, que son gente sin letras (Cap. 5, 12–13); Roma debe su grandeza a la religión y a los augurios de sus mayores (Cap. 6–7); y los cristianos son gente oculta de la que se cuentan crímenes (Cap. 8–12). Octavio responde punto por punto, aunque no en el mismo orden: el orden del mundo muestra a un solo Dios (Cap. 16–19), los dioses fueron hombres y sus ritos lo delatan (Cap. 20–25), los oráculos son obra de demonios (Cap. 26–27), las historias sobre los cristianos son calumnias (Cap. 28–32), y el fin del mundo, el destino y la constancia de los mártires cierran el discurso (Cap. 33–38). Acusaciones del mismo repertorio (ateísmo, canibalismo, incesto) contestó en griego Atenágoras y, en latín, Tertuliano; el compendio sobre los apologetas del siglo II las reúne.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que se imprimió en el volumen 4 de las Ante-Nicene Fathers (ANF), la edición estadounidense de la Ante-Nicene Christian Library de Edimburgo: Fathers of the Third Century: Tertullian, Part Fourth; Minucius Felix; Commodian; Origen, Parts First and Second, editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe y publicado en Buffalo en 1885 por la Christian Literature Publishing Co. (New Advent; CCEL). Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    El traductor de la versión inglesa es el reverendo Robert Ernest Wallis, doctor en filosofía: CCEL lo indica en el encabezado («Translated by the Rev. Robert Ernest Wallis, Ph.D.») y New Advent en su pie de página, de modo que las dos fuentes coinciden. Una nota del ANF lo describe, según la edición de Edimburgo, como «Senior Priest-Vicar of Wells Cathedral, and incumbent of Christ Church, Coxley, Somerset». El volumen antepone al texto una nota introductoria del editor norteamericano, que fecha la obra en 210, y un «Prefatory Notice» de Wallis, procedente de la edición de Edimburgo, con los datos del manuscrito y de la discusión sobre la fecha. El inglés de partida coincide, palabra por palabra salvo seis variantes de grafía y de léxico (colour/color, defence/defense, suffer/allow, dreamest/dreams), con el que ofrece New Advent, revisado y editado, según su pie de página, por Kevin Knight, que moderniza el del ANF (you are donde el ANF trae thou art). La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división en cuarenta y un capítulos y el «argumento» que encabeza cada uno proceden del ANF; no son de Minucio. La numeración coincide con la del texto latino de The Latin Library, salvo en dos puntos que se han comprobado: el último capítulo latino (40) está partido en dos (40 y 41), y entre los Cap. 21 y 24 los pasajes van en otro orden que en ese texto latino, de modo que en esa zona conviene cotejar por el contenido y no por el número. Los títulos de grupo («Habla Cecilio», «Responde Octavio»…) son del editor de este libro, no del ANF ni de Minucio; sirven para orientarse. Las dos notas que el epub trae tras los Cap. 18 y 34 («el relincho de los caballos» y «de la nada») son las Elucidaciones II y III del editor norteamericano del ANF: van como otra voz, con su atribución, y no son de Minucio. El epub no trae las notas de Wallis ni el resto de las del editor, y cierra con un artículo ajeno a la obra, sobre Moisés de Corene, que no se publica aquí. Dos nombres del inglés difieren del latín de The Latin Library: «Sóstenes» (Cap. 26; el latín lee Hostanes, y una nota del ANF lo registra) y «Zeuxipo» (Cap. 19; el ANF imprime Xeuxippus, el latín Speusippum).
    Defectos de la traducción automática, que se conservan. En el Cap. 21 el castellano dice «los galos» donde el inglés dice the Galli, los sacerdotes de Cibeles (aviso antes del Cap. 21); en el Cap. 30 deja gali sin traducir (allí sí son los galos); en el Cap. 9 forja «Cirtés» para Cirtensian, el natural de Cirta (explicado en la nota de ese capítulo). El texto no se ha retocado.

    El paseo por la playa de Ostia (Cap. 1–4)

    Capítulo 1

    Argumento: Minucio relata cuán grato le es el recuerdo de lo que le aconteció con Octavio cuando estuvo unido a él en Roma, y especialmente de esta disputa.

    Cap. 1

    Cuando considero y repaso mentalmente el recuerdo de Octavio, mi dulcísimo y fidelísimo compañero, la suavidad y el encanto del hombre se me apegan de tal manera, que me parece, en cierto modo, volver a los tiempos pasados, y no solo evocar en mi memoria cosas que hace mucho acontecieron y ya pasaron. Así, en la medida en que la contemplación real de él se retira de mis ojos, queda ligada a mi corazón y a mis sentimientos más íntimos. Y no sin razón aquel varón insigne y santo, al partir de esta vida, me dejó un pesar sin límites, tanto más cuanto que él también siempre ardió en tal amor hacia mí que, ya en los entretenimientos, ya en los negocios, concordaba conmigo en identidad de voluntad, gustando o disgustando de las mismas cosas. Creerías que una sola mente había sido repartida entre los dos. Así, él solo fue el confidente de mis amores, el compañero de mis errores; y cuando, disipada la tiniebla, salí del abismo de las tinieblas a la luz de la sabiduría y de la verdad, no desechó a su compañero, sino —lo que es aún más glorioso— lo aventajó. Y así, cuando mi pensamiento recorría todo el tiempo de nuestra intimidad y amistad, la atención de mi mente se fijó principalmente en aquel discurso suyo, en el cual, con argumentos de gran peso, convirtió a Cecilio, que aún se aferraba a las vanidades supersticiosas, a la verdadera religión.

    Capítulo 2

    Argumento: La llegada de Octavio a Roma durante las fiestas públicas fue muy grata a Minucio. Ambos deseaban ir a los baños marinos de Ostia, con Cecilio como compañero asociado de Minucio. En su camino juntos hacia el mar, Cecilio, al ver una imagen de Serapis, alza la mano a la boca y la adora.

    Cap. 2

    Pues, por causa de sus negocios y para visitarme, Octavio se había apresurado a venir a Roma, dejando su casa, su esposa, sus hijos y aquello que en los hijos es más atractivo, mientras sus inocentes años apenas ensayan palabras a medio pronunciar, lenguaje tanto más dulce por la misma imperfección de la lengua balbuciente. Y ante esta llegada suya no puedo expresar con palabras con cuán grande y cuán impaciente gozo me regocijé, pues la presencia inesperada de un hombre tan querido aumentó en gran manera mi alegría. Por tanto, al cabo de uno o dos días, cuando el frecuente disfrute de nuestra continua compañía hubo saciado el anhelo del afecto, y cuando por mutuas narraciones supimos todo lo que ignorábamos el uno del otro a causa de la separación, convinimos en ir a aquella gratísima ciudad de Ostia, para que mi cuerpo hallara un remedio suave y apropiado que secara sus humores con los baños marinos, sobre todo porque las vacaciones de los tribunales en tiempo de vendimia me habían liberado de mis cuidados. Pues en aquel tiempo, después de los días de verano, la estación otoñal tendía a una temperatura más suave. Y así, cuando al amanecer íbamos hacia el mar a lo largo de la orilla (del Tíber), para que el aire que respirábamos refrescara suavemente nuestros miembros y la arena blanda se hundiera bajo nuestros pasos ligeros con sumo placer, Cecilio, al ver una imagen de Serapis, alzó la mano a la boca, como es costumbre de la plebe supersticiosa, y con los labios imprimió un beso sobre ella.
    Comentario editorial · Ostia y el beso a Serapis
    Ostia era el puerto de Roma en la desembocadura del Tíber, a unos 25 km al suroeste de la ciudad (Wikipedia). Minucio dice que los amigos van allí a tomar los baños de mar, porque los tribunales vacaban «en tiempo de vendimia» (Cap. 2). Serapis, ante cuya imagen Cecilio lleva la mano a los labios, era un dios grecoegipcio que Ptolomeo I Sóter difundió en el siglo III a. C. para unir a griegos y egipcios; con el Imperio su culto creció, y en Roma se veneraba en el Iseum Campense (Wikipedia). Minucio llama al gesto «costumbre de la plebe supersticiosa», y Octavio lo toma en el Cap. 3 como un reproche a Minucio por dejar que su compañero lo haga. Serapis vuelve a salir entre los dioses que Octavio desacredita (Cap. 21, 27 y 28).

    Capítulo 3

    Argumento: Octavio, disgustado por el acto de aquel hombre supersticioso, reprocha con dureza a Minucio, fundándose en que la deshonra de aquella mala acción recae no menos sobre él, como anfitrión de Cecilio, que sobre Cecilio.

    Cap. 3

    Entonces dijo Octavio: «No es propio de un buen hombre, hermano mío Marco, abandonar de tal modo a quien permanece a tu lado dentro y fuera de casa, en esta ceguera de la ignorancia vulgar, que consientas que, en plena luz del día como esta, se entregue a piedras, por más que estén talladas en imágenes, ungidas y coronadas; pues sabes que la deshonra de este error suyo redunda no menos en tu descrédito que en el suyo.» Con este discurso suyo recorrimos la distancia entre la ciudad y el mar, y ya caminábamos por la amplia y abierta orilla. Allí la ola, apenas ondeando, iba alisando las arenas de la orilla como si las allanase para un paseo; y como el mar está siempre inquieto, aun cuando los vientos amainan, subía a la playa, si no con olas crestadas y espumosas, sí con olas rizadas y encrespadas. Entonces nos deleitamos sobremanera con sus caprichos, pues en el umbral mismo del agua mojábamos las plantas de los pies, y ella, acercándose alternativamente, se rompía contra nuestros pies, y luego la ola, retirándose y desandando su curso, se sorbía a sí misma. Y así, avanzando lenta y silenciosamente, seguíamos la costa de la orilla suavemente curvada, entreteniendo el camino con relatos. Estos relatos los hacía Octavio, que disertaba sobre la navegación. Mas cuando hubimos ocupado en la plática un tiempo suficientemente razonable de nuestro paseo, desandando el mismo camino, volvimos a pisar la senda con pasos invertidos. Y al llegar a aquel lugar donde las pequeñas naves, sacadas a tierra sobre un armazón de roble, descansaban sostenidas por encima del (riesgo de) pudrirse en el suelo, vimos a unos niños gesticular con avidez mientras jugaban a lanzar conchas al mar. Este juego es: elegir de la orilla una concha, pulida y alisada por el vaivén de las olas; tomar la concha en posición horizontal con los dedos; hacerla girar inclinada y lo más bajo posible sobre las olas, de modo que, al lanzarla, o bien roza el lomo de la ola, o bien nada mientras se desliza con suave impulso, o bien salta al hender la cresta de las olas y se eleva como levantada por repetidos saltos. Aquel muchacho se proclamaba vencedor cuya concha llegaba más lejos y saltaba con mayor frecuencia.

    Capítulo 4

    Argumento: Cecilio, algo apenado por aquella suerte de reprensión que Minucio había tenido que soportar de Octavio por su causa, pide discutir con Octavio sobre la verdad de su religión. Octavio, con su compañero, consiente, y Minucio se sienta en medio, entre Cecilio y Octavio.

    Cap. 4

    Y así, mientras todos estábamos entregados al disfrute de aquel espectáculo, Cecilio no prestaba atención ni reía ante la contienda; sino que, silencioso, inquieto, apartado a un lado, confesaba con su semblante que se afligía por no sé qué. A quien yo dije: «¿Qué te sucede? ¿Por qué no reconozco, Cecilio, tu acostumbrada vivacidad? ¿Y por qué busco en vano aquella alegría que es propia de tus miradas aun en los asuntos serios?» Entonces dijo él: «Desde hace un rato me ha irritado y atormentado amargamente el discurso de nuestro amigo Octavio, en el cual, atacándote a ti, te reprochaba tu negligencia, para, al amparo de esa acusación, condenarme a mí más gravemente por mi ignorancia. Por tanto, iré más adelante: el asunto está ahora entera y completamente entre Octavio y yo. Si él está dispuesto a que yo, hombre de aquel modo de pensar, dispute con él, en seguida percibirá que es más fácil sostener una conversación entre camaradas que trabar un combate reñido al modo de los filósofos. Sentémonos en aquellas barreras rocosas que están levantadas allí para protección de los baños y que se adentran mucho en lo profundo, a fin de que podamos a la vez descansar del camino y disputar con mayor atención.» Y a su palabra nos sentamos, de modo que, cubriéndome por uno y otro lado, me resguardaban en medio de los tres. Y no fue esto cuestión de observancia, ni de rango, ni de honor, porque la amistad siempre recibe o hace iguales; sino para que, como árbitro y estando cerca de ambos, prestara yo atención y, puesto en medio, separara a los dos. Entonces Cecilio comenzó así:—
    Comentario editorial · Un diálogo a la manera de Cicerón
    Minucio se sienta «en medio» para actuar de «árbitro» (Cap. 4), y la obra está pensada como los diálogos de Cicerón. Según la Catholic Encyclopedia (Lejay), el plan es el del De natura deorum, en que Cecilio hace el papel de Cota. En el diálogo de Cicerón (45 a. C.), cuenta Wikipedia, el epicúreo Veleyo, el estoico Balbo y el académico escéptico Cota exponen su teología mientras Cicerón escucha y narra; no hay vencidos: Veleyo da la razón a Cota, y a Cicerón le parece más probable lo de Balbo. Beaujeu, citado por el Tertullian Project, señala la deuda con esa obra en la forma y el contenido de los Cap. 5, 17, 18 y 19. La diferencia está en el final: aquí el escéptico cede (Cap. 40).

    Habla Cecilio (Cap. 5–13)

    Capítulo 5

    Argumento: Cecilio comienza su argumento recordando ante todo que en las cosas humanas todo es dudoso e incierto, y que, por tanto, es lamentable que los cristianos, en su mayor parte personas sin formación y sin letras, se atrevan a determinar con certeza algo acerca del principio de las cosas y de la majestad divina. De ahí argumenta que el mundo no está gobernado por providencia alguna, y concluye que es mejor atenerse a las formas recibidas de religión.

    Cap. 5

    Aunque para ti, hermano mío Marco, no es dudoso el asunto que especialmente investigamos, puesto que, cuidadosamente informado en ambos géneros de vida, has rechazado el uno y asentido al otro, sin embargo en el caso presente tu mente debe estar de tal modo dispuesta que mantengas la balanza de un juez justísimo y no te inclines con preferencia hacia un lado más que hacia otro, no sea que tu decisión parezca no nacer tanto de nuestros argumentos cuanto originarse de tus propias percepciones. Así pues, si juzgas sobre mí, como persona nueva e ignorante de uno y otro lado, no hay dificultad en poner de manifiesto que todas las cosas humanas son dudosas, inciertas e inestables, y que todas son más verosímiles que verdaderas. Por lo cual es menos extraño que algunos, por el cansancio de investigar a fondo la verdad, sucumban temerariamente a cualquier opinión antes que perseverar en explorarla con diligencia persistente. Y de este modo todos los hombres deben indignarse, todos deben dolerse, de que ciertas personas —y éstas sin pericia en las letras, ajenas a la literatura, sin conocimiento siquiera de los oficios viles— se atrevan a determinar con certeza algo acerca de la naturaleza en general y de la majestad (divina), sobre las cuales tantas de la multitud de sectas en todas las edades (aún dudan), y la filosofía misma delibera todavía. Y no sin razón; pues la mediocridad de la inteligencia humana dista tanto (de la capacidad) de la investigación divina, que ni nos es dado conocer, ni nos es lícito buscar, ni es piadoso arrebatar, ni las cosas que están sostenidas en suspenso en el cielo sobre nosotros, ni las que están sumergidas profundamente bajo la tierra; y con razón podemos parecer bastante felices y bastante prudentes si, según aquel antiguo oráculo del sabio, nos conocemos íntimamente a nosotros mismos. Pero aunque nos entreguemos a un trabajo insensato e inútil y vaguemos más allá de los límites propios de nuestra humildad, y aunque, inclinados hacia la tierra, trascendamos con atrevida ambición el cielo mismo y las propias estrellas, al menos no enredemos este error con vanas y espantosas opiniones. Supongamos que las semillas de todas las cosas fueron desde el principio condensadas por una naturaleza que las reúne en sí: ¿qué Dios es aquí el autor? Supongamos que los miembros del mundo entero quedaron unidos, digeridos y formados por concurrencias fortuitas: ¿qué Dios es el artífice? Aunque el fuego haya encendido las estrellas; aunque (la levedad de) su propia materia haya suspendido el cielo; aunque su propia materia haya establecido la tierra por su peso; y aunque el mar haya fluido de la humedad, ¿de dónde esta religión? ¿De dónde este temor? ¿Qué es esta superstición? El hombre, y todo animal que nace, está animado de vida y se nutre, es como una concreción voluntaria de los elementos, en la cual de nuevo el hombre y todo animal se divide, se resuelve y se disipa. Así todas las cosas refluyen a su fuente y se convierten de nuevo en sí mismas, sin artífice alguno, ni juez, ni creador. Así las semillas de los fuegos, reunidas, hacen que otros soles, y luego otros, brillen siempre. Así los vapores de la tierra, exhalados, hacen crecer siempre las nieblas, las cuales, condensadas y reunidas, hacen subir más alto las nubes; y cuando caen, hacen correr las lluvias, soplar los vientos, repiquetear el granizo; o cuando las nubes chocan entre sí, hacen bramar los truenos, enrojecer los relámpagos, brillar los rayos. Por tanto caen en todas partes, se precipitan sobre los montes, hieren los árboles; sin elección alguna, asolan lugares sagrados y profanos; hieren a hombres malvados y, a menudo también, a hombres piadosos. ¿Para qué hablar de tempestades, varias e inciertas, en las que el embate contra todas las cosas anda revuelto sin orden ni distinción? —en los naufragios, que las suertes de buenos y malos se mezclan, sus méritos se confunden?— en los incendios, que la destrucción de inocentes y culpables se une? —y cuando con el contagio pestilente del cielo queda manchada una región, que todos perecen sin distinción? —y cuando el ardor de la guerra arrecia, que son los mejores generalmente los que caen? También en la paz, no solo se pone la maldad al mismo nivel que (la suerte de) los mejores, sino que se la estima de tal modo, que en el caso de muchos no sabes si su depravación debe ser más detestada o su felicidad más deseada. Pero si el mundo estuviera gobernado por la divina providencia y por la autoridad de alguna divinidad, Fálaris y Dionisio no habrían merecido jamás reinar, Rutilio y Camilo no habrían merecido jamás el destierro, Sócrates no habría merecido jamás el veneno. Mirad los árboles frutales, mirad la mies ya blanca, la vendimia ya madura, es destruida por la lluvia, abatida por el granizo. Así, o una verdad incierta se nos oculta y se nos retiene; o, lo que es más digno de creerse, en estos azares varios y caprichosos, la fortuna, sin ley, es la que nos gobierna.

    Capítulo 6

    Argumento: El objeto de todas las naciones, y especialmente de los romanos, al adorar a sus divinidades, ha sido alcanzar para su culto el dominio supremo sobre toda la tierra.

    Cap. 6

    Puesto que, entonces, o la fortuna es cierta o la naturaleza es incierta, ¡cuánto más reverente y mejor es, como sumos sacerdotes de la verdad, recibir la enseñanza de tus antepasados, cultivar las religiones que te han sido transmitidas, adorar a los dioses a quienes primero fuiste adiestrado por tus padres para temerlos más que para conocerlos con familiaridad; no afirmar una opinión acerca de las divinidades, sino creer a tus mayores, quienes, mientras la edad era aún inexperta en los tiempos del nacimiento del mundo mismo, merecieron tener a los dioses ya propicios a ellos, ya como reyes. De ahí, por tanto, vemos a través de todos los imperios, y provincias, y ciudades, que cada pueblo tiene sus ritos nacionales de culto y adora a sus dioses locales: como los eleusinos adoran a Ceres; los frigios, a la Madre; los epidaurios, a Asclepio; los caldeos, a Belo; los sirios, a Astarté; los tauros, a Diana; los galos, a Mercurio; los romanos, a todas las divinidades. Así su poder y autoridad ha ocupado el circuito del mundo entero; así ha propagado su imperio más allá de las sendas del sol y de los confines del océano mismo; en que en sus armas practican un valor religioso; en que fortifican su ciudad con las religiones de los ritos sagrados, con castas vírgenes, con muchos honores y los nombres de los sacerdotes; en que, sitiados y tomados, todo salvo solamente el Capitolio, adoran a los dioses a quienes, airados, cualquier otro pueblo habría despreciado; y a través de las filas de los galos, maravillados de la audacia de su superstición, avanzan desarmados de armas, pero armados con el culto de su religión; mientras que en la ciudad de un enemigo, tomada en medio del furor de la victoria, veneran a las divinidades vencidas; mientras que en todas direcciones buscan los dioses de los extranjeros y los hacen suyos; mientras que erigen altares incluso a divinidades desconocidas y a los Manes. Así, al reconocer las instituciones sagradas de todas las naciones, han merecido también su dominio. De ahí ha continuado el curso perpetuo de su veneración, que no se debilita con el largo transcurso del tiempo, sino que se acrecienta, porque la antigüedad ha acostumbrado atribuir a las ceremonias y a los templos tanta santidad cuanta antigüedad les ha asignado.

    Capítulo 7

    Argumento: Que los auspicios y augurios romanos han sido descuidados con consecuencias funestas, pero observados con buena fortuna.

    Cap. 7

    Ni tampoco por azar (pues me atrevería, mientras tanto, a dar por supuesto el punto en debate, y así errar por el lado seguro) han tenido éxito nuestros antepasados en sus empresas, ya sea por la observancia de los augurios, ya por la consulta de las entrañas, ya por la institución de ritos sagrados, ya por la dedicación de templos. Considera cuál es el registro de los libros. Descubrirás de inmediato que inauguraron los ritos de todas las clases de religiones, o bien para que la indulgencia divina fuese recompensada, o para que la ira amenazante fuese apartada, o para que la cólera ya creciente y rugiente fuese aplacada. Testigo la Madre Idaea, que a su llegada tanto aprobó la castidad de la matrona como libró a la ciudad del temor del enemigo. Testigo las estatuas de los hermanos ecuestres, consagradas tal como se habían mostrado sobre el lago, quienes, con caballos jadeantes, espumosos y humeantes, anunciaron la victoria sobre el persa el mismo día en que la habían obtenido. Testigo la renovación de los juegos de Júpiter ofendido, a causa del sueño de un hombre del pueblo. Y testigo reconocido es la devoción de los Decios. Testigo también Curcio, que llenó la abertura del profundo abismo o con la masa, o con la gloria de su caballería. Además, con más frecuencia de la que hubiéramos querido, los augurios, cuando fueron despreciados, dieron testimonio de la presencia de los dioses: así Alia es un nombre funesto; así la batalla de Claudio y Junio no es una batalla contra los cartagineses, sino un naufragio fatal. Así, para que el Trasimeno se hinchara y se tiñera con la sangre de los romanos, Flaminio despreció los augurios; y para que de nuevo exigiéramos nuestras enseñas a los partos, Craso mereció y se burló de las imprecaciones de las terribles hermanas. Omito las historias antiguas, que son muchas, y paso por alto los cantos de los poetas acerca de los nacimientos, y los dones, y las recompensas de los dioses. Además, me apresuro a pasar por alto los destinos predichos por los oráculos, no sea que la antigüedad te parezca excesivamente fabulosa. Mira los templos y las calles de los dioses con los que la ciudad romana es a la vez protegida y armada: son más augustos por las deidades que los habitan, que están presentes y moran constantemente en ellos, que opulentos por las insignias y los dones del culto. De ahí, por tanto, los profetas, llenos del dios y mezclados con él, recogen de antemano el futuro, dan advertencia para los peligros, medicina para las enfermedades, esperanza para los afligidos, ayuda a los desdichados, consuelo para las calamidades, alivio para los trabajos. Incluso en nuestro reposo vemos, oímos, reconocemos a los dioses, a quienes durante el día impíamente negamos, rechazamos y abjuramos.
    Comentario editorial · Presagios despreciados y derrotas
    Cecilio sostiene que Roma prosperó cuando respetó los presagios y fracasó cuando los despreció. Sus ejemplos: «Alia», el río de la derrota ante los galos (390 a. C. según la tradición, probablemente 387), cuyo aniversario era un día de mal agüero, el dies Alliensis; «Claudio y Junio», en 249 a. C.: Claudio Pulcro perdió su flota en Drépano después de arrojar al mar, según Valerio Máximo, Suetonio y Cicerón, los pollos sagrados que no querían comer, y la de Junio Pullo la destruyeron una tormenta y las naves cartaginesas; Flaminio, derrotado por Aníbal en el Trasimeno (217 a. C.); y Craso, vencido por los partos en Carras (53 a. C.), a cuya partida de Roma, según Wikipedia, el tribuno Ateyo Capitón respondió con un rito público de execración (Cecilio no lo nombra). Octavio devuelve el argumento con otros ejemplos en el Cap. 26.

    Capítulo 8

    Argumento: La temeridad impía de Teodoro, Diágoras y Protágoras no debe ser en absoluto consentida, quienes quisieron o bien deshacerse por completo de la religión de los dioses, o al menos debilitarla. Pero infinitamente menos tolerable es ese pueblo de los cristianos que se oculta y huye de la luz, que rechaza a los dioses y que, temiendo morir después de la muerte, entretanto no temen morir.

    Cap. 8

    Por tanto, puesto que el consentimiento de todas las naciones acerca de la existencia de los dioses inmortales permanece establecido, aunque su naturaleza o su origen sea incierto, no soporto a nadie que se hinche con tanta audacia y con no sé qué sabiduría irreligiosa, que se esfuerce por minar o debilitar esta religión tan antigua, tan útil, tan saludable, aunque sea Teodoro de Cirene, o uno anterior a él, Diágoras el Melio, a quien la antigüedad aplicó el sobrenombre de Ateo— ambos de los cuales, al afirmar que no había dioses, quitaron todo el temor por el que la humanidad es gobernada, y toda veneración absolutamente; sin embargo, nunca prevalecerán en esta disciplina de impiedad, bajo el nombre y la autoridad de su pretendida filosofía. Cuando los atenienses expulsaron a Protágoras de Abdera y en asamblea pública quemaron sus escritos, porque disputó deliberadamente más que profanamente acerca de la divinidad, ¿por qué no es algo lamentable que hombres (pues me soportarás que use bastante libremente la fuerza del alegato que he emprendido)— que hombres, digo, de una facción réproba, ilegal y desesperada, se enfurezcan contra los dioses? Quienes, habiendo reunido de las heces más bajas a los más inexpertos, y a mujeres crédulas y, por la facilidad de su sexo, dóciles, establecen una manada de una conspiración profana, que está ligada por reuniones nocturnas, y ayunos solemnes y comidas inhumanas— no por rito sagrado alguno, sino por aquello que requiere expiación— un pueblo que se oculta y huye de la luz, silencioso en público, pero locuaz en los rincones. Desprecian los templos como casas de muertos, rechazan a los dioses, se ríen de las cosas sagradas; miserables, compadecen, si se les permite, a los sacerdotes; medio desnudos ellos mismos, desprecian los honores y las túnicas de púrpura. ¡Oh, maravillosa locura e increíble audacia! Desprecian los tormentos presentes, aunque temen los inciertos y futuros; y mientras temen morir después de la muerte, no temen morir por el presente: así una esperanza engañosa calma su temor con el solaz de una resurrección.

    Capítulo 9

    Argumento: La religión de los cristianos es necia, en cuanto adoran a un hombre crucificado, e incluso el instrumento mismo de su castigo. Se dice que adoran la cabeza de un asno, e incluso la naturaleza de su padre. Son iniciados mediante la matanza y la sangre de un infante, y en tinieblas desvergonzadas todos se mezclan en una confusión incierta.

    Cap. 9

    Y ahora, como las cosas más malvadas avanzan más fructíferamente, y las costumbres abandonadas se arrastran día a día, esos abominables santuarios de una asamblea impía están madurando por todo el mundo. Seguramente esta confederación debería ser extirpada y execrada. Se conocen unos a otros por marcas e insignias secretas, y se aman casi antes de conocerse. En todas partes también se mezcla entre ellos una cierta religión de lujuria, y se llaman unos a otros promiscuamente hermanos y hermanas, para que incluso un libertinaje no inusual se convierta, por la intervención de ese nombre sagrado, en incestuoso: así su vana e insensata superstición se gloría en los crímenes. Y acerca de estas cosas, no hablaría un informe inteligente de cosas tan grandes y variadas, y que requieren ser precedidas por una disculpa, a menos que la verdad estuviera en el fondo. Oigo que adoran la cabeza de un asno, la más baja de las criaturas, consagrada por no sé qué persuasión tonta— una religión digna y apropiada para tales costumbres. Algunos dicen que adoran las virilia de su pontífice y sacerdote, y adoran la naturaleza, por así decirlo, de su padre común. No sé si estas cosas son falsas; ciertamente la sospecha es aplicable a los ritos secretos y nocturnos; y quien explica sus ceremonias por referencia a un hombre castigado con sufrimiento extremo por su maldad, y al madero mortal de la cruz, asigna altares apropiados para hombres réprobos y malvados, para que adoren lo que merecen. Ahora bien, la historia sobre la iniciación de los jóvenes novicios es tan digna de ser detestada como bien conocida. Un infante cubierto de harina, para engañar a los incautos, es colocado ante aquel que ha de ser manchado con sus ritos: este infante es asesinado por el joven alumno, que ha sido instigado como hacia golpes inofensivos sobre la superficie de la harina, con heridas oscuras y secretas. Sedientos— ¡oh horror!— lamen su sangre; ávidamente despedazan sus miembros. Con esta víctima se comprometen mutuamente; con esta conciencia de maldad se pactan el silencio mutuo. Estos ritos sagrados son más sucios que cualquier sacrilegio. Y de sus banquetes es bien sabido que todos los hombres hablan de ellos en todas partes; incluso el discurso de nuestro Cirtés lo testifica. En un día solemne se reúnen en el festín, con todos sus hijos, hermanas, madres, gente de todo sexo y de toda edad. Allí, después de mucho festejar, cuando la camaradería se ha calentado, y el fervor de la lujuria incestuosa se ha encendido con la embriaguez, un perro atado a la lámpara es provocado, tirando un pequeño trozo de despojo más allá de la longitud de la cuerda con que está atado, a precipitarse y saltar; y así la luz consciente, derribada y extinguida en la oscuridad desvergonzada, las uniones de la lujuria abominable los envuelven en la incertidumbre del destino. Aunque no todos de hecho, sin embargo en conciencia todos son igualmente incestuosos, ya que por el deseo de todos ellos se busca todo lo que puede suceder en el acto de cada individuo.
    Comentario editorial · Frontón, «el Cirtés» y lo que se contaba de los cristianos
    Cecilio no afirma lo que cuenta: «oigo», «algunos dicen», «es bien sabido». Reúne las acusaciones corrientes: la cabeza de asno, la adoración de los genitales del sacerdote, el niño cubierto de harina que el novicio mata sin saberlo y el banquete en que un perro derriba la lámpara y sigue el incesto. Para el banquete invoca «el discurso de nuestro Cirtés»: en inglés our Cirtensian, el natural de Cirta («Cirtés» es invención de la traducción). Una nota del ANF dice que es Frontón de Cirta, y Octavio lo nombra en el Cap. 31: «no presentó testimonio, como quien alega una acusación, sino que esparció reproches como un retórico». Frontón, preceptor de Marco Aurelio, murió, según Wikipedia, a finales de los años 160. Tertuliano trata el mismo repertorio en el Apologético 7–9 y 16.
    Comentario editorial · ¿Quién copió a quién? Minucio y Tertuliano
    Pasajes enteros del Octavio (Cap. 9 y 28–31) se parecen a los del Apologético de Tertuliano (7–9 y 16). Wallis, el traductor, resume la alternativa: si Minucio copió a Tertuliano (cuyo Apologético es de 197 según el Tertullian Project, de hacia 198 según Wallis), escribió a comienzos del siglo III; si Tertuliano copió a Minucio, el Octavio es de hacia 166. Ebert (1868) defendió la prioridad de Minucio; Harnack, la de Tertuliano; la fuente común perdida que propuso Wilhelm (1887) la da por abandonada la Catholic Encyclopedia. El editor norteamericano del ANF se inclina por Tertuliano y fecha la obra en 210. El Tertullian Project dice que hoy se prefiere la fecha tardía, con el argumento filológico a favor, pero que la cuestión sigue abierta. Esta edición no la decide.

    Capítulo 10

    Argumento: Sea lo que sea que adoren los cristianos, se esfuerzan por ocultarlo de todas las maneras: no tienen altares, ni templos, ni imágenes reconocidas. Su Dios, como el de los judíos, se dice que es uno, al cual, aunque no pueden ni ver ni mostrar, sin embargo piensan que es malicioso, inquieto e importunamente inquisitivo.

    Cap. 10

    Paso por alto muchas cosas a propósito, pues las que he mencionado son ya demasiadas; y que todas estas, o la mayor parte de ellas, son verdaderas, lo declara la oscuridad de su vil religión. Pues ¿por qué se esfuerzan con tanto empeño en ocultar y encubrir lo que adoran, ya que las cosas honorables siempre se regocijan en la publicidad, mientras que los crímenes se mantienen secretos? ¿Por qué no tienen altares, no templos, no imágenes reconocidas? ¿Por qué nunca hablan abiertamente, nunca se congregan libremente, sino por la razón de que lo que adoran y ocultan es o bien digno de castigo, o algo de lo que avergonzarse? Además, ¿de dónde o quién es, o dónde está el único Dios, solitario, desolado, a quien ningún pueblo libre, ningún reino, y ni siquiera la superstición romana, han conocido? La solitaria y miserable nacionalidad de los judíos adoraba a un solo Dios, y uno peculiar a sí misma; pero lo adoraban abiertamente, con templos, con altares, con víctimas, y con ceremonias; y él tiene tan poca fuerza o poder, que está esclavizado, con su propia nación especial, a las deidades romanas. Pero los cristianos, además, ¡qué maravillas, qué monstruosidades fingen!— que aquel que es su Dios, a quien ni pueden mostrar ni contemplar, indaga diligentemente en el carácter de todos, los actos de todos, y, en fin, en sus palabras y pensamientos secretos; que corre de un lado a otro, y está en todas partes presente: lo hacen aparecer como molesto, inquieto, incluso desvergonzadamente inquisitivo, ya que está presente en todo lo que se hace, entra y sale en todos los lugares, aunque, estando ocupado con el todo, no puede prestar atención a los particulares, ni puede ser suficiente para el todo mientras está atareado con los particulares. ¿Qué! ¿Porque amenazan con la conflagración de todo el mundo, y del universo mismo, con todas sus estrellas, están meditando su destrucción?— como si el orden eterno constituido por las leyes divinas de la naturaleza fuese perturbado, o la liga de todos los elementos se rompiera, y la estructura celestial se disolviera, y aquella fábrica en la que está contenido y unido fuese derribada.

    Capítulo 11

    Argumento: Además de afirmar la futura conflagración de todo el mundo, prometen después la resurrección de nuestros cuerpos: y a los justos una eternidad de vida muy bienaventurada; a los injustos, de castigo extremo.

    Cap. 11

    Y, no contentos con esta opinión salvaje, le añaden y asocian fábulas de viejas: dicen que resucitarán después de la muerte, y las cenizas, y el polvo; y con no sé qué confianza, creen alternativamente en las mentiras unos de otros: pensarías que ya habían vivido de nuevo. Es un doble mal y una doble locura denunciar la destrucción al cielo y a las estrellas, que dejamos tal como las encontramos, y prometernos eternidad a nosotros mismos, que estamos muertos y extintos— ¡que, como nacemos, así también perecemos! Por esta causa, sin duda, también execran nuestras piras funerarias, y condenan nuestras sepulturas por el fuego, como si todo cuerpo, aunque sea retirado de las llamas, no se resolviera, no obstante, en la tierra por el paso de los años y los siglos, y como si no importara si las fieras desgarraran el cuerpo, o los mares lo consumieran, o el suelo lo cubriera, o las llamas se lo llevaran; ya que para los cadáveres todo modo de sepultura es una pena si la sienten; si no la sienten, en la misma rapidez de su destrucción hay alivio. Engañados por este error, se prometen a sí mismos, como siendo buenos, una vida bienaventurada y perpetua después de su muerte; a otros, como siendo injustos, castigo eterno. Muchas cosas se me ocurren para decir además, si los límites de mi discurso no me apresuraran. Ya he mostrado, y no me tomo más trabajo en probar, que ellos mismos son injustos; aunque, incluso si yo les concediera ser justos, sin embargo tu acuerdo también concurre con las opiniones de muchos, en que la culpa y la inocencia son atribuidas por el destino. Pues todo lo que hacemos, como algunos lo atribuyen al destino, así tú lo refieres a Dios: así, según tu secta, se debe creer que los hombres querrán, no por su propia voluntad, sino como elegidos para querer. Por tanto, finges un juez inicuo, que castiga en los hombres, no su voluntad, sino su destino. Sin embargo, me gustaría ser informado de si resucitáis o no con cuerpos; y si es así, ¿con qué cuerpos— con los mismos o con cuerpos renovados? ¿Sin cuerpo? Entonces, por lo que sé, no habrá ni mente, ni alma, ni vida. ¿Con el mismo cuerpo? Pero este ya ha sido previamente destruido. ¿Con otro cuerpo? Entonces es un hombre nuevo el que nace, no el anterior restaurado; y sin embargo, tanto tiempo ha pasado, innumerables edades han fluido, y ¿qué individuo ha regresado de entre los muertos, ya sea por el destino de Protesilao, con permiso para permanecer siquiera unas pocas horas, o para que lo creamos como ejemplo? Todas esas ficciones de una creencia enfermiza, y vanas fuentes de consuelo, con las que los poetas engañadores han jugueteado en la dulzura de su verso, han sido vergonzosamente remodeladas por vosotros, creyendo sin dudar en vuestro Dios.

    Capítulo 12

    Argumento: Además, lo que sucederá a los propios cristianos después de la muerte, puede anticiparse por el hecho de que incluso ahora están destituidos de todos los medios, y son afligidos con las más pesadas calamidades y miserias.

    Cap. 12

    Ni al menos tomáis experiencia de las cosas presentes, cómo las expectativas infructuosas de una promesa vana os engañan. Considerad, criaturas desdichadas, (por vuestra suerte) mientras aún vivís, lo que os amenaza después de la muerte. He aquí, una parte de vosotros— y, como declaras, la parte mayor y mejor— está en la necesidad, tiene frío, trabaja en dura labor y hambre; y Dios lo sufre, Él finge; Él o no quiere o no puede ayudar a Su pueblo; y así Él es o débil o inicuo. Tú, que sueñas con una inmortalidad póstuma, cuando eres sacudido por el peligro, cuando eres consumido por la fiebre, cuando eres desgarrado por el dolor, ¿no sientes entonces tu condición real? ¿No reconoces entonces tu fragilidad? Pobre desdichado, ¿eres convencido de tu debilidad a regañadientes, y no lo confesarás? Pero omito asuntos que son comunes a todos por igual. Mira, para vosotros hay amenazas, castigos, torturas y cruces; y eso ya no como objetos de adoración, sino como torturas que han de sufrirse; fuegos también, que tanto predices como temes. ¿Dónde está ese Dios que es capaz de ayudaros cuando volvéis a la vida, ya que no puede ayudaros mientras estáis en esta vida? ¿No los romanos, sin ayuda alguna de vuestro Dios, gobiernan, reinan, disfrutan del mundo entero, y tienen dominio sobre vosotros? Pero vosotros entretanto, en suspenso y ansiedad, os abstenéis de disfrutes respetables. No visitáis los espectáculos; no tenéis interés en las exhibiciones públicas; rechazáis los banquetes públicos, y aborrecéis los juegos sagrados; las carnes previamente gustadas por, y las bebidas hechas libación sobre, los altares. Así teméis a los dioses a quienes negáis. No ceñís vuestras cabezas con flores; no adornáis vuestros cuerpos con perfumes; reserváis ungüentos para los ritos funerarios; incluso rehusáis coronas de flores para vuestros sepulcros— seres pálidos y temblorosos, dignos de lástima incluso de nuestros dioses. Así, desdichados como sois, ni resucitáis, ni vivís entretanto. Por tanto, si tenéis algo de sabiduría o modestia, cesad de escudriñar las regiones del cielo, y los destinos y secretos del mundo: es suficiente mirar ante vuestros pies, especialmente para gente inculta, ruda, grosera, campesina: aquellos que no tienen capacidad para entender asuntos civiles, mucho más se les niega la habilidad de discutir lo divino.

    Capítulo 13

    Argumento: Cecilio concluye, por fin, que la nueva religión debe ser repudiada; y que no hemos de pronunciarnos temerariamente sobre asuntos dudosos.

    Cap. 13

    «Sin embargo, si tenéis deseo de filosofar, que cualquiera de vosotros que sea bastante grande imite, si puede, a Sócrates, príncipe de la sabiduría. Es bien conocida la respuesta de aquel hombre, cuantas veces se le preguntaba acerca de las cosas celestiales: ‘Lo que está sobre nosotros nada nos concierne’. Bien mereció, pues, del oráculo el testimonio de una sabiduría singular, oráculo que él mismo había presentido: que había sido preferido a todos los hombres, no porque hubiera descubierto todas las cosas, sino porque había aprendido que nada sabía. Y así, la confesión de la ignorancia es la cumbre de la sabiduría. De esta fuente brotó la cautelosa duda de Arcesilao y, mucho después, de Carnéades y de muchísimos académicos, en cuestiones de la mayor importancia; en esta especie de filosofía, los indoctos pueden mucho con cautela, y los doctos pueden obrar gloriosamente. ¡Qué! ¿No ha de ser admirada y seguida por todos la vacilación de Simónides, el poeta lírico? El cual, cuando el tirano Hierón le preguntó qué pensaba de los dioses y cómo los concebía, pidió primero un día para deliberar; luego aplazó su respuesta durante dos días; y después, apremiado, añadió solamente otro; y, por fin, cuando el tirano inquirió las causas de tan larga demora, respondió que, cuanto más se prolongaba su investigación, tanto más oscura se le volvía la verdad. También en mi opinión, las cosas inciertas deben dejarse tal como están. Ni, mientras tantos y tan grandes hombres deliberan, debemos dar temeraria y audazmente una opinión en otra dirección, no sea que se introduzca una superstición pueril o se derribe toda religión.»
    Comentario editorial · Los escépticos que invoca Cecilio
    Cecilio cierra su discurso con la tradición de la «duda cautelosa»: Sócrates, que sabía que no sabía nada; Arcesilao y Carnéades, que dirigieron la Academia de Platón en su etapa escéptica, que según Wikipedia va de hacia 266 a hacia 90 a. C. (recomendaban suspender el juicio, y Carnéades admitía lo plausible como guía); y Simónides, que, preguntado por Hierón qué eran los dioses, fue pidiendo plazos porque cuanto más lo pensaba más oscuro le parecía (lo cuenta Cicerón, según Wikipedia). De ahí concluye que las cosas inciertas deben dejarse como están, para no introducir una superstición ni derribar la religión. Octavio le devolverá la misma lista, con desprecio, en el Cap. 38. Cicerón se tenía por académico escéptico.

    Entre los dos discursos (Cap. 14–15)

    Capítulo 14

    Argumento: Con cierto aire de orgullosa autosatisfacción, Cecilio insta a Octavio a responder a sus argumentos; y Minucio le contesta con modestia que no debe envanecerse de su elocuencia, en modo alguno vulgar, ni de la armoniosa variedad de su discurso.

    Cap. 14

    Hasta aquí Cecilio; y sonriendo alegremente (pues la vehemencia de su prolongado discurso había relajado el ardor de su indignación), añadió: «¿Y qué se atreve Octavio a responder a esto, hombre de la raza de Plauto, que, mientras fue el primero entre los molineros, era todavía el más bajo de los filósofos?» «Refrena,» dije yo, «tu complacencia contra él; porque no es digno de ti envanecerte de la armonía de tu discurso antes de que el asunto haya sido discutido más ampliamente por ambas partes; tanto más cuanto que tu razonamiento busca la verdad, no la alabanza. Y por mucho que tu discurso me haya deleitado con su sutil variedad, me siento, sin embargo, profundamente conmovido, no por la discusión presente, sino por todo el género de la disputa: que, en la mayoría de los casos, la condición de la verdad se modifique según las facultades de la discusión, e incluso según la facilidad de una elocuencia perspicua. Es bien sabido que esto ocurre por la facilidad de los oyentes, quienes, distraídos por el atractivo de las palabras respecto de la atención a las cosas, asienten indistintamente a todo lo que se dice y no separan lo falso de lo verdadero; ignorando que aun en lo increíble hay a menudo verdad, y en lo verosímil falsedad. Por tanto, cuanto más a menudo creen a afirmaciones audaces, con tanta más frecuencia son convencidos por los más ingeniosos, y así son engañados continuamente por su temeridad. Transfieren la culpa del juez a la queja de la incertidumbre; de suerte que, condenado todo, preferirían que todas las cosas quedaran en suspenso antes que decidir sobre asuntos dudosos. Debemos, por tanto, cuidar de no padecer de esa manera odio a la vez contra todos los discursos, del mismo modo que muchísimos de los más sencillos son llevados a la execración y al odio contra los hombres en general. Pues los que son ciegamente crédulos son engañados por aquellos a quienes tuvieron por dignos; y, en seguida, por un error semejante, comienzan a sospechar de todos como malvados y temen incluso a aquellos a quienes pudieran haber tenido por excelentes. Ahora, pues, estamos ansiosos —porque en todo puede haber argumentos por ambas partes; y, por un lado, la verdad es oscura en la mayoría de los casos; y por el otro, hay una sutilidad maravillosa que a veces, por su abundancia de palabras, imita la confianza de una prueba reconocida— de sopesar con todo cuidado cada particular, para elegir, aprobar y adoptar lo que es recto, aun estando prontos a aplaudir la agudeza.»

    Capítulo 15

    Argumento: Cecilio replica a Minucio, con cierta apariencia de sentirse herido, que está abandonando el oficio de árbitro religioso al debilitar la fuerza de su argumento. Dice que debe dejarse a Octavio refutar todo lo que él había expuesto.

    Cap. 15

    «Te retiras,» dice Cecilio, «del oficio de juez religioso; pues es muy injusto que debilites la fuerza de mi alegato con la interposición de un argumento de tan gran importancia, cuando Octavio tiene ante sí todo lo que yo he dicho, sano e intacto, si puede refutarlo.» «Lo que estás reprochando,» dije yo, «si no me equivoco, lo he aducido para la utilidad común, a fin de que, mediante un examen escrupuloso, pesemos nuestra decisión no por el estilo pomposo de la elocuencia, sino por el carácter sólido de la materia misma. Ni debe ya, como te quejas, distraerse nuestra atención; antes bien, con silencio absoluto escuchemos la respuesta de nuestro amigo Januario, que ahora nos hace señas.»

    Responde Octavio: un solo Dios y su providencia (Cap. 16–19)

    Capítulo 16

    Argumento: Octavio dispone su respuesta y confía en que podrá diluir la amargura de las recriminaciones en el río de palabras veraces. Procede a debilitar uno por uno los argumentos de Cecilio. Nadie debe quejarse de que los cristianos, aunque no tengan letras, disputen sobre las cosas celestiales, porque no es la autoridad de quien argumenta, sino la verdad del argumento mismo, lo que ha de considerarse.

    Cap. 16

    Y así comenzó Octavio: Hablaré, en verdad, lo mejor que pueda según mis fuerzas, y vosotros debéis esforzaros conmigo en diluir en el río de palabras veraces el tono tan ofensivo de las recriminaciones. Ni disimularé desde el comienzo que la opinión de mi amigo Natal ha oscilado de un lado a otro de manera tan errática, vaga y resbaladiza, que nos vemos obligados a dudar si su información estaba confusa, o si vacilaba de aquí para allá por mero error. Pues variaba en un momento de creer en los dioses, y en otro de hallarse en estado de duda sobre el asunto; de modo que el propósito directo de mi respuesta quedó establecido con tanto mayor incertidumbre por razón de la incertidumbre de su proposición. Pero en mi amigo Natal —no lo consentiré, no lo creo— lejos de su sencillez está la astuta artimaña. ¿Qué, pues? Así como quien no conoce el camino recto, cuando, por azar, un camino se divide en muchos, porque no lo conoce, permanece angustiado y no se atreve ni a elegir caminos concretos ni a probarlos todos; así, si un hombre no tiene un juicio firme de la verdad, del mismo modo que su incredulidad se dispersa, su opinión vacilante queda sin asiento. No es, por tanto, de extrañar que Cecilio sea de igual manera zarandeado por la marea y sacudido aquí y allá entre cosas contrarias y repugnantes entre sí; pero para que esto ya no suceda, convenceré y refutaré todo lo que se ha dicho, por diverso que sea, confirmando y aprobando únicamente la verdad; y en adelante no habrá de dudar ni vacilar. Y puesto que mi hermano prorrumpió en expresiones como estas: que se dolía, que se irritaba, que se indignaba, que lamentaba que gentes iletradas, pobres e inexpertas disputaran sobre las cosas celestiales; sepa que todos los hombres nacen iguales, con capacidad y facultad de razonar y sentir, sin preferencia de edad, sexo o dignidad. Ni alcanzan la sabiduría por la fortuna, sino que la tienen implantada por naturaleza; más aún, los propios filósofos, o cualesquiera otros que han alcanzado celebridad como descubridores de artes, antes de lograr un nombre ilustre por su habilidad mental, fueron tenidos por plebeyos, indoctos, medio desnudos. Así sucede que los ricos, apegados a sus medios, acostumbran mirar más su oro que al cielo, mientras que los de nuestra clase, aunque pobres, han descubierto la sabiduría y han entregado su enseñanza a otros; de donde se ve que la inteligencia no es dada a la riqueza, ni se adquiere por el estudio, sino que nace con la formación misma de la mente. Por tanto, no hay motivo para airarse o dolerse de que alguien inquiera, piense o exprese sus pensamientos acerca de las cosas divinas; puesto que lo que se requiere no es la autoridad de quien argumenta, sino la verdad del argumento mismo: y, cuanto más inhábil sea el discurso, tanto más evidente es el razonamiento, ya que no está coloreado por la pompa de la elocuencia y de la gracia; sino que, tal como es, se sustenta en la regla de lo recto.

    Capítulo 17

    Argumento: El hombre debe ciertamente conocerse a sí mismo, pero este conocimiento no puede alcanzarlo a menos que primero reconozca el ámbito entero de las cosas y a Dios mismo. Y por la constitución y el ornato del mundo mismo, todo el que está dotado de razón sostiene que fue establecido por Dios y que por Él es gobernado y administrado.

    Cap. 17

    Ni me niego a admitir lo que Cecilio se esforzó con empeño en sostener entre los asuntos principales: que el hombre debe conocerse a sí mismo y mirar en torno y ver qué es, de dónde es, por qué es; si está reunido a partir de los elementos, o armoniosamente formado de átomos, o más bien hecho, formado y animado por Dios. Y es esto mismo lo que no podemos buscar e investigar sin indagar en el universo; puesto que las cosas están de tal modo coherentes, tan encadenadas y asociadas entre sí, que, a menos que examinéis diligentemente la naturaleza de la divinidad, habréis de ignorar la de la humanidad. Ni podéis cumplir bien vuestro deber social si no conocéis esa comunidad del mundo que es común a todos; especialmente porque en esto nos distinguimos de las fieras: ellas, inclinadas y tendidas a la tierra, han nacido para no mirar sino su alimento; nosotros, cuyo semblante es erguido, cuya mirada se vuelve al cielo, así como lo están nuestra conversación y nuestra razón, por las que reconocemos, sentimos e imitamos a Dios, no tenemos ni derecho ni razón para ignorar la gloria celestial que se forma ante nuestros ojos y sentidos. Pues es tan grave como el más grosero sacrilegio buscar en el suelo aquello que debierais hallar en lo alto. Por lo cual, tanto más, quienes niegan que este ornato del mundo entero fue perfeccionado por la razón divina, y afirman que fue amontonado por ciertos fragmentos que por azar se adhirieron unos a otros, me parece que no tienen ni mente, ni sentido, ni, en verdad, vista siquiera. Porque ¿qué puede haber tan manifiesto, tan confesado y tan evidente, cuando levantáis los ojos al cielo y contempláis las cosas que están abajo y en torno, como que existe alguna Divinidad de inteligencia excelentísima, por la cual toda la naturaleza es inspirada, movida, alimentada y gobernada? Mirad el cielo mismo, cuán anchamente se extiende, cuán rápidamente gira, ya se distinga en la noche por sus estrellas, ya se ilumine en el día por el sol, y conoceréis al punto cuán admirable y divina balanza del Supremo Gobernador está empeñada en ello. Mirad también el año, cómo lo forma el giro del sol; y mirad el mes, cómo la luna lo conduce en su creciente, su menguante y su ocaso. ¿Qué diré de los recurrentes cambios de tinieblas y de luz; cómo así se nos provee una alterna restauración del trabajo y del descanso? En verdad, un discurso más prolijo sobre las estrellas debe dejarse a los astrónomos, sea en cuanto a cómo gobiernan el curso de la navegación, sea en cuanto a cómo traen la estación de arar o de segar; cada una de estas cosas no solo exigió un Artífice supremo y una inteligencia perfecta, y no solo para crearlas, construirlas y ordenarlas, sino que, además, no pueden sentirse, percibirse y entenderse sin la más alta inteligencia y razón. ¡Qué! Cuando el orden de las estaciones y de las cosechas se distingue por una constante variedad, ¿no atestigua a su Autor y Padre? Tanto la primavera con sus flores, como el verano con sus mieses, la grata madurez del otoño y la invernal recolección de la aceituna son necesarios; y este orden se perturbaría fácilmente si no estuviera establecido por la inteligencia suma. Ahora bien, ¡cuánta providencia se requiere para que no haya sino invierno que abrase con su hielo, o sino verano que queme con su calor, interponiendo la templanza moderada del otoño y de la primavera, de suerte que los tránsitos invisibles e inofensivos del año, que retorna sobre sus pasos, se deslicen suavemente! Mirad atentamente el mar: está atado por la ley de su orilla. Dondequiera que haya árboles, mirad cómo son animados desde las entrañas de la tierra. Considerad el océano: fluye y refluye con mareas alternas. Mirad las fuentes, cómo manan en corrientes perpetuas. Contemplad los ríos: siempre se deslizan en cursos regulares. ¿Por qué he de hablar de las cumbres bien ordenadas de los montes, de las pendientes de las colinas, de las extensiones de las llanuras? ¿Por qué he de hablar de la multiforme protección de que están provistas las criaturas animadas unas contra otras? —unas armadas de cuernos, otras cercadas de dientes, calzadas de garras y erizadas de aguijones, o con la libertad que les da la rapidez de los pies, o con la capacidad de remontarse que les proporcionan las alas—. La misma belleza de nuestra figura confiesa especialmente que Dios es su artífice: nuestra estatura erguida, nuestro semblante que mira hacia arriba, nuestros ojos colocados en lo alto, como para la contemplación; y todos los demás sentidos, como dispuestos en una ciudadela.

    Capítulo 18

    Argumento: Además, Dios no solo cuida del mundo universal, sino de cada una de sus partes. Que por el decreto del único Dios todas las cosas son gobernadas, se prueba con el ejemplo de los imperios terrenales. Pero, aunque Él, siendo infinito e inmenso —y cuán grande es, solo Él lo sabe— no puede ser visto ni nombrado por nosotros, sin embargo su gloria se contempla con la mayor claridad cuando se deja de lado el uso de todos los títulos.

    Cap. 18

    Sería largo recorrer los casos particulares. No hay miembro en el hombre que no esté calculado a la vez para la necesidad y para el ornato; y lo que es más admirable todavía, todos tenemos la misma forma, pero cada uno tiene ciertos lineamentos modificados, y así cada uno resulta distinto de los demás, mientras que todos parecemos semejantes en general. ¿Cuál es la razón de que nazcamos? ¿Qué significa el deseo de engendrar? ¿No es dado por Dios, y no lo es también el que los pechos se llenen de leche a medida que la prole crece, y que la tierna descendencia se críe con el alimento que le proporciona la abundancia del líquido lácteo? Ni tiene Dios cuidado solo del universo en su conjunto, sino también de sus partes. Britania carece de sol, pero es reanimada por el calor del mar que fluye en torno a ella. El río Nilo templa la sequedad de Egipto; el Éufrates cultiva Mesopotamia; el río Indo suple la falta de lluvias, y se dice que siembra y riega a la vez el Oriente. Ahora bien, si al entrar en una casa vieseis todo refinado, bien ordenado y adornado, ciertamente creeríais que un dueño preside en ella, y que él mismo es mucho mejor que todas aquellas cosas excelentes. Así, en esta casa del mundo, cuando contempláis el cielo y la tierra, su providencia, su ordenación, su ley, creed que hay un Señor y Padre del universo mucho más glorioso que las estrellas mismas y que las partes del mundo entero. A no ser, acaso —puesto que no hay duda en cuanto a la existencia de la providencia—, que penséis que es asunto de indagación si el reino celestial está gobernado por el poder de uno solo o por el gobierno de muchos; y este asunto no encierra mucha dificultad para quien considera los imperios terrenales, cuyos ejemplos ciertamente están tomados del cielo. ¿Cuándo hubo jamás alianza en el poder real que comenzara con buena fe o cesara sin sangre? Paso por alto a los persas, que sacaron el augurio de su caudillaje del relincho de los caballos; y no cito aquella fábula absolutamente muerta de los hermanos tebanos. La historia de los gemelos Rómulo y Remo, en lo tocante al dominio de pastores y de una cabaña, es muy conocida. Las guerras del yerno y del suegro se extendieron por todo el mundo; y la fortuna de un imperio tan grande no pudo recibir dos gobernantes. Mirad otras cosas. Las abejas tienen un rey; los rebaños, un guía; entre las manadas hay un solo jefe. ¿Podéis creer que en el cielo haya división del poder supremo, y que toda la autoridad de aquel verdadero y divino imperio esté escindida, cuando es manifiesto que Dios, Padre de todo, no tiene principio ni fin; que Aquel que da nacimiento a todo se da perpetuidad a sí mismo; que Aquel que era antes del mundo fue para sí mismo en lugar del mundo? Él ordena todas las cosas, sean cuales sean, con una palabra; las dispone con su sabiduría; las perfecciona con su poder. No puede ser visto —es más brillante que la luz—; ni puede ser tocado —es más puro que el tacto—; ni ser estimado: es mayor que todas las percepciones; infinito, inmenso, y cuán grande es solo Él lo sabe. Pero nuestro corazón es demasiado limitado para comprenderlo, y por eso lo estimamos dignamente cuando decimos que está más allá de toda estimación. Diré de qué manera lo siento. Quien piensa que conoce la magnitud de Dios, la disminuye; quien no quiere disminuirla, no la conoce. Ni habéis de pedir un nombre para Dios. Dios es su nombre. Necesitamos nombres cuando una multitud ha de ser separada en individuos por las características especiales de los nombres; para Dios, que es único, el nombre de Dios lo es todo. Si lo llamara Padre, lo juzgaríais terreno; si Rey, sospecharíais que es carnal; si Señor, ciertamente lo entenderéis mortal. Quitad los añadidos de los nombres y contemplaréis su gloria. ¡Qué! ¿No es verdad que en este asunto tengo el consentimiento de todos los hombres? Oigo al pueblo, cuando levantan las manos al cielo, no decir otra cosa sino Oh Dios, y Dios es grande, y Dios es verdadero, y si Dios lo permite. ¿Es este el discurso natural del pueblo, o es la oración de un cristiano que confiesa? Y quienes hablan de Júpiter como supremo, se equivocan ciertamente en el nombre, pero están de acuerdo en la unidad del poder.
    Texto de la fuenteEditor de las Ante-Nicene Fathers · Elucidación II (nota del volumen) · Cap. 18, nota
    [ "... El relincho de los caballos" Esto es una referencia al caso de Darío Histaspes. La historia la cuenta Heródoto, como recordarán todos los que la han leído, y es ciertamente una de las más extraordinarias de la historia, si se piensa que un caballo eligió a un gran monarca, y a uno cuya vida no poco afectó los destinos de la humanidad. Un palafrenero astuto fue, en verdad, el artífice de esta elección, como a menudo, en tales sucesos, los resortes secretos de la historia quedan ocultos; pero, si la historia no es del todo una fábula, la coincidencia del trueno en los cielos es muy digna de notarse. Pareció significar el gobierno providencial de Dios, y el poder de Dios para volver para su alabanza tanto la necedad como la ira de los hombres. Véase Heródoto, libro III, cap. lxxxvi.]

    Capítulo 19

    Argumento: Además, los poetas lo han llamado Padre de dioses y de hombres, Creador de todas las cosas, y su Mente y Espíritu. Y, además, incluso los filósofos más excelentes han llegado casi a la misma conclusión que los cristianos acerca de la unidad de Dios.

    Cap. 19

    Oigo también a los poetas proclamar 'el único Padre de dioses y de hombres', y que la mente de los mortales es tal como el Padre de todas las cosas ha dispuesto su día. ¿Qué dice el mantuano Marón? ¿No es aún más claro, más pertinente, más verdadero? 'En el principio', dice, 'el espíritu que está dentro alimenta, y la mente infundida mueve el cielo y la tierra', y los demás miembros 'del mundo. De ahí nace la raza de los hombres y de los ganados', y toda otra especie de animal. El mismo poeta en otro lugar llama Dios a esa mente y a ese espíritu. Pues estas son sus palabras: 'Porque aquel Dios penetra todas las tierras, y las extensiones del mar, y el cielo profundo, de quien proceden los hombres y los ganados; de quien proceden la lluvia y el fuego'. ¿Qué otra cosa anunciamos que es Dios, sino mente, y razón, y espíritu? Repasemos, si te place, la enseñanza de los filósofos. Aunque en diversos géneros de discurso, sin embargo, en estas materias los hallarás coincidir y concordar en esta única opinión. Paso por alto a aquellos antiguos e incultos que merecieron ser llamados sabios por sus sentencias. Sea Tales de Mileto el primero de todos, pues él fue el primero de todos en disputar acerca de las cosas celestes. Aquel mismo Tales de Mileto dijo que el agua era el principio de las cosas, pero que Dios era aquella mente que a partir del agua formó todas las cosas. ¡Ah! Una explicación del agua y del espíritu más alta y más noble que la que jamás haya sido descubierta por hombre alguno. Le fue entregada por Dios. Ves que la opinión de este filósofo original concuerda absolutamente con la nuestra. Después Anaxímenes, y luego Diógenes de Apolonia, deciden que el aire, infinito e inconmensurable, es Dios. La concordancia de estos también acerca de la Divinidad es semejante a la nuestra. Pero la descripción de Anaxágoras también es que se dice que Dios es el movimiento de una mente infinita; y el Dios de Pitágoras es el alma que va y viene y atenta, a través de la naturaleza universal de las cosas, de la cual también se recibe la vida de todos los animales. Es un hecho sabido que Jenófanes enseñó que Dios era toda infinidad con una mente; y Antístenes, que hay muchos dioses del pueblo, pero que un único Dios de la Naturaleza era el principal de todos; que Zeuxipo reconoció como Dios una fuerza animal natural por la cual todas las cosas son gobernadas. ¿Qué dice Demócrito? Aunque fue el primer descubridor de los átomos, ¿no habla especialmente de la naturaleza, que es la base de las formas, y de la inteligencia, como Dios? También Estratón mismo dice que Dios es la naturaleza. Además, Epicuro, el hombre que finge o dioses ociosos o ninguno en absoluto, coloca sin embargo por encima de todo a la Naturaleza. Aristóteles varía, pero no obstante asigna una unidad de poder: pues unas veces dice que la Mente, otras que el Mundo, es Dios; otras veces coloca a Dios por encima del mundo. Heráclides del Ponto también atribuye, aunque de diversos modos, una mente divina a Dios. Teofrasto, y Zenón, y Crisipo, y Cleantes son ciertamente ellos mismos de muchas formas de opinión, pero todos son reducidos al único hecho de la unidad de la providencia. Pues Cleantes disertó acerca de Dios como de una mente, ora como de un alma, ora como de aire, pero la mayor parte de las veces como de razón. Zenón, su maestro, quiere que la ley de la naturaleza y de Dios, y a veces el aire, y a veces la razón, sea el principio de todas las cosas. Además, al interpretar a Juno como el aire, a Júpiter como el cielo, a Neptuno como el mar, a Vulcano como el fuego, y de manera semejante al mostrar que los otros dioses del pueblo común son elementos, denuncia y vence enérgicamente el error público. Crisipo dice casi lo mismo. Cree que una fuerza divina, una naturaleza racional, y a veces el mundo, y una necesidad fatal, es Dios; y sigue el ejemplo de Zenón en su interpretación fisiológica de los poemas de Hesíodo, de Homero y de Orfeo. Además, la enseñanza de Diógenes de Babilonia es la de exponer y argumentar que el nacimiento de Júpiter, y el origen de Minerva, y cosas de este género, son nombres para otras cosas, no para dioses. Pues Jenofonte el Socrático dice que la forma del Dios verdadero no puede ser vista, y por lo tanto no debe ser buscada. Aristón el estoico dice que Él no puede ser comprendido en absoluto. Y ambos percibían la majestad de Dios, al tiempo que desesperaban de entenderlo. Platón tiene un discurso más claro acerca de Dios, tanto en las materias mismas como en los nombres con que las expresa; y su discurso sería enteramente celestial, si no estuviera de vez en cuando manchado por una mezcla de creencia meramente civil. Por eso en su Timeo el Dios de Platón es por su mismo nombre el padre del mundo, el artífice del alma, el fabricador de las cosas celestes y terrenas, a quien declara que es difícil descubrir, a causa de su excesivo e increíble poder; y, una vez descubierto, imposible de hablar de él en público. Casi las mismas son también las opiniones que son nuestras. Pues nosotros conocemos y hablamos de un Dios que es padre de todas las cosas, y nunca hablamos de Él en público a menos que seamos interrogados.

    Responde Octavio: los dioses de los paganos (Cap. 20–25)

    Capítulo 20

    Argumento: Pero si el mundo es regido por la providencia y gobernado por la voluntad de un solo Dios, una antipatía ignorante no debe arrastrarnos al error de concordar con ella: aunque, complacida con sus propias fábulas, ha introducido tradiciones ridículas. Ni se muestra menos claramente que el culto de los dioses ha sido siempre necio e impío, en que los más antiguos de los hombres han venerado a sus reyes, a sus ilustres generales y a los inventores de las artes, a causa de sus notables hazañas, no de otro modo que como dioses.

    Cap. 20

    He expuesto las opiniones de casi todos los filósofos cuya gloria más ilustre es haber señalado que hay un solo Dios, aunque con muchos nombres; de modo que cualquiera podría pensar o que los cristianos son ahora filósofos, o que los filósofos fueron entonces ya cristianos. Pero si el mundo es gobernado por la providencia y dirigido por la voluntad de un solo Dios, la antigüedad de gentes inexpertas no debe, por más que se deleite y se encante con sus propias fábulas, arrastrarnos al error de un acuerdo mutuo, cuando es refutada por las opiniones de sus propios filósofos, quienes están apoyados por la autoridad tanto de la razón como de la antigüedad. Pues nuestros antepasados tuvieron una fe tan fácil en las falsedades, que creyeron temerariamente incluso otras monstruosidades como maravillas prodigiosas: una Escila múltiple, una Quimera de muchas formas, y una Hidra que renacía de sus heridas favorables, y centauros, caballos entrelazados con sus jinetes; y todo lo que a la Fama se le permitía fingir, estaban enteramente dispuestos a escucharlo. ¿Por qué habría de referirme a aquellas fábulas de viejas, de que los hombres eran transformados de hombres en aves y bestias, y de hombres en árboles y flores?— las cuales cosas, si en absoluto hubieran sucedido, sucederían de nuevo; y porque no pueden suceder ahora, por eso jamás sucedieron en absoluto. De manera semejante, también con respecto a los dioses, nuestros antepasados creyeron descuidadamente, crédulamente, con simplicidad no adiestrada; mientras adoraban religiosamente a sus reyes, deseando mirarlos cuando estaban muertos en formas externas, ansiosos por conservar su memoria en estatuas, se volvieron sagradas aquellas cosas que habían sido tomadas meramente como consuelos. Entonces, y antes de que el mundo fuera abierto por el comercio, y antes de que las naciones confundieran sus ritos y costumbres, cada nación particular veneraba a su Fundador, o a su ilustre Caudillo, o a su modesta Reina más valiente que su sexo, o al descubridor de cualquier género de facultad o arte, como a un ciudadano de digna memoria; y así se daba una recompensa a los difuntos, y un ejemplo a los que habían de seguir.

    Capítulo 21

    Argumento: Octavio atestigua el hecho de que los hombres fueron adoptados como dioses, por el testimonio de Euhémero, Pródico, Perséo y Alejandro Magno, quienes enumeran el país, los días de nacimiento y los lugares de sepultura de los dioses. Además expone los finales luctuosos, las desgracias y las muertes de los dioses. Y, asimismo, se ríe de las ridículas y repugnantes absurdidades que los paganos alegan continuamente acerca de la forma y apariencia de sus dioses.

    Cap. 21

    Lee los escritos de los estoicos, o los escritos de los sabios, y reconocerás estos hechos conmigo. A causa de los méritos de su virtud o de algún don, Euhémero afirma que fueron tenidos por dioses; y enumera sus días de nacimiento, sus países, sus lugares de sepultura, y a través de diversas provincias señala estas circunstancias del Júpiter Dicteo, y del Apolo Délfico, y de la Isis Faria, y de la Ceres Eleusina. Pródico habla de hombres que fueron elevados entre los dioses, porque fueron útiles a las necesidades de los hombres en sus peregrinaciones, por el descubrimiento de nuevas especies de frutos. Perséo filosofa también con el mismo resultado; y añade a ello que los frutos descubiertos, y los descubridores de esos mismos frutos, fueron llamados con los mismos nombres; como dice el pasaje del poeta cómico, que Venus se hiela sin Baco y Ceres. Alejandro Magno, el célebre macedonio, escribió en un notable documento dirigido a su madre que, bajo el temor de su poder, le había sido revelado por el sacerdote el secreto de que los dioses habían sido hombres: a ella le presenta a Vulcano como el origen de todos, y luego la raza de Júpiter. Y contemplas la golondrina y el címbalo de Isis, y la tumba de tu Serapis u Osiris vacía, con sus miembros esparcidos por todas partes. Considera luego los ritos sagrados mismos y sus propios misterios: hallarás muertes luctuosas, desgracias y funerales, y los duelos y lamentos de los dioses miserables. Isis llora, lamenta y busca a su hijo perdido, con su Cinocéfalo y sus sacerdotes calvos; y los desdichados isiacos se golpean el pecho e imitan el duelo de la madre más desdichada. Poco después, cuando el niñito es hallado, Isis se regocija, y los sacerdotes exultan, el Cinocéfalo descubridor se jacta, y no cesan año tras año ya de perder lo que hallan, ya de hallar lo que pierden. ¿No es ridículo afligirse por lo que adoras, o adorar aquello por lo que te afliges? Sin embargo, estos fueron antes ritos egipcios, y ahora son romanos. Ceres, con sus antorchas encendidas, y rodeada de una serpiente, con ansiedad y solicitud sigue las huellas de Proserpina, arrebatada en su vagar, y corruptora. Estos son los misterios eleusinos. ¿Y cuáles son los ritos sagrados de Júpiter? Su nodriza es una cabra, y como infante es apartado de su codicioso padre para que no sea devorado; y un estrépito resonante es sacado de los címbalos de los coribantes, para que el padre no oiga el llanto del infante. Cibeles de Díndimo —me avergüenza hablar de ello—, que no pudo incitar a su adúltero amante, que desdichadamente le agradaba, a la lascivia, porque ella misma, como madre de muchos dioses, era fea y vieja, lo mutiló, sin duda para hacer del eunuco un dios. A causa de esta historia, también los galos la adoran con el castigo de su cuerpo castrado. Ahora ciertamente estas cosas no son ritos sagrados, sino torturas. ¿Qué son las mismas formas y apariencias (de los dioses)? ¿No arguyen los caracteres despreciables y vergonzosos de vuestros dioses? Vulcano es un dios cojo y lisiado; Apolo, lampiño después de tantos siglos; Esculapio muy barbado, no obstante ser hijo del siempre joven Apolo; Neptuno de ojos verdemar; Minerva de ojos azulados; Juno de ojos de buey; Mercurio de pies alados; Pan de pies hendidos; Saturno con los pies encadenados; y Jano, en verdad, lleva dos rostros, como quien quisiera andar mirando hacia atrás; Diana a veces es una cazadora, con su túnica ceñida en alto; y como la Efesia tiene muchos y fecundos pechos; y cuando es exagerada como Trivia, es horrible con tres cabezas y con muchas manos. ¿Qué es vuestro propio Júpiter? Ahora está representado en una estatua como imberbe, ahora se le erige barbado; y cuando es llamado Hammón, tiene cuernos; y cuando Capitolino, entonces blande los rayos; y cuando Latiaris, es rociado con sangre; y cuando Feretrio, no se le acerca; y para no mencionar más la multitud de Júpiteres, las apariencias monstruosas de Júpiter son tan numerosas como sus nombres. Erígone fue colgada de una soga, para que como virgen pudiera brillar entre las estrellas. Los Cástores mueren por turnos para poder vivir. Esculapio, para poder elevarse a dios, es herido con un rayo. Hércules, para poder despojarse de la humanidad, es quemado por los fuegos del Eta.
    Comentario editorial · Euhémero y los dioses que fueron hombres
    Octavio cita a Euhémero, Pródico, Perseo y Alejandro como testigos de que los dioses fueron hombres. Euhémero, mitógrafo griego de la corte de Casandro de Macedonia a fines del siglo IV a. C., dio nombre a esta tesis, el euhemerismo; Ennio lo tradujo al latín y Lactancio cita esa traducción en sus Instituciones divinas (Wikipedia). Octavio añade un segundo argumento, sacado de los propios misterios: Isis que busca y llora, Ceres que sigue las huellas de Proserpina o los címbalos que tapan el llanto de Júpiter niño son duelos y persecuciones, no cosas de seres eternos (Cap. 21). Su conclusión llega en el Cap. 23: «divino es, más bien, lo que no tiene ni orto ni ocaso».

    Capítulo 22

    Argumento: Además, estas fábulas, que al principio fueron inventadas por hombres ignorantes, fueron después celebradas por otros, y principalmente por los poetas, quienes no causaron poco daño a la verdad con su autoridad. Por ficciones de esta clase, y por falsedades de naturaleza aún más atractiva, se corrompen las mentes de los jóvenes, y de ahí envejecen miserablemente en estas creencias, aunque, por otra parte, la verdad les es manifiesta si tan solo quieren buscarla.

    Cap. 22

    Estas fábulas y errores los aprendemos tanto de padres ignorantes, y, lo que es más grave aún, los elaboramos en nuestros propios estudios e instrucciones, especialmente en los versos de los poetas, quienes en lo posible han perjudicado a la verdad con su autoridad. Y por esta razón Platón expulsó con razón del Estado que había fundado en su discurso al ilustre Homero, a quien había elogiado y coronado. Pues fue él especialmente quien, en la guerra de Troya, permitió a vuestros dioses, aunque se burlaba de ellos, intervenir aún en los asuntos y acciones de los hombres: los reunió en contienda; hirió a Venus; ató, hirió y expulsó a Marte. Relata que Júpiter fue liberado por Briareo, para no quedar atado por los demás dioses; y que lloró con lluvias de sangre a su hijo Sarpedón, porque no pudo arrebatarlo a la muerte; y que, incitado por el ceñidor de Venus, yació con más ardor con su esposa Juno que como solía con sus amores adúlteros. En otra parte Hércules arrojó estiércol, y Apolo apacienta el ganado de Admeto. Neptuno, sin embargo, construye murallas para Laomedonte, y el desdichado constructor no recibió la paga por su trabajo. Luego el rayo de Júpiter es fabricado en el yunque con las armas de Eneas, aunque había cielo, y rayos, y relámpagos mucho antes de que Júpiter naciera en Creta; y ni los cíclopes podían imitar, ni el propio Júpiter dejar de temer, las llamas del rayo verdadero. ¿Por qué habría de hablar del adulterio descubierto de Marte y Venus, y de la violencia de Júpiter contra Ganimedes —un hecho consagrado, como decís, en el cielo? Y todas estas cosas han sido presentadas con esta intención, para que se ganara cierta autoridad para los vicios de los hombres. Por estas ficciones, y por otras semejantes, y por mentiras de un género más atractivo, se corrompen las mentes de los niños; y con las mismas fábulas apegadas a ellos, crecen hasta la fortaleza de la edad madura; y, desdichados, envejecen en las mismas creencias, aunque la verdad es manifiesta, si tan solo quieren buscarla. Pues todos los escritores de la antigüedad, tanto griegos como romanos, han expuesto que Saturno, el iniciador de esta raza y multitud, fue un hombre. Nepote lo sabe, y Casio en su historia; y Talo y Diodoro dicen lo mismo. Este Saturno, entonces, expulsado de Creta, por temor de su furioso hijo, había llegado a Italia y, recibido por la hospitalidad de Jano, enseñó a aquellos hombres rudos y rurales muchas cosas —como, siendo algo griego y pulido— a imprimir letras, por ejemplo, a acuñar moneda, a fabricar instrumentos. Por eso prefirió que su escondite, porque allí había estado oculto con seguridad (latente), se llamara Lacio; y dio a una ciudad, de su propio nombre, el nombre de Saturnia, y a Jano, Janículo, de modo que cada uno de ellos dejó sus nombres a la memoria de la posteridad. Por lo tanto, ciertamente fue un hombre el que huyó, ciertamente un hombre el que fue ocultado, y padre de un hombre, y nacido de un hombre. Sin embargo, fue declarado hijo de la tierra o del cielo, porque entre los italianos era de padres desconocidos; como incluso hasta el día de hoy llamamos a aquellos que aparecen inesperadamente, enviados del cielo, a los que son innobles y desconocidos, hijos de la tierra. Su hijo Júpiter reinó en Creta después de que su padre fuera expulsado. Allí murió, allí tuvo hijos. Hasta el día de hoy se visita la cueva de Júpiter, y se muestra su sepulcro, y es convicto de ser humano por esos mismos ritos sagrados suyos.

    Capítulo 23

    Argumento: Aunque los paganos reconocen que sus reyes son mortales, fingen, sin embargo, que son dioses aun contra su propia voluntad, no por creer en su divinidad, sino en honor del poder que ejercieron. Pero el Dios verdadero no tiene ni orto ni ocaso. De ahí que Octavio critique las imágenes y los santuarios de los dioses.

    Cap. 23

    Es innecesario repasar cada caso particular y desenvolver toda la serie de aquella estirpe, pues en sus primeros padres quedó probada su mortalidad, y esta debió fluir a los demás por la ley misma de la sucesión; a no ser que imagines que fueron dioses después de la muerte: como, por el perjurio de Próculo, Rómulo fue hecho dios; y, por el favor de los mauritanos, Juba es dios; y otros reyes son divinos, consagrados no por fe en su divinidad, sino en honor del poder que ejercieron. Además, este nombre se atribuye a quienes no quieren soportarlo. Desean perseverar en su condición humana. Temen que se les haga dioses; aunque ya son ancianos, no lo desean. Por tanto, ni de los muertos se hacen dioses, puesto que un dios no puede morir; ni de los nacidos, puesto que todo lo que nace muere. Divino es, más bien, lo que no tiene ni orto ni ocaso. Pues ¿por qué, si nacieron, no nacen también en el día de hoy? —a no ser, acaso, que Júpiter haya envejecido, que Juno haya perdido la facultad de engendrar y que Minerva haya encanecido antes de haber dado a luz. ¿O ha cesado aquel proceso de generación porque ya no se presta asentimiento a fábulas de esta clase? Además, si los dioses podían crear, no podían perecer: tendríamos más dioses que todos los hombres juntos; de suerte que ya ni el cielo podría contenerlos, ni el aire recibirlos, ni la tierra soportarlos. De donde es manifiesto que fueron hombres aquellos de quienes leemos que nacieron y sabemos que murieron. ¿Quién duda, por tanto, de que el vulgo ruega a las imágenes consagradas de estos hombres y las adora públicamente, en cuanto la creencia y la mente de los ignorantes es engañada por la perfección del arte, cegada por el brillo del oro, ofuscada por el resplandor de la plata y la blancura del marfil? Pero si uno presentara a su ánimo con qué instrumentos y con qué maquinaria se forma cada imagen, se avergonzaría de haber temido una materia, tratada según su capricho por el artífice para hacer un dios. Pues un dios de madera, porción tal vez de una pira o de un leño desdichado, es colgado, cortado, desbastado, cepillado; y un dios de bronce o de plata, a menudo de un vaso impuro, como lo hizo el rey egipcio, es fundido, golpeado con martillos y forjado en el yunque; y el dios de piedra es cortado, esculpido y pulido por un hombre vil, y no siente la injuria que se le hace en su nacimiento, como tampoco siente después el culto que fluye de tu veneración; a no ser que la piedra, la madera o la plata no sea todavía dios. ¿Cuándo, pues, comienza el dios su existencia? He aquí que es fundido, forjado, esculpido— todavía no es dios; he aquí que es soldado, ensamblado— es erigido, y aun todavía no es dios; he aquí que es adornado, consagrado, invocado— entonces por fin es dios, cuando el hombre lo ha elegido para serlo y con ese fin lo ha dedicado.

    Capítulo 24

    Argumento: Muestra además brevemente cuán ridículos, obscenos y crueles ritos se observaban al celebrar los misterios de ciertos dioses.

    Cap. 24

    ¡Cuánto más verdaderamente juzgan por naturaleza los animales mudos acerca de vuestros dioses? Los ratones, las golondrinas, los milanos saben que no tienen sensibilidad: los roen, los pisotean, se posan sobre ellos; y, a menos que los ahuyentéis, construyen sus nidos en la boca misma de vuestro dios. Las arañas, ciertamente, tejen sus telas sobre su rostro y suspenden sus hilos de su misma cabeza. Vosotros limpiáis, fregáis, raspáis, y protegéis y teméis a aquellos que hacéis; mientras que ninguno de vosotros piensa que debe conocer a Dios antes de adorarlo; deseando sin reflexión obedecer a sus antepasados, eligiendo más bien convertirse en una añadidura al error ajeno que confiar en sí mismos; puesto que nada saben de aquello que temen. Así la avaricia ha sido consagrada en oro y plata; así se ha establecido la forma de las estatuas vacías; así ha surgido la superstición romana. Y si reconsideras los ritos de estos dioses, ¡cuántas cosas hay risibles y cuántas también dignas de lástima! Hombres desnudos corren de un lado a otro en pleno invierno; algunos andan cubiertos con bonete y llevan de acá para allá viejos escudos, o baten tambores, o conducen a sus dioses pidiendo limosna por las calles. A algunos templos es lícito acercarse una vez al año, a otros está prohibido visitarlos por completo. Hay un lugar adonde un hombre no puede ir, y hay algunos que están vedados a las mujeres: para un esclavo es un crimen que necesita expiación el estar presente siquiera en ciertas ceremonias. Algunos lugares sagrados son coronados por una mujer de un solo marido, otros por una mujer de muchos; y aquella que puede contar más adulterios es buscada con el mayor celo religioso. ¡Qué! ¿No sería mejor un hombre que hace libaciones de su propia sangre y suplica a su dios con sus propias heridas, si fuera del todo profano, que religioso de semejante manera? Y aquel cuyas partes vergonzosas son cortadas, ¡cuánto agravia a Dios pretendiendo aplacarlo de este modo!, pues, si Dios quisiera eunucos, podría traerlos al mundo como tales, y no los haría tales después. ¿Quién no percibe que gentes de mente insana, y de inteligencia débil y degradada, son necias en estas cosas, y que la misma multitud de los que yerran ofrece a cada uno de ellos mutuo patrocinio? Aquí la defensa de la locura general es la multitud de los locos.

    Capítulo 25

    Argumento: Muestra luego que Cecilio se había equivocado al afirmar que los romanos habían alcanzado su poder sobre todo el mundo mediante la observancia debida de supersticiones de esta clase. Antes bien, los romanos en su origen fueron reunidos por el crimen y crecieron por los terrores de su ferocidad. Y por tanto, los romanos no fueron tan grandes por ser religiosos, sino porque fueron sacrílegos con impunidad.

    Cap. 25

    Con todo, dirás que esa misma superstición dio, acrecentó y estableció su imperio a los romanos, pues no prevalecieron tanto por su valor cuanto por su religión y piedad. Sin duda, la ilustre y noble justicia de los romanos tuvo su origen desde la cuna misma del imperio creciente. ¿Acaso no crecieron en su origen, cuando fueron reunidos y fortalecidos por el crimen, merced al terror de su propia ferocidad? Pues los primeros hombres se juntaron como en un asilo. Gentes abandonadas, corrompidas, incestuosas, asesinas, traidoras, habían acudido en masa; y para que el propio Rómulo, su jefe y gobernador, aventajase a su pueblo en culpabilidad, cometió fratricidio. ¡Estos son los primeros auspicios del Estado religioso! Poco después arrebataron, violaron y deshonraron a vírgenes extranjeras, ya desposadas, ya destinadas a maridos, y aun a algunas jóvenes arrancadas a sus votos matrimoniales —cosa sin ejemplo—, y luego hicieron la guerra a sus padres, es decir, a sus suegros, y derramaron la sangre de sus parientes. ¿Qué más irreligioso, qué más audaz, qué podía ser más seguro que la confianza misma en el crimen? Ahora bien, expulsar de la tierra a los vecinos, derribar las ciudades más próximas con sus templos y altares, llevarlos al cautiverio, crecer con las pérdidas ajenas y con los propios crímenes, es el curso de adiestramiento común a los demás reyes y a los últimos caudillos junto con Rómulo. Así, cuanto los romanos poseen, cultivan y tienen, es botín de su audacia. Todos sus templos están edificados con despojos de la violencia, es decir, con ruinas de ciudades, con despojos de los dioses, con asesinatos de sacerdotes. Esto es insultar y escarnecer, ceder ante las religiones vencidas, adorarlas cautivas después de haberlas vencido. Pues adorar lo que se ha tomado por la fuerza es consagrar sacrilegios, no divinidades. Cuantas veces, por tanto, triunfaron los romanos, tantas veces quedaron manchados; y cuantos trofeos obtuvieron de las naciones, tantos despojos arrebataron a los dioses. Así pues, los romanos no fueron tan grandes por ser religiosos, sino porque fueron sacrílegos con impunidad. Pues ni siquiera pudieron tener en las propias guerras el auxilio de los dioses contra los cuales tomaron las armas; y comenzaron a adorar, después de haberlos vencido, a aquellos a quienes antes habían desafiado. Pero ¿de qué sirven a favor de los romanos tales dioses, que no tuvieron poder alguno en favor de sus propios adoradores contra las armas romanas? Pues conocemos los dioses indígenas de los romanos— Rómulo, Pico, Tiberino y Conso, y Pilumno y Picumno. Tacio descubrió y adoró a Cloacina; Hostilio, al Miedo y a la Palidez. Después la Fiebre fue consagrada por no sé quién: tal era la superstición que alimentaba aquella ciudad: enfermedades y malas condiciones de salud. Sin duda también Aca Laurencia y Flora, rameras infames, han de ser contadas entre las enfermedades y los dioses de los romanos. Tales dioses, ciertamente, ensancharon el dominio de los romanos, en oposición a otros que eran adorados por las naciones: pues ni el Marte tracio, ni el Júpiter cretense, ni Juno, ora de Argos, ora de Samos, ora de Cartago, ni Diana de Táuride, ni la Madre Idaea, ni aquellos egipcios —no deidades, sino monstruosidades— ayudaron a los suyos contra el pueblo romano; a no ser, acaso, que entre los romanos fuera mayor la castidad de las vírgenes, o más santa la religión de los sacerdotes; aunque en muchísimas de las vírgenes se castigó la impudicia, porque, sin duda sin saberlo Vesta, tenían trato con varones con demasiada despreocupación; y para las demás su impunidad no nacía de la mejor guarda de su castidad, sino de la mejor fortuna de su desvergüenza. Y ¿dónde se conciertan mejor los adulterios por los sacerdotes que entre los mismos altares y santuarios? ¿Dónde se traman más tercerías, o se acuerdan más violencias? Finalmente, el ardor lujurioso se satisface más frecuentemente en las pequeñas cámaras de los guardianes del templo que en los propios prostíbulos. Y no obstante, mucho antes que los romanos, por disposición de Dios, tuvieron el dominio los asirios, los medos, los persas, también los griegos y los egipcios, aunque no tenían pontífices, ni Arvales, ni Salios, ni Vestales, ni Augures, ni pollos encerrados en un gallinero, por cuyo comer o ayunar debían regirse los más altos intereses del Estado.

    Responde Octavio: auspicios, oráculos y demonios (Cap. 26–27)

    Capítulo 26

    Argumento: El arma que Cecilio había blandido levemente contra él, tomada de los auspicios y augurios de las aves, la devuelve Octavio aduciendo los casos de Régulo, Mancino, Paulo y César. Y muestra con otros ejemplos que el argumento tomado de los oráculos no tiene más fuerza que los demás.

    Cap. 26

    Y ahora llego a aquellos auspicios y augurios romanos que tú has recogido con sumo empeño, y de los que has atestiguado que fueron desatendidos con malas consecuencias y observados con buena fortuna. Ciertamente, Clodio, Flaminio y Junio perdieron sus ejércitos por esto, porque no juzgaron conveniente esperar el augurio solemnísimo dado por el picoteo ansioso de los pollos. Pero ¿qué decir de Régulo? ¿Acaso no observó los augurios y fue hecho prisionero? Mancino mantuvo su deber religioso, y fue enviado bajo el yugo y entregado. Paulo también tuvo pollos ansiosos en Cannas, y sin embargo fue derrotado con la mayor parte de la república. Cayo César despreció los augurios y auspicios que se oponían a que hiciera la travesía a África antes del invierno, y así con tanta más facilidad navegó y venció. Pero ¿qué más, y cuánto, he de seguir diciendo acerca de los oráculos? Después de su muerte, Anfiarao respondió acerca de lo por venir, aunque no supo, mientras vivía, que había de ser traicionado por su esposa a causa de un brazalete. El ciego Tiresias veía el futuro, aunque no veía el presente. Ennio inventó las respuestas del Apolo Pitio acerca de Pirro, aunque Apolo ya había cesado de componer versos; y aquel oráculo suyo, cauto y ambiguo, falló justamente en el tiempo en que los hombres comenzaron a ser a la vez más cultivados y menos crédulos. Y Demóstenes, porque sabía que las respuestas eran fingidas, se quejó de que la Pitia filipizaba. Pero a veces, es verdad, aun los auspicios o los oráculos han rozado la verdad. Aunque entre muchas falsedades la casualidad pudiera parecer como si imitara la previsión, me acercaré a la fuente misma del error y de la perversidad, de donde ha manado toda aquella oscuridad, y la cavaré más hondamente y la pondré al descubierto con mayor claridad. Hay algunos espíritus falaces y errantes, degradados de su vigor celeste por las manchas y concupiscencias terrenales. Ahora bien, estos espíritus, después de haber perdido la sencillez de su naturaleza al ser abrumados y sumergidos en los vicios, como consuelo de su calamidad no cesan, una vez que ellos mismos están arruinados, de arruinar a otros; y, depravados como están, de infundir en otros el error de su depravación, y, apartados ellos de Dios, de separar a los demás de Dios introduciendo supersticiones degradadas. Los poetas saben que esos espíritus son demonios; los filósofos disertan sobre ellos; lo sabía Sócrates, quien, según el asentimiento y la decisión de un demonio que estaba a su lado, rehusaba o emprendía los asuntos. Los magos también no solo saben que hay demonios, sino que, además, cualquier milagro que pretenden realizar, lo hacen por medio de demonios; con sus inspiraciones y comunicaciones muestran sus artes maravillosas, haciendo aparecer lo que no es, o dejando de aparecer lo que es. De aquellos magos, el primero tanto en elocuencia como en hechos, Sóstenes, no solo describe al Dios verdadero con la majestad conveniente, sino también a los ángeles que son ministros y mensajeros de Dios, del Dios verdadero. Y sabía que acrecentaba su veneración el que temblaran por temor a la simple señal y a la mirada de su Señor. El mismo declaró también que los demonios eran terrestres, errantes y hostiles al género humano. ¿Qué dijo Platón, que creía difícil hallar a Dios? ¿No habla él también, sin vacilación, de ángeles y de demonios? Y en su Simposio, ¿no intenta explicar asimismo la naturaleza de los demonios? Pues pretende que es una sustancia intermedia entre lo mortal y lo inmortal— es decir, mediadora entre el cuerpo y el espíritu, compuesta por la mezcla del peso terrestre y de la ligereza celeste; de donde también nos advierte acerca del deseo amoroso, y dice que aquel se modela y se desliza en el pecho humano, agita los sentidos, modela los afectos e infunde el ardor de la lujuria.
    Comentario editorial · Demonios, magos y el «Banquete» de Platón
    Para Octavio, los oráculos y los prodigios no vienen de los dioses sino de demonios: «espíritus falaces y errantes» que habitan estatuas y templos (Cap. 26–27). Lo apoya con lo que conocen sus lectores: los poetas; Sócrates y su demonio; los magos, entre ellos «Sóstenes» (el latín lee Hostanes, nombre que según Wikipedia es el de un mago persa legendario, firma de varios autores griegos y latinos de alquimia); y Platón, que en el Banquete hace del daimon un ser intermedio entre mortales e inmortales (Wikipedia). Entre los griegos había daimones buenos y malos; para los pensadores cristianos, según Wikipedia, lo daimónico se asoció con el mal. Octavio da ese paso: los demonios confiesan serlo cuando se los conjura en nombre del Dios verdadero (Cap. 27).

    Capítulo 27

    Argumento: Recapitulación. He aquí, sin duda, una fuente de error: los demonios se ocultan bajo las estatuas e imágenes, frecuentan los templos, animan las fibras de las entrañas, dirigen el vuelo de las aves, gobiernan las suertes, derraman oráculos envueltos en respuestas falsas. Estas cosas no provienen de Dios; pero ellos se ven obligados a confesarlo cuando son conjurados en el nombre del Dios verdadero y son expulsados de los cuerpos poseídos. De ahí que huyan apresuradamente de la vecindad de los cristianos y susciten odio contra ellos en los ánimos de los gentiles, que comienzan a odiarlos antes de conocerlos.

    Cap. 27

    Estos espíritus impuros, pues— los demonios—, como lo muestran los magos, los filósofos y Platón, consagrados bajo estatuas e imágenes, se ocultan allí, y con su soplo alcanzan la autoridad como de una deidad presente; mientras tanto se insinúan en los profetas, mientras moran en los santuarios, mientras a veces animan las fibras de las entrañas, gobiernan el vuelo de las aves, dirigen las suertes, son causa de oráculos envueltos en muchas falsedades. Pues a un tiempo son engañados y engañan; por cuanto ignoran la verdad sencilla y, para su propia ruina, no confiesan lo que saben. Así arrastran a los hombres desde el cielo hacia abajo, y los apartan del Dios verdadero hacia las cosas materiales: perturban la vida, inquietan a todos los hombres; deslizándose también secretamente en los cuerpos humanos, con sutileza, por ser espíritus, fingen enfermedades, alarman los ánimos, dislocan los miembros; para obligar a los hombres a adorarlos, hartos de los vapores de los altares o de los sacrificios de ganado, a fin de que, al aflojar lo que habían atado, parezcan haberlo curado. Esos maníacos furiosos también, a quienes veis correr de un lado a otro en público, son además profetas sin templo; así se enfurecen, así deliran, así dan vueltas. También en ellos hay una instigación semejante del demonio, pero es distinta la ocasión de su locura. De las mismas causas nacen también aquellas cosas de las que hace poco hablasteis: que Júpiter pedía en sueños la restauración de sus juegos, que los Cástores aparecieron con sus caballos y que una pequeña nave seguía la guía del ceñidor de una matrona. Muchísimos, aun algunos de los vuestros, saben todo aquello que los demonios confiesan acerca de sí mismos, cuantas veces son expulsados por nosotros de los cuerpos con los tormentos de nuestras palabras y con los fuegos de nuestras oraciones. El propio Saturno, y Serapis, y Júpiter, y cualesquiera demonios que adoráis, vencidos por el dolor, dicen lo que son; y ciertamente no mienten en su propio descrédito, especialmente cuando alguno de vosotros está presente. Puesto que ellos mismos son testigos de que son demonios, creedles cuando confiesan la verdad acerca de sí mismos; pues, conjurados por el único y verdadero Dios, contra su voluntad los desdichados se estremecen en sus cuerpos, y o saltan al punto, o se desvanecen gradualmente, según ayuda la fe del paciente o inspira la gracia del sanador. Así huyen de los cristianos cuando están cerca, a los que de lejos hostigaban por medio de vosotros en sus asambleas. Y así, introducidos en las mentes de los ignorantes, siembran secretamente allí un odio contra nosotros por medio del miedo. Pues es natural odiar a aquel a quien temes, y dañar a aquel a quien has temido, si puedes. Así se apoderan de las mentes y obstruyen los corazones, para que los hombres comiencen a odiarnos antes de conocernos; no sea que, una vez conocidos, nos imiten o no sean capaces de condenarnos.

    Responde Octavio: las acusaciones contra los cristianos (Cap. 28–32)

    Capítulo 28

    Argumento: No es solo odio lo que suscitan contra los cristianos, sino que les imputan crímenes horrendos, que hasta ahora nadie ha probado. Esta es obra de los demonios, pues por ellos se difunde y propaga una falsa acusación. A los cristianos se les acusa en falso de sacrilegio, de incesto, de adulterio, de parricidio; y, además, es cierto y verdadero que esos mismos crímenes, o crímenes semejantes o mayores, son de hecho cometidos por los propios gentiles.

    Cap. 28

    Pero ¡cuán injusto es formar juicio sobre cosas desconocidas y no examinadas, como hacéis vosotros! Creednos a nosotros, arrepentidos, pues también fuimos como vosotros, y antes, mientras estábamos ciegos y obtusos, pensábamos lo mismo que vosotros; a saber, que los cristianos adoraban monstruos, devoraban niños, se mezclaban en banquetes incestuosos. Y no percibíamos que tales fábulas eran siempre puestas a flote por esos murmuradores, y nunca se investigaron ni se probaron; y que en tan largo tiempo nadie había aparecido para traicionar sus hechos, a fin de obtener no solo el perdón por su crimen, sino también favor por su descubrimiento; además, que hasta tal punto no era malo, que un cristiano, acusado, ni se sonrojaba ni temía, y solo lamentaba no haberlo sido antes. Nosotros, sin embargo, cuando emprendíamos defender y proteger a algunos sacrílegos, incestuosos e incluso parricidas, no pensábamos que estos cristianos debieran ser oídos en absoluto. A veces incluso, cuando fingíamos compadecerlos, éramos más cruelmente violentos contra ellos, hasta el punto de torturarlos cuando confesaban, para que negaran, es decir, para que no perecieran; usando contra ellos una inquisición perversa, no para sacar a la luz la verdad, sino para obligar a una mentira. Y si alguno, por mayor debilidad, vencido por el sufrimiento y conquistado, negaba ser cristiano, le mostrábamos favor, como si por abjurar de ese nombre hubiera expiado de una vez todos sus actos con aquella simple negación. ¿No reconocéis que sentíamos y hacíamos lo mismo que sentís y hacéis? Cuando, si juzgara la razón y no la instigación de un demonio, más bien habría que haberlos presionado no para negar que eran cristianos, sino para confesarse culpables de incestos, de abominaciones, de ritos sagrados profanados, de niños inmolados. Pues con estas historias y otras semejantes, esos mismos demonios llenaban los oídos de los ignorantes contra nosotros, para horror de su execración. Y no era de extrañar, puesto que la voz común de los hombres, siempre alimentada por la dispersión de falsedades, se consume cuando la verdad sale a la luz. Así, éste es el negocio de los demonios, pues por ellos se siembran y fomentan los falsos rumores. De ahí surge lo que decís que oís: que entre nosotros se venera como cosa divina la cabeza de un asno. ¿Quién es tan necio como para adorar esto? ¿Quién es aún más necio como para creer que es objeto de adoración? A no ser que vosotros consagréis asnos enteros en vuestras cuadras, junto con vuestra Epona, y devoréis religiosamente esos mismos asnos con Isis. También ofrecéis y adoráis las cabezas de bueyes y carneros, y dedicáis dioses mezclados de cabra y hombre, y dioses con rostros de perros y de leones. ¿No adoráis y alimentáis al buey Apis, con los egipcios? Y no condenáis sus ritos sagrados instituidos en honor de serpientes, cocodrilos y otras bestias, aves y peces, de los cuales si alguien matase a uno de esos dioses, es castigado incluso con la muerte. Estos mismos egipcios, junto con muchísimos de vosotros, no temen más a Isis que a la acritud de las cebollas, ni tiemblan ante Serapis más que ante los ruidos más viles producidos por la suciedad de sus cuerpos. También el que fábula contra nosotros acerca de nuestra adoración de los miembros del sacerdote, trata de atribuirnos lo que en realidad le pertenece a él mismo. (Pues esas impudicias de ellos quizá sean ritos sagrados entre aquellos entre quienes todo sexo se prostituye con todos los miembros, entre quienes toda impudicia se llama urbanidad; que envidian la licencia de las rameras, que lamen a los varones con boca lasciva y se pegan a las ingles, hombres de mala lengua aun si callaran, a quienes antes les hastía su propia impudicia que les avergüence.) ¡Abominación! Sufren en sí mismos tales maldades, que ninguna época es tan afeminada como para poder soportarlas, y ninguna esclavitud tan cruel como para verse obligado a soportarlas.
    Comentario editorial · Cómo se juzgaba a un cristiano
    Octavio habla como quien pensó antes lo mismo que sus oyentes. Cuenta que entonces no se investigaba; se torturaba a los acusados que confesaban «para que negaran» y se trataba con favor a quien, vencido por el dolor, abjuraba del nombre (Cap. 28). Lectura del editor: es el procedimiento que describe Plinio el Joven, gobernador de Bitinia hacia 110, en su consulta a Trajano. Según Wikipedia, soltaba a quien negaba ser cristiano, invocaba a los dioses, ofrecía incienso y vino a las imágenes del emperador y maldecía a Cristo, y la respuesta de Trajano deja claro que bastaba ser conocido como cristiano para proceder contra él. Tertuliano se queja de lo mismo: el verdugo no debe hacer que confiesen lo que hacen, sino que nieguen lo que son (Apologético 7).

    Capítulo 29

    Argumento: Ni es más cierto que los cristianos adoren a un hombre clavado en una cruz por sus crímenes, pues creen no solo que era inocente, sino con razón que era Dios. Pero, por otra parte, los paganos invocan los poderes divinos de reyes elevados a dioses por ellos mismos; rezan a las imágenes y suplican a sus genios.

    Cap. 29

    Estas infamias, y otras semejantes, ni siquiera nos es lícito escucharlas; incluso es vergonzoso defendernos con más palabras de tales acusaciones. Pues fingís que esas cosas son hechas por personas castas y modestas, las cuales no creeríamos que se hicieran en absoluto, a menos que probarais que eran verdaderas respecto de vosotros mismos. Porque al atribuir a nuestra religión la adoración de un criminal y de su cruz, os alejáis mucho de la vecindad de la verdad, al pensar o que un criminal merecía, o que un ser terreno podía ser creído Dios. Miserable ciertamente es aquel hombre cuya esperanza entera depende de un hombre mortal, pues toda su ayuda queda terminada con la extinción del hombre. Los egipcios, ciertamente, se eligen a un hombre a quien adorar; a él solo lo propician; a él consultan acerca de todo; a él inmolan víctimas; y el que para otros es un dios, para sí mismo es ciertamente un hombre, quiera o no, pues no engaña a su propia conciencia, si engaña a la de los demás. Además, una falsa adulación acaricia vergonzosamente a príncipes y reyes, no como hombres grandes y escogidos, como es justo, sino como dioses; mientras que el honor se rinde más verdaderamente a un hombre ilustre, y el amor se da más gustosamente a un hombre muy bueno. Así invocan a su deidad, suplican a sus imágenes, imploran a su Genio, es decir, a su demonio; y es más seguro jurar en falso por el genio de Júpiter que por el de un rey. Las cruces, además, ni las adoramos ni las deseamos. Vosotros, ciertamente, que consagráis dioses de madera, adoráis cruces de madera quizá como partes de vuestros dioses. Pues vuestras mismas insignias, así como vuestros estandartes, y las banderas de vuestro campamento, ¿qué otra cosa son sino cruces doradas y adornadas? Vuestros trofeos victoriosos no solo imitan la apariencia de una simple cruz, sino también la de un hombre fijado a ella. Nosotros, ciertamente, vemos el signo de la cruz, naturalmente, en la nave cuando es llevada con velas henchidas, cuando se desliza hacia adelante con remos extendidos; y cuando se levanta el yugo militar, es el signo de la cruz; y cuando un hombre adora a Dios con mente pura, con las manos extendidas. Así, el signo de la cruz o es sustentado por una razón natural, o vuestra propia religión se forma respecto de él.
    Comentario editorial · El nombre que no aparece
    El diálogo defiende a los cristianos sin nombrar a Cristo: en lo que dicen los personajes solo hay «cristianos», y en la versión de Wallis la palabra «Cristo» aparece únicamente en el argumento que el ANF puso al Cap. 37 (tampoco en el latín de The Latin Library). A Cecilio, que habla de adorar «un hombre castigado» y el «madero mortal de la cruz» (Cap. 9), Octavio responde que ni adoran ni desean cruces, y las halla en las naves, los estandartes y el gesto del que ora (Cap. 29). Según Lejay, Aristides, Justino y Tertuliano sí pronuncian el nombre, y Minucio calla también la Trinidad, la Encarnación y la Redención: lo explica como una limitación voluntaria, no como disciplina del secreto, pues Cecilio aplaza la instrucción completa para el día siguiente (Cap. 40). De la Escritura el Tertullian Project recoge, tras Beaujeu, solo alusiones posibles.

    Capítulo 30

    Argumento: La historia de que los cristianos beben la sangre de un niño al que han asesinado es una calumnia descarada. Pero los gentiles, tanto exponen cruelmente a sus hijos recién nacidos como, antes de nacer, los destruyen con un aborto cruel. A los cristianos no les está permitido ni ver ni oír hablar de homicidio.

    Cap. 30

    Y ahora quisiera encontrarme con aquel que dice o cree que nosotros somos iniciados mediante la matanza y la sangre de un niño. ¿Pensáis que puede ser posible que un cuerpo tan tierno, tan pequeño, reciba esas heridas fatales; que alguien derrame, vierta y agote esa sangre nueva de un pequeñuelo, y de un hombre apenas llegado a la existencia? Nadie puede creer esto, excepto quien se atreva a hacerlo. Y veo que vosotros, en un momento exponéis a vuestros hijos engendrados a las fieras y a las aves; en otro, los aplastáis cuando son estrangulados con una muerte miserable. Hay mujeres que, bebiendo preparados medicinales, extinguen en sus propias entrañas la fuente del futuro hombre, y así cometen un parricidio antes de darlo a luz. Y estas cosas ciertamente provienen de la enseñanza de vuestros dioses. Pues Saturno no expuso a sus hijos, sino que los devoró. Con razón le sacrificaban niños los padres en algunas partes de África, reprimiendo su llanto con caricias y besos, para que no se sacrificara una víctima que lloraba. Además, entre los tauros del Ponto, y al egipcio Busiris, era rito sagrado inmolar a sus huéspedes, y para los gali degollar a Mercurio sacrificios humanos, o más bien inhumanos. Los sacrificadores romanos enterraban vivos a un griego y a una griega, a un galo y a una gala; y hasta hoy, Júpiter Lacial es adorado por ellos con asesinato; y, lo que es digno del hijo de Saturno, se harta de la sangre de un hombre malvado y criminal. Creo que él mismo enseñó a Catilina a conspirar bajo un pacto de sangre, y a Belona a empapar sus ritos sagrados con un sorbo de sangre humana, y enseñó a los hombres a curar la epilepsia con la sangre de un hombre, es decir, con una enfermedad peor. Tampoco son desemejantes a él los que devoran las fieras de la arena, embadurnadas y manchadas de sangre, o cebadas con los miembros o las entrañas de hombres. A nosotros no nos es lícito ni ver ni oír hablar de homicidio; y tanto nos apartamos de la sangre humana, que no usamos ni siquiera la sangre de animales comestibles en nuestro alimento.

    Capítulo 31

    Argumento: La acusación de que nuestros convites están manchados de incesto es enteramente contraria a toda probabilidad, mientras que es evidente que los gentiles son realmente culpables de incesto. Los banquetes de los cristianos no solo son modestos, sino sobrios. De hecho, la lujuria incestuosa es tan inaudita, que en muchos incluso la asociación modesta de los sexos provoca sonrojo.

    Cap. 31

    Y acerca del banquete incestuoso, la trama de los demonios ha inventado falsamente una fábula enorme contra nosotros, para manchar la gloria de nuestra modestia, mediante el hastío que excita una infamia ultrajante, a fin de que, antes de inquirir la verdad, apartara a los hombres de nosotros por el terror de una acusación abominable. Así actuó en este respecto vuestro Frontón: no presentó testimonio, como quien alega una acusación, sino que esparció reproches como un retórico. Pues estas cosas más bien se han originado de vuestras propias naciones. Entre los persas, se permite una asociación promiscua entre hijos y madres. Los matrimonios con hermanas son legítimos entre los egipcios y en Atenas. Vuestros anales y vuestras tragedias, que leéis y oís con placer, se glorían de incestos: así también adoráis a dioses incestuosos, que tienen trato con madres, con hijas, con hermanas. Con razón, por tanto, se detecta frecuentemente entre vosotros el incesto, y se permite continuamente. Miserables hombres, podéis incluso, sin saberlo, precipitaros en lo ilícito: puesto que esparcís vuestras lujurias promiscuamente, puesto que en todas partes engendráis hijos, puesto que frecuentemente exponéis incluso a los que nacen en casa a la merced de otros, es inevitable que volváis a vuestros propios hijos, y os extraviéis hacia vuestra propia descendencia. Así continuáis la historia del incesto, aunque no tengáis conciencia de vuestro crimen. Pero nosotros mantenemos nuestra modestia no en apariencia, sino que en nuestro corazón permanecemos gustosamente en el vínculo de un solo matrimonio; en el deseo de procrear, conocemos o a una sola esposa, o a ninguna. Practicamos la participación en banquetes que no solo son modestos, sino también sobrios: pues no nos entregamos a diversiones ni prolongamos nuestras fiestas con vino; sino que templamos nuestra alegría con gravedad, con discurso casto, y con cuerpo aún más casto (varios de nosotros no violados) gozamos más que hacemos alarde de una virginidad perpetua del cuerpo. Tan lejos están, de hecho, de entregarse al deseo incestuoso, que en algunos incluso la idea de una relación modesta de los sexos provoca sonrojo. Ni nos ponemos de pronto al nivel de lo más bajo del pueblo, si rechazamos vuestros honores y ropas de púrpura; y no somos melindrosos, si todos tenemos discernimiento de un solo bien, sino que nos reunimos con la misma quietud con que vivimos como individuos; y no somos habladores en los rincones, aunque vosotros o os sonrojáis o teméis oírnos en público. Y que día a día aumente nuestro número no es motivo para una acusación de error, sino un testimonio que reclama alabanza; porque, en un modo de vida justo, nuestro número actual a la vez continúa y permanece sin disminuir, y los extraños lo aumentan. Así, en resumen, no distinguimos a nuestra gente por una pequeña marca corporal, como suponéis, sino con bastante facilidad por la señal de la inocencia y de la modestia. Así nos amamos unos a otros, para vuestro pesar, con un amor mutuo, porque no sabemos odiar. Así nos llamamos unos a otros, para vuestra envidia, hermanos: como hombres nacidos de un solo Dios y Padre, y compañeros en la fe, y coherederos en la esperanza. Vosotros, sin embargo, no os reconocéis unos a otros, y sois crueles en vuestros odios mutuos; ni os reconocéis como hermanos, a no ser para el fratricidio.

    Capítulo 32

    Argumento: Tampoco puede decirse que los cristianos ocultan lo que adoran porque no tienen templos ni altares, en cuanto están persuadidos de que Dios no puede ser circunscrito por templo alguno, y de que no puede hacerse ninguna semejanza de Él. Pero Él está presente en todas partes, ve todas las cosas, incluso los pensamientos más secretos de nuestros corazones; y nosotros vivimos cerca de Él, y bajo su protección.

    Cap. 32

    Pero ¿pensáis que ocultamos lo que adoramos, si no tenemos templos ni altares? Y sin embargo, ¿qué imagen de Dios haré, puesto que, si pensáis rectamente, el hombre mismo es imagen de Dios? ¿Qué templo le edificaré, cuando este mundo entero, formado por su obra, no puede recibirlo? ¿Y cuando yo, un hombre, habito a lo ancho y a lo largo, encerraré el poder de tan gran majestad dentro de un pequeño edificio? ¿No sería mejor que Él fuera dedicado en nuestra mente, consagrado en lo más íntimo de nuestro corazón? ¿Ofreceré víctimas y sacrificios al Señor, tales como Él ha producido para mi uso, de modo que le devuelva su propio don? Es ingrato cuando la víctima apta para el sacrificio es una buena disposición, una mente pura y un juicio sincero. Por tanto, el que cultiva la inocencia suplica a Dios; el que cultiva la justicia hace ofrendas a Dios; el que se abstiene de prácticas fraudulentas propicia a Dios; el que arranca a un hombre del peligro inmola la víctima más aceptable. Estos son nuestros sacrificios, estos son nuestros ritos del culto a Dios; así, entre nosotros, el más justo es el más religioso. Pero ciertamente al Dios que adoramos ni lo mostramos ni lo vemos. En verdad por esta razón creemos que es Dios, porque podemos tener conciencia de Él, pero no podemos verlo; pues en sus obras, y en todos los movimientos del mundo, contemplamos su poder siempre presente cuando truena, relampaguea, lanza sus rayos, o cuando de nuevo lo hace todo brillante. Ni debéis asombraros si no veis a Dios. Por el viento y por las ráfagas de la tormenta todas las cosas son impulsadas y sacudidas, son agitadas, y sin embargo ni el viento ni la tempestad caen bajo nuestra vista. Así no podemos mirar al sol, que es la causa de la visión para todas las criaturas: la pupila del ojo se retira de sus rayos, la mirada del que contempla se ofusca; y si miráis demasiado tiempo, toda facultad de ver se extingue. ¡Cómo! ¿podéis sostener al Arquitecto del sol mismo, la fuente misma de la luz, cuando os apartáis de sus relámpagos y os escondéis de sus rayos? ¿Deseáis ver a Dios con vuestros ojos carnales, cuando no sois capaces ni de contemplar ni de asir vuestra propia alma, por la cual sois animados y habláis? Pero, además, se dice que Dios ignora las acciones del hombre; y estando establecido en el cielo, no puede ni abarcarlo todo ni conocer a los individuos. Erráis, oh hombre, y sois engañado; pues ¿desde dónde está lejos Dios, cuando todas las cosas celestiales y terrenales, y las que están más allá de esta provincia del universo, son conocidas por Dios, están llenas de Dios? En todas partes Él no solo está muy cerca de nosotros, sino que está infundido en nosotros. Por tanto, mirad una vez más al sol: está fijo en el cielo, y sin embargo se difunde por todas las tierras igualmente; presente en todas partes, se asocia y se mezcla con todas las cosas; su brillo nunca es violado. ¿Cuánto más Dios, que ha hecho todas las cosas y las contempla todas, de quien nada puede quedar oculto, está presente en las tinieblas, está presente en nuestros pensamientos, como en la oscuridad profunda? No solo obramos en Él, sino también, casi diría, vivimos con Él.

    Responde Octavio: judíos, fin del mundo, destino y martirio (Cap. 33–38)

    Capítulo 33

    Argumento: Que aunque se diga que Dios de nada aprovechó a los judíos, ciertamente los escritores de los anales judíos son los testigos más suficientes de que ellos abandonaron a Dios antes de ser abandonados por Él.

    Cap. 33

    Tampoco nos halaguemos por nuestra multitud. Nos parecemos muchos a nosotros mismos, pero para Dios somos muy pocos. Nosotros distinguimos pueblos y naciones; para Dios todo este mundo es una sola familia. Los reyes solo conocen todos los asuntos de su reino por el ministerio de sus servidores: Dios no tiene necesidad de información. No solo vivimos a sus ojos, sino también en su seno. Pero se objeta que de nada sirvió a los judíos el que ellos mismos adoraran al único Dios con altares y templos, con la mayor superstición. Eres culpable de ignorancia si recuerdas los acontecimientos posteriores mientras olvidas o desconoces los anteriores. Pues también ellos mismos, mientras adoraron a nuestro Dios —y Él es el mismo Dios de todos— con castidad, inocencia y religión, mientras obedecieron sus saludables preceptos, de pocos llegaron a ser innumerables, de pobres se hicieron ricos, de ser siervos llegaron a ser reyes; unos pocos abrumaron a muchos; hombres desarmados abrumaron a los armados mientras huían de ellos, persiguiéndolos por mandato de Dios y con los elementos esforzándose a su favor. Lee con cuidado sus Escrituras o, si te agradan más los escritos romanos, pregunta acerca de los judíos en los libros (por no decir nada de los documentos antiguos) de Flavio Josefo o de Antonino Juliano, y sabrás que por su maldad merecieron esta suerte, y que nada sucedió que no les hubiera sido antes predicho, si perseveraban en su obstinación. Por tanto comprenderás que ellos abandonaron antes de ser abandonados, y que no fueron, como dices impíamente, llevados cautivos con su Dios, sino entregados por Dios como desertores de su disciplina.
    Comentario editorial · Josefo y Antonino Juliano
    Para probar que los judíos «abandonaron antes de ser abandonados», Octavio remite a sus lectores romanos a Flavio Josefo y a Antonino Juliano (Cap. 33). Wikipedia identifica a este con Marco Antonio Juliano, último procurador de Judea (66–70), y añade, citando este pasaje, que escribió una historia de aquellos hechos que se ha perdido. Hardwick, en el Tertullian Project, observa que Minucio busca autoridades que su público romano reconocía y que no toma de Josefo lo que este dice contra los defensores de Jerusalén; se pregunta si lo leyó o solo cita su nombre. El argumento aparta a los judíos del cristianismo: su ruina no prueba la debilidad de su Dios, sino que ellos lo habían dejado.

    Capítulo 34

    Argumento: Además, no ha de sorprender en absoluto que este mundo haya de ser consumido por el fuego, pues todo lo que tiene principio tiene también fin. Y los filósofos antiguos no son contrarios a la opinión de la probable quema del mundo. Sin embargo, es evidente que Dios, habiendo hecho al hombre de la nada, puede levantarlo de la muerte a la vida. Y toda la naturaleza sugiere una futura resurrección.

    Cap. 34

    Además, en cuanto al incendio del mundo, es un error vulgar no creer ni que el fuego caerá sobre él de manera imprevista, ni que el mundo será destruido por él. Pues ¿quién de los sabios duda, quién ignora, que todo lo que ha tenido principio perece, y que todo lo que ha sido hecho llega a su fin? También el cielo, con todo lo que en el cielo se contiene, cesará así como comenzó. El alimento de los mares por las dulces aguas de las fuentes pasará al poder del fuego. Los estoicos mantienen la creencia constante de que, una vez secada la humedad, todo este mundo arderá; y los epicúreos tienen la misma opinión acerca de la conflagración de los elementos y de la destrucción del mundo. Platón dice que partes del mundo son ahora inundadas, y ahora abrasadas por cambios alternos; y aunque dice que el mundo mismo fue construido perpetuo e indisoluble, sin embargo añade que para Dios mismo, el único artífice, es a la vez disoluble y mortal. Así no es maravilla si esa mole es destruida por Aquel por quien fue levantada. Observas que los filósofos disputan sobre las mismas cosas que decimos, no porque nosotros sigamos sus huellas, sino porque ellos, a partir de los anuncios divinos de los profetas, imitaron la sombra de la verdad corrompida. Así también los más ilustres de los sabios, Pitágoras primero, y Platón principalmente, han transmitido la doctrina de la resurrección con una fe corrompida y dividida; pues quieren que, disueltos los cuerpos, las almas solas permanezcan para siempre y pasen muy a menudo a otros cuerpos nuevos. A estas cosas añaden también esto, para desfigurar la verdad: que las almas de los hombres vuelven al ganado, a las aves y a las bestias. Ciertamente una opinión como esa no es digna de la indagación de un filósofo, sino de la chocarrería de un bufón. Pero para nuestro argumento es suficiente que incluso en esto vuestros sabios concuerden en cierta medida con nosotros. Pues ¿quién es tan necio o tan embrutecido como para atreverse a negar que el hombre, así como pudo ser formado primero por Dios, puede asimismo ser formado de nuevo; que nada es después de la muerte, y que nada era antes de comenzar a existir; y que, como de la nada le fue posible nacer, de la nada puede serle posible ser restaurado? Además, es más difícil comenzar lo que no es que repetir lo que ha sido. ¿Piensas que, si algo se retira de nuestros débiles ojos, perece para Dios? Todo cuerpo, ya se seque hasta el polvo, ya se disuelva en humedad, ya se comprima en cenizas, ya se atenúe en humo, se retira de nosotros, pero está reservado para Dios en la custodia de los elementos. Ni, como crees, tememos pérdida alguna por la sepultura, sino que adoptamos la costumbre antigua y mejor de enterrar en la tierra. Mira, por tanto, cómo para consuelo nuestro toda la naturaleza sugiere una futura resurrección. El sol se hunde y sale, las estrellas pasan y vuelven, las flores mueren y reviven de nuevo; tras su decadencia invernal los arbustos recobran sus hojas; las semillas no florecen de nuevo a menos que se pudran: así el cuerpo en el sepulcro es como los árboles que en invierno ocultan su verdor con una sequedad engañosa. ¿Por qué tienes prisa por que reviva y vuelva, mientras el invierno es aún crudo? Hemos de esperar también la primavera del cuerpo. Y no ignoro que muchos, conscientes de lo que merecen, más desean que creen que no serán nada después de la muerte; pues preferirían ser totalmente extinguidos antes que ser restaurados para el castigo. Y su error se acrecienta, además, por la libertad que se les concede en esta vida y por la grandísima paciencia de Dios, cuyo juicio, cuanto más tardío es, tanto más justo es.
    Texto de la fuenteEditor de las Ante-Nicene Fathers · Elucidación III (nota del volumen) · Cap. 34, nota
    ["... de la nada" De este capítulo, si no de otros, se había afirmado precipitadamente que nuestro autor imaginaba que el alma perece con el cuerpo, y que ha de ser renovada de la nada. El argumento es totalmente ad hominem, y no afirma nada desde el punto de vista propio del autor, según lo entiendo. Da lo que es «suficiente para su argumento,» y no declara nada más. No era un clérigo, ni su obra es un sermón para los fieles. Desafía a cualquiera a negar que, si Dios pudo formar al hombre de la nada, puede hacerlo de nuevo de la nada. El resto del argumento es una brillante afirmación de la imperecibilidad de la materia, en términos que podrían satisfacer a la ciencia moderna; y la implicación es que el alma no perece a la vista de Dios más que el cuerpo vaporizado y reservado en la custodia de los elementos.]

    Capítulo 35

    Argumento: Los justos y piadosos serán recompensados con felicidad sin fin, pero los injustos serán castigados con pena eterna. Las costumbres de los cristianos son mucho más santas que las de los gentiles.

    Cap. 35

    Y, sin embargo, los hombres son amonestados en los libros y poemas de los más doctos poetas acerca de aquel río de fuego y del calor que fluye en múltiples vueltas desde la laguna Estigia: cosas que, preparadas para tormentos eternos y conocidas por ellos por información de los demonios y por los oráculos de sus profetas, nos han transmitido. Y por eso también entre ellos el propio rey Júpiter jura religiosamente por las abrasadas riberas y el negro abismo; pues, conociendo de antemano el castigo destinado a él y a sus adoradores, se estremece. Y no hay ni medida ni término para estos tormentos. Allí el fuego inteligente quema los miembros y los restaura, se alimenta de ellos y los nutre. Como los fuegos de los rayos hieren los cuerpos y no los consumen; como los fuegos del monte Etna y del monte Vesubio, y de las tierras ardientes por doquier, brillan pero no se consumen; así aquel fuego penal no se alimenta de la destrucción de los que arden, sino que se nutre de la incesante corrosión de sus cuerpos. Pero que quienes no conocen a Dios son atormentados merecidamente como impíos, como injustos, nadie sino un hombre profano duda en creerlo, puesto que no es menos malvado ignorar que ofender al Padre de todos y Señor de todos. Y aunque la ignorancia de Dios es suficiente para el castigo, así como su conocimiento aprovecha para el perdón, sin embargo, si nosotros los cristianos somos comparados con vosotros, aunque en algunas cosas nuestra disciplina sea inferior, se nos hallará mucho mejores que vosotros. Pues vosotros prohibís los adulterios y sin embargo los cometéis; nosotros hemos nacido hombres solo para nuestras propias esposas: vosotros castigáis los crímenes cuando se cometen; entre nosotros, incluso pensar en los crímenes es pecado: vosotros teméis a quienes se dan cuenta de lo que hacéis; nosotros tememos incluso a nuestra propia conciencia sola, sin la cual no podemos existir: en fin, de vuestro número hierve la cárcel; pero allí no hay ningún cristiano, a menos que sea acusado a causa de su religión, o sea un desertor.

    Capítulo 36

    Argumento: El destino no es nada, salvo en cuanto el destino es Dios. La mente del hombre es libre, y por tanto también lo es su acción: su nacimiento no es llevado a juicio. No es motivo de infamia, sino de gloria, que a los cristianos se les reproche su pobreza; y el hecho de que sufran males corporales no es como pena, sino como disciplina.

    Cap. 36

    Ni que nadie se consuele con lo que sucede por el destino ni se excuse con ello. Supóngase que lo que sucede sea disposición de la fortuna; sin embargo, la mente es libre; y, por tanto, se juzga el obrar del hombre, no su dignidad. Pues ¿qué otra cosa es el destino sino lo que Dios ha dicho de cada uno de nosotros? Quien, puesto que puede prever nuestra constitución, determina también los destinos para nosotros, según los méritos y las cualidades de cada individuo. Así, en nuestro caso, no se castiga la estrella bajo la cual nacemos, sino que se culpa a la particular índole de nuestra disposición. Y acerca del destino ya se ha dicho bastante; o si, en consideración al tiempo, hemos hablado demasiado poco, trataremos el asunto en otra ocasión más abundante y más plenamente. Pero que muchos de nosotros sean llamados pobres, no es deshonra nuestra, sino gloria nuestra; pues así como nuestra mente se relaja con el lujo, así se fortalece con la frugalidad. Y sin embargo, ¿quién puede ser pobre si no carece de nada, si no ansía las posesiones ajenas, si es rico para con Dios? Pobre es más bien aquel que, aunque tiene mucho, desea más. Sin embargo, hablaré según lo que siento. Nadie puede ser tan pobre como nace. Las aves viven sin patrimonio alguno, y día a día se alimenta el ganado; y, no obstante, estas criaturas han nacido para nosotros: todas estas cosas, si no las codiciamos, las poseemos. Por tanto, como el que recorre un camino es tanto más feliz cuanto más ligero camina, así es más feliz en este viaje de la vida quien se sostiene en la pobreza y no respira con dificultad bajo el peso de las riquezas. Y aun si pensáramos que la riqueza nos es útil, se la pediríamos a Dios. Ciertamente Él podría concedérnosla en alguna medida, pues suyo es todo; pero preferimos despreciar las riquezas antes que poseerlas: deseamos más bien la inocencia, más bien imploramos paciencia, preferimos ser buenos a ser pródigos; y que sintamos y suframos los males humanos del cuerpo no es castigo: es guerra. Pues la fortaleza se robustece con las enfermedades, y la calamidad es muy a menudo la disciplina de la virtud; además, la fuerza tanto del alma como del cuerpo se entorpece sin el ejercicio del trabajo. Por eso todos vuestros poderosos, a quienes anunciáis como ejemplo, florecieron ilustremente por sus aflicciones. Y así Dios ni es incapaz de ayudarnos, ni nos desprecia, pues es a la vez gobernante de todos los hombres y amante de los suyos. Pero en la adversidad mira y escudriña a cada uno; sopesa la disposición de cada individuo en los peligros, incluso hasta la muerte por fin; investiga la voluntad del hombre, seguro de que nada puede perecer para Él. Por tanto, como el oro por los fuegos, así somos nosotros probados por los momentos críticos.

    Capítulo 37

    Argumento: Las torturas infligidas con la mayor injusticia por la confesión del nombre de Cristo son espectáculos dignos de Dios. Se instituye una comparación entre algunos de los más valientes de los paganos y los santos mártires. Declara que los cristianos no se presentan en los espectáculos públicos y procesiones, porque saben con la mayor certeza que son no menos impíos que crueles.

    Cap. 37

    ¡Cuán hermoso es el espectáculo para Dios cuando un cristiano lucha contra el dolor; cuando es levantado contra amenazas, castigos y torturas; cuando, burlándose del ruido de la muerte, pisa bajo sus pies el horror del verdugo; cuando alza su libertad contra reyes y príncipes, y cede solo a Dios, de quien es; cuando, triunfante y victorioso, pisotea al mismo hombre que ha pronunciado sentencia contra él! Pues ha vencido quien ha obtenido aquello por lo que combate. ¿Qué soldado no provocaría el peligro con mayor audacia bajo los ojos de su general? Porque nadie recibe recompensa antes de su prueba, y sin embargo el general no da lo que no tiene: no puede conservar la vida, pero puede hacer gloriosa la guerra. Mas el soldado de Dios ni es abandonado en el sufrimiento, ni es llevado a su fin por la muerte. Así el cristiano puede parecer miserable; no se le puede hallar realmente así. Vosotros mismos ensalzáis hasta el cielo a hombres desgraciados; Mucio Escévola, por ejemplo, quien, habiendo fracasado en su intento contra el rey, habría perecido entre los enemigos si no hubiera sacrificado su mano derecha. ¡Y cuántos de los nuestros han soportado que no solo su mano derecha, sino todo su cuerpo, fuera quemado — quemado sin gritos de dolor, especialmente cuando tenían en su poder ser despedidos! ¿Comparo acaso a hombres con Mucio o con Aquilio, o con Régulo? Sin embargo, muchachos y mujeres jóvenes entre nosotros desprecian cruces y torturas, fieras y todos los espantajos de los castigos, con la inspirada paciencia del sufrimiento. ¿Y no percibís, oh desdichados, que no hay nadie que quiera sin razón someterse al castigo o que pueda sin Dios soportar torturas? A menos, tal vez, que os haya engañado el hecho de que quienes no conocen a Dios abundan en riquezas, florecen en honores y sobresalen en poder. ¡Miserables! En este respecto son elevados tanto más alto para caer más bajo. Pues estos son engordados como víctimas para el castigo, como sacrificios son coronados para la matanza. Así, en este respecto algunos son elevados a imperios y dominaciones, para que el ejercicio desenfrenado del poder haga de su espíritu un mercado para la licencia desbridada que es propia de un alma arruinada. Pues, aparte del conocimiento de Dios, ¿qué felicidad sólida puede haber, puesto que la muerte ha de venir? Como un sueño, la felicidad se desliza antes de ser asida. ¿Eres rey? Sin embargo temes tanto como eres temido; y por mucho que estés rodeado de abundantes seguidores, estás solo ante el peligro. ¿Eres rico? Pero en la fortuna se confía mal; y con un gran equipaje de viaje no se equipa, sino que se carga, el breve camino de la vida. ¿Te jactas de las fasces y de las togas magistrales? Es un vano error del hombre y un vacío culto a la dignidad brillar en púrpura y ser sórdido en el alma. ¿Te eleva la nobleza de nacimiento? ¿Alabas a tus padres? Sin embargo, todos nacemos con una misma suerte; solo por la virtud nos distinguimos. Por tanto, nosotros, que somos estimados por nuestro carácter y nuestra modestia, razonablemente nos abstenemos de los placeres malvados y de vuestras pompas y espectáculos, cuyo origen en relación con las cosas sagradas conocemos, y condenamos sus perniciosos atractivos. Pues en los juegos de carros, ¿quién no se estremece ante la locura del pueblo que riñe entre sí? ¿O ante la enseñanza del asesinato en los juegos de gladiadores? En los juegos escénicos tampoco es menor la locura, sino que la corrupción es más prolongada: pues ora un mimo expone o representa adulterios; ora un actor enervado, mientras finge la lascivia, la sugiere; el mismo actor deshonra a vuestros dioses atribuyéndoles adulterios, suspiros, odios; el mismo provoca vuestras lágrimas con fingidos sufrimientos, con vanos gestos y expresiones. Así pedís asesinato de hecho, mientras lo lloráis en la ficción.

    Capítulo 38

    Argumento: Los cristianos se abstienen de las cosas relacionadas con los sacrificios a los ídolos, para que nadie piense que ceden ante los demonios o que se avergüenzan de su religión. No desprecian, en verdad, todo el color y el perfume de las flores, pues acostumbran usarlas esparcidas con soltura y sin afectación, así como ceñir sus cuellos con coronas; pero coronar la cabeza de un cadáver lo consideran superfluo e inútil. Además, con la misma tranquilidad con que viven entierran a sus muertos, esperando con certísima esperanza la corona de la felicidad eterna. Por tanto, su religión, que rechaza todas las supersticiones de los gentiles, debe ser adoptada como verdadera por todos los hombres.

    Cap. 38

    Pero que despreciemos los restos de los sacrificios y las copas de las que se han derramado libaciones no es confesión de temor, sino afirmación de nuestra verdadera libertad. Pues aunque nada de cuanto llega a existir como don inviolable de Dios es corrompido por agencia alguna, sin embargo nos abstenemos, para que nadie piense que nos sometemos a los demonios, a quienes se ha hecho la libación, o que nos avergonzamos de nuestra religión. Pero ¿quién duda de que nos deleitamos con las flores de primavera, cuando recogemos tanto la rosa de primavera como el lirio, y cuanto hay de color y olor agradable entre las flores? Pues estas las usamos esparcidas sueltas y libres, y con ellas ceñimos nuestros cuellos en coronas. Perdónanos, en verdad, que no coronemos nuestras cabezas; estamos acostumbrados a recibir el perfume de una flor dulce en nuestras narices, no a inhalarlo con la parte posterior de nuestra cabeza o con nuestro cabello. Ni coronamos a los muertos. Y en esto más me admiro de vosotros, en la manera en que aplicáis a una persona sin vida, o a quien no siente, una antorcha; o una corona a quien no la huele, cuando, si es bienaventurado, no la necesita, o, siendo miserable, no tiene placer en las flores. Aun así adornamos nuestros funerales con la misma tranquilidad con que vivimos; y no nos ceñimos una corona marchita, sino que llevamos una viva con flores eternas de Dios, pues nosotros, siendo moderados y seguros en la liberalidad de nuestro Dios, somos animados a la esperanza de la felicidad futura por la confianza de su majestad presente. Así resucitamos en bienaventuranza, y ya vivimos en contemplación del futuro. Entonces que Sócrates, el bufón ateniense, mire por sí mismo, confesando que nada sabía, aunque jactancioso en el testimonio de un demonio engañosísimo; que también Arcesilao, y Carnéades, y Pirrón, y toda la multitud de los filósofos académicos, deliberen; que también Simónides aplace para siempre la decisión de su opinión. Nosotros despreciamos los ceños fruncidos de los filósofos, a quienes conocemos como corruptores, y adúlteros, y tiranos, y siempre elocuentes contra sus propios vicios. Nosotros, que llevamos la sabiduría no en el vestido, sino en el alma, no decimos cosas grandes, sino que las vivimos; nos gloriamos de haber alcanzado lo que ellos buscaron con el mayor empeño y no pudieron hallar. ¿Por qué somos ingratos? ¿Por qué envidiamos si la verdad de la divinidad ha madurado en la edad de nuestro tiempo? Disfrutemos de nuestros bienes, y moderemos en rectitud nuestros juicios; que la superstición sea refrenada; que la impiedad sea expiada; que la verdadera religión sea conservada.

    El desenlace (Cap. 39–41)

    Capítulo 39

    Argumento: Cuando Octavio hubo terminado este discurso, Minucio y Cecilio permanecieron sentados por algún tiempo en atento y silencioso asombro. Y Minucio en verdad guardó silencio en admiración de Octavio, revolviendo en silencio lo que había oído.

    Cap. 39

    Cuando Octavio hubo dado fin a su discurso, por algún tiempo quedamos sumidos en silencio, y mantuvimos nuestros semblantes fijos en atención; y en cuanto a mí, estaba perdido en la grandeza de mi admiración, de que hubiera adornado aquellas cosas que es más fácil sentir que decir, tanto con argumentos como con ejemplos, y con autoridades derivadas de la lectura; y de que hubiera rechazado a los malévolos objetores con las mismas armas de los filósofos con que están armados, y hubiera además mostrado la verdad no solo como fácil, sino también como agradable.

    Capítulo 40

    Argumento: Entonces Cecilio exclama que ha sido vencido por Octavio; y que, siendo ya vencedor sobre el error, profesa la religión cristiana. Aplaza, sin embargo, hasta el día siguiente su instrucción en la creencia más plena de sus misterios.

    Cap. 40

    Mientras, por tanto, yo revolvía silenciosamente estas cosas en mi mente, Cecilio prorrumpió: «Felicito tanto a mi Octavio como a mí mismo, cuanto es posible, por la tranquilidad en que vivimos, y no espero la decisión. Aun así hemos vencido: no injustamente asumo para mí la victoria. Pues así como él es mi vencedor, así yo triunfo sobre el error. Por tanto, en lo que pertenece a la sustancia de la cuestión, confieso acerca de la providencia, y me rindo a Dios; y convengo acerca de la sinceridad del camino de vida que ahora es mío. Pero aun todavía quedan algunas cosas en mi mente, no como resistentes a la verdad, sino como necesarias para una instrucción perfecta, sobre las cuales mañana, como el sol ya declina hacia su ocaso, indagaremos largamente de manera más adecuada y pronta.»

    Capítulo 41

    Argumento: Finalmente, todos se alegran y parten gozosos: Cecilio, de que había creído; Octavio, de que había vencido; y Minucio, de que el primero había creído y el segundo había vencido.

    Cap. 41

    «Pero por mi parte,» dije yo, «me alegro más plenamente por todos nosotros; porque también Octavio ha vencido por mí, en cuanto que se me quita la grandísima odiosidad de juzgar. Ni puedo reconocer con mis alabanzas el mérito de sus palabras: el testimonio de un hombre, y de un solo hombre, es débil. Él tiene una ilustre recompensa de Dios, inspirado por quien ha alegado, y ayudado por quien ha obtenido la victoria.»
    Después de estas cosas partimos, alegres y gozosos: Cecilio, de alegrarse por haber creído; Octavio, por haber tenido éxito; y yo, de que el uno hubiera creído y el otro hubiera vencido.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Minucio no expone la doctrina cristiana: contesta lo que se dice de los cristianos. El nombre de Cristo no aparece en lo que dicen los personajes y la Escritura apenas se cita (nota del Cap. 29). Lo que sostiene Octavio se reduce a tres cosas: que hay un solo Dios, cuya providencia se ve en el orden del mundo (Cap. 16–19, 32); que los dioses de los paganos fueron hombres y que sus ritos lo delatan (Cap. 20–25); y que los cristianos son lo contrario de lo que se cuenta de ellos: sobrios, fieles a un solo matrimonio y firmes ante la tortura (Cap. 31, 35, 37). Cecilio, al final, cede en la providencia y en Dios, pero deja para «mañana» lo necesario para una instrucción completa (Cap. 40).
    Lactancio, que escribió las Instituciones divinas entre 303 y 311 (Wikipedia), lo menciona entre los apologistas anteriores a él, junto a Tertuliano y Cipriano (V, 1); Jerónimo lo incluye en De viris illustribus (58) y le atribuye además un escrito Sobre el destino o Contra los matemáticos que duda que sea suyo. Según Lejay, el tratado Quod idola dii non sint, atribuido a Cipriano (muerto hacia 258), se basa en el Octavio, y Hardwick añade que Novaciano lo usó probablemente en Sobre la Trinidad; un estudio de Carver (1978), reseñado por el Tertullian Project, concluye en cambio la anterioridad de Cipriano en algunos paralelos. El texto sobrevivió en un solo manuscrito, como libro VIII de Arnobio, y así se imprimió al principio hasta que Balduino lo devolvió a Minucio en 1560 (ANF). Entre las ediciones y estudios modernos que cita Wikipedia están la de Beaujeu (Les Belles Lettres, 1964), la de Kytzler (Teubner, 1982), la versión inglesa de G. W. Clarke (Ancient Christian Writers 39, 1974) y el comentario de Schubert (Herder, 2014).
    Límites. El ANF no resuelve la fecha ni la relación con Tertuliano, y esta edición tampoco: da las posiciones con quien las sostiene. Las identificaciones de las notas (Frontón, Juliano, los episodios romanos) proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué. Los argumentos de Cecilio y las acusaciones que repite son lo que Minucio pone en su boca: no prueban lo que los paganos creían en realidad. La traducción es automática: se han señalado tres defectos, pero ninguna persona la ha revisado frase a frase.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra