Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 31 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minCartas (División I)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 12 minA Cledonio, presbítero, contra Apolinario. (Ep. CI.)
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minA Cledonio, presbítero, contra Apolinario. (Ep. CI.)
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minContra Apolinario; Segunda Carta a Cledonio. (Ep. CII.)
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 3 minEpístola 175. A Olympio.
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minCartas (División II)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 6.
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 8 minEpístola 17. A Eusebio, Arzobispo de Cesarea.
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 43. A los obispos.
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 46. A Basilio.
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 49. A Basilio. (Las alabanzas de la quietud.)
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 3 minCarta 59. A Basilio.
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCartas (División III)
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCarta XXIII.
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minEp. LXXII.
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minEp. CXCVII. Carta de condolencia por la muerte de su hermana Teosebia.
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEp. LXIV.
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCarta XXII.
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta XCIII.
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta XXVI.
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCarta CLXXXIV.
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 min6\. A Nectario, arzobispo de Constantinopla
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEp. CLXXXVI.
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minEp. CXV.
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEp. CLVII. A Teodoro, arzobispo de Tiana.
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minEp. CXXXIX.
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minEp. LII.
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minEp. CXXXI.
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 7 minEp. CXLII.
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 3 minEp. CLIV.

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — PADRES CAPADOCIOS

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Gregorio Nacianceno

    Cartas

    Texto base: versión inglesa de Charles Gordon Browne y James Edward Swallow en Select Letters of Saint Gregory Nazianzen (NPNF, 2.ª serie, vol. 7, ed. Philip Schaff y Henry Wace), tal como la recoge New Advent · tres divisiones: 4 cartas sobre la controversia apolinarista, 23 de la correspondencia con Basilio y 69 varias · 96 cartas

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés; no del griego, y sin traductor humano

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 187 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Las cartas de Gregorio Nacianceno no se parecen a sus discursos: son breves, escritas para un solo lector y con la cortesía de quien se ha educado en la retórica y quiere que no se note. Esta selección reúne noventa y seis de las doscientas cuarenta y tres que, según los Prolegomena de la edición, se conservan. Las de más peso doctrinal son las tres que combaten a Apolinar —dos a Cledonio, una a Nectario—, donde Gregorio responde a quien negaba a Cristo una mente humana: «lo que no ha asumido, no lo ha sanado». Las más personales son las que escribe a Basilio, al hermano Césario, a Gregorio de Nisa o al sobrino Nicobulo. Y una, la 51, explica cómo debe escribirse una carta: ni larga ni corta, clara y con gracia.

    Ficha de la obra

    AutorGregorio Nacianceno (o de Nacianzo), según la edición de base; esta edición no examina la atribución. Nació hacia 329 y murió el 25 de enero de 390 según Wikipedia; el NPNF no lo hace nacer antes de 325 y da su muerte en 391 (Prolegomena)
    TítuloCartas selectas (en inglés, Select Letters; el epub rotula «Cartas»). Son 96 de las 243 que el NPNF dice que se conservan
    FechaNinguna carta lleva fecha. La edición propone la de varias en sus notas («hacia 361», «hacia 365», «hacia 370», «hacia 383»…); se recogen en las notas cuando importan
    GéneroCartas teológicas (División I), de amistad y de asuntos eclesiásticos con Basilio (División II) y de recomendación, consuelo y petición a parientes, obispos y gobernadores (División III)
    Extensión96 cartas, de unas 29 800 palabras, más unas 4 700 de notas e introducciones de los editores
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del griego
    FuenteA Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 7, tal como la recoge New Advent
    Cada división ocupa una parte del libro, y las cartas que cuentan algo que el lector de hoy no ve a simple vista llevan al lado una nota plegada.
    DivisiónCartasDe qué tratanPara tener a mano
    I · Controversia apolinarista4 (202, 101, 102, 125)Nectario, Cledonio y el gobernador Olimpio ante los seguidores de ApolinarCarta 101: «lo que no ha asumido, no lo ha sanado»; María, Madre de Dios
    II · Correspondencia con Basilio23 (de la 1 a la 60)La amistad, la elección de Cesarea, Sasima, el Espíritu SantoCartas 47–50: Antimo y Sasima; Carta 58: Basilio y el Espíritu
    III · Cartas varias69, en nueve gruposCésario, Gregorio de Nisa, Eusebio de Samosata, Sofronio, Anfiloquio, Nectario, Teodoro de Tiana, Nicobulo y OlimpioCarta 51: cómo se escribe una carta; Carta 197: el pésame por Teosebia
    Para quienes lleguen desde la doctrina, la polémica con Apolinar enlaza con el arrianismo y con el credo niceno-constantinopolitano; para Basilio, con Sobre el Espíritu Santo; y para el Gregorio de los discursos, con los Discursos teológicos y los Discursos selectos.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de las Select Letters que New Advent atribuye a Charles Gordon Browne y James Edward Swallow: son la segunda parte del volumen 7 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), «Cyril of Jerusalem, Gregory Nazianzen», bajo la dirección de Philip Schaff y Henry Wace. La publicó la Christian Literature Publishing Co.: en Nueva York, 1893, según CCEL; en Buffalo, 1894, según New Advent. La portada de las Select Orations en CCEL nombra a Browne como rector de Lympstone (Devon) y a Swallow como capellán de la House of Mercy de Horbury; la de las Select Letters no repite sus nombres, y la edición no dice qué cartas tradujo cada uno ni a quién se deben los Prolegomena, las introducciones y las notas.
    El inglés que se tradujo no es exactamente el de CCEL, sino el de New Advent («revised and edited for New Advent by Kevin Knight»): modernizado y con las referencias bíblicas entre corchetes dentro del texto. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La selección y su orden en tres divisiones, los rótulos de cada carta (que mezclan «Epístola», «Carta» y «Ep.», y números arábigos y romanos), las notas entre paréntesis que abren o cierran muchas cartas, la introducción de la División I y las notas de cada grupo de la División III son de los editores del NPNF, no de Gregorio; aparecen atribuidas a la edición, en su propio recuadro, junto a la carta a la que sirven. Los localizadores de este libro usan el número arábigo de la edición («Carta 101»). Donde un número se repite en dos divisiones —la «Epístola 1» a Basilio de la División II y la «Ep. I» a Gregorio de Nisa de la III— la segunda lleva «(División III)».
    Tres cartas que la edición solo remite. La División III vuelve a nombrar la Carta 202, la 125 y la 42, ya dadas antes, con una nota de remisión y sin repetir el texto. Bajo el rótulo «Cartas XIV y XXIII» la nota de los editores presenta dos cartas a Césario con el mismo propósito, pero el texto que sigue es el de la primera; la segunda lleva su propio rótulo, «Carta XXIII». Aquí se localizan «Carta 14 y 23» y «Carta 23».
    Un número equivocado. La última carta de la División I lleva en el epub, inglés y castellano, el rótulo «Epístola 175. A Olimpio». New Advent la da como «Epistle 125. To Olympius», CCEL como «Ep. CXXV. To Olympius», y la División III remite a ella como «Ep. CXXV (dado arriba)». Se localiza como Carta 125 y el rótulo queda como en el epub.
    Citas en verso. Unas pocas líneas citadas (Homero en la Carta 5, Teognis en la 13 y una línea en la 26) venían como párrafos sueltos; aquí van como cita en bloque, con las mismas palabras.
    Lo que no se reproduce. Al final, el epub trae un artículo sobre Gregorio de Nisa («Obras: exegéticas, teológicas, ascéticas…») que ni es de Gregorio Nacianceno ni de la edición de las cartas, pues New Advent termina la División III en la Carta 154. No se ha reproducido.

    Cartas (División I)

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División I, encabezado
    Cartas sobre la controversia apolinaria.

    Introducción

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División I, introducción
    Las circunstancias que motivaron las dos cartas a Cledonio ya han sido descritas en la primera sección de los Prolegómenos generales, y no será necesario añadir aquí mucho a lo allí dicho. En la carta a Nectario, su propio sucesor en la sede de Constantinopla, escrita hacia el año 383 d. C. y a veces contada como Orat. XLVI., San Gregorio ofrece extractos de una obra del propio Apolinario, aunque sin mencionar el título del libro. En este tratado se exponen los errores fundamentales de la herejía. Apolinario, según San Gregorio, declara que el Hijo de Dios estuvo desde toda la eternidad revestido de un cuerpo humano, y no sólo desde el momento de su concepción por la Santísima Virgen; pero que esta humanidad de Dios carece de mente humana, cuyo lugar fue ocupado por la Divinidad del Unigénito. Y va aún más lejos y atribuye pasibilidad y mortalidad a la Divinidad misma de Cristo. Por ello San Gregorio protesta encarecidamente contra que se conceda tolerancia alguna a estos herejes, o incluso permiso para celebrar sus asambleas; pues, dice, la tolerancia o el permiso serían ciertamente considerados por ellos como una condonación de su posición doctrinal y una condena de la de la Iglesia. El Dr. Ullman, sin embargo, opina que, si bien San Gregorio decía ciertamente la verdad al afirmar que tenía en sus manos un panfleto de Apolinario, quizá exageró, tal vez inconscientemente, el carácter herético de su contenido, llevando sus afirmaciones a consecuencias que Apolinario habría rechazado. El único propósito de este último era, según el Dr. Ullman, salvaguardar la doctrina de la unidad de Cristo; y pensaba que la expresión ortodoxa de dos naturalezas íntegras y perfectas tendía a una división nestoriana de la persona de Cristo; por eso usó un lenguaje que ciertamente parecía confundir las naturalezas, o al menos hacer imperfecta la Encarnación, en cuanto que un Cristo en quien la mente humana está ausente y su lugar lo ocupa la Divinidad del Hijo no puede decirse que sea hombre perfecto. Pero aunque Epifanio menciona estas extravagancias de la herejía, y lo hace con un sentimiento persistente de pesar por la caída de un hombre tan bueno cuyos servicios en el pasado habían sido de tanto valor para la Iglesia, sin embargo, con el espíritu común a las autoridades eclesiásticas de la época, preferiría atribuirlas a una expansión de la enseñanza de Apolinario por parte de sus discípulos más jóvenes, que en realidad no comprendían lo que el propio Apolinario quería decir.
    Olympio, a quien se dirige la última de esta serie, era gobernador de Capadocia Segunda en el año 382 d. C. Era un hombre por quien San Gregorio sentía una altísima estima y con quien mantenía una estrecha amistad, como se verá en otras cartas de Gregorio a él en otra división de esta Selección. La ocasión de la presente carta fue la necesidad de apelar al poder secular en busca de ayuda para castigar a una secta de apolinarianos en Nazianzo, que se habían atrevido a aprovechar la ausencia de San Gregorio en los baños de Xanxaris para obtener la consagración de un obispo de su propio modo de pensar. Técnicamente la sede estaba vacante, pero la administración había sido encomendada a Gregorio por los obispos de la provincia y, aunque él, previendo algún intento semejante por parte de los herejes, había insistido mucho ante el metropolitano y sus comprovincianos en la necesidad de cubrir ese trono mediante una elección canónica, no estaba en modo alguno dispuesto a entregar la autoridad de la que había sido investido a un hereje elegido irregularmente y consagrado no canónicamente.

    A Nectario, obispo de Constantinopla. (Ep. CCII.)

    Carta 202

    El cuidado de Dios, que durante todo el tiempo anterior guardó las Iglesias, parece haber abandonado por completo esta vida presente. Y mi alma está sumergida de tal modo en calamidades, que los padecimientos privados de mi propia vida apenas me parecen dignos de contarse entre los males (aunque son tan numerosos y grandes que, si sobrevinieran a cualquier otro, los tendría por insoportables); mas no puedo sino mirar los padecimientos comunes de las Iglesias; porque si en la crisis actual no se pone algún remedio, las cosas irán gradualmente a una condición del todo desesperada. Los que siguen la herejía de Arrio o de Eudoxio (no puedo decir quién los incitó a esta locura) están haciendo exhibición de su enfermedad, como si hubieran alcanzado cierto grado de confianza reuniendo congregaciones como con permiso. Y los del partido macedonio han llegado a tal extremo de insensatez que se arrogan el nombre de obispos y andan errantes por nuestros distritos parloteando de Eleusio como si se tratara de sus ordenaciones. Nuestro mal íntimo, Eunomio, ya no se contenta con existir solamente; sino que, a menos que pueda arrastrar consigo a todos a su herejía ruinosa, se considera un hombre agraviado. Todo esto, sin embargo, es soportable. El punto más grave de todos en los males de la Iglesia es la audacia de los apolinarianos, a quienes Vuestra Santidad ha pasado por alto, no sé cómo, al procurarse autoridad para celebrar reuniones en pie de igualdad conmigo. No obstante, estando vos, como estáis, plenamente instruido por la gracia de Dios en los divinos misterios en todos los puntos, estáis bien informado no sólo en cuanto a la defensa de la fe verdadera, sino también en cuanto a todos aquellos argumentos que han sido ideados por los herejes contra la fe sana; y sin embargo tal vez no sea inoportuno que Vuestra Excelencia oiga de mi pequeñez que ha llegado a mis manos un panfleto de Apolinario cuyo contenido supera toda perversidad herética. Pues afirma que la Carne que el Hijo Unigénito asumió en la Encarnación para la remodelación de nuestra naturaleza no fue adquisición nueva, sino que esa naturaleza carnal estaba en el Hijo desde el principio. Y aduce como testigo de esta monstruosa afirmación una cita mutilada de los Evangelios, a saber: Nadie ha subido al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre que está en el cielo. [] Como si aun antes de descender fuera Hijo del Hombre, y al descender trajera consigo aquella Carne que, al parecer, tenía en el cielo, como si hubiera existido antes de los siglos y estuviera unida a su Esencia. Pues alega otra sentencia de un Apóstol, que recorta del cuerpo entero de su contexto: El segundo hombre es el Señor del cielo. [] Luego supone que aquel Hombre que descendió de arriba carece de mente, pero que la Divinidad del Unigénito cumple la función de mente y es la tercera parte de este compuesto humano, en cuanto que alma y cuerpo están en él por su lado humano, pero no la mente, cuyo lugar lo ocupa Dios Verbo. Esto no es aún la parte más grave; lo más terrible de todo es que declara que el Dios Unigénito, el Juez de todos, el Príncipe de la vida, el Destructor de la muerte, es mortal, y que padeció la Pasión en su propia Divinidad; y que en la muerte de tres días de su cuerpo, su Divinidad también fue muerta con su cuerpo, y así fue resucitada de entre los muertos por el Padre. Sería tedioso recorrer todas las demás proposiciones que añade a estas monstruosas absurdidades. Ahora bien, si quienes sostienen tales opiniones tienen autoridad para reunirse, vuestra Sabiduría aprobada en Cristo debe ver que, en la medida en que nosotros no aprobamos sus opiniones, cualquier permiso de asamblea que se les conceda no es nada menos que una declaración de que su parecer se tiene por más verdadero que el nuestro. Pues si se les permite enseñar su parecer como varones piadosos y predicar su doctrina con toda confianza, es manifiesto que la doctrina de la Iglesia ha sido condenada, como si la verdad estuviera de su lado. Porque la naturaleza no admite que dos doctrinas contrarias sobre el mismo asunto sean ambas verdaderas. ¿Cómo, pues, pudo vuestra noble y elevada mente someterse a suspender vuestro acostumbrado valor en cuanto a la corrección de un mal tan grande? Pero aunque no haya precedente de tal proceder, que vuestra inimitable perfección en la virtud se levante en una crisis como la presente y enseñe a nuestro piadosísimo Emperador que ningún provecho sacará de su celo por la Iglesia en otros puntos si permite que semejante mal cobre fuerza con la libertad de palabra para la subversión de la fe sana.

    A Cledonio, presbítero, contra Apolinario. (Ep. CI.)

    Carta 101

    A nuestro reverendísimo y amado de Dios hermano y copresbítero Cledonio, Gregorio, saludo en el Señor.
    Deseo saber cuál es esa moda de innovación en las cosas concernientes a la Iglesia que permite a cualquiera que le plazca, o al transeúnte, como dice la Biblia, desgarrar el rebaño que ha sido bien apacentado y saquearlo con ataques ladronescos, o más bien con enseñanzas piráticas y falaces. Porque si nuestros actuales atacantes tuvieran algún motivo para condenarnos en cuanto a la fe, ni siquiera en ese caso habría sido correcto que se hubieran atrevido a tal proceder sin avisarnos. Deberían más bien habernos persuadido primero, o haber estado dispuestos a dejarse persuadir por nosotros (si es que se tiene alguna cuenta de nosotros como temerosos de Dios, trabajadores por la fe y auxiliadores de la Iglesia), y luego, si acaso, innovar; pero entonces quizá habría una excusa para su conducta ultrajante. Mas puesto que nuestra fe ha sido proclamada, tanto por escrito como sin escritura, aquí y en partes lejanas, en tiempos de peligro y de seguridad, ¿cómo es que algunos hacen tales intentos y otros guardan silencio?
    La parte más grave no es (aunque esto también es chocante) que esos hombres infundan su propia herejía en almas más simples por medio de quienes son peores; sino que además mienten acerca de nosotros y dicen que compartimos sus opiniones y sentimientos; cebando así sus anzuelos y, con ese disfraz, cumpliendo villanamente su voluntad, y convirtiendo nuestra sencillez, que los miraba como hermanos y no como enemigos, en apoyo de su maldad. Y no sólo eso, sino que también afirman, según se me dice, que han sido recibidos por el Sínodo occidental, por el cual antes fueron condenados, como bien sabe todo el mundo. Sin embargo, si quienes sostienen las opiniones de Apolinario han sido recibidos ahora o antes, que lo prueben y nos contentaremos. Pues es evidente que sólo pueden haber sido recibidos así por asentir a la fe ortodoxa, pues eso sería imposible en otras condiciones. Y ciertamente pueden probarlo, ya sea por las actas del Sínodo, ya por cartas de comunión, pues ésta es la costumbre regular de los Sínodos. Pero si se trata de meras palabras y de una invención suya, ideada para las apariencias y para darles peso ante la multitud mediante el crédito de las personas, enseñadles a callar y refutadlos; porque creemos que semejante tarea está bien adecuada a vuestro modo de vida y ortodoxia. No dejéis que esos hombres se engañen a sí mismos y a otros con la afirmación de que el «Hombre del Señor», como ellos lo llaman, Quien es más bien nuestro Señor y Dios, carece de mente humana. Pues nosotros no separamos al Hombre de la Divinidad, sino que establecemos como dogma la Unidad e Identidad de Persona, Quien antiguamente no era Hombre, sino Dios, y el Hijo Unigénito antes de todos los siglos, sin mezcla de cuerpo ni de cosa corpórea alguna; pero Quien en estos últimos días ha asumido también la Humanidad para nuestra salvación; pasible en su Carne, impasible en su Divinidad; circunscrito en el cuerpo, incircunscrito en el Espíritu; a la vez terreno y celestial, tangible e intangible, comprehensible e incomprehensible; para que por Una y la Misma Persona, que era perfecto Hombre y también Dios, la humanidad entera caída por el pecado fuera creada de nuevo.
    Si alguno no cree que Santa María es Madre de Dios, queda separado de la Divinidad. Si alguno afirmara que Él pasó por la Virgen como por un canal, y que no fue formado en ella a la vez divina y humanamente (divinamente, porque sin intervención de varón; humanamente, porque según las leyes de la gestación), es igualmente impío. Si alguno afirma que la Humanidad fue formada y después fue revestida de la Divinidad, también él ha de ser condenado. Pues esto no sería una generación de Dios, sino una evasión de la generación. Si alguno introduce la noción de dos Hijos, uno de Dios Padre y otro de la Madre, y desacredita la Unidad y la Identidad, que pierda su parte en la adopción prometida a quienes creen rectamente. Porque Dios y Hombre son dos naturalezas, como también lo son alma y cuerpo; pero no hay dos Hijos ni dos Dioses. Pues tampoco en esta vida hay dos humanidades; aunque Pablo habla en cierto modo así del hombre interior y exterior. Y (si he de hablar concisamente) el Salvador está hecho de elementos que son distintos entre sí (pues lo invisible no es lo mismo que lo visible, ni lo intemporal lo mismo que lo sujeto al tiempo), sin embargo no es dos Personas. ¡Dios no lo permita! Pues ambas naturalezas son una por la combinación, la Deidad haciéndose Hombre y la Humanidad deificada o como quiera expresarse. Y digo elementos distintos, porque es lo contrario de lo que sucede en la Trinidad; porque Allí reconocemos Personas distintas para no confundir las personas; pero no elementos distintos, pues los Tres son Uno y lo mismo en la Divinidad.
    Si alguno dijera que obró en Él por gracia como en un Profeta, pero que no estaba ni está unido a Él en Esencia, quede vacío de la Energía Superior, o más bien lleno de la contraria. Si alguno no adora al Crucificado, sea anatema y sea contado entre los deicidas. Si alguno afirma que Él fue hecho perfecto por obras, o que después de su Bautismo, o después de su Resurrección de entre los muertos, fue considerado digno de una filiación adoptiva, como aquellos que los griegos intercalan como añadidos a las filas de los dioses, sea anatema. Pues lo que tiene comienzo o progreso o es hecho perfecto no es Dios, aunque las expresiones puedan usarse de su manifestación gradual. Si alguno afirma que Él se ha despojado ahora de su santa carne, y que su Divinidad está desnuda del cuerpo, y niega que ahora esté con su cuerpo y haya de venir de nuevo con él, que no vea la gloria de su Venida. Pues ¿dónde está ahora su cuerpo, sino con Aquel que lo asumió? Porque no está guardado en el sol, según el balbuceo de los maniqueos, para que sea honrado con una deshonra; ni fue derramado en el aire y disuelto, como es la naturaleza de una voz o el flujo de un olor, o el curso de un relámpago que nunca se detiene. ¿Dónde quedaría en ese caso su ser palpado después de la Resurrección, o su ser visto en adelante por quienes lo traspasaron, pues la Divinidad es por naturaleza invisible? No; Él vendrá con su cuerpo — así lo he aprendido — tal como fue visto por sus Discípulos en el Monte, o como se mostró por un instante, cuando su Divinidad prevaleció sobre la carnalidad. Y así como decimos esto para desarmar la sospecha, así escribimos lo otro para corregir la doctrina novedosa. Si alguno afirma que su carne descendió del cielo, y no es de aquí, ni de nosotros aunque esté sobre nosotros, sea anatema. Pues las palabras: El segundo hombre es el Señor del cielo; [] y: Como es el celestial, tales son los celestiales; y: Nadie ha subido al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre que está en el cielo; [] y semejantes, deben entenderse dichas a causa de la Unión con lo celestial; así como aquello de que Todas las cosas fueron hechas por Cristo [] y que Cristo habita en vuestros corazones [] se dice, no de la naturaleza visible que pertenece a Dios, sino de lo que es percibido por la mente, mezclándose los nombres como las naturalezas y fluyendo unos en otros, conforme a la ley de su íntima unión.
    Si alguno ha puesto su confianza en Él como en un Hombre sin mente humana, está realmente privado de mente y es del todo indigno de salvación. Porque lo que Él no ha asumido no lo ha sanado; pero lo que está unido a su Divinidad también es salvado. Si sólo la mitad de Adán cayó, entonces lo que Cristo asume y salva puede ser también la mitad; pero si toda su naturaleza cayó, debe unirse a toda la naturaleza del que fue engendrado, y así ser salvada por completo. No nos envidien, pues, nuestra salvación completa, ni vistan al Salvador sólo con huesos y nervios y el retrato de la humanidad. Porque si su Humanidad carece de alma, incluso los arrianos admiten esto, para poder atribuir su Pasión a la Divinidad, ya que lo que da movimiento al cuerpo es también lo que padece. Pero si tiene alma y, sin embargo, carece de mente, ¿cómo es hombre, pues el hombre no es un animal sin mente? Y esto implicaría necesariamente que, siendo humana su forma y su tabernáculo, su alma debiera ser la de un caballo o un buey, o la de alguna otra criatura bruta. Esto, pues, sería lo que Él salva; y yo habría sido engañado por la Verdad y llevado a gloriarme de un honor que se había otorgado a otro. Pero si su Humanidad es intelectual y no sin mente, que dejen de ser así realmente sin mente. Pero, dice alguno, la Divinidad ocupó el lugar del intelecto humano. ¿En qué me toca esto? Porque la Divinidad unida a la sola carne no es hombre, ni a la sola alma, ni a ambas aparte del intelecto, que es la parte más esencial del hombre. Guardad, pues, al hombre entero y mezclad con él la Divinidad, para que me beneficiéis en mi integridad. Pero, afirma él, no podía contener dos naturalezas perfectas. No, si lo miráis sólo de manera corporal. Porque una medida de celemín no contendrá dos celemines, ni el espacio de un cuerpo contendrá dos o más cuerpos. Pero si miráis lo mental e incorpóreo, recordad que yo en mi única personalidad puedo contener alma, razón, mente y el Espíritu Santo; y antes de mí este mundo, con lo cual me refiero al sistema de cosas visibles e invisibles, contenía al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Pues tal es la naturaleza de las existencias intelectuales, que pueden mezclarse unas con otras y con los cuerpos, incorpórea e invisiblemente. Porque muchos sonidos son comprendidos por un solo oído; y los ojos de muchos son ocupados por los mismos objetos visibles, y el olfato por los olores; ni los sentidos se estrechan unos a otros ni se desplazan, ni los objetos del sentido disminuyen por la multitud de las percepciones. Pero ¿dónde hay mente de hombre o de ángel tan perfecta en comparación con la Divinidad, que la presencia de lo mayor deba desplazar a lo otro? La luz no es nada comparada con el sol, ni un poco de humedad comparada con un río, como para que debamos primero eliminar lo menor y quitar la luz de una casa o la humedad de la tierra, a fin de que pueda contener lo mayor y más perfecto. Pues ¿cómo una cosa contendrá dos plenitudes, ya sea la casa el rayo de sol y el sol, o la tierra la humedad y el río? He aquí materia de investigación; pues en verdad la cuestión es digna de mucha consideración. ¿No saben, pues, que lo que es perfecto en comparación con una cosa puede ser imperfecto en comparación con otra, como una colina comparada con una montaña, o un grano de mostaza con un haba o con cualquiera otra de las semillas mayores, aunque pueda llamarse mayor que cualquiera de la misma especie? O, si queréis, un ángel comparado con Dios, o un hombre con un ángel. Así, nuestra mente es perfecta y dominante, pero sólo respecto del alma y del cuerpo; no absolutamente perfecta; y es sierva y súbdita de Dios, no partícipe de su Principado y honor. Así Moisés era un dios para Faraón [], pero siervo de Dios [], como está escrito; y las estrellas que iluminan la noche quedan ocultas por el sol, tanto que ni siquiera podríais saber de su existencia a la luz del día; y una pequeña tea acercada a una gran hoguera no es destruida, ni vista, ni apagada; sino que todo es una sola llama, prevaleciendo la mayor sobre la otra.
    Pero, podría decirse, nuestra mente está sujeta a condenación. ¿Y qué de nuestra carne? ¿No está sujeta a condenación? Debéis, por tanto, o bien descartar ésta a causa del pecado, o bien admitir aquélla a causa de la salvación. Si Él asumió lo peor para santificarlo con su encarnación, ¿no puede asumir lo mejor para que sea santificado al hacerse Hombre? Si el barro fue leudado y se ha convertido en una masa nueva, oh sabios, ¿no será leudada la Imagen y mezclada con Dios, siendo deificada por su Divinidad? Y añadiré también esto: Si la mente fue rechazada por completo, por ser propensa al pecado y sujeta a condenación, y por esta razón Él asumió un cuerpo pero dejó fuera la mente, entonces hay excusa para los que pecan con la mente; pues el testimonio de Dios — según vosotros — ha mostrado la imposibilidad de sanarla. Permítaseme exponer los resultados mayores. Vos, mi buen señor, deshonráis mi mente (vos un sarcolatra, si yo soy un antropólatra) para atar a Dios a la Carne, ya que de otro modo no puede ser atado; y por tanto quitáis el muro de separación. Pero ¿cuál es mi teoría, yo que no soy más que un ignorante y ningún filósofo? La mente se mezcla con la mente, como más cercana y más estrechamente afín, y a través de ella con la carne, siendo mediadora entre Dios y la carnalidad.
    Veamos además cuál es su explicación de la asunción de la Humanidad, o asunción de la Carne, como ellos la llaman. Si fue para que Dios, de otro modo incomprehensible, pudiera ser comprendido y conversar con los hombres mediante su Carne como a través de un velo, su máscara y el drama que representan es gracioso: por no decir que le era posible conversar con nosotros de otros modos, como antiguamente, en la zarza ardiente [] y en la aparición de un hombre []. Pero si fue para destruir la condenación santificando lo semejante con lo semejante, entonces, así como Él necesitó carne por causa de la carne que había incurrido en condenación, y alma por causa de nuestra alma, así también necesitó mente por causa de la mente, que no sólo cayó en Adán, sino que fue la primera en ser afectada, como dicen los médicos de las enfermedades. Porque lo que recibió el mandamiento fue lo que dejó de guardar el mandamiento, y lo que dejó de guardarlo fue también lo que se atrevió a transgredir; y lo que transgredió fue lo que más necesitaba salvación; y lo que necesitaba salvación fue también lo que Él tomó sobre sí. Por tanto, la Mente fue asumida sobre Él. Esto ha quedado demostrado ahora, les guste o no, por, para usar su propia expresión, pruebas geométricas y necesarias. Pero vosotros obráis como si, cuando a un hombre se le hubiera herido un ojo y su pie hubiera resultado herido como consecuencia, atendierais al pie y dejarais el ojo sin cuidado; o como si, cuando un pintor hubiera dibujado algo mal, alterarais el cuadro, pero pasarais por alto al artista como si hubiera tenido éxito. Pero si ellos, abrumados por estos argumentos, se refugian en la proposición de que es posible que Dios salve al hombre aun aparte de la mente, entonces supongo que le sería posible hacerlo también aparte de la carne por un mero acto de voluntad, así como obra todas las demás cosas y las ha obrado sin cuerpo. Quitad, pues, la carne tanto como la mente, para que vuestra monstruosa locura sea completa. Pero ellos se engañan por lo segundo y, por eso, corren hacia la carne, porque no conocen la costumbre de la Escritura. Les enseñaremos también esto. Pues ¿qué necesidad hay siquiera de mencionar a quienes lo saben el hecho de que en todas partes en la Escritura Él es llamado Hombre e Hijo del Hombre?
    Si, empero, se apoyan en el pasaje: El Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros [], y por causa de esto borran la parte más noble del Hombre (como hacen los zapateros con la parte más gruesa de las pieles) para unir a Dios y la Carne, es hora de que digan que Dios es Dios sólo de la carne, y no de las almas, porque está escrito: «Como le has dado poder sobre toda Carne», y «A Ti vendrá toda Carne»; y «Toda Carne bendiga su santo Nombre», significando todo Hombre. O, de nuevo, deben suponer que nuestros padres bajaron a Egipto sin cuerpos e invisibles, y que sólo el Alma de José fue aprisionada por Faraón, porque está escrito: «Bajaron a Egipto con setenta y cinco Almas» [], y «El hierro entró en su Alma», cosa que no podía ser atada. Quienes así argumentan no saben que tales expresiones se usan por sinécdoque, declarando el todo por la parte, como cuando la Escritura dice que los polluelos del cuervo claman a Dios, para indicar toda la raza emplumada; o se mencionan las Pléyades, Héspero y Arturo [], en lugar de todas las Estrellas y de su Providencia sobre ellas.
    Además, de ningún otro modo era posible que se manifestara el Amor de Dios hacia nosotros sino haciendo mención de nuestra carne, y que por causa nuestra descendiera Él incluso a nuestra parte inferior. Pues que la carne es menos preciosa que el alma, lo reconocerá todo el que tenga una chispa de sentido. Y así el pasaje, El Verbo se hizo Carne, me parece equivalente a aquel en que se dice que Él fue hecho pecado [] o maldición [] por nosotros; no porque el Señor fuera transformado en una u otra de estas cosas, ¿cómo podría ser?, sino porque al tomarlas sobre sí, Él quitó nuestros pecados y llevó nuestras iniquidades. Esto, pues, es suficiente para decir por el momento, en aras de la claridad y de ser entendido por la mayoría. Y lo escribo no con deseo de componer un tratado, sino sólo para frenar el avance del engaño; y si se considera bueno, daré cuenta más completa de estos asuntos con mayor extensión.
    Pero hay una cuestión más grave que éstas, un punto especial que es necesario que no pase por alto. Ojalá fueran incluso cortados los que os perturban [], y reintrodujeran un segundo judaísmo, una segunda circuncisión y un segundo sistema de sacrificios. Porque si esto se hace, ¿qué impide que Cristo nazca también de nuevo para abolirlos, y de nuevo sea entregado por Judas, crucificado y sepultado, y resucite, para que todo se cumpla en el mismo orden, como el sistema griego de los ciclos, en el cual las mismas revoluciones de los astros traen consigo los mismos acontecimientos? Porque cuál sea el método de selección, conforme al cual algunos de los acontecimientos han de ocurrir y otros han de ser omitidos, que nos lo muestren estos sabios que se glorían de la multitud de sus libros.
    Mas ya que, envanecidos por su teoría de la Trinidad, nos acusan falsamente de no ser sanos en la Fe y seducen a la multitud, es necesario que la gente sepa que Apolinario, aun concediendo el Nombre de Divinidad al Espíritu Santo, no preservó el Poder de la Divinidad. Porque hacer consistir la Trinidad en Grande, Mayor y Grandísimo, como de Luz, Rayo y Sol, del Espíritu y del Hijo y del Padre (como se afirma claramente en sus escritos), es una escala de la Divinidad que no conduce al Cielo, sino que baja del Cielo. Pero nosotros reconocemos a Dios Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y no como meros títulos que dividen desigualdades de rangos o de poder, sino que así como hay un solo y mismo título, así hay una sola naturaleza y una sola sustancia en la Divinidad.
    Pero si alguno que piensa que hemos hablado rectamente sobre este asunto nos reprocha que mantenemos comunión con herejes, que pruebe que estamos expuestos a este cargo, y lo convenceremos o nos retiraremos. Pero no es seguro hacer innovación alguna antes de que se dicte sentencia, especialmente en un asunto de tanta importancia y conectado con tan grandes consecuencias. Hemos protestado y seguimos protestando esto ante Dios y ante los hombres. Y ni siquiera ahora, estad bien seguros, habríamos escrito esto si no hubiéramos visto que la Iglesia estaba siendo desgarrada y dividida, entre sus otras trampas, por su actual sinagoga de vanidad. Pero si alguno, cuando decimos y protestamos esto, ya sea por alguna ventaja que así obtendrá, o por temor de los hombres, o por monstruosa pequeñez de ánimo, o por negligencia de pastores y gobernantes, o por amor a la novedad y propensión a las innovaciones, nos rechaza como indignos de crédito y se adhiere a tales hombres, y divide el noble cuerpo de la Iglesia, llevará su juicio, quienquiera que sea [], y dará cuenta a Dios en el día del juicio []. Mas si sus largos libros y sus nuevos Salterios, contrarios al de David, y la gracia de sus metros, son tomados por un tercer Testamento, también nosotros compondremos Salmos y escribiremos mucho en metro. Pues también nosotros creemos tener el espíritu de Dios [], si es que esto es un don del Espíritu y no una novedad humana. Esto quiero que declares públicamente, para que no se nos tenga por responsables, como si pasáramos por alto semejante mal y como si esta doctrina malvada recibiera alimento y fuerza de nuestra indiferencia.
    Comentario editorial · «Lo que no ha asumido, no lo ha sanado»
    Según Wikipedia, Apolinar de Laodicea, empeñado en afirmar la divinidad de Cristo y la unidad de su persona, negaba que tuviera una mente racional humana: el Logos ocupaba su lugar. El concilio de Constantinopla de 381 condenó esa posición. Gregorio no responde con una definición, sino con un argumento sobre la salvación: si solo cayó media naturaleza de Adán, bastaría que Cristo asumiera media; pero si cayó entera, debe unirse a la del Engendrado para ser salvada. Los Prolegomena del NPNF añaden que un sínodo de Roma excomulgó a Apolinar en 377, con una condena de Dámaso casi idéntica a las palabras de esta carta, y que las dos cartas a Cledonio fueron adoptadas como «simbólicas» en Éfeso y Calcedonia. La edición dice también que a esta carta se la cuenta a veces como el discurso 51.

    Contra Apolinario; Segunda Carta a Cledonio. (Ep. CII.)

    Carta 102

    Por cuanto muchas personas han acudido a Vuestra Reverencia buscando confirmación de su fe, y por ello me habéis pedido afectuosamente que exponga una breve definición y regla de mi opinión, escribo por tanto a Vuestra Reverencia lo que ciertamente ya sabíais: que jamás he honrado ni podré honrar nada por encima de la Fe Nicena, la de los Santos Padres que allí se reunieron para destruir la herejía arriana; sino que soy, y con la ayuda de Dios seré siempre, de esa fe; completando en detalle lo que ellos dijeron de manera incompleta acerca del Espíritu Santo; pues aquella cuestión no había sido aún suscitada, a saber, que hemos de creer que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de una sola Divinidad, confesando así que el Espíritu también es Dios. Recibid, pues, a la comunión a quienes así piensan y enseñan, como yo también lo hago; pero a los que piensan de otro modo, rechazadlos y tenedlos por extraños a Dios y a la Iglesia Católica. Y puesto que también se ha suscitado una cuestión acerca de la Asunción Divina de la humanidad, o Encarnación, declarad también esto claramente a todos respecto de mí: que uno en Uno al Hijo, que fue engendrado del Padre y después de la Virgen María, y que no le llamo dos Hijos, sino que le adoro como Uno y el mismo en Divinidad y honor indivisos. Pero si alguno no asiente a esta declaración, ahora o en adelante, dará cuenta a Dios en el día del juicio.
    Ahora bien, lo que objetamos y oponemos a su insensata opinión acerca de Su Mente es esto, para decirlo brevemente; pues ellos están casi solos en la condición que establecen, ya que es por falta de mente que mutilan Su mente. Pero, para que no nos acusen de haber aceptado una vez y ahora repudiar la fe de su amado Vitalio, que él entregó por escrito a petición del bendito Obispo Dámaso de Roma, daré también una breve explicación sobre este punto. Pues estos hombres, cuando teologizan entre sus discípulos genuinos, y entre aquellos que están iniciados en sus secretos, como los maniqueos entre aquellos a quienes llaman los «Elegidos,» revelan toda la extensión de su enfermedad, y apenas conceden carne alguna al Salvador. Pero cuando son refutados y presionados con las respuestas comunes acerca de la Encarnación que presenta la Escritura, confiesan ciertamente las palabras ortodoxas, pero violentan el sentido; pues reconocen que la Humanidad no carece de alma, ni de razón, ni de mente, ni es imperfecta, pero introducen la Divinidad para suplir el alma, la razón y la mente, como si Se hubiera mezclado sólo con Su carne, y no con las otras propiedades que nos pertenecen a los hombres; aunque Su impecabilidad estaba muy por encima de nosotros, y era la purificación de nuestras pasiones.
    Así, pues, interpretan mal las palabras: Pero nosotros tenemos la mente de Cristo, [] y de manera muy absurda, cuando dicen que Su Divinidad es la mente de Cristo, y no entendiendo el pasaje como nosotros, a saber, que los que han purificado su mente por la imitación de la mente que el Salvador tomó de nosotros, y, en la medida de lo posible, han alcanzado conformidad con ella, se dice que tienen la mente de Cristo; así como se podría testificar que tienen la carne de Cristo quienes han ejercitado su carne, y en este respecto han llegado a ser del mismo cuerpo y partícipes de Cristo; y así dice «Como hemos llevado la imagen del terreno [] llevaremos también la imagen del celestial.» Y así declaran que el Hombre Perfecto no es Aquel que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado; [] sino la mezcla de Dios y Carne. Pues ¿qué, dicen, puede ser más perfecto que esto?
    Juegan el mismo truco con la palabra que describe la Encarnación, a saber: Él fue hecho Hombre, explicando que significa, no que Él estaba en la naturaleza humana con la que Se rodeó, según la Escritura: Él sabía lo que había en el hombre; [] sino enseñando que significa que Él se juntó y conversó con los hombres, y refugiándose en la expresión que dice que Él fue visto en la Tierra y conversó con los Hombres. [] ¿Y qué más puede alguien argüir? Los que quitan la Humanidad y la Imagen Interior limpian con su máscara recién inventada sólo nuestro exterior, [] y lo que se ve; tan en conflicto consigo mismos que en un momento, por causa de la carne, explican todo el resto de manera grosera y carnal (pues de aquí han derivado su segundo judaísmo y su necio deleite de mil años en el paraíso, y casi la idea de que reanudaremos de nuevo las mismas condiciones después de estos mismos mil años); y en otro momento presentan Su carne como un fantasma más que una realidad, como no habiendo estado sujeta a ninguna de nuestras experiencias, ni siquiera a las que están libres de pecado; y usan para este propósito la expresión apostólica, entendida y dicha en un sentido que no es apostólico, que nuestro Salvador fue hecho en semejanza de los Hombres y hallado en condición de Hombre, [] como si con estas palabras se expresara, no la forma humana, sino algún fantasma y apariencia engañosa.
    Puesto que, entonces, estas expresiones, rectamente entendidas, conducen a la ortodoxia, pero mal interpretadas son heréticas, ¿qué hay de sorprendente si recibimos las palabras de Vitalio en el sentido más ortodoxo; persuadiéndonos nuestro deseo de que así fueran entendidas, aunque otros se enojen por la intención de sus escritos? Ésta es, creo, la razón por la que el mismo Dámaso, habiendo sido posteriormente mejor informado, y al mismo tiempo enterándose de que se aferran a sus explicaciones anteriores, los excomulgó y anuló su confesión de fe escrita con un anatema; así como también porque estaba irritado por el engaño que había sufrido de ellos por simplicidad.
    Puesto que, entonces, han sido abiertamente convictos de esto, no se enojen, sino avergüéncense de sí mismos; y no nos calumnien, sino humíllense y borren de sus portales esa gran y maravillosa proclamación y jactancia de su ortodoxia, recibiendo de inmediato a todos los que entran con la pregunta y distinción de que hemos de adorar, no a un Hombre portador de Dios, sino a un Dios portador de carne. ¿Qué podría ser más irrazonable que esto, aunque estos nuevos heraldos de la verdad piensen mucho del título? Pues aunque tiene cierta gracia sofística por la rapidez de su antítesis, y una especie de charlatanería de malabarista grata a los no instruidos, sin embargo es el absurdo de los absurdos y la necedad de las necedades. Pues si uno cambiara la palabra Hombre o Carne por Dios (la primera nos agradaría, la segunda a ellos), y luego usara esta maravillosa antítesis, tan divinamente reconocida, ¿a qué conclusión llegaríamos? Que hemos de adorar, no una Carne portadora de Dios, sino un Dios portador de Hombre. ¡Oh monstruoso absurdo! Nos proclaman hoy una sabiduría oculta desde el tiempo de Cristo— una cosa digna de nuestras lágrimas. Pues si la fe comenzó hace treinta años, cuando casi cuatrocientos años habían pasado desde que Cristo se manifestó, vano habrá sido todo ese tiempo nuestro Evangelio, y vana nuestra fe; en vano habrán dado testimonio los Mártires, y en vano habrán presidido sobre el pueblo tantos y tan grandes Prelados; y la Gracia es asunto de metros y no de la fe.
    ¿Y quién no se maravillará de su erudición, cuando por su propia autoridad dividen las cosas de Cristo, y asignan a Su Humanidad dichos como Él nació, Él fue tentado, Él tuvo hambre, Él tuvo sed, Él se fatigó, Él durmió; pero cuentan para Su Divinidad cosas como éstas: Fue glorificado por los Ángeles, Venció al Tentador, Alimentó al pueblo en el desierto, y lo alimentó de tal manera, y Caminó sobre el mar; y dicen por un lado que el «¿Dónde habéis puesto a Lázaro?» [] nos pertenece, pero la voz fuerte «Lázaro, sal fuera» y la resurrección del que había estado muerto cuatro días, está por encima de nuestra naturaleza; y que mientras el «Estaba en agonía, fue crucificado, fue sepultado,» pertenece al Velo, por otro lado, «Estaba confiado, resucitó, ascendió,» pertenece al Tesoro Interior; y luego nos acusan de introducir dos naturalezas, separadas o en conflicto, y de dividir la Unión sobrenatural y maravillosa. Deberían, o bien no hacer aquello de lo que nos acusan, o bien no acusarnos de aquello que hacen; al menos si están decididos a ser consistentes y no a proponer a la vez sus propios principios y los de sus oponentes. Tal es su falta de razón; entra en conflicto tanto consigo misma como con la verdad hasta tal punto que no son conscientes ni se avergüenzan de ello cuando caen en contradicción consigo mismos. Ahora bien, si alguien piensa que escribimos todo esto voluntariamente y no por obligación, y que estamos disuadiendo de la unidad, y no haciendo todo lo posible por promoverla, que sepa que está muy equivocado, y que no ha adivinado en absoluto bien nuestros deseos, pues nada es ni ha sido nunca más valioso a nuestros ojos que la paz, como los hechos mismos lo demuestran; aunque sus acciones y alborotos contra nosotros excluyen por completo la unanimidad.

    Epístola 175. A Olympio.

    Carta 125

    Incluso las canas venerables tienen algo que aprender; y la vejez, al parecer, no puede en todos los aspectos ser digna de confianza en cuanto a sabiduría. Yo, al menos, conociendo mejor que nadie, como lo hacía, los pensamientos y la herejía de los apolinarianos, y viendo que su necedad era intolerable; sin embargo, pensando que podría domarlos con paciencia y ablandarlos gradualmente, dejé que mis esperanzas me hicieran anhelar alcanzar este objetivo. Pero, según parece, pasé por alto el hecho de que los estaba empeorando y dañando a la Iglesia con mi filosofía inoportuna. Pues la mansedumbre no avergüenza a los hombres malos. Y ahora, si me hubiera sido posible enseñaros esto personalmente, no habría dudado, podéis estar seguro, incluso en emprender un viaje más allá de mis fuerzas para arrojarme a los pies de Vuestra Excelencia. Pero como mi enfermedad me ha llevado demasiado lejos, y se ha vuelto necesario para mí probar los baños calientes de Xanxaris por consejo de mis médicos, envío una carta para que me represente. Estos hombres malvados y completamente abandonados se han atrevido, además de todas sus otras fechorías, a convocar, o a hacer mal uso de la pasada (no estoy preparado para decir precisamente cuál) de ciertos Obispos, depuestos por todo el Sínodo de la Iglesia Oriental y Occidental; y, en violación de todas las Ordenanzas Imperiales, y de vuestras órdenes, a conferir el nombre de Obispo a cierto individuo de su propia tripulación descreída y engañosa; alentados a hacerlo, según creo, por nada tanto como por mi gran debilidad; pues debo mencionar esto. Si esto ha de ser tolerado, Vuestra Excelencia lo tolerará, y yo también lo soportaré, como lo he hecho a menudo antes. Pero si es grave, y no debe ser soportado por nuestros augustísimos Emperadores, rogad que castiguéis lo que se ha hecho— aunque más suavemente de lo que tal locura merece.
    Comentario editorial · Epístola 125, no 175
    El epub rotula esta carta «Epístola 175. A Olimpio»; el inglés de New Advent la da como «Epistle 125. To Olympius» y CCEL como «Ep. CXXV. To Olympius». La confirma la División III, que al llegar a «Ep. CXXV» remite a ella con las palabras «dado arriba». El rótulo del epub es, pues, un error del texto de partida o de su paso al libro; aquí se deja como está, para no tocar la traducción, y la carta se localiza como Carta 125. Según la nota de los editores, Olimpio era gobernador de Capadocia Segunda en 382 y Gregorio le pide ayuda contra unos apolinaristas que, en su ausencia, habían hecho consagrar a un obispo de su secta en Nacianzo.

    Cartas (División II)

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División II, encabezado
    Correspondencia con San Basilio el Grande, Arzobispo de Cesarea.

    Epístola 1. A Basilio Su Camarada.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 1, nota
    (Quizás alrededor del año 357 o 358 d.C.; en respuesta a una carta que ya no se conserva.)

    Carta 1

    He fallado, lo confieso, en mantener mi promesa. Me había comprometido incluso en Atenas, en el tiempo de nuestra amistad e íntima conexión allí (pues no encuentro mejor palabra para ello), a unirme a ti en una vida de filosofía. Pero no cumplí mi promesa, no por mi propia voluntad, sino porque una ley prevaleció contra otra; quiero decir que la ley que nos ordena honrar a nuestros padres venció a la ley de nuestra amistad e intercambio. Sin embargo, no te fallaré del todo, si aceptas esta oferta. Estaré contigo la mitad del tiempo, y la mitad de él tú estarás conmigo, para que tengamos el todo en común, y para que nuestra amistad sea en términos de igualdad; y así se dispondrá de tal manera que mis padres no se aflijan, y sin embargo yo te gane a ti.

    Epístola 2.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 2, nota
    (Escrita aproximadamente al mismo tiempo, en respuesta a otra carta ahora perdida.)

    Carta 2

    No me gusta que se bromee sobre Tiberina y su barro y sus inviernos, oh amigo mío, que estás tan libre de barro, y que caminas de puntillas, y pisoteas las llanuras. Tú que tienes alas y eres llevado en alto, y vuelas como las flechas de Abaris, para que, aunque seas capadocio, puedas huir de Capadocia. ¿Te hemos hecho alguna injuria, porque mientras tú estás pálido y respirando con dificultad y midiendo el sol, nosotros estamos rollizos y bien alimentados y sin falta de espacio? Sin embargo, ésta es tu condición. Eres lujoso y rico, y vas al mercado. No apruebo esto. O bien deja de reprocharnos nuestro barro (pues tú no construiste tu ciudad, ni nosotros hicimos nuestro invierno), o por nuestro barro te echaremos en cara a tus revendedores, y el resto de la cosecha de plagas que infestan las ciudades.

    Epístola 4.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 4, nota
    (En respuesta a la Ep. XIV., de Basilio, alrededor del 361.)

    Carta 4

    Puedes burlarte y despedazar mis asuntos, ya sea en broma o en serio. Esto no tiene importancia; sólo ríe, y sáciate de cultura, y disfruta de mi amistad. Todo lo que viene de ti me es agradable, no importa lo que sea, y cómo parezca. Pues creo que estás bromeando sobre las cosas de aquí, no por el gusto de bromear, sino para atraerme hacia ti, si es que te entiendo en algo; como la gente que bloquea los arroyos para desviarlos a otro canal. Así es como siempre me parecen tus palabras.
    Por mi parte admiraré tu Ponto y tu oscuridad póntica, y tu morada tan digna de exilio, y las colinas sobre tu cabeza, y las bestias salvajes que ponen a prueba tu fe, y tu apartado lugar que yace bajo ellas... o como debería decir tu ratonera con los nombres grandiosos de Morada del Pensamiento, Monasterio, Escuela; y tus espesuras de arbustos silvestres, y corona de montañas escarpadas, por las cuales seas, no coronado sino, enclaustrado; y tu aire limitado; y el sol, que anhelas, y que sólo puedes ver como a través de una chimenea, oh cimerios sin sol del Ponto, que estáis condenados no sólo a una noche de seis meses, como se dice de algunos, sino que no tenéis ni siquiera una parte de vuestra vida fuera de la sombra, sino que toda vuestra vida es una larga noche, y una verdadera sombra de muerte, por usar una frase de la Escritura. Y admiro tu camino estrecho y angosto, que conduce... no sé si al Reino, o al Hades, pero por tu bien espero que sea el Reino... Y en cuanto al país intermedio, ¿cuál es tu deseo? ¿Debo llamarlo falsamente Edén, y la fuente dividida en cuatro cabezas, por la cual se riega el mundo, o el desierto seco y sin agua (sólo que ¿qué Moisés vendrá a domarlo, sacando agua de la roca con su vara)? Pues todo lo que ha escapado de las rocas está lleno de barrancos; y lo que no es barranco es matorral de espinos; y lo que está por encima de los espinos es un precipicio; y el camino por encima de eso es escarpado, y se inclina en ambos sentidos, ejercitando la mente de los viajeros, y exigiendo ejercicios gimnásticos para la seguridad. Y el río se precipita rugiendo, que para ti es un Estrimón de Anfípolis en cuanto a quietud, y no hay tantos peces en él como piedras, ni fluye hacia un lago, sino que se arroja a los abismos, oh mi grandilocuente amigo e inventor de nuevos nombres. Pues es grande y terrible, y abruma la salmodia de los que viven por encima de él; como las Cataratas y Catadupa del Nilo, así te ensordece rugiendo día y noche. Es áspero e intransitable; y sólo tiene este bocado de bondad, que no arrastra tu morada cuando los torrentes y las tormentas de invierno lo enloquecen. Esto es, pues, lo que pienso de esas Islas Afortunadas y de vosotros, gente feliz. Y tú no has de admirar las curvas en forma de media luna que estrangulan más que cortan las partes accesibles de tus Tierras Altas, y la franja de cresta montañosa que pende sobre vuestras cabezas, y hace vuestra vida como la de Tántalo; y las brisas con corrientes de aire, y los respiraderos de la tierra, que refrescan vuestro valor cuando flaquea; y vuestros pájaros musicales que cantan (pero sólo de hambre), y vuelan (pero sólo por el desierto). Nadie lo visita, dices, excepto para cazar; podrías añadir, y excepto para mirar vuestros cadáveres. Esto quizás sea demasiado largo para una carta, pero es demasiado corto para una comedia. Si puedes tomar mis bromas con amabilidad, harás bien, pero si no, te enviaré algunas más.

    Epístola 5.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 5, nota
    (Circa el año 361 d. C.)

    Carta 5

    Puesto que recibes con agrado mis chanzas, te envío el resto. Mi preludio es de Homero.
    Ven ahora y cambia tu tema,
    Y canta del ornamento interior.
    — Od. viii. 492.
    Tu choza sin techo y sin puertas, tu hogar sin fuego y sin humo, tus paredes secadas por el fuego para que no nos alcanzaran las gotas del barro, condenados como Tántalo sediento en medio de las aguas, y aquel lamentable festín sin nada que comer, al que fuimos invitados desde Capadocia, no como a la pobreza de los lotófagos, sino a la mesa de Alcínoo— nosotros, jóvenes y miserables supervivientes de un naufragio. Pues recuerdo aquellos panes y el caldo (así lo llamaban), sí, y los recordaré también, y mis pobres dientes que resbalaron en tus mendrugos de pan y luego se afirmaron y, por así decir, se sacaron del barro. Tú mismo elevarás estas cosas a un tono más alto de tragedia, habiendo aprendido a hablar en grande a través de tus propios sufrimientos... pues si no hubiéramos sido librados prontamente por aquella gran protectora de los pobres — me refiero a tu madre — que apareció oportunamente como un puerto para hombres sacudidos por la tormenta, hace tiempo que estaríamos muertos, más dignos de lástima que de admiración por nuestra fe en el Ponto. ¿Cómo pasaré por alto aquel jardín que no era jardín y no tenía hortalizas, y el estercolero de Augías que limpiamos de la casa y con el que lo rellenamos (es decir, el jardín), cuando arrastramos aquel carro montañoso, yo como vendimiador y tú como valiente, con nuestros cuellos y manos, que aún llevan las huellas de nuestros trabajos. «Oh tierra y sol, oh aire y virtud» (pues me permitiré un poco de tono trágico), no para tender un puente sobre el Helesponto, sino para nivelar un precipicio. Si no te molesta la mención de las circunstancias, tampoco a mí; pero si te molesta, cuánto más me molestó a mí la realidad. Paso por alto el resto, por respeto a los demás de quienes recibí mucho gozo.

    Epístola 6.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 6, nota
    (Escrita por la misma época, en un tono más serio.)

    Carta 6

    en los cuales me regodeaba contigo en la vida dura; pues el dolor voluntario es más valioso que el deleite involuntario. Ojalá alguien me devolviera aquellas salmodias y vigilias y aquellas estancias con Dios en la oración, y aquella vida, por así decir, inmaterial e incorpórea. Ojalá volviera la intimidad y la unidad de alma de los hermanos que por ti fueron divinizados y exaltados: ojalá volviera el certamen y el estímulo de la virtud que aseguramos mediante Reglas y Cánones escritos; ojalá volviera el amoroso trabajo en los Divinos Oráculos y la luz que en ellos hallamos por la guía del Espíritu Santo. O, si me es lícito hablar de asuntos menores y más leves, ojalá volvieran los cursos y experiencias cotidianos; ojalá volviera la recogida de leña y el corte de piedra; ojalá volviera el plátano dorado, más precioso que el de Jerjes, bajo el cual se sentaba, no un Rey debilitado por el lujo, sino un Monje agotado por la vida dura, que yo planté y Apolos (me refiero a tu honorable persona) regó; [] pero Dios dio el crecimiento para nuestro honor, a fin de que quedara entre vosotros un memorial de mi diligencia, como en el Arca leemos y creemos que hizo la vara de Aarón que floreció. [] Anhelar todo esto es muy fácil, pero alcanzarlo no es fácil. Mas ven a mí, y conspira conmigo en la virtud, y coopera conmigo, y ayúdame con tus oraciones a conservar el provecho que solíamos obtener juntos, para que no perezca poco a poco, como una sombra cuando el día llega a su fin. Preferiría respirarte a ti antes que al aire, y vivir solo mientras esté contigo, ya sea realmente en tu presencia, o virtualmente por tu imagen en tu ausencia.

    Epístola 8.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 8, nota
    (Escrita a San Basilio poco después de su ordenación como presbítero, probablemente hacia fines del año 362 d. C.)

    Carta 8

    Apruebo el comienzo de tu carta; pero ¿qué hay de tuyo que no apruebe? Y estás convicto de haber escrito exactamente como yo; pues también yo fui forzado al rango del Sacerdocio, porque en verdad nunca estuve ansioso por él. Somos el uno para el otro, si es que algún hombre lo fue, testigos fidedignos de nuestro amor por una filosofía humilde y modesta. Pero quizás habría sido mejor que esto no hubiera sucedido, o no sé qué decir, mientras ignoro el propósito del Espíritu Santo. Mas ya que ha ocurrido, debemos soportarlo, al menos así me parece claro a mí; y especialmente cuando consideramos los tiempos, que están trayendo sobre nosotros tantas lenguas heréticas, y no debemos avergonzar ni las esperanzas de quienes así confiaron en nosotros, ni nuestras propias vidas.

    Epístola 19.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 19, nota
    (Esta Epístola debe leerse en conexión con las tres dirigidas a Eusebio de Cesarea, a las que se refiere. Para las circunstancias véase Prolegómenos Generales, § 1, p. 194.)

    Carta 19

    Es tiempo de prudencia y de resistencia, y de que no dejemos que nadie parezca tener mayor valor que nosotros, ni dejemos que todos nuestros trabajos y fatigas sean en un instante reducidos a nada. ¿Por qué escribo esto y con qué fin? Nuestro Obispo Eusebio, muy querido de Dios (pues así debemos en adelante pensar y escribir de él), está muy dispuesto al acuerdo y a la amistad con nosotros; y como el fuego ablanda el hierro, así el tiempo lo ha ablandado; y creo que te llegará de él una carta de apelación e invitación, como me lo insinuó y como me aseguran muchas personas bien informadas de sus asuntos. Anticipémonos, pues, a él, ya sea yendo a verlo, o escribiéndole; o más bien escribiendo primero y luego yendo; para que no seamos después avergonzados al ser vencidos cuando estaba en nuestro poder asegurar la victoria siendo vencidos honorable y filosóficamente, lo que tantos nos piden. Persuádete, pues, por mí, y ven; tanto por esto como por los malos tiempos; porque una conspiración de herejes está asaltando a la Iglesia; algunos de ellos están aquí ahora y nos perturban; y otros, según el rumor, vienen; y hay razón para temer que la Palabra de la Verdad sea barrida, a menos que muy pronto se levante el espíritu de un Bezaleel, el sabio Maestro constructor de tales argumentos y dogmas. Si crees que yo también debo ir, para quedarme contigo y viajar contigo, no me negaré a hacer ni siquiera esto.
    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 19, nota final
    (Insertamos aquí las tres cartas a Eusebio, que están tan íntimamente relacionadas con lo anterior que no parecen fuera de lugar.)

    Epístola 16. A Eusebio, Obispo de Cesarea.

    Carta 16

    Puesto que me dirijo a un hombre que no ama la falsedad y que es el más agudo que conozco para detectarla en otro, por más que esté entrelazada en laberintos hábiles y variados; y, además, por mi parte lo diré, aunque a contrapelo, tampoco me gusta el artificio, tanto por mi constitución natural como porque la Palabra de Dios me ha formado así. Por tanto, escribo lo que se presenta a mi mente; y te ruego que disculpes mi franqueza, o harás injusticia a la verdad privándome de mi libertad y forzándome a reprimir dentro de mí el dolor de mi pena, como una enfermedad secreta y maligna. Me regocijo de gozar de tu respeto (pues soy hombre, como alguien dijo antes), y de ser convocado a sínodos y conferencias espirituales. Pero me perturba el desaire que se ha infligido a mi reverendísimo hermano Basilio, y que aún se le inflige por Vuestra Reverencia; pues lo elegí como compañero de mi vida, de mis palabras y de la más alta filosofía, y lo sigue siendo; y nunca tuve motivo para arrepentirme de mi juicio sobre él. Es más moderado hablar así de él, para no parecer que me alabo a mí mismo al admirarlo. Tú, sin embargo, creo, al honrarme a mí y deshonrarlo a él, pareces actuar como un hombre que con una mano acaricia la cabeza de alguien y con la otra le golpea el rostro; o que mientras arranca los cimientos de una casa pinta las paredes y decora el exterior. Si entonces quieres escucharme, esto es lo que harás, y reclamo ser escuchado, porque esto es justicia. Si le prestas la debida atención, él hará lo mismo contigo. Y yo lo seguiré como la sombra al cuerpo, siendo de poco valor e inclinado a la paz. Pues no soy tan mezquino como para querer filosofar en otros respectos y ser de la mejor parte, pero pasar por alto un asunto que es el fin de toda nuestra enseñanza, a saber, el amor; especialmente respecto a un Sacerdote, y uno de tan alto carácter, y uno a quien conozco entre todos mis conocidos como el mejor tanto en vida como en doctrina y conducta. Pues mi dolor no oscurecerá la verdad.

    Epístola 17. A Eusebio, Arzobispo de Cesarea.

    Carta 17

    No escribí con espíritu insolente, como te quejas de mi carta, sino más bien con uno espiritual y filosófico, y como convenía, a menos que esto también ofenda «a tu elocuentísimo Gregorio.» Pues aunque eres mi Superior en rango, sin embargo me concederás algo de libertad y de justa franqueza. Por tanto, sé más amable conmigo. Pero si consideras mi carta como venida de un siervo, y de uno que ni siquiera tiene derecho a mirarte a la cara, en este caso aceptaré tus golpes y ni siquiera derramaré una lágrima. ¿Me culparás también por esto? Eso convendría a cualquiera antes que a Vuestra Reverencia. Pues es propio de un hombre de alma elevada aceptar más prontamente la franqueza de un amigo que la adulación de un enemigo.

    Epístola 18. A Eusebio de Cesarea.

    Carta 18

    Nunca estuve mezquinamente dispuesto hacia Vuestra Reverencia; no me halles culpable. Pero tras permitirme un poco de libertad y audacia, solo para aliviar y sanar mi pena, al instante me incliné y me sometí, y de buen grado me sujeté al Canon. ¿Qué otra cosa podría haber hecho, conociéndoos tanto a ti como la Ley del Espíritu? Pero aunque hubiera sido tan mezquino e innoble en mis sentimientos, el tiempo presente no permitiría tales sentimientos, ni las fieras que se precipitan sobre la Iglesia, ni tu propio coraje y hombría, luchando tan pura y genuinamente por la Iglesia. Iré, pues, si lo deseas, y participaré contigo en las oraciones y en el combate, y te serviré, y como muchachos que animan, incitaré al noble atleta con mis exhortaciones.

    Epístola 40. Al Gran Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 40, nota
    (Hacia mediados del año 370. Tras la muerte de Eusebio, Basilio parece haber concebido el deseo de que su amigo Gregorio sucediera en la Metrópoli vacante; y así le escribió, sin mencionar la muerte del Arzobispo, para que viniera a él a Cesarea, haciéndose pasar por gravemente enfermo. Gregorio, profundamente apenado por la noticia, partió de inmediato, pero no había avanzado mucho en su camino cuando supo que Basilio gozaba de su salud habitual y que los Obispos de la Provincia se estaban reuniendo en Cesarea para la Elección de un Metropolitano. Vio el artificio de inmediato; y pensando que Basilio había querido asegurar su presencia en la Metrópoli para que su influencia pudiera lograr su propia (de Basilio) Elección, le escribió la siguiente carta indignada. Sin embargo, tanto él como su padre sintieron que nadie estaba tan bien capacitado para suceder en el trono vacante; y así Gregorio escribió en nombre de su padre las tres cartas que hemos colocado a continuación, dirigidas respectivamente al pueblo de Cesarea, a los Obispos asistentes al Sínodo y a Eusebio Obispo de Samosata.)

    Carta 40

    No te sorprendas si digo algo extraño, que no ha sido dicho antes por nadie. Creo que tienes reputación de ser un hombre firme, seguro y de mente fuerte, pero también de ser más simple que seguro en mucho de lo que planeas y haces. Pues lo que está libre de mal es, en proporción, lento para sospechar el mal, como lo muestra lo que acaba de ocurrir. Me has convocado a la Metrópoli en el momento en que se ha convocado un concilio para la elección de un Obispo, y tu pretexto es muy decoroso y plausible. Finges estar muy enfermo, en verdad en tu último aliento, y anhelar verme y despedirte de mí por última vez; no sé con qué objeto, ni siquiera qué puede efectuar mi presencia en el asunto. Partí con gran pena por lo sucedido; pues ¿qué podría ser de mayor valor para mí que tu vida, o más angustioso que tu partida? Y derramé una fuente de lágrimas; y me lamenté en voz alta; y me sentí por primera vez dispuesto de manera poco filosófica. ¿Qué dejé sin realizar de todo lo que conviene a un funeral? Pero tan pronto como descubrí que los Obispos se estaban reuniendo en la Ciudad, de inmediato me detuve en mi camino; y me asombré, primero, de que no hubieras percibido lo que era propio, o de que no te hubieras guardado de las lenguas de la gente, tan dadas a calumniar a los inocentes; y segundo, de que no pensaras que el mismo proceder era conveniente para mí como para ti, aunque nuestra vida, nuestra regla y todo es común a ambos, quienes hemos estado tan estrechamente asociados por Dios desde el principio. Tercero, pues debo decir esto también, me asombré de si recordabas que tales nombramientos son dignos de los más religiosos, no de los más poderosos, ni de los más favorecidos por la multitud. Por estas razones, pues, di marcha atrás y me contuve. Ahora, si piensas como yo, llega a esta determinación, de evitar estos tumultos públicos y malvadas sospechas. Veré a Vuestra Reverencia cuando los asuntos estén resueltos y el tiempo lo permita, y tendré más y más graves reproches que dirigirte.

    Epístola 41. Al Pueblo de Cesarea, en Nombre de Su Padre.

    Carta 41

    Soy un pequeño pastor y presido sobre un rebaño diminuto, y estoy entre los menores de los siervos del Espíritu. Pero la Gracia no es estrecha ni está circunscrita por el lugar. Por lo cual, que se conceda libertad de palabra incluso a los pequeños — especialmente cuando el asunto es de tan gran importancia y uno en el que todos están interesados — incluso para deliberar con hombres de canas venerables, que hablan quizás con mayor sabiduría que el común de los hombres. Estáis deliberando sobre un asunto no ordinario ni sin importancia, sino sobre uno por el cual el interés común debe necesariamente ser promovido o perjudicado según la decisión a la que lleguéis. Pues nuestro asunto es la Iglesia, por la cual Cristo murió, y el guía que ha de presentarla y conducirla a Dios. Porque la luz del cuerpo es el ojo, [] como hemos oído; no solo el ojo corporal que ve y es visto, sino aquel que contempla y es contemplado espiritualmente. Pero la luz de la Iglesia es el Obispo, como os es evidente incluso sin que lo escribamos. Así como la rectitud o torcedura del curso del cuerpo depende de la claridad o torpeza del ojo, así la Iglesia debe necesariamente compartir el peligro o la seguridad incurridos por la conducta de su Cabeza. Debéis, pues, tener cuidado de toda la Iglesia como Cuerpo de Cristo, pero más especialmente de la vuestra, que fue desde el principio y es ahora la Madre de casi todas las Iglesias, a la que mira toda la Comunidad, como un círculo descrito en torno a un centro, no solo por su ortodoxia proclamada desde antiguo a todos, sino también por la gracia de la unanimidad tan evidentemente otorgada por Dios. Vosotros, pues, nos habéis convocado también a vuestra discusión de este asunto, y así actuáis recta y canónicamente. Pero estamos oprimidos por la edad y la enfermedad, y si por la fuerza que nos da el Espíritu Santo pudiéramos estar presentes (nada es increíble para los que creen), esto sería lo mejor para el bien común y lo más agradable para nosotros, para conferiros algo y tener nosotros mismos parte de la bendición; pero si me viera impedido por la debilidad, daré en todo caso lo que pueda dar un ausente.
    Creo que hay otros entre vosotros dignos del Primado, tanto por la grandeza de vuestra ciudad como porque ha sido gobernada en tiempos pasados tan excelentemente y por hombres tan grandes; pero hay un hombre entre vosotros al que no puedo anteponer a ninguno, nuestro hijo bien amado de Dios, Basilio el Presbítero (hablo ante Dios como testigo); un hombre de vida y palabra puras, y solo, o casi solo, de todos calificado en ambos respectos para resistir los tiempos presentes y la prevaleciente verbosidad de los herejes. Escribo esto a hombres de las Órdenes sacerdotales y monásticas, y también a los dignatarios y consejeros, y a todo el pueblo. Si lo aprobáis y mi voto prevalece, siendo tan justo y recto y dado con la ayuda de Dios, estoy y estaré con vosotros en espíritu; o más bien ya he puesto mi mano a la obra y soy audaz en el Espíritu. Pero si no estáis de acuerdo conmigo, sino que determináis otra cosa, y si el asunto ha de resolverse por camarillas y parentescos, y si la mano de la turba ha de perturbar de nuevo la sinceridad de vuestro voto, haced lo que os plazca — yo me quedaré en casa.

    Epístola 43. A los obispos.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 43, nota
    (Los obispos comprovinciales habían notificado al anciano Gregorio la celebración de su sínodo, pero sin mencionar su fecha ni su propósito ni invitarlo a tomar parte en él— probablemente porque sabían con cuánta fuerza apoyaría la elección de Basilio, a la que eran contrarios. Por ello, S. Gregorio escribió la siguiente carta en nombre de su padre.)

    Carta 43

    ¡Cuán dulces y amables sois, y cuán llenos de amor! Me habéis invitado a la metrópoli, porque, según imagino, vais a deliberar acerca de un obispo. Esto es lo que sé por vosotros, aunque no me habéis dicho ni que yo haya de estar presente, ni por qué, ni cuándo, sino que tan solo me habéis anunciado de repente que partíais, como resueltos a no respetarme y sin desear que compartiera vuestras deliberaciones, antes bien poniendo un obstáculo a mi ida, para no encontraros conmigo ni aun contra mi voluntad. Ese es vuestro modo de obrar, y soportaré la afrenta; pero os expondré mi parecer y lo que siento. Diversas personas presentarán candidatos diversos, cada uno según sus inclinaciones e intereses, como suele suceder en tales ocasiones. Pero yo no puedo preferir a nadie —pues mi conciencia no me lo permitiría— a mi querido hijo y compañero en el sacerdocio, Basilio. Pues ¿a quién de todos mis conocidos hallo más aprobado en su vida, más poderoso en su palabra o más adornado en todo con la hermosura de la virtud? Mas si contra él alegáis su débil salud, respondo que no elegimos a un atleta, sino a un maestro. Y, al mismo tiempo, se ve en este caso el poder de Aquel que fortalece y sostiene a los débiles, si es que son tales. Si aceptáis este voto, iré y tomaré parte, ya en espíritu, ya en cuerpo. Pero si marcháis a una conclusión decidida de antemano y el partidismo ha de prevalecer sobre la justicia, me alegraré de haber sido pasado por alto. La obra debe ser vuestra; mas rogad por mí.

    Epístola 42. A Eusebio, obispo de Samosata.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 42, nota
    (Aún parecía probable que las intrigas y el espíritu de partido se llevaran la victoria, y por eso los dos Gregorios decidieron recurrir a la ayuda de Eusebio de Samosata, aunque no pertenecía a la provincia. Había sido un campeón conspicuo de la ortodoxia contra el emperador arriano Valente, y los Gregorios esperaban mucho de su presencia en el sínodo. Respondió a su llamamiento y emprendió las trescientas millas de viaje dificilísimo para poner su influencia al servicio de la causa que ellos tenían en el corazón. Vio, sin embargo, que era necesario que el anciano obispo de Nazianzo, a pesar de sus años y achaques, hiciera el esfuerzo, y lo persuadió a ir. El resultado fue todo lo que cabía desear, pues Basilio fue elegido por voto unánime. La carta que S. Gregorio escribió en su propio nombre para agradecérselo se encontrará más adelante.)

    Carta 42

    ¡Ojalá tuviera yo alas de paloma, o pudiera renovarse mi vejez, para poder ir a vuestra caridad, satisfacer el anhelo que tengo de veros, contaros las turbaciones de mi alma y hallar en vos algún consuelo para mis aflicciones! Pues desde la muerte del bienaventurado obispo Eusebio temo no poco que quienes en otra ocasión tendieron trampas a nuestra metrópoli y quisieron llenarla de cizaña herética aprovechen ahora la oportunidad, y con su mala doctrina arranquen de raíz la piedad que con tanto trabajo se ha sembrado en los corazones de los hombres, y desgarren su unidad, como han hecho en muchas iglesias. En cuanto recibí cartas del clero pidiéndome que no los olvidara en sus circunstancias presentes, miré a mi alrededor y recordé vuestro amor, vuestra fe recta y el celo que siempre os posee por las iglesias de Dios; por eso envié a mi amado Eustaquio, mi diácono y colaborador, a advertir a Vuestra Reverencia y a suplicaros que, además de todas vuestras fatigas por las iglesias, vinierais a mi encuentro y con vuestra venida reanimarais mi vejez, y que establecierais en la Iglesia ortodoxa esa piedad tan célebre, dándole con nosotros (si se nos juzga dignos de tener parte con vos en la buena obra) un Pastor conforme a la voluntad del Señor, capaz de regir a su pueblo. Pues tenemos ante los ojos a un hombre, y vos no lo desconocéis; y, si se nos permite obtenerlo, sé que adquiriremos gran confianza ante Dios y concederemos un grandísimo beneficio al pueblo que ha implorado nuestro auxilio. Os ruego una y otra vez que dejéis toda demora y vengáis a nosotros antes de que comience el mal tiempo del invierno.

    Epístola 45. A Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 45, nota
    (Después de la consagración, todos pensaron que Gregorio se uniría de inmediato a su amigo; y el propio Basilio deseaba mucho su ayuda. Pero Gregorio consideró mejor refrenar su deseo de ver a su amigo hasta que los celos tuvieran tiempo de calmarse. Así pues, escribió la siguiente carta para explicar las razones de su alejamiento en aquella coyuntura.)

    Carta 45

    Cuando supe que habías sido colocado en el trono excelso y que el Espíritu había prevalecido para poner la vela sobre el candelero, la cual aun antes brillaba con luz no tenue, me alegré, lo confieso. ¿Y por qué no habría de alegrarme, viendo como veía que la república de la Iglesia estaba en lastimoso estado y necesitaba una mano tan capaz de guiarla? Mas no corrí a ti de improviso, ni correré, ni aun si tú mismo me lo pides. Primero, para cuidar de tu dignidad y para que no parezca que reúnes partidarios por mal gusto y acaloramiento, como dirían tus calumniadores; y segundo, para labrarme yo mismo reputación de firmeza y de estar por encima de la malevolencia. ¿Cuándo vendrás entonces?, quizá preguntes, y ¿cuánto tiempo lo diferirás? Mientras Dios me lo mande, y hasta que haya pasado la sombra de la enemistad y la calumnia presentes. Pues los leprosos, bien lo sé, no resistirán mucho tiempo para mantener fuera de Jerusalén a nuestro David.

    Epístola 46. A Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 46, nota
    (El nuevo arzobispo parece no haber quedado satisfecho con las razones dadas en la última carta de Gregorio; de modo que este último escribe de nuevo.)

    Carta 46

    ¿Cómo podrían ser para mí meros rebuscos de uva tus asuntos, oh querido y sagrado amigo?
    «¡Qué palabra se ha escapado del cerco de tus dientes!» o ¿cómo osaste decir tal cosa, si también a mí me es lícito ser algo atrevido? ¿Cómo pudo tu mente ponerla en marcha, o tu tinta escribirla, o tu papel recibirla, oh lecciones y Atenas y virtudes y trabajos literarios! Casi me haces componer una tragedia con lo que has escrito. ¿No me conoces a mí ni a ti mismo, tú, ojo del mundo, y gran voz y trompeta y palacio del saber? ¿Tus asuntos, naderías para Gregorio? Pues ¿qué cosa en la tierra podría admirar alguien, si Gregorio no te admirara a ti? Hay una sola primavera entre las estaciones, un solo sol entre las estrellas y un solo cielo que abraza todas las cosas; así también tu voz es única entre todas las cosas, si soy capaz de juzgar tales cosas y no me engaña mi afecto— y no creo que sea ese el caso. Pero si me reprochas porque no te valoro según tu mérito, también debes reprochar a todo el género humano; pues nadie más te ha admirado ni te admirará suficientemente, a no ser tú mismo y tu propia elocuencia, al menos si fuera posible alabarse a sí mismo y si tal fuera la costumbre de nuestro hablar. Mas, si me acusas de despreciarte, ¿por qué no más bien de estar loco? ¿O te aflige que yo obre como filósofo? Concédeme decir que esto, y solo esto, es más alto que incluso tu conversación.

    Epístola 47. A Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 47, nota
    (A la división de la provincia civil de Capadocia en dos provincias en el año 372 siguieron disturbios eclesiásticos. Antimo, obispo de Tiana, la metrópoli civil de la nueva división de Capadocia Segunda, sostenía que las divisiones eclesiásticas debían seguir necesariamente a las civiles y, en consecuencia, pretendía para sí que la acción puramente civil del Estado lo había ipso facto elevado a la dignidad de metropolitano de la nueva provincia; y esta pretensión era apoyada por los obispos de aquel distrito, quienes por lo general no estaban bien dispuestos hacia el gran arzobispo. Las tres cartas siguientes se relacionan con esta disputa.)

    Carta 47

    Oigo que te inquieta esta nueva innovación y que te preocupan algunas oficiosidades sofísticas y no poco habituales de parte de quienes detentan el poder; y no hay de qué asombrarse. Pues no ignoraba yo su envidia, ni el hecho de que muchos de los que te rodean se sirven de ti para favorecer sus propios intereses y están atizando la chispa de la mezquindad. No temo verte afectado por tus tribulaciones de manera poco filosófica ni en modo alguno indigno de ti y de mí. Antes bien, creo que ahora es, sobre todo, cuando se conocerá a mi Basilio, y que la filosofía que has ido acumulando durante toda tu vida se mostrará y vencerá la injuria como con una alta ola; y que permanecerás inconmovible mientras otros se turban. Si te parece bien, iré yo mismo y quizá pueda prestarte alguna ayuda con mi consejo (¡si el mar necesita agua, tú sí das consejo!); pero en todo caso sacaré provecho y aprenderé filosofía soportando mi parte de la injuria.

    Epístola 48. A Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 48, nota
    (Poco después de los acontecimientos arriba descritos, Basilio decidió fortalecer su propia posición creando varios obispados nuevos en la provincia en disputa; para uno de ellos, Sasima, consagró a Gregorio, muy contra la voluntad de este, quien sintió que había sido tratado con dureza y no intentó disimular su reticencia. Véase Gen. Prolegg. p. 195.)

    Carta 48

    Deja ya de hablar de mí como de un hombre sin educación, rudo y poco amistoso, ni siquiera digno de vivir, porque me he atrevido a darme cuenta del trato que he recibido. Tú mismo admitirías que no he obrado mal en ningún otro aspecto, y mi propia conciencia no me reprocha haber sido descortés contigo en asuntos grandes ni pequeños; y espero que nunca lo sea. Solo sé que vi que había sido engañado —demasiado tarde, ciertamente, pero lo vi—, y echo la culpa a tu trono, por haberte elevado de pronto por encima de ti mismo; y estoy cansado de que se me culpe por faltas tuyas y de tener que excusarlas ante personas que conocen nuestras relaciones pasadas y presentes. Pues, de todo lo que he de soportar, esto es lo más ridículo o lo más digno de lástima: que la misma persona haya de sufrir la injuria y cargar con la culpa; y tal es mi caso presente. Distintas personas me culpan de distintas cosas, según el gusto de cada uno, o la disposición de cada cual, o la medida de su malevolencia hacia mí; pero los más amables me reprochan desprecio y desdén, y me arrojan a un lado después de haberse servido de mí, como a las vasijas más sin valor o a esos armazones sobre los que se construyen los arcos, que, una vez terminada la obra, son desmontados y desechados. Dejémosles estar y decir lo que les plazca; nadie coartará su libertad de palabra. Y tú, como recompensa mía, salda aquellas benditas y vacías esperanzas que ideaste frente a los maldicientes, que te acusaban de ultrajarme so pretexto de honrarme, como si yo fuera ligero de juicio y fácil de engañar con semejante trato. Ahora expondré con claridad el estado de mi ánimo, y no debes enojarte conmigo. Pues te diré exactamente lo que dije en el momento del sufrimiento, no en un arrebato de ira ni tan poseído por el asombro de lo sucedido como para perder la razón o no saber lo que decía. No tomaré las armas, ni aprenderé una táctica que no aprendí en tiempos pasados, cuando la ocasión parecía más adecuada, cuando todos se armaban y enloquecían (conoces la enfermedad de los débiles), ni haré frente al marcial Antimo, aunque sea un guerrero intempestivo, estando yo desarmado y sin pericia bélica, y por ello más expuesto a las heridas. Pelea tú mismo con él si quieres (pues la necesidad a menudo hace guerreros aun de los débiles), o busca a alguien que luche cuando él se apodere de tus mulas, montando guardia en un desfiladero y, como Amalec en otro tiempo, cerrando el paso a Israel. Dame ante todo quietud. ¿Por qué he de pelear yo por lechones y aves, y no míos, como si fueran almas y cánones? ¿Por qué he de privar a la metrópoli de la célebre Sasima, o poner al descubierto y desvelar el secreto de tu mente, cuando yo debería unirme a ocultarlo? Obra tú, pues, como hombre y sé fuerte, y arrastra a todos los partidos a tu propia conclusión, como los ríos arrastran los torrentes invernales, sin miramiento por la amistad ni por la intimidad en el bien, ni por la reputación que tal conducta te acarreará. Entrégate solo al Espíritu. Yo solo sacaré esto de tu amistad: que aprenderé a no confiar en los amigos y a no estimar nada más valioso que Dios.
    Comentario editorial · Antimo, Tiana y Sasima
    Las notas de los editores cuentan el conflicto desde Basilio; Wikipedia lo resume desde los dos lados. Según la entrada sobre Antimo, al dividir Valente Capadocia, Tiana pasó a ser la capital de Capadocia Segunda en 371; Antimo reclamó entonces autoridad sobre ciudades que dependían de Basilio, y la disputa llegó a las manos cuando unos hombres de Antimo bloquearon el paso a Basilio y a Gregorio. Sasima, un pueblo a 24 millas romanas al sur de Nacianzo que Antimo también reclamaba, fue la primera sede de Gregorio: según Wikipedia, Basilio lo hizo obispo allí en 372 como parte del conflicto. Las fuentes discrepan en la fecha de la división: hacia 371 en los Prolegomena del NPNF y en Wikipedia, 372 en la nota que introduce la Carta 47. Según Wikipedia, el enfriamiento entre Gregorio y Basilio duró hasta la muerte de este en 379.

    Epístola 49. A Basilio. (Las alabanzas de la quietud.)

    Carta 49

    Me acusas de pereza y ociosidad, porque no acepté tu Sasima y porque no me he movido como un obispo, ni os armo a unos contra otros como quien arroja un hueso en medio de los perros. Mi mayor ocupación es siempre mantenerme libre de ocupaciones. Y para darte idea de uno de mis puntos buenos: tanto valoro el estar libre de ocupaciones, que creo que incluso podría ser un modelo para todos los hombres de esta suerte de magnanimidad; y si todos me imitaran, las iglesias no tendrían turbaciones, ni la fe, que cada cual usa como arma en sus querellas privadas, sería despedazada.

    Epístola 50. A Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 50, nota
    (Al parecer, a petición de Antimo, S. Gregorio escribió a S. Basilio una carta, hoy no conservada, proponiendo una conferencia entre los metropolitanos rivales. Basilio se ofendió por la propuesta, bienintencionada, y escribió a S. Gregorio una carta severa, a la cual lo siguiente es la respuesta.)

    Carta 50

    ¡Con cuánta fogosidad y como un potro saltas en tus cartas! Y no me asombra que, recién convertido en propiedad de la gloria, quieras mostrarme lo que descubres que es la gloria, para hacerte más majestuoso, como esos pintores que representan las estaciones. Mas, para explicar todo el asunto de los obispos y la carta por la que te molestaste: cuál fue mi punto de partida, hasta dónde llegué y dónde me detuve, me parece materia demasiado larga para una carta y asunto no tanto de apología como de historia. Para explicártelo en pocas palabras: el nobilísimo Antimo vino a nosotros con ciertos obispos, ya sea para visitar a mi padre (tal era al menos el pretexto), ya para obrar como obró. Me sondeó de muchas maneras y sobre muchos asuntos: diócesis, las marismas de Sasima, mi ordenación..., halagando, interrogando, amenazando, suplicando, culpando, elogiando, trazando círculos en torno a sí mismo, como si yo solo debiera mirar a él y a su nueva metrópoli, por ser esta la mayor. ¿Por qué, dije yo, trazas tu línea de modo que incluya a nuestra ciudad, pues también nosotros consideramos que nuestra Iglesia es realmente madre de iglesias, y ello desde antiguo? Al final se marchó sin haber logrado su objetivo, muy falto de aliento, y reprochándome el basilismo, como si fuera una especie de filipismo. ¿Crees que en esto te agravié? Y mira ahora la carta de quien, según dices, te ultrajó. Me fabricaron una citación sinodal; y, cuando la rechacé y dije que aquello era un ultraje, pidieron como alternativa que, por mediación mía, fueras invitado a deliberar sobre estos asuntos. Esto prometí, para impedir que se llevara a cabo su primer plan, poniendo todo el asunto en tus manos, si quieres convocarlos tú, y dónde y cuándo. Y si no te he agraviado en esto, dime dónde hay lugar para el agravio. Si has de enterarte de esto por mí, te leeré la carta que Antimo me envió, después de invadir las marismas, a pesar de mis prohibiciones y amenazas, ultrajándome y denostándome, y como cantando un himno de triunfo sobre mi derrota. ¿Y qué razón hay para que yo lo ofenda por causa tuya y al mismo tiempo te desagrade a ti, como si estuviera buscando su favor? Debiste haberte enterado de esto primero, querido amigo; y, aun si hubiera sido así, no debiste ultrajarme, siquiera porque soy sacerdote. Pero si estás muy inclinado a la ostentación y a la pendencia, y hablas como mi superior —como el metropolitano a un insignificante sufragáneo, o incluso como a un obispo sin sede—, también yo tengo un poco de orgullo que oponer al tuyo. Eso es muy fácil para cualquiera, y quizá sea el camino más adecuado.

    Carta 58. A Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 58, nota
    (En presencia de Gregorio se había atacado la ortodoxia de Basilio acerca de la divinidad de Dios Espíritu Santo; y en esta carta da cuenta a su amigo del modo en que lo había defendido. Desdichadamente, Basilio no quedó complacido con la carta, pues la tomó como destinada a transmitir un reproche bajo la apariencia de amistosa simpatía.)

    Carta 58

    Desde el principio te he tenido, y te tengo todavía, por guía de mi vida y maestro de la fe, y por todo cuanto de honroso puede decirse; y si alguien más alaba tus méritos, está del todo conmigo o incluso detrás de mí, tan superado estoy por tu piedad y tan completamente soy tuyo. Y no es de extrañar; pues cuanto más larga es la intimidad, mayor es la experiencia; y donde la experiencia es más abundante, más perfecto es el testimonio. Y si algún provecho saco en la vida, es de tu amistad y trato. Esta es mi disposición respecto de estas cosas, y espero que lo sea siempre. Lo que ahora escribo, lo escribo de mala gana, pero aun así lo escribo. No te enojes conmigo, o yo mismo me enojaré mucho, si no me crees que lo digo y lo escribo por buena voluntad hacia ti.
    Muchos nos han condenado por no ser firmes en la fe; me refiero a quienes piensan, y piensan rectamente, que estamos completamente de acuerdo. Unos nos acusan abiertamente de herejía, otros de cobardía; de herejía, los que creen que nuestro lenguaje no es sano; de cobardía, los que censuran nuestra reserva. No necesito relatar lo que otros dicen; te contaré lo que ha sucedido hace poco.
    Hubo aquí una reunión en la que estaban presentes muchísimos amigos distinguidos nuestros, y entre ellos un hombre que llevaba el nombre y el hábito que denotan piedad (es decir, un monje). Aún no habían comenzado a beber, sino que hablaban de nosotros, como suele ocurrir en tales reuniones, e hicieron de nosotros, más que de cualquier otra cosa, el asunto de su conversación. Admiraban todo lo relacionado contigo, y me incluían a mí como quien profesa la misma filosofía; y hablaban de nuestra amistad, de Atenas y de nuestra conformidad de opiniones y sentimientos en todo. Nuestro filósofo se sintió molesto por esto. «¿Qué es esto, señores?» dijo, con un grito fortísimo, «¡qué mentirosos y aduladores sois! Podéis alabar a estos hombres por otras razones si queréis, y no os contradeciré; pero no puedo concederos el punto más importante: su ortodoxia. Basilio y Gregorio son falsamente alabados; el primero, porque sus palabras son una traición a la fe; el segundo, porque su tolerancia ayuda a la traición.»
    ¿Qué es esto —dije—, oh hombre vano y nuevo Datán y Abirán en insensatez? ¿De dónde vienes a dictarnos ley? ¿Cómo te eriges en juez de asuntos tan grandes? «Acabo de llegar» —respondió— «de la fiesta del mártir Eupsiquio (y así era en verdad), y allí oí al gran Basilio hablar hermosísima y perfectísimamente sobre la divinidad del Padre y del Hijo, como apenas otro podría hablar; pero pasó por alto al Espíritu.» Y añadió una suerte de comparación tomada de ríos que pasan junto a rocas y socavan la arena. «En cuanto a vos, mi buen señor,» dijo, mirándome, «ahora sí os expresáis abiertamente sobre la divinidad del Espíritu,» y se refirió a algunas palabras mías al hablar de Dios en un sínodo muy concurrido, como que yo había añadido respecto del Espíritu aquella expresión que ha causado ruido (¿hasta cuándo esconderemos la lámpara debajo del celemín?) «pero el otro insinúa oscuramente y, por así decir, apenas sugiere la doctrina, pero no proclama abiertamente la verdad; inunda los oídos de la gente con más política que piedad, y oculta su doblez con el poder de su elocuencia.»
    «Es,» dije, «porque yo (que vivo como en un rincón, desconocido para la mayoría de los hombres, que ni saben lo que digo ni apenas que hablo) puedo filosofar sin peligro; pero su palabra tiene mayor peso, porque él es más conocido, tanto por sí mismo como por su Iglesia. Y todo lo que dice es público, y la guerra en torno suyo es grande, pues los herejes tratan de arrebatar de los labios de Basilio toda palabra desnuda, para lograr que lo expulsen de la Iglesia; porque es casi la única chispa de verdad que queda y la fuerza vital, habiendo sido destruido todo lo demás en torno, de modo que el mal pueda arraigar en la ciudad y extenderse por todo el mundo como desde un centro en aquella Iglesia. Ciertamente, es mejor usar alguna reserva en la verdad, y ceder nosotros un poco a las circunstancias como a una nube, antes que arriesgar su destrucción por la franqueza de la proclamación. Pues ningún daño nos vendrá si reconocemos al Espíritu como Dios por otras frases que conducen a esta conclusión (porque la verdad no consiste tanto en el sonido como en el sentido), pero se haría un daño gravísimo a la Iglesia si la verdad fuera expulsada en la persona de un solo hombre.» Los presentes no aceptaron mi economía, tachándola de anticuada y burlona; antes bien, me hicieron callar a gritos, diciendo que la practicaba más por cobardía que por razón. Mucho mejor sería, decían, proteger a los nuestros con la verdad, que con vuestra llamada economía debilitarlos sin ganar a los otros. Sería asunto largo y quizá innecesario contaros todos los detalles de lo que dije y de lo que oí, y cuán irritado estaba contra los adversarios, quizá de manera inmoderada y contraria a mi propio temperamento habitual. Pero, en fin, los despedí de la misma manera. Pero vos, oh cabeza divina y sagrada, instruidme hasta dónde debo llegar al exponer la divinidad del Espíritu; y qué palabras debo usar, y hasta dónde usar reserva; para que esté pertrechado frente a los adversarios. Pues si yo, que más que nadie os conozco a vos y a vuestras opiniones, y que a menudo he dado y recibido seguridad en este punto, todavía necesito que se me enseñe la verdad de este asunto, seré el más ignorante y miserable de todos los hombres.
    Comentario editorial · Basilio y el silencio sobre el Espíritu
    La carta cuenta el origen del reproche. Un hombre, de vuelta de la fiesta del mártir Eupsiquio (el 7 de septiembre, según una nota de la edición), dijo que Basilio había hablado de maravilla sobre la divinidad del Padre y del Hijo, pero que «pasó por alto al Espíritu»; añadió una comparación con ríos que pasan junto a rocas y socavan la arena, y dijo a Gregorio que él sí hablaba ya abiertamente de la divinidad del Espíritu. Gregorio lo reprende y escribe a Basilio para darle cuenta de lo ocurrido; la Carta 59 responde, según la nota de la edición, a la respuesta algo airada de Basilio. Gregorio retomará la defensa en la oración fúnebre por Basilio, donde habla de su reserva como «economía» (Disc. 43, § 68–69): véanse los Discursos selectos, y, de Basilio, Sobre el Espíritu Santo.

    Carta 59. A Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 59, nota
    (La respuesta a la contestación algo enojada de Basilio a la carta anterior.)

    Carta 59

    Este era un caso que cualquier hombre más sabio habría previsto; pero yo, que soy muy simple y necio, no lo temí al escribirte. Mi carta te entristeció; pero, en mi opinión, ni con razón ni con justicia, sino de manera bastante irrazonable. Y aunque no reconociste que estabas herido, tampoco lo ocultaste; o, si lo hiciste, fue con gran habilidad, como con una máscara, ocultando tu enojo bajo apariencia de respeto. En cuanto a mí, si obré en esto con engaño o malicia, seré castigado no más por tu enojo que por la verdad misma; pero si lo hice con sencillez y con mi acostumbrada buena voluntad, echaré la culpa a mis propios pecados antes que a tu carácter. Pero habría sido mejor enderezar este asunto que enojarse con quienes te ofrecen consejo. Pero tú debes atender a tus propios asuntos, puesto que eres muy capaz de dar el mismo consejo a otros. Puedes considerarme muy dispuesto, si Dios quiere, tanto a ir a ti como a unirme a ti en el conflicto y a contribuir con todo cuanto pueda. Pues ¿quién retrocedería? ¿Quién, más bien, no cobraría ánimo para hablar y contender por la verdad bajo ti y a tu lado?

    Carta 60. A Basilio.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 60, nota
    (Gregorio no pudo, a causa de la grave enfermedad de su madre, cumplir la promesa hecha al final de la carta LIX; por eso escribe para explicarse y excusarse.)

    Carta 60

    El cumplimiento de vuestro encargo depende en parte de mí; pero en parte, y me atrevo a pensar que principalmente, de Vuestra Reverencia. Lo que depende de mí es la buena voluntad y el deseo, pues jamás he evitado encontrarme con vos, sino que siempre he buscado ocasiones, y en el momento presente lo deseo aún más. Lo que depende de Vuestra Santidad es que mis asuntos se enderecen. Pues estoy sentado junto a mi señora madre, que desde hace mucho tiempo sufre de enfermedad. Y si pudiera dejarla fuera de peligro, podéis estar bien seguro de que no me privaría del placer de ir a vos. Dadme, pues, el auxilio de vuestras oraciones para el restablecimiento de su salud y para mi viaje hacia vos.

    Cartas (División III)

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División III, encabezado
    Cartas varias.

    1. Cartas a su hermano Césario

    Carta VII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 7, nota
    (A la muerte del emperador Constancio, la sucesión indiscutida recayó en su primo Juliano el Apóstata, quien de inmediato empezó a emplear todo el poder del Imperio para desalentar, aunque no persiguiendo de modo absoluto, el cristianismo, y para restaurar la supremacía del antiguo paganismo. Uno de sus primeros actos fue destituir a todos los hombres que habían ocupado altas dignidades bajo su predecesor. San Césario, hermano de Gregorio, debía ser, sin embargo, exceptuado; Juliano, que tal vez lo había conocido y estimado en Atenas, hizo cuanto pudo por retenerlo en la corte y atraerlo a sí. Esto causó gran ansiedad a Gregorio y a otros amigos de Césario, quienes preveían que Juliano haría todo lo posible por sacudir la fe del joven, y no podían estar seguros de que tendría valor para resistir tales asaltos. En su angustia, Gregorio le escribió la siguiente carta. Poco después se produjo el intento esperado. San Césario mantuvo valientemente su posición frente al emperador y, tras declarar su determinación inalterable de permanecer firme en su fe, renunció a su cargo en la corte y se retiró a Nazianzo.)

    Carta 7

    Ya he tenido bastante de qué avergonzarme en ti; que me sentí afligido, apenas es necesario decirlo a quien mejor me conoce de todos los hombres. Pero, por no hablar de mis propios sentimientos ni de la angustia con que me llenó el rumor acerca de ti (y, déjame decir, también el miedo), me habría gustado, si hubiera sido posible, que oyeras lo que decían otros, tanto parientes como extraños, que de algún modo nos conocen (me refiero a cristianos, por supuesto), acerca de ti y de mí; y no solo algunos de ellos, sino todos por turno igualmente; pues los hombres están siempre más dispuestos a filosofar sobre extraños que sobre sus propios parientes. Discursos como los siguientes se han convertido en una especie de ejercicio entre ellos: "Ahora un hijo de obispo toma servicio en el ejército; ahora codicia poder y fama exteriores; ahora es esclavo del dinero, cuando el fuego se está reavivando para todos y los hombres corren la carrera por la vida; y no considera que la única gloria, seguridad y riqueza sea mantenerse noblemente firme contra los tiempos y situarse lo más lejos posible de todo aborrecimiento y contaminación". ¿Cómo, pues, puede el obispo exhortar a otros a no dejarse arrastrar por los tiempos o a no mezclarse con los ídolos? ¿Cómo puede reprender a los que obran mal en otros aspectos, viendo que su propia casa le quita el derecho a hablar con libertad? Todos los días tenemos que oír esto, y cosas aún más severas, diciéndolas algunos de los hablantes quizá por amistad y otros con sentimientos hostiles. ¿Cómo crees que nos sentimos, y cuál es el estado de ánimo con que nosotros, hombres que profesamos servir a Dios y considerar que el único bien es mirar hacia las esperanzas del futuro, oímos cosas como estas? Nuestro venerable padre está muy afligido por todo lo que oye, lo cual incluso le disgusta de la vida. Lo consuelo y lo reconforto lo mejor que puedo, haciéndome fiador de tu ánimo y asegurándole que no continuarás afligiéndonos así. Pero si nuestra querida madre llegara a oír algo acerca de ti (hasta ahora la hemos mantenido en la ignorancia con diversos artificios), creo que quedaría del todo inconsolable; siendo, como mujer, de ánimo débil y, además, incapaz, por su gran piedad, de dominar sus sentimientos en tales asuntos. Si, pues, te importas en algo a ti mismo y a nosotros, intenta algún camino mejor y más seguro. Nuestros medios son ciertamente suficientes para una vida independiente, al menos para un hombre de deseos moderados, que no sea insaciable en su ansia de más. Además, no veo qué ocasión para tu asentamiento vamos a esperar, si dejamos pasar esta. Pero si te aferras a la misma opinión y todo te parece de poca cuenta en comparación con tus propios deseos, no quiero decir nada más que pueda irritarte; pero esto te predigo y protesto: que una de dos cosas ha de suceder: o tú, permaneciendo cristiano genuino, serás contado entre los más bajos y estarás en una posición indigna de ti mismo y de tus esperanzas; o, al aferrarte a los honores, te dañarás en lo que es más importante y tendrás parte en el humo, si no realmente en el fuego.

    Cartas XIV y XXIII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 14 y 23, nota
    (Bajo el emperador Valente, Césario volvió a la vida pública y fue nombrado cuestor de Bitinia. Mientras ocupaba este cargo, su hermano le escribió las siguientes cartas en favor de dos primos: Eulalio, que después sucedió a Gregorio en el obispado de Nazianzo y con quien Gregorio mantenía íntima amistad, y Anfiloquio, quien, por la bribonada de un socio, se había visto en apuros en Constantinopla a causa de asuntos de dinero, y por quien pide ayuda y consejo. Algunos, sin embargo, piensan que esta carta no está dirigida a su hermano (que quizá se hallaba entonces en Constantinopla), sino a algún otro oficial de alto rango en la corte imperial. Anfiloquio se retiró pronto del mundo y para el año 347 d. C. ya era obispo de la importante sede de Iconio. Las cartas de Gregorio a él se dan más adelante en esta división.)

    Carta 14 y 23

    Hazte un favor a ti mismo y a mí, de una clase que no tendrás a menudo ocasión de hacer, porque las ocasiones para tales bondades no ocurren con frecuencia. Emprende una muy justa protección de mis queridos primos, que están preocupados más de la cuenta por una propiedad que compraron como adecuada para el retiro y capaz de proporcionarles algunos medios de vida; pero, después de completar la compra, han caído en muchos problemas, en parte por hallar deshonestos a los vendedores y en parte por ser saqueados y robados por sus vecinos, de modo que sería una ganancia para ellos deshacerse de su adquisición por el precio que dieron por ella, más la no pequeña suma que además han gastado en ella. Si, pues, quisieras transferir el negocio a ti mismo, después de examinar el contrato para ver cómo puede hacerse del mejor modo y con mayor seguridad, este proceder sería muy aceptable tanto para ellos como para mí; pero si prefieres no hacerlo, el siguiente mejor camino sería oponerte a la oficiosidad y deshonestidad del hombre, para que no logre sacar ventaja alguna de su falta de hábito en los negocios, ya sea perjudicándolos si retienen la propiedad, ya sea infligiéndoles pérdida si se desprenden de ella. Me avergüenzo realmente de escribirte sobre un asunto semejante. Con todo, ya que se lo debemos a ellos, tanto por su parentesco como por su profesión (pues ¿de quiénes preferiría uno cuidarse antes que de tales, o de qué se avergonzaría uno más que de no querer conferir semejante beneficio?), hazles este favor, sea por ti mismo, sea por mí, sea por los hombres mismos, o por todas estas razones juntas.

    Carta XXIII.

    Carta 23

    No os sorprendáis si os pido un gran favor; pues es a un gran hombre a quien lo pido, y la petición debe medirse por aquel a quien se hace; pues es igualmente absurdo pedir cosas grandes a un hombre pequeño y cosas pequeñas a un hombre grande, siendo lo uno inoportuno y lo otro mezquino. Os presento, pues, de mi propia mano a mi muy amado hijo Anfiloquio, hombre tan famoso (aun más allá de sus años) por su porte caballeroso, que yo mismo, aunque anciano, sacerdote y amigo vuestro, estaría muy contento de ser tan estimado. ¿Qué tiene de extraño que fuera engañado por la amistad fingida de un hombre y no sospechara el fraude? Pues no siendo él mismo un bribón, no sospechó bribonada, sino que pensó que lo que se necesitaba era corrección de lenguaje más que de carácter, y por eso entró en sociedad con él en los negocios. ¿Qué culpa puede atribuírsele por esto ante los hombres honestos? No permitáis, pues, que la maldad prevalezca sobre la virtud; y no deshonréis mis canas, sino honrad mi testimonio y añadid vuestra bondad a mis bendiciones, que quizá tienen algún valor ante Dios, ante quien estamos.

    Carta XX.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 20, nota
    (En el año 368 d. C., la ciudad de Nicea de Bitinia fue destruida casi por completo por un terrible terremoto. Césario perdió su casa y su escape personal fue casi milagroso. Gregorio escribe (como también lo hizo Basilio) para felicitarlo por su escape y aprovecha la ocasión para instarlo a retirarse de sus ocupaciones seculares. Césario pronto resolvió seguir este consejo, y estaba dando pasos para poner en efecto esta resolución cuando murió repentinamente, a principios del año 369 d. C., a la edad de solo 40 años. Dejó toda su gran propiedad a los pobres, pero por un tiempo cayó en manos de personas intrigantes, y Gregorio, que era albacea de su hermano, tuvo mucha dificultad en recuperarla para el propósito al que había sido destinada. Fue enterrado en Nazianzo, en la iglesia de los Mártires, en una bóveda que sus padres habían preparado para sí mismos. Gregorio predicó la oración fúnebre, que se da en la primera parte de este volumen. Estas cuatro son las únicas cartas que se sabe que se cruzaron entre los hermanos.)

    Carta 20

    Incluso los sobresaltos no carecen de utilidad para los sabios; o, como yo diría, son muy valiosos y salutíferos. Pues, aunque rogamos que no sucedan, cuando suceden nos instruyen. Porque el alma afligida, como dice admirablemente Pedro en algún lugar, está cerca de Dios; y todo hombre que escapa de un peligro entra en relación más estrecha con Aquel que lo preservó. No nos inquietemos, pues, por haber tenido parte en la calamidad, sino demos gracias de haber sido librados. Y no nos mostremos de una manera ante Dios en el tiempo del peligro y de otra cuando el peligro ha pasado, sino resolvamos, ya sea en casa o fuera, ya sea en la vida privada o en el cargo público (pues debo decir esto y no omitirlo), seguir a Aquel que nos ha preservado y adherirnos a su lado, teniendo en poco las pequeñas preocupaciones de la tierra; y ofrezcamos a los que vengan después de nosotros un relato grande para nuestra gloria y provecho de nuestra alma, y al mismo tiempo una lección utilísima para todos: que el peligro es mejor que la seguridad y que la desgracia es preferible al éxito, al menos si antes de nuestros temores pertenecíamos al mundo, pero después de ellos pertenecemos a Dios. Quizá te parezco algo pesado por escribirte tan a menudo sobre el mismo asunto, y pensarás que mi carta no es una exhortación, sino una ostentación; basta, pues, de esto. Sabrás que deseo y quiero especialmente estar contigo y compartir tu alegría por tu preservación, y hablar de estos asuntos más adelante. Pero, ya que eso no puede ser, espero recibirte aquí lo antes posible y celebrar juntos nuestra acción de gracias.
    Comentario editorial · Césario, médico y cuestor, y el terremoto de Nicea
    Según Wikipedia, Césario, el hermano menor de Gregorio, fue un médico de prestigio en la corte de Constancio II y de Juliano y, bajo Valente, cuestor de Bitinia. Escapó del terremoto de Nicea del 11 de octubre de 368 y su hermano le escribió para que dejara el cargo y se retirara a la vida religiosa. Poco después murió, a causa de la peste que siguió al terremoto, apenas bautizado: como muchos en su tiempo, había diferido el bautismo. Su patrimonio fue saqueado por los criados y los acreedores, algo que la nota de la edición a la Carta 29 cuenta desde otro ángulo. En cuanto al terremoto, Wikipedia dice que Nicea sufrió dos grandes en 363 y 368.

    2. A San Gregorio de Nissa

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División III, apartado 2, nota
    Gregorio, obispo de Nissa, era hermano menor de Basilio el Grande. Ordenado lector a temprana edad, se cansó de su vocación y se hizo profesor de retórica. Esto escandalizó a la Iglesia y causó gran pena a sus amigos. Gregorio de Nazianzo le escribió la siguiente carta de reconvención, que no careció de efecto, pues poco después abandonó su ocupación secular y se retiró al monasterio que su hermano Basilio había fundado en el Ponto. Allí pasó varios años en el estudio de la Sagrada Escritura y de los mejores comentaristas.

    Ep. I.

    Carta 1 (División III)

    Hay un solo punto bueno en mi carácter, y me gloriaré de un punto entre muchos. Me irrito igualmente conmigo mismo y con mis amigos por un mal plan. Puesto que, entonces, son amigos y parientes todos los que viven según Dios y caminan por el mismo Evangelio, ¿por qué no habrías de oír de mí con palabras claras lo que todos dicen en susurros? No aprueban tu gloria ingloriosa (por tomar prestada una frase de tu propio arte), ni tu paulatino descenso a la vida inferior, ni tu ambición, el peor de los demonios, según Eurípides. Pues ¿qué te ha sucedido, oh el más sabio de los hombres, y por qué te condenas a ti mismo, que has arrojado los libros sagrados y deleitosos que solías leer una vez al pueblo (no te avergüences de oír esto), o los has colgado sobre la chimenea, como hacen los hombres en invierno con timones y azadas, y te has aplicado a unos salados y amargos, y has preferido ser llamado profesor de retórica antes que de cristianismo? Yo, gracias a Dios, preferiría ser esto último antes que lo primero. No, querido amigo, no dejes que esto siga siendo así por más tiempo; sino que, aunque ya es muy tarde, vuelve a ser sobrio, retorna de nuevo a ti mismo y presenta tus disculpas a los fieles, a Dios y a sus altares y sacramentos, de los cuales te has apartado. Y no me digas con orgulloso estilo retórico: ¿Qué? ¿Acaso no era cristiano cuando practicaba la retórica? ¿Acaso no era creyente cuando me ocupaba entre los muchachos? Y quizá pondrás a Dios por testigo. No, amigo mío, no tan plenamente como debiste serlo, aun si en parte te lo concedo. ¿Y qué decir de la ofensa que tu actual ocupación causa a otros, a otros inclinados naturalmente al mal, y de la ocasión que les brinda para pensar y decir lo peor de ti? Falsamente, lo concedo, pero ¿dónde estaba la necesidad? Pues el hombre no vive para sí solo, sino también para el prójimo; ni basta con persuadirte a ti mismo, debes persuadir también a los demás. Si practicaras el pugilato en público, o dieras y recibieras golpes en el teatro, o te contorsionaras y retorcieras vergonzosamente, ¿dirías de ti mismo que tienes un alma moderada? Tal argumento no conviene a un sabio; es frívolo aceptarlo. "Si cambias, me alegraré incluso ahora", dijo uno de los filósofos pitagóricos lamentando la caída de un amigo; "pero, si no —escribió—, estás muerto para mí". Pero no diré esto todavía por ti. Siendo amigo, se volvió enemigo, y aun así amigo, como dice la Tragedia. Pero me dolerá (por hablar con suavidad), si ni tú mismo ves lo que es recto, que es el método más excelente de todos, ni quieres seguir el consejo de otros, que es el siguiente. Hasta aquí mi consejo. Perdóname porque mi amistad por ti me hace afligirme y me enciende tanto en favor tuyo como de todo el orden sacerdotal y, podría añadir, de todos los cristianos. Y si me es lícito orar contigo o por ti, que Dios, que vivifica a los muertos, socorra tu debilidad.

    Ep. LXXII.

    Carta 72

    Cuando San Gregorio fue consagrado obispo de Nissa, el trono imperial estaba ocupado por Valente, ardiente arriano, cuya mente se inclinaba a la destrucción de la fe nicena. Con este objeto nombró a un tal Demóstenes, antiguo escribiente de la cocina imperial, vicario de la diócesis civil del Ponto. Una antigua disputa con Basilio había hecho a este hombre hostil a Gregorio, y después de perseguirlo de varias maneras menores durante algún tiempo, consiguió, en el año 275 d. C., la convocatoria de un sínodo para investigar ciertas acusaciones de irregularidad en su consagración y para juzgar a Gregorio por algunos cargos frívolos de malversación de fondos eclesiásticos. Gregorio no pudo asistir a este sínodo, que se reunió en Ancira, a causa de un ataque de pleuresía; y se convocó otro para que se reuniera en la misma Nissa. Gregorio, sin embargo, se negó a comparecer y fue depuesto como contumaz. Entonces Valente lo desterró, y parece haber caído en muy bajo ánimo, casi en el desaliento, ante el aparente triunfo del partido herético. Las tres cartas que siguen arrojan alguna luz sobre su estado en este tiempo. Fueron escritas en respuesta a cartas suyas hoy perdidas, y su objeto era consolarlo en su aflicción y alentarlo a recobrar el ánimo con la esperanza de que vendría un buen día. Este tono más alegre quedó justificado por los hechos, pues a la muerte de Valente, en el año 378 d. C., los obispos desterrados fueron restablecidos por Graciano, y Gregorio fue repuesto en su trono episcopal, con gran alegría de los fieles de su diócesis.
    No dejes que tus tribulaciones te aflijan demasiado. Pues cuanto menos nos apenamos por las cosas, tanto menos penosas son. No es nada extraño que los herejes se hayan derretido y estén cobrando ánimo con la primavera y saliendo a rastras de sus agujeros, como escribes. Silbarán por poco tiempo, lo sé, y luego volverán a esconderse, vencidos tanto por la verdad como por los tiempos; y tanto más cuanto más encomendemos todo el asunto a Dios.

    Ep. LXXIII.

    Carta 73

    En cuanto al asunto de tu carta, estos son mis sentimientos. No me enojo por ser pasado por alto, sino que me alegro cuando se me honra. Lo uno es mi propio merecimiento; lo otro, una prueba de tu respeto. Ruega por mí. Disculpa esta carta breve, pues, de todos modos, aunque breve, es más larga que el silencio.

    Ep. LXXIV.

    Carta 74

    Aunque estoy en casa, mi amor está expatriado contigo, pues el afecto nos hace tener todas las cosas en común. Confiando en la misericordia de Dios y en tus oraciones, tengo grandes esperanzas de que todo resultará conforme a tu deseo, de que el huracán se convertirá en brisa suave y de que Dios te dará esta recompensa por tu ortodoxia: que vencerás a tus adversarios. Sobre todo, anhelo verte pronto y pasar un buen rato contigo, como pido en oración. Pero si te demoras por la presión de los asuntos, al menos anímame con una carta, y no desdeñes contarme todo lo relativo a tus circunstancias y rogar por mí, como acostumbras. Que Dios te conceda salud y buen ánimo en todas las circunstancias, tú, que eres el común sostén de toda la Iglesia.

    Ep. LXXVI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 76, nota
    (Basilio el Grande murió el 1 de enero del año 379 d. C. Gregorio de Nazianzo, impedido por una enfermedad muy grave, no pudo asistir a su funeral, y por eso escribió lo siguiente a Gregorio de Nissa.)

    Carta 76

    Esto, pues, estaba también reservado para mi triste vida: oír la muerte de Basilio y la partida de aquella alma santa, que se apartó de nosotros para estar con el Señor, para lo cual se había preparado toda su vida. Y entre todas las demás pérdidas que he tenido que soportar, esta es la mayor: que, a causa de la enfermedad corporal que aún padezco y que me pone en gran peligro, no puedo besar aquel santo polvo ni estar contigo para gozar de los consuelos de una recta filosofía y consolar a nuestros comunes amigos. Pero ver la desolación de la Iglesia, despojada de tal gloria y privada de tal corona, es algo que nadie, al menos nadie con algún sentimiento, puede soportar que sus ojos contemplen ni que su oído escuche. Mas tú, creo, aunque tienes muchos amigos y recibirás muchas palabras de condolencia, no sacarás consuelo tanto de ninguno como de ti mismo y de tu recuerdo de él; porque vosotros dos fuisteis para todos un modelo de filosofía, una especie de norma espiritual, tanto de disciplina en la prosperidad como de paciencia en la adversidad; pues la filosofía lleva la prosperidad con moderación y la adversidad con dignidad. Esto es lo que tengo que decir a Vuestra Excelencia. En cuanto a mí, que escribo así, ¿qué tiempo o qué palabras me consolarán, excepto tu compañía y conversación, que nuestro bienaventurado me ha dejado en lugar de todo, para que, viendo su carácter en ti como en un espejo brillante y resplandeciente, pueda pensar que también lo poseo a él?

    Ep. LXXXI.

    Carta 81

    Te afligen tus viajes y te consideras inconstante, como un palo arrastrado por la corriente. Pero, querido amigo, no debes dejarte sentir así en absoluto. Porque los viajes del palo son involuntarios, pero tu rumbo está ordenado por Dios, y tu estabilidad consiste en hacer bien a los demás, aunque no estés fijo en un lugar; a no ser, en verdad, que se deba censurar al sol por recorrer el mundo esparciendo sus rayos y dando vida a todo aquello sobre lo que brilla; o que, alabando las estrellas fijas, se deba vituperar a los planetas, cuyo mismo vagar es armonioso.

    Ep. CLXXXII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 182, nota
    (Gregorio, tras renunciar a la sede patriarcal de Constantinopla, se había retirado a Nazianzo y había sido persuadido a asumir la administración de la diócesis entonces vacante, hasta que se llenara la vacante. Los obispos de la provincia deseaban que la conservara del todo y, por tanto, no tenían prisa por proceder a la elección. Al fin, sin embargo, cedieron a los deseos continuamente expresados por Gregorio y eligieron a su primo Eulalio. Pronto, no obstante, los enemigos de Gregorio difundieron el rumor de que esta elección se había hecho contra sus deseos y con la intención de desalojarlo injustamente de la administración de aquella iglesia. La siguiente carta fue escrita a consecuencia de esta calumnia.)

    Carta 182

    ¡Ay de mí, que se prolonga mi peregrinación y, lo que es la mayor de mis desgracias, que hay guerras y disensiones entre nosotros y que no hemos guardado la paz que recibimos de nuestros santos padres! No dudo que tú la restablecerás, en el poder del Espíritu que te sostiene a ti y a los tuyos. Pero que nadie, te lo ruego, difunda falsos rumores acerca de mí y de mis señores los obispos, como si hubieran proclamado a otro obispo en mi lugar contra mi voluntad. Antes bien, hallándome en gran necesidad a causa de mi débil salud y temiendo la responsabilidad de una iglesia descuidada, les pedí este favor, que no se opone al derecho canónico y era un alivio para mí: que dieran un pastor a la Iglesia. Ha sido dado a vuestras oraciones, un hombre digno de vuestra piedad, y ahora lo pongo en vuestras manos: el reverendísimo Eulalio, obispo muy querido de Dios, en cuyos brazos quisiera morir. Si alguien opina que no es lícito ordenar a otro en vida de un obispo, sepa que en este asunto no conseguirá nada contra nosotros. Pues bien sabido es que fui nombrado, no para Nazianzo, sino para Sasima, aunque por poco tiempo, por reverencia a mi padre, asumí como forastero el gobierno.

    Ep. CXCVII. Carta de condolencia por la muerte de su hermana Teosebia.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 197, nota
    (El autor del artículo sobre Gregorio de Nissa en el Dict. Biogr. supone que ella fue su esposa, pero no aduce ninguna prueba de ello más allá de la expresión ambigua de esta carta, que habla de ella como «la verdadera consorte de un sacerdote,» pero, por otra parte, se la llama expresamente su hermana en la misma carta. Algunos escritores han imaginado que fue esposa del propio Gregorio de Nazianzo, pero no hay prueba alguna de que él se casara jamás. La fecha de su muerte es incierta, pero probablemente fue posterior al año 381 d. C. Parecería que el término consorte podría tener una aplicación general a quienes compartían la misma obra y, en consecuencia, los editores benedictinos consideran a Teosebia diaconisa de la iglesia de Nissa.)

    Carta 197

    Había partido con toda prisa para ir a ti y había llegado hasta Eufemias, cuando me retrasó la fiesta que celebráis en honor de los santos mártires; en parte porque no podía tomar parte en ella a causa de mi mala salud, y en parte porque mi llegada en momento tan inoportuno podría resultarte inconveniente. Había partido en parte por el deseo de verte después de tanto tiempo y en parte para admirar tu paciencia y tu filosofía (pues había oído hablar de ella) ante la partida de tu santa y bendita hermana, como varón bueno y perfecto, ministro de Dios, que conoce mejor que nadie las cosas de Dios y de los hombres; y que considera cosa muy ligera lo que para otros sería pesadísimo: haber vivido con tal alma y despedirla y guardarla en los graneros seguros, como gavilla de la era recogida a su tiempo [], por usar las palabras de la Sagrada Escritura; y eso en un momento tal que ella, habiendo gustado los gozos de la vida, escapó de sus dolores por la brevedad de su vida; y antes de tener que llevar luto por ti, fue honrada por ti con aquel hermoso honor fúnebre que se debe a las que son como ella. También yo, créeme, anhelo partir, si no como tú, lo cual sería mucho decir, sí sólo un poco menos que tú. Pero ¿qué hemos de sentir ante una ley de Dios que prevalece desde antiguo y que ahora se ha llevado a mi Teosebia (pues la llamo mía porque vivió una vida piadosa; porque el parentesco espiritual es mejor que el corporal), a Teosebia, gloria de la iglesia, ornamento de Cristo, ayuda de nuestra generación, esperanza de la mujer; a Teosebia, la más hermosa y gloriosa entre toda la hermosura de los hermanos; a Teosebia, verdaderamente sagrada, verdaderamente consorte de un sacerdote y de igual honor y digna de los Grandes Sacramentos; a Teosebia, a quien todo el tiempo futuro recibirá, sostenida sobre columnas inmortales, es decir, sobre las almas de todos los que la han conocido ahora y de todos los que vendrán después. Y no te extrañes de que invoque a menudo su nombre, pues me gozo incluso en el recuerdo de la bienaventurada. Que esto, mucho en pocas palabras, sea su epitafio de mi parte, y mi palabra de condolencia para ti, aunque tú mismo eres muy capaz de consolar a otros de esta manera por tu filosofía en todas las cosas. Nuestro encuentro (que anhelo grandemente) lo impide la razón que he mencionado. Pero oremos unos por otros mientras estemos en el mundo, hasta que el fin común, al que nos acercamos, nos alcance. Por lo cual debemos soportarlo todo, ya que por poco tiempo tendremos que alegrarnos o sufrir.

    3. A Eusebio, obispo de Samósata

    Ep. XLII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 42, remisión
    (Esta carta, que instaba a su amigo a acudir a Cesarea para la elección de un metropolitano en sucesión de Eusebio, ya se ha ofrecido en la segunda sección de esta selección.)

    Ep. XLIV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 44, nota
    (Habiéndose trasladado Eusebio a Cesarea en respuesta al llamamiento antes mencionado, el anciano Gregorio, aunque de salud muy débil, resolvió asistir personalmente al sínodo, para que la elección de Basilio quedara asegurada con sus esfuerzos conjuntos. Gregorio el Joven envió la siguiente carta por medio de su padre para explicar a su amigo la razón por la cual tampoco él había ido. La fecha es alrededor de septiembre del año 379.)

    Carta 44

    ¿Por dónde comenzaré tus alabanzas y con qué nombre te daré tu justa denominación? ¿Columna y fundamento de la iglesia, o luz en el mundo, usando las mismas palabras del apóstol, o corona de gloria para la porción restante de la cristiandad; o don de Dios, o baluarte de tu patria, o estandarte de la fe, o embajador de la verdad, o todo esto a la vez, y más que todo? Y estas alabanzas excesivas las probaré con lo que veremos. ¿Qué lluvia llegó jamás tan oportunamente a tierra sedienta? ¿Qué agua brotó de la roca para los que estaban en el desierto? ¿Qué pan de ángeles comió jamás hombre alguno? ¿Cuándo Jesús, el Señor común, se presentó jamás tan oportunamente a sus discípulos que se ahogaban, y calmó el mar y salvó a los que perecían, como tú te has mostrado a nosotros en nuestro cansancio y angustia y en nuestro inmediato peligro, por así decirlo, de naufragio? No necesito hablar de otros puntos: con cuánto valor y alegría llenaste las almas de los ortodoxos y a cuántos libraste de la desesperación.
    Mas nuestra iglesia madre, me refiero a Cesarea, está ahora deponiendo realmente los vestidos de su viudez al verte, y vistiendo de nuevo su manto de alegría, y será aún más resplandeciente cuando reciba un pastor digno de ella, de sus antiguos obispos y de tus manos. Pues tú mismo ves cuál es el estado de nuestros asuntos, y qué milagro han obrado tu celo, tu fatiga y tu piadosa franqueza de palabra. La edad se renueva, la enfermedad es vencida, saltan los que estaban en sus lechos, y los débiles se ciñen de poder. Por todo esto conjeturo que también nuestros asuntos saldrán como deseamos. Tienes además a mi padre, que nos representa a sí mismo y a mí, para poner un cierre glorioso a toda su vida y a su venerable ancianidad con esta presente lucha en favor de la Iglesia. Y lo recibiré de vuelta, bien seguro estoy, fortalecido por tus oraciones y con la juventud renovada, pues hay que confiarlo todo con fe a ellas. Pero si terminara su vida en esta ansiedad, no sería una desgracia alcanzar tal fin en tal causa. Perdóname, te lo ruego, si cedo un poco a las lenguas de los hombres malvados y difiero un poco el ir a abrazarte y completar en persona lo que ahora omito de las alabanzas que se te deben.

    Ep. LXIV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 64, nota
    (En el año 374, Eusebio y otros obispos ortodoxos de Oriente fueron desterrados por Valente y sus sedes fueron ocupadas por intrusos arrianos. A Eusebio se le ordenó retirarse a Tracia, y su viaje pasaba por Capadocia, donde vio a Basilio; pero Gregorio, con gran pena suya, estaba demasiado enfermo para salir de su casa e ir a su encuentro. En su lugar envió la siguiente carta.)

    Carta 64

    Cuando Vuestra Reverencia pasaba por nuestro país, yo estaba tan enfermo que no podía ni siquiera asomarme de mi casa. Y me afligí no tanto por la enfermedad, aunque traía consigo el temor de lo peor, como por la imposibilidad de encontrarme con vuestra santidad y bondad. Mi anhelo de ver vuestro venerable rostro era como el que naturalmente sentiría un hombre que necesitara curación de heridas espirituales y esperara recibirla de vos. Pero aunque en aquel momento el efecto de mis pecados fue que perdí el encuentro con vos, ahora, por vuestra bondad, me es posible hallar remedio para mi aflicción, pues si os dignáis recordarme en vuestras aceptas oraciones, esto será para mí un caudal de toda bendición de Dios, tanto en esta vida mía como en la venidera. Porque que un hombre así, tal luchador por la fe del Evangelio, que ha soportado tales persecuciones y se ha ganado ante el Dios justísimo tanta confianza por su paciencia en la tribulación; que un hombre así se digne ser también mi patrono en sus oraciones me ganará, estoy persuadido, tanta fuerza como habría ganado por medio de uno de los santos mártires. Por tanto, déjame suplicarte que recuerdes a vuestro Gregorio sin cesar en todos los asuntos en que deseo ser digno de vuestro recuerdo.

    Ep. LXV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 65, nota
    (Habiendo respondido Eusebio a la carta anterior, Gregorio escribió de nuevo, aprovechando la oportunidad de comunicarse con su amigo por medio de un tal Eupraxio, discípulo de Eusebio, que pasó por Capadocia camino de visitar a su maestro. Esta carta se atribuye a veces a Basilio.)

    Carta 65

    Nuestro reverendo hermano Eupraxio siempre me ha sido querido y amigo verdadero, pero se ha mostrado más querido y más verdadero por su afecto hacia vos, puesto que aun en el momento presente se ha apresurado a ir a vuestra reverencia, como, por usar las palabras de David, un ciervo que va a apagar su grande e insoportable sed con una fuente dulce y pura en vuestra paciencia en las tribulaciones. Dignaos, pues, ser su patrono y mío.
    Dichosos en verdad quienes pueden acercarse a vos, y más dichoso aún quien puede poner sobre sus sufrimientos por causa de Cristo y sobre sus trabajos por la verdad una corona como la que pocos de los que temen a Dios han obtenido. Porque no es una virtud no probada la que habéis mostrado, ni sólo en tiempo de calma habéis navegado rectamente y gobernado las almas de otros; sino que habéis brillado en las dificultades de las tentaciones y habéis sido mayor que vuestros perseguidores, habiendo partido noblemente de la tierra de vuestro nacimiento. Otros poseen el umbral de sus padres; nosotros, la Ciudad celestial; otros acaso ocupan nuestro trono, mas nosotros, a Cristo. ¡Oh, qué trueque tan provechoso! ¡Cuán poco dejamos, para recibir cuánto! Pasamos por fuego y agua, y creo que también saldremos a lugar de refrigerio. Pues Dios no nos abandonará para siempre ni entregará la fe verdadera a la persecución, sino que, conforme a la multitud de nuestros dolores, sus consuelos nos alegrarán. Esto al menos creemos y deseamos. Pero vos, os lo ruego, orad por nuestra humildad; y cuantas veces se presente ocasión, bendecidnos sin vacilar con una carta y animadnos con noticias vuestras, como justamente habéis tenido a bien hacer.

    Ep. LXVI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 66, nota
    (La siguiente carta se atribuye a veces a Basilio, y se halla tanto en sus obras como en las de Gregorio. Los manuscritos, sin embargo, con una sola excepción, se la adjudican a este último.)

    Carta 66

    Me dais placer tanto al escribirme como al recordarme, y mucho mayor placer al enviarme vuestra bendición en vuestra carta. Pero si yo fuera digno de vuestros sufrimientos y de vuestros combates por Cristo y mediante Cristo, habría sido tenido por digno también de ir a vos, de abrazar a Vuestra Piedad y de tomar ejemplo de vuestra paciencia en vuestros sufrimientos. Mas, como no soy digno de esto, turbado por muchas aflicciones y estorbos, hago lo que es segundo mejor. Me dirijo a Vuestra Perfección y os ruego que no os canséis de recordarme. Pues ser tenido por digno de vuestras cartas no sólo me es provechoso, sino que es también motivo de gloriarme ante muchos y un honor, porque soy considerado por un hombre de tan gran virtud y tan cercanas relaciones con Dios, que puede llevar también a otros, de palabra y con el ejemplo, a relacionarse con Él.

    4. A Sofronio, Prefecto de Constantinopla

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División III, apartado 4, nota
    (Sofronio, natural de la Cesarea de Capadocia, fue amigo temprano y condiscípulo de Gregorio y Basilio. Entró al servicio imperial y pronto ascendió a altos cargos. En el año 365 d. C. fue nombrado Prefecto de Constantinopla, como recompensa por la oportuna advertencia que dio al emperador Valente sobre la usurpación intentada por Procopio. Lo conocemos principalmente por las cartas de Gregorio y Basilio, en las que solicitan sus buenos oficios para diversas personas. La Carta 21 fue escrita en el año 369 d. C. para recomendarle a Nicobulo, sobrino político de Gregorio, esposo de Alipiana, hija de su hermana Gorgonia. Este Nicobulo era hombre de gran riqueza y capacidad, pero muy poco inclinado a la vida pública. Gregorio escribe constantemente a uno y otro alto funcionario para lograr que se le excuse de los nombramientos que se le habían impuesto.)

    Carta XXI.

    Carta 21

    El oro se cambia y se transforma en diversas formas en diversos tiempos, se labra en muchos ornamentos y el arte lo emplea para muchos fines; y, sin embargo, sigue siendo lo que es: oro; no es la sustancia, sino la forma, lo que admite cambio. Así también, creyendo que vuestra bondad permanecerá inmutable para con vuestros amigos, aunque ascendáis cada vez más alto, me he atrevido a enviaros esta petición, porque no reverencio vuestra alta dignidad más de lo que confío en vuestra amable disposición. Os ruego que os mostréis favorable a mi respetabilísimo hijo Nicobulo, que en todos los aspectos está unido a mí, tanto por parentesco como por trato íntimo y, lo que es más importante, por disposición de ánimo. ¿En qué asuntos y hasta qué punto? En todo aquello en que solicite vuestra ayuda, y en la medida en que os parezca que conviene a vuestra Magnanimidad. Por mi parte, os pagaré con lo mejor que tengo. Tengo el poder de la palabra y de proclamar vuestra bondad, si no según todo su valor, al menos según el máximo de mi capacidad.

    Carta XXII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 22, nota
    (Es para Anfiloquio, escrita al mismo tiempo y a consecuencia de la misma dificultad que aquella que hemos colocado como segunda de las cartas a Césario.)

    Carta 22

    Así como conocemos el oro y las piedras por su aspecto, del mismo modo podemos distinguir a los buenos de los malos, y no necesitamos una prueba muy larga. Pues no habría necesitado muchas palabras al interceder por mi honradísimo hijo Anfiloquio ante Vuestra Magnanimidad. Más bien habría esperado que sucediera algo extraño e increíble antes que él hiciera algo deshonroso, o siquiera pensara tal cosa, en materia de dinero; tan universal reputación tiene como caballero y como más sabio de lo que sus años prometen. Pero ¿qué ha de sufrir? Nada escapa a la envidia, pues alguna palabra de culpa ha tocado incluso a él, un hombre que ha caído bajo acusación de delito por simplicidad más que por depravación de carácter. Pero no permitáis que os sea tolerable pasarlo por alto en sus vejaciones y problemas. No es así, os suplico, sagrada y grande alma, sino honrad a vuestra patria, socorred su virtud y tened respeto por mí, que he alcanzado gloria por y mediante vos; y sed todo para este hombre, añadiendo la voluntad al poder, pues sé que no hay nada de igual poder que Vuestra Excelencia.

    Carta XXIX.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 29, nota
    (Del mismo año. Aquí Césario había legado todos sus bienes a los pobres; pero su casa había sido saqueada por sus criados, y sus amigos solo pudieron encontrar una suma relativamente pequeña. Además, poco después se presentó una serie de personas como acreedores de su herencia, y sus reclamaciones, aunque incapaces de probanza, fueron pagadas. Luego siguieron presentándose otros, hasta que por fin la familia se negó a admitir más. Entonces se amenazó con un pleito. Gregorio, aborreciendo intensamente todo esto y temiendo además el escándalo que podrían causar los procedimientos legales, escribe lo siguiente al Prefecto.)

    Carta 29

    Veis cómo están las cosas para mí y cómo gira el círculo de los asuntos humanos: ahora unos florecen, ahora otros, o lo contrario; y ni la prosperidad ni la adversidad permanecen constantes entre nosotros, como se dice, sino que cambian y se alteran de continuo, de modo que uno podría confiar más en las brisas, o en letras escritas en las aguas, que en la prosperidad humana. ¿Por qué razón es esto? Pienso que es para que, contemplando la incertidumbre y la anomalía de todas estas cosas, aprendamos más bien a recurrir a Dios y al futuro, dedicando escasos pensamientos a sombras y sueños. Pero ¿qué ha suscitado este discurso? Porque no es sin causa que filosofo así, ni me jacto ociosamente.
    Césario fue en otro tiempo uno de vuestros amigos no menos distinguidos; en verdad, si mi afecto fraternal no me engaña, fue uno de los más distinguidos, pues estaba notablemente bien informado, en conducta caballerosa estaba por encima del promedio, y era célebre por la multitud de sus amigos; entre los primeros de estos, como siempre pensó y como me persuadió, Vuestra Excelencia ocupaba el primer lugar. Estas son historias viejas, y vos añadiréis a ellas de propio impulso al rendir honores a su memoria; pues es propio de la naturaleza humana añadir algo a las alabanzas de los difuntos. Pero ahora (para que no paséis por alto esta historia sin una lágrima, o para que lloréis con algún fin bueno y provechoso), yace muerto, sin amigos, solitario, digno de lástima, considerado merecedor de un poco de mirra (si acaso de tanto) y de los últimos y escasos sudarios; y ya es mucho que haya hallado siquiera tanta compasión. Pero sus enemigos, según oigo, han caído sobre sus bienes, y por todas partes con gran violencia los están saqueando, o están por hacerlo. ¡Oh crueldad! ¡Oh salvajismo! Y no hay nadie que se lo impida; aun el más amable de sus amigos solo invoca las leyes como su mayor favor. Si puedo decirlo concisamente, me he convertido en un mero drama, yo que en otro tiempo solía ser feliz. No permitáis que esto os parezca tolerable, sino ayudadme con simpatía y compartiendo mi indignación, y haced justicia al difunto Césario. Sí, en nombre de la amistad misma; sí, por todo lo que os es más querido; por vuestra esperanza (la cual haced segura mostrándoos fiel y veraz con el difunto), os ruego que hagáis esta bondad a los vivos y les deis buena esperanza. ¿Pensáis que me aflijo por el dinero? Habría sido para mí una deshonra más intolerable que Césario, solo entre todos, que creía tener tantos amigos, resultara no tener ninguno. Tal es mi petición, y de tal causa nace, pues acaso mis asuntos no os sean del todo indiferentes. En qué me ayudaréis, por qué medios y cómo, el asunto mismo os lo sugerirá y vuestra sabiduría lo considerará.

    Carta XXXVII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 37, nota
    (Carta de recomendación para Eudoxio, un rétor por quien Gregorio tenía cálido aprecio.)

    Carta 37

    Honrar a una madre es un deber religioso. Ahora bien, diferentes individuos tienen diferentes madres; pero la madre común de todos es nuestra patria. A esta madre la habéis honrado con el esplendor de toda vuestra vida; y la honraréis de nuevo ahora obteniendo para mí lo que suplico. ¿Y cuál es mi petición? Ciertamente conocéis a Eudoxio el Rétor, el más docto de sus hijos. Su hijo, para decirlo concisamente, otro Eudoxio tanto en vida como en saber, se acerca ahora a vos por medio de mí. Para granjearos, pues, un nombre aún mejor, sedle útil en los asuntos para los que solicita vuestra asistencia. Porque sería vergonzoso que vos, que sois el Patrono universal de nuestra Patria, y que habéis hecho bien a tantos, y añadiré, que aún continuaréis haciéndolo, no honraseis por encima de todos a quien es excelentísimo en saber y en su elocuencia, la cual debéis honrar, si no por otra razón, porque la emplea en alabar vuestra bondad.

    Carta XXXIX.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 39, nota
    (De aproximadamente la misma fecha. Una recomendación de un tal Amazonio, cuyo saber era muy respetado por Gregorio.)

    Carta 39

    Deseo bien a todos mis amigos. Y cuando hablo de amigos, me refiero a hombres honorables y buenos, vinculados conmigo en la virtud, si es que yo mismo tengo algún título para ello. Por tanto, en el momento presente, buscando cómo hacer un favor a mi excelente hermano Amazonio (pues quedé muy complacido con este hombre en cierto trato que ha tenido lugar últimamente entre nosotros), pensé que podría devolverle un único favor por todos: vuestra amistad y protección. Pues en poco tiempo dio pruebas de una educación extensa, tanto del tipo por el que yo solía mostrar gran celo antaño, cuando era miope, como de aquel por el que siento celo en su lugar desde que he podido contemplar la cumbre de la virtud. Si yo a mi vez le he parecido valer algo en cuanto a virtud, es asunto suyo. En todo caso, le mostré lo mejor que tengo, a saber, mis amigos, a él como amigo mío. De estos, os considero a vos el primero y el más fiel, y quiero que os mostréis tal para con él, como lo exige vuestra patria común y lo ruegan mi deseo y mi promesa; pues le prometí vuestro patrocinio en pago de toda su bondad.

    Carta XCIII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 93, nota
    (Escrita poco después de la renuncia de Gregorio al arzobispado.)

    Carta 93

    Nuestro retiro, ocio y quietud tienen algo muy agradable para mí; pero el hecho de que me priven de vuestra amistad y compañía no es tan ventajoso, sino más bien lo contrario. Otros disfrutan de Vuestra Perfección; para mí sería realmente un gran bien si pudiera tener siquiera esa sombra de conversación que llega en una carta. ¿Os veré de nuevo? ¿Abrazaré de nuevo a aquel de quien tan orgulloso estoy, y se concederá esto al resto de mi vida? Si es así, gracias a Dios; si no, la mejor parte de mi vida ha terminado. Os ruego que recordéis a vuestro amigo Gregorio y roguéis por él.

    Carta CXXXV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 135, nota
    (Hacia mediados del año 382 d. C., Teodosio, por recomendación de San Dámaso, convocó un nuevo Sínodo de obispos orientales para reunirse en Constantinopla, a fin de intentar sanar el cisma que se había enconado con la elección de Flaviano en Antioquía. Tan pronto como Gregorio se enteró de la convocatoria de este Sínodo, escribió a varios de sus influyentes amigos de la Corte para rogarles que hicieran todo lo posible por la promoción de la paz.)

    Carta 135

    Estoy filosofando en el ocio. Ese es el daño que me han hecho mis enemigos, y me alegraría de que me hicieran más de lo mismo, para poder considerarlos aún más como bienhechores. Pues a menudo sucede que quienes son agraviados obtienen un beneficio, mientras que aquellos a quienes querríamos tratar bien sufren perjuicio. Tal es el estado de mis asuntos. Pero si no puedo hacer que todos crean esto, deseo vivamente que al menos vos, por todos ellos, a quien de buen grado doy cuenta de mis asuntos, lo sepáis; o más bien, estoy seguro de que lo sabéis y podéis persuadir a los que no lo saben. A vos, sin embargo, os ruego que pongáis toda diligencia, al menos ahora, si no lo habéis hecho antes, en reunir en una sola voz y una sola mente a las secciones del mundo tan desdichadamente divididas; y sobre todo si percibís, como he observado, que están divididas no por causa de la Fe, sino por mezquinos intereses privados. Lograr esto os ganaría una recompensa; y mi retiro tendría menos de qué afligirse si pudiera ver que no lo busqué en vano, sino que fui como un Jonás, arrojándome voluntariamente al mar para que la tormenta cesara y los marineros se salvaran. Si, empero, siguen tan sacudidos por la tormenta como siempre, al menos yo he hecho lo que pude.

    5. A Anfiloquio el Joven

    Carta IX.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 9, nota
    (Constantino y Constancio habían otorgado exención del impuesto militar a todos los clérigos. Este privilegio fue, sin embargo, abolido por Juliano y restaurado por Valentiniano y Valente; pero los recaudadores de tributos a menudo intentaban cobrárselo a pesar de la exención. El recaudador de Nazianzo intentó hacerlo en el caso de un diácono llamado Eutalio, en favor del cual Gregorio escribió la siguiente carta a Anfiloquio, quien era en ese momento uno de los principales magistrados de la provincia. La fecha de la carta se da como el año 372 d. C., el año de la ordenación sacerdotal de Gregorio. Para más detalles sobre este Anfiloquio, véase la introducción a las cartas II y III a Césario, Cartas 22, 23.)

    Carta 9

    Sostened una cámara bien construida con columnas de oro, como dice Píndaro, y daos a conocer desde el principio ante nosotros en el lado justo en nuestra inquietud actual, para que os edifiquéis un palacio notable y os mostréis en él con buena fama. Pero ¿cómo haréis esto? Honrando a Dios y las cosas de Dios, que nada puede haber mayor a vuestros ojos. Pero ¿cómo, y con qué acto podéis honrarle? Con este único acto: protegiendo a los siervos de Dios y ministros del altar. Uno de estos es nuestro condiácono Eutalio, a quien, no sé cómo, los oficiales de la Prefectura intentan imponer un pago en oro después de su ascenso al rango superior. Os ruego que no lo permitáis. Extended una mano a este diácono y a todo el clero, y sobre todo a mí, por quien os interesáis; porque de lo contrario él tendría que soportar un agravio grave, privado, único entre los hombres, de la bondad del tiempo y del privilegio concedido por el Emperador al Clero, y sería incluso insultado y multado, posiblemente a causa de mi debilidad. Sería bueno que vos lo impidieseis aunque los demás no estén bien dispuestos.

    Carta XIII.

    Carta 13

    Apruebo la sentencia de Teognis, quien, sin alabar la amistad que no va más allá de copas y placeres, alaba la que se extiende a las acciones en estas palabras:
    Junto a una copa llena de vino el hombre tiene muchos amigos:
    Pero son menos cuando las graves tribulaciones apremian.
    Nosotros, empero, no hemos compartido copas de vino entre nosotros, ni en verdad nos hemos visto a menudo (aunque deberíamos haber sido muy cuidadosos en hacerlo, tanto por nuestro propio bien como por la amistad que heredamos de nuestros padres), pero sí pedimos la buena voluntad que se muestra en los actos. Una lucha está cerca, y una lucha muy seria. Mi hijo Nicobulo ha caído en dificultades inesperadas, de un lado del que menos se esperarían las dificultades. Por tanto, os ruego que vengáis a ayudarnos tan pronto como podáis, tanto para tomar parte en el juicio de la causa como para defender nuestra causa, si halláis que se nos está haciendo injusticia. Pero si no podéis venir, al menos no os dejéis retener previamente por la otra parte, ni vendáis por una pequeña ganancia la libertad que, según el testimonio de todos, sabemos que siempre os ha caracterizado.

    Carta XXV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 25, nota
    (Anfiloquio fue absuelto de los cargos presentados contra él, a los que se alude en cartas anteriores; pero el resultado de la acusación en su propio ánimo fue tal que renunció a su cargo y se retiró a una especie de ermita en un lugar llamado Ozizala, no lejos de Nazianzo, donde dedicó sus horas de trabajo al cultivo de hortalizas. Las cuatro cartas que siguen no tienen especial importancia, y se ofrecen solo como muestras del estilo más ligero que Gregorio sabía usar con sus amigos íntimos.)

    Carta 25

    No os he pedido pan, así como no pediría agua a los habitantes de Ostracine. Pero si pidiera hortalizas a un hombre de Ozizala, no sería cosa extraña, ni demasiada carga para la amistad; pues vos tenéis en abundancia, y nosotros gran escasez. Os ruego, pues, que me enviéis algunas hortalizas, y en cantidad, y de la mejor calidad, o tantas como podáis (porque aun las cosas pequeñas son grandes para los pobres); pues voy a recibir al gran Basilio, y vos, que lo habéis experimentado pleno y filosófico, no querríais saberlo hambriento e irritado.

    Carta XXVI.

    Carta 26

    ¡Qué cantidad tan pequeña de hortalizas me habéis enviado! ¡Sin duda han de ser hortalizas de oro! Y sin embargo, toda vuestra riqueza consiste en huertos, ríos, sotos y jardines, y vuestra tierra es productora de hortalizas como otras lo son de oro, y
    Moráis entre follaje de pradera.
    Pero el grano es para vos una felicidad fabulosa, y vuestro pan es pan de ángeles, como se dice, tan bienvenido es y tan poco podéis contar con él. O bien, pues, enviadme vuestras hortalizas con menos mezquindad, o —no os amenazaré con otra cosa, pero no os enviaré grano alguno—, ¡y veré si hay verdad en el dicho de que los saltamontes viven de rocío!

    Carta XXVII.

    Carta 27

    Vos lo tomáis a broma; pero yo conozco el peligro de que un ozizaleo muera de hambre cuando más esmero ha puesto en su labranza. Solo se les puede dar esta alabanza: que aunque mueran de hambre, huelen dulcemente y tienen un funeral magnífico. ¿Cómo es eso? Porque están cubiertos de abundancia de toda clase de flores.

    Carta XXVIII.

    Carta 28

    Al visitar las ciudades montañosas que lindan con Panfilia, pesqué en las montañas un Glauco marino; no saqué el pez de las profundidades con red de lino, sino que atrapé mi presa con el amor de un amigo. Y habiendo enseñado una vez a mi Glauco a viajar por tierra, lo envié como portador de una carta a Vuestra Bondad. Os ruego que lo recibáis amablemente y lo honréis con la hospitalidad recomendada en la Biblia, sin olvidar las hortalizas.

    Carta LXII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 62, nota
    (El armenio al que se hace referencia es probablemente Eustaquio, obispo de Sebaste, capital de la Armenia Menor. Había sido discípulo de Arrio, pero más de una vez profesó la fe nicena, cambiando de opiniones según su compañía. Su carácter personal, sin embargo, era muy elevado, y por mucho tiempo San Basilio lo tuvo en afectuosa estima. En efecto, la Regla de San Basilio para los monjes se basa en una redactada por él. Pero tras la elevación de Basilio al episcopado, Eustaquio comenzó a oponérsele y a calumniarlo por todas partes, e incluso entró abiertamente en comunión con los arrianos. Parece que este hombre intentó atraer a Anfiloquio a su lado, y por medio de él a Gregorio.)

    Carta 62

    El mandato de vuestra inimitable Honor no es bárbaro, sino griego, o más bien cristiano; pero en cuanto al armenio del que tanto os enorgullecéis, es un bárbaro rematado, y muy lejos de nuestro honor.

    Carta LXIII. A Anfiloquio el Mayor

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 63, nota
    (En el año 374 d. C., Anfiloquio fue hecho obispo de Iconio; y su padre, un hombre del mismo nombre, quedó profundamente afligido por verse así privado de su hijo, en quien había confiado para sustentarlo en su vejez, y acusó a Gregorio de ser la causa. Gregorio, que acababa de perder a su propio padre, escribe para sacarlo del error y convencerlo de cuánto teme la carga de las responsabilidades del episcopado tanto para su amigo como para sí mismo.)

    Carta 63

    ¿Estáis afligido? ¡Yo, por supuesto, estoy lleno de gozo! ¿Estáis llorando? Yo, como veis, ¡estoy de fiesta y me glorio en el estado presente de las cosas! ¿Estáis afligido porque vuestro hijo os es quitado y promovido a un honor a causa de su virtud, y pensáis que es una desgracia terrible que ya no esté con vos para atender vuestra vejez y, como es su costumbre, otorgaros todo el cuidado y servicio debidos? ¡Pero no es dolor para mí que mi padre me haya dejado para el último viaje, del que no volverá a mí, y nunca lo veré de nuevo! Entonces, por mi parte, no os culpo, ni os pido la debida condolencia, sabiendo como sé que los problemas privados no dejan ocio para los de los extraños; pues ningún hombre es tan amable y tan filósofo como para estar por encima de su propio sufrimiento y consolar a otro cuando él mismo necesita consuelo. Pero vos, por el contrario, amontonáis golpe sobre golpe, al culparme, según oigo que hacéis, y pensáis que vuestro hijo y hermano mío es descuidado por nosotros, o incluso traicionado por nosotros, lo cual es una acusación aún más grave; o que no reconocemos la pérdida que todos sus amigos y parientes han sufrido, y yo más que todos, porque había puesto en él mis esperanzas de vida y lo consideraba el único baluarte, el único buen consejero y el único partícipe de mi piedad. Y sin embargo, ¿sobre qué fundamentos formáis esta opinión? Si sobre lo primero, estad seguro de que fui a veros a propósito, porque me inquietaba el rumor, y estaba dispuesto a compartir vuestras deliberaciones mientras aún había tiempo de consulta sobre el asunto; y vos me comunicasteis cualquier cosa antes que esto, ya fuera porque estabais en la misma aflicción o con algún otro propósito que no sé cuál. Pero si se trata de lo último, me vi impedido de reuniros de nuevo por mi dolor y por el honor que debía a mi padre, y por su funeral, sobre el que no pude dar precedencia a nada, y eso cuando mi tristeza estaba fresca; y no solo habría sido incorrecto, sino también bastante impropio, mostrarse filosófico a destiempo y por encima de la naturaleza humana. Además, pensé que estaba comprometido de antemano por las circunstancias, sobre todo porque lo suyo había llegado a una conclusión tal como pareció bien a Aquel que gobierna todos nuestros asuntos. Basta sobre este asunto. Ahora os ruego que dejéis a un lado vuestro dolor, que estoy seguro es muy irrazonable; y si tenéis alguna queja más, exponedla, para que no aflijáis en parte a mí y a vos mismo, y os pongáis en una posición indigna de vuestra nobleza, culpándome a mí en lugar de a otros, aunque yo no os he hecho daño alguno, sino que, si he de decir la verdad, he sido igualmente tiranizado por nuestro común amigo, aunque vos solíais considerarme vuestro único bienhechor.

    Carta CLXXI. A Anfiloquio, Obispo de Iconio

    Carta 171

    Apenas liberado aún de los dolores de mi enfermedad, me apresuro hacia vos, guardián de mi curación. Porque la lengua de un sacerdote que medita en el Señor levanta a los enfermos. Haced, pues, lo mayor en vuestro ministerio sacerdotal, y desatad la gran masa de mis pecados cuando tomáis el Sacrificio de la Resurrección. Pues vuestros asuntos son un cuidado para mí, despierto o dormido, y sois para mí un buen plectro, y habéis hecho que una lira bien templada habite dentro de mi alma, porque con vuestras numerosas cartas habéis adiestrado mi alma en la ciencia. Pero, amigo reverendísimo, no ceséis de orar y de interceder por mí cuando hacéis descender al Verbo por vuestra palabra, cuando con un corte incruento separáis el Cuerpo y la Sangre del Señor, usando vuestra voz como espada.

    Carta CLXXXIV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 184, nota
    (Bosporio, obispo de Colonia en Capadocia Segunda, que aparentemente había tenido una parte destacada en la elección y consagración de Eulalio para la sede de Nazianzo, fue acusado de herejía por Heladio, arzobispo de Cesarea, y un concilio se reunió en Parnaso para juzgarlo, en el año 383 d. C. Gregorio, no pudiendo asistir personalmente a este sínodo, escribe a Anfiloquio para rogarle que emprenda la defensa del acusado. La carta se ha perdido, pero el amigo de Gregorio cumplió su misión con éxito, y la siguiente carta es para agradecerle su bondad.)

    Carta 184

    Que el Señor cumpla todas vuestras peticiones (no despreciéis la oración de un padre), pues habéis refrescado abundantemente mi vejez, tanto por haber ido a Parnaso, como se os invitó a hacer, como por haber refutado la calumnia contra el reverendísimo y amado de Dios Obispo. Porque a los malvados les gusta atribuir sus propias faltas a quienes los condenan. Pues la edad de este hombre es más fuerte que todas las acusaciones, y también lo es su vida, y también nosotros, que a menudo lo hemos oído y hemos enseñado a otros, y aquellos a quienes él ha rescatado del error y agregado al cuerpo común de la iglesia; mas, sin embargo, los malos tiempos presentes reclamaban una prueba más precisa a causa de los calumniadores y malintencionados; y esto nos lo habéis proporcionado vos, o más bien lo habéis proporcionado a aquellos que son de mente más voluble y fácilmente arrastrados por tales hombres. Pero si emprendéis un viaje más largo, y personalmente dais testimonio, y arregláis el asunto con los demás obispos, haréis una obra espiritual digna de Vuestra Perfección. Yo y los que están conmigo saludamos a vuestra Fraternidad.

    6. A Nectario, arzobispo de Constantinopla

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División III, apartado 6, nota
    (Gregorio, habiendo fracasado en persuadir al Concilio del año 381 d. C. a poner fin al cisma de Antioquía reconociendo a Paulino como sucesor de Melecio, consideró lo mejor por el bien de la paz renunciar al arzobispado. El Concilio eligió en su lugar a Nectario, a la sazón catecúmeno, que era pretor de Constantinopla, y fue consagrado y entronizado el 9 de junio de 381. Gregorio mantuvo siempre relaciones cordiales con él; y la siguiente carta fue escrita en respuesta al anuncio formal de su elección.)

    Ep. LXXXVIII.

    Carta 88

    Era necesario que la Imagen Real adornara la Ciudad Real. Por esta razón te lleva sobre su pecho, como era conveniente, con las virtudes y la elocuencia, y las demás bellezas con que el Favor Divino te ha enriquecido de manera conspicua. A nosotros nos ha tratado con absoluto desprecio, y nos ha desechado como basura y paja o como ola del mar. Pero puesto que los amigos tienen un interés común en los asuntos de cada uno, reclamo una parte en tu bienestar, y me siento partícipe de tu gloria y del resto de tu prosperidad. Haz tú también, como es propio, partícipe de las ansiedades y reveses de tus desterrados, y no sólo (como dicen los trágicos) te aferres y adhieras a las circunstancias felices, sino también tomes tu parte con tu amigo en las tribulaciones; para que seas perfectamente justo, viviendo justa e igualmente en lo que respecta a la amistad y a tus amigos. Que la buena fortuna permanezca contigo por mucho tiempo, para que hagas aún más bien; sí, que sea contigo irrevocable y eternamente, después de tu prosperidad aquí, hasta el paso a ese otro mundo.

    Ep. XCI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 91, nota
    (Una carta de no gran importancia, salvo por mostrar los sentimientos amistosos que Gregorio continuó manteniendo hacia su sucesor.)

    Carta 91

    Los asuntos entre nosotros siguen como de costumbre: estamos tranquilos, sin contiendas ni disputas, valorando como hacemos la recompensa (que no conlleva riesgo alguno) del silencio, por encima de todo. Y hemos obtenido algún provecho de este descanso, habiendo por la misericordia de Dios recuperado bastante de nuestra enfermedad. Cabalga tú y reina, como dice el santo David, y que Dios, que te ha honrado con el Sacerdocio, te acompañe en todo, y lo ponga por encima de toda calumnia. Y para darnos mutuamente una prueba de nuestro valor, y no sufrir calamidad humana alguna mientras estamos ante Dios, te envío este mensaje, y asiente tú prontamente a él. Hay muchas razones que me hacen estar muy ansioso por nuestro muy querido Pancracio. Ten la bondad de recibirlo amablemente, y de recomendarlo a los mejores de tus amigos, para que logre su objetivo. Su objetivo es, mediante algún tipo de servicio militar, obtener alivio de los cargos públicos, aunque no hay ningún tipo de vida que no esté expuesto a las calumnias de los hombres viles, como tú muy bien sabes.

    Ep. CLI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 151, nota
    (Escrita hacia el año 382 d. C., recomendando a su amigo Jorge, diácono de Nazianzo, a los buenos oficios del arzobispo y del Conde de los Domésticos, o Maestre de la Casa Imperial, a causa de sus problemas y ansiedades privadas.)

    Carta 151

    La gente en general adivina muy bien tu disposición — o más bien, no conjeturan, sino que no se niegan a creerme cuando me enorgullezco del hecho de que me consideras digno de no poco respeto y honor. Una de estas personas es mi muy precioso hijo Jorge, quien habiendo caído en muchas pérdidas, y estando muy abrumado por sus problemas, sólo puede encontrar un puerto de seguridad, a saber, ser presentado a ti por nosotros, y obtener algún favor de manos del Ilustrísimo Conde de los Domésticos. Concédeles este favor, ya sea a él y a su necesidad, o bien, si lo prefieres, a mí, a quien sé que has resuelto conceder todos los favores; y los hechos también me persuaden de que esto es cierto respecto a ti.

    Ep. CLXXXV.

    Carta 185

    Cada vez que diferentes personas alaban diferentes aspectos en ti, y todos impulsan tu buena fama, como en un mercado, yo contribuyo con cuanto puedo, y no menos que cualquiera de ellos, porque te dignas también honrarme, para alegrar mi vejez, como un hijo muy amado hace con la de su padre. Por esta razón, ahora también me aventuro a ofrecerte esta petición en nombre del Reverendísimo y amado de Dios obispo Bosporio; aunque por un lado me avergüenzo de que tal hombre necesite carta alguna mía, puesto que su venerable carácter está asegurado tanto por su vida diaria como por su edad; y por otro lado no menos avergonzado de guardar silencio y no decir una palabra en su favor, mientras tengo voz, y honro la fe, y conozco al hombre muy íntimamente. La controversia sobre las diócesis la resolverás sin duda tú mismo según la gracia del Espíritu que hay en ti, y según el orden de los cánones. Pero espero que Vuestra Reverencia vea que no se puede tolerar que nuestros asuntos sean expuestos en los tribunales seculares. Pues aunque los jueces de tales tribunales sean cristianos, como por la misericordia de Dios lo son, ¿qué hay en común entre la Espada y el Espíritu? Y aunque concedamos este punto, ¿cómo o dónde puede ser justo que una disputa sobre la fe se entrelace con las otras cuestiones? ¿Es hoy hereje nuestro amado de Dios obispo Bosporio? ¿Es hoy cuando sus canas venerables se ponen en la balanza, quien ha traído de vuelta a tantos de su error, y ha dado tan gran prueba de su ortodoxia, y es maestro de todos nosotros? No, te suplico, no des lugar a tales calumnias; pero si es posible reconcilia a las partes opuestas y añade esto a tus alabanzas; pero si esto no puede ser, en todo caso no permitas que todos nosotros (con quienes ha vivido, y con quienes ha envejecido) seamos ultrajados por tal insolencia — nosotros, a quienes sabes predicadores exactos del Evangelio, tanto cuando serlo era peligroso, como cuando está libre de riesgo; e incapaces de soportar cualquier detracción de la Única Divinidad Inaccesible. Y te ruego que ores por mí, que estoy sufriendo una enfermedad grave. Yo y todos los que están conmigo saludamos a los hermanos que te rodean. Que tú, fuerte y de buen ánimo y de buena fama en el Señor, nos concedas a nosotros y a las Iglesias el apoyo que todos en común demandan.

    Ep. CLXXXVI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 186, nota
    (Una carta de presentación para un pariente.)

    Carta 186

    ¿Qué habrías hecho si yo hubiera venido en persona y ocupado tu tiempo? Estoy bastante seguro de que habrías emprendido con todo celo librarme de la calumnia, si puedo tomar como señal lo que ha ocurrido antes. Hazme entonces este favor, a través de mi muy discreta pariente que se acerca a ti por mi mediación, reverenciando primero la edad de tu suplicante, y luego su disposición y piedad, que es más de lo que ordinariamente se encuentra en una mujer; y además de esto, su ignorancia en asuntos de negocios, y los problemas que ahora le han sobrevenido por parte de sus propios parientes; y sobre todo, mi ruego. El mayor favor que puedes hacerme es la prontitud en el beneficio que estoy pidiendo. Pues incluso el juez injusto del Evangelio mostró bondad a la viuda, aunque sólo después de mucha súplica e importunidad. Pero de ti pido prontitud, para que ella no se sienta abrumada por estar largo tiempo cargada de ansiedades y miserias en tierra extraña; aunque sé muy bien que Vuestra Piedad hará de esa tierra extranjera una patria para ella.

    Ep. CCII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 202, remisión
    (Una carta importante sobre la controversia apolinariana ya ha sido dada más arriba.)

    7. A Teodoro, obispo de Tiana

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División III, apartado 7, nota
    (Teodoro, natural de Arianzo, y amigo íntimo de Gregorio, lo acompañó a Constantinopla en el año 379 d. C., y compartió su persecución por los arrianos, quienes irrumpieron en su iglesia durante la celebración de la divina liturgia, y apedrearon al clero. Teodoro no pudo soportar esto, y declaró su intención de procesar a los agresores. Gregorio escribió la siguiente carta para disuadirlo de este curso, mostrándole cuánto más noble es perdonar que vengarse.)

    Ep. LXXVII.

    Carta 77

    Oigo que estás indignado por los ultrajes que nos han cometido los monjes y los mendicantes. Y no es de extrañar, viendo que nunca antes habías sentido un golpe, y estabas sin experiencia de los males que tenemos que soportar, que te sintieras enojado por tal cosa. Pero nosotros, experimentados en muchos tipos de males, y habiendo tenido nuestra parte de insultos, podemos ser considerados dignos de crédito cuando exhortamos a Vuestra Reverencia, como enseña la vejez y como sugiere la razón. Ciertamente lo que ha ocurrido fue terrible, y más que terrible — nadie lo negará: que nuestros altares fueron insultados, nuestros misterios perturbados, y que nosotros mismos tuvimos que interponernos entre los comulgantes y los que querían apedrearlos, y hacer de nuestras intercesiones una cura para las pedradas; que la reverencia debida a las vírgenes fue olvidada, y el buen orden de los monjes, y la calamidad de los pobres, que perdieron incluso su compasión a causa de la ferocidad. Pero quizás sería mejor ser pacientes, y dar un ejemplo de paciencia a muchos con nuestros sufrimientos. Pues el argumento no persuade tanto al mundo en general como la práctica, esa exhortación silenciosa.
    Consideramos un asunto importante obtener castigos de quienes nos han agraviado: un asunto importante, digo, (pues incluso esto a veces es útil para la corrección de otros) — pero es mucho más grande y más divino soportar las injurias. Pues el primer camino frena la maldad, pero el segundo hace buenos a los hombres, lo cual es mucho mejor y más perfecto que simplemente no ser malvado. Consideremos que la gran búsqueda de la misericordia está puesta ante nosotros, y perdonemos las ofensas que nos han hecho para que también nosotros obtengamos perdón, y atesoremos con bondad un caudal de bondad.
    Finees fue llamado Zelotes porque atravesó con la espada a la mujer madianita junto con el hombre que fornicaba con ella, [] y porque quitó el oprobio de los hijos de Israel: pero fue más alabado porque oró por el pueblo cuando habían transgredido. Pongámonos, pues, también nosotros de pie y hagamos propiciación, y que la plaga sea detenida, y que esto nos sea contado por justicia. También Moisés fue alabado porque mató al egipcio que oprimía al israelita; [] pero fue más admirable porque sanó con su oración a su hermana Miriam cuando quedó leprosa por su murmuración. [] Mira también lo que sigue. El pueblo de Nínive es amenazado con una destrucción, pero con sus lágrimas redimen su pecado. [] Manasés fue el más impío de los reyes, [] pero es el más conspicuo entre los que han alcanzado la salvación mediante el duelo.
    Oh Efraín, ¿qué haré contigo? [], dice Dios. ¡Qué ira se expresa aquí— y sin embargo se añade protección! ¿Qué es más veloz que la Misericordia? Los discípulos piden llamas de Sodoma contra los que expulsan a Jesús, pero Él rechaza la venganza. [] Pedro corta la oreja de Malco, uno de los que lo ultrajaron, pero Jesús la restaura. ¿Y qué del que pregunta si debe perdonar siete veces a un hermano que ha pecado, no es condenado por su mezquindad, pues a los siete se añaden setenta veces siete? [] ¿Qué del deudor del Evangelio que no quiere perdonar como ha sido perdonado? ¿No se le exige más amargamente por esto? ¿Y qué dice el modelo de oración? ¿No desea que el perdón se obtenga mediante el perdón?
    Teniendo tantos ejemplos, imitemos la misericordia de Dios, y no deseemos aprender de nosotros mismos cuán grande mal es la retribución del pecado. Ves la secuencia de la bondad. Primero hace leyes, luego ordena, amenaza, reprocha, presenta advertencias, refrena, amenaza de nuevo, y sólo cuando se ve forzada a ello asesta el golpe, pero poco a poco, abriendo el camino a la enmienda. No golpeemos, pues, de repente (porque no es seguro hacerlo), sino que, refrenados en nuestro temor, venzamos con misericordia, y hagámoslos deudores nuestros con nuestra bondad, atormentándolos con su conciencia más que con la ira. No sequemos una higuera que aún puede dar fruto, [] ni la condenemos como inútil y que estorba la tierra, cuando posiblemente el cuidado y la diligencia de un jardinero hábil pueda aún sanarla. Y no destruyamos tan rápidamente una obra tan grande y gloriosa por lo que quizás sea el despecho y la malicia del diablo; sino que elijamos mostrarnos misericordiosos más que severos, y amantes de los pobres más que de la justicia abstracta; y no hagamos más caso de los que nos incitan a esto que de los que nos refrenan, considerando, si no otra cosa, la vergüenza de aparentar contender contra mendicantes que tienen esta gran ventaja: que aunque estén equivocados, son compadecidos por su desgracia. Pero tal como están las cosas, considera que todos los pobres y quienes los apoyan, y todos los monjes y vírgenes están cayendo a tus pies y rogándote en su favor. Concédeles a todos ellos este favor (puesto que han sufrido bastante, como se desprende de lo que nos han pedido) y sobre todo a mí, que soy su representante. Y si te parece monstruoso que hayamos sido deshonrados por ellos, recuerda que es mucho peor que no seamos escuchados por ti cuando te hacemos esta petición. Que Dios perdone al noble Paulo sus ultrajes contra nosotros.

    Ep. CXV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 115, nota
    (Enviada hacia la Pascua del año 382 d. C. con una copia de la Filocalia, o Crestomatía de las obras de Orígenes editada por él mismo y San Basilio.)

    Carta 115

    Anticipas la Fiesta, y las cartas, y, lo que es mejor aún, el tiempo con tu afán, y nos otorgas una fiesta preliminar. Tal es lo que Vuestra Reverencia nos da. Y nosotros, a cambio, te damos lo más grande que tenemos, nuestras oraciones. Pero para que tengas algo pequeño con qué recordarnos, te enviamos el volumen de la Filocalia de Orígenes, que contiene una selección de pasajes útiles para estudiantes de literatura. Dígnate aceptarlo, y danos una prueba de su utilidad, ayudado por la diligencia y el Espíritu.

    Ep. CXXI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 121, nota
    (Escrita un poco más tarde, como carta de agradecimiento por un regalo de Pascua. Teodoro había sido hecho arzobispo de Tiana muy recientemente.)

    Carta 121

    Nos regocijamos en las muestras de amor, y especialmente en tal época, y de parte de un hombre a la vez tan joven y tan perfecto; y, para saludarte con las palabras de la Escritura, establecido en tu juventud, pues así llama a aquel que está más avanzado en sabiduría de lo que sus años nos llevan a esperar. Los antiguos Padres oraban por el rocío del cielo y la grosura de la tierra [] y otras cosas semejantes para sus hijos, aunque quizás algunos puedan entender estas cosas en un sentido más elevado; pero nosotros te devolveremos todo en sentido espiritual. El Señor cumpla todas tus peticiones, y seas tú padre de tales hijos (si puedo orar por ti concisa e íntimamente) como tú mismo te has mostrado a tus propios padres, de modo que nosotros, así como todos los demás, seamos glorificados respecto a ti.

    Ep. CXXII.

    Carta 122

    Me debes, incluso como a un enfermo, atención, pues uno de los mandamientos es la visitación de los enfermos. Y también debes a los Santos Mártires su honor anual, que celebramos en tu propio Arianzo el día 23 del mes que llamamos Datusa. Y al mismo tiempo hay no pocos asuntos eclesiásticos que necesitan nuestro examen común. Por todas estas razones, pues, te ruego que vengas enseguida: pues aunque el trabajo es grande, la recompensa es equivalente.

    Ep. CXXIII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 123, nota
    (Para excusarse por posponer su aceptación de una invitación.)

    Carta 123

    Reverencio tu presencia, y me deleito en tu compañía; aunque por lo demás me aconsejé a mí mismo permanecer en casa y filosofar en quietud, pues encontré que este de todos los cursos era el más provechoso para mí. Y puesto que los vientos son aún algo ásperos, y mi enfermedad no me ha dejado todavía, te ruego que me soportes pacientemente por un poco de tiempo, y te unas a mis oraciones por la salud; y tan pronto como llegue la estación adecuada, atenderé tus peticiones.

    Ep. CXXIV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 124, nota
    (Un poco más tarde, cuando el tiempo estaba más asentado, Gregorio acepta la invitación y propone venir enseguida, pero declina asistir al Sínodo Provincial.)

    Carta 124

    ¿Me llamas? Y me apresuro, y eso para una visita privada. A los sínodos y convenciones los saludo desde lejos, puesto que he experimentado que la mayoría de ellos (hablando con moderación) no son sino asuntos lamentables. ¿Qué queda entonces? Ayuda con tus oraciones mis justos deseos para que obtenga aquello por lo que estoy ansioso.

    Ep. CLII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 152, nota
    (Al retirarse de Constantinopla, Gregorio, a petición de los obispos de la Provincia, y especialmente de Teodoro de Tiana, el Metropolitano, y de Bosporio, obispo de Colonia, y ante la ferviente solicitud del pueblo, había asumido la carga de la Diócesis de Nazianzo; pero muy pronto descubrió que su salud no estaba a la altura de tan gran tarea, y que no podía cumplir con sus exigencias. Luchó por algún tiempo, pero al final, encontrándose completamente incapaz, escribió lo siguiente al Metropolitano:)

    Carta 152

    Es hora de que use estas palabras de la Escritura: ¿A quién clamaré cuando sea agraviado? [] ¿Quién me tenderá la mano cuando sea oprimido? ¿A quién pasará la carga de esta Iglesia, en su condición actual de mal y parálisis? Protesto ante Dios y los Ángeles Elegidos que el Rebaño de Dios está siendo tratado injustamente al ser dejado sin Pastor ni Obispo, por haberme quedado yo en la estantería. Pues soy prisionero de mi mala salud y he sido apartado muy rápidamente de la Iglesia, y hecho completamente inútil para todos, respirando cada día mi último aliento, y siendo más y más aplastado por mis deberes. Si la Provincia tuviera otra cabeza, sería mi deber clamar y protestar ante ella continuamente. Pero puesto que Vuestra Reverencia es el Superior, a vos debo mirar. Pues, dejando de lado todo lo demás, aprenderás de mis compañeros sacerdotes, Eulalio el Corepíscopo y Celeusio, a quienes he enviado especialmente a Vuestra Reverencia, lo que estos ladrones que ahora se han impuesto, están haciendo y amenazando. Reprimirlos no está en el poder de mi debilidad, sino que pertenece a vuestra habilidad y fuerza; puesto que a vos, con sus otros dones, Dios os ha dado también el de la fortaleza para la protección de su Iglesia. Si al decir y escribir esto no consigo ser oído, tomaré el único camino que me queda, el de proclamar y hacer saber públicamente que esta Iglesia necesita un Obispo, para que no sea dañada por mi salud débil. Lo que ha de seguir es asunto para vuestra consideración.

    Ep. CLIII. A Bosporio, obispo de Colonia.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 153, nota
    (San Gregorio tuvo que llevar a cabo su amenaza. Renunció al cuidado de Nazianzo, y nada pudo inducirlo a retirar su renuncia. Bosporio le escribió una carta urgente con este objeto, pero él respondió como sigue:)

    Carta 153

    Dos veces he sido zancadilleado por ti, y he sido engañado (sabes a qué me refiero), y, si fue justamente, que el Señor huela de ti un olor de suave fragancia; [] si injustamente, que el Señor lo perdone. Pues así es razonable que yo hable de ti, viendo que se nos manda ser pacientes cuando se nos infligen injurias. Pero así como tú eres dueño de tus propias opiniones, yo lo soy de las mías. Ese Gregorio problemático ya no será problemático para ti. Me retiraré a Dios, que es el único puro y sin engaño. Me recogeré en mí mismo. Esto he decidido; pues tropezar dos veces con la misma piedra es atribuido por el proverbio sólo a los necios.

    Ep. CLVII. A Teodoro, arzobispo de Tiana.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 157, nota
    (San Gregorio logró a finales del año 382 d. C. convencer al Metropolitano y a sus Comprovinciales de su sinceridad en el deseo de retirarse; y así comenzaron a buscar un Sucesor. Gregorio deseaba que su primo el Corepíscopo Eulalio fuera nominado, pero los Obispos sintieron ciertos celos ante lo que consideraron un intento de su parte de dictarles, y se negaron a permitirle tomar parte alguna en la elección, con el argumento de que o nunca había sido, o en todo caso había dejado de ser, uno de los Obispos de la Provincia. Protestó, pero al ver que no podía convencerlos, retiró su reclamo a votar y escribió a Teodoro, como sigue:—)

    Carta 157

    Nuestros asuntos espirituales han llegado a su límite: no te molestaré más. Uníos: tomad vuestras precauciones: tomad consejo contra nosotros: que nuestros enemigos tengan la victoria: que los cánones sean observados con exactitud, comenzando por nosotros, los más ignorantes de los hombres. No hay mala voluntad en la exactitud; sólo que no se impidan los derechos de la amistad. Los hijos de mi muy honrado hijo Nicobulo han venido a la ciudad para aprender taquigrafía. Ten la bondad de mirarlos con ojo paternal y amable (pues los cánones no lo prohíben), pero especialmente procura que vivan cerca de la Iglesia. Pues deseo que sean moldeados en carácter hacia la virtud mediante la asociación continua con Vuestra Perfección.

    Ep. CLXIII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 163, nota
    (Jorge, un laico de Paspaso, fue enviado por Teodoro de Tiana a San Gregorio para que éste lo convenciera de su error y pecado al repudiar un juramento que había hecho, alegando que había sido hecho por escrito y no viva voce. Gregorio parece haberlo llevado a una mejor disposición, y lo envió de vuelta al Metropolitano con la siguiente carta, pidiendo que se le impusiera la debida penitencia, y que su duración fuera regulada por su contrición. Esta carta fue leída en el Segundo Concilio de Constantinopla en el año 553, por Eufrantes, un sucesor de Teodoro en la Sede de Tiana, y fue aceptada por los Padres, por lo cual se considera que tiene casi la fuerza de un Canon de la Iglesia Universal.)

    Carta 163

    Que Dios te conceda a las Iglesias, tanto para nuestra gloria como para el beneficio de muchos, siendo como eres tan circunspecto y cauto en asuntos espirituales que nos haces también a nosotros más cautos, a quienes se considera que tenemos alguna ventaja sobre ti en años. Puesto que, sin embargo, has deseado tomarnos como socios en tu indagación espiritual (me refiero al juramento que Jorge de Paspaso parece haber hecho), declararemos a Vuestra Reverencia lo que se presenta a nuestra mente. Muchísimas personas, según me parece, se engañan considerando que los juramentos que se hacen con la sanción de imprecaciones habladas son juramentos reales, pero que los que son escritos y no pronunciados verbalmente son mera formalidad, y no juramentos en absoluto. Pues ¿cómo podemos suponer que, mientras un documento escrito de deudas es más vinculante que un reconocimiento verbal, un juramento escrito sea algo distinto de un juramento? O, para hablar concisamente, sostenemos que un juramento es la garantía dada a quien lo pidió y obtuvo. Ni basta decir que sufrió violencia (pues la violencia fue la Ley con la que se obligó), ni que después ganó la causa en el Tribunal de Justicia— pues el mismo hecho de acudir a la ley fue una violación de su juramento. He persuadido de esto a nuestro hermano Jorge, no a fingir excusas para su pecado, ni a buscar argumentos para defender su transgresión, sino a reconocer el escrito como juramento, y a llorar su pecado ante Dios y Vuestra Reverencia, aunque antes se engañaba a sí mismo y tenía una visión diferente de ello. Esto es lo que personalmente hemos argumentado con él; y es evidente que si discurres con él más cuidadosamente, profundizarás su contrición, puesto que eres un gran sanador de almas, y habiéndolo tratado según el Canon por tanto tiempo como parezca correcto, podrás después conferirle indulgencia en cuanto al tiempo. Y la medida del tiempo debe ser la medida de su compunción.

    Ep. CLXXXIII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 183, nota
    (Heladio, arzobispo de Cesarea, impugnó la validez de la elección de Eulalio para el obispado de Nazianzo, y acusó a Bosporio de herejía. San Gregorio arroja aquí todo el peso de su autoridad al otro platillo. Sin embargo, es manifiesto por los propios términos de la carta que la persona a quien se dirige no es Teodoro de Tiana. Fue conjeturado por Clémencet que quizás era Teodoro de Mopsuestia.)

    Carta 183

    La envidia, de la que nadie escapa fácilmente, ha conseguido cierto arraigo entre nosotros. Mira, incluso nosotros los capadocios estamos en un estado de facción, por así decirlo — una calamidad nunca antes oída, y no creíble — para que ninguna carne se gloríe [] ante Dios, sino que seamos cuidadosos, puesto que todos somos humanos, de no condenarnos unos a otros precipitadamente. Por mi parte, hay alguna ganancia incluso de la desgracia (si puedo hablar algo paradójicamente), y realmente recojo una rosa de entre espinas, como dice el proverbio. Hasta ahora nunca me he encontrado cara a cara con Vuestra Reverencia, ni he conversado contigo por carta, sino que sólo he sido iluminado por tu reputación; pero ahora me veo por necesidad obligado a acercarme a ti por carta, y estoy muy agradecido a quien me ha procurado este privilegio. Omito escribir a los otros Obispos sobre los que me escribiste, pues la oportunidad aún no ha surgido. Además, mi débil salud me hace menos activo en este asunto; pero lo que te escribo a ti, se lo escribo a ellos también a través de ti. Mi Señor el amado de Dios obispo Heladio debe dejar de malgastar su trabajo en nuestros asuntos. Pues no es por celo espiritual, sino por celo partidista, que busca esto; y no por el bien de un cumplimiento exacto de los cánones, sino por la satisfacción de la ira, como es evidente por el tiempo que ha elegido, y porque muchos se han movido con él sin razón, pues debo decir esto, y no preocuparme por ello. Si yo estuviera físicamente en condiciones de gobernar la Iglesia de Nazianzo, a la que fui originalmente designado, y no a Sasima como algunos falsamente os persuadirían, no habría sido tan cobarde ni tan ignorante de las Constituciones Divinas como para despreciar esa Iglesia, o buscar una vida fácil en preferencia a los premios que están reservados para quienes trabajan según la voluntad de Dios, y trabajan con el talento confiado a su cuidado. Pues ¿qué provecho tendría de mis muchos trabajos y mis grandes esperanzas, si estuviera mal aconsejado en los asuntos más importantes? Pero puesto que mi salud corporal es mala, como todos pueden ver claramente, y no tengo ninguna responsabilidad que temer a causa de este retiro, por la razón que he mencionado, y vi que la Iglesia, al aferrarse a mí, sufría en sus mejores intereses y casi era destruida por mi enfermedad, oré tanto antes como ahora de nuevo a mis Señores los amados de Dios Obispos (me refiero a los de nuestra propia Provincia) para que dieran a la Iglesia una cabeza, lo cual han hecho por la Gracia de Dios, digna tanto de mi deseo como de vuestras oraciones. Esto quisiera que lo supieras tú mismo, honorabilísimo Señor, y que también informes al resto de los Obispos, para que lo reciban y lo apoyen con sus votos, y no carguen pesadamente sobre mi vejez creyendo la calumnia. Permíteme añadir esto a cualquier carta. Si tu examen encuentra culpable en cuanto a la fe a mi Señor el amado de Dios sacerdote Bosporio — cosa que ni siquiera es lícito sugerir — (paso por alto su edad y mi testimonio personal) juzgadlo vosotros mismos. Pero si la discusión sobre las diócesis es la causa de este mal informe y esta novedosa acusación, no te dejes llevar por la calumnia, y no des a las falsedades una fuerza mayor que a la verdad, te lo ruego, no sea que arrojes a la desesperación a quienes desean hacer lo correcto. Que se te conceda buena salud y ánimo y valor y progreso continuo en las cosas de Dios para nosotros y para la Iglesia, de la que eres común gloria.

    Ep. CXXXIX.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 139, nota
    (Esta carta está escrita en una fecha algo anterior en referencia al consentimiento que se le había inducido a dar para permanecer algún tiempo más como administrador de la Sede de Nazianzo. Ciertamente no está dirigida a Teodoro de Tiana, y no se sabe quién es este Teodoro.)

    Carta 139

    El que levantó a David su siervo desde el trabajo de pastor al Trono, y a Vuestra Reverencia desde el rebaño a la Obra del Pastor: El que ordena nuestros asuntos y los de todos los que esperan en Él según su propia Voluntad: que Él ponga ahora en la mente de Vuestra Reverencia el conocer la deshonra que he sufrido a manos de mis Señores los Obispos en el asunto de sus votos, en cuanto que han acordado la Elección, pero nos han excluido. No echaré la culpa a Vuestra Reverencia, porque apenas recientemente has venido a presidir nuestros asuntos, y estás, como es de esperar, en su mayor parte desinformado de nuestra historia. Esto es suficiente: pues no tengo intención de molestarte más, para no parecer gravoso al comienzo mismo de nuestra amistad. Pero te diré lo que se me sugiere al tomar consejo con Dios. Me retiré de la Iglesia de Nazianzo, no como despreciando a Dios, ni menospreciando la pequeñez del rebaño (Dios no quiera que un alma filosófica esté así dispuesta); sino primero porque no estoy obligado por tal nombramiento: y segundo porque estoy quebrantado por mi mala salud, y no me considero igual a tales ansiedades. Y puesto que tú también has sido duro conmigo, reprochándome mi renuncia, y yo mismo no pude soportar los clamores contra mí, y puesto que los tiempos son difíciles, amenazándonos con una incursión de enemigos para perjuicio del bien común de toda la Iglesia, finalmente me decidí a sufrir una derrota que es dolorosa para mi cuerpo, pero quizás no mala para mi alma. Entrego este cuerpo miserable a la Iglesia por tanto tiempo como sea posible, pensando que es mejor sufrir cualquier angustia de la carne antes que incurrir en una herida espiritual yo mismo o infligirla a otros, que han pensado lo peor de nosotros, juzgando por su propia experiencia. Sabiendo esto, ora por mí, y aprueba mi resolución: y quizás no esté fuera de lugar decir: moldeaos hacia la piedad.

    8. A Nicobulo

    Ep. XII. (Hacia el 365 d. C.).

    Carta 12

    Te burlas de mí acerca de Alipiana, diciendo que es pequeña e indigna de tu estatura, tú, hombre alto, descomunal y monstruoso tanto en forma como en fuerza. Pues ahora entiendo que el alma es cuestión de medida, y la virtud de peso, y que las rocas valen más que las perlas, y los cuervos son más respetables que los ruiseñores. ¡Bien, bien! Regocíjate en tu grandeza y en tus codos, y no seas en nada inferior a los famosos hijos de Aloeo. Tú montas a caballo, blandes una lanza y te ocupas de las fieras. Pero ella no tiene semejante tarea; y no se necesita gran fuerza para llevar un peine, ni para manejar una rueca, ni para sentarse ante el telar, «Pues tal es la gloria de la mujer.» Y si añades esto, que ella se ha fijado en el suelo a causa de la oración, y por el gran movimiento de su mente tiene comunión constante con Dios, ¿qué hay aquí de jactancioso en tu grandeza o en la estatura de tu cuerpo? Atiende al silencio oportuno: escucha su voz: observa su falta de adorno, su virilidad mujeril, su utilidad en casa, su amor al esposo. Entonces dirás con el laconio que, en verdad, el alma no es asunto de medida, y lo exterior debe mirar al hombre interior. Si miras así las cosas, dejarás de burlarte y de mofarte de ella por pequeña, y te felicitarás de tu matrimonio.

    Ep. LI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 51, nota
    (Respuesta a una petición de Nicobulo de un tratado sobre el arte de escribir cartas. Benoît cree que ésta y las siguientes fueron escritas al Nicobulo más joven.)

    Carta 51

    Entre quienes escriben cartas, ya que esto es lo que preguntas, unos escriben con demasiada extensión, y otros pecan por defecto; y ambos yerran el medio, como arqueros que disparan a un blanco y envían unas flechas cortas y otras largas; pues el errar es el mismo, aunque en direcciones opuestas. Ahora bien, la medida de las cartas es su utilidad: y no debemos escribir muy extensamente cuando hay poco que decir, ni muy brevemente cuando hay mucho. ¿Qué? ¿Hemos de medir nuestra sabiduría por el esqueno persa o por los codos de un niño, y escribir de modo tan imperfecto que no sea escribir, sino copiar las sombras del mediodía, o líneas que se encuentran justo delante de ti, cuyas longitudes se escorzan y que se muestran en atisbos más que claramente, siendo reconocidas solo por ciertos extremos suyos? Debemos evitar en ambos respectos la falta de moderación y acertar con lo moderado. Esta es mi opinión sobre la brevedad; en cuanto a la perspicuidad, es claro que se debe evitar en lo posible la forma oratoria e inclinarse más bien a lo conversado: y, para decirlo en pocas palabras, aquella es la mejor y más bella carta que puede persuadir tanto al lector no instruido como al culto; al uno, por estar al alcance de la multitud; al otro, por estar por encima de la multitud; y debe ser inteligible por sí misma. Es igualmente desagradable tener que descifrar un enigma y tener que interpretar una carta. El tercer punto sobre una carta es la gracia: y la salvaguardaremos si no escribimos de un modo seco y desagradable, o sin adorno y mal dispuesto y sin pulir, como suele decirse; como por ejemplo un estilo desprovisto de máximas, proverbios y sentencias, o incluso de chanzas y enigmas, con los cuales se endulza el lenguaje. Pero no debemos dar la impresión de abusar de estas cosas por un empleo excesivo de ellas. Su omisión total muestra rusticidad, pero el abuso de ellas muestra insaciabilidad. Podemos usarlas tanto como se usa la púrpura en los tejidos. Admitiremos figuras de lenguaje, pero pocas y moderadas. Las antítesis, las cláusulas equilibradas y las frases simétricamente divididas las dejaremos a los sofistas; o si alguna vez las admitimos, lo haremos más bien en broma que en serio. Mi observación final será una que oí a un hombre ingenioso acerca del águila: que cuando las aves elegían rey y acudían con diversos adornos, lo más hermoso de ella era que no se creía hermosa. Este punto debe atenderse especialmente al escribir cartas: estar sin ornamento adventicio y ser lo más natural posible. Esto es lo que acerca de las cartas te envío por medio de una carta; pero quizá sea mejor que no lo apliques a mí mismo, que estoy ocupado en asuntos más importantes. El resto lo resolverás por ti mismo, pues eres rápido en aprender, y quienes son hábiles en estas materias te enseñarán.
    Comentario editorial · Tres reglas para escribir una carta
    Según la nota de la edición, Nicobulo había pedido a Gregorio un tratado sobre el arte de escribir cartas, y esta es la respuesta. Las reglas son tres. La primera, la medida: no ser largo cuando hay poco que decir ni breve cuando hay mucho, pues «la medida de las cartas es su utilidad». La segunda, la claridad: huir de la forma oratoria y acercarse a la conversación, de modo que la carta se entienda por sí misma; descifrarla sería como interpretar un enigma. La tercera, la gracia: no ser seco, pero usar las máximas, los proverbios y las chanzas como la púrpura en un tejido, y dejar las antítesis para los sofistas. Todo, dice, debe parecerse al águila que no se creía hermosa: sin ornamento adventicio y lo más natural posible.

    Ep. LII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 52, nota
    (Nicobulo pidió a Gregorio que publicara una colección de sus cartas. Gregorio le envía una copia.)

    Carta 52

    Me pides flores de un prado otoñal, y armas a Néstor en su vejez, al exigirme ahora algo ingenioso en materia de lenguaje, después de que por mucho tiempo he descuidado todo lo amable en el lenguaje y en la vida. Pero con todo (puesto que no es un trabajo de Euristeo ni de Hércules lo que me impones, sino más bien uno muy agradable y tranquilo, reunir para ti cuantas cartas mías pueda), coloca este volumen entre tus libros: una obra no amatoria sino retórica, y no tanto para ostentación como para utilidad, y ello para nuestra propia casa. Porque autores distintos tienen características distintas, mayores o menores. La mía es una tendencia a instruir mediante máximas y afirmaciones positivas siempre que se presenta la ocasión. Y como en un hijo legítimo, también en el lenguaje el padre es siempre visible, no menos de lo que los progenitores se manifiestan por los rasgos corporales. Los míos son como he dicho. Tú puedes recompensarme escribiendo y sacando provecho de lo que he escrito. No puedo pedir ni solicitar mejor recompensa que esta, ni más provechosa para quien la pide, ni más conveniente para quien la da.

    Ep. LIII.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 53, nota
    (Gregorio puso una colección de las cartas de Basilio junto con las suyas, y les dio el primer lugar. Nicobulo parece haberse sorprendido de esto y preguntó la razón. Gregorio lo explica como sigue.)

    Carta 53

    Siempre he preferido al Gran Basilio antes que a mí mismo, aunque él era de la opinión contraria; y lo hago ahora no menos por causa de la verdad que por la amistad. Esta es la razón por la que he dado a sus cartas el primer lugar y a las mías el segundo. Pues espero que nosotros dos estemos siempre unidos; y también quisiera dar a otros un ejemplo de modestia y sumisión.

    Ep. LIV.

    Carta 54

    Sobre el laconismo. Ser lacónico no es meramente, como supones, escribir pocas palabras, sino decir mucho en pocas palabras. Así, llamo a Homero muy breve y a Antímaco extenso. ¿Por qué? Porque mido la longitud por la materia y no por las letras.

    Ep. LV.

    Carta 55

    Una invitación. Huyes cuando te persigo: quizá conforme a las leyes del amor, para hacerte más valioso. Ven, pues, y repara al fin la pérdida que he sufrido por tu larga demora. Y si algunos asuntos domésticos te retienen, nos dejarás de nuevo, y así te harás más precioso como objeto de deseo.

    9. A Olympio

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · División III, apartado 9, nota
    (Olympio era prefecto de Capadocia Segunda en 382. Ya se ha ofrecido antes una carta dirigida a él contra los apolinarianos; las restantes, que siguen, son sobre todo recomendaciones de diversas personas a su protección.)

    Ep. CIV.

    Carta 104

    Todos los demás favores que he recibido sé que se deben a vuestra bondad; y que Dios os recompense por ellos con sus propias misericordias; y que una de ellas sea que desempeñéis vuestro cargo de prefecto con buena fama y esplendor de principio a fin. En lo que ahora pido vengo más bien a dar que a recibir, si no es arrogancia decirlo. Yo personalmente presento ante vos a la pobre Filomena, para implorar vuestra justicia y moveros a las lágrimas con que ella aflige mi alma. Ella misma os explicará en qué y por quién ha sido agraviada, pues no sería justo que yo presentara acusaciones contra nadie. Pero esto me es necesario decir: que la viudez y la orfandad tienen derecho a la ayuda de todos los hombres rectos, y especialmente de quienes tienen esposa e hijos, esas grandes prendas de compasión, puesto que nosotros —hombres solamente— hemos sido puestos para juzgar a los hombres. Perdonadme que interceda ante vos por ellos por carta, ya que por mi mala salud me veo privado de ver a un gobernante tan bondadoso y tan insigne en virtud que incluso el preludio de vuestra administración es más precioso que la buena fama de otros incluso al fin de su mandato.

    Ep. CV.

    Carta 105

    El tiempo es veloz, grande la lucha, y mi enfermedad más grave, reduciéndome casi a la inmovilidad. ¿Qué queda sino orar a Dios y suplicar a vuestra bondad: a Aquel, para que incline vuestra mente a consejos más benignos, y a esta, para que no rechacéis con dureza nuestra intercesión, sino que recibáis con bondad al desdichado Paulo, a quien la justicia ha puesto en vuestras manos, quizá para haceros más ilustre por la grandeza de vuestra bondad y para encomendar nuestras oraciones (tales como son) a vuestra misericordia?

    Ep. CVI.

    Carta 106

    He aquí a otro que presenta ante vos una carta, de la cual, si ha de decirse la verdad, vos mismo sois la causa, pues los provocáis con el honor que les hacéis. He aquí también otro suplicante para vos, un prisionero del miedo, nuestro pariente Eustracio, quien con nosotros y por nosotros implora vuestra bondad, puesto que no puede soportar estar en perpetua rebeldía contra vuestro gobierno, aunque un justo temor lo haya atemorizado, ni prefiere suplicaros por medio de otro que no sea yo, para hacer más manifiesta vuestra misericordia hacia él mediante el recurso a tales intercesores, a quienes en todo caso vos mismo engrandecéis al aceptar así su súplica. Diré una sola cosa, y brevemente. Todos los demás favores me los concedisteis a mí; pero este lo concederéis a vuestro propio juicio, puesto que en otro tiempo os propusisteis consolar nuestra vejez y debilidad con tales honores. Y añadiré que continuamente hacéis a Dios más propicio para vosotros.

    Ep. CXXV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 125, remisión
    (Dado arriba, § 1.)

    Ep. CXXVI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 126, nota
    (Mientras Gregorio estaba en Xantharis se presentó una ocasión de ver a Olympio, pero una recaída de la enfermedad le impidió aprovecharla. Escribe para expresar su pesar, y aprovecha la ocasión también para pedir que Nicobulo sea eximido del encargo de las Postas Imperiales.)

    Carta 126

    Fui feliz en un sueño. Pues habiendo sido llevado hasta el Monasterio para obtener algún alivio del baño, y esperando luego encontraros, y teniendo casi en las manos esta buena fortuna, y habiendo demorado unos pocos días, fui arrebatado de repente por mi enfermedad, que ya era dolorosa en algunos aspectos y amenazante en otros. Y, si hay que buscar alguna conjetura para explicar la desgracia, sufrí de la misma manera que los pólipos, los cuales, si son arrancados a la fuerza de las rocas, corren el riesgo de perder las ventosas con que se adhieren a las rocas, o de llevarse consigo una porción de estas últimas. Algo de este tipo es mi caso. Y lo que habría pedido a Vuestra Excelencia si os hubiera visto, ahora me atrevo a pedirlo aunque estoy ausente. Encontré a mi hijo Nicobulo muy preocupado por el cuidado de la Posta y por la constante atención al Monasterio. No es hombre fuerte, y siente gran aversión por la soledad. Servíos de él para cualquier otra cosa que os plazca, pues está ansioso de servir a vuestra autoridad en todo; pero si es posible, liberadlo de este cargo, si no por otra razón, al menos para honrarlo como mi Hospitalario. Puesto que os he pedido muchos favores para muchas personas y los he obtenido, necesito también vuestra bondad para mí mismo.

    Ep. CXXXI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 131, nota
    (En 382, Gregorio fue convocado a un sínodo en Constantinopla; escribió a Procopio, el Prefectus Urbi, y rehusó asistir, alegando su gran aversión a los sínodos episcopales, de los cuales, decía, nunca había visto resultar nada bueno. Sin embargo, parece haber recibido una convocatoria más urgente por medio de Icario y Olympio. Su respuesta a Icario se ha perdido; la dirigida a Olympio es la siguiente.)

    Carta 131

    Me es más grave que mi enfermedad el que nadie crea que estoy enfermo, sino que se me imponga un viaje tan largo y se me empuje en medio de las turbaciones de las que me había alegrado de haberme retirado, y casi pensé que debía estar agradecido por ello a mi dolencia corporal. Pues la quietud y la libertad de asuntos es más preciosa que el esplendor de una vida ajetreada. Escribí esto ayer al Ilustrísimo Icario, de quien recibí la misma convocatoria: y ahora ruego también a Vuestra Magnanimidad que escriba esto por mí, pues sois un testigo muy fidedigno de mi mala salud. Otra prueba de mi incapacidad es la pérdida que ahora he sufrido al no haber podido siquiera venir a disfrutar de vuestra compañía, vos que sois un gobernador tan bondadoso y tan admirable por vuestra virtud que incluso los preludios de vuestro mandato son más honorables que la buena fama que otros pueden ganar al final del suyo.

    Ep. CXL.

    Carta 140

    Otra vez escribo cuando debería venir: pero cobro confianza para hacerlo de vos mismo, oh Árbitro de los asuntos espirituales (por poner lo primero en primer lugar) y Corrector de la cosa pública; y ambas cosas por la Divina Providencia: y que asimismo habéis recibido como recompensa de vuestra piedad que vuestros asuntos prosperen a vuestro gusto y que solo vos alcancéis lo que para todos los demás está fuera del alcance. Porque la sabiduría y el valor gobiernan vuestra administración: la una descubriendo lo que ha de hacerse, y el otro ejecutando fácilmente lo descubierto. Y lo mayor de todo es la pureza de vuestras manos, con la cual todo es dirigido. ¿Dónde está vuestro oro mal adquirido? Nunca lo hubo; fue lo primero que condenasteis al destierro como a un tirano invisible. ¿Dónde está la malevolencia? Está condenada. ¿Dónde está el favor? Aquí sí os inclináis un poco (pues os acusaré un poco), pero es imitando la Divina Misericordia, que en este tiempo vuestro soldado Aurelio os implora por mí. Lo llamo fugitivo necio, porque se ha puesto en nuestras manos y, por las nuestras, en las vuestras, amparándose bajo nuestras canas y nuestro Sacerdocio (por el que a menudo habéis profesado veneración) como si fuera bajo alguna Imagen Imperial. Mirad: esta mano sacrificadora e incruenta conduce a este hombre ante vos; una mano que ha escrito a menudo en vuestra alabanza, y que estoy seguro escribirá aún más si Dios prolonga vuestro tiempo de gobierno; el vuestro, quiero decir, y el de vuestra colega Temis.

    Ep. CXLI.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 141, nota
    (El pueblo de Nazianzo había incurrido de algún modo en la pérdida de sus derechos cívicos; y la orden de privación del título de Ciudad había sido firmada por Olympio. Esto dio lugar a algo semejante a una revuelta por parte de cierto número de los ciudadanos más jóvenes; y Olympio decidió castigarla con la destrucción total del lugar. San Gregorio se vio de nuevo impedido por la enfermedad de comparecer en persona ante el gobernador; pero defendió la causa de su ciudad natal (usando su nombre oficial latino de Diocesarea) en las siguientes cartas con tanto éxito que indujo a Olympio a perdonar el estallido.)

    Carta 141

    De nuevo una ocasión para la bondad: y de nuevo me atrevo a confiar a una carta mi súplica sobre un asunto tan importante. Mi enfermedad me da esta audacia, pues ni siquiera me permite salir, ni me permite hacer ante vos una entrada adecuada. ¿Cuál es, pues, mi Embajada? Recibidla, os ruego, de mí con dulzura y bondad. La muerte de un solo hombre, que hoy es y mañana no será y no volverá a nosotros, es ciertamente cosa terrible. Pero mucho más terrible es que muera una Ciudad, a la que fundaron reyes, compactó el tiempo y preservó una larga serie de años. Hablo de Diocesarea, en otro tiempo Ciudad, y ya Ciudad no más, a menos que le concedáis misericordia. Pensad que este lugar cae ahora a vuestros pies por medio de mí: que tenga voz, y se vista de luto y se corte los cabellos como en una tragedia, y que os hable con palabras como estas:
    Tiende la mano a mí, que yazgo en el polvo: ayuda a los desvalidos: no añadas el peso de tu mano al tiempo, ni destruyas lo que los persas me han dejado. Es más honorable para ti levantar ciudades que destruir a las que están afligidas. Sé mi fundador, ya sea añadiendo a lo que poseo, ya sea preservándome tal como soy. No permitas que hasta el tiempo de tu administración yo sea una ciudad, y que después de ti deje de serlo: no des ocasión a los tiempos venideros para hablar mal de ti: que me recibiste contada entre las ciudades y me dejaste un lugar deshabitado, que antaño fue ciudad, reconocible sólo por montañas, precipicios y bosques.
    Que esto haga y diga a tu clemencia la ciudad de mi imaginación. Pero dígnate recibir una exhortación de mí, como amigo tuyo: ciertamente castiga a quienes se han rebelado contra el edicto de tu autoridad. En este asunto no me atrevo a decir nada, aunque, según dicen, aquel acto de audacia no fue de propósito universal, sino sólo ira irracional de unos pocos jóvenes. Pero depón la mayor parte de tu ira y razona con mayor amplitud. Se afligieron por la muerte de su Madre; no pudieron soportar ser llamados ciudadanos y, a la vez, carecer de derechos políticos: enloquecieron: cometieron una ofensa contra la ley: desecharon su propia seguridad: lo repentino de la calamidad los privó de razón. ¿Es realmente necesario que por esto la ciudad deje de ser ciudad? Ciertamente no. Excelentísimo, no escribas la orden de que esto se haga. Respeta más bien la súplica de todos los ciudadanos, de los hombres de Estado y de los hombres de rango —pues recuerda que la calamidad alcanzará a todos por igual—, aun si la grandeza de tu autoridad los mantiene en silencio, gimiendo, por así decirlo, en secreto. Respeta también mis canas: pues me sería terrible, después de haber tenido una gran ciudad, no tener ahora ninguna, y que tras tu gobierno el Templo que hemos levantado a Dios, y nuestro amor por su ornato, llegue a ser morada de bestias. No es cosa terrible que se derribaran algunas estatuas —aunque en sí misma lo sería—, pero no quiero que pienses que hablo de esto, cuando todo mi cuidado atiende a cosas más importantes: lo terrible es que con ellas sea destruida una ciudad antigua, una que ha resistido espléndidamente, como yo, que soy honrado por ti y se supone que tengo alguna influencia, he vivido para ver. Pero baste esto sobre tal asunto, pues no hallaré, aun hablando más extensamente, nada más fuerte que tus propias razones, por las cuales esta nación es gobernada —y ojalá por ellas sean gobernadas otras más y mayores, y en mandos más grandes. Sin embargo, era necesario que Vuestra Magnanimidad supiera esto acerca de los que han caído ante vuestros pies: que están del todo desdichados y desesperados, y no han compartido desorden alguno con los que han quebrantado la ley, según me certifican muchos que estuvieron presentes. Por tanto, delibera lo que estimes conveniente, tanto para tu propia reputación en este mundo como para tus esperanzas en el venidero. Soportaremos lo que determines —no sin dolor, ciertamente—, pero lo soportaremos: pues ¿qué otra cosa podemos hacer? Si prevalece la determinación peor, nos indignaremos y derramaremos una lágrima por nuestra ciudad que ha dejado de serlo.

    Ep. CXLII.

    Carta 142

    Aunque mi deseo de encontrarme contigo es ardiente y la necesidad de tus suplicantes es grande, mi enfermedad es invencible. Por tanto, me atrevo a confiar mi intercesión a la escritura. Respeta nuestras canas, que ya has venerado a menudo con buenas acciones. Respeta también mi debilidad, a la que en parte han contribuido mis trabajos por Dios, si se me permite jactarme un poco. Por esta causa, perdona a los ciudadanos que acuden a mí porque uso de alguna libertad de palabra contigo. Y perdona también a los demás que están bajo mi cuidado. Pues los asuntos públicos no sufrirán daño por la clemencia, ya que tú puedes más con el temor que otros con el castigo. Ojalá, como recompensa por esto, obtengas un Juez tal como tú te muestras con tus suplicantes y conmigo, su intercesor.

    Ep. CXLIII.

    Carta 143

    ¿Qué logran en los hombres la mucha experiencia y la experiencia del bien? Enseñan bondad y los inclinan hacia quienes les suplican. No hay tal educación en la compasión como la recepción anterior de la bondad. Esto me ha sucedido a mí entre otros. He aprendido la compasión por las cosas que he sufrido. ¿Y ves mi grandeza de alma, cuando yo mismo necesito tu dulzura en mis propios asuntos? Intercedo por otros y no temo agotar toda tu bondad en asuntos ajenos. Te escribo así en favor del presbítero Leoncio —o, si así puedo describirlo, del ex presbítero—. Si ha sufrido suficientemente por lo que hizo, detengámonos ahí, no sea que el exceso se convierta en injusticia. Y si aún queda algún saldo de castigo debido, y las consecuencias de su crimen no han igualado aún su ofensa, remítelo, no obstante, por nosotros y por Dios, y por el santuario y por la asamblea general de los sacerdotes, entre los que antaño fue contado, aunque ahora se haya mostrado indigno de ellos, tanto por lo que ha hecho como por lo que ha sufrido. Si puedo prevalecer contigo, será lo mejor; pero si no, te traeré una intercesora más poderosa, aquella que es compañera tanto de tu gobierno como de tu buena fama.

    Ep. CXLIV.

    Texto de la fuenteEdición del NPNF · Notas a las Cartas · Carta 144, nota
    (Veriano, ciudadano de Nazianzo, había sido ofendido por su yerno y, por esta causa, deseaba que su hija solicitara el divorcio. Olympio remitió el asunto al arbitraje episcopal de San Gregorio, quien se negó a sancionar el proceder y escribe las dos cartas siguientes: la primera al prefecto y la segunda al propio Veriano.)

    Carta 144

    La prisa no siempre es digna de alabanza. Por esta razón he diferido mi respuesta hasta ahora acerca de la hija del honorable Veriano, tanto para dar tiempo a que las cosas se arreglen, como también porque conjeturo que Vuestra Bondad no aprueba el divorcio, en la medida en que me confiasteis la indagación, a mí, a quien sabíais que no era ni precipitado ni imprudente en tales asuntos. Por tanto, me he abstenido hasta ahora y, me atrevo a pensar, no sin razón. Pero ya que casi hemos llegado al final del tiempo asignado, y es necesario que seáis informado del resultado del examen, os informaré. La joven me parece estar en dos mentes, dividida entre la reverencia a sus padres y el afecto a su esposo. Sus palabras están del lado de ellos, pero su ánimo, más bien pienso, está con el esposo, como lo muestran sus lágrimas. Haréis lo que se encomiende a vuestra justicia y a Dios que os dirige en todas las cosas. De muy buena gana habría dado mi opinión a mi hijo Veriano de que pasara por alto mucho de lo que está en cuestión, con miras a no confirmar el divorcio, que es enteramente contrario a nuestra ley, aunque la ley romana pueda determinar lo contrario. Pues es necesario que se observe la justicia —lo cual ruego que siempre digáis y hagáis.

    Ep. CXLV. A Veriano.

    Carta 145

    Los verdugos públicos no cometen crimen alguno, pues son servidores de las leyes; ni es ilícita la espada con que castigamos a los criminales. Pero, no obstante, el verdugo público no es un carácter laudable, ni la espada portadora de muerte es recibida con alegría. De igual modo, tampoco yo puedo soportar volverme odioso confirmando el divorcio con mi mano y con mi lengua. Es mucho mejor ser instrumento de unión y de amistad que de división y de separación de la vida. Supongo que con esto en mente nuestro admirable gobernador me confió la indagación sobre vuestra hija, como alguien que no podía proceder al divorcio de modo abrupto o insensible. Pues me propuso no como juez, sino como obispo, y me puso como mediador en vuestras infelices circunstancias. Os ruego, por tanto, que tengáis alguna indulgencia con mi timidez y, si prevalece lo mejor, que me uséis como servidor de vuestro deseo: me regocijo recibiendo tales órdenes. Pero si ha de tomarse el curso peor y más cruel, buscad a alguien más adecuado a vuestro propósito. No tengo tiempo, por favorecer vuestra amistad (aunque en todos los aspectos os tengo la más alta estima), para ofender a Dios, a quien he de dar cuenta de toda acción y pensamiento. Creeré a vuestra hija (pues la verdad ha de decirse) cuando pueda deponer su temor hacia vos y declarar audazmente la verdad. En el presente su condición es lastimosa, pues asigna sus palabras a vos y sus lágrimas a su esposo.

    A Olympio. Ep. CXLVI.

    Carta 146

    Esto es lo que dije como por una suerte de profecía, cuando os hallé favorable a toda petición y hacía uso insaciable de vuestra dulzura: que temo agotar vuestra bondad en los asuntos de otros. Pues he aquí que ha llegado un pleito mío propio (si es mío aquello que concierne a mis propios parientes), y no puedo hablar con la misma libertad. Primero, porque es asunto mío. Pues suplicar por mí mismo, aunque pueda ser más útil, es más humillante. Y después, temo que el exceso destruya el placer y se oponga a todo lo bueno. Así están las cosas, y conjeturo sólo demasiado acertadamente. No obstante, con confianza en Dios ante quien estoy, y en vuestra magnanimidad para hacer el bien, me atrevo a presentar esta petición.
    Supongamos que Nicobulo sea el peor de los hombres —aunque su único crimen es que, por mi causa, es objeto de envidia y más libre de lo que debiera—. Y supongamos que mi actual adversario es el más justo de los hombres. Pues me avergüenza acusar ante Vuestra Rectitud a alguien a quien ayer estaba defendiendo; pero no sé si os parecerá justo que se exija castigo por los crímenes de un hombre a otro, aunque éstos le fueran del todo ajenos y ni siquiera tuvieran su consentimiento; al hombre que de tal modo ha agitado su casa y ha quedado tan perturbado que se entregó a su acusador más prontamente de lo que éste deseaba. ¿Debe Nicobulo o sus hijos ser reducidos a esclavitud, como desean sus perseguidores? Me avergüenzo tanto del motivo de la persecución como del momento, si esto ha de hacerse mientras vos estáis en el poder y yo tengo influencia ante vos. No sea así, amigo admirable; no se sugiera esto a Vuestra Integridad. Antes bien, reconociendo por la alada rapidez de vuestra mente la malicia de que esto procede, y teniendo respeto a mí, vuestro admirador, mostraos un juez misericordioso con los que están siendo perturbados, pues hoy no juzgáis meramente entre hombre y hombre, sino entre la virtud y el vicio; y a esto han de prestar más consideración que un hombre ordinario aquellos que, como vos, son virtuosos y gobernantes hábiles. Y a cambio de esto tendréis de mí no sólo el asunto de mis oraciones, que sé que no despreciáis, como tantos hombres, sino también que haré famoso vuestro gobierno entre todos aquellos a quienes soy conocido.

    Ep. CLIV.

    Carta 154

    Para mí sois prefecto incluso después de expirar vuestro cargo —pues juzgo las cosas de modo distinto al común de los hombres—, porque abrazáis en vos toda virtud prefectoria. Pues muchos de los que se sientan en tronos encumbrados son para mí viles; todos aquellos a quienes su mano hace viles y esclavos de sus súbditos. Pero muchos son altos y excelsos aunque estén en lo bajo, a quienes la virtud coloca en lo alto y hace dignos de mayor gobierno. Mas ¿qué tengo yo que ver con esto? Ya no está con nosotros el gran Olympio, ni lleva nuestras cuerdas del timón. Estamos deshechos, estamos traicionados; hemos vuelto a ser la Segunda Capadocia, después de haber sido hechos la Primera por vos. ¿De los asuntos de otros por qué habría de hablar? Mas ¿quién cuidará la vejez de vuestro Gregorio y administrará a su debilidad el encanto de los honores, y lo hará más honorable porque obtiene de vos bondad para muchos? Partid, pues, en vuestro camino con escolta y mayor pompa, dejándonos muchas lágrimas y llevando con vos mucha riqueza, y de una clase que pocos prefectos llevan: la buena fama y el quedar inscrito en todos los corazones, columnas que no se mueven fácilmente. Si volvéis a presidirnos con un gobierno más grande y más ilustre (esto es lo que augura nuestro anhelo), ofreceremos a Dios gracias más perfectas.

    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron las cartas

    Las cartas se leen mejor como tres series. La primera es la doctrinal: las dos a Cledonio y la de Nectario muestran qué defendía Gregorio frente a Apolinar y por qué. El argumento es soteriológico: si Cristo no asumió la mente humana, esa mente no ha sido salvada (Carta 101); según los Prolegomena del NPNF, las dos cartas a Cledonio fueron adoptadas como «simbólicas» en los concilios de Éfeso y de Calcedonia. La segunda es la de la amistad y sus costos: la correspondencia con Basilio, de la promesa de filosofar juntos que no cumplió (Carta 1) y las chanzas (Carta 5) a la disputa por Sasima (Cartas 47–50) y a la queja por lo que se decía de Basilio y el Espíritu (Cartas 58–60). La tercera es la cotidiana: pésames, recomendaciones, ruegos a gobernadores, y una carta (la 51) sobre el arte de escribirlas.
    Recepción. La edición dice que se conservan 243 cartas y las describe como de estilo «claro, conciso y agradable». Wikipedia (en) añade que Nicobulo, al que llama sobrino nieto de Gregorio (el NPNF lo llama sobrino por matrimonio), fue su albacea literario y conservó y editó muchos de sus escritos, y recoge una traducción moderna completa: B. K. Storin, Gregory of Nazianzus's Letter Collection – The Complete Translation (University of California Press, 2019).
    Límites. Ninguna de estas cartas está fechada por el propio texto: las fechas son de los editores y de sus fuentes, y a veces discrepan (la división de Capadocia, 371 o 372; la muerte de Gregorio, 389, 390 o 391). Las notas del NPNF que aquí se resumen son de sus editores, no de Gregorio. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; los defectos vistos —el rótulo «Epístola 175» por 125 y alguna errata de fecha heredada del inglés («a.d. 275» por 375 en la nota de la Carta 72)— se declaran en «La fuente y su traducción» o en la nota correspondiente y se dejan como están.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra