Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
| Autor | Gregorio de Nisa (Wikipedia: c. 335 – c. 394), obispo de Nisa, hermano menor de Basilio de Cesarea y de Macrina |
| Título | Sobre la hechura del hombre (inglés del NPNF On the Making of Man; latín De hominis opificio) |
| Destinatario | Pedro, su hermano, a quien lo dedica como regalo de Pascua |
| Fecha | El NPNF lo coloca en 380, después de Sobre el alma y la resurrección; es una conjetura, y la obra misma no da año |
| Género | Tratado filosófico-teológico que completa el Hexamerón de Basilio |
| Estructura | Nota de la edición inglesa, carta a Pedro y treinta capítulos con sumario; dentro de cada capítulo, párrafos numerados «N.» en la edición inglesa |
| Extensión | Unas 36 000 palabras en esta edición |
| Traducción | Castellana, automática y directa del inglés de la edición de Schaff y Wace; no del griego |
| Fuente | Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 5 (1893), tal como lo recoge CCEL |

Esta obra tenía por objeto suplir y completar el Hexaemeron de S. Basilio, y presupone el conocimiento de aquel tratado. La narración de la creación del mundo no se examina en detalle: se alude a ella, pero sobre todo para insistir en la idea de que el mundo fue preparado para ser la esfera de la soberanía del hombre. Por otra parte, Gregorio muestra que el hombre fue hecho «con circunspección,» dispuesto por naturaleza para regir a las demás criaturas, hecho a semejanza de Dios en lo que respecta a diversos atributos morales y en la posesión de la razón, si bien difiere de la naturaleza divina en que la mente humana recibe su información por medio de los sentidos y depende de ellos para su percepción de las cosas externas. El cuerpo está dispuesto para ser instrumento de la mente, adaptado al uso de un ser razonable; y es por la posesión del «alma racional», así como del «alma natural» o «vegetativa» y del «alma sensitiva», por lo que el hombre difiere de los animales inferiores. Al mismo tiempo, su mente obra por medio de los sentidos: es incomprensible en su naturaleza (asemejándose en esto a la naturaleza divina de la cual es imagen), y su relación con el cuerpo se examina con cierta extensión (caps. 12-15). La conexión entre la mente y el cuerpo es inefable: no ha de explicarse suponiendo que la mente resida en alguna parte particular del cuerpo; la mente actúa sobre todo el cuerpo y recibe de todo el cuerpo su acción, dependiendo de la naturaleza corpórea y material para un elemento de la percepción, de modo que la percepción requiere a la vez cuerpo y mente. Pero es al elemento racional al que propiamente pertenece el nombre de «alma»: las facultades nutritiva y sensitiva toman prestado ese nombre de lo que es superior a ellas. El hombre fue hecho primeramente «en la imagen de Dios:» y esta concepción excluye la idea de distinción de sexo. En la primera creación del hombre está incluida toda la humanidad, según la presciencia divina: «toda nuestra naturaleza, extendiéndose desde el primero hasta el último», es «una sola imagen de Aquel que es». A no ser por la caída, el aumento del linaje humano habría tenido lugar como tiene lugar el aumento del linaje angélico, de algún modo desconocido para nosotros. La declinación del hombre respecto de su primer estado hizo necesaria la sucesión por generación; y fue porque esta declinación y sus consecuencias estaban presentes en la mente divina por lo que Dios «los creó varón y hembra». A este respecto, y en lo que toca a la necesidad de alimento, el hombre no está «en la imagen de Dios», sino que muestra su parentesco con la creación inferior. Pero estas necesidades no son permanentes: cesarán con la restitución del hombre a su antigua excelencia (caps. 16-18). Aquí Gregorio se ve llevado a hablar (caps. 19-20) del alimento del hombre en el Paraíso y del «árbol del conocimiento del bien y del mal». Y así, habiendo hecho mención de la caída del hombre, pasa a hablar de su restauración. Esta, en su opinión, se sigue de la naturaleza finita del mal: se difiere hasta que la suma de la humanidad esté completa. En cuanto al modo en que terminará el presente estado de cosas, nada sabemos; pero que terminará se infiere de la no eternidad de la materia (caps. 21-24). La doctrina de la resurrección se apoya en nuestro conocimiento de la exactitud con que otros acontecimientos han sido predichos en la Escritura, en la experiencia que se nos ha dado de acontecimientos semejantes en casos particulares, en aquellos a quienes nuestro Señor resucitó, y especialmente en su propia resurrección. El argumento de que tal restauración es imposible se responde apelando al carácter ilimitado del poder divino y mediante inferencias de paralelos observados en la naturaleza (caps. 25-27). Gregorio pasa luego a tratar la cuestión de la preexistencia del alma, rechazando esa opinión y sosteniendo que el cuerpo y el alma llegan a existir juntos, potencialmente en la voluntad divina, actualmente en el momento en que cada hombre individual llega a ser por generación (caps. 28-29). En el curso de su argumento sobre este último punto, se desvía para examinar con cierta extensión, en el último capítulo, la estructura del cuerpo humano; pero vuelve una vez más, en conclusión, a su posición principal: que el hombre «es generado como un ser viviente y animado», y que el poder del alma se manifiesta gradualmente en el sustrato material del cuerpo y por medio de él; de modo que el hombre es llevado a la perfección con la ayuda de los atributos inferiores del alma. Pero la verdadera perfección del alma no está en estos, que finalmente serán «desechados», sino en los atributos superiores que constituyen para el hombre «la imagen de Dios».
Prólogo
Comentario editorial · Pedro y el «Hexamerón» de Basilio
I. Donde se hace una investigación parcial de la naturaleza del mundo y una exposición más minuciosa de las cosas que precedieron a la génesis del hombre
Cap. I, § 1
Cap. I, § 2
Cap. I, § 3
Cap. I, § 4
Cap. I, § 5
Cap. II, § 1
Cap. II, § 2
Cap. III, § 1
Cap. III, § 2
Cap. IV, § 1
Cap. V, § 1
Cap. V, § 2
VI. Examen del parentesco de la mente con la naturaleza: donde, a modo de digresión, se refuta la doctrina de los anomeos
Cap. VI, § 1
Cap. VI, § 2
Cap. VI, § 3
Cap. VII, § 1
Cap. VII, § 2
Cap. VII, § 3
Comentario editorial · Un argumento que viene de Orígenes
Cap. VIII, § 1
Cap. VIII, § 2
Cap. VIII, § 3
Cap. VIII, § 4
Cap. VIII, § 5
Comentario editorial · Tres almas y una cita mal rotulada
Cap. VIII, § 6
Cap. VIII, § 7
Cap. VIII, § 8
Cap. IX, § 1
Cap. IX, § 2
Cap. IX, § 3
Cap. X, § 1
Cap. X, § 2
Cap. X, § 3
Cap. X, § 4
Cap. X, § 5
Cap. X, § 6
Cap. X, § 7
Cap. XI, § 1
Cap. XI, § 2
Cap. XI, § 3
Cap. XI, § 4
Cap. XII, § 1
Cap. XII, § 2
Cap. XII, § 3
Cap. XII, § 4
Cap. XII, § 5
Cap. XII, § 6
Cap. XII, § 7
Comentario editorial · ¿Dónde reside la mente?
Cap. XII, § 8
Cap. XII, § 9
Cap. XII, § 10
Cap. XII, § 11
Cap. XII, § 12
Cap. XII, § 13
Cap. XII, § 14
Cap. XIII, § 1
Cap. XIII, § 2
Cap. XIII, § 3
Cap. XIII, § 4
Cap. XIII, § 5
Cap. XIII, § 6
Cap. XIII, § 7
Cap. XIII, § 8
Cap. XIII, § 9
Cap. XIII, § 10
Cap. XIII, § 11
Cap. XIII, § 12
Cap. XIII, § 13
Cap. XIII, § 14
Cap. XIII, § 15
Cap. XIII, § 16
Cap. XIII, § 17
XIV. Que la mente no está en una parte del cuerpo; donde se distingue asimismo entre los movimientos del cuerpo y los del alma
Cap. XIV, § 1
Cap. XIV, § 2
Cap. XIV, § 3
XV. Que el alma propiamente dicha, de hecho y de nombre, es el alma racional, mientras que las otras se llaman así equívocamente
Cap. XV, § 1
Cap. XV, § 2
Cap. XV, § 3
XVI. Una contemplación de la sentencia divina que dijo — «Hagamos al hombre según nuestra imagen y semejanza»
Cap. XVI, § 1
Cap. XVI, § 2
Cap. XVI, § 3
Cap. XVI, § 4
Cap. XVI, § 5
Cap. XVI, § 6
Cap. XVI, § 7
Cap. XVI, § 8
Comentario editorial · Una creación «doble»
Cap. XVI, § 9
Cap. XVI, § 10
Cap. XVI, § 11
Cap. XVI, § 12
Cap. XVI, § 13
Cap. XVI, § 14
Cap. XVI, § 15
Cap. XVI, § 16
Cap. XVI, § 17
Cap. XVI, § 18
Cap. XVII, § 1
Cap. XVII, § 2
Cap. XVII, § 3
Cap. XVII, § 4
Cap. XVII, § 5
XVIII. Que nuestras pasiones irracionales tienen su origen en el parentesco con la naturaleza irracional
Cap. XVIII, § 1
Cap. XVIII, § 2
Cap. XVIII, § 3
Cap. XVIII, § 4
Cap. XVIII, § 5
Cap. XVIII, § 6
Cap. XVIII, § 7
Cap. XVIII, § 8
Cap. XVIII, § 9
XIX. A los que dicen que el disfrute de los bienes que esperamos consistirá de nuevo en comida y bebida
Cap. XIX, § 1
Cap. XIX, § 2
Cap. XIX, § 3
Cap. XIX, § 4
Cap. XIX, § 5
Cap. XX, § 1
Cap. XX, § 2
Cap. XX, § 3
Cap. XX, § 4
Cap. XX, § 5
XXI. Que la resurrección se espera como consecuencia, no tanto por la declaración de la Escritura como por la necesidad misma de las cosas
Cap. XXI, § 1
Cap. XXI, § 2
Cap. XXI, § 3
Cap. XXI, § 4
XXII. A los que dicen: «Si la resurrección es algo excelente y bueno, ¿cómo es que no ha sucedido ya, sino que se espera en algunos períodos de tiempo?»
Cap. XXII, § 1
Cap. XXII, § 2
Cap. XXII, § 3
Cap. XXII, § 4
Comentario editorial · Dos citas que no están en todas las Biblias
Cap. XXII, § 5
Comentario editorial · El número pleno de los hombres
Cap. XXII, § 6
Cap. XXII, § 7
Cap. XXII, § 8
XXIII. Que quien confiesa el comienzo de la existencia del mundo debe necesariamente convenir también en cuanto a su fin
Cap. XXIII, § 1
Cap. XXIII, § 2
Cap. XXIII, § 3
Cap. XXIII, § 4
Cap. XXIII, § 5
Cap. XXIV, § 1
Cap. XXIV, § 2
Cap. XXIV, § 3
XXV. Cómo aun uno de los que están fuera puede ser llevado a creer la Escritura cuando enseña sobre la resurrección
Cap. XXV, § 1
Cap. XXV, § 2
Cap. XXV, § 3
Cap. XXV, § 4
Cap. XXV, § 5
Cap. XXV, § 6
Cap. XXV, § 7
Cap. XXV, § 8
Cap. XXV, § 9
Cap. XXV, § 10
Cap. XXV, § 11
Cap. XXV, § 12
Cap. XXV, § 13
Cap. XXVI, § 1
Cap. XXVI, § 2
XXVII. Que es posible que, cuando el cuerpo humano se disuelve en los elementos del universo, cada uno recobre su propio cuerpo desde la fuente común
Cap. XXVII, § 1
Cap. XXVII, § 2
Cap. XXVII, § 3
Cap. XXVII, § 4
Cap. XXVII, § 5
Comentario editorial · La «forma» que reconoce el alma
Cap. XXVII, § 6
Cap. XXVII, § 7
Cap. XXVII, § 8
Cap. XXVII, § 9
XXVIII. A los que dicen que las almas existieron antes que los cuerpos, o que los cuerpos fueron formados antes que las almas
Cap. XXVIII, § 1
Comentario editorial · Las almas antes de los cuerpos
Cap. XXVIII, § 2
Cap. XXVIII, § 3
Cap. XXVIII, § 4
Cap. XXVIII, § 5
Cap. XXVIII, § 6
Cap. XXVIII, § 7
Cap. XXVIII, § 8
Cap. XXIX, § 1
Cap. XXIX, § 2
Cap. XXIX, § 3
Cap. XXIX, § 4
Cap. XXIX, § 5
Cap. XXIX, § 6
Cap. XXIX, § 7
Cap. XXIX, § 8
Cap. XXIX, § 9
Cap. XXIX, § 10
Cap. XXIX, § 11
Cap. XXX, § 1
Cap. XXX, § 2
Cap. XXX, § 3
Comentario editorial · Un anatomista cristiano
Cap. XXX, § 4
Cap. XXX, § 5
Cap. XXX, § 6
Cap. XXX, § 7
Cap. XXX, § 8
Cap. XXX, § 9
Cap. XXX, § 10
Cap. XXX, § 11
Cap. XXX, § 12
Cap. XXX, § 13
Cap. XXX, § 14
Cap. XXX, § 15
Cap. XXX, § 16
Cap. XXX, § 17
Cap. XXX, § 18
Cap. XXX, § 19
Cap. XXX, § 20
Cap. XXX, § 21
Cap. XXX, § 22
Cap. XXX, § 23
Cap. XXX, § 24
Cap. XXX, § 25
Cap. XXX, § 26
Cap. XXX, § 27
Cap. XXX, § 28
Cap. XXX, § 29
Cap. XXX, § 30
Cap. XXX, § 31
Cap. XXX, § 32
Cap. XXX, § 33
Cap. XXX, § 34
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial